Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo; y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Dios dijo: "Haya luz", y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas; y llamó a la luz día, y a las tinieblas noche. Hubo así tarde y mañana: día primero. Y Dios dijo: "Haya un firmamento entre las aguas, que separe las unas de las otras"; y así fue: Dios hizo el firmamento, separando por medio de él las aguas que hay debajo de las que hay sobre él. Dios llamó al firmamento cielo. Hubo tarde y mañana: día segundo. Dios dijo: "Reúnanse en un solo lugar las aguas inferiores y aparezca lo seco"; y así fue. Dios llamó a lo seco tierra, y a la masa de las aguas llamó mares. Vio Dios que esto estaba bien. Dios dijo: "Produzca la tierra vegetación: plantas con semilla de su especie y árboles frutales que den sobre la tierra frutos que contengan la semilla de su especie"; y así fue. La tierra produjo vegetación: plantas con semilla de su especie y árboles frutales que contienen la semilla propia de su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Hubo tarde y mañana: día tercero. Dios dijo: "Haya lumbreras en el firmamento que separen el día de la noche, sirvan de signos para distinguir las estaciones, los días y los años, y luzcan en el firmamento del cielo para iluminar la tierra". Y así fue: Dios hizo dos lumbreras grandes, la mayor para gobierno del día, y la menor para gobierno de la noche, y las estrellas. Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, regular el día y la noche y separar la luz de las tinieblas. Vio Dios que esto estaba bien. Hubo tarde y mañana: día cuarto. Dios dijo: "Pulule en las aguas un hormigueo de seres vivientes y revoloteen las aves por encima de la tierra y cara al firmamento del cielo". Dios creó los grandes monstruos marinos, todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas según su especie, y el mundo volátil según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Dios los bendijo diciendo: "Sed fecundos, multiplicaos y llenad las aguas del mar, y multiplíquense las aves sobre la tierra". Hubo tarde y mañana: día quinto. Dios dijo: "Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie". Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Dios dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las fieras campestres y los reptiles de la tierra". Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y cuantos animales se mueven sobre la tierra". Y añadió: "Yo os doy toda planta sementífera que hay sobre la superficie de la tierra y todo árbol que da fruto conteniendo simiente en sí. Ello será vuestra comida. A todos los animales del campo, a las aves del cielo y a todos los reptiles de la tierra, a todo ser viviente, yo doy para comida todo herbaje verde". Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que todo estaba muy bien. Hubo tarde y mañana: día sexto. Así fueron acabados el cielo y la tierra y todos sus elementos. Dios dio por terminada su obra el séptimo día, y en este día descansó de toda su obra. Dios bendijo el día séptimo y lo santificó, porque en él había descansado de toda la obra de su actividad creadora. Tal fue el origen del cielo y de la tierra cuando fueron creados. Cuando el Señor hizo el cielo, no había todavía arbusto alguno del campo sobre la tierra, ni había germinado hierba alguna, porque el Señor Dios no había hecho todavía llover sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra y regaba toda la superficie del suelo. El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, le insufló en sus narices un hálito de vida y así el hombre llegó a ser un ser viviente. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo germinar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y apetitosos para comer, el árbol de la vida, en medio del jardín, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Un río salía de Edén para regar el jardín, y de allí se dividía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón, y es el que rodea toda la tierra de Javilá, donde hay oro; el oro de este país es puro; en él hay también bedelio y ágata. El segundo, de nombre Guijón, circunda toda la tierra de Cus. El tercero, de nombre Tigris, discurre al oriente de Asiria. El cuarto es el Éufrates. El Señor Dios tomó al hombre y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y lo guardase. El Señor Dios dio al hombre este mandato: "Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día en que comas, ciertamente morirás". El Señor Dios dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; le daré una ayuda apropiada". El Señor Dios formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, ya que el nombre que él les diera, ése sería su nombre. El hombre impuso nombre a todos los ganados, a todas las aves del cielo y a todas las bestias del campo; pero para sí mismo no encontró una ayuda apropiada. Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un sueño profundo, y mientras dormía le quitó una de sus costillas, poniendo carne en su lugar. De la costilla tomada del hombre, el Señor Dios formó a la mujer y se la presentó al hombre, el cual exclamó: "Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada hembra porque ha sido tomada del hombre". Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y son los dos una sola carne. Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse uno del otro. La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: "¿Es cierto que os ha dicho Dios: No comáis de ningún árbol del jardín?". La mujer respondió a la serpiente: "Nosotros podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Sólo del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, bajo pena de muerte". Entonces la serpiente dijo a la mujer: "¡No, no moriréis! Antes bien, Dios sabe que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal". La mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir sabiduría. Tomó, pues, de su fruto y comió; dio también de él a su marido, que estaba junto a ella, y él también comió. Entonces se abrieron sus ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos taparrabos. Oyeron después los pasos del Señor Dios, que se paseaba por el jardín a la brisa de la tarde, y el hombre y su mujer se escondieron de su vista entre los árboles del jardín. Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?". Y éste respondió: "Oí tus pasos por el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo, y me escondí". El Señor Dios prosiguió: "¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿No habrás comido del árbol del que te prohibí comer?". El hombre respondió: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí". El Señor Dios dijo a la mujer: "¿Qué es lo que has hecho?". Y la mujer respondió: "La serpiente me engañó y comí". El Señor Dios dijo a la serpiente: "Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los ganados y entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás del polvo de la tierra todos los días de tu vida. Yo pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza y tú sólo tocarás su calcañal". A la mujer le dijo: "Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos; tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará". Al hombre le dijo: "Por haber hecho caso a tu mujer y por haber comido del árbol prohibido, maldita sea la tierra por tu culpa. Con trabajo sacarás de ella tu alimento todo el tiempo de tu vida. Ella te dará espinas y cardos, y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado; porque polvo eres y en polvo te has de convertir". El hombre llamó Eva a su mujer, porque ella fue la madre de todos los vivientes. El Señor Dios hizo al hombre y a su mujer unas túnicas de piel y los vistió. Después dijo: "¡He ahí al hombre, que ha llegado a ser como uno de nosotros por el conocimiento del bien y del mal! ¡No vaya ahora a tender su mano y tome del árbol de la vida, y comiendo de él viva para siempre!". El Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén para que trabajase la tierra de la que había sido sacado. Expulsó al hombre, y puso delante del jardín de Edén los querubines y la llama de la espada flameante para guardar el camino del árbol de la vida. El hombre tuvo relaciones con su mujer, Eva, la cual concibió, dio a luz a Caín y dijo: "He tenido un hombre gracias al Señor". Tuvo después a su hermano Abel. Abel fue pastor, y Caín agricultor. Pasado algún tiempo, Caín presentó al Señor una ofrenda de los frutos de la tierra. También Abel le ofreció los primogénitos más selectos de su rebaño. El Señor miró complacido a Abel y su ofrenda, pero vio con desagrado a Caín y su ofrenda. Caín entonces se encolerizó y su rostro se descompuso. El Señor le dijo: "¿Por qué te encolerizas, te muestras malhumorado y vas con la cabeza baja? Si obraras bien, ¿no alzarías la cabeza?; en cambio, si obras mal, el pecado está a las puertas de tu casa y te acosa sin que puedas contenerlo". Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos al campo". Cuando se encontraron en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y le mató. El Señor preguntó a Caín: "¿Dónde está tu hermano?", y él respondió: "No lo sé. ¿Es que soy yo el guardián de mi hermano?". El Señor le dijo: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano grita de la tierra hasta mí. Por tanto, maldito seas lejos de la tierra que ha abierto sus fauces para empaparse con la sangre de tu hermano derramada por ti. Cuando cultives la tierra, no te dará ya sus frutos. Andarás errante y vagabundo sobre la tierra". Caín dijo al Señor: "Mi iniquidad es tan grande que no puedo soportarla. Tú me echas de aquí y tengo que ocultarme a tu mirada; errante y vagabundo andaré sobre la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará". El Señor le dijo: "No será así; si alguien mata a Caín, lo pagará siete veces". Y el Señor puso una señal a Caín para que si alguien lo encontraba, no lo matara. Caín se alejó de la presencia del Señor y habitó en el país de Nod, al oriente de Edén. Caín tuvo relaciones con su mujer, la cual concibió y dio a luz a Henoc. Más tarde se puso a construir una ciudad, a la que dio el nombre de su hijo Henoc. A Henoc le nació Irad, y éste engendró a Mejuyael. Mejuyael engendró a Metusael, y éste a Lamec. Lamec tuvo dos mujeres, una se llamaba Ada y la otra Sila. Ada dio a luz a Yabal, el antepasado de los que habitan en tiendas y crían ganado. El nombre de su hermano fue Yubal, el antepasado de los que tocan la cítara y la flauta. Sila, por su parte, parió a Tubalcaín, forjador de todo género de instrumentos de bronce y de hierro. Hermana de Tubalcaín fue Naamá. Lamec dijo a sus mujeres: "Ada y Sila, escuchadme; mujeres de Lamec, prestad oído a mis palabras: Por una herida maté a un hombre, y a un joven por una contusión. Caín será vengado siete veces; Lamec lo será setenta y siete". Adán tuvo de nuevo relaciones con su mujer, y ésta dio a luz un hijo, a quien puso por nombre Set, "porque Dios, dijo, me ha dado otro descendiente en lugar de Abel, al que mató Caín". Set engendró también un hijo, al que puso el nombre de Enós. Entonces comenzó a invocarse el nombre del Señor. He aquí la lista de los descendientes de Adán. Cuando Dios creó al hombre lo hizo a imagen de Dios. Los creó macho y hembra, los bendijo y les puso el nombre de "hombre" el día de su creación. Adán, a la edad de ciento treinta años, engendró un hijo a su imagen, según su semejanza, y le llamó Set. Después de engendrar a Set vivió todavía Adán ochocientos años, y engendró hijos e hijas. Adán vivió en total novecientos treinta años, y murió. Set, a la edad de ciento cinco años, engendró a Enós; y después de haber engendrado a Enós, vivió todavía ochocientos siete años, y engendró hijos e hijas. Set vivió en total novecientos doce años, y murió. Enós, a la edad de noventa años, engendró a Quenán; y después de haber engendrado a Quenán, vivió todavía ochocientos quince años, y engendró hijos e hijas. Enós vivió en total novecientos cinco años, y murió. Quenán, a la edad de setenta años, engendró a Mahalalel; y después de haber engendrado a Mahalalel, vivió todavía ochocientos cuarenta años, y engendró hijos e hijas. Quenán vivió en total novecientos diez años, y murió. Mahalalel, a la edad de sesenta y cinco años, engendró a Yéred; y después de haber engendrado a Yéred, vivió todavía ochocientos treinta años, y engendró hijos e hijas. Mahalalel vivió en total ochocientos noventa y cinco años, y murió. Yéred, a la edad de ciento sesenta y dos años, engendró a Henoc; y después de haber engendrado a Henoc, vivió todavía ochocientos años, y engendró hijos e hijas. Yéred vivió en total novecientos sesenta y dos años, y murió. Henoc, a la edad de sesenta y cinco años, engendró a Matusalén; y después de haber engendrado a Matusalén, siguió los caminos de Dios trescientos años, y engendró hijos e hijas. Henoc vivió en total trescientos sesenta y cinco años, y siguió los caminos de Dios; después no fue visto más, porque Dios se lo llevó. Matusalén, a la edad de ciento ochenta y siete años, engendró a Lamec; y después de haber engendrado a Lamec, vivió todavía setecientos ochenta y dos años, y engendró hijos e hijas. Matusalén vivió en total novecientos sesenta y nueve años, y murió. Lamec, a la edad de ciento ochenta y dos años, tuvo un hijo, al que llamó Noé, diciendo: "Él nos consolará en nuestro trabajo y en la fatiga que impone a nuestras manos la tierra maldecida por el Señor". Lamec, después de haber engendrado a Noé, vivió todavía quinientos noventa y cinco años, y engendró hijos e hijas. Lamec vivió en total setecientos setenta y siete años, y murió. Noé, a la edad de quinientos años, engendró a Sem, Cam y Jafet. Cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron por esposas las que más les gustaron. El Señor dijo: "Mi espíritu no permanecerá por siempre en el hombre, porque es de carne. Sus días serán ciento veinte años". En aquel entonces había gigantes en la tierra (y también después), cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, y ellas les daban hijos. Éstos son los héroes de antaño, hombres famosos. Al ver el Señor que la maldad de los hombres sobre la tierra era muy grande y que siempre estaban pensando en hacer el mal, se arrepintió de haber creado al hombre sobre la tierra, y con gran dolor dijo: "Exterminaré de la superficie de la tierra al hombre que he creado, hombres y animales, reptiles y aves del cielo, todo lo exterminaré, pues me pesa haberlos hecho". Pero Noé encontró gracia a los ojos del Señor. Ésta es la historia de Noé: Noé era un hombre justo, íntegro, y entre sus compañeros seguía los caminos de Dios. Engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet. La tierra estaba corrompida delante de Dios y toda ella llena de violencia. Dios miró a la tierra, y vio que estaba corrompida, porque todo mortal había corrompido su camino sobre ella. Dios dijo a Noé: "He decidido acabar con todo ser viviente, porque la tierra está llena de violencia por culpa de los hombres. Voy a exterminarlos a todos ellos juntamente con la tierra. Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimientos y calafatéala con pez por dentro y por fuera. Éstas serán sus dimensiones: ciento cincuenta metros de largo, veinticinco de ancho y quince de alto. Harás arriba un tragaluz, a medio metro del remate. A un lado harás la puerta, y en el arca harás tres pisos. Yo voy a enviar sobre la tierra un diluvio de aguas para destruir a todo ser viviente que hay bajo el cielo. Todo cuanto hay sobre la tierra morirá. Contigo, en cambio, estableceré un pacto: Entrarás en el arca tú y tu mujer, tus hijos y sus mujeres. De todos los seres vivientes meterás contigo en el arca una pareja de cada especie, macho y hembra, para que sobrevivan contigo. De cada especie de aves, de animales y de reptiles entrará contigo una pareja, para salvaguardar la vida. Y, por tu parte, procúrate todo aquello que pueda serviros de alimento tanto a ti como a ellos". Noé lo hizo así, exactamente como Dios le había mandado. El Señor dijo a Noé: "Entra en el arca tú con toda tu familia, porque tú eres el único hombre justo que he encontrado en esta generación. De todos los animales puros toma siete parejas, machos y hembras, y de los impuros toma sólo una pareja, macho y hembra; de las aves del cielo, siete parejas, con el fin de conservar la especie sobre la tierra. Porque dentro de siete días haré llover sobre la tierra por espacio de cuarenta días y cuarenta noches y exterminaré sobre ella todos los seres que he hecho". Noé hizo todo cuanto Dios le había mandado. Noé tenía seiscientos años cuando vino el diluvio sobre la tierra. Noé, con su mujer, sus hijos y las mujeres de sus hijos, entró en el arca para librarse de las aguas del diluvio. Los animales puros e impuros, las aves y los reptiles, entraron con Noé en el arca por parejas, como había ordenado Dios. Pasados los siete días, las aguas del diluvio cayeron sobre la tierra. Era el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del mes segundo, cuando irrumpieron todas las fuentes del abismo y se abrieron las compuertas del cielo. Y la lluvia cayó sobre la tierra por espacio de cuarenta días y cuarenta noches. Aquel mismo día, Noé entró en el arca con sus hijos Sem, Cam y Jafet, con su mujer y las mujeres de sus tres hijos. Y con ellos, todas las especies de bestias salvajes, ganados, reptiles y aves. Después de Noé, entró en el arca una pareja de todo ser viviente, un macho y una hembra de cada especie, tal y como se lo había ordenado Dios. Y el Señor cerró la puerta detrás de Noé. El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra; las aguas, siempre en crecida, levantaron en alto el arca, que flotaba sobre las aguas. Las aguas crecieron y aumentaron sobre la tierra, mientras el arca continuaba flotando sobre su superficie. Tanto crecieron las aguas sobre la tierra, que llegaron a cubrir todos los montes más altos que hay bajo el cielo. Las aguas subieron siete metros y medio por encima de los montes más altos. Perecieron todos los seres vivientes que se mueven en la tierra, aves, ganados, bestias salvajes y toda la humanidad; todo lo que tiene hálito de vida en sus narices, todo lo que habita la tierra seca, todo pereció. Todos los seres vivientes sobre la superficie de la tierra fueron exterminados; hombres y bestias salvajes, reptiles y aves del cielo desaparecieron de la tierra. Únicamente quedó Noé y los que estaban con él en el arca. La inundación de las aguas sobre la tierra duró ciento cincuenta días. Dios se acordó de Noé y de todas las bestias y ganados que estaban con él en el arca. Hizo pasar un viento sobre la tierra, y bajaron las aguas. Se cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo, y cesó de caer lluvia. Las aguas fueron retirándose gradualmente de la tierra; al cabo de ciento cincuenta días comenzaron a bajar, y el día diecisiete del séptimo mes el arca quedó anclada sobre los montes de Ararat. Las aguas siguieron bajando hasta el mes décimo, y el primer día de este mes aparecieron las cimas de los montes. Al cabo de cuarenta días, Noé abrió la ventana que había hecho en el arca y soltó un cuervo, el cual estuvo volando, yendo y viniendo, hasta que se secaron las aguas sobre la tierra. Después soltó una paloma, para ver si se habían secado las aguas sobre la superficie de la tierra. La paloma, no encontrando dónde posarse, volvió de nuevo al arca, porque las aguas cubrían la superficie de toda la tierra. Noé sacó la mano, la agarró y la metió en el arca. Esperó siete días más, y de nuevo soltó la paloma fuera del arca. Y por la tarde volvió, trayendo en su pico una rama de olivo. Así conoció Noé que las aguas no cubrían ya la superficie de la tierra. Esperó otros siete días, y de nuevo soltó la paloma, que ya no volvió más. El año seiscientos uno de la vida de Noé, el día uno del primer mes, se secaron las aguas sobre la superficie de la tierra. Noé levantó la cubierta del arca, miró y vio que la superficie de la tierra estaba seca. El día veintisiete del segundo mes la tierra estaba completamente seca. Dios habló a Noé y le dijo: "Sal del arca tú, tu mujer, tus hijos y tus nueras. Saca también todos los animales que están contigo: aves, ganados y reptiles: que llenen la tierra, que crezcan y que se multipliquen sobre ella". Salió, pues, Noé con sus hijos, su mujer y sus nueras. Y todas las bestias salvajes, los ganados, las aves y los reptiles salieron también del arca por especies. Noé levantó un altar al Señor y, tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos sobre él. El Señor aspiró el perfume agradable, y se dijo: "No maldeciré más la tierra por causa del hombre, porque los impulsos del corazón del hombre tienden al mal desde su adolescencia; jamás volveré a castigar a los seres vivientes como acabo de hacerlo. Mientras dure la tierra, sementera y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche no cesarán más". Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo: "Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra. Todos los animales de la tierra os temerán y os respetarán; las aves del cielo, todo lo que se mueve sobre la tierra y todos los peces del mar están en vuestras manos. Todo cuanto se mueve y tiene vida os servirá de alimento. Yo os lo doy, como antes os di las verduras. Sólo una cosa no debéis comer: carne que tenga aún dentro su vida, esto es, su sangre. Yo pediré cuenta estrecha de la sangre de cada uno de vosotros; se la pediré a los animales y al hombre: a cada uno le pediré cuenta de la vida de su hermano. Quien derrame sangre de hombre verá la suya derramada por el hombre, porque Dios ha hecho al hombre a su imagen. Vosotros sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y dominadla". Dios dijo a Noé y a sus hijos: "Yo establezco mi pacto con vosotros, con vuestros descendientes después de vosotros y con todos los seres vivientes que hay entre vosotros: aves, ganados, bestias del campo, todos los animales que salieron con vosotros del arca. Éste es mi pacto con vosotros: Ningún ser viviente volverá a ser exterminado por las aguas del diluvio, ni volverá a haber diluvio que arrase la tierra". Y añadió: "Ésta será la señal del pacto que pongo entre mí y vosotros y todos los seres vivientes que hay entre vosotros, por todas las generaciones futuras. Yo pongo mi arco iris en las nubes, y él será la señal de la alianza entre mí y la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra, aparecerá el arco iris, me acordaré de mi alianza con vosotros y con todos los vivientes de la tierra, y las aguas no volverán a ser un diluvio que arrase la tierra. El arco iris aparecerá en las nubes, y yo, al verlo, me acordaré de mi pacto perpetuo entre Dios y todos los seres vivientes de la tierra". Dios dijo a Noé: "Tal es la señal del pacto que acabo de establecer entre mí y todos los seres vivientes de la tierra". Los hijos de Noé salidos del arca fueron Sem, Cam y Jafet. Cam es el padre de Canaán. Estos tres eran los hijos de Noé, y por ellos fue poblada toda la tierra. Noé fue agricultor y plantó una viña. Bebió de su vino, se emborrachó y se quedó desnudo en el interior de la tienda. Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre y corrió afuera a decírselo a sus hermanos. Sem y Jafet tomaron un manto, se lo echaron sobre la espalda y, yendo hacia atrás, vuelto el rostro, cubrieron, sin verla, la desnudez de su padre. Cuando Noé despertó de su borrachera, se enteró de lo que había hecho su hijo menor, y dijo: "¡Maldito sea Canaán! Sea el último de los esclavos de sus hermanos". Y añadió: "¡Bendito sea el Señor, Dios de Sem! ¡Que Canaán sea su esclavo! ¡Haga Dios que se propague Jafet, que habite en la tienda de Sem y que Canaán sea su esclavo!". Noé vivió trescientos cincuenta años después del diluvio. El total de sus días fue de novecientos cincuenta años, y murió. Ésta es la descendencia de los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet, a quienes nacieron hijos después del diluvio. Hijos de Jafet: Gómer, Magog, Maday, Yaván, Tubal, Mésec y Tirás. Hijos de Gómer: Asquenaz, Rifat y Togarma. Hijos de Yaván: Elisá y Tarsis, chipriotas y rodenses. A partir de éstos se hizo la repartición de las naciones en las islas: cada uno con su tierra según su lengua y su nación, según su familia. Hijos de Cam: Etiopía, Egipto, Put y Canaán. Hijos de Etiopía: Sebá, Javilá, Sabtá, Ramá y Sabtecá. Hijos de Ramá: Sebá y Dedán. Etiopía engendró a Nemrod, que fue el primer héroe sobre la tierra, un cazador valiente delante del Señor; de ahí el proverbio: "Cazador valeroso delante del Señor como Nemrod". Los comienzos de su imperio fueron: Babel, Erec, Acad y Calno, en tierra de Senaar. De esta región salió Asur, que edificó Nínive, Rejobot-Ir, Calaj y Resen, entre Nínive y Calaj. Ésta fue la ciudad más grande. Egipto engendró a los lidios, los anamitas, los lehabitas, los naftujitas, los patrositas, los caslujitas y los cretenses, de los que salieron los filisteos. Canaán engendró a Sidón, su primogénito; luego a Het, y a los jebuseos, amorreos, guirgaseos, heveos, arquitas, sinitas, arvadeos, semareos y jamateos. Los cananeos se dispersaron; su territorio se extendió desde Sidón, en dirección de Guerar, hasta Gaza; luego en dirección de Sodoma, Gomorra, Adama y Seboín, hasta Lesa. Tales fueron los hijos de Cam según sus clanes, lenguas, países y naciones. Sem, padre de Héber y hermano mayor de Jafet, tuvo hijos. Fueron éstos: Elán, Asur, Arfaxad, Lidia y Arán. Hijos de Arán: Us, Jul, Guéter y Mésec. Arfaxad engendró a Sélaj, y Sélaj a Héber. A Héber le nacieron dos hijos; el primero se llamó Péleg, porque en su tiempo fue dividida la tierra; su hermano se llamó Yoctán; Yoctán engendró a Almodad, Sélef, Jasarmávet, Yéraj, Hadorán, Uzal, Diclá, Ebal, Abimael, Sebá, Ofir, Javilá y Yobab. Todos éstos son los hijos de Yoctán. La región donde ellos habitaron va desde Mesa, en dirección de Sefar, hasta las montañas orientales. Éstos fueron los hijos de Sem según sus familias, lenguas, países y naciones. Tales fueron las familias de los hijos de Noé según sus generaciones y naciones. A partir de ellos se hizo la repartición de las naciones sobre la tierra después del diluvio. Toda la tierra hablaba una misma lengua y usaba las mismas palabras. Los hombres, al emigrar de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: "Ea, hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego". Se sirvieron de los ladrillos en lugar de piedras, y de betún en lugar de argamasa. Luego dijeron: "Ea, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos famosos y no andemos más dispersos por la tierra". El Señor descendió para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando, y dijo: "He aquí que todos forman un solo pueblo y hablan una misma lengua, y éste es sólo el principio de sus empresas. Nada les impedirá llevar a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y confundamos su lenguaje para que no se entiendan los unos a los otros". Así el Señor los dispersó de allí por toda la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de todos los habitantes de la tierra y los dispersó por toda su superficie. He aquí la descendencia de Sem: Sem, a la edad de cien años, engendró a Arfaxad dos años después del diluvio. Después del nacimiento de Arfaxad, Sem vivió quinientos años, y engendró hijos e hijas. Arfaxad, a la edad de treinta y cinco, engendró a Sélaj. Después del nacimiento de Sélaj, Arfaxad vivió trescientos años, y engendró hijos e hijas. Sélaj, a la edad de treinta años, engendró a Héber. Después del nacimiento de Héber, Sélaj vivió cuatrocientos años, y engendró hijos e hijas. Héber, a la edad de treinta y cuatro años, engendró a Péleg. Después del nacimiento de Péleg, Héber vivió cuatrocientos treinta años, y engendró hijos e hijas. Péleg, a la edad de treinta años, engendró a Reú. Después del nacimiento de Reú, Péleg vivió doscientos nueve años, y engendró hijos e hijas. Reú, a la edad de treinta y dos años, engendró a Sarug. Después del nacimiento de Sarug, Reú vivió doscientos siete años, y engendró hijos e hijas. Sarug, a la edad de treinta años, engendró a Najor. Después del nacimiento de Najor, Sarug vivió doscientos años, y engendró hijos e hijas. Najor, a la edad de veintinueve años, engendró a Téraj. Después del nacimiento de Téraj, Najor vivió ciento diecinueve años, y engendró hijos e hijas. Téraj, a la edad de setenta años, engendró a Abrán, a Najor y a Harán. Ésta es la descendencia de Téraj: Téraj engendró a Abrán, Najor y Harán. Harán engendró a Lot, y murió en vida de su padre Téraj, en su país natal, Ur de los caldeos. Abrán y Najor se casaron. La mujer de Abrán se llamaba Saray, y la de Najor Milcá, hija de Harán, padre de Milcá y de Yiscá. Saray era estéril y no tenía hijos. Téraj tomó a su hijo Abrán, a su nieto Lot y a Saray su nuera, mujer de Abrán, y los hizo salir de Ur de los caldeos para ir al país de Canaán; pero al llegar a Jarán se quedaron allí. Téraj vivió doscientos cinco años, y murió en Jarán. El Señor dijo a Abrán: "Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, y vete al país que yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo; te bendeciré y engrandeceré tu nombre. Tú serás una bendición: Yo bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán bendecidas todas las comunidades de la tierra". Abrán partió, como le había dicho el Señor, y Lot se fue con él. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán. Tomó consigo a Saray, su mujer, y a Lot, su sobrino, con todas las cosas que poseía y los esclavos adquiridos en Jarán. Y se pusieron en camino hacia la tierra de Canaán. Llegaron a Canaán, y Abrán atravesó el país hasta el lugar de Siquén, hasta la encina de Moré. Los cananeos habitaban entonces en el país. El Señor se apareció a Abrán y le dijo: "Yo daré esta tierra a tu descendencia". Y Abrán levantó allí un altar al Señor, que se le había aparecido. De allí se trasladó a la montaña situada al oriente de Betel y allí plantó su tienda, con Betel al oeste y Ay al este. Aquí levantó al Señor un altar e invocó su nombre. Después Abrán partió en dirección al Negueb. Hubo un hambre en aquel país, y Abrán bajó a Egipto para estarse allí porque el hambre se había agravado en el país. Al llegar a Egipto dijo a Saray, su mujer: "Mira, tú eres una mujer muy hermosa. Tan pronto como te vean los egipcios, dirán: Es su mujer; a mí me matarán y a ti te dejarán con vida. Por favor, di que eres mi hermana, para que se me trate bien gracias a ti, y en atención a ti respeten mi vida". Efectivamente, cuando Abrán llegó a Egipto, los egipcios vieron que la mujer era muy hermosa. Los oficiales del Faraón que la vieron se la elogiaron mucho al Faraón, y la mujer fue llevada a su palacio. En atención a ella, el Faraón trató bien a Abrán, que recibió ovejas, bueyes y asnos, siervos y siervas, camellos y asnas. Pero el Señor castigó con grandes plagas al Faraón y a su casa por lo de Saray, la mujer de Abrán. El Faraón mandó llamar a Abrán y le dijo: "¿Qué es lo que me has hecho? ¿Por qué no me has dicho que era tu mujer? ¿Por qué me dijiste que era tu hermana, dando lugar a que yo la tomase por mujer? Ahí tienes a tu mujer, tómala y vete". Y el Faraón dio órdenes a sus hombres, que lo condujeron a la frontera, y con él a su mujer y todo cuanto poseía. De Egipto Abrán subió al Negueb con su mujer, con todo cuanto poseía y con Lot. Abrán se había hecho muy rico en ganados, plata y oro. Del Negueb, y por etapas, llegó hasta Betel, el lugar donde había plantado antes su tienda, entre Betel y Ay, donde anteriormente había levantado un altar y había invocado el nombre del Señor. Lot, que acompañaba a Abrán, tenía también rebaños, ganados y tiendas. El país era insuficiente para poder estar los dos allí; tenían demasiados bienes para poder habitar juntos. Surgieron discordias entre los pastores de Abrán y los de Lot. (Cananeos y fereceos habitaban entonces en aquel país). Abrán dijo a Lot: "Que no haya discordias entre tú y yo, ni entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos. ¿No tienes toda la tierra ante ti? Sepárate de mí. Si tú vas hacia la izquierda, yo iré hacia la derecha; y si tú tomas la derecha, yo iré hacia la izquierda". Lot alzó sus ojos y vio toda la llanura del Jordán enteramente regada -esto era antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra-, y aquella llanura hasta Soar era como el jardín del Señor y como el país de Egipto. Lot escogió para sí toda la vega del Jordán y se marchó hacia oriente. Así se separaron el uno del otro. Abrán se estableció en la tierra de Canaán y Lot en las ciudades de la vega, llegando con sus tiendas hasta Sodoma. Los habitantes de Sodoma eran unos malvados y grandes pecadores contra el Señor. El Señor dijo a Abrán después que Lot se había separado de él: "Alza tus ojos y desde el lugar donde estás mira al norte y al sur, al este y al oeste. Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Multiplicaré tu descendencia como el polvo de la tierra; si hay quien pueda contar el polvo de la tierra, ése podrá contar tu descendencia. Levántate, recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque a ti te lo voy a dar". Abrán levantó sus tiendas y se fue a habitar al encinar de Mambré, cerca de Hebrón, y allí levantó un altar al Señor. En aquel tiempo, Amrafel, rey de Senaar; Arioc, rey de Elasar; Codorlaomer, rey de Elán, y Tidal, rey de Goyín, declararon la guerra a Berá, rey de Sodoma; a Birsa, rey de Gomorra; a Sinab, rey de Admá; a Seméber, rey de Seboín; y al rey de Bela, o sea, de Soar. Éstos se reunieron en el valle de Sidín, o sea, el mar de la Sal. Habían estado sometidos doce años a Codorlaomer, pero en el trece se sublevaron. En el año catorce, Codorlaomer y sus reyes aliados vinieron y derrotaron a los refaítas en Astarot Carnáyim, a los zuzíes en Ham, a los emíes en el valle de Quiriatáyim y a los hurritas en las montañas de Seir hasta El-Farán, que está junto al desierto. Después llegaron a la fuente de la justicia, o sea Cades, y ocuparon todo el territorio de los amalecitas y el de los amorreos, que habitaban en Jasesón Tamar. Entonces, el rey de Sodoma, el de Gomorra, el de Admá, el de Seboín y el de Bela, o sea, de Soar, les salieron al encuentro y presentaron batalla contra ellos en el valle de Sidín: contra Codorlaomer, rey de Elán; Tidal, rey de Goyín; Amrafel, rey de Senaar, y Arioc, rey de Elasar; cuatro reyes contra cinco. El valle de Sidín estaba lleno de pozos de betún. Los reyes de Sodoma y Gomorra se dieron a la fuga y cayeron allí muchos, y los que pudieron salvarse huyeron a los montes. Los vencedores saquearon todos los bienes de Sodoma y de Gomorra y todas sus posesiones, y se fueron. Se llevaron también a Lot, sobrino de Abrán, que habitaba en Sodoma, con todos sus bienes. Uno de los fugitivos vino a informar a Abrán, el hebreo, que habitaba en el encinar de Mambré, el amorreo, hermano de Escol y Aner, aliados de Abrán. En cuanto Abrán se enteró de que su sobrino había sido hecho prisionero, armó a trescientos dieciocho de sus hombres más valientes nacidos en su casa y se lanzó en su persecución hasta Dan. Repartió sus hombres para asaltar de noche a los enemigos; los derrotó y los persiguió hasta Joba, que está al norte de Damasco. Reconquistó todo el botín y también a Lot, su sobrino, con todos sus bienes, mujeres y gente. Cuando Abrán volvía de derrotar a Codorlaomer y a los reyes que estaban con él, le salió al encuentro el rey de Sodoma en el valle de Savé, o sea, el valle del Rey. Melquisedec, rey de Salén, sacó pan y vino; era él sacerdote del Dios altísimo, y bendijo a Abrán diciendo: "Bendito seas, Abrán del Dios altísimo, que creó el cielo y la tierra, y bendito sea el Dios altísimo, que ha puesto en tus manos a tus enemigos". Y Abrán le dio el diez por ciento de todo. El rey de Sodoma dijo a Abrán: "Devuélveme las personas, y toma para ti los bienes". Abrán le respondió: "Juro, mano en alto, al Señor que creó el cielo y la tierra: Yo no tomaré nada de lo que es tuyo, ni siquiera un hilo, ni una correa de tu zapato. Así no podrás decir: Yo he enriquecido a Abrán. Para mí, nada; solamente lo que han comido mis mozos y la parte que corresponde a los hombres que han venido conmigo, Aner, Escol y Mambré; éstos recibirán su parte". Después de todo esto, la palabra del Señor fue dirigida a Abrán en una visión. Dijo: "No temas, Abrán, yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande". Abrán respondió: "Señor Dios, ¿qué me vas a dar? Yo estoy ya para morir sin hijos, y el heredero de mi casa será ese Eliezer de Damasco. No me has dado descendencia, y uno de mis criados será mi heredero". Entonces el Señor le dirigió la palabra y le dijo: "No, no será ése tu heredero, sino uno salido de tus entrañas". Después le llevó fuera y le dijo: "Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas"; y añadió: "Así será tu descendencia". Abrán creyó al Señor, y el Señor le consideró como un hombre justo. Y le dijo: "Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los caldeos para darte esta tierra en posesión". Abrán le preguntó: "Señor Dios, ¿cómo sabré yo que la poseeré?". El Señor le dijo: "Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y una paloma". Él trajo todos estos animales, los partió por la mitad y puso una mitad frente a la otra; pero las aves no las partió. Las aves rapaces revoloteaban sobre los cadáveres, pero Abrán las espantaba. Cuando el sol estaba ya para ponerse, cayó sobre Abrán un sueño profundo y le envolvió una oscuridad terrorífica. El Señor le dijo: "Has de saber que tus descendientes vivirán como extranjeros en tierra extraña, en la que serán esclavos y estarán oprimidos durante cuatrocientos años; pero yo juzgaré al pueblo al que habrán estado sometidos, y saldrán de él con muchos bienes. Tú te reunirás en paz con tus padres y serás sepultado en una feliz ancianidad. Tus descendientes volverán acá a la cuarta generación, pues hasta entonces no se colmará la maldad de los amorreos". Cuando se puso el sol, apareció entre densísimas tinieblas una hornilla humeante y una llama de fuego, que pasó por entre los animales partidos. Aquel día el Señor hizo un pacto con Abrán en estos términos: "A tu descendencia doy esta tierra, desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el Éufrates: los quenitas, quenizitas, cadmonitas, hititas, fereceos, refaítas, amorreos, cananeos, guirgaseos y jebuseos". Saray, la mujer de Abrán, no le había dado hijos; pero ella tenía una esclava egipcia de nombre Agar. Saray dijo a Abrán: "Mira, el Señor me ha hecho estéril; llévate a mi esclava. Quizá yo pueda tener hijos por ella". Abrán escuchó a Saray. Diez años después de haberse establecido Abrán en el país de Canaán, Saray tomó a Agar, su esclava egipcia, y se la dio por mujer a Abrán, su marido. Abrán tuvo relaciones con Agar, la cual concibió; y cuando se vio encinta, miraba con desprecio a su señora. Saray dijo a Abrán: "Tú eres el responsable de la afrenta que me hace. Yo puse a mi esclava entre tus brazos, y ella, al verse embarazada, me mira con desprecio. ¡Que el Señor juzgue entre nosotros!". Abrán respondió a Saray: "Mira, tu esclava está en tus manos; haz con ella lo que mejor te parezca". Saray la maltrató, y ella se escapó. El ángel del Señor la encontró en el desierto junto a un manantial de agua, la fuente que está en el camino de Sur, y le dijo: "Agar, esclava de Saray, ¿de dónde vienes y adónde vas?". Ella respondió: "Huyo de la presencia de Saray, mi señora". El ángel del Señor le dijo: "Vuélvete a tu señora y ponte a sus órdenes". Y añadió: "Multiplicaré tanto tu descendencia que no se la podrá contar". Añadió: "Tú estás encinta y darás a luz un hijo y le llamarás Ismael, porque el Señor ha escuchado tu aflicción. Será un potro salvaje; su mano será contra todos y la de todos contra él. Vivirá en contra de todos sus hermanos". Agar dio al Señor, que le había hablado, un nombre, diciendo: "Tú eres El Roí. He visto aquí al que me ve". Por esto aquel pozo se llama "pozo de Lajay Roí"; está entre Cades y Béred. Agar dio un hijo a Abrán, y Abrán le llamó Ismael. Abrán tenía ochenta y seis años cuando Agar le dio a Ismael. Abrán tenía noventa y nueve años cuando se le apareció el Señor y le dijo: "Yo soy Dios todopoderoso; procede según mi voluntad y sé perfecto. Yo estableceré un pacto contigo: te multiplicaré inmensamente". Abrán se postró rostro en tierra, y Dios continuó diciendo: "Éste es mi pacto contigo: Tú llegarás a ser padre de una multitud de pueblos. No te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque yo te constituyo padre de una multitud de pueblos. Te multiplicaré inmensamente: yo haré que de ti salgan pueblos y nazcan reyes. Yo establezco mi pacto contigo y con tu descendencia después de ti de generación en generación. Un pacto perpetuo. Yo seré tu Dios y el de tu descendencia después de ti. Yo te daré a ti y a tu descendencia después de ti en posesión perpetua la tierra en la que habitas ahora como extranjero, toda la tierra de Canaán. Yo seré vuestro Dios". Dios dijo a Abrahán: "Guardaréis mi pacto tú y tu descendencia después de ti. Éste es el pacto que guardaréis entre yo y vosotros, y tu descendencia después de ti: Todos los varones serán circuncidados. Circuncidaréis vuestro prepucio, y ésta será la señal del pacto entre yo y vosotros. A los ocho días de su nacimiento serán circuncidados todos los varones de cada generación, así como los esclavos nacidos en la casa o comprados por dinero a cualquier extranjero que no sea de tu raza. El esclavo nacido en la casa o comprado con dinero deberá ser circuncidado. Así mi pacto será en vuestra carne un pacto perpetuo. El varón incircunciso, al que no le haya sido cortada la carne de su prepucio, será borrado de su pueblo; ha violado mi pacto". Dijo Dios a Abrahán: "Saray, tu mujer, no se llamará más Saray; su nombre será Sara. Yo la bendeciré y te haré tener de ella un hijo. Yo la bendeciré, y de ella nacerán pueblos y saldrán reyes". Abrahán cayó rostro en tierra y se puso a reír diciéndose a sí mismo: "¿A un hombre de cien años le podrá nacer un hijo, y Sara a los noventa años podrá ser madre?". Abrahán dijo a Dios: "¡Me conformo con que conserves vivo a Ismael!". Y Dios le dijo: "Ciertamente Sara, tu mujer, te dará un hijo, y tú le llamarás Isaac. Yo estableceré con él mi pacto, como un pacto perpetuo para su descendencia después de él. En cuanto a Ismael, también te he escuchado. Yo le bendigo: Le haré fecundo y le multiplicaré inmensamente, engendrará doce príncipes, y yo haré de él un gran pueblo. Estableceré mi pacto con Isaac, el hijo que te dará Sara el año próximo por este tiempo". Cuando Dios terminó de hablar con Abrahán, se marchó. Abrahán tomó a Ismael, su hijo; a todos los esclavos nacidos en su casa, a los comprados con su dinero; a todos los varones que había en su casa, y aquel mismo día circuncidó la carne de su prepucio, como Dios le había ordenado. Abrahán tenía noventa y nueve años cuando circuncidó la carne de su prepucio, e Ismael, su hijo, trece cuando fue circuncidado. En aquel mismo día fueron circuncidados Abrahán y su hijo, y todos los varones de su casa, los nacidos en ella y los comprados por dinero al extranjero. Todos fueron circuncidados con él. El Señor se apareció a Abrahán junto al encinar de Mambré, cuando estaba sentado ante su tienda en pleno calor del día. Alzó los ojos y vio a tres hombres de pie delante de él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda, se postró en tierra y dijo: "Mi Señor, por favor; si he hallado gracia a tus ojos, no pases sin detenerte con tu siervo. Os traeremos agua, os lavaréis los pies y reposaréis a la sombra de este árbol. Yo voy a buscar un bocado de pan, y así os repondréis antes de pasar adelante, ya que habéis pasado cerca de vuestro siervo". Ellos respondieron: "Haz como has dicho". Abrahán fue deprisa a la tienda de Sara, y le dijo: "Toma en seguida tres medidas de harina, amásala y haz panecillos". Entretanto él corrió al establo, tomó un becerro tierno y cebado y se lo dio a su siervo, que a toda prisa se puso a prepararlo. Tomó después manteca y leche y el becerro ya aderezado, y se lo presentó a ellos. Él se quedó de pie junto a ellos, bajo el árbol, mientras comían. Ellos le preguntaron: "¿Dónde está Sara, tu mujer?". Él respondió: "Está en la tienda". Uno de ellos prosiguió: "Dentro de un año volveré. Para entonces, tu mujer, Sara, habrá tenido un hijo". Sara escuchaba a la entrada de la tienda, detrás del que hablaba. Abrahán y Sara eran viejos, muy entrados en años, y Sara ya no tenía el período de las mujeres. Sara se echó a reír, pensando para sí: "¿Después de haber envejecido he de conocer el placer, siendo también mi marido viejo?". Pero el Señor dijo a Abrahán: "Por qué se ha reído Sara diciéndose: ¿Podrá ser verdad que voy a ser madre siendo tan vieja? ¿Hay algo difícil para el Señor? De aquí a un año volveré, y Sara tendrá un hijo". Sara lo negó diciendo: "Yo no me he reído", pues tuvo miedo; pero él dijo: "Sí, tú te has reído". Aquellos hombres se levantaron y se fueron en dirección a Sodoma. Abrahán iba con ellos. El Señor se decía: "¿Ocultaré yo a Abrahán lo que voy a hacer, cuando ha de convertirse en un pueblo grande y fuerte y cuando en él serán bendecidas todas las naciones de la tierra? No; le pondré al corriente para que ordene a sus hijos y a su casa, después de él, que observen la ley del Señor, practicando la justicia y el derecho, de modo que el Señor cumpla en Abrahán cuanto ha prometido acerca de él". El Señor dijo: "Las quejas contra Sodoma y Gomorra son muy grandes, y su pecado, muy grave. Voy a bajar a ver si realmente han obrado o no según las quejas que han llegado hasta mí; lo voy a comprobar". Los hombres se dirigieron hacia Sodoma. Abrahán estaba todavía delante del Señor. Se le acercó y le dijo: "¿Vas a destruir al justo juntamente con el pecador? Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Vas a destruir la ciudad? ¿No la perdonarás en consideración a los cincuenta justos que hay en ella? ¡Lejos de ti hacer tal cosa! ¡Hacer morir al justo con el pecador, tratarle como al culpable! ¡Nunca hagas eso! ¿El juez de toda la tierra no hará justicia?". El Señor respondió: "Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a toda la ciudad en consideración a ellos". Abrahán replicó: "Soy en verdad muy atrevido insistiendo ante mi Dios, yo, que soy polvo y ceniza. A lo mejor faltan cinco para los cincuenta justos; ¿destruirás por esos cinco toda la ciudad?". Y él respondió: "No, no la destruiré si encuentro cuarenta y cinco justos". Abrahán continuó todavía: "A lo mejor no hay más que cuarenta". Y él respondió: "No lo haré por esos cuarenta". Abrahán insistió: "No se irrite mi Señor si sigo hablando. A lo mejor sólo hay treinta". Y el Señor respondió: "No lo haré si encuentro treinta". Abrahán dijo: "Soy muy atrevido insistiendo ante mi Señor: A lo mejor sólo hay veinte". Y respondió: "No la destruiré en consideración a esos veinte". Abrahán volvió a decir: "No se irrite mi Señor. Voy a hablar por última vez. A lo mejor sólo hay diez". Y el Señor respondió: "No la destruiré en consideración a esos diez". En cuanto terminó de hablar con Abrahán, el Señor se fue y Abrahán volvió a su lugar. Cuando los dos ángeles llegaron a Sodoma, al atardecer, Lot estaba sentado a la puerta de la ciudad. Al verlos se levantó, fue a su encuentro, se postró rostro en tierra y les dijo: "Por favor, señores, venid a casa de vuestro siervo y pasad allí la noche; lavaos los pies, y mañana por la mañana seguiréis vuestro camino". Ellos le respondieron: "No; pasaremos la noche en la plaza". Pero él insistió tanto que se fueron con él y se hospedaron en su casa. Les preparó comida, coció panes sin levadura y comieron. No se habían acostado todavía, cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, jóvenes y ancianos, todo el pueblo sin excepción, cercaron la casa. Llamaron a Lot y le dijeron: "¿Dónde están esos hombres que han venido a tu casa esta noche? Sácanoslos para que abusemos de ellos". Lot salió, cerró la puerta y les dijo: "Hermanos míos, os suplico que no cometáis tal maldad. Escuchad: Yo tengo dos hijas vírgenes; os las voy a sacar fuera, y haced con ellas lo que queráis; pero no hagáis nada a estos hombres, puesto que han entrado a la sombra de mi tejado". Ellos le respondieron: "¡Quítate de ahí!". Y se decían: "Éste vino aquí como emigrante, y quiere constituirse en juez; haremos contigo peor que con ellos". Le empujaron violentamente y trataron de romper la puerta. Pero los dos hombres sacaron su brazo, metieron a Lot con ellos en casa y cerraron la puerta; y dejaron ciegos a los hombres que estaban ante la puerta, desde el más joven hasta el más anciano, de tal modo que no pudieron encontrar la puerta. Los dos hombres dijeron a Lot: "¿Quién hay aquí todavía de los tuyos? Yernos, hijos e hijas y todos los tuyos que estén en la ciudad, sácalos de este lugar, pues hemos venido aquí para destruir este lugar porque las quejas contra él ante el Señor son muy grandes, y el Señor nos ha enviado para destruirlo". Lot fue a hablar con sus futuros yernos, los que se iban a casar con sus hijas, y les dijo: "Levantaos y salid de este lugar porque el Señor va a destruirlo". Pero ellos creían que estaba bromeando. Al despuntar el alba, los ángeles instaban a Lot diciéndole: "Levántate, toma contigo a tu mujer y a tus dos hijas que se encuentran aquí, no sea que perezcas por culpa de la ciudad". Como él no se decidía, aquellos hombres los agarraron de la mano, a él, a su mujer y a sus hijas, porque el Señor se había compadecido de ellos, y los sacaron fuera de la ciudad. Cuando ya estaban fuera, uno de los ángeles le dijo: "Ponte a salvo; no mires hacia atrás ni te detengas en toda la vega; huye a la montaña para que no perezcas". Lot respondió: "¡Oh, no, Señor mío! Tu siervo ha hallado gracia a tus ojos y has mostrado gran misericordia para conmigo conservándome la vida. Pero yo no puedo llegar a la montaña sin que antes me alcance el castigo y muera. Mira, ahí cerca está esa ciudad donde me podría refugiar. Y es insignificante. Permíteme que me refugie en ella y salve mi vida". Él respondió: "Te voy a hacer ese favor; no destruiré la ciudad de que me has hablado. ¡Pronto! Escápate allá, porque yo no podré hacer nada hasta que tú no hayas llegado". Por eso aquella ciudad se llama Soar. Lot llegó a Soar al salir el sol. Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego del Señor desde el cielo. Y destruyó estas ciudades y toda la vega, todos los habitantes de las ciudades y toda la vegetación del suelo. La mujer de Lot miró hacia atrás y se convirtió en una estatua de sal. Abrahán se levantó muy de mañana y se encaminó al lugar donde había estado con el Señor. Volvió la vista hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la vega, y vio cómo de la vega subía humo como el de un horno. Cuando Dios destruyó las ciudades de la llanura, se acordó de Abrahán y salvó a Lot de la catástrofe, mientras destruía las ciudades donde éste había vivido. Lot subió de Soar y se estableció en la montaña, y con él también sus dos hijas, porque tuvo miedo de quedarse en Soar; se instaló en una cueva con sus dos hijas. La mayor dijo a la menor: "Nuestro padre es viejo y no queda varón en la región que pueda juntarse con nosotras como hace todo el mundo. Emborrachemos a nuestro padre y acostémonos con él, y así tendremos descendencia de nuestro padre". Aquella misma noche emborracharon a su padre, y fue la mayor y se acostó con él sin que éste se diera cuenta de que ella se acostaba y se levantaba. Al día siguiente, la mayor dijo a la menor: "La noche pasada dormí yo con mi padre; emborrachémosle también esta noche y te acuestas tú con él, y así tendremos descendencia de nuestro padre". Aquella noche emborracharon también a su padre, y la menor se acostó con él; y tampoco se dio cuenta de que ella se acostaba y se levantaba. De este modo las dos hijas de Lot quedaron encinta de su padre. La mayor tuvo un hijo, y le llamó Moab; es el padre de los actuales moabitas. También la menor tuvo un hijo, y le llamó Ben Ammí; es el padre de los actuales amonitas. De allí Abrahán partió hacia el Negueb, y se detuvo entre Cades y Sur; después se instaló en Guerar. Abrahán decía que Sara, su mujer, era su hermana. Y Abimelec, rey de Guerar, mandó que le trajeran a Sara. Pero Dios visitó a Abimelec en sueños, de noche, y le dijo: "Vas a morir a causa de la mujer que has tomado, porque es una mujer casada". Abimelec, que todavía no la había tocado, dijo: "Señor, ¿matarás también a un inocente? ¿No me dijo él que era su hermana y ella que él era su hermano? Yo hice esto con buena conciencia y manos puras". Dios le respondió: "Sí, sé que has hecho esto con buena conciencia; por eso te he impedido pecar contra mí y no te he dejado tocarla. Ahora, devuélvesela a ese hombre. Él es profeta, e intercederá por ti para que vivas. Pero si no la devuelves, tú y todos los tuyos moriréis". Abimelec se levantó de madrugada y llamó a todos sus servidores. Les refirió todo lo ocurrido, y aquellos hombres se llenaron de miedo. Después mandó llamar a Abrahán y le dijo: "¿Qué nos has hecho? ¿En qué te he ofendido para que nos hayas expuesto, a mí y a mi reino, a cometer un pecado tan grave? Tú has hecho conmigo lo que no se debe hacer". Y añadió: "¿Qué pretendías al obrar así?". Abrahán respondió: "Yo me dije: Seguramente no hay temor de Dios en esta tierra y me matarán a causa de mi mujer. Además, es verdad que ella también es mi hermana, hija de mi padre, pero no de mi madre, y ahora es mi mujer. Cuando Dios me hizo salir lejos de la casa de mi padre, yo le dije a ella: Tienes que hacerme este favor: dondequiera que vayamos, di que yo soy tu hermano". Abimelec tomó ovejas y vacas, siervos y siervas y se los dio a Abrahán; le devolvió también a Sara, su mujer, y le dijo: "Tienes delante de ti mi territorio; habita donde quieras". A Sara le dijo: "Mira, yo he dado mil monedas de plata a tu hermano; esto será para ti como una venda sobre los ojos de todos los que están contigo y ante cualquiera, y tú serás enteramente justificada". Abrahán rezó a Dios, y Dios curó a Abimelec, a su mujer y a sus siervos para que de nuevo pudieran tener hijos; pues el Señor había hecho estéril el seno de todas las mujeres en la casa de Abimelec por lo de Sara, mujer de Abrahán. El Señor visitó a Sara como había dicho, y cumplió en ella cuanto había anunciado. Sara concibió y dio un hijo a Abrahán ya en su vejez, en el tiempo predicho por Dios. Y Abrahán puso el nombre de Isaac al hijo que le había nacido, que le había dado Sara. Abrahán circuncidó a Isaac, su hijo, a los ocho días, como Dios le había mandado. Abrahán tenía cien años cuando le nació su hijo Isaac. Sara dijo: "Dios me ha hecho reír, y todos los que se enteren se reirán conmigo". Y añadió: "¿Quién iba a decir a Abrahán que Sara amamantaría hijos? Pues le he dado un hijo en su vejez". El niño creció y fue destetado. Abrahán hizo una gran fiesta el día que fue destetado Isaac. Un día Sara vio que el hijo que Abrahán había tenido de Agar, la egipcia, estaba jugando con Isaac, y dijo a Abrahán: "Echa a esa esclava y a su hijo, pues el hijo de esa esclava no va a heredar con mi hijo Isaac". Muy duro se le hacía esto a Abrahán, pues se trataba de su hijo. Pero Dios le dijo: "No te dé pena por el muchacho ni por tu esclava. Haz lo que te dice Sara, porque la descendencia que lleve tu nombre saldrá de Isaac. Del hijo de la esclava haré también un gran pueblo, porque es de tu raza". Abrahán se levantó muy de mañana, tomó pan y un odre de agua y se lo dio a Agar; puso el niño sobre su hombro, y la despidió. Ella se fue y anduvo errante por el desierto de Berseba. Cuando se agotó el agua del odre, dejó al niño bajo un matorral y se sentó enfrente, a la distancia de un tiro de arco, diciéndose: "No puedo ver morir al niño". Y se sentó enfrente. El niño se puso a llorar a gritos. Dios oyó los gritos del niño, y el ángel de Dios llamó desde el cielo a Agar y le dijo: "¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído los gritos del pequeño desde el lugar en que está. Levántate, coge al niño y tómalo de la mano, porque de él haré yo un gran pueblo". Dios abrió los ojos a Agar, que vio un pozo de agua. Se fue a llenar el odre y dio de beber al niño. Y Dios estuvo con el niño, el cual creció, habitó en el desierto y llegó a ser un gran tirador de arco. Habitó en el desierto de Farán, y su madre le escogió para esposa una mujer egipcia. Por aquel tiempo Abimelec, acompañado por Picol, jefe de su ejército, fue a decir a Abrahán: "Dios está contigo en todo lo que haces. Júrame aquí, por Dios, que no me engañarás a mí, ni a mis hijos, ni a mis parientes, sino que tendrás conmigo y con el país que te hospedó la misma benevolencia que yo he tenido contigo". Abrahán respondió: "Sí, lo juro". Pero Abrahán tuvo que llamar la atención a Abimelec porque sus criados se habían apoderado con violencia de un pozo. Abimelec dijo: "No sé quién ha podido hacerlo; tú no me lo habías dicho, ni yo me había enterado hasta hoy". Abrahán tomó ovejas y vacas y se las dio a Abimelec, y los dos hicieron un pacto. Luego apartó siete corderas del rebaño, y Abimelec le preguntó: "¿Qué significan estas siete corderas que has apartado?". Abrahán respondió: "Tú aceptarás estas siete corderas de mi mano para que sean un testimonio de que yo he cavado este pozo". Por esto se llamó a este lugar Berseba, porque allí juraron los dos. Después que hicieron el pacto en Berseba, Abimelec y Picol, jefe de su ejército, regresaron al país de los filisteos. Abrahán plantó en Berseba un tamarisco e invocó allí al Señor, Dios de la eternidad. Abrahán permaneció largo tiempo en tierra de los filisteos. Después de esto, Dios quiso probar a Abrahán, y le llamó: "¡Abrahán! ¡Abrahán!". Éste respondió: "Aquí estoy". Y Dios le dijo: "Toma ahora a tu hijo, al que tanto amas, Isaac, vete al país de Moria, y ofrécemelo allí en holocausto en un monte que yo te indicaré". Abrahán se levantó de madrugada, aparejó su asno, tomó consigo dos criados y a su hijo Isaac, partió la leña para el holocausto y se encaminó hacia el lugar que Dios le había dicho. Al tercer día, Abrahán alzó los ojos y alcanzó a ver de lejos el lugar; y dijo a sus criados: "Quedaos aquí con el asno mientras el muchacho y yo subimos arriba; adoraremos a Dios, y después volveremos con vosotros". Abrahán tomó la leña del holocausto y la puso sobre el hombro de su hijo Isaac. Después tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos. Isaac dijo a su padre: "¡Padre!". Él respondió: "¿Qué quieres, hijo mío?". Isaac dijo: "Llevamos el fuego y la leña; pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?". Abrahán respondió: "Dios se proveerá del cordero para el holocausto, hijo mío". Y continuaron juntos el camino. Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abrahán levantó un altar; preparó la leña, ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo. Entonces el ángel del Señor le llamó desde el cielo y le dijo: "¡Abrahán! ¡Abrahán!". Éste respondió: "Aquí estoy". Y el ángel le dijo: "No lleves tu mano sobre el muchacho, ni le hagas mal alguno. Ya veo que temes a Dios, porque no me has negado a tu hijo, tu hijo único". Abrahán alzó los ojos y vio a sus espaldas un carnero enredado por los cuernos en un matorral. Tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abrahán puso a aquel lugar el nombre de "El Señor provee", y por eso todavía hoy se dice "El monte del Señor provee". El ángel del Señor llamó por segunda vez a Abrahán, y le dijo: "Juro por mí mismo, palabra del Señor, que, por haber hecho esto y no haberme negado tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré tanto tu descendencia, que será como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la otra orilla del mar, y tu descendencia ocupará la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra, porque obedeciste mi voz". Abrahán volvió donde sus criados y partieron juntos hacia Berseba, donde Abrahán se quedó a vivir. Después de todo esto se enteró de que su hermano Najor había tenido hijos de Milcá: Us, el primogénito; Buz, su hermano; Camuel, padre de Arán; Quésed, Jazó, Pildás, Yidlaf y Betuel. Betuel fue el padre de Rebeca. Estos ocho hijos le dio Milcá a Najor. Y también su concubina, de nombre Rauma, le dio a Tébaj, Gajan, Tajas y Maacá. Sara vivió ciento veintisiete años. Sara murió en Quiriat Arbá, o sea Hebrón, en tierra de Canaán. Abrahán vino a llorar a Sara y a hacer duelo por ella. Y cuando se levantó de junto a su difunta, habló así a los hititas: "Yo soy extranjero y emigrante entre vosotros; dadme una sepultura en propiedad para enterrar a mi difunta". Los hititas le respondieron: "Escúchanos, señor; tú eres entre nosotros un príncipe de Dios; sepulta a tu difunta en la mejor de nuestras tumbas. Ninguno te negará la suya para que puedas enterrar a tu difunta". Abrahán se levantó e hizo una reverencia a las gentes del país, los hititas, y les habló de esta manera: "Si estáis de acuerdo en que yo sepulte a mi difunta, escuchadme: interceded por mí ante Efrón, el hijo de Sójar, para que me ceda por su justo precio y como propiedad funeraria entre vosotros su cueva de Macpela, la que se encuentra al final de su campo". Efrón, que estaba entre los hititas, respondió a Abrahán en presencia de los hititas y ante todos los que entraban por la puerta de la ciudad: "No, señor; escúchame: yo te doy el campo y la cueva que hay en él; delante de los hijos de mi pueblo te lo doy; sepulta a tu difunta". Entonces Abrahán se inclinó ante el pueblo del país, y habló así a Efrón en presencia del pueblo: "Escúchame, por favor; yo te doy el precio del campo; tómalo de mi mano y sepultaré en él a mi difunta". Efrón respondió a Abrahán: "Señor, escúchame; una tierra de cuatrocientas monedas de plata, ¿qué es para ti ni para mí?". Abrahán se puso de acuerdo con Efrón y le pagó el precio que le había pedido en presencia de los hititas: cuatrocientas piezas de plata de moneda corriente en el mercado. De este modo el campo de Efrón, que estaba en Macpela, enfrente de Mambré, el campo y la cueva que había en él y todos los árboles de su término, pasaron a ser propiedad de Abrahán en presencia de todos los hititas y de todos los que entraban por la puerta de la ciudad. Después Abrahán enterró a Sara en la cueva del campo de Macpela, enfrente de Mambré, en tierra de Canaán. Así el campo y la cueva que hay en él fueron adquiridos por Abrahán de los hititas, como propiedad funeraria. Abrahán era ya muy viejo, y el Señor le había bendecido en todo. Abrahán dijo al criado más antiguo de su casa, que llevaba la administración de todos sus bienes: "Pon tu mano bajo mi muslo. Quiero que me jures por el Señor, Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás para mi hijo una mujer de entre las hijas de los cananeos entre las cuales habito, sino que irás a mi tierra, adonde están los míos, a tomar una mujer para mi hijo Isaac". El criado le respondió: "Y si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, ¿he de llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?". Abrahán respondió: "Guárdate de llevar a mi hijo allá. El Señor, Dios del cielo y de la tierra, que me sacó de la casa de mi padre y de la tierra de mi familia, que me habló y me juró diciéndome: Yo daré esta tierra a tu descendencia, él enviará su ángel delante de ti, para que tomes de allí mujer para mi hijo. Y si la mujer no quiere venir contigo, quedarás libre de este juramento que me haces, pero de ningún modo lleves allí a mi hijo". El criado puso su mano debajo del muslo de Abrahán, su señor, y se lo juró. El criado tomó diez camellos de los de su señor y partió llevando consigo toda clase de regalos de su señor. Puesto en camino, llegó a Arán Naharáyim, la ciudad de Najor. Hizo arrodillar a los camellos en las afueras de la ciudad junto al pozo a la hora de la tarde en que las mozas salen por agua, y dijo: "Señor, Dios de mi amo Abrahán, haz que tenga hoy un buen encuentro y muestra tu amistad con mi amo Abrahán. Yo me quedaré junto a esta fuente mientras las hijas de la ciudad salen por agua. La joven a quien yo diga: Baja tu cántaro para que beba yo, y que me responda: Bebe, y voy a dar también de beber a tus camellos, ésa será la que tú has destinado a tu siervo Isaac; en esto conoceré que has mostrado tu amistad con mi amo Abrahán". No había acabado de hablar, cuando Rebeca, hija de Betuel, hijo de Milcá y mujer de Najor, hermano de Abrahán, salía con su cántaro al hombro. La joven era muy bella y virgen; ningún varón la había tocado. Bajó a la fuente, llenó el cántaro e iba ya a subir, cuando el criado corrió a su encuentro, y le dijo: "Por favor, dame de beber un poco de agua de tu cántaro". Ella respondió: "Bebe, señor"; e inclinando en seguida el cántaro sobre su brazo, le dio de beber. Cuando acabó de beber le dijo: "También sacaré agua para tus camellos hasta que se harten". Rápidamente vació su cántaro en la pila, corrió de nuevo a sacar agua y trajo para todos los camellos. Entre tanto, el hombre la contemplaba en silencio, preguntándose si el Señor habría dado o no éxito a su viaje. Cuando los camellos acabaron de beber, el criado tomó un anillo de oro de seis gramos de peso y se lo puso a ella en las narices; y luego, en sus brazos, dos brazaletes también de oro, de ciento veinte gramos de peso. Y le dijo: "¿De quién eres hija? Dime, por favor, ¿habrá sitio en la casa de tu padre para pasar yo allí la noche?". Ella respondió: "Soy hija de Betuel, el hijo que Milcá dio a Najor". Y añadió: "Nosotros tenemos paja y heno en abundancia y sitio para hospedarte". Entonces el criado, postrándose en tierra, adoró al Señor diciendo: "Bendito sea el Señor, Dios de mi amo Abrahán, que no ha dejado de mostrar su amistad y bondad para con mi señor y a mí me ha encaminado a la casa de los hermanos de mi amo". La joven corrió a casa de su madre y contó todo lo sucedido. Rebeca tenía un hermano de nombre Labán, el cual salió aprisa al encuentro del criado junto a la fuente. Al ver el anillo y los brazaletes que llevaba su hermana y al oírla contar todo lo que aquel hombre le había dicho, fue hasta él, pues estaba todavía con los camellos junto a la fuente, y le dijo: "Ven, bendito del Señor, ¿por qué has de quedarte afuera? Tengo ya dispuesta la casa y el lugar para los camellos". El hombre fue a la casa. Labán desaparejó los camellos y les dio paja y forraje; a él y a sus acompañantes les trajo agua para que se lavaran los pies. Después le trajeron comida; pero él dijo: "No comeré hasta haber dicho lo que tengo que decir". Labán respondió: "Habla". Él prosiguió: "Yo soy criado de Abrahán. El Señor ha colmado de bendiciones a mi amo y le ha enriquecido mucho; le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, criados y criadas, camellos y asnos. Sara, mujer de mi amo, le dio un hijo a su vejez, al que ha dado todo cuanto posee. Mi amo me hizo prestar este juramento: No tomarás mujer para mi hijo de entre las hijas de los cananeos, en cuya tierra habito, sino que irás a la casa de mi padre, a mi familia, y de allí tomarás mujer para mi hijo. Yo le dije a mi amo: ¿Y si la mujer no quiere venir conmigo? Él me respondió: El Señor, en cuya presencia he caminado siempre, enviará su ángel contigo y dará éxito a tu viaje. Tú tomarás para mi hijo una mujer de mi familia y de la casa de mi padre. Quedarás libre del juramento que me haces solamente cuando hayas llegado a mi familia y no te la hayan querido dar. Hoy llegué a la fuente y dije: Señor, Dios de mi amo Abrahán, lleva a feliz éxito el viaje que he emprendido; yo me quedaré aquí junto a la fuente; la joven que salga por agua, a la que yo diga: Dame de beber de tu cántaro y me responda: Bebe y sacaré también para tus camellos, sea la mujer destinada por el Señor para el hijo de mi amo. No había acabado yo de hablar, y he aquí que salía Rebeca con su cántaro al hombro; bajó a la fuente y sacó agua. Yo le dije: Dame de beber. Y, aprisa, bajó ella el cántaro de su hombro y dijo: Bebe, y daré también agua a tus camellos. Yo bebí, y ella dio también agua a mis camellos. Entonces le pregunté: ¿De quién eres hija? Y ella me respondió: Soy hija de Betuel, el hijo que Milcá dio a Najor. Entonces le puse el anillo en la nariz y los brazaletes en los brazos. Me incliné después profundamente y adoré y bendije al Señor, Dios de mi amo Abrahán, que me había guiado por el recto camino para tomar para el hijo de mi amo a la hija de su hermano. Ahora, si queréis mostrar amistad y lealtad hacia mi amo, decídmelo; y si no, decídmelo también, para saber a qué atenerme". Labán y Betuel tomaron la palabra y dijeron: "La cosa procede del Señor; nosotros no podemos decir ni que sí ni que no. Ahí está Rebeca delante de ti, tómala y vete; que sea la mujer del hijo de tu amo, como ha dicho el Señor". Al oír estas palabras, el criado de Abrahán se postró en tierra ante el Señor. Sacó joyas de plata y oro y vestidos, y se lo dio a Rebeca. Hizo también ricos presentes a su hermano y a su madre. Comieron y bebieron él y sus acompañantes, y pasaron allí la noche. A la mañana siguiente, cuando se levantaron, él dijo: "Dejadme volver a mi amo". Pero el hermano y la madre de Rebeca le dijeron: "Que se quede la joven todavía algunos días con nosotros, y después irá". Y él les contestó: "Puesto que el Señor ha dado éxito a mi viaje, no me entretengáis; dejadme partir para volver a mi señor". Y ellos le dijeron: "Llamemos a la joven, y que ella decida". Llamaron a Rebeca y le dijeron: "¿Quieres irte con este hombre?". Ella respondió: "Sí". Y ellos dejaron partir a su hermana Rebeca, a su nodriza, al criado de Abrahán y a sus hombres. Y bendijeron a Rebeca diciendo: "Tú eres nuestra hermana; ¡crece en millares de millares! ¡Que tu descendencia ocupe la puerta de sus enemigos!". Rebeca y sus siervas se levantaron, montaron sobre los camellos y siguieron a aquel hombre. Y el criado, llevando consigo a Rebeca, se fue. Isaac, mientras tanto, se había trasladado del pozo de Lajay-Roí y estaba viviendo en el Negueb. Una tarde salió a dar un paseo por el campo y, levantando los ojos, vio que se acercaban unos camellos. También Rebeca levantó los ojos y vio a Isaac. Bajó del camello y dijo al criado: "¿Quién es aquel hombre que viene por el campo hacia nosotros?". El criado respondió: "Es mi amo". Ella entonces tomó el velo y se cubrió. El criado contó a Isaac todo lo que había hecho. Isaac introdujo a Rebeca en la tienda de Sara, la tomó y fue su mujer. La amó, y se consoló de la muerte de su madre. Abrahán tomó después otra mujer, llamada Queturá, de la que tuvo a Zimrán, Yocsán, Medán, Madián, Yisbac y Súaj. Yocsán engendró a Sebá y Dedán. Los hijos de Dedán fueron los asuritas, los letusitas y los leumitas. Los hijos de Madián fueron Efá, Éfer, Henoc, Abidá y Eldaá. Todos éstos fueron los hijos de Queturá. Pero Abrahán dio todos sus bienes a Isaac. A los hijos de sus concubinas les hizo donaciones y, antes de morir, los envió lejos de Isaac, su hijo, hacia levante. Abrahán vivió ciento setenta y cinco años. Murió en buena vejez, anciano, lleno de días, y fue a reunirse con sus antepasados. Sus hijos, Isaac e Ismael, lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, hijo de Sojar, el hitita, enfrente de Mambré. Es el campo que compró a los hititas. En él fueron enterrados Abrahán y Sara, su mujer. Después de la muerte de Abrahán, Dios bendijo a Isaac, su hijo, que se quedó a vivir junto al pozo de Lajay-Roí. Éstos son los descendientes de Ismael, hijo de Abrahán, el que le dio Agar, la egipcia, esclava de Sara, por nombres y familias: el primogénito de Ismael fue Nabayot; después Quedar, Adbeel, Mibsán, Mismá, Dumá, Masá, Jadad, Temá, Yetur, Nafís y Quedma. Tales son los hijos de Ismael, y tales sus nombres según sus poblados y campamentos: doce jefes de tribus. Ismael vivió ciento treinta y siete años. Murió, y fue a reunirse con sus padres. Sus hijos habitaron desde Javilá hasta Sur, enfrente de Egipto, según se va a Asiria. Él se estableció enfrente de todos sus hermanos. Historia de Isaac, hijo de Abrahán: Abrahán engendró a Isaac, el cual, a la edad de cuarenta años, se casó con Rebeca, hija de Betuel, el arameo de Padán Arán, y hermana de Labán. Isaac rezó al Señor por su mujer, que era estéril. El Señor le escuchó, y Rebeca quedó encinta. Los niños se chocaban en su seno, y ella dijo: "Si es así, ¿qué será de mí?". Y fue a consultar al Señor. El Señor le respondió: "Dos naciones hay en tu seno, dos pueblos se separarán desde tus entrañas; uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor". A la hora del parto, se encontraron gemelos en su seno. Salió el primero, rubio y todo él velludo como una pelliza, y le llamaron Esaú. En seguida salió su hermano, con la mano agarrada al talón de Esaú, y le llamaron Jacob. Isaac tenía sesenta años cuando Rebeca los dio a luz. Los niños crecieron; Esaú llegó a ser un diestro cazador y hombre de campo, mientras que Jacob era hombre tranquilo y amante de la tierra. Isaac prefería a Esaú, porque la caza era plato de su gusto, mientras que Rebeca prefería a Jacob. Un día Jacob se había preparado un potaje, y Esaú volvía del campo; estaba agotado, y dijo a Jacob: "Déjame comer eso rojo que tienes ahí, pues estoy agotado". (Por esto se le llamó Edón). Jacob le respondió: "Véndeme ahora mismo tu primogenitura". Y Esaú respondió: "Estoy que me muero, ¿de qué me sirve la primogenitura?". Jacob insistió: "Júramelo antes". Él se lo juró, y vendió a Jacob su primogenitura. Entonces Jacob le dio pan y el potaje de lentejas; él comió y bebió, se levantó y se fue. Así menospreció Esaú su primogenitura. Hubo hambre en el país (otra distinta de la que hubo en tiempo de Abrahán), e Isaac se fue a Guerar con Abimelec, rey de los filisteos. Allí se le apareció el Señor y le dijo: "No bajes a Egipto; quédate en el país que yo te diré. Reside en ese país, y yo estaré contigo y te bendeciré; porque a ti y a tu descendencia os daré esta tierra cumpliendo el juramento que hice a tu padre Abrahán. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y le daré todas estas tierras, y en tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra; porque Abrahán me obedeció y guardó mis preceptos y mandamientos, mis estatutos y mis leyes". Isaac se estableció en Guerar. Las gentes del lugar le preguntaban si Rebeca era su mujer, y él respondía que era su hermana, pues tenía miedo de decir que era su mujer; porque como Rebeca era muy bella, pensaba que aquellos hombres podían matarle. Cuando ya llevaba algún tiempo entre ellos, un día Abimelec, rey de los filisteos, mirando por una ventana, vio que Isaac acariciaba a Rebeca, su mujer. Entonces Abimelec mandó llamar a Isaac y le dijo: "Ésta es sin duda tu mujer. ¿Por qué dijiste que era tu hermana?". Isaac respondió: "Porque pensé que a lo mejor me matarían por causa de ella". Y Abimelec añadió: "¿Por qué nos has hecho esto? Cualquiera habría podido acostarse con tu mujer, y habrías traído sobre nosotros un pecado". Entonces Abimelec dio esta orden al pueblo: "El que toque a este hombre o a su mujer será castigado con la muerte". Isaac sembró la tierra donde estaba, y aquel año recolectó cien veces más. ¡Tanto le bendijo el Señor! Se enriqueció y se fue enriqueciendo más y más, hasta llegar a ser riquísimo. Poseía rebaños de ovejas y vacas y numerosa servidumbre. Los filisteos comenzaron a tenerle envidia, por lo que cegaron y llenaron de tierra los pozos que los criados de su padre habían abierto en tiempos de Abrahán. Abimelec dijo a Isaac: "Vete de aquí, porque has llegado a ser más poderoso que nosotros". Isaac se fue de allí y plantó sus tiendas en el valle de Guerar. Abrió de nuevo los pozos que habían sido abiertos en tiempos de su padre Abrahán y que los filisteos, después de la muerte de Abrahán, habían cegado, y les dio los mismos nombres con que los había llamado su padre. Los criados de Isaac excavaron en el valle y encontraron en él un pozo de agua corriente. Los pastores de Guerar riñeron con los de Isaac diciendo: "Este pozo es nuestro". Él llamó a este pozo Éseq, porque había habido riña por él. Cavaron de nuevo otro pozo, y también por éste riñeron, por lo que Isaac llamó a este pozo Sitná. Se fue de allí y cavó otro pozo, por el que ya no hubo riña; y le llamó Rejobot, porque dijo: "Finalmente el Señor nos ha dado campo libre para que prosperemos en esta tierra". De allí subió a Berseba. Y aquella misma noche se le apareció el Señor y le dijo: "Yo soy el Dios de tu padre Abrahán. No temas, porque yo estoy contigo. Te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia por amor de Abrahán, mi siervo". Levantó un altar en aquel lugar e invocó el nombre del Señor. Plantó allí sus tiendas, y sus criados abrieron un pozo. Abimelec vino a verle desde Guerar, acompañado de Ajuzat, su consejero, y de Picol, jefe de su ejército. Isaac les preguntó: "¿Por qué habéis venido a verme vosotros, que me odiáis y que me habéis echado de vuestro país?". Ellos respondieron: "Hemos visto claramente que el Señor está contigo y hemos dicho: Haya un juramento entre ti y nosotros y hagamos un pacto contigo. Jura que no nos harás daño, como nosotros no te hemos tocado y no te hemos hecho sino bien dejándote ir en paz. Tú eres ahora el bendito del Señor". Isaac les dio un banquete, y comieron y bebieron. A la mañana siguiente se levantaron de madrugada y se prestaron juramento mutuamente. Isaac los despidió, y ellos se fueron en paz. Aquel mismo día vinieron sus siervos y le comunicaron lo del pozo que habían abierto; le dijeron: "Hemos encontrado agua"; y él llamó a aquel pozo Seba. Por esto la ciudad lleva hoy el nombre de Berseba. Esaú, a la edad de cuarenta años, se casó con Judit, hija del hitita Beeri, y con Basmat, hija del hitita Elón. Estas mujeres amargaron la vida a Isaac y a Rebeca. Isaac era ya viejo y se había quedado ciego. Llamó a su hijo mayor, Esaú, y le dijo: "¡Hijo mío!". "Aquí estoy", respondió él. "Como ves, continuó Isaac, yo soy viejo y no sé cuándo moriré. Toma tu aljaba y tu arco, sal al campo y tráeme algo de caza. Prepárame un guisado como a mí me gusta y tráemelo para que coma y te bendiga antes de morir". Rebeca había estado escuchando lo que Isaac decía a su hijo Esaú; y, tan pronto como éste se fue al campo en busca de caza para su padre, llamó a su hijo Jacob y le dijo: "Acabo de oír a tu padre decir a tu hermano: Tráeme caza y prepárame un guisado, para que coma y te bendiga delante del Señor antes de morir. Hijo mío, escúchame y haz lo que te mando. Vete al rebaño y tráeme dos cabritos. Yo prepararé a tu padre un guisado como a él le gusta, y tú se lo llevarás a tu padre para que lo coma y después te bendiga antes de morir". Jacob respondió a Rebeca, su madre: "Tú sabes que mi hermano Esaú es hombre velludo y yo lampiño; si mi padre me palpa, se dará cuenta de que le estoy engañando, y yo atraería sobre mí una maldición en lugar de la bendición". Su madre le respondió: "Tu maldición, hijo mío, caiga sobre mí. Tú obedéceme; ve y tráeme los cabritos". Él fue a buscar los cabritos y se los trajo a su madre, que preparó el guiso como a su padre le gustaba. Tomó después Rebeca vestidos de Esaú, su hijo mayor, los más bonitos que tenía en casa, y se los puso a Jacob, su hijo menor. Con las pieles de los cabritos cubrió sus manos y la parte lisa de su cuello, y puso en las manos de Jacob el guiso que ella había preparado y el pan. Jacob se acercó a su padre y le dijo: "¡Padre!". "Aquí estoy, respondió él. ¿Quién eres, hijo mío?". Y Jacob dijo a su padre: "Soy Esaú, tu primogénito. He hecho lo que me mandaste; levántate y come de la caza, para que después me bendigas". Isaac dijo a su hijo: "¿Cómo la has encontrado tan pronto, hijo mío?". Él respondió: "Porque el Señor, tu Dios, me la ha puesto en las manos". Isaac dijo a Jacob: "Acércate, hijo mío, para que yo te palpe, a ver si eres mi hijo Esaú o no". Jacob se acercó a su padre Isaac, el cual, después de haberle palpado, dijo: "La voz es la voz de Jacob, pero las manos son las manos de Esaú". Y no le reconoció porque las manos eran velludas como las de su hermano Esaú, y se dispuso a bendecirle. Pero todavía insistió: "¿Eres tú de verdad mi hijo Esaú?". Y respondió: "Sí, yo soy". Entonces le dijo: "Acércame la caza para que coma y después te bendiga". Jacob se la acercó y comió; le trajo también vino y bebió. Después Isaac, su padre, le dijo: "Ahora acércate y bésame, hijo mío". Él se acercó y lo besó. Y cuando Isaac sintió la fragancia de sus vestidos le bendijo así: "Oh, el olor de mi hijo es como el olor de un campo fértil que el Señor ha bendecido. Dios te dé el rocío del cielo y la fertilidad de la tierra y abundancia de trigo y mosto. Que los pueblos te sirvan y las naciones se inclinen ante ti. Sé señor de tus hermanos e inclínense ante ti los hijos de tu madre. Maldito sea el que te maldiga y bendito el que te bendiga". Tan pronto como Isaac acabó de bendecir a Jacob y éste salió de su presencia, volvió de la caza su hermano Esaú. Preparó también él un guisado, se lo llevó a su padre y le dijo: "Levántese mi padre y coma de la caza de su hijo para que me bendiga". Isaac le dijo: "¿Quién eres tú?". Él respondió: "Yo soy Esaú, tu hijo primogénito". Isaac sintió un fuerte estremecimiento y dijo: "¿Pues quién ha sido el que me ha traído la caza? Yo he comido de ella antes de que tú vinieras, y lo he bendecido, y ¡bendito será!". Cuando Esaú oyó las palabras de su padre gritó con gran fuerza su amargura, y dijo a su padre: "Bendíceme también a mí, padre mío". Pero éste respondió: "Tu hermano ha venido con engaño y se ha llevado tu bendición". Esaú continuó: "No por nada se llama Jacob; ya me ha suplantado dos veces. Se alzó con mi primogenitura, y ahora se ha llevado mi bendición". Y añadió: "¿No tienes ya bendición para mí?". Isaac le respondió: "Yo le he constituido señor tuyo y le he dado por siervos a todos sus hermanos; le he provisto de trigo y de vino, ¿qué puedo hacer ahora por ti, hijo mío?". Esaú dijo a su padre: "¿No tienes más que una sola bendición? Bendíceme también a mí, padre mío". Y alzó la voz y lloró. Entonces su padre tomó la palabra y dijo: "Lejos de tu tierra será tu residencia, lejos del rocío del cielo. Vivirás de tu espada y servirás a tu hermano; pero cuando te subleves sacudirás su yugo de tu cuello". Desde entonces Esaú aborreció a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido, y se dijo: "Están próximos los días en que se hará el duelo por mi padre; entonces mataré a mi hermano Jacob". Le contaron a Rebeca las palabras de su hijo mayor. Ella mandó llamar a Jacob, su hijo menor, y le dijo: "Mira, Esaú, tu hermano, quiere vengarse de ti matándote. Por tanto, hijo mío, obedéceme; huye rápidamente a casa de mi hermano Labán, a Jarán. Quédate con él por algún tiempo, hasta que la ira de tu hermano contra ti se haya aplacado y se olvide de lo que le has hecho. Entonces yo mandaré a buscarte. ¿Por qué tendría yo que perder a los dos hijos en un mismo día?". Después dijo a Isaac: "Estoy asqueada de la vida, a causa de estas hititas. Si Jacob se casa con una hitita como éstas, ¿qué me importa la vida?". Isaac llamó a Jacob, le bendijo y le dio esta orden: "No te cases con una cananea. Anda, vete a Padán Arán a casa de Betuel, padre de tu madre, y cásate con una de las hijas de Labán, hermano de tu madre. Que el Dios todopoderoso te bendiga y te haga tan fecundo y numeroso que llegues a ser una comunidad de pueblos. Que él te dé la bendición de Abrahán, a ti y a tus descendientes contigo, para que poseas la tierra en que resides, la que Dios dio a Abrahán". Así despidió Isaac a Jacob, y éste se fue a Padán Arán, a casa de Labán, hijo de Betuel, el arameo, y hermano de Rebeca, madre de Esaú y Jacob. Esaú vio que Isaac había bendecido a Jacob y le había enviado a Padán Arán para que se casara allí, y que al bendecirle le había dado esta orden: "No te cases con una cananea"; y que Jacob, obedeciendo a su padre y a su madre, había partido para Padán Arán. Esaú comprendió que las cananeas eran mal vistas por su padre Isaac; se fue donde Ismael y, además de las que ya tenía, tomó por mujer a Majalat, hija de Ismael, el hijo de Abrahán, hermana de Nebayot. Jacob salió de Berseba con dirección a Jarán. Llegó a cierto lugar y se dispuso a pasar allí la noche, porque el sol ya se había puesto. Tomó una piedra, la puso por cabecera y se acostó. Tuvo un sueño. Veía una escalera que, apoyándose en la tierra, tocaba con su cima en el cielo, y por la que subían y bajaban los ángeles del Señor. Arriba estaba el Señor, el cual dijo: "Yo soy el Señor, el Dios de Abrahán, tu antepasado, y el Dios de Isaac. Yo te daré a ti y a tu descendencia la tierra en que descansas. Tu descendencia será como el polvo de la tierra; te extenderás a oriente y a occidente, al norte y al sur. Por ti y por tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra. Yo estoy contigo. Te guardaré dondequiera que vayas y te volveré a esta tierra, porque no te abandonaré hasta que no haya cumplido lo que te he prometido". Jacob se despertó de su sueño y dijo: "Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía". Tuvo miedo y dijo: "¡Qué terrible es este lugar! ¡Nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo". Se levantó muy de mañana, tomó la piedra que había puesto por cabecera, la levantó a modo de estela y derramó aceite sobre ella. Y dio a este lugar el nombre de Betel; antes se llamaba Luz. Jacob hizo esta promesa: "Si Dios está conmigo, me protege en este viaje que estoy haciendo y me da pan para comer, vestidos para cubrirme y puedo volver sano y salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios y esta piedra que he levantado a modo de estela será un santuario; de todo lo que me des te devolveré puntualmente la décima parte". Jacob se puso de nuevo en camino y llegó a la tierra de los orientales. Miró y vio un pozo en medio del campo, junto al cual sesteaban tres rebaños de ovejas, porque en él solían abrevar los ganados; pero en la boca del pozo había una piedra muy grande. Por eso los pastores juntaban primero todos sus rebaños, luego quitaban la piedra y, una vez abrevado el ganado, la volvían a su sitio. Jacob les dijo: "Hermanos míos, ¿de dónde sois?". Respondieron: "Somos de Jarán". Les dijo: "¿Conocéis a Labán, hijo de Najor?". Respondieron: "Sí, le conocemos". Y él les dijo: "¿Está bien?". Respondieron: "Sí. Ésa que viene con las ovejas es su hija Raquel". Él les dijo: "Todavía es muy de día, y no es hora de retirar el ganado; abrevad las ovejas y llevadlas a pastar". Ellos respondieron: "No podemos hacerlo hasta que se hayan reunido todos los rebaños y sea removida la piedra; solamente entonces podremos abrevar las ovejas". Estaba todavía hablando con ellos cuando llegó Raquel con las ovejas de su padre, pues era pastora. Jacob, al ver a Raquel, hija de Labán, su tío, con las ovejas de Labán, hermano de su madre, se acercó, quitó la piedra de la boca del pozo y abrevó las ovejas de su tío Labán. Después besó a Raquel y rompió a llorar. Declaró luego a Raquel que él era sobrino de su padre, ya que era hijo de Rebeca, y ella corrió a contárselo a su padre. Cuando Labán oyó que había llegado su sobrino Jacob, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó y lo llevó a su casa. Jacob contó a Labán todo lo sucedido. Labán le dijo: "¡En verdad, tú eres hueso mío y carne mía!". Y Jacob se quedó con él. Pasado un mes, Labán dijo a Jacob: "¿Por ser sobrino mío, me vas a servir de balde? Dime cuál ha de ser tu salario". Labán tenía dos hijas. La mayor se llamaba Lía y la menor Raquel. Lía tenía los ojos tiernos, mientras que Raquel era guapa y de lindo semblante. Jacob amaba a Raquel, y dijo: "Te serviré siete años a cambio de Raquel, tu hija menor". Y Labán respondió: "Más vale dártela a ti que no a un extraño; quédate conmigo". Y Jacob sirvió siete años por Raquel, que le parecieron unos días; tan grande era el amor que le tenía. Después dijo a Labán: "Dame mi mujer, porque mi tiempo se ha cumplido, para que viva con ella". Labán invitó a todas las gentes del lugar y dio un gran banquete. Por la noche tomó a su hija Lía y se la trajo a Jacob, que se unió a ella. Labán dio a su hija Lía, por esclava, a su propia esclava Zilpa. A la mañana siguiente Jacob se dio cuenta que era Lía, y dijo a Labán: "¿Qué es lo que me has hecho? ¿No te he servido yo por Raquel? ¿Por qué me has engañado?". Y Labán respondió: "En nuestra tierra no es costumbre dar la menor antes que la mayor. Acaba la semana de bodas con ésta y se te dará también la otra por el servicio que has de prestarme por otros siete años". Jacob lo hizo así. Terminó la semana de bodas con la primera, y Labán le dio también por mujer a su hija Raquel, a la que dio por esclava su propia esclava Bihlá. Jacob se unió también a Raquel, y la amó más que a Lía, y sirvió en casa de su tío siete años más. El Señor vio que Lía era despreciada y la hizo fecunda, mientras que Raquel era estéril. Lía concibió y dio a luz un hijo, al que llamó Rubén, pues dijo: "El Señor ha visto mi humillación; ahora mi marido me amará". Concibió de nuevo y dio a luz otro hijo, diciendo: "El Señor ha visto que era despreciada y me ha dado también este hijo". Y le llamó Simeón. Concibió otra vez, dio a luz un tercer hijo, y dijo: "Ahora sí que se aficionará a mí mi marido, porque le he dado tres hijos". Por ello le puso el nombre de Leví. Volvió a concebir y dio a luz un cuarto hijo, y dijo: "Esta vez alabaré al Señor". Por eso le llamó Judá. Después dejó de tener hijos. Viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana y dijo a Jacob: "Dame hijos, si no me muero". Jacob se irritó contra ella y dijo: "¿Soy yo acaso igual a Dios, que te ha negado la fecundidad?". Y ella respondió: "Ahí tienes a mi esclava Bihlá, llégate a ella. Ella dará a luz sobre mis rodillas, y así yo también tendré hijos por medio de ella". Le dio por mujer a su esclava Bihlá, y Jacob se unió a ella. Bilhá concibió y dio a Jacob un hijo. Raquel dijo: "Dios me ha hecho justicia y ha escuchado mi voz dándome un hijo". Por eso le puso el nombre de Dan. Bihlá, esclava de Raquel, concibió otra vez y dio un segundo hijo a Jacob. Y Raquel dijo: "Luchas ingentes he sostenido contra mi hermana, pero he vencido". Por eso le puso por nombre Neftalí. Entonces Lía, viendo que había dejado de tener hijos, tomó a Zilpa, su esclava, y se la dio a Jacob por mujer. Y Zilpa, esclava de Lía, dio un hijo a Jacob. Lía dijo: "¡Qué ventura!", y le puso por nombre Gad. Zilpa, esclava de Lía, dio un segundo hijo a Jacob, y Lía dijo: "¡Para dicha mía!, porque las mujeres me dirán dichosa". Y le llamó Aser. Rubén, al tiempo de la siega de los trigos, fue por los campos y encontró mandrágoras, y se las trajo a su madre Lía. Y Raquel dijo a Lía: "Dame, por favor, las mandrágoras de tu hijo". Y ella contestó: "¿Te parece poco haberme quitado a mi marido, que me quieres quitar también las mandrágoras de mi hijo?". Entonces Raquel dijo: "Pues bien, que Jacob duerma contigo esta noche a cambio de las mandrágoras de tu hijo". A la tarde, cuando Jacob volvía del campo, salió Lía a su encuentro y le dijo: "Tienes que dormir conmigo, porque te he alquilado por las mandrágoras de mi hijo". Y él durmió con ella aquella noche. Dios escuchó a Lía, que concibió y dio a Jacob el quinto hijo, y dijo: "Dios me ha dado mi recompensa por haber dado mi esclava a mi marido". Y le llamó Isacar. Otra vez concibió Lía y dio a Jacob el sexto hijo. Y dijo: "Dios me ha hecho un buen regalo. Esta vez sí que se quedará conmigo mi marido, porque le he dado seis hijos". Y le llamó Zabulón. Después dio a luz una hija y la llamó Dina. Dios se acordó también de Raquel, la escuchó y la hizo fecunda. Concibió, pues, y dio a luz un hijo, y dijo: "Dios me ha quitado la afrenta", y le llamó José, diciendo: "Que el Señor me dé todavía otro hijo". Cuando Raquel dio a luz a José, Jacob dijo a Labán: "Déjame volver a mi lugar natal, a mi tierra. Dame mis hijos y mis mujeres, por las que te he servido, y me iré. Bien sabes tú el servicio que te he prestado". Labán le dijo: "¡Si he hallado gracia a tus ojos, quédate! He adivinado que el Señor me ha bendecido gracias a ti". Y añadió: "Fija tú el salario que debo darte". Jacob respondió: "Tú sabes cómo te he servido y lo que, gracias a mí, ha llegado a ser tu ganado. Poco, realmente, era lo que tenías antes de mi venida, mientras que ahora ha aumentado grandemente bajo mi dirección y el Señor te ha bendecido. Pero ¿cuándo podré hacer yo también algo por mi casa?". Labán respondió: "¿Qué he de darte?". Y Jacob le dijo: "No tendrás que darme nada. Si haces lo que voy a proponerte, volveré a apacentar tus ovejas. Yo pasaré hoy en medio de tus rebaños y pondré aparte todas las ovejas negras y todas las cabras manchadas. Esas reses serán mi salario. Mi honradez testimoniará por mí después; cuando vengas a verificar mi salario, toda res que no sea manchada entre las cabras y negra entre las ovejas, que sea un robo por mi parte". Labán dijo: "Bien; que sea así, como tú has dicho". Y aquel mismo día Labán separó los machos cabríos manchados, todas las cabras manchadas, toda res con manchas blancas y todas las ovejas negras, y se las entregó a sus hijos, y se separó de Jacob a una distancia de tres días de camino. Jacob siguió apacentando el resto de los rebaños de Labán. Buscó varas verdes de álamo, almendro y plátano, las descortezó e hizo en ellas franjas blancas, dejando así al descubierto lo blanco de las varas. Colocó luego las varas, así descortezadas, unas frente a otras en las pilas y abrevaderos adonde iban a beber los ganados, los cuales se encelaban al ir a beber. Y así, apareándose delante de las varas, engendraban y parían crías rayadas o manchadas. Jacob puso aparte las ovejas y las apareó con machos negros o manchados del rebaño de Labán; de este modo se hizo un rebaño propio separándolo del rebaño de Labán. Cuando las reses robustas se encelaban, Jacob ponía las varas delante de ellas, para que se apareasen a vista de las varas. Pero ante las débiles no las ponía. Y así las crías débiles eran para Labán y las robustas para Jacob. De este modo se enriqueció enormemente y tuvo numerosos rebaños, esclavos y esclavas, camellos y asnos. Después oyó que los hijos de Labán andaban diciendo: "Jacob se ha apoderado de lo que es de nuestro padre; a expensas de nuestro padre ha hecho toda esta riqueza". Se dio también cuenta de que Labán no le miraba ya como antes. El Señor dijo a Jacob: "Vuelve a la tierra de tus padres, a tu familia, y yo estaré contigo". Jacob mandó llamar a Raquel y a Lía al campo donde estaba el rebaño, y les dijo: "Veo que vuestro padre ya no me mira como antes, pero el Dios de mi padre ha estado conmigo. Bien sabéis que he servido a vuestro padre con todas mis fuerzas; él, en cambio, me ha engañado y me ha mudado el salario diez veces, aunque Dios no le ha permitido hacerme mal. Si él decía: Las reses manchadas serán tu salario, todas las ovejas del rebaño parían corderos manchados; si decía: Las reses rayadas serán tu salario, todas las ovejas parían corderos rayados. Así ha quitado Dios el ganado a vuestro padre y me lo ha dado a mí. Sucedió que al tiempo en que las ovejas se encelaban, yo levanté los ojos y vi en sueños que los machos que cubrían a las ovejas eran todos manchados y rayados. Y el ángel del Señor me dijo en sueños: Jacob. Yo le dije: Aquí estoy. Y él me dijo: Levanta los ojos y verás cómo todos los machos que cubren a las ovejas son manchados y rayados, porque he visto todo lo que te ha hecho Labán. Yo soy el Dios de Betel, en donde tú ungiste aquella estela y donde hiciste la promesa. Ahora levántate, sal de esta tierra y vuelve a tu patria". Raquel y Lía le respondieron: "¿Tenemos acaso nosotras parte o herencia en la casa de nuestro padre? ¿No nos ha tratado como extrañas vendiéndonos y comiéndose nuestro precio? Por tanto, toda la riqueza que Dios ha quitado a nuestro padre es nuestra y de nuestros hijos; así que haz todo lo que Dios te ha dicho". Jacob se levantó, montó a sus hijos y a sus mujeres en camellos y, con todo su ganado y todo lo que había adquirido en Padán Arán, se puso en camino hacia Isaac, su padre, a la tierra de Canaán. Mientras Labán se había ido al esquileo de sus ovejas, Raquel robó los ídolos familiares a su padre. Jacob engañó a Labán, el arameo, no descubriéndole su intención de huir. Huyó con todo lo que tenía, atravesó el río y partió en dirección a los montes de Galaad. Al tercer día Labán se enteró de que Jacob había huido y, tomando consigo a sus hermanos, le persiguió por espacio de siete días, hasta darle alcance en los montes de Galaad. Dios se apareció en sueños de noche a Labán, el arameo, y le dijo: "Guárdate de hablar a Jacob, ni bien ni mal". Labán alcanzó a Jacob, que había plantado sus tiendas en el monte; Labán también plantó las suyas en el mismo monte de Galaad. Labán dijo a Jacob: "¿Qué es lo que has hecho? Me has engañado y te has llevado a mis hijas como si fueran prisioneras de guerra. ¿Por qué has huido en secreto, con engaño y sin avisarme? Yo te habría despedido con alegría y con cánticos al son de tambores y vihuelas. Y tú ni siquiera me has permitido besar a mis hijas y a mis nietos. Has obrado como un insensato. Podría ahora hacerte mal; pero el Dios de tu padre me ha dicho la noche pasada: Guárdate de hablar a Jacob, ni bien ni mal. Y ya que te vas porque tienes gran deseo de ver de nuevo la casa de tu padre, ¿por qué me has robado a mis dioses?". Jacob respondió: "Tuve miedo; pensaba que ibas a quitarme por la fuerza a tus hijas. ¡Pero aquel en cuyo poder encuentres tus dioses, no vivirá! Delante de nuestros hermanos reconoce lo que yo tuviera tuyo y llévatelo". Jacob no sabía que los había robado Raquel. Labán entró en la tienda de Jacob, en la de Lía y en las de las esclavas, pero no encontró nada. Pasó luego a la de Raquel; pero ésta había tomado los ídolos y los había escondido debajo de la albarda del camello, sentándose encima de ellos. Labán rebuscó por toda la tienda, pero no los encontró. Raquel le dijo: "No se enfade mi señor si no puedo levantarme ante él, pues tengo lo que es habitual en las mujeres". Así él buscó y rebuscó, pero no pudo encontrar sus ídolos. Entonces Jacob se acaloró contra Labán y le habló en estos términos: "¿Qué delito o qué culpa he cometido para que me persigas de este modo? Has registrado todos mis enseres, y ¿qué has encontrado de las cosas de tu casa? Ponlo aquí delante de nuestros hermanos y que ellos juzguen entre nosotros dos. He estado veinte años contigo y nunca tus ovejas ni tus cabras han abortado. Jamás he comido un carnero de tus rebaños. Nunca te he traído los animales desgarrados por las fieras; yo pagaba el daño de mi bolsillo; lo robado, tanto de noche como de día, tú me lo reclamabas. De día me consumía el calor y de noche el frío, mientras el sueño huía de mis ojos. Así he estado veinte años en tu casa; catorce te he servido por tus hijas y seis por tu ganado, y tú me has mudado el salario diez veces. Si el Dios de mi padre, el Dios de Abrahán, el Terror de Isaac, no hubiera estado conmigo, tú me habrías enviado con las manos vacías. Dios vio mi dolor y el trabajo de mis manos, y ayer por la noche sentenció". Labán respondió a Jacob: "Estas mujeres son mis hijas, estos muchachos mis nietos, estas ovejas mis ovejas y todo lo que ves es mío. ¿Qué podría hacer yo hoy a estas hijas mías y a los hijos que ellas han engendrado? Venga, hagamos un pacto entre nosotros y quede como testimonio entre los dos". Jacob tomó una piedra, la levantó a modo de estela y dijo a su gente: "Recoged piedras". Ellos recogieron piedras e hicieron un montón, y allí, sobre el montón, comieron. Y Labán lo llamó Yegar Sahadutá, mientras que Jacob lo llamó Galaad. Labán añadió: "Este montón sea hoy testimonio entre tú y yo". Por eso se le llamó Galaad y también Mispá, porque añadió: "Que el Señor vigile entre tú y yo cuando no nos veamos ya el uno al otro. Si maltratas a mis hijas o tomas otras mujeres además de ellas, aunque nadie lo vea, Dios será testigo entre nosotros dos". Y añadió: "Aquí están este montón de piedras y esta estela que he levantado entre los dos. Este montón de piedras y esta estela son testigos de que yo no los traspasaré en tu dirección ni tú en la mía para hacernos daño. Que el Dios de Abrahán y el Dios de Najor -el Dios de sus padres- hagan valer el derecho entre nosotros". Entonces Jacob juró por el Terror de Isaac, su padre. Jacob ofreció un sacrificio sobre el monte e invitó a su gente a comer; comieron y pasaron la noche en el monte. - - - Labán se levantó de madrugada, besó a sus nietos y a sus hijas, los bendijo y regresó a su lugar. Cuando Jacob continuaba su camino, le salieron al encuentro unos ángeles de Dios. Al verlos, exclamó: "Éste es el campo de Dios", y llamó a aquel lugar Majanáyim. Jacob envió por delante mensajeros a su hermano Esaú, al país de Seír, en los campos de Edón. Y les dio esta orden: "Así hablaréis a mi señor, Esaú. Éste es el mensaje de tu esclavo Jacob: He vivido en casa de Labán y he estado con él hasta ahora. Tengo vacas, asnos y ovejas, esclavos y esclavas, y he querido decírselo a mi señor para hallar gracia a sus ojos". Los mensajeros volvieron a Jacob diciendo: "Hemos ido a tu hermano, y él mismo viene a tu encuentro con cuatrocientos hombres". Jacob tuvo gran temor y se llenó de angustia. Dividió en dos campamentos a la gente que estaba con él y también las ovejas, las vacas y los camellos. Pues se dijo: "Si Esaú alcanza el primer grupo y lo ataca, el otro que queda podrá salvarse". Luego exclamó: "Dios de mi padre Abrahán, Dios de mi padre Isaac, Señor, que me dijiste: Vuelve a tu tierra y a tu familia y yo te haré el bien, yo no soy digno de todos tus favores y de todo el bien que has hecho a tu siervo, pues pasé este Jordán sólo con mi bastón y ahora puedo formar dos campamentos. Líbrame de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque yo temo que venga y mate a la madre y a los hijos juntamente. Tú me has dicho: Yo te haré el bien y haré tu descendencia como la arena del mar, tan numerosa que no se puede contar". Y pasó allí aquella noche. Después tomó de lo que traía para hacer un regalo a su hermano Esaú: doscientas cabras y veinte machos cabríos, doscientas ovejas y veinte carneros, cuarenta camellas paridas con sus crías, cuarenta vacas y diez novillos, veinte asnas y diez asnos. Dio a sus esclavos las manadas por separado y les dijo: "Id delante de mí, dejando un espacio entre manada y manada". Y al primero le dio esta orden: "Cuando te encuentre mi hermano Esaú y te pregunte: ¿De quién eres, adónde vas y de quién es el ganado que va delante?, le responderás: Es de tu siervo Jacob; un regalo que envía a mi señor, Esaú, y él mismo viene también detrás de nosotros". Dio la misma orden al segundo y al tercero y a todos los que iban detrás del ganado: "Así habéis de hablar a Esaú cuando lo encontréis; y diréis también: tu siervo Jacob viene detrás de nosotros". Pues se había dicho a sí mismo: "Primero le apaciguaré con el regalo que le mando, después me presentaré a él, y espero que me haga buena acogida". Mandó por delante los regalos y él pasó la noche en el campamento. Durante la noche se levantó, tomó a sus dos mujeres, a sus dos esclavas y a sus once hijos y pasó el vado de Yaboc. Los tomó y los hizo pasar el vado, y pasó también todo lo que tenía consigo. Jacob se quedó solo, y un hombre estuvo luchando con él hasta despuntar el alba. El hombre, viendo que no le podía, le dio un golpe en la articulación del muslo y se la descoyuntó durante la lucha con él. El hombre dijo a Jacob: "Suéltame, que ya raya el alba"; Jacob respondió: "No te soltaré si antes no me bendices". Él le preguntó: "¿Cómo te llamas?". Contestó: "Jacob". Y el hombre añadió: "Tu nombre no será ya Jacob, sino Israel, porque te has peleado con Dios y con los hombres y has vencido". Jacob le preguntó: "Por favor, ¿cómo te llamas?". Él respondió: "¿Por qué quieres saber cómo me llamo?". Y allí mismo le bendijo. Jacob llamó a aquel lugar Penuel, diciendo: "He visto a Dios cara a cara y he quedado con vida". Salía el sol cuando pasó por Penuel, e iba cojeando del muslo. Jacob alzó los ojos y vio que venía Esaú con cuatrocientos hombres. Repartió los niños entre Lía y Raquel y las dos esclavas. Puso en primera fila a las dos esclavas con sus hijos. Luego a Lía con sus hijos, y en último lugar a Raquel con José. Él pasó delante de ellos y se postró siete veces en tierra antes de acercarse a su hermano. Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, se echó a su cuello y lo besó, y los dos se echaron a llorar. Luego Esaú alzó los ojos, y al ver a las mujeres y a los niños preguntó: "¿Quiénes son esos que traes contigo?". Jacob respondió: "Son los hijos que Dios ha dado a tu siervo". Se acercaron las esclavas con sus hijos y se postraron en tierra; lo mismo hizo Lía con sus hijos y, en último lugar, Raquel con José. Esaú preguntó: "¿Qué significa todo ese ganado que he encontrado?". Jacob respondió: "Es para hallar gracia a los ojos de mi señor". Esaú dijo: "Yo tengo bastante, hermano mío; que lo tuyo sea para ti". Jacob continuó: "No, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, acepta de mi mano ese regalo, porque me he presentado a ti como uno se presenta ante Dios y tú me has recibido bien. Acepta, pues, el regalo que te traigo, porque Dios me ha favorecido y tengo abundancia de todo". Y tanto porfió que Esaú aceptó. Esaú dijo: "Pongámonos en marcha, yo iré junto a ti". Jacob le respondió: "Mi señor sabe que los niños son de tierna edad y que yo tengo que ocuparme de las ovejas y las vacas paridas; si las fuerzo a caminar, en un solo día morirá todo el rebaño. Vaya, pues, mi señor delante de su siervo y yo iré poco a poco, al paso de las ovejas que van delante de mí y al paso de los niños, hasta alcanzar a mi señor en Seír". Esaú dijo: "Por lo menos voy a dejar contigo algunos de mis hombres". Jacob respondió: "¿Y para qué? ¡Basta que yo haya hallado gracia a los ojos de mi señor!". Aquel mismo día Esaú volvió por su camino a Seír, mientras Jacob se dirigió en sentido opuesto hacia Sucot, y construyó una casa para sí y cabañas para el ganado. Por eso aquel lugar fue llamado Sucot. Jacob, de vuelta de la llanura de Padán Arán, llegó sano y salvo a la ciudad de Siquén, en tierra de Canaán, y acampó delante de ella. Compró después a los hijos de Jamor, padre de Siquén, por cien monedas de plata, el trozo de campo donde había levantado su tienda, y levantó allí un altar que llamó "Él", Dios de Israel. Dina, la hija que Lía dio a Jacob, salió a ver a las mujeres del país. Siquén, hijo de Jamor, el príncipe de aquella tierra, la vio, la raptó, la violó y durmió con ella. Se quedó prendado de Dina, la hija de Jacob, la amó y le habló tiernamente al corazón. Siquén dijo a su padre, Jamor: "Tómame esta joven para mujer". Jacob se enteró de que Siquén había deshonrado a Dina; pero como sus hijos estaban en el campo con el ganado, se calló hasta que ellos regresaron. Jamor, padre de Siquén, fue a hablar con Jacob. Cuando los hijos de Jacob, a su vuelta del campo, se enteraron de lo ocurrido, se indignaron y se llenaron de ira por la infamia que había cometido Siquén acostándose con la hija de Jacob. "¡Eso no se hace!". Jamor les habló así: "Mi hijo Siquén ama de corazón a vuestra hija; dádsela por mujer; emparentad con nosotros, dadnos vuestras hijas y tomad vosotros las nuestras; quedaos con nosotros y tendréis el país a vuestra disposición; quedaos a vivir en él, moveos con plena libertad y adquirid propiedades". Siquén dijo al padre de Dina y a sus hermanos: "Halle yo gracia a vuestros ojos y os daré lo que me pidáis. Imponedme una dote alta y grandes regalos; os daré lo que me digáis, pero dadme la joven por mujer". Los hijos de Jacob respondieron a Siquén y a Jamor, su padre, con engaño, por haber deshonrado a su hermana Dina. Les dijeron: "Nosotros no podemos hacer cosa semejante: dar nuestra hermana a un hombre incircunciso, pues eso sería para nosotros un oprobio. Accederemos a ello con la condición de que seáis como nosotros, circuncidando a todos vuestros varones. Sólo entonces os daremos nuestras hijas y tomaremos para nosotros las vuestras; viviremos con vosotros y formaremos un solo pueblo. Pero si no os avenís a ello y no queréis circuncidaros, tomaremos a nuestra hija y nos iremos". Parecieron bien estas palabras a Jamor y a Siquén, su hijo. El mozo no titubeó en hacerlo, porque estaba enamorado de la hija de Jacob, y era el más considerado de la casa de su padre. Entonces Jamor y su hijo Siquén fueron a la puerta de la ciudad y hablaron así a sus ciudadanos. "Estos hombres son gente de paz; que se queden a vivir con nosotros en el país y que se muevan en él con plena libertad, pues hay por todas partes espacio suficiente para ellos. Nosotros tomaremos a sus hijas por mujeres y a ellos les daremos las nuestras. Pero estos hombres se avienen a vivir con nosotros, para formar un solo pueblo, con la condición de que todos nuestros varones se circunciden como lo están ellos. Sus rebaños, su hacienda, su ganado serán nuestros. Demos nuestro consentimiento y se quedarán a vivir con nosotros". Todos los que pasaban por las puertas de su ciudad escucharon a Jamor y a su hijo Siquén, y todos los varones fueron circuncidados. Al tercer día, cuando el dolor era más fuerte, dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada, entraron a mansalva en la ciudad y mataron a todos los varones. Pasaron por la espada a Jamor y a su hijo Siquén, recogieron a Dina de la casa de Siquén y se marcharon. Los hijos de Jacob acometieron a todos los heridos y saquearon la ciudad por haber deshonrado a su hermana. Se apoderaron de sus ovejas, vacas y asnos, de todo cuanto había en la ciudad y en el campo y de todos sus bienes; se llevaron prisioneros a todos los niños y a las mujeres y saquearon lo que había en las casas. Jacob dijo a Simeón y Leví: "Me habéis puesto en gran aprieto, haciéndome odioso a los hombres de esta tierra, a los cananeos y a los fereceos. Yo cuento con pocos hombres; ellos se unirán, me vencerán y seré aniquilado yo con toda mi casa". Ellos le respondieron: "¿Y había de ser nuestra hermana tratada como una prostituta?". Dios dijo a Jacob: "Levántate, vete a vivir a Betel y levanta allí un altar al Dios que se te apareció cuando huías de la presencia de tu hermano Esaú". Jacob dijo a su familia y a todos los que estaban con él: "Tirad los dioses extranjeros que hay en medio de vosotros, purificaos y cambiad vuestros vestidos. Levantémonos y subamos a Betel. Allí levantaré yo un altar al Dios que me escuchó en el día de mi angustia y me ha asistido en mi viaje". Ellos dieron a Jacob todos los dioses extranjeros que poseían y los anillos que llevaban en las orejas, y Jacob los enterró bajo la encina que hay cerca de Siquén. Levantaron el campamento, y un terror divino cayó sobre las ciudades de los alrededores, por lo que nadie persiguió a los hijos de Jacob. Llegó Jacob a Luz, en tierra de Canaán, o sea a Betel, él y toda la gente que estaba con él. Levantó allí un altar y llamó al lugar Betel, porque allí se le había aparecido Dios cuando huía de su hermano. Débora, la nodriza de Rebeca, murió y fue enterrada pendiente abajo de Betel, bajo una encina, que fue llamada "la encina del llanto". Dios se apareció de nuevo a Jacob, a su vuelta de Padán Arán, y le bendijo diciendo: "Tu nombre es Jacob, pero ya no te llamarás Jacob; tu nombre será Israel". Y le llamó Israel. Y Dios le dijo: "Yo soy el Dios todopoderoso; sé fecundo y multiplícate. Un pueblo, un conjunto de naciones procederá de ti, y reyes saldrán de tus lomos. La tierra que di a Abrahán y a Isaac, te la doy a ti y a tu descendencia". Y Dios se alejó del lugar donde había hablado con él. Jacob levantó una estela en el lugar en que Dios le había hablado; una estela de piedra, sobre la que vertió vino y aceite. Y llamó Betel al lugar donde Dios le había hablado. Partieron de Betel y, cuando quedaba un buen trecho de camino para llegar a Éfrata, Raquel se puso de parto, un parto muy penoso. Y entre las angustias del parto, la partera le dijo: "No temas, que también esta vez tendrás un hijo". En el momento de entregar el alma, pues ella murió, le llamó Benoní; pero su padre le llamó Benjamín. Murió Raquel y fue sepultada en el camino de Éfrata, o sea, de Belén. Jacob levantó una estela sobre su tumba, la estela de la tumba de Raquel, que aún existe hoy. Jacob partió y plantó sus tiendas a la otra parte de Migdal- Éder. Y mientras vivía en esta tierra, Rubén fue y se acostó con Bihlá, la concubina de su padre, de lo cual se enteró Israel. Los hijos de Israel fueron doce. Hijos de Lía: Rubén, el primogénito de Israel; Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón. Hijos de Raquel: José y Benjamín. Hijos de Bihlá, la sierva de Raquel: Dan y Neftalí. Hijos de Zilpa, la sierva de Lía: Gad y Aser. Éstos fueron los hijos que le nacieron a Israel en Padán Arán. Jacob llegó a casa de Isaac, su padre, en Mambré, a la ciudad de Arba, o sea Hebrón, donde habitaron Abrahán e Isaac. Isaac vivió ciento ochenta años, y expiró. Murió y se reunió con los suyos, anciano y lleno de días. Sus hijos Esaú y Jacob lo sepultaron. Ésta es la genealogía de Esaú, o sea, Edón. Esaú se casó con mujeres cananeas: Adá, hija del hitita Elón; Olibamá, hija de Aná, hijo del hitita Sibeón; Basemat, hija de Ismael y hermana de Nebayot. Adá le dio a Elifaz; Basemat a Reuel, y Olibamá a Yeús, Yalán y Coré. Éstos fueron los hijos de Esaú, que le nacieron en tierra de Canaán. Esaú tomó después a sus mujeres y a sus hijos e hijas y a todas las personas de su casa, todo su ganado y todos los bienes adquiridos por él en el país de Canaán, y se fue a otro país lejos de Jacob, su hermano, porque tenían muchos bienes y no podían estar juntos; la tierra en que habitaban no era suficiente para ellos, porque tenían muchos ganados. Esaú se estableció en la montaña de Seír. Esaú es Edón. Ésta es la genealogía de Esaú, padre de los edomitas en la montaña de Seír. Nombres de los hijos de Esaú: Elifaz, hijo de Adá, mujer de Esaú, y Reuel, hijo de Basemat, mujer de Esaú. Hijos de Elifaz: Temán, Omar, Sefó, Gatán y Quenaz. Timná era una concubina de Elifaz, y le dio a Amalec. Tales fueron los hijos de Adá, mujer de Esaú. Hijos de Reuel: Nájat, Zéraj, Samá y Mizá. Tales fueron los hijos de Basemat, mujer de Esaú. Hijos de Olibamá, hija de Aná, hijo de Sibeón, mujer de Esaú: Yeús, Yalán y Coré. Éstos son los jefes de tribu de los hijos de Esaú: hijos de Elifaz, primogénito de Esaú: Temán, Omar, Sefí, Quenaz, Coré, Gatán, Amalec. Tales fueron los jefes de Elifaz en la tierra de Edón, los hijos de Adá. Hijos de Reuel, hijo de Esaú: Nájat, Zéraj, Samá y Mizá. Tales fueron los jefes de tribu, hijos de Reuel, en el país de Edón; son los hijos de Basemat, mujer de Esaú. Hijos de Olibamá, mujer de Esaú: Yeús, Yalán, Coré. Tales fueron los jefes de tribu, hijos de Olibamá, hija de Aná y mujer de Esaú. Tales fueron los hijos de Esaú, y tales sus jefes de tribu: él es Edón. Hijos de Seír, el hurrita, que habitaba la región: Lotán, Sobal, Sibeón, Aná, Disón, Éser y Disán. Tales fueron los jefes de tribu de los hurritas, hijos de Seír, en el país de Edón. Hijos de Lotán: Jorí y Hemán; y Timná, hermana de Lotán. Hijos de Sobal: Albán, Manájat, Ebal, Sefí y Onán. Hijos de Sibeón: Ayá y Aná. Este Aná es el que encontró en el desierto los manantiales de agua caliente mientras apacentaba el ganado de Sibeón, su padre. Hijos de Aná: Disón y Olibamá, hija de Aná. Hijos de Disón: Jamrán, Esbán, Yitrán, Querán. Hijos de Éser: Bilhán Zaaván y Yaacán. Hijos de Disán: Us y Arán. Jefes de tribu de los hurritas: Lotán, Sobal, Sibeón, Aná, Disán, Éser, Disón. Tales fueron los jefes de tribu de los hurritas, cada uno de su tribu en las tierras de Edón. Éstos son los reyes que reinaron en el país de Edón antes de que sobre los israelitas reinara rey alguno. Bela, hijo de Beor, reinó en Edón; el nombre de su capital era Dinhabá. Murió Bela y le sucedió Yobab, hijo de Zéraj de Bosra. Murió Yobab y le sucedió Jusán, del país de Temán. Murió Jusán y le sucedió Hadad, hijo de Bedad, que derrotó a Madián en los campos de Moab; el nombre de su ciudad era Avit. Murió Hadad y le sucedió Samlá, de Masrecá. Murió Samlá, y le sucedió Saúl, natural de Rejobot del Río. Murió Saúl y le sucedió Baal Janán, hijo de Acbor. Murió Baal Janán, hijo de Acbor, y le sucedió Hadar; su capital se llamaba Pau, y su mujer Mehetabel, hija de Matred, hijo de Mezahab. Éstos son los nombres de los jefes de tribu de Esaú según sus tribus, lugares y nombres: Timná, Alvá, Yetet, Olibamá, Elá, Finón, Quenaz, Temán, Mibsar, Magdiel, Irán. Tales fueron los jefes de tribu de Edón por lugares en el país ocupado por ellos. Éste es Esaú, padre de Edón. Jacob se estableció en la tierra adonde había emigrado su padre, la tierra de Canaán. Sigue la historia de Jacob. José tenía diecisiete años cuando iba a apacentar el rebaño con sus hermanos, los hijos de Bihl_ y de Zilpa, mujeres de su padre. Y José contó a su padre la mala fama que tenían sus hermanos. Israel amaba a José más que a todos sus hijos, porque era el hijo de su ancianidad, y le hizo una túnica con mangas largas. Sus hermanos vieron que su padre lo amaba más que a todos ellos, y le cobraron tal odio que no podían hablarle con cariño. José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos. Les dijo: "Escuchad el sueño que he tenido: estábamos atando gavillas en el campo, y en esto que mi gavilla se levanta y se queda derecha, mientras que las vuestras se ponen alrededor y se inclinan ante la mía". Sus hermanos respondieron: "¿Es que vas a ser tú rey y señor nuestro?". Y le odiaban todavía más por sus sueños y por sus palabras. José tuvo otro sueño, que contó también a sus hermanos: "He tenido otro sueño: me parecía que el sol, la luna y once estrellas se postraban ante mí". Se lo contó a su padre y a sus hermanos, y su padre le reprendió, diciéndole: "¿Qué sueño es ése que has tenido? ¿Es que tenemos que postrarnos ante ti, yo, tu madre y tus hermanos?". Sus hermanos le tenían envidia, mientras que su padre daba vueltas al asunto. Sus hermanos habían ido a pastorear las ovejas de su padre a Siquén. Israel dijo a José: "Tus hermanos están pastoreando las ovejas en Siquén; ven, que quiero que vayas donde ellos". Él respondió: "Aquí me tienes". Y le dijo: "Anda, vete a ver cómo están tus hermanos y el rebaño, y tráeme noticias". Lo envió al valle de Hebrón, y José llegó a Siquén. Un hombre le encontró andando de un lado a otro por el campo y le preguntó: "¿Qué buscas?". Él respondió: "Busco a mis hermanos. Dime dónde están". Y aquel hombre le dijo: "Ya se han ido de aquí. Les oí decir: ¡Vámonos a Dotán!". José partió en busca de sus hermanos y los encontró en Dotán. Al verlo venir desde lejos, antes de que llegara hasta ellos, conspiraron contra él para darle muerte. Se dijeron unos a otros: "Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo: lo echamos en una cisterna y luego decimos que una bestia feroz lo devoró. Veremos en qué paran sus sueños". Al oír esto, Rubén quiso salvarle de sus manos, y dijo: "¡Matarle, no!". Y añadió: "No derraméis sangre; echadlo a esa cisterna solitaria, pero no pongáis las manos en él". Era para librarlo de sus manos y devolverlo luego a su padre. Cuando José llegó junto a sus hermanos, le quitaron la túnica, la túnica de mangas largas que llevaba, lo agarraron y lo echaron en una cisterna vacía, sin agua. Y se pusieron a comer. Alzando los ojos, divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad. Sus camellos iban cargados de aromas, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto. Judá dijo a sus hermanos: "¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Vamos a vendérselo a los ismaelitas, y no pongamos nuestras manos en él; es nuestro hermano, es nuestra misma carne". Sus hermanos le hicieron caso. Al pasar los mercaderes madianitas, ellos sacaron a José de la cisterna. Vendieron a José a los ismaelitas por veinte monedas de plata, y éstos se lo llevaron a Egipto. Rubén volvió a la cisterna, y José ya no estaba allí. Rasgó sus vestiduras, regresó adonde sus hermanos y dijo: "¡El muchacho no está allí! ¿Adónde iré yo?". Ellos tomaron la túnica de José, degollaron un cabrito y tiñeron la túnica con la sangre. Y mandaron a su padre la túnica de mangas largas con estas palabras: "Esto es lo que hemos encontrado; mira a ver si es o no la túnica de tu hijo". Él la reconoció y dijo: "¡Es la túnica de mi hijo! Una bestia feroz lo ha devorado; José ha sido despedazado". Jacob rasgó sus vestiduras, se puso un saco a la cintura y guardó luto por su hijo durante muchos días. Sus hijos y sus hijas fueron todos a consolarle, pero él rechazó todo consuelo y dijo: "Quiero bajar de luto a la tumba con mi hijo". Y su padre lo lloró. Entretanto los madianitas lo habían vendido en Egipto a Putifar, eunuco del Faraón y capitán de la guardia. Por entonces Judá se separó de sus hermanos y se fue a casa de un adulamita, llamado Jirá. Allí vio a la hija de un cananeo llamado Súa, la tomó por mujer y vivió con ella. Ésta concibió y dio a luz un hijo, al que llamó Er. Concibió de nuevo y dio a luz otro hijo, al que llamó Onán. Volvió a concebir y dio a luz un tercer hijo, al que llamó Selá. Estaba en Quezib cuando dio a luz. Judá tomó una mujer para su primogénito, Er. Se llamaba Tamar. Pero Er, primogénito de Judá, desagradó al Señor, que le quitó la vida. Judá dijo a Onán: "Cásate con la viuda de tu hermano, cumpliendo con ella tu deber de cuñado, y suscita descendencia a tu hermano". Onán sabía que los hijos no serían suyos, y cada vez que se unía a la viuda de su hermano derramaba en tierra el semen para no dar hijos a su hermano. Desagradó al Señor lo que hacía, y le hizo morir. Entonces Judá dijo a su nuera: "Vuelve como viuda a la casa de tu padre, hasta que se haga mayor mi hijo Selá". Él se decía: "No sea que muera también él como sus hermanos". Tamar volvió a casa de su padre. Fueron pasando los días, y la hija de Súa, la mujer de Judá, murió. Cuando terminó el duelo por ella, Judá subió con su amigo Jirá, el adulamita, al esquileo de su ganado a Timná. Y se lo fueron a decir a Tamar: "Tu suegro sube a Timná al esquileo de las ovejas". Entonces ella se quitó sus vestidos de viuda, se cubrió con un velo y, disfrazada, se sentó a la entrada de Enáyim, junto al camino de Timná, pues veía que Selá había crecido y no se había casado con ella. Judá la vio y la tomó por una prostituta, pues había cubierto su rostro. Se apartó del camino hacia ella y le dijo: "Déjame hacer el amor contigo". No sabía que era su nuera. Ella le respondió: "¿Qué me vas a dar por hacer el amor conmigo?". Y él le dijo: "Te mandaré un cabrito del rebaño". Pero ella repuso: "Bien, pero me has de dar una prenda hasta que lo mandes". Él preguntó: "¿Qué prenda quieres?". Y ella respondió: "Tu sello, el cordón del que cuelga y el bastón que llevas en la mano". Él se los dio, hizo el amor con ella y la dejó embarazada. Luego ella se levantó y se fue. Se quitó el velo y volvió a ponerse la ropa de viuda. Judá mandó el cabrito por medio de su amigo el adulamita, para recoger las prendas de mano de la mujer, pero éste no la encontró. Preguntó a las gentes del lugar: "¿Dónde está la prostituta que estaba en Enáyim junto al camino?". Y ellos le respondieron: "Jamás hubo aquí ninguna prostituta". Él volvió y le dijo a Judá: "No la he encontrado, e incluso las gentes del lugar me han dicho que nunca ha habido allí prostituta alguna". Judá repuso: "Que se quede con ello, para que no se burle de nosotros. Yo le he mandado el cabrito y tú no la has encontrado". Unos tres meses después le contaron a Judá: "Tu nuera Tamar se ha prostituido y ha quedado encinta". Judá dijo: "Que sea sacada y quemada". Cuando ya la iban a sacar, mandó a decir a su suegro: "Yo he quedado encinta del hombre a quien pertenece todo esto. Mira, por favor, de quién son este sello, este cordón y este bastón". Judá los examinó y dijo: "Ella es más justa que yo, porque yo no le he dado por esposo a mi hijo Selá". Y ya no volvió a tener relaciones con ella. Cuando llegó el tiempo del parto, resultó que había gemelos en su vientre. Y mientras los daba a luz, uno de ellos sacó la mano, y la partera la agarró y ató a ella un hilo de grana, diciendo: "Éste salió el primero". Pero sucedió que retiró la mano, y fue su hermano el que salió el primero. Ella dijo: "¡Vaya brecha que te has abierto!". Y lo llamó Fares. Después salió el otro, que tenía en la mano el hilo de grana, y lo llamó Zéraj. José había sido llevado a Egipto. Putifar, egipcio, eunuco del Faraón y capitán de la guardia, se lo compró a los ismaelitas que lo habían llevado allí. El Señor estaba con José y todo le salía bien; y se quedó en la casa de su dueño, el egipcio. Su dueño vio que el Señor estaba con él y que hacía prosperar en sus manos todo cuanto él emprendía; José halló gracia a sus ojos, y así fue incorporado al servicio de su dueño, quien le hizo mayordomo de su casa, confiándole todo cuanto tenía. Desde el momento en que le puso al frente de su casa y de todo cuanto tenía, el Señor bendijo la casa del egipcio en consideración a José. La bendición del Señor alcanzó a todo cuanto poseía, tanto en la casa como en el campo. Entonces dejó en las manos de José todo cuanto poseía; con él no tenía que preocuparse de nada, a no ser del alimento que tomaba. José era guapo y esbelto. La mujer de su dueño puso sus ojos en él y le dijo: "Acuéstate conmigo". Pero José se negó y le dijo: "Conmigo mi señor no se preocupa de lo que pasa en la casa y me ha confiado todo lo que tiene. Ni él es más poderoso que yo en esta casa. Nada me ha prohibido más que a ti, puesto que tú eres su mujer. ¿Cómo podría yo cometer un mal tan grande y pecar contra Dios?". Y por más que ella insistía todos los días, José no consintió en acostarse con ella para entregarse a ella. Un día entró José en la casa para sus quehaceres, y no había entonces en la casa ningún criado. Ella le agarró por sus vestidos y le dijo: "Acuéstate conmigo". Pero él, dejando sus vestidos entre sus manos, huyó y salió afuera. Ella, viendo que había dejado el manto entre sus manos y que había salido fuera, llamó a sus criados y les dijo: "Mirad, nos ha traído un hebreo para abusar de nosotros. Se acercó a mí para acostarse conmigo, pero yo me puse a gritar y él, al oír mis gritos, dejó su manto en mis manos y huyó". Ella puso junto a sí el manto hasta que su marido volviera a casa. Entonces repitió lo mismo a su marido: "El hebreo que tú nos has traído se me acercó para abusar de mí, pero, al ver que yo me puse a gritar, dejó su manto junto a mí y huyó". El marido, al oír lo que le decía su mujer sobre el comportamiento de su esclavo con ella, se enfureció, mandó a prenderlo y lo metió en la cárcel donde estaban los presos del rey. Así José fue a parar a la cárcel. Pero el Señor estaba con José e hizo que hallara favor y gracia a los ojos del jefe de la prisión. Éste confió a José todos los presos de la cárcel. Todo cuanto allí se hacía, se hacía por él. El jefe de la prisión no se preocupaba de lo que había encomendado a José, porque el Señor estaba con él, y todo lo que emprendía le salía bien. Después de todo esto, el copero del rey de Egipto y su panadero cometieron una culpa contra su señor, el rey de Egipto. El Faraón se irritó contra sus dos oficiales, el primer copero y el primer panadero, y los encarceló en casa del capitán de la guardia, en la cárcel donde José estaba detenido. El capitán de la guardia los confió al cuidado de José, que les servía. Y así estuvieron cierto tiempo en la cárcel. Pues bien, una misma noche los dos, el copero y el panadero, tuvieron cada uno un sueño con su propio significado para cada uno. Cuando a la mañana siguiente José fue a buscarlos, se dio cuenta de que estaban tristes; les preguntó a los dos oficiales del Faraón, que estaban con él en prisión en la casa de su señor: "¿Por qué tenéis hoy esa cara tan triste?". Ellos le respondieron: "Hemos tenido un sueño y no hay quien nos lo interprete". José les dijo: "Es Dios quien da la interpretación; no obstante, contádmelo a mí". El primer copero contó a José el sueño que había tenido: "Yo he soñado que tenía delante de mí una vid con tres sarmientos; la vid, apenas abierta, floreció y las uvas maduraron en los racimos. Yo tenía en la mano la copa del Faraón, tomé los racimos, los exprimí en la copa del Faraón y se los puse en su mano". José le dijo: "Esto es lo que significa: los tres sarmientos son tres días; al cabo de tres días el Faraón te pondrá en libertad y te repondrá en tu cargo; volverás a poner la copa del Faraón en su mano, como solías hacerlo cuando eras su copero. Acuérdate de mí cuando te llegue ese día; sé bueno conmigo y háblale al Faraón de mí para que me saque de esta cárcel. Pues la verdad es que fui arrebatado del país de los hebreos y aquí tampoco he hecho nada para que se me meta en la cárcel". El primer panadero vio que había sido una interpretación favorable y dijo a José: "Yo he soñado que llevaba tres canastillos de dulces sobre mi cabeza. En el canastillo de encima había de todo lo que come el Faraón en cosa de repostería, pero los pájaros se lo comían". José le respondió: "Esto es lo que significa: los tres canastillos son tres días; dentro de tres días el Faraón te cortará la cabeza, te colgará de una horca y los pájaros comerán tu carne". En efecto, al tercer día, que era su cumpleaños, el Faraón dio un banquete a todos sus servidores, y entre todos se acordó del primer copero y del primer panadero. Repuso al primer copero en su cargo de presentar la copa al Faraón, mientras que al primer panadero lo ahorcó, como había dicho José. Pero el primer copero no se volvió a acordar de José, sino que se olvidó de él. Dos años después, el Faraón tuvo este sueño: Estaba junto al Nilo, y del Nilo subían siete hermosas y gordas vacas, que se pusieron a pastar entre los juncos de la orilla. Detrás de ellas subieron del Nilo otras siete vacas escuálidas y flacas, que se pusieron junto a las primeras en la ribera del Nilo. Las siete vacas escuálidas y flacas devoraron a las siete hermosas y gordas. Entonces el Faraón se despertó. Volvió a quedarse dormido y tuvo otro sueño: siete espigas granadas y lozanas salían de una sola caña; y otras siete, raquíticas y quemadas por el viento del este, brotaban después de ellas. Y las siete espigas raquíticas devoraron a las siete espigas granadas y lozanas. El Faraón despertó y se dio cuenta de que era un sueño. A la mañana siguiente el Faraón, muy turbado, mandó llamar a todos los adivinos y a todos los sabios de Egipto y les contó su sueño, pero nadie pudo explicárselo. Entonces el primer copero se dirigió al Faraón y le dijo: "Ahora me acuerdo de mi falta. Irritado el Faraón contra sus servidores, nos había metido en la cárcel, en casa del capitán de la guardia, a mí y al primer panadero. La misma noche tuvimos los dos un sueño cada uno con su propio significado. Había allí, con nosotros, un joven hebreo, esclavo del capitán de la guardia. Nosotros le contamos nuestros sueños, y él nos dio a cada uno la interpretación de su sueño. Y todo sucedió como él lo había interpretado: yo fui repuesto en mi cargo y el otro fue ahorcado". El Faraón mandó llamar a José. Lo sacaron a toda prisa de la cárcel, lo afeitaron, le cambiaron de vestidos y lo presentaron al Faraón. El Faraón dijo a José: "He tenido un sueño y nadie ha podido interpretarlo. Pero he oído decir de ti que te basta oír un sueño para interpretarlo". José respondió: "Yo no soy nada; es Dios quien dará al Faraón respuesta favorable". El Faraón le dijo: "En mi sueño me parecía estar junto al río, y he aquí que del Nilo subían siete hermosas y gordas vacas que se pusieron a pastar entre los juncos. Detrás de ellas subieron otras siete vacas escuálidas y flacas, tan raquíticas que no he visto otras semejantes en todo Egipto. Y las siete vacas escuálidas y flacas devoraron a las siete vacas gordas. Después de habérselas tragado no se conocía que se las hubieran tragado, porque su aspecto era tan raquítico como antes. Entonces me desperté. Después tuve otro sueño: de una misma caña salían siete espigas granadas y lozanas. Después de ellas brotaron otras siete espigas marchitas, raquíticas y quemadas por el viento del este. Las siete espigas raquíticas devoraron a las siete lozanas. He contado todo esto a los adivinos y nadie me lo ha podido interpretar". José dijo al Faraón: "El sueño del Faraón es uno solo: Dios ha mostrado al Faraón lo que él va a hacer. Las siete vacas hermosas y las siete espigas lozanas significan siete años. El sueño es uno mismo. Las siete vacas escuálidas y flacas, que salieron tras las otras, y las siete espigas raquíticas y quemadas por el viento del este, quieren decir que habrá siete años de hambre. Esto es lo que yo digo al Faraón: Dios ha mostrado al Faraón lo que él va a hacer. Van a venir siete años en que habrá abundancia en todo Egipto. Luego vendrán siete años de hambre que harán olvidar toda la abundancia de Egipto; el hambre consumirá el país. La abundancia anterior se olvidará a causa del hambre que sobrevendrá, que será muy dura. Y el repetirse dos veces el sueño del Faraón significa que la cosa está firmemente decidida por Dios y que está a punto de realizarla. Procúrese el Faraón un hombre inteligente y sabio y póngalo al frente de Egipto. Nombre también el Faraón intendentes para todo el país, que recauden la quinta parte de la cosecha de Egipto durante los siete años de abundancia, recojan todos los víveres de estos años buenos que vienen, almacenen el trigo bajo la autoridad del Faraón, depositen los víveres en las ciudades y los guarden en ellas. Estos víveres servirán al país de reserva para los siete años de hambre que vendrán en Egipto, y así el país no morirá de hambre". Esta propuesta pareció bien al Faraón y a todos sus servidores. Y el Faraón les dijo: "¿Encontraremos un hombre en quien esté el espíritu de Dios como en éste?". El Faraón dijo a José: "Puesto que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay hombre tan inteligente y sabio como tú; tú serás quien gobierne mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá. Sólo en el trono seré mayor que tú". Y añadió: "Yo te constituyo sobre todo Egipto". El Faraón se quitó el anillo de su mano y lo puso en la de José; hizo que le vistieran ropas de lino finísimo y puso en su cuello el collar de oro. Le hizo montar sobre el segundo de sus carros y ordenó que se gritara ante él: "¡Atención!". Así fue constituido sobre todo Egipto. Dijo el Faraón a José: "Yo soy el Faraón, pero sin tu permiso nadie levantará la mano ni el dedo meñique en todo Egipto". El Faraón impuso a José el nombre de Zafnat Panéaj y le dio por mujer a Asenat, hija de Putifar, sacerdote de On. José recorrió todo Egipto. Tenía José treinta años cuando se presentó ante el Faraón, rey de Egipto. Salió de su presencia y recorrió toda la tierra de Egipto. Durante los siete años de abundancia la tierra produjo muchísimo. José recogió todos los víveres de los siete años en que hubo abundancia en Egipto y los depositó en las ciudades, almacenando en cada una los víveres de la campiña circundante. Y almacenó trigo como la arena del mar, en tal cantidad que se desistió de contarlo, porque sobrepasaba toda medida. Antes de que llegase el primer año de hambre le nacieron a José dos hijos de Asenat, hija de Putifar, sacerdote de On. José dio al primero el nombre de Manasés, "porque Dios, dijo, me ha hecho olvidar toda mi pena y toda la familia de mi padre". Al segundo le llamó Efraín, diciendo: "Dios me ha hecho fecundo en el país de mi aflicción". Al cabo de los siete años de abundancia en el país de Egipto, comenzaron a venir los siete años de hambre, como José había dicho. Hubo hambre en todos los países, pero en Egipto había pan. Cuando se sintió el hambre en Egipto, el pueblo clamó al Faraón pidiendo pan. Y el Faraón dijo a todos los egipcios: "Id a José y haced lo que él os diga". José, viendo que el hambre se había extendido por todo el país, abrió los graneros y vendía a los egipcios; el hambre se iba agravando más y más en Egipto. De todos los países venían a Egipto a comprar trigo a José, porque el hambre se había endurecido por toda la tierra. Jacob, viendo que en Egipto había grano en venta, dijo a sus hijos: "¿Por qué os estáis mirando unos a otros? Me he enterado de que en Egipto hay grano en venta; bajad allá y comprad para nuestra subsistencia y para que no muramos". Diez de los hermanos de José bajaron a Egipto a comprar grano. Pero Jacob no dejó ir con sus hermanos a Benjamín, el hermano de José: "No vaya a sucederle, se decía, alguna desgracia". Los hijos de Israel fueron con otros a comprar grano porque había hambre en la tierra de Canaán. José era el señor del país y vendía el grano a todo el mundo. Los hermanos de José llegaron y se postraron ante él rostro en tierra. José nada más ver a sus hermanos los reconoció, pero fingió no conocerlos y los trató duramente. Les dijo: "¿De dónde venís?". Ellos respondieron: "De la tierra de Canaán a comprar víveres". José reconoció a sus hermanos, pero ellos no le reconocieron. Entonces se acordó de los sueños que había tenido referente a ellos, y les dijo: "Vosotros sois espías; habéis venido para ver los puntos débiles del país". Ellos respondieron: "¡No, señor! Tus siervos han venido a comprar víveres. Todos nosotros somos hijos de un mismo padre, somos hombres de bien, tus siervos no son espías". Pero él les dijo: "No, habéis venido para ver los puntos débiles del país". Ellos respondieron: "Tus siervos somos doce hermanos, todos hijos de un mismo padre en la tierra de Canaán; el más joven se ha quedado con nuestro padre y el otro no vive ya". José replicó: "Es como os he dicho: sois espías. Os voy a someter a esta prueba. ¡Vive el Faraón, que no saldréis de aquí hasta que venga vuestro hermano menor! Enviad uno de vosotros a buscar a vuestro hermano y los demás quedad prisioneros. Así se comprobarán vuestras palabras, y se verá si decís o no verdad. Si no, ¡vive el Faraón, que sois espías!". Y los metió a todos en la cárcel por tres días. Al tercer día José les dijo: "Haced esto para salvar la vida, porque yo temo a Dios: si sois hombres sinceros, que uno de vosotros quede preso, y los demás partid y llevad el grano para remediar el hambre de vuestra familia. Pero habéis de traerme a vuestro hermano menor. Así serán verificadas vuestras palabras y no moriréis". Ellos lo hicieron así. Y se decían unos a otros: "Verdaderamente estamos pagando lo que hicimos con nuestro hermano. Lleno de angustia nos pedía clemencia, y no le hicimos caso. Por eso nos ha venido esta desgracia". Rubén les respondió: "Ya os dije yo que no hicierais ningún mal al muchacho, pero no me escuchasteis. Ahora se nos pide cuentas de su sangre". Ellos no sabían que José les entendía, porque entre él y ellos había un intérprete. Entonces se retiró y lloró. Después volvió y les habló; y tomó a Simeón y, en su presencia, mandó que lo metieran en la cárcel. José mandó que les llenaran los sacos de trigo, que les metieran el dinero de cada uno en su saco y que les dieran provisiones para el viaje. Y así se hizo. Ellos cargaron el trigo sobre sus asnos y se marcharon. Al acampar por la noche, uno de ellos abrió su saco para dar de comer a su asno y vio que su dinero estaba en la boca del saco, y dijo a sus hermanos: "Me han devuelto mi dinero: está aquí en mi saco". Con el corazón sobresaltado y temblando se decían unos a otros: "¿Qué es lo que Dios nos ha hecho?". Llegaron donde su padre Jacob, en la tierra de Canaán, y le contaron todo lo que les había ocurrido: "El hombre que es señor del país nos habló duramente y nos tomó por espías contra el país. Nosotros le dijimos: Somos gente de bien, no somos espías. Somos doce hermanos hijos de un mismo padre; uno ya no vive y el menor se ha quedado con nuestro padre en la tierra de Canaán. Pero aquel hombre, señor del país, nos respondió: De este modo sabré si sois sinceros: dejad conmigo aquí uno de vuestros hermanos, tomad lo necesario para vuestras familias hambrientas y partid. Pero a la vuelta traedme a vuestro hermano menor; así sabré que no sois espías, sino hombres de bien. Luego devolveré a vuestro hermano y podréis comerciar en este país". Cuando vaciaron los sacos, cada uno encontró en su saco la bolsa del dinero. Al verlas, su padre y ellos se echaron a temblar. Jacob les dijo: "Me vais a dejar sin hijos. José desapareció, Simeón también, ¿y queréis llevarme a Benjamín? ¡Todo está contra mí!". Rubén dijo a su padre: "Haz morir a mis dos hijos, si no te lo devuelvo; entrégamelo, y yo te lo devolveré". Pero él repuso: "Mi hijo no bajará con vosotros; su hermano ha muerto y ha quedado sólo él; si le sucede alguna desgracia en el viaje que vais a emprender, del dolor haríais bajar mis canas a la tumba". El hambre arreciaba en el país. Cuando consumieron las provisiones que habían traído de Egipto, su padre les dijo: "Volved a comprar más víveres". Judá le dijo: "Aquel hombre nos advirtió expresamente que no seríamos admitidos de nuevo en su presencia sin nuestro hermano menor. Si estás dispuesto a dejar venir a nuestro hermano con nosotros, bajaremos a comprar alimentos; pero si no le dejas venir, no bajaremos porque aquel hombre nos dijo expresamente que no seríamos admitidos de nuevo en su presencia sin nuestro hermano menor". Israel dijo: "¿Por qué me habéis hecho este mal diciendo a aquel hombre que teníais otro hermano?". Ellos respondieron: "Aquel hombre nos preguntó expresamente por nuestra familia, diciendo: ¿Vive todavía vuestro padre? ¿Tenéis más hermanos? Y nosotros contestamos a sus preguntas. ¿Cómo íbamos a suponer que nos iba a decir que lleváramos a nuestro hermano?". Entonces Judá dijo a su padre, Israel: "Deja venir conmigo al muchacho; salgamos inmediatamente, si queremos vivir y no morir nosotros, tú y nuestros hijos. Yo salgo fiador de él; a mí me pedirás cuenta. Si no te lo devuelvo, si no te lo traigo, yo seré culpable ante ti toda mi vida. Si no nos hubiéramos detenido, ya estaríamos de regreso". Israel, su padre, les dijo: "Ya que así tiene que ser, hacedlo; tomad en vuestro equipaje de lo mejor de la tierra y llevádselo a aquel hombre como regalo: bálsamo y miel, aromas y mirra, nueces y almendras. Tomad doble cantidad de dinero y restituid el que os fue devuelto en la boca de los sacos; quizá fue una equivocación. Llevad también a vuestro hermano. Andad, volved donde aquel hombre. Que el Dios todopoderoso haga que aquel hombre sea benévolo con vosotros y os deje traer libre al otro hermano vuestro y a Benjamín. En cuanto a mí, si he de verme privado de mis hijos, que así sea". Tomaron los regalos, doble cantidad de dinero y a Benjamín, y se pusieron en camino. Llegaron a Egipto y se presentaron a José. Cuando José vio a Benjamín con ellos, dijo a su mayordomo: "Lleva a estos hombres a casa, mata un animal y aderézalo, porque comerán conmigo al mediodía". El mayordomo hizo lo que le dijo José y los llevó a la casa de José. Ellos, al ver que los llevaban a casa de José, se llenaron de miedo y se decían: "Nos han traído aquí por lo del dinero que nos fue devuelto en nuestros sacos. Nos han traído aquí con nuestros asnos para acusarnos, torturarnos y tomarnos como esclavos". Se acercaron al mayordomo de José y le hablaron así a la entrada de la casa. "Perdón, señor, nosotros vinimos la otra vez a comprar víveres. Ahora bien, al acampar por la noche y abrir nuestros sacos, cada uno encontró su dinero en la boca de su saco. Pero ahora lo traemos con nosotros. Traemos también más dinero para pagar los víveres. Nosotros no sabemos quién puso nuestro dinero en los sacos". Y él les dijo: "Estad tranquilos, no temáis. Fue vuestro Dios y el Dios de vuestro padre el que puso un tesoro en vuestros sacos; yo recibí vuestro dinero". Y les sacó a Simeón. Después los introdujo en la casa de José, les llevó agua para que se lavaran los pies y dio forraje a sus asnos. Ellos prepararon el regalo esperando que José llegara al mediodía, pues habían oído que iban a comer allí. Cuando José entró en la casa, le ofrecieron el regalo que tenían consigo y se postraron en tierra. Él les preguntó: "¿Qué tal estáis? ¿Cómo está vuestro padre, del que me hablasteis? ¿Vive todavía?". Ellos respondieron: "Tu siervo, nuestro padre, todavía vive y está bien". Se inclinaron y le hicieron reverencia. José alzó los ojos y vio a Benjamín, su hermano materno, y preguntó: "¿Es éste vuestro hermano menor, del que me hablasteis?". Y a él le dijo: "Dios te guarde, hijo mío". José salió apresuradamente porque estaba muy emocionado a la vista de su hermano y se le saltaban las lágrimas. Entró en su habitación y se puso a llorar. Se lavó la cara y, dominándose, dijo: "Servid la comida". Sirvieron a José aparte, aparte a sus hermanos y aparte también a los egipcios que comían con él, porque los egipcios no pueden comer con los hebreos, por ser cosa prohibida para ellos. Les sentaron frente a José, cada uno en su puesto, del mayor al menor, y se miraban asombrados unos a otros. Él les mandaba desde su mesa las porciones, y la porción de Benjamín era cinco veces mayor que la de todos los otros. Así bebieron y se alegraron en su compañía. José ordenó a su mayordomo: "Llena de víveres los sacos de estos hombres hasta arriba y pon el dinero de cada uno en la boca del saco. Pon mi copa de plata en la boca del saco del más joven, junto con el dinero de su grano". Y él lo hizo así. Al venir el día, se despidieron y se fueron con sus asnos. Apenas habían salido de la ciudad, de la que no estaban lejos, cuando José dijo a su mayordomo: "Levántate, sigue a esos hombres, dales alcance y diles: ¿Por qué habéis devuelto mal por bien? ¿No es ésa la copa que sirve a mi señor para beber y adivinar? Os habéis portado muy mal". Él les dio alcance y les habló de este modo. Pero ellos respondieron: "¿Por qué nos habla así, señor? ¡Lejos de tus siervos hacer cosa semejante! Ya ves que el dinero que encontramos en la boca de los sacos te lo hemos traído desde la tierra de Canaán; ¿cómo podríamos haber robado plata u oro de la casa de tu señor? Aquel de tus siervos en cuyo poder se encuentre la copa, que muera; y nosotros mismos quedaremos como esclavos de tu señor". Él dijo: "Bien, sea como decís: aquel en cuyo poder encuentre la copa será mi esclavo, pero todos los demás podréis marchar". Ellos descargaron aprisa los sacos y cada uno abrió el suyo. Él los registró empezando por el mayor y terminando por el menor, y la copa fue encontrada en el saco de Benjamín. Ellos se rasgaron sus vestidos, volvieron a cargar sus sacos, cada uno el suyo, y regresaron a la ciudad. Cuando Judá y sus hermanos llegaron a la casa de José, éste estaba todavía allí. Ellos se postraron ante él, y José les preguntó: "¿Qué es lo que habéis hecho? ¿No sabíais que un hombre como yo sabe adivinar?". Y Judá respondió: "¿Qué diremos a mi señor y cómo podremos justificarnos? Ha sido Dios quien ha descubierto la maldad de tus siervos. Aquí nos tienes como esclavos tuyos, tanto nosotros como aquel en cuyo poder fue encontrada la copa". Él respondió: "¡Lejos de mí hacer eso! El hombre en cuyo poder ha sido encontrada la copa, ése será mi esclavo; los demás volved en paz a vuestro padre". Judá se acercó a él y le dijo: "Perdón, señor. Permite a tu siervo dirigir una palabra a mi señor, sin que por eso se irrite contra él, porque tú eres en verdad como el Faraón. Mi señor preguntó a sus siervos: ¿Tenéis todavía padre o algún hermano? Nosotros respondimos a mi señor: tenemos un padre ya anciano y un hermano que le nació en su vejez; un hermano suyo ha muerto, por lo que le quedó él solo de aquella mujer, y su padre le quiere mucho. Tú dijiste a tus siervos: Traédmelo para que lo vea. Nosotros respondimos a mi señor: El joven no puede dejar a su padre; si le deja, su padre morirá. Tú insististe: Si vuestro hermano menor no baja con vosotros, no seréis admitidos más en mi presencia. Cuando volvimos a tu siervo, nuestro padre, le contamos lo que nos había dicho mi señor. Y cuando nuestro padre nos dijo: Volved a comprar alimentos, le respondimos: No podemos bajar si no viene con nosotros nuestro hermano menor, porque no seremos recibidos por aquel hombre si nuestro hermano menor no va con nosotros. Tu siervo, mi padre, nos dijo: Sabéis que mi mujer no me ha dado más que dos hijos. Uno salió cuando estaba conmigo y seguramente fue despedazado, pues ya no lo he vuelto a ver; si os lleváis también a éste de mi lado y le sucede alguna desgracia, del dolor haríais bajar mis canas a la tumba. Si yo ahora vuelvo a tu siervo, mi padre, y no va con nosotros el muchacho, al que quiere con toda su alma, cuando vea que no va con nosotros, morirá, y tus siervos harán que las canas de tu siervo, nuestro padre, bajen, de dolor, a la tumba. Tu siervo salió fiador del joven ante mi padre, diciendo: Si no te lo devuelvo, seré culpable ante mi padre toda mi vida. Te suplico que quede tu siervo como esclavo de mi señor en lugar del muchacho y que éste vuelva con mis hermanos. ¡Cómo podría yo volver a mi padre sin el muchacho! ¡Yo no puedo ver la desgracia que afligiría a mi padre!". José no podía ya contenerse delante de todos los presentes y gritó: "Salid todos de mi presencia". Y no quedó nadie con él cuando se dio a conocer a sus hermanos. Entonces rompió a llorar a voz en grito, de modo que lo oyeron los egipcios, y la noticia llegó a casa del Faraón. José dijo a sus hermanos: "Yo soy José. ¿Vive todavía mi padre?". Sus hermanos no pudieron responderle, de tan asustados que estaban ante él. Entonces él les dijo: "Acercaos a mí". Y ellos se acercaron. Él dijo: "Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. Pero ahora no estéis apenados ni os pese el haberme vendido aquí, pues fue Dios quien me envió delante de vosotros para salvar vuestras vidas. Ya van dos años de hambre sobre la tierra, y aún quedan otros cinco sin labranza ni siega. Dios me ha enviado delante de vosotros para asegurar vuestra supervivencia en el país y salvar la vida de muchos de vosotros. No fuisteis vosotros los que me enviasteis aquí, sino Dios. Él me ha hecho padre del Faraón y señor de toda su casa, gobernador de todo el país de Egipto. Subid aprisa a mi padre y decidle: Esto dice tu hijo José: Dios me ha constituido señor de todo Egipto, baja hasta mí sin tardar. Habitarás en la región de Gosen y estarás cerca de mí tú, tus hijos y tus nietos, tus rebaños, tus ganados y todo cuanto tienes. Allí yo cuidaré de tu subsistencia, para que no perezcas de miseria tú y tu familia y todos los tuyos, porque todavía habrá cinco años de hambre. Vosotros y mi hermano Benjamín veis con vuestros propios ojos que es mi boca la que os habla. Contad a mi padre lo importante que soy en Egipto y todo lo que habéis visto; daos prisa en traer aquí a mi padre". Se abrazó al cuello de Benjamín y se echó a llorar, y Benjamín también lloró abrazado a él. Luego besó a todos sus hermanos entre lágrimas. Después de esto sus hermanos quedaron hablando con él. Llegó a casa del Faraón la noticia de que habían venido los hermanos de José, y el Faraón y sus servidores se alegraron. El Faraón dijo a José: "Di a tus hermanos: Haced lo siguiente: cargad vuestros asnos y volved a la tierra de Canaán. Tomad a vuestro padre y a vuestras familias y volved acá. Yo os daré lo mejor de la tierra de Egipto y disfrutaréis de lo mejor de ella. Tú tienes autoridad para ordenar: Haced esto: tomad de la tierra de Egipto carros para vuestros niños y mujeres, tomad a vuestro padre y venid. No os duela dejar vuestras casas, porque lo mejor de la tierra de Egipto será para vosotros". Así lo hicieron los hijos de Israel. José les proporcionó carros conforme a la orden del Faraón y les proveyó de víveres para el camino. Dio un traje nuevo a cada uno, pero a Benjamín le dio trescientas monedas de plata y cinco trajes nuevos. Envió a su padre diez asnos cargados con lo mejor de la tierra de Egipto y diez asnas cargadas de trigo, pan y comida para el camino. Se despidió de sus hermanos y les dijo: "No discutáis por el camino". Ellos subieron de Egipto y llegaron a Canaán, donde su padre, Jacob, y le dieron la noticia: "José vive todavía y es señor de todo Egipto". Pero él no se inmutó, porque no les creía. Cuando ellos le contaron todo lo que José les había dicho y cuando vio los carros que José enviaba para llevarlo, el espíritu de Jacob, su padre, reaccionó. Israel dijo: "Sí, José, mi hijo, está vivo todavía. Iré y lo veré antes de morir". Israel partió con todo lo que tenía. Al llegar a Berseba, ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. Y Dios habló a Israel en una visión nocturna: "¡Jacob! ¡Jacob!". Él respondió: "Aquí estoy". Dios continuó: "Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No temas bajar a Egipto, porque allí yo haré de ti un gran pueblo. Bajaré contigo a Egipto y te haré subir de allí. José te cerrará los ojos". Jacob partió de Berseba. Los hijos de Israel hicieron subir a Jacob, su padre, a sus niños y a sus mujeres a los carros enviados por el Faraón para llevarlos. Llevaron también consigo sus ganados y cuanto habían adquirido en la tierra de Canaán. Jacob emigró a Egipto con todos sus descendientes, hijos y nietos, hijas y nietas; todos sus descendientes los llevó consigo a Egipto. Éstos son los nombres de los hijos de Israel que llegaron a Egipto: Jacob y sus hijos; el primogénito de Jacob, Rubén. Hijos de Rubén: Henoc, Falú, Jesrón y Carmí. Hijos de Simeón: Yemuel, Yamín, Ohad, Yaquín, Sójar y Saúl, hijo de la cananea. Hijos de Leví: Guersón, Quehat y Merarí. Hijos de Judá: Er, Onán, Selá, Fares y Zéraj; pero Er y Onán habían muerto en la tierra de Canaán. Hijos de Isacar: Tolá, Puvá, Yasub y Simrón. Hijos de Zabulón: Séred, Elón y Yajleel. Éstos son los hijos que Lía dio a Jacob en Padán Arán, con su hija Dina. En total, entre hijos e hijas, treinta y tres personas. Hijos de Gad: Sefión, Jaguí, Suní, Esbón, Erí, Arodí y Arelí. Hijos de Aser: Yimná, Yisvá, Yisví, Beriá y Séraj, su hermana. Hijos de Beriá eran Jéber y Melquiel. Éstos son los hijos de Zilpa, la esclava que dio Labán a su hija Lía, y que ella dio a Jacob. Dieciséis personas. Hijos de Raquel, la mujer de Jacob: José y Benjamín. A José le nacieron en Egipto, de Asenat, hija de Putifar, sacerdote de On, Manasés y Efraín. Hijos de Benjamín: Bela, Béker, Asbel. Hijos de Bela: Guerá, Naamán, Ejí, Ros, Mupín, Yupín y Ared. Éstos fueron los hijos de Raquel y Jacob; en total, catorce personas. Hijos de Dan: Jusín. Hijos de Neftalí: Yajseel, Guní, Yéser y Silén. Éstos son los hijos de Jacob y Bihlá, la que Labán dio a su hija Raquel. En total, siete personas. Todas las personas de la familia de Jacob, que emigraron con él a Egipto, sin contar a sus nueras, eran en total sesenta y seis. Los hijos de José que le nacieron en Egipto, dos. En total, las personas de la casa de Jacob que vinieron a Egipto eran setenta. Israel envió por delante a Judá al encuentro de José, para comunicarle que viniera a verle a Gosen. Ellos llegaron a la región de Gosen. José hizo enganchar su carro y salió al encuentro de su padre, Israel, a Gosen. Al verlo, se echó a su cuello y lloró largamente abrazado a él. Israel dijo a José: "Ahora puedo ya morir porque he visto tu rostro y estás todavía vivo". José dijo a sus hermanos: "Voy a comunicárselo al Faraón y a decirle: Mis hermanos y la familia de mi padre, que estaban en Canaán, han venido aquí. Son pastores y poseen ganados; han traído consigo sus ovejas, sus vacas y todo cuanto tenían. Cuando el Faraón os llame y os diga: ¿Cuál es vuestro oficio?, responderéis: Tus siervos se han ocupado de ganado desde su juventud hasta ahora, como antes nuestros padres. Así podréis quedaros a vivir en la región de Gosen, porque los egipcios detestan a los pastores". José fue a comunicárselo al Faraón: "Mi padre y mis hermanos han venido de Canaán con sus rebaños y ganados y con todo cuanto tienen y están ya en la región de Gosen". José había llevado consigo a cinco de sus hermanos y se los presentó al Faraón, que les preguntó: "¿Cuál es vuestro oficio?". Ellos respondieron: "Tus siervos son pastores, como lo fueron nuestros padres". Y añadieron: "Hemos venido a habitar en este país porque en Canaán no hay pastos para los ganados de tus siervos y el hambre se ha agravado; permite que tus siervos habiten en la región de Gosen". El Faraón dijo a José: "Tu padre y tus hermanos han venido junto a ti; todo Egipto está a tu disposición. Instala a tu padre y a tus hermanos en lo mejor del país; que se queden en la región de Gosen y, si sabes que entre ellos hay hombres de valía, ponlos de mayorales de mis ganados". José trajo a su padre Jacob y se lo presentó al Faraón. Y Jacob bendijo al Faraón, quien le preguntó: "¿Cuántos años tienes?". Jacob le respondió: "Los años de mi peregrinar son ciento treinta. Pocos e infelices han sido los años de mi vida, y no alcanzaré los años de vida de mis padres durante su peregrinación". Jacob bendijo de nuevo al Faraón y se retiró de su presencia. José instaló a su padre y a sus hermanos, y les dio propiedades en Egipto, en lo mejor del país, en el distrito de Rameses, como había ordenado el Faraón. José proveyó de alimentos a su padre, a sus hermanos y a toda su familia, según el número de hijos. Por entonces no había pan en el país, pues el hambre se había agravado en extremo. Egipto y Canaán desfallecían de hambre. José iba reuniendo todo el dinero que había en Egipto y Canaán a cambio del grano que le compraban, y lo iba depositando en la casa del Faraón. En Egipto y Canaán se acabó el dinero. Todos los egipcios se llegaron a José diciéndole: "Danos pan; ¿es que vamos a morir ante tus ojos porque no tenemos ya dinero?". José les respondió: "Dadme vuestros ganados, si se os ha acabado ya el dinero, y a cambio os daré trigo". Ellos trajeron a José sus ganados, y les dio alimentos a cambio de caballos, ovejas, bueyes y asnos... Así todo aquel año les proveyó de pan a cambio de ganados. Pasado aquel año, volvieron al año siguiente y le dijeron: "No podemos ocultar a nuestro señor que se nos ha acabado el dinero; también el ganado es ya de nuestro señor y ahora no nos queda para nuestro señor sino nuestro cuerpo y nuestras tierras. ¿Por qué habremos de perecer ante tus ojos nosotros y nuestras tierras? Cómpranos a nosotros y a nuestras tierras a cambio de pan. Seremos esclavos del Faraón nosotros y nuestras tierras, pero danos simiente para que podamos vivir y no muramos y para que nuestras tierras no queden desoladas". José compró así en nombre del Faraón todas las tierras de Egipto, pues los egipcios, oprimidos por el hambre, le vendieron cada uno sus fincas. De este modo adquirió José para el Faraón toda la tierra de Egipto, reduciendo a esclavitud a todo el pueblo del uno al otro confín de Egipto. Solamente dejó de comprar las tierras de los sacerdotes, porque ellos tenían una asignación del Faraón y vivían del rédito que éste les daba; por eso no vendieron sus tierras. José dijo al pueblo: "Os he comprado a vosotros y a vuestras tierras para el Faraón; pero ahora aquí tenéis simiente, sembrad las tierras. De la cosecha daréis la quinta parte al Faraón, y las otras cuatro partes serán vuestras para la siembra de los campos y para vuestro consumo y el de vuestras familias". Ellos respondieron: "Tú nos has salvado la vida; hallemos ahora gracia a los ojos de nuestro señor y seremos siervos del Faraón". José puso esta ley, todavía en vigor hoy en Egipto: dar al Faraón la quinta parte; sólo las tierras de los sacerdotes no pasarán a ser propiedad del Faraón. Los israelitas se establecieron en Egipto en la región de Gosen, se posesionaron de ella y crecieron y se multiplicaron en gran manera. Jacob vivió diecisiete años en Egipto; en total, los años de su vida fueron ciento cuarenta y siete. Cuando se acercaba ya para Jacob el día de su muerte, mandó llamar a su hijo José y le dijo: "Si he hallado gracia a tus ojos, pon tu mano debajo de mi muslo en señal de juramento, y prométeme que serás bueno y fiel conmigo; no me entierres en Egipto. Cuando me duerma con mis padres, sácame de Egipto y entiérrame en su sepultura". José respondió: "Haré como tú dices". Jacob añadió: "Júramelo", y José se lo juró. E Israel se inclinó sobre la cabecera de la cama. Después de esto dijeron a José: "Tu padre está enfermo". Él tomó consigo a sus dos hijos, Manasés y Efraín. Le anunciaron a Jacob: "Mira, tu hijo José viene a verte". Israel hizo un esfuerzo y se sentó en la cama. Jacob dijo a José: "El Dios todopoderoso se me apareció en Luz, en el país de Canaán, me bendijo y me dijo: Yo te haré fecundo y numeroso y haré que llegues a ser una comunidad de pueblos; esta tierra se la daré en posesión perpetua a tu descendencia. Tus dos hijos, Manasés y Efraín, que te nacieron en el país de Egipto antes de que yo viniese aquí contigo, son míos: Efraín y Manasés serán míos como Rubén y Simeón. Los que engendres después de ellos serán tuyos, y recibirán la herencia en nombre de sus hermanos. Cuando yo volvía de Padán Arán perdí a Raquel, tu madre, en el camino a través de Canaán, no lejos de Éfrata, y la sepulté en el camino de Éfrata, o sea Belén". Israel vio a los dos hijos de José y preguntó: "¿Quiénes son éstos?". José respondió a su padre: "Son mis hijos, los que Dios me ha dado aquí". Jacob dijo: "Acércamelos, que quiero bendecirlos". Los ojos de Israel estaban tan achacosos por la vejez que apenas podían ver. José se los acercó, y él los abrazó y los besó. Israel dijo a José: "No pensaba ya ver tu rostro, y Dios me ha dado ver también a tu descendencia". José los retiró de las rodillas de su padre y se inclinó hasta el suelo. José tomó a ambos, a Efraín con su derecha a la izquierda de Israel y a Manasés con su izquierda a la derecha de Israel, y así se acercó hasta él. Israel extendió su mano derecha y la puso sobre la cabeza de Efraín, que era el menor, y su izquierda sobre la cabeza de Manasés, cruzando de intento las manos, a pesar de que Manasés era el mayor. Y bendijo a José diciendo: "El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abrahán e Isaac, el Dios que me ha guiado desde mi nacimiento hasta hoy, el ángel que me ha librado de todo mal, bendiga a estos muchachos y por ellos se difunda mi nombre y el nombre de mis padres Abrahán e Isaac; que crezcan y se multipliquen sobre la tierra". José, viendo que su padre tenía su mano derecha sobre la cabeza de Efraín, se disgustó y tomó la mano de su padre para mudarla de la cabeza de Efraín a la de Manasés. Y le dijo: "Así no, padre, porque el mayor es éste; pon tu mano derecha sobre su cabeza". Pero su padre se opuso y dijo: "Lo sé, hijo mío, lo sé. También él llegará a ser un pueblo y será también grande, pero su hermano menor será más grande que él y su posteridad será una muchedumbre de pueblos". Aquel día Israel los bendijo diciendo: "Por vosotros Israel bendecirá así: Que Dios os haga como a Efraín y Manasés". Y puso a Efraín delante de Manasés. Israel dijo a José: "Yo me voy a morir; pero Dios estará con vosotros y os llevará de nuevo a la tierra de vuestros padres. A ti te doy Siquén, con preferencia a tus hermanos, la que conquisté a los amorreos con mi espada y mi arco". Jacob llamó a sus hijos y les dijo: "Reuníos, que os voy a decir lo que será de vosotros en los días venideros. Reuníos y oíd, hijos de Jacob; prestad oídos a Israel, vuestro padre. Rubén, tú eres mi primogénito, mi fuerza y la primicia de mi virilidad, el primero en arrogancia y el primero en poder. Impetuoso como las aguas, no serás el primero porque subiste al lecho de tu padre y profanaste mi cama. Simeón y Leví son hermanos; armas de violencia son sus armas. No quiero asistir a sus consejos, no quiero participar en su asamblea, porque en su furor mataron hombres y a su antojo desjarretaron toros. Maldito su furor, tan violento, y su cólera, tan cruel. Los repartiré en Jacob, los dispersaré en Israel. A ti, Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano, sobre la cerviz de tus enemigos; los hijos de tu padre se inclinarán ante ti. Cachorro de león es Judá, de hacer presa subes, hijo mío. Se encorva, se echa como un león, como leona; ¿quién podrá levantarlo? El cetro no será arrebatado de Judá, ni el bastón de mando de entre sus pies hasta que venga aquel a quien pertenece y a quien los pueblos obedecerán. Él ata a la vid su pollino y a la cepa el hijo de su asna. Él lava en el vino su vestido y en sangre de uvas su manto. Sus ojos, bermejos del vino, y sus dientes, blancos de la leche. Zabulón habitará a lo largo del mar, en los puertos donde atracan las naves con su flanco vuelto hacia Sidón. Isacar es un asno robusto echado entre dos empalizadas. Vio que el reposo era bueno y la tierra agradable; inclinará su hombro a la carga y será sujeto a tributo. Dan juzgará a su pueblo como una más de las tribus de Israel. Dan será serpiente en el camino, como víbora junto al sendero, que muerde los talones del caballo y hace caer por detrás al jinete. Tu salvación espero, ¡oh, Señor! Gad, una tropa de bandidos le acomete, pero él los ataca por la espalda. Aser abunda en pan exquisito, manjar de reyes proporciona. Neftalí es una cierva suelta, que tiene preciosos cervatillos. Ramo de vid fecunda es José, ramo de vid frondosa junto a la fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro. Le han provocado, le han disparado flechas, le han hostigado los arqueros; pero su arco permanece firme y ágiles sus brazos gracias a las manos del Fuerte de Jacob, gracias al nombre del Pastor, la Roca de Israel. El Dios de tu padre te ayuda, el todopoderoso te bendice: bendiciones que bajan del cielo, bendiciones que suben del abismo, bendiciones de pechos y seno, bendiciones de espigas y frutos, bendiciones de los montes antiguos, delicias de los collados eternos; caigan sobre la cabeza de José, sobre el elegido entre sus hermanos. Benjamín es lobo rapaz, que a la mañana devora la presa y a la tarde reparte los despojos". Todos éstos son las doce tribus de Israel, y esto lo que su padre les dijo cuando los bendijo a cada uno con su propia bendición. Después les dio estas órdenes: "Yo voy a reunirme con mi pueblo; sepultadme con mis padres en la gruta que está en el campo de Efrón, el hitita, esto es, en la caverna de Macpela, frente a Mambré en Canaán, la que compró Abrahán con el campo de Efrón, el hitita, como propiedad funeraria. Allí fueron sepultados Abrahán y su mujer, Sara; allí también Isaac y Rebeca, su mujer; allí también he sepultado yo a Lía. El campo y su caverna los compró Abrahán a los hititas". Cuando acabó de dar estas órdenes a sus hijos, recogió sus pies en la cama, entregó su espíritu y se reunió con los suyos. José se echó sobre el rostro de su padre, llorando y besándole. Luego mandó a los médicos que estaban a sus órdenes que embalsamaran a su padre. Emplearon en ello cuarenta días, porque ése era el tiempo requerido para embalsamar. Los egipcios lo lloraron por espacio de setenta días. Pasados los días de luto, José habló así a la corte del Faraón: "Si he hallado gracia a vuestros ojos, hablad al Faraón y decidle: Mi padre me hizo jurar diciéndome: Yo voy a morir, sepúltame en el sepulcro que hice para mí en el país de Canaán. Permíteme que vaya a sepultar a mi padre y luego volveré". El Faraón respondió: "Anda y sepulta a tu padre, como él te hizo jurar". José subió a sepultar a su padre, y con él subieron todos los siervos del Faraón, los ancianos de su corte, todos los ancianos de Egipto y toda la familia de su padre; solamente dejaron en la región de Gosen a sus niños y a sus rebaños y ganados. Subieron también con él carros y caballeros, de modo que el cortejo fue imponente. Cuando llegaron a la era de Atad, al otro lado del Jordán, hicieron grandes y solemnes funerales; y José guardó por su padre un luto de siete días. Cuando los cananeos que habitaban en aquella región vieron aquel luto en la era de Atad se dijeron: "Éste es gran luto para los egipcios". Por eso pusieron el nombre de "Luto de Egipto" a la era que está al otro lado del Jordán. Los hijos de Jacob hicieron con él como les había ordenado. Lo llevaron a Canaán y lo sepultaron en la caverna del campo de Macpela, comprada por Abrahán para sepultura de los suyos a Efrón, el hitita, enfrente de Mambré. José, después de haber sepultado a su padre, volvió a Egipto con sus hermanos y con todos los que le habían acompañado a sepultar a su padre. Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, se decían: "A lo mejor ahora José nos aborrece y se cobra todo el mal que le hicimos". Y mandaron a decir a José: "Tu padre, antes de morir, ordenó esto: Diréis a José: Perdona el delito y el pecado de tus hermanos, el mal que te hicieron; perdona el delito de los siervos del Dios de tu padre". José, al oírlo, se echó a llorar. Luego llegaron sus mismos hermanos, se postraron ante él y le dijeron: "Aquí nos tienes como esclavos tuyos". Pero José les dijo: "No temáis, ¿estoy yo acaso en lugar de Dios? Ciertamente vosotros os portasteis mal conmigo, pero Dios lo cambió en bien, para hacer lo que hoy estamos viendo, para mantener en vida a un gran pueblo. Por tanto, no temáis; yo os mantendré a vosotros y a vuestros hijos". De esta manera los consoló hablándoles a su corazón. José habitó en Egipto, él y la familia de su padre; vivió ciento diez años. José vio a los hijos de Efraín hasta la tercera generación. También recibió sobre sus rodillas, al nacer, a los hijos de Maquir, hijo de Manasés. Luego dijo a sus hermanos: "Yo voy a morir, pero Dios vendrá ciertamente en vuestra ayuda y os hará subir de esta tierra a la tierra que él prometió a Abrahán, Isaac y Jacob". José hizo jurar a los hijos de Israel así: "Ya que Dios vendrá ciertamente en vuestra ayuda, llevaréis de aquí mis huesos". José murió a los ciento diez años, lo embalsamaron y lo pusieron en un sarcófago en Egipto. Éstos son los nombres de los israelitas que bajaron a Egipto con Jacob, cada uno con su familia. Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón y Benjamín, Dan y Neftalí, Gad y Aser. Todas las personas nacidas de Jacob fueron setenta. José estaba ya en Egipto. Murió José, así como sus hermanos y toda aquella generación. Los israelitas, muy fecundos, se multiplicaron sobremanera, aumentando progresivamente y llegando a ser tan numerosos que llenaron toda aquella región. Surgió en Egipto un nuevo rey que no había conocido a José, y dijo a su pueblo: "El pueblo israelita es más numeroso y potente que nosotros. Obremos cautamente con él para que no siga multiplicándose, no vaya a suceder que venga una guerra, se unan con nuestros enemigos, luchen contra nosotros y logren salir del país". Pusieron al frente de ellos capataces que los oprimiesen con trabajos forzados en la edificación de Pitón y Rameses, ciudades almacenes del Faraón. Pero cuanto más los oprimían, más se multiplicaban y crecían; los egipcios llegaron a odiar a los israelitas. Los redujeron a la condición de esclavos, tratándolos duramente y amargando su vida con trabajos forzados: en la fabricación de mortero y ladrillos y en las diversas faenas del campo, trabajos a los que los sometían con dureza. El rey de Egipto dijo a Sifrá y Fuá, parteras de las hebreas: "Cuando asistáis en un parto a las hebreas, mirad el sexo; si es niño, matadlo; si es niña, dejadla vivir". Pero las parteras temieron a Dios y no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban vivir también a los niños. Entonces el rey de Egipto mandó llamar a las parteras y les dijo: "¿Por qué habéis obrado así y habéis dejado vivir a los niños?". Las parteras respondieron al Faraón: "Las mujeres hebreas no son como las egipcias; son robustas, y antes que la partera llegue, ya han dado a luz". Dios favoreció a las parteras, y el pueblo siguió multiplicándose, llegando a ser muy poderoso. Por haber temido a Dios las parteras, él bendijo sus casas. Entonces el Faraón dio esta orden a todo el pueblo: "Echad al río a todo varón que nazca, pero dejad vivir a las niñas". Un hombre de la casa de Leví se casó con la hija de otro levita. La mujer concibió y dio a luz un hijo, y al ver que era muy hermoso, lo tuvo escondido por espacio de tres meses. Como ya no podía ocultarlo más, tomó una cestita de papiro, la calafateó con betún y pez, puso en ella al niño y la dejó entre los juncos de la orilla del río. La hermana del pequeño se quedó a poca distancia para ver lo que pasaba. La hija del Faraón bajó a bañarse al río mientras sus doncellas paseaban por la orilla. Al ver la cesta en medio de los juncos, mandó a una de sus doncellas a recogerla. La abrió y vio al niño, que estaba llorando. Compadecida de él, dijo: "Éste es un hijo de los hebreos". La hermana del pequeño dijo a la hija del Faraón: "¿Quieres que vaya a buscarte, entre los hebreos, una nodriza que te críe este niño?". La hija del Faraón dijo: "Anda". Y la joven fue a llamar a la madre del niño. La hija del Faraón le dijo: "Toma este niño y críamelo; yo te lo pagaré". La mujer tomó al niño y lo crió. Cuando se hizo grandecito se lo llevó a la hija del Faraón, que lo adoptó como hijo y le puso el nombre de Moisés, diciendo: "Lo he sacado de las aguas". Por aquellos días, Moisés, ya mayor, fue donde estaban sus hermanos. Vio sus duros trabajos y observó cómo un egipcio maltrataba a uno de sus hermanos, a un hebreo. Miró a su alrededor, vio que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró entre la arena. Salió también al día siguiente. Vio a dos hebreos riñendo, y dijo al agresor: "¿Por qué golpeas a tu prójimo?". Él respondió: "¿Quién te ha constituido jefe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?". Moisés temió y dijo: "La cosa se sabe". El Faraón se había también enterado de lo sucedido y trataba de matar a Moisés. Moisés huyó del Faraón y se detuvo en la tierra de Madián, sentándose junto a un pozo. El sacerdote de Madián tenía siete hijas. Vinieron éstas a sacar agua, y cuando estaban llenando los abrevaderos para dar de beber al rebaño de su padre, llegaron unos pastores y las echaron de allí. Entonces Moisés se levantó, salió en defensa de las jóvenes y abrevó su rebaño. Al volver a casa, Ragüel, su padre, les preguntó: "¿Cómo volvéis hoy tan pronto?". Respondieron: "Un egipcio nos defendió de los pastores, y hasta él mismo se puso a sacar agua y abrevó el rebaño". Él les dijo: "¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado allí a ese hombre? Llamadle para que coma algo". Moisés aceptó quedarse a vivir en casa de aquel hombre, que le dio a su hija Séfora por mujer. Ésta dio a luz un hijo, a quien él puso por nombre Guersón, pues se dijo: "Yo soy un emigrante en tierra extranjera". Entretanto, y después de mucho tiempo, murió el rey de Egipto. Los israelitas, que seguían gimiendo bajo la dura esclavitud, clamaron, y su clamor, provocado por la esclavitud, subió hasta Dios. Dios oyó su gemido y se acordó de su pacto con Abrahán, Isaac y Jacob. Dios miró a los israelitas y los atendió. Moisés era el pastor del ganado de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Llevó el ganado más allá del desierto y llegó al monte de Dios, el Horeb. Allí se le apareció el ángel del Señor en llama de fuego, en medio de una zarza. Miró, y vio que la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: "Voy a acercarme a ver esta gran visión; por qué la zarza no se consume". El Señor vio que se acercaba para mirar y lo llamó desde la zarza: "¡Moisés! ¡Moisés!". Y él respondió: "Aquí estoy". Dios le dijo: "No te acerques. Descálzate, porque el lugar en que estás es tierra santa". Y añadió: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios. El Señor continuó: "He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arranca su opresión y conozco sus angustias. Voy a bajar a liberarlo de la mano de los egipcios, sacarlo de aquella tierra y llevarlo a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, a la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del fereceo, del heveo y del jebuseo. El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí. He visto también la opresión con que los egipcios los tiranizan. Anda; yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas. Moisés dijo al Señor: "¿Quién soy yo para ir al Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?". Dios le dijo: "Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, adoraréis a Dios sobre este monte". Moisés dijo a Dios: "Bien, yo me presentaré a los israelitas y les diré: El Dios de nuestros padres me ha enviado a vosotros. Pero si ellos me preguntan: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?". Dios dijo a Moisés: "Yo soy el que soy. Así responderás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros". Y continuó: "Dirás así a los israelitas: El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre, éste mi recuerdo por todos los siglos". "Anda, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se me ha aparecido y me ha dicho: Os he visitado y he visto lo que se os hace en Egipto. He determinado sacaros de la opresión de Egipto a la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del fereceo, del heveo y del jebuseo; tierra que mana leche y miel. Ellos escucharán tu voz. Tú con los ancianos de Israel irás al rey de Egipto y le diréis: El Señor, Dios de los hebreos, se nos ha aparecido; déjanos ir a tres días de camino por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios. Yo sé bien que el rey de Egipto no os dejará ir a no ser a la fuerza. Pero yo extenderé mi mano y castigaré a Egipto con todos mis prodigios, que haré en medio de ellos; después de lo cual, os dejará salir. Yo haré que este pueblo halle gracia a los ojos de los egipcios para que, cuando salgáis, no lo hagáis con las manos vacías, sino que cada una de las mujeres pedirá a su vecina y a su coinquilina objetos de plata y oro y vestidos que pondréis a vuestros hijos y a vuestras hijas; y despojaréis así a los egipcios". Moisés respondió: "No me creerán ni escucharán mi voz, sino que dirán: No se te ha aparecido el Señor". El Señor le dijo: "¿Qué tienes en tu mano?". Él respondió: "Un bastón". El Señor le dijo: "Tíralo a tierra". Él lo tiró y se convirtió en serpiente. Al verlo Moisés huyó. El Señor dijo a Moisés: "Alarga tu mano y tómala por la cola". Él alargó su mano, la tomó y volvió a ser bastón en su mano. "Esto es para que crean que se te ha aparecido el Señor, Dios de tus padres, Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob". El Señor prosiguió: "Mete tu mano en el pecho". Él la metió y, cuando la sacó, estaba cubierta de lepra, color de nieve. Luego le dijo: "Vuelve a meter tu mano en el pecho". Volvió a meterla y, al sacarla, estaba de nuevo normal. "Si no te creen ni te hacen caso por el primer prodigio, te creerán por el segundo; y si no te creen ni te hacen caso por ninguno de los dos, toma agua del río y derrámala sobre el suelo; el agua así derramada en el suelo se volverá sangre". Moisés dijo al Señor: "Señor, yo no tengo facilidad de palabra, ni anteriormente, ni desde que hablas a tu siervo; soy tardo en el hablar y torpe de lengua". Y el Señor le dijo: "¿Quién ha dado al hombre la boca y quién le hace sordo y mudo, vidente y ciego? ¿No soy acaso yo, el Señor? Anda, yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir". Y él dijo: "Ay, Señor; envía al que quieras enviar". El Señor se encendió en cólera contra Moisés y dijo: "¿No está Aarón, el levita, tu hermano? Sé que él tiene facilidad de palabra. Mira, va a salir a tu encuentro, y al verte se alegrará. Tú le hablarás a él y pondrás las palabras en su boca; yo estaré en tu boca y en la suya y os enseñaré lo que habéis de hacer. Él hablará por ti al pueblo; él será para ti la boca, y tú serás para él un dios. Toma el bastón con el que realizarás los prodigios". Moisés volvió a casa de Jetró, su suegro, y le dijo: "Déjame marchar y volver a mis hermanos, que están en Egipto, para ver si todavía están vivos". Jetró le dijo: "Vete en paz". El Señor había dicho a Moisés en Madián: "Anda, vuelve a Egipto, porque han muerto todos los que querían matarte". Moisés tomó a su mujer y a sus hijos, los montó en un asno y se fue a Egipto, llevando en su mano el bastón de Dios. El Señor le dijo: "En el camino hacia Egipto recuerda los prodigios que he puesto en tu mano y que tienes que hacer delante del Faraón. Yo endureceré su corazón de modo que no dejará salir al pueblo. Tú dirás al Faraón: Esto dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito. Te digo que dejes salir a mi hijo para que me sirva; si no le dejas salir, yo mataré a tu hijo primogénito". Por el camino, donde Moisés pasaba la noche, el Señor se le presentó para darle muerte. Entonces Séfora, tomando un pedernal afilado, cortó el prepucio de su hijo y lo arrojó a sus pies diciendo: "Esposo de sangre eres para mí". Y el Señor le dejó, al decir ella "Esposo de sangre", en razón de la circuncisión. El Señor dijo a Aarón: "Sal al encuentro de Moisés en el desierto". Fue y, cuando lo encontró en el monte de Dios, lo besó. Moisés contó a Aarón todo lo que le había dicho el Señor al encomendarle la misión y todos los prodigios que le había ordenado. Moisés y Aarón partieron y reunieron a todos los ancianos de los israelitas. Aarón les refirió todo lo que el Señor había dicho a Moisés e hizo prodigios en presencia del pueblo. El pueblo creyó, y comprendiendo que el Señor había visitado a los israelitas y había visto su opresión, se postraron y adoraron. Después de esto, Moisés y Aarón se presentaron ante el Faraón y le dijeron: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: Deja ir a mi pueblo para que celebre una fiesta en el desierto". El Faraón dijo: "¿Quién es el Señor para que yo obedezca su voz y deje ir a Israel? No conozco al Señor y no dejaré ir a Israel". Ellos le dijeron: "El Dios de los hebreos se nos ha aparecido. Deja que vayamos al desierto, a tres jornadas de camino, para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios, no sea que nos castigue con peste o espada". Pero el rey de Egipto les dijo: "¿Por qué, Moisés y Aarón, revolucionáis al pueblo en sus trabajos? Id a vuestras obligaciones". Y añadió: "Ahora que el pueblo de la tierra es numeroso, ¿vosotros queréis que dejen su trabajo?". Aquel mismo día el Faraón dio esta orden a los capataces e inspectores del pueblo: "No volváis a darle paja al pueblo para fabricar los ladrillos, como hasta ahora; que vayan ellos mismos a recogerla. Más aún, exigidles la misma cantidad de ladrillos que antes, sin perdonarles ni uno, pues son unos holgazanes. Por eso dicen: Déjanos ir a ofrecer sacrificios a nuestro Dios. Cargadlos de trabajo para que estén ocupados y no den oídos a esos embustes". Los capataces e inspectores se presentaron al pueblo y le dijeron: "El Faraón dice así: En adelante no os daré paja. Id vosotros a recogerla donde la encontréis. Pero no se os disminuirá en nada la tarea impuesta". El pueblo, entonces, se dispersó por todo Egipto en busca de paja. Los capataces apretaban diciendo: "Haced vuestro trabajo, según la tarea diaria, como cuando se os daba la paja". Los inspectores israelitas, que habían sido puestos sobre ellos por los capataces del Faraón, fueron castigados; les decían: "¿Por qué ni ayer ni hoy habéis completado la tarea de ladrillos como antes?". Los inspectores de los israelitas fueron a quejarse al Faraón, y le dijeron: "¿Por qué tratas así a tus siervos? No se da paja a tus siervos y, con todo, se nos dice: Haced los ladrillos. Tus siervos son azotados, y la culpa es de tu pueblo". El Faraón replicó: "Sois unos holgazanes, auténticos holgazanes, y por eso decís: Vayamos y ofrezcamos sacrificios al Señor. Ahora id a trabajar. No se os dará paja y habéis de hacer la misma cantidad de ladrillos". Los inspectores de los israelitas se vieron en un aprieto porque se les dijo: "No se disminuirá nada de vuestra tarea diaria de ladrillos". Al salir de la casa del Faraón se encontraron con Moisés y Aarón, que les esperaban, y les dijeron: "Que el Señor os vea y os juzgue, pues sois la causa de que el Faraón y sus siervos nos miren mal, y habéis puesto la espada en sus manos para que nos maten". Moisés se dirigió al Señor diciendo: "Señor, ¿por qué maltratas a este pueblo? ¿Por qué me has enviado? ¿Por qué desde que fui al Faraón para hablarle en tu nombre trata él tan mal a este pueblo, y tú no haces nada para liberarlo?". El Señor dijo a Moisés: "Ahora vas a ver lo que voy a hacer al Faraón: por la fuerza los dejará marchar; por la fuerza, él mismo los echará de su país". Dios dijo a Moisés: "Yo soy el Señor; yo me aparecí a Abrahán, a Isaac y Jacob, como todopoderoso, pero no me di a conocer a ellos bajo mi nombre de Señor. Hice con ellos mi pacto: darles la tierra de Canaán, la tierra de sus emigraciones, donde vivieron como extranjeros. He oído ahora el clamor de los israelitas, a quienes los egipcios tienen esclavizados, y me he acordado de mi pacto. Di a los israelitas: Yo soy el Señor; yo os libertaré de la opresión de los egipcios; os libraré de su esclavitud y os rescataré con gran poder y haciendo justicia. Yo os haré mi pueblo, seré vuestro Dios y vosotros conoceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios, el que os libró de la esclavitud egipcia. Os llevaré al país que juré dar a Abrahán, a Isaac y a Jacob, y os lo daré en posesión. Yo, el Señor". Así habló Moisés a los israelitas, pero ellos no lo escucharon por el desaliento que les causaba su dura esclavitud. El Señor dijo a Moisés: "Anda, di al Faraón, rey de Egipto, que deje salir de su país a los israelitas". Moisés le respondió: "Los israelitas no me han escuchado; ¿cómo va a escucharme el Faraón, a mí que soy tan torpe de palabra?". El Señor habló a Moisés y Aarón y les dio órdenes para los israelitas y para el Faraón, rey de Egipto, a fin de sacar de Egipto a los israelitas. Éstas son sus cabezas de familia. Hijos de Rubén, primogénito de Israel: Henoc, Falú, Jesrón y Carmí. Tales son las familias de Rubén. Hijos de Simeón: Yemuel, Yamín, Ohad, Yaquín, Sójar y Saúl, hijos de la cananea. Tales son las familias de Simeón. Éstos son los nombres de los hijos de Leví con sus familias: Guersón, Quehat y Merarí. Leví vivió ciento treinta y siete años. Hijos de Guersón: Libní y Semeí con sus familias. Hijos de Quehat: Amrán, Yishar, Hebrón y Uziel. Quehat vivió ciento treinta y tres años. Hijos de Merarí: Majlí y Musí. Tales son las familias de los levitas según sus generaciones. Amrán se casó con Yakébet, su tía, de la que tuvo a Aarón y a Moisés. Amrán vivió ciento treinta y siete años. Hijos de Yishar: Coré, Néfeg y Zicrí. Los de Uziel: Misael, Elsafán y Sitrí. Aarón se casó con Isabel, hija de Aminadab, hermana de Najsón, de la que tuvo a Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar. Hijos de Coré: Asir, Elcaná y Abiasaf. Tales son las familias de los coreítas. Eleazar, hijo de Aarón, se casó con una de las hijas de Futiel, de la que tuvo a Fineés. Tales son los jefes de las familias de los levitas según sus diversas ramas. Éstos son aquel Aarón y aquel Moisés a quienes dijo el Señor: "Sacad de Egipto a los israelitas por escuadras"; ellos, los que hablaron al Faraón, rey de Egipto, para sacar de Egipto a los israelitas: Moisés y Aarón. Cuando el Señor habló a Moisés en Egipto, le dijo: "Yo soy el Señor. Di al Faraón, rey de Egipto, todo lo que voy a decirte". Y Moisés dijo ante el Señor: "Yo soy torpe de palabra, ¿cómo me va a escuchar el Faraón?". El Señor dijo a Moisés: "Mira, yo te hago como un dios para el Faraón; y tu hermano Aarón será tu profeta. Tú dirás lo que yo te ordene, y Aarón, tu hermano, hablará al Faraón para que deje salir de su país a los israelitas. Pero yo endureceré el corazón del Faraón y multiplicaré en Egipto mis señales y prodigios. El Faraón no os escuchará. Pero yo pondré mi mano sobre Egipto y sacaré de aquí a mis ejércitos, a mi pueblo, los israelitas, haciendo justicia. Y los egipcios conocerán que yo soy el Señor, cuando haya extendido mi mano contra Egipto y haya sacado a los israelitas de en medio de ellos". Moisés y Aarón hicieron exactamente como el Señor les había mandado. Moisés tenía ochenta años y Aarón ochenta y tres cuando hablaron al Faraón. El Señor dijo a Moisés y Aarón: "Cuando os hable el Faraón y os diga: Haced algún prodigio, tú dirás a Aarón: Toma tu bastón y échalo delante del Faraón. El bastón se convertirá en serpiente". Moisés y Aarón fueron ante el Faraón e hicieron como el Señor les había ordenado. Aarón tiró su bastón delante del Faraón y de sus siervos, y se convirtió en serpiente. El Faraón llamó a los sabios y encantadores, y ellos, los magos de Egipto, hicieron otro tanto con sus encantamientos. Tiró cada uno su bastón, y se convirtieron en serpientes; pero el bastón de Aarón se tragó a los otros bastones. El corazón del Faraón se endureció y no les escuchó, tal y como había dicho el Señor. El Señor dijo a Moisés: "El corazón del Faraón se ha endurecido y se niega a dejar salir al pueblo. Preséntate al Faraón de mañana; cuando salga del baño, te haces el encontradizo con él a la orilla del río teniendo en la mano el bastón que se convirtió en serpiente, y le dirás: El Señor, Dios de los hebreos, me ha enviado para decirte: Deja ir a mi pueblo para que me sirva en el desierto, pero hasta ahora no has querido escuchar. Ahora dice el Señor: Para que sepas que soy yo el Señor, voy a golpear con el bastón que tengo en la mano las aguas del río y se convertirán en sangre. Los peces del río morirán, el río apestará y los egipcios no podrán beber más su agua". El Señor dijo a Moisés: "Di a Aarón: Toma tu bastón y extiende tu mano sobre las aguas de los egipcios: ríos, canales, estanques y depósitos de aguas, y se convertirán en sangre. Habrá sangre en todo el país de Egipto, hasta en las vasijas, tanto en las de madera como en las de piedra". Moisés y Aarón hicieron como el Señor había ordenado; Aarón levantó el bastón, golpeó las aguas del río a la vista del Faraón y sus siervos, y las aguas se convirtieron en sangre. Los peces del río murieron, el río apestaba y los egipcios no podían beber de él, y hubo sangre en todo Egipto. Pero los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos. Y el corazón del Faraón se endureció y no los escuchó, como había dicho el Señor. El Faraón se volvió y entró en su casa sin hacer caso. Todos los egipcios excavaron en las orillas del río en busca de agua potable, pues no podían beber las del río. Y así transcurrieron siete días desde que el Señor golpeó el río. El Señor dijo a Moisés: "Di a Aarón: Extiende tu mano con tu bastón sobre los ríos, canales y estanques y haz subir las ranas por todo el territorio egipcio". Aarón extendió su mano sobre las aguas de Egipto, y las ranas subieron y cubrieron todo Egipto. Pero los magos hicieron lo mismo con sus encantamientos. Hicieron subir las ranas sobre todo Egipto. El Faraón llamó a Moisés y a Aarón y les dijo: "Rogad al Señor que aleje las ranas de mí y de mi pueblo, y yo dejaré ir al pueblo para que ofrezca sacrificios al Señor". Moisés dijo al Faraón: "Dime cuándo he de rogar por ti, por tus servidores y por todo tu pueblo para que el Señor aleje de ti y de tu pueblo las ranas y se queden sólo en el río". Él respondió: "Mañana". Y Moisés añadió: "Así se hará, para que sepas que no hay otro como el Señor, nuestro Dios. Las ranas se alejarán de ti y de tus casas, de tus servidores y de todo el pueblo; solamente quedarán en el río". Moisés y Aarón salieron de la presencia del Faraón. Moisés suplicó al Señor en razón de la promesa hecha al Faraón respecto a las ranas. El Señor hizo según la palabra de Moisés: las ranas murieron en las casas, en los establos y en los campos. Las reunieron en grandes montones, y la tierra quedó apestada. Pero el Faraón, viendo que se le daba respiro, endureció su corazón y no les escuchó, como había dicho el Señor. El Señor dijo a Moisés: "Di a Aarón: Extiende tu bastón y golpea el polvo de la tierra para que se convierta en mosquitos en todo el país de Egipto". Así lo hicieron. Aarón extendió su mano con su bastón, golpeó el polvo de la tierra, y enjambres de mosquitos se echaron sobre hombres y animales; todo el polvo de la tierra se convirtió en mosquitos en todo Egipto. Los magos intentaron hacer lo mismo con sus encantamientos, pero no lo lograron. Y los mosquitos se cebaron en los hombres y en los animales. Los magos dijeron al Faraón: "¡Aquí está el dedo de Dios!". Pero el corazón del Faraón se endureció y no les escuchó, como había dicho el Señor. El Señor dijo a Moisés: "Levántate temprano mañana; preséntate al Faraón a la hora de ir al baño, y dile: Esto dice el Señor: Deja salir a mi pueblo para que me sirva. Si no le dejas salir, yo enviaré sobre ti y tus servidores, sobre tu pueblo y sobre tus casas, tábanos que llenarán las casas de los egipcios y el suelo que pisan. Pero exceptuaré la región de Gosen, donde habita mi pueblo; allí no habrá tábanos, para que sepas que yo, el Señor, estoy en medio del país. Haré distinción entre mi pueblo y el tuyo. Mañana será este prodigio". El Señor lo hizo así, y enjambres de tábanos invadieron la casa del Faraón y las de sus servidores; en todo Egipto la tierra quedó infestada de tábanos. El Faraón llamó a Moisés y a Aarón y les dijo: "Id y ofreced sacrificios a vuestro Dios en este país". Moisés dijo: "No puede ser, pues ofreceríamos al Señor, nuestro Dios, sacrificios que los egipcios detestan. Si ofrecemos ante sus ojos sacrificios que ellos detestan, nos apedrearán. Tenemos que ir por el desierto tres jornadas de camino para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios, según él nos diga". El Faraón dijo: "Bien, os dejaré ir al desierto a ofrecer sacrificios a vuestro Dios, pero con la condición de que no os alejéis demasiado. ¡Rezad por mí!". Moisés dijo: "Al salir de tu casa rezaré por ti al Señor, y mañana se alejarán los tábanos de ti, de tus servidores y de tu pueblo; pero que el Faraón no nos engañe una vez más y deje ir al pueblo para ofrecer sacrificios al Señor". Moisés salió de la presencia del Faraón y rezó al Señor. El Señor hizo según la palabra de Moisés, y se alejaron los tábanos del Faraón, de sus servidores y de su pueblo. No quedó ni siquiera uno. Pero el Faraón endureció su corazón también esta vez y no dejó salir al pueblo. - - - - - - - - - - - - El Señor dijo a Moisés: "Preséntate al Faraón y dile: Esto dice el Señor, Dios de los hebreos: Deja salir a mi pueblo para que me sirva. Porque si no le dejas salir y te empeñas en retenerlo, la mano del Señor caerá sobre tu ganado, que anda por el campo: una peste gravísima sobre caballos, asnos, camellos, bueyes y ovejas. Pero el Señor hará distinción entre el ganado de los israelitas y el de los egipcios; de todo lo que pertenece a los israelitas nada perecerá". El Señor fijó un término diciendo: "Mañana hará el Señor esto en el país". Al día siguiente lo llevó a cabo: todo el ganado de los egipcios murió, pero el de los israelitas no murió ni uno siquiera. El Faraón mandó a ver, y del ganado de los israelitas no había muerto ni uno solo. Pero el corazón del Faraón siguió endurecido y no dejó salir al pueblo. El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Tomad un puñado de ceniza de horno y que Moisés la tire al aire en presencia del Faraón. Se convertirá en polvo menudo en todo el país de Egipto y producirá úlceras y tumores en hombres y animales". Tomaron ceniza de horno y, presentándose ante el Faraón, Moisés la esparció por el aire y produjo úlceras y tumores en hombres y animales. Los magos no pudieron continuar delante de Moisés debido a las úlceras que aparecieron en ellos, igual que en todos los egipcios. Pero el Señor endureció el corazón del Faraón, que no dejó salir al pueblo, como había dicho el Señor. El Señor dijo a Moisés: "Levántate mañana temprano, preséntate al Faraón y dile: Esto dice el Señor, Dios de los hebreos: Deja ir a mi pueblo para que me sirva. Esta vez voy a desencadenar todas mis plagas contra ti y contra tus servidores y contra tu pueblo, para que sepas que no hay otro como yo en toda la tierra. Porque si yo hubiera extendido mi mano hiriéndote a ti y a tu pueblo con la peste, habríais desaparecido de la tierra. Pero precisamente por esto te he conservado la vida, para demostrarte mi poder y para que mi nombre sea publicado por toda la tierra. ¿Tú te atreves a levantarte contra mi pueblo para no dejarle partir? Pues bien, yo haré llover mañana, a esta hora, una granizada tan fuerte como no la ha habido en Egipto desde el día en que fue fundado hasta el presente. Manda poner a salvo tu ganado y cuanto tienes en el campo. Todo hombre y todo animal que se encuentre en el campo y no esté cobijado bajo techo, será alcanzado por la granizada y morirá". Los servidores del Faraón que temieron la palabra del Señor mandaron refugiar en las casas a siervos y ganados. Pero los que no hicieron caso de la palabra del Señor dejaron sus siervos y ganados en el campo. El Señor dijo a Moisés: "Extiende tu mano hacia el cielo para que caiga granizo en todo el país sobre hombres y animales y sobre toda la hierba del campo". Moisés extendió su bastón hacia el cielo, y el Señor mandó truenos y granizo con fuego, que se precipitaba sobre la tierra; el Señor hizo caer granizo sobre Egipto. Cayeron rayos y granizo con tanta fuerza como Egipto no había visto jamás desde que se constituyó en nación. El granizo machacó en Egipto todo cuanto se encontraba en el campo: hombres y animales. Machacó también las hierbas y desgajó los árboles. Solamente en la región de Gosen, donde habitaban los israelitas, no cayó granizo. El Faraón mandó llamar a Moisés y Aarón y les dijo: "Esta vez he pecado. El Señor es justo, y yo y mi pueblo, culpables. Rezad al Señor; cesen los truenos y el granizo; yo os dejaré partir, y ya no os quedaréis aquí". Moisés respondió: "En cuanto salga de la ciudad levantaré al Señor mis manos, cesarán los truenos y no habrá más granizo, para que sepas que la tierra es del Señor. Pero yo sé bien que ni tú ni tus servidores teméis todavía al Señor, Dios". El lino y la cebada quedaron destrozados, pues la cebada estaba ya espigada y el lino en flor. En cambio, el trigo y el centeno no, por ser tardíos. Salió Moisés de la presencia del Faraón, fuera de la ciudad, y extendió sus manos al Señor. Los truenos y el granizo cesaron y no hubo más lluvias sobre la tierra. El Faraón, viendo que habían cesado la lluvia y el granizo, perseveró en su pecado, endureciendo su corazón él y sus servidores. El corazón del Faraón se endureció y no dejó salir a los israelitas, como el Señor había dicho por medio de Moisés. El Señor dijo a Moisés: "Preséntate al Faraón, porque yo he endurecido su corazón y el de sus servidores para realizar en medio de ellos mis prodigios, para que cuentes a tus hijos y a tus nietos cómo traté yo a los egipcios y los prodigios que hice en medio de ellos, y sepáis que yo soy el Señor". Moisés y Aarón se presentaron al Faraón, y le dijeron: "Esto dice el Señor, Dios de los hebreos: ¿Hasta cuándo te negarás a humillarte delante de mí? Deja salir a mi pueblo para que me sirva. Porque si no lo dejas salir, traeré mañana sobre tus tierras la langosta, que cubrirá la faz de la tierra y devorará lo que quedó salvo del granizo. Devorará todo árbol que crece en vuestros campos. Invadirá tus casas, las de tus servidores y las de todos los egipcios, como nunca vieron tus padres, ni tus abuelos, desde que aparecieron en la tierra hasta hoy". Moisés se retiró y salió de la casa del Faraón. Los servidores del Faraón le dijeron: "¿Hasta cuándo va a ser este hombre nuestra ruina? Deja marchar a esa gente para que ofrezca sacrificios al Señor, su Dios. ¿No te das todavía cuenta de que Egipto camina hacia la ruina?". Hicieron venir a Moisés y Aarón ante el Faraón, que les dijo: "Id a servir al Señor, vuestro Dios. Pero ¿quiénes sois los que habéis de ir? Moisés respondió: "Hemos de ir todos, con nuestros jóvenes y nuestros ancianos, nuestros hijos y nuestras hijas, nuestras ovejas y nuestras vacas, porque para nosotros es una fiesta del Señor". Él les dijo: "Que el Señor esté con vosotros como yo os dejo marchar a vosotros y a vuestras familias. Tenéis malas intenciones. Así no puede ser. Id los hombres a ofrecer sacrificios al Señor, pues eso es lo que pedisteis". Y los echaron de la presencia del Faraón. El Señor dijo a Moisés: "Extiende tu mano sobre Egipto para que venga sobre él la langosta y devore todo lo que dejó el granizo". Moisés extendió su bastón sobre Egipto, y el Señor hizo soplar sobre él el viento del este todo aquel día y aquella noche. Al amanecer, el viento del este había traído la langosta, que subió por todo Egipto posándose en todo su territorio en cantidad inmensa, como no la hubo antes ni la habrá después. Cubrió todo Egipto, que quedó oscurecido. Devoró toda la hierba de la tierra y todos los frutos de los árboles que había dejado el granizo; no quedó nada de verde ni en los árboles, ni en la hierba del campo, en todo Egipto. El Faraón llamó a toda prisa a Moisés y a Aarón y les dijo: "He pecado contra el Señor, vuestro Dios, y contra vosotros. Perdonad por esta vez mi pecado. Rezad al Señor, vuestro Dios, para que aleje de mí esta muerte". Moisés salió de la casa del Faraón y rezó al Señor. Y el Señor cambió el viento y le hizo soplar muy fuerte del oeste; barrió la langosta y la arrojó al mar Rojo. Ni una sola quedó en todo el territorio de Egipto. Pero el Señor endureció el corazón del Faraón, que no dejó salir a los israelitas. El Señor dijo a Moisés: "Alza tu mano hacia el cielo para que vengan sobre Egipto tinieblas tan espesas que se las pueda palpar". Moisés alzó su mano hacia el cielo, y hubo espesas tinieblas tres días y tres noches por todo Egipto. No se veían unos a otros; durante tres días nadie se movió de su lugar. Pero los israelitas tuvieron luz en la región donde vivían. El Faraón llamó a Moisés y le dijo: "Id a servir al Señor: dejad aquí vuestras ovejas y vuestras vacas; también vuestros niños podrán ir con vosotros". Moisés respondió: "Tú mismo nos has de dar las víctimas para los sacrificios y holocaustos que ofreceremos al Señor, nuestro Dios. Tenemos que llevar también nuestro ganado; no ha de quedar ni una res, porque hemos de tomar de él para ofrecerlo al Señor, nuestro Dios, y no sabemos qué hemos de ofrecer al Señor hasta que lleguemos allá". Pero el Señor endureció el corazón del Faraón, que no quiso dejarlos ir. El Faraón le dijo: "Retírate de aquí y guárdate bien de presentarte de nuevo ante mí, porque el día que vuelvas, morirás". Moisés dijo: "Has dicho bien; no volveré a presentarme ante ti". El Señor dijo a Moisés: "Sólo una plaga más voy a traer sobre el Faraón y sobre Egipto; después de ella, no sólo os dejará marchar, sino que os echará de aquí. Por tanto, ordena al pueblo que cada uno, hombre o mujer, pida a sus amigos y a sus amigas objetos de plata y oro". Y el Señor concedió al pueblo el favor de los egipcios; hasta el mismo Moisés era considerado por los servidores del Faraón y por el pueblo. Moisés dijo: "Esto dice el Señor: A eso de la medianoche saldré por Egipto, y morirá todo primogénito en Egipto, desde el primogénito del Faraón, que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la esclava, que trabaja en el molino, y todo primogénito de los animales. En todo Egipto se oirá un clamor inmenso, como no lo hubo antes ni lo habrá después. Pero entre los israelitas, desde el hombre al animal, ni siquiera ladrará un perro, para que sepáis la diferencia que hace el Señor entre los egipcios y los israelitas. Entonces todos estos servidores tuyos vendrán a mí y se prosternarán ante mí diciéndome: Sal tú y todo el pueblo, que está a tu cargo. Después partiré yo". Y salió irritado de la casa del Faraón. El Señor había dicho a Moisés: "El Faraón no os escuchará, para que yo multiplique mis prodigios en Egipto". Y Moisés y Aarón habían realizado todos estos prodigios en presencia del Faraón. Pero el Señor endureció el corazón del Faraón, que no dejó salir de su país a los israelitas. El Señor dijo a Moisés y a Aarón en Egipto: "Este mes será para vosotros el principal, el primero de los meses del año. Decid a toda la comunidad de Israel: El día diez de este mes cada uno se procure un cordero por familia, un cordero por casa. Si la familia es demasiado pequeña para consumir el cordero entero, se pondrá de acuerdo con su vecino, el más próximo a su casa, según el número de personas y en razón de la porción de cordero que cada cual puede comer. El cordero ha de ser sin defecto, macho, de un año; podrá ser cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes; entonces todo Israel lo inmolará entre dos luces. Con un poco de la sangre se untarán las jambas y el dintel de las casas en que se ha de comer. Esa misma noche comeréis la carne asada al fuego, con panes sin levadura y hierbas amargas. No comeréis nada crudo ni cocido en agua; todo ha de ser asado al fuego: cabeza, patas y entrañas. No dejaréis nada de él para la mañana siguiente; si queda algo, lo quemáis. Lo comeréis así: ceñidos los lomos, calzados los pies, báculo en mano. Lo comeréis de prisa, porque es la pascua del Señor. Esa noche pasaré yo por el territorio de Egipto y mataré a todos los primogénitos de Egipto, tanto de los hombres como de los animales. Haré justicia de todos los dioses de Egipto. ¡Yo, el Señor! La sangre servirá de señal en las casas donde estéis; al ver la sangre, pasaré de largo y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera a Egipto. Este día será memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta del Señor, como institución perpetua de generación en generación. Durante siete días comeréis panes sin levadura; desde el primer día quitaréis la levadura de vuestras casas, porque el que en estos días coma pan fermentado será extirpado de Israel. El día primero y el día séptimo tendréis asamblea santa. En ellos no haréis trabajo alguno. Solamente podréis preparar la comida que vayáis a tomar. Guardaréis, pues, la fiesta de los panes sin levadura, porque en ese día saqué vuestros ejércitos de Egipto. Guardaréis ese día de generación en generación como institución perpetua. El día catorce del primer mes, por la tarde, comeréis los panes sin levadura hasta el veintiuno por la tarde. Durante siete días no habrá levadura en vuestras casas, porque el que coma algo fermentado será extirpado de la comunidad de Israel, sea extranjero o indígena. No comeréis nada fermentado; en todas vuestras casas comeréis panes sin levadura". Moisés convocó a todos los ancianos de Israel y les dijo: "Id, tomad una res del rebaño por familia e inmolad la pascua. Tomad un manojo de hisopo, mojadlo en la sangre recogida en una cubetilla, untad con ella el dintel y las jambas y que nadie salga de su casa hasta la mañana siguiente. El Señor pasará para castigar a los egipcios y, al ver la sangre en el dintel y en las dos jambas, pasará de largo; no permitirá al exterminador entrar en vuestras casas para herir. Observaréis esto como institución perpetua para vosotros y vuestros hijos. Cuando hayáis entrado en la tierra que el Señor os va a dar, como ha prometido, observaréis este rito. Y si vuestros hijos os preguntan: ¿Qué rito es éste?, responderéis: Es el sacrificio de la pascua del Señor, el cual pasó de largo por las casas de los israelitas en Egipto, cuando hirió a los egipcios y preservó nuestras casas". El pueblo se postró y adoró. Y los israelitas fueron e hicieron lo que el Señor había mandado a Moisés y a Aarón. A medianoche el Señor mató a todos los primogénitos de Egipto, desde el primogénito del Faraón, su sucesor en el trono, hasta el primogénito del esclavo, recluido en la cárcel, y a todos los primogénitos de los animales. El Faraón se levantó de noche, él, todos sus servidores y todos los egipcios, y hubo llanto general en Egipto, porque no había casa donde no hubiera un muerto. El Faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón, todavía de noche, y les dijo: "Pronto, salid de en medio de nosotros; vosotros y todos los israelitas, id a servir al Señor como habéis dicho. Llevad vuestro ganado mayor y menor, como queréis, y partid; bendecidme también a mí". Los egipcios instaban al pueblo a salir cuanto antes del país, porque decían: "Vamos a morir todos". El pueblo se cargó a la espalda las artesas, envueltas en los mantos, con la masa antes que fermentara. Los israelitas hicieron lo que les había mandado Moisés, y pidieron a los egipcios vestidos y objetos de plata y oro. El Señor concedió al pueblo el favor de los egipcios, que de buen grado accedieron a su petición; así despojaron a los egipcios. Los israelitas partieron de Rameses hacia Sucot en número de unos seiscientos mil adultos de a pie, además de los niños. Partió también con ellos una gran muchedumbre de gentes, y ovejas y bueyes en gran cantidad. Cocieron panes sin levadura de la masa sacada de Egipto, que no había podido fermentar; por la prisa que les metieron para salir, no pudieron preparar nada para comer. La estancia de los israelitas en Egipto duró cuatrocientos treinta años. El mismo día en que se cumplieron los cuatrocientos treinta años, todos los ejércitos del Señor salieron de Egipto. Noche de vela fue aquella para el Señor, cuando los sacó de Egipto. Ésta debe ser una noche de vela en honor del Señor para los israelitas en sus generaciones. El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Ésta es la ley de la pascua: ningún extranjero podrá comerla. El siervo, comprado con dinero, ha de ser circuncidado; entonces podrá comerla. El huésped y el mercenario no podrán comerla. Se comerá toda en la misma casa; de sus carnes no sacaréis nada fuera de ella, ni romperéis ninguno de sus huesos. Toda la comunidad de Israel celebrará la pascua. Si alguno de los extranjeros que habitan junto a ti quiere celebrar la pascua, tendrán que circuncidarse todos sus varones, y entonces se le admitirá, como si fuera un indígena; pero ningún incircunciso podrá comerla. La misma ley regirá para el indígena y para el extranjero que habita en medio de vosotros". Los israelitas lo hicieron así, exactamente como el Señor había ordenado a Moisés y a Aarón. Aquel mismo día el Señor sacó a los israelitas del país de Egipto por escuadras. El Señor dijo a Moisés: "Conságrame todos los primogénitos de los israelitas, tanto de los hombres como de los animales. Son míos". Y Moisés dijo al pueblo: "Recordad siempre este día, en el cual salisteis de Egipto, de la casa de la esclavitud, porque el Señor os ha sacado con mano fuerte. Por ello no habréis de comer nada fermentado". "Hoy salís de Egipto, en el mes de Abib. Cuando el Señor te haya introducido en la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del heveo y del jebuseo, la que juró dar a tus padres, tierra que mana leche y miel, observarás este rito en este mismo mes. Durante siete días comerás panes sin levadura; el séptimo será día de fiesta en honor del Señor. Durante los siete días comerás panes sin levadura; no se verá nada fermentado ni levadura en todo tu territorio. Ese día dirás a tus hijos: Esto es en memoria de lo que por mí hizo el Señor cuando salí de Egipto. Este rito será para ti como una señal en tu mano, como recuerdo ante tus ojos, para que tengas en tu boca la ley del Señor, porque el Señor te sacó de Egipto con mano fuerte. Observarás este mandato en el tiempo establecido, de año en año". "Cuando el Señor te haya llevado a la tierra del cananeo, como te ha jurado a ti y a tus padres, y te la haya dado, reservarás para el Señor todo primogénito; los machos del primer parto de tus animales serán del Señor. Pero rescatarás todo primogénito del hombre entre tus hijos. Y cuando tu hijo te pregunte mañana: ¿Qué es esto?, tú le dirás: El Señor nos sacó con mano fuerte de Egipto, de la casa de la esclavitud. Como el Faraón se obstinó en no dejarnos salir, el Señor mató a todos los primogénitos de Egipto, desde el primogénito del hombre hasta el del animal. Por eso yo sacrifico al Señor todo primogénito de mis hijos. Este rito será para ti como una señal en la mano, como recuerdo ante tus ojos; porque el Señor te sacó de Egipto con mano fuerte". Cuando el Faraón dejó marchar al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la región de los filisteos, aunque era más corto, pues se dijo: "No sea que se arrepienta al verse atacado y vuelva a Egipto". Dios hizo dar un rodeo al pueblo, llevándolo por el camino del desierto hacia el mar Rojo. Moisés llevó consigo los huesos de José, porque éste había hecho jurar a los israelitas: "Dios os visitará; entonces vosotros llevaréis de aquí mis huesos". Partieron de Sucot, y acamparon en Etán, en el margen del desierto. El Señor iba delante, de día en columna de nube para marcarles el camino, y en columna de fuego de noche para alumbrarles; así podían caminar tanto de día como de noche. La columna de nube no se apartó del pueblo de día, ni de noche la de fuego. El Señor dijo a Moisés: "Di a los israelitas que cambien de rumbo y vayan a acampar en Pi Hajirot, entre Migdal y el mar, frente a Baal Sefón. Acamparéis frente a Baal Sefón, a lo largo del mar. El Faraón pensará que los israelitas andan perdidos por la tierra, y que el desierto les ha cerrado el paso. Yo endureceré el corazón del Faraón, y os perseguirá; yo seré glorificado a costa del Faraón y de todo su ejército; los egipcios reconocerán que yo soy el Señor". Y así lo hicieron. Cuando contaron al rey de Egipto que el pueblo había huido, el Faraón y sus servidores cambiaron de idea acerca del pueblo y dijeron: "¿Qué es lo que hemos hecho dejando salir a Israel y quedándonos así sin sus servicios?". Mandó uncir sus carros y tomó consigo su gente. Tomó seiscientos carros escogidos y todos los carros de los egipcios con sus respectivos capitanes. El Señor endureció el corazón del Faraón, rey de Egipto, que persiguió a los israelitas que habían partido con la frente alta. Los egipcios, los caballos y los carros del Faraón, sus caballeros y su ejército los siguieron y les dieron alcance en el lugar donde estaban acampados a lo largo del mar, junto a Pi Hajirot, frente a Baal Sefón. Cuando el Faraón estaba cerca, los israelitas alzaron los ojos y vieron que los egipcios seguían tras ellos. Llenos de terror clamaron al Señor y dijeron a Moisés: "¿Es que no había sepulcros en Egipto, que nos has traído al desierto a morir? ¿Qué nos has hecho con sacarnos de Egipto? ¿No te decíamos en Egipto: No te preocupes de nosotros, pues queremos servir a los egipcios? Porque ¿no es, acaso, mejor servir a los egipcios que morir en el desierto?". Moisés dijo al pueblo: "No temáis, estad tranquilos y veréis la victoria que hoy os dará el Señor; porque a estos egipcios que ahora veis, ya nunca los volveréis a ver. El Señor combatirá por vosotros sin que vosotros os tengáis que molestar". El Señor dijo a Moisés: "¿Por qué clamas a mí? Di a los israelitas que sigan adelante. Tú alza tu bastón, extiende la mano sobre el mar y divídelo para que los israelitas pasen por medio del mar en seco. Yo endureceré el corazón de los egipcios y seguirán tras ellos por el mar; así seré glorificado a costa del Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de sus caballeros. Los egipcios conocerán que yo soy el Señor cuando yo sea glorificado a costa del Faraón, de sus carros y de sus caballeros". Entonces el ángel de Dios, que iba delante de las huestes de Israel, se puso en marcha y se colocó detrás de ellos. Se puso igualmente en marcha la columna de nube, que también fue a situarse detrás de ellos, interponiéndose entre el campo de los egipcios y el campo de Israel. Para unos la nube era oscura, mientras que para otros alumbraba la noche, de suerte que no pudieron acercarse unos a otros durante toda la noche. Moisés extendió después su mano sobre el mar, y el Señor, por medio de un recio viento del este, empujó el mar, dejándolo seco y dividiendo las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar sin mojarse, mientras las aguas formaban como una muralla a ambos lados. Los egipcios se lanzaron tras ellos; toda la caballería del Faraón, sus carros y caballeros entraron tras ellos en medio del mar. Antes de la madrugada, el Señor miró desde la columna de fuego y de nube a las huestes egipcias y las desbarató. Frenó las ruedas de los carros, haciéndolos avanzar pesadamente. Los egipcios se dijeron: "Huyamos de los israelitas, porque el Señor combate por ellos contra los egipcios". Y el Señor dijo a Moisés: "Extiende tu mano sobre el mar para que las aguas se vuelquen sobre los egipcios, sobre sus carros y caballeros". Moisés extendió su mano sobre el mar, y al amanecer volvió el mar a su estado normal, mientras los egipcios en su huida topaban con él. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar. Las aguas, al juntarse, cubrieron carros y caballeros y a todo el ejército del Faraón, que había entrado en persecución de los israelitas. No escapó ni uno solo. Pero los israelitas pasaron sin mojarse por medio del mar, formando para ellos las aguas como una muralla a ambos lados. Así salvó el Señor aquel día a Israel de mano de los egipcios, e Israel vio a los egipcios muertos en la orilla del mar. Israel vio el prodigio que el Señor había obrado contra los egipcios, temió al Señor y creyó en él y en Moisés, su siervo. Entonces Moisés y los israelitas cantaron al Señor este cántico: "Cantaré al Señor que tan maravillosamente ha triunfado, caballo y caballero precipitó en el mar. Mi fortaleza y mi cántico es el Señor, él fue mi salvación; él es mi Dios, yo le alabaré; el Dios de mi padre, lo ensalzaré. El Señor es un fuerte guerrero; su nombre es el Señor. Los carros del Faraón y su ejército precipitó en el mar; la flor de sus guerreros se la tragó el mar Rojo. Los abismos los cubrieron; cayeron como piedras en lo profundo. Tu diestra, Señor, gloriosa en la potencia; tu diestra, Señor, abate al enemigo. En tu sublime majestad abates a tus adversarios; desatas tu furor, que cual paja los devora. Al soplo de tu cólera se agolparon las aguas, se irguieron cual pilares las corrientes; se cuajaron los abismos en medio de la mar. Dijo el enemigo: "Los perseguiré, les daré alcance, repartiré el botín, mi codicia será saciada, desenvainaré mi espada, mi mano los exterminará". Soplaste con tu aliento, y los cubrió la mar; se hundieron como plomo en las impetuosas aguas. ¿Quién igual a ti, Señor, entre los dioses? ¿Quién igual a ti, sublime en sabiduría, tremendo en gloria, autor de maravillas? Desplegaste tu mano, la tierra los tragó. Guiaste en tu bondad al pueblo que salvaste; lo llevaste con tu poder a tu santa mansión. Al oírlo temblaron los pueblos; se apoderó de los filisteos el terror. Se estremecieron entonces los príncipes de Edón; presa fueron del terror los fuertes de Moab; sintiéronse abatidos todos los habitantes de Canaán. Temblor y espanto les asaltan; por la fuerza de tu brazo enmudecen como piedra. Hasta que tu pueblo, oh Señor, haya pasado; hasta que haya pasado este pueblo que adquiriste. Tú los guías y los plantas en el monte de tu heredad, en el lugar de tu mansión que has preparado, en el santuario que tus manos, oh Señor, han levantado. ¡Reina, Señor, por siempre jamás!". Cuando los caballos del Faraón, con carros y caballeros, penetraron en el mar, el Señor lanzó sobre ellos las aguas del mar, mientras los israelitas pasaron a pie enjuto por medio del mar. María, la profetisa, hermana de Aarón, tomó en sus manos un tamboril, y las mujeres salieron tras ella con tamboriles y bailando. Y María les respondía: "Cantad al Señor, que se cubrió de gloria: ¡Caballo y caballero precipitó en el mar!". Moisés hizo partir a los israelitas del mar Rojo. Avanzaron hacia el desierto de Sur y caminaron tres días sin encontrar agua. Llegaron a Mará y no pudieron beber sus aguas, porque eran amargas. Por eso se les puso el nombre de "Mará". Entonces el pueblo murmuró contra Moisés diciendo: "¿Qué beberemos?". Moisés clamó al Señor. Él le señaló un madero; Moisés lo echó en las aguas, y las aguas se volvieron dulces. Allí el Señor dio al pueblo leyes y estatutos y lo sometió a prueba. Les dijo: "Si verdaderamente escuchas la voz del Señor, tu Dios, y haces lo que es recto a sus ojos, prestas oído a sus mandatos y observas todos sus estatutos, no enviaré sobre ti ninguna de las plagas con que castigué a los egipcios, porque yo soy el Señor, tu salvador". Llegaron a Elín, donde había doce fuentes de agua y setenta palmeras; allí junto a las aguas fijaron su campamento. La comunidad de Israel partió de Elín y llegaron al desierto de Sin, entre Elín y Sinaí, el día quince del segundo mes después de la salida de Egipto. Toda la comunidad de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo: "¡Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos! Vosotros, en cambio, nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta muchedumbre". El Señor dijo a Moisés: "Mira, voy a hacer llover pan del cielo para vosotros. El pueblo saldrá todos los días a recoger la ración diaria, a fin de probarle si camina según mi ley o no. Pero el día sexto, que preparen para llevar el doble de lo que acostumbran a recoger cada día". Moisés y Aarón dijeron a los israelitas: "Por la tarde conoceréis que ha sido el Señor quien os ha sacado de Egipto, y por la mañana veréis la gloria del Señor, porque él ha oído vuestras murmuraciones contra el Señor. ¿Qué somos nosotros para que murmuréis contra nosotros?". Y añadió: "Esta tarde os dará el Señor carne para comer, y mañana por la mañana pan hasta saciaros, porque ha oído vuestras murmuraciones contra él. Pero nosotros ¿qué somos? No van contra nosotros vuestras murmuraciones, pero sí contra el Señor". Moisés dijo a Aarón: "Di a toda la comunidad de los israelitas: Acercaos al Señor, porque él ha oído vuestras murmuraciones". Mientras Aarón estaba hablando, miraron hacia el desierto, y vieron aparecer la gloria del Señor en la nube. El Señor dijo a Moisés: "He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: a la tarde comeréis carne, y a la mañana os saciaréis de pan; así conoceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios". Por la tarde salieron tantas codornices que cubrieron el campamento, y por la mañana había en torno a él una capa de rocío. Cuando se evaporó el rocío, apareció sobre la superficie del desierto una cosa menuda, granulada, fina, como escarcha sobre la tierra. Los israelitas, al verla, se dijeron unos a otros: "man hu'=¿qué es esto?", pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: "Éste es el pan que os da el Señor para comer. Esto es lo que el Señor os ha mandado. Recoja cada uno según lo que pueda comer, dos litros por cabeza, según el número de vuestras personas. Cada uno recoja para cuantos viven en su tienda". Y los israelitas lo hicieron así, recogiendo unos más, otros menos. Al medirlo luego, vieron que el que había recogido de más no tenía nada de más, y el que menos, no tenía nada de menos, sino que cada uno tenía lo que necesitaba para su consumo. Moisés les dijo: "Nadie guarde para mañana". Mas no le obedecieron, y algunos guardaron para el día siguiente; pero se llenó de gusanos y se pudrió, por lo cual Moisés se irritó contra ellos. Lo recogían cada mañana, cada uno en razón de su propio consumo. Cuando calentaba el sol, se derretía. El día sexto recogieron doble cantidad, cuatro litros por cabeza. Y los principales de la comunidad vinieron a informar a Moisés. Éste les dijo: "Esto es lo que ha dispuesto el Señor: mañana es día de reposo, el sábado consagrado al Señor. Todo lo que tengáis que cocer, cocedlo, y todo lo que tengáis que hervir, hervidlo hoy, y guardad para mañana lo que sobre". Lo guardaron hasta la mañana siguiente, como había ordenado Moisés, y no se estropeó ni se encontró en ello gusano alguno. Moisés dijo: "Comedlo hoy, porque es día de descanso sagrado en honor del Señor. Hoy no lo habrá en el campo. Lo recogeréis seis días; pero en el séptimo día -sábado- no lo habrá". No obstante, algunos del pueblo salieron a recogerlo, pero no lo encontraron. El Señor dijo a Moisés: "¿Hasta cuándo os resistiréis a observar mis mandatos y mis leyes? Grabad bien en vuestras mentes que el Señor os ha dado el descanso del sábado; por ello el día sexto os da pan para dos días. Quédese cada uno en su puesto, y que el séptimo día nadie salga de él". Y el pueblo descansó el séptimo día. Los israelitas llamaron a este alimento maná. Era parecido a la semilla del cilantro, blanco, y su sabor como torta de miel. Moisés dijo: "Esto es lo que manda el Señor: Tomad dos litros y conservadlo para que vuestros descendientes vean el pan con que os he alimentado en el desierto, cuando os saqué de Egipto". Moisés dijo a Aarón: "Toma un vaso, echa en él dos litros de maná y ponlo ante el Señor, a fin de conservarlo para nuestros descendientes". Aarón lo puso ante el testimonio para conservarlo, como había mandado el Señor. Los israelitas comieron el maná durante cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada. Lo comieron hasta que llegaron a los confines de la tierra de Canaán. - - - La comunidad de los israelitas partió del desierto de Sin por etapas, según les ordenaba el Señor, y acamparon en Rafidín, donde el pueblo no encontró agua para beber. El pueblo se querelló contra Moisés diciendo: "Danos agua para beber". Y Moisés les dijo: "¿Por qué os querelláis conmigo? ¿Por qué tentáis al Señor?". Pero el pueblo, sediento, seguía murmurando contra Moisés diciendo: "¿Por qué nos has sacado de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?". Moisés llamó al Señor: "¿Qué haré con este pueblo? Un poco más y me apedrean". Y el Señor dijo a Moisés: "Pasa delante del pueblo, toma contigo algunos ancianos de Israel, lleva en la mano el bastón con el que golpeaste el Nilo, y vete. Yo estaré delante de ti, allí, en la roca de Horeb. Tú golpearás la roca, que manará agua, y el pueblo beberá". Así lo hizo Moisés en presencia de los ancianos de Israel. Y dio a aquel lugar el nombre de "Masá" y "Meribá" -prueba y querella- por la querella de los israelitas y porque pusieron a prueba al Señor diciendo: "¿Está el Señor en medio de nosotros o no?". Amalec vino a Rafidín y atacó a los israelitas. Moisés dijo a Josué: "Escoge hombres y sal a luchar contra Amalec. Yo estaré en la cima de la colina teniendo en la mano el bastón de Dios". Josué hizo como le había ordenado Moisés, y luchó contra Amalec. Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima de la colina. Cuando Moisés tenía sus brazos alzados vencía Israel, y cuando los bajaba vencía Amalec. Como se le cansaban los brazos a Moisés, tomaron una piedra y se la pusieron debajo. Él se sentó encima, y Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. De este modo los brazos de Moisés se sostuvieron en alto hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su ejército a filo de espada. El Señor dijo a Moisés: "Pon esto por escrito, para recuerdo, en un libro, y asegura a Josué que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo". Moisés levantó un altar y le dio el nombre de "El Señor, mi estandarte", porque dijo: "Una mano se alzó contra el trono del Señor; habrá guerra contra Amalec de generación en generación". Jetró, sacerdote de Madián, suegro de Moisés, oyó todo lo que había hecho Dios en favor de Moisés e Israel, su pueblo: cómo el Señor había sacado a Israel de Egipto. Jetró, suegro de Moisés, tomó a Séfora, mujer de Moisés, a la que éste había despedido antes, y a sus dos hijos, uno de nombre Guersón, porque Moisés había dicho: "He sido un extranjero en país extranjero", y el otro Eliezer, porque había dicho: "El Dios de mi padre ha sido mi ayuda y me ha librado de la espada del Faraón". Jetró, suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de éste, se llegó hasta el desierto, donde estaba acampado, al monte de Dios, y le mandó a decir: "Yo, tu suegro Jetró, he venido a verte con tu mujer y tus dos hijos". Moisés salió al encuentro de su suegro, se inclinó ante él y lo besó, se saludaron y entraron en la tienda. Moisés contó a su suegro todo lo que había hecho el Señor al Faraón y a los egipcios por amor a Israel, todos los contratiempos que habían tenido a lo largo del camino y cómo les había librado de ellos. Jetró se alegró de todo el bien que el Señor había hecho a Israel, salvándole de la mano de los egipcios, y dijo: "¡Bendito sea el Señor, que os ha librado de la mano de los egipcios y del Faraón! Él ha librado a este pueblo de la mano de los egipcios. Ahora reconozco que el Señor es más fuerte que todos los dioses, porque ha castigado a los egipcios, que tiranizaban a Israel". Luego Jetró, suegro de Moisés, ofreció holocaustos y sacrificios al Señor. Y Aarón y todos los ancianos de Israel comieron con el suegro de Moisés en presencia del Señor. Al día siguiente Moisés se sentó a administrar justicia al pueblo, el cual estuvo ante él de la mañana a la tarde. Jetró, viendo todo lo que Moisés hacía con el pueblo, dijo: "¿Qué es esto que haces con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo a administrar justicia y todo el pueblo está delante de ti de la mañana a la tarde?". Moisés le respondió: "Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen pleitos vienen a mí, y yo juzgo entre el uno y el otro, y les doy a conocer los mandatos y las leyes de Dios". El suegro le dijo: "No está bien lo que haces. Te agotarás tú y el pueblo que está contigo, porque es una carga demasiado pesada para ti. Ese cometido no puedes hacerlo tú solo. Escúchame. Voy a darte un consejo, y que Dios esté contigo. Sé tú ante Dios el representante del pueblo y llévale a él las causas. Instrúyelos en los mandatos y leyes y enséñales el camino que han de seguir y lo que han de hacer. Pero escógete de entre el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres íntegros, libres de la avaricia, y constitúyelos sobre el pueblo como jefes de millar, de centena, de cincuentena y de decena; que ellos administren justicia al pueblo permanentemente. Que a ti te lleven únicamente los asuntos más importantes; los de poca monta, que los juzguen ellos. Así aligerarás tu carga, y ellos la compartirán contigo. Si lo haces así, Dios te dará sus órdenes, tú podrás resistir, y todo este pueblo regresará en paz a su lugar". Moisés escuchó a su suegro e hizo lo que él le había aconsejado. Moisés escogió de entre todo Israel hombres de valía y los puso al frente del pueblo como jefes de millar, de centena, de cincuentena y de decena. Ellos administraban justicia al pueblo permanentemente. Las cuestiones más difíciles se las llevaban a Moisés, y las de menor importancia las resolvían ellos. Moisés despidió a su suegro, que se volvió a su tierra A los tres meses de la salida de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí. Partieron de Rafidín y llegaron al desierto de Sinaí, donde acamparon. Israel acampó frente a la montaña. Moisés subió hacia Dios, y el Señor le llamó desde la montaña diciendo: "Di a la casa de Jacob y a todos los israelitas: Habéis visto cómo he tratado a los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído hasta mí. Si escucháis atentamente mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi especial propiedad entre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra; vosotros seréis un reino de sacerdotes, un pueblo santo. Esto es lo que tienes que decir a los israelitas". Moisés vino, llamó a los ancianos del pueblo y les expuso todas estas cosas que el Señor le había ordenado. Y todo el pueblo, a una, respondió: "Nosotros haremos todo lo que el Señor ha dicho". Moisés refirió al Señor las palabras del pueblo. Y el Señor dijo a Moisés: "Yo llegaré hasta ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga cuando yo hable contigo y tenga siempre fe en ti". Y Moisés refirió al Señor las palabras del pueblo. El Señor dijo a Moisés: "Vete donde el pueblo y santifícalo hoy y mañana; que laven sus vestidos y que estén así preparados para pasado mañana, pues pasado mañana el Señor bajará al monte Sinaí a la vista de todo el pueblo. Señalarás al pueblo un límite alrededor diciendo: Guardaos de subir a la montaña y de tocar su falda. El que toque el monte será condenado a muerte. Pero nadie le pondrá la mano encima: será matado a pedradas o a flechazos. Hombre o animal, no quedará con vida. Sólo cuando suene el cuerno podrán subir al monte". Moisés bajó de la montaña, santificó al pueblo, y ellos lavaron sus vestidos. Y dijo al pueblo: "Estad preparados para pasado mañana; que nadie toque mujer". Al tercer día, a eso del amanecer, hubo truenos y relámpagos, una espesa nube sobre la montaña y un sonido muy fuerte de trompeta; todo el pueblo, que estaba en el campamento, temblaba. Moisés hizo salir al pueblo del campamento al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. Toda la montaña del Sinaí humeaba, porque sobre ella había descendido el Señor en medio de fuego. El humo subía como de un horno, y toda la montaña se estremecía fuertemente. El sonido de la trompeta se iba haciendo cada vez más fuerte. Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno. El Señor bajó a la cima del monte Sinaí, llamó a Moisés a la cima, y Moisés subió. El Señor dijo a Moisés: "Baja y advierte al pueblo que no traspase el límite para ver al Señor, porque muchos morirían. Que se santifiquen también los sacerdotes que se acercan al Señor, para que el Señor no arremeta contra ellos". Moisés dijo al Señor: "El pueblo no puede subir a la montaña, pues se lo has prohibido ordenando poner un límite y declararla sagrada". Y el Señor dijo a Moisés: "Baja de nuevo y sube luego con Aarón; pero que los sacerdotes y el pueblo no traspasen el límite para subir hacia el Señor, pues arremetería contra ellos". Moisés bajó hasta el pueblo y les dijo todo esto. Dios pronunció todas estas palabras: "Yo soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud. No tendrás otro Dios fuera de mí. No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra o en el agua bajo tierra. No te postrarás ante ella ni le darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad del padre en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, pero demuestro mi fidelidad por mil generaciones a todos los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás el nombre del Señor en vano, porque el Señor no dejará sin castigo al que toma su nombre en vano. Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y en ellos harás todas tus faenas; pero el séptimo día es día de descanso en honor del Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que habita contigo. Porque en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, y el séptimo descansó. Por ello bendijo el Señor el día del sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No desearás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que a él le pertenezca". Todo el pueblo distinguía los truenos y los relámpagos, el sonido de la trompeta y el humear de la montaña. El pueblo, al ver esto, temblaba y se mantenía a distancia. Y dijeron a Moisés: "Háblanos tú y te escucharemos; pero que no nos hable el Señor, para que no muramos". Moisés dijo al pueblo: "No temáis, que el Señor ha venido sólo para probaros y para que su temor esté siempre en vosotros y no pequéis". El pueblo se mantuvo a distancia, mientras Moisés se aproximó a la nube donde estaba el Señor. El Señor dijo a Moisés: "Di a los israelitas: Vosotros habéis visto que os he hablado desde el cielo. No hagáis junto a mí dioses de plata ni de oro. Me levantarás un altar de tierra y en él me ofrecerás tus holocaustos, tus sacrificios de reconciliación, tus ovejas y tus bueyes. En cualquier lugar en que yo quiera hacer mi nombre memorable vendré a ti y te bendeciré. Si me levantas altar de piedras, no sea con piedras labradas, porque al trabajarlas con tus herramientas las habrás profanado. Ni subirás por gradas a mi altar, para que no se descubra allí tu desnudez. Éstas son las leyes de justicia que les promulgarás: i compras un esclavo hebreo, te servirá por seis años, pero el séptimo quedará libre sin pagar nada. Si entró solo, solo saldrá; si tenía mujer, ésta saldrá con él. Si su amo le dio mujer y ésta le dio hijos o hijas, la mujer con los hijos será de su amo y él se irá solo. Pero si el esclavo dice: Yo quiero a mi amo, a mi mujer y a mis hijos; no quiero salir libre, el amo lo hará comparecer ante el Señor, lo acercará a la puerta de la casa o a la jamba y le perforará la oreja con un punzón; será su esclavo para siempre. Si uno vende a su hija por esclava, ésta no saldrá de casa, como salen los esclavos. Si no agrada a su amo y no la toma por esposa, éste permitirá que sea rescatada; pero no la puede vender a gente extraña por no haberle mantenido la promesa. Pero si la destina para su hijo, la tratará según los derechos de los hijos. Si toma para él otra mujer, no negará a la esclava su alimento, vestido y lecho. Y si no hace ninguna de estas tres cosas, la esclava podrá irse sin rescate, sin pagar nada. El que hiere de muerte a un hombre, será condenado a muerte. Pero si no lo ha hecho queriendo, sino porque Dios se lo puso en sus manos, yo le señalaré un lugar donde pueda refugiarse. Si un hombre se irrita contra su prójimo y lo mata con premeditación, será arrancado incluso de mi altar para hacerlo morir. El que hiera a su padre o a su madre, será condenado a muerte. El que robe una persona, la haya vendido o la retenga todavía consigo, morirá. Quien maldiga a su propio padre o a su propia madre, será condenado a muerte. Si riñen dos hombres y uno hiere al otro con una piedra o con el puño, y éste no muere pero debe guardar cama, si luego se levanta y puede salir fuera apoyado en su bastón, el que le ha herido será absuelto, pero le indemnizará por el tiempo que ha estado en cama y por lo que haya gastado en la cura. Si uno mata a palos a su esclavo o a su esclava, será severamente castigado. Pero si sobreviviere un día o dos, no, porque es propiedad suya. Si unos hombres se pelean y golpean a una mujer encinta haciéndola abortar, pero sin ningún daño especial, el que la ha golpeado será multado con la cantidad que el marido de la mujer pida y decidan los jueces. Pero si se sigue un daño, lo pagarás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe. Si uno salta de un golpe un ojo a su esclavo o a su esclava, le dará la libertad en compensación del ojo perdido. Si le rompe un diente le dará la libertad en compensación del diente perdido. Si un buey acornea a un hombre o a una mujer y mueren, el buey será sacrificado y su carne no se podrá comer, pero su amo será absuelto. Pero si ya antes el buey acorneaba, y el amo, sabiéndolo, no lo encerró, y el buey mata a un hombre o a una mujer, el buey será matado a pedradas, lo mismo que el dueño. Pero si en lugar de la muerte le impusieran un precio como rescate, pagará por el rescate de su vida la cantidad que le fuere impuesta. Si el buey acornea a un niño o a una niña, le será también aplicada esta ley. Si el buey acornea a un esclavo o a una esclava, el amo del buey pagará treinta monedas de plata al dueño del esclavo o de la esclava, y el buey será matado a pedradas. Si uno deja una cisterna abierta, o la cava y no la cubre, y un buey o un asno cae dentro, el dueño de la cisterna reparará los daños, pagará en dinero al dueño del buey o del asno, y el animal muerto será suyo. Si el buey de uno acornea al buey de otro y éste muere, venderán el buey vivo, partiéndose el importe, y se repartirán igualmente el buey muerto. Pero si era notorio que ya el buey solía acornear, restituirá buey por buey y el buey muerto será suyo. Si el ladrón, sorprendido en el acto de abrir brecha, es herido y muere, no habrá en ello delito de sangre; pero si el sol había ya salido, sí lo habrá. El ladrón restituirá; y si no tiene con qué, será vendido para pagar lo robado. Si se le encuentra vivo en casa lo robado, buey, asno o cordero, restituirá el doble. Si uno deja pastar su ganado en el campo o en la viña de otro, resarcirá el daño con lo mejor de su campo o de su viña. Si se propaga un incendio por la maleza y se queman mieses, las gavillas o el mismo campo, el que causó el fuego pagará lo quemado. Si uno da a otro dinero o utensilios para que los guarde y éstos son robados de su casa, si se encuentra al ladrón, restituirá el doble. Pero si no se lo encuentra, el dueño de la casa comparecerá ante Dios y jurará que no ha puesto la mano en las cosas de su prójimo. En toda apropiación indebida, sea de buey, de asno, de oveja, de vestido o de cualquier cosa desaparecida, si alguien lo reclama como suyo, la causa de las dos partes se llevará ante Dios. Aquel a quien Dios condene, restituirá el doble a su prójimo. Si uno da a otro en custodia un asno, un buey, una oveja o cualquier otro animal, y ese animal muere, se daña o es robado sin que nadie lo vea, el juramento del Señor decidirá entre las dos partes; si no ha puesto la mano sobre los bienes de su prójimo, el dueño del animal aceptará el juramento y el otro no pagará nada. Pero si el animal ha sido robado en su casa, se lo pagará a su dueño. Si el animal hubiese sido despedazado, lo traerá para testimonio, pero no pagará nada por el animal despedazado. Si uno pide prestado un animal de otro y se daña o muere en ausencia del dueño, deberá pagarlo. Pero si su dueño está presente, no lo pagará. Si era alquilado, pagará el precio del alquiler. Si uno seduce a una joven soltera y tiene con ella relación carnal, pagará su dote y la tomará por esposa. Pero si su padre no quiere dársela, pagará en dinero la dote acostumbrada. No dejarás con vida a la hechicera. El reo de bestialidad será condenado a muerte. El que ofrezca sacrificios a otros dioses, fuera del Señor, será condenado a muerte. No explotarás ni oprimirás al extranjero, porque también vosotros fuisteis extranjeros en Egipto. No maltratarás a la viuda ni al huérfano. Si maltratas, él clamará a mí y yo escucharé su clamor; mi ira se encenderá y os mataré a filo de espada; vuestras mujeres serán viudas y huérfanos vuestros hijos. Si prestas dinero a alguno de mi pueblo, al pobre, vecino tuyo, no serás usurero con él, exigiéndole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de la puesta del sol, porque ése es su único abrigo con que cubre su cuerpo. Si no, ¿con qué va a dormir? Si recurre a mí, yo le escucharé, porque soy misericordioso. No blasfemarás contra Dios ni maldecirás al jefe de tu pueblo. No serás remiso en hacerme la ofrenda de tus mieses y tu vino. Me darás el primogénito de tus hijos. Harás lo mismo con el primogénito de tus vacas y de tus ovejas. Siete días permanecerá con su madre, y al octavo me lo darás. Vosotros seréis para mí un pueblo santo. No comeréis carne de animal despedazado en el campo; se la echaréis a los perros. - - - No corras rumores falsos; no apoyes al que sostiene una causa injusta, dando falso testimonio. No vayas tras la multitud para hacer el mal ni declares en un pleito inclinándote a la mayoría, violando la justicia. Tampoco favorecerás al débil en su pleito. Si encuentras el buey de tu enemigo o su asno perdido, llévaselo. Si ves el asno del que te odia caído bajo el peso de su carga, no le abandones; ayúdale a levantarlo. No violarás el derecho del pobre en sus causas. No intervengas en causas injustas y no hagas morir al inocente y al justo, porque yo no absolveré al malvado. No aceptarás regalos, porque el regalo ciega incluso a los que tienen la vista clara y pervierte las palabras de los justos. No explotarás al emigrante, porque vosotros conocéis la vida del emigrante, pues lo fuisteis en Egipto. Durante seis años sembrarás tu tierra y recogerás su fruto. Pero el séptimo la dejarás descansar, sin cultivarla, para que coman los pobres de su fruto, y lo que quede lo coman las bestias del campo. Lo mismo harás con tu viña y tu olivar. Seis días trabajarás, pero el séptimo descansarás, para que descansen también tu buey y tu asno y tengan un respiro el hijo de tu esclava y el emigrante. Guardad todo lo que os he dicho. No invocarás el nombre de otros dioses; ni se oiga siquiera de tu boca. Tres veces al año celebrarás fiesta solemne en mi honor. Guardarás la fiesta de los panes sin levadura. Durante siete días comerás panes sin levadura, como yo te mandé, en el tiempo señalado del mes de abib, porque en él salisteis de Egipto. Nadie se presente a mí con las manos vacías. Guardarás también la fiesta de la siega, de las primicias de tus trabajos, de lo que hayas sembrado en el campo. Y la fiesta de la recolección, al terminar el año, cuando recojas de los campos el fruto de tus fatigas. Tres veces al año comparecerá todo varón ante el Señor, tu Dios. Cuando me sacrifiques una víctima, no me ofrecerás su sangre con pan fermentado, ni guardarás para el día siguiente. Llevarás a la casa del Señor, tu Dios, las primicias de los frutos de tu tierra. No cocerás el cabrito en la leche de su madre. Yo enviaré un ángel delante de ti, para que te cuide en el camino y te lleve a la tierra que yo te he preparado. Respeta su presencia y escucha su voz; no te rebeles contra él, porque no perdonará vuestra infidelidad, pues mi nombre está en él. Si obedeces su voz y haces cuanto yo te diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios; porque mi ángel irá delante de ti y te llevará a la tierra de los amorreos, hititas, fereceos, cananeos, heveos y jebuseos: yo los exterminaré. No adorarás a sus dioses, ni los servirás. No imitarás sus obras, sino que las destruirás por completo y destrozarás sus estelas. Si servís al Señor, vuestro Dios, él bendecirá tu pan y tu agua; y yo alejaré de ti toda enfermedad. En tu tierra no habrá mujer que aborte, ni mujer estéril: colmaré el número de tus días. Mi temor irá delante de ti, sembraré pánico en todo pueblo donde tú entres y haré que todos tus enemigos huyan ante ti. Mandaré delante de ti tábanos que pondrán en fuga ante ti a los heveos, a los cananeos y a los hititas. No los echaré de tu presencia en un solo año, para que no se quede la tierra desierta y se multipliquen contra ti las fieras salvajes, sino que los iré echando poco a poco de tu presencia a medida que vayas creciendo y vayas poseyendo la tierra. Estableceré los confines de tu territorio desde el mar Rojo hasta el mar de los filisteos, desde el desierto hasta el río; pondré en vuestras manos a los habitantes del país, y tú los echarás de tu presencia. No harás pactos con ellos ni con sus dioses. No los dejarás habitar en tu tierra, para que no te inciten a pecar contra mí sirviendo a sus dioses, lo cual sería la ruina para ti". El Señor dijo a Moisés: "Sube hasta el Señor, tú, Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos de Israel; os postraréis a distancia. Sólo Moisés se acercará al Señor; los otros no se aproximarán; el pueblo no subirá con él". Moisés vino y comunicó al pueblo todas las palabras del Señor y todas sus leyes relativas a la administración de la justicia. Y todo el pueblo respondió a una voz: "Nosotros cumpliremos todo cuanto ha dicho el Señor". Moisés escribió todas las palabras del Señor, se levantó de madrugada y edificó un altar al pie de la montaña y doce estelas por las doce tribus de Israel. Mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de reconciliación en honor del Señor. Después tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó luego el libro de la alianza y lo leyó en presencia del pueblo, el cual dijo: "Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor y obedeceremos". Moisés tomó la sangre y la derramó sobre el pueblo diciendo: "Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros mediante todas estas palabras". Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos de Israel subieron y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, semejante en claridad al mismo cielo. No extendió su mano contra aquellos elegidos de Israel; y ellos vieron a Dios, comieron y bebieron. El Señor dijo a Moisés: "Sube a la montaña y estate allí. Yo te daré unas tablas de piedra con la ley y los mandamientos que he escrito para instruirlos". Moisés se levantó con Josué, su ministro, y antes de subir a la montaña dijo a los ancianos: "Esperadnos aquí hasta que volvamos. Quedan con vosotros Aarón y Jur; el que tenga algún asunto, que recurra a ellos". Moisés subió a la montaña, y la nube le cubrió durante seis días. La gloria del Señor se había posado sobre la montaña, y la nube la cubrió durante seis días. Al séptimo día, el Señor llamó a Moisés desde la nube. Y la gloria del Señor aparecía a la vista de los israelitas como un fuego devorador sobre la cima de la montaña. Moisés penetró en la nube y subió a la montaña, en la que permaneció cuarenta días y cuarenta noches. El Señor dijo a Moisés: "Di a los israelitas que me ofrezcan tributos. Vosotros los recogeréis de todo aquel que los entregue de todo corazón. Éstos serán los tributos que podréis recoger: oro, plata y bronce; púrpura violeta, púrpura escarlata y carmesí; lino fino y pelo de cabra; pieles de carnero teñidas en rojo, pieles de tejón y maderas de acacia; aceite para las lámparas; aromas para el óleo de la unción y para el incienso perfumado; piedras de ónice y piedras de engaste para el efod y el pectoral. Me harán un santuario y habitaré en medio de ellos. Todo lo haréis conforme al modelo del tabernáculo y de sus utensilios, que yo os mostraré". "Haz un arca de madera de un metro y veinticinco centímetros de larga, setenta y cinco centímetros de ancha y setenta y cinco de alta. La recubrirás de oro puro por dentro y por fuera, y con una moldura de oro todo alrededor. Fundirás para ella cuatro anillos de oro y los pondrás en sus cuatro esquinas, dos a cada lado. Harás unas barras de madera de acacia, que recubrirás de oro, y las pasarás por los anillos de los lados del arca para llevarla por medio de ellas. Las barras estarán siempre en los anillos y no se sacarán de ellos. Dentro del arca pondrás el testimonio que yo te daré". "Harás también un propiciatorio de oro puro de un metro y veinticinco centímetros de largo y medio metro de ancho. Harás dos querubines de oro, de oro batido, a los dos extremos del propiciatorio, uno a cada lado y formando un solo cuerpo con él. Los querubines tendrán sus alas extendidas hacia arriba cubriendo con ellas el propiciatorio, estando sus rostros uno frente al otro y mirando hacia el propiciatorio. Pondrás el propiciatorio sobre el arca, y dentro de ésta el testimonio que yo te daré. Aquí vendré yo a encontrarme contigo, y desde encima del propiciatorio, entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, te comunicaré todo lo que te ordene respecto a los israelitas". "Harás una mesa de madera de acacia de un metro de larga, medio metro de ancha y setenta y cinco centímetros de alta. La recubrirás de oro puro, y pondrás una moldura de oro todo alrededor. La rodearás con un reborde de veinticinco centímetros de ancho con una moldura de oro. Harás también cuatro anillos de oro, y los pondrás en los cuatro ángulos de sus cuatro pies. Los anillos estarán por debajo de la moldura para pasar por ellos las barras con que ha de ser llevada. Las barras para llevar la mesa las harás de madera de acacia, que recubrirás de oro. Harás también para ella platos, cucharas, copas y tazas para las ofrendas de líquidos; todo de oro puro. Sobre la mesa pondrás los panes de la proposición, para que estén continuamente en mi presencia". "Harás, además, un candelabro de oro puro forjado; su base, fuste, copas, cálices y pétalos harán un solo cuerpo. Seis brazos saldrán de sus lados, tres de uno y tres de otro. Cada brazo tendrá tres copas en forma de flor de almendro con su cáliz y pétalos; los seis brazos, que arrancan del fuste del candelabro, serán iguales. El fuste del candelabro tendrá cuatro copas en forma de flor de almendro con su cáliz y pétalos. Cada una de las tres parejas de brazos tendrá un cáliz en su parte inferior; los seis exactamente igual. Este conjunto de cálices y brazos formará una sola pieza con el candelabro. Todo será de oro puro trabajado a cincel. Harás también para él siete lámparas, que pondrás sobre el candelabro de forma que alumbren hacia adelante, con sus despabiladeras y platillos, todo de oro puro. Emplearás treinta y tres kilos de oro puro para hacer el candelabro y todos sus utensilios. Lo harás según el modelo que te he mostrado en la montaña". "Harás el tabernáculo con diez cortinas de lino fino trenzado con púrpura violeta, escarlata y carmesí, y con querubines artísticamente bordados. Todas las cortinas tendrán la misma medida: doce metros y medio de largo por dos de ancho. Las unirás de cinco en cinco. Pondrás lazos de púrpura violeta en el borde de la cortina que termina cada uno de los dos conjuntos. Harás cincuenta lazos en el borde de los dos conjuntos, de modo que se correspondan entre sí. Harás cincuenta broches de oro, con los cuales unirás una cortina con otra, de modo que el tabernáculo forme un solo cuerpo. Harás once cortinas de pelo de cabra para cubrir, a modo de tienda, el tabernáculo; todas las cortinas tendrán la misma medida: quince metros de largo por dos de ancho. Las unirás en dos conjuntos, el primero de cinco y el segundo de seis, de modo que la sexta cubra la parte anterior de la tienda. Harás cincuenta lazos en el borde de la última cortina de cada conjunto, y cincuenta broches de bronce, por los que harás pasar los lazos, uniendo la tienda de modo que todo ello forme un solo cuerpo. Como las cortinas de la tienda son más largas, la mitad de la cortina sobrante colgará en la parte posterior del tabernáculo. El medio metro que sobra a uno y otro lado, a lo largo de la tienda, se extenderá sobre los dos lados del tabernáculo para cubrirlo. Harás a la tienda una cubierta de pieles de carnero teñidas en rojo, y sobre ésta otra de pieles de tejón. Harás para el tabernáculo unos tablones de madera de acacia, y los colocarás bien derechos. Serán de cinco metros de largo por setenta y cinco centímetros de ancho. Cada tablón llevará dos espigas, para que queden ensamblados unos con otros: todos los tablones serán iguales. Los dispondrás así: veinte en el lado sur, bajo los que pondrás cuarenta basas de plata, dos debajo de cada tablón para cada espiga. Otros veinte en el lado norte con sus respectivas cuarenta basas de plata, dos debajo de cada tablón. Seis en el lado oeste, y otros dos en los ángulos posteriores del tabernáculo, unidos de abajo arriba, formando cada dos un tabique angular. Serán, pues, ocho tablones con sus dieciséis basas de plata, dos debajo de cada uno. Harás travesaños de madera de acacia, cinco para los tablones de un lado del tabernáculo, cinco para los del otro y otros cinco para los tablones del lado que da al oeste. El travesaño central, que pasará por en medio de los tablones, correrá de un extremo a otro. Todos estos tablones los recubrirás de oro; los anillos por donde ellos han de pasar serán también de oro. Construirás el tabernáculo conforme al modelo que se te ha mostrado en la montaña". "Harás un velo de lino fino, trenzado con púrpura violeta, escarlata y carmesí; todo ello con querubines artísticamente bordados. Lo sostendrás por medio de cuatro columnas de acacia recubiertas de oro, con sus garfios de oro, apoyadas en cuatro basas de plata. Colgarás el velo de los garfios y allí, detrás del velo, pondrás el arca del testimonio. El velo servirá para separar el lugar santo del lugar santísimo. Pondrás el propiciatorio sobre el arca del testimonio en el lugar santísimo. La mesa la pondrás fuera del velo, al lado septentrional, y el candelabro frente a ella en el lado norte del tabernáculo. Harás para la entrada de la tienda un velo de lino fino, trenzado con púrpura violeta, escarlata y carmesí; todo ello artísticamente recamado. Para este velo harás cinco columnas de acacia, que recubrirás de oro, con sus garfios también de oro, y que apoyarás en cinco basas de bronce". "Harás un altar de madera de acacia, cuadrado, de dos metros y medio de largo, por dos y medio de ancho y uno y medio de alto. En cada uno de sus cuatro ángulos pondrás un cuerno recubierto de bronce, formando un solo cuerpo. Harás calderos para recoger las cenizas, paletas, aspersorios, tenaza y braseros; todo de bronce. Harás también para el altar un enrejado de bronce en forma de red, y en sus cuatro ángulos pondrás cuatro anillos de bronce. Lo pondrás en el reborde del altar, por debajo, de modo que la red llegue a la mitad del altar. Y harás para el altar barras de madera de acacia, que recubrirás de bronce. Éstas se pasarán por los anillos, corriendo a lo largo de los dos lados del altar, cuando haya de ser transportado. Lo harás hueco, de tablas, conforme se te ha mostrado en la montaña". "Harás el atrio del tabernáculo; al lado sur llevará cincuenta metros de cortinas de lino trenzado, y veinte columnas con sus respectivas basas de bronce. Los garfios de las columnas y sus anillos serán de plata. En el lado norte llevará cincuenta metros de cortinas y veinte columnas con sus respectivas basas de bronce. Los garfios y los anillos de las columnas serán de plata. En el lado oeste llevará veinticinco metros de cortinas y diez columnas con sus respectivas basas. El atrio, en el lado este, tendrá veinticinco metros de largo, llevará siete metros y medio de cortinas con sus tres columnas y sus tres basas en cada no de sus dos lados. A la entrada del atrio habrá una cortina de diez metros de púrpura violeta, escarlata y carmesí, de lino fino torzal artísticamente recamado, y cuatro columnas con sus respectivas basas. Todas las cortinas en torno al atrio estarán rodeadas por arillos de plata; los garfios serán de plata y las basas de bronce. El atrio tendrá cincuenta metros de largo, veinticinco de ancho por cada lado y dos y medio de alto; todo ello de lino fino trenzado, menos las basas, que serán de bronce. Todos los utensilios del tabernáculo para todos sus servicios, las estaquillas y las estacas del atrio serán de bronce. Ordena a los israelitas que traigan aceite puro de oliva para el alumbrado continuo de las lámparas del candelabro. Aarón y sus hijos las mantendrán encendidas de la noche a la mañana delante del Señor, en la tienda de la reunión, en la parte de acá del velo que está delante del testimonio: ley perpetua para los israelitas en todas sus generaciones". "Haz venir junto a ti, de en medio de los israelitas, a Aarón, tu hermano, y a sus hijos con él para que sean mis sacerdotes; Aarón, Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar, hijos de Aarón. Harás para Aarón, tu hermano, vestiduras sagradas que le den gloria y majestad. Hablarás con hombres expertos, a quienes yo he dotado de genio artístico, para que confeccionen las vestiduras de Aarón, a fin de consagrarle para que sea mi sacerdote. Éstas son las vestiduras que han de preparar: un pectoral y un efod, un manto, una túnica a cuadros, una tiara y un cinturón. Harán las vestiduras sagradas para Aarón y para sus hijos a fin de que me sirvan como sacerdotes. Emplearán oro, púrpura violeta, escarlata y carmesí, y lino fino". "El efod lo harán de oro, púrpura violeta, escarlata y carmesí, y lino fino trenzado, artísticamente recamado. Llevará dos hombreras de acoplamiento, con las cuales quedarán sujetas las dos puntas del efod. El cinturón, para sujetarlo por encima formando una sola pieza con él, será del mismo trabajo: oro, púrpura violeta, escarlata y carmesí, y lino fino trenzado. Tomarás dos piedras de ónice, en las que grabarás los nombres de los israelitas. Seis nombres en cada una por orden de nacimiento. Grabarás en ellas los nombres de los israelitas, como lo hace un lapidario, como se graban los sellos, y las encajarás en engarces de oro. Pondrás las dos piedras sobre las hombreras, como piedras de recuerdo para los israelitas. Así Aarón llevará sus nombres sobre sus hombros, ante el Señor, para recordarlos. Harás engarces de oro y dos cadenillas de oro puro, entrelazadas a modo de cordón, y las fijarás a los engarces". "Harás el pectoral del juicio, artísticamente recamado, a la manera del efod: de oro, púrpura violeta, escarlata y carmesí, y de lino trenzado. Será cuadrado y doble, de veintidós centímetros de lado. Engastarás en él piedras preciosas en cuatro filas: en la primera, un sardonio, un topacio y una esmeralda; en la segunda, un rubí, un zafiro y un diamante; en la tercera, un jacinto, una ágata y una amatista; en la cuarta, un crisólito, un ónice y un jaspe. Todas ellas encajadas en engarces de oro. Éstas piedras serán doce, según los nombres de las tribus de Israel; estarán grabadas como los sellos, cada uno con su nombre, según las doce tribus. Harás al pectoral cadenillas entrelazadas a modo de cordón, de oro puro, y dos anillos de oro, que pondrás en los dos extremos del pectoral. Por ellos pasarán las dos cadenillas de oro en los extremos del pectoral. Fijarás las dos puntas de los cordones a los dos engarces del pectoral y las engancharás a las hombreras del efod en su parte delantera. Harás dos anillos de oro, que pondrás en las dos puntas inferiores del pectoral, en el borde interior que queda junto al efod. Harás otros dos anillos de oro, que fijarás a las dos hombreras del efod en su parte inferior delantera, a ras de la juntura, por encima del cinturón del efod. Se unirá el pectoral, por sus anillos, a los anillos del efod, por un cordón de púrpura violeta, para que el pectoral quede sujeto por encima del cinturón del efod y no pueda desprenderse de él. De este modo, cuando entre Aarón en el santuario, llevará los nombres de las tribus de Israel en el pectoral del juicio, sobre su corazón, para recuerdo perpetuo ante el Señor. Y en el pectoral del juicio pondrás los "urim" y los "tummim" para que estén sobre el corazón de Aarón cuando entre a la presencia del Señor, llevando continuamente sobre el corazón, ante el Señor, el juicio de los israelitas". "Harás el manto del efod todo de púrpura violeta. En medio de él habrá una abertura para la cabeza, como la abertura de una coraza, con un dobladillo de fino tejido todo alrededor para que no se deshilache. En su vuelo inferior pondrás granadas de púrpura violeta, púrpura escarlata y carmesí y, entre ellas, todo alrededor, campanillas de oro. Una campanilla de oro y una granada, una campanilla de oro y una granada, y así sucesivamente en la orla del manto, todo alrededor. Lo llevará Aarón al oficiar, para que se oiga el sonido cuando entre y salga del santuario del Señor, y no muera. Harás una lámina de oro puro, sobre la cual grabarás como se graban los sellos: "Consagrado al Señor". La sujetarás con un cordón de púrpura violeta, de modo que caiga sobre la tiara en su parte anterior. Estará sobre la frente de Aarón, que cargará con los pecados cometidos por los israelitas al hacer sus ofrendas santas. Estará continuamente sobre la frente de Aarón para que el Señor acepte sus ofrendas. Tejerás a cuadros la túnica, de lino; de lino harás también la tiara y el cinturón artísticamente recamado. Para los hijos de Aarón harás túnicas, cinturones y tiaras que les den gloria y majestad. Se los vestirás a Aarón y a sus hijos; y los ungirás, los investirás, los consagrarás y serán mis sacerdotes. Les harás, además, calzones de lino para cubrir su desnudez; llegarán desde la cintura hasta los muslos. Aarón y sus hijos los llevarán puestos cuando entren en la tienda de la reunión y cuando se acerquen al altar a oficiar en el santuario, para que no incurran en pecado y mueran. Ley perpetua para Aarón y para toda su descendencia". "Esto es lo que has de hacer para consagrarlos a mi servicio como sacerdotes. Tomas un becerro y dos carneros sin defecto, panes sin levadura, tortas sin levadura, amasadas con aceite, y hojaldres sin levadura, untados en aceite. Todo ello preparado con flor de harina de trigo. Lo pones todo junto, en el mismo canastillo, y lo presentas junto con el becerro y los dos carneros. Haces avanzar a Aarón y a sus hijos hasta la puerta de la tienda de la reunión, y los lavas con agua. Tomas las vestiduras y pones a Aarón la túnica, el manto, el efod y el pectoral, y le ciñes con el cinturón del efod. Le pones la tiara en la cabeza, y sobre la tiara la lámina santa. Tomas el óleo de la unción y lo unges derramándolo sobre su cabeza. Del mismo modo haces venir a sus hijos y los revistes con las túnicas; ciñes la cintura a Aarón y a sus hijos y les pones las tiaras, con lo cual el sacerdocio les pertenecerá en propiedad. Ésta es la ley perpetua. De este modo consagrarás a Aarón y a sus hijos. Después llevas el becerro hasta la tienda de la reunión, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre su cabeza. Inmolas el becerro ante el Señor, a la entrada de la tienda de la reunión. Tomas parte de la sangre del becerro, y con el dedo untarás con ella los cuernos del altar, derramando la restante al pie del altar. Tomas todo el sebo que cubre las entrañas, la redecilla del hígado, los dos riñones y el sebo que los envuelve, y lo quemas sobre el altar. Pero la carne del becerro, su piel y su excremento lo quemas fuera del campamento. Este rito es un sacrificio por el pecado. Tomas después uno de los carneros, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre su cabeza. Inmolas el carnero, tomas su sangre y con ella rocías el altar todo alrededor. Descuartizas el carnero, lavas sus entrañas y sus patas, que colocarás sobre sus cuartos y cabeza, y lo quemas todo sobre el altar. Es un holocausto en honor del Señor, un olor agradable, un sacrificio de fuego en honor del Señor. Tomas el segundo carnero, y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre su cabeza. Luego lo inmolas, tomas de su sangre y untas con ella la ternilla de la oreja derecha de Aarón y de sus hijos, y el dedo pulgar de sus manos derechas y el de sus pies derechos, y rocías el altar todo alrededor. Tomas sangre de sobre el altar y óleo de la unción y asperjas a Aarón y a sus hijos y sus respectivas vestiduras. Así quedarán consagrados Aarón y sus hijos con sus vestiduras. Tomas después el sebo del carnero, esto es, el rabo y el sebo que recubre las entrañas, la redecilla del hígado y los dos riñones con el sebo que hay sobre ellos, junto con la pierna derecha, porque es carnero de consagración. Del canastillo de los panes sin levadura, que está ante el Señor, un pan, una torta amasada en aceite y un pastelillo. Lo pones todo en las manos de Aarón y de sus hijos, para que hagan la ceremonia del balanceo delante del Señor. Lo recoges luego de sus manos y lo quemas sobre el altar, sobre el holocausto, en olor agradable ante el Señor. Es un sacrificio de fuego en honor del Señor. Tomas el pecho del carnero de investidura, perteneciente a Aarón, y haces la ceremonia del balanceo ante el Señor. Ello será tu porción. De este modo consagrarás el pecho de balanceo y el muslo de elevación, esto es, lo balanceado y elevado del carnero de consagración, reservado a Aarón y a sus hijos. Ésta será la porción de Aarón y de sus hijos, en derecho perpetuo, por parte de los israelitas, porque es un tributo y será un tributo de los israelitas tomado de sus sacrificios de reconciliación; esto será un tributo para el Señor. Las vestiduras de Aarón pasarán a sus hijos, para que sean consagrados y ungidos con ellas. Siete días las llevará el hijo que le suceda como sacerdote y entre en la tienda de la reunión para oficiar en el santuario. Tomas el carnero de investidura y cueces su carne en el lugar santo. Aarón y sus hijos comerán la carne del carnero y los panes del canastillo a la entrada de la tienda de la reunión. Comerás lo que ha servido para su expiación al investirlos y consagrarlos. Pero ningún otro comerá de ello, porque es cosa santa. Si queda para el día siguiente algo de carne del sacrificio de investidura o de los panes, lo quemas en el fuego; no se comerá, porque es cosa santa. Así has de cumplir todo cuanto te he mandado respecto a Aarón y a sus hijos. Los consagrarás durante siete días, y en cada uno inmolarás el becerro en sacrificio de expiación por el pecado; purificarás el altar por medio de este sacrificio de expiación, y después lo ungirás para consagrarlo. Durante siete días expiarás el altar y lo consagrarás; todo lo que toque el altar quedará santificado. "Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año, cada día y de modo perpetuo. Ofreces uno por la mañana y otro por la tarde. Con el de la mañana ofrecerás cuatro kilos y medio de flor de harina amasada con dos litros de aceite puro de oliva y una libación de dos litros de vino. Por la tarde, entre dos luces, ofrecerás el segundo cordero con la misma ofrenda y libación que a la mañana, en sacrificio de olor agradable, sacrificio de fuego en honor del Señor, holocausto perpetuo por todas vuestras generaciones, a la entrada de la tienda de la reunión, ante el Señor, allí donde yo me encontraré con vosotros para hablarte. En este lugar yo me encontraré con los israelitas, y quedará santificado por mi gloria. Yo consagraré la tienda de la reunión y el altar; consagraré a Aarón y a sus hijos para que me sirvan como sacerdotes. Habitaré en medio de los israelitas y seré su Dios. Ellos conocerán que yo, el Señor, soy su Dios, que los saqué de Egipto para habitar en medio de ellos; yo, el Señor, su Dios". "Harás también un altar para quemar en él el incienso. Lo harás de madera de acacia. Será de medio metro de largo por medio de ancho, o sea cuadrado, y un metro de alto. Sus cuernos formarán un solo cuerpo con el altar. Lo recubrirás de oro puro: su mesa, sus lados todo alrededor y sus cuernos. Alrededor de él harás una moldura de oro. Le harás dos anillos de oro por debajo de la moldura, a sus dos flancos, para pasar por ellos las barras con que será transportado. Éstas las harás de madera de acacia, que recubrirás de oro. Pondrás el altar delante del velo que oculta el arca del testimonio, frente al propiciatorio que está sobre el testimonio, donde yo me encontraré contigo. En él quemará Aarón el incienso; lo quemará todas las mañanas al preparar las lámparas, y todas las tardes al ponerlas sobre el candelabro, como perfume diario ante el Señor, de generación en generación. No me ofrecerás sobre él perfume profano, ni holocausto, ni ofrendas de vino derramado. Sobre sus cuernos Aarón hará el rito de absolución una vez al año; con la sangre del sacrificio del gran perdón hará el rito de absolución. Y así de generación en generación. Este altar será santísimo para el Señor". El Señor dijo a Moisés: "Cuando cuentes a los israelitas para hacer su censo, cada uno de los sujetos a él ofrecerá al Señor un rescate por su persona en el momento de hacer el censo, para que no venga sobre ellos plaga alguna durante el censo. Esto es lo que ofrecerá todo sujeto a censo: cinco gramos de plata, según el peso del santuario, como tributo al Señor. Todos los censados de veinte años para arriba darán este tributo al Señor. Ni el rico pagará más ni el pobre menos al pagar el tributo al Señor en rescate de vuestras vidas. Tomarás el dinero del rescate de los israelitas y lo emplearás en servicio de la tienda de la reunión, para que les sirva como recuerdo ante el Señor del rescate de sus vidas". El Señor dijo a Moisés: "Harás una pila de bronce, con su pie también de bronce, para las abluciones. La pondrás entre la tienda de la reunión y el altar, y la llenarás de agua, con la cual Aarón y sus hijos se lavarán las manos y los pies. Se lavarán cuando entren en la tienda de la reunión y cuando se acerquen al altar para ejercer sus funciones, para quemar víctimas en honor del Señor, a fin de que no mueran. Se lavarán las manos y los pies, y no morirán. Esto será una ley perpetua para ellos, Aarón y sus hijos, de generación en generación". El Señor dijo a Moisés: "Procúrate aromas: seis kilos de mirra pura; la mitad, o sea tres, de cinamomo aromático, y otros tres de caña aromática; seis kilos de casia, según el peso del santuario, y cuatro litros y medio de aceite de oliva. Con todo ello harás el óleo para la unción sagrada, un perfume aromático, trabajo de perfumista. Será el óleo para la unción sagrada. Con él ungirás la tienda de la reunión y el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelabro con todos sus utensilios, el altar de los perfumes, el altar de los holocaustos con todo su instrumental y la pila con su pie. Santificadas así todas las cosas, serán santísimas, y todo cuanto las toque quedará santificado. Con él ungirás a Aarón y a sus hijos y los consagrarás para que me sirvan como sacerdotes. Y dirás a los israelitas: Así será el óleo de la unción sagrada para mí, de generación en generación. No será derramado sobre el cuerpo de hombre alguno ni copiaréis su receta; será cosa sagrada y como tal lo trataréis. El que componga otro según esta receta o lo derrame sobre persona profana, será extirpado de su pueblo". El Señor dijo a Moisés: "Procúrate aromas: resina, ámbar, gálbano perfumado e incienso puro, en partes iguales. Harás con ellos un incienso perfumado, trabajo de perfumista, salado, puro y santo. Pulverizarás una parte y lo pondrás delante del testimonio, en la tienda de la reunión, donde yo me encontraré contigo. Será para vosotros cosa santísima. No haréis para vosotros un perfume semejante a éste; será para vosotros cosa consagrada al Señor. El que haga otro según esta receta para perfumarse será extirpado de su pueblo". El Señor dijo a Moisés: "Mira, he llamado por su nombre a Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá. Le he llenado del espíritu de Dios, de sabiduría, inteligencia y habilidad para toda suerte de trabajos, para hacer proyectos y realizarlos en oro, plata y bronce, para tallar piedras de engaste, para trabajar la madera y para llevar a cabo toda clase de trabajos. Le he dado por compañero a Oholiab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan. Y a todos los hábiles les he infundido más habilidad para hacer todo lo que te he ordenado: la tienda de la reunión, el arca del testimonio, el propiciatorio que está sobre ella y todos los utensilios del tabernáculo: la mesa y sus utensilios, el candelabro de oro puro y todos sus utensilios, el altar de los perfumes, el altar de los holocaustos y todos sus utensilios, la pila con su pie, las vestiduras sagradas para Aarón y para sus hijos en orden a las funciones sacerdotales, el óleo de la unción y el perfume aromático para el santuario. Todo esto lo han de hacer conforme yo te he mandado". El Señor dijo a Moisés: "Di a los israelitas: Guardaréis mis sábados, porque eso es una señal establecida entre mí y vosotros por todas vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy el Señor, que os santifica. Guardaréis el sábado, porque es una cosa santa. Todo el que lo profane será castigado con la muerte, porque todo el que en él trabaje será extirpado de su pueblo. Durante seis días se puede trabajar, pero el séptimo será día de descanso absoluto, consagrado al Señor. Los israelitas guardarán el sábado, de generación en generación, como alianza perpetua. Será entre mí y los israelitas una señal perpetua, porque en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, y el séptimo cesó y descansó". Cuando el Señor terminó de hablar a Moisés en la montaña del Sinaí, le dio las dos tablas de la ley, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios. El pueblo, viendo que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunió en torno a Aarón y le dijo: "Anda, haznos un Dios que vaya delante de nosotros, porque ese Moisés, el hombre que nos ha sacado de Egipto, no sabemos qué ha sido de él". Aarón les respondió: "Recoged los pendientes de oro que vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestras hijas llevan en las orejas, y traédmelos". Todo el pueblo se desprendió de los pendientes que llevaba en las orejas y se los llevó a Aarón. Éste los tomó en sus manos, los fundió, los trabajó a cincel e hizo un becerro. Ellos dijeron: "Israel, ahí tienes a tu Dios, el que te sacó de Egipto". Aarón, al ver esto, edificó un altar ante el becerro y anunció: "Mañana, fiesta en honor del Señor". Al día siguiente se levantaron temprano y ofrecieron holocaustos y sacrificios de reconciliación. El pueblo se sentó a comer y beber y se levantaron después para divertirse. El Señor dijo a Moisés: "Anda, baja, porque tu pueblo, al que has sacado de Egipto, se ha pervertido. Bien pronto se han apartado del camino que yo les había trazado; han hecho un becerro fundido y lo han adorado; le han ofrecido sacrificios y han dicho: Israel, éste es tu Dios, el que te sacó de Egipto". El Señor añadió a Moisés: "Ya veo lo que es este pueblo, un pueblo de cabeza dura. Déjame que se encienda mi ira contra ellos y los aniquile, mientras que de ti haré un gran pueblo". Moisés aplacó al Señor, su Dios, diciendo: "¿Por qué, oh Señor, se ha de encender tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de Egipto con gran fuerza y con mano poderosa? ¿Por qué van a poder decir los egipcios: Con muy mala intención los hizo salir, para hacerlos perecer en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra? Aplaca tu ira y arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Jacob, tus siervos, a quienes juraste por ti mismo diciendo: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo y toda esta tierra, de que os he hablado, se la daré a vuestra descendencia en posesión perpetua". Y el Señor se retractó del mal que había dicho que iba a hacer a su pueblo. Moisés volvió y bajó de la montaña con las dos tablas de la ley en sus manos, escritas por los dos lados, en sus dos caras. Las tablas eran obra del Señor, y la escritura, escritura del Señor grabada en las tablas. Josué oyó el fuerte griterío del pueblo y dijo a Moisés: "Grito de guerra hay en el campamento". Moisés respondió: "No es griterío de victoria, ni griterío de derrota; es griterío de canto". Al acercarse al campamento y ver el becerro y las danzas, enfurecido, tiró las tablas y las rompió al pie de la montaña. Tomó el becerro que habían hecho, lo quemó y lo trituró hasta reducirlo a polvo, esparciéndolo en agua, que hizo beber a los israelitas. Moisés dijo a Aarón: "¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas acarreado sobre él tan gran pecado?". Aarón respondió: "No se encienda la ira de mi señor. Tú mismo sabes que este pueblo es muy inclinado al mal. Me dijeron: Haznos un Dios que vaya delante de nosotros, porque ese Moisés, que nos ha sacado de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él. Yo les he dicho: El que tenga oro, que se desprenda de él. Me lo han dado, lo eché en el fuego y ha salido este becerro". Moisés, al ver que el pueblo andaba sin freno, y que Aarón lo había abandonado hasta hacerlo la irrisión de sus enemigos, se plantó en la puerta del campamento y dijo: "Los partidarios del Señor, que vengan conmigo". Y se reunieron en torno a él todos los hijos de Leví. Les dijo: "Cíñase cada uno la propia espada al muslo. Recorred el campamento de una punta a otra y matad cada uno a su hermano, a su amigo, a su pariente". Los levitas cumplieron la orden de Moisés, y aquel día cayeron unos tres mil hombres del pueblo. Moisés dijo: "Recibid hoy la investidura de parte del Señor, cada uno al precio de su hijo y de su hermano, y que él os dé hoy la bendición". Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: "Habéis cometido un gran pecado. Sin embargo, yo voy a subir al Señor; quizá alcance perdón para vuestro pecado". Moisés volvió al Señor y dijo: "¡Ay! Este pueblo ha cometido un gran pecado. Se han fabricado un dios de oro. ¡Si tú quisieras, a pesar de todo, perdonar su pecado! Si no, bórrame del libro que has escrito". El Señor dijo a Moisés: "Al que ha pecado contra mí le borraré de mi libro. Ahora anda, conduce al pueblo al lugar que te he ordenado. Mi ángel irá delante de ti. Pero en el día de mi visita los castigaré por su pecado". Y el Señor castigó al pueblo por el becerro de oro fabricado por Aarón. El Señor dijo a Moisés: "Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que has sacado de Egipto, a la tierra que juré dar a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: Se la daré a tu descendencia. Yo enviaré un ángel delante de ti y echaré al cananeo, al amorreo, al hitita, al fereceo, al heveo y al jebuseo; sube a la tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré en medio de ti, porque eres un pueblo de cabeza dura, y yo te aniquilaría por el camino". El pueblo oyó estas duras palabras e hizo duelo; nadie se vistió de gala. El Señor dijo a Moisés: "Di a los israelitas: Vosotros sois un pueblo de cabeza dura; si por un solo momento subiese en medio de vosotros, os aniquilaría. Quítate, pues, tus galas, que yo sabré cómo he de tratarte". Los israelitas se despojaron de sus galas a partir del monte Horeb. Moisés tomó la tienda y la plantó fuera del campamento, a cierta distancia, y la llamó "tienda de la reunión". Todo el que quería dirigirse al Señor, salía a la tienda de la reunión, emplazada fuera del campamento. Cada vez que Moisés se dirigía a la tienda, todo el pueblo se levantaba y se quedaba de pie a la entrada de su tienda, siguiendo con la vista a Moisés hasta que éste entraba en la tienda. Cuando Moisés entraba en la tienda, la columna de nube bajaba y se paraba a la entrada de la tienda, y el Señor hablaba con Moisés. El pueblo, al ver la columna de nube a la entrada de la tienda, se levantaba y se prosternaba, cada uno a la puerta de su tienda. El Señor hablaba a Moisés cara a cara, como se habla entre amigos. Luego Moisés volvía al campamento; pero Josué, su ministro, hijo de Nun, joven todavía, no se apartaba de la tienda. Moisés dijo al Señor: "Bien, tú me dices: Conduce a este pueblo, pero no me has dado a conocer a quién mandarás conmigo. Y, no obstante, me has dicho: Yo te conozco por tu nombre, tú has hallado gracia a mis ojos. Pero si de verdad he hallado gracia a tus ojos, dame a conocer tu camino, para que yo te conozca; así hallaré gracia a tus ojos. Considera que este pueblo es tu pueblo". El Señor respondió: "Yo mismo iré contigo y te daré descanso". Moisés dijo: "Si no vienes tú mismo en persona, no nos hagas partir de aquí. ¿Cómo ha de conocerse que tu pueblo y yo hemos hallado gracia a tus ojos? Solamente si tú vienes con nosotros y haces que tu pueblo y yo seamos una nación distinta entre todos los pueblos de la tierra". El Señor dijo a Moisés: "También haré eso que acabas de decir, porque has hallado gracia a mis ojos y porque te conozco por tu nombre". Moisés dijo: "Concédeme ver tu gloria". Él dijo: "Yo haré pasar delante de ti toda mi grandeza y proclamaré ante ti el nombre de El Señor, pues yo hago gracia a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero". Y añadió: "Pero mi rostro no puedes verlo. Nadie puede verme y quedar con vida". Siguió: "Aquí hay un lugar junto a mí; ponte sobre la roca. Cuando esté mi gloria al pasar, te meteré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego retiraré mi mano y me verás de espaldas, mas mi rostro no puede verse". El Señor dijo a Moisés: "Prepárate dos tablas de piedra, como las primeras que tú rompiste; voy a escribir en ellas las palabras de las otras. Procura estar listo para mañana; sube de madrugada a la montaña del Sinaí y allí, en su cumbre, preséntate a mí. Que nadie suba contigo, ni se vea a nadie en toda la montaña, ni siquiera ovejas o bueyes pastando". Moisés se hizo con dos tablas como las primeras, se levantó de madrugada y subió a la montaña del Sinaí, como se lo había mandado el Señor, llevando consigo las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se paró junto a él, y Moisés proclamó el nombre de El Señor. El Señor pasó delante de él y proclamó: "El Señor, el Señor, Dios clemente y misericordioso, tardo para la ira y lleno de lealtad y fidelidad, que conserva su fidelidad a mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado, pero que nada deja impune, castigando la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación". Moisés se echó al instante en tierra y, adorando, dijo: "Si de verdad he hallado gracia a tus ojos, Señor, que el Señor marche en medio de nosotros; porque éste es un pueblo de cabeza dura; pero tú perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado y tómanos por tu heredad". El Señor respondió: "Mira, yo establezco una alianza; voy a hacer a la vista de todo el pueblo maravillas como no se han hecho nunca en toda la tierra, ni entre nación alguna; todo el pueblo, en medio del cual estás, verá la obra del Señor, porque es tremendo lo que yo voy a hacer contigo. Mira bien lo que hoy te mando: voy a echar delante de ti al amorreo, al cananeo, al hitita, al fereceo, al heveo y al jebuseo. No hagas pacto alguno con los habitantes de la tierra en la que vas a entrar, para que no te hagan caer en sus redes. Antes bien, destruid sus altares, romped sus estelas, destrozad sus cipos. No adorarás a otro Dios, porque el nombre del Señor es Celoso y él es un Dios celoso. No harás pacto alguno con los habitantes de la tierra, no sea que ellos, al prostituirse ante sus dioses para ofrecerles sacrificios, te inviten y comas de sus sacrificios. No tomarás de entre sus hijas mujeres para tus hijos, pues ellas se prostituirán ante sus dioses y arrastrarán a tus hijos a prostituirse también ante ellos. No te fabricarás dios alguno de metal fundido. Guardarás la fiesta de los panes sin levadura. Siete días comerás panes sin levadura, como te he mandado, en el tiempo prefijado del mes de abib, porque en el mes de abib saliste de Egipto. Todo primogénito me pertenece, y también todo primer nacido macho de tus ganados, ovejas o vacas. El primogénito del asno lo rescatarás con un cordero; y si no lo rescatas, lo desnucarás. Rescatarás todo primogénito entre tus hijos, y nadie se presentará ante mí con las manos vacías. Seis días trabajarás y en el séptimo descansarás; descansarás incluso en tiempo de la labranza y de la siega. Guardarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo y la fiesta de la recolección al terminar el año. Tres veces al año todo varón se presentará ante el Señor, Dios de Israel. Yo echaré a las naciones delante de ti, ensancharé tus fronteras y nadie codiciará tu tierra cuando subas a presentarte ante el Señor, tu Dios, tres veces al año. No ofrecerás con pan fermentado la sangre de mi sacrificio, ni permanecerá hasta la mañana siguiente la víctima de la fiesta de la pascua. Llevarás a la casa del Señor, tu Dios, lo más florido de las primicias de tu tierra. No cocerás un cabrito en la leche de su madre". El Señor dijo a Moisés: "Escribe estas palabras, porque en base a ellas yo hago alianza contigo y con Israel". Moisés estuvo arriba con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber. Y el Señor escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras. Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí trayendo en sus manos las dos tablas de la ley, no sabía que la tez de su cara se había vuelto radiante durante sus conversaciones con el Señor. Aarón y todos los israelitas, al ver a Moisés, notaron que su rostro resplandecía, y no se atrevieron a acercarse a él. Moisés los llamó; Aarón y los jefes de la comunidad se acercaron a él, y Moisés les habló. Después se acercaron a él todos los israelitas, y Moisés les ordenó todo lo que le había dicho el Señor en la montaña del Sinaí. Y cuando terminó de hablar con ellos, se puso un velo en la cara. Cada vez que Moisés entraba en la presencia del Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía y, una vez afuera, comunicaba a los israelitas todo lo que se le había ordenado. Los israelitas dirigían su mirada a la cara de Moisés y veían su piel radiante. Y Moisés volvía a poner el velo en su cara hasta que entraba de nuevo a hablar con el Señor. Moisés reunió a toda la asamblea de los israelitas y les dijo: "Éstas son las órdenes del Señor: Seis días se trabajará, pero el séptimo será para vosotros un día sagrado, el sábado, descanso absoluto en honor del Señor. Todo el que trabaje en ese día, será condenado a muerte. No encenderéis fuego en vuestras casas el día del sábado". Moisés dijo a toda la asamblea de los israelitas: "Éstas son las órdenes del Señor: Ofreced de vuestros bienes un tributo al Señor. Todo corazón generoso ofrecerá un tributo al Señor: oro, plata y bronce, púrpura violeta, escarlata y carmesí, lino fino y pelo de cabra, pieles de carnero teñidas en rojo, pieles de tejón y madera de acacia, aceite para el candelabro, aromas para el óleo de la unción y el incienso perfumado, piedras de ónice y de engaste para el efod y el pectoral. Que los hombres habilidosos acudan para ejecutar todo lo que el Señor ha ordenado: el tabernáculo, su tienda y su cubierta, sus anillos y sus tablones, sus barras, sus columnas y sus lazos, el arca y sus barras, el propiciatorio y el velo de separación, la mesa con sus barras y todos sus utensilios y los panes de la proposición, el candelabro con sus utensilios, sus lámparas y el aceite; el altar de los perfumes y sus barras; el óleo de la unción y el incienso perfumado y la cortina de entrada al tabernáculo; el altar de los holocaustos y su enrejado de bronce, sus barras y todo su instrumental, y la pila con su pie; las cortinas del atrio, sus columnas y sus basas y la cortina de entrada al atrio; las estacas del tabernáculo y del atrio con sus cuerdas; las vestiduras preciosas para el servicio del santuario, las vestiduras sagradas para el sacerdote Aarón y las vestiduras de sus hijos para los ministerios sacerdotales". Toda la asamblea de los israelitas se retiró de la presencia de Moisés. Y todos los voluntarios, todos los de corazón generoso, vinieron con sus tributos al Señor, para la obra de la tienda de la reunión, para todo su servicio y para las vestiduras sagradas. Vinieron hombres y mujeres. Todos los generosos de corazón trajeron arillos y pendientes, anillos y cadenillas, brazaletes y toda clase de objetos de oro. Cada uno presentó al Señor una ofrenda de oro. Todos los que tenían púrpura violeta, escarlata y carmesí, lino, pelo de cabra, pieles de cordero teñidas en rojo y pieles de tejón, las trajeron. El que podía ofrecer tributo de plata o bronce, lo trajo como tributo al Señor; y quien tenía madera de acacia, útil para cualquier trabajo, la trajo también. Toda mujer habilidosa hilaba con sus manos y traía sus hilados de púrpura violeta, escarlata y carmesí y lino fino. Todas las mujeres que sabían hilar, hilaron los pelos de cabra. Los jefes del pueblo trajeron las piedras de ónice y de engaste para el efod y el pectoral; los aromas y el aceite para el candelabro, para el óleo de la unción y para el perfume aromático. De este modo todos los hombres y mujeres que se sintieron generosos en contribuir a las obras que el Señor había mandado hacer a Moisés trajeron sus ofrendas voluntarias al Señor. Moisés dijo a los israelitas: "Mirad, el Señor ha llamado por su nombre a Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, y le ha llenado del espíritu de Dios, de sabiduría, inteligencia y habilidad para toda suerte de trabajos; para hacer proyectos y realizarlos en oro, plata y bronce, para grabar piedras de engaste, para tallar la madera y para llevar a cabo toda clase de trabajos. Ha dado también el don de enseñanza a él y a Oholiab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan. Los ha llenado de habilidad para ejecutar toda obra de engaste, de ebanistería, recamado y tejido en púrpura violeta, escarlata y carmesí, y lino para proyectar y realizar toda clase de trabajos. Besalel, Oholiab y todos los hombres expertos, en los que el Señor ha puesto habilidad e inteligencia para toda clase de trabajos, ejecutarán toda la obra del santuario, según lo ha ordenado el Señor Moisés llamó a Besalel, a Oholiab y a todos los hombres que el Señor había dotado de sabiduría y se habían ofrecido voluntariamente a colaborar en la obra. Recibieron de manos de Moisés todas las ofrendas que los israelitas habían traído para la construcción del santuario. Los israelitas seguían llevando espontáneamente sus ofrendas todas las mañanas; tanto que los artífices que llevaban a cabo la obra del santuario, interrumpiendo su tarea, se presentaron a Moisés y le dijeron: "El pueblo trae mucho más de lo que es preciso para la realización de la obra que el Señor ha mandado hacer". Entonces Moisés dispuso que se corriera esta orden por el campamento: "Nadie traiga más ofrendas para el santuario". Así se impidió al pueblo hacer nuevas aportaciones, porque tenían ya material suficiente, y aun sobrante, para la obra que había de hacerse. Los más hábiles entre los participantes en la obra fabricaron el tabernáculo con diez cortinas de lino fino trenzado con púrpura violeta, escarlata y carmesí, artísticamente recamado, con figuras de querubines. Cada cortina medía doce metros y medio de largo por dos de ancho. La misma medida para todas. Juntaron las cortinas una con otra en dos conjuntos de a cinco. Pusieron los lazos color violeta en el borde de las dos cortinas que terminaban cada uno de los dos conjuntos. Cincuenta lazos en cada una, correspondiéndose los lazos entre sí. Hicieron cincuenta corchetes de oro, y con ellos unieron las cortinas entre sí, de modo que el tabernáculo formaba un solo cuerpo. Hicieron once cortinas de pelo de cabra, a modo de tienda sobre el tabernáculo; cada cortina medía quince metros de largo por dos de ancho. La misma medida para las once. Y las unieron en dos conjuntos, el primero de cinco y el segundo de seis. Pusieron cincuenta lazos en el borde de cada una de las dos cortinas que terminaban ambos conjuntos. Hicieron cincuenta garfios de bronce, con los que juntaron la tienda formando un solo cuerpo. Hicieron para la tienda una cubierta de pieles de carnero teñidas en rojo, y sobre ella otra de pieles de tejón. Hicieron para el tabernáculo los tablones de madera de acacia puestos de pie. Cada uno de cinco metros de largo por setenta y cinco centímetros de ancho. Cada tablón, con dos espigas unidas entre sí; así se hicieron todos los tablones del tabernáculo. Los colocaron así: veinte para el lado sur; y debajo de ellos pusieron cuarenta basas de plata, dos debajo de cada uno, para sus espigas. Otros veinte para el lado norte, con sus cuarenta basas de plata, dos debajo de cada uno. En el fondo del tabernáculo, en su parte oeste, seis tablones, más otros dos para los ángulos de atrás. Éstos eran dobles de abajo arriba hasta el primer anillo. Así dos tablones para los ángulos. Eran en total ocho tablones con dieciséis basas de plata, dos debajo de cada tablón. Hicieron también travesaños de madera de acacia, cinco para los tablones de uno de los lados del tabernáculo, cinco para los del otro y otros cinco para los del fondo, en la parte oeste, y el travesaño de en medio, que pasaba a la mitad de la altura de los tablones de un extremo a otro. Recubrieron los tablones de oro, hicieron también de oro sus anillos para pasar por ellos las barras, asimismo recubiertas de oro. Hicieron el velo de lino fino trenzado, artísticamente recamado, de púrpura violeta, escarlata y carmesí, con figuras de querubines. Hicieron para él cuatro columnas de acacia con sus garfios de oro. Las recubrieron de oro y fundieron para ellas cuatro basas de plata. Hicieron para la entrada de la tienda una cortina de lino fino trenzado, artísticamente recamada, de púrpura violeta, escarlata y carmesí. Llevaba cinco columnas con sus respectivos garfios y con sus capiteles y anillos recubiertos de oro. Sus cinco basas estaban recubiertas de bronce. Besalel hizo el arca de madera de acacia, de un metro y veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco centímetros de ancho y setenta y cinco de alto. La recubrió de oro puro por dentro y por fuera, y le hizo una moldura. Fundió para ella cuatro anillos de oro para sus cuatro pies, dos a un lado y dos a otro. Hizo las barras de madera de acacia, las recubrió de oro y las pasó por los anillos de los lados del arca para poder llevarla. Hizo el propiciatorio de oro puro, de un metro y veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco centímetros de ancho. Los dos querubines, de oro batido, los puso en los dos extremos del propiciatorio, uno en cada extremo, formando un solo cuerpo con él con las alas extendidas hacia arriba, cubriendo con ellas el propiciatorio, y sus rostros uno frente al otro, mirando al propiciatorio. Hizo la mesa de madera de acacia, de un metro de larga por medio de ancha y setenta y cinco centímetros de alta. La recubrió de oro y le hizo una moldura de oro todo alrededor. Añadió también en su alrededor un travesaño de oro de veinticinco centímetros de ancho con una moldura de oro. Fundió para ella cuatro anillos de oro, que colocó en las esquinas de las cuatro patas. Estos anillos, por donde pasaban las barras para transportarla, estaban junto al travesaño. Las barras para llevarla las hizo de madera de acacia y las recubrió de oro. Hizo la vajilla de la mesa, platos, cucharas, copas y tazas para las libaciones, todo ello de oro puro. Hizo el candelabro de oro puro forjado; su base, fuste, copas, cálices y pétalos hacían un solo cuerpo. Seis brazos salían de sus lados, tres de uno y tres de otro. Cada brazo tenía tres copas en forma de flor de almendro, con su cáliz y pétalos; los seis brazos, que arrancaban del fuste del candelabro, eran iguales. El fuste del candelabro tenía cuatro copas en forma de flor de almendro con su cáliz y pétalos; cada una de las tres parejas de brazos tenía un cáliz en su parte inferior; los seis exactamente igual. Los cálices y los brazos hacían un solo cuerpo con el candelabro, y todo el conjunto era de oro puro forjado. Hizo las siete lámparas con sus despabiladeras y sus platillos de oro puro. Empleó treinta y tres kilos de oro puro para hacer el candelabro y sus utensilios. Hizo el altar de los perfumes de madera de acacia, de medio metro de largo por medio de ancho, o sea, cuadrado, y un metro de alto. Sus cuernos formaban un solo cuerpo en el altar. Recubrió de oro puro su mesa, sus lados todo alrededor y sus cuernos. Le hizo alrededor una moldura de oro y, por debajo de ella, a sus dos flancos, le hizo dos anillos de oro por donde se pasaban las barras para transportarlo. Éstas las hizo de madera de acacia y las recubrió de oro. Hizo luego el óleo de la unción y el incienso perfumado, trabajo de perfumista. Hizo el altar de los holocaustos de madera de acacia, cuadrado, de dos metros y medio de largo por dos y medio de ancho y uno y medio de alto. Le puso cuernos a sus cuatro lados, formando un solo cuerpo, y lo recubrió de bronce. Hizo también todos sus utensilios, calderos, paletas, aspersorios, tenazas y braseros, todo de bronce. Le hizo, además, un enrejado de bronce en forma de red por debajo del reborde, desde abajo hasta la mitad del altar. Fundió cuatro anillos para las cuatro aristas del enrejado de bronce para pasar por ellos las barras. Éstas las hizo de madera de acacia y las recubrió de oro, y las pasó por los anillos de los cuatro ángulos del altar para llevarlo con ellas. El altar lo hizo hueco, de tablas. Hizo de bronce la pila y su pie, con los espejos de las mujeres que velaban a la entrada de la tienda de la reunión. Hizo el atrio. En el lado sur llevaba cincuenta metros de cortinas de lino fino trenzado y veinte columnas con sus respectivas basas de bronce. Los garfios de las columnas y sus anillos eran de plata. En el lado norte llevaba cincuenta metros de cortinas y veinte columnas con sus respectivas basas de bronce. Los garfios de las columnas y sus anillos eran de plata. En el lado oeste llevaba veinticinco metros de cortinas y diez columnas con sus respectivas basas. Los garfios de las columnas y sus anillos eran de plata. En el lado este llevaba veinticinco metros de cortinas; siete metros y medio de cortinas con sus tres columnas y sus tres basas, en cada uno de sus dos lados. Todas las cortinas del atrio, en todos sus lados, eran de lino fino trenzado; las basas para las columnas eran de bronce; sus garfios y sus anillos y la moldura de sus capiteles, de plata. Todas las columnas del atrio llevaban anillos de plata. En la entrada del atrio había una cortina en púrpura violeta, escarlata y carmesí, de lino fino trenzado, artísticamente recamado, de diez metros de larga por dos y medio de alta, igual que las cortinas del atrio. Sus cuatro columnas y sus cuatro basas eran de bronce; y los garfios, el revestimiento de sus capiteles y los anillos, de plata. Todas las estacas del tabernáculo y del recinto del atrio eran de bronce. Ésta es la suma de lo empleado para el tabernáculo; el tabernáculo del testimonio, llevado a cabo por los levitas por orden de Moisés y bajo la dirección de Itamar, hijo de Aarón, el sacerdote. Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, hizo todo lo que el Señor había ordenado a Moisés, juntamente con Oholiab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan, herrero, diseñador y bordador de púrpura violeta, escarlata y carmesí, y lino. Todo el oro empleado en la obra para la construcción del santuario, procedente de las ofrendas, fue de unos mil ciento cincuenta y cinco kilos, según el peso del santuario. La plata recogida en el censo de la comunidad sumó unos tres mil seiscientos veinte kilos, según el peso del santuario. Seis gramos por cabeza, según el peso del santuario, para los sujetos al censo, de veinte años para arriba, que sumaban seiscientos tres mil quinientos cincuenta. Unos tres mil cuatrocientos cincuenta kilos de plata se gastaron en la fundición de las basas del santuario y de la cortina, cien basas, a treinta y cuatro kilos y medio por basa. Con el resto se hicieron los garfios de las columnas, se recubrieron de oro sus capiteles y se las rodeó de anillos. El bronce de las ofrendas ascendió a unos dos mil cuatrocientos treinta kilos. Con ellos se hicieron las basas de la entrada de la tienda de la reunión, el altar de bronce con su enrejado y todos sus utensilios, las basas del recinto del atrio, las de la puerta del atrio y todas las estacas del tabernáculo y del recinto del atrio. De púrpura violeta, escarlata y carmesí confeccionaron las vestiduras preciosas para el servicio del santuario y las vestiduras sagradas de Aarón, según el Señor había ordenado a Moisés. Hicieron el efod de oro y de lino fino trenzado, en púrpura violeta, escarlata y carmesí. Machacaron el oro, haciéndolo láminas, que cortaron en hilos para entrelazarlos, en púrpura violeta, escarlata y carmesí, y lino fino trenzado, artísticamente recamado. Le hicieron las hombreras de acoplamiento, con las cuales quedaban sujetas las dos puntas del efod, y el cinturón para sujetarlo por encima, formando una sola pieza con él, del mismo trabajo: oro, púrpura violeta, escarlata y carmesí, y lino fino trenzado, como el Señor había mandado a Moisés. Tallaron las piedras de ónice, encajadas en engarces de oro, y en ellas grabaron los nombres de los israelitas, al modo como se graban los sellos, y las pusieron sobre las hombreras del efod, como recuerdo para los israelitas, como el Señor había ordenado a Moisés. Hicieron el pectoral de la misma manera que el efod, de oro y lino fino trenzado, artísticamente recamado en púrpura violeta, escarlata y carmesí. Era cuadrado y doble, de veintidós centímetros de lado. Engastaron en él cuatro filas de piedras: en la primera fila, un sardonio, un topacio y una esmeralda; en la segunda, un rubí, un zafiro y un diamante; en la tercera, un jacinto, una ágata y una amatista; en la cuarta, un crisólito, un ónice y un jaspe. Todas ellas encajadas en engarces de oro. Las piedras eran doce, según los nombres de las doce tribus de Israel, grabadas al modo como se graban los sellos, cada una con su nombre, según las doce tribus. Hicieron cadenillas entrelazadas a modo de cordón, de oro puro, dos engarces de oro y dos anillos de oro, que pusieron en los dos extremos del pectoral. Pasaron las dos cadenillas por los dos anillos en los dos extremos del pectoral, y sus dos puntas las fijaron en los dos engarces de las hombreras del efod, en su parte delantera. Hicieron otros dos anillos de oro, que pusieron en las dos puntas inferiores del pectoral, en el borde interior que queda junto al efod. Y otros dos anillos más, de oro, que colocaron en las hombreras del efod en su parte inferior delantera, a ras de la juntura, por encima del cinturón del efod. Sujetaron el pectoral, uniendo sus anillos a los anillos del efod con un cordón de púrpura violeta para que quedase sujeto por encima del cinturón del efod y no se desprendiese de él, como el Señor había mandado a Moisés. Hicieron el manto del efod todo de púrpura violeta, con una abertura en medio como la de una coraza, con un dobladillo de fino tejido para que no se deshilachase. Adornaron el vuelo inferior con granadas de lino fino trenzado, en púrpura violeta, escarlata y carmesí. Y alternando con ellas, todo alrededor, campanillas de oro, una campanilla y una granada, y así sucesivamente, en la orla del manto, para oficiar, como el Señor había ordenado a Moisés. Para Aarón y sus hijos hicieron las túnicas de lino fino, la tiara, los adornos de los turbantes, los calzones y el cinturón, también de lino fino, artísticamente recamado en púrpura violeta, escarlata y carmesí, como el Señor había mandado a Moisés. Hicieron de oro puro la lámina de la santa diadema; grabaron en ella, como se graban los sellos: "Consagrado al Señor", y la sujetaron, con un cordón de púrpura violeta, en lo alto, sobre la tiara, como el Señor había mandado a Moisés. Así se llevó a cabo toda la obra del santuario, o sea, la tienda de la reunión. Los israelitas habían ejecutado todo lo que el Señor había mandado a Moisés. Entonces presentaron a Moisés el tabernáculo, la tienda y todos sus utensilios: los garfios, las barras, los travesaños, las columnas, las basas, la cubierta de pieles de carnero teñidas en rojo, la cubierta de pieles de tejón y el velo de separación; el arca del testimonio con sus barras y el propiciatorio; la mesa con toda su vajilla y los panes de la proposición; el candelabro de oro con sus lámparas ordenadamente dispuestas y todos sus utensilios y aceite para las lámparas; el altar de oro; el óleo de la unción, el incienso perfumado y la cortina para la entrada del tabernáculo; el altar de bronce con su enrejado también de bronce, sus barras y todo su instrumental, y la pila con su pie; las cortinas del atrio, sus columnas y sus basas; la cortina de la entrada del atrio, sus cuerdas y sus estacas y todos los utensilios del servicio del tabernáculo para la tienda de la reunión; las vestiduras preciosas para el ministerio en el lugar sagrado y las vestiduras sagradas de Aarón y de sus hijos para ejercer el sacerdocio. Los israelitas habían ejecutado todos los trabajos tal y como el Señor había mandado a Moisés. Éste examinó después toda la obra, y constató que los israelitas la habían ejecutado como el Señor se lo había mandado; y Moisés los bendijo. El Señor habló a Moisés así: "El día primero del primer mes levantarás el tabernáculo de la tienda de la reunión y pondrás en él el arca del testimonio, que cubrirás con el velo. Pondrás en él la mesa, sobre la que ordenarás su menaje; llevarás también el candelabro y pondrás en él las lámparas. Pondrás el altar de oro para el perfume delante del arca del testimonio y colgarás la cortina de la entrada del tabernáculo. Pondrás el altar de los holocaustos delante del tabernáculo de la tienda de la reunión. Pondrás la pila entre la tienda de la reunión y el altar y echarás agua en ella. evantarás el atrio en derredor y colgarás la cortina de la entrada del atrio. Tomarás el óleo de la unción y ungirás el tabernáculo y todo lo que hay en él; lo consagrarás y será el altar santísimo. Ungirás también el altar de los holocaustos con todo su instrumental, lo consagrarás y será altar santísimo. Ungirás asimismo la pila con su pie y la consagrarás. Después harás venir a Aarón y a sus hijos ante la puerta de la tienda de la reunión y los lavarás con agua. Revestirás a Aarón con las vestiduras sagradas, le ungirás y le consagrarás para que ejerza el sacerdocio en mi servicio. Harás que se acerquen sus hijos y los revestirás con sus túnicas. Luego los ungirás, como has ungido a su padre, para que ejerzan el sacerdocio en mi servicio. Y su unción les conferirá el sacerdocio perpetuamente por todas sus generaciones". Y Moisés lo llevó todo a cabo; como se lo había mandado el Señor, así lo hizo. El día uno del primer mes del año segundo quedó levantado el tabernáculo; lo instaló Moisés poniendo los tablones, las barras, los travesaños, y levantó las columnas. Desplegó la tienda sobre el tabernáculo y puso sobre ella la cubierta, como el Señor le había mandado. Tomó el testimonio, y lo metió dentro del arca, a la que acomodó sus barras, y encima de ella colocó el propiciatorio. Llevó el arca al tabernáculo y colgó el velo de separación, ocultando el arca del testimonio, como el Señor se lo había mandado. Puso la mesa en la tienda de la reunión, al lado norte del tabernáculo, por fuera del velo, y colocó ordenadamente sobre ella los panes de la proposición ante la presencia del Señor, como el Señor le había mandado a Moisés. Puso el candelabro en la tienda de la reunión, frente a la mesa, al lado sur del tabernáculo, y colocó en él las lámparas, como el Señor le había mandado. Puso el altar de oro en la tienda de la reunión delante del velo y quemó en él el incienso perfumado, como el Señor le había mandado. Colgó la cortina de la entrada del tabernáculo. Puso el altar de los holocaustos a la entrada del tabernáculo de la tienda de la reunión y en él ofreció el holocausto y la ofrenda, como el Señor le había mandado. Puso la pila entre la tienda de la reunión y el altar, echó agua en ella para lavarse y en ella se lavaron manos y pies Moisés, Aarón y sus hijos. Cada vez que entraban en la tienda de la reunión y se acercaban al altar, se lavaban, como el Señor había mandado a Moisés. Levantó finalmente el atrio en torno al tabernáculo y al altar y colgó la cortina de la entrada del atrio. Así completó Moisés toda la obra. Entonces la nube cubrió la tienda de la reunión, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo. Moisés no podía entrar en la tienda de la reunión, porque la nube se había posado encima y la gloria del Señor llenaba el tabernáculo. Cuando la nube se alzaba del tabernáculo, los israelitas emprendían la marcha para cubrir cada una de las etapas de su viaje. Si la nube no se alzaba, no se ponían en marcha hasta que se alzase. La nube del Señor se posaba de día sobre el tabernáculo, y durante la noche brillaba como fuego a la vista de toda la casa de Israel en todas las etapas del viaje. El Señor llamó a Moisés y le habló desde la tienda de la reunión: "Di a los israelitas: Cuando alguno de vosotros quiera hacer una ofrenda al Señor, podrá hacerla en animales, ganado mayor o menor. Si su ofrenda es un holocausto de ganado mayor, ofrecerá un macho sin defecto, el cual debe ser presentado en la puerta de la tienda de la reunión, para que el Señor lo acepte. Pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima, para que sea aceptada como expiación en favor suyo. Inmolará la res delante del Señor, y los hijos de Aarón, los sacerdotes, ofrecerán la sangre, derramándola en torno del altar que se encuentra a la entrada de la tienda de la reunión. Degollará luego la víctima, la descuartizará, y los hijos de Aarón, los sacerdotes, pondrán fuego sobre el altar, dispondrán leña sobre el fuego y acomodarán los trozos, con la cabeza y las grasas, encima de la leña colocada sobre el fuego del altar. Lavará con agua las entrañas y las patas, y el sacerdote lo quemará todo sobre el altar: es un holocausto, una ofrenda quemada, un perfume agradable al Señor. Si su ofrenda es un holocausto de ganado menor, ovejas o cabras, ofrecerá un macho sin defecto. Lo inmolará al lado norte del altar delante del Señor, y los hijos de Aarón, los sacerdotes, derramarán la sangre en torno del altar. Lo descuartizará, y el sacerdote dispondrá los trozos, con la cabeza y las grasas, sobre la leña colocada encima del fuego del altar. Lavará con agua las entrañas y las patas, y el sacerdote lo quemará todo sobre el altar: es un holocausto, una ofrenda quemada, un perfume agradable al Señor. Si su ofrenda al Señor es un holocausto de aves, ofrecerá tórtolas o pichones. El sacerdote presentará la víctima en el altar, le arrancará la cabeza, que quemará sobre el altar, y exprimirá su sangre sobre la pared del altar; le quitará el papo y las plumas, y lo arrojará al lado este del altar, en el lugar de las cenizas. Partirá el animal en dos mitades, un ala por cada lado, sin separarlas totalmente, y el sacerdote lo quemará sobre la leña que arde encima del fuego que está sobre el altar: es un holocausto, una ofrenda quemada, un perfume agradable al Señor. Cuando alguien quiera hacer una ofrenda al Señor, será de flor de harina, sobre la cual derramará aceite y pondrá incienso. La presentará a los hijos de Aarón, los sacerdotes; tomará un puñado de flor de harina con aceite y todo el incienso, y el sacerdote lo quemará sobre el altar como memorial. Es una ofrenda quemada, un perfume agradable al Señor. El resto de la ofrenda será para Aarón y sus hijos, como parte santa de la ofrenda quemada en honor del Señor. Cuando quieras hacer una ofrenda de pasta cocida en el horno, será de flor de harina en forma de hogazas, sin levadura, amasadas en aceite, u hojaldres sin levadura empapados en aceite. Si tu ofrenda está asada en la plancha, será de flor de harina amasada con aceite, sin levadura. La dividirás en trozos y derramarás aceite encima: es una ofrenda. Si tu ofrenda está frita en la sartén, será de flor de harina preparada con aceite. Llevarás la ofrenda preparada de esta manera al Señor: la presentarás al sacerdote, que la acercará al altar. El sacerdote separará de la ofrenda una parte como memorial y lo quemará sobre el altar. Es una ofrenda quemada, un perfume agradable al Señor. El resto de la ofrenda será para Aarón y sus hijos, como parte santa de la ofrenda quemada en honor del Señor. Ninguna ofrenda que hagáis al Señor deberá estar preparada con levadura, pues ni el fermento ni la miel pueden ser quemados en honor del Señor. Éstos pueden ser presentados al Señor como ofrenda de primicias, pero nunca podrán subir al altar como perfume agradable al Señor. Echarás sal en todas las oblaciones que ofrezcas; no dejarás nunca de echar en la ofrenda la sal de la alianza con tu Dios; todas tus ofrendas llevarán sal. Si haces al Señor una ofrenda de primicias, será de espigas tostadas al fuego o una pasta de granos triturados; sobre ellas derramarás el aceite y pondrás el incienso: es una ofrenda. Como memorial, el sacerdote quemará una parte de los granos triturados, el aceite con todo el incienso. Es una ofrenda quemada en honor del Señor. Cuando alguien quiera ofrecer un sacrificio de reconciliación, si se trata de ganado mayor, ofrecerá delante del Señor una res sin defecto, macho o hembra. Pondrá la mano sobre la cabeza de la víctima y la inmolará a la entrada de la tienda de la reunión. Los hijos de Aarón, los sacerdotes, derramarán la sangre en torno al altar. De este sacrificio de reconciliación ofrecerá al Señor, como ofrenda quemada, la grasa que recubre las entrañas y la que hay sobre ellas; los dos riñones con la grasa que los envuelve, la grasa que envuelve los lomos y la sabanilla que habrá separado del hígado y los dos riñones. Los hijos de Aarón lo quemarán en el altar encima del holocausto colocado sobre la leña que arde sobre el fuego. Es una ofrenda quemada, un perfume agradable al Señor. Cuando su ofrenda al Señor sea un sacrificio de reconciliación, si se trata de ganado menor, ofrecerá una res sin defecto, macho o hembra. Si su ofrenda es un cordero, lo presentará delante del Señor, pondrá la mano sobre la cabeza de la víctima, la inmolará delante de la tienda de la reunión y los hijos de Aarón derramarán la sangre en torno del altar. De este sacrificio de reconciliación ofrecerá al Señor, como ofrenda quemada, las grasas: la cola entera cortada desde la rabadilla, la grasa que recubre las entrañas y la que hay sobre ellas; los dos riñones, con la grasa que los envuelve, y la que envuelve los lomos y la sabanilla que habrá separado del hígado y de los riñones. El sacerdote lo quemará sobre el altar. Es un alimento quemado en honor del Señor. Si su ofrenda es una cabra, la ofrecerá delante del Señor, pondrá la mano sobre su cabeza, la inmolará delante de la tienda de la reunión y los hijos de Aarón derramarán la sangre en torno del altar. De ella presentará, para ofrenda quemada en honor del Señor, la grasa que recubre las entrañas y la que hay sobre ellas; los dos riñones, con la grasa que los envuelve; la grasa que envuelve los lomos y la sabanilla que habrá separado del hígado y los riñones. El sacerdote lo quemará sobre el altar. Es un alimento quemado, un perfume agradable. Las grasas pertenecen en su totalidad al Señor. Ésta será ley perpetua para todas vuestras generaciones dondequiera que habitéis: nunca comeréis ni las grasas ni la sangre". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Si alguien peca involuntariamente contra alguno de los mandamientos del Señor haciendo lo que está prohibido, se hará lo siguiente: a) Del sacerdote Si el que peca es el sacerdote consagrado por la unción, haciendo así culpable a todo el pueblo, ofrecerá al Señor por el pecado cometido un novillo sin defecto como sacrificio por el pecado. Llevará el novillo delante del Señor a la entrada de la tienda de la reunión, le pondrá la mano sobre la cabeza y lo inmolará delante del Señor. El sacerdote consagrado por la unción tomará parte de la sangre del novillo, la llevará a la tienda de la reunión, mojará el dedo en la sangre y hará siete aspersiones hacia el velo del santuario delante del Señor; pondrá parte de ella sobre los cuernos del altar de los perfumes, que está delante del Señor en la tienda de la reunión, y derramará toda la sangre restante del novillo al pie del altar de los holocaustos, que se encuentra a la entrada de la tienda de la reunión. Tomará todas las grasas del novillo del sacrificio, la grasa que recubre las entrañas y la que hay sobre ellas; los riñones con la grasa que los envuelve, y la que envuelve los lomos y la sabanilla que habrá separado del hígado y los riñones, de la misma manera que fue tomada en el novillo del sacrificio de reconciliación, y el sacerdote lo quemará sobre el altar de los holocaustos. La piel del novillo y toda su carne, la cabeza y las patas, las entrañas y los excrementos, todo lo que queda del novillo, será llevado fuera del campamento a un lugar puro, donde se tiran las cenizas, y allí será quemado sobre la leña; será quemado en el lugar donde se tiran las cenizas. b) De la comunidad de Israel. Si ha sido toda la comunidad de Israel la que ha pecado por inadvertencia y la que se ha hecho culpable traspasando, sin darse cuenta, algo de lo prohibido por la ley del Señor, cuando sea descubierto el pecado cometido, la comunidad ofrecerá un novillo en sacrificio por el pecado, lo llevarán delante de la tienda de la reunión, los ancianos de la comunidad pondrán sus manos sobre la cabeza del novillo delante del Señor, y el novillo será inmolado delante del Señor. El sacerdote consagrado por la unción llevará parte de la sangre del novillo a la tienda de la reunión, mojará el dedo en la sangre y hará siete aspersiones hacia el velo del santuario delante del Señor; pondrá parte de ella sobre los cuernos del altar que se encuentra delante del Señor en la tienda de la reunión, y derramará toda la sangre restante al pie del altar de los holocaustos, que está a la entrada de la tienda de la reunión. Tomará todas las grasas del novillo y las quemará sobre el altar; hará con este novillo lo mismo que hizo con el ofrecido en sacrificio por el pecado; así hará con él. El sacerdote hará el rito de absolución sobre la comunidad, y a ésta le será perdonado el pecado. El novillo será llevado fuera del campo, y será quemado en la misma manera que lo había sido el anterior: tal es el sacrificio por el pecado de la comunidad. c) De un jefe. Si peca por inadvertencia un jefe y se hace culpable obrando contra alguna de las prohibiciones del Señor, su Dios, cuando le hayan hecho caer en la cuenta del pecado cometido, presentará como ofrenda un macho cabrío sin defecto. Pondrá su mano sobre la cabeza del macho cabrío y lo inmolará en el lugar donde se inmolan los holocaustos delante del Señor. Es un sacrificio por el pecado. El sacerdote tomará con su dedo de la sangre de la víctima, untará con ella los cuernos del altar de los holocaustos y derramará toda la sangre restante al pie del mismo altar. Luego quemará todas las grasas sobre el altar, como había hecho con las grasas del sacrificio de reconciliación. El sacerdote hará el rito de absolución por el jefe, a quien se le perdonará el pecado. d) De un hombre del pueblo. Si es un hombre del pueblo el que peca por inadvertencia y quien se hace culpable obrando contra alguna de las prohibiciones del Señor, cuando haya caído en la cuenta del pecado cometido, presentará como ofrenda por su transgresión una cabra sin defecto. Pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima y la inmolará en el lugar donde se inmolan los holocaustos. El sacerdote tomará con su dedo de la sangre, untará con ella los cuernos del altar de los holocaustos y derramará toda la sangre restante al pie del altar. Arrancará luego todas las grasas, como se arrancan en el sacrificio de reconciliación, y el sacerdote las quemará sobre el altar en perfume agradable al Señor. El sacerdote hará el rito de absolución sobre este hombre, que alcanzará el perdón por su pecado. Si quiere ofrecer un cordero como sacrificio por el pecado, presentará una hembra sin defecto. Pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima y la inmolará en sacrificio por el pecado en el lugar donde se inmolan los holocaustos. El sacerdote tomará con el dedo de la sangre del sacrificio por el pecado, untará con ella los cuernos del altar de los holocaustos y derramará toda la sangre restante al pie del altar. Arrancará luego todas las grasas, como se arrancan en el cordero del sacrificio de reconciliación, y el sacerdote las quemará en el altar sobre las ofrendas quemadas en honor del Señor. El sacerdote hará el rito de absolución sobre este hombre, que alcanzará el perdón de su pecado. Si alguno es citado a declarar como testigo sobre algo que ha visto u oído y se niega a declarar, peca y debe cargar con su culpa; si alguno contrae impureza tocando, aun sin darse cuenta, cualquier cosa impura: el cadáver de una bestia impura, de un animal impuro o de un reptil impuro, será culpable; si toca sin darse cuenta cualquier impureza humana cuyo contacto le hace impuro, al darse cuenta de ello será culpable; si uno hace a la ligera un juramento de hacer algo bueno o malo -uno de esos juramentos que se hacen sin pensar-, al darse cuenta será culpable; si de cualquiera de estas maneras se ha hecho culpable, confesará su culpa y presentará al Señor, en calidad de reparación por el pecado cometido, una hembra de ganado menor, oveja o cabra, en sacrificio por el pecado. El sacerdote hará sobre él el rito de absolución y se verá libre de su pecado. Si no está en su mano ofrecer ganado menor, presentará al Señor, como reparación por el pecado cometido, dos tórtolas o dos pichones, uno como sacrificio por el pecado y otro en holocausto. Los presentará al sacerdote, que ofrecerá primero el del sacrificio por el pecado; desgarrará la cabeza de la víctima junto a la nuca, sin separarla totalmente; con parte de su sangre rociará la pared del altar, y el resto lo exprimirá al pie de éste: es un sacrificio por el pecado. En cuanto al segundo, lo ofrecerá en holocausto según el ritual. El sacerdote hará sobre el interesado el rito de expiación por el pecado cometido, y éste le será perdonado. Si sus posibilidades no llegan tampoco al par de tórtolas o de pichones, presentará como ofrenda por su pecado cuatro kilos y medio de flor de harina sin mezclar aceite ni poner incienso, pues es un sacrificio por el pecado. Lo presentará al sacerdote, que tomará un puñado como memorial y lo quemará en el altar sobre las ofrendas quemadas en honor del Señor. Es un sacrificio por el pecado. El sacerdote hará sobre él el rito de absolución por el pecado cometido en una de las materias dichas, y éste le será perdonado. El sacerdote tendrá en este caso los mismos derechos que en el caso de las ofrendas". El Señor dijo a Moisés: "Si un individuo comete un sacrificio pecando por inadvertencia contra los derechos sagrados del Señor, presentará al Señor, como sacrificio de reparación, un carnero del ganado sin defecto, valorado y calculado en plata, según la tasa oficial del templo. Debe restituir lo defraudado más un veinte por ciento, que entregará al sacerdote. El sacerdote hará sobre él el rito de absolución con el carnero de la reparación por el pecado, y se le perdonará. Si uno falta haciendo por inadvertencia lo prohibido por la ley del Señor, se hace culpable; su culpa pesa sobre él, y deberá presentar al sacerdote como sacrificio de reparación un carnero del ganado sin defecto, según tu estimación. El sacerdote hará sobre él el rito de absolución por la culpa cometida sin darse cuenta, y ésta se le perdonará: es un sacrificio de reparación, porque este hombre era realmente culpable delante del Señor". El Señor dijo a Moisés: "Da estas prescripciones a Aarón y a sus hijos: Éste será el ritual del holocausto: el holocausto arderá sobre el brasero del altar toda la noche hasta la mañana, para que el fuego lo consuma: el sacerdote, revestido de la túnica y los calzones de lino, quitará la ceniza del fuego que ha consumido el holocausto sobre el altar y la pondrá a un lado del altar. Se cambiará luego las vestiduras y llevará la ceniza fuera del campamento a un lugar puro. El fuego permanecerá siempre encendido sobre el altar, sin apagarse nunca. El sacerdote añadirá cada mañana nueva leña, pondrá encima el holocausto y quemará las grasas de los sacrificios de reconciliación. El fuego debe permanecer siempre encendido sobre el altar, sin apagarse nunca "Éste será el ritual de la ofrenda: los hijos de Aarón la presentarán al Señor delante del altar. Uno de ellos tomará un puñado de flor de harina, con el aceite correspondiente y con todo el incienso, y lo quemará sobre el altar: memorial y perfume agradable al Señor. Aarón y sus hijos comerán lo restante en forma de panes sin levadura en lugar sagrado dentro del atrio de la tienda de la reunión. No será cocido con levadura. Se lo doy a ellos como parte de las ofrendas quemadas en mi honor: es una porción sacrosanta, como parte que queda del sacrificio por el pecado y del sacrificio de reparación. Todos los varones entre los hijos de Aarón lo podrán comer: es ley perpetua para vuestras generaciones. Todo el que lo toque quedará consagrado". El Señor dijo a Moisés: "Ésta será la ofrenda que Aarón y sus hijos harán al Señor el día de su consagración: cuatro kilos y medio de flor de harina como ofrenda perpetua, mitad por la mañana y mitad por la tarde. Será preparada a la plancha y mezclada con aceite; la presentarás en trozos como ofrenda de perfume agradable al Señor. Esta ofrenda será presentada por el sacerdote que sea consagrado entre los descendientes de Aarón. Es derecho perpetuo del Señor; será totalmente quemada. Toda ofrenda de sacerdote será totalmente quemada; no se comerá nada". 17 El Señor habló a Moisés: - - - "Di a Aarón y a sus hijos: Éste será el ritual del sacrificio por el pecado: la víctima será inmolada delante del Señor en el lugar donde se inmolan los holocaustos: es una cosa santísima. La comerá el sacerdote que la ha sacrificado; la comerá en lugar sagrado dentro del atrio de la tienda de la reunión. Todo cuanto toque la carne quedará consagrado. Si la sangre salpicare alguna vestidura, ésta será lavada en lugar sagrado. Si la vasija donde ha sido cocida es de barro, se romperá; y si es de bronce, será fregada y lavada con agua. Sólo podrán comerla los sacerdotes: es cosa santísima. No se podrá comer ninguna víctima de un sacrificio por el pecado, cuya sangre haya entrado en la tienda de la reunión para hacer el rito de absolución en el santuario: será quemada en el fuego". - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - "Éste será el ritual del sacrificio de reparación. Es cosa santísima. La víctima será inmolada en el lugar donde se inmolan los holocaustos, y la sangre será derramada en torno del altar. Serán ofrecidas todas sus grasas: la cola, la grasa que recubre las entrañas, los dos riñones, con la grasa que los envuelve y la que envuelve los lomos y la sabanilla que habrá separado del hígado y de los riñones. El sacerdote lo quemará sobre el altar: es una ofrenda quemada en honor del Señor. Es un sacrificio de reparación. Todos los sacerdotes podrán comer de él, pero en lugar sagrado, pues es cosa santísima". 7 "En el sacrificio por el pecado y en el de reparación, la ley es la misma: la víctima será del sacerdote que haya hecho el rito de absolución. - - - La piel de la víctima presentada por un hombre para ser ofrecida en holocausto será del sacerdote que la ofrezca. Toda ofrenda preparada al horno, a la plancha o en la sartén, será también del sacerdote que la ofrezca. Pero toda ofrenda, amasada en aceite o seca, será por igual para todos los hijos de Aarón". "Éste será el ritual del sacrificio de reconciliación que se ofrecerá al Señor: si el sacrificio es de acción de gracias, se ofrecerán también hogazas sin levadura, amasadas con aceite, hojaldres sin levadura empapados en aceite, y flor de harina mezclada en forma de tortas amasadas en aceite. Añadirá esta ofrenda a las hogazas de pan fermentado y al sacrificio de reconciliación ofrecido en acción de gracias. De cada ofrenda se reservará una porción como tributo al Señor, la cual será para el sacerdote que haya derramado la sangre del sacrificio de reconciliación. La carne del sacrificio de reconciliación ofrecido en acción de gracias deberá comerse el día mismo en que se ofrece, sin dejar nada para el día siguiente". "Si la víctima es ofrecida en cumplimiento de un voto o como ofrenda voluntaria, se comerá también el mismo día; pero las sobras podrán comerse al día siguiente. Si queda algo para el día tercero, será quemado en el fuego. Si se come al tercer día la carne del sacrificio de reconciliación, el oferente no será grato; su ofrenda no será tenida en cuenta, y el que haya comido de ella llevará el peso de su falta. La carne que haya tocado algo impuro, cualquier cosa que sea, no se podrá comer; deberá ser quemada. Cualquiera que esté puro podrá comer la carne; pero si alguno en estado de impureza come la carne del sacrificio de reconciliación ofrecido al Señor, será extirpado de su pueblo. El que después de haber tocado una impureza de hombre o animal o cualquier otra cosa impura coma de la carne del sacrificio de reconciliación ofrecido al Señor, será extirpado de su pueblo". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: No comeréis grasa alguna, ni de buey ni de oveja ni de cabra. Las grasas de un animal muerto o destrozado podréis emplearlas para cualquier uso, pero nunca comerlas. El que coma las grasas de los animales que se presentan al Señor como ofrendas quemadas, será extirpado de su pueblo. Dondequiera que habitéis, no comeréis sangre alguna, ni de ave ni de bestia. El que coma cualquier clase de sangre será extirpado de su pueblo". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: El que ofrezca al Señor un sacrificio de reconciliación, presentará al Señor como ofrenda una parte de su sacrificio. Presentará con sus propias manos la ofrenda que ha de ser quemada, a saber, las grasas y el pecho, para ofrecerlo con el rito de presentación delante del Señor. El sacerdote quemará las grasas sobre el altar, y el pecho será para Aarón y sus hijos. Daréis al sacerdote la pierna derecha, como tributo sobre vuestros sacrificios de reconciliación, la cual pertenecerá al hijo de Aarón que haya ofrecido las grasas y la sangre del sacrificio de reconciliación, puesto que el pecho de la presentación y la pierna reservada, que yo retengo para mí en los sacrificios de reconciliación de los hijos de Israel, se lo doy al sacerdote Aarón y a sus hijos: es ley perpetua para todas las generaciones". Ésa es la parte de Aarón y la de sus hijos sobre las ofrendas quemadas en honor del Señor, a partir del día en que el Señor los consagró como sacerdotes suyos. Esto es lo que el Señor exigió de los israelitas en favor de los sacerdotes desde el día de su consagración: es ley perpetua para todas las generaciones. Éste es el ritual del holocausto, de la ofrenda, del sacrificio por el pecado, del sacrificio de reparación, de la consagración y del sacrificio de reconciliación. Así se lo prescribió el Señor a Moisés en el monte Sinaí el día que ordenó a los israelitas en el desierto del Sinaí presentar sus ofrendas al Señor. El Señor dijo a Moisés: "Toma a Aarón, con sus hijos, las vestiduras, el óleo de la unción, el novillo para el sacrificio por el pecado, los dos carneros y la cesta de panes sin levadura, y convoca a toda la comunidad a la entrada de la tienda de la reunión". Moisés hizo según le había ordenado el Señor y, reunida toda la comunidad a la entrada de la tienda de la reunión, les dijo: "Esto es lo que el Señor manda hacer". Hizo que se acercaran Aarón y sus hijos, y los lavó con agua. Vistió a Aarón la túnica, le ciñó el cinturón, le puso el manto y encima le colocó el efod y se lo ajustó atándolo con la cinta del efod. Le puso el pectoral con los urim y los tummim, colocó sobre su cabeza el turbante y sobre éste, en la parte anterior, la lámina de oro, la diadema sagrada, como el Señor había ordenado a Moisés. Moisés tomó el óleo de la unción y ungió y consagró la morada y todo lo que había en ella. Hizo luego siete aspersiones sobre el altar, lo ungió y lo consagró con todos sus utensilios, la pila y su base. Derramó el óleo de la unción sobre la cabeza de Aarón, lo ungió y lo consagró. Hizo que se acercaran los hijos de Aarón, les vistió las túnicas, les ciñó los cinturones y les puso los turbantes, como el Señor había ordenado a Moisés. Hizo que llevaran el novillo para el sacrificio por el pecado, y Aarón y sus hijos pusieron las manos sobre su cabeza. Moisés lo inmoló y, mojando sus dedos en la sangre, untó con ella los cuernos del altar todo alrededor y lo purificó. Luego derramó la sangre al pie del altar y lo consagró haciendo sobre él el rito de absolución. Tomó todas las grasas que envuelven las entrañas, la sabanilla que recubre el hígado y los dos riñones con sus grasas, y los quemó sobre el altar. Lo que quedaba del novillo: la piel, la carne y los excrementos, lo quemó fuera del campamento, como el Señor había ordenado a Moisés. Hizo que trajeran el carnero del holocausto, y Aarón y sus hijos pusieron las manos sobre su cabeza. Moisés lo inmoló y derramó su sangre en torno al altar. Lo descuartizó y quemó la cabeza, los trozos y las grasas. Lavó con agua las entrañas y las patas, y quemó todo el carnero sobre el altar. Era un holocausto, un perfume agradable, una ofrenda quemada en honor del Señor, como el Señor había ordenado a Moisés. Hizo que trajeran el segundo carnero, el de la consagración, y Aarón y sus hijos le pusieron las manos sobre la cabeza. Moisés lo inmoló y, tomando parte de su sangre, ungió con ella el lóbulo de la oreja derecha de Aarón, el dedo pulgar de su mano derecha y el dedo gordo de su pie derecho. Hizo acercarse a los hijos de Aarón, y ungió con la sangre el lóbulo de su oreja derecha, el pulgar de su mano derecha y el dedo gordo de su pie derecho. La sangre restante la derramó en torno del altar. Tomó las grasas, la cola, todas las grasas que envuelven las entrañas, la sabanilla que recubre el hígado, los dos riñones, juntamente con sus grasas, y la pierna derecha; de la cesta de los panes sin levadura, que estaba delante del Señor, tomó una torta sin levadura, una torta amasada con aceite, y un hojaldre, y los puso sobre las grasas y la pierna derecha. Lo puso todo ello en las manos de Aarón y en las de sus hijos e hizo el rito de presentación delante del Señor. Lo tomó de nuevo Moisés en sus manos, y lo quemó en el altar sobre el holocausto: era el sacrificio de consagración, perfume agradable, ofrenda quemada en honor del Señor. Tomó después el pecho del carnero e hizo el rito de presentación delante del Señor: ésta era la parte del carnero de consagración que pertenecía a Moisés, como el Señor le había ordenado. Finalmente, Moisés tomó el óleo de la unción y sangre de la que había sobre el altar, y roció a Aarón y sus vestiduras, a los hijos de Aarón y sus vestiduras, y así los consagró. Moisés dijo a Aarón y a sus hijos: "Coced la carne a la puerta de la tienda de la reunión y comedla allí con el pan que hay en la cesta de la consagración, como yo he ordenado, diciendo: Aarón y sus hijos lo comerán. Las sobras de la carne y del pan las quemaréis. Durante siete días no saldréis de la entrada de la tienda de la reunión hasta que se cumplan los días de vuestra consagración, que son siete. El Señor ha ordenado que, al hacer sobre vosotros el rito de absolución, hagáis lo que se ha hecho hoy. Permaneceréis siete días y siete noches a la entrada de la tienda de la reunión. Cumplid la orden del Señor, y no moriréis. Ésta es la orden que yo he recibido". Aarón y sus hijos cumplieron todo lo que el Señor había ordenado a Moisés. El día octavo Moisés llamó a Aarón, y a sus hijos y a los ancianos de Israel, y dijo a Aarón: "Toma un becerro para el sacrificio por el pecado y un carnero para el holocausto, los dos sin defecto, y preséntalos delante del Señor. Y dirás a los israelitas: Tomad un macho cabrío para el sacrificio por el pecado, un becerro y un cordero primales y sin defecto para el holocausto; y un toro y un carnero para el sacrificio de reconciliación, para inmolarlos delante del Señor, y una ofrenda amasada con aceite, porque el Señor se os va a aparecer hoy". Llevaron ante la tienda de la reunión todo lo que Moisés había mandado, y toda la comunidad se acercó y estuvo delante del Señor. Moisés dijo: "Esto es lo que el Señor ha mandado para que se os aparezca su gloria". Moisés dijo a Aarón: "Acércate al altar, ofrece tu sacrificio por el pecado y tu holocausto para hacer el rito de absolución por ti y por tus familias; presenta la ofrenda del pueblo para hacer sobre ellos el rito de absolución, como lo ha ordenado el Señor". Aarón se acercó al altar e inmoló el becerro en sacrificio por su propio pecado. Sus hijos le presentaron la sangre, y él, mojando su dedo, untó con ella los cuernos del altar, derramando la restante al pie del mismo. Quemó luego sobre el altar las grasas de la víctima, los riñones y la sabanilla del hígado, como el Señor había ordenado a Moisés; la carne y la piel las quemó fuera del campamento. Aarón inmoló a continuación el holocausto, sus hijos le presentaron la sangre y él la derramó en torno del altar. Le acercaron, descuartizada, la víctima del holocausto, con la cabeza, y él lo quemó sobre el altar. Lavó las entrañas y las patas, y las puso a arder en el altar sobre el holocausto. Presentó luego la ofrenda del pueblo: tomó el macho cabrío del sacrificio por el pecado del pueblo y lo inmoló en sacrificio por el pecado, como había hecho con el becerro. Después ofreció el holocausto, según la orden establecida. Presentó también la ofrenda, de la que tomó un puñado y lo quemó sobre el altar, además del holocausto de la mañana. Finalmente, inmoló el toro y el carnero ofrecidos por el pueblo en sacrificio de reconciliación; sus hijos le presentaron la sangre, y él la derramó en torno del altar. Las grasas del toro y del carnero, la cola, la grasa que cubre las entrañas, los riñones y la sabanilla del hígado, todo ello lo puso junto a la grasa de los pechos y lo quemó sobre el altar. Aarón ofreció los pechos y la pierna derecha con el rito de presentación delante del Señor, como Moisés le había ordenado. Aarón levantó las manos y bendijo al pueblo; después de haber ofrecido el sacrificio por el pecado, el holocausto y el sacrificio de reconciliación, bajó. Moisés y Aarón entraron en la tienda de la reunión; después salieron y bendijeron al pueblo. La gloria del Señor se apareció a todo el pueblo: una llama que salía de la presencia del Señor consumió el holocausto y las grasas sobre el altar. Ante esta visión, todo el pueblo lanzó gritos de alegría y cayeron rostro en tierra. Los hijos de Aarón, Nadab y Abihú, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en él, echaron encima el incienso y ofrecieron ante el Señor un fuego profano que él no les había ordenado. Salió entonces de la presencia del Señor un fuego que los abrasó. Así murieron en presencia del Señor. Moisés dijo a Aarón: "Esto era lo que había declarado el Señor cuando dijo: A los que se acercan a mí mostraré mi santidad, y al pueblo entero mostraré mi gloria". Aarón se calló. Moisés llamó a Misael y Elsafán, hijos de Uziel, tío de Aarón, y les dijo: "Venid y llevad a vuestros hermanos lejos del santuario, fuera del campamento". Se acercaron, y los llevaron con sus túnicas fuera del campamento, como había dicho Moisés. Moisés dijo a Aarón, a Eleazar e Itamar, hijos de Aarón: "No os despelucéis ni rasguéis vuestras vestiduras; así no moriréis ni se encenderá la ira divina contra toda la comunidad; vuestros hermanos, toda la casa de Israel, son los que deben llorar a los que el Señor ha destruido por el fuego. No salgáis de la entrada de la tienda de la reunión, no sea que muráis, pues lleváis sobre vosotros el óleo de la unción del Señor". Ellos hicieron lo que Moisés había dicho. El Señor dijo a Aarón: "Cuando tengáis que entrar en la tienda de la reunión, no beberéis vino o bebida embriagante ni tú ni tus hijos, y no moriréis. Es ley perpetua para vuestras generaciones, a fin de que sepáis distinguir entre lo sagrado y lo profano, lo puro y lo impuro, y podáis enseñar a los israelitas todos los preceptos que el Señor les ha dado por medio de Moisés". Moisés dijo a Aarón y a sus hijos supervivientes, Eleazar e Itamar: "Tomad las sobras de la ofrenda quemada en honor del Señor y comedlas sin levadura junto al altar, pues es cosa santísima. Las comeréis en lugar sagrado, porque es porción reservada para ti y tus hijos de las ofrendas quemadas en honor del Señor. Ésta es la orden que yo he recibido. Tú, tus hijos y tus hijas comeréis en lugar santo el pecho del rito de presentación y la pierna del tributo, porque ésa es la parte que os pertenece de los sacrificios de reconciliación de los israelitas. La pierna del tributo y el pecho del rito de presentación serán llevados junto con las grasas que han de ser quemadas, para hacer con ello el gesto de presentación delante del Señor, y luego serán para ti y tus hijos por derecho perpetuo, como lo ha ordenado el Señor". Moisés buscó y rebuscó entonces el macho cabrío del sacrificio por el pecado, y resultó que había sido quemado. Se indignó con Eleazar e Itamar, hijos de Aarón, y les dijo: "¿Por qué no habéis comido en lugar santo la víctima del sacrificio por el pecado? Es cosa santísima, que se os ha dado para borrar las culpas de la comunidad, haciendo sobre ella el rito de absolución en presencia del Señor. Puesto que su sangre no fue introducida dentro del santuario, debíais haber comido la carne en ese lugar santo, como yo había ordenado". Aarón dijo a Moisés: "Mira, ellos han ofrecido hoy el sacrificio por el pecado y el holocausto ante el Señor, y luego me sucedió lo que tú sabes. Si yo hubiera comido hoy de la víctima por el pecado, ¿hubiera agradado al Señor?". Moisés quedó satisfecho con la respuesta. El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Decid a los israelitas: Éstos son los animales comestibles: animales terrestres: los rumiantes de pezuña partida. Tendréis por impuros y no comeréis los siguientes: el camello, rumiante, pero no de pezuña partida; el conejo, rumiante, pero no de pezuña partida; la liebre, rumiante, pero no es de pezuña partida; el cerdo, de pezuña partida, pero no rumiante. No comeréis sus carnes ni tocaréis sus cadáveres; los tendréis por impuros. Animales acuáticos: podréis comer todos los que tienen aletas o escamas, sean de mar o de río. Todos los animales acuáticos, de mar o de río, serán impuros para vosotros si no tienen aletas o escamas. Los consideraréis impuros, no comeréis su carne y tendréis por inmundos sus cadáveres. Tendréis por impuro todo animal acuático que no tenga aletas o escamas. Entre las aves tendréis por inmundas, y no las comeréis, las siguientes: el águila, el quebrantahuesos, el águila marina, el milano, todas las especies del buitre y del cuervo, el avestruz, la lechuza, la gaviota, todas las especies del gavilán, el búho, el mergo, el ibis, el cisne, el pelícano, el calamón, la garza, todas las especies de cigüeña, la abubilla y el murciélago. Todo insecto alado que anda sobre cuatro patas lo tendréis por impuro. Entre éstos, podréis comer solamente aquellos cuyas patas les permitan saltar sobre la tierra. Son éstos: todas las especies de langostas, saltamontes, caballetas y grillos. Los demás insectos alados y de cuatro patas los tendréis por impuros. El solo contacto con los animales impuros os contaminará; el que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde; el que los transporte deberá lavar sus vestiduras y quedará impuro hasta la tarde. Todo animal que no sea rumiante ni de pezuña partida será impuro para vosotros; el que lo toque quedará impuro. Todo cuadrúpedo que ande sobre la planta de los pies será impuro para vosotros; el que toque su cadáver quedará impuro hasta la tarde, y el que lo transporte deberá lavar sus vestiduras y quedará impuro hasta la tarde. Tendréis por impuros estos animales. Entre los reptiles tendréis por impuros los siguientes: la comadreja, el ratón y la tortuga en todas sus especies; el musgaño, el camaleón, la salamandra, el lagarto y el topo. Éstos son los reptiles que tendréis por impuros: el que toque sus cadáveres queda impuro hasta la tarde. También quedará impura cualquier cosa sobre la que caiga el cadáver de estos animales, ya sea un objeto de madera, un vestido, una piel o un saco, es decir, una cosa que sirva para algo: deberá ser lavado con agua y quedará impuro hasta la tarde; entonces será puro. Si alguno de estos animales cae muerto dentro de una vasija de barro, lo que hay en ella quedará impuro y la vasija deberá romperse. Cualquier alimento preparado con el agua que había dentro quedará impuro; igualmente toda bebida tomada en tales recipientes quedará impura. Cualquier objeto sobre el que caigan los cadáveres de estos animales quedará impuro; horno y hornillo serán destruidos, porque son impuros, y como tales deben ser tratados. Sin embargo, las fuentes, las cisternas y los embalses de agua permanecerán puros; pero el que toque el cuerpo muerto será impuro. Si uno de estos cadáveres cae sobre semilla destinada a la siembra, la semilla seguirá siendo pura; pero cuando la semilla ha sido humedecida con agua, si cae encima uno de estos cadáveres será impura. Si se muere uno de los animales que os sirven de alimento, quien toque el cadáver quedará impuro hasta la tarde; quien coma la carne, lavará sus vestidos y quedará impuro hasta la tarde. Todos los reptiles son repugnantes, y no los comeréis. No comeréis ningún reptil; ni los que se arrastren sobre su vientre, ni los que caminen sobre sus cuatro o más patas, pues son cosa repugnante. No os hagáis repugnantes vosotros a causa de estos reptiles ni os contaminéis con ellos, pues seríais igualmente impuros. Yo soy el Señor, vuestro Dios; vosotros debéis santificaros y ser santos, porque yo soy santo; no os contaminéis con esos bichos que se arrastran por el suelo. Yo soy el Señor, que os he sacado de Egipto para ser vuestro Dios; vosotros seréis santos, porque yo soy santo. Ésta es la ley sobre los animales terrestres, las aves, los animales acuáticos y los reptiles, para que sepáis distinguir entre puro e impuro, entre los animales comestibles y los no comestibles". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Cuando una mujer encinta dé a luz un varón, será impura durante siete días, impura como en el tiempo de su menstruación. A los ocho días el niño será circuncidado, pero la madre continuará retirada durante treinta y tres días más purificando su sangre; no tocará nada consagrado, ni irá al santuario hasta que se haya cumplido el tiempo de su purificación. Si da a luz una hembra, será impura durante dos semanas, como en su menstruación, y permanecerá retirada sesenta y seis días más purificando la sangre. Cumplidos los días de su purificación, ya sea de varón o de hembra, presentará ante el sacerdote, a la entrada de la tienda de la reunión, un cordero primal como holocausto y un pichón o una tórtola en sacrificio por el pecado. El sacerdote los ofrecerá ante el Señor, hará sobre ella el rito de absolución y quedará purificada de su flujo de sangre. Ésta es la ley para la mujer que da a luz un niño o una niña. Si sus posibilidades no llegan a un cordero, presentará dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto y otro en sacrificio por el pecado. El sacerdote hará sobre ella el rito de absolución y quedará purificada". El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Cuando alguno tenga sobre la piel una inflamación, una pústula o una mancha reluciente, síntoma de lepra, será llevado al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos sacerdotes. El sacerdote examinará la llaga de la piel: si los pelos de la parte afectada se han vuelto blancos y la llaga es más profunda que el resto de la piel, es llaga de lepra. Una vez examinado, el sacerdote lo declarará impuro. Si la mancha reluciente es blanca, pero no está más profunda que el resto de la piel ni el pelo se ha vuelto blanco, el sacerdote aislará al enfermo durante siete días. El séptimo día lo examinará: si constata que la llaga sigue en su estado sin extenderse en la piel, lo tendrá aislado siete días más. Al séptimo día lo volverá a examinar; si ve que la llaga ha perdido brillo y no se ha extendido por la piel, el sacerdote lo declarará puro: se trata de una pústula. Lavará sus vestidos y quedará puro. Si, después de haber sido examinado y declarado puro, la pústula se extiende sobre la piel del enfermo, se presentará de nuevo al sacerdote; lo examinará, y, una vez que haya constatado el crecimiento de la pústula, lo declarará impuro, pues se trata de lepra. Si uno tiene llagas de lepra, será llevado al sacerdote. El sacerdote lo examinará: si hay una inflamación blanca, el pelo se ha vuelto blanco y se ve la carne viva en la inflamación, se trata de lepra crónica en la piel. El sacerdote lo declarará impuro sin necesidad de aislarlo, porque sin duda alguna es impuro. Si la lepra se propaga por la piel y la recubre entera, de la cabeza a los pies, todo cuanto aparece a la vista del sacerdote, éste examinará al enfermo, y si ve que la lepra cubre todo su cuerpo, lo declarará puro, pues, una vez que se ha vuelto todo blanco, es puro. Pero tan pronto como aparezca sobre él una llaga, será impuro. El sacerdote examinará la llaga y lo declarará impuro, pues la llaga es cosa impura: es lepra. Pero si la llaga cambia de nuevo y se pone blanca, se presentará al sacerdote. Éste lo examinará y, si se ha vuelto blanca, lo declarará puro, porque lo es". "Si uno ha tenido sobre su piel una úlcera y ésta ha cicatrizado, pero queda una inflamación blanquecina o una mancha de un blanco rosáceo, deberá presentarse al sacerdote. El sacerdote lo examinará: si la mancha está más hundida que la piel y el pelo se ha vuelto blanco, lo declarará impuro: es lepra que brota en la úlcera cicatrizada. Si la parte afectada no tiene el pelo blanco, ni la piel hundida y la mancha ha ido desapareciendo, aislará durante siete días al enfermo. Si la mancha sigue extendiéndose por la piel, lo declarará impuro: es lepra. Pero si la mancha sigue en el mismo sitio sin extenderse, es la cicatriz de la úlcera; el sacerdote lo declarará puro". "Si uno ha sufrido una quemadura en su piel, y en la cicatriz de la quemadura hay una mancha de un blanco rosáceo o sólo blanca, el sacerdote la examinará; si ve el pelo blanco y la piel hundida, es lepra que brota en la quemadura. El sacerdote lo declarará impuro, pues es lepra. Si el sacerdote no ve el pelo blanco ni la piel hundida, lo aislará durante siete días, y al séptimo día lo examinará; si la mancha se ha extendido por la piel, lo declarará impuro, pues es lepra. Pero si la mancha sigue en el mismo sitio sin extenderse y ha perdido su color, es simplemente la inflamación de la quemadura. El sacerdote lo declarará puro, porque se trata de la cicatriz de la quemadura". "Si un hombre o una mujer tienen una llaga en la cabeza o en la barba, el sacerdote examinará la llaga; si la llaga está más hundida que la piel y el pelo se ha vuelto amarillento y ralo, declarará impuro al enfermo: es tiña, la lepra de la cabeza y de la barba. Si en el reconocimiento de la llaga tiñosa el sacerdote no ve la piel hundida ni el pelo amarillento, aislará al enfermo durante siete días, y al séptimo día examinará la llaga; si la tiña no se ha extendido, el pelo no se ha vuelto amarillento y la piel no se ha hundido, el enfermo se rasurará, excepción hecha de las partes afectadas por la tiña, y el sacerdote lo aislará durante otros siete días, al cabo de los cuales volverá a examinar la tiña; si no se ha extendido por la piel ni se ha hundido en ella, declarará puro al enfermo. Si, después de haber sido declarado puro, la tiña se extiende por la piel, el sacerdote lo examinará; si la tiña se ha extendido por la piel, no tiene ya necesidad de examinar si el pelo se ha vuelto amarillento: el enfermo es impuro. Pero si la tiña se ha detenido y aparece pelo negro, la tiña está curada; es puro, y así lo declarará el sacerdote. Si un hombre o una mujer tienen en la piel manchas relucientes y blancas, el sacerdote las examinará; si las manchas que hay sobre la piel son de un color blancuzco, se trata de eczema que ha brotado en la piel; el enfermo es puro". "Si a uno se le cae el pelo de la cabeza, se trata simplemente de calvicie, y es puro. Si se le cae el pelo de las sienes y toda la frente se le queda calva, es puro. Pero si en la parte calva de la cabeza aparece una llaga de un blanco rosáceo, es lepra que brota de la calvicie. El sacerdote la examinará; si la inflamación de la llaga es de un color blanco rosáceo, como el de la lepra de la piel, ese hombre es un leproso e impuro. El sacerdote lo declarará impuro, pues lleva la llaga de la lepra en su cabeza. El leproso andará harapiento, despeinado, la cara medio tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la lepra, será impuro y, siendo impuro, vivirá aislado, fuera del campamento". "Si aparece una mancha de lepra en un vestido, de lana o lino, de tela o de punto, o de cuero, o en un objeto cualquiera de cuero, si la mancha es de un color verdoso o rojizo, es un caso de lepra que debe ser mostrado al sacerdote. El sacerdote la examinará y aislará el objeto durante siete días. Si al séptimo día ve que se ha extendido por el vestido, es un caso de lepra contagiosa; el objeto es impuro. El vestido, de cualquier clase que sea, afectado por la lepra, deberá ser quemado por el fuego, porque es lepra contagiosa. Si el sacerdote ve que la lepra no se ha extendido por el vestido, mandará lavar el objeto infectado y lo aislará otros siete días. Si, después de lavado, el sacerdote ve que la mancha no ha cambiado de aspecto, aunque no se haya extendido más, el objeto es impuro; será echado al fuego, porque está infectado por el derecho y por el revés. Pero si el sacerdote ve que la mancha ha perdido color, después de lavarla, arrancará del vestido la parte manchada. Si la mancha vuelve a aparecer en el vestido, se trata de una lepra activa; el objeto infectado será echado al fuego. Pero si después de lavado, la mancha ha desaparecido del vestido, será lavado otra vez y quedará puro. Tal es la ley para los casos de lepra en un vestido, de lana o de lino, de tela o de punto, o en cualquier objeto de cuero, cuando se trata de declararlos puros o impuros". El Señor dijo a Moisés: "Éste es el ritual para la purificación de un leproso: será llevado al sacerdote, el cual le saldrá al encuentro fuera del campamento para reconocerlo; si el leproso está curado de su lepra, mandará traer para el que se va a purificar dos aves puras y vivas, madera de cedro, una cinta de lana escarlata y un hisopo. El sacerdote mandará degollar una de las aves sobre una vasija de tierra cocida llena de agua corriente. Tomará luego el ave viva, el cedro, la cinta de lana escarlata y el hisopo (incluida el ave viva) y los mojará en la sangre del ave degollada sobre el agua corriente. Asperjará entonces siete veces al hombre que quiere ser purificado de la lepra y, una vez que lo haya declarado puro, dejará suelta en el campo el ave viva. El leproso así purificado lavará sus vestidos, se cortará todo el pelo, se bañará con agua y será puro. Después entrará de nuevo en el campamento, pero tardará siete días en entrar en su tienda. El día séptimo se cortará de nuevo pelos, cabello, barba y cejas; se cortará todos los pelos. Lavará sus vestidos, bañará con agua su cuerpo y será puro. El día octavo tomará dos corderos sin defecto, una cordera de un año sin defecto, trece kilos de flor de harina amasada con aceite para la ofrenda y medio litro de aceite. El sacerdote que hace el rito de la purificación pondrá al que se va a purificar, juntamente con sus ofrendas, a la entrada de la tienda de la reunión delante del Señor; tomará uno de los corderos y lo ofrecerá como sacrificio de reparación con el medio litro de aceite, y hará con ellos el rito de presentación delante del Señor. Inmolará el cordero en el lugar del santuario donde se inmolan las víctimas por el pecado y el holocausto, pues tanto el sacrificio por el pecado como el de reparación pertenecen al sacerdote como cosa santísima. El sacerdote tomará de la sangre del sacrificio de reparación y ungirá con ella el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, el pulgar de su mano derecha y el dedo gordo de su pie derecho. Tomará luego el medio litro de aceite, echará un poco en la palma de la mano izquierda, mojará el índice de la mano derecha en el aceite que tiene en la palma de su mano izquierda y hará con él siete aspersiones delante del Señor. Con aceite del que le queda en la palma de la mano ungirá el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, el pulgar de su mano derecha y el dedo gordo de su pie derecho, encima de la sangre de la víctima de reparación. El aceite que le queda en la palma de la mano lo verterá sobre la cabeza del que se está purificando. De esta manera el sacerdote habrá cumplido sobre él el rito de absolución delante del Señor. El sacerdote ofrecerá entonces el sacrificio por el pecado y hará el rito de absolución sobre el que se está purificando de su impureza. A continuación inmolará el holocausto y ofrecerá sobre el altar el holocausto y la ofrenda. El sacerdote hará sobre él el rito de absolución y quedará puro. Si es pobre y no puede procurarse las víctimas ordinarias, tomará un solo cordero como sacrificio de reparación para el rito de presentación y para hacer sobre él el rito de absolución; cuatro kilos y medio de flor de harina amasada con aceite para ofrenda; medio litro de aceite; dos tórtolas o dos pichones, según sus posibilidades, uno para el sacrificio por el pecado y otro para el holocausto. Lo presentará al sacerdote el día octavo para su purificación a la entrada de la tienda de la reunión delante del Señor. El sacerdote tomará el cordero del sacrificio de reparación y el medio litro de aceite y los ofrecerá al Señor con el rito de presentación. Inmolará el cordero del sacrificio de reparación, tomará un poco de sangre y ungirá con ella el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y el dedo gordo del pie derecho del que se está purificando. Echará luego aceite en la palma de su mano izquierda, mojará el índice de la mano derecha en el aceite que tiene en la palma de su mano izquierda y hará con él siete aspersiones delante del Señor. Con aceite del que le queda en la palma de la mano izquierda le untará el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y el dedo gordo del pie derecho en el mismo lugar en que puso la sangre del sacrificio de reparación. El aceite que le queda en la palma de la mano lo verterá sobre la cabeza del que se está purificando, haciendo sobre él el rito de absolución delante del Señor. De los dos pichones o de las dos tórtolas, según hayan sido sus posibilidades, ofrecerá el uno como sacrificio por el pecado y el otro en holocausto, acompañado de ofrenda. El sacerdote hará sobre él el rito de absolución delante del Señor. Ésta es la ley para la purificación del leproso que no puede presentar las víctimas ordinarias". El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Cuando hayáis entrado en la tierra de Canaán que os doy en propiedad, si yo infecto de lepra alguna casa de la tierra que vais a ocupar, su dueño se presentará al sacerdote y le dirá: Me parece que en mi casa hay lepra. El sacerdote dará orden de desalojar la casa antes de que él vaya a examinar la mancha de lepra, con el fin de que no contraigan impureza los objetos que haya en ella. Después, el sacerdote entrará a examinar la casa; si observa cavidades verdosas o rojizas hundidas en los muros, saldrá fuera, a la puerta de la casa, y la cerrará durante siete días. Al séptimo día volverá para examinarla de nuevo; si la mancha se ha corrido por las paredes de la casa, dará orden de arrancar las piedras manchadas y de tirarlas fuera de la ciudad, en un lugar impuro. Mandará raspar las paredes interiores de la casa y tirar las raspaduras en un lugar impuro, fuera de la ciudad. Se tomarán otras piedras para reemplazar las primeras, y masa nueva para revocar la casa. Si la mancha reaparece de nuevo, una vez cambiadas las piedras después de haber raspado y revocado la casa, el sacerdote entrará a examinarla; si la mancha se ha extendido por la casa, se trata de lepra contagiosa; la casa es impura. Será derribada, y las piedras, la madera y los escombros serán tirados en un lugar impuro, fuera de la ciudad. El que entre en la casa durante el tiempo que esté cerrada, será impuro hasta la tarde. El que duerma o coma en ella, lavará sus vestidos. Si el sacerdote comprueba que la mancha no se ha corrido en la casa después de revocada, la declarará pura, pues la mancha ha desaparecido. Para purificar la casa tomará dos aves, madera de cedro, una cinta de lana escarlata y un hisopo. Inmolará una de las aves en una vasija de tierra cocida llena de agua corriente. Tomará la madera de cedro, el hisopo, la cinta de lana escarlata y el ave viva, lo mojará todo en la sangre del ave inmolada sobre el agua corriente y hará siete aspersiones sobre la casa. Así purificará la casa mediante la sangre del ave, el agua corriente, el ave viva, la madera de cedro, el hisopo y la cinta de lana escarlata, y pondrá en libertad el ave viva fuera de la ciudad, en el campo. Hará el rito de absolución sobre la casa, y quedará purificada". Tales son las instrucciones en todos los casos de lepra o tiña, la lepra de los vestidos y de las casas, inflamaciones, pústulas o manchas relucientes, para poder distinguir cuándo una cosa es pura y cuándo impura. Tales son las instrucciones acerca de la lepra. El Señor habló a Moisés y a Aarón: "Decid a los israelitas: El que padezca derrame de semen en sus órganos será impuro. Su impureza radica en el derrame de semen; tanto si sus órganos dejan salir el semen como si lo retienen, es impuro. El lecho en que se acueste el que sufre el derrame será impuro, e igualmente todo mueble donde se siente. El que toque su lecho, lavará los vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde. El que se siente en un mueble en el que estuvo sentado aquél, lavará sus vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde. El que toque al que padece derrame, lavará sus vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde. Si el que padece derrames escupe sobre un hombre puro, éste lavará sus vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde. Toda silla sobre la que haya viajado el paciente será impura. El que toque un objeto cualquiera que haya estado debajo del paciente, será impuro hasta la tarde, y el que lo transporte, lavará sus vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde. Todo aquel a quien toque el paciente, sin haberse lavado previamente las manos, lavará sus vestidos, se bañará y será inmundo hasta la tarde. Toda vasija de barro que toque el paciente será rota, y todo recipiente de madera será lavado. Cuando el paciente esté curado de su derrame, contará siete días para su purificación; lavará sus vestidos, bañará su cuerpo en agua corriente y será puro. Al octavo día tomará dos tórtolas o dos pichones, se presentará con ellos ante el Señor, a la entrada de la tienda de la reunión, y los entregará al sacerdote, que los ofrecerá, uno en sacrificio por el pecado y otro en holocausto. El sacerdote hará sobre él, delante del Señor, el rito de absolución por su derrame. Cuando un hombre haya tenido un derrame de semen, lavará con agua todo su cuerpo y será impuro hasta la tarde. Cualquier vestido de paño o cuero en que caiga parte del semen será lavado con agua y quedará impuro hasta la tarde. Cuando un hombre y una mujer se acuesten juntos y tengan relaciones sexuales, los dos se lavarán con agua y serán impuros hasta la tarde". "Cuando una mujer tenga su período normal de menstruación, será considerada impura durante siete días. El que la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello sobre lo que duerma o se siente durante su impureza será impuro. El que toque su lecho, lavará sus vestidos, se bañará con agua y será impuro hasta la tarde. El que toque un mueble en el que ella se haya sentado, lavará sus vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde. El que toque lo que está sobre su lecho o sobre su asiento será impuro hasta la tarde. Si un hombre se acuesta con ella, contrae la impureza de su menstruación y será impuro durante siete días; todo lecho sobre el que duerma será impuro. Cuando una mujer tenga hemorragias fuera de su período normal de menstruación o cuando su menstruación le dure más de lo normal, será impura mientras le dure la hemorragia, con la misma impureza del período de menstruación. El lecho sobre el que haya dormido durante el tiempo de su hemorragia será para ella como el lecho de los días de su menstruación, y todo mueble sobre el que se haya sentado será impuro, como si se tratara de la impureza de su menstruación. El que los toque será impuro, lavará sus vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde. Cuando esté curada de su hemorragia, contará siete días, pasados los cuales será pura. Al octavo día tomará dos tórtolas o dos pichones y los presentará al sacerdote a la entrada de la tienda de la reunión. El sacerdote los ofrecerá, uno en sacrificio por el pecado y otro en holocausto. Hará sobre ella, delante del Señor, el rito de absolución por la impureza de su hemorragia. Así, pues, enseñaréis a los israelitas a purificarse de sus inmundicias, para que no mueran contaminando con ellas mi morada, que está en medio de ellos. Éstas son las instrucciones acerca del que padece derrame o contrae impureza por pérdida de semen, acerca de la mujer durante su período de menstruación y de la que sufre desajustes en su menstruación, acerca de los hombres o mujeres que tengan derrames y de los hombres que se acuesten con una mujer durante su menstruación". El Señor se dirigió a Moisés después de la muerte de los hijos de Aarón, que murieron por haberse acercado demasiado al Señor, y le dijo: "Di a tu hermano Aarón que no podrá entrar nunca en el santuario, en el recinto que hay detrás del velo, en presencia del propiciatorio que está sobre el arca, no sea que muera cuando yo aparezca sobre el propiciatorio en una nube. Éste es el rito que seguirá Aarón para entrar en el santuario: tomará un novillo para el sacrificio por el pecado y un carnero para el holocausto; se vestirá la túnica de lino consagrada, se pondrá el calzón de lino, se ceñirá con cinturón de lino y cubrirá su cabeza con turbante de lino. Tales son las vestiduras sagradas que se pondrá después de haberse lavado con agua. Recibirá de la comunidad de los israelitas dos machos cabríos para el sacrificio por el pecado y un carnero para el holocausto. Una vez que Aarón haya ofrecido su novillo en sacrificio por el propio pecado y haya hecho el rito de absolución por él y por su casa, tomará los dos machos cabríos, los presentará delante del Señor a la puerta de la tienda de la reunión y echará sobre ellos las suertes: una para el Señor y otra para Azazel. Aarón presentará el macho cabrío sobre el que haya caído la suerte del Señor y lo ofrecerá en sacrificio por el pecado. El macho cabrío sobre el que haya caído la suerte de Azazel será presentado vivo delante del Señor, para hacer sobre él el rito de absolución y mandarlo al desierto, donde está Azazel. Aarón ofrecerá en sacrificio por el propio pecado su novillo, hará el rito de absolución por sí mismo y por su casa e inmolará el novillo en sacrificio por el propio pecado. Tomará del altar que está delante del Señor un incensario lleno de carbones encendidos y dos puñados de incienso aromático molido para llevarlo todo detrás del velo. Echará el incienso sobre el fuego delante del Señor, de manera que la nube de incienso cubra el propiciatorio que está sobre el testimonio y no muera. Tomará luego la sangre del novillo, asperjará con el dedo el lado oriental del propiciatorio; hará siete aspersiones de sangre con el dedo delante del propiciatorio. Inmolará entonces el macho cabrío destinado para el sacrificio por el pecado del pueblo, llevará su sangre detrás del velo y hará con ella lo mismo que hizo con la sangre del novillo, rociándola sobre el propiciatorio y delante de él: hará el rito de absolución sobre el santuario por las impurezas de los israelitas, por todas sus transgresiones y pecados. Lo mismo hará sobre la tienda de la reunión, que se encuentra entre ellos en medio de sus impurezas. No habrá nadie en la tienda de la reunión durante todo el tiempo que dura el rito de absolución en el santuario, desde que entra el sumo sacerdote hasta que sale: hará el rito de absolución por sí mismo, por su casa y por toda la comunidad de Israel. Una vez fuera, irá al altar que está delante del Señor y hará sobre él el rito de absolución; tomará sangre del novillo y del macho cabrío, untará con ella los cuernos del altar todo alrededor y la rociará con el dedo por siete veces sobre el altar, purificándolo y santificándolo de las impurezas de los israelitas. Cuando haya terminado de hacer el rito de absolución por el santuario, la tienda de la reunión y el altar, presentará el macho cabrío vivo, pondrá las dos manos sobre su cabeza, confesará sobre él todas las faltas de los israelitas, todas sus transgresiones, todos sus pecados y, una vez cargados sobre la cabeza del macho, lo mandará al desierto por medio de un hombre designado para ello; el macho cabrío llevará sobre sí todas sus iniquidades a tierra desierta. El macho cabrío será abandonado en el desierto. Aarón entrará en la tienda de la reunión, se despojará de las vestiduras de lino que se había puesto para entrar en el santuario, las dejará allí, se lavará el cuerpo con agua en lugar sagrado, se revestirá de nuevo y saldrá para ofrecer su holocausto y el del pueblo, para hacer el rito de absolución por sí mismo y por el pueblo, para quemar las grasas de la víctima por el pecado sobre el altar. El que fue a soltar el macho cabrío de Azazel lavará sus vestidos, se bañará y después podrá entrar en el campamento. El novillo y el macho cabrío ofrecidos en sacrificio por el pecado, cuya sangre fue introducida en el santuario para hacer el rito de absolución, serán llevados fuera del campamento, con el fin de que sus pieles, carnes y excrementos sean quemados. El que los queme lavará sus vestidos, se bañará y después podrá entrar en el campamento. Ésta será para vosotros ley perpetua: el séptimo mes, el día diez del mes, ayunaréis y no haréis trabajo alguno, tanto el indígena como el extranjero residente en medio de vosotros. Es, en efecto, el día en que se hará el rito de absolución sobre vosotros para purificaros; seréis purificados de todos vuestros pecados delante del Señor. Será para vosotros día de descanso sabático y día de ayuno. Es ley perpetua. El rito de absolución lo hará el sacerdote que haya sido ungido y consagrado para el ejercicio sacerdotal en lugar de su padre; vestirá las vestiduras de lino, las vestiduras sagradas. Hará el rito de absolución por el santuario, la tienda de la reunión, el altar, los sacerdotes y toda la comunidad de Israel. Será para vosotros ley perpetua; una vez al año se hará sobre los israelitas el rito de absolución por todos sus pecados". Se hizo lo que el Señor había ordenado a Moisés. El Señor habló a Moisés: "Di a Aarón, a sus hijos y a todos los israelitas: Esto manda el Señor: Si un israelita mata un toro, un cordero o una cabra, dentro o fuera del campamento, y lo lleva a la entrada de la tienda de la reunión para presentarlos como ofrenda al Señor ante su santuario, se hace responsable de la sangre derramada y será extirpado de en medio de su pueblo. Es para que los israelitas presenten al sacerdote, delante del Señor, a la entrada de la tienda de la reunión, las víctimas que querrían inmolar en el campo, para ofrecerlas al Señor como sacrificio de reconciliación. El sacerdote derramará la sangre sobre el altar del Señor a la entrada de la tienda de la reunión y quemará las grasas en perfume agradable al Señor. No ofrecerá más sus sacrificios a los sátiros, ante los que solían prostituirse; ésta será ley perpetua para ellos y para sus descendientes. Diles: Cualquier israelita o extranjero residente en medio de vosotros que ofrezca un holocausto o un sacrificio sin llevarlos a la entrada de la tienda de la reunión para ofrecerlos al Señor, será extirpado de su pueblo. Cualquier israelita o extranjero residente que coma la sangre, cualquiera que sea, será objeto de mi aborrecimiento; yo me volveré contra él y lo extirparé de su pueblo, porque la sangre es la vida de la carne, y yo os he dado la sangre para que hagáis sobre el altar el rito de absolución por vuestras vidas, pues la sangre es la que paga el rescate por la vida. Por eso he dicho a los israelitas: Ni vosotros ni el extranjero residente comeréis sangre. Si un israelita o un extranjero residente caza un animal o un ave cuyas carnes se pueden comer, verterá la sangre y la cubrirá con la tierra, porque la sangre es la vida de todo ser viviente. Por eso he dicho yo a los israelitas: No comeréis la sangre de ningún animal, porque la sangre es la vida de todo ser viviente; quien comiere de ella será extirpado. El indígena o extranjero residente que comiere carne muerta o destrozada por las fieras, lavará sus vestidos, se bañará y será impuro hasta la tarde; entonces será puro. Si no lava sus vestidos ni se baña, cargará con su falta". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Yo soy el Señor, vuestro Dios. No haréis lo que se hace en Egipto, donde habéis vivido, ni haréis lo que se hace en Canaán, adonde os llevo; no seguiréis sus costumbres. Practicaréis mis mandamientos y cumpliréis mis leyes; os conduciréis de acuerdo con ellas: yo, el Señor, vuestro Dios. Observaréis mis preceptos y mis leyes, pues el que los cumpla encontrará la vida en ellos: yo, el Señor. Ninguno de vosotros se acercará a mujer de su propia familia para tener relaciones sexuales con ella: yo, el Señor. No tendrás relaciones sexuales con tu madre, pues es de tu padre y, además, es tu madre; no debes hacerlo; no las tendrás tampoco con la concubina de tu padre, pues es la misma carne de tu padre; ni con tu hermana, por parte de padre o de madre, nacida en casa o fuera de ella; ni con tus nietas, pues son tu propia carne; ni con tu hermana por parte de padre, pues es tu hermana; ni con tu tía paterna, pues es de la misma sangre de tu padre; ni con tu tía materna, pues es de la sangre de tu madre; ni con la mujer de tu tío paterno, deshonrando así a tu tío, pues es tu tía; ni con tu nuera, pues es la mujer de tu hijo; ni con tu cuñada, pues es carne de tu hermano; ni con una mujer a la vez que con su hija o su nieta, ésa sería una acción infame, pues son de la misma sangre; no tomarás por mujer a la hermana de tu esposa, ni tendrás relaciones sexuales con ella mientras tu esposa viva, pues crearías rivalidades entre ellas. No tendrás relaciones sexuales con una mujer durante el período de su menstruación. No te acostarás con la mujer de tu prójimo; te quedarías impuro. No darás a tus hijos para ser pasados por el fuego en honor de Moloc profanando el nombre de Dios: yo, el Señor. No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer; es una acción infame. No harás actos sexuales con ningún animal, te quedarías impuro; tampoco la mujer debe hacer actos sexuales con un animal para aparearse con él; eso es una infamia. No os manchéis con ninguna de estas prácticas, como se han manchado las naciones que yo echo delante de vosotros. La tierra se ha contaminado; yo he castigado su iniquidad, y la tierra vomitará sus habitantes. Guardad mis leyes y mis mandamientos, no cometáis ninguna de estas infamias, ni el indígena, ni el extranjero residente. Todas estas infamias las cometieron los habitantes que os precedieron en esta tierra, y la tierra quedó impura. Que no os veáis vomitados por la tierra al sentirse impura por vosotros, como fueron vomitados los pueblos que os precedieron en ella. Todos los que cometan alguna de estas infamias serán extirpados de su pueblo. Guardad mis mandamientos y no sigáis las costumbres infames que se practicaban antes de vosotros, si no queréis quedar impuros con ellas: yo, el Señor, vuestro Dios". El Señor habló a Moisés: "Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. Respetad a vuestros padres y guardad mis sábados: yo, el Señor, vuestro Dios. No os vayáis tras los ídolos, y no os hagáis dioses de metal fundido: yo, el Señor, vuestro Dios. Cuando hagáis al Señor un sacrificio de reconciliación, ofrecedlo de manera que Dios os lo acepte. Comeréis la víctima el mismo día del sacrificio o al día siguiente, y lo que quede para el tercer día será quemado. Si se come de ella el día tercero, estando ya corrompida, Dios no la aceptará; el que la coma cargará con su falta, por haber profanado lo consagrado al Señor, y será extirpado de su pueblo. Cuando hagáis la recolección de vuestras tierras no segaréis hasta la misma orilla del campo. No recogerás las espigas caídas, no harás el rebusco en tus viñas ni prestarás atención a la fruta caída de tu huerta; lo dejarás para el pobre y el extranjero: yo, el Señor, vuestro Dios. No robaréis, no mentiréis ni os engañaréis unos a otros. No juréis en falso por mi nombre, pues sería profanar el nombre de Dios: yo, el Señor. No oprimas ni explotes a tu prójimo; no retengas el salario del jornalero hasta la mañana siguiente. No insultarás al sordo ni pondrás tropiezos delante del ciego. Temerás a tu Dios: yo, el Señor. No haréis injusticias en los juicios; ni beneficiarás al débil ni favorecerás al poderoso: juzgarás con justicia a tu prójimo. No andarás difamando a los tuyos ni pondrás en peligro la vida del prójimo con falsas acusaciones: yo, el Señor. No guardarás odio a tu hermano, antes bien lo corregirás para no hacerte cómplice de su pecado. No serás vengativo ni guardarás rencor hacia tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo: yo, el Señor. Observad las leyes. No cruzarás en tu ganado las bestias de diversa especie, ni sembrarás en tu campo dos especies de grano diferentes ni llevarás sobre ti un vestido con dos clases de tejido. Si uno se acuesta con una mujer que pertenece a otro como esclava y concubina sin que haya sido rescatada ni puesta en libertad, será castigado; pero no con la muerte, pues la mujer no era libre. Ofrecerá al Señor a la entrada de la tienda de la reunión un carnero en sacrificio por el pecado. El sacerdote hará sobre él el rito de absolución delante del Señor, y el pecado cometido le será perdonado. Cuando hayáis entrado en la tierra y hayáis plantado árboles frutales de cualquier clase que sean, consideraréis sus frutos como si fueran incircuncisos; durante tres años los tendréis por incircuncisos y no los comeréis. El cuarto año todos sus frutos serán consagrados en una fiesta homenaje al Señor. A partir del quinto año podréis comer los frutos. Así el árbol os dará más. Yo, el Señor, vuestro Dios. No comeréis nada que tenga sangre; no practicaréis la adivinación ni la magia. No os cortaréis en redondo el pelo de vuestra cabeza ni os afeitaréis los bordes de la barba. No os haréis cortes en la carne por un muerto ni os haréis tatuajes: yo, el Señor. No deshonrarás a tu hija prostituyéndola; de esta manera la tierra no se prostituirá ni se llenará de inmoralidades. Guardaréis mis sábados y respetaréis mi santuario: yo, el Señor. No consultaréis a los nigromantes ni recurriréis a los adivinos, si no queréis quedar impuros: yo, el Señor, vuestro Dios. Ponte en pie ante el hombre de canas, honra al anciano y teme a Dios: yo, el Señor. Si un extranjero se establece en vuestra tierra, en medio de vosotros, no lo molestaréis; será para vosotros como un compatriota más, y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis extranjeros en Egipto: yo, el Señor, vuestro Dios. No haréis injusticias en los juicios ni cometeréis fraude en pesos y medidas. Tened balanzas justas, pesos justos y sean exactos el peso y la medida: yo, el Señor, vuestro Dios, que os he sacado de Egipto. Guardad todas mis leyes y preceptos y ponedlos en práctica: yo, el Señor". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Cualquier israelita o extranjero residente que entregue alguno de sus hijos a Moloc, será castigado con la muerte: el pueblo lo matará a pedradas. Yo me volveré contra ese hombre y lo extirparé de en medio de su pueblo, por haber entregado un hijo suyo a Moloc manchando mi santuario y profanando mi santo nombre. Si el pueblo se desentiende de ese hombre y no le mata, yo mismo me volveré contra él y su familia; lo extirparé de en medio del pueblo a él y a cuantos después de él vayan a prostituirse con Moloc. Si alguno acude a los nigromantes y recurre a los adivinos prostituyéndose con ellos, yo me volveré contra él y lo extirparé de su pueblo. Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor, vuestro Dios. Guardad mis mandamientos y ponedlos en práctica, pues yo soy el Señor, que os santifica". "El que maldiga a su padre o a su madre, será castigado con la muerte; ha maldecido a su padre o a su madre, caiga su sangre sobre él. En cuanto al hombre que comete adulterio con una mujer casada: el hombre que comete adulterio con la mujer de su prójimo, será castigado con la muerte, él y la mujer. El hombre que se acuesta con la mujer de su padre, deshonra a su propio padre; los dos serán castigados con la muerte; caiga su sangre sobre ellos. Si uno se acuesta con la nuera, los dos serán castigados con la muerte, se han manchado; caiga su sangre sobre ellos. Si un hombre se acuesta con otro hombre como se hace con una mujer, los dos cometen una infamia y serán castigados con la muerte; caiga su sangre sobre ellos. Si uno toma por esposas madre e hija, comete un incesto; serán quemados él y ellas para que no haya entre vosotros semejante crimen. Si uno hace actos sexuales con un animal, será castigado con la muerte; también hay que matar al animal. Si una mujer hace actos sexuales con un animal para aparearse con él, los dos deben ser matados, la mujer y el animal; caiga su sangre sobre ellos. Si uno toma por esposa a su hermana, por parte de padre o de madre, y tienen relaciones sexuales, es una ignominia; los dos serán matados a la vista de todo el pueblo; por haber tenido relaciones sexuales con su propia hermana cargará con su culpa. Si uno se acuesta con una mujer durante el período de su menstruación y tiene relaciones sexuales con ella, descubre la sangre de la mujer en su fuente y la mujer descubre la fuente de su propia sangre; los dos serán extirpados de en medio de su pueblo. No tendrás relaciones sexuales con tu tía paterna o materna, pues es tenerlas con alguien de la propia sangre, y los dos cargarán con su culpa. Si uno se acuesta con la mujer de su tío, deshonra a su propio tío; los dos cargarán con su culpa y morirán sin descendencia. El que toma por esposa a la mujer de su hermano comete una impureza; ha deshonrado a su hermano; no tendrán hijos". "Guardad todas mis leyes, todas mis prescripciones y ponedlas en práctica, de manera que no os veáis vomitados por la tierra a la que yo os llevo para que habitéis en ella. No imitéis las costumbres de las gentes que yo echo delante de vosotros, las cuales han practicado todas estas iniquidades y se han hecho objeto de mi aborrecimiento. De nuevo os digo: Tomaréis posesión de su tierra, yo mismo os la doy en propiedad; es una tierra que mana leche y miel: yo, el Señor, Dios vuestro, que os he separado de las gentes. Separad también vosotros los animales puros de los impuros, las aves puras de las impuras, y no os contaminéis con animal alguno, ave o reptil que se arrastra sobre la tierra, animales que yo os he señalado como impuros. Sed para mí santos, porque santo soy yo, el Señor, que os he separado de las gentes para que seáis míos. Todo hombre o mujer que se dedique a la nigromancia o a la adivinación será matado a pedradas; caiga su sangre sobre ellos". El Señor habló a Moisés: "Di a los sacerdotes, hijos de Aarón: Ningún sacerdote contraiga impureza por el cadáver de un pariente, a no ser por un pariente cercano: madre, padre, hijo, hija, hermano o hermana soltera, que aún vive con él porque no se ha casado; por ellos podrá hacerse impuro. No debe hacerse impuro ni mancharse por una pariente casada. No se raparán la cabeza, no rasurarán los bordes de su barba ni se harán cortes en su cuerpo. Estarán consagrados a su Dios y no profanarán su nombre, pues son ellos los que presentan las ofrendas al Señor, alimento de su Dios; estarán en estado de santidad. No tomarán por esposa una mujer prostituta, violada o divorciada, pues el sacerdote está consagrado a su Dios. Le tendrás por santo, pues él es quien ofrece el alimento a tu Dios; tenle por santo, porque santo soy yo, que os santifico. Si la hija de un sacerdote se deshonra y se hace prostituta, deshonra también a su padre; será quemada viva". "En cuanto al sumo sacerdote, el mayor entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el óleo de la unción, a quien le fue conferido el poder de llevar las vestiduras sagradas, no irá despeinado ni harapiento, no se acercará a ningún cadáver; ni siquiera por su padre o por su madre debe hacerse impuro. No se saldrá del lugar santo para no profanar el santuario de su Dios, pues lleva sobre sí la corona del óleo de la unción de su Dios: yo, el Señor. Tomará para esposa mujer virgen. No tomará ni viuda ni divorciada, ni violada ni prostituta; una virgen de su pueblo será su mujer. De esta manera no profanará entre los suyos su descendencia, pues yo soy el Señor, que lo santifica". El Señor habló a Moisés: "Di a Aarón: Ninguno de tu estirpe, de cualquiera generación que sea, que tenga un defecto corporal se acercará a ofrecer el alimento a su Dios. No se acercará ningún defectuoso, sea ciego o cojo, mutilado o deforme, lisiado de pies o manos, jorobado o enano, bisojo o sarnoso, tiñoso o herniado. Ningún descendiente del sacerdote Aarón que tenga algún defecto podrá acercar las ofrendas al Señor; tiene un defecto, y por tanto no se acercará a ofrecer el alimento de su Dios. Podrá comer el alimento de su Dios, a saber, las ofrendas santas y santísimas; pero no podrá pasar detrás del velo ni acercarse al altar, pues tiene un defecto y no debe profanar mi santuario: yo, el Señor, que los santifico". Así habló Moisés a Aarón, a sus hijos y a todos los israelitas. El Señor habló a Moisés: "Di a Aarón y a sus hijos que se santifiquen con las cosas santas de los israelitas y no profanen mi santo nombre: yo, el Señor. Diles: Cualquier descendiente que se acerque en estado de impureza a las ofrendas santas consagradas al Señor por los israelitas, será extirpado de mi presencia: yo, el Señor. Ningún descendiente de Aarón que tenga lepra o derrame de semen podrá comer de las cosas santas antes de su purificación. El que haya tocado un objeto contaminado por contacto con un cadáver, el que haya tenido derrame de semen, el que haya tocado animal u hombre impuros contrayendo su misma impureza, el que haya tenido alguno de estos contactos, será impuro hasta la tarde; no podrá comer de las cosas santas si primero no ha lavado su cuerpo con agua. Después de la puesta del sol será puro y podrá comer de las cosas consagradas, porque son su comida. No comerá carne de bestia muerta o despedazada por una fiera, pues contraería impureza: yo, el Señor. Que guarden todas mis prescripciones, no sea que por alguna de ellas incurran en culpa y tengan que morir por haberlas profanado: yo, el Señor, que los santifico". 10 "Ningún laico comerá las cosas santas; ni el huésped del sacerdote ni el siervo mercenario comerán las cosas santas. - - - En cambio, podrá comerlas el siervo comprado con dinero por el sacerdote, exactamente como el que ha nacido en casa, pues los dos comen su propio alimento. La hija de un sacerdote casada con un extraño no podrá comer las cosas santas; pero si es viuda o divorciada y no tiene hijos y vuelve a casa de su padre como estaba durante la juventud, podrá comer el alimento de su padre. Pero ningún extraño lo podrá comer. Si uno come por inadvertencia una cosa santa, restituirá al sacerdote su valor, más una quinta parte. Los laicos no profanarán las cosas santas que hayan ofrecido los israelitas al Señor. De otra manera, cargarían sobre ellos una falta que exigiría reparación, pues yo soy el Señor, que santifico sus ofrendas". El Señor habló a Moisés: "Di a Aarón, a sus hijos y a todos los israelitas: Cuando un israelita o extranjero residente quiera hacer una ofrenda voluntaria, para que sea aceptada deberá presentar un animal macho sin defecto, vacuno, ovino o caprino. No ofreceréis animal defectuoso, pues no sería aceptado. De la misma manera, si uno ofrece al Señor ganado mayor o menor en sacrificio de reconciliación, sea en cumplimiento de un voto, sea como ofrenda voluntaria, la víctima, para que sea aceptada, ha de ser perfecta y sin defecto. Nunca ofreceréis al Señor animal ciego, cojo o mutilado, ulcerado, sarnoso o herpético, como ofrendas para ser quemadas sobre el altar en honor del Señor. Podrás presentar en calidad de ofrenda voluntaria ganado mayor o menor con miembros atrofiados o deformes, pero tales víctimas no serían aceptadas en cumplimiento de un voto. No ofreceréis al Señor animal que tenga los testículos aplastados, hundidos, cortados o arrancados; tales ofrendas no las haréis en vuestra tierra, ni las aceptaréis tampoco de manos de un extranjero para ofrecerlas en alimento a vuestro Dios, pues están deformes y taradas y no serían aceptadas". El Señor habló a Moisés: "Cuando nace un becerro, un cordero o un cabrito, estarán siete días con su madre; a partir del día octavo podrán ser aceptados como ofrendas quemadas en honor del Señor. No inmolaréis en el mismo día ganado mayor o menor con sus crías. Cuando ofrezcáis al Señor un sacrificio de acción de gracias, lo haréis de manera que sea aceptado; la víctima será comida el mismo día sin dejar nada para el día siguiente: yo, el Señor. Guardad mis mandamientos y ponedlos en práctica: yo, el Señor. No profanaréis mi santo nombre, para que sea yo santificado en medio de los israelitas: yo, el Señor, que os santifico. Yo os he sacado de Egipto para ser vuestro Dios: yo, el Señor". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Éstas son mis fiestas, las fiestas del Señor, las asambleas santas a las cuales convocaréis a los israelitas: Durante seis días trabajaréis, pero el séptimo es sábado, día de descanso absoluto y de asamblea santa; no haréis en él trabajo alguno. Dondequiera que viváis, es día de descanso dedicado al Señor "Éstas son las fiestas del Señor, las asambleas santas, a las que convocaréis a los israelitas en las fechas establecidas. El día catorce del primer mes, al atardecer, es la pascua del Señor, y el día quince del mismo mes es la fiesta de los panes sin levadura del Señor: durante siete días comeréis pan sin levadura. El primer día tendréis asamblea santa; no haréis trabajo alguno. Los siete días presentaréis al Señor ofrendas quemadas. El día séptimo será día de asamblea santa y no haréis en él trabajo alguno". 9 El Señor habló a Moisés: - - - "Di a los israelitas: Cuando hayáis entrado en la tierra que os doy y hagáis la recolección, llevaréis al sacerdote la primera gavilla de vuestra cosecha. El sacerdote la ofrecerá al Señor haciendo el rito de presentación para que sea aceptada: la ofrecerá el día siguiente del sábado, y el día que hayáis presentado la gavilla presentaréis, como holocausto en honor del Señor, un cordero de un año sin defecto; presentaréis también ocho kilos de flor de harina amasada en aceite como ofrenda quemada, perfume agradable al Señor; y como libación, dos litros de vino. No comeréis pan, espigas tostadas o granos triturados hasta ese día, en que presentéis la ofrenda a vuestro Dios. Es ley perpetua para vuestras generaciones dondequiera que viváis". 15 "A partir del día después del sábado, a saber, del día en que hayáis ofrecido la gavilla con el rito de presentación, contaréis siete semanas completas. - - - Contaréis cincuenta días hasta el día siguiente al séptimo sábado, y entonces presentaréis al Señor una ofrenda de granos nuevos. Llevaréis de vuestra casa, para ofrecerlos con el rito de presentación, dos panes de ocho kilos de flor de harina cocidos con levadura. Son las primicias para el Señor. Junto con el pan, ofreceréis en holocausto al Señor siete corderos de un año sin defecto, un novillo y dos carneros con la ofrenda y las libaciones: es una ofrenda quemada, un perfume agradable en honor del Señor. Inmolaréis, además, un macho cabrío en sacrificio por el pecado, y dos corderos de un año en sacrificio de reconciliación. El sacerdote los ofrecerá con el rito de presentación delante del Señor, junto con el pan de las primicias. Los panes y los dos corderos son cosas consagradas al Señor y pertenecen al sacerdote. Aquel mismo día celebraréis asamblea santa y no haréis trabajo alguno. Es ley perpetua para vuestras generaciones dondequiera que viváis. Cuando hagáis la recolección de vuestros campos, no los segarás hasta la misma orilla, ni recogerás las espigas caídas; lo dejarás para el pobre y el extranjero: yo, el Señor, vuestro Dios". 23 El Señor habló a Moisés: - - - "Di a los israelitas: el día primero del séptimo mes será para vosotros día de descanso y de asamblea santa, convocada a son de trompeta. No haréis trabajo alguno y presentaréis una ofrenda quemada en honor del Señor El Señor habló a Moisés: "El diez del mismo mes séptimo es el día del perdón; celebraréis asamblea santa y presentaréis una ofrenda quemada en honor del Señor. En ese día no haréis trabajo alguno, pues es el día del perdón, en que debe hacerse sobre vosotros el rito de absolución delante del Señor, vuestro Dios. El que no ayune ese día será extirpado de su pueblo. Igualmente, al que ese día haga algún trabajo, yo lo extirparé de su pueblo. No haréis trabajo alguno. Es ley perpetua para vuestras generaciones dondequiera que viváis. Será para vosotros día de descanso absoluto y dedicado al ayuno desde la tarde del día nueve hasta la tarde del día siguiente". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: El quince de este mes séptimo se celebrará durante siete días la fiesta de los tabernáculos en honor del Señor. El primer día es día de asamblea santa; no haréis en él trabajo alguno. Los siete días presentaréis ofrendas quemadas en honor del Señor; el día octavo celebraréis asamblea santa y presentaréis una ofrenda quemada en honor del Señor: es día de asamblea; no haréis en él trabajo alguno. Éstas son las fiestas del Señor, en las que celebraréis asambleas santas y presentaréis al Señor ofrendas quemadas, holocaustos, sacrificios de reconciliación, ofrendas y libaciones, según el ritual propio de cada día, aparte de los sábados del Señor y de las ofrendas que hagáis al Señor en cumplimiento de una promesa o espontáneamente. El día quince del séptimo mes, cuando hayáis hecho la recolección de los frutos de la tierra, celebraréis la fiesta del Señor durante siete días; el día primero y el octavo serán días de descanso absoluto. El primer día tomaréis los mejores frutos, ramos de palmera, ramas de árboles frondosos, sauces de las riberas, y os regocijaréis durante siete días en presencia del Señor, vuestro Dios. Celebraréis la fiesta en honor del Señor durante siete días, año tras año. Es ley perpetua para vuestras sucesivas generaciones. Celebraréis esta fiesta en el séptimo mes; durante los siete días viviréis en tiendas. Todos los israelitas vivirán en tiendas, para que vuestros descendientes sepan que yo hice vivir en tiendas a los israelitas cuando los saqué de Egipto: yo, el Señor, vuestro Dios". Así promulgó Moisés las fiestas del Señor a los israelitas. El Señor dijo a Moisés: "Ordena a los israelitas que traigan aceite puro de olivas molidas, para alimentar permanentemente las lámparas. Aarón se encargará de arreglarlas para que ardan sin cesar día y noche en presencia del Señor, delante del velo del testimonio, en la tienda de la reunión. Es ley perpetua para vuestras sucesivas generaciones: Aarón dispondrá las lámparas en el candelabro de oro puro para que ardan continuamente en presencia del Señor". "Tomarás flor de harina, cocerás con ella doce panes de ocho kilos cada uno, y los colocarás en dos hileras, seis panes en cada hilera, sobre la mesa pura delante del Señor. Pondrás incienso puro sobre cada una de las hileras; servirá de memorial en lugar del pan; será una ofrenda quemada en honor del Señor. Los panes serán renovados todos los sábados, sin dejar ninguno, en señal de pacto perpetuo por parte de los israelitas. Los panes serán para Aarón y sus hijos, que los comerán en lugar santo, porque son cosa santísima que les pertenece entre las ofrendas quemadas en honor del Señor. Es ley perpetua Un hombre, hijo de madre israelita y de padre egipcio, riñó un día en el campamento con un israelita. Blasfemó y maldijo el nombre del Señor. Su madre se llamaba Selomit, hija de Dibrí, de la tribu de Dan. Lo llevaron a Moisés y lo arrestaron hasta que se recibiera orden del Señor sobre lo que debía hacerse con él. El Señor dijo a Moisés: "Saca del campamento al blasfemo, pongan sobre su cabeza las manos todos los que han oído la blasfemia, y sea matado a pedradas por toda la comunidad. Y dirás a los israelitas: El que maldiga a su Dios cargará con su pecado, y el que blasfeme el nombre del Señor será castigado con la muerte; toda la comunidad lo apedreará. El que blasfeme el nombre del Señor morirá, tanto el extranjero como el indígena. El que hiera a otro mortalmente, sea quien sea, morirá irremisiblemente. El que hiera a una bestia mortalmente, la restituirá: animal por animal. El que maltrate a su prójimo será tratado de la misma manera; fractura por fractura, ojo por ojo y diente por diente, es decir, recibirá lo mismo que él ha hecho al prójimo. El que mate una bestia, la pagará; y el que mate a un hombre, morirá. La misma justicia usaréis con el extranjero y con el indígena: yo, el Señor, vuestro Dios". Moisés se lo comunicó a los israelitas, los cuales llevaron al blasfemo fuera del campamento y lo mataron a pedradas; hicieron como el Señor había mandado a Moisés. El Señor habló a Moisés en el monte Sinaí así: "Di a los israelitas: Cuando hayáis entrado en la tierra que os voy a dar, la tierra gozará del descanso sabático en honor del Señor. Durante seis años sembrarás tu campo, podarás tu viña y vendimiarás sus frutos; pero el séptimo año será año sabático para la tierra, en honor del Señor; no sembrarás tu campo, no podarás tu viña, no segarás las mieses que hayan crecido espontáneamente ni vendimiarás tus viñas no cultivadas: será un año de descanso absoluto para la tierra. Lo que produzca la tierra durante su descanso os servirá de comida a ti, a tu siervo y a tu sierva, a tu jornalero y al extranjero residente, a los que viven contigo. Los productos de la tierra servirán igualmente de comida a tus ganados y a las bestias salvajes "Contarás siete semanas de años, o sea, siete por siete, cuarenta y nueve años. El día diez del mes séptimo, el día del perdón, harás que resuene la trompeta por todo el país. Declararéis santo el año cincuenta y proclamaréis la liberación a todos los habitantes de la tierra. Será para vosotros año jubilar; cada uno de vosotros recobrará su propiedad y retornará a su familia. El año cincuenta será para vosotros año jubilar; no sembraréis, no segaréis las mieses crecidas espontáneamente ni vendimiaréis las viñas no cultivadas, pues es año jubilar, que será santo para vosotros; en él comeréis los frutos espontáneos de los campos. En el año jubilar volverá cada uno a sus propiedades. Cuando vendáis o compréis alguna cosa a vuestro prójimo, nadie engañe a su hermano. Comprarás a tu prójimo en proporción al número de años transcurridos después del jubileo, y en razón de los años de cosecha que le quedan te fijará él el precio de venta; cuantos más años queden, más le pagarás; cuantos menos queden, menos le pagarás, porque es un determinado número de cosechas lo que te vende. Nadie engañe a su prójimo. Temed a vuestro Dios: yo, el Señor, vuestro Dios. Obedeceréis mis leyes, observaréis mis preceptos poniéndolos en práctica y habitaréis seguros en la tierra. La tierra dará sus frutos, comeréis de ellos a saciedad y habitaréis seguros en ella. Si preguntáis: ¿Qué comeremos el séptimo año sin haber sembrado ni segado nuestras mieses? Yo os enviaré mi bendición el sexto año, de suerte que la tierra produzca frutos para tres años. Cuando vayáis a sembrar en el año octavo, tendréis todavía reservas de la cosecha anterior; hasta el año noveno en que llegue la nueva cosecha, tendréis reservas de la vieja". "Las tierras no se podrán vender a perpetuidad y sin limitación, porque la tierra es mía y vosotros sois en lo mío extranjeros residentes. Por tanto, en todo el territorio que ocupáis, las tierras conservarán el derecho de rescate. Si tu hermano empobrece y tiene que vender su propiedad, su pariente más cercano, sobre el que recae el derecho de rescate, podrá venir a rescatar lo vendido por su hermano. El que no tuviere rescatador, podrá él mismo, cuando haya encontrado con qué hacer el rescate, rescatar la propiedad descontando los años desde la venta y abonando al comprador los años que queden hasta el vencimiento de la misma. Si no encuentra con qué hacer el rescate, la propiedad vendida quedará en poder del comprador hasta el año del jubileo; entonces el vendedor entrará de nuevo en su posesión. Si uno vende una casa en una ciudad amurallada, tendrá derecho de rescate durante un año a partir de la venta; su derecho de rescate dura un año. Si no se ha hecho el rescate dentro del año, esta casa, enclavada dentro de una ciudad amurallada, será para siempre del comprador y de sus descendientes; no perderán la propiedad ni siquiera el año del jubileo. Las casas del pueblo no amurallado serán consideradas como propiedades rústicas; gozarán del derecho de rescate y quedarán libres el año del jubileo. En cuanto a las ciudades de los levitas y las casas que éstos poseen en ellas, conservan siempre el derecho de rescate. Cuando la casa de un levita no es rescatada, si ha sido vendida en una de las ciudades de su propiedad, saldrá libre en el jubileo porque las casas de las ciudades levíticas son propiedad suya en medio de los israelitas. Igualmente los campos anejos a sus ciudades no podrán ser vendidos, porque son propiedad suya a perpetuidad. Si un hermano tuyo ha contraído una deuda contigo y no tiene con qué pagar, lo sostendrás a título de huésped o inquilino, de manera que pueda vivir contigo. No le exigirás prestación personal ni intereses; antes bien, temerás a tu Dios y permitirás a tu hermano vivir contigo. No le prestarás dinero a interés ni le darás víveres a usura: yo, el Señor, vuestro Dios, que os saqué de Egipto para daros la tierra de Canaán y ser vuestro Dios. Si un hermano tuyo ha contraído una deuda contigo y se vende a ti, no le tratarás como esclavo; será para ti como un jornalero o un huésped, y estará a tu servicio hasta el año jubilar. Entonces saldrá de tu casa él y sus hijos; volverá a su familia y recobrará de nuevo la propiedad de sus padres. Porque son siervos míos que yo saqué de Egipto, y no deben ser vendidos como se vende un esclavo. No ejercerás tu dominio sobre él arbitrariamente, sino que temerás a tu Dios. Compraréis esclavos de las naciones vecinas; en éstas podréis adquirir esclavos y esclavas. Podréis adquirirlos también entre los extranjeros que viven en medio de vosotros, entre sus familias y entre los hijos que hayan tenido en vuestra tierra; éstos serán vuestra propiedad y los podréis dejar en herencia a vuestros hijos, después de vosotros, para que los posean a título de propiedad perpetua como esclavos vuestros. En cuanto a vuestros hermanos, los israelitas, ninguno tratará con dureza a los demás. Si el huésped o extranjero residente en medio de ti se enriquece, y un hermano tuyo empobrece contrayendo deuda con aquél y se ve obligado a venderse al huésped o al extranjero o a un descendiente de su familia, gozará del derecho de rescate una vez vendido; uno de sus hermanos, su tío, su primo o un pariente cercano, lo podrá rescatar; y si llega a tener medios, puede rescatarse a sí mismo. Contará, de acuerdo con el comprador, los años que median entre la venta y el año jubilar y, de acuerdo con el número de éstos, se computará el precio de venta, valorando su tiempo de servicio como el de un jornalero. Si faltan todavía muchos años, pagará su rescate teniendo en cuenta el número de éstos y el precio que recibió por venderse. Si quedan pocos años para el jubileo, de acuerdo con ellos calculará y pagará su rescate. Será considerado como un jornalero que se ajusta por año de trabajo. No permitirás que se le trate con dureza delante de tus ojos. Si no hubiera sido rescatado de ninguna de estas maneras, saldrá libre el año del jubileo junto con sus hijos. Porque los israelitas me pertenecen como siervos; son mis siervos que yo saqué de Egipto: yo, el Señor, vuestro Dios". "No os hagáis ídolos, no os alcéis estatuas o estelas ni pongáis en vuestra tierra piedras esculpidas para postraros ante ellas, porque yo soy el Señor, vuestro Dios. Guardaréis mis sábados y veneraréis mi santuario: yo, el Señor. Si seguís mis leyes y guardáis mis mandamientos poniéndolos en práctica, os daré a su debido tiempo la lluvia necesaria, la tierra producirá sus frutos, los árboles de los campos darán los suyos; la trilla se prolongará hasta la vendimia y la vendimia hasta la siembra; comeréis vuestro pan a saciedad y viviréis seguros en vuestra tierra. Habrá paz en el país y nadie turbará vuestro sueño. Haré desaparecer de en medio de vosotros a los animales dañinos, y la espada enemiga no pasará vuestras fronteras. Perseguiréis a vuestros enemigos, y éstos caerán a espada ante vosotros. Cinco de los vuestros perseguirán a ciento, ciento pondrán en fuga a diez mil y vuestros enemigos caerán a espada ante vosotros. Yo me volveré hacia vosotros, os haré crecer y multiplicaros y mantendré mi alianza con vosotros. Comeréis de lo almacenado, e incluso os veréis obligados a sacarlo de vuestros graneros para hacer sitio a lo nuevo. Estableceré mi morada en medio de vosotros y nunca os aborreceré. Marcharé en medio de vosotros, seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Yo, el Señor, vuestro Dios, que os saqué de Egipto para que no fueseis esclavos allí, rompí las coyundas de vuestro yugo y os hice salir con la cabeza erguida". "Pero si no me obedecéis y no ponéis en práctica todos mis mandamientos; si despreciáis mis leyes, desdeñáis mis prescripciones, no ponéis por obra mis mandatos y rompéis mi alianza, yo me portaré con vosotros de la misma manera; haré venir sobre vosotros el espanto, epidemia y fiebre, enfermedades de los ojos y agotamiento de la vida. Sembraréis en vano, pues los enemigos comerán el fruto de vuestras semillas. Me volveré contra vosotros, y seréis vencidos por vuestros enemigos; éstos os dominarán, y huiréis aunque nadie os persiga. Si todavía no me obedecéis, multiplicaré por siete mis castigos por vuestros pecados; haré pedazos vuestra fuerza orgullosa, haré vuestro cielo duro como el hierro y vuestra tierra dura como el bronce. Se empleará en vano vuestra fuerza, pues la tierra no producirá nada y los árboles del campo no darán sus frutos. Si todavía seguís obstinados contra mí y no me queréis obedecer, multiplicaré siete veces más mis castigos por vuestros pecados; enviaré contra vosotros fieras salvajes, que devorarán a vuestros hijos, destrozarán vuestros ganados y os diezmarán hasta el punto de quedar desiertos vuestros caminos. Si a pesar de ello no os corregís y seguís obstinados contra mí, yo me obstinaré también contra vosotros y multiplicaré de nuevo por siete mis castigos por vuestros pecados; haré venir contra vosotros la espada, que vengará la alianza. Os refugiaréis en vuestras ciudades, pero yo haré caer sobre vosotros la peste y seréis entregados en manos del enemigo. Cuando yo retire el sustento de pan, diez mujeres bastarán para cocer el pan en un solo horno y os lo darán tasado, de manera que comeréis y no quedaréis satisfechos. Si a pesar de esto no me obedecéis y seguís todavía obstinados contra mí, yo me obstinaré con furor contra vosotros y multiplicaré por siete una vez más mis castigos por vuestros pecados. Os comeréis a vuestros hijos y a vuestras hijas. Destruiré vuestras colinas idolátricas, destrozaré los altares de vuestros perfumes, amontonaré vuestros cadáveres sobre los cadáveres de vuestros ídolos y os aborreceré. Convertiré en desiertos vuestras ciudades, devastaré vuestros santuarios y no aspiraré más el aroma de vuestros sacrificios. Yo mismo arrasaré la tierra, y hasta vuestros enemigos se quedarán estupefactos cuando vengan a habitarla. A vosotros os dispersaré entre las naciones y os perseguiré con la espada desenvainada. Vuestra tierra será una desolación y vuestras ciudades un montón de ruinas. Entonces la tierra disfrutará de sus descansos sabáticos mientras dure su desolación y vosotros estéis en tierra de vuestros enemigos. Entonces podrá la tierra descansar y recuperar sus sábados. Durante todo el tiempo de su desolación tendrá el descanso que no tuvo en los días de sábado, cuando vosotros vivíais en ella. A vuestros supervivientes les infundiré tal espanto en sus corazones cuando se encuentren en la tierra de sus enemigos, que el movimiento de una hoja los espantará, los hará huir, como se huye delante de la espada, y caerán sin que nadie los persiga. Tropezarán y caerán unos sobre otros, como cuando se huye delante de la espada, sin que sean en realidad perseguidos. No podréis resistir ante vuestros enemigos, pereceréis entre las naciones y el país de vuestros enemigos acabará con vosotros. Los supervivientes perecerán en tierra enemiga a causa de las propias iniquidades y las de sus padres. Reconocerán sus iniquidades y las de sus padres, las infidelidades contra mí y la oposición que me hicieron, por lo que yo también me opuse a ellos y los llevé a tierra enemiga. Entonces humillarán su corazón incircunciso y el castigo quedará satisfecho. Yo me acordaré de mi pacto con Jacob, de mi pacto con Isaac, de mi pacto con Abrahán; me acordaré de la tierra. Cuando ellos hayan abandonado la tierra, ésta disfrutará de sus sábados durante el tiempo de su desolación; ellos sufrirán su castigo por haber despreciado mis mandamientos y haber aborrecido mis leyes. A pesar de todo, cuando estén en la tierra de sus enemigos, yo no los rechazaré ni los aborreceré hasta el punto de aniquilarlos y romper mi alianza con ellos, porque yo soy el Señor, su Dios. Me acordaré, en favor suyo, de la alianza que hice con sus antepasados, cuando los saqué de Egipto a los ojos de las naciones para ser su Dios: yo, el Señor". Éstos son los mandamientos, prescripciones y leyes que estableció el Señor entre él y los israelitas en el monte Sinaí por medio de Moisés. VI. El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Si alguno quiere pagar un voto que haya hecho al Señor por el valor de una persona, su valoración será la siguiente: el hombre entre veinte y sesenta años, seiscientos gramos de plata, según el peso del santuario; la mujer, trescientos setenta gramos; el joven entre los cinco y los veinte años, doscientos cuarenta gramos, y la joven de la misma edad, ciento veinte gramos; el niño entre un mes y cinco años, sesenta gramos, y la niña, treinta y seis gramos de plata; de sesenta años para arriba, el hombre ciento ochenta gramos, y la mujer ciento veinte gramos. Si el que hizo el voto es tan pobre que no puede pagar la suma, se presentará al sacerdote, que hará una estimación proporcionada a las posibilidades del interesado". "Si el voto se refiere a animales que pueden ser presentados como ofrenda al Señor, entonces todo animal ofrecido en voto al Señor es sagrado; no se podrá cambiar o reemplazar ni uno bueno por uno malo ni uno malo por otro bueno; si un animal es cambiado por otro, los dos se hacen sagrados. Si se trata de animales impuros, que no pueden ser presentados como ofrenda al Señor, cualquiera que sea el animal, será llevado al sacerdote, que hará la estimación, según sea bueno o malo; habrá que atenerse a la estimación del sacerdote; si lo quiere rescatar, se añadirá una quinta parte más al valor estimado". "Si uno consagra su casa al Señor, el sacerdote hará la estimación de ésta, según sea de mucho o poco valor; y habrá que atenerse a la estimación del sacerdote; pero si quiere rescatar la casa, añadirá una quinta parte más al valor estimado, y la recuperará". "Si uno consagra al Señor alguna de las tierras de su patrimonio, la valoración será proporcional a su producción, a razón de seiscientos gramos de plata por cuatrocientos cincuenta kilos de cebada. Si consagra el campo durante el año jubilar, se atendrá a esta valoración; pero si lo consagra después del jubileo, el sacerdote hará su valoración según el número de años que queden hasta el año jubilar, con la correspondiente reducción. Si quiere rescatar el campo, añadirá una quinta parte más al valor estimado, y lo recuperará. Si no lo rescata y lo vende a otro, se pierde el derecho de rescate; cuando quede libre en el año del jubileo, será consagrado al Señor como campo votivo y pasará a ser propiedad del sacerdote. Si uno consagra al Señor un campo comprado por él, que no forma parte de su patrimonio, el sacerdote calculará el precio de estimación por los años que falten hasta el jubileo, y el hombre pagará aquel mismo día el precio fijado a título de cosa consagrada al Señor. El año del jubileo, el campo volverá a su vendedor inicial, al cual pertenecía como heredad de la tierra. Toda valoración será hecha según el peso del santuario, que es de doce gramos cada unidad". "Nadie podrá consagrar los primogénitos de su ganado, pues por derecho pertenecen ya al Señor; sea ganado mayor o menor, sus primogénitos son del Señor. Pero si se trata de animales impuros, serán rescatados al precio que se valoren, más una quinta parte; si no fuera rescatado, será vendido al precio que se haya valorado. Ninguna cosa de su propiedad -hombres, animales o campos de propiedad hereditaria- que uno consagre al Señor podrá ser vendida o rescatada. Lo que se consagra al Señor es cosa santísima y pertenece al Señor. Ninguna persona consagrada al Señor podrá ser rescatada; tendrá que morir. La décima parte de los productos de la tierra, tanto de los productos del campo como de los frutos de los árboles, pertenece al Señor; es cosa consagrada al Señor. Si uno quiere rescatar algo de esa décima parte, añadirá una quinta parte más de su valor. Uno de cada diez animales del ganado mayor y menor será consagrado al Señor. No se escogerá entre lo bueno o lo malo, ni se podrá cambiar uno por otro; si se cambia, tanto el primer animal como el animal dado a cambio quedarán consagrados sin posibilidad de rescate". Éstos son los mandamientos que el Señor dio a los israelitas en el monte Sinaí por medio de Moisés. El día uno del segundo mes del segundo año de la salida de Egipto, en el desierto del Sinaí, en la tienda de la reunión, el Señor dijo a Moisés:El día uno del segundo mes del segundo año de la salida de Egipto, en el desierto del Sinaí, en la tienda de la reunión, el Señor dijo a Moisés: "Haz un censo general de toda la comunidad israelita por clanes y por familias, anotando uno a uno los nombres de todos los varones."Haz un censo general de toda la comunidad israelita por clanes y por familias, anotando uno a uno los nombres de todos los varones. Entre los mayores de veinte años registraréis tú y Aarón, por escuadras, a todos los aptos para la guerra en Israel.Entre los mayores de veinte años registraréis tú y Aarón, por escuadras, a todos los aptos para la guerra en Israel. Os ayudará en este trabajo un hombre por cada tribu, jefe de familia.Os ayudará en este trabajo un hombre por cada tribu, jefe de familia. Éstos son los nombres de los que os han de ayudar: Por Rubén: Elisur, hijo de Sedeur.Éstos son los nombres de los que os han de ayudar: Por Rubén: Elisur, hijo de Sedeur. Por Simeón: Selumiel, hijo de Surisaday.Por Simeón: Selumiel, hijo de Surisaday. Por Judá: Nasón, hijo de Aminadab.Por Judá: Nasón, hijo de Aminadab. Por Isacar: Natanael, hijo de Suar.Por Isacar: Natanael, hijo de Suar. Por Zabulón: Eliab, hijo de Jelón.Por Zabulón: Eliab, hijo de Jelón. Por los hijos de José: por Efraín: Elisamá, hijo de Amihud. Por Manasés: Gamaliel, hijo de Pedasur.Por los hijos de José: por Efraín: Elisamá, hijo de Amihud. Por Manasés: Gamaliel, hijo de Pedasur. Por Benjamín: Abidán, hijo de Gedeoní.Por Benjamín: Abidán, hijo de Gedeoní. Por Dan: Ajiezer, hijo de Amisaday.Por Dan: Ajiezer, hijo de Amisaday. Por Aser: Pagiel, hijo de Ocrán.Por Aser: Pagiel, hijo de Ocrán. Por Gad: Eliasaf, hijo de Deuel.Por Gad: Eliasaf, hijo de Deuel. Por Neftalí: Ajirá, hijo de Enán".Por Neftalí: Ajirá, hijo de Enán". Éstos eran los delegados de la comunidad, los responsables de sus tribus, jefes de millar en Israel.Éstos eran los delegados de la comunidad, los responsables de sus tribus, jefes de millar en Israel. Moisés y Aarón tomaron consigo a estos hombres que habían sido designados personalmente,Moisés y Aarón tomaron consigo a estos hombres que habían sido designados personalmente, reunieron a toda la comunidad el día primero del segundo mes e hicieron el censo por clanes y familias, registrando a todos los varones de veinte años para arriba uno por uno.reunieron a toda la comunidad el día primero del segundo mes e hicieron el censo por clanes y familias, registrando a todos los varones de veinte años para arriba uno por uno. Tal como el Señor había ordenado a Moisés, así se hizo el censo en el desierto del Sinaí.Tal como el Señor había ordenado a Moisés, así se hizo el censo en el desierto del Sinaí. Hecho el censo de la tribu de Rubén, primogénito de Israel, por clanes y familias, y registrados uno por uno, según sus nombres, todos los varones de veinte años para arriba, aptos para la guerra,Hecho el censo de la tribu de Rubén, primogénito de Israel, por clanes y familias, y registrados uno por uno, según sus nombres, todos los varones de veinte años para arriba, aptos para la guerra, se registraron 46.500.se registraron 46.500. De la tribu de Simeón,De la tribu de Simeón, se registraron 59.300.se registraron 59.300. De la tribu de Gad,De la tribu de Gad, se registraron 45.650.se registraron 45.650. De la tribu de Judá,De la tribu de Judá, se registraron 74.600.se registraron 74.600. De la tribu de Isacar,De la tribu de Isacar, se registraron 54.400.se registraron 54.400. De la tribu de Zabulón,De la tribu de Zabulón, se registraron 57.400.se registraron 57.400. De la tribu de José, por Efraín,De la tribu de José, por Efraín, se registraron 40.500.se registraron 40.500. De la tribu de José, por Manasés,De la tribu de José, por Manasés, se registraron 32.200.se registraron 32.200. De la tribu de Benjamín,De la tribu de Benjamín, se registraron 35.400.se registraron 35.400. De la tribu de Dan,De la tribu de Dan, se registraron 62.700.se registraron 62.700. De la tribu de Aser,De la tribu de Aser, se registraron 41.500.se registraron 41.500. De la tribu de Neftalí,De la tribu de Neftalí, se registraron 53.400.se registraron 53.400. Éste es el total registrado por Moisés, Aarón y los doce jefes de Israel, uno por cada tribu.Éste es el total registrado por Moisés, Aarón y los doce jefes de Israel, uno por cada tribu. Según este censo, hecho por familias, todos los israelitas de veinte años para arriba aptos para la guerra resultaron ser 603.550 hombres. Los levitas no fueron registrados con los demás. El Señor dijo a Moisés: "Sólo excluirás del censo a la tribu de Leví; no los contarás entre los israelitas, sino que a los levitas les encargarás el servicio de la tienda de la alianza, de todo su mobiliario y de todo cuanto le pertenece: llevarán la tienda y su mobiliario, estarán dedicados a su servicio y acamparán a su alrededor. Cuando la tienda deba ser trasladada, los levitas la desmontarán; y cuando deba pararse, la instalarán ellos también. El laico que se acerque a la tienda morirá. Los israelitas plantarán sus tiendas cada uno en su campo, bajo el propio estandarte, por orden de escuadras. Pero los levitas acamparán alrededor de la tienda de la alianza para que la cólera no estalle contra la comunidad israelita". Los israelitas hicieron todo exactamente como el Señor había ordenado a Moisés. El Señor dijo a Moisés y Aarón: "Los israelitas acamparán cada uno junto a su bandera, bajo las enseñas de sus familias, alrededor de la tienda de la reunión, a cierta distancia. Al este, los que están agrupados bajo la bandera de Judá. Su jefe será Nasón, hijo de Aminadab; su ejército cuenta con 74.600 hombres según el censo. Cerca de Judá acamparán: la tribu de Isacar. Su jefe será Natanael, hijo de Suar; su ejército cuenta con 54.400 hombres según el censo. La tribu de Zabulón. Su jefe será Eliab, hijo de Jelón; su ejército cuenta con 57.400 hombres según el censo. El total del campamento de Judá, dividido por escuadras, es de 186.400 hombres. Serán los primeros que se pongan en marcha. Al sur acamparán los que están agrupados bajo la bandera de Rubén. El jefe de los hijos de Rubén será Elisur, hijo de Sedeur; su ejército cuenta con 46.500 hombres según el censo. Cerca de Rubén acamparán: la tribu de Simeón. Su jefe será Selumiel, hijo de Surisaday; su ejército cuenta con 59.300 hombres según el censo. La tribu de Gad. Su jefe será Eliasaf, hijo de Deuel; su ejército cuenta con 45.650 hombres según el censo. El total del campamento de Rubén, dividido por escuadras, es de 151.450 hombres. Se pondrán en marcha los segundos. Entonces partirá la tienda de la reunión, ya que el campo de los levitas se encuentra en medio de los demás campamentos. Seguirán en la marcha el orden de acampamiento, cada uno bajo su bandera. Al oeste acamparán los que están agrupados bajo la bandera de Efraín. El jefe de los hijos de Efraín será Elisamá, hijo de Amihud; su ejército cuenta con 40.500 hombres según el censo. Cerca de Efraín acamparán: la tribu de Manasés. Su jefe será Gamaliel, hijo de Pedasur; su ejército cuenta con 32.200 hombres según el censo. La tribu de Benjamín. Su jefe será Abidán, hijo de Gedeoní, y su ejército cuenta con 35.400 hombres según el censo. El total del campamento de Efraín, dividido por escuadras, es de 108.100 hombres. Se pondrán en marcha los terceros. Al norte acamparán los que están agrupados bajo la bandera de Dan. Su jefe será Ajiezer, hijo de Amisaday; su ejército cuenta con 62.700 hombres según el censo. Cerca de Dan acamparán: la tribu de Aser. Su jefe será Pagiel, hijo de Ocrán; su ejército cuenta con 41.500 hombres según el censo. La tribu de Neftalí. Su jefe será Ajirá, hijo de Enán; su ejército cuenta con 53.400 hombres según el censo. El total del campamento de Dan es de 157.600 hombres. Se pondrán en marcha los últimos tras sus banderas. Éste es el censo de los israelitas por familias. El total de todos los hombres registrados, repartidos en varios campamentos, según sus cuerpos de ejército, fue de 603.550. Tal como el Señor había ordenado a Moisés, los levitas no fueron contados en el censo con los demás. Los israelitas hicieron todo exactamente como el Señor había ordenado a Moisés. Acampaban por banderas y se ponían en marcha por clanes y familias. Éstos son los descendientes de Aarón y de Moisés por el tiempo en que el Señor habló a Moisés en el monte Sinaí..365 monedas de plata conforme al peso oficial del santuario. Hijos de Aarón: Nadab, el primogénito, y luego Abihú, Eleazar e Itamar. Tales son los nombres de los hijos de Aarón, sacerdotes ungidos y consagrados para ejercer el sacerdocio. Nadab y Abihú murieron en presencia del Señor, en el desierto del Sinaí, cuando intentaron ofrecerle fuego profano. No tuvieron hijos. Entonces Eleazar e Itamar ejercieron el sacerdocio en vida de su padre Aarón. El Señor dijo a Moisés: "Llama a la tribu de Leví para que asista al sacerdote Aarón y se ponga a su servicio. Estarán a su servicio y al servicio de toda la comunidad, delante de la tienda de la reunión, y se encargarán del servicio de la tienda. Se cuidarán de todo el mobiliario de la tienda de la reunión y estarán al servicio de los israelitas en todo lo que se refiere a la tienda. Aparta a los levitas y dáselos a Aarón y a sus hijos para que les pertenezcan como donados de parte de los israelitas. A Aarón y a sus hijos les asignarás las funciones del sacerdocio, y cualquier extraño que se entrometa será castigado con la muerte". El Señor dijo a Moisés: "Ya ves que he elegido a los levitas de entre los israelitas en sustitución de todos los primogénitos, de todos los que abren el seno materno; los levitas son, pues, míos, ya que mío es todo primogénito. El día en que hice morir a todos los primogénitos de Egipto consagré para mí a todos los primogénitos de Israel, tanto de hombres como de animales. Son míos. Yo, el Señor". El Señor dijo a Moisés en el desierto del Sinaí: "Haz el censo de los hijos de Leví, por familias y clanes, contando todos los varones que tengan más de un mes". Moisés lo hizo como el Señor le había mandado. Los hijos de Leví: Guersón, Quehat y Merarí. Hijos de Guersón por clanes: Libní y Semeí; hijos de Quehat por clanes: Amrán, Yishar, Hebrón y Uziel; hijos de Merarí por clanes: Majlí y Musí. Tales son los clanes de Leví por familias. Clanes de Guersón: el clan de Libní y el de Semeí. El número total de varones registrados mayores de un mes fue de 7.500. Los clanes guersonitas acampaban detrás de la tienda, al oeste. El jefe de la casa de Guersón era Eliasaf, hijo de Lael. El oficio de los hijos de Guersón, con relación a la tienda de la reunión, era cuidar de la morada, de la tienda y su cubierta, de la portezuela de la entrada, de las cortinas del atrio, de la portezuela de entrada al atrio, que rodea la morada y el altar, y de las cuerdas necesarias para todo el servicio. Clanes de Quehat: el clan de Amrán, el de Yishar, el de Hebrón y el de Uziel. El número total de varones registrados mayores de un mes fue de 8.300. Éstos estaban encargados del santuario. Los clanes quehatitas acampaban del lado sur de la tienda. El jefe de la casa de los clanes quehatitas era Elisafán, hijo de Uziel. Tenían a su cargo el arca, la mesa, el candelabro, los altares, los objetos sagrados para el culto, la cortina y todo su servicio. El primero entre los jefes de Leví era Eleazar, hijo de Aarón, sacerdote. Ejercía la superintendencia sobre los adscritos al servicio del santuario. Clanes de Merarí: el clan de Majlí y el de Musí. El número total de varones registrados mayores de un mes fue de 6.200. El jefe de la casa de los clanes meraritas era Suriel, hijo de Abijail. Acampaban al lado norte de la tienda. Los hijos de Merarí estaban encargados de los tablones de la tienda, de sus barras, columnas, basas, de todos sus accesorios con todo su servicio, así como de las columnas que rodeaban el atrio, sus basas, clavos y cuerdas. Delante de la tienda de la reunión, al lado este, acampaban Moisés, Aarón y sus hijos, que tenían cuidado del santuario en nombre de los israelitas. Todo extraño que se acercaba era castigado con la muerte. El censo total de levitas registrados por Moisés, según la orden del Señor, contando por familias todos los varones mayores de un mes, fue de 22.000. El Señor dijo a Moisés: "Haz el censo de todos los primogénitos varones de los israelitas mayores de un mes y registra sus nombres; reservarás para mí los levitas, en sustitución de todos los primogénitos de los israelitas, y el ganado de los levitas, en sustitución de los primogénitos del ganado de los israelitas. Yo, el Señor". Moisés hizo el censo de todos los primogénitos de los israelitas según la orden que le había dado el Señor. El total de primogénitos varones registrados por sus nombres, mayores de un mes, fue de 22.273. El Señor dijo a Moisés: "Resérvame a los levitas en sustitución de todos los primogénitos de los israelitas, y el ganado de los levitas en sustitución de los primogénitos de sus ganados. Los levitas serán míos. Yo, el Señor. Por el rescate de los 273 primogénitos de los israelitas, que sobrepasan el número de levitas, tomarás cinco monedas de plata por cabeza, según la unidad oficial del santuario, que es de doce gramos. Darás el dinero a Aarón y a sus hijos como rescate de los que sobrepasan el número de los levitas". Moisés tomó el dinero de los primogénitos de los israelitas que sobrepasaban el número de los levitas. Tomó el dinero de los primogénitos de los israelitas, Moisés entregó el dinero del rescate a Aarón y a sus hijos, tal como el Señor le había ordenado. El Señor dijo a Moisés y Aarón: "Haz el censo de los levitas descendientes de Quehat por clanes y familias, de treinta a cincuenta años, aptos para hacer su servicio en la tienda de la reunión. El servicio de los descendientes de Quehat en la tienda de la reunión será cuidar de las cosas más santas. Cuando haya que levantar el campamento, Aarón y sus hijos desmontarán el velo y cubrirán con él el arca de la alianza. Pondrán encima una cubierta de pieles de tejón curtidas, sobre la que extenderán a su vez una tela morada, y luego colocarán las barras para transportarla. Extenderán una tela morada sobre la mesa de los panes de la proposición, sobre la que pondrán los platos, las copas, las cazoletas y los vasos de las libaciones. El pan de la ofrenda perpetua estará también allí. Extenderán encima una tela de carmesí, que recubrirán con una funda de pieles de tejón. Y luego colocarán las barras de la mesa. Tomarán una tela morada, con la que cubrirán el candelabro, sus lámparas, despabiladeras, ceniceros y aceiteras para alimentarlo. Lo meterán todo con sus accesorios en una funda de pieles de tejón y lo colocarán sobre unas parihuelas. Extenderán una tela morada sobre el altar de oro y, después de recubrirlo todo con pieles de tejón, le pondrán las barras. Tomarán todos los objetos usados en el servicio del santuario y los pondrán sobre una tela morada; los recubrirán con pieles de tejón y los colocarán sobre unas parihuelas. Quitarán las cenizas del altar y lo recubrirán con un paño de púrpura escarlata, sobre el que pondrán todos los utensilios de su servicio; los braseros, los tenedores, las paletas y las bandejas, todos los utensilios del altar, y lo cubrirán con pieles de tejón y le pondrán las barras. Cuando Aarón y sus hijos hayan acabado de cubrir el santuario y todo su mobiliario, en el momento de levantar el campamento vendrán los descendientes de Quehat para llevarlos, pero sin tocar las cosas sagradas, no sea que mueran. Éste es el oficio de los descendientes de Quehat en la tienda de la reunión. Eleazar, hijo de Aarón, sacerdote, tendrá el encargo del aceite del candelabro, del perfume aromático, de la ofrenda perpetua y del aceite de la unción. Deberá, además, vigilar sobre toda la tienda y lo que hay en ella: las cosas sagradas y sus utensilios". El Señor dijo a Moisés y Aarón: "No permitáis que desaparezcan del número de levitas la tribu y los clanes de Quehat. Haced lo posible para que vivan y no mueran acercándose a las cosas santas; sean Aarón y sus hijos los que entren para designar a cada uno su servicio y su cargo. Ellos, que no entren ni siquiera para ver un solo instante las cosas santas, no sea que mueran". El Señor dijo a Moisés: "Haz también el censo de los descendientes de Guersón por familias y clanes; registrarás todos los hombres de treinta a cincuenta años, aptos para hacer su servicio en la tienda de la reunión. Éste es el servicio que habrán de hacer los clanes guersonitas, sus funciones y sus cargos: llevarán las cortinas de la morada, la tienda de la reunión con su cubierta y la cubierta de pieles de tejón que la recubre; las cortinas del atrio, la portezuela de entrada del atrio que rodea la tienda y el altar, las cuerdas y todos los accesorios necesarios para su servicio. Y harán con ellos todo lo que sea necesario. Este servicio de los descendientes de Guersón, sus funciones y sus cargos, se llevará a cabo bajo las órdenes de Aarón y de sus hijos; vosotros debéis vigilar el cumplimiento de sus obligaciones. Éste será el servicio de los clanes guersonitas en la tienda de la reunión. Su ministerio estará bajo la vigilancia del sacerdote Itamar, hijo de Aarón". "Haz el censo de los hijos de Merarí por clanes y familias. Registrarás todos los hombres de treinta a cincuenta años, aptos para hacer su servicio en la tienda de la reunión. Esto es lo que han de cuidar y transportar en la tienda de la reunión: los tablones de la tienda, sus travesaños, columnas y basas, las columnas que rodean el atrio, sus basas, estacas y cuerdas, todos sus utensilios y su servicio. Les indicaréis concretamente con su nombre todos los objetos que pasan a su cuidado. Éste es el servicio de los clanes meraritas. En todo su servicio en la tienda de la reunión dependerán del sacerdote Itamar, hijo de Aarón". Moisés, Aarón y los jefes de la comunidad hicieron el censo de los descendientes de Quehat por clanes y familias, de treinta a cincuenta años, aptos para hacer el servicio en la tienda de la reunión. Los registrados por clanes fueron 2.750. Éste fue el número de los descendientes de Quehat aptos para prestar su servicio en la tienda de la reunión, según el censo hecho por Moisés y Aarón por orden del Señor. Se hizo el censo de los descendientes de Guersón por clanes y familias, de treinta a cincuenta años, aptos para hacer su servicio en la tienda de la reunión; los registrados por clanes y familias fueron 2.630. Éste fue el número de los descendientes de Guersón aptos para prestar su servicio en la tienda de la reunión, según el censo hecho por Moisés y Aarón por orden del Señor. Se hizo el censo de los descendientes de Merarí por clanes y familias, de treinta a cincuenta años, aptos para prestar su servicio en la tienda de la reunión; los registrados por clanes fueron 3.200. Éste fue el total de los clanes meraritas según el censo hecho por Moisés y Aarón por orden del Señor. Todos los registrados en el censo que Moisés, Aarón y los jefes de Israel hicieron de los levitas por clanes y familias, desde los treinta a los cincuenta años, aptos para hacer su servicio en la tienda de la reunión, dieron un total de 8.580. Este censo se hizo por orden del Señor y bajo la dirección de Moisés, asignando a la vez a cada uno el respectivo servicio y cargo, tal y como el Señor había ordenado a Moisés. El Señor dijo a Moisés: "Ordena a los israelitas que saquen del campamento a los leprosos, a los que padecen blenorragia, a los impuros por contacto con cadáveres; que los saquen a todos, hombres o mujeres, sin distinción, para que no contaminen su campamento donde yo vivo en medio de ellos". Los israelitas lo hicieron así y los sacaron fuera del campamento, tal y como el Señor había ordenado a Moisés. El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Si un hombre o una mujer causa un perjuicio a otro, ofendiendo así al Señor, esa persona es culpable; confesará su pecado y resarcirá a la persona perjudicada el daño causado, más una quinta parte. Si la persona perjudicada ha muerto y no deja pariente alguno a quien se pueda restituir, la restitución será para el Señor y en beneficio del sacerdote, además del carnero por el pecado mediante el cual se hará el rito de absolución sobre el culpable. Todo tributo y ofrenda que los israelitas presenten al sacerdote, son del sacerdote; lo que uno da al sacerdote, es del sacerdote". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Si la mujer se desvía de su marido y le es infiel, teniendo relaciones sexuales con otro sin saberlo el marido, es decir, si se ha deshonrado en secreto, sin que haya testigos contra ella y sin que haya sido sorprendida en el acto; si el marido sospecha algo y llega a sentir celos por ella, se haya o no deshonrado en realidad, la llevará al sacerdote y presentará por ella como ofrenda cuatro kilos y medio de harina de cebada, sin derramar aceite sobre ella ni poner encima incienso, porque es ofrenda de celos, ofrenda de denuncia de una falta. El sacerdote llamará a la mujer y la pondrá en presencia del Señor. Echará agua bendita en una vasija de barro, y tomando un poco de tierra del suelo de la tienda, la mezclará con el agua. Pondrá a la mujer en presencia del Señor, le descubrirá la cabeza y le pondrá en las manos la ofrenda conmemorativa, es decir, la ofrenda de celos, mientras él tiene en su mano el agua amarga de la maldición. Tomará juramento a la mujer y le dirá: Si no has dormido con otro hombre, no te has desviado ni te has deshonrado siendo infiel a tu marido, que no te pase nada al beber esta agua amarga de la maldición. Pero si has sido infiel a tu marido y te has deshonrado; si otros, que no eran tu marido, se han acostado contigo (el sacerdote tomará juramento a la mujer diciendo): Que el Señor te haga objeto de maldición en medio de tu pueblo, que se malogre tu criatura y que se te hinche tu vientre. Entre esta agua de maldición en tus entrañas hasta que se hinche tu vientre y malogre tu criatura. La mujer contestará: ¡Que así sea! El sacerdote pondrá por escrito estas maldiciones y las disolverá en el agua amarga. Hará beber a la mujer el agua amarga de la maldición hasta que penetre en ella y le produzca amargura. Tomará después de mano de la mujer la ofrenda de celos, la presentará al Señor y la depositará sobre el altar; tomará de ella un puñado, como memorial, y lo quemará sobre el altar. Hará beber luego el agua a la mujer. Cuando haya bebido el agua, si realmente se ha deshonrado engañando a su marido, el agua de la maldición entrará en ella y le producirá amargura, su vientre se hinchará, su criatura se malogrará y vendrá a ser objeto de maldición en medio de su pueblo. Si, por el contrario, no se deshonró y se conserva pura, no le pasará nada y será fecunda. Éste es el ritual para casos de celos: cuando una mujer haya sido infiel a su marido y se haya deshonrado, o cuando el marido se haya puesto celoso y sienta celos por su mujer, el marido hará comparecer a su mujer en presencia del Señor, y el sacerdote hará con ella todo este rito. El marido quedará libre de culpa y la mujer cargará con su pecado". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Si un hombre o una mujer hace el voto de nazireato, por el cual queda consagrado al Señor, se abstendrá de vino y bebidas fermentadas, vinagre de vino y otros licores; no beberá zumo de uva, ni comerá uvas ni pasas. Durante todo el tiempo de su nazireato no tomará producto alguno de la vid, desde la piel hasta los granos de la uva. Durante todo el tiempo de su nazireato no pasará la navaja por su cabeza; hasta que se cumpla el tiempo de su voto al Señor está consagrado y dejará crecer libremente su cabellera. Durante todo el tiempo de su consagración al Señor no se acercará a ningún cadáver; no se contaminará ni con el cadáver de su padre, ni de su madre, ni de su hermano, ni de su hermana, puesto que lleva sobre sí la consagración a su Dios. Todo el tiempo de su nazireato está consagrado al Señor. Si alguno muere de repente junto a él, contaminándole su cabellera consagrada, deberá afeitarse la cabeza el día de su purificación; se la afeitará el séptimo día, y el día octavo presentará al sacerdote dos tórtolas o dos pichones a la entrada de la tienda de la reunión. El sacerdote ofrecerá uno de ellos en sacrificio por el pecado, y otro en holocausto; a continuación hará sobre este hombre el rito de absolución del pecado cometido al tocar el cadáver. El mismo día el nazireo consagrará su cabeza al Señor. Comenzará de nuevo el tiempo de su nazireato y ofrecerá un cordero de un año en sacrificio por el pecado; no contará el tiempo pasado, por haber sido profanado su nazireato. Éste será el ritual del nazireo: el día en que se cumpla el tiempo de su nazireato, el sacerdote lo llevará a la entrada de la tienda de la reunión para hacer su ofrenda al Señor: un cordero de un año, sin defecto, para el holocausto; una cordera de un año, para el sacrificio por el pecado; un carnero, sin defecto, para el sacrificio de reconciliación, y una cesta de panes sin levadura, de tortas de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda y la libación. El sacerdote lo presentará todo al Señor y ofrecerá el sacrificio por el pecado y el holocausto; ofrecerá el carnero como sacrificio de reconciliación, junto con el cestillo de los panes sin levadura; hará también la ofrenda y la libación requeridas. El nazireo se afeitará su cabeza consagrada a la entrada de la tienda de la reunión, y tomando los cabellos de su cabeza consagrada, los echará al fuego que arde bajo el sacrificio de reconciliación. El sacerdote tomará la pierna, ya cocida, del carnero, un pan sin levadura de la cesta, una torta sin levadura, y se los pondrá en las manos al nazireo, una vez que se haya afeitado su cabeza consagrada. El sacerdote hará el rito de presentación al Señor. El pecho de la ofrenda presentada y la pierna del tributo constituyen la porción sagrada reservada al sacerdote. Después de esto, el nazireo podrá beber vino. Ésta es la ley del nazireo. Si además de su cabellera el nazireo ha hecho voto de una ofrenda personal al Señor (sin contar otras posibles ofrendas), cumplirá el voto hecho, además de lo que la ley tiene ya previsto para su cabellera". El Señor habló a Moisés: "Di a Aarón y a sus hijos: Así bendeciréis a los israelitas: Que el Señor te bendiga y te guarde. Que el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su gracia. Que el Señor vuelva hacia ti su rostro y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre los israelitas y yo los bendeciré". Cuando Moisés acabó de levantar la tienda, la ungió con aceite y la consagró con todo su mobiliario, el altar y todos sus accesorios; los jefes de Israel, cabezas de las tribus, que habían dirigido el censo, hicieron una ofrenda y la llevaron delante del Señor: seis carros cubiertos y doce bueyes, un carro por cada dos y un buey por cada uno de los príncipes, y la ofrecieron delante de la tienda. El Señor dijo a Moisés: "Tómalos de su mano y destínalos al servicio de la tienda de la reunión; se los darás a los hijos de Leví para que los usen, cada uno según sus funciones". Moisés tomó los carros y los bueyes y los entregó a los levitas; dio dos carros y cuatro bueyes a los hijos de Guersón, según sus funciones; cuatro carros y ocho bueyes a los hijos de Merarí, según su oficio, bajo la vigilancia del sacerdote Itamar, hijo de Aarón. No dio ninguno a los hijos de Quehat, porque éstos estaban al servicio de las cosas santas y debían llevarlas sobre los hombros. Los jefes hicieron su ofrenda por la dedicación del altar el día de su unción y la presentaron ante el altar. El Señor dijo a Moisés: "Estos jefes presentarán su ofrenda por la dedicación del altar, uno cada día". El primer día presentó su ofrenda Nasón, hijo de Aminadab, de la tribu de Judá. Su ofrenda era una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la oblación; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Nasón, hijo de Aminadab. El segundo día hizo su ofrenda Natanael, hijo de Suar, jefe de Isacar. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Natanael, hijo de Suar. El tercer día hizo su ofrenda Eliab, hijo de Jelón, jefe de los hijos de Zabulón. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Eliab, hijo de Jelón. El cuarto día hizo su ofrenda Elisur, hijo de Sedeur, jefe de los hijos de Rubén. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Elisur, hijo de Sedeur. El quinto día hizo su ofrenda Selumiel, hijo de Surisaday, jefe de los hijos de Simeón. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Selumiel, hijo de Surisaday. El sexto día hizo su ofrenda Eliasaf, hijo de Deuel, jefe de los hijos de Gad. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Eliasaf, hijo de Deuel. El séptimo día hizo su ofrenda Elisamá, hijo de Amihud, jefe de los hijos de Efraín. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Elisamá, hijo de Amihud. El octavo día hizo su ofrenda Gamaliel, hijo de Pedasur, jefe de los hijos de Manasés. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Gamaliel, hijo de Pedasur. El noveno día hizo su ofrenda Abidán, hijo de Gedeoní, jefe de los hijos de Benjamín. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Abidán, hijo de Gedeoní. El décimo día hizo su ofrenda Ajiezer, hijo de Amisaday, jefe de los hijos de Dan. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Ajiezer, hijo de Amisaday. El undécimo día hizo su ofrenda Pagiel, hijo de Ocrán, jefe de los hijos de Aser. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Pagiel, hijo de Ocrán. El duodécimo día hizo su ofrenda Ajirá, hijo de Enán, jefe de los hijos de Neftalí. Ofreció una bandeja de plata de kilo y medio de peso; un jarrón de plata de ochocientos cincuenta gramos según el peso del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite, para la ofrenda; un vaso de oro de ciento veinte gramos de peso, lleno de perfume; un novillo, un carnero, un cordero de un año, para el holocausto; un macho cabrío, para el sacrificio por el pecado; dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, cinco corderos de un año, para el sacrificio de reconciliación. Ésta fue la ofrenda de Ajirá, hijo de Enán. Éstas fueron las ofrendas de los jefes de Israel para la consagración del altar el día de su unción: doce bandejas de plata, doce jarrones de plata, doce vasos de oro; las bandejas, de kilo y medio de peso cada una, y los jarrones, de ochocientos cincuenta gramos cada uno; el peso total de los objetos de plata era de unos veintiocho kilos según el peso del santuario; doce vasos de oro, llenos de perfume, de ciento veinte gramos de peso cada uno según el peso del santuario dan un total de mil cuatrocientos cuarenta gramos de oro. Total de los animales para el holocausto: doce novillos, doce carneros, doce corderos de un año, con sus ofrendas; doce machos cabríos, para el sacrificio por el pecado; total de animales para el sacrificio de reconciliación: veinticuatro bueyes, sesenta carneros, sesenta machos cabríos y sesenta corderos de un año. Éstas fueron las ofrendas para la consagración del altar cuando fue ungido. Cuando Moisés entraba en la tienda de la reunión para hablar con el Señor, oía la voz que le hablaba desde lo alto del propiciatorio, que está sobre el arca de la alianza, entre los querubines. Así le hablaba el Señor. El Señor habló a Moisés: "Di a Aarón: Cuando pongas las lámparas en el candelabro, las dispondrás de manera que las siete lámparas alumbren hacia adelante". Así lo hizo Aarón: puso las lámparas en la parte anterior del candelabro, como el Señor había ordenado a Moisés. El candelabro era de oro trabajado a cincel, tanto el pie como los brazos, todo de oro trabajado a cincel. Moisés había ordenado hacerlo conforme al modelo que el Señor le había mostrado El Señor dijo a Moisés: "Separa a los levitas de los demás israelitas y purifícalos. Procederás de esta manera: los rociarás con agua de la purificación; ellos se afeitarán todo su cuerpo, lavarán sus vestidos y se purificarán. Tomarán luego un novillo con la ofrenda correspondiente de flor de harina amasada con aceite, y tú tomarás otro para el sacrificio por el pecado. Ordena que se acerquen los levitas a la tienda de la reunión, y convoca toda la comunidad de los israelitas. Cuando los levitas se hayan acercado ante el Señor, los israelitas pondrán las manos sobre ellos. Aarón, en nombre de los israelitas, ofrecerá los levitas al Señor haciendo el rito de presentación, para que entren al servicio del Señor. Los levitas pondrán a continuación sus manos sobre la cabeza de los novillos, y tú los ofrecerás al Señor, uno en sacrificio por el pecado y otro en holocausto. Así cumplirás sobre los levitas el rito de absolución. Pondrás a los levitas delante de Aarón y sus hijos, y los ofrecerás al Señor haciendo el rito de presentación. De esta manera separarás a los levitas de los demás israelitas para que sean míos y entren a servir en la tienda de la reunión. Los purificarás y los ofrecerás con el rito de presentación, porque son míos; me han sido dados a mí por los israelitas en sustitución de los que abren el seno materno, es decir, de todos los primogénitos de los israelitas: yo los he tomado para mí. Todos los primogénitos israelitas son míos, tanto hombres como animales; los reservé yo para mí el día en que herí a todos los primogénitos de Egipto; pero he elegido a los levitas en sustitución de todos los primogénitos israelitas y los he puesto a las órdenes de Aarón y sus hijos, como personas donadas a ellos de entre los israelitas, para que hagan el servicio de los israelitas en la tienda de la reunión, y hagan sobre ellos el rito de absolución y no sean castigados por acercarse al santuario". Moisés, Aarón y toda la comunidad de los israelitas hicieron con los levitas todo lo que el Señor había mandado a Moisés. Los levitas se purificaron, lavaron sus vestidos, y Aarón los ofreció al Señor con el rito de presentación e hizo sobre ellos el rito de absolución para purificarlos. Los levitas fueron entonces admitidos en el servicio de la tienda de la reunión en presencia de Aarón y sus hijos. Se hizo con los levitas tal y como el Señor había ordenado a Moisés. El Señor dijo a Moisés: "Los levitas, a partir de los veinticinco años, entrarán a prestar su servicio en la tienda de la reunión. Cuando lleguen a los cincuenta, cesarán en sus funciones, no servirán más; ayudarán a sus hermanos en la guarda de la tienda de la reunión, pero no prestarán su servicio. Así has de proceder en lo que se refiere a los servicios de los levitas". El Señor dijo a Moisés en el desierto del Sinaí el primer mes del año segundo de la salida de Egipto: "Los israelitas celebrarán la pascua a su debido tiempo. La celebrarán el día catorce de este mes, conforme a las leyes y a los ritos que a ella se refieren". Moisés ordenó a los israelitas que celebrasen la pascua; la celebraron en el desierto del Sinaí el primer mes, el día catorce del mes, al atardecer. Los israelitas se ajustaron en todo a lo que el Señor había ordenado a Moisés. Pero había algunos que, encontrándose en estado de impureza por contactos con cadáveres, no pudieron celebrar la pascua ese día. Éstos se presentaron ese mismo día a Moisés y Aarón y les dijeron: "Estamos impuros por haber tocado un cadáver; ¿por qué no vamos a presentar la ofrenda al Señor con los demás israelitas?". Moisés les respondió: "Esperad y veré lo que dispone el Señor respecto de vosotros". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Si alguno entre vosotros o vuestros descendientes se encuentra impuro por haber tocado un cadáver, o se encuentra lejos en un viaje, celebrará la pascua del Señor. La celebrará en el segundo mes, el día catorce, al atardecer. La comerán con pan sin levadura y hierbas amargas; no dejarán nada para la mañana siguiente ni romperán ninguno de sus huesos; se ajustarán en todo al rito pascual. Si alguno, estando limpio y no de viaje, deja de celebrarla, será extirpado de su pueblo por no haber ofrecido a su tiempo la ofrenda al Señor, y cargará con su pecado. Si los extranjeros residentes quieren celebrar la pascua en honor del Señor, se ajustarán en todo a la ley y rito pascual. No habrá entre vosotros más que una ley, la misma para extranjeros y nativos". El día en que fue levantada la morada, la nube cubrió la morada, la tienda del testimonio, y desde la tarde a la mañana estuvo sobre la morada en forma de fuego. La nube la cubría constantemente, tomando por la noche la apariencia de fuego. Cuando la nube se alzaba de la tienda, los israelitas se ponían en marcha, y en el lugar donde se posaba la nube, allí acampaban. Los israelitas se ponían en marcha por orden del Señor y por orden del Señor acampaban; y permanecían acampados todo el tiempo que la nube se posaba sobre la tienda. Cuando la nube permanecía posada sobre la tienda muchos días, los israelitas rendían su servicio al Señor y no levantaban el campamento; pero si la nube permanecía pocos días sobre la tienda, entonces acampaban por orden del Señor y por orden suya levantaban el campamento. Cuando la nube se detenía de la tarde a la mañana, y a la mañana se alzaba, entonces partían. Fuesen dos días, un mes o un año, mientras la nube se posaba sobre la tienda, los israelitas seguían acampados y no se movían; pero cuando se alzaba, partían. A la orden del Señor acampaban, y a la orden del Señor partían. Y rendían su servicio al Señor, conforme el Señor había ordenado a Moisés. El Señor dijo a Moisés: "Hazte dos trompetas de plata trabajada a cincel, que te sirvan para convocar a la comunidad y dar la orden de partida a los campamentos. Al toque de las dos trompetas, toda la comunidad se reunirá contigo a la puerta de la tienda de la reunión. Al toque de una sola, se reunirán contigo los responsables, jefes de millar de Israel. A un toque vibrante, levantarán su campamento los acampados al este. A un segundo toque vibrante, levantarán su campamento los acampados al sur. Estos toques vibrantes son para ponerse en marcha. Para reunir la asamblea se dará un toque normal, no vibrante. Los encargados de tocar las trompetas serán los descendientes de Aarón, los sacerdotes. Es ley perpetua para vosotros y vuestros descendientes. Cuando un enemigo os ataque en vuestro propio terreno y tengáis que salir a la guerra, las trompetas darán toques vibrantes: el Señor se acordará de vosotros y os veréis libres de vuestros enemigos. En vuestras fiestas, solemnidades y novilunios tocaréis las trompetas anunciando vuestros holocaustos y sacrificios de reconciliación; y vuestro Dios se acordará de vosotros. Yo, el Señor, vuestro Dios". El día veinte del segundo mes del año segundo, la nube se levantó de sobre la tienda del testimonio, y los israelitas partieron, en orden de marcha, del desierto del Sinaí, y la nube se detuvo en el desierto de Farán. Ésta fue la primera marcha bajo la orden del Señor dada por medio de Moisés. Partió en cabeza la bandera de Judá, por escuadras. Jefe de las escuadras era Nasón, hijo de Aminadab. Jefe de las escuadras de la tribu de Isacar era Natanael, hijo de Suar, y jefe de las escuadras de la tribu de Zabulón, Eliab, hijo de Jelón. Desmontada la tienda, se pusieron en marcha los descendientes de Guersón y Merarí, que eran los encargados de transportarla. A continuación partió la bandera de Rubén, por escuadras; era jefe Elisur, hijo de Sedeur. El jefe de las escuadras de la tribu de Simeón era Selumiel, hijo de Surisaday. Eliasab, hijo de Deuel, era el jefe de las escuadras de la tribu de Gad. Luego partieron los quehatitas, que llevaban los objetos sagrados. (Antes de su llegada debía estar levantada la tienda). Partió después la bandera de Efraín, por escuadras. Jefe de las escuadras de Efraín era Elisamá, hijo de Amihud. Gamaliel, hijo de Pedasur, era el jefe de las escuadras de la tribu de Manasés, y Abidán, hijo de Gedeoní, lo era de las escuadras de la tribu de Benjamín. Finalmente partió, a la retaguardia de todos los demás, la bandera de Dan, por escuadras. A la cabeza de las escuadras de Dan iba Ajiezer, hijo de Amisaday. A la cabeza de las escuadras de la tribu de Aser iba Pagiel, hijo de Ocrán; Ajirá, hijo de Enán, iba a la cabeza de las escuadras de la tribu de Neftalí. Éste era el orden por escuadras cuando los israelitas se ponían en marcha. Moisés dijo a Jobab, hijo de su suegro Ragüel, el madianita: "Nosotros partimos hacia la tierra que el Señor ha prometido darnos. Vente con nosotros y te trataremos bien, porque el Señor ha prometido favorecer a Israel". Él respondió: "No; yo me iré a mi tierra y a mi parentela". Moisés insistió: "No nos dejes, pues tú conoces bien los lugares donde podremos acampar en el desierto y podrás ser nuestro guía. Si vienes con nosotros, te haremos partícipe de todos los favores que nos haga el Señor". Partieron de la montaña del Señor e hicieron tres días de camino. El arca de la alianza del Señor iba delante, buscando un sitio donde acampar. La nube del Señor los acompañaba de día desde que levantaron el campamento. Cuando el arca se ponía en marcha, Moisés decía: "¡Levántate, Señor, y sean dispersados tus enemigos; huyan ante ti los que te odian!". Cuando se paraba, decía: "¡Descansa, Señor, entre los incontables ejércitos de Israel!". El pueblo se quejó al Señor de sus desgracias. El Señor lo oyó, montó en cólera y mandó contra ellos un fuego, que devoró uno de los flancos del campamento. El pueblo llamó a gritos a Moisés, el cual intercedió por ellos ante el Señor y el fuego se apagó. Llamaron a aquel lugar Taberá, porque allí se había encendido contra ellos el fuego del Señor. La gente que se les había unido tenía tanta hambre que los mismos israelitas, contagiados, se pusieron a llorar, gritando: "¡Quién nos diera carne que comer! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, de los melones, de los puerros, de las cebollas, de los ajos. Ahora nos morimos de hambre y no vemos más que maná". El maná era parecido a la semilla del cilantro, y su color era como de bedelio. El pueblo se dispersaba para recogerlo, lo molían en molinos o lo machacaban en el almirez, lo cocían en una caldera y hacían tortas, que tenían el sabor de la pasta amasada con aceite. Cuando el rocío caía sobre el campo por la noche, caía también el maná. Moisés oyó al pueblo que lloraba, dividido por familias, cada una a la puerta de su tienda. El Señor montó en cólera, y Moisés, muy disgustado, dijo al Señor: "¿Por qué tratas tan mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado yo gracia a tus ojos, sino que has cargado sobre mí el peso de todo este pueblo? ¿Acaso lo he concebido yo o lo he dado a luz para que me digas: Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño a quien da de mamar, hasta la tierra que juraste dar a sus padres? ¿Dónde encontraré yo carne para dar a todo este pueblo que llora a mi lado gritando: Danos carne para comer? Yo solo no puedo soportar a este pueblo; pesa demasiado. ¡Si me vas a tratar así, prefiero la muerte! ¡Si he hallado gracia a tus ojos, haz que termine mi aflicción!". El Señor dijo a Moisés: "Reúneme a setenta de los ancianos de Israel, de los que te conste que son realmente ancianos del pueblo y escribas. Llévalos a la tienda de la reunión, y que esperen allí contigo. Yo bajaré, hablaré contigo y tomaré una parte del espíritu que tú tienes y se la daré a ellos para que compartan contigo el peso de este pueblo y no lo lleves tú solo. Dirás al pueblo: Santificaos para mañana y comeréis carne, ya que os habéis quejado a los oídos del Señor, diciendo: ¡Quién nos diera carne para comer! ¡Estábamos mejor en Egipto! Pues bien, el Señor os dará carne para comer. Más aún, no la comeréis un día, ni dos, ni cinco, ni diez, ni veinte, sino un mes entero; hasta que se os salga por las narices y os produzca asco, pues habéis despreciado al Señor, que está en medio de vosotros, y habéis llorado en su presencia diciendo: ¿Por qué hemos salido de Egipto?". Moisés respondió: "¿Seiscientos mil hombres de a pie cuenta el pueblo en medio del cual me encuentro, y tú dices: Yo les daré a comer carne durante un mes entero? ¿Sería suficiente todo el ganado mayor y menor? ¿Bastarían todos los peces del mar?". El Señor replicó a Moisés: "¿Es que es tan pequeño mi poder? Ahora verás si se cumple o no mi palabra". Moisés salió fuera y comunicó al pueblo las palabras del Señor. Reunió a los setenta ancianos del pueblo y los puso alrededor de la tienda. El Señor bajó en la nube y habló a Moisés. Tomó una parte del espíritu que tenía Moisés y se la dio a los setenta ancianos. Cuando el espíritu se posó sobre ellos se pusieron a profetizar, pero no continuaron. Dos de ellos habían permanecido en el campamento: uno se llamaba Eldad y otro Medad. También sobre ellos se posó el espíritu, ya que pertenecían a los elegidos, aunque no se habían presentado en la tienda, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un mozo fue corriendo a decir a Moisés: "Eldad y Medad están profetizando en el campamento". Josué, hijo de Nun, que desde su juventud había servido a Moisés, dijo: "Señor mío Moisés, prohíbeselo". Moisés le respondió: "¿Tienes celos de mí? ¡Ojalá que todo el pueblo del Señor profetizara y el Señor les diera su espíritu!". Moisés se volvió al campamento con los ancianos de Israel. El Señor levantó un viento que soplaba del mar y que trajo bandadas de codornices, que cayeron sobre el campamento; cubrían el espacio de una jornada de camino de uno y otro lado del campamento, y tenían el espesor de un metro sobre el suelo. El pueblo estuvo recogiendo codornices todo el día, toda la noche y todo el día siguiente; el que menos, recogió diez montones, y las pusieron a secar en los alrededores del campamento. Todavía tenían la carne entre los dientes, sin haberla aún acabado, cuando el Señor montó en cólera contra el pueblo y lo hirió con una gran plaga. Por eso se llamó aquel lugar Quibrot Hattaatavá, pues allí quedó sepultado el pueblo glotón. De Quibrot Hattaatavá partió el pueblo para Jaserot, donde acamparon. María y Aarón murmuraban contra Moisés por la mujer cusita que había tomado por esposa. Decían: "¿Es que el Señor ha hablado sólo con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros?". El Señor lo oyó. Moisés era humilde, el hombre más humilde de este mundo. El Señor dijo a Moisés, Aarón y María: "Id los tres a la tienda de la reunión"; y así lo hicieron. El Señor bajó en la columna de nube y se paró a la entrada de la tienda. Llamó a Aarón y a María, y los dos se acercaron. El Señor les dijo: "Escuchad mis palabras: Cuando hay entre vosotros un profeta del Señor, yo me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños. Pero no hago así con mi siervo Moisés, que es en toda mi casa el hombre de confianza. Yo le hablo cara a cara y a las claras, no en enigmas, y él contempla la figura del Señor. ¿Por qué os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?". Dios montó en cólera contra ellos, y se fue. Tan pronto como desapareció la nube de la tienda, María apareció cubierta de lepra, blanca como la nieve. Aarón se volvió a mirarla, y la vio cubierta de lepra. Aarón dijo a Moisés: "¡Por favor, mi señor! No cargues sobre nosotros el peso del pecado que neciamente hemos cometido, del cual somos culpables. ¡No sea ella como un aborto que sale ya medio consumido del vientre de su madre!". Moisés suplicó al Señor: "Cúrala, oh Dios, por favor". El Señor respondió: "Si su padre le hubiera escupido en el rostro, ¿no estaría ella cubierta de vergüenza durante siete días? Por tanto, que la echen fuera del campamento durante siete días, y luego podrá volver a él". María fue echada del campamento durante siete días. Cuando María volvió, el pueblo salió de Jaserot y fue a acampar al desierto de Farán. El Señor dijo a Moisés: "Envía algunos hombres a explorar la tierra de Canaán que voy a dar a los israelitas: envía de cada tribu a uno que sea responsable". Moisés los envió desde el desierto de Farán tal como el Señor le había ordenado. Todos ellos eran jefes entre los israelitas. Éstos eran sus nombres: de la tribu de Rubén, Samúa, hijo de Zacur; de la tribu de Simeón, Safat, hijo de Jorí; de la tribu de Judá, Caleb, hijo de Jefoné; de la tribu de Isacar, Yigal, hijo de José; de la tribu de Efraín, Osea, hijo de Nun; de la tribu de Benjamín, Palti, hijo de Rafú; de la tribu de Zabulón, Gadiel, hijo de Sodí; de la tribu de José, de Manasés, Gadí, hijo de Susí; de la tribu de Dan, Amiel, hijo de Guemalí; de la tribu de Aser, Setur, hijo de Miguel; de la tribu de Neftalí, Najbí, hijo de Vafsí; de la tribu de Gad, Gueuel, hijo de Maquí. Éstos son los nombres de los exploradores que Moisés envió a reconocer la tierra. Moisés dio a Osea, hijo de Nun, el nombre de Josué. Moisés los envió a reconocer la tierra de Canaán, y les dijo: "Subid al Negueb; subid luego a la montaña y observad cómo es la tierra; qué pueblo la habita, si es fuerte o débil, numeroso o reducido; cómo es la tierra habitada, buena o mala; cómo están sus ciudades, abiertas o amuralladas; cómo es el suelo, fértil o pobre, con árboles o sin ellos. Sed valientes y traed algunos frutos de la tierra". Era el tiempo en que empezaban a madurar las uvas. Fueron y exploraron toda la tierra desde el desierto de Sin hasta el Rejob, junto a la entrada de Jamat. Subieron por el Negueb y llegaron a Hebrón, donde estaban Ajimán, Sesay y Tomay, hijos de Anac (Hebrón fue fundada siete años antes que Tanis de Egipto). Llegaron hasta el valle de Escol, donde cortaron un sarmiento con un racimo de uvas, lo colgaron de un palo y se lo llevaron entre dos. Recogieron también granadas e higos. Este sitio recibió el nombre de Valle del Racimo, porque allí habían cortado el racimo los israelitas. A los cuarenta días volvieron de explorar la tierra. Se presentaron a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas en el desierto de Farán, en Cades; les informaron detalladamente de todo, y les mostraron los productos de la tierra. Ésta fue la información: "Fuimos a la tierra a la que nos enviasteis. En verdad mana leche y miel; ved sus frutos. Pero el pueblo que la habita es potente, y las ciudades son fuertes y grandes; hemos visto incluso descendientes de Anac. Los amalecitas ocupan la región del Negueb; los hititas, jebuseos, amorreos, la parte montañosa; los cananeos, las costas del mar y las riberas del Jordán". Caleb hizo callar al pueblo, que se oponía a Moisés, y dijo: "Subiremos y la conquistaremos, pues somos capaces de ello". Pero los que habían subido con él decían: "No podemos subir contra ese pueblo, pues es más fuerte que nosotros". Y desacreditaban entre los israelitas la tierra que habían explorado, diciendo: "La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra que devora a sus habitantes. Los hombres que hemos visto son de gran estatura. Hemos visto hasta gigantes, hijos de Anac; ante ellos, nosotros parecíamos langostas, y esa impresión tenían también ellos". Entonces toda la comunidad empezó a gritar, el pueblo se pasó la noche llorando y todos los israelitas murmuraban contra Moisés y Aarón. La comunidad entera decía: "¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto! ¿Por qué no moriremos en este desierto? ¿Por qué nos lleva el Señor a esa tierra a morir bajo la espada y entregar nuestras mujeres y nuestros hijos como botín de guerra? ¿No sería mejor volver a Egipto?". Unos a otros se decían: "¡Elijamos un jefe y volvámonos a Egipto!". Moisés y Aarón se postraron en tierra delante de toda la comunidad israelita. Y Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Jefoné, que habían estado entre los exploradores de la tierra, se rasgaron las vestiduras y gritaron a toda la comunidad: "La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra buena; más aún, muy buena. Si el Señor nos favorece, nos hará entrar en ella y nos la dará. Es una tierra que mana leche y miel. No os rebeléis contra el Señor ni tengáis miedo de la gente de esa tierra, pues nos los comeremos como un bocado de pan. Ellos se han quedado sin defensa, y con nosotros está el Señor; no les tengáis miedo". Toda la comunidad hablaba de apedrearlos, cuando la gloria del Señor apareció en la tienda de la reunión ante todos los israelitas. El Señor dijo a Moisés: "¿Hasta cuándo me despreciará este pueblo? ¿Hasta cuándo me negará la fe, después de todos los prodigios que en medio de ellos he hecho? Lo heriré de peste y lo destruiré; a ti te haré cabeza de una nación más grande y poderosa que ellos". Moisés dijo al Señor: "Pero lo sabrán los egipcios, puesto que con tu poder sacaste a este pueblo de en medio de ellos, y lo pondrán en conocimiento de los habitantes de esta tierra. Saben que tú, oh Señor, estás en medio de tu pueblo, que te dejas ver cara a cara, que tu nube se posa sobre ellos, que vas delante de ellos de día en columna de nube y de noche en columna de fuego. Si destruyes a este pueblo como a un solo hombre, las naciones que han oído hablar de ti dirán: El Señor no ha podido llevar a este pueblo a la tierra que le había prometido con juramento; por eso lo ha aniquilado en el desierto. Por tanto, Señor, demuestra tu poder, como tú mismo dijiste: Yo soy el Señor, lento para la cólera y rico en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebeldía, pero que nada deja impune, pues castiga en los hijos el pecado de los padres hasta la tercera generación. Perdona, pues, el pecado de este pueblo según tu gran misericordia, como desde Egipto hasta aquí lo has perdonado". El Señor dijo: "Los voy a perdonar como tú dices; pero ¡por mi vida y por mi gloria, que llena toda la tierra!, que todos los que han visto mi gloria y los prodigios que he hecho en Egipto y en el desierto, los que me han puesto a prueba por diez veces y no me han obedecido, no verán la tierra que yo prometí con juramento a sus padres. Ninguno de los que me desprecian la verá. Pero a mi siervo Caleb, que está animado de otro espíritu y me ha obedecido fielmente, lo llevaré a la tierra en la que ha estado, y su descendencia la poseerá. (Los amalecitas y los cananeos habitaban entonces la llanura). Volveos mañana mismo y partid por el desierto camino del mar Rojo". El Señor dijo a Moisés y Aarón: "¿Hasta cuándo habré de soportar a esta comunidad perversa que murmura contra mí? He oído las murmuraciones de los israelitas contra mí. Diles: Por mi vida, palabra del Señor, que os trataré según las mismas palabras que yo os he oído; en este desierto quedarán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis alistados de veinte años para arriba y habéis murmurado contra mí. Os juro que no entraréis en la tierra en la que, mano en alto, había jurado estableceros, excepto Caleb, hijo de Jefoné, y Josué, hijo de Nun. Entrarán vuestros hijos, de los que habíais dicho que iban a ser presa del enemigo; ellos conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado. Vosotros, no; vuestros cadáveres quedarán en este desierto. Vuestros hijos andarán por el desierto durante cuarenta años, llevando sobre sí vuestras rebeldías, hasta que vuestros cadáveres se consuman en el desierto. Durante cuarenta años sufriréis el peso de vuestra iniquidad, correspondiente a los cuarenta días que empleasteis en la exploración de la tierra: un año por día. Entonces sabréis lo que significa haberos alejado de mí. Yo, el Señor, lo he dicho. Así trataré yo a esta comunidad perversa que se ha confabulado contra mí. En este desierto se consumirán, en él morirán". Los hombres enviados por Moisés a explorar la tierra, que a su vuelta habían provocado la murmuración de toda la comunidad contra él desacreditando la tierra, esos hombres que habían difamado la tierra, fueron heridos de muerte delante del Señor. Solamente Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Jefoné, quedaron con vida entre los hombres que habían ido a explorar la tierra. Moisés contó todo esto a los israelitas, y el pueblo hizo grandes manifestaciones de duelo. Se levantaron muy de mañana para subir a la cima de la montaña, diciendo: "Vamos a subir a la tierra de que nos habló el Señor, pues hemos pecado". Moisés les dijo: "¿Por qué queréis quebrantar la orden del Señor? Eso no puede saliros bien. No subáis, pues el Señor no os acompaña y seríais derrotados por vuestros enemigos. Los amalecitas y los cananeos están ahí, enfrente de vosotros, y caeréis bajo sus espadas, puesto que os habéis alejado del Señor; él no estará con vosotros". Sin embargo, se obstinaron en subir a la cima de la montaña; pero el arca de la alianza del Señor y Moisés no se movieron de en medio del campamento. Cayeron sobre ellos los amalecitas y los cananeos, que habitaban aquellos montes, los derrotaron y los persiguieron hasta Jormá. El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Cuando hayáis entrado en la tierra que os voy a dar para que viváis en ella y hagáis una ofrenda al Señor de ganado mayor o menor como holocausto o sacrificio, en cumplimiento de un voto, o como ofrenda espontánea o con ocasión de una fiesta, ofrenda de olor agradable al Señor, el oferente presentará como ofrenda personal al Señor una oblación de cuatro kilos y medio de flor de harina amasada con dos litros de aceite. Añadirás una ofrenda de vino, a razón de dos litros por cordero, además del holocausto y el sacrificio. Por un carnero ofrecerás nueve kilos de flor de harina amasada con dos litros y medio de aceite, y dos litros y medio de vino como ofrenda de olor agradable al Señor. Si ofreces un toro, como holocausto, en cumplimiento de un voto o como sacrificio de reconciliación, se añadirán trece kilos y medio de flor de harina amasada con cuatro litros de aceite, y cuatro litros de vino, como ofrenda quemada de olor agradable al Señor. Así se hará por cada toro, carnero, cordero o cabrito. Según el número de animales que ofrezcáis, así haréis con cada uno de ellos. Así lo harán todos los indígenas cuando hagan una ofrenda quemada de olor agradable al Señor. Si un extranjero residente o de paso presenta una ofrenda quemada de olor agradable al Señor, hará lo mismo que vosotros. Habrá una sola ley para toda la comunidad, la misma para vosotros y para el extranjero, y se perpetuará de generación en generación; ante el Señor, vosotros y los extranjeros residentes seréis iguales. La misma ley y el mismo derecho tendréis vosotros y el extranjero residente". El Señor habló a Moisés: "Di a los israelitas: Cuando hayáis entrado en la tierra a la que os llevo, cuando comáis el pan de esa tierra, reservaréis una parte como ofrenda al Señor. Ofreceréis los primeros granos de la era y un pan amasado con la primera harina. Lo haréis vosotros y vuestros descendientes. "Si por inadvertencia dejáis de cumplir alguno de estos mandamientos que el Señor os ha dado por medio de Moisés, desde el primer día en adelante, de generación en generación, haréis lo siguiente: Si el pecado por inadvertencia ha sido cometido por toda la comunidad, la comunidad entera ofrecerá un toro en holocausto de olor agradable al Señor con la ofrenda correspondiente de pan y de vino, según costumbre, y un macho cabrío por el pecado. El sacerdote hará el rito de absolución sobre toda la comunidad israelita y les será perdonado, puesto que ha sido un pecado por inadvertencia, y ellos han presentado la ofrenda y el sacrificio por su pecado de inadvertencia; se perdonará a toda la comunidad israelita y a los extranjeros residentes, ya que el pueblo entero ha pecado por inadvertencia. Si el pecado por inadvertencia ha sido cometido por una sola persona, ésta ofrecerá como sacrificio por el pecado una cabrita de un año. El sacerdote hará delante del Señor el rito de absolución sobre la persona que ha pecado por inadvertencia, y el pecado le será perdonado. Para los pecados por inadvertencia habrá una sola ley, la misma para el indígena y para el extranjero residente. Pero el que obra deliberadamente, indígena o extranjero, ofende al Señor; en este caso será extirpado del pueblo por haber menospreciado la palabra del Señor y haber traspasado su ley. Será extirpado y cargará con su pecado". Cuando los israelitas estaban en el desierto, sorprendieron a un hombre recogiendo leña en sábado. Los que le sorprendieron, lo llevaron ante Moisés, Aarón y toda la comunidad, y lo pusieron bajo vigilancia, pues no se había determinado todavía qué debía hacerse con él. El Señor dijo a Moisés: "Este hombre debe ser condenado a muerte; toda la comunidad lo matará a pedradas fuera del campamento". La comunidad lo sacó fuera del campamento y lo mató a pedradas, tal y como el Señor había ordenado a Moisés. El Señor dijo a Moisés: "Ordena a los israelitas que de generación en generación se hagan flecos en los bordes de sus mantos y aten los flecos de cada borde con un cordón de color morado. Esto os servirá para recordar, al mirarlos, los mandamientos del Señor y os ayudará a ponerlos en práctica sin que sigáis los deseos de vuestro corazón y de vuestros ojos, que os han arrastrado a la infidelidad. De esta manera recordaréis los mandamientos del Señor, los pondréis en práctica y estaréis consagrados a vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os ha sacado de Egipto para ser vuestro Dios. Yo, el Señor, vuestro Dios". Coré, hijo de Yisar, hijo de Quehat, hijo de Leví; Datán y Abirán, hijos de Eliab y On, hijo de Pélet, de los descendientes de Rubén, se levantaron contra Moisés, junto con 250 israelitas, entre los jefes de la comunidad, miembros del consejo, personas distinguidas. Se amotinaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: "¡Esto ya es demasiado! Si todos los miembros de la comunidad son santos y el Señor está en medio de ellos, ¿por qué os levantáis vosotros por encima de toda la asamblea del Señor?". Cuando Moisés oyó esto, se postró rostro en tierra. Luego dijo a Coré y a todos sus secuaces: "Mañana dará a conocer el Señor quién le pertenece y quién le está consagrado, y lo acercará a él; aquellos a quienes mande acercarse, ésos serán los elegidos. Haced esto: Coré y todos sus secuaces, tomad los incensarios, poned mañana fuego en ellos, y sobre el fuego, incienso ante el Señor; aquel a quien elija el Señor, ése será consagrado. ¡Y basta ya, hijos de Leví!". Moisés dijo a Coré: "Escuchad, hijos de Leví: ¿os parece poco que el Dios de Israel os haya separado del resto del pueblo para teneros a su lado y hacer el servicio en la tienda del Señor, y os haya escogido entre la comunidad como ministros suyos? El Señor te ha llamado a su lado a ti y a todos tus hermanos los levitas, ¿y ahora ambicionáis también el sacerdocio? Tú y tus secuaces os habéis rebelado contra el Señor. ¿Quién es Aarón para que habléis mal de él?". Moisés mandó llamar a Datán y Abirán, hijos de Eliab, pero ellos respondieron: "No queremos ir. ¿No es bastante que nos hayas sacado de una tierra que mana leche y miel y nos hayas traído a este desierto de muerte, para que quieras todavía seguir tiranizándonos? ¡No es una tierra que mana leche y miel donde nos has traído! ¡No nos has dado en posesión ni campos ni viñas! ¿Crees que están ciegas estas gentes? ¡No, no iremos!". Moisés, preso de gran indignación, dijo al Señor: "No hagas caso de su ofrenda. Ni un asno he tomado yo de ellos; a ninguno de ellos he perjudicado". Moisés dijo a Coré: "Tú y tus secuaces y Aarón, presentaos mañana ante el Señor. Tomad cada uno vuestro incensario, poned en él el incienso y llegaos ante el Señor con vuestro incensario: 250 incensarios. Tú y Aarón, llegaos también con vuestro incensario". Cada uno tomó su incensario, puso fuego y colocó encima el incienso, y se presentaron a la entrada de la tienda de la reunión, juntamente con Moisés y Aarón. Cuando Coré hubo reunido frente a Moisés y Aarón toda la comunidad a la entrada de la tienda de la reunión, la gloria del Señor se apareció a toda la comunidad. El Señor dijo a Moisés y Aarón: "Separaos de esta comunidad, pues quiero aniquilarla en un instante". Cayeron sobre sus rostros y dijeron: "¡Oh, Dios, Dios del espíritu de todo viviente! ¿Ha pecado uno solo, y tú te irritas contra toda la comunidad?". El Señor habló a Moisés: "Di a la comunidad: Separaos de la tienda de Coré, Datán y Abirán". Moisés se levantó, se acercó a Datán y Abirán, seguido por los ancianos de Israel, y dijo a la comunidad: "Alejaos de las tiendas de estos malvados; no toquéis nada de cuanto les pertenece, no sea que perezcáis envueltos por sus pecados". Se alejaron de la tienda de Coré, Datán y Abirán. Datán y Abirán habían salido, y estaban a la entrada de sus tiendas con sus mujeres, sus hijos y sus pequeños. Moisés dijo: "En esto conoceréis que es el Señor quien me ha enviado para realizar todo lo que he hecho, y que no he obrado en mi propio nombre: si estas gentes mueren de muerte natural, alcanzados por la sentencia común a todos los hombres, es que no me ha enviado el Señor; pero si el Señor hace algo insólito, si la tierra abre sus fauces y los traga con todo cuanto les pertenece, si bajan vivos al abismo, entonces conoceréis que estas gentes se han burlado del Señor". Apenas había acabado de hablar, el suelo se abrió bajo sus pies, la tierra abrió su boca y se los tragó a ellos y a sus familias, así como a todos los hombres de Coré y todos sus bienes. Bajaron vivos al abismo, ellos y todos sus bienes; la tierra se cerró sobre ellos y desaparecieron de en medio de la asamblea. Al oír sus gritos, todos los israelitas que se encontraban en los alrededores huyeron, pues decían: "No sea que la tierra nos trague también a nosotros". Un fuego que salía del Señor devoró a los 250 hombres que ofrecían el incienso. - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - El Señor dijo a Moisés: "Ordena a Eleazar, hijo de Aarón sacerdote, que saque del fuego los incensarios, pues están santificados, y que tire las brasas que haya en ellos. Los incensarios de estos hombres que pecaron para su propio daño serán transformados en láminas para revestir el altar, pues fueron presentados al Señor y quedaron santificados; servirán de recuerdo para los israelitas". Tomó Eleazar los incensarios de bronce que habían presentado los abrasados por el fuego y los transformó en láminas para el altar. Éstas recuerdan a los israelitas que ningún laico ajeno a la descendencia de Aarón puede acercarse a ofrecer incienso delante del Señor, si no quiere seguir la suerte de Coré y sus secuaces, tal como el Señor había ordenado por medio de Moisés. Al día siguiente toda la comunidad israelita murmuraba contra Moisés y Aarón: "Vosotros habéis aniquilado el pueblo del Señor". La comunidad se amotinó contra Moisés y Aarón, y ellos se fueron a la tienda de la reunión. La nube la cubrió y apareció la gloria del Señor. Moisés y Aarón entraron en la tienda de la reunión, y el Señor dijo a Moisés: "Alejaos de esta comunidad, pues la voy a destruir en un instante". Ellos cayeron rostro en tierra. Moisés dijo a Aarón: "Toma el incensario, pon en él fuego del altar, coloca encima el incienso, acércate sin perder tiempo a la comunidad y haz sobre ella el rito de absolución, pues se ha encendido la cólera del Señor y ha comenzado la mortandad". Aarón tomó el incensario, como había dicho Moisés, y corrió hacia la asamblea. La mortandad ya había empezado a hacer estragos en el pueblo. Puso el incienso, hizo el rito de absolución sobre el pueblo, se colocó entre los vivos y los muertos, y cesó la mortandad. El Señor dijo a Aarón: "Tú, tus hijos y la casa de tu padre llevaréis la responsabilidad del santuario. Tú y tus hijos llevaréis la responsabilidad del sacerdocio. Tendrás también contigo a tus hermanos de la rama de Leví, la tribu de tu padre. Admítelos contigo en el servicio del santuario como adjuntos. Te servirán a ti y a tus hijos cuando estéis en la tienda del testimonio. Estarán a tu servicio y al servicio de toda la tienda; pero no se acercarán a los objetos santos del santuario ni al altar, pues moriríais ellos y vosotros. Serán tus ayudantes y tendrán a su cuidado la tienda de la reunión con todos sus servicios; ningún extraño se acercará a vosotros. Tendréis cuidado del santuario y del altar, para que no se encienda ya más la cólera contra los israelitas. Yo he escogido a vuestros hermanos los levitas entre los israelitas; son vuestro don, han sido donados al Señor para hacer el servicio de la tienda de la reunión. Tú y tus hijos ejerceréis vuestras funciones sacerdotales en todo lo que se refiere al altar y a cuanto hay detrás del velo; sois vosotros los que habéis de hacer este servicio. Os he dado el ministerio del sacerdocio como un don; el extraño que se acerque morirá". El Señor dijo a Aarón: "Te confío la guarda de mis ofrendas. Todas las cosas consagradas a mí por los israelitas os las asigno a ti y a tus hijos como herencia por estatuto eterno. Esto es lo que te corresponderá de las cosas consagradas, no consumidas por el fuego: todas las ofrendas que me hagan los israelitas, las ofrendas de harina, los sacrificios por el pecado y los sacrificios de reconciliación; estas cosas consagradas son para ti y tus hijos. Os alimentaréis de cosas consagradas. Todo varón podrá comer de ellas. Serán para ti cosas santas. Te pertenecerá también lo que se reserva de las ofrendas de los israelitas que han sido hechas con el rito de presentación; te lo doy a ti y a tus hijos por estatuto perpetuo. Podrán comer todos los de tu casa siempre que estén puros. Todo lo mejor del aceite, del mosto y del trigo; estas primicias que ellos ofrecen al Señor, te las doy. Las primicias, que habrán de traer al Señor de todos los productos de su tierra, serán tuyas; todos los de tu casa podrán comer de ellas con tal que estén puros. Todo lo que Israel ofrezca al Señor te pertenecerá. El primogénito de toda especie, tanto de hombres como de animales, que se ofrece al Señor, será tuyo. Pero pedirás un rescate por los primogénitos de los hombres y de los animales impuros. El rescate se hará al mes de nacer, a razón de cinco monedas de plata según la unidad del santuario, que es de doce gramos. No aceptarás rescate por los primogénitos de las vacas, ovejas y cabras. Éstas son cosas santas; verterás su sangre sobre el altar, quemarás las grasas como ofrenda quemada de olor agradable al Señor, y su carne será para ti lo mismo que el pecho ofrecido con rito de presentación y la pierna derecha. Todo lo que los israelitas ofrezcan al Señor, te lo doy a ti, a tus hijos e hijas por estatuto perpetuo. Alianza de sal eterna es ésta en presencia del Señor para ti y para toda tu descendencia". El Señor dijo a Aarón: "Tú no tendrás herencia en su tierra, no habrá parte para ti en medio de ellos. Yo mismo seré tu herencia y tu parte en medio de los israelitas. Yo doy como herencia a los hijos de Leví todos los diezmos de Israel en compensación de los servicios que prestan en la tienda de la reunión. De esta manera los israelitas no tendrán necesidad de acercarse a la tienda de la reunión, no se harán reos de pecado y no morirán. Serán los levitas los encargados del servicio en la tienda de la reunión; ellos tendrán toda la responsabilidad. Es ésta ley perpetua para todas las generaciones: los levitas no tendrán heredad en medio de los israelitas, pues yo les doy como heredad los diezmos que los israelitas han de entregar al Señor. Por eso les digo: No tendréis heredad en medio de Israel". El señor habló a Moisés: "Di a los levitas: Cuando recibáis de los israelitas los diezmos de sus bienes, que yo os doy por herencia, también vosotros presentaréis al Señor en ofrenda una décima parte de los diezmos, y esta ofrenda os será considerada como si fuera el trigo de la era o el mosto del lagar. Así también vosotros haréis al Señor una ofrenda de todos los diezmos que recibáis de los israelitas. Esta ofrenda, reservada al Señor, la entregaréis al sacerdote Aarón. De todos los dones que recibáis reservaréis la ofrenda al Señor: haréis esta reserva sagrada entre los dones mejores. Dirás a los levitas: Lo mejor que habéis reservado de entre vuestros diezmos os será considerado a vosotros, levitas, como el diezmo sobre el fruto de la era y el producto del lagar. Lo podréis comer en cualquier lugar, vosotros y los vuestros: es el salario por vuestro servicio en la tienda de la reunión. Una vez ofrecido lo mejor de vuestros diezmos, no incurriréis ya en culpa ni profanaréis las cosas consagradas por los israelitas, y no moriréis". El Señor dijo a Moisés y Aarón: "Ésta es la ley que ha dado el Señor: Di a los israelitas que traigan una novilla roja perfecta, sin defecto, que nunca haya llevado el yugo. La entregaréis al sacerdote Eleazar, que la sacará fuera del campamento y la hará inmolar en su presencia. El sacerdote Eleazar tomará con su dedo de la sangre y rociará con ella siete veces hacia el frente de la tienda de la reunión. Hará quemar la novilla en su presencia; será quemada piel, carne, sangre y excrementos. El sacerdote tomará madera de cedro, hisopo y púrpura, y lo echará en medio del fuego donde se quema la novilla. El sacerdote lavará luego sus vestidos y su cuerpo con agua, y después entrará en el campamento, pero será impuro hasta la tarde. El que haya quemado la novilla lavará también sus vestidos y su cuerpo con agua, y será impuro hasta la tarde. Un hombre en estado de pureza recogerá las cenizas de la novilla y las depositará fuera del campamento, en un lugar puro, donde serán conservadas para hacer el agua de purificación en la comunidad de los israelitas: es un sacrificio por el pecado. El que haya recogido las cenizas de la novilla limpiará sus vestidos y será impuro hasta la tarde. Es ley perpetua para los israelitas y los extranjeros residentes". "El que toque un cadáver, de cualquier persona, quedará impuro durante siete días. Se purificará con estas aguas el tercero y séptimo día, y será puro; pero si no se purifica el tercero y séptimo día, no será puro. El que ha tocado el cadáver de una persona y no se purifica, contaminará la morada del Señor. Este hombre será extirpado de Israel, pues las aguas de purificación no han corrido sobre él; es impuro, su impureza reside en él. Ésta es la ley para el caso de un hombre que muere en una tienda: el que entre en la tienda y los que en ella se encuentren, quedarán impuros durante siete días. Igualmente quedarán impuras todas las vasijas que estén sin tapar. El que toque en el campo un hombre muerto por la espada o un muerto cualquiera, o huesos humanos, quedará impuro durante siete días. En tales casos de impureza tomarán de la ceniza de la novilla quemada en sacrificio por el pecado, echarán sobre ella un vaso de agua corriente; uno que esté puro tomará el hisopo, lo mojará en agua y rociará la tienda, todos los muebles y todas las personas que estuvieran en ella y al que haya tocado huesos humanos, a un asesinado, a un muerto o un sepulcro. El hombre puro rociará al impuro el tercero y séptimo día, limpiará sus vestidos, se lavará y a la tarde será puro. El hombre impuro que no se purifique será extirpado de la comunidad, pues contaminaría el santuario del Señor. No ha sido rociado con el agua de purificación; es impuro. Es ley perpetua para ellos. El que rocía a otro con el agua de purificación lavará sus vestidos, y el que toque el agua de purificación quedará impuro hasta la tarde. Todo lo que toque el impuro quedará impuro, y el que toque al impuro quedará también impuro hasta la tarde". Los israelitas, toda la comunidad, llegaron al desierto de Sin el primer mes. El pueblo acampó en Cades. Allí murió María y allí fue sepultada. No había agua para la comunidad, y ésta se amotinó contra Moisés y Aarón. El pueblo se quejaba contra Moisés, diciendo: "¡Ojalá hubiéramos muerto como murieron nuestros hermanos delante del Señor! ¿Por qué habéis traído al pueblo del Señor a este desierto, para que muramos nosotros y nuestros ganados? ¿Para qué nos sacasteis de Egipto y nos trajisteis a este lugar maldito? Un lugar en el que no se puede sembrar nada, que no tiene viñas, ni higueras, ni granados, y donde ni siquiera hay agua para beber". Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad hacia la entrada de la tienda, y se les apareció la gloria del Señor. El Señor dijo a Moisés: "Toma el bastón y reúne a la multitud tú y tu hermano Aarón; delante de todos ordena a la roca que les dé agua, y de la roca brotará agua para dar de beber a la multitud y a sus ganados". Moisés tomó el bastón que estaba delante del Señor, como se le había ordenado, y Moisés y Aarón convocaron a la multitud delante de la roca. Moisés les dijo: "¡Oíd, rebeldes! ¿Podremos nosotros hacer brotar agua de esta roca?". Y alzando el brazo hirió por dos veces la roca con el bastón, y brotaron de ella aguas en abundancia; bebió la multitud y sus ganados. El Señor dijo a Moisés y Aarón: "Por no haber creído en mí, manifestando mi santidad delante de los israelitas, no llevaréis vosotros a este pueblo a la tierra que yo les doy". Éstas son las aguas de Meribá, donde los israelitas se quejaron contra el Señor, que les dio una prueba de su santidad. Moisés envió mensajeros desde Cades: "Al rey de Edón. Esto dice tu hermano Israel: Tú conoces toda nuestra historia. Nuestros padres bajaron a Egipto, donde hemos estado largo tiempo, nosotros y nuestros padres, sufriendo malos tratos por parte de los egipcios. Clamamos al Señor, que oyó nuestra voz y envió un ángel, que nos sacó de Egipto. Y aquí estamos ahora en Cades, ciudad que se encuentra en los confines de tus dominios. Queremos cruzar, por favor, tu territorio. No atravesaremos tus sembrados, ni beberemos el agua de tus pozos; iremos por el camino real, sin desviarnos ni a derecha ni a izquierda, hasta que salgamos de tus confines". Edón le respondió: "No pases por mi territorio, si no quieres que salga con las armas a tu encuentro". Los israelitas le contestaron: "Subiremos por el camino trillado y, si bebemos de tus aguas, nosotros o nuestros ganados, te daremos el precio de ellas. Es cosa de nada: simplemente pasar a pie". Pero él contestó: "No pasarás". Y Edón le salió al encuentro con mucha gente fuertemente armada. Como Edón les negó el paso, los israelitas se fueron por otro camino. La comunidad israelita partió de Cades y llegó a Hor de la Montaña. El Señor dijo a Moisés y a Aarón en Hor de la Montaña, que está en los confines de la tierra de Edón: "Aarón va a morir, pues no puede entrar en la tierra que yo he dado a los israelitas, porque os rebelasteis contra mí en las aguas de Meribá. Toma a Aarón y a su hijo Eleazar y hazles subir a Hor de la Montaña. Despoja a Aarón de sus vestidos y pónselos a su hijo Eleazar. Y Aarón morirá allí". Moisés hizo lo que el Señor le había mandado. Subieron a Hor de la Montaña a la vista de toda la comunidad. Moisés quitó los vestidos a Aarón y se los puso a su hijo Eleazar. Aarón murió allí, en la cima del monte. Moisés y Eleazar bajaron del monte. Toda la comunidad vio que Aarón había expirado, y toda la casa de Israel lloró a Aarón durante tres días. El rey de Arad, cananeo, que habitaba en el Negueb, al enterarse de que Israel venía por el camino de Atarín, lo atacó e hizo algunos prisioneros. Israel hizo este voto al Señor: "Si entregas a este pueblo en mis manos, yo destruiré por completo sus ciudades". El Señor los atendió, y entregó a los cananeos en manos de Israel, que los destruyó a ellos y sus ciudades. Por lo cual fue llamado aquel lugar Jormá. Partieron de Hor de la Montaña camino del mar Rojo, para rodear la tierra de Edón. En el camino empezó a impacientarse el pueblo, que murmuraba contra el Señor y Moisés, diciendo: "¿Por qué nos sacasteis de Egipto, para hacernos morir en el desierto? No hay pan ni agua, y estamos ya hartos de esta comida miserable". El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían y hacían morir a muchos israelitas. El pueblo fue a decir a Moisés: "Hemos pecado murmurando contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes". Moisés intercedió por el pueblo. El Señor dijo a Moisés: "Hazte una serpiente de bronce, ponla sobre un asta; los que hayan sido mordidos, al mirarla, sanarán". Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta; cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado. Los israelitas partieron y acamparon en Obot. Partieron de Obot y acamparon en Iyyé Haabarín, en el desierto al este de Moab. De allí fueron a acampar en el valle de Zared, y de allí fueron al otro lado del Arnón... Este río salía, en el desierto, de los confines de los amorreos, y servía de frontera entre Moab y los amorreos. Por eso se dice en el Libro de las guerras del Señor: "... Vaheb en Sufá y el valle del Arnón, y la pendiente de los valles que se inclinan hacia la ciudad de Ar y se apoya en la frontera de Moab". De allí fueron a Beer. Éste es el pozo del que el Señor había dicho a Moisés: "Reúne al pueblo, y yo le daré agua". Entonces cantó Israel este canto: "Sube, pozo, ¡Cantadle! Pozo cavado por los príncipes, abierto por los nobles del pueblo, con el cetro, con sus bastones". De Beer fueron a Mataná; de Mataná a Najaliel, de Najaliel a Bamot, de Bamot al valle que se abre en la meseta de Moab hacia la cima del Pisga, que confina con el desierto y lo domina. Israel envió mensajeros a decir a Sijón, rey de los amorreos: "Yo quiero cruzar tu tierra. No iremos ni por los campos ni por las viñas, ni beberemos el agua de los pozos. Seguiremos el camino real hasta que hayamos salido de tus fronteras". Pero no dejó a Israel cruzar su territorio. Reunió a todo su pueblo, salió al encuentro de Israel en el desierto, alcanzándolo en Yahás, donde le dio batalla. Israel lo derrotó al filo de la espada, y conquistó su territorio desde el Arnón hasta el Yaboc, hasta los amonitas, pues Yahás estaba en la frontera de los amonitas. Israel se apoderó de todas estas ciudades de los amorreos, Jesbón y todas las ciudades de su jurisdicción, pues Jesbón era la residencia de Sijón, rey de los amorreos. Éste había hecho anteriormente la guerra al rey de Moab y le había arrebatado todo el territorio hasta el Arnón. Por eso dicen los trovadores: "Id a Jesbón; reedificad y fortificad la capital de Sijón; ha salido un fuego de Jesbón y una llama de la ciudad de Sijón: ha devorado a Ar de Moab, ha consumido las alturas del Arnón. ¡Ay de ti, Moab! ¡Estás perdido, pueblo de Camós! Ha abandonado sus hijos a la fuga, y sus hijas a la esclavitud, a manos de Sijón, rey de los amorreos. Jesbón ha exterminado los niños hasta Dibón, las mujeres hasta Nófaj, los hombres hasta Mádaba". Israel se estableció en la tierra de los amorreos. Moisés mandó a explorar a Yazer, la tomaron junto con las ciudades de su jurisdicción y expulsaron a los amorreos que habitaban allí. Cambiaron de dirección, y subieron camino de Basán. Og, rey de Basán, les salió al encuentro con todo su pueblo y les presentó batalla en Edreí. El Señor dijo a Moisés: "No le temas, pues lo he entregado en tus manos, a él, a su pueblo y su territorio. Trátale como trataste a Sijón, rey de los amorreos, que habitaba en Jesbón". Le derrotaron a él, a sus hijos y a todo su pueblo sin dejar escapar a nadie, y se apoderaron de su territorio. Los israelitas fueron a acampar a los llanos de Moab, al otro lado del Jordán, a la altura de Jericó. Balac, hijo de Sipor, vio todo lo que Israel había hecho con los amorreos, y Moab tembló de miedo ante aquel pueblo tan numeroso. Moab dijo a los ancianos de Madián: "Esta muchedumbre va a devorar ahora nuestros contornos como devora un buey la hierba del campo". Era entonces rey de Moab Balac, hijo de Sipor, el cual envió mensajeros a Petor, junto al río Éufrates, en tierra de los amonitas, que fueron a buscar a Balaán, hijo de Beor, diciendo: "Ha salido de Egipto un pueblo que cubre toda la tierra y está ya cerca de mí. Ven, por favor, y maldice a este pueblo, que es más numeroso que yo; a ver si podemos derrotarlo y expulsarlo, pues yo sé que es bendito aquel a quien tú bendices y maldito aquel a quien tú maldices". Los ancianos de Moab y de Madián partieron llevando consigo el precio del agüero. Llegaron a Balaán y le comunicaron las palabras de Balac. Él les dijo: "Pasad aquí la noche, y yo os responderé según lo que me diga el Señor". Los príncipes de Moab se quedaron con Balaán. Dios se apareció a Balaán, y le dijo: "¿Quiénes son estos hombres que están contigo?". Balaán respondió a Dios: "Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, los ha enviado a decirme: Ha salido de Egipto un pueblo que cubre toda la tierra. Ven, por favor, a maldecirlo para ver si puedo derrotarlo y expulsarlo". Dios dijo a Balaán: "Tú no irás con ellos ni maldecirás a ese pueblo, que es bendito". Balaán se levantó de mañana y dijo a los jefes que había enviado Balac: "Partid para vuestra tierra, pues el Señor no me deja ir con vosotros". Los jefes de Moab se levantaron, volvieron a Balac y le dijeron: "Balaán se ha negado a venir con nosotros". Balac envió otros jefes, pero más numerosos y más respetables que los primeros. Se llegaron a Balaán y le dijeron: "Esto dice Balac, hijo de Sipor: No te niegues, por favor, a venir hasta mí, pues te colmaré de honores y haré lo que me digas. Ven y maldice a este pueblo". Balaán les respondió: "Aunque Balac me diera su casa llena de plata y oro, yo no podría traspasar las órdenes del Señor, mi Dios, en cosa alguna, grande o pequeña; pero pasad aquí también vosotros esta noche para saber lo que vuelve a decirme el Señor". Dios se apareció a Balaán durante la noche y le dijo: "¿No han venido estas gentes a llamarte? Levántate y vete con ellos, pero no hagas más que lo que yo te diga". Balaán se levantó de mañana, aparejó su burra y se fue con los jefes de Moab. Su partida encendió la cólera del Señor; y el ángel del Señor se puso delante de él, en el camino, para cerrarle el paso. Montaba Balaán su burra, y le acompañaban dos de sus criados. La burra, al ver al ángel del Señor apostado en el camino con la espada desenvainada en la mano, se salió del camino y tiró por el campo. Balaán le pegaba para hacerla volver al camino. El ángel del Señor se cruzó entonces en un camino estrecho, en medio de las viñas, con pared a un lado y a otro. La burra, al ver al ángel del Señor, pasó rozando la pared y pillando contra ella el pie de Balaán, el cual se puso a pegarle de nuevo. El ángel del Señor se adelantó y se puso otra vez en un lugar tan estrecho que no había espacio para pasar ni por un lado ni por otro. Cuando el asna vio al ángel del Señor, se tumbó debajo de Balaán, el cual, enfurecido, le pegaba con el palo. Entonces el Señor abrió la boca de la burra, que dijo a Balaán: "¿Qué te he hecho yo para que me hayas pegado por tres veces?". Balaán respondió a la burra: "Porque te burlas de mí. Si tuviera a mano una espada, ahora mismo te mataba". La burra dijo a Balaán: "¿No soy tu burra, que te ha servido siempre de cabalgadura hasta hoy? ¿Te he hecho yo nunca cosa semejante?". Él respondió: "No". El Señor abrió los ojos de Balaán y vio al ángel del Señor apostado en el camino con la espada desenvainada en la mano. Balaán se inclinó y se postró en tierra. El ángel del Señor le dijo: "¿Por qué has pegado a tu burra por tres veces? Era yo quien te cerraba el paso, pues me disgusta tu viaje. La burra me ha visto y por tres veces se ha apartado de mí. Gracias que se ha apartado, pues de otra manera te hubiera yo matado a ti, dejándola a ella con vida". Balaán respondió al ángel del Señor: "¡He pecado! Yo no sabía que eras tú quien me cerraba el paso. Si la cosa te desagrada, ahora mismo me vuelvo". El ángel del Señor dijo a Balaán: "Vete con esos hombres, pero di solamente lo que yo te mande decir". Y Balaán continuó con los jefes de Balac. Balac supo que llegaba Balaán y salió a su encuentro hacia Ir Moab, en la frontera del Arnón, al final de la frontera. Balac dijo a Balaán: "¿No envié yo mensajeros a llamarte? ¿Por qué no viniste? ¿Creías que no podía yo tratarte con el debido honor?". Balaán dijo a Balac: "Aquí me tienes junto a ti. ¿Podría yo ahora decir algo por mí mismo? La palabra que Dios me ponga en boca, ésa diré". Balaán se fue con Balac y llegaron a Quiriat Jusot. Balac inmoló ganado mayor y menor, y lo envió a Balaán y a los jefes que le acompañaban. A la mañana siguiente, Balac tomó a Balaán y le hizo subir a Bamot Baal, desde donde se veía un ala del pueblo. Balaán dijo a Balac: "Levántame aquí siete altares y prepárame siete novillos y siete carneros". Balac hizo como le había dicho Balaán, y ambos ofrecieron un novillo y un carnero en cada uno de los altares. Balaán dijo a Balac: "Quédate aquí, junto a tu holocausto, mientras yo voy a ver si el Señor sale a mi encuentro; lo que me dé a conocer, eso te diré". Se fue hacia un monte desnudo, y Dios se le apareció. Balaán le dijo: "He dispuesto los siete altares y he ofrecido en cada uno de ellos un novillo y un carnero". Entonces el Señor puso su palabra en boca de Balaán, y le dijo: "Vuelve donde Balac y dile esto". Balaán se volvió y encontró a Balac junto a su holocausto con todos los jefes de Moab. Balaán pronunció esta profecía: "Balac me hace venir de Asiria, el rey de Moab, de los montes del este: Ven, maldíceme a Jacob, ven, amenaza a Israel. ¿Cómo podría yo maldecir, cuando Dios no maldice? ¿Cómo podría yo amenazar, cuando Dios no amenaza? Sí, desde la cima de la roca lo veo, desde lo alto de las colinas lo contemplo. Es un pueblo que vive aparte, que no se cuenta entre las naciones. ¿Quién podría contar el polvo de Jacob? ¿Quién sería capaz de enumerar las miríadas de Israel? ¡Tenga yo la muerte de los justos! ¡Sea mi final como el suyo!". Balac dijo a Balaán: "¿Qué me has hecho? ¡Te había llamado para maldecir a mis enemigos, y los has bendecido!". Balaán respondió: "¿No debo yo decir lo que el Señor pone en mis labios?". Balac le contestó: "Ven conmigo a otro sitio. Desde aquí no ves más que uno de los extremos del pueblo, no lo puedes ver entero. Maldícemelo desde allí". Le llevó al campo de los Centinelas, hacia la cima del Pisga. Levantó siete altares e inmoló en cada uno un novillo y un carnero. Balaán dijo a Balac: "Estáte aquí, junto a tu holocausto, mientras yo voy allá al encuentro". Dios salió al encuentro de Balaán, le puso su palabra en la boca, y le dijo: "Vuelve donde Balac y dile esto". Fue donde Balac, y lo encontró junto a su holocausto con todos los jefes de Moab. "¿Qué te ha dicho el Señor?", le preguntó Balac. Balaán pronunció esta profecía: "Levántate, Balac, y escucha; pon atención, hijo de Sipor. No es Dios un hombre para que mienta, ni un ser humano para que cambie de opinión. ¿Dice él y no hace? ¿Habla y no cumple? Yo tengo orden de bendecir; bendeciré y no me volveré atrás. No veo iniquidad en Jacob, ni crimen alguno en Israel; el Señor, su Dios, está con él, y en él resuena la aclamación real. El Dios que lo sacó de Egipto tiene para él la fuerza del búfalo. No valen presagios contra Jacob, ni sortilegios contra Israel. A su tiempo se dirá a Jacob, a Israel lo que Dios ha hecho. Este pueblo se alza como leona, se yergue como un león; no se acuesta sin haber devorado su presa, sin haber bebido la sangre de sus víctimas". Balac dijo a Balaán: "Si no puedes maldecírmelo, al menos no lo bendigas". Balaán respondió a Balac: "¿No dije que haría lo que me dijera el Señor?". Balac dijo a Balaán: "Ven, que te llevo a otro sitio, a ver si finalmente Dios cree oportuno que me lo maldigas desde allí". Balac llevó a Balaán a la cima del Fegor, que mira al desierto. Balaán dijo a Balac: "Levántame aquí siete altares y prepárame aquí siete novillos y siete carneros". Balac hizo como le había mandado Balaán e inmoló un novillo y un carnero en cada altar. Balaán vio que el Señor se complacía en bendecir a Israel, y no fue ya como las otras veces en busca de presagios, sino que se volvió de cara al desierto. Levantó los ojos y vio a Israel acampado por tribus; el espíritu del Señor vino sobre él, y pronunció esta profecía: "Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de mirada penetrante; oráculo del que oye la palabra de Dios. Ve lo que el todopoderoso le hace ver, cae en éxtasis y se abren sus ojos. ¡Qué bellas son tus tiendas, Jacob; qué bellas tus moradas, Israel! Como valles que se alargan, como jardines al borde de un río, como áloes plantados por el Señor, como cedros a la orilla del agua. El agua desborda de los cubos, sus sembrados son abundantemente regados. Su rey es más fuerte que Agag, su reino crece en poderío. El Dios que lo sacó de Egipto tiene para él la fuerza del búfalo. Devora las naciones enemigas. tritura sus huesos, las traspasa con sus saetas. Se agazapa, se echa como un león, como una leona. ¿Quién lo levantará? ¡Bendito sea el que te bendiga, y maldito el que te maldiga!". Balac se enfureció contra Balaán y, dando palmadas, le dijo: "Te había llamado para maldecir a mis enemigos y los has bendecido ya por tres veces. Lárgate a tu casa. Yo te había prometido grandes honores, pero el Señor te ha privado de ellos". Balaán respondió a Balac: "¿No había dicho yo a tus mensajeros que, aunque me dieras tu casa llena de oro y plata, yo no podría traspasar las órdenes del Señor ni hacer por propia iniciativa cosa alguna, buena o mala, sino que diría fielmente lo que dijera el Señor? Ahora que me marcho con los míos, ven que te anuncie lo que este pueblo hará a tu pueblo en el futuro". Y pronunció esta profecía: "Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de mirada penetrante; oráculo del que oye las palabras de Dios, del que conoce la ciencia del altísimo, del que ve lo que el todopoderoso le hace ver, cae en éxtasis y se abren sus ojos. Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una estrella se destaca de Jacob, surge un cetro de Israel. Aplasta las sienes de Moab y el cráneo de los hijos de Set. Edón pasa a ser suyo. Seír pasa a ser su posesión. Israel despliega su poder. De Jacob saldrá un dominador que acabará con los que queden en la ciudad". Balaán vio a Amalec y continuó su profecía: "Amalec: primicia de las naciones, pero su posteridad perecerá para siempre". Vio a los quenitas, y prosiguió: "Tu mirada fue firme, Caín, y tu nido colgado en las rocas; pero tu nido será pasto de las llamas y Asiria te hará prisionero". Y continuó así: "¡Ay! ¿Quién podrá vivir cuando Dios haga estas cosas? Naves de la parte de Kittim, oprimen a Asiria, oprimen a Eber; también ellos perecerán para siempre". Balaán se levantó y se fue a su tierra, mientras Balac se volvió también por su camino. Israel se estableció en Sitín, y el pueblo se dio al desenfreno con las mujeres moabitas. Ellas les invitaban a los sacrificios de sus dioses, y el pueblo comía y se prosternaba ante ellos. Israel dio culto a Baal Fegor, y la ira del Señor se encendió contra él. El Señor dijo a Moisés: "Reúne a los jefes del pueblo y cuélgalos ante el Señor, a la luz del sol, para que se aparte de Israel la cólera encendida del Señor". Moisés dijo a los jueces de Israel: "Matad a todos los que hayan dado culto a Baal Fegor". Un israelita llevó a su casa a una madianita a la vista de Moisés y de toda la comunidad, mientras estaban todos llorando a la entrada de la tienda de la reunión. Fineés, hijo de Eleazar y nieto del sacerdote Aarón, lo vio, se levantó en medio de la comunidad, tomó una lanza, siguió al israelita hasta la alcoba y allí los traspasó a los dos en pleno vientre, al israelita y a la mujer. Y cesó el azote que pesaba sobre los israelitas; habían muerto para entonces 24.000. El Señor dijo a Moisés: "Fineés, hijo de Eleazar y nieto del sacerdote Aarón, ha apartado mi cólera de los israelitas, pues ha estado movido por mi mismo celo en medio de ellos. Por eso no he aniquilado yo en mi furor a los israelitas. Hazle saber que yo hago con él un pacto de paz. Será para él y para su descendencia un pacto que le asegurará el sacerdocio eternamente por haber sido celador de su Dios y haber obtenido el perdón para los israelitas. El israelita que había muerto junto con la madianita se llamaba Zimrí, hijo de Salú, y era jefe de una de las familias de Simeón. La mujer madianita que había muerto se llamaba Cozbí, hija de Sur, jefe de clan de una de las familias de Madián. El Señor dijo a Moisés: "Atacad a los madianitas y derrotadlos, pues os han tratado como enemigos seduciéndoos con sus malas artes en el caso de Fegor y de Cozbí, hermana de los madianitas e hija de uno de sus jefes, la que murió el día del azote sobrevenido con ocasión de lo de Fegor". Después del azote, el Señor dijo a Moisés y al sacerdote Eleazar, hijo de Aarón: "Haced el censo de toda la comunidad de los israelitas, por familias, de veinte años para arriba, aptos para la guerra". Moisés y el sacerdote Eleazar les hablaron en los Llanos de Moab, cerca del Jordán, a la altura de Jericó, diciendo: "Hagamos el censo de los hombres de veinte años para arriba", tal como el Señor había ordenado a Moisés. Éstos eran los israelitas que salieron de Egipto: Rubén, primogénito de Israel. Hijos de Rubén: de Henoc, el clan henoquita; de Falú, el clan faluita; de Jesrón, el clan jesronita; de Carmí, el clan carmita. Éstos eran los clanes rubenitas. Se registraron 43.730. Hijos de Falú: Eliab. Hijos de Eliab: Nemuel, Datán y Abirán. Datán y Abirán fueron hombres distinguidos de la comunidad, que se sublevaron contra Moisés y Aarón; eran del partido de Coré cuando éste se levantó contra el Señor, cuando la tierra abrió sus fauces y se los tragó con Coré; perecieron al mismo tiempo sus secuaces, cuando el fuego devoró a los 250 hombres, para que sirviesen de escarmiento. Los hijos de Coré no murieron. Hijos de Simeón por clanes: de Nemuel, el clan nemuelita; de Yamín, el clan yaminita; de Yaquín, el clan yaquinita; de Zéraj, el clan zerajita; de Saúl, el clan saulita. Tales eran los clanes simeonitas. Se registraron 22.200. Hijos de Gad, por clanes: de Safón, el clan safonita; de Jaguí, el clan jaguita; de Suní, el clan sunita; de Ozní, el clan oznita; de Erí, el clan erita; de Arod, el clan arodita; de Arelí, el clan arelita. Tales eran los clanes de los hijos de Gad. Se registraron 40.500. Hijos de Judá: Er y Onán, que murieron en la tierra de Canaán. Hijos de Judá, por clanes: de Selá, el clan selaíta; de Fares, el clan faresita; de Zéraj, el clan zerajita. Los hijos de Fares fueron: de Jesrón, el clan jesronita; de Jamul, el clan jamulita. Tales eran los clanes de Judá. Se registraron 76.500. Hijos de Isacar, por clanes: de Tolá, el clan tolaíta; de Puvá, el clan puvaíta; de Yasub, el clan yasubita; de Simrón, el clan simronita. Tales eran los clanes de Isacar. Se registraron 64.300. Hijos de Zabulón, por clanes: de Séred, el clan seredita; de Elón, el clan elonita; de Yajleel, el clan yajleelita. Tales eran los clanes de Zabulón. Se registraron 60.500. Hijos de José, por clanes: Manasés y Efraín. Hijos de Manasés: de Maquir, el clan maquirita; Maquir engendró a Galaad; de Galaad, el clan galaadita. Éstos son los hijos de Galaad: de Yéser, el clan yeserita; de Jélec, el clan jelequita; de Asriel, el clan asrielita; de Siquén, el clan siquenita; de Semidá, el clan semidita; de Jéfer, el clan jeferita; Selofjad, hijo de Jéfer, no tuvo hijos, sino hijas; éstos son sus nombres: Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá. Tales eran los clanes de Manasés. Se registraron 52.700. Hijos de Efraín, por clanes: de Sutálaj, el clan sutalajita; de Béquer, el clan bequerita; de Taján, el clan tajanita. Hijos de Sutálaj: de Erán, el clan eranita. Tales eran los clanes de Efraín. Se registraron 32.500. Tales eran los hijos de José, por clanes. Hijos de Benjamín, por clanes: de Bela, el clan belaíta; de Asbel, el clan asbelita; de Ajirán, el clan ajiranita; de Sufán, el clan sufanita; de Jufán, el clan jufanita. Hijos de Bela fueron Ard y Naamán: de Ard, el clan ardita; de Naamán, el clan naamanita. Tales eran los clanes de Benjamín. Se registraron 45.600. Hijos de Dan, por clanes: de Suján, el clan sujanita. Tales eran los clanes de Dan. De los clanes sujanitas se registraron 64.400. Hijos de Aser, por clanes: de Yimná, el clan yimnaíta; de Yisví, el clan yisvita; de Beriá, el clan beriaíta. Hijos de Beriá: de Jéber, el clan jeberita; de Malquiel, el clan malquielita. La hija de Aser se llamaba Sáraj. Tales eran los clanes de Aser. Se registraron 53.400. Hijos de Neftalí, por clanes: de Yajseel, el clan yajseelita; de Guní, el clan gunita; de Yéser, el clan yeserita; de Silén, el clan silenita. Tales eran los clanes de Neftalí. Se registraron 45.400. El número total de los israelitas registrados fue 601.730. El Señor dijo a Moisés: "Entre éstos se distribuirá la tierra como herencia, según el número de los inscritos. A los más numerosos les darás una porción mayor; a los menos numerosos, una parte más pequeña: a cada uno, su herencia según el número de hombres. Sin embargo, la partición de la tierra se hará por suertes. Se hará la repartición según los nombres de las tribus patriarcales; la herencia de cada tribu se repartirá por suertes, teniendo en cuenta el número mayor y menor. Clanes de los levitas registrados: de Guersón, el clan guersonita; de Quehat, el clan quehatita; de Merarí, el clan merarita. Clanes levitas: el clan libnita, el hebronita, el majlita, el musita, el coreíta. Quehat engendró a Amrán. Amrán se casó con Yoquébed, hija de Leví, nacida en Egipto, de la que tuvo tres hijos: Aarón, Moisés y María. Aarón engendró a Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar. Nadab y Abihú murieron cuando ofrecían ante el Señor un fuego profano. Todos los varones registrados mayores de un mes fueron 23.000. No habían sido registrados entre los israelitas, pues no habían recibido herencia con ellos. Éste es el censo de los israelitas que hicieron Moisés y el sacerdote Eleazar, en los Llanos de Moab, cerca del Jordán, a la altura de Jericó. Ninguno de éstos era el censo que hicieron Moisés y Aarón en el desierto del Sinaí, pues el Señor había dicho: "Éstos morirán en el desierto y no quedará ninguno, excepto Caleb, hijo de Jefoné, y Josué, hijo de Nun". Se acercaron entonces las hijas de Selofjad, hijo de Jéfer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, de uno de los clanes de Manasés, hijo de José. Se llamaban: Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá. Se presentaron ante Moisés, al sacerdote Eleazar, a los jefes y a toda la comunidad a la entrada de la tienda de la reunión, y dijeron: "Nuestro padre murió en el desierto, pero no era del partido que se formó contra el Señor, de la facción de Coré. Murió por su propio pecado y sin dejar hijos varones. ¿Por qué va a ser borrado el nombre de nuestro padre de en medio de su clan por no haber dejado hijos varones? Dadnos a nosotras una propiedad como a los hermanos de nuestro padre". Moisés llevó el caso delante del Señor, y el Señor dijo a Moisés: "Las hijas de Selofjad tienen razón. Les darás, pues, una propiedad en herencia, como a los hermanos de su padre, y harás pasar a ellas la herencia de su padre. Y dirás a los israelitas: Si un hombre muere sin haber dejado hijos, haréis pasar la herencia a su hija. Si no tiene hijas, pasará la herencia a sus hermanos. Si no tiene hermanos, daréis la herencia a los hermanos de su padre. Si su padre no tiene hermanos, daréis su herencia al pariente más cercano del clan, el cual tomará posesión de ella. Ésta será para los hijos de Israel una regla de derecho, tal como el Señor ordenó a Moisés". El Señor dijo a Moisés: "Sube a este monte de los Abarín y contempla la tierra que voy a dar a los israelitas. Cuando la hayas contemplado, irás a reunirte con los tuyos, como Aarón, tu hermano, pues fuisteis rebeldes en el desierto de Sin, cuando la comunidad se querelló conmigo, cuando yo os mandé manifestar ante ella mi santidad mediante las aguas". (Éstas son las aguas de Meribá, de Cades, en el desierto de Sin). Moisés dijo al Señor: "¡Que el Señor, el Dios de los espíritus que dan vida a todo ser viviente, establezca sobre esta comunidad un hombre que vaya y venga al frente de ellos, que los haga entrar y salir, para que la comunidad del Señor no sea como rebaño sin pastor!". El Señor respondió a Moisés: "Toma a Josué, hijo de Nun, sobre quien reside el espíritu, y pon tu mano sobre él. Preséntalo luego al sacerdote Eleazar y a toda la comunidad, y en su presencia le darás órdenes y le transmitirás parte de tu autoridad, para que le preste obediencia toda la comunidad israelita. Se presentará delante del sacerdote Eleazar, que consultará por él al Señor, por medio del urim. A sus órdenes saldrán y entrarán con él todos los israelitas, toda la comunidad". Moisés hizo lo que le había ordenado el Señor. Tomó a Josué, le hizo presentarse ante el sacerdote Eleazar y ante toda la comunidad, le impuso las manos y le dio el cargo, tal como el Señor le había ordenado por medio de Moisés. El Señor dijo a Moisés: "Ordena a los israelitas: Presentadme a su debido tiempo mis ofrendas, mis alimentos, sacrificios quemados de olor agradable para mí. Les dirás: Éstas son las ofrendas quemadas en honor del Señor. Diariamente, dos corderos de un año, sin defecto, como holocausto perpetuo. Uno por la mañana y el otro por la tarde, entre dos luces, y una ofrenda de cuatro kilos y medio de flor de harina, amasada con dos litros de aceite puro de oliva. Es el holocausto perpetuo que se ofrecía ya en el monte Sinaí, ofrenda quemada de olor agradable en honor del Señor. La ofrenda de vino será de dos litros por cada cordero. La ofrenda del vino la harás en el santuario en honor del Señor. El segundo cordero lo ofrecerás entre dos luces; lo harás con las mismas ofrendas de pan y de vino de la mañana, como sacrificio quemado, de olor agradable, en honor del Señor". "El sábado, dos corderos de un año sin defecto, una ofrenda de nueve kilos de flor de harina amasada con aceite y su correspondiente ofrenda de vino. Éste es el holocausto propio del sábado, con su correspondiente ofrenda de vino, además del holocausto diario". "El primer día de cada mes ofreceréis como holocausto al Señor dos novillos, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto; y por cada novillo, una ofrenda de trece kilos y medio de flor de harina amasada con aceite; por el carnero, nueve kilos de flor de harina amasada con aceite, y por cada uno de los corderos, cuatro kilos y medio de flor de harina amasada con aceite. Es holocausto de suave olor, ofrenda quemada en honor del Señor. Las correspondientes ofrendas de vino serán de cuatro litros por novillo, de dos litros y medio por carnero y de dos litros por cordero. Éste es el holocausto para todos los meses del año. Además del holocausto diario y su correspondiente ofrenda de vino, será ofrecido al Señor un macho cabrío en sacrificio por el pecado". "El día catorce del primer mes es la pascua del Señor, y el día quince de este mes es día de fiesta. Durante siete días se comerá pan sin levadura. El primer día habrá asamblea santa; no haréis ningún trabajo. Ofreceréis al Señor en holocausto dos novillos, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto, y la ofrenda de flor de harina amasada con aceite: trece kilos y medio por novillo, nueve kilos y medio por carnero y cuatro kilos y medio por cordero. Ofreceréis también un macho cabrío en sacrificio por el pecado para hacer sobre vosotros el rito de absolución. Ofreceréis todo esto, además del holocausto que se ofrece diariamente por la mañana. Lo haréis diariamente durante siete días. Es un alimento, un sacrificio de olor agradable quemado en honor del Señor, además del holocausto diario y su correspondiente ofrenda de vino. El séptimo día tendréis asamblea santa; no haréis ningún trabajo". "El día de las primicias, cuando vayáis a presentar al Señor la ofrenda de los frutos nuevos en vuestra fiesta de las semanas, tendréis asamblea santa; no haréis ningún trabajo. Presentaréis al Señor un holocausto de olor agradable, dos novillos, un carnero y siete corderos de un año, y una ofrenda de flor de harina amasada con aceite: trece kilos y medio por novillo, nueve kilos por carnero y cuatro kilos y medio por cordero. Ofreceréis también un macho cabrío en sacrificio por el pecado para hacer sobre vosotros el rito de absolución. Todo esto, además del holocausto diario y su correspondiente ofrenda de vino". "El primer día del séptimo mes tendréis asamblea santa; no haréis ningún trabajo. Será para vosotros éste el día de las aclamaciones. Presentaréis al Señor un holocausto de olor agradable: un novillo, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto, y una ofrenda de flor de harina amasada con aceite: trece kilos y medio por novillo, nueve kilos por carnero y cuatro kilos y medio por cordero. Ofreceréis también un macho cabrío en sacrificio por el pecado para hacer sobre vosotros el rito de absolución. Todo esto, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino, según lo prescrito. Es una ofrenda de olor agradable quemada en honor del Señor. El diez del mismo séptimo mes tendréis asamblea santa; ayunaréis y no haréis ningún trabajo. Ofreceréis un holocausto de olor agradable al Señor: un novillo, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto, y la correspondiente ofrenda de flor de harina amasada con aceite: trece kilos y medio por novillo, nueve kilos por carnero y cuatro kilos y medio por cordero; y un macho cabrío en sacrificio por el pecado. Todo esto, además del sacrificio por el pecado del día del perdón y del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El día quince del séptimo mes tendréis asamblea santa y no haréis en él ningún trabajo. Celebraréis fiesta en honor del Señor durante siete días. Ofreceréis en holocausto de olor agradable al Señor catorce corderos de un año, sin defecto, y la correspondiente ofrenda de flor de harina amasada con aceite: trece kilos y medio por novillo, nueve kilos por carnero y cuatro kilos y medio por cordero. Y un macho cabrío en sacrificio por el pecado; todo esto, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El segundo día ofreceréis doce novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto, con las ofrendas correspondientes de pan y de vino, según el número de novillos, carneros y corderos; y un macho cabrío por el pecado, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El tercer día ofreceréis once novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto, con las ofrendas correspondientes de pan y de vino, según el número de novillos, carneros y corderos; y un macho cabrío para el sacrificio por el pecado, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El cuarto día ofreceréis diez novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto, con las correspondientes ofrendas de pan y vino, según el número de novillos, carneros y corderos; y un macho cabrío para el sacrificio por el pecado, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El quinto día ofreceréis nueve novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto, con las correspondientes ofrendas de pan y de vino, según el número de novillos, carneros y corderos; y un macho cabrío para el sacrificio por el pecado, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El sexto día ofreceréis ocho novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto, con las correspondientes ofrendas de pan y de vino, según el número de novillos, carneros y corderos; y un macho cabrío para el sacrificio por el pecado, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El séptimo día ofreceréis siete novillos, dos carneros y catorce corderos de un año, sin defecto, con las correspondientes ofrendas de pan y de vino, según el número de novillos, carneros y corderos; y un macho cabrío para el sacrificio por el pecado, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. El día octavo tendréis consejo, y no haréis en él ningún trabajo. Ofreceréis en holocausto de olor agradable al Señor un novillo, un carnero y siete corderos de un año, sin defecto, con las correspondientes ofrendas de pan y de vino, según el número de novillos, carneros y corderos; y un macho cabrío en sacrificio por el pecado, además del holocausto diario, con sus correspondientes ofrendas de pan y de vino. Esto es lo que ofreceréis al Señor en vuestras fiestas, además de vuestras ofrendas votivas o espontáneas, de vuestros holocaustos, ofrendas de pan y de vino y sacrificios de reconciliación". - - - Moisés dijo a los israelitas todo lo que el Señor le había ordenado. Dijo a los jefes de tribu de Israel: "Esto manda el Señor: Si un hombre hace un voto al Señor o se obliga con juramento a alguna cosa, no faltará a su palabra; todo lo que haya salido de su boca, lo cumplirá. Cuando una mujer, joven todavía, que habita en casa de su padre, hace un voto al Señor o se compromete formalmente con juramento, si el padre, al conocer el voto o la obligación contraída, no dice nada, todos sus votos son válidos, lo mismo que todas las obligaciones que haya contraído. Pero si el padre, al tener conocimiento de ello, lo desaprueba, entonces todos sus votos y todas las obligaciones contraídas son nulos, y el Señor la perdonará, pues ha sido su padre quien se ha opuesto. Si se casa estando todavía ligada por algún voto o compromiso contraído a la ligera, si al saberlo su marido se calla y no le dice nada el día en que se entera, sus votos y los compromisos contraídos son válidos. Pero si el marido, al saberlo, lo desaprueba, anula el voto que hizo y el compromiso contraído a la ligera. El Señor la perdonará. El voto de una viuda o de una divorciada y todos los compromisos por ellas contraídos son válidos. Si una mujer hace un voto o se compromete a algo con juramento estando ya en casa de su marido, si el marido, al saberlo, no le dice nada ni lo desaprueba, todos sus votos serán válidos, así como las obligaciones contraídas. Pero si su marido, al saberlo, los anula el día en que lo ha sabido, todo lo que salió de sus labios, votos y obligaciones, quedan sin valor; su marido los ha anulado y el Señor la perdonará. El marido puede anular o ratificar cualquier voto o juramento con que ella se obligue. Pero si el marido, día tras día, se calla, ratifica todos sus votos y todos los compromisos por ella contraídos, pues no le dijo nada el día que los conoció. Si los anula algún tiempo después de haberlos conocido, sobre él pesará la falta de su mujer". El Señor dijo a Moisés: "Véngate de los madianitas en nombre de los israelitas, y después morirás". Moisés dijo a su pueblo: "Armaos algunos de vosotros para la guerra del Señor contra Madián, para hacer pesar sobre Madián la venganza del Señor. Pondréis en pie de guerra mil hombres por cada una de las tribus de Israel". Se reclutaron entre los millares de Israel mil hombres por cada tribu, es decir, doce mil hombres en pie de guerra. Moisés envió al combate aquellos mil hombres por tribu, y con ellos mandó a Fineés, hijo del sacerdote Eleazar, el cual llevaba los objetos sagrados y las trompetas para dar las señales de la guerra. Presentaron batalla contra Madián, como el Señor había ordenado a Moisés, y mataron a todos los varones. Mataron además a los reyes de Madián, Eví, Requen, Sur, Jur y Reba, cinco reyes de Madián. Pasaron también al filo de la espada a Balaán, hijo de Beor. Los israelitas se llevaron prisioneras a las mujeres de los madianitas con sus niños; saquearon todos sus ganados, rebaños y riquezas. Incendiaron todas las ciudades habitadas y todos sus campamentos. Todo su botín, todo cuanto habían capturado, hombres y ganados, se lo llevaron a Moisés, al sacerdote Eleazar y a toda la comunidad israelita, que estaban acampados en los Llanos de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó. Moisés, el sacerdote Eleazar y todos los jefes de la comunidad les salieron al encuentro fuera del campamento. Pero Moisés se enfureció contra los comandantes del ejército, jefes de millares y centurias que venían del combate. Les dijo: "¿Por qué habéis dejado con vida a las mujeres? Fueron ellas, precisamente, las que por consejo de Balaán sedujeron a los israelitas, apartándolos del Señor en el caso de Fegor, lo cual dio ocasión al azote que pesó sobre la comunidad de Israel. Matad, pues, a todos los niños varones y a todas las mujeres que han conocido lecho de varón, y dejad con vida a las jóvenes que no lo han conocido. Vosotros, permaneced durante siete días fuera del campamento, y el que entre vosotros o vuestros prisioneros haya matado a alguien o haya tocado un cadáver, purifíquese el tercero y séptimo día. Purificad también todos vuestros vestidos, todo objeto de cuero o hecho de pelo de cabra y todo utensilio de madera". El sacerdote Eleazar dijo a los combatientes que volvían de la campaña: "Ésta es una ley que el Señor dio a Moisés: El oro, la plata, el bronce, el hierro, el estaño y el plomo, todo lo que puede resistir el fuego, pasadlo por el fuego, y será puro después de haber sido lavado también con el agua de purificación. Lo que no resista al fuego, lavadlo con agua. El séptimo día lavad vuestros vestidos, y quedaréis puros. Luego podréis entrar en el campamento". El Señor dijo a Moisés: "Tú, el sacerdote Eleazar y los cabezas de familia de la comunidad contad lo capturado, en hombres y ganados, y repartidlo, mitad y mitad, entre los combatientes que han ido a la guerra y el resto de la comunidad. De la mitad correspondiente a los combatientes, reserva como tributo al Señor el uno por quinientos en hombres, bueyes, asnos y ovejas; lo tomarás y lo entregarás al sacerdote Eleazar, como tributo reservado al Señor. De la mitad correspondiente a los israelitas tomarás el uno por cincuenta en hombres, bueyes, asnos, ovejas y animales de toda clase, y se lo darás a los levitas que cuidan de la morada del Señor". Moisés y el sacerdote Eleazar hicieron lo que el Señor había ordenado a Moisés. El botín capturado, sin contar lo que los soldados recogieron por su parte, sumaba 675.000 cabezas de ganado menor, 72.000 cabezas de ganado mayor, 61.000 asnos; y en efectivo humano, de mujeres que no habían compartido lecho de varón, 32.000 personas en total. La mitad correspondiente a los que habían hecho la campaña fue de 337.500 cabezas de ganado menor, de las cuales 675 se reservaron como tributo al Señor; 36.000 cabezas de ganado mayor, de las cuales 72 se reservaron al Señor; 30.500 asnos, de los cuales 61 se reservaron al Señor, y 16.000 personas, de las cuales 32 quedaron para el Señor. Moisés entregó al sacerdote Eleazar el tributo reservado para el Señor, tal como el Señor había ordenado a Moisés. La mitad correspondiente a los israelitas, que Moisés había separado de la de los combatientes, esta mitad, que tocó a la comunidad, fue de 337.500 cabezas de ganado menor, 36.000 cabezas de ganado mayor, 30.500 asnos y 16.000 personas. De esta mitad correspondiente a los israelitas, Moisés tomó el uno por cincuenta en hombres y animales, y se lo entregó a los levitas que se cuidaban del servicio en la morada del Señor, tal como el Señor había ordenado a Moisés. Los comandantes de la expedición, jefes de millar y jefes de centuria se presentaron a Moisés para decirle: "Tus siervos han hecho el recuento de los hombres de guerra que han estado a nuestras órdenes, y no falta ninguno. Traemos, pues, como ofrenda al Señor los objetos de oro, brazaletes, cadenas, anillos, pendientes y collares que cada uno ha encontrado, para hacer el rito de absolución sobre nosotros delante del Señor". Moisés y el sacerdote Eleazar recibieron de sus manos el oro y todas las alhajas. El oro presentado al Señor por los jefes de millar y de centuria dio un total de doscientos kilos. Los combatientes se reservaron cada uno su botín. Moisés y el sacerdote Eleazar recibieron el oro de los jefes de millar y de centuria y lo llevaron a la tienda de la reunión para que sirviera a los israelitas de memorial ante el Señor. Los hijos de Rubén y los hijos de Gad tenían grandes y numerosos rebaños. Cuando vieron que la tierra de Yazer y la de Galaad eran lugares muy aptos para la ganadería, los hijos de Rubén y los hijos de Gad vinieron a Moisés, al sacerdote Eleazar y a los jefes de la comunidad, y les dijeron: "Atarot, Dibón, Yazer, Nimrá, Jesbón, Elalé, Sebán, Nebo y Meón, esta tierra que el Señor ha conquistado para los israelitas, es apropiada para la ganadería, y tus siervos son gente ganadera. Si tus siervos han hallado gracia a tus ojos, danos en propiedad esta tierra y no nos hagas pasar el Jordán". Moisés les respondió: "Mientras vuestros hermanos van al combate, ¿vosotros vais a quedaros aquí? ¿Por qué desanimáis a los israelitas para que no pasen a la tierra que el Señor les da? Así hicieron ya vuestros padres, cuando yo los envié a Cades a explorar la tierra. Subieron hasta el valle de Escol y, después de haber visto la tierra, desanimaron a los israelitas para que no fuesen a la tierra que el Señor les daba. De suerte que aquel día el Señor montó en cólera e hizo este juramento: Los hombres que han salido de Egipto de veinte años para arriba no verán la tierra que con juramento prometí yo a Abrahán, Isaac y Jacob, porque no me han seguido con fidelidad, a excepción de Caleb, hijo de Jefoné, el quenizita, y Josué, hijo de Nun, que han seguido los caminos del Señor sin desfallecer. El Señor montó en cólera contra los israelitas y los hizo vagar durante cuarenta años por el desierto, hasta que desapareció enteramente aquella generación que había contrariado al Señor. Y vosotros queréis seguir las huellas de vuestros padres, como engendro de raza pecadora, y encender todavía más la cólera del Señor contra Israel. Porque si os negáis a seguirlo, él continuará manteniendo a Israel en el desierto y seréis causa de la ruina total del pueblo". Entonces se acercaron a Moisés y le dijeron: "Nosotros levantaremos aquí apriscos para nuestros ganados y ciudades para nuestras familias. Pero, al mismo tiempo, tomaremos también las armas e iremos delante de los israelitas hasta que los hayamos introducido en el lugar a ellos destinado. Nuestras familias quedarán en ciudades amuralladas, defendidas de los habitantes de esta tierra. No volveremos a nuestras tierras hasta que los israelitas hayan tomado posesión de la heredad, cada uno de la suya. Más aún; no queremos heredad alguna al otro lado del Jordán, ni más allá, puesto que nuestra heredad estará de este lado del Jordán, en la parte oriental". Moisés les dijo: "Si cumplís vuestra palabra, si estáis prontos al combate a las órdenes del Señor y si todos vuestros hombres de guerra pasan el Jordán a las órdenes del Señor hasta que hayan echado de su presencia todos sus enemigos, entonces, una vez sometida la tierra al Señor, podréis volver y quedaréis exonerados ante el Señor y ante Israel, y este territorio será vuestra propiedad en presencia del Señor. Pero si no obráis así, pecaréis contra el Señor, y sabed que vuestro pecado pesará sobre vosotros. Construid ciudades para vuestras familias y apriscos para vuestros ganados, pero cumplid lo que habéis prometido". Los hijos de Gad y los hijos de Rubén dijeron a Moisés: "Tus siervos harán cuanto mi señor les manda. Nuestros niños, nuestras mujeres, nuestros rebaños y todos nuestros ganados quedarán aquí, en las ciudades de Galaad; pero tus siervos, aptos para la guerra, irán a las órdenes del Señor para combatir tal como nos lo has mandado". Entonces Moisés dio estas órdenes al sacerdote Eleazar, a Josué, hijo de Nun, y a los cabezas de familia de las tribus de Israel: "Si los hijos de Gad y los hijos de Rubén, aptos para la guerra, pasan con vosotros el Jordán para combatir a las órdenes del Señor, una vez conquistada la tierra les daréis como herencia la tierra de Galaad. Pero si no pasan con vosotros armados, se establecerán en medio de vosotros en la tierra de Canaán". Los hijos de Gad y los hijos de Rubén respondieron: "Haremos lo que el Señor ha dicho a tus siervos. Pasaremos armados a las órdenes del Señor a la tierra de Canaán, pero danos posesión de nuestra herencia a este lado del Jordán". Moisés dio a los hijos de Gad, a los hijos de Rubén y a media tribu de Manasés, hijo de José, el reino de Sijón, rey de los amorreos; el reino de Og, rey de Basán; la tierra con sus ciudades y las ciudades fronterizas. Los hijos de Gad edificaron Dibón, Atarot, Aroer, Atarot-Sofán, Yazer, Yogbohá, Bet- Nimrá y Bet-Harán, ciudades fuertes, y levantaron apriscos para sus ganados. Los hijos de Rubén edificaron Jesbón, Elalé, Quiriat, Yerín, Nebo y Baal Meón, cuyos nombres fueron cambiados, y Sibmá. Dieron nuevos nombres a las ciudades que habían edificado. Los hijos de Maquir, hijo de Manasés, marcharon contra Galaad, la conquistaron y expulsaron a los amorreos que se encontraban allí. Moisés dio Galaad a Maquir, hijo de Manasés, que se estableció allí. Yaír, hijo de Manasés, marchó también y se apoderó de sus aduares, y los llamó Aduares de Yaír. Nóbaj se apoderó de Quenat y de las ciudades de su jurisdicción, y la llamó con su propio nombre, Nóbaj. Éstas son las etapas de los israelitas cuando salieron por escuadras de Egipto, acaudillados por Moisés y Aarón. Moisés consignó por escrito el punto de partida de sus etapas realizadas por orden del Señor. Son éstas: Partieron de Rameses el día quince del primer mes. Al día siguiente de la pascua, los israelitas salieron con gran poder, a la vista de todo Egipto. Los egipcios estaban sepultando a todos los que el Señor había hecho morir, a todos los primogénitos. El Señor había hecho justicia contra sus dioses. Los israelitas partieron de Rameses y acamparon en Sucot. Parieron de Sucot y acamparon en Etán, que está en los confines del desierto. Partieron de Etán y se volvieron hacia Pi Hajirot, que está enfrente de Baal Sefón, y acamparon frente a Migdol. Partieron de Pi Hajirot, pasaron por medio del mar hacia el desierto y, después de tres días de camino en el desierto de Etán, acamparon en Mará. Partieron de Mará y llegaron a Elín, donde había doce fuentes y setenta palmeras; allí acamparon. Partieron de Elín y acamparon junto al mar Rojo. Partieron del mar Rojo y acamparon en el desierto de Sin. Partieron del desierto de Sin y acamparon en Dofca. Partieron de Dofca y acamparon en Alús. Partieron de Alús y acamparon en Rafidín, donde el pueblo no encontró agua para beber. Partieron de Rafidín y acamparon en el desierto del Sinaí. Partieron del desierto del Sinaí y acamparon en Quibrot Hattaavá. Partieron de Quibrot Hattaavá y acamparon en Jaserot. Partieron de Jaserot y acamparon en Ritmá. Partieron de Ritmá y acamparon en Rimón Peres. Partieron de Rimón Peres y acamparon en Libná. Partieron de Libná y acamparon en Risá. Partieron de Risá y acamparon en Quehelatá. Partieron de Quehelatá y acamparon en el monte Séfer. Partieron del monte Séfer y acamparon en Jaradá. Partieron de Jaradá y acamparon en Maquelot. Partieron de Maquelot y acamparon en Tájat. Partieron de Tájat y acamparon en Táraj. Partieron de Táraj y acamparon en Mitcá. Partieron de Mitcá y acamparon en Jasmoná. Partieron de Jasmoná y acamparon en Moserot. Partieron de Moserot y acamparon en Bene Yaacán. Partieron de Bene Yaacán y acamparon en Jor Haguidgad. Partieron de Jor Haguidgad y acamparon en Yotbatá. Partieron de Yotbatá y acamparon en Abrona. Partieron de Abrona y acamparon en Asiongaber. Partieron de Asiongaber y acamparon en el desierto de Sin, que es Cades. Partieron de Cades y acamparon en Hor de la Montaña, en los confines de la tierra de Edón. Aarón, sacerdote, subió a Hor de la Montaña por orden del Señor, y allí murió en el año cuarenta de la salida de los israelitas de Egipto, el día primero del quinto mes. Aarón tenía ciento veintitrés años cuando murió en la cima de Hor de la Montaña. El rey de Arad, un cananeo que habitaba el Negueb, en la tierra de Canaán, tuvo conocimiento de la llegada de los israelitas. Partieron de Hor de la Montaña y acamparon en Salmoná. Partieron de Salmoná y acamparon en Punón. Partieron de Punón y acamparon en Obot. Partieron de Obot y acamparon en Iyyé Haabarín, en los confines de Moab. Partieron de Iyyé Haabarín y acamparon en Dibón Gad. Partieron de Dibón Gad y acamparon en Almón Diblatáyim. Partieron de Almón Diblatáyim y acamparon en los montes Abarín frente a Nebo. Partieron de los montes Abarín y acamparon en los Llanos de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó; acamparon a lo largo del Jordán, desde Bet Hayesimot hasta Abel Hassitín, en los Llanos de Moab. En los Llanos de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó, el Señor dijo a Moisés: "Di a los israelitas: Cuando hayáis pasado el Jordán hacia la tierra de Canaán, echaréis lejos de vosotros a todos los habitantes de la tierra, destruiréis todas sus estatuas de piedra e imágenes de metal fundido y destruiréis todas sus colinas sagradas. Tomaréis posesión de esta tierra y moraréis en ella, pues yo os la doy en posesión. La distribuiréis por suertes entre vuestros clanes; según éstos sean más o menos numerosos, les daréis una heredad grande o pequeña. La que caiga en suerte a cada uno, ésa será su heredad, y haréis la partición según las tribus patriarcales. Pero si no echáis lejos de vosotros a los habitantes de la tierra, los que hayáis dejado en medio de vosotros vendrán a ser espinas en vuestros ojos y zarzas en vuestros costados; os molestarán en la tierra que vais a habitar, y os trataré a vosotros como había pensado tratarlos a ellos". El Señor dijo a Moisés: "Ordena a los israelitas: Cuando entréis en la tierra de Canaán, el territorio de vuestra heredad será el siguiente: la tierra de Canaán según sus fronteras. La región meridional de vuestra heredad empezará en el desierto de Sin, que confina con Edón. Vuestra frontera meridional, por la parte oriental, arrancará del extremo del mar Muerto. Luego torcerá hacia el sur en dirección de la Subida de los Escorpiones, pasará por Sin para morir al sur, en Cades Barne. Continuará por Jasar Adar y pasará por Asemón. Partiendo de Asemón, la frontera torcerá hacia el torrente de Egipto y morirá en el mar. Como frontera occidental tendréis el mar Mediterráneo. La frontera norte será ésta: trazaréis una línea desde el mar Mediterráneo hasta Hor de la Montaña; de Hor de la Montaña trazaréis otra línea hasta la entrada de Jamat, que irá a morir en Sedadá. Continuará por Zefrón para terminar en Enán. Ésta será vuestra frontera norte. Vuestra frontera oriental irá de Jasar Enán a Sefán. Descenderá de Sefán a Rebla, al este de Ayín, y continuará bajando hasta la ribera oriental del lago de Genesaret. La frontera seguirá entonces el río Jordán hasta llegar al mar Muerto. Ésta será vuestra tierra y las fronteras que la rodearán". Moisés dio esta orden a los israelitas: "Ésta es la tierra que os dividiréis por suertes y que el Señor ha ordenado dar a las nueve tribus y media, pues la tribu de los hijos de Rubén y la tribu de los hijos de Gad con sus casas patriarcales han recibido ya su herencia. Media tribu de Manasés ha recibido también la suya. Estas dos tribus y media han recibido su herencia al oriente del Jordán, frente a Jericó". El Señor dijo a Moisés: "Éstos son los nombres de los que os repartirán la tierra: el sacerdote Eleazar y Josué, hijo de Nun. Elegiréis también un jefe de cada tribu para la distribución de la tierra. Éstos son sus nombres: por la tribu de Judá, Caleb, hijo de Jefoné; por la tribu de los hijos de Simeón, Samuel, hijo de Amihud; por la tribu de Benjamín, Elidad, hijo de Caselón; por la tribu de los hijos de Dan, el jefe Boquí, hijo de Yoglí; por los hijos de José: por la tribu de los hijos de Manasés, el jefe Janiel, hijo de Efod; por la tribu de los hijos de Efraín, el jefe Camuel, hijo de Seftán; por la tribu de los hijos de Zabulón, el jefe Elisafán, hijo de Parnac; por la tribu de los hijos de Isacar, el jefe Patiel, hijo de Azán; por la tribu de los hijos de Aser, el jefe Ajihud, hijo de Salomí; por la tribu de los hijos de Neftalí, el jefe Pedael, hijo de Amihud. Éstos son a quienes el Señor manda distribuir la tierra de Canaán entre los israelitas". El Señor dijo a Moisés en los Llanos de Moab, junto al Jordán: "Ordena a los israelitas que de las posesiones de su propiedad cedan a los levitas ciudades en las que puedan habitar y pastos en sus contornos. Tendrán así ciudades para habitar y pastos para sus animales, ganados y toda clase de bestias. Los pastos que daréis a los levitas en torno a las ciudades se extenderán quinientos metros a la redonda, a partir de las murallas. Mediréis fuera de la ciudad mil metros al este, mil al sur, mil al oeste y mil al norte, quedando en medio la ciudad. Ésta será la superficie de pastos en torno a las ciudades. Las ciudades que deis a los levitas serán seis ciudades de refugio, cedidas por vosotros para que en ellas encuentre asilo el homicida, y otras cuarenta y dos ciudades más, es decir, cuarenta y ocho ciudades con sus respectivos términos. Estas ciudades se tomarán de la heredad de los israelitas, en mayor número del que más tenga y en menor del que tenga menos; la cesión de ciudades a los levitas será proporcional a la herencia que cada uno haya recibido". El Señor dijo a Moisés: "Di a los israelitas: Cuando hayáis pasado el Jordán hacia la tierra de Canaán encontraréis ciudades que serán para vosotros ciudades de refugio, donde hallará asilo el homicida que haya matado a alguno involuntariamente. Estas ciudades os servirán de asilo contra el vengador de sangre, para que no sea matado el homicida antes de comparecer en juicio ante la comunidad. Serán seis estas ciudades de refugio. Tres al oriente del Jordán y tres en Canaán. Estas seis ciudades servirán de refugio para los israelitas y para los extranjeros residentes o de paso; en ellas se podrá refugiar el que haya matado a alguno involuntariamente. Pero si lo ha herido con un objeto de hierro y se sigue la muerte, es homicida, y el homicida debe morir. Si lo hirió con una piedra capaz de causar la muerte, y la muerte se sigue, es homicida, y el homicida será castigado con la muerte. Si lo hirió con un palo capaz de producirle la muerte, y la muerte se sigue, es un homicida, y el homicida será castigado con la muerte. Es el vengador de sangre quien matará al homicida; cuando lo encuentre lo matará. Si lo derribó por odio o arrojó alguna cosa contra él intencionadamente, y se sigue la muerte; o si por enemistad lo golpea a puñetazos y se sigue la muerte, el culpable debe morir. Es un homicida, y el vengador de sangre lo matará cuando lo encuentre. Pero si lo derriba sin querer, sin odio, o arroja contra él alguna cosa sin querer; si le tira una piedra capaz de producirle la muerte, sin verlo, y la muerte se sigue, sin que fuera su enemigo ni quisiera hacerle daño alguno, juzgará la comunidad, según estas reglas, entre el que ha herido y el vengador de sangre, salvando al homicida de las manos del vengador de sangre; lo volverá a la ciudad de refugio donde había huido, y allí se quedará hasta la muerte del sumo sacerdote ungido con el óleo santo. Si el homicida sale del territorio de la ciudad de asilo donde está refugiado y el vengador de sangre lo encuentra fuera del territorio de su ciudad de refugio, podrá matarlo sin ninguna responsabilidad, porque el homicida debe permanecer en su ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote. Solamente después de la muerte del sumo sacerdote podrá volver a la tierra donde tiene su heredad. Estas disposiciones serán norma de justicia para vosotros y para vuestros descendientes, dondequiera que viváis. En casos de homicidio se condenará a muerte al homicida después que hayan declarado los testigos; pero el testimonio de un solo testigo no basta para condenar a muerte a una persona. No aceptaréis rescate por la vida de un homicida reo de muerte: debe morir. Tampoco aceptaréis rescate para dejar salir al refugiado de su ciudad de refugio y que habite en su tierra antes de la muerte del sumo sacerdote. No profanaréis la tierra que habitáis, porque la sangre profana la tierra, y la tierra no puede ser purificada de la sangre vertida sobre ella, sino con la sangre del que la ha vertido. No profanéis la tierra que habitáis, en medio de la cual habito yo también, pues yo soy el Señor, que habito en medio de los israelitas". Los cabezas de familia de los clanes de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, uno de los clanes de la casa de José, fueron a ver a Moisés y a los jefes de familia israelitas, y dijeron: "El Señor ha ordenado a mi señor que reparta la tierra a los israelitas echando suertes y que la heredad de Selofjad, nuestro hermano, se la diera a sus hijas. Si ellas se casan con alguno de otras tribus de Israel, su heredad será sustraída de la heredad de nuestros padres para ir a aumentar la parte de la tribu a la que ellas van a pertenecer, mientras será reducida la parte que a nosotros ha caído en suerte. Incluso cuando llegue el jubileo para los israelitas, la heredad de estas mujeres quedará añadida a la heredad de la tribu a la que pertenezcan y, por tanto, sustraída de la heredad de nuestra tribu". Entonces Moisés dio estas prescripciones a los israelitas, por orden del Señor: "La tribu de los hijos de José tiene razón. El Señor permite que las hijas de Selofjad se casen con quien quieran, siempre que sea dentro de uno de los clanes pertenecientes a la tribu de su padre. La heredad de los israelitas no pasará de tribu en tribu; los israelitas quedarán vinculados cada uno a la heredad de su tribu paterna. La mujer que posea herencia en alguna de las tribus de los israelitas deberá casarse con alguno de su propia tribu, para que los israelitas conserven cada uno la heredad de sus padres. Las herencias no podrán pasar de una tribu a otra; cada una de las tribus de los israelitas permanecerá vinculada a su heredad". Las hijas de Selofjad hicieron lo que el Señor había ordenado a Moisés: Majlá, Tirsá, Joglá, Miclá y Noá se casaron con hijos de sus tíos paternos, descendientes de Manasés, hijo de José; así su heredad quedó en la tribu de su clan paterno. Éstos son los mandamientos y leyes que el Señor dio a los israelitas por medio de Moisés en los Llanos de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó. Éstas son las palabras que Moisés dirigió a todo Israel cuando todavía estaba al otro lado del Jordán, en el desierto, en la Arabá, que está frente a Suf, entre Parán, Tofel, Labán, Jaserot y Di Zahab. Desde el Horeb a Cades Barne, por los montes de Seír, hay once días de camino. El primer día del undécimo mes del año cuarenta, Moisés dijo a los israelitas lo que el Señor le había ordenado, después de haber derrotado a Sijón, rey de los amorreos, que vivía en Jesbón, y a Og, rey de Basán, que vivía en Astarot y Edreí. Al otro lado del Jordán, en tierras de Moab, empezó Moisés a promulgar esta ley: "El Señor, nuestro Dios, nos dijo en el Horeb: Ya habéis estado bastante tiempo en este monte. Levantad el campamento y dirigíos a la montaña de los amorreos y a todas sus regiones vecinas: la Arabá, la montaña, la Sefela, el Negueb, el litoral, la tierra de los cananeos, el Líbano, hasta el río grande, el Éufrates. Éstos son los dominios que yo pongo en vuestras manos. Entrad y tomad posesión de esta tierra que el Señor juró dar a vuestros padres, a Abrahán, Isaac y Jacob, a ellos y a sus descendientes. Entonces os dije: Yo solo no puedo llevar todo vuestro peso; el Señor, vuestro Dios, os ha multiplicado de tal manera que hoy sois tan numerosos como las estrellas del cielo. El Señor, el Dios de vuestros padres, os multiplique mil veces más y os bendiga según su promesa. Pero ¿cómo puedo yo solo soportar vuestro peso, vuestras cargas y vuestros pleitos? Elegíos entre vuestras tribus hombres sabios, prudentes, probados, y yo los constituiré vuestros jefes. Vosotros respondisteis: Nos parece bien lo que dices. Yo tomé entonces vuestros jefes de tribu, hombres sabios y probados, y os los di por jefes: jefes de millar, de centena, cincuentena y decena, y oficiales para vuestras tribus. Al mismo tiempo di esta orden a vuestros jueces: Atended a vuestros hermanos y haced justicia en sus diferencias mutuas o con extranjeros. No tengáis en cuenta en vuestros juicios la apariencia de la persona; oíd a los pequeños lo mismo que a los grandes sin temor a nadie, pues el juicio pertenece a Dios. Y si os encontráis con alguna causa difícil, traedla a mí para que yo la resuelva. Yo os ordené entonces todo lo que debíais hacer. Salimos del Horeb, recorrimos todo el vasto y temible desierto que habéis visto, camino de la montaña de los amorreos, según nos había ordenado el Señor, nuestro Dios, y llegamos a Cades Barne". "Allí os dije: Ya habéis llegado a la montaña de los amorreos, que el Señor, nuestro Dios, nos da. El Señor, tu Dios, pone en tus manos esta tierra; sube y toma posesión de ella, como te ha dicho el Señor, Dios de tus padres. No temas ni te acobardes. Y vinisteis todos a decirme: Enviemos por delante hombres que exploren la tierra y nos informen sobre el camino que debemos seguir y las ciudades a las que podemos llegar. Me pareció bien vuestra propuesta y elegí doce hombres de entre vosotros, uno por tribu. Dieron media vuelta, subieron la montaña y se internaron hasta el valle de Escol, que exploraron. Tomaron frutos de la tierra, nos los trajeron y nos hicieron este informe: Es una buena tierra la que nos da el Señor, nuestro Dios. Pero vosotros no quisisteis subir y fuisteis rebeldes a las órdenes del Señor, vuestro Dios. Y os pusisteis a murmurar así en vuestras tiendas: Porque nos odia, el Señor nos ha hecho salir de Egipto, para entregarnos en poder de los amorreos y hacernos morir en sus manos. ¿Dónde vamos a ir? Nuestros hermanos nos han desanimado al decirnos: Son más numerosos y más fuertes que nosotros; las ciudades son grandes, y sus murallas llegan hasta el cielo. Hemos visto entre ellos incluso descendientes de Anac. Yo os dije: No os asustéis ni les tengáis miedo. El Señor, vuestro Dios, que va delante de vosotros, combatirá en favor vuestro, lo mismo que le habéis visto hacer en Egipto y en el desierto, donde el Señor, tu Dios, te sostenía, como un padre sostiene a su hijo, durante todo el camino recorrido hasta llegar aquí. Sin embargo, ninguno de vosotros confió en el Señor, vuestro Dios, el cual iba delante de vosotros para buscaros lugares en que acampar. De noche os señalaba el camino con fuego y de día con una nube". "El Señor oyó vuestras palabras, montó en cólera e hizo este juramento: Ni un solo hombre de esta generación perversa verá esta buena tierra que yo juré dar a vuestros padres, excepto Caleb, hijo de Jefoné. Éste la verá, y yo le daré a él y a sus hijos la tierra que ha pisado, porque ha seguido fielmente al Señor. Por culpa vuestra, el Señor se irritó incluso contra mí, y me dijo: Tampoco tú entrarás en ella. Será tu lugarteniente Josué, hijo de Nun, quien entrará. Infúndele fuerzas, pues será él quien habrá de poner a Israel en posesión de la tierra. Y vuestros niños, los mismos que vosotros creíais presa de los enemigos, vuestros hijos que todavía no tienen uso de razón, éstos serán los que han de entrar. A ellos se la daré en propiedad. Vosotros volveos y partid hacia el desierto, camino del mar Rojo. Entonces me respondisteis: Hemos pecado contra el Señor, nuestro Dios. Iremos y combatiremos como el Señor, nuestro Dios, nos ha mandado. Tomasteis cada uno vuestras armas y os dispusisteis a subir a la montaña. Pero el Señor me dijo: Diles: No subáis ni combatáis, para que no os veáis derrotados por vuestros enemigos, pues yo no estoy con vosotros. Os lo dije, pero no me escuchasteis; os rebelasteis incluso contra la palabra del Señor, y con aires de grandeza subisteis a la montaña. Los amorreos, que vivían en la montaña, salieron a vuestro encuentro; os persiguieron como hacen las avispas, y os derrotaron en Seír hasta Jormá. Al regreso llorasteis ante el Señor, pero el Señor no escuchó vuestro lamento ni os prestó atención. Y os visteis obligados a permanecer tanto tiempo en Cades". "De allí partimos por el desierto camino del mar Rojo, como el Señor me lo había ordenado. Durante largo tiempo estuvimos dando vueltas en torno a la montaña de Seír. El Señor me dijo: Ya habéis dado bastantes vueltas a esta montaña. Tomad la dirección del norte. Da esta orden al pueblo: Vais a pasar a través del territorio de vuestros hermanos, los hijos de Esaú, que habitan en Seír. Os tendrán miedo; pero tened cuidado; no los provoquéis, pues yo no os daré nada de su tierra, ni siquiera lo que ocupa la planta de un pie. La montaña de Seír la he dado yo en posesión a Esaú. Pagaréis incluso a precio de plata los alimentos que toméis y el agua que bebáis. El Señor, tu Dios, te ha bendecido en todas tus empresas. Él ha velado tu peregrinación a través de este vasto desierto. Cuarenta años hace ya que te acompaña el Señor, tu Dios, sin que te falte nada. Pasamos, pues, al lado de nuestros hermanos, los hijos de Esaú, que viven en Seír, camino de la Arabá, de Elat y de Asiongaber. Luego, dando la vuelta, tomamos el camino del desierto de Moab. El Señor me dijo: No ataques a Moab ni los provoques al combate, pues nada te daré de su tierra. Ha sido a los hijos de Lot a quienes yo he dado Ar en posesión. Antiguamente vivían allí los emitas, pueblo grande, numeroso y de alta estatura, como los anaquitas. Lo mismo que los anaquitas, eran tenidos por refaítas, pero los moabitas los llamaban emitas. También en Seír vivían antiguamente los hurritas, que se vieron desposeídos y exterminados por los hijos de Esaú, los cuales se establecieron en su lugar, de la misma manera que hizo Israel con la tierra que el Señor le dio en posesión). Ahora levantaos y atravesad el torrente Zared. Y cruzamos el torrente Zared". "Desde Cades Barne al torrente Zared, vuestro viaje duró treinta y ocho años, lo suficiente para que desapareciera de en medio del campamento toda la generación en edad de guerra, tal como el Señor lo había jurado. La mano del Señor cayó sobre ellos en el campamento hasta que murieron todos. Cuando la muerte hizo desaparecer de en medio del pueblo todos los hombres de guerra, el Señor nos dijo: Estás a punto de cruzar Ar, la tierra de Moab, y te vas a encontrar con los amonitas. No los ataques ni los provoques al combate, pues no te daré nada de los hijos de Amón. Ha sido a los hijos de Lot a quienes yo la he dado en posesión. ( También era considerada como tierra de los refaítas. Allí vivieron en otro tiempo los refaítas, y los amonitas los llamaban zanzumitas, nación grande, numerosa y de alta estatura, como los anaquitas. El Señor los destruyó ante los amonitas, que los echaron y se establecieron en su lugar; lo mismo hizo con los hijos de Esaú, que vivían en Seír: El Señor exterminó a los hurritas, y ellos los echaron y se establecieron en su lugar hasta el día de hoy. También los heveos, que habitaban en aldeas hasta Gaza, se vieron destruidos por los caftoritas, venidos de Caftor, los cuales se establecieron en su lugar). Levantaos, partid y pasad el torrente del Arnón. Yo entrego en tus manos a Sijón, rey de Jesbón, el amorreo, y a su país. Desde hoy empiezo a difundir el terror y el miedo hacia ti entre los pueblos que hay bajo el cielo: todo el que oiga el ruido de tus pasos será presa de terror y de angustia. Desde el desierto de Quedemot envié mensajeros a Sijón, rey de Jesbón, para hacerle estas proposiciones de paz: Tengo intención de atravesar tu territorio; pero mi camino será directo, sin desviarme ni a la derecha ni a la izquierda. A precio de plata me venderás los víveres que coma, y por dinero me darás el agua que beba. Permíteme sólo pasar a pie, como ya me lo han permitido los hijos de Esaú que viven en Seír, y los moabitas que viven en Ar, hasta que a través del Jordán llegue a la tierra que el Señor, nuestro Dios, nos da. Pero Sijón, rey de Jesbón, no nos permitió pasar por sus dominios, pues el Señor, tu Dios, había hecho inflexible su espíritu y había endurecido su corazón, con el fin de ponerlo en tus manos, como aún lo está hoy. El Señor me dijo: He empezado a entregarte a Sijón y a su país. Comienza la conquista y aduéñate de su territorio. Sijón salió a nuestro encuentro con toda su gente para darnos batalla en Yahsá. El Señor, nuestro Dios, lo puso en nuestras manos, y lo derrotamos a él, a sus hijos y a todo el pueblo. Nos adueñamos de todas sus ciudades y las consagramos al exterminio: matamos hombres, mujeres y niños, sin dejar uno vivo. Solamente nos quedamos los ganados y el botín de las ciudades conquistadas. Desde Aroer, que está al borde del río Arnón, la ciudad que está en el valle, hasta Galaad, no hubo para nosotros ciudad inexpugnable. El Señor, nuestro Dios, las puso todas en nuestras manos. Solamente te quedó sin conquistar la tierra de los amonitas, la región del torrente Yaboc, las ciudades de la montaña y todo lo que te había prohibido el Señor, nuestro Dios". "Partimos y subimos camino de Basán. Og, rey de Basán, nos salió al encuentro con toda su gente para darnos batalla en Edreí. El Señor me dijo: No lo temas, pues yo lo he puesto en tus manos a él, a su pueblo y a su país. Haz con él lo que hiciste con Sijón, rey de los amorreos, que habitaba en Jesbón. El Señor, nuestro Dios, puso también en nuestras manos a Og, rey de Basán, y a todo su pueblo, y le derrotamos sin dejar ni un superviviente. Nos adueñamos de todas sus ciudades, sin dejar una sola: sesenta ciudades, toda la confederación de Argob, capital de Og, en Basán, ciudades todas fortificadas con altas murallas, con puertas y barras, sin contar muchas ciudades que no tenían murallas. Las consagramos al exterminio, como habíamos hecho con Sijón, rey de Jesbón, sacrificando ciudades, hombres, mujeres y niños; pero nos quedamos con los ganados y el botín de las ciudades. De esta manera conquistamos a los dos reyes amorreos toda la Transjordania, desde el torrente Arnón hasta el monte Hermón. ( Los sidonios al Hermón le llaman Sarión, y los amorreos Senir). Todas las ciudades de la meseta, todo Galaad y todo Basán hasta Salcá y Edreí, capitales de Og en Basán. ( Og, rey de Basán, era el último sobreviviente de los refaítas: su cama era de hierro, y medía cuatro metros y medio de largo por dos de ancho, como puede verse todavía en Rabat de los amonitas)". "Tomamos entonces posesión de esta tierra. A las tribus de Rubén y de Gad les di el territorio que va desde Aroer, al borde del río Arnón, hasta la mitad de la montaña de Galaad con sus ciudades. A media tribu de Manasés le di el resto de Galaad y toda la parte de Basán perteneciente al reino de Og. (Toda la confederación de Argob, todo el Basán, es lo que se llama la tierra de los refaítas. Yaír, hijo de Manasés, se adueñó de toda la confederación de Argob hasta la frontera de los guesuritas y de los maacatitas, y dio su nombre a estas aldeas de Basán, las cuales hasta hoy se siguen llamando Aduares de Yaír). A Maquir le di Galaad. A los rubenitas y a los gaditas les di desde Galaad, por un lado, hasta el río Arnón, que hacía de frontera; y, por otro, hasta el río Yaboc, frontera de los amonitas. La Arabá y el Jordán servían de frontera desde Genesaret hasta el mar de la Arabá o el mar Muerto, al pie de las faldas del Pisga, que se alza al oriente. Entonces os di esta orden: El Señor, vuestro Dios, os ha dado en propiedad esta tierra. Que los hombres fuertes que hay entre vosotros tomen las armas y marchen al frente de sus hermanos, los israelitas; solamente vuestras mujeres, vuestros niños y vuestros ganados -ya sé que vuestros rebaños son numerosos- se quedarán en las ciudades que os he dado hasta que el Señor haya establecido a vuestros hermanos, como lo ha hecho con vosotros, y tomen también ellos posesión de las tierras que el Señor, vuestro Dios, les da al otro lado del Jordán. Después volveréis cada uno a la heredad que os he dado". "Entonces di esta orden a Josué: Con tus ojos has visto todo lo que el Señor, vuestro Dios, ha hecho con esos dos reyes. Así hará también el Señor con todos los reinos por los que vas a pasar. No los temas, pues el Señor, vuestro Dios, combate por vosotros. Yo invoqué entonces al Señor diciendo: ¡Señor, Señor! Tú has comenzado a mostrar a tu siervo la grandeza y el poder de tu brazo, pues ¿qué Dios hay en los cielos o en la tierra que iguale tus obras y tus hazañas? Permíteme cruzar, para ver la excelente tierra del lado de allá del Jordán, esa hermosa montaña y el Líbano. Pero el Señor se irritó contra mí, y por vuestra culpa no me escuchó. Me dijo: ¡Basta ya, no me hables más! Sube a la cima del Pisga, y desde allí mira al norte, al sur, al este y al oeste; y conténtate con mirar, pues no pasarás el Jordán. Da instrucciones a Josué, dale ánimo y valor, pues es él quien pasará a la cabeza del pueblo para poner en sus manos la tierra que ves". Y nos quedamos en el valle, muy cerca de Bet Fegor. "Y ahora, Israel, escucha las leyes y prescripciones que te voy a enseñar y ponlas en práctica, para que tengáis vida y entréis a tomar posesión de la tierra que os da el Señor, el Dios de vuestros padres. No añadiréis ni suprimiréis nada de las prescripciones que os doy, sino que guardaréis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, tal como yo os los prescribo hoy. Con vuestros ojos habéis visto lo que hizo el Señor con Baal Fegor: el Señor exterminó de en medio de vosotros a todos los que se fueron detrás de Baal Fegor. En cambio, todos los que fuisteis fieles al Señor vivís hasta el día de hoy. Os he enseñado las leyes y los mandamientos que el Señor, mi Dios, me ordenó, para que los pongáis en práctica en la tierra que vais a tomar en posesión. Guardadlos y ponedlos por obra, pues ello os hará sabios y sensatos ante los pueblos. Cuando éstos tengan conocimiento de todas estas leyes exclamarán: No hay más que un pueblo sabio y sensato, que es esta gran nación. En efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros el Señor, nuestro Dios, siempre que le invocamos? ¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y mandamientos tan justos como esta ley que yo os propongo hoy? Pon atención, y no te olvides de lo que has visto con tus ojos ni lo dejes escapar nunca de tu corazón. Antes bien, enséñaselo a tus hijos y a tus nietos. Recuerda el día que estabas en presencia del Señor, tu Dios, en el Horeb, cuando el Señor me dijo: Reúne al pueblo en torno mío para que yo le haga oír mis palabras y sepan temerme todos los días de su vida sobre la tierra, y enseñen a hacer otro tanto a sus hijos. Vosotros os acercasteis y estuvisteis en la falda del monte mientras éste ardía en llamas que llegaban hasta el corazón del cielo: tiniebla, nube y oscuridad. Entonces el Señor os habló de en medio del fuego. Vosotros oíais el rumor de las palabras, pero no veíais figura alguna; solamente oíais una voz. El Señor os promulgó su alianza y os mandó ponerla en práctica; eran los diez mandamientos que escribió sobre dos tablas de piedra. Al mismo tiempo me ordenó a mí que os enseñase las leyes y mandamientos que debíais guardar en la tierra que ibais a tomar en posesión". "¡Tened cuidado! El día que os habló el Señor desde el fuego en el Horeb no visteis figura alguna; no vayáis a prevaricar haciéndoos imágenes talladas de cualquier forma que sean: de hombre o de mujer, de animales o de aves, de reptiles o peces. Cuando mires al cielo y veas el sol, la luna, las estrellas y todos los astros del firmamento, no te dejes seducir hasta postrarte ante ellos para rendirles adoración. El Señor, tu Dios, los ha dado en suerte a todos los pueblos que hay bajo los cielos. A vosotros, sin embargo, os tomó el Señor y os sacó del horno de Egipto para que fueseis el pueblo de su herencia hasta hoy. El Señor se irritó contra mí por culpa vuestra y me juró que no pasaría el Jordán ni entraría en la tierra buena que el Señor, tu Dios, te da en herencia. Sí, moriré en esta tierra sin pasar el Jordán. Vosotros, en cambio, pasaréis y tomaréis posesión de esta tierra buena. Guardaos, pues, de olvidar la alianza que el Señor, vuestro Dios, ha hecho con vosotros y no os hagáis esculturas o imágenes talladas de todo lo que el Señor, tu Dios, te ha prohibido, porque el Señor, tu Dios, es fuego abrasador, Dios celoso. Cuando tengáis hijos y nietos y llevéis mucho tiempo en la tierra, si caéis en la prevaricación y os hacéis imágenes talladas de cualquier cosa, haciendo lo que el Señor prohíbe, desapareceréis de la tierra que vais a ocupar pasando el Jordán. No alargaréis en ella vuestros días; seréis enteramente destruidos. ¡Yo pongo hoy por testigos a los cielos y la tierra! El Señor os dispersará entre los pueblos, y sólo quedará de vosotros un pequeño número en medio de las naciones entre las que el Señor os arrojará. Allí serviréis a sus dioses, hechos por mano de hombre, de madera y de piedra, incapaces de ver y entender, de comer y sentir. Allí buscarás al Señor, tu Dios, y le hallarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. Cuando te hayan sobrevenido estas cosas en los últimos días, te convertirás al Señor en tu angustia y escucharás su voz, pues el Señor, tu Dios, es Dios misericordioso, que no te abandonará, ni te aniquilará, ni se olvidará de la alianza que juró a tus padres". "Pregunta a los tiempos pasados que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra. ¿Desde uno a otro extremo del cielo se ha visto jamás cosa tan grande o se ha oído cosa semejante? ¿Hay pueblo que haya oído la voz de su Dios hablar en medio del fuego, como la has oído tú, y quede todavía con vida? ¿Ha habido un dios que haya ido a buscar una nación en medio de otra a fuerza de tantas pruebas, milagros y prodigios, de violencia, con mano fuerte y brazo poderoso, en medio de tremendas hazañas, como las hizo el Señor, vuestro Dios, por vosotros en Egipto, como todos habéis visto? Te ha hecho ver todo esto para que sepas que el Señor es el verdadero Dios y que no hay otro. Desde el cielo te habló para enseñarte, y sobre la tierra te ha hecho ver su gran fuego y, de en medio del fuego, has oído sus palabras. Porque amó a tus padres, eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto con su asistencia y su poder, expulsó delante de ti pueblos más numerosos y más fuertes que tú para hacerte entrar en su tierra y dártela en propiedad, como hoy lo ves. Reconócelo y medítalo en tu corazón: el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra; es él, y no hay otro. Guarda sus leyes y mandamientos, que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y tus hijos después de ti y vivas largos años en la tierra que te da el Señor, tu Dios". Moisés eligió entonces tres ciudades de la región al oriente del Jordán, donde pudiera encontrar refugio el homicida que hubiera matado involuntariamente a su prójimo sin haber existido enemistad previa entre ellos; refugiándose en una de estas ciudades, podrá salvar su vida: para los rubenitas, Beser, en el desierto, en la meseta; para los gaditas, Ramot, en Galaad; y para los manasitas, Golán, en Basán. Ésta es la ley que Moisés presentó a los israelitas. Éstos son los estatutos, leyes y mandamientos que Moisés expuso a los israelitas a su salida de Egipto, al otro lado del Jordán, en el valle que hay frente a Bet Fegor, en la tierra de Sijón, rey de los amorreos, que vivía en Jesbón y había sido derrotado por Moisés y los israelitas a su salida de Egipto, los cuales se apoderaron de su tierra. También se adueñaron de la tierra de Og, rey de Basán -ambos reyes de los amorreos al otro lado del Jordán, al oriente, desde Aroer, al borde del río Arnón, hasta el monte Sirión, que es el Hermón-, y de toda la meseta transjordánica, al oriente, hasta el mar de la Arabá, en la falda del Pisga. Moisés convocó a todo Israel y les dijo: "Escucha, Israel, las leyes y mandamientos que hoy proclamo ante vuestros oídos. Apréndelos bien y cuida de ponerlos en práctica. El Señor, nuestro Dios, hizo con nosotros alianza en el Horeb. No hizo el Señor esta alianza con nuestros padres; la hizo con nosotros, los mismos que todavía hoy vivimos aquí. El Señor nos habló cara a cara sobre la montaña desde fuego. Yo estaba entonces entre el Señor y vosotros como mediador de las palabras del Señor, pues vosotros no habíais subido a la montaña por miedo al fuego. Él dijo: Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado de Egipto, de la casa de la esclavitud. Yo seré tu único Dios. No harás ídolos ni imagen tallada alguna de cuanto hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas subterráneas. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, pues yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo las faltas de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos. No pronunciarás el nombre del Señor en falso, pues el Señor no perdona a quien pronuncia su nombre en falso. Guarda y santifica el día del sábado, como te ha mandado el Señor, tu Dios. Seis días trabajarás y harás tus obras. Pero el séptimo es descanso para el Señor, tu Dios: no harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el extranjero residente; de esta manera podrán descansar tu siervo y tu sierva lo mismo que tú. Acuérdate de que tú fuiste siervo también en Egipto y de que el Señor, tu Dios, te sacó de allí con mano fuerte y brazo poderoso. Por eso el Señor, tu Dios, te manda guardar el sábado. Honra a tu padre y a tu madre, como te lo ha ordenado el Señor, tu Dios; vivirás largos años y serás feliz en la tierra que te da el Señor, tu Dios. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No pronunciarás falso testimonio contra tu prójimo. No desearás a la mujer de tu prójimo, ni tampoco sus cosas: casas, campo, siervo o sierva, buey o asno, ni nada de cuanto a tu prójimo pertenece". Éstas son las palabras que el Señor dirigió a toda vuestra comunidad sobre la montaña, en medio de fuego, de nube y de tinieblas, con fuerte voz, sin añadir más. Las escribió sobre dos tablas de piedra, que me entregó. Cuando oísteis su voz en medio de las tinieblas mientras la montaña se abrasaba en llamas, todos vosotros, jefes de tribu y ancianos, os acercasteis a mí para decirme: Hemos visto al Señor, nuestro Dios, su gloria y su grandeza, y hemos oído su voz en medio del fuego. Hoy hemos comprobado que Dios puede hablar al hombre y quedar éste con vida. ¿Por qué, pues, morir devorados por ese gran fuego, si seguimos oyendo la voz del Señor, nuestro Dios? Porque de todo ser viviente, ¿quién hay como nosotros que haya oído la voz del Dios vivo hablar de en medio del fuego y haya quedado con vida? Acércate tú, oye lo que te diga el Señor, nuestro Dios, y dinos luego lo que él te haya dicho; nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica. El Señor escuchó vuestras palabras cuando me hablabais, y me dijo: He oído las palabras de este pueblo. Todo lo que te ha dicho está bien. ¡Oh, si tuvieran siempre ese mismo corazón, siempre me temerían, guardarían mis mandamientos y serían felices ellos y sus hijos! Ve y diles: Volveos a vuestras tiendas. Pero tú quédate aquí, junto a mí, pues te quiero comunicar todas las leyes, mandamientos y preceptos que les has de enseñar para que los pongan en práctica en la tierra que les voy a dar. Poned atención y haced lo que el Señor os manda. No os desviéis a derecha ni a izquierda. Seguid en todo el camino que os ha mandado el Señor, vuestro Dios; de esta manera viviréis y seréis felices y serán largos vuestros días en la tierra que vais a poseer. Éstas son las leyes, mandamientos y preceptos que el Señor, vuestro Dios, me mandó enseñaros para que los pongáis en práctica en la tierra en la que vais a entrar y a poseerla; para que temas al Señor, tu Dios, tú y tus hijos y tus nietos, guardando todos los días de tu vida todas las leyes y mandamientos que yo te impongo hoy, y de esta manera viváis largos años. Escúchalos, Israel, y procura practicarlos, para que seas dichoso y te multipliques según la promesa del Señor, el Dios de tus padres, en esta tierra que mana leche y miel. Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba sobre tu corazón las palabras que yo te dicto hoy. Incúlcaselas a tus hijos y repíteselas cuando estés en casa, lo mismo que cuando estés de viaje, acostado o levantado. Átatelas a las manos para que te sirvan de señal, póntelas en la frente entre los ojos. Escríbelas en los postes de tu casa y en tus puertas. Cuando el Señor, tu Dios, te haya conducido a la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, y te haya entregado en propiedad las grandes y prósperas ciudades que tú no levantaste, las casas llenas de toda suerte de bienes que tú no llenaste, las cisternas que tú no excavaste, las viñas y olivares que tú no plantaste, cuando hayas comido hasta saciarte, no te olvides del Señor que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud. Teme al Señor, tu Dios, sírvele a él y jura en su nombre. No te vayas tras otros dioses, tras los dioses de las naciones que te rodean, pues el Señor, tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso, y la ira del Señor, tu Dios, se encendería contra ti y te haría desaparecer sobre la tierra. No tentéis al Señor, vuestro Dios, como lo hicisteis en Masá. Guardad con gran cuidado los mandamientos del Señor, vuestro Dios, los preceptos y las leyes que él os da. Haz lo que es justo y bueno a los ojos del Señor, para que seas dichoso y entres a tomar posesión de la hermosa tierra que el Señor prometió con juramento a tus padres, cuando eche delante de ti a todos tus enemigos, como él lo ha dicho. Cuando un día tu hijo te pregunte: ¿Qué son estos mandamientos, estas leyes y preceptos que nos ha prescrito el Señor?, tú responderás a tu hijo: Nosotros éramos esclavos del Faraón en Egipto, y el Señor nos liberó con su mano poderosa. El Señor hizo ante nuestros ojos milagros y prodigios grandes y terribles contra Egipto, el Faraón y toda su casa, y a nosotros nos sacó de allí para llevarnos a la tierra que había jurado dar a nuestros padres. Y el Señor nos ha ordenado poner en práctica todas estas leyes y temer al Señor, nuestro Dios, para que seamos dichosos y vivamos, como nos ha concedido hasta ahora. Ésta será nuestra justicia: guardar y poner en práctica íntegramente estos mandamientos en presencia del Señor, nuestro Dios, como él nos lo ha ordenado. Cuando el Señor, tu Dios, te haya introducido en la tierra que vas a poseer, pueblos numerosos caerán ante ti: los hititas, los guirgaseos, los amorreos, los cananeos, los fereceos, los heveos y los jebuseos, siete pueblos más poderosos y más potentes que tú. Cuando te los haya entregado y tú los hayas derrotado, los entregarás al exterminio; no harás pactos ni tendrás compasión con ellos. No contraigas parentesco con ellos: no des tus hijas a sus hijos ni tomes las suyas para los tuyos, pues ellas desviarían a tus hijos de su fidelidad y los arrastrarían a servir a otros dioses, y la ira de Dios se encendería contra vosotros y os destruiría bien pronto. Ésta será vuestra conducta con ellos: derribaréis sus altares, romperéis sus estelas, abatiréis sus cipos y quemaréis sus ídolos. Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. El Señor, tu Dios, te ha elegido para pueblo suyo entre todos los pueblos que hay sobre la tierra. El Señor se fijó en vosotros y os eligió, no por ser el pueblo más numeroso entre todos los pueblos, ya que sois el más pequeño de todos. Porque el Señor os amó y porque ha querido cumplir el juramento hecho a vuestros padres, os ha sacado de Egipto con mano poderosa y os ha librado de la casa de la esclavitud, de la mano del Faraón, rey de Egipto. Reconoce, por tanto, que el Señor, tu Dios, es el verdadero Dios, el Dios fiel, que guarda la alianza y la misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos, y que castiga en su propia persona a los que lo odian. Hace perecer sin tardanza a quien le odia, y lo hiere con castigo personal. Guarda, por tanto, tú sus mandamientos, sus leyes y estatutos que hoy te prescribo, poniéndolos en práctica. Por haber escuchado estos mandamientos, haberlos guardado y puesto en práctica, el Señor, tu Dios, mantendrá contigo la alianza y la misericordia que juró a tus padres. Te amará, te bendecirá, te multiplicará: bendecirá el fruto de tus entrañas y el fruto de tu suelo, tu trigo, tu mosto, tu aceite, las crías de tus vacas y las de tus ovejas, en favor tuyo. Serás bendecido sobre todos los pueblos. No habrá en ti ni en tus ganados macho ni hembra estéril. El Señor alejará de ti toda enfermedad y no te enviará ninguna de las malignas plagas de Egipto, que tú bien conoces, sino que las descargará sobre tus enemigos. Destruye todos los pueblos que el Señor, tu Dios, va a poner en tus manos; no se apiaden de ellos tus ojos ni des culto a sus dioses, pues eso sería tu ruina. Si se te ocurriera pensar: ¿Cómo voy a poder expulsar a estas naciones, que son más numerosas que yo?, no las temas; acuérdate de lo que el Señor, tu Dios, hizo con el Faraón y con todo Egipto; recuerda las grandes pruebas que vieron tus ojos, los milagros y prodigios, la mano fuerte y el brazo poderoso con los que el Señor, tu Dios, te sacó. Así hará también el Señor, tu Dios, con todos los pueblos que temes. Más aún, el Señor, tu Dios, enviará tábanos contra ellos hasta hacer perecer a los sobrevivientes o a los que se hubieran escondido. No tiembles ante ellos, pues está contigo el Señor, tu Dios, el Dios grande y terrible. El Señor, tu Dios, irá destruyendo estas naciones delante de ti poco a poco. No podrás exterminarlas en un día, no sea que las fieras del campo se multipliquen contra ti. El Señor, tu Dios, te las entregará, y las llenará de gran turbación hasta su total extinción. Entregará en tu mano sus leyes y harás desaparecer sus nombres de debajo de los cielos; los destruirás, ninguno podrá resistir delante de ti. Quemarás las imágenes talladas de sus dioses, sin codiciar el oro ni la plata que los recubre. Si te apropias de ello, caerías en la trampa, pues es cosa abominable a los ojos del Señor, tu Dios. No metas en tu casa tal cosa, pues serías, como ella, consagrado al exterminio. Las tendrás por inmundas y abominables, como cosas prohibidas y consagradas al exterminio. Guardad con cuidado y poned en práctica todos los mandamientos que hoy os prescribo para que viváis, os multipliquéis y entréis a poseer la tierra que el Señor juró a vuestros padres. Acuérdate del camino que el Señor te ha hecho andar durante cuarenta años a través del desierto con el fin de humillarte, probarte y conocer los sentimientos de tu corazón y ver si guardabas o no sus mandamientos. Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre para alimentarte luego con el maná, desconocido de tus mayores; para que aprendieras que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor. No se gastaron tus vestidos ni se hincharon tus pies durante esos cuarenta años. Reconoce en tu corazón que el Señor, tu Dios, te corrige como un padre lo hace con su hijo. Guarda los mandamientos del Señor, tu Dios; sigue sus caminos y respétale. El Señor, tu Dios, te va a introducir en una tierra buena; tierra de torrentes, de fuentes, de aguas profundas, que brotan en el fondo de los valles y sobre los montes; tierra de trigo y cebada, de viñas, higos y granados; tierra de olivos, aceite y miel; tierra que te dará el pan en abundancia sin carecer de nada; tierra donde las piedras son de hierro y de cuyas montañas sale el bronce. Comerás hasta saciarte y bendecirás al Señor, tu Dios, en la buena tierra que te da. Guárdate bien de olvidarte del Señor, tu Dios, descuidando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, que yo te prescribo hoy. Cuando hayas comido hasta saciarte y hayas construido hermosas casas; cuando hayas visto multiplicarse tus bueyes y tus ovejas, tu plata, tu oro y todos tus bienes, no te ensoberbezcas en tu corazón ni te olvides del Señor, tu Dios, que te ha sacado de Egipto, de la casa de la esclavitud; que te ha conducido a través de vasto y horrible desierto, de serpientes venenosas, de escorpiones, tierra de sed y sin agua; que hizo brotar para ti agua de la roca más dura y te ha alimentado en el desierto con el maná, desconocido para tus mayores, con el fin de humillarte y probarte para prepararte un futuro dichoso. Guárdate de decir en tu corazón: Mi fuerza y el poder de mis manos han hecho todo esto. Acuérdate del Señor, tu Dios: es él quien te ha dado esta fuerza y te ha procurado este poder, cumpliendo así hasta el día de hoy la alianza que hizo con tus padres. Pero si te olvidas del Señor, tu Dios, para irte tras otros dioses, dándoles culto y postrándote ante ellos, yo os aseguro que seréis completamente destruidos. Como las naciones que el Señor destruye a vuestro paso, así seréis destruidos vosotros por no haber escuchado la voz del Señor, vuestro Dios. ¡Escucha, Israel! Estás a punto de cruzar el Jordán para ir a la conquista de naciones más numerosas y más fuertes que tú; de grandes ciudades, cuyas murallas se levantan hasta el cielo. Se trata de un pueblo numeroso, de estatura gigantesca, descendiente de los anaquitas, que tú ya conoces y de los cuales has oído decir: ¿Quién podrá mantenerse firme ante los hijos de Anac? Reconoce desde ahora mismo que es el Señor, tu Dios, quien va delante de ti como fuego devorador, que los destruirá. Él los derrotará delante de ti, y tú los desalojarás y los aniquilarás rápidamente, según la promesa del Señor. Cuando el Señor, tu Dios, los haya echado lejos de ti, no digas en tu corazón: Por mi justicia me ha dado el Señor la posesión de esta tierra, siendo así que es por su injusticia por lo que el Señor echa a esas naciones lejos de ti. No por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón vas a entrar en posesión de la tierra, sino por la injusticia de esas naciones las echa el Señor lejos de ti; y también para cumplir el juramento hecho a vuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob. Reconoce que el Señor, tu Dios, no te da la posesión de esa buena tierra debido a tu justicia, pues no eres más que un pueblo de cabeza dura. Acuérdate no lo olvides: tú irritaste al Señor, tu Dios, en el desierto; desde el día en que saliste de Egipto hasta el día de vuestra entrada en este lugar habéis sido rebeldes al Señor. Ya en el Horeb provocasteis la ira del Señor, que montó en cólera contra vosotros hasta querer destruiros. Cuando subí yo a la montaña para recibir las tablas de piedra, las tablas de la alianza que el Señor hacía con vosotros, permanecí sobre la cima cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber. Y el Señor me dio las dos tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios, las cuales respondían exactamente a los mandamientos que el Señor os había anunciado en la montaña, en medio del fuego, el día de la asamblea. Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, el Señor me dio las dos tablas de piedra, las tablas de la alianza, y me dijo: Levántate y baja rápido de aquí, porque tu pueblo, el que has sacado de Egipto, ha prevaricado: pronto se ha desviado del camino que yo le ordené y se han hecho una imagen de metal fundido. Y continuó: Ya he visto a este pueblo: es un pueblo de cabeza dura; déjame que lo destruya y borre su nombre de la tierra, y te daré una nación más fuerte y más numerosa que ese pueblo. Yo bajé de la montaña, que estaba en llamas, trayendo en mis manos las dos tablas de la alianza. Cuando vi que habíais pecado contra el Señor, vuestro Dios, y que os habíais hecho un becerro de metal fundido, apartándoos bien pronto del camino que os había señalado el Señor, tiré las tablas que traía en las manos y las hice pedazos ante vuestros ojos. Me postré luego en presencia del Señor. Como la primera vez, estuve durante cuarenta días sin comer ni beber por causa del pecado que vosotros habíais cometido haciendo lo que es malo a los ojos del Señor hasta el punto de irritarle; pues yo tenía miedo de la ira y el furor con que estaba irritado el Señor contra vosotros hasta el extremo de querer destruiros. Esta vez todavía me escuchó el Señor. También contra Aarón se irritó fuertemente el Señor y quería destruirlo. Yo intercedí también en favor de Aarón. Tomé entonces el becerro que os habíais hecho, que era causa de vuestro pecado, lo eché al fuego y, moliéndolo bien hasta reducirlo a polvo, lo tiré al agua del torrente que bajaba de la montaña. En Taberá, en Masá y en Quibrot Hataavá provocasteis también la ira del Señor. Y cuando el Señor os mandó salir de Cades Barne diciéndoos que subierais a tomar posesión de la tierra que os daba, fuisteis rebeldes a la voz del Señor, vuestro Dios, no le creísteis ni escuchasteis su palabra. Habéis sido rebeldes al Señor desde el día mismo en que os conoció. Yo me postré ante el Señor y así permanecí los cuarenta días y las cuarenta noches, pues el Señor pensaba destruiros. Intercedí ante el Señor y le dije: Señor, Señor, no destruyas a tu pueblo, a tu heredad, que tú has rescatado en tu grandeza y que has sacado de Egipto con tu mano poderosa. Acuérdate de tus siervos Abrahán, Isaac y Jacob. No te fijes en la terquedad de este pueblo, en su crimen y en su pecado, no sea que digan en la tierra de la que nos has sacado: El Señor no ha sido capaz de llevarlos hasta la tierra que les había prometido. Los ha hecho salir de aquí por odio, para hacerles morir en el desierto. Pero son tu pueblo, tu heredad, que rescataste con tu mano fuerte y tu brazo poderoso. Entonces el Señor me dijo: Talla dos tablas de piedra como las primeras, tráemelas a la montaña y hazte un arca de madera. Yo escribiré sobre las tablas las palabras escritas sobre las primeras, que tú rompiste, y luego las guardarás en el arca. Hice, pues, un arca de madera de acacia, tallé dos tablas de piedra como las primeras y subí con ellas a la montaña. Como la primera vez, el Señor escribió sobre las tablas los diez mandamientos que él os había dictado sobre la montaña en medio del fuego, el día de la asamblea, y me las dio. Yo bajé del monte, coloqué las tablas en el arca que había hecho, y allí quedaron depositadas, como el Señor me había ordenado. Los israelitas partieron de los pozos de Bené Yaacán para Moserá. Allí murió Aarón y allí fue enterrado. Eleazar, su hijo, le sucedió en el sacerdocio. De allí partieron para Gudgod, y de Gudgod para Yotbá, región rica en aguas. El Señor puso entonces aparte la tribu de Leví, destinándola a llevar el arca de la alianza del Señor, a estar en su presencia, darle culto y bendecir en su nombre, como siguen haciendo hasta hoy. Por eso Leví no tiene parte ni heredad entre sus hermanos: el Señor es su heredad, como el Señor mismo le dijo. Yo estuve en la montaña, como la primera vez, cuarenta días y cuarenta noches. El Señor me escuchó todavía esta vez y renunció a vuestra destrucción. Pero me dijo: Anda y ponte a la cabeza del pueblo para que entren a tomar posesión de la tierra que les voy a dar, como prometí a sus padres. Y ahora, Israel, ¿qué es lo que te pide el Señor, tu Dios? Que respetes al Señor, tu Dios; que sigas sus caminos, que le sirvas y que le ames con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes sus mandamientos y sus leyes, que hoy te prescribo yo, para que seas feliz. Mira; del Señor, tu Dios, son los cielos, aun los más altos, la tierra y todo lo que hay en ella. Sin embargo, sólo se unió con tus padres, y esto por amor; y después de ellos eligió a sus descendientes, vosotros mismos, entre todas las naciones, hasta el día de hoy. Circuncidad vuestro corazón y no sigáis más con vuestra cabeza dura, pues el Señor, vuestro Dios, es el Dios de los dioses y Señor de los señores, el Dios grande, fuerte y temible, que no admite acepción de personas ni se deja comprar con regalos. Hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al emigrante suministrándole pan y vestido. Amad también vosotros al emigrante, ya que emigrantes fuisteis en Egipto. Respeta al Señor, tu Dios; sírvele, vive unido a él y jura por su nombre. Él es tu gloria y tu Dios, que ha hecho por ti cosas grandes y hazañas tremendas, que tus mismos ojos han visto. Tus padres bajaron a Egipto en número de 70 personas, y ahora el Señor, tu Dios, te ha hecho numeroso como las estrellas del cielo. Ama al Señor, tu Dios, y cumple siempre lo que te ha ordenado: sus leyes, sus preceptos, sus mandamientos. Reconocedlo hoy -no se trata de vuestros hijos, que ni han conocido ni han visto-, reconoced las lecciones del Señor, vuestro Dios, la grandeza y la fuerza de su brazo poderoso, los milagros y prodigios que obró en Egipto contra el Faraón y toda su tierra; lo que hizo con el ejército egipcio, con sus caballos y sus carros, que sepultó bajo las aguas del mar Rojo cuando os perseguían y lo destruyó hasta el día de hoy; todo lo que ha hecho por vosotros en el desierto hasta que habéis llegado a este lugar; lo que hizo con Datán y Abirán, hijos de Eliab el rubenita, cuando se abrió la tierra y se los tragó con sus familias, sus tiendas y toda su dependencia a la vista de todo Israel. Vosotros mismos, con vuestros ojos, habéis visto toda la grandiosa obra del Señor. Guardad, pues, todos sus mandamientos que hoy os prescribo yo, para que seáis fuertes y conquistéis la tierra de la que vais a tomar posesión, para que se alarguen vuestros días sobre la tierra que el Señor prometió con juramento a vuestros padres y a su descendencia, tierra que mana leche y miel. Porque la tierra en que vais a entrar para poseerla no es como la tierra de Egipto de la que habéis salido, donde echabas la semilla y la regabas con tu pie, como se riega una huerta. La tierra en que vais a entrar para poseerla es una tierra de montes y de valles, que riega la lluvia del cielo. Esta tierra depende del cuidado del Señor; sobre ella tiene fijos sus ojos el Señor desde el comienzo del año hasta el final. Si cumplís los mandamientos que yo os prescribo hoy, amando al Señor vuestro Dios y sirviéndole con todo vuestro corazón y toda vuestra alma, yo daré a vuestra tierra la lluvia a su tiempo, lluvia de otoño y primavera, y tú podrás cosechar tu trigo, tu mosto y tu aceite; yo daré a tus ganados hierba en los campos, y tú comerás hasta saciarte. Tened cuidado que no sea seducido vuestro corazón, y prevaricando sirváis a otros dioses rindiéndoles adoración, pues la ira del Señor se encendería contra vosotros, cerraría los cielos y no habría más lluvia; la tierra no daría sus frutos y vosotros pereceríais bien pronto en esa buena tierra que el Señor os da. Grabad en vuestro corazón y en vuestra alma estas palabras que hoy os digo, atadlas a vuestras manos como señal y ponedlas como frontal entre vuestros ojos. Enseñádselas a vuestros hijos y repetídselas sin cesar: lo mismo cuando estéis sentados en casa que cuando vayáis de viaje, lo mismo cuando estés acostado que cuando estés levantado y de pie. Escríbelas en los postes de tu casa y sobre tus puertas, para que viváis largos días, vosotros y vuestros hijos, en la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres; tan largos como los días de los cielos sobre la tierra. Si guardáis y ponéis por obra todos los mandamientos que yo os doy, amando a vuestro Dios y siguiendo siempre sus caminos sin apartaros de él, el Señor echará lejos de vosotros estas naciones y las conquistaréis a pesar de ser más potentes y numerosas que vosotros. Todo lo que pise la planta de vuestros pies será vuestro, y vuestras fronteras se extenderán desde el desierto al Líbano, desde el río Éufrates al mar Mediterráneo. Nadie podrá resistirse ante vosotros. El Señor, vuestro Dios, sembrará el pánico y el temor delante de vosotros sobre toda la tierra donde pongáis vuestro pie, como él mismo ha dicho. Mirad: yo os pongo hoy delante bendición y maldición. Bendición, si obedecéis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que yo os prescribo hoy; maldición, si no obedecéis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, si os apartáis del camino que yo os he enseñado y os vais tras los dioses que no habéis conocido. Cuando el Señor, tu Dios, te haya llevado a la tierra donde vas a entrar para tomar posesión de ella, colocarás la bendición sobre el monte Garizín y la maldición sobre el monte Ebal. Estos montes se encuentran al otro lado del Jordán, detrás del camino del occidente, en la tierra de los cananeos que viven en la Arabá, frente a Guilgal, junto a la encina de Moré. Vais a cruzar el Jordán para tomar posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da. La poseeréis, la habitaréis, guardaréis y pondréis en práctica todos los mandamientos y prescripciones que hoy os propongo. Éstas son las leyes que guardaréis y pondréis por obra en la tierra que el Señor, el Dios de nuestros padres, os da en posesión todos los días que viváis en ella. Destruiréis totalmente todos los lugares donde las naciones que vais a desalojar han dado culto a sus dioses; sobre las montañas, sobre los collados y bajo todo árbol frondoso: destruiréis sus altares, romperéis sus estelas, quemaréis sus cipos sagrados, haréis pedazos las imágenes talladas de sus dioses y sus nombres de esos lugares. No haréis así con el Señor, vuestro Dios, sino que vendréis a buscarle al lugar elegido por él entre todas las tribus, para poner allí su nombre y habitar en él; allí llevaréis vuestros holocaustos y sacrificios, vuestros diezmos y contribuciones, vuestros votos y vuestras ofrendas voluntarias, los primogénitos de vuestro ganado mayor y menor. Allí comeréis en presencia del Señor y os alegraréis por todas las empresas de vuestras manos en las que el Señor, vuestro Dios, os haya bendecido. No será como hoy aquí, donde cada uno hace lo que le parece bien, ya que todavía no habéis entrado en el lugar tranquilo que el Señor, tu Dios, te va a dar en posesión. Pero cuando crucéis el Jordán y viváis en la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da en posesión, allí estaréis defendidos de todos los enemigos que os rodean, viviréis en seguridad y llevaréis al lugar que el Señor, vuestro Dios, haya elegido para hacer habitar en él su nombre, todo lo que yo os prescribo: vuestros holocaustos y vuestros sacrificios, vuestros diezmos y vuestras contribuciones y todas las cosas selectas que hayáis prometido al Señor. Allí os regocijaréis en presencia del Señor, vuestro Dios, vosotros, vuestros hijos e hijas, vuestros siervos y siervas y el levita que habita entre vosotros, ya que él no tiene parte ni herencia con vosotros. Guárdate de ofrecer holocaustos en cualquier lugar sagrado que veas. Solamente en el lugar elegido por el Señor, tu Dios, en una de las tribus, podrás ofrecer tus holocaustos y hacer allí todo lo que yo te ordeno. Siempre que quieras podrás matar animales y comer su carne en todas tus ciudades, en la medida que te haya bendecido el Señor, tu Dios; y podrán comerla el puro y el impuro, como si se tratase de la gacela o del ciervo. Pero no comeréis la sangre, sino que la derramaréis en la tierra como el agua. No podrás comer en tu residencia los diezmos de tu trigo, de tu mosto y de tu aceite, ni los primogénitos de tus vacas y tus ovejas, ni tus votos u ofrendas voluntarias, sino que lo comerás en presencia del Señor, tu Dios, en el lugar escogido por él, tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva y el levita que habita contigo. Allí te regocijarás ante el Señor, tu Dios, por el éxito de tus empresas. Cuida de no abandonar al levita todo el tiempo que vivas en tu tierra. Cuando el Señor, tu Dios, haya ensanchado tus fronteras tal como lo ha prometido, y tú digas: Yo quisiera comer carne, porque sientes deseo de ella, podrás comer toda la carne que quieras. Si el lugar elegido por el Señor, tu Dios, para hacer habitar allí su nombre se encuentra distante, podrás matar del ganado mayor o menor que el Señor te haya dado, según lo que te he prescrito, y comer dentro de tu residencia lo que te apetezca. Lo comerás como se come la gacela o el ciervo; podrán comerla el puro y el impuro. Ten solamente buen cuidado de no comer la sangre, porque la sangre es la vida, y no debes comer la vida con la carne. No la comerás, la derramarás en la tierra como el agua. No la comerás, para que seáis felices tú y tus hijos después de ti por haber hecho lo que es justo a los ojos del Señor. Las cosas que hayas consagrado y las promesas que hayas hecho, las llevarás al lugar elegido por el Señor. Allí ofrecerás el holocausto sobre el altar del Señor, tu Dios. En los sacrificios, la sangre será derramada sobre el altar del Señor, tu Dios, y la carne la podrás comer. Escucha y cumple todas estas prescripciones que te doy, para que seas feliz siempre tú y tus hijos después de ti, haciendo lo que es justo a los ojos del Señor, tu Dios. Cuando el Señor, tu Dios, haya exterminado las naciones que tú vas a desalojar, cuando las hayas echado y tú vivas en sus dominios, no caigas en la trampa, no sigas sus caminos ni te preocupes de sus dioses diciendo: ¿Cómo daban culto estos pueblos a sus dioses?, pues así quiero darlo yo también. No te conduzcas así con el Señor, tu Dios, pues nada hay más odioso y aborrecible a los ojos del Señor que lo que hacían éstos por sus dioses, llegando incluso a sacrificarles en el fuego a sus propios hijos. - - - Guardad y poned por obra todo lo que yo os ordeno, sin añadir ni quitar nada. Si aparece entre vosotros un profeta o un soñador, si te propone una señal o un prodigio, y éstos se cumplen, pero luego te dice: Vamos tras otros dioses que tú conoces, y démosles culto, no escuches las palabras de tal profeta ni los sueños de tal soñador. El Señor, vuestro Dios, quiere probaros para ver si realmente le amáis con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. Seguiréis al Señor y le respetaréis, guardaréis sus mandamientos y obedeceréis su voz, le serviréis y viviréis unidos a él. El profeta y el soñador deberán morir, pues han predicado la rebelión contra el Señor, vuestro Dios, que os sacó de Egipto y os libertó de la casa de la esclavitud, queriendo apartaros del camino por donde el Señor, tu Dios, os ha mandado ir. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. Si tu hermano, tu padre o tu madre, tu hijo o tu hija, la esposa que descansa en tu regazo o tu amigo, que es otro tú, te incita en secreto a servir a otros dioses desconocidos para tus padres o para ti de entre los dioses de los pueblos próximos o lejanos que os rodean de uno a otro extremo de la tierra, no le hagas caso ni le escuches, no tengas piedad de él, no le perdones ni encubras su falta. Es reo de muerte, y tu mano sea la primera sobre él, continuando la mano de todo el pueblo su ejecución. Le matarás a pedradas, pues ha querido apartarte del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud. Al saberlo, todo Israel será presa del temor y dejarán de practicar tal perversidad. Si oyes decir que en una de las ciudades que el Señor te ha dado para habitar en ellas, hombres malvados inducen a sus conciudadanos a servir a otros dioses desconocidos para vosotros, examinarás el caso, preguntarás e investigarás bien el asunto. Si se confirma el rumor y se prueba que tal perversidad se ha cometido en medio de ti, pasarás al filo de la espada a todos los habitantes de aquella ciudad, la darás al exterminio a ella y a todo lo que hay en ella. Amontonarás todo el botín en la plaza pública e incendiarás la ciudad con todo su botín como ofrenda en honor del Señor, tu Dios. Quedará convertida en un montón de ruinas, que nunca se reedificará. De lo que se ha destinado al exterminio no guardarás nada para ti, para que se aplaque el furor de la ira del Señor, tenga compasión de ti y te haga crecer en número tal como se lo prometió a tus padres, Vosotros sois los hijos del Señor, vuestro Dios. No os haréis cortaduras ni os raparéis el pelo de la frente por un muerto. Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios, y el Señor te ha elegido para ser su pueblo entre todos los pueblos de la tierra. No comeréis nada impuro. Éstos son los animales que podéis comer: el buey, la oveja, la cabra, el ciervo, la gacela, el corzo, la cabra montés, el antílope, el búfalo, la gamuza, todos los rumiantes que tengan la pezuña partida. Pero no comeréis los siguientes, aunque sean rumiantes y tengan la pezuña partida: el camello, la liebre y el tejón, porque son rumiantes pero no tienen la pezuña partida; debéis tenerlos por impuros. De la misma manera el cerdo, que tiene la pezuña partida, pero no es rumiante: debéis tenerlo por impuro. No comeréis sus carnes ni tocaréis sus cadáveres. De los anmales acuáticos podréis comer los que tienen aletas y escamas, pero los que no las tienen, no los comáis; son impuros. Podréis comer toda ave pura. Éstas son las que no podéis comer: el águila, el quebrantahuesos, el buitre, el milano, el halcón en todas sus especies, todas las especies de cuervos, el avestruz, el mochuelo, la lechuza, el ibis, el búho, el pelícano, la cerceta, el mergo, la cigüeña, todas las especies de garza, la abubilla y el murciélago. Tendréis también por impuro cualquier clase de insecto alado, y no lo comeréis. Comeréis toda clase de aves puras. No comeréis ningún animal muerto. Lo darás al extranjero residente o lo venderás al extranjero de fuera. Tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios. No cocerás el cabrito en la leche de su madre. Cada año apartarás la décima parte del producto de tus campos, y en presencia del Señor, en el lugar elegido por él para hacer habitar en él su nombre, allí comerás el diezmo de tu trigo, de tu mosto, de tu aceite y los primogénitos de tu ganado mayor o menor, para que aprendas a respetar al Señor, tu Dios, en todo momento. Si el camino fuera largo para poder llevarlos allá; si una gran distancia te separa del lugar que el Señor, tu Dios, haya elegido para hacer habitar en él su nombre, cuando el Señor, tu Dios, te haya bendecido, lo convertirás en dinero y, tomándolo en tu mano, irás al lugar elegido por el Señor, tu Dios. Allí adquirirás con ello lo que quieras: bueyes, ovejas, vino y otra bebida fermentada; en una palabra, lo que quieras; lo comerás allí en presencia del Señor, tu Dios, y te regocijarás tú y tu familia. No olvides al levita que vive en tu ciudad, pues él no tiene parte ni herencia como tú. Cada tres años separarás la décima parte de los productos de este tercer año y lo depositarás a las puertas de tu ciudad. Allí vendrá el levita, que no tiene parte ni herencia como tú; el inmigrante, el huérfano y la viuda de tu ciudad, y comerán hasta saciarse. Así el Señor, tu Dios, te bendecirá en todas tus empresas. Cada siete años perdonarás todo lo que te deban. Este perdón consistirá en lo siguiente: todo acreedor perdonará a su prójimo todo lo que le haya prestado; no lo exigirá ya más de su prójimo, es decir, de su hermano, una vez proclamado el perdón del Señor. Podrás exigirlo del extranjero, pero no de tu hermano, al que se lo perdonarás. Así no habrá pobres junto a ti, pues el Señor te dará la bendición en la tierra que te da en herencia, con la condición de que escuches su voz y pongas por obra cuidadosamente todos los mandamientos que hoy te doy yo. Si el Señor, tu Dios, te bendice tal como lo ha prometido, prestarás a muchas naciones sin necesidad de tomar de ellas prestado. Dominarás a muchos pueblos, y ellos no te dominarán. Si hay en medio de ti un necesitado, uno de tus hermanos, en una de las ciudades de la tierra que el Señor, tu Dios, te da, no endurecerás tu corazón ni cerrarás la mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le prestarás todo lo que le haga falta. No te dejes llevar de este pensamiento egoísta: Ya está cercano el año séptimo, el año del perdón y, si poniendo mala cara a tu hermano necesitado, no le das nada, podría apelar al Señor contra ti, y te harías reo de pecado. Debes darle, y darle con alegría; y el Señor, tu Dios, te bendecirá en todas tus obras y en todas tus empresas. Nunca faltarán pobres en la tierra; por eso te digo: Abre tu mano a tu hermano, al humillado y al pobre de tu tierra. Si un hermano tuyo, hebreo o hebrea, se vende a ti, te servirá seis años. El séptimo le dejarás libe; y, al darle la libertad, no le despedirás con las manos vacías, sino que le darás a título de regalo algo de tu ganado, de tu era o de tu lagar, haciéndole partícipe en los bienes con que el Señor, tu Dios, te bendice a ti. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor, tu Dios, te dio la libertad. Por eso te ordeno esto hoy. Si tu esclavo te dice: No quiero salir de junto a ti, por razón de su amor hacia tu casa, y se encuentra contento contigo, entonces, tomando un punzón, le harás un agujero en la oreja a la puerta y será esclavo tuyo para siempre. Si se trata de una esclava, harás lo mismo. No te pese darle la libertad, pues sus seis años de servicio te han valido ya el doble del salario de un jornalero, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en todo lo que hagas. Todo primogénito macho de tu ganado mayor o menor lo consagrarás al Señor, tu Dios. No trabajarás con los primogénitos de tus vacas ni esquilarás los primogénitos de tus ovejas, sino que los comerás cada año, tú y tu familia, en presencia del Señor, tu Dios, en el lugar elegido por él. Si es defectuoso, si es cojo o ciego o con otro defecto, no lo ofrecerás en sacrificio al Señor, tu Dios. Lo comerás en tu ciudad, como se come la gacela o el ciervo; lo podrán comer el puro y el impuro. Pero la sangre no la comerás: la derramarás por tierra, como se derrama el agua. Cuida de observar el mes de abib y de celebrar en él la pascua del Señor, tu Dios, pues fue en el mes de abib, de noche, cuando el Señor, tu Dios, te sacó de Egipto. Inmolarás como víctima pascual al Señor, tu Dios, ganado mayor y menor en el lugar elegido por él, para hacer habitar allí su nombre. No comerás con la víctima pan fermentado, sino que comerás durante siete días pan sin levadura -el pan de la aflicción-, pues fue a toda prisa como saliste de Egipto; así recordarás todos los días de tu vida tu salida de Egipto. No se verá levadura esos siete días entre vosotros, en todo vuestro territorio; y de la carne de la víctima inmolada por la tarde no se reserve nada para la noche hasta la mañana siguiente. No podrás inmolar la pascua en cualquiera de las ciudades que te haya dado el Señor, tu Dios, sino solamente en el lugar elegido por él para hacer habitar en él su nombre inmolarás la pascua; y lo harás al atardecer, al ponerse el sol, a la hora de tu salida de Egipto. La cocerás y la comerás en el lugar elegido por el Señor, tu Dios; y a la mañana siguiente volverás a tus tiendas. Durante seis días comerás pan sin levadura; el séptimo día habrá asamblea solemne en honor del Señor, tu Dios, y no harás trabajo alguno en él. Contarás siete semanas, a partir del día en que comienza la siega. Entonces celebrarás la fiesta de las semanas en honor del Señor, tu Dios, y presentarás ofrendas voluntarias en proporción de los bienes con que el Señor, tu Dios, te haya bendecido. En presencia del Señor, tu Dios, en el lugar elegido por él para hacer habitar su nombre, allí te regocijarás tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda que viven en tu ciudad. Acuérdate que fuiste esclavo en Egipto y pon en práctica cuidadosamente estos mandamientos. Celebrarás la fiesta de los tabernáculos durante siete días, una vez recogidos los frutos de tu era y de tu lagar. Te regocijarás en tu fiesta tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita y el extranjero, el huérfano y la viuda que viven en tus ciudades. Durante siete días celebrarás la fiesta en honor del Señor, tu Dios, en el lugar elegido por él, pues el Señor te bendecirá en todas tus cosechas y en todos tus trabajos y serás enteramente feliz. Todos los varones deberán presentarse tres veces al año ante el Señor, tu Dios, en el lugar elegido por él: en la fiesta de los panes sin levadura, en la fiesta de las semanas y en la fiesta de los tabernáculos. Nadie se presentará con las manos vacías ante el Señor, sino que cada cual hará sus ofrendas en proporción de los bienes con que el Señor, tu Dios, te haya bendecido. Te constituirás jueces y escribas en todas las ciudades que el Señor, tu Dios, te da, tribu por tribu, para que juzguen al pueblo con toda justicia. No violentes el derecho, no hagas acepción de personas, no aceptes regalos, porque los regalos ciegan los ojos de los sabios y corrompen las sentencias de los justos. Sigue estrictamente la justicia, para que vivas y goces de la tierra que el Señor, tu Dios, está para darte en posesión. No plantes cipos sagrados, de cualquier madera que sean, junto al altar que construirá para ti el Señor, tu Dios; ni levantes estelas, pues el Señor, tu Dios, las aborrece. No ofrecerás como sacrificio al Señor, tu Dios, animal, mayor o menor, que tenga una falta o defecto cualquiera, pues es aborrecible a sus ojos. Si en medio de ti, en alguna de las ciudades que el Señor, tu Dios, te va a dar, hay un hombre o una mujer que hace lo que desagrada al Señor, tu Dios, quebrantando su alianza, adorando a otros dioses para darles culto y postrándose ante ellos, ante el sol, la luna o cualquier otro astro del ejército de los cielos, cosa que yo he prohibido, y esto llega a tu conocimiento, harás una escrupulosa investigación, y si el rumor se confirma y el hecho es verdadero, si se cometió en Israel tal abominación, llevarás a las puertas de la ciudad al hombre o a la mujer que haya cometido tal delito y los matarás a pedradas. No se podrá ejecutar al reo de muerte más que por la declaración de dos o tres testigos; nadie será condenado a muerte por la declaración de un solo testigo. Los testigos pondrán los primeros sus manos sobre el condenado para hacerle morir, y seguirá luego el pueblo. De esta manera extirparás el mal de en medio de ti. Si te encuentras en tu ciudad con una causa difícil, de homicidio, peleas, lesiones u otro litigio cualquiera, irás al lugar elegido por el Señor, tu Dios, y te presentarás a los sacerdotes levitas y al juez en funciones, y los consultarás para que ellos dicten la sentencia. Acatarás la sentencia recibida y cuidarás de ajustarte en todo a las instrucciones que te hayan dado. Seguirás puntualmente la ley que te hayan enseñado y la sentencia que hayan pronunciado, sin apartarte a derecha o a izquierda de lo que te hayan dicho. El que actúe con arrogancia y no obedezca ni al sacerdote que está allí para servir al Señor, tu Dios, ni al juez, será condenado a muerte. Así extirparás el mal en Israel. El pueblo, al saberlo, temerá y dejará de actuar con arrogancia. Cuando hayas entrado en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, te hayas posesionado de ella y vivas en ella, si quieres tener un rey como lo tienen todos los pueblos de alrededor, pondrás por rey a uno de tus hermanos elegido por el Señor; no pondrás por rey a un extranjero, uno que no sea tu hermano. Pero ese rey no debe tener muchos caballos ni enviar de nuevo gente a Egipto para aumentar su caballería, pues el Señor, tu Dios, ha dicho: No volváis nunca jamás por ese camino. No debe tener muchas mujeres, para que no se desvíe su corazón, ni grandes cantidades de oro o plata. Cuando suba al trono deberá escribir en un rollo, para uso propio, una copia de esta ley, según el ejemplar que está en poder de los sacerdotes levitas. La tendrá consigo y la leerá todos los días de su vida, para que aprenda a respetar a su Dios, guardando todas sus palabras y poniendo en práctica todas sus prescripciones, para que no se crea superior a sus hermanos y no se desvíe de ella ni a derecha ni a izquierda, y de esta manera prolongue los días de su reinado, él y sus hijos, sobre el trono de Israel. Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví, no tendrán parte ni heredad como los demás israelitas; vivirán de las carnes de los sacrificios y del patrimonio del Señor. No tendrán heredad como sus hermanos. El Señor es su heredad, como él lo ha dicho. Éstos son los derechos de los sacerdotes sobre el pueblo, sobre los que ofrecen un sacrificio de ganado mayor o menor: se dará al sacerdote la pierna, la mandíbula y el cuajar, las primicias de tu trigo, de tu mosto y de tu aceite y las del esquileo de tus ovejas. Porque a él le ha elegido el Señor, tu Dios, entre todas tus tribus para estar en su presencia, hacer el servicio divino y dar la bendición en su nombre, él y sus hijos eternamente. Si un levita sale de alguna de tus ciudades, de cualquier punto de Israel, donde vivía, para venir con todo el deseo de su alma al lugar elegido por el Señor, podrá ejercer su ministerio en nombre del Señor, su Dios, como todos sus hermanos levitas que están allí al servicio del Señor, y comerá una porción igual a la suya, aparte de su patrimonio personal. Cuando hayas entrado en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, no imites las prácticas horrendas de aquellos pueblos. No haya en medio de ti quien queme en sacrificio a su hijo o a su hija, ni quien practique la adivinación, el sortilegio, la superstición, el encantamiento, ni quien consulte a los adivinos y a los que invocan a los espíritus, ni quien interrogue a los muertos. Pues todo ello es abominable a los ojos del Señor, tu Dios; y precisamente por estas prácticas horrendas es por lo que el Señor, tu Dios, echa lejos de ti a estas naciones. Sé perfecto ante el Señor, tu Dios. Esas gentes que vas a desposeer escuchan a hechiceros y adivinos; pero a ti nada de esto te permite el Señor, tu Dios. El Señor, tu Dios, suscitará de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, al que debéis obedecer. Es precisamente lo que tú pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, cuando dijiste: No queremos oír más la voz del Señor, ni ver ese gran fuego para no morir, y el Señor me dijo: Dicen bien. Yo les suscitaré de en medio de sus hermanos un profeta como tú; pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Al que no escuche las palabras que él dirá en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas. Pero el profeta que tenga la osadía de anunciar en mi nombre lo que yo no le haya ordenado decir o hable en nombre de otros dioses, ese profeta morirá. Y si piensas: ¿Cómo puedo conocer yo la palabra que no ha dicho el Señor? Si ese profeta ha hablado en nombre del Señor y su palabra no tiene efecto ni se cumple, entonces es cosa que no ha dicho el Señor. El profeta ha hablado por arrogancia; no lo temas. Cuando el Señor, tu Dios, haya exterminado las naciones cuyas tierras te da en posesión y vivas en sus ciudades y en sus casas, pondrás aparte tres ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da en posesión. Allanarás los caminos de acceso y dividirás en tres sectores el territorio que el Señor, tu Dios, te da en heredad, con el fin de que todo homicida pueda encontrar refugio en estas ciudades. El homicida puede refugiarse allí y salvar su vida si mató a su prójimo sin querer, sin haber sido anteriormente enemigo suyo. Por ejemplo, si uno va con otro a cortar leña al bosque y, mientras maneja con fuerza el hacha para derribar el árbol, ésta salta del mango y, alcanzando al compañero, le mata, aquél puede refugiarse en una de estas ciudades y salvar la vida; de lo contrario, el vengador del homicida lo perseguirá y, si el camino fuese largo, lo alcanzaría y le daría muerte. Y, sin embargo, ese hombre no merecía la muerte, pues nunca había odiado a su víctima. Por eso te doy esta orden: Pon aparte tres ciudades. Si el Señor, tu Dios, ensancha tus fronteras, y te da toda la tierra, tal como lo prometió a tus padres - a condición, desde luego, que guardes y pongas por obra todos estos mandamientos que yo te doy hoy, amando a tu Dios y siguiendo sus caminos-, entonces, a aquellas tres ciudades añadirás otras tres más. De esta manera no se derramará sangre inocente dentro de la tierra que el Señor, tu Dios, está para darte en posesión; de lo contrario, la sangre caería sobre ti. En cambio, si un hombre que odia a su prójimo le prepara una emboscada, se arroja sobre él, le hiere mortalmente y luego se refugia en una de estas ciudades, los ancianos de su ciudad le mandarán prender y le entregarán en manos del vengador de sangre, para que lo mate. No tendrá piedad de él. Alejarás de Israel todo derramamiento de sangre inocente, y serás feliz. No desplazarás los límites de tu prójimo, puestos por tus antepasados para limitar tu herencia en la tierra que el Señor, tu Dios, está para darte. Un solo testigo no basta para probar la culpabilidad de un hombre en cualquier clase de falta o delito que sea. La sentencia se apoyará en la declaración de dos o tres testigos, cualquiera que sea el delito. Si un testigo falso se levanta contra un hombre para acusarle de rebelión, los dos interesados en la causa se presentarán ante el Señor, ante los sacerdotes y jueces en funciones en ese momento; ellos, si, después de una buena investigación, averiguan que el testigo había declarado en falso contra su hermano, harán con él lo mismo que él pensaba hacer con su hermano. Así extirparás el mal de en medio de ti. Los demás, al saberlo, temerán y no volverán a cometer tal villanía. No tendrás compasión: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Cuando salgas a hacer la guerra contra tus enemigos y veas los caballos y los carros de un pueblo más numeroso que tú, no tengas miedo de ello, pues el Señor, tu Dios, está contigo, el mismo que te sacó de Egipto. Cuando vayáis a entrar en el combate, se adelantará el sacerdote y hablará al ejército diciendo: ¡Escucha, Israel! Hoy mismo vais a dar la batalla contra vuestros enemigos. No desfallezca vuestro corazón. No temáis, no tembléis ni os asustéis ante ellos, pues el Señor, vuestro Dios, va delante de vosotros para combatir con vosotros contra vuestros enemigos y daros la victoria. Luego hablarán al pueblo los escribas, diciendo: ¿Hay alguno que tenga edificada una casa nueva y no la haya estrenado todavía? Que se vuelva a su casa, no sea que muera en el combate y sea otro quien la estrene. ¿Hay alguno que tenga plantada una viña y no la haya vendimiado todavía? Que se vuelva a su casa, no sea que muera en el combate y sea otro quien recoja sus frutos. ¿Hay alguno que tenga compromiso de matrimonio y todavía no se haya casado? Que se vuelva a su casa, no sea que muera en el combate y se case otro con su prometida. Los jefes seguirán diciendo a la tropa: ¿Hay alguien que tenga miedo y se acobarde? Que se vuelva a su casa para que no contagie la cobardía a sus hermanos. Una vez que los escribas hayan terminado de hablar al pueblo, se pondrán al frente los jefes de tropa. Cuando te acerques a una ciudad para atacarla, le brindarás primero la paz. Si la acepta y te abre sus puertas, todos los habitantes que haya en ella te servirán como esclavos en trabajos forzados. Si rechaza la paz y te declara la guerra, la atacarás. El Señor, tu Dios, te la pondrá en tus manos, y pasarás al filo de la espada a todos sus varones. Las mujeres, los niños, los ganados y lo que haya en la ciudad, lo tomarás contigo y disfrutarás del botín que el Señor, tu Dios, te haya dado. Eso mismo harás con todas las ciudades que están muy distantes y no pertenecen a estas naciones. En las ciudades de estas naciones que el Señor, tu Dios, te da como heredad, no dejarás nada con vida. Los darás a todos al exterminio, a hititas, amorreos, cananeos, fereceos, heveos o jebuseos, tal como el Señor, tu Dios, te ha ordenado, para que no aprendas a imitar las cosas horribles que ellos hacen con sus dioses y no peques contra el Señor, tu Dios. Si para conquistar una ciudad te ves obligado a sitiarla por largo tiempo, no destruyas los árboles a golpe de hacha. Come sus frutos, pero no los tales. ¿Es que son hombres los árboles del campo para que los asedies? Solamente podrás destruir y talar los árboles que no dan fruto y servirte de ellos en el asedio contra las ciudades que están en guerra contigo hasta que caigan en tu poder. Si en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar en posesión se encuentra un muerto tirado en el campo sin que se sepa quién lo mató, irán los ancianos y los jueces y medirán las distancias entre la víctima y las ciudades de alrededor para localizar la más cercana. Entonces los ancianos de esta ciudad tomarán una becerra que no haya trabajado todavía ni haya sido uncida al yugo, la llevarán junto a un arroyo que siempre lleve agua, un lugar que nunca haya sido labrado ni sembrado, y allí la degollarán. Intervendrán después los sacerdotes levitas, ya que a ellos los eligió el Señor, tu Dios, para que le sirvan y bendigan en su nombre, y suya es también la decisión en caso de litigios y lesiones. Y todos los ancianos de la ciudad más cercana a la víctima lavarán sus manos sobre la becerra degollada en el valle, y dirán en alta voz: Nuestras manos no han derramado esta sangre ni lo han visto nuestros ojos. Oh, Señor, perdona a tu pueblo Israel, al que rescataste, y no permitas que en medio de Israel, tu pueblo, se derrame sangre inocente; así se verán libres de la venganza de la sangre. Así también terminarás con el derramamiento de sangre inocente, haciendo lo que es recto a los ojos del Señor. Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, y el Señor, tu Dios, los haya entregado en tus manos y tú los hayas hecho prisioneros, si entre ellos ves una mujer hermosa y te enamoras de ella, podrás casarte con ella y llevarla a tu casa. Se rapará la cabeza, se cortará las uñas, se quitará el vestido que llevaba cuando fue hecha prisionera, se quedará en tu casa y llorará a sus padres durante un mes; luego podrás acercarte a ella; tú serás su marido y ella tu mujer. Si deja de gustarte, le darás la libertad, sin venderla por dinero ni maltratarla, ya que la has poseído. Si un hombre tiene dos mujeres y quiere a una y a la otra no, si las dos le dan hijos y el primogénito es de la que no quiere, el día que reparta los bienes a sus hijos no podrá tratar como primogénito al hijo de la mujer que quiere con detrimento del hijo de la que no quiere, que es el verdadero primogénito, sino que reconocerá como primogénito al hijo de la que no quiere, asignándole dos partes, porque este hijo es las primicias de su virilidad y suyo es el derecho de primogenitura. Si uno tiene un hijo indócil y rebelde, que no obedece a sus padres ni a fuerza de castigos, los padres lo llevarán a los ancianos a las puertas de la ciudad y les dirán: Este hijo nuestro es indócil y rebelde, no nos hace caso; es un libertino y un borracho. Entonces todos sus conciudadanos lo matarán a pedradas. Así extirparás la maldad de en medio de ti, y todo Israel, al saberlo, cobrará miedo. Si un condenado a muerte es ejecutado colgándolo de un árbol su cadáver no podrá quedar allí durante la noche, sino que lo enterrarás el mismo día, pues el que muere colgado de un árbol es maldito de Dios, y tú no debes manchar la tierra que el Señor, tu Dios, te da en heredad. Si ves el buey o la oveja de tu prójimo que se han extraviado, no te desentiendas de ellos; llévaselos a tu hermano. Si tu hermano no es de tu ciudad ni lo conoces, encierra el animal en tu casa y tenlo allí hasta que tu hermano venga a buscarlo, y entonces se lo entregarás. Lo mismo harás con su asno, con su manto y con todo objeto perdido por tu hermano que tú encuentres. No debes desentenderte de ellos. Si ves el asno de tu hermano o su buey caídos en el camino, no te desentiendas; ayúdale a levantarlos. La mujer no llevará vestidos de hombre y el hombre no llevará vestidos de mujer, pues son cosas aborrecibles a los ojos del Señor, tu Dios. Si, de camino, encuentras en un árbol o en el suelo un nido de pájaros con pollos o con huevos y la madre echada sobre ellos, no tomes a la madre con los pollos; deja volar a la madre y quédate sólo con los pollos. Así te irá bien y tendrás una vida larga. Cuando construyas una casa, pondrás una baranda alrededor de la azotea. Así tu casa no será responsable de sangre si alguien se cae de ella. No siembres en tu viña más de una clase de simiente, no sea que todo sea declarado sagrado, lo que sembraste y la cosecha de la viña. No ares con un buey y un asno uncidos juntos. No lleves vestido tejido con un hilo de lana y otro de lino. Te harás borlas para las cuatro puntas del manto con que te cubras. Si un hombre se casa con una mujer y, después de cohabitar con ella, le pierde el cariño, le imputa falsos delitos y la difama diciendo: Me casé con esta mujer, pero cuando me uní a ella no la encontré virgen, los padres de la joven tomarán las pruebas de la virginidad y las presentarán a los ancianos en las puertas de la ciudad. El padre de la joven dirá a los ancianos: Yo había dado a mi hija por mujer a este hombre, que la ha aborrecido tanto que le hace acusaciones deshonrosas, diciendo: No he encontrado virgen a tu hija. Pero ahí están las pruebas de la virginidad. Y extenderá la sábana ante los ancianos de la ciudad. Entonces los ancianos tomarán al hombre y lo castigarán, condenándolo a pagar cien monedas de plata como reparación al padre de la joven, puesto que este hombre ha difamado a una virgen de Israel. Ella continuará siendo su mujer, y no podrá divorciarse de ella en toda su vida. Pero si la acusación es verdadera y no se han encontrado en la joven las pruebas de la virginidad, la sacarán fuera de la casa de su padre y toda la ciudad la matará a pedradas, por haber cometido una acción infame en Israel prostituyendo la casa de su padre. Así extirparás la maldad de en medio de ti. Si un hombre es sorprendido acostado con una mujer casada, los dos serán condenados a muerte. Así extirparás la maldad de en medio de ti. Si uno encuentra en la ciudad a una joven virgen prometida de otro y se acuesta con ella, los dos serán sacados a las puertas de la ciudad y matados a pedradas: la joven por no haber pedido socorro estando en la ciudad, y el hombre por haber deshonrado a la mujer de su prójimo. Pero si fue en el campo donde el hombre la encontró, acostándose con ella, morirá solamente el hombre; a la mujer no le harás nada, pues no ha cometido culpa que merezca la muerte. Es un caso semejante al del hombre que se lanza sobre otro y le mata. Al ser sorprendida en el campo, la joven pudo pedir socorro, pero no había nadie que pudiera ir en su auxilio. Si un hombre encuentra a una joven virgen y sin compromiso de matrimonio, y la obliga a acostarse con él y son sorprendidos, el hombre debe pagar al padre de la joven cincuenta monedas de plata, se casará con ella por haberla deshonrado y no podrá divorciarse de ella en toda su vida. - - - Nadie tomará la mujer de su padre ni tendrá relaciones sexuales con ella. No será admitido en la asamblea del Señor el que tenga testículos aplastados o el pene amputado; ni el mestizo ni sus descendientes, aun de la décima generación; ni el amonita, ni el moabita, ni sus descendientes, aun de la décima generación, y esto para siempre, pues no os salieron a recibir con pan y agua en vuestro viaje cuando veníais de Egipto, sino que llamaron a Balaán, hijo de Beor, desde Petor, en Mesopotamia, y le pagaron para que te maldijese. Pero el Señor, tu Dios, no escuchó a Balaán, e incluso cambió la maldición en bendición en favor tuyo; porque el Señor, tu Dios, te ama. No buscarás su prosperidad ni su bienestar jamás, en todos los días de tu vida. No desprecies al edomita, pues es tu hermano; ni al egipcio, pues fuiste huésped en su tierra; sus hijos, a partir de la tercera generación, podrán ser admitidos en la asamblea del Señor. Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, guárdate de toda clase de maldad. Si alguno queda impuro por polución nocturna, salga del campo y no vuelva a entrar; al atardecer se lavará y, al ponerse el sol, podrá entrar de nuevo en el campamento. Tendrás también un lugar fuera del campamento para hacer allí tus necesidades. Llevarás en tu equipaje una paleta, con la cual harás un hoyo en la tierra, y luego lo taparás, después de haber hecho en él tus necesidades. El Señor, tu Dios, está en medio de tu campamento para protegerte y librarte de tus enemigos. Por tanto, tu campamento debe ser santo, para que el Señor no vea indecencias en medio de él y no se aparte de ti. Si un esclavo se escapa y se refugia en tu casa, no lo entregarás a su amo. Se quedará contigo, entre los tuyos, en el lugar que él elija y en la ciudad que más le guste; no le molestarás. Ningún hombre ni ninguna mujer israelita practicarán la prostitución sagrada. No lleves a la casa del Señor, tu Dios, el dinero adquirido por esa prostitución para pagar el voto que hayas hecho, pues eso es aborrecible a los ojos del Señor, tu Dios. No exijas interés alguno de tus hermanos ni por dinero, ni por víveres, ni por ninguna otra cosa que se suele prestar a interés. Puedes exigírselo al extranjero, pero no a tu hermano, para que el Señor, tu Dios, te bendiga en todas tus empresas en la tierra que estás a punto de entrar a poseer. Cuando hayas hecho un voto al Señor, tu Dios, no tardes en cumplirlo, porque él te pedirá cuenta, y te harás reo de pecado. Si no haces ningún voto, no pecas; pero si haces libremente un voto al Señor, tu Dios, debes cumplirlo. Cuando entres en la viña de tu prójimo podrás comer uvas hasta hartarte, pero no guardarlas en tu cesta. Si un hombre se casa con una mujer y luego no le gusta por haber encontrado en ella algo indecente, le dará por escrito un certificado de divorcio y la echará de casa. Una vez fuera de casa, esta mujer puede casarse con otro. Si también el segundo marido la aborrece, le da el certificado de divorcio y la echa de casa, o si este segundo marido se muere, el primer marido no podrá volver a casarse con ella, pues se ha vuelto impura; sería una cosa horrenda ante el Señor, y tú no debes manchar con pecados la tierra que el Señor, tu Dios, te da en heredad. Si un hombre está recién casado, no irá a la guerra ni se le hará cumplir otra clase de servicios; quedará libre en su casa durante un año para contentar a su mujer. Nadie tomará en prenda las dos piezas de su molino, ni siquiera la piedra superior, pues sería tomar en prenda la vida. Si se descubre que alguien ha secuestrado a un hermano suyo israelita para emplearlo como esclavo o para venderlo, el secuestrador será condenado a muerte. Así extirparás la maldad de en medio de ti. En caso de lepra, observad con exactitud y poned en práctica todo lo que os han enseñado los sacerdotes levitas. Procurad cumplir todo lo que yo les he ordenado. Recuerda lo que el Señor, tu Dios, hizo con María durante el viaje después de la salida de Egipto. Si haces algún préstamo al prójimo, no entres en su casa para elegir la prenda, cualquiera que sea, sino que esperarás fuera a que el deudor te saque la prenda. Si éste fuere pobre, no retendrás contigo la prenda ni siquiera una noche, sino que se la devolverás a la puesta del sol para que él, al acostarse, pueda arroparse con su manto y te bendiga. Ésta será una buena acción a los ojos del Señor, tu Dios. No explotes al pobre y al indigente, ya sea uno de tus hermanos o uno de los extranjeros que viven en tus ciudades. Págale cada día su salario, antes de ponerse el sol, pues es pobre y espera impacientemente su jornal. De lo contrario, apelará al Señor, y tú serás culpable. Los padres no morirán por culpa de sus hijos, ni los hijos por la de sus padres; cada uno morirá por su propio pecado. No violes el derecho del emigrante, ni el del huérfano, ni tomes en prenda los vestidos de la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor, tu Dios, te dio la libertad. Por eso te ordeno que cumplas esta ley. Cuando hagas la recolección en tu campo, si olvidas en él una gavilla, no vuelvas a buscarla. Déjala para el emigrante, el huérfano y la viuda, para que el Señor, tu Dios, te bendiga en todas tus empresas. Cuando sacudas tus olivos, no vuelvas al rebusco de aceitunas; déjalas para el emigrante, el huérfano o la viuda. Cuando vendimies tu viña, no vuelvas a la rebusca; déjalo para el emigrante, el huérfano y la viuda. Acuérdate que fuiste esclavo en Egipto. Por eso te ordeno que cumplas esta ley. Si dos hombres tienen un pleito, se presentarán al tribunal, que decidirá sobre ellos: se absolverá al justo y se condenará al culpable. Si el culpable merece ser azotado, el juez le obligará a echarse en tierra y le hará azotar en su presencia con un determinado número de golpes proporcionado a su delito. Podrá darle hasta cuarenta golpes, pero no más, para que no sufra un castigo demasiado duro y se sienta humillado ante vosotros. No pongas bozal al buey mientras está trillando. Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no se casará con un extraño. Su cuñado se casará con ella, cumpliendo sus deberes de cuñado; y el primogénito que ella dé a luz llevará el nombre del hermano muerto, para que su memoria no desaparezca de Israel. Pero si el hermano no quiere casarse con su cuñada, ésta se presentará en las puertas de la ciudad a los ancianos y les dirá: Mi cuñado no quiere mantener vivo en Israel el nombre de su hermano; no quiere cumplir conmigo sus deberes de cuñado. Los ancianos de la ciudad lo llamarán y le hablarán. Si persiste en su negativa, diciendo: No quiero casarme con ella, la cuñada se acercará a él y, en presencia de los ancianos, le quitará la sandalia del pie, y escupiéndole en la cara, dirá: Esto se hace con el hombre que no quiere dar descendencia a su hermano. Y su casa será llamada en Israel la casa del descalzo. Cuando dos hermanos se están pegando, si se acerca la mujer de uno de ellos y, para librar a su marido de las manos del que le golpea, agarra a éste por sus partes, le cortarás la mano sin compasión alguna. No tendrás en tu saco dos pesos, uno grande y otro pequeño. No habrá en tu casa dos medidas, una grande y otra pequeña. Tendrás pesos exactos y cabales; y lo mismo serán tus medidas, para que sean largos tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da. Porque el Señor, tu Dios, odia a quien hace tales cosas y practica el fraude. Recuerda lo que te hizo Amalec cuando estabais en camino después de la salida de Egipto: cómo sin temer a Dios te asaltó en el camino e hirió por la espalda a los que estaban débiles y se habían quedado rezagados, cuando ibas cansado y extenuado. Por eso, cuando el Señor, tu Dios, te haya puesto a seguro de todos tus enemigos que te rodean, en la tierra que está para darte en heredad, borrarás el recuerdo de Amalec de debajo del cielo. No lo olvides. Cuando hayas entrado en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia, la hayas conquistado y te hayas establecido en ella, tomarás las primicias de todos los frutos del suelo que hayas hecho germinar en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, las pondrás en una cesta e irás con ella al lugar elegido por el Señor, tu Dios, para hacer habitar en él su nombre. Te presentarás al sacerdote en funciones y le dirás: Yo declaro hoy en presencia del Señor, mi Dios, haber entrado ya en la tierra que el Señor había jurado a nuestros padres que nos daría. El sacerdote recibirá la cesta de tus manos y la pondrá delante del altar del Señor, tu Dios. Tomarás de nuevo la palabra y dirás ante el Señor, tu Dios: Mi padre era un arameo errante, que bajó a Egipto. Allí se quedó con unas pocas personas más; pero pronto se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una cruel esclavitud. Pero nosotros clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, que escuchó nuestra plegaria, volvió su rostro hacia nuestra miseria, nuestros trabajos y nuestra opresión, nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo fuerte en medio de gran terror, prodigios y portentos, nos trajo hasta aquí y nos dio esta tierra que mana leche y miel. Y ahora aquí traigo las primicias de los frutos de la tierra que el Señor me ha dado. Las dejarás delante del altar del Señor, tu Dios, y te postrarás en su presencia. Luego te regocijarás con todos los bienes con que te regala el Señor, tú y tu casa, tú y tu levita y el extranjero residente. El año tercero, el año del diezmo, cuando hayas terminado de separar la décima parte de todos tus frutos y se los hayas dado al levita, al emigrante, a la viuda, al huérfano, para que puedan comer en tus ciudades todo lo que quieran, entonces ante el Señor, tu Dios, dirás: He apartado de mi casa lo consagrado y se lo he dado al levita, al emigrante, al huérfano, a la viuda, en plena conformidad con lo que tú me has mandado, sin traspasar ni olvidar tus mandatos. Nada de ello he comido estando de luto, nada he consumido en estado de impureza, ni lo he ofrecido a un muerto. He obedecido al Señor, mi Dios, y he cumplido todo lo que me has ordenado. Mira desde tu santa morada, desde los cielos, y bendice a tu pueblo y a la tierra que nos has dado, como habías jurado a nuestros padres, tierra que mana leche y miel. Hoy te manda el Señor, tu Dios, poner por obra estos preceptos y mandatos. Guárdalos y ponlos en práctica con todo tu corazón y toda tu alma. Hoy has comprometido al Señor para que sea tu Dios, a condición de seguir sus caminos, guardar sus mandamientos, leyes y preceptos y obedecer su voz. Y el Señor te ha comprometido a ti para que seas su pueblo propio, como te ha dicho, a condición de que observes sus mandamientos. Él te elevará sobre todas las naciones -como ya lo ha hecho- en gloria, fama y honor, y serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios, como él te lo ha dicho". Moisés y los ancianos dieron esta orden al pueblo: "Observad todos estos mandamientos que hoy os prescribo. El día que paséis el Jordán para entrar en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, levantarás grandes piedras, las revocarás de cal y escribirás en ellas todas las palabras de esta ley cuando hayas cruzado para entrar en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, tierra que mana leche y miel, como te lo ha prometido el Señor, el Dios de tus padres. Cuando hayáis pasado el Jordán, levantaréis estas piedras sobre el monte Ebal, como os lo mando hoy, y las revocaréis con cal. Alzarás allí al Señor, tu Dios, un altar de piedras, que no hayan sido labradas, y sobre él ofrecerás holocaustos al Señor, tu Dios; ofrecerás sacrificios de reconciliación y allí comerás y te regocijarás ante el Señor, tu Dios. Sobre las piedras escribirás con caracteres bien claros todas las palabras de esta ley". Después Moisés y los sacerdotes levitas dijeron a todo Israel: "Guarda silencio y escucha, Israel. Hoy te has convertido en el pueblo del Señor, tu Dios. Obedecerás al Señor, tu Dios, y pondrás en práctica los mandamientos y las leyes que yo te prescribo hoy". En aquel día Moisés dio esta orden al pueblo: Cuando hayáis pasado el Jordán, se pondrán en el monte Garizín las tribus de Simeón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín para pronunciar la bendición al pueblo. Las de Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí se pondrán en el monte Ebal para pronunciar la maldición al pueblo. Tomarán la palabra los levitas y, solemnemente, en alta voz, dirán a todos los hombres de Israel: ¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o fundido, cosa horrible para el Señor, obra de artífice, y lo ponga en lugar oculto! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que desprecie a su padre y a su madre! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que corra los límites de la heredad del prójimo! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que desoriente al ciego en su camino! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que viole el derecho del emigrante, del huérfano y la viuda! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que peque con la mujer de su padre y atente contra el derecho de su padre! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que peque con una bestia cualquiera! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que peque con su hermana, hija de su padre o de su madre! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que peque con su suegra! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que mate a traición a su prójimo! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el mercenario que mate por dinero a un inocente! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! ¡Maldito el que no se atenga a las palabras de esta ley y no las ponga en práctica! Y todo el pueblo responderá: ¡Amén! Pero si obedeces al Señor, tu Dios, guardando y poniendo por obra todos estos mandamientos que hoy te prescribo, el Señor, tu Dios, te elevará sobre todas las naciones de la tierra. Vendrán sobre ti y te alcanzarán las bendiciones siguientes por haber obedecido al Señor, tu Dios. Serás bendito en la ciudad y bendito en el campo. Bendito será el fruto de tus entrañas, el producto de tu suelo y los partos de tus vacas y rebaños. Bendita será tu canasta y tu artesa. Bendito serás en tus idas y venidas. El Señor pondrá en fuga delante de ti a todos los enemigos que se alcen contra ti. El Señor mandará la bendición para que te acompañe en tus graneros y en todas tus empresas. Te bendecirá en la tierra que el Señor, tu Dios, te da. Si guardas sus mandamientos y sigues sus caminos, el Señor, tu Dios, te consagrará como pueblo suyo, según te lo ha jurado, y todos los pueblos de la tierra verán que el nombre del Señor está sobre ti, y te temerán. El Señor, tu Dios, te hará abundar en bienes: en el fruto de tus entrañas, en el fruto de tus ganados y en el producto de la tierra, de esta tierra que a tus padres juró darte. El Señor abrirá para ti su maravilloso tesoro, los cielos, para dar a su tiempo la lluvia a tu tierra y bendecir las obras de tus manos. Prestarás a muchas gentes y de nadie tomarás prestado. El Señor te pondrá a la cabeza y no a la cola, estarás siempre arriba y nunca abajo, si escuchas sus mandamientos que yo te prescribo hoy y los pones en práctica sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda para ir tras otros dioses y darles culto. Pero si no obedeces al Señor, tu Dios, y no pones en práctica todos sus mandamientos y todas sus leyes que yo te prescribo hoy, vendrán sobre ti y te alcanzarán las maldiciones siguientes: Maldito serás en la ciudad y maldito en el campo. Maldita será tu canasta y tu artesa. Maldito será el fruto de tus entrañas y el producto de tu tierra; malditos los partos de tus vacas y las crías de tus ovejas. Maldito serás tú en tus idas y venidas. El Señor mandará contra ti maldición, angustia y pánico en todas tus empresas, y en poco tiempo serás totalmente destruido por haberlo abandonado con tus malas acciones. El Señor hará que la peste se pegue a ti hasta que te consuma en la tierra que vas a ocupar; te herirá de agotamiento, fiebre, inflamación, calor sofocante, sequía, herrumbre y tizón, que te perseguirán hasta destruirte. El cielo que está sobre ti será de bronce, y la tierra que pisan tus pies será de hierro. El Señor enviará lluvia sobre tu tierra; pero lluvia de arena y de polvo, que caerán del cielo sobre ti hasta que seas aniquilado. El Señor hará que seas derrotado por tus enemigos; saldrás a su encuentro por un camino, y por siete caminos huirás y serás el espanto de todos los reinos de la tierra. Tu cadáver será pasto de las aves del cielo y de todas las bestias de la tierra, sin que nadie las espante. El Señor te herirá con las plagas de Egipto, con tumores, sarna y tiña, de lo que no podrás curar. El Señor te herirá de locura, ceguera y delirio, de suerte que en pleno día andarás a tientas, como anda el ciego en las tinieblas, y no tendrás éxito en ninguna de tus empresas, sino que te verás siempre oprimido y despojado, sin que nadie te socorra. Te casarás con una mujer, y otro la poseerá; construirás una casa, y no la habitarás; plantarás una viña, y no la vendimiarás. Tu buey será degollado ante tus propios ojos, y no lo podrás comer; te quitarán tu asno, y no te lo devolverán; tus enemigos se llevarán tus ovejas, y nadie te socorrerá. Tus hijos y tus hijas serán entregados a pueblos extranjeros; tus ojos se consumirán mirando cada día hacia el lugar de su destierro, pero tus manos nada podrán hacer. Un pueblo desconocido para ti comerá las cosechas de tu tierra y el fruto de todas tus fatigas, mientras tú serás siempre oprimido y aplastado. A la vista de tales cosas, te volverás loco. El Señor te herirá de úlcera maligna en tus rodillas y en tus muslos, desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, y no podrás curar. El Señor te hará ir a ti y al rey que hayas constituido sobre ti a una nación desconocida para ti y para tus padres, y allí servirás a dioses extranjeros, hechos de leño y de piedra, hasta llegar a ser el estupor, el ludibrio y la irrisión de todos los pueblos donde el Señor te lleve. Sembrarás mucho, pero cosecharás poco, porque la langosta lo devorará. Plantarás viñas y las cultivarás, pero no beberás su vino ni las vendimiarás, pues el gusano las roerá. Tendrás olivos en todo tu territorio; pero no te ungirás con su aceite, porque las aceitunas se caerán. Tendrás hijos e hijas; pero no te pertenecerán, pues serán llevados al cautiverio. Todos tus árboles y los frutos de tu tierra serán devorados por la langosta. El extranjero que vive en tu tierra subirá cada vez más, y tú bajarás cada día más; te prestará a ti, y tú no le prestarás a él; él será la cabeza, y tú la cola. Todas estas maldiciones vendrán sobre ti, te perseguirán y te alcanzarán hasta destruirte por no haber obedecido al Señor, tu Dios, observando los mandamientos y leyes que él te ha prescrito. Estas cosas serán señal y prodigio contra ti y tu descendencia para siempre. Por no haber servido al Señor, tu Dios, con gozo y alegría en la abundancia de bienes, tendrás que servir a los enemigos que el Señor mandará contra ti; sufrirás hambre, sed, falta de ropa, miseria total. Cargarán sobre tu cuello yugo de hierro hasta destruirte. El Señor hará venir contra ti un pueblo lejano, desde los confines de la tierra, veloz como el águila, de lengua desconocida para ti; gente de aspecto feroz, que no tendrá miramientos con el anciano, ni piedad con el niño. Comerán las crías de tus ganados y los frutos de tu tierra hasta arruinarte; no te dejarán nada, ni trigo, ni mosto, ni aceite, ni las crías de tus vacas, ni los corderos de tus ovejas, hasta exterminarte. Este pueblo pondrá incluso asedio a todas tus ciudades en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, hasta que se derrumben las más altas y fuertes murallas, en las que habías puesto tu confianza. En medio del asedio y de la angustia a que te habrá reducido el enemigo, tú comerás el fruto de tus entrañas, la carne de tus hijos y tus hijas, que el Señor, tu Dios, te haya dado. El hombre más delicado y refinado entre vosotros mirará con malos ojos a su hermano, a la esposa de su corazón y a los hijos que todavía le quedan, al no querer compartir con ellos la carne de sus hijos, que se comerá él solo, por no quedarle otra cosa en medio del asedio y de la angustia a que te habrá reducido tu enemigo en todas tus ciudades. La mujer más delicada y refinada entre vosotros, que por su delicadeza apenas se atrevía a pisar la tierra con la planta de sus pies, mirará con malos ojos al marido de su corazón y a sus hijos y se alejará de ellos para comer a escondidas la placenta que saldrá de su seno y al hijo que acabará de dar a luz en medio de tanta privación, a causa del asedio y la angustia a que te habrá reducido tu enemigo en todas tus ciudades. Si no pones en práctica todas las palabras de esta ley, escrita en este libro; si no respetas este glorioso e imponente nombre del Señor, tu Dios, él enviará sobre ti y tus descendientes plagas terribles, grandes y continuas calamidades. Desencadenará sobre ti todas las plagas de Egipto, que tanto miedo te infundían, y se pegarán a ti. Más aún; el Señor enviará sobre ti, hasta que seas exterminado, toda clase de enfermedades y calamidades que no están escritas en el libro de la ley. Quedaréis muy pocos, vosotros que erais numerosos como las estrellas del cielo, por no haber obedecido al Señor, tu Dios. Así como el Señor se gozaba en haceros felices y en multiplicaros, así se gozará ahora en perderos y destruiros. Seréis exterminados de la tierra que vais a ocupar. El Señor te dispersará entre todos los pueblos, de uno a otro extremo de la tierra, y allí serviréis a otros dioses de madera y de piedra desconocidos de ti y de tus padres. No encontrarás la paz entre esas naciones ni habrá descanso para la planta de tus pies, sino que el Señor te dará un corazón asustado, ojos apagados y ánimo abatido. Tu vida estará siempre en peligro, estarás amedrentado día y noche y no tendrás seguridad. Por la mañana dirás: ¡Ojalá que ya fuera de noche! Y por la tarde dirás: ¡Ojalá que ya fuera de día!, por el pavor que se habrá apoderado de tu corazón y por las cosas que verán tus ojos. El Señor te llevará de nuevo a Egipto por el camino del que yo te había dicho: No lo volverás a ver más. Allí os ofreceréis a vuestros enemigos en venta como esclavos y no encontraréis comprador. Moisés convocó a todo Israel y le dijo: Habéis visto lo que el Señor hizo en Egipto al Faraón, a sus funcionarios y a todo el país; sois testigos de aquellas terribles pruebas, de aquellos grandes milagros y prodigios. Pero hasta la fecha, el Señor no os ha dado inteligencia para entender, ojos para ver y oídos para escuchar. Durante cuarenta años os he hecho caminar por el desierto, sin que se os hayan gastado los vestidos y el calzado. No habéis comido pan ni bebido vino ni licor, para que reconozcáis que yo soy el Señor, vuestro Dios. Al llegar a este lugar, Sijón, rey de Jesbón, y Og, rey de Basán, salieron en armas contra nosotros, pero los derrotamos, conquistamos sus tierras y las dimos en heredad a los rubenitas, a los gaditas y a media tribu de Manasés. Por tanto, guardad las palabras de esta alianza y ponedlas en práctica para que tengáis éxito en todas vuestras empresas. Hoy habéis comparecido todos ante el Señor, vuestro Dios: vuestros jefes de tribu, ancianos, escribas, todos los hombres de Israel, vuestros niños, mujeres y el extranjero que vive contigo en tu campamento, desde el leñador al aguador, con el fin de comprometerse, bajo juramento, en la alianza que el Señor, tu Dios, hace hoy contigo; a ti te constituye hoy en pueblo suyo y él se constituye para ti en tu Dios, según se lo prometió y juró a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob. Pero no sólo con vosotros hago yo hoy esta alianza y este juramento; lo hago tanto con los que están hoy aquí presentes ante el Señor, nuestro Dios, como con los que están ausentes. Vosotros sabéis cómo vivimos en Egipto y cómo hemos cruzado a través de las naciones por las que hemos pasado. Ya habéis visto sus horrorosos y vergonzosos ídolos de madera, piedra, plata y oro. Que no haya entre vosotros ni hombre ni mujer ni familia ni tribu que aparte hoy su corazón del Señor, nuestro Dios, para ir a servir a los dioses de esas naciones; que ninguno de vosotros sea como una planta amarga y venenosa. Si alguno, después de haber oído las palabras de este juramento, se hace ilusiones y dice: Todo me saldrá bien, aunque haga lo que me dé la gana, pues la abundancia de agua apaga la sed, el Señor no le perdonará, sino que la ira y la indignación del Señor se encenderán contra él, y todas las maldiciones escritas en este libro caerán sobre él hasta borrar su nombre de debajo de los cielos. El Señor lo separará de las tribus de Israel para su perdición, según las maldiciones de la alianza escritas en este libro de la ley. Las generaciones futuras, los hijos que después de vosotros nacerán, el extranjero venido de tierras lejanas, a la vista de las plagas y las enfermedades que el Señor enviará sobre esta tierra, gritarán: Azufre, sal, tierra quemada, eso es toda su tierra. No se podrá sembrar, nada en ella germinará, ni siquiera una hierba crecerá en ella; la catástrofe será semejante a la de Sodoma, Gomorra, Adamá y Seboyín, que el Señor destruyó llevado de su ira y su furor. Y todas las naciones se preguntarán: ¿Por qué el Señor ha tratado así a esta tierra? ¿Por qué se encendió tanto su furor? Y les contestarán: Porque han abandonado la alianza del Señor, el Dios de sus padres, la alianza que hizo con ellos después de haberlos sacado de Egipto; porque se han ido a servir a dioses extranjeros y les han tributado culto; dioses desconocidos para ellos, que no formaban parte de su herencia. Por eso la ira del Señor se encendió contra esta tierra hasta hacer venir sobre ella todas las maldiciones escritas en este libro. El Señor los ha arrancado de su tierra con ira, furor y gran indignación, y los ha arrojado a otras tierras hasta hoy. Las cosas ocultas pertenecen al Señor, nuestro Dios, pero las reveladas son para nosotros y nuestros hijos eternamente, para que pongamos en práctica todas las palabras de esta ley. - - - Cuando se hayan cumplido en ti todas estas palabras, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y las hayas meditado en tu corazón en medio de las naciones donde te habrá arrojado el Señor, tu Dios, si de nuevo te vuelves hacia él y le obedeces, tú y tus hijos, con todo tu corazón y toda tu alma, según todo lo que yo te mando hoy, él cambiará tu suerte, tendrá misericordia de ti y te reunirá de nuevo de todos los pueblos, en medio de los cuales te había arrojado. Aunque tus desterrados estuvieran en el confín del cielo, de allí iría a buscarte para llevarte de nuevo a la tierra que poseyeron tus padres, darte posesión de ella, hacerte feliz y más numeroso todavía que ellos. El Señor, tu Dios, circuncidará tu corazón y el de tus descendientes para que le ames con todo tu corazón y toda tu alma, y así vivas. El Señor, tu Dios, hará recaer todas estas maldiciones sobre tus enemigos y sobre los que te hayan odiado y perseguido. Volverás a obedecer al Señor y pondrás en práctica todos estos mandamientos que hoy te prescribo, y él te hará prosperar en todas tus empresas, en el fruto de tus entrañas, en el fruto de tus ganados y en el producto de tu tierra. El Señor se complacerá de nuevo en tu prosperidad, como se había complacido en la de tus padres, si le obedeces, observas sus mandamientos y preceptos escritos en el libro de esta ley, y si te vuelves a él con todo tu corazón y toda tu alma. Pues esta ley que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas, ni está fuera de tu alcance. No está en los cielos, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros a los cielos a buscarla para que nos la dé a conocer y la pongamos en práctica? Ni tampoco se encuentra más allá de los mares, para que tengas que decir: ¿Quién pasará por nosotros al otro lado de los mares a buscarla para que nos la dé a conocer y la pongamos en práctica? Pues la palabra está muy cerca de ti; está en tu boca, en tu corazón, para que la pongas en práctica. Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desgracia. Si obedeces los mandamientos del Señor, tu Dios, que yo te prescribo hoy; si le amas, si sigues sus caminos, si guardas sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y te multiplicarás y él te bendecirá en la tierra que vas a ocupar. Pero si tu corazón se desvía, si no obedeces y te dejas arrastrar postrándote ante otros dioses y dándoles culto, yo os declaro hoy formalmente que moriréis sin remedio y no viviréis largo tiempo en la tierra que vais a conquistar una vez cruzado el Jordán. Yo pongo hoy por testigos al cielo y la tierra; pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, obedeciéndole y estando unido a él. Ahí está tu vida y tu supervivencia en la tierra que el Señor juró dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob. Moisés dirigió todavía estas palabras a todo Israel: "Yo tengo ciento veinte años, ya no puedo andar de un lado para otro; además, el Señor me ha dicho que no cruzaré el Jordán. Es el Señor, tu Dios, quien lo pasará delante de ti; es él quien destruirá estas naciones para que tú ocupes su territorio. Será Josué el que irá a tu cabeza, como te ha dicho el Señor. El Señor hará con ellas lo que hizo con Sijón y con Og, reyes de los amorreos, y con sus países, los cuales destruyó. El Señor los entregará en vuestras manos y haréis con ellos lo que yo os he mandado. Sed fuertes y tened ánimo; no las temáis ni os asustéis, pues el Señor, tu Dios, va contigo; él no te dejará ni te abandonará". Luego Moisés llamó a Josué y le dijo en presencia de todo Israel: "Sé fuerte y ten ánimo, pues tú debes llevar a este pueblo a la tierra que el Señor juró dar a sus padres; eres tú quien le dará posesión de ella. El Señor irá delante de ti; él estará contigo, no te dejará ni te abandonará; no temas ni te desanimes". Moisés escribió luego esta ley y la entregó a los sacerdotes levitas, que llevaban el arca de la alianza del Señor, y a todos los ancianos de Israel. Y les dio esta orden: "Cada siete años, al llegar el año del perdón, en la fiesta de los tabernáculos, cuando todo Israel venga a comparecer ante el Señor, tu Dios, en el lugar elegido por él, leerás esta ley a todo el pueblo. Reúne al pueblo, a hombres, mujeres, niños y al extranjero residente, para que la oigan y aprendan a respetar al Señor, tu Dios, y procuren poner en práctica todas las disposiciones de esta ley. Deben oírla especialmente vuestros hijos, que no la conocen todavía, para que aprendan a respetar al Señor, vuestro Dios, todos los días que viváis en la tierra que vais a ocupar una vez cruzado el Jordán". El Señor dijo a Moisés: "Se avecina el día de tu muerte. Llama a Josué, y presentaos ante la tienda de la reunión para que yo le dé mis órdenes". Moisés y Josué se presentaron ante la tienda de la reunión. Y el Señor se apareció en la tienda en una columna de nube, que se detuvo a la entrada de la tienda. El Señor dijo a Moisés: "Mira, ya vas a descansar con tus padres. Este pueblo se va a prostituir ante dioses extranjeros, los de la tierra que va a ocupar. Me abandonará y violará la alianza que he hecho con él. Pero aquel día montaré en cólera contra él, lo abandonaré y me esconderé de él. Un cúmulo de males y desgracias lo asaltará para devorarlo. Entonces dirá: Mi Dios ya no está conmigo; por eso me ocurren estas desgracias. Sí, aquel día me apartaré todavía más de ellos por tanto mal como habrán hecho yéndose tras otros dioses. Escribid este cántico y enseñádselo a los israelitas, para que lo canten y me sirva a mí de testimonio contra ellos. Cuando los haya llevado a la tierra que prometí con juramento a sus padres, tierra que mana leche y miel; cuando hayan comido hasta saciarse y hayan engordado, luego se irán tras otros dioses, a los que servirán despreciándome a mí y violando mi alianza. Pero cuando caigan sobre ellos innumerables sufrimientos y desgracias, este cántico servirá de testimonio contra ellos, pues sus descendientes no lo habrán olvidado. Yo conozco las malas inclinaciones que ya hoy tiene, aun antes de entrar en la tierra que les prometí con juramento". Moisés escribió aquel día el cántico y se lo enseñó a los israelitas. Y el Señor dio estas órdenes a Josué, hijo de Nun: "Sé fuerte y ten ánimo, pues tú eres quien debe llevar a los israelitas a la tierra que les he prometido; yo estaré contigo". Cuando Moisés terminó de escribir en un libro las prescripciones de esta ley, dio estas órdenes a los levitas que llevaban el arca de la alianza del Señor: "Tomad este libro de la ley y ponedlo al lado del arca de la alianza del Señor, vuestro Dios; que esté allí como testimonio contra ti, porque yo sé que eres un pueblo rebelde y de cabeza dura. Si hoy, cuando yo estoy todavía en medio de vosotros, sois rebeldes al Señor, cuánto más lo seréis después de mi muerte. Reunid junto a mí a todos los ancianos y jefes de vuestras tribus para que yo les recite estas palabras y ponga al cielo y a la tierra contra ellos. Pues estoy seguro que después de mi muerte os pervertiréis y os alejaréis del camino que yo os tengo prescrito, y que la desgracia os alcanzará en el futuro por haber hecho lo malo a los ojos del Señor, irritándole con vuestra conducta". Y Moisés pronunció este cántico desde el principio hasta el fin en presencia de toda la asamblea de Israel. "Escuchad, cielos, que voy a hablar. Oye, tierra, las palabras de mi boca. Descienda como la lluvia mi enseñanza, / caiga como el rocío mi cantar, / como llovizna sobre el césped, / como chubasco sobre el verde. Voy a invocar el nombre del Señor; / dad gloria a nuestro Dios. Él es la roca, sus obras son perfectas, / todos sus caminos son la justicia misma; / el Dios fiel, en él no hay maldad; es justo y recto. Le han traicionado los hijos degenerados, / generación malvada y pervertida. ¿Así pagáis al Señor, / pueblo insensato y necio? / ¿No es él tu padre y tu creador? / ¿No es él el que te hizo y te constituyó? Recuerda los tiempos pasados, / considera los años de edad en edad. / Pregunta a tu padre, que te lo cuente; / a tus ancianos, que te lo digan. Cuando el altísimo distribuyó / su herencia entre los pueblos, / cuando dividió a los hombres, / estableció las fronteras de los pueblos / según el número de los hijos de Israel. La porción del Señor fue su pueblo; / Jacob, la parte de su herencia. Encontró a su pueblo en el desierto, / en la soledad rugiente de la desolación. / Lo abrazó y se cuidó de él; / lo guardó como la niña de sus ojos. Como el águila, que incita a su nidada / revoloteando sobre sus polluelos, / así desplegó él sus alas y los tomó, / los llevó sobre sus plumas. El Señor solo lo guiaba, / no había con él dios extranjero. Le hizo cabalgar sobre las alturas de la tierra, / lo alimentó con los productos de los campos, / le dio a gustar miel de las peñas, / aceite de la dura roca. Cuajada de vacas y leche de ovejas / con grasa de corderos y carneros, / toros de Basán y machos cabríos, / flor de harina de trigo en abundancia; / bebiste el vino, la sangre de las uvas. Engordó Jesurún y tiró coces -estabas gordo y corpulento-; / volvió las espaldas a Dios, / su creador, / y despreció la roca de su salvación. Lo provocaron con dioses extranjeros, / lo irritaron con acciones horribles. Sacrificaron a demonios y no a Dios, / a dioses desconocidos para ellos; / dioses nuevos, recién llegados, / jamás venerados por sus padres. Te olvidaste de la roca / que te engendró, / ya no te acuerdas del Dios que te dio a luz. Lo vio el Señor y se irritó, / disgustado por sus hijos y sus hijas, y dijo: Voy a volverles las espaldas y veremos qué pasa en adelante, / pues es una generación pervertida, / hijos desleales. Me dan celos con un dios que no es dios, / me irritan con dioses ilusorios; / pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo / y los irritaré con una nación fatua. Se ha encendido el fuego de mi ira / y quemará hasta lo profundo del abismo; / devorará la tierra y sus productos / y abrasará los cimientos de los montes. Amontonaré calamidades sobre ellos, / agotaré contra ellos mis saetas. Quedarán extenuados por el hambre, / consumidos por la fiebre y por la peste. / Enviaré contra ellos fieras salvajes y serpientes venenosas. Fuera herirá la espada; / dentro, el espanto. / Morirán el muchacho y la muchacha, / el niño de pecho y el anciano encanecido. Yo hubiera querido reducirlos a polvo, / borrar de entre los hombres su memoria; pero pensé en la arrogancia / de los enemigos, / en la falsa interpretación / que ellos harían: / Ha sido nuestra mano poderosa, / y no el Señor, / la que hizo todo esto. Es una nación que ha perdido la cabeza / y no tiene entendimiento. Si fueran sabios lo comprenderían / y sabrían intuir lo que les espera. ¿Cómo puede uno solo perseguir a mil / y dos poner en fuga a diez mil, / sino porque su roca los ha vendido / y el Señor los ha entregado? Pero su roca no es como nuestra roca, / lo saben bien nuestros mismos enemigos; su cepa viene de la viña de Sodoma, / sus sarmientos de los campos de Gomorra, / sus uvas son uvas venenosas, / y amargos sus racimos. Su vino es vino de serpiente, / veneno mortal de víbora. Todo esto lo tengo yo conmigo / como una joya encerrada en mis tesoros para el día de la venganza y el desquite, / para el tiempo en que sus pies tropezarán. / Está cerca el día de su ruina, / se precipita su destino. El Señor saldrá en defensa de su pueblo, / tendrá misericordia de sus siervos, / cuando vea que se agotan sus fuerzas / y que no queda entre ellos ni esclavo ni libre. Entonces les dirá: / ¿Dónde están sus dioses, / la roca en que buscaban su refugio, ante los que comían / la grasa de sus víctimas / y bebían el vino de sus ofrendas? ¡Que se levanten y os socorran, / que sean para vosotros un refugio! Ved ahora que soy yo, / que soy el único, / y que no hay Dios alguno más que yo. / Soy yo el dueño de la muerte y de la vida. / Yo hiero y yo curo. No hay nadie que se libre de mi mano. Yo alzo al cielo mi mano y juro: / tan verdad como que vivo eternamente, cuando afile mi espada fulgurante / y empiece a hacer justicia, / tomaré venganza de mis enemigos / y daré su merecido a los que me odian. Emborracharé de sangre mis flechas / y mi espada se hartará de carne; / sangre de heridos y cautivos, / cabezas de jefes enemigos. ¡Alegraos, naciones, con el pueblo de Dios! / Porque va a vengar la sangre de sus siervos, / a dar su merecido a los adversarios / y a perdonar a su tierra y a su pueblo". Moisés, acompañado de Josué, hijo de Nun pronunció este cántico desde el principio hasta el fin. Después dijo a los israelitas: "Grabad en vuestro corazón todas las palabras que hoy pongo como testigo contra vosotros y enseñádselas a vuestros hijos para que pongan en práctica todas las disposiciones de esta ley. No es cosa sin importancia para vosotros, puesto que la ley es vuestra vida, y por ella prolongaréis vuestros días sobre la tierra que vais a poseer una vez cruzado el Jordán". Aquel mismo día el Señor dijo a Moisés: "Sube al monte Nebo, sobre la cima de la cadena de montañas de Abarín, en tierra de Moab, enfrente de Jericó, y contempla la tierra de Canaán, que voy a dar en propiedad a los israelitas. Una vez que subas a la montaña, morirás e irás a reunirte con tus padres, como Aarón, tu hermano, murió en Hor de la Montaña y fue a reunirse con los suyos. Por haberme sido infiel en medio de los israelitas en las aguas de Meribá, en Cades, en el desierto de Sin; por no haber reconocido mi santidad en medio de los israelitas, por eso verás solamente de lejos la tierra, pero no entrarás en ella, en esa tierra que yo doy a los israelitas". Ésta es la bendición que Moisés, hombre de Dios, pronunció sobre los israelitas antes de morir. Dijo: "El Señor vino del Sinaí, / salió para ellos de Seír, / resplandeció desde la montaña de Farán, / salió para ellos de los campos de Cades, / rayos de luz salían de su diestra. Tú amas a los pueblos, / todos los santos están en tu mano. / Ellos se postraban a tus pies / y marchaban a tus órdenes. Moisés nos ha prescrito una ley, / heredad de la asamblea de Jacob. Hubo un rey en Jesurún, / cuando estuvieron juntas / las tribus de Israel. Viva Rubén y no se extinga, / por más que sea pequeño su número. De Judá dijo: / Escucha, Señor, la voz de Judá, / y haz que se reúna con su pueblo / Defiende con tu brazo su derecho, / sé su ayuda contra sus enemigos. De Leví dijo: / Da a Leví tus urim / y tus tummim a la tribu favorita, / a la que probaste en Masá, / con la que reñiste / en las aguas de Meribá. El que dijo a su padre y a su madre: / No los he visto. / El que no reconoció a sus hermanos / e ignoró a sus hijos. / Sí, han guardado tu palabra, / han observado tu alianza. Enseñaron tus preceptos a Jacob / y tu ley a Israel. / Hacen subir el incienso / hasta tu rostro / y ponen los holocaustos / sobre tu altar. Bendice sus esfuerzos, Señor, / y acepta la obra de sus manos. / Parte los lomos de sus adversarios, / y los que le odian que no se levanten. De Benjamín dijo: / Amado del Señor, / reposa en seguridad. / El altísimo le protege cada día / y él vive entre sus hombros. De José dijo: / Sea su tierra bendita del Señor / con los rocíos del cielo en lo alto, / y abajo con las aguas del abismo, con lo mejor que hace crecer el sol, / con los frutos que hace brotar la luna, con las primicias de las viejas montañas, / con lo mejor de los collados eternos, con lo mejor de la tierra / y su abundancia, / gracioso don del que se apareció en la zarza; / descienda todo esto / sobre la cabeza de José, / el escogido entre sus hermanos. Primogénito del toro, / a él la gloria; / sus cuernos son cuernos de búfalo, / con los que hiere a los pueblos / hasta los últimos confines de la tierra. Tales son las miríadas de Efraín, / las miríadas de Manasés. De Zabulón dijo: / ¡Suerte, Zabulón, en tus salidas, / y tú, Isacar, en tus tiendas! Invitarán a los pueblos / a subir a la montaña / para ofrecer sacrificios legítimos; / gozarán de la riqueza de los mares / y de los tesoros escondidos / en las playas. De Gad dijo: / ¡Bendito el que ensanchó a Gad! / Reposa como leona, / desgarra brazo, rostro y cabeza. Gad escogió la mejor parte, / la tierra reservada al capitán; / puso en práctica la justicia del Señor / y sus decisiones sobre Israel. De Dan dijo: / Dan, cachorro de león, / que salta de Basán. De Neftalí dijo: / Neftalí, colmado de favores, / lleno de la bendición del Señor, / el mar y el mediodía / son sus dominios. De Aser dijo: / ¡Bendito sea Aser / entre todos los hijos de Jacob! / ¡Sea privilegiado entre sus hermanos, / en el aceite bañe sus pies! ¡De hierro y bronce / sean tus cerrojos, / y la seguridad te acompañe / toda la vida! No hay igual al Dios de Jesurún; / cabalga sobre los cielos / para venir en tu ayuda / y avanza majestuoso sobre las nubes. El Dios de otro tiempo / es tu refugio, / y tu sostén sus brazos eternos. Expulsa delante de ti al enemigo, / y a ti te dice: / Destrúyelo. Israel vive en seguridad, / la fuente de Jacob vive apartada / en una tierra de trigo y mosto, / que el cielo mismo riega / con su rocío. ¡Dichoso tú, Israel! / ¿Quién como tú, pueblo vencedor? / Dios es el escudo que te protege, / la espada en marcha / que te conduce al triunfo. / Te adularán tus enemigos / para corromperte, / pero tú aplastarás su orgullo". Moisés subió de los llanos de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisga, enfrente de Jericó. Y el Señor le mostró toda la tierra: desde Galaad hasta Dan, todo Neftalí, la tierra de Efraín y Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar Mediterráneo, el Negueb, el distrito del valle de Jericó, la ciudad de las palmeras, hasta Soar. Y le dijo: "Ésta es la tierra que yo juré a Abrahán, Isaac y Jacob en estos términos: Se la daré a tu descendencia. Te la hago ver con tus ojos, pero no entrarás en ella". Moisés, siervo de Dios, murió allí, en la tierra de Moab, como lo había dispuesto el Señor. El Señor lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet Fegor, y nadie hasta hoy conoce su tumba. Moisés tenía ciento veinte años cuando murió. No se habían apagado sus ojos ni se había debilitado su vigor. Los israelitas lloraron a Moisés treinta días en los llanos de Moab, cumpliéndose así los días del llanto por el luto de Moisés. Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. A él obedecieron los israelitas, como lo había ordenado Moisés. No ha vuelto a aparecer en Israel un profeta como Moisés, con el cual el Señor trataba cara a cara; ni por los milagros y prodigios que el Señor le mandó hacer en Egipto contra el Faraón, sus funcionarios y todo su territorio, ni por su mano poderosa y las grandes hazañas que realizó a los ojos de todo Israel. Después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, dijo el Señor a Josué, hijo de Nun y colaborador de Moisés: "Moisés, mi siervo, ha muerto; ahora comienzas a actuar tú. Pasa el Jordán, que tienes a la vista, tú y todo este pueblo, hacia la tierra que voy a dar a los israelitas. Todo lugar que pisen vuestros pies os lo doy, como dije a Moisés. Vuestro territorio abarcará desde el desierto y el Líbano hasta el gran río, el Éufrates, y, por el oeste, hasta el mar Mediterráneo. Nadie podrá resistir ante ti mientras vivas; yo estaré contigo como estuve con Moisés; no te dejaré ni te abandonaré. Sé fuerte y ten ánimo, porque tú deberás dar a este pueblo la posesión de la tierra que a sus padres juré dar. Ten valor y firmeza para cumplir fielmente todo lo que te ordenó Moisés, mi siervo; no te desvíes ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito en todas tus empresas. Que el libro de esta ley esté siempre en tu boca; medítalo día y noche para cumplir exactamente todo lo que está escrito en él. De este modo serás afortunado en todas tus empresas y tendrás éxito. Yo te lo mando. Sé fuerte y ten ánimo. No temas ni te asustes, porque el Señor, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas". Entonces Josué dio a los jefes del pueblo la orden siguiente: "Recorred el campamento y dad esta orden al pueblo: Haced provisiones, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán para tomar posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da en propiedad". Después dijo a los rubenitas, a los gaditas y a la mitad de la tribu de Manasés: "Recordad lo que os mandó Moisés, siervo del Señor, diciendo: El Señor, vuestro Dios, os concede el descanso al daros esta tierra. Vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestros ganados pueden quedar en la tierra que os dio Moisés en Transjordania; pero vosotros, todos los hombres de guerra, iréis armados al frente de vuestros hermanos y les prestaréis vuestra ayuda, hasta que el Señor dé un lugar de descanso a vuestros hermanos, como os lo ha dado a vosotros, y posean también ellos la tierra que el Señor, vuestro Dios, les da. Después podéis volver a la tierra que os pertenece para poseerla y que os dio Moisés, siervo del Señor, en Transjordania". Ellos respondieron a Josué: "Haremos todo lo que nos has mandado e iremos donde nos envíes. Lo mismo que obedecimos en todo a Moisés, así te obedeceremos a ti. Únicamente, que el Señor, tu Dios, esté contigo como estuvo con Moisés. Aquel que sea rebelde a tu voz y no obedezca tus órdenes en cualquier cosa que le mandes, morirá. Solamente una cosa: ¡Ten valor y firmeza!". Josué, hijo de Nun, envió secretamente desde Sittín dos espías con esta consigna: "Id a explorar la tierra de Jericó". Ellos fueron y entraron en casa de una prostituta llamada Rajab, y se alojaron allí. Llegó al rey de Jericó la noticia en estos términos: "Unos israelitas han venido aquí esta noche para explorar el país". Entonces el rey de Jericó mandó decir a Rajab: "Saca a los hombres que han entrado en tu casa, porque son espías". Pero ella los escondió y dijo: "Sí, esos hombres vinieron a mi casa, pero yo no sabía de dónde eran; al oscurecer, cuando se iba a cerrar la puerta de la ciudad, los hombres salieron, y no sé dónde fueron. Daos prisa, perseguidlos y seguro que los alcanzaréis". Pero ella los había hecho subir a la azotea y los había escondido entre las cañas de lino que tenía allí. Los enviados del rey marcharon en su persecución camino del Jordán, hacia los vados, y se cerró la puerta después que salieron los que iban en su persecución Antes que los espías se echaran a dormir, Rajab subió a la azotea y les dijo: "Yo sé que el Señor os ha dado esta tierra; nosotros estamos llenos de miedo, y todos los habitantes de la región tiemblan ante vosotros, porque hemos oído cómo el Señor secó las aguas del mar Rojo ante vosotros cuando salíais de Egipto y cómo habéis tratado a los reyes amorreos de Transjordania, a Sijón y a Og, a quienes exterminasteis. Al oírlo nos hemos descorazonado ante vosotros, porque el Señor, vuestro Dios, es Dios tanto arriba en los cielos como abajo en la tierra. Ahora bien, os pido que me juréis por el Señor que, de la misma manera que yo os he tratado bien, así también vosotros trataréis bien a mi familia, y que me deis una señal segura de que dejaréis con vida a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y mis hermanas y a todos los suyos y nos libraréis de la muerte". Ellos le contestaron: "Con nuestras propias vidas respondemos de las vuestras, con tal que no nos denuncies. Cuando el Señor nos entregue esta tierra, obraremos contigo con benevolencia y lealtad". Como Rajab vivía en una casa adosada a la muralla de la ciudad, con una soga les hizo bajar por la ventana. Y les dijo: "Id hacia la montaña, para que no os encuentren los que os persiguen; estad escondidos allí durante tres días, hasta que ellos regresen, y luego seguid vuestro camino". Ellos le dijeron: "Quedaremos libres del juramento que te hemos hecho si no haces esto: cuando entremos en la ciudad, atarás a la ventana por la que nos vamos a descolgar esta cinta de color escarlata, y reunirás junto a ti, en casa, a tu padre, a tu madre, a tus hermanos y a toda tu familia. Si alguno sale de tu casa, él será el responsable de su sangre, y nosotros seremos inocentes; mas si alguien pone la mano sobre el que esté contigo en casa, nosotros seremos los responsables. Pero si nos denuncias, quedaremos libres del juramento que te hemos hecho". Ella respondió: "Sea como decís". Los despidió y se fueron. Y ella ató la cinta de color escarlata en la ventana. Ellos se fueron, llegaron a la montaña y estuvieron allí tres días, hasta que volvieron sus perseguidores, que los estuvieron buscando por todas partes y no los encontraron. Entonces los dos espías bajaron de la montaña, atravesaron el río, se presentaron a Josué, hijo de Nun, y le contaron lo que les había sucedido. Y dijeron: "El Señor ha entregado toda esta región en nuestras manos; todos los habitantes están muertos de miedo ante nosotros". Josué se levantó de madrugada, partió de Sittín con todos los israelitas y llegaron hasta el Jordán. Allí acamparon antes de atravesarlo. Al cabo de tres días, los jefes recorrieron el campamento y dieron al pueblo la siguiente orden: "Cuando veáis que los sacerdotes levitas se disponen a llevar el arca de la alianza del Señor, vuestro Dios, poneos en marcha y seguidla. Pero entre ella y vosotros guardad una distancia de un kilómetro; no os acerquéis a ella. Así sabréis por dónde tenéis que ir, pues vosotros no habéis pasado nunca por este camino". Josué dijo al pueblo: "Purificaos, porque mañana el Señor hará prodigios ante vosotros". Y a los sacerdotes: "Llevad el arca de la alianza y pasad el río delante del pueblo". Ellos tomaron el arca de la alianza y pasaron delante del pueblo. El Señor dijo a Josué: "Hoy mismo comenzaré a engrandecerte ante todo Israel, para que sepa que estaré contigo como estuve con Moisés. Tú darás esta orden a los sacerdotes que llevan el arca: Cuando lleguéis a la orilla del Jordán, os pararéis dentro del río". Y a los israelitas les dijo: "Acercaos y escuchad las palabras del Señor, vuestro Dios". Y añadió: "En esto conoceréis que en medio de vosotros está un Dios viviente que echará delante de vosotros al cananeo, al hitita, al heveo, al fereceo, al guirgaseo, al amorreo y al jebuseo: El arca de la alianza del Señor de toda la tierra va a atravesar delante de vosotros el Jordán. Y ahora escoged doce hombres de entre las tribus de Israel, uno por cada tribu. Tan pronto como las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca del Señor de toda la tierra toquen las aguas del Jordán, la corriente del río se cortará y las aguas que vienen de arriba se pararán formando como un muro". El pueblo levantó el campamento para atravesar el Jordán, y los sacerdotes llevaban el arca de la alianza delante del pueblo. Cuando llegaron al Jordán y los pies de los sacerdotes que llevaban el arca pisaron el borde de las aguas -el Jordán se desborda por todas sus orillas durante el tiempo de la siega-, las aguas que venían de arriba se pararon y se amontonaron a mucha distancia -desde Adán hasta la ciudad que está próxima a Sartán-, y las que bajaban al mar de Arabá, el mar Muerto, quedaron enteramente separadas de las otras, mientras el pueblo pasó frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estuvieron en seco, a pie firme en medio del Jordán, mientras todo Israel atravesaba en seco, hasta que todo el pueblo terminó de pasar. Cuando todo el pueblo terminó de pasar el Jordán, el Señor dijo a Josué: "Escoged doce hombres de entre el pueblo, uno de cada tribu, y dadles esta orden: Tomad de ahí, del medio del Jordán, del lugar donde han estado los sacerdotes a pie firme, doce piedras, llevadlas con vosotros y dejadlas en el lugar donde paséis esta noche". Josué llamó a los doce hombres que había elegido de entre los israelitas, uno por cada tribu, y les dijo: "Pasad ante el arca del Señor, vuestro Dios, hasta el medio del Jordán, y que cada uno de vosotros se eche al hombro una piedra, según el número de las tribus de Israel, para que esto sirva de memorial en medio de vosotros; porque el día de mañana os preguntarán vuestros hijos: ¿Qué significan esas piedras? Y vosotros responderéis: Las aguas del Jordán se dividieron delante del arca de la alianza del Señor; se separaron a su paso por el Jordán. Estas piedras son para los israelitas un recuerdo perpetuo". Los israelitas hicieron lo que les mandó Josué. Tomaron doce piedras del medio del Jordán, como había mandado el Señor a Josué, según el número de las tribus de Israel; las llevaron al lugar donde pasaron la noche y allí las dejaron. Después Josué erigió doce piedras en medio del Jordán, en el lugar donde habían estado los pies de los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza, y allí están hasta el día de hoy. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza estuvieron a pie firme en medio del Jordán hasta que se cumplió todo lo que el Señor había ordenado a Josué, y el pueblo se apresuró a pasar. Cuando todo el pueblo terminó de pasar, pasó el arca del Señor, y los sacerdotes se pusieron al frente del pueblo. Los rubenitas, los gaditas y la mitad de la tribu de Manasés pasaron, armados, a la cabeza de los israelitas, como se lo había mandado Moisés. Unos cuarenta mil, armados y listos para la guerra, pasaron ante el Señor para combatir en las llanuras de Jericó. En aquel día el Señor engrandeció a Josué a los ojos de todo Israel y lo respetaron, como habían respetado a Moisés, todos los días de su vida. El Señor dijo a Josué: "Manda a los sacerdotes que llevan el arca que salgan del Jordán". Josué los mandó salir. Y cuando los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor salieron del medio del Jordán y las plantas de sus pies tocaron la tierra seca, las aguas del Jordán volvieron a su cauce extendiéndose, como antes, por todas las orillas. El pueblo salió del Jordán el día diez del primer mes y fijó su campamento en Guilgal, al este de Jericó. En cuanto a las doce piedras que habían sido tomadas del Jordán, Josué las levantó en Guilgal. Entonces dijo a los israelitas: "Cuando el día de mañana vuestros hijos pregunten a sus padres: ¿Qué significan estas piedras?, vosotros les daréis esta explicación: Israel pasó este Jordán a pie enjuto, porque el Señor, vuestro Dios, secó las aguas del Jordán delante de nosotros hasta que pasamos, como lo había hecho con el mar Rojo, que también secó delante de nosotros hasta que pasamos, para que todos los pueblos de la tierra conozcan el poder de la mano del Señor y para que vosotros respetéis siempre al Señor, vuestro Dios". Cuando los reyes amorreos de Cisjordania y los cananeos de occidente oyeron cómo había secado el Señor las aguas del Jordán ante los israelitas hasta que pasaron, se quedaron atónitos y acobardados ante ellos. El Señor dijo a Josué: "Hazte cuchillos de piedra y circuncida de nuevo a los israelitas". Y Josué se hizo cuchillos de piedra y circuncidó a los israelitas en la colina de los prepucios. La razón por la cual Josué hizo esta circuncisión es ésta: toda la población masculina que salió de Egipto en edad de llevar las armas había muerto en el desierto durante el camino después de la salida de Egipto. Los que salieron de Egipto estaban circuncidados, pero los que nacieron en el desierto durante el camino, después de la salida de Egipto, no lo estaban; como los israelitas anduvieron por el desierto cuarenta años, ya habían muerto los que salieron de Egipto en edad militar. Porque no obedecieron al Señor, el Señor les había jurado que no les dejaría ver la tierra que él había prometido a sus padres, tierra que mana leche y miel. Y en su lugar suscitó a sus hijos; a éstos los circuncidó Josué, porque estaban incircuncisos, ya que no habían sido circuncidados durante el camino. Cuando se terminó de circuncidar a todo el pueblo, estuvieron descansando en el campamento hasta su curación. Y el Señor dijo a Josué: "Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto". Aquel lugar fue llamado Guilgal hasta el día de hoy. Los israelitas acamparon en Guilgal, y celebraron la pascua el día catorce del mes por la tarde, en la llanura de Jericó. Ese mismo día comieron panes sin levadura y trigo tostado; pero desde el día siguiente empezaron a comer los productos de la tierra. Desde ese momento el maná dejó de caer y los israelitas, desde aquel año, se alimentaron de los productos de la tierra de Canaán. Estando un día Josué cerca de Jericó, levantó los ojos y vio a un hombre delante de él con la espada desenvainada en su mano. Josué se le acercó y le dijo: "¿Eres de los nuestros o de los enemigos?". Él respondió: "No, yo soy el jefe del ejército del Señor y acabo de llegar". Josué cayó rostro en tierra, le adoró y le dijo: "¿Cuáles son las órdenes de mi Señor a su siervo?". El jefe del ejército del Señor le contestó: "Descálzate, porque el lugar donde estás es sagrado". Y Josué lo hizo así. Jericó estaba fuertemente custodiada contra los israelitas; nadie salía ni entraba en ella. El Señor dijo a Josué: "Mira, he puesto en tus manos a Jericó y a su rey. Todos vosotros, los combatientes, hombres de guerra, daréis una vuelta alrededor de la ciudad, y así durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompetas delante del arca. El día séptimo daréis siete vueltas, y los sacerdotes tocarán las trompetas. Cuando suene el cuerno de carnero y vosotros oigáis el sonar de las trompetas, todo el pueblo dará con todas sus fuerzas el grito de guerra. Entonces las murallas de la ciudad se derrumbarán, y el pueblo la asaltará, cada uno de frente". Josué, hijo de Nun, llamó a los sacerdotes y les dijo: "Tomad el arca de la alianza, y que siete sacerdotes lleven siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca del Señor". Y al pueblo le dijo: "Id y rodead la ciudad; que los armados vayan delante del arca del Señor". Cuando Josué terminó de hablar al pueblo, los siete sacerdotes que llevaban las siete trompetas de cuerno de carnero delante del Señor se pusieron en marcha y tocaron las trompetas. El arca de la alianza del Señor iba detrás de ellos. Los armados iban delante de los sacerdotes que tocaban las trompetas, y la retaguardia iba detrás del arca; marchaban al son de las trompetas. Josué había dado esta orden al pueblo: "No gritéis, no se oiga vuestra voz, no salga de vuestras bocas ni una sola palabra hasta el día en que os diga: Dad el grito de guerra. Entonces gritaréis". El arca del Señor dio una vuelta a la ciudad; después todos volvieron al campamento, donde pasaron la noche. Josué se levantó de madrugada, y los sacerdotes tomaron el arca del Señor. Los siete sacerdotes que llevaban las trompetas de cuerno de carnero iban delante del arca del Señor tocando sus trompetas durante la marcha; delante de ellos iban los armados, y la retaguardia iba detrás del arca del Señor; marchaban al son de las trompetas. El segundo día dieron también una vuelta alrededor de la ciudad, y después volvieron al campamento. Así hicieron durante seis días. El día séptimo se levantaron con el alba, y dieron siete vueltas a la ciudad del mismo modo; sólo ese día dieron siete vueltas. A la séptima vuelta, mientras los sacerdotes tocaban las trompetas, Josué dijo al pueblo: "Dad el grito de guerra, porque el Señor os ha entregado la ciudad". "La ciudad, con todo lo que hay en ella, será entregada al exterminio en manos del Señor; solamente quedará Rajab, la prostituta, y todos los que estén con ella en su casa, porque escondió a los exploradores que habíamos enviado. Y vosotros, ojo con que toméis nada de lo que hay en la ciudad y ha sido entregado al exterminio en honor del Señor, porque eso sería exponer al exterminio el campamento de Israel acarreándole la desgracia. Toda la plata y el oro, todos los objetos de bronce y de hierro serán consagrados al Señor y entrarán en su tesoro". El pueblo gritó, y las trompetas sonaron. Cuando el pueblo oyó el sonido de las trompetas, se puso a gritar con todas sus fuerzas, y las murallas de la ciudad se derrumbaron; entonces el pueblo se lanzó al asalto, cada uno de frente, y la tomaron. Y entregaron al exterminio todo lo que había en la ciudad, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, incluso los bueyes, ovejas y asnos, pasándolos a filo de espada. Josué dijo a los dos hombres que habían explorado la tierra: "Entrad en la casa de esa prostituta y sacadla fuera con todos los suyos, como se lo habíamos jurado". Los exploradores entraron y sacaron a Rajab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y a toda su familia, y los llevaron fuera del campamento de Israel. Después quemaron la ciudad y todo lo que había en ella, a excepción de la plata, el oro y los objetos de bronce y de hierro, que se depositaron en el tesoro de la casa del Señor. Josué perdonó la vida a Rajab, la prostituta, y a su familia, con todo lo que tenían. Ella vivió con los israelitas hasta el día de hoy por haber escondido a los espías enviados por Josué para explorar la tierra. Josué pronunció este juramento delante del Señor: "Maldito el hombre que venga a edificar esta ciudad. Pondrá los cimientos sobre su primogénito, y sobre su hijo menor levantará las puertas". El Señor estuvo con Josué, y su fama se extendió por toda la tierra. Pero los israelitas cometieron una falta en lo tocante a las cosas consagradas al exterminio: Acán, hijo de Carmí, hijo de Zabdí, hijo de Zéraj, de la tribu de Judá, tomó lo que estaba consagrado al exterminio, y la ira del Señor se encendió contra los israelitas. Entonces Josué mandó desde Jericó hasta Ay, que está al oriente de Betel, hombres con esta consigna: "Subid a explorar la tierra". Y ellos subieron y exploraron Ay. Al volver, dijeron a Josué: "No es necesario que suba todo el pueblo; que suban unos dos o tres mil hombres para tomar Ay. No hace falta que vaya todo el pueblo, pues ellos son pocos". Subieron, pues, unos tres mil hombres, pero tuvieron que huir ante los de Ay, que les hicieron treinta y seis bajas y los persiguieron desde la puerta hasta el Sebarín derrotándolos en la bajada. El pueblo se desalentó y se acobardó. Josué rasgó sus vestiduras y se postró rostro en tierra delante del arca del Señor hasta la tarde, y con él los ancianos de Israel; todos se echaron polvo sobre sus cabezas. Y Josué exclamó: "Señor, ¿por qué has hecho pasar el Jordán a este pueblo, si es para entregarlo en manos del amorreo y destruirnos? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! Señor, ¿qué podré yo decir ahora que Israel ha vuelto la espalda a sus enemigos? Lo sabrán los cananeos y todos los habitantes de la región, y se unirán contra nosotros para hacer desaparecer nuestro nombre de la tierra. Y entonces, ¿qué harás tú por tu glorioso nombre?". El Señor le respondió: "Levántate. ¿Por qué estás postrado rostro en tierra? Israel ha pecado, ha violado la alianza que hice con ellos; han tomado cosas que estaban consagradas al exterminio, han robado, han mentido y las han escondido entre sus enseres. Por eso los israelitas no podrán resistir ante sus enemigos; les volverán la espalda, porque ahora ellos se han hecho merecedores del exterminio. No estaré más con vosotros mientras no entreguéis al exterminio lo que yo ordené. Levántate, convoca al pueblo y diles: Purificaos para mañana, porque esto dice el Señor, Dios de Israel: Tú, Israel, has tomado algo de lo consagrado al exterminio, y mientras no lo destruyas, no podrás resistir a tus enemigos. Mañana por la mañana os presentaréis por tribus, y la tribu que el Señor señale por suerte se presentará por clanes, y el clan que el Señor señale por suerte se presentará por familias, y la familia que el Señor señale por suerte se presentará por individuos. El que sea sorprendido con el objeto consagrado al exterminio será quemado, él y todo lo que le pertenece, por haber roto la alianza con el Señor y haber cometido una infamia con Israel". Josué se levantó de madrugada, hizo avanzar a Israel por tribus, y fue señalada por suerte la tribu de Judá. Hizo acercarse a los clanes de Judá, y fue señalado por suerte el clan de Zéraj. Hizo acercarse al clan de Zéraj por familias, y fue designado Zabdí. Josué hizo acercarse a la familia de Zabdí por individuos, y fue señalado por suerte Acán, hijo de Carmí, hijo de Zabdí, hijo de Zéraj, de la tribu de Judá. Josué dijo a Acán: "Hijo mío, da gloria al Señor, Dios de Israel, y ríndele homenaje. Dime lo que has hecho, y no me ocultes nada". Acán respondió a Josué: "Es cierto, he pecado contra el Señor, Dios de Israel. He hecho esto y esto. Vi entre el botín un manto precioso, de Senaar, doscientas monedas de plata y una barra de oro de dos kilos y medio de peso y, dominado por la codicia, los tomé. Están escondidos en la tierra, en medio de mi tienda, y el dinero está debajo". Entonces Josué envió unos mensajeros, que fueron corriendo hacia la tienda y encontraron lo que en ella estaba escondido, y el dinero debajo. Lo recogieron, lo llevaron a Josué y a los ancianos de Israel, y lo depositaron ante el Señor. Entonces Josué tomó a Acán, hijo de Zéraj, con el dinero, el manto y la barra de oro, a sus hijos, sus hijas, su buey, su asno, su pequeño rebaño, su tienda y todo lo que le pertenecía y, con todo Israel, lo llevaron al valle de Acor. Josué dijo: "¿Por qué nos has traído la desgracia? Ahora, que el Señor haga caer sobre ti la desgracia". Y todos los israelitas lo mataron a pedradas. Y pusieron sobre él un gran montón de piedras, que existe hasta el día de hoy. Entonces el Señor aplacó su ardiente cólera. Por eso aquel lugar recibió el nombre de valle de Acor hasta el día de hoy. El Señor dijo a Josué: "No tengas miedo ni te acobardes. Toma contigo todos los hombres de guerra, levántate y sube contra Ay. Mira, yo pongo en tus manos al rey de Ay, a su pueblo, su ciudad y su tierra. Tratarás a Ay y a su rey como trataste a Jericó y a su rey. Sólo tomaréis para vosotros el botín y el ganado. Tiende una emboscada contra la ciudad por detrás". Josué se dispuso con todos los hombres de guerra para subir contra Ay. Escogió treinta mil hombres valientes y los hizo partir de noche, después de haberles dado esta orden: "¡Atención! Tenderéis una emboscada contra la ciudad, pero por detrás; no os alejéis mucho de la ciudad, y estad preparados. Yo y todo el pueblo que me acompaña nos acercaremos a la ciudad y, cuando ellos salgan a nuestro encuentro como la primera vez, huiremos ante ellos. Ellos saldrán en nuestra persecución, y así los alejaremos de la ciudad, porque se dirán: Huyen delante de nosotros como la primera vez. Entonces vosotros saldréis de la emboscada para tomar la ciudad. El Señor, vuestro Dios, la pondrá en vuestras manos. Una vez que hayáis tomado la ciudad, le prenderéis fuego. Éstas son las órdenes que debéis cumplir. ¡Atención! Soy yo el que os lo mando". Josué los hizo partir. Ellos fueron al lugar de la emboscada y se apostaron entre Betel y Ay, al occidente de Ay. Josué pasó la noche en el campamento. Josué se levantó de madrugada, pasó revista al pueblo y subió contra Ay, él y los ancianos de Israel a la cabeza del pueblo. Todos los hombres de guerra que estaban con él subieron, se acercaron, llegaron frente a la ciudad y acamparon al norte de Ay. Entre él y Ay había un valle. Josué tomó unos cinco mil hombres y los colocó en emboscada entre Betel y Ay, al poniente de la ciudad. El pueblo estaba acampado al norte de la ciudad, y la emboscada al poniente. Josué pasó aquella noche en el campamento. Cuando el rey de Ay vio la situación, salió a toda prisa a presentar batalla contra Israel, él y todo su pueblo, en la pendiente de frente a la Arabá; pero sin saber que le habían tendido una emboscada por detrás de la ciudad. Josué y todo Israel se fingieron vencidos por ellos y se dieron a la fuga por el camino del desierto. Entonces todo el pueblo que estaba en la ciudad se congregó para perseguirlos, y en la persecución se alejaron de la ciudad. No quedó nadie en Ay que no saliese a perseguir a Israel. Por perseguirlos dejaron indefensa la ciudad. El Señor dijo a Josué: "Extiende hacia Ay la jabalina que tienes en la mano, porque te la voy a entregar". Y Josué extendió hacia la ciudad la jabalina que tenía en la mano. Cuando extendió el brazo, los hombres de la emboscada salieron rápidamente de su escondite, tomaron carrera y, entrando en la ciudad, se apoderaron de ella y se dieron prisa a prenderle fuego. Cuando las gentes de Ay volvieron la vista atrás, vieron una humareda que subía de la ciudad hasta el cielo. Ya no pudieron ponerse a salvo por ningún lado, porque los israelitas que huían hacia el desierto se volvieron contra ellos. Josué y todo el pueblo, al ver que los de la emboscada habían tomado la ciudad y que le habían prendido fuego, se volvieron y atacaron a las gentes de Ay. Los otros salieron de la ciudad a su encuentro, de suerte que las gentes de Ay quedaron en medio de los israelitas, que los derrotaron hasta no dejar ni un superviviente ni un fugitivo. Pero al rey de Ay lo tomaron vivo y lo llevaron a Josué. Cuando terminaron de matar a todos los de Ay que habían salido al campo en su persecución, los israelitas se volvieron a la ciudad y la pasaron a cuchillo. El total de hombres y mujeres que cayeron en este día fue de doce mil; toda la gente de Ay. Josué no retiró la mano que tenía extendida con la jabalina hasta que todos los habitantes de Ay fueron exterminados. Los israelitas tomaron como botín solamente el ganado y lo que quedaba en la ciudad, tal como el Señor había ordenado a Josué. Josué incendió Ay e hizo de ella una ruina permanente hasta el día de hoy. Al rey de Ay lo colgó de un árbol hasta la tarde; a la puesta del sol mandó que descolgaran el cadáver y lo tiraran a la puerta de la ciudad. Y echaron sobre él un gran montón de piedras, que todavía existe hoy. Josué levantó al Señor Dios de Israel, en el monte Ebal, un altar, como Moisés, siervo del Señor, había ordenado a los israelitas, según está escrito en el libro de la ley de Moisés: "Un altar de piedras sin labrar". Sobre él ofrecieron holocaustos al Señor y presentaron sacrificios de reconciliación. Allí escribió Josué sobre las piedras una copia del libro de la ley que Moisés había escrito para los israelitas. Todo Israel, sus ancianos, sus funcionarios y sus jueces, estaban en pie a los dos lados del arca ante los sacerdotes y levitas que llevaban el arca de la alianza del Señor; tanto los extranjeros como los ciudadanos se colocaron la mitad del lado del monte Garizín y la otra mitad del lado del monte Ebal, como Moisés, siervo del Señor, había mandado, cuando bendijo por primera vez al pueblo de Israel. Después Josué leyó todas las palabras del libro de la ley, la bendición y la maldición, conforme está escrito en el libro de la ley. No quedó ni una palabra de todo lo que había mandado Moisés que no fuera leída por Josué a toda la asamblea de Israel, incluyendo a las mujeres, a los niños y a los extranjeros residentes. Cuando se enteraron de estas cosas los reyes de Cisjordania, de la montaña, de la Sefela y de toda la costa del mar Mediterráneo hasta el Líbano: hititas, amorreos, cananeos, fereceos, heveos y jebuseos, se coligaron para luchar unidos contra Josué e Israel. Cuando los habitantes de Gabaón se enteraron de cómo había tratado Josué a Jericó y a Ay, recurrieron por su parte a la estratagema. Se pusieron en camino, con provisiones, y colocaron sobre sus asnos sacos viejos y odres viejos de vino, rotos y remendados. Llevaban sandalias usadas y remendadas, y vestidos viejos. Todo el pan que llevaban para su comida estaba duro y hecho migas. Llegaron donde Josué, al campamento de Guilgal, y le dijeron a él y a todas las gentes de Israel: "Venimos de un país lejano; haced un pacto con nosotros". Los israelitas contestaron a los hititas: "¡A lo mejor vivís cerca de nosotros!; ¿cómo podremos hacer un pacto con vosotros?". Respondieron a Josué: "Somos siervos tuyos". Y Josué les preguntó: "¿Quiénes sois y de dónde venís?". Ellos replicaron: "Tus siervos vienen de un país muy lejano por la fama del nombre del Señor, tu Dios, porque hemos oído hablar de su nombre, de todo lo que hizo en Egipto y de todo lo que hizo a los dos reyes de los amorreos del lado de Transjordania, a Sijón, rey de Jesbón, y a Og, rey de Basán, que vivía en Astarot. Entonces nuestros ancianos y todos los habitantes de nuestra tierra nos dijeron: Tomad con vosotros víveres para el camino, id a su encuentro y decidles: Somos siervos vuestros, haced un pacto con nosotros. Mirad nuestro pan; todavía estaba caliente cuando lo tomamos en nuestras casas el día que partimos para salir a vuestro encuentro, y ahora está duro y hecho migas; estos odres de vino eran nuevos cuando los llenamos, y ahora están rotos; nuestras sandalias y nuestros vestidos se han hecho viejos de tanto caminar". Los jefes aceptaron de sus provisiones, pero sin consultar al Señor. Josué hizo un pacto de paz con ellos comprometiéndose a perdonarles la vida, y los jefes del pueblo juraron hacer lo mismo. Tres días después de haber hecho el pacto con ellos, se supo que eran vecinos y que vivían cerca. Los israelitas salieron en su busca y en tres días llegaron a sus ciudades, que eran: Gabaón, Kefirá, Beerot y Quiriat Yearín. Mas los israelitas no los mataron, porque los jefes del pueblo les habían jurado por el Señor, Dios de Israel, que les perdonarían la vida. Pero toda la comunidad murmuraba contra los jefes, y los jefes dijeron a toda la asamblea: "Nosotros lo hemos jurado por el Señor, Dios de Israel, y por consiguiente no los podemos matar. Tenemos que dejarles vivir, para no atraer sobre nosotros la cólera del Señor por el juramento que les hemos hecho". Y los jefes añadieron: "Que vivan, pero que sean los leñadores y aguadores al servicio de toda la comunidad". Josué los llamó y les dijo: "¿Por qué nos habéis engañado, diciendo que veníais de muy lejos, siendo así que vivís aquí al lado? Desde ahora mismo sois malditos, y no faltará de entre vosotros el esclavo que corte la leña y lleve el agua para la casa de mi Dios". Ellos respondieron a Josué: "Tus siervos habían sido informados de cómo el Señor, tu Dios, había mandado a Moisés, su siervo, que se os diera toda la tierra y de que todos sus habitantes fueran exterminados ante vosotros. Y, temiendo por nuestras vidas, hemos hecho esto. Y ahora estamos en tus manos; haz de nosotros lo que te parezca bueno y justo". Y desde aquel día Josué los destinó a cortar leña y a llevar el agua, hasta el día de hoy, para toda la comunidad y para el altar del Señor en el lugar que el Señor eligiera. - - - Cuando supo Adonisedec, rey de Jerusalén, que Josué había tomado Ay y la había entregado al exterminio, tratando a Ay y a su rey como había tratado a Jericó y a su rey, y que los habitantes de Gabaón habían hecho las paces con Israel y que estaban con él, se llenó de miedo, porque Gabaón era una ciudad importante, una de las ciudades reales, más grande que Ay, y todos sus habitantes eran valientes. Entonces Adonisedec, rey de Jerusalén, envió a decir a Ohán, rey de Hebrón; a Pirán, rey de Yarmut; a Yafia, rey de Laquis, y a Debir, rey de Eglón: "Venid a ayudarme a combatir contra Gabaón, porque ha hecho las paces con Josué y con los israelitas". Y los cinco reyes amorreos se coligaron: el rey de Jerusalén, el de Hebrón, el de Yarmut, el de Laquis y el de Eglón; subieron con todas sus tropas, acamparon cerca de Gabaón y la atacaron. Las gentes de Gabaón enviaron a decir a Josué al campamento de Guilgal: "No niegues tu ayuda a tus siervos. Ven rápidamente a salvarnos y defendernos, porque se han coligado contra nosotros todos los reyes amorreos que habitan la montaña". Josué salió de Guilgal, con todos los combatientes, lo más selecto del ejército. El Señor dijo a Josué: "No temas, porque yo los he entregado en tus manos; ninguno de ellos podrá resistir ante ti". Josué cayó sobre ellos de improviso, después de haber marchado toda la noche desde Guilgal. El Señor los dispersó ante Israel y les infligió una gran derrota en Gabaón; los persiguió en dirección de la bajada de Bejorón y los derrotó hasta Azeca y hasta Maqueda. Cuando huían ante Israel en la pendiente de Bejorón, el Señor hizo caer del cielo sobre ellos un pedrisco terrible hasta Azeca, y murieron más por las piedras de granizo que por la espada de los israelitas. Josué se dirigió al Señor el día en que puso a los amorreos en manos de los israelitas y dijo: "Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ayalón. Y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos". ¿No está escrito esto en el libro del Justo? El sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse en casi un día entero. No ha habido un día como aquél ni antes ni después, en el que el Señor haya obedecido a la voz de un hombre. Es que el Señor combatía por Israel. Josué, con todo Israel, volvió al campamento de Guilgal. Aquellos cinco reyes se dieron a la fuga y se escondieron en una cueva cerca de Maqueda. Informaron a Josué: "Los cinco reyes han sido descubiertos ocultos en una cueva, cerca de Maqueda". Josué dijo: "Rodad grandes piedras a la entrada de la cueva y apartad unos cuantos hombres para guardarla. Vosotros no os paréis, perseguid a vuestros enemigos, cortadles la retirada y no los dejéis entrar en sus ciudades, porque el Señor, vuestro Dios, los ha puesto en vuestras manos". Después que Josué y los israelitas los derrotaron y los exterminaron, los que habían escapado se refugiaron en las ciudades fortificadas. Todo el pueblo volvió sano y salvo junto a Josué, en Maqueda. Nadie se atrevió a hacer nada contra los israelitas. Josué dijo: "Abrid la boca de la cueva, sacad a los cinco reyes y traédmelos". Y sacaron de la caverna a los cinco reyes: al rey de Jerusalén, al de Hebrón, al de Yarmut, al de Laquis y al de Eglón. Cuando los llevaron ante Josué, éste llamó a todos los hombres de Israel y dijo a los jefes del ejército que le habían acompañado: "Acercaos y poned vuestros pies sobre el cuello de estos reyes". Se acercaron y lo hicieron. Y Josué les dijo: "No temáis ni os acobardéis; sed fuertes y decididos, porque así tratará el Señor a todos vuestros enemigos contra los que tenéis que combatir". Después de esto, Josué los golpeó y los mató; y mandó que los colgaran de cinco árboles, y en ellos estuvieron colgados hasta la tarde. Pero, al ponerse el sol, Josué mandó descolgarlos y echarlos en la cueva donde se habían escondido. Y pusieron grandes piedras en la entrada de la cueva, y allí están todavía hoy. Ese mismo día Josué tomó a Maqueda y la destruyó; pasó a filo de espada a todos los que vivían en ella sin dejar ni un superviviente; al rey de Maqueda lo trató como había tratado al rey de Jericó. De Maqueda, Josué y los israelitas pasaron a Libná y la atacaron. El Señor la entregó también, con su rey, en manos de Israel, que la pasó a filo de espada con todos los que vivían en ella sin dejar un superviviente. Y trató a su rey como había tratado al de Jericó. De Libná pasaron a Laquis; la sitiaron y la atacaron. El Señor entregó a Laquis en manos de Israel, que la tomó al segundo día, y pasó a filo de espada a todos los que vivían en ella, como había hecho con Libná. Horán, el rey de Guézer, subió para socorrer a Laquis; pero Josué lo derrotó a él y a su pueblo, hasta que no quedó ni un superviviente. De Laquis pasaron a Eglón. La sitiaron y la atacaron. La tomaron aquel mismo día y pasaron a filo de espada a todos los que vivían en ella, exterminándolos completamente, como habían hecho con Laquis. De Eglón pasaron a Hebrón, y la asaltaron. La tomaron y pasaron a filo de espada al rey y a todos los que vivían en ella y en los pueblos vecinos, exterminándolos por completo y sin dejar un superviviente, como habían hecho con Eglón. Después volvieron contra Debir, y la atacaron. La tomaron y pasaron a filo de espada al rey y a todos los que vivían allí y en los pueblos vecinos, exterminándolos por completo y sin dejar un superviviente, como habían hecho con Hebrón y Libná y sus reyes. Josué conquistó toda la tierra: la montaña, el Negueb, la tierra baja y las pendientes con todos sus reyes, sin dejar ni un superviviente. Entregó al exterminio a todo ser viviente, como había mandado el Señor, Dios de Israel. Josué los derrotó desde Cades Barne hasta Gaza, y en todo el territorio de Gosen hasta Gabaón. Josué se apoderó de todos estos reyes y de sus territorios en una sola expedición, porque el Señor, Dios de Israel, combatía por Israel. Después Josué y todos los israelitas volvieron al campamento de Guilgal. Cuando Yabín, rey de Jasor, supo todo esto, mandó una embajada a Yobab, rey de Madón, al rey de Simerón, al rey de Acsaf, a los reyes de la montaña, al norte, y de la llanura al sur de Genesaret, de la tierra baja y de las alturas de Dor, al occidente; al cananeo de oriente y occidente; al amorreo, al heveo, al fereceo y al jebuseo, en la montaña; al hitita, a los pies del Hermón, en el territorio de Mispá. Salieron con todos sus ejércitos, una multitud innumerable como la arena del mar, y con muchísimos caballos y carros de guerra. Todos estos reyes se pusieron de acuerdo, y acamparon junto a las aguas de Merón para luchar contra Israel. Y el Señor dijo a Josué: "No los temas, porque mañana, a esta misma hora, todos ellos caerán muertos ante Israel; desjarretarás sus caballos y quemarás sus carros". Josué, con su gente de guerra, llegó a las aguas de Merón y los atacó por sorpresa. El Señor los entregó en manos de Israel, que los derrotó y los persiguió hasta Sidón la Grande y hasta Misrefot, al occidente, y hasta el valle de Mispá, al oriente. Los derrotó de tal forma que no quedó ni un superviviente. Josué los trató como le había mandado el Señor: desjarretó sus caballos y quemó sus carros. Entonces Josué se volvió, tomó Jasor y pasó a filo de espada a su rey. Jasor era entonces la capital de todos estos reinos. Consagró al exterminio y pasó a filo de espada a todos los que vivían en ella. No quedó ni un superviviente, y Jasor fue pasto de las llamas. Josué se apoderó de todas las ciudades de estos reyes, y a todos los pasó a filo de espada, consagrándolos al exterminio, como había mandado Moisés, siervo del Señor. Sin embargo, Israel no quemó ninguna de las ciudades en ruinas edificadas sobre las colinas, a excepción de Jasor, que fue incendiada por Josué. Todo el botín de estas ciudades, incluido el ganado, lo tomaron para ellos los israelitas; pero a todas las personas las pasaron a filo de espada hasta su total exterminio, sin dejar ni un superviviente. Lo que el Señor había ordenado a Moisés, su siervo, Moisés se lo ordenó a Josué y Josué lo cumplió, sin dejar de hacer nada de lo que el Señor había ordenado a Moisés. De esta manera se apoderó Josué de todo este territorio: la montaña, todo el Negueb y toda la tierra de Gosen, la tierra baja, la Arabá, la montaña de Israel y sus llanuras, desde el monte Pelado, que sube hacia Seír, hasta Baal Gad, en el valle del Líbano, a los pies del monte Hermón; se apoderó de todos sus reyes, a los que derrotó y dio muerte. Josué tuvo que combatir mucho tiempo contra todos estos reyes; y como ninguna ciudad había hecho las paces con los israelitas, a excepción de los heveos, que vivían en Gabaón, a todas las pasó por las armas. Porque el Señor había decretado que todas estas ciudades endureciesen su corazón para que combatiesen contra los israelitas; y los israelitas los exterminaron por completo y sin piedad, como el Señor se lo había ordenado a Moisés. Josué se puso en marcha, exterminó a los anaquitas de la montaña, de Hebrón, de Debir, de Anab, de toda la montaña de Judá y de toda la montaña de Israel, y destruyó todas sus ciudades. No quedaron anaquitas en la tierra de los israelitas, excepto en Gaza, en Gat y en Asdod. Josué conquistó toda la tierra, como el Señor le había dicho a Moisés, y la repartió en heredad entre las tribus de Israel. Y el país gozó de paz. Éstos son los reyes de la tierra a los que derrotaron los israelitas, y los territorios que conquistaron desde el río Arnón hasta el monte Hermón con toda la región oriental del valle del Jordán: Sijón, rey de los amorreos, que vivía en Jesbón, dominaba desde Aroer, a orillas del río Arnón, incluyendo el medio de este valle, la mitad de Galaad, hasta el río Yeboc, límite de los amonitas; la región oriental del valle del Jordán, desde el lago de Genesaret hasta el mar Muerto, hacia Bet Yesimot, y, por el sur, hasta más abajo de la pendiente de Pisga. Og, rey de Basán, superviviente de los refaimitas, que residía en Astarot y en Edreí, dominaba el monte Hermón, y Salcá y todo Basán, hasta la frontera de los guesuritas y de los maacatitas y la mitad de Galaad, hasta la frontera de Sijón, rey de Jesbón. Moisés, siervo del Señor, los derrotó y dio su territorio en propiedad a los rubenitas, los gaditas y a la mitad de la tribu de Manasés. Éstos son los reyes del país a los que Josué y los israelitas derrotaron en Cisjordania, desde Baal Gad, en el valle del Líbano, hasta el monte Pelado, que sube hasta Seír, cuyo territorio repartió en propiedad a las tribus de Israel según sus familias, en la montaña, en la Sefela, en la Arabá, en sus vertientes, en el desierto y en el Negueb, donde vivían los hititas, los amorreos, los cananeos, los fereceos, los heveos y los jebuseos. El rey de Jericó, el de Ay, el de Jerusalén, el de Hebrón, el de Yarmut, el de Laquis, el de Eglón, el de Guézer, el de Debir, el de Guéder, el de Jormá, el de Arad, el de Libná, el de Adulán, el de Maqueda, el de Betel, el de Tapúaj, el de Jéfer, el de Afec, el de Sarón, el de Madón, el de Jasor, el de Simerón, el de Acsaf, el de Tanac, el de Meguido, el de Cades, el de Yocneán, en el Carmelo, el de Dor, en las alturas de Dor, el de Tirsá. En total, treinta y un reyes. - - - Josué era ya viejo, entrado en años, y el Señor le dijo: "Tú eres viejo, de edad avanzada, y la tierra que queda por conquistar es mucha. Ésta es la tierra que queda: todos los distritos de los filisteos y todo el territorio de los guesuritas; desde el Sijor, en la frontera de Egipto, hasta los confines de Ecrón, al norte, considerado de los cananeos; los cinco principados filisteos: el de Gaza, el de Asdod, el de Ascalón, el de Gat y el de Ecrón; al sur, los heveos; todo el país de los cananeos, desde Ava de los sidonios hasta Afec y hasta la frontera de los amorreos; además, el país de los guiblitas y todo el Líbano, al oriente, desde Baal Gad, a los pies del monte Hermón, hasta la entrada de Jamat. Todos los habitantes de la montaña del Líbano hasta Misrefot, al occidente, y los sidonios. Yo los expulsaré ante los israelitas. Ahora reparte por suertes esta tierra a los israelitas, como yo te he ordenado. Ha llegado el momento de repartir esta tierra entre las nueve tribus y la media tribu de Manasés". Las tribus de Rubén y de Gad y la otra media tribu de Manasés ya recibieron su parte, la que les dio Moisés en Transjordania, cuando se la distribuyó Moisés, el siervo del Señor: desde Aroer, a orillas del río Arnón, y desde la ciudad que está en medio del valle, toda la llanura de Madabá hasta Dibón; todas las ciudades de Sijón, rey de los amorreos, que reinó en Jesbón, hasta la frontera de los amonitas. Además, Galaad, el territorio de los guesuritas y maacatitas, toda la montaña del Hermón y todo Basán hasta Salcá; en Basán, todo el reino de Og, que reinó en Astarot y Edreí, el último superviviente de los refaimitas; Moisés los derrotó y los expulsó. Pero no expulsaron a los guesuritas ni a los maacatitas, que siguieron viviendo con los israelitas hasta el día de hoy. Sólo a la tribu de Leví no se le dio heredad; el Señor, Dios de Israel, fue su heredad, como él se lo había dicho. Moisés había dado a la tribu de Rubén una parte, por clanes. Sus límites fueron desde Aroer, a orillas del río Arnón, y desde la ciudad que está en medio del valle, toda la llanura hasta Madabá, Jesbón y todas las ciudades que están en la llanura: Dibón, Bamot Baal, Bet-Baal-Maón, Yazá, Quedemot y Mefat; Quiriat Yearín, Sibmá, Seret Sajar, en el monte y en el valle; Bet Fegor, las pendientes del Pisga y Bet Yesimot; todas las ciudades de la llanura y todo el reino de Sijón, rey de los amorreos, que reinó en Jesbón. Moisés le había derrotado, y a los príncipes de Madián, Eví, Requen, Sur, Jur y Rebá, vasallos de Sijón, que vivían en el país. Los israelitas pasaron, además, a filo de espada a Balaán, hijo de Beor, el adivino, y a otros muchos más; así, el territorio de Rubén tuvo por límite el Jordán. Ésta fue, con sus ciudades y sus pueblos, la heredad de la tribu de Rubén, según sus clanes. Moisés dio también a la tribu de Gad una parte, por clanes. Su territorio comprendía: Yazer, todas las ciudades de Galaad y la mitad de la tierra de los amonitas hasta Aroer, que está frente a Rabá; desde Jesbón hasta Ramat Mispá y Betonín, y desde Majanayín hasta el territorio de Lo Debir. En el valle: Bet Jarán, Bet Nimrá, Sucot, Safón y el resto del reino de Sijón, rey de Jesbón. El Jordán era el límite hasta el extremo sur del mar de Genesaret. Ésta fue, con sus ciudades y pueblos, la heredad de la tribu de Gad, según sus clanes. Moisés dio también a la media tribu de Manasés una parte, según sus clanes. Su territorio comprendía, desde Majanayín, todo Basán, todo el reino de Og, rey de Basán, y todos los pueblos de Yaír, en Basán: sesenta ciudades. La mitad de Galaad, Astarot y Edreí, ciudades del reino de Og, en Basán, fueron dadas a los hijos de Maquir, hijo de Manasés, a la mitad de los hijos de Maquir, según sus clanes. Éstas fueron las particiones hechas por Moisés en la estepa de Moab, en Transjordania, frente a Jericó, al oriente. Moisés no dio heredad alguna a la tribu de Leví, porque el Señor, Dios de Israel, es su heredad, según él les había dicho. Esto es lo que recibieron en heredad los israelitas en la tierra de Canaán, lo que les asignaron el sacerdote Eleazar, Josué, hijo de Nun, y los jefes de familia de las tribus de Israel. Hicieron el reparto por suertes, como el Señor había ordenado a Moisés, entre las nueve tribus y media. Porque Moisés había dado ya su heredad a las otras dos tribus y media en Transjordania; a los levitas no les dio heredad. Los hijos de José formaban dos tribus: Manasés y Efraín. No se dio parte alguna a los levitas en la tierra, sino solamente algunas ciudades para habitar, y pastos para sus ganados y rebaños. Los israelitas hicieron el reparto de la tierra tal como el Señor había ordenado a Moisés. Los hijos de Judá acudieron a Josué en Guilgal; y Caleb, hijo de Jefoné el queniceo, le dijo: "Tú sabes lo que el Señor dijo a Moisés, hombre de Dios, acerca de ti y de mí en Cades Barne. Yo tenía cuarenta años cuando Moisés, siervo del Señor, me envió a Cades Barne a explorar el país, y yo le informé con toda sinceridad. Mientras los hermanos que habían ido conmigo desalentaban al pueblo, yo seguí fielmente al Señor, mi Dios. Aquel día Moisés hizo este juramento: La tierra en la que has puesto tus pies te será dada en posesión perpetua a ti y a tus hijos, porque fuiste fiel al Señor, mi Dios. Y el Señor me ha conservado la vida, según su palabra, estos cuarenta y cinco años transcurridos desde cuando el Señor anunció esto a Moisés, mientras Israel peregrinaba por el desierto, y ahora tengo ochenta y cinco años. Estoy tan fuerte hoy como el día en que me confió Moisés esta misión; tengo el mismo vigor que entonces para luchar, para ir y venir. Dame, pues, esta montaña que el Señor me prometió aquel día, como tú mismo lo oíste. Allí están los anaquitas, y hay ciudades grandes y fortificadas. Si el Señor está conmigo, yo los echaré de allí, como él prometió". Josué bendijo a Caleb, hijo de Jefoné, y le dio Hebrón en posesión. Por eso Hebrón es posesión de Caleb, hijo de Jefoné, el queniceo, hasta el día de hoy, porque fue fiel al Señor, Dios de Israel. El nombre primitivo de Hebrón era Quiriat Arbá. Arbá había sido el hombre más grande de los anaquitas. Y la tierra gozó de paz. El territorio que tocó en suerte a la tribu de Judá, por clanes, llegaba hasta la frontera de Edón y el extremo sur del desierto de Sin. Por ese lado la frontera partía de la punta del mar Muerto, se dirigía hacia el sur por la cuesta de Acrabín, pasaba por Sin y subía al sur de Cades Barne; pasaba por Jesrón, subía a Adar, desde donde se volvía hacia Carcá; pasaba por Asmón, llegaba hasta el río de Egipto y terminaba en el mar. "Ésta será vuestra frontera meridional. La frontera oriental será el mar Muerto, hasta la desembocadura del Jordán". La frontera norte empezaba en la entrada de la desembocadura del Jordán, subía por Betjoglá, pasaba al norte de Bet Arabá y subía hasta la piedra de Boán, hijo de Rubén; subía después por Debir, desde el valle de Akor, y volvía hacia Guilgal, que está enfrente de la subida de Adomín, al mediodía del río; pasaba las aguas del En Semes y llegaba a En Rogel. Subía después por el valle de Ben Hinnón hasta tocar la frontera sur del jebuseo, es decir, Jerusalén, y subía a la cima del monte que da vista al valle de Hinnón, a occidente, en el extremo norte de la llanura de Refaín. Desde la cima del monte, el límite torcía hacia las fuentes de Neftoaj, se dirigía hacia el monte de Efrón y se volvía en dirección a Baalá, es decir, Quiriat Yearín. Después de Baalá, la frontera torcía a occidente, hacia el monte Seír, pasaba por la vertiente norte del monte Yearín, es decir, Quesalón; descendía hasta Bet Semes y pasaba por Timná. Después la frontera alcanzaba el lado norte de Ecrón, volvía hacia Sikarón, pasaba por el monte Baalá, llegaba a Yabneel y terminaba en el mar. La frontera occidental era el mar Mediterráneo. Éstos eran los límites de los hijos de Judá, según sus clanes. A Caleb, hijo de Jefoné, se le dio una parte en medio de los hijos de Judá, tal como el Señor había ordenado a Josué: Quiriat Arbá, metrópoli de los anaquitas, es decir, Hebrón. Caleb echó de allí a los tres hijos de Anac: Sesay, Ajiman y Talmay, descendientes de Anac. Desde allí subió contra los habitantes de Debir, cuyo nombre primitivo era Quiriat Séfer. Caleb dijo: "Al que venza y tome Quiriat Séfer, le daré por esposa a mi hija Acsá". La tomó Otoniel, hijo de Quenaz, hermano de Caleb, y le dio a su hija Acsá por mujer. Cuando ella fue a casa de su marido, éste la convenció de que pidiera a su padre un campo. Acsá se bajó del asno, y Caleb le preguntó: "¿Qué quieres?". Ella respondió: "Hazme un favor; ya que me has destinado el desierto del Negueb, dame fuentes de agua". Entonces él le dio las fuentes de arriba y las de abajo. Ésta es la heredad de la tribu de Judá, según sus clanes. Las ciudades de la tribu de los hijos de Judá, hacia la frontera de Edón, en el Negueb, eran: Cabseel, Eder, Yagur, Quiná, Dimoná, Adadá, Quedes, Jasor y Yitnán, Zif, Télem, Bealot, Jasor Hadatá, Queriyyot Jesrón, es decir, Jasor, Amán, Sema, Moladá, Jasar Gaddá, Jesmón Bet Pelet, Jasar Sual, Berseba y Baciotia, Baala, Iyyín, Esem, Eltolad Quesil, Jormá, Sicelag, Madmaná, Sansaná, Lebaot, Siljín, en Remón; en total, veintinueve ciudades con sus aldeas. En la Sefela: Estaol, Sorá, Asná, Zanoaj, En Ganín, Tapúaj, Enayín, Yarmut, Adulán, Socó, Azecá, Saarayín, Aditayín, Guederá, Guederotayín; catorce ciudades con sus aldeas. Senán, Jadasá, Migdal Gad, Dilán, Mispeh, Jóctel, Laquis, Boscat, Eglón, Cabón, Lajmás, Kitlís, Guederot, Bet Dagón, Naamá, Maqueda; dieciséis ciudades con sus aldeas. Libná, Éter, Asán, Iftaj, Esná, Nesib, Queilá, Aczib, Maresá; nueve ciudades con sus pueblos. Ecrón, con los pueblos y aldeas anejas; desde Ecrón hasta el mar, todas las ciudades que están en la parte de Asdod con sus aldeas; Asdod, con los pueblos y aldeas anejas; Gaza, con los pueblos y aldeas anejas, hasta el río de Egipto; el mar Mediterráneo era el límite. En la montaña: Samir, Yatir, Socó, Daná, Quiriat Saná, es decir, Debir, Anab, Estemó, Anín, Gosen, Jolón, Guiló; once ciudades con sus aldeas. Arab, Dumá, Esán, Yanún, Bet Tapúaj, Afecá, Jumtá, Quiriat Arbá, es decir, Hebrón, Sior; nueve ciudades con sus aldeas. Maón, Calmel, Zif, Yuttá, Yezrael, Yocdeán, Zanoaj, Haqcayín, Guibeá, Timná; diez ciudades con sus aldeas. Jaljul, Bet Sur, Guedor, Maarat, Bet Anot, Eltecón; seis ciudades con sus aldeas. Técoa, Éfrata, es decir, Belén, Fegor, Etán, Colón, Tatán, Sores, Carem, Galín, Béter, Manaj; once ciudades con sus aldeas. Quiriat Baal, es decir, Quiriat Yearín, Arabá; dos ciudades con sus aldeas. En el desierto: Bet Arabá, Middín, Secacá, Nibsán, Ciudad de la Sal y Engadí; seis ciudades con sus aldeas. Pero los hijos de Judá no pudieron echar de Jerusalén a los jebuseos; por eso los jebuseos viven todavía hoy en Jerusalén junto con los hijos de Judá. El territorio que tocó en suerte a los hijos de José iba desde el Jordán al este de Jericó, y subía desde Jericó a la montaña de Betel. Salía de Betel, Luz, pasaba por los límites de los arquitas, en Atarot; bajaba, por el oeste, hacia el territorio de los yafletitas, hasta el límite de Bejorón de Abajo y hasta Guézer, y terminaba en el mar. Tal era la heredad de los hijos de José: Manasés y Efraín. Éstos son los límites de Efraín, por clanes: al oriente, Atarot Adar hasta Bejorón de Arriba, llegando al mar; al norte, Micnetat; la frontera volvía hacia el oriente, hacia Taanat Silo, y pasaba al este de Yanoaj; de Yanoaj bajaba a Atarot y a Naarat, tocaba Jericó y terminaba en el Jordán. Desde Tapúaj, la frontera iba hacia occidente, por el arroyo de Caná, y terminaba en el mar. Tal era la heredad de la tribu de Efraín, por clanes, aparte de las ciudades reservadas a Efraín en la heredad de Manasés; todas las ciudades y sus aldeas. Pero no pudieron echar de Guézer a los cananeos que vivían allí, y los cananeos viven todavía allí junto con Efraín, pero sometidos a tributo. Éste es el territorio que tocó en suerte a la tribu de Manasés, el primogénito de José. A Maquir, primogénito de Manasés y padre de Galaad, hombre de guerra, le cayó en suerte Galaad y Basán. Se les dio también una parte a los demás hijos de Manasés, por clanes: los hijos de Abiezer, los de Jélec, los de Asriel, los de Siquén, los de Jéfer, los de Semidá; tales eran los hijos varones de Manasés, por clanes. Selofjad, hijo de Jéfer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, no tuvo hijos, sino solamente hijas, que se llamaban: Majlá, Noá, Joglá, Milcá, Tirsá. Éstas se presentaron ante el sacerdote Eleazar, ante Josué, hijo de Nun, y ante los jefes, y les dijeron: "El Señor ordenó a Moisés que se nos diera una parte lo mismo que a nuestros hermanos". Y tal como el Señor había ordenado se les dio una parte igual que a los parientes de su padre. Así, a Manasés le tocaron diez partes, además de la tierra de Galaad y Basán, en Transjordania, pues las hijas de Manasés recibieron una parte igual que los varones. La tierra de Galaad fue para los otros hijos de Manasés. La frontera de Manasés iba de Aser a Micmetat, frente a Siquén; seguía a la derecha hacia Yasib, a la fuente de Tapúaj. El territorio de Tapúaj pertenecía a Manasés, pero Tapúaj, en la frontera de Manasés, pertenecía a Efraín. Después la frontera bajaba hacia el arroyo de Caná. Al sur del arroyo estaban las ciudades de Egreín; el territorio de Manasés estaba al norte del arroyo y terminaba en el mar. El territorio del sur pertenecía a Efraín, y el del norte a Manasés; el mar era su frontera; por el norte confinaban con Aser, y por el este con Isacar. Manasés tenía en los territorios de Isacar y de Aser los siguientes enclaves: Betsán, Yiblán, Dor, Endor, Tanac y Meguido, con sus correspondientes aldeas. Pero los hijos de Manasés no pudieron posesionarse de estas ciudades, y los cananeos continuaron viviendo en aquella región. Cuando los israelitas fueron poderosos, sometieron a los cananeos a tributo, pero no los echaron de allí. Los hijos de José dijeron a Josué: "¿Cómo nos has dado en heredad una sola parte, una sola porción, siendo un pueblo numeroso, al que el Señor ha bendecido hasta ahora?". Josué les respondió: "Si sois un pueblo tan numeroso, subid a la selva y roturad allí a vuestro gusto en la tierra de los fereceos y los refaimitas, ya que la montaña de Efraín es demasiado pequeña para vosotros". Los hijos de José replicaron: "La montaña no nos basta; pero los cananeos que viven en la llanura tienen carros de hierro, lo mismo que los de Betsán y sus aldeas y los de la llanura de Yezrael". Josué respondió a los hijos de José, a Efraín y Manasés: "Vosotros sois un pueblo numeroso y vuestra fuerza es grande; no tendréis una sola parte, porque la montaña será vuestra; si es selva, la roturaréis y será vuestra con sus términos, porque vosotros echaréis de allí a los cananeos, aunque tengan carros de hierro y sean fuertes". Toda la comunidad israelita se reunió en Silo y establecieron allí la tienda de la reunión. El país les estaba sometido. Pero quedaban todavía siete tribus que no habían recibido su heredad. Josué dijo a los israelitas: "¿Qué esperáis para ir a conquistar la tierra que os ha dado el Señor, Dios de vuestros padres? Elegid tres hombres por tribu; yo los mandaré a recorrer el país y que me hagan una descripción de él con vistas a su partición cuando vengáis". La dividirán en siete partes. "Judá permanecerá en su territorio, al sur, y los de la casa de José quedarán en su territorio, al norte. Una vez hecha la descripción del país en siete partes, me la traeréis a mí, y yo echaré las suertes aquí, ante el Señor Dios nuestro. Los levitas no tendrán parte como vosotros, ya que el sacerdocio será su heredad; y Gad, Rubén y la media tribu de Manasés ya han recibido en Transjordania la heredad que les dio Moisés, siervo del Señor". Cuando se disponían a ir a hacer la descripción del país, Josué les dio estas órdenes: "Id, recorred el país y haced su descripción; cuando volváis, yo echaré vuestras suertes ante el Señor en Silo". Ellos marcharon, recorrieron el país e hicieron la descripción de las ciudades en siete lotes, en un plano que llevaron a Josué al campamento en Silo. Josué echó sus suertes en Silo, ante el Señor, y allí distribuyó el país entre los israelitas, por clanes. Salió la suerte de Benjamín por clanes, y el territorio que les tocó estaba entre Judá y José. Su frontera por el norte partía del Jordán, subía por la pendiente norte de Jericó, cruzaba la montaña, hacia occidente, y terminaba en el desierto de Bet Avén; desde allí pasaba al sur de Luz, o sea, de Betel; bajaba a Atarot Adar, por la montaña que está al sur de Bejorón de Abajo. Volvía, plegándose por el oeste hacia el sur, desde la montaña que está frente a Bejorón, al sur, y terminaba en Quiriat Yearín, ciudad de Judá. Éste era el límite occidental. Por el sur la frontera partía del extremo de Quiriat Yearín, iba hacia Gasín y llegaba cerca de las aguas de la fuente de Neftoaj; bajaba al final de la montaña que está frente al valle de Ben-Hinnón, al norte de la llanura de los refaimitas, y por el valle de Ben-Hinnón, al lado de los jebuseos, hacia el sur, hasta En Rogel; volvía al norte, llegaba a En Semes, seguía por Gelilot, frente a la subida de Adomín, y bajaba a la Peña de Boján, hijo de Rubén; pasaba por la vertiente frente a Bet Arabá, al norte, y bajaba a la Arabá; seguía por el norte de Bet Joglá, para terminar en el extremo norte del mar Muerto, en la desembocadura del Jordán. Éste era el límite sur. El límite oriental era el Jordán. Ésta es la posesión de Benjamín, con todos sus límites, por clanes. Las ciudades de la tribu de Benjamín, por clanes, eran: Jericó, Bet Joglá, Émec Cesís, Bet Arabá, Semarayín, Betel, Avín, Afara, Ofrá, Quefar Haamoná, Ofní, Gabá; doce ciudades con sus aldeas. Gabaón, Ramá, Berot, Mispé, Kefirá, Amosá, Requen, Yorfel, Tarala, Sela Elef, Jebús, o sea Jerusalén, Guibeá y Quiriat; catorce ciudades con sus aldeas. Ésta fue la heredad de Benjamín, por clanes. El segundo lote tocó en suerte a Simeón, por clanes; su heredad quedaba dentro de la de Judá. Comprendía: Berseba, Semá, Moladá. Jasar Sual, Balá, Esem, Eltolad, Betul, Jormá, Sicelag, Bet Marcabot, Jasar Susá, Bet Lebaot y Sarujén; trece ciudades con sus aldeas; Aín, Remón, Etar y Asán, cuatro ciudades con sus aldeas, y todas las aldeas que había alrededor de estas ciudades hasta Baalat Beer, o sea, Ramat del Negueb. Ésta fue la heredad de Simeón, por sus clanes; se tomó de la parte asignada a Judá, porque ésta era demasiado grande; por eso los de Simeón tenían su heredad en medio de Judá. El tercer lote tocó en suerte a Zabulón, por sus clanes; su frontera se extendía hasta Sarid; subía por el oeste, hacia Maralá, tocaba Daberat y llegaba al arroyo que está frente a Yocneán; desde Sarid torcía al oriente al sol levante, hasta el límite de Quislot Tabor, se dirigía hacia Daberat y subía a Yafia; allí pasaba en dirección a Jéfer, por Itacasín, subía hacia Remón y volvía hacia Neá. Volvía por el norte, hacia Anatón, y terminaba en el valle de Yeftael. Catat, Nahalal, Simrón, Yidala y Belén; doce ciudades con sus aldeas. Ésta es la heredad de Zabulón, por clanes, con sus ciudades y aldeas. El cuarto lote tocó en suerte a Isacar, por sus clanes. Su heredad comprendía: Yezrael, Quesulot, Sunem, Jefarayín, Sión, Anajarat, Daberat, Quisyón, Ebes, Ramet, En Ganín, En Jadda y Bet Pases. La frontera tocaba en Tabor, Sajasima y Bet Semes, y terminaba en el Jordán; dieciséis ciudades con sus aldeas. Ésta es la heredad de Isacar, por clanes, con sus ciudades y aldeas. El quinto lote tocó en suerte a Aser, por sus clanes. Su heredad comprendía: Jelcat, Jalí, Beten, Acsaf, Alammélec, Amad y Misal; su frontera por el oeste tocaba el Carmelo y el río Libnat; por el este llegaba a Bet Dagón, y tocaba en Zabulón y en el norte del valle de Yiftajel; continuaba por Bet Emec y Nejiel, y llegaba por la izquierda a Cabul, Abdón, Rejob, Jamón y Caná, hasta Sidón la Grande; volvía hacia Ramá y hasta la plaza fuerte de Tiro; pasaba por Josá, y terminaba en el mar; Majaleb, Acziba, Aco, Afec, Rejob; veintidós ciudades con sus aldeas. Ésta es la heredad de Aser, por clanes, con sus ciudades y aldeas. El sexto lote tocó en suerte a Neftalí, por sus clanes. Su frontera iba de Jélef y de la encina de Sananín a Adamí Nequeb, a Yabnel, hasta Lacún, y terminaba en el Jordán; volvía, por occidente, hacia Aznot Tabor, llegaba hasta Jucoc, tocaba Zabulón al sur, Aser a occidente y el Jordán a oriente. Las ciudades fortificadas eran: Ser, Jamat, Racat, Genesaret, Edmá, Ramá, Jasor, Cades, Edreí, En Jasor, Yirón, Migdalel, Jorén, Bet Anat, Bet Semes; diecinueve ciudades con sus aldeas. Ésta es la heredad de Neftalí, por clanes, con sus ciudades y aldeas. El séptimo lote tocó en suerte a Dan. Su heredad comprendía: Sorá, Estaol, Ir Semes, Salbín, Ayalón, Jetela, Elón, Timná, Ecrón, Eltequé, Guibetón, Baalat, Yehud, Bene Berac, Gat Rimón, Mejarcón y Racón, con el territorio que queda frente a Jafa. Pero como este territorio les resultaba estrecho, los de la tribu de Dan subieron a atacar a Lesén, la tomaron y la pasaron a filo de espada; la ocuparon y se establecieron en ella. La llamaron Lesén-Dan, del nombre de Dan, su padre. Ésta es la heredad de Dan, por clanes, con sus ciudades y aldeas. Cuando terminaron de repartirse la tierra y delimitados sus territorios, los israelitas dieron a Josué, hijo de Nun, una heredad en medio de ellos. Tal como el Señor lo había ordenado, le dieron la ciudad que él mismo había pedido, Timná-Séraj, en la montaña de Efraín; reconstruyó la ciudad y vivió en ella. Éstas son las heredades que el sacerdote Eleazar, Josué, hijo de Nun, y los jefes de familia de las tribus de Israel repartieron por suerte en Silo, ante el Señor, a la entrada de la tienda de la reunión. Así se llevó a cabo el reparto de la tierra. El Señor dijo a Josué: "Di a los israelitas: Designad las ciudades de asilo, de las que os he hablado por medio de Moisés, en las que pueda refugiarse un homicida que haya matado a alguien involuntariamente y por inadvertencia, para que sirvan de refugio contra el vengador de sangre. El homicida huirá a una de estas ciudades, se detendrá a la entrada de la puerta de la ciudad y expondrá su caso a los ancianos de la ciudad. Éstos lo recibirán y le asignarán una casa para que viva con ellos. Si el vengador de sangre lo persigue, no lo entregarán en sus manos, porque mató involuntariamente a su prójimo, sin tenerle odio anteriormente. Se quedará en esa ciudad hasta que haya comparecido en juicio ante la comunidad, hasta la muerte del sumo sacerdote que esté en funciones en aquellos días. Entonces el homicida podrá marchar y entrar en su ciudad y en su casa, en la ciudad de donde había huido". Designaron las siguientes: Cades, en Galilea, en la montaña de Neftalí; Siquén, en la montaña de Efraín; Quiriat Arbá, es decir, Hebrón, en la montaña de Judá. En Transjordania, al este de Jericó, en la meseta del desierto: Béser, de la tribu de Rubén; Ramot Galaad, de la tribu de Gad, y Golán-Basán, de la tribu de Manasés. Éstas fueron las ciudades asignadas a todos los israelitas y al extranjero residente, para que se refugiara en ellas el homicida involuntario y no cayera en manos del vengador de sangre antes de haber comparecido ante la asamblea. Los jefes de familia de los levitas se presentaron en Silo, en el país de Canaán, al sacerdote Eleazar, a Josué, hijo de Nun, y a los jefes de familia de las tribus de Israel, y les dijeron: "El Señor, por medio de Moisés, mandó que se nos diesen ciudades para vivir con sus ejidos para nuestros ganados". Entonces los israelitas dieron de sus propias heredades a los levitas, tal como lo había ordenado el Señor, las siguientes ciudades con sus ejidos. Se echó a suertes para los clanes de Quehat; a los levitas descendientes de Aarón les tocaron trece ciudades de las tribus de Judá, de Simeón y de Benjamín; a los otros hijos de Quehat, por clanes, les tocaron diez ciudades de las tribus de Efraín, de Dan y de la media tribu de Manasés. A los hijos de Guersón, por clanes, les tocaron diez ciudades de las tribus de Isacar, de Aser, de Neftalí y de la media tribu de Manasés, en Basán. A los hijos de Merarí, por clanes, les tocaron doce ciudades de las tribus de Rubén, de Dan y de Zabulón. Los israelitas dieron en suerte a los levitas estas ciudades, con sus ejidos, tal como lo había ordenado el Señor por medio de Moisés. De las tribus de Judá y de Simeón les dieron las ciudades siguientes, que tocaron a los levitas, de los clanes de Quehat, descendientes de Aarón: Quiriat Arbá, ciudad principal de los anaquitas, o sea, Hebrón, en la montaña de Judá, y los ejidos de alrededor; pero los términos de esta ciudad, con sus aldeas, se los dieron en propiedad a Caleb, hijo de Jefoné. Les dieron como ciudades de refugio para los homicidas: Hebrón, Libná, Yatir, Estemó, Jolón, Debir, Asín, Yutá y Bet Semes, con sus respectivos ejidos: nueve ciudades de estas dos tribus. Y de la tribu de Benjamín, Gabaón, Gueba, Anatot y Almón, con sus respectivos ejidos: cuatro ciudades. Suma total de las ciudades, de los hijos del sacerdote Aarón: trece ciudades con sus ejidos. A los otros clanes levitas descendientes de Quehat les tocaron en suerte ciudades de la tribu de Efraín. Se les dio como ciudades de refugio para los homicidas: Siquén, en la montaña de Efraín, Guézer, Quibsayín, Bejorón, con sus respectivos ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Dan: Eltecó, Guibetón, Ayalón, Gat Rimón, con sus respectivos ejidos: cuatro ciudades. De la media tribu de Manasés: Tanac y Yibleán, con sus respectivos ejidos: dos ciudades. Suma total de las ciudades, con sus ejidos, para estos clanes descendientes de Quehat; diez ciudades. A los clanes levitas descendientes de Guersón se les dio, de la media tribu de Manasés, como refugio para los homicidas: Golán, en Basán, y Astarot, con sus respectivos ejidos: dos ciudades. De la tribu de Isacar, Quisyón, Daberat, Yarmut, En Ganín, con sus respectivos ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Aser; Misak, Abdón, Jelcat, Rejob, con sus respectivos ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Neftalí, como ciudades de refugio para los homicidas: Cades, en Galilea, Jamot Dor y Racat, con sus respectivos ejidos; tres ciudades. Suma total de las ciudades de los clanes guersonitas: trece ciudades con sus ejidos. A los restantes clanes levitas, descendientes de Merarí, se les dio, de la tribu de Zabulón: Yocneán, Cartá, Rimón y Nahalal, con sus respectivos ejidos: cuatro ciudades. En Transjordania, frente a Jericó, de la tribu de Rubén, como ciudades de refugio para los homicidas: Béser, en el desierto, y Yahás, en la llanura, Quedemot y Mefat, con sus respectivos ejidos; cuatro ciudades. De la tribu de Gad, como ciudades de refugio para los homicidas: Ramot, Galaad, Majanayín, Jesbón, con sus respectivos ejidos: cuatro ciudades. Suma total de las ciudades de los clanes levitas de Merarí, doce ciudades. Suma total de las ciudades cedidas a los levitas en medio del territorio de los israelitas: cuarenta y ocho ciudades con sus ejidos. Estas ciudades comprendían la ciudad con sus ejidos de alrededor, lo mismo en todas las ciudades. El Señor dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres. Se posesionaron de ella y vivieron en ella. El Señor les dio paz con todos los pueblos vecinos, como había jurado a sus padres; ninguno de sus enemigos pudo resistirlos; a todos los entregó el Señor en sus manos. Ninguna de las promesas que el Señor había hecho a la casa de Israel cayó en el vacío; todas se cumplieron. Josué convocó a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés y les dijo: "Habéis cumplido todo lo que os ha mandado Moisés, siervo del Señor, y habéis obedecido mi palabra en todo lo que os he mandado. No habéis abandonado a vuestros hermanos durante mucho tiempo hasta este día, cumpliendo así fielmente el mandato del Señor, vuestro Dios. Ahora, puesto que el Señor, vuestro Dios, ha dado la paz a vuestros hermanos, como se lo había prometido, volveos e id a vuestras tiendas, a la tierra de vuestra heredad que os dio Moisés, siervo del Señor, en Transjordania. Pero poned sumo empeño en cumplir los mandamientos y la ley que os mandó Moisés, siervo del Señor, en amar al Señor, vuestro Dios, seguir sus caminos, observar sus mandamientos, permanecer unidos a él y en servirlo con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma". Josué los bendijo, los despidió, y se fueron a sus tiendas. Moisés había dado a la media tribu de Manasés un territorio en Basán; a la otra media se lo dio Josué en medio de sus hermanos, en Cisjordania. Y cuando Josué los envió a sus tiendas, los bendijo, diciéndoles: "Volvéis a vuestras tiendas con grandes riquezas, con muchísimo ganado, con plata, bronce, oro, hierro y con muchos vestidos; repartid con vuestros hermanos el botín de vuestros enemigos". Los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés dejaron a los israelitas en Silo, en la tierra de Canaán, para ir a la tierra de Galaad, la tierra de su heredad, donde ellos se habían establecido, según la orden que el Señor había dado por medio de Moisés. Cuando llegaron a las regiones del Jordán, todavía en tierra cananea, levantaron allí un altar junto al Jordán, un altar de gran apariencia. Llegó a oídos de los israelitas que los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés habían levantado un altar en la frontera de Canaán, junto al Jordán, en territorio israelita; en cuanto lo supieron, se reunieron en Silo para subir contra ellos y hacerles la guerra. Enviaron por delante a Fineés, hijo del sacerdote Eleazar, con diez jefes, uno por cada una de las tribus de Israel, cabezas de familia. Se presentaron a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés en Galaad, y les dijeron: "Esto dice toda la comunidad del Señor: ¿Qué infidelidad es esta que habéis cometido contra el Dios de Israel? ¿Por qué os habéis levantado un altar en rebeldía contra el Señor? ¿No era bastante el crimen de Fegor, del cual no nos hemos purificado todavía y por el que cayó aquella plaga sobre la comunidad del Señor? Vosotros os apartáis hoy del Señor. Hoy os rebeláis contra el Señor, y mañana se desahogará la ira de Dios contra toda la comunidad de Israel. Si vuestra heredad os parece impura, pasad a la tierra del Señor, donde él ha establecido su morada, y habitad en medio de nosotros; pero no os rebeléis contra el Señor levantando un altar rival del altar del Señor, nuestro Dios. Cuando Acán, hijo de Zéraj, cometió una infidelidad contra lo consagrado al exterminio, ¿no cayó la ira del Señor sobre toda la comunidad de Israel, aunque era un hombre solo? No murió él solo por su pecado". Los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés respondieron a los jefes israelitas: "El Señor, Dios de los dioses, él lo sabe, y que lo sepa Israel: si ha sido por rebelión o por infidelidad al Señor, que no nos salve hoy; si hemos levantado un altar para desviarnos del Señor y para ofrecer en él holocaustos, ofrendas y sacrificios de reconciliación, que el Señor nos pida cuenta de ello. Más bien hemos hecho esto por temor, pensando que el día de mañana vuestros hijos podrán decir a los nuestros: ¿Qué hay de común entre vosotros y el Señor, Dios de Israel? El Señor puso como frontera el Jordán entre nosotros y vosotros, los de Rubén y los de Gad. ¡Vosotros no tenéis parte en el Señor! Y así vuestros hijos harían que nuestros hijos no respetaran al Señor. Entonces nos dijimos: Levantemos un altar, no destinado a los holocaustos y demás sacrificios, sino para que sirva de testimonio entre nosotros y vosotros y entre nuestros descendientes después de nosotros, de que damos culto al Señor con nuestros holocaustos y nuestros sacrificios por el pecado y de reconciliación; para que el día de mañana vuestros hijos no puedan decir de los nuestros: ¡No tenéis parte en el Señor! Y dijimos: Si el día de mañana llegaran a decirnos esto a nosotros o a nuestros descendientes, responderíamos: Mirad la forma del altar del Señor que levantaron nuestros padres, no para ofrecer holocaustos u otros sacrificios, sino para que sirviese de testimonio entre nosotros y vosotros. Lejos de nosotros el pensamiento de rebelarnos contra el Señor y de querer abandonarle hoy levantando un altar para ofrecer holocaustos, sacrificios y ofrendas, fuera del altar del Señor, nuestro Dios, levantado en su morada". Cuando el sacerdote Fineés, los jefes de la comunidad y los jefes de clanes que le acompañaban oyeron estas palabras de los rubenitas, los gaditas y la media tribu de Manasés, les pareció bien. Y Fineés, hijo del sacerdote Eleazar, dijo a los de Rubén, a los de Gad y a los de Manasés: "Ahora reconocemos que el Señor está en medio de vosotros, porque no habéis cometido semejante infidelidad contra el Señor y habéis librado a los israelitas de la mano del Señor". Fineés, hijo del sacerdote Eleazar, y los jefes dejaron a los de Rubén, a los de Gad y a la media tribu de Manasés en Galaad y volvieron a Canaán e informaron a los israelitas. La noticia agradó a los israelitas y bendijeron a Dios; no hablaron más de ir contra ellos para hacerles la guerra y devastar la tierra en que vivían los de Rubén y los de Gad. Los de Rubén y los de Gad llamaron al altar "Testimonio", porque dijeron: "Es un testimonio para nosotros de que el Señor es Dios". Mucho tiempo después de que el Señor concediera a Israel la paz con todos los enemigos que le rodeaban, Josué, ya de edad avanzada, convocó a todo Israel, ancianos, jefes, jueces y escribas, y les dijo: "Yo soy viejo, muy entrado en años. Vosotros habéis visto todo lo que hizo el Señor, Dios vuestro, a todos estos pueblos ante vosotros; es el Señor, vuestro Dios, el que ha combatido por vosotros. Mirad, yo he repartido entre vosotros por suerte, como heredad para vuestras tribus, estos pueblos que han quedado, lo mismo que aquellos que yo he exterminado desde el Jordán hasta el mar Mediterráneo, a occidente. El Señor, vuestro Dios, los echará de sus tierras y vosotros las ocuparéis, tal como lo ha prometido el Señor, vuestro Dios". "Esforzaos por cumplir todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, para que no os apartéis de ella ni a la derecha ni a la izquierda; no os mezcléis con estos pueblos que quedan en medio de vosotros, no os acordéis del nombre de sus dioses, no los invoquéis en vuestros juramentos, no les sirváis ni os prosternéis ante ellos. Seguid siempre unidos al Señor, vuestro Dios, como lo habéis hecho hasta ahora. El Señor ha echado de vuestra presencia pueblos numerosos y fuertes; ninguno pudo resistir ante vosotros hasta el día de hoy. Uno solo de entre vosotros podía perseguir a mil, porque el Señor, vuestro Dios, combatía por vosotros, como os lo había prometido. Tened sumo empeño en amar al Señor, vuestro Dios, porque en ello os va la vida. Pero si os apartáis del Señor y os unís a estos pueblos que quedan entre vosotros, emparentándoos con ellos en matrimonios mixtos, estad seguros de que el Señor, vuestro Dios, no echará de vuestra presencia a estos pueblos y serán para vosotros una red, un lazo, un látigo en vuestros costados y espinas en vuestros ojos, hasta que desaparezcáis de esta buena tierra que el Señor, vuestro Dios, os ha dado. Yo ya me voy a morir. Reconoced con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma que ninguna de las promesas que el Señor, vuestro Dios, os había hecho, ha caído en el vacío; todas se han cumplido puntualmente; ni una siquiera cayó en el vacío. Pero del mismo modo que se han realizado todas las promesas hechas por el Señor, vuestro Dios, en vuestro favor, también el Señor hará caer sobre vosotros todas sus amenazas hasta haceros desaparecer de esta buena tierra que el Señor, vuestro Dios, os ha dado, si rompéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, os ha impuesto y os vais a servir a otros dioses; si os prosternáis ante ellos, entonces la ira del Señor se encenderá contra vosotros y muy pronto os hará desaparecer de esta buena tierra que él os ha dado". Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos, jefes, jueces y escribas, y en presencia del Señor dijo a todo el pueblo: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: Vuestros padres, Téraj, padre de Abrahán y de Najor, vivían antiguamente al otro lado del río Éufrates y adoraban a otros dioses. Pero yo tomé a vuestro padre Abrahán del lado de allá del río y le hice recorrer toda la tierra de Canaán; multipliqué su descendencia y le di a Isaac. A Isaac le di Jacob y Esaú. A Esaú le di en posesión la montaña de Seír, y Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Envié después a Moisés y Aarón, y castigué a Egipto con los prodigios que hice en medio de él. Después os saqué de allí. Saqué de Egipto a vuestros padres, y llegasteis al mar; los egipcios persiguieron a vuestros padres con carros y caballos hasta el mar Rojo. Entonces ellos clamaron al Señor, y él puso densas tinieblas entre vosotros y los egipcios e hizo volver sobre ellos el mar, que los sumergió. Vosotros habéis visto con vuestros propios ojos lo que hice en Egipto; después vivisteis mucho tiempo en el desierto. Os traje a la tierra de los amorreos, que vivían en Transjordania; ellos combatieron contra vosotros, pero yo los entregué en vuestras manos; ocupasteis su tierra, porque yo los exterminé ante vosotros. Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, se levantó para hacer la guerra a Israel y mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijese. Pero yo no quise escuchar a Balaán; él os bendijo, y yo os libré de sus manos. Pasasteis el Jordán y llegasteis a Jericó. Los jefes de Jericó combatieron contra vosotros, así como los amorreos, los fereceos, los cananeos, los hititas, los guirgaseos, los heveos y los jebuseos, pero yo los entregué en vuestras manos. Mandé delante de vosotros avispas, que pusieron en fuga a los dos reyes amorreos. Esto no lo debes a tu espada ni a tu arco. Os he dado una tierra que vosotros no habéis cultivado, unas ciudades que no habéis edificado y en las que vivís; coméis los frutos de las viñas y de los olivos que no habéis plantado. Respetad al Señor y servidle con perfección y fidelidad, alejad los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid al Señor. Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir, si a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río o a los dioses de los amorreos, cuya tierra ocupáis; yo y mi casa serviremos al Señor". El pueblo respondió: "Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, porque el Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la casa de la esclavitud; ha realizado ante nuestros ojos estos grandes prodigios y nos ha protegido durante todo el camino que hemos recorrido y en todos los pueblos por los que hemos pasado. El Señor ha echado delante de nosotros a todos los pueblos y a los amorreos que vivían en el país. También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios". Josué dijo al pueblo: "Vosotros no podréis servir al Señor, porque él es un Dios santo, un Dios celoso, y no soportará vuestros delitos ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor para servir a dioses extraños, él se volverá contra vosotros y, después de haberos hecho tanto bien, os hará el mal y os exterminará". El pueblo respondió a Josué: "¡No! Queremos servir al Señor". Entonces Josué dijo al pueblo: "Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirle". Y respondieron: "Somos testigos". "Entonces, quitad de en medio de vosotros los dioses extranjeros e inclinad vuestros corazones al Señor, Dios de Israel". El pueblo respondió a Josué: "Serviremos al Señor, nuestro Dios, y le obedeceremos". Aquel día Josué hizo un pacto con el pueblo, le impuso leyes y preceptos en Siquén. Y escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios. Tomó después una gran piedra y la levantó allí, debajo de la encina que había en el santuario del Señor. Y dijo a todo el pueblo: "Esta piedra será testigo contra vosotros, porque ella ha oído todas las palabras que el Señor nos ha dirigido; será testigo contra vosotros para que no neguéis a vuestro Dios". Después Josué despidió al pueblo, y cada uno se volvió a su heredad. Después de todo esto, Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, murió a la edad de ciento diez años. Fue sepultado en el territorio de su propiedad, en Timná Séraj, que está en la montaña de Efraín, al norte del monte Gaas. Israel sirvió al Señor durante toda la vida de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que conocían todo lo que el Señor había hecho en favor de Israel. Los huesos de José, que los israelitas habían traído de Egipto, fueron sepultados en Siquén, en la parte del campo que Jacob había comprado por cien monedas de plata a los hijos de Jamor, padre de Siquén, y que pasó a ser propiedad de los hijos de José. Después murió Eleazar, hijo de Aarón, y fue sepultado en Guibeá, ciudad de su hijo Fineés, a quien se la habían dado en la montaña de Efraín. Después de la muerte de Josué, los israelitas consultaron al Señor: "¿Quién de nosotros subirá el primero para luchar contra los cananeos?". El Señor respondió: "Subirá Judá, pues he puesto el país en sus manos". Entonces Judá dijo a Simeón, su hermano: "Sube conmigo al territorio que me ha tocado en suerte para luchar contra los cananeos; después lucharé yo contigo en tu territorio". Y Simeón se le unió. Judá subió, y el Señor puso en sus manos a los cananeos y a los fereceos; derrotaron en Bézec a diez mil de ellos, entre los que se encontraba Adonisedec. Adonisedec se dio a la fuga; pero ellos lo persiguieron, lo alcanzaron y le cortaron los pulgares de las manos y de los pies. Adonisedec dijo: "Setenta reyes, cortados los pulgares de pies y manos, recogían las migajas debajo de mi mesa; Dios me paga con la misma medida". Fue llevado a Jerusalén, y allí murió. Los de la tribu de Judá atacaron Jerusalén y la tomaron, pasaron a filo de espada a todos sus habitantes y le prendieron fuego. Después bajaron a atacar a los cananeos que vivían en la montaña, el Negueb y la Sefela. Atacaron también a los cananeos que vivían en Hebrón. Hebrón se llamaba antiguamente Quiriat Arbá. Y derrotaron a Sesay, a Ajimán y a Talmay. Luego atacaron la ciudad de Debir. Debir se llamaba antiguamente Quiriat Séfer. Entonces Caleb prometió: "A quien ataque y tome Quiriat Séfer, le daré por mujer a mi hija Acsá". La tomó Otoniel, hijo de Quenaz, hermano menor de Caleb, y éste le dio por esposa a su hija Acsá. Cuando la llevaban a casa de su marido, éste la convenció para que pidiera a su padre un campo. Ella se bajó del asno, y Caleb le preguntó: "¿Qué quieres?". Ella respondió: "Hazme un favor. Ya que me has dado una tierra de secano, dame al menos una fuente". Y Caleb le dio la fuente de arriba y la de abajo. Los hijos de Jobab, el quenita, suegro de Moisés, subieron con los de Judá desde la ciudad de las palmeras al desierto que está al mediodía de Judá, en la bajada de Arad, y vivieron con los amalecitas. Después Judá fue con Simeón, su hermano, y derrotaron a los cananeos que vivían en Sefat, y entregaron al exterminio la ciudad. Por eso aquella ciudad se llamó Jormá. Pero no pudieron apoderarse de Gaza, Ascalón y Ecrón con sus respectivos términos. El Señor estaba con Judá, que conquistó la montaña; pero no pudo expulsar a los habitantes de la llanura, porque tenían carros de guerra. Siguiendo las órdenes de Moisés, Hebrón fue dado a Caleb, que echó de allí a los tres hijos de Anac. Sin embargo, los de la tribu de Benjamín no pudieron echar de Jerusalén a los jebuseos, que han continuado viviendo allí hasta el día de hoy con los de Benjamín. A su vez, la casa de José subió contra Betel, y el Señor estuvo con ella. Exploraron los alrededores de Betel, llamada antiguamente Luz. Los espías vieron a un hombre que salía de la ciudad y le dijeron: "Indícanos por dónde se puede entrar en la ciudad y seremos benévolos contigo". Él les indicó por dónde podían entrar en la ciudad. Pasaron a filo de espada a la ciudad, pero dejaron libre a aquel hombre con toda su parentela. Aquel hombre se fue al país de los hititas, edificó una ciudad y la llamó Luz, nombre que aún conserva hoy. Manasés no pudo echar a los habitantes de Betsán, de Tanac, de Dor, de Yibleán y de Meguido, con sus respectivas ciudades dependientes; los cananeos siguieron viviendo en ellas. Cuando los israelitas fueron más fuertes, los sometieron a trabajos forzados, pero no llegaron a echarlos de allí. Efraín tampoco pudo echar a los cananeos que vivían en Guézer, de suerte que los cananeos siguen viviendo entre ellos. Zabulón tampoco pudo echar de Quitrón y de Nahalol a los cananeos, que siguen viviendo entre ellos, pero sometidos a trabajos forzados. Tampoco Aser pudo echar de Aco, Sidón, Majaleb, Afec y Rejob a los cananeos, que, al no poderlos echar, se quedaron a vivir entre ellos. Neftalí tampoco pudo echar a los habitantes de Bet Semes ni de Bet Anat, por lo que se quedaron a vivir entre los cananeos; pero a los habitantes de Bet Semes y Bet Anat los sometieron a trabajos forzados. Los amorreos contuvieron en la montaña a los de Dan y no los dejaron bajar a la llanura; los amorreos se mantuvieron en Har Jeres, en Ayalón y en Saalbín, pero cuando creció el poder de la casa de José fueron sometidos a trabajos forzados. El territorio de los edonitas se extendía desde la subida de Acrabín hasta Sela, y seguía hacia arriba. El ángel del Señor subió de Guilgal a Betel y dijo: "Yo os saqué de Egipto y os traje a esta tierra que había prometido con juramento a vuestros padres, diciendo: No romperé jamás mi alianza con vosotros. Por vuestra parte, no haréis pactos con los habitantes de este país, sino que destruiréis sus altares. Pero vosotros no habéis obedecido. ¿Por qué habéis hecho esto? Por eso os digo: No echaré a estos pueblos delante de vosotros. Serán vuestros enemigos, y sus dioses serán una tentación para vosotros". Cuando el ángel del Señor terminó de hablar, el pueblo se echó a llorar a gritos. Por eso llamaron a aquel lugar Boquín, y ofrecieron sacrificios al Señor. Josué despidió al pueblo, y los israelitas se fueron cada uno a tomar posesión de su territorio. El pueblo sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y de los ancianos que sobrevivieron a Josué, que habían visto todas las grandes obras que el Señor había hecho en favor de Israel. Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, murió a la edad de ciento diez años, y lo enterraron en su propio territorio de Timná Séraj, en la montaña de Efraín, al norte del monte Gaas; murió también toda aquella generación que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel. Los israelitas hicieron lo que desagrada al Señor y adoraron a los baales. Abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y se fueron tras otros dioses de los pueblos vecinos; los adoraron, provocando por ello la ira del Señor. Abandonaron al Señor para adorar a Baal y Astarté. Entonces se encendió contra Israel la ira del Señor; los entregó en manos de salteadores, que los saquearon, y los vendió a sus enemigos de alrededor, a los que no fueron capaces de oponer resistencia. En todas sus expediciones, la mano del Señor pesaba sobre ellos para hacerles mal, como el mismo Señor se lo había dicho y jurado. Entonces el Señor hizo surgir jueces que los libraron del poder de sus opresores. Pero ni aun a sus jueces obedecían. Se prostituyeron ante otros dioses y se prosternaron ante ellos. Se apartaron pronto del camino que habían seguido sus padres, dóciles a los mandamientos del Señor; pero ellos no lo hicieron así. El Señor hizo surgir los jueces. El Señor estaba con el juez y los libraba de la mano de sus enemigos mientras vivía el juez, pues se compadecía de ellos al oírles gemir bajo sus opresores y perseguidores. Pero cuando moría el juez, volvían a caer y obraban peor que sus padres; no abandonaban las prácticas condenables y la terca conducta de sus padres. La ira del Señor se encendió contra Israel y dijo: "Ya que esta generación ha violado la alianza que yo había establecido con sus padres y no me ha obedecido, desde ahora tampoco yo echaré delante de ellos a ninguna de las naciones que dejó Josué al morir, a fin de probar por su medio a Israel, para ver si sigue o no los caminos del Señor, como los siguieron sus padres". Por eso el Señor dejó en paz aquellas naciones, no expulsándolas de momento, ni poniéndolas en manos de Josué. Éstas son las naciones que el Señor dejó para probar por su medio a los israelitas que no habían conocido ninguna de las guerras de Canaán (fue únicamente para instruir en el arte de la guerra a los que no habían conocido las guerras de antes). Los cinco principados filisteos, todos los cananeos, los sidonios y los hititas que habitaban la montaña del Líbano, desde la montaña de Baal Hermón hasta la entrada de Jamat. Ellos sirvieron para probar a Israel, para ver si guardaba los preceptos que el Señor había dado a sus padres por medio de Moisés. Por eso los israelitas vivieron entre los cananeos, los hititas, los amorreos, los fereceos, los heveos y los jebuseos; y tomaron por esposas a sus hijas, casaron a sus propios hijos con las hijas de ellos y adoraron a sus dioses. Los israelitas hicieron lo que desagrada al Señor. Olvidaron al Señor, su Dios, para adorar a los baales y las aserás. Entonces la ira del Señor se encendió contra ellos y los entregó a Cusán Risatayín, rey de Edón. Los israelitas estuvieron sometidos a Cusán Risatayín ocho años; clamaron al Señor, y el Señor hizo surgir un libertador para salvarlos: Otoniel, hijo de Quenaz, hermano menor de Caleb. El espíritu del Señor vino sobre él, fue juez de Israel y salió a combatir contra Cusán Risatayín, rey de Edón; el Señor se lo puso en sus manos y lo derrotó. Así el país estuvo en paz durante cuarenta años. Muerto Otoniel, hijo de Quenaz, los israelitas volvieron a hacer lo que desagrada al Señor, y el Señor dio poder a Eglón, rey de Moab, sobre Israel, porque habían hecho lo que desagradaba al Señor. Eglón se coligó con los amonitas y los amalecitas, marchó contra Israel, lo derrotó y se apoderó de la ciudad de las palmeras. Los israelitas estuvieron sometidos a Eglón, rey de Moab, dieciocho años. Los israelitas clamaron al Señor, y el Señor hizo surgir un libertador: Ehud, hijo de Guerá, benjaminita, que era zurdo. Los israelitas le encargaron que llevase el tributo a Eglón, rey de Moab. Ehud se hizo un puñal de dos filos, de medio metro de largo, y se lo ciñó bajo sus vestidos, al lado derecho. Presentó el tributo a Eglón, rey de Moab, que era un hombre muy gordo. Una vez terminada la presentación del tributo, salió a despedir a los hombres que le habían acompañado; pero cuando llegó al lugar llamado "Los Ídolos", cerca de Guilgal, se volvió y dijo: "Tengo un mensaje secreto para ti, oh rey". El rey respondió: "¡Silencio!", y mandó salir a todos los que estaban con él. Ehud entró. El rey estaba sentado en la sala de verano, reservada para él solo, tomando el fresco. Ehud le dijo: "Tengo una palabra de Dios para ti, oh rey", y éste se levantó de la silla. Entonces Ehud, con la mano izquierda, tomó el puñal que llevaba al lado derecho y se lo metió en el vientre. La empuñadura entró con la hoja, y la grasa se cerró sobre ésta, pues no sacó el puñal del vientre; luego Ehud salió por la ventana. Ehud salió al pórtico, después de haber cerrado tras de sí las puertas de la habitación alta y haber echado el cerrojo. Después que él salió, vinieron los servidores del rey y, viendo cerradas con cerrojo las puertas de la habitación alta, se dijeron: "Sin duda está haciendo sus necesidades en la sala de verano". Esperaron hasta no saber qué pensar, pues él no abría las puertas de la sala de verano. Entonces tomaron una llave y abrieron. Su señor yacía en tierra, muerto. Mientras ellos esperaban, Ehud huyó, pasó el lugar llamado "Los Ídolos" y se puso a salvo en Seirá. Tan pronto como llegó a tierra de Israel, tocó la trompeta en la montaña de Efraín, y los israelitas bajaron con él de la montaña. Él iba en cabeza. Y les dijo: "Seguidme, porque el Señor pone a vuestros enemigos, a Moab, en vuestras manos". Ellos lo siguieron, cortaron a Moab los pasos del Jordán y no dejaron pasar a ninguno. Aquel día derrotaron a Moab, cerca de diez mil hombres, todos robustos y valientes, sin que escapase ni uno solo. Aquel día Moab quedó derrotado bajo la mano de Israel, y la tierra estuvo en paz durante cuarenta años. Después de él, fue juez Sangar, hijo de Anat. Él derrotó a los filisteos, en número de seiscientos hombres, con una aguijada de bueyes. También él salvó a Israel. Después de la muerte de Ehud, los israelitas volvieron a hacer lo que desagrada al Señor, y el Señor los entregó en manos de Yabín, rey de Canaán, que reinaba en Jasor, y cuyo jefe militar era Sísara, que vivía en Jaróset Goyín. Los israelitas clamaron al Señor, porque Yabín tenía novecientos carros de guerra y había oprimido a los israelitas durante veinte años. Por aquel tiempo era juez en Israel Débora, profetisa, mujer de Lapidot. Se sentaba bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraín, y los israelitas subían allí para arreglar sus litigios. Ella mandó llamar a Barac, hijo de Abinoán, de Cades, en Neftalí, y le dijo: "El Señor, Dios de Israel, ha ordenado esto: Vete al monte Tabor y toma contigo diez mil hombres de la tribu de Neftalí y Zabulón. Yo te traeré allí, al torrente Quisón, a Sísara, el jefe del ejército de Yabín, con sus carros y sus tropas, y lo entregaré en tus manos". Barac respondió: "Si vienes tú conmigo, iré; pero si no vienes, no iré, porque yo no sé en qué día el ángel del Señor me dará la victoria". Débora contestó: "Iré contigo; pero el camino que vas a recorrer no será gloria tuya, porque en manos de una mujer entregará el Señor a Sísara". Débora se puso en camino y, con Barac, se dirigió a Cades. Barac reunió a Zabulón y a Neftalí en Cades; lo siguieron diez mil hombres, y Débora fue con ellos. Jéber, el quenita, se había separado de la tribu de Caín, de los hijos de Jobab, suegro de Moisés, y había plantado sus tiendas alrededor de la encina de Saananín, cerca de Cades. Sísara, al enterarse de que Barac, hijo de Abinoán, había subido al monte Tabor, reunió sus novecientos carros de hierro, y todas las tropas que tenía, desde Jaróset Goyín al arroyo Quisón. Débora dijo a Barac: "Levántate, éste es el día en que el Señor entregará a Sísara en tus manos. ¿No va el Señor delante de ti?". Y Barac dejó el monte Tabor con sus diez mil hombres. El Señor amedrentó a Sísara, a todos sus carros y a todo su ejército ante la presencia de Barac. Sísara, bajando de su carro, huyó a pie. Barac persiguió a los carros y al ejército hasta Jaróset Goyín. Todo el ejército de Sísara cayó bajo el filo de la espada y no escapó ni un solo hombre. Sísara huyó a pie hacia la tienda de Yael, mujer de Jéber, el quenita, porque había buenas relaciones entre Yabín, rey de Jasor, y la casa de Jéber, el quenita. Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo: "Entra, señor mío, entra; no tengas ningún miedo". Él entró en la tienda, y ella lo cubrió con una alfombra. Él le dijo: "Dame de beber un poco de agua, por favor, porque tengo sed". Ella abrió el odre de la leche, le dio de beber y lo cubrió de nuevo. Sísara le dijo: "Quédate a la puerta de la tienda, y si viene alguien preguntando: ¿Hay aquí algún hombre?, responderás: No". Pero Yael, mujer de Jéber, tomó un clavo de la tienda y un martillo, y se acercó silenciosamente a él y le clavó en la sien el clavo, que llegó hasta la tierra. Sísara estaba profundamente dormido, agotado de cansancio, y murió. Entre tanto llegó Barac, que perseguía a Sísara. Yael salió a su encuentro y le dijo: "Ven, y te enseñaré al hombre a quien buscas". Entró con ella. Sísara yacía muerto, con el clavo en la sien. Así humilló Dios aquel día a Yabín, rey de Canaán, ante los israelitas. La mano de los israelitas pesó cada vez más sobre Yabín, rey de Canaán, hasta que acabaron con él. En aquel día Débora y Barac, hijo de Abinoán, cantaron así: "Los príncipes de Israel se pusieron al frente, el pueblo se ofreció voluntario. ¡Bendecid al Señor! Oíd, reyes; prestad atención, príncipes: yo cantaré al Señor, Dios de Israel. Señor, cuando tú saliste de Seír, cuando avanzaste desde los campos de Edón, la tierra tembló, se turbó el cielo, las nubes se deshicieron en agua. Los montes se derritieron ante la presencia del Señor, ante la presencia del Señor, Dios de Israel. En los días de Sangar, hijo de Anat, en los días de Yael, los caminos estaban desiertos; los que andaban por los caminos, iban por senderos tortuosos. Faltaron los jefes de Israel, faltaron; hasta que surgiste tú, oh Débora, surgiste como madre de Israel. Se preferían dioses extranjeros; la guerra llegaba ya a las puertas; apenas se veía un escudo o una lanza entre los cuarenta mil de Israel. Mi corazón se vuelve a los jefes de Israel, a los valientes del pueblo: ¡Bendecid al Señor! Los que montáis asnas blancas, sentados sobre tapices, y vosotros los que vais por los caminos: ¡Cantad! Al clamor de los que salen a los abrevaderos, allí se celebran las gestas del Señor, las gestas de su dominio en Israel. (El pueblo del Señor bajó a las puertas). Despiértate, despiértate, entona un cántico. Ánimo, levántate, Barac, y lleva tus prisioneros, hijo de Abinoán. Entonces Israel bajó a las puertas, el pueblo del Señor salió en su defensa con los nobles. Los príncipes de Efraín están en el llano, su hermano Benjamín entre sus tropas; de Maquir bajaron los jefes, y de Zabulón los que llevan el bastón de mando. Los príncipes de Isacar están con Débora, Isacar fue el apoyo de Barac, pues se lanzó tras él al valle. En los clanes de Rubén hay grandes decisiones. ¿Por qué te quedaste en tus apriscos, escuchando las flautas de los pastores? En los clanes de Rubén hay grandes decisiones. Galaad se quedó al otro lado del Jordán; y Dan, ¿por qué se quedó junto a las naves? Aser se sentó a orillas del mar, y habita tranquilo en sus puertos. Zabulón arriesgó su vida, como Neftalí, en lo alto de sus campos. Vinieron los reyes, lucharon; entonces los reyes de Canaán combatieron en Tanac, junto a las aguas de Meguido, pero no obtuvieron un botín de plata. Desde los cielos combatieron las estrellas, desde sus órbitas combatieron a Sísara. El arroyo Quisón los arrastró, arroyo sagrado el arroyo Quisón, los barrió con violencia. Los cascos de los caballos resonaron al galope, al galope con sus jinetes. Maldecid a Meroz, dijo el ángel del Señor, maldecid, maldecid a sus habitantes, que no vinieron en ayuda del Señor, en ayuda del Señor entre los héroes. Bendita entre las mujeres sea Yael, (la mujer de Jéber el quenita), bendita entre las mujeres del campamento. Pidió agua, ella le dio leche; en copa preciosa le sirvió nata. Con su mano cogió el clavo, con la derecha el martillo de los trabajadores. Le golpeó, le rompió la cabeza, le atravesó la sien. A sus pies se doblegó, cayó, yació, a sus pies se derrumbó, cayó; donde se doblegó, allí cayó muerto. La madre de Sísara se asoma a la ventana, mira por entre las celosías. ¿Por qué tarda en venir su carro? ¿Por qué son tan lentas sus cuadrigas? La más avisada de sus damas responde y se repite las mismas palabras: Seguramente han encontrado botín y lo están repartiendo; una, dos jóvenes para cada guerrero, un vestido, dos vestidos de colores para Sísara; un vestido, dos vestidos bordados para su cuello. Así perezcan todos tus enemigos, oh, Señor; y aquellos que te aman, sean como el sol cuando se levanta con todo vigor". Los israelitas hicieron lo que desagradaba al Señor, y el Señor los entregó en manos de Madián durante siete años. La mano de Madián pesó fuertemente sobre Israel. Para escapar de Madián, los israelitas se sirvieron de las cuevas, cavernas y refugios de los montes. Siempre que los israelitas sembraban algo, los madianitas, los amalecitas y la gente del oriente los atacaban; acampaban en su tierra, devastaban las mieses de la región hasta cerca de Gaza, y no dejaban a Israel medio alguno de subsistencia, ni ovejas, ni bueyes, ni asnos. Subían con sus rebaños y tiendas como una nube de langosta y lo destruían todo; sus camellos eran innumerables. Los israelitas se vieron reducidos a gran miseria por causa de Madián, y clamaron al Señor. Cuando los israelitas pidieron al Señor que los librara de Madián, el Señor les envió un profeta que les dijo: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: Yo os saqué de Egipto, de la casa de la esclavitud. Os libré del poder de Egipto y de todos los que os oprimían, los eché de delante de vosotros y os di a vosotros sus tierras. Y os dije: Yo soy el Señor, vuestro Dios. No adoraréis a los dioses de los amorreos cuyas tierras vais a ocupar. Pero vosotros no me habéis obedecido". El ángel del Señor vino y se sentó bajo la encina de Ofrá, que pertenecía a Joás, de Abiezer. Gedeón, su hijo, estaba limpiando el trigo en el lagar para ocultarlo a Madián. El ángel del Señor se le apareció y le dijo: "El Señor está contigo, ¡guerrero valiente!". Gedeón le respondió: "Por favor, mi Señor; si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos sucede todo esto? ¿Dónde están todos los prodigios que nos cuentan nuestros padres diciendo: No nos sacó el Señor de Egipto? Y ahora el Señor nos ha abandonado y nos ha entregado al poder de los madianitas". El Señor lo miró y le dijo: "Vete con la fuerza que tienes y salvarás a Israel del poder de los madianitas. ¿No soy yo quien te envía?". Gedeón respondió: "Por favor, Señor, ¿cómo salvaré yo a Israel? Mi familia es la más humilde de Manasés, y yo soy el último en la casa de mi padre". El Señor le respondió: "Yo estaré contigo, y tú derrotarás a Madián como si fuese un solo hombre". Gedeón le dijo: "Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien me habla. Por favor, no te muevas de aquí hasta que yo vuelva". Él le dijo: "Aquí estaré hasta que vuelvas". Gedeón se fue, preparó un cabrito, y con una media fanega de harina hizo panes sin levadura; puso la carne en una cesta y el caldo en una olla, lo llevó bajo la encina y se lo presentó. Entonces el ángel de Dios le dijo: "Coge la carne y los panes sin levadura, ponlos sobre esta piedra y vierte el caldo". Gedeón lo hizo así. El ángel del Señor tocó la carne y los panes sin levadura con la punta del bastón que llevaba, salió fuego de la roca y consumió la carne y los panes. Y el ángel del Señor desapareció de su vista. Entonces Gedeón se dio cuenta de que era el ángel del Señor, y dijo: "¡Ay, Señor! ¡He visto cara a cara al ángel del Señor!". El Señor respondió: "La paz esté contigo. No tengas miedo, no morirás". Gedeón levantó allí un altar al Señor y le puso por nombre "El Señor es la paz". Este altar está todavía en Ofrá de Abiezer. Aquella misma noche el Señor dijo a Gedeón: "Toma el toro gordo de tu padre, el de siete años, destruye el altar de Baal que tiene tu padre y corta el cipo que está a su lado. Después construirás al Señor, tu Dios, en la cumbre de este cerro, un altar bien preparado. Entonces ofrecerás el toro gordo en holocausto con la leña que habrás cortado". Gedeón tomó consigo diez hombres de entre sus siervos e hizo como el Señor le había ordenado; pero como no se atrevía a hacerlo de día, por miedo a su familia y a la gente de la ciudad, lo hizo de noche. Al día siguiente, cuando se levantó la gente de la ciudad, vieron que el altar de Baal había sido destruido, el cipo que estaba junto a él cortado, y el toro gordo había sido ofrecido en holocausto sobre el nuevo altar. Y se preguntaban unos a otros: "¿Quién ha hecho esto?". Indagaron, se informaron y concluyeron: "Lo ha hecho Gedeón, el hijo de Joás". Entonces los hombres de la ciudad dijeron a Joás: "Saca a tu hijo, que lo vamos a matar, porque ha destruido el altar de Baal y ha cortado el cipo que estaba junto a él". Joás respondió a todos los que estaban ante él: "¿Os corresponde a vosotros defender a Baal? ¿Sois vosotros los que tenéis que salvarlo? El que tome la defensa de Baal morirá antes de mañana. Si es Dios, se defenderá por sí mismo contra el que ha destruido su altar". Aquel día dieron a Gedeón el nombre de Yerubaal, pues decían: "Que Baal se defienda de él, ya que le ha destruido su altar". Los madianitas, los amalecitas y la gente del oriente se habían unido. Atravesaron el Jordán y vinieron a acampar en la llanura de Yezrael. Entonces el espíritu del Señor se apoderó de Gedeón, tocó la trompeta, y Abiezer le siguió. Envió mensajeros a todo Manasés, que también le siguió; también envió mensajeros a Aser, a Zabulón y a Neftalí, que se pusieron en marcha para venir a su encuentro. Gedeón dijo a Dios: "Si de verdad quieres salvar a Israel por mi mano, como has dicho, mira, voy a poner un vellón de lana al sereno; si el rocío se posa solamente sobre el vellón estando seco todo el suelo, entonces sabré que librarás a Israel por mi mano, como has dicho". Y así sucedió. Gedeón se levantó al día siguiente de madrugada, tomó el vellón, lo exprimió y sacó una cazuela llena de agua. Gedeón dijo a Dios: "No se encienda tu ira contra mí si te hablo todavía una vez. Permíteme que haga una última vez la prueba del vellón: que quede seco solamente el vellón y en todo el suelo haya rocío". Y Dios lo hizo así aquella noche. Quedó seco totalmente el vellón y en todo el suelo había rocío. Yerubaal, o sea, Gedeón, se levantó de madrugada y todo el pueblo que estaba con él, y acamparon en En Jarod. El campamento de los madianitas se encontraba al norte del suyo, al pie de la colina de Moré, en el valle. El Señor dijo a Gedeón: "El pueblo que está contigo es excesivamente numeroso para que yo entregue a los madianitas en vuestras manos. Israel podría gloriarse contra mí, diciendo: Es mi propia mano la que me ha librado. Por eso, llama al pueblo y dile: El que tenga miedo y tiemble, que se vuelva y se retire". Se retiraron del pueblo veintidós mil, y quedaron diez mil. El Señor dijo a Gedeón: "Todavía es demasiada gente. Que bajen al agua, y yo los probaré. El que yo te diga: Éste irá contigo, ése irá; y todo el que yo te diga: Que éste no vaya contigo, ése no irá". Gedeón hizo bajar sus tropas al agua, y el Señor le dijo: "A todos los que lamen el agua de su mano como la lamen los perros, ponlos a un lado; y a todos los que se arrodillan para beber, ponlos a otro". Los que lamieron el agua de sus manos fueron trescientos. El resto del pueblo se arrodilló para beber. El Señor dijo a Gedeón: "Con los trescientos hombres que han lamido el agua os libraré y pondré a los madianitas en tus manos. Que todos los demás se vayan cada uno a su casa". Aquéllos cogieron en sus manos los cántaros y trompetas del pueblo. A todos los demás hombres de Israel los mandó a cada uno a su tienda, quedándose sólo con los trescientos. El campamento de los madianitas estaba debajo del suyo, en la llanura. Aquella noche el Señor ordenó a Gedeón: "Levántate, baja al campamento, porque yo los entrego en tus manos. Pero si tienes miedo a atacar, baja al campamento con tu siervo Furá y escucha lo que ellos dicen; después de esto cobrarás más ánimo y caerás sobre el campamento". Bajó él con su siervo Furá hasta los últimos puestos de los hombres armados del campamento. Los madianitas, los amalecitas y la gente de oriente estaban desplegados en el valle, tan numerosos como langostas; sus camellos eran innumerables, como la arena que hay a orillas del mar. Cuando llegó Gedeón, un hombre estaba contando un sueño a un compañero suyo. Decía: "He tenido un sueño: veía un pan redondo de cebada que rodaba por el campamento de los madianitas. Llegó a la tienda, chocó contra ella, le dio la vuelta y la derribó en tierra". Su compañero le contestó: "Esto no es otra cosa que la espada de Gedeón, hijo de Joás, de Israel. Dios ha entregado en su mano a los madianitas y a todo el campamento". Cuando Gedeón oyó el sueño y su explicación, se prosternó. Volvió al campamento de Israel y dijo: "Arriba, porque el Señor ha entregado en vuestras manos el campamento de los madianitas". Gedeón dividió sus trescientos hombres en tres bandos. Puso en sus manos las trompetas y los cántaros vacíos y dentro de ellos teas encendidas, y les dijo: "Miradme a mí y haced lo que yo haga. Cuando llegue yo a los límites del campamento, lo que haga yo, hacedlo vosotros también. Yo tocaré la trompeta, yo y todos los que están conmigo; entonces vosotros tocaréis también las trompetas en torno al campamento y gritaréis: ¡Por el Señor y por Gedeón!". Gedeón y los que estaban con él llegaron a los límites del campamento a medianoche cuando acababan de relevarse los centinelas, tocaron las trompetas y rompieron los cántaros que llevaban en la mano. Entonces los tres bandos tocaron las trompetas y rompieron los cántaros; con la mano izquierda agarraron las teas encendidas y con la derecha las trompetas para tocarlas, y gritaron: "¡Por el Señor y por Gedeón!". Ellos quedaron cada uno en su puesto alrededor del campamento, y todo el campamento se puso a correr, a gritar y a huir. Mientras los trescientos tocaban las trompetas, el Señor hizo que cada uno volviese la espada contra su compañero. Todos huyeron hasta Bet Hassitá, hacia Serera, hasta la ribera de Abel Mejolá, frente por frente de Tabat. Entonces se reunieron los hombres de Israel, de Neftalí, de Aser y de todo Manasés y persiguieron a los madianitas. Gedeón envió mensajeros a toda la montaña de Efraín, diciendo: "Bajad al encuentro de los madianitas y ocupad antes que ellos las fuentes hasta Bet Bará y el Jordán". Y todos los efraimitas respondieron a la llamada y ocuparon los vados a lo largo del Jordán hasta Bet Bará. Hicieron prisioneros a los dos jefes madianitas, Oreb y Zeb; mataron a Oreb en la roca de Oreb, y a Zeb en el lagar de Zeb. Persiguieron a los madianitas, y llevaron a Gedeón, al otro lado del Jordán, las cabezas de Oreb y Zeb. Los de la tribu de Efraín dijeron a Gedeón: "¿Qué manera es ésta de obrar con nosotros? ¿Cómo no nos has convocado cuando ibas a luchar contra los madianitas?". Y se querellaron fuertemente contra él. Él les respondió: "¿Qué he hecho yo en comparación con vosotros? ¿Acaso no ha sido mejor el rebusco de Efraín que la vendimia de Abiezer? El Señor puso en vuestras manos a los jefes madianitas, Oreb y Zeb. Lo que yo he hecho, ¿puede compararse con lo que habéis hecho vosotros?". Ante estas palabras, ellos se calmaron. Gedeón, con sus trescientos, llegó al Jordán y lo atravesó. Él y los que lo acompañaban estaban muertos de hambre y de sed. Entonces dijo a la gente de Sucot: "Dad, por favor, tortas de pan a la gente que me sigue, porque están extenuados, y yo quiero continuar persiguiendo a Zébaj y a Salmuná, reyes madianitas". Pero los jefes de Sucot respondieron: "¿Acaso tienes ya en tus manos a Zébaj y a Salmuná, para que debamos suministrar pan a tu ejército?". Gedeón contestó: "Bien, cuando el Señor entregue en mi mano a Zébaj y a Salmuná, yo desgarraré vuestras carnes con espinas y cardos del desierto". Desde allí subió a Penuel y les hizo la misma petición. Los hombres de Penuel respondieron lo mismo que los de Sucot. Y él les replicó de la misma manera: "Cuando vuelva vencedor, destruiré esta torre". Zébaj y Salmuná estaban en Carcor con sus ejércitos, alrededor de quince mil hombres, todos los que habían quedado del ejército del oriente. Habían caído ciento veinte mil guerreros. Gedeón subió por el camino de los beduinos, al este de Nóbaj y de Yogbohá, y atacó el campamento cuando menos lo esperaban. Zébaj y Salmuná huyeron; pero Gedeón los persiguió, e hizo prisioneros a los dos reyes de Madián, Zébaj y Salmuná, y derrotó a todo su ejército. Gedeón, hijo de Joás, volviendo de la batalla por la subida de Jares, apresó a un joven de Sucot, le preguntó, y él le dio por escrito los nombres de los jefes de Sucot y de sus ancianos: setenta y siete hombres. Gedeón se presentó a la gente de Sucot, y dijo: "Aquí están Zébaj y Salmuná, por los que os burlasteis de mí diciendo: ¿Acaso tienes ya en tus manos a Zébaj y a Salmuná para que debamos suministrar pan a tu ejército?". Él apresó a los ancianos de Sucot y, con espinas y cardos del desierto, desgarró las carnes de las gentes de Sucot. Destruyó la torre de Penuel y mató a los hombres de la ciudad. Después preguntó a Zébaj y Salmuná: "¿Cómo eran los hombres que matasteis en el Tabor?". Ellos respondieron: "Eran como tú; cada uno de ellos parecía un príncipe". Gedeón dijo: "Eran hermanos míos, hijos de mi madre. ¡Por la vida del Señor! ¡Si los hubieseis dejado vivos, yo no os mataría!". Y mandó a Yéter, su primogénito: "Anda, mátalos". Pero el joven no desenvainó la espada; no se atrevía, porque era todavía joven. Entonces Zébaj y Salmuná dijeron: "Ánimo, mátanos tú; porque como es el hombre, así es su fuerza". Entonces Gedeón se levantó, mató a Zébaj y Salmuná y se quedó con las lunetas que llevaban al cuello sus camellos. Los israelitas dijeron a Gedeón: "Reina sobre nosotros tú, tu hijo y tu nieto, porque nos has librado de la mano de los madianitas". Pero Gedeón les respondió: "No reinaré yo sobre vosotros ni mi hijo, porque es el Señor quien debe reinar sobre vosotros". Y añadió: "Quiero pediros una cosa: Dadme cada uno de vosotros un anillo de los del botín, pues como los vencidos eran ismaelitas tenían anillos de oro". Le contestaron: "Te los damos con mucho gusto". Él extendió su manto, y cada uno echó un anillo del botín. El peso de los anillos de oro que él había pedido ascendió a veinte kilos, sin contar las lunetas, los pendientes y los vestidos de púrpura que llevaban los reyes madianitas ni los collares que colgaban del cuello de sus camellos. Gedeón hizo con ellos un efod, que colocó en su ciudad, en Ofrá. Todo Israel se prostituyó ante él, y esto fue para Gedeón y su casa la causa de su ruina. Los madianitas quedaron sometidos a los israelitas y no volvieron a levantar cabeza. El país estuvo en paz cuarenta años mientras vivió Gedeón. Yerubaal, hijo de Joás, se fue a vivir a su casa. Gedeón tuvo setenta hijos, pues tenía muchas mujeres. También su concubina, que vivía en Siquén, le dio un hijo, al que puso por nombre Abimelec. Gedeón, hijo de Joás, murió en buena ancianidad y fue sepultado en la tumba de su padre, Joás, en Ofrá de Abiezer. Al morir Gedeón, los israelitas volvieron a prostituirse ante los baales y tomaron por dios a Baal Berit. Se olvidaron del Señor, su Dios, que los había librado de la mano de todos sus enemigos de alrededor, y no demostraron agradecimiento a la casa de Yerubaal, o sea Gedeón, por todo el bien que había hecho a Israel. Abimelec, hijo de Yerubaal, se fue a Siquén, a casa de los hermanos de su madre, y dirigió a ellos y a toda la familia de la casa de su madre estas palabras: "Haced saber, por favor, a todos los nobles de Siquén: ¿Qué es mejor para vosotros: ser gobernados por setenta hombres, todos los hijos de Yerubaal, o ser gobernados por uno solo? Pensad, además, que yo soy hueso vuestro y carne vuestra". Los hermanos de su madre hablaron de él a todos los nobles de Siquén, conforme a aquellas palabras, y se pusieron de parte de Abimelec, porque decían: "Es nuestro hermano". Y le dieron setenta monedas de plata del templo de Baal Berit. Con ellas Abimelec pagó el sueldo a mercenarios y aventureros que le siguieron. Fue a casa de su padre, a Ofrá, y mató a sus hermanos, los hijos de Yerubaal, setenta hombres, sobre una misma piedra. Sólo se salvó Jotán, el hijo menor de Yerubaal, porque se había escondido. Los hijos nobles de Siquén y de Bet Miló se reunieron y proclamaron a Abimelec junto a la encina de la estela que está en Siquén. Cuando Jotán lo supo, fue a situarse en la cumbre del monte Garizín, levantó su voz y dijo: "¡Oídme, nobles de Siquén, y que Dios os escuche! Una vez los árboles se pusieron en camino para ungir un rey que reinase sobre ellos. Dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. El olivo les respondió: ¿Voy a renunciar yo al aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres para ir a balancearme sobre los árboles? Entonces los árboles dijeron a la higuera: Ven tú, reina sobre nosotros. La higuera les respondió: ¿Voy yo a renunciar a mi dulzura y a mi excelente fruto para ir a balancearme sobre los árboles? Entonces los árboles dijeron a la vid: Ven tú, reina sobre nosotros. La vid les respondió: ¿Voy a renunciar a mi mosto, alegría de Dios y de los hombres, para venir a balancearme sobre los árboles? Por fin, los árboles dijeron a la zarza espinosa: Ven tú, reina sobre nosotros. La zarza espinosa les respondió: Si de verdad queréis ungirme por vuestro rey, venid y refugiaos a mi sombra; y si no, saldrá fuego de la zarza y devorará a los cedros del Líbano. Ahora bien, si habéis obrado de buena fe y con justicia al elegir por rey a Abimelec, si os habéis portado bien con Yerubaal y con su casa, si lo habéis tratado según sus méritos, pues mi padre luchó por vosotros y expuso su propia vida para libraros del poder de los madianitas, y vosotros os habéis levantado hoy contra la casa de mi padre, habéis matado a sus hijos, setenta hombres, sobre la misma piedra, y habéis puesto por rey sobre los nobles de Siquén a Abimelec, el hijo de una esclava suya, porque es vuestro hermano; si habéis obrado de buena fe y con justicia con Yerubaal y su casa en el día de hoy, entonces que Abimelec sea vuestra gloria y vosotros la suya. Pero si no, que salga fuego de Abimelec y devore a los nobles de Siquén y de Bet Miló, y que salga fuego de los nobles de Siquén y de Bet Miló para devorar a Abimelec". Después Jotán huyó y se fue a vivir en Beer, lejos de Abimelec, su hermano. Abimelec gobernó durante tres años a Israel. Después el Señor mandó un espíritu de discordia entre Abimelec y los nobles de Siquén, y los nobles de Siquén se levantaron contra Abimelec, para que el crimen cometido contra los setenta hijos de Yerubaal y su sangre cayese sobre Abimelec, su hermano, que los había matado, y sobre los nobles de Siquén, que le dieron el poder para matar a sus hermanos. Los nobles de Siquén pusieron emboscadas sobre las cumbres de las montañas y asaltaban a todos los que pasaban por el camino. Y Abimelec se enteró de esto. Gaal, hijo de Obed, con sus hermanos, vino a pasar por Siquén, y los nobles de Siquén pusieron su confianza en él; ellos salieron al campo, vendimiaron sus viñas, pisaron la uva y organizaron una gran fiesta; entraron en el templo de su dios, comieron y bebieron y maldijeron a Abimelec. Entonces Gaal, hijo de Obed, dijo: "¿Qué es Abimelec y quién es Siquén para que debamos ser sus siervos? ¿No sirvió el hijo de Yerubaal y Zebul, su lugarteniente, a las gentes de Jamor, padre de Siquén? ¿Por qué, entonces, debemos servirles nosotros? ¡Quién pusiera este pueblo en mis manos! Quitaría de en medio a Abimelec y le diría: Refuerza tu ejército y sal a la batalla". Cuando Zebul, gobernador de la ciudad, se enteró de lo que andaba diciendo Gaal, hijo de Obed, montó en cólera, y envió mensajeros a Abimelec para decirle: "Gaal, hijo de Obed, con sus hermanos, ha llegado a Siquén y están agitando a la ciudad contra ti. Por tanto, sal esta noche con tu gente y ponte en emboscada en el campo. Mañana por la mañana, a la salida del sol, levántate y cae sobre la ciudad. Cuando Gaal, con su gente, salga contra ti, haz con ellos lo que mandan las circunstancias". Abimelec salió de noche con toda su gente, y se pusieron en emboscada frente a Siquén en cuatro bandos. Gaal, hijo de Obed, salió y se detuvo a la puerta de la ciudad. Abimelec y su gente salieron de la emboscada. Gaal los vio y dijo a Zebul: "Mira la gente que baja de la cumbre de los montes". Zebul le respondió: "Son las sombras de los montes que te parecen hombres". Gaal insistió: "Unos bajan por el ombligo de la tierra y otro bando viene por el camino de la encina de los adivinos". Zebul le dijo: "¿Dónde está ahora tu boca, que decía: Quién es Abimelec para que le sirvamos? ¿No es ésta la gente a la que tú despreciabas? Sal ahora y preséntales batalla". Salió Gaal a la cabeza de los nobles de Siquén y entabló batalla con Abimelec. Pero Abimelec lo derrotó y lo puso en fuga, y muchos cayeron muertos antes de alcanzar la puerta de la ciudad. Abimelec se quedó en Arumá, y Zebul echó de Siquén a Gaal y a sus hermanos. Al día siguiente los de Siquén se echaron al campo. Cuando Abimelec lo supo, tomó a su gente, la dividió en tres bandos y se puso en emboscada en el campo. Cuando los vio salir de la ciudad, se lanzó contra ellos y los derrotó. Abimelec y su gente se desplegaron y tomaron posiciones en la puerta de la ciudad. Los otros dos cuerpos se desplegaron contra los que estaban en el campo y los mataron. Abimelec luchó todo aquel día contra la ciudad, se apoderó de ella y mató a todos sus habitantes y la destruyó y sembró de sal. Cuando los nobles de Torre Siquén lo supieron, se refugiaron en la cripta del templo de El Berit. Cuando Abimelec lo supo, subió con su gente al monte Salmón. Abimelec agarró un hacha, cortó una rama de un árbol, la levantó y la puso sobre sus espaldas. Y dijo a su gente: "Haced rápidamente lo mismo que me habéis visto hacer a mí". Toda la tropa cortó una rama; siguieron a Abimelec, amontonaron las ramas sobre la cripta del templo y les prendieron fuego. Y perecieron todos los de Torre Siquén, alrededor de mil entre hombres y mujeres. Después Abimelec se dirigió a Tebes, la sitió y la tomó. En medio de la ciudad había una torre fortificada. Todos los hombres y mujeres de la ciudad se refugiaron en ella, cerraron la puerta por dentro y subieron a lo alto de la torre. Abimelec llegó a la torre y la sitió; se acercó a la puerta para prenderle fuego, cuando una mujer tiró sobre la cabeza de Abimelec una piedra de molino y le rompió el cráneo. Él llamó rápidamente a su escudero y le dijo: "Saca tu espada y mátame, para que no se diga de mí: le mató una mujer". Su escudero lo atravesó, y murió. Cuando los israelitas vieron que Amibelec había muerto, cada uno se marchó a su casa. Así hizo caer Dios sobre la cabeza de Abimelec todo el mal que él había hecho a su padre, matando a sus setenta hermanos. Dios hizo igualmente recaer sobre la cabeza de los hombres de Siquén el mal que habían hecho, cumpliéndose la maldición de Jotán, el hijo de Yerubaal. Después de Abimelec surgió, para salvar a Israel, Tolá, hijo de Fuá, hijo de Dodó, de la tribu de Isacar. Habitaba en Samir, en la montaña de Efraín. Fue juez en Israel durante veintitrés años. Murió y fue sepultado en Samir. Después de él surgió Yaír, de Galaad. Fue juez en Israel durante veintidós años. Tuvo treinta hijos, que montaban treinta asnos y tenían treinta ciudades llamadas Javot Yaír hasta el día de hoy, en Galaad. Yaír murió y fue sepultado en Camón. Los israelitas volvieron a hacer lo que desagrada al Señor; dieron culto a los Baales y Astartés y a los dioses de Arán y de Sidón, a los dioses de Moab, a los de los amonitas y filisteos. Abandonaron al Señor y dejaron de darle culto. La ira del Señor se encendió contra ellos y los entregó en manos de los filisteos y de los amonitas. Los amonitas y los filisteos oprimieron cruelmente durante dieciocho años a los israelitas de Transjordania, en el país amorreo, en Galaad. Los amonitas pasaron el Jordán para combatir a Judá, a Benjamín y a la casa de Efraín, e Israel se vio en grave aprieto. Los israelitas clamaron al Señor: "Hemos pecado contra ti, porque hemos abandonado al Señor, nuestro Dios, para adorar a los Baales". El Señor respondió: "Cuando los egipcios y los amorreos, los amonitas y los filisteos, los sidonios, amalecitas y madianitas os oprimían y clamasteis a mí, ¿no os salvé yo de su mano? Pero vosotros me abandonasteis para adorar a otros dioses. Por eso no os salvaré ya más. Id, clamad a los dioses que os habéis elegido. ¡Que os salven ellos cuando estéis en aprietos!". Los israelitas respondieron al Señor: "¡Hemos pecado! Haz con nosotros lo que te parezca bien; pero, por favor, líbranos ahora". Quitaron de en medio de ellos los dioses extranjeros y adoraron al Señor. Y él no pudo soportar por más tiempo la aflicción de Israel. Los amonitas se reunieron y vinieron a acampar en Galaad; se reunieron también los israelitas y acamparon en Mispá. Entonces el pueblo, los jefes de Galaad, se dijeron unos a otros: "El que comience a atacar a los amonitas, ése será el jefe de todos los habitantes de Galaad". Jefté, el galaadita, era un hombre fuerte y valiente. Era hijo de una prostituta. Su padre era Galaad. La mujer de Galaad le dio también otros hijos; y cuando crecieron, éstos echaron a Jefté y le dijeron: "Tú no tendrás parte en la herencia de nuestro padre, porque eres hijo de una mujer extraña". Jefté se fue lejos de sus hermanos y se estableció en el país de Tob. Se juntó con él una pandilla de bandoleros, que hacían incursiones bajo su mando. Al cabo de algún tiempo, los amonitas declararon la guerra a Israel, y los ancianos de Galaad fueron a buscar a Jefté al país de Tob. Y le dijeron: "Ven, sé nuestro caudillo en la guerra contra los amonitas". Jefté les contesto: "¿No sois vosotros los que me odiabáis y me echásteis de la casa de mi padre? ¿Por qué recurrís a mí ahora que os encontráis angustiados?". Los ancianos de Galaad le respondieron: "Precisamente por eso recurrimos ahora a ti. Ven con nosotros para luchar contra los amonitas y serás nuestro jefe, el jefe de todos los habitantes de Galaad". Jefté contestó: "Si me hacéis volver con vosotros para luchar contra los amonitas y el Señor los entrega en mi mano, entonces seré vuestro jefe". Los ancianos de Galaad le respondieron: "Que el Señor sea testigo entre nosotros; aceptamos tu propuesta". Jefté partió con ellos, y el pueblo lo eligió como jefe y caudillo. Y Jefté repitió en Mispá, ante el Señor, lo que antes había dicho. Jefté envió mensajeros al rey de los amonitas con esta misión: "¿Qué tienes contra mí para que vengas a hacerme la guerra en mi tierra?". El rey de los amonitas respondió a los mensajeros de Jefté: "Porque Israel, cuando venía de Egipto, se apoderó de mi tierra desde el Arnón hasta el Yaboc y hasta el Jordán. Así que ahora devuélvemela pacíficamente". De nuevo Jefté envió mensajeros al rey de los amonitas con esta respuesta: "Esto dice Jefté: Israel no se apoderó de la tierra de los moabitas ni de la de los amonitas, porque cuando venía de Egipto, cruzó el desierto hasta el mar Rojo y llegó a Cades. Desde allí Israel envió mensajeros al rey de Edón, diciendo: Déjame pasar, por favor, por tu tierra. Pero el rey de Edón no les dejó pasar. Envió también mensajeros al rey de Moab, pero él tampoco le dejó pasar. Por eso se quedó en Cades. Después marchó por el desierto, rodeando la tierra de Edón y de Moab, y llegó al este de Moab. Acampó al otro lado del río Arnón, sin entrar en los términos de Moab, porque Arnón es la frontera de Moab. Israel envió entonces mensajeros a Sijón, rey de los amorreos, rey de Jesbón, pidiéndole que le dejara pasar por su tierra hasta llegar a su destino. Pero Sijón no le dejó pasar por su territorio y, además, reunió a todo el pueblo, acampó en Yahsá y atacó a Israel. El Señor, Dios de Israel, entregó a Sijón y a todo su pueblo en manos de Israel, que los derrotó; e Israel se apoderó de todo el país de los amorreos que vivían en aquella región, y así ocupó todo el término de los amorreos desde el Arnón hasta el Yaboc y desde el desierto hasta el Jordán. Y si el Señor, Dios de Israel, expulsó a los amorreos ante su pueblo, Israel, ¿quieres tú ahora quitarle su posesión? ¿No posees tú todo lo que Camós, tu dios, ha quitado a los que lo poseían? Así, lo que el Señor, nuestro Dios, ha quitado a los que lo poseían, lo poseemos nosotros. ¿Acaso eres tú mejor que Balac, hijo de Sipor, rey de Moab? ¿Ha entrado él en discusión con Israel? ¿Le ha declarado la guerra? Hace trescientos años que Israel vive en Jesbón y en sus ciudades anejas, en Aroar y en sus ciudades anejas y en todas las ciudades de la ribera del Arnón; ¿por qué no las habéis reclamado en todo este tiempo? Por tanto, yo no te he ofendido, pero tú me haces injuria declarándome la guerra. Que el Señor, el juez, juzgue hoy entre los israelitas y los amonitas". Pero el rey de los amonitas no escuchó las palabras que Jefté le mandó a decir. El espíritu del Señor vino sobre Jefté, que recorrió Galaad y Manasés, pasó a Mispá de Galaad, y de allí al territorio de los amonitas. Jefté hizo este voto al Señor: "Si pones en mis manos a los amonitas, el primero que salga de la puerta de mi casa para venir a mi encuentro cuando vuelva vencedor de los amonitas le ofreceré en holocausto al Señor". Jefté marchó contra los amonitas y el Señor los entregó en sus manos. Los derrotó desde Aroer hasta Minit, veinte ciudades, y hasta Abel Keramín. Fue una gran derrota, y los israelitas dominaron a los amonitas. Cuando Jefté volvió de Mispá a su casa, su hija salió a su encuentro con tímpano y danzas. Era hija única. No tenía más hijos. Cuando la vio, rasgó sus vestiduras y gritó: "¡Ah, hija mía, infortunado de mí! Tú eres la causa de mi desgracia, pues he hecho una promesa al Señor y no puedo desdecirme". Ella le respondió: "Si has hecho una promesa al Señor, padre mío, haz conmigo lo que has prometido, ya que el Señor te ha concedido vengarte de tus enemigos, los amonitas". Después dijo a su padre: "Concédeme esta gracia: déjame libre durante dos meses para ir por los montes con mis compañeras llorando mi virginidad". Él respondió: "Vete". Y la dejó libre durante dos meses. Ella y sus compañeras fueron por los montes y lloraron su virginidad. Pasados los dos meses, ella volvió a su padre, y éste cumplió con ella la promesa que había hecho. Ella no había tenido relaciones con ningún hombre; de aquí viene la costumbre de Israel de que todos los años las israelitas vayan a llorar a la hija de Jefté, el galaadita, durante cuatro días. Los de la tribu de Efraín se reunieron, pasaron a Safón y dijeron a Jefté: "¿Por qué fuiste a luchar contra los amonitas sin llamarnos para ir contigo? Vamos a prender fuego a tu casa y a ti". Jefté les respondió: "Mi pueblo y yo estábamos en una situación grave, oprimidos por los amonitas. Entonces os llamé a vosotros, y no vinisteis a ayudarnos. Viendo que nadie me socorría, expuse mi vida, ataqué a los amonitas y el Señor los entregó en mi mano. ¿Por qué venís ahora a hacerme la guerra?". Entonces Jefté reunió a todos los hombres de Galaad, dio la batalla a Efraín, y los hombres de Galaad vencieron a los de Efraín. Los de Efraín decían que los de Galaad, que vivían entre Efraín y Manasés, eran fugitivos de Efraín. Los de Galaad quitaron a los de Efraín los vados del Jordán, y cuando los fugitivos de Efraín decían: "Dejadnos pasar", les preguntaban: "¿Eres tú de Efraín?". Si respondían: "No", le replicaban: "Di, entonces, sibbólet". Si él repetía sibbólet y no pronunciaba correctamente, lo agarraban y lo mataban en los vados del Jordán. En aquella ocasión murieron cuarenta y dos mil hombres de Efraín. Jefté fue juez de Israel durante seis años; murió y fue sepultado en Mispá de Galaad, su patria. Después de él fue juez de Israel Ibsán, de Belén. Tenía treinta hijos y treinta hijas. Casó a sus hijas fuera y trajo de fuera mujeres para sus hijos. Fue juez de Israel durante siete años. Murió y fue sepultado en Belén. Después de él fue juez de Israel, Elón, de Zabulón, durante diez años. Murió y fue sepultado en Ayalón, en la tierra de Zabulón. Después de él fue juez de Israel Abdón, hijo de Hilel, de Piratón. Tuvo cuarenta hijos y treinta nietos, que montaban setenta asnos. Fue juez de Israel durante ocho años. Murió y fue sepultado en la tierra de Efraín, en el monte de Salín. Los israelitas volvieron a hacer lo que desagrada al Señor, y el Señor los entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años. Había un hombre en Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manóaj, cuya mujer era estéril. No había tenido ningún hijo. El ángel del Señor se apareció a esta mujer y le dijo: "Tú eres estéril y no has tenido ningún hijo; pero ahora ten cuidado; no bebas vino ni otras bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro, porque vas a concebir y darás a luz un hijo. No se le cortará el cabello, porque el niño estará consagrado al Señor desde el vientre de su madre. Él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos". La mujer fue a contárselo a su marido: "Me ha venido a ver un hombre de Dios; tenía el aspecto de un ángel de Dios, lleno de majestad. No le pregunté de dónde era ni él me dijo su nombre. Pero me dijo: Vas a concebir y darás a luz un hijo. No bebas vino ni otras bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde el vientre de su madre hasta el día de su muerte". Entonces Manóaj oró así al Señor: "Te suplico, Señor mío, que el hombre de Dios que enviaste vuelva otra vez y nos diga lo que debemos hacer con el niño que va a nacer". Dios escuchó la súplica de Manóaj, y el ángel del Señor se apareció otra vez a la mujer cuando estaba en el campo; no estaba con ella su marido. La mujer fue corriendo a avisar a su marido y le dijo: "El hombre que vi el otro día se me ha vuelto a aparecer". Manóaj se levantó, siguió a su mujer, llegó donde estaba el hombre y le dijo: "¿Eres tú el que ha hablado a esta mujer?". Él respondió: "Yo soy". Manóaj le preguntó: "Cuando se cumpla tu palabra, ¿qué norma hemos de seguir con el niño? ¿Qué haremos con él?". El ángel del Señor le respondió: "Que la mujer haga todo lo que le he dicho: que no beba vino ni ningún otro producto de la uva, ni otras bebidas alcohólicas, y que no coma nada impuro. Que haga todo lo que le he mandado". Manóaj dijo al ángel del Señor: "Quédate con nosotros y te prepararemos un cabrito". El ángel del Señor le respondió: "Aunque me quedara, no comería tus manjares; pero, si quieres, prepara un holocausto y ofréceselo al Señor". Manóaj no sabía que era el ángel del Señor, y preguntó al ángel del Señor: "¿Cómo te llamas, para que cuando se cumpla tu palabra te estemos agradecidos?". El ángel del Señor le respondió: "¿Para qué preguntas por mi nombre? Es misterioso". Manóaj tomó el cabrito y la ofrenda y lo ofreció en holocausto sobre la roca al Señor, que hace maravillas. Cuando subía la llama del altar hacia el cielo, el ángel del Señor subió en la misma llama a la vista de Manóaj y de su mujer, que cayeron rostro en tierra. El ángel del Señor no se apareció más a Manóaj y a su mujer. Entonces comprendió Manóaj que era el ángel del Señor. Y dijo a su mujer: "Moriremos, porque hemos visto al Señor". Su mujer le respondió: "Si el Señor quisiese hacernos morir, no hubiese aceptado el holocausto ni la ofrenda ni nos hubiese revelado todas estas cosas". La mujer dio a luz un hijo y le puso por nombre Sansón. El niño crecía y el Señor le bendecía. Y el espíritu del Señor comenzó a actuar en él en el campo de Dan, entre Sorá y Estaol. Sansón bajó a Timná y se fijó en una joven filistea. A su regreso dijo a sus padres: "He visto en Timná a una joven filistea: pedídmela por esposa". Sus padres le respondieron: "¿Es que no hay una mujer en nuestra tribu o en todo Israel, para que vayas a buscar mujer entre esos filisteos incircuncisos?". Sansón respondió a su padre: "Dame ésa, porque me gusta". Sus padres no sabían que lo había dispuesto así el Señor, el cual buscaba un pretexto para atacar a los filisteos, que, por entonces, oprimían a Israel. Bajaba Sansón a Timná, y, al llegar a las viñas de Timná, le salió al encuentro un cachorro de león rugiendo. El espíritu del Señor se apoderó de Sansón y, con sólo las manos, desgarró al león como se desgarra un cabrito. Pero no contó a sus padres lo que había hecho. Bajó y habló con la joven que le gustaba. Después de algún tiempo volvió para casarse con ella; se desvió de su camino para ver el cadáver del león, y vio en los huesos del león un enjambre de abejas con miel. Sacó el panal con la mano y se fue comiendo la miel por el camino. Cuando alcanzó a sus padres, les dio y comieron; pero no les dijo que lo había cogido de la osamenta del león. El padre de Sansón fue a casa de la joven, y Sansón dio una fiesta, como era costumbre entre los mozos. Y como los filisteos le tenían miedo, eligieron treinta mozos para acompañarle. Sansón les dijo: "Os voy a proponer un acertijo. Si lo adivináis dentro de los siete días de la fiesta, os daré treinta piezas de lino fino y treinta vestidos preciosos. Pero si no lo adivináis, me daréis vosotros las treinta piezas de lino fino y los treinta vestidos preciosos". Ellos le respondieron: "Dinos el acertijo: te escuchamos". Él les dijo: "Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura". Durante tres días no pudieron resolver el acertijo. Al cuarto día dijeron a la mujer de Sansón: "Convence a tu marido para que te dé la solución del acertijo; de lo contrario, te quemaremos a ti y la casa de tu padre. ¿Es que nos habéis invitado para quitarnos lo nuestro?". La mujer de Sansón se echó en brazos de él, llorando, y le dijo: "Tú me odias, no me amas. Has propuesto un acertijo a mis paisanos y no me lo has explicado a mí". Él le respondió: "No se lo he explicado ni a mi padre ni a mi madre, ¿y te lo voy a explicar a ti?". Ella le estuvo llorando los siete días que duraba la fiesta. Tanto le insistió que, por fin, al séptimo día se lo explicó, y ella dio a sus paisanos la solución del acertijo. El séptimo día, antes de que Sansón entrase en la habitación, los filisteos le dijeron: ¿Qué hay más dulce que la miel, qué hay más fuerte que el león?". Él les replicó: "Si no hubieseis arado con mi novilla, no habríais adivinado mi acertijo". Entonces el espíritu del Señor se apoderó de Sansón, bajó a Ascalón y mató a treinta hombres, les quitó sus vestidos y se los dio a los que habían adivinado su acertijo; y, enfurecido, se volvió a la casa de su padre. La mujer de Sansón fue dada a uno de los compañeros que le había servido de mozo de compañía. Algún tiempo después, en los días de la siega del trigo, Sansón fue a ver a su mujer. Le llevaba un cabrito. Y dijo: "Quiero entrar a ver a mi mujer en la alcoba". Pero el suegro no le dejó entrar, y le dijo: "Creí que ya no la querías y se la di a un compañero tuyo. Pero su hermana menor es más hermosa que ella. Tómala en su lugar". Sansón le dijo: "Ahora sí que soy inocente del mal que voy a hacer a los filisteos". Se fue, cazó trescientas zorras, las ató por el rabo de dos en dos y puso una tea entre los rabos; después prendió fuego a las teas y soltó a las zorras en las mieses de los filisteos; así incendió las gavillas y el trigo sin segar, las viñas y los olivos. Los filisteos preguntaron: "¿Quién ha hecho esto?". Y les dijeron: "Ha sido Sansón, el yerno del timnita, porque éste le ha quitado su mujer y se la ha dado a un compañero suyo". Entonces los filisteos subieron y quemaron a la mujer y la casa de su padre. Sansón les dijo: "Por haber hecho esto, yo no estaré tranquilo hasta que me haya vengado de vosotros". Y les dio tal paliza que no les dejó hueso sano. Después se fue a vivir a la roca de Etán. Los filisteos fueron y acamparon en Judá y llegaron hasta Lejí. Los hombres de Judá les preguntaron: "¿Por qué habéis venido contra nosotros?". Ellos respondieron: "Hemos venido para atar a Sansón, para tratarle como él nos ha tratado". Tres mil hombres de Judá fueron a la cueva de Etán para decir a Sansón: "¿No sabes que estamos bajo el dominio de los filisteos? ¿Qué es lo que has hecho?". Él les respondió: "Los he tratado como ellos me trataron a mí". Entonces le dijeron: "Hemos venido para atarte y entregarte en manos de los filisteos". Sansón respondió: "Juradme que no me mataréis". Ellos le dijeron: "No, nosotros solamente queremos atarte y entregarte en sus manos, pero no te mataremos". Lo ataron con dos sogas nuevas y lo sacaron de la roca. Cuando llegó a Lejí, los filisteos corrieron a su encuentro. Entonces el espíritu del Señor se apoderó de él; las sogas con que estaba atado fueron como hilos de lino quemados por el fuego y las ataduras de sus brazos se deshicieron. Vio cerca una quijada de asno fresca, la agarró y mató a mil hombres: Sansón dijo: "Con la quijada de asno los he zurrado bien; con la quijada de asno he matado a mil hombres". Terminó y tiró la quijada; por eso aquel lugar se llama Ramat Lejí. Devorado por la sed, clamó al Señor: "Tú me has dado esta gran victoria, ¿y ahora me voy a morir de sed y a caer en manos de esos incircuncisos?". El Señor abrió la pila que hay en Lejí, y salió de ella agua. Sansón bebió y se reanimó. Por eso a la fuente de Lejí se la llama hasta la fecha En Hacoré. Sansón fue juez de Israel durante veinte años, en la época de los filisteos. Sansón se fue a Gaza, donde había una prostituta, y entró en su casa. Cuando los de Gaza supieron que Sansón estaba allí, la cercaron y estuvieron todo el día en acecho a las puertas de la ciudad. Por la noche se fueron tranquilos a sus casas diciendo: "Al venir el día lo mataremos". Sansón estuvo acostado hasta medianoche; a medianoche se levantó, cogió las dos hojas de las puertas de la ciudad, con los postes y el cerrojo, se las echó al hombro y se las llevó a la cima del monte que está frente por frente de Hebrón. Sansón se enamoró de una mujer del valle de Sorec, llamada Dalila. Los jefes de los filisteos fueron a verla, y le dijeron: "Sedúcele y averigua de dónde le viene su extraordinaria fuerza y cómo podríamos atarle y reducirle a la impotencia. Te daremos cada uno mil cien monedas de plata". Dalila dijo a Sansón: "Dime, por favor, de dónde te viene tu extraordinaria fuerza y de qué modo podrías ser atado y sujetado". Sansón le contestó: "Si me atasen con siete cuerdas humedecidas, sin dejarlas secar, perdería mi fuerza y sería como otro hombre cualquiera". Los jefes de los filisteos le llevaron las siete cuerdas humedecidas, sin secar, y Dalila lo ató con ellas. Tenía gentes escondidas en su habitación, y le gritó: "¡Sansón, los filisteos!". Él rompió las cuerdas como se rompe un hilo de estopa quemado, y así no se conoció el secreto de su fuerza. Dalila dijo a Sansón: "Te has burlado de mí, me has mentido. Dime, por favor, cómo habría que atarte". Él respondió: "Si me atasen fuertemente con sogas nuevas que nunca se hayan usado, perdería mi fuerza y sería como otro hombre cualquiera". Dalila tomó sogas nuevas, lo ató con ellas, y le gritó: "¡Sansón, los filisteos!". Tenía gentes escondidas en su habitación, pero él rompió las cuerdas que tenía sobre los brazos como si fueran un hilo. Dalila dijo a Sansón: "Te has burlado de mí, me has mentido. Dime cómo habría que atarte". Él respondió: "Si me entretejes las siete trenzas de mi cabeza con hilos y las sujetas con un clavo de tejedor, perdería mi fuerza y sería como otro hombre cualquiera". Ella le durmió y entretejió las siete trenzas de su cabeza con hilos y las sujetó con un clavo de tejedor, y gritó: "¡Sansón, los filisteos!". Él se despertó y arrancó los hilos y el clavo de tejedor. Y así no se conoció el secreto de su fuerza. Dalila le dijo: "¡No digas que me amas cuando tu corazón no está conmigo! Por tres veces te has burlado de mí y no me dices el secreto de tu extraordinaria fuerza". Y tanto le insistía día tras día con la misma pregunta que Sansón, ya desesperado, le dijo la verdad: "No me he cortado nunca el cabello, porque estoy consagrado a Dios desde el vientre de mi madre. Si me lo cortasen, perdería toda mi fuerza y sería como otro hombre cualquiera". Dalila comprendió entonces que le había dicho la verdad. Y mandó llamar a los jefes de los filisteos, diciendo: "Subid, porque esta vez me ha dicho la verdad". Y los jefes de los filisteos fueron con el dinero en la mano. Ella durmió a Sansón sobre sus rodillas y llamó a un hombre, que le cortó las siete trenzas de su cabeza. Entonces él comenzó a perder su fuerza hasta que la perdió por completo. Ella dijo: "¡Sansón, los filisteos!". Él se despertó y se dijo: "Saldré como tantas otras veces y me las arreglaré". Pero no sabía que el Señor lo había abandonado. Los filisteos lo apresaron, le sacaron los ojos y lo llevaron a Gaza. Lo sujetaron con dos cadenas de bronce y le pusieron a moler el grano en la cárcel. Entretanto su cabellera comenzó a crecer como antes. Los jefes de los filisteos se reunieron para ofrecer un gran sacrificio a Dagón, su dios, y celebrar su triunfo; y decían: "Nuestro dios ha puesto en nuestras manos a Sansón, nuestro enemigo". El pueblo, al verlo, alababa a su dios, gritando: "Nuestro dios ha puesto en nuestras manos a Sansón, nuestro enemigo, que asolaba nuestros campos y mató a tantos de los nuestros". En medio de su alegría, dijeron: "Que traigan a Sansón para que nos divierta". Lo sacaron de la cárcel y se divirtieron con él. Lo habían puesto entre las columnas. Entonces Sansón dijo al joven que lo llevaba de la mano: "Llévame hasta las columnas sobre las que descansa el edificio para que pueda apoyarme en ellas". El edificio estaba lleno de hombres y de mujeres. Estaban todos los jefes de los filisteos, y en la parte de arriba había unos tres mil hombres y mujeres viendo cómo se divertían con Sansón. Entonces Sansón invocó al Señor así: "Señor, Señor, te lo suplico, acuérdate de mí. Dame las fuerzas tan sólo una vez más, y de un solo golpe me vengaré de todos los filisteos por la pérdida de mis ojos". Sansón palpó las dos columnas centrales sobre las que descansaba el edificio, e hizo fuerza sobre ellas, sobre una con la mano derecha y sobre la otra con la mano izquierda. Y gritó: "Muera yo con los filisteos". Se agarró con todas sus fuerzas, y el edificio se derrumbó sobre los jefes y sobre todo el pueblo que estaba allí. Fueron más los que mató al morir que los que había matado durante su vida. Sus hermanos y toda su familia fueron y se lo llevaron. Lo sepultaron entre Sorá y Estaol, en la tumba de Manóaj, su padre. Fue juez de Israel durante veinte años. III.-APÉNDICES Había un hombre en la montaña de Efraín llamado Micá, el cual dijo a su madre: "Las mil cien monedas de plata que te quitaron y por las que maldijiste al ladrón, las tengo yo, las robé yo. Te las devuelvo". La madre le respondió: "Que Dios te bediga, hijo mío". Él devolvió las mil cien monedas de plata a su madre, y ella dijo: "Quiero consagrar este dinero al Señor y que de mi mano pase a la de mi hijo para hacer con él una imagen tallada y chapeada". Tomó doscientas monedas de plata y se las dio al fundidor, el cual hizo con ellas una imagen tallada y chapeada, que fue colocada en la casa de Micá. Así Micá llegó a tener un santuario; hizo un efod e ídolos familiares y nombró sacerdote a uno de sus hijos. En aquel tiempo no había rey en Israel; cada cual hacía lo que le parecía mejor. Había en Belén un levita extranjero, de la tribu de Judá. Salió de Belén de Judá para establecerse donde pudiese. En su caminar llegó a la montaña de Efraín, a casa de Micá. Micá le preguntó: "¿De dónde vienes?". Él le respondió: "Soy un levita de Belén de Judá, y voy de camino para establecerme donde pueda". Micá le dijo: "Quédate conmigo y sé para mí un padre y sacerdote; te daré diez monedas de plata al año, de vestir y de comer". El levita consintió en quedarse, y fue para él como uno de sus hijos. Micá le dio la investidura sacerdotal, de forma que el joven le hizo de sacerdote y vivió en su casa. Micá dijo: "Ahora estoy seguro de que el Señor me bendecirá porque tengo a este levita por sacerdote". En aquel tiempo no había rey en Israel. La tribu de Dan buscaba un territorio donde establecerse, porque hasta entonces no había recibido heredad entre las tribus de Israel. Los de Dan enviaron a cinco hombres valientes de Sorá y Estaol para reconocer la región y explorarla. Les dijeron: "Id a explorar la tierra". Los cinco hombres llegaron a la montaña de Efraín, a casa de Micá, y allí pasaron la noche. Cuando estaban cerca de la casa de Micá, reconocieron la voz del joven levita, fueron y le dijeron: "¿Quién te ha traído aquí? ¿Qué haces tú aquí? ¿En qué te ocupas?". Él les respondió: "Micá ha hecho conmigo esto y lo otro. Me da un salario, y yo le sirvo de sacerdote". Ellos le dijeron: "Consulta a Dios si tendrá éxito el viaje que estamos haciendo". El sacerdote les respondió: "Id en paz; el viaje que hacéis está bajo los auspicios del Señor". De allí los cinco hombres se fueron a Lais. Vieron que las gentes de esta ciudad vivían seguros, a la manera de los sidonios, tranquilos y pacíficos, y que nada les faltaba de cuanto produce la tierra; además estaban lejos de los sidonios y sin relación alguna con los arameos. Regresaron a Sorá y Estaol, y sus hermanos les preguntaron: "¿Qué nuevas traéis?". Ellos respondieron: "Hemos ido y recorrido la región hasta Lais. ¡Ánimo! Vamos a atacarlos, porque hemos visto que la tierra es muy buena. No dudéis en poneros en camino para conquistar aquella tierra. Cuando lleguéis, os encontraréis con un pueblo sin defensa. Es una región espaciosa que Dios ha puesto en vuestras manos, y en la que no falta de nada". Seiscientos hombres de la tribu de Dan salieron de Sorá y Estaol bien armados y acamparon en Quiriat Yearín, en Judá. Por eso aquel lugar se llama todavía hoy "el campamento de Dan". Está al poniente de Quiriat Yearín. Desde allí pasaron a la montaña de Efraín y llegaron a casa de Micá. Los cinco hombres que habían ido a explorar el país dijeron a sus compañeros: "¿No sabéis que en esta casa hay un efod, ídolos familiares y una imagen tallada y chapeada? Pensad lo que conviene hacer". Fueron a la casa del joven levita, la casa de Micá, y le saludaron. Los seiscientos hombres armados se pusieron a la entrada de la puerta. Y los cinco hombres que habían ido a explorar el país entraron, se apoderaron de la imagen tallada y chapeada, el efod y los ídolos familiares, mientras que el sacerdote estaba a la entrada de la puerta con los seiscientos hombres armados. Entonces el sacerdote les dijo: "¿Qué estáis haciendo?". Ellos respondieron: "Cállate; cierra la boca, ven con nosotros y serás para nosotros padre y sacerdote. ¿Qué es mejor para ti: ser sacerdote de una casa particular o ser el sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?". El sacerdote se alegró, tomó el efod, los ídolos familiares y la imagen tallada y chapeada y se fue con ellos. Ellos se pusieron en marcha poniendo en cabeza a las mujeres, los niños, los rebaños y las cosas de valor. Estaban ya lejos, cuando Micá y sus vecinos se reunieron y se pusieron en su persecución. Al oír los gritos de sus perseguidores, los de Dan se volvieron y preguntaron a Micá: "¿Qué te pasa para gritar así?". Él respondió: "¿Me habéis robado el dios que me había hecho y el sacerdote y me habéis dejado sin nada, y todavía me preguntáis qué me pasa?". Los de Dan le contestaron: "No alces la voz, no sea que perdamos la paciencia y nos lancemos sobre vosotros con riesgo de tu vida y la de tu familia". Y los de Dan siguieron su camino. Micá, viendo que eran más fuertes, se dio la vuelta y volvió a su casa. Y ellos, con el ídolo que se había hecho Micá y el sacerdote que tenía a su servicio, marcharon contra Lais, un pueblo tranquilo y confiado, lo pasaron a espada y prendieron fuego a la ciudad. No hubo nadie que los socorriese, porque estaban lejos de Sidón y no tenían relación alguna con los arameos. Estaba situada en el valle que se extiende hasta Bet Rejob. Ellos reedificaron la ciudad y se instalaron en ella. Y la llamaron Dan, de Dan, su padre, hijo de Israel. Antiguamente se llamaba Lais. Los de Dan entronizaron el ídolo para adorarlo, y Jonatán, hijo de Guersón, hijo de Moisés, él y sus hijos, fueron los sacerdotes de la tribu de Dan hasta el destierro. Y tuvieron entronizado el ídolo durante todo el tiempo que la casa de Dios estuvo en Silo. En aquel tiempo, cuando no había rey en Israel, un levita que vivía en la montaña de Efraín tomó por concubina a una mujer de Belén de Judá. Ella se disgustó con él y se fue a casa de su padre, a Belén de Judá, y estuvo allí cuatro meses. Su marido fue a buscarla para convencerla de que volviera con él. Llevaba consigo un criado y dos asnos. Ella lo hizo entrar en casa; el suegro, al verlo, lo recibió con alegría y lo hizo quedarse con ellos. El levita y su criado estuvieron allí tres días, comiendo, bebiendo y durmiendo. Al cuarto día se levantó de madrugada para irse; pero el padre de la joven le dijo: "Come algo antes de irte, aunque sea un pedazo de pan". Y los dos se sentaron, comieron y bebieron. Después el padre de la joven le dijo: "Anda, quédate y pasa contento aquí una noche más". El levita se levantó para irse, pero su suegro le instó tanto a que se quedara, que se quedó allí a pasar la noche. El quinto día se levantó de madrugada para irse, pero el padre de la joven le dijo: "Come algo antes de salir para recobrar las fuerzas". Y así se les pasó el tiempo, hasta declinar el día, comiendo los dos juntos. El levita se levantó para irse con su concubina y su criado, pero su suegro le dijo: "Mira, ya es tarde; pasa aquí contento la noche; mañana os iréis de madrugada". Pero el levita no quiso pasar allí la noche. Se levantó y se fue. Avistaron a Jebús, o sea, Jerusalén. Llevaba los dos asnos cargados, la concubina y el criado. Cuando llegaron cerca de Jebús, era el atardecer, y el criado dijo a su amo: "Vayamos a esta ciudad de los jebuseos para pasar en ella la noche". Su amo le respondió: "No debemos entrar en una ciudad de extranjeros, donde no hay israelitas: sigamos hasta Guibeá; anda, intentemos llegar a uno de estos lugares para pasar la noche: Guibeá o Ramá". Pasaron de largo y continuaron su camino. Llegaron a Guibeá de Benjamín a la puesta del sol, y se dispusieron a pasar allí la noche. Entraron y se sentaron en la plaza de la ciudad, pero nadie les ofreció su casa para pasar la noche. En esto llegó un anciano, que venía de trabajar del campo. Era un hombre de la montaña de Efraín, que vivía en Guibeá; las gentes del lugar eran benjaminitas. Vio a aquel viajero en la plaza de la ciudad, y le dijo: "¿De dónde vienes y adónde vas?". Él respondió: "Venimos de Belén de Judá y vamos a la montaña de Efraín. Yo soy de allí. Fui a Belén de Judá, y ahora vuelvo a mi casa; pero nadie quiere hospedarme en su casa. Tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y pan y vino para mí, para tu sierva y para el joven que acompaña a tu siervo. No nos falta nada". El anciano le dijo: "La paz esté contigo; yo te daré todo lo que te haga falta, pero no pases la noche en la plaza". Los llevó a su casa, echó de comer a sus asnos, se lavaron los pies y después comieron y bebieron. Cuando más contentos estaban, unos hombres pervertidos de la ciudad empezaron a dar golpes a la puerta y a decir al anciano dueño de la casa: "Sácanos al hombre que ha entrado en tu casa para que abusemos de él". El dueño de la casa salió y les dijo: "No, hermanos míos, no hagáis semejante barbaridad, por favor. Ya que está en mi casa, no debéis hacer esta infamia. Aquí está mi hija, que es virgen; os la sacaré fuera para que abuséis de ella y hagáis con ella lo que queráis; pero no cometáis con este hombre semejante infamia". Pero no quisieron escucharlo. Entonces el levita les sacó a su concubina. Ellos abusaron de ella durante toda la noche hasta la mañana, y al salir la aurora la dejaron. Al amanecer, la mujer fue a la casa donde estaba su marido y cayó muerta a la puerta. Su marido se levantó, abrió la puerta de la casa para salir y continuar su camino, cuando vio a su concubina caída a la entrada de la casa con las manos en el umbral. Él le dijo: "Levántate y vámonos". Ella no respondió. Entonces la cargó sobre su asno y se puso en camino para ir a su casa. Cuando llegó a su casa, tomó un cuchillo, descuartizó el cadáver de su concubina en doce trozos y los mandó por todo el territorio de Israel. Todos los que lo veían comentaban: "Hay que reflexionar y pensar lo que hay que hacer. Nunca ha sucedido ni se ha visto cosa semejante desde que los israelitas salieron de Egipto hasta hoy". Todos los israelitas como un solo hombre, desde Dan hasta Berseba y la región de Galaad, fueron a reunirse ante el Señor en Mispá. Los jefes de todo el pueblo, todas las tribus de Israel, asistieron a la asamblea del pueblo de Dios, cuatrocientos mil hombres de a pie que sabían manejar la espada. Los de la tribu de Benjamín supieron que los israelitas se habían reunido en Mispá. Los israelitas preguntaron: "Contadnos cómo se ha cometido este crimen". Entonces el levita, el marido de la víctima, les dijo: "Yo llegué con mi concubina a Guibeá de Benjamín para pasar la noche. Los de Guibeá durante la noche rodearon la casa donde yo estaba con idea de matarme, y de tal manera abusaron de mi concubina que murió. Yo descuarticé en trozos su cadáver, los mandé por todo el territorio para que todo Israel se enterara del crimen tan cruel. Vosotros, como israelitas, deliberad y tomad una decisión". Todo el pueblo se levantó como un solo hombre, diciendo: "Ninguno de nosotros volverá a su tienda, ninguno volverá a su casa. Vamos a echar suertes a ver a quién le toca atacar a Guibeá; uno de cada diez hombres de todas las tribus de Israel se encargará de conseguir víveres para el ejército; los demás irán a dar su merecido a Guibeá de Benjamín por la infamia que han cometido en Israel". Todos los israelitas se unieron, como un solo hombre, para atacar a la ciudad. Las tribus de Israel enviaron mensajeros a la tribu de Benjamín para decir: "¿Qué crimen es éste que se ha cometido entre vosotros? Entregad a esos hombres perversos que hay en Guibeá para que los matemos y hagamos desaparecer el mal de en medio de Israel". Pero los de Benjamín no hicieron caso a sus hermanos, los israelitas. Los benjaminitas salieron de todas las ciudades y se reunieron en Guibeá para ir a luchar contra los israelitas. Los benjaminitas, venidos de todas las ciudades, sumaron veinticinco mil hombres diestros en el manejo de la espada, sin contar los de Guibeá. Entre ellos había setecientos hombres elegidos, zurdos, capaces de tirar una piedra contra un pelo sin errar el blanco. Y los israelitas, prescindiendo de los de Benjamín, eran cuatrocientos mil, todos gente de guerra y diestros en el manejo de la espada; fueron a Betel para consultar a Dios: "¿Quién de nosotros subirá el primero a luchar contra los de Benjamín?". El Señor respondió: "Judá". Los israelitas se pusieron en marcha por la mañana y acamparon en Guibeá para luchar contra Benjamín, colocándose en orden de batalla contra ellos. Pero los de Benjamín hicieron una salida desde Guibeá y mataron en aquel día a veintidós mil israelitas. Los israelitas fueron a Betel, estuvieron llorando ante el Señor hasta la tarde y le consultaron: "¿Volveremos a luchar contra nuestros hermanos de Benjamín?". El Señor respondió: "Id contra él". Entonces los israelitas se hicieron fuertes y volvieron a presentar batalla en el mismo lugar del día anterior. Se acercaron de nuevo a los de Benjamín, pero los de Benjamín salieron a su encuentro desde Guibeá y mataron a otros dieciocho mil israelitas diestros en el manejo de la espada. Entonces todo el ejército de Israel y todo el pueblo fueron a Betel y allí lloraron ante el Señor y ayunaron aquel día hasta la tarde y ofrecieron al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación. Después consultaron al Señor. En aquel tiempo estaba allí el arca de la alianza del Señor, y Fineés, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, estaba a su servicio. Ellos preguntaron: "¿Saldremos otra vez a luchar contra nuestros hermanos de Benjamín, o nos damos por vencidos?". El Señor contestó: "Id, porque mañana los entregaré en vuestras manos". Los israelitas tendieron una emboscada en torno a Guibeá; al tercer día marcharon contra los de Benjamín y se pusieron en orden de batalla frente a Guibeá, como las otras veces. Los de Benjamín salieron a su encuentro, alejándose de la ciudad como las veces anteriores; mataron a unos treinta hombres por los caminos de Betel y de Gabaón. Los de Benjamín decían: "Están derrotados ante nosotros, como la vez anterior". Pero los israelitas se decían: "Huyamos para traerlos lejos de la ciudad". Entonces, mientras los israelitas se movieron de su puesto y se pusieron en orden de batalla en Baal Tamar, la emboscada de Israel surgió de su puesto al poniente de Guibeá. Y llegaron frente a Guibeá diez mil hombres escogidos de todo Israel. El combate fue duro, pues los de Benjamín no se dieron cuenta del mal que se les echaba encima. El Señor derrotó a Benjamín ante Israel, y los israelitas mataron aquel día veinticinco mil cien benjaminitas diestros en el manejo de la espada. Los de Benjamín se dieron cuenta de que estaban derrotados. Los israelitas habían cedido terreno a Benjamín porque confiaban en la emboscada que habían tendido junto a Guibeá. Los emboscados se desplegaron rápidamente sobre Guibeá, y pasaron a espada a toda la ciudad. Los israelitas habían convenido con los emboscados, como señal, que éstos harían surgir de la ciudad una columna de humo. Los israelitas volvieron la espalda en el combate. Benjamín había matado a unos treinta hombres de Israel y se decía: "Están vencidos ante nosotros, como en la batalla anterior". Pero entonces comenzó a levantarse de la ciudad la señal, una columna de humo; y Benjamín, volviendo los ojos atrás, se dio cuenta del incendio de la ciudad, que subía al cielo. Los israelitas les hicieron frente, y los de Benjamín, aterrados ante el desastre que les venía encima, huyeron por el camino del desierto, pero los que venían de la ciudad los alcanzaron y los mataron; los cercaron, los persiguieron y los derrotaron frente al oriente de Guibeá. Cayeron dieciocho mil benjaminitas, todos hombres valientes. Los otros volvieron la espalda y huyeron al desierto, hacia la roca de Rimón. Los israelitas mataron a cinco mil hombres por las subidas; después los persiguieron hasta Guidón y mataron a dos mil hombres. El total de los que cayeron de Benjamín aquel día fue de veinticinco mil hombres, todos diestros en el manejo de la espada y hombres valientes. Seiscientos hombres pudieron huir al desierto, a la roca de Rimón, y permanecieron allí durante cuatro meses. Los israelitas atacaron a los de Benjamín y los pasaron a espada, a los hombres, a los animales y a todo lo que encontraron. A todas las ciudades que encontraron les prendieron fuego. Los israelitas habían hecho este juramento en Mispá: "Ninguno de nosotros dará su hija a ninguno de Benjamín por mujer". El pueblo fue a Betel y estuvo allí hasta la tarde ante Dios, levantando su voz y haciendo gran llanto, y decían: "¿Por qué, oh Señor, Dios de Israel, ha pasado esto, que Israel haya sido privado de una de sus tribus?". Al día siguiente el pueblo se levantó de madrugada, erigió allí un altar y ofreció holocaustos y sacrificios de reconciliación. Se preguntaron: "¿Quién de entre todas las tribus de Israel no acudió a la asamblea del Señor?". Porque habían jurado solemnemente que quien no subiese a Mispá ante el Señor sería castigado con la muerte. Los israelitas se compadecieron de su hermano Benjamín. Y se decían: "Hoy ha sido cortada de Israel una tribu. ¿Qué haremos para dar mujeres a los que quedan? Porque hemos jurado ante el Señor no darles nuestras hijas por mujeres". Entonces se preguntaron: "¿Hay alguno de entre las tribus de Israel que no haya subido a Mispá ante el Señor?". Y resultó que ninguno de Yabés de Galaad había venido al campamento, a la asamblea. El pueblo había sido contado y, en efecto, no había ninguno de Yabés de Galaad. Entonces la asamblea envió doce mil hombres de los más valientes con esta orden: "Id y pasad a espada a todos los habitantes de Yabés de Galaad, a las mujeres y a los niños. Matad a todos los varones y a todas las mujeres que no sean vírgenes, pero dejad con vida a las vírgenes". Así lo hicieron. Entre los habitantes de Galaad encontraron cuatrocientas vírgenes y las llevaron al campamento de Silo, en la tierra de Canaán. Toda la asamblea envió mensajeros a los de Benjamín, que estaban en la roca de Rimón, para ofrecerles la paz. Los de Benjamín regresaron, y los israelitas les dieron por mujeres las que habían quedado con vida en Yabés de Galaad; pero no había bastantes para todos. El pueblo se compadeció de Benjamín, porque el Señor había abierto una brecha en las tribus de Israel. Los ancianos de la comunidad se preguntaron: "¿Qué haremos para procurar mujeres a los que faltan, pues las mujeres de Benjamín fueron exterminadas?". Y añadieron: "¿Cómo conservar un resto de Benjamín para que no desaparezca una tribu de Israel? Porque nosotros no podemos darles por mujeres a nuestras hijas, ya que los israelitas hicieron este juramento: Maldito quien dé mujer a Benjamín". Después dijeron: "Está cerca la fiesta del Señor que se celebra todos los años en Silo, ciudad situada al norte de Betel, al oriente del camino que sube de Betel a Siquén y al sur de Leboná". Y mandaron decir a los de Benjamín: "Id y poneos en emboscada en las viñas. Os quedáis observando y, cuando veáis que las muchachas de Silo salen para bailar en coro, salís vosotros de las viñas y os lleváis cada uno una y os volvéis a vuestra tierra. Cuando sus padres o sus hermanos vengan a querellarse con vosotros, les diremos: Perdonadlos por haber tomado cada uno su mujer, como en guerra; porque si se las hubieseis dado vosotros, entonces vosotros seríais culpables". Los de Benjamín lo hicieron así y tomaron de entre las que bailaban una cada uno. Después volvieron cada uno a su heredad, edificaron las ciudades y se establecieron en ellas. Los israelitas se fueron cada uno a su tribu y a su clan y volvieron cada uno a su heredad. En aquel tiempo no había rey en Israel y cada cual hacía lo que quería. En los días en que gobernaban los jueces hubo una gran carestía en Palestina, y un hombre de Belén de Judá emigró al país de Moab con su mujer y sus dos hijos. Él se llamaba Elimélec, su esposa Noemí y sus dos hijos Majlón y Kilión, todos efrateos de Belén de Judá. Llegaron a Moab y se establecieron allí. Murió Elimélec, marido de Noemí, y quedó ella sola con sus dos hijos, que se casaron con dos moabitas: una se llamaba Orfá y la otra Rut. A los diez años murieron también Majlón y Kilión, y Noemí se quedó sin hijos y sin marido. Noemí salió de Moab con sus dos nueras para volver a su patria, pues había oído que el Señor se preocupaba de su pueblo, dándole pan. Salió con sus dos nueras del lugar de su emigración y, de camino hacia la tierra de Judá, les dijo: "Ea, volveos a la casa de vuestra madre; que el Señor tenga con vosotras la misma fidelidad que habéis tenido con nuestros difuntos y conmigo. El Señor os conceda la paz en la casa de un nuevo marido". Y las besó. Entonces ellas se echaron a llorar y le dijeron: "No, iremos contigo a tu pueblo". Noemí insistía: "Volveos, hijas mías; ¿por qué queréis venir conmigo? Yo ya no podré tener más hijos que puedan ser vuestros maridos. Volveos, hijas mías, marchaos. Soy demasiado vieja para volverme a casar. Y aunque pudiese decir: tengo todavía esperanza, concebiré esta noche y tendré hijos, ¿podríais vosotras esperar a que fuesen mayores? ¿Ibais por eso a dejar de casaros de nuevo? No, hijas mías; me llenaría de pena por vosotras; la mano del Señor pesa sobre mí". Ellas se echaron nuevamente a llorar. Después Orfá besó a su suegra y volvió a su pueblo, pero Rut se echó en brazos de Noemí. Noemí le dijo: "Mira, tu cuñada vuelve a su pueblo y a su dios; vete tú también con ella". Rut le respondió: "No insistas más en que te deje, alejándome de ti; donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios; donde tú mueras, yo moriré, y allí quiero ser enterrada. Que Dios me castigue si algo, fuera de la muerte, me separa de ti". Noemí, viendo a Rut tan resuelta a seguirla, ya no insistió. Partieron juntas y llegaron a Belén. A su llegada se impresionó toda la ciudad. Las mujeres comentaban: "¿Pero es ésta Noemí? Ella decía: "No me llaméis Noemí; llamadme Mara, porque el todopoderoso me ha llenado de amargura. Salí llena, y el Señor me devuelve vacía. ¿Por qué llamarme todavía Noemí, si el Señor me ha humillado tanto y el Todopoderoso me ha hecho desgraciada?". Así fue como Noemí, con su nuera Rut, la moabita, volvió de Moab a Belén al comienzo de la siega de la cebada. Noemí tenía, por parte de su marido, un pariente muy rico llamado Booz, de la familia de Elimélec. Un día Rut, la moabita, dijo a su suegra: "Déjame ir a espigar al campo del que me lo permita". Ella le respondió: "Anda, hija mía". Rut salió para espigar en un campo detrás de los segadores, y quiso la providencia que fuese a dar a una parcela de Booz, de la familia de Elimélec. Booz de Belén llegó y saludó a los segadores: "El Señor esté con vosotros". Ellos le respondieron: "El Señor te bendiga". Booz preguntó luego al capataz: "¿De quién es esa joven?". Él respondió: "Es la moabita que ha venido con Noemí del país de Moab. Me ha pedido que la deje espigar detrás de los segadores, y desde que entró en el campo ha estado, desde esta mañana hasta ahora, sin descansar ni siquiera un instante". Booz dijo a Rut: "Escucha, hija mía; no vayas a espigar a otro campo y no te alejes de aquí. Sigue los pasos de mis criados. Fíjate en el campo donde siegan y ve detrás de ellos. Voy a dar órdenes a mis criados para que no te molesten. Y cuando tengas sed, te vas al hato y bebes de lo que beban ellos". Rut se postró en tierra y dijo: "¿Por qué tienes esta consideración conmigo y te interesas por mí siendo yo extranjera?". Booz le respondió: "Me han contado lo que has hecho por tu suegra después de la muerte de tu marido: que has dejado a tu padre, a tu madre, a tu patria, para venir a un pueblo desconocido para ti. Que el Señor pague tu acción y que tu recompensa sea grande ante el Señor, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte". Rut dijo: "Has sido muy amable conmigo, señor; me has consolado y me has hablado al corazón, aunque yo no soy ni siquiera como una de tus criadas". A la hora de comer, Booz le dijo: "Ven aquí, come de nuestra comida y moja tu pan en la vinagreta". Ella se sentó junto a los segadores, y Booz le ofreció trigo tostado. Después de comer y quedar satisfecha, recogió lo sobrante y lo guardó, y de nuevo se puso a espigar. Booz ordenó a sus criados: "Dejadla que espigue también entre las gavillas, y no la molestéis. Dejad caer espigas de vuestros manojos para que las recoja, sin inquietarla". Estuvo espigando hasta la tarde, luego apaleó lo recogido, y había como unos cuarenta y cinco kilos de cebada. Lo cargó, fue a la ciudad y se lo enseñó a su suegra; sacó lo sobrante de la comida y se lo dio. Noemí dijo: "¿Dónde has estado espigando? ¡Bendito el que te ha favorecido tanto!". Rut le dijo: "He estado trabajando en el campo de un hombre que se llama Booz". Noemí exclamó: "Que el Señor te bendiga; el Señor que es ahora bueno con nosotros, como antes lo fue con los muertos. Ese hombre es pariente nuestro, uno de los que tienen derecho de levirato sobre nosotras". Rut añadió: "Me ha dicho además: Sigue a mis segadores hasta que se termine la siega". Noemí respondió a su nuera: "Es mejor, hija mía, que vayas con sus segadores, no sea que te molesten en otro campo". Y Rut siguió a los segadores de Booz, espigando hasta la terminación de la siega de la cebada y del trigo y viviendo con su suegra. Después le dijo su suegra Noemí: "Hija mía, yo debo buscar tu felicidad. Booz, con cuyos segadores has estado, es nuestro pariente. Mira, esta tarde él limpiará en su era. Lávate, perfúmate, vístete con los mejores vestidos y vete a la era, pero sin dejarte ver hasta que haya terminado de comer y beber. Cuando se haya acostado, fíjate bien dónde duerme; ve después, le descubres los pies y te acuestas; él te indicará lo que debes hacer". Rut respondió: "Haré lo que me dices". Rut fue a la era e hizo exactamente lo que le había dicho su suegra. Booz comió, bebió y se acostó muy feliz al lado del muelo de la cebada. Llegó entonces ella muy despacio, destapó sus pies y se acostó. Ya de madrugada, Booz se sobresaltó e, incorporándose, vio una mujer acostada a sus pies. "¿Quién eres tú?", preguntó. Ella respondió: "Soy Rut, tu sierva; extiende tu manto sobre mí, porque tienes el derecho de levirato". Él replicó: "Hija mía; este segundo acto de piedad es todavía mejor que el primero, pues no has buscado ningún joven, rico o pobre. No tengas miedo, hija mía; haré con gusto lo que pides, pues todo el pueblo sabe que eres mujer virtuosa. Sí, es cierto que soy tu pariente, pero hay otro pariente más próximo que yo. Pasa ahí la noche, y mañana, si él quiere hacer uso de su derecho, que lo haga; y si no quiere, vive Dios que yo lo haré. Duérmete hasta mañana". Ella durmió a sus pies hasta la mañana, levantándose antes de que pudiesen distinguirse las personas. Booz le había dicho: "Que no se sepa que una mujer ha venido a la era". Después añadió: "Quítate el manto que te cubre y sosténlo". Ella lo sostuvo, y le echó seis medidas de cebada; se las echó a cuestas, y entró en la ciudad. Cuando llegó a casa de su suegra, ésta le preguntó: "¿Qué ha pasado, hija mía?". Rut le contó lo que Booz había hecho por ella, y añadió: "Mira, me dio estas seis medidas de cebada y me dijo: No quiero que vuelvas a casa de tu suegra con las manos vacías". Noemí le dijo: "Estáte tranquila, hija mía, hasta que sepas en qué para la cosa, pues este hombre no descansará hasta haber resuelto el asunto". Booz subió a la puerta de la ciudad y se sentó. Cuando pasó el citado pariente le dijo: "Oye, ven acá y siéntate". Se acercó y se sentó. Booz llamó a diez ancianos de la ciudad y les dijo: "Sentaos". Y se sentaron. Booz dijo al pariente: "Noemí ha vuelto del país de Moab y ha puesto en venta el campo de nuestro hermano Elimélec. He determinado informarte para decirte: Cómpralo en presencia de los ancianos de la ciudad. Si quieres comprarlo, cómpralo; si no, dímelo, porque antes de ti no hay ninguno que pueda comprarlo, y yo soy el segundo". Él respondió: "Lo compraré". Booz añadió: "Pero si compras el campo a Noemí, deberás casarte con Rut, la moabita, mujer del difunto, para perpetuar el nombre de Elimélec en su heredad". El pariente contestó: "No puedo comprarlo por no perjudicar a mis herederos; usa tú de mi derecho de levirato, pues yo no puedo". Había entonces en Israel, para ratificar las compras o cambios, el siguiente rito: uno se quitaba su zapato y lo entregaba al otro. Tal era el modo de hacer fe en Israel. El pariente dijo a Booz: "Cómpralo tú para ti"; y quitándose el zapato se lo entregó. Entonces Booz dijo a los ancianos y a todo el pueblo: "Vosotros sois testigos de que yo compro a Noemí lo que es de Elimélec, de Kilión y de Majlón; tomo además por mujer a Rut, la moabita, mujer que fue de Majlón, para perpetuar el nombre del difunto sobre su heredad y para que no se borre su nombre de entre sus hermanos y de la puerta de la ciudad. Vosotros sois hoy testigos de ello". Todo el pueblo, que se encontraba a la puerta con los ancianos, dijo: "Somos testigos. Que el Señor haga a la mujer que va a entrar en tu casa semejante a Raquel y a Lía, quienes edificaron la casa de Israel. Que seas poderoso en Éfrata y adquieras renombre en Belén. Que sea tu casa como la de Fares, el que Tamar dio a Judá, por la posteridad que el Señor te dé de esta joven". Booz se casó con Rut, se unió a ella, y el Señor hizo que concibiese y tuviera un hijo. Las mujeres decían a Noemí: "Bendito sea el Señor, que ha querido que no te faltase un heredero y que el nombre del difunto se conserve en Israel. El niño será para ti consuelo y amparo en tu vejez, pues te lo ha dado tu nuera que tanto te ama y es para ti mejor que siete hijos". Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y fue su nodriza. Las vecinas decían: "A Noemí le ha nacido un hijo". Y lo llamaron Obed, que fue el padre de Jesé, padre de David. Ésta es la descendencia de Fares: Fares engendró a Jesrón, Jesrón a Ram, Ram a Aminadab, Aminadab a Nasón, Nasón a Salmón, Salmón a Booz, Booz a Obed, Obed a Jesé y Jesé a David. Había un hombre de Ramá, un sufita de la montaña de Efraín, que se llamaba Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. Tenía dos mujeres: una llamada Ana, y la otra, Peniná. Peniná tenía hijos; Ana no los tenía. Todos los años subía aquel hombre desde su ciudad a adorar y ofrecer sacrificios al Señor todopoderoso en Silo. Allí estaban los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, como sacerdotes del Señor. El día en que ofrecía el sacrificio daba sus raciones correspondientes a Peniná y a sus hijos. A Ana le daba sólo una ración, aunque él prefería a Ana; pero el Señor la había hecho estéril. Su rival la humillaba y se burlaba de ella porque el Señor la había hecho estéril. Así hacía año tras año, cada vez que subían a la casa del Señor; Ana lloraba y no quería comer. Elcaná, su marido, le dijo: "Ana, ¿por qué estás tan triste? ¿No soy yo para ti más que diez hijos?". Después que comieron y bebieron en Silo, Ana se levantó y se puso ante el Señor, mientras Elí, el sacerdote, estaba sentado en su silla ante la puerta del santuario del Señor. Ella, con el alma llena de amargura y bañada en lágrimas, se puso a rezar al Señor, y le hizo esta promesa: "¡Oh Señor todopoderoso!, si quieres mirar la aflicción de tu sierva, te acuerdas de mí y me das un hijo varón, yo lo consagraré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza". Como ella prolongase su oración ante el Señor, Elí se fijó en sus labios. Y como Ana rezaba mentalmente, movía sus labios, pero no se oía su voz, Elí pensó que estaba borracha. Elí le dijo: "¿Hasta cuándo seguirás con tu borrachera? Anda, que se te pase tu vino". Ana respondió: "No, señor mío; soy una mujer desgraciada; no he bebido vino ni licor; estoy desahogando mi corazón ante el Señor. No tomes a tu sierva por una mujer perversa, porque no he hecho hasta ahora más que exponer la magnitud de mi dolor y amargura". Elí le respondió: "Vete en paz, y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido". Ella dijo: "Que tu sierva alcance tu favor". La mujer se marchó, comió y bebió, y ya no parecía la de antes. Se levantaron de madrugada, adoraron al Señor y se fueron a su casa de Ramá. Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella. Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, porque dijo: "Se lo pedí al Señor". Elcaná, su marido, fue con toda su familia para ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir su promesa. Ana no quiso acompañarle; le dijo a su marido: "Cuando el niño haya sido destetado, yo lo llevaré para que sea presentado al Señor y se quede allí para siempre". Elcaná respondió a su mujer: "Haz lo que mejor te parezca; quédate hasta que le hayas destetado. Que el Señor te conceda cumplir tu promesa". Ella se quedó en casa y amamantó al niño hasta que lo destetó. Cuando le quitó el pecho, lo llevó consigo al templo del Señor en Silo. Llevó también tres novillos, media fanega de harina y un odre de vino. Inmolaron un novillo y presentaron el niño a Elí. Ana le dijo: "Perdón, señor; tan cierto como que tú vives, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti orando al Señor. Yo le pedí un hijo, y el Señor me ha concedido lo que le pedía. Ahora yo se lo doy al Señor; estará dedicado al Señor todos los días de su vida". Después adoraron al Señor. Ana oró de esta manera: "Tengo el corazón alegre gracias al Señor, la frente alta gracias a Dios y la boca abierta contra mis enemigos; yo me regocijo en tu victoria. Nadie como el Señor es santo -fuera de ti no hay otros-, no hay roca como nuestro Dios. No repitáis tanto palabras altaneras, no pronunciéis palabras arrogantes, porque el Señor es un Dios lleno de saber, un Dios que pesa las acciones. El arco de los valientes se ha roto, mientras que los cobardes se ciñen de valor. Los hartos se contratan por un poco de pan, mientras que los hambrientos ya no se fatigan. La mujer estéril tiene siete hijos, y la madre fecunda se marchita. El Señor da la muerte y da la vida, hace bajar al abismo y hace subir de él. El Señor empobrece y enriquece, el Señor humilla y enaltece. Él levanta del polvo al miserable, él saca al mendigo del estiércol para hacer que se siente con los nobles y asignarle un trono glorioso; porque suyos son los pilares de la tierra, y sobre ellos ha puesto él el orbe. Él guarda los pasos de sus fieles, mientras que los malvados perecerán en las tinieblas, pues no es por la fuerza como vence el hombre. El Señor aniquila a sus contrarios, el altísimo truena desde el cielo; el Señor juzga los confines de la tierra, dará fuerza a su rey y levantará la frente de su ungido". Elcaná volvió a su casa, a Ramá, y el niño quedó al servicio del Señor con el sacerdote Elí. Los hijos de Elí eran unos disolutos; no se cuidaban del Señor, ni de los deberes de los sacerdotes para con el pueblo. Cuando alguno ofrecía un sacrificio, mientras se cocía la carne llegaba un criado del sacerdote con un tenedor en la mano, lo metía en el perol, caldero, olla o puchero, y todo lo que sacaba con el tenedor era para el sacerdote. Así hacían con todos los israelitas que iban a Silo. Más aún: antes de que se quemase la grasa, llegaba el criado del sacerdote y decía al que iba a ofrecer el sacrificio: "Dame la carne para asársela al sacerdote; porque no te aceptará carne cocida, sino cruda". Y si alguno le decía: "Primero deben quemarse las grasas; después toma lo que quieras", respondía: "No, dámelo ahora; si no, lo tomaré por la fuerza". El pecado de los jóvenes era muy grande ante el Señor, porque trataban con desprecio las ofrendas hechas al Señor. El joven Samuel estaba al servicio del Señor, vestido con un efod de lino. Su madre le hacía una pequeña túnica y se la llevaba todos los años, cuando subía con su marido para hacer el sacrificio anual. Elí bendecía a Elcaná y a su mujer, diciendo: "Que el Señor te dé descendencia de esta mujer en lugar del que ella ha ofrecido al Señor". Y ellos se volvían a su casa. El Señor bendijo a Ana, que concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. El joven Samuel crecía en la presencia del Señor. Elí era ya muy anciano. Se enteró de todo lo que hacían sus hijos a todo Israel y que se acostaban con las mujeres que estaban al servicio de la entrada de la tienda de la reunión, y les dijo: "¿Por qué hacéis estas cosas que yo oigo de vosotros a todo el pueblo? No, hijos míos, no es bueno lo que oigo de vosotros; vosotros hacéis pecar al pueblo del Señor. Si peca un hombre contra otro hombre, Dios puede intervenir en su favor; pero si un hombre peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él?". Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor había decidido que muriesen. Por su parte, el joven Samuel iba creciendo, se hacía grato al Señor y a los hombres. Un hombre de Dios fue a ver a Elí y le dijo: "Esto dice el Señor: Yo me manifesté claramente a la familia de tu padre, cuando estaban en Egipto, esclavos del Faraón. Yo los elegí de entre todas las tribus de Israel para ser mis sacerdotes, para subir a mi altar, para quemar el incienso y llevar el efod en mi presencia; yo concedí a la casa de tu padre todas las ofrendas de los israelitas; ¿por qué profanáis los sacrificios y las ofrendas que yo he mandado, y tienes en mayor estima a tus hijos que a mí, tomando para vosotros lo mejor de las ofrendas de mi pueblo Israel? Por eso, palabra del Señor, Dios de Israel: Yo había prometido que tu casa y la casa de tu padre estarían por siempre ante mí para servirme; pero ahora, palabra del Señor, lejos de mí tal cosa; porque yo honro a los que me honran, y los que me desprecian serán tratados como nada. Se acerca el día en que yo cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre, de suerte que ninguno llegará a viejo en tu casa. Verás con envidia todo el bien que voy a hacer en Israel y ninguno llegará a viejo en tu casa. Pero no haré desaparecer de mi altar a todos los tuyos, para que se consuman de envidia sus ojos y desfallezca de dolor su alma; y la mayor parte de tu familia morirá por la espada en la plenitud de la edad. Te servirá de señal lo que sucederá a tus dos hijos, Jofní y Fineés: morirán los dos en el mismo día. Yo me nombraré un sacerdote fiel, que hará lo que yo quiero y deseo; le edificaré una casa estable y caminará siempre en presencia de mi ungido. Entonces el superviviente de tu casa vendrá a postrarse ante él pidiéndole una moneda de plata y una torta de pan, y dirá: Admíteme, por favor, en cualquier oficio sacerdotal, para que tenga un pedazo de pan que comer". El joven Samuel estaba al servicio del Señor con Elí. En aquel tiempo era raro oír la palabra de Dios, y las visiones no eran frecuentes. Un día Elí permanecía acostado en su habitación. Sus ojos se habían debilitado y ya no podía ver. La lámpara de Dios todavía no estaba apagada, y Samuel dormía en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor lo llamó: "¡Samuel, Samuel!". Él respondió: "Aquí estoy". Fue corriendo donde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy, pues me has llamado". Elí dijo: "No te he llamado; vuelve a dormir". Y Samuel fue a acostarse. Por segunda vez lo llamó el Señor: "¡Samuel!". Y Samuel se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy, pues me has llamado". Elí respondió: "No te he llamado; vuelve a acostarte, hijo mío". Samuel no conocía todavía al Señor, pues la palabra del Señor todavía no se le había revelado. Por tercera vez lo llamó el Señor: "¡Samuel!". Se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy, pues me has llamado". Comprendió entonces Elí que era el Señor el que lo llamaba, y le dijo: "Vete a acostarte, y si te llaman, dirás: Habla, Señor, que tu siervo escucha". Y Samuel fue a acostarse. El Señor se presentó y lo llamó como otras veces: "¡Samuel, Samuel!". Samuel respondió: "Habla, que tu siervo escucha". El Señor le dijo: "Voy a hacer en Israel una cosa tal que al que la oiga le zumbarán los oídos. Aquel día haré venir sobre Elí todo lo que he dicho contra su casa, desde el principio hasta el fin. Dile que yo condeno a su casa para siempre, porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no los corrigió. Por eso juro a la casa de Elí que nunca podrá borrarse con sacrificios y ofrendas la culpa de la casa de Elí". Samuel siguió acostado hasta la mañana, y entonces abrió las puertas del templo del Señor. Samuel tenía miedo de contar a Elí la visión que había tenido. Pero Elí le llamó, y le dijo: "¡Samuel, hijo mío!". Él respondió: "Aquí estoy". Y le preguntó: "¿Qué es lo que te ha dicho? ¡No me ocultes nada! Que Dios te castigue si me ocultas una palabra de lo que él te ha dicho". Entonces Samuel se lo contó todo; no le ocultó nada. Elí dijo: "Él es el Señor; hágase su voluntad". Samuel creció, y el Señor estaba con él; no dejó de cumplirse ni una sola de sus palabras. Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel estaba acreditado como profeta del Señor. El Señor continuó manifestándose en Silo, donde se revelaba a Samuel. La palabra de Samuel llegaba a todo Israel. Se reunieron entonces los filisteos para hacer la guerra a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con ellos y acamparon en Eben Ezer, mientas que los filisteos estaban acampados en Afec. Los filisteos se pusieron en orden de batalla. El combate fue duro, e Israel fue derrotado por los filisteos; cayeron en el campo de batalla cerca de cuarenta mil hombres. El pueblo volvió al campamento, y los ancianos se preguntaron: "¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor ante los filisteos? Vamos a buscar a Silo el arca de la alianza del Señor, y que vaya con nosotros; así nos librará de la mano de nuestros enemigos". El pueblo mandó mensajeros a Silo, y se trajo de allí el arca de la alianza del Señor todopoderoso, que se sienta sobre los querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, acompañaban el arca. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel la recibió con tales gritos que la tierra temblaba. Oyeron los gritos los filisteos y preguntaron: "¿Qué significa este clamor tan grande en el campamento de los hebreos?". Y supieron que el arca del Señor había llegado al campamento. Los filisteos tuvieron miedo, porque decían: "Ha venido Dios al campamento. ¡Ay de nosotros! Esto no había sucedido nunca. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos salvará de la mano de este Dios poderoso? Es él quien castigó a Egipto con toda clase de plagas. Cobrad ánimo y sed valientes, filisteos, para no servir a los hebreos, como ellos os han servido a vosotros; sed hombres y luchad". Los filisteos se lanzaron al ataque y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una gran derrota. Cayeron treinta mil hombres de la infantería israelita, el arca de Dios fue capturada y los hijos de Elí, Jofní y Fineés, murieron. Un hombre de Benjamín escapó corriendo de las filas del ejército, y llegó aquel mismo día a Silo con los vestidos destrozados y la cabeza cubierta de polvo. Cuando llegó, Elí estaba sentado en su silla, al lado de la puerta, a la expectativa, pues su corazón temía por el arca de Dios. El hombre entró en la ciudad para contarlo, y toda la ciudad comenzó a gritar. Elí oyó el rumor de aquellos gritos, y preguntó: "¿Qué significa este ruido tumultuoso?". Y aquel hombre fue deprisa a informar a Elí. Elí tenía noventa y ocho años, sus ojos se habían quedado fijos y ya no veía. Aquel hombre dijo a Elí: "Yo vengo del campamento; he huido hoy mismo de las filas del ejército". Elí preguntó: "¿Y qué ha pasado, hijo mío?". El mensajero contestó: "Israel ha huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota; murieron también tus dos hijos, Jofní y Fineés, y el arca de Dios fue capturada". Al mencionar el arca de Dios, Elí cayó de su silla hacia atrás, frente a la puerta, se rompió la nuca y murió, pues era ya viejo y estaba muy pesado. Elí fue juez en Israel durante cuarenta años. Su nuera, la mujer de Fineés, estaba encinta y a punto de dar a luz. Cuando oyó la noticia referente al arca de Dios, la muerte de su suegro y de su marido, se acostó y dio a luz, pues le asaltaron los dolores. Estando en trance de morir, los que estaban presentes le decían: "No tengas miedo, que has dado a luz un hijo". Pero ella no respondió ni hizo caso; y al niño le puso por nombre Icabod, diciendo: "Ha pasado la gloria de Israel", aludiendo a la pérdida del arca, a su suegro y a su marido. Ella dijo: "Ha pasado la gloria de Israel, porque ha sido capturada el arca de Dios". Los filisteos se apoderaron del arca de Dios y la llevaron de Eben Ezer a Asdod, al templo de Dagón, y la colocaron junto a Dagón. Cuando los de Asdod se levantaron por la mañana, encontraron a Dagón caído en tierra boca abajo ante el arca del Señor. Levantaron a Dagón y lo colocaron en su sitio. Cuando se levantaron a la mañana siguiente, Dagón estaba caído en tierra boca abajo ante el arca del Señor, y la cabeza de Dagón y sus dos manos cortadas estaban sobre el umbral; sólo quedaba de Dagón el tronco. Por eso, todavía hoy los sacerdotes de Dagón y todos lo que entran en su templo en Asdod no pisan el umbral de Dagón. La mano del Señor descargó sobre los de Asdod y sus alrededores, los llenó de espanto y los afligió con tumores. Los de Asdod, al ver esto, se dijeron: "Que no continúe con nosotros el arca del Dios de Israel, porque es muy dura su mano sobre nosotros y sobre Dagón, nuestro Dios". Convocaron a todos los jefes filisteos, y les preguntaron: "¿Qué haremos con el arca del Dios de Israel?". Ellos respondieron: "Llevadla a Gat". Y allí la llevaron. Cuando la llevaron, la mano del Señor descargó sobre la ciudad y hubo en ella gran pánico, pues hirió a las gentes de la ciudad, desde el pequeño hasta el grande, y les salieron tumores. Entonces trasladaron el arca de Dios a Ecrón. Y cuando el arca de Dios llegó a Ecrón, los de Ecrón gritaban y decían: "Han traído aquí el arca del Dios de Israel para matarnos a nosotros y a nuestro pueblo". Entonces convocaron a los jefes filisteos y les dijeron: "Llevaos de aquí el arca del Dios de Israel; que vuelva a su lugar, para que no nos mate a nosotros y a nuestro pueblo". Pues había un pánico mortal en toda la ciudad, porque la mano de Dios había descargado allí duramente. La gente que no había muerto estaba afligida con tumores. El clamor de la ciudad llegaba hasta el cielo. El arca del Señor estuvo siete meses en territorio de los filisteos. Los filisteos convocaron a los sacerdotes y adivinos y les preguntaron: ¿Qué haremos con el arca del Señor? Decidnos cómo la devolveremos a su lugar". Respondieron: "Si queréis devolver el arca del Dios de Israel, no la mandéis sin nada; devolvedla con una ofrenda de reconciliación. Entonces curaréis y sabréis por qué su mano no se retiraba de vosotros". Ellos preguntaron: "¿Cuál debe ser esa ofrenda de reconciliación?". Respondieron: "Cinco tumores de oro y cinco ratas de oro, una por cada jefe filisteo, porque la plaga fue la misma para vosotros y para vuestros jefes. Haced reproducciones de vuestros tumores y de las ratas que devastan vuestra tierra y dad gloria al Dios de Israel, a ver si levanta su mano de vosotros, vuestros dioses y vuestra tierra. No seáis testarudos, como fueron los egipcios y el Faraón; Dios los castigó duramente hasta que dejaron salir a los israelitas. Haced un carro nuevo, tomad dos vacas que estén criando y que no hayan llevado el yugo; uncid las vacas al carro y dejad sus crías en el establo. Tomad el arca del Señor y ponedla sobre el carro. Poned en un cofre junto a ella los objetos de oro que le dais en ofrenda de reconciliación, y dejadla andar. Fijaos bien: si va por el camino de su territorio hasta Bet Semes, es él quien nos ha hecho tanto mal; si no, sabremos que no ha sido su mano la que nos ha castigado, y que esto ha ocurrido por casualidad". Así lo hicieron; tomaron dos vacas que estaban criando y las uncieron al carro, dejando sus crías en el establo. Pusieron en el carro el arca del Señor y el cofre con las ratas de oro y las reproducciones de sus tumores. Las vacas se fueron por el camino de Bet Semes y continuaron por él mugiendo, sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda. Los jefes filisteos las siguieron hasta el territorio de Bet Semes. Las gentes de Bet Semes estaban segando el trigo en el valle. Alzaron la vista, vieron el arca del Señor y salieron gozosamente a su encuentro. Cuando el arca llegó al campo de Josué, el de Bet Semes, se detuvo. Allí había una piedra grande. El carro lo hicieron astillas y ofrecieron las vacas en holocausto al Señor. Los levitas habían bajado el arca del Señor y el cofre que estaba junto a ella, que contenía los objetos de oro, y los habían colocado sobre aquella piedra grande. Aquel día las gentes de Bet Semes ofrecieron holocaustos y sacrificios de reconciliación al Señor. Los cinco jefes filisteos, después de ver aquello, se volvieron aquel mismo día a Ecrón. Éstos son los tumores de oro que los filisteos dieron en ofrenda de reconciliación al Señor: uno por Asdod, uno por Gaza, uno por Ascalón, uno por Gat y uno por Ecrón. El número de las ratas de oro era igual al de las ciudades de los cinco jefes filisteos, tanto de las ciudades fortificadas como de las ciudades desguarnecidas. La piedra grande sobre la que pusieron el arca del Señor existe todavía hoy en el campo de Josué, el de Bet Semes, como testigo. Los hijos de Jeconías no se alegraron con las gentes de Bet Semes cuando vieron el arca del Señor, y el Señor hirió a setenta hombres de entre ellos. El pueblo hizo gran duelo porque el Señor los había castigado tan duramente. Y las gentes de Bet Semes decían: "¿Quién podrá resistir al Señor, este Dios santo? Y ¿adónde enviaremos el arca, lejos de nosotros?". Y mandaron a decir a las gentes de Quiriat Yearín: "Los filisteos han devuelto el arca del Señor. Venid y llevadla con vosotros". Las gentes de Quiriat Yearín fueron y se llevaron el arca del Señor y la introdujeron en casa de Abinadad, en la colina, y consagraron a su hijo Eliezer para que la cuidara. Pasaron veinte años desde el día en que instalaron el arca del Señor en Quiriat Yearín, y toda la casa de Israel se lamentaba ante el Señor. Entonces Samuel dijo a todo el pueblo de Israel: "Si os convertís al Señor de todo corazón, quitad de en medio de vosotros los dioses extranjeros y las astartés; poned vuestros corazones en el Señor y servidle a él solo; entonces el Señor os librará de la mano de los filisteos". Los israelitas quitaron los baales y las astartés y sirvieron sólo al Señor. Samuel dijo: "Convocad a todos los israelitas en Mispá, y yo rogaré al Señor por vosotros". Se reunieron en Mispá, sacaron agua y la derramaron ante el Señor, ayunaron aquel día y dijeron: "Hemos pecado contra el Señor". Y Samuel fue juez de los israelitas en Mispá. Los filisteos se enteraron de que los israelitas se habían reunido en Mispá, y los jefes de los filisteos fueron contra ellos. Los israelitas, al saberlo, tuvieron miedo y dijeron a Samuel: "No dejes de rogar por nosotros al Señor, nuestro Dios, para que él nos salve de los filisteos". Samuel tomó un cordero de leche y lo ofreció entero en holocausto al Señor. Samuel rogó al Señor por Israel, y el Señor le escuchó. Mientras Samuel ofrecía el holocausto, los filisteos entablaron el combate contra Israel; pero aquel día el Señor tronó con gran aparato contra los filisteos, se apoderó el pánico de ellos y fueron derrotados por Israel. Los israelitas salieron de Mispá, persiguieron a los filisteos y los atacaron hasta más abajo de Bejorón. Samuel puso una piedra entre Mispá y Yesaná, y la llamó Ben Ezer, diciendo: "Hasta aquí nos ha ayudado el Señor". Los filisteos fueron derrotados. No volvieron a invadir el territorio de Israel, y la mano del Señor pesó sobre los filisteos durante toda la vida de Samuel. Fueron devueltas a Israel las ciudades que le habían sido quitadas por los filisteos, desde Ecrón hasta Gat, e Israel libró su territorio de la mano de los filisteos. Además hubo paz entre Israel y los amorreos. Samuel fue juez de Israel durante toda su vida. Cada año hacía un recorrido por Betel, Guilgal y Mispá, y en todos estos sitios juzgaba a Israel. Después volvía a Ramá, donde tenía su casa, y allí juzgaba a Israel. También construyó allí un altar al Señor. Cuando Samuel se hizo viejo, constituyó jueces en Israel a sus hijos. Su hijo mayor se llamaba Joel, y el menor, Abías. Eran jueces en Berseba. Pero sus hijos no siguieron sus caminos; se volvieron ambiciosos, se dejaban sobornar y dictaban sentencias injustas. Por eso se reunieron todos los ancianos de Israel, fueron a Ramá a ver a Samuel, y le dijeron: "Tú eres ya viejo, y tus hijos no siguen tus caminos. Danos un rey para que nos gobierne, como tienen todas las naciones". A Samuel le desagradó que le dijesen: "Danos un rey para que nos gobierne", y se puso a invocar al Señor. Pero el Señor dijo a Samuel: "Obedece la voz del pueblo en todo lo que te diga, porque no te han rechazado a ti, sino a mí, para que no reine sobre ellos. Así se han portado conmigo desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, abandonándome para servir a dioses extranjeros, y así se portan ahora contigo. Atiende su petición; pero adviérteles bien y hazles saber los derechos del rey que van a tener". Samuel transmitió al pueblo que le pedía un rey las palabras del Señor. Les dijo: "Éstos son los derechos del rey que va a reinar sobre vosotros: tomará a vuestros hijos, se servirá de ellos para sus carros y sus caballos y los hará correr ante su carro. Los empleará como jefes de mil, de ciento y de cincuenta; los hará trabajar sus campos, segar sus mieses, fabricar sus armas de guerra y el atalaje de sus carros. Tomará a vuestras hijas para perfumeras, cocineras y panaderas. Se apoderará de vuestros mejores campos, de vuestras viñas y de vuestros olivares y se los dará a sus oficiales. Os cobrará los diezmos de vuestras mieses y de vuestras viñas para dárselos a sus eunucos y oficiales. Se adueñará de vuestros criados y criadas, de vuestros mejores bueyes y asnos para emplearlos en su servicio. Os exigirá el diezmo de vuestros rebaños, y vosotros mismos seréis sus esclavos. Entonces gritaréis contra el rey que vosotros mismos habéis elegido, pero el Señor no os atenderá". Pero el pueblo no quiso escuchar a Samuel, y dijo: "No; queremos un rey, y así seremos como todas las naciones; nuestro rey nos juzgará, marchará a nuestra cabeza y combatirá nuestros combates". Samuel oyó todas las palabras del pueblo y se las transmitió al Señor, y el Señor le dijo: "Atiende su petición y pon un rey sobre ellos". Entonces Samuel dijo a los israelitas: "Id cada uno a vuestra ciudad". Había un hombre de la tribu de Benjamín llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorat, hijo de Afiaj; un hombre valiente. Tenía un hijo llamado Saúl, buen mozo. No había entre los israelitas quien le superase; a todos les sacaba la cabeza. Un día a Quis se le extraviaron sus asnas; entonces dijo a su hijo Saúl: "Toma contigo a uno de los mozos y vete a buscar las asnas". Atravesaron las montañas de Efraín; pasaron la tierra de Salisá, pero no las encontraron; cruzaron el país de Salín, y no estaban allí; atravesaron el país de Benjamín, y no las encontraron. Cuando llegaron al país de Suf, Saúl dijo al mozo que le acompañaba: "Demos la vuelta, no sea que mi padre, más que por las asnas, esté intranquilo por nosotros". Pero éste le respondió: "Mira, aquí, en esta ciudad, hay un hombre de Dios; es un hombre muy famoso; todo lo que él dice se realiza siempre. Vamos allá. Tal vez él nos indique el camino que debemos seguir". Saúl respondió al mozo: "Si, vamos allá, ¿qué llevaremos a ese hombre? Ya no hay pan en nuestros sacos y no tenemos nada que ofrecer al hombre de Dios. ¿Qué le daremos?". El mozo dijo a Saúl: "Mira, he encontrado en mi bolso una pequeña moneda de plata; se la daré al hombre de Dios para que nos indique el camino que debemos seguir". Antiguamente, en Israel, cuando se iba a consultar a Dios, se decía: "Venid, vamos al vidente"; pues al que hoy se llama profeta, antes se le llamaba vidente). Saúl respondió al mozo: "Muy bien dicho; vamos". Y fueron a la ciudad, donde estaba el hombre de Dios. Cuando subían por la cuesta de la ciudad, se encontraron a unas jóvenes que salían a coger agua, y les preguntaron: "¿Está aquí el vidente?". ( Ellas respondieron: "Sí, aquí está. Acaba de llegar a la ciudad, porque hoy hay un sacrificio por el pueblo en el alto. En cuanto entréis en la ciudad, buscadlo rápidamente, antes de que suba al alto para la comida. El pueblo no comienza a comer antes de que llegue él, porque es él quien tiene que bendecir el sacrificio; después de esto comerán los invitados. Por tanto, subid rápidamente, y lo encontraréis". Ellos subieron. Apenas habían entrado en la ciudad, cuando se encontró con ellos Samuel, que salía para subir al alto. El día antes de que llegara Saúl, el Señor había advertido a Samuel: "Mañana a esta hora te enviaré un hombre de la tierra de Benjamín; tú le ungirás como jefe de mi pueblo Israel para que salve a mi pueblo de la mano de los filisteos, porque he visto la miseria de mi pueblo y su clamor ha llegado hasta mí". Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le dijo: "Éste es el hombre de que te hablé; éste es el que regirá a mi pueblo". Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo: "Indícanos, por favor, dónde está la casa del vidente". Samuel le respondió: "Yo soy el vidente. Sube delante de mí al alto; hoy comerás conmigo, y mañana por la mañana os despediré después de haberte explicado todo lo que tienes en tu pensamiento. En cuanto a las asnas extraviadas hace ya tres días, no te preocupes, porque ya han aparecido. Además, ¿de quién será cuanto hay de precioso en Israel? ¿No será tuyo y de la casa de tu padre? Saúl respondió: "¿No soy yo de Benjamín, la más pequeña de las tribus de Israel, y mi familia no es la más pequeña de todas las de la tribu de Benjamín? ¿Por qué me dices esto?". Samuel llevó consigo a Saúl y a su mozo, los introdujo en la sala y les dio el primer puesto entre los invitados, que eran treinta personas. Después dijo Samuel al cocinero: "Tráeme la ración que yo te di, la que te dije que pusieras aparte". El cocinero tomó un pernil y el rabo y se lo sirvió a Saúl. Samuel le dijo: "Ahí tienes la porción reservada; come, porque ella fue reservada para este momento cuando convoqué al pueblo". Y aquel día Saúl comió con Samuel. Después bajaron a la ciudad, prepararon una cama para Saúl en la terraza y se acostó. Al despuntar el alba, Samuel llamó a Saúl y le dijo: "Levántate y sigue tu camino". Saúl se levantó y salieron los dos fuera. Cuando bajaron a las afueras de la ciudad, Samuel dijo a Saúl: "Di al mozo que se adelante, pero tú párate, que tengo que comunicarte lo que Dios me ha dicho". Entonces Samuel tomó la redoma del aceite, la derramó sobre su cabeza, le besó y dijo: "¿No es el Señor quien te ha ungido como jefe de su pueblo, Israel? Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de los enemigos que le rodean. Ésta es la señal de que el Señor te ha ungido como jefe de su heredad: hoy, cuando te hayas alejado de mí, encontrarás junto a la tumba de Raquel, en los confines de Benjamín, a dos hombres, que te dirán: Han aparecido las asnas que andas buscando; tu padre se ha olvidado de las asnas y está intranquilo por vosotros, preguntándose qué puede hacer por su hijo. Más allá, cuando llegues a la cima del Tabor, encontrarás a tres hombres que suben a visitar a Dios, en Betel: uno lleva tres cabritos, otro tres panes y el tercero un odre de vino. Te saludarán y te darán dos panes, que tú aceptarás de su mano. Después llegarás a Guibeá de Dios, donde hay una guarnición de filisteos. Al entrar en la ciudad, te encontrarás con un grupo de profetas que bajan del alto, precedidos de arpas, tambores, flautas y cítaras, profetizando. Entonces se apoderará de ti el espíritu del Señor, profetizarás con ellos y serás transformado en otro hombre. Cuando te hayan sucedido todas estas señales, haz lo que se te ocurra, porque Dios está contigo. Baja delante de mí a Guilgal; yo iré para ofrecer holocaustos y sacrificios de reconciliación. Esperarás siete días hasta que yo vaya y te diga lo que tienes que hacer". Cuando Saúl dio la vuelta y se alejó de Samuel, Dios le dio un corazón nuevo, y le sucedieron todas estas señales aquel mismo día. Cuando llegaron a Guibeá se encontraron con un grupo de profetas; el espíritu del Señor se apoderó de Saúl, y profetizó como ellos. Todos los que lo conocían de antes y lo veían profetizando con los profetas, se decían unos a otros: "¿Qué le ha pasado al hijo de Quis? ¿También Saúl anda entre los profetas?". Uno de ellos dijo: "¿Y quién es su padre?". Por eso quedó como proverbio: "También Saúl anda entre los profetas". Cuando terminó de profetizar, entró en su casa. Un tío suyo les dijo a él y al mozo: "¿Dónde habéis ido?". Él respondió: "A buscar las asnas; y como no las veíamos, fuimos a Samuel". El tío le dijo: "Cuéntame, por favor, lo que os dijo Samuel". Saúl respondió: "Nos dijo que las asnas habían sido encontradas". Pero no le contó lo que le había dicho sobre el asunto del reino. Samuel convocó al pueblo ante el Señor en Mispá. Y dijo a los israelitas: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: Yo os saqué de Egipto y os libré de los egipcios y de todos los reinos que os oprimían. Y vosotros rechazáis hoy a vuestro Dios, que os ha salvado de todas vuestras desgracias y peligros, al pedir que os ponga un rey sobre vosotros. Por tanto, presentaos ante el Señor por tribus y por clanes". Samuel hizo que se acercasen todas las tribus de Israel, y fue designada por suerte la tribu de Benjamín. Hizo acercarse a la tribu de Benjamín, por clanes, y fue designado por suerte el clan de Matrí. La suerte cayó, finalmente, sobre Saúl, hijo de Quis. Lo buscaron, pero no lo encontraban. Entonces consultaron al Señor: "¿Ha venido aquí Saúl?". Y el Señor respondió: "Está ahí, escondido entre los bagajes". Fueron corriendo a sacarle de allí, y se presentó en medio del pueblo. Y sobresalía por encima de todo el pueblo de los hombros para arriba. Samuel dijo a todo el pueblo: "Mirad al elegido del Señor. No hay nadie como él en todo el pueblo". Y todo el pueblo gritó: "¡Viva el rey!". Entonces Samuel expuso al pueblo el derecho real y lo escribió en un libro que está ante el Señor. Después ordenó que cada cual se fuese a su casa. También Saúl se fue a su casa, a Guibeá; y con él se fueron los valientes a los que Dios había tocado el corazón. Pero unos malvados dijeron: "¿Y éste es el que nos va a salvar?". Lo despreciaron y no le rindieron honores. Mas Saúl ni se dio por enterado. Un mes después, Najás, el amonita, fue a atacar a Yabés Galaad. Todas las gentes de Yabés le dijeron: "Haz un pacto con nosotros y estaremos sometidos a ti". Najás les respondió: "Haré un pacto con vosotros con la condición de sacaros a todos el ojo derecho para imponer esta afrenta a todo Israel". Los ancianos de Yabés le dijeron: "Danos una tregua de siete días. Enviaremos mensajeros a todo el territorio de Israel; y si nadie viene a socorrernos, nos rendiremos a ti". Los mensajeros llegaron a Guibeá de Saúl y expusieron estas cosas al pueblo, y todo el pueblo se puso a gritar y a llorar. En esto, llegó Saúl del campo detrás de los bueyes, y preguntó: "¿Qué pasa? ¿Por qué lloran?". Entonces le contaron lo que decían los hombres de Yabés. Al oír Saúl estas cosas, el espíritu de Dios se apoderó de él y se encendió en cólera. Tomó un par de bueyes, los hizo pedazos y los envió a todo el territorio de Israel por medio de los mensajeros, diciendo: "Así serán tratados los bueyes de todo aquel que no siga a Saúl". Entonces el temor del Señor cayó sobre todo el pueblo y salieron como un solo hombre. Les pasó revista en Bézec. Eran trescientos mil de Israel y treinta mil de Judá. Luego dijo a los mensajeros que habían venido: "Anunciad a las gentes de Yabés Galaad que mañana al mediodía les llegará el socorro". Llegaron los mensajeros y se lo anunciaron a las gentes de Yabés, que se llenaron de alegría. Los de Yabés dijeron a Najás: "Mañana nos rendiremos a vosotros y haréis de nosotros lo que os parezca". Al día siguiente Saúl dividió al pueblo en tres cuerpos, que penetraron en el campamento antes del amanecer y estuvieron matando amonitas hasta el mediodía. Los supervivientes se dispersaron, hasta el punto de no quedar dos juntos. El pueblo dijo a Samuel: "¿Quién es el que decía que Saúl no iba a reinar sobre nosotros? Entréganos a esos hombres para matarlos". Pero Saúl dijo: "Hoy no se castigará a nadie con la muerte, porque hoy el Señor ha salvado a Israel". Samuel dijo al pueblo: "Venid, vamos a Guilgal a inaugurar allí la monarquía". Fueron a Guilgal y allí, ante la presencia del Señor, proclamaron rey a Saúl y ofrecieron al Señor sacrificios de reconciliación. Y Saúl y todos los israelitas hicieron una gran fiesta. Samuel dijo a los israelitas: "Os he concedido todo lo que me habéis pedido y he puesto sobre vosotros un rey. Así que ahí tenéis al rey que os va a dirigir. Yo he envejecido y encanecido, y mis hijos están entre vosotros. He caminado delante de vosotros desde mi juventud hasta hoy. Aquí me tenéis; acusadme ante el Señor y ante su ungido si he quitado a alguien un buey o he robado a alguien un asno, si he oprimido o perjudicado a alguien o me he dejado sobornar. Acusadme, y yo os responderé". Y respondieron: "No nos has perjudicado ni oprimido, ni te has dejado sobornar". Él les dijo: "El Señor y su ungido son hoy testigos de que no habéis encontrado nada malo en mis manos". Y respondieron: "Testigos". Samuel dijo al pueblo: "Testigo es el Señor, que suscitó a Moisés y Aarón y sacó a vuestros padres de Egipto. Ahora, acercaos. Quiero juzgaros ante el Señor y recordaros los beneficios que os ha hecho a vosotros y a vuestros padres. Cuando Jacob y sus hijos bajaron a Egipto, los egipcios los oprimieron, y vuestros padres clamaron al Señor. El Señor envió a Moisés y Aarón, que los sacaron de Egipto y los instalaron en esta tierra. Pero ellos se olvidaron del Señor, su Dios, y él los entregó en manos de Sísara, jefe de los ejércitos de Jasor, en manos de los filisteos y en manos del rey de Moab, que les hicieron la guerra. Ellos clamaron al Señor: Hemos pecado, porque hemos abandonado al Señor y hemos servido a los baales y astartés; sálvanos del poder de nuestros enemigos y te serviremos. El Señor mandó a Yerubaal, a Barac, Jefté y Samuel, y os libró de la mano de vuestros vecinos enemigos, y habéis podido vivir seguros. Sin embargo, cuando visteis que Najás, rey de los amonitas, venía contra vosotros, me dijisteis: No, que reine un rey sobre nosotros, siendo así que el Señor, vuestro Dios, es vuestro rey. Pues bien, ahí tenéis al rey que habéis elegido. El Señor ha puesto un rey sobre vosotros. Si respetáis al Señor y le servís, si le obedecéis y no os rebeláis contra sus preceptos, si vosotros y el rey que os gobierna seguís al Señor, viviréis; pero si no le obedecéis y os rebeláis contra sus preceptos, la mano del Señor descargará sobre vosotros y sobre vuestro rey. Estad atentos y ved este gran prodigio que el Señor va a hacer ante vuestros ojos. ¿No estamos en el tiempo de la siega del trigo? Pues bien, voy a invocar al Señor y él mandará truenos y lluvia, para que sepáis y veáis el gran mal que le habéis hecho a los ojos del Señor al pedir para vosotros un rey". Samuel invocó al Señor, y el Señor envió aquel día truenos y lluvia; y todo el pueblo tuvo gran miedo del Señor y de Samuel. Entonces todo el pueblo dijo a Samuel: "Ruega al Señor, tu Dios, por tus siervos para que no muramos, porque hemos añadido a todos nuestros pecados la gran maldad de pedir para nosotros un rey". Samuel les dijo: "No tengáis miedo; es verdad que habéis cometido esa gran maldad; pero ahora no os apartéis del Señor y servidle con todo vuestro corazón. No os apartéis de él para servir a cosas vanas, que no ayudan y no salvan, porque son cosas vanas. El Señor no rechazará a su pueblo por la gloria de su gran nombre, porque el Señor se ha dignado hacer de vosotros su pueblo. Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de rogar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto. Respetad al Señor y servidle sinceramente con todo vuestro corazón, considerando las grandes cosas que ha hecho por vosotros. Pero si os portáis mal, pereceréis vosotros y vuestro rey. Saúl tenía... años cuando comenzó a reinar, y reinó veintidós años sobre Israel. Saúl eligió tres mil hombres de Israel; dos mil estaban con él en Micmás y en la montaña de Betel, y mil con Jonatán en Guibeá de Benjamín; a los demás los mandó cada uno a su casa. Jonatán derrotó la guarnición de los filisteos que estaban en Guibeá. Los filisteos, al saberlo, se dijeron: "Los hebreos se han sublevado". Mientras tanto Saúl hizo sonar la trompeta en todo el país, y todo Israel supo la noticia: Saúl ha derrotado a la guarnición de los filisteos, e Israel se ha hecho odioso a los filisteos. Y todo el pueblo se reunió con Saúl en Guilgal. Los filisteos se reunieron para luchar contra Israel con tres mil carros, seis mil jinetes y un ejército tan numeroso como la arena de la ribera del mar. Subieron y acamparon en Micmás, al oriente de Bet Avén. Los israelitas se vieron en las últimas, pues estaban cercados, y el pueblo se escondió en las grutas, en las cavernas, entre las rocas, en subterráneos y en cisternas; algunos pasaron, atravesando el Jordán, al país de Gad y de Galaad. Saúl estaba todavía en Guilgal, y todo el pueblo que le seguía estaba lleno de miedo. Él esperó siete días, el tiempo prefijado por Samuel; pero Samuel no llegaba a Guilgal y el pueblo se dispersaba lejos de Saúl. Entonces Saúl dijo: "Traedme el holocausto y los sacrificios de reconciliación". Y ofreció el holocausto. Cuando terminaba de ofrecer el holocausto, llegó Samuel, y Saúl salió a su encuentro para saludarle. Samuel le dijo: "¿Qué has hecho?". Saúl respondió: "Al ver que el pueblo se dispersaba lejos de mí y tú no llegabas en el día prefijado y que los filisteos se habían reunido en Micmás, me dije: Ahora bajarán los filisteos contra mí a Guilgal, y yo no he aplacado al Señor. Entonces, violentándome, ofrecí el holocausto". Samuel le respondió: "¡Has obrado neciamente! Si hubieras observado el mandamiento que el Señor, tu Dios, te había dado, entonces el Señor habría consolidado por siempre tu realeza sobre Israel. Pero ahora tu realeza no durará; el Señor se ha buscado un hombre según su corazón y le ha destinado para rey de su pueblo, porque tú no has observado lo que el Señor te ha mandado". Samuel se levantó y se fue de Guilgal para seguir su camino. El resto del pueblo le siguió al encuentro del enemigo, y llegaron desde Guilgal a Guibeá de Benjamín. Saúl pasó revista al ejército que le seguía; eran como unos seiscientos hombres. Saúl, su hijo Jonatán y el ejército que les seguía se quedaron en Guibeá de Benjamín; los filisteos estaban acampados en Micmás. Del campamento de los filisteos salió la fuerza de choque dividida en tres bandas: una tomó el camino de Ofrá, hacia la tierra de Sual; otra el camino de Bejorón, y la tercera el camino del alto que domina el valle de Seboín, hacia el desierto. En todo el territorio de Israel no había ni un herrero, porque los filisteos se habían dicho: "¡Que los hebreos no puedan fabricarse espadas ni lanzas!". Por eso los israelitas tenían que ir a los filisteos para afilar cada uno su reja, su azadón, su sierra y su hoz. El precio era de dos tercios de siclo por las rejas y azadones y un tercio de siclo por afilar las sierras y las hoces. Por eso cuando llegó el día del combate ninguno de los que seguían a Saúl y Jonatán tenía espada o lanza. Sólo la tenían ellos dos. Una guarnición de filisteos salió hacia el paso de Micmás. Un día, Jonatán, hijo de Saúl, dijo a su escudero: "Ven, pasemos hasta la guarnición de los filisteos, que está al otro lado". Pero no dijo nada a su padre. Saúl estaba sentado en el límite de Guibeá, debajo del granado que hay en Migrón; le acompañaban unos seiscientos hombres. Ajías, hijo de Ajitub, hermano de Icabod, hijo de Fineés, hijo de Elí, sacerdote del Señor en Silo, llevaba el efod. La gente no sabía que Jonatán se había ido. Jonatán intentaba llegar hasta la guarnición de los filisteos; tenía que pasar por entre dos peñascos llamados Boses y Sené, uno al norte, frente a Micmás, y el otro al sur, frente a Guibeá. Jonatán dijo a su escudero: "Vamos, pasemos a la guarnición de estos incircuncisos. Quién sabe lo que el Señor hará por nosotros, porque nada impide al Señor dar la victoria con muchos o pocos". Su escudero le respondió: "Haz lo que piensas; vamos donde quieras; estoy contigo". Jonatán replicó: "Vamos a pasar hasta esos hombres y dejarnos ver de ellos. Si nos echan el alto, nos quedaremos quietos en el mismo sitio y no subiremos hacia ellos. Pero si nos dicen que subamos, lo haremos, pues eso será la señal de que el Señor los ha entregado en nuestras manos". Ellos se dejaron ver de la guarnición de los filisteos, y éstos se dijeron: "Los hebreos salen de las cuevas donde se habían escondido". Y las gentes de la guarnición, dirigiéndose a Jonatán y a su escudero, les dijeron: "Subid aquí, porque tenemos que contaros una cosa". Entonces Jonatán dijo a su escudero: "Sube detrás de mí, porque el Señor los ha entregado en manos de Israel". Jonatán, trepando con pies y manos, subió seguido de su escudero. Los filisteos caían ante Jonatán, y su escudero los remataba. Esta primera matanza que hicieron Jonatán y su escudero fue como de unos veinte hombres en el espacio de una media yugada. Entonces cundió el pánico en el campamento y fuera de él, en la guarnición y en la fuerza de choque. La tierra tembló y se produjo un pánico sobrehumano. Los centinelas de Saúl que estaban en Guibeá de Benjamín vieron que el campamento se dispersaba en todas las direcciones. Saúl dijo al pueblo que estaba con él: "Pasad revista y ved quién falta de los nuestros". Pasaron revista y vieron que faltaban Jonatán y su escudero. Saúl dijo a Ajías: "Trae el efod" (porque aquel día era él quien llevaba el efod ante Israel). Mientras Saúl hablaba con el sacerdote, el tumulto iba creciendo en el campamento de los filisteos. Saúl dijo al sacerdote: "Retira tu mano". Saúl y toda su gente se reunieron y avanzaron hasta el lugar del combate y vieron que la confusión era enorme, pues volvían su espada unos contra los otros. Los hebreos que estaban antes con los filisteos y habían subido con ellos al campamento se volvieron también para ponerse al lado de los israelitas que estaban con Saúl y Jonatán. Y todos los israelitas que se habían escondido en la montaña de Efraín, al oír que los filisteos habían huido, se pusieron también a perseguirlos. Así el Señor salvó aquel día a Israel. La batalla se extendió hasta Bejorón. Los israelitas estaban agotados. Entonces Saúl hizo prestar al pueblo este juramento: "Maldito el hombre que tome alimento antes de la tarde, hasta que yo me haya vengado de mis enemigos". Y nadie comió nada. Todo el pueblo llegó al bosque, donde había mucha miel en el suelo. El pueblo entró en el bosque y vio la miel que corría por el suelo, pero nadie llevó la mano a su boca, porque temían el juramento que habían hecho. Pero Jonatán no había oído el juramento que su padre hizo prestar al pueblo; y, alargando la punta del bastón que tenía en la mano, lo metió en un panal de miel, se lo llevó a la boca y sus ojos se iluminaron. Y le dijo uno: "Tu padre ha hecho prestar este juramento a todo el pueblo: ¡Maldito el hombre que tome alimento hoy!". Jonatán respondió: "Mi padre ha causado mucho mal al país; mirad cómo mis ojos se han iluminado cuando yo he gustado un poco de miel. Seguro que si el pueblo hubiese comido hoy del botín que encontró entre sus enemigos, la derrota de los filisteos hubiese sido mayor". Aquel día derrotaron a los filisteos desde Micmás hasta Ayalón, pero el pueblo estaba desfallecido. El pueblo se echó sobre el botín; se apoderaron de ovejas, bueyes y terneros; los degollaron en el suelo, y comieron la carne con la sangre. Se lo fueron a decir a Saúl: "Mira, el pueblo ha pecado contra el Señor comiendo la carne con la sangre". Él les dijo: "Rodad hacia mí una piedra grande". Y añadió: "Dispersaos entre el pueblo y decidle que cada uno traiga su buey y su oveja y los sacrifiquen aquí; después los comeréis sin pecar contra el Señor comiendo la carne con la sangre". Aquella noche cada uno llevó lo que tenía a mano y lo sacrificó allí. Y Saúl levantó un altar al Señor; fue el primer altar que levantó al Señor. Después dijo Saúl: "Bajemos esta noche a perseguir y a saquear a los filisteos hasta despuntar el alba sin dejar a uno vivo". Le respondieron: "Haz lo que quieras". Pero el sacerdote dijo: "Antes, consultemos a Dios". Saúl consultó a Dios: "¿Debo bajar contra los filisteos? ¿Los pondrás en manos de Israel?". Pero aquel día no le respondió. Entonces dijo: "Acercaos aquí todos los jefes del pueblo, investigad y ved quién ha cometido el pecado de hoy. Porque, vive el Señor, el salvador de Israel, que, aunque se trate de mi hijo Jonatán, morirá irremisiblemente". Ninguno de entre el pueblo respondió nada. Y dijo a todo Israel: "Poneos vosotros de un lado, y yo y mi hijo Jonatán nos pondremos del otro". El pueblo respondió: "Haz lo que quieras". Saúl dijo entonces al Señor: "¿Por qué no has respondido hoy a tu siervo? Si el pecado está en mí o en mi hijo Jonatán, Señor, Dios de Israel, salga cara; y si este pecado está en tu pueblo Israel, salga cruz". Fueron designados por la suerte Jonatán y Saúl, y el pueblo quedó libre. Saúl dijo: "Echad la suerte entre mí y mi hijo Jonatán". Y fue designado por la suerte Jonatán. Saúl preguntó a Jonatán: "Dime qué has hecho". Jonatán respondió: "He gustado solamente un poco de miel con la punta del bastón que tenía en mi mano. Aquí estoy dispuesto a morir". Saúl dijo: "Que Dios me castigue si no mueres, Jonatán". Entonces el pueblo dijo a Saúl: "¿Va a morir Jonatán, que ha hecho esta gran liberación en Israel? ¡Lejos de nosotros! Vive el Señor que no caerá a tierra un solo cabello de su cabeza, porque hoy ha actuado Dios con él". Así salvó el pueblo a Jonatán y no murió. Saúl dejó de perseguir a los filisteos, y los filisteos regresaron a su país. Una vez que Saúl tomó posesión del reino de Israel, hizo la guerra a todos sus enemigos de alrededor: Moab, los amonitas, Edón, el rey de Sobá y los filisteos. Y siempre salía victorioso. Hizo verdaderas proezas. Derrotó a Amalec y libró a Israel de las bandas de salteadores. Los hijos de Saúl fueron: Jonatán, Isbaal y Malquisúa; los nombres de sus hijas eran: Merab, la mayor, y Mical, la más pequeña. La mujer de Saúl se llamaba Ajinoán, hija de Ajimaas; y el general de su ejército se llamaba Abner, hijo de Ner, tío de Saúl. Quis, padre de Saúl, y Ner, padre de Abner, eran hijos de Abiel. Durante toda la vida de Saúl hubo una guerra encarnizada contra los filisteos. Saúl se hacía con todos los hombres fuertes y valientes que veía. Samuel dijo a Saúl: "El Señor me ha enviado para ungirte rey sobre mi pueblo, Israel. Escucha las palabras del Señor. Esto dice el Señor todopoderoso: He resuelto castigar lo que Amalec hizo a Israel cuando le cerró el camino al subir de Egipto. Anda, castiga a Amalec y destruye sin piedad todas sus cosas; mata hombres y mujeres, mayores y pequeños, bueyes y ovejas, camellos y asnos". Saúl convocó al pueblo y le pasó revista en Telán: doscientos mil de infantería y diez mil hombres de Judá. Saúl avanzó hasta la ciudad de Amalec y puso una emboscada en el valle. Entonces dijo a los quenitas: "Id, retiraos, salid de en medio de Amalec, para que no os destruya juntamente con ellos, porque vosotros tratasteis bien a los israelitas cuando subían de Egipto". Y los quenitas se retiraron de en medio de Amalec. Saúl derrotó a Amalec desde Javilá hasta la entrada de Sur, frente a Egipto. Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, y a todo el pueblo lo pasó a espada. Pero Saúl y su ejército perdonaron la vida a Agag y a lo mejor de las ovejas y de las vacas, a las más gordas y a los corderos; es decir, respetaron todo lo de valor, pero destruyeron lo que no valía nada. El Señor dijo a Samuel: "Me arrepiento de haber hecho a Saúl rey de Israel, porque se ha apartado de mí y no ha cumplido mis órdenes". Samuel se entristeció y estuvo toda la noche rogando al Señor. En cuanto se levantó por la mañana, salió al encuentro de Saúl. Pero le dijeron que Saúl se había ido al Carmelo, que se había levantado allí un monumento, y que, a su regreso, había bajado a Guilgal. Samuel llegó donde estaba Saúl, el cual le dijo: "¡El Señor te bendiga! ¡He cumplido la orden del Señor!". Samuel preguntó: "¿Qué es ese balar de ovejas que llega a mis oídos y el mugir de vacas que oigo?". Saúl respondió: "Han sido traídos de Amalec, porque el pueblo ha perdonado lo mejor de las ovejas y de las vacas para ofrecerlo en sacrificio al Señor, tu Dios; lo demás lo hemos destruido". Samuel dijo a Saúl: "Cállate y déjame exponerte lo que el Señor me ha revelado esta noche". Él le dijo: "Dime". Samuel prosiguió: "¿No es cierto que siendo tú bien poca cosa has llegado a ser jefe de todas las tribus de Israel? El Señor te ungió por rey de Israel. El Señor te mandó a esta expedición y te ordenó: Anda y destruye a esos pecadores amalecitas, y hazles la guerra hasta acabar con ellos. ¿Por qué no has obedecido la orden del Señor? ¿Por qué te has echado sobre el botín, haciendo lo que desagrada al Señor?". Saúl le respondió: "¡Yo he obedecido al Señor! Fui a la expedición a la que él me mandó; he traído a Agag, rey de Amalec, y he exterminado a los amalecitas. Pero el pueblo se quedó con el botín, ovejas y vacas, lo mejor de lo consagrado al exterminio, para ofrecerlo en sacrificio al Señor en Guilgal". Samuel respondió: "¿Se complace tanto el Señor en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a sus palabras? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad más que las grasas de los carneros. La desobediencia es un pecado de magia, y la resistencia, un crimen de idolatría. Porque has rechazado la palabra del Señor, él te rechaza a ti como rey". Saúl dijo a Samuel: "He pecado traspasando la orden del Señor y tus palabras, porque temí al pueblo y accedí a sus palabras. Ahora yo te suplico que perdones mi falta; vuelve a estar conmigo, y yo adoraré al Señor". Samuel le respondió: "No volveré a estar contigo, porque has rechazado la orden del Señor y el Señor te ha rechazado a ti para que no seas rey sobre Israel". Samuel se dio la vuelta para marcharse, y Saúl le agarró por la orla del manto, que se rompió. Samuel le dijo: "El Señor arranca hoy de ti tu reinado sobre Israel y se lo dará a un vecino tuyo, que es mejor que tú. Y aquel que es la gloria de Israel no miente ni se arrepiente, porque él no es un hombre para arrepentirse". Saúl contestó: "He pecado; pero ahora, por favor, ríndeme honores ante los ancianos de mi pueblo y ante Israel y vuelve conmigo para que yo adore al Señor, tu Dios". Samuel volvió con Saúl, y éste adoró al Señor. Samuel dijo: "Traedme aquí a Agag, rey de Amalec". Agag se acercó temblando y diciendo: "¡Qué amarga es la muerte!". Y dijo Samuel: "Como tu espada ha dejado sin hijos a tantas mujeres, así tu madre entre todas quedará privada de su hijo". Samuel mató a Agag ante el Señor en Guilgal. Después Samuel se fue a Ramá, y Saúl a su casa, a Guibeá de Saúl. Samuel no volvió a ver a Saúl hasta el día de su muerte. Samuel lloraba por Saúl porque el Señor se había arrepentido de haber hecho a Saúl rey de Israel. El Señor dijo a Samuel: "¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, siendo así que yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena tu cuerno de aceite. Yo te envío a casa de Jesé, de Belén, porque me he elegido un rey entre sus hijos". Samuel dijo: "¿Cómo voy a ir? Cuando se entere Saúl, me matará". El Señor le contestó: "Lleva contigo una ternera, y dirás: He venido a ofrecer un sacrificio al Señor. Invitarás a Jesé al sacrificio, y yo te indicaré lo que debes hacer: Me ungirás al que yo diga". Samuel hizo lo que el Señor le había mandado. Cuando llegó a Belén, los ancianos de la ciudad salieron temblando a su encuentro y le dijeron: "¿Traes la paz?". Él respondió: "La paz. He venido a ofrecer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio". Y él purificó a Jesé y a sus hijos y los invitó al sacrificio. Cuando llegaron y vio a Eliab, se dijo: "Seguramente que el Señor tiene delante a su ungido". El Señor dijo a Samuel: "No consideres su aspecto ni su alta estatura, porque yo lo he descartado. El hombre no ve lo que Dios ve; el hombre ve las apariencias, y Dios ve el corazón". Jesé llamó a Abinadab y le hizo pasar por delante de Samuel, que dijo: "Tampoco es éste el elegido del Señor". Jesé hizo pasar a Sammá, pero Samuel dijo: "Tampoco es éste el elegido del Señor". Jesé hizo pasar a sus siete hijos ante Samuel. Y Samuel le dijo: "El Señor no ha elegido a ninguno de ellos". Entonces Samuel preguntó a Jesé: "¿Están aquí todos tus muchachos?". Él contestó: "Falta el pequeño, que está guardando ovejas". Samuel le dijo: "Manda a buscarle, pues no nos sentaremos a la mesa hasta que haya venido". Jesé mandó a buscarle. Era rubio, de buen aspecto y de buena presencia. Y el Señor dijo: "Levántate y úngele, porque es éste". Samuel tomó el cuerno del aceite y le ungió en presencia de sus hermanos. El espíritu del Señor se apoderó de David a partir de aquel día. Samuel se fue y volvió a Ramá. El espíritu del Señor se había retirado de Saúl, y un espíritu maligno, enviado por el Señor, se apoderó de él. Entonces los servidores de Saúl le dijeron: "Un espíritu maligno, enviado por Dios, se apodera de ti. Da una orden, y tus siervos, que están a tu servicio, buscarán a un hombre que sepa tocar la cítara; cuando venga sobre ti el espíritu maligno, tocará con su mano, y tú mejorarás". Saúl contestó a sus servidores: "Buscadme un hombre que toque bien y traédmelo". Uno de los jóvenes le dijo: "Yo conozco a un hijo de Jesé, el de Belén, que toca muy bien la cítara; es valiente y hombre de guerra, sabio en sus palabras, de buena presencia, y el Señor está con él". Saúl envió mensajeros a decir a Jesé: "Mándame a tu hijo David, el que está con las ovejas". Jesé tomó cinco panes, un odre de vino y un cabrito y se lo mandó a Saúl por medio de su hijo David. David se presentó a Saúl y se puso a su servicio. Saúl le tomó mucho cariño y le hizo su escudero. Saúl mandó decir a Jesé: "Te suplico que David se quede a mi servicio, porque me agrada mucho". Y así, cuando el espíritu maligno asaltaba a Saúl, David tomaba la cítara y tocaba; entonces Saúl se calmaba, mejoraba y el espíritu maligno se alejaba de él. Los filisteos reunieron sus tropas para la guerra; se concentraron en Soco, que pertenece a Judá, y pusieron su campamento entre Soco y Azeca, en Efes Damín. Saúl y los israelitas se reunieron también, acamparon en el valle del Terebinto y se pusieron en orden de batalla frente a los filisteos. Por un lado estaban los filisteos en la montaña, y al lado opuesto estaban los de Israel; había un valle entre ellos. Entonces salió de las filas de los filisteos un campeón llamado Goliat, de Gat, cuya estatura era de unos tres metros. Llevaba sobre su cabeza un casco de bronce y vestía una coraza de malla, también de bronce, que pesaba sesenta kilos. Llevaba en las piernas unas polainas de bronce, y una jabalina, también de bronce, a la espalda. El asta de su lanza era como el enjullo del tejedor, y su punta de hierro pesaba unos siete kilos. Marchaba delante de él su escudero. Se detuvo y gritó a las filas de Israel: "¿Por qué habéis salido para poneros en orden de batalla? ¿No soy yo filisteo y vosotros servidores de Saúl? Escoged vosotros un hombre para que venga a luchar conmigo. Si es capaz de vencerme y me mata, entonces seremos vuestros siervos; pero si le venzo yo y le mato, vosotros quedaréis sometidos a nosotros y nos serviréis". Y añadió: "Yo desafío hoy a las filas de Israel; dadme un hombre para que luche conmigo". Cuando Saúl y todo Israel oyeron estas palabras del filisteo, quedaron consternados y se llenaron de miedo. David era el hijo de un efrateo de Belén de Judá, llamado Jesé, que tenía ocho hijos. Este hombre, en tiempos de Saúl, era ya viejo, muy entrado en años. Los tres hijos mayores de Jesé habían marchado a la guerra con Saúl; el mayor se llamaba Eliab, el segundo Abinadab y el tercero Sammá. David era el más pequeño. Los tres mayores habían seguido a Saúl. David iba y venía del campamento a Belén para apacentar las ovejas de su padre. El filisteo se acercaba por la mañana y por la tarde, y así durante cuarenta días. Jesé dijo a su hijo David: "Toma unos cuarenta y cinco kilos de trigo tostado y estos diez panes para tus hermanos y llévaselos de prisa al campamento. Estos diez quesos se los llevas al comandante. Te interesas por la salud de tus hermanos y tomarás de ellos una prenda. Ellos están con Saúl y con todos los israelitas en el valle del Terebinto luchando con los filisteos". David se levantó de madrugada, dejó las ovejas al cuidado de un pastor, tomó su carga y partió, como se lo había mandado Jesé. Llegó al campamento cuando el ejército salía para tomar posiciones, lanzando gritos de guerra. Los israelitas y los filisteos se dispusieron en orden de batalla, ejército contra ejército. David dejó su carga en manos de un guardián del bagaje, corrió hacia las filas y, cuando llegó, preguntó a sus hermanos cómo se encontraban. Cuando estaba hablando con ellos, el campeón, llamado Goliat, de Gat, salió de las filas de los filisteos y repitió las mismas palabras. David las oyó. Todos los israelitas, al ver a aquel hombre, huían de él y tenían mucho miedo. Un israelita dijo: "¿Habéis visto a este hombre que avanza? Avanza a desafiar a Israel. Al hombre que le mate, el rey le colmará de riquezas, le dará su hija, y la casa de su padre quedará exenta de impuestos en Israel". David preguntó a los que estaban a su lado: "¿Qué se hará con el que mate a este filisteo y quite esta ofensa de Israel? ¿Quién es este filisteo incircunciso que desafía al ejército del Dios vivo?". Y la gente le respondía lo mismo: "Esto se hará con el hombre que lo mate". Eliab, su hermano mayor, oyó a David hablar con la gente, montó en cólera y le dijo: "¿Por qué has venido aquí? ¿A quién has dejado aquel pequeño rebaño en el desierto? Conozco bien tu orgullo y la malicia de tu corazón. Has venido sólo para ver la batalla". David respondió: "¿Qué he hecho yo ahora? ¿Es que no puedo hablar?". Y, dándole la espalda, se dirigió a otro. Preguntó lo mismo, y le respondieron como antes. Oyeron las palabras de David y se las contaron a Saúl, que lo mandó llamar. David dijo a Saúl: "No se desanime mi señor. Tu siervo irá a luchar contra este filisteo". Saúl le respondió: "No puedes ir contra este filisteo y luchar con él, porque tú eres joven y él es hombre de guerra desde su juventud". David le replicó: "Cuando tu siervo apacentaba las ovejas de su padre y venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño, yo lo perseguía, lo golpeaba y se la arrancaba de su boca. Si venía contra mí, lo agarraba por el cuello, lo golpeaba y lo mataba. Tu siervo ha matado al león y al oso. Ese filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha desafiado a los ejércitos del Dios vivo". Y añadió: "El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de las manos de ese filisteo". Saúl dijo a David: "¡Vete, y que el Señor esté contigo!". Saúl vistió a David con su armadura, puso sobre su cabeza un casco de bronce y le cubrió con una coraza. Le ciñó la espada sobre su armadura y David intentó en vano andar, porque no estaba entrenado. Y dijo a Saúl: "No puedo andar con esto, porque no estoy entrenado". Y se lo quitó de encima. David tomó su cayado, escogió en el torrente cinco piedras bien lisas y las metió en su zurrón de pastor; tomó la honda y avanzó hacia el filisteo. El filisteo se acercó más y más a David, precedido de su escudero. Miró el filisteo, vio a David y le despreció, porque era joven, rubio y de buena presencia. Y le dijo: "¿Te has creído que soy un perro, para venir contra mí con un cayado?". Luego maldijo a David por sus dioses, y le dijo: "Ven acá, que yo daré tus carnes a las aves del cielo y a las bestias del campo". David le respondió: "Tú vienes contra mí con espada, lanza y venablo; pero yo voy contra ti en nombre del Señor todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien tú has desafiado. Hoy el Señor te entregará en mis manos, te mataré, te cortaré la cabeza y hoy mismo daré tu cadáver y los cadáveres de los ejércitos filisteos, a las aves del cielo y a las bestias del campo, y todo el mundo sabrá que hay un Dios en Israel, y todos reconocerán que no es por la espada ni por la lanza como el Señor da la victoria, porque la batalla es de Dios y os entregará en nuestras manos". Cuando el filisteo se puso en movimiento y avanzó contra David, éste salió corriendo del campamento al encuentro del filisteo; metió la mano en el zurrón y sacó de él una piedra, que lanzó con la honda. Hirió al filisteo en la frente. La piedra se clavó en su frente, y cayó de bruces en tierra. Así triunfó David del filisteo y le mató; no había espada en manos de David. David corrió, se detuvo ante el filisteo, tomó su espada y, sacándola de la vaina, le remató y le cortó la cabeza. Cuando los filisteos vieron muerto a su héroe, se dieron a la fuga. Entonces los hombres de Israel y de Judá, lanzando gritos de guerra, persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat y hasta las puertas de Ecrón. Y muchos filisteos cayeron muertos en el camino desde Saráyim hasta Gat y Ecrón. Los israelitas, al volver de la persecución contra los filisteos, saquearon sus campamentos. David tomó la cabeza del filisteo y la llevó a Jerusalén; las armas las puso en su propia tienda. Cuando Saúl vio a David salir al encuentro del filisteo, preguntó a Abner, jefe del ejército: "¿De quién es hijo este joven, Abner?". Abner respondió: "Por tu vida, oh rey, que no lo sé". El rey le dijo: "Pregunta tú de quién es hijo ese muchacho". Cuando David volvía de matar al filisteo, Abner lo tomó y lo llevó ante Saúl, con la cabeza del filisteo en la mano. Saúl le preguntó: "¿De quién eres hijo, muchacho?". David le respondió: "Soy hijo de tu siervo Jesé, el de Belén". Cuando David terminó de hablar con Saúl, Jonatán quedó prendado de David, y Jonatán comenzó a amarlo como a sí mismo. Saúl le tomó consigo aquel día y no le dejó volver a casa de su padre. Jonatán estableció un pacto con David, porque le amaba como a sí mismo. Se quitó el manto que vestía y se lo dio a David, y su propia armadura, así como su espada, su arco y su cinturón. En todas las salidas a las que le enviaba Saúl, David tenía éxito. Por eso Saúl le puso al frente de sus hombres de guerra. Todo el pueblo le quería, incluso los oficiales de Saúl. Al volver David de la guerra después de dar muerte al filisteo, las mujeres salían de todas las ciudades de Israel, cantando y danzando ante el rey Saúl al son de tambores y arpas y con gritos de alegría; danzaban y cantaban a coro: "Saúl mató mil y David diez mil". Saúl se irritó mucho y, muy enojado, dijo: "A David le dan diez mil y a mí me dan mil; ya no le falta más que el reino". A partir de este día, Saúl miró a David con malos ojos. Al día siguiente un espíritu maligno enviado por Dios asaltó a Saúl, que andaba como loco por la casa. David se puso a tocar la cítara, como otros días. Saúl tenía una lanza en su mano y la blandió, diciendo: "Clavaré a David en la pared". Pero David esquivó el golpe por dos veces. Saúl tenía miedo de David, porque el Señor estaba con él y se había retirado de Saúl. Saúl lo alejó de él y lo nombró comandante; David hacía expediciones al frente de la tropa. Tenía éxito en todas sus empresas y el Señor estaba con él. Viendo Saúl que tenía tan buen éxito, le temía; pero todos en Israel y Judá querían a David, porque él dirigía todas sus actuaciones. Saúl dijo a David: "Te voy a dar por mujer a mi hija mayor, Merab, a condición de que seas un valiente guerrero y combatas las batallas del Señor". Saúl se decía: "Que no caiga mi mano sobre él, sino la de los filisteos". David le respondió: "¿Quién soy yo y quién es la familia de mi padre en Israel para que yo sea yerno del rey?". Pero cuando llegó el momento de darle por esposa a Merab, se la dio a Adriel, de Mejolá. Mical, hija de Saúl, amaba a David; se lo dijeron a Saúl, y le agradó. Saúl se decía: "Se la daré a él para que le sirva de lazo y la mano de los filisteos caiga sobre él". Y Saúl dijo por segunda vez a David: "Hoy serás mi yerno". Saúl dio esta orden a sus siervos: "Hablad en secreto a David y decidle: El rey te estima y todos sus servidores te aman; debes ser yerno del rey". Los siervos de Saúl dijeron todo esto en secreto a David. David les respondió: "¿Os parece poca cosa llegar a ser yerno del rey? Yo soy poco y de baja condición". Los siervos de Saúl le refirieron lo que David había dicho. Saúl repuso: "Decid a David: El rey no quiere dote, sino cien prepucios de filisteos para venganza de los enemigos del rey". Saúl tramaba hacer caer a David en manos de los filisteos. Los servidores de Saúl se lo dijeron, y a David le agradó esta proposición para llegar a ser yerno del rey. Antes de que se pasara el plazo fijado, David salió con sus gentes, mató a doscientos filisteos, llevó los prepucios y se los entregó al rey para ser su yerno. Y Saúl le dio por mujer a su hija Mical. Viendo Saúl que el Señor estaba con David y que todo Israel le apreciaba, tuvo más miedo a David y fue su enemigo durante toda su vida. Los jefes de los filisteos hacían incursiones, y en todas ellas David obtenía mayor éxito que todos los demás servidores de Saúl. Y así su nombre se hizo muy famoso. Saúl comunicó a su hijo Jonatán y a todos sus siervos su intención de hacer morir a David. Entonces Jonatán, que quería mucho a David, le avisó: "Mi padre, Saúl, trata de matarte; ponte en guardia mañana por la mañana; vete a un lugar oculto y escóndete. Yo saldré y estaré al lado de mi padre en el campo donde estás tú; hablaré de ti a mi padre para ver lo que piensa, y te informaré". Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Y añadió: "No peque el rey contra su siervo David, porque él no ha cometido falta alguna contra ti; al contrario, sus acciones te han sido sumamente útiles. Él expuso su propia vida, mató al filisteo y el Señor dio una gran victoria a todo Israel. Lo viste tú mismo y te alegraste. ¿Por qué quieres hacerte reo de sangre inocente, matando a David sin razón?". Saúl escuchó las palabras de Jonatán e hizo este juramento: "¡Vive Dios que no morirá!". Jonatán llamó a David y le refirió todo esto. Después le llevó ante Saúl, y David estuvo a su servicio como antes. Cuando comenzó de nuevo la guerra, David salió a campaña contra los filisteos; les infligió una gran derrota y se dieron a la fuga. Pero un espíritu maligno enviado por el Señor se apoderó de Saúl. Estaba sentado en su casa y tenía la lanza en su mano. David tocaba el arpa. Saúl intentó clavar a David en la pared con la lanza; pero David esquivó el golpe y la lanza se clavó en la pared. David huyó y se puso a salvo. Aquella misma noche Saúl mandó mensajeros a casa de David para montar vigilancia y matarlo por la mañana. Pero Mical, la mujer de David, le avisó: "Si no te pones a salvo esta misma noche, mañana te matarán". Mical descolgó a David por la ventana. Él salió huyendo y se puso a salvo. Tomó los ídolos familiares, los metió en la cama, puso en la cabecera una piel de cabra y los cubrió con un vestido. Cuando Saúl envió mensajeros para apoderarse de David, ella dijo: "Está enfermo". Saúl envió de nuevo a los mensajeros para visitar a David, con la orden siguiente: "Traédmelo en la cama para matarle". Los mensajeros entraron y se encontraron con los ídolos familiares en la cama y una piel de cabra en la cabecera. Saúl dijo a Mical: "¿Por qué me has engañado así, dejando huir a mi enemigo para que se pusiese a salvo?". Mical respondió: "Me dijo que me mataría si no le dajaba marchar". David huyó y se puso a salvo. Fue a ver a Samuel, a Ramá, y le contó todo lo que Saúl había hecho. Después Samuel y David se fueron a vivir a Nayot. Cuando Saúl supo que David estaba en Nayot de Ramá, envió mensajeros para que lo apresasen. Ellos vieron la comunidad de profetas profetizando. Samuel estaba al frente de ellos. Entonces el espíritu del Señor se apoderó de los mensajeros y se pusieron también ellos a profetizar. Se lo dijeron a Saúl, que mandó otros mensajeros; pero también ellos se pusieron a profetizar. Volvió a enviar Saúl por tercera vez otros mensajeros, pero también ellos se pusieron a profetizar. Entonces fue él mismo a Ramá y, cuando llegó a la cisterna de la era que se encuentra en la colina, preguntó: "¿Dónde están Samuel y David?". Le respondieron: "Están en Nayot de Ramá". Desde allí fueron a Nayot de Ramá. Pero el espíritu del Señor se apoderó también de él y fue profetizando hasta su llegada a Nayot de Ramá. Allí se despojó también él de sus vestidos y profetizó en presencia de Samuel; después cayó desnudo en tierra y estuvo así todo el día y toda la noche. De ahí viene el dicho: "¿También Saúl entre los profetas?". David huyó de Nayot de Ramá, fue a ver a Jonatán y le dijo: "¿Qué he hecho yo? ¿Cuál es mi falta? ¿Qué crimen he cometido contra tu padre para que atente contra mi vida?". Él respondió: "¡Lejos de ti tal pensamiento! No morirás. Mira, mi padre no hace cosa alguna importante o insignificante sin manifestármela confidencialmente. ¿Por qué me iba a ocultar mi padre este asunto? No es posible". David replicó: "Tu padre sabe muy bien que yo soy tu amigo y se dice: Que no lo sepa Jonatán para que no se entristezca. Pero, por la vida del Señor y por tu vida, que estoy a un paso de la muerte". Jonatán dijo a David: "Dime lo que quieres que haga por ti". David le respondió: "Mira, mañana es la nueva luna y yo debería sentarme junto al rey para comer. Déjame ir, y estaré oculto en el campo hasta la tarde. Si tu padre me echa de menos, le dirás: David me pidió con insistencia que le permitiera hacer una escapada a Belén, su ciudad, porque celebran allí el sacrificio anual por el clan. Si dice: Está bien, tu siervo estará a salvo; pero si monta en cólera, es que ha decidido matarme. Anda, sé bueno conmigo, ya que hicimos un pacto ante el Señor. Si en mí hay culpa alguna, mátame tú mismo; ¿para qué llevarme hasta tu padre?". Jonatán respondió: "¡Lejos de mí tal pensamiento! Si yo llego a saber que mi padre ha decidido matarte, ¿no te advertiría yo mismo?". David preguntó a Jonatán: "¿Quién me comunicará si tu padre te da una respuesta dura?". Jonatán dijo a David: "Ven, salgamos al campo". Y salieron los dos al campo. Jonatán dijo a David: "¡El Señor, Dios de Israel, sea testigo! Mañana a esta misma hora yo sondearé a mi padre. Si la cosa va bien para David y no mando a avisarte, que el Señor castigue a Jonatán. Si mi padre ha decidido tu muerte, te lo haré saber confidencialmente y te dejaré marchar. Tú podrás ir sano y salvo, y que el Señor esté contigo como estuvo con mi padre. Si todavía vivo, entonces usa conmigo de la bondad del Señor; si he muerto, no retires jamás de mi casa tu bondad; y cuando el Señor haya borrado de la tierra a todos los enemigos de David, que el nombre de Jonatán subsista gracias a la casa de David, y que el Señor vengue a David de sus enemigos". Jonatán reiteró su juramento a David por el amor que le tenía, pues le amaba como a sí mismo. Jonatán dijo: "Mañana es la nueva luna y se te echará de menos, porque tu puesto estará vacío. Al tercer día se notará más tu ausencia; entonces vendrás al lugar en el que te escondiste el otro día y te sentarás junto a la piedra que tú sabes. Yo tiraré tres flechas del lado de acá, como si tirara al blanco. Entonces enviaré al mozo para que vaya a buscarlas. Si le digo: Mira, las flechas están del lado de acá de ti, entonces vienes, porque hay paz para ti y nada tienes que temer, vive Dios. Pero si yo digo al mozo: Mira, las flechas están del lado de allá de ti, entonces márchate, porque es el Señor el que quiere que te vayas. En cuanto a las palabras que hemos hablado tú y yo, Dios es nuestro testigo para siempre". David se escondió en el campo. Cuando llegó la nueva luna, el rey se sentó a la mesa para comer. El rey estaba sentado en su sitio, según su costumbre, junto a la pared; Jonatán se puso enfrente; Abner se sentó al lado de Saúl, y el sitio de David estaba vacío. Saúl no dijo nada aquel día, porque pensaba: "Tal vez no estará puro, no se habrá purificado". Al día siguiente de la nueva luna, otra vez quedó vacío el sitio de David. Y Saúl preguntó a su hijo Jonatán: "¿Por qué no ha venido a comer el hijo de Jesé ni ayer ni hoy?". Jonatán respondió: "David me pidió con insistencia permiso para ir a Belén. Me dijo: Permíteme ir, porque tenemos un sacrificio de familia en la ciudad y mis hermanos me han reclamado. Si te parece bien, déjame hacer una escapada para ver a mis hermanos. Por eso no ha venido a la mesa del rey". Entonces Saúl se encendió en cólera contra Jonatán y le dijo: "¡Hijo de mala madre! ¡Ya sabía yo que eres amigo del hijo de Jesé para tu vergüenza y para vergüenza de tu madre! Porque mientras el hijo de Jesé viva sobre la tierra, ni tú, ni tu reino estaréis seguros. Ahora, mándalo llamar y tráemelo aquí, porque merece la muerte". Jonatán le respondió: "¿Por qué tiene que morir? ¿Qué ha hecho?". Entonces Saúl blandió su lanza contra él para herirle; y Jonatán, viendo que la muerte de David era cosa decidida por parte de su padre, se levantó de la mesa encendido en cólera y no tomó alimento alguno el segundo día de la nueva luna, porque estaba apenado por David, ya que su padre lo había ultrajado. Al día siguiente por la mañana, Jonatán salió al campo, según el convenio que había hecho con David. Le acompañaba un muchacho joven. Y dijo al muchacho: "Corre y búscame las flechas que voy a tirar". Y mientras el muchacho iba corriendo, Jonatán lanzó una flecha más allá de él. Cuando el muchacho llegó al lugar donde estaba la flecha que había tirado Jonatán, éste gritó, diciendo: "La flecha está más allá de ti". Jonatán volvió a gritar al muchacho: "Pronto, date prisa, no te detengas". El muchacho recogió la flecha y se la llevó. El muchacho no comprendió nada, porque solamente conocían aquel asunto Jonatán y David. Jonatán entregó sus armas al muchacho que estaba con él y le dijo: "Vete y llévalas a la ciudad". El muchacho se marchó, y entonces David salió de junto al montón de piedras y se postró en tierra por tres veces. Después ambos se abrazaron y lloraron juntos largo tiempo. Jonatán dijo a David: "Vete en paz. En cuanto al juramento que hemos hecho en nombre del Señor, que el Señor esté siempre entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya". David se levantó y partió. Jonatán volvió a la ciudad. David llegó a Nob, donde el sacerdote Ajimélec. Ajimélec salió a su encuentro asustado y le dijo: "¿Por qué estás solo y no hay nadie contigo?". David le respondió: "El rey me ha dado esta orden: Que nadie conozca la misión que te confío y la orden que te he dado. Por eso he dado cita a mis hombres en tal lugar. Si tienes cinco panes a mano, dámelos, o lo que encuentres". El sacerdote respondió: "No tengo a mano pan ordinario; no hay más que pan santo, si es que tus hombres se han abstenido al menos de relaciones con mujeres". David contestó: "Seguro; siempre que salimos nos abstenemos de mujeres, aunque se trate de un viaje de carácter profano; con más razón hoy mis hombres están limpios". Entonces el sacerdote le dio el pan santo, porque no había allí otro pan que el pan presentado al Señor, y ese mismo día se había retirado del altar para reemplazarlo por pan reciente. Aquel día estaba allí, retenido en el santuario del Señor, uno de los servidores de Saúl, llamado Doeg, idumeo, jefe de los portadores de Saúl. David dijo a Ajimélec: "¿No tienes a mano una lanza o una espada? Porque yo no traigo conmigo ni la espada ni mis armas, pues la orden del rey era urgente". El sacerdote respondió: "La espada de Goliat, el filisteo, a quien mataste en el valle del Terebinto; ahí está envuelta en un paño detrás del efod. Si quieres, puedes llevártela, porque aquí no hay más que ésa". David respondió: "Dámela; no hay otra como ella". David se levantó y huyó aquel día lejos de Saúl, llegando a Aquís, rey de Gat. Los servidores dijeron a Aquís: "¿No es este David, el rey del país? ¿No es éste de quien se cantaba con danzas: Saúl mató mil y David diez mil?". David reflexionó sobre estas palabras y sintió gran miedo de Aquís, rey de Gat, y se hizo el tonto y el loco delante de ellos; tocaba el tambor sobre los batientes de la puerta y dejaba caer la baba sobre su barba. Aquís dijo a sus servidores: "Estáis viendo que es un loco. ¿Para qué me lo habéis traído? David se fue de allí y se refugió en la cueva de Adulán. Lo supieron sus hermanos y todos sus parientes, y fueron a reunirse con él. Se unieron a él todos los oprimidos, todos los que tenían deudas y todos los descontentos; David se hizo su jefe; llegaron a ser unos cuatrocientos hombres. De allí David fue a Mispá de Moab, y dijo al rey de Moab: "Permite que mis padres se queden con vosotros hasta que sepa lo que Dios quiere de mí". Él los dejó con el rey de Moab, y permanecieron con él todo el tiempo que David estuvo en el refugio. Pero el profeta Gad dijo a David: "No te quedes en el refugio. Vete y entra en la tierra de Judá". David partió y llegó al bosque de Járet. Saúl estaba en Guibeá, sentado bajo el tamarindo; tenía su lanza en la mano y todos sus servidores le rodeaban, cuando le anunciaron que David y sus hombres habían sido vistos. Saúl dijo: "¡Oídme, benjaminitas! ¿El hijo de Jesé os dará a todos vosotros campos y viñas y os nombrará a todos comandantes y capitanes? Todos conspiráis contra mí, pues nadie me ha dicho que mi hijo ha hecho un pacto con el hijo de Jesé; ninguno de vosotros tiene compasión de mí y ninguno me informa de que mi hijo ha levantado a mi siervo contra mí para tenderme asechanzas, como hoy lo hace". Doeg, el edomita, que estaba presente entre los servidores de Saúl, dijo: "Yo vi al hijo de Jesé venir a Nob, a casa de Ajimélec, hijo de Ajitob. Éste consultó al Señor por él, le proveyó de víveres y le dio la espada de Goliat, el filisteo". Entonces el rey mandó llamar al sacerdote Ajimélec, hijo de Ajitob, y a toda su familia, los sacerdotes de Nob, y se presentaron ante el rey. Saúl dijo: "Escúchame, hijo de Ajitob". Él respondió: "Aquí me tienes, señor". Saúl le dijo: "¿Por qué conspiráis contra mí, tú y el hijo de Jesé? Tú le diste pan y una espada y consultaste por él al Señor para que se levantase contra mí, como hoy lo hace". Ajimélec respondió al rey: "¿Quién entre todos tus siervos es semejante a David: fiel, yerno del rey, jefe de tu guardia y honrado en tu casa? ¿Acaso es hoy cuando he comenzado a consultar a Dios por él? Lejos de mí todo otro pensamiento. Que el rey no haga cargo alguno a su siervo y a toda su familia, porque tu siervo no sabe de todo este asunto ni poco ni mucho". El rey respondió: "Ajimélec, morirás tú y toda tu familia". Después dijo a los guardias que estaban junto a él: "Matad a los sacerdotes del Señor, porque también ellos han prestado ayuda a David; pues sabiendo que había huido, no me avisaron". Pero la guardia del rey no quiso poner su mano sobre los sacerdotes del Señor. Etonces el rey dijo a Doeg: "Acércate tú y mata a los sacerdotes". Y Doeg, el idumeo, se acercó y mató él mismo a los sacerdotes. Mató aquel día a ochenta y cinco hombres de los que llevan el efod. A Nob, ciudad sacerdotal, Saúl la pasó a espada: hombres y mujeres, niños, hasta los de pecho, bueyes, asnos y ovejas. Sólo se escapó un hijo de Ajimélec, hijo de Ajitob, llamado Abiatar, que huyó hacia David. Abiatar anunció a David que Saúl había matado a los sacerdotes del Señor. David dijo a Abiatar: "Ya pensé yo, al estar allí aquel día Doeg, que seguramente se lo comunicaría a Saúl. Yo soy el responsable de la vida de toda tu familia. Quédate conmigo; no temas, porque quien atente contra tu vida, atenta contra la mía. Tú estás bajo mi custodia". Llevaron a David esta noticia: "Los filisteos están atacando a Queilá y saquean las eras". David consultó al Señor: "¿Debo ir y podré derrotar a los filisteos?". El Señor le respondió: "Vete, derrotarás a los filisteos y librarás a Queilá". Pero los hombres de David le dijeron: "Mira, aquí, en Judá, vivimos asaltados por el terror; ¡cuánto más si vamos a Queilá contra las filas de los filisteos!". David volvió a consultar al Señor. El Señor le respondió: "Ánimo, baja a Queilá, porque yo entrego a los filisteos en tus manos". Partió David con sus hombres hacia Queilá, atacó a los filisteos, se apoderó de sus ganados y les infligió una gran derrota. Así libró David a los habitantes de Queilá. Abiatar, hijo de Ajimélec, que se había refugiado junto a David, bajó a Queilá llevando consigo el efod. Anunciaron a Saúl que David había ido a Queilá. Saúl dijo: "Dios le ha entregado en mis manos, porque se ha recluido al entrar en una ciudad con puertas y cerrojos". Saúl llamó a la guerra a todo el pueblo para bajar a Queilá y asediar a David y a sus hombres. Cuando David supo que Saúl tramaba el mal contra él, pidió al sacerdote Abiatar que le llevara el efod. Y dijo: "Señor, Dios de Israel, tu siervo ha oído decir que Saúl se dispone a venir a Queilá para destruir la ciudad por causa mía. ¿Vendrá Saúl como ha oído tu siervo?". El Señor respondió: "Vendrá". David preguntó: "¿Me entregarán los habitantes de Queilá a mí y a mis hombres en manos de Saúl?". Y el Señor respondió: "Te entregarán". Entonces David partió con sus hombres, en número de unos seiscientos; salieron de Queilá y andaban errantes de acá para allá. Informado Saúl de que David había escapado de Queilá, desistió de la expedición. David quedó en el desierto, en los lugares fuertes, en la montaña del desierto de Zif. Saúl le buscaba continuamente, pero Dios no le puso en sus manos. David tuvo miedo, porque Saúl se puso en campaña para quitarle de en medio. David estaba en el desierto de Zif, en Jores. Jonatán, hijo de Saúl, se puso en camino y fue a ver a David en Jores; le dio ánimos en nombre de Dios y le dijo: "No tengas miedo, porque la mano de Saúl, mi padre, no te alcanzará. Tú reinarás sobre Israel, y yo seré tu segundo. Mi padre, Saúl, lo sabe muy bien". Los dos hicieron un pacto ante el Señor. Después David se quedó en Jores, y Jonatán volvió a su casa. Los de Zif subieron a Guibeá para decir a Saúl: "¿Sabes que David está escondido entre nosotros en los lugares fuertes, en Jores, en la colina de Jaquilá, que está al mediodía del desierto? Oh rey, cuando quieras venir, ven; nosotros lo pondremos en tus manos". Saúl respondió: "Que el Señor os bendiga, porque habéis tenido compasión de mí. Id, aseguraos más; informaos exactamente del lugar por donde anda, porque me han dicho que es muy astuto. Observad y reconoced todos los escondites donde se oculta y traedme una información exacta; entonces yo iré con vosotros y, si está en el país, yo le buscaré entre todas las familias de Judá". Ellos se pusieron en camino y fueron a Zif antes que Saúl. Pero David y sus hombres estaban en el desierto de Maón, en la estepa, al sur del desierto. Saúl y sus hombres fueron en su busca; pero David, informado de ello, bajó al macizo rocoso que hay en el desierto de Maón. Saúl lo supo, y persiguió a David en el desierto de Maón. Saúl y sus hombres iban por un lado de la montaña, y David y los suyos por el otro. David se daba prisa para escapar de Saúl, y Saúl y sus hombres intentaban pasar al lado de David y de sus hombres para apoderarse de ellos. Entonces llegó un mensajero y dijo a Saúl: "Ven, date prisa, pues los filisteos han invadido el país". Saúl cesó de perseguir a David y fue al encuentro de los filisteos. Por eso se llamó a aquel lugar "Roca de la separación". - - - De allí David fue a instalarse en los lugares fuertes de Engadí. Cuando Saúl volvió de perseguir a los filisteos, se enteró de que David estaba en el desierto de Engadí. Entonces tomó consigo tres mil hombres, escogidos en todo Israel, y marchó en busca de David y de sus gentes hasta las Rocas de las Gamuzas. Llegó a los rediles de las ovejas que hay junto al camino; allí hay una cueva, y Saúl entró en ella para hacer sus necesidades. David y sus hombres estaban escondidos en el fondo de la cueva. Y los hombres de David le dijeron: "Mira, hoy es el día del que te dijo el Señor: Yo pongo a tu enemigo en tu mano; trátale como bien te parezca". David se levantó y sigilosamente cortó la orla del manto de Saúl. Después le remordía la conciencia por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres: "El Señor me libre de hacer tal cosa a mi señor, el ungido del Señor, de poner mi mano sobre él, porque él es el ungido del Señor". David refrenó a sus hombres y no les permitió lanzarse sobre Saúl. David se levantó y salió de la cueva tras él, gritando: "¡Oh rey, mi señor!". Saúl miró para atrás, y David se inclinó en tierra y se prosternó. Después dijo a Saúl: "¿Por qué das oído a la gente que dice: David busca tu ruina? Hoy mismo has visto con tus propios ojos cómo el Señor te puso en mis manos en la cueva, y no he querido matarte. Te he perdonado, diciéndome: No pondré mi mano sobre mi señor, porque es el ungido del Señor. Mira, padre mío, mira la orla de tu manto en mi mano. Puesto que he cortado la orla de tu manto y no te he matado, reconoce claramente que no hay en mí maldad ni rebeldía. Yo no he pecado contra ti; tú, por el contrario, me acechas para quitarme la vida. Que el Señor juzgue entre nosotros dos y que me vengue de ti; pero mi mano no te tocará. (Como dice el viejo proverbio: De los malos viene la malicia, pero mi mano no te tocará). ¿Contra quién ha salido a campaña el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¡A un perro muerto, a una pulga! Que el Señor sea el árbitro y juzgue entre nosotros dos. Que él examine y defienda mi causa y me haga justicia librándome de tu mano". Cuando David terminó de hablar así, Saúl le dijo: "¿Es ésta tu voz, hijo mío, David?". Y comenzó a llorar con grandes gritos. Después dijo a David: "Tú eres mejor que yo, porque tú me has hecho el bien y yo te hago el mal. Hoy has demostrado que te portas bien conmigo, pues el Señor me ha puesto en tus manos y no me has matado. Cuando alguien encuentra a su enemigo, ¿le deja continuar en paz su camino? Que el Señor te recompense el bien que hoy has hecho conmigo. Ahora sé ciertamente que reinarás sobre Israel y que la realeza de Israel será estable en tus manos. Júrame que no destruirás mi posteridad después de mí y que no harás desaparecer mi nombre de la casa de mi padre". Samuel murió, y todo Israel se reunió para llorarle. Le sepultaron en su casa, en Ramá. David se fue al desierto de Maón. En Maón había un hombre que tenía posesiones en el Carmelo. Era un hombre muy rico: tenía tres mil ovejas y mil cabras. Estaba entonces en el Carmelo para el esquileo de sus ovejas. Este hombre se llamaba Nabal, y su mujer, Abigaíl. La mujer era muy sensata y muy hermosa; el hombre, por el contrario, era duro y malo; era calebita. Al saber David en el desierto que Nabal estaba esquilando sus ovejas, envió a diez jóvenes con esta orden: "Subid al Carmelo, presentaos a Nabal y saludadle de mi parte. Le diréis: Paz a ti, paz a tu casa y paz a cuanto te pertenece. He sabido que estás esquilando. Pues bien, tus pastores estuvieron con nosotros; nunca les molestamos ni les faltó nada mientras estuvieron en el Carmelo. Pregunta a tus muchachos y te lo dirán. Atiende a estos jóvenes, ya que han llegado en un día de júbilo. Te ruego que des a tus siervos y a tu hijo David lo que encuentres a mano". Los jóvenes llegaron donde Nabal, le dijeron todas estas cosas de parte de David y se quedaron esperando. Nabal respondió a los siervos de David: "¿Quién es David y quién es el hijo de Jesé? Hoy son muchos los siervos que andan huyendo de sus señores. ¿Voy a tomar yo mi pan, mi agua y la carne de los animales que he matado para mis esquiladores, y se lo voy a dar a unos hombres que no sé de dónde son?". Los jóvenes de David se volvieron por donde habían ido. Cuando llegaron, le contaron a David lo que Nabal había dicho. David ordenó a sus hombres: "¡Que cada uno se ciña su espada!". Cada uno se ciñó su espada, y David se ciñó también la suya; y subieron en pos de David unos cuatrocientos hombres; doscientos se quedaron junto a los bagajes. Uno de los jóvenes dio la noticia a Abigaíl, mujer de Nabal: "David ha enviado desde el desierto unos mensajeros para saludar a nuestro amo, y él los ha despreciado. Estos hombres han sido muy buenos con nosotros. No nos han molestado; no nos ha faltado nada durante todo el tiempo que anduvimos junto a ellos cuando estábamos en el campo. Noche y día han sido como un muro a nuestro alrededor durante todo el tiempo que hemos estado con ellos apacentando las ovejas. Piensa y mira lo que debes hacer, porque está decidida la ruina de nuestro amo y de toda su casa; él es tan insensato que no se le puede hablar". Rápidamente Abigaíl tomó doscientos panes y dos odres de vino, cinco carneros ya preparados, cuarenta kilos de grano tostado, cien tortas de uvas pasas y doscientas tortas de higos secos. Lo cargó todo sobre asnos y dijo a sus criados: "Id vosotros delante; yo iré detrás". No dijo nada a su marido. Cuando ella, montada sobre un asno, bajaba por la espesura del monte, David y sus hombres bajaban frente a ella, y se encontró con ellos. David había dicho: "En vano he guardado todo lo que este hombre tiene en el desierto, de modo que nada le haya faltado de cuanto le pertenece; él me devuelve mal por bien. Que Dios me castigue doblemente si, de aquí a mañana, dejo con vida a ningún varón pariente de Nabal". Cuando Abigaíl vio a David, bajó rápidamente del asno y se postró ante él rostro en tierra. Se echó a sus pies y dijo: "Que la culpa recaiga sobre mí, señor. Deja hablar a tu sierva y escucha mis palabras. No haga caso mi señor de este hombre insensato, de Nabal, porque hace honor a su nombre. Se llama Nabal, y verdaderamente es un insensato. Tu sierva no vio a los jóvenes que mi señor envió. Ahora, mi señor, por la vida del Señor y por tu propia vida, por el Señor, que te ha impedido derramar sangre y hacerte justicia por tu mano, que tus enemigos y los que intentan hacerte daño corran la misma suerte que Nabal. En cuanto a este presente que tu sierva trae a mi señor, que sea repartido entre los jóvenes que te siguen. Te suplico que perdones la falta de tu sierva, pues el Señor hará ciertamente a mi señor una casa estable, porque mi señor combate las batallas del Señor y en los días de tu vida no se encontrará el mal en ti. Aunque alguno se levante para perseguirte y buscar tu vida, la vida de mi señor está guardada en la bolsa de la vida, junto al Señor, tu Dios; pero la vida de tus enemigos la lanzará lejos, como se lanzan las piedras con la honda. Cuando el Señor haya hecho a mi señor todo el bien que te ha prometido y te haya constituido soberano de Israel, no será para ti un sufrimiento ni un remordimiento de conciencia el haber derramado sangre en vano y haberte hecho justicia por tu mano. Cuando el Señor haya hecho el bien a mi señor, acuérdate de tu sierva". David respondió a Abigaíl: "¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que te ha enviado hoy a mi encuentro! ¡Bendita tu sabiduría y bendita tú por haberme impedido hoy derramar la sangre y hacerme justicia por mi mano! De otro modo, ¡vive el Señor, Dios de Israel, que me ha impedido hacerte el mal!, de no haber salido tú pronto a mi encuentro, al despuntar el alba no hubiese quedado de Nabal un solo varón". David recibió de su mano lo que ella había traído y le dijo: "Vete en paz a tu casa; ya ves que he escuchado tus palabras y que he accedido a tus ruegos". Cuando Abigaíl llegó a su casa, se encontró a Nabal celebrando un banquete regio. Estaba muy alegre y completamente borracho. Ella no le dijo ni una palabra hasta la mañana siguiente. Por la mañana, cuando se le había pasado ya la borrachera, le contó todo lo sucedido. Entonces se le paralizó el corazón, y él se quedó como una piedra. Unos diez días después, el Señor hirió a Nabal y murió. Cuando David supo que Nabal había muerto, dijo: "Bendito sea el Señor, que me ha hecho justicia del insulto que recibí de Nabal; impidió a su siervo hacer el mal e hizo recaer la maldad de Nabal sobre su cabeza". Después David mandó a decir a Abigaíl que quería casarse con ella. Los siervos de David fueron al Carmelo y dijeron a Abigaíl: "David nos ha enviado para tomarte por esposa". Ella se levantó, se postró rostro en tierra y dijo: "Tu sierva es como una esclava para lavar los pies de los siervos de mi señor". En seguida se preparó y montó sobre un asno; acompañada de cinco de sus sirvientes, siguió a los mensajeros de David y se casó con él. David se casó también con Ajinoán, de Yezrael; las dos fueron sus mujeres. Saúl había dado su hija Mical, mujer de David, a Paltí, hijo de Lais, de Galín. Los de Zif fueron a Guibeá a decir a Saúl: "¿Sabes que David está escondido en la colina de Jaquilá, frente al desierto?". Saúl se puso en marcha con tres mil hombres elegidos de Israel para buscar a David en el desierto de Zif. Instaló el campamento en la colina de Jaquilá, frente al desierto, junto al camino. David, que estaba en el desierto, se dio cuenta de que Saúl venía para perseguirle; envió espías y supo que, efectivamente, Saúl había llegado. Entonces fue al lugar donde estaba acampado Saúl y observó el sitio donde estaban acostados Saúl y Abner, hijo de Ner, jefe de su ejército. Saúl estaba acostado en el centro del campamento, y la tropa acampada a su alrededor. David dijo a Ajimélec, el hitita, y a Abisay, hijo de Sarvia: "¿Quién quiere venir conmigo al campamento de Saúl?". Abisay respondió: "Yo iré contigo". David y Abisay fueron de noche al campamento; Saúl estaba acostado en el centro del campamento y dormía, con su lanza clavada en la tierra, junto a su cabecera. Abner y la tropa estaban acostados a su alrededor. Abisay dijo a David: "Hoy ha puesto Dios a tu enemigo en tus manos. Permíteme que le clave en la tierra con su propia lanza de un solo golpe; no tendré que darle otro". David le contestó: "¡No lo mates! Porque ¿quién puso su mano sobre el ungido del Señor y quedó sin castigo?". Y añadió: "¡Vive el Señor!, que ha de ser él quien le hiera, ya le llegue el día de su muerte y muera, ya baje a la guerra y caiga. Pero que el Señor aleje de mí el pensamiento de poner mi mano en el ungido del Señor. Anda; coge su lanza y el jarro de agua, y vámonos". David tomó de la cabecera de Saúl la lanza y el jarro de agua y se fueron. Nadie los vio; nadie se dio cuenta; nadie se despertó, pues todos dormían, porque el Señor había hecho caer sobre ellos un profundo sueño. David pasó al extremo opuesto y se detuvo a lo lejos sobre la cumbre de la montaña; había entre ellos un gran trecho. Entonces David gritó a los soldados y a Abner, hijo de Ner: "¡Abner!, ¿no respondes?". Abner respondió: "¿Quién eres tú para gritar así al rey?". David contestó a Abner: "¿No eres tú un hombre? ¿Quién como tú en Israel? ¿Entonces por qué no has guardado a tu señor, el rey? Porque uno del pueblo ha ido a matar al rey, tu señor. No está bien lo que has hecho. Vive el Señor, que merecéis la muerte por no haber guardado a vuestro señor, el ungido del Señor. ¿Dónde está la lanza del rey y el jarro de agua que tenía a su cabecera?". Entonces Saúl reconoció la voz de David, y dijo: "¿Es ésta tu voz, hijo mío, David?". David respondió: "Sí, mi señor el rey". Y añadió: "¿Por qué persigue mi señor de este modo a su siervo? ¿Qué he hecho yo? ¿Qué hay en mí de culpable? Y ahora, que el rey, mi señor, se digne escuchar las palabras de su siervo: Si es el Señor quien te excita contra mí, que sea aplacado con una ofrenda; pero si son los hombres, malditos sean del Señor, pues me echan hoy para que no participe en la herencia del Señor, diciendo: Vete a servir a dioses extraños. Que mi sangre no caiga en tierra lejos de la presencia del Señor. Porque el rey ha salido a buscar mi vida como se persigue una perdiz por los montes". Entonces Saúl dijo: "He pecado. Vuelve, hijo mío, David, pues no volveré a hacerte mal, porque mi vida ha sido hoy preciosa a tus ojos. He obrado como un insensato y me he engañado lamentablemente". David respondió: "Aquí está la lanza del rey. Que uno de los jóvenes atraviese y venga a recogerla. El Señor retribuirá a cada uno según su justicia y su fidelidad, porque el Señor te puso hoy en mis manos y no quise poner mi mano sobre el ungido del Señor. Y así como tu vida ha sido hoy de gran valor a mis ojos, así también será estimada mi vida a los ojos del Señor, y él me librará de toda angustia". Saúl dijo a David: "Bendito seas, hijo mío, David. Tendrás éxito seguro en tus empresas y tu poder será grande". David prosiguió su camino y Saúl volvió a su casa. David se dijo: "Cualquier día voy a perecer a manos de Saúl; nada mejor para mí que refugiarme en el país de los filisteos. Así Saúl desistirá de perseguirme en el territorio de Israel y escaparé de su mano". David se puso en marcha y se pasó, con los seiscientos hombres que tenía, a Aquís, hijo de Maoc, rey de Gat. Se estableció con sus hombres junto a Aquís, en Gat, cada uno con su familia; David con sus dos mujeres: Ajinoán de Yezrael y Abigaíl, la mujer de Nabal del Carmelo. Saúl se enteró de que David había huido a Gat y dejó de perseguirlo. David dijo a Aquís: "Si quieres hacerme un favor, te suplico que me des un lugar en una de las ciudades del campo para habitar allí. Porque no está bien que tu siervo viva junto a ti en la capital del reino". Aquel mismo día Aquís le dio Sicelag. Por eso Sicelag pertenece al rey de Judá hasta el día de hoy. David pasó en territorio filisteo un año y cuatro meses. David y sus gentes salían y hacían incursiones contra los guesuritas, los guirsitas y los amalecitas, pues éstos habitaban la región que va desde Telán, en dirección a Sur, hasta la tierra de Egipto. David devastaba la tierra y no dejaba con vida ni hombre ni mujer; se apoderaba de ovejas, bueyes, asnos, camellos y vestidos, y se volvía a Aquís. Cuando Aquís preguntaba: "¿Dónde habéis hecho incursión hoy?", David respondía: "En el Negueb de Judá, en el Negueb de Yerajmeel, en el Negueb de los quenitas". David no dejaba con vida ni hombre ni mujer, para que no fueran a Gat y dijeran lo que hacía. Tal fue su manera de proceder durante todo el tiempo que permaneció en territorio filisteo. Aquís tenía confianza en David y se decía: "Seguramente se ha hecho odioso a su pueblo y será mi servidor para siempre". Por entonces los filisteos reunieron sus tropas para salir a luchar contra Israel. Aquís dijo a David: "Te comunico que tú y tus hombres tenéis que venir conmigo a la campaña". David le respondió: "Bien, ahora sabrás lo que va a hacer tu siervo". Y le dijo Aquís: "Pues bien, yo te constituiré guardián de mi persona para siempre". Samuel había muerto; todo Israel le había llorado y le habían sepultado en Ramá, su ciudad. Saúl había expulsado del país a los nigromantes y adivinos. Los filisteos se reunieron y fueron a acampar en Sunán. Saúl reunió también a todo Israel y acamparon en Gelboé. Cuando Saúl vio el campamento de los filisteos, tuvo miedo y su corazón se llenó de angustia. Saúl consultó al Señor; pero el Señor no le respondió ni por los sueños, ni por las urim, ni por los profetas. Entonces dijo a sus servidores: "Buscadme una mujer dedicada a la nigromancia para que vaya a consultarla". Sus servidores le respondieron: "En Endor hay una mujer que se dedica a la nigromancia". Saúl se disfrazó, poniéndose otros vestidos, y partió llevando consigo otros dos hombres. Llegaron de noche a casa de la mujer, y le dijo: "Adivíname el futuro por medio de un espíritu y evócame al que yo te diga". Pero la mujer le respondió: "Tú sabes bien lo que ha hecho Saúl, que ha expulsado del país a los nigromantes y adivinos. ¿Por qué tiendes insidias a mi vida para hacerme morir?". Saúl le juró: "¡Vive el Señor, que no incurrirás en pena alguna por esto!". Entonces la mujer preguntó: "¿A quién quieres que te evoque?". Él contestó: "Evócame a Samuel". Entonces la mujer vio a Samuel y dio un grito. Le dijo a Saúl: "¿Por qué me has engañado? Tú eres Saúl". Pero el rey le dijo: "No temas. ¿Qué has visto?". Y respondió: "He visto un espíritu que sube de la tierra". Saúl le preguntó: "¿Qué aspecto tiene?". Ella respondió: "Es un anciano que sube envuelto en un manto". Saúl comprendió que era Samuel, inclinándose rostro en tierra se prosternó. Samuel dijo a Saúl: "¿Por qué has turbado mi descanso, evocándome?". Saúl respondió: "Estoy en gran aprieto, los filisteos me hacen la guerra y Dios se ha retirado de mí; no me responde ni por medio de los profetas ni por los sueños. Por eso te he evocado para saber qué hacer". Samuel respondió: "¿Por qué me consultas, si el Señor se ha retirado de ti y se ha hecho tu enemigo? El Señor ha hecho contigo lo que había anunciado por mediación mía; el Señor ha arrancado el reino de tu mano y se lo ha dado a otro, a David, por no haber obedecido al Señor y no haber cumplido su deseo de destruir a Amalec. Por eso el Señor ha hecho esto contigo. El Señor te entregará a ti y a Israel en manos de los filisteos. Mañana tú y tus hijos estaréis conmigo, y el ejército de Israel será entregado también en manos de los filisteos". Saúl cayó repentinamente en tierra todo lo largo que era, pues las palabras de Samuel le habían llenado de terror; además le faltaron las fuerzas, porque no había comido nada durante todo el día y toda la noche. La mujer se acercó a Saúl y, viéndole tan aterrado, le dijo: "Tu sierva te obedeció; he expuesto mi vida obedeciendo las órdenes que me has dado. Y ahora, dígnate obedecer también tú a tu sierva: te voy a traer algo de comer; come y recupera fuerzas para proseguir tu camino". Él no quería comer; pero sus servidores y la mujer le insistieron tanto que, por fin, aceptó. Se levantó del suelo y se sentó a la mesa. La mujer tenía en casa un ternero gordo; lo mató, tomó harina, amasó y coció panes sin levadura. Lo presentó a Saúl y sus servidores. Ellos comieron, se levantaron y partieron aquella misma noche. Los filisteos concentraron todas sus fuerzas en Afec; los israelitas acamparon cerca de la fuente de Yezrael. Los jefes de los filisteos avanzaban a la cabeza de centurias y millares, y David y sus hombres avanzaban en la retaguardia con Aquís. Los jefes de los filisteos preguntaron: "¿Por qué vienen estos hebreos?". Aquís les respondió: "Éste es David, servidor de Saúl, rey de Israel, que ha estado conmigo unos dos años, y no he encontrado nada que reprocharle desde el día en que vino a mí hasta hoy". Pero los jefes de los filisteos se indignaron contra él y le dijeron: "Haz que ese hombre vuelva al lugar que le has asignado. Que no venga con nosotros a la guerra, no sea que se vuelva contra nosotros en el combate. ¿Cómo podría este hombre congraciarse con su señor, mejor que con la cabeza de nuestros hombres? ¿No es éste aquel David del cual se cantaba danzando: Saúl mató mil y David diez mil?". Aquís llamó a David y le dijo: "Vive el Señor, que eres un hombre leal y me ha agradado siempre tu comportamiento en el ejército; no tengo nada que reprocharte desde el día en que viniste hasta hoy; pero no eres grato a los ojos de los jefes. Vuélvete y vete en paz, para no hacer nada desagradable a los ojos de los jefes de los filisteos". David dijo a Aquís: "¿Pero qué he hecho yo y qué has notado en tu siervo desde el día en que entré a tu servicio hasta hoy, para que no pueda yo ir a combatir a los enemigos de mi señor, el rey?". Aquís le respondió: "Bien sabes que eres grato a mis ojos como un ángel de Dios; pero los jefes de los filisteos han dicho: Que no vaya con nosotros a la guerra. Así que levantaos de madrugada tú y los siervos de tu señor que han venido contigo, e id al lugar que yo os he asignado. Os levantaréis de madrugada, y cuando venga el día partiréis". David y sus hombres se levantaron de madrugada para partir por la mañana y volver al país de los filisteos. Los filisteos fueron a Yezrael. Cuando David y sus hombres llegaron al tercer día a Sicelag, los amalecitas habían hecho una incursión contra el Negueb y contra Sicelag. Habían devastado Sicelag y le habían prendido fuego. Habían hecho prisioneros a las mujeres y a todos los demás, chicos y grandes, pero sin matar a nadie. Los habían llevado y proseguían su camino. Cuando David y sus hombres llegaron a la ciudad y vieron que había sido quemada y que sus mujeres, sus hijos e hijas habían sido llevados prisioneros, levantaron el grito y lloraron hasta quedarse sin fuerza para llorar. También las dos mujeres de David, Ajinoán de Yezrael y Abigaíl, mujer de Nabal del Carmelo, habían sido hechas prisioneras. David estaba muy angustiado porque la gente quería apedrearlo, pues todos estaban muy amargados, cada uno por sus hijos y por sus hijas. Pero David se confortó en el Señor, su Dios. David dijo al sacerdote Abiatar, hijo de Ajimélec: "Tráeme, por favor, el efod". Y Abiatar se lo llevó. David consultó al Señor: "¿Perseguiré a esa banda? ¿La alcanzaré?". Y le respondió: "Persíguela, porque la alcanzarás y libertarás a los prisioneros". David partió con los seiscientos hombres que le acompañaban, y llegaron al arroyo Besor. Continuó la persecución con cuatrocientos hombres, pues doscientos se quedaron allí porque estaban muy fatigados para pasar el arroyo. Encontraron un egipcio en el campo y le condujeron a David. Le dieron de comer y de beber; un trozo de torta de higos secos y dos racimos de uvas pasas. Él comió y se reanimó, pues no había comido ni bebido nada durante tres días y tres noches. David le preguntó: "¿A quién perteneces y de dónde eres?". Él respondió: "Soy un joven egipcio, esclavo de un amalecita. Mi señor me abandonó hace tres días porque me puse enfermo. Hemos hecho una incursión en el sur de los quereteos, de Judá y de Caleb. A Sicelag le prendimos fuego". David le preguntó: "¿Quieres guiarme hacia esa banda?". Él respondió: "Júrame por Dios que no me matarás y que no me entregarás en manos de mi señor, y yo te guiaré hacia esa banda". Él los guió; estaban diseminados por toda la región, comiendo, bebiendo y bailando por el botín tan grande que habían cogido en el país de los filisteos y en el país de Judá. David los atacó desde la mañana hasta la tarde y los mató a todos, menos a cuatrocientos jóvenes que montaron en los camellos y huyeron. David salvó todo lo que habían tomado los amalecitas y libertó también a sus dos mujeres. No les faltó nada, ni chico ni grande, ni hijos ni hijas. Todo lo que les había sido tomado fue recuperado por David. Ellos tomaron todo el ganado menor y el mayor y lo pusieron ante David, diciendo: "Éste es el botín de David". David llegó adonde estaban los doscientos hombres que, por encontrarse muy cansados, no habían podido seguirle y se habían quedado en el arroyo Besor. Ellos salieron al encuentro de David y de la tropa que le acompañaba. David se acercó a ellos y les saludó. Mas los hombres malvados y perversos de entre la gente que había ido con David tomaron la palabra y dijeron: "Puesto que no habéis ido con nosotros, no os daremos nada del botín que hemos tomado, sino únicamente a cada uno su mujer y sus hijos; que los tomen y que se larguen". Pero David dijo: "No obréis así después de lo que el Señor nos ha concedido. Nos ha protegido y ha puesto en nuestras manos esta banda que había venido contra nosotros. ¿Quién sería de vuestro parecer en este asunto? La parte debe ser la misma para el que ha ido a la batalla y para el que se ha quedado junto al bagaje: participarán lo mismo". Y a partir de aquel día esto se convirtió en ley y norma para Israel hasta el día de hoy. Cuando David volvió a Sicelag, envió parte del botín a los ancianos de Judá según sus ciudades, diciendo: "Os mando un presente del botín de los enemigos del Señor". A los de Betul, de Ramá, del Negueb, de Yatir, de Aroer, de Sifmot, de Estemoa; a los del Carmelo, a los de las ciudades de Yerajmeel, a los de las ciudades de los quenitas, a los de Jormá, de Borasán, de Atac, de Hebrón y a todos los lugares donde habían estado David y sus hombres. Los filisteos libraron batalla con Israel, y los israelitas huyeron ante los filisteos y cayeron muertos en gran número en el monte Gelboé. Los filisteos persiguieron a Saúl y a sus hijos y mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl. El peso de la batalla cayó sobre Saúl. Los arqueros lo alcanzaron, y fue malherido por ellos. Entonces Saúl dijo a su escudero: "Desenvaina tu espada y traspásame con ella, no sea que vengan esos incircuncisos y se burlen de mí". Pero su escudero no quiso, pues tenía mucho miedo. Entonces Saúl agarró su espada y se echó sobre ella. Cuando su escudero vio que Saúl estaba muerto, se echó él también sobre su espada y murió con él. Y así murieron juntos el mismo día Saúl, sus tres hijos y su escudero. Cuando los israelitas del otro lado del valle y de la Transjordania vieron que los israelitas habían huido y que Saúl y sus tres hijos habían muerto, abandonaron también ellos sus ciudades y se dieron a la fuga. Los filisteos vinieron y se establecieron en ellas. Al día siguiente, los filisteos fueron a despojar a los caídos y encontraron a Saúl y a sus tres hijos en el monte Gelboé. Les cortaron la cabeza, les despojaron de sus armas e hicieron publicar la buena nueva por todo el país de los filisteos, a los cuatro vientos, a sus ídolos y al pueblo. Pusieron sus armas en el templo de Astarté y colgaron su cadáver en las murallas de Betsán. Cuando los habitantes de Yabés de Galaad supieron lo que los filisteos habían hecho con Saúl, todos los valientes se pusieron en marcha, caminaron toda la noche y quitaron el cadáver de Saúl y de sus hijos de la muralla de Betsán, los llevaron a Yabés y allí los quemaron. Después sepultaron sus restos bajo el terebinto de Yabés y ayunaron durante siete días. Después de la muerte de Saúl, David, que había vuelto a derrotar a los amalecitas, estuvo dos días en Sicelag. Al tercer día llegó un hombre del campamento de Saúl, con los vestidos desgarrados y la cabeza cubierta de polvo. Cuando llegó donde estaba David, se postró rostro en tierra. David le preguntó: "¿De dónde vienes?". Él respondió: "Vengo escapado del campamento de Israel". David le preguntó: "¿Qué ha pasado? Infórmame". Él respondió: "El pueblo huyó de la batalla y muchos de entre el pueblo cayeron y murieron. Murieron también Saúl y su hijo Jonatán". David continuó preguntando al muchacho: "¿Cómo sabes que murieron Saúl y su hijo Jonatán?". El joven respondió: "Yo me encontraba por casualidad en el monte Gelboé, y vi a Saúl apoyándose sobre su lanza y asediado por carros y caballeros. Volviéndose para atrás, me vio y me llamó. Yo respondí: Aquí me tienes. Me preguntó: ¿Quién eres? Yo respondí: Soy un amalecita. Él me dijo: Acércate a mí, por favor, y mátame; porque estoy en la agonía y no acabo de morir. Me acerqué a él y lo maté, porque sabía que no podría sobrevivir después de su caída. Tomé la corona que llevaba sobre su cabeza y el brazalete que tenía en su brazo y los he traído aquí, mi señor". Entonces David se rasgó las vestiduras, y todos los que estaban con él hicieron lo mismo. Se lamentaron, lloraron y ayunaron hasta la tarde por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, porque habían caído bajo la espada. David dijo al joven que le había informado: "¿De dónde eres?". Él respondió: "Soy hijo de un refugiado amalecita". Y David le preguntó: "¿Cómo te has atrevido a extender tu mano para matar al ungido del Señor?". Entonces David llamó a uno de los jóvenes y le dijo: "Acércate y mátalo". Él le dio un golpe y lo mató. David le dijo: "¡Que tu sangre caiga sobre tu cabeza!, porque tu boca ha dado testimonio contra ti, diciendo: Yo he matado al ungido del Señor". David cantó una elegía sobre Saúl y su hijo Jonatán. Está escrita en el Libro del Justo para que la enseñen a los hijos de Judá. Dijo: "Tu gloria, Israel, ha perecido sobre tus montes. ¿Cómo han caído los héroes? No deis la noticia en Gat, no lo publiquéis por los caminos de Ascalón; que no se alegren las hijas de los filisteos, que no se regocijen las hijas de los incircuncisos. ¡Montes de Gelboé!, no caiga sobre vosotros ni rocío ni lluvia, campos traidores; porque allí fue abatido el escudo de los héroes, el escudo de Saúl: no estaba ungido con óleo, sino con la sangre de los caídos, con la grasa de los valientes. El arco de Jonatán no se retiraba nunca, ni la espada de Saúl volvía vacía. Saúl y Jonatán, tan queridos y amados, no fueron separados ni en la vida ni en la muerte; más veloces que águilas, más fuertes que leones. Hijas de Israel, llorad sobre Saúl, que os vestía de escarlata y de lino fino y adornaba con oro vuestros vestidos. ¿Cómo cayeron los héroes en medio del combate? ¡Jonatán!, en tu muerte he quedado sin consuelo; estoy angustiado por ti, hermano mío, Jonatán, amigo queridísimo; tu amor era para mí más dulce que el amor de mujeres. ¿Cómo han caído los héroes, cómo han perecido las armas de combate?". Después de esto, David consultó al Señor: "¿Debo ir a una de las ciudades de Judá?". El Señor le respondió: "Sí, vete". David preguntó: "¿Dónde debo ir? Le respondió: "A Hebrón". David fue allá con sus dos mujeres, Ajinoán de Yezrael y Abigaíl, la mujer de Nabal del Carmelo. Llevó también a los hombres que estaban con él, cada uno con su familia, y se establecieron en las ciudades de Hebrón. Los hombres de Judá fueron allí y ungieron a David por rey de la casa de Judá. Informaron a David de que las gentes de Yabés Galaad habían dado sepultura a Saúl. Entonces él envió mensajeros a los de Yabés Galaad para decirles: "Que el Señor os bendiga por haber cumplido esta obra de misericordia con Saúl, vuestro señor, y por haberle dado sepultura. Que el Señor os trate con misericordia y fidelidad. También yo os pagaré esta buena obra por haberos portado así. Ahora sed valientes y tened ánimo; Saúl, vuestro señor, ha muerto; pero la casa de Judá me ha ungido a mí para ser su rey". Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Saúl, tomó a Isbaal, hijo de Saúl, le trasladó a Majanayín, y le constituyó rey sobre Galaad, los aseritas, Yezrael, Efraín, Benjamín y sobre todo Israel. Isbaal, hijo de Saúl, tenía cuarenta años cuando comenzó a reinar sobre Israel, y reinó dos años. Sólo la casa de Judá siguió a David. David reinó en Hebrón sobre la casa de Judá siete años y seis meses. Abner, hijo de Ner, y los oficiales de Isbaal salieron a campaña de Majanayín hacia Gabaón. Joab, hijo de Sarvia, y los oficiales de David salieron también, y se encontraron cerca del estanque de Gabaón. Acamparon unos a un lado del estanque, y otros al otro. Abner dijo a Joab: "Que salgan unos cuantos jóvenes y luchen en nuestra presencia". Joab respondió: "Que salgan". Salieron, y desfilaron doce de Benjamín por Isbaal, hijo de Saúl, y doce de los de David. Cada uno agarró a su adversario por la cabeza y le clavó la espada en el costado, de suerte que todos cayeron juntos. Por eso se llamó a aquel lugar "Campo de los costados"; está cerca de Gabaón. Aquel día hubo una batalla muy dura, y Abner y los de Israel fueron vencidos por los partidarios de David. Estaban allí los tres hijos de Sarvia: Joab, Abisay y Asael. Asael era ligero para correr como un corzo del campo. Asael se puso a perseguir a Abner sin desviarse en su persecución ni a la derecha ni a la izquierda. Abner se volvió hacia atrás y dijo: "¿Eres tú Asael?". Él respondió: "Sí, soy yo". Abner le dijo: "Apártate a la derecha o a la izquierda, agarra a uno de los jóvenes y quítale lo que lleva". Pero Asael no quiso apartarse de él. Abner volvió a decirle: "Apártate de mí; ¿por qué me obligas a derribarte a tierra? ¿Cómo podría entonces levantar mis ojos en presencia de Joab, tu hermano?". Pero él no quiso apartarse, y Abner le golpeó en el vientre con la culata de la lanza, y la lanza le salió por detrás. Cayó allí mismo y murió instantáneamente. Todos los que llegaban al lugar donde Asael había caído y había muerto se detenían. Joab y Abisay se pusieron a perseguir a Abner y, a la puesta del sol, llegaron a Ammá, al este del valle, en el camino del desierto de Gabaón. Los benjaminitas se agruparon en torno a Abner, formaron un solo cuerpo de ejército y se detuvieron en la cumbre de la colina de Ammá. Abner gritó a Joab: "¿Devorará siempre la espada? ¿No sabes que el fin puede ser amargo? ¿A qué esperas para decir al pueblo que deje de perseguir a sus hermanos?". Joab respondió: "Vive Dios, que si tú no hubieses hablado, el pueblo no hubiese cesado de perseguir cada uno a su hermano hasta mañana". Joab hizo sonar la trompeta, y todo el pueblo se detuvo. Dejó de perseguir a Israel y cesó la lucha. Abner y sus hombres marcharon durante toda aquella noche por la Arabá, pasaron el Jordán y, después de caminar toda la mañana, llegaron a Majanayín. Joab cesó de perseguir a Abner y reunió a todo su ejército. Faltaban de entre los seguidores de David diecinueve hombres, además de Asael. Los de David habían matado trescientos sesenta hombres de Benjamín y de Abner. Llevaron a Asael y le sepultaron en el sepulcro de su padre, en Belén. Después Joab y sus hombres caminaron durante toda la noche y, al llegar el día, estaban en Hebrón. La guerra entre la casa de Saúl y la casa de David fue larga; pero mientras David iba fortaleciéndose, la casa de Saúl se iba debilitando. A David le nacieron hijos en Hebrón. Su primogénito fue Amnón, nacido de Ajinoán de Yezrael; el segundo, Kilab, de Abigaíl, mujer de Nabal del Carmelo; el tercero, Absalón, hijo de Macá, la hija de Talmay, rey de Guesur; el cuarto, Adonías, hijo de Jaguit; el quinto, Sefatías, hijo de Abital; el sexto, Yitreán, nacido de Eglá, mujer de David. Todos estos hijos los tuvo David en Hebrón. Durante la guerra entre la casa de Saúl y la casa de David, Abner se hacía cada vez más fuerte en la casa de Saúl. Saúl había tenido una concubina llamada Rispá, hija de Ayá. Abner la tomó para sí. Isbaal dijo a Abner: "¿Por qué te has unido a la concubina de mi padre?". Abner se indignó mucho por estas palabras de Isbaal, y le dijo: "¿Soy yo, acaso, una cabeza de perro? Yo he tenido piedad de la casa de Saúl, con sus hermanos y sus amigos, y no te he dejado caer en manos de David; ¿y ahora me recriminas por una mujer? Que Dios castigue a Abner, si no hago que se cumpla lo que el Señor prometió con juramento a David: quitar el reino a la casa de Saúl y establecer el trono de David sobre Israel y sobre Judá desde Dan hasta Berseba". Isbaal no pudo responder palabra a Abner por el miedo que le tenía. Abner envió mensajeros a David para decirle: "Haz un pacto conmigo, y yo te apoyaré para que todo Israel se ponga de tu parte". David respondió: "Bien, yo haré un pacto contigo; pero exijo de ti una sola cosa: no serás admitido ante mí si no me traes a Mical, hija de Saúl, cuando vengas a verme". David envió mensajeros a Isbaal, hijo de Saúl, para decirle: "Devuélveme a mi mujer, Mical, que yo adquirí por cien prepucios de filisteos". Isbaal envió a quitársela a su marido, Paltiel, hijo de Lais. Su marido partió con ella y la siguió llorando hasta Bajurín. Abner le dijo: "Anda, vuélvete". Y él se volvió. Abner dijo a los ancianos de Israel: "Hace tiempo que deseáis tener a David por vuestro rey. Hacedlo así; porque el Señor ha dicho a David: Yo libraré a mi pueblo de la mano de los filisteos y de todos sus enemigos por medio de mi siervo David". Habló también a Benjamín; después fue a Hebrón a exponer a David todo lo que Israel y toda la casa de Benjamín habían visto con buenos ojos. Fue acompañado de veinte hombres, y David ofreció un banquete a Abner y a los hombres que le acompañaban. Abner dijo a David: "Me voy a reunir a todo Israel junto a mi señor el rey. Ellos harán un pacto según los deseos de tu corazón". David despidió a Abner, que se marchó en paz. Los hombres de David y Joab llegaron de una expedición trayendo un gran botín. Abner ya no estaba con David en Hebrón, pues le había despedido y había marchado en paz. Cuando llegaron Joab y todo el ejército que él mandaba, comunicaron a Joab que había venido Abner, hijo de Ner, y que el rey le había despedido y le había dejado ir en paz. Entonces Joab se presentó al rey y le dijo: "¿Qué has hecho? Abner ha venido a verte; ¿por qué le has despedido y le has dejado ir en paz? ¿Es que no conoces tú a Abner, hijo de Ner? Seguro que ha venido para engañarte, para conocer todos tus pasos y para saber lo que haces". Joab, al salir de estar con David, envió mensajeros en persecución de Abner, que le hicieron volver desde la cisterna de Sirá, sin saberlo David. Cuando Abner volvió a Hebrón, Joab le llevó aparte, al lado de la puerta, como para hablar pacíficamente con él, y allí le hirió mortalmente en el vientre, por la sangre de Asael, su hermano. Cuando David supo lo que había pasado, dijo: "Yo y mi reino somos inocentes por siempre ante el Señor de la sangre de Abner, hijo de Ner. Que caiga sobre la cabeza de Joab y de toda su familia y que no falte nunca en la casa de Joab quien padezca gonorrea o lepra, hombres que anden con bastón, que caigan bajo la espada o que pasen hambre". Joab y su hermano Abisay mataron a Abner porque había dado muerte a su hermano Asael en la batalla de Gabaón. David dijo a Joab y a los que estaban con él: "Rasgad vuestras vestiduras, vestíos de saco y guardad luto por Abner". Y el rey David iba detrás del féretro. Sepultaron a Abner en Hebrón. El rey lloró en voz alta sobre el sepulcro de Abner, y todo el pueblo lloraba también. El rey cantó esta elegía sobre Abner: "¿Debía morir Abner como muere un insensato? Tus manos no estaban atadas, ni tus pies sujetos a los grillos. ¡Has caído como caen los criminales!". Y todo el pueblo continuó llorando por él. Todo el mundo vino a invitar a David para que comiera algo, pues todavía era de día; pero David hizo este juramento: "Que Dios me castigue si como pan o cualquier otra cosa antes de ponerse el sol". El pueblo supo esto y le pareció bien, pues todo lo que hacía el rey le parecía bien al pueblo. Aquel día se convenció todo el pueblo y todo Israel de que no había partido del rey la orden de matar a Abner, hijo de Ner. Y el rey dijo a sus servidores: "¿No os dais cuenta de que hoy ha caído en Israel un príncipe y un gran hombre? Yo soy débil todavía, aunque haya recibido la unción real, y estos hombres, los hijos de Sarvia, son más fuertes que yo. Que el Señor pague al que hizo el mal según su malicia". Cuando Isbaal, hijo de Saúl, supo que Abner había muerto en Hebrón, se quedó sin aliento, y todo Israel quedó consternado. Isbaal, hijo de Saúl, tenía dos hombres, jefes de banda, Baaná y Recab. Eran hijos de Rimón de Beerot, de los hijos de Benjamín, pues también Beerot era considerado de Benjamín. Los de Beerot habían huido a Guitayín y allí están como refugiados hasta hoy. Jonatán, hijo de Saúl, tenía un hijo cojo. Tenía cinco años cuando llegó de Yezrael la noticia sobre Saúl y Jonatán. Su nodriza le tomó para huir con él, pero en la precipitación de la fuga cayó y quedó cojo. Se llamaba Meribaal. Los hijos de Rimón de Beerot, Recab y Baaná, se pusieron en camino y llegaron, a la hora de más calor del día, a casa de Isbaal, que estaba durmiendo la siesta. La portera de la casa, que estaba limpiando el trigo, se había dormido, y Recab y su hermano Baaná entraron sin ser vistos en la casa donde Isbaal estaba acostado en la cama de su dormitorio. Lo mataron, le cortaron la cabeza y caminaron durante toda la noche por el camino de la Arabá. Llevaron la cabeza de Isbaal a David, a Hebrón, y dijeron al rey: "Aquí tienes la cabeza de Isbaal, hijo de Saúl, tu enemigo, que buscaba tu ruina. El Señor ha vengado hoy a mi señor, el rey, de Saúl y de su descendencia". David les respondió: "Vive el Señor, que ha salvado mi vida de todo peligro, que si al que me anunció la muerte de Saúl creyendo que me daba una buena noticia, yo lo agarré y lo maté en Sicelag en lugar de darle una recompensa, ¡cuánto más ahora, cuando unos bandidos han matado a un hombre inocente, en su casa, sobre su lecho! ¿No deberé yo pediros cuenta de su sangre y borraros de la tierra?". David ordenó a sus servidores que los matasen. Les cortaron las manos y los pies y los colgaron cerca de la piscina de Hebrón. Tomaron también la cabeza de Isbaal y la enterraron en el sepulcro de Abner, en Hebrón. Todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a decir a David: "Mira, somos hueso de tus huesos y carne de tu carne. Ya antes, cuando todavía reinaba Saúl, eras tú el que mandaba el ejército de Israel. El Señor te había dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel, serás el jefe de mi pueblo Israel". Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey; el rey David hizo con ellos un pacto ante el Señor, y ungieron a David como rey de Israel. David tenía treinta años cuando subió al trono, y reinó cuarenta años. En Hebrón reinó sobre Judá siete años y seis meses; en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre todo Israel y Judá. El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén contra los jebuseos, que habitaban la región. Éstos dijeron a David: "No entrarás aquí; los ciegos y los cojos te rechazarán". Como diciendo: "David no entrará aquí". Pero David se apoderó de la fortaleza de Sión, llamada luego la ciudad de David. Aquel día dijo David: "El que quiera derrotar al jebuseo, que entre por el canal. En cuanto a los cojos y a los ciegos, son enemigos de David". Por eso se dice: "Los ciegos y los cojos no entrarán en el templo del Señor". David se estableció en la fortaleza y la llamó "Ciudad de David". Y reconstruyó la ciudad todo alrededor desde el terraplén hacia la periferia. David iba fortaleciéndose de día en día, y el Señor, Dios todopoderoso, estaba con él. Jirán, rey de Tiro, envió mensajeros a David con madera de cedro, albañiles y carpinteros para que le construyeran un palacio. Entonces David comprendió que el Señor confirmaba su realeza y que ensalzaba su reino por amor de su pueblo Israel. David tomó todavía más concubinas y mujeres en Jerusalén, después de haber venido de Hebrón, y le nacieron hijos e hijas. Éstos son los hijos que le nacieron en Jerusalén: Samúa, Sobab, Natán, Salomón, Yibjar, Elisúa, Néfeg, Yafía, Elisamá, Elyadá y Elifélet. Cuando los filisteos supieron que David había sido ungido rey de todo Israel, fueron todos en su busca. David se enteró y se metió en la fortaleza. Los filisteos llegaron y se desplegaron por el valle de Refaín. David consultó al Señor: "¿Atacaré a los filisteos? ¿Los pondrás en mis manos?". El Señor respondió: "Atácalos, porque los pondré en tus manos". David fue a Baal Perasín y allí los derrotó. Y dijo: "El Señor ha dispersado a mis enemigos ante mí como se dispersan las aguas". Por eso se llamó este lugar Baal Perasín. Los filisteos abandonaron allí a sus dioses, y David y sus hombres los recogieron. Los filisteos volvieron a ocupar el valle de Refaín. David consultó de nuevo al Señor, y el Señor le respondió: "No los ataques de frente; da un rodeo por detrás y atácalos por el lado de las balsameras. Cuando oigas ruido de pasos por las copas de las balsameras, ataca rápidamente, porque el Señor irá delante de ti para derrotar al ejército de los filisteos". David hizo como el Señor le había mandado y derrotó a los filisteos desde Gabaón hasta Guézer. David volvió a reunir a todo lo selecto de Israel: treinta mil hombres. David, con todo el ejército que le acompañaba, se puso en marcha y fue a Baalá de Judá para traer de allí el arca de Dios, que lleva el nombre del Señor todopoderoso que se sienta sobre los querubines. Colocaron el arca de Dios sobre un carro nuevo y la sacaron de la casa de Abinadab, que está en la colina. Uzá y Ajió, hijos de Abinadab, conducían el carro. Uzá estaba al lado del arca de Dios, y Ajió iba delante del arca. David y toda la casa de Israel iban delante del arca cantando y bailando con todas sus fuerzas al son de las cítaras, arpas, tambores, sistros y címbalos. Cuando llegaron a la era de Nacón, Uzá extendió su mano hacia el arca de Dios para sujetarla porque los bueyes habían tropezado. Entonces la ira del Señor se encendió contra Uzá, lo hirió por la falta cometida, y allí mismo murió junto al arca de Dios. David se disgustó mucho porque el Señor había castigado a Uzá, y aquel lugar fue llamado "Peres Uzá" hasta el día de hoy. Aquel día David tuvo miedo del Señor, y se dijo: "¿Cómo entrará el arca en mi casa?". Por eso no quiso llevar el arca del Señor a su casa, a la ciudad de David, y la llevó a casa de Obededón de Gat. El arca del Señor estuvo tres meses en casa de Obededón de Gat, y el Señor bendijo a Obededón y a toda su casa. Cuando contaron al rey David que el Señor había bendecido a Obededón y todas sus cosas a causa del arca de Dios, David fue y trasladó el arca de Dios de casa de Obededón a la ciudad de David con gran júbilo. Cuando los que llevaban el arca habían dado seis pasos, se sacrificó un toro y un carnero. David bailaba ante el Señor con todas sus fuerzas; llevaba ceñido un efod de lino. Así David y toda la casa de Israel trasladaron el arca del Señor en medio de aclamaciones y del sonido de trompetas. Cuando el arca del Señor llegó a la ciudad de David, Mical, hija de Saúl, estaba mirando por la ventana y, al ver al rey David saltando y bailando, lo despreció en su corazón. Metieron el arca del Señor y la colocaron en medio de la tienda que David había levantado para ella. David ofreció al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación. Cuando David terminó de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de reconciliación, bendijo al pueblo en el nombre del Señor todopoderoso. Y distribuyó a todos los israelitas presentes, hombres y mujeres, una torta de pan a cada uno, un pedazo de carne y un racimo de uvas pasas; luego todo el pueblo se fue cada uno a su casa. Cuando David volvió a su casa para bendecirla, Mical, hija de Saúl, le salió al encuentro y le dijo: "¡Qué bien ha quedado hoy el rey de Israel desnudándose ante la vista de las criadas de sus servidores, como lo haría un hombre cualquiera!". David respondió a Mical: "¡Yo he bailado delante del Señor! Vive el Señor, que me eligió con preferencia a tu padre y a toda su casa para constituirme jefe de Israel, el pueblo del Señor, que delante del Señor bailaré y me humillaré todavía más que esto; seré vil a tus ojos, pero ante las criadas de que hablas seré honrado". Y Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. Cuando David se estableció en su palacio y el Señor le dio descanso librándolo de todos sus enemigos de alrededor, dijo al profeta Natán: "Mira, yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras que el arca del Señor está bajo una tienda". Y Natán dijo al rey: "Haz lo que piensas, porque el Señor está contigo". Pero aquella misma noche el Señor dijo a Natán: "Vete y di a mi siervo David: No serás tú el que me construyas una casa para que habite en ella. Yo no he habitado en casa desde el día en que saqué de Egipto a los israelitas hasta hoy, sino que he estado peregrinando en una tienda de campaña. Durante todo el tiempo que anduve errante con los israelitas jamás dije a ninguno de los jueces de Israel, a los que puse para que gobernaran a mi pueblo, que me construyera una casa de cedro. Di a mi siervo David: Esto dice el Señor todopoderoso: Yo te saqué del aprisco, de detrás de las ovejas, para que fueras el jefe de mi pueblo, Israel. He estado contigo en todas tus empresas, he exterminado delante de ti a todos tus enemigos; haré que tu nombre sea como el de los grandes de la tierra. Asignaré un territorio a mi pueblo Israel y en él lo plantaré para que habite en él y no vuelva a ser perturbado, ni los malvados continúen oprimiéndolo como antes, en el tiempo en que yo constituí a los jueces sobre mi pueblo Israel; yo le daré paz librándolo de todos sus enemigos. Te hago saber, además, que te daré una dinastía; pues cuando llegues al término de tus días y descanses con tus padres, haré surgir un descendiente tuyo, que saldrá de tus entrañas, y lo confirmaré en el reino. Él me construirá un templo y yo consolidaré su trono para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Si hace mal, yo lo castigaré con varas de hombre y con castigos corrientes entre los hombres. Pero no le retiraré mi favor, como se lo retiré a Saúl, a quien rechacé de mi presencia. Tu casa y tu reino subsistirán por siempre ante mí, y tu trono se afirmará para siempre". Natán comunicó a David todo lo que había visto y oído. El rey David se presentó ante el Señor y le dijo: "¿Quién soy yo, Señor, y qué es mi casa para que me hayas hecho llegar hasta aquí? Y aun esto es todavía poco para ti, Señor, y extiendes también tu promesa a la casa de tu siervo para un futuro lejano, para la duración misma de la humanidad. ¿Qué más podría decirte David? Tú conoces a tu siervo, Señor. Por amor a tu siervo has hecho todas estas maravillas y las has dado a conocer. Eres grande, Señor; no hay nadie como tú, ni hay Dios fuera de ti, como hemos oído. ¿Hay sobre la tierra un pueblo como tu pueblo Israel, al cual Dios mismo vino a rescatarlo para hacerlo su pueblo, para hacerlo famoso, para hacer en su favor terribles y grandes prodigios y expulsar a las naciones y a sus dioses delante de tu pueblo, al que rescataste de Egipto? Has afirmado a tu pueblo Israel como pueblo tuyo y para siempre, y tú, Señor, te has hecho su Dios. Y ahora, Señor, mantén firme para siempre la promesa que has hecho a tu siervo y a su casa, y haz como has dicho. Que tu nombre sea siempre engrandecido; y que digan: El Señor todopoderoso es Dios de Israel. Y que la casa de tu siervo David sea estable en tu presencia, ya que tú, Señor todopoderoso, Dios de Israel, has prometido a tu siervo que le edificarás una casa; por eso se ha atrevido a dirigirte esta súplica. Sí, Señor, tú eres Dios, tus palabras son verdad, y has hecho a tu siervo esta gran promesa. Dígnate bendecir la casa de tu siervo para que permanezca siempre en tu presencia. Porque eres tú, Señor, el que has hablado, y con tu bendición la casa de tu siervo será bendita para siempre". Después de esto, David derrotó a los filisteos, los sometió y les quitó su hegemonía. Derrotó también a los moabitas, los hizo echarse a tierra y los midió con la cuerda. Condenó a muerte dos medidas de cuerda y dejó con vida una medida completa. Los moabitas quedaron sometidos a David y le pagaron tributo. David venció también a Hadadézer, hijo de Rejob, rey de Sobá, cuando iba a extender su dominio hasta el Éufrates. David le hizo prisioneros a mil setecientos soldados de caballería y veinte mil de infantería. Desjarretó a todos los caballos de tiro, dejando sólo los necesarios para cien carros. Los sirios de Damasco fueron a socorrer a Hadadézer, rey de Sobá, y David mató a veintidós mil sirios. David puso guarniciones en Siria de Damasco, y los sirios le quedaron sometidos y le pagaron tributo. El Señor daba la victoria a David por dondequiera que iba. David se apoderó de los escudos de oro que llevaba la guardia de Hadadézer y los llevó a Jerusalén. En Tébaj y en Berotay, ciudades de Hadadézer, se apoderó también de una gran cantidad de bronce. Cuando Tou, rey de Jamat, supo que David había derrotado a todo el ejército de Hadadézer, envió a su hijo Hadorán al rey David para saludarlo y felicitarlo por haber atacado y haber vencido a Hadadézer, pues Tou estaba en guerra con Hadadézer. Hadorán llevaba consigo objetos de plata, de oro y de bronce, que el rey David consagró al Señor, junto con la plata y el oro que ya había consagrado, procedentes de las naciones que él había sometido: Edón, Moab, los amonitas, los filisteos, Amalec y el botín de Hadadézer, hijo de Rejob, rey de Sobá. David adquirió gran fama y, a su regreso, derrotó en el valle de la Sal a dieciocho mil edomitas. Puso guarniciones en Edón, y los edomitas quedaron sometidos a David. El Señor daba la victoria a David por dondequiera que iba. David reinó sobre todo Israel, y administró rectamente la justicia a todo su pueblo. Joab, hijo de Sarvia, era el jefe de su ejército; Josafat, hijo de Ajilud, era cronista; Sadoc, hijo de Ajitub, y Abiatar, hijo de Ajimélec, eran sacerdotes, y Seraya, secretario. Benayas, hijo de Yehoyadá, era jefe de los quereteos y peleteos. Los hijos de David eran sacerdotes. - - - David preguntó: "¿Queda algún superviviente de la casa de Saúl a quien pueda yo favorecer por amor a Jonatán?". Había un siervo de la casa de Saúl, llamado Sibá. Lo mandaron venir, y el rey le dijo: "¿Tú eres Sibá?". Él respondió: "Para servirte". El rey le preguntó: "¿Queda alguno de la casa de Saúl a quien yo pueda favorecer en nombre de Dios?". Sibá respondió: "Todavía queda un hijo de Jonatán, que está lisiado de ambos pies". El rey le dijo: "¿Dónde está?". Sibá respondió: "En casa de Maquir, hijo de Amiel, de Lodabar". El rey David mandó que lo trajeran de allí. Cuando Meribaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, llegó junto a David, se postró en tierra. David dijo: "¡Meribaal!". Y él respondió: "Aquí tienes a tu siervo". David le dijo: "No temas, porque quiero favorecerte por amor a tu padre, Jonatán. Te devolveré las tierras de Saúl, tu abuelo, y comerás siempre a mi mesa". Él se postró y dijo: "¿Quién es tu siervo para que te fijes en un perro muerto como yo?". El rey llamó a Sibá, servidor de Saúl, y le dijo: "Todo lo que pertenecía a Saúl y a su casa se lo doy al hijo de tu señor. Tú trabajarás para él la tierra, tú y tus hijos y tus esclavos; tú harás la recolección, para que la casa de tu señor tenga qué comer; en cuanto a Meribaal, hijo de tu señor, él comerá siempre a mi mesa". Sibá tenía quince hijos y veinte esclavos. Sibá respondió al rey: "Tu servidor hará todo lo que el rey, mi señor, ha mandado a su siervo". Meribaal comía a la mesa del rey, como uno de sus hijos. Meribaal tenía un hijo pequeño que se llamaba Micá. Todos los que vivían en casa de Sibá estaban al servicio de Meribaal. Pero Meribaal vivía en Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey; era cojo de ambos pies. Después de esto, murió el rey de los amonitas y le sucedió su hijo Janún. David se dijo: "Yo trataré con benevolencia a Janún, hijo de Najás, como su padre me trató a mí". David le envió una embajada de pésame por la muerte de su padre. Pero cuando los servidores de David llegaron a la tierra de Amón, los jefes amonitas dijeron a Janún: "¿Tú crees que David te envía consoladores con el fin de honrar a tu padre? ¿No los habrá enviado más bien con el fin de explorar, espiar y destruir el país?". Entonces Janún agarró a los siervos de David, les cortó la mitad de la barba y los vestidos por la mitad, a la altura de las nalgas, y los despachó. Cuando David se enteró, mandó que les saliesen al encuentro, y que les dijesen: "Quedaos en Jericó hasta que os crezca la barba y luego vendréis". Los amonitas se dieron cuenta de que se habían hecho odiosos a David, y enviaron mensajeros para contratar como mercenarios a los sirios de Bet Rejob y de Sobá, veinte mil soldados de infantería, del rey de Maacá, mil hombres, y de Tob, doce mil. Cuando David lo supo, mandó a Joab con todo su ejército. Los amonitas salieron y se pusieron en orden de batalla a la entrada de la ciudad, mientras que los sirios de Sobá y de Rejob y los hombres de Tob y de Maacá estaban en el campo. Joab, viendo que tenía dos frentes, uno delante y otro detrás, seleccionó a la flor y nata del ejército de Israel y lo puso en orden de batalla frente a los sirios; y el resto del ejército, bajo la dirección de su hermano Abisay, lo colocó frente a los amonitas. Y dijo: "Si los sirios me ganan a mí, tú vendrás en mi ayuda; y si los amonitas te ganan a ti, yo iré en tu ayuda. ¡Ánimo!, luchemos valientemente por nuestro pueblo y por las ciudades de nuestro Dios. Que el Señor haga lo que bien le parezca". Joab con su ejército se lanzó al ataque contra los sirios y éstos huyeron ante él. Los amonitas, al ver huir a los sirios, se dieron también a la fuga ante Abisay y entraron en la ciudad. Entonces Joab volvió de la guerra contra los amonitas y entró en Jerusalén. Los sirios, viendo que habían sido derrotados por Israel, concentraron sus fuerzas. Hadadézer mandó buscar a los sirios del otro lado del Éufrates, y éstos vinieron a Jelán, mandados por Sobac, jefe del ejército de Hadadézer. David, al saberlo, reunió a todo Israel, pasó el Jordán y llegó a Jelán. Los sirios, puestos en orden de batalla, salieron al encuentro de David y lucharon con él. Pero los sirios huyeron ante Israel, y David les mató setecientos caballos de tiro y cuarenta mil hombres; hirió también a Sobac, jefe del ejército, que murió allí mismo. Cuando los reyes aliados de Hadadézer se vieron derrotados por Israel, firmaron la paz con Israel y le quedaron sometidos. Y en adelante los sirios no se atrevieron a volver a ayudar a los amonitas. Al año siguiente, por el tiempo en que suelen los reyes salir a campaña, David envió a Joab, a sus oficiales y a todo Israel a devastar a los amonitas y a sitiar a Rabá. David se quedó en Jerusalén. Una tarde, después de la siesta, David, paseando por la terraza del palacio, vio a una mujer que estaba bañándose. La mujer era muy bella. David hizo que averiguasen quién era aquella mujer, y le dijeron: "Es Betsabé, hija de Elián, mujer de Urías, el hitita". Entonces David mandó que se la trajeran. Ella vino a su casa, y él se acostó con ella; ella acababa de purificarse de su impureza menstrual. Después se volvió a su casa. La mujer quedó encinta y mandó decir a David: "Estoy encinta". Entonces David envió este mensaje a Joab: "Envíame a Urías, el hitita". Y Joab envió a Urías a David. Cuando Urías llegó donde David, éste le preguntó cómo estaba Joab y el ejército y cómo iba la guerra. Después David dijo a Urías: "Baja a tu casa y lávate los pies". Urías salió del palacio y, tras él, le llevaron un obsequio de la mesa real. Urías se acostó a la puerta del palacio con los servidores de su señor y no fue a su casa. Comunicaron a David que Urías no había ido a su casa. Entonces David le preguntó: "¿No acabas de llegar de viaje? ¿Por qué no has bajado a tu casa?". Urías le respondió: "El arca, Israel y Judá habitan en tiendas; mi señor Joab y los oficiales de mi señor acampan al aire libre, ¿e iba yo a ir a mi casa para comer, beber y dormir con mi mujer? Por el Señor y por tu vida, que no haré tal cosa". David dijo a Urías: "Quédate aquí hoy todavía, y mañana te enviaré". Urías se quedó en Jerusalén aquel día. Al día siguiente David le invitó a comer y beber con él, y Urías se emborrachó; por la tarde salió a acostarse en su cama con los servidores de su señor, pero no fue a su casa. A la mañana siguiente David escribió una carta a Joab y se la mandó por Urías. Decía en ella: "Poned a Urías en el punto en que más recia sea la batalla; y después dejadle solo para que sea herido y muera". Joab, que estaba asediando la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que estaban los hombres más valientes. Los hombres de la ciudad hicieron una salida para atacar a Joab; cayeron muchos del ejército y de los servidores de David y murió también Urías, el hitita. Joab mandó informar a David sobre todos los detalles del combate. Al mensajero le dio esta orden: "Cuando hayas terminado de contar al rey todos los detalles del combate, si el rey monta en cólera y te dice: ¿Por qué os habéis acercado tanto a la ciudad para atacarla? ¿No sabíais que tiran desde lo alto de los muros? ¿Quién mató a Abimélec, hijo de Yerubaal? ¿No fue una mujer, que tiró sobre él desde lo alto de los muros una rueda de molino, y murió en Tebes? ¿Por qué os habéis acercado tanto a las murallas?, tú le dirás: También murió tu siervo Urías, el hitita". El mensajero partió, se presentó a David y le comunicó todo lo que Joab le había ordenado. Entonces David montó en cólera contra Joab y dijo al mensajero: "¿Por qué os habéis acercado tanto a la ciudad para atacarla? ¿No sabíais que tiran desde lo alto de los muros? ¿Quién mató a Abimélec, hijo de Yerubaal? ¿No fue una mujer que tiró sobre él desde lo alto de los muros una rueda de molino y murió en Tebes? ¿Por qué os habéis acercado tanto a las murallas?". El mensajero respondió a David: "Aquellos hombres tuvieron ventaja sobre nosotros; hicieron una salida contra nosotros al campo, y nosotros los rechazamos hasta la entrada de la puerta; pero los arqueros tiraron sobre tus siervos desde lo alto de los muros y murieron muchos siervos del rey, y tu siervo Urías, el hitita, murió también". Entonces David dijo al mensajero: "Dile a Joab que no se preocupe por este asunto, porque la espada unas veces devora a unos y otras veces a otros; que refuerce ataques contra la ciudad hasta destruirla. Y tú dale ánimo". Cuando la mujer de Urías supo que su esposo había muerto, le guardó luto. Una vez terminado el luto, David mandó a buscarla, la llevó a su casa y la tomó por mujer. Ella dio a luz un hijo. Pero esto que hizo David desagradó al Señor. El Señor envió al profeta Natán a ver a David. Se presentó a él y le dijo: "En la ciudad había dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico tenía ovejas y vacas en gran cantidad. El pobre no tenía nada; sólo una corderilla que había comprado. Él la había criado y había crecido con él y con sus hijos; comía de su pan, bebía de su vaso y dormía en su seno. La tenía como una hija. Llegó un huésped a casa del rico, y éste no quiso tomar de sus ovejas ni de sus bueyes para dar de comer al huésped. Robó la corderilla del hombre pobre y se la sirvió a su huésped". David montó en cólera contra aquel hombre y dijo a Natán: "Vive el Señor, que el que ha hecho tal cosa es digno de muerte, y pagará cuatro veces el valor de la corderilla por haber hecho esto y haber obrado sin piedad". Natán dijo a David: "¡Tú eres ese hombre! Esto dice el Señor, Dios de Israel: Yo te ungí por rey de Israel y te libré de las manos de Saúl; te he dado la casa de tu señor y puse en tus brazos las mujeres de tu señor, y te he dado la casa de Israel y de Judá, y, por si esto fuera poco, te añadiré todavía más. Entonces, ¿por qué has despreciado al Señor haciendo lo que le desagrada? Mataste con la espada a Urías, el hitita, y tomaste por esposa a su mujer. Tú lo mataste con la espada de los amonitas. Por eso, no se apartará nunca de tu casa la espada, por haberme despreciado y haber tomado por esposa a la mujer de Urías, el hitita. Esto dice el Señor: Yo haré surgir el mal de tu propia casa; tomaré ante tus propios ojos a tus mujeres y se las daré a tu prójimo, que se acostará con tus mujeres a plena luz del sol. Tú lo has hecho en secreto, pero yo lo haré a la vista de todo Israel y a plena luz del sol". David dijo a Natán: "He pecado contra el Señor". Entonces Natán dijo a David: "El Señor, por su parte, ha perdonado tu pecado. No morirás. Pero como has ofendido al Señor con este asunto, morirá el niño que te ha nacido". Y Natán se fue a su casa. El Señor hizo que el niño que la mujer de Urías había dado a David enfermara gravemente. David rogó a Dios por el niño: ayunó rigurosamente, se retiró y pasó la noche acostado en el suelo. Los ancianos de la casa le rogaron con insistencia que se levantara del suelo, pero él no quiso, ni tomó alimento alguno con ellos. Al séptimo día murió el niño. Los servidores de David tenían miedo de decírselo, pues pensaban: "Si, cuando el niño vivía, le hablábamos y no quiso escucharnos, ¿cómo le diremos que el niño ha muerto? Hará un desatino". David se dio cuenta de que sus servidores cuchicheaban entre sí y comprendió que el niño había muerto. David les preguntó: "¿Ha muerto el niño?". Le respondieron: "Sí, ha muerto". Entonces David se levantó del suelo, se bañó, se perfumó, cambió sus ropas, entró en el templo y adoró al Señor. Volvió a su casa, pidió que le sirviesen de comer y comió. Sus servidores le dijeron: "¿Qué es lo que haces? Cuando el niño vivía, ayunabas y llorabas, ¡y ahora que el niño ha muerto te levantas y comes!". Él respondió: "Cuando todavía vivía el niño, ayunaba y lloraba, porque me decía: ¡Quién sabe si el Señor tendrá piedad de mí y hará que el niño viva! Pero ahora que ha muerto, ¿para qué voy a ayunar? ¿Puedo yo volverle a la vida? Yo iré donde está él, pero él no volverá a mí". Después David consoló a Betsabé, su mujer; se unió a ella y le dio un hijo, al que llamó Salomón. El Señor lo amó, y mandó por medio del profeta Natán que le pusieran de sobrenombre Yedidías, en atención del Señor. Joab atacó a Rabá de los amonitas, se apoderó de la ciudad de las aguas y envió mensajeros a David para decirle: "He atacado a Rabá y me he apoderado de la ciudad de las aguas. Reúne el resto del ejército, ataca la ciudad y tómala, para que no sea yo quien la tome y se le imponga mi nombre". David reunió todo el ejército y partió para Rabá; la asaltó y la tomó. Quitó de la cabeza de Milcón la corona de oro, que pesaba treinta y cuatro kilos, y la piedra preciosa que había puesta en ella fue puesta en la corona de David. El botín que tomó de la ciudad fue inmenso. Se llevó cautivos a sus habitantes y los puso a trabajar con sierras, picos y hachas y a hacer ladrillos. Lo mismo hizo con las ciudades de los amonitas. David y todo su ejército volvieron a Jerusalén. Absalón, hijo de David, tenía una hermana que era muy bella. Se llamaba Tamar. Amnón, hijo de David, se enamoró de ella. Amnón andaba atormentado, hasta sentirse enfermo, por su hermana Tamar; pues siendo ella virgen, le resultaba difícil hacerle nada a ella. Amnón tenía un amigo que se llamaba Yonadab, hijo de Simá, hermano de David. Yonadab era un hombre muy hábil. Y le dijo: "¿Por qué estás cada día más macilento, hijo del rey? ¿No quieres explicármelo?". Amnón le respondió: "Es que estoy enamorado de Tamar, la hermana de mi hermano Absalón". Yonadab le dijo: "Acuéstate en tu cama y fíngete enfermo; y cuando venga tu padre a visitarte, le dirás: Que venga, por favor, mi hermana Tamar a darme de comer. Que ella prepare la comida delante de mí para que yo la vea y reciba el alimento de su mano". Amnón se acostó y se fingió enfermo. El rey vino a visitarle, y le dijo: "Que venga, por favor, mi hermana Tamar; que prepare dos tortas delante de mí, y yo las tomaré de su mano". David mandó a decir a Tamar: "Vete, por favor, a casa de tu hermano Amnón y prepárale algo de comer". Tamar fue a casa de su hermano Amnón. Él estaba acostado. Ella tomó harina, la amasó, preparó las tortas delante de él y las frió. Tomó la sartén y le presentó las tortas, pero él no quiso comerlas. Y dijo: "Que salgan todos de aquí". Cuando habían salido todos, Amnón dijo a Tamar: "Trae el plato a la alcoba para que yo coma de tu mano". Tamar tomó las tortas que había preparado y se las llevó a su hermano Amnón, a la alcoba. Ella se acercó a él para darle de comer. Entonces él la agarró con fuerza y le dijo: "Ven, acuéstate conmigo, hermana mía". Pero ella le respondió: "¡No, hermano mío! No me violentes, porque eso no se hace en Israel. No hagas esta insensatez. ¿Dónde iría yo con mi deshonra? Y tú serías considerado como un villano en Israel. Pídeselo al rey, que no se opondrá a que yo sea tuya". Pero él no quiso escucharla y, como era más fuerte que ella, la forzó y se acostó con ella. Después la aborreció con un odio extremo; de modo que el odio con el que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado, y le dijo: "¡Levántate! ¡Márchate!". Ella le dijo: "No, hermano mío; echarme sería peor que lo que me has hecho". Pero él no la quiso escuchar. Llamó al joven que le servía, y le dijo: "Echa a ésta de aquí, lejos de mí, y cierra la puerta". Llevaba una túnica talar y con mangas, pues así se vestían en otro tiempo las hijas del rey todavía vírgenes. El criado la echó y cerró la puerta tras ella. Entonces Tamar echó polvo en su cabeza, rasgó la túnica y con las manos en la cabeza se marchó gritando. Su hermano Absalón le dijo: "¿Ha estado contigo tu hermano Amnón? Por el momento, hermana mía, guarda silencio; es tu hermano. No tomes a pecho este asunto". Tamar se quedó, desolada, en casa de su hermano Absalón. Cuando el rey David lo supo, montó en cólera; pero no quiso contristar a su hijo Amnón, a quien amaba por ser su primogénito. Absalón no dirigió la palabra a Amnón, ni para bien ni para mal, pues lo odiaba por haber violado a su hermana Tamar. Al cabo de dos años, Absalón tenía los esquiladores en Baal Jasor, cerca de Efraín, e invitó a todos los hijos del rey. Absalón se presentó al rey y le dijo: "Mira, tu siervo está haciendo el esquileo. Que el rey y sus servidores se dignen venir a la casa de tu siervo". El rey respondió: "No, hijo mío, no iremos todos, por no serte gravosos". Absalón insistió; pero él no quiso ir, y lo bendijo. Absalón dijo: "Permite, al menos, que venga con nosotros mi hermano Amnón". El rey respondió: "¿Por qué ha de ir contigo?". Pero Absalón le insistió, y el rey dejó ir a Amnón y a todos los hijos del rey. Absalón había preparado un gran banquete, un banquete regio, y había dado órdenes a sus servidores: "Cuando Amnón esté alegre por el vino y yo os diga: ¡Golpead a Amnón!, matadlo. No temáis, porque os lo he mandado yo. Cobrad ánimo y sed valientes". Los servidores de Absalón hicieron con Amnón lo que Absalón les había ordenado. Entonces todos los hijos del rey montaron cada uno en su mulo y huyeron. Todavía estaban de camino, cuando llegó a David este rumor: "Absalón ha matado a todos los hijos del rey; no ha quedado ni uno solo". Entonces el rey se levantó, rasgó sus vestiduras y se echó por tierra. Y todos sus servidores que estaban con él rasgaron también sus vestiduras. Pero Yonadab, hijo de Simá, hermano de David, tomó la palabra y dijo: "No crea mi señor que han matado a todos los jóvenes, hijos del rey. Sólo ha muerto Amnón, pues era cosa decidida por Absalón desde el día en que Amnón violó a Tamar, su hermana; que mi señor, el rey, no se haga la idea de que han muerto todos los hijos del rey, porque solamente ha muerto Amnón". Entonces Absalón huyó. El centinela levantó la vista y vio que venía mucha gente por el camino de Bajurín, del lado de la montaña. Yonadab dijo al rey: "Son los hijos del rey que vienen; es lo que había dicho tu siervo". Apenas terminó él de hablar, cuando llegaron los hijos del rey, que se pusieron a llorar a voz en grito. También el rey y sus servidores lloraron con gran llanto. Absalón huyó y se fue con Talmay, hijo de Amijud, rey de Guesur. El rey lloraba todos los días por su hijo. Absalón permaneció allí tres años. Entretanto cesó la indignación del rey contra Absalón, porque ya se había consolado de la muerte de Amnón. Joab, hijo de Sarvia, se dio cuenta de que el corazón del rey se había inclinado hacia Absalón. Entonces Joab mandó a buscar a Técoa una mujer hábil y le dijo: "Finge que estás de luto y ponte vestidos de luto; no te perfumes, de modo que parezcas una mujer que, desde hace tiempo, lleva luto por un muerto. Te presentas al rey y le dices esto". Y Joab le indicó lo que ella tenía que decir. La mujer de Técoa se presentó, pues, al rey, y se postró rostro en tierra. Después dijo: "¡Ayúdame, oh rey!". El rey le dijo: "¿Qué tienes?". Ella respondió: "Soy una mujer viuda. Murió mi marido, y tu sierva tenía dos hijos. Riñeron los dos en el campo y, no habiendo quien los separara, el uno golpeó al otro y lo mató. Y ahora todo el clan se levanta contra tu sierva y dice: Entréganos al que mató a su hermano y le daremos muerte por la vida de su hermano, a quien mató, y acabaremos al mismo tiempo con el heredero. Y quieren apagar así la chispa que me queda, para no dejar a mi marido ni nombre ni descendencia sobre la faz de la tierra". Él dijo a la mujer: "Vete a tu casa; yo daré las órdenes respecto a ti". La mujer dijo al rey: "Que la culpa, oh rey mi señor, caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre; que el rey y su trono sean inocentes". El rey respondió: "Si alguno te inquieta, tráelo aquí, y no volverá a molestarte". Ella dijo: "Que el rey se digne pronunciar el nombre del Señor, su Dios, para que el vengador de sangre no aumente mi desgracia y no maten a mi hijo". Él respondió: "Vive el Señor, que no caerá en tierra ni un pelo de tu hijo". La mujer añadió: "Permite a tu sierva que diga todavía una palabra a mi señor, el rey". El rey dijo: "Habla". Entonces la mujer dijo: "¿Por qué piensas tú de este modo contra el pueblo de Dios? El rey se hace culpable por las palabras que acaba de pronunciar, si no hace que vuelva el que ha huido de él. Porque todos morimos y somos como agua derramada en tierra y que no puede recogerse. Dios no quita la vida, ni quiere que el fugitivo esté exiliado lejos de él. Si he venido a hablar al rey de este asunto, ha sido porque el pueblo me ha atemorizado; y entonces tu sierva se dijo: yo hablaré al rey, pues tal vez haga lo que su sierva le indique; pues el rey accederá a librar a su sierva de la mano del hombre que intenta extirparme, juntamente con mi hijo, de la herencia de Dios. Tu sierva se dijo: La palabra del rey, mi señor, servirá para tranquilizarnos; pues mi señor, el rey, es como un ángel de Dios para comprender el bien y el mal. Que el Señor, tu Dios, esté contigo". Entonces el rey dijo a la mujer: "Te pido que no me ocultes nada de cuanto voy a preguntarte". La mujer respondió: "Hable mi señor, el rey". El rey le preguntó: "¿No está contigo la mano de Joab en todo este asunto?". La mujer respondió: "Por tu vida, que no se desvía a la derecha o a la izquierda nada de cuanto dice mi señor, el rey: Tu mismo siervo Joab es quien me ha mandado y me ha indicado todo lo que tenía que decirte. Tu siervo Joab ha obrado de este modo para dar otro aspecto al asunto. Pero mi señor es sabio con la sabiduría del ángel de Dios, y sabe cuanto pasa en la tierra". Entonces el rey dijo a Joab: "¡Muy bien!, voy a hacer lo que has dicho: Vete y haz que vuelva el joven Absalón". Joab se postró rostro en tierra, y bendijo al rey, diciendo: "Hoy sé que cuento con tu favor, oh rey, mi señor, pues has cumplido el deseo de tu siervo". Joab se puso en marcha, fue a Guesur, y trajo a Absalón a Jerusalén. Pero el rey dijo: "Que se vaya a su casa y que no se presente ante mí". Absalón se fue a su casa y no se presentó ante el rey. No había en todo Israel un hombre que fuese tan celebrado por su belleza como Absalón. Desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza no había defecto alguno en él. Cuando se cortaba el pelo, y lo hacía cada año, pues le pesaba tanto que tenía que cortárselo, el pelo de su cabeza pesaba dos kilos y medio, peso de rey. Absalón tuvo tres hijos y una hija, que se llamaba Tamar, y era muy bella. Absalón vivió dos años en Jerusalén sin ver al rey. Absalón mandó recado a Joab para que fuera a ver al rey de parte suya, pero Joab no quiso ir. Le mandó por segunda vez, y tampoco quiso ir. Entonces dijo a sus siervos: "Conocéis el campo de Joab, que está junto al mío y en el que tiene cebada; id y prendedle fuego". Y los siervos de Absalón prendieron fuego al campo. Entonces Joab se presentó a Absalón en su casa y le dijo: "¿Por qué tus siervos han prendido fuego a mi campo?". Absalón le respondió: "Te he mandado a decir que vinieses para enviarte al rey con este mensaje: ¿Para qué he venido de Guesur? Me hubiera sido mejor estar todavía allí. Quiero ver al rey; y, si tengo culpa, que me mate". Joab se presentó al rey y se lo comunicó. Entonces el rey llamó a Absalón. Absalón se presentó y se postró rostro en tierra ante el rey. Y el rey besó a Absalón. Después de esto, Absalón se procuró un carro y caballos y una guardia de cincuenta hombres. Absalón se levantaba pronto, se ponía junto al camino que lleva a la puerta y, cuando un hombre tenía un pleito que le llevaba ante el rey para el juicio, le llamaba y le decía: "¿De qué ciudad eres?". Él respondía: "Tu servidor es de tal tribu de Israel". Absalón le decía: "Mira, tu causa es buena y justa; pero no hay quien te escuche de parte del rey". Y continuaba: "¡Quién me constituyese juez en el país, para que todos los que tuviesen un juicio o un pleito viniesen a mí y yo les hiciese justicia!". Y cuando alguien se acercaba a él para postrarse ante él, le tendía la mano, lo abrazaba y lo besaba. Así procedía Absalón con todos los israelitas que venían a pedir justicia al rey, y así ganaba el corazón de los israelitas. Al cabo de cuatro años, Absalón dijo al rey: "Permíteme que vaya a Hebrón a cumplir un voto que hice al Señor; pues cuando estaba en Guesur, en Arán, hice este voto: Si el Señor me permite volver a Jerusalén, ofreceré al Señor un sacrificio en Hebrón". El rey le respondió: "Vete en paz". Entonces Absalón partió para Hebrón. Absalón mandó mensajeros a todas las tribus de Israel, para decirles: "Cuando oigáis el sonido de la trompeta, gritaréis: Absalón reina en Hebrón". De Jerusalén habían ido con Absalón doscientos hombres invitados por él, que iban de buena fe, sin saber nada. Absalón mandó a buscar a su propia ciudad de Guiló a Ajitófel, guilonita, consejero de David, que estuvo con él mientras ofrecía el sacrificio. La conjuración se hizo fuerte y los partidarios de Absalón iban aumentando. Uno fue a informar a David: "El corazón de toda la gente de Israel se va tras Absalón". Entonces dijo David a todos sus servidores que estaban con él en Jerusalén: "Levantaos y huyamos, porque no podremos escapar de Absalón. Daos prisa a salir, no sea que venga a toda prisa, nos sorprenda, haga caer sobre nosotros el mal y pase la ciudad a filo de espada". Ellos contestaron: "Estamos a tus órdenes, haremos lo que mandes", y salió el rey y toda su casa detrás de él; pero el rey dejó diez concubinas para guardar la casa, y se detuvo en la última casa. Todos sus servidores estaban a su lado. Todos los quereteos, los peleteos y los hititas que le habían seguido desde Gat, seiscientos hombres, marchaban delante del rey. El rey dijo a Itay, el de Gat: "¿Por qué vienes tú también con nosotros? Vuélvete y quédate con el rey, porque tú eres extranjero y también tú estás exiliado lejos de tu país. Llegaste ayer, y ¿te haré andar errante con nosotros hoy, sin saber yo mismo dónde voy? Vuélvete y lleva contigo a tus hermanos, y que el Señor tenga contigo misericordia y fidelidad". Itay respondió al rey: "Vive el Señor y vive mi señor, el rey, que en el lugar donde esté mi señor, el rey, para la muerte o para la vida, allí estará tu siervo". David dijo a Itay: "Anda, pasa". E Itay de Gat pasó con todos sus hombres y toda su familia que estaba con él. Todo el mundo lloraba a voz en grito. El rey estaba de pie en el torrente Cedrón, y todo el pueblo desfiló delante de él por el camino que lleva al desierto. Iba también Sadoc con todos los levitas, que llevaban el arca de la alianza de Dios; y colocaron el arca de Dios junto a Abiatar, hasta que todo el pueblo terminó de salir de la ciudad. Entonces el rey dijo a Sadoc: "Vuelve el arca de Dios a la ciudad. Si el Señor me favorece, él me hará volver para ver el arca y su santuario. Pero si dice que no le agrado, aquí me tiene; que haga conmigo lo que quiera". El rey dijo al sacerdote Sadoc: "Mira, tú y Abiatar volved en paz a la ciudad. Y que vuelva con vosotros Ajimás, tu hijo, y Jonatán, hijo de Abiatar; yo esperaré en la estepa del desierto hasta que me llegue alguna noticia de vosotros". Sadoc y Abiatar volvieron con el arca de Dios a Jerusalén y se quedaron allí. David subía la pendiente de los olivos; subía llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos, y todo el pueblo que le acompañaba iba también con la cabeza cubierta y llorando. Cuando comunicaron a David que Ajitófel estaba con Absalón, entre los conjurados, dijo: "¡Te suplico, Señor, que hagas fracasar los planes de Ajitófel!". Al llegar David a la cumbre, donde se adora a Dios, le salió al encuentro Jusay, el arquita, con los vestidos desgarrados y polvo sobre su cabeza. David le dijo: "Si vienes conmigo, me serás una carga; pero si vuelves a la ciudad y dices a Absalón: Yo seré tu siervo, oh rey, mi señor; antes servía a tu padre, pero ahora te serviré a ti, harás fracasar los planes de Ajitófel. ¿No están allí contigo los sacerdotes Sadoc y Abiatar? Todo lo que oigas en el palacio real, se lo comunicarás a los sacerdotes Sadoc y Abiatar. Mira, están allí con ellos sus dos hijos: Ajimás, hijo de Sadoc, y Jonatán, hijo de Abiatar. Por medio de ellos me comunicaréis todo lo que sepáis". Jusay, amigo de David, entró en la ciudad cuando Absalón llegaba a Jerusalén. Apenas había David traspasado la cumbre, cuando Sibá, el servidor de Meribaal le salió al encuentro con dos asnos aparejados, que llevaban doscientos panes, cien racimos de uvas pasas, cien frutos del tiempo y un odre de vino. El rey preguntó a Sibá: "¿Qué quieres hacer con esto?". Sibá respondió: "Los asnos son para la familia del rey, para que monte en ellos; el pan y el fruto del tiempo, para que coman los muchachos, y el vino, para dar de beber al que esté fatigado en el desierto". El rey le preguntó: "¿Dónde está el hijo de tu señor?". Sibá contestó al rey: "Se ha quedado en Jerusalén, porque se dijo: Hoy me devolverá la casa de Israel el reino de mi padre". Entonces el rey dijo a Sibá: "Todo lo que pertenecía a Meribaal será tuyo". Y Sibá contestó: "A tus pies, gracias por el favor que me haces". Cuando el rey David llegó a Bajurín, salió de allí un hombre del mismo clan de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Salía profiriendo maldiciones. Y tiraba piedras a David y a todos sus servidores, aunque todo el ejército y los valientes estaban a la derecha y a la izquierda del rey. Semeí profería estos insultos: "¡Vete, vete, hombre sanguinario y perverso! El Señor ha hecho caer sobre ti toda la sangre de la casa de Saúl, a quien has usurpado el trono, y ha puesto el trono en manos de Absalón, tu hijo. Tú estás en la desgracia que mereces, porque eres un hombre sanguinario". Abisay, hijo de Sarvia, dijo al rey: "¿Por qué insulta este perro muerto al rey, mi señor? Déjame que vaya y le corte la cabeza". El rey dijo: "Esto no os importa a vosotros, hijos de Sarvia. Si el Señor le ha ordenado que me maldiga, nadie podrá pedirle cuentas". David dijo a Abisay y a todos sus servidores: "Mirad, si mi hijo, salido de mis entrañas, busca mi vida, con mayor razón lo hará este hijo de Benjamín. Dejadle maldecir, si se lo ha ordenado el Señor. Tal vez el Señor vea mi aflicción y me devuelva bien en lugar de esta maldición de hoy". David y sus hombres continuaron su camino, mientras Semeí iba por la falda del monte, frente a ellos; le insultaba, tiraba piedras y levantaba polvo. El rey y todo el pueblo que estaba con él llegaron extenuados y allí descansaron. Absalón entró en Jerusalén con todos los hombres de Israel. Ajitófel estaba con él. Jusay, el arquita, amigo de David, llegó junto a Absalón, y le dijo: "¡Viva el rey! ¡Viva el rey!". Absalón dijo a Jusay: "¿Es éste el afecto que tienes a tu amigo? ¿Por qué no fuiste con tu amigo?". Jusay le respondió: "No, yo quiero estar y quedarme con aquel a quien ha elegido el Señor, todo este pueblo y toda la gente de Israel. En segundo lugar, ¿a quién me pongo a servir? ¿No es a su hijo? Como estuve al servicio de tu padre, así estaré a tu servicio". Absalón dijo a Ajitófel: "Celebrad consejo sobre lo que debemos hacer". Ajitófel respondió a Absalón: "Acuéstate con las concubinas de tu padre que él dejó para guardar el palacio; así sabrá todo Israel que te has hecho odioso a tu padre y se fortalecerán las manos de todos los que te siguen". Plantaron en la terraza una tienda de campaña para Absalón, y Absalón se acostó con las concubinas de su padre a la vista de todo Israel. En aquellos días el consejo que daba Ajitófel era considerado como un oráculo de Dios. Así eran considerados todos los consejos de Ajitófel, tanto los que daba a David como los que daba a Absalón. Ajitófel dijo a Absalón: "Déjame elegir doce mil hombres para ir en persecución de David esta noche. Caeré sobre él cuando esté cansado y sin fuerzas, y le atemorizaré. Todo el pueblo que está con él se dará a la fuga, y mataré solamente al rey. Haré venir a ti a todo el pueblo, como la prometida viene a su esposo; y con la vida de un solo hombre, a quien tú buscas, todo el pueblo será salvo". La proposición agradó a Absalón y a todos los ancianos de Israel. Pero Absalón dijo: "Llamad también a Jusay, el arquita, para saber lo que él dice". Jusay se presentó, y Absalón le dijo: "Ajitófel ha hecho esta proposición. ¿Debemos hacer lo que él ha dicho? ¿Qué te parece?". Jusay le contestó: "No es bueno el consejo que Ajitófel ha dado esta vez". Y añadió: "Tú conoces a tu padre y a sus hombres; son valientes y están furiosos como una osa a la que se ha quitado la cría en el campo. Tu padre es un guerrero y no pasará la noche con el pueblo. Seguro que ahora estará escondido en una cueva o en cualquier otro lugar. Si al principio cae alguno de los nuestros, se esparcirá el rumor de un desastre en los seguidores de Absalón. Y entonces, aun el más valiente, el que tiene el corazón semejante al del león, perdería el ánimo; porque todo Israel sabe que tu padre es un valiente y que los que están con él son también valientes. Yo más bien aconsejo que todo Israel, desde Dan hasta Berseba, se reúna en torno a ti, tan numeroso como las arenas que hay a orillas del mar, y que tú mismo en persona vayas con ellos. Llegaremos al lugar en que se encuentre y caeremos sobre él como cae el rocío sobre la tierra, y no dejaremos con vida ni a él ni a uno solo de los hombres que le acompañan. Si se retira a una ciudad, todo Israel llevará cuerdas a esta ciudad y la arrastraremos al torrente, hasta que no quede en ella ni una piedra". Absalón y todos los israelitas dijeron: "El consejo de Jusay, el arquita, es mejor que el de Ajitófel". El Señor había decidido traer la ruina sobre Absalón. Jusay dijo a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: "Ajitófel ha dado tal y tal consejo a Absalón y a los ancianos de Israel; yo, sin embargo, les he dado este otro. Mandad rápidamente a comunicárselo a David y a decirle que no pase la noche en las llanuras del desierto; que pase enseguida al otro lado, para que no sea exterminado él y todos los que le acompañan". Jonatán y Ajimás estaban junto a la fuente de Roguel. Una sirvienta iba a llevarles las noticias para que fuesen ellos a informar al rey David, pues para no dejarse ver, no entraban en la ciudad. Pero les vio un joven y se lo comunicó a Absalón. Entonces los dos, caminando de prisa, llegaron a Bajurín, a casa de un hombre que tenía una cisterna en el patio, y allí se metieron. La mujer tomó una manta, la extendió sobre la boca de la cisterna y esparció sobre ella grano molido, de suerte que no se notaba nada. Llegaron los servidores de Absalón, entraron en la casa de la mujer y le preguntaron: "¿Dónde están Ajimás y Jonatán?". La mujer les contestó: "Pasaron en dirección al río". Los buscaron y, al no encontrarlos, se volvieron a Jerusalén. Cuando ya se habían ido, salieron de la cisterna, fueron a informar a David y le dijeron: "Poneos en marcha y pasad rápidamente el río, porque éste es el consejo que ha dado Ajitófel contra vosotros". David y todo el pueblo que le acompañaba se pusieron en marcha y pasaron el Jordán, de modo que al amanecer no quedaba ninguno que no hubiese pasado el Jordán. Ajitófel, viendo que no se seguía su consejo, aparejó su asno y se fue a su casa, en su ciudad; puso todo en orden y se ahorcó. Así murió, y fue sepultado en el sepulcro de su padre. David había llegado a Majanayín cuando Absalón pasó el Jordán con todos los israelitas que le acompañaban. Absalón había puesto a la cabeza del ejército a Amasá, en lugar de Joab. Amasá era hijo de un hombre llamado Yitrá, el ismaelita, que se había unido a Aigaíl, hija de Jesé y hermana de Sarvia, la madre de Joab. Israel y Absalón pusieron el campamento en la tierra de Galaad. Cuando David llegó a Majanayín, Sobí, hijo de Najás, de Rabá de los amonitas, y Maquir, hijo de Amiel, de Lodebar, y Barzilay, el galaadita de Roguelín, trajeron camas, mantas, copas y vasos de barro, trigo, cebada, harina, grano tostado, habas, lentejas, miel, manteca y queso, carneros y toros, que ofrecieron a David y a su gente para que comieran; porque se dijeron: "El pueblo ha sufrido hambre, fatiga y sed en el desierto". David pasó revista al ejército que le acompañaba, y puso al frente de ellos jefes de millar y de centena. Dividió el ejército en tres cuerpos. Dio el mando de un tercio a Joab; de otro tercio, a Abisay, hijo de Sarvia, hermano de Joab, y de otro a Itay de Gat. Después dijo al ejército: "Yo iré también con vosotros a la guerra". El ejército respondió: "No, tú no debes ir, porque si nosotros nos damos a la fuga, nadie se fijaría en nosotros; pero tú eres como diez mil hombres entre nosotros. Y es mejor que te quedes en la ciudad para venir a socorrernos". El rey les dijo: "Haré lo que os parezca". El rey se puso en pie junto a la puerta, mientras salía el ejército por grupos de ciento y de mil. El rey dio a Joab, a Abisay y a Itay la orden siguiente: "Respetad, por consideración a mí, al joven Absalón". Y todo el pueblo supo que el rey había dado esta orden sobre Absalón a todos los jefes. El ejército salió al campo, al encuentro de Israel, y la batalla tuvo lugar en el monte de Efraín. El pueblo de Israel fue derrotado por los servidores de David, y aquel día fue grande la derrota: murieron veinte mil hombres. La batalla se extendió por toda la región, y aquel día el bosque causó más muertes que la espada. Absalón se encontró frente a frente con los hombres de David. Absalón iba montado en un mulo, y, al pasar por debajo de las ramas de una gran encina, la cabeza de Absalón se enredó en las ramas de la encina y quedó colgado entre el cielo y la tierra. El mulo siguió adelante. Lo vio uno y fue a decírselo a Joab: "He visto a Absalón colgado en una encina". Joab le contestó: "Si lo has visto, ¿por qué no lo has matado y tirado al suelo? Yo te hubiera dado diez monedas de plata y un cinturón". Pero el hombre respondió a Joab: "Aunque me dieras mil monedas de plata, no pondría mi mano sobre el hijo del rey; porque llegó a nuestros oídos la orden que te dio el rey, lo mismo que a Abisay y a Itay, de que se respetara al joven Absalón. Si yo hubiese atentado a ocultas contra su vida, como al rey nada se le oculta, tú te habrías quedado al margen". Joab respondió: "No quiero perder el tiempo contigo". Agarró tres dardos y los clavó en el corazón de Absalón, que todavía estaba vivo en la encina. Después llegaron diez jóvenes, escuderos de Joab, y lo remataron. Entonces Joab mandó tocar la trompeta, y el ejército cesó de perseguir a Israel, porque Joab lo detuvo. Tomaron a Absalón y lo echaron en una gran fosa en el bosque, y pusieron sobre él un gran montón de piedras. Todos los israelitas habían huido, cada uno a su tienda. Absalón, cuando todavía vivía, se había erigido un monumento en el Valle del Rey, porque pensaba: "Yo no tengo hijos para conservar el recuerdo de mi nombre". Y había puesto su nombre al monumento. Todavía hoy se llama "el monumento de Absalón". Ajimás, hijo de Sadoc, dijo "Déjame ir corriendo a dar al rey esta buena nueva de que el Señor le ha hecho justicia, librándolo de las manos de sus enemigos". Joab le respondió: "No serás tú hoy el portador de la buena nueva; lo serás otro día; pero hoy no llevarás una buena nueva, porque ha muerto el hijo del rey". Y Joab dijo al cusita: "Vete y comunica al rey lo que has visto". El cusita hizo una inclinación de cabeza ante Joab y partió corriendo. Ajimás, hijo de Sadoc, volvió a decir a Joab: "Ocurra lo que ocurra, déjame que corra también yo tras el cusita". Joab le dijo: "¿Por qué quieres correr, hijo mío? No encontrarás recompensa alguna". Él prosiguió: "Ocurra lo que ocurra, yo voy corriendo". Joab le dijo: "Pues, ¡hala!, corre". Ajimás corrió por el camino de la llanura y adelantó al cusita. David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió a la terraza de la puerta, sobre el muro, alzó la vista, vio a un hombre que venía corriendo solo y se lo anunció al rey. El rey dijo: "Si viene solo, es que trae buenas noticias". Mientras él iba acercándose, el centinela vio a otro hombre que venía corriendo, y el centinela que estaba sobre la puerta gritó: "Otro hombre que viene corriendo solo". Y el rey dijo: "También éste trae buenas noticias". El centinela dijo: "El modo de correr del primero me parece el modo de correr de Ajimás, hijo de Sadoc". El rey contestó: "Es un hombre bueno; viene para traer buenas noticias". Ajimás se acercó y dijo al rey: "Salud". Se postró ante el rey rostro en tierra, y prosiguió: "Bendito sea el Señor, tu Dios, que ha entregado a los hombres que levantaban su mano contra mi señor, el rey". El rey preguntó: "¿Está bien el joven Absalón?". Ajimás respondió: "Yo vi un gran alboroto en el momento que Joab enviaba a tu siervo, pero no sé lo que era". El rey dijo: "Retírate y quédate aquí". Él se hizo a un lado y se quedó allí. Entonces llegó el cusita y dijo: "Reciba mi señor, el rey, estas buenas noticias. El Señor te ha hecho justicia librándote de todos aquellos que se habían levantado contra ti". El rey preguntó al cusita: "¿Está bien el joven Absalón?". El cusita contestó: "¡Que corran la suerte de ese joven los enemigos de mi señor, el rey, y todos los que se han levantado contra ti para el mal!". - - - El rey se conmovió, subió a la habitación de encima de la puerta y se puso a llorar. Y decía sollozando: "¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!". Dijeron a Joab que el rey lloraba y se lamentaba por Absalón. Y aquel día la victoria se cambió en luto para todo el ejército, porque aquel día el ejército supo que el rey estaba afligido por su hijo. Por eso aquel día las tropas entraron furtivamente en la ciudad, como entra la gente avergonzada de haber huido en la batalla. El rey se había cubierto el rostro y daba grandes gritos: "¡Hijo mío, Absalón! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!". Joab se presentó al rey, en su casa, y le dijo: "Hoy cubres de vergüenza a tus siervos, que han salvado hoy tu vida, la vida de tus hijos y de tus hijas, la de tus mujeres y tus concubinas, amando a quien te odia y odiando a quien te ama. Hoy has demostrado bien que nada te importan ni los jefes ni los soldados; porque bien sé que, si viviese Absalón y todos nosotros hubiésemos muerto, entonces estarías contento. Levántate, sal y habla al corazón de tus soldados; porque te juro por el Señor que, si no sales, no quedará contigo esta noche ni un solo hombre, y esto sería para ti el mayor de todos los males que hayan venido sobre ti desde tu juventud hasta hoy". Entonces el rey se levantó y fue a sentarse a la puerta. Se informó a todo el ejército de que el rey estaba sentado a la puerta. Y todo el ejército se presentó ante el rey. Los de Israel habían huido cada uno a su tienda. Toda la gente, en todas las tribus de Israel, discutía en estos términos: "El rey nos ha salvado del poder de nuestros enemigos; él nos ha librado del poder de los filisteos y ahora ha tenido que huir del país a causa de Absalón. Ahora bien, Absalón, a quien habíamos ungido sobre nosotros, ha muerto en la batalla. Entonces, ¿por qué no hacéis algo para que vuelva el rey?". Esto que se decía en todo Israel llegó a oídos del rey. Entonces David mandó decir a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: "Decid a los ancianos de Judá: ¿Por qué sois vosotros los últimos en hacer que el rey vuelva a su palacio? Vosotros sois mis hermanos, hueso mío y carne mía. ¿Por qué sois los últimos en hacer que vuelva el rey? Y a Amasá le diréis: ¿No eres tú hueso mío y carne mía? Que Dios me castigue si no te hago jefe de mi ejército para siempre en lugar de Joab". Entonces se unieron todos los de Judá como un solo hombre y enviaron a decir al rey: "Vuelve tú y todos tus servidores". El rey volvió y llegó al Jordán. Judá venía a Guilgal para ir al encuentro del rey y ayudarle a pasar el Jordán. Semeí, hijo de Guerá, el benjaminita de Bajurín, se apresuró a bajar también con los hombres de Judá al encuentro del rey David. Llevaba consigo mil hombres de Benjamín. Sibá, el servidor de la casa de Saúl, con sus quince hijos y veinte siervos, se adelantaron al rey en el Jordán, pasaron al otro lado y lo dispusieron todo para ayudar a pasar a la familia del rey y hacer lo que quisiera. Semeí, hijo de Guerá, se arrojó a los pies del rey cuando iba a pasar el Jordán, y le dijo: "¡Que mi señor no me tenga en cuenta la falta y que no recuerde el delito que cometió tu siervo el día en que mi señor, el rey, salía de Jerusalén! Que el rey no lo tome a pecho. Porque tu siervo reconoce que ha pecado, y por eso he venido el primero de toda la casa de José para bajar al encuentro de mi señor, el rey". Abisay, hijo de Sarvia, dijo: "¿Es que no va a morir Semeí, que maldijo al ungido del Señor?". Y David respondió: "¿Qué os importa a vosotros, hijos de Sarvia, para que os convirtáis hoy en mis adversarios? ¿Es que va a morir hoy alguno en Israel? ¿Quizá no me doy cuenta de que hoy me constituyo en el rey de Israel?". Y el rey dijo a Semeí: "No morirás". Y el rey se lo juró. Meribaal, hijo de Saúl, fue también a recibir al rey. No se había lavado los pies y las manos, no se había arreglado el bigote ni se había lavado sus vestidos desde el día en que se había ido el rey hasta que volvió en paz. Cuando llegó de Jerusalén ante el rey, éste le preguntó: "¿Por qué no viniste conmigo, Meribaal?". Él respondió: "Mi señor, el rey; mi servidor me engañó, pues tu siervo le dijo: Aparéjame el asno para montar en él e ir con el rey; porque tu siervo es cojo. Él calumnió a tu siervo ante mi señor, el rey. Pero mi señor, el rey, es como el ángel de Dios; haz lo que quieras. Porque toda la familia de mi padre es merecedora de la muerte por parte de mi señor, el rey; y, sin embargo, tú has admitido a tu siervo entre los que comen a tu mesa. ¿Qué derecho puedo tener yo para implorar todavía al rey?". El rey le dijo: "¿Para qué tantas palabras? He decidido que tú y Sibá os repartáis las tierras". Meribaal dijo al rey: "Puede quedarse él con todas, que mi señor, el rey, ha vuelto en paz a su palacio". Barzilay, el galaadita, fue también a Roguelín y continuó con el rey para guiarle hasta el Jordán. Barzilay era muy viejo. Tenía ochenta años. Él había provisto al rey durante su permanencia en Majanayín, pues era un hombre muy rico. El rey dijo a Barzilay: "Ven conmigo, y yo te proveeré en las necesidades de tu vejez junto a mí, en Jerusalén". Pero Barzilay dijo al rey: "¿Cuántos años me quedan de vida para ir con el rey a Jerusalén? Tengo ahora ochenta años. ¿Puedo distinguir todavía entre el bien y el mal? ¿Puede saborear tu siervo lo que come y lo que bebe? ¿Puedo escuchar todavía la voz de los cantores y cantoras? ¿Por qué va a ser tu siervo una carga para mi señor, el rey? Tu siervo hace bien poca cosa con acompañar al rey hasta pasar el Jordán; ¿por qué me concede el rey tal recompensa? Déjame volver a mi ciudad para morir allí, junto al sepulcro de mis padres. Mi hijo Quimán, tu siervo, que continúe con mi señor, el rey, y haz con él lo que bien te parezca". El rey contestó: "Pues que venga conmigo Quimán, y yo haré con él lo que quieras; te concederé todo lo que me pidas". Todo el pueblo pasó el Jordán; el rey pasó también. El rey besó a Barzilay y le bendijo, y éste se volvió a su casa. El rey pasó a Guilgal, y Quimán continuó con él. Todo el pueblo de Judá y la mitad del pueblo de Israel acompañaban al rey en la travesía. Todos los israelitas fueron a decir al rey: "¿Por qué te han acaparado nuestros hermanos de Judá, para hacer pasar el Jordán al rey, a su familia y a todos sus hombres?". Los hombres de Judá respondieron a los de Israel: "Porque el rey es mi pariente. ¿Por qué te irritas por esto? ¿Acaso hemos comido nosotros a expensas del rey o nos ha hecho regalos?". Se encontraba allí un hombre perverso, llamado Sebá, hijo de Bicrí, un benjaminita, que tocó la trompeta y dijo: "Nosotros no tenemos parte con David, nosotros no tenemos herencia con el hijo de Jesé. ¡Cada uno a sus tiendas, Israel!". Los hombres de Israel, abandonando a David, se fueron con Bicrí; pero los de Judá siguieron a su rey, desde el Jordán hasta Jerusalén. David entró en su palacio, en Jerusalén. Y el rey tomó a las diez concubinas que había dejado para guardar el palacio y las puso bajo su guardia. Él proveyó a su sustento, pero no volvió a tener relaciones con ellas, y estuvieron encerradas, como viudas, hasta el día de su muerte. El rey dijo a Amasá: "Convócame a los hombres de Judá en el plazo de tres días. Tú estarás también aquí". Amasá fue a congregar a los de Judá, pero tardó más del tiempo señalado. Entonces David dijo a Abisay: "Ahora Sebá, hijo de Bicrí, nos hará más daño que Absalón. Toma contigo a los servidores de tu señor y persíguelo, para que no alcance las ciudades fuertes y se nos escape". Con Abisay salieron a campaña Joab, los quereteos, los peleteos y todos los valientes; salieron de Jerusalén para perseguir a Sebá, hijo de Bicrí. Cuando estaban junto a la gran piedra que hay en Gabaón, llegó Amasá frente a ellos. Joab iba vestido con uniforme militar y llevaba al costado una espada envainada. La espada se le salió y se cayó. Joab preguntó a Amasá: "¿Estás bien, hermano mío?". Y con la mano derecha le agarró de la barba, como para besarle. Amasá no se fijó en la espada que Joab tenía en la mano, y éste se la clavó en el vientre, esparció sus entrañas en la tierra y, sin repetirle el golpe, murió. Entonces Joab y su hermano Abisay salieron en persecución de Sebá, hijo de Bicrí. Uno de los soldados de Joab se quedó junto a Amasá y gritó: "El que esté por Joab y por David, que siga a Joab". Amasá, bañado en sangre, yacía en medio del camino. Aquel hombre, viendo que todo el mundo se detenía, apartó a Amasá del camino y lo tapó con una capa, porque veía que todos los que llegaban se detenían junto a él. Una vez apartado del camino, todos siguieron a Joab en persecución de Sebá, hijo de Bicrí. Sebá recorrió todas las tribus de Israel y llegó a Abel Bet Maacá; todos los bicritas se reunieron y le siguieron. Los de Joab llegaron y lo asediaron en Abel Bet Maacá. Levantaron un terraplén contra la ciudad, y todo el ejército que seguía a Joab hacía minas para hacer caer la muralla. Entonces una mujer, avisada, comenzó a gritar desde la ciudad: "¡Escuchad! ¡Escuchad! Decid a Joab que venga; que quiero hablar con él". Joab fue, y ella le preguntó: "¿Eres tú Joab?". Él respondió: "Sí". Ella le dijo: "Escucha las palabras de tu sierva". Él contestó: "Escucho". Ella dijo: "En otro tiempo había la costumbre de decir: Para consultar, que se consulte en Abel y en Dan; y todo se arreglaba así. Nuestra ciudad es de las ciudades pacíficas, fieles e importantes de Israel, y tú intentas destruirla. ¿Por qué quieres destruir la heredad del Señor?". Joab respondió: "¡Lejos, lejos de mí! Yo no quiero destruir ni devastar. No es eso, sino que un hombre de la montaña de Efraín, llamado Sebá, hijo de Bicrí, ha levantado su mano contra el rey David. Entregádmelo a él solo, y yo me alejaré de la ciudad". La mujer le dijo: "Mira, te tiraremos su cabeza por encima de la muralla". La mujer, con su sabiduría, convenció a toda la ciudad, cortaron la cabeza a Sebá, hijo de Bicrí, y se la tiraron a Joab. Éste hizo sonar la trompeta y se alejaron de la ciudad, cada cual a su casa. Joab volvió a Jerusalén junto al rey. Joab mandaba todo el ejército de Israel; Benayas, hijo de Yehoyadá, mandaba a los quereteos y peleteos; Adorán era el inspector de las prestaciones personales, y Josafat, hijo de Ajilud, cronista. Susa era secretario, y Sadoc y Abiatar, sacerdotes. Ira, de Yaír, era también sacerdote de David. En tiempos de David hubo una gran hambre durante tres años consecutivos. David consultó al Señor, y el Señor le dijo: "Hay sangre sobre Saúl y sobre su casa, porque él mató a los gabaonitas". Entonces el rey convocó a los gabaonitas y les habló (los gabaonitas no eran israelitas, sino un resto de los amorreos; pero los israelitas estaban ligados a ellos con juramento y, sin embargo, Saúl había intentado exterminarlos en su celo por Israel y Judá). David dijo a los gabaonitas: "¿Qué debo yo hacer por vosotros y qué reparación tengo que hacer para que bendigáis la heredad del Señor?". Los gabaonitas le respondieron: "No se trata de una cuestión de plata o de oro con Saúl y su familia, ni queremos que nadie muera en Israel". David dijo: "Haré por vosotros lo que me digáis". Ellos le dijeron: "Un hombre pretendía destruirnos, exterminarnos y hacernos desaparecer de todo el territorio de Israel; que nos entregue siete de sus hijos para que nosotros los colguemos ante el Señor, en Gabaón, en el monte del Señor". Y el rey dijo: "Os los entregaré". El rey perdonó a Meribaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl; pero a los dos hijos que Rispá, hija de Ayá, había dado a Saúl, Armoní y Meribaal, y a los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, había dado a Adriel, hijo de Barzilay, de Mejolá, se los entregó a los gabaonitas, que los colgaron en el monte ante el Señor. Los siete murieron en los primeros días de la cosecha, al principio de la recolección de la cebada. Rispá, hija de Ayá, extendió un saco en la roca y allí estuvo, desde el principio de la siega hasta que llegaron las lluvias, sin dejar que las aves del cielo se lanzasen sobre sus cadáveres durante el día ni las bestias del campo durante la noche. David se enteró de lo que había hecho Rispá, hija de Ayá, concubina de Saúl, y fue a recoger los huesos de Saúl y de su hijo Jonatán, que los tenían los de Yabés de Galaad. Éstos los habían retirado de la muralla de Betsán, donde los habían colgado los filisteos el día que derrotaron a Saúl en Gelboé. David recogió los huesos de Saúl y de su hijo Jonatán y los juntó con los huesos de los que habían sido colgados. Y los enterraron todos en el territorio de Benjamín, en Selá, en el sepulcro de Quis, padre de Saúl. Se hizo todo lo que había ordenado el rey; y después de esto Dios tuvo piedad del país. De nuevo hubo guerra entre los filisteos e Israel. David con sus hombres acampó en Gob y lucharon contra los filisteos. David estaba cansado. Un gigante, descendiente de Rafá, que tenía una lanza que pesaba unos treinta kilos y ceñía una espada nueva, decía que iba a matar a David. Pero Abisay, hijo de Sarvia, vino en su ayuda, atacó al filisteo y lo mató. Entonces los hombres de David le conjuraron diciendo: "Tú no volverás a salir con nosotros a la guerra, para que no apagues la luz de Israel". Hubo otra batalla en Gob contra los filisteos, en la que Sibecay, el jusatita, mató a Saf, un descendiente de los gigantes. Hubo otra batalla en Gob contra los filisteos, y Eljanán, hijo de Yaír, de Belén, mató a Goliat, de Gat; el asta de su lanza era como un enjullo de tejedor. Se dio otra batalla en Gat, donde había un gigante que tenía veinticuatro dedos, seis en cada extremidad. También éste era descendiente de los gigantes. Él desafió a Israel, y Jonatán, hijo de Simá, hermano de David, lo mató. Estos cuatro gigantes eran descendientes de los gigantes de Gat, y cayeron en manos de David y de sus hombres. David dirigió al Señor este cántico, cuando le libró de todos sus enemigos y de Saúl: "El Señor es mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi Dios, mi roca, donde yo me refugio, mi escudo protector, mi salvación, mi asilo. Tú me salvas de la violencia. ¡Alabado sea Dios! Yo le invoco y salgo victorioso de mis enemigos. Las olas de la muerte me envolvían, los torrentes del averno me espantaban. Los lazos del abismo me envolvían, ante mí las trampas de la muerte. Clamé al Señor en mi angustia, hacia mi Dios alcé mi grito: y él escuchó mi voz desde su templo, mi grito llegó hasta sus oídos. Entonces se estremeció, tembló la tierra, las bases de los cielos vacilaron, retemblaron al estallido de su ira. Una humareda subía de sus narices y de su boca un fuego destructor; de él salían carbones encendidos. Inclinó los cielos y bajó; una densa nube debajo de sus plantas. Montó sobre un querubín, emprendió el vuelo; sobre las alas del viento planeaba. Puso a su alrededor la oscuridad por tienda, agua tenebrosa y densas nubes. Al resplandor de su presencia, se encienden carbones de fuego. El Señor tronó desde los cielos, el altísimo hizo sonar su voz. Lanzó sus flechas y los dispersó, fulminó sus rayos y los ahuyentó. Apareció el fondo de los mares, los cimientos de la tierra quedaron al desnudo al fragor, oh Señor, de tu amenaza, al resollar del viento en tus narices. Desde arriba alargó la mano y me agarró, me sacó de las aguas caudalosas. Me libró de un adversario poderoso, de enemigos más potentes que yo. En el día de mi desgracia me asaltaron, pero el Señor me sirvió de apoyo. Él me agarró, me puso a salvo; me libró, porque me amaba. El Señor me retribuye según mi justicia, me paga según la inocencia de mis manos; porque he seguido los caminos del Señor y no he sido nunca infiel a Dios. Todas sus leyes han estado en mí, y no aparté de mí sus mandamientos. Fui para con él irreprochable, y estoy lejos de la injusticia. El Señor me retribuye según mi justicia, según la inocencia que él ha visto en mis manos. Con el fiel tú eres fiel, con el hombre intachable eres sin tacha; con el sincero eres sincero, y con el astuto procedes con astucia. Tú salvas al pueblo humilde y humillas los ojos altaneros. Porque, oh Señor, tú eres mi lámpara, mi Dios ilumina mis tinieblas. Confiado en ti corro a la lucha, y con mi Dios asalto las murallas. El camino de Dios es perfecto, la palabra del Señor se cumple siempre; escudo es de los que se refugian en él. ¿Quién es Dios fuera del Señor? ¿Quién es roca fuera de nuestro Dios? El Dios que me ciñe de poder y hace seguro mi camino; que asemeja mis pies a los del ciervo y me mantiene firme en las alturas; adiestra mis manos para la lucha y mis brazos para tensar arcos de bronce. Tú me das el escudo victorioso y tu armadura me protege. Tú ensanchas el camino ante mis pasos y mis pies no vacilan. Perseguí a mis enemigos, les di alcance; no me volví hasta acabar con ellos. Los derroté y no podían rehacerse, sucumbían debajo de mis pies. Me ceñiste de fortaleza en la batalla, aplastaste bajo mis pies a mis agresores. De mis enemigos me hiciste ver la espalda y exterminé a los que me odiaban. Gritaron, pero no hubo salvador; clamaron al Señor, pero no hubo respuesta. Yo los deshice como polvo al viento, los aplasté como el barro del camino. Tú me hiciste escapar de las sediciones de los pueblos, a la cabeza de las naciones me pusiste. Un pueblo que yo no conocía ahora me sirve; los hijos de extranjeros forman mi corte, son todo oídos, me obedecen. Los hijos de extranjeros palidecen, y abandonan temblando sus refugios. ¡Viva el Señor, bendita sea mi roca! Alabado sea Dios, el Dios de mi victoria, el Dios que me concede la venganza y sojuzga a los pueblos a mis pies. Tú me libraste de furiosos enemigos, me haces triunfar sobre mis agresores, me libras del violento. Por eso, oh Señor, te alabaré entre las naciones, por eso cantaré en honor de tu nombre. Él da grandes victorias a su rey y otorga su favor a su mesías, a David y a su descendencia para siempre". Éstas son las últimas palabras de David: "Oráculo de David, hijo de Jesé; oráculo del hombre enaltecido, del ungido del Dios de Jacob, del cantor de los cánticos de Israel. El espíritu del Señor ha hablado por mí, y su palabra está en mi lengua. El Dios de Jacob ha hablado, la roca de Israel me ha dicho: el que gobierna a los hombres con justicia, el que gobierna con temor de Dios, es como luz de la mañana al levantarse el sol; una mañana sin nubes, que después de la lluvia hace germinar la tierra. Mi casa es estable junto a Dios, porque hizo conmigo un pacto eterno, bien reglamentado y garantizado en todo. Él hace que broten mis triunfos y que se cumplan mis deseos. Pero los inicuos son todos como espinas del desierto, que no se los agarra con la mano; nadie los toca, a no ser con un hierro o con el asta de la lanza, y son totalmente quemados en el fuego". Éstos son los nombres de los héroes de David: Isbaal, el jacmonita, jefe de los tres, que blandió su lanza contra ochocientos hombres y los mató de una vez. Después de él, Eleazar, hijo de Dodó, el ajojita, uno de los tres héroes; estaba con David en Pasdamín, cuando los filisteos se reunieron allí para la lucha y los israelitas se retiraron. Pero él se mantuvo firme y estuvo matando filisteos hasta que su mano se cansó y se le quedó pegada a la espada. El Señor otorgó aquel día una gran victoria y el ejército se volvió tras Eleazar, pero sólo para recoger el botín. Después de él, Samá, hijo de Elá, el ararita. Los filisteos se habían reunido en Lejí. Había allí un campo sembrado de lentejas. El ejército huyó ante los filisteos, pero él se plantó en medio del campo, lo defendió y derrotó a los filisteos. Y el Señor otorgó una gran victoria. Tres de los treinta fueron en tiempo de la siega a ver a David en la cueva de Adulán, mientras los filisteos estaban acampados en el valle de Refaín. David estaba en el refugio, y había una guarnición de filisteos en Belén. David expresó este deseo: "¡Quién me diera de beber agua del pozo que está a la puerta de Belén!". Entonces los tres héroes, abriéndose paso a través del campamento de los filisteos, sacaron agua del pozo que está a la puerta de Belén y se la ofrecieron a David; pero David no quiso beberla, y la derramó como ofrenda ante el Señor, diciendo: "¡Líbreme Dios de hacer tal cosa! ¿Voy a beber yo la sangre de estos hombres que han traído el agua con riesgo de sus vidas?", y no quiso beberla. Esto hicieron los tres héroes. Abisay, hermano de Joab e hijo de Sarvia, era el jefe de los treinta. Él blandió la lanza contra trescientos, los mató y adquirió fama entre los treinta. Era el más famoso de los treinta y se convirtió en su jefe, pero no llegaba a los tres. Benayas, hijo de Yehoyadá, hombre valiente y rico en hazañas, de Cabseel, fue el que mató a los dos héroes de Moab; fue también el que bajó a la cisterna y mató en ella a un león un día de nieve. Mató también a un egipcio de gran talla. El egipcio blandía una lanza, y fue contra él con un palo; pero él le quitó la lanza al egipcio y le mató con su propia lanza. Esto hizo Benayas, hijo de Yehoyadá, y adquirió fama entre los treinta valientes; era el más famoso de los treinta, pero no llegó a los tres. David le puso al frente de su guardia personal. Asael, hermano de Joab, era también de los treinta. Eljanán, hijo de Dodó, de Belén. Samá, de Jarod; Elicá, de Jarod; Jeles, el peleteo; Irá, hijo de Iqués, de Técoa; Abiezer, de Anatot; Libecay, de Jusá; Salmón, de Ajoj; Mahray, de Netofá, Jéleb, hijo de Baaná, de Netofá; Itay, hijo de Ribay, de Guibeá de Benjamín; Benayas, de Piratón; Hiday, de los valles de Gaás; Abibaal, arbatita; Azmávet, de Bajurín; Elyajbá, saalbonita; Yasén, agunita; Jonatán, hijo de Samá, ararita; Ajián, hijo de Sarar, ararita; Elifélet, hijo de Ajitófel, de Guiló; Yesray, de Carmelo; Paray, de Arab; Yigal, hijo de Natán, de Sobá; Baní, el gadita; Sélec, el amonita; Najray, de Beerot, escudero de Joab, hijo de Sarvia; Irá, de Yatir; Gareb, de Yatir; Urías, hitita. En total, treinta y siete. El Señor montó en cólera de nuevo contra los israelitas y excitó a David contra ellos, diciéndole: "Vete, haz el censo de Israel y de Judá". El rey dijo a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: "Recorred todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, y haced el censo del pueblo para que sepa yo su número". Joab dijo al rey: "Que el Señor, tu Dios, aumente la población otras cien veces más y que mi señor, el rey, lo vea con sus ojos; pero ¿para qué quiere esto mi señor, el rey?". Pero el rey mantuvo su orden contra Joab y contra los jefes del ejército; y Joab y los jefes del ejército salieron de la presencia del rey para hacer el censo de la población de Israel. Pasaron el Jordán y, comenzando por Aroer y la ciudad que está al fondo del valle, fueron a Gad y hacia Yazer. Después fueron a Galaad y al país de los hititas, a Cades; pasaron a Dan, y desde Dan se volvieron hacia Sidón. Fueron luego a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los heveos y de los cananeos y terminaron en el Negueb de Judá, en Berseba. Recorrieron toda la tierra y, al cabo de nueve meses y veinte días, volvieron a Jerusalén. Joab dio al rey el resultado del censo del pueblo: había en Israel ochocientos mil hombres de guerra que blandían la espada, y en Judá, quinientos mil. Después de haber hecho el censo del pueblo, David sintió que le remordía la conciencia, y dijo al Señor: "¡He cometido un gran pecado por haber hecho esto! Señor, perdona el pecado de tu siervo, porque he obrado como un insensato". Al día siguiente, cuando se levantó David, el Señor dijo al profeta Gad, a quien David consultaba: "Anda y di a David: Te propongo tres castigos; elige uno de ellos, y yo lo llevaré a cabo". Gad se presentó a David y le dijo: "¿Quieres que venga un hambre de tres años en tu país, o que tengas que huir durante tres meses ante tu enemigo que te perseguirá, o que haya tres días de peste en tu país? Elige y dime qué debo decir al que me envía". David dijo a Gad: "¡Estoy en gran aprieto! Pongámonos en manos de Dios, porque es grande su misericordia, antes que caer en manos de los hombres". Y David eligió la peste. Era el tiempo de la siega del trigo. Y el Señor envió la peste desde la mañana hasta el tiempo establecido; y murieron, desde Dan hasta Berseba, setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendió su mano sobre Jerusalén para exterminarla; pero el Señor se arrepintió del mal y dijo al ángel exterminador: "Basta, retira tu mano". El ángel del Señor estaba junto a la era de Ornán, el jebuseo. Cuando David vio al ángel que azotaba al pueblo, dijo al Señor: "Yo soy quien ha pecado y ha obrado mal; pero estos otros, el rebaño, ¿qué han hecho? Que tu mano caiga sobre mí y sobre mi familia". Aquel día Gad se presentó a David y le dijo: "Anda y levanta un altar al Señor en la era de Ornán, el jebuseo". Fue David como se lo había dicho Gad, cumpliendo la orden del Señor. Cuando Ornán vio al rey, que con sus servidores se dirigía hacia él, se adelantó y se postró ante él rostro en tierra. Ornán dijo: "¿Por qué viene mi señor, el rey, a su siervo?". David respondió: "A comprarte la era y levantar en ella un altar al Señor, para que el castigo se retire del pueblo". Ornán dijo a David: "Tómela mi señor, el rey, y ofrezca en ella lo que le agrade. Mira, ahí están los bueyes para el holocausto; los trillos y el yugo servirán de leña. El siervo de mi señor, el rey, se lo da todo al rey". Y añadió: "Que el Señor, tu Dios, te sea propicio". El rey respondió a Ornán: "No, yo quiero comprártelo a precio de plata. No quiero ofrecer al Señor, mi Dios, sacrificios que no me cuestan nada". Y David compró la era y los bueyes en cincuenta monedas de plata. David levantó allí un altar al Señor y ofreció holocaustos y sacrificios de reconciliación. Entonces el Señor tuvo misericordia del país y retiró el castigo de Israel. Cuando el rey David se hizo viejo, de edad muy avanzada, aunque lo arropaban bien, no entraba en calor. Sus servidores le dijeron: "Vamos a buscar al rey una joven virgen, que le asista, le cuide y duerma con él, para que le haga entrar en calor". Buscaron una joven hermosa por todo el territorio de Israel, y encontraron a Abisag, la sunamita. Y la llevaron al rey. La joven era muy hermosa. Cuidaba del rey y le servía. Pero el rey no tuvo relaciones con ella. Entretanto Adonías, el hijo de Jaguit, que quería hacerse rey, se procuró carros y caballería y cincuenta hombres de escolta. Su padre no le había reprendido en su vida, ni le había pedido cuentas de lo que hacía. Era de aspecto muy gallardo, y había nacido después de Absalón. Trataba con Joab, hijo de Sarvia, y con el sacerdote Abiatar, los cuales tomaron partido por Adonías. Pero el sacerdote Sadoc y Benayas, hijo de Yehoyadá; el profeta Natán; Semeí, amigo de David; Reí y la cohorte de valientes de David, no estaban con Adonías. Adonías mató ganado menor y mayor y animales cebados junto a la piedra de Zojélet, situada cerca de la fuente de Roguel, e invitó a todos sus hermanos, los hijos del rey, y a todos los varones de Judá, servidores del monarca. Pero al profeta Natán, a Benayas, a la cohorte de valientes de David y a su hermano Salomón, no los invitó. Natán dijo a Betsabé, la madre de Salomón: "¿No has oído que Adonías, el hijo de Jaguit, intenta reinar sin que lo sepa David, nuestro señor? Pues bien, quiero darte un consejo, para que salves tu vida y la de tu hijo Salomón. Ve a visitar al rey David, y dile: ¿No me has jurado tú, ¡oh rey, mi señor!, que tu hijo Salomón te sucederá en tu trono? Entonces, ¿con qué derecho se ha hecho rey Adonías? Y mientras tú estés hablando con el rey, entraré yo detrás de ti y corroboraré tus palabras". Betsabé entró en la cámara del rey. El monarca estaba muy envejecido, y Abisag, la sunamita, le servía. Betsabé se inclinó e hizo reverencia al rey. El rey dijo: "¿Qué tienes?". Ella le contestó: "Señor mío, tú me has jurado por el Señor, tu Dios, que tu hijo Salomón te sucederá en el reino y él se sentará sobre tu trono. Pero ahora resulta que Adonías se ha hecho rey sin que tú, ¡oh rey, mi señor!, lo sepas. Ha matado bueyes, animales cebados y ganado menor en gran cantidad, y ha invitado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y a Joab, general del ejército; pero a tu siervo Salomón no le ha invitado. Hacia ti, ¡oh rey, mi señor!, se dirigen los ojos de todo Israel, para que les manifiestes quién se debe sentar en el trono del rey, mi señor, después de él. Resultará, si no, que, cuando el rey, mi señor, descanse con sus padres, yo y mi hijo Salomón seremos tratados como reos". Hablaba aún ella con el rey, cuando llegó Natán, el profeta. Se lo anunciaron al rey diciendo: "Está aquí Natán, el profeta". Se presentó ante el rey y le hizo reverencia, rostro en tierra. Luego dijo: "¡Oh rey, mi señor!, tú debes de haber ordenado que Adonías te suceda en el reino y se siente en tu trono. En efecto, hoy ha matado bueyes, animales cebados y ganado menor en gran cantidad y ha invitado a todos los hijos del rey, a los jefes del ejército y a Abiatar, el sacerdote. Están comiendo y bebiendo en su compañía y gritan: ¡Viva el rey Adonías! Pero a mí, tu servidor; a Sadoc, el sacerdote; a Benayas, el hijo de Yehoyadá, y a Salomón, tu siervo, no nos ha invitado. ¿Salió, tal vez, de mi señor, el rey, la orden de hacer esto, sin haber notificado a tus siervos quién se había de sentar sobre el trono de mi señor, el rey, después de él?". El rey David respondió: "Llamad a Betsabé". Ella se presentó ante el rey y permaneció en pie. Entonces el rey juró de esta manera: "¡Vive el Señor, que me ha salvado de todo peligro!, que, conforme te tengo jurado por el Señor, Dios de Israel: Salomón, tu hijo, me sucederá en el reino y él se sentará sobre mi trono en lugar mío; así lo haré hoy mismo". Betsabé se inclinó rostro en tierra y dijo: "¡Viva mi señor, el rey David, por siempre!". David ordenó: "Llamad a Sadoc, el sacerdote; a Natán, el profeta, y a Benayas, el hijo de Yehoyadá". Se presentaron ante el rey, y él les ordenó: "Tomad con vosotros a los servidores de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y llevadlo a Guijón. Allí Sadoc, el sacerdote, y Natán, el profeta, lo ungirán por rey de Israel. Y vosotros tocaréis la trompeta y gritaréis: ¡Viva el rey Salomón! Vendréis luego con él haciéndole escolta. Y, en llegando aquí, se sentará sobre mi trono y empezará a reinar en lugar mío, pues a él le he designado para ser soberano en Israel y en Judá". Benayas, el hijo de Yehoyadá, respondió: "¡Amén! ¡Así lo disponga el Señor, Dios del rey, mi señor! Que el Señor esté con Salomón como lo estuvo con el rey, mi señor, y que engrandezca su trono más que el trono de mi señor, el rey David". Sadoc, el sacerdote; Natán, el profeta; Benayas, el hijo de Yehoyadá; los quereteos y los peleteos montaron a Salomón sobre la mula del rey David y lo llevaron a Guijón. Sadoc, el sacerdote, tomó del tabernáculo el cuerno del óleo y ungió a Salomón. Entonces se tocaron las trompetas y todo el pueblo gritó: "¡Viva el rey Salomón!". Luego toda la gente subió tras él, tañendo flautas y con tan gran algazara que parecía que se iba a abrir la tierra con el vocerío. Adonías y los invitados oyeron el griterío cuando terminaban el banquete, y Joab dijo: "¿Qué significa ese vocerío de la ciudad?". Aún estaba hablando, cuando llegó Jonatán, hijo de Abiatar, el sacerdote. Adonías le dijo: "Entra, pues tú eres un valiente y traerás buenas nuevas". Jonatán dijo a Adonías: "¡Sí, por cierto! Nuestro señor, el rey David, ha hecho proclamar rey a Salomón. El rey ha enviado con él a Sadoc, el sacerdote; a Natán, el profeta; a Benayas, hijo de Yehoyadá; a los quereteos y a los peleteos, y le han montado sobre la mula del rey; y Sadoc, el sacerdote, y Natán, el profeta, le han ungido por rey en Guijón. Luego han subido desde allí, llenos de júbilo, y la ciudad se ha alborotado. Este es el tumulto que habéis oído. Además, se ha sentado Salomón sobre el trono del reino. Asimismo los servidores del rey han ido a felicitar a nuestro señor, el rey David, diciendo: Ensalce tu Dios el nombre de Salomón más que tu nombre y engrandezca su trono más que tu trono. Y el rey ha hecho una inclinación reverente desde su lecho. Además, el rey ha dicho: ¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que ha puesto hoy sobre mi trono a un hijo mío viéndolo mis ojos!". Todos los invitados de Adonías, consternados, se levantaron y se fueron cada uno por su lado. Y Adonías, por miedo a Salomón, se levantó y fue a agarrarse a los cuernos del altar. Informaron de ello a Salomón: "Adonías tiene miedo del rey Salomón y se ha agarrado a los cuernos del altar diciendo: Júreme hoy el rey Salomón que no ha de matar a espada a su siervo". Salomón dijo: "Si se porta bien, no caerá en tierra uno solo de sus cabellos; pero si es sorprendido en delito, morirá". El rey Salomón mandó que lo retiraran del altar. Adonías fue y se postró ante el rey. Salomón le dijo: "Vete a tu casa". David, próximo a la muerte, dio estas instrucciones a su hijo Salomón: "Yo me voy a morir; ten ánimo y pórtate como un hombre. Observa los preceptos del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, guardando sus mandamientos, sus preceptos, sus decretos y normas, según está escrito en la ley de Moisés, a fin de que tengas éxito en cuanto hagas y emprendas, para que el Señor cumpla la promesa que me hizo: Si tus hijos cumplen con su deber, andando en mi presencia fielmente con todo su corazón y toda su alma, no te faltará jamás alguien que se siente sobre el trono de Israel. Ya sabes lo que me ha hecho Joab, hijo de Sarvia; lo que hizo a los dos jefes de los ejércitos de Israel, Abner, hijo de Ner, y Amasá, hijo de Yéter, que los asesinó, vengando en plena paz la sangre derramada en tiempo de guerra y salpicando de sangre inocente el cinturón que ciño y el calzado que llevo. Actúa con inteligencia y no dejes bajar en paz sus canas al abismo. Por el contrario, a los hijos de Barzilay, el galaadita, trátalos bien, contándolos entre los comensales de tu mesa, porque así me trataron ellos cuando yo huía de tu hermano Absalón. Ahí tienes a Semeí, hijo de Guerá, el benjaminita, de Bajurín, el que me lanzó atroces imprecaciones cuando yo iba a Majanayín; pero bajó a mi encuentro al Jordán y le juré por el Señor que no le mataría. Tú no lo perdones; eres inteligente y sabrás lo que tienes que hacer con él para que baje al abismo con sus canas tintas en sangre". David descansó con sus padres y fue sepultado en la ciudad de David. Reinó sobre Israel cuarenta años; en Hebrón reinó siete años, y en Jerusalén treinta y tres. Salomón subió al trono de su padre David, y su reino se consolidó firmemente. Adonías, hijo de Jaguit, se presentó a Betsabé, madre de Salomón, y ella le preguntó: "¿Vienes en son de paz?". Él replicó: "En son de paz". Y prosiguió: "Tengo que pedirte una cosa". Ella replicó: "Dime". Y Adonías: "Tú sabes que a mí me tocaba la dignidad real y que todo Israel había puesto en mí sus ojos, esperando que yo había de reinar. Pero la realeza se me escapó y pasó a mi hermano, porque el Señor se la había destinado a él. Pues bien, ahora te pido una sola cosa; no me la niegues". Ella repuso: "Dime". Él continuó: "Di, por favor, al rey Salomón que me dé a Abisag, la sunamita, por esposa. Él no te lo negará". Betsabé respondió: "Bien, yo se lo diré". Betsabé entró en la sala del rey Salomón para hablarle en favor de Adonías. El monarca se levantó para recibirla, le hizo una inclinación, se sentó en el trono y mandó que pusieran un sillón a su madre, la cual se sentó a su derecha. Ella dijo: "Te voy a pedir una cosa insignificante; no me la niegues". El rey contestó: "Pide, madre mía, que no te lo negaré". Ella repuso: "Que des Abisag, la sunamita, a tu hermano Adonías por esposa". El rey Salomón dijo a su madre: "¿Cómo pides tú a Abisag, la sunamita, para Adonías? Pide ya para él la realeza, pues es mi hermano mayor y están por él Abiatar, el sacerdote, y Joab, el hijo de Sarvia". El rey Salomón juró por el Señor: "Que Dios me castigue si Adonías no paga con su vida el haber pedido esto. ¡Vive el Señor, que me ha confirmado y me ha puesto en el trono de mi padre, David, y que me ha fundado una casa, según su promesa, que hoy morirá Adonías!". El rey Salomón lo ordenó, y Benayas, hijo de Yehoyadá, mató a Adonías en el acto. El rey dijo al sacerdote Abiatar: "Vete a Anatot, a tus tierras, pues eres reo de muerte. No te doy hoy muerte porque has llevado el arca del Señor, Dios de mi padre, David, y porque tuviste parte en todas las tribulaciones de mi padre". Así Salomón destituyó a Abiatar del cargo de sacerdote del Señor, cumpliéndose de esta suerte la sentencia que el Señor había pronunciado contra la casa de Elí, en Silo. Joab, que había seguido el partido de Adonías, y no el de Absalón, al enterarse de la noticia, se refugió en el santuario del Señor y se agarró a los cuernos del altar. Cuando le comunicaron al rey Salomón que Joab se había refugiado en el santuario del Señor y que estaba junto al altar, ordenó a Benayas, hijo de Yehoyadá, que fuera y lo matara. Benayas entró en el santuario del Señor y le dijo: "El rey ordena que salgas". Él replicó: "No, quiero morir aquí". Entonces Benayas comunicó al rey lo que Joab había respondido. El rey le dijo: "Haz lo que ha dicho; mátale y entiérrale. Así apartarás de mí y de la casa de mi padre la sangre inocente que Joab había derramado, y el Señor la hará recaer sobre su cabeza; pues mató a dos hombres justos y mejores que él, y los asesinó a espada sin que lo supiera mi padre David: a Abner, hijo de Ner, general del ejército de Israel, y a Amasá, hijo de Yéter, general del ejército de Judá. Su sangre recaerá sobre la cabeza de Joab y de su descendencia para siempre, mientras que la paz del Señor estará siempre con David, su linaje, su casa y su trono". Benayas, hijo de Yehoyadá, fue y lo mató. Lo enterraron en su casa, en el desierto. El rey puso a Benayas, hijo de Yehoyadá, al frente del ejército, y a Sadoc, el sacerdote, le puso en lugar de Abiatar. El rey mandó llamar a Semeí y le dijo: "Hazte una casa en Jerusalén y vive allí sin salir a parte alguna, pues el día que salgas y pases el torrente Cedrón, ten por cierto que morirás sin remedio; tu sangre recaerá sobre tu cabeza". Semeí respondió al rey: "Está bien; haré lo que me ha ordenado mi señor, el rey". Semeí vivió en Jerusalén mucho tiempo. Pero sucedió que, al cabo de tres años, dos criados de Semeí huyeron adonde Aquís, hijo de Maacá, rey de Gat. Cuando le dijeron a Semeí que sus criados estaban en Gat, se levantó, aparejó su asno, se fue a Gat, adonde Aquís, a buscar a sus criados, y se los trajo de allí. Salomón se enteró de que Semeí había ido de Jerusalén a Gat y había vuelto; lo llamó y le dijo: "¿No te juré yo por el Señor y te advertí seriamente que el día que salieras o te fueras a algún sitio, morirías sin remedio, y me respondiste que te parecía bien y que quedabas enterado? ¿Por qué no has cumplido el juramento del Señor y la orden que te di?". Y añadió: "Bien sabes todo el mal que hiciste a David, mi padre; tu corazón lo reconoce; el Señor haga recaer tu maldad sobre tu cabeza. El rey Salomón, en cambio, sea bendito y el trono de David esté firme en la presencia del Señor para siempre". Y el rey dio orden a Benayas, hijo de Yehoyadá, que lo mató en el acto. Así el poder real se consolidó en manos de Salomón. Salomón emparentó con el Faraón, rey de Egipto, casándose con una hija suya. La llevó a la ciudad de David, hasta que acabase de edificar su palacio, el templo del Señor y las murallas en torno a Jerusalén. Sin embargo, el pueblo sacrificaba en las colinas, pues para entonces aún no había sido edificado un templo al nombre del Señor. Y Salomón, aunque amaba al Señor, siguiendo las normas de su padre, David, sacrificaba él mismo y quemaba incienso en las colinas. El rey fue a Gabaón a ofrecer sacrificios, porque ésa era la colina más importante. Ofreció mil víctimas sobre aquel altar. En Gabaón el Señor se apareció a Salomón en sueños durante la noche y le dijo: "Pide lo que quieras y yo te lo daré". Salomón respondió: "Tú trataste con gran bondad a mi padre, David, porque él se portó contigo con fidelidad, justicia y rectitud de corazón; y le has perpetuado esa gran bondad dándole un hijo que se siente sobre su trono, como hoy sucede. Ahora bien, Señor, Dios mío, me has hecho rey a mí, tu siervo, en lugar de mi padre, David; pero yo soy muy joven y no sé cómo actuar. Estoy al frente del pueblo que te elegiste, pueblo numeroso, que no se puede contar ni calcular por su multitud. Concédeme un corazón prudente para gobernar a tu pueblo y saber discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar a este tu pueblo tan grande?". El Señor vio con buenos ojos que Salomón hubiese pedido tal cosa, y por eso le dijo: "Ya que me has hecho esta petición, y no has pedido para ti una vida larga, ni has pedido riquezas, ni has pedido la muerte de tus enemigos, sino que me has pedido sabiduría para gobernar con justicia, hago lo que has dicho. Te doy un corazón sabio y prudente, como no hubo antes de ti ni lo habrá después. Añado además lo que no has pedido: riquezas y fama tales que no habrá en tus días rey alguno como tú. Si sigues mis caminos y cumples mis leyes y mandamientos, como lo hizo tu padre David, yo alargaré tus días". Salomón se despertó y vio que había sido un sueño. Volvió a Jerusalén y se presentó ante el arca de la alianza del Señor, ofreció holocaustos y sacrificios de reconciliación, y dio un banquete a todos sus seguidores. Dos prostitutas fueron a ver al rey; se presentaron ante él, y una de ellas dijo: "¡Con permiso, señor mío! Esta mujer y yo vivimos en la misma casa, y yo di a luz junto a ella en casa. A los tres días de mi parto, dio a luz también esta mujer. Estábamos juntas y ningún extraño había con nosotras en casa, fuera de nosotras dos. Una noche murió el hijo de esta mujer, por haberse acostado ella sobre él; ella se levantó a medianoche, tomó a mi niño de mi lado, mientras tu sierva dormía, y lo acostó en su regazo, y a su hijo muerto lo acostó en mi seno. Cuando por la mañana me fui a levantar para dar el pecho a mi hijo, lo encontré muerto. Pero, examinándole luego atentamente a la luz del día, vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz". La otra mujer replicó: "No es verdad, pues mi hijo es el vivo y el tuyo es el muerto". La primera decía: "No, tu hijo es el muerto, y mi hijo el vivo". De esta suerte disputaban delante del rey. El rey reflexionó: "La una dice: Éste es mi hijo, el vivo; el tuyo es el muerto. La otra replica: No, tu hijo es el muerto y mi hijo el vivo". Y ordenó: "Traedme una espada". Se la trajeron, y el rey ordenó: "Partid en dos el niño vivo y dad la mitad a cada una". Entonces la madre del niño vivo, sintiendo conmoverse sus entrañas por su hijo, dijo: "¡Por favor, señor mío! Dale a ella el niño vivo, pero matarle... ¡no, que no le maten!". La otra, en cambio, decía: "Que no sea ni para mí ni para ti; que lo partan". Entonces el rey tomó la palabra y sentenció: "Dad a la primera el niño vivo, y no le matéis; ella es su madre". Todo Israel se enteró de la sentencia que el rey había pronunciado y todos temieron al rey, viendo que había en él una sabiduría divina para administrar justicia. El rey Salomón reinaba sobre todo Israel. Éstos eran sus ministros: Azarías, hijo de Sadoc, era el sumo sacerdote; Elijóret y Ajías, hijos de Sisá, eran secretarios; Josafat, hijo de Ajilud, el canciller; Benayas, hijo de Yehoyadá, mandaba el ejército; Sadoc y Abiatar eran los sumos sacerdotes. Azarías, hijo de Natán, era superintendente; y Zabud, hijo del sacerdote Natán, era el consejero del rey; Ajisar era mayordomo del palacio, y Adonirán, hijo de Abdá, el prefecto de las prestaciones personales. Salomón tenía por todo Israel doce intendentes, que abastecían al rey y su palacio cada uno durante un mes al año. Eran éstos: Ben Hur, en la montaña de Efraín; Ben Déquer, en Magás, Saalbín, Bet Semes y Elón hasta Batjanán. Ben Jésed, en Arubot; éste tenía también Soco y toda la región de Jéfer. Ben Abinadab, esposo de Tafat, hija de Salomón, en toda la costa de Dor; Baaná, hijo de Ajilud, en Tanac, Meguido y hasta más allá de Yocmeán; en todo Betsán, que está por bajo de Yezrael, desde Betsán hasta Abel Mejolá, junto a Sartán. Ben Guéber, en Ramot Galaad; tenía las aldeas de Yaír, hijo de Manasés, situadas en Galaad, y la región de Argob, en el Basán: sesenta grandes ciudades amuralladas y con cerrojos de bronce; Ajinadab, hijo de Idó, en Majanayín; Ajimás, en Neftalí, el cual estaba también casado con Bosmat, hija de Salomón. Baaná, hijo de Yusay, en Aser y Alot; Josafat, hijo de Paruaj, en Isacar; Semeí, hijo de Elá, en Benjamín; Guéber, hijo de Urí, en la región de Galaad, la tierra de Sijón, rey de los amorreos, y de Og, rey de Basán. Un intendente por cada región. Judá e Israel eran numerosos como la arena que hay en la orilla del mar, y comían, bebían y estaban satisfechos. - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - Salomón dominaba en todos los reinos, desde el río Éufrates hasta la tierra de los filisteos y hasta los confines de Egipto; todos le pagaron tributo y estuvieron sometidos a él mientras vivió. La provisión diaria de Salomón era: trece mil quinientos kilos de flor de harina y veintisiete mil de harina corriente; diez toros cebados y veinte de pasto, cien ovejas, sin contar los ciervos, gacelas, corzos, gansos y aves cebadas; dominaba desde Tifsaj hasta Gaza, en todos los reinos del lado de acá del río Éufrates y gozaba de paz por todos los lados en su derredor. Israel y Judá vivieron tranquilos, cada uno bajo su parra y su higuera, desde Dan hasta Berseba, durante toda la vida de Salomón. Salomón tenía caballerizas para cuarenta mil caballos de tiro, destinados a sus carros, y para doce mil caballos de silla. Los intendentes abastecían al rey Salomón y a cuantos se sentaban a su mesa, cada uno en su mes. No faltaba nada. Traían también la cebada y el trigo para los caballos de tiro y de montar al lugar donde él estaba, según su turno. Dios concedió a Salomón sabiduría y prudencia grandísimas y una inteligencia tan grande como las arenas de las playas del mar. Por eso la sabiduría de Salomón superó a la de todos los orientales y egipcios; fue más sabio que cualquier otro hombre; más que Etán, el ezrajita; más que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Majol; y su fama se extendió por todas las naciones circunvecinas. Salomón pronunció tres mil proverbios, y sus poemas llegaron a cinco mil; trató acerca de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que brota en la pared; disertó acerca de los animales, de las aves, de los reptiles y de los peces. Por eso venían de todos los pueblos a escuchar su sabiduría, y de parte de todos los reyes de la tierra que habían tenido noticia de su sabiduría. Jirán, rey de Tiro, al enterarse de que Salomón había sido ungido rey en lugar de su padre, le envió una embajada, pues Jirán había sido amigo de David toda su vida. Y Salomón mandó a decir a Jirán: "Tú ya sabes cómo mi padre, David, no pudo construir la casa al nombre del Señor, su Dios, a causa de las guerras en que se vio envuelto, hasta que el Señor puso a sus enemigos bajo las plantas de sus pies. Pero ahora el Señor, mi Dios, me ha permitido vivir en paz sin ningún enemigo y ninguna adversidad. El año cuatrocientos ochenta de la salida de los israelitas de Egipto, el cuarto año de reinado de Salomón sobre Israel, en el segundo mes, el mes de ziv, Salomón comenzó a construir el templo del Señor. El templo tenía treinta metros de largo, diez de ancho y quince de alto. El vestíbulo de delante del santuario tenía diez metros de largo a lo ancho del edificio, y cinco de ancho a lo largo del mismo. Hizo al templo ventanas con rejas, y construyó, adosado al muro del templo, un anejo de tres pisos en torno a la nave central y a la cámara sagrada con departamentos. La planta baja tenía dos metros y medio de ancha; el piso del medio, tres, y el tercero, tres y medio; había dispuesto en el muro exterior del templo, todo en derredor, una entalladura, para no tener que empotrar en los muros del edificio. En la construcción del templo se emplearon piedras entalladas en la misma cantera, de suerte que mientras se construía el edificio no se oyó golpe de martillo, de hacha u otro cualquier instrumento de hierro en el templo. La puerta de entrada al departamento interior estaba en el costado derecho del edificio, y por una escalera de caracol se subía al intermedio, y del intermedio, al tercero. Una vez que hubo construido y ultimado el edificio, lo recubrió con artesonado de cedro. Construyó los departamentos que rodeaban el templo, de dos metros y medio de altura, y los trabó al edificio con vigas de cedro. Entonces el Señor dijo a Salomón: "Por este templo que estás construyendo te prometo que, si caminas según mis leyes, pones en práctica mis mandamientos y cumples todos mis preceptos, cumpliré contigo la promesa que hice a tu padre, David. Habitaré en medio de los israelitas y no abandonaré a mi pueblo, Israel". Salomón ultimó la fábrica del templo, recubrió las paredes interiores del edificio con planchas de cedro, desde el pavimento del templo hasta las vigas del techo, revistiendo así de madera todo el interior; y el suelo del templo lo revistió con planchas de ciprés. Recubrió los diez metros de la parte posterior del templo con planchas de cedro, desde el suelo hasta las vigas, y destinó el interior para el lugar santísimo. La nave central que estaba delante del lugar santísimo tenía veinte metros de larga. Todo el interior del edificio era de cedro con bajorrelieves de coloquíntidas y guirnaldas de flores. Todo era cedro. No se veía la piedra. En el fondo del edificio, por dentro, preparó el lugar santísimo, para colocar allí el arca de la alianza del Señor. Tenía diez metros de largo, diez de ancho y diez de alto; lo cubrió de oro puro; hizo un altar de cedro para delante del lugar santísimo, y lo recubrió también de oro puro. Todo el edificio lo revistió de oro de arriba abajo. Puso en el lugar santísimo dos querubines de madera de olivo de cinco metros de altura. Cada una de las dos alas de los querubines medía dos metros y medio, o sea, cinco metros de un extremo a otro. La medida y la forma eran las mismas para ambos querubines. La altura de los querubines era de cinco metros. Colocó los querubines en el centro del lugar santísimo y allí estaban con las alas desplegadas, de modo que un ala de uno tocaba en la pared y un ala del otro tocaba la pared opuesta; las otras dos alas se tocaban una a otra en medio del edificio. También revistió de oro los querubines. Y todos los muros del templo, en derredor, los hizo esculpir con bajorrelieves de querubines, palmas y flores, por dentro y por fuera. El pavimento del templo lo revistió de oro, por dentro y por fuera. Para la entrada del santuario hizo batientes de madera de olivo; el dintel y las jambas formaban un pentágono. Los dos batientes de la puerta eran de madera de olivo, y sobre ellos hizo esculpir entalladuras de querubines, palmas y guirnaldas de flores, recubriéndolas de oro, incluso los querubines y las palmas. Hizo asimismo para la entrada de la nave central puertas de madera de olivo, pero cuadrangulares, y dos batientes de madera de ciprés, cada uno de los cuales tenía dos hojas giratorias, con entalladuras de querubines, palmas y guirnaldas de flores, recubriéndolo de oro exactamente ajustado a las figuras. Y, en fin, construyó el atrio interior con tres hileras de sillares y una de vigas de cedro. El año cuarto, el mes de ziv, se echaron los cimientos del templo del Señor; y el año undécimo, el mes de bul, o sea, el mes octavo, quedó ultimado el edificio en todas sus partes y con todo lo necesario. Se construyó, pues, en siete años. Salomón construyó su palacio; tardó trece años en terminarlo. Construyó el palacio, "Bosque del Líbano", de cincuenta metros de largo, veinticinco de ancho y quince de alto, sostenido sobre cuatro hileras de columnas de cedro, en las que se apoyaban vigas de cedro; y un techado de cedro también en la parte superior, sobre las estancias, que se apoyaban en las cuarenta y cinco columnas, a quince por hilera; y tres órdenes de pisos, con tres series de ventanas unas frente a otras. Todas las puertas y ventanas eran de marco cuadrangular, y las tres series se correspondían unas enfrente de otras. Hizo también el "Pórtico de las columnas", de veinticinco metros de largo y quince de ancho; y delante de él otro pórtico, con columnata y arquitrabe. Hizo asimismo el "Pórtico del trono", donde administraba justicia, llamado el "Pórtico de la justicia", y lo recubrió de cedro desde el suelo hasta el techo. Del mismo estilo hizo la propia casa, en un atrio distinto detrás del pórtico; y a la hija del Faraón, que había tomado por esposa, le hizo una casa al estilo del pórtico. Todo esto era de piedras costosas, talladas a escuadra, cortadas con la sierra, por dentro y por fuera, desde los cimientos hasta las cornisas y desde fuera hasta el atrio grande. Los fundamentos eran de piedras costosas, grandes piedras de cuatro y cinco metros; y la alzada, de piedras costosas, talladas a escuadra, y de madera de cedro. El atrio grande tenía en derredor tres órdenes de piedras, talladas a escuadra, y uno de vigas de cedro; y lo mismo el atrio interno del templo del Señor y el atrio del palacio. El rey Salomón mandó traer de Tiro a Jirán, hijo de una viuda de la tribu de Neftalí y de padre tirio, que trabajaba el bronce. Estaba dotado de sabiduría, inteligencia y técnica para realizar cualquier trabajo en bronce. Se presentó al rey Salomón y ejecutó todos sus encargos. Modeló dos columnas de bronce, de nueve metros de altura y seis metros de perímetro y huecas por dentro. Hizo dos capiteles de bronce fundido, para ponerlos sobre las columnas, ambos de dos metros y medio. Y para los capiteles que estaban sobre las columnas fabricó guirnaldas en trenzado a manera de cadenas, una para cada capitel. Hizo también granadas en dos hileras alrededor de cada guirnalda, para cubrir los capiteles que estaban sobre las columnas. Los capiteles tenían forma de flor de loto, de dos metros. Cada capitel llevaba en su parte más alta y junto a la guirnalda, todo alrededor, doscientas granadas. Salomón levantó las columnas en el pórtico del santuario; al levantarlas llamó a la de la derecha "yaquín", y a la de la izquierda, "boaz". La parte superior de las columnas tenía forma de flor de loto. Así quedó ultimada la obra de las columnas. Hizo también una pila de bronce muy grande, redonda, de cinco metros de diámetro, dos y medio de alto y quince de perímetro. Bajo el borde había alrededor de la pila una orla de coloquíntidas, diez por cada medio metro. Las hileras de coloquíntidas habían sido fundidas a la vez que la pila, la cual descansaba sobre doce toros, tres de ellos vueltos al norte, tres al sur, tres al este y tres al oeste, y todas sus partes traseras quedaban hacia dentro. Su grosor era de veintidós centímetros, y su borde como el de una copa, en forma de flor de loto. Cabían unos noventa mil litros. Hizo diez basas de bronce, de cinco metros de largo cada una por dos de ancho y uno y medio de alto. Las basas se componían de barras y paneles entre los marcos. Sobre los paneles había esculpidos leones, bueyes y querubines; y sobre los marcos, tanto encima como debajo de los leones y bueyes, guirnaldas de flores formando colgantes. Cada basa tenía cuatro ruedas de bronce, con sus ejes también de bronce, y en sus cuatro ángulos había unos pies. Estos pies estaban fundidos por debajo del aguamanil y por detrás de cada una de las guirnaldas. La basa tenía en la parte superior interna una cavidad de medio metro de altura; la cavidad era redonda, hecha a la forma del aguamanil, y también sobre esa cavidad había entalladuras. Los paneles eran cuadrados, no redondos. Las cuatro ruedas estaban debajo de los paneles, y los ejes de las ruedas, unidos a las basas. La altura de cada rueda era de unos setenta y cinco centímetros. Las ruedas eran como las de carro; y los ejes, llantas, rayos y cubos, todo de bronce. En los cuatro ángulos de cada basa había cuatro pies formando todo un solo cuerpo. En lo más alto de la basa había una cavidad redonda de unos veinticinco centímetros de altura; y en la parte superior de la basa, los pies y paneles formaban un solo cuerpo con ella. Sobre las planchas de los ejes y sobre los paneles entalló querubines, leones y palmas, según el espacio de cada uno, con guirnaldas alrededor. Así hizo las diez basas, con una misma fundición, una misma medida y una misma forma para todas. Hizo también los diez aguamaniles de bronce, cada uno de dos metros, y con mil ochocientos litros de capacidad; cada aguamanil descansaba sobre una de las diez basas. Colocó cinco basas al lado derecho del templo y cinco al lado izquierdo, y la pila la puso al lado derecho del edificio, al sudeste. Jirán hizo también los calderos, palas y aspersorios. Así terminó Jirán de hacer toda la obra que llevó a cabo para el rey Salomón en el templo del Señor: las dos columnas, las dos esferas para los capiteles de las dos columnas, las dos guirnaldas para cubrir las dos esferas de los capiteles de las columnas; las cuatrocientas granadas para las dos guirnaldas, dos series de granadas para cada guirnalda; las diez basas y los diez aguamaniles; la pila y los doce toros; los calderos, las palas y los aspersorios. Todos estos utensilios que Jirán hizo al rey para el templo del Señor eran de bronce bruñido. El rey los hizo fundir en moldes de arcilla en la región del Jordán, entre Sucot y Sartán. Salomón colocó todos estos utensilios. Por su grandísima cantidad no se pudo averiguar el peso del bronce. Salomón hizo todos los demás utensilios del templo del Señor: el altar de oro; la mesa de oro, sobre la que se ponían los panes de la proposición; los candelabros de oro puro para delante del lugar santísimo, cinco a la derecha y cinco a la izquierda; flores, lámparas y despabiladeras de oro; palanganas, cuchillos, aspersorios, bandejas y despabiladeras: todo de oro puro; los quicios de las puertas del lugar santísimo y de la nave central, también de oro. Cuando se terminaron todas las obras que el rey Salomón mandó hacer en el templo llevó todos los objetos que su padre, David, había dedicado al Señor: la plata, el oro, los utensilios, y los depositó en el tesoro del templo del Señor. Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel, a los jefes de las tribus y de las familias israelitas, para llevar el arca de la alianza del Señor, desde Sión, la ciudad de David. Se reunieron en torno al rey Salomón todos los israelitas en la fiesta del mes de etanín, el mes séptimo. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes tomaron el arca y la llevaron junto con la tienda de la reunión y todos los utensilios sagrados que había en ella. La llevaron los sacerdotes y los levitas. El rey Salomón y toda la comunidad israelita, reunidos delante del arca, sacrificaban ovejas y bueyes en cantidad incalculable. Los sacerdotes pusieron el arca de la alianza del Señor en el lugar santísimo del templo, bajo las alas de los querubines, pues los querubines tenían las alas extendidas sobre el lugar del arca, cubriendo el arca y sus barras. Las barras eran tan largas que se podían ver sus extremidades desde la nave central que estaba delante del lugar santísimo, aunque no desde fuera. Allí han estado hasta el presente. En el arca no había más que las dos tablas de piedra, que puso allí Moisés en el Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto. Mientras los sacerdotes salían del santuario, una nube llenó el templo del Señor, de modo que los sacerdotes no pudieron continuar su servicio a causa de la nube, pues la gloria del Señor había llenado el templo. Entonces Salomón exclamó: "Tú, Señor, has dicho que vives en la nube oscura. Yo te he construido una casa donde residas, un lugar donde vivas para siempre". Luego el rey se volvió y bendijo a toda la comunidad israelita que estaba de pie, y añadió: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que ha cumplido con su propia mano lo que con su boca había prometido a mi padre David diciendo: Desde el día que saqué a mi pueblo de Egipto, no he escogido ninguna ciudad de entre las tribus de Israel para que se me construyera en ella un templo a mi nombre, sino que elegí a David para que estuviese al frente de mi pueblo Israel. Ahora bien, mi padre David quiso construir un templo en honor del Señor, Dios de Israel. Pero el Señor le dijo: Has proyectado construir un templo a mi nombre, y has hecho bien en proyectarlo. Pero no lo construirás tú, sino un hijo tuyo salido de tus entrañas será el que lo construya. Y el Señor ha cumplido su palabra. Yo me alcé en el puesto de mi padre David y me senté sobre el trono de Israel, como dijo el Señor; construí el templo en honor del Señor, Dios de Israel, e instalé en él el arca donde está la alianza del Señor, la alianza que hizo con nuestros padres cuando los sacó de Egipto". Entonces Salomón se puso delante del altar del Señor en presencia de toda la comunidad israelita, alzó sus manos al cielo y dijo: "Señor, Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti, ni arriba en los cielos, ni abajo en la tierra. Tú guardas la alianza y la fidelidad con tus siervos que siguen tus caminos de todo corazón. Tú has cumplido la promesa que hiciste a tu siervo David, mi padre; tus manos han realizado lo que tus labios habían prometido, como hoy se ve. Ahora, Señor, Dios de Israel, cumple también lo que prometiste a tu siervo David, mi padre: No te faltará nunca en mi presencia un varón que se siente sobre el trono de Israel, con tal que tus hijos se porten bien y sigan mis caminos como lo has hecho tú. Así, pues, Dios de Israel, que se cumpla la promesa que hiciste a tu siervo David, mi padre. Pero, ¿será posible que Dios pueda habitar sobre la tierra? Si los cielos en toda su inmensidad no te pueden contener; ¡cuánto menos este templo que yo he construido! Atiende, Señor, Dios mío, la oración y la súplica que tu siervo eleva hoy a ti; ten tus ojos noche y día fijos sobre este templo, sobre este lugar del que dijiste: mi nombre estará aquí; y escucha la plegaria que tu siervo haga en este lugar. Escucha la plegaria que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchala desde tu morada en los cielos; escúchalos y perdona. Cuando alguno peque contra su prójimo y le obliguen a jurar ante tu altar en este templo, escucha tú desde el cielo, intervén y haz justicia a tus siervos, condena al culpable haciendo recaer su maldad sobre su cabeza, y absuelve al inocente retribuyéndole conforme a su inocencia. Cuando tu pueblo, Israel, sea derrotado por el enemigo por haber pecado contra ti, si se convierte, te confiesa su pecado, te suplica y te ruega en este templo, escucha tú en el cielo, perdona el pecado de tu pueblo Israel, y vuélvelo a la tierra que diste a sus padres. Cuando se cierre el cielo y no haya lluvia por haber pecado contra ti, si rezan en este lugar, te confiesan su pecado y se arrepienten a causa de tu castigo, escucha tú en el cielo, perdona el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, enséñales el buen camino por donde deben andar y manda la lluvia sobre la tierra que le diste en heredad. Cuando en el país haya hambre, peste, tizón, añublo, langosta o pulgón, si el enemigo los asedia en alguna de sus ciudades; en cualquier plaga o enfermedad, toda oración, toda súplica que te dirija cualquier persona o todo tu pueblo Israel, reconociendo cada uno la plaga de su propio corazón y extendiendo sus manos hacia este templo, escúchala tú desde el cielo, lugar de tu morada, y perdona; da a cada uno según su conducta, pues sólo tú conoces el corazón de todos los hombres; así te respetarán mientras vivan en la tierra que diste a nuestros padres. También al extranjero, que no es de tu pueblo Israel, si viene de tierras lejanas atraído por la fama de tu nombre, porque se tendrá noticia de tu nombre grandioso, de la fuerza de tu mano y del poder de tu brazo; si viene a orar en este templo, escúchale tú en el cielo, lugar de tu morada, y haz todo lo que ese extranjero te haya pedido, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, te teman, como tu pueblo Israel, y reconozcan que tu nombre es invocado en este templo que he construido. Cuando tu pueblo salga a la guerra contra sus enemigos por el camino que tú les hayas señalado, si rezan al Señor vueltos hacia la ciudad que tú has elegido y hacia el templo que yo he construido a tu nombre, escucha tú en el cielo su oración y súplica y hazles justicia. Cuando pequen contra ti -pues no hay hombre que no peque-, y tú, irritado contra ellos, los entregues al enemigo, que los llevará cautivos a tierra enemiga, lejana o cercana; si ellos, volviendo en sí en el país a que hayan sido deportados, se convierten y te suplican en la tierra de su cautividad, diciendo: Hemos pecado, hemos obrado inicua e injustamente; si se convierten a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tierra de su cautividad, a la que han sido deportados; si rezan vueltos hacia la tierra que diste a sus padres, hacia la ciudad que tú has elegido y hacia el templo que yo he construido a tu nombre, escucha tú en el cielo, lugar de tu morada, su oración y súplica; hazles justicia, perdona a tu pueblo los pecados y todas las rebeliones que hayan cometido contra ti, y haz que encuentren misericordia en sus deportadores, para que éstos tengan de ellos piedad, pues son tu pueblo y tu herencia, que sacaste de Egipto, el horno de fundición de hierro. Ten abiertos tus ojos a las súplicas de tu siervo y de tu pueblo Israel, y atiéndelos cuando te invoquen, pues tú los separaste como heredad tuya de entre todos los pueblos de la tierra, conforme a lo que dijiste por medio de Moisés, tu siervo, cuando sacaste a nuestros padres de Egipto, ¡oh Señor, Señor!". Al terminar de hacer al Señor esta oración y súplica, Salomón se levantó de delante del altar del Señor, donde estaba arrodillado, y con las manos levantadas hacia el cielo, y puesto en pie, bendijo a toda la comunidad israelita en alta voz, diciendo: "¡Bendito sea el Señor, que ha concedido la paz a su pueblo Israel, tal como lo había prometido! Ni una sola de sus promesas de bienandanza, hechas por medio de Moisés, su siervo, ha fallado. Que el Señor, nuestro Dios, esté con nosotros, como lo estuvo con nuestros padres; que no nos deje ni nos abandone, sino que incline nuestro corazón hacia él, para que sigamos sus caminos y guardemos todos sus mandatos, sus leyes y sus preceptos, los que prescribió a nuestros padres. Que estas palabras con que he suplicado al Señor estén presentes ante él día y noche, a fin de que en todo tiempo defienda la causa de su siervo y de su pueblo Israel, para que reconozcan todos los pueblos de la tierra que el Señor es Dios y que fuera de él no hay otro. Vuestro corazón sea todo para el Señor, Dios nuestro, caminando según sus preceptos y guardando sus mandamientos, como hoy lo hacéis". El rey y todo Israel ofrecieron sacrificios al Señor. Salomón inmoló, como sacrificio de reconciliación ofrecido al Señor, veintidós mil toros y ciento veinte mil ovejas. De esta manera, el rey y todos los israelitas celebraron la dedicación del templo del Señor. En aquel día el rey consagró el centro del atrio que estaba delante del templo del Señor, pues allí ofreció los holocaustos, las ofrendas y las grasas de los sacrificios de reconciliación, porque el altar de bronce que estaba delante del Señor era pequeño para tantos holocaustos, ofrendas y grasas de los sacrificios de reconciliación. En aquella ocasión Salomón, y con él la inmensa comunidad de Israel venida desde la entrada de Jamat hasta el torrente de Egipto, celebraron la fiesta ante el Señor, Dios nuestro, durante siete días. Al octavo día despidió Salomón al pueblo, y ellos bendijeron al rey y se volvieron a sus casas alegres y contentos por todos los beneficios que el Señor había hecho a David, su siervo, y a su pueblo Israel. Cuando acabó Salomón de construir el templo del Señor, el palacio real y todo cuanto se había propuesto hacer, se le apareció el Señor por segunda vez, como se le había aparecido en Gabaón, y le dijo: "He escuchado la oración y súplica que me has hecho; he santificado este templo que has construido para que resida en él mi nombre por siempre y para que en él estén siempre fijos mis ojos y mi corazón. En cuanto a ti, si andas en mi presencia, como anduvo tu padre David, con pureza y rectitud de corazón; si cumples todo lo que yo te mande y si guardas mis leyes y mandamientos, yo consolidaré el trono de tu reino sobre Israel para siempre, como se lo prometí a tu padre David, cuando dije: No te faltará un varón sobre el trono de Israel. Pero si vosotros y vuestros hijos os apartáis de mí y no guardáis mis leyes y mandamientos, que yo os he prescrito; si os vais a servir y a dar culto a dioses ajenos, exterminaré a Israel de la tierra que les he dado y retiraré de mi presencia el templo que he consagrado a mi nombre, e Israel será irrisión y burla de todos los pueblos. Este templo será reducido a un montón de ruinas; todo el que pase delante de él se quedará asombrado y silbará. Preguntarán: ¿Por qué ha tratado así el Señor a esta tierra y a este templo?; y les responderán: Porque abandonaron al Señor, su Dios, que había sacado a sus padres de Egipto, y se fueron a servir y a dar culto a dioses ajenos; por eso ha traído sobre ellos tantos males". Salomón construyó los dos edificios, el templo del Señor y el palacio real, en veinte años. Jirán, rey de Tiro, había suministrado a Salomón maderas de cedro y de ciprés y oro, y Salomón entregó a Jirán veinte ciudades en la región de Galilea. Jirán fue a ver las ciudades que Salomón le había dado y, como no le gustaron, dijo: "¿Qué ciudades son éstas que me has dado, hermano mío?". Y les dio por nombre "Tierra de Cabul", hasta nuestros días. Jirán había mandado al rey cuatro mil ciento cuarenta kilos de oro. La leva de prestación personal que el rey Salomón impuso para construir el templo del Señor, su palacio, el terraplén y la muralla de Jerusalén, Jasor, Meguido y Guézer, fue así: Faraón, rey de Egipto, se había apoderado de Guézer y le había pegado fuego matando a los cananeos que habitaban la ciudad, y la había dado luego en dote a su hija, esposa de Salomón. Salomón reedificó Guézer, Bejorón de Abajo, Baalat y Tamar en la parte desierta del país, así como las ciudades almacenes para los carros y la caballería; hizo todo lo que quiso en Jerusalén, en el Líbano y en todo el territorio de su jurisdicción. A los que quedaban de los amorreos, hititas, fereceos, heveos y jebuseos, no pertenecientes al pueblo de Israel, a los que los israelitas no habían podido exterminar, Salomón les impuso un servicio de prestación personal hasta nuestros días. A los israelitas no les impuso trabajos forzados: ellos eran sus guerreros, cortesanos, generales, prefectos y capitanes de carros y caballería. Los jefes y los capataces que tenía el rey Salomón al mando de los obreros eran quinientos cincuenta. Cuando la hija del Faraón se trasladó de la ciudad de David al palacio que le había edificado, Salomón construyó el terraplén. Tres veces al año ofrecía Salomón holocaustos y sacrificios de reconciliación sobre el altar que había levantado y quemaba incienso delante del Señor cuando hubo ultimado el templo. El rey Salomón construyó, además, una flota en Esyón Guéber, junto a Elat, en la costa del mar Rojo, en el territorio de Edón. Jirán mandó como tripulantes a servidores suyos, marineros expertos en las cosas del mar, que con los siervos de Salomón fueron a Ofir y trajeron unos quince mil kilos de oro para el rey Salomón. La reina de Sabá tuvo conocimiento de la fama de Salomón y fue a ponerle a prueba con enigmas. Entró en Jerusalén con un gran séquito de camellos, cargados de aromas y oro en abundancia, y de piedras preciosas; se presentó a Salomón, y le propuso todo lo que pensaba. Salomón le resolvió todas sus cuestiones; no hubo nada que no pudiera resolver. Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón y el palacio que había construido, los manjares de su mesa, el ordenamiento jerárquico de sus cortesanos, el comportamiento y el uniforme de sus camareros, sus provisiones de bebidas y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada, y dijo al rey: "Realmente es verdad todo lo que yo había oído en mi tierra de tus obras y de tu sabiduría. Yo no lo quería creer hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos, pero reconozco que no se me había dicho ni la mitad. Tu sabiduría y grandeza sobrepasan la fama que había llegado a mis oídos. ¡Dichosas tus gentes! ¡Dichosos tus servidores, que están siempre junto a ti y escuchan tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que se ha complacido en ti, poniéndote sobre el trono de Israel! En su amor eterno a Israel te ha constituido rey, para administrar el derecho y la justicia". Luego ofreció al rey cuatro mil kilos de oro, gran cantidad de aromas y piedras preciosas. Nunca más se vio tanta cantidad de aromas como la que la reina de Sabá ofreció al rey Salomón. Y la flota de Jirán, que traía oro de Ofir, había traído también de allí maderas de sándalo y piedras preciosas en gran cantidad. Con las maderas, el rey hizo balaustradas para el templo del Señor y para el palacio real, y cítaras y arpas para los cantores. Madera de sándalo como aquélla no se ha traído ni se ha vuelto a ver hasta nuestros días. El rey Salomón, por su parte, dio a la reina de Sabá todo lo que ella quiso, aparte de lo que le regaló con la munificencia propia del rey Salomón. La reina se despidió y, con su séquito, emprendió el viaje de regreso a su país. El peso del oro que el rey Salomón recibía cada año era de unos veintitrés mil kilos, sin contar el procedente del tráfico de los comerciantes y de los mercaderes ambulantes, de todos los reyes de Arabia y de los gobernadores del país. El rey Salomón hizo doscientos escudos de oro batido, empleando unos siete kilos de oro por escudo, y seiscientos escudos más pequeños de oro batido, empleando poco más de kilo y medio por cada uno. Y el rey los puso en la sala "Bosque del Líbano". Hizo también un gran trono de marfil, y lo recubrió de oro puro. El trono tenía seis gradas: la parte superior, el respaldo redondo, brazos a ambos lados del asiento, dos leones apostados junto a los brazos y doce leones a ambos lados de las gradas. Nunca se había hecho cosa semejante en reino alguno. Todos los vasos de beber del rey Salomón eran de oro, y toda la vajilla del palacio "Bosque del Líbano", de oro fino. No había nada de plata, pues la plata no se estimaba en tiempo del rey Salomón. El rey tenía en el mar una flota junto con la flota de Jirán, y una vez cada tres años llegaba la flota de Tarsis cargada de oro, plata, marfil, monos y pavos reales. El rey Salomón superó a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría; todo el mundo quería visitar a Salomón para escuchar la sabiduría que Dios le había dado, y todos traían presentes, objetos de oro y plata, vestidos, armas, aromas, caballos y mulos. Esto todos los años. Salomón reunió carros y caballos, llegando a tener mil cuatrocientos carros y doce mil caballos, que destacó en las ciudades de guarnición y en Jerusalén, junto al rey. El monarca logró que la plata abundara en Jerusalén como las piedras, y los cedros como los sicómoros en la Sefela. La importación de caballos destinados a Salomón procedía de Musur y Cilicia, donde los mercaderes del rey los compraban al contado. Un carro por seiscientas monedas de plata, y un caballo por ciento cincuenta. Por el mismo precio los mercaderes se lo vendían también a los reyes hititas y sirios. Pero el rey Salomón, además de la hija del Faraón, amó a muchas mujeres extranjeras, moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas, esto es, de las naciones de quienes había dicho el Señor a los israelitas: "No os unáis con ellas en matrimonio, pues inclinarán vuestro corazón hacia sus dioses". Pero Salomón se enamoró de ellas, y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas que pervirtieron su corazón. En su ancianidad ellas le desviaron el corazón hacia dioses extranjeros, de modo que su corazón no fue enteramente del Señor como lo fue el corazón de su padre David. Salomón rindió culto a Astarté, diosa de los sidonios, y a Milcón, abominación de los amonitas. Salomón hizo así lo que es malo a los ojos del Señor, y no le fue fiel, como su padre David. En el monte que está enfrente de Jerusalén construyó un santuario a Camós, ídolo repugnante de Moab, y a Milcón, ídolo repugnante de los amonitas. Lo mismo hizo para todas sus mujeres extranjeras, que en ellos quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses. El Señor se irritó contra Salomón por haber desviado su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces y le había ordenado precisamente esto: no ir tras dioses ajenos; y por no haber observado lo que el Señor le había mandado. El Señor dijo a Salomón: "Puesto que te has portado así y no has guardado mi alianza ni los preceptos que te había inculcado, te quitaré el reino y lo daré a uno de tus servidores. Sin embargo, en atención a tu padre David, no lo haré en tus días; se lo quitaré a tu hijo; pero no le quitaré el reino entero; le dejaré una tribu, en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí". El Señor suscitó a Salomón un enemigo en Hadad, un idumeo de la estirpe real de Edón. Cuando David derrotó a Edón, Joab, general del ejército, fue a enterrar a los muertos y degolló a todos los varones de Edón. Joab con todo Israel permaneció allí seis meses hasta que exterminó a todos los varones de Edón. Pero Hadad, con algunos hombres de entre los servidores de su padre, huyó a Egipto. Hadad era entonces un muchacho. Partieron de Madián, llegaron a Parán, tomaron de allí varios hombres y entraron en Egipto, al amparo del Faraón, rey de Egipto. Éste le dio casa, alimentos y tierras. Hadad le cayó bien al Faraón, que le dio por esposa a la hermana de su mujer, o sea, la hermana de la reina Tafnes. La hermana de Tafnes le dio a luz un hijo, Guenubat, a quien crió Tafnes en el palacio del Faraón. Así vivió Guenubat en la casa del Faraón entre sus hijos. Pero cuando Hadad se enteró de que David descansaba con sus antepasados y de que Joab, el general del ejército, había muerto, dijo al Faraón: "Déjame volver a mi tierra". El Faraón le replicó: "¿Pues qué te falta junto a mí, que tratas de volver a tu tierra?". "Nada - respondió-; pero déjame partir, por favor". Y regresó a su tierra. Dios suscitó también otro enemigo a Salomón en Rezón, hijo de Elyadá, que había huido de su amo Hadadézer, rey de Sobá. Se le juntaron unos desalmados y él se hizo jefe de la banda, mientras David derrotaba a los sirios; se apoderó de Damasco y se estableció allí como rey; fue enemigo de Israel durante todo el reinado de Salomón. Hadad reinó en Edón y fue también enemigo de Salomón. Jeroboán, hijo de Nabat -un efraimita de Seredá, cuya madre, llamada Servá, era viuda- , servidor de Salomón, se sublevó contra el rey. El motivo de la sublevación fue éste. Salomón edificaba el terraplén y rellenaba el desnivel de la ciudad de su padre David. Jeroboán era fuerte y vigoroso; y Salomón, viendo cómo cumplía aquel joven su tarea, le puso al frente de todas las prestaciones personales de la casa de José. Un día en que Jeroboán salió de Jerusalén, se encontró en el camino con el profeta Ajías, el silonita, vestido con un manto nuevo. Estaban los dos solos en el campo. Ajías cogió el manto nuevo que llevaba y lo rasgó en doce pedazos. Luego dijo a Jeroboán: "Toma para ti diez pedazos, porque esto dice el Señor, Dios de Israel: Voy a rasgar el reino de manos de Salomón y te voy a dar diez tribus. Le quedará una tribu en atención a David, mi siervo, y Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel. Porque me ha abandonado a mí y ha adorado a Astarté, diosa de los sidonios; a Camós, dios de Moab, y a Milcón, dios de los amonitas, y no ha seguido mis caminos, haciendo lo que es recto a mis ojos, ni ha guardado mis leyes y mis mandamientos, como su padre David. Sin embargo, no le quitaré el reino de su propia mano, sino que le mantendré en él todos los días de su vida, en atención a mi siervo David, a quien elegí y que guardó mis preceptos y mis leyes. Quitaré el reino a su hijo y te daré a ti diez tribus. A su hijo le dejaré una tribu, para que a mi siervo David le quede siempre ante mí una lámpara en Jerusalén, la ciudad que elegí para poner en ella mi nombre. Y a ti te tomaré para que reines a tu gusto y seas rey sobre Israel. Si me obedeces en todo lo que te ordene, sigues mis caminos y haces lo que es recto a mis ojos, observando mis leyes y mis preceptos, como lo hizo mi siervo David, yo estaré contigo y te edificaré una casa duradera, como la he edificado a David, y te entregaré Israel. Humillaré de este modo a la descendencia de David, mas no para siempre". Salomón buscó entonces a Jeroboán para darle muerte, pero Jeroboán escapó, huyendo a Egipto, junto a Sosac, rey de Egipto, y allí estuvo hasta la muerte de Salomón. El resto de la historia de Salomón, todo lo que hizo, y su sabiduría, está escrito en el libro de los hechos de Salomón. Salomón reinó cuarenta años en Jerusalén sobre todo Israel. Descansó con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de su padre David. Le sucedió en el trono su hijo Roboán. Roboán fue a Siquén, pues allá había acudido todo Israel para proclamarlo rey. Cuando lo supo Jeroboán, hijo de Nabat, que estaba todavía en Egipto, adonde había huido para escapar del rey Salomón, se volvió de Egipto. Lo mandaron llamar y vino. Jeroboán y toda la comunidad de Israel se presentaron a Roboán y le dijeron: "Tu padre nos ha puesto un yugo muy pesado. Alivia tú la dura servidumbre de tu padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros, y te serviremos". Él les respondió: "Volved a verme dentro de tres días". El pueblo se fue. El rey Roboán pidió consejo a los ancianos que habían estado al servicio de su padre Salomón, mientras éste vivía: "¿Qué me aconsejáis responder a este pueblo?". Y ellos le respondieron: "Si hoy eres condescendiente con este pueblo, les complaces y les respondes con buenas palabras, serán siempre servidores tuyos". Pero él no siguió el consejo de los ancianos, y consultó a los jóvenes que se habían criado con él y estaban a su servicio. Les dijo: "¿Qué me aconsejáis responder a esta gente, que me ha hablado así: Aligéranos el yugo que tu padre puso sobre nosotros?". Los jóvenes le respondieron: "A esa gente, que te ha hablado en esos términos, debes responder lo siguiente: Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de mi padre. Si mi padre os cargó un yugo pesado, yo lo haré más pesado todavía; si mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con latigazos". Al tercer día, tal como el rey había dicho, Jeroboán y todo el pueblo se presentaron ante Roboán. Pero el rey les contestó duramente, desechó el consejo de los ancianos, siguió el de los jóvenes y les habló de esta manera: "Mi padre os puso un yugo pesado, yo lo haré más pesado todavía; mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con latigazos". El rey no dio oídos al pueblo, porque así lo había dispuesto el Señor para que se cumpliera la palabra que el Señor había anunciado por medio de Ajías, el de Silo, a Jeroboán, hijo de Nabat. Los israelitas, al ver que el rey no les había hecho caso, le replicaron: "¿Qué tenemos que ver nosotros con David? ¡No tenemos ninguna heredad en común con el hijo de Jesé! ¡Cada uno a sus casas, Israel! Mira tú ahora por tu casa, David". Y los israelitas se fueron a sus casas. Roboán siguió reinando sobre los israelitas domiciliados en las ciudades de Judá. Roboán envió a Adorán, el intendente de las prestaciones personales; pero los israelitas le mataron a pedradas. Y el propio Roboán tuvo que apresurarse a subir a su carro y huir a Jerusalén. De este modo Israel se separó de la casa de David hasta nuestros días. Cuando todo Israel se enteró de que Jeroboán había vuelto, mandaron a llamarle a la asamblea y le proclamaron rey sobre todo Israel. Sólo la tribu de Judá permaneció fiel a la casa de David. Roboán llegó a Jerusalén, convocó a la casa de Judá y de Benjamín, ciento ochenta mil hombres de guerra, para luchar contra Israel y recuperar el reino. Pero Dios dijo a Semayas, hombre de Dios: "Di a Roboán, hijo de Salomón, rey de Judá, a toda la casa de Judá y Benjamín y al resto del pueblo: Esto dice el Señor: No vayáis a luchar con vuestros hermanos, los israelitas. Volveos a vuestras casas, pues esto ha sucedido porque yo lo he querido". Ellos obedecieron la voz del Señor, y se volvieron, como lo ordenaba el Señor. Jeroboán fortificó Siquén, en las montañas de Efraín, y fijó en ella su residencia. Luego fortificó Penuel. Jeroboán pensó: "Ahora puede el reino volver a la casa de David. Si este pueblo sube a ofrecer sacrificios en el templo del Señor, en Jerusalén, el corazón de esta gente se volverá a su señor, a Roboán, rey de Judá, y me matarán a mí, para tornar a Roboán, rey de Judá". Y, después de aconsejarse, hizo dos becerros de oro y dijo al pueblo: "¡Basta ya de subir a Jerusalén! Aquí tienes a tu dios, oh Israel, el que te sacó de Egipto". Y puso el uno en Betel, y el otro lo instaló en Dan. Esta acción fue incentivo de pecado, pues el pueblo iba hasta Dan para adorarlo. Construyó luego colinas, y de la asamblea del pueblo creó sacerdotes que pertenecían a la tribu de Leví. Estableció, además, una fiesta en el mes octavo, el día quince del mes, a semejanza de la que se celebraba en Judá, y él mismo subió al altar que había levantado en Betel, para ofrecer sacrificios a los becerros que había fabricado, y también en Betel nombró a los sacerdotes de las colinas que había edificado. El día quince del octavo mes, el mes que él, a capricho suyo, había elegido, subió al altar que había levantado en Betel. Instituyó una fiesta para los israelitas y subió al altar a quemar incienso. Mientras Jeroboán estaba de pie junto al altar, quemando incienso, un hombre de Dios llegó de Judá a Betel por orden del Señor, y gritó contra el altar por orden del Señor: "¡Altar, altar! Esto dice el Señor: Nacerá un hijo a la casa de David, llamado Josías, e inmolará sobre ti a los sacerdotes de las colinas que en ti queman incienso, de modo que arderán sobre ti huesos humanos". Al mismo tiempo dio una señal, diciendo: "Ésta será la señal de que ha hablado el Señor: El altar se va a partir y a derramarse la ceniza que hay sobre él". El rey, al oír la amenaza que el hombre de Dios había gritado contra el altar de Betel, extendió su mano desde el altar, y dijo: "¡Prendedlo!". Pero la mano que había extendido contra él se le quedó tiesa sin poderla mover. Y el altar se partió y la ceniza se derramó del altar, conforme a la señal que el hombre de Dios había dado por orden del Señor. Entonces el rey dijo al hombre de Dios: "¡Por favor! Suplica al Señor, tu Dios, y ruega por mí para que pueda mover mi mano". El hombre de Dios invocó al Señor, y el rey pudo mover la mano, quedando como antes. El rey dijo al hombre de Dios: "Ven a comer conmigo, que quiero hacerte un regalo". Pero el hombre de Dios le contestó: "Aunque me dieses la mitad de tu casa, no iría contigo, ni comería pan, ni bebería agua en este lugar; pues el Señor me ha ordenado esto: No comerás pan, ni beberás agua, ni regresarás por el camino que fuiste". Y se fue por otro camino distinto. En Betel vivía un profeta anciano, cuyos hijos fueron a contarle todo lo que había hecho el hombre de Dios aquel día en Betel y las palabras que había dirigido al rey. Se lo contaron, y él les preguntó: "¿Por qué camino se ha ido?". Sus hijos le indicaron el camino por donde el hombre de Dios, venido de Judá, se había ido. Él dijo: "Aparejadme un asno". Le aparejaron un asno, y él se montó encima; fue en seguimiento del hombre de Dios, y lo encontró sentado bajo un terebinto. "¿Eres tú -le dijo- el hombre de Dios que ha llegado de Judá?". "Yo soy", respondió. Él dijo: "Ven conmigo a mi casa a comer un bocado". "No puedo volverme contigo ni acompañarte -replicó-. No comeré pan ni beberé agua contigo en este lugar, pues el Señor me ha ordenado: No comerás allí pan, ni beberás agua, ni regresarás por el camino que fuiste". El anciano insistió: "También yo soy profeta como tú, y un ángel me ha dicho de parte del Señor: Hazle volver contigo a tu casa para que coma pan y beba agua". Así le engañó. Se fue con él y comió pan en su casa y bebió agua. Mientras estaban sentados a la mesa, el Señor habló al profeta que le había hecho volverse, el cual gritó al hombre de Dios que había llegado de Judá: "Por haber sido rebelde a la orden del Señor y no haber obedecido el mandato que te dio el Señor, por haber vuelto y haber comido y bebido donde él te había prohibido hacerlo, tu cadáver no reposará en el sepulcro de tus padres". Después de haber comido y bebido, aparejó el asno al profeta que había hecho volver. Éste se fue; un león le salió por el camino y lo mató, quedando su cadáver tendido en el camino. El asno y el león se quedaron junto al cadáver. Unos hombres que pasaban vieron el cadáver tendido en el camino y el león al lado, llegaron a la ciudad del profeta anciano y lo contaron. Cuando se enteró el profeta que había hecho volver al otro de su camino exclamó: "Es el hombre de Dios, que ha sido rebelde al mandato del Señor, y por eso el Señor lo ha entregado al león para que lo matara y lo despedazara, como había dicho el Señor". Luego dijo a sus hijos: "¡Aparejadme el asno!"; ellos lo hicieron. Partió y halló el cadáver del otro tendido en el camino, y el asno y el león de pie junto al cadáver. El león no había devorado el cadáver ni había despedazado al asno. El profeta tomó el cadáver del hombre de Dios, lo cargó sobre el asno y se lo llevó con él a su ciudad para hacer duelo y sepultarlo. Lo enterró en su propia sepultura, y le lloraron: "¡Ay, hermano mío!". Después de sepultarlo, dijo a sus hijos: "Cuando yo me muera, me enterraréis en la sepultura en que el hombre de Dios está enterrado; poned mis huesos junto a los suyos, porque con toda seguridad se cumplirá la palabra que de parte del Señor pronunció contra el altar que hay en Betel y contra todos los santuarios de las colinas que hay en las ciudades de Samaría". A pesar de esto, Jeroboán no se volvió atrás de su mal camino, sino que continuó creando del pueblo bajo sacerdotes para las colinas. A todo el que lo deseaba, le consagraba y le hacía sacerdote de las colinas. Éste fue el pecado de la casa de Jeroboán, por el que fue destruida y exterminada de la tierra. En aquel tiempo enfermó Abías, hijo de Jeroboán, y Jeroboán dijo a su mujer: "Disfrázate de modo que nadie conozca que eres mi mujer, y vete a Silo. Allí está Ajías, el profeta, el que me anunció que había de ser rey de este pueblo. Llévate diez panes, unas tortas y un tarro de miel, y preséntate a él. Él te dirá lo que ha de ser del niño". Así lo hizo; fue a Silo, y entró en la casa de Ajías. Ajías no podía ver, pues, por la vejez, tenía los ojos apagados. Pero el Señor había dicho a Ajías: "Va a venir la mujer de Jeroboán a consultarte acerca de su hijo, que está enfermo. Le has de decir esto y esto". Ella entró fingiéndose otra. Ajías, al oír el ruido de sus pasos cuando atravesaba el umbral, exclamó: "Entra, mujer de Jeroboán. ¿Por qué te haces pasar por otra? Tengo una mala noticia para ti. Ve y di a Jeroboán: Esto dice el Señor: Yo te saqué de en medio del pueblo y te constituí jefe de mi pueblo Israel; quité el reino a la casa de David para dártelo a ti; pero tú no has sido como mi siervo David, el cual observó mis preceptos y me siguió de todo corazón, haciendo sólo lo que es recto a mis ojos, sino que has obrado peor que todos los predecesores; has ido a fabricarte dioses extranjeros e imágenes fundidas, provocando con ello mi ira, y a mí me has dado la espalda; por eso, voy a traer la desventura sobre la casa de Jeroboán: exterminaré de ella a todos los varones, libres o esclavos, y barreré a la casa de Jeroboán como se barre el estiércol, totalmente. Al que de la casa de Jeroboán muera en la ciudad lo comerán los perros; al que muera en el campo lo comerán las aves del cielo. Porque así lo ha dicho el Señor. En cuanto a ti, levántate y vete a tu casa; al pisar tus pies la ciudad, el niño morirá. Todo Israel lo llorará, y le enterrarán; éste será el único de Jeroboán que vaya a parar a una sepultura, porque sólo en él, de la casa de Jeroboán, se ha encontrado algo grato al Señor, Dios de Israel. El Señor pondrá sobre Israel un rey que exterminará la casa de Jeroboán a su tiempo. ¿Y qué más? El Señor golpeará a Israel como una caña agitada por el agua y arrancará a Israel de esta tierra fértil que dio a sus padres y los dispersará allende el río, porque se hicieron estelas irritando al Señor. Entregará a Israel por causa de los pecados de Jeroboán, los que él ha cometido y los que ha hecho cometer a Israel". La mujer de Jeroboán se levantó y salió para Tirsá. Cuando entraba por el umbral de la casa, el niño murió. Lo enterraron, y todo Israel le lloró, como el Señor había dicho por medio de su siervo Ajías, el profeta. El resto de la historia de Jeroboán, las guerras que hizo y cómo reinó, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Jeroboán reinó veintidós años. A su muerte le sucedió en el trono su hijo Nadab. Roboán, hijo de Salomón, reinó en Judá. Tenía cuarenta y un años cuando subió al trono, y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad elegida por el Señor entre todas las tribus de Israel para morada de su nombre. Su madre se llamaba Naamá, la amonita. Judá hizo lo que es malo a los ojos del Señor, y provocaron su enojo con los pecados que cometieron, más que lo hicieron sus padres. También ellos se edificaron colinas, estelas y cipos sagrados sobre cualquier colina elevada o bajo cualquier árbol frondoso; hasta prostitución sagrada había en el país. Imitaron, pues, todas las infamias de las gentes que el Señor había echado delante de los israelitas. El año quinto del reinado de Roboán, Sesac, rey de Egipto, fue contra Jerusalén. Se apoderó de los tesoros del templo del Señor y del palacio real. Todo se lo llevó, incluso los escudos de oro que había hecho el rey Salomón. El rey Roboán hizo en su lugar otros escudos de bronce, que entregó a los jefes de la guardia que custodiaba la entrada del palacio real. Siempre que el rey iba al templo del Señor, la guardia los llevaba, y luego los volvía a poner en la sala de guardia. El resto de la historia de Roboán y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Entre Roboán y Jeroboán hubo continua guerra. Roboán murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Abías. Abías comenzó a reinar en Judá el año dieciocho del reinado de Jeroboán. Reinó tres años en Jerusalén. Su madre, hija de Absalón, se llamaba Macá. Cometió todos los pecados que su padre antes de él había cometido, y su corazón no fue sumiso al Señor, como el corazón de su padre David. Sin embargo, en atención a David, el Señor, su Dios, le concedió una lámpara en Jerusalén, suscitando a su hijo después de él y manteniendo en pie a Jerusalén, pues David había hecho lo que es recto a los ojos del Señor y no se había apartado durante toda su vida en nada de todo lo que el Señor le había mandado, excepto el caso de Urías, el hitita. El resto de la historia de Abías y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Entre Abías y Jeroboán hubo continua guerra. Abías murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Asá. El año veinte de Jeroboán, rey de Israel, subió al trono Asá, rey de Judá. Reinó en Jerusalén cuarenta y un años. Su abuela, hija de Absalón, se llamaba Macá. Asá hizo lo que es recto a los ojos del Señor, como su padre David. Extirpó del país la prostitución sagrada y retiró todos los ídolos fabricados por sus padres; quitó la dignidad de reina madre a su abuela Macá por haber hecho una imagen de Aserá. Asá destruyó la imagen y la quemó en el torrente Cedrón. En cambio, no se quitaron las colinas, aunque Asá fue siempre fiel al Señor. Llevó al templo todas las ofrendas que él y su padre habían hecho al Señor: plata, oro y objetos varios. Entre Asá y Basá, rey de Israel, hubo continua guerra. Basá, rey de Israel, atacó Judá y fortificó Ramá, para cortar las comunicaciones a Asá, rey de Judá. Entonces Asá tomó la plata y el oro de los tesoros del templo del Señor y del palacio real, y por medio de sus servidores los envió a Ben Hadad, hijo de Tabrimón y nieto de Jezyón, rey de Siria, que tenía su residencia en Damasco, con este mensaje: "Hagamos nosotros un pacto, como lo hicieron nuestros padres. Yo te envío este obsequio de plata y oro. Rompe tu pacto con Basá, rey de Israel, para que me deje en paz". Ben Hadad dio oídos al rey Asá y mandó a los jefes de sus ejércitos contra las ciudades de Israel, y devastó a Iyón, Dan, Abel-bet-Maacá y toda la región de Genesaret con todo el territorio de Neftalí. Cuando Basá se enteró de ello, desistió de fortificar Ramá y se volvió a Tirsá. El rey Asá convocó a todo Judá, sin excepción alguna; y se llevaron las piedras y el maderamen con que Basá fortificaba Ramá para fortificar con ello Guibeá de Benjamín y Mispá. El resto de la historia de Asá, todas sus proezas y todo lo que hizo, las ciudades que edificó, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Únicamente que, en su vejez, estuvo enfermo de los pies. Asá murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió su hijo Josafat. Nadab, hijo de Jeroboán, subió al trono de Israel el año segundo de Asá, rey de Judá, y reinó sobre Israel dos años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y siguió los caminos de su padre y los pecados con que hizo pecar a Israel. Basá, hijo de Ajías, de la casa de Isacar, conspiró contra él, y le asesinó junto a Guibetón de los filisteos, mientras Nadab y todo Israel la estaban asediando. Le mató el año tercero de Asá, rey de Judá, y le sucedió en el trono. Y apenas subió al trono, exterminó a toda la casa de Jeroboán, matándolos a todos, sin dejar un viviente, como el Señor había dicho por medio de Ajías, el silonita, por los pecados que Jeroboán había cometido y había hecho cometer a Israel, y por haber irritado al Señor, Dios de Israel. El resto de la historia de Nadab y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Entre Asá y Basá, rey de Israel, hubo continua guerra. El año tercero de Asá, rey de Judá, subió al trono Basá, hijo de Ajías, sobre todo Israel, en Tirsá. Reinó veinticuatro años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y siguió los caminos de Jeroboán y los pecados con que hizo pecar a Israel. El Señor dirigió a Jehú, hijo de Jananí, esta palabra contra Basá: "Yo te había exaltado del polvo y te había constituido jefe de mi pueblo Israel, pero tú has seguido los caminos de Jeroboán y has hecho pecar a mi pueblo, Israel, irritándome con sus pecados; por eso exterminaré a Basá y a su posteridad y haré de tu casa lo que hice de la casa de Jeroboán, hijo de Nabat. Al que de Basá muera en la ciudad lo comerán los perros, y al que muera en el campo lo comerán las aves del cielo". El resto de la historia de Basá, sus proezas y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Basá murió y fue sepultado con sus padres en Tirsá. Le sucedió en el trono su hijo Elá. El Señor, por medio del profeta Jehú, hijo de Jananí, dirigió su palabra contra Basá y contra su casa, no sólo por todo lo malo que hizo a los ojos del Señor, irritándole con sus acciones y haciéndose semejante a la casa de Jeroboán, sino por haber exterminado a ésta. El año veintiséis de Asá, rey de Judá, empezó a reinar Elá, hijo de Basá, sobre Israel, en Tirsá. Reinó dos años. Conspiró contra él su súbdito Zimrí, jefe de la mitad de los carros de guerra. Estaba en Tirsá bebiendo y borracho, en casa de Arsá, prefecto del palacio de Tirsá, cuando Zimrí irrumpió, le acometió y le mató en el año veintisiete de Asá, rey de Judá, y le sucedió en el trono. Apenas se sentó como rey en el trono, exterminó a toda la casa de Basá, sin dejar vivo ningún varón pariente o amigo, como el Señor había dicho contra Basá por medio del profeta Jehú, por todos los pecados de Basá y por los pecados de Elá, su hijo, los que ellos cometieron y los que hicieron cometer a Israel, irritando al Señor, Dios de Israel, con sus ídolos. El resto de las historias de Elá y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. El año veintisiete de Asá, rey de Judá, subió al trono Zimrí. Reinó siete días en Tirsá. Mientras el pueblo estaba sitiando a Guibetón de los filisteos, oyó decir: "Zimrí ha tramado una conspiración y hasta ha dado muerte al rey". Aquel mismo día, en el campo de batalla, Israel entero proclamó rey sobre todo Israel a Omrí, general del ejército. Omrí y todo Israel con él marcharon de Guibetón y pusieron sitio a Tirsá. Cuando Zimrí vio que la ciudad estaba tomada, se refugió en la ciudadela del palacio real; le prendió fuego, y así murió por causa de los pecados que había cometido haciendo lo que es malo a los ojos del Señor y siguiendo los caminos de Jeroboán y sus pecados, con los que había hecho pecar a Israel. El resto de la historia de Zimrí y la conjuración que tramó está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Entonces el pueblo de Israel se dividió en dos partes: una parte del pueblo siguió a Tibní, hijo de Guinat, proclamándole rey; la otra parte, a Omrí. Pero prevaleció el pueblo que seguía a Omrí sobre los que seguían a Tibní, hijo de Guinat. Murió Tibní y quedó Omrí de rey. El año treinta y uno de Asá, rey de Judá, comenzó a reinar Omrí sobre Israel. Reinó doce años, seis en Tirsá. Compró el monte de Samaría a Sémer por unos sesenta kilos de plata, y lo fortificó; construyó en él una ciudad, a la que llamó Samaría en razón del nombre de Sémer, amo del monte. Omrí hizo lo que es malo a los ojos del Señor, y aun obró peor que sus predecesores; imitó en todo a Jeroboán, hijo de Nabat, y por los pecados que hizo cometer a Israel, irritando al Señor, Dios de Israel, con sus ídolos. El resto de la historia de Omrí, sus proezas y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Omrí murió y fue sepultado con sus padres en Samaría. Le sucedió en el trono su hijo Ajab. Ajab, hijo de Omrí, empezó a reinar sobre Israel el año treinta y ocho de Asá, rey de Judá, y reinó sobre Israel en Samaría veintidós años. Ajab hizo lo que es malo a los ojos del Señor, más que todos sus predecesores; y, no bastándole imitar los pecados de Jeroboán, hijo de Nabat, tomó por esposa a Jezabel, hija de Etbaal, rey de los sidonios, y sirvió y adoró a Baal. Levantó un altar a Baal en el templo de Baal que edificó en Samaría. Hizo también una estela; y de este modo Ajab siguió irritando al Señor, Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel que le habían precedido. En su tiempo Jiel, de Betel, reedificó a Jericó; pero a costa de su primogénito Abirán echó los cimientos, y de Segub, su hijo menor, asentó las puertas, como había dicho el Señor por medio de Josué, hijo de Nun. Elías, el tesbita, de Tisbé, en Galaad, dijo a Ajab: "¡Vive el Señor, Dios de Israel, a cuyo servicio estoy!: en estos dos años no habrá lluvia ni rocío, mientras yo no lo diga". El Señor le dijo: "Sal de aquí y vete al oriente a esconderte en el torrente Querit, que está al este del Jordán. Beberás del torrente; yo he dado orden a los cuervos de que te alimenten allí". Elías salió y, tal como el Señor le había ordenado, se estableció en el torrente Querit, al este del Jordán. Los cuervos le traían pan por la mañana y carne por la tarde, y bebía del torrente. Pero al cabo de algún tiempo se secó el torrente por no haber llovido en el país. Entonces el Señor le dijo: "Levántate y ve a Sarepta, de Sidón, a establecerte allí. He dado orden allí a una mujer viuda de que te alimente". Elías se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por las puertas de la ciudad, vio a una mujer viuda, que estaba recogiendo leña. La llamó y le dijo: "Tráeme, por favor, en un vaso un poco de agua para beber". Cuando ella iba por el agua, Elías le gritó: "Tráeme también un pedazo de pan". Ella entonces replicó: "¡Vive el Señor, tu Dios!, que no tengo una sola torta; sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estaba recogiendo esta leña para prepararlo para mí y mi hijo, comérnoslo y luego morir". Elías le dijo: "No temas. Ve a casa y haz lo que has dicho, pero primero hazme a mí una torta pequeña y tráemela. Para ti y para tu hijo, la harás después. Porque esto dice el Señor, Dios de Israel: No se vaciará la tinaja de harina, ni la orza del aceite disminuirá hasta el día en que el Señor haga caer la lluvia sobre la faz de la tierra". Fue e hizo lo que Elías le había dicho, y tuvieron para comer él, ella y toda su casa durante algún tiempo. La tinaja de harina no se vació, ni disminuyó la orza del aceite, según la promesa que el Señor había hecho por medio de Elías. Después de algún tiempo el hijo del ama de la casa cayó gravemente enfermo y murió. Entonces ella dijo a Elías: "¿Qué tengo yo que ver contigo, hombre de Dios? ¿Has entrado en mi casa para recordar mis pecados y dar muerte a mi hijo?". Elías respondió: "Dame a tu hijo". Lo tomó del regazo de la viuda, lo subió al aposento superior, donde él dormía, y lo acostó sobre su lecho. Y clamó al Señor: "Señor, Dios mío, ¿también afliges a esta viuda que me hospeda, haciendo morir a su hijo?". Luego se tendió sobre el niño tres veces y clamó al Señor así: "¡Señor, Dios mío, te ruego que devuelvas la vida a este niño!". El Señor escuchó a Elías, y el niño revivió. Elías tomó al niño, lo bajó del aposento superior de la casa y lo entregó a su madre, diciendo: "¡Mira, tu hijo está vivo!". La mujer dijo a Elías: "Ahora sí reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad". Después de mucho tiempo, a los tres años, el Señor dijo a Elías: "Anda, preséntate a Ajab, pues quiero hacer llover sobre la faz de la tierra". Elías fue a presentarse a Ajab. Como el hambre arreciaba en Samaría, Ajab llamó a Abdías, su mayordomo, el cual era muy temeroso del Señor: cuando Jezabel exterminó a los profetas del Señor, Abdías recogió a cien profetas y los ocultó en grupos de cincuenta en unas cuevas, proveyéndoles de pan y agua. Ajab dijo a Abdías: "Vamos a recorrer el país en busca de fuentes de agua y de arroyos, por si podemos encontrar pasto para mantener caballos y mulos, y no mueran todos los animales". Se repartieron el país para recorrerlo. Ajab partió en una dirección, y Abdías en otra. Cuando Abdías iba por el camino, le salió al encuentro Elías. Al reconocerle, se postró rostro en tierra y dijo: "¿Eres tú Elías, mi señor?". Le respondió: "Lo soy. Anda y di a tu amo que está aquí Elías". Él replicó: "¿Qué pecado he cometido para que me entregues a Ajab y me mate? ¡Vive el Señor, tu Dios!, que no hay pueblo ni reino donde mi amo no haya mandado a buscarte, y cuando se respondía que no estabas allí, hacía jurar a aquel reino o pueblo que no te había encontrado; y ahora me dices tú: anda y di a tu amo que está aquí Elías. Y va a suceder que, cuando yo me separe de ti, el espíritu del Señor te llevará a un lugar que yo no sé, y después de haber ido a dar la nueva a Ajab, él, al no encontrarte, me matará. Con todo, tu siervo teme al Señor desde su mocedad. ¿Por ventura no le han contado a mi señor lo que hice cuando Jezabel mataba a los profetas del Señor, cómo oculté a cien de estos profetas del Señor por grupos de cincuenta en unas cuevas, alimentándolos con pan y agua? Y ahora tú me dices: anda y di a tu amo que está aquí Elías, para que me mate". Elías respondió: "¡Vive el Señor todopoderoso, a cuyo servicio estoy!, que hoy me presentaré a él". Abdías fue a buscar a Ajab y se lo comunicó. Entonces Ajab salió al encuentro de Elías. Cuando lo vio, le dijo: "¿Eres tú, portador de desdichas de Israel?". Elías replicó: "Yo no soy portador de desdichas de Israel; lo eres tú y la casa de tu padre, por haber abandonado los mandamientos del Señor y haber dado culto a los baales. Ahora bien, manda reunir junto a mí en el monte Carmelo a todo Israel y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal que comen a la mesa de Jezabel". Y Ajab mandó llamar a todos los israelitas y reunió a los profetas en el monte Carmelo. Elías se presentó al pueblo y dijo: "¿Hasta cuándo andaréis cojeando de las dos piernas? Si el Señor es Dios, seguidle; y si lo es Baal, seguidle a él". Pero el pueblo no respondió palabra. Entonces dijo Elías al pueblo: "He quedado yo solo de los profetas del Señor; en cambio, los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Pues bien, que nos den dos novillos. Que ellos elijan un novillo, que lo descuarticen y que lo pongan sobre la leña, pero sin poner fuego. Que invoquen ellos el nombre de sus dioses y yo invocaré el nombre del Señor. El dios que responda enviando fuego, ése será el verdadero Dios". El pueblo respondió: "¡Está muy bien!". Entonces Elías dijo a los profetas de Baal: "Elegid vosotros un novillo y preparadlo vosotros primero, porque sois más. Invocad el nombre de vuestros dioses sin prender fuego". Les entregaron el novillo que eligieron, lo prepararon y se pusieron a invocar el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: "¡Oh, Baal, respóndenos!". Pero no se oía voz alguna, ni nadie respondía. Y ellos continuaban danzando en torno al altar que habían hecho. Cuando fue mediodía, Elías comenzó a burlarse de ellos, diciendo: "¡Gritad más fuerte, pues es dios! Pero está cavilando, o retirado, o se encontrará de viaje; tal vez esté durmiendo y tenga que despertarse". Ellos, entonces, gritaban más fuerte, y según su costumbre, se hacían cortes con espadas y lanzas, hasta chorrear sangre por su cuerpo. Pasado el mediodía, continuaron en su paroxismo hasta la hora de la ofrenda del sacrificio. Pero no se oía voz alguna, ni nadie respondía ni hacía caso. Entonces Elías dijo a todo el pueblo: "Acercaos a mí". Y el pueblo entero se le acercó. Preparó el altar del Señor, que había sido destruido; tomó doce piedras, una por cada tribu de los hijos de Jacob, a quien había dicho: "Te llamarán Israel", y construyó con ellas un altar en honor del Señor. Hizo en torno al altar una zanja como un surco para dos medidas de simiente, dispuso la leña, descuartizó el novillo, lo puso sobre la leña y ordenó: "Llenad cuatro cántaros de agua y vertedla sobre la leña". Luego dijo: "Otra vez". Y vertieron agua de nuevo. "Por tercera vez", añadió. Y lo hicieron por tercera vez. El agua corría en torno al altar, hasta que se llenó la zanja. A la hora de la ofrenda del sacrificio de Elías, se adelantó y dijo: "¡Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel!, que se sepa hoy que tú eres Dios de Israel y yo tu siervo, y que por orden tuya he hecho todas estas cosas. Respóndeme, Señor; respóndeme, y que sepa este pueblo que tú eres, Señor, el verdadero Dios, y así se convertirá de corazón". Entonces cayó fuego del Señor y devoró el holocausto, la leña, las piedras y el polvo y secó el agua de la zanja. El pueblo, al ver esto, cayó rostro en tierra, y exclamó: "¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!". Elías les dijo: "Prended a los profetas de Baal. Que no escape ni uno solo". Los prendieron y Elías los llevó al torrente Quisón y los hizo degollar allí. Luego Elías dijo a Ajab: "Sube, come y bebe, porque ya se percibe el ruido de lluvia torrencial". Y Elías subió a la cima del Carmelo y se postró en tierra, puesto su rostro entre las rodillas. Y dijo a su criado: "Sube y mira en dirección del mar". Subió, miró y dijo: "No hay nada". Le dijo: "Sube hasta siete veces". A la séptima vez dijo: "Una nube pequeña como la palma de la mano de un hombre sube del mar". Elías dijo: "Corre y di a Ajab: Engancha y baja, para que no te impida la lluvia". Y en unos instantes el cielo se oscureció con nubes y viento, y cayó una lluvia abundante. Ajab montó en su carro y fue a Yezrael. El Señor dio fuerzas a Elías, que se ciñó y fue corriendo delante de Ajab hasta Yezrael. Ajab contó a Jezabel lo que Elías había hecho y cómo había degollado a espada a todos los profetas de Baal. Y entonces Jezabel envió este mensaje a Elías: "Esto y cosa peor hagan conmigo los dioses si mañana a estas horas no te he puesto a ti como a uno de ellos". Elías tuvo miedo y se escapó para salvar su vida; llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él se internó en el desierto una jornada de camino y fue a sentarse bajo una retama, deseándose la muerte y diciendo: "¡Ya basta, oh Señor! Quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres". Luego se acostó y se quedó dormido debajo de la retama. Un ángel le tocó y le dijo: "Levántate y come". Miró en derredor, y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras ardiendo y un vaso de agua. Comió, bebió y luego se volvió a acostar. El ángel del Señor volvió por segunda vez, le tocó y le dijo: "Levántate y come, pues te resta un camino demasiado largo para ti". Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel manjar caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Llegó y pasó la noche en una cueva. El Señor le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?". Respondió: "Me he abrasado en celo por el Señor todopoderoso, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han destruido tus altares, han pasado a espada a tus profetas. He quedado yo solo, y me buscan para quitarme la vida". El Señor le dijo: "Sal y quédate de pie en la montaña ante la presencia del Señor". Y el Señor pasó. Sopló un viento fuerte e impetuoso que descuajaba los montes y quebraba las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Tras el terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y al fuego siguió un ligero susurro de aire. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con su capa, salió fuera y se quedó de pie a la entrada de la cueva. Y una voz le preguntó: "¿Qué haces aquí, Elías?". Respondió: "Me he abrasado en celo por el Señor todopoderoso, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han destruido tus altares, han pasado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y me buscan para quitarme la vida". Y el Señor le dijo: "Anda, vuelve a emprender tu camino por el desierto hacia Damasco, y, cuando llegues, ungirás a Jazael por rey de Siria; a Jehú, hijo de Nimsí, le ungirás por rey de Israel; y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, le ungirás profeta en tu lugar. A quien escape de la espada de Jazael le matará Jehú, y a quien escape de la espada de Jehú le matará Eliseo. Pero yo me reservaré en Israel siete mil: todas las rodillas que no se han doblado ante Baal y todas las bocas que no lo han besado". Elías se fue de allí en busca de Eliseo, al que encontró arando. Tenía delante de sí doce yuntas de bueyes, y él araba con la duodécima. Elías pasó junto a él y le echó encima su capa. Eliseo, entonces, dejó los bueyes, corrió detrás de Elías y le dijo: "Déjame dar un beso a mi padre y a mi madre, y luego te seguiré". Elías respondió: "Anda, vuélvete; pero ten en cuenta lo que he hecho contigo". Se apartó de Elías, tomó la yunta de bueyes y la inmoló; y con los aperos de los bueyes coció la carne y la repartió a la gente para que la comiera. Luego se levantó, siguió a Elías y fue su servidor. Ben Hadad, rey de Siria, reunió todo su ejército y, acompañado de treinta y dos reyes con carros y caballos, fue a sitiar Samaría y la atacó. Envió a la ciudad emisarios a decir a Ajab, rey de Israel: "Esto dice Ben Hadad: Tu plata y tu oro son míos; tus mujeres y tus hijos a ti te pertenecen". El rey de Israel contestó de esta manera: "Como lo dices, ¡oh rey, mi señor! tuyo soy y todo lo que tengo". Pero los emisarios volvieron de nuevo, diciendo: "Esto dice Ben Hadad: Envío a decirte: Me debes entregar tu plata, tu oro, tus mujeres y tus hijos. Por tanto, mañana, a estas horas, te mandaré mis súbditos, que registrarán tu casa y las casas de tus súbditos. Todo lo que les agrade lo tomarán y se lo llevarán". Entonces el rey de Israel convocó a todos los ancianos del país y dijo: "Considerad y ved la injusticia que éste busca: me ha mandado a pedir mis mujeres y mis hijos, después de no haberle negado mi plata y mi oro". Los ancianos y todo el pueblo le dijeron: "No le hagas caso ni aceptes". Y respondió a los emisarios de Ben Hadad: "Decid al rey, mi señor: Todo lo que mandaste a decir a tu servidor en un principio, lo haré; pero esto otro no lo puedo hacer". Los emisarios se fueron y dieron la respuesta. Ben Hadad mandó a decirle: "Esto y cosa peor hagan conmigo los dioses si el polvo de Samaría basta para llenar los puños de toda la gente que me sigue". Y el rey de Israel contestó: "Decidle: No se engría quien se está ciñendo las armas como el que se despoja de ellas". Cuando Ben Hadad se enteró de esta respuesta, estaba con los reyes, bebiendo en las tiendas, y mandó a sus súbditos: "¡A formar!". Y formaron contra la ciudad. Un profeta se acercó a Ajab, rey de Israel, y dijo: "Esto dice el Señor: ¿Ves toda esa inmensa multitud? Pues mira, yo la voy a poner hoy en tus manos para que sepas que yo soy el Señor". Ajab replicó: "¿Por medio de quién?". Y respondió: "Por medio de los asistentes de los jefes de las provincias". Él insistió: "¿Quién entablará el combate?". Y respondió: "Tú". Ajab entonces pasó revista a los asistentes de los jefes de las provincias, y se contaron doscientos treinta y dos. Después de ellos revistó a toda la gente, todos los israelitas, que eran siete mil. Al mediodía se hizo una salida, mientras que Ben Hadad estaba en sus tiendas bebiendo y borracho, con los treinta y dos reyes que le ayudaban. Salieron en primer lugar los asistentes de los jefes de las provincias. Ben Hadad envió a informarse y le dieron este parte: "Unos hombres han salido de Samaría". Ordenó: "Si han salido en son de paz, prendedlos vivos; y si en son de guerra, prendedlos vivos también". Los asistentes de los jefes de las provincias salieron de la ciudad, seguidos por el ejército. Cada uno mató al que se le puso delante. Los sirios se dieron a la fuga, perseguidos por los israelitas, y Ben Hadad, rey de Siria, logró salvarse a caballo con algunos jinetes. Salió también el rey de Israel y se apoderó de caballos y de carros, asestando un recio golpe a los sirios. Se acercó entonces el profeta al rey de Israel y le dijo: "Anda, refuérzate y considera lo que debes hacer; porque al cabo del año el rey de Siria vendrá contra ti". Los súbditos del rey de Siria le dijeron: "El dios de ellos es dios de las montañas; por eso nos han vencido; pero luchemos contra ellos en la llanura, y verás cómo los venceremos. Haz esto: quita a cada uno de los reyes de su puesto y pon en su lugar prefectos. Luego tú reunirás un ejército como el que perdiste, una caballería como aquélla y carros en igual número. Les presentaremos batalla en la llanura, y verás cómo los venceremos". El rey escuchó sus razones y obró de esta manera. Al cabo de un año Ben Hadad pasó revista a los sirios y fue a Afec a luchar contra Israel. También los israelitas fueron revistados, y salieron a su encuentro. Los israelitas acamparon frente a ellos como dos hatillos de cabras, mientras los sirios llenaban el país. Entonces un hombre de Dios se llegó al rey de Israel, y le dijo: "Esto dice el Señor: Ya que Siria ha dicho que el Señor es el Dios de las montañas y no el Dios de los valles, voy a entregar en tus manos a toda esa inmensa multitud, para que conozcáis que yo soy el Señor". Siete días estuvieron acampados los unos frente a los otros. Al séptimo día se entabló la batalla, y los israelitas mataron en un solo día cien mil infantes de los sirios. Los supervivientes huyeron a la ciudad de Afec; pero la muralla se desplomó sobre los siete mil hombres que quedaban. También Ben Hadad huyó a la ciudad, escondiéndose de estancia en estancia. Sus súbditos le dijeron: "Mira, hemos oído que los reyes de la casa de Israel son reyes clementes; deja que nos pongamos sayales en los lomos y sogas al cuello y salgamos ante el rey de Israel. ¡Quién sabe si nos perdonará la vida!". Y ciñeron con sayales los lomos y con cuerdas el cuello, y se presentaron al rey de Israel diciendo: "Tu servidor Ben Hadad dice: Perdóname la vida, por favor". El rey respondió: "¿Está aún vivo? Es mi hermano". Aquellos hombres lo dieron como buen augurio y se apresuraron a tomarle la palabra de la boca, diciendo: "¡Ben Hadad es tu hermano!". Y él añadió: "Id y traédmelo". Ben Hadad se presentó ante Ajab, que le montó en su carro. Ben Hadad le dijo: "Las ciudades que mi padre quitó al tuyo te las devolveré, y tú podrás establecer en Damasco plazas comerciales, como hizo mi padre en Samaría". Ajab hizo este pacto con él y le dejó en libertad. Un discípulo de los profetas dijo de parte del Señor a un compañero suyo: "Pégame". Y como no quiso hacerlo, le dijo: "Por no haber obedecido a la voz del Señor, cuando te separes de mí, te matará un león". Y apenas se separó de su lado, un león lo encontró y lo mató. Encontró luego a otro hombre y le dijo: "Pégame". Y aquel hombre lo golpeó y lo hirió. Fue entonces el profeta y se presentó al rey a la vera del camino, disfrazado con una venda en los ojos. Y cuando el rey pasaba, gritó: "Tu servidor había salido de en medio de la refriega, cuando un hombre se le acercó, me trajo a otro y me dijo: Guarda a este hombre. Si se escapa, tu vida responderá por la suya o pagarás tres mil monedas de plata. Pero sucedió que, mientras tu siervo atendía acá y allá, el hombre desapareció". El rey de Israel le dijo: "Ésa es tu sentencia. Tú mismo la has pronunciado". Él entonces se quitó la venda de los ojos, y el rey de Israel reconoció que era uno de los profetas. Y dijo al rey: "Por haber dejado escapar al hombre que yo había consagrado al exterminio, tu vida responderá por la suya y tu pueblo por su pueblo". Y el rey de Israel se fue a casa triste e irritado y entró en Samaría. Nabot, el yezraelita, tenía una viña en Yezrael, junto al palacio de Ajab, rey de Samaría. Ajab dijo a Nabot: "Dame tu viña, para que me sirva de huerto de hortaliza, ya que está contigua a mi palacio. Yo te daré en su lugar un huerto mejor, o, si lo prefieres, te daré su valor en dinero". Nabot respondió a Ajab: "¡Dios me libre de darte la herencia de mis padres!". Ajab entró en su palacio triste e irritado porque Nabot, el yezraelita, no le había querido dar la herencia de sus padres. Se metió en la cama, volvió la cara a la pared y no probó bocado. Su esposa Jezabel se acercó a él y le dijo: "¿Por qué estás de tan mal humor y no quieres comer?". Le respondió: "Porque he dicho a Nabot que me venda la viña o que me la cambie por otra y él no quiere". Jezabel le dijo: "¿Eres tú realmente el rey de Israel?... Levántate, come y estáte tranquilo. Yo te daré la viña de Nabot, el yezraelita". Entonces ella escribió en nombre de Ajab cartas, las selló con su sello y las envió a los ancianos y nobles conciudadanos de Nabot. En las cartas decía: "Pregonad un ayuno y haced a Nabot sentarse a la cabeza de la asamblea. Poned ante él dos hombres perversos que atestigüen contra él así: Ha maldecido a Dios y al rey. Sacadle luego fuera, y matadle a pedradas". Los hombres de la ciudad de Nabot, los ancianos y los nobles conciudadanos suyos hicieron lo que les había mandado Jezabel, tal y como estaba escrito en las cartas que les había enviado. Pregonaron un ayuno y pusieron a Nabot a la cabeza de la asamblea. Llegaron luego los dos hombres perversos y, encarándosele, testificaron ante la asamblea de esta suerte: "Nabot ha maldecido a Dios y al rey". Entonces lo sacaron fuera de la ciudad y lo mataron a pedradas. Y mandaron decir a Jezabel: "Nabot ha sido matado a pedradas". Apenas supo Jezabel que Nabot había sido matado a pedradas, dijo a Ajab: "Levántate, toma posesión de la viña de Nabot, el yezraelita, que no quiso vendértela, pues Nabot ya no vive, sino que ha muerto". Cuando Ajab oyó que Nabot había muerto, fue y se apoderó de su viña. Entonces el Señor dijo a Elías, el tesbita: "Anda y vete a ver a Ajab, rey de Israel, en Samaría. Está en la viña de Nabot, adonde ha ido para apoderarse de ella. Le dirás: Esto dice el Señor: ¡De modo que, después de haber matado, robas! Y añadirás: Esto dice el Señor: En el mismo lugar en que los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán también la tuya". Ajab dijo a Elías: "¿Así que me has sorprendido, enemigo mío?". "Sí, te he sorprendido -respondió Elías-; por haberte prestado a hacer lo que es malo a los ojos del Señor, voy a acarrear sobre ti la desgracia: barreré tu posteridad y exterminaré de Ajab todo varón, esclavo y libre, de Israel. Haré de tu casa como de la casa de Jeroboán, hijo de Nabat, o como de la casa de Basá, hijo de Ajías, por haberme irritado y haber hecho pecar a Israel. El Señor ha dicho también contra Jezabel: Los perros comerán a Jezabel en la propiedad de Yezrael. Al que de Ajab muera en la ciudad le comerán los perros, y al que muera en el campo le comerán las aves del cielo". En verdad no hubo nadie que como Ajab se prestase a hacer lo que es malo a los ojos del Señor, a lo cual le incitaba su esposa Jezabel, o cometiese tan grandes abominaciones dando culto a los ídolos, imitando a los amorreos, que el Señor había echado delante de los israelitas. Cuando Ajab oyó aquellas palabras, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó. Se acostaba con el cilicio y andaba muy afligido. Entonces el Señor dijo a Elías, el tesbita: "¿Has visto cómo Ajab se ha humillado ante mí? Por eso, no acarrearé la desgracia sobre su casa en sus días, sino en los días de su hijo". Pasaron tres años sin guerra entre Siria e Israel. Y al tercer año, Josafat, rey de Judá, fue a visitar al rey de Israel, el cual dijo a sus servidores: "Sabéis bien que Ramot de Galaad nos pertenece, y, no obstante, nosotros estamos con los brazos cruzados sin quitársela al rey de Siria". Y propuso a Josafat: "¿Quieres venir conmigo a atacar a Ramot de Galaad?". Josafat le respondió: "Tú y yo, tu pueblo y mi pueblo, tu caballería y mi caballería son una misma cosa". Pero añadió: "Por favor, consulta hoy la voluntad del Señor". Entonces el rey de Israel reunió a los profetas, cuatrocientos, y les dijo: "¿Debo atacar a Ramot de Galaad, o no?". Respondieron: "Atácala, porque el Señor la pondrá en tus manos". Josafat repuso: "¿No habrá aquí algún otro profeta del Señor, para consultarle?". El rey de Israel respondió a Josafat: "Hay todavía uno por medio del cual podemos consultar al Señor; pero yo le odio porque nunca me profetiza cosas buenas, sino cosas malas. Es Miqueas, hijo de Yimlá". Josafat dijo: "No hable así el rey". Entonces el rey de Israel llamó a un funcionario y le dijo: "Que venga inmediatamente Miqueas, hijo de Yimlá". El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, estaban sentados en sus tronos con sus vestiduras regias en la explanada, y ante ellos todos los profetas en trance de profetizar. Sedecías, hijo de Canaaná, se había hecho cuernos de hierro, y decía: "Esto dice el Señor: Con éstos acornearás a Siria hasta exterminarlo". Y todos los profetas profetizaban de la misma manera: "Ataca a Ramot de Galaad y triunfarás, pues el Señor la pondrá en tus manos". El mensajero que había ido a llamar a Miqueas le dijo: "Mira que los profetas, todos a una, profetizan éxito al rey: haz tú como ellos, y profetiza el triunfo". Miqueas respondió: "¡Vive el Señor, que diré lo que el Señor me mande!". Se presentó al rey, y el rey le dijo: "Miqueas, ¿debemos atacar a Ramot de Galaad, o no?". Él respondió: "Atácala y triunfarás, pues el Señor la pondrá en tus manos". El rey le dijo: "¿Cuántas veces te voy a decir que no digas más que la verdad en nombre del Señor?". Miqueas contestó: "He visto a todo Israel disperso por los montes como rebaño sin pastor. Y el Señor decía: Éstos no tienen dueño. Que cada uno vuelva en paz a su casa". El rey de Israel dijo a Josafat: "¿No te decía yo que nunca me profetiza bienes, sino males?". Miqueas replicó: "Escucha la palabra del Señor: He visto al Señor sentado en su trono y a toda la corte del cielo alineada a su derecha y a su izquierda. Y el Señor decía: ¿Quién seducirá a Ajab, para que vaya y muera en Ramot de Galaad? Y uno proponía una cosa y otro otra. Pero se adelantó un espíritu y, de pie ante el Señor, dijo: Yo lo seduciré. El Señor le preguntó: ¿Cómo? Y él respondió: Saldré y seré espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas. Y el Señor dijo: Tú lograrás seducirlo; vete y hazlo así. Sabe, pues, que el Señor ha puesto espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas, porque el Señor ha decretado tu ruina". Entonces Sedecías, hijo de Canaaná, dio una bofetada a Miqueas, y le dijo: "¿Es que el espíritu del Señor me ha dejado a mí para hablarte a ti?". Miqueas contestó: "Lo sabrás el día en que andes de aposento en aposento para esconderte". El rey de Israel ordenó: "Prende a Miqueas y condúcelo a Amón, prefecto de la ciudad, y a Joás, mi hijo, y diles: Ésta es la orden del rey: Meted a este hombre en la cárcel y tenedlo a pan y agua, y poco de cada cosa, hasta que yo vuelva sano y salvo". Miqueas repuso: "Si vuelves sano y salvo, el Señor no ha hablado por mi boca". El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, fueron a atacar a Ramot de Galaad. El rey de Israel dijo a Josafat: "Yo iré disfrazado a la batalla, pero tú irás con tu vestidura real". Y se disfrazó y entró en batalla. Mas el rey de Siria había dado estas órdenes a los treinta y dos jefes de sus carros: "No ataquéis a ninguno, sea oficial o soldado raso, sino únicamente al rey de Israel". Cuando los jefes de los carros vieron a Josafat, se dijeron: "Éste es el rey de Israel". Y fueron contra él y lo atacaron. Josafat entonces lanzó un grito. Los jefes de los carros se dieron cuenta de que no era el rey de Israel y dejaron de perseguirlo. Pero un hombre disparó el arco al azar e hirió al rey de Israel entre las junturas de la coraza. El rey dijo a su auriga: "Da la vuelta y sácame del campo, porque estoy herido". Pero arreció tanto la lucha aquel día, que el rey de Israel siguió firme en su carro frente a los sirios y murió al atardecer: la sangre de la herida cayó al fondo del carro. Al ponerse el sol, corrió esta orden por el campamento: "¡Cada cual a su ciudad, cada cual a su tierra, el rey ha muerto!". Llevaron al rey a Samaría, y allí lo enterraron. Lavaron el carro en la alberca de Samaría, los perros lamieron la sangre del rey y las prostitutas se bañaron en ella, como había dicho el Señor. El resto de la historia de Ajab, todo cuanto hizo, la casa de marfil que edificó y las ciudades que construyó, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Ajab murió y le sucedió en el trono su hijo Ocozías. Josafat, hijo de Asá, comenzó a reinar sobre Judá el año cuarto de Ajab, rey de Israel. Tenía treinta y cinco años cuando subió al trono, y reinó en Jerusalén veinticinco años. Su madre, hija de Siljí, se llamaba Azubá. Siguió en todo la conducta de su padre, Asá, y no se apartó un punto de ella, haciendo lo que es recto a los ojos del Señor. Sin embargo, las colinas no desaparecieron, y el pueblo seguía aún ofreciendo sacrificios y quemando incienso en ellas. Estuvo en paz con el rey de Israel. El resto de la historia de Josafat, las proezas que realizó y las guerras que sostuvo están escritas en el libro de los anales de los reyes de Judá. Barrió del país los restos de la prostitución sagrada que habían quedado en los días de su padre, Asá. En Edón entonces no había rey; un gobernador hacía de tal. Josafat construyó naves de Tarsis para ir a Ofir por oro; pero no zarpó porque las naves se destrozaron en Esyón Guéber. Ocozías, hijo de Ajab, había dicho a Josafat: "Que mis súbditos vayan con los tuyos en las naves". Pero Josafat no había querido. Josafat murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David, su antepasado. Le sucedió en el trono su hijo Jorán. Ocozías, hijo de Ajab, empezó a reinar sobre Israel en Samaría el año diecisiete de Josafat, rey de Judá. Reinó dos años sobre Israel. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor e imitó la conducta de su padre, de su madre y de Jeroboán, hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel. Después de la muerte de Ajab, Moab se rebeló contra Israel. Ocozías se cayó por una ventana del piso superior en Samaría, resultando gravemente herido. Y envió mensajeros a consultar a Belcebú, dios de Ecrón, si se curaría de sus heridas. Entonces el ángel del Señor dijo a Elías, el tesbita: "Anda al encuentro de los mensajeros del rey de Samaría y diles: ¿Es que no hay Dios en Israel, para que vayáis a consultar a Belcebú, dios de Ecrón? Pues esto dice el Señor: Ya no te levantarás de la cama, sino que morirás sin remedio". Y Elías se fue. Los mensajeros regresaron, y Ocozías les preguntó: "¿Por qué os habéis vuelto?". Ellos le respondieron: "Un hombre nos ha salido al encuentro y nos ha dicho: Volveos al rey y decidle: Esto dice el Señor: ¿Es que no hay Dios en Israel para que mandes a consultar a Belcebú, dios de Ecrón? Por eso, ya no te levantarás de la cama, sino que morirás sin remedio". Les preguntó: "¿Qué aspecto tenía el hombre que os ha salido al encuentro y os ha dicho estas cosas?". Le respondieron: "Era un hombre velludo y con una correa de cuero ceñida a la cintura". "Es Elías, el tesbita", exclamó el rey. Entonces le envió un capitán con sus cincuenta soldados. Llegó éste donde Elías, que estaba sentado en la cima del monte, y le dijo: "Hombre de Dios, el rey ordena que vayas". Elías le respondió: "Si yo soy un hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta". Bajó fuego del cielo, y lo devoró a él y a sus cincuenta. Ocozías volvió a enviarle otro capitán con sus cincuenta, el cual fue y le dijo: "Hombre de Dios, el rey ordena que vayas en seguida". Elías respondió: "Si yo soy un hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta". Bajó fuego del cielo y lo devoró a él y a sus cincuenta. El rey volvió a enviar un tercer capitán con sus cincuenta soldados. Pero este tercer capitán fue, se postró de rodillas ante Elías y le suplicó: "Hombre de Dios, ¡por favor! Que mi vida y la de estos cincuenta siervos tuyos sea preciosa a tus ojos. Ha bajado fuego del cielo y ha devorado a los dos capitanes de cincuenta y a su gente, pero ahora, que mi vida sea preciosa a tus ojos". El ángel del Señor dijo a Elías: "Anda con él, no le tengas miedo". Fue con él, se presentó ante el rey, y le dijo: "Esto dice el Señor: Por haber enviado mensajeros a consultar a Belcebú, dios de Ecrón, como si no hubiese Dios en Israel para consultar su oráculo, no te levantarás ya de la cama, sino que morirás sin remedio". Ocozías murió como había dicho el Señor por medio de Elías. Le sucedió en el trono su hermano Jorán, el año segundo de Jorán, hijo de Josafat, rey de Judá, pues Ocozías no tenía hijos. El resto de la historia de Ocozías y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Cuando el Señor iba a arrebatar a Elías en torbellino al cielo, Elías y Eliseo salieron de Guilgal. Y Elías dijo a Eliseo: "Quédate aquí, porque el Señor me manda ir hasta Betel". Eliseo replicó: "¡Por Dios y por tu vida que no te dejaré!". Y fueron juntos a Betel. Los discípulos de los profetas que había en Betel salieron al encuentro de Eliseo y le dijeron: "¿No sabes que el Señor va a llevarse a tu amo por encima de tu cabeza?". Él contestó: "También yo lo sé; callad". Elías dijo a Eliseo: "Quédate aquí, porque el Señor me manda ir a Jericó". Él replicó: "¡Por Dios y por tu vida que no te dejaré!". Y fueron juntos a Jericó. Los discípulos de los profetas de Jericó fueron y dijeron a Eliseo: "¿No sabes que el Señor se va a llevar hoy a tu amo por encima de tu cabeza?". Él contestó: "También yo lo sé, callad". Luego Elías le dijo: "Quédate aquí, porque el Señor me manda ir al Jordán". Y él replicó: "¡Por Dios y por tu vida que no te dejaré!". Y fueron los dos juntos. Cincuenta discípulos de los profetas fueron también y se pararon frente a ellos a cierta distancia, mientras que los dos se detuvieron junto al Jordán. Entonces Elías tomó su manto, lo enrolló y golpeó con él las aguas, las cuales se dividieron a uno y otro lado, de modo que pasaron ambos a pie enjuto. Y cuando pasaron, Elías dijo a Eliseo: "Pídeme lo que quieras antes de que sea arrebatado de tu presencia". Eliseo contestó: "Que pasen a mí las dos terceras partes de tu espíritu". Elías repuso: "Difícil cosa has ido a pedir. Con todo, si me ves cuando sea arrebatado de tu presencia, te será concedida; y si no, no lo será". Y mientras iban caminando y conversando, un carro de fuego, con caballos de fuego, pasó entre los dos, y Elías fue arrebatado en un torbellino hacia el cielo. Eliseo le veía y gritaba: "¡Padre mío, padre mío, carro y caballería de Israel!". Y cuando dejó de verle, agarró sus vestiduras y las rasgó en dos pedazos. Alzó luego el manto de Elías, que se le había caído de encima, se volvió y se detuvo a la orilla del Jordán. Entonces tomó el manto, que se le había caído a Elías de encima, y golpeó con él las aguas, diciendo: "¿Dónde está el Señor, Dios de Elías? ¿Dónde está?". Golpeó las aguas, y éstas se dividieron a uno y otro lado, y pasó a pie enjuto. Los discípulos de los profetas de Jericó lo vieron desde el otro lado, y exclamaron: "El espíritu de Elías se ha posado sobre Eliseo". Le salieron al encuentro y se prosternaron ante él rostro en tierra. Luego le dijeron: "Mira, entre tus siervos hay cincuenta hombres robustos. Que vayan y busquen a tu amo, no sea que le haya arrebatado el espíritu del Señor y le haya arrojado en algún monte o en algún valle". Pero él dijo: "No los mandéis". Y tanto le insistieron, que les dijo: "Mandadlos". Y mandaron cincuenta hombres, que lo buscaron durante tres días, pero no lo encontraron. Volvieron a Jericó, donde estaba Eliseo, que les dijo: "¿No os dije yo que no fuerais?". Los vecinos de la ciudad dijeron a Eliseo: "Mira, en esta ciudad se vive bien, como mi señor ve; pero las aguas son malas y esterilizan la tierra". Él contestó: "Traedme una escudilla nueva y poned en ella sal". Y se la trajeron. Y fue al manantial del agua, y echó allí la sal, diciendo: "Esto dice el Señor: Yo saneo estas aguas; no se originará de ellas en adelante muerte ni esterilidad". Y el agua quedó saneada hasta el presente, tal como Eliseo había dicho. De allí Eliseo fue a Betel y, cuando iba por el camino, unos rapazuelos que habían salido de la ciudad empezaron a burlarse de él, diciéndole: "¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!". Él se dio media vuelta, los miró y los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron del bosque dos osas y despedazaron a cuarenta y dos de aquellos muchachos. De allí fue al monte Carmelo, y del Carmelo regresó a Samaría. Jorán, hijo de Ajab, empezó a reinar sobre Israel en Samaría el año dieciocho de Josafat, rey de Judá. Reinó doce años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, aunque no tanto como su padre y su madre, pues retiró la estela de Baal, que su padre había hecho. Sin embargo, cometió los mismos pecados que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. Mesa, rey de Moab, era pastor, y pagaba en tributo al rey de Israel cien mil corderos y cien mil carneros de lana. Pero, al morir Ajab, el rey de Moab se rebeló contra el rey de Israel. Entonces Jorán salió de Samaría y pasó revista a todo Israel. Se puso en camino y mandó decir a Josafat, rey de Judá: "El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Quieres venir conmigo a la guerra contra Moab?". Contestó: "Iré, pues tú y yo, tu pueblo y mi pueblo, tu caballería y mi caballería somos una misma cosa". Luego preguntó: "¿Por qué camino iremos?". Jorán respondió: "Por el camino del desierto de Edón". El rey de Israel, el rey de Judá y el rey de Edón se pusieron en marcha, y, después de un recorrido de siete días, faltó el agua para el ejército y las bestias de tiro. Entonces el rey de Israel exclamó: "¡Ay! Sin duda que el Señor ha reunido a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab". Pero Josafat preguntó: "¿No habrá aquí algún profeta del Señor, para consultar al Señor por su medio?". Uno de los servidores del rey de Israel dijo: "Aquí está Eliseo, el hijo de Safat, el que vertía agua en las manos de Elías". Y Josafat dijo: "Con él está la palabra del Señor". El rey de Israel, Josafat y el rey de Edón fueron a ver a Eliseo. Eliseo dijo al rey de Israel: "¿Qué tengo que ver yo contigo? Vete a consultar a los profetas de tu padre y a los de tu madre". Pero el rey de Israel repuso: "Es que el Señor nos ha reunido a tres reyes para entregarnos en manos de Moab". Eliseo dijo: "Vive el Señor todopoderoso, a quien adoro, que si no fuese en atención a Josafat, rey de Judá, no te haría caso ni te miraría. Traedme un arpista". Y, mientras el arpista tañía el arpa, la mano del Señor fue sobre Eliseo, que dijo: "Esto dice el Señor: Cavad en este valle aljibes y más aljibes, porque el Señor dice: No veréis viento, ni veréis lluvia; pero este valle se henchirá de agua, de modo que podáis beber vosotros, vuestros ganados y vuestras bestias de tiro. Y aun esto es poco para el Señor: él entregará a Moab en vuestras manos. Destruiréis todas las ciudades amuralladas, talaréis todos los árboles frutales, cegaréis todos los manantiales de agua y devastaréis con piedras todos los mejores campos". En efecto, a la mañana siguiente, a la hora de la ofrenda del sacrificio perpetuo, por la parte de Edón empezó a llegar el agua hasta que la comarca quedó inundada. Por su parte, todos los moabitas, enterados de que los reyes avanzaban para luchar contra ellos, se concentraron todos, desde la edad de empuñar las armas para arriba, y se situaron en la frontera. Al levantarse por la mañana, cuando el sol reverberaba en el agua, los moabitas vieron a lo lejos las aguas rojizas como sangre, y dijeron: "Esto es sangre. Sin duda que los reyes se han acuchillado y se han matado unos a otros. Moabitas, ¡al botín!". Marcharon sobre el campamento de Israel; pero los israelitas salieron y asestaron un rudo golpe a Moab, que se dio a la fuga. Ellos entraron en el país y derrotaron a Moab. Demolieron las ciudades y llenaron de piedras los campos fértiles; cegaron todos los manantiales de agua y talaron todos los árboles frutales, hasta que no quedó más que Quir Jareset. Los honderos la cercaron y la atacaron. El rey de Moab, viendo que la lucha era demasiado recia para sus fuerzas, tomó consigo setecientos hombres que empuñaban espada para abrir una brecha contra el rey de Edón, pero no lo consiguió. Etonces tomó a su hijo primogénito, el que debía sucederle en el trono, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. Sobrevino una gran indignación contra los israelitas, los cuales levantaron el campamento y volvieron a su tierra. Una mujer, esposa de un discípulo de los profetas, fue a lamentarse a Eliseo: "Mi marido ha muerto. Tú bien sabes que tu siervo era temeroso del Señor. Pues bien, el acreedor ha venido a llevarse mis dos hijos como esclavos". Eliseo le dijo: "¿Qué puedo hacer por ti? Dime: ¿qué tienes en casa?". Ella respondió: "Sólo tengo una orza de aceite". Él le dijo: "Anda, que tus vecinos te presten vasijas vacías. Entra luego en tu casa, ciérrate dentro con tus hijos y vierte el aceite en todas esas vasijas, retirándolas según se van llenando". Ella dejó a Eliseo, y se cerró en casa con sus hijos; éstos le presentaban las vasijas, y ella las llenaba. Cuando las vasijas estaban ya llenas, dijo a uno de sus hijos: "Tráeme otra vasija". Pero él respondió: "No hay más vasijas". Y el aceite se terminó. Entonces ella fue a contar la cosa al hombre de Dios, el cual le dijo: "Anda, vende el aceite, paga a tu acreedor, y tú y tus hijos vivid de lo restante". Un día Eliseo pasaba por Sunán. Vivía allí una mujer distinguida, que le invitó con insistencia a comer. Y en adelante, siempre que pasaba, se paraba allí a comer. Aquella mujer dijo a su marido: "Mira, me he dado cuenta de que es un hombre de Dios, un santo, ese que pasa siempre por nuestra casa. Vamos a hacerle una habitación arriba, y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro, para que, cuando venga a nuestra casa, se recoja en ella". Un día llegó Eliseo, se retiró al aposento y se acostó. Luego dijo a Guejazí, su criado: "Llama a la sunamita". La llamó y, cuando se presentó ante él, Eliseo ordenó a su criado: "Dile: Nos estás prodigando toda clase de cuidados; ¿qué podría hacer por ti? ¿Tienes alguna solicitud que elevar al rey o al jefe del ejército?". Ella respondió: "En medio de mi pueblo vivo". Eliseo dijo: "¿Qué podríamos hacer por ella?". Guejazí respondió: "¡No tiene hijos y su marido es ya viejo!". Eliseo le dijo: "Llámala". La llamó, y ella se presentó a la puerta. Eliseo le dijo: "El año próximo, por estas fechas, tendrás en brazos un hijo". Ella respondió: "No, señor mío, hombre de Dios, no engañes a tu sierva". Y aquella mujer concibió, y al año siguiente, por aquellas fechas, dio a luz un hijo, tal como Eliseo le había anunciado. El niño creció, y un día, que fue adonde estaba su padre con los segadores, dijo a su padre: "¡Ay mi cabeza! ¡Ay mi cabeza!". Entonces el padre mandó a un criado: "Llévaselo a su madre". Él lo llevó a su madre, y estuvo recostado sobre sus rodillas hasta el mediodía, en que murió. Ella entonces lo subió y lo puso en el lecho del hombre de Dios; luego cerró la puerta y salió. Llamó a su marido y le dijo: "Mándame uno de los criados y un asna; voy corriendo adonde está el hombre de Dios y vuelvo". Él replicó: "¿Por qué vas hoy adonde él está, si no es novilunio ni sábado?". Pero ella dijo: "¡Queda con Dios!". Mandó aparejar el asna, y dijo al criado: "Ve guiando, y no me detengas hasta que yo no te lo indique". Partió, y llegó adonde estaba el hombre de Dios en el monte Carmelo. Cuando el hombre de Dios la divisó desde lejos, dijo a Guejazí, su criado: "Aquélla es la sunamita. Sal a su encuentro y pregúntale: ¿Estás bien? ¿Está bien tu marido? ¿Está bien tu hijo?". Ella respondió: "Sí, bien". Llegó adonde estaba el hombre de Dios en el monte, y se abrazó a sus pies. Guejazí fue a separarla, pero el hombre de Dios dijo: "Déjala, porque está muy apenada; pero el Señor me lo ha tenido oculto y nada me ha manifestado". Ella dijo: "¿Por ventura había pedido yo un hijo a mi señor? ¿No le dije que no me engañase?". Entonces Eliseo dijo a Guejazí: "Cíñete los lomos, toma en la mano mi bastón y vete. Si encuentras a alguien, no le saludes; si alguien te saluda, no le respondas. Pon mi bastón sobre el rostro del niño". Pero la madre del niño replicó: "¡Por el Señor y por tu vida que no te dejaré!". Eliseo se levantó y la siguió. Guejazí se les adelantó y puso el bastón sobre el rostro del niño, pero no resolló ni dio señal de vida. Entonces fue al encuentro de Eliseo, y le dijo: "El niño no se ha despertado". Cuando Eliseo llegó a la casa, el niño estaba muerto, echado en su cama. Entró, se cerró en el aposento con el niño y oró al Señor. Luego se subió a la cama y se echó sobre el niño; puso la boca sobre su boca, los ojos sobre sus ojos, las palmas sobre sus palmas, y estando así inclinado sobre él, el cuerpo del niño entró en calor. Eliseo se apartó y se puso a pasear por la casa de acá para allá. Luego subió y se tendió sobre él. Entonces el niño estornudó hasta siete veces y abrió los ojos. El profeta llamó a Guejazí, y le dijo: "Llama a la sunamita". La llamó y, cuando entró, Eliseo dijo: "Toma a tu hijo". Ella cayó a sus pies, y se postró en tierra. Tomó a su hijo y salió. Eliseo regresó a Guilgal. En el país había carestía. Y estando un día con él los discípulos de los profetas, dijo a su siervo: "Pon la olla grande y cuece unas viandas para los discípulos de los profetas". Uno de ellos salió al campo a recoger verduras, y habiendo encontrado una especie de cepa silvestre, recogió de ella los frutos hasta llenar su capa. Llegó a casa y los picó en la olla de las viandas, sin saber lo que eran. Sirvió luego a los hombres para que comiesen, pero apenas probaron del cocido, lanzaron un grito, exclamando: "¡La olla está envenenada, hombre de Dios!". Y no pudieron comer. Él ordenó: "Traedme harina". La echó en la olla, y añadió: "Sírveles ahora". Y en la olla no se encontró ya nada malo. Un hombre llegó de Baal Salisá, trayendo al hombre de Dios el pan de las primicias, veinte panes de cebada y espigas nuevas en su alforja. Eliseo ordenó: "Dalo a las gentes para que coman". Pero su criado replicó: "¿Cómo voy a poner esto delante de cien hombres?". Él dijo: "Dalo a la gente para que coman, pues esto dice el Señor: Comerán, y sobrará". Se lo sirvió y comieron; y sobró, como había dicho el Señor. Naamán, general del ejército del rey de Siria, era un hombre tenido en mucho y apreciado por su señor, porque por su medio el Señor había concedido una victoria a Siria. Pero estaba leproso. En una de sus incursiones, los sirios se llevaron de la tierra de Israel a una muchacha que fue a parar al servicio de la mujer de Naamán. Y dijo a su señora: "¡Si mi señor se presentase al profeta que hay en Samaría, él le libraría de su lepra!". Naamán fue a decir al rey lo que le había dicho la muchacha. Y el rey respondió: "Está bien, anda y lleva una carta mía al rey de Israel". Partió Naamán llevando consigo unos trescientos cuarenta kilos de plata, seis mil monedas de oro y diez mudas de vestidos. Y presentó al rey de Israel la carta que decía: "Y al presente, cuando te llegue esta carta, sabrás que te envío a mi servidor Naamán, para que lo cures de su lepra". Cuando el rey de Israel leyó la carta, se rasgó las vestiduras y exclamó: "¿Es que soy yo un dios para dar la muerte y la vida, que este me manda a un hombre para que lo cure de la lepra? Fijaos bien, y veréis que anda buscando pretextos contra mí". Cuando Eliseo, el hombre de Dios, se enteró de que el rey había rasgado sus vestiduras, le mandó a decir: "¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que en Israel hay un profeta". Naamán fue con sus caballos y su carro y se detuvo ante la puerta de la casa de Eliseo. Pero Eliseo le mandó a decir: "Anda, báñate siete veces en el Jordán, y tu cuerpo quedará limpio". Naamán se enfadó y se fue diciendo: "Yo pensaba que saldría a recibirme, que invocaría el nombre del Señor, su Dios, que me tocaría con su mano y así sanaría de mi lepra. ¿No son acaso el Abana y el Farfar, los ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No me podría bañar en ellos y quedar limpio?". Dio media vuelta y se fue muy indignado. Pero sus criados se le acercaron y le dijeron: "Padre nuestro, si el profeta te hubiera mandado una cosa difícil, ¿no la habrías hecho? ¡Cuánto más habiéndote dicho: Lávate y quedarás limpio!". Entonces bajó, se bañó siete veces en el Jordán, como había dicho el hombre de Dios, y su cuerpo quedó limpio como el de un niño. Acto seguido regresó con toda su comitiva adonde el hombre de Dios, y en pie ante él, dijo: "Reconozco que no hay otro dios en toda la tierra fuera del Dios de Israel. Y ahora, dígnate recibir un regalo de tu siervo". Pero Eliseo replicó: "¡Vive el Señor, a cuyo servicio estoy, que no tomaré nada!". Y por más que insistió para hacérselo aceptar, lo rehusó. Naamán dijo: "Déjame llevar tierra, la carga de un par de mulas, pues tu siervo no ofrecerá ya holocaustos y sacrificios a otros dioses fuera del Señor. Sólo pido que el Señor me perdone una cosa: cuando entre mi señor en el templo de Rimón y se apoye en mi brazo, para adorar allí, y yo me postre en el templo de Rimón mientras él se postra, que el Señor me lo perdone". Eliseo le respondió: "Vete en paz". cuando Guejazí, el criado de Eliseo, el hombre de Dios, se dijo: "Es claro que mi amo ha sido demasiado condescendiente con este sirio Naamán, hasta el punto de no aceptar de su mano lo que le había traído. ¡Vive el Señor, que voy tras él y consigo de él alguna cosa!". Guejazí fue corriendo detrás de Naamán, y Naamán al ver que corría detrás de él, se bajó del carro y le dijo: "¿Va todo bien?". Respondió: "Bien. Mi señor me envía a decirte: Acaban de llegar a mí dos muchachos de la montaña de Efraín, de los discípulos de los profetas. Dales, por favor, setenta kilos de plata y dos mudas de vestidos". Naamán respondió: "Tómalo". Insistió en que lo aceptara, metió la plata y las mudas de vestidos en dos sacos y se los dio a dos criados suyos, que se lo llevaron delante. Y cuando llegaron a la colina, Guejazí tomó los sacos, los escondió en su casa y despidió a los hombres, que se marcharon. Él entró y se presentó a Eliseo. Eliseo le dijo: "¿De dónde vienes?". Guejazí respondió: "Tu siervo no ha ido a ninguna parte". Eliseo le dijo: "¿Es que no iba contigo mi espíritu cuando un hombre se bajó de su carro para saludarte? Ahora que has recibido dinero podrás comprar vestidos, olivares y viñedos, ovejas y bueyes, siervos y siervas; pero la lepra de Naamán se os pegará a ti y a tu descendencia para siempre". Y salió de su presencia blanco como la nieve de lepra. Los discípulos de los profetas dijeron a Eliseo: "Como ves, el lugar en que vivimos contigo es demasiado estrecho para nosotros. Déjanos ir hasta el Jordán, para tomar cada uno un madero y construirnos una casa". Eliseo respondió: "Podéis ir". Pero uno de ellos dijo: "Ven tú con nosotros". Eliseo contestó: "Iré". Fue con ellos, llegaron al Jordán y se pusieron a cortar madera. A uno que estaba cortando un tronco se le cayó el hacha al agua; y empezó a gritar: "Ay, maestro, que era prestada". El hombre de Dios preguntó: "¿Dónde ha caído?". El otro le indicó el sitio; él cortó un palo, lo echó allí, y el hacha salió a flote. Eliseo le dijo: "Agárrala", y el otro alargó la mano y la recogió. El rey de Siria, que estaba en guerra contra Israel, concertó con sus ayudantes lo siguiente: "Tendamos una emboscada en tal y tal lugar". Pero el hombre de Dios mandó a decir al rey de Israel: "No pases por tal lugar, porque los sirios están allí emboscados". El rey de Israel, pues, mandó gente al lugar que el hombre de Dios le había avisado, y estuvo en guardia no una ni dos veces. Inquietado por este hecho, el rey de Siria llamó a sus ayudantes y les dijo: "¿Decidme quién de los nuestros avisa al rey de Israel?". Y uno de sus ayudantes respondió: "Nadie, oh rey, mi señor; Eliseo, el profeta que vive en Samaría, es el que comunica al rey de Israel incluso todo lo que tú dices en tu dormitorio". El rey ordenó: "Id y averiguad dónde se encuentra y yo lo mandaré prender". Alguien le dijo: "Está en Dotán", y él envió allá caballos, carros y un fuerte contingente de tropas. Llegaron de noche y cercaron la ciudad. El criado del hombre de Dios se levantó de madrugada y, al salir, vio la tropa que sitiaba la ciudad con caballos y carros. El muchacho dijo a Eliseo: "¡Ay, señor mío!, ¿qué hacemos?". Y él respondió: "No temas, pues son más los que están con nosotros que los que están con ellos". Y Eliseo oró así: "Señor, ábrele los ojos para que vea". Y el Señor abrió los ojos del muchacho, el cual vio el monte repleto de caballos y carros de fuego, que rodeaban a Eliseo. Y cuando los sirios bajaban contra él, Eliseo oró al Señor de esta manera: "Ciega a esa gente". Y el Señor los dejó ciegos, como había pedido Eliseo. Eliseo les dijo: "No es éste el camino, ni ésta la ciudad. Seguidme y os guiaré donde está el hombre que buscáis". Y los llevó a Samaría. Y cuando llegaron a Samaría, Eliseo dijo: "Señor, ábreles los ojos, para que vean". El Señor les abrió los ojos, y vieron que estaban en medio de Samaría. El rey de Israel, al verlos, dijo a Eliseo: "Padre mío, ¿los mato?". Respondió: "No los mates. A los que has hecho prisioneros con tu espada y tu arco puedes matarlos; pero a éstos sírveles comida y bebida, para que coman y beban y se vuelvan adonde su señor". El rey les preparó un gran banquete y, después que comieron y bebieron, los dejó en libertad. Ellos regresaron a su señor; pero en adelante las guerrillas de Siria no volvieron a penetrar en el país de Israel. Después de estos sucesos Ben Hadad, rey de Siria, reunió todo su ejército y fue a sitiar Samaría. El asedio fue tan largo que se originó un hambre muy grande, hasta el punto de que una cabeza de asno llegó a costar ochenta monedas de plata, y un cuarto de puerros, cinco monedas de plata. Pasaba el rey por la muralla, cuando una mujer le gritó: "Socórreme, ¡oh rey, mi señor!". Y el rey respondió: "Si el Señor no te socorre, ¿con qué te voy a socorrer yo? ¿Con el producto de la era o del lagar?". Y le preguntó: "¿Qué quieres?". Ella respondió: "Esta mujer me había dicho: Entrega a tu hijo y nos lo comeremos hoy; el mío nos lo comeremos mañana. Cocimos a mi hijo y nos lo comimos. Al día siguiente le dije: Trae a tu hijo para que nos lo comamos, pero ella escondió a su hijo". Cuando el rey oyó las palabras de aquella mujer, rasgó sus vestiduras y, como pasaba sobre la muralla, la gente vio que llevaba interiormente el cilicio a raíz de la carne. Luego dijo: "El Señor me castigue si la cabeza de Eliseo, hijo de Safat, queda hoy sobre sus hombros". Eliseo estaba sentado en su casa, con los ancianos que le rodeaban, cuando el rey le envió a un mensajero; pero antes de que el mensajero llegase, Eliseo había dicho a los ancianos: "¿Habéis visto cómo este hijo de asesino ha mandado a cortarme la cabeza? Mirad, cuando el mensajero llegue, cerrad la puerta y no le dejéis pasar. ¿No sentís el ruido de los pasos de su señor detrás de él?". Aún estaba hablando con ellos, cuando el rey bajó adonde él estaba y le dijo: "Esta desgracia procede del Señor. ¿Qué más puedo esperar de él?". Entonces Eliseo dijo: "Escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor: Mañana a estas horas, a la puerta de Samaría, quince kilos de flor de harina se conseguirán por una moneda de plata, y treinta kilos de cebada también por una moneda". El oficial sobre cuyo brazo solía apoyarse el rey dijo al hombre de Dios: "Aunque el Señor abriera las ventanas del cielo, ¿podría suceder tal cosa?". Eliseo respondió: "Pues bien, tú mismo lo verás con tus propios ojos, pero no comerás de ello". Cuatro leprosos estaban en la puerta de la ciudad, y se dijeron mutuamente: "¿Qué hacemos aquí esperando la muerte? Si entramos en la ciudad, moriremos allí de hambre; y si nos quedamos aquí, moriremos también. Pasemos al campamento de los sirios: si nos dejan con vida, viviremos; y si nos matan, moriremos". Al anochecer se dirigieron al campamento de los sirios, y cuando llegaron al campamento, vieron que no había nadie. El Señor había hecho oír en el campamento de Siria un estrépito de carros de combate y de caballos, estrépito como de un poderoso ejército, y se habían dicho unos a otros: "El rey de Israel ha contratado a los reyes hititas y a los reyes de Egipto para atacarnos". Y para salvar sus vidas, se levantaron y se dieron a la fuga al anochecer, abandonando sus tiendas, sus caballos, sus asnos y el campamento, tal como estaba. Los leprosos llegaron hasta el extremo del campamento, entraron en una tienda, comieron y bebieron y se llevaron plata, oro y vestidos, que fueron a esconder. Volvieron de nuevo, entraron en otra tienda, la desvalijaron y fueron a esconder el botín. Pero luego se dijeron el uno al otro: "No debemos obrar así. Hoy es día de júbilo, y nosotros nos estamos callados. Si esperamos hasta el despuntar el día, incurriremos en un castigo. Vayamos a dar la noticia al palacio real". Fueron y gritaron a los centinelas de la puerta de la ciudad y les comunicaron la noticia de esta manera: "Hemos entrado en el campamento de los sirios y allí no hay nadie, ni se oye nada. No se ven más que caballos atados, asnos atados y tiendas intactas". Los centinelas transmitieron a gritos la noticia al interior del palacio real. El rey se levantó, de noche como era, y dijo a sus oficiales: "Yo os aclararé lo que han tramado contra nosotros los sirios. Sabiendo que nosotros estamos hambrientos, han salido del campamento para esconderse en el campo, diciendo: Sin duda saldrán de la ciudad, y entonces los coparemos vivos y entraremos en la ciudad". Un oficial dijo: "Que vayan cinco hombres en cinco caballos a ver qué pasa. Si quedan con vida, serán como los que quedan aquí; y si mueren, serán como los que ya han muerto". Tomaron dos carros con los caballos, y el rey los mandó seguir al ejército de los sirios. Fueron tras ellos hasta el Jordán y vieron que todo el camino estaba lleno de vestidos y objetos que habían tirado los sirios en su precipitada huida. Los mensajeros regresaron y comunicaron al rey la noticia. Entonces salió el pueblo y saqueó el campamento de los sirios. Quince kilos de flor de harina, treinta de cebada se llegaron a dar por una moneda de plata, como había dicho el Señor. El rey había confiado la guardia de la puerta a aquel oficial sobre cuyo brazo solía apoyarse; pero el pueblo lo pisoteó en la puerta y murió, como había predicho el hombre de Dios cuando el rey bajó adonde él estaba. En efecto, el hombre de Dios dijo al rey: "Mañana, a estas horas, en la puerta de Samaría, quince kilos de flor de harina o treinta de cebada valdrán una moneda de plata"; el oficial respondió al hombre de Dios: "Aunque el Señor abriera las ventanas del cielo, ¿podría suceder tal cosa?"; él había añadido: "Tú mismo lo verás con tus propios ojos, pero no comerás de ello". Y así le sucedió. El pueblo lo pisoteó a la puerta y murió. Eliseo dijo a la mujer cuyo hijo había resucitado: "Levántate y vete con tu familia a fijar tu residencia dondequiera que sea, porque el Señor ha llamado al hambre, que penetrará en el país durante siete años". La mujer hizo sin demora lo que el hombre de Dios le había dicho, se fue con su familia y residió como emigrante en el país de los filisteos durante siete años. Al cabo de siete años regresó del país de los filisteos y fue a presentarse ante el rey a reclamar su casa y su campo. El rey estaba entonces charlando con Guejazí, el criado del hombre de Dios, y le decía: "Cuéntame todos los milagros que ha hecho Eliseo". Y mientras él contaba al rey cómo había resucitado a un muerto, llegó la mujer a cuyo hijo había resucitado para reclamar ante el rey su casa y su campo. Guejazí dijo: "¡Oh rey, mi señor!, ésta es la mujer y éste es el hijo al que Eliseo resucitó". Él preguntó a la mujer, y ella se lo contó todo. Y el monarca mandó a un eunuco con esta orden: "Que le devuelvan todas sus propiedades y el producto de sus campos desde el día que abandonó el país hasta ahora". Eliseo fue a Damasco. Ben Hadad, rey de Siria, que estaba enfermo, recibió la noticia de que había llegado el hombre de Dios. Entonces dijo a Jazael: "Toma contigo un presente, vete a ver al hombre de Dios y consulta por su medio al Señor si me curaré de esta enfermedad. Jazael fue a verlo llevando consigo lo mejor de Damasco: una carga de cuarenta camellos. Llegó ante él y dijo: "Tu hijo, Ben Hadad, rey de Siria, me ha enviado a ti para preguntarte si se curará de la enfermedad". Eliseo le respondió: "Anda y dile que se curará de la enfermedad, pero que de todos modos morirá". Entonces levantó su cabeza, permaneció largo rato en silencio y, al fin, el hombre de Dios se echó a llorar. Jazael le preguntó: "¿Por qué llora mi señor?". Él respondió: "Porque sé el mal que has de hacer a los israelitas: pondrás fuego a sus fortalezas, degollarás a espada a sus jóvenes, estrellarás a sus niños de pecho y abrirás en canal a sus embarazadas". Jazael replicó: "¿Pues qué es tu siervo, este perro, para realizar hazañas tan grandes?". Y Eliseo respondió: "El Señor me ha revelado que tú serás el rey de Siria". Jazael dejó a Eliseo y fue donde su señor, el cual le preguntó: "¿Qué te ha dicho Eliseo?". Respondió: "Me ha dicho que te curarás". Pero al día siguiente Jazael tomó el cobertor, lo empapó de agua y lo extendió sobre el rostro del rey, el cual murió. Jazael le sucedió en el trono. El año quinto de Jorán, hijo de Ajab, rey de Israel, subió al trono Jorán, hijo de Josafat, rey de Judá. Tenía treinta y dos años de edad cuando empezó a reinar, y reinó ocho años en Jerusalén. Siguió la conducta de los reyes de Israel y de la casa de Ajab, pues estaba casado con una hija de este. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor. Sin embargo, el Señor no quiso exterminar a Judá, en atención a David, su siervo, conforme a la promesa que le había hecho de conservarle para siempre una lámpara para sus hijos. En su tiempo, Edón se independizó de Judá, y se eligieron un rey. Jorán se abrió paso hasta Seír con todos sus carros. Los edomitas lo cercaron. Una noche él y sus capitanes de los carros de combate atacaron a los edomitas y los derrotaron, pero las tropas huyeron a la desbandada. Edón se independizó de Judá hasta el día de hoy. También entonces se independizó Libná. El resto de la historia de Jorán y todo lo que hizo está escrito en los anales de los reyes de Judá. Jorán murió y fue enterrado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Ocozías. El año doce de Jorán, hijo de Ajab, rey de Israel, subió al trono Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá. Tenía cuarenta y dos años cuando comenzó a reinar, y reinó un año en Jerusalén. Su madre, hija de Omrí, rey de Israel, se llamaba Atalía. Siguió la conducta de la casa de Ajab, haciendo lo que es malo a los ojos del Señor, como la casa de Ajab, con la cual estaba emparentado. Fue con Jorán, hijo de Ajab, a luchar contra Jazael, rey de Siria, en Ramot de Galaad, donde cayó herido Jorán, que se vio obligado a retirarse a Yezrael para curarse de las heridas recibidas en Ramot cuando luchaba contra Jazael, rey de Siria. Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá, fue a visitar a Jorán, hijo de Ajab, en Yezrael, mientras convalecía. El profeta Eliseo llamó a uno de los hijos de los profetas y le dijo: "Prepárate, toma en tu mano esta redoma de aceite y vete a Ramot de Galaad. Cuando llegues, irás a ver a Jehú, hijo de Josafat y nieto de Nimsí; entra, hazle levantar en medio de sus camaradas y llévalo a una estancia más apartada. Entonces tomarás la redoma de aceite y la derramarás sobre su cabeza, diciendo: "Esto dice el Señor: Yo te unjo por rey de Israel". Y, al momento, te escapas sin más". Aquel joven profeta partió para Ramot de Galaad, y llegó cuando los jefes del ejército estaban reunidos en sesión. Dijo: "General, tengo que hablar contigo". Jehú repuso: "¿Con cuál de todos nosotros?". Respondió: "Contigo, general". Jehú se levantó y entró en la casa. Entonces el profeta derramó el aceite sobre su cabeza y le dijo: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: Yo te unjo por rey del pueblo del Señor, de Israel. Exterminarás a la casa de Ajab, tu señor, y yo tomaré venganza en Jezabel de la sangre de mis siervos, los profetas, y de la sangre de todos los siervos del Señor. Toda la casa de Ajab perecerá, porque yo exterminaré de Ajab todo varón, sea libre o esclavo, en Israel. Y haré de la casa de Ajab como de la casa de Jeroboán, hijo de Nabat, o de la casa de Basá, hijo de Ajías. A Jezabel la devorarán los perros en el campo de Yezrael, y no será sepultada". Y enseguida escapó. Jehú salió adonde estaban los súbditos de su señor, que le preguntaron: "¿Hay novedad? ¿Por qué ha venido a ti ese loco?". Él les respondió: "Vosotros ya conocéis a ese individuo y su cantinela". "¡Mentira! - replicaron-. Dínoslo tú". Él respondió: "Me ha hablado de esta y esta manera, y me ha dicho: Yo te unjo por rey de Israel". Entonces tomaron cada uno su propio manto, los tendieron a sus pies sobre los desnudos escalones, y al son de las trompetas gritaron: "¡Jehú es rey!". De este modo Jehú, hijo de Nimsí, conspiró contra Jorán. Jorán había defendido Ramot de Galaad, con todo Israel, frente a Jazael, rey de Siria; pero tuvo que volver a Yezrael a curarse de las heridas que los sirios le habían producido cuando luchaba con Jazael, rey de Siria. Jehú dijo: "Si estáis de veras conmigo, que nadie escape de la ciudad y vaya a Yezrael a dar la noticia". Y Jehú montó sobre su carro y se dirigió a Yezrael, donde estaba Jorán convaleciente. Ocozías, rey de Judá, había ido a visitarlo. El centinela que estaba sobre la torre de Yezrael vio venir la tropa de Jehú y dijo: "Diviso una tropa". Jorán ordenó: "Toma un jinete y mándalo a su encuentro, y que pregunte si vienen en son de paz". El jinete fue a su encuentro y dijo: "El rey pregunta si venís en son de paz". Jehú respondió: "¿Qué te importa a ti la paz? Ponte a mi retaguardia". Y el centinela notificó: "El emisario ha llegado hasta ellos, pero no vuelve". Jorán envió entonces un segundo jinete, el cual llegó y les dijo: "El rey pregunta si venís en son de paz". Pero Jehú replicó: "¿Qué te importa a ti la paz? Ponte a mi retaguardia". El centinela notificó de nuevo: "Ha llegado hasta ellos, y no vuelve. Pero la marcha se parece a la marcha de Jehú, hijo de Nimsí, pues avanza con mucho ímpetu". Entonces Jorán ordenó: "¡Engancha!". Le engancharon el carro, y Jorán, rey de Israel, y Ocozías, rey de Judá, salieron cada uno en su propio carro al encuentro de Jehú. Se encontraron con él en la heredad de Nabot, el Yezraelita. Cuando Jorán vio a Jehú, preguntó: "¿Hay paz, Jehú?". Él replicó: "¿Qué paz ha de haber mientras duren las prostituciones de Jezabel, tu madre, y sus muchas hechicerías?". Jorán, entonces, volvió las riendas y emprendió la fuga, diciendo a Ocozías: "¡Traición, Ocozías!". Pero Jehú había echado ya mano a su arco e hirió a Jorán por la espalda, de suerte que la saeta le salió por el corazón, y cayó desplomado en su carro. Jehú dijo a Bidcar, su ayudante: "Agárralo y tíralo en la heredad de Nabot, el yezraelita, porque me acuerdo que cuando tú y yo cabalgábamos enrolados en el séquito de Ajab, su padre, el Señor fulminó contra él esta sentencia: ¿No he visto ayer la sangre de Nabot y la sangre de sus hijos? Oráculo del Señor. Pues en esta heredad te daré tu merecido: Oráculo del Señor. Por tanto, agárralo y tíralo a la heredad, conforme a la palabra del Señor". Ocozías, rey de Judá, al ver esto, huyó camino de Bet Hagán; pero Jehú lo persiguió, diciendo: "¡También a él!". Y le hirieron en su carro, en la cuesta de Gur, cerca de Yibleán. Él huyó a Meguido, pero allí murió. Sus servidores lo transportaron en un carro a Jerusalén y lo sepultaron en su sepulcro, con sus padres, en la ciudad de David. Ocozías había subido al trono de Judá el año undécimo de Jorán, hijo de Ajab. Jehú, entretanto, llegó a Yezrael. Cuando Jezabel lo supo, se pintó los ojos, se compuso la cabellera y se asomó a la ventana. Al entrar Jehú por la puerta, ella dijo: "¿Está bien Zimrí, el asesino de su señor?". Jehú levantó su rostro hacia la ventana y exclamó: "¿Quién está conmigo? ¿Quién?". Se asomaron dos o tres eunucos, y él les dijo: "Tiradla abajo". La tiraron, y su sangre salpicó la pared y a los caballos, que la pisotearon. Él entró, y después de haber comido y bebido, ordenó: "Id a ver a esa maldita y sepultadla, porque es hija de reyes". Fueron a sepultarla, pero no encontraron de ella más que el cráneo, los pies y las manos. Volvieron a comunicárselo a Jehú, el cual dijo: "Es el oráculo que el Señor pronunció por medio de su siervo Elías, el tesbita, diciendo: En la heredad de Yezrael comerán los perros la carne de Jezabel; y el cadáver de Jezabel será como estiércol en el campo, en la heredad de Yezrael, de modo que ni siquiera se podrá decir: Ésta es Jezabel". Ajab tenía setenta hijos en Samaría, y Jehú escribió cartas y las envió a Samaría a los grandes de la ciudad, a los ancianos y a los tutores de los hijos de Ajab, diciendo: "Cuando os llegue esta carta, ya que tenéis con vosotros a los hijos de vuestro señor, y puesto que tenéis carros, caballos, una ciudad y armamento, elegid al mejor y más capaz de los hijos de vuestro señor, colocadlo sobre el trono de su padre y luchad en pro de la casa de vuestro señor". Pero ellos, llenos de miedo, dijeron: "Si dos reyes no han podido hacerle frente, ¿cómo lo vamos a hacer nosotros?". Así que el mayordomo de palacio, los grandes de la ciudad, los ancianos y los tutores mandaron a decir a Jehú: "Somos tus siervos; haremos lo que nos mandes. A nadie proclamaremos rey; haz lo que quieras". Entonces les escribió una segunda carta, diciendo: "Si estáis conmigo y me obedecéis, tomad las cabezas de los hijos de vuestro señor y mañana, a estas horas, venid a mí a Yezrael". Los setenta hijos del rey estaban con los grandes de la ciudad que los educaban. Pues bien, cuando les llegó la carta se apoderaron de ellos, degollaron a los setenta y, poniendo sus cabezas en cestos, se las enviaron a Yezrael. Vino delante un mensajero a notificar a Jehú: "Han traído las cabezas de los hijos del rey". Y él ordenó: "Ponedlas en dos montones a la entrada de la puerta hasta mañana por la mañana". Y al día siguiente por la mañana salió y dijo a todo el pueblo: "Vosotros sois inocentes. Mirad, yo conspiré contra mi señor y le di muerte; pero a todos éstos, ¿quién los ha matado? Reconoced que de las palabras pronunciadas por el Señor contra la casa de Ajab, por medio de su siervo Elías, ni una sola ha caído por tierra". Jehú dio muerte también a todos los restantes de la casa de Ajab que había en Yezrael, a todos sus magnates, allegados y sacerdotes, hasta no dejar un superviviente. Luego se dirigió a Samaría. En el camino, al pasar por Betacad de los pastores, se encontró con los hermanos de Ocozías, rey de Judá, y preguntó: "¿Quiénes sois vosotros?". Ellos respondieron: "Somos hermanos de Ocozías y vamos a saludar a los hijos del rey y de la reina". Entonces él ordenó: "Prendedlos vivos". Los prendieron vivos y los degollaron en la cisterna de Bet Equed. Eran cuarenta y dos hombres, y no quedó de ellos ni uno solo. Jehú partió de allí y se encontró con Jonadab, hijo de Recab, que le salía al encuentro. Le saludó y le dijo: "¿Eres sincero conmigo como yo lo soy contigo?". Jonadab respondió: "Sí". Entonces Jehú dijo: "Si es así, dame la mano". Le dio la mano y le hizo subir consigo al carro, diciendo: "Ven conmigo y verás mi celo por el Señor". Y le llevó en su carro. Llegó a Samaría y dio muerte a cuantos quedaban allí de la casa de Ajab, hasta que los exterminó, como el Señor había dicho a Elías. Jehú congregó a todo el pueblo y les dijo: "Ajab rindió poco culto a Baal; Jehú le rendirá mucho más. Pues bien, convocad ante mí a todos los profetas de Baal, a todos sus sacerdotes y a todos sus adoradores. Que nadie falte, porque tengo que ofrecer un sacrificio solemne a Baal. Todo el que falte morirá". Jehú obraba así con astucia para hacer perecer a todos los adoradores de Baal. Y ordenó: "Promulgad una fiesta en honor de Baal". Y, en efecto, fue anunciada. Jehú envió emisarios por todo Israel, y todos los adoradores de Baal se presentaron; ni uno solo dejó de venir; y entraron en el templo de Baal, que quedó lleno de punta a cabo. Jehú dijo entonces al prefecto del vestuario: "Saca vestiduras para todos los adoradores de Baal". Y él les sacó las vestiduras. Jehú y Jonadab, hijo de Recab, entraron en el templo de Baal; Jehú ordenó a los adoradores de Baal: "Registrad y mirad para que no haya aquí con vosotros ninguno de los adoradores del Señor, sino únicamente adoradores de Baal". Entraron a ofrecer sacrificios y holocaustos, y Jehú apostó fuera cincuenta hombres, con esta orden: "El que deje escapar a alguno de estos hombres que yo os pongo en las manos responderá con su vida de la vida de aquél". Y cuando el holocausto estuvo terminado, Jehú ordenó a la escolta y a los oficiales: "¡Entrad, matadlos! Que no escape ni uno". Y los pasaron a espada, y llegaron hasta el lugar más santo del templo de Baal. Sacaron fuera los cipos sagrados, y los quemaron; destruyeron también la estatua de Baal y demolieron su templo, convirtiéndolo en un muladar hasta nuestros días. Así extirpó Jehú a Baal de Israel. Sin embargo, Jehú no se apartó de los pecados de Jeroboán, hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel; esto es, los becerros de oro, que había en Betel y en Dan. El Señor dijo a Jehú: "Por haber obrado bien, haciendo lo que es recto a mis ojos al ejecutar con la casa de Ajab todo lo que yo había dispuesto, tus hijos se sentarán en el trono de Israel hasta la cuarta generación". Pero Jehú no se cuidó de seguir la ley del Señor, Dios de Israel, con todo su corazón, y no se apartó del pecado de Jeroboán, el que hizo pecar a Israel. En aquel tiempo el Señor comenzó a desmembrar a Israel; y Jazael derrotó a los israelitas en todas las fronteras, quitándoles, al oriente del Jordán, todo el país de Galaad, esto es, el territorio de los gaditas, rubenitas y manasitas, desde Aroer, junto al torrente Arnón, hasta Galaad y Basán. El resto de la historia de Jehú, sus proezas y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Jehú murió y fue sepultado en Samaría. Le sucedió en el trono su hijo Joacaz. Jehú reinó sobre Israel en Samaría veintiocho años. Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que su hijo había muerto, fue y exterminó a toda la familia real. Pero, cuando estaban matando a los hijos del rey, Josebá, hija del rey Jorán y hermana del rey Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, y lo escondió con su nodriza en el dormitorio. De esta manera lo libró de Atalía, que no lo mató. Y estuvo escondido con ella seis años en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país. El año séptimo Yehoyadá mandó llamar a los jefes de centuria de los carios y de la escolta real y los hizo venir adonde él estaba, al templo del Señor. Hizo con ellos un pacto, y tomándoles juramento en el templo del Señor, les mostró al hijo del rey. Y les ordenó lo siguiente: "Esto es lo que habéis de hacer: el tercio de vosotros que entra el sábado a hacer la guardia en el palacio real y el otro tercio que está en la puerta del sur y el tercio que guarda la puerta que está detrás de la escolta real, haréis la guardia del templo por turno; los otros dos grupos vuestros, es decir, todos los que salen de servicio el sábado, harán la guardia en el templo del Señor junto al rey; acordonaréis al rey con las armas en la mano, y al que intente penetrar en las filas lo matáis. Acompañaréis al rey a todas partes". Los jefes de centuria hicieron todo lo que el sacerdote Yehoyadá les mandó; cada uno tomó a sus hombres, los que entraban de servicio el sábado y los que salían, y se presentaron al sacerdote Yehoyadá. El sacerdote entregó a los jefes de centuria las lanzas y los escudos del rey David, que estaban en el templo del Señor. Los de la escolta real se apostaron, cada cual con sus armas en la mano, de sur a norte, entre el altar y el templo, alrededor del rey. Entonces Yehoyadá hizo salir al hijo del rey y le impuso la corona y las insignias, lo proclamó rey y lo ungió. Y todos aplaudieron y gritaron: "¡Viva el rey!". Cuando Atalía oyó los gritos de la guardia y del pueblo, fue al templo del Señor donde estaban todos. Cuando vio al rey, que estaba de pie sobre el estrado, según el uso, y a los cantores y trompeteros junto a él, y a toda la gente del país, jubilosa y tocando las trompetas, se rasgó las vestiduras y gritó: "¡Traición, traición!". Pero el sacerdote Yehoyadá ordenó a los jefes de centuria, que mandaban la fuerza: "¡Sacadla de las filas y matad al que la siga!". Porque el sacerdote había dicho: "Que no la maten en el templo del Señor". La echaron y, al pasar por la puerta de las caballerizas en el palacio real, la mataron. Yehoyadá selló un pacto entre el Señor, el rey y el pueblo, por el cual se comprometían a ser el pueblo del Señor. El pueblo entero fue al templo de Baal y lo destruyeron; hicieron pedazos los altares y sus imágenes, mataron delante de los altares a Matán, sacerdote de Baal. Después, el sacerdote Yehoyadá puso guardias en el templo del Señor y reunió a los jefes de centuria, a los carios, a los de la escolta real y a todo el pueblo. Llevaron al rey del templo del Señor al palacio real, entrando por la puerta de la escolta regia, y el monarca se sentó sobre el trono de los reyes. Todo el pueblo se llenó de júbilo, y la ciudad quedó tranquila, pues Atalía había muerto a espada en el palacio real. - - - Joás tenía siete años cuando subió al trono. Empezó a reinar el año séptimo de Jehú, y reinó cuarenta años en Jerusalén. Su madre se llamaba Sibía, de Berseba. Y Joás hizo lo que es justo a los ojos del Señor todo el tiempo que le dirigió el sacerdote Yehoyadá. Sin embargo, no desaparecieron las colinas, de modo que el pueblo seguía ofreciendo sacrificios y quemando incienso en ellas. Joás dijo a los sacerdotes: "Todo el dinero que traigan al templo del Señor: el dinero de cada israelita empadronado, el dinero establecido por el rescate de las personas y todo el dinero que cada uno tenga a bien traer al templo del Señor, lo recibirán los sacerdotes, cada uno de su conocido, y ellos repararán los desperfectos del templo en cualquier parte que se encuentre algún desperfecto". Pero para el año veintitrés del rey Joás los sacerdotes no habían aún reparado los desperfectos del templo. Entonces el rey Joás llamó al sacerdote Yehoyadá y a los demás sacerdotes, y les dijo: "¿Por qué no habéis reparado aún los desperfectos del templo? De aquí en adelante no recibiréis más el dinero de vuestros conocidos, sino que lo entregaréis para los desperfectos del templo". Y los sacerdotes accedieron a no recibir dinero de la gente y a no tener que reparar los desperfectos del templo. Entonces el sacerdote Yehoyadá tomó una caja, hizo un agujero en su tapa y la colocó junto al altar, a la derecha del que entraba en el templo del Señor. Y los sacerdotes que guardaban la puerta echaban allí todo el dinero que traían al templo del Señor. Cuando veían que en la caja había mucho dinero, el secretario real y el sumo sacerdote la vaciaban y contaban el dinero encontrado en el templo del Señor. Y este dinero, una vez pesado, lo entregaban a los capataces encargados de los trabajos del templo del Señor, los cuales lo pasaban a los carpinteros y constructores que trabajaban en el templo del Señor, a los albañiles y a los canteros, para comprar maderas y piedras talladas con que reparar los desperfectos del templo del Señor, y para todo lo que se gastase en el templo en reparaciones. Pero con el dinero traído al templo del Señor no se hicieron para él copas de plata, cuchillos, aspersorios, trompetas ni instrumento alguno de oro o plata, sino que se entregaba a los encargados de las obras, para que con él reparasen el templo del Señor. Y no se pedía cuentas a los hombres en cuyas manos se ponía el dinero para darlo a los obreros, porque se portaban con fidelidad. El dinero del sacrificio por la culpa y el dinero del sacrificio por el pecado no se traía al templo del Señor, sino que era para los sacerdotes. Jazael, rey de Siria, fue a atacar a Gat y la conquistó; luego se dispuso a ir contra Jerusalén. Pero Joás, rey de Judá, tomó todas las ofrendas que habían hecho al templo sus antepasados Josafat, Jorán y Ocozías, reyes de Judá, y las que él mismo había hecho, y todo el oro que había en el templo del Señor y en el palacio real, y se lo mandó todo a Jazael, rey de Siria, el cual se retiró de Jerusalén. El resto de la historia de Joás y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Sus súbditos se rebelaron, urdieron una conjura y mataron a Joás cuando bajaba por el terraplén. El año veintitrés de Joás, hijo de Ocozías, rey de Judá, comenzó a reinar sobre Israel, en Samaría, Joacaz, hijo de Jehú. Reinó diecisiete años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y cometió los pecados con que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos. Por eso la ira del Señor se encendió contra Israel, entregándolos en manos de Jazael, rey de Siria, y de Ben Hadad, hijo de Jazael, todo aquel tiempo. Pero Joacaz oró al Señor, y el Señor le escuchó, porque vio la opresión con que el rey de Siria oprimía a Israel. El Señor dio a Israel un salvador, que los libró del yugo de Siria, y los israelitas vivieron tranquilos en sus casas como antes. Sin embargo, no se apartaron de los pecados de la casa de Jeroboán, el que había hecho pecar a Israel; incluso el cipo sagrado siguió en pie en Samaría. Por eso no dejó a Joacaz otra gente que cincuenta jinetes, diez carros y diez mil infantes, porque el rey de Siria los había destruido y reducido como el polvo de la trilla. El resto de la historia de Joacaz, todo lo que hizo y su valor está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Joacaz murió y lo enterraron en Samaría. Le sucedió en el trono su hijo Joás. El año treinta y siete de Joás, rey de Judá, Joás, hijo de Joacaz, comenzó a reinar sobre Israel en Samaría. Reinó dieciséis años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y no se apartó de los pecados con que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo pecar a Israel, sino que caminó por ellos. El resto de la historia de Joás, todo lo que hizo y su valor cuando luchó contra Amasías, rey de Judá, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Joás murió y fue sepultado en Samaría con los reyes de Israel. Le sucedió en el trono Jeroboán. Eliseo estaba enfermo de muerte. Joás, rey de Israel, fue a visitarlo; al verlo, se echó a llorar y decía: "¡Padre mío, padre mío, carro y caballería de Israel!". Y Eliseo le dijo: "Toma un arco y flechas". Joás tomó un arco y flechas. Y Eliseo ordenó al rey de Israel: "Pon tu mano en el arco". Él puso su mano, y Eliseo puso la suya sobre las manos del rey. Y añadió: "Abre la ventana de oriente". El rey la abrió. Y Eliseo dijo: "Dispara". Y él disparó. Eliseo exclamó: "¡Flecha de victoria de parte del Señor! ¡Flecha de victoria sobre Siria! Derrotarás a Siria, en Afec, hasta el exterminio". Y añadió: "Toma las flechas". Y las tomó. Eliseo entonces ordenó al rey de Israel: "Golpea el suelo". Lo golpeó tres veces, y se paró. Entonces el hombre de Dios se irritó contra él y dijo: "Si hubieras golpeado cinco o seis veces, habrías derrotado a Siria hasta exterminarlo; pero ahora lo derrotarás sólo tres veces". Eliseo murió y fue sepultado. Entrado el año, unas bandas de Moab hicieron correrías en el país; y sucedió que mientras unos hombres estaban enterrando a un muerto, divisaron una banda, echaron al hombre en el sepulcro de Eliseo y escaparon. Apenas aquel hombre tocó los huesos de Eliseo, revivió y se puso en pie. Y Jazael, rey de Siria, oprimió a los israelitas toda la vida de Joacaz; pero el Señor tuvo compasión de ellos y, en atención a su pacto con Abrahán, Isaac y Jacob, no quiso destruirlos, y hasta el presente no los ha echado de su presencia. Jazael, rey de Siria, murió y le sucedió en el trono su hijo Ben Hadad. Joás, hijo de Joacaz, quitó a Ben Hadad, hijo de Jazael, las ciudades que éste había arrebatado en la guerra a su padre, Joacaz. Le derrotó tres veces, y así recuperó las ciudades de Israel. El año segundo de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel, Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, empezó a reinar. Tenía veinticinco años cuando subió al trono, y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yeoadán, de Jerusalén. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor, pero no como David, su padre. Se portó como se había portado su padre, Joás. No obstante, no desaparecieron las colinas, de modo que el pueblo ofrecía todavía sacrificios y quemaba incienso en ellas. Cuando se sintió fuerte en el trono, mató a los siervos que habían asesinado a su padre. Pero no mató a los hijos de los asesinos, conforme a lo escrito en el libro de la ley de Moisés: "Los padres no morirán por la culpa de los hijos, ni los hijos por culpa de los padres, sino que cada uno morirá por su propio pecado". Él derrotó a Edón en el valle de la Sal, diez mil hombres en conjunto: tomó por asalto Selá, y le puso por nombre Yocteel, que conserva hasta el presente. Amasías mandó a decir a Joás, hijo de Joacaz y nieto de Jehú, rey de Israel: "¡Ven, que nos veamos las caras!". Joás, rey de Israel, mandó a decir a Amasías, rey de Judá: "El cardo del Líbano mandó a decir al cedro del Líbano: Da tu hija por esposa a mi hijo. Pero pasaron las fieras del Líbano y pisotearon el cardo. Como has derrotado a Edón, te has engreído. Goza de tu gloria y quédate en tu casa. ¿Por qué quieres acarrearte la desgracia, para que caigas tú y Judá contigo?". Pero Amasías no hizo caso, y entonces Joás, rey de Israel, fue y se vieron las caras él y Amasías, rey de Judá, en Bet Semes de Judá. Judá fue derrotado frente a Israel, y cada cual huyó a su casa. Joás, rey de Israel, hizo prisionero en Bet Semes a Amasías, rey de Judá; luego llegó a Jerusalén y abrió en sus murallas una brecha de doscientos metros, desde la puerta de Efraín hasta la puerta del ángulo; se apoderó de todo el oro y la plata y de todos los utensilios que había en el templo del Señor y en los tesoros del palacio real, tomó rehenes y se volvió a Samaría. El resto de la historia de Joás, lo que hizo y su valor cuando luchó contra Amasías, rey de Judá, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Joás murió y fue sepultado en Samaría con los reyes de Israel. Le sucedió en el trono su hijo Jeroboán. Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, vivió todavía quince años después de la muerte de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel. El resto de la historia de Amasías está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Tramaron contra él una conjura en Jerusalén, y huyó a Laquis, donde lo persiguieron y lo mataron. Lo transportaron sobre caballos y lo enterraron con sus padres en Jerusalén, la ciudad de David. Entonces todo el pueblo de Judá tomó a Azarías, que tenía dieciséis años, y lo proclamó rey en lugar de su padre Amasías. Él reconstruyó Elat y la devolvió a Judá, después de la muerte de su padre. El año quince de Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, Jeroboán, hijo de Joás, rey de Israel, subió al trono en Samaría. Reinó cuarenta y un años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y no se apartó de todos los pecados con que Jeroboán, hijo de Nabat, había hecho pecar a Israel. Él restableció las fronteras de Israel desde la entrada de Jamat hasta el mar de la Arabá, según el oráculo del Señor, Dios de Israel, pronunciado por medio de su siervo, el profeta Jonás, hijo de Amitay, que era de Gat Jéfer. Porque el Señor vio la amarguísima aflicción de Israel, que no quedaba ya esclavo ni libre y que no había quien socorriera a Israel. Y como el Señor no había decretado borrar el nombre de Israel de debajo del cielo, le salvó por medio de Jeroboán, hijo de Joás. El resto de la historia de Jeroboán, todo lo que hizo, el valor con que luchó contra Damasco y restituyó Jamat a Israel, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Jeroboán murió y fue sepultado con los reyes de Israel. Le sucedió en el trono su hijo Zacarías. El año veintisiete de Jeroboán, rey de Israel, subió al trono Azarías, hijo de Amasías, rey de Judá. Tenía dieciséis años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yecolía, de Jerusalén. Hizo lo que es recto a los ojos del Señor, como había hecho su padre Amasías. Sin embargo, no desaparecieron las colinas, de modo que el pueblo ofrecía aún sacrificios y quemaba incienso en ellas. El Señor castigó al rey, que estuvo leproso hasta su muerte; vivió en una casa aislada, mientras su hijo Jotán estaba al frente del palacio del gobierno de la nación. El resto de la historia de Azarías y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Azarías murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Jotán. El año treinta y ocho de Azarías, rey de Judá, Zacarías, hijo de Jeroboán, comenzó a reinar sobre Israel. Reinó en Samaría seis meses. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, como habían hecho sus antepasados, y no se apartó de los pecados con que Jeroboán, hijo de Nabat, había hecho pecar a Israel. Pero Salún, hijo de Yabés, se conjuró contra él, lo atacó en Yibleán, lo mató y le sucedió en el trono. El resto de la historia de Zacarías está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Así se cumplió la palabra que el Señor había dado a Jehú: "Tus hijos se sentarán en el trono hasta la cuarta generación". Y así sucedió. Selún, hijo de Yabés, comenzó a reinar el año treinta y ocho de Ozías, rey de Judá, y reinó en Samaría un mes. Pero Menajén, hijo de Gadí, fue de Tirsá a Samaría y derrotó a Salún, hijo de Yabés; le mató y le sucedió en el trono. El resto de la historia de Salún y la conjura que tramó está todo ello escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Menajén devastó a Tapúaj y todo lo que había en ella y en sus alrededores desde Tirsá, porque no le habían abierto las puertas de la ciudad; además rajó el vientre a todas las embarazadas. El año treinta y nueve de Azarías, rey de Judá, Menajén, hijo de Gadí, empezó a reinar sobre Israel. Reinó diez años en Samaría. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y no se apartó de los pecados con que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo pecar a Israel. En su tiempo Pul, rey de Asiria, invadió el país, y Menajén entregó a Pul unos treinta y cuatro mil kilos de plata para que le ayudase a consolidar el poder real en sus manos. Menajén sacó este dinero a los ricos de Israel para darlo al rey de Asiria, a razón de medio kilo de plata cada uno. El rey de Asiria se retiró sin detenerse en el país. El resto de la historia de Menajén y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. Murió, y le sucedió en el trono su hijo Pecajías. El año cincuenta de Azarías, rey de Judá, comenzó a reinar sobre Israel en Samaría Pecajías, hijo de Menajén. Reinó dos años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y no se apartó de los pecados con que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo pecar a Israel. Pero se conjuró contra él Pécaj, hijo de Romelía, su capitán, que lo mató en Samaría, en la torre del palacio real, junto con Argob y Arié. Tenía consigo cincuenta hombres de Galaad. Lo mató y le sucedió en el trono. El resto de la historia de Pecajías y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. El año cincuenta y dos de Azarías, rey de Judá, Pécaj, hijo de Romelía, comenzó a reinar sobre Israel. Reinó veinte años en Samaría. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor y no se apartó de los pecados con que Jeroboán, hijo de Nabat, hizo pecar a Israel. En tiempo de Pécaj, rey de Israel, TeglatFalasar, rey de Asiria, fue y tomó Iyón, Abel Bet Maacá, Yanóaj, Cades, Jasor, Galaad, Galilea y todo el país de Neftalí, deportando todos sus habitantes a Asiria. Oseas, hijo de Elá, tramó una conjura contra Pécaj, hijo de Romelía, lo hirió, lo mató y le sucedió en el trono el año veinte de Jotán, hijo de Ozías. El resto de la historia de Pécaj y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Israel. El año segundo de Pécaj, hijo de Romelía, rey de Israel, comenzó a reinar Jotán, hijo de Ozías, rey de Judá. Tenía veinticinco años cuando subió al trono, y reinó dieciséis años en Jerusalén. Su madre, hija de Sadoc, se llamaba Yerusá. Hizo lo que es bueno a los ojos del Señor como su padre, Ozías. Sin embargo, no desaparecieron las colinas, de modo que el pueblo seguía ofreciendo sacrificios y quemando incienso en ellos. Él construyó la puerta superior del templo del Señor. El resto de la historia de Jotán y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. En aquel tiempo comenzó el Señor a enviar contra Judá a Rasín, rey de Siria, y a Pécaj, hijo de Romelía. Jotán murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David, su padre. Le sucedió en el trono su hijo Acaz. El año diecisiete de Pécaj, hijo de Romelía, subió al trono Acaz, hijo de Jotán, rey de Judá. Tenía veinte años cuando subió al trono, y reinó dieciséis años en Jerusalén; no hizo lo que es justo a los ojos del Señor, su Dios, como su padre David, sino que siguió el camino de los reyes de Israel, y hasta hizo pasar por el fuego a su hijo, según las prácticas horrorosas de las gentes que el Señor había echado de delante de los israelitas. Y ofreció sacrificios y quemó incienso en los altozanos, en las colinas y bajo cualquier árbol frondoso. Rasín, rey de Siria, y Pécaj, hijo de Romelía, rey de Israel, fueron a atacar a Jerusalén, y sitiaron a Acaz; pero no la pudieron tomar. En aquella ocasión, el rey de Edón recuperó Elat para Edón, echando de Elat a los judíos; y los edomitas tomaron Elat, y se establecieron en ella hasta el presente. Acaz había enviado mensajeros a decir de su parte a Teglat-Falasar, rey de Asiria: "Soy tu siervo y tu hijo. Ven y sálvame de las manos del rey de Siria y del rey de Israel, que se han levantado contra mí. Acaz tomó la plata y el oro que había en el templo del Señor y en los tesoros del palacio real, y lo envió como presente al rey de Asiria. El rey de Asiria lo escuchó, atacó a Damasco y la conquistó; deportó sus habitantes a Quir, y mató a Rasín. El rey Acaz fue a Damasco al encuentro de Teglat-Falasar, rey de Asiria. Al ver el altar que había en Damasco, envió al sacerdote Urías las dimensiones del altar y un plano exacto del mismo. Y el sacerdote Urías construyó el altar, tal y como le había ordenado el rey Acaz desde Damasco, antes de que regresase de Damasco. Cuando el monarca llegó de Damasco y vio el altar, se acercó y quemó sobre él su holocausto y su ofrenda, derramó su ofrenda de vino y esparció sobre el altar la sangre de sus sacrificios de reconciliación. En cuanto al altar de bronce que estaba ante el Señor, entre el altar nuevo y el templo del Señor, lo retiró de allí y lo puso al lado norte del altar nuevo. Luego el rey Acaz ordenó al sacerdote Urías: "Sobre el altar grande quemarás el holocausto de la mañana y la ofrenda de la tarde, el holocausto del rey y su ofrenda, el holocausto de toda la gente del país, sus ofrendas de pan y vino; sobre él derramaréis la sangre de los holocaustos y sacrificios. En cuanto al altar de bronce, ya proveeré". El sacerdote Urías hizo exactamente lo que el rey Acaz le había ordenado. El rey Acaz arrancó también los paneles de las basas, quitó los aguamaniles y la gran pila de encima de los toros de bronce que lo sostenían, y lo asentó sobre un zócalo de piedras. Y para complacer al rey de Asiria quitó del templo del Señor la tribuna del sábado, que se había construido en el templo, y la entrada externa, reservada al rey. El resto de la historia de todo lo que hizo Acaz está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Ezequías. El año dieciocho de Acaz, rey de Judá, Oseas, hijo de Elá, comenzó a reinar sobre Israel. Reinó en Samaría nueve años. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, pero no tanto como los reyes de Israel que le habían precedido. Salmanasar, rey de Asiria, lo atacó, y Oseas se hizo su vasallo y le pagó tributo. El rey de Asiria descubrió que Oseas le traicionaba - pues había enviado mensajeros a So, rey de Egipto, y no le pagaba el tributo anual-, por lo que mandó prenderlo y meterlo en la cárcel. El rey de Asiria invadió todo el país, atacó a Samaría y la sitió durante tres años. El año nueve de Oseas, el rey de Asiria se apoderó de Samaría, deportó a Asiria a los israelitas y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las ciudades de Media. Esto sucedió porque los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, el que los había sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto, y habían venerado a dioses extranjeros. Habían seguido las costumbres de las gentes que el Señor había echado ante ellos, así como las que los reyes de Israel habían introducido. Los israelitas cometieron acciones horrorosas contra el Señor, su Dios: se edificaron colinas en todas sus localidades; tanto en las torres de vigilancia como en las ciudades amuralladas, levantaron estelas y cipos sagrados sobre toda colina elevada y bajo cualquier árbol frondoso, y allí quemaron incienso como las gentes que el Señor había echado ante ellos, y cometieron toda clase de maldades, irritando al Señor, y adoraron a los ídolos, cosa que el Señor les había prohibido. El Señor había advertido a Israel y a Judá por medio de los profetas y de los videntes: "Arrepentíos de vuestros malos caminos, guardad mis preceptos y mandamientos y seguid la ley que di a vuestros padres y que os comuniqué por medio de mis siervos, los profetas". Pero no hicieron caso, tuvieron una cabeza dura, como sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios; rechazaron sus preceptos, la alianza que había hecho con sus padres y las amonestaciones que les había dirigido, siguieron a ídolos vanos y se hicieron ellos mismos vanos imitando a las gentes circunvecinas, siendo así que el Señor les había ordenado que no obrasen como ellas. Abandonaron todos los preceptos del Señor, su Dios, se hicieron dos becerros de bronce fundido y un cipo sagrado y adoraron a todos los astros del cielo y a Baal. Pasaron a sus hijos y a sus hijas por el fuego, practicaron adivinaciones y encantamientos y se entregaron a hacer todo lo que es malo a los ojos del Señor, provocando así su indignación. Y el Señor se irritó sobremanera contra Israel y lo echó de su presencia. No quedó más que la tribu de Judá. Tampoco Judá observó los mandatos del Señor, su Dios, sino que siguió las costumbres de Israel. Por eso el Señor rechazó a toda la raza de Israel, la humilló y la entregó en manos de saqueadores, hasta que la echó de su presencia. Pues cuando Israel se separó de la casa de David y proclamó rey a Jeroboán, hijo de Nabat, Jeroboán hizo que Israel se apartara del Señor y pecara gravemente. Y los israelitas cometieron siempre el pecado que Jeroboán había cometido, y no se apartaron de él; hasta que el Señor echó de su presencia a Israel, según lo había predicho por boca de sus siervos los profetas. E Israel fue deportado de su país a Asiria hasta nuestros días. El rey de Asiria trajo gentes de Babilonia, de Cutá, de Avá, de Jamat y de Sefarváyim, y las instaló en las ciudades de Samaría, en lugar de los israelitas; tomaron posesión de Samaría y habitaron en sus ciudades. Como al empezar a residir allí no temían al Señor, el Señor les envió leones, que hacían estragos entre ellos. Entonces dijeron al rey de Asiria: "Las gentes que trajiste e instalaste en las ciudades de Samaría no conocen el culto del Dios del país, el cual les ha mandado leones que hacen estragos entre ellos por no conocer el culto del Dios del país". Y el rey de Asiria ordenó: "Llevad allá uno de los sacerdotes que trajisteis cautivos para que viva con ellos y les enseñe el culto del Dios del país". Vino uno de los sacerdotes que había sido deportado de Samaría, se estableció en Betel y les enseñaba cómo debían dar culto al Señor. Pero aquellas gentes se hicieron sus dioses, y los colocaron en los santuarios de las colinas que los samaritanos habían construido, cada uno en la ciudad en que vivía. Los de Babilonia hicieron a Sucot Benot; los de Cutá, a Nergal; los de Jamat, a Asima; los de Avá, a Nibjás y Tartac, y los de Sefarváyim quemaban a sus hijos en el fuego en honor de sus dioses, Adramélec y Anamélec. Daban también culto al Señor. Nombraron sacerdotes de entre ellos mismos para que oficiaran el culto en los santuarios de las colinas. Así que daban culto al Señor y a sus dioses, según los ritos de las naciones de donde habían sido deportados. Todavía hoy siguen sus antiguas costumbres. No veneran al Señor, no obran conforme a sus estatutos y decretos, conforme a la ley y al mandato que prescribió a los hijos de Jacob, a quien puso por nombre Israel. El Señor había hecho con ellos una alianza y les había ordenado: "No veneraréis a dioses extranjeros, no os postraréis ante ellos, no les serviréis ni les ofreceréis sacrificios; sólo al Señor, que os sacó de Egipto con gran fuerza y poder, le daréis culto, os postraréis ante él y le ofreceréis sacrificios. Guardaréis fielmente los preceptos y las normas, las leyes y los mandamientos que os escribió. No daréis culto a dioses extranjeros. No olvidaréis la alianza que hice con vosotros y no daréis culto a dioses extranjeros, sino sólo al Señor, y entonces él os librará de las manos de vuestros enemigos". Pero ellos no hicieron caso, y siguieron sus antiguas costumbres. Y así aquellas gentes dieron al mismo tiempo culto al Señor y a sus ídolos. Y sus descendientes siguen haciendo hasta el día de hoy lo mismo que ellos. El año tercero de Oseas, hijo de Elá, rey de Israel, comenzó a reinar Ezequías, hijo de Acaz, rey de Judá. Tenía veinticinco años cuando subió al trono, y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Abi, y era hija de Zacarías. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor, como su padre David. Suprimió las colinas, hizo pedazos las estelas, arrancó los cipos sagrados y machacó la serpiente de bronce que Moisés había hecho (pues hasta entonces los israelitas le quemaban incienso; la llamaban Nejustán). Puso su confianza en el Señor, Dios de Israel; ni antes ni después hubo un rey como él en Judá. Vivió unido al Señor y no se separó de él, guardando los preceptos que el Señor había ordenado a Moisés. Y el Señor estuvo con él, de modo que en todas sus empresas tuvo éxito; se rebeló contra el rey de Asiria y dejó de estarle sometido. Él fue quien derrotó a los filisteos hasta Gaza y su término, desde las torres de vigilancia hasta las ciudades fortificadas. El año cuarto del rey Ezequías, el séptimo de Oseas, hijo de Elá, rey de Israel, Salmanasar, rey de Asiria, atacó a Samaría y la sitió. Al cabo de tres años la tomó. El año sexto de Ezequías, el noveno de Oseas, rey de Israel, se conquistó Samaría. Y el rey de Asiria deportó a los israelitas a Asiria y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las ciudades de Media, porque no habían obedecido al Señor, su Dios, habían quebrantado su alianza y no habían cumplido lo que les había ordenado Moisés, siervo del Señor. El año catorce del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, atacó a todas las ciudades fortificadas de Judá y las tomó. Entonces Ezequías, rey de Judá, envió a Laquis una embajada a decir al rey de Asiria: "He obrado mal. Retírate de aquí y te pagaré el tributo que me impongas". Y el rey de Asiria impuso a Ezequías, rey de Judá, unos diez mil kilos de plata y mil de oro. Ezequías entregó toda la plata que se encontraba en el templo del Señor y en los tesoros del palacio real. En aquella ocasión Ezequías desguarneció las puertas del santuario del Señor y las columnas que el mismo Ezequías, rey de Judá, había recubierto de oro, y lo entregó al rey de Asiria. El rey de Asiria mandó desde Laquis a un general en jefe, al jefe de los eunucos y al copero mayor, a Jerusalén, al rey Ezequías. Cuando llegaron a Jerusalén, se detuvieron junto al canal de la alberca superior, que está en el camino del campo del Batanero. Llamaron al rey, y se presentaron Eliaquín, hijo de Jelcías, el mayordomo, Sebná, el secretario, y Yoaj, hijo de Asaf, el heraldo. El copero mayor les dijo: "Decid a Ezequías: Esto dice el gran rey, el rey de Asiria: ¿En qué pones tu confianza? Piensas que los planes y la fuerza para la guerra son sólo cuestión de boca. ¿En quién has confiado para rebelarte contra mí? Pones tu confianza en el sostén de esa caña rota, en Egipto, que a quienquiera que se apoye sobre ella se le hincará en la mano y se la traspasará. Así será el Faraón, rey de Egipto, para todos los que confían en él. Y si me decís: Confiamos en el Señor, nuestro Dios, ¿no es aquel cuyas colinas y cuyos altares ha suprimido Ezequías, diciendo a Judá y a Jerusalén: Sólo debéis postraros ante este altar en Jerusalén? Y ahora acepta una apuesta con mi señor, el rey de Asiria. Yo te daré dos mil caballos, si puedes procurarte jinetes para ellos. No puedes hacer huir al más insignificante de los siervos de mi señor, ¿y esperas conseguir carros y caballos en Egipto? Por otra parte, ¿es que he ido yo contra este lugar para devastarlo sin el consentimiento del Señor? El Señor me ha dicho: Anda contra esa tierra y destrúyela". Entonces Eliaquín, hijo de Jelcías, Sebná y Yoaj dijeron al copero mayor: "Por favor, habla a tus siervos en arameo, pues nosotros lo entendemos; no nos hables en judío a oídos del pueblo que está sobre la muralla". Pero el copero mayor les respondió: "¿Es que me ha enviado mi señor a decir estas cosas a tu señor y a ti, y no más bien a los hombres que están sobre la muralla, los cuales, igual que vosotros, van a tener que comer sus excrementos y que beber sus orines?". Y puesto en pie gritó en judío con voz potente: "Oíd la palabra del rey grande, el rey de Asiria: Esto dice el rey: Que Ezequías no os engañe, pues no podrá libraros de mi mano, ni os haga confiar en el Señor, diciendo: El Señor nos librará y no entregará esta ciudad en manos del rey de Asiria. No escuchéis a Ezequías, pues esto dice el rey de Asiria: Haced la paz conmigo y entregaos a mí, y así podrá comer cada uno los frutos de su viña y de su higuera y beber el agua de su cisterna hasta que yo venga a trasladaros a una tierra como la vuestra, tierra de grano y de mosto, tierra de pan y de viñas, tierra de aceite y de miel. Así viviréis y no moriréis. No hagáis caso de Ezequías, porque os engaña, diciendo: El Señor nos librará. ¿Es que han librado los dioses de otras gentes a sus respectivos países de la mano del rey de Asiria? ¿Dónde están los dioses de Jamat y Arpad? ¿Dónde los dioses de Sefarváyim, de Hená y de Avá? ¿Dónde están los dioses de la tierra de Samaría? ¿Es que libraron a Samaría de mi mano? ¿Qué Dios de estos países es el que ha librado su tierra de mi mano, para que el Señor libre a Jerusalén de mi poder?". Pero el pueblo se estuvo callado y no le respondió palabra, pues ésta era la orden del rey: "No le respondáis". Entonces Eliaquín, hijo de Jelcías, el mayordomo, Sebná, el secretario, y Yoaj, hijo de Asaf, el heraldo, se presentaron ante Ezequías, rasgadas sus vestiduras, y le refirieron las palabras del copero mayor. Cuando el rey Ezequías oyó esto, rasgó sus vestiduras, se cubrió de saco y entró en el templo del Señor. Y mandó a Eliaquín, el mayordomo, a Sebná, el secretario, y a los sacerdotes más ancianos, vestidos de saco, a decir al profeta Isaías, hijo de Amós: "Esto dice Ezequías: Día de angustia, de castigo y de ultraje es éste, pues los hijos han llegado a punto de nacer, y falta la fuerza para darlos a luz. Esperamos que el Señor, tu Dios, haya oído todas las palabras del copero mayor, el que ha sido enviado por el rey de Asiria, su señor, a insultar al Dios vivo, y le castigue por las palabras que el Señor, tu Dios, ha oído. Haz una oración por el resto que aún queda". Los servidores del rey Ezequías se presentaron a Isaías, y éste les respondió: "Decid a vuestro señor: Esto dice el Señor: No te asustes por las palabras que has oído, con las cuales me han insultado los siervos del rey de Asiria. Voy a infundirle un espíritu tal que, al oír cierta noticia, se volverá a su tierra, y allí le haré morir a espada". Entretanto el copero mayor regresó y encontró al rey de Asiria asaltando Libná, pues había oído que se había retirado de Laquis. Enterado Senaquerib del rumor de que Tirjaca, rey de Etiopía, había salido a luchar contra él, volvió a mandar mensajeros a Ezequías, diciendo: "Así debéis hablar a Ezequías, rey de Judá: No te engañe tu Dios, en quien confías, diciéndote que Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria. Estás enterado de lo que los reyes de Asiria han hecho con todos los países, entregándolos al exterminio, y ¿vas a escapar tú? ¿Los han librado acaso los dioses de aquellos pueblos, que mis padres han destruido, como Gozán, Jarán, Résef y los habitantes de Edén, que estaban en Telasar? ¿Dónde están ahora el rey de Jamat, el de Arpad, de la ciudad de Sefarváyim, de Hená y Avá?". Ezequías tomo las cartas de manos de los mensajeros, las leyó, fue al templo y, desplegándolas en la presencia del Señor, oró así ante él: "¡Señor, Dios de Israel, que estás sentado sobre los querubines! Tú solo eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú has hecho los cielos y la tierra. Abre, ¡oh Dios!, tu oído y escucha; abre, ¡oh Señor!, tus ojos y mira. Escucha las palabras que Senaquerib ha mandado a decir para ultrajar al Dios vivo. Es cierto, ¡oh Señor!, los reyes de Asiria han desolado los pueblos y sus tierras; han echado sus dioses al fuego, porque no eran dioses, sino hechura de manos de hombres, leños o piedras; y por eso los han podido destruir. Por tanto, Dios nuestro, sálvanos de sus manos, y sepan todos los reinos de la tierra que tú solo, Señor, eres Dios". Entonces Isaías, hijo de Amós, mandó a decir a Ezequías: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: La oración que me has dirigido con motivo de Senaquerib, rey de Asiria, la he escuchado. Ésta es la palabra que el Señor ha pronunciado contra él: Te desprecia, se burla de ti la virgen hija de Sión, detrás de ti menea la cabeza la hija de Jerusalén. ¿A quién has injuriado y ultrajado, o contra quién has alzado la voz? Has levantado tus ojos al cielo contra el Santo de Israel. Por boca de tus mensajeros has injuriado al Señor, diciendo: Con la multitud de mis carros me he hecho poderoso, he escalado la cima de los montes, las cumbres del Líbano, he cortado sus más altos cedros, lo mejor de sus cipreses, he penetrado en su más elevado lugar, en los más frondosos bosques. Yo he excavado y bebido las aguas extranjeras, y he secado con la planta de mis pies todos los ríos de Egipto. ¿No estás enterado? De antiguo lo he preparado, desde tiempos remotos lo tengo decidido; ahora lo llevo a efecto. Así redujiste a montones de escombros las ciudades fortificadas; sus habitantes, impotentes, quedaron consternados y confusos, hechos semejantes a la hierba del campo, al verdor del césped, al heno de los tejados y al grano agostado antes de espigar. Pero sea que te levantes o te sientes, que entres o salgas, yo lo sé. Puesto que te has enfurecido contra mí y tu insolencia ha llegado a mis oídos, pondré mi anillo en tus narices y mi freno en tus labios y te haré volver por el camino por el cual has venido. Sírvate esto de señal: este año se comerá lo que brote de la semilla caída, y el año que viene lo que nazca sin sembrar; pero al tercer año sembraréis y cosecharéis, plantaréis viñas y comeréis su fruto. El resto superviviente de la casa de Judá volverá a arraigar por debajo y dará fruto por encima; porque de Jerusalén saldrá un resto y un grupo superviviente del monte de Sión. El celo del Señor todopoderoso hará esto. Por lo cual, esto dice el Señor acerca del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni lanzará en ella una flecha, no le opondrá escudo, ni construirá contra ella terraplenes. Por el camino que ha venido regresará, y en esta ciudad no entrará. Oráculo del Señor. Yo protegeré a esta ciudad para salvarla en atención a mí mismo y a David, mi siervo". Y aquella misma noche salió el ángel del Señor e hirió en el campamento de Asiria a ciento ochenta y cinco mil; y, al levantarse por la mañana, vieron que todos ellos eran cadáveres. Entonces Senaquerib, rey de Asiria, se retiró, y regresó a Nínive. Y cuando estaba haciendo oración en el templo de su dios Nisroc, sus hijos Adremélec y Saréser lo mataron a espada y huyeron a Ararat. Le sucedió en el trono su hijo Asaradón. Por aquel tiempo, Ezequías cayó gravemente enfermo; Isaías, hijo de Amós, el profeta, se presentó a él y le dijo: "Esto dice el Señor: Arregla los asuntos de tu casa, porque vas a morir; no curarás". Entonces Ezequías se volvió contra la pared y oró al Señor así: "¡Ay, Señor! Acuérdate de que me he conducido en tu servicio con fidelidad y de todo corazón, y he hecho lo que es justo a tus ojos". Y Ezequías rompió a llorar amargamente. Aún no había salido Isaías del patio central, cuando el Señor le dijo: "Vuélvete y di a Ezequías, jefe de mi pueblo: Esto dice el Señor, Dios de tu padre David: He escuchado tu oración y he mirado tus lágrimas. Te voy a devolver la salud. Dentro de tres días podrás ir al templo del Señor. Añadiré a tus días quince años, te libraré a ti y a esta ciudad de las manos del rey de Asiria y protegeré a esta ciudad en atención a mí mismo y a mi siervo David". E Isaías ordenó: "Traed un emplasto de higos secos". Lo trajeron, lo aplicaron a la llaga y el rey se curó. Y Ezequías preguntó a Isaías: "¿Cuál será la señal de que el Señor me curará y podré ir dentro de tres días al templo del Señor?". Isaías respondió: "Ésta es la señal de que el Señor cumplirá la palabra que ha dado: ¿Quieres que la sombra adelante diez grados o que retroceda diez grados?". Ezequías replicó: "Fácil es a la sombra adelantar diez grados. No; que la sombra vuelva atrás diez grados". Entonces el profeta Isaías invocó al Señor, el cual hizo retroceder a la sombra los diez grados en el cuadrante de Acaz. Por aquel tiempo, Merodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y un presente a Ezequías, al saber que se había curado de su enfermedad. Ezequías recibió gran contento y mostró a los enviados todo su tesoro, la plata, el oro, los aromas, los ungüentos preciosos, su armería y todo lo que tenía en sus almacenes; no hubo cosa en su palacio o en sus dominios que no se la mostrase. Pero el profeta Isaías se presentó al rey Ezequías y le dijo: "¿Qué han dicho estos hombres o de dónde han venido a ti?". Ezequías respondió: "Han venido de la lejana Babilonia". "¿Qué han visto en tu casa?", replicó Isaías. Y Ezequías respondió: "Han visto todo lo que hay; nada ha habido en mis almacenes que no se lo haya enseñado". Isaías entonces dijo a Ezequías: "Escucha la palabra del Señor: Vienen días en que lo que hay en tu casa y lo que tus padres atesoraron hasta el día de hoy será llevado a Babilonia. No quedará nada, dice el Señor. A tus propios hijos los llevarán a Babilonia, para convertirlos en eunucos en la corte del rey". Y Ezequías respondió a Isaías: "Justa es la palabra del Señor que has pronunciado". Pensó: "Al menos en mis días habrá paz y seguridad". El resto de la historia de Ezequías, sus hazañas y cómo construyó la alberca y el acueducto para conducir las aguas a la ciudad, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Ezequías murió y le sucedió en el trono Manasés. Manasés tenía doce años cuando subió al trono, y reinó en Jerusalén cincuenta y cinco. Su madre se llamaba Jefsibá. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, imitando las prácticas horrendas de las gentes que el Señor había echado ante los israelitas. Reconstruyó las colinas que su padre Ezequías había destruido; levantó altares a Baal, y un cipo sagrado, como había hecho Acaz, rey de Israel; adoró a todos los astros del cielo y les rindió culto. Construyó también altares en el templo del Señor, del que el Señor había dicho: "Pondré en Jerusalén mi nombre". Y levantó altares a todos los astros del cielo en los dos atrios del templo del Señor. Quemó a su hijo, se dio a la magia y a encantamientos, instituyó nigromantes y adivinos, e hizo tantas cosas malas a los ojos del Señor que provocó su indignación. Y hasta puso la imagen de Aserá en el templo del Señor, del que el Señor había dicho a David y a Salomón, su hijo: "En este templo y en Jerusalén, elegida por mí entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; y no permitiré de nuevo que los israelitas anden errantes fuera de la tierra que he dado a sus padres, con tal que hagan lo que yo les he ordenado y cumplan la ley que les prescribió mi siervo Moisés". Pero ellos no hicieron caso, y Manasés los descarrió, induciéndolos a hacer el mal, más aún que las gentes que el Señor había destruido ante los israelitas. Entonces el Señor habló así por medio de sus siervos los profetas: "Puesto que Manasés, rey de Judá, ha cometido estas monstruosidades, peores que las de los amorreos que le precedieron, y ha hecho pecar a Judá con sus ídolos, el Señor, Dios de Israel, dice lo siguiente: Voy a acarrear sobre Jerusalén y sobre Judá una desventura tal que zumbarán los oídos de todos los que la oigan. Y extenderé sobre Jerusalén la cuerda de Samaría y la plomada de la casa de Ajab, y fregaré a Jerusalén como se friega un plato, y fregado se vuelve boca abajo. Rechazaré el resto de mi heredad y lo entregaré en manos de sus enemigos, para que sean botín y despojo de sus adversarios; porque han hecho lo que es malo a mis ojos, y han provocado mi indignación, desde el día que salieron sus padres de Egipto hasta el presente". Además, Manasés vertió muchísima sangre inocente, hasta anegar Jerusalén de extremo a extremo, aun prescindiendo del pecado que hizo cometer a Judá haciendo lo que es malo a los ojos del Señor. El resto de la historia de Manasés, todo lo que hizo y el pecado que cometió está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Manasés murió y fue sepultado en el jardín de su palacio, en el jardín de Uzá. Le sucedió en el trono su hijo Amón. Amón tenía veintidós años cuando subió al trono, y reinó dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Mesulémet, hija de Jarús, de Yotbá. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, como su padre Manasés. Siguió los caminos de su padre y adoró a los ídolos que había adorado su padre. Abandonó al Señor, Dios de sus padres, y no siguió sus caminos. Sus mismos servidores tramaron una conjura contra él y lo asesinaron en su propia casa; pero el pueblo mató a todos los que se habían conjurado contra el rey Amón y proclamó rey a su hijo Josías. El resto de la historia de Amón, todo lo que hizo, está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Fue sepultado en su sepulcro, en el jardín de Uzá. Le sucedió en el trono su hijo Josías. Josías tenía ocho años cuando subió al trono, y reinó treinta y un años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yedidá, hija de Adaya, de Boscat. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor y anduvo por los caminos de su padre David, sin apartarse a derecha ni a izquierda. El año dieciocho de su reinado, Josías envió al templo a su secretario Safán, hijo de Asalías y nieto de Mesulán. Le dijo: "Vete a ver al sumo sacerdote Jelcías y dile que reúna el dinero aportado al templo del Señor, que los guardas de la puerta han recogido del pueblo; y que se lo den a los encargados de las obras del templo del Señor, para que éstos paguen a los obreros que reparan sus desperfectos: carpinteros, maestros de obras y albañiles, y para comprar maderas y piedras talladas con que reparar el templo. Pero que no se les pida cuentas del dinero que se les dé, porque se portan fielmente". Jelcías, el sumo sacerdote, dijo a Safán, el secretario: "He encontrado el libro de la ley en el templo del Señor". Jelcías dio el libro a Safán, quien lo leyó. Safán fue inmediatamente a informar al rey: "Tus siervos han recogido el dinero que había en el templo y se lo han dado a los encargados de las obras". Después le comunicó la noticia: "El sacerdote Jelcías me ha dado un libro". Y Safán lo leyó en presencia del rey. Cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestiduras y ordenó al sacerdote Jelcías, a Ajicán, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, a Safán, el secretario, y a Asaías, cortesano del rey: "Id y consultad al Señor por mí, por el pueblo y por todo Judá acerca de las palabras de este libro que se ha encontrado; pues la ira del Señor se ha encendido contra nosotros, porque nuestros padres no hicieron caso de las palabras de este libro que se ha encontrado cumpliendo lo que está escrito en él". El sacerdote Jelcías, Ajicán, Acbor, Safán y Asaías fueron a ver a la profetisa Juldá, esposa de Salún, hijo de Ticua y nieto de Jarjás, el guardarropa del templo. Juldá vivía en el barrio nuevo de Jerusalén. Le expusieron el caso, y ella les dijo: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: Decid al hombre que os ha enviado: Esto dice el Señor: Voy a traer la desgracia sobre este lugar y sobre sus habitantes, es decir, todas las palabras del libro que ha oído el rey de Judá, por haberme abandonado y haber quemado incienso a dioses extranjeros hasta provocar mi indignación con todas las obras de sus manos; mi cólera se encenderá contra este lugar y no se apagará. Y al rey de Judá, que os ha mandado a consultar al Señor, decidle: Esto dice el Señor, Dios de Israel, respecto a las palabras que has escuchado: Por haberse conmovido tu corazón y haberte humillado delante del Señor al oír las palabras con que él ha amenazado a este lugar y a sus habitantes, el terror y la maldición, y haber llorado delante de mí, yo también te he escuchado, dice el Señor. Por eso, te concederé morir y ser enterrado en paz, y tus ojos no verán toda la desventura que yo voy a acarrear sobre este lugar". Los mensajeros llevaron la respuesta al rey. El rey convocó a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén, fue al templo del Señor con todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, chicos y grandes, y leyó ante ellos todas las palabras del libro de la alianza encontrado en el templo del Señor. Luego, de pie en el estrado, selló ante la presencia del Señor el pacto de seguir al Señor, guardar sus mandatos, sus instrucciones y sus leyes con todo el corazón y con toda el alma, y de cumplir las cláusulas de la alianza escritas en aquel libro. Y todo el pueblo ratificó la alianza. El rey ordenó al sumo sacerdote Jelcías, al sacerdote segundo y a los guardianes de la puerta sacar fuera del templo del Señor todos los utensilios del culto de Baal, de Aserá y de los astros del cielo; los quemó a las afueras de Jerusalén en los campos del Cedrón y llevó sus cenizas a Betel. Luego suprimió los sacerdotes idólatras que los reyes de Judá habían instituido y que habían quemado incienso en las colinas, en las ciudades de Judá y en los aledaños de Jerusalén; suprimió también a los que habían quemado incienso a Baal, al sol, a la luna, a los planetas y todos los astros del cielo. Sacó del templo del Señor la imagen de Aserá, la quemó a las afueras de Jerusalén, junto al torrente Cedrón, y tiró sus cenizas en la fosa común. Demolió la casa de prostitución, contigua al templo del Señor, donde las mujeres tejían mantos para la Aserá. Mandó venir a todos los sacerdotes de las ciudades de Judá, profanó las colinas donde los sacerdotes habían quemado incienso desde Guibeá hasta Berseba y destruyó la colina de los sátiros que había a la entrada de la puerta de Josué, gobernador de la ciudad, la cual se encuentra a la derecha del que entra por la puerta de la ciudad. Pero los sacerdotes de las colinas no iban al altar del Señor en Jerusalén, aunque comían los panes sin levadura con sus hermanos. Además profanó el Tofet en el valle de Ben Hinnón, para que nadie pasase a su hijo o a su hija por el fuego en honor de Moloc. Suprimió los caballos consagrados al sol por los reyes de Judá a la entrada del templo del Señor, cerca del aposento cuidado por el eunuco Natanmélec, en el atrio, y quemó el carro del sol. Destruyó los altares que había sobre el terrado de la estancia superior de Acaz, construidos por los reyes de Judá, y los altares que Manasés había levantado en los dos atrios del templo del Señor; los hizo allí pedazos y arrojó el polvo al torrente Cedrón. Profanó las colinas que había al oriente de Jerusalén y al sur del monte Olivete, y que Salomón, rey de Israel, había edificado a Astarté, ídolo repugnante de Moab, y a Camós, ídolo repugnante de los amonitas. Despedazó las estelas, los cipos sagrados y llenó sus lugares de huesos humanos. Destruyó el altar que había en Betel, y el santuario que había construido Jeroboán, hijo de Nabat, el que había inducido a Israel a pecar; hizo pedazos sus piedras, reduciéndolas a polvo, y quemó el cipo sagrado. De regreso, al ver los sepulcros que había en el monte, envió a recoger los huesos de los sepulcros y los quemó en el altar; de este modo profanó, conforme a la palabra del Señor, pronunciada por el hombre de Dios cuando Jeroboán, durante la solemnidad, estaba de pie ante el altar. Luego, volvió su mirada hacia el sepulcro del hombre de Dios que había predicho estas cosas, y dijo: "¿Qué monumento es aquel que diviso?". Los de la ciudad respondieron: "Es el sepulcro del hombre de Dios que vino de Judá y predijo las cosas que tú has hecho sobre el altar de Betel". Y él ordenó: "Dejadlo; que nadie remueva sus huesos". Así sus huesos fueron conservados junto con los huesos del profeta oriundo de Samaría. Josías suprimió también todos los santuarios de las colinas que había en las ciudades de Samaría, construidos por los reyes de Israel, irritando al Señor. Hizo con ellos lo mismo que había hecho en Betel. Inmoló sobre los altares a todos los sacerdotes de las colinas que había allí, quemó sobre ellos huesos humanos y luego se volvió a Jerusalén. El rey ordenó a todo el pueblo: "Celebrad la pascua del Señor, vuestro Dios, conforme está escrito en el libro de la alianza". En verdad, nunca se había celebrado una pascua como ésta desde el tiempo de los jueces que habían gobenado a Israel, ni en todo el tiempo de los reyes de Israel y de Judá. Sólo en el año dieciocho del rey Josías se celebró en Jerusalén una pascua semejante en honor del Señor. Josías exterminó también a los nigromantes, a los adivinos, los fetiches, los ídolos y todos los ídolos repugnantes que se veían en el país de Judá y en Jerusalén, a fin de llevar a efecto las palabras de la ley escritas en el libro que había encontrado el sacerdote Jelcías en el templo del Señor. Ni antes ni después de Josías hubo un rey que se volviera como él al Señor con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza, conforme en todo con la ley de Moisés. Sin embargo, el Señor no depuso su ira contra Judá a causa de todos los ultrajes con que le había irritado Manasés. Y el Señor dijo: "Apartaré también de mi presencia a Judá, como aparté a Israel; y rechazaré a esta ciudad, Jerusalén, que había elegido, y el templo, del que había dicho: Allí estará mi nombre". El resto de la historia de Josías y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. En su tiempo, el Faraón Necó, rey de Egipto, fue en ayuda del rey de Asiria hacia el río Éufrates. El rey Josías le salió al paso, pero el faraón le dio muerte al primer encuentro en Meguido. Sus oficiales llevaron su cadáver en un carro, de Meguido a Jerusalén, y lo enterraron en su sepulcro. El pueblo ungió y proclamó rey en su lugar a su hijo Joacaz. Joacaz tenía veintitrés años cuando subió al trono, y reinó tres meses en Jerusalén. Su madre se llamaba Jamutal, hija de Jeremías, de Libná. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, como lo habían hecho sus antepasados. Pero el Faraón Necó lo encadenó en Ribla, en el país de Jamat, lo destronó de Jerusalén e impuso al país un tributo de tres mil cuatrocientos kilos de plata y treinta y cuatro de oro. Y el Faraón Necó nombró rey a Eliaquín, hijo de Josías, en lugar de su padre Josías, y le cambió el nombre en Joaquín; a Joacaz, lo llevó a Egipto, donde murió. Joaquín entregó la plata y el oro al faraón. Para poder dar al faraón el oro y la plata tuvo que poner un impuesto a todo el país, a cada uno según sus bienes. Joaquín tenía veinticinco años cuando subió al trono, y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Zebida, hija de Pedayas, de Rumá. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, igual que sus antepasados. En su tiempo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, lo atacó, y Joaquín le estuvo sometido durante tres años; pero luego se rebeló contra él. Y el Señor mandó contra él bandas de caldeos, de sirios, moabitas y amonitas; las mandó contra Judá para destruirlo, conforme a la palabra que el Señor había pronunciado por medio de sus siervos los profetas. Esto sucedió contra Judá por mandato del Señor, que quería apartarlo de su presencia a causa de todos los pecados cometidos por Manasés y de la sangre inocente que él había derramado hasta llenar Jerusalén. El Señor no quiso perdonar. El resto de la historia de Joaquín y todo lo que hizo está escrito en el libro de los anales de los reyes de Judá. Joaquín murió, y le sucedió en el trono su hijo Jeconías. El rey de Egipto no volvió a salir más de su país, porque el rey de Babilonia había conquistado todas sus posesiones desde el torrente de Egipto hasta el río Éufrates. Jeconías tenía dieciocho años cuando subió al trono, y reinó tres meses en Jerusalén. Su madre se llamaba Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, igual que su padre. En su tiempo las tropas de Nabucodonosor, rey de Babilonia, fueron contra Jerusalén, y la sitiaron. Nabucodonosor mismo, rey de Babilonia, llegó mientras sus tropas sitiaban la ciudad. Entonces Jeconías, rey de Judá, salió al encuentro del rey de Babilonia, él y su madre, sus cortesanos, sus magnates y sus eunucos. Y el rey de Babilonia los capturó al año octavo de su reinado. Sacó de allí, como había dicho el Señor, todos los tesoros del templo del Señor y del palacio real, e hizo pedazos todos los objetos de oro que Salomón, rey de Israel, había fabricado para el santuario del Señor. Deportó a todo Jerusalén, a todos los magnates y poderosos, unos diez mil, y a todos los herreros y cerrajeros. No dejó más que las gentes pobres. Llevó cautivos a Babilonia a Jeconías y a la madre del rey, a sus mujeres, a sus eunucos y a los nobles del país. Se llevó también a todos los ricos, unos siete mil, y a los herreros y cerrajeros, unos mil, todos ellos hombres aptos para la guerra. Y el rey de Babilonia, en lugar de Jeconías, puso por rey a Matanías, su tío, y le cambió el nombre en Sedecías. Sedecías tenía veintiún años cuando subió al trono, y reinó once años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jamutal, hija de Jeremías, de Libná. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, igual que Joaquín. Por eso, el Señor montó en cólera contra Jerusalén y contra Judá y los apartó de su presencia. Sedecías se rebeló contra el rey de Babilonia. El año noveno de su reinado, el día décimo del mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitió; y construyeron un muro de asedio alrededor. La ciudad estuvo sitiada hasta el año undécimo del rey Sedecías. Al cuarto mes, el día noveno del mes, la carestía era tan recia en la ciudad que no había pan para el pueblo. Entonces se practicó una brecha en la ciudad, y todos los hombres de armas huyeron de noche por la puerta entre los dos muros que daban al jardín real, mientras los caldeos rodeaban la ciudad, y escaparon hacia la Arabá. Pero el ejército de los caldeos persiguió al rey y lo alcanzó en la llanura de Jericó; todo el ejército lo abandonó y se dispersó. Apresaron al rey, y lo condujeron a Ribla, ante el rey de Babilonia, el cual pronunció contra él la sentencia. Degolló a sus hijos en su presencia, y a él le sacó los ojos y lo llevó encadenado a Babilonia. El mes quinto, el séptimo día del mes -el año diecinueve del rey Nabucodonosor, rey de Babilonia-, Nebuzardán, jefe de la escolta y ministro del rey de Babilonia, llegó a Jerusalén; incendió el templo del Señor y el palacio real y prendió fuego a todas las casas y palacios de Jerusalén. Todo el ejército de los caldeos, que estaba a las órdenes del jefe de la escolta, demolió las murallas de Jerusalén. Nebuzardán, jefe de la escolta, deportó al resto de la población que quedaba en la ciudad, a los prófugos que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la plebe. Sólo dejó a los más pobres para el cultivo de los viñedos y los campos. Los caldeos hicieron pedazos las columnas de bronce que había en el templo del Señor, las basas y la pila de bronce, y llevaron el bronce a Babilonia. Tomaron las ollas, las palas, los cuchillos, las cazuelas y todos los instrumentos de cobre con los que se hacía el servicio sagrado. El jefe de la escolta tomó también los incensarios, las copas y demás objetos de oro y plata. No se podía calcular el peso de las dos columnas, de la pila y de las basas, hechas por Salomón para el templo del Señor, todo ello de bronce. La altura de una columna era de nueve metros, y encima había un capitel de bronce cuya altura era de dos metros y medio; alrededor del capitel había una guirnalda con granadas, todo ello de bronce. La segunda columna era igual. El jefe de la escolta apresó al sumo sacerdote Serayas, al sacerdote segundo Sofonías y a los tres guardianes de la puerta, al eunuco que tenía a su cargo a la gente de la guerra y a cinco hombres de los íntimos del rey que se encontraban en la ciudad, al secretario del general del ejército que alistaba a la gente del país y a sesenta hombres que había en la ciudad. Nebuzardán, jefe de la escolta, los condujo ante el rey de Babilonia, en Ribla. Y el rey de Babilonia los mandó matar en Ribla, en la tierra de Jamat. Así Judá fue deportado lejos de su tierra. Nabucodonosor, rey de Babilonia, puso al frente del pueblo que quedó en Judá a Godolías, hijo de Ajicán, hijo de Safán. Cuando los jefes y el ejército se enteraron de que el rey de Babilonia había hecho gobernador a Godolías, fueron a presentarse a él en Mispá: Ismael, hijo de Netanías; Juan, hijo de Carej; Serayas, hijo de Tanjumet, el netofita; Yezanías, de Maacá, con sus hombres. Godolías les prestó juramento a ellos y a sus hombres, y les dijo: "No tengáis miedo en servir a los caldeos; volved a vuestro país, servid al rey de Babilonia y gozaréis de bienestar". Pero el séptimo mes llegó Ismael, hijo de Netanías y nieto de Elisamá, de estirpe real, con diez hombres y mató a Godolías y a los judíos y caldeos que estaban con él en Mispá. Entonces todo el pueblo, chicos y grandes, y los jefes de las milicias se levantaron y huyeron a Egipto, porque tenían miedo a los caldeos. El año treinta y siete de la cautividad de Jeconías, rey de Judá, el duodécimo mes, el día veintisiete del mes, Evil Merodac, rey de Babilonia, el año de su ascensión, indultó a Jeconías, rey de Judá, y lo sacó de la prisión. Le trató benévolamente y le concedió un trono sobre los tronos de los reyes que había en Babilonia. De este modo Jeconías se quitó el traje de preso y comió a la mesa real todos los días de su vida. Su sustento cotidiano le fue suministrado por el rey, día a día, mientras vivió. Adán, Set, Enós, Quenán, Mahalalel, Yéred, Henoc, Matusalén, Lamec, Noé, Sem, Cam y Jafet. Hijos de Jafet: Gómer, Magog, Maday, Yaván, Tubal, Mésec y Tirás. Hijos de Gómer: Asquenaz, Rifat y Togarma. Hijos de Yaván: Elisá, Tarsis, los queteos y los rodenses. Hijos de Cam: Etiopía, Egipto, Put y Canaán. Hijos de Etiopía: Sebá, Javilá, Sabtá, Ramá y Sabtecá. Hijos de Ramá: Sebá y Dedán. Etiopía engendró a Nemrod, el primer héroe de la tierra. Egipto engendró a los lidios, anamitas, lehabitas, naftujitas, patrositas, caslujitas y cretenses, de los cuales proceden los filisteos. Canaán engendró a Sidón, su primogénito; luego a Het, y a los jebuseos, amorreos, guirgaseos, heveos, arquitas, sinitas, arvadeos, semareos y jamateos. Hijos de Sem: Elán, Asur, Arfaxad, Lidia y Arán. Hijos de Arán: Us, Jul, Guéter y Mésec. Arfaxad engendró a Sélaj, y Sélaj a Héber. Héber tuvo dos hijos: el primero se llamaba Péleg, porque en su tiempo se dividió la tierra, y su hermano Yotán. Yotán engendró a Almodad, Sélef, Jasarmávet, Yéraj, Hadorán, Uzal, Diclá, Ebal, Abimael, Sebá, Ofir, Javilá y Yobab. Tales los hijos de Yoctán. Sem, Arfaxad, Sélaj, Héber, Péleg, Reú, Sarug, Najor, Téraj, Abrán, o sea Abrahán. Hijos de Abrahán: Isaac e Ismael. Ésta es su descendencia: Nebayot, primogénito de Ismael, Quedar, Adbeel, Mibsán, Mismá, Dumá, Masá, Jadad, Temá, Yetur, Nafís y Quedma. Tales los hijos de Ismael. Hijos de Quetura, concubina de Abrahán: dio a luz a Zimrán, Yocsán, Medán, Madián, Yisbac y Súaj. Hijos de Yocsán: Sebá y Dedán. Hijos de Madián: Efá, Efer, Henoc, Abidá y Eldaá. Tales los hijos de Quetura. Abrahán engendró a Isaac. Hijos de Isaac: Esaú e Israel. Hijos de Esaú: Elifaz, Reuel, Yeús, Yalán y Coré. Hijos de Elifaz: Temán, Omar, Sefí, Gatán, Quenaz, Timná y Amalec. Hijos de Reuel: Nájat, Zéraj, Samá y Mizá. Hijos de Seír: Lotán, Sobal, Sibeón, Aná, Disón, Eser y Disán. Hijos de Lotán: Jorí y Hemán. Hermana de Lotán: Timná. Hijos de Sobal: Albán, Manájat, Ebal, Sefí y Onán. Hijos de Sibeón: Ayá y Aná. Hijo de Aná: Disón. Hijos de Disón: Jamrán, Esbán, Yitrán y Querán. Hijos de Eser: Bilán, Zaaván y Yaacán. Hijos de Disán: Us y Arán. Éstos son los reyes que reinaron en Edón antes que reinase rey alguno en Israel: Bela, hijo de Beor; su ciudad se llamaba Dinhabá. Bela murió y le sucedió Yobab, hijo de Zéraj, de Bosra. Murió Yobab y le sucedió Jusán, de Temán. Murió Jusán y le sucedió Hadad, hijo de Bedad, que derrotó a los madianitas en los campos de Moab. Su ciudad se llamaba Avit. Murió Hadad y le sucedió Samlá, de Masrecá. Murió Samlá y le sucedió Saúl, de Rejobot del Río. Murió Saúl y le sucedió Baal Janán, hijo de Acbor. Murió Baal Janán y le sucedió Hodad; su ciudad se llamaba Pani y su mujer Mehetabel, hija de Matred de Mezahab. A la muerte de Hodad, en Edón hubo jefes: Timná, Alvá, Yetet, Olibamá, Elá, Finón, Quenaz, Temán, Mibsar, Magdiel e Irán. Tales fueron los jefes de Edón. Éstos son los doce hijos de Israel: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Dan, José, Benjamín, Neftalí, Gad y Aser. Hijos de Judá: Er, Onán y Selá; los tres le nacieron de la hija de Súa, la cananea. Er, primogénito de Judá, era malo a los ojos del Señor, que lo hizo morir. Tamar, nuera de Judá, le dio a luz a Fares y Zéraj. En total, los hijos de Judá fueron cinco. Hijos de Fares: Jesrón y Jamul. Hijos de Zéraj: Zimrí, Etán, Hemán, Calcol y Dardá: cinco en total. Hijo de Carmí: Acar, que fue la desgracia para Israel por haber violado la ley del anatema. Hijo de Etán: Azarías. Hijos de Jesrón: Yerajmeel, Ram y Quelubay. Ram engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Nasón, príncipe de los hijos de Judá; Nasón engendró a Salmá; Salmá engendró a Booz; Booz engendró a Obed; Obed engendró a Jesé; Jesé engendró a Eliab, su primogénito; a Abinadab, el segundo, a Simeá, el tercero; a Netanel, el cuarto; a Raday, el quinto; a Osen, el sexto, y a David, el séptimo. Sus hermanas fueron Sarvia y Abigaíl. Hijos de Sarvia: Abisay, Joab y Asael: tres. Abigaíl dio a luz a Amasá. El padre de Amasá fue Yéter, ismaelita. Caleb, hijo de Jesrón, engendró de Azubá a Yeriot. Hijos de Azubá: Yéser, Sobab y Ardón. Al morir Azubá, Caleb se casó con Efrata, de la que tuvo a Jur. Jur engendró a Urí, y Urí engendró a Besalel. Jesrón a los sesenta años se casó con la hija de Maquir, padre de Galaad, de la que tuvo a Segub. Segub engendró a Yaír, que tuvo veintitrés ciudades en la tierra de Galaad. Los guesureos y los arameos les conquistaron los poblados de Yaír y Quenat con sus aldeas: sesenta pueblos. Todos estos eran hijos de Maquir, padre de Galaad. Después de la muerte de Jesrón, Caleb se casó con Éfrata, que había sido esposa de Jesrón, su padre, de la que tuvo a Asjur, padre de Técoa. Hijos de Yerajmeel, primogénito de Jesrón: Ram, primogénito; Buná, Orén, Osen y Ajías. Yerajmeel tuvo otra mujer llamada Atará, la madre de Onán. Hijos de Ram, primogénito de Yerajmeel: Maas, Yamín y Equer. Hijos de Onán: Samay y Yadá. Hijos de Samay: Nadab y Abisur. La mujer de Abisur se llamaba Abijail, de la que tuvo a Ajbán y Molid. Hijos de Nadab: Séled y Apaín. Séled murió sin hijos. Hijos de Apaín: Yiseí. Hijo de Yiseí: Sesán. Hijo de Sesán: Ajlay. Hijos de Jadá, hermano de Samay: Yéter y Jonatán. Yéter murió sin hijos. Hijos de Jonatán: Pélet y Zazá. Tales fueron los hijos de Yerajmeel. Sesán no tuvo hijos, sino hijas. Sesán tenía un esclavo egipcio llamado Yarjá. A éste dio Sesán por esposa una de sus hijas, de la que tuvo a Atay. Atay engendró a Natán. Natán engendró a Zabad, Zabad engendró a Efal, Efal engendró a Obed. Obed engendró a Jehú, Jehú engendró a Azarías, Azarías engendró a Jales, Jales engendró a Elasá, Elasá engendró a Sismay, Sismay engendró a Salún, Salún engendró a Yecamías, Yecamías engendró a Elisamá. Hijos de Caleb, hermano de Yerajmeel: Mesá, su primogénito, que fue padre de Zif, y Maresá, padre de Hebrón. Hijos de Hebrón: Coré, Tapúaj, Requen y Sama. Sama engendró a Raján, padre de Yorqueán. Requen engendró a Samay. Hijo de Samay fue Maón, Maón, padre de Bet Sur. Efá, concubina de Caleb, dio a luz a Jarán, Mosá y Gazez. Jarán engendró a Gazez. Hijos de Yahday: Requén, Jotán, Guesán, Pelet, Efá y Sáaf. Maacá, concubina de Caleb, dio a luz a Séber y Tirjaná. También dio a luz a Sáaf, padre de Madmaná, y a Sebá, padre de Macbená y de Guibeá. Caleb tuvo también una hija llamada Axa. Tales fueron los hijos de Caleb. Hijos de Ur, primogénito de Éfrata: Sobal, padre de Quiriat Yearín. Salmá, padre de Belén, y Járet, padre de Bet-Gáder. Hijos de Sobal, padre de Quiriat Yearín: Aroé, es decir, la mitad de los menajitas, los clanes de Quiriat Yearín, los jeturitas, putitas, sumatitas y misraítas. De estos clanes salieron los de Sorea y Estaol. Hijos de Salmá: Belén, los netofatitas, Atrot, Bet-Joab, la otra mitad de los menajitas, los soreítas, los clanes soforitas que habitaban en Yabés, los tiretitas, simeítas y sucatitas. Éstos son los quenitas, descendientes de Jamat, padre de la casa de Recab. Hijos de David nacidos en Hebrón: Amnón, el primogénito, de Ajinoán de Yezrael; Daniel, el segundo, de Abigaíl de Carmelo; Absalón, el tercero, hijo de Maacá, hija de Talmay, rey de Guesur; Adonías, el cuarto hijo de Yaguit; Sefatías, el quinto, de Abital; Yitreán, el sexto, de Eglá, su mujer. Éstos fueron los seis hijos que le nacieron a David en Hebrón, donde reinó siete años y seis meses. Después reinó treinta y tres años en Jerusalén, donde le nacieron estos hijos: Samúa, Sobab, Natán y Salomón, los cuatro de Betsabé, hija de Aahiel; Yibjar, Elisamá, Elifélet, Nogah, Néfeg, Yafía, Elisamá, Elyadá y Elifélet: nueve. Todos éstos fueron los hijos de David, sin contar los hijos de las concubinas. Tenían una hermana que se llamaba Tamar. Hijos de Salomón: Roboán; Abías, hijo de Roboán; Asá, hijo de Abías; Josafat, hijo de Asá; Jorán, hijo de Josafat; Ocozías, hijo de Jorán; Joás, hijo de Ocozías; Amasías, hijo de Joás; Azarías, hijo de Amasías; Jotán, hijo de Azarías; Acaz, hijo de Jotán; Ezequías, hijo de Acaz; Manasés, hijo de Ezequías; Amón, hijo de Manasés; Josías, hijo de Amón. Hijos de Josías: Yojanán, el primogénito; Joaquín, el segundo; Sedecías, el tercero; Salún, el cuarto. Hijos de Joaquín: Jeconías y Sedecías. Hijos de Jeconías, el prisionero: Sealtiel, Malquirán, Pedayas, Senasar, Yecamías, Hosamá y Nedabías. Hijos de Pedayas: Zorobabel y Simeí. Hijos de Zorobabel: Mesulán, Ananías y Selomit, su hermana. Hijos de Mesulán: Jasubá, Ohel, Berequías, Jasadías, Yusab-Jésed: cinco. Hijos de Ananías: Pelatías e Isaías, los hijos de Refayas, padre de Arnán, padre de Abdías, padre de Secanías. Hijos de Secanías: Semayas, Jatús, Yigal, Baríaj, Nearías y Safat: seis. Hijos de Nearías: Elyoenay, Ezequías y Azricán: tres. Hijos de Elyoenay: Hodayas, Elyasib, Pelayas, Acub, Yojanán, Delayas y Ananí: siete. Hijos de Judá: Fares, Jesrón, Carmí, Jur y Sobal. Reayas, hijo de Sobal; engendró a Yájat, y Yájat engendró a Ajumay y Lahad. Tales los clanes soreítas. Hijos de Jur, padre de Etán: Yezrael, Yismá y Yidbás. Tenían una hermana que se llamaba Haslelponí. Penuel era padre de Guedor y Ézer, padre de Jusá. Tales son los hijos de Jur, primogénito de Éfrata, padre de Belén. Asjur, padre de Técoa, tuvo dos mujeres: Jelá y Naará. Naará le dio a Ajuzán, Jéfer, Temní y Ajastarí; tales son los hijos de Naará. Hijos de Jelá: Séret, Yesójar y Etnán. Cos engendró a Anub, Asbebá y los clanes de Ajarjel, hijo de Harún. Yabés fue el más famoso de sus hermanos. Su madre le dio el nombre de Yabés, diciendo: "Le he dado a luz con dolor". Yabés invocó al Dios de Israel, diciendo: "Bendíceme, ensancha mi territorio, ayúdame, aleja de mí el infortunio y pon fin a mi aflicción". Dios le concedió todo lo que había pedido. Quelub, hermano de Sujá, engendró a Majir, padre de Estón. Estón engendró a Bet-Rafá, Paséaj y Tejiná, padre de Ir- Najas; éstos son los hombres de Recab. Hijos de Quenaz: Otniel y Serayas. Hijos de Otniel: Jatat y Meonatay. Meonatay engendró a Ofrá. Serayas engendró a Joab, padre del valle llamado de los Artesanos, pues tal era el oficio de sus habitantes. Hijos de Caleb, hijo de Jefoné: Iru, Elá y Naan. Hijo de Elá: Quenaz. Hijos de Yehalelel: Zif, Zifá, Tiryá y Asarel. Hijos de Esdras: Yéter, Méred, Efer y Yalón. La mujer de Méred dio a luz a Miriam, Samay y Yisbaj, padre de Estemoa; la mujer de éste, que era judía, dio a luz a Yéred, padre de Guedor; a Jeber, padre de Soco, y a Yecutiel, padre de Zanóaj. Éstos son los hijos de Bitía, la hija del Faraón, esposa de Méred. Hijos de la mujer de Odías, hermana de Najan, padre de Queilá, el garmita, y Estemoa, el macateo. Hijos de Simón: Amnón, Riná, Ben-Janán y Tilón. Hijos de Yiseí: Zójet y Ben-Zójet. Hijos de Selá, hijo de Judá: Er, padre de Lecá; Laedá, padre de Maresá; los clanes de los productores de lino de la casa de Asbea. Joaquín, los hombres de Cozebá, Joás y Saraf, que dominaron en Moab antes de volver a Belén. (Estos hechos son antiguos). Estos eran alfareros y habitaban en Netaín y Guederá: vivían junto al rey y trabajaban a su servicio. Hijos de Simeón: Nemuel, Yamín, Yarib, Zéraj y Saúl. Salún fue hijo de Saúl, Mibsán de Salún, Mismá de Mibsán. Jamuel de Mismá, Zacur de Jamuel y Simeí de Zacur. Simeí tuvo dieciséis hijos y seis hijas, pero sus hermanos tuvieron pocos hijos, y sus clanes no se multiplicaron como los de los hijos de Judá. Habitaban en Berseba, Moladá, Jasar- Sual, Bilhá, Esen, Tolad, Batuel, Jormá, Sicelag, Bet- Marcabot, Jasar-Susín, Bet-Birí y Saaráyim. Éstas fueron sus ciudades hasta el reinado de David. También eran dominios suyos: Etán, Ain, Rimón, Toquén y Asán: cinco ciudades. Y todos los pueblos de sus términos hasta Baal. Éstos fueron los lugares que habitaron y sus genealogías. Mesobab, Yamlec; Yosá, hijo de Amasías; Joel; Jehú, hijo de Yosibías, hijo de Asiel; Elyoenay, Jacoba, Yesojaya, Asayas, Adiel, Yesimiel, Benayas, Zizá, hijo de Sifeí, hijo de Alón, hijo de Yedayas, hijo de Simrí, hijo de Semayas. Estos hombres, designados nominalmente, eran jefes en sus respectivos clanes, y sus casas patriarcales se propagaron largamente. Fueron desde la entrada de Guedor hasta el oriente del valle en busca de pastos para sus ganados. Encontraron buenos y abundantes pastos y una región vasta, tranquila y apacible, que había sido habitada antes por los camitas. Los simeonitas, descritos más arriba nominalmente, vinieron en tiempo de Ezequías, rey de Judá, conquistaron sus campamentos y sus casas y las destruyeron totalmente hasta el día de hoy, y se establecieron en su lugar, pues allí había pastos para sus rebaños. Quinientos simeonitas se fueron al monte Seír bajo la guía de Pelatías, Nearías, Refayas y Uziel, hijo de Yisí; derrotaron a los supervivientes de Amalec y se establecieron allí hasta el día de hoy. Hijos de Rubén, primogénito de Israel. (Rubén era, en efecto, el primogénito; pero cuando profanó el lecho de su padre pasó el derecho de la primogenitura a los hijos de José, hijo de Israel, y perdió la primogenitura. Judá fue más poderoso que sus hermanos y de él salió un jefe, pero la primogenitura fue de José). Hijos de Rubén, primogénito de Israel: Henoc, Falú, Jesrón y Carmí. Hijos de Joel: Semayas, Gog, Simeí, Micá, Reayas, Baal y Beerá, que fue llevado cautivo por Teglat-Falasar, rey de Asiria; era príncipe de los rubenitas. Sus hermanos, por clanes y genealogías: el primero Yeiel, Zacarías, Belá, hijo de Azaz, hijo de Sema, hijo de Joel. Rubén fue quien se estableció en Aroer, extendiéndose hasta Nebo y Baal Meón. Por el oriente llegó hasta la entrada del desierto, que se extiende hasta el Éufrates, pues tenía muchos ganados en la tierra de Galaad. En tiempo de Saúl hicieron la guerra a los agareos, los derrotaron y se establecieron en sus tiendas en toda la zona oriental de Galaad. Frente a ellos, los hijos de Gad habitaban la tierra de Basán hasta Salcá. Joel fue el primero; Safán, el segundo; luego Yanai y Safat, en Basán. Sus hermanos, por familias patriarcales: Miguel, Mesulán, Seba, Yoray, Yacán, Zía y Eber: siete. Hijos de Abijail: Ben Jurí, Ben Zaróaj, Ben Galaad, Ben Miguel, Ben Jesisay, Ben Yajdó, Ben Buz. Ají, hijo de Abdiel, hijo de Guni, era el jefe de la familia patriarcal. Vivían en Galaad, en Basán y regiones adyacentes y en los pastizales del Sarón hasta sus últimos confines. Todos éstos fueron catalogados en genealogías en tiempo de Jotán, rey de Judá, y de Jeroboán, rey de Israel. Los hijos de Rubén, los de Gad y la media tribu de Manasés, hombres guerreros, portadores del escudo y de la espada, diestros en el manejo del arco y hábiles en el arte de la guerra, en número de 44.760, aptos para las armas, hicieron la guerra a los agareos, a Yetur, a Nafís y a Nodab. Dios vino en su ayuda contra aquéllos, y los agareos y todos sus aliados cayeron en sus manos, pues en medio del combate invocaron el nombre de Dios, que escuchó su clamor por haber puesto en él su confianza. Se adueñaron de sus ganados: 50.000 camellos, 250.000 ovejas, 2.000 asnos y 100.000 personas; como Dios había dirigido el combate, la mayor parte habían muerto en él. Se instalaron en sus territorios hasta que fueron llevados al destierro. Los hijos de la media tribu de Manasés se establecieron en la región que se extiende entre Basán y Baal Hermón, el Sanir y el monte de Hermón. Eran numerosos. Éstos son los jefes de sus casas patriarcales: Efer, Yiseí, Eliel, Azriel, Jeremías, Hodavías y Yajdiel. Eran hombres valerosos, gente famosa, jefes de sus casas patriarcales. Pero fueron infieles al Dios de sus padres y adoraron a los dioses de las gentes del país que Dios había destruido ante ellos. El Dios de Israel incitó contra ellos a Pul, rey de Asiria (es decir, a Teglat-Falasar), el cual desterró a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés: los deportó a Jalaj, Jabor, Jará y el río Gozán, donde viven hasta el día de hoy. (27_)Hijos de Leví: Guersón Quehat y Merarí. (28_)Hijos de Quehat Amrán, Yishar, Hebrón y Uziel. (29_)Hijos de Amrán: Aarón, Moisés y María. Hijos de Aarón: Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar. (30_)Eleazar engendró a Fineés, Fineés engendró a Abisúa, (31_)Abisúa engendró a Buquí, Buquí engendró a Uzí, (32_)Uzí engendró a Zerajías, Zerajías engendró a Merayot (33_)Merayot engendró a Amarías, Amarías engendró a Ajitub, (34_)Ajitub engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Ajimaas, (35_)Ajimaas engendró a Azarías, Azarías engendró a Yojanán (36_)Yojanán engendró a Azarías, que ejerció el sacerdocio en el templo edificado por Salomón en Jerusalén. (37_)Azarías engendró a Amarías, Amarías engendró a Ajitub, (38_)Ajitub engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Salún, (39_)Salún engendró a Jelcías, Jelcías engendró a Azarías, (40_)Azarías engendró a Serayas, Serayas engendró a Yehosadac, (41_)Yehosadac fue llevado al destierro cuando el Señor desterró a Judá y a Jerusalén por mano de Nabucodonosor. (1_)Hijos de Leví: Guersón, Quehat y Merarí. (2_)Hijos de Guersón: Libní y Simeí. (3_)Hijos de Quehat: Amrán, Yishar, Hebrón y Uziel. (4_)Hijos de Merarí: Majlí y Musí. Tales son los clanes de Leví por casas patriarcales. (5_)Por Guersón: Libní, Yájat, Zimmá (6_)y Oaj, Idó, Zéraj y Yeatray. (7_)Por Quehat: Aminadab, Coré, Asir, (8_)Elcaná, Ebyasat, Asir, (9_)Tájat, Uriel, Uzías, Saúl. (10_)Hijos de Elcaná: Amasay y Ajimot. (11_)Hijos de Ajimot: Elcaná, Sofay, Najat, (12_)Eliab, Yeroján y Elcaná. (13_)Hijos de Samuel: Joel, el primogénito, y Abías, el segundo. (14_)Hijos de Merarí: Majlí, Libní, Simeí, Uzá, (15_)Simá, Yaguías y Asayas. (16_)Éstos son los cantores nombrados por David para dirigir el canto en el templo del Señor cuando se colocó allí el arca. (17_)Servían como cantores en la tienda de la reunión hasta que Salomón edificó el templo del Señor en Jerusalén: ejercían su servicio según reglas propias. (18_)Eran éstos, junto con sus hijos: de los descendientes de Quehat: Hemán, el cantor, hijo de Joel, hijo de Samuel, (19_)hijo de Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Eliel, hijo de Tóaj, (20_)hijo de Suf, hijo de Elcaná, hijo de Májat, hijo de Amasay, (21_)hijo de Elcaná, hijo de Joel, hijo de Azarías, hijo de Sofonías, (22_)hijo de Tájat, hijo de Asir, hijo de Ebyasaf, hijo de Coré, (23_)hijo de Yishar, hijo de Quehat, hijo de Leví, hijo de Israel. (24_)A su derecha estaba su pariente Asaf, hijo de Baraquías, hijo de Simá, (25_)hijo de Miguel, hijo de Baasías, hijo de Malquías, (26_)hijo de Etní, hijo de Zéraj, hijo de Adayas, (27_)hijo de Etán, hijo de Zimá, hijo de Simeí, (28_)hijo de Yáiat, hijo de Guersón, hijo de Leví. (29_)A la izquierda de los descendientes de Merarí, su pariente Etán, hijo de Cusí, hijo de Abdí, hijo de Maluc, (30_)hijo de Jasabías, hijo de Amasías, hijo de Jelcías, (31_)hijo de Amasí, hijo de Baní, hijo de Sémer, (32_)hijo de Majlí, hijo de Musí, hijo de Merarí, hijo de Leví. (33_)Sus hermanos los levitas estaban enteramente dedicados al servicio del templo de Dios. (34_)Aarón y sus hijos ofrecían los sacrificios sobre el altar de los holocaustos, y el incienso sobre el altar de los perfumes; se ocupaban de todo lo que se refería al lugar santísimo, y del rito de absolución sobre Israel, en todo lo cual se ajustaban a lo prescrito por Moisés, siervo de Dios. (35_)Hijos de Aarón: Eleazar, Fineés, Abisúa, (36_)Buquí, Uzí, Zerayas, (37_)Merayot, Amarías, Ajitub, (38_)Sadoc y Ajimaas. (39_)Éstas fueron sus ciudades con su demarcación: A los hijos de Aarón, del clan quehatita, les tocó en suerte (40_)Hebrón, en territorio de Judá, con sus ejidos (41_)menos el campo y sus poblados, que se los dieron a Caleb, hijo de Jefoné (42_)les dieron también como ciudades de refugio: Hebrón y Libná con sus ejidos Yatir y Estemoa con sus ejidos, (43_)Jelón y Debir con sus ejidos, (44_)Asán y Bet Semes con sus ejidos. (45_)En la tribu de Benjamín les dieron Gueba, Alémet y Anatot con sus ejidos. En total, trece ciudades. (46_)A los otros hijos de Quehat les tocaron en suerte diez ciudades de la tribu de Efraín, de la de Dan y de la media tribu de Manasés. (47_)A los hijos de Guersón y sus clanes, trece ciudades de las tribus de Isacar, de Aser, de Neftalí y de Manasés, en Basán (48_)A los hijos de Merarí y sus clanes, doce ciudades de las tribus de Rubén, de Gad y de Zabulón. (49_)Los israelitas dieron a los levitas estas ciudades con sus ejidos. (50_)Les dieron por sorteo las ciudades de las tribus de Judá, de Simeón y de Benjamín ya citadas. (51_)A otros hijos de Quehat les tocaron en suerte ciudades de la tribu de Efraín; (52_)les dieron también como ciudades de refugio: Siquén y sus ejidos en la montaña de Efraín, Guézer y sus ejidos, (53_)Yocmeán Bejorón (54_)Ayalón y Gat Rimón con sus ejidos. (55_)De la media tribu de Manasés les dieron: Aner y Bileán con sus ejidos. Todo esto para el clan de los otros hijos de Quehat. (56_)A los hijos de Guersón: de la media tribu de Manasés: Golán y sus ejidos en Basán, Astarot y sus ejidos; (57_)de la tribu de Isacar: Cades y Dobrat con sus ejidos, (58_)Ramot y Anén con sus ejidos; (59_)de la tribu de Aser: Masal y Abdón con sus ejidos, (60_)Jucot y Rejob con sus ejidos; (61_)de la tribu de Neftalí: Cades de Galilea con sus ejidos, Jammón y Quiriat Yearín con sus ejidos. (62_)A los demás hijos de Merarí les dieron, de la tribu de Zabulón: Rimón y Tabor con sus ejidos; (63_)del otro lado del Jordán, frente a Jericó, al oriente del Jordán, de la tribu de Rubén: Béser y Yahsa con sus ejidos, (64_)Quedemot y Mefaat con sus ejidos; (65_)y de la tribu de Gad: Ramot de Galaad y Majanáyim con sus ejidos (66_)Jesbón y Yazer con sus ejidos. Hijos de Isacar: Tolá, Puá, I Yasub y Simrón: cuatro. Hijos de Tolá: Uzí, Refayas, Yeriel, Yajmay, Yibsán y Samuel, jefes de las familias patriarcales de Tolá. Estos sumaban en los días de David 22.600 hombres valerosos, agrupados por linajes. Hijos de Uzí: Yizrajías, padre de Miguel; Abdías, Joel, Yisías: cinco jefes en total, que mandaban 36.000 hombres de guerra, divididos por descendencias y familias patriarcales. Eran muchas las mujeres y los niños. Sus hermanos, incluidos todos los clanes de Isacar, sumaban un total de 87.000 hombres: todos agrupados en sus genealogías. Hijos de Benjamín: Bela, Béquer y Yediael: tres. Hijos de Bela: Esbón, Uziel, Yerimot e Irí: cinco jefes de casa patriarcal, hombres valerosos, registrados con sus genealogías en número de 22.034. Hijos de Béquer: Zemirá, Joás, Eliezer, Elyoenai, Omrí, Yeremot, Abías, Anatot y Alémet: todos éstos eran hijos de Béquer, jefes de casas patriarcales, hombres valerosos, agrupados en genealogías según sus linajes, en número de 20.200. Hijos de Yediael: Bilhán, padre de Yehús, Benjamín, Ehúd, Quenaná, Zetán, Tarsis y Ajisajar: todos hijos de Yediael, jefes de sus casas patriarcales, hombres valerosos, en número de 17.200, aptos para salir a la guerra y al combate. Supín y Jupín, hijos de Ir; Jusín, hijo de Ajer. Hijos de Neftalí: Yajsiel, Guní, Yézer y Salún, hijos de Bilhá. Hijos de Manasés: Asriel tenía por madre a la concubina aramea de Manasés, la cual dio a luz también a Maquir, padre de Galaad. Maquir tomó una mujer para Jupín y Supín. Su hermana se llamaba Maacá. El nombre del segundo hijo de Manasés era Selofjad. Selofjad tuvo hijas. Maacá, mujer de Maquir, tuvo un hijo y le llamó Fares. Su hermano se llamaba Seres, y sus hijos Ulán y Requen. Hijo de Ulán: Bedán. Éstos fueron los hijos de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés. Su hermana Hamoléquet dio a luz a Ishod, Abiezer y Majlá. Hijos de Semidá: Ajián, Siquén, Liqjí y Anián. Hijos de Efraín: Sutélaj, Bered, su hijo; Tájat, Zabad; Sutélaj; Ezer y Elead. Los nativos de Gat los mataron porque habían bajado a robar sus ganados. Efraín, su padre, les guardó luto durante mucho tiempo, y sus hermanos vinieron a consolarlo. Después se unió a su mujer, la cual concibió y dio a luz un hijo, al que llamó Beriá, aflicción, pues nació cuando estaba su casa afligida. Su hija Será edificó Bejorón de Abajo y Bejorón de Arriba y Uzenserá. Hijos de Beriá: Réfaj, Résef, Télaj, Taján, Ladán, Amihud, Elisamá, Nun y Josué. Sus dominios y ciudades eran: Betel; al oriente, Naarán; al occidente, Guézer; Siquén y Ayá con sus respectivas aldeas. Pertenecían también a los hijos de Manasés: Betrán, Tanac, Megido y Dor con sus respectivas aldeas. En estas ciudades residían los hijos de Josué, hijo de Israel. Hijos de Aser: Yimná, Yisvá, Yisví, Beriá y Seraj, su hermana. Hijos de Beriá: Jéber y Malquiel, padre de Birzayit. Jéber engendró a Yaflet, Somer, Yotán y a Suá, su hermana. Hijos de Yaflet: Pasac, Bimhal y Asvat. Hijos de Somer, su hermano: Ají, Rohgá, Jubá y Arán. Hijos de Elén, su hermano: Sofaj, Yimná, Seles y Amal. Hijos de Sofaj: Súaj, Jarnéfer, Sual, Berí, Yimrá, Béser, Hod, Sammá, Silsá, Yitrán y Beerá. Hijos de Yeter: Jefoné, Pispá y Ará. Hijos de Ulá: Araj, Janiel y Risiá. Todos éstos eran hijos de Aser, jefes de casas patriarcales, gente selecta y guerreros valerosos, jefes de príncipes; los registrados por genealogías, aptos para la guerra y el combate, sumaban 26.000 hombres. Benjamín engendró a Bela, su primogénito; a Asbel, el segundo; a Ajraj, el tercero; a Nojá, el cuarto, y a Rafá, el quinto. Hijos de Bela: Adar, Guerá, Abihud, Abisúa, Naamán, Ajoaj, Guerá, Sefufán y Jurán. Hijos de Ejud, jefes de familia que vivían en Gueba y fueron deportados a Manajat: Naamán, Ajías y Guerá. Éste fue quien los llevó al destierro; engendró a Uzá y Ajijud. Sajaráyim tuvo más hijos en el país de Moab, después de haberse divorciado de sus mujeres Jusín y Bará. De su nueva mujer tuvo a Yobab, Sibiá, Mesá, Malcón, Yeús, Saquías y Mirmá. Éstos son sus hijos, jefes de familias. De Jusín había tenido a Abitub y Elpáal. Hijos de Elpáal: Héber, Misán y Semed, que fundó Onó y Lod con sus aldeas. Beriá y Sema, jefes de familia entre los habitantes de Ayalón, hicieron huir a los habitantes de Gat. Sasac y Yeremot eran sus hermanos: Zebadías, Arad, Eder, Miguel, Yispá y Yojá eran hijos de Beriá. Zebadías, Mesulán, Jizquí, Jéber, Yismeray, Yizliá y Yobab eran hijos de Elpáal. Joaquín, Zicrí, Zabdí, Elyoenay, Siltay, Eliel, Adayas, Barayas y Simrat eran hijos de Semeí. Yispán, Eber, Eliel, Abdón, Zicrí, Janán, Jananías, Elán, Antotías, Yifdías y Penuel eran hijos de Sasac. Samseray, Sejarías, Atalías, Yaresías, Elías y Zicrí eran hijos de Yeroján. Éstos eran jefes de familia, agrupados según sus linajes; habitaban en Jerusalén. El padre de Gabaón vivía en Gabaón. Su mujer se llamaba Maacá. Su hijo primogénito fue Abdón; después vinieron Sur, Quis, Baal, Nadab, Guedor, Ajiá, Zequer y Miclot. Miclot engendró a Simá. Éstos vivían también en Jerusalén con sus hermanos. Ner engendró a Quis, Quis engendró a Saúl, Saúl engendró a Jonatán, Malquisúa, Abinadab e Isbaal. Hijo de Jonatán: Meribaal, que engendró a Micá. Hijos de Micá: Pitón, Mélec, Tarea y Ajaz. Ajaz engendró a Yehoadá, Yehoadá engendró a Alémet, Azmávet y Zimrí; Zimrí engendró a Mosá, Mosá engendró a Biná, padre de Rafá, padre de Eleasá, padre de Asel. Asel tuvo seis hijos: Azricán, Bocrú, Ismael, Searías, Abdías y Janán. Hijos de Esec, su hermano: Ulán, su primogénito; Yehús, el segundo, y Elifélet el tercero. Los hijos de Ulán eran guerreros valerosos, diestros en el manejo del arco; tuvieron muchos hijos y nietos, hasta 150. Todos éstos fueron descendientes de Benjamín. Todos los israelitas fueron agrupados por genealogías e inscritos en el libro de los reyes de Israel y de Judá cuando fueron deportados a Babilonia en castigo de sus prevaricaciones. Los primeros en volver a habitar en sus dominios y ciudades fueron israelitas laicos, sacerdotes, levitas y servidores del templo. En Jerusalén se establecieron algunos de Judá, de Benjamín, de Efraín y de Manasés. Utay, hijo de Amihúd, hijo de Omrí, hijo de Imrí, hijo de Baní, del linaje de Fares, hijo de Judá. De los silonitas: Asaya, el primogénito, y sus hijos. De Zéraj: Yeuel y sus hermanos: 690 hombres. De Benjamín: Salú, hijo de Mesulán, hijo de Hodavías, hijo de Hasenúa; Yibnayas, hijo de Yeroján; Elá, hijo de Uzí, hijo de Micrí; Mesulán, hijo de Sefatías, hijo de Reuel, hijo de Yibnías, además de sus hermanos, distribuidos por linajes: 956. Todos éstos eran cabezas de familia. De los sacerdotes: Jedaías, Yehoyarib, Yoaquín, Azarías, hijo de Jelcías, hijo de Masulán, hijo de Sadoc, hijo de Merayot, hijo de Ajitub, jefe del templo de Dios; Adayas, hijo de Yeroján, hijos de Pasjur, hijo de Malaquías; Masay, hijo de Adiel, hijo de Yajzerá, hijo de Mesulán, hijo de Mesilemit, hijo de Imer; además de sus hermanos, cabezas de familia: 1.760 hombres valerosos, dedicados al servicio de la casa de Dios. De los levitas: Semayas, hijo de Jasub, hijo de Azricán, hijo de Jasabías, de los descendientes de Merarí; Bacbacar, Jeres, Galal; Matanías, hijo de Micá, hijo de Zicrí, hijo de Asaf; Abdías, hijo de Semayas, hijo de Galal, hijo de Yedutún; Berequías, hijo de Asá, hijo de Elcaná, que habitaba en los poblados netofatitas. De los porteros: Salún, Acub, Talmón, Ajinán y sus hermanos. Salún era el jefe. Hasta el presente estaban encargados de la puerta real, al oriente, y eran porteros en los campamentos de los hijos de Leví. Salún, hijo de Coré, hijo de Abiasaf, hijo de Córaj, y sus hermanos, los corajitas, de la misma casa patriarcal, se dedicaban al servicio litúrgico y guardaban como porteros la entrada de la tienda, como habían hecho sus padres un día con la entrada del campamento del Señor. Fineés, hijo de Eleazar, había sido su jefe en otro tiempo. El Señor estaba con él. Zacarías, hijo de Meselemías, era portero de la entrada de la tienda de la reunión. Los porteros que guardaban las entradas, hombres elegidos, sumaban en total 212, registrados por poblaciones. Los habían constituido en sus funciones David y Samuel, el vidente, como premio a su fidelidad. Ellos y sus descendientes tenían a su cargo las puertas del templo del Señor, la tienda. Los porteros estaban colocados en los cuatro puntos cardinales: este, oeste, norte y sur. Sus hermanos, que seguían en sus aldeas, venían a ayudarlos periódicamente por turno de siete días. En cambio, los cuatro jefes de los porteros que permanecían allí siempre eran levitas y tenían a su cargo las cámaras y tesoros del templo de Dios. Pasaban la noche en los alrededores de la casa de Dios, pues estaban encargados de custodiarla y de abrir sus puertas cada mañana. Algunos de ellos tenían a su cargo los utensilios del culto, que eran contados cuando salían y cuando entraban. Otros cuidaban del mobiliario, de los objetos sagrados, de la flor de harina, del vino, del aceite, del incienso y los perfumes. Los que preparaban la mezcla de los perfumes aromáticos eran sacerdotes. Matatías, uno de los levitas, primogénito de Samuel el corajita, tenía la misión de preparar las tortas fritas en sartén. Otros de sus hermanos, descendientes de Quehat, cuidaban de preparar para cada sábado los panes de la proposición. Los cantores, jefes de familias levíticas, que vivían en las cámaras del templo, estaban exentos de toda otra función, pues día y noche estaban ocupados en su oficio. Éstos eran los cabezas de las familias levíticas por linajes. Vivían en Jerusalén. Jeiel, padre de Gabaón, vivía en Gabaón. Su mujer se llamaba Maacá. Su hijo primogénito fue Abdón; después vinieron Sur, Quis, Baal, Ner, Nadab, Guedor, Ajió, Zacarías y Miclot. Miclot engendró a Simán. Éstos vivían también en Jerusalén con sus hermanos. Ner engendró a Quis, Quis engendró a Saúl, Saúl engendró a Jonatán, Malquisúa, Abinadab e Isbaal. Hijo de Jonatán: Meribaal, que engendró a Micá. Hijos de Micá: Pitón, Mélec, Tarea y Acaz. Acaz engendró a Yaía, Yaía engendró a Alémet, Azmávet y Zimrí; Zimrí engendró a Mosá. Mosá engendró a Bineá, padre de Rafayas, padre de Eleasá, padre de Asel. Asel tuvo seis hijos: Azricán, Bocrú, Ismael, Searías, Abdías, y Janán. Éstos son los hijos de Asel. Los filisteos libraron la batalla contra Israel. Los israelitas huyeron ante los filisteos, y cayeron muertos en gran número en el monte Gelboé. Los filisteos persiguieron a Saúl y a sus hijos, y mataron a Jonatán, Abinadab y Malquisúa, hijos de Saúl. El peso de la batalla cayó sobre Saúl; los arqueros lo alcanzaron y fue mal herido. Saúl dijo entonces a su escudero: "Desenvaina tu espada y traspásame con ella, no vengan esos incircuncisos y se burlen de mí". Pero su escudero no quiso, pues tenía mucho miedo. Entonces tomó Saúl su espada y se echó sobre ella. Cuando el escudero vio que Saúl había muerto, se echó también sobre su espada y murió con él. Y así murieron juntos Saúl, sus tres hijos y toda su casa. Cuando los israelitas del valle vieron que habían huido y que Saúl con sus tres hijos habían muerto, abandonaron también ellos sus ciudades y se dieron a la fuga. Los filisteos vinieron y se establecieron en ellas. Al día siguiente los filisteos fueron a despojar a los caídos y encontraron a Saúl y sus hijos caídos en el monte Gelboé. Les despojaron de sus armas, les cortaron la cabeza e hicieron publicar la buena nueva por todo el país de los filisteos, a los cuatro vientos, a sus ídolos y al pueblo. Depositaron las armas de Saúl en la casa de su dios y colgaron la cabeza en el templo de Dagón. Cuando los habitantes de Yabés Galaad supieron lo que los filisteos habían hecho con Saúl, todos los valientes se pusieron en marcha, tomaron los cuerpos de Saúl y sus hijos, los llevaron a Yabés, los sepultaron bajo la encina de Yabés y ayunaron durante siete días. Saúl murió por haber sido infiel al Señor: no había observado sus palabras y, además, había preguntado y consultado a una nigromántica. No consultó al Señor, que le hizo morir, transfiriendo el reino a David, hijo de Jesé. Todos los israelitas fueron a Hebrón a decir a David: "Mira, nosotros somos hueso de tu hueso y carne de tu carne. Ya antes, cuando todavía reinaba Saúl, eras tú el que mandabas el ejército de Israel. El Señor te había dicho: Tú apacentarás a mi pueblo, Israel, y tú serás el jefe de mi pueblo, Israel". Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto ante el Señor. Ungieron a David por rey de Israel, según la palabra del Señor transmitida por Samuel. David y todo Israel marcharon sobre Jerusalén, que se llamaba Jebús, en cuya región estaban establecidos los jebuseos. Los habitantes de Jebús dijeron a David: "No entrarás aquí". Pero David se apoderó de la fortaleza de Sión, llamada luego ciudad de David. David había dicho: "El primero que mate a un jebuseo será el jefe primero". Joab, hijo de Sarvia, fue el primero, y fue nombrado jefe. David se estableció en la fortaleza, que por eso se llamó la ciudad de David. Reconstruyó la ciudad, todo alrededor desde el terraplén hacia la periferia, y Joab reconstruyó el resto de la ciudad. David iba fortaleciéndose de día en día, y el Señor todopoderoso estaba con él. Éstos son los jefes de los héroes de David que estaban a su servicio y lo ayudaban con todo Israel a asegurar su dominio para establecerlo como rey, según la palabra que el Señor había pronunciado sobre Israel. He aquí la lista de los héroes de David: Yasobán, jacamonita, jefe de los tres, el cual blandió la lanza contra trescientos, a los que mató de un solo golpe. Después de él, Eleazar, hijo de Dodó, el ajojita, uno de los tres héroes. Estaba con David en Pas Damín, cuando los filisteos se reunieron allí para la lucha. Había allí un campo plantado de cebada, y el ejército huía ya delante de los filisteos; pero él se puso en medio del campo, lo defendió y derrotó a los filisteos. El Señor alcanzó de nuevo una gran victoria. Tres de los treinta fueron a la roca de la cueva de Adulán, donde estaba David, mientras los filisteos estaban acampados en el valle de Refaín. David estaba en el refugio mientras los filisteos tenían una guarnición en Belén. David expresó este deseo: "¡Quién me diera de beber agua del pozo que está en la puerta de Belén!". Entonces los tres, abriéndose camino a través del campamento filisteo, sacaron agua del pozo que está en la puerta de Belén, la llevaron y se la ofrecieron a David; pero David no quiso beberla y la derramó como ofrenda ante el Señor, diciendo: "¡Líbreme Dios de hacer tal cosa! ¿Voy a beber yo la sangre de estos hombres, que han traído el agua con riesgo de sus vidas?". Y no quiso beberla. Esto hicieron los tres héroes. Abisay, hermano de Joab, era jefe de los treinta. Él fue quien blandió su lanza contra trescientos, los mató y adquirió fama entre los treinta. Llegó a ser el más famoso de los treinta, y se convirtió en su jefe; pero no llegaba a los tres. Benayas, hijo de Yehoyadá, hombre valiente, rico en hazañas, de Cabseel, mató a los dos héroes de Moab; y él fue también quien, un día de nieve, bajó a una cisterna y mató a un león. Mató también a un egipcio que medía dos metros y medio de alto y tenía una lanza semejante a un enjullo de tejedor; fue contra él con un palo, le quitó al egipcio la lanza y con ella lo mató. Esto hizo Benayas, hijo de Yehoyadá, que se hizo famoso entre los treinta. Fue el más famoso de los treinta, pero no llegaba a los tres. David lo puso a la cabeza de su guardia personal. Los héroes del ejército eran: Asael, hermano de Joab; Eljanán, hijo de Dodó, de Belén; Samot, de Harod, y Jeles, pelonita; Irá, hijo de Iqués, de Tecoa; Abiezer, de Anatot; Sibecay, jusita; Ilay, ajojita; Mahray, netofatita; Jéled, hijo de Baná, netofatita; Itay, hijo de Ribay, de Guibeá de Benjamín; Benayas, piratonita; Juray, de los valles de Gaas; Abiel, arbatita; Azmávet, bajurinita; Elyajabá, saalbonita; Jasén, gunita; Jonatán, hijo de Sagué, ararita; Ajián, hijo de Sacar, ararita; Elifal, hijo de Ur; Jéfer, de Mequerá; Ajías, el pelonita; Jesró, de Carmelo; Naaray, hijo de Ezbay; Joel, hermano de Natán; Mibjar, hijo de Hagrí; Selec, amonita; Najray, de Berot, escudero de Joab, hijo de Sarvia; Irá, de Yatir; Gareb, de Yatir; Urías, hitita; Zabad, hijo de Ajlay; Adiná, hijo de Sizá, rubenita, jefe de los rubenitas, y treinta con él; Janán, hijo de Maacá; Josafat, el mitnita; Uzías, de Astarot; Samá y Yequiel, hijo de Jotán, de Aroer, Yediael, hijo de Simrí; Yojá, su hermano, tisita; Eliel, de Majavín; Yeribay y Yosavías, hijos de Elnaán; Yitmá, moabita; Eliel, Obed y Yaasiel, de Sobá. Éstos son los que se unieron a David en Sicelag, cuando todavía estaba alejado de Saúl, hijo de Quis, los cuales formaban parte de los héroes que le prestaron su ayuda durante la guerra; arqueros hábiles en lanzar piedras y flechas lo mismo con la derecha que con la izquierda. Entre los hermanos de Saúl, de la tribu de Benjamín: Ajiezer, el jefe; Joás, hijo de Semaá, de Guibeá; Yeziel y Pélet, hijo de Azmávet; Beracá y Jehú, de Anatot; Yismayas, de Gabaón, uno de los treinta héroes y jefe de los treinta; Jeremías, Yajaziel, Yojanán, Yozabad de Guederá, Eluzay, Yerimot, Bealías, Semarías, Sefatías, de Jarif; Elcaná, Isaías, Azarel, Yoézer y Yasobeán, corejitas; Joela y Jebadías, hijos de Yeroján, de Guedor. También algunos gaditas se unieron a David cuando estaba en el refugio del desierto. Eran hombres valerosos, hombres guerreros, prontos al combate, hábiles en el manejo del escudo y de la lanza, semejantes a leones y ligeros como las gacelas de los montes. Ezer, el jefe; Abdías, el segundo; Eliab, el tercero; Mismaná, el cuarto; Jeremías, el quinto; Atay, el sexto; Eliel, el séptimo; Yojanán, el octavo; Elzabad, el noveno; Jeremías, el décimo; Macbanay, el undécimo. Todos éstos eran de la tribu de Gad, jefes del ejército, el más pequeño podía hacer frente a cien hombres; el mayor, a mil. Éstos fueron los que cruzaron el Jordán el mes primero, cuando se desbordaba por todas sus márgenes, y pusieron en fuga a los habitantes del valle, tanto a los de la ribera oriental como a los de la occidental. Algunos de la tribu de Benjamín y de Judá fueron asimismo a unirse a David en su refugio. David les salió al encuentro y les dijo: "Si venís con buenas intenciones, para prestarme ayuda, mi corazón estará con el vuestro; pero si es para traicionarme en provecho de mis enemigos, siendo yo inocente, que lo vea el Dios de nuestros padres y haga justicia". El espíritu se apoderó de Amasay, jefe de los treinta, que dijo: "¡Somos tuyos, David. Estamos contigo, hijo de Jesé. La paz, la paz contigo y con los tuyos, porque tu ayuda es Dios!". David los recibió y los puso entre los jefes de tropa. También de la tribu de Manasés se unieron algunos a David cuando iba con los filisteos a luchar contra Saúl; pero no llegó a luchar contra él, pues los príncipes de los filisteos decidieron despedirle diciendo: "Se pasaría a Saúl, con peligro de nuestras cabezas". Cuando regresó a Sicelag, se unieron a él algunos de la tribu de Manasés: Adnas, Yozabad, Yediael, Miguel, Yozabad, Elihú y Siltay, jefes de batallones de Manasés. Fue un buen refuerzo para David y su tropa, pues eran todos hombres valerosos, y llegaron a ser jefes del ejército. David recibía diariamente nuevos refuerzos, de manera que su ejército llegó a ser gigantesco. Éste es el total de combatientes equipados para la guerra, que se reunieron en torno a David para transferirle el reino de Saúl, según la orden del Señor: De la tribu de Judá, armados de escudo y lanza, 6.800 combatientes, equipados para la guerra; de la tribu de Simeón, 7.100 hombres, valerosos para la guerra; de la tribu de Leví, 4.600, más 3.700 de la familia de Aarón mandados por Yehoyadá, y Sadoc, joven valeroso, con veintidós jefes más de su casa patriarcal; de la tribu de Benjamín, 3.000 parientes de Saúl, la mayoría de los cuales habían permanecido hasta entonces fieles a la casa de Saúl; de la tribu de Efraín, 20.800 guerreros valientes y hombres ilustres de su casa patriarcal; de la media tribu de Manasés, 18.000 hombres designados nominalmente para ir a proclamar rey a David; de la tribu de Isaca, buenos conocedores del momento en que debía actuar Israel y el modo como debía hacerlo, 200 jefes y todos los hermanos a sus órdenes; de la tribu de Zabulón, 50.000 hombres prontos a luchar y completamente equipados; de la tribu de Neftalí, 1.000 jefes con 37.000 hombres armados de escudo y lanza; de la tribu de Dan, 28.600 hombres en orden de batalla; de la tribu de Aser, 40.000 hombres de guerra, prontos a combatir; de Transjordania, de la tribu de Rubén, Gad y la otra media de Manasés, 120.000 hombres perfectamente equipados para la guerra. Todos estos hombres de guerra, prontos para la lucha, se reunieron en Hebrón con entusiasmo y sinceridad para proclamar a David rey de todo Israel, y los demás israelitas estaban también de acuerdo con esta proclamación real. Durante tres días permanecieron allí comiendo y bebiendo con David, pues sus hermanos los habían provisto de víveres. David celebró consejo con los mandos, jefes y oficiales, y dijo a toda la asamblea de Israel: "Si os parece bien y creéis que ésta es la voluntad del Señor, nuestro Dios, enviaremos mensajeros a nuestros hermanos esparcidos por todo Israel, a los sacerdotes y a los levitas que habitan en las ciudades y campos de alrededor, para que vengan a reunirse con nosotros, con el fin de traer con nosotros el arca de nuestro Dios, de la que no nos hemos vuelto a ocupar desde los tiempos de Saúl". Toda la asamblea resolvió hacerlo así, pues la cosa pareció bien a todos los presentes. Entonces David reunió a todo el pueblo, desde el torrente de Egipto hasta el valle de Jamat, para traer de Quiriat Yearín, en Judá, el arca de Dios. David fue con todo Israel a Baalá, cerca de Quiriat Yearín, en Judá, con el fin de trasladar el arca de Dios, llamada "el Señor todopoderoso, el que se sienta sobre los querubines". Tomaron el arca de Dios de casa de Abinadab y la pusieron en un carro nuevo, guiado por Uzá y Ajió. David y todo Israel iban delante cantando y bailando con todas sus fuerzas al son de las cítaras, arpas, tambores, címbalos y trompetas. Cuando llegaban a la era de Quidón, Uzá extendió la mano para sujetar el arca, porque los bueyes la iban a tirar. La cólera del Señor se encendió contra Uzá y lo hirió por haber tocado el arca con la mano. Uzá murió allí, ante Dios. David se apesadumbró al ver que el Señor había herido a Uzá, y llamó aquel lugar "Peres Uzá", nombre que todavía lleva hoy. El temor de Dios se apoderó aquel día de David, que dijo: "¿Cómo voy a llevar a mi casa el arca de Dios?". Y David no llevó el arca a su casa, a la ciudad de David, sino que la llevó a casa de Obededón, de Gat. Allí, en la casa de Obededón, permaneció el arca de Dios durante tres meses. Y el Señor bendijo la casa de Obededón y todas sus cosas. Jirán, rey de Tiro, envió mensajeros a David con madera de cedro, albañiles y carpinteros para que le construyeran un palacio. Entonces David comprendió que el Señor confirmaba su realeza sobre Israel y que ensalzaba su reino por amor de su pueblo, Israel. Una vez en Jerusalén, David tomó más mujeres y engendró más hijos e hijas. Éstos son los hijos que tuvo en Jerusalén: Samúa, Sobat, Natán, Salomón, Yibjar, Elisúa, Elpálet, Noga, Néfeg, Yafía, Elisamá, Belyadá y Elifélet. Cuando los filisteos supieron que David había sido ungido rey de todo Israel, fueron todos en su busca. David se enteró y les salió al encuentro. Los filisteos llegaron y se desplegaron por el valle de Refaín. David consultó a Dios: "¿Debo atacar a los filisteos? ¿Los pondrás en mis manos?". El Señor le respondió: "Atácalos, porque los pondré en tus manos". Los filisteos fueron a Baal Perasín, donde fueron derrotados por David. David dijo: "Dios ha dispersado a mis enemigos ante mí como se dispersan las aguas". Por eso se llamó este lugar Baal Perasín. Los filisteos dejaron abandonados allí sus dioses. Y David mandó que les prendieran fuego. Los filisteos ocuparon de nuevo el valle. David consultó otra vez a Dios, y Dios le respondió: "No los ataques de frente; da un rodeo por detrás y atácalos por el lado de las balsameras. Cuando oigas ruido de pasos por las copas de las balsameras, ataca rápidamente, porque Dios irá delante de ti para derrotar al ejército filisteo". David hizo como Dios le había mandado y derrotó a los filisteos desde Gabaón hasta Guézer. La fama de David se extendió por toda la región, y el Señor hizo que todos los pueblos le tuvieran miedo. David construyó casas en la ciudad de su nombre y preparó un lugar para el arca de Dios, donde plantó una tienda. Entonces dijo: "El arca de Dios no puede ser transportada más que por los levitas, pues el Señor los ha elegido para transportar el arca y estar perpetuamente a su servicio". David reunió en Jerusalén a todo Israel para trasladar el arca del Señor al lugar que le había preparado. Reunió a los hijos de Aarón y a los levitas: hijos de Quehat: Uriel, el jefe, y sus 120 hermanos; hijos de Merarí: Asayas, el jefe, y sus 220 hermanos; hijos de Guersón: Joel, el jefe, y sus 130 hermanos; hijos de Elisafán: Semayas, el jefe, y sus 200 hermanos; hijos de Hebrón: Eliel, el jefe, y sus 80 hermanos; hijos de Uziel: Aminadab, el jefe, y sus 112 hermanos. David llamó aparte a los sacerdotes Sadoc y Abiatar, a los levitas Uriel, Asayas, Joel, Semayas, Eliel y Aminadab, y les dijo: "Vosotros sois los jefes de las familias levíticas; purificaos, vosotros y vuestros hermanos, para trasladar el arca del Señor, el Dios de Israel, al lugar que yo le tengo preparado. Por no estar vosotros allí la primera vez, el Señor, nuestro Dios, nos castigó, porque no le consultamos como es debido". Sacerdotes y levitas se purificaron para trasladar el arca del Señor, Dios de Israel. Los levitas transportaron el arca apoyando las barras sobre sus hombros, como lo había prescrito Moisés, por orden del Señor. David ordenó a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores con todos los instrumentos musicales de acompañamiento, arpas, cítaras y címbalos, e hicieron resonar bellas melodías en señal de regocijo. Los levitas designaron a Hemán, hijo de Joel; a Asaf, uno de sus hermanos, que era hijo de Baraquías; a Etán, hijo de Cusayas, uno de los meraritas, sus hermanos. Después de ellos, en segundo lugar, estaban sus hermanos: Zacarías, Yaziel, Semiramot, Yejiel, Uní, Eliab, Benayas, Maaseyas, Matatías, Eliflehú, Micneyas, Obededón y Yeiel, porteros; Hemán, Asaf y Etán, cantores, hacían resonar címbalos de bronce; Zacarías, Uziel, Semiramot, Yejiel, Uní, Eliab, Maaseyas y Benayas tocaban arpas; Matatías, Eliflehú, Micneyas, Obededón, Yejiel y Azazías tocaban cítaras a la octava; Quenanías, jefe de los levitas encargados de llevar el arca, dirigía el cortejo, pues era muy experto; Berequías y Elcaná eran porteros del arca; Sebanías, Josafat, Natanael, Amasay, Zacarías, Benayas y Eliezer, sacerdotes, tocaban la trompeta delante del arca de Dios. Obededón y Yejías eran también porteros del arca. David, los ancianos de Israel y los jefes de millares fueron con gran alegría a trasladar el arca de la alianza del Señor desde la casa de Obededón. Puesto que Dios asistía a los levitas que llevaban el arca de la alianza del Señor, se inmolaron siete toros y siete carneros. David vestía un manto de lino, lo mismo que todos los levitas que llevaban el arca, los cantores, Quenanías, director del cortejo y los porteros. David llevaba además el efod de lino. Todo Israel trasladó el arca de la alianza del Señor en medio de aclamaciones al son de las bocinas, las trompetas, los címbalos, las liras y las cítaras. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó a la ciudad de David, Mical, la hija de Saúl, estaba mirando por la ventana, y al ver al rey David saltando y bailando, lo despreció en su corazón. Metieron el arca de Dios y la colocaron en medio de la tienda que David había levantado para ella. Ofrecieron luego al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación. Cuando David terminó de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de reconciliación, bendijo al pueblo en nombre del Señor y distribuyó a todos los israelitas presentes, hombres y mujeres, una torta de pan a cada uno, un pedazo de carne y un racimo de uvas pasas. David puso levitas al servicio del arca del Señor para que invocaran, glorificaran y alabaran al Señor, Dios de Israel: Asaf era el jefe; Zacarías, el segundo; seguían Uziel, Semiramot, Yejiel, Matatías, Eliab, Benayas, Obededón y Yeiel; éstos tocaban la lira y la cítara, mientras Asaf sonaba los címbalos. Los sacerdotes Benayas y Yajaziel tocaban ininterrumpidamente las trompetas delante del arca de la alianza de Dios. Fue aquel día cuando David ordenó por primera vez a Asaf y a sus hermanos elevar al Señor esta alabanza: "Alabad al Señor, invocad su nombre, anunciad entre los pueblos sus hazañas. Cantad para él al son de instrumentos, celebrad todas sus maravillas. Gloriaos en su santo nombre, alégrese el corazón de los que buscan al Señor. Buscad al Señor y su poder, buscad su rostro sin descanso. Recordad las maravillas que hizo, sus milagros y las sentencias de su boca, descendientes de Israel, su siervo, hijos de Jacob, su elegido. Es el Señor, nuestro Dios, el que gobierna toda la tierra. Recordad eternamente su alianza, la palabra con que se ha comprometido para siempre, la alianza que hizo con Abrahán, que confirmó con juramento a Isaac; a Jacob se la dio como ley, y a Israel como alianza eterna: "Te daré la tierra de Canaán como porción de tu heredad". Entonces, cuando no eran más que un puñado, poco numerosos, extranjeros en la tierra, e iban de nación en nación, de un reino a otro pueblo diferente, no permitió que nadie los oprimiera; por ellos castigó a reyes: "¡No toquéis a mis ungidos, no hagáis mal a mis profetas!". Cantad al Señor, habitantes todos de la tierra, proclamad día tras día su salvación. Contad a las naciones su gloria, sus maravillas a todos los pueblos. Grande es el Señor y digno de alabanza, temible sobre todos los dioses. Nada son los dioses de los pueblos, es el Señor quien ha hecho los cielos. En su presencia, esplendor y majestad; en su santuario, poder y alegría. Dad al Señor, familias de la tierra, dad al Señor la gloria y la alabanza, dad gloria al nombre del Señor. Traed ofrendas y entrad en su presencia, adorad al Señor en el atrio sagrado. Temblad en su presencia los de la tierra entera. El Señor fijó el orbe y no se moverá. Alégrense los cielos, regocíjese la tierra y pregonen los pueblos: "El Señor es rey". Truene el mar y cuanto lo llena, cante el campo con todos sus frutos. Alégrense árboles y selvas en presencia del Señor, que viene a juzgar la tierra. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor. Decid: "¡Sálvanos, oh Dios, salvación nuestra!; reúnenos y sácanos de en medio de las gentes, para que podamos glorificar tu nombre y nosotros mismos nos gloriemos en tu alabanza. Bendito sea el Señor, Dios de Israel por eternidad de eternidades. Y todo el pueblo diga: Amén. Aleluya". David dejó allí delante del arca de la alianza del Señor a Asaf y a sus hermanos para que hicieran el servicio permanente del arca, según el ritual cotidiano, y estableció a Obededón, hijo de Yedutún, a Josá y a sus sesenta y ocho hermanos como porteros. A Sadoc y a sus hermanos los sacerdotes los dejó delante de la tienda del Señor en el alto de Gabaón, para que ofrecieran sacrificios diariamente, mañana y tarde, sobre el altar de los holocaustos e hiciesen cuanto está escrito en la ley dada por el Señor a Israel. Con ellos estaba Hemán, Yedutún y los demás, que habían sido elegidos nominalmente para cantar al Señor: "Porque es eterno su amor". Éstos tenían consigo a Hemán y Yedutún encargados de tocar las trompetas, los címbalos y los instrumentos destinados a acompañar las alabanzas de Dios. Los hijos de Yedutún estaban destinados a la puerta. Todo el pueblo se fue cada uno a su casa, y David se fue a bendecir la suya. Cuando David se estableció en su palacio, dijo al profeta Natán: "Yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras que el arca de la alianza del Señor está bajo una tienda". Natán respondió a David: "Haz lo que piensas, porque el Señor está contigo". Pero aquella misma noche el Señor dijo a Natán: "Vete y di a mi siervo David: Esto dice el Señor: No serás tú el que me construyas una casa para que habite en ella. Yo no he habitado en casa desde el día en que liberé a Israel hasta hoy, sino que he estado peregrinando en una tienda de campaña. Durante todo el tiempo que anduve errante con los israelitas, jamás dije a ninguno de los jueces de Israel, a los que puse para que gobernaran a mi pueblo, que me construyera una casa de cedro. Di a mi siervo David: Esto dice el Señor todopoderoso: Yo te saqué de detrás de las ovejas para que fueras el jefe de mi pueblo Israel. He estado contigo en todas tus empresas, he exterminado delante de ti a todos tus enemigos. Haré que tu nombre sea como el de los grandes de la tierra. Asignaré un territorio a mi pueblo, Israel; en él lo estableceré para que lo habite y no vuelva a ser perturbado ni los malvados continúen oprimiéndolo como antes, en el tiempo en que yo constituí a los jueces sobre mi pueblo Israel. Humillaré a todos tus enemigos y a ti te engrandeceré. Te hago saber, además, que te daré una dinastía, pues cuando llegues al término de tus días y descanses con tus padres haré surgir un descendiente tuyo, que saldrá de tus entrañas y lo confirmaré en el reino. Él me construirá un templo y yo consolidaré su trono para siempre. yo seré para él un padre y él será para mí un hijo; no retiraré de él mi favor, como lo retiré de tu antecesor. Lo mantendré siempre en mi casa y en mi reino, y su trono será firme eternamente". Natán comunicó a David todo lo que había visto y oído. El rey David se presentó ante el Señor y le dijo: "¿Quién soy yo, Señor Dios, y qué es mi casa para que me hayas hecho llegar hasta aquí? Y aun esto es todavía poco para ti, que extiendes tu promesa a la casa de tu siervo para un futuro lejano y me consideras como alguien importante, oh Señor Dios. ¿Qué más podrá decirte David respecto de la gloria que has otorgado a tu siervo? Tú ya conoces a tu siervo, Señor. Por amor a tu siervo, y según tu corazón, has hecho todas estas maravillas y las has dado a conocer. Señor, no hay nadie como tú, ni hay Dios fuera de ti, como hemos oído. ¿Hay sobre la tierra un pueblo como tu pueblo, Israel, al que Dios mismo vino a rescatarlo para hacerlo su pueblo, para hacerlo famoso, para hacer en su favor terribles y grandes prodigios y expulsar a las naciones delante de tu pueblo al que rescataste de la esclavitud de Egipto? Has afirmado a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, te has hecho su Dios. y ahora, Señor, mantén firme para siempre la promesa que has hecho a tu siervo y a su casa y haz como has dicho. Que tu nombre sea siempre engrandecido y que digan: El Señor todopoderoso es el Dios de Israel. Que la casa de David, tu siervo, sea estable en tu presencia, pues tú mismo, Dios mío, has prometido a tu siervo que le edificarás una casa; por eso se ha atrevido a dirigirte esta súplica. Sí, Señor, tú eres Dios y has hecho a tu siervo esta gran promesa; bendice la casa de tu siervo para que subsista eternamente en tu presencia; porque aquel a quien tú bendices, será bendito para siempre". Después de esto, David derrotó a los filisteos y los sometió; les arrebató Gat y sus aldeas. Derrotó a Moab, y los moabitas quedaron sometidos a David y le pagaron tributo. Venció también a Hadadézer, rey de Sobá, en Jamat, cuando éste iba a extender su dominio hasta el Éufrates. Le arrebató mil carros de combate e hizo prisioneros a siete mil soldados de caballería y a veinte mil de infantería. Desjarretó a todos los caballos de tiro, dejando sólo cien. Los sirios de Damasco fueron a socorrer a Hadadézer, rey de Sobá, y David mató a veintidós mil sirios. David puso guarnición en Siria de Damasco, y los sirios le quedaron sometidos y le pagaron tributo. El Señor daba la victoria a David por dondequiera que iba. David se apoderó de los escudos de oro que llevaba la guardia de Hadadézer y los llevó a Jerusalén. En Tibjab y en Cun, ciudades de Hadadézer, se apoderó también de una gran cantidad de bronce, que sirvió a Salomón para hacer la pila, las columnas y los utensilios de bronce. Cuando Tou, rey de Jamat, supo que David había derrotado a todo el ejército de Hadadézer, rey de Sobá, envió a su hijo Hadorán al rey David para saludarlo y felicitarlo por haber atacado y vencido a Hadadézer, pues Tou estaba en guerra con Hadadézer. Le envió objetos de oro, plata y bronce, que el rey David consagró al Señor junto con la plata y oro que había quitado a otras naciones: a Edón, a Moab, a los amonitas, a los filisteos y a Amalec. Abisay, hijo de Sarvia, derrotó en el valle de la Sal a dieciocho mil edomitas. Puso guarniciones en Edón, y los edomitas quedaron sometidos a David. El Señor daba la victoria a David por dondequiera que iba. David reinó sobre todo Israel administrando derecho y justicia a todo su pueblo. Joab, hijo de Sarvia, era el jefe de su ejército; Josafat, hijo de Ajilud, era cronista; Sadoc, hijo de Ajitub, y Ajimelec, hijo de Abiatar, eran sacerdotes; Sesa era secretario; Benayas, hijo de Yehoyadá, era jefe de los quereteos y peleteos. Los hijos de David eran los primeros al lado del rey. Después de esto murió Najás, rey de los amonitas, y le sucedió su hijo. David se dijo: "Yo trataré con benevolencia a Janún, como su padre me trató a mí". David le envió una embajada de pésame por la muerte de su padre. Pero cuando los siervos de David llegaron a la tierra de los amonitas, los jefes amonitas dijeron a Janún: "¿Tú crees que David te envía consoladores con el fin de honrar a tu padre? ¿No los habrá enviado más bien con el fin de explorar, espiar y destruir el país?". Entonces Janún agarró a los siervos de David, los afeitó, les cortó los vestidos por la mitad a la altura de las nalgas y los despachó. Cuando David se enteró, mandó que les salieran al encuentro, porque aquellos hombres estaban llenos de vergüenza, y les dijeran de parte del rey: "Quedaos en Jericó hasta que os crezca la barba, y luego vendréis". Los amonitas se dieron cuenta de que se habían hecho odiosos a David, y Janún y los amonitas enviaron unas treinta y cuatro toneladas de plata para contratar como mercenarios tropas de caballería y carros de combate sirios en Mesopotamia, Maacá y Sobá. Contrataron a sueldo al rey de Maacá, sus tropas y treinta y dos mil carros, que acamparon frente a Madabá, mientras los amonitas, reunidos fuera ya de sus ciudades, estaban prontos al combate. Cuando David lo supo, mandó a Joab con todo su ejército y los héroes. Los amonitas salieron y se pusieron en orden de batalla a la entrada de la ciudad. Los reyes que habían venido a sueldo estaban en el campo. Joab, viendo que tenía dos frentes, uno delante y otro detrás, seleccionó la flor y nata del ejército de Israel y los puso en orden de batalla frente a los sirios; y el resto del ejército, bajo la dirección de su hermano Abisay, lo enfrentó con los amonitas. Y dijo: "Si los sirios me ganan a mí, tú vendrás en mi ayuda; y si los amonitas te ganan a ti, yo iré en tu ayuda. ¡Ánimo!, luchemos valientemente por nuestro pueblo y por las ciudades de nuestro Dios. Que el Señor haga lo que bien le parezca". Joab y su ejército se lanzaron al ataque contra los sirios, y éstos huyeron ante ellos. Los amonitas, al ver huir a los sirios, huyeron también ellos ante Abisay, el hermano de Joab, y entraron en la ciudad. Joab se volvió a Jerusalén. Los sirios, viendo que habían sido derrotados por Israel, mandaron a buscar a los sirios del otro lado del Éufrates; se puso al frente de ellos Sofac, general en jefe del ejército de Hadadézer. David, al saberlo, reunió a todo Israel, cruzó el Jordán, los alcanzó y tomó posiciones en orden de batalla y luchó contra los sirios. Éstos huyeron ante Israel y David les mató siete mil caballos de tiro y cuarenta mil hombres. Cayó también Sofac, el general. Cuando los aliados de Hadadézer se vieron derrotados por Israel, firmaron la paz con David y le quedaron sometidos. Desde entonces los sirios no se atrevieron a volver a ayudar más a los amonitas. Al año siguiente, al tiempo en que suelen salir los reyes de campaña, Joab, a la cabeza de un gran ejército, marchó contra la tierra de los amonitas y la devastó. Luego puso asedio a Rabá, mientras David estaba en Jerusalén. Joab se apoderó de Rabá y la destruyó. David quitó de la cabeza de Milcón la corona de oro, que pesaba treinta y cuatro kilos; y la piedra preciosa que había en ella fue puesta en la corona de David. El botín que tomó en la ciudad fue inmenso. Se llevó cautivos a sus habitantes y los puso a trabajar con sierras, picos y hachas. Lo mismo hizo con todas las ciudades amonitas. David y todo su ejército volvieron a Jerusalén. Después de esto continuó la guerra en Guézer contra los filisteos. Fue entonces cuando Sibecay, el jusatita, mató a Sipay, un descendiente de los gigantes. Los filisteos quedaron sometidos. Se reanudó la lucha con los filisteos, y Eljanán, hijo de Yaír, mató a Lajmí, hermano de Goliat de Gat, el cual llevaba una lanza cuya asta era como un enjullo de tejedor. Se dio otra batalla en Gat, donde había un gigante que tenía veinticuatro dedos, seis en cada extremidad. También éste era descendiente de los gigantes. Él desafió a Israel, y Jonatán, hijo de Simeá, hermano de David, lo mató. Estos gigantes eran descendientes de los gigantes de Gat, y cayeron en manos de David y sus hombres. Satán se levantó contra Israel e indujo a David a hacer el censo de Israel. David dijo a Joab y a los jefes del pueblo: "Id y haced el censo de Israel desde Dan hasta Berseba, y venid a decirme su número". Joab respondió: "¡El Señor multiplique su pueblo cien veces más! ¡Oh rey, señor mío!, ¿no son todos servidores tuyos? ¿Para qué hacer este censo, señor? ¿Por qué cargar esta culpa sobre Israel?". El rey mantuvo su orden, y Joab salió a recorrer todo Israel, regresando luego a Jerusalén para dar a David cuenta del censo del pueblo: el total ascendía a un millón cien mil hombres en edad de guerra, en Israel, y cuatrocientos setenta mil en Judá. La orden del rey había desagradado tanto a Joab, que no hizo el censo de la tribu de Leví y Benjamín. Dios vio con malos ojos el censo y castigó a Israel. David dijo entonces a Dios: "He cometido un gran pecado. Perdona el pecado de tu siervo, pues he obrado como un insensato". El Señor dijo a Gad, a quien David consultaba: "Anda y di a David: Esto dice el Señor: Te propongo tres castigos, para que elijas uno de ellos". Gad se presentó a David y le dijo: "Esto dice el Señor: Elige entre estas tres cosas: tres años de hambre, una derrota de tres meses perseguido por tus enemigos armados de espada o tres días de peste en el país bajo la espada del Señor y el ángel del Señor haciendo estragos en todo Israel. Elige y dime qué debo responder al que me envía". David dijo a Gad: "Me veo en gran aprieto. Pongámonos en manos de Dios, porque es grande su misericordia, antes de caer en manos de los hombres". El Señor descargó la peste sobre Israel y perecieron setenta mil hombres. Luego envió al ángel destructor a Jerusalén y, cuando ya estaba a punto de exterminarla, el Señor sintió compasión por tanta desgracia y dijo al ángel exterminador: "Basta, retira tu mano". El ángel del Señor estaba junto a la era de Ornán, el jebuseo. David levantó los ojos y vio al ángel del Señor que estaba entre la tierra y el cielo, con la espada desenvainada en su mano y vuelta hacia Jerusalén. El rey y los ancianos, vestidos de saco, cayeron con sus rostros en tierra, y David dijo a Dios: "¿No soy yo quien ordenó el censo del pueblo? Yo soy quien ha pecado y ha obrado mal; pero estos otros, el rebaño, ¿qué han hecho? Señor, Dios mío, que tu mano caiga sobre mí y mi familia, pero que el pueblo se vea libre del castigo". El ángel del Señor ordenó a Gad que David levantara un altar al Señor en la era de Ornán, el jebuseo. David fue, como se lo había dicho Gad cumpliendo la orden del Señor. Ornán se volvió y vio al ángel, y se iba a esconder con sus cuatro hijos; Ornán estaba trillando el trigo. David se acercaba, y Ornán, al ver al rey, le salió al encuentro y se postró ante él rostro en tierra. David dijo a Ornán: "Cédeme el solar de la era para levantar en ella un altar al Señor. Cédemela por su justo precio en plata, para que el castigo se retire del pueblo". Ornán respondió: "Tómala, y que mi señor, el rey, haga de ella lo que quiera. Más aún, te doy los bueyes para el holocausto, los trillos para el fuego y el grano para la ofrenda. Todo está en tus manos". El rey David dijo a Ornán: "No, quiero comprarla por su justo precio en plata, pues no voy a presentar yo al Señor lo que es tuyo, ofreciendo holocaustos que no me cuestan nada". David pagó a Ornán por la era seiscientas monedas de oro, y levantó en ella un altar al Señor sobre el cual ofreció holocaustos y sacrificios de reconciliación. David invocó al Señor, que le respondió haciendo caer del cielo el fuego sobre el altar de los holocaustos, y ordenó al ángel envainar su espada. David, al ver que el Señor lo había escuchado en la era de Ornán, el jebuseo, empezó a ofrecer los sacrificios allí; pues la tienda del Señor que Moisés había hecho en el desierto y el altar de los holocaustos estaban, por entonces, en el alto de Gabaón, y David no se atrevía a ir allá para orar ante el Señor, porque todavía le duraba el temor que le había causado la espada del ángel del Señor. Por eso dijo David: "Ésta será la casa del Señor Dios, y aquí estará el altar de los holocaustos de Israel". David ordenó que se reunieran todos los extranjeros que había en Israel, y los empleó como canteros en labrar piedras para la construcción de la casa de Dios. Preparó también hierro en abundancia para clavar los batientes de las puertas y las barras; bronce en cantidad incalculable y maderas de cedro sin tasa, pues sidonios y tirios habían traído a David troncos de cedro en abundancia. David se decía: "Mi hijo Salomón es todavía joven y tierno, y la casa que tiene que edificar al Señor ha de ser famosa en todo el mundo por su esplendor y grandeza. Quiero dejarle hechos los preparativos". Llamó luego a su hijo Salomón, le encomendó la construcción de un templo al Señor, Dios de Israel, y le dijo: "Hijo mío, yo quise construir un templo al nombre del Señor, mi Dios; pero el Señor me dijo: Tú has derramado mucha sangre y has hecho muchas guerras. Tú no podrás edificar un templo a mi nombre, pues has derramado mucha sangre sobre la tierra en mi presencia. Tendrás un hijo, que será hombre de paz con todos los enemigos de alrededor. Salomón será su nombre; yo concederé paz y tranquilidad a Israel durante los días de su vida. Él edificará un templo a mi nombre; será para mí un hijo y yo seré para él un padre, y afirmaré su trono real sobre Israel para siempre. Ahora, hijo mío, que el Señor esté contigo y puedas concluir con éxito el templo del Señor, tu Dios, conforme te lo ha prometido. Que el Señor te dé sabiduría e inteligencia cuando te constituya sobre Israel, para que puedas observar la ley del Señor, tu Dios. Si observas los mandamientos y preceptos que el Señor ordenó a Israel por medio de Moisés, tendrás éxito. Ten valor y firmeza. No tengas miedo ni te acobardes. Yo mismo con mi trabajo he podido reunir para el templo del Señor tres mil cuatrocientas toneladas de oro, treinta y cuatro mil toneladas de plata y una cantidad incalculable de bronce y de hierro. He preparado también madera y piedra, a la cual tú añadirás más. Tienes a tu disosición buen número de obreros: canteros, escultores, carpinteros y hombres especializados en toda clase de obras. Oro, plata, bronce y hierro hay en abundancia. ¡Adelante, manos a la obra y que el Señor te ayude!". David ordenó a todos los jefes de Israel que ayudaran a su hijo Salomón: "El Señor, vuestro Dios, está con vosotros; os ha dado tranquilidad por todas partes, entregando en mis manos a los habitantes de la tierra y poniendo a ésta bajo el dominio del Señor y de su pueblo. Poned, pues, vuestro corazón y vuestra alma al servicio del Señor, vuestro Dios. Aprestaos y edificad el santuario del Señor, vuestro Dios, para trasladar al templo edificado al nombre del Señor el arca de la alianza del Señor y los utensilios consagrados a Dios". Viejo ya David y cargado de días, nombró a su hijo Salomón rey de Israel. Reunió a todos los jefes de Israel, a los sacerdotes y a los levitas. Se hizo el censo de los levitas mayores de treinta años; contados uno a uno, resultaron treinta y ocho mil. De éstos destinó veinticuatro mil para dirigir los trabajos del templo del Señor, seis mil eran escribas y jueces, cuatro mil porteros y los otros cuatro mil alababan al Señor con los instrumentos que para este fin había hecho David. David los dividió en clases según los tres hijos de Leví: Guersón, Quehat, Merarí. Guersonitas: Ladán y Simeí. Hijos de Ladán: Yejiel, el primero; Zetán y Joel, tres en total. Hijos de Simeí: Selomit, Jaziel y Harán, tres en total. Éstos son los jefes de familia de Ladán. Hijos de Simeí: Yájat, Zizá, Yeús y Beriá, éstos fueron los cuatro hijos de Simeí. "Yájat era el primero, Zizá el segundo, luego Yeús y Beriá, que no tuvieron muchos hijos y fueron registrados en una sola familia. Quehatitas: Amrán, Yishar, Hebrón y Uziel, cuatro en total. Hijos de Amrán: Aarón y Moisés. Aarón fue elegido, con sus hijos, para servir perpetuamente en las cosas más santas: ofrecer el incienso delante del Señor, darle culto y bendecir en su nombre eternamente. Moisés fue un hombre de Dios, y sus hijos fueron computados con la tribu de Leví. Hijos de Moisés: Guersón y Eliezer. Hijos de Guersón: Sebuel fue el jefe. Hijos de Eliezer: Rejabías, el jefe. Eliezer no tuvo más hijos, pero los hijos de Rejabías fueron muy numerosos. Hijos de Yishar: Selomit fue el jefe. Hijos de Hebrón: Yerías, el primero, Amarías, el segundo; Yajaziel, el tercero, y Yacamán, el cuarto. Hijos de Uziel: Micá, el primero; Yisías, el segundo. Meraritas: Majlí y Musí. Hijos de Majlí: Eleazar y Quis. Eleazar murió sin dejar hijos, pero dejó hijas, que se casaron con los hijos de Quis, sus hermanos. Hijos de Musí: Majlí, Eder y Yeremot, tres en total. Éstos eran los descendientes de Leví por familias, y éstos los cabezas de familia registrados en el censo nominal uno por uno. Estaban dedicados al servicio de la casa del Señor desde los veinte años. David había dicho: "Ya que el Señor, Dios de Israel, ha otorgado paz a su pueblo y ha fijado para siempre su morada en Jerusalén, tampoco los levitas tendrán que transportar más la morada y los objetos destinados a su servicio". De hecho, según las últimas disposiciones de David, los levitas inscritos en el censo eran sólo mayores de veinte años. Su obligación era estar a las órdenes de los hijos de Aarón en el servicio del templo del Señor en lo referente a los atrios, las cámaras, limpieza de las cosas santas y de los demás oficios del templo del Señor. Estaban encargados también de los panes de la proposición, de la flor de harina para la ofrenda, de las tortas de pan sin levadura, de las tortas fritas y cocidas y de las medidas de capacidad y longitud. Tenían que presentarse diariamente, mañana y tarde, para dar gracias y alabar al Señor, y siempre que se ofrecían holocaustos al Señor, los sábados, los novilunios y las fiestas, según el número y los ritos prescritos. En una palabra, su obligación era el servicio de la tienda de la reunión, del santuario, de los hijos de Aarón, sus hermanos, y del servicio del templo del Señor. Clases de los descendientes de Aarón. Hijos de Aarón: Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar. Nadab y Abihú murieron antes que su padre y no dejaron hijos, de manera que el sacerdocio recayó sobre Eleazar e Itamar. David, con la ayuda de Sadoc, descendiente de Eleazar y Ajimélec, descendiente de Itamar, los distribuyó en clases según sus servicios; como los descendientes de Eleazar eran más numerosos que los de Itamar, la clasificación quedó así: dieciséis jefes de familia entre los hijos de Eleazar y ocho entre los hijos de Itamar. La distribución se hizo por suerte entre unos y otros, pues tanto los descendientes de Eleazar como los de Itamar tenían funcionarios sagrados y funcionarios de Dios. Semayas, hijo de Natanael, un escriba levita, los registró en presencia del rey, de los jefes, del sacerdote Sadoc, de Ajimélec, hijo de Abiatar, y de los jefes de familias de sacerdotes y levitas: se sacaban alternativamente por suerte dos familias de los hijos de Eleazar y una familia de los hijos de Itamar. La primera suerte cayó sobre Yehoyarib, la segunda sobre Yedayas, la tercera sobre Jarín, la cuarta sobre Seorín, la quinta sobre Malaquías, la sexta sobre Miyyamín, la séptima sobre Hacós, la octava sobre Abías, la novena sobre Yesúa, la décima sobre Secanías, la undécima sobre Elyasib, la duodécima sobre Yaquín, la decimotercera sobre Jupá, la decimocuarta sobre Yishaal, la decimoquinta sobre Bilgá, la decimosexta sobre Imer, la decimoséptima sobre Jezir, la decimoctava sobre Hapisés, la decimonona sobre Petayas, la vigésima sobre Ezequiel, la vigésimo primera sobre Yaquín, la vigésimo segunda sobre Gamul, la vigésimo tercera sobre Delayas y la vigésimo cuarta sobre Maazías. Éstos son los turnos de servicio para entrar en el templo del Señor según la ordenación transmitida por Aarón, su padre, conforme al mandato recibido del Señor, Dios de Israel. En cuanto a los demás descendientes de Leví, sus jefes eran: para los hijos de Amrán, Subael; para los de Subael, Yejdías; para los de Rejabías, Yisías; para los yisharitas, Selomot; para los de Selomot, Yájat. Hijos de Hebrón: Yesías, el primero; Amarías, el segundo; Yajaziel, el tercero; Yecamán, el cuarto. Hijos de Uziel: Micá; para los hijos de Micá, Samir. Hermano de Micá: Yisías; para los hijos de Yisías, Zacarías. Hijos de Merarí: Majlí y Musí; Uzías era también hijo suyo. Hijos de Merarí a través de Uzías, su hijo: Sohán, Zacur e Ibrí; para Majlí, Eleazar, que no tuvo hijos. En cuanto a Quis: hijos de Quis: Yerajmeel. Hijos de Musí: Majlí, Eder y Yerimot. Éstos fueron los descendientes de Leví por familias. También éstos, lo mismo que los hijos de Aarón, fueron clasificados por suerte en presencia del rey David, de Sadoc, de Ajimélec y de los jefes de familias sacerdotales y levíticas, sin distinción de ninguna clase. David y los jefes del ejército seleccionaron también para el servicio a los hijos de Asaf, de Hemán y de Yedutún, profetas que se acompañaban de cítaras, arpas y címbalos. Se hizo el censo de estos hombres entregados a sus servicios. Hijos de Asaf: Zacur, José, Natanías y Asarela, que estaban bajo la dirección de Asaf, su padre, el cual profetizaba según las órdenes del rey. Hijos de Yedutún: Godolías, Serí, Isaías, Simeí, Yasabías y Matatías, seis, bajo la dirección de Yedutún, que profetizaba al son de la cítara en honor y alabanza del Señor. Hijos de Hemán: Buquías, Matanías, Uziel, Sebuel, Yerimot, Jananías, Jananí, Eliatá, Guidalti, Romanti Ezer, Yosbecasa, Maloti, Hotir y Majaziot. Todos éstos eran hijos de Hemán, el vidente del rey, que le transmitía las palabras de Dios y exaltaba su poder. Dios dio a Hemán catorce hijos y tres hijas. Todos cantaban bajo la dirección de su padre en el templo del Señor al son de címbalos, arpas y cítaras en servicio del templo de Dios, bajo las órdenes del rey: Asaf, Yedutún y Hemán. Su número, junto con el de sus hermanos, expertos en el arte de cantar al Señor, era de doscientos ochenta y ocho. Echaron también a suertes el servicio, sin distinción entre pequeño y grande, maestro y discípulo. El primero en suerte fue José, descendiente de Asaf; el segundo, Godolías; él, sus hermanos e hijos: doce en total; el tercero, Zacur, sus hijos y hermanos: doce en total; el cuarto, Yisrí, sus hijos y hermanos: doce en total; el quinto, Natanías, sus hijos y hermanos: doce en total; el sexto, Buquías, sus hijos y hermanos: doce en total; el séptimo, Yesarela, sus hijos y hermanos: doce en total; el octavo, Isaías, sus hijos y hermanos: doce en total; el noveno, Matanías, sus hijos y hermanos: doce en total; el décimo, Simeí, sus hijos y hermanos: doce en total; el undécimo, Azarel, sus hijos y hermanos: doce en total; el duodécimo, Yasabías, sus hijos y hermanos: doce en total; el decimotercero, Subael, sus hijos y hermanos: doce en total; el decimocuarto, Matatías, sus hijos y hermanos: doce en total; el decimoquinto, Yeremot, sus hijos y hermanos: doce en total; el decimosexto, Jananías, sus hijos y hermanos: doce en total; el decimoséptimo, Yosbecasa, sus hijos y hermanos: doce en total; el decimoctavo, Jananí, sus hijos y hermanos: doce en total; el decimonono, Malotí, sus hijos y hermanos: doce en total; el vigésimo, Eliatá, sus hijos y hermanos: doce en total; el vigésimo primero, Otir, sus hijos y hermanos: doce en total; el vigésimo segundo, Guidalti, sus hijos y hermanos: doce en total; el vigésimo tercero, Majaziot, sus hijos y hermanos: doce en total; el vigésimo cuarto, Romanti Ezer, sus hijos y hermanos: doce en total. En cuanto a la distribución de los porteros: De los corajitas: Meselemías, hijo de Coré, de los hijos de Abiasaf. Hijos de Meselemías: Zacarías, el primogénito; Yediel, el segundo; Zebadías, el tercero; Yatniel, el cuarto; Elán, el quinto; Yehojanán, el sexto; Elyoenay, el séptimo. Hijos de Obededón: Semayas, el primogénito; Yehozabad, el segundo; Yoaj, el tercero; Sacar, el cuarto; Natanael, el quinto; Amiel, el sexto; Isacar, el séptimo; Pueletay, el octavo, pues Dios le había bendecido. Su hijo Semayas tuvo hijos que tuvieron autoridad en sus casas patriarcales porque eran hombres valerosos. Hijos de Semayas: Otní, Rafael, Obed, Elzabad y sus hermanos, los valerosos Elihú y Samaquías. Todos éstos eran hijos de Obededón; ellos, sus hijos y hermanos eran hombres valientes, duros en el servicio. De Obededón, sesenta y dos en total. Los hijos y hermanos de Meselemías, hombres valientes, sumaban en total dieciocho. Josá, descendiente de Merarí, también tuvo hijos. Su jefe fue Simrí; así lo dispuso su padre, aunque no era el primogénito; Jilquías, el segundo; Tebalías, el tercero; Zacarías, el cuarto; los hijos y hermanos de Josá sumaban en total trece. Éstos tuvieron sus clases de porteros. A los jefes de estos valientes les fueron señaladas sus obligaciones, igual que a sus hermanos, en el servicio del templo del Señor. Se sorteó la custodia de cada una de las puertas entre las distintas familias patriarcales, sin distinción entre grandes y pequeños. La puerta oriental le tocó a Selamías. A su hijo Zacarías, sabio consejero, le tocó la del norte. A Obededón le tocó la del mediodía, y a sus hijos los almacenes. A Supín y a Josá les tocó la occidental con la puerta de Saléquet, sobre la calzada superior. Las puertas de guardia se correspondían. Distribución de las puertas de guardia: seis por día en la oriental, cuatro por día en la del norte, cuatro por día en la meridional, dos y dos en los almacenes; para el Parbar, al occidente: cuatro en la calzada y dos para el Parbar. Éstas eran las clases de porteros en que se distribuían los descendientes de Córaj y Merarí. Los levitas, sus hermanos, velaban sobre los tesoros de la casa de Dios y las cosas sagradas. De los hijos de Ladán, descendientes de Guersón y de Yejielí. Los hijo de Yejielí, Zetán y su hermano Joel, eran los encargados de los tesoros del templo del Señor. De los descendientes de Amrán, Yishar, Hebrón y Uziel fue constituido superintendente jefe de los tesoros Sebuel, hijo de Guersón, hijo de Moisés. De sus hermanos, por parte de Eliezer: Rejabías, su hijo; Isaías, su hijo; Jorán, su hijo; Zicrí, su hijo; Selomit, su hijo. Este Selomit y sus hermanos fueron constituidos superintendentes de todos los depósitos de cosas santas consagradas por David y por los jefes de familias en calidad de jefes de millares, de centurias y jefes del ejército, que provenían del botín de guerra y de los despojos y habían dedicado al mantenimiento del templo del Señor. Todo lo que había consagrado Samuel, el vidente; Saúl, hijo de Quis; Abner, hijo de Ner, y Joab, hijo de Sarvia; todo lo consagrado estaba bajo la custodia de Selomit y sus hermanos. De los descendientes de Yishar, Jeconías y sus hijos estaban dedicados a los asuntos profanos de Israel como escribas y jueces. De los descendientes de Hebrón, Jasabías y sus hermanos, hombres valientes, 1.700 en total, tenían a su cargo la custodia de Israel, al oeste del Jordán, en todos los asuntos que se referían al Señor y al servicio del rey. El jefe de los hebronitas era Yerías. En el año cuarenta del reinado de David se hicieron indagaciones sobre las genealogías y familias hebronitas, y se encontraron entre ellos hombres valerosos en Yazer de Galaad. El rey David nombró a 2.700 hermanos de Yerías, hombres valerosos y jefes de familias, como inspectores de las tribus de Rubén, de Gad y de la media tribu de Manasés, en todos los asuntos referentes a Dios y al rey. Censo de los israelitas. Los cabezas de familia, los jefes de millar y de centurias, y los oficiales estaban al servicio del rey en todo lo referente a las divisiones, que se turnaban cada mes, de manera que todos los meses del año había una división en funciones. Cada división tenía 24.000 hombres. El jefe de la primera división, que prestaba servicio el primer mes, era Yasobeán, hijo de Zabdiel; Zabdiel era descendiente de Fares y mandaba a todos los oficiales de la división en servicio durante el primer mes. La división del segundo mes la mandaba Doday, el ajojita. Jefe de la tercera división, que prestaba servicio el tercer mes, era Benayas, hijo del sacerdote Yehoyadá. Éste es el Benayas que pertenecía a los treinta héroes; estaba al frente de los treinta y de su clase. Hijo suyo era Amizadab. El jefe de la cuarta división, para el cuarto mes, era Asael, hermano de Joab, que tuvo por sucesor a su hijo Zebadías. El jefe de la quinta división, para el quinto mes, era Samhut, de Zéraj. El jefe de la sexta división, para el sexto mes, era Irá, hijo de Iqués, de Técoa. El jefe de la séptima división, para el séptimo mes, era Jeles pelonita, descendiente de Efraín. El jefe de la octava división, para el octavo mes, era Sibcay de Jusá, zarejita. El jefe de la novena división, para el noveno mes, era Abiézer de Anatot, descendiente benjaminita. El jefe de la décima división, para el décimo mes, era Maray de Netofá, descendiente zerajita. El jefe de la undécima división, para el undécimo mes, era Benayas de Piratón, descendiente efraimita. El jefe de la duodécima división, para el duodécimo mes, era Jelday de Netofá, descendiente de Otniel. Estos son los jefes de las tribus de Israel: jefe de Rubén, Eliezer, hijo de Zicrí; de Simeón, Sefatías, hijo de Maacá; de Leví, Jasabías, hijo de Quemuel; de Aarón, Sadoc; de Juá, Elihú, hermano de David; de Isacar, Omrí, hijo de Miguel; de Zabulón, Yismayas, hijo de Abdías; de Neftalí, Yerimot, hijo de Azriel; de Efraín, Oseas, hijo de Azarías; de la media tribu de Manasés, Joel, hijo de Pedayas; de la media tribu de Manasés en Galaad, Yidón, hijo de Zacarías; de Benjamín, Yasiel, hijo de Abner; de Dan, Azarael, hijo de Yeroján. Éstos eran los jefes de las tribus de Israel. David no contó los menores de veinte años, pues el Señor le había prometido que multiplicaría a Israel como las estrellas del cielo. Joab, hijo de Sarvia, comenzó el censo, pero no lo terminó. Por eso se encendió la cólera de Dios contra Israel, y su número no se encuentra en las crónicas del rey David. Al frente de los almacenes del rey estaba Azmávet, hijo de Adiel; al frente de los almacenes de las ciudades, aldeas y fortalezas de la provincia estaba Jonatán, hijo de Uzías; al frente de los obreros del campo, que labran las tierras, Ezrí, hijo de Quelub; al frente de las viñas, Simeí de Ramá; al frente de las bodegas, Zabdí de Sefán; al frente de los olivos y sicómoros en la Sefela, Baaljanán, de Guéder; al frente de los depósitos de aceite, Joás; al frente del ganado mayor que pastea en los valles, Safat, hijo de Adlay; al frente de los camellos, Obil, el ismaelita; al frente de las asnas, Yejdías de Meronot; al frente del ganado menor, Yaziz, el agareno. Todos éstos eran superintendentes de la hacienda perteneciente al rey David. Jonatán, tío de David, consejero, sabio y escriba, se ocupaba de los hijos del rey, juntamente con Yejiel, hijo de Jacmoní. Ajitófel era consejero del rey. Yusay, el arquita, era amigo del rey. Yehoyadá, hijo de Benayas, y Abiatar sucedieron a Ajitófel. Joab era el jefe del ejército del rey. David convocó en Jerusalén a todos los jefes de Israel; jefes de tribu, jefes de las divisiones al servicio del rey, oficiales de millares y centurias, superintendentes de la hacienda, ganadería e hijos del rey, eunucos y héroes, todo el personal de valía. El rey se puso en pie y dijo: "Escuchadme, hermanos míos y pueblo mío. Yo tenía el deseo de construir un templo donde estuviera permanentemente el arca de la alianza del Señor, estrado de los pies de nuestro Dios; había hecho incluso preparativos para la construcción, pero Dios me dijo: Tú no construirás un templo a mi nombre, porque tú has sido hombre de guerra y has derramado sangre. Pero el Señor, Dios de Israel, me eligió entre toda la casa de mi padre para rey eterno de Israel. En efecto, eligió a Judá para caudillo, de Judá eligió a la casa de mi padre, y entre los hijos de mi padre se fijó en mí para hacerme reinar sobre Israel. Entre todos mis hijos, pues el Señor me ha dado muchos, ha elegido a mi hijo Salomón para que se siente en el trono del reino del Señor sobre Israel. Me ha dicho: Tu hijo Salomón construirá mi templo y mis atrios, pues lo he elegido como hijo y yo seré un padre para él. Afirmaré su reino para siempre, si sigue practicando con la firmeza de hoy mis mandamientos y preceptos. Y ahora, ante todo Israel, ante la asamblea y ante el Señor que nos escucha, os digo: guardad y observad todos los mandamientos del Señor, nuestro Dios, para que podáis conservar la posesión de esta buena tierra y dejarla en herencia a vuestros hijos después de vosotros a perpetuidad. Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, sírvele con todo tu corazón, con ánimo bien dispuesto, porque el Señor escudriña los corazones de todos y penetra sus más secretos pensamientos. Si tú lo buscas, él se dejará encontrar; pero si tú lo abandonas, él se retirará para siempre. Piensa ahora que el Señor te ha elegido para que le construyas una casa como santuario. ¡Animo y manos a la obra!". David dejó a su hijo Salomón el modelo del pórtico, del cuerpo central, de las cámaras superiores, de las piezas interiores y de la cámara del propiciatorio. Le dejó también la descripción de todos sus proyectos respecto 2de los atrios del templo del Señor, las cámaras de alrededor, los tesoros del templo del Señor, los depósitos sagrados; las clases de sacerdotes y levitas, todos los servicios del templo del Señor, todo el mobiliario para el servicio del templo del Señor; el oro en lingotes, el oro destinado para cada uno de los objetos de tal o cual servicio, la plata en lingotes destinada para todos los objetos de plata, para cada uno de los objetos de tal o cual servicio; los lingotes destinados a los candelabros de oro y a sus lámparas, el oro en lingotes destinado a cada candelabro y sus lámparas, los lingotes de plata destinados a los candelabros de plata, para el candelabro y sus lámparas, según el servicio de cada uno; el oro en lingotes destinado a las mesas de los panes de la proposición, para cada una de las mesas, la plata para las mesas de plata; los tenedores, las fuentes, los cálices de oro puro, los lingotes de oro puro para las copas; los lingotes de oro puro destinados para el altar de los perfumes. Le dejó el modelo del carro de los querubines de oro que cubren con sus alas desplegadas el arca de la alianza del Señor; todo esto se lo dio por escrito de parte del Señor para hacerle comprender todos los detalles del modelo. David dijo a su hijo Salomón: "Sé fuerte, ten ánimo y pon manos a la obra. No tengas miedo ni te desanimes, porque el Señor, mi Dios, está contigo y no te dejará ni abandonará hasta que hayas concluido toda la obra para servicio del templo del Señor. Aquí están las clases de sacerdotes y levitas para todo el servicio del templo del Señor; contarás también con voluntarios expertos en cualquier clase de trabajo. Los jefes y todo el pueblo están a tu disposición". El rey David dijo a toda la asamblea: "Mi hijo Salomón, el único elegido por Dios, es todavía joven e inexperto, y la obra es grande, pues la casa no es para los hombres, sino para el Señor Dios. Por eso, según mis fuerzas, he preparado para el templo de mi Dios oro para los objetos de oro, plata para los de plata, bronce para los de bronce, hierro para los de hierro, madera para los de madera, piedras de ónice y de engaste, piedras multicolores, piedras preciosas de toda especie y alabastro en gran cantidad. Además, todo el oro y plata de mi propiedad personal lo doy por amor del templo de mi Dios; cien mil kilos de oro de Ofir, doscientos treinta y cinco mil kilos de plata finísima para revestir las paredes de las salas; oro y plata para los diversos objetos y para la obra de orfebrería. Y ahora, ¿quién quiere hacer donativos voluntarios para el Señor?". Los jefes de las familias, los de las tribus de Israel, los de millares y centurias y los encargados de los trabajos del rey se comprometieron a dar para los trabajos del templo de Dios: ciento setenta mil kilos de oro, diez mil monedas de oro, trescientos cuarenta mil kilos de plata, seiscientos diez mil kilos de bronce y tres millones cuatrocientos mil kilos de hierro. Todos los que poseían piedras preciosas se las entregaron a Yejiel, el guersonita, para el tesoro del templo del Señor. El pueblo se gozaba en estos donativos voluntarios, pues los daban con todo el corazón al Señor, y el mismo rey David experimentó una gran alegría. David bendijo al Señor ante toda la asamblea, diciendo: "Bendito seas tú, Señor, Dios de Israel, nuestro padre, desde la eternidad y para siempre. Tuya es, Señor, la grandeza, el poder, el honor, la majestad y la gloria, pues todo cuanto hay en el cielo y en la tierra es tuyo. Tuyo, Señor, es el reino, porque te alzas soberanamente sobre todo. La riqueza y la gloria te preceden, tú eres el dueño de todo, en tu mano está la fuerza y el poder, en tu mano encuentran estabilidad y grandeza todas las cosas. Ahora, Dios nuestro, te damos gracias y alabamos tu glorioso nombre. ¿Quién soy yo y quién es mi pueblo para que podamos ofrecerte tantas cosas? Pues todo viene de ti y tuyo es lo que te hemos dado. Ante ti somos extranjeros y emigrantes, como lo fueron todos nuestros padres. Nuestros días sobre la tierra pasan como sombra en la cual no hay esperanza. Señor, Dios nuestro, todo esto que hemos reunido para construir un templo a tu santo nombre es tuyo y a ti te pertenece. Yo sé, Dios mío, que tú sondeas los corazones y amas la rectitud; con rectitud de corazón he hecho yo mis ofrendas, y ahora veo con gozo al pueblo aquí presente comprometerse voluntariamente contigo. Señor, Dios de Abrahán, Isaac e Israel, nuestros padres, conserva para siempre en tu pueblo estos sentimientos y disposiciones y orienta sus corazones hacia ti. Concede a mi hijo Salomón un corazón perfecto para que guarde tus mandamientos, tus preceptos y tus leyes, para que los ponga en práctica y construya el templo que yo te he preparado". David dijo a toda la asamblea: "¡Bendecid al Señor, nuestro Dios!". Y toda la asamblea bendijo al Señor, Dios de sus padres, y postrándose se inclinaron reverentes ante el Señor y ante el rey Al día siguiente ofrecieron sacrificios y holocaustos al Señor: 1.000 toros, 1.000 carneros, 1.000 corderos con sus ofrendas, y muchos sacrificios por todo Israel. Comieron y bebieron aquel día con gran regocijo en presencia del Señor y proclamaron rey por segunda vez a Salomón, hijo de David, ungiéndolo como príncipe delante del Señor. Sadoc fue asimismo ungido sacerdote. Salomón se sentó sobre el trono del Señor como rey, en lugar de David, su padre. Conoció la prosperidad y le obedeció Israel. Todos los jefes, todos los héroes, e incluso los demás hijos del rey David, se sometieron al rey Salomón. El Señor ensalzó grandemente al rey Salomón ante todo el pueblo y le concedió un reinado tan glorioso cual nunca rey alguno había tenido antes de él en Israel. David, hijo de Jesé, había reinado sobre todo Israel. Reinó cuarenta años: siete en Hebrón, y treinta y tres años en Jerusalén. Murió en buena vejez, lleno de días, de riqueza y de gloria. Le sucedió en el trono su hijo Salomón. Los hechos del rey David, desde el principio hasta el fin, están escritos en las crónicas de Samuel, el vidente; en las crónicas de Natán, el profeta, y en las crónicas de Gad, el vidente, con todo su reinado, sus hazañas y los sucesos referentes a él, a Israel y a todos los reinos de las tierras. Salomón, hijo de David, se afirmó sobre su trono. El Señor, su Dios, estaba con él y lo llevó a la cumbre de la grandeza. Salomón habló a todo Israel, a los jefes de millares y de centurias, a los jueces y a todos los jefes de Israel, es decir, a todos los jefes de familias. Y con toda la asamblea fue al alto de Gabaón, donde estaba la tienda de la reunión de Dios, que Moisés, siervo del Señor, había hecho en el desierto. David había llevado el arca de Dios de Quiriat Yearín al lugar que le había preparado en Jerusalén; pero el altar de bronce hecho por Besalel, hijo de Urí y nieto de Jur, seguía en Gabaón delante de la morada del Señor, y allí fueron Salomón y la asamblea. Allí, en presencia de Dios, Salomón subió al altar de bronce, que estaba junto a la tienda de la reunión, y ofreció sobre él 1.000 holocaustos. Aquella misma noche Dios se apareció a Salomón y le dijo: "Pide lo que quieras, y yo te lo daré". Salomón respondió: "Tú trataste con gran bondad a mi padre David, y a mí me has constituido rey en su lugar. Ahora se cumple, Señor Dios, la promesa hecha a mi padre David, ya que tú me has constituido rey sobre un pueblo numeroso como el polvo de la tierra. Dame sabiduría e inteligencia para gobernar con acierto a este pueblo; pues ¿quién podría gobernar a un pueblo tan numeroso como es tu pueblo?". Dios dijo a Salomón: "Puesto que éste ha sido tu deseo y no has pedido ni riquezas, ni hacienda, ni fama, ni siquiera larga vida, sino que has pedido sabiduría e inteligencia para gobernar a mi pueblo, sobre el que te he constituido rey, te concedo la sabiduría y la inteligencia. Pero te daré también riquezas, hacienda y fama como no las tuvieron los reyes que te han precedido, ni las tendrán los que vengan detrás de ti". Salomón salió de Gabaón, de la tienda de la reunión, y regresó a Jerusalén, donde reinó sobre Israel. Salomón reunió carros y caballos, llegando a tener 1.400 carros y 12.000 caballos, que destacó en las ciudades guarnición y en Jerusalén, junto al rey. El rey logró que la plata y el oro abundaran en Jerusalén como las piedras, y los cedros tan numerosos como los sicómoros en la Sefela. Los caballos para Salomón venían de Musur y de Cilicia, donde los mercaderes del rey los compraban al contado. Un carro por 600 monedas de plata y un caballo por 150. Por el mismo precio los mercaderes se los vendían también a los reyes hititas y sirios. Salomón reclutó 70.000 hombres para el transporte, 80.000 para sacar la piedra de las canteras y 3.600 para capataces. Luego mandó decir a Jirán, rey de Tiro: "Haz conmigo lo que hiciste con David, mi padre, enviándole madera de cedro para construir la casa de su residencia. También yo estoy para construir un templo al nombre del Señor, mi Dios, para consagrarlo a él, quemar incienso y aromas ante él, tener siempre ante él los panes de la proposición, ofrecer holocaustos diarios, mañana y tarde, los sábados, los novilunios y las demás fiestas del Señor, nuestro Dios; así se hará siempre en Israel. Quiero construir un templo grandioso, porque grande, más que todos los dioses, es nuestro Dios. Pero ¿quién sería capaz de construir un templo digno de él, cuando ni todos los cielos lo pueden contener? ¿Quién soy yo para construir un templo, aunque sea sólo para quemar incienso en su honor? Mándame un hombre experto, que sepa trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro, la escarlata, el carmesí y el jacinto; que conozca el arte de cincelar, para que dirija a los artífices que tengo conmigo en Judea y Jerusalén, puestos a mi disposición por mi padre David. Mándame también madera de cedro, ciprés y sándalo del Líbano, pues conozco bien la habilidad de tus súbditos en derribar los árboles del Líbano. Mis súbditos trabajarán con los tuyos. Prepárame madera en cantidad, pues el templo que quiero construir deberá ser magnífico y grandioso. A los maderistas que corten los árboles les daré 9.000 toneladas de trigo, 9.000 de cebada, 900 de vino y 900 de aceite para mantenimiento de tus siervos". Jirán, rey de Tiro, respondió con una carta dirigida a Salomón: "El Señor ama a su pueblo, por eso te ha constituido rey de Israel". Y continuaba: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, creador del cielo y de la tierra, que ha dado al rey David un hijo sabio, entendido, sensato y prudente, que está para construir un templo al Señor y un palacio real. Te envío un hombre experto y de gran habilidad, Jurán Abí, hijo de una mujer danita, pero de padre tirio. Sabe trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro, la piedra, la madera, la escarlata, el jacinto, el lino, el carmesí, y grabar toda suerte de diseños y figuras. Trabajará con tus obreros y con los de tu padre David, mi señor. Mándame el trigo, la cebada, el aceite y el vino prometidos a tus siervos, y te cortaremos toda la madera que necesites del Líbano, haciéndotela llegar en balsas hasta Jafa, donde la recogerás tú para llevarla a Jerusalén". Salomón hizo el censo de todos los extranjeros residentes en Israel, después del que había hecho su padre David, y salieron 153.600. De éstos, 70.000 fueron empleados como transportistas, 80.000 como canteros y 3.600 como capataces. - - - Salomón comenzó la construcción del templo del Señor en Jerusalén, sobre el monte Moria, allí donde su padre había tenido la visión. Era el lugar preparado por David en la era de Ornán, el jebuseo. Comenzó la construcción el día veinte del segundo mes, el cuarto año de su reinado. Los cimientos puestos por Salomón para el templo de Dios tenían treinta metros de largo y diez de ancho. El vestíbulo de delante del santuario tenía diez metros de largo a lo ancho del edificio, cinco de ancho a lo largo del mismo y sesenta de alto. Su interior estaba revestido de oro puro. La nave central estaba revestida de madera de ciprés, recubierta de oro puro, con palmas y cadenetas grabadas. Lo recubrió con piedras preciosas como adorno; el oro era oro de Parvaín. Recubrió la nave, las vigas, jambas, paredes y puertas. Sobre las paredes hizo grabar querubines. Construyó; luego el lugar santísimo, de diez metros de largo, diez de ancho y diez de alto. Lo revistió de oro puro, por un peso total de unas veinte toneladas. Los clavos, de oro también, pesaban quinientos cincuenta gramos cada uno. Revistió también de oro las salas superiores. Hizo dos querubines en metal forjado para el lugar santísimo, y los recubrió de oro. Las alas de los querubines tenían en conjunto diez metros de largas; cada ala medía dos metros y medio. Un ala rozaba con la pared y la otra con el ala del otro querubín. Paralelamente, un ala del otro querubín rozaba también con la pared contraria, y la otra con el ala del otro querubín. Las alas de los querubines, desplegadas, medían diez metros. Los querubines estaban de pie, con sus rostros vueltos hacia dentro. Hizo la cortina de púrpura violeta, escarlata, carmesí y lino, con querubines bordados. Delante del templo levantó dos columnas de dieciséis metros de altura, rematadas por capiteles que medían dos metros y medio. Hizo también unas guirnaldas en forma de collar y las puso en los capiteles, y entrelazó cien granadas con las guirnaldas. Puso las columnas en la fachada del templo, una a la derecha y la otra a la izquierda; llamó yaquín a la de la derecha y boaz a la de la izquierda. Hizo un altar de bronce de diez metros de largo, diez de ancho y cinco de alto. Hizo también una pila muy grande de bronce, redonda, de cinco metros de diámetro, dos y medio de alto y quince de perímetro. Bajo el borde había alrededor de la pila dos series de figuras como de toros, veinte cada metro, fundidas con la pila en una sola pieza. La pila descansaba sobre doce toros, tres de ellos vueltos al norte, tres al sur, tres al este y tres al oeste; y todas sus partes traseras quedaban hacia dentro. El grosor de la pila era de veintidós centímetros, y su borde era como el de una copa en forma de flor de loto; cabían unos ciento treinta y cinco mil litros. Hizo diez aguamaniles, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, para lavar y purificar en ellos la víctima del holocausto. Los sacerdotes se lavaban en la pila. Hizo diez candelabros de oro, según la forma prescrita, y los puso en el templo, cinco a la derecha y cinco a la izquierda. Hizo diez mesas, que colocó en la nave central, cinco a la derecha y cinco a la izquierda. Hizo cien aspersorios de oro. Construyó el atrio de los sacerdotes, el gran atrio y sus puertas, que recubrió de bronce. La pila la colocó a distancia, al lado derecho, hacia el sudeste. Jurán hizo las calderas, las palas y los aspersorios, concluyendo así todo el trabajo que el rey Salomón le había encargado para el templo del Señor: las dos columnas, las dos esferas para los capiteles de las dos columnas, las dos guirnaldas para cubrir las dos esferas de los capiteles y las cuatrocientas granadas para las guirnaldas, dos series de granadas para cada guirnalda, las diez basas y los diez aguamaniles, la pila y los doce toros que la sostenían, las calderas, los palos, los tenedores y todos sus accesorios. Todos estos utensilios que Jurán hizo al rey para el templo del Señor eran de bronce bruñido. El rey los hizo fundir en moldes de arcilla en la región del Jordán, entre Sucot y Seredá. Salomón hizo utensilios en gran número, pues la cantidad de bronce era incalculable. Salomón hizo todos los demás utensilios para el templo de Dios: el altar de oro y las mesas sobre las que se ponían los panes de la proposición; los candelabros de oro puro para delante del lugar santísimo según la ley; flores, lámparas y despabiladeras, todo de oro puro; cuchillos, aspersorios, bandejas y despabiladeras, todo de oro puro; los quicios de las puertas del lugar santísimo y de la nave central también de oro. Cuando se terminaron las obras que Salomón había mandado hacer en el templo del Señor, el rey trajo la plata, el oro y el mobiliario que su padre David había dedicado al Señor y lo depositó en el tesoro del templo. Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel, a los jefes de las tribus y de las familias israelitas, para trasladar desde Sión, la ciudad de David, el arca de la alianza del Señor. Se reunieron en torno al rey Salomón todos los israelitas en la fiesta del séptimo mes. Cuando llegaron los ancianos de Israel, los levitas tomaron el arca y la llevaron al templo con la tienda de la reunión y todos los utensilios sagrados que había en ella. La llevaron los sacerdotes y los levitas. El rey Salomón y toda la comunidad israelita, reunidos delante del arca, sacrificaban ovejas y bueyes en cantidad incalculable. Los sacerdotes pusieron el arca de la alianza del Señor en el lugar santísimo del templo, bajo las alas de los querubines, pues los querubines tenían las alas extendidas sobre el arca, cubriendo el arca y sus barras. Las barras eran tan largas que se podían ver sus extremidades desde la nave central, que estaba delante del lugar santísimo, aunque no desde fuera; allí han estado hasta el presente. En el arca no había más que las dos tablas que puso allí Moisés en el Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto. Cuando los sacerdotes salieron del santuario (todos los sacerdotes presentes se habían purificado sin distinción de clases), todos los levitas cantores, Asaf, Hemán y Yedutún, con sus hijos y hermanos, vestidos de lino, sonaban los címbalos, las arpas y cítaras, de pie al este del altar, con ciento veinte sacerdotes que los acompañaban tocando las trompetas. Todos, como un solo hombre, trompeteros y cantores, alababan y daban gracias al Señor. Y al son de las trompetas, címbalos y demás instrumentos musicales alababan al Señor: "Porque es bueno, porque es eterno su amor". Una nube llenó el templo del Señor, de modo que los sacerdotes no pudieron continuar su servicio a causa de la nube, pues la gloria del Señor había llenado el templo de Dios. Entonces Salomón exclamó: "Tú, Señor, has dicho que vives en la nube oscura. Yo te he construido una casa donde residas, un lugar donde vivas para siempre". Luego el rey se volvió y bendijo a toda la comunidad israelita que estaba de pie. Y añadió: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que ha cumplido con su propia mano lo que con su boca había prometido a mi padre David, diciendo: Desde el día que saqué a mi pueblo de Egipto, no he escogido ninguna otra ciudad de entre las tribus de Israel para que se me construyera en ella un templo como morada de mi nombre, ni tampoco he elegido un hombre para guía de mi pueblo Israel; sino que elegí a Jerusalén para morada de mi nombre y elegí a David para que estuviera al frente de mi pueblo Israel. Mi padre David quiso construir un templo en honor del Señor, Dios de Israel. Pero el Señor le dijo: Has proyectado construir un templo a mi nombre, y has hecho bien en proyectarlo. Pero no lo construirás tú, sino un hijo tuyo salido de tus entrañas será el que lo construya. El Señor ha cumplido su palabra. Yo me alcé en el puesto de mi padre David y me senté sobre el trono de Israel, como dijo el Señor, y construí el templo en honor del Señor, Dios de Israel, y he instalado en él el arca, donde está la alianza que el Señor hizo con los israelitas". Salomón se puso delante del altar del Señor, en presencia de toda la comunidad israelita, y levantó sus manos. Salomón había levantado en medio del atrio una tribuna de bronce de dos metros y medio de larga, dos y medio de ancha y uno y medio de alta. Se subió a ella, se arrodilló, y mirando al cielo, con las manos juntas oró así en presencia de toda la comunidad: "Señor, Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti ni en el cielo ni en la tierra. Tú guardas la alianza y la fidelidad con tus siervos que siguen tus caminos de todo corazón. Tú has cumplido la promesa que hiciste a tu siervo David, mi padre; tus manos han realizado lo que tus labios habían prometido. Ahora, Señor, Dios de Israel, cumple también lo que prometiste a tu siervo David, mi padre: No te faltará nunca en mi presencia un varón que se siente sobre el trono de Israel, con tal que tus hijos se porten bien y sigan tus caminos, como lo has hecho tú. Así pues, Dios de Israel, que se cumpla la promesa que hiciste a tu siervo David. Pero ¿será posible que Dios habite en medio de los hombres sobre la tierra? Si los cielos en toda su inmensidad no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo he construido! Atiende, Señor, Dios mío, la oración y la súplica de tu siervo; escucha el grito y la súplica que tu siervo eleva hoy a ti. Ten tus ojos noche y día fijos sobre este templo, sobre este lugar que has hecho morada de tu nombre. Escucha la plegaria que tu siervo haga en este lugar. Escucha la plegaria que tu siervo y tu pueblo Israel hagan en este lugar; escúchala desde tu morada en los cielos, escúchalos y perdona. Cuando alguno peque contra su prójimo y le obliguen a jurar ante tu altar en este templo, escucha tú desde el cielo, intervén y haz justicia a tus siervos; condena al culpable haciendo recaer su maldad sobre su cabeza y absuelve al inocente retribuyéndole conforme a su inocencia. Cuando tu pueblo Israel sea derrotado por el enemigo por haber pecado contra ti, si se convierte, te confiesa su pecado, te suplica y te ruega en este templo, escucha tú en el cielo, perdona el pecado de tu pueblo Israel y vuélvelos a la tierra que diste a ellos y a sus padres. Cuando se cierre el cielo y no haya lluvia por haber pecado contra ti, si rezan en este lugar, te confiesan su pecado y se arrepienten a causa de tu castigo, escucha tú en el cielo, perdona el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, enséñales el buen camino por donde deben andar y manda la lluvia sobre la tierra que le diste en heredad. Cuando en el país haya hambre, peste, tizón, añublo, langosta o pulgón, o el enemigo del pueblo asedie una de sus ciudades, o cuando hubiere cualquier otra plaga o epidemia, si una persona o todo el pueblo de Israel, arrepentidos y contritos, llegan a este templo con las manos extendidas rogando y suplicando, escucha tú en el cielo, el lugar de tu morada, y perdona; da a cada uno según su conducta, pues sólo tú conoces el corazón de todos los hombres; así te respetarán y seguirán tus caminos, mientras vivan en la tierra que diste a nuestros padres. También al extranjero, que no es de tu pueblo Israel, si viene de tierras lejanas atraído por la fama de tu nombre, la fuerza de tu mano y el poder de tu brazo a orar en este templo, escúchalo tú en el cielo, lugar de tu morada, y haz todo lo que ese extranjero te haya pedido, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, te teman como tu pueblo Israel y reconozcan que tu nombre es invocado en el templo que yo he construido. Cuando tu pueblo salga a la guerra contra sus enemigos por el camino que tú le hayas señalado, si te rezan a ti vueltos hacia la ciudad que tú has elegido y hacia el templo que yo he construido a tu nombre, escucha tú en el cielo su oración y súplica y hazles justicia. Cuando pequen contra ti, pues no hay hombre que no peque, y tú, irritado contra ellos, los entregues al enemigo que los llevará cautivos a tierra enemiga, lejana o cercana, si recapacitan en la tierra de sus enemigos y dicen: Hemos pecado, hemos obrado inicua e injustamente; si se convierten a ti con todo su corazón y con toda su alma en la tierra de su cautividad, a la que han sido deportados; si rezan, vueltos hacia la tierra que diste a sus padres, hacia el templo que yo he construido a tu nombre, escucha tú en el cielo, lugar de tu morada, su oración y súplica, hazles justicia y perdona a tu pueblo los pecados cometidos contra ti. Dios mío, ten abiertos tus ojos y atentos tus oídos a las plegarias que suben a ti desde este lugar. Ahora, pues, levántate, Señor Dios, ven al lugar de tu morada, ven con el arca de tu poder. Que tus sacerdotes, Señor Dios, se revistan de salvación, que tus fieles gocen de felicidad. Señor Dios, no apartes tu mirada de tu ungido. Recuerda los favores que hiciste a tu siervo David". Cuando Salomón terminó su oración, bajó fuego del cielo, que consumió los holocaustos y las víctimas, y la gloria del Señor llenó el templo, de manera que los sacerdotes no podían entrar en él, pues la gloria del Señor lo llenaba. Todos los israelitas, al ver descender el fuego y reposar sobre el templo la gloria del Señor, cayeron rostro a tierra sobre el pavimento, mientras adoraban y alababan al Señor repitiendo: "Porque es bueno, porque es eterno su amor". El rey y todo el pueblo ofrecieron sacrificios al Señor. El rey Salomón inmoló 22.000 toros y 120.000 ovejas; de esta manera el rey y el pueblo celebraron la dedicación del templo de Dios. Los sacerdotes asistían en su ministerio y los levitas tocaban con los instrumentos musicales del Señor, que había hecho el rey David para acompañar las alabanzas del Señor: "Porque es eterno su amor". De esta manera ejecutaban las alabanzas de David. Los sacerdotes sonaban frente a ellos las trompetas mientras todo Israel estaba en pie. Salomón consagró también el centro del atrio, que estaba delante del templo del Señor, pues allí ofreció los holocaustos y las grasas de los sacrificios de reconciliación, porque el altar de bronce hecho por Salomón era pequeño para tantos holocaustos, ofrendas y grasas. En aquella ocasión Salomón, y con él la inmensa comunidad de Israel venida desde la entrada de Jamat hasta el torrente de Egipto, celebraron la fiesta durante siete días. El octavo día celebraron asamblea solemne, pues la dedicación del altar había durado siete días, y luego otros siete días de fiesta. El veintitrés del séptimo mes Salomón despidió al pueblo, y ellos se fueron a sus casas alegres y contentos por todos los beneficios que el Señor había hecho a David, a Salomón y a su pueblo Israel. Cuando Salomón terminó de construir el templo del Señor y todo cuanto se había propuesto hacer en el templo y en el palacio real, se le apareció el Señor de noche y le dijo: "He escuchado tu oración y he elegido para mí este lugar como templo para mis sacrificios. Cuando yo cierre el cielo y no haya lluvia, cuando ordene a la langosta devorar la tierra, cuando envíe la peste sobre mi pueblo, si este mi pueblo, el pueblo que lleva mi nombre, se humilla, reza, busca mi rostro y se convierte de sus malos caminos, yo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y restauraré su tierra. En adelante mis ojos estarán abiertos y mis oídos atentos a las plegarias que se hagan en este lugar. Yo he elegido y consagrado este templo para que resida en él mi nombre por siempre y para que en él estén siempre fijos mis ojos y mi corazón. En cuanto a ti, si andas en mi presencia como anduvo tu padre David, si cumples todo lo que te mande, si guardas mis leyes y mandamientos, yo consolidaré el trono de tu reino como se lo prometí a tu padre David cuando le dije: No te faltará un varón sobre el trono de Israel. Pero si os apartáis de mí y no guardáis mis leyes y mandamientos que yo os he prescrito, si os vais a servir y dar culto a dioses ajenos, yo os arrancaré de mi tierra, que os he dado, y retiraré de mi presencia el templo que he consagrado a mi nombre, para que sea irrisión, burla y escarnio de todos los pueblos. Por sublime que haya sido, este templo será la irrisión. Todo el que pase delante de él se quedará asombrado. Preguntarán: ¿Por qué ha tratado así el Señor a esta tierra y este templo? Y les responderán: Porque abandonaron al Señor, el Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y se fueron a servir y dar culto a dioses ajenos; por eso ha traído sobre ellos tantos males". Salomón construyó el templo del Señor y el palacio real en veinte años. Reconstruyó las ciudades que le había dado Jirán y estableció en ellas a los israelitas. Luego fue contra Jamat de Sobá y la ocupó. Reconstruyó Tadmor, en el desierto, y todas las ciudades que había construido para guarniciones en Jamat. Restauró Bejorón de Arriba y de Abajo, ciudades fuertes, dotadas de muros, puertas y barras; Balat, todas las ciudades almacenes que le pertenecían para los carros y la caballería; hizo todo lo que quiso en Jerusalén, en el Líbano y en todo el territorio de su jurisdicción. A los que quedaban de los amorreos, hititas, fereceos, heveos y jebuseos, no pertenecientes al pueblo de Israel, y a los que los israelitas no habían podido exterminar, Salomón les impuso un servicio de prestación personal hasta nuestros días. A los israelitas no les impuso trabajos forzados; éstos eran sus guerreros, cortesanos, generales, prefectos y capitanes de los carros y la caballería. Los jefes y capataces que tenía el rey Salomón al mando de los obreros eran doscientos cincuenta. Salomón trasladó a la hija del Faraón de la ciudad de David al palacio que había construido para ella, pues se decía: "Una mujer mía no puede habitar en el palacio de David, rey de Israel, porque los lugares donde ha estado el arca del Señor son lugares santos". Salomón ofreció entonces holocaustos al Señor sobre el altar que él había levantado delante del atrio, ajustándose a las prescripciones de Moisés respecto de los holocaustos de cada día, de los sábados, de los novilunios y de las tres solemnidades del año: fiesta de los panes sin levadura, fiesta de las semanas y fiesta de los tabernáculos. Estableció luego en sus servicios, según las disposiciones de su padre, las clases sacerdotales; y lo mismo hizo con los levitas encargados de cantar las alabanzas y asistir a los sacerdotes, según el ritual cotidiano, y con las respectivas clases de porteros de cada una de las puertas; todo conforme a las disposiciones de David, hombre de Dios. No se apartó ni un ápice de la ordenación del rey respecto de los sacerdotes y levitas, ni en lo referente a los tesoros. Así se llevó a cabo toda la obra de Salomón, desde el día que se pusieron los cimientos del templo del Señor hasta su terminación. Entonces Salomón salió hacia Asiongaber y Elat, a orillas del mar, en el territorio de Edón. Jirán, por medio de sus servidores, le había enviado navíos y marineros expertos en las cosas del mar, que con los siervos de Salomón fueron a Ofir y trajeron unos dieciséis mil kilos de oro para el rey Salomón. La reina de Sabá tuvo conocimiento de la fama de Salomón, y fue a Jerusalén para ponerlo a prueba con enigmas. Iba revestida de poderío y seguida de una gran caravana de camellos cargados de aromas, oro en abundancia y piedras preciosas. Se presentó a Salomón y le planteó todo lo que pensaba. Salomón le resolvió todas sus cuestiones; no hubo nada que no pudiera resolver. Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón y el palacio que había construido, los manjares de su mesa, el ordenamiento jerárquico de sus cortesanos, el comportamiento y el uniforme de sus camareros, sus provisiones de bebidas y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada y dijo al rey: "Realmente es verdad todo lo que yo había oído en mi tierra de tus obras y tu sabiduría. Yo no lo quería creer hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos; pero reconozco que no se me había dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tu grandeza sobrepasan con mucho la fama que había llegado a mis oídos. ¡Dichosas tus mujeres!, ¡dichosos tus servidores, que están siempre junto a ti y escuchan tu sabiduría! Bendito sea el Señor, tu Dios, que se ha complacido en ti y te ha puesto sobre su propio trono para reinar en nombre del Señor Dios. Porque tu Dios ama a Israel y quiere mantenerlo eternamente, por eso te ha constituido rey sobre su pueblo, para que administres el derecho y la justicia". Luego ofreció al rey ciento cuatro mil kilos de oro y gran cantidad de aromas y piedras preciosas. Nunca más se vio tanta cantidad de aromas como la que la reina de Sabá ofreció al rey Salomón. Los súbditos de Jirán y los súbditos de Salomón, que traían oro de Ofir, habían traído también de allí madera de sándalo y piedras preciosas. Con las maderas el rey hizo balaustradas para el templo del Señor y para el palacio real, y cítaras y arpas para los cantores. Nunca se había visto una madera igual en el reino de Judá. El rey Salomón, por su parte, regaló a la reina de Sabá todo lo que ella quiso, superando lo que ella había traído al rey. Ella y su séquito emprendieron el viaje de regreso a su país. El peso del oro que el rey Salomón recibía cada año era de unos veintitrés mil kilos, sin contar el procedente del tráfico de los comerciantes y de los mercaderes, de todos los reyes de Arabia y de los gobernantes del país, los cuales pagaban al rey Salomón tributos de oro y plata. El rey Salomón hizo 200 escudos de oro batido, empleando unos siete kilos de oro por escudo, y 300 escudos de oro batido más pequeños, a tres kilos y medio de oro cada uno; y los pusieron en la sala "Bosque del Líbano". Hizo también un gran trono de marfil y lo recubrió de oro puro; tenía seis gradas, un cordero de oro en el respaldo, brazos a ambos lados del asiento, dos leones apostados junto a los brazos y doce leones a ambos lados de las gradas. Nunca se había hecho cosa semejante en reino alguno. Todos los vasos de beber del rey Salomón eran de oro, y toda la vajilla de la sala del "Bosque del Líbano" era de oro fino. No había nada de plata, pues la plata no se estimaba en tiempos del rey Salomón. El rey tenía una flota que iba a Tarsis con los súbditos de Jirán, y cada tres años volvía cargada de oro, plata, marfil, monos y pavos reales. El rey Salomón superó a todos los reyes de la tierra en riqueza y en sabiduría. Todos los reyes de la tierra querían visitar a Salomón para escuchar la sabiduría que Dios le había dado, y todos traían presentes: objetos de oro y plata, vestidos, armas, aromas, caballos y mulos. Esto todos los años. Salomón tenía 4.000 caballerizas para sus caballos y sus carros y 12.000 jinetes, que destacó en las ciudades de guarnición y en Jerusalén, junto al rey. Dominó sobre todos los reyes, desde el Éufrates hasta la tierra de los filisteos y hasta la frontera de Egipto. Logró que la plata abundara en Jerusalén como las piedras, y los cedros como los sicómoros en la Sefela. Los caballos para Salomón venían de Musur y de todas partes El resto de la historia de Salomón, desde el principio al fin, está escrito en las crónicas de Natán, profeta, en la profecía de Ajías de Silo y en la visión de Idó, el vidente, sobre Jeroboán, hijo de Nabat. Salomón reinó cuarenta años en Jerusalén sobre todo Israel. Descansó con sus padres y fue sepultado en la ciudad de su padre David. Le sucedió en el trono su hijo Roboán. Roboán fue a Siquén, pues allí había acudido Israel para proclamarlo rey. Cuando lo supo Jeroboán, hijo de Nabat, que estaba en Egipto, lejos del rey Salomón, regresó de Egipto. Lo mandaron llamar y vino. Jeroboán y toda la comunidad de Israel se presentaron a Roboán y le dijeron: "Tu padre nos ha puesto un yugo muy pesado; alivia tú la dura servidumbre de tu padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros, y te serviremos". Él les respondió: "Volved a verme dentro de tres días". Y el pueblo se fue. El rey Roboán pidió consejo a los ancianos que habían estado al servicio de su padre Salomón mientras éste vivía: "¿Qué me aconsejáis responder a este pueblo?". Ellos le respondieron: "Si hoy eres condescendiente con este pueblo, los complaces y les respondes con buenas palabras, serán siempre servidores tuyos". Pero él no siguió el consejo de los ancianos y consultó a los jóvenes que se habían criado con él y estaban a su servicio. Les dijo: "¿Qué me aconsejáis vosotros responder a esta gente que me ha hablado así: Aligéranos el yugo que tu padre puso sobre nosotros?". Los jóvenes le respondieron: "A esa gente, que te ha hablado en esos términos debes responder lo siguiente: Mi dedo meñique es más grueso que la cintura de mi padre; si mi padre os cargó un yugo pesado, yo lo haré más pesado todavía; si mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con latigazos". Al tercer día, tal como el rey había dicho, Jeroboán y todo el pueblo se presentaron ante Roboán. Pero el rey les contestó duramente, desechó el consejo de los ancianos, siguió el de los jóvenes y les habló de esta manera: "Mi padre os puso un yugo muy pesado, yo lo haré más pesado todavía; mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con latigazos". El rey no dio oídos al pueblo, porque así lo había dispuesto el Señor, para que se cumpliera la palabra que el Señor había anunciado por medio de Ajías de Silo a Jeroboán, hijo de Nabat. Los israelitas, al ver que el rey no les había hecho caso, le replicaron: "¿Qué tenemos que ver nosotros con David? ¡No tenemos ninguna heredad en común con el hijo de Jesé! ¡Cada uno a sus casas, Israel! ¡Mira tú ahora por tu casa, David!". Y los israelitas se fueron a sus casas. Y Roboán siguió reinando sobre los israelitas domiciliados en las ciudades de Judá. El rey Roboán envió a Adorán, intendente de prestaciones personales; pero los israelitas lo mataron a pedradas. El rey Roboán tuvo que apresurarse a subir a su carro y huir a Jerusalén. Israel ha sido infiel a la casa de David hasta el día de hoy. Roboán llegó a Jerusalén y convocó a la casa de Judá y de Benjamín: 180.000 hombres de guerra, para luchar contra Israel y recuperar el reino. Pero el Señor dijo a Semayas, hombre de Dios: "Di a Roboán, hijo de Salomón, rey de Judá, y a todos los israelitas de Judá y Benjamín: Esto dice el Señor: No vayáis a luchar contra vuestros hermanos; volveos a vuestras casas, pues esto ha sucedido porque yo lo he querido". Ellos obedecieron la voz del Señor, y se volvieron sin luchar contra Jeroboán. Roboán se estableció en Jerusalén y reconstruyó las ciudades fuertes de Judá. Reconstruyó Belén, Etán, Técoa, Bet Sur, Socó, Adulán, Gat, Maresá, Zif, Adoraín, Laquis, Azeca, Sora, Ayalón y Hebrón, todas en Judá y Benjamín. Reforzó sus defensas, puso al frente de ellas gobernadores y las proveyó de almacenes de víveres, aceite y vino. Las armó asimismo de escudos y lanzas con el fin de hacerlas lo más fuertes posible y poder mantener su dominio en Judá y Benjamín. Los sacerdotes y levitas esparcidos por Israel venían de todos sus distritos para establecerse junto a él. Abandonaban posesiones y heredades para venir a Judá y a Jerusalén, pues Jeroboán y sus hijos les prohibían el ejercicio del sacerdocio del Señor. Jeroboán había instituido su propio sacerdocio para las colinas, los sátiros y los becerros que había mandado fundir. Los fieles seguidores del Señor, de todas las tribus de Israel, siguieron el ejemplo de los sacerdotes y levitas, y se fueron a Jerusalén para ofrecer sacrificios al Señor, Dios de sus padres. De esta manera consolidaron el reino de Judá y reforzaron a Roboán, hijo de Salomón, los tres años que éste siguió el camino de David y Salomón. Roboán se casó con Majalat, hija de Yerimot, hijo de David y Abijaíl, hija de Eliab y nieta de Jesé, con la que tuvo estos hijos: Yeús, Semarías y Zahán. Después se casó con Maacá, hija de Absalón, con la que tuvo éstos: Abías, Atay, Zizá y Selomit. Roboán amó a Maacá, hija de Absalón, más que a todas las demás mujeres y concubinas. Tuvo dieciocho mujeres y sesenta concubinas, con las que tuvo veintiocho hijos y sesenta hijas. Constituyó a Abías, hijo de Maacá, como cabeza y jefe de todos sus hermanos, porque quería hacerlo rey. Tuvo la sagacidad de repartir a sus hijos por todos los territorios de Judá y de Benjamín y las ciudades fortificadas, les dio abundancia de provisiones y les procuró muchas mujeres. Cuando Roboán se consolidó en el reino y se sintió fuerte, abandonó la ley del Señor, y con él todo Israel. Por haber sido infieles al Señor, el año quinto del reinado de Roboán, Sesac, rey de Egipto, fue contra Jerusalén con 1.200 carros, 60.000 caballos, seguidos de un ejército ingente, integrado por libios, suquíes y etíopes, que venían con él de Egipto. Conquistó las ciudades fuertes de Judá y llegó hasta Jerusalén. El profeta Semayas se presentó a Roboán y a los jefes de Judá, que ante el avance de Sesac se habían refugiado en Jerusalén, y les dijo: "Esto dice el Señor: Vosotros me habéis abandonado a mí, y yo a mi vez os he abandonado en manos de Sesac". Los jefes de Israel y el rey confesaron humildemente: "El Señor es justo". Cuando el Señor vio que se habían humillado, dijo a Semayas: "Se han humillado, no los destruiré; pronto verán mi liberación; no descargaré mi ira contra Jerusalén por medio de Sesac. Sin embargo, le estarán sometidos durante algún tiempo, para que vean la diferencia entre servirme a mí y servir a los reyes de la tierra". Sesac, rey de Egipto, atacó a Jerusalén y se apoderó de los tesoros del templo del Señor y del palacio real; todo se lo llevó, incluso los escudos de oro que había hecho el rey Salomón. El rey Roboán hizo en su lugar otros escudos de bronce, que entregó a los jefes de la guardia que custodiaba la entrada del palacio real; siempre que el rey iba al templo del Señor la guardia los llevaba, y luego los volvían a poner en la sala de la guardia. Gracias a su humillación, la ira del Señor se apartó del rey sin causarle una aniquilación total; más aún, las cosas mejoraron en Judá. Roboán se reafirmó en Jerusalén y continuó su reinado. Tenía cuarenta y un años cuando comenzó a reinar, y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad elegida por el Señor entre todas las tribus de Israel para morada de su nombre. Su madre se llamaba Naamá, la amonita. Obró mal, pues su corazón estuvo alejado del Señor. La historia de Roboán, desde el principio al fin, está escrita en las crónicas del profeta Semayas y del profeta Idó. Roboán y Jeroboán estuvieron continuamente en guerra. Roboán murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Abías. Abías comenzó a reinar en Judá el año dieciocho del reinado de Jeroboán. Reinó tres años en Jerusalén. Su madre se llamaba Maacá, y era hija de Uriel, de Guibeá. Estalló la guerra entre Abías y Jeroboán. Abías atacó con un ejército de 400.000 hombres valerosos, y Jeroboán opuso un frente de 800.000 soldados, también valerosos. Abías, de pie sobre el monte Semaráyim, en las montañas de Efraín, gritó: "Jeroboán, israelitas todos, escuchadme. ¿Acaso habéis olvidado que el Señor, Dios de Israel, dio a David el reino sobre todo Israel a perpetuidad, y que fue refrendado con él y sus descendientes mediante un pacto inviolable? A pesar de todo, Jeroboán, hijo de Nabat, siervo de Salomón, hijo de David, se ha levantado y se ha rebelado contra su señor y se le han unido unos hombres miserables y perversos que se impusieron a Roboán, hijo de Salomón, pues era joven todavía y tímido y no los pudo resistir. ¡Y ahora andáis vosotros pregonando que os mostraréis fuertes contra el reino del Señor que detentan los descendientes de David, porque sois una multitud innumerable y tenéis con vosotros los becerros de oro que os legó como dioses Jeroboán! Habéis expulsado a los sacerdotes del Señor, hijos de Aarón, y a los levitas, y os habéis creado sacerdotes al estilo de los pueblos paganos; a todo el que trae un becerro y siete carneros lo consagráis sacerdote de dioses que no son dioses. Para nosotros, nuestro Dios es el Señor; no lo hemos abandonado; y los descendientes de Aarón son los sacerdotes al servicio del Señor, y los levitas cumplen sus funciones. Ofrecen diariamente holocaustos al Señor, mañana y tarde, queman perfumes aromáticos, ponen los panes de la proposición sobre la mesa limpia y encienden todas las tardes el candelabro de oro con sus lámparas; seguimos cumpliendo las disposiciones del Señor, nuestro Dios, que vosotros habéis abandonado. Traemos con nosotros a Dios a la cabeza; darán con las trompetas el toque de guerra contra vosotros. ¡Israelitas, no luchéis contra el Señor, el Dios de vuestros padres, pues no os saldrá bien!". Jeroboán preparó una emboscada, que cercó a los de Judá por la espalda, de manera que Judá se vio rodeado por Jeroboán por delante y por detrás. Los de Judá miraron hacia atrás y se percataron de que los atacaban de frente y por la espalda. Clamaron al Señor, y los sacerdotes tocaron sus trompetas. Los de Judá lanzaron el grito de guerra; y mientras éste se prolongaba, Dios derrotó a Jeroboán y a Israel ante Abías y Judá. El ejército de Israel se dio a la fuga ante los hombres de Judá. Dios los entregó en sus manos. Abías y los suyos les causaron una gran derrota, en la que cayeron 500.000 hombres de Israel. Los de Israel quedaron humillados, mientras que los de Judá cobraron nuevas fuerzas, porque se habían apoyado en el Señor, Dios de sus padres. Abías persiguió a Jeroboán y le tomó varias ciudades: Betel, Yesaná y Efrón con sus respectivas aldeas. Jeroboán no recobró ya su poder durante la vida de Abías. Finalmente, el Señor lo hirió y murió. Abías, por el contrario, se reafirmó; tuvo catorce mujeres, veintidós hijos y dieciséis hijas. El resto de la historia de Abías, su conducta y sus obras están escritas en el comentario del profeta Idó. Asá hizo lo que es bueno y justo delante del Señor, su Dios. Destruyó los altares de los dioses extranjeros, las colinas, las estelas y los cipos sagrados; exhortó a los de Judá a buscar al Señor, Dios de sus padres, observando su ley y sus mandamientos. Hizo desaparecer de todas las ciudades de Judá los santuarios de las colinas y los cipos del culto solar. El reino disfrutó de tranquilidad durante sus días. Restauró las ciudades fuertes de Judá aprovechando aquellos años en que el país gozaba de tranquilidad y no había guerra alguna, porque el Señor le había concedido la paz. Por eso dijo a Judá: "Restauremos estas ciudades, rodeémoslas de murallas, torres, puertas y barras mientras el país está en nuestras manos. Hemos buscado al Señor, y el Señor nos ha concedido la paz con nuestros vecinos". Y realizaron todas las construcciones. Asá disponía de un ejército de 300.000 hombres armados de escudo y lanza en Judá, y 280.000 armados de escudo y arco en Benjamín, todos hombres valerosos. Zéraj, el etíope, salió contra ellos con 1.000.000 de hombres y 300 carros y llegó hasta Maresá. Asá le salió al encuentro y se alineó en orden de batalla en el valle de Sefatá, junto a Maresá. Asá invocó al Señor, su Dios: "Señor, solamente tú puedes acudir en auxilio del débil frente al poderoso. Ven en nuestro auxilio, Señor, Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos y en tu nombre venimos a enfrentarnos con esta horda. Señor, tú eres nuestro Dios; no permitas que el hombre prevalezca contra ti". El Señor derrotó a los etíopes ante Asá y Judá. Los etíopes huyeron, y Asá los persiguió con su ejército hasta Guerar; todos los etíopes cayeron, sin quedar ni un superviviente, pues quedaron destrozados ante el Señor y su ejército. Los de Asá se apoderaron de una gran cantidad de botín y tomaron todas las ciudades de la región de Guerar, pues también sobre ellas se había extendido el terror del Señor. Todas fueron saqueadas, ya que era mucho su botín. Asaltaron asimismo los apriscos y establos de los ganados, y se llevaron una gran cantidad de ovejas y camellos. Después regresaron a Jerusalén. Azarías, hijo de Oded, revestido del espíritu de Dios, salió al encuentro de Asá y le dijo: "Óyeme, Asá, y escuchadme todos los de Judá y Benjamín. El Señor está con vosotros porque vosotros estáis con él. Cuando vosotros le buscáis, él se deja encontrar por vosotros; pero si lo abandonáis, él se aleja. Durante mucho tiempo Israel habrá de vivir lejos del Dios verdadero, sin sacerdotes que lo instruyan y sin ley; pero en medio de su angustia se convertirá al Señor, Dios de Israel. Lo buscarán, y él se dejará encontrar por ellos. En aquellos días no habrá paz ni para los que salen ni para los que entran, pues abundarán las tribulaciones sobre todos los habitantes de la tierra. Las naciones y las ciudades se destruirán unas a otras, porque Dios las llenará de terror con toda suerte de calamidades. Pero vosotros sed fuertes y no desfallezcáis, porque vuestras obras tendrán su recompensa". Con estas palabras del profeta Azarías, hijo de Oded, Asá se sintió fortalecido e hizo desaparecer los ídolos de toda la tierra de Judá y de Benjamín y de las ciudades que había conquistado en la montaña de Efraín; restauró de nuevo el altar del Señor, que estaba delante del vestíbulo del Señor. Convocó a todo Judá y Benjamín, y a los de Efraín, Manasés y Simeón, que habitaban entre ellos, pues muchos de los de Israel se habían pasado al lado de Asá al ver que el Señor, su Dios, estaba con él. Se reunieron en Jerusalén el tercer mes del año quince del reinado de Asá. Aquel día ofrecieron en sacrificio al Señor 700 toros y 7.000 ovejas del botín que habían traído. Se comprometieron con un pacto a buscar al Señor, Dios de sus padres, con todo su corazón y toda su alma. Todo el que no buscara al Señor, Dios de Israel, sin distinguir entre grandes o pequeños, hombres o mujeres, sería condenado a muerte. Así se lo juraron al Señor con grandes gritos de alegría, entre el resonar de las trompetas y de los cuernos. Todo Judá estaba contento por el juramento que acababan de hacer con todo el corazón; con toda su buena voluntad habían buscado al Señor, y él se había dejado encontrar por ellos, y les había concedido la paz en todas sus fronteras. El rey Asá quitó la dignidad de reina a su madre Maacá, porque había hecho una imagen de Aserá; Asá destruyó la imagen y la quemó en el torrente Cedrón. En cambio, no se quitaron las colinas, aunque Asá fue siempre fiel al Señor. Llevó al templo todas las ofrendas que él y su padre habían hecho al Señor: oro, plata y objetos varios. No hubo guerra hasta el año treinta y cinco del reinado de Asá. El año treinta y seis del reinado de Asá, Basá, rey de Israel, atacó Judá y fortificó Ramá para cortar las comunicaciones a Asá, rey de Judá. Entonces Asá tomó la plata y el oro del templo y del palacio real y lo envió a Ben Hadad, rey de Siria, residente en Damasco, con este mensaje: "Hagamos nosotros dos un pacto, como lo hicieron nuestros padres. Yo te envío este obsequio de plata y oro. Rompe tu pacto con Basá, rey de Israel, para que me deje en paz". Ben Hadad dio oídos a Asá y mandó a los jefes de su ejército contra las ciudades de Israel, conquistando Iyón, Dan, Abel-Mayó y todas las ciudades de aprovisionamiento de Neftalí. Cuando Basá se enteró de ello, desistió de fortificar Ramá y paró las obras. El rey Asá convocó a todo Judá, sin excepción alguna, y se llevaron las piedras y el maderamen con que Basá fortificaba Ramá para fortificar con ello Guibeá y Mispá. Fue entonces cuando el profeta Jananí se presentó a Asá, rey de Judá, y le dijo: "Por haberte apoyado sobre el rey de Siria y no sobre el Señor, tu Dios, por eso se te escapará de las manos la fuerza del rey de Siria. Los etíopes y los libios constituían un ejército numeroso, con una gran cantidad de carros y caballos. Y, sin embargo, fueron entregados en tus manos porque tú pusiste la confianza en el Señor. Pues los ojos del Señor recorren toda la tierra para sostener a cuantos le sirven de todo corazón. Tú has obrado como un insensato, por lo cual a partir de ahora vivirás en guerra". Asá se indignó contra el profeta y lo metió en la cárcel, pues sus palabras le habían llenado de cólera contra él. Asá maltrató también a otros del pueblo. Los hechos de Asá, desde el principio al fin, están escritos en el libro de los reyes de Judá y de Israel. El año treinta y nueve de su reinado enfermó gravemente de los pies, y tampoco en su enfermedad confió en el Señor, sino en los médicos. Murió el año cuarenta y uno de su reinado. Fue enterrado en el sepulcro que se había mandado hacer en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Josafat, que se mostró fuerte frente a Israel. Puso guarniciones en todas las ciudades fortificadas de Judá y nombró gobernadores tanto en la tierra de Judá como en las ciudades que su padre Asá había conquistado en Efraín. El Señor estuvo con Josafat porque siguió los caminos de su padre en la primera parte de su vida y no se dio a los baales, sino que buscó al Dios de su padre y vivió según sus preceptos, sin imitar para nada la conducta de Israel. El Señor consolidó el reino en sus manos; todo Judá le pagaba tributo a Josafat, que llegó a tener muchas riquezas y gran fama. Siguió con orgullo los caminos del Señor, y quitó de nuevo de Judá las colinas y las imágenes de Aserá. El año tercero de su reinado mandó a sus jefes Benjail, Abdías, Zacarías, Natanael y Miqueas para que instruyesen a las ciudades de Judá. Mandó con ellos a los levitas Semayas, Natanías, Zebadías, Asael, Semiramot, Jonatán, Adonías, Tobías y Tobadonías, y a los sacerdotes Elisamá y Jorán. Con el libro de la ley del Señor fueron recorriendo las ciudades de Judá y enseñando al pueblo. El pánico del Señor cundió por todos los reinos de las tierras vecinas de Judá, y no hicieron la guerra a Josafat. Más aún, los filisteos vinieron a ofrecer a Josafat tributos y regalos de plata. Los árabes llevaron al rey ganado menor: 7.700 carneros y otros tantos machos cabríos. Josafat prosperaba más y más. Construyó en Judá fortalezas y ciudades para almacenes. Tenía abundantes provisiones en las ciudades de Judá y soldados valerosos en Jerusalén. Ésta era la lista por familias. Jefes de millares por Judá: Adná, el jefe, con 300.000 soldados valerosos; bajo sus órdenes el jefe Yehojanán, con 280.000; bajo sus órdenes Amasías, hijo de Zicrí, que se había consagrado voluntariamente al servicio del Señor, con 200.000. Por Benjamín: el valeroso Eliadá, con 200.000 hombres armados con escudo y arco; bajo sus órdenes Yehozabad, con 180.000 prontos para el combate. Éstos estaban al servicio del rey, sin contar los que tenía en las ciudades fortificadas de todo Judá. Josafat llegó a tener muchas riquezas y mucha fama, y emparentó con Ajab, al cual fue a visitar después de algunos años a Samaría. Ajab, rey de Israel, dijo a Josafat, rey de Judá: "¿Quieres venir conmigo a atacar a Ramot de Galaad?". Él contestó: "Mi suerte y la tuya serán la misma, y la misma también la suerte de nuestros pueblos; iremos contigo a la guerra". Pero añadió: "Por favor, consulta hoy la voluntad del Señor". El rey de Israel reunió a los profetas, 400 hombres, y les dijo: "¿Debo atacar a Ramot de Galaad o no?". Respondieron: "Atácala porque Dios la pondrá en tus manos". Josafat repuso: "¿No habrá aquí algún otro profeta del Señor para consultarle?". El rey de Israel respondió a Josafat: "Hay todavía uno por medio del cual podemos consultar al Señor; pero yo le odio porque nunca me profetiza cosas buenas, sino cosas malas; es Miqueas, hijo de Yimlá". Josafat dijo: "No hable así el rey". El rey de Israel llamó a un funcionario y le dijo: "Que venga inmediatamente Miqueas, hijo de Yimlá". El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, estaban sentados en sus tronos, con sus vestiduras regias, y ante ellos todos los profetas en trance de profetizar. Sedecías, hijo de Canaaná, se había hecho unos cuernos de hierro y decía: "Esto dice el Señor: Con éstos acornearás tú a los sirios hasta exterminarlos". Y todos los profetas profetizaban de la misma manera: "Ataca a Ramot de Galaad y triunfarás, pues el Señor la pondrá en tus manos". El mensajero que había ido a llamar a Miqueas le dijo: "Mira que los profetas, todos a una, profetizan éxito al rey; haz tú como ellos y profetiza triunfo". Miqueas respondió: "Vive el Señor, que diré lo que el Señor me mande". Se presentó al rey, y el rey le dijo: "Miqueas, ¿debemos atacar a Ramot de Galaad o no?". Él respondió: "Atacadla y triunfaréis, pues el Señor la pondrá en vuestras manos". El rey le dijo: "¿Cuántas veces voy a decir que no me digas más que la verdad en nombre del Señor?". Miqueas contestó: "He visto a todo Israel disperso por los montes como rebaño sin pastor. El Señor decía: Éstos no tienen dueño; que cada uno vuelva en paz a su casa". El rey de Israel dijo a Josafat: "¿No te decía yo que no me profetizaba bienes, sino males?". Miqueas replicó: "Escuchad la palabra del Señor: He visto al Señor sentado en su trono y toda la corte del cielo alineada a su derecha y a su izquierda. Y el Señor decía: ¿Quién seducirá a Ajab, rey de Israel, para que vaya y muera en Ramot de Galaad? Y uno proponía una cosa y otro otra. Pero se adelantó un espíritu, y de pie ante el Señor dijo: Yo lo seduciré. El Señor le preguntó: ¿Cómo? Él respondió: Iré y seré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas. El Señor dijo: Tú lograrás seducirlo; vete y hazlo así. El Señor ha puesto espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas, pues el Señor ha decretado tu ruina". Entonces Sedecías, hijo de Canaaná, dio una bofetada a Miqueas, y le dijo: "¿Es que el espíritu del Señor me ha dejado a mí para hablarte a ti?". Miqueas le contestó: "Ya lo sabrás aquel día que andes de aposento en aposento para esconderte". El rey de Israel ordenó: "Prended a Miqueas y llevadlo a Amón, prefecto de la ciudad, y a Joás, mi hijo, y decidles: Ésta es la orden del rey: Meted a este hombre en la cárcel y tenedlo a pan y agua y poco de cada cosa hasta que yo vuelva sano y salvo". Miqueas respondió: "si vuelves sano y salvo, el Señor no ha hablado por mi boca". El rey de Israel y Josafat fueron a atacar a Ramot de Galaad. El rey de Israel dijo a Josafat: "Yo iré disfrazado a la batalla, pero tú irás con tu vestidura real". Y el rey de Israel se disfrazó y entró en batalla. El rey de Siria había dado esta orden a los jefes de sus carros: "No ataquéis a ninguno, sea oficial o soldado raso, sino solamente al rey de Israel". Cuando los jefes de los carros vieron a Josafat, se dijeron: "Este es el rey de Israel". Fueron contra él y lo atacaron. Josafat entonces lanzó un grito, y el Señor le ayudó y los apartó de él. Los jefes de los carros se dieron cuenta de que no era el rey de Israel y dejaron de perseguirlo. Pero un hombre disparó el arco al azar, e hirió al rey de Israel entre las junturas de la coraza. El rey dijo a su auriga: "Da la vuelta y sácame del campo, porque estoy herido". Pero arreció tanto la lucha aquel día, que el rey de Israel siguió firme en su carro frente a los sirios hasta el atardecer, y murió al ponerse el sol. Josafat, rey de Judá, regresó sano y salvo a su casa, a Jerusalén. El profeta Jehú, hijo de Jananí, le salió al encuentro y le dijo: "¿Ayudas al malvado y amas a los enemigos del Señor para atraer así su ira contra ti? No obstante, algo bueno hay en ti, pues has destruido las imágenes de Aserá y buscas a Dios de corazón". Después de una estancia en Jerusalén, Josafat salió de nuevo a visitar al pueblo desde Berseba hasta la montaña de Efraín y atraerlo al Señor, Dios de sus padres. Estableció jueces en cada una de las ciudades de Judá, y les dijo: "Mirad lo que hacéis, pues no juzgáis en lugar de los hombres sino en nombre del Señor, que está presente cuando vosotros sentenciáis. Temed al Señor, sed justos, porque el Señor no tolera la injusticia, la parcialidad y el soborno". Estableció asimismo en Jerusalén levitas, sacerdotes y jefes de familias de Israel como jueces en asuntos religiosos y civiles de los habitantes de Jerusalén. Les dio estas órdenes: "Cumplid vuestra misión con temor de Dios, con fidelidad y con honradez. En todas las causas que os presenten vuestros hermanos que viven en sus ciudades, causas de sangre o cuestiones sobre la ley, mandamientos, preceptos o costumbres, vosotros los instruiréis, para que no pequen contra el Señor y no caiga su cólera sobre vosotros y sobre ellos. Si obráis así, salvaréis vuestra responsabilidad. Para los asuntos religiosos, ahí tenéis a Amarías, el sacerdote jefe; y para los asuntos civiles, a Zebadías, hijo de Ismael, jefe de la casa de Judá. Y como secretarios, tenéis a los levitas. Ánimo y manos a la obra; el Señor estará siempre con el bueno". Poco después, los moabitas, los amonitas y sus aliados los mineos declararon la guerra a Josafat. La noticia llegó a Josafat en estos términos: "Una horda numerosa viene contra ti del otro lado del mar Muerto, de Edón; ya están en Jasasón Tamar, es decir, en Engadí". Josafat, atemorizado, recurrió al Señor y promulgó ayuno en todo Judá. Todos se reunieron para invocar al Señor; de todas las ciudades de Judá vinieron a implorar el auxilio del Señor. Josafat, en medio de la asamblea de Judá y Jerusalén, en el templo del Señor, y de pie delante del atrio nuevo, oró así: "Señor, Dios de nuestros padres, tú eres el Dios de los cielos, tú gobiernas los reinos de la tierra, tú tienes en tu mano la fuerza y el poder; nadie puede resistirte. Tú, Señor, Dios nuestro, echaste a los habitantes de esta tierra para dársela a los hijos de Abrahán, tu amigo. Ellos se establecieron en esta tierra, construyeron un templo a tu nombre y dijeron: Si nos sobreviene la desgracia, si la espada, el castigo, la peste o el hambre se abaten sobre nosotros, nos presentaremos en este templo delante de ti, porque en este santuario habita tu nombre, y en medio de nuestra angustia clamaremos a ti, y tú nos escucharás y nos salvarás. Mira ahora a los hijos de Amón, a los de Moab y a los de los montes de Seír, cuyas tierras no permitiste que atravesaran los israelitas cuando venían de Egipto, sino que les hiciste dar un largo rodeo para no destruirlos; mira ahora cómo nos pagan viniendo a echarnos de la heredad que tú nos diste en propiedad. Dios nuestro, júzgalos tú, pues nosotros nos sentimos impotentes frente a esta horda ingente que nos asalta. No sabemos qué hacer; nuestros ojos se vuelven a ti". Todo Judá permanecía de pie delante del Señor, incluidas sus mujeres e hijos pequeños. En medio de la asamblea, Yajaziel, hijo de Zacarías, hijo de Benayas, hijo de Yeiel, hijo de Matanías, levita descendiente de Asaf, dijo: "Atención, habitantes de Judá y de Jerusalén, y tú, oh rey Josafat. Esto os dice el Señor: No temáis ni os asustéis ante esta ingente multitud, porque la batalla no es cosa vuestra, sino de Dios. Bajad mañana contra ellos. Ellos subirán por la cuesta de Sis; los encontraréis en el extremo del valle, frente al desierto de Yeruel. Vosotros no tenéis necesidad de luchar; deteneos, estaos quietos y veréis la victoria que os da el Señor. Judá y Jerusalén, no temáis ni os asustéis; salid mañana a su encuentro, y el Señor estará con vosotros". Josafat y los habitantes de Judá y Jerusalén se postraron ante el Señor y lo adoraron. Los levitas, descendientes de Quehat y de Coré, empezaron a alabar con fuertes voces al Señor, Dios de Israel. Se levantaron de madrugada y salieron hacia el desierto de Técoa. Cuando salían, Josafat se adelantó y dijo: "Escuchadme, habitantes de Judá y de Jerusalén. Tened confianza en el Señor, Dios nuestro, y estaréis seguros; tened fe en sus profetas, y triunfaréis". De acuerdo con el pueblo, designó cantores, que, revestidos con los ornamentos sagrados, iban delante del ejército cantando y alabando al Señor: "Alabad al Señor, porque es eterno su amor". Tan pronto como comenzó el canto de júbilo y alabanza, el Señor suscitó la confusión entre los amonitas, los moabitas y los de las montañas de Seír, que venían a atacar a Judá, y se enfrentaron unos contra otros. Los amonitas y los moabitas atacaron a los de las montañas de Seír y los destruyeron por completo. Cuando acabaron con los de Seír se destruyeron unos a otros. Cuando los de Judá llegaron a la cima que domina el desierto y volvieron sus ojos hacia la multitud, no vieron más que cadáveres tendidos en tierra. No se había salvado ni uno. Josafat y su pueblo fueron a adueñarse del botín y encontraron gran cantidad de ganado, riquezas, vestidos y otros objetos preciosos. Era tal la cantidad, que no pudieron llevarlo de una vez. Estuvieron tres días llevando botín; tanta era su abundancia. El cuarto día se reunieron en el valle de las Bendiciones para alabar al Señor. De ahí el nombre de "calle de las Bendiciones", que lleva hasta hoy. Los hombres de Judá y Benjamín, con Josafat a la cabeza, regresaron llenos de gozo a Jerusalén, pues el Señor les había otorgado la alegría a costa de sus enemigos. Entraron en Jerusalén y, al son de las arpas, cítaras y trompetas, se dirigieron al templo del Señor. El terror del Señor se extendió por todos los reinos de las naciones cuando supieron que el Señor había derrotado a los enemigos de Israel. El reinado de Josafat fue tranquilo, y Dios le dio la paz en todas sus fronteras. Josafat reinó sobre Judá. Tenía treinta y cinco años cuando comenzó a reinar, y reinó veinticinco en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, y era hija de Siljí. Siguió el camino de Asá, su padre, sin extraviarse, e hizo lo que es justo a los ojos del Señor. Sin embargo, las colinas no desaparecieron, y el pueblo continuó sin orientar su corazón hacia el Señor, el Dios de sus padres. El resto de la historia de Josafat, desde el principio hasta el fin, se encuentra en las crónicas de Jehú, hijo de Jananí, que fueron insertadas en el libro de los reyes de Israel. Más tarde Josafat se alió con Ocozías, rey de Israel, que era un malvado. Se asoció con él para construir naves que llegaran a Tarsis; las construían en Esyón Guéber. Eliezer, hijo de Dodayas de Maresá, profetizó contra Josafat: "Por haberte aliado con Ocozías, el Señor destruirá tu obra". Las naves se destrozaron y no pudieron partir para Tarsis. Josafat murió y fue sepultado con sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Jorán. Jorán tenía seis hermanos: Azarías, Yejiel, Zacarías, Azarías, Miguel y Sefatías; todos eran hijos de Josafat, rey de Judá. Su padre les había hecho grandes donaciones en plata, oro, objetos preciosos e incluso algunas ciudades fortificadas de Judá; pero la corona la había reservado para Jorán, porque era el primogénito. Jorán se posesionó del reino de su padre, y, cuando se sintió fuerte, hizo pasar a cuchillo a todos sus hermanos y también a algunos jefes de Israel. Jorán tenía treinta y dos años cuando empezó a reinar, y reinó ocho años en Jerusalén. Siguió la conducta de los reyes de Israel y de la casa de Ajab, pues estaba casado con una hija de éste. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor. Sin embargo, el Señor no quiso exterminar la casa de David, por el pacto que había hecho con él y por la promesa que le había hecho de conservarle para siempre una lámpara a él y a sus hijos. En su tiempo, Edón se independizó de Judá y se eligió un rey. Jorán, con sus jefes y todos sus carros, atacó en plena noche y derrotó a los edomitas, que lo tenían cercado a él y a los jefes de los carros. Edón se independizó de Judá hasta el día de hoy. También entonces se independizó Libná, pues Jorán había abandonado al Señor, Dios de sus padres. Más aún, levantó lugares de culto sobre los montes de Judá, empujó hacia la idolatría a los mismos habitantes de Jerusalén y sedujo a Judá. Recibió un escrito del profeta Elías, que le decía: "Esto dice el Señor, Dios de tu padre David: Por no haber seguido la conducta de tu padre Josafat, ni la de Asá, rey de Judá, sino la de los reyes de Israel, empujando a Judá y a los habitantes de Jerusalén a la idolatría, como la casa de Ajab; por haber matado a tus hermanos y a la familia de tu padre, que eran mejores que tú, el Señor va a descargar sobre tu pueblo, tus hijos, tus mujeres y tu hacienda una gran calamidad. Tú mismo serás castigado con una grave enfermedad que te consumirá los intestinos día tras día hasta que revientes". El Señor excitó contra Jorán la hostilidad de los filisteos y de los árabes vecinos de los etíopes, los cuales fueron contra Judá, la invadieron y se llevaron todo lo que encontraron en el palacio del rey, incluidos mujeres e hijos, menos a Ocozías, el más pequeño de todos. Después de esto, el Señor lo castigó con una enfermedad intestinal incurable, que se fue agravando de día en día, hasta que, al cabo de dos años, reventó, muriendo así en medio de terribles sufrimientos. El pueblo no encendió fuego en su honor, como había hecho con sus antecesores. Tenía treinta y dos años cuando comenzó a reinar, y reinó ocho años en Jerusalén. Se fue sin ser llorado; lo sepultaron en la ciudad de David, pero no en el panteón real. Los habitantes de Jerusalén proclamaron rey a Ocozías, el menor de sus hijos, pues todos los demás habían sido asesinados por las tropas árabes cuando invadieron el campamento. Así subió al trono Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá. Tenía cuarenta y dos años cuando empezó a reinar, y reinó un año en Jerusalén. Su madre, hija de Omrí, se llamaba Atalía. También Ocozías siguió la conducta de la casa de Ajab, guiado por los consejos de su madre. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, lo mismo que la casa de Ajab, que fue su consejera después de la muerte de su padre para perdición suya. Siguiendo sus consejos, fue con Jorán, hijo de Ajab, rey de Israel, a luchar contra Jazael, rey de Siria, a Ramot de Galaad, donde cayó herido Jorán, que se vio obligado a retirarse a Yezrael para curarse de las heridas recibidas en Ramot mientras luchaba contra Jazael, rey de Siria. Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá, fue a visitar a Jorán, hijo de Ajab, en Yezrael, mientras convalecía. Dios tenía prevista esta visita a Jorán para ruina de Ocozías; pues, a su llegada, salió con Jorán al encuentro de Jehú, hijo de Nimsí, a quien el Señor había ungido para exterminar a la casa de Ajab. Mientras Jehú hacía justicia con la casa de Ajab, se encontró con los jefes de Judá y los sobrinos de Ocozías, que le prestaban servicio, y los mató. Mandó buscar a Ocozías, que fue alcanzado cuando iba a esconderse a Samaría. Se lo llevaron a Jehú, que lo mandó matar. Le dieron sepultura, pues se dijeron: "Es hijo de Josafat, que buscó al Señor con todo su corazón". En la casa de Ocozías no quedó nadie que fuera capaz de reinar. Entonces la madre de Ocozías, al ver que su hijo había muerto, fue y exterminó a toda la descendencia real de la casa de Judá. Pero, cuando estaban matando a los hijos del rey, Josebá, hija del rey, tomó a Joás, hijo de Ocozías, y lo escondió con su nodriza en el dormitorio. De esta manera, Josebá, hija del rey Jorán, mujer del sacerdote Yehoyadá y hermana de Ocozías, lo libró de Atalía, que no lo mató. Estuvo escondido con ella seis años en el templo mientras Atalía reinaba en el país. El séptimo año Yehoyadá mandó llamar a los jefes de centuria: Azarías, hijo de Yeroján; Ismael, hijo de Yehojanán; Azarías, hijo de Oded; Maseyas, hijo de Adayas, y Elisafat, hijo de Zicrí, e hizo un pacto con ellos. Recorrieron Judá, y reunieron a los levitas de todas las ciudades y a los jefes de las familias de Israel. Regresaron a Jerusalén, y toda la asamblea hizo en el templo de Dios un pacto con el rey. Yehoyadá les dijo: "Éste es el hijo del rey, el que debe reinar según lo establecido por el Señor respecto de los hijos de David. Esto es lo que habéis de hacer: el tercio de vosotros, sacerdotes, levitas, que entra de servicio el sábado, harán guardia en las puertas del templo; otro tercio estará en el palacio real; el último tercio en la puerta de los cimientos, y todo el pueblo en los atrios del templo del Señor. Que nadie entre en el templo del Señor más que los sacerdotes y levitas que estén de servicio; éstos podrán entrar porque están consagrados. Todo el pueblo observará las prescripciones del Señor. Los levitas acordonarán al rey, todos con sus armas en la mano, y lo acompañarán dondequiera que vaya. Al que intente entrar en el templo matadlo". Los levitas y todo Judá hicieron cuanto el sacerdote Yehoyadá les mandó: cada uno tomó a sus hombres, a los que entraban de servicio el sábado y los que salían, porque el sacerdote Yehoyadá no había exceptuado ningún turno. El sacerdote Yehoyadá entregó a los jefes de centuria las lanzas, las adargas y los escudos del rey David, que estaban en el templo de Dios. Apostó a todo el pueblo, cada uno con sus armas en la mano, de sur a norte, entre el altar y el templo, alrededor del rey. Hicieron salir al hijo del rey, le impusieron la corona y las insignias y lo proclamaron rey. Yehoyadá y sus hijos lo ungieron y gritaron: "¡Viva el rey!". Cuando Atalía oyó los gritos del pueblo que corría y aclamaba al rey, fue al templo donde estaban todos. Al ver al rey, que estaba de pie sobre el estrado, a la entrada, y a los cantores y trompeteros junto a él con toda la gente del país jubilosa y tocando las trompetas mientras los cantores con los instrumentos músicos entonaban cantos de alabanza, se rasgó las vestiduras y gritó: "¡Traición, traición!". Pero el sacerdote Yehoyadá ordenó a los jefes de centuria que mandaban la fuerza: "Sacadla de las filas, y matad al que la siga". El sacerdote había dicho: "No la matéis en el templo del Señor". La echaron y, al pasar por la puerta de las caballerizas en el palacio real, la mataron. Yehoyadá selló un pacto entre el Señor, el pueblo y el rey, por el cual se comprometían a ser el pueblo del Señor. El pueblo entero fue al templo de Baal y lo destruyeron: hicieron pedazos los altares y sus imágenes, y mataron delante de los altares a Matán, sacerdote de Baal. Yehoyadá encomendó la custodia del templo del Señor a los sacerdotes levitas; pues David les había encomendado el templo del Señor como herencia para ofrecer en él holocaustos, según está escrito en la ley de Moisés, en medio de cánticos y júbilo, conforme a la ordenación de David. Puso porteros en las entradas del templo del Señor, para que bajo ningún pretexto entrara nadie impuro. Tomó, finalmente, a los jefes de centuria, a los nobles, a cuantos tenían autoridad en el pueblo y al pueblo entero y llevaron al rey del templo al palacio real; entraron por la puerta superior y lo sentaron sobre el trono real. Todo el pueblo hizo fiesta, y la ciudad recobró la tranquilidad. Atalía había muerto a espada. Joás tenía siete años cuando subió al trono, y reinó cuarenta años en Jerusalén. Su madre se llamaba Sibyá, de Berseba. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor mientras vivió el sacerdote Yehoyadá, el cual le casó con dos mujeres, de las cuales tuvo hijos e hijas. Joás mostró deseos de restaurar el templo del Señor. Reunió a los sacerdotes y levitas y les dijo: "Recorred las ciudades de Judá y reunid fondos de todo Israel para reparar, según las necesidades de cada año, el templo de nuestro Dios. Sed diligentes en las obras". Pero los levitas no se mostraron diligentes. Entonces el rey llamó a Yehoyadá, sacerdote jefe, y le dijo: "¿Por qué no has tenido cuidado de que los levitas recojan en Judá y en Jerusalén la contribución impuesta por Moisés, siervo de Dios, a la asamblea de Israel para la tienda de la alianza? Atalía y sus hijos, pervertidos por ella, han deteriorado el templo de Dios, e incluso han dedicado a los baales todas las santas reservas del templo del Señor". El rey mandó hacer un arca, y la puso en la puerta del templo del Señor por la parte de fuera. Se anunció en Judá y Jerusalén la obligación de traer al Señor la contribución impuesta por Moisés, siervo de Dios, a Israel en el desierto, y todos los jefes y el pueblo entero vinieron con alegría a depositar su dinero en el arca hasta llenarla. Cuando llegaba el momento de llevar el arca a la intendencia del rey, que estaba en manos de los levitas, si veían que contenía mucho dinero, el secretario real y el comisario del sumo sacerdote la vaciaban y la ponían de nuevo en su sitio. Así hicieron día tras día, llegando a reunir gran cantidad de dinero. El rey y Yehodayá lo entregaron a los capataces de los trabajos del templo, los cuales contrataron a salario canteros, carpinteros y expertos artífices en hierro y bronce para renovar y consolidar el templo del Señor. Los obreros se pusieron a trabajar a tal ritmo que bien pronto el templo de Dios estuvo restaurado en su estado primitivo y perfectamente consolidado. Cuando terminaron, llevaron al rey y a Yehoyadá el dinero sobrante, con el cual se hicieron utensilios para el templo del Señor: utensilios para el ministerio y los holocaustos, copas y objetos de oro y plata. Mientras vivió Yehoyadá, todos los días se ofrecieron holocaustos en el templo. Pero Yehoyadá envejeció y, colmado de días, murió a la edad de ciento treinta años. Fue sepultado en la ciudad de David con los reyes, porque había hecho el bien en Israel, y con Dios y su templo. Después de la muerte de Yehoyadá, los jefes de Judá fueron a postrarse delante del rey, que esta vez siguió sus consejos. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y dieron culto a imágenes de Aserá y a otros ídolos. Esto provocó la cólera divina, que cayó sobre Judá y Jerusalén. El Señor les envió profetas para convertirlos, pero no quisieron escuchar sus advertencias. Zacarías, hijo del sacerdote Yehoyadá, poseído del espíritu de Dios se presentó ante el pueblo y dijo: "Esto dice Dios: ¿Por qué quebrantáis los mandamientos del Señor? No triunfaréis, pues si vosotros abandonáis al Señor, él os abandonará a vosotros". Se conjuraron contra él y, por orden del rey, lo apedrearon en el atrio del templo del Señor. El rey Joás, olvidando los favores que le había hecho Yehoyadá, padre de Zacarías, mató a su hijo, que dijo al morir: "Que el Señor lo vea y te pida cuentas". Al cabo de un año, el ejército de Siria, penetró en Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y llevó todo el botín al rey de Damasco. El ejército sirio había venido con pocos hombres; pero el Señor entregó en sus manos un ejército considerablemente mayor, porque había abandonado al Señor, el Dios de sus padres. Los sirios hicieron justicia con Joás. Al retirarse ellos, Joás quedó en grave estado, sus siervos se conjuraron contra él para vengar la sangre del hijo del sacerdote Yehoyadá, y lo mataron en su cama. Murió, y lo enterraron en la ciudad de David, pero no en el panteón real. Éstos fueron los conjurados: Zabad, hijo de Simat, la amonita; y Yehozabad, hijo de Simrit, la moabita. Lo referente a sus hijos, a los subidos tributos y a la restauración del templo de Dios, está escrito en el comentario del libro de los reyes. Le sucedió su hijo Amasías. Amasías tenía veinticinco años cuando empezó a reinar, y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yehoadán, de Jerusalén. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor, pero no con entero corazón. Cuando se sintió fuerte en el trono, mató a los siervos que habían asesinado a su padre; pero no mató a los hijos de los asesinos, conforme lo escrito en el libro de la ley de Moisés: "Los padres no morirán por la culpa de los hijos, ni los hijos por la culpa de los padres, sino que cada uno morirá por su propio pecado". Amasías reunió a los de Judá y los distribuyó en familias patriarcales bajo jefes de millar y centuria, por todo Judá y Benjamín. Registró a todos los mayores de veinte años, y sumaban trescientos mil hombres escogidos, aptos para la guerra y diestros en la lanza y el escudo. Reclutó además cien mil hombres valerosos de Israel por tres mil cuatrocientos kilos de plata. Un hombre de Dios se presentó a él y le dijo: "¡Oh rey, no lleves contigo tropas de Israel, porque el Señor no está con Israel ni con ninguno de los hijos de Efraín! Si van contigo, aunque tú des en el combate pruebas de fuerza, Dios te hará caer ante tus enemigos, porque en Dios está el poder de sostener y derribar". Amasías contestó al hombre de Dios: "¿Y los tres mil cuatrocientos kilos de plata que he entregado a las tropas de Israel?". El hombre de Dios respondió: "Mucho más que eso puede darte el Señor". Amasías separó entonces la tropa que le había venido de Efraín, para mandarlos a sus casas; éstos montaron en cólera contra Judá y regresaron a sus tierras enfurecidos. Amasías cobró ánimo, partió a la cabeza de sus tropas y llegó al calle de la Sal, donde derrotó a diez mil hombres de Seír. Los de Judá capturaron vivos otros diez mil, que condujeron a la cima de la Roca, desde donde los despeñaron, muriendo todos estrellados. Entre tanto, las tropas que había despedido Amasías para no llevarlas con él a la guerra invadieron las ciudades de Judá, desde Samaría hasta Bejorón, mataron a tres mil personas y se apoderaron de un gran botín. Al regreso de la victoria sobre los edomitas, Amasías se trajo los dioses de Seír, los tomó como dioses suyos, se postró ante ellos y les quemó incienso. La ira del Señor se encendió contra Amasías y le envió un profeta a decirle: "¿Por qué has ido a buscar a los dioses del pueblo al que ellos no pudieron librar de tus manos?". Amasías le interrumpió: "¿Has sido nombrado acaso consejero del rey? Termina ya, si no quieres que te mate". El profeta se calló, pero antes dijo: "Ya veo que Dios ha decidido tu perdición, porque has hecho esto y no has escuchado mi consejo". Amasías, rey de Judá, después de aconsejarse, mandó a decir a Joás, hijo de Joacaz y nieto de Jehú, rey de Israel: "Ven, que nos veamos las caras". Joás, rey de Israel, mandó a decir a Amasías, rey de Judá: "El cardo del Líbano manda a decir al cedro del Líbano: Da tu hija por esposa a mi hijo; pero pasaron las fieras del Líbano y pisotearon el cardo. Como has derrotado a Edón, te has engreído. Goza de tu gloria y quédate en tu casa. ¿Por qué quieres acarrearte la desgracia, y que caigas tú y Judá contigo?". Pero Amasías no hizo caso, porque así estaba dispuesto por el Señor, que quería entregarlo en manos de Joás, por haberse ido tras los dioses de Edón. Entonces Joás, rey de Israel, fue y se vieron las caras él y Amasías, rey de Judá, en Bet Semes de Judá. Judá fue derrotado frente a Israel, y cada cual huyó a su casa. Joás, rey de Israel, hizo prisionero en Bet Semes a Amasías, rey de Judá; luego llegó a Jerusalén y abrió en sus murallas una brecha de doscientos metros, desde la puerta de Efraín hasta la puerta del Ángulo; se apoderó de todo el oro y la plata y de todos los utensilios que había en el templo del Señor, en la casa de Obededón y en los tesoros del palacio real, tomó rehenes y se volvió a Samaría. Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, vivió todavía quince años después de la muerte de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel. El resto de la historia de Amasías, desde el principio al fin, está escrito en el libro de los reyes de Judá y de Israel. Después que Amasías se apartó del Señor, tramaron contra él una conjura en Jerusalén, y huyó a Laquis, donde lo persiguieron y lo mataron. Lo transportaron sobre caballos y lo enterraron con sus padres en la ciudad de David. Todo el pueblo de Judá tomó a Ozías, que tenía dieciséis años, y lo proclamó rey en lugar de su padre Amasías. Él reconstruyó Elat y la devolvió a Judá, después de la muerte de su padre. Ozías tenía dieciséis años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Yecolía, de Jerusalén. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor, como lo había hecho su padre Amasías. Buscó a Dios mientras vivió Zacarías, que lo había educado en el temor de Dios; y, mientras buscó al Señor, Dios le hizo triunfar. Salió a luchar contra los filisteos, derribó las murallas de Gat, las de Yabné y las de Asdod y restauró ciudades en la región de Asdod, en la tierra de los filisteos. Dios lo asistió contra los filisteos, contra los árabes, contra los habitantes de Gur Baal y contra los meunitas. Los amonitas pagaron tributo a Ozías, y su fama se extendió hasta las fronteras de Egipto, porque había llegado a ser poderosísimo. Construyó torres en Jerusalén, en la puerta del Ángulo, en la puerta del Valle y en la puerta de la Esquina, y las fortificó. Levantó torres en el desierto y abrió muchos pozos porque tenía muchos ganados en la Sefela y en la meseta, labradores y viñadores en los montes y en las huertas, pues era amante de la agricultura. Tenía un ejército en pie de guerra, organizado por escuadrones, según el censo hecho bajo la supervisión del escriba Yeiel y del comisario Maseyas; el ejército estaba bajo las órdenes de Jananías, uno de los jefes reales. El número total de los jefes de familias, hombres valerosos, era de doce mil seiscientos. A sus órdenes estaban las tropas del ejército, trescientos siete mil guerreros valerosos, prontos a defender al rey contra los enemigos. Armó a todo el ejército con escudos, lanzas, cascos, corazas, arcos y hondas. Sus técnicos construyeron en Jerusalén máquinas lanzaflechas y lanzapiedras, que puso en las torres y en los ángulos de las murallas. Con la ayuda milagrosa de Dios, su poder y su fama fueron muy grandes. Al sentirse poderoso, se llenó de soberbia, lo que fue su perdición. Fue infiel al Señor y entró en el templo a ofrecer incienso sobre el altar de los perfumes. Después de él entró el sacerdote Azarías con otros ochenta sacerdotes del Señor, hombres valerosos, que se enfrentaron al rey Ozías y le dijeron: "Ozías, tú no puedes ofrecer el incienso al Señor; sólo pueden hacerlo los sacerdotes de Aarón, consagrados precisamente para eso. Sal fuera del santuario, porque has pecado y no tienes derecho a la gloria que viene del Señor Dios". Ozías, todavía con el incensario en su mano para quemar el incienso, montó en cólera contra los sacerdotes y, al instante, brotó la lepra en su frente en presencia de los sacerdotes en el templo del Señor, junto al altar de los perfumes. Azarías, el sacerdote jefe, y todos los sacerdotes se fijaron en él, vieron la lepra en su frente y se apresuraron a echarlo de allí, cuando él mismo salía ya precipitadamente, porque el Señor lo había castigado. El rey Ozías continuó leproso hasta el día de su muerte. Vivió recluido en una casa aislada, pues, como leproso, estaba excluido del templo del Señor. Su hijo Jotán estaba al frente del palacio y del gobierno de la nación. El resto de la historia de Ozías, y todo lo que hizo, ha sido escrito por el profeta Isaías, hijo de Amós. Ozías murió y fue sepultado con sus padres en el campo de las sepulturas de los reyes, porque decían: "Es un leproso". Le sucedió su hijo Jotán. Jotán tenía veinticinco años cuando subió al trono, y reinó dieciséis años en Jerusalén. Su madre, hija de Sadoc, se llamaba Yerusá. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor como su padre Ozías; sólo que no entró en el templo del Señor, pero el pueblo siguió corrompido. Construyó la puerta superior del templo del Señor e hizo muchos trabajos en el muro de Ofel. Construyó ciudades en la montaña de Judá y fortalezas y torres en los bosques. Luchó contra el rey de los amonitas y lo venció. Los amonitas le entregaron aquel años tres mil cuatrocientos kilos de plata, cuatro mil quinientas toneladas de trigo y otras tantas de cebada. La misma entrega se repitió un segundo y tercer año. Jotán llegó a ser poderoso, porque sus pasos iban seguros delante del Señor, su Dios. El resto de la historia de Jotán, todo lo que hizo, está escrito en el libro de los reyes de Israel y de Judá. Tenía veinticinco años cuando empezó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén. Jotán murió y fue sepultado en la ciudad de David. Le sucedió su hijo Acaz. Acaz tenía veinte años cuando subió al trono, y reinó dieciséis años en Jerusalén. No hizo lo que es justo a los ojos del Señor, como su padre David, sino que siguió el camino de los reyes de Israel: hizo ídolos fundidos de Baal, quemó ofrendas en el valle de Ben Hinnón y hasta hizo pasar por el fuego a su hijo, según las prácticas horrorosas de las gentes que el Señor había echado delante de los israelitas. Ofreció sacrificios y quemó ofrendas en los altozanos, en las colinas y bajo cualquier árbol frondoso. El Señor, su Dios, lo entregó en manos del rey de Siria, que lo derrotó, haciéndole gran número de prisioneros, que fueron conducidos cautivos a Damasco. Fue entregado también en manos del rey de Israel, que le infligió una gran derrota. Pécaj, hijo de Romelía, mató en un solo día ciento veinte mil hombres de Judá, guerreros valerosos; todo porque habían abandonado al Señor, el Dios de sus padres. Zicrí, valeroso soldado efraimita, mató a Maseyas, hijo del rey; a Azricán, mayordomo del palacio real, y a Elcaná, el segundo después del rey. Los israelitas hicieron doscientos mil prisioneros a sus hermanos entre mujeres, hijos e hijas, y se adueñaron de un enorme botín, que se llevaron para Samaría. Había allí un profeta del Señor, llamado Obed, que salió al encuentro del ejército que regresaba a Samaría, y les dijo: "El Señor, Dios de nuestros padres, en su ira contra los de Judá los ha entregado en vuestras manos; pero vosotros los habéis matado con furor tal, que ha subido hasta el cielo. Y ahora queréis hacer a los de Judá y Jerusalén esclavos y esclavas vuestros. Pero es que ¿no sois también vosotros culpables ante el Señor vuestro Dios? Escuchadme, y devolved los prisioneros que habéis hecho a vuestros hermanos, porque os amenaza la ardiente ira del Señor". Azarías, hijo de Yehojanán; Berequías, hijo de Meselimot; Ezequías, hijo de Salún, y Amasá, hijo de Jadly, todos ellos jefes efraimitas, se enfrentaron contra los que volvían de la guerra, y les dijeron: "No traigáis aquí a los prisioneros, pues nos haríamos culpables ante el Señor. Habláis de aumentar nuestros pecados y nuestras deudas, pero nuestra culpa es ya ciertamente enorme, y la ardiente ira del Señor amenaza a Israel". Los soldados soltaron a los prisioneros y dejaron el botín delante de los jefes y de toda la muchedumbre. Unos hombres designados expresamente confortaron a los prisioneros y, de lo mismo que les habían quitado, los vistieron, los calzaron, les dieron de comer, les curaron las heridas, montaron en asnos a los que estaban fatigados y los llevaron a Jericó, la ciudad de las palmeras, junto a sus hermanos; luego regresaron a Samaría. Por entonces el rey Acaz pidió ayuda al rey de Asiria. Los edomitas invadieron de nuevo Judá y se llevaron prisioneros. Los filisteos se extendieron por las ciudades de la tierra baja, Ayalón, Guederot, Socó y sus anejos, Timná y sus anejos, y se establecieron en ellas. Así humillaba el Señor a Judá a causa de Acaz, rey de Judá, que había traído la relajación a Judá y había sido infiel al Señor. Vino contra él Teglat-Falasar, rey de Asiria, y en vez de apoyarlo lo asedió. Acaz se apoderó de gran parte de los bienes del templo del Señor, del palacio real y de la casa de los jefes y se lo mandó al rey de Asiria, pero de nada le sirvió. Mientras estaba asediado, el rey Acaz aumentó sus pecados contra el Señor. Ofreció sacrificios a los dioses de Damasco, que lo habían derrotado, pues se decía: "Puesto que los dioses de los reyes de Siria les ayudan, voy a ofrecerles sacrificios para que me ayuden también a mí". Pero éstos fueron la causa de su ruina y de la de todo Israel. Acaz reunió objetos del templo de Dios y los hizo pedazos, cerró las puertas del templo del Señor e hizo altares en todos los rincones de Jerusalén, y lugares de culto en todas las ciudades de Judá para quemar en ellos incienso a los ídolos, provocando así la ira del Señor, el Dios de sus padres. El resto de la historia de Acaz, todo lo que hizo, está escrito en el libro de los reyes de Judá y de Israel. Murió y fue sepultado con sus padres en Jerusalén, pero no en el panteón real. Le sucedió su hijo Ezequías. Ezequías tenía veinticinco años cuando subió al trono, y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Abí, y era hija de Zacarías. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor como su padre David. El primer año del reinado, en el mes primero, abrió las puertas del templo del Señor y las restauró. Mandó llamar a los sacerdotes y a los levitas, los reunió en la plaza oriental, y les dijo: "Levitas, escuchadme. Purificaos y purificad el templo del Señor, Dios de nuestros padres, eliminando la impureza de él. Sí, nuestros padres han pecado y han hecho lo que es malo a los ojos del Señor, nuestro Dios, lo han abandonado, han apartado su rostro de la morada del Señor y le han dado la espalda. Cerraron incluso las puertas del pórtico, apagaron las lámparas y dejaron de ofrecer incienso y holocaustos en el santuario al Dios de Israel. El Señor ha montado en cólera contra Judá y Jerusalén, los ha hecho objeto de terror, estupor y burla, como podéis ver con vuestros propios ojos. Por eso, nuestros padres cayeron en la guerra, y nuestros hijos y nuestras mujeres fueron hechos prisioneros. Yo quiero hacer un pacto con el Señor para que aparte su ira de nosotros. Por tanto, hijos míos, no seáis negligentes, pues vosotros sois los elegidos del Señor para estar en su presencia, servirle, ser sus ministros y quemar incienso. Se presentaron los levitas siguientes: por Quehat: Májat, hijo de Amasay, y Joel, hijo de Azarías; por Merarí: Quis, hijo de Abdí, y Azarías, hijo de Yahelelel; por Guersón: Yoaj, hijo de Zimmá, y Edén, hijo de Yoaj; por Elisafán: Simrí y Yehiel; de los hijos de Asaf: Zacarías y Matanías; por Hemán: Jejiel y Simeí; por Jedutún: Semeyas y Uziel; reunieron a sus hermanos, se purificaron y, siguiendo la orden del rey y las palabras del Señor, entraron a purificar el templo. Entraron los sacerdotes en el interior del templo para purificarlo, y sacaron fuera, al atrio del templo del Señor, todas las cosas impuras que encontraron dentro del templo, y los levitas las tiraron al torrente Cedrón. Comenzaron la obra de purificación el día primero del primer mes, y el día octavo llegaron ya al vestíbulo del Señor. Emplearon otros ocho días en la purificación del templo: la obra quedó concluida el día dieciséis del primer mes. Se presentaron entonces al rey Ezequías y le dijeron: "Hemos purificado todo el templo, el altar de los holocaustos y todos sus utensilios, la mesa de los panes de la proposición con todos sus accesorios; hemos puesto en su sitio y purificado todos los objetos que había profanado Acaz durante su reinado: ya están delante del altar del Señor". El rey Ezequías se levantó muy de mañana, reunió a los jefes de la ciudad y fue al templo. Llevaron siete toros, siete carneros, siete corderos y siete machos cabríos para ofrecerlos en sacrificio por el pecado en favor de la monarquía, el santuario y Judá. El rey ordenó a los sacerdotes descendientes de Aarón que los ofrecieran sobre el altar del Señor. Inmolaron los toros y derramaron la sangre sobre el altar. Inmolaron carneros y derramaron la sangre sobre el altar, y lo mismo hicieron con los corderos. Llevaron los machos cabríos destinados al sacrificio por el pecado ante el rey y la asamblea para que pusieran sobre ellos sus manos. Los sacerdotes los mataron y derramaron su sangre sobre el altar como sacrificio por los pecados de todo Israel, pues el rey había ordenado ofrecer por todo Israel el holocausto y el sacrificio por el pecado. Puso en el templo del Señor a los levitas con címbalos, arpas y cítaras, de acuerdo con la orden de David, de Gad, el vidente del rey, y del profeta Natán; la orden venía del Señor, a través de sus profetas. Cuando los levitas estuvieron en sus sitios con los instrumentos de David y los sacerdotes con las trompetas, Ezequías mandó ofrecer el holocausto sobre el altar. Al comenzar el holocausto, comenzaron también las alabanzas del Señor al son de las trompetas en armonía con los instrumentos de David, rey de Israel. Toda la asamblea estaba de rodillas mientras se cantaban las alabanzas y sonaban las trompetas, así hasta que terminó el holocausto. Cuando terminó, el rey y los que le acompañaban se pusieron de rodillas en actitud de adoración. El rey Ezequías y los jefes dieron la orden a los levitas de alabar al Señor con los salmos de David y de Asaf, el vidente. Cantaron los salmos con gran alegría, y luego se arrodillaron en actitud de adoración. Ezequías tomó la palabra, y dijo: "Ahora que estáis enteramente consagrados al Señor, acercaos y ofreced víctimas y sacrificios de acción de gracias en el templo del Señor". La asamblea ofreció víctimas, sacrificios de acción de gracias y toda suerte de holocaustos voluntarios. Ofreció en holocausto al Señor setenta toros, cien carneros y doscientos corderos. En otras ofrendas sagradas, seiscientos toros y tres mil ovejas. Como los sacerdotes eran pocos y no bastaban para degollar todos los animales del holocausto, les ayudaron sus hermanos los levitas, hasta que terminó el trabajo y se purificaron los sacerdotes, porque los levitas habían sido más diligentes que los sacerdotes en purificarse. Hubo muchos holocaustos más, constituidos por la grasa de los sacrificios de acción de gracias y por las ofrendas de vino que acompañaban a los holocaustos. De esta manera se restableció el culto en el templo del Señor. Ezequías y todo el pueblo se alegraron de lo que Dios había hecho por el pueblo, pues todo se había hecho con gran rapidez. Ezequías mandó mensajeros por todo Israel y Judá, y escribió cartas a Efraín y Manasés para que vinieran al templo del Señor, a Jerusalén, a celebrar la pascua en honor del Señor, Dios de Israel. Después de previa deliberación, el rey, sus jefes y toda la asamblea de Jerusalén decidieron celebrar la pascua en el segundo mes, ya que no se había podido celebrar a su debido tiempo, puesto que los sacerdotes no se habían purificado en número suficiente y el pueblo no se había reunido en Jerusalén. La decisión pareció justa a los ojos del rey y a los de toda la asamblea, y determinaron correr la voz por todo Israel, desde Berseba hasta Dan, para que vinieran a Jerusalén a celebrar una pascua en honor del Señor, Dios de Israel, pues pocos habían cumplido lo prescrito. Con cartas de mano del rey y sus jefes, los correos recorrieron todo Israel y Judá proclamando la orden del rey: "Israelitas, convertíos al Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, para que él vuelva a estar con todos los que habéis escapado de la mano de los reyes de Asiria. No seáis como vuestros padres y vuestros hermanos, que fueron infieles al Señor, Dios de sus padres, que los entregó a la destrucción, como vosotros estáis viendo. No seáis de cabeza dura como vuestros padres. Tended vuestras manos al Señor y venid al santuario que él ha santificado para siempre. Servid al Señor, Dios vuestro, y el furor de su ira se apartará de vosotros. Si os convertís al Señor, vuestros hermanos y vuestros hijos encontrarán misericordia ante los vencedores y volverán a esta tierra, pues el Señor, vuestro Dios, es clemente y misericordioso y no apartará de vosotros su rostro si de verdad os convertís a él". Los correos recorrieron ciudad tras ciudad la tierra de Efraín y Manasés, llegando hasta Zabulón; pero las gentes se reían y se burlaban de ellos. Sólo algunos de Aser, Manasés y Zabulón se humillaron y fueron a Jerusalén. Todos los de Judá estuvieron de acuerdo en cumplir la orden del rey y de los jefes como lo había mandado el Señor. Acudió a Jerusalén una gran multitud de gente para celebrar la fiesta de los panes sin levadura en el segundo mes. Destruyeron los altares que había en Jerusalén para los sacrificios y para el incienso y los tiraron al torrente Cedrón. Inmolaron el cordero pascual el día catorce del segundo mes. Llenos de vergüenza, los sacerdotes y los levitas se purificaron y ofrecieron holocaustos en el templo del Señor. Cada uno ocupó su puesto según lo ordenado por la ley de Moisés, hombre de Dios: los sacerdotes derramaban la sangre que les daban los levitas. Como en la asamblea había muchos que no se habían purificado, los levitas estaban encargados de inmolar las víctimas pascuales en lugar de todos estos que no tenían la pureza necesaria para realizar un acto sagrado en honor del Señor. Un gran número de personas de Efraín, de Manasés, de Isacar y de Zabulón no se habían purificado, es decir, comieron la víctima pascual sin conformarse a lo prescrito, pero Ezequías oró por ellos así: "El Señor, que es bueno, perdone a los que buscan de todo corazón a Dios, el Señor, el Dios de sus padres, aun cuando no tengan la pureza necesaria para las cosas sagradas". El Señor oyó a Ezequías y perdonó al pueblo. Los israelitas que se encontraban en Jerusalén celebraron la fiesta de los panes sin levadura durante siete días con gran alegría, mientras los levitas y los sacerdotes cantaban con toda fuerza las alabanzas del Señor día tras día. Ezequías tuvo palabras de elogio para todos los levitas que se habían distinguido en el servicio del Señor. Celebraron la fiesta durante siete días, inmolando las víctimas de los sacrificios de reconciliación y cantando las alabanzas del Señor, Dios de sus padres. Pero toda la asamblea decidió alargar la fiesta siete días más, y así se hizo con gran alegría, porque Ezequías, rey de Judá, les regaló mil toros y siete mil ovejas, más otros mil toros y diez mil ovejas que habían regalado los jefes; muchos sacerdotes se habían purificado ya. Toda la asamblea de Judá, sacerdotes, levitas, todos los que habían venido de Israel, los extranjeros que habían venido de Israel, y los residentes en Judá, estaban rebosantes de alegría. Hubo una gran fiesta en Jerusalén, como no se había visto desde los días de Salomón, hijo de David, rey de Israel. Los sacerdotes y los levitas, de pie, dieron la bendición al pueblo. El Señor escuchó su voz, y su oración llegó hasta su santa morada en el cielo. Cuando todo acabó, los israelitas que habían estado presentes recorrieron las ciudades de Judá destruyendo los cipos sagrados, las imágenes de Aserá, los lugares de culto de las colinas y los altares en todo Judá, Benjamín, Efraín y Manasés hasta su extinción total. Luego regresaron a sus ciudades, cada uno a su propiedad. Ezequías restableció las clases de sacerdotes y de los levitas y asignó a cada uno su servicio: los holocaustos, los sacrificios de reconciliación, el servicio, la acción de gracias y la alabanza con las puertas del campamento del Señor. El rey había reservado parte de sus propios bienes para los holocaustos de la mañana y de la tarde, de los sábados, de los novilunios y de las solemnidades según está escrito en la ley del Señor. Ordenó a los habitantes de Jerusalén que entregaran la parte correspondiente a los sacerdotes y levitas para que éstos pudieran dedicarse enteramente a la ley del Señor. Tan pronto como se hizo pública la orden, los israelitas entregaron con gran generosidad las primicias del trigo, del mosto, del aceite, de la miel y de todos los productos del campo, y la décima parte de todos sus productos. Los de Israel y los de Judá, que vivían en otras ciudades de Judá, entregaron también la décima parte del ganado mayor y menor y de las cosas santas consagradas al Señor, su Dios: lo entregaron y lo distribuyeron por montones. Comenzaron a hacer los montones en el tercer mes y terminaron en el séptimo. Cuando Ezequías y sus jefes vieron tantos montones, bendijeron al Señor y a su pueblo Israel. Ezequías preguntó a los sacerdotes y a los levitas acerca de los montones. Azarías, de la familia de Sadoc y sumo sacerdote, le dijo: "Desde que vinieron a traer las ofrendas al templo del Señor, hemos comido hasta saciarnos y ha sobrado en abundancia porque el Señor ha bendecido a su pueblo; aquí está amontonado lo que sobra". Ezequías mandó preparar almacenes en el templo del Señor. Una vez preparados, almacenaron fielmente las ofrendas, la décima parte que habían traído y las cosas consagradas al Señor. El levita Conanías fue el encargado mayor, y su hermano Simeí, el segundo. Yejiel, Azazías, Najat, Asael, Yerimot, Yozabad, Eliel, Jismaquías, Májat y Benayas eran inspectores bajo la dirección de Conanías y su hermano Simeí, según las órdenes del rey Ezequías y las de Azarías, prefecto del templo. Coré, hijo de Yimná, el levita, portero de la puerta oriental, estaba encargado de las ofrendas voluntarias hechas a Dios: debía distribuir las primicias ofrecidas al Señor y las cosas consagradas. Bajo sus órdenes estaban Eden, Minyamín, Jesúa, Semayas, Amarías y Secanías, los cuales residían permanentemente en las ciudades sacerdotales para hacer la distribución entre sus hermanos divididos en clases, lo mismo a grandes que a pequeños, a todos los que iban al templo del Señor, según el estatuto diario, a prestar sus servicios según sus funciones y según sus clases con tal que estuvieran en el registro que incluía a los varones de tres años para arriba. El registro de los sacerdotes estaba hecho por familias patriarcales; y el de los levitas mayores de veinte años, por sus funciones y sus clases; el registro incluía toda la familia: mujeres, hijos e hijas, y era válido para toda la comunidad, para que la distribución se hiciera con toda justicia. Respecto de los sacerdotes, descendientes de Aarón, que vivían en los campos de las respectivas ciudades, había en cada ciudad hombres expresamente designados para hacer las distribuciones a todo varón entre los sacerdotes y a todos los levitas inscritos. Ésta es la obra de Ezequías en todo Judá; hizo lo que es bueno, recto y fiel a los ojos del Señor, su Dios. En todo lo que hizo por el servicio del templo del Señor, de la ley y de los mandamientos, buscó siempre a su Dios con todo su corazón. Por eso tuvo éxito. Después de estos hechos y actos de fidelidad, vino Senaquerib, rey de Asiria, invadió Judá y asedió las ciudades fortificadas con el propósito de conquistarlas. Ezequías, viendo que Senaquerib avanzaba con la intención de atacar Jerusalén, decidió, de acuerdo con sus jefes y sus oficiales, cegar las fuentes que había fuera de la ciudad. Se reunió una gran muchedumbre y cegaron todas las fuentes, así como el canal subterráneo, para que cuando llegaran los asirios no encontraran agua en abundancia. Ezequías, lleno de ánimo, reparó las murallas en todos sus puntos débiles, levantó torres sobre ellas,construyó un segundo muro exterior, restauró el terraplén en la ciudad de David y al mismo tiempo fabricó gran cantidad de dardos y escudos. Puso jefes militares al frente del pueblo, reunió a todos en la plaza de la puerta de la ciudad y les dirigió a todos esta arenga: "Sed fuertes, tened valor. No tengáis miedo ante el rey de Asiria y ante esa horda que le acompaña, porque el que está con nosotros es más poderoso que el que está con él. Con él no hay más que brazos de carne; con nosotros está el Señor, nuestro Dios, pronto a socorrernos y combatir nuestros combates". El pueblo cobró ánimo con las palabras de Ezequías, rey de Judá. Senaquerib, rey de Asiria, que estaba en Laquis con todo su ejército, envió una embajada a Jerusalén para decir a Ezequías, rey de Judá, y a todo el pueblo de Judá que estaba en Jerusalén: "Esto dice Senaquerib, rey de Asiria: ¿En qué ponéis vuestra confianza para seguir viviendo sitiados en Jerusalén? ¿No os dais cuenta de que Ezequías os está engañando y exponiendo a morir de hambre y de sed mientras os dice: El Señor, nuestro Dios, nos librará de la mano del rey de Asiria? ¿No ha sido Ezequías quien ha destruido las colinas y sus altares y ha dicho a Judá y a Jerusalén que se postren sólo ante un altar y sólo en él quemen incienso? ¿Desconocéis todo lo que yo y mis padres hemos hecho con todos los pueblos de la tierra? ¿Los dioses de todos esos pueblos pudieron librarlos de mi poder? ¿Qué dioses de esos pueblos destruidos por mis padres pudieron librar a su pueblo de mi poder? ¿Podría, por tanto, vuestro Dios libraros a vosotros de mi poder? Así que no os dejéis engañar por Ezequías ni os dejéis seducir de esta manera. No le creáis, porque si ningún dios de nación o reino alguno pudo salvar a su pueblo de mi poder y del poder de mis padres, mucho menos podrá libraros a vosotros vuestro Dios". Esto y mucho más dijeron contra el Señor Dios y contra Ezequías, su servidor. Senaquerib escribió esta carta, en la que desafiaba al Señor, Dios de Israel: "De la misma manera que los dioses de los pueblos de la tierra no pudieron librarlos de mi poder, tampoco el Dios de Ezequías podrá librar a su pueblo de mi poder". Hablaban en hebreo y en alta voz al pueblo de Jerusalén, que estaba en las murallas, con el fin de intimidarlos, asustarlos y tomar así la ciudad. Hablaban del Dios de Jerusalén como de los dioses de los otros pueblos de la tierra, dioses hechos por los hombres. El rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amós, oraron y clamaron al cielo. y el Señor envió a un ángel, que aniquiló a todos los soldados, jefes y oficiales del campamento del rey de Asiria, el cual se vio obligado a regresar lleno de vergüenza a su tierra, donde murió asesinado a golpe de espada por sus propios hijos cuando estaba en el templo de su dios. El Señor libró a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén del poder de Senaquerib, rey de Asiria, y de todos sus enemigos, dándoles paz en todas sus fronteras. Muchos llevaron ofrendas al Señor a Jerusalén y presentes a Ezequías, rey de Judá, que adquirió gran prestigio ante todas las naciones a raíz de estos acontecimientos. En aquellos días Ezequías cayó mortalmente enfermo. Rogó al Señor, que escuchó su oración y se curó milagrosamente. Pero Ezequías no correspondió al favor recibido, sino que se llenó de soberbia, por lo que la ira del Señor se encendió contra él, contra Judá y contra Jerusalén. Pero Ezequías se arrepintió de su soberbia y con él todos los habitantes de Jerusalén, por lo que la ira del Señor no cayó sobre ellos en vida de Ezequías. Ezequías fue muy rico y famoso. Atesoró una gran cantidad de plata, oro, piedras preciosas, aromas, escudos y toda clase de objetos valiosos. Construyó depósitos para almacenar vino, trigo y aceite, establos para las distintas clases de ganado y apriscos para sus rebaños. Edificó ciudades y tuvo gran cantidad de ganado mayor y menor, pues el Señor le dio riquezas inmensas. Ezequías fue también quien cegó el manantial superior de las aguas de Guijón y las condujo bajo tierra al lado occidental de la ciudad de David. Ezequías tuvo éxito en todas sus empresas. Cuando los príncipes de Babilonia le enviaron una embajada para preguntarle sobre el milagro que había tenido lugar en el país, si Dios le abandonó, fue sólo con el fin de probarlo y conocer el fondo de su corazón. El resto de la historia de Ezequías y sus obras de piedad están escritas en la visión del profeta Isaías, hijo de Amós, en el libro de los reyes de Judá y de Israel. Ezequías murió y fue sepultado en la subida hacia las tumbas de los hijos de David. Todo Judá y los habitantes de Jerusalén le rindieron honores. Le sucedió en el trono su hijo Manasés. Manasés tenía doce años cuando subió al trono, y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, imitando las abominaciones de las gentes que el Señor había echado delante de los israelitas. Reconstruyó las colinas que su padre Ezequías había destruido, levantó altares a Baal, hizo imágenes de Aserá y adoró a todos los astros del cielo y les rindió culto. Levantó altares en el templo del Señor, del que el Señor había dicho: "En Jerusalén habitará mi nombre eternamente". Levantó altares a todos los astros del cielo en los dos atrios del templo del Señor. Quemó a sus propios hijos en el valle de Ben Hinnón. Se dio a la magia, a la adivinación, al ocultismo, se rodeó de nigromantes y encantadores; hizo tantas cosas malas a los ojos del Señor, que provocó su indignación. Y hasta puso la imagen de Aserá en el templo del Señor, del que Dios había dicho a David y a Salomón, su hijo: "En este templo y en Jerusalén, elegida por mí entre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; y no permitiré de nuevo que los israelitas anden errantes fuera de la tierra que he dado a sus padres con tal que hagan lo que yo les he ordenado y cumplan la ley, los mandamientos y preceptos que les di por medio de Moisés". Pero Manasés descarrió a los de Judá y a los habitantes de Jerusalén, induciéndoles a hacer el mal más aún que las gentes que el Señor había destruido ante los israelitas. El Señor habló a Manasés y a su pueblo, pero no le escucharon. Entonces el Señor hizo venir contra ellos a los jefes del ejército del rey de Asiria, los cuales apresaron a Manasés con grillos y, cargado de cadenas, lo condujeron a Babel. En medio de su angustia imploró al Señor, su Dios, y se humilló profundamente delante del Dios de sus padres. Suplicó al Señor, y el Señor lo atendió, escuchó su oración y lo reintegró a su reino de Jerusalén. Manasés reconoció que el Señor era el auténtico Dios. Después de esto restauró la muralla exterior de la ciudad de David, al occidente de Guijón, en el valle, hasta la puerta de los Peces, la cual rodeaba al Ofel y era muy alta. Puso jefes militares en todas las ciudades fortificadas de Judá. Quitó del templo del Señor los dioses extranjeros, el ídolo y todos los altares que él mismo había levantado sobre el monte del templo y en Jerusalén, y los tiró fuera de la ciudad. Restauró el altar del Señor y ofreció sobre él sacrificios de reconciliación y de acción de gracias y mandó a Judá rendir culto al Señor, Dios de Israel. Pero el pueblo continuaba ofreciendo sacrificios en las colinas, aunque sólo al Señor, su Dios. El resto de la historia de Manasés, la oración que hizo a su Dios y las palabras de los profetas que le hablaron en nombre del Señor, Dios de Israel, están escritos en las crónicas de los reyes de Israel. Su oración y su acogida, todas sus prevaricaciones y su impiedad, los lugares en los que levantó altares y puso imágenes de Aserá e ídolos antes de su conversión, están escritos en las crónicas de Jozay. Manasés murió y fue sepultado en su palacio. Le sucedió en el trono su hijo Amón. Amón tenía veintidós años cuando subió al trono, y reinó dos años en Jerusalén. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, como su padre Manasés; ofreció sacrificios y dio culto a todos los ídolos que había hecho su padre Manasés. Pero no se humilló delante del Señor, como se había humillado su padre Manasés; al contrario, aumentó su culpabilidad. Sus mismos servidores tramaron una conjura contra él y lo asesinaron en su propia casa. El pueblo mató a todos los que se habían conjurado contra Amón, y proclamó rey a su hijo Josías. Josías tenía ocho años cuando subió al trono, y reinó treinta y un años en Jerusalén. Hizo lo que es justo a los ojos del Señor y siguió los caminos de su padre David, sin apartarse a derecha ni a izquierda. El año octavo de su reinado, siendo joven todavía, comenzó a buscar al Dios de su padre David, y en el año doce se puso a limpiar a Judá y a Jerusalén de las colinas, de las imágenes de Aserá, de los ídolos y de las estatuas. Fueron destruidos en su presencia los altares de Baal y los cipos que había sobre ellos. Rompió las imágenes de Aserá, los ídolos y las estatuas; los hizo polvo y lo esparció sobre las tumbas de quienes les habían ofrecido sacrificios. Quemó los huesos de los sacerdotes sobre sus altares, y así purificó a Judá y Jerusalén. Lo mismo hizo en las ciudades de Manasés, Efraín, Simeón y hasta Neftalí y sus respectivos anejos; derribó los altares y las imágenes de Aserá; despedazó y pulverizó los ídolos y rompió los cipos en todo el territorio de Israel. Luego regresó a Jerusalén. El año dieciocho de su reinado, después de haber purificado la tierra y el templo, envió a Safán, hijo de Asalías, y Maasías, gobernador de la ciudad, y a su secretario Yoaj, hijo de Yoajaz, a reparar el templo del Señor, su Dios. Se presentaron al sumo sacerdote Jelcías, y le entregaron el dinero que había llegado al templo de Dios y el que los levitas porteros habían reunido; todo ello procedía de Manasés, de Efraín, de todo el resto de Israel, de Judá, de Benjamín y de los habitantes de Jerusalén. Se lo dieron luego a los encargados de las obras del templo del Señor para pagar a los obreros que trabajaban en la reparación y restauración del templo del Señor; a los carpinteros y canteros para comprar piedras talladas y maderas para trabajar y entarimar las habitaciones que estaban en estado ruinoso por incuria de los reyes de Judá. Los hombres llevaban a cabo el trabajo con fidelidad, bajo la vigilancia y dirección de los levitas Yájat y Abdías, meraritas, y de Zacarías y Mesulán, quehatitas. Los levitas, expertos en instrumentos musicales, estaban al frente de los acarreadores y de todos los que trabajaban en la obra. Algunos levitas eran cronistas, inspectores y porteros. Cuando estaban sacando el dinero reunido en el templo del Señor, el sacerdote Jelcías encontró el libro de la ley del Señor dada por medio de Moisés. Jelcías dijo a Safán, el secretario: "He encontrado el libro de la ley en el templo del Señor". Jelcías dio el libro a Safán. Safán llevó el libro al rey y le informó: "Tus siervos están cumpliendo todo lo que les has encargado. Han recogido el dinero que había en el templo y se lo han dado a los encargados de las obras". Después le comunicó la noticia: "El sacerdote Jelcías me ha dado este libro". Y Safán lo leyó en presencia del rey. Cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestiduras y ordenó a Jelcías, a Ajicán, hijo de Safán, a Abdón, hijo de Miqueas, a Safán, el secretario, y a Asayas, cortesano del rey: "Id y consultad al Señor por mí y por todos los supervivientes en Israel y en Judá acerca de las palabras de este libro que se ha encontrado, pues la cólera del Señor se ha encendido contra nosotros, porque nuestros padres no hicieron caso de las palabras de este libro, cumpliendo lo que está escrito en él". Jelcías y las gentes del rey fueron a ver a la profetisa Julda, esposa de Salún, hijo de Ticuá y nieto de Jasrá, guardarropa del templo. Julda vivía en el barrio nuevo de Jerusalén. Le expusieron el caso, y ella les dijo: "Esto dice el Señor, Dios de Israel: Decid al hombre que os ha enviado: Esto dice el Señor: Voy a traer la desgracia sobre este lugar y sobre sus habitantes, es decir, todas las maldiciones escritas en el libro que ha sido leído al rey de Judá, por haberme abandonado y haber quemado incienso a dioses extranjeros provocando mi indignación con todas las obras de sus manos. Mi cólera se encenderá contra este lugar y no se apagará. Y al rey de Judá, que os ha mandado a consultar al Señor, decidle: Esto dice el Señor, Dios de Israel, respecto a las palabras que has escuchado: Por haberse conmovido tu corazón y haberte humillado delante del Señor al oír las palabras con que él ha amenazado a este lugar y a sus habitantes, por haberte humillado delante de mí, por haberte rasgado las vestiduras y haber llorado delante de mí, también yo te he escuchado, dice el Señor. Por eso te concederé morir y ser enterrado en paz; tus ojos no verán toda la desventura que yo voy a acarrear sobre este lugar y sus habitantes". Los mensajeros llevaron la respuesta al rey. El rey convocó a todos los ancianos de Judá y Jerusalén y fue al templo del Señor con todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, chicos y grandes, y leyó ante ellos todas las palabras del libro de la alianza encontrado en el templo del Señor. Y luego, de pie en el estrado, selló ante la presencia del Señor el pacto de seguir al Señor, de guardar sus mandatos, sus instrucciones y sus leyes con todo el corazón y con toda el alma y de cumplir las cláusulas de la alianza escritas en aquel libro. Hizo que todos los presentes de Judá y de Benjamín ratificaran la alianza. Los habitantes de Jerusalén obraron según la alianza de Dios, Dios de sus padres. Josías quitó de todo el territorio de Israel todos los ídolos repugnantes e hizo que todos los que se encontraban en Israel sirvieran al Señor, su Dios. Durante todos los días de su vida no se apartaron del Señor, Dios de sus padres. Josías celebró en Jerusalén la pascua en honor del Señor. Se inmoló el cordero pascual el día catorce del primer mes. Estableció a los sacerdotes en sus oficios y los animó a servir en el templo del Señor. Luego dijo a los levitas encargados de instruir a todo Israel y consagrados al Señor: "Colocad el arca santa en el templo que edificó Salomón, hijo de David, y rey de Israel; ya no será un peso para vuestros hombros. Ahora serviréis al Señor, vuestro Dios, y a su pueblo Israel. Organizaos en turnos por familias, según la ordenación escrita por David, rey de Israel, y su hijo Salomón. Estad en vuestros puestos en el santuario al servicio de las clases de las familias patriarcales, y de vuestros hermanos, hijos del pueblo. Un grupo de levitas por cada familia patriarcal. Inmolad el cordero pascual, purificaos y preparad todo lo necesario para que vuestros hermanos puedan cumplir lo que el Señor mandó por medio de Moisés". Josías, de su propio ganado, dio a los presentes, para celebrar la pascua, 30.000 corderos y cabritos y 3.000 toros. Los oficiales del rey hicieron también donativos voluntarios al pueblo, a los sacerdotes y a los levitas. Jelcías, Zacarías y Yejiel, prefectos del templo del Señor, dieron a los sacerdotes para celebrar la pascua 2.600 corderos y 300 toros. Los jefes de los levitas, Conanías, Semayas y su hermano Natanael, Jasabías, Yeiel y Yozabad, dieron a los levitas, para celebrar la pascua, 5.000 corderos y 500 bueyes. El servicio se organizó así: los sacerdotes estaban en sus puestos y los levitas en sus funciones, de acuerdo con la ordenación real. Inmolaron los animales de la pascua; los sacerdotes derramaban la sangre y los levitas desollaban las víctimas. Separaban las partes que debían ser quemadas y distribuían el resto al pueblo por grupos de familias para que lo ofrecieran al Señor, según está escrito en el libro de Moisés. Lo mismo hicieron con el ganado mayor. Asaron al fuego el cordero pascual como está prescrito, cocieron las demás ofrendas sagradas en calderas, calderos y sartenes, y las distribuyeron luego diligentemente entre todo el pueblo. Finalmente, los levitas prepararon la parte correspondiente para ellos y para los sacerdotes, descendientes de Aarón, los cuales habían estado ocupados en la ofrenda de los holocaustos y de las grasas hasta la noche; por eso los levitas prepararon la parte correspondiente para ellos y para los sacerdotes, hijos de Aarón. Los cantores, hijos de Asaf, estaban en su puesto, según las prescripciones de David: Asaf, Hemán y Yedutún, el vidente del rey; los porteros de cada puerta no tuvieron necesidad de abandonar sus puestos, pues los levitas, sus hermanos, se lo prepararon. Así se organizó aquel día todo el servicio del Señor para la celebración de la pascua y la ofrenda de los holocaustos sobre el altar del Señor, según la ordenación del rey Josías. Los israelitas que se encontraban presentes celebraron la pascua, y durante siete días la fiesta de los panes sin levadura. Nunca en Israel había habido una pascua como ésta desde los días de Samuel, el vidente. Más aún, ningún rey de Israel había celebrado una pascua semejante a la celebrada por Josías en compañía de sacerdotes y levitas, presentes todo Judá e Israel, con los habitantes de Jerusalén. Fue el año dieciocho del reinado de Josías cuando se celebró esta pascua. Después de esto, cuando Josías ya había restaurado el templo del Señor, Necó, rey de Egipto, fue a presentar batalla en Cárquemis, junto al Éufrates. Josías le salió al paso, y Necó mandó a decirle: "¿Qué tengo yo que ver contigo, rey de Judá? No es contra ti contra quien voy; es contra otra nación con la que estoy en guerra, y Dios me ha dicho que me dé prisa. No te opongas a Dios, que está conmigo, no sea que te destruya". Josías, sin embargo, no quiso ceder, e incluso se preparaba para atacarlo, sin dar oídos a lo que Necó decía en nombre de Dios. Avanzó y presentó batalla en el valle de Meguido. Los arqueros dispararon contra el rey Josías, que dijo a sus oficiales: "Retiradme, porque estoy gravemente herido". Los oficiales lo sacaron de su carro, lo subieron a otro de los suyos y lo llevaron a Jerusalén, donde murió. Fue sepultado en las sepulturas de sus padres. Todo Judá y Jerusalén guardó luto por Josías. Jeremías compuso una lamentación sobre Josías, que todos los cantores y cantoras recitan todavía hoy entre sus elegías sobre el rey Josías; ha venido a ser una regla en Israel, y están escritas en las Lamentaciones. El resto de la historia de Josías, las obras de piedad que hizo, conforme a la ley del Señor, todo lo que hizo, desde el principio al fin, está escrito en el libro de los reyes de Israel y de Judá. La gente del pueblo tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo proclamó rey en Jerusalén en lugar de su padre. Joacaz tenía veintitrés años cuando subió al trono, y reinó tres meses en Jerusalén. El rey de Egipto lo destronó de Jerusalén e impuso al país un tributo de 3.400 kilos de plata y 34 de oro. El rey de Egipto nombró a su hermano Eliaquín rey de Judá y Jerusalén y le cambió el nombre en Joaquín. A su hermano Joacaz lo llevó prisionero a Egipto. Joaquín tenía veinticinco años cuando subió al trono, y reinó once años en Jerusalén. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, su Dios. Nabucodonosor, rey de Babilonia, fue contra él y lo llevó a Babilonia cargado de cadenas. Nabucodonosor se llevó también a Babilonia parte de los objetos del templo del Señor y los puso en su palacio de Babilonia. El resto de la historia de Joaquín, las iniquidades que cometió y todo lo que ocurrió, está escrito en el libro de los reyes de Israel y de Judá. Le sucedió en el trono su hijo Jeconías. Jeconías tenía dieciocho años cuando subió al trono, y reinó tres meses y diez días en Jerusalén. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor. A la vuelta del año, el rey Nabucodonosor mandó que lo llevaran a Babilonia con el valioso mobiliario del templo del Señor, y nombró rey de Judá y Jerusalén a su tío Sedecías. Sedecías tenía veintiún años cuando subió al trono, y reinó once años en Jerusalén. Hizo lo que es malo a los ojos del Señor, su Dios, y no quiso humillarse delante del profeta Jeremías, el cual hablaba en nombre del Señor. Se rebeló asimismo contra el rey Nabucodonosor, al cual había prestado juramento en el nombre de Dios. Fue terco y obstinado y no quiso convertirse al Señor, Dios de Israel. Igualmente, todos los jefes de los sacerdotes y del pueblo multiplicaron las infidelidades, siguiendo las prácticas abominables de las naciones y profanando el templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió continuos mensajeros, porque quería salvar a su pueblo y a su templo. Pero ellos hacían escarnio de los enviados de Dios, despreciaban sus palabras, se burlaban de sus profetas, hasta el punto que la ira del Señor contra su pueblo se hizo irremediable. El Señor mandó contra ellos al rey de los caldeos, que pasó a espada a sus jóvenes en el santuario mismo, sin perdonar a nadie, ni joven ni virgen, ni anciano ni hombre encanecido. Dios los entregó a todos en sus manos. Nabucodonosor se llevó para Babilonia los objetos del templo de Dios, grandes y pequeños; los tesoros del templo y los tesoros del rey y a sus jefes. El templo del Señor fue pasto de las llamas, las murallas de Jerusalén derribadas, los palacios incendiados y los objetos preciesos destruidos. Nabucodonosor llevó al destierro de Babilonia a todos los que habían escapado de la espada, los cuales pasaron a ser esclavos del rey y de sus hijos hasta el establecimiento del reino persa. Así se cumplía la palabra del Señor pronunciada por Jeremías: "Hasta que la tierra disfrute de su descanso, descansará durante todos los días de la desolación, hasta que se cumplan setenta años". El año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de su palabra anunciada por medio de Jeremías, el Señor impulsó a Ciro, rey de Persia, a que proclamara de viva voz y por escrito en todo su reino este edicto: "Esto dice Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado de construirle un templo en Jerusalén, en Judá. El que de vosotros pertenezca a su pueblo, que vaya a Jerusalén, y que el Señor, su Dios, lo ayude". El año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de su palabra anunciada por medio de Jeremías, el Señor impulsó a Ciro, rey de Persia, a que proclamara de viva voz y por escrito, en todo su reino, este edicto: "Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado de construirle un templo en Jerusalén, en Judá. El que de vosotros pertenezca a su pueblo, que su Dios lo ayude y que vaya a Jerusalén, en Judá, a construir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén. Y a todos los supervivientes, dondequiera que vivan, ayúdeles la población del lugar en que residen, proporcionándoles plata, oro, bienes, ganado, así como otras ofrendas voluntarias para el templo del Señor que está en Jerusalén". Los cabezas de familia de Judá y Benjamín, los sacerdotes y levitas, todos los que se sintieron movidos por el Señor, se dispusieron a ir a Jerusalén y reconstruir el templo del Señor. Y todos sus vecinos les proporcionaron toda clase de recursos: plata, oro, bienes, ganado, objetos preciosos, además de otras ofrendas voluntarias. El rey Ciro entregó los utensilios del templo del Señor que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén para el templo de su dios. Ciro, rey de Persia, le confió la tarea a Mitrídates, el tesorero, el cual se los entregó a Sesbasar, jefe de Judá. Éste era el inventario: treinta bandejas de oro y mil de plata, veintinueve cuchillos, treinta copas de oro y cuatrocientas diez de plata y mil utensilios de otras clases. En total, cinco mil cuatrocientos objetos de oro y plata. Todo se lo llevó Sesbasar a Jerusalén al regresar del destierro de Babilonia. Éstos son los israelitas de la provincia de Judá que regresaron del destierro de Babilonia, donde los había deportado Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que volvieron a Jerusalén y Judá, cada uno a su ciudad. Vinieron con Zorobabel, Josué, Nehemías, Serayas, Reelayas, Mardoqueo, Bilsán, Mispar, Bigvay, Rejún, Baaná. Número de los hombres del pueblo de Israel: descendientes de Parós, dos mil ciento setenta y dos; de Sefatías, trescientos setenta y dos; de Araj, setecientos setenta y cinco; de Pajat Moab, es decir, de Josué y Joab, dos mil ochocientos doce; de Elán, mil doscientos cincuenta y cuatro; de Zatú, novecientos cuarenta y cinco; de Zacay, setecientos sesenta; de Baní, seiscientos cuarenta y dos; de Bebay, seiscientos veintitrés; de Azgad, mil doscientos veintidós; de Adonicán, seiscientos sesenta y seis; de Bigvay, dos mil cincuenta y seis; de Adín, cuatrocientos cincuenta y cuatro; de Ater, esto es, los descendientes de Ezequías, noventa y ocho; de Besay, trescientos veintitrés; de Yorá, ciento doce; de Jasún, doscientos veintitrés; de Guibar, noventa y cinco; de Belén, ciento veintitrés; de Netofá, cincuenta y seis; de Anatot, ciento veintiocho; de Azmávet, cuarenta y dos; de Quiriat Yearín, Quefirá y Beerot, setecientos cuarenta y tres; de Ramá y Gueba, seiscientos veintiuno; de Micmás, ciento veintidós; de Betel y Ay, doscientos veintitrés; de Nebo, cincuenta y dos; de Magbís, ciento cuarenta y seis; del otro Elán, mil doscientos cincuenta y cuatro; de Jarín, trescientos veinte; de Lod, Jadid y Onó, setecientos veinticinco; de Jericó, trescientos cuarenta y cinco; de Senaá, tres mil seiscientos treinta. Sacerdotes: de Jedayas, de la casa de Josué, novecientos setenta y tres; de Imer, mil cincuenta y dos; de Pasjur, mil doscientos cuarenta y siete; de Jarín, mil diecisiete. Levitas: de Josué, Cadmiel, de los hijos de Hodavías, setenta y cuatro. Cantores: de Asaf, ciento veintiocho. Porteros: de Salún, de Ater, de Talmón, de Acub, de Jatitá, de Sobay: ciento treinta y nueve. Sirvientes del templo: de Sijá, de Jasufá, de Tabaot, de Querós, de Siahá, de Padón, de Lebaná, de Jagabá, de Acub, de Jagab, de Salmay, de Janán, de Guidel, de Gajar, de Reayas, de Resín, de Necodá, de Gazán, de Uzá, de Paséaj, de Besay, de Asná, de los meunitas, de los nefusitas, de Bacbuc, de Jacufá, de Jarjur, de Baslut, de Mejidá, de Jarsá, de Barcós, de Siserá, de Témaj, de Nesíaj, de Jatifá. Descendientes de los sirvientes de Salomón: de Sotay, de Soféret, de Perudá, de Yaalá, de Darcón, de Guidel, de Sefatías, de Jatil, de Poqueret- Hasebáyim, de Amí. Total de los sirvientes del templo y de los descendientes de los sirvientes de Salomón: trescientos noventa y dos. Los reseñados a continuación son los que regresaron de Tel-Mélaj, Tel-Jarsá, Querub, Adán e Imer, y que no pudieron demostrar que su familia y su estirpe eran de origen israelita: los descendientes de Delayas, de Tobías, de Necodá: seiscientos cincuenta y dos. Y entre los sacerdotes: los descendientes de Jobayas, de Hacós, de Barzilay, el cual se había casado con una de las hijas de Barzilay, el galaadita, cuyo nombre adoptó. Éstos buscaron sus títulos genealógicos; pero, al no encontrarlos, fueron excluidos del sacerdocio, y el gobernador les prohibió comer alimentos sagrados hasta que se presentase un sacerdote para consultar las suertes. El total de la comunidad era de cuarenta y dos mil trescientas sesenta personas, sin contar sus esclavos y esclavas, que eran siete mil trescientos treinta y siete, más doscientos cantores y cantoras. Tenían, además, setecientos treinta y seis caballos, doscientos cuarenta y cinco mulos, cuatrocientos treinta y cinco camellos y seis mil setecientos veinte asnos. Algunos de los cabezas de familia, al llegar al templo del Señor, en Jerusalén, hicieron generosos donativos para reconstruir el templo del Señor en su emplazamiento anterior. Con arreglo a sus posibilidades, entregaron al tesoro de la obra sesenta y un mil dracmas de oro, cinco mil minas de plata y cien túnicas sacerdotales. Los sacerdotes, los levitas y una parte del pueblo se establecieron en Jerusalén; los porteros, los cantores, los sirvientes del templo y los demás israelitas, en sus ciudades respectivas. El mes séptimo, instalados ya los israelitas en sus ciudades, el pueblo se reunió como un solo hombre en Jerusalén. Josué, hijo de Yosadac, con sus hermanos sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Sealtiel, con sus hermanos, se pusieron a reconstruir el altar del Dios de Israel para ofrecer en él los holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés, hombre de Dios. Levantaron el altar sobre sus mismos cimientos, a pesar del miedo que tenían a la población del país, y ofrecieron en él holocaustos al Señor: los holocaustos de la mañana y de la tarde. Celebraron también la fiesta de los tabernáculos, según está prescrito, ofreciendo cada día el número de holocaustos ritualmente establecidos. Ofrecieron el holocausto diario, los correspondientes a los novilunios y a las solemnidades consagradas al Señor, así como los que ofrecían voluntariamente al Señor. Desde el día primero del séptimo mes comenzaron a ofrecer holocaustos al Señor, aunque todavía no se habían echado los cimientos del templo del Señor. Dieron dinero a los canteros y a los carpinteros; mandaron víveres, bebidas y aceite a los sidonios y a los tirios para que enviasen por mar madera de cedro desde el Líbano a Jafa, conforme a la autorización que les había dado Ciro, rey de Persia. El mes segundo del año segundo de su llegada al templo de Dios en Jerusalén, Zorobabel, hijo de Sealtiel; Josué, hijo de Yosadac, con el resto de sus hermanos, sacerdotes y levitas, y todos los que habían vuelto del destierro a Jerusalén, pusieron manos a la obra y encargaron a los levitas de veinte años para arriba la dirección de los trabajos del templo del Señor. Josué con sus hijos y hermanos, Cadmiel y sus hijos, Hodavías y los hijos de Jenadad con sus hijos y hermanos levitas, se presentaron como un solo hombre para dirigir a los que trabajaban en el templo de Dios. Cuando los albañiles echaron los cimientos del templo del Señor, se presentaron los sacerdotes con sus ornamentos y sus trompetas, y los levitas, hijos de Asaf, con sus címbalos, para alabar al Señor, conforme a las disposiciones de David, rey de Israel. Alababan y daban gracias al Señor, y se respondía: "Porque es bueno, porque es eterno su amor a Israel". Y todo el pueblo prorrumpía en fuertes gritos de júbilo alabando al Señor porque se habían echado los cimientos del templo del Señor. Muchos de los sacerdotes, levitas y cabezas de familia, ya ancianos, que habían visto el primer templo y ahora veían con sus propios ojos que se echaban los cimientos de este otro templo, lloraban estrepitosamente, mientras que otros muchos daban gritos de alegría y júbilo. Nadie podía distinguir los acentos de júbilo de los acentos del llanto de la gente, porque el pueblo lanzaba grandes gritos y el estrépito se oía desde muy lejos. Cuando los enemigos de Judá y Benjamín se enteraron de que los que habían vuelto del destierro estaban reconstruyendo el templo del Señor, Dios de Israel, se presentaron a Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia y les dijeron: "Dejadnos colaborar con vosotros en la construcción, ya que nosotros, lo mismo que vosotros, adoramos a vuestro Dios y le ofrecemos sacrificios desde cuando Asaradón, rey de Asiria, nos trajo aquí". Pero Zorobabel, Josué y los otros cabezas de familia de Israel les contestaron: "Eso no puede ser; debemos construirlo nosotros solos para el Señor, Dios de Israel, como nos ha ordenado Ciro, rey de Persia". Entonces la población del país se puso a desanimar al pueblo de Judá y a meterles miedo, a fin de que dejasen la construcción. Sobornaron además contra ellos a algunos funcionarios del rey para hacer fracasar su proyecto. Este estado de cosas duró todo el tiempo que aún reinó Ciro, rey de Persia, hasta el reinado de Darío, rey de Persia. Al comienzo del reinado de Jerjes escribieron una denuncia contra los habitantes de Judá y Jerusalén. En tiempo de Artajerjes, Bislán, Mitrídates, Tabeel y sus demás colegas hicieron otra denuncia a Artajerjes, rey de Persia. El documento estaba escrito en caracteres arameos y en lengua aramea. Rejún, gobernador, y Simsay, secretario, escribieron al rey Artajerjes la siguiente carta contra Jerusalén: "El gobernador Rejún, el secretario Simsay y sus demás colegas: los jueces y los legados, funcionarios persas, las gentes de Uruk, de Babilonia, de Susa, es decir, los elamitas, y el resto de la población que el grande e ilustre Asurbanipal deportó y estableció en las ciudades de Samaría y en las otras regiones de allende el río...". Copia de la carta: "Al rey Artajerjes, tus servidores, las gentes de Transeufratina: Sepa el rey que los judíos que vinieron y se establecieron en Jerusalén están reconstruyendo esta ciudad rebelde y malvada; quieren levantar las murallas y ya han echado los cimientos. Sepa el rey que si esta ciudad se reconstruye y se restauran sus murallas, ellos no pagarán más tributo ni impuestos, ni derechos de paso, y el erario regio se resentirá de ello. Ahora bien, nosotros, que vivimos a expensas del palacio, no podemos tolerar que se desprecie al rey de esta manera, por lo que remitimos al rey esta información. Investíguese en el libro de las memorias de tus padres; en ese libro comprobarás que esta ciudad es rebelde y funesta para los reyes y las provincias, y que en ella ya desde tiempos antiguos se han fomentado siempre insurrecciones. Por este motivo justamente fue destruida. Nosotros advertimos al rey que si esta ciudad se reconstruye y se restauran sus murallas, bien pronto no tendrás tú territorio alguno en Transeufratina". El rey envió esta respuesta: "Al gobernador Rejún, al secretario Simsay y a sus demás colegas residentes en Samaría y en los demás lugares de Transeufratina: ¡Salud! La carta que me enviasteis ha sido leída puntualmente en mi presencia. Ordené que se investigara, y se ha comprobado efectivamente que esa ciudad se ha rebelado desde tiempos antiguos contra los reyes, y que en ella se han fomentado revueltas e insurrecciones; que ha habido en Jerusalén reyes poderosos cuyo dominio se extendía sobre todo el territorio de Transeufratina y que recibían tributos, impuestos y derechos de paso. Ordenad, pues, que esos hombres suspendan su trabajo para que la ciudad no se reconstruya hasta que yo no ordene otra cosa. Procurad no ser negligentes en esto, no sea que el mal aumente en perjuicio de los reyes". Tan pronto como leyeron la carta del rey Artajerjes, el gobernador Rejún, el secretario Simsay y sus colegas fueron inmediatamente a Jerusalén y obligaron por la fuerza a los judíos a parar las obras. Así tuvieron que suspender la reconstrucción del templo del Señor en Jerusalén, que no pudo ser reanudada hasta el año segundo del reinado de Darío, rey de Persia. Los profetas Ageo y Zacarías, hijo de Idó, comenzaron a profetizar a los judíos residentes en Jerusalén y Judá en el nombre del Dios de Israel, y a su impulso Zorobabel, hijo de Sealtiel, y Josué, hijo de Yosadac, decidieron reanudar la reconstrucción del templo de Dios en Jerusalén, con la asistencia de los dos profetas de Dios, que estaban con ellos animándoles. Tatenay, gobernador de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas fueron a decirles: "¿Quién os ha autorizado a reconstruir el templo y la muralla?". Y añadieron: "¿Cómo se llaman los hombres que están construyendo este templo?". Pero los ojos de su Dios velaban sobre los dirigentes judíos, y no les obligaron a parar la obra hasta que se mandara un informe a Darío y se recibiera su respuesta. Copia de la carta que Tatenay, gobernador de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas, las autoridades de Transeufratina, remitieron al rey Darío. Se decía: "Al rey Darío: ¡Paz perfecta! Sepa el rey que nosotros hemos ido a la provincia de Judá, al templo del gran Dios, que se está reconstruyendo con piedras de sillería; ahora están recubriendo de madera las paredes. La obra se va haciendo con esmero y a buen ritmo. Nosotros hemos preguntado a los dirigentes quién les había autorizado a reconstruir el templo y la muralla. Les hemos preguntado además cómo se llamaban, para comunicártelo a ti y darte por escrito los nombres de las personas que están al frente de ellos. Y nos han dado esta respuesta: Nosotros adoramos al Dios del cielo y de la tierra, y por eso estamos reconstruyendo el templo que fue construido y terminado hace muchos años por un gran rey de Israel. Pero nuestros padres irritaron al Dios del cielo, y él los entregó en manos del caldeo Nabucodonosor, rey de Babilonia, el cual destruyó este templo y deportó el pueblo a Babilonia. Sin embargo, en el primer año de su reinado, Ciro, rey de Babilonia, promulgó un edicto ordenando que fuese reconstruido este templo de Dios. Además, el rey Ciro mandó sacar del templo de Babilonia los utensilios de oro y plata del templo de Dios, que Nabucodonosor se había llevado del templo de Jerusalén para ponerlos en el templo de Babilonia, y se los entregó a un hombre llamado Sesbasar, a quien había nombrado gobernador. Y le dijo: Toma estos utensilios y llévalos al templo que está en Jerusalén, y que el templo de Dios sea reconstruido en el mismo sitio. Sesbasar vino y echó los cimientos del templo de Dios en Jerusalén, que se viene reconstruyendo desde aquel día hasta el presente, pero aún no está terminado. Si le parece bien al rey, investíguese en el archivo real de Babilonia, para ver si es verdad que la reconstrucción del templo de Dios en Jerusalén fue autorizada por el rey Ciro; y, en consecuencia, se nos remita la decisión del monarca sobre el particular". El rey Darío ordenó que se hiciera investigación en Babilonia, en los depósitos donde se guardaban los archivos, y se encontró en Ecbatana, la fortaleza situada en la provincia de Media, un rollo en el que estaba registrado lo siguiente: "En memoria. Año primero del rey Ciro. El rey Ciro ha decretado respecto al templo de Dios en Jerusalén: Que sea reconstruido el templo en el mismo sitio, como lugar en el que se ofrezcan sacrificios. Tendrá treinta metros de alto y treinta de ancho, tres hileras de piedras de sillería y una de madera; los gastos serán costeados por la casa del rey. Además, los utensilios de oro y plata del templo de Dios, que Nabucodonosor sacó del templo de Jerusalén y se llevó a Babilonia, serán restituidos, devueltos al templo de Jerusalén y colocados en su sitio propio en el templo de Dios. Así pues, tú, Tatenay, gobernador de Transeufratina, Setar Boznay y vosotros, sus colegas, las autoridades de Transeufratina, retiraos de Jerusalén, dejad continuar las obras de ese templo de Dios al gobernador de Judá y a los dirigentes judíos, que deben reconstruir este templo de Dios en su mismo sitio. Éstas son mis órdenes acerca de lo que debéis hacer con esos dirigentes judíos para la reconstrucción del templo de Dios: de los ingresos reales procedentes de los tributos de Transeufratina ha de proveerse puntualmente a esos hombres el dinero necesario para que no se interrumpan las obras. Y todo lo que se precise para los holocaustos al Dios del cielo, novillos, carneros y corderos, sal, vino y aceite, según las exigencias de los sacerdotes de Jerusalén, se les dará cada día sin falta, para que ofrezcan sacrificios agradables al Dios del cielo y rueguen por la vida del rey y de sus hijos. Ordeno, además, que a todo aquel que no cumpla este edicto se arranque una viga de su casa, se le amarre a ella y se le azote, y su casa sea reducida por este delito a un montón de escombros. Y el Dios que ha establecido allí su nombre aplaste a todo aquel rey o pueblo que trate de transgredir esto destruyendo ese templo de Dios en Jerusalén. Yo, Darío, he promulgado este decreto; sea ejecutado puntualmente". Tatenay, gobernador de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas ejecutaron puntualmente lo que el rey Darío había ordenado. Así los dirigentes judíos continuaron las obras con éxito, confortados por la palabra inspirada de los profetas Ageo y Zacarías, hijo de Idó. Y llevaron a feliz término la reconstrucción, en conformidad con el mandato del Dios de Israel y con la orden de Ciro, de Darío y de Artajerjes, reyes de Persia. El templo fue terminado el día tres del mes de adar, el año sexto del reinado de Darío. Los israelitas, sacerdotes, levitas y demás repatriados celebraron con júbilo la dedicación del templo de Dios. Ofrecieron para la dedicación de este templo de Dios cien novillos, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y, como sacrificio por el pecado de todo Israel, doce machos cabríos, conforme al número de las tribus de Israel. Organizaron los turnos de los sacerdotes y las clases de los levitas para el servicio del templo de Dios, en Jerusalén, conforme está escrito en el libro de Moisés. Los repatriados celebraron la pascua el día catorce del primer mes; los sacerdotes y levitas se habían purificado: todos eran puros; ofrecieron el sacrificio de la pascua por todos los repatriados, por sus hermanos, los sacerdotes, y por ellos mismos. Los israelitas repatriados comieron el banquete pascual con todos aquellos que se habían separado de la impureza de los paganos del país y se habían unido a ellos para buscar al Señor, Dios de Israel. Celebraron con júbilo la fiesta de los panes sin levadura durante siete días, porque el Señor les había llenado de alegría al mover el corazón del rey de Asiria para ayudarles en las obras del templo de Dios, el Dios de Israel. Después de estos acontecimientos, en el reinado de Artajerjes, rey de Persia, Esdras, hijo de Serayas, de Azarías, de Jelcías, de Salún, de Sadoc, de Ajitub, de Amarías, de Azarías, de Merayot, de Zerajías, de Uzí, de Buquí, de Abisúa, de Fineés, de Eleazar, hijo del sumo sacerdote Aarón, volvió de Babilonia. Era un escriba experto en la ley de Moisés, dada por el Señor, Dios de Israel. El rey le concedió todo lo que deseaba, porque el Señor, su Dios, estaba con él. Fueron también a Jerusalén, el año siete del rey Artajerjes, otros israelitas: sacerdotes, levitas, cantores, porteros y sirvientes del templo. Esdras llegó a Jerusalén el mes quinto del año siete del rey. Salió de Babilonia el día uno del primer mes, y el día uno del quinto mes, con la ayuda de Dios, llegó a Jerusalén, porque Esdras se había dedicado a estudiar la ley del Señor, a ponerla en práctica y a enseñar la ley y las costumbres en Israel. Copia del decreto que el rey Artajerjes entregó a Esdras, sacerdote y escriba experto en la ley del Señor y en sus prescripciones sobre Israel: "Artajerjes, rey de reyes, a Esdras, sacerdote y escriba experto en la ley de Dios del cielo: ¡Salud! He decretado que todos los israelitas de mi reino, sacerdotes y levitas, que quieran volver a Jerusalén, vayan contigo, ya que tú eres el enviado del rey y de sus siete consejeros para supervisar en Judá y Jerusalén el cumplimiento de la ley de tu Dios, que está en tus manos; y para llevar la plata y el oro que el rey y sus consejeros han ofrecido voluntariamente al Dios de Israel, cuya morada está en Jerusalén, así como toda la plata y el oro que puedas reunir en toda la provincia de Babilonia, además de las ofrendas voluntarias del pueblo y los sacerdotes para el templo de su Dios en Jerusalén. Con este dinero comprarás novillos y corderos con las correspondientes ofrendas de pan y de vino para ofrecerlo luego en el altar del templo de vuestro Dios, en Jerusalén. Y con la plata y el oro que os sobre, haced lo que mejor os parezca a ti y a tus hermanos, conforme a la voluntad de vuestro Dios. Los utensilios que se te han entregado para el culto del templo de tu Dios, ponlos tú mismo delante de tu Dios, en Jerusalén. Si, a tu parecer, se necesita todavía alguna otra cosa para el templo de tu Dios, recibirás el dinero de los tesoros reales. Y yo, el rey Artajerjes, ordeno a todos los tesoreros de Transeufratina que todo lo que os pida Esdras, sacerdote y escriba experto en la ley del Dios del cielo, se lo deis puntualmente, hasta tres mil cuatrocientos kilos de plata, cuarenta y cinco toneladas de trigo, cuatro mil quinientos litros de vino cuatro mil quinientos de aceite; la sal se le dará sin tasa. Todo lo dispuesto por el Dios del cielo debe ser cumplido puntualmente para el templo del Dios del cielo, a fin de que no caiga su cólera sobre el reino del rey y de sus hijos. Os hacemos saber también que a ninguno de los sacerdotes, levitas, cantores, porteros, sirvientes del templo, en una palabra, a ninguno de los que prestan servicio en este templo de Dios, se le podrá imponer tributo, impuesto o derecho de paso. Y tú, Esdras, conforme a la sabiduría de tu Dios que posees, establecerás jueces y magistrados que administren justicia a todo el pueblo de Transeufratina, es decir, a todos los que conocen la ley de tu Dios. A quienes la ignoran, habréis de enseñársela. Y todo aquel que no cumpla la ley de tu Dios, que es también la ley del rey, será severamente castigado con la muerte, con el destierro, con confiscación de bienes o con la cárcel". ¡Bendito sea el Señor, Dios de nuestros padres, que tan bien dispuso el corazón del rey para glorificar el templo del Señor en Jerusalén, que me granjeó el favor del rey, de sus consejeros y de todos los funcionarios reales más influyentes! Así yo, animado por la ayuda del Señor, mi Dios, convoqué a los israelitas más importantes para que vinieran conmigo. Éstos son, con su genealogía, los cabezas de familia que vinieron de Babilonia conmigo en el reinado de Artajerjes. De los descendientes de Fineés, Guersón; de los de Itamar, Daniel; de los de David, Jatús, hijo de Secanías; de los de Parós, Zacarías; con él fueron registrados ciento cincuenta varones. De los de Pajat Moab, Elyoenay, hijo de Zerajías, y con él doscientos varones. De los de Zatú, Secanías, hijo de Yacaziel, y con él trescientos varones. De los de Adín, Ebed, hijo de Jonatán, y con él cincuenta varones. De los de Elán, Isaías, hijo de Atalías, y con él setenta varones. De los de Sefatías, Zebadías, hijo de Miguel, y con él ochenta varones. De los de Joab, Abdías, hijo de Yejiel, y con él doscientos dieciocho varones. De los de Baní, Selomit, hijo de Yosifías, y con él ciento sesenta varones. De los hijos de Bebay, Zacarías, hijo de Bebay, y con él veintiocho varones. De los de Azgad, Yojanán, hijo de Hacatán, y con él ciento diez varones. De los de Adonicán, los últimos, cuyos nombres son éstos: Elifélet, Yeiel y Semayas, y con ellos sesenta varones. Y de los de Bigvay, Utay, hijo de Zabud, y con él setenta varones. Yo los reuní junto al río que corre hacia Ahavá, donde estuvimos acampados tres días. Al pasar revista a la expedición, encontré laicos y sacerdotes, pero ningún levita. Entonces llamé a los jefes Eliezer, Ariel, Semayas, Elnatán, Jarib, Natán, Zacarías y Mesulán, hombres sensatos, y los mandé al jefe Idó, en Casifías, y les indiqué lo que debían decirle a él y a sus hermanos, establecidos en Casifías: que nos mandaran ministros para el templo de nuestro Dios. Y gracias a la ayuda bondadosa de nuestro Dios, nos trajeron a Serebías, un hombre prudente, descendiente de Majlí, de Leví, de Israel, con sus hijos y hermanos: dieciocho personas en total; nos trajeron también a Jasabías y a su hermano Isaías, descendientes de Merarí, con sus hijos respectivos: veinte personas en total; y de los sirvientes del templo, a quienes David y los jefes habían destinado al servicio de los levitas, doscientos veinte. Todos éstos fueron registrados con sus nombres. Allí, a orillas del río Ahavá, proclamé un ayuno para humillarnos delante de nuestro Dios y pedirle un viaje feliz para nosotros, nuestras familias y toda nuestra hacienda. Pues me había avergonzado de solicitar del rey tropa y gente de a caballo para protegernos de eventuales enemigos durante el viaje, después de haber hablado al rey en estos términos: "La mano de nuestro Dios se extiende para bendecir a todos los que lo buscan; su poder y su furor caen sobre todos los que lo abandonan". Ayunamos invocando a nuestro Dios por esto, y él nos atendió. Escogí a doce jefes de los sacerdotes, a Serebías y Jasabías, y a diez de sus hermanos; les pesé la plata, el oro y los utensilios que el rey, sus consejeros, sus príncipes y todos los israelitas que se encontraban allí habían ofrecido para el templo de nuestro Dios. Lo pesé y les entregué veintidós mil kilos de plata; utensilios de plata que pesaban tres mil cuatrocientos kilos; tres mil cuatrocientos kilos de oro; veinte copas de oro, que pesaban ocho kilos, y dos vasos de hermoso cobre dorado, preciosos como el oro. Y les dije: "Vosotros estáis consagrados al Señor, y sagrados son también estos utensilios; esta plata y este oro son una ofrenda voluntaria al Señor, Dios de nuestros padres. Estad atentos y guardadlos bien, hasta que los peséis ante los jefes de los sacerdotes, los levitas y los cabezas de familia de Israel, en Jerusalén, en los aposentos del templo del Señor". Los sacerdotes y los levitas tomaron la plata, el oro y los utensilios para llevarlos a Jerusalén, al templo de nuestro Dios. Por fin partimos del río Ahavá hacia Jerusalén el día doce del primer mes; nuestro Dios nos protegió durante el viaje, y nos libró de toda violencia de enemigos y saqueadores. Llegamos a Jerusalén y descansamos allí tres días, al cabo de los cuales se pesó la plata, el oro y los utensilios en el templo de nuestro Dios y se entregó todo al sacerdote Merimot, hijo de Urías, a quien acompañaba Eleazar, hijo de Fineés; estaban con ellos los levitas Yozabad, hijo de Josué, y Noadías, hijo de Binuy. Se contó, se pesó y se hizo el inventario de todo. Los repatriados ofrecieron holocaustos al Dios de Israel: doce novillos por todo Israel, noventa y seis carneros, setenta y siete corderos y doce machos cabríos por el pecado: todo en holocausto al Señor. Y se entregaron los decretos del rey a los sátrapas reales y a los gobernadores de Transeufratina, los cuales ayudaron al pueblo y al templo de Dios. Al terminar aquello, se me presentaron los jefes para decirme: "El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de las gentes del país y han incurrido en las prácticas horrendas de los cananeos, hititas, fereceos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios e idumeos. Ellos y sus hijos se han casado con las hijas de esas gentes mezclando la raza santa con las gentes del país, y los jefes y los magistrados han sido los primeros en incurrir en tal prevaricación". Al oír esto, rasgué mis vestiduras y mi manto, me rasuré los pelos de la cabeza y la barba y me senté abrumado. Todos los temerosos de las palabras del Dios de Israel se reunieron conmigo al conocer la prevaricación de los repatriados. Yo permanecí sentado, abrumado hasta la hora del sacrificio de la tarde. A la hora del sacrificio de la tarde salí de mi abatimiento y, con los vestidos y el manto rasgados, me postré de rodillas, extendí mis manos hacia el Señor, mi Dios, y exclamé: "Dios mío, estoy confundido y me avergüenzo de levantar mi rostro hacia ti, porque nuestras iniquidades sobrepasan nuestra cabeza, y nuestros delitos llegan hasta el cielo. Desde los días de nuestros padres hasta hoy hemos pecado gravemente. Por nuestras iniquidades, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados a los reyes extranjeros, a la espada, a la esclavitud, al saqueo, al oprobio, como todavía ahora sucede. A pesar de todo, ahora el Señor nos ha concedido la gracia de dejarnos un resto y de darnos un asilo en su tierra santa. El Señor ha iluminado nuestros ojos y nos ha dado un respiro en medio de nuestra esclavitud. Porque somos esclavos, pero nuestro Dios no nos ha desamparado en nuestra esclavitud; antes bien, nos ha granjeado el favor de los reyes de Persia, nos ha dado un respiro para reconstruir el templo de nuestro Dios y restaurar sus ruinas y nos ha procurado un refugio seguro en Judá y en Jerusalén. Pero ahora, oh Dios nuestro, ¿qué podemos decir? Después de tantos favores hemos abandonado tus mandamientos, que nos habías prescrito por medio de tus siervos los profetas diciendo: El país que vais a ocupar es un país inmundo por la inmundicia de las gentes del país y las abominaciones de las que le han llenado de un extremo a otro con su impureza. Por tanto, no caséis a vuestras hijas con sus hijos, ni a vuestros hijos con sus hijas; no procuréis su paz ni su prosperidad, con el fin de que podáis haceros fuertes vosotros, gozar de los bienes de este país y dejarlos en herencia a vuestros hijos para siempre. Y después de todo lo que nos ha sobrevenido a causa de nuestras maldades y grandes culpas -y eso que tú, oh Dios nuestro, nos has imputado menos culpa de la que teníamos y nos has dejado este resto que somos-, ¿hemos de volver a violar tus mandamientos uniéndonos con estas gentes abominables? ¿No te irritarías entonces contra nosotros hasta exterminarnos, sin dejar siquiera este pequeño resto? ¡Oh Señor, Dios de Israel!, gracias a tu justicia hemos podido subsistir como un resto de supervivientes. Nos reconocemos culpables ante ti, somos indignos de estar en tu presencia". Mientras Esdras oraba y hacía esta confesión llorando y postrado ante el templo de Dios, se congregó junto a él una gran multitud de israelitas, mujeres y niños; todos lloraban amargamente. Entonces Secanías, hijo de Yejiel, descendiente de Elán, tomó la palabra y dijo a Esdras: "Hemos sido infieles a Dios casándonos con mujeres extranjeras de naciones paganas. No obstante, todavía le queda una esperanza a Israel. Hagamos ahora con nuestro Dios un pacto de despedir a todas estas mujeres extranjeras y a los hijos que hemos tenido con ellas, si así te parece a ti y a los temerosos de los mandamientos de nuestro Dios; que se cumpla la ley. Levántate, pues este asunto te incumbe a ti; nosotros estamos contigo. ¡Ánimo, y manos a la obra!". Esdras se levantó e hizo jurar a los jefes de los sacerdotes y los levitas y a todo Israel que actuarían así. Y ellos lo juraron. Esdras se retiró del templo de Dios y se fue al aposento de Jojanán, hijo de Eliasib, donde pasó la noche sin comer pan ni beber agua; tan desolado estaba con la prevaricación de los repatriados. Se publicó después un bando en Judá y Jerusalén para que todos los repatriados se reunieran en Jerusalén, bajo la amenaza de confiscación de todos sus bienes y exclusión de la comunidad a todo aquel que no se presentara en el término de tres días, según la decisión de los jefes y los ancianos. A los tres días, se reunieron en Jerusalén todos los hombres de Judá y Benjamín. Era el día veinte del mes noveno. Todo el pueblo se situó en la plaza del templo de Dios, temblando por la gravedad del caso y porque llovía copiosamente. El sacerdote Esdras se levantó y dijo: "Vosotros habéis prevaricado casándoos con mujeres extranjeras; a tantos otros delitos de Israel habéis añadido también éste. Reconoced vuestra culpa ante el Señor, Dios de nuestros padres, y cumplid su voluntad. Separaos de las gentes paganas y de las mujeres extranjeras". Y toda la comunidad respondió en alta voz: "Haremos lo que nos dices. Pero el pueblo es numeroso y estamos además en la estación de las lluvias y no podemos soportar la intemperie en un asunto como éste, que no es cosa de uno o dos días, ya que somos muchos los que hemos incurrido en este pecado. Que se queden nuestros jefes en representación de toda la comunidad, y todos los que se hayan casado con mujeres extranjeras vendrán en días señalados, acompañados de las autoridades y de los jueces de cada ciudad, hasta que hayamos apartado de nosotros el furor de nuestro Dios por este pecado". Sólo Jonatán, hijo de Asael, y Yajzías, hijo de Tiquá, se opusieron a esta proposición, apoyados por Mesulán y el levita Sabtay. Los repatriados hicieron como se había propuesto. El sacerdote Esdras escogió como colaboradores a los cabezas de familia, según sus casas patriarcales, todos ellos designados nominalmente. Iniciaron éstos sus revisiones para examinar la situación el día uno del décimo mes. Y el día uno del primer mes habían terminado ya de contar a todos aquellos que se habían casado con mujeres extranjeras. Ésta es la relación de los miembros del sacerdocio que se habían casado con mujeres extranjeras. Entre los descendientes de Josué, hijo de Yosadac, y entre sus hermanos: Maasías, Eliezer, Yarib y Guedalías. Éstos se comprometieron bajo juramento a despedir a sus mujeres; y para reparar su culpa ofrecieron un carnero en sacrificio por el pecado. Entre los descendientes de Imer: Jananí y Zebadías. Entre los descendientes de Jarín: Maasaías, Elías, Semayas, Yejiel y Ozías. Entre los descendientes de Pasjur: Elyoenay, Maasías, Ismael, Natanael, Yozabad y Elasá. Entre los levitas: Yozabad, Simeí, Quelayas, esto es, Quelita; Petajías, Judá y Eliezer. Entre los cantores: Eliasib. Entre los porteros: Salún, Telén y Urí. Y entre los israelitas: De los descendientes de Parós: Ramías, Yidías, Malaquías, Miyamín, Eleazar, Malaquías y Benayas. De los de Elán: Matanías, Zacarías, Yejiel, Abdí, Yeremot y Elías. De los de Zatú: Elyoenay, Eliasib, Matanías, Yeremot, Zabat y Azizá. De los de Bebay: Yehojanón, Jananías, Zabay, Atlay. De los de Baní: Mesulán, Maluc, Adayas, Yasub, Seal, Yerimot. De los de Pajat Moab: Adná, Quelal, Benayas, Maasías, Matanías, Besalel, Binuy y Manasés. De los de Jarín: Eliezer, Yisías, Malaquías, Semayas, Simeón, Benjamín, Maluc, Semarías. De los de Jasún: Matnay, Matatá, Zabad, Elifélet, Yeremías, Manasés, Simeí. De los de Baní: Maday, Amrán, Joel, Benayas, Bedías, Quelaías, Vanías, Maremot, Eliasib, Matanías, Matnay, Jasay. De los de Binuy: Simeí, Selemías, Natán, Adayas. De los de Zacay: Sasay, Saray, Azarael, Selemías, Semarías, Salún, Amarías, José. De los de Nebo: Yeiel, Matitías, Zabad, Zebiná, Yaday, Joel, Benayas. Todos éstos se habían casado con mujeres extranjeras: las despidieron a ellas y a sus hijos. Palabras de Nehemías, hijo de Jacalías. En el mes de quisleu, el año veinte del rey Artajerjes, estando yo en la fortaleza de Susa, Jananí, uno de mis hermanos, llegó con algunos hombres de Judá. Yo le pregunté por los judíos, los supervivientes salvados del destierro, y por Jerusalén. Me dijeron: "Los supervivientes del destierro que quedan allí, en la provincia, se encuentran en gran estrechez y humillación; la muralla de Jerusalén está destrozada y sus puertas destruidas por el fuego". Al oír estas palabras, yo me senté y me puse a llorar. Permanecí en duelo algunos días, ayunando y orando ante el rey del cielo. Y exclamé: "¡Ah Señor, Dios del cielo, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y la fidelidad con los que te aman y observan tus mandamientos! Que tus oídos estén atentos y tus ojos abiertos para escuchar la plegaria de tu siervo, que yo derramo ahora ante ti, día y noche, por los israelitas tus siervos, confesando los pecados que ellos han cometido contra ti. Yo mismo y la casa de mi padre hemos pecado; nos hemos portado inicuamente contigo y no hemos guardado los mandamientos, las leyes y los preceptos que tú habías dado a tu siervo Moisés. Pero acuérdate de lo que dijiste a tu siervo Moisés: Si sois infieles, yo os dispersaré entre las naciones; pero si os convertís a mí y observáis mis mandamientos, poniéndolos en práctica, aunque vuestros desterrados estuvieran en el extremo de los cielos, yo los recogeré de allí y los conduciré de nuevo al lugar que he escogido para morada de mi nombre. Pues bien, éstos son tus siervos y éste tu pueblo, a quienes tú has redimido con tu gran poder y tu fuerte brazo. Oh Señor, estén atentos tus oídos a la súplica de tu siervo y a la oración de tus servidores, que quieren ser fieles a ti. Concede éxito a tu siervo y haz que tengan buena acogida ante ese hombre". Era yo entonces copero del rey. En el mes de nisán, el año veinte del rey Artajerjes, siendo yo encargado del vino, lo tomé y se lo serví al rey. Anteriormente nunca había estado triste ante él. Y el rey me dijo: "¿Por qué estás tan triste? Enfermo no estás; tu corazón está afligido". Entonces, sumamente azorado, dije al rey: "Oh rey, vive eternamente. ¿Cómo no he de estar triste, cuando la ciudad donde están las tumbas de mis padres está destruida y sus puertas consumidas por el fuego?". El rey me dijo: "¿Qué es lo que quieres?". Yo, encomendándome al Dios del cielo, le dije: "Si le parece bien al rey y quiere hacer un favor a su siervo, déjame ir a Judá, a la ciudad de las tumbas de mis padres, para poderla reconstruir". El rey, que tenía a la reina sentada a su lado, me preguntó: "¿Cuánto durará tu viaje y cuándo estarás de vuelta?". Yo le fijé un plazo, que le pareció bien, y él me autorizó a marchar. Luego dije al rey: "Si le parece bien al rey, tenga a bien darme cartas para los gobernadores de Transeufratina, a fin de que me dejen libre el paso hasta Judá, y una carta dirigida a Asaf, el guarda del parque real, para que me dé madera de construcción para las puertas de la ciudadela del templo, para la muralla de la ciudad y la casa en que he de habitar yo". El rey me lo concedió, porque mi Dios me protegía. El rey me puso una escolta de infantería y de caballería. Me presenté a los gobernadores de Transeufratina y les entregué las cartas del rey. Al enterarse de ello Sambalat, el joronita, y Tobías, el funcionario amonita, no les gustó nada que hubiera venido un hombre a procurar el bien de los israelitas. Llegué a Jerusalén y descansé tres días. Luego me levanté de noche, con unos cuantos hombres, sin manifestar a nadie lo que por inspiración divina iba a hacer por Jerusalén, llevando sólo el caballo que yo montaba. Salí, pues, de noche, por la puerta del Valle, me dirigí hacia la fuente del Dragón y luego a la puerta del Muladar, inspeccionando la muralla de Jerusalén destruida y las puertas consumidas por el fuego. Continué después hasta la puerta de la Fuente y la alberca del rey; pero, como no había sitio para pasar con mi cabalgadura, volví a subir de noche por el torrente, inspeccionando siempre la muralla, hasta la puerta del Valle. Por allí regresé a casa, sin que los prefectos supieran dónde había ido ni qué había hecho; pues hasta entonces no había comunicado nada a los judíos, ni a los sacerdotes, ni a los nobles, ni a los prefectos, ni a los otros responsables. Después les dije: "Ya veis la triste situación en que nos encontramos: Jerusalén destruida, sus puertas consumidas por el fuego. Venid, reconstruyamos la muralla de Jerusalén y no seremos más objeto de escarnio". Y les conté cómo Dios me había protegido y las palabras que el rey me había dirigido. Ellos exclamaron: "¡Ea, emprendamos la construcción!". Y se animaron mutuamente para esta hermosa tarea. Pero al enterarse de ello Sambalat, el joronita, Tobías, el funcionario amonita, y Guesen, el árabe, se burlaron de nosotros y dijeron con desprecio: "¿Qué es lo que estáis haciendo? ¿Os vais a rebelar contra el rey?". Yo les respondí: "El Dios del cielo es quien nos dará éxito. Nosotros, sus siervos, vamos a ponernos a la obra. Vosotros no tenéis parte, ni derecho, ni nada en Jerusalén". El sumo sacerdote Eliasib y sus hermanos los sacerdotes se encargaron de construir la puerta de las Ovejas; la armaron y colocaron sus hojas. Reconstruyeron también el tramo hasta la torre de Jananel. A su lado trabajaron los hombres de Jericó y, después de éstos, Zacur, hijo de Imrí. De la puerta de los Peces se encargaron los hijos de Hasnaá; la armaron y colocaron sus hojas, cerraduras y barras. A continuación de éstos trabajaron en la restauración Meremot, hijo de Urías, hijo de Hacós; después de éstos Mesulán, hijo de Berequías, hijo de Mesezabel, y a continuación Sadoc, hijo de Baaná. Al lado de éstos trabajaron los habitantes de Técoa; pero sus nobles no quisieron colaborar con sus señores. La puerta Vieja fue restaurada por Josadá, hijo de Paséaj, y Mesulán, hijo de Besodías; ellos armaron y colocaron sus hojas, cerraduras y barras. A su lado trabajaron Melatías de Gabaón, Yadón de Meronot, con los hombres de Gabaón y de Mispá, a expensas del gobernador de Transeufratina. A continuación trabajó Uziel, hijo de Jarjayas, del gremio de los orfebres, y después de él Jananías, del gremio de los perfumistas; ellos reconstruyeron Jerusalén hasta la muralla de la plaza. A continuación trabajó Refayas, hijo de Jur, jefe de la mitad del distrito de Jerusalén; a su lado Jedayas, hijo de Jarumaf, frente a su casa, y después Jatús, hijo de Jasabnías. Malaquías, hijo de Jarín, y Jasub, hijo de Pajat Moab, repararon el tramo siguiente hasta la torre de los Hornos. A continuación trabajó, acompañado de sus hijos, Salún, hijo de Halojés, gobernador de la otra mitad del distrito de Jerusalén. Janún y los habitantes de Zanóaj restauraron la puerta del Valle; la construyeron y colocaron sus hojas, cerraduras y barras; repararon también quinientos metros de la muralla hasta la puerta del Muladar. De la puerta del Muladar se encargó Malaquías, hijo de Recab, jefe del distrito de Bet Haqérem; él la construyó y colocó sus hojas, cerraduras y barras. La puerta de la Fuente la restauró Salún, hijo de Col José, jefe del distrito de Mispá; la construyó, la techó y colocó sus hojas, cerraduras y barras; reparó también el muro de la alberca del rey, hasta la gradería que baja de la ciudad de David. A continuación de él trabajó Nehemías, hijo de Azbuc, jefe de la mitad del distrito de Bet Sur, hasta enfrente de los sepulcros de David, hasta la alberca artificial y la casa de los héroes. A continuación trabajaron los levitas: Rejún, hijo de Baní; con él Jasabías, jefe de la mitad del distrito de Queilá, por su distrito. A continuación sus hermanos: Binuy, hijo de Jenadad, jefe de la otra mitad del distrito de Queilá; después Ézer, hijo de Josué, jefe de Mispá, reparó otro tramo frente a la subida de la armería hasta el ángulo. A continuación reparó otro tramo Baruc, hijo de Zabay, desde el ángulo hasta la puerta de la casa del sumo sacerdote Eliasib. A continuación Meremot, hijo de Urías, hijo de Hacós, restauró otro tramo desde la puerta de la casa de Eliasib hasta el extremo de la misma. A continuación trabajaron los sacerdotes que habitaban en la llanura. A continuación Benjamín y Jasub, el trecho frente a su casa; a continuación Azarías, hijo de Maasías, hijo de Ananías, el tramo junto a su casa. A continuación restauró otro trecho Binuy, hijo de Jenadad, desde la casa de Azarías hasta el ángulo. Palal, hijo de Uzay, reparó el trecho enfrente del ángulo de la torre que sobresale del palacio real alto y da al patio de la cárcel; a continuación Pedayas, hijo de Parós. Los sirvientes del templo, que habitaban en el Ofel, restauraron hasta la puerta del Agua, en dirección del levante y hasta la torre saliente. A continuación restauraron otro trecho los de Técoa, frente a la gran torre saliente hasta la muralla de Ofel. A partir de la puerta de los Caballos trabajaron los sacerdotes, cada uno frente a su propia casa. A continuación trabajó Sadoc, hijo de Imer, frente a su casa; a continuación Semayas, hijo de Secanías, guardián de la puerta Oriental. A continuación Jananías, hijo de Selemías, y Janún, sexto hijo de Salaf, repararon otro trecho. A continuación trabajó Mesulán, hijo de Baraquías, frente a su casa. A continuación Malaquías, del gremio de los orfebres, restauró hasta la casa de los sirvientes del templo y de los comerciantes, frente a la puerta de la Vigilancia y hasta la cámara alta del ángulo. Y entre la cámara alta del ángulo y la puerta de las Ovejas trabajaron los orfebres y los comerciantes. Cuando Sambalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los de Asdod se enteraron de que la restauración de la muralla de Jerusalén adelantaba y que habían empezado a taparse las brechas, se enfurecieron enormemente y se conjuraron todos ellos a una para atacar a Jerusalén y causarle todo el daño posible. Entonces nosotros recurrimos a nuestro Dios y montamos guardia contra ellos de día y de noche. Sin embargo, los judíos comenzaron a decir: "¡Empiezan a flaquear las fuerzas de los cargadores; son demasiados los escombros y no vamos a poder concluir la muralla!". Por su parte, decían nuestros enemigos: "Sin que se enteren ni se den cuenta, caeremos sobre ellos, los mataremos y así pondremos fin a la obra". Pero los judíos que vivían entre ellos vinieron una y otra vez a prevenirnos por qué sitios vendrían los enemigos a atacarnos. Entonces yo emplacé al pueblo en las zonas más bajas, por detrás de la muralla, en los puntos descubiertos, dividiéndolos por familias, cada uno con sus espadas, sus lanzas y sus arcos. Lo inspeccioné todo, me puse en pie y dije a los nobles, a los prefectos y al resto del pueblo: "¡No les tengáis miedo. Pensad en el Señor, grande y terrible, y luchad por vuestros hermanos, vuestros hijos y vuestras hijas, vuestras mujeres y vuestras casas!". Cuando nuestros enemigos se dieron cuenta de que estábamos advertidos y de que Dios había desbaratado sus planes, se retiraron, y nosotros volvimos a la muralla, cada cual a su tarea. Pero desde aquel día sólo la mitad de mis hombres trabajaban en la obra; la otra mitad empuñaba las lanzas, los escudos, las flechas y las lorigas, y los jefes estaban detrás de todos los judíos que trabajaban en la muralla. También los cargadores estaban armados: con una mano trabajaban y con la otra empuñaban el arma. Cada uno de los constructores tenía ceñida a los lomos la espada mientras trabajaba. Y un corneta estaba siempre a mi lado. Pues yo había dicho a los nobles, a los prefectos y al resto del pueblo: "La obra es grande y extensa, y estamos diseminados a lo largo de la muralla, lejos unos de otros. Donde oigáis el sonido del cuerno, corred allá para uniros a nosotros, y nuestro Dios luchará a nuestro lado". De esta forma, mientras la mitad empuñaba las lanzas, trabajábamos desde el despuntar del alba hasta que aparecían las estrellas. Dije también al pueblo: "Cada cual, con su criado, pase la noche en Jerusalén; de esta forma haremos guardia de noche y trabajaremos de día". Y yo, mis hermanos, mis gentes y los hombres de guardia que me seguían ni siquiera nos desvestíamos; cada uno dormía con el arma en la mano. - - - - - - - - - - - - - - - - - - Las gentes del pueblo y sus mujeres protestaron contra sus hermanos judíos. Unos decían: "Tenemos que dar en prenda a nuestros hijos y nuestras hijas para obtener grano con que poder comer y vivir". Otros: "Tenemos que empeñar nuestros campos, nuestras viñas y nuestras casas para poder conseguir grano en esta penuria". Y otros: "Tenemos que hipotecar nuestros campos y nuestras viñas para pagar el tributo al rey. Nuestra carne es igual que la de nuestros hermanos; nuestros hijos son como los suyos; y, sin embargo, nos vemos obligados a someter nuestros hijos y nuestras hijas a la esclavitud. Algunas de nuestras hijas son ya esclavas, sin que podamos impedirlo, ya que nuestros campos y nuestras viñas pertenecen a otros". Yo me indigné al oír sus quejas y razones y, después de reflexionar, reprendí a los nobles y a los prefectos; les dije: "¡Qué carga imponéis a vuestros hermanos!". Convoqué después contra ellos una gran asamblea, y les dije: "Nosotros hemos rescatado, según nuestras posibilidades, a nuestros hermanos judíos, que habían sido vendidos a los paganos. ¡Y ahora sois vosotros los que obligáis a vender a vuestros hermanos para que nosotros los rescatemos!". Se quedaron mudos, sin saber qué responder. Y yo continué: "No está bien lo que hacéis. ¿No sería mejor que caminarais en el temor de vuestro Dios, para no ser la burla de nuestros enemigos los paganos? También yo, mis hermanos y mi gente les hemos dado en préstamo dinero y trigo. Pues bien, ¡perdonemos estas deudas! Devolvedles ahora mismo sus campos, sus viñas, sus olivares y sus casas y perdonadles la deuda del dinero, del trigo, del vino y del aceite que les habíais prestado". Respondieron: "Se lo devolveremos y no reclamaremos nada; haremos lo que dices". Entonces llamé a los sacerdotes y les hice jurar que actuarían según lo dicho. Luego sacudí mi manto y dije: "Así sacuda Dios la casa y la hacienda de aquel que no mantenga esta promesa; así sea sacudido y se quede sin nada". Toda la asamblea respondió: "¡Así sea!"; y alabó al Señor. Y el pueblo cumplió lo que había prometido. Además, desde el día en que el rey me hizo gobernador del país de Judá, desde el año veinte hasta el treinta y dos del rey Artajerjes, es decir, durante doce años, ni yo ni mis hermanos comimos de la provisión debida al gobernador; en cambio, los gobernadores que me habían precedido habían gravado al pueblo, percibiendo de él, en concepto de pan y vino, cuarenta monedas de plata cada día; y sus criados también oprimían al pueblo; pero yo no obré así, porque temía a Dios. Trabajé incluso en la reconstrucción de la muralla, a pesar de que no era propietario de campo alguno; y toda mi gente estaba también allí trabajando en las obras. A mi mesa se sentaban los judíos y los prefectos, ciento cincuenta hombres, aparte de los que venían de los pueblos limítrofes. Todos los días se consumía a expensas mías un toro, seis carneros selectos y aves; cada diez días se traía vino en abundancia. Sin embargo, no reclamé la provisión que me correspondía como gobernador, porque los trabajos gravaban ya bastante al pueblo. ¡Acuérdate, oh Dios mío, para mi bien, de todo lo que he hecho por este pueblo! Cuando Sambalat, Tobías, Guesen, el árabe, y los demás enemigos nuestros se enteraron de que yo había reconstruido la muralla y no quedaba brecha alguna en ella, aunque todavía no había colocado las hojas de las puertas, Sambalat y Guesen me mandaron a decir: "Ven a entrevistarte con nosotros en Quefirín, en la vega de Ono". Como de lo que trataban era de hacerme mal, les mandé a decir: "Estoy ocupado en una obra importante y no me es posible ir; la obra se pararía si la dejo para ir a veros". Sin embargo, volvieron a hacerme la misma invitación por cuatro veces; y yo les di siempre la misma respuesta. Entonces Sambalat me mandó a decir por quinta vez lo mismo por medio de un criado, que traía una carta abierta, en la que se decía: "Circula entre estas gentes -Gasmú lo afirma- el rumor de que tú y los judíos abrigáis el proyecto de sublevaros, y que para ello reconstruyes la muralla y tratas de hacerte su rey; que incluso has designado profetas para que te proclamen rey de Judá en Jerusalén. Estos rumores llegarán sin duda a oídos del rey; ven para que tomemos juntos una decisión". Pero yo le mandé a decir: "No hay nada de lo que tú dices; son bulos inventados por ti". Lo que intentaban era meternos miedo, pensando que dejaríamos el trabajo, y la obra no se llegaría a realizar. Pero, por el contrario, yo proseguí con más ánimo. Fui luego a casa de Semayas, hijo de Delayas, nieto de Mehetabel, que estaba impedido. Me dijo: "Vamos al templo de Dios, al interior del santuario. Cerremos bien sus puertas, porque van a venir a matarte; sí, esta noche te vendrán a matar". Pero yo respondí: "¿Un hombre como yo darse a la fuga? ¿Qué hombre de mi condición entraría en el santuario para salvar su vida? No, no entraré". Comprendí claramente que no le había enviado Dios, sino que había pronunciado este oráculo sobre mí porque Tobías y Sambalat lo habían comprado, con el fin de que yo, impulsado por el miedo, obrara así e incurriera en pecado, con lo que ellos encontrarían en esta mala nota un pretexto para desprestigiarme. ¡Acuérdate, Dios mío, de Tobías y Sambalat por lo que han hecho, de la profetisa Noadías y de los demás profetas que trataron de asustarme! La muralla fue terminada el día veinticinco del mes de elul, en cincuenta y dos días. Cuando nuestros enemigos lo supieron, se llenaron de miedo y se sintieron humillados al reconocer que esta obra había sido realizada con la ayuda de nuestro Dios. Por aquellos mismos días hubo mucha correspondencia epistolar entre los nobles de Judá y Tobías, pues Tobías tenía muchos aliados en Judá por ser yerno de Secanías, hijo de Araj, y estar casado su hijo Yohojanán con la hija de Mesulán, hijo de Berequías. Lo alababan en mi presencia y le transmitían mis palabras. Y Tobías seguía mandando cartas para intimidarme. Construida la muralla, y después de haber colocado las hojas de las puertas, quedaron encargados de la vigilancia los porteros, los cantores y los levitas. Puse al frente de Jerusalén a mi hermano Jananí y a Jananías, comandante de la ciudadela, porque era un hombre fiel y temeroso de Dios más que los otros, y les di estas órdenes: "No se abrirán las puertas de Jerusalén hasta que el sol comience ya a calentar; y antes que se ponga, se cerrarán bien echando las barras. Los habitantes de Jerusalén montarán guardia, unos en su puesto y otros delante de su propia casa". La ciudad era espaciosa y grande, pero poco poblada, y no se construían casas. Mi Dios me inspiró la idea de reunir a los nobles, a los prefectos y al pueblo para hacer el censo. Tomé el libro del registro genealógico de los que habían vuelto la primera vez, y encontré escrito en él lo siguiente: Éstos son los israelitas de la provincia de Judá que regresaron del destierro de Babilonia, donde los había deportado Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que volvieron a Jerusalén y Judá, cada uno a su ciudad. Vinieron con Zorobabel, Josué, Nehemías, Azarías, Raamías, Najamaní, Mardoqueo, Bilsán, Mispéret, Bigvay, Najún y Baaná. Número de los hombres del pueblo de Israel: descendientes de Parós: dos mil ciento setenta y dos; de Sefatías: trescientos setenta y dos; de Araj: seiscientos cincuenta y dos; descendientes de Pajat Moab, es decir, de Josué y Joab: dos mil ochocientos dieciocho; de Elán: mil doscientos cincuenta y cuatro; de Zatú: ochocientos cuarenta y cinco; de Zacay: setecientos setenta; de Binuy: seiscientos cuarenta y ocho; de Bebay: seiscientos veintiocho; de Azgad: dos mil trescientos veintidós; de Adonicán: seiscientos sesenta y siete; de Bigvay: dos mil sesenta y siete; de Adín: seiscientos cincuenta y cinco; de Ater, es decir, de Ezequías: noventa y ocho; de Jasún: trescientos veintiocho; de Besay; trescientos veinticuatro; de Jarif: ciento doce; de Gabaón: noventa y cinco; de Belén y Netofá: ciento ochenta y ocho; de Anatot: ciento veintiocho; de Bet Azmávet: cuarenta y dos; de Quiriat Yearín, Quefirá y Beerot: setecientos cuarenta y tres; de Ramá y Gueba: seiscientos veintiuno; de Micmás: ciento veintidós; de Betel y Ay: ciento veintitrés; de Nebó: cincuenta y dos; del otro Elán: mil doscientos cincuenta y cuatro; de Jarín: trescientos veinte; de Jericó: trescientos cuarenta y cinco; de Lod, Jadid y Onó: setecientos veinticinco; de Senaá, tres mil novecientos treinta. Sacerdotes: de Yedayas, de la casa de Josué: novecientos setenta y tres; de Imer: mil cincuenta y dos; de Pasjur: mil doscientos cuarenta y siete; de Jarín: mil diecisiete. Levitas: de Josué y Cadmiel, de los hijos de Hodías: setenta y cuatro. Cantores: de Asaf: ciento cuarenta y ocho. Porteros: de Salún, de Ater, de Talmón, de Acub, de Jatitá, de Sobay: ciento treinta y ocho. Sirvientes del templo: de Sijá, de Jasufá, de Tabaot, de Querós, de Siá, de Padón, de Lebaná, de Jagabá, de Salmay, de Janán, de Guidel, de Gajar, de Reayas, de Resín, de Necodá, de Gazán, de Uzá, de Paséaj, de Besay, de los meunitas, de los nefusitas, de Bacbuc, de Jacufá, de Jarjur, de Baslit, de Mejidá, de Jarsá, de Barcós, de Siserá, de Témaj, de Nesíaj, de Jatifá. Descendientes de los sirvientes de Salomón: de Sotay, de Soféret, de Peridá, de Yaalá, de Darcón, de Guidel, de Sefatías, de Jatil, de Poquéret Hassebáyim, de Amón. Total de los sirvientes del templo y de los descendientes de los sirvientes de Salomón: trescientos noventa y dos. Los reseñados a continuación son los que regresaron de Tel-Mélaj, Tel-Jarsá, Querub, Addón e Imer, y no pudieron demostrar que su familia y su estirpe eran de origen israelita: de Delayas, de Tobías, de Necodá: seiscientos cuarenta y dos. Y entre los sacerdotes: de Jobayas, de Hacós, de Barzilay, el cual se había casado con una de las hijas de Barzilay, el galaadita, cuyo nombre adoptó. Buscaron sus títulos genealógicos; pero al no encontrarlos, fueron excluidos del sacerdocio, y el gobernador les prohibió comer alimentos sagrados hasta que se presentase un sacerdote para consultar las suertes. El total de la comunidad era de cuarenta y dos mil trescientas sesenta personas, sin contar sus esclavos y esclavas, que eran siete mil trescientos treinta y siete, más doscientos cuarenta y cinco cantores y cantoras. Tenían, además, setecientos treinta y seis caballos, doscientos cuarenta y cinco camellos y seis mil setecientos veinte asnos. Algunos de los cabezas de familia hicieron donativos para la obra. El gobernador dio al tesoro mil dracmas de oro, cincuenta copas y treinta túnicas sacerdotales. Entre los cabezas de familia dieron al tesoro de la obra veinte mil dracmas de oro y dos mil doscientas minas de plata. El resto del pueblo entregó veinte mil dracmas de oro, dos mil minas de plata y siete túnicas sacerdotales. Los sacerdotes, los levitas y parte del pueblo se establecieron en Jerusalén; los porteros, los cantores, los sirvientes del templo y los demás israelitas, en sus ciudades respectivas. - - - En el mes séptimo, cuando ya todos los israelitas estaban instalados en sus ciudades, el pueblo entero se congregó como un solo hombre en la plaza de la puerta del Agua y dijo al escriba Esdras que trajese el libro de la ley de Moisés, dada por el Señor a Israel. El día primero del séptimo mes, el sacerdote Esdras presentó la ley ante la comunidad, integrada por hombres y mujeres y cuantos tenían uso de razón. La estuvo leyendo en la plaza de la puerta del Agua desde por la mañana temprano hasta el mediodía ante los hombres, las mujeres y los que tenían uso de razón. Todo el pueblo estaba atento a la lectura del libro de la ley. Esdras, el escriba, estaba de pie sobre una tribuna de madera levantada al efecto; y junto a él estaban, a su derecha, Matitías, Semá, Ananías, Urías, Jelcías y Maasías; y a su izquierda, Pedayas, Misael, Malquías, Jasún, Jasbadana, Zacarías y Mesulán. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -porque dominaba a toda la multitud- y, al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Entonces Esdras bendijo al Señor, el gran Dios, y todo el pueblo, con las manos levantadas, respondió: "Amén, amén", al tiempo que se inclinaban y adoraban al Señor, rostro en tierra. Los levitas Josué, Baní, Serebías, Jamín, Acub, Sabtay, Hodiyías, Maasías, Quelitá, Azarías, Yozabad, Janán y Pelayas explicaban la ley al pueblo mientras el pueblo permanecía en pie. Y Esdras leyó el libro de la ley de Dios, traduciendo y explicando el sentido. Así se pudo entender lo que se leía. Entonces Nehemías, el gobernador; Esdras, el sacerdote-escriba, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: "Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios; no estéis tristes, no lloréis". Porque todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley. Nehemías les dijo: "Id y comed buenos platos, bebed buenos vinos e invitad a los que no tienen nada preparado, pues este día está consagrado al Señor. ¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!". Y los levitas tranquilizaban a todo el pueblo, diciendo: "¡Calla, no os entristezcáis, porque este día es santo!". Y el pueblo entero se fue a comer y beber, a invitar a los demás y a celebrar la fiesta, porque habían comprendido lo que les habían enseñado. El segundo día, los cabezas de familia de todo el pueblo, los sacerdotes y los levitas se reunieron con Esdras, el escriba, para seguir escuchando las palabras de la ley. Encontraron escrito en la ley que el Señor había prescrito por medio de Moisés: "Los israelitas deberán vivir en cabañas durante la fiesta del séptimo mes". Al saberlo, publicaron este bando por todas sus ciudades y en Jerusalén: "Id al monte y traed ramos de olivo, de pino, de mirto, de palma y de otros árboles frondosos para hacer cabañas, como está prescrito". El pueblo salió. Trajeron ramos y se hicieron cabañas cada uno en su propio terrado, en sus patios, en los atrios del templo de Dios, en la plaza de la puerta del Agua y en la plaza de la puerta de Efraín. Toda la comunidad de los repatriados hizo cabañas y se instaló en ellas. Desde los tiempos de Josué, hijo de Nun, no habían hecho una cosa así los israelitas hasta aquel día. Y la alegría fue inmensa. Esdras continuó leyendo en el libro de la ley de Dios cada día, desde el primero hasta el último. La fiesta duró una semana, y el día octavo se celebró, según lo prescrito, una reunión solemne. El día veinticuatro de aquel mismo mes, los israelitas, vestidos de saco y cubierta de tierra la cabeza, se congregaron para el ayuno. Los de la raza de Israel se separaron de todos los extranjeros y, puestos de pie, confesaron sus pecados y las iniquidades de sus padres. En pie, y cada uno en su sitio, leyeron en el libro de la ley del Señor, su Dios, durante tres horas; y durante otras tres horas confesaron sus pecados y adoraron al Señor, su Dios. Luego subieron a la tribuna de los levitas Josué, Baní, Cadmiel, Sebanías, Buní, Serebías, Baní y Quenaní, e invocaron en alta voz al Señor, su Dios. Y los levitas Josué, Cadmiel, Baní, Jasabnías, Serebías, Hodiyías, Sebanías y Petajías dijeron: "Levantaos y bendecid al Señor, vuestro Dios, desde siempre y por siempre. ¡Bendito sea tu nombre sublime y excelso, superior a toda bendición y alabanza! ¡Tú solo, Señor, eres el único! Tú hiciste los cielos, el cielo de los cielos y todas sus estrellas, la tierra y todo cuanto encierra, los mares y todo lo que contienen; a todo ello tú le das la vida, y todos los astros del cielo te adoran. Tú eres, Señor, el Dios que elegiste a Abrán, le sacaste de Ur de los caldeos y le diste el nombre de Abrahán. Tú comprobaste que era un hombre fiel e hiciste con él un pacto, según el cual le darías a él y a su descendencia la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del fereceo, del jebuseo, del guirgaseo; y has cumplido tu palabra, porque eres justo. Tú viste la aflicción de nuestros padres en Egipto y escuchaste su clamor junto al mar Rojo; realizaste milagros y prodigios contra el Faraón, contra todos sus siervos y contra el pueblo entero de su país, porque sabías que los habían tratado con arrogancia, y te granjeaste un renombre que todavía hoy dura. Partiste en dos mitades el mar ante ellos y lo pasaron a pie enjuto, mientras a sus perseguidores los precipitaste en el abismo, como una piedra entre aguas impetuosas. Los guiaste de día mediante una columna de nube, de noche con una columna de fuego para alumbrarles el camino que tenían que seguir. Bajaste sobre el monte Sinaí, hablaste con ellos desde el cielo, les diste disposiciones justas, leyes verdaderas, preceptos y mandamientos buenos. Les diste a conocer tu santo sábado, les prescribiste mandamientos, preceptos y ley por medio de Moisés, tu siervo. Les diste pan del cielo para su hambre, y agua de la roca para su sed, y los mandaste que fueran a tomar posesión de la tierra que, mano en alto, habías jurado darles. Pero nuestros padres se obstinaron, endurecieron su cabeza, no obedecieron tus órdenes. No quisieron obedecer, olvidándose de las maravillas que tú habías realizado para ellos. Endurecieron su cabeza y se empeñaron, obstinados, en volver a Egipto, a su esclavitud. Pero tú eres un Dios pronto a perdonar, clemente y misericordioso, tardo a la ira y lleno de bondad; por eso no los abandonaste. Ni cuando se fabricaron un becerro de metal fundido y dijeron: ¡Éste es tu dios, que te ha sacado de Egipto!, cometiendo graves blasfemias. Ni siquiera entonces tú, en tu inmensa bondad, los abandonaste en el desierto: no se apartó de ellos la nube que durante el día los guiaba en su camino, ni la columna de fuego que por la noche alumbraba su ruta. Les diste tu espíritu bueno para instruirlos; no negaste el maná a su boca y les procuraste agua para calmar su sed. Cuarenta años los sustentaste en el desierto. No les faltó nada; sus vestidos no se gastaron ni se hincharon sus pies. Pusiste en sus manos reinos y pueblos, y se los repartiste según límites precisos; tomaron posesión del país de Sijón, rey de Jesbón, y del país de Og, rey de Basán. Multiplicaste sus hijos como las estrellas del cielo, y los llevaste a la tierra que habías prometido dar en propiedad a sus padres. Entraron los hijos y se apoderaron de la tierra; tú humillaste ante ellos a sus habitantes los cananeos, y los entregaste en sus manos, a ellos, a sus reyes y a los pueblos del país, para que los tratasen a su gusto. Ellos se apoderaron de ciudades fortificadas, de una tierra feraz, ocuparon casas llenas de toda clase de bienes, pozos, viñedos, olivares y árboles frutales en abundancia; y comieron, se saciaron, engordaron, se recrearon en la abundancia de tus bienes. Pero fueron insolentes, se rebelaron contra ti y echaron tu ley a sus espaldas; mataron a tus profetas, que les exhortaban a convertirse a ti, y te ofendieron gravemente. Entonces tú los entregaste en manos de sus enemigos, que los oprimieron. En el tiempo de su tribulación clamaron a ti, y tú les escuchaste desde el cielo, y en tu gran bondad les diste liberadores que los salvasen de las manos de sus enemigos. Pero en cuanto recobraron la paz, volvieron en seguida a obrar mal ante ti, y tú los abandonaste en manos de sus enemigos, que les sometieron a su yugo. Entonces volvían a suplicarte, y tú los escuchabas desde el cielo. ¡Cuántas veces los salvaste por tu gran bondad! Les instabas a convertirse a tu ley; pero ellos, obstinados, no obedecieron a tus mandamientos y pecaron contra tus leyes, que dan la vida a quien las pone en práctica; se encogieron de hombros, endurecieron su cabeza y no quisieron obedecer. No obstante, tú los soportaste muchos años, los amonestaste con tu espíritu por medio de los profetas, pero no hicieron caso. Entonces los entregaste en manos de los pueblos del país. Pero en tu inmensa bondad no los aniquilaste ni los abandonaste, porque eres un Dios clemente y misericordioso. Y ahora, oh Dios nuestro, Dios grande, poderoso y terrible, que guardas la alianza y la misericordia, no tengas en poco todas las desgracias que han caído sobre nosotros, sobre nuestros reyes, nuestros jefes, nuestros sacerdotes, nuestros profetas, nuestros padres y todo tu pueblo, desde la época de los reyes de Asiria hasta el presente. Has sido justo en todo lo que nos ha sobrevenido, porque tú has demostrado tu lealtad, y nosotros, en cambio, nuestra maldad. Nuestros reyes, nuestros jefes, nuestros sacerdotes y nuestros padres no observaron tu ley ni obedecieron tus mandamientos y las normas que tú les habías dado. Cuando estaban en su reino, en medio de los abundantes bienes que tú les concedías en esta tierra ancha y feraz que tú habías puesto a su disposición, no te sirvieron ni se arrepintieron de su perversa conducta. Y ahora nosotros mismos somos esclavos; y en la tierra que tú diste a nuestros padres para que gozaran de sus frutos y sus bienes, en ella misma estamos sometidos a esclavitud. Sus frutos van a parar a los reyes que tú nos has impuesto por nuestros pecados y que disponen a su gusto de nosotros y de nuestro ganado. ¡Qué inmensa es nuestra angustia! - - - Por todo esto, aceptamos hoy un compromiso firme, escrito, sellado y firmado por nuestros jefes, levitas y sacerdotes. Firman el documento los siguientes: Sacerdotes: Nehemías, el gobernador, hijo de Jacalías, y Sedecías, Serayas, Azarías, Jeremías, Pasjur, Amarías, Malquías, Jatús, Sebanías, Maluc, Jarín, Meremot, Abdías, Daniel, Guinetón, Baruc, Mesulán, Abías, Miyamín, Mazías, Bilgá, Semayas. Levitas: Josué, hijo de Azanías; Binuy, descendiente de Jenadad; Cadmiel y sus hermanos Secanías, Odías, Quelitá, Pelayas, Janán, Micá, Rejob, Jasabías, Zacur, Serebías, Sebanías, Hodiyías, Baní, Beninú. Jefes del pueblo: Parós, Pajat, Moab, Elán, Zatú, Baní, Buní, Azgad, Bebay, Adonías, Bigvay, Adín, Ater, Ezequías, Azur, Hodiyías, Jasún, Besay, Jarif, Anatot, Nebay, Magpías, Mesulán, Jezir, Mesezabel, Sadoc, Yadúa, Pelatías, Janán, Anayas, Oseas, Jananías, Jasub, Halojés, Piljá, Sobec, Rejún, Jasabná, Mazías, Ajías, Janán, Anán, Maluc, Jarín, Baaná. El resto del pueblo, los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, los sirvientes del templo, en una palabra, todos los que se habían separado de las gentes del país para ajustarse a la ley de Dios, sus mujeres, sus hijos y sus hijas, todos los que tenían uso de razón, se unieron a sus hermanos y a los jefes y se comprometieron, bajo juramento, a caminar en la ley de Dios, dada por medio de Moisés, siervo de Dios, y a observar y poner en práctica todos los mandamientos de nuestro Señor; a no casar a nuestras hijas con extranjeros ni permitir que las extranjeras se casen con nuestros hijos; a no comprar nada en sábado o en día festivo a las gentes del país cuando traigan a vender grano o cualquier clase de mercancía; a dejar la tierra sin cultivar y a perdonar todas las deudas en el año séptimo. Nos impusimos además las siguientes obligaciones: dar un tercio de siclo al año para el culto del templo de nuestro Dios, para los panes de la proposición, para la ofrenda cotidiana, para el holocausto perpetuo, para los sacrificios de los sábados, de los novilunios, de las solemnidades, para los sacrificios de reconciliación, para los sacrificios por el pecado de Israel, en una palabra, para todo el servicio del templo de nuestro Dios; los sacerdotes, los levitas y el pueblo regulamos también, por suertes, la aportación de la leña que cada familia, a su turno, debía suministrar cada año al templo de nuestro Dios para quemarla sobre el altar del Señor, nuestro Dios, como está escrito en la ley: a traer cada año al templo del Señor las primicias de nuestras cosechas y de los frutos de todos los árboles, así como los primogénitos de nuestros hijos y de nuestros ganados, como está prescrito en la ley; los primogénitos de nuestras reses vacunas y de nuestro ganado menor, para presentarlos en el templo de nuestro Dios a los sacerdotes encargados del culto del templo de nuestro Dios; traer además a los sacerdotes, a las salas del templo de nuestro Dios, las primicias de nuestra harina, de los frutos de toda clase de árboles, del vino y del aceite; y dar la décima parte de nuestras cosechas a los levitas -los levitas mismos lo recogerán en todas las ciudades de nuestra labranza-. Un sacerdote, hijo de Aarón, acompañará a los levitas en la colecta, y los levitas llevarán la décima parte de la décima parte que hayan recogido al templo de nuestro Dios, a las salas del tesoro, Los jefes del pueblo se establecieron en Jerusalén. El resto del pueblo echó a suertes para que uno de cada diez viniese a habitar en Jerusalén, la ciudad santa, quedando los otros nueve en las ciudades. El pueblo bendijo a todos los que se ofrecían voluntarios para residir en Jerusalén. A continuación se reseñan los jefes de las provincias que se establecieron en Jerusalén y en las ciudades de Judá. Los israelitas, sacerdotes, levitas, sirvientes del templo y los descendientes de los siervos de Salomón habitaban en sus ciudades, cada uno en su propiedad. En Jerusalén se establecieron algunos de Judá y de Benjamín. De Judá: Atayas, hijo de Uzías, hijo de Zacarías, hijo de Amarías, hijo de Sefatías, hijo de Mahaleel, descendientes de Fares; y Maasías, hijo de Baruc, hijo de Col José, hijo de Jazayas, hijo de Adayas, hijo de Yoyarib, hijo de Zacarías, hijo de Seloní. En total, los descendientes de Fares que se establecieron en Jerusalén eran cuatrocientos cincuenta y ocho hombres adultos. De Benjamín: Salú, hijo de Mesulán, hijo de Yoed, hijo de Pedayas, hijo de Colayas, hijo de Maasías, hijo de Itiel, hijo de Isaías y sus hermanos: novecientos veintiocho hombres adultos. Joel, hijo de Zicrí, era el jefe de ellos, y Judá, hijo de Hasenúa, ocupaba el segundo puesto en la ciudad. Sacerdotes: Yedayas, hijo de Yoyarib; Joaquín, Serayas, hijo de Helcías, hijo de Mesulán, hijo de Sadoc, hijo de Marayot, hijo de Ajitub, jefe del templo de Dios, y sus hermanos, empleados en el servicio del templo: ochocientos veintidós; y Adayas, hijo de Yeroján, hijo de Pelalías, hijo de Amsí, hijo de Zacarías, hijo de Pasjur, hijo de Malquías, y sus hermanos cabezas de familia: doscientos cuarenta y dos; y Amasay, hijo de Azarel, hijo de Ajzay, hijo de Mesilemot, hijo de Imer, y sus hermanos: ciento veintiocho. Su jefe era Zabdiel, hijo de Hagadol. Levitas: Semayas, hijo de Jasub, hijo de Azricán, hijo de Jasabías, hijo de Buní; Sabtay y Yozabab, jefes de los levitas, que estaban al frente de los asuntos exteriores del templo de Dios; Matanías, hijo de Micá, hijo de Zabdí, hijo de Asaf, que dirigía el canto y entonaba la acción de gracias en la oración; Bacbuquías, el segundo entre sus hermanos, y Abdías, hijo de Samúa, hijo de Galal, hijo de Yedutún. En total, los levitas en la ciudad santa eran doscientos ochenta y cuatro. Los porteros: Acub, Talmón y sus hermanos, guardianes de las puertas: ciento sesenta y dos. El resto de Israel, de los sacerdotes y los levitas residían en todas las ciudades de Judá, cada uno en su propiedad. Los sirvientes del templo habitaban en el Ofel; y Sijá y Guispá eran sus jefes. El jefe de los levitas en Jerusalén era Uzí, hijo de Baní, hijo de Jasabías, hijo de Matanías, hijo de Micá, de los descendientes de Asaf, que eran cantores en el servicio del templo de Dios, porque había una disposición del rey relativa a ellos, y un reglamento determinaba a los cantores su turno día a día. Petajías, hijo de Mesezabel, descendiente de Zéraj, hijo de Judá, era comisario del rey para todos los asuntos del pueblo. En las aldeas y diseminados por sus campos habitaban parte de los de Judá: en Quiriat Arbá y sus aldeas anejas, en Dibón y sus aldeas anejas, en Yacabsel y sus caseríos; en Yesúa, en Moladá, en Bet Pélet, en Jasar Sual, en Berseba y sus aldeas anejas; en Sicelag, en Meconá y sus aldeas anejas; en En Rimón, en orea, en Yarmut; Zanóaj, Adulán y sus caseríos; Laquis y sus campos, Azecá y sus aldeas anejas; se establecieron, pues, desde Berseba hasta el valle de Hinnón. Los de Benjamín se establecieron en Guibeá, en Micmás, Ayá, Betel y sus aldeas anejas; Anatot, Nob, Ananías, Jasor, Ramá, Guitáyim, Jadid, Seboín, Nebalat, Lod y Onó y el valle de los Artesanos. De los levitas había grupos en Judá y Benjamín. Sacerdotes y levitas que regresaron con Zorobabel, hijo de Sealtiel, y con Josué; Serayas, Jeremías, Esdras, Amarías, Maluc, Jatús, Secanías, Rejún, Merenot, Idó, Guinetón, Abías, Miyamín, Mazías, Bilgá, Semayas, Yoyarib, Jedayas, Salú, Amoc, Jelcías, Yedayas. Éstos eran los jefes de los sacerdotes y sus hermanos en tiempo de Josué. Levitas: Josué, Binuy, Cadmiel, Serebías, Judá, Matanías, el cual dirigía con sus hermanos el canto sagrado, mientras Bacbuquías y Uní, hermanos suyos, lo alternaban con aquéllos, según sus clases respectivas. Josué engendró a Joaquín, Joaquín a Eliasib, Eliasib a Yoyadá, Yoyadá a Yojanán y Yojanán a Yadúa. En tiempo de Joaquín, los cabezas de familias sacerdotales eran: de la de Serayas, Merayas; de la de Jeremías, Jananías; de la de Esdras, Mesulán; de la de Amarías, Yehojanán; de la de Maluk, Jonatán; de la de Secanías, José; de la de Jarín, Adná; de la de Meremot, Jelcay; de la de Idó, Zacarías; de la de Guinetón, Mesulán; de la de Abías, Zicrí; de la de Miyamín...; de la de Mazías, Piltay; de la de Bilgá, Samúa; de la de Semayas, Jonatán; de la de Yoyarib, Matenay; de la de Yedayas, Uzí; de la de Salú, Calay; de la de Amoc, Eber; de la de Jelcías, Jasabías, de la de Yedayas, Natanael. En tiempos de Eliasib, Yoyadá, Yojanán y Yadúa, los cabezas de familias sacerdotales, fueron inscritos hasta el reino de Darío el Persa. Los levitas, cabezas de familia, fueron inscritos en el libro de las Crónicas; pero sólo hasta la época de Yojanán, nieto de Eliasib. Los jefes de los levitas eran Jasabías, Serebías, Josué, Binuy, Cadmiel; los otros levitas que formaban el segundo coro para alternar con aquéllos los himnos de alabanza y de acción de gracias, conforme a las normas de David, hombre de Dios, un coro frente a otro, eran: Matanías, Bacbuquías y Abdías. Mesulán, Talmón y Acub eran porteros, que hacían guardia en las puertas de los almacenes. Éstos vivían en tiempo de Joaquín, hijo de Josué, hijo de Yosadac, y en tiempo de Nehemías, el gobernador, y de Esdras, el sacerdote-escriba. Para la inauguración de la muralla de Jerusalén se mandó a buscar a los levitas de todos los lugares donde habitaban para que viniesen a Jerusalén y se pudiese celebrar la inauguración con alegría, con himnos de acción de gracias y con cánticos, al son de címbalos, arpas y cítaras. Acudieron los cantores levitas de los alrededores de Jerusalén, de las aldeas de Netofat, de Bet Guilgal, de las campiñas de Guibeá y de Azmávet, pues los cantores habían formado pueblos en los contornos de Jerusalén. Los sacerdotes y los levitas se purificaron los primeros, y después purificaron al pueblo, las puertas y la muralla. Luego yo hice subir a la muralla a los jefes de Judá y repartí en dos grandes coros a los encargados del canto. El primero marchaba por la muralla hacia la derecha, en dirección a la puerta del Muladar; detrás de él iban Osaías y la mitad de los jefes de Judá; Azarías, Esdras, Mesulán, Judá, Minyamín, Semayas, Jeremías; y de los sacerdotes iban, provistos de trompetas, Zacarías, hijo de Jonatán, hijo de Semayas, hijo de Matanías, hijo de Miqueas, hijo de Zacur, hijo de Asaf, y sus hermanos Semayas, Azarel, Milalay, Guilalay, Maay, Natanael, Judá, Jananí, con los instrumentos musicales prescritos por David, hombre de Dios. Esdras, el escriba, iba al frente de ellos. En la puerta de la Fuente subieron derecho, junto a la escalinata de la ciudad de David, por encima de la muralla, y por la subida del palacio de David hasta la puerta del Agua, a oriente. El segundo coro marchaba por la izquierda; yo los seguía con la otra mitad de los jefes del pueblo, por encima de la muralla, pasando por la torre de los Hornos hasta la muralla de la plaza, luego por encima de la puerta de Efraín, la puerta de los Peces, la torre de Jananel hasta la puerta de las Ovejas; se hizo alto en la puerta de la Vigilancia. Los dos coros se pararon en el templo de Dios; y yo también, la mitad de los jefes que me acompañaba y los sacerdotes Eliaquín, Maasías, Minyamín, Miqueas, Elyoenay, Zacarías, Jananías, con las trompetas, Maasías, Semayas, Eleazar, Uzí, Yehojanán, Malaquías, Elán y Ezer. Los cantores entonaron sus himnos bajo la dirección de Yisrajías. Aquel día se ofrecieron muchos sacrificios entre la alegría general, pues Dios les había dado un motivo de gran alegría. También las mujeres y los niños se regocijaron, de modo que la alegría de Jerusalén se oía desde lejos. En aquel tiempo se nombraron intendentes de los almacenes destinados a guardar las provisiones, las ofrendas, las primicias y los diezmos, para que recogiesen de ellas, del territorio de las diversas ciudades, las porciones legales correspondientes a los sacerdotes y levitas, pues los de Judá estaban contentos con los sacerdotes y levitas en funciones. Ellos, los cantores y los porteros eran los que realizaban el servicio de Dios y el rito de la purificación, conforme a las prescripciones de David y de su hijo Salomón. Pues ya en los lejanos tiempos de David y de Asaf existían grupos de cantores y colecciones de cánticos de alabanza y de acción de gracias a Dios. En tiempo de Zorobabel y de Nehemías todo Israel daba a los cantores y a los porteros las porciones correspondientes a sus necesidades diarias; daba también a los levitas la parte que les correspondía, y los levitas pasaban su parte a los descendientes de Aarón. En aquel tiempo, leyendo el libro de Moisés en presencia del pueblo, se encontró escrito en él que los amonitas y los moabitas no debían entrar jamás a tomar parte en la comunidad de Dios, por no haber salido a recibir a los israelitas con pan y agua y por haber alquilado a Balaán para que los maldijese, aunque nuestro Dios cambiara la maldición en bendición. Así que cuando oyeron la ley, excluyeron de Israel a todos los extranjeros. Anteriormente, el sacerdote Eliasib, que estaba encargado de los almacenes del templo de nuestro Dios y era pariente de Tobías, había puesto a disposición de éste un local grande en el que antes se depositaban las ofrendas, el incienso, los utensilios, los diezmos del grano, del vino y del aceite, es decir, lo que les correspondía a los levitas, a los cantores y a los porteros y la porción debida a los sacerdotes. Cuando ocurría todo esto no estaba yo en Jerusalén, porque el año treinta y dos de Artajerjes, rey de Babilonia, regresé a la corte. Al cabo de algún tiempo pedí de nuevo un permiso al rey y vine a Jerusalén; aquí me enteré del mal que había hecho Eliasib en favor de Tobías, proporcionándole un local en el atrio mismo del templo de Dios. Esto me desagradó tanto que eché fuera del local todos los muebles de la casa de Tobías; luego mandé purificar el local e hice reintegrar allí los utensilios del templo de Dios, las ofrendas y el incienso. Me enteré también de que no se habían vuelto a entregar las porciones de los levitas, y que los levitas y los cantores encargados del servicio habían tenido que irse cada uno a su campo. Por eso reprendí a los dirigentes y les dije: "¿Por qué ha sido abandonado el templo de Dios?". Después los reuní de nuevo y los restablecí en sus funciones; y todo Judá trajo a los almacenes la décima parte del trigo, del vino y del aceite. Puse al cargo de los almacenes al sacerdote Selemías, al escriba Sadoc y al levita Pedayas y, como adjunto, a Janán, hijo de Zacur y nieto de Matanías, porque eran tenidos como personas de confianza. Su misión era hacer las reparticiones entre sus hermanos. ¡Acuérdate de mí por esto, oh Dios mío, y no olvides las obras buenas que hice por el templo de mi Dios y por su servicio! Por entonces advertí que había en Judá quienes en día de sábado pisaban los lagares, acarreaban los haces, los cargaban sobre los asnos, así como vino, uva, higos y toda clase de cargas, para traerlos a Jerusalén en día de sábado, y los amonesté para que no vendiesen sus productos en tal día. Igualmente, algunos tirios que habitaban en la ciudad traían pescado y toda clase de mercancías, y las vendían en día de sábado a los judíos, y esto en la misma Jerusalén. Yo reprendí a los jefes de Judá, diciéndoles: "¡Qué acción tan detestable cometéis profanando el día del sábado! ¿No fue esto lo que hicieron vuestros padres y por lo que nuestro Dios hizo caer sobre nosotros y sobre esta ciudad toda esta calamidad? ¡Y vosotros aumentáis el ardor de su ira contra Israel profanando el sábado!". Por eso ordené que, en cuanto la sombra cubriese las puertas de Jerusalén, la víspera del sábado, se cerrasen las puertas, y que no se abrieran hasta después del sábado; y emplacé junto a las puertas algunos de mis hombres para que no entrase carga alguna en día de sábado. Sin embargo, todavía una o dos veces pasaron la noche fuera de Jerusalén los mercaderes y vendedores de toda clase de mercancías. Y yo los amonesté diciéndoles: "¿Por qué pernoctáis delante de la muralla? Si el hecho se repite, os echaré mano". Desde entonces no volvieron más en día de sábado. Ordené también a los levitas que se purificasen y viniesen a guardar las puertas, para que se santificara el sábado. ¡También por esto, acuérdate de mí, oh Dios mío, y ten piedad de mí conforme a tu gran misericordia! Vi también en aquellos días a judíos que se habían casado con mujeres asdoditas, amonitas y moabitas. La mitad de sus hijos hablaban asdodeo o la lengua de otros pueblos y no sabían hablar judío. Yo los reprendí, los maldije, hice azotar a algunos de ellos, les arranqué los cabellos y les hice jurar en el nombre de Dios: "No caséis a vuestras hijas con extranjeros, y vosotros y vuestros hijos no os caséis con extranjeras. ¿No fue éste el pecado de Salomón, rey de Israel? Y eso que entre tantas naciones no había un rey semejante a él: era amado de su Dios, y Dios le había constituido rey de todo Israel; sin embargo, también a él lo arrastraron al pecado las mujeres extranjeras. ¿Habrá que oír también que vosotros cometéis esta gran iniquidad de traicionar a nuestro Dios casándoos con mujeres extranjeras?". Hasta a uno de los hijos de Yoyadá, hijo del sumo sacerdote Eliasib, yerno de Sambalat, el joronita, lo alejé de mi lado. ¡Acuérdate, oh Dios mío, de esta gente, que ha profanado el sacerdocio y el pacto de los sacerdotes y los levitas! Así los purifiqué de todo elemento extranjero y restablecí los servicios de los sacerdotes y los levitas, regulando la función de cada uno, la ofrenda de la leña en sus plazos señalados y la de las primicias. ¡Acuérdate de mí, oh Dios mío, para mi bien! Era en tiempos del rey Asuero, el que reinó desde India hasta Etiopía sobre ciento veintisiete provincias. El año tercero de su reinado, el rey, que tenía establecido su trono real en la ciudad de Susa, dio un banquete a todos los príncipes, ministros y jefes del ejército persa y medo, a los nobles y gobernadores de las provincias. Quería, con esto, poner de manifiesto durante muchos días, ciento ochenta exactamente, la riqueza y gloria de su imperio, el fasto y esplendor de su magnificencia. Transcurridos aquellos días, ofreció también un banquete durante siete días a toda la población de la ciudad de Susa, chicos y grandes, en el patio del jardín real. Colgaduras de lino blanco y celeste, sostenidas por cordones de seda y púrpura roja, pendían de anillas de plata, fijadas en columnas de mármol; se habían colocado divanes de oro y plata a lo largo del pavimento de piedras finas, de mármol blanco, de madreperla y de mosaico. Las bebidas se servían en copas de oro, todas diferentes, y se ofrecía vino abundante conforme a la esplendidez regia. El rey había ordenado a los mayordomos de palacio que no obligaran a beber a nadie y que fuesen condescendientes con los deseos de los invitados. La reina Vasti ofreció también un banquete a las mujeres en el palacio de Asuero. El séptimo día el rey, eufórico por el vino, mandó a Mehumán, Bizzetá, Jarboná, Bigtá, Abagtá, Zetar y Carcás, los siete eunucos que le servían, que trajeran a su presencia a la reina Vasti con la corona real, para mostrar su belleza al pueblo y a los jefes, pues era muy hermosa. Pero la reina Vasti se negó, a pesar del mandato del rey transmitido por los eunucos. El rey se enfadó mucho, montó en cólera y consultó a los sabios, expertos en leyes, pues era costumbre que los asuntos fuesen tratados ante expertos en leyes y derecho. Los más destacados eran Carsena, Setar, Admatá, Tarsis, Meres, Marsená y Memucán, los siete príncipes persas y medos que pertenecían al consejo real y ocupaban los primeros cargos del reino. El rey preguntó: "¿Qué ha de hacerse, según la ley, con la reina Vasti por no haber cumplido la orden del rey, transmitida por los eunucos?". Memucán, ante el rey y los príncipes, respondió: "La reina no ha ofendido solamente al rey, sino también a los príncipes y a los súbditos que viven en las provincias del rey. Porque cuando todas las mujeres se enteren de lo que ha hecho la reina, despreciarán a sus maridos, diciendo: El rey mandó llamar a la reina, y ella no quiso ir. Desde hoy las mujeres de los príncipes persas y medos, al saber lo que ha hecho la reina, hablarán con desprecio y con ira a sus maridos. Si al rey le parece bien, promulgue este decreto entre las leyes de los persas y de los medos: la reina Vasti no comparecerá más delante del rey, y su dignidad de reina se conferirá a otra mejor que ella. Cuando el decreto real se divulgue en todo el reino, todas las mujeres, desde las más grandes hasta las más insignificantes, honrarán a sus maridos". El consejo de Memucán agradó al rey y a los príncipes, y el rey hizo lo siguiente: escribió cartas a todas las provincias de su enorme imperio, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua, ordenando que en las casas mandaran los maridos. Al cabo de algún tiempo, al rey se le pasó el enfado, se acordó de Vasti, de lo que había decretado contra ella. Los servidores del rey le dijeron: "Búsquense para el rey jóvenes vírgenes y hermosas. Encargue el rey a hombres de confianza, en todas las provincias, que elijan las jóvenes vírgenes más bellas, para que se reúnan en la ciudad de Susa, en el harén, bajo la custodia de Hegué, eunuco del rey y guardián de las mujeres; que les hagan un tratamiento de belleza, y la que más guste al rey será la reina en lugar de Vasti". La idea agradó al rey, y así se hizo. En la ciudad de Susa había un judío llamado Mardoqueo, hijo de Yaír, hijo de Simeí, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, uno de los numerosos cautivos que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había deportado, desde Jerusalén, con Jeconías, rey de Judá. Había criado a una cierta Hedisa, es decir, Ester, hija de un tío suyo, huérfana de padre y madre. Era muy bella y hermosa, y a la muerte de sus padres, Mardoqueo la había tomado como hija suya. Cuando fue proclamado el edicto del rey, muchas jóvenes fueron llevadas a la ciudad de Susa y confiadas a Hegué, guardián de las mujeres. La joven le gustó, y él se apresuró a darle el tratamiento de belleza y alimentos, poniendo a su disposición siete doncellas elegidas entre las mejores del palacio real; luego la llevó con sus doncellas al sitio mejor del harén. Ester no había revelado ni su origen ni su familia, porque Mardoqueo se lo había prohibido. Mardoqueo, todos los días, paseaba delante del patio del harén para enterarse de la salud de Ester y de cómo la trataban. Cada joven debía presentarse por turno al rey Asuero, pasados los doce meses exigidos por el tratamiento de belleza: seis meses para untarse con aceite de mirra, y otros seis con bálsamo y cosméticos. Cuando pasaba al palacio real para presentarse al rey, cada joven podía llevar consigo del harén todo lo que quisiera. Entraba por la tarde, y a la mañana era llevada al segundo harén, bajo la vigilancia de Saasgaz, eunuco del rey y guardián de las concubinas. No volvía a presentarse ante el rey, a no ser que él lo desease y fuese llamada nominalmente. Cuando le llegó el turno a Ester, hija de Abijail, tío de Mardoqueo, a la que había adoptado por hija, no pidió más que lo que le había indicado Hegué, eunuco del rey y guardián de las mujeres. Pero Ester conquistaba a cuantos la veían. Ester fue llevada al palacio real y presentada al rey Asuero, el décimo mes, el mes tebet, en el año séptimo de su reinado. Y el rey la prefirió a todas las demás mujeres, puso la corona real sobre su cabeza y la eligió por reina en sustitución de Vasti. Dio después un espléndido banquete en honor de Ester a todos los príncipes y servidores. Concedió un día de fiesta a todas las provincias y repartió regalos con su esplendidez real. Al pasar al segundo harén, como las jóvenes, Ester no reveló ni su origen ni su familia, según le había mandado Mardoqueo, pues ella continuaba haciendo todo lo que le decía, como cuando estaba bajo su tutela. Mardoqueo era por entonces empleado del palacio real. Bigtán y Teres, dos eunucos del rey, de la guardia de la puerta, llenos de ira, tramaban la muerte del rey. Mardoqueo lo supo e informó a Ester, y Ester lo comunicó al rey en nombre de Mardoqueo. Se abrió una información, se comprobó el hecho y los dos eunucos fueron ahorcados. El caso fue consignado en el libro de las crónicas en presencia del rey. Algún tiempo después el rey Asuero encumbró a Amán, hijo de Hamdatá, el de Agag; le dio un alto cargo por encima de todos los funcionarios, sus compañeros. Todos los servidores del rey, que estaban al servicio de la puerta de palacio, se arrodillaban y postraban cuando Amán pasaba, según había ordenado el rey. Pero Mardoqueo no se arrodillaba ni se postraba ante él. Por eso los servidores del rey le preguntaron: "¿Por qué no cumples la orden del rey?". Todos los días le repetían la misma pregunta, pero él no los escuchaba. Entonces lo denunciaron a Amán, para ver si tenían fundamento las pretensiones de Mardoqueo, pues les había dicho que era judío. Amán pudo comprobar que, a su paso, Mardoqueo ni se arrodillaba ni se postraba, y se llenó de ira. Y como le habían hablado de la raza de Mardoqueo, tuvo en poco meterse sólo con él y decidió exterminar a todos los judíos que había en el reino de Asuero. En el mes primero, el de nisán, en el año duodécimo del rey Asuero, se echó delante de Amán pur, Amán dijo al rey Asuero: "En medio de las incontables gentes de tu reino y por todas las provincias hay esparcido y diseminado un pueblo, separado de los demás, que tiene leyes diferentes y no cumple las órdenes del rey. Los intereses del reino no permiten tolerarlo. Si al rey le parece bien, decrete que sea exterminado, y yo entregaré al tesoro real trescientas cuarenta toneladas de plata". Asuero se quitó el anillo, se lo dio a Amán, hijo de Hamdatá, el de Agag, perseguidor de los judíos, y le dijo: "Guarda tu plata, y haz de ese pueblo lo que quieras". El trece del primer mes, el de nisán, fueron convocados los secretarios del rey para sacar copias de las órdenes reales y mandarlas a todos los sátrapas del rey, a los gobernadores de las provincias y a los jefes de cada pueblo, según la escritura de cada provincia y la lengua de cada pueblo. Las copias fueron firmadas en nombre del rey Asuero y selladas con su anillo real. Los correos llevaron a todas las provincias del reino las cartas que mandaban exterminar a todos los judíos, jóvenes y viejos, niños y mujeres, el mismo día, es decir, el trece del duodécimo mes, el mes adar, y confiscar todos sus bienes. El texto de este decreto fue enviado a todas las provincias para su publicación como ley en toda la población y para que estuviesen preparados el día señalado. Los correos se aprestaron a cumplir el mandato del rey. El edicto fue promulgado también en la ciudad de Susa. Mientras el rey banqueteaba, en la ciudad de Susa reinaba la consternación. Ver El Decreto [Est_13,1- 7] Apenas supo Mardoqueo lo que se había hecho, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ceniza y salió por la ciudad lanzando gritos de dolor: "¡Un pueblo inocente va a ser exterminado!". Llegó hasta la puerta de palacio y allí se paró, pues nadie podía pasarla vestido de saco. En todas las provincias y lugares donde fue publicado el edicto del rey no había más que luto, ayunos, lloros y lamentos por parte de los judíos. El saco y las cenizas fueron el lecho de muchos. Las doncellas de Ester y sus eunucos fueron a decírselo. La reina lo sintió grandemente y envió vestidos a Mardoqueo para que se los pusiese y se quitase el saco, pero él no quiso. Llamó entonces Ester a Hatac, uno de los eunucos que el rey había puesto a su servicio, y lo mandó a preguntar a Mardoqueo qué pasaba y por qué hacía aquello. Hatac salió y fue a donde estaba siempre Mardoqueo, en la plaza que había delante de la puerta real. Mardoqueo le contó lo que pasaba y la cantidad que Amán había ofrecido entregar al tesoro del rey después de la destrucción de los judíos. Le entregó también una copia del decreto de exterminio, publicado en Susa, para que lo entregase a Ester y estuviese informada. Hatac volvió y contó a Ester lo que le había dicho Mardoqueo. Ester mandó a Hatac a decir a Mardoqueo: "Todos los servidores del rey y el pueblo de las provincias saben que cualquiera, hombre o mujer, que entre en el vestíbulo interno, sin haber sido llamado, cae bajo la ley inexorable que lo condena a muerte, a no ser que el rey, tendiendo hacia él su cetro de oro, le conceda la gracia de la vida. Hace ya treinta días que no me ha llamado". Comunicaron las palabras de Ester a Mardoqueo, quien a su vez respondió: "No creas que porque vives en el palacio del rey podrás salvarte tú sola entre todos los judíos. Si te obstinas en callar, los judíos encontrarán ayuda y salvación por otra parte, pero tú y la casa de tu padre pereceréis. ¡Y quién sabe si para una circunstancia como ésta no habrás llegado a ser reina!". Ester le mandó a decir: "Anda, reúne a todos los judíos de Susa, y ayunad por mi intención. No comáis ni bebáis durante tres días y tres noches. También yo, con mis doncellas, ayunaré. Luego me presentaré al rey, aun contra la ley, y si he de morir, moriré". Mardoqueo se retiró y puso en práctica las instrucciones recibidas de Ester. Ver Oración de Mardoqueo [Est_13,8-18], Oración de Ester [Est_14,1-19] y Ester se presenta al rey [Est_15,4-19] Tres días después, Ester, revestida de reina, llegó al atrio interior de palacio, ante la cámara real. Asuero estaba sentado en el trono en la sala real, de cara a la puerta. Cuando vio que la reina Ester estaba de pie en el atrio, le arrebató su encanto y tendió hacia ella el cetro de oro que tenía en la mano. Ester se acercó y tocó la punta del cetro. El rey le preguntó: "¿Qué te pasa, reina Ester? Pídeme lo que quieras, que te daré aunque sea la mitad de mi reino". Ester dijo: "Si agrada al rey, asista hoy con Amán al banquete que le he preparado". El rey dijo: "Avisad rápidamente a Amán, para complacer a Ester". Y el rey y Amán asistieron al banquete que les había preparado Ester. Durante el banquete el rey dijo a Ester: "Dime qué quieres y te lo daré. Di qué deseas y lo tendrás, aunque sea la mitad de mi reino". Ester le respondió: "Lo que pido y deseo es esto: Si el rey quiere agradarme y concederme lo que pido y atender mi deseo, que vuelva mañana con Amán al banquete que prepararé, y daré mi respuesta al rey". Aquel día Amán salió satisfecho y gozoso, pero cuando vio a Mardoqueo sentado delante de la puerta real y que ni siquiera se había levantado ni movido en su presencia, se enfureció contra él. No obstante, se contuvo. Al llegar a casa, llamó a sus amigos y a su mujer, Zeres, y les habló largamente de sus riquezas fabulosas, del número de sus hijos y de la estima que el rey le había concedido, engrandeciéndolo por encima de todos sus príncipes y cortesanos. Y añadió: "Pero esto no es todo; hasta la misma reina Ester, en el banquete que ha dado, no ha querido que hubiese nadie fuera del rey y yo, y nos ha invitado de nuevo para mañana. Pero nada me importa todo esto, mientras vea al judío Mardoqueo sentado a la puerta real". Su mujer, Zeres, y sus amigos le respondieron: "Manda preparar un patíbulo de veinticinco metros de altura, y mañana por la mañana propón al rey que se cuelgue en él a Mardoqueo, y así irás contento con el rey al banquete". Agradó la propuesta a Amán, y ordenó que se preparase el patíbulo. No pudiendo el rey aquella noche conciliar el sueño, pidió que le trajesen el libro de los anales o crónicas y que se las leyeran. Allí estaba escrita la denuncia de Mardoqueo al rey sobre la conjura de Bigtán y Teres, eunucos guardias de la puerta, confabulados para matar al rey. El rey preguntó: "¿Qué honor y dignidad se le concedieron a Mardoqueo por esto?". Los servidores respondieron: "Absolutamente nada". El rey prosiguió: "¿Quién está en el patio?". (En aquel momento acababa de entrar Amán en el patio exterior de palacio para pedir al rey que se colgase a Mardoqueo en el patíbulo que él había preparado). Le respondieron: "Es Amán, que espera en el patio". El rey dijo: "Que entre". Cuando Amán entró, el rey le preguntó: "¿Cómo debe tratarse a un hombre al que el rey quiere honrar?". Amán pensaba: "¿A quién va a querer honrar el rey sino a mí?". Y contestó: "Si el rey quiere honrar a alguien, que se le pongan vestiduras como las que usa el rey, que se suba a un caballo como los que monta el rey, con una corona real en la cabeza. El vestido, el caballo y la corona entréguense a uno de los más nobles y altos príncipes del rey. Éste vestirá al hombre a quien el rey quiere honrar y lo guiará a caballo por la plaza de la ciudad, gritando ante él: Así se trata a quien el rey quiere honrar". El rey dijo a Amán: "Toma en seguida las vestiduras y el caballo haz lo que has dicho con el judío Mardoqueo, que está sentado en la puerta real. No omitas nada de lo que has dicho". Amán tomó los vestidos y el caballo, vistió a Mardoqueo y lo montó en el caballo en la plaza de la ciudad, gritando ante él: "Así se trata a quien el rey quiere honrar". Mardoqueo volvió luego a la puerta real, mientras Amán volvía a su casa triste y descompuesto. Refirió a su mujer, Zeres, y a todos sus amigos lo que había sucedido. Ellos le dijeron: "Comienzas a declinar ante Mardoqueo; si pertenece a la raza judía, no podrás nada contra él, sino que caerás ante él". Mientras todavía estaba hablando, llegaron los eunucos del rey para llevarlo aprisa al banquete que Ester había preparado. El rey y Amán llegaron al banquete de Ester. El rey dijo también este segundo día a Ester: "Reina Ester, dime qué quieres y te lo daré; di qué deseas y lo tendrás, aunque sea la mitad de mi reino". Ester le respondió: "Si el rey quiere agradarme, concédeme la vida y la de mi pueblo; ésta es mi petición, éste es mi deseo; pues yo y mi pueblo estamos condenados al exterminio, a la matanza, al aniquilamiento. Si al menos se hubiese tratado de vendernos como esclavos o esclavas, callaría; pero el enemigo no podrá compensar los daños al rey". La interrumpió el rey para preguntarle: "¿Quién es y dónde está el hombre al que se le ha ocurrido tal cosa?". Ester respondió: "El opresor, nuestro enemigo, es este perverso de Amán". Amán entonces se llenó de pánico ante el rey y la reina. El rey, furibundo, se levantó del banquete, y se fue al jardín de palacio; entretanto Amán, comprendiendo que su ruina estaba decretada, se quedó para implorar a Ester por su vida. Cuando el rey volvió del jardín a la sala del banquete, encontró a Amán reclinado sobre el diván en el que estaba reclinada Ester, y gritó: "¿También quieres violentar a la reina delante de mí, en mi palacio?". Al terminar de pronunciar estas palabras, taparon el rostro de Amán, y Harbona, uno de los eunucos del servicio del rey, dijo: "La horca de veinticinco metros de altura que Amán ha preparado para Mardoqueo, que habló en favor del rey, está en casa de Amán". El rey dijo: "Colgadlo". Amán fue ahorcado en el patíbulo que había preparado para Mardoqueo, y entonces se aplacó la ira del rey. Aquel mismo día el rey Asuero regaló a la reina Ester la casa de Amán, el enemigo de los judíos, y Mardoqueo fue presentado al rey, pues Ester le había revelado lo que era para ella. El rey se quitó el anillo que había recobrado de Amán y se lo dio a Mardoqueo. Ester confió a Mardoqueo la gestión de la casa de Amán. Ester volvió a hablar al rey. Se echó a sus pies llorando y rogándole que anulase los malvados propósitos de Amán, el de Agag, y sus proyectos contra los judíos. El rey tendió el cetro de oro y ella se levantó, se puso delante del rey, y le dijo: "Si al rey le parece bien, si quiere agradarme, si mi petición le parece oportuna, si he merecido yo su afecto, deje sin efecto las cartas que Amán, el hijo de Hamdatá, el de Agag, escribió para exterminar a los judíos de todas las provincias del reino. Pues ¿cómo podría yo ver las desventuras que esperan a mi pueblo y la desaparición de mi raza?". El rey respondió a la reina Ester y al judío Mardoqueo: "He dado a Ester la casa de Amán, al que han ahorcado por haber querido acabar con los judíos. Escribid, pues, a los judíos como mejor os parezca en nombre del rey y selladlo con el sello del rey, pues un documento expedido en nombre del rey y sellado con su anillo es irrevocable". El día veintitrés del tercer mes, el mes de siván, fueron convocados los amanuenses del rey para escribir cartas, como quiso Mardoqueo, a los judíos, a los sátrapas, a los gobernadores y a los jefes de las ciento veintisiete provincias que se extienden desde India a Etiopía. A cada provincia en su escritura, y a cada pueblo en su lengua; a los judíos también en su escritura y en su lengua. Las cartas se escribieron en nombre del rey Asuero, se sellaron con su anillo y se mandaron por correo, en veloces caballos de las caballerizas reales. En las cartas, el rey concedía a los judíos, fuera cualquiera la ciudad en que habitasen, el derecho de unirse para defender la propia vida, y de matar, exterminar y acabar con las personas armadas de cualquier pueblo o provincia que los atacasen, incluidos las mujeres y los niños, así como de apoderarse del botín. Esto sucedería el mismo día en todas las provincias del rey Asuero, es decir, el trece del segundo mes, el de adar. Ver Decreto en favor de los judíos El decreto debía ser publicado como ley en todas las provincias y en todas las poblaciones, a fin de que los judíos estuviesen preparados aquel día para vengarse de sus enemigos. En caballos del rey salieron presurosos los correos, conforme a la orden del rey, y el decreto fue también publicado en la ciudad de Susa. Mardoqueo salió de la presencia del rey con vestiduras regias de color violeta y blanco, una gran corona de oro y manto de lino y púrpura. Toda la ciudad de Susa se regocijó grandemente. Para los judíos había nacido un día de luz, de alegría, de gloria y de triunfo. En las provincias y poblaciones adonde llegaban las órdenes del decreto real tuvieron los judíos alegría y gozo, convites y fiestas. Muchos se hacían judíos por el miedo que les tenían. El trece de adar, duodécimo mes del año, día en que los enemigos de los judíos esperaban apoderarse de ellos, ocurrió lo contrario, y fueron los judíos los que se apoderaron de sus enemigos. Los judíos se reunieron en sus ciudades, en todas las provincias del rey Asuero, para meterse contra los que habían intentado su exterminio, y nadie se les oponía porque era mucho el miedo que se había esparcido en las poblaciones. Los jefes de las provincias, los sátrapas, los gobernadores y los funcionarios reales defendían a los judíos por miedo a Mardoqueo. Mardoqueo era en realidad grande en palacio. Su fama había llegado a todas las provincias, y cada día aparecía más poderoso. Los judíos hirieron con la espada a todos sus enemigos. Fue una verdadera matanza, un auténtico exterminio, haciendo de sus enemigos todo lo que quisieron. Sólo en la ciudad de Susa los judíos mataron a quinientos hombres, además de Parsandata, Dalfón, Aspata, Porata, Adalía, Aridata, Parmasta, Arisay, Ariday y Baizata, los diez hijos de Amán, hijo de Hamdatá, el perseguidor de los judíos, pero no saquearon sus bienes. El mismo día el rey supo el número de los muertos en Susa. El rey dijo a Ester: "Sólo en Susa los judíos han matado a quinientos hombres y a los diez hijos de Amán; ¿qué habrán hecho en las otras provincias? Dime ahora qué quieres y te lo daré, dime qué más deseas y se hará". Ester respondió: "Si al rey le parece bien, que se conceda también mañana a los judíos ejecutar el decreto en Susa, como lo han hecho hoy, y que se cuelgue en la horca a los diez hijos de Amán". El rey ordenó que se hiciera así, y el nuevo decreto fue rápidamente proclamado en Susa, y colgados en la horca los diez hijos de Amán. Los judíos de Susa se reunieron también el catorce del mes de adar y mataron otros trescientos hombres, pero sin saquear sus bienes. Los demás judíos que habitaban el reino también se reunieron para defenderse y deshacerse de sus enemigos, matando setenta y cinco mil enemigos, pero sin saquear sus bienes. Esto sucedió el trece del mes de adar; el catorce descansaron, y fue para ellos día de banquete y alegría. Los judíos de Susa se habían reunido el trece y el catorce, descansando el quince, que fue para ellos día de banquete y alegría. Por eso los judíos de las provincias celebran el catorce del mes de adar como día de banquete y alegría, y se intercambian regalos. Mardoqueo escribió estos sucesos y envió cartas a todos los judíos de las provincias de Asuero, a las próximas y a las lejanas. Ordenó la celebración anual durante los días trece y catorce del mes de adar como días en que los judíos se deshicieron de sus enemigos, y mes en que la tristeza se convirtió en alegría y el luto en regocijo. Estos dos días debían convertirse en días de banquete y alegría, haciéndose regalos unos a otros y dando donativos a los pobres. Los judíos aceptaron celebrar anualmente las fiestas que espontáneamente habían comenzado a observar, tal como les había escrito Mardoqueo: "Amán, hijo de Hamdatá, el de Agag, enemigo de todos los judíos, había proyectado su destrucción echando pur, es decir, "suerte", para destruirlos y acabar con ellos. Pero cuando Ester fue al rey, el rey ordenó por escrito que el proyecto malvado de Amán contra los judíos se llevara a cabo en él. Amán y sus hijos fueron colgados en la horca. Ésta es la razón de llamar a estos días purim, de pur". Así pues, basados en esta carta y en lo que ellos mismos habían visto y comprobado, los judíos se comprometieron irrevocablemente ellos, su descendencia y los prosélitos a celebrar cada año estos dos días según el modo prescrito y en el tiempo establecido. Conmemorados y celebrados de generación en generación en todas las familias, provincias y ciudades, estos días de purim no serán olvidados por los judíos, ni su recuerdo desaparecerá de su descendencia. La reina Ester, hija de Abijail, y el judío Mardoqueo escribieron de nuevo para confirmar con su autoridad esta segunda carta. La mandaron a todos los judíos de las ciento veintisiete provincias del rey Asuero, con palabras de paz y exhortación a la fidelidad, ordenando celebrar los días de purim y en su fecha exacta, según habían establecido el judío Mardoqueo y la reina Ester, y cómo se habían obligado ellos y su descendencia en cuanto a ayunos y lamentaciones. El mandato de Ester dio valor de ley a lo referente a purim, y fue escrito en un libro. El rey impuso un tributo sobre la tierra y las islas del mar. Todas las manifestaciones de su poder y de su valor y la descripción de la grandeza a la que elevó a Mardoqueo está escrito en las crónicas de los reyes de Media y Persia. Está escrito cómo el judío Mardoqueo fue el segundo después del rey y fue estimado entre los judíos y querido por la muchedumbre de sus hermanos. Él procuró el bien de su pueblo y se preocupó del bienestar de su raza. Había en el país de Hus un hombre llamado Job, hombre perfecto, íntegro, temeroso de Dios y apartado del mal. Tenía siete hijos y tres hijas; su hacienda era de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas, además de una servidumbre numerosa. Era, pues, el más grande de todos los orientales. Sus hijos solían visitarse mutuamente y celebrar banquetes, cada cual en su día, e invitaban también a sus tres hermanas a comer y beber en su compañía. Al terminar los días del convite, Job les mandaba llamar para purificarlos; al día siguiente, se levantaba de madrugada y ofrecía un holocausto por cada uno de ellos. Porque pensaba: "Acaso hayan pecado mis hijos y hayan maldecido a Dios en su corazón". Así procedía Job cada vez. Un día que los hijos de Dios fueron a presentarse ante el Señor, fue también entre ellos Satán. Y el Señor preguntó a Satán: "¿De dónde vienes?". Satán le respondió: "De recorrer la tierra y de pasearme por ella". Y el Señor dijo a Satán: "¿Has reparado en mi siervo Job? No hay nadie en la tierra como él, hombre recto, íntegro, temeroso de Dios y apartado del mal". Satán respondió: "¿Es que Job teme a Dios desinteresadamente? ¿No has levantado una valla en torno a él, a su casa y a sus posesiones? Has bendecido las obras de sus manos, y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes. ¡Verás si no te maldice a la cara!". Y el Señor dijo a Satán: "Bien, en tus manos está toda su hacienda; cuida sólo de no descargar tu mano sobre él". Y Satán se retiró de la presencia del Señor. Un día en que sus hijos y sus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa del hermano mayor, un mensajero llegó a casa de Job y le dijo: "Estaban los bueyes arando y las asnas pastando a su lado, cuando cayeron sobre ellos los sabeos y se los llevaron, después de haber pasado a cuchillo a tus criados. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia". Todavía estaba hablando, cuando llegó otro, que dijo: "Cayó del cielo el fuego de Dios, que abrasó las ovejas y los pastores, y los devoró. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia". Aún estaba éste hablando, cuando llegó otro, que dijo: "Los caldeos, divididos en tres cuadrillas, se lanzaron sobre los camellos y se los llevaron, después de haber pasado a cuchillo a tus criados. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia". Estaba todavía hablando, cuando llegó otro, que dijo: "Mientras tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa de su hermano mayor, se levantó un gran viento del lado del desierto, que sacudió las cuatro esquinas de la casa, y ésta se derrumbó sobre los jóvenes, que quedaron muertos. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia". Entonces Job se levantó, rasgó sus vestiduras y se rapó la cabeza. Luego cayó en tierra, adoró y dijo: "Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo allá regresaré. El Señor me lo había dado, el Señor me lo ha quitado; sea bendito el nombre del Señor". En todo esto no pecó Job ni dijo nada insensato contra Dios. Otro día en que los ángeles fueron a presentarse ante el Señor, se presentó también entre ellos Satán. Y el Señor dijo a Satán: "¿De dónde vienes?". Satán le respondió: "De recorrer la tierra y darme una vuelta por ella". Y el Señor dijo a Satán: "¿Has reparado acaso en mi siervo Job? No hay nadie en la tierra como él, hombre recto, íntegro, temeroso de Dios y apartado del mal. Aún sigue firme en su entereza; en vano me has incitado contra él para arruinarlo". Satán respondió: "Piel por piel, que todo cuanto tiene el hombre está dispuesto a darlo por su vida. Pero extiende tu mano y toca sus huesos y su carne. Verás si no te maldice a la cara". Y el Señor dijo a Satán: "Ahí lo tienes en tus manos; respeta, sin embargo, su vida". Satán salió de la presencia del Señor e hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Job, con un cascote de teja para rascarse, fue a sentarse sobre las cenizas. Su mujer le dijo: "¿Todavía perseveras en tu rectitud? ¡Maldice a Dios y muere!". Pero él respondió: "Hablas como una mujer necia. Si se acepta de Dios el bien, ¿no se ha de aceptar el mal?". En todo esto no pecó Job con sus labios. Tres amigos de Job se enteraron de toda esta desgracia que le había sobrevenido. Partieron cada uno de su lugar: Elifaz, de Temán; Bildad, de Súaj, y Sofar, de Namat, y decidieron ir juntos a compadecerle y consolarlo. Al levantar sus ojos desde lejos no lo reconocieron, y se pusieron a llorar a grandes voces, rasgando cada uno su manto y esparciendo polvo sobre sus cabezas. Luego se sentaron en el suelo junto a él, y estuvieron así siete días y siete noches sin dirigirle ninguno la palabra, porque veían que su dolor era muy grande. Por fin Job abrió su boca y maldijo el día de su nacimiento. Empezó a hablar así: ¡Perezca el día en que nací y la noche que se dijo: "Ha sido concebido un hombre!". Aquel día hágase tiniebla, no se acuerde de él Dios desde lo alto, ni resplandezca sobre él la luz. Lo reclamen la tiniebla y la sombra mortal, caiga un nublado sobre él, lo invada súbito un eclipse. La oscuridad se apodere de él, no se cuente entre los días del año ni entre en la cuenta de los meses. Y aquella noche sea estéril, ignore los clamores de júbilo. La maldigan los que maldicen el día, los que suelen despertar a Leviatán. Se oscurezcan las estrellas de su aurora, espere la luz, y no le llegue; y no vea los párpados del alba por no haberme cerrado la puerta del vientre de mi madre para ocultar a mis ojos el dolor. ¿Por qué no me quedé muerto desde el seno materno? ¿Por qué no expiré al salir del vientre? ¿Por qué me acogieron dos rodillas y me dieron de mamar dos pechos? Ahora yacería tranquilo; dormiría ya y tendría reposo con los reyes y magnates de la tierra que se edificaron mausoleos, o con los príncipes que poseen oro y tienen llenas de plata sus moradas. O bien, como un aborto que no cuenta, sería como los niños que no vieron la luz. Allí termina el furor de los malvados, allí reposan los exhaustos de fuerzas; yacen tranquilos los cautivos, sin oír más los gritos del tirano. Allí se mezclan grandes y pequeños, y el esclavo se ve libre de su amo. ¿Por qué da él la luz a un desgraciado, la vida a los que tienen amargada el alma; a los que desean la muerte que no llega, y la buscan más que se busca un tesoro; a los que se alegrarían ante la tumba y gozarían si encontraran un sepulcro..., a un hombre cuyo camino se ha borrado y a quien Dios asedia por todas partes? Sí, ante mi comida rompo en llanto; como el agua se derraman mis lamentos, porque me sobreviene todo lo que temo, y lo que recelo me sucede. No tengo calma, no tengo paz, no hallo descanso; sólo la turbación me invade. Tomó la palabra Elifaz de Temán y dijo: Si se intentara hablarte, ¿te impacientarías? Pero ¿quién puede contener la palabra? Mira, tú has instruido a otros muchos, has vigorizado las manos débiles. Han sostenido tus palabras al que vacilaba, has fortalecido al que doblaba la rodilla. Y porque ahora te llega a ti la hora, te turbas; te toca a ti, y ya estás desalentado. ¿No te daba confianza tu piedad? ¿No era tu esperanza la perfección de tu conducta? Reflexiona: ¿Qué inocente ha perecido? ¿Cuándo fueron abatidos los justos? Hablo por lo que he visto. Los que labran maldad y siembran aflicción, de ellas cosechan. Bajo el soplo de Dios perecen éstos, por el viento de su ira son aniquilados. Los rugidos del león, sus aullidos salvajes, como los dientes de los leoncillos quedan rotos. Perece el león por falta de presa, y los cachorros de la leona son desperdigados. Llegó a mí furtivamente una palabra, mi oído percibió su murmullo. Cuando el espíritu divaga en las visiones de la noche, cuando el sopor a los hombres invade, un estremecimiento de espanto me sacudió, que de terror hizo temblar mis huesos. El viento azotó mi rostro, se erizaron los pelos de mi carne. Alguien surgió, no reconocí su semblante; un fantasma estaba ante mis ojos; luego se dejó oír una voz queda: ¿Puede ante Dios ser justo el hombre? ¿Ante su hacedor es puro algún mortal? En sus mismos ministros no tiene él confianza, y hasta en sus ángeles encuentra imperfección; ¡cuánto más en los habitantes de estas casas de arcilla, que apoyan sus cimientos en el polvo! Se les aplasta igual que a la polilla, de la mañana a la tarde quedan pulverizados, perecen para siempre sin darse cuenta nadie. La cuerda de su tienda es arrancada, y mueren faltos de sabiduría. Llama, pues; ¿habrá quien te responda? ¿A cuál de los santos te vas a dirigir? Realmente la rabia mata al insensato, la irritación da muerte al necio. Yo mismo he visto al insensato echar raíces, pero al punto su mansión quedó podrida. Sus hijos se ven abandonados, sin apoyo; sin defensor, pisoteados a la puerta; los hambrientos su cosecha devoran porque Dios se la arranca de los dientes, y los sedientos chupan su fortuna. Pues no nace del polvo la miseria, ni de la tierra la aflicción germina. Es el hombre quien engendra la aflicción, como el águila emprende el vuelo a las alturas. Yo, por mí, recurriría a Dios, y a Dios confiaría mi causa; a aquel que hace cosas grandes, insondables, maravillas sin número. Él derrama la lluvia sobre la tierra y envía el agua a los campos; rehabilita a los hundidos, restituye a los afligidos en la dicha. Desbarata los pensamientos del astuto, y no logran sus manos realizar sus intrigas. Sorprende a los sabios en sus tramas, y el consejo de los sagaces hace inepto; en pleno día se encuentran en tinieblas, a mediodía van a tientas, cual si fuese de noche. Arranca de sus fauces al mísero, y al pobre de las garras del violento; el infeliz recobra la esperanza y cierra su boca la injusticia. ¡Oh, sí, feliz el hombre que por Dios es corregido y no desperdicia la enseñanza del todopoderoso! Porque él hiere y después sana la herida; llaga, y su misma mano cura. Seis veces te librará de la angustia, y siete el mal alejará. Durante el hambre te salvará de la muerte, y en la guerra del golpe de la espada. Del azote de la lengua estarás a cubierto, y no temerás el peligro inminente. Te reirás de la desolación y la escasez, y no temerás a las bestias de la tierra. Con las piedras del campo harás un pacto, y las bestias salvajes vivirán en paz contigo. Sabrás que tu tienda prospera; al revisar el ganado, nada echarás de menos. Verás que tu prole se acrecienta, tus vástagos como la hierba de los prados. Llegarás bien maduro a la tumba, como a su tiempo el grano se recoge. He aquí cuanto hemos observado. ¡Así es! Nosotros lo escuchamos; aprovéchate de ello. Job respondió: ¡Oh, si se pesara mi tormento, si en la balanza se pusieran todos mis males juntos! Más que la arena del mar pesarían; por eso mis palabras se desbocan. Pues las flechas del todopoderoso están en mí clavadas; mi espíritu bebe su veneno, y los terrores de Dios me turban. ¿Rozna acaso el onagro ante la hierba verde, o muge el buey junto al forraje? ¿Se come lo insípido sin sal? ¿Qué gusto hay en la clara de huevo? Aquello que mi alma aborrecía se ha hecho mi comida de enfermo. ¡Oh, si se realizara lo que pido, si Dios me concediera lo que espero, si Dios se decidiera a aniquilarme, si extendiera su mano y me exterminara! Tendría entonces al menos un consuelo, una efusión de gozo en mis males sin piedad; el no haber eludido los preceptos del santo. ¿Cuál es mi fuerza para seguir esperando? ¿Cuál mi destino para seguir viviendo? ¿Es acaso mi fuerza la fuerza de la roca? ¿Es mi carne de bronce? ¡Oh, ya no encuentro apoyo alguno en mí, me he quedado sin ninguna ayuda! El que niega la compasión al prójimo desecha el temor del todopoderoso. Me han engañado mis hermanos lo mismo que un torrente, como arroyos de aguas pasajeras; turbios de agua de hielo, por ellos baja oculta la nieve derretida; pero al llegar el calor se desvanecen, bajo el ardor se evaporan en su lecho. Las caravanas se desvían de su ruta, se adentran en el desierto y se extravían. Las caravanas de Temán fijan allá sus ojos, en ellos esperan los convoyes de Sabá. Pero se ve frustrada su esperanza, al llegar junto a ellos quedan confundidos. Así habéis quedado ahora vosotros frente a mí; al verme, espantados, os escandalizáis. ¿Acaso os he dicho: "Hacedme tal favor, dadme un regalo de vuestra hacienda, libradme de la mano de un rival, salvadme de las garras de un tirano?". Instruidme, pues, y callaré; indicadme en qué he errado. Se admiten con gusto las palabras imparciales; pero ¿para qué sirven vuestras críticas? ¿Pensáis acaso refutar palabras, dichos de un desesperado que son tan sólo viento? ¡Vosotros llegaríais a lanzaros sobre el huérfano, a explotar a vuestro mismo amigo! Pero ahora, por favor, dignaos mirarme, no he de mentiros a la cara. ¡Volved, no seáis injustos! ¡Volved, que mi justicia aún sigue en pie! ¿Hay acaso en mi lengua falsedad? Mi paladar, ¿ya no distingue lo que es malo? ¿No es un servicio la vida del hombre en la tierra? ¿No son sus días, días de jornalero? Como el esclavo suspira por la sombra, como obrero que espera su salario, así meses de aflicción me han caído en herencia, me han tocado noches de dolor. Al acostarme, digo: "¿Cuándo llegará el día?". Y al levantarme: "¿Cuándo será de noche?". Y, presa de zozobras, doy vueltas hasta el crepúsculo. Mi carne está cubierta de gusanos y de costras terrosas, se agrieta y se cae a pedazos mi piel. Mis días huyen más raudos que la lanzadera; se esfuman sin ninguna esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, que mis huesos no volverán a ver la dicha. No me distinguirá ya el ojo que me mira, posarás en mí tus ojos y ya no existiré. La nube se disipa y pasa; así el que baja al abismo ya no vuelve más. No regresa ya a su morada, su casa no le vuelve a ver. Por eso no cerraré mi boca, voy a quejarme en la amargura de mi alma. ¿Soy yo el monstruo marino, para que pongas guardia en torno a mí? Si digo: "Mi lecho me consolará, mi cama aliviará mi sufrimiento", entonces con sueños tú me espantas, con visiones me aterras. ¡Ay! Preferiría mi alma el estrangulamiento, la muerte a estos dolores. Me estoy disolviendo, no viviré para siempre; déjame, pues mis días son un soplo. ¿Qué es el hombre para que de él así te ocupes, para que pongas en él tu pensamiento, para que le visites todas las mañanas y a cada instante le sometas a pruebas? ¿Hasta cuándo seguirás vigilándome? ¿No me dejarás ni tragar la saliva? Si he pecado, ¿qué te he hecho a ti con ello, oh guardián de los hombres? ¿Por qué me has hecho blanco tuyo? ¿Por qué te causo inquietud? ¿Por qué mi ofensa no toleras y no ignoras mi delito? Bildad, de Súaj, tomó la palabra y dijo: ¿Hasta cuándo seguirás hablando así y las palabras de tu boca serán un viento desatado? ¿Acaso Dios tuerce el derecho, el todopoderoso pervierte la justicia? Si tus hijos pecaron contra él, ya los hizo cargar con su pecado. Mas tú recurre a Dios, implora al todopoderoso. Si eres irreprochable y recto, desde ahora velará sobre ti y restaurará tu mansión de justicia. Tu ayer te parecerá mezquino a vista de la dicha que te espera. Pregunta a las generaciones del pasado, recurre a la experiencia de los padres, pues nosotros somos de ayer y nada sabemos; una sombra son nuestros días en la tierra. Ellos te instruirán, te hablarán, y de su corazón sacarán estas frases: ¿Crece acaso el papiro fuera de las lagunas? ¿Brota el junco donde no hay agua? Aún en su verdor, sin ser cortado, antes que toda otra hierba se marchita. Tal es la suerte de todo el que de Dios se olvida, así fenece la esperanza del malvado. Un hilo sólo es su confianza, una tela de araña su seguridad. Se apoya en su morada, que no aguanta; se agarra a ella, y no resiste. Exuberante bajo el sol, por encima del huerto asoman sus ramas; entre un montón de piedras se entrelazan sus raíces, su vida se agarra a las rocas. Mas si se le arranca de su sitio, su sitio de él reniega: "No te he visto jamás". Y cómo se pudre en el camino, mientras del suelo brotan otros. No, Dios no rechaza al hombre justo ni da su mano a los malvados. De risa puede aún colmar tu boca y de júbilo tus labios. Tus enemigos quedarán cubiertos de ignominia, y la tienda de los malvados desaparecerá. Job respondió: En verdad, bien sé yo que es así; ¿cómo frente a Dios puede tener razón el hombre? Aunque tratase de pleitear con él, no tendría qué responder una vez entre mil. Sabio de mente y robusto de fuerza, ¿quién puede resistirle impunemente? Él traslada los montes sin que se den cuenta, y los sacude en su furor. Desquicia la tierra de su sitio y hace vacilar sus columnas. Si él lo ordena el sol no sale, y mantiene bajo sello a las estrellas. Él solo extiende los cielos y camina sobre la superficie del mar. Él ha creado la Osa y Orión, las Pléyades y la constelación del Sur. Hace cosas grandes e insondables, maravillas que contarse no pueden. Si pasa junto a mí, no lo veo, y se desliza imperceptible. Si atrapa una presa, ¿quién se lo impedirá? ¿Quién le dirá: "Qué es lo que haces"? Dios no retira su furor, bajo él se inclinan los satélites de Rahab. ¡Cuánto menos podré yo replicarle, rebuscar mis argumentos frente a él! Aunque tuviera razón no podría responderle; él es mi juez: tendría que suplicarle. Aunque respondiera a mi apelación, no estoy seguro de que escuchara mi voz, él, que me arrolla en raudo torbellino, que multiplica sin razón mis heridas y no me deja recobrar aliento, sino que me sacia de amarguras. ¿Recurrir a la fuerza? Él es el vigoroso. ¿Al derecho? Mas ¿quién le citará? Si me creo justo, puede su boca condenarme; declararme culpable, si me estimo inocente. Mas ¿soy inocente? No lo sé; ya me da igual la existencia. Pero me es todo lo mismo. Y me atrevo a decir: Él pierde por igual al justo y al culpable. Si un azote acarrea la muerte de improviso, él se ríe de la angustia de los inocentes. En un país sujeto al poder de un malvado, vela él el rostro de los que le juzgan. Si no es él, ¿quién puede ser? Mis días pasan más veloces que un correo, se van sin ver la dicha; se deslizan igual que canoas de junco, como el águila cae sobre la presa. Si digo: Voy a olvidarme de mis quejas, a mudar de semblante y ponerme alegre, me invade el terror de todos mis dolores, pues sé que tú no me declaras inocente. Y si culpable soy, ¿para qué en vano fatigarme? Aunque con agua de nieve me lavara y mis manos limpiara con lejía, tú, con todo, me hundirías en el lodo y mis propios vestidos tendrían horror de mí. Pues él no es un hombre como yo para discutir con él y comparecer juntos en juicio. ¡Oh, si hubiera entre nosotros árbitro que pusiera la mano entre los dos, para que aparte su látigo de mí y no me espante su terror! Hablaré, sin embargo, sin temerle, ya que no soy así ante mis ojos. Mi alma siente asco de mi vida; quiero dar libre curso a mis lamentos, derramaré la amargura de mi alma. Diré a Dios: ¡No me condenes! Hazme saber de qué me acusas. ¿Acaso vas a mostrarte violento, a despreciar la obra de tus manos y secundar el plan de los inicuos? ¿Tienes ojos de carne? ¿Ves como ve un hombre? ¿Son tus días los días de un mortal, tus años como los días de un hombre, para que andes rebuscando mis culpas, indagando mi pecado? Sabes muy bien que yo no soy culpable y que nadie me puede salvar de tus manos. Tus manos me han plasmado, me han formado; ¡y ahora, de pronto, me quieres destruir! Recuerda que me amasaste como arcilla, y que al polvo me has de devolver. ¿No me derramaste como leche y me coagulaste como la cuajada? De piel y de carne me vestiste, y me tejiste de huesos y de nervios. Vida y benevolencia me otorgaste, y tu solicitud guardó mi espíritu. Pero en tu corazón guardabas otras cosas, bien sé que te reservabas esto. Si peco, me vigilas y no pasas por alto falta alguna. Si soy culpable, ¡desgraciado de mí! Si inocente, no oso levantar la cabeza, saturado de ignominia, ebrio de aflicción. Si me levanto, como a un león me das caza, y vuelves a invadirme con tu espanto. Renuevas tus ataques, redoblas tu ira contra mí, y sin cesar me atacan tus tropas de refresco. Oh, ¿por qué me hiciste salir de las entrañas? Hubiera muerto y no me hubiera visto ojo alguno. Sería como si no hubiera existido, llevado desde el vientre a la tumba. ¿No son bien breves los días de mi vida? Deja, pues, que goce un poco de consuelo antes que me vaya para no volver más, a la región de las tinieblas y de negras sombras, lugar de oscuridad y caos, donde la misma claridad es cual noche cerrada. Sofar, de Namat, tomó la palabra y dijo: ¿Quedará sin respuesta el charlatán? Por ser locuaz, ¿va a tener razón? ¿Tu palabrería hará callar a los demás? ¿Te mofarás sin que nadie te confunda? Tú dices: "Mi conducta es pura, ante tus ojos soy irreprochable". Pero, ¡ay, si Dios hablase, si abriese los labios para responderte, si te revelase los secretos de la sabiduría, que desbaratan toda sagacidad! Sabrías entonces que Dios calla incluso parte de tus pecados. ¿Pretendes tú escrutar el misterio de Dios, igualar la perfección del todopoderoso? Más alta es que los cielos; ¿qué harás tú? Más honda que el abismo, ¿qué puedes tú saber? Más larga que la tierra y más ancha que el mar. Si él se presenta, encarcela y cita a juicio, ¿quién le hará desistir? Porque él distingue a los hombres perversos y ve la iniquidad sin esfuerzo. Así el insensato se hará cuerdo, cuando un asno salvaje se vuelva hombre. Pero si tú ordenas tu corazón y tiendes tus manos hacia él, si apartas el mal que hay en tus manos y no albergas en tu tienda la injusticia, entonces alzarás tu rostro limpio, te sentirás firme y sin temor; te olvidarás entonces de la prueba, como agua pasada la recordarás. Más radiante que el mediodía será tu existencia, la misma oscuridad se trocará en aurora. Seguro vivirás, cargado de esperanza; bien protegido, habitarás tranquilo. Cuando te acuestes, nadie te turbará, y buscarán muchos tu favor. En cambio se abatirán los ojos de los malvados, les fallará todo refugio; su esperanza será su postrer aliento. Job respondió: Ciertamente vosotros sois el pueblo, con vosotros la sabiduría morirá. Mas yo también sé pensar como vosotros; en nada me aventajáis. Pero ¿quién jamás ha alcanzado tales cosas? Se hace burla del amigo, del que invoca a Dios para pedir respuesta. ¡Ludibrio es el justo íntegro! "¡A la desgracia el desprecio! -opina el que es feliz-. ¡Un golpe más a quien vacila!". ¡En cambio, están tranquilas las tiendas de los saqueadores, plena seguridad para los que provocan a Dios y creen meterlo en su puño! Pero pregunta a las bestias, y te instruirán; a las aves del cielo, que te informarán; te aleccionarán los reptiles de la tierra, te enseñarán los peces de los mares. Pues de todos éstos, ¿quién ignora que la mano de Dios lo ha hecho todo? En sus manos está el alma de todo ser viviente y el espíritu de toda carne de hombre. ¿No es el oído el que aprecia las palabras, como el paladar saborea los manjares? De los ancianos, el saber; de la longevidad, la inteligencia. Pero en él sabiduría y poder, suyos la inteligencia y el consejo. Si él destruye, nadie podrá reconstruir; si encierra a alguno, nadie le abrirá. Si retiene las aguas, viene la sequía; si las suelta, arrasan la tierra. En él la fuerza y la sabiduría, suyos el seductor y el seducido. Él hace estúpidos a los consejeros y a los jueces priva de sentido. Despoja a los reyes de su banda y les ciñe a los lomos una soga. Hace andar descalzos a los sacerdotes, y abate a los que están seguros. Quita la palabra a los más hábiles y priva de juicio a los ancianos. Sobre los nobles vierte el menosprecio y suelta la correa de los fuertes. Arranca a las tinieblas sus secretos y saca a la luz la negra sombra. Levanta a las naciones y las hunde, agranda a los pueblos y los aniquila. Quita el sentido a los jueces de la tierra, los hace vagar por un desierto sin caminos, andar a tientas en tinieblas, sin luz, y tambalearse lo mismo que un borracho. sí, mis ojos han visto todo esto, Lo sé tan bien como vosotros; en nada me aventajáis. Pero quiero hablar con el todopoderoso, quiero discutir con Dios. Vosotros no sois más que charlatanes, médicos de quimeras todos juntos. ¡Oh, si os hubierais callado, la única ciencia que os conviene! Pero escuchad mis cargos, por favor, atended a la defensa de mis labios. ¿Creéis defender a Dios con palabras inicuas y su causa con razones mentirosas? ¿Creéis favorecerle al ser parciales? ¿En defensa de Dios discutís? ¿Qué tal si él os sondease? ¿Le engañaríais como se engaña a un hombre? Os castigaría severamente por vuestra tácita parcialidad. ¿Su majestad no os estremece? ¿No os invade su terror? Vuestros argumentos son pruebas de ceniza, réplicas de barro vuestras réplicas. ¡Guardad silencio! Pues yo voy a hablar, venga sobre mí lo que viniere. Tomo mi carne entre mis dientes, pongo mi alma en mis manos. Él me puede matar; no tengo otra esperanza que defender en su presencia mi conducta. Y esto mismo es ya una señal de absolución, pues un malvado no osa comparecer ante su faz. Escuchad, escuchad mis palabras; prestad oídos a mis razones. Mirad, voy a proceder a mi defensa, porque sé que estoy en mi derecho. ¿Quién es el que pretende pleitear conmigo? Porque me callaré, dispuesto a morir. Sólo dos cosas te pido que me ahorres, y no esquivaré entonces tu presencia. Retira de mí tu mano y ya no me espante tu terror. Luego interrógame, y yo responderé; o bien hablaré yo, y tú responderás. ¿Cuántos son mis pecados y mis culpas? Hazme saber mi ofensa y mi pecado. ¿Por qué ocultas tu rostro y me tienes por enemigo tuyo? ¿Quieres asustar a una hoja estremecida o perseguir a una paja seca? Pues dictas contra mí amargos fallos y me imputas la falta de mi mocedad; metes mis pies en cepos, vigilas todos mis caminos y escrutas todas las huellas de mis pasos, mientras yo me deshago como un leño carcomido, como un vestido apolillado. El hombre, nacido de mujer corto es de días y harto de miserias; como la flor brota y se marchita luego, y huye como una sombra sin pararse. ¡Y sobre un ser como éste posas tú los ojos, y le citas a juicio ante ti! ¿Quién puede sacar lo puro de lo impuro? Nadie. Puesto que están contados ya sus días, si por ti está fijada la cuenta de sus meses, si has señalado un límite que no podrá cruzar, aparta de él tus ojos, déjale, como un mercenario, que acabe su jornada. Una esperanza hay para el árbol: si es cortado, aún puede germinar, y sus renuevos no dejan de crecer. Aunque haya envejecido su raíz en la tierra y en el suelo haya muerto su tronco, en cuanto siente el agua reverdece y echa ramas como una planta joven. Pero si el humano muere, todo acaba; al expirar el hombre, ¿qué es de él? Podrán agotarse las aguas de los mares, secarse los ríos y desaparecer; que el hombre que yace no se alzará ya más; se desharán los cielos y no despertará; no surgirá más de su sueño. ¡Oh, si tú me escondieses en el abismo y me guardaras hasta que pase tu ira; si una tregua me dieras para acordarte de mí luego -si después de muerto se puede revivir-, todos los días de mi milicia esperaría hasta que llegase mi relevo! Me llamarías, y yo respondería; querrías volver a ver la obra de tus manos. En lugar de vigilar mis pasos, como ahora, no te cuidarías más de mis pecados. En un saco sellado estaría mi delito, y blanquearías mi falta. Mas como un monte llega a derrumbarse y una roca cambia de lugar; como el agua va desgastando las piedras y la crecida arrastra la superficie de la tierra, así destruyes tú la esperanza del hombre. Para siempre le aplastas y él se va; desfiguras su rostro y luego le expulsas. ¿Serán honrados sus hijos? No lo sabe. ¿Serán despreciados? No se entera. Tan sólo conoce el dolor de su carne, sólo de su vida se lamenta. Elifaz, de Temán, tomó la palabra y dijo: ¿Responde un sabio con razones huecas? ¿Llena su pecho de viento solano? ¿Con palabras vanas se defiende? ¿Con discursos sin peso? Pero tú incluso destruyes la piedad y suprimes la meditación ante Dios. La iniquidad inspira tus palabras y adoptas el lenguaje de los cínicos. Tu propia boca te condena, no yo; tus mismos labios atestiguan contra ti. ¿Naciste tú el primero de los hombres? ¿Viste la luz antes que las colinas? ¿Has asistido al consejo de Dios? ¿Has acaparado la sabiduría? ¿Qué sabes tú que nosotros no sepamos? ¿Qué comprendes que nosotros no entendamos? También entre nosotros los hay con canas y más cargados de días que tu padre. ¿Es que tienes en poco los consuelos de Dios y una palabra dicha con dulzura? ¡Cómo te arrebata la pasión, qué torcida es tu mirada, cuando revuelves contra Dios tu furia al proferir tales palabras! ¿Cómo puede ser puro un hombre? ¿Cómo puede ser justo el nacido de mujer? Si ni en sus santos tiene Dios confianza, si ni los cielos son puros a sus ojos, ¡cuánto menos un ser abominable y corrompido, el hombre, que bebe como agua la iniquidad! Yo te instruiré, escúchame; te comunicaré lo que he visto, lo que enseñan los sabios, lo que no les han ocultado sus padres, a los cuales sólo fue entregada esta tierra, sin que se mezclara extranjero entre ellos. Todos sus días vive el malvado en angustia, y el tirano por el número de años que se le han fijado. Grito de espanto resuena en sus oídos; mientras vive en paz, el azote lo sorprende. No espera escapar a las tinieblas, se siente destinado a la espada. Designado como pasto de buitres, sabe que el día tenebroso está encima. Le estremecen la angustia y la ansiedad, le invaden como un rey pronto al asalto. Porque extendía contra Dios su mano, pretendía retar al todopoderoso, embestía contra él, erguida la cabeza, protegido detrás de un escudo macizo. Porque su rostro estaba cubierto de grosura, cargadas de sebo sus ijadas; por eso habitará ciudades destruidas, casas donde ya nadie vive, destinadas a ser montón de ruinas. No se enriquecerá, no se mantendrá su fortuna, ni su hacienda echará ya raíces en la tierra. No escapará de las tinieblas: agostará la llama sus renuevos, y su fruto será sacudido por el viento. No confíe en su estatura, pues vacía será su recompensa. Se marchitará antes de tiempo su ramaje, y sus ramas no reverdecerán. Dejará caer, como la viña, sus agraces; como un olivo tirará su flor. Porque la estirpe del malvado será estéril, y el fuego devorará la tienda del soborno. El que concibe el mal engendra angustia y lleva en su vientre un fruto de aborto. Job respondió: He oído muchas cosas como éstas. ¡Consoladores molestos sois vosotros! ¿No acabarán esas palabras vanas? ¿Qué es lo que te duele para que así respondas? También yo podría hablar como vosotros si me encontrara en vuestro lugar: sabría fascinaros con discursos, meneando contra vosotros mi cabeza. Podría confortaros con mi boca, no ahorraría el consuelo de mis labios. Pero aunque hable, no cesa mi dolor; y si callo, ¿acaso se me calma? Ahora estoy abrumado por el tedio, porque toda una chusma me acorrala, se alza contra mí como testigo adverso, me replica a la cara con calumnias. Su furia me desgarra y me persigue, rechinando sus dientes contra mí. Mis adversarios aguzan contra mí sus ojos. Abren su boca amenazando, me afrentan golpeando mis mejillas, a una se congregan contra mí. Dios me ha entregado a los perversos, en manos de criminales me ha arrojado. Vivía yo tranquilo y él me sacudió, me agarró por la nuca para despedazarme, me ha hecho blanco suyo. Sus flechas me acorralan, traspasa mis entrañas sin piedad y derrama por tierra mi hiel. Abre en mí brecha sobre brecha, me asalta lo mismo que un guerrero. Un saco ha cosido en mi piel, ha arrastrado mi frente por el polvo. Mi rostro está rojo de llorar, sombra de muerte pesa sobre mis párpados. Y, sin embargo, no hay en mis manos injusticia y mi oración es pura. Oh tierra, no cubras mi sangre, y nada detenga mi lamento. Desde ahora ya tengo en los cielos mi testigo, en las alturas está mi defensor. Mi lamento es mi abogado cuando ante Dios lágrimas vierten mis ojos. Defienda él el pleito entre un hombre y Dios como entre un mortal y otro mortal. Pues contados están los años que me restan y ya me adentro por el sendero sin retorno. Mi aliento se agota y mis días se apagan, sólo me queda la tumba. ¡Oh, sí, me abruman los burlones, y de amargura se consumen mis ojos! Dígnate tú poner mi fianza junto a ti: ¿quién, si no, chocaría mi mano? Pues tú has cerrado su mente a la razón; por eso no dejarás que triunfen. Como el que invita a sus amigos a un reparto, mientras los ojos de sus hijos languidecen, yo me he vuelto el escarnio de la gente, alguien a quien en la cara se le escupe. Mis ojos se apagan por la pena, mis miembros se extinguen como sombras. Se pasman los justos al saberlo, el inocente se indigna contra el malvado. Pero el justo se asegura en su camino, y el de manos limpias su ánimo redobla. Vosotros, volved, volved todos de nuevo: no hallaré un solo sabio entre vosotros. Mis días han pasado, mis planes se han deshecho, han fallado las fibras de mi corazón. La noche dejará paso al día, se acerca ya la luz tras las tinieblas. Mas ¿puedo yo esperar? El abismo es mi casa, en las tinieblas extiendo mi lecho. Grito al sepulcro: ¡Tú eres mi padre!, a la podre: ¡Tú mi madre y mi hermana! ¿Dónde está, pues, mi esperanza? Y mi felicidad, ¿quién la verá jamás? ¿Bajarán conmigo hasta el abismo? ¿Reposaremos juntos en el polvo? Bildad, de Súaj, tomó la palabra y dijo: ¿Cuándo pondrás fin a tus palabras? Reflexiona, y déjanos hablar. ¿Por qué somos tenidos como bestias y parecemos brutos a tus ojos? Tú, que desgarras tu alma con tu ira, ¿por ti la tierra va a quedar desierta, se moverán las rocas de su sitio? Sin embargo, la luz del malvado ha de apagarse, no más lucirá la llama de su hogar. La luz se oscurecerá bajo su tienda, se extinguirá la candela que le alumbra. Se acortarán sus pasos firmes, su propio plan le hará caer; sus pies quedarán en la red, porque camina sobre mallas; un lazo su talón apresará, y el cepo se cerrará sobre él. Oculto en el suelo hay para él un nudo, una trampa le espera en el sendero. Por todas partes temores le acometen, y le siguen pisando sus talones. Su vigor se convierte en flaqueza, la desgracia se ciñe a su costado. El mal su piel devora, el primogénito de la muerte consumirá sus miembros. Será arrancado de su tienda, le arrastrarán hasta el rey de los terrores. Se instalará en su tienda Belial, se esparcirá azufre en su morada. Por debajo se secarán sus raíces, por arriba se marchitará su ramaje. Se perderá su recuerdo en el país, y fuera se borrará su nombre. Será arrojado de la luz a las tinieblas, será expulsado del mundo. No tendrá prole ni posteridad en el pueblo, ningún superviviente en sus moradas. De su fin se asombrará el occidente, y el oriente será presa del terror. Tal se hará de las casas del malvado, de la morada del que no conoce a Dios. Job, respondió: ¿Hasta cuándo atormentaréis el alma mía y con palabras me acribillaréis? Ya me habéis insultado por diez veces, me habéis maltratado con descaro. Aunque en realidad hubiera yo faltado, sobre mí recaería mi error. Si de verdad pensáis triunfar de mí imputándome mi oprobio, sabed que es Dios quien me ha oprimido, el que en su red me ha apresado. Si grito: ¡Injuria!, no hay respuesta; pido ayuda, pero no hay justicia. Él me ha cerrado el camino y no puedo pasar, ha cubierto mis senderos de tinieblas. De mi honor me ha despojado, ha quitado la diadema de mi frente. Por todas partes me ha minado, y me desplomo, ha arrancado como un árbol mi esperanza. Ha inflado su ira contra mí, me considera su enemigo. En bloque sus tropas han llegado, su marcha de asalto han abierto contra mí, han puesto sitio a mi tienda. Mis hermanos se mantienen alejados de mí, mis amigos procuran evitarme. Mis parientes y deudos me han abandonado, me han olvidado las gentes de mi casa; mis criados me tienen como extraño, un forastero soy ante sus ojos. Llamo a mi criado y no responde, con mi propia boca he de suplicarle. Mi aliento repele a mi mujer, fétido soy para los hijos de mis entrañas. Hasta los chiquillos me desprecian; si me levanto, me hacen burla. Tienen horror de mí todos mis íntimos, los que yo amaba se han vuelto contra mí. A mi piel y a mi carne se han pegado mis huesos, tan sólo escapo con la piel de mis dientes. ¡Piedad, piedad de mí, vosotros, mis amigos, pues es la mano de Dios la que me ha herido! ¿Por qué me acosáis como me acosa Dios, y no os sentís aún hartos de mi carne? ¡Oh, si se escribieran mis palabras, si se grabaran en bronce, o con punzón de hierro o estilete para siempre en la roca se esculpieran! Mas bien sé que mi defensor está vivo y que él, el último, sobre el polvo se alzará; y luego, de mi piel de nuevo revestido, desde mi carne a Dios tengo que ver. Aquel a quien veré ha de ser mío, no a un extraño contemplarán mis ojos; ¡y en mi interior se consumen mis entrañas!... Y vosotros me decís: "¿Cómo le abatiremos? ¿Qué pretexto hallaremos contra él?". Temed la espada por vosotros mismos; pues vengadora de culpas es la espada, y sabréis que hay al fin justicia. Sofar, de Naamán, tomó la palabra y dijo: Mis pensamientos me están dictando la respuesta; por eso hay en mí esta agitación. Una injuriosa corrección he escuchado, mas mi espíritu la réplica me inspira. ¿No sabes tú que desde antiguo, desde que el hombre fue puesto en la tierra, es breve la alegría del malvado, su gozo es sólo de un instante? Aunque su altura se alzara hasta los cielos y las nubes tocaran su cabeza, como su estiércol se perderá para siempre, y los que lo veían dirán: "¿Dónde está?". Volará como un sueño inaprensible, se esfumará como visión nocturna. El ojo que lo veía no volverá a mirarlo, ni volverá a divisarlo su morada. Sus hijos acabarán miserables, sus manos tendrán que devolver sus riquezas. Sus huesos, que rebosaban de vigor juvenil, yacerán con él en el polvo. Si era dulce el mal a su boca, si bajo su lengua lo escondía, si allí lo guardaba sin tragarlo y en medio del paladar lo retenía, este alimento se cambiará en sus entrañas, se le dará en su interior veneno de áspid. Engulló riquezas: las vomitará; Dios se las arrancará de sus entrañas. Veneno de áspides chupó: lengua de víbora le mata. No verá más correr arroyos de aceite, ni torrentes de miel y de cuajada. El lucro de su afán no gozará, no comerá ese fruto que hacía sus delicias. Pues estrujó, desamparó a los pobres y robó casas que no había construido. Porque su vientre no conoció reposo, con sus tesoros no se salvará. Porque a su voracidad nada escapó, no ha de durar su dicha. En el colmo de su abundancia le alcanzará la angustia, toda clase de desgracias caerá sobre él. Mientras su vientre está llenando, desfogará Dios contra él el ardor de su ira, hará llover sobre su carne sus saetas. Si escapa al arma de hierro, el arco de bronce le traspasará. Un dardo sale por su espalda, una punta reluciente por su hígado, los terrores en bloque caen sobre él, todas las tinieblas le esperan en secreto. Un fuego no encendido por hombre devora y consume cuanto aún queda en su tienda. Desvelan los cielos su delito y la tierra se levanta contra él. Desaparecerá el producto de su casa arrastrado en el día de la ira. Tal es la suerte que al malvado Dios reserva, la herencia que le adjudica Dios. Job respondió: Escuchad, escuchad mi palabra, sea éste al menos el consuelo que me dais. Permitid que yo hable; después que hable, os podéis burlar. ¿Acaso me quejo yo de un hombre o pierdo la paciencia sin motivo? Miradme bien: quedaréis aterrados y pondréis la mano en vuestra boca. Cuando pienso en ello me estremezco, un escalofrío toda mi carne recorre. ¿Por qué viven los malvados, envejecen y sigue su vigor? Su estirpe prospera en torno a ellos y sus vástagos crecen a su vista. En paz sus casas, nada temen; la vara de Dios no les alcanza. Su toro fecunda a la primera, su vaca pare y nunca aborta. Dan suelta a sus niños como ovejas, sus hijos brincan retozones. Cantan con tímpanos y cítaras, al son de la flauta se divierten. Sus días transcurren felizmente, y en paz descienden al abismo. Y eso que a Dios decían: "¡Lejos de nosotros; no queremos conocer tus caminos! ¿Quién es el todopoderoso para que le sirvamos? ¿Qué ganamos con invocarle?". ¿No está en sus propias manos su ventura, y el consejo de los malvados no está lejos de Dios? ¿Cuántas veces se apaga la lámpara de los malvados, irrumpe la desgracia sobre ellos y Dios en su ira desbarata sus bienes, o el viento se los lleva como paja, o el torbellino los traga como tamo? ¿Dios reserva a sus hijos su castigo? ¡Páguelo él mismo, para que se dé cuenta! ¡Que sus propios ojos vean su ruina, que beba la furia del todopoderoso! ¿Qué le importa la suerte de su casa después de él, cuando se haya cumplido la cuenta de sus meses? ¿Puede acaso enseñarse a Dios sabiduría, a aquel que juzga a los seres más excelsos? Unos mueren en plena dicha, en el colmo de la seguridad y de la paz, cuando están sus ijares llenos de grosura, bien nutrido el meollo de sus huesos. Y otros mueren con el alma amargada, sin haber gozado de la felicidad. Juntos luego yacen en el polvo, y los gusanos los recubren. Conozco vuestros pensamientos y las tramas con que tratáis de hundirme. Decís: "¿En qué ha parado la casa del poderoso? ¿En qué la tienda que habitan los malvados?". ¿No habéis preguntado a los viandantes? ¿No conocéis sus testimonios? El malvado es respetado en el día del desastre, el día de la ira se ve libre. Pues, ¿quién le echa en cara su conducta y le pide cuenta de sus obras? Es conducido al cementerio, y en su mausoleo se le vela. Ligeros le son los temores del valle, y en torno suyo desfila todo el mundo, una turba innumerable ante él. ¿Para qué, pues, vuestros vanos consuelos? ¡Sólo perfidia hay en vuestras respuestas! Elifaz, de Temán, tomó la palabra y dijo: ¿Acaso a Dios puede un hombre ser útil? No; sólo a sí mismo es útil el sabio. ¿Le importa al todopoderoso que tú seas justo; gana algo si tu conducta es íntegra? ¿Te castiga acaso por tu piedad y entra en juicio contigo? ¿No es, más bien, grande tu maldad? ¿No son incontables tus delitos? Sin motivo has exigido prendas a tus hermanos, has arrancado a los desnudos sus vestidos, no has dado de beber al sediento y al hambriento has negado el pan; la tierra la ha ocupado el prepotente, tu favorito se ha instalado en ella; has despachado a las viudas con las manos vacías, y has quebrado los brazos de los huérfanos. Por todo esto te ves rodeado de lazos y te estremece, repentino, el terror. Tu luz se ha hecho tiniebla y ya no ves, y te anega una avalancha de aguas. ¿No está Dios en la cima de los cielos? ¡Mira qué alta es la cumbre de los astros! Pues tú has dicho: "¿Qué es lo que sabe Dios? ¿Acaso discierne a través del nublado? Las nubes son un velo que no le dejan ver, y anda por las márgenes del cielo". ¿Quieres, pues, seguir la antigua ruta por la que caminaron los malvados? Antes de tiempo fueron aplastados, una inundación arrasó sus cimientos. Decían a Dios: "¡Está lejos de nosotros! ¿Qué puede hacernos el todopoderoso?". Él les llenaba sus casas de riquezas, pero estaba alejado de sus planes perversos. Los justos ahora ven y se recrean, y de ellos hace burla el inocente: "¡Cómo han quedado en nada nuestros enemigos! ¡El fuego devora sus riquezas!". Reconcíliate, pues, con él y haz la paz; así recobrarás tu ventura. Recibe la enseñanza de su boca, pon sus palabras en tu corazón. Si vuelves al todopoderoso y te humillas, si alejas de tu tienda la iniquidad, si estimas el oro como polvo, como guijarros de torrente el metal de Ofir, el todopoderoso será tu oro y plata en abundancia para ti. Tendrás entonces en el todopoderoso tus delicias, y hacia Dios levantarás tu rostro. Le invocarás y él te escuchará, y podrás cumplir tus votos. Te lanzarás a una empresa y tendrás éxito, y en tus sendas brillará la luz. Al humillado podrás decir: "¡Arriba!"; y Dios salvará a quien los ojos baja. Él salva al inocente; tú serás salvo si tus manos son puras. Job respondió: Siempre mi queja es una rebelión; su mano pesa sobre mis suspiros. ¡Oh, si supiera yo cómo alcanzarle, cómo llegar hasta su trono! Depondría delante de él mi causa, llenaría mi boca de argumentos. Sabría cuál era su respuesta, comprendería lo que me dijera. ¿Acaso con alarde de fuerza disputaría conmigo? No, sólo tendría que prestarme atención. Vería a un justo en quien con él disputa, y yo sería absuelto para siempre por mi juez. Mas si voy hasta oriente, no está allí; si a occidente, no lo diviso. Lo busco al norte, y no lo encuentro; y no lo veo si me vuelvo al mediodía. Él, sin embargo, conoce mis caminos. Póngame a prueba; saldré como oro puro. A sus pasos se ha adherido mi pie, he seguido sin desviarme su camino. No me he apartado de los preceptos de sus labios, he guardado en mi pecho la palabra de su boca. Pero si él decide, ¿quién le hará retractarse? Lo que su alma traza, lleva a término. Así cumplirá su designio sobre mí, como tantos otros proyectos que él alberga. Por eso estoy ante su faz horrorizado; y cuanto más lo pienso, más me aterra. Dios me ha debilitado el corazón, el todopoderoso me ha llenado de espanto. Pues de él me esconde la faz de las tinieblas, la oscuridad cubre mi rostro. ¿por qué el todopoderoso no se reserva tiempos, y los que le conocen no contemplan sus días? Los criminales remueven los linderos, se llevan el rebaño robado. Arrebatan el asno de los huérfanos, toman en prenda al buey de la viuda. Expulsan a los indigentes del camino, todos los pobres del país han de esconderse. Otros, como asnos salvajes en el desierto, salen en busca de comida, del alimento que la estepa les da para sus crías. Espigan en los campos por la noche, vendimian la viña del malvado. Desnudos pasan la noche sin vestido, no tienen manta para el frío. Empapados por el aguacero de las montañas, faltos de cobijo, se pegan a la roca. Arrancan al huérfano del pecho, toman en prenda al lactante del pobre. Desnudos andan, sin vestido; hambrientos, llevando las gavillas. Sin muelas para exprimir el aceite, pisan los lagares y no apagan la sed. Desde la ciudad gimen los moribundos, el alma de los heridos grita, mas Dios no hace caso de sus quejas. Hay otros que reniegan de la luz, que no quieren conocer sus sendas ni mantenerse en sus senderos. Antes del día se levanta el asesino, mata al mísero y al pobre, y por la noche merodea el ladrón. El ojo del adúltero el crepúsculo espía. Dice: "¡Nadie me verá!", y se pone una máscara en la cara. Por la noche perforan las casas que de día se habían señalado los que no quieren saber nada de la luz. Para todos ellos la mañana es sombra espesa, la luz del día les aterra. Marcha veloz al acercarse el día, su dominio es maldito en el país, no sigue ya por el camino de los altos. Como el calor sofocante evapora el agua de nieve, así el abismo arrebata al pecador. El seno que lo engendró se olvida de él, su nombre no se recuerda más; así es arrancada la injusticia como un árbol. Maltrató a la estéril que no tiene hijos, no hizo bien a la viuda. Pero aquel que hace frente con su fuerza a los tiranos surge, y el criminal desespera de la vida. Lo dejaba vivir con apoyo y seguridad, mas sus ojos estaban sobre sus caminos. Se encumbran, y en un instante ya no existen; caen y perecen como todos, son cortados como cresta de espiga. Si no es así, ¿quién me convencerá de mentira y reducirá a nada mis palabras? Bildad, de Súaj, tomó la palabra y dijo: Imperio soberano tiene aquel que establece la paz en las alturas. ¿Tienen sus tropas número? ¿Quién puede esconderse de su luz? ¿Cómo, pues, puede ante Dios ser justo un hombre? ¿Cómo puro el nacido de mujer? Si hasta la luna está sin brillo, y las estrellas no son puras a sus ojos, ¡cuanto menos el hombre, este gusano, el hijo de hombre, esta larva! Job respondió: ¡Oh, cuánta ayuda das al débil, cuánto socorro al de brazo inválido! ¡Qué bien sabes aconsejar al ignorante, qué hábil talento has demostrado! Pero ¿a quién diriges tus discursos? ¿Quién empieza lo que sale de tu pecho? Tiemblan los muertos bajo tierra, las aguas y sus habitantes se estremecen. Desnudo está el abismo ante sus ojos y sin velos el reino de la muerte. Él extiende el septentrión sobre el vacío, sobre la nada suspende la tierra, encierra las aguas en sus nubes, sin que bajo su peso el nublado reviente. Él cubre la cara de la luna llena y despliega sobre ella su nube. Traza un cerco a la superficie de las aguas, al límite de la luz y las tinieblas. Las columnas del cielo se estremecen espantadas bajo su amenaza. Con su poder arranca el mar, con su inteligencia quebranta a Rahab. A su soplo el cielo se serena, su mano traspasa a la serpiente huidiza. Y esto no es más que el contorno de sus obras, pues tan sólo captamos un apagado eco. El trueno en su poder, ¿quién lo podrá alcanzar? Job continuó su discurso y dijo: ¡Por el Dios vivo, que me ha quitado mi derecho; por el todopoderoso, que me amarga el alma; mientras mi aliento siga en mí y el soplo de Dios en mis narices, mis labios no dirán falsedades ni mi lengua proferirá mentira! Lejos de daros la razón, hasta la muerte mantendré mi inocencia. Me aferraré a mi justicia y no la soltaré; mi corazón no tendrá que avergonzarse de mis días. ¡Tenga mi enemigo la suerte del malvado, la del inicuo mi adversario! ¿Qué esperanza tiene el malvado cuando suplica, cuando hacia Dios levanta su alma? ¿Escuchará acaso Dios su grito cuando sobre él se abate la desgracia? ¿Tenía él sus delicias en el todopoderoso? ¿Invocaba a Dios en todo instante? Os mostraré a todos lo que hay en la mano de Dios, lo que el todopoderoso se reserva no os ocultaré. Y si todos vosotros lo observáis, ¿para qué esos vanos discursos en el vacío? Ésta es la suerte que al criminal reserva Dios, la herencia que el violento recibe del todopoderoso: Por muchos que sean sus hijos, la espada es su destino, y sus vástagos no tendrán paz. A los supervivientes sepultará la peste, y sus viudas no los llorarán. Si acumula como polvo la plata, si amontona vestidos como fango, ¡que los amontone!; el justo se vestirá con ellos y el inocente heredará la plata. Se ha edificado una casa de araña, una choza de centinela ha construido. Rico se acuesta, mas por última vez; cuando abre los ojos ya no es nada. Lo asaltan como torrente los terrores, de noche lo arrebata el huracán. El viento del este se levanta y se lo lleva, un torbellino le arrastra de su sitio. Sin piedad por blanco se le toma, tiene que huir de las manos que amenazan. A su ruina la gente bate palmas, de todas partes se le silba. Hay para la plata un venero, y para el oro un lugar donde se purifica. Se extrae del suelo el hierro, de la piedra fundida sale el cobre. Un límite pone el hombre a las tinieblas, y excava hasta la hondura más recóndita la piedra que está en la oscuridad y la negrura. Abren los mineros una galería lejos del poblado; cuelgan sin apoyo en sus pies, y oscilan lejos de los hombres. La tierra de donde sale el pan está revuelta en sus entrañas por el fuego. Allí las piedras albergan el zafiro, que contiene partículas de oro. El ave de rapiña no conoce el camino ni el ojo del buitre lo divisa; no lo pisan las bestias feroces ni lo atraviesa jamás el león. Al pedernal lleva el hombre su mano, descuaja de raíz las montañas. En las rocas abre galerías, su ojo busca todo lo precioso. Explora las fuentes de los ríos y saca a luz lo que estaba escondido. Mas la sabiduría, ¿de dónde viene? ¿Cuál es el lugar de la inteligencia? Ignora el hombre su camino, ni se le encuentra en la tierra de los vivos. Dice el abismo: "No está en mí", y el mar: "No está conmigo". Con oro fino no se compra, ni se paga a precio de plata; no se valora con el oro de Ofir, el ágata preciosa o el zafiro. No se le compara el oro y el cristal, ni se cambia por vasija de oro fino. Corales y cristal no merecen mi mención, la sabiduría vale más que las perlas. Nada vale a su lado el topacio de Etiopía, no se valora con el oro más puro. Mas la sabiduría, ¿de dónde viene? ¿Cuál es el lugar de la inteligencia? Oculta está a los ojos de todos los vivientes, escondida a los pájaros del cielo. El infierno y la muerte confiesan: "Con nuestros oídos oímos hablar de ella". Sólo Dios conoce su camino, sólo él sabe dónde se halla, porque él ve los extremos del mundo y advierte cuanto hay bajo los cielos. Cuando estableció el peso del viento y fijó a las aguas su medida; cuando a la lluvia dio una ley y un camino al relámpago y al trueno, entonces la vio y la sacó a la luz, la escrutó hasta el fondo. Y dijo al hombre: "Temer al Señor es la sabiduría; huir del mal, he ahí la inteligencia". Job continuó pronunciando su discurso: ¡Quién me volviera a los meses de antaño, a los días en que Dios me protegía, cuando su lámpara brillaba sobre mi cabeza y a su luz caminaba en las tinieblas! Como era en los días de mi otoño, cuando Dios protegía mi tienda; cuando el todopoderoso estaba aún conmigo, y me rodeaban mis muchachos; cuando empapaba mis pies en cuajada y regatos de aceite la roca me vertía. Cuando entonces salía a la puerta de la ciudad y mi asiento en la plaza colocaba, se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y quedaban en pie; los notables suspendían sus palabras y su mano ponían en la boca; la voz de los jefes se apagaba y su lengua se pegaba al paladar. Oído que me oía me llamaba feliz, ojo que me veía favor me dispensaba, pues yo libraba al pobre que gemía, al huérfano que no tenía apoyo. La bendición del desgraciado caía sobre mí, y hacía exultar el corazón de la viuda. De justicia me había vestido y ella me cubría, la justicia era mi manto y mi turbante. Era yo los ojos para el ciego, para el cojo los pies; era el padre de los pobres, la causa del desconocido examinaba; trituraba las muelas del malvado, de entre sus dientes arrancaba la presa. Y me decía: "En mi nido moriré, cargado de días, igual que la palmera. Mi raíz se alarga hacia las aguas, el rocío posa la noche en mi ramaje; mi gloria estará siempre flamante y en mi mano mi arco renovará su fuerza". Todos me escuchaban muy atentos, en silencio, para oír mi consejo. A mis sentencias nadie replicaba, y sobre ellos destilaban mis palabras. Me esperaban como se espera la lluvia, y abrían su boca como el agua tardía. Si yo les sonreía, no querían creerlo; con ansia acogían el favor de mi rostro. Puesto en cabeza les trazaba el camino, como un rey me sentaba en medio de sus tropas; como un consolador de abatidos. Pero ahora hacen burla de mí los que son más jóvenes que yo, cuyos padres yo no me dignaba mezclar con los perros de mi ganado. Ni la fuerza de sus manos me hubiera servido. Habían perdido todo su vigor, extenuados por el hambre y la miseria. Tenían que buscar la hierba seca del desierto; su madre era la desolación. Recogían el armuelle junto al matorral, raíces de retama era su pan. De en medio del pueblo eran expulsados, ahuyentados a gritos como los ladrones; habitaban en los declives de los torrentes, en las cuevas y en las grietas de las peñas. Entre los matorrales rebuznaban, se acurrucaban bajo los espinos. ¡Gente vil, gente innominada, expulsada de su tierra! ¡Y ahora vengo yo a ser la copla de ésos, el blanco de sus chismes! Espantados, se mantienen a distancia; sin reparo a la cara me escupen. Su cuerda han aflojado y me oprimen, han roto todo freno ante mí. Se alza la canalla a mi derecha, persiguiendo mis pasos, preparan contra mí sus caminos siniestros. Mis senderos destrozan, mi ruina intentan y nada los detiene. Como por ancha brecha irrumpen, avanzan por entre los escombros. Los terrores me asaltan, como por un huracán queda barrido mi valor. Y ahora se derrama en mí mi alma, me han caído días de aflicción. De noche perfora el mal mis huesos, no descansan las llagas que me roen. Con violencia ha agarrado Dios mi manto, me ha aferrado como el cuello de mi túnica. Me ha tirado en el fango, soy como el polvo y la ceniza. Grito hacia ti y tú no me respondes, insisto y no me haces caso. Te has vuelto cruel para conmigo, con mano desplegada en mí te cebas. Me levantas a merced del viento, me desbaratas con la tempestad. ¡Bien sé que a la muerte me conduces, al sitio de cita de todos los vivientes! Y, con todo, ¿he vuelto yo la mano contra el pobre cuando en su angustia clemencia suspiraba? ¿No he llorado con el que sufre días duros? ¿No he sentido piedad por el mendigo? Esperaba el bien y vino el mal, aguardaba la luz y he aquí la oscuridad. Me hierven las entrañas sin descanso, ¡me han tocado días de aflicción! Ando sombrío, sin recibir consuelo; me alzo entre la turba sólo para gritar. Me he hecho hermano de chacales y compañero de avestruces. Mi piel ennegrecida se me salta, mis huesos queman por la fiebre. ¡Mi arpa ha acompañado a los cantos de duelo, mi flauta a la voz de plañidores! Un pacto había hecho con mis ojos de no fijarme en ninguna doncella. ¿Qué reparto hace Dios desde arriba? ¿Qué suerte asigna el todopoderoso desde su altura? ¿No es para el injusto la desgracia, y la desventura para los agentes de maldad? ¿No ve él acaso mis caminos y no cuenta todos mis pasos? Si he caminado con mentira, si mi pie corrió hacia la falsedad, ¡péseme él en balanza de justicia; reconocerá Dios mi integridad! Si del camino recto se apartaron mis pasos, si mi corazón corrió tras de mis ojos y a mis manos se pegó mancha alguna, ¡lo que yo siembre, otro lo coma, y sean arrancados mis retoños! Si mi corazón fue seducido por mujer, si aceché a la puerta de mi prójimo, ¡muela para otros mi mujer y otros se encorven sobre ella! Pues una infamia hubiera sido, un crimen condenable por los jueces, un fuego que devora hasta la perdición y que habría consumido todas mis cosechas. Si desprecié el derecho de mi siervo o de mi sierva en sus pleitos conmigo, ¿qué podría hacer cuando surgiese Dios?; cuando juzgara, ¿qué le respondería? ¿No los formó él, igual que a mí, en el vientre? ¿No nos plasmó uno mismo en el seno? ¿Fui insensible al menester del pobre? ¿Dejé desfallecer los ojos de la viuda? ¿Comí solo mi bocado? ¿No lo compartí con el huérfano? ¡Pues Dios, desde mi infancia, me crió como un padre, y desde el seno materno me guió! Si vi a un indigente sin vestido, a algún pobre desnudo, ¿no me bendijeron sus riñones?, ¿no se calentó con el vellón de mis corderos? Si contra un inocente alcé mi mano por sentirme respaldado en la puerta, ¡mi espalda se separe de mi nuca y mi brazo se desgaje del hombro! Porque el terror de Dios me invadiría y ante su majestad no podría resistir. ¿Puse en el oro mi confianza o dije al oro fino: "Tú, mi seguridad"? ¿Me complací en la abundancia de mis bienes porque mi mano había ganado mucho? Al ver el sol brillante y la luna que avanzaba esplendorosa, ¿mi corazón fue seducido en secreto?, ¿les mandé un beso con mi mano? También esto hubiera sido un crimen capital, porque habría renegado del Dios supremo. ¿Me alegré del infortunio de mi enemigo? ¿Me gocé cuando el mal le abatía? ¡Yo, que no permitía que mi boca pecase deseándole la muerte con imprecaciones! ¿No decían las gentes de mi tienda: "Quién no ha quedado saciado en su mesa"? Jamás el forastero pasó la noche fuera, mi puerta se abría siempre al viajero. ¿He ocultado mis faltas como un hombre, he escondido en mi seno mi pecado, porque temiese el rumor de las gentes o el desprecio de las familias me espantase, hasta quedar callado, sin salir de mi puerta? ¡Oh, si tuviese yo quien me escuchara! ¡Ésta es mi firma! ¡El todopoderoso me responda! El libelo que escribiese mi adversario lo llevaría sobre mis espaldas, lo ceñiría igual que una corona. De todos mis pasos le daría cuenta, me acercaría a él igual que un príncipe. Si mi tierra gritó venganza contra mí y sus surcos lloraron juntamente; si comí sus frutos sin haberlos pagado o estrujé el alma de sus dueños, ¡en vez de grano broten en ella espinas, y en lugar de cebada, hierba hedionda!Fin de las palabras de Job. Aquellos tres hombres dejaron de replicar a Job, porque se tenía por justo. Se encendió entonces la ira de Elihú, hijo de Baraquel, el buzita, de la familia de Ram. Su ira se encendió contra Job porque pretendía tener razón frente a Dios. Se encendió también su ira contra los tres amigos, porque no habían encontrado ya respuesta alguna, y así habían imputado el mal a Dios. Elihú había esperado mientras ellos hablaban, porque eran mayores que él. Pero cuando Elihú vio que no había ya respuesta en la boca de los tres hombres, su ira se encendió. Tomó, pues, la palabra Elihú, hijo de Baraquel, el buzita, y dijo: Joven de años soy, y vosotros estáis cargados de ellos; por eso no me atrevía, intimidado, a manifestar mi parecer. Pensaba: "La edad sabrá hablar, los muchos años darán sabiduría". Mas es un espíritu en el hombre, un soplo del todopoderoso lo que da inteligencia. No los cargados de años son por ello sabios, ni por ancianos comprenden lo que es justo. Por eso digo: escuchadme; manifestaré mi saber también yo. Hasta ahora vuestras palabras he esperado, he prestado oído a vuestros argumentos, y mientras buscabais las razones he fijado en vosotros mi atención. Mas veo que nadie ha confundido a Job, ninguno de vosotros ha refutado sus palabras. No digáis, pues: "Hemos hallado la sabiduría; es Dios, no un hombre quien nos adoctrina". No diré yo palabras como ésas, no he de replicar en vuestros términos. Han quedado perplejos, sin respuesta, han llegado a faltarles las palabras. He esperado; mas puesto que ya no hablan, porque se quedan sin respuesta, responderé yo a mi vez, manifestaré también yo mi saber. Pues estoy lleno de palabras, un espíritu dentro me estimula. Es en mi interior cual vino aprisionado que hace reventar los odres nuevos. Hablaré, pues, para desahogarme, abriré los labios y responderé. No tomaré partido por ninguno, a nadie adularé, pues yo no sé adular; ¡de un tajo me quitaría del medio mi hacedor! Escucha, pues, mis razones, oh Job, y presta oído a mis palabras. He aquí que yo abro mi boca, en el paladar habla mi lengua. Mis palabras salen de un corazón íntegro, mis labios dirán la verdad pura. Me ha hecho el espíritu de Dios, el soplo del todopoderoso me da vida. Respóndeme, si puedes; ¡en guardia, disponte a tu defensa! Mira, igual que tú soy ante Dios, también yo fui plasmado de la arcilla. Por eso mi terror no te debe espantar, ni pesará mi mano sobre ti. Así has dicho a mis propios oídos -pues he escuchado el rumor de tus palabras-: "Puro soy yo, sin pecado; íntegro soy, no hay culpa en mí. Pero él encuentra contra mí pretextos y me tiene como su enemigo, mete en cepos mis pies y vigila todas mis pisadas". Pues -te respondo- en esto te equivocas, ya que Dios es muy superior al hombre. ¿Por qué quieres pleitear con él porque no responde a todas tus palabras? Dios habla una vez, y dos no lo repite. En sueños, en visiones nocturnas, cuando un letargo a los hombres invade reclinados en su lecho, entonces abre él el oído del hombre, y con apariciones le estremece; para apartar al hombre de sus obras y corregir su orgullo, y así librar su alma de la fosa, y su vida del pasaje subterráneo. O bien le corrige por el dolor en su lecho, por el temblor continuo de sus huesos; cuando le produce náuseas la comida, y su alma aborrece el manjar más exquisito; cuando se consume su carne a ojos vista, y sus huesos aparecen desnudos; cuando su alma se aproxima a la fosa, y su vida hacia los muertos. Mas si hay entonces junto a él un ángel, un mediador, uno entre mil, que enseñe al hombre su deber, que tenga compasión de él y diga: "¡Líbrale de bajar a la fosa, pues he encontrado el rescate de su alma!": entonces su carne recobra un vigor de juventud, vuelve a los días de su adolescencia; ruega a Dios, quien le alarga su favor, viene a ver con alegría su rostro, anuncia a los demás su justificación, y ante los hombres canta así: "Yo había pecado y violado la justicia, mas Dios no me ha tratado conforme a mi delito; ha librado mi alma de la fosa y mi vida vuelve a ver la luz". Esto es todo lo que hace Dios, dos y tres veces con el hombre, con el fin de arrancar su alma de la fosa e iluminarla con la luz de los vivientes. Atiende, Job, escúchame, calla hasta que yo haya terminado de hablar. Mas si tienes algo que decir, habla, pues yo deseo darte la razón. Si no tienes nada, escúchame; calla, y yo te enseñaré la sabiduría. Elihú reanudó su discurso y dijo: Vosotros, los sabios, escuchad mis palabras; vosotros, los doctos, prestadme oídos, porque el oído discierne las palabras como el paladar saborea los manjares. Debemos ponderar bien lo que es justo, examinar entre nosotros lo que es bueno. Job ha dicho: "Yo soy justo, pero Dios me ha quitado mi derecho. Contra mi derecho estoy sufriendo; mi llaga es mortal, aunque yo no he pecado". ¿Qué hombre hay como Job, que bebe el sarcasmo como agua, que anda en compañía de malvados y camina con hombres criminales? ¿No ha dicho él: "Nada aprovecha al hombre el buscar el agrado de Dios"? Por eso, escuchadme, hombres sensatos. ¡Lejos está de Dios la iniquidad, lejos del todopoderoso la injusticia! Pues él paga al hombre con arreglo a sus obras, retribuye a cada cual conforme a su conducta. No, Dios no hace nunca el mal, el todopoderoso no retuerce el derecho. ¿Quién le ha dado el gobierno de la tierra? ¿Quién confió a su cuidado el universo? Si él retirara hacia sí su soplo, si retrajera a sí su aliento, al instante perecería toda carne y el hombre al polvo volvería. Si tienes inteligencia, escucha esto; presta oídos al son de mis palabras. ¿Puede acaso gobernar el que odia el derecho? ¿Al justo, al poderoso, vas a condenar? A aquel que dice al rey: "¡Infame!"; "¡Criminales!" a los príncipes. Que no hace acepción de prepotentes ni considera al rico más que al pobre, porque son todos obra de sus manos. En un instante mueren en medio de la noche, hiere él a los grandes y desaparecen, y depone al poderoso sin esfuerzo. Pues sus ojos vigilan los caminos del hombre, todos sus pasos observa. No hay tiniebla ni sombra mortal donde esconderse puedan los que obran la maldad. Pues no puso él un plazo al hombre para presentarse a juicio ante Dios. Aplasta a los grandes sin previa indagación y pone a otros en su sitio. Y puesto que conoce sus acciones, de noche los derriba y son pisoteados. Por su crueldad los hiere, en lugar visible los castiga, por haberse apartado de su seguimiento, sin querer conocer todos sus caminos, hasta hacer llegar a él el lamento del mísero y hacerle oír el grito de los desgraciados. Si él sigue inmóvil, ¿quién puede conmoverle? Si retira su rostro, ¿quién puede percibirle? Pero aún sigue vigilando sobre naciones e individuos, para que no dominen los criminales, los que al pueblo encadenan. Si alguien dice a Dios: "He sido seducido, no volveré a obrar mal; si he pecado, instrúyeme; si he cometido injusticias, no volveré a hacerlo"; ¿acaso, a juicio tuyo, tendría él que castigar? Como has rechazado su sentencia, como eres tú el que aprecias, que no yo, ¡di todo lo que sabes! Los hombres cuerdos me dirán, así como todo sabio que me escuche: "No habla Job con criterio, les falta cordura a sus palabras. Job, pues, será probado a fondo por sus respuestas dignas de un malvado; pues a su pecado añade rebeldía; contra nosotros bate palmas y multiplica sus palabras contra Dios". Elihú continuó hablando y dijo: ¿Crees tal vez que afianzas tu derecho, que ante Dios afirmas tu justicia, cuando dices: "¿Qué te importa? ¿Qué te hago a ti si peco?". Yo te daré respuesta, y al mismo tiempo a tus amigos. Mira a los cielos y contempla, observa las nubes: ¡cuánto más altas son que tú! Si pecas, ¿qué le haces? Si multiplicas tus delitos, ¿en qué perjudicas? Si eres justo, ¿qué le das con ello? ¿Qué recibe él de tu mano? A un hombre igual que tú afecta tu maldad, a un hijo de hombre tu justicia. Por la abundancia de opresión se gime, contra el brazo de los grandes se pide auxilio. Mas no se dice: "¿Dónde está Dios mi hacedor, aquel que inspira cantos de júbilo en la noche, el que nos hace más diestros que las bestias de la tierra, más sabios que los pájaros del cielo?". Entonces se grita, pero él no responde a causa del orgullo de los malos. Pero es vano decir que Dios no oye, que el todopoderoso de nada se da cuenta. Mas tú dices que Dios no oye, que una causa está ante él, y esperas siempre; o bien que su ira no castiga, que no se cuida para nada de la iniquidad. Job, pues, abre inútilmente la boca y sin conocimiento multiplica las palabras. Elihú prosiguió diciendo: Espera un poco más, y yo te instruiré, pues todavía tengo razones en defensa de Dios. Traeré de muy lejos mi saber, y a mi hacedor daré razón. Pues, en verdad, no son mentira mis palabras, a un hombre de perfecto saber tienes delante. No, Dios no rechaza al hombre justo, en pleno vigor no deja vivir al hombre injusto; hace a los míseros justicia, y no quita a los justos su derecho. Pone a los reyes en el trono, los asienta por siempre; pero, si se engríen, los ataca entonces con cadenas y los prende en los lazos de la angustia. Luego les descubre sus acciones, las faltas de orgullo cometidas, abre sus oídos a la reprensión, y les exhorta a apartarse del mal. Si escuchan y se someten, acaban sus días en ventura, y en delicias sus años. Si no escuchan, un golpe los abate y mueren sin contarlo. Sí; los malvados de corazón, que se entregan a la ira y no imploran ayuda cuando él los encadena, mueren en plena juventud, y su vida termina como la de los disolutos. Mas él salva al miserable mediante la aflicción, le abre el oído por medio de la tribulación. A ti también te arrancará de las fauces de la angustia, en lugar amplio te pondrá sin estrecheces, y de tu mesa desbordará la grasa. Pero si traspasas la medida del malvado, te aferrarán juicio y sentencia. Cuida de que el desdén no te conduzca al insulto, y la grandeza no te haga desviarte. ¿Podrá librarte entonces de la angustia tu grito y todos tus esfuerzos incesantes? No andes esperando a la noche, cuando la gente sube a su lugar. Guárdate de inclinarte a la injusticia, pues por ella te ha probado la desgracia. Mira, Dios es sublime en su potencia, ¿quién es Señor como él? ¿Quién puede señalarle el camino a seguir o se atreverá a decirle: "Has hecho mal"? Acuérdate de exaltar la obra suya, que con himnos han celebrado los hombres. Todo mortal la admira, de lejos el hombre la contempla. Sí; tan grande es Dios que no le comprendemos, incontable es la suma de sus años. Él absorbe las gotas de agua y condensa en neblina su vapor. Las nubes luego la derraman, la llueven sobre los hombres a raudales. Por ellas sustenta él a los pueblos, les da alimentos en abundancia. ¿Quién puede comprender el despliegue de las nubes, los fragores de su tienda? Él despliega en torno a sí la nube y cubre la cima de los montes. Llena sus manos de relámpagos y les ordena herir. El trueno anuncia su furor, la tempestad su cólera pregona. Por eso tiembla mi corazón y salta fuera de su sitio. Escuchad, escuchad el fragor de su voz, el bramido que sale de su boca. Su relámpago cruza todo el cielo y llega hasta el fin de la tierra. Detrás de él ruge su voz, porque Dios truena con su voz soberbia, y nada puede retener sus rayos cuando su voz retumba. Sí; nos manifiesta Dios sus maravillas, cosas grandiosas que no comprendemos. Cuando dice a la nieve: "Cae sobre la tierra", y a las lluvias: "Caed a torrentes", las manos del hombre quedan entonces inactivas, para que todos reconozcan su obra. Los animales huyen a sus guaridas, en sus cubiles se refugian. Del mediodía viene el huracán, y el frío de los vientos del norte. Al soplo de Dios se forma el hielo, se congela la superficie de las aguas. Él carga de vapor las nubes, y el nubarrón esparce sus relámpagos, y éstos, dando vueltas, van circulando conforme a sus designios, ejecutando todo lo que él manda sobre el haz del orbe terráqueo. Ya como castigo y maldición, ya como señal de bondad, él los envía. Escucha esto, Job; detente y considera los prodigios de Dios. ¿Sabes acaso cómo Dios los dispone y cómo hace brillar el rayo de su nube? ¿Sabes cómo están suspendidas las nubes, maravilla de una ciencia consumada? ¿Sabes por qué se calientan tus vestidos cuando azota la tierra el viento del sur? ¿Extiendes con él la bóveda del cielo, sólido como espejo de metal fundido? Indícanos qué le hemos de decir, pues a causa de las tinieblas no discutiremos. Cuando yo quiero hablar, ¿es preciso anunciárselo? Cuando habla un hombre, ¿hay que informarle? A veces no se ve la luz, oscurecida por las nubes; pero un viento sopla luego y las despeja. Y llega del norte un resplandor: Dios envuelto en majestad terrible. ¡El todopoderoso! No lo podemos alcanzar; inmenso por su fuerza y rectitud, maestro de justicia, a nadie oprime. Por eso tienen que temerle los hombres, y él no mira a quien se cree sabio. Entonces el Señor respondió a Job desde el seno de la tempestad: ¿Quién es ese que enturbia mi consejo con palabras insensatas? Ciñe tus lomos como un héroe; ¡yo te interrogaré y tú me instruirás! ¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? ¡Habla, si es que sabes tanto! ¿Sabes tú quién fijó sus dimensiones, o quién tendió la cuerda sobre ella? ¿En qué se apoyan sus columnas? ¿Quién asentó su piedra angular, mientras a coro cantaban las estrellas del alba y exultaban todos los hijos de Dios? ¿Quién encerró con doble puerta el mar, cuando salía borbotando del seno, cuando una nube le puse por vestido y el oscuro nublado por pañales; cuando le fijé sus confines y le puse en torno puertas y cerrojos, y le dije: "No pasarás de aquí, aquí se romperá la soberbia de tus olas"? ¿Has mandado en tu vida a la mañana, has asignado a la aurora su lugar, para que aferre a la tierra por sus bordes y de ella expulse a los malvados? Ella entonces se cambia como la arcilla de un sello, se tiñe como un vestido; quita la luz a los malvados y despedaza el brazo erguido. ¿Has llegado hasta las fuentes de los mares, has paseado por las honduras del abismo? ¿Se te han abierto las puertas de la muerte? ¿Has visto las puertas de la sombra mortal? ¿Has medido la anchura de la tierra? ¡Habla, si sabes todo esto! ¿Cuál es el camino de la morada de la luz?; y las tinieblas, ¿dónde habitan, para que puedas llevarlas a su sitio, guiarlas por el camino de su casa? ¡Tienes que saberlo, porque ya habías nacido y es tan grande la cuenta de tus días! ¿Has llegado hasta los depósitos de nieve? ¿Has visitado las reservas de granizo que yo guardo para el tiempo de desgracia, para los días de guerra y de combate? ¿Por qué lado se reparte la luz y el viento solano se derrama por la tierra? ¿Quién abre un resquicio al aguacero, un camino a los giros del trueno, para traer la lluvia sobre la tierra sin hombres, sobre el desierto donde no hay un alma; para abrevar los desiertos y yermos y hacer brotar en la estepa hierba verde? ¿Tiene padre la lluvia? ¿Quién engendra las gotas del rocío? ¿De qué seno sale el hielo? Y la escarcha del cielo, ¿quién la da a luz, cuando las aguas como piedras se endurecen y el haz del abismo se congela? ¿Anudas tú los lazos de las Pléyades o desatas las cuerdas de Orión? ¿Haces salir la Corona en su estación? ¿Guías a la Osa con sus crías? ¿Has enseñado las leyes a los cielos? ¿Determinas su influencia en la tierra? ¿Levantas tu voz hasta las nubes? ¿Te obedece la masa de las aguas? ¿A tus órdenes saltan los relámpagos, y te dicen: "Aquí estamos"? ¿Quién infundió sabiduría a las nubes? ¿Quién dio a los meteoros inteligencia? ¿Quién puede contar las nubes con exactitud? ¿Quién vacía los odres de los cielos, para que la tierra se funda en una masa y los terrones se peguen entre sí? ¿Preparas tú la presa a la leona? ¿Sacias el hambre de los leoncillos, cuando en sus guaridas se agazapan o en los matorrales están al acecho? ¿Quién procura al cuervo su alimento, cuando sus crías gritan hacia Dios y se agitan por falta de comida? ¿Conoces la época en que crían las rebecas? ¿Has observado a las ciervas en el parto? ¿Has contado los meses de su gestación? ¿Sabes la época en que paren? Se acurrucan y paren a sus hijos, depositan su camada; son vigorosas sus crías, crecen libremente en el desierto, se les van y no vuelven más a ellas. ¿Quién dio al onagro libertad? ¿Quién soltó al asno salvaje las amarras? Yo le asigné el desierto por morada, por mansión la tierra salitrosa. Se ríe del estrépito de la ciudad, los gritos del arriero no oye; recorre las montañas de su pasto en busca de toda hierba verde. ¿Consentirá acaso el búfalo en servirte y en pasar la noche en tu pesebre? ¿Podrás con tu coyunda atarle al surco para que abra los campos del valle tras de ti? ¿Puedes fiarte de él porque sea grande su fuerza, y confiarle tus trabajos? ¿Estás seguro de que volverá acarreando a tu era el grano? ¿Las alas del avestruz baten alegres como las alas o las plumas de la cigüeña? Abandona sus huevos en el suelo, los deja que se calienten en la arena, olvidando que algún pie puede pisarlos o aplastarlos las bestias del campo. Dura para las crías como si no fueran suyas, no se cuida de su inútil esfuerzo. Es que Dios le negó la sabiduría y no le dotó de inteligencia. Pero al llegar los cazadores se remonta, y se ríe del caballo y su jinete. ¿Das tú al caballo la fiereza? ¿Adornas su cuello de tremolante crin? ¿Le haces saltar como langosta, terrible en su relincho? Piafa en el valle, se alboroza, con brío va al encuentro de las armas. Se ríe del miedo, nada lo amedrenta, ni ante la espada retrocede. A su flanco va resonando la aljaba, la lanza refulgente con el dardo. Con impaciente estrépito va sorbiendo la tierra, y no se contiene al toque del clarín. A cada toque del clarín grita: "¡Ah!"; olfatea de lejos la batalla, los gritos de los jefes y el estrépito. ¿Por tu aviso acaso el halcón emprende el vuelo y despliega sus alas hacia el sur? ¿Por orden tuya se remonta el águila y pone su nido en las alturas? Mora en las rocas, allí pasa la noche, en un picacho su mansión inaccesible. Desde allí espía su presa, sus ojos exploran a lo lejos. Sangre beben sus polluelos; donde hay cadáveres, allí está ella. El Señor siguió hablando a Job y le dijo: ¿Aún disputará el censor con el todopoderoso? El que critica a Dios, ¿va a replicar? Y Job respondió al Señor: Heme aquí, mezquino soy; ¿qué puedo responderte? ¡Pongo la mano en la boca! He hablado una vez..., no volveré a empezar; dos veces..., ¡ya nada añadiré! El Señor respondió a Job desde el seno de la tempestad: Ciñe tus lomos como un héroe: ¡yo te interrogaré y tú me instruirás! ¿Es que quieres anular mi derecho? Para justificarte, ¿me vas a condenar? ¿Tienes un brazo tú como el de Dios? ¿Puedes tronar con voz como la suya? ¡Ea, adórnate de majestad y de grandeza, revístete de gloria y de esplendor! ¡Difunde los furores de tu ira, con una mirada abate al arrogante! ¡Con una mirada al soberbio derriba, aplasta a los criminales donde estén! ¡Tápalos juntos en el polvo, cierra su rostro en la mazmorra! ¡Y yo mismo te rendiré honores por el poder triunfante de tu diestra! Piensa en el hipopótamo, a quien yo he creado, como a ti; de hierba, como un buey, se alimenta. Mira qué fuerza hay en sus lomos, qué vigor en los músculos de su vientre. Yergue su cola como un cedro, los tendones de sus muslos están bien entrelazados. Sus huesos son tubos de bronce; sus vértebras, como barras de hierro. Es la obra maestra de Dios, su creador le dio una espada. Las montañas le ofrecen su tributo, y todas las bestias salvajes que retozan allí. Bajo el loto se acuesta, se esconde entre las cañas de la laguna. Los lotos lo recubren con su sombra, lo circundan los sauces del torrente. Si el río crece, no se asusta; tranquilo está, aunque le llegue al cuello. ¿Quién podrá apresarlo por los ojos o taladrar sus narices con punzones? Sí, es inútil tu esperanza, porque tan sólo el verlo aterra. Nadie hay tan audaz que se atreva a excitarlo. Y ¿quién puede resistirle a la cara? ¿Quién le desafió sin salir malparado? ¡Nadie bajo los cielos todos! Y no quiero silenciar sus miembros, su fuerza, su complexión maravillosa. ¿Quién logró abrir su túnica, penetrar por su doble dentadura? ¿Quién abrió las puertas de su boca? ¡Reina el terror entre sus dientes! Su dorso es de hileras de escudos cerradas con sello de piedra; están apretados entre sí, y ni el aire por entre ellos pasa; están fundidos uno a otro, adheridos sin dejar fisura. Resplandor de luz es su estornudo, sus ojos son como los párpados de la aurora. Salen antorchas de sus fauces, chispas de fuego saltan fuera. De sus narices sale humo, como de una caldera hirviente al fuego. Su aliento encendería carbones, pues una llama sale de sus fauces. En su cuello se concentra la fuerza, y ante él cunde el terror. Son espesas las mamellas de su carne; pegadas a él, no se desprenden. Su corazón es duro como piedra, duro como piedra de molino. Cuando él se yergue, se asustan los valientes; por la consternación quedan fuera de sí. La espada que lo alcanza no se clava, ni lanza, dardo o jabalina. Para él el hierro es paja, y el bronce, madera carcomida. No le pone en fuga la saeta, polvillo le resultan las piedras de la honda. Una paja es para él la maza, se ríe del fragor de las lanzas. Tiene debajo tejas puntiagudas, como un trillo pasa por el fango. Como una olla hace borbotar el abismo, cambia el mar en pebetero. Deja detrás de sí una estela esplendorosa: ¡parece el abismo una melena blanca! No tiene en la tierra semejante; para no conocer el miedo ha sido hecho. Los más fuertes lo temen, ¡él es el rey de todas las bestias feroces! - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - Job respondió al Señor: Reconozco que lo puedes todo; ningún proyecto te es imposible. ¿Quién ensombrece tu designio con palabras insensatas? He hablado sin cordura de maravillas que no alcanzo ni comprendo. Escucha, déjame hablar; yo te interrogaré y tú me instruirás. Sólo te conocía de oídas; pero ahora, en cambio, te han visto mis ojos. Por eso retracto mis palabras y en polvo y ceniza hago penitencia. Después de haber dirigido el Señor estas palabras a Job, dijo a Elifaz de Temán: "Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado de mí como mi siervo Job. Tomad, pues, siete becerros, presentaos a mi siervo Job y ofrecedlos en holocausto por vosotros. Mi siervo Job intercederá por vosotros, y yo, por consideración a él, no os infligiré mi azote por no haber hablado rectamente de mí como mi siervo Job". Entonces Elifaz, de Temán; Bildad, de Súaj, y Sofar, de Namat, se fueron a cumplir lo que les había ordenado el Señor, y el Señor tuvo consideración a Job. Y el Señor restituyó a Job en su antigua condición por haber intercedido en favor de sus amigos; más aún, el Señor duplicó todos los bienes que Job tenía primero. Todos sus hermanos, hermanas y antiguos conocidos fueron a visitarle; celebraron un banquete con él en su casa, lo compadecieron y consolaron por todo el mal que el Señor había descargado sobre él, y cada uno le regaló una moneda de plata y un anillo de oro. Y el Señor bendijo la nueva condición de Job más aún que la anterior: llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Tuvo además catorce hijos y tres hijas. A una le puso el nombre de "Paloma", a la otra el de "Casia" y a la tercera el de "Cuerno de afeites". No había en todo aquel país mujeres tan hermosas como las hijas de Job, y su padre les dio parte en la herencia junto con sus hermanos. Después de todo esto vivió Job todavía hasta la edad de ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a sus nietos hasta la cuarta generación. Después Job murió anciano y colmado de días. - - - - - - - - - No así los injustos, no; son como paja que dispersa el viento. Los injustos no podrán resistir en el juicio ni los descarriados en la asamblea de los justos. Porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el de los injustos lleva a la ruina. ¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen proyectos vanos? Se levantan los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y su mesías: "¡Rompamos sus cadenas, sacudamos su yugo!". El que mora en el cielo se sonríe, el Señor se burla de ellos. Luego les habla enfurecido, y con su ira los llena de terror: "Ya tengo yo a mi rey entronizado sobre Sión, mi monte santo". Proclamaré el decreto que el Señor ha pronunciado: "Tú eres mi hijo, yo mismo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra. Los destrozarás con un cetro de hierro, los triturarás como a vasos de alfarero". Ahora, pues, oh reyes, sed sensatos; dejaos corregir, oh jueces de la tierra. Servid al Señor con reverencia, postraos temblorosos ante él, para que no se irrite y os veáis perdidos, pues su cólera se inflama en un instante. ¡Dichosos los que en él buscan refugio! Salmo de David cuando huía de su hijo Absalón Señor, cuán numerosos son mis opresores, cuántos los que se alzan contra mí, cuántos los que dicen de mi vida: "Ya ni Dios lo salva". Mas tú, Señor, eres mi escudo, tú eres mi gloria, tú alzas mi cabeza. Mi clamor levanto hacia el Señor, y él me atiende desde su santo monte. Yo me acuesto, me duermo y me despierto: el Señor es mi apoyo. No temo a los hombres sin cuento que por doquier se apostan contra mí. Levántate, Señor; sálvame, Dios mío. Tú das de bofetadas a todos mis enemigos y rompes los dientes a los malhechores. Al maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Salmo de David Cuando te invoco, tú me atiendes, oh Dios de mi justicia, en la angustia me alivias; ten piedad, escucha mi oración. Vosotros, hombres, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor, amaréis vanidad y buscaréis mentira? Sabed que el Señor distingue al que le es fiel, el Señor me escucha cuando yo le invoco. Temblad, y no pequéis; meditad en silencio en vuestro lecho. Ofreced sacrificios de justicia y tened confianza en el Señor. Muchos dicen: "¿Quién nos traerá suerte?". ¡Mándanos, Señor, la luz de tu semblante! Tú has dado a mi corazón más alegría que la de ellos cuando cosechan trigo y vino en abundancia. Al maestro de coro. Para flautas. Salmo de David Escucha mis palabras, Señor, atiende a mi gemido, oye la voz de mi lamento, Rey mío y Dios mío. A ti, Señor, te invoco; de mañana me escuchas, de mañana me dirijo a ti y me quedo esperando. Tú no eres un Dios que se complace en la injusticia, el malvado no puede ser tu huésped. Los soberbios no resisten delante de tus ojos, aborreces a todos los malhechores, llevas a la ruina a los mentirosos, al hombre explotador y fraudulento el Señor lo detesta. Mas yo, por tu infinita bondad, entro en tu casa, me postro hacia tu templo con toda reverencia. Guíame tú, Señor, por tu justicia, frente a mis opresores, allana tus caminos ante mí. En su boca no hay sinceridad, su corazón está lleno de maldades; sepulcro abierto es su garganta, aunque su lengua sea melosa. Castígalos, oh Dios, castígalos, que caigan presos en sus propios planes; recházalos por sus crímenes sin cuento, por haberse rebelado contra ti. Que se alegren en cambio los que en ti confían, que siempre estén alegres, porque tú los proteges; que se gocen en ti los que aman tu nombre. Al maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. En octava. Salmo de David Señor, no me castigues cuando estés airado, no me reprendas cuando estés enfurecido; ten compasión de mí, Señor; sáname, que mis huesos se dislocan. Yo estoy totalmente deshecho; y tú, Señor, ¿hasta cuándo? Ven, Señor, y sálvame la vida, sálvame, por tu misericordia, que entre los muertos no hay recuerdo de ti, en el abismo, ¿quién te puede alabar? Estoy ya consumido de tanto sufrimiento; cada noche empapo yo mi almohada, inundo de lágrimas mi lecho. Mis ojos se consumen de dolor, se agotan entre tantos opresores. Lejos de mí, vosotros, agentes de maldad, pues el Señor escucha el grito de mi llanto; el Señor atiende mi súplica, el Señor acoge mi oración. Poema que David cantó al Señor con motivo del benjaminita Cus Señor, Dios mío, tú eres mi refugio, sálvame de mis perseguidores, sálvame; no sea que, como leones, me desgarren, me despedacen sin que haya quien me libre. Señor, Dios mío, si algo de esto hice: si en mis manos existe la injusticia, si he devuelto a mi amigo mal por bien, si me puse a favor del opresor injusto, que el enemigo me persiga y que me alcance, que me estrelle vivo contra el suelo y esparza mis entrañas en el polvo. Señor, levántate con ira, reprime la furia de mis opresores, ponte de mi parte, tú que has ordenado hacer justicia. Que la asamblea de los pueblos se reúna en torno a ti y presídela tú desde tu trono. El Señor juzga a las naciones. Júzgame, Señor, conforme a mi justicia y según mi inocencia. Pon fin a la perfidia de los criminales y afianza al justo, tú que escrutas el corazón y las entrañas, el Dios que hace justicia. Es Dios el escudo que me cubre, el que salva los corazones rectos. Dios es un juez justo, un Dios que castiga el delito en todo tiempo. Si no se convierten, él afila su espada, tensa su arco y lo ajusta; prepara armas mortíferas, dispone sus flechas incendiarias. Ved cómo el malvado engendra el crimen, concibe el engaño y da a luz la mentira. Cava una fosa bien profunda y cae en la fosa que él mismo excavó; su crimen cae sobre su cabeza y su violencia sobre su propia cerviz. Al maestro de coro. Para la de Gat. Salmo de David ¡Oh Dios, Señor nuestro, qué admirable es tu nombre por toda la tierra, tu majestad se asienta encima de los cielos! De los labios de los niños y de los que maman te has hecho una fortaleza frente al agresor, para reducir al enemigo y al rebelde. Cuando veo los cielos, obra de tus manos, la luna y las estrellas que creaste, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te preocupes? Apenas inferior a un dios lo hiciste, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el señorío de la obra de tus manos, bajo sus pies todo lo pusiste: ovejas y bueyes, todos juntos, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo y los peces del mar, cuanto surca las sendas de las aguas. Al maestro de coro. Para oboe y arpa. Salmo de David Te doy gracias, Señor, de todo corazón, quiero cantar tus maravillas; quiero alegrarme y recrearme en ti, ensalzar tu nombre, oh Dios altísimo. Mientras mis enemigos retroceden, flaquean y caen ante ti; tú has defendido mi derecho y me has hecho justicia, sentado en el tribunal, como juez justo. Has vencido a las gentes, destruido al malvado, has borrado su nombre para siempre; acabó el enemigo en ruina eterna, has destruido sus ciudades, se perdió su recuerdo. Pero el Señor reina eternamente, y tiene preparado su trono para el juicio; juzga al mundo con justicia, dicta sentencia a las naciones. El Señor es refugio para los oprimidos, su refugio en los tiempos de la angustia. En ti esperan los que saben tu nombre, pues no abandonas, Señor, a quien te busca. Cantad al Señor, que mora en Sión, publicad por los pueblos sus hazañas: Él, vengador de la sangre, se acuerda de ellos, no olvida el grito de los oprimidos. Piedad, Señor, mira cómo me aplasta mi enemigo, sácame de las puertas de la muerte, para que pueda cantar tus alabanzas a las puertas de Sión, gozoso porque me has salvado. Los paganos cayeron en su propia trampa, su pie quedó prendido en la red que tramaron, el Señor se ha dado a conocer, ha hecho justicia, ha enredado al malvado en la obra de sus manos. Retornen los malvados al abismo y todas las naciones que se olvidan de Dios. Que no por siempre estará el pobre en el olvido, no se pierde por siempre la esperanza del mísero. Levántate, Señor, que el hombre no se engría, sean las gentes juzgadas ante ti; ¿Por qué te quedas lejos, Señor, y te escondes en los tiempos de la angustia? Con su orgullo el criminal al infeliz oprime; ¡quede preso en la redada que le ha urdido! El malvado se jacta de sus propios planes, el avaro blasfema, desprecia al Señor; el malvado dice con arrogancia: "¡No hay Dios!", es todo lo que piensa. Su proceder prospera en todo tiempo, tus sentencias quedan muy lejos para él, se burla de todos sus rivales; dice en su corazón: "Yo no vacilo, seré siempre feliz, nunca en desgracia". Su boca está llena de violencia y fraude, bajo su lengua sólo hay vejación y mentira; se aposta al acecho junto a los poblados, a escondidas mata al inocente, con sus ojos espía al desdichado; escondido como un león en su guarida, al acecho para atrapar al miserable, lo atrapa enredándolo en sus redes; se agazapa y se encoge, el desvalido cae en sus garras. Dice en su corazón: "Dios se ha olvidado, ha escondido su rostro, nada verá jamás". Levántate, Señor, alza tu mano; oh Dios, no te olvides del pobre. ¿Por qué el malvado ha de despreciar a Dios pensando que no le pedirá cuentas? Pero tú ves la pena y los lamentos, tú los miras y los tomas en tus manos; el desvalido se confía a ti, tú eres el refugio del huérfano. Quiebra el brazo del criminal y del malvado, castiga su crueldad, no quede rastro. El Señor es rey por siempre, por los siglos; los paganos serán barridos de su tierra. Tú escuchas, Señor, el deseo de los pobres; su corazón confortas, les tiendes tus oídos para hacer justicia al huérfano, al vejado; que el hombre, nacido de la tierra, no infunda más terror. Al maestro de coro. De David Los asesinos tensan ya su arco, ajustan las flechas en la cuerda para clavarlas de noche en el corazón del hombre honesto. Cuando están en ruina los cimientos, ¿qué podrá hacer el hombre justo? El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en los cielos; sus ojos están fijos en el mundo, sus miradas exploran a los hombres. El Señor vigila al justo y al injusto, y odia a quien quiere la violencia; hará llover brasas de fuego sobre los injustos, azufre y viento abrasador serán la porción de su copa. El Señor es justo y ama la justicia, los justos contemplarán su rostro. Al maestro de coro. En octava. Salmo de David Auxilio, Señor, que ya no hay hombres fieles, la lealtad ya no existe entre los hombres; sólo mentiras dice el uno al otro, labios aduladores, doblez de corazón. Que el Señor corte el labio adulador y la lengua arrogante de todos los que dicen: "La lengua es nuestra fuerza, los labios nuestras armas, ¿quién podrá dominarnos?". "Por la opresión del débil y el gemido del pobre ahora me levanto yo, dice el Señor, yo daré mi auxilio al que lo ansía". Las palabras del Señor son palabras sinceras, plata pura refinada en el horno siete veces. Tú, Señor, nos guardarás de ellos, nos librarás para siempre de esa escoria; Al maestro de coro. De David ¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?, ¿hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Hasta cuándo tendré desazón en mi alma, y en mi corazón tristeza día y noche? ¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo sobre mí? Mira y escúchame, Señor, Dios mío; ilumina mis ojos, no me duerma en la muerte, para que no diga mi enemigo: "Le he vencido", ni gocen mis opresores al verme ya caído. Yo confío en tu amor, mi corazón se alegra por tu liberación y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho. Al maestro de coro. De David El Señor observa desde el cielo a los hombres, para ver si hay alguno cuerdo que busque a Dios. Todos están descarriados, en masa pervertidos, no hay nadie que obre bien, ni uno solo. ¿No aprenderán los malvados que devoran a mi pueblo como pan y no invocan el nombre del Señor? Pero a su hora temblarán de espanto, pues el Señor está con la raza de los justos; se burlan de las esperanzas de los pobres, pero el Señor es su refugio. ¡Ojalá venga de Sión la victoria de Israel! Cuando el Señor reúna a los cautivos de su pueblo, exultará Jacob, se alegrará Israel. Salmo de David El que vive sin tacha y practica la justicia; el que dice la verdad de corazón y no habla mal de nadie con su lengua; el que no hace mal a su hermano ni difama a su vecino, desprecia al criminal y honra a los que temen al Señor; el que, si jura en su perjuicio, ya no se desdice, presta su dinero sin cobrar intereses y no se deja sobornar contra el que es inocente. El que hace todo esto jamás perecerá. Canto de David Yo digo al Señor: "Tú eres mi Señor, mi bien sólo está en ti". Ellos, en cambio, veneran a los dioses que hay aquí en la tierra, malditos los que en ellos se complacen. Los que corren tras ellos aumentan sus desgracias. Yo jamás tendré parte en sus cruentos sacrificios, mis labios no pronunciarán jamás su nombre. Señor, tú eres mi copa y mi porción de herencia, tú eres quien mi suerte garantiza. Me han caído las cuerdas en la tierra más fértil, me encanta la heredad que me ha tocado. Yo bendigo al Señor, que me aconseja, hasta de noche mi conciencia me advierte; tengo siempre al Señor en mi presencia, lo tengo a mi derecha y así nunca tropiezo. Por eso se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, todo mi ser descansa bien seguro, pues tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha. Oración de David que en tu presencia resplandezca la justicia, que tus ojos vean en dónde está la razón. Explora mi corazón, vigílame de noche, pruébame en el crisol, no encontrarás en mí ningún delito; mi boca no ha faltado como hacen los otros, he guardado siempre tus mandatos, no he circulado nunca al margen de las leyes, mis pasos no vacilaron jamás por tus caminos. Yo te llamo porque tú me respondes, oh Dios mío; tiende hacia mí tu oído, escucha mis palabras. Despliega tu bondad, tú que salvas de sus opresores a los que buscan refugio en tu derecha; guárdame como a las pupilas de tus ojos, escóndeme a la sombra de tus alas, lejos de los malvados que me oprimen, de los enemigos mortales que me cercan. Han endurecido sus entrañas y sólo saben hablar con arrogancia; siempre tras mis pasos, me tienen ya cercado, y sus ojos me clavan para echarme por tierra; se parecen al león ávido de presa, al cachorro que acecha en su guarida. Levántate, Señor; sal a su encuentro, derríbalos; líbrame con tu espada del malvado. Que tu mano los aparte de la humanidad, fuera del mundo, que sea ésta su suerte en esta vida; cébalos, Señor, con tus reservas, que se hinchen sus hijos y haya sobras para sus pequeños. Yo, y esto es justicia, contemplaré tu rostro, al despertarme me saciaré de tu presencia. Al maestro de coro. Del siervo de Dios, David, que entonó a Dios este cántico después de haber sido liberado de sus enemigos, especialmente de Saúl Dijo: Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza, mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi Dios, mi roca donde yo me refugio, mi escudo protector, mi salvación, mi asilo. ¡Alabado sea Dios! Yo le invoco y salgo victorioso de mis enemigos. Las olas de la muerte me envolvían, los torrentes del averno me espantaban, los lazos del abismo me liaban, se tendían ante mí las trampas de la muerte. Clamé al Señor en mi angustia, alcé mi grito hacia mi Dios, y él escuchó mi voz desde su templo, mi grito llegó hasta sus oídos. Entonces se estremeció, tembló la tierra, las bases de los montes vacilaron, retemblaron al estallido de su ira; una humareda subía de sus narices y de su boca un fuego destructor, de él salían carbones encendidos. Inclinó los cielos y bajó; una densa nube debajo de sus pies; montó sobre un querubín, emprendió el vuelo, sobre las alas del viento planeaba; puso a su alrededor la oscuridad por tienda, agua tenebrosa y espesos nubarrones; al resplandor de su presencia, las nubes se convirtieron en rayos y carbones encendidos; el Señor tronó desde los cielos, el altísimo hizo sonar su voz; lanzó sus flechas y los dispersó, fulminó sus rayos y los ahuyentó. Apareció el fondo de los mares, los cimientos de la tierra quedaron al desnudo, al fragor, Señor, de tu amenaza, al resollar del viento en tus narices. Desde arriba alargó la mano y me agarró, me sacó de las aguas caudalosas; me libró de un adversario poderoso, de enemigos más potentes que yo. En el día de mi desgracia me asaltaron, pero el Señor se hizo mi apoyo; me agarró, me puso a salvo, me libró porque me ama. El Señor me retribuye según mi justicia, me paga según la inocencia de mis manos; porque he seguido los caminos del Señor y no he sido nunca infiel a Dios; todas sus leyes han estado ante mí y no aparté de mí sus mandamientos, fui para con él irreprochable y estoy lejos de la injusticia. El Señor me retribuye según mi justicia, según la limpieza que ha visto en mis manos. Con el fiel tú eres fiel, con el hombre intachable, tú sin tacha; con el sincero eres sincero, con el astuto procedes con astucia. Tú salvas al pueblo humilde y humillas los ojos altaneros. Tú, Señor, eres mi lámpara; Dios mío, ilumina mis tinieblas. Confiado en ti corro a la lucha y con mi Dios asalto las murallas. Oh Dios, su camino es perfecto, la palabra del Señor se cumple siempre, él es el escudo de los que se refugian en él. ¿Quién es Dios fuera del Señor? ¿Quién es roca fuera de nuestro Dios? El Dios que me ciñe de poder y hace seguro mi camino, que asemeja mis pies a los del ciervo y me mantiene firme en las alturas, adiestra mis manos para la lucha y mis brazos para tensar arcos de bronce. Tú me das el escudo victorioso, tu diestra me sostiene, tus cuidados me hacen prosperar. Tú ensanchas el camino ante mis pasos y mis pies no vacilan; perseguí a mis enemigos, les di alcance, no me volví hasta acabar con ellos; los derroté y no podían rehacerse, sucumbían debajo de mis pies. Me ceñiste de fortaleza en la batalla, aplastaste bajo mí a mis agresores; me hiciste ver la espalda de mis enemigos y exterminé a los que me odiaban. Gritaron, pero no hubo salvador; clamaron al Señor, pero no hubo respuesta. Los deshice como polvo al viento, los aplasté como el barro del camino. Me hiciste escapar de las sediciones de los pueblos, me pusiste a la cabeza de naciones, un pueblo que yo no conocía, ahora me sirve. Son todo oídos, me obedecen, los hijos de extranjeros forman mi corte; los hijos de extranjeros palidecen y abandonan temblando sus refugios. ¡Viva el Señor, bendita sea mi roca! ¡Alabado sea Dios, el Dios de mi victoria! El Dios que me concede la venganza y sojuzga los pueblos a mis pies. Tú me libras de furiosos enemigos, me haces triunfar sobre mis agresores, me salvas del violento. Por eso, Señor, te alabaré entre las naciones, cantaré en honor de tu nombre; Al maestro de coro. Salmo de David Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, un día comunica el pregón al otro día y una noche transmite la noticia a la otra noche. No es un pregón, no son palabras, no son voces que puedan escucharse, mas su sonido se extiende por la tierra entera y hasta el confín del mundo sus palabras. Puso una tienda al sol allá en lo alto y él sale como un esposo de su alcoba, como un atleta alegre que emprende una carrera. Sale por un lado del cielo y tras su carrera se pone por el otro, sin que haya nada que a su calor escape. La ley del Señor es perfecta, portadora de vida; el testimonio del Señor es veraz, hace sabio al sencillo; los preceptos del Señor son justos, reportan alegría al corazón; los mandamientos del Señor son límpidos, dan luz a los ojos; el temor del Señor es puro, dura para siempre; los decretos del Señor son la verdad misma, todos ellos son justos; más preciosos que el oro, más que el oro fino, más sabrosos que la miel, más que el jugo de panales. Por eso tu servidor se instruye en ellos, en guardarlos encuentra gran provecho. ¿Quién reconoce sus propios errores? Perdóname, Señor, mis pecados ocultos, guarda a tu siervo del orgullo, que el orgullo no me domine nunca; así seré perfecto y libre de pecado. Al maestro de coro. Salmo de David Que el Señor te escuche en el día de tu angustia, que te proteja el nombre del Dios de Jacob; que te envíe su socorro desde su santuario, que sea desde Sión tu apoyo; que se acuerde de todas tus ofrendas y tus holocaustos acepte con agrado; que te conceda todo lo que quieras y realice todos tus proyectos. Entonces celebraremos tu victoria y en nombre de Dios tremolaremos las banderas. Que el Señor te conceda todo lo que pidas. Ahora ya lo sé: el Señor da la victoria a su mesías, lo escucha desde los santos cielos por las proezas victoriosas de su diestra. Unos confían en los carros, otros en los caballos, nosotros en el nombre del Señor, nuestro Dios; ellos vacilarán, caerán, y nosotros en pie nos mantendremos. Del maestro de coro. Salmo de David Señor, el rey se regocija de tu fuerza, tu victoria lo colma de alegría. Todo lo que te pidió le concediste; no le negaste lo que sus labios te pedían. Le saliste al encuentro con faustas bendiciones, le coronaste con corona de oro puro. Te pidió vida y tú se la concediste, una vida larga, una vida sin fin. Por tu victoria, grande es su fama, lo rodeas de honor y majestad. Le das una continua bendición, lo colmas de alegría en tu presencia. Sí, el rey confía en el Señor, por la gracia del altísimo es inquebrantable. Tu mano alcanzará a tus enemigos, tu derecha caerá sobre los que te odian. Los convertirás en un horno encendido el día que aparezcas, el Señor los tragará en su ira y el fuego los devorará. Borrarás su descendencia de la tierra, su posteridad de en medio de los hombres. Si quieren hacerte daño, si urden intrigas, no podrán hacer nada; tú les harás volver la espalda en cuanto vean que les apuntas con el arco. Al maestro de coro. Según la "cierva de la aurora". Salmo de David Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, no acudes a salvarme; Dios mío, de día te llamo y tú no me respondes, de noche, y tú no me haces caso; pero tú eres el santo, te sientas en tu trono, oh gloria de Israel. En ti esperaron nuestros padres, esperaron en ti y tú los liberaste, a ti clamaron y quedaron libres, esperaron en ti y no fueron defraudados. Mas yo soy un gusano, que no un hombre, vergüenza de los hombres, escarnio de la plebe; todos los que me ven hacen burla de mí, retuercen la boca, menean la cabeza: "Confió en el Señor, pues que él lo libre; que lo salve, si de verdad lo quiere". Tú me sacaste del vientre de mi madre, me pusiste seguro en su regazo; desde antes de nacer a ti me confiaron, desde el vientre de mi madre eres mi Dios. No te quedes lejos, que el peligro está encima y nadie me socorre. Toros innumerables me acorralan, me acosan los toros de Basán; ávidos abren contra mí sus fauces, cual leones que rugen y desgarran. Siento que me disuelvo como el agua, todos mis huesos se dislocan, mi corazón se ha vuelto como cera, se me deshace dentro de mi pecho; mi garganta está seca lo mismo que cascajo, mi lengua se me pega al paladar; me has hundido en el polvo de la muerte. Me rodea un montón de perros, una banda de criminales me acomete, taladran mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos. No me pierden de vista, me vigilan; se reparten mi ropa y se sortean mi túnica. Mas tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo en mi auxilio, libra mi vida de la espada, no dejes que me desgarren esos perros; sálvame de las fauces del león, mi pobre vida de los cuernos del búfalo. Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en plena asamblea te alabaré. Que lo alaben los fieles del Señor, que lo glorifique la raza de Jacob, que lo adore la raza de Israel; porque no rechazó ni despreció al pobre en su miseria, ni se escondió de él; escuchó su grito de socorro. Yo alabaré su lealtad en la asamblea, cumpliré mis promesas delante de sus fieles. Los pobres comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: "¡Viva su corazón eternamente!". El mundo entero recordará al Señor y al Señor volverá; lo adorarán, postrados ante él, todas las familias de los pueblos. Pues sólo del Señor es el imperio, él es el Señor de las naciones. Los nobles de la tierra le rendirán honores, ante él se inclinarán los moribundos y dejarán de ser. Mi descendencia servirá al Señor y hablará de él a la generación futura, Salmo de David en verdes praderas me hace reposar, me conduce hacia las aguas del remanso y conforta mi alma; me guía por los senderos de justicia, por amor a su nombre; aunque vaya por un valle tenebroso, no tengo miedo a nada, porque tú estás conmigo, tu voz y tu cayado me sostienen. Me preparas una mesa ante mis enemigos, perfumas con ungüento mi cabeza y me llenas la copa a rebosar. Lealtad y dicha me acompañan todos los días de mi vida; habitaré en la casa del Señor por siempre jamás. Salmo de David porque él echó sus cimientos y la asentó sobre los mares y ríos. ¿Quién podrá subir al monte del Señor?, ¿quién podrá estar en su recinto santo? El hombre de manos inocentes y limpio corazón, que no entrega su alma a la mentira y nunca jura en falso. Ése recibirá la bendición del Señor, y Dios, su salvador, le hará justicia. Tal es la raza de los que lo buscan, los que buscan el rostro del Dios de Jacob. ¡Oh puertas, alzad vuestros dinteles, alzaos, puertas eternas, que entre el rey de la gloria! ¿Quién es el rey de la gloria? El Señor, el héroe, el poderoso; el Señor, el héroe de la guerra. ¡Oh puertas, alzad vuestros dinteles, alzaos, puertas eternas, que entre el rey de la gloria! ¿Quién es el rey de la gloria? El Señor todopoderoso es el rey de la gloria. De David en ti espero, Dios mío, no quede defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos. No queda defraudado el que en ti espera, que lo quede el que traiciona sin motivo. Muéstrame tus caminos, Señor, enséñame tus sendas; guíame en tu verdad, enséñame; tú eres mi Dios y mi salvador, yo siempre espero en ti. Acuérdate, Señor, de tu misericordia y tu bondad, que son eternas; olvídate de los pecados de mi juventud y de mis faltas; acuérdate de mí, Señor, con misericordia y con bondad. El Señor es bueno y recto y enseña el camino a los descarriados, conduce en la justicia a los humildes, enseña a los humildes su camino; los caminos del Señor son amor y lealtad para quien guarda su alianza y sus preceptos. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, por muy grandes que sean. ¿Quién hay que sea fiel al Señor? Él le indica el camino que debe seguir; tendrá una vida feliz y su posteridad heredará la tierra. El Señor se confía a sus leales y les explica su alianza. Tengo mis ojos fijos en el Señor, él sacará mis pies del cepo. Mírame, Señor, y ten piedad de mí, pues soy un desgraciado y estoy solo; quítame la angustia de mi corazón, sácame de mis tribulaciones. Contempla mi miseria y mi dolor, perdona todos mis pecados; mira a mis enemigos, que son tantos, mira con qué violencia me persiguen. Guárdame, Señor, y sálvame la vida, me he refugiado en ti, no quede defraudado. La integridad y la rectitud me guardarán, pues en ti, Señor, he puesto mi esperanza. Oh Dios, rescata a Israel, líbralo de todas sus desgracias. De David Examíname, Señor, y ponme a prueba, pasa por el crisol mi corazón y mis riñones; tengo siempre tu lealtad ante mis ojos y camino siempre en tu verdad. No me he reunido nunca con los impostores, ni he ido jamás con los hipócritas; odio las bandas de los delincuentes, no me junto nunca con los criminales. Lavo mis manos en señal de inocencia, para dar vueltas en torno a tu altar proclamando en tu honor mi acción de gracias y pregonando todas tus maravillas. Señor, yo amo la casa donde tú resides, el lugar donde tu gloria habita. No unas mi suerte a la de los criminales, ni me hagas solidario con los asesinos, que tienen las manos cargadas de delitos y su derecha repleta de sobornos. Mi conducta, en cambio, es intachable; absuélveme, Señor, y ten piedad de mí; mi pie está firme en el camino recto, en la asamblea bendeciré al Señor. De David Cuando me asaltan los criminales para destrozarme, son ellos, mis opresores y enemigos, los que tropiezan y sucumben. Aunque un ejército acampe contra mí, mi corazón no teme; aunque una guerra estalle contra mí, estoy tranquilo. Una cosa pido al Señor, sólo eso busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida para gustar la dulzura del Señor y contemplar la belleza de su templo. Él me dará cobijo el día de la desgracia, me esconderá en lo oculto de su tienda, me subirá a lo alto de la roca; así mi cabeza dominará a los enemigos que me cercan, en su tienda podré ofrecer sacrificios entre aclamaciones, cantando y ensalzando al Señor. Escucha, Señor, mi grito suplicante, ten compasión de mí, respóndeme. De ti mi corazón me ha dicho: "Busca su rostro"; es tu rostro, Señor, lo que yo busco; no me ocultes tu rostro, no rechaces con cólera a tu siervo; tú eres mi auxilio, no me abandones, no me dejes, oh Dios, salvador mío. Mi padre y mi madre me han abandonado, y el Señor me ha recogido. Enséñame, Señor, tus sendas y guíame por el camino recto, pues me están acechando; no me entregues al capricho de mis perseguidores, pues se han alzado contra mí testigos falsos que respiran violencia. Yo estoy seguro que he de ver los bienes del Señor en el mundo de los vivos. Espera en el Señor, ten ánimo, sé fuerte, espera en el Señor. De David Escucha mi grito suplicante cuando te pido auxilio, cuando alzo mis manos hacia tu templo santo. No me arrebates con los malvados y con los malhechores, que hablan de paz a los demás, y su corazón está lleno de malicia. Dales según sus hechos, según la maldad de sus acciones; trátalos según las obras de sus manos, págales con la misma moneda. No se fijan en los hechos del Señor ni en la obra de sus manos: que él los destruya y ya no se alcen más. Bendito sea el Señor porque ha escuchado mi grito suplicante. El Señor es mi fortaleza, él es mi escudo; mi corazón confió en él, y él me socorrió; me alegro de todo corazón y le doy gracias cantando. El Señor es la fuerza de su pueblo, la fortaleza que salva a su mesías. Salva a tu pueblo, bendice tu heredad, sé tú su pastor y guíalos siempre. Salmo de David tributad al Señor la gloria de su nombre, adorad al Señor con esplendor sagrado. La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria hace tronar, el Señor sobre las vastas aguas: la voz potente del Señor, la voz majestuosa del Señor, la voz del Señor que desgaja los cedros, el Señor desgaja los cedros del Líbano; hace brincar como un novillo al Líbano, al Sarión como una cría de búfalo; la voz del Señor que lanza rayos, la voz del Señor hace temblar los desiertos, el Señor hace temblar el desierto de Cadés; la voz del Señor retuerce las encinas y arrasa los bosques; en su templo todo grita: "¡Gloria!". El Señor asienta su trono encima del diluvio, el Señor gobierna como rey eterno. El Señor da a su pueblo fortaleza, el Señor bendice a su pueblo con la paz. Salmo de David. Canción para la dedicación del templo Yo te ensalzo, Señor, porque me has liberado, porque no has dejado que se rían de mí mis enemigos. Señor, Dios mío, te pedí que me curaras y tú me curaste. Señor, tú me libraste de la muerte, me sacaste de los que bajan a la tumba. Cantad al Señor, fieles del Señor, alabad su nombre santo; su cólera dura sólo un instante y toda la vida su favor; si al atardecer comienza el llanto, al amanecer emerge la alegría. Yo, seguro, me dije: "Yo seré inquebrantable". Con tu favor, Señor, has refortalecido mi montaña; pero escondiste el rostro y quedé perturbado. A ti, Señor, clamé, imploré compasión a mi Señor: ¿Qué ganas tú con que yo muera, con que baje a la tumba? ¿Es que puede alabarte el polvo o proclamar tu verdad? Escúchame, Señor, y ten piedad de mí; socórreme, Señor. Tú has cambiado mi luto en alegría, me has trocado el sayal en un traje de fiesta, Al maestro de coro. Salmo de David A ti, Señor, me acojo; que jamás quede yo defraudado; libérame, pues tú eres justo; atiéndeme, ven corriendo a liberarme; sé tú mi roca de refugio, la fortaleza de mi salvación; ya que eres tú mi roca y mi fortaleza, por el honor de tu nombre, condúceme tú y guíame; sácame de la red que me han tendido, pues tú eres mi refugio. En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero. Aborrezco a los que adoran ídolos vanos, pero yo he puesto mi confianza en el Señor; tu amor ser mi gozo y mi alegría, porque te has fijado en mi miseria y has comprendido la angustia de mi alma; no me has entregado en manos de mis enemigos y has puesto mis pies en campo libre. Piedad, Señor, que estoy en gran peligro. Se consumen de tristeza mis ojos, mi alma y todas mis entrañas; mi vida se consume de tristeza, los gemidos acaban con mis años; la miseria acaba con mis fuerzas, mis huesos se consumen. Soy la irrisión de todos mis opresores, asco de los vecinos y espanto de los que me conocen; los que me ven en la calle huyen de mí. Se olvidan de mí, como si ya estuviera muerto, soy un objeto de basura. Oigo los cuchicheos de la gente -terror por todas partes- , se han puesto de acuerdo contra mí y tratan de matarme. Pero yo confío en ti, Señor; lo confirmo: "Tú eres mi Dios"; mi vida está en tus manos, líbrame de mis enemigos, de mis perseguidores; mira a tu siervo con ojos de bondad y sálvame por tu amor. Señor, que no me avergüence de haberte invocado; que se avergüencen los malvados y bajen al silencio del abismo; enmudezcan los labios mentirosos, que hablan al justo con insolencia, con arrogancia y con desprecio. Qué grande es tu bondad, Señor, la que tú reservas para tus leales y repartes, a la vista de todos, a los que en ti confían; tú los guardas al amparo de tu rostro, lejos de las intrigas de los hombres; tú los cobijas en tu tienda lejos de las lenguas mordaces. Bendito sea el Señor, pues su amor me hizo un milagro en una ciudad amurallada. Yo decía en mi turbación: "Estoy dejado de tus ojos"; mas tú escuchaste la voz de mi plegaria, mi grito suplicante. Amad al Señor todos sus fieles, el Señor guarda a los creyentes, pero paga con creces su merecido al que procede con orgullo. Maskil de David dichoso aquel a quien el Señor no le tiene en cuenta su delito y no tiene dobles intenciones. Mientras yo no confesaba, mi cuerpo se agotaba de gemir todo el día; de día y de noche tu mano pesaba sobre mí, mi savia se secaba al ardor del verano. Te he confesado mi pecado y no oculté mi falta; yo dije: "Confesaré mis faltas al Señor", y tú me has absuelto de todos mis delitos. Por eso los fieles te suplican el día de la desgracia, y así, aunque las aguas se desborden, no los alcanzarán. Tú eres mi refugio, me guardas de la angustia, me rodeas con cantos de victoria. Yo quiero enseñarte, indicarte el camino que tienes que seguir, quiero darte un consejo, quiero mirar por ti. No seas como el mulo o el caballo, seres irracionales a los que hay que domar con las bridas y el freno; de lo contrario, no se acercan a ti. Muchas desgracias esperan al malvado, el Señor rodea de favores al que en él ha confiado. Alegraos en el Señor, justos, regocijaos, gritad de alegría todos los corazones rectos. Justos, alabad al Señor, la alabanza es propia de los rectos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor con el arpa de diez cuerdas; cantadle un cantar nuevo, dad un buen concierto de instrumentos y de voces, pues la palabra del Señor es eficaz, y sus obras demuestran su lealtad; él ama la justicia y el derecho, la tierra está llena del amor del Señor. Con su palabra el Señor hizo los cielos y con el soplo de su boca todo lo que hay en ellos. Él juntó entre diques las aguas de los mares y almacenó en depósitos las aguas del abismo. Que tenga temor de Dios la tierra entera y todos sus habitantes tiemblen ante él; porque él lo dijo, y todo fue hecho; él lo ordenó, y todo existió. El Señor desbarata el plan de las naciones y deshace los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste eternamente, sus proyectos, por todas las edades. Dichosa la nación que tiene al Señor por Dios, el pueblo que él se escogió por heredad. El Señor se asoma desde el cielo y contempla a todos los humanos; desde el lugar de su morada observa a todos los habitantes de la tierra; él formó el corazón de cada uno y vigila todo lo que hacen. El rey no vence por un gran ejército, ni se salva el héroe por su gran valor; vana cosa es un caballo para la victoria; a pesar de su fuerza, no puede salvar. Pero el Señor se cuida de sus fieles, de los que confían en su misericordia, para librarlos de la muerte y sostenerlos en tiempos de hambre. Nosotros esperamos al Señor, él es nuestro auxilio y nuestro escudo; en él se goza nuestro corazón, en su nombre santo confiamos. Que tu amor, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. De David, cuando se fingió demente ante Aquís y, expulsado por él, se marchó Bendeciré al Señor a todas horas, su alabanza estará siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor, que lo oigan los pobres y se alegren; alabad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos su nombre todos juntos. Busqué al Señor y él me contestó, y me libró de todos mis temores. Los que miran hacia él quedan radiantes y su rostro no se sonroja más. Un mísero gritó: el Señor lo escuchó y lo libró de todas sus angustias; el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los salva. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en él. Temed al Señor, vosotros, santos suyos, nada les falta a aquellos que lo temen; los ricos caen en la miseria y pasan hambre, pero a los que buscan al Señor nada les falta. Venid, hijos, escuchadme, os voy a enseñar. ¿Quién es el que ama la vida y quiere vivir años felices? Guarda del mal tu lengua, y tus labios de palabras mentirosas; apártate del mal y haz el bien, busca la paz y corre en pos de ella. El Señor mira por los que practican la justicia, sus oídos atienden a sus gritos; el Señor se enfrenta con los criminales para borrar su memoria de la tierra. Ellos gritan, el Señor los atiende y los libra de todas sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, él salva a los que están hundidos. El hombre justo tendrá muchas contrariedades, pero de todas el Señor lo hará salir airoso; él cuida de todos sus huesos, no se le romperá ni uno solo. La muerte del criminal será horrorosa, los que odian al justo tendrán su castigo. De David toma tu escudo y tu armadura y ven a socorrerme; blande la lanza y cierra el paso a mis perseguidores; dime: "Yo soy tu salvación". Queden confundidos y deshonrados los que buscan mi vida, retrocedan cubiertos de vergüenza los que maquinan mi desgracia; sean como paja al viento acosados por el ángel del Señor; su camino sea oscuro y deslizante, perseguidos por el ángel del Señor. Pues sin motivo me han tendido su red, sin motivo han cavado una fosa para mí; que les sobrevenga de improviso la ruina, que la red que ellos tendieron los atrape y caigan en la fosa que cavaron. Entonces me alegraré en el Señor por haberme salvado; todo mi ser dirá: "Señor, no hay nadie como tú, que libras al pobre y al indigente de sus explotadores". Testigos de cargo se presentan y me preguntan de lo que no sé nada; me devuelven mal por bien, me encuentro desolado. Mas yo, cuando estaban enfermos, vestía de sayal, maceraba mi cuerpo con ayunos y estaba siempre orando interiormente. Como por un amigo o un hermano iba y venía cabizbajo y triste, como el que está en luto por la propia madre. Mas cuando yo tropiezo se juntan y se ríen, se juntan contra mí; me golpean a traición, me laceran sin cesar, me atacan y de mí se burlan, rechinando sus dientes contra mí. Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Rescata mi vida de estas fieras rugientes, mi único bien, de estos leones; yo te daré gracias en la gran asamblea, te alabaré ante el pueblo entero. Que no se rían de mí mis crueles enemigos ni se guiñen el ojo los que me odian sin razón; no hablan nunca de paz y levantan calumnia a los que quieren la paz; abren sus fauces y dicen: "Ja, ja, con nuestros ojos lo hemos visto". Tú lo has visto, Señor, no te calles; Señor, no te alejes de mí; despierta, levántate, Señor mío y Dios mío, defiende mi derecho y mi causa; júzgame tú conforme a tu justicia, Señor, Dios mío, que no se rían de mí; que no puedan pensar: "Esto es lo que queríamos", que no puedan decir: "Nos lo hemos comido". Que todos a una se queden rojos de vergüenza, todos los que se alegran de mis males; que se cubran de vergüenza y de deshonra los que se consideran superiores a mí. Que griten de alegría los que quieren que se me haga justicia y digan sin cesar: "Grande es el Señor, que ha querido el bienestar de su siervo"; mi lengua anunciará entonces tu justicia y proclamará tu alabanza todo el día. Al maestro de coro; del siervo del Señor. De David El delito habla interiormente al criminal: "No temo a Dios ni en su propia cara". Se lisonjea de que su delito no será descubierto ni será castigado. Los dichos de su boca son iniquidad y engaño, ha perdido el sentido del bien; en su lecho planifica el delito; aferrado siempre al mal camino, no se aparta del mal. Pero tu amor, Señor, llega hasta el cielo, y tu lealtad hasta las nubes, tu justicia es cual los montes más altos, tus juicios como el inmenso abismo. Tú, Señor, salvas a los hombres y a las bestias; oh Dios, ¡qué precioso es tu amor! Los hombres se cobijan a la sombra de tus alas, se sacian de los ricos manjares de tu casa, en el torrente de tus delicias los abrevas. Pues en ti está la fuente de la vida y en tu luz vemos la luz. Guarda tu amor a los que te reconocen y haz justicia a los hombres honrados. No dejes que me pisotee el pie del arrogante, ni que la mano del criminal me alcance. De David pues se secan pronto como el heno, como la hierba verde se marchitan. Confía en el Señor y haz el bien, para habitar en tu tierra y vivir tranquilo; busca en el Señor tus delicias, y él te dará lo que tu corazón desea. Confía al Señor toda tu vida y fíate de él, que él sabrá lo que hace: hará que luzca tu justicia como la aurora y que tu derecho resplandezca como el mediodía. Descansa en el Señor, confía en él, no te irrites contra el que prospera ni contra el hombre que maneja intrigas; deja la ira, desiste del enfado, no te acalores, que es peor para ti; pues los criminales serán exterminados, mas los que esperan en el Señor heredarán la tierra. Un poco nada más, y el criminal no existe; lo buscas en su sitio, y ya no está allí; pero los pobres heredarán la tierra y gozarán de una paz total. El criminal maquina contra el justo y rechina los dientes contra él; el Señor se ríe de él porque ve que su día se avecina. El criminal saca la espada y tensa el arco para matar al pobre y al indigente, para dar muerte a los justos; pero su espada se clavará en su corazón y sus arcos serán hechos pedazos. Vale más poco con justicia que mucha riqueza con injusticia; pues los brazos de los injustos se romperán, mientras que el Señor sostiene a los justos. El Señor cuida de los que practican la justicia, su herencia durará eternamente; no pasarán vergüenza en tiempos de desgracia, en los días de escasez no pasarán hambre. Los que viven de la injusticia perecerán, los enemigos del Señor pasarán como el verde de los prados, se esfumarán igual que el humo. El injusto pide prestado y no devuelve, mientras que el justo se compadece y da. Los que el Señor bendice heredarán la tierra, los que maldice serán exterminados. El Señor asegura los pasos del hombre cuyo camino es de su agrado; aunque tropiece, no caerá por tierra, pues el Señor le lleva de la mano. Fui joven y ya soy viejo; y nunca vi al justo abandonado ni a sus hijos pidiendo limosna. En todo tiempo se compadece y da prestado, sus hijos son una bendición. Apártate del mal y haz el bien, y siempre tendrás un lugar donde vivir; porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles; los malhechores serán para siempre aniquilados y la raza de los criminales será exterminada; los justos heredarán la tierra y habitarán en ella eternamente. La boca del justo habla con sabiduría y su lengua proclama la justicia; la ley de su Dios está en su corazón y sus pasos no vacilan. El injusto espía al justo y busca darle muerte; pero el Señor no lo dejará en sus manos ni permitirá que lo condenen cuando sea juzgado. Confía en el Señor y sigue su camino; él te ensalzará y te hará heredar la tierra, y tú verás la ruina de los malvados. He visto al malvado, lleno de soberbia, elevarse como un cedro frondoso; pasé de nuevo, y ya no estaba; lo busqué, pero no lo encontré. Guarda la integridad, practica la justicia, pues para el hombre de paz hay un porvenir; los malhechores serán de una vez aniquilados y su descendencia será totalmente exterminada. La salvación de los justos viene del Señor, él es su fortaleza en tiempos de peligro; el Señor los ayuda y los libra, los libra de los malvados y los salva porque en él han buscado su refugio. Salmo de David. Conmemorativo Señor, no me castigues cuando estés airado, no me reprendas cuando estés enfurecido; pues tus flechas se han clavado en mí, ha caído sobre mí tu mano; todo mi cuerpo está enfermo, debido a tu furor; no tengo hueso sano, debido a mi maldad; mis delitos sobrepasan mi cabeza, me aplastan como un peso insoportable; mis heridas apestan y supuran, debido a mi locura; cabizbajo, totalmente abrumado, todo el día ando triste; las espaldas me arden, no hay en mi cuerpo nada sano; agotado, totalmente deshecho, el gemir de mi corazón se hace un rugido. Señor, tú conoces todos mis deseos, mis gemidos no son ningún secreto para ti; el corazón me palpita, las fuerzas me abandonan, hasta la luz de mis ojos he perdido. Mis compañeros, mis amigos se alejan de mis llagas; hasta mis familiares se mantienen a distancia; los que buscan mi vida me tienden asechanzas, los que quieren mi ruina anuncian desventuras, andan tramando engaños todo el día. Pero yo me hago el sordo y no oigo nada, me hago el mudo y no abro la boca; me he hecho como un hombre que no oye ni tiene réplica en sus labios. Pues tú eres, Señor, en quien espero, tú me responderás, Señor, Dios mío; me digo: "Que no se rían de mí, que cuando yo tropiece no se burlen de mí". Ya estoy a punto de caer, el dolor no me deja ni un momento. Yo reconozco mis delitos, me angustian mis pecados. Muchos y poderosos son mis enemigos, muchos los que me odian sin motivo; me devuelven mal por bien, me atacan porque siempre busco el bien. Señor, no me abandones; Dios mío, no te quedes lejos; Al maestro de coro. De Idutún. Salmo de David Yo me dije: "Voy a controlar mi vida y a no faltar con la lengua; pondré un freno en mi boca cuando un malhechor esté presente". Enmudecí, guardé silencio; callé, pero fue en vano, pues mi dolor se hizo insoportable, mi corazón ardía dentro de mí; pensando en ello, se encendió la llama, y entonces se desató mi lengua: Dame, Señor, a conocer mi fin y cuál es la medida de mis días, quiero saber lo caduco que soy. Como una cuarta son de largos mis días; ante ti mi vida es como nada, menos que un soplo son todos los humanos; como la sombra el hombre pasa, se afana por nada, acumula riquezas sin saber para quién. Y ahora, Señor, ¿qué puedo yo esperar? Mi respuesta está en ti; líbrame de todas mis maldades, no me expongas a la burla de los necios. Cierro mi boca y no la vuelvo a abrir, pues tú eres el que actúa. Deja ya de golpearme, que sucumbo bajo los golpes de tu mano. Tú corriges al hombre castigando la falta, como una polilla corroes su tesoro, el hombre no es nada más que un soplo. Escucha, Señor, mi grito suplicante; presta oído a mis llantos y no te hagas el sordo, pues yo soy un invitado tuyo; un huésped, como todos mis padres. Al maestro de coro. Salmo de David En el Señor he puesto toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi grito; me sacó de la fosa mortal, del fango cenagoso; puso mis pies sobre la roca, aseguró mis pasos; puso en mi boca un cantar nuevo, una alabanza para nuestro Dios. Muchos, al verlo, temerán y confiarán en el Señor. Dichoso el hombre que en el Señor ha puesto su esperanza y no se ha ido con los arrogantes ni con los que se pierden en engaños. ¡Qué grandes son, Señor, Dios mío, los proyectos y los milagros que hiciste por nosotros!: eres incomparable. Yo quisiera decirlos, proclamarlos; pero son tantos, que no pueden contarse. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, no pides holocaustos ni sacrificios por el pecado; en cambio, me has abierto el oído, por lo que entonces dije: "Aquí estoy, en el libro está escrito de mí: Dios mío, yo quiero hacer tu voluntad, tu ley está en el fondo de mi alma". Pregoné tu justicia a la gran asamblea, no he cerrado mis labios; tú lo sabes, Señor. No he dejado de hablar de tu justicia, he proclamado tu lealtad y tu salvación, no he ocultado tu amor y tu fidelidad ante la gran asamblea. Tú, Señor, no retires de mí tu misericordia, que tu amor y tu fidelidad me guarden siempre; me asaltan desgracias incontables, me asedian mis culpas y ya no puedo ver; son más que los pelos de mi cabeza, y el corazón me falla. Por favor, Señor, ven a socorrerme, ven corriendo a ayudarme; que queden confundidos y cubiertos de vergüenza los que tratan de quitarme la vida, que huyan afrentados los que pretenden mi ruina; que queden aturdidos de vergüenza los que me dicen: "Ja, ja". Que se alegren y se regocijen en ti todos los que te buscan; que no dejen de decir: "Dios es grande", los que anhelan tu salvación. Al maestro de coro. Salmo de David Dichoso el que se preocupa del débil y del pobre, en el día de la desgracia el Señor lo salvará. El Señor lo guardará vivo y feliz sobre la tierra, y no lo entregará al capricho de sus enemigos. El Señor lo cuidará en su lecho de dolor, le cambiará de continuo la cama durante la enfermedad. Yo he dicho: "Señor, ten piedad de mí, cúrame, pues te he ofendido". Mis enemigos me auguran la desgracia: "¿Cuándo se morirá y desaparecerá su nombre?". Si alguien me viene a ver, dice mentiras, se fija en los síntomas funestos, y al salir lo publica. Todos a una mis enemigos cuchichean contra mí, haciendo sobre mí funestas previsiones: "Un mal siniestro ha caído sobre él: está acostado, no se levantará ya más". Hasta mi amigo íntimo, en quien yo confiaba, el que comía mi mismo pan, ha levantado contra mí su calcañar. Mas tú, Señor, ten piedad de mí; levántame, que yo les daré su merecido. En esto conoceré que tú me amas: si mi enemigo no triunfa sobre mí. Tú me sostendrás, porque soy inocente, me tendrás en tu presencia eternamente. Al maestro de coro. Maskil de los hijos de Coré Como la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿cuándo podré ir a ver el rostro del Señor? Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, y a lo largo del día me repiten: "¿Dónde está tu Dios?". Quiero recordar aquello y desahogar mi alma; cuando entraba en la casa de Dios como en cortejo noble, al son de gritos de alegría y dando gracias entre la multitud en fiesta. ¿Por qué te afliges, alma mía, por qué te quejas? Espera en Dios, que aún he de alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío. Mi alma en mi interior se aflige, por eso te recuerdo desde la región del Jordán, desde el Hermón y el monte de Misar. Un abismo llama a otro abismo al fragor de tus cascadas; todas tus olas y tus crestas pasaron sobre mí. Señor, ejerce de día tu misericordia, y de noche te cantaré un cantar, una oración al Dios de mi vida. Quiero decir a Dios, mi roca: "¿Por qué me has olvidado? ¿Por qué he de andar triste, bajo la opresión de mi enemigo?". Mis huesos se quebrantan, mis opresores me insultan, y me repiten a lo largo del día: "¿Dónde está tu Dios?". Hazme justicia, oh Dios, y defiende mi causa contra esta mala gente, líbrame del hombre falso y criminal. Pues tú eres, oh Dios, mi fortaleza, ¿por qué me has rechazado?, ¿por qué he de andar yo triste, bajo la opresión de mi enemigo? Envía tu luz y tu verdad; ellas me guiarán, me conducirán a tu montaña santa, a tus moradas. Yo llegaré hasta el altar de Dios, del Dios que es mi gozo y mi alegría; te alabaré al son de la cítara, Señor, Dios mío. ¿Por qué te afliges, alma mía, por qué te quejas? Espera en Dios, que aún he de alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío. Al maestro de coro. Maskil de los hijos de Coré Oh Dios, hemos oído con nuestros oídos, nos han contado nuestros padres la obra que en sus días hiciste, en los días antiguos, con tu propia mano. Expulsaste naciones y los plantaste a ellos, exterminaste pueblos para hacerlos crecer. No fue su espada la que conquistó la tierra, ni su brazo el que los hizo vencedores; fue tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro, porque tú los amabas. Eras tú, rey mío y Dios mío, quien lograba las victorias de Jacob. Gracias a ti derrotábamos a nuestros enemigos, por tu nombre aplastábamos a nuestros agresores. No ponía en el arco yo mi confianza, ni mi espada me daba la victoria; eras tú el que nos daba la victoria contra los enemigos y cubrías de vergüenza a nuestros adversarios. Cantábamos en todo tiempo tu alabanza celebrando tu nombre sin cesar. Pero ahora nos rechazas y nos cubres de vergüenza, no sales ya con nuestras tropas; nos haces retroceder ante nuestros adversarios, y nuestros enemigos nos saquean a su gusto; nos entregas como ovejas para el matadero, y nos has dispersado entre los pueblos. Has vendido a tu pueblo a bajo precio, no has ganado nada con su venta; nos has hecho la burla de nuestros convecinos, la irrisión y el escarnio de nuestros circundantes; nos has hecho el chiste de las gentes, nos hacen burla las naciones. Todo el día tengo ante mí mi afrenta y la vergüenza cubre mi semblante, bajo los gritos de insultos y blasfemias, frente a un enemigo ávido de venganza. Todo esto nos llegó sin haberte olvidado, sin haber traicionado tu alianza, sin haber vuelto atrás el corazón, sin haber desviado los pies de tu camino; nos has aplastado en cubil de chacales y nos has cubierto con las sombras de la muerte. Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios o alzado nuestras manos hacia un dios extranjero, ¿no se hubiera dado cuenta Dios, él, que del corazón conoce los secretos? Por tu causa nos asesinan sin cesar, nos tratan como ovejas para el matadero. Despierta ya. ¿Por qué duermes, Señor? Levántate, no nos rechaces para siempre. ¿Por qué ocultas tu rostro y olvidas nuestra desgracia y opresión? Nuestra alma está hundida en el polvo y nuestro vientre se arrastra por el suelo. Al maestro de coro. Sobre "los lirios". Maskil de los hijos de Coré. Canto al amor Mi corazón rebosa de palabras bellas, voy a recitar mis versos en honor del rey, mi lengua es como la pluma de un escritor experto. Eres el más hermoso de los hombres, la gracia corre por tus labios, porque Dios te ha bendecido para siempre. Ciñe la espada al flanco, oh poderoso, ella es tu brillo y tu esplendor; avanza victorioso para defender la verdad y la justicia, y hazañas gloriosas realice tu derecha. Caen a tus pies los pueblos, tus flechas puntiagudas se clavan en el corazón de tus enemigos. Tu trono, oh Dios, dura eternamente; el cetro de tu reino es cetro de justicia. Amas la justicia y odias la iniquidad, por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros. Mirra, áloe y acacia rezuman tus vestidos, en el salón de los marfiles música de arpas te recrea. Hijas de reyes hay entre tus elegidas; a tu derecha, una reina adornada con el oro más fino. Escucha, hija mía, atiende, mira, olvida tu pueblo y tu familia: el rey se ha enamorado de tu belleza, él es tu señor, ríndele pleitesía. La hija de Tiro llega con presentes, los ricos del pueblo te rinden vasallaje. Majestuosa está en el interior la hija del rey, engalanada con tejidos de oro; vestida de brocados es llevada hacia el rey, sus damas de honor la siguen y acompañan; en gozoso cortejo entran en la mansión del rey. En lugar de tus padres tendrás hijos, a los que harás príncipes por toda la tierra. Al maestro de coro. Cántico de los hijos de Coré. Según: "Las vírgenes..." Dios es nuestro refugio y fortaleza, un socorro seguro en momentos de angustia; por eso no tememos aunque la tierra se conmueva y los montes se desplomen en el fondo del mar, aunque sus aguas rujan y se encrespen sus olas, aunque ellas se alboroten y los montes retiemblen. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, la más santa morada del altísimo. Dios está en medio de ella, no vacilará: Dios la socorrerá al despuntar la aurora. Bramaron las naciones, vacilaron los reinos, él levantó su voz y la tierra se deshizo. Con nosotros está el Señor omnipotente, el Dios de Jacob es nuestra fortaleza. Venid y ved las obras del Señor, sus prodigios, que llenan la tierra de estupor: pone fin a la guerra hasta el confín del mundo, rompe el arco, parte la lanza y quema los escudos. Dejad las armas, reconoced que yo soy Dios, por encima de las naciones, por encima de la tierra. Al maestro de coro. Salmo de los hijos de Coré Pueblos todos, batid palmas, aclamad al Señor con gritos de alegría, porque el Señor, el altísimo, es terrible, un gran rey sobre toda la tierra. Él somete a nuestro yugo las naciones y pone a los pueblos bajo nuestros pies; escoge para nosotros nuestra herencia, orgullo de Jacob, su preferido. Dios sube entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas. Cantad a Dios, cantad; cantad a nuestro rey, cantad; porque el rey de toda la tierra es Dios, cantadle un buen cántico. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sacrosanto. Cántico. Salmo de los hijos de Coré Grande es el Señor y digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, su monte santo. Hermosa altura, alegría del mundo el monte Sión, confín del norte, capital del gran rey. En los palacios de Sión, Dios se manifiesta como fortaleza. Los reyes se aliaron y avanzaron unidos contra ella; pero apenas la vieron se quedaron pasmados; aterrados, se dieron a la fuga; allí mismo se echaron a temblar, se retorcían de dolor como mujer en parto, como el viento del este que deshace los navíos de Tarsis. Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor omnipotente, en la ciudad de nuestro Dios: Dios la ha afirmado para siempre. Oh Dios, nosotros revivimos tu amor en medio de tu templo; tu alabanza, como tu nombre, oh Dios, cubre la superficie de la tierra; tu diestra está llena de justicia. Que se alegre el monte Sión, que se regocijen las hijas de Judá porque tú haces justicia. Dad vueltas a Sión, enumerad sus torres; admirad sus murallas, fijaos en sus palacios, para contar a las generaciones venideras Al maestro de coro. Salmo de los hijos de Coré Oíd, pueblos todos; escuchad, habitantes de la tierra, gente de pueblo y gente ilustre, pobres y ricos a la vez. Mi boca anuncia la sabiduría y el murmullo de mi corazón la sensatez; mi oído está atento a los proverbios, al son de la cítara resuelvo los enigmas. ¿Por qué voy a temer en días aciagos, cuando me acorralan los explotadores, que confían en sus riquezas y presumen de su gran fortuna? Nadie puede rescatarse a sí mismo ni pagar a Dios por su propio rescate. Por costoso que sea el rescate de la vida, ella terminará para siempre jamás. ¿Es que van a vivir indefinidamente?, ¿se van a quedar sin ver la fosa? No, la verán todos: los sabios mueren, lo mismo que los necios y los tontos, y dejan para otros sus riquezas. Las tumbas son para siempre sus mansiones, sus moradas eternas, por más que hayan dado sus nombres a sus tierras. El hombre en su riqueza no comprende que es igual a las bestias que perecen. Tal es la suerte de los que en sí confían, el fin de los que en sus discursos se recrean: como rebaños destinados al abismo bajan derechos a la tumba; los justos triunfarán sobre ellos, se esfumará su imagen y habitarán en el abismo, lejos de sus mansiones palaciegas. Pero Dios rescatará mi vida, me arrancará de las fuerzas del abismo. No sufras cuando un hombre se hace rico y crece la hacienda de su casa; pues, cuando muera, no ha de llevarse nada, su hacienda no bajará con él. Aunque en vida se felicitaba: "Te alaban porque has hecho fortuna", un día llegará en que se muera y no verá la luz nunca jamás. Salmo a Asaf Desde Sión, dechado de hermosura, Dios resplandece. Ya viene nuestro Dios y no se callará. Un fuego que devora lo precede, y en torno a él una borrasca brama. Desde lo alto convoca a los cielos y a la tierra a presenciar el juicio de su pueblo: "Reunid a mis leales, los que firmaron mi alianza ofreciendo un sacrificio". Que los cielos pregonen su justicia, porque el juez es Dios mismo. "Escucha, pueblo mío, voy a hablarte; Israel, voy a declarar en contra tuya, yo, Dios, tu Dios. No te acuso por los sacrificio ni por los holocaustos que a diario me ofreces; no te pido un toro de tu casa ni machos cabríos de tus apriscos, pues mías son todas las fieras de la selva, lo mismo que los animales de los montes; conozco todas las aves de los cielos, toda la fauna de la tierra es mía. Si tuviera hambre, no te lo diría, porque mío es el mundo y cuanto encierra. ¿Es que voy a comer la carne de los toros o a beber la sangre de los machos cabríos? Tu ofrenda a Dios, que sea la acción de gracias, cumple tus promesas al altísimo, invócame cuando estés angustiado; yo te libraré y tú deberás glorificarme". Pero al delincuente Dios le dice: "¿Por qué citas mis leyes y tienes en tu boca mi alianza, tú que detestas la corrección y rechazas mis palabras? Si ves a un ladrón, te haces su cómplice, te juntas también con los adúlteros; entregas tu boca al crimen y tu lengua al engaño; te sientas y calumnias a tu hermano, deshonras al hijo de tu madre. Tú haces todo esto, ¿y yo voy a callarme? ¿Es que te imaginas que yo soy como tú? Te denunciaré y te lo echaré en cara. Entended esto bien los que olvidáis a Dios, si no queréis que os destroce y no haya quien os salve; el que me ofrece la acción de gracias, ése me honra y toma el camino en el que encuentra la salvación de Dios". Al maestro de coro. Salmo de David. Cuando el profeta Natán vino a él después de su pecado con Betsabé Ten compasión de mí, oh Dios, por tu misericordia, por tu inmensa ternura borra mi iniquidad. Lávame más y más de mi delito y purifícame de mi pecado. Reconozco mi iniquidad, tengo siempre delante mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé y he hecho lo que tú no puedes ver. Por eso tu sentencia es justa y eres recto en el juicio. Ya nací en la culpa, y en el pecado me concibió mi madre. Tú quieres la verdad en el centro del alma y en el centro del corazón me enseñas la sabiduría. Purifícame con el hisopo, y quedaré puro; lávame, y quedaré más blanco que la nieve. Hazme sentir gozo y alegría, y que dancen los huesos que rompiste. Aparta tu rostro de mis faltas, cancela mis pecados. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, implanta en mis entrañas un espíritu nuevo; no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu; dame la alegría de tu salvación y que el espíritu generoso me mantenga firme. Enseñaré tus caminos a los descarriados, los pecadores volverán a ti. Líbrame de delitos de sangre, Señor, salvador mío, y mi lengua exaltará tu justicia. Señor, abre mis labios, y mi boca anunciará tu alabanza. Tú no quieres ofrendas ni holocaustos; si te los ofreciera, no los aceptarías. El sacrificio que Dios quiere es un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, tú, oh Dios, no lo desprecias. Al maestro de coro. Maskil de David Cuando el idumeo Doeg vino a anunciar a Saúl: "David ha entrado en casa de Ajimélec". ¿Por qué presumes, bravucón, de tus delitos? El amor de Dios es constante. Pasas el día proyectando crímenes, tu lengua es cuchilla afilada, autor de engaños; prefieres el mal en vez del bien y el engaño en vez de la justicia; prefieres propósitos funestos, oh lengua engañadora. Por eso Dios te aplastará, te destruirá para siempre, te sacará de tu tienda, te extirpará de la tierra de los vivos. Los justos lo verán y temerán, se reirán de él y dirán: "Mirad al bravucón que no hizo de Dios su fortaleza, que cifró su seguridad en sus muchas riquezas y de los delitos hizo su poder". Al maestro de coro. Para la enfermedad. Maskil de David El insensato dice en su corazón: "Dios no existe". Todos se han pervertido, todos obran mal, no hay quien obre bien. El Señor observa desde el cielo a los hombres, para ver si hay alguno cuerdo que busque a Dios. Todos están descarriados, en masa pervertidos, no hay nadie que obre bien, ni uno solo. ¿No aprenderán los malvados que devoran a mi pueblo como pan y no invocan el nombre del Señor? Pues tendrán que temblar de espanto, porque Dios dispersa las fuerzas del agresor, y serán derrotados porque Dios los rechaza. Al maestro de coro. Para instrumento de cuerda. Maskil de David. Cuando los cifeos vinieron a decir a Saúl que David estaba escondido entre ellos Oh Dios, sálvame por tu nombre, por tu poder hazme justicia. Oh Dios, escucha mi oración, atiende a las palabras de mi boca; pues se ha alzado contra mí una gente extraña, unos tiranos me persiguen a muerte, y para ellos Dios no cuenta nada. Pero Dios viene en mi auxilio, el Señor es el único apoyo de mi vida; que caiga su maldad sobre los que me espían, destrúyelos, Señor, por tu fidelidad. Al maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Maskil de David Oh Dios, escucha mi oración, no te ocultes cuando te suplico, atiéndeme, respóndeme; mi lamento me angustia, me turbo ante la voz de mi enemigo y bajo la presión de un criminal, pues desencadenan desdichas contra mí y me atacan con rabia; mi corazón en mi pecho se retuerce, me asaltan los pavores de la muerte; me invaden el miedo y el temblor, y el espanto me envuelve. Entonces me digo: ¡Quién me diera alas para volar como el águila en busca de un refugio! Sí, me iría muy lejos, para pasar la noche en el desierto, a toda prisa buscaría un refugio contra la tempestad y contra el viento. Dispérsalos, Señor, confúndeles las lenguas, pues he visto en la ciudad la discordia y la violencia; sobre las murallas la rondan noche y día, y dentro de ella la opresión y el crimen; en su interior no hay más que corrupción, sus calles están llenas de opresión y de estafa. Si un enemigo me ultrajara, yo lo soportaría; si un adversario se alzara contra mí, de él me escondería, pero eres tú, un hombre de los míos, mi familiar, mi amigo íntimo; nos intercambiábamos dulces confidencias, íbamos muy unidos a la casa de Dios. Que se mueran todos, que bajen vivos al abismo, pues la iniquidad se ha instalado en ellos como en su propia casa. Yo invocaré a Dios, el Señor me salvará. Tarde, mañana y mediodía gimo y suspiro; él ha oído mis gritos, me ha librado y rescatado, sano y salvo, de todos los que me atacaban, que eran muchos. Dios me escuchará y los humillará el que reina eternamente, pero no tienen enmienda, pues no temen a Dios. Levantan la mano contra sus aliados y rompen el pacto; su boca es más dulce que la crema, pero su corazón hace la guerra; sus palabras, más suaves que el aceite, son espadas desnudas. Encomienda a Dios tus cuidados y él te sostendrá, no permitirá que el hombre justo caiga. Al maestro de coro. Según "Paloma que viene de lejos". Poema de David. Cuando los filisteos le apresaron en Gat Piedad, Dios mío, que los hombres me acosan, todo el día me atacan y me oprimen; mis enemigos me acosan sin cesar, innumerables son los que me atacan. Cuando estoy lleno de miedo, yo me refugio en ti. En Dios, cuya palabra alabo, en Dios confío y ya no tengo miedo; ¿qué podrá hacerme un hombre? Se pasan el día haciéndome sufrir, sólo piensan en hacerme daño; se conjuran, se esconden, vigilan mis pasos tratando de quitarme la vida. Dales lo que su culpa merece, aplasta, oh Dios, en tu cólera a los pueblos. Tú cuentas los pasos de mi vida errante, mis lágrimas están recogidas en tu odre, todo está consignado en tu libro de notas. Todos mis enemigos retrocederán el día en que yo te pida ayuda; yo sé muy bien que Dios está conmigo. En Dios, cuya palabra alabo -en el Señor, cuya palabra ensalzo-, en Dios confío y ya no tengo miedo; ¿qué podrá hacerme un hombre? Yo mantengo, Dios mío, los votos que te hice, los cumpliré con la acción de gracias, Al maestro de coro. Según "No destruyas". Poema de David, cuando huyendo de Saúl se escondió en la cueva Piedad, Dios mío; ten piedad de mí, pues mi refugio lo he buscado en ti; me refugio a la sombra de tus alas hasta que haya pasado el infortunio. Invoco al Dios altísimo, al Dios que tanto hace por mí. Desde los cielos mandará a salvarme, fustigará a mis opresores, enviará su amor y su verdad. Vivo en medio de leones que devoran hombres, sus dientes son lanzas y flechas; su lengua, una espada acerada. Álzate, oh Dios, sobre los cielos, que tu gloria domine sobre la tierra entera. Tendieron una red delante de mis pasos, yo bajé la cabeza; delante de mí cavaron una fosa y cayeron dentro de ella. A punto está mi corazón, oh Dios, mi corazón a punto; quiero cantar un himno: "Despierta, gloria mía, despertad, arpa y cítara, que voy a despertar yo a la aurora". Te alabaré, Señor, ante los pueblos, a ti te cantaré entre las naciones, pues grande hasta los cielos es tu amor y grande hasta las nubes tu lealtad. Al maestro de coro. Según "No destruyas". Poema de David ¿De veras, jueces, administráis justicia, juzgáis según derecho a los hombres? ¡No! Conscientemente cometéis injusticias, abrís camino a la violencia en el país. Los criminales lo son desde el vientre de su madre, los embaucadores antes de nacer ya son así; están envenenados con veneno de víbora, sordos como el áspid que se tapa el oído para no oír la voz de los encantadores, del mago experto en el encanto. Oh Dios, rompe los dientes de su boca, a estos leones rómpeles las muelas; que se disuelvan como agua derramada, que se sequen como hierba que se pisa; pasen como la babosa que se deshace en baba, como el abortado que nunca vio la luz. Antes que vuestras ollas sientan la llama de la zarza, sea verde o quemada, las barra el huracán. El justo se alegrará viendo la venganza, lavará sus pies en la sangre de los criminales. Al maestro de coro. Según "No destruyas". Poema de David. Cuando Saúl mandó gente a vigilar su casa con ánimo de matarlo Líbrame de mis enemigos, oh Dios mío, protégeme de mis agresores; líbrame de los malhechores, sálvame de los asesinos. Mira que acechan a mi vida, poderosos conspiran contra mí; sin culpa mía, corren y se lanzan. Despiértate, ven a mi encuentro y mira; tú, Señor, Dios omnipotente, el Dios de Israel, levántate, castiga a las naciones, no tengas compasión de esos traidores. Regresan a la tarde, aúllan como perros, rondan por la ciudad. Son unas babosas y tienen espadas en los labios: "No hay nadie que nos oiga". Mas tú, Señor, te burlas de ellos, te ríes de todas las naciones. Hacia ti miro, oh fuerza mía, pues tú eres, oh Dios, mi fortaleza; mi Dios viene a mi encuentro con su amor, me hará ver la derrota de mis enemigos. Mátalos, Señor, para que mi pueblo no lo olvide; hazlos con tu poder vagabundos y errantes, oh Señor, nuestro escudo. Las palabras de su boca no son más que pecado; que caigan presa de su propio orgullo por sus blasfemias y falsos juramentos. Destrúyelos con tu furor, destrúyelos, que dejen de existir; así sabrán que Dios reina en Jacob y hasta en los confines de la tierra. Regresan a la tarde, aúllan como perros, rondan por la ciudad, vagan buscando qué comer, y si no logran saciarse, pasan la noche aullando. Yo, en cambio, cantaré tu poder, aclamaré tu amor por la mañana, pues tú has sido para mí una fortaleza, un refugio en el día de mi angustia. Al maestro de coro. Según "Lirio de la ley". Poema de David. Para enseñar. Cuando salió a luchar contra Siria de Naharayín y Siria de Sobá, y Joab, de regreso, derrotó en el valle de la Sal a Edón: doce mil hombres Nos has rechazado, oh Dios, nos has deshecho, te has irritado, devuélvenos la fuerza; has sacudido la tierra, la has rajado, sana sus grietas, pues se tambalea; has hecho pasar por duras pruebas a tu pueblo, nos has dado a beber un vino que enloquece; has dado una señal a tus leales para que puedan escapar delante del arquero; para que tus predilectos salgan libres, sálvanos con tu poder y atiéndenos. Dios ha hablado en su templo: "Exultaré de gozo, repartiré a Siquén y dividiré el valle de Sucot, mío es Galaad y mío Manasés, yelmo de mi cabeza es Efraín y mi cetro Judá, Moab es la vasija en que me lavo, tiro mis sandalias sobre Edón, canto victoria sobre Filistea". ¿Quién me conducirá a la ciudad fortificada?, ¿quién me guiará hasta Edón? Tú, oh Dios, que nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas. Al maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. De David Oh Dios, escucha mi grito, atiende mi plegaria. Desde el fin de la tierra hacia ti clamo cuando me falla el corazón; súbeme a la roca, que está muy alta para mí, pues tú eres mi refugio, torre potente frente al enemigo. Ojalá pueda habitar en tu tienda eternamente y encontrar refugio al abrigo de tus alas. Tú, oh Dios, has escuchado mis promesas y me has dado la herencia de los que temen tu nombre. Añade días a los días del rey, sus años llenen muchas generaciones; que reine siempre en presencia de Dios, que le guarden tu amor y tu fidelidad. Al maestro de coro. Según Yedutún. Salmo de David Mi alma sólo descansa en Dios, mi salvación viene de él; sólo él es mi roca, mi salvación, mi fortaleza; no sucumbiré. ¿Hasta cuándo atacaréis a un hombre solo todos a una para derribarlo como una pared que se desploma o una tapia a punto de caerse? Desde su altura tratan de derrocarme, se complacen en la falsedad; con la boca bendicen y con el corazón maldicen. Mi alma sólo descansa en Dios, mi salvación viene de él; sólo él es mi roca, mi salvación, mi fortaleza; no sucumbiré. Mi gloria y mi salvación están en Dios, en Dios, mi roca de defensa y mi refugio. Confiad en él, oh pueblo, en todo tiempo; Dios es nuestro refugio. Los hombres del pueblo son un soplo, la gente ilustre, una mentira; cuando se los pone en la balanza, todos juntos pesan menos que un soplo. No esperéis nada de la violencia, no os hagáis ilusión con la rapiña; si llegáis a ser ricos, no pongáis vuestro corazón en las riquezas. Dios ha dicho una cosa, y luego otra; yo lo he oído; Salmo de David. Cuando estaba en el desierto de Judá Oh Dios, tú eres mi Dios; desde el amanecer ya te estoy buscando, mi alma tiene sed de ti, en pos de ti mi ser entero desfallece cual tierra de secano árida y falta de agua. Así en el santuario te contemplo para ver tu gloria y tu poder. Tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán; toda mi vida te bendeciré, en tu nombre levantaré mis manos; me saciaré como en banquete espléndido, mi boca te alabará con labios jubilosos. Cuando estoy en la cama pienso en ti, en ti medito en los insomnios de la noche, porque tú eres mi auxilio y a la sombra de tus alas me recreo; me abrazo a ti con toda el alma, y tu diestra me sostiene. Pero aquellos que sin razón buscan mi vida caerán en lo profundo de la tierra; serán pasados al filo de la espada, serán presa de chacales. Al maestro de coro. Salmo de David Escucha, oh Dios, la voz de mi lamento, guarda mi vida del terror del enemigo; escóndeme de las bandas criminales, de las pandillas de los delincuentes. Afilan su lengua como espadas y disparan como flechas palabras venenosas, para herir desde el escondite al inocente, para herirlo por sorpresa y sin ser vistos. Se hacen fuertes en sus actos delictivos, maquinan cómo tender lazos ocultos, y dicen: "Nadie podrá vernos". Elaboran proyectos criminales, ponen a punto un plan perfecto: el hombre es insondable, su corazón es un abismo. Pero Dios lanza sus flechas contra ellos y de repente brotan sus heridas; sus propias palabras les harán caer, los que los vean se burlarán de ellos. Presos de terror, todos los hombres publican lo que Dios ha hecho, y de estos hechos sacan la lección. Al maestro de coro. Salmo de David. Cántico Oh Dios, que habitas en Sión, a ti debemos alabarte, por ti hay que cumplir lo prometido; hasta ti, que escuchas las plegarias, todo mortal puede llegar. Nuestros delitos son más fuertes que nosotros, pero tú nos los perdonas. Dichoso el que tú eliges y llamas junto a ti para que habite en tus atrios; nosotros nos saciaremos de los bienes de tu casa, de las cosas de tu santo templo. Tu justicia nos responde con prodigios, oh Dios, salvador nuestro, esperanza de los confines de la tierra y los mares lejanos; tú, que afirmas los montes con tu fuerza y te ciñes de bravura; tú, que acallas el estruendo de los mares, el bramar de sus olas y el tumulto de los pueblos. Ante tus prodigios tiemblan todos los habitantes de la tierra, tú llenas de alegría las regiones de oriente y occidente. Tú visitas la tierra y la fecundas, la colmas de riquezas; tus ríos caudalosos van rebosando de agua. Tú dispones la tierra de este modo: riegas sus surcos, deshaces los terrones, la ablandas con la lluvia, bendices su semilla; tú coronas el año con tus bienes, por tus senderos fluye la abundancia; rezuman los pastos del desierto y las colinas se ciñen de alegría; Al maestro de coro. Cántico. Salmo cantad la gloria de su nombre, tributadle su gloriosa alabanza; decid a Dios: "Tus obras son maravillosas". Por la grandeza de tu poder tus enemigos ante ti se rinden; toda la tierra se prosterna ante ti, canta para ti, canta a tu nombre. Venid y ved las proezas de Dios, las maravillas que ha hecho por los hombres. Él convirtió el mar en tierra firme, y el río atravesaron a pie enjuto; con su poder gobierna eternamente, con sus ojos vigila a las naciones, para que no se subleven los rebeldes. Pueblos, bendecid a nuestro Dios, proclamad a plena voz sus alabanzas; él nos conserva la vida y no permite que tropiecen nuestros pies. Sí, oh Dios, tú nos pusiste a prueba, nos pasaste por el crisol, como la plata; nos hiciste caer en el lazo, nos echaste a las costillas una carga pesada, dejaste que cabalgaran sobre nuestras cabezas, anduvimos a través de agua y fuego, pero, al fin, nos hiciste recobrar aliento. Entraré con holocaustos en tu casa, cumpliré mis promesas, las que mis labios formularon, las que en la angustia formuló mi boca. Te ofreceré pingües holocaustos, con la fragancia de carneros, te ofreceré toros y cabritos. Fieles del Señor, venid a escuchar, os contaré lo que él hizo por mí. Mi boca lo llamó y mi lengua lo ensalzó. Si hubiera alguna culpa en mi conciencia, el Señor no me habría escuchado; pero Dios me ha escuchado, ha atendido la voz de mi plegaria. Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi plegaria ni me ha retirado su misericordia. Al maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Salmo Que Dios tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro entre nosotros para que en la tierra se conozca su camino y su salvación en todas las naciones. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que canten de alegría las naciones, pues tú juzgas al mundo con justicia y gobiernas los pueblos de la tierra. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su cosecha, Dios, nuestro Dios, nos bendice. Al maestro de coro. Salmo de David. Cántico Se alza el Señor y sus enemigos se dispersan, huyen de su presencia sus contrarios. Como se disipa el humo, los disipas; como la cera se derrite al fuego, así caen los malvados ante Dios. Los justos se regocijan en la presencia del Señor, se alborozan y saltan de alegría. Cantad a Dios, cantad himnos a su nombre, abrid paso al que cabalga por las nubes; su nombre es "El Señor", celebrad su presencia. Padre de los huérfanos, defensor de las viudas, tal es Dios en su morada santa. Dios da una casa a los abandonados, da a los prisioneros la libertad dichosa; sólo los rebeldes viven en su tierra abrasada. Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo, cuando avanzabas a través del desierto, la tierra tembló, los cielos chorrearon ante Dios, el Dios del Sinaí, el Dios de Israel. Derramaste, oh Dios, una lluvia abundante, reanimaste tu heredad extenuada; allí encontró tu pueblo una morada, la que en tu bondad, oh Dios, al pobre preparabas. El Señor da una orden, multitud de mensajeros la transmiten: "Los reyes escapan, los ejércitos huyen, las mujeres en casa reparten el botín: alas de paloma con un baño de plata, plumas refulgentes con un baño de oro, mientras vosotros en el aprisco descansáis. Allí el omnipotente dispersaba a los reyes y las nieves caían en el monte Salmón. Montes divinos, los montes de Basán; montes encrestados, los montes de Basán. ¿Por qué miráis celosos, oh montes encrestados, el monte en que Dios quiere morar, en el que el Señor por siempre morará? Por miles y millones cuenta Dios sus carros de combate, el Señor vino en ellos del Sinaí al santuario. Tú subiste a la altura llevando prisioneros, recibiste tributo de hombres; los mismos rebeldes, oh Dios, se sometieron ante ti. Bendito sea el Señor día tras día, él cuida de nosotros, es nuestro salvador. Nuestro Dios es el Dios libertador, el Señor, nuestro Dios, nos libra de la muerte. Dios aplasta la cabeza de sus enemigos, el cráneo cabelludo de los criminales. El Señor dijo: "Los sacaré de Basán, los sacaré del fondo de los mares, para que puedas bañar tu pie en la sangre, y la lengua de tus perros tenga su ración del enemigo". Oh Dios, se ven tus procesiones, las procesiones de mi Dios, mi rey, al santuario: delante los cantores, los músicos detrás y en medio las doncellas tocando panderetas. Bendecid a Dios en vuestras asambleas, bendecid al Señor en las reuniones de Israel. Allí va Benjamín, el pequeño, abriendo marcha, los jefes de Judá, de Zabulón, de Neftalí. Oh Dios, despliega tu poder, confirma, oh Dios, lo que has hecho por nosotros. Que en tu santuario, en lo alto de Jerusalén, te ofrezcan presentes los monarcas. Amenaza a la bestia de los cañaverales, a la manada de toros dominadores de los pueblos; que vengan a rendirse con lingotes de plata; dispersa a las naciones que se complacen en la guerra. De Egipto vendrán los poderosos, Etiopía alzará sus manos hacia Dios. Reinos de la tierra, cantad para el Señor, alabad al Señor, al que cabalga por encima de los cielos eternos; ya levanta su voz, su voz potente: "Reconoced el poderío de Dios, su majestad sobre Israel, su potencia en las nubes". Al maestro de coro. Según "Lirio". De David Sálvame, Dios mío, que las aguas me llegan hasta el cuello; me hundo en cenagal sin fondo y no puedo hacer pie; he llegado hasta el fondo del agua y me arrastra la corriente. Estoy extenuado de gritar y totalmente ronco, mis ojos se han consumido de esperar a mi Dios. Son más numerosos que los pelos de mi cabeza los que me odian sin motivo, más fuertes que mis huesos los que me atacan sin razón. Lo que no he robado, ¿tendré que devolver? Oh Dios, tú sabes mi locura, no se te ocultan mis delitos; Señor omnipotente, que yo no sea la vergüenza de los que en ti confían, que no sea el deshonor de los que a ti te buscan, oh Dios de Israel. Por ti soporto los insultos y mi rostro se cubre de vergüenza, pues soy como un extranjero para mis hermanos, como un extraño para los hijos de mi madre. El celo de tu casa me devora, las ofensas que te hacen recaen sobre mí. Cuando me ven llorando y ayunando, se burlan de mí; cuando me visto de sayal, soy el hazmerreír de todos ellos; sentados a la puerta me critican, hasta soy la canción de los borrachos. Pero yo, Señor, te elevo mi plegaria, ésta es la hora en que me debes ser propicio; escúchame, Dios mío, por tu inmensa bondad, pues tú eres la verdadera salvación. Sácame del cenagal, que no me hunda; líbrame de mis enemigos, de las aguas profundas; que no me arrastre la corriente de las aguas, que el remolino no me trague ni cierre tras mí su boca el pozo. Respóndeme, Señor, pues tú eres todo bondad y amor, con tu inmensa piedad vuelve hacia mí tus ojos; no retires el rostro de tu siervo, estoy muy angustiado, respóndeme deprisa. Ven junto a mí, defiéndeme, líbrame de mis enemigos. Tú conoces mi afrenta, mi ignominia y mi vergüenza; todos mis opresores están ante tu vista. El ultraje quebró mi corazón, estoy perdido, esperé compasión, pero fue en vano, consoladores, y no encontré ni uno. Pusieron veneno en mi comida, cuando tenía sed me dieron a beber vinagre. Que su mesa se convierta en un lazo para ellos y en una trampa para sus amigos; que se queden para siempre ciegos, que para siempre se doblen sus riñones. Descarga tu ira sobre ellos, que los alcance el fuego de tu cólera; que sus tierras se vuelvan un desierto, que en sus tiendas no haya quien habite; porque han perseguido al que tú heriste y han aumentado los sufrimientos de tus víctimas. Impútales delito tras delito, que no alcancen tu perdón; bórralos del libro de la vida, no los inscribas con los justos. Yo soy un desgraciado y un enfermo, ayúdame, Dios mío, y sálvame. Alabaré el nombre de Dios con cánticos, lo ensalzaré con acciones de gracias; esto le agradará a Dios más que un toro, más que un novillo con cuernos y pezuñas. Los humildes, al verlo, se regocijarán, y los que buscan a Dios cobrarán ánimo. Porque Dios escucha a los pobres y no rechaza a sus presos. Que lo alaben los cielos y la tierra, el mar y cuanto en él se mueve. Porque Dios salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá, habitarán en ellas y las poseerán. Al maestro de coro. De David. En memoria Oh Dios, ven a librarme; Señor, ven corriendo a ayudarme; que queden cubiertos de vergüenza los que buscan mi muerte, que retrocedan afrentados los que quieren mi ruina; que vuelvan atrás avergonzados los que de mí se burlan. Que se alegren y se regocijen en ti todos los que te buscan; repitan siempre: "Dios es grande" los que desean tu salvación. A ti, Señor, me acojo: que jamás quede yo defraudado; libérame, sálvame, pues tú eres justo; atiéndeme, ven corriendo a liberarme; sé tú mi roca de refugio, la fortaleza de mi salvación; sí, tú eres mi roca y mi fortaleza. Dios mío, líbrame de la mano del malvado, de las garras del criminal y del violento; pues tú eres mi esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud, oh Dios. Desde el seno materno me he apoyado en ti, tú eres mi protector desde el vientre de mi madre; en ti he esperado siempre. He sido un prodigio para muchos, pues tú has sido mi refugio seguro. Mi boca está llena todo el día de tu alabanza y de tu gloria. No me rechaces ahora que soy viejo, no me abandones cuando me faltan ya las fuerzas. Mis enemigos conspiran contra mí, los que buscan mi vida están de acuerdo; dicen: "Dios lo ha desamparado, perseguidlo, apresadlo, pues no hay quien lo defienda". Oh Dios, no te quedes lejos; Dios mío, ven corriendo a socorrerme. Que caigan en la ruina avergonzados los que buscan mi vida, que se cubran de infamia y deshonor los que buscan mi desgracia. Mas yo no dejaré nunca de esperar, y aumentaré todavía tus alabanzas; me paso todo el día publicando tus actos de liberación y de justicia, aunque para mí son incalculables. Proclamaré las proezas del Señor, anunciaré que sólo tú eres justo. Oh Dios, desde mi juventud me has instruido, he anunciado hasta aquí tus maravillas; ahora que estoy viejo y encanecido, oh Dios, no me abandones, para que pueda anunciar a esta generación las obras de tu brazo, y tu poder a las edades venideras. Tu justicia, oh Dios, llega hasta las nubes; tú has hecho grandes cosas; oh Dios, ¿quién hay como tú? Tú que me has hecho pasar tantas desgracias, tantos males, dame vida de nuevo, hazme salir de nuevo de los abismos de la tierra; realza mi dignidad, confórtame de nuevo. Yo te ensalzaré con el arpa por tu fidelidad, Dios mío, y con la cítara tocaré para ti, oh Santo de Israel; tocaré para ti, mis labios cantarán alegres porque tú has rescatado mi vida; mi lengua publicará todo el día tu justicia, pues han quedado avergonzados y humillados los que buscaban mi desgracia. De Salomón que gobierne a tu pueblo con justicia y juzgue a tus oprimidos según derecho. Gracias a la justicia, y los montes y colinas traerán al pueblo la prosperidad. Que haga justicia a los oprimidos, que sea la salvación de los pobres, que aplaste a los explotadores. Que tenga temor de ti mientras la luna y el sol brillen hasta el fin de los siglos; que descienda como la lluvia en el retoño, como rocío que humedece la tierra. En sus días triunfará la justicia y habrá una paz firme hasta que falte la luna; dominará de mar a mar, desde el río hasta los límites del mundo; ante él se rendirán sus enemigos, sus adversarios lamerán el polvo; los reyes de Tarsis y las islas le traerán presentes, los reyes de Arabia y de Sabá le pagarán tributo; ante él se rendirán todos los reyes, le servirán todas las naciones; él liberará al pobre que suplica, al miserable que no tiene apoyo alguno; se cuidará del débil y del pobre; a los pobres les salvará la vida; él los defenderá contra la explotación y la violencia, su sangre tendrá un gran precio ante sus ojos. ¡Viva el rey! Le traerán oro de Arabia, se rezará por él constantemente, se le estará bendiciendo todo el día. Habrá abundancia de trigo en el país, hasta en la cima de los montes ondearán las espigas como en el Líbano, florecerán como la hierba de los campos. Que eternice su nombre, que propague su nombre bajo el sol; para que en él sean bendecidas todas las razas de la tierra y todas las naciones lo proclamen dichosas. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas; bendito sea su nombre glorioso para siempre, que toda la tierra se llene de su gloria. ¡Amén! ¡Amén! - - - Salmo de Asaf A punto estuve de resbalar, por poco doy un paso en falso, pues tuve envidia de los prepotentes viendo la prosperidad de los malvados: no se privan de nada hasta la muerte, sano y rollizo está su cuerpo; no conocen la miseria humana, no sufren tribulaciones como los demás; por eso su collar es la soberbia, la violencia su vestido; los ojos se les saltan a pesar de estar tan gordos y dejan traslucir la falsedad del corazón; sonríen con malicia y hablan de explotar brutalmente, desde su altura proclaman la opresión; ponen su boca en el cielo, su lengua se pasea por la tierra; por eso mi pueblo va tras ellos y beben de su agua en abundancia. Y dicen: "¿Cómo Dios va a saberlo?, ¿es que se va a dar cuenta el altísimo?". Miradlos: éstos son los explotadores, con toda tranquilidad aumentan la fortuna. Luego en vano he conservado mi corazón limpio y lavé mis manos en señal de inocencia. A todas horas soy apaleado, soy castigado todas las mañanas. Estuve por decir: "Voy a hablar como ellos", pero hubiera traicionado la raza de tus hijos. Me puse a pensar para entender esto, pero me pareció muy complicado, hasta que, entrando en el santuario de Dios, comprendí cuál sería su final. Los has puesto en lugar resbaladizo y los empujas hacia la ruina; en un momento serán destruidos, desaparecerán consumidos de espanto: como en un sueño, al despertar, Señor, así, cuando despiertas, borras hasta su imagen. Cuando tenía amargado el corazón y mis entrañas desgarradas, estúpido de mí, no comprendía nada; era como una bestia, pero estaba contigo. Yo estoy siempre contigo, me has agarrado de mi mano derecha; con tus consejos me diriges y me llevas hacia un final glorioso. ¿A quién tengo yo en el cielo sino a ti? Si estoy contigo, no me gusta ya la tierra. Mi cuerpo y mi corazón ya languidecen; el sostén de mi corazón, mi patrimonio, es Dios por siempre. Los que se alejan de ti perecerán; tú exterminas a los que te dejan y te son infieles. Para mí lo mejor es estar con Dios, yo he puesto mi refugio en el Señor para poder narrar todas sus acciones. Maskil de Asaf Acuérdate del pueblo que de antiguo adquiriste, de la tribu que rescataste como herencia, del monte Sión, donde fijaste tu morada. Ven a ver estas ruinas sempiternas; en tu santuario todo lo ha destruido el enemigo. Tus enemigos han rugido en el mismo lugar de la asamblea, como signos han puesto sus banderas. Como el que blande y mete el hacha en medio de un tupido bosque, a mazazos y hachazos destrozaron todas las esculturas, prendieron fuego a tu santuario, asolaron y profanaron la morada de tu nombre. En su interior decían: "Destruyámoslo todo". Han quemado todos los lugares de las asambleas de Dios en el país. No vemos ya nuestras banderas, ya no hay ningún profeta, y nadie sabe lo que esto durará. ¿Hasta cuándo, oh Dios, seguirá blasfemando el enemigo?, ¿hasta cuándo seguirá ultrajando el opresor? ¿Por qué retiras tu mano poderosa y te quedas cruzado de brazos? Pero Dios es mi rey desde el principio, el que obra salvaciones en la tierra: tú dividiste el mar con tu poder, rompiste en las aguas las cabezas de los monstruos; tú las cabezas de Leviatán despedazaste para hacer de ellas pasto de los monstruos marinos; tú hiciste brotar manantiales y torrentes y secaste los ríos inagotables. Tuyo es el día, tuya también la noche, tú la luna y el sol estableciste, tú trazaste los confines de la tierra, tú formaste el invierno y el verano. Recuérdalo, Señor: el enemigo ha blasfemado contra ti, un pueblo de locos ha ultrajado tu nombre. No entregues al buitre el cuello de tu tórtola, no dejes en olvido la vida de tus pobres. Considera tu alianza, pues la medida se ha colmado, todos los rincones del país están llenos de violencia. No permitas que se humille al oprimido; que el desvalido y el pobre puedan alabarte. Álzate, oh Dios, y defiende tu causa, recuerda las continuas blasfemias de estos locos; no olvides los gritos de tus enemigos, el alboroto de los rebeldes, que aumenta más y más. Al maestro de coro. Según "No destruyas". Salmo de Asaf. Cántico Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocamos tu nombre y pregonamos tus proezas. "En la hora en que decida, juzgaré según derecho. Aunque la tierra tiemble con todos sus habitantes, yo mismo he asentado sus columnas. Digo a los arrogantes: ¡Fuera arrogancia!; y a los malvados: No levantéis la frente; no levantéis tanto vuestra frente, no seáis tan altaneros al hablar". Pues ni de oriente ni de occidente, ni del desierto ni de la montaña viene la salvación; Dios es el que juzga: a unos humilla y a otros los ensalza. El Señor tiene una copa en la mano, echa en ella un vino fermentado y bien mezclado y se lo hace beber hasta la última gota a todos los malvados de la tierra. Al maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Salmo de Asaf. Cántico Dios es bien conocido en Judá, su nombre es famoso en Israel; su tienda está en Jerusalén y su morada en Sión. Allí rompió el aparato de la guerra: el arco, las flechas, el escudo y la espada. Eres deslumbrante, poderoso, por las montañas de botín. Los valientes fueron despojados, durmiendo están su sueño, a todos los guerreros les fallaron los brazos. Ante tu amenaza, oh Dios de Jacob, carros y caballos quedaron inmóviles. Eres terrible: ¿quién puede resistir ante ti, bajo el estallido de tu ira? Desde los cielos pronuncias la sentencia: la tierra se asusta y enmudece cuando Dios se levanta para hacer justicia, para liberar a todos los oprimidos de la tierra. Hasta el furor del hombre te da gloria, te rodeas de los que escapan al furor. Haced promesas al Señor, vuestro Dios, y cumplidlas; que los pueblos de alrededor traigan ofrendas al terrible; Al maestro de coro. Según Yedutún. Salmo de Asaf Yo llamo a Dios gritando, yo llamo a Dios, y él me escucha. En el día de la angustia acudo al Señor, alzo sin descanso mis manos en la noche y no encuentro consuelo; me acuerdo de Dios, y me pongo a llorar; me pongo a meditar, y me siento desfallecer; no me dejas ni pegar el ojo, estoy aturdido y no sé qué decir; pienso en los días de antaño, recuerdo los años de otros tiempos; mi corazón se pasa las noches meditando, mi espíritu reflexiona y se pregunta: ¿Es que el Señor nos va a estar siempre rechazando?, ¿es que ya nunca nos va a ser propicio? ¿Se habrá agotado su gracia para siempre?, ¿se acabó su promesa por todas las edades?; ¿se habrá olvidado Dios de ser clemente?, ¿es que, encolerizado, ha cerrado ya su corazón? Y digo: "Ésta es mi pena: que ha cambiado la diestra del altísimo". Recuerdo las proezas del Señor, recuerdo tus milagros de otros tiempos, medito en todas tus hazañas, reflexiono en tus prodigios. Oh Dios, tu camino está en la santidad, ¿qué dios tan grande como nuestro Dios? Tú eres el Dios que hace milagros, y has mostrado a los pueblos tu poder; con tu brazo rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y José. Te vieron las aguas, oh Dios, te vieron las aguas y temblaron, también se estremecieron los abismos; las nubes dejaron caer su lluvia, los nublados tronaron y los rayos volaban por uno y otro lado; tu trueno estalló en el torbellino, alumbraron al mundo tus relámpagos, la tierra se agitaba y retemblaba; tu camino se abrió a través del mar, tu sendero por las aguas inmensas, y no quedó ni rastro de tus huellas; Maskil de Asaf hablaré por medio de sentencias y evocaré los misterios del pasado. Lo que hemos oído y aprendido, lo que nuestros padres nos contaron, no se lo ocultaremos a sus hijos; contaremos a la generación futura los títulos de gloria del Señor, su poder y las maravillas que él ha hecho. Él estableció un precepto en Jacob y promulgó una ley en Israel: ordenó a nuestros padres que enseñaran las cosas a sus hijos para que la generación siguiente lo supiera, los hijos que habían de nacer, y que éstos, a su vez, se lo contaran a sus hijos para que pongan en Dios su confianza, no olviden los prodigios del Señor y guarden sus mandatos; no lleguen a ser como sus padres, una generación indócil y rebelde, generación cuyo corazón no fue constante, y cuyo espíritu fue desleal para con Dios. Los hijos de Efraín, diestros arqueros, retrocedieron el día del combate. No guardaron la alianza de Dios, y se negaron a caminar según su ley. Habían olvidado sus prodigios, las maravillas que él les hizo ver. Hizo milagros a la vista de sus padres en el país de Egipto, en la región de Tanis: dividió el mar para hacerles pasar, sosteniendo las aguas como con un dique; de día los guiaba con la nube y por la noche con resplandor de fuego; partió las rocas del desierto y les dio a beber agua a raudales; hizo brotar arroyos de la peña y manar las aguas a torrentes. Pero ellos pecaron de nuevo contra él, se rebelaron contra el altísimo en la estepa: provocaron a Dios en su interior pidiéndole manjares a su antojo; hablaron contra él y se dijeron: ¿No será Dios capaz de aderezar una mesa en el desierto? Él partió la roca, saltaron las aguas y brotaron los torrentes; ¿no podrá también proporcionarle el pan y procurar carne a su pueblo? Al oírlo, el Señor se enfureció; un fuego se encendió contra Jacob, la ira se desfogó contra Israel; porque no se fiaban del Señor y no creían que él les salvaría. Pero a las nubes mandó desde lo alto y abrió las compuertas de los cielos: hizo llover maná para saciarlos, les regaló el trigo de los cielos; cada uno comió el pan de los fuertes, les mandó comida hasta la saciedad. Hizo soplar de los cielos viento solano, con su poder atrajo el ábrego, llovió sobre ellos carne como polvo, y aves como la arena de los mares; cayeron en medio de su campo, por todo el cercado de sus tiendas. Comieron y bebieron hasta hartarse, y así les dio lo que querían; pero aún no habían saciado su apetito, tenían todavía la comida en la boca, cuando la cólera de Dios los asaltó, hizo estrago entre los más fuertes y acabó con lo más selecto de Israel. A pesar de todo, volvieron a pecar y no dieron crédito a los prodigios del Señor. Él consumió sus días en un soplo, sus años con muerte repentina. Cuando él los mataba, ellos lo buscaban, se arrepentían y volvían hacia él; recordaban que Dios era su roca, que el Dios altísimo era su defensor. Le halagaban con su boca, pero con su lengua le mentían; su corazón no estaba firmemente con él y no eran leales a su alianza. Él, el misericordioso, en vez de destruirlos, perdonaba sus faltas; muchas veces su cólera contuvo y no dejó correr todo su enojo; se acordaba de que eran simples hombres, un soplo que se va y que no retorna. ¡Cuántas veces en el desierto lo irritaron, lo provocaron en aquellas soledades! Y de nuevo a tentar a Dios volvían, a irritar al santo de Israel; no se acordaban de lo que había hecho su mano el día que los rescató de la opresión: cuando hizo prodigios en Egipto, milagros en la región de Tanis; cuando cambió en sangre el agua de los ríos y la de sus arroyos para que no bebieran; tábanos les mandó que los comieron, y ranas, que los infestaron; entregó a la langosta sus cosechas, el fruto de sus sudores al pulgón; arrasó con granizo sus viñedos y con la helada sus sicómoros; entregó sus ganados al pedrisco y sus rebaños a los rayos; desató sobre ellos el fuego de su cólera, furor, indignación y angustia, tropel de mensajeros de desgracias; dio rienda suelta a su furor, no quiso preservarlos de la muerte y abandonó sus vidas a la peste; hirió de muerte a los primogénitos de Egipto, a las primicias de la virilidad en las tiendas de Cam; a su pueblo sacó como un rebaño, como ovejas por el desierto los guió; los condujo con seguridad y sin temor, mientras el mar tragó a sus enemigos; los llevó a la tierra santa, al monte que su diestra conquistó; echó a las naciones delante de ellos, les repartió la tierra a suertes, estableció en sus tiendas a las tribus de Israel. Pero ellos provocaron al altísimo, se rebelaron contra él y no cumplieron sus mandatos: se extraviaron, apostataron lo mismo que sus padres, se torcieron igual que un arco falso; le indignaron con sus colinas, con sus ídolos excitaron sus celos. Al oírlo, el Señor se enfureció y rechazó por completo a su pueblo, abandonó la morada de Silo, la tienda en que vivía entre los hombres; entregó su fuerza a la cautividad, su majestad a manos de los opresores; abandonó a su pueblo a la espada, se enfureció contra su heredad; un fuego devoró a la gente joven, no hubo canción nupcial para los novios; sus sacerdotes cayeron a espada y sus viudas no los lloraron. Se despertó el Señor como de un sueño, cual gigante vencido por el vino; hirió a sus enemigos en la espalda, les infligió vergüenza eterna. Rechazó la tienda de José y no quiso elegir a la tribu de Efraín; escogió a la tribu de Judá, al monte de Sión, al cual amaba. Construyó un santuario tan alto como el cielo y firme como la tierra que fundó por siempre. Eligió a David, su siervo, lo sacó de los apriscos del rebaño, lo llamó de detrás de las ovejas y lo hizo el pastor de Jacob, su pueblo, y de Israel, su heredad. Los apacentó con un corazón irreprochable, los guió con sus expertas manos. Salmo de Asaf han dado el cadáver de tus siervos por comida a las aves de los cielos, la carne de tus fieles a las bestias de la tierra. Han vertido su sangre como agua por todo Jerusalén, y no hay quien los entierre. Nos hemos hecho irrisión de los vecinos, escarnio y burla de cuantos nos rodean. ¿Hasta cuándo, Señor, tu ira, que no termina nunca; tu celo, que quema como un fuego? Derrama tu furor sobre las gentes que te ignoran, sobre los reinos que no invocan tu nombre, porque ellos devoraron a Jacob y devastaron su morada. No guardes contra nosotros culpas de antepasados, que venga rápida tu piedad sobre nosotros, pues estamos en las últimas. Ayúdanos, oh Dios, salvador nuestro, por la gloria de tu nombre; líbranos, perdona nuestros pecados, por el honor de tu nombre. ¿Por qué han de decir las naciones: "Dónde está su Dios"?; que las naciones aprendan ante nuestros ojos que hay una venganza por la muerte de tus siervos. Llegue hasta ti el gemido de los prisioneros, con tu potente brazo libera a los condenados a muerte; clava a nuestros vecinos siete veces en pleno corazón el ultraje que te han hecho a ti, Señor. Y nosotros, tu pueblo, ovejas de tu grey, te estaremos eternamente agradecidos, de edad en edad pregonaremos tu alabanza. Al maestro de coro. Según "Lirios son los preceptos". Salmo de Asaf Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como un rebaño; tú que te sientas sobre los querubines, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés; despierta tu poder y ven a socorrernos. Oh Dios, haz que seamos lo que fuimos, haz que brille tu rostro y seremos liberados. ¿Hasta cuándo, Señor, Dios todopoderoso, te indignarás contra las oraciones de tu pueblo? Les has dado a comer un pan de lágrimas, y a beber lágrimas sin cuento; nos has hecho el chismorreo de los vecinos, nuestros enemigos se burlan de nosotros. Oh Dios, haz que seamos lo que fuimos, haz que brille tu rostro y seremos liberados. Arrancaste una viña de Egipto, y para trasplantarla echaste a las naciones; le preparaste el suelo, echó raíces y llenó el país; su sombra cubría las montañas y sus pámpanos los cedros excelsos; extendía sus sarmientos hasta el mar y sus vástagos hasta el río. ¿Por qué has abierto brechas en su valla para que todo el que pase la vendimie, el jabalí salvaje la devaste y las bestias del campo la devoren? Oh Dios omnipotente, vuelve ya, asómate desde el cielo y fíjate, ven a ver esta viña, la viña que tu diestra plantó, el retoño que tú mismo hiciste fuerte. Que los que la talaron y quemaron perezcan ante la amenaza de tu rostro. Pon tu mano sobre el hombre de tu diestra, sobre el hijo del hombre que tú has fortalecido, y jamás volveremos a apartarnos de ti; consérvanos la vida e invocaremos tu nombre. Al maestro de coro. Según "la de Gat". De Asaf Aclamad al Señor, nuestra fortaleza, dad gritos de alegría ante el Dios de Jacob; entonad un cántico, tocad el tamboril, la dulce cítara junto con la lira; tocad la trompeta en el mes nuevo, en la luna llena, el día de nuestra fiesta. Ésta es una ley para Israel, un precepto del Dios de Jacob; una norma que él impuso a José cuando salió contra el país de Egipto. Oigo una lengua que no entiendo: "Yo liberé sus hombros de la carga, sus manos se libraron de la espuerta. Gritaste en la opresión y te salvé, te respondí oculto entre los truenos, en las aguas de Meribá te puse a prueba". Escucha, pueblo mío, mi advertencia; Israel, si quisieras escucharme, no habría en tu casa un dios extraño, no adorarías a ningún dios extranjero. Yo, el Señor, soy tu Dios, que te saqué de Egipto; abre bien tu boca y yo la llenaré. Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso saber nada de mí, y yo los abandoné a su corazón endurecido para que vivieran a su antojo. ¡Ah!, si mi pueblo me escuchara, si Israel siguiera mis caminos, en un instante humillaría a sus enemigos, volvería mi mano contra los opresores; los que odian al Señor se arrastrarían ante él, éste sería su destino eterno; Salmo de Asaf "¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente, os pondréis de parte de los criminales? Defended al huérfano y al pobre, haced justicia al desvalido y al humilde; librad al oprimido, al indigente, sacadlos de las manos de los criminales". Pero ellos no saben ni comprenden, caminan en tinieblas, vacilan todos los cimientos de la tierra. Yo dije: "Sois dioses todos vosotros, hijos del altísimo; pero moriréis como todos los hombres, caeréis como un príncipe cualquiera". Levántate, oh Dios, haz justicia en la tierra, pues tú imperas sobre todas las naciones. Cántico. Salmo de Asaf Oh Dios, sal de tu silencio, no te quedes inmóvil y callado; mira cómo tus enemigos se alborotan y tus adversarios levantan la cabeza; traman un complot contra tu pueblo, conspiran contra tus protegidos. Dicen: "Venid, borrémoslos de las naciones, que no se vuelva a mencionar el nombre de Israel". Como un solo hombre todos han conspirado y se han aliado contra ti: las gentes de Edón, los ismaelitas, Moab y los hijos de Agar, Gebal, Ammón, Amalec, Filistea y los habitantes de Tiro; hasta los asirios se han unido con ellos y son el brazo fuerte de los hijos de Lot. Trátalos como a Madián y como a Sísara, como a Yabín en el torrente Quisón, que fueron aniquilados en Endor, y pararon en estiércol de la tierra. Trata a sus jefes como a Oreb y Zeb, y a todos sus caudillos como a Zebá y Salmaná. Ellos habían dicho: "Adueñémonos de los campos de Dios". Oh Dios mío, hazlos polvo en remolino, como la paja al viento; como el fuego que devora la selva, como la llama que abrasa las montañas, persíguelos así con tu tormenta, llénalos de terror con tu huracán. Cubre sus rostros de vergüenza para que busquen, oh Señor, tu rostro; queden avergonzados y aterrados para siempre y perezcan con un final ignominioso, Al maestro de coro. Según "la de Gat". Salmo de los hijos de Coré ¡Qué hermosa es tu morada, Señor omnipotente! Mi alma suspira y desfallece por los atrios del Señor, mi corazón y mi carne se entusiasman en busca del Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido donde poner sus polluelos: tus altares, Señor omnipotente, rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa y están siempre alabándote; dichoso el hombre que tiene en ti su fortaleza y lleva en su corazón tus caminos. Al pasar por el valle de las balsameras, lo convertirán en manantiales, y las lluvias otoñales lo llenarán de bendiciones. Marcharán con ánimo creciente, verán al Dios de los dioses en Sión. Señor, Dios omnipotente, escucha mi plegaria; atiéndeme, oh Dios de Jacob; oh Dios, contempla nuestro escudo, fíjate en el rostro de tu ungido. Un día en tus atrios vale más que mil: prefiero estar en el umbral de la casa de mi Dios a vivir en la casa del malvado. Dios, el Señor, es un sol y un escudo, el Señor da la gracia y la gloria; no niega bien alguno al que procede rectamente. Al maestro de coro. Salmo de los hijos de Coré Señor, tú has sido muy bueno con tu tierra, has hecho volver a los cautivos de Jacob, has perdonado las maldades de tu pueblo y has cancelado sus delitos, has puesto fin a tu furor y has desistido de tu ardiente ira. Restáuranos, oh Dios, salvador nuestro, retira tu indignación contra nosotros. ¿Vas a estar siempre irritado con nosotros?, ¿vas a alargar tu ira por todas las edades?; ¿no vas a devolvernos la vida para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Voy a escuchar lo que Dios dice: "El Señor anuncia la paz para su pueblo y sus amigos, con tal que a su locura no retornen". Su salvación está cerca de sus fieles, su gloria va a habitar en nuestra tierra; el amor y la lealtad se darán cita, la justicia y la paz se abrazarán; la tierra producirá lealtad y la justicia mirará desde los cielos. El mismo Señor traerá la lluvia y nuestra tierra dará sus cosechas. Oración de David guarda mi vida, pues soy tu amigo; tú eres mi Dios, salva a este siervo tuyo que en ti espera; ten piedad de mí, Señor, pues te estoy llamando a todas horas; alegra el corazón de este siervo tuyo, pues hacia ti, Señor, levanto mi alma. Señor, tú que eres bueno y que perdonas, lleno de piedad para los que te invocan, escucha mi plegaria, Señor, atiende a la voz de mi súplica; en el día de mi angustia yo te llamo porque tú siempre me escuchas. Entre los dioses, Señor, no hay nadie como tú ni hay obras semejantes a las tuyas. Todas las naciones que tú hiciste vendrán a ti, Señor, para adorarte y glorificar tu nombre. Tú eres grande y haces maravillas, pues tú eres el único Dios. Enséñame tus caminos, Señor, para que yo camine en la verdad; haz que mi corazón reverencie tu nombre. Te alabaré de todo corazón, Señor, Dios mío, ensalzaré tu nombre eternamente, pues tu misericordia conmigo fue muy grande, me has librado del fondo del abismo. Oh Dios, unos arrogantes se alzan contra mí, una banda de violentos quiere acabar conmigo, y tú les tienes sin cuidado. Mas tú, Señor, misericordioso y compasivo, paciente y lleno de amor y de lealtad, ven conmigo, ten compasión de mí; da tu fuerza a este tu siervo, salva al hijo de tu sierva, dame una prueba de tu amor, para que mis enemigos lo vean y se avergüencen, pues tú, Señor, me ayudas y consuelas. Salmo de los hijos de Coré. Cántico el Señor ama las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob. ¡Qué cosas tan hermosas se pregonan de ti, ciudad de Dios! Entre los que me conocen citaré a Egipto y Babilonia, Filistea, Tiro y Etiopía: allí nacieron todos. Se dirá de Sión: "Uno a uno, todos han nacido en ella, y el mismo altísimo es el que la sostiene". El Señor escribirá en el registro de los pueblos: "Éste ha nacido allí". Y los que bailan cantan a coro: "En ti están todas mis fuentes". Cántico. Salmo de los hijos de Coré. Del maestro de coro. Para la enfermedad. Para cantar. Maskil de Hemán, el ezrajita. Señor, Dios, salvador mío, día y noche te estoy llamando a gritos; escucha mi plegaria, atiende a mi gemido, pues mi vida está llena de desgracias y estoy al borde del abismo; ya me cuentan entre los moribundos, soy un hombre acabado; me han recluido entre los muertos, como los que cayeron y yacen en la tumba, de los que no te acuerdas más, que están dejados de tu mano. Me has puesto en lo más hondo de la fosa, en la profundidad y en las tinieblas del abismo; has descargado tu ira contra mí, me has hundido bajo el peso de tus olas; has alejado de mí a mis compañeros, has hecho que al verme se horroricen de mí: me encuentro encerrado y sin salida, tengo los ojos consumidos de aflicción. Te estoy llamando, Señor, constantemente, con las manos alzadas hacia ti. ¿Harás, acaso, milagros por los muertos, se levantarán las sombras para alabarte?, ¿se hablará en la tumba de tu misericordia y en el abismo de tu fidelidad?, ¿se conocerán en las tinieblas tus milagros y en el país del olvido tu justicia? Pero yo, Señor, te pido a gritos que me ayudes, por la mañana te estoy ya suplicando: ¿por qué me rechazas, Señor, y me ocultas tu rostro? Desde mi infancia soy un desgraciado, al borde de la muerte; he soportado tus terrores y ya no puedo más. Tus iras han pasado sobre mí y tus espantos me han aniquilado; me envuelven como las aguas sin cesar, se aprietan contra mí todos a una. Maskil de Etán, el ezrajita Cantaré eternamente la misericordia del Señor, publicaré tu lealtad por todas las edades, porque tú has dicho: "Mi piedad es eterna, mi lealtad está cimentada en el mismo cielo". He hecho un pacto con mi elegido y he jurado a mi siervo David: "Afirmaré tu dinastía para siempre, asentaré tu trono por los siglos de los siglos". Los cielos, Señor, cantan tus maravillas, y tu lealtad en la asamblea de los santos. Porque, ¿quién en las nubes es igual al Señor, quién es como el Señor entre los dioses? Dios es temible en el consejo de los santos, grande y terrible para todo su cortejo. Señor omnipotente, ¿quién hay como tú?; tu poder, Señor, es tu lealtad. Tú dominas el mar embravecido, tú aplacas sus olas encrespadas; tú atravesaste y destrozaste el cadáver de Rahab, dispersaste a tus enemigos con tu potente brazo. Tuyo es el cielo, tuya también la tierra, tú formaste el mundo y todo lo que contiene; tú creaste el norte y el sur, el Tabor y el Hermón se recrean en tu nombre. Tu brazo está lleno de poder, fuerte es tu mano, sublime tu derecha. La justicia y el derecho son las bases de tu trono, el amor y la lealtad son tus heraldos. Dichoso el pueblo que sabe aclamarte y caminar, Señor, a la luz de tu presencia; que se regocija en tu nombre sin cesar y se enorgullece de tu justicia. Pues tú eres el esplendor de su poder, por tu favor se agranda nuestra fuerza. El mismo Señor es nuestro escudo, el santo de Israel es nuestro rey. Antaño apareciste y hablaste así a tus fieles: "He prestado mi ayuda a un valiente, he exaltado a un elegido de mi pueblo; he encontrado a mi siervo David, y lo he consagrado con el óleo santo; mi mano estará siempre con él y mi brazo lo hará poderoso; no le podrá sorprender el enemigo, y el rebelde no podrá derribarlo; delante de él aplastaré a sus opresores, destrozaré a todos los que lo aborrecen. Mi amor y mi lealtad siempre estarán con él, en mi nombre aumentará su fuerza; extenderé su mano hasta el Mediterráneo y su derecha hasta el Éufrates. Él me llamará: "Padre mío, Dios mío, mi roca salvadora"; yo haré de él mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra. Yo le seré leal eternamente, firme será con él mi pacto; afirmaré su dinastía para siempre y su trono durará como los cielos. Si sus hijos abandonan mi ley y no practican mi derecho, si quebrantan mis mandamientos y no guardan mis preceptos, castigaré sus transgresiones con la vara y con el látigo sus iniquidades; pero yo no dejaré de amarlo ni faltaré nunca a mi lealtad; no violaré jamás mi pacto ni faltaré a la palabra dada. Una vez por todas juré por mi santidad: "nunca jamás engañaré a David; su dinastía durará por siempre y su trono durará tanto como el sol, como la luna que subsiste eternamente, fiel testigo en el cielo". Y, sin embargo, has rechazado y desechado a tu ungido y te has enfurecido contra él; has roto el pacto con tu siervo, has echado por tierra y profanado su diadema; has derribado todas sus murallas, has desmantelado todas sus fortalezas; lo han saqueado todos los viandantes, y es el hazmerreír de sus vecinos; has acrecentado el poder de su enemigo, has llenado de alegría a sus adversarios; has embotado el filo de su espada y no lo has apoyado en el combate; has puesto fin a su esplendor y has tirado su trono por los suelos; has acortado los días de su juventud, lo has cubierto de vergüenza. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Te ocultarás por siempre?, ¿arderá siempre tu ira como el fuego? Acuérdate de que mi vida es breve, de que los hombres que creaste duran muy poco tiempo. ¿Quién podrá vivir sin ver la muerte?, ¿quién librará su vida de las garras del abismo? ¿Dónde están, Señor, tus primeros amores, los que juraste a David en tu lealtad? Piensa, Señor, en los ultrajes de tus siervos, esos ultrajes de las gentes que yo llevo en mi pecho. Tus enemigos, Señor, lo han ultrajado escupiendo sobre los pasos de tu ungido. Oración de Moisés, hombre de Dios Antes que surgieran las montañas, antes que la tierra y el mundo se engendraran, desde siempre y por siempre tú eres Dios. Tú haces volver al polvo a los mortales, pues tú has dicho: "Volved, hijos de Adán". Mil años para ti son como el ayer que a pasó, como un turno de la vigilia de la noche. Los arrebatas como un sueño mañanero, son semejantes a la hierba que brota: sale y florece a la mañana, y a la tarde se marchita y se seca. Estamos consumidos por tu ira, consternados por tu indignación. Has puesto nuestras faltas ante ti, nuestras culpas secretas a la luz de tu rostro, bajo tu ira desaparecen nuestros días, nuestros años se acaban lo mismo que un suspiro. La duración de nuestra vida es de setenta años, la de los más fuertes, ochenta, pero en su mayor parte no son más que trabajos y miseria, pues pasan aprisa y nosotros volamos. ¿Quién puede conocer la fuerza de tu ira, quién teme la violencia de tu enojo? Enséñanos a contar nuestros días para que adquiramos un corazón sabio. Vuelve con nosotros, Señor. ¿Hasta cuándo? Ten piedad de tus siervos. Llénanos de tu amor por la mañana para que vivamos alegres y contentos todos nuestros días, convierte en alegría los días en que nos castigaste, los años en que padecimos las desgracias, manifiesta tus obras a tus siervos y tu esplendor a sus hijos. La bondad del Señor, nuestro Dios, esté con nosotros. Haz prosperar la acción de nuestras manos; sí, haz prosperar la acción de nuestras manos. Tú que vives bajo la protección del Dios altísimo y moras a la sombra del Dios omnipotente, di al Señor: "Eres mi fortaleza y mi refugio, eres mi Dios, en quien confío". Pues él te librará de la red del cazador, de la peste mortal; te cobijará bajo sus alas y tú te refugiarás bajo sus plumas; su lealtad será para ti escudo y armadura. No temerás el terror de la noche ni la flecha que vuela por el día, ni la peste que avanza en las tinieblas ni el azote que asola al mediodía. Aunque a tu lado caigan mil, y diez mil a tu diestra, a ti no te alcanzarán. Te bastará abrir los ojos, y verás que los malvados reciben su merecido, ya que has puesto tu refugio en el Señor y tu cobijo en el altísimo. A ti no te alcanzará la desgracia ni la plaga llegará a tu tienda, pues él ordenó a sus santos ángeles que te guardaran en todos tus caminos; te llevarán en sus brazos para que tu pie no tropiece en piedra alguna; andarás sobre el león y la serpiente, pisarás al tigre y al dragón. Porque él se ha unido a mí, yo lo liberaré; lo protegeré, pues conoce mi nombre; si me llama, yo le responderé, estaré con él en la desgracia, lo libraré y lo llenaré de honores; le daré una larga vida, le haré gozar de mi salvación. Salmo. Cántico para el sábado Es bueno dar gracias al Señor y cantar a tu nombre, oh Dios altísimo; publicar tu amor por la mañana y tu lealtad a lo largo de la noche, con el laúd y con el arpa y al son de la cítara, porque tú me alegras, Señor, con tus acciones, y ante la obra de tus manos yo grito de alegría. ¡Qué grandes son tus obras, Señor; qué insondables tus designios! Esto no lo entiende el hombre estúpido, y el insensato no comprende nada. Aunque broten como la hierba los malvados y florezcan los obradores de injusticia, serán destruidos para siempre. Pero tú, allá en lo alto, eres el Señor eternamente. Todos tus enemigos serán destruidos, y los obradores de injusticia serán exterminados. Tú aumentas mi fuerza como la del toro y me unges con aceite nuevo. Mis ojos observan a los que me espían y mi oído oye a los malvados que se alzan contra mí. El justo florecerá como palmera, crecerá como cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios. En la vejez aún llevarán fruto, se mantendrán lozanos y floridos, El Señor es rey de majestad vestido: el Señor se ha vestido, se ha ceñido de poder. Tú afirmaste el mundo y no se moverá; desde el principio tu trono está bien firme, desde siempre existes tú. Los ríos levantan, Señor, los ríos levantan su clamor, los ríos levantan su fragor. Más que el bramido de grandes oleadas, más potente que las olas del mar, es potente el Señor en sus alturas. Tus órdenes son firmes, oh Señor, la santidad es el patrimonio eterno de tu casa. Oh Señor, Dios justiciero, manifiéstate, Dios justiciero. Levántate, juez de la tierra, dales su merecido a los soberbios. ¿Hasta cuándo, Señor, los criminales, hasta cuándo van a triunfar los criminales? Estos delincuentes son unos arrogantes, unos insolentes y unos fanfarrones; aplastan, Señor, a tu pueblo y oprimen a tu heredad; degüellan a la viuda y al inmigrante y asesinan a los huérfanos. Y dicen: "El Señor no ve nada, el Dios de Jacob no se da cuenta". Gente estúpida entre todos, enteraos; insensatos, ¿cuándo vais a ser cuerdos? El que plantó la oreja, ¿no va a oír?; el que formó los ojos, ¿no va a ver?; el que acusa a los pueblos, ¿no va a castigar?; el que enseña al hombre, ¿no va a saber? El Señor conoce los planes de los hombres, que son vanidad pura. Dichoso el hombre al que tú corriges, Señor, al que instruyes en tu ley, para que esté tranquilo en los días de infortunio mientras se cava una fosa para los criminales. Pues el Señor no dejará a su pueblo ni abandonará a su heredad; en los juicios se hará justicia y todos los corazones rectos estarán conformes. ¿Quién defenderá mi causa contra los criminales, quién estará de mi parte contra los delincuentes? Si el Señor no me hubiera ayudado, el silencio sería bien pronto mi morada. Cuando yo decía: "Me voy a caer", tu amor, Señor, venía a sostenerme; cuando me embargan mil preocupaciones, tú me llenas de serenidad y de consuelo. ¿Podrá ser tu cómplice un tribunal injusto que comete injusticias al amparo de la ley? Ellos se ensañan en la vida del justo y condenan a muerte al inocente; pero el Señor es para mí la fortaleza, mi Dios es la roca donde yo me refugio. Él hará recaer su crimen sobre ellos, los aniquilará por su propia crueldad, los aniquilará el Señor, nuestro Dios. Venid, cantemos jubilosos al Señor, aclamemos a la roca que nos salva; vayamos ante él a darle gracias y a cantar himnos en su honor. Porque el Señor es el Dios grande, el rey grande sobre todos los dioses. Tiene en sus manos las profundidades de la tierra y suyas son las cumbres de los montes; suyo es el mar, pues él mismo lo hizo, y la tierra firme, que formaron sus manos. Venid a adorarlo, hinquemos las rodillas delante del Señor, nuestro creador. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, las ovejas que él guarda. Escuchad lo que dice: "No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me desafiaron y me pusieron a prueba aunque habían visto mis obras". Durante cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: "Son un pueblo de corazón rebelde, no han entendido mis caminos". Entonces juré en mi cólera: "No entrarán jamás en mi descanso". Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su salvación; publicad su gloria entre las gentes, sus portentos entre todos los pueblos. Grande es el Señor y digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los otros pueblos no son nada, mientras que el Señor hizo los cielos; su presencia está llena de esplendor y majestad, y su santuario, de potencia y hermosura. Familias de los pueblos, rendid ante el Señor, rendid ante el Señor la gloria y el poder, rendid ante el Señor la gloria de su nombre, presentad vuestra ofrenda y entrad en sus atrios; adorad al Señor con ornamentos santos, temblad delante de él, oh tierra toda. Decid por las naciones: "El Señor es rey, él afirmó el mundo, y no se moverá; él juzga a los pueblos con justicia". Que se alegre el cielo y goce la tierra, que retumbe el mar y todo lo que encierra, que sonrían los campos con sus frutos, que griten de alegría los árboles del bosque delante del Señor, porque ya viene, porque viene para gobernar la tierra, para implantar en el mundo la justicia, y entre todos los pueblos la lealtad. El Señor es rey; que se alegre la tierra y exulten las islas incontables. Está rodeado de nubes y tinieblas, la justicia y el derecho son las bases de su trono. Delante de él avanza un fuego que abrasa en derredor a todos sus enemigos; sus relámpagos iluminan el mundo, lo ve la tierra y se estremece; los montes se derriten como la cera delante del Señor, delante del Señor de todo el mundo. Los cielos proclaman su justicia y todos los pueblos ven su gloria. Que se avergüencen los que adoran a los ídolos, los que se glorían de vanidades. Que todas las divinidades se postren ante él. Sión lo oye y se alegra, los pueblos de Judá se regocijan por tus actuaciones liberadoras, Señor, porque tú eres, Señor, el altísimo sobre toda la tierra, el que domina sobre todos los dioses. Los que amáis al Señor, detestad la injusticia; él guarda la vida de sus fieles, los libra de la mano de los opresores. La luz sale para los que practican la justicia y la alegría para los corazones rectos. Los que practicáis la justicia, alegraos en el Señor y bendecid su santa memoria. Salmo el Señor ha dado a conocer su victoria, ha revelado a las naciones su justicia; se acordó de su amor y su lealtad para con la casa de Israel; todos los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor toda la tierra, alegraos, regocijaos, cantad, cantad al Señor al son del arpa, al son del arpa y del salterio; al son de los clarines y trompetas aclamad al rey, el Señor. Retumbe el mar y todo lo que encierra, el mundo y todos sus habitantes; que todos los ríos batan palmas y con ellos las montañas griten de alegría delante del Señor, porque ya viene para gobernar la tierra, para implantar en el mundo la justicia y entre todos los pueblos la lealtad. El Señor es rey, tiemblen las naciones; se sienta sobre querubines, vacile la tierra. El Señor es grande en Sión, domina sobre todos los pueblos. Alabado sea su nombre grande y terrible, Dios es santo. La fuerza de un rey está en amar la justicia: tú has fundado el derecho; tú ejerces en Jacob la justicia y el derecho. Alabad al Señor, nuestro Dios, hincaos de rodillas ante el estrado de sus pies. Dios es santo. Moisés y Aarón, entre sus sacerdotes, y Samuel entre los que invocaban su nombre; llamaban al Señor y él les respondía. Les hablaba en la columna de nube, guardaban sus preceptos y las leyes que les había dado. Señor, Dios nuestro, tú los escuchabas, tú eras para ellos un Dios paciente, aunque castigabas sus delitos. Alabad al Señor, nuestro Dios, hincaos de rodillas ante su monte santo. El Señor, nuestro Dios, es santo. Salmo de acción de gracias servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con gritos jubilosos. Reconoced que el Señor es Dios: él nos ha hecho y somos suyos, su pueblo, las ovejas que él guarda. Entrad en sus pórticos dándole gracias, alabadlo, bendecid su nombre: porque el Señor es bueno, su amor es eterno, y su lealtad perpetua por todas las edades. Salmo de David seguiré los caminos de la justicia; ¿cuándo vendrás a mí? En mi casa me sabré conducir con un corazón recto. Jamás he de proponerme ninguna cosa injusta. Detesto a los apóstatas, no quiero saber nada de ellos; lejos de mí el corazón torcido, al malvado no quiero conocerlo; al que difama a su prójimo en secreto lo aniquilo; al soberbio y al ambicioso no los puedo soportar; escogeré a los leales del país para que vivan a mi lado; el de conducta intachable será mi servidor; el estafador no se sentará nunca en mi casa, el calumniador no estará jamás en mi presencia; cada mañana reduciré al silencio a todos los bandidos del país, extirparé de la ciudad del Señor a todos los criminales. Oración de un afligido que, en su congoja, derrama su llanto ante el Señor Señor, escucha mi plegaria, llegue hasta ti mi grito; no me ocultes tu rostro el día de mi angustia, atiéndeme el día que te llamo, respóndeme enseguida. Pues mis días se disipan como el humo, y mis huesos queman como brasas; mi corazón se seca como hierba segada, y no me acuerdo de comer ni pan; a fuerza de gemir sólo tengo la piel pegada al hueso. Soy como el búho del desierto, como la lechuza entre ruinas; no duermo nada, soy como el pájaro solitario en el tejado. Mis enemigos me ultrajan sin cesar, me maldicen enfurecidos contra mí. En vez de pan como ceniza, y mezclo mi bebida con mis lágrimas. Por tu indignación y tu furor me has levantado y me has tirado lejos; mis días son como la sombra que declina, y me voy secando como el heno. Mas tú, Señor, reinas por siempre, tu memoria permanece por todas las edades. Levántate y ten misericordia de Sión, pues ya es hora de que tengas piedad, sí, ya ha llegado la hora. Porque tus siervos aman sus piedras y sienten dolor por sus ruinas. Las naciones respetarán el nombre del Señor y los reyes de la tierra tu gloria, cuando el Señor reconstruya a Sión y aparezca en su gloria, cuando atienda la oración del expoliado, y no rechace sus ruegos. Que esto quede escrito para la edad futura, y los que luego nazcan alaben al Señor. El Señor se asomó desde su excelso santuario, miró desde los cielos a la tierra, para escuchar el gemido de los encarcelados y libertar a los condenados a muerte; para que se pregone en Sión el nombre del Señor y su alabanza en Jerusalén; cuando se congreguen a una los pueblos y los reyes para dar culto al Señor. En pleno camino ha agotado mis fuerzas, ha acortado mis días; dije: "Dios mío, no me lleves en la mitad de mi vida, pues tus años duran la eternidad". Tú pusiste al principio los cimientos de la tierra, y los cielos son la obra de tus manos; ellos perecerán, pero tú quedarás, todos se desgastarán como la ropa, serán como la muda que se cambia. Mas tú eres siempre el mismo y tus años no terminan nunca. De David bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus muchos beneficios. Él te perdona todos tus delitos y te cura de tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura; él sacia de bienes tu existencia y te rejuvenece como el águila. El Señor hace justicia y libera a todos los oprimidos; él reveló sus caminos a Moisés y sus portentos a los israelitas. El Señor es misericordioso y compasivo, el Señor es paciente y todo amor; no está siempre acusando ni guarda rencor eternamente; no nos trata como merecen nuestras culpas ni nos paga según nuestros delitos. Cuanto los cielos se alzan sobre la tierra, así es de grande su amor para los fieles; cuanto dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas. Como se apiada un padre de sus hijos, así se apiada él de sus amigos; él sabe de qué pasta estamos hechos, se acuerda de que no somos más que polvo. Los días del hombre son como la hierba, como la flor del campo así florece; la azota el viento y deja de existir, ni se sabe siquiera dónde estaba. Pero el amor del Señor a sus fieles es eterno, y su justicia para todas sus generaciones, para aquellos que guardan su alianza y se acuerdan de cumplir sus mandamientos. El Señor en los cielos asentó su trono, y su soberanía todo lo gobierna. Bendecid al Señor todos sus ángeles, héroes poderosos, agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra. Bendecid al Señor todas sus huestes, ministros suyos, que hacéis su voluntad. Bendecid al Señor todas sus obras, en todos los lugares de su imperio. Bendice, alma mía, al Señor. Bendice, alma mía, al Señor. Señor, Dios mío, qué grande eres. Vestido de esplendor y majestad, arropado de luz, como de un manto despliegas los cielos lo mismo que una tienda, construyes sobre las aguas tus moradas; haces tu carro de las nubes y caminas en las alas del viento; tomas por mensajeros a los vientos, a las llamas del fuego por ministros. Afincaste la tierra sobre sus cimientos, y será eternamente inamovible; la cubriste del océano como de un vestido, las aguas cubrían las montañas; ante tu amenaza emprendieron la huida, retrocedieron a la voz de tu trueno, saltando por las montañas y descendiendo por los valles, hasta el lugar que tú les asignaste. Les señalaste un límite, que no pueden cruzar, para que no vuelvan a cubrir la tierra. Haces manar las fuentes a raudales, y se deslizan entre las montañas; abrevan a todas las bestias de los campos, en ellas los asnos salvajes apagan su sed; junto a ellas anidan las aves de los cielos, y allí lanzan su trino entre la fronda. Desde tus mansiones riegas las montañas, la tierra se empapa del regalo de tu cielo; haces brotar la hierba para los ganados, y las plantas que cultiva el hombre para sacar de la tierra el pan, el pan que le da fuerzas, y el vino que le alegra el corazón y hace brillar su rostro más que el mismo aceite. Los árboles del Señor sacian su sed, y los cedros del Líbano que él había plantado. Allí anidan los pájaros, la cigüeña anida en los cipreses. Los altos montes son para los rebecos, y las rocas, para cobijo de tejones. Has hecho la luna para fijar los tiempos, y el sol, que conoce la hora de su ocaso. Derramas la tiniebla y cae la noche, y entonces salen todas las fieras de la selva; los leoncillos rugen por la presa y reclaman su alimento a Dios. Se retiran al salir el sol y van a tumbarse en sus guaridas; entonces sale el hombre a su trabajo, y está trabajando hasta la tarde. Qué numerosas son, Señor, tus obras; todas las has hecho con sabiduría, la tierra está llena de tus criaturas. Ahí está el mar, inmenso y grande, en el que se mueven un sinfín de animales grandes y pequeños; por él van y vienen los navíos y Leviatán, al que hiciste para que en él jugase. Todos ellos esperan de ti que les des a su tiempo su alimento; tú se lo das, y ellos lo recogen; abres tu mano, y se sacian de bienes; si escondes tu rostro, se acobardan; si retiras tu soplo, expiran y retornan al polvo; si envías tu soplo, son creados, y renuevas la faz de la tierra. La gloria del Señor es eterna, el Señor se complace en sus obras. Cuando él mira a la tierra, ésta tiembla; toca las montañas, y echan humo. Toda mi vida cantaré al Señor; mientras exista, cantaré himnos a mi Dios. Ojalá le agrade mi poema, pues sólo en él encuentro mi alegría. Que los criminales sean borrados de la tierra, que dejen de existir los malhechores. Bendice, alma mía, al Señor. ¡Aleluya! Dad gracias al Señor, invocad su nombre, publicad entre los pueblos sus proezas; cantad, entonad himnos en su honor, decid a las gentes sus milagros; estad orgullosos de su santo nombre, alegraos los que buscáis al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad siempre su rostro. Recordad los milagros que hizo, sus prodigios y las leyes que salieron de su boca, raza de Abrahán, su siervo, hijos de Jacob, su elegido. El Señor es nuestro Dios, sus leyes rigen en el mundo entero. Él se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada, por mil generaciones; del pacto que firmó con Abrahán, del juramento que hizo a Isaac, y que erigió en ley para Jacob, y en pacto eterno para Israel cuando dijo: "Te daré la tierra de Canaán como la parte de tu herencia". Mientras ellos eran muy pocos, un puñado tan sólo de emigrantes, mientras iban y venían de nación en nación, de un reino a un pueblo diferente, no permitió a nadie que los oprimiera, y por ellos castigó a los reyes: "Guardaos de tocar a mis ungidos, no hagáis mal alguno a mis profetas". Atrajo el hambre sobre aquella tierra, les cortó todos los alimentos; delante de ellos envió a un hombre, a José, vendido como esclavo; le aprisionaron los pies con los grilletes y le echaron al cuello las cadenas hasta que se cumplió lo que él había anunciado y la palabra del Señor lo acreditó. El rey mandó que lo soltasen, el soberano le dio la libertad, lo nombró mayordomo de su casa y administrador de todos sus bienes, para que instruyera a los nobles a su gusto y enseñara la sabiduría a los ancianos. Entonces Israel entró en Egipto y Jacob emigró al país de Cam. Dios hizo a su pueblo muy prolífero, y mucho más fuerte que sus opresores; cambió el corazón de éstos para que odiaran a su pueblo, y trataran a sus siervos con perfidia. Luego envió a Moisés, su servidor, y a Aarón, a quien había escogido. Ellos realizaron en Egipto sus portentos, los prodigios de Dios en el país de Cam. Mandó tinieblas, y tinieblas hubo, pero ellos no respetaron sus palabras; cambió en sangre sus aguas, y dio muerte a sus peces; infestó de ranas el país, hasta la misma alcoba del rey. Lo ordenó, y vinieron tábanos y mosquitos por todo el territorio; en lugar de lluvias les envió granizo y rayos ardientes sobre todo el país; arrasó sus viñedos y sus higuerales, destrozó los árboles de toda la comarca. Lo ordenó, y llegó la langosta y el pulgón en inmensas cantidades, que devoraron toda la hierba del país y todos los frutos de sus campos. Hirió de muerte a todos los primogénitos del país, las primicias de su virilidad. Sacó luego a su pueblo cargado de oro y plata, ni uno sólo cayó de entre sus tribus; Egipto se alegró de su partida, pues todos estaban aterrados. Dios desplegó una nube para cubrirlos y un fuego para alumbrarlos por la noche. A petición suya, les mandó codornices y los sació de pan del cielo; partió la roca y brotó agua que bajaba como un río por el desierto. Se acordó de la palabra santa que había dado a Abrahán, su siervo, y sacó a su pueblo en alegría, a sus elegidos entre gritos de júbilo. Les dio las tierras de otras gentes y se posesionaron de las haciendas de otros pueblos para que guarden sus decretos y observen sus leyes. Aleluya. ¡Aleluya! Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor. ¿Quién podrá contar las proezas del Señor?, ¿quién podrá alabarlo como se merece? Dichosos los que guardan el derecho y en todo tiempo practican la justicia. Cuando seas propicio con tu pueblo, acuérdate de mí, Señor; cuando vengas a salvarlo, no te olvides de mí; para que vea la dicha de tus elegidos, me alegre con la alegría de tu pueblo y me enorgullezca con tu heredad. Hemos pecado, igual que nuestros padres, hemos sido perversos y traidores. Nuestros padres en Egipto no valoraron tus prodigios, no se acordaron de tu inmenso amor, se rebelaron contra el altísimo en el mar Rojo. Pero él los salvó por amor a su nombre, para manifestar públicamente su poder. Amenazó al mar Rojo, y se secó; los llevó entre las aguas como por el desierto; los salvó de las manos hostiles, los liberó de las manos enemigas; las aguas cubrieron a sus perseguidores, no se salvó ni uno. Entonces creyeron en sus palabras y cantaron sus alabanzas. Pero pronto se olvidaron de sus obras y no supieron esperar en sus designios: manifestaron en el desierto sus ansias insaciables, pusieron a prueba a Dios en aquellas soledades; él les concedió todo lo que pedían, pero les envió muy poco para lo que ellos deseaban. En el campamento tuvieron envidia de Moisés y de Aarón, el hombre consagrado al Señor: se abrió la tierra y se tragó a Datán, y sepultó a la pandilla de Abirán; un fuego devoró a su banda, una llama devoró a aquellos rebeldes. En Horeb se hicieron un becerro, adoraron al metal fundido, y cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba; olvidaron a Dios, su libertador, al autor de prodigios en Egipto, de milagros en el país de Cam, de acciones portentosas en el mar Rojo. Dios pensaba ya aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se interpuso ante él y le hizo apartar su ira destructora. Despreciaron un país maravilloso, y en su palabra no tuvieron fe; murmuraron dentro de sus tiendas y no obedecieron al Señor. Él entonces, mano en alto, les juró que los haría caer en el desierto, que dispersaría a sus descendientes por todos los países y los esparciría entre todos los gentiles. Se hicieron luego esclavos de Baal Fegor, comieron los sacrificios de los muertos; así lo provocaron con sus crímenes y descargó una plaga sobre ellos. Surgió entonces Fineés y ejecutó al culpable, y la plaga se detuvo: esto fue tenido como una acción justa de edad en edad y para siempre. Junto a las aguas de Meribá lo irritaron de nuevo y mal le fue a Moisés por culpa de ellos; pues ellos le amargaron el espíritu y Moisés habló sin pensar lo que decía. No exterminaron a los pueblos que el Señor les había dicho; se mezclaron con los paganos y adoptaron sus costumbres; adoraron a sus ídolos y cayeron en sus trampas; inmolaron a sus hijos y a sus hijas a esos falsos dioses; derramaron una sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas, que inmolaron a los ídolos de Canaán, y el país quedó manchado con delitos de sangre; así se contaminaron con sus obras y se prostituyeron con sus malas acciones. El Señor se enfureció contra su pueblo y renegó de su heredad. Los entregó en manos de las gentes y fueron dominados por sus adversarios; fueron aplastados por sus enemigos y subyugados bajo su poder. Él los libró una y otra vez, pero ellos se obstinaban en su rebeldía y se hundían cada vez más en sus maldades. Él reparó en sus tribulaciones y escuchó sus plegarias; se acordó de la alianza que había hecho con ellos, por su inmenso amor cambió de proceder: hizo que sus conquistadores los trataran con benevolencia. Sálvanos, Señor, Dios nuestro, reúnenos de en medio de las gentes para que alabemos tu santo nombre y cantemos con alegría tus alabanzas. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde siempre y por siempre. Y que todo el pueblo diga: ¡Amén! ¡Aleluya! Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor. Que lo digan los que el Señor ha liberado, los que él ha rescatado de la mano de los opresores, los que ha reunido de todos los países del norte y del sur, del este y del oeste. Andaban errantes por el desierto solitario sin encontrar camino de ciudad habitada; hambrientos y sedientos, su vida se agotaba. En su angustia gritaron al Señor, y él los libró de sus apuros. Los puso en el camino justo y llegaron a ciudad habitada. Den gracias al Señor por su amor, por sus milagros en favor de los humanos. Porque él apagó la sed de los sedientos y colmó de comida a los hambrientos. Habitaban en tinieblas y en la sombra mortal, prisioneros de miseria y de cadenas, por haberse rebelado contra las órdenes de Dios y haber despreciado los designios del altísimo. Él los sometió a trabajos durísimos, caían agotados y nadie les echaba una mano. En su angustia gritaron al Señor, y él los libró de sus apuros, los sacó de las tinieblas y la sombra mortal y rompió sus cadenas. Den gracias al Señor por su amor, por sus milagros en favor de los humanos. Él hizo pedazos las puertas de bronce, hizo saltar los barrotes de hierro. Andaban como locos en sus desvaríos, abrumados bajo el peso de sus culpas; tenían asco de cualquier comida y estaban a las puertas de la muerte. En su angustia gritaron al Señor, y él los sacó de sus apuros. Envió su palabra y los curó, los libró del sepulcro. Den gracias al Señor por su amor, por sus milagros en favor de los humanos; ofrezcan sacrificios de alabanza y pregonen sus obras con cantos de alegría. Los que a la mar se hicieron con sus naves, buscando su negocio en las aguas inmensas, vieron las obras del Señor y sus milagros en el alta mar. A su palabra se desató una tempestad que levantó unas grandes olas: subían a los cielos, bajaban al abismo, se vinieron abajo ante el peligro; daban vueltas y se tambaleaban como los borrachos, y de nada les servía toda su pericia. En su angustia gritaron al Señor, y él los libró de sus apuros. Redujo la tempestad a suave brisa y las olas se calmaron. Se llenaron de alegría al verlas ya calmadas, y él los llevó al puerto deseado. Den gracias al Señor por su amor, por sus milagros en favor de los humanos. Que lo aclamen en la asamblea del pueblo y lo alaben en la reunión de los ancianos. Él convierte los ríos en desierto, las fuentes de agua en tierra seca; un terreno fértil en salinas, por la maldad de sus habitantes. Él convierte los desiertos en lagunas y la tierra seca en manantiales. Allí establece él a los hambrientos que construyen su ciudad habitable. Siembran campos, plantan viñedos y recogen sus frutos abundantes. Dios los bendice, ellos prosperan, y hace que se multipliquen sus ganados. Cuando vienen a menos y decaen a causa de la opresión, el infortunio o la desgracia, Dios vierte su desprecio sobre los opresores y los hace vagar por el desierto sin camino; saca de la miseria al indigente y multiplica como rebaños su familia. Los justos lo ven y se llenan de alegría y todas las injusticias enmudecen. El hombre inteligente tiene en cuenta todas estas cosas y sabe apreciar el amor del Señor. Salmo. Cántico de David Dispuesto está mi corazón, Dios mío, voy a cantarte un himno, gloria mía: despertad, arpa y cítara, despertaré a la aurora; te daré gracias ante los pueblos, Señor, te cantaré ante las naciones, pues tu amor es más grande que los cielos y tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Álzate, oh Dios, sobre los cielos, y que tu gloria se extienda sobre toda la tierra. Para que sean libertados tus elegidos; socórrenos con tu poder y escúchanos. Dios ha hablado en su santuario: "Lleno de gozo, repartiré a Siquén, dividiré en parcelas el valle de Sucot, mío es Galaad y mío Manasés, Efraín es yelmo de mi cabeza y Judá mi cetro, Moab es la vasija en que me lavo, arrojo mi sandalia contra Edón, canto victoria contra Filistea". ¿Quién me llevará hasta una plaza fuerte?, ¿quién me conducirá hasta Edón? ¿No serás tú, el Dios que nos ha rechazado, el Dios que no sale ya con nuestras tropas? Ven en nuestra ayuda contra el adversario, pues la ayuda del hombre no sirve para nada. Al maestro de coro. Salmo de David pues abren contra mí su boca malvada y mentirosa; me hablan un lenguaje de calumnias, me acorralan con palabras de odio y me atacan sin motivo; en pago de mi amistad me acusan, y yo no hago más que orar; me devuelven mal por bien y odio por amor. "Designa contra él un hombre sin entrañas, un duro acusador a su derecha; cuando lo juzguen, que salga condenado, que su propia defensa lo condene; que su vida sea corta y otro ocupe su cargo; que se queden huérfanos sus hijos y su mujer viuda; que sus hijos sean mendigos vagabundos, expulsados de sus casas en ruinas; que el acreedor se haga con todo lo que tiene, y el fruto de su trabajo se lo roben los extraños; que nadie le tenga compasión, que nadie se apiade de sus huérfanos; que sus descendientes sean exterminados, que en una generación sea borrado su nombre; que el Señor recuerde la culpa de sus padres, que no borre nunca el pecado de su madre; que estén siempre presentes al Señor y que él borre de la tierra su memoria. Porque él no quiso nunca tener misericordia y persiguió a muerte al pobre, al afligido y al humilde; amó la maldición, sobre él recaiga; no quiso bendición, que de él se aleje; se vista de maldición como de un manto; penetre como el agua en sus entrañas, igual que aceite dentro de sus huesos; sea como vestido que lo cubra y como cinto que lo ciña siempre". Así pagará el Señor a mis acusadores, a los que levantan calumnias contra mí. Mas tú, Señor, obra en mi favor por amor a tu nombre; Dios mío, por tu bondad y tu misericordia, líbrame, porque yo soy un pobre desgraciado y tengo dentro de mí el corazón deshecho; voy pasando como sombra que declina, me espantan igual que a la langosta; de tanto ayunar se me doblan las rodillas; falto de alimento, mi cuerpo ha enflaquecido; soy el hazmerreír de todos ellos; al verme, menean la cabeza. Ayúdame, Señor, Dios mío, líbrame, por tu misericordia. Que sepan que es tu mano, que eres tú, Señor, el que lo ha hecho. Ellos maldicen, pero tú bendices, que ellos se avergüencen y tu siervo se alegre; que mis calumniadores se vistan de ignominia, que los cubra la vergüenza como un manto. Yo con mi boca daré gracias al Señor, lo alabaré ante las multitudes, porque él se pone a la derecha del pobre para salvarlo de los jueces. Salmo de David El Señor extenderá desde Sión el poder de tu cetro: domina sobre tus enemigos. Contigo el poderío el día de tu nacimiento; en las montañas santas, como el rocío, te he engendrado en el seno de la aurora. El Señor lo ha jurado y no se vuelve atrás: "Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec". El Señor está a tu derecha, aplastará a los reyes el día de su cólera; juzga a las naciones, amontona cadáveres y tritura cabezas en el mundo entero. En el camino beberá del torrente, por eso levantará su cabeza. ¡Aleluya! Doy gracias al Señor de todo corazón en la reunión de los hombres justos y en la asamblea general. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. Su obra resplandece de esplendor y su justicia permanece para siempre. Él ha hecho memorables sus milagros, el Señor es misericordioso y lleno de ternura. Él da de comer a sus leales y recuerda siempre su alianza. Manifiesta a su pueblo el poder de sus obras, dándole la heredad de las naciones. Verdad y justicia son las obras de sus manos, todos sus preceptos son estables, inmutables por los siglos de los siglos, fundados en el derecho y la verdad. Envió a su pueblo la liberación y estableció para siempre la alianza: santo es su nombre y venerable. El temor del Señor es el principio de la sabiduría, los que la practican son gente lista: su alabanza permanece eternamente. ¡Aleluya! Dichoso el hombre que teme al Señor y ama sus mandamientos. Su prole será poderosa sobre la tierra, y bendita la raza de sus hombres rectos. En su casa habrá fortuna y bienestar, su justicia permanece para siempre. Una luz resplandece en las tinieblas para los hombres justos: el piadoso, el compasivo, el justo. Dichoso el que se compadece y da prestado, y arregla sus asuntos con justicia. El hombre justo jamás vacilará, su recuerdo perdura eternamente; no tiene miedo de noticias malas, su corazón está firme, confiado en el Señor; está muy tranquilo y nada teme, terminará por triunfar contra sus opresores. Todo lo da, lo reparte entre los pobres, su justicia permanece para siempre. El criminal, al verlo, se enfurece, se consume de rabia, rechinando los dientes. El propósito del criminal será un fracaso. ¡Aleluya! Siervos del Señor, alabadlo, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor desde ahora y por siempre; desde que sale el sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor. El Señor domina sobre las naciones, su gloria por encima de los cielos. ¿Quién es como el Señor, nuestro Dios, que se sienta en lo alto, y se rebaja para ver los cielos y la tierra? Él levanta del polvo al indigente y saca al pobre del estiércol, para sentarlo con los príncipes, con los príncipes de su pueblo; instala a la estéril en su casa, madre gozosa de toda la familia. ¡Aleluya! Cuando Israel salió de Egipto, cuando la casa de Jacob dejó un pueblo extranjero, Judá llegó a ser su santuario e Israel su dominio. El mar, al verlo, huyó y el Jordán retrocedió; los montes brincaron lo mismo que carneros, y las colinas igual que corderillos. ¿Qué te pasa, mar, para que huyas, y a ti, Jordán, para volver atrás; montes, para saltar como carneros, y colinas, como corderillos? Tiembla, oh tierra, delante del Señor, delante del Dios de Jacob, que convirtió la peña en un estanque y el granito en una fuente. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu amor y tu fidelidad. ¿Por qué han de decir las gentes: "En dónde está su Dios"? Nuestro Dios está en los cielos, él hace todo lo que quiere. Sus ídolos son de oro y plata, hechura de la mano del hombre; tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, tienen nariz, pero no huelen, tienen manos y no tocan, tienen pies y no andan, no sale una voz de su garganta. Los que los fabrican serán igual que ellos, y todos los que en ellos se confían. La casa de Israel confía en el Señor, él es su auxilio y su escudo. La casa de Aarón confía en el Señor, él es su auxilio y su escudo. Los fieles del Señor confían en el Señor, él es su auxilio y su escudo. El Señor se acuerda de nosotros y nos bendecirá, bendecirá a la casa de Israel, bendecirá a la casa de Aarón, bendecirá a los fieles del Señor, chicos y grandes. Que el Señor os haga prosperar a vosotros y a vuestros hijos; que os bendiga el Señor creador del cielo y de la tierra. El cielo es el cielo del Señor, y la tierra se la ha dado a los hombres. No son los muertos los que alaban al Señor, ni ninguno de los que bajan al silencio; somos nosotros los que bendecimos al Señor ahora y por siempre. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Yo amo al Señor porque escucha el grito de mi súplica, porque me presta oído siempre que lo invoco. Me cercaron los lazos de la muerte, me sorprendieron las redes del abismo, me hundí en la angustia y la tristeza; pero invoqué el nombre del Señor: "Anda, Señor, sálvame la vida". El Señor es justo y compasivo, nuestro Dios está lleno de ternura; el Señor protege a los humildes; yo estaba desvalido y me salvó. Alma mía, recobra ya la calma, pues el Señor te ha protegido; me ha librado de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en la tierra de los vivos. Nunca pierdo la fe, aun cuando digo: "Yo soy un desgraciado". En mi perturbación llegué a decir: "Todos los hombres son unos mentirosos". ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la victoria e invocaré el nombre del Señor; cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo. Al Señor le cuesta mucho ver morir a sus amigos. Sí, Señor, yo soy tu siervo, tu siervo, el hijo de tu esclava: tú rompiste mis cadenas. Te ofreceré sacrificios en acción de gracias e invocaré tu nombre, Señor; cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo su pueblo, en los atrios de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén. ¡Aleluya! Alabad al Señor, todos los pueblos, aclamadlo, todas las naciones, pues su amor por nosotros es muy grande y su lealtad dura por siempre. ¡Aleluya! Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor. Diga la casa de Israel: es eterno su amor. Diga la casa de Aarón: es eterno su amor. Digan los fieles del Señor: es eterno su amor. En mi angustia clamé al Señor, él me atendió y me dio respiro. El Señor está conmigo; de nada tengo miedo, ¿qué puede hacerme el hombre? El Señor está conmigo, él es mi apoyo, yo veré derrotado a mi enemigo. Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse del hombre; mejor es refugiarse en el Señor que fiarse del jefe. Todas las naciones me cercaron, pero en el nombre del Señor las trituré; me rodearon, me cercaron, pero en el nombre del Señor las trituré; me cercaron como avispas, ardían como fuego de espinos, pero en el nombre del Señor las trituré. Me atropellaron para que cayera, pero el Señor vino en mi ayuda; mi fuerza y mi grito de guerra es él, a él le debo la victoria. Clamor de alegría y de victoria en la tienda de los justos: la diestra del Señor hace proezas, la diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor hace proezas. No, no moriré, seguiré viviendo para contar las obras del Señor; el Señor me ha castigado duramente pero no ha permitido que muera. Abridme las puertas de la justicia, que voy a entrar a dar gracias al Señor. Ésta es la puerta del Señor; que entren los justos. Te doy gracias porque me has escuchado, a ti te debo la victoria. La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular; esto ha sido obra del Señor, una maravilla a nuestros ojos. Éste es el día que el Señor ha hecho; sea nuestra alegría y nuestro gozo. Danos la victoria, dánosla, Señor; danos el triunfo, dánoslo, Señor. Bendito el que viene en nombre del Señor. Os bendecimos desde la casa del Señor. El Señor es Dios, él nos ilumina; ordenad la procesión con ramos en las manos hasta los ángulos del altar. Tú eres mi Dios, yo te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor. Dichosos aquellos cuya conducta es intachable, los que caminan en la ley del Señor; dichosos los que guardan sus decretos, los que lo buscan de todo corazón; los que no cometen ningún crimen, los que siguen sus caminos. Tú has promulgado tus preceptos para que sean estrictamente cumplidos; ojalá sea firme mi conducta en guardar tus decretos; entonces no tendré vergüenza alguna en mirar a todos tus mandamientos. Te daré gracias con un corazón recto, instruido por tus sentencias justas. Yo voy a guardar tus mandamientos, no me abandones tú del todo. ¿Cómo un joven podrá tener una conducta pura? Guardando tu palabra. Yo te busco de todo corazón, no dejes que me aparte de tus mandamientos; dentro de mi corazón conservo tus órdenes para no pecar nunca contra ti. Bendito seas, Señor, enséñame tus decretos; mis labios han contado todas las sentencias de tu boca; yo encuentro la alegría en cumplir tus decretos más que en todas las riquezas; quiero meditar en tus preceptos y tener los ojos fijos en tus sendas; en tus decretos encuentro mis delicias, no olvido tu palabra. Haz bien a tu siervo para que viva y guarde tu palabra; abre mis ojos para que contemple las maravillas de tu ley; soy un caminante por el mundo: no me ocultes tus mandamientos; amo con pasión tus sentencias de cualquier momento. Tú amenazas al maldito soberbio, que se desvía de tus mandamientos; líbrame del insulto y del desprecio, pues guardo tus decretos; aunque los jefes se reúnan y deliberen contra mí, tu siervo medita en tus decretos; tus decretos hacen mis delicias, ellos son mis consejeros. Aquí me tienes en el polvo hundido: reanímame conforme a tu palabra. Te he contado mis andanzas y tú me has escuchado: enséñame tus decretos; señálame el camino de tus mandamientos y yo meditaré en tus maravillas. Yo me deshago en lágrimas de pena; sosténme conforme a tu palabra. Aleja de mí el camino de la mentira y dame la gracia de tu ley; he elegido el camino de la verdad y he preferido tus sentencias. Me he apegado a tus órdenes, que no quede defraudado, Señor; corro por el camino de tus mandamientos, pues tú me agrandas el espíritu. Enséñame, Señor, el camino de tus decretos, pues quiero seguirlo hasta el final; dame inteligencia para cumplir tu ley y yo la guardaré de todo corazón; llévame por el camino de tus mandamientos, pues en él encuentro mi felicidad; inclina mi corazón hacia tus órdenes y no hacia la ganancia; aparta mis ojos de mirar vanidades y hazme vivir en tu camino. Mantén a tu siervo la promesa que nos obliga a serte fieles. Líbrame del oprobio que me espanta, pues tus sentencias son buenas; mira cómo amo tus preceptos, haz que viva conforme a tu justicia. Llegue hasta mí tu amor, Señor, tu salvación conforme a tu justicia; así responderé a los que me insultan, porque confío en tu palabra; no quites de mi boca la palabra de verdad, pues yo confío en tus sentencias; cumpliré tu ley constantemente, por siempre jamás; así caminaré a mis anchas, porque busco tus preceptos; hablaré de tus órdenes delante de los reyes y no tendré vergüenza; tus mandamientos son mi felicidad, los amo con pasión; tiendo mis manos hacia tus mandamientos y medito en tus decretos. Recuerda la palabra que me diste, en la que hiciste que pusiera mi esperanza; esto ha sido mi consuelo en la miseria: tu promesa. Los orgullosos se han burlado bien de mí, pero yo no me he apartado de tu ley. Me acuerdo de tus sentencias de otro tiempo, ellas son mi consuelo. Me lleno de indignación ante los malhechores, que abandonan tu ley; tus decretos son el objeto de mi canto en mi mansión de peregrino; por la noche, Señor, me acuerdo de tu nombre, para guardar tu ley; ésta es mi tarea: observar tus preceptos. He dicho, Señor, que ésta es mi suerte: guardar tus palabras. Yo te imploro de todo corazón; ten compasión de mí conforme a tu promesa. Examino mi conducta y dirijo hacia tus órdenes mis pasos; me doy prisa y no pierdo un instante en guardar tus mandamientos; las redes de los malhechores me han aprisionado, pero yo no he olvidado tu ley; me levanto a media noche a darte gracias por tus sentencias justas; soy amigo de todos tus amigos, que guardan tus preceptos; la tierra está llena de tu amor; haz que aprenda tus decretos. Tú has sido muy bueno con tu siervo, Señor, conforme a tu palabra; enséñame el buen sentido y el saber, pues yo tengo fe en tus mandamientos; antes de que me humillaras andaba extraviado, pero ahora guardo tu palabra; tú eres bueno y bienhechor, haz que aprenda tus decretos; los orgullosos me acusan falsamente, yo guardo tus preceptos con todo el corazón; tienen el corazón embrutecido, pero yo me deleito en tu ley; fue un gran bien para mí ser humillado, para aprender tus decretos; la ley de tu boca es para mí mejor que millones de oro y plata. Tus manos me han hecho y me han formado; instrúyeme y aprenderé tus mandamientos. Tus fieles al verme se llenan de alegría, porque yo espero en el Señor. Yo sé, Señor, que son justas tus sentencias y que me has humillado con razón; que tu amor me consuele, conforme a la promesa que me hiciste; que me alcance tu compasión y viviré, porque tu ley hace mis delicias; humilla a los soberbios que sin razón me oprimen; yo medito en tus preceptos; que vuelvan conmigo tus leales, los que conocen tus órdenes; que yo cumpla perfectamente tus decretos para no tener que avergonzarme. Mi alma se deshace deseando que me salves, yo espero en tu palabra; mis ojos se deshacen deseando tu promesa; ¿cuándo me vas a consolar? Soy como un pellejo puesto al humo, pero no he olvidado tus decretos. ¿Cuántos serán los días de tu siervo? ¿Cuándo harás justicia con los que me persiguen? Los soberbios me han cavado fosas, en contra de tu ley; todos tus mandamientos son verdad; me persiguen sin razón: ¡ayúdame!; por poco no me han extirpado de la tierra, pero yo no he abandonado tus preceptos; según tu amor dame la vida, y yo guardaré los decretos de tu boca. Tu palabra, Señor, permanece eternamente, más estable que los mismos cielos; tu lealtad perdura por todas las edades, tú fijaste la tierra y ahí está; según tus decisiones, todo subsiste hoy, pues todas las cosas están a tu servicio. Si tu ley no hubiera hecho mis delicias, yo hubiera perecido en la miseria; jamás me olvidaré de tus preceptos, pues con ellos me has vuelto a dar la vida; tuyo soy, sálvame, pues busco tus preceptos; los malvados me acechan y buscan mi ruina, pero yo sigo atento a tus decretos; he visto el fin de toda perfección: tus mandamientos son infinitamente amplios. Cuánto amo tu ley: todo el día estoy pensando en ella; tu mandamiento me hace más sabio que mis enemigos, y siempre está conmigo; soy más listo que todos mis maestros, porque medito en tus decretos; soy más sabio que todos los ancianos, pues guardo tus preceptos; he apartado mi pie de todo mal camino con el fin de guardar tu palabra; no me he apartado nunca de tus decisiones, pues tú me has instruido; qué dulce a mi paladar es tu promesa: mucho más que la miel para mi boca; gracias a tus preceptos soy inteligente, por eso odio todo camino de mentira. Tu palabra es una luz para mis pies, y una antorcha para mi camino; he jurado, y cumpliré mi juramento: cumplir tus justas decisiones; estoy, Señor, muy humillado; haz que siga viviendo conforme a tu palabra; acepta, Señor, las ofrendas de mis labios, haz que aprenda tus sentencias; estoy en peligro cada instante, pero no olvido tu ley; aunque los malvados me tiendan una trampa, yo no me desvío de tus preceptos; lo mío serán siempre tus órdenes, pues ellas son la alegría de mi corazón; yo cumplo de corazón todos tus decretos, los cumplo siempre y con toda exactitud. Odio a los hipócritas y amo tu ley; tú eres mi protector y mi escudo, yo espero en tu palabra; alejaos de mí todos los malvados, pues quiero cumplir los mandamientos de mi Dios; sosténme conforme a tu promesa y viviré, no me decepciones; sé tú mi apoyo y seré salvo, no perderé nunca de vista tus decretos; tú rechazas a los que descartan tus decretos, sus pensamientos no son más que mentira; tienes por escoria a todos los malvados, por eso amo tus decretos; ante ti se estremece mi cuerpo de terror, tengo miedo de tus decisiones. Yo he practicado el derecho y la justicia, no me dejes en manos de mis opresores; sal tú garante de mi bienestar, que los orgullosos no me opriman; mis ojos se deshacen deseando que me salves, esperando tu promesa de justicia; trata a tu siervo con arreglo a tu amor, haz que aprenda tus decretos; yo soy tu siervo, dame inteligencia para que aprenda tus decretos. Señor, ya es hora de actuar: se ha violado tu ley; por eso amo yo tus mandamientos, más que el oro fino; por eso encuentro justos todos tus preceptos y odio el camino de la falsedad. Tus decretos son maravillosos, por eso yo los guardo; la explicación de tus palabras ilumina la inteligencia a la gente simple; yo suspiro con la boca abierta, pues estoy ansioso de tus mandamientos. Ven conmigo y ten piedad de mí, como haces en justicia con los que te aman; afirma mis pasos conforme a tu promesa, y no dejes que me domine ninguna iniquidad; líbrame de la opresión de los hombres, y guardaré tus preceptos; ilumina tu rostro sobre este siervo tuyo y haz que aprenda tus preceptos; ríos de lágrimas caen de mis ojos porque tu ley no se observa. Tú eres justo, Señor, y justas tus sentencias; has dado tus órdenes en justicia y en equidad perfecta. Mi celo me consume cuando mis enemigos olvidan tu palabra. Tu promesa es a toda prueba, y tu siervo la ama. Aunque soy poca cosa y despreciable, no olvido tus preceptos. Tu justicia es la justicia definitiva, y tu ley es la verdad. Me aplasta la angustia y la opresión, pero tus mandamientos hacen mis delicias; tus decretos son la justicia definitiva, hazme inteligente y viviré. Te llamo con todo el corazón; respóndeme, Señor, pues quiero guardar todos tus decretos; yo te llamo; sálvame, y guardaré tus decretos. Me levanto al alba para pedirte ayuda, espero en tus palabras; antes de la hora ya abro yo mis ojos para meditar en tu promesa. Por tu amor, Señor, oye mi voz, y haz que viva conforme a tu justicia. Se acercan los que cruelmente me persiguen, los que están muy lejos de tu ley; pero tú estás cerca, Señor, y todos tus mandamientos son la verdad misma; desde hace mucho sé que tus decretos los has establecido para siempre. Mira mi miseria y sálvame, pues yo no me he olvidado de tu ley; defiende tú mi causa y líbrame, y haz que viva conforme a tu promesa; la salvación está lejos de los opresores, pues ellos no buscan tus decretos. Tu amor, Señor, es infinito, haz que viva conforme a tu justicia. Muchos son mis perseguidores y opresores, pues ellos no buscan tus decretos; no puedo soportar a los traidores, pues ellos no guardan tu palabra. Mira cómo amo tus preceptos, Señor; por tu amor, dame la vida. La esencia de tu palabra es la verdad, tus justas leyes son definitivas. Los poderosos me persiguen sin razón, pero mi corazón acata tu palabra. Yo me siento feliz con tu promesa, como el que encuentra un gran botín. Detesto y aborrezco la mentira, pero amo tu ley. Yo te alabo siete veces cada día porque tus justas leyes son definitivas. Grande es la paz de los amantes de tu ley, nada los puede hacer caer. Señor, yo espero que me salves, pues he puesto en práctica todos tus mandamientos; yo guardo todos tus decretos y los amo ardientemente; guardo tus preceptos y tus órdenes, tú conoces toda mi conducta. Que mi grito llegue hasta ti, Señor, por tu palabra dame inteligencia; que mi súplica llegue a tu presencia, líbrame conforme a tu palabra; que mis labios publiquen tu alabanza, pues tú me enseñas tus decretos; que mis labios canten tu promesa, pues todos tus mandamientos son la justicia misma. Que tu mano venga en mi socorro, pues he preferido tus preceptos; Señor, espero que me salves, pues tu ley hace mis delicias. Que yo pueda vivir para alabarte, que tu justicia me proteja. Ando errante como oveja perdida; búscame, pues no me he olvidado de tus mandamientos. Canción de las subidas "Señor, líbrame de los labios mentirosos y de la lengua falsa". ¿Qué te va a dar Dios o qué te va a añadir, oh lengua falsa? Flechas afiladas de guerrero y brasas de retama. ¡Ay de mí, que he tenido que emigrar a Mésec, y habitar en la tienda de Cedar! He vivido demasiado tiempo con gente enemiga de la paz; yo soy la paz; pero si hablo, ellos son la guerra. Canción de las subidas El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Él no permitirá que tropiece tu pie, ni que se duerma tu guardián; no, no duerme ni dormita el guardián de Israel. El Señor es tu guardián, el Señor es tu sombra, él está a tu derecha. El sol no te molestará de día, ni la luna de noche. El Señor te guardará de todo mal, él guardará tu vida; guardará tu partida y tu regreso, desde ahora y por siempre. Canción de las subidas. De David Ya estamos en tus puertas, oh Jerusalén: Jerusalén, la bien edificada, la ciudad bien unida. Allí suben las tribus, las tribus del Señor, según la norma de Israel, para alabar el nombre del Señor. Allí están los tribunales de justicia, los tribunales de la casa de David. Pedid la paz para Jerusalén: "Que vivan tranquilos tus amigos, que reine la paz dentro de tus muros y la tranquilidad en tus palacios". Por mis hermanos y compañeros, diré: "La paz esté contigo". Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo la felicidad. Canción de las subidas Como están los ojos del esclavo fijos en su señor, como están los ojos de la esclava fijos en su señora, así están nuestros ojos fijos en el Señor, nuestro Dios, hasta que se compadezca de nosotros. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros, que estamos hartos de tanto desprecio; estamos hartos de las burlas de los ricos y del desprecio de los orgullosos. Canción de las subidas. De David si el Señor no hubiera estado de nuestra parte cuando se lanzaban los hombres contra nosotros, nos habrían tragado vivos en el fuego de su cólera; nos habrían anegado las aguas, el torrente habría pasado por encima de nosotros; habrían pasado sobre nosotros las olas turbulentas. Bendito sea el Señor, que no hizo de nosotros la presa de sus dientes: como un pájaro, logramos escapar de la red de los pajareros; la red se rompió y logramos escapar. Nuestro auxilio está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Canción de las subidas Jerusalén está rodeada de montes; así rodea el Señor a su pueblo desde ahora y por siempre. Un cetro criminal no pesará nunca sobre el dominio de los justos, para que los justos no tiendan sus manos hacia el crimen. Haz bien, Señor, a los hombres de bien, a los hombres de recto corazón, pero a los desviados por senderos tortuosos hazles correr la suerte de los criminales. Paz a Israel. Canción de las subidas Nuestra boca se nos llenó de risa y nuestra lengua de cantares. Entonces se decía entre las gentes: "El Señor ha hecho por ellos grandes cosas". El Señor ha hecho por nosotros grandes cosas, y estamos alegres. Señor, haz volver a nuestros prisioneros como torrentes en el Negueb. Los que siembran con lágrimas, cosecharán entre cantares; van, sí, llorando van al llevar la semilla; mas volverán, cantando volverán trayendo sus gavillas. Canción de las subidas. De Salomón De nada os sirve levantaros pronto, acostaros tarde y comer el pan ganado con sudores, cuando Dios se lo da a sus amigos aunque duerman. Los hijos son un regalo del Señor; el fruto de las entrañas, una recompensa. Como flechas en manos del guerrero, así son los hijos de la juventud; dichoso el que llenó de ellos su aljaba, no será avergonzado cuando entre en pleito con sus enemigos en la plaza. Canción de las subidas Comerás del trabajo de tus manos, serás feliz y todo te irá bien. Tu esposa será como parra fecunda en la intimidad de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa. Así es bendecido el hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión para que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida y a los hijos de tus hijos. ¡Paz a Israel! Canción de las subidas mucho me han atacado desde mi juventud, pero no me han vencido. Los labradores araron sobre mis espaldas y abrieron largos surcos, pero el Señor es justo y rompió las coyundas de los opresores. Que sean avergonzados y huyan los enemigos de Sión; que sean como la hierba del tejado que se seca antes de arrancarla, de la que el segador no llena su mano ni el que agavilla hace una brazada. Los que pasan nos dicen: "Que el Señor os bendiga". Os bendecimos en el nombre del Señor. Canción de las subidas Señor, escucha mi clamor, estén tus oídos atentos al grito de mi súplica. Si tienes en cuenta nuestros delitos, ¿quién podrá resistir, Señor? Pero en ti encontramos el perdón, por eso eres temido. Yo espero con toda el alma en el Señor, confío en su palabra; estoy pendiente del Señor más que los centinelas de la aurora. Israel está pendiente del Señor más que los centinelas de la aurora; porque en el Señor está el amor y la liberación total: él redimirá a Israel de todos sus delitos. Canción de las subidas. De David no, yo estoy muy tranquilo y muy callado como un niño en el regazo de su madre; mis deseos son parecidos a ese niño. Israel, espera en el Señor desde ahora y por siempre. Canción de las subidas de que hizo al Señor este juramento y este voto al fuerte de Jacob: "No entraré en mi casa, no me iré a la cama para descansar, no concederé sueño a mis ojos ni quietud a mis párpados mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el fuerte de Jacob". Oímos decir que estaba en Éfrata, la hemos encontrado en los campos de Yaar. Vamos a su morada, postrémonos ante el estrado de sus pies. Levántate, Señor, ven al lugar de tu reposo tú y el arca donde reside tu poder; que tus sacerdotes se revistan de justicia y griten de júbilo tus fieles. Por amor a tu siervo David no rechaces el rostro de tu consagrado. El Señor ha jurado a David, promesa firme de la que no se vuelve atrás: "Pondré en tu trono a un descendiente tuyo. Si tus hijos guardan mi alianza y los preceptos que voy a enseñarles, también sus hijos se sentarán siempre en tu trono". Porque el Señor ha escogido a Sión, la ha elegido para su residencia: "Éste será siempre mi lugar de reposo, aquí residiré, aquí me gusta estar. Bendeciré con generosidad sus provisiones y a sus pobres los hartaré de pan; revestiré de salvación a sus sacerdotes y sus fieles saltarán de gozo. Aquí suscitaré a David un vástago y prepararé una lámpara para mi consagrado. Vestiré de ignominia a sus enemigos, mientras que sobre su cabeza brillará su corona". Canción de las subidas. De David Es como un perfume fino en la cabeza, que baja por la barba, por la barba de Aarón, y llega hasta la orla de su manto. Es como el rocío del Hermón que baja por las montañas de Sión. Allí manda el Señor la bendición, la vida para siempre. Canción de las subidas levantad vuestras manos hacia el santuario, bendecid al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, el creador del cielo y de la tierra. Canción de las subidas que estáis en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Alabad al Señor porque es bueno, cantad himnos a su nombre, porque es amable. Porque el Señor ha escogido a Jacob y ha hecho de Israel su propiedad. Yo sé muy bien que el Señor es grande, nuestro Señor, más que todos los dioses. El Señor hace todo lo que quiere en el cielo y en la tierra, en el mar y en todos los abismos. Hace subir las nubes desde los confines de la tierra, abre con los relámpagos la lluvia, saca de sus depósitos al viento. Hirió de muerte a los primogénitos de Egipto, hombres y ganados. Hizo en Egipto señales y prodigios contra el Faraón y todos sus ministros. Desbarató a naciones poderosas, dio muerte a reyes poderosos: a Sijón, rey de los amorreos; a Og, rey de Basán, y a todos los reyes de Canaán; y dio sus tierras en herencia, en herencia a su pueblo, Israel. Señor, tu nombre dura eternamente, y tu memoria, Señor, de edad en edad. Porque el Señor hace justicia a su pueblo y se compadece de sus siervos. Los ídolos de las gentes son plata y oro, hechura de las manos de los hombres; tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, no hay aliento en su boca. Que sean como ellos los que los hicieron, los que confían en ellos. Casa de Israel, bendecid al Señor; casa de Aarón, bendecid al Señor; casa de Leví, bendecid al Señor; fieles del Señor, bendecid al Señor. Bendito sea desde Sión el Señor, que habita en Jerusalén. ¡Aleluya! Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor; dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterno su amor; dad gracias al Señor de los señores, porque es eterno su amor. Sólo él ha hecho grandes maravillas, porque es eterno su amor. Él hizo los cielos con sabiduría, porque es eterno su amor. Él afirmó la tierra sobre las aguas, porque es eterno su amor. Él hizo las lumbreras grandes, porque es eterno su amor: el sol para presidir el día, porque es eterno su amor; la luna y las estrellas para presidir la noche, porque es eterno su amor. Él hirió de muerte a los primogénitos de Egipto, porque es eterno su amor: sacó de allí a Israel, porque es eterno su amor; con brazo extendido y mano fuerte porque es eterno su amor. Él dividió en dos partes el mar Rojo, porque es eterno su amor; e hizo que Israel pasara por en medio, porque es eterno su amor; él hundió en el mar Rojo al Faraón y a su ejército, porque es eterno su amor. Él guió a su pueblo a través del desierto, porque es eterno su amor; hirió de muerte a grandes reyes, porque es eterno su amor; quitó la vida a reyes poderosos, porque es eterno su amor; a Sijón, rey de los amorreos, porque es eterno su amor; y a Og, rey de Basán, porque es eterno su amor; y dio sus tierras en herencia, porque es eterno su amor; en herencia a su siervo Israel, porque es eterno su amor. Él se acordó de nosotros en nuestra humillación, porque es eterno su amor; y nos libró de nuestros enemigos, porque es eterno su amor. Él da de comer a todas las criaturas, porque es eterno su amor. Dad gracias al Dios del cielo, porque es eterno su amor. Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de Sión. En los sauces de al lado teníamos colgadas nuestras cítaras. Allí nuestros carceleros nos pedían cánticos y nuestros verdugos alegría: "Cantadnos algún cántico de Sión". ¿Cómo íbamos a cantar un cántico del Señor en país extranjero? Jerusalén, si me olvido de ti, que mi mano derecha se me seque; que mi lengua se me pegue al paladar, si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén por encima de mi propia alegría. Acuérdate, Señor, contra los edomitas, que decían el día de Jerusalén: "Destruidla, destruidla hasta sus cimientos". Babilonia, devastadora, dichoso el que te devuelva el mal que nos hiciste; dichoso el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas. De David Yo me postro hacia tu santo templo, doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad, pues tus promesas superan tu renombre. El día que te llamé, tú me respondiste y me diste valor. Que te den gracias, Señor, todos los reyes de la tierra, cuando escuchen las palabras de tu boca; que ensalcen los caminos del Señor: "¡Qué grande es la gloria del Señor!". Aunque es excelso, el Señor se fija en el humilde, pero conoce desde lejos al soberbio. Cuando estoy en peligro, tú me sacas con vida; das a mis enemigos un puñetazo en las narices y tu diestra me salva. El Señor lo hará todo por mí. Señor, tu amor es eterno, no abandones la obra de tus manos. Al maestro de coro. Salmo de David sabes cuándo me acuesto y cuándo me levanto, desde lejos te das cuenta de mis pensamientos; tú ves mi caminar y mi descanso, te son familiares todos mis caminos; no está todavía la palabra en mi lengua y ya, Señor, tú la conoces por entero. Tú me envuelves por detrás y por delante, y tienes puesta tu mano sobre mí. Tu sabiduría es un misterio para mí, es tan sublime que no puedo comprenderla. ¿A dónde podría ir lejos de tu espíritu, a dónde podría huir lejos de tu presencia? Si subo hasta los cielos, allí te encuentras tú; si bajo a los abismos, allí estás presente; si vuelo hasta el origen de la aurora, si me voy a lo último del mar, también allí tu mano me retiene y tu diestra me agarra. Si digo: "Las tinieblas me envuelven y la luz se ha hecho noche en torno a mí", tampoco las tinieblas son tinieblas para ti, ante ti la noche brilla como el día. Porque tú formaste mis entrañas, tú me tejiste en el vientre de mi madre. Confieso que soy una obra prodigiosa, pues todas tus obras son maravillosas; de ello estoy bien convencido. Mis huesos no se te ocultaban cuando yo era formado en el secreto, tejido en lo profundo de la tierra; tú me veías cuando era tan sólo un embrión, todos mis días estaban escritos en tu libro, mis días estaban escritos y contados antes de que ninguno de ellos existiera. Oh Dios, ¡qué difíciles son para mí tus pensamientos, qué grande es el número de ellos! Si los cuento, son más numerosos que la arena; si logro terminar, aún estoy contigo. Oh Dios, ¡ojalá mataras a los criminales; aleja de mí a los asesinos! Ellos dicen de ti cosas inicuas, pero en vano se levantan contra ti. Oh Señor, ¿no odio a los que te odian?, ¿no aborrezco a los que se rebelan contra ti? Los odio con un odio implacable y son mis propios enemigos. Examíname, Señor, y reconoce mi interior, explórame y conoce mis pensamientos; mira si voy por mal camino y guíame por el camino eterno. Al maestro de coro. Salmo de David Líbrame, Señor, de los criminales, guárdame de los hombres que ejercen la violencia, de los que en su corazón urden la maldad y provocan peleas todos los días, aguzan su lengua como las serpientes, veneno de víbora tienen en sus labios. Líbrame, Señor, de las manos de los criminales, guárdame de los hombres que ejercen la violencia, que proyectan mi caída; los orgullosos me ponen trampas, me tienden una red y emplazan cepos a lo largo del camino. Yo digo al Señor: "Tú eres mi Dios"; escucha, Señor, la voz de mi plegaria. Oh Señor, Señor mío, la fuerza que me salva, tú cubres mi cabeza el día del combate. No consientas, Señor, el plan de los malvados, no permitas que triunfen sus proyectos contra mí. Los que me rodean alzan la cabeza; que los ahogue la malicia de sus labios, que lluevan sobre ellos carbones encendidos, que se hundan en el abismo y ya no se levanten; que no quede un calumniador en el país y la desgracia lleve al violento a la ruina. Yo sé que el Señor hará justicia a los humildes y defenderá el derecho de los pobres. Salmo de David que mi oración sea como incienso en tu presencia, y mis manos alzadas, la ofrenda de la tarde. Pon, Señor, en mi boca un centinela, un guardia en la puerta de mis labios; no inclines mi corazón a la maldad, a cometer delitos con los criminales; que no participe nunca en sus banquetes; que me hiera un justo, que un hombre piadoso me reprenda, pero que la fragancia del criminal jamás perfume mi cabeza; pues a sus crímenes yo opondré siempre mi oración. Sus jueces serán precipitados por un despeñadero, entonces comprenderán qué dulces eran mis palabras; como se abren surcos en la tierra, serán esparcidos sus huesos en la boca del abismo. Señor, Señor, hacia ti vuelvo mis ojos, en ti me refugio, no me rechaces; guárdame del lazo que me tienden y de las insidias de los criminales; los criminales caerán todos juntos en sus trampas, mientras que yo pasaré incólume. Maskil de David. Cuando estaba en la cueva. Salmo Yo llamo al Señor a voz en grito, a voz en grito yo suplico al Señor; ante él derramo mi lamento, ante él expongo mi angustia. Cuando estoy deprimido, tú sabes dónde voy. En mi camino me han escondido un lazo. Si miro a la derecha, nadie viene en mi ayuda; no encuentro refugio, nadie se preocupa de mí. Yo te grito, Señor: "Tú eres mi refugio, tú eres todo lo que tengo en esta vida". Atiende a mi clamor, pues soy un desgraciado; líbrame de mis perseguidores, que son más fuertes que yo; Salmo de David No entables juicio contra mí, pues ante ti ningún viviente es justo. Mis enemigos me atacan y me arrastran por el suelo, me encierran en estancias tenebrosas, como a aquellos que murieron hace tiempo. Se me apaga el aliento y dentro el corazón se me consume. Me acuerdo de los tiempos pasados, medito en tus acciones y reflexiono en las obras de tus manos, tiendo mis manos hacia ti; sediento estoy de ti como una tierra seca. Date prisa, Señor, respóndeme, que me falta el aliento; no me escondas tu rostro, como a los que bajan a la tumba. Hazme sentir tu amor por la mañana, pues confío en ti; enséñame el camino que tengo que seguir, pues me dirijo a ti; líbrame, Señor, de mis enemigos, pues me cobijo en ti; enséñame a cumplir tu voluntad, pues tú eres mi Dios; tu espíritu bueno me conduzca por una tierra llana. Por amor a tu nombre, Señor, dame la vida; porque haces justicia, sácame de este aprieto; por tu amor, aniquila a mis enemigos, destruye a mis opresores, pues yo soy tu siervo. De David mi amor, mi fortaleza, mi ciudadela y mi libertador, el escudo con el que me protejo, el que somete a los pueblos bajo mi poder. Señor, ¿qué es el hombre para que te cuides de él, este mortal para que en él pienses? El hombre es como un soplo, sus días como sombra que pasa. Señor, despliega los cielos y desciende, toca los montes para que echen humo; haz estallar el rayo y dispérsalos, lanza tus saetas y destrúyelos. Extiende tu mano desde lo alto y sálvame, líbrame de las aguas torrenciales, de la mano de una raza extranjera, cuya boca dice falsedades y cuya diestra jura en falso. Oh Dios, voy a cantarte un cantar nuevo, a tocar para ti la lira de diez cuerdas. Tú das a los reyes la victoria, tú salvas a tu siervo David de la espada mortal. Sálvame y líbrame de las manos de una raza extranjera, cuya boca dice falsedades y cuya diestra jura en falso. Que nuestros hijos sean en su juventud como plantas frondosas, y nuestras hijas como cariátides, modelos de palacios; que nuestros graneros estén llenos, rebosantes de frutas de todas las especies; que nuestros rebaños se multipliquen a millares, a miles y miles por nuestras praderías; que nuestros bueyes vengan bien cargados, que no haya brechas ni fugas, ni gritos de alarma en nuestras plazas. Dichoso el pueblo que tiene todo esto, dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor. Himno de David todos los días te bendeciré, alabaré tu nombre por siempre jamás. Dios es grande y digno de alabanza, no tiene medida su grandeza. Una generación ponderará tus obras a la otra, proclamarán tus proezas; hablarán del esplendor de tu gloriosa majestad, contarán tus milagros; publicarán el poder de tus prodigios y pregonarán tus grandezas; divulgarán el recuerdo de tu inmensa bondad, aclamarán tu justicia. El Señor es tierno y compasivo, paciente y lleno de bondad; el Señor es bueno con todos, lleno de ternura con todas sus obras. Te alabarán, Señor, todas tus obras, y tus fieles te bendecirán; anunciarán la gloria de tu reino y hablarán de tus proezas, explicando a los hombres tus proezas y la gloria deslumbrante de tu reino. Tu reino es un reino eterno y tu imperio dura por todas las edades. El Señor es fiel a su palabra, leal en todas sus acciones. El Señor sostiene a todos los que caen, endereza a los que están doblados. Los ojos de todos están fijos en ti y tú les das a su tiempo la comida; abres la mano y sacias a placer a todos los vivientes. El Señor es justo en todos sus caminos, leal en todas sus acciones; el Señor está cerca de los que lo invocan, de los que lo invocan con sinceridad. Él cumple los deseos de sus fieles, escucha su clamor y los libera; el Señor guarda a todos sus amigos, y extermina a todos los malvados. Mi boca dirá la alabanza del Señor, todos los muertos bendecirán su santo nombre por siempre jamás. ¡Aleluya! Alaba, alma mía, al Señor. Alabaré al Señor mientras viva, cantaré himnos al Señor mientras exista. No confiéis en los príncipes, ni en los humanos incapaces de salvar: exhalan el aliento y retornan al polvo, y ese día se malogran todos sus proyectos. Dichoso el que tiene su ayuda en el Dios de Jacob, y su esperanza en el Señor, su Dios, que hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que contienen; que guarda lealtad eternamente; que hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos. El Señor da la libertad a los presos, el Señor da la vista a los ciegos, el Señor endereza a los que están doblados, el Señor ama a los que practican la justicia, el Señor protege a los emigrantes, sostiene a las viudas y a los huérfanos y tuerce el camino de los malhechores. El Señor reinará eternamente; él es tu Dios, Sión, por todas las edades. ¡Qué bueno es cantar para el Señor!, ¡qué agradable alabar a nuestro Dios! El Señor reconstruye Jerusalén y reúne a los dispersos de Israel, él cura los corazones rotos y venda sus heridas. Él cuenta el número de las estrellas y llama a cada una por su nombre. Nuestro Señor es grande y todopoderoso, su inteligencia es infinita. El Señor sostiene a los humildes y humilla hasta el polvo a los malvados. Cantad al Señor la acción de gracias, tocad el arpa para nuestro Dios. Él cubre de nubes el cielo, prepara la lluvia para la tierra y hace brotar hierba en los montes; él da el alimento a los ganados y a las crías del cuervo cuando chillan. No tiene en cuenta el brío del caballo ni se complace en los músculos del hombre; el Señor se complace en sus amigos, en aquellos que confían en su amor. Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión. Él reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro de tus murallas; hace reinar la paz en tus fronteras y te sacia con la flor del trigo; envía sus órdenes a la tierra y su palabra corre velozmente; manda la nieve como lana, esparce la escarcha cual ceniza; arroja sus granizos como migas de pan y con el frío las aguas se congelan; envía su palabra y las derrite, hace soplar el viento y las aguas vuelven a correr. Él anuncia su palabra a Jacob, sus leyes y sus decretos a Israel. Esto no lo ha hecho con ningún otro pueblo, no les dio a conocer sus mandamientos. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Alabad al Señor desde los cielos, alabadlo en las alturas; alabadlo, todos sus ángeles; alabadlo, todos sus ejércitos; alabadlo, sol y luna, alabadlo, todas las estrellas luminosas; alabadlo, cielos de los cielos y aguas que estáis por encima de los cielos; alaben el nombre del Señor, porque él lo mandó y fueron creados; él los fijó para siempre jamás, puso unas leyes que nunca cambiarán. Alabad al Señor desde la tierra, monstruos marinos y todos los abismos, fuego y granizo, nieve y bruma, viento de tempestad que ejecuta sus órdenes, montañas y todas las colinas, árboles frutales y todos los cedros, bestias salvajes y todos los ganados, reptiles y pájaros que vuelan, reyes del mundo y pueblos todos, príncipes y todos los jueces de la tierra, jóvenes y también doncellas, los viejos a una con los niños; que todos alaben el nombre del Señor, porque su nombre es sublime, sólo él; su majestad domina los cielos y la tierra. Él ha realzado el poder de su pueblo, orgullo para todos sus amigos, para Israel, su pueblo íntimo. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad su alabanza en la asamblea de los fieles. Que Israel se regocije en su hacedor, y los hijos de Sión festejen a su rey. Alaben su nombre con la danza, toquen para él el tambor y la cítara, porque el Señor ama a su pueblo y corona de victoria a los humildes. Que los fieles se alegren de su gloria, y en sus lechos griten de alegría; que ensalcen a Dios a voz en grito, teniendo empuñada la espada de dos filos para tomar venganza de los pueblos y castigar a las naciones, para atar con cadenas a sus reyes y con grillos de hierro a sus magnates, para ejecutar contra ellos la sentencia escrita. Esto es un honor para todos sus amigos. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Alabad al Señor en su santuario, alabadlo en su majestuoso firmamento, alabadlo por sus grandes hazañas, alabadlo por su inmensa grandeza, alabadlo al son de las trompetas, alabadlo con la cítara y el arpa, alabadlo con danzas y tambores, alabadlo con cuerdas y con flautas, alabadlo con címbalos sonoros, alabadlo con címbalos vibrantes. Que alabe al Señor todo cuanto vive. ¡Aleluya! Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel.Una respuesta amable calma la ira, pero una palabra áspera excita el furor. Para conocer sabiduría y disciplina, para comprender discursos inteligentes,La lengua de los sabios derrama la ciencia, la boca de los necios profiere desatinos. para adquirir una instrucción sensata, justicia, equidad y rectitud,En todo lugar están los ojos del Señor, él observa a los malos y a los buenos. para hacer sagaces a los jóvenes inexpertos y darles ciencia y prudencia;La lengua apacible es un árbol de vida, pero su aspereza hiere el corazón. que el sabio escuche y aumentará su saber, y el entendido adquirirá destreza;El insensato desprecia la instrucción paterna, pero el que escucha la corrección es prudente. para comprender proverbios y dichos agudos, las sentencias de los sabios y sus enigmas.En la casa del justo hay gran abundancia, pero las ganancias del injusto causan turbación. El temor del Señor es el principio de la sabiduría. Los insensatos desprecian la sabiduría y la disciplina.Los labios del sabio derraman ciencia, pero no así el corazón del necio. Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no rechaces la enseñanza de tu madre,Dios rechaza el sacrificio de los que practican la injusticia y se complace en la oración de los justos. porque son corona de gracia para tu cabeza y collares para tu cuello.El Señor odia la conducta perversa, y ama a quien obra con justicia. Hijo mío, si los delincuentes quieren seducirte, no consientas.Una severa corrección para el que abandona el camino, el que odia la reprensión morirá. Si te dicen: "Ven con nosotros, acechemos para derramar sangre, tendamos a placer insidias contra el inocente;El abismo y el infierno están delante del Señor, cuánto más los corazones de los hombres. como el abismo, traguémoslos vivos; enteros, como los que bajan al sepulcro;El insolente no quiere que le reprendan, por eso no va con los sabios. encontraremos toda clase de bienes preciosos, henchiremos nuestras casas de botín,Un corazón contento alegra el semblante, un corazón triste abate el espíritu. correrás tu suerte con nosotros, todos nosotros tendremos bolsa común";Un corazón sabio cultiva la ciencia, la boca del necio se nutre de insensatez. hijo mío, no los sigas en su camino, aparta tus pasos de sus sendas,Para el afligido todos los días son malos, la alegría de corazón es un festín perpetuo. porque sus pies corren hacia el crimen, y se apresuran a derramar sangre;Más vale poco con temor del Señor que abundante tesoro con turbación. porque en vano se tiende la red ante los ojos de las aves.Más vale una ración de verduras con amor que buey cebado con odio. Ellos acechan para derramar su propia sangre, contra ellos mismos tienden insidias.El hombre iracundo suscita contiendas, el que es tardo para la ira apacigua la disputa. Tal es el destino del que practica la rapiña; su propia avaricia lo mata.El camino del perezoso es como seto de espinas, el sendero de los diligentes es espacioso. La sabiduría grita en las calles, en las plazas levanta su voz.El hijo sabio alegra a su padre, el necio desprecia a su madre. Desde lo alto de los muros llama, a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos:La insensatez agrada al falto de sentido, el hombre inteligente sigue derecho su camino. "¿Hasta cuándo, jóvenes inexpertos, amaréis la inexperiencia, los insolentes se deleitarán en la insolencia, y los necios aborrecerán la ciencia?Los proyectos fracasan por falta de deliberación, pero con muchos consejeros se logra el éxito. Convertíos a mis exhortaciones; he aquí que yo derramaré sobre vosotros mi espíritu; yo os haré conocer mis palabras.Alegría es para el hombre la respuesta de su boca, y una palabra oportuna ¡qué agradable resulta! Yo os llamé y me rechazasteis, os tendí la mano y no me hicisteis caso.El sabio sube por un camino de vida que lo libra de bajar al abismo. Habéis despreciado todos mis consejos y no habéis querido mis amonestaciones.El Señor derriba la casa de los soberbios y afirma los linderos de la viuda. También yo me reiré de vuestra desventura; me vengaré cuando llegue sobre vosotros el terror;El Señor odia las intenciones perversas, las palabras benévolas le agradan. cuando el terror venga sobre vosotros como el huracán, y como un torbellino os sobrevenga la desventura; cuando la tribulación y la angustia vengan sobre vosotros.El ávido de ganancia perturba su casa, el que aborrece las dádivas vivirá. Entonces ellos me llamarán y yo no responderé; me buscarán y no me encontrarán.El corazón del justo medita sus respuestas, la boca del criminal profiere perversidades. Porque han aborrecido la ciencia y no han amado el temor del Señor;El Señor está lejos de los criminales, pero escucha la oración de los justos. no han querido mis consejos, han despreciado todas mis exhortaciones,Una mirada benévola alegra el corazón y una buena noticia reanima las fuerzas. comerán el fruto de sus errores y se hartarán de sus propios consejos.El oído que escucha la reprensión saludable tiene su morada entre los sabios. Porque el desvío de los inexpertos los mata, y el descuido de los necios los lleva a la ruina;El que rechaza la corrección se desprecia a sí mismo, el que escucha la reprensión adquiere inteligencia. pero quien me escucha vive en paz y estará tranquilo sin temer ningún peligro".El temor del Señor es escuela de sabiduría, y la humildad precede a la gloria. Hijo mío, si tú recibes mis palabras y guardas dentro de ti mis mandamientos, haciendo tu oído atento a la sabiduría e inclinando tu corazón a la inteligencia; si llamas a la prudencia y levantas tu voz hacia la inteligencia; si la persigues como a la plata; si excavas buscándola como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y descubrirás el conocimiento de Dios. Porque es el Señor el que da la sabiduría, y de su boca procede la ciencia y la sensatez. Él reserva su auxilio para los hombres rectos, es un escudo para los que proceden con honestidad. Él protege a los que practican la justicia, vigila el camino de sus fieles. Entonces tú comprenderás la justicia y la equidad, la rectitud y todos los caminos del bien. Cuando la sabiduría entre en tu corazón y la ciencia sea dulce a tu alma, la prudencia vigilará sobre ti, la inteligencia te custodiará para librarte del mal camino, del hombre de perversos propósitos, de los que abandonan los caminos rectos para correr por caminos tenebrosos; ésos gozan en hacer el mal, disfrutan en las peores perversidades; sus senderos son tortuosos y descaminadas sus andanzas; para preservarte de la mujer ajena, de la desconocida que halaga con palabras; ella ha abandonado al compañero de su juventud, se ha olvidado de la alianza de su Dios, porque su casa conduce a la muerte y sus caminos a la región de las sombras; ninguno de cuantos van a ella retornan ni encuentran los caminos de la vida. Por eso has de andar por la senda de los buenos; seguirás el camino de los justos. Porque los que practican la justicia habitarán la tierra, y los íntegros morarán en ella. Pero los que practican la injusticia serán arrancados de la tierra, y los pérfidos extirpados de ella. Hijo mío, no olvides mi enseñanza, y que tu corazón guarde mis preceptos; porque te procurarán largos días, años de vida y bienestar. Que la bondad y la felicidad no te abandonen; átalas a tu cuello, escríbelas en la tablilla de tu corazón; así encontrarás favor y éxito perfecto a los ojos de Dios y de los hombres. Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes sobre tu propia prudencia. En todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus senderos. No te tengas por sabio; teme al Señor y apártate del mal; esto será medicina para tu carne y refrigerio para tus huesos. Honra al Señor con tus riquezas, con las primicias de todos tus frutos; entonces tus graneros estarán llenos en abundancia y tus bodegas rebosarán de vino. No desprecies, hijo mío, la corrección del Señor y no te enfades por su reprensión, porque el Señor reprende al que ama, como un padre al hijo querido. Bienaventurado el hombre que ha encontrado la sabiduría, el hombre que ha adquirido la inteligencia; porque adquirirla vale más que adquirir plata, y poseerla más que poseer oro. Es más preciosa que las perlas, y todos los tesoros que puedas desear no la igualan. En su diestra tiene larga vida, y en su izquierda riquezas y honores. Sus caminos son caminos de delicias, y sus senderos son todos de paz. Es un árbol de vida para los que la abrazan, y los que la poseen son bienaventurados. El Señor con sabiduría ha fundado la tierra, ha establecido los cielos con inteligencia. Con su ciencia fueron excavados los abismos, y las nubes destilan el rocío. Hijo mío, guarda el consejo y la prudencia; no se aparten de tus ojos; serán vida para tu alma y adorno para tu cuello. Entonces andarás por tu camino con seguridad, y tu pie no tropezará. Si te sientas, no tendrás temor; si te acuestas, tu sueño será dulce. No tendrás que temer al terror repentino ni la ruina que cae sobre los delincuentes, porque el Señor será tu confianza, él preservará tu pie de toda red. No niegues un beneficio al que lo pida, cuando estuviere en tu poder concederlo. No digas a tu prójimo: "Vuelve otra vez; mañana te daré", si está en tu poder. No trames mal alguno contra tu prójimo, cuando ha depositado en ti su confianza. No pleitees sin motivo con un hombre, si no te ha hecho mal alguno. No envidies al hombre desalmado ni sigas ninguno de sus caminos; porque el Señor aborrece a los perversos, mientras que con los justos se franquea. La maldición del Señor está en la casa del malvado, pero bendice la morada del justo. De los burlones se burla, y a los humildes da su gracia. Los sabios tienen por herencia la gloria, pero los necios reciben la ignominia. Escuchad, hijos míos, la instrucción de un padre y estad atentos a conocer la prudencia, porque yo os doy una buena doctrina; no abandonéis mi enseñanza. También yo fui un hijo para mi padre, tierno y querido a los ojos de mi madre. Él me instruía diciéndome: "Que tu corazón guarde mis palabras, observa mis preceptos y vivirás. Adquiere la sabiduría, adquiere la inteligencia, no la olvides, no te apartes de las palabras de mi boca. No la abandones y ella te guardará, ámala y ella te custodiará. Comienzo de la sabiduría: adquiere la sabiduría; cueste lo que te cueste, adquiere la inteligencia, tenla en gran estima y ella te exaltará; ella será tu honor, si la abrazas. Sobre tu cabeza pondrá una diadema de gracia, te ceñirá una corona de gloria". Escucha, hijo mío, y recibe mis palabras, y los años de tu vida se multiplicarán. Yo te enseño el camino de la sabiduría, te encamino por las sendas de la rectitud. Si caminas, no encontrarás obstáculos; y si corres, no tropezarás. Mantén la disciplina, no la dejes; guárdala porque ella es tu vida. No sigas la senda de los criminales, no vayas por el camino de los delincuentes. Evítalo, no vayas por él; apártate de él, y pasa de lejos. Porque ellos no duermen tranquilos si no perpetran algún delito, el sueño les falta si no arrastran a alguno a la ruina. Porque comen el pan del crimen y beben el vino de la violencia. La senda de los justos es como la luz del alba, cuyo esplendor va creciendo hasta el pleno día. El camino de los delincuentes es como las tinieblas, no ven dónde van a tropezar. Hijo mío, presta atención a mis palabras, inclina tu oído a mis razones; nunca se aparten de tus ojos; guárdalas en el fondo del corazón, porque son vida para quien las posee y dan salud a su cuerpo. Sobre todas las cosas, vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida. Aparta de tu boca la falsedad y aleja de tus oídos la mentira. Que tus ojos miren de frente y tu vista se dirija hacia adelante. Mira bien la senda de tus pasos y todos tus caminos sean rectos. No te desvíes ni a derecha ni a izquierda, aleja tus pasos de la delincuencia. Hijo mío, presta atención a mi sabiduría, inclina tu oído a mi inteligencia, para conservar la prudencia y la ciencia; ellas guardarán tus labios. Porque los labios de la mujer extraña destilan miel, y su palabra es más suave que el aceite; pero su fin es amargo como el ajenjo, agudo como espada de dos filos. Sus pies descienden a la muerte, sus pasos al abismo se dirigen. Ella no considera el camino de la vida, sus pies van errando sin que ella sepa adónde. Ahora, pues, hijo mío, escúchame; no te apartes de las palabras de mi boca. Aleja de ella tu camino y no te acerques a la puerta de su casa, para que no des a otros tu honor y tus años a un hombre cruel; para que no disfruten extraños de tu hacienda, y el fruto de tu trabajo no vaya a casa de un desconocido; para que al fin no tengas que gemir, cuando tu cuerpo y tu carne estén consumidos, y no digas: "¡Ay, aborrecí la disciplina y mi corazón despreció la corrección; no escuché la voz de mis educadores ni presté oídos a los que me instruían! He estado al borde de la desgracia en medio del pueblo y de la asamblea". Bebe el agua de tu propia cisterna, los raudales que brotan de tu pozo. ¿Deben derramarse fuera tus fuentes, sobre las plazas tus arroyos? Sean para ti solo, y no para extraños a la vez. Bendita sea tu fuente, y que te regocijes en la mujer de tu juventud: cierva amable y graciosa gacela, sus encantos te embriaguen de continuo, siempre estés prendado de su amor. ¿Por qué, hijo mío, desear a una extraña y abrazar el seno de una desconocida? Porque ante los ojos del Señor están los caminos del hombre, y él examina todos sus pasos. Sus propias injusticias cautivan al injusto, en los lazos de sus crímenes está prisionero. Él morirá por ser incorregible, su locura será su perdición. Hijo mío, si saliste fiador por tu prójimo, si has estrechado la mano en favor de un extraño, si te has ligado por las palabras de tus labios, si estás preso por tu misma boca, haz, pues, esto, hijo mío, para librarte, porque has caído en las manos de tu prójimo: ve sin tardanza, e importuna a tu prójimo; no des ni sueño a tus ojos, ni reposo a tus párpados; líbrate, como de la red la gacela, y como el pájaro de la trampa. Anda a ver a la hormiga, ¡perezoso!, mira sus costumbres y hazte sabio. Ella, que no tiene capataz, ni jefe, ni inspector, durante el verano prepara su alimento, y recoge durante la siega su comida. ¿Hasta cuándo, perezoso, estarás acostado? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? Un poco dormir, un poco adormecerse, un poco cruzar los brazos descansando; y, como vagabundo, te viene la miseria, y la indigencia como ladrón. El hombre inicuo, el depravado, camina con la perversidad en la boca, guiñando los ojos, arrastrando los pies, haciendo signos con los dedos, tramando en su corazón malos designios, continuamente provocando peleas. Por eso de improviso vendrá la ruina sobre él, en un instante será destrozado y sin remedio. Hay seis cosas que detesta el Señor, y siete que aborrece su alma: los ojos altaneros, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que trama designios perversos, los pies que corren presurosos al delito, el falso testigo que profiere calumnias y el que siembra discordias entre hermanos. Guarda, hijo mío, los preceptos de tu padre y no rechaces la enseñanza de tu madre. Fíjalos constantemente en tu corazón, átalos alrededor de tu cuello. Cuando camines, ellos te guiarán; cuando duermas, vigilarán sobre ti, y cuando te despiertes, se entretendrán contigo. Porque el precepto es una lámpara; la enseñanza, una luz; la corrección y la disciplina son el camino de la vida, para preservarte de la mujer adúltera, de los halagos de la mujer extraña. No codicies en tu corazón su hermosura y no te dejes seducir por sus miradas. Porque si la prostituta busca un trozo de pan, la adúltera amenaza a una vida preciosa. ¿Puede uno meter fuego en su seno sin que sus vestidos se quemen? ¿Puede uno andar sobre brasas sin que se le abrasen los pies? Tal es el que se acerca a la mujer de su prójimo; cualquiera que la toque no quedará impune. No se quita el honor a un ladrón que roba para satisfacer su apetito cuando tiene hambre. Pero si le pillan, tendrá que pagar el séptuplo; habrá de dar toda la hacienda de su casa. Mas el que viola a una mujer es un mentecato; él mismo se busca la ruina. Recibirá golpes e insultos, y su afrenta nunca se borrará; porque los celos encienden el furor del marido, y no perdonará en el día de la venganza; no le bastarán compensaciones y no querrá nada aunque multipliques los dones. Hijo mío, guarda mis palabras y conserva mis mandatos. Guarda mis preceptos y vivirás; que sea mi enseñanza como la niña de tus ojos. talos a tus dedos, escríbelos en la tablilla de tu corazón. Di a la sabiduría: "Tú eres mi hermana", y llama a la inteligencia tu amiga, para que te guarden de la mujer ajena, de la desconocida que halaga con palabras. Mientras que en la ventana de mi casa estaba yo mirando a través de las celosías, entre los jóvenes faltos de experiencia vi un muchacho desprovisto de sentido. Pasaba por la calle junto a la esquina de la extraña e iba camino de su casa. Era al atardecer, al caer el día, al oscurecer, al hacerse de noche. De pronto, una mujer le sale al paso con aire de prostituta, cubierta con un velo. Es apasionada y provocadora, sus pies no pueden estar en casa; ya en la calle, ya en las plazas, en todas las esquinas está acechando. Ella le abraza y le besa, y con todo descaro le dice: "Tenía que ofrecer sacrificios de reconciliación, y hoy he cumplido mi promesa; por eso he salido a tu encuentro a buscarte, y te he encontrado. He ataviado mi lecho con tapices, con finas telas de Egipto; he perfumado mi cama con mirra, áloe y cinamomo. Ven, embriaguémonos de amor hasta la mañana, gocemos de la alegría del placer, pues mi marido no está en casa, ha salido para un largo viaje; llevó consigo la bolsa del dinero, y no regresará a casa hasta la luna llena". Ella le persuade a fuerza de halagos, con la seducción de sus labios le arrastra. Y él, infeliz, la sigue, como un buey al matadero, como un ciervo apresado en el lazo, hasta que una flecha le atraviesa el hígado; como pájaro que se precipita en la red, sin saber que en ello le va la vida. Ahora, pues, hijo mío, escúchame, y presta atención a las palabras de mi boca: Que tu corazón no se desvíe por los caminos de tal mujer, ni te pierdas por sus senderos, porque a muchos ha herido de muerte y sus víctimas son numerosas; su casa es el camino del abismo, que conduce a la morada de la muerte. ¿No llama la sabiduría, no levanta su voz la inteligencia? En la cima de las alturas, junto a los caminos, en los cruces de las veredas se coloca; junto a las puertas, a la entrada de la ciudad, en las vías de acceso da voces: "A vosotros, mortales, llamo, y mi voz se dirige a los hombres. Jóvenes inexpertos, aprended la prudencia; y vosotros, necios, entrad en cordura. Oíd, porque voy a deciros cosas solemnes, y de mis labios saldrán palabras justas; porque mi boca proclama la verdad y mis labios rechazan la mentira. Todas las palabras de mi boca son justas; nada hay en ellas falso o tortuoso. Todas son francas para quien las entiende, y rectas para los que poseen la ciencia. Procuraos mi doctrina y no la plata, la ciencia más bien que el oro puro, porque la sabiduría vale más que las perlas, y todos los objetos preciosos no la igualan. Yo, la sabiduría, habito con la prudencia y poseo la ciencia y la reflexión. Temer al Señor es aborrecer el mal; la arrogancia y el orgullo, la mala conducta y la boca perversa, las detesto. A mí me pertenece el consejo y la previsión; mía es la inteligencia, mía la fuerza. Por mí reinan los reyes, y los príncipes decretan la justicia; por mí gobiernan los jefes, y los soberanos juzgan toda la tierra. Yo amo a los que me aman, y los que me buscan con diligencia me encuentran. Conmigo están la riqueza y la gloria, los bienes durables y la justicia. Mejor es mi fruta que el oro, que el oro puro; y mis productos son mejores que la plata escogida. Yo voy por las sendas de la justicia, por los senderos de la equidad para procurar bienes a los que me aman y henchir sus tesoros. El Señor me creó en el comienzo de sus obras, antes que comenzara a crearlo todo. Desde la eternidad fui constituida; desde el comienzo, antes del origen de la tierra. Cuando el abismo no existía, fui yo engendrada; cuando no había fuentes, ricas en aguas. Antes que los montes fueran fundados, antes de las colinas fui yo engendrada; cuando aún no había hecho la tierra y los campos, ni los elementos del polvo del mundo. Cuando estableció los cielos, allí estaba yo; cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando condensó las nubes en lo alto, cuando fijó las fuentes del abismo, cuando asignó su límite al mar para que las aguas no salieran de sus límites, cuando echó los cimientos de la tierra, yo estaba a su lado como arquitecto, y yo era cada día sus delicias, recreándome todo el tiempo en su presencia, recreándome en su orbe terrestre y encontrando mis delicias con los hijos de los hombres. Por tanto, hijos míos, escuchadme: dichosos los que siguen mis caminos; escuchad mis avisos y seréis sensatos, no los rechacéis; dichoso el hombre que me escucha velando a mis puertas día tras día, vigilando a la entrada de mi casa. Porque quien me encuentra, encuentra la vida y obtiene el favor del Señor; pero el que me ofende, se daña a sí mismo; todos los que me odian a mí, aman la muerte". La sabiduría edificó su casa, labró sus siete columnas, inmoló sus víctimas, preparó su vino e igualmente aderezó su mesa. Envió sus criados y proclamó sobre los puntos más altos de la ciudad: "Jóvenes inexpertos, venid aquí". A los insensatos ella les dice: "Venid, comed de mi pan y bebed del vino que yo he preparado. Dejad de ser imprudentes y viviréis, y caminad por la senda de la inteligencia". El que corrige al escéptico se acarrea afrenta; el que reprende al malvado, ultraje. No reprendas al escéptico para que no te odie; reprende al sabio y te amará. Da al sabio, y se hará más sabio todavía; instruye al justo, y acrecerá su ciencia. El principio de la sabiduría es el temor del Señor; conocer al santo, ésa es la inteligencia. Porque por mí tus días se multiplican, y los años de tu vida se aumentan. Si tú eres sabio, eres sabio para tu bien; si eres escéptico, tú solo sufrirás las consecuencias. La señora necedad es impulsiva, mentecata e ignorante. Se sienta a la puerta de su casa, en una silla, en lo más alto de la ciudad para invitar a los transeúntes, que van derechos por sus caminos: "Jóvenes inexpertos, venid aquí". A los insensatos ella les dice: "Las aguas robadas son dulces y el pan en secreto es sabroso". Pero el hombre no sabe que allí están las sombras de los muertos, y sus invitados en las profundidades del abismo. El hijo sabio es la alegría de su padre, y el hijo necio la tristeza de su madre. Tesoros mal adquiridos no aprovechan, mas la justicia libra de la muerte. El Señor no deja al justo sufrir hambre, pero rechaza la codicia del malvado. La mano perezosa empobrece, la mano diligente enriquece. El que recoge en verano es hombre prudente, el que duerme durante la siega es despreciable. La bendición del Señor sobre la cabeza del justo, la boca del malhechor oculta la violencia. La memoria del justo es bendecida, y el nombre del injusto es maldecido. El sabio de corazón acepta los preceptos, mas el insensato deslenguado corre al precipicio. El que camina con integridad camina seguro, pero el que mal anda mal acaba. El que guiña el ojo causa desventuras, quien reprende con franqueza trae la paz. La boca del justo es fuente de vida, pero la boca del malhechor oculta la violencia. El odio suscita querellas, pero el amor cubre todas las faltas. En los labios del inteligente se encuentra la sabiduría, en las espaldas del insensato la vara. Los sabios atesoran la ciencia, pero la boca del insensato es un peligro inminente. La hacienda del rico es su fortín, pero la indigencia del pobre es su pobreza. El salario del justo procura la vida, la ganancia del malvado la ruina. Sendero de vida es guardar la instrucción, el que desprecia la reprensión va por camino falso. Los labios sinceros apagan el odio, y el que difunde calumnias es un necio. En el mucho hablar no falta el pecado, el que frena sus labios es prudente. Plata pura es la lengua del justo, el corazón de los malvados bien poco vale. Los labios del justo alimentan a muchos, los insensatos mueren por falta de seso. La bendición del Señor es lo que enriquece, nuestro esfuerzo no le añade nada. El necio encuentra placer en cometer el crimen, el hombre sensato en adquirir sabiduría. Al injusto le acontece lo que teme, pero el justo obtiene lo que desea. Como pasa el huracán desaparece el injusto, pero el justo permanece para siempre. Como el vinagre a los dientes y el humo a los ojos, así es el mensajero perezoso para quien le envía. El temor del Señor alarga la vida, mas los años de los malos serán abreviados. La esperanza de los justos termina en alegría, pero la esperanza de los injustos se desvanece. El Señor es una muralla para el hombre de vida íntegra, pero una ruina para los criminales. Jamás vacilará el justo, pero los injustos no habitarán la tierra. La boca del justo produce la sabiduría, pero la lengua del injusto será cortada. Los labios del justo destilan benevolencia, la boca del injusto perversidad. El Señor reprueba la balanza falsa, pero el peso justo le agrada. Detrás de la soberbia vendrá la ignominia, pero con los humildes está la sabiduría. Los hombres rectos son guiados por su integridad, y los pérfidos son destruidos por su propia malicia. En el día de la ira las riquezas de nada sirven, pero la justicia libra de la muerte. La justicia de los hombres rectos les allana el camino, pero el injusto cae por su injusticia. La justicia de los hombres rectos los salva, pero los pérfidos quedan presos en su propia malicia. Con la muerte del injusto perece su esperanza, y la confianza de los malvados es aniquilada. El justo es librado de la tribulación, y en su lugar entra el malvado. Con su boca el injusto arruina a su prójimo, pero los justos por su saber se libran. Por la prosperidad de los justos se alegra la ciudad; cuando perecen los injustos, hay fiesta. Por la bendición de los hombres rectos se eleva una ciudad, la boca de los malvados la destruye. El que desprecia a su prójimo es un insensato, el hombre prudente calla. El chismoso descubre los secretos, pero el corazón fiel tiene oculta la cosa. Por falta de dirección cae un pueblo, su salvación está en un gran número de consejeros. Termina mal el que sale fiador de un extraño, pero el que rehúye la fianza está seguro. La mujer agraciada es la gloria de su marido, pero es trono de deshonra la mujer que odia la justicia. Los perezosos carecen de bienes, pero los decididos adquieren riquezas. El hombre generoso se hace bien a sí mismo, pero el cruel a sí mismo se perjudica. El injusto adquiere ganancias falsas, pero el que siembra la justicia tiene recompensa verdadera. El que sigue la justicia va a la vida, el que practica la injusticia va a la muerte. El Señor aborrece los corazones depravados, los que obran con integridad le son gratos. Ciertamente no quedarán impunes los injustos, mas la posteridad de los justos se salvará. Anillo de oro en jeta de puerco, tal es la mujer bella pero sin seso. El deseo de los justos es únicamente el bien, la esperanza de los injustos es la ira. Hay quien da libremente y sus riquezas aumentan; hay quien ahorra más de lo razonable y se empobrece. La persona benéfica prosperará, y el que largamente da largamente recibirá. El que acapara el trigo es maldecido por el pueblo, pero caen bendiciones sobre la cabeza del que lo vende. El que busca el bien encuentra el favor, al que busca el mal le llegará el mal. El que confía en sus propias riquezas caerá, los justos reverdecerán como follaje. El que descuida su casa heredará viento, el insensato será esclavo del sabio. El fruto de la justicia es un árbol de vida, y la violencia arranca las vidas. Si el justo recibe en la tierra su paga, cuánto más el injusto y el pecador. El que ama la instrucción ama la ciencia, el que odia la reprensión es insensato. El que es bueno alcanza el favor del Señor, pero él condena al hombre malicioso. No se afirma el hombre por la maldad, la raíz de los justos no será arrancada. Una mujer virtuosa es la corona de su marido, una mujer desvergonzada es como la carcoma en sus huesos. Los proyectos de los justos son justicia; los planes de los injustos, la falsedad. Las palabras de los criminales son redes sangrientas, pero los hombres rectos, con sus respuestas, se libran de ellas. Abatidos, los injustos no existen más, pero la casa de los justos permanece en pie. El hombre es estimado según su prudencia, pero el corazón perverso caerá en el desprecio. Más vale un hombre común que se basta a sí mismo, que el presuntuoso que carece de pan. El justo cuida de las necesidades de su ganado, las entrañas de los injustos son crueles. El que cultiva su campo se hartará de pan, el que se pierde en quimeras es un insensato. El malvado desea la ganancia del malvado, la raíz del justo está bien firme. Por las faltas de sus labios se enreda el criminal, el justo se libra de la tribulación. Por el fruto de su boca se sacia el hombre de bien, a cada uno le será dado según la obra de sus manos. El insensato juzga recto su propio camino, pero el que escucha los avisos es sabio. El insensato manifiesta al instante su ira, el hombre prudente sabe disimular una ofensa. El que dice la verdad proclama la justicia; el falso testimonio, la perfidia. Las palabras imprudentes hieren como una espada, la lengua de los sabios cura las heridas. Los labios veraces permanecen por siempre, la lengua mentirosa dura sólo un instante. La amargura está en el corazón de los que traman el mal, los que aconsejan la paz tienen alegría. Ninguna adversidad vendrá sobre el justo, mientras que los injustos estarán colmados de males. El Señor aborrece los labios mentirosos, y se complace en los que dicen la verdad. El hombre prudente oculta su ciencia, el corazón del insensato publica su necedad. La mano laboriosa dominará, la perezosa se hará tributaria. La angustia deprime el corazón del hombre, pero una buena palabra le alegra. El justo es guía de su compañero, el camino de los delincuentes los extravía. El perezoso no asa su pieza de caza, la mejor riqueza del hombre es la diligencia. En el sendero de la justicia está la vida, el camino tortuoso lleva a la muerte. El hijo sabio ama la disciplina, el insolente no escucha la reprensión. Por el fruto de su boca el hombre gusta el bien, el apetito de los traidores se nutre de violencia. El que vigila su boca conserva su vida, el que abre mucho sus labios se pierde. Desea el perezoso, pero en vano; el deseo de los diligentes será saciado. El justo odia las palabras mentirosas, el malvado calumnia y deshonra. La justicia protege el camino del hombre íntegro, el delito causa la ruina del delincuente. Hay quien se las da de rico y no tiene nada, hay quien se las da de pobre teniendo grandes bienes. Las riquezas de un hombre son el rescate de su vida, pero el pobre no tiene medios para rescatarse. La luz de los justos brilla alegremente, pero la lámpara de los injustos se apaga. El orgulloso provoca peleas, la sabiduría está con los que se dejan aconsejar. Riqueza adquirida de prisa se desvanece, pero el que la reúne poco a poco la aumenta. La esperanza diferida hace enfermar el corazón, el deseo satisfecho es un árbol de vida. El que desprecia la palabra se perderá, el que respeta el precepto será recompensado. La enseñanza del sabio es fuente de vida para escapar de los lazos de la muerte. La prudencia recta concilia el favor; la conducta de los pérfidos, la perdición. El hombre sensato lo hace todo con reflexión, pero el necio manifiesta su insensatez. Un mal mensajero provoca desgracias, pero un enviado fiel es un remedio. Miseria y vergüenza para el que rechaza la disciplina, honor para el que acoge la corrección. El deseo satisfecho es dulzura para el alma, apartarse del mal es odioso para el necio. Anda con los sabios y te harás sabio, el que frecuenta los necios será como ellos. La desventura persigue al delincuente, la felicidad acompaña al justo. El hombre de bien deja su herencia a los hijos de sus hijos, las riquezas del injusto están reservadas para el justo. El campo roturado por el pobre da abundante fruto, pero hay quien perece por falta de justicia. El que no usa la vara odia a su hijo, pero el que le ama le prodiga la corrección. El justo come hasta saciar su apetito, pero el vientre del delincuente sufre hambre. La mujer sabia construye su casa, la necia con sus manos la destruye. El que obra con rectitud teme al Señor, el que sigue caminos torcidos le desprecia. La boca del insensato es la vara para su propia espalda, pero los labios de los sabios les protegen. Donde no hay bueyes el granero está vacío, cosecha abundante con toros robustos. El testigo fiel no miente, el testigo falso profiere mentiras. El insolente busca la sabiduría y no la encuentra, pero para el hombre inteligente la ciencia es fácil. Aléjate del hombre necio, pues no encontrarás en él labios de ciencia. La sabiduría del prudente está en conocer su camino, la insensatez de los necios en engañarse. El necio se burla del pecado, entre los hombres rectos está la benevolencia. El corazón conoce sus propias amarguras, y en su alegría no puede participar el extraño. La casa de los malvados será destruida, pero la casa de los hombres rectos florecerá. Un camino puede parecer recto a un hombre, pero, en fin de cuentas, conduce a la muerte. Aun en la risa encuentra el corazón sufrimiento, y la alegría acaba en duelo. El insensato recogerá el fruto de su conducta, el hombre de bien gozará de sus obras. El ingenuo cree cuanto le dicen; el prudente vigila sus pasos. El sabio teme y se aparta del mal, pero el insensato es insolente y se cree seguro. El que presto se enoja hace locuras, el hombre reflexivo mantiene la calma. La herencia de los imprudentes es la insensatez, la ciencia es la corona de los prudentes. Los malos se prosternan delante de los buenos, y los injustos ante la puerta de los justos. Incluso a su vecino es odioso el pobre, pero el rico tiene muchos amigos. El que desprecia a su prójimo comete pecado, dichoso el que tiene piedad de los pobres. ¿Acaso no se pierden los que traman el mal? Misericordia y verdad para los que buscan el bien. Todo trabajo da fruto, pero la charlatanería lleva sólo a la miseria. La corona de los sabios es su sabiduría, la diadema de los necios es su insensatez. El testigo veraz salva vidas, pero el que profiere mentiras es un impostor. El temor del Señor es un asilo seguro, y para sus hijos un refugio. El temor del Señor es fuente de vida para escapar a los lazos de la muere. Un pueblo numeroso es la gloria del rey, la escasez de súbditos es la ruina del príncipe. El tardo a la ira es rico en inteligencia, el que cede al arrebato hace muchas locuras. Un corazón tranquilo es la vida del cuerpo, la envidia es la caries de los huesos. El que oprime al pobre ultraja a su creador, pero le honra el que tiene piedad del indigente. El injusto es arrastrado por su propia injusticia; pero el justo encuentra refugio en su justicia. En el corazón del inteligente mora la sabiduría, pero entre los necios no se deja ver. La justicia eleva a una nación, mas la injusticia hunde los pueblos. El rey concede su favor al servidor inteligente, pero su ira pierde al inepto. - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - Propio es del hombre hacer planes, pero la última palabra es de Dios. A los ojos del hombre todos sus caminos son puros, pero el Señor juzga las intenciones. Encomienda al Señor tus obras, y tus proyectos tendrán éxito. El Señor ha hecho todas las cosas para un fin, incluso al criminal para el día del castigo. El Señor aborrece al arrogante, ciertamente no quedará impune. La bondad y la fidelidad reparan el pecado, con el temor de Dios se evita el mal. Cuando el Señor se complace en la conducta de un hombre, reconcilia con él incluso a sus enemigos. Más vale poco con justicia que muchos ingresos con injusticia. El hombre traza su camino, pero el Señor dirige sus pasos. Los oráculos están en los labios del rey, y en el juicio su boca no yerra. La balanza y los platillos justos son del Señor, y obra suya son todas las pesas de la bolsa. El rey debe odiar la injusticia, porque el trono está establecido en la justicia. El rey concede su favor a los labios justos, y ama al que habla con rectitud. El furor del rey es mensajero de muerte, pero un hombre sabio le apacigua. En la serenidad del rostro del rey está la vida, y su favor es cual lluvia primaveral. Más vale adquirir la sabiduría que el oro, y adquirir la inteligencia es preferible a la plata. El camino de los hombres rectos es evitar el mal, guarda su vida el que vigila su camino. El preludio de la ruina es el orgullo; el preludio de la caída, el espíritu altanero. Más vale ser humilde de espíritu con los pequeños que partir el botín con los soberbios. El que presta atención a la palabra encuentra la felicidad, y el que confía en el Señor es dichoso. El que es sabio de corazón será proclamado inteligente, la suavidad del lenguaje hace más eficaz la doctrina. El buen sentido es fuente de vida para quien lo posee, castigo de los necios es su necedad. El corazón del sabio hace su boca sensata, en sus labios es más persuasiva la doctrina. Panal de miel son las palabras amables, dulzura para el alma y medicina para el cuerpo. Hay caminos que parecen rectos, pero, en fin de cuentas, conducen a la muerte. El hambre del trabajador trabaja para él, porque la exigencia de su boca le estimula. El hombre inicuo es una fosa de maldad, sobre sus labios hay como fuego ardiendo. El hombre perverso siembra la contienda, el chismoso divide los amigos. El hombre violento seduce a su prójimo, lo lleva por mal camino. El que guiña los ojos maquina engaños, el que aprieta sus labios ya ha consumado el mal. Los cabellos blancos son una corona de honor, por el camino de la justicia se la encuentra. Más vale un hombre paciente que un héroe, más vale el que se domina a sí mismo que el que conquista ciudades. El hombre echa las suertes, pero el resultado depende del Señor. Más vale un mendrugo con paz que una casa llena de carne con peleas. El siervo inteligente se impone al hijo que deshonra, y con los hermanos compartirá la herencia. El oro y la plata los prueba el fuego, los corazones los prueba el Señor. El malo presta atención a los labios mentirosos, y el mentiroso da oídos a la lengua maligna. El que se ríe del pobre ultraja a su creador, el que se alegra del desgraciado no quedará impune. La corona de los ancianos son sus nietos, la gloria de los hijos son sus padres. Un lenguaje distinguido no cae bien al insensato, y menos aún una lengua mentirosa al noble. Piedra preciosa es un presente para quien lo posee, a cualquier parte donde se dirige tiene éxito. El que encubre la falta cultiva la amistad, pero el que la descubre con sus palabras divide a los amigos. Más impresión causa al inteligente un reproche que cien golpes al necio. El pendenciero sólo busca pelea, pero un mensajero cruel será enviado contra él. Mejor es tropezar con una osa a la que han arrebatado los cachorros que con un necio en el frenesí de su insensatez. El que devuelve mal por bien no alejará de su casa la desventura. Comenzar un pleito es abrir un dique, retírate antes de complicarte en él. Absolver al culpable y condenar al justo son dos cosas que odia el Señor. ¿Para qué sirve el dinero en manos de un necio? ¿Para adquirir la sabiduría? Él no tiene inteligencia. El amigo ama en todo tiempo, es un hermano en la adversidad. No demuestra sensatez el que adquiere compromisos, el hombre que sale fiador de su prójimo. Ama los golpes el que ama las querellas, el arrogante cultiva la ruina. El corazón perverso no encuentra la felicidad, la lengua tortuosa cae en la desventura. El que engendra un necio es para su propio mal, el padre de un tonto no tendrá alegría. Corazón alegre, excelente remedio; un espíritu abatido seca los huesos. El inicuo acepta dádivas secretas para desviar el curso de la justicia. El hombre inteligente tiene sus ojos puestos en la sabiduría, pero las miradas del necio se pierden en el vacío. Un hijo necio es el tormento de su padre y la amargura de su madre. No está bien poner una multa al justo, dar golpes a los nobles rebasa la medida. El sabio es comedido en sus palabras, y el inteligente mantiene la calma. Aun el insensato, si se calla, pasa por sabio; por inteligente, si tiene los labios cerrados. El que quiere separarse busca pretextos y contra todo consejo se irrita. El necio no encuentra placer en la reflexión, sino en propalar sus pensamientos. Cuando viene el mal, viene también el desprecio; y con el deshonor, la vergüenza. Aguas profundas son las palabras de un hombre; torrente que inunda, la fuente de la sabiduría. No es bueno tener consideración con el culpable para perjudicar al inocente en el juicio. Los labios del necio provocan querellas, su boca atrae los golpes. La boca del necio es su ruina, sus labios son un lazo para su propia vida. Las palabras de los chismosos son apetitosos bocados, llegan hasta lo más hondo de las entrañas. El que es negligente en su trabajo es hermano del destructor. El nombre del Señor es torre fuerte, en ella se refugia el justo y está seguro. La hacienda del rico es su fuerte ciudadela, en su pensamiento es como una muralla elevada. Antes de la caída se eleva el corazón del hombre, la humildad precede a la gloria. El que da una respuesta antes de haber escuchado muestra su insensatez para oprobio suyo. El espíritu del hombre le sostiene en su enfermedad; pero al espíritu abatido, ¿quién le sostendrá? El corazón inteligente adquiere la sabiduría, el oído de los sabios busca la ciencia. Las dádivas abren todas las puertas al hombre y le dan acceso a la presencia de los grandes. El primero parece tener razón en el pleito, pero luego viene la otra parte y se la examina. La suerte pone fin a los litigios y decide entre los poderosos. Un hermano ayudado por su hermano es una ciudad fuerte, y las querellas son como cerrojos de fortaleza. Del fruto de su boca llena el hombre su vientre, del producto de sus labios se sacia. La muerte y la vida están en poder de la lengua, los que la usan comerán de su fruto. El que encuentra una mujer encuentra la felicidad, es un favor que ha obtenido del Señor. El pobre habla suplicando, y el rico responde con dureza. Hay amigos que llevan a la ruina, y hay amigos más fieles que un hermano. Más vale pobre que vive honestamente que rico de proceder injusto. Actuar sin reflexionar no es bueno, actuar con muchas prisas es una equivocación. La insensatez del hombre tuerce su camino, y luego su corazón se irrita contra el Señor. La riqueza atrae un gran número de amigos, pero el pobre pierde incluso a los suyos. El testigo falso no quedará impune, quien profiere mentiras no escapará. Muchos buscan los favores del hombre generoso, y todos son amigos del que da. Al pobre hasta sus hermanos lo odian, con mayor razón sus amigos se alejan de él; busca las palabras y no las encuentra. El que adquiere inteligencia se ama a sí mismo, el que obra con inteligencia encuentra la felicidad. El testigo falso no quedará impune, quien profiere mentiras perecerá. No cuadra al necio vivir con lujo, menos aún a un esclavo gobernar a los príncipes. La cordura del hombre le hace ser paciente, su gloria es disimular las ofensas. Como rugido de león es la cólera del rey, pero su favor es como rocío sobre hierba. Un hijo necio es el tormento de su padre, y mujer pendenciera una gotera continua. Casa y hacienda son la herencia de los padres, pero una mujer inteligente es un don del Señor. La pereza hace caer en el sopor, la persona indolente pasará hambre. El que guarda el precepto a sí mismo se guarda, el que desprecia la palabra morirá. El que hace caridad al pobre presta al Señor, él le recompensará su obra. Castiga a tu hijo mientras hay esperanza, pero no te excedas hasta matarlo. Al hombre violento hay que castigarlo, porque si le perdonas le harás más violento. Escucha el consejo y acepta la corrección para ser sabio en el futuro. El hombre proyecta muchos planes, pero sólo se realiza el que quiere el Señor. Lo que al hombre se le pide es lealtad; más vale un pobre que un mentiroso. El temor del Señor conduce a la vida, se vive satisfecho y sin que visite la desgracia. El perezoso mete su mano en el plato, y luego ni siquiera la lleva a su boca. Castiga al insolente y el imprudente adquirirá prudencia, reprende al inteligente y comprenderá la ciencia. El que maltrata al padre y echa de la casa a la madre es un hijo infame y degenerado. Hijo mío, si dejas de escuchar la instrucción, te apartarás de las palabras de la ciencia. Un testigo perverso se burla de la justicia, la boca de los criminales desborda de iniquidad. Para los insolentes está listo el bastón, los golpes para las espaldas de los necios. El vino es pendenciero, los licores insolentes; el que en ellos se pierde no es sabio. Como rugido de león es la ira del rey, quien la excita perjudica a su propia vida. Es un honor para el hombre evitar las contiendas, pero todo insensato se da a la disputa. En invierno el perezoso no ara; en la siega busca, pero en vano. El consejo está en el corazón humano como agua profunda, el hombre inteligente sabe sacarlo. Muchos hombres se proclaman hombres de bien, pero un hombre fiel, ¿quién lo encontrará? El justo procede con honestidad, ¡dichosos sus hijos después de él! Un rey sentado sobre el trono del juicio disipa con su mirada todo mal. ¿Quién puede decir: "Tengo el corazón puro, estoy limpio de pecado"? Doble peso y doble medida, dos cosas que aborrece el Señor. Ya con sus actos muestra el niño si sus obras serán puras y rectas. El oído que oye y el ojo que ve, uno y otro los ha hecho el Señor. No ames el sueño para que no te empobrezcas, abre los ojos y te hartarás de pan. "¡Malo, malo!", dice el comprador, pero cuando ha comprado se felicita. Hay oro y abundancia de perlas, pero el objeto más precioso son los labios instruidos. Quítale el vestido porque salió fiador por un extraño, reténlo en beneficio de los desconocidos. Sabroso es al hombre el pan del fraude, pero luego se halla su boca llena de cascajo. Da consistencia a tus proyectos con el consejo, con sabias estrategias haz la guerra. El chismoso revela los secretos, no tengas trato con el que habla demasiado. El que maldice a su padre y a su madre verá apagarse su lámpara entre tinieblas. Riqueza que se adquiere muy deprisa al final será un fracaso. No digas: "Devolveré el mal"; confía en el Señor, y él te salvará. El Señor aborrece el doble peso, y balanza falsa no es buena. El Señor dirige los pasos del hombre, ¿cómo puede comprender el hombre su camino? Es un lazo para el hombre hacer a la ligera una promesa y reflexionar sólo después de haberlo prometido. Un rey sabio acaba con los criminales y hace pasar sobre ellos la rueda. El alma del hombre es la lámpara del Señor, escudriña todos los escondrijos de las entrañas. La bondad y fidelidad hacen la guardia al rey, su trono está fundado en la benevolencia. La gloria de los jóvenes es su vigor; el ornato de los ancianos, los cabellos blancos. Los golpes que dejan cardenales curan la maldad, las heridas curan hasta el fondo del ser. El corazón del rey es canal de agua en manos del Señor, él lo inclina hacia donde quiere. A los ojos del hombre todos sus caminos son rectos, pero es el Señor quien pesa los corazones. Practicar la justicia y la equidad agrada al Señor más que los sacrificios. Ojos altaneros, corazón soberbio; la luz de los criminales es el delito. Los proyectos del diligente llevan a la ganancia, los del precipitado conducen a la miseria. Adquirir tesoros gracias a una lengua mentirosa es vanidad efímera de quien busca la muerte. La rapiña de los delincuentes les hace caer en la red, porque se niegan a practicar la justicia. El camino del criminal es tortuoso, la conducta del inocente es recta. Mejor es vivir en un rincón del desván que en amplia casa con mujer quisquillosa. El malvado sólo piensa en el mal, su prójimo no encuentra piedad ante él. Cuando el insolente es castigado, adquiere prudencia el imprudente; cuando el sabio es instruido, es él quien adquiere ciencia. El justo advierte cómo la casa del injusto precipita al injusto en la ruina. El que cierra su oído al grito del pobre, también él clamará y no se le responderá. Un regalo en secreto calma la cólera, un don oculto la violenta ira. Para el justo practicar la justicia es una alegría, para los que obran mal es un terror. El hombre que se aparta del sendero de la prudencia tendrá su morada en la asamblea de las sombras de los muertos. Estará en la miseria el que ama el placer, el que ama el vino y los perfumes no se enriquecerá. El injusto sirve de rescate por el justo, y el pérfido por el hombre recto. Mejor es habitar en un país desierto que con una mujer quisquillosa e iracunda. Precioso tesoro y perfume hay en la casa del sabio, mas el necio lo disipa. El que practica la justicia y la misericordia encontrará vida y honor. El sabio asalta una ciudad de héroes y derriba la muralla en que aquélla confía. El que guarda su boca y su lengua se preserva a sí mismo de angustias. "Insolente" es el nombre del soberbio, del arrogante, que obra con extrema insolencia. Los deseos del perezoso lo matan, porque sus manos rechazan el trabajo. Todo el día se lo pasa deseando, pero el justo da sin cesar. El sacrificio del injusto es un sacrilegio, pues lo ofrece con malas intenciones. El falso testimonio perecerá, el que sabe escuchar podrá hablar siempre. El delincuente aparenta seguridad, el hombre recto está seguro de su conducta. Ni sabiduría, ni inteligencia, ni consejo existen ante el Señor. Se apareja el caballo para el día del combate, pero del Señor depende la victoria. Buena fama es preferible a grandes riquezas, la estima vale más que la plata y el oro. El rico y el pobre se encuentran, el Señor ha hecho al uno y al otro. El prudente ve el mal y se esconde, el imprudente pasa y sufre el daño. El fruto de la humildad es el temor del Señor, riqueza, honor y vida. Espinas y lazos en el camino del perverso; el que mira por su vida se aleja de ellos. Enseña al niño el buen camino, y aun cuando sea viejo no se apartará de él. El rico domina a los pobres, el que toma prestado es esclavo del que presta. El que siembra injusticia cosecha desventuras, el fruto de sus fatigas se evapora. El hombre misericordioso será bendecido, porque da de su pan al pobre. Expulsa al insolente y cesará la discordia, litigios e injurias se calmarán. El rey ama a los puros de corazón, el que tiene la gracia en sus labios es su amigo. Los ojos del Señor guardan la ciencia, él confunde las palabras del mentiroso. El perezoso dice: "¡Hay un león fuera, yo podría ser devorado en medio de la calle!". Fosa profunda es la boca de la mujer adúltera, en ella caen los que el Señor maldice. La necedad va ligada al corazón del niño, pero la vara de la corrección la aleja de él. El que oprime a un pobre le enriquece, el que da a un rico se empobrece. Inclina tu oído y escucha mis palabras, aplica tu corazón a comprenderlas. Porque te será agradable conservarlas dentro de ti y tenerlas siempre en tus labios. Para que tu confianza esté en el Señor, te hago conocer hoy tu camino. ¿No te he escrito treinta capítulos en los que hay consejos y ciencia, para que puedas conocer la verdad de lo que hablas y sepas responder al que te pregunta? No robes al pobre porque es pobre, ni oprimas al débil en el tribunal; porque el Señor defiende su causa y quitará la vida a los que los despojan. No tengas amistad con el hombre violento, ni vayas con el hombre iracundo, para que no aprendas sus caminos y pongas un lazo a tu vida. No seas de los que adquieren compromisos, de los que salen fiadores de deudas. Si no tienes con qué pagar, te quitarán hasta la cama en que yaces. No cambies los linderos antiguos que pusieron tus padres. ¿Ves a un hombre hábil en su profesión? Al servicio de reyes entrará. No quedará al servicio de la gente común. Cuando te sientes a la mesa de un grande, observa bien lo que está delante de ti. Pon un cuchillo en tu garganta, si tienes demasiado apetito. No codicies sus delicados manjares; es un alimento engañoso. No te fatigues por enriquecerte, renuncia a la ganancia injusta. Si fijas en ella tus ojos, ya no está allí, porque ha echado alas, como el águila ha volado hacia el cielo. No comas en compañía del hombre envidioso, ni codicies sus delicados manjares. Porque son como una tempestad en la garganta. "Come y bebe", te dice él, pero su corazón no está contigo. Vomitarás el bocado que has tragado, echarás a perder tus palabras aduladoras. No hables a oídos de necio, porque despreciará la sabiduría de tus discursos. No cambies los linderos antiguos y no entres en el campo de los huérfanos, porque poderoso es su vengador; él defenderá su causa contra ti. Aplica tu corazón a la doctrina, tus oídos a las palabras sabias. No ahorres a tu hijo la corrección; aunque le castigues con la vara, no morirá. Golpéale con la vara, y librarás su alma del abismo. Hijo mío, si tu corazón es sabio, también mi corazón se alegrará; y mis entrañas exultarán de gozo cuando tus labios digan cosas justas. No tengas envidia de los pecadores; antes bien, teme siempre al Señor, porque así tendrás un porvenir y tu esperanza no se verá frustrada. Escucha, hijo mío, y sé sabio, dirige tu corazón por el camino recto. No estés entre los bebedores de vino ni seas de los que se ceban de carne. Porque el bebedor y el glotón se empobrecen, y el sueño hace vestir harapos. Escucha a tu padre, que te ha engendrado, y no desprecies a tu madre cuando se haga anciana. Hazte con la verdad y no la vendas; con la sabiduría, la instrucción y la inteligencia. El padre del justo rebosará de alegría, y la que dio a la vida un sabio se alegrará. Que pueda alegrarse de ti tu padre, y gozarse la que te engendró. Hijo mío, dame tu corazón y ten los ojos fijos en mis consejos. Porque una fosa profunda es la prostituta y un pozo estrecho la mujer ajena. Sí; como el ladrón, está ella al acecho, y entre los hombres multiplica los prevaricadores. ¿Para quién los ayes?, ¿para quién los lamentos?, ¿para quién las disputas?, ¿para quién las quejas?, ¿para quién las heridas sin motivo?, ¿para quién los ojos amoratados? Para los que se entretienen con el vino, para los que andan saboreando combinados. No mires al vino: ¡qué color de rosa!, ¡cómo brilla en la copa!, ¡qué suavemente pasa! Pero luego acaba por morder como serpiente y pica como una víbora. Tus ojos verán cosas extrañas, y tu corazón hablará despropósitos. Serás como un hombre acostado en alta mar o acostado en la punta de un mástil. "Me han pegado... ¡No me ha dolido! Me han golpeado... ¡No lo he sentido! ¿Cuándo me despertaré...? Iré a buscar más". No tengas envidia de los delincuentes, ni desees estar con ellos; porque su corazón medita la violencia y sus labios sólo profieren maldades. Con la sabiduría se edifica la casa, con la inteligencia se consolida; con la ciencia se llenan los graneros de todos los bienes preciosos y deseables. Más vale el sabio que el poderoso, el hombre de ciencia que el vigoroso. Porque con estratagema se hace la guerra, la victoria se debe a la abundancia de consejeros. Demasiado sublime es para el insensato la sabiduría, en público no abre la boca. Quien piensa sólo en hacer mal se llama intrigante. El insensato sólo piensa en locuras; todo el mundo aborrece al insolente. Si te muestras débil en tiempo de prosperidad, en el día de la desventura tu fuerza será flaqueza. Libra a los que son conducidos a la muerte, a los que llevan a la ejecución sálvalos. Si dices: "Pero yo no lo sabía", el que pesa los corazones bien lo sabe, y el que vigila tu vida está informado; él dará a cada uno según sus obras. Come miel, hijo mío, porque es bueno; un panal de miel es dulce a tu paladar. Así es la ciencia y la sabiduría para tu alma; si la adquieres, tienes un porvenir y tu esperanza no será frustrada. No aceches, criminal, la casa del justo, ni devastes su morada; porque siete veces cae el justo, mas se levanta, pero los criminales se hundirán en la ruina. Si tu enemigo cae no te alegres, ni se goce tu corazón de su caída; no sea que lo vea el Señor y le desagrade, y aparte de él su ira. No te irrites a causa de los malvados, ni envidies a los perversos. Porque no hay porvenir para el malvado, la lámpara de los perversos se apagará. Hijo mío, teme al Señor y al rey, no provoques ni al uno ni al otro; porque de improviso surge su venganza, y ¿quién sabe el castigo que pueden dar los dos? También éstas son palabras de los sabios: Tener acepción de personas en el juicio no está bien. Al que dice al malhechor: "Tú eres justo", los pueblos le maldicen, las naciones le detestan; pero los que hacen justicia son aplaudidos y la gente los llena de bendiciones. Da un beso en los labios al que da una respuesta justa. Ordena tus asuntos de fuera, cultiva diligentemente tu campo y luego edifica tu casa. No des falso testimonio contra tu prójimo, ni engañes con tus labios. No digas: "Como él me ha hecho, así le haré yo a él; voy a dar a ese hombre lo que se merece". Pasé junto al campo del holgazán, junto a la viña del hombre insensato; y he aquí que eran todo ortigas, los cardos habían cubierto el suelo y el muro de piedras se había derrumbado. Vi aquello y reflexioné, y de cuanto contemplé saqué esta lección: un poco dormir, un poco adormecerse, un poco cruzar los brazos descansando; y, como vagabundo, te viene la miseria y la indigencia como ladrón. También éstos son proverbios de Salomón, que transcribieron los hombres de Ezequías, rey de Judá. Es gloria de Dios ocultar una cosa y gloria de los reyes escudriñarla. La altura de los cielos, la profundidad de la tierra y el corazón de los reyes son cosas insondables. Separa la escoria de la plata, y el platero hará una copa. Quita al malvado de la presencia del rey, y su trono se consolidará en la justicia. No te pavonees delante del rey, no te pongas en el puesto de los grandes; porque más vale que se te diga: "Sube acá", que ser humillado en presencia del príncipe. Lo que han visto tus ojos no te apresures a llevarlo a juicio, porque ¿qué harás tú si el prójimo atestigua en contra tuya? Arregla tu pleito con el prójimo, pero no descubras el secreto de otro para que no te infame el que te escuche y tu ignominia no pueda borrarse. Manzanas de oro sobre una fuente de plata, tal es la palabra dicha a su debido tiempo. Anillo de oro y joya de oro puro, tal es una sabia represión en un oído dócil. El frío de la nieve en el calor de la siega, tal es un mensajero fiel para quien le envía: refresca el ánimo de su señor. Nubes y viento, pero sin lluvia, tal es el hombre que presume de dar, pero no da. Con la paciencia se consigue persuadir al juez, y la lengua dulce rompe los huesos. ¿Has encontrado miel? Come sólo lo necesario; no sea que, harto, la vomites. Pon rara vez tu pie en la casa de tu vecino, no sea que se canse de ti y te aborrezca. Maza, espada y saeta aguda, tal es el hombre que da un falso testimonio contra su prójimo. Diente quebrado y pie resbaladizo, tal es el pérfido en que uno confía en el día de la desgracia; como el que se quita la ropa en un día de frío. Echar vinagre sobre una llaga es cantar canciones a un corazón afligido. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, porque así amontonas ascuas sobre su cabeza y el Señor te recompensará. El viento del norte trae la lluvia; la lengua detractora, un rostro airado. Mejor es vivir en un rincón del desván que en amplia casa con mujer quisquillosa. Agua fresca para garganta sedienta, tal es una buena noticia que viene de tierra lejana. Fuente turbia y manantial corrompido, tal es un justo que tiembla delante de un injusto. No es bueno comer demasiada miel, ni cargar de alabanzas la gloria. Ciudad abierta, sin muros, tal es el hombre que no tiene control de sí mismo. Como la nieve en el verano o la lluvia en la siega, así le cae la gloria al necio. Como un pájaro que escapa y una golondrina que vuela, así la maldición sin motivo no tiene efecto. El látigo para el caballo, la brida para el asno y la vara para las espaldas de los necios. No respondas al necio según su insensatez, para que no te hagas semejante a él tú también. Responde al necio según su insensatez, para que no se tenga por sabio. Se corta las piernas y apura amarguras el que envía mensajes por medio de un necio. El cojo no va lejos con sus piernas, así el proverbio en la boca del necio. Como el que mete la piedra en la honda, es el que da honor al necio. Como un ramo de espino en la mano de un borracho, así el proverbio en la boca del necio. Como un arquero que hiere a cuantos pasan, así es el que emplea a un necio y a un borracho. Como perro que vuelve a lo que vomitó, así el necio repite sus sandeces. ¿Ves a un hombre que se tiene por sabio? Más se puede esperar de un necio que de él. El holgazán dice: "¡Hay un león en el camino, un león en medio de la plaza!". La puerta da vueltas sobre sus quicios, y sobre su lecho el holgazán. El holgazán mete su mano en el plato, y le fatiga aun el llevarla a su boca. El holgazán se imagina que es sabio, más que siete personas que responden con tino. Es coger a un perro por las orejas entrometerse en pleito de otro. Como un loco que lanza llamas, saetas y muerte, así es el que engaña a su prójimo y luego dice: "Lo hice en broma". Por falta de leña se apaga el fuego; si no hay chismoso, se calma la contienda. Carón sobre brasas y leña sobre fuego; tal es el hombre pendenciero para encender querellas. Las palabras del chismoso son bocados exquisitos, bajan hasta el fondo de las entrañas. Barniz de plata aplicado a vasija de tierra, tales son los labios dulces y el corazón malvado. El que odia se enmascara con sus palabras, pero en su interior aloja la perfidia; si adopta un tono amistoso, no te fíes de él, porque su corazón está lleno de maldad; el odio puede ocultarse bajo la simulación, pero su malicia será desenmascarada en la asamblea. El que cava una fosa caerá en ella, y al que rueda una piedra se le viene encima. La lengua mentirosa odia la verdad, y la boca aduladora causa la ruina. No presumas del día de mañana, porque no sabes lo que te puede traer un día. Que te alabe otro, pero no tu boca; un extraño, pero no tus labios. Pesada es la piedra y pesada es la arena, pero el fastidio que causa el insensato es más pesado que ambas cosas. Cruel es el furor e impetuosa la ira, pero ¿quién podrá resistir ante la envidia? Más vale una reprensión abierta que un amor callado. Los golpes de un amigo son leales, los besos de un enemigo son falsos. El que está harto pisotea incluso el panal de miel, pero al que tiene hambre hasta lo amargo le es dulce. Cual pájaro errante lejos de su nido, tal es el hombre errante lejos de su lugar natal. El perfume y el incienso alegran el corazón, el consejo y la ciencia son la delicia del alma. No abandones a tu amigo ni al amigo de tu padre, no vayas a casa de tu hermano el día de tu desgracia. Más vale un amigo cercano que un hermano lejano. Hijo mío, sé sabio y alegra mi corazón para que pueda responder al que me insulta. El prudente ve el mal y se esconde, mas los imprudentes pasan y sufren el castigo. Quítale el vestido, porque salió fiador por un extraño; reténle en beneficio de los desconocidos. El que en voz alta bendice a su prójimo por la mañana temprano es exactamente igual que si lo insultara. Gotera constante en día de lluvia y mujer quisquillosa son iguales. El que quiere frenarla quiere frenar el viento y aferrar el aceite con la mano. El hierro se aguza con el hierro, y el hombre se afina al contacto con su prójimo. El que guarda la higuera come de su fruto, el que vigila sobre su señor recibirá honores. Como el rostro se refleja en el agua, así el corazón del hombre se refleja en la conciencia. El abismo y el infierno son insaciables, los ojos del hombre son también insaciables. El crisol prueba la plata y el fuego el oro, y al hombre la voz del que lo alaba. Aun cuando trituraras el insensato en el mortero con el pilón de majar trigo, su necedad no se separaría de él. Cuida bien de tu grey, preocúpate de tus rebaños, porque la riqueza no es eterna y un tesoro no se transmite de generación en generación. Cuando se ha segado el heno, ha aparecido el rebrote y se han recogido las hierbas de los montes, tendrás corderos para vestirte y cabritos para pagar las labores del campo, leche de cabras en abundancia para sustentarte, para alimentar tu casa y mantener a tus criados. El criminal huye sin que nadie lo persiga, pero el justo se siente seguro como un león. Por los delitos de un país son muchos sus gobernantes, pero con un hombre inteligente y sabio el orden dura. Hombre perverso que oprime a los pobres es lluvia devastadora que priva de pan. Los que abandonan la ley alaban al delincuente, mas los que observan la ley se irritan con él. Los delincuentes no comprenden la justicia, pero los que buscan al Señor lo comprenden todo. Más vale el pobre que vive honestamente que el hombre de caminos torcidos aunque sea rico. El que guarda la ley es un hijo inteligente, el que frecuenta los libertinos es la vergüenza de su padre. El que con usura e intereses aumenta sus bienes los acumula para el que tiene piedad de los pobres. El que aparta su oído para no escuchar la ley, incluso su oración es un sacrilegio. El que desvía a los hombres rectos por un mal camino, en su propia fosa caerá. Los hombres íntegros obtendrán la felicidad. El rico se tiene por sabio, pero el pobre inteligente sabe desenmascararlo. Cuando los justos triunfan, la fiesta es grande; cuando dominan los injustos, todo el mundo se esconde. El que oculta sus faltas no prosperará, el que las reconoce y las abandona obtendrá misericordia. Dichoso el hombre que está siempre en el temor, el que endurece su corazón caerá en la desventura. León rugiente y oso hambriento, tal es el príncipe que oprime a un pueblo pobre. Un príncipe falto de sentido multiplica las extorsiones, el que aborrece la avaricia prolongará sus días. Un hombre perseguido por homicidio, hasta la tumba huirá; no se le socorre. El que observa una conducta íntegra será salvo, el que sigue caminos tortuosos en uno caerá. El que cultiva su campo se hartará de pan, el que va detrás de quimeras se hartará de miseria. El hombre fiel tendrá abundantes bendiciones, el que se apresura a enriquecerse no estará sin culpa. No es bueno tener acepción de personas, por un bocado de pan el hombre peca. El hombre avaro corre detrás de las riquezas y no se da cuenta de que la miseria va a caer sobre él. El que reprende a uno al fin encontrará más favor que el que le trata con lengua aduladora. El que roba a su padre o a su madre diciendo: "No es pecado", ése es compañero de bandidos. El hombre envidioso suscita querellas, el que confía en el Señor prosperará. El que confía en su propio sentido es un necio, el que obra con sabiduría ése será salvo. El que da a los pobres no sufrirá la miseria, el que cierra sus ojos será maldito. Cuando los malos dominan, todo el mundo se esconde; cuando desaparecen, los justos se multiplican. El hombre que ante los reproches se hace más terco será quebrantado de repente y sin remedio. Cuando los justos gobiernan, el pueblo está alegre; cuando dominan los opresores, el pueblo gime. El que ama la sabiduría alegra a su padre, el que frecuenta las prostitutas disipa su hacienda. El rey con la justicia hace prosperar el país, el que sólo exige impuestos lo lleva a la ruina. El hombre que adula a su prójimo le tiende un lazo a los pies. En el camino del delincuente hay una trampa, el justo corre el suyo lleno de alegría. El justo comprende los derechos de los pobres, pero el injusto no se interesa en eso. Los violentos agitan la ciudad, los sabios calman la ira. Cuando un sabio discute con un insensato, ya se irrite éste, ya se ría, a ninguna solución llegará. Los hombres sanguinarios odian al hombre íntegro, los hombres rectos cuidan de su vida. El necio da curso libre a toda su cólera, el sabio, frenándola, la calma. Cuando el gobernante hace caso de las mentiras, corrompe a todos sus servidores. El pobre y el usurero se encuentran, ambos reciben del Señor la luz del día. El rey que juzga a los pobres con justicia hace firme su trono para siempre. La vara y la corrección dan sabiduría, el muchacho consentido es la vergüenza de su madre. Cuando dominan los malhechores, se multiplica el crimen; pero los justos verán su caída. Corrige a tu hijo y te dará descanso, será las delicias de tu alma. Cuando no hay visión profética, el pueblo vive sin freno; dichosos los que observan la ley. No se corrige a un esclavo con palabras, porque comprende, pero no obedece. ¿Ves a un hombre pronto para las palabras? De un necio se puede esperar más que de él. El que desde la infancia trata suavemente a un esclavo, al fin será maltratado por él. Un hombre iracundo provoca querellas, un hombre colérico multiplica las faltas. El orgullo del hombre causa su humillación, pero el humilde de espíritu obtiene el honor. El cómplice del ladrón se odia a sí mismo, porque oye la maldición y no denuncia. El temer delante de los hombres es un lazo, el que confía en el Señor está seguro. Muchos buscan el favor del príncipe, pero el derecho de cada uno viene del Señor. Los hombres justos odian a los criminales y los criminales odian a los justos. Oráculo de este hombre para Itiel y para Ucal. Como soy el más ignorante de los hombres y no poseo la inteligencia humana, no he aprendido la sabiduría ni conozco la ciencia del santísimo. ¿Quién subió a los cielos y después bajó? ¿Quién ha encerrado el viento en sus puños? ¿Quién ató las aguas en su manto? ¿Quién estableció todos los límites de la tierra? ¿Cómo se llama? ¿Cuál es el nombre de su hijo? ¿Lo sabes tú? Toda palabra de Dios es acrisolada; él es un escudo para los que en él se refugian. No añadas nada a sus palabras para que no te reprenda y te tenga por falsario. Dos cosas te pido; no me las niegues antes de que muera. Aleja de mí falsedad y mentira, no me des pobreza ni riqueza. Concédeme el pan necesario, no sea que, saciado, reniegue de ti y diga: "¿Quién es el Señor?"; o que, siendo pobre, robe y profane el nombre de mi Dios. No calumnies a un criado ante su amo, no sea que te maldiga y tengas que sufrir la pena. Raza que maldice a su padre y no bendice a su madre; raza que se tiene por pura, pero que no se ha lavado de sus inmundicias; raza de miradas altaneras y de párpados altivos; raza cuyos dientes son espadas y cuchillos sus molares para devorar a los humildes de la tierra y acabar con los pobres del país. La sanguijuela tiene dos hijas: "Dame, dame". Tres cosas hay que no se hartan, y cuatro que nunca dicen: "Basta". El abismo, la matriz estéril, la tierra que el agua no puede saciar, el fuego que nunca dice: "Basta". El ojo que se burla de un padre y que desprecia la edad de su madre, los cuervos del torrente lo sacarán y los hijos del águila lo devorarán. Hay tres cosas que son misteriosas para mí, y cuatro que no comprendo: el sendero del águila en los cielos, el sendero de la serpiente sobre la roca, el sendero del navío en alta mar, el sendero del hombre en la doncella. Tal es la conducta de la mujer adúltera: ella come, luego se limpia la boca y dice: "No he hecho nada malo". Tres cosas hay que hacen temblar la tierra, y cuatro que no puede soportar: un esclavo que llega a ser rey, un fatuo que tiene pan en abundancia, una mujer aborrecida que encuentra marido y una criada que suplanta a su señora. Hay cuatro seres minúsculos en la tierra, pero son sabios entre los sabios: las hormigas, pueblo sin fuerza, pero que, en el verano, asegura su provisión; los damanes, pueblo sin vigor, pero que se hace su cubil en las rocas; las langostas, que no tienen rey, pero todas marchan en bandas ordenadas; el lagarto que se agarra con la mano, pero que se encuentra en los palacios del rey. Hay tres seres de buen andar, y cuatro de hermosa marcha: el león, el más fuerte de los animales, que no retrocede ante nada; el gallo que se pasea con gallardía entre sus gallinas; el macho cabrío que va conduciendo su manada, y el rey cuando arenga a su pueblo. Si has sido tan necio que te has alabado y luego reflexionaste, ponte la mano en la boca; porque batiendo la leche se saca la manteca, oprimiendo la nariz se saca sangre y oprimiendo la ira se suscita la querella. Palabras de Lemuel, rey de Masá, que su madre le enseñó: ¡Qué, hijo mío! ¿Qué, Lemuel, mi primogénito, he de decirte? ¿Qué, hijo de mis entrañas? ¿Qué, hijo de mis promesas? No des tu vigor a las mujeres, ni tus flancos a las que corrompen a los reyes. No está bien a los reyes, ¡oh Lemuel!, no está bien a los reyes beber vino, ni a los príncipes amar los licores. No sea que, bebiendo, olviden las leyes y alteren el derecho de todos los afligidos. Dad los licores al que va a perecer, el vino al corazón lleno de amargura. Que él beba y olvide su miseria y que no se acuerde más de sus penas. Abre tu boca en favor del mudo, por la causa de todos los desventurados. Abre tu boca, pronuncia justas sentencias y haz justicia al desventurado y al pobre. Una mujer perfecta, ¿quién la encontrará? Vale mucho más que las perlas. Confía en ella el corazón de su marido y no cesa de tener ganancia. Ella le procura el bien y nunca el mal todos los días de su vida. Busca lana y lino, y trabaja con su mano solícita. Es como una nave mercante que de lejano trae sus víveres. Se levanta cuando todavía es de noche, distribuye la comida a su casa y las tareas a sus criadas. Desea un campo y lo compra, con el fruto de sus manos planta una viña. Ciñe sus lomos de fortaleza y emplea la fuerza de sus brazos. Constata que su industria prospera, su lámpara no se apaga por la noche. Echa mano a la rueca y sus dedos giran el huso. Tiende su brazo al desgraciado y alarga la mano al indigente. No teme la nieve para su casa, porque toda su familia lleva doble vestido. Ella se hace cobertores, lino fino y púrpura la visten. En las puertas de la ciudad su marido es estimado, cuando se sienta con los ancianos del país. Teje telas de lino y las vende, y procura cinturones a los mercaderes. Se reviste de fortaleza y de gracia, y mira gozosa el porvenir. Abre su boca con sabiduría, y en su lengua hay una doctrina de bondad. Vigila la marcha de su casa, y no come el pan de la ociosidad. Sus hijos se levantan para proclamarla dichosa, su marido para hacer su elogio: "Muchas hijas se han mostrado virtuosas, pero tú superas a todas". Engañosa es la gracia, vana la belleza; la mujer que teme al Señor, ésa debe ser alabada. Dadle del fruto de sus manos y que en las puertas de la ciudad sus obras proclamen su alabanza. Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. Vanidad de vanidades, dice Qohélet. Vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol? Una generación pasa y otra generación viene, y la tierra subsiste siempre. El sol sale y se pone, y se apresura a su lugar, de donde vuelve a salir. Sopla el viento hacia el sur, y luego gira hacia el norte; y gira, gira, y retorna sobre su recorrido el viento. Todos los ríos van al mar, y la mar no se llena; al lugar donde van los ríos, allí mismo vuelven a ir. Es indecible lo que aburren las cosas; no se sacia el ojo de ver, ni el oído se harta de oír. _ Lo que fue, eso mismo será; y lo que se hizo, eso mismo se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. _ Si hay una cosa de la que dicen: "Mira, esto es nuevo", esa cosa existió ya en los siglos que nos precedieron. _ No hay recuerdo de las cosas pasadas; ni de las futuras tampoco habrá recuerdo entre los que serán después. Yo, Qohélet, he sido rey de Israel en Jerusalén. Y consagré mi corazón a investigar y a observar con sabiduría todo lo que se hace bajo los cielos. Es ésta una penosa ocupación, que Dios ha dado a los hijos del hombre para que trabajen en ella. He visto todo lo que se hace bajo el sol, y he aquí que todo es vanidad y dar caza al viento. Lo que es torcido no puede enderezarse; lo que falta no se puede contar. Yo me dije en mi corazón: "He aquí que he adquirido una gran sabiduría, mayor que todos los que me precedieron en Jerusalén, y mi corazón posee mucha sabiduría y ciencia". Me dediqué a conocer la sabiduría y la ciencia, la locura y la necedad, y comprendí que también eso es dar caza al viento. Porque cuanta más sabiduría, más pesadumbre; y cuanta más ciencia, más dolor. Dije en mi corazón: "¡Ea, quiero hacerte probar la alegría; goza del placer!"; y he aquí que también eso es vanidad. De la risa dije: "Locura"; y de la alegría: "¿Para qué sirve?". Resolví en mi corazón regalar mi cuerpo con el vino, guiando mi corazón con la sabiduría, y entregarme a la necedad para ver dónde está la felicidad de los hombres y lo que hacen debajo de los cielos durante los días de su vida. Emprendí grandes obras, me construí palacios y me planté viñas; me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles frutales de toda clase. Me hice estanques de agua para regar con ellos un bosque fértil. Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en mi casa; tuve también mucho ganado, vacas y ovejas, en mayor número que todos los que me precedieron en Jerusalén. Amontoné plata y oro, y tesoros de reyes y de provincias; me hice con cantores y cantoras, y lo que constituye la delicia de los hombres, princesas en cantidad. Y continué engrandeciéndome más que cuantos me precedieron en Jerusalén, mientras la sabiduría estaba conmigo. No negué a mis ojos nada de cuanto deseaban, ni privé a mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó en todo mi trabajo. Luego reflexioné sobre todas las obras que mis manos habían hecho y sobre la fatiga que me había tomado por hacerlas, y he aquí que todo es vanidad, andar a la caza del viento, y no queda provecho alguno bajo el sol. Volví después mi reflexión hacia la sabiduría, la locura y la necedad. Porque, ¿qué hará el hombre que suceda al rey? Lo que ya se ha hecho. Veo claro que la ventaja de la sabiduría sobre la necedad es como la de la luz sobre las tinieblas. El sabio tiene ojos en su cabeza y el necio camina en la oscuridad. Pero también sé muy bien que ambos tienen una misma suerte. Y me dije: "Como la suerte del necio, así será la mía. Entonces, ¿qué provecho voy a tener en adquirir más sabiduría?". Y dije en mi corazón que también eso es vanidad. Porque no hay recuerdo eterno ni del sabio ni del necio, pues en los días que siguen todos son olvidados. ¡Así es; el sabio muere como el necio! Detesto la vida porque me disgusta todo lo que se hace bajo el sol, porque todo es vanidad y dar caza al viento. [*]_ Detesto todo el trabajo que he hecho bajo el sol y que dejaré a mi sucesor. Quién sabe si él será sabio o necio? Y, sin embargo, dispondrá de todo mi trabajo, en el que yo empleé mi fatiga y mi sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Y cedió mi corazón al desaliento respecto a todo el trabajo en que me afané bajo el sol. Porque uno ha trabajado con sabiduría, ciencia y éxito, y deja su bien a otro que no ha trabajado en ello. También esto es vanidad y grave mal. Entonces, ¿qué provecho saca el hombre de todo su trabajo y de la fatiga de su corazón con que se afanó bajo el sol? Y sus días de fatigas, y la preocupación de los negocios, y las noches de insomnio? También esto es vanidad No hay más felicidad para el hombre que comer y beber y gozar él mismo del bienestar de su trabajo. Y yo considero que esto viene de la mano de Dios. Quién, en efecto, puede comer, o quién puede beber sin él? Porque él da sabiduría, ciencia y placer al hombre que le agrada; y al malhechor le impone la carga de allegar y amontonar para dejárselo después a quien Dios quiera. También esto es vanidad y dar caza al viento. Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el cielo: un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado; un tiempo para matar y un tiempo para curar; un tiempo para destruir y un tiempo para edificar; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar; un tiempo para tirar piedras y un tiempo para recogerlas; un tiempo para abrazar y un tiempo para abstenerse de abrazos; un tiempo para buscar y un tiempo para perder; un tiempo para guardar y un tiempo para tirar; un tiempo para rasgar y un tiempo para coser; un tiempo para callar y un tiempo para hablar; un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz. ¿Qué provecho saca el obrero de tanto trabajar? He considerado la ocupación que Dios ha dado a los hombres para que en ella se afanen. El lo hizo todo bien y a su tiempo; pero les puso el deseo del infinito, sin que el hombre pueda llegar a descubrir las obras que Dios hace desde el principio hasta el fin. No hay para ellos otra felicidad que gozar y procurarse el bienestar durante su vida. Pero el que uno coma y beba y goce de la felicidad en todo su trabajo, eso es un don de Dios. Yo sé que todo lo que Dios hace subsiste para siempre; a ello nada se puede añadir ni de ello se puede quitar nada, y así hace Dios que se le tema. Lo que es, ya fue; lo que será, es ya, y Dios vuelve a traer lo que pasó. Y he visto más debajo del sol: en el lugar del derecho está el delito; y en el lugar de la justicia, la injusticia. Me dije: Dios juzgará al justo y al criminal, porque hay un tiempo para cada cosa y para cada acción aquí. También me dije acerca de la conducta de los hombres: es para que Dios los manifieste tales cuales son y para hacerlos ver que por sí mismos son como animales. Porque la suerte de los hombres y la suerte de las bestias es la misma; la muerte del uno es como la del otro; ambos tienen un mismo aliento; y la superioridad del hombre sobre la bestia es nula, porque todo es vanidad. Ambos van al mismo lugar; ambos vienen del polvo y ambos vuelven al polvo. Quién sabe si el aliento del hombre sube arriba y el de las bestias desciende bajo la tierra? Así que he visto que no hay otra felicidad para el hombre que gozarse en sus obras, porque ésta es su condición. Pues, ¿quién le llevará a gozar de lo que vendrá después? Y he visto también todas las opresiones que se cometen bajo el sol. ¡Las lágrimas de los oprimidos sin tener quien los consuele! ¡La mano de sus opresores les hace violencia, sin encontrar quien los vengue! Y felicito a los muertos porque ya están muertos, antes que a los vivos que todavía viven. Y más feliz que unos y otros es el que aún no ha existido y no ha visto las injusticias que se cometen bajo el sol. He visto que todo trabajo y toda empresa con éxito no es más que envidia de uno contra otro. También esto es vanidad y andar a caza del viento. El necio se cruza de brazos y come su propia carne. Más vale un puñado de descanso que dos puñados de fatiga y de dar caza al viento. He visto además otra vanidad bajo el sol. Hay un hombre solo y sin compañero; no tiene hijo ni hermano; y, sin embargo, nunca cesa de trabajar, y sus ojos no se hartan de riquezas. Entonces, ¿para quién trabajo yo y me privo de bienestar? También esto es vanidad y una penosa ocupación. Mejor es estar dos que uno solo, porque dos logran más rendimiento en su trabajo. En caso de caída, el uno levanta al otro; en cambio, ¡ay del solo que cae y no tiene a nadie que lo levante! Igualmente, si duermen dos juntos, se calientan; pero uno solo, ¿cómo se calentará? Y si alguien ataca al que está solo, dos le oponen resistencia; y la cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente. Más vale un muchacho pobre y sabio que un rey necio y anciano, que no sabe ya escuchar consejos. El muchacho puede salir de la prisión para subir al trono, aun cuando en su reino haya nacido pobre. Veo a todos los vivientes que caminan bajo el sol irse con el joven, el que le sucederá en su puesto. Era una muchedumbre sin fin la que él presidía; pero los que vengan después no estarán contentos con él. Y también esto es vanidad y dar caza al viento. No seas precipitado en tu boca, y tu corazón no se apresure a proferir una palabra delante de Dios, porque Dios está en los cielos y tú estás en la tierra; por eso sean pocas tus palabras. Porque de la multitud de las preocupaciones nacen los sueños, y por el exceso de palabras se dicen disparates. Cuando haces una promesa a Dios, no tardes en cumplirla, porque no le agradan los necios. La promesa que has hecho, cúmplela. Mejor es no hacer promesas que hacerlas y después no cumplirlas. No permitas que tu boca te haga culpable, y no digas delante de Dios que fue una inadvertencia. ¿Por qué hacer que Dios se irrite a causa de tu palabra y destruya las obras de tus manos? Porque de la multitud de las preocupaciones nacen los sueños, y de la multitud de las palabras las vanidades. Así que teme a Dios. Si ves en la región al pobre oprimido, el derecho y la justicia violados, no te sorprendas por eso; es que sobre una autoridad hay vigilando otra autoridad, y sobre ésta hay aún otras autoridades. El interés del país está antes que todo; y el rey debe estar al servicio del campo. El que ama el dinero nunca se harta de él; y el que ama las riquezas no obtiene provecho. También esto es vanidad. Cuando los bienes aumentan, aumentan los parásitos; y ¿qué ventaja saca el propietario? Verlos con sus ojos. El sueño del trabajador es dulce, haya comido poco o mucho; pero al rico la riqueza no le deja dormir. Hay un mal doloroso, que he visto bajo el sol: riquezas guardadas por su dueño para su desgracia. Estas riquezas desaparecen en una mala circunstancia; le nace un hijo, y ya no tiene nada en su mano. Como salió del seno de su madre, desnudo, así se volverá, yéndose como vino; de su trabajo no se puede llevar nada consigo. También esto es un mal doloroso, que se vaya como ha venido; ¿qué provecho le queda de haber trabajado para el viento? Además, pasó todos sus días en la oscuridad, afligido, deprimido e irritado. He comprobado que lo mejor y más conveniente para el hombre es comer y beber y gozar del bienestar en todo el trabajo en que se afana bajo el sol durante los días de su vida que Dios le ha dado, porque ésta es su parte. Igualmente, cuando Dios da a un hombre riquezas y hacienda y le permite disfrutar de ellas, tomarse su parte y gozar de su trabajo, eso es un don de Dios. Entonces no tiene que pensar mucho en los días de su vida, mientras Dios llene de alegría su corazón. - - - Hay otro mal que observo bajo el sol y que pesa gravemente sobre los hombres: un hombre a quien Dios ha dado riquezas, hacienda y honores, y a quien nada falta de cuanto pueda desear; pero Dios no le concede disfrutar de eso, sino que es un extraño quien lo disfruta. Esto es vanidad y un cruel sufrimiento. Un hombre que haya tenido cien hijos y haya vivido muchos años, si no se hartó de felicidad y no tuvo ni siquiera una sepultura, en este caso yo digo que el abortivo es más feliz que él. En las tinieblas viene y en las tinieblas se va; también su nombre queda perdido en las tinieblas. No vio el sol, ni conoció nada. Más descanso tiene el abortivo que ese hombre. Aun cuando hubiera vivido dos veces mil años sin gustar la felicidad, ¿no van ambos al mismo lugar? Todo el trabajo del hombre es para su boca; y, con todo, sus deseos nunca se sacian. Porque, ¿qué ventaja sobre el necio tiene el sabio? ¿Qué ventaja sobre el pobre, el que sabe comportarse en público? El que los ojos vean es preferible a que el corazón desee. También esto es vanidad y dar caza al viento. Lo que existe tiene nombre; y se sabe que el hombre no puede enfrentarse con el que es más fuerte que él. Las muchas palabras aumentan la vanidad, pero ¿qué provecho saca el hombre? Quién sabe lo que es bueno para el hombre en la vida, durante los días de su vida de vanidad, que él pasa como una sombra? ¿Quién podrá decir al hombre lo que después de él sucederá bajo el sol? Más vale la buena fama que el perfume más fino; y el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a casa de duelo que a casa de banquete, porque aquél es el fin de todo hombre, y el vivo con eso reflexiona. Mejor es la tristeza que la risa, porque un rostro triste hace bien al corazón. El corazón del sabio está en la casa del duelo; el corazón del necio, en la casa de la alegría. Más vale escuchar la reprensión del sabio que la cantinela de los necios. Como el crujir de las zarzas en el fuego, así es la risa de los necios. También esto es vanidad. Porque la opresión hace necio al sabio, y las dádivas corrompen el corazón. Mejor es el fin de una cosa que su principio; mejor es la paciencia que la soberbia. No te dejes llevar de la ira, porque la ira es propia de los necios. No digas: ¿Por qué los tiempos pasados fueron mejores que los presentes? Tal pregunta no es de sabio. Buena es la sabiduría, como un patrimonio, y aprovecha a los que ven el sol. Porque escudo es la sabiduría, y escudo es el dinero; pero la ventaja del saber es que la sabiduría da la vida a quien la posee. Contempla la obra de Dios: ¿quién podrá enderezar lo que él torció? En el día de la prosperidad goza de felicidad; en el día de la desgracia reflexiona. Tanto lo uno como lo otro lo ha hecho Dios para que el hombre no descubra nada del futuro. Estas dos cosas he visto en mis días de vanidad: justo que perece a pesar de su justicia, e injusto que prolonga sus días a pesar de su injusticia. No seas justo en demasía, y no seas sabio con exceso; ¿para qué destruirte? No seas injusto en demasía, y no seas necio; ¿para qué morir antes de tiempo? Es bueno que esto sujetes y que de aquello no retires tu mano; porque quien teme a Dios cumple lo uno y lo otro. La sabiduría da al sabio una fuerza mayor que la de diez gobernadores en una ciudad. No hay hombre justo en la tierra que haga el bien sin pecar nunca. Tampoco prestes atención a todas las cosas que se dicen, para que no tengas que oír que tu criado te maldice; porque tu corazón sabe que muchas veces tú también has maldecido a otros. Todas estas cosas las he examinado con sabiduría, pues dije: "Yo quiero hacerme sabio"; pero la sabiduría quedó lejos de mí. Lejos quedó lo que estaba lejos, y profundo lo profundo; ¿quién lo alcanzará? Todavía apliqué mi corazón a saber, examinar e investigar la sabiduría y la razón de las cosas, y a reconocer que la maldad es una insensatez, y el desvarío una locura. Y encuentro que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es un lazo; su corazón es una red, y sus brazos son cadenas. Quien agrada a Dios escapa de ella, pero el pecador en ella queda preso. Mira, esto es lo que he comprobado, dice Qohélet, examinando una a una las cosas para encontrar la razón de ellas. Todavía la busco, pero no la encuentro. Un hombre entre mil, yo lo encuentro; una mujer entre todas, no la encuentro. Mira, sólo esto es lo que he comprobado: Dios ha hecho al hombre recto, y es él quien se busca innumerables complicaciones. ¿Quién es como el sabio? ¿Quién sabe la solución de un problema? La sabiduría del hombre ilumina su rostro, y la esperanza de su semblante se cambia. Yo te digo: Guarda las órdenes del rey, pues así lo juraste ante Dios. No te apresures a alejarte de su presencia; no persistas en un asunto malo, porque él hace todo lo que quiere. Pues la palabra del rey es soberana, y quién puede decirle: "¿Qué haces?". El que guarda sus mandatos no experimenta el infortunio, y el sabio sabe cuándo y cómo debe guardarlos. Porque hay un momento y un modo de hacer todas las cosas, pero lo más grave para el hombre es que nadie sabe lo que sucederá; ¿quién podrá indicarle cuándo eso sucederá? No tiene poder el hombre sobre su vida para retenerla, ni sobre el día de la muerte; y no hay quien se libre de este combate, ni la iniquidad salva al que la posee. Todo esto lo he comprobado examinando todas las cosas que se hacen bajo el sol, en el tiempo en que un hombre domina sobre otro hombre y le hace daño. Y también he visto que los criminales eran llevados a su sepultura partiendo del lugar santo, y eran honrados en la ciudad por haber obrado así. También esto es vanidad. Como no se ejecuta inmediatamente la sentencia contra los delitos, por eso los hombres sólo piensan en delinquir; Porque el delincuente comete cien delitos, y no le hacen nada; con todo, yo también sé que llega la felicidad a los que temen a Dios, porque lo temen; y que no tendrá la felicidad el malhechor, y no prolongará sus días más que como una sombra, porque no teme a Dios. Pero se da vanidad sobre la tierra, porque hay justos a quienes sucede lo que merece la conducta de los injustos, y hay injustos a quienes sucede lo que merece la conducta de los justos. Digo que también esto es vanidad. Así pues, alabo la alegría, porque para el hombre no hay bajo el sol otra felicidad que comer y beber y gozar. Y esto le acompaña en su trabajo en los días de su vida que le da Dios bajo el sol. Después de haberme aplicado a conocer la sabiduría y a examinar las ocupaciones que se desempeñan en la tierra porque los ojos del hombre ni de noche ni de día ven el sueño , Entonces advertí que el hombre no puede descubrir todas las obras de Dios que se realizan bajo el sol; por mucho que el hombre se fatigue buscándolas, no llega a descubrirlas. Y aunque un sabio diga que lo sabe, tampoco llega a descubrirlo. Ciertamente he examinado todo esto, y he comprobado que los justos y los sabios y sus obras están en las manos de Dios. El hombre no conoce ni el amor ni el odio, y ambas cosas son a sus ojos vanidad. Porque todos tienen una misma suerte: el justo y el injusto, el bueno y el malo, el puro y el impuro, el que ofrece sacrificios y el que no los ofrece; lo mismo el bueno que el pecador, el que jura que el que teme hacer un juramento. Esto es lo malo de todo lo que se hace bajo el sol: que sea una misma la suerte para todos. Y así el corazón del hombre se llena de malicia y concibe locuras durante su vida; y después... ¡con los muertos! Mientras uno está vivo, tiene esperanza; porque más vale perro vivo que león muerto; pues los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada y ya no reciben salario, porque su recuerdo está en el olvido. Sus amores, sus odios, sus envidias, todo ha perecido. Y ellos no tendrán ya parte alguna en todo lo que se hace bajo el sol. Anda, come tu pan con alegría y bebe con alegre corazón tu vino, porque ya se complace Dios en tu obra. Lleva en todo tiempo vestidos blancos, y que el perfume no falte sobre tu cabeza. Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de tu vida de vanidad que Dios te da bajo el sol, porque ésa es tu parte en la vida y en el trabajo con que te afanas bajo el sol. Todo lo que esté en tu mano hacer, hazlo mientras puedas; porque no hay ni obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría en el abismo al que irás a parar. También he visto bajo el sol que ni es de los veloces la carrera, ni de los valientes el combate, ni de los sabios el pan, ni de los inteligentes la riqueza, ni de los instruidos la estima, porque el tiempo y la mala suerte alcanzan a todos. El hombre no conoce su hora: como los peces que son apresados en la red fatal y como los pájaros que se enredan en el lazo, así los hombres se dejan enredar por el infortunio cuando de improviso cae sobre ellos. Otra cosa he visto también bajo el sol que encierra una gran enseñanza: había una ciudad, pequeña, y de pocos habitantes. Un gran rey fue contra ella, la asedió y levantó a su alrededor grandes fortificaciones. Había en ella un hombre pobre, pero sabio, que salvó la ciudad con su sabiduría; mas nadie ha conservado el recuerdo de aquel hombre. Y yo digo: la sabiduría vale más que la fuerza; pero la sabiduría del pobre es despreciada y sus palabras no son escuchadas. Las palabras dulces de los sabios son escuchadas mejor que los gritos del rey de los necios. Más vale la sabiduría que las armas de guerra, pero un solo error destruye mucho bien. Una mosca muerta estropea un frasco de perfume; un poco de locura pesa más que la sabiduría y el honor. El espíritu del sabio va a su derecha, el del tonto a su izquierda. Y cuando el tonto se pone en camino, le falta la cordura y va diciendo a todo el mundo que es tonto. Si la ira del rey se levanta contra ti, no abandones tu puesto; ante los errores graves, hay que tomar las cosas con calma. Hay un mal que veo bajo el sol, como un error que proviene del soberano: los necios ocupan altos cargos, mientras que los que valen están en puestos bajos. Veo a siervos ir a caballo, y a príncipes marchar a pie como siervos. El que cava una fosa cae en ella, al que destruye un muro le muerde la serpiente. El que labra piedras se hace mal con ellas, el que corta leña puede herirse con ella. Si el hacha se embota y no se la afila, hay que multiplicar los esfuerzos; pero la sabiduría procura el éxito. Si la serpiente muerde y no está encantada, ninguna ventaja tiene el encantador. Las palabras de la boca del sabio son agradables; pero los labios del tonto causan su propia ruina. Las primeras palabras de su boca son despropósitos, y el final de su discurso funesta locura. El tonto multiplica las palabras. El hombre ignora el pasado; y ¿quién puede indicarle lo que sucederá después? El trabajo del tonto fatiga, porque ni siquiera sabe ir a la ciudad. Ay de ti, tierra, que tienes por rey un niño, y cuyos príncipes banquetean desde la mañana! Dichosa tú, tierra, que tienes por rey un hijo de nobles, y cuyos príncipes comen a su tiempo para recobrar fuerzas, y no para beber! Por la holgazanería se cae la techumbre, y por falta de cuidado en casa hay goteras. Para el placer se hacen banquetes, y el vino alegra la vida, y el dinero todo lo arregla. No maldigas al rey ni aun con tu pensamiento; no maldigas al rico ni aun en tu alcoba; porque las aves del cielo transportan la voz y un ser alado lo hace saber. Lanza tu fortuna al agua, porque mucho tiempo después la volverás a encontrar. Da parte a siete y aun a ocho, porque no sabes qué desgracias pueden venir sobre la tierra. Cuando las nubes están llenas de lluvia, sobre la tierra la vierten; y si un árbol cae al sur o al norte, el árbol queda en el lugar donde cae. El que observa el viento, no sembrará; y el que mira las nubes, no segará. Como tú no sabes por qué camino entra el espíritu en los huesos en el seno de una mujer encinta, así no conoces la obra de Dios, que hace todas las cosas. Por la mañana siembra tu semilla, y por la tarde no des descanso a tu mano; porque tú no sabes lo que es mejor, si esto o aquello, o si ambas cosas son igualmente buenas. La luz es dulce, y agrada a los ojos ver el sol. Y si el hombre vive muchos años, que disfrute de todos ellos y recuerde que los días de tinieblas serán numerosos; todo lo que sucede es vanidad. Goza, joven, de tu mocedad, y que tu corazón disfrute en los días de tu juventud. Sigue los caminos de tu corazón y los deseos de tus ojos. Pero sabe que de todo esto Dios te pedirá cuentas. Aleja la tristeza de tu corazón y aparta de tu carne el sufrimiento, porque la mocedad y la juventud son vanidad. Y acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos y que lleguen los años de los que tú dirás: "No encuentro placer en ellos"; antes que se oscurezca el sol y la luz, la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes después de la lluvia; cuando tiemblen los guardianes de la casa, y se encorven los hombres fuertes, y cesen de moler las mujeres porque son demasiado pocas, y pierdan la vista las que miran por las ventanas, y se cierren las puertas de la calle, y se debilite el rumor del molino, y se apague la voz del ave, y desaparezcan las canciones; cuando en las alturas haya temores y en los caminos angustias; y florezca el almendro, y se haga pesada la langosta y no sirva para nada la alcaparra, porque el hombre se va a su morada eterna, y las plañideras recorren la calle; antes que se parta el cordón de plata, y se quiebre la lámpara de oro, y se haga pedazos el cántaro en la fuente, y se rompa la polea en el pozo, y que el polvo torne a la tierra como era antes, y que el espíritu vuelva a Dios, que es quien lo dio. Vanidad de vanidades, dice Qohélet, y todo es vanidad. Qohélet, además de ser un sabio, también enseñó al pueblo la ciencia; estudió, investigó y compuso muchos proverbios. ohélet procuró encontrar dichos agradables y escribir rectamente sentencias verdaderas. Las palabras de los sabios son como aguijones, como clavos clavados por los instruidos de la asamblea. Ellas son dadas por el pastor único. Ir más allá de esto, evítalo, hijo mío: componer muchos libros es una cosa sin fin, y mucho estudio fatiga el cuerpo. Fin del discurso. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque en eso consiste ser hombre. Dios nos pedirá cuentas de todas nuestras acciones, buenas o malas, aun de las que hayamos hecho en secreto. El poema más bello, de Salomón. Ella: ¡Que me bese con los besos de su boca! Más dulces que el vino tus amores son, suave es el olor de tus perfumes. Tu nombre es un perfume refinado; por eso las jóvenes se enamoran de ti. Arrástrame tras de ti: ¡corramos! El rey me ha llevado a sus estancias. Seamos felices y gocemos contigo. Celebremos tus amores más que el vino. ¡Con cuánta razón se enamoran de ti! Morena soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Quedar, como los pabellones de Salomón. No os fijéis en que soy morena; es que el sol me ha bronceado. Los hijos de mi madre, airados contra mí, me pusieron a guardar sus viñas; y mi viña, la mía, no la guardé. Dime tú, amor de mi vida, dónde estás descansando, dónde llevas el ganado a mediodía, para que yo no ande perdida por los rebaños de tus compañeros. Coro: Si no lo sabes, tú, la más bella de las mujeres, sigue el rastro de las ovejas y lleva a pastar tus cabritos junto a las chozas de los pastores. Él: A las yeguas de la carroza del Faraón yo te comparo, amor mío. Bellas son tus mejillas entre los pendientes y tu cuello entre los collares. Pendientes de oro haremos para ti con lóbulos de plata. Ella: Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su perfume. Bolsita de mirra es mi amor para mí, que reposa entre mis pechos. Ramo de ciprés es mi amor para mí en las viñas de Engadí. Él: ¡Qué hermosa eres, amor mío, qué hermosa eres! Tus ojos son como palomas... Ella: ¡Qué hermoso eres, amor mío, qué delicioso! Todo verdor es nuestro lecho. Vigas de nuestra casa son los cedros; cipreses, los artesonados. Él: Yo soy el narciso de Sarón, el lirio de los valles. Como el lirio entre cardos, así es mi amada entre las jóvenes. Ella: Como manzano entre árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes. A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar. Me ha llevado a su bodega, y su insignia sobre mí es el amor. Confortadme con pasteles de uvas, reanimadme con manzanas, porque enferma estoy de amor. Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me tiene abrazada. Él: Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas y las ciervas del campo, no despertéis, no turbéis a mi amor hasta cuando ella quiera. Ella: ¡Una voz!... ¡Es mi amor! He aquí que ya llega saltando por los montes, brincando por los collados. Semejante es mi amor a una gacela, a un ágil cervatillo. Vedlo ya aquí apostado detrás de nuestra cerca. Mira por las ventanas, espía por las celosías. Mi amor canta y me dice: Él: "¡Levántate, amor mío; hermosa mía, ven! Porque, mira, ha pasado el invierno, ha cesado la lluvia y ya se ha ido. Han nacido las flores en la tierra, ha llegado el tiempo de la poda; ya la voz de la tórtola se siente en nuestra tierra. La higuera echa las yemas de sus higos, las viñas en flor exhalan su perfume. ¡Levántate, amor mío; hermosa mía, ven! Paloma mía, en las grietas de las peñas, en escarpados escondrijos, muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz, porque tu voz es dulce y tu rostro encantador". "Cazadnos las raposas, las raposas pequeñas, que estropean la viña, pues nuestras viñas están en flor". Ella: Mi amado es mío y yo soy suya. Él apacienta su rebaño entre los lirios. Mientras sopla la brisa del día y las sombras se desvanecen, vuelve, amor mío; sé como la gacela o el joven cervatillo en los montes perfumados Ella: n mi lecho, por la noche, busqué al amor de mi vida; lo busqué, pero no lo encontré. Me levantaré, recorreré la ciudad; por las calles y las plazas buscaré al amor de mi vida... Lo busqué, pero no lo encontré. Me encontraron los centinelas, los que hacen la ronda por la ciudad: "¿Habéis visto al amor de mi vida?". Apenas los había pasado cuando encontré al amor de mi vida. Lo abracé y no lo he de soltar hasta que no lo haga entrar en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me engendró. Él: Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas y las ciervas del campo, no despertéis ni turbéis a mi amor hasta cuando ella quiera. Coro: ¿Qué es eso que sube del desierto como columna de humo, perfume de mirra y de incienso y de todo aroma de perfumes? Ella: Es la litera de Salomón: sesenta próceres la escoltan, son la flor de Israel. Todos expertos en la espada, veteranos de la guerra; cada uno lleva su espada al flanco, en previsión de sorpresas nocturnas. El rey Salomón se ha hecho un trono de madera del Líbano. Ha puesto de plata sus columnas, de oro su dosel, de púrpura el asiento, todo por dentro recamado con amor por las hijas de Jerusalén. Salid a contemplar, hijas de Sión, al rey Salomón, con la diadema con que lo coronó su madre el día de sus bodas, el día de las delicias de su corazón. - - - ¡Qué hermosa eres, amor mío, qué hermosa eres! Tus ojos, de paloma, a través de tu velo. Tu melena, cual rebaño de cabras ondulante por las pendientes de Galaad. Tus dientes, cual rebaño de ovejas esquiladas que regresa del baño, cada una con crías mellizas, y ninguna privada de ellas. Como cinta de escarlata tus labios, tu boca encantadora. Tus mejillas, mitades de granada a través de tu velo. Como torre de David tu cuello, edificada como fortaleza; mil escudos de ella penden, todos los paveses de los héroes. Tus pechos, como dos crías mellizas de gacela que pacen entre lirios. Mientras sopla la brisa del día y las sombras se desvanecen, iré al monte de la mirra, a la colina del incienso. ¡Toda hermosa eres, amor mío, no hay tacha alguna en ti! Ven del Líbano, novia; ven del Líbano, entra. Mira desde la cima del Amaná, desde las crestas del Senir y del Hermón, desde las guaridas de leones, desde los riscos de leopardos. Me robaste el corazón, hermana mía, novia mía, me robaste el corazón con una mirada de tus ojos, con una perla del collar. ¡Qué delicioso es tu amor, hermana mía, novia mía, qué delicioso tu amor, más que el vino! ¡Y el olor de tus perfumes más que todos los aromas! Miel virgen destilan tus labios, novia mía: leche y miel hay bajo tu lengua; y el aroma de tus vestidos, como el aroma del Líbano. Jardín cerrado eres, hermana mía, novia mía, un manantial cerrado, una fuente sellada. Un vergel de granados tus brotes, con los más exquisitos productos: nardo y azafrán, canela y cinamomo, con toda clase de árboles de incienso, mirra y áloe con los bálsamos más finos. Ella: Yo soy una fuente de jardines, manantial de aguas vivas, arroyos que del Líbano fluyen. Levántate, Aquilón; Austro, ven; soplad en mi jardín y exhale sus aromas. ¡Entre mi amor en su vergel y coma sus frutos exquisitos! He entrado en mi jardín, hermana mía, novia mía, he recogido mi bálsamo y mi mirra, he comido mi miel y mi panal, he bebido mi vino y mi leche. Coro Comed, amigos, y bebed, embriagaos, compañeros! Ella: Yo dormía, pero mi corazón velaba... ¡Una voz! Mi amor me llama: " breme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta; mi cabeza está cubierta de rocío; mis bucles, del relente de la noche...". "Me he quitado ya mi túnica; ¿he de ponérmela otra vez? Me he lavado los pies; ¿los volveré a manchar?". Mi amor metió la mano por el cerrojo de la puerta; al oírlo, mis entrañas retozaron. Me levanté para abrir a mi amor, y mis manos destilaron mirra, mirra fluida mis dedos en la manilla de la cerradura. Abrí a mi amor, pero mi amor se había ido. Se me fue el alma tras de él. Lo busqué y no lo encontré, lo llamé y no me respondió. Los centinelas me encontraron, los que hacen la ronda en la ciudad; me golpearon, me hirieron, me arrancaron el velo los guardias de los muros. Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amor, ¿qué le vais a decir? Que enferma estoy de amor. Coro: ¿Qué distingue a tu amado de los otros, tú, la más bella de las mujeres? ¿Qué distingue a tu amor de los otros, para que así nos conjures? Ella: Mi amado es radiante y rubio, distinguido entre millares. Su cabeza es oro, oro puro; sus guedejas, racimos de palmeras, negras igual que el cuervo. Sus ojos son como palomas junto a las aguas del arroyo, bañadas en leche, posadas en la orilla. Eras de bálsamo sus mejillas, macizos de perfumes. Sus labios son lirios que destilan mirra virgen. Sus brazos, barras de oro, engastadas con piedras de Tarsis; su vientre, una masa de marfil guarnecida de zafiros. Sus piernas son columnas de alabastro sobre pedestales de oro puro. Su aspecto es como el del Líbano, imponente cual los cedros. Su boca es colmo de dulzura, todo en él es delicia. Así es mi amor, así mi amigo, hijas de Jerusalén. Coro: ¿Dónde se fue tu amor, tú, la más bella de las mujeres? ¿Adónde se dirigió tu amor, para que contigo lo busquemos? Ella: Mi amor ha bajado a su jardín, a las eras del bálsamo, a apacentar su rebaño en los jardines, a recoger lirios. Yo soy de mi amor y mi amor es mío. Él apacienta su rebaño entre los lirios. Él: Hermosa eres, amiga mía, como Tirsá, deliciosa como Jerusalén, imponente como ejército formado. Retira de mí tus ojos porque me arrebatan. Tu melena es un rebaño de cabras ondulante por las pendientes de Galaad. Tus dientes, como un rebaño de ovejas que regresan del baño, cada una con crías mellizas, y ninguna privada de ellas. Tus mejillas, mitades de granada a través de tu velo. Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, y las doncellas son sin número. nica es mi paloma, única mi perfecta; ella, la única de su madre, la preferida de la que le dio a luz. Las doncellas la han visto y la han felicitado, reinas y concubinas la han bendecido: Ellas: "¿Quién es ésta que avanza cual la aurora, bella como la luna, distinguida como el sol, imponente como ejército formado?". Ella: He bajado al nogueral para ver la floración del valle, para ver los brotes de la vid y si florecen los granados... Sin darme cuenta, mi deseo me llevaba en los carros de mi pueblo, con mi príncipe. - - - Coro: ¡Vuelve, vuelve, sulamita; vuelve, vuelve, para que te miremos! Él: ¿Qué miraréis en la sulamita, en la danza a dos coros? Coro: ¡Qué bellos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe! Como collares las curvas de tus caderas, obra de las manos de un artista. Tu ombligo es un ánfora redonda, donde no falta vino aromático. Tu vientre, un cúmulo de trigo, rodeado de lirios. Tus pechos son como dos crías mellizas de gacela. Tu cuello, una torre de marfil. Tus ojos, como las piscinas de Jesbón junto a las puertas de Bat-Rabín. Tu nariz, como la torre del Líbano, vigía que mira hacia Damasco. Tu cabeza sobre ti como el Carmelo, y la melena de tu cabeza cual la púrpura: un rey en tus rizos está preso. Él: ¡Qué hermosa eres, qué encantadora, oh amor mío, en tus delicias! Tu talle semeja a la palmera; tus pechos, a sus racimos. Me digo: "Voy a subir a la palmera; tomaré sus racimos. ¡Séanme tus pechos como racimos de uvas, y tu aliento como perfume de manzanas! Tu boca como vino exquisito, que fluye suavemente hacia mi amor, deslizándose entre los labios que se adormecen". Ella: Yo soy de mi amor y su deseo tiende hacia mí. Ven, amor mío, salgamos a la campiña. Pasaremos la noche en las aldeas, y de mañana iremos a las viñas: veremos si la vid echa sus brotes, si se abren las flores y si florecen los granados. Allí te entregaré yo mis amores. ¡Ah, si tú fueras hermano mío, amamantado a los pechos de mi madre! Al encontrarte en la calle te besaría y ninguno me podría despreciar. Te llevaría a la casa de mi madre, a la alcoba de la que me dio a luz; te daría a beber vino aromático, mosto de mis granadas. Su izquierda está bajo mi cabeza y su diestra me tiene abrazada. Él: Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, no despertéis ni turbéis a mi amor hasta cuando ella quiera. Coro: ¿Quién es ésta que sube del desierto apoyada en su amor? Él: Te he despertado debajo del manzano, allí donde te concibió tu madre, allí donde te concibió la que te dio a luz. Ella: Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo; porque es fuerte el amor como la muerte; inflexibles, como el infierno, son los celos. Flechas de fuego son sus flechas, llamas divinas son sus llamas. Aguas inmensas no podrían apagar el amor, ni los ríos ahogarlo. Quien ofreciera toda la hacienda de su casa a cambio del amor sería despreciado. Los Hermanos: Tenemos una hermana pequeñita, no tiene pechos todavía. ¿Qué hemos de hacer con nuestra hermana el día en que se trate de su boda? Si fuese un muro, levantaríamos sobre ella almenas de plata; si fuese una puerta, la guarneceríamos con tablas de cedro... Ella: Yo soy un muro, mis pechos son torres. Así he sido a sus ojos como quien halla paz. Él: Salomón tenía una viña en Baal-Hamón, la encomendó a sus guardas. Cada uno tenía que pagarle por sus frutos mil monedas de plata... Mi propia viña ante mis ojos... ¡Las mil monedas para ti, oh Salomón, y doscientas para los guardas de su fruto! Oh, tú que moras en los jardines, mis amigos prestan oído a tu voz. ¡Deja que yo la oiga! Ella: ¡Huye, amor mío, sé como la gacela, como el cervatillo en los montes perfumados! Visión que Isaías, hijo de Amós, tuvo acerca de Judá y Jerusalén en los días de Ozías. Jotán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá. Escuchad, cielos; presta, tierra, oído, porque habla el Señor: He alimentado, he hecho crecer hijos, y ellos se han sublevado contra mí. Conoce el buey a su señor y el asno el pesebre de su amo. Israel, en cambio, no conoce; mi pueblo no comprende. ¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de crímenes, ralea de malvados, hijos perversos! Han abandonado al Señor, han despreciado al Santo de Israel, le han vuelto la espalda. ¿Para qué golpearos todavía, si os seguís rebelando? Enferma está toda la cabeza, el corazón entero dolorido. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él nada sano: heridas, contusiones, llagas vivas, no curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite. Vuestro país es un desierto; vuestras ciudades, pasto del fuego; vuestro suelo, ante vuestros mismos ojos, extranjeros lo devoran; es una desolación, como las ruinas de Sodoma. La hija de Sión ha quedado como una choza en una viña, como un tugurio en melonar, como ciudad sitiada. Si el Señor todopoderoso no nos hubiera dejado un residuo, seríamos como Sodoma, iguales a Gomorra. ¡Escuchad la palabra del Señor, jefes de Sodoma; prestad oído a la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra! ¿Qué me importa la multitud de vuestros sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasas de becerros; la sangre de novillos, de corderos y de machos cabríos me hastía. Cuando venís a presentaros ante mí, ¿quién pide esto de vosotros? Dejad de hollar mis atrios para traerme ofrendas vanas; me causa horror su incienso. Novilunios, sábados, asambleas..., ¡ya no soporto más sacrificios ni fiestas! Vuestros novilunios, vuestras solemnidades me son aborrecibles: se me han vuelto un peso, y estoy harto de aguantarlas. Cuando extendéis las manos, aparto mis ojos de vosotros; aunque multipliquéis vuestras plegarias, no las escucho. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, purificaos, alejad vuestras malas acciones de mis ojos; dejad de hacer el mal. Aprended a hacer el bien, buscad lo que es justo, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda. Venid, pues, y discutamos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve; si fueren rojos cual la púrpura, se volverán como la lana. Si sois sumisos y obedientes, comeréis los frutos del país; pero si resistís y os rebeláis, seréis devorados por la espada. Lo ha dicho el Señor. ¡Cómo se ha prostituido la ciudad fiel, Sión, tan llena de justicia! Moraba en ella el derecho; ¡ahora, en cambio, asesinos! Tu plata se ha convertido en escoria, tu vino está mezclado con agua. Tus jefes son unos rebeldes, compinches de ladrones; todos hambrean recompensas y van detrás de los regalos; no hacen justicia al huérfano, ni atienden la causa de la viuda. Por eso dice el Señor todopoderoso, el Fuerte de Israel: ¡Ah, yo me vengaré de mis adversarios, daré cuenta de mis enemigos! Volveré mi mano contra ti, fundiré tus escorias y apartaré tu plomo. Haré a tus jueces como eran y a tus consejeros como antes. En adelante se te llamará: ciudad de la justicia, ciudad fiel. Sión será redimida con el derecho, y sus convertidos con la justicia. Los rebeldes y los pecadores serán a una destrozados, y aquellos que se alejen del Señor perecerán. ¡Oh, sí, tendréis vergüenza de los terebintos en que ahora os deleitáis, y os sonrojaréis de los jardines que tanto os gustan! Pues quedaréis igual que un terebinto de hojas marchitas, lo mismo que un jardín que ya no tiene agua. El hombre fuerte se hará estopa, y su obra una chispa; arderán los dos juntos, y no habrá quien lo extinga. Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén. Sucederá en los días venideros que el monte de la casa del Señor será afincado en la cima de los montes y se alzará por encima de los collados. Afluirán a él todas las gentes, vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que nos enseñe sus caminos y caminemos por sus sendas. Pues de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor. Él gobernará las naciones y dictará sus leyes a pueblos numerosos, que trocarán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. No alzará ya la espada pueblo contra pueblo ni se entrenarán ya para la guerra. Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor. Sí, tú has rechazado a tu pueblo, a la casa de Jacob; pues está llena de adivinos y de agoreros, como los filisteos, y pacta con extranjeros. Su país está lleno de oro y plata, y sus tesoros son innumerables. Su país está lleno de caballos; innumerables son sus carros. Su país está lleno de ídolos: ellos se postran ante la obra de sus manos, ante la hechura de sus dedos. Será el hombre humillado, el mortal abatido. ¡No los perdones! Métete entre las rocas, escóndete en el polvo ante el terror del Señor, de su imponente majestad, cuando venga a hacer temblar la tierra. Los ojos soberbios del hombre serán abatidos, y la arrogancia de los mortales se doblegará; sólo el Señor será exaltado el día aquel. Pues el Señor todopoderoso tendrá su día contra toda soberbia y todo orgullo, contra todo lo que se alza, para abatirlo; contra todos los altos cedros del Líbano, contra todas las encinas de Basán; contra todas las montañas altivas, contra todas las colinas elevadas; contra todas las torres excelsas, contra todas las murallas escarpadas; contra todas las naves de Tarsis, contra todos los objetos preciosos. La arrogancia humana será humillada, el orgullo del hombre será abatido; sólo el Señor será exaltado el día aquel. Desaparecerán todos los ídolos. Se meterán en las grietas de las rocas, en los antros de la tierra ante el terror del Señor y su imponente majestad, cuando venga a hacer temblar la tierra. Aquel día todos arrojarán a los topos y a los murciélagos sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que se hicieron para adorarlos. Se meterán en las grietas de las rocas y en los recodos de las peñas ante el terror del Señor y su imponente majestad, cuando venga a hacer temblar la tierra. Dejad de confiar en el hombre, pues sólo un soplo hay en su nariz. ¿Cuánta estima merece? Sí, el Señor Dios todopoderoso quitará a Jerusalén y a Judá todo apoyo y sostén, todo sostén de pan, todo sostén de agua: el fornido, el guerrero, el juez, el profeta, el adivino y el anciano, el capitán, el notable, el consejero, el hábil hechicero y el sabio encantador. Y les pondrá muchachos por jefes, jovenzuelos los dirigirán. El pueblo se alzará, hombre contra hombre, vecino contra vecino; se lanzará el joven contra el anciano, el plebeyo contra el noble. Y cada cual agarrará a su hermano en la casa de su padre: Tú tienes manto, sé nuestro jefe; toma en tus manos estas ruinas. Pero él protestará el día aquel: Yo no soy médico, ni hay en mi casa pan ni manto; no me hagáis jefe del pueblo. Así Jerusalén caerá en ruinas y Judá se hundirá, pues sus palabras y sus hechos se oponen al Señor y desafían su majestad. Su rostro descarado los delata; como Sodoma descubren sus pecados, no los ocultan. ¡Ay de ellos, que su propia desgracia están fraguando! Decid: ¡Dichoso el justo, pues comerá del fruto de sus obras! ¡Ay del injusto! Mal le irá, se le dará según la obra de sus manos. Niños dominan a mi pueblo, mujeres lo gobiernan. Pueblo mío, tus conductores te extravían, pervierten la senda de tus pasos. El Señor se levanta ante el tribunal, en pie está para juzgar al pueblo. Entra en juicio el Señor con los ancianos y los jefes de su pueblo: Vosotros habéis devastado la viña, guardáis en casa lo robado al pobre. ¿Por qué pisoteáis a mi pueblo y aplastáis el rostro de los pobres? Oráculo del Señor Dios todopoderoso. El Señor dice: Por la altivez de las hijas de Sión, que pasan erguida la cabeza y los ojos provocadores; que caminan a pasitos menudos, haciendo tintinear los aros de sus pies, el Señor llenará de tiña la cabeza de las hijas de Sión, el Señor descubrirá su vergüenza. Aquel día el Señor arrancará los adornos: hebillas de pies, redecillas y lunetas, pendientes, brazaletes, velos, diademas, cadenillas de pies, cinturones, frascos de perfume y amuletos, sortijas, aros de nariz, vestidos preciosos, mantos, chales y bolsos, espejos, lienzos finos, turbantes y mantillas. Y ved lo que sucederá: en lugar de perfume habrá podredumbre; en lugar de cinturón, una cuerda; en lugar de peinados, calvicie; en lugar de vestidos lujosos habrá un saco; en lugar de belleza, la marca de la infamia. Tus hombres caerán bajo la espada, y tus héroes en la lucha. Llanto y lamento habrá en tus puertas, y yacerás desolada en el polvo. Aquel día siete mujeres se disputarán a un hombre y le dirán: Nosotras comeremos nuestro pan y nuestro vestido vestiremos; deja sólo que llevemos tu nombre, quítanos nuestra infamia. Aquel día el brote del Señor será ornamento y gloria, y el fruto de la tierra será orgullo y esplendor de los librados de Israel. El que quede en Sión y sobreviva en la ciudad será llamado santo, será inscrito para sobrevivir en Jerusalén. Cuando el Señor haya lavado la mancha de las hijas de Sión y haya limpiado a Jerusalén de la sangre en ella derramada, cuando dicte la sentencia y ejecute la pena, entonces el Señor formará, sobre toda la extensión del monte de Sión y sobre sus asambleas, una nube de humo durante el día y un resplandor de fuego llameante por la noche. Pues encima de todo la gloria del Señor será tienda y cabaña, para dar sombra de día contra el calor, y refugio y amparo contra la tempestad y la lluvia. Quiero cantar para mi amigo una canción de amor hacia su viña. Mi amigo tenía una viña en una loma feraz. La cavó, quitó las piedras, plantó cepas selectas; en medio de ella construyó una torre y excavó también un lagar; esperaba que produjera uvas, pero sólo produjo agrazones. Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, juzgad entre mí y mi viña. ¿Qué más podía hacerse con mi viña que no lo haya hecho yo? ¿Por qué, si esperaba que diera uvas, sólo ha dado agrazones? Ahora, pues, os diré qué voy a hacer con mi viña: le quitaré el seto, y servirá de pasto; derribaré la tapia, y será pisoteada. Haré de ella un desierto; no será más podada ni escardada; toda será cardos y abrojos; y mandaré a las nubes que no dejen caer más lluvia sobre ella. Sí, la viña del Señor omnipotente es el pueblo de Israel; y los hombres de Judá, su plantel escogido. El Señor esperaba de ellos respeto a la ley, y hay sangre derramada; esperaba justicia, y sólo hay gritos de dolor. ¡Ay de aquellos que añaden casas a casas y juntan campos con campos hasta ocupar todo el lugar y quedar como únicos propietarios del país! En mis oídos ha sonado la palabra del Señor omnipotente: ¡Las muchas casas quedarán en ruinas; grandes y bellas, no habrá quien las habite! Pues diez yugadas de viña sólo producirán cuarenta y cinco litros, y cuatrocientos cincuenta de semilla sólo cuarenta y cinco. ¡Ay de aquellos que desde la mañana se dan a las bebidas fuertes, y de noche hasta muy tarde continúan bien calientes de vino! Cítara y arpa, tambor, flauta y vino no faltan en sus banquetes; pero no piensan en la obra del Señor, no atienden a la hechura de sus manos. Por eso mi pueblo irá al destierro por falta de inteligencia; sus nobles morirán de hambre, y sus gentes se abrasarán de sed. Por eso el abismo ha ensanchado sus fauces, ha abierto su boca sin medida; ¡baja allá la grandeza (de Sión) y su turba bulliciosa y alegre! Será doblegado el mortal, será humillado el hombre, y los ojos de los soberbios, abatidos. Pero el Señor omnipotente será exaltado al juzgar; el Dios santo su santidad mostrará al hacer justicia. Los corderos pastarán como en su pasto, y los cabritos engordarán entre las ruinas. ¡Ay de aquellos que tiran del castigo con las cuerdas de la injusticia, y de la pena del pecado como con cuerda de carreta; de los que dicen: Que se dé prisa, que acelere su obra para que la veamos, que se presenten y que se realicen los planes del Santo de Israel para que los conozcamos. ¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien; que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los sabios a sus propios ojos, y en su estima prudentes! ¡Ay de los que triunfan en beber vino y son campeones en mezclar bebidas fuertes; de los que por soborno absuelven al culpable y no hacen justicia al inocente! Como la lengua de la llama devora el rastrojo y como el heno es consumido por el fuego, así su raíz se pudrirá y su flor será aventada como polvo, por rechazar la ley del Señor todopoderoso y despreciar la palabra del Santo de Israel. Por eso la ira del Señor se ha encendido contra su pueblo, extendió su mano contra él y lo hirió; temblaron los montes; sus cadáveres fueron como carroña en medio de las calles. Con todo, su cólera no ha amainado; su mano aún está extendida. Hace señal a un pueblo lejano, con silbido le llama desde el extremo de la tierra; mirad, ya se acerca veloz. Nadie es débil en él, nadie vacila, ni dormita, ni duerme, ni suelta el cinto de sus lomos, ni rompe la correa de sus sandalias. Son afiladas sus saetas, tensos están todos sus arcos; los cascos de sus caballos son como pedernal, las ruedas de sus carros igual que el huracán. Su rugido es como el de un león; ruge como los cachorros; gruñe, agarra la presa, la lleva y nadie se la quita. Habrá aquel día contra él un bramido como el bramido de la mar; mirarán al país, y habrá sólo oscuridad; la luz quedará oscurecida por espesas nubes. El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en su trono elevado y excelso: la orla de su vestido llenaba el templo. Estaban de pie serafines por encima de él, cada uno con seis alas: con dos cubrían el rostro; con dos, los pies, y con las otras dos volaban. Y se gritaban el uno al otro Santo, santo, santo, Señor todopoderoso; la tierra toda está llena de su gloria. Las jambas del dintel retemblaban por la voz de los que gritaban, y el templo se llenó de humo. Yo exclamé: ¡Ay de mí, estoy perdido, pues soy hombre de labios impuros; vivo entre un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al rey, al Señor todopoderoso. Entonces voló hacia mí uno de los serafines llevando un carbón encendido que había tomado del altar con unas tenazas. Tocó con él mi boca y dijo: Mira, esto ha tocado tus labios: tu maldad queda borrada, tu pecado está perdonado. Y oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? Y respondí: Aquí estoy yo, mándame a mí. Él me dijo: Vete y dile a este pueblo: Escuchad bien, pero sin comprender; mirad, pero sin ver. Embota el corazón de este pueblo, endurece su oído, ciega sus ojos, de suerte que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, ni se convierta, ni se cure. Yo dije: ¿Hasta cuándo, Señor? Y me respondió: Hasta que las ciudades estén devastadas y desiertas, las casas vacías y la tierra abandonada; hasta que el Señor haya alejado a los hombres y sea grande la soledad en el país. Si aún quedara una décima parte, será también exterminada igual que el terebinto o la encina, que, al ser talados,