En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra, estaba informe y vacía, las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Dijo, pues, Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha. Y vio Dios que la luz era buena, y dividió la luz de las tinieblas. A la luz la llamó día, y a las tinieblas noche; así de la tarde aquella y de la mañana siguiente resultó el primer día. Dijo asimismo Dios: Haya un firmamento o una gran extensión en medio de las aguas, que separe unas aguas de otras. E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del firmamento, de aquéllas que estaban sobre el firmamento. Y quedó hecho así. Y al firmamento le llamó Dios cielo. Con lo que de tarde y de mañana se cumplió el día segundo. Dijo también Dios: Reúnanse en un lugar las aguas que están debajo del cielo y aparezca lo árido o seco. Y así se hizo. Y al elemento árido le dio Dios el nombre de tierra, y a las aguas reunidas las llamó mares. Y vio Dios que lo hecho estaba bueno. Dijo asimismo: Produzca la tierra hierba verde y que dé simiente, y plantas fructíferas que den fruto conforme a su especie, y contengan en sí mismas su simiente sobre la tierra. Y así se hizo. Con lo que produjo la tierra hierba verde, que da simiente según su especie, y árboles que dan fruto, de los cuales cada uno tiene su propia semilla según la especie suya. Y vio Dios que la cosa era buena. Y de la tarde y mañana resultó el día tercero. Dijo después Dios: Haya lumbreras o cuerpos luminosos en el firmamento del cielo, que distingan el día y la noche, y señalen los tiempos o las estaciones, los días y los años. A fin de que brillen en el firmamento del cielo, y alumbren la tierra. Y fue hecho así. Hizo, pues; Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que presidiese al día; y la lumbrera menor, para presidir la noche; e hizo las estrellas. Y las colocó en el firmamento o extensión del cielo, para que resplandeciesen sobre la tierra. Y presidiesen el día y a la noche, y separasen la luz de las tinieblas. Y vio Dios que la cosa era buena. Con lo que de tarde y mañana, resultó el día cuarto. Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles animados que vivan en el agua, y aves que vuelen sobre la tierra, debajo del firmamento del cielo. Creó, pues, Dios los grandes peces , y todos los animales que viven y se mueven, producidos por las aguas según sus especies, y asimismo todo lo volátil según su género. Y vio Dios que lo hecho era bueno. Y los bendijo, diciendo: Creced y multiplicaos y henchid las aguas del mar, y multiplíquense las aves sobre la tierra. Con lo que de la tarde y mañana resultó el día quinto. Dijo todavía Dios: Produzca la tierra animales vivientes en cada género animales domésticos, reptiles y bestias silvestres de la tierra, según sus especies. Y fue hecho así. Hizo, pues, Dios las bestias silvestres de la tierra según sus especies, y los animales domésticos, y todo reptil terrestre según su especie. Y vio Dios que lo hecho era bueno. Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra; y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; los creó varón y hembra. Y les echó Dios su bendición y dijo: Creced y multiplicaos, y henchid la tierra, y enseñoreaos de ella, y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra. Y añadió Dios: Ved que os he dado todas las hierbas las cuales producen simiente sobre la tierra, y todos los árboles los cuales tienen en sí mismos simiente de su especie, para que os sirvan de alimento a vosotros, y a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todos cuantos animales vivientes se mueven sobre la tierra, a fin de que tengan que comer. Y así se hizo. Y vio Dios todas las cosas que había hecho; y eran en gran manera buenas. Con lo que de la tarde y de la mañana se formó el día sexto. Quedaron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ornato de ellos. Y completó Dios al séptimo día la obra que había hecho; y en el día séptimo reposó o cesó de todas las obras que había acabado. Y bendijo al día séptimo; y le santificó, por cuanto había Dios cesado en él de todas las obras que creó hasta dejarlas bien acabadas. Tal fue el origen del cielo y de la tierra, cuando fueron creados en aquel día en que el Señor Dios hizo el cielo y la tierra, y todas las plantas del campo antes que naciesen en la tierra, y toda la hierba de la tierra antes que de ella brotase; porque el Señor Dios no había aún hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que la cultivase. Salía de la tierra una fuente que iba regando toda la superficie de la tierra. Formó, pues, el Señor Dios al hombre del lodo de la tierra, y le inspiró en el rostro un soplo o espíritu de vida, y quedó hecho el hombre viviente con alma racional. Había plantado el Señor Dios desde el principio un jardín delicioso, en que colocó al hombre que había formado, y en donde el Señor Dios había hecho nacer de la tierra misma toda suerte de árboles hermosos a la vista, y de frutos suaves al paladar; y también el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. De este lugar de delicias salía un río para regar el paraíso, río que desde allí se dividía en cuatro brazos. Uno se llama Fisón, y es el que circula por todo el país de Hevilat, en donde se halla el oro: Y el oro de aquella tierra es finísimo: allí se encuentra el bedelio, y la piedra cornerina. El nombre del segundo río es Geón: éste es el que rodea toda la tierra de Etiopía. El tercer río tiene por nombre Tigris: éste va corriendo hacia los asirios. Y el cuarto río es el Eufrates. Tomó, pues, el Señor Dios al hombre, y le puso en el paraíso de delicias, para que le cultivase y guardase. Le dio también este precepto diciendo: Come, si quieres, del fruto de todos los árboles del paraíso; mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comas: porque en cualquier día que comieres de él, infaliblemente morirás. Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle ayuda y compañía semejante a él. Formado, pues, que hubo de la tierra el Señor Dios todos los animales terrestres, y todas las aves del cielo, los trajo a Adán, para que viese cómo los había de llamar: y en efecto todos los nombres puestos por Adán a los animales vivientes, ésos son sus nombres propios. Llamó, pues, Adán por sus propios nombres a todos los animales, a todas las aves del cielo, y a todas las bestias de la tierra; mas no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante. Por tanto el Señor Dios hizo caer sobre Adán un profundo sueño; y mientras estaba dormido, le quitó una de las costillas, y llenó de carne aquel vacío. Y de la costilla aquella que había sacado de Adán, formó el Señor Dios una mujer: la cual puso delante de Adán. Y dijo o exclamó Adán: Esto es hueso de mis huesos, y carne de mi carne: llamarse ha, pues, hembra, porque del hombre ha sido sacada. Por cuya causa dejará el hombre a su padre, y a su madre, y estará unido a su mujer: y los dos vendrán a ser una sola carne. Y ambos, a saber, Adán y su esposa, estaban desnudos, y no sentían por ello rubor ninguno. Era, la serpiente el animal más astuto de todos cuantos animales había hecho el Señor Dios sobre la tierra. Y dijo a la mujer: ¿Por qué motivo os ha mandado Dios que no comieseis de todos los árboles del paraíso? A la cual respondió la mujer: Del fruto de los árboles, que hay en el paraíso, sí comemos; mas del fruto de aquel árbol que está en medio del paraíso, nos mandó Dios que no comiésemos, ni le tocásemos siquiera, para que no muramos. Dijo entonces la serpiente a la mujer: ¡Oh! ciertamente que no moriréis. Sabe, Dios que en cualquier tiempo que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores de todo, del bien y del mal. Vio, pues, la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer, y bello a los ojos y de aspecto deleitable, y cogió del fruto y le comió: dio también de él a su marido, el cual comió. Luego se les abrieron a ambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, cosieron o se acomodaron unas hojas de higuera, y se tuvieron unos delantales o ceñidores. Y habiendo oído la voz del Señor Dios que se paseaba en el paraíso al tiempo que se levanta el aire después de mediodía, se escondió Adán con su mujer de la vista del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso. Entonces el Señor Dios llamó a Adán, y le dijo: ¿Dónde estás?. El cual respondió: He oído tu voz en el paraíso, y he temido y llenádome de vergüenza porque estoy desnudo, y así me he escondido. Le replicó: ¿Pues quién te ha hecho advertir que estás desnudo, sino el haber comido del fruto de que yo te había vedado que comieses? Respondió Adán: La mujer, que tú me diste por compañera, me ha dado del fruto de aquel árbol, y le he comido. Y dijo el Señor Dios a la mujer: ¿Por qué has hecho tú esto? La cual respondió: La serpiente me ha engañado, y he comido. Dijo entonces el Señor Dios a la serpiente: Por cuanto hiciste esto, maldita tú eres o seas entre todos los animales y bestias de la tierra; andarás arrastrando sobre tu pecho, y tierra comerás todos los días de tu vida. Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza, y andarás acechando a su calcañar. Dijo asimismo a la mujer: Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces; con dolor parirás los hijos y estarás bajo la potestad o mando de tu marido; y él te dominará. Y a Adán le dijo: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y comido del árbol de que te mandé no comieses, maldita sea la tierra por tu causa; con grandes fatigas sacarás de ella el alimento en todo el discurso de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás de los frutos que den las hierbas o plantas de la tierra. Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a confundirte con la tierra de que fuiste formado; puesto que polvo eres, y a ser polvo tornarás. Y Adán puso a su mujer el nombre de Eva , esto es, Vida, atento a que había de ser madre de todos los vivientes. Hizo también el Señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles, y los vistió, y dijo: Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; ahora pues, echémosle de aquí no sea que alargue su mano, y tome también del fruto del árbol de conservar la vida, y coma de él, y viva para siempre. Y le echó el Señor Dios del paraíso de deleites, para que labrase la tierra, de que fue formado. Y desterrado Adán, colocó Dios delante del paraíso de delicias un querubín con espada de fuego, que andaba alrededor para guardar el camino que conducía al árbol de la vida. Adán, conoció a Eva su mujer, la cual concibió y parió a Caín, diciendo: He adquirido un hombre por merced de Dios. Y parió después al hermano de éste, Abel. Abel fue pastor de ovejas, y Caín labrador. Y aconteció al cabo de mucho tiempo que Caín presentó al Señor ofrendas de los frutos de la tierra. Ofreció asimismo Abel de los primerizos de su ganado, y de lo mejor de ellos; y el Señor miró con agrado a Abel y a sus ofrendas. Pero de Caín y de las ofrendas suyas no hizo caso; por lo que Caín se irritó sobremanera, y decayó su semblante. Y le dijo el Señor: ¿Por qué motivo andas enojado?; ¿y por qué está demudado tu rostro? ¿No es cierto que si obrases bien, serás recompensado; pero si mal, el castigo del pecado estará siempre presente en tu puerta o a tu vista? Mas de cualquier modo su apetito o la concupiscencia estará a tu mandar, y tú le dominarás, si quieres. Dijo después Caín a su hermano Abel: Salgamos fuera. Y estando los dos en el campo, Caín acometió a su hermano Abel y le mató. Le preguntó después el Señor a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y respondió: No lo sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Le replicó el Señor: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra. Maldito, pues, serás tú desde ahora sobre la tierra, la cual ha abierto su boca, y recibido de tu mano la sangre de tu hermano. Después que la habrás labrado, no te dará sus frutos; errante y fugitivo vivirás sobre la tierra. Y dijo Caín al Señor: Mi maldad es tan grande, que no puedo yo esperar perdón. He aquí que tú hoy me arrojas de esta tierra, y yo iré a esconderme de tu presencia, y andaré errante y fugitivo por el mundo; por tanto, cualquiera que me hallare, me matará. Le dijo el Señor: No será así; antes bien, cualquiera que matare a Caín, lo pagará con las setenas. Y puso el Señor en Caín una señal, para que ninguno que le encontrase le matara. Salido, pues, Caín de la presencia del Señor, prófugo en la tierra, habitó en el país que está al oriente de Edén. Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y parió a Henoc; y edificó una ciudad que se llamó Henoc, del nombre de su hijo. Con el tiempo Henoc engendró a Irad, Irad engendró a Maviael, Maviael engendró a Matusael, y Matusael engendró a Lamec. El cual tomó dos mujeres, la una llamada Ada, y la otra Sella. Y Ada parió a Jabel, que fue el padre de los que habitan en cabañas, y de los pastores. Y tuvo un hermano llamado Jubal, el mismo que fue padre o maestro de los que tocan la cítara y órgano o flauta. Sella también parió a Tubalcaín, que fue artífice en trabajar de martillo toda especie de obras de cobre y de hierro. Hermana de Tubalcaín fue Noema. Dijo, pues, Lamec a sus mujeres Ada y Sella: Oíd lo que voy a decir, ¡oh vosotras mujeres de Lamec!; parad mientes a mis palabras: yo he muerto a un hombre con la herida que le hice, sí, he muerto a un joven con el golpe que le di. Pero si del homicidio de Caín la venganza será siete veces doblada, la de Lamec lo será setenta veces siete. Adán todavía conoció de nuevo a su mujer, la cual parió un hijo, a quien puso por nombre Set, diciendo: Dios me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín. También a Set le nació un hijo, que llamó Enós; éste comenzó a invocar el nombre del Señor. Esta es la genealogía de Adán. En el día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios le creó. Los creó varón y hembra, y les echó su bendición; y al tiempo que fueron creados le puso por nombre Adán. Cumplió Adán los ciento treinta años de edad, y engendró un hijo a imagen y semejanza suya, a quien llamó Set. Los días de Adán, después que engendró a Set, fueron ochocientos años, y engendró hijos e hijas. Y así todo el tiempo que vivió Adán, fue de novecientos treinta años, y murió. Y vivió Set ciento cinco años, y engendró a Enós. Set, después que engendró a Enós, vivió ochocientos siete años, y engendró hijos e hijas. Con lo que todos los días de Set vinieron a ser novecientos doce años, y murió. Enós vivió noventa años, y engendró a Cainán. Después de cuyo nacimiento vivió ochocientos quince años, en los cuales tuvo hijos e hijas. Y todos los días de Enós fueron novecientos cinco años, y murió. Vivió también Cainán setenta años, y engendró a Malaleel. Y vivió Cainán después de haber engendrado a Malaleel, ochocientos cuarenta años, y tuvo hijos e hijas. Y todos los días de Cainán vinieron a ser novecientos diez años, y murió. Vivió Malaleel sesenta y cinco años, y engendró a Jared. Y después de haber engendrado a Jared, vivió Malaleel ochocientos treinta años, y engendró hijos e hijas. Con que toda la vida de Malaleel fue de ochocientos noventa y cinco años, y murió. Jared vivió ciento sesenta y dos años, y engendró a Henoc. Y vivió Jared después del nacimiento de Henoc ochocientos años, y engendró hijos e hijas. Y así toda la vida de Jared fue de novecientos sesenta y dos años, y murió. Y vivió Henoc sesenta y cinco años y engendró a Matusalén. Y el proceder de Henoc fue según Dios, y vivió, después de haber engendrado a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Y todos los días de Henoc fueron trescientos sesenta y cinco años. Y siguió caminando en pos de Dios, y se desapareció, porque Dios le trasladó. Matusalén vivió ciento ochenta y siete años, y engendró a Lamec. Y vivió Matusalén, después que engendró a Lamec, setecientos ochenta y dos años, y engendró hijos e hijas. Con que todos los días de Matusalén fueron novecientos setenta y nueve años y murió. Lamec a los ciento ochenta y dos años de su vida engendró un hijo, al cual llamó Noé , diciendo: Este ha de ser nuestro consuelo en medio de los trabajos y fatigas de nuestras manos, en esta tierra que maldijo el Señor. Y vivió Lamec después del nacimiento de Noé quinientos noventa y cinco años, y engendró hijos e hijas. Y toda la vida de Lamec fue de setecientos setenta y siete años y murió. Pero Noé , siendo de quinientos años, engendró a Sem, a Cam y a Jafet. Habiendo, pues, comenzado los hombres a multiplicarse sobre la tierra y procreado hijas, viendo los hijos de Dios la hermosura de las hijas de los hombres, tomaron de entre todas ellas por mujeres las que más les agradaron. Dijo entonces Dios: No permanecerá mi espíritu en el hombre para siempre, porque es muy carnal; y sus días serán ciento veinte años. Es de notar que en aquel tiempo había gigantes sobre la tierra; porque después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres y ellas concibieron, salieron a luz estos valientes del tiempo antiguo, héroes famosos. Viendo, pues, Dios ser mucha la malicia de los hombres en la tierra, y que todos los pensamientos de su corazón se dirigían al mal continuamente, le pesó de haber creado al hombre en la tierra. Y penetrado su corazón de un íntimo dolor, yo raeré, dijo, de sobre la faz de la tierra al hombre, a quien creé, desde el hombre hasta los animales, desde el reptil hasta las aves del cielo; pues siento ya el haberlos hecho. Mas Noé halló gracia delante del Señor. Estos son los hijos que engendró Noé : Noé fue varón justo y perfecto en sus días, y siguió a Dios. Y engendró tres hijos: a Sem, a Cam y a Jafet. Entretanto la tierra estaba corrompida a vista de Dios, y colmada de iniquidad. Viendo, pues, Dios que la tierra estaba corrompida (por cuanto lo estaba la conducta de vida de todos los mortales sobre la tierra), dijo a Noé : Llegó ya el fin de todos los hombres decretado por mí; llena está de iniquidad toda la tierra por sus malas obras; pues yo los exterminaré juntamente con la tierra. Haz para ti un arca de maderas bien acepilladas; en el Arca dispondrás celditas, y las calafatearás con brea por dentro y por fuera. Y has de fabricarla de esta suerte: la longitud del arca será de trescientos codos, la latitud de cincuenta, y de treinta codos su altura. Harás una ventana en el arca , y el techo o cubierta del Arca le harás no plano, sino de modo que vaya alzándose hasta un codo, y escupa el agua; pondrás la puerta del Arca en un costado, y harás en ella tres pisos, uno abajo, otro en medio y otro arriba. Y he aquí que voy a inundar la tierra con un diluvio de aguas, para hacer morir toda carne, en que hay espíritu de vida debajo del cielo; todas cuantas cosas hay en la tierra, perecerán. Mas contigo yo estableceré mi alianza: y entrarás en el arca tú, y tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todos los animales de toda especie meterás dos en el arca , macho y hembra, para que vivan contigo. De las aves según su especie, de las bestias según la suya, y de todos los que arrastran por la tierra, según su casta; dos de cada cual entrarán contigo, para que puedan conservarse. Por tanto tomarás contigo de toda especie de comestibles, y los pondrás en tu morada; y te servirán tanto a ti como a ellos de alimento. Hizo, pues, Noé todo lo que Dios le había mandado. Le dijo después el Señor: Entra tú y toda la familia en el arca ; pues que a ti te he reconocido justo delante de mí en medio de esta generación. De todos los animales limpios has de tomar de siete en siete o siete de cada especie, macho y hembra; mas de los animales inmundos de dos en dos, macho y hembra. E igualmente de las aves del cielo, de siete en siete, macho y hembra, para que se conserve su casta o especie sobre la faz de la tierra. Por cuanto de aquí a siete días yo haré llover sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches, y exterminaré de la superficie de la tierra todas las criaturas animadas que hice. Ejecutó, pues, Noé todo lo que le había mandado el Señor. Era Noé de edad de seiscientos años cuando las aguas del diluvio inundaron la tierra. Y entró Noé en el Arca por salvarse de las aguas del diluvio, y con él sus hijos, su mujer, y las mujeres de sus hijos. Asimismo de los animales limpios y no limpios, y de las aves, y de todo lo que se mueve sobre la tierra, se le entraron a Noé en el Arca de dos en dos, macho y hembra, como el Señor lo tenía ordenado a Noé . Pasados los siete días, las aguas del diluvio inundaron la tierra. A los seiscientos años de la vida de Noé , en el mes segundo, a diecisiete días del mismo mes, se rompieron todas las fuentes o depósitos del grande abismo de los mares, y se abrieron las cataratas del cielo, y estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches. En el plazo señalado del día dicho entró Noé , con Sem, Cam y Jafet, sus hijos, su mujer, y las tres mujeres de sus hijos con ellos, en el Arca . Ellos y todo animal silvestre según su género, y todos los jumentos según su especie, y todo cuanto se mueve sobre la tierra según su género, y toda especie de volátil, toda casta de aves, y de todo cuanto tiene alas, se le entraron a Noé en el Arca , de dos en dos, macho y hembra de toda carne, en que había espíritu de vida. Y los que entraron, entraron macho y hembra de toda especie, como Dios se lo había mandado: y el Señor le cerró por la parte de afuera. Entonces vino el diluvio por espacio de cuarenta días sobre la tierra: y crecieron las aguas, e hicieron subir el arca muy en alto sobre la tierra. Porque la inundación de las aguas fue grande en extremo, y ellas lo cubrieron todo en la superficie de la tierra; mientras tanto el arca ondeaba sobre las aguas. En suma, las aguas sobrepujaron desmesuradamente la tierra, y vinieron a cubrirse todos los montes encumbrados debajo de todo el cielo. Quince codos se alzó el agua sobre los montes, que tenía cubiertos. Y pereció toda carne que se movía sobre la tierra, de aves, de animales, de fieras y de todos los reptiles, que serpentean sobre la tierra; los hombres todos, y todo cuanto en la tierra tiene aliento de vida todo pereció. Y destruyó todas las criaturas, que vivían sobre la tierra, desde el hombre hasta las bestias, tanto los reptiles como las aves del cielo; y no quedó viviente en la tierra; sólo quedó Noé , y los que estaban con él en el arca . Y las aguas dominaron sobre la tierra por espacio de ciento y cincuenta días. Dios entretanto, teniendo presente a Noé , y a todos los animales, y a todas las bestias mansas, que estaban con él en el arca , hizo soplar el viento sobre la tierra, con que se fueron disminuyendo las aguas. Y se cerraron los manantiales del abismo del mar, y las cataratas del cielo, y se atajaron las lluvias que del cielo caían; y se fueron retirando de la tierra las aguas ondeando y retrocediendo, y empezaron a menguar después de los ciento cincuenta días. Y el Arca a los veintisiete días del mes séptimo, reposó sobre los montes de Armenia. Las aguas iban de continuo menguando hasta el décimo mes, pues que en el primer día de este mes se descubrieron las cumbres de los montes. Pasados después cuarenta días, abriendo Noé la ventana que tenía hecha en el Arca , despachó al cuervo; el cual habiendo salido, no volvió hasta que las aguas se secaron sobre la tierra. Envió también después de él la paloma, para ver si ya se habían acabado las aguas en el suelo de la tierra; la cual como no hallase donde poner su pie se volvió a él al Arca , porque había aún agua sobre toda la tierra; así alargó la mano, y cogiéndola la metió en el Arca . Esperando, pues, otros siete días más, segunda vez echó a volar la paloma fuera del Arca ; mas ella volvió a Noé por la tarde trayendo en el pico un ramo de olivo con las hojas verdes, por donde conoció Noé que las aguas habían cesado de cubrir la tierra. Con todo eso aguardó otros siete días, y echó a volar la paloma, la cual no volvió ya más a él. Así que, el año seiscientos y uno de la vida de Noé , en el mes primero, el primer día del mes, se retiraron las aguas de sobre la tierra; y abriendo Noé la cubierta del Arca , miró y vio que se había secado la superficie de la tierra. En el mes segundo, a veintisiete días del mes, quedó seca la tierra. Entonces habló Dios a Noé , diciendo: Sal del Arca , tú y tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos contigo. Saca también fuera contigo todos los animales que tienes dentro, de toda casta, tanto de aves como de bestias y de todos los reptiles que andan arrastrando sobre la tierra, y salid a tierra; propagaos y multiplicaos sobre ella. Salió, pues, Noé y con él sus hijos, su mujer, y las mujeres de sus hijos. Como también salieron del Arca todos los animales, jumentos, y reptiles que serpentean sobre la tierra, según sus especies. Y edificó Noé un altar al Señor; y cogiendo todos los animales y aves limpias, ofreció holocaustos sobre el altar. Y el Señor se complació en aquel olor de suavidad y dijo: Nunca más maldeciré la tierra por las culpas de los hombres, atento a que los sentidos y pensamientos del corazón humano están inclinados al mal desde su mocedad; no castigaré, pues, más a todos los vivientes como he hecho. Mientras el mundo durare, no dejarán de sucederse la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, la noche y el día. Después bendijo Dios a Noé y a sus hijos. Y les dijo: Creced y multiplicaos, y poblad la tierra. Que teman y tiemblen ante vosotros todos los animales de la tierra, y todas las aves del cielo, y todo cuanto se mueve sobre la tierra; todos los peces del mar están sujetos a vuestro poder. Y todo lo que tiene movimiento y vida, os servirá de alimento; todas estas cosas os las entrego así como las legumbres y hierbas. Excepto que no habéis de comer la carne con sangre. Porque yo tomaré venganza de vuestra sangre sobre cualquiera de las bestias que la derrame, y la muerte de un hombre, la vengaré con el hombre, en el hombre hermano suyo. Derramada será la sangre de cualquiera que derrame sangre humana; porque a imagen de Dios fue creado el hombre. Vosotros, pues, creced y multiplicaos, dilataos sobre la tierra y pobladla. Dijo también Dios a Noé , y a sus hijos igualmente que a él: Sabed que voy a establecer mi pacto con vosotros y con vuestra descendencia después de vosotros; y con todo animal viviente que está con vosotros, tanto de aves como de animales domésticos y campestres de la tierra que han salido del Arca , y con todas las bestias de la tierra. Estableceré mi pacto con vosotros, y no perecerá ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá en lo venidero diluvio que destruya la tierra. Y dijo Dios: Esta es la señal de la alianza que establezco por generaciones perpetuas o para siempre entre mí y vosotros, y con todo animal viviente que mora con vosotros. Pondré mi arco que coloqué en las nubes, y será señal de la alianza entre mí y la tierra. Y cuando yo cubriere el cielo de nubes, aparecerá mi arco en ellas. Y me acordaré de mi alianza con vosotros, y con toda alma viviente que vivifica la carne; y ya no habrá más aguas de diluvio que destruyan todos los vivientes. Mi arco, pues, estará en las nubes, y viéndole, me acordaré de la alianza sempiterna, concertada entre Dios y toda alma viviente, de toda carne que habita sobre la tierra. Y repitió Dios a Noé : Esta es la señal de la alianza que tengo establecida entre mí y todo viviente sobre la tierra. Eran, pues, los hijos de Noé , que salieron del Arca , Sem, Cam y Jafet; este mismo Cam es el padre de Canaán. Dichos tres son los hijos de Noé , y de ésos se propagó todo el género humano sobre la tierra. Y Noé , que era labrador, comenzó a labrar la tierra, y plantó una viña. Y bebiendo de su vino, quedó embriagado y se echó desnudo en medio de su tienda. Lo cual como hubiese visto Cam, padre de Canaán, esto es, la desnudez vergonzosa de su padre, salió afuera a contárselo a sus hermanos. Pero Sem y Jafet, echándose una capa o manta sobre sus hombros, y caminando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre teniendo vueltos sus rostros; y así no vieron las vergüenzas del padre. Luego que despertó Noé de la embriaguez, sabido lo que había hecho con él su hijo menor, dijo: Maldito sea Canaán, esclavo será de los esclavos de sus hermanos. Y añadió: Bendito el Señor Dios de Sem, sea Canaán esclavo suyo. Dilate Dios a Jafet, y habite en las tiendas de Sem, y sea Canaán su esclavo. En fin, Noé vivió después del diluvio trescientos cincuenta años. Y así todos los días que vivió fueron novecientos cincuenta años, y murió. Estos son los descendientes de los hijos de Noé : Sem, Cam, y Jafet: y éstos los hijos que les nacieron después del diluvio. Hijos de Jafet: Gomer, y Magog, y Madai, y Javán, y Tubal, y Mosoc, y Tiras. Hijos de Gomer: Ascenez, y Rifat y Togorma. Hijos de Javán: Elisa y Tarsis, Cettim y Dodanim. Estos se repartieron algún tiempo después las islas de las naciones y las diversas regiones, cada cual según su propia lengua, familia y nación. Hijos de Cam: fueron Cus, Mesraim, y Fut y Canaán. De Cus: lo fueron Sabá, y Hevila, y Sabata, y Regma y Sabataca. Los de Regma: Sabá y Dadán. Cus engendró también a Nemrod; éste comenzó a ser prepotente en la tierra, y en efecto, era un cazador forzudo delante del Señor. De donde vino el proverbio: Forzudo cazador a vista del Señor como un Nemrod. Y el principio de su reino fue Babilonia, y Arac, y Acad y Calanne, en tierra de Sennaar. De cuyo país salió Asur, el que fundó a Nínive, y las plazas o grandes calles de la ciudad, y a Cale. Y también a Resén entre Nínive y Cale; ésta es la ciudad grande. Mesraim engendró a Ludim, y Anamim, y a Laabim y a Neftuim, y a Fetrusim y a Casluim, de los cuales salieron los filisteos y los caftoreos. Mas Canaán engendró a Sidón su primogénito, al heteo, al jebuseo, al amorreo, al gergeseo, al heveo, y al araceo, al sineo, y al aradio, al samareo y al amateo; y de aquí descendieron los pueblos de los cananeos. Cuyos límites fueron como quien va de Sidón a Gerara tocando en Gaza, hasta entrar en Sodoma, y Gomorra, y Adama, y Seboín, terminando en Lesa. Estos son los hijos de Cam según sus prosapias, y lenguas, y linajes, y países y naciones. También tuvo varios hijos Sem, padre de todos los hijos de Heber, hermano mayor de Jafet. Hijos de Sem fueron Elam y Asur, y Arfaxad, y Lud y Aram. De Aram fueron hijos Us, y Hul, y Geter y Mes. Arfaxad, engendró a Salé, de quien nació Heber. A Heber le nacieron dos hijos: uno tuvo por nombre Faleg a causa de que por aquel entonces se hizo la partición de la tierra; el nombre de su hermano fue Jectán. Este Jectán engendró a Elmodad, y a Salef, y a Asarmot, a Jaré, y a Aduram, y a Uzal, y a Decla, y a Ebal, y a Abimael, a Saba, a Ofir, y a Hevila, y a Jobad; todos éstos son hijos de Jectán. Y vino a ser la habitación de éstos desde Mesa caminando hasta Sefar, monte que está al oriente. Estos son los hijos de Sem, según sus linajes, y lenguas, y países, y naciones propias. Estas son las familias de Noé repartidas en sus pueblos y naciones. De éstas se propagaron las diversas gentes en la tierra después del diluvio. No tenía entonces la tierra más que un solo lenguaje y unos mismos vocablos. Mas partiéndose de oriente estos pueblos, hallaron una vega en tierra de Sennaar, donde hicieron asiento. Y se dijeron unos a otros: Venid, hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego. Y se sirvieron de ladrillos en lugar de piedras, y de mezcla en vez de argamasa; y dijeron: Vamos a edificar una ciudad y una torre, cuya cumbre llegue hasta el cielo, y hagamos célebre nuestro nombre antes de esparcirnos por toda la faz de la tierra. Y descendió el Señor a ver la ciudad y la torre, que edificaban los hijos de Adán, y dijo: He aquí, el pueblo es uno solo, y todos tienen un mismo lenguaje; y han empezado esta fábrica, no desistirán de sus ideas, hasta llevarlas a cabo. Ea, pues, descendamos, y confundamos allí mismo su lengua, de manera que el uno no entienda el habla del otro. Y de esta suerte los esparció el Señor desde aquel lugar por todas las tierras, y cesaron de edificar la ciudad. De donde se le dio a ésta el nombre de Babel o Confusión, porque allí fue confundido el lenguaje de toda la tierra: y desde allí los esparció el Señor por todas las regiones. Esta es la descendencia de Sem: Sem era ya de cien años cuando engendró a Arfaxad, dos años después del diluvio. Y vivió Sem después que engendró a Arfaxad, quinientos años, y tuvo o engendró hijos e hijas. Y Arfaxad a los treinta y cinco años de su vida engendró a Sale. Después de lo cual vivió Arfaxad trescientos tres años, y tuvo hijos e hijas. Y Sale a los treinta años de su vida engendró a Heber. Y vivió Sale después de engendrado Heber cuatrocientos y tres años, y tuvo hijos e hijas. Mas Heber a los treinta y cuatro años de su vida engendró a Faleg. Después de lo cual vivió Heber cuatrocientos treinta años, y tuvo hijos e hijas. Faleg asimismo a los treinta años de su edad engendró a Reu. Y vivió Faleg después que engendró a Reu, doscientos nueve años, y tuvo hijos e hijas. Reu vivió treinta y dos años, y engendró a Sarug. Después de lo cual vivió Reu doscientos siete años, y tuvo hijos e hijas. También Sarug a los treinta años de su vida engendró a Nacor. Y vivió Sarug después que engendró a Nacor doscientos años, y tuvo hijos e hijas. Nacor vivió veintinueve años, y engendró a Tare. Y vivió Nacor, después de engendrado Tare, cientodiecinueve años, y tuvo hijos e hijas. Tare, cumplidos setenta años de su vida, engendró a Abram, y a Nacor y a Arán. Y ésta es la descendencia de Tare: Tare engendró a Abram, a Nacor y a Arán. Y Arán engendró a Lot. Y murió Arán antes que su padre Tare, en la tierra de su nacimiento en Ur de los caldeos. Abram y Nacor tomaron a su tiempo mujeres: el nombre de la mujer de Abram, era Sarai; y el de la mujer de Nacor, Melca, hija que fue de Arán, padre de Melca, y padre también de Jesca. Sarai era estéril, y no tenía hijos. Tare, pues, tomó consigo a Abram su hijo, y a su nieto Lot, hijo de Arán, y a Sarai su nuera, esposa de su hijo Abram, y les sacó de Ur de los caldeos, con ánimo de pasar a tierra de Canaán; y llegaron hasta la ciudad de Harán, y se establecieron allí. Murió Tare en Harán, siendo de edad de doscientos cinco años. Y dijo el Señor a Abram: Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré. Y yo te haré cabeza de una nación grande, y bendecirte he, y ensalzaré tu nombre, y tú serás bendito o serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan, y En TI (en uno de tus descendientes) serán benditas todas las naciones de la tierra. Salió, pues Abram, como se lo había ordenado el Señor, y partió con él Lot; de setenta y cinco años era Abram cuando salió de la ciudad de Harán. Y llevó consigo a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, con cuanta hacienda y familia habían adquirido en Harán, y partieron para la tierra de Canaán. Venidos a ella, atravesó Abram el país hasta el lugar de Siquem, hasta el famoso valle; el cananeo habitaba entonces aquella tierra. Y apareció el Señor a Abram, y le dijo: Esta tierra la daré a tu descendencia. Y él edificó allí mismo un altar al Señor, que se le había aparecido. Y pasando de allí a un monte que miraba al oriente de Betel, aquí tendió su pabellón, teniendo a Betel al occidente, y Hai al oriente; donde también erigió al Señor un altar, e invocó su santo nombre. Prosiguió Abram su viaje, caminando y avanzando adelante hacia el mediodía. Pero sobrevino hambre en aquella tierra; y Abram tuvo que bajar a Egipto, para estarse allí como pasajero, a causa de que el hambre en el país era grandísima. Estando ya para entrar en Egipto, dijo a Sarai su esposa: Conozco que tú eres una mujer bien parecida, y que cuando los egipcios te hayan visto, han de decir: Es la mujer de éste; con lo que a mí me quitarán la vida, y a ti te reservarán para sí. Di, pues, te ruego, que eres hermana mía, para que yo sea bien recibido por amor tuyo, y salve mi vida por tu respeto. Entrando, pues, Abram en Egipto, vieron los egipcios que la mujer era en extremo hermosa. Y los principales o cortesanos dieron noticia de ella al faraón, alabándosela, y fue luego llevada al palacio del faraón. Y por respeto a ella trataron bien a Abram, el cual adquirió ovejas, y bueyes, y asnos, y esclavos, y esclavas, y asnas y camellos. Pero Dios castigó al faraón y a su corte con plagas grandísimas, por causa de Sarai, mujer de Abram. Por lo cual el faraón hizo llamar a Abram, y le dijo: ¿Qué es esto que has hecho conmigo?; ¿cómo no me declaraste que era tu mujer? ¿Por qué motivo dijiste ser hermana tuya, poniéndome en ocasión de casarme con ella? Ahora, pues, ahí tienes a tu mujer, tómala, y anda enhorabuena. En consecuencia el faraón encargó a sus gentes el cuidado de Abram; las cuales le acompañaron a él y a su esposa con todo lo que tenía hasta fuera de Egipto. Salió, pues, Abram de Egipto, con su esposa, y todo lo que tenía, y Lot con él, tirando hacia la región meridional. Y estaba riquísimo en caudal de oro y de plata. Y se volvió por el camino que había traído, del mediodía hacia Betel, hasta el lugar en donde primero tuvo asentada su tienda entre Betel y la ciudad de Hai, al sitio del altar que antes había hecho, y allí invocó el nombre del Señor. Pero también Lot, que andaba en compañía de Abram, tenía rebaños de ovejas, y ganados mayores, y cabañas o tiendas. Ni podían caber en aquel terreno, viviendo juntos; porque su hacienda era mucha, y no les era posible habitar en un mismo lugar. De donde vino a suscitarse una riña entre los pastores de los ganados de Abram y los de Lot. Y el cananeo y el ferezeo moraban a la sazón en aquella tierra. Por lo que dijo Abram a Lot: Te ruego no haya disputas entre nosotros, ni entre mis pastores y los tuyos, pues somos hermanos. Ahí tienes a la vista toda esta tierra; sepárate de mí, te ruego: si tú fueres a la izquierda, yo iré a la derecha; si tú escogieres la derecha, yo me iré a la izquierda. Lot, pues, habiendo alzado los ojos, miró, toda la ribera del Jordán, por el camino que va a Segor, la cual era de regadío por todas partes; y, antes que asolase el Señor a Sodoma y Gomorra, fecunda como un paraíso del Señor, y como el feraz Egipto. Y escogió Lot para sí la vega del Jordán, y se apartó del oriente: y se separaron entrambos hermanos uno de otro. Abram se quedó en la tierra de Canaán, y Lot se quedó en los lugares adyacentes al Jordán, y fijó su morada en Sodoma. Mas los sodomitas eran perversísimos, y muy grandes pecadores a los ojos de Dios. Y dijo el Señor a Abram, después que Lot se separó de él: Alza tus ojos y mira, desde el sitio en que ahora estás, hacia el norte y el mediodía, hacia el oriente y el poniente. Toda esa tierra, que ves, yo te la daré a ti y a tu posteridad para siempre. Y multiplicaré tu descendencia como el polvo de la tierra; si hay hombre que pueda contar los granitos del polvo de la tierra, ése podrá contar tus descendientes. Levántate, y ve recorriendo ese país a lo largo y a lo ancho porque a ti he de dártelo. Abram, pues, removiendo su pabellón, se puso en camino y fue a morar junto al valle o encinar de Mambre, que está al pie de la ciudad de Hebrón, y edificó allí un altar al Señor. Aconteció por quel tiempo que Amrafel rey de Sennaar, y Arioc rey del Ponto, Codorlahomor rey de los elamitas, y Tadal rey de Naciones, movieron guerra contra Bara rey de Sodoma, y contra Bersa rey de Gomorra, y contra Sennaab rey de Adama, y contra Semeber rey de Seboim, y contra el rey de Bala, la misma que se llamó después Segor. Todos éstos vinieron a juntarse en el valle de las Selvas, que ahora es el mar salado. Y el motivo fue porque habiendo estado doce años sujetos a Codorlahomor, al decimotercio sacudieron el yugo. Por lo cual el año decimocuarto vino Codorlahomor con los reyes que se le reunieron, y derrotaron a los rafaitas en Astarotcarnaim, y con ellos a los zuzitas, y a los emitas en Save Cariataim, y a los correos en los montes Seir, hasta los Campos de Farán, que está en el desierto. Y dada la vuelta, vinieron a la fuente de Misfat, la misma que Cades, y talaron todo el país de los amalecitas, y de los amorreos, habitantes en Asasontamar. Y salieron a campaña el rey de Sodoma, y el rey de Gomorra, y el rey de Adama, y el rey de Seboim, y también el rey de Bala, la cual es Segor; y ordenaron batalla contra ellos en el valle de las Selvas, es a saber, contra Codorlahomor rey de los elamitas, y Tadal rey de Naciones, y Amrafel rey de Sennaar, y Arioc rey del Ponto: cuatro reyes contra cinco. Es de notar que el valle de las Selvas tenía muchos pozos de mezcla. El resultado fue que el rey de Sodoma y el de Gomorra volvieron las espaldas, y cayeron allí mismo; y los que escaparon huyeron al monte. Así se apoderaron de toda la riqueza de Sodoma y Gomorra, y de todos los víveres, y se marcharon, llevándose asimismo a Lot, hijo del hermano de Abram, que habitaba en Sodoma, con todo cuanto tenía. En esto uno de los que escaparon, fue a dar la nueva a Abram el hebreo, que habitaba en el valle de Mambre amorreo, hermano de Escol, y de Aner; los cuales tenían hecha alianza con Abram. Así que oyó Abram que Lot, hermano suyo, había sido hecho prisionero, contó o escogió de entre los criados de su casa trescientos dieciocho armados a la ligera, y fue siguiendo su alcance hasta Dan. Donde divididas las tropas, se echó sobre ellos de noche; y los desbarató, y los fue persiguiendo hasta Hoba, que está a la izquierda de Damasco. Con lo que recobró toda la riqueza, y a su hermano Lot con sus bienes, y también a las mujeres y demás gente. Por lo cual el rey de Sodoma le salió a recibir en el valle de Save, que es el valle del rey, cuando volvía de la derrota de Codorlahomor, y de los reyes sus aliados. Pero Melquisedec rey de Salem, presentando pan y vino, pues era sacerdote de Dios altísimo, le dio su bendición, diciendo: ¡Oh Abram!, bendito eres del Dios excelso, que creó el cielo y la tierra: Y bendito sea el excelso Dios, por cuya protección han caído en tus manos los enemigos. Y le dio Abram diezmo de todo lo que traía. Entonces el rey de Sodoma dijo a Abram: Dame las personas, las demás cosas quédatelas para ti. Y Abram le respondió: Alzo mi mano al Señor Dios excelso, dueño del cielo y de la tierra jurando en su nombre, que ni una hebra de hilo, ni la correa de un calzado tomaré de todo lo que es tuyo, porque no digas: Yo enriquecí a Abram; a excepción solamente de los alimentos que han consumido los mozos, y de las porciones de estos varones o aliados que vinieron conmigo, Aner, Escol y Mambre: éstos tomarán su parte. Pasadas, pues, que fueron estas cosas, habló el Señor a Abram, en una visión, diciendo: No temas, Abram, yo soy tu protector y tu galardón sobremanera grande. A que respondió Abram: ¡Oh Señor Dios!, y ¿qué es lo que me has de dar? Yo me voy de este mundo sin hijos; y así habrá de heredarme el hijo del mayordomo de mi casa, ese Eliezer de Damasco. Pues por lo que a mí toca, añadió Abram, no habiéndome tú concedido sucesión, he aquí que ha de ser mi heredero este siervo nacido en mi casa. Al punto le replicó el Señor, diciendo: No será éste tu heredero, sino un hijo que saldrá de tus entrañas, ése es el que te ha de heredar. Y le sacó afuera y le dijo: Mira al cielo, y cuenta, si puedes, las estrellas. Pues así, le dijo, será tu descendencia. Creyó Abram a Dios, y su fe se le reputó por justicia. Le díjo después: Yo soy el Señor, que te saqué de Ur de los caldeos, para darte la posesión de esta tierra. Pero Abram repuso: ¡Oh Señor Dios!, ¿por dónde he de conocer que yo debo poseerla? A lo que respondió el Señor, diciendo: Escógeme una vaca, una cabra y un carnero, todos de tres años, con una tórtola y una paloma. Cogiendo, pues, Abram todos estos animales, los partió por medio, y puso las dos mitades una frente a otra con separación; pero las aves las dejó enteras. Y bajaban las aves de rapiña sobre los cuerpos muertos, y Abram los ojeaba. Pero al poner del sol, un pesado sueño sorprendió a Abram, y se apoderó de él un vapor grande y se vió rodeado de tinieblas. Entonces le fue dicho: Sepas desde ahora que tus descendientes han de vivir peregrinos en tierra ajena, donde los reducirán a esclavitud, y afligirlos han por espacio de cuatrocientos años. Más a la nación, a quien han de servir, yo la juzgaré; y después de esto saldrán cargados de riquezas. Entretanto tú irás en paz a juntarte con tus padres, terminando tus días en una dichosa vejez. A la cuarta generación es cuando volverán acá; porque al presente no está todavía llena la medida de las maldades de los amorreos. Puesto ya el sol, sobrevino una oscuridad tenebrosa, y apareció un horno humeando, y una llama viva de fuego que atravesaba por entre los animales divididos. Entonces el Señor firmó alianza con Abram, diciendo: A tu posteridad daré esta tierra desde el río del Egipto o Nilo hasta el grande río Eufrates. Los cineos, y los cenezeos, y los cedmoneos, y los heteos, y los ferezeos, y también los rafaitas, y los amorreos, y los cananeos, y los gergeseos y los jebuseos. Sarai, mujer de Abram, no había parido hijos; más teniendo una esclava egipcia llamada Agar, dijo a su marido: Bien ves que Dios me ha hecho estéril, para que no pariese; despósate con mi esclava, por si a lo menos logro tener hijos de ella. Y como condescendiese él a sus instancias, tomó Sarai a su esclava Agar egipcia, al cabo de diez años que moraban en tierra de Canaán, y se la dio por mujer a su esposo. El cual la recibió por tal o cohabitó con ella. Pero Agar sintiéndose embarazada comenzó a despreciar a su señora. Y dijo Sarai a Abram: Mal te portas conmigo; yo te di a mi esclava por mujer, la cual viéndose encinta, me mira ya con desprecio; el Señor sea juez entre mí y entre ti. A lo que, respondiendo Abram, le dijo: Ahí tienes tu esclava a tu disposición, haz con ella como te pareciere. Y como Sarai la maltratase, ella se huyó. Mas habiéndola hallado un ángel del Señor en un lugar solitario junto a una fuente de agua, que está en el camino del sur en el desierto, le dijo: Agar, esclava de Sarai, ¿de dónde vienes tú?, ¿y a dónde vas? Vengo huyendo, respondió ella, de la presencia de Sarai mi ama. Replicó el ángel del Señor: Vuélvete a tu ama, y ponte humilde a sus órdenes. Y añadió: Yo multiplicaré en tanto grado tu descendencia, que por su multitud no podrá contarse. Y prosiguió diciendo: He aquí que tú has concebido, y parirás un hijo; y le has de poner por nombre Ismael, por cuanto el Señor te ha oído en tu aflicción. Este será un hombre fiero, se levantará él contra todos, y todos contra él, y fijará sus tiendas o su morada frente a las de todos sus hermanos. Y ella invocó así el nombre del Señor que le hablaba: ¡Oh Dios!, tú eres el que me has mirado en la aflicción. Porque es cierto, añadió, que he visto yo aquí las espaldas del Señor Dios que me ha mirado benignamente. Por eso llamó aquel pozo, Pozo del Dios viviente y que me ha mirado y amparado. Este es el que está entre Cades y Barad. En fin, Agar parió un hijo a Abram, el cual le puso el nombre de Ismael. De ochenta y seis años era Abram cuando Agar le parió a Ismael. Mas después que hubo entrado en los noventa y nueve años, le apareció el Señor, y le dijo: Yo soy el Dios todopoderoso: camina como siervo fiel delante de mí, y sé perfecto. Y yo confirmaré mi alianza entre mí y entre ti, y te multiplicaré más y más en gran manera. Se postró Abram sobre su rostro. Y le dijo Dios: Yo soy, y mi pacto será contigo, y vendrás a ser padre de muchas naciones. Ni de hoy más será tu nombre Abram: sino que serás llamado Abrahán: porque te tengo destinado por padre de muchas naciones. Yo te haré crecer hasta lo sumo, y te constituiré cabeza o estirpe de muchos pueblos, y reyes descenderán de ti. Y estableceré mi pacto entre mí y entre ti, y entre tu posteridad después de ti en la serie de sus generaciones, con alianza sempiterna; para ser yo el Dios tuyo, y de la posteridad después de ti. A este fin te daré a ti y a tus descendientes la tierra en que estás ahora como peregrino, toda la tierra de Canaán en posesión perpetua y seré el Dios de ellos. Dijo de nuevo Dios a Abrahán: Tú, pues, también has de guardar mi pacto, y después de ti tu posteridad en sus generaciones. Este es el pacto mío que habéis de observar entre mí y vosotros, así tú como tu descendencia después de ti. Todo varón entre vosotros será circuncidado: Circuncidaréis vuestra carne, en señal de la alianza contraída entre mí y vosotros. Entre vosotros todos los infantes del sexo masculino a los ocho días de nacidos serán circuncidados, de una a otra generación: el siervo, ora sea nacido en casa, ora le hayáis comprado, y todo el que no fuere de vuestro linaje, ha de ser circuncidado. Y estará mi pacto señalado vuestra carne para denotar la alianza eterna que hago con vosotros. Cualquiera de sexo masculino, cuya carne no hubiere sido circuncidada, será su alma borrada de su pueblo: porque contravino a mi pacto. Dijo también Dios a Abrahán: A Sarai tu mujer ya no la llamarás Sarai, sino Sara. Yo le daré mi bendición, y te daré de ella un hijo a quien he de bendecir también y será origen de muchas naciones, y descenderán de él reyes de varios pueblos. Abrahán se postró sobre su rostro, y se sonrió, diciendo en su corazón: ¿Conque a un viejo de cien años le nacerá un hijo?; ¿y Sara de noventa ha de parir? Y dijo a Dios: ¡Ojalá que Ismael viva delante de ti! Y Dios respondió a Abrahán: Sí por cierto: Sara te ha de parir un hijo, y le pondrás por nombre Isaac, y con él confirmaré mi pacto en alianza sempiterna, y con su descendencia después de él. He otorgado también tu petición sobre Ismael: he aquí que le bendeciré, y le haré una descendencia muy grande y muy numerosa: será padre de doce caudillos o príncipes, y le haré jefe de una nación grande. Pero el pacto mío lo estableceré con Isaac, que Sara te parirá por este tiempo el año que viene. Acabado este razonamiento con él, se retiró Dios de la vista de Abrahán. Entonces Abrahán tomó a Ismael su hijo, y a todos los siervos o criados nacidos en su casa, y a todos los que había comprado, a todos cuantos varones había en su familia; y los circuncidó luego al punto en aquel mismo día, como se lo había mandado Dios. Noventa y nueve años tenía Abrahán, cuando se circuncidó. E Ismael su hijo tenía trece cumplidos al tiempo de su circuncisión. En el mismo día fueron circuncidados Abrahán e Ismael su hijo. Y todos los varones de su casa, tanto los nacidos en ella, como los comprados y los de tierra extraña, fueron igualmente circuncidados. Le apareció de nuevo el Señor en el valle o encinar de Mambre estando él sentado a la puerta de su tienda en el mayor calor del día. Sucedió, pues, que alzando los ojos, vio cerca de sí parados a tres personajes: y luego que los vio, corrió a su encuentro desde la puerta del pabellón, y les hizo reverencia inclinándose hasta el suelo. Y dijo: Señor, si yo, siervo tuyo, he hallado gracia en tu presencia, no pases de largo; mas yo traeré un poco de agua, y lavaréis vuestros pies, y descansaréis a la sombra de este árbol. Y os pondré un bocado de pan, para que reparéis vuestras fuerzas: después pasaréis adelante: pues que tal vez por esto os habéis dirigido hacia vuestro siervo. Ellos respondieron: Bien, haz como has dicho. Abrahán entró corriendo en el pabellón de Sara, y le dijo: Ve pronto, amasa tres satos o celemines de harina de flor, y cuece unos panes en el rescoldo. Y él mismo fue corriendo a la vacada, y cogió de ella el ternerillo más tierno y gordo, y le dio a un criado: que luego le tuvo aderezado. Tomó también manteca y leche, y con el ternerillo cocido, se lo presentó: mientras tanto estaba en pie junto a ellos debajo del árbol. Habiendo comido, le preguntaron: ¿En dónde está Sara tu esposa? Ahí está, respondió, dentro de la tienda. Le dijo uno de ellos: Yo volveré a ti sin falta dentro de un año por este mismo tiempo, si Dios quiere, y Sara tu mujer tendrá un hijo. Al oír esto Sara se rió detrás de la puerta de la tienda. Es de considerar que ambos eran viejos y de avanzada edad, y a Sara le había faltado ya la costumbre de las mujeres. Se rió, pues, secretamente, diciendo para consigo: ¿Conque después que ya estoy vieja, y mi señor lo está más, pensaré en usar del matrimonio ? Y dijo el Señor a Abrahán: ¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: Si será verdad que yo he de parir siendo tan vieja? Pues qué ¿hay para Dios cosa difícil? Al plazo prometido volveré a visitarte por este mismo tiempo, si Dios quiere, y Sara tendrá un hijo. Negó Sara y dijo llena de temor: No me he reído. Mas el Señor replicó: No es así: sino que te has reído. Levantados de allí aquellos tres varones, dirigieron su vista y sus pasos hacia Sodoma: y Abrahán los iba acompañando, hasta despedirlos. Y dijo el Señor: ¿Cómo es posible que yo encubra a Abrahán lo que voy a ejecutar, habiendo él de ser cabeza de una nación grande, y tan fuerte, y BENDITAS en él todas las naciones de la tierra? Pues bien sé que ha de mandar a sus hijos y a su familia después de sí, que guarden el camino del Señor, y obren según rectitud y justicia: para que cumpla el Señor por amor de Abrahán todas las cosas que le tiene prometidas. Le dijo, pues, el Señor: El clamor de Sodoma y de Gomorra se aumenta más y más, y la gravedad de su pecado ha subido hasta lo sumo. Quiero ir a ver si sus obras igualan al clamor que ha llegado a mis oídos, para saber si es así o no. Y partiendo de allí, dos de ellos tomaron el camino de Sodoma: Abrahán, se mantenía aún en pie delante del Señor. Y arrimándose le dijo: ¿Por ventura destruirás al justo con el impío? Si se hallaren cincuenta justos en aquella ciudad, ¿han de perecer ellos también?; ¿y no perdonarás a todo el pueblo por amor de los cincuenta justos, si se hallaren en él? Lejos de ti tal cosa, que tú mates al justo con el impío, y sea aquél tratado como éste, no es eso propio de ti: tú que eres el que juzgas toda la tierra, de ningún modo harás tal juicio. Y le dijo el Señor: Si yo hallare en medio de la ciudad de Sodoma cincuenta justos, perdonaré a todo el pueblo por amor de ellos. E instando Abrahán, dijo: Ya que una vez he comenzado, hablaré a mi Señor, aunque sea yo polvo y ceniza. ¿Y qué, si faltaren cinco justos al número de cincuenta, destruirás la ciudad toda entera, porque no son más que cuarenta y cinco? Y respondió: No la destruiré, si hallare en ella cuarenta y cinco. Le replicó de nuevo: Y si se encontraran en ella cuarenta, ¿qué harás? No la castigaré, respondió, por amor de los cuarenta. Te suplico, Señor, le dijo, que no te enojes si prosigo hablando: ¿Y qué, si se hallaren allí treinta? Respondió: No lo haré, si hallare allí los treinta. Ya que he empezado una vez, dijo, hablaré a mi Señor: ¿Y si allí se hallaren veinte? No la destruiré, respondió, por amor de los veinte. Te ruego, Señor, prosiguió, no te irrites, si aún hablare esta sola vez: ¿Y si se hallaren allí diez? A lo que respondió: No la destruiré por amor de los diez. Y se fue o desapareció el Señor, luego que acabó de hablar con Abrahán; el cual se volvió a su casa. Entre tanto los dos ángeles llegaron al caer de la tarde a Sodoma, y al tiempo que Lot estaba sentado a la puerta de la ciudad. El cual luego que los vio, se levantó y les salió al encuentro, y los adoró inclinándose hacia el suelo. Y dijo: Os ruego, señores, que vengáis a la casa de vuestro siervo, y os hospedéis en ella, lavaréis vuestros pies, y de madrugada proseguiréis vuestro viaje. Ellos respondieron: No, pues nos quedaremos a descansar en la plaza. A puras instancias en fin los obligó a que se encaminasen a su casa; y entrados que fueron en ella, les dispuso un banquete, y coció panes sin levadura, y cenaron. Pero antes de que se fuesen a acostar, cercaron la casa los vecinos de la ciudad, todo el pueblo junto, desde el más muchacho hasta el más viejo. Y llamando a Lot, le dijeron: ¿En dónde están aquellos hombres que al anochecer entraron en tu casa? Sácalos acá fuera, para que los conozcamos. Salió a ellos Lot, y cerrando tras sí la puerta, les dijo: No queráis, os ruego, hermanos míos, no queráis cometer esta maldad. Dos hijas tengo, que todavía son doncellas: éstas os las sacaré afuera, y haced de ellas lo que gustareis, con tal que no hagáis mal alguno a estos hombres, ya que se acogieron a la sombra de mi techo. Mas ellos respondieron: Quita allá. Y aun añadieron: Viniste poco ha a vivir entre nosotros como extranjero, ¿y quieres ya gobernar?; pues a ti te trataremos peor que a ellos. Y forcejeaban contra Lot con grandísima violencia: y ya estaban a punto de forzar la puerta, cuando he aquí que los huéspedes alargaron la mano, y metieron a Lot dentro y cerraron otra vez la puerta. Y a los de afuera, del menor hasta el mayor, hirieron de una especie de ceguera, que no pudieron atinar más con la puerta. En seguida dijeron a Lot: ¿Tienes aquí alguno de los tuyos?: yerno, hijos, o hijas, a todos los tuyos sácalos de esta ciudad, porque vamos a arrasar este lugar, por cuanto el clamor contra las maldades de estos pueblos ha subido de punto en la presencia del Señor, el cual nos ha enviado a exterminarlos. Salió, pues, Lot, y habló a sus yernos que habían de casarse con sus hijas, y dijo: Levantaos, y salid de este lugar: porque va el Señor a asolar esta ciudad. Mas a ellos les pareció que hablaba como chanceándose y no quisieron salir. Y al apuntar el alba, le metían prisa los ángeles, diciendo: Apresúrate, toma a tu mujer, y las dos hijas que tienes: no sea que tú también perezcas en la ruina de esta ciudad malvada. Viendo que se entretenía, le agarraron de la mano a él, a su mujer, y a sus dos hijas, pues el Señor quería salvarle. Y le sacaron, y le pusieron fuera de la ciudad; y allí le dijeron estas palabras: Salva tu vida; no mires hacia atrás, ni te pares en toda la región circunvecina, sino ponte a salvo en el monte, no sea que también tú perezcas junto con los otros. Le dijo Lot: Te ruego, Señor mío, pues que tu siervo ha encontrado gracia en tus ojos, y has mostrado conmigo tan gran misericordia, poniendo en salvo mi vida, ya que no puedo arribar al monte, antes que quizá me alcance el azote, y muera: Ahí cerca está una ciudad pequeña, donde podré refugiarme, y en ella me salvaré. ¿No es ella de poca monta, y no estará allá segura mi vida? Le respondió el ángel: Mira, aún en esto te otorgo la súplica; no destruiré la ciudad por la cual me has hablado. Date prisa, y sálvate allí: pues nada podré hacer hasta que tú te pongas a salvo dentro de ella. Por esta razón se dio a la dicha ciudad el nombre de Segor. Al rayar el sol sobre la tierra, entró Lot en Segor. Entonces el Señor llovió del cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego por virtud del Señor. Y arrasó estas ciudades, y todo el país confinante, los moradores todos de las ciudades, y todas las verdes campiñas del territorio. Pero la mujer de Lot volviéndose a mi-rar hacia atrás, quedó convertida en estatua de sal. Más Abrahán, yendo muy de mañana al sitio en donde antes había estado con el Señor, se puso a mirar hacia Sodoma y Gomorra, y todo el terreno de aquella región; y vio levantarse de la tierra pavesas ardientes así como la humareda de un horno o calera. Así, pues, que determinó Dios acabar con las ciudades de aquel país, se acordó de Abrahán, y por su respeto libró a Lot de la ruina de las ciudades en que había morado. Temeroso Lot se retiró de Segor, y fue con sus dos hijas a refugiarse en el monte (pues no se daba por seguro en Segor) y se quedó en una cueva así él, como sus dos hijas. Entonces dijo la mayor a la menor: Nuestro padre es viejo, y no ha quedado en la tierra ni un hombre que pueda casarse con nosotras según se acostumbra en todos los países. Ven, y emborrachémosle con vino y durmamos con él, a fin de poder conservar el linaje, por medio de nuestro padre. Con eso le dieron a beber vino aquella noche; y la mayor se acostó y durmió con su padre; pero él no sintió, ni cuando se acostó su hija, ni cuando se levantó. Asimismo al día siguiente dijo la mayor a la menor: Ya sabes que yo dormí ayer con mi padre, démosle también a beber vino esta noche, y dormirás tú con él para que conservemos la sucesión de nuestro padre. Dieron, pues, del mismo modo a su padre a beber vino aquella noche, y acostada la hija menor, durmió con él, y ni tampoco entonces sintió cuándo ella se había acostado, o cuándo se había levantado. Y sucedió que las dos hijas de Lot concibieron de su padre. A su tiempo la mayor parió un hijo, y llamó su nombre Moab: éste es el padre de los moabitas que subsisten hasta hoy, La menor también parió un hijo, y le puso por nombre Ammón, esto es, hijo del pueblo mío: el cual es el padre de los ammonitas que subsisten hasta el día de hoy. Habiendo partido de allí Abrahán hacia la tierra meridional, habitó entre Cades y Sut: y se hospedó en Gerarar. Y hablando de Sara su esposa, dijo o dio a entender que era hermana suya. Por lo que Abimelec, rey de Gerara, envió por ella, y se la tomó. Pero Dios por la noche apareció en sueños a Abimelec, y le dijo: Mira que tú morirás por causa de la mujer que has tomado: porque tiene marido. Es de saber que Abimelec no la había tocado, y así respondió: ¿Cómo, Señor, tú castigarás de muerte a gente ignorante, pero justa?; ¿a un hombre inocente? ¿No me dijo él mismo: Es hermana mía: y ella misma afirmó: Hermano mío es? Yo hice esto con sencillo corazón, y obrando con intención pura. Le dijo Dios: Yo también sé que lo hiciste con corazón sencillo: y por eso te he preservado de pecar contra mí, ni permití que la tocases. Ahora, pues, restituya la mujer a su marido, porque él es un profeta; y rogará por ti, y vivirás; mas si no quisieres restituirla, sábete que morirás infaliblemente tú y todas las cosas tuyas. Con esto al instante, siendo aún de noche, se levantó Abimelec, y llamó a todos sus criados y les contó palabra por palabra todo lo referido, y quedaron todos ellos muy amedrentados. Llamó también Abimelec a Abrahán, y le dijo: ¿Qué es lo que has hecho con nosotros?; o ¿en qué te hemos ofendido, para que me hayas expuesto a mí y a mi pueblo a un gran pecado? Has hecho con nosotros lo que hacer no debiste. Y querellándose de nuevo, dijo: ¿Qué has visto tú, para portarte así con nosotros? Respondió Abrahán: Pensé y dije allá en mi interior: Quizá no hay temor de Dios en este lugar, y me quitarán la vida por causa de mi mujer: Por otra parte verdaderamente también es hermana mía, hija o nieta de mi padre, pero no de mi madre, y yo me casé con ella. Pero después que Dios me hizo salir de la casa de mi padre, a ella le dije: La merced que me has de hacer es que en cualquier lugar a que lleguemos, digas que soy hermano tuyo. En seguida Abimelec mandó traer ovejas y bueyes, esclavos y esclavas, de que hizo donación a Abrahán, y le restituyó a Sara su esposa, y añadió: Ahí tenéis el país, habita en donde gustares. Mas a Sara le dijo: Mira que he dado a tu hermano mil monedas de plata, para que, en cualquier lugar que vayas, tengas siempre un velo sobre los ojos en señal de casada delante de todos aquéllos con quienes te hallares: y acuérdate de que has sido cogida y reputada por soltera. Y haciendo oración Abrahán, sanó Dios a Abimelec y a su mujer, y a sus esclavos, y volvieron a tener hijos. Porque el Señor había vuelto estériles a todas las mujeres de la casa de Abimelec por lo sucedido con Sara mujer de Abrahán. Y visitó el Señor a Sara como lo había prometido: y cumplió la promesa que le hiciera. Y así concibió y parió un hijo en la vejez, al tiempo que Dios le había predicho. Y Abrahán puso por nombre Isaac al hijo que le parió Sara. Y le circuncidó al octavo día, conforme al mandamiento que había recibido de Dios, siendo entonces de cien años: pues en esta edad del padre nació Isaac. Por donde dijo Sara: Dios me ha dado motivo de alegrarme: y cualquiera que lo oyere, se regocijará conmigo. Y añadió: ¿Quién hubiera creído que Abrahán habría de oír que Sara daba de mamar a un hijo, que le parió siendo ya viejo? Creció, pues, el niño, y se le destetó: y en el día en que fue destetado, celebró Abrahán un gran convite. Mas como viese Sara que el hijo de Agar, la egipcia, se burlaba de su hijo Isaac y le perseguía, dijo a Abrahán: Echa fuera a esta esclava y a su hijo: que no ha de ser el hijo de la esclava heredero con mi hijo Isaac. Dura cosa pareció a Abrahán esta demanda tratándose de un hijo suyo. Mas Dios le dijo: No te parezca cosa recia lo que se te ha propuesto acerca de ese muchacho, y de la madre esclava tuya: haz todo lo que Sara te dirá, porque Isaac es por cuya línea ha de permanecer el nombre de tu descendencia. Bien que aun al hijo de la esclava yo le haré padre de un pueblo grande, por ser sangre tuya. Se levantó, pues, Abrahán de mañana, y cogiendo pan y un odre de agua, lo puso sobre los hombros de Agar, y le entregó su hijo, y la despidió. La cual habiendo partido, andaba errante por el desierto de Bersabee. Y habiéndosele acabado el agua del odre, abandonó a su hijo que se echó debajo de un árbol, de los que allí había. Y se fue, y se sentó en frente a lo lejos a distancia de un tiro de flecha; porque dijo: No quiero ver morir a mi hijo. Y así sentada en frente de Ismael, alzó el grito y comenzó a llorar. Pero Dios oyó la voz y clamores del muchacho; y el ángel de Dios desde el cielo llamó a Agar, diciendo: ¿Qué haces, Agar? No temas, porque Dios ha oído la voz de tu hijo desde el lugar en que se halla. Levántate, toma al muchacho, y cógele de la mano; pues yo le haré cabeza de una gran nación. En esto abrió Dios los ojos a Agar, la cual viendo allí cerca un pozo de agua, fue corriendo, y llenó el odre, y dio de beber al muchacho. Y Dios asistió a éste: y fue creciendo y vivió en los desiertos, y vino a ser un joven diestro en manejar el arco. Y fijó su habitación en el desierto de Faram, donde su madre le casó con una mujer de la tierra de Egipto. Por este mismo tiempo Abimelec, acompañado de Ficol, general de sus tropas, dijo a Abrahán: Dios está contigo en todo cuanto haces. Por tanto jura por el nombre de Dios que no me harás daño ni a mí, ni a mis sucesores, ni a mi linaje; sino que me tratarás a mí, y a este país en que has habitado como extranjero, con la misma bondad con que yo te he tratado a ti. Respondió Abrahán: Yo te lo juraré. Y dio entonces quejas a Abimelec acerca de un pozo de agua que sus criados le habían usurpado a viva fuerza. A lo que replicó Abimalec: No he sabido quién ha hecho tal cosa, ni tú tampoco me lo has avisado, ni yo lo había oído hasta ahora. Entonces Abrahán tomó una porción de ovejas y de bueyes, y se los dio a Abimelec: e hicieron ambos alianza. Y Abrahán puso aparte siete corderas del rebaño. Por lo que Abimelec le dijo: ¿Qué significan estas siete corderas que has separado? A lo que respondió él: Estas siete corderas las recibirás de mi mano, para que me sirvan de testimonio, como yo he abierto este pozo. Por eso fue llamado aquel lugar Bersabee, porque allí juraron ambos. Y firmaron el pacto acerca del pozo del juramento. Partieron, pues, Abimelec y Ficol, general de su ejército, y se volvieron a la Palestina. Abrahán después plantó un bosque o arboleda en Bersabee, y allí invocó el nombre del Señor Dios eterno. Y habitó mucho tiempo como extranjero en la tierra de los palestinos. Después que pasaron estas cosas, probó Dios a Abrahán, y le dijo: Abrahán, Abrahán. Y respondió él: Aquí me tenéis Señor. Le dijo: Toma a Isaac, tu hijo único a quien tanto amas, y ve a la tierra de visión, y allí me lo ofrecerás en holocausto sobre uno de los montes que yo te mostraré. Levantándose, pues, Abrahán antes del alba, aparejó su asno, llevando consigo dos mozos, y a Isaac su hijo. Y cortada la leña para el holocausto, se encaminó al lugar que Dios le había mandado. Al tercer día de camino, alzando los ojos divisó el lugar a lo lejos. Y dijo a sus mozos: Aguardad aquí con el jumento: que yo y mi hijo subiremos allá arriba con presteza, y acabada nuestra adoración, volveremos luego a vosotros. Tomó también la leña del holocausto, y la cargó sobre su hijo Isaac, y él llevaba en las manos el fuego y el cuchillo. Caminando así los dos juntos, dijo Isaac a su padre: Padre mío. Y él respondió: ¿Qué quieres, hijo? Veo, dice, el fuego y la leña: ¿dónde está la víctima del holocausto? A lo que respondió Abrahán: Hijo mío, Dios sabrá proveerse de víctima para el holocausto. Continuaron, pues, juntos su camino: Y finalmente llegaron al lugar que Dios le había mostrado, en donde erigió un altar, y acomodó encima la leña; y habiendo atado a Isaac su hijo, le puso en el altar sobre el montón de la leña. Y extendió la mano, y tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo. Cuando he aquí que de repente el ángel del Señor gritó del cielo, diciendo: Abrahán, Abrahán. Aquí me tienes, respondió él. No extiendas tu mano sobre el muchacho, prosiguió el ángel, ni le hagas daño alguno: que ahora me doy por satisfecho que temes a Dios, pues no has perdonado a tu hijo único por amor de mí o por obedecerme. Alzó Abrahán los ojos, y vio detrás de sí un carnero enredado por las astas en un zarzal, y habiéndole cogido le ofreció en holocausto en vez del hijo. Y llamó este lugar Moria, esto es, el Señor ve y provee. De donde hasta el día de hoy se dice: En el monte el Señor verá y proveerá. Llamó el ángel del Señor por segunda vez desde el cielo a Abrahán, diciendo: Por mí mismo he jurado, dice el Señor, que en vista de que has hecho esta acción, y no has perdonado a tu hijo único por amor de mí, Yo te llenaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está en la orilla del mar; tu posteridad poseerá las ciudades de sus enemigos, y en un descendiente tuyo SERAN BENDITAS todas las naciones de la tierra, porque has obedecido a mi voz. Se volvió Abrahán a sus criados, y se fueron juntos a Bersabee, en donde habitó. Después de estas cosas, tuvo Abrahán noticia de que Melca también había parido hijos a Nacor su hermano: Hus el primogénito, y Buz hermano de éste, y Camuel padre de los siros, y Cased, y Azau, Feldas también y Jedlaf, y en fin Batuel de quien nació Rebeca: estos ocho parió Melca a Nacor, hermano de Abrahán. Una mujer segunda llamada Roma, le parió también a Tabel, Gaam, Taas y Maaca. Sara, habiendo vivido ciento veintisiete años, murió en la ciudad de Arbee, por otro nombre Hebrón, en la tierra de Canaán, y asistió Abrahán con lágrimas a celebrar sus exequias y hacer el duelo. Y concluido que hubo las ceremonias del funeral, habló a los hijos de Het, diciendo: Yo soy advenedizo y extranjero entre vosotros, concededme os ruego derecho de sepultura entre vosotros, para enterrar a mi difunto. Respondieron los hijos de Het, diciendo: Escúchanos, señor, tú eres entre nosotros un príncipe de Dios o un príncipe grande; entierra tu difunto en la que mejor te pareciere de nuestras sepulturas; que no habrá nadie que pueda impedirte el colocar en su sepultura a tu muerto. Se levantó Abrahán, e hizo una profunda reverencia al pueblo de aquella tierra, esto es, a los hijos de Het, y les dijo: Si tenéis a bien que yo entierre a mi difunto, oíd mi súplica, e interceded por mí con Efrón, hijo de Seor, para que me conceda la cueva doble, que tiene a lo último de su heredad: cediéndomela en presencia vuestra por su justo precio, y quede así mía para hacer de ella una sepultura. Hallábase allí Efrón en medio de los hijos de Het. Y respondió a Abrahán oyéndolo todos los que concurrían a la puerta de aquella ciudad, y dijo: No, señor mío, no ha de ser así, escucha más bien lo que voy a decirte: Yo pongo a tu disposición el campo, y la cueva que hay en él, siendo testigos los hijos de mi pueblo; entierra allí tu difunto. Abrahán hizo una profunda reverencia delante del pueblo del país, y contestó a Efrón, estando alrededor todo el concurso: Te suplico me oigas; yo daré el precio del campo, recíbele, y de esta manera enterraré en él a mi difunto. A esto respondió Efrón: Señor mío, óyeme: La tierra que pretendes vale cuatrocientos siclos de plata: éste es el precio de lo que tratamos entre los dos. Mas ¿qué cantidad es ésta? Entierra tu difunto, y no hablemos más de eso. Abrahán, oído esto, hizo pesar el dinero determinado por Efrón, a presencia de los hijos de Het, es a saber, cuatrocientos siclos de plata de buena moneda corriente. Con esto aquel campo que antes era de Efrón, en que había una cueva doble, mirando hacia Mambre, tanto el campo, como la cueva, con todos los árboles en todo su término alrededor, fue cedido en pleno dominio a Abrahán, a vista de los hijos de Het, y de cuantos entraban por la puerta de aquella ciudad. De esta manera sepultó Abrahán a Sara su esposa en la cueva doble del campo enfrente de Mambre, en donde está la ciudad de Hebrón, en la tierra de Canaán. Y los hijos de Het confirmaron a Abrahán el dominio del campo y de la cueva que en él había, para que le sirviese de sepultura. Viéndose Abrahán ya viejo, y de edad muy avanzada, y que el Señor le había bendecido en todas las cosas, dijo al criado más antiguo de su casa, y mayordomo de cuanto tenía: Pon tu mano debajo de mi muslo. para tomarte juramento por el Señor Dios del cielo y de la tierra, que no casarás a mi hijo con mujer de las hijas de los cananeos, entre los cuales habito; sino que irás a mi tierra y a la parentela mía, y de allí traerás mujer para mi hijo Isaac. Respondió el criado: Y si la mujer no quisiese venir conmigo a este país, ¿debo por ventura llevar a tu hijo al lugar de donde tú saliste? Guárdate bien, dijo Abrahán, de conducir jamás allá a mi hijo. El Señor Dios del cielo, que me sacó de la casa de mi padre, y de la tierra de mi nacimiento , el cual me habló, y me juró diciendo: A tu descendencia daré esta tierra: él mismo enviará su ángel delante de ti, y hará que traigas de aquel país mujer para mi hijo: Que si la mujer no quisiere seguirte, quedarás desobligado del juramento; pero en ningún caso lleves allá jamás a mi hijo. Con esto el criado puso la mano debajo del muslo de Abrahán su señor, y le juró hacer todo lo dicho. Tomó luego diez camellos del ganado de su amo, y partió, llevando consigo de lo mejor de todos los bienes de Abrahán, y puesto en camino, llegó a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor. Allí, habiendo hecho descansar los camellos fuera de la ciudad junto a un pozo de agua al caer la tarde, al tiempo que suelen salir las mujeres a sacar agua, dijo a Dios: Señor Dios de mi amo Abrahán, asísteme, te ruego, en este día, y sé propicio a Abrahán mi amo. He aquí que yo estoy cerca de esta fuente, y las hijas de los moradores de esta ciudad vendrán a sacar agua. La doncella, pues, a quien yo dijere: Baja tu cántaro para que yo beba, y ella respondiere: Bebe, y aun a tus camellos daré también de beber: ésa es la que tú tienes preparada para tu siervo Isaac: y en eso conoceré que has sido propicio a mi amo. No bien había acabado de decir dentro de sí estas palabras, cuando he aquí Rebeca, hija de Batuel, hijo de Melca, mujer de Nacor, hermano de Abrahán, que salía con su cántaro al hombro; joven en extremo agraciada, doncella hermosísima y todavía virgen: había bajado ya a la fuente, y, llenado el cántaro, se volvía. Fue, pues, a su encuentro el criado de Abrahán, y le dijo: Dame a beber un poquito de agua de tu cántaro. La cual respondió: Bebe, señor mío; y diciendo y haciendo, bajó el cántaro sobre su brazo y le dio de beber. Y acabando de darle de beber, añadió: Voy también a sacar agua para tus camellos, hasta que beban todos. Y vaciando el cántaro en los canales o bebederos, fue otra vez corriendo al pozo a sacar agua, que dio en seguida a todos los camellos. Entretanto la estaba él contemplando en silencio, ansioso de saber si Dios había prosperado o no su viaje. Abrevados ya los camellos, le presentó el hombre unos pendientes de oro, que pesaban dos siclos, y dos brazaletes que pesaban diez. Y la preguntó: Dime, ¿de quién eres hija?; ¿hay en casa de tu padre lugar para alojarme esta noche? Yo soy, respondió ella, hija de Batuel, hijo de Melca, y de Nacor su esposo. Y añadió: De paja y forraje hay en casa provisión abundante, y mucha capacidad para hospedaje. El hombre entonces se inclinó profundamente, y adoró al Señor, diciendo: Bendito sea el Señor Dios de mi amo Abrahán, que tan propicio se ha mostrado con él según la verdad de sus promesas, guiándome vía recta a la casa del hermano de mi amo. La muchacha se fue corriendo a casa de su madre, y contó todo cuanto había oído. Tenía Rebeca un hermano llamado Labán, el cual salió a toda prisa en busca del hombre, al lugar en que estaba la fuente. Y como había visto ya los pendientes y los brazaletes en las manos de su hermana, la cual le había contado también todo cuanto le había dicho aquel hombre, vino a encontrarle cuando estaba aún cerca de la fuente con sus camellos, y le dijo: Entra, bendito del Señor: ¿qué haces ahí fuera? Preparado he para ti hospedaje, y lugar también para tus camellos. Con eso le introdujo en el alojamiento, y descargó los camellos, y les dio paja y heno, y trajo agua para lavar los pies así a él como a los mozos que le acompañaban. Y le pusieron delante la comida. Mas él dijo: No comeré hasta que os haya expuesto mi comisión. Di, pues, le contestó Labán. Entonces les habló él de esta manera: Yo soy criado de Abrahán. El Señor ha colmado de bendiciones a mi amo, y le ha engrandecido sobremanera; se ha dado ovejas y bueyes, plata y oro, esclavos y esclavas, camellos y asnos. Sara, mujer de mi amo, le parió en su vejez un hijo, a quien ha dado todos sus bienes. Y mi amo me ha juramentado, diciendo: No tomarás para mi hijo mujer de las hijas de los cananeos, en cuya tierra habito; sino que irás a la casa de mi padre, y traerás de mi linaje una mujer para mi hijo. Y replicándole yo: Quizá la mujer no querrá seguirme, me respondió: El Señor, en cuya presencia ando, enviará su ángel contigo, y dirigirá tus pasos; y tú tomarás para mi hijo mujer de mi parentela y de la casa de mi padre. Mas si yendo a mis parientes no quisieran dártela, exento quedarás de mi maldición o libre del juramento. Llegué, pues, hoy a la fuente, y dije a Dios: Señor Dios de mi amo Abrahán, si es que has enderezado este mi camino que traigo, he aquí que estoy junto a esta fuente: haz, pues, que la doncella que salga a sacar agua, a quien yo diga: Dame a beber un poco de agua de tu cántaro, y me responda: Bebe tú, que después la sacaré también para tus camellos, sea ésa la mujer que el Señor Dios tiene destinada para el hijo de mi amo. Y cuando estaba yo rumiando en silencio estas cosas dentro de mí, ha comparecido Rebeca, que venía con su cántaro a cuestas, y ha bajado a la fuente, y sacado agua. Y le he dicho yo: dame un poco de beber. Al momento ha bajado ella el cántaro del hombro, y me ha dicho: Bebe tú, y voy también a dar de beber a tus camellos. Bebí, pues, y ella ha abrevado mis camellos. En seguida le he preguntado, y dicho: ¿De quién eres hija? Soy hija de Batuel, hijo de Nacor, y de Melca, ha respondido ella. Luego le he puesto unos pendientes para adorno de su rostro, y unos brazaletes en sus manos. Y al instante postrándome he adorado al Señor, bendiciendo al Señor Dios de mi amo Abrahán, que me ha conducido por camino recto a desposar una hija del hermano de mi amo con su hijo. Por lo cual, si queréis ser benéficos y leales con mi amo, declarádmelo; pero si pensáis de otro modo, decídmelo igualmente, para que yo siga mi rumbo a la derecha o a la izquierda. A esto respondieron Labán y Batuel: Obra es ésta del Señor; de ningún modo podemos oponernos a lo que es conforme a su voluntad. Ahí tienes a Rebeca, tómala, llévala contigo, y sea muy enhorabuena esposa del hijo de tu amo, conforme lo ha manifestado el Señor. Así que oyó esto el criado de Abrahán, postrándose en tierra, adoró al Señor. Y sacando alhajas de oro, y plata, y vestidos preciosos, se los regaló a Rebeca, y ofreció también ricos presentes a sus hermanos, y a la madre. Comenzaron después el convite, y permanecieron juntos comiendo y bebiendo. A la mañana, levantándose el criado, dijo: Despachadme, a fin de que me pueda volver a mi amo. A lo que respondieron los hermanos y la madre: Estese la chica con nosotros diez días siquiera, y después partirá. No queráis detenerme, dijo él, ya que Dios ha prosperado mi camino; dejadme volver a mi amo. Ellos replicaron: Llamemos a la chica, y veamos lo que dice. Llamada, pues, vino, y le preguntaron: ¿Quieres ir con este hombre? Iré, respondió ella. Con eso la dejaron ir, acompañada de su ama de leche, con el criado de Abrahán, y sus compañeros, deseando toda suerte de felicidad a su hermana, y diciendo: Hermana nuestra eres, ¡oh! crezcas en mil y mil generaciones, y apodérese tu posteridad de las ciudades de sus enemigos. Con esto Rebeca y sus doncellas, montando en los camellos, siguieron al hombre, el cual se volvía presuroso a casa de su amo. Al mismo tiempo Isaac se estaba paseando por el camino que va al pozo llamado Pozo del Dios Viviente y que Mira, porque moraba en la tierra meridional no lejos de él. Y había salido al campo a meditar, caído ya el día; y habiendo alzado los ojos, vio venir a los camellos a lo lejos. Rebeca también, cuando alcanzó a ver a Isaac, se bajó del camello, y preguntó al criado: ¿Quién es aquel hombre que viene por el campo a nuestro encuentro? Y le respondió: Aquel es mi amo. Y ella cogiendo prontamente el manto, se tapó. Isaac, después de haberle contado el criado cuanto había hecho, la hizo entrar en el pabellón de Sara, su madre, y la tomó por mujer; y la amó en tanto grado, que se le templó el dolor que la muerte de Sara su madre le había causado. Abrahán había tomado también a otra mujer llamada Cetura. La cual le parió a Zamram, a Jecsán, a Madán, a Madián, a Jesboc, y a Sué. Jecsán engendra a Saba y a Dadán. Los hijos de Dadán fueron Asurim, Latusim, y Loomim. De Madián nacieron Efa, Ofer, Enoc, Abida, y Eldaa: todos éstos descienden de Cetura. Y dio Abrahán toda su herencia a Isaac; bien que hizo grandes donativos a los hijos de las otras mujeres secundarias, y los separó, viviendo aún él mismo, de su hijo Isaac, enviándolos hacia la parte oriental. Finalmente fueron los días de la vida de Abrahán ciento setenta y cinco años. Y llegando a faltarle las fuerzas murió en la buena vejez, de avanzada edad, y lleno de días: y fue a reunirse con su pueblo. Y sus dos hijos Isaac e Ismael le sepultaron en la cueva doble, situada en el campo de Efrón, hijo de Seor heteo, enfrente de Mambre, que había comprado a los hijos de Het: allí está sepultado él y Sara su esposa. Después de su muerte bendijo Dios a Isaac su hijo, el cual moraba cerca del pozo llamado pozo del Dios Viviente y que Mira. He aquí los linajes de Ismael, hijo de Abrahán, y de Agar egipcia, sierva de Sara. Y éstos son los nombres de sus hijos con los cuales fueron llamados sus descendientes. El primogénito de Ismael fue Nabaiot, en seguida Cedar, Adbeel, Mabsam, Masma, Duma, Massa, Hadar, Tema, Jetur, Nafis y Cedma. Estos son los doce hijos de Ismael, y tales los nombres que dieron a sus castillos y ciudades. Ellos vinieron a ser como doce príncipes, cada cual de su tribu. Y los años de la vida de Ismael fueron ciento treinta y siete, y debilitándose más y más murió, y fue a reunirse con su pueblo. Y habitó y pobló el país desde Hévila hasta Sur, desierto que mira a Egipto, cuando uno entra en Asiria; y murió en medio de todos sus hermanos. Asimismo he aquí cuál fue la descendencia de Isaac, hijo de Abrahán: engendró Abrahán a Isaac, el cual, siendo de cuarenta años, casó con Rebeca, hija de Batuel siro de la Mesopotamia, y hermana de Labán. Hizo Isaac, muchas plegarias al Señor por su mujer, porque era estéril; y el Señor le oyó, dándole a Rebeca virtud de concebir. Pero chocaban entre sí o luchaban en el seno materno los gemelos que concibió; lo que le hizo decir: Si esto me había de acontecer, ¿qué provecho he sacado yo de concebir? Y fue a consultar al Señor. El cual le respondió, diciendo: Dos naciones están en tu vientre, y dos pueblos saldrán divididos desde tu seno en que están ahora, y un pueblo sojuzgará al otro pueblo, y el mayor ha de servir al menor o más joven. Llegado ya el tiempo del parto, he aquí que se hallaron dos gemelos en su vientre. El que salió el primero era rubio, y todo velludo; y fue llamado Esaú. Saliendo inmediatamente el otro, tenía asido con la mano el talón del pie del hermano; y por eso se llamó Jacob . De sesenta años era Isaac cuando le nacieron los niños. Así que se hicieron grandes, Esaú salió diestro en la caza, y hombre del campo; Jacob al contrario mozo sencillo habitaba en las cabañas. Isaac amaba a Esaú, porque gustaba de comer de sus cacerías, y Rebeca quería más a Jacob . Había un día guisado Jacob cierta menestra o potaje; cuando Esaú que volvía fatigado del campo se llegó a él, y le dijo: Dame de esa menestra roja que has cocido, pues estoy sumamente cansado. Por cuya causa se le dio después el apellido de Edom. Le dijo Jacob : Véndeme tus derechos de primogénito. Respondió él: Yo me estoy muriendo, ¿de qué me servirá ser primogénito? Pues jurámelo, dijo Jacob . Esaú se lo juró y le vendió el derecho de primogenitura. Y así habiendo tomado pan y aquel plato de lentejas, comió y bebió, y se marchó, dándosele muy poco de haber vendido sus derechos de primogénito. Mas sobreviniendo hambre en el país, después de aquella carestía que había acaecido en tiempo de Abrahán, se fue Isaac a Gerara, al país de Abimelec rey de los palestinos. Porque se le apareció el Señor, y le dijo: No bajes a Egipto; mas estate quieto en el país que yo te diré. Y vive en él como peregrino, y yo estaré contigo, y te daré mi bendición: por cuanto a ti y a tu descendencia he de dar todas esas regiones, cumpliendo el juramento que hice a tu padre Abrahán. Y multiplicaré tu posteridad como las estrellas del cielo; y daré a tus descendientes todas esas regiones, y en uno de ellos SERAN BENDITAS todas las naciones de la tierra, por premio de haber obedecido Abrahán a mi voz, y guardado los preceptos y mandatos míos, y observado las ceremonias y leyes que le prescribí. Se quedó, pues, Isaac en Gerara. Y preguntándole los vecinos de aquel país quién era Rebeca, les respondió: Es hermana mía; porque temió confesar que estaba unida con él en matrimonio , recelando que por causa de su hermosura le quitasen tal vez a él la vida. Pasados ya muchos días, y permaneciendo él en el mismo lugar, como Abimelec, rey de los palestinos, se pusiese a mirar de una ventana, vio a Isaac que hacía especiales demostraciones de amor a su mujer Rebeca. Y habiéndole llamado, le dijo. Está claro que ésa es tu mujer; ¿por qué has dicho falsamente que era hermana tuya? Temí, respondió, que me matasen por su causa. Replicó Abimelec: ¿Cómo, así nos has engañado? Pudo alguno del pueblo abusar de tu esposa, y nos hubieras hecho reos de un grande pecado. Con eso intimó una orden a todo el pueblo, diciendo: Cualquiera que tocare a la mujer de este hombre, será irremisiblemente condenado a muerte. Sembró luego Isaac en aquella tierra y en el mismo año cogió ciento por uno y le bendijo Dios. Y se hizo hombre muy rico, y cada día iba creciendo de bien en mejor, por manera que llegó a ser en extremo poderoso. Tuvo rebaños de ovejas, y de ganados mayores, y muchísimos criados y criadas. Por lo cual envidiosos de él los palestinos, cegaron por aquel tiempo todos los pozos que habían abierto los criados de su padre Abrahán, llenándolos de tierra. Llegó tan allá la cosa, que hasta el mismo Abimelec dijo a Isaac: Retírate del país, porque te has hecho mucho más poderoso que nosotros. Partió, pues, Isaac, para ir hacia el torrente de Gerara, y habitar allí; e hizo abrir de nuevo los otros pozos, que habían cavado los siervos de su padre Abrahán, y que, muerto éste, habían cegado en otro tiempo los filisteos; y les dio los mismos nombres que su padre les había dado antes. Cavando después en el torrente, hallaron un manantial de agua viva. Pero aun aquí hubo contienda de los pastores de Gerara contra los pastores de Isaac, diciendo aquéllos: El agua es nuestra; de donde, por este encuentro, puso al pozo el nombre de Calumnia. Cavaron en seguida otro, y por él también armaron pendencias, por lo que le llamó Enemistades. Partiendo de allí abrió otro pozo, sobre el cual no hubo contienda, y por eso le nombró Anchura, diciendo: Ahora sí que nos ha ensanchado el Señor, y puesto en estado de medrar sobre la tierra. Desde aquel sitio pasó a Bersabee, donde se le apareció el Señor aquella misma noche, diciéndole: Yo soy el Dios de tu padre Abrahán, no tienes que temer, pues estoy yo contigo, yo te colmaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia por amor de mi siervo Abrahán. Con esto edificó Isaac un altar, y habiendo invocado el nombre del Señor, desplegó su tienda de campaña, y mandó a sus criados que abriesen un pozo. Y habiendo venido desde Gerara a este mismo lugar Abimelec, con Ocozat su privado, con Ficol general de sus tropas, les dijo Isaac: ¿Para qué venís a mí, hombre a quien aborrecéis, y habéis echado de entre vosotros? Hemos visto, respondieron ellos, que el Señor está contigo, y así dijimos: Hagamos alianza entre nosotros, con juramento de una y otra parte, con el fin de que tú no nos hagas mal alguno, así como nosotros nada hemos tocado de lo tuyo, ni causádote ningún daño; sino que te despedimos en paz colmado de la bendición del Señor. Isaac, pues, les dio un convite, y después de haber comido y bebido, levantándose de madrugada, se juraron alianza recíprocamente; e Isaac los despidió en paz a su país. Y he aquí que en aquel mismo día vinieron los criados de Isaac, a darle nuevas del pozo que habían excavado, diciendo: Hemos hallado agua. Por lo que le llamó Abundancia; y se puso a la ciudad vecina el nombre de Bersabee que dura hasta hoy día. Esaú sin embargo, en la edad de cuarenta años, tomó por mujeres a Judit hija de Beeri heteo, y a Basemat, hija de Elón del mismo lugar, las cuales fueron amargura para Isaac y de Rebeca. Siendo ya viejo Isaac, se le debilitó la vista, de modo que llegó a faltarle. Llamó, pues, a Esaú, su hijo mayor, y le dijo: ¡Hijo mío! El cual respondió: Aquí estoy. A quien el padre: Ya ves, dijo, cómo yo estoy ya viejo, y no sé el día de mi muerte. Toma tus armas, la aljaba y el arco, y sal al campo; y cazando algo, guísame de ello un plato según sabes que gusto, y tráemelo para que le coma, y te bendiga mi alma antes que yo muera. Lo que oído por Rebeca, luego que partió aquél al campo para cumplir el mandato de su padre, dijo a su hijo Jacob : Acabo de oír a tu padre, que hablando con tu hermano Esaú, le decía: Tráeme de tu caza, y guísame un plato que le comeré, y te echaré mi bendición en presencia del Señor antes que me muera. Ahora bien, hijo mío, toma mi consejo, y yendo al ganado, tráeme dos de los mejores cabritos, para que yo guise de ellos a tu padre aquellos platos de que come con gusto: Y sirviéndoselos tú, después que hubiere comido, te dé la bendición antes de morir. A lo cual respondió Jacob : Tú sabes que mi hermano Esaú es hombre velloso, y yo lampiño; si mi padre me palpa con sus manos, y llega a conocerme, temo que piense que yo he querido burlarle, y acarrearé sobre mí su maldición en lugar de la bendición. Al cual la madre: Sobre mí, dijo, caiga esa maldición, hijo mío; tú haz solamente lo que yo te aconsejo, y date prisa en traer lo que te tengo dicho. Fue Jacob y lo trajo, y lo dio a la madre, la cual le guisó los manjares, según que sabía ser del gusto de su padre. Y vistió después a Jacob con los más ricos vestidos de Esaú, que tenía guardados en casa. Y le envolvió las manos con las delicadas pieles de los cabritos, cubriendo también con ellas la parte desnuda del cuello. Le dio después el guisado, y los panes que había cocido. Todo lo cual llevándolo él adentro, dijo: ¡Padre mío! A lo que respondió él: Oigo. ¡Quién eres tú, hijo mío? Dijo Jacob : Yo soy tu primogénito Esaú; he hecho lo que me mandaste; levántate, incorpórate, y come de mi caza, para que me des la bendición. Le replicó Isaac a su hijo: ¿Cómo, dijo, has podido encontrarla tan presto, hijo mío? El cual respondió: Dios dispuso que luego se me pusiese delante lo que deseaba. Dijo todavía Isaac: Acércate, hijo mío, para que yo te toque, y reconozca si tú eres o no el hijo mío Esaú. Se acercó al padre, y habiéndole palpado, dijo Isaac: Cierto que la voz es voz de Jacob ; pero las manos son manos de Esaú. Y no le conoció, porque las manos vellosas representaban al vivo la semejanza del mayor. Queriendo, pues, bendecirle, dijo ¿Eres tú el hijo mío Esaú? Respondió: Yo soy. Pues tráeme acá, hijo mío, el plato de tu caza, para que te bendiga mi alma. Y habiéndoselo presentado, después que comió de él le sirvió también vino; bebido el cual, dijo: Llégate a mí, y dame un beso, hijo mío. Llegó, y le besó. Y al instante que sintió la fragancia de sus vestidos, bendiciéndole, le dijo: Bien se ve que el olor que sale de mi hijo es como el olor de un campo florido, al cual bendijo el Señor. Te dé Dios, por medio del rocío del cielo, y de la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y vino. Te sírvan los pueblos, y adórente las tribus: sé señor de tus hermanos, e inclínense profundamente delante de ti los hijos de tu madre. Quien te maldijere, sea él maldito, y el que te bendijere, de bendiciones sea colmado. Apenas Isaac había acabado de decir estas palabras, y salido Jacob afuera, cuando llegó Esaú. Y presentando a su padre las viandas de la caza, que había guisado, le dijo: Levántate, padre mío, y come de la caza de tu hijo, para que me bendiga tu alma. Le dijo Isaac: Pues, ¿quién eres tú? El cual respondió: Yo soy tu hijo primogénito Esaú. Quedó atónito Isaac, y como estático; y sobre toda ponderación pasmado, dijo: ¿Quién es, pues, aquél que hace poco me ha traído de la caza que cogió, y he comido de todo antes que tú vinieses? El caso es que yo le bendije, y bendito será. Oídas las palabras del padre, arrojó Esaú un grito furioso; y consternado, dijo: Dame también a mí tu bendición, ¡oh padre mío! El cual le respondió: Vino tu hermano astutamente, y se ha llevado tu bendición. A lo que replicó Esaú: Con razón se le puso el nombre de Jacob : porque ya es ésta la segunda vez que me ha suplantado; antes ya se alzó con mi primogenitura, y ahora de nuevo me ha robado la bendición mía. Y vuelto a su padre: ¿Pues qué, le dijo, no has reservado bendición para mí? Le respondió Isaac: Yo le he constituido señor tuyo, y he sometido todos sus hermanos a su servicio: le aseguré las cosechas de granos y de vino: después de esto, ¿qué puedo yo ahora hacer por ti, hijo mío? Al cual replicó Esaú: ¿Por ventura no tienes, padre mío, sino una sola bendición? Te ruego que también me bendigas a mí. Y como llorase con grandes alaridos, Isaac conmovido, le dijo estas palabras: En la grosura de la tierra, y en el rocío que cae del cielo, será tu bendición. Vivirás de tu espada, y servirás a tu hermano; pero llegará tiempo en que sacudirás su yugo, y librarás de él tu cerviz. Esaú, pues, mantenía siempre vivo su odio a Jacob , con motivo de la bendición que le había dado el padre, y dijo en su corazón: Vendrán los días de luto de mi padre, y yo mataré a mi hermano Jacob . Tuvo de esto noticia Rebeca, la cual enviando a llamar a su hijo Jacob , le dijo: Mira que tu hermano Esaú amenaza que te ha de matar. Ahora, pues, hijo mío, créeme a mí, y sin perder tiempo huye a casa de mi hermano Labán en la ciudad de Harán. Y estarás allí con él algunos días, hasta que se amanse el furor de tu hermano, se pase su cólera, y se olvide de lo que has hecho contra él: después enviaré por ti, y te traeré acá. ¿Por qué he de perder a mis dos hijos en un día? Dijo después Rebeca a Isaac: Fastidiada estoy de vivir, a causa de estas hijas de Het: si Jacob llega a tomar mujer de este país, no quiero vivir más. Llamando, pues, Isaac a Jacob , le dio su bendición, y le mandó diciendo: No quieras tomar mujer de la raza de Canaán. Mas ve, y pasa a la Mesopotamia de Siria, a casa de Batuel padre de tu madre, y escógete allí mujer de las hijas de Labán, tu tío materno. Y el Dios todopoderoso te bendiga, y te aumente y multiplique, de suerte que vengas a ser padre de numerosos pueblos. Y te conceda las bendiciones de Abrahán, así como a tu descendencia después de ti; para que poseas como propia la tierra en que estás ahora como peregrino, la cual tiene prometida a tu abuelo. Despedido así de Isaac, partió a Mesopotamia de Siria, y se fue a casa de Labán, hijo de Batuel siro, hermano de Rebeca su madre. Entretanto Esaú viendo que su padre, bendiciendo a Jacob , le había enviado a Mesopotamia de Siria, para que tomase de allí mujer; y cómo después de la bendición le había mandado, diciendo: No tomes mujer de las hijas de Canaán; y que Jacob obedeciendo a sus padres, había marchado a la Siria; experimentando por otra parte que las hijas de Canaán no eran del agrado de su padre, se fue a casa de Ismael, y tomó por mujer, sobre las que ya tenía a Mahelet, hija de Ismael, hijo de Abrahán, hermana de Nabaiot. Jacob , pues, habiendo partido de Bersabee, proseguía su camino hacia Harán. Y llegado a cierto lugar, queriendo descansar en él después de puesto el sol, tomó una de las piedras que allí había, y poniéndosela por cabecera, durmió en aquel sitio. Y vio en sueños una escala fija en la tierra, cuyo remate tocaba en el cielo, y ángeles de Dios que subían y bajaban por ella, y al Señor apoyado sobre la escala, que le decía: Yo soy el Señor Dios de Abrahán tu padre, y el Dios de Isaac. La tierra, en que duermes, te la daré a ti y a tu descendencia. Y será tu posteridad tan numerosa como los granitos del polvo de la tierra: extenderte has al Occidente, y al Oriente, y al Septentrión, y al Mediodía: y SERAN BENDITAS EN TI y en el que saldrá o descenderá de ti todas las tribus o familias de la tierra. Yo seré tu guarda o custodio doquiera que fueres, y te restituiré a esta tierra; y no te dejaré de mi mano hasta que cumpla todas las cosas que tengo dichas. Despertado Jacob del sueño, dijo: Verdaderamente que el Señor habita en este lugar, y yo no lo sabía. Y todo despavorido, añadió: ¡Cuán terrible es este lugar! Verdaderamente ésta es la casa de Dios, y la puerta del cielo. Levantándose, pues, Jacob al amanecer, cogió la piedra que se había puesto por cabecera, y la erigió como un monumento de la visión, derramando óleo encima. Y puso por nombre Betel a la ciudad, que antes se llamaba Luza. Hizo además este voto, diciendo: Si el Señor estuviere conmigo, y me amparare en el viaje que llevo, y me diere pan que comer, y vestido con que cubrirme, y volviere yo felizmente a la casa de mi padre, el Señor será mi Dios, y esta piedra, que dejo erigida en monumento, llamarse ha Casa de Dios: y de todo lo que me dieres, te ofreceré, ¡oh Señor!, el diezmo. Prosiguiendo después Jacob su viaje llegó al país de Oriente. Y vio un pozo en el campo, y cerca de él tres hatos de ovejas sesteando, porque de él se abrevaban los ganados, y el brocal estaba tapado con una gran piedra. Por cuanto la costumbre era que después de reunidos todos los hatos de ovejas, removían la piedra, y una vez abrevadas, volvían a ponerla sobre el pozo. Y dijo a los pastores: Hermanos, ¿de dónde sois? Los cuales respondieron: De Harán. Les pregunto: ¿Conocéis acaso a Labán, hijo de Nacor? Dijeron: Sí que le conocemos. ¿Lo pasa bien?, dijo él. Bueno está, respondieron, y he allí a Raquel, hija suya, que viene con su rebaño. Les dijo Jacob : Aún falta mucho del día, ni es tiempo de recoger todavía el ganado en los apriscos; dad ahora de beber a las ovejas, y después volvedlas a pacer. Respondieron ellos: No podemos hacerlo, hasta que se junten todos los ganados, y quitemos la piedra del brocal del pozo para abrevar los rebaños. Aún estaban hablando, cuando he aquí que llega Raquel con las ovejas de su padre; pues ella misma pastoreaba el rebaño. Jacob luego que la vio, sabiendo ser su prima hermana, y las ovejas de Labán su tío materno, removió la piedra con que se cerraba el pozo. Y abrevada la grey, besó a Raquel, y lloró a voz en grito, después que le había declarado ya cómo era su hermano de su padre, e hijo de Rebeca; mas ella sin detenerse corrió a decírselo a su padre. El cual oyendo que había venido Jacob , hijo de su hermana, salió corriendo a recibirle; y habiéndole abrazado, y dado mil besos, le condujo a su casa. Entendidos los motivos del viaje, respondió: Hueso mío eres, y carne mía, yo cuidaré de ti. Y pasado que fue un mes, le dijo: ¿Acaso porque eres hermano mío, me has de servir de balde? Dime qué recompensa quieres. Tenía Labán dos hijas, de las cuales la mayor se llamaba Lía: y la menor Raquel. Pero Lía tenía los ojos legañosos; Raquel era de lindo semblante y de hermoso talle. De la cual enamorado Jacob , dijo: Yo te serviré por Raquel, tu hija menor, siete años. Respondió Labán: Mejor es que yo te la dé a ti que a un extraño, quédate conmigo. Sirvió, pues, Jacob por Raquel siete años; y aún le parecían pocos días, atendido su grande amor por ella. Dijo después a Labán: Dame mi esposa: pues ya llegó el tiempo de casarme con ella. Entonces Labán, convidados un sinfín de amigos a un banquete, celebró las bodas. Mas por la noche le metió en el tálamo a su hija Lía, dando a su hija una esclava, llamada Zelfa para que le sirviese. Y habiendo ido Jacob a recogerse con ella según costumbre, venida la mañana, se halló con que era Lía. Por lo que dijo a su suegro: ¿Qué es lo que has hecho conmigo?; ¿no te he servido yo por Raquel?; ¿por qué me has engañado? Respondió Labán: No se usa en nuestro país el casar primero las menores. Cumple la semana de los días de la boda, que yo te daré también la otra por siete años más de servirme. Condescendió con la propuesta; y pasada la semana, tomó por mujer a Raquel. a quien el padre había dado a Bala por esclava. Gozando en fin Jacob del matrimonio tan deseado, amó más a la segunda que a la primera, y sirvió en casa de Labán otros siete años. Pero como viese el Señor que Jacob hacía poco aprecio a Lía, la hizo fecunda, quedándose estéril la hermana. Concibió, pues, y parió un hijo, y le puso por nombre Rubén, diciendo: El Señor miró mi humillación, ahora me amará mi marido. Segunda vez concibió y parió un hijo, y dijo: Por cuanto el Señor entendió que yo era tenida en menos, me ha dado también este hijo; por eso le llamó Simeón. Tercera vez concibió, y dio a luz otro hijo; y dijo: Ahora se unirá y estrechará más conmigo mi marido, pues le he parido tres hijos; y por tanto le dio el nombre de Leví. Cuarta vez concibió, y parió un hijo, y dijo: Ahora sí que alabaré al Señor; y aludiendo a esto, le llamó Judá, y cesó de parir por algún tiempo. Pero Raquel, viéndose estéril, tenía envidia de su hermana, y así dijo a Jacob : Dame hijos, de otra manera yo me muero. A la cual Jacob enojado respondió: ¿Por ventura estoy yo en lugar de Dios, que te ha privado de la fecundidad? Y ella dijo: Tengo a Bala mi esclava: tómala por mujer de segundo orden, a fin que reciba yo en mis brazos lo que nazca, y tenga de ella hijos adoptivos. Diole, pues, a Bala por mujer, la cual, admitida al tálamo, concibió y parió un hijo. Dijo entonces Raquel: El Señor me ha hecho justicia, y ha oído mi voz, dándome un hijo; y por eso llamó su nombre Dan. Y concibiendo Bala segunda vez, vino a parir otro, por quien dijo Raquel: Dios me ha hecho disputar con mi hermana, y la victoria ha quedado por mí; y así le llamó Neftalí. Viendo Lía que había dejado de parir, dio a su marido por mujer a Zelfa también esclava suya. La cual, después de haber concebido, dando a luz un hijo, dijo Lía: ¡Oh, qué ventura!, y por eso le puso por nombre Gad. Parió todavía Zelfa otro, y dijo Lía: Este ha nacido para dicha mía, porque ya las mujeres me llamarán dichosa; por esta razón le dio el nombre de Aser. Sucedió que Rubén, yendo por el campo en tiempo de la siega de los trigos, halló unas mandrágoras que trajo a Lía su madre. Y dijo Raquel: Dame de esas mandrágoras de tu hijo. A lo que respondió ella: ¿Te parece poco el haberme quitado ya el marido, sino que te has de llevar también las mandrágoras de mi hijo? Dijo Raquel: Duerma contigo esta noche, porque me des las mandrágoras de tu hijo. Con eso al volver Jacob por la tarde del campo, le salió al encuentro Lía, y le dijo: Conmigo has de venir, porque yo he comprado este favor a mi hermana con las mandrágoras de mi hijo. Aquella noche, pues, durmió Jacob con ella. Y oyó Dios sus oraciones, y concibió y parió al quinto hijo, y dijo: Dios me ha remunerado el haber dado la esclava mía a mi marido; y púsole por nombre Isacar. De nuevo concibiendo Lía, parió al sexto hijo. y dijo: Dios me ha dotado con excelente dote: todavía esta vez mi marido cohabitará conmigo, pues le he parido ya seis hijos; y por tanto le dio el nombre de Zabulón. Después del cual parió una hija, llamada Dina. Asimismo acordándose el Señor de Raquel, oyó sus ruegos, y la hizo fecunda. La cual concibió, y parió un hijo, y dijo: Quitó Dios mi aprobio. Y le puso por nombre José, diciendo: Añádame el Señor otro hijo. Nacido que fue José, dijo Jacob a su suegro: Déjame volver a mi patria, y a mi tierra. Dame mis mujeres y mis hijos, por los cuales te he servido, que quiero ya irme: tú sabes bien cuáles han sido mis servicios para contigo. Le dijo Labán: Halle yo gracia en tus ojos, tengo conocido por experiencia que Dios me ha bendecido por tu causa. Señala tú la recompensa que debo darte. A lo que respondió él: Tú sabes bien de qué manera te he servido, y cuánto ha crecido en mis manos tu hacienda. Poca era la que tenías antes que yo viniese a ti, y ahora estás rico: porque el Señor te bendijo con mi venida. Es justo, pues, que algún día mire yo también por mi casa. Dijo Labán: ¿Y qué es lo que quieres que te dé? No quiero nada, respondió Jacob ; mas si hicieres lo que voy a pedirte, proseguiré apacentando, y guardando tus ganados. Haz revista de todos ellos, y separa desde ahora para ti las ovejas todas de color vario y de vellón abigarrado; y en lo sucesivo todo lo que naciere de color oscuro, y manchado, y vario, tanto de las ovejas como de las cabras, eso será mi recompensa. Y a su tiempo hablará a favor mío mi lealtad, en llegando el plazo acordado; y todas las reses que no fueren de color vario, y manchado, y oscuro, tanto en las ovejas como en las cabras, me convencerán reo de hurto. Dijo Labán: Me place tu propuesta. Y separó en aquel día las cabras, y las ovejas, y los machos de cabrío, y los carneros pintados y manchados; y todo el ganado de un solo color, esto es, de vellón todo blanco, o todo negro, le entregó a la custodia de sus hijos. Y puso el espacio de tres jornadas entre sí y el yerno, el cual quedó apacentando con los hijos de Labán los demás rebaños suyos. Jacob , pues, cortando varas verdes de álamo, de almendro y de plátano, les quitó parte de la corteza: hecho lo cual, resaltó lo blanco en la parte descortezada; mas donde las varas estaban intactas, quedaron verdes; y de este modo se formó un color vario. Así las puso en las canales, donde se vertía el agua, para que cuando viniesen a beber las ovejas, tuviesen ante los ojos las varas y concibiesen aún después a vista de ellas. De donde vino que mirando las ovejas a las varas, en el ardor de la mezcla, pariesen después crías listadas, pintadas, y salpicadas de diversos colores. De esta suerte dividió Jacob la grey, poniendo las varas en las canales ante los ojos de los carneros, de manera que todas las crías blancas y las negras eran de Labán; quedando para Jacob las demás de varios colores, teniendo separados entre sí los rebaños. Al tiempo, pues, de concebir las ovejas en la primavera, ponía Jacob las varas en los canales ante los ojos de los carneros y de las ovejas, para que concibiesen estándolas mirando. Mas cuando otra vez debían concebir en otoño, no las ponía; con lo que los partos tardíos vinieron a ser de Labán, y los tempranos de Jacob . Y así llegó éste a enriquecerse por extremo, y adquirió muchos rebaños de ganado, siervos y siervas, camellos y asnos. Mas luego que Jacob entendió los discursos de los hijos de Labán que decían: Se ha apoderado Jacob de todos los bienes que eran de nuestro padre, y enriquecido con su hacienda, se ha hecho un Señor poderoso; y advirtió asimismo que Labán no le miraba con el mismo semblante que antes, y sobre todo, diciéndole el Señor: Vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu familia, que yo seré contigo; envió llamar a Raquel y a Lía, y haciéndolas venir a las dehesas, en que apacentaba los ganados, les dijo: Veo el semblante de vuestro padre, que no se muestra para conmigo como solía; pero el Dios de mi padre ha sido mi protector. Vosotras sabéis bien que yo he servido a vuestro padre con todas mis fuerzas. Sin embargo, vuestro mismo padre me ha engañado y trocado por diez veces la paga o recompensa de mis servicios; aunque Dios no le ha permitido que me perjudicase. Cuando decía: Las reses de varios colores serán tu paga; todas las ovejas parían crías de colores varios. Cuando por el contrario decía: Llevarás en paga las blancas; entonces todas las ovejas dieron crías blancas. Por manera que Dios ha tomado la hacienda de vuestro padre, y me la ha dado a mí. Porque llegado el tiempo en que debían concebir las ovejas, alcé los ojos, y vi entre sueños que los machos que cubrían a las hembras, eran pintados y manchados, y de diversos colores. Y el ángel de Dios me dijo en sueños: ¡Jacob ! Yo respondí: Aquí estoy. Y me dijo: Alza tus ojos, y mira los machos cubriendo las hembras, todos de varios colores, manchados, y moteados. Porque yo he visto todas cuantas cosas ha hecho Labán contigo. Yo soy el Dios de Betel, en donde tú ungiste la piedra, y me hiciste aquel voto. Ahora, pues, levántate y sal de esta tierra, y vuélvete a la de tu nacimiento . A esto respondieron Raquel y Lía: ¿Tenemos acaso que esperar algún residuo en los bienes y herencia de la casa de nuestro padre? ¿Por ventura no nos ha mirado él como extrañas, y nos ha vendido, y comido el precio de nuestra venta? Pero Dios ha tomado las riquezas de nuestro padre, y nos las ha dado a nosotras, y a nuestros hijos; y así haz todo lo que Dios te ha ordenado. Se apercibió, pues, Jacob , y montados sus hijos y mujeres sobre los camellos, se puso en camino, conduciendo consigo toda su hacienda, y los ganados, y cuanto había adquirido en Mesopotamia, encaminándose hacia su padre Isaac a la tierra de Canaán. A esta sazón había ido Labán al esquileo de sus ovejas, y Raquel robó los ídolos de su padre. No quiso Jacob manifestarle a su suegro su partida. Y como se hubiese ya marchado con todo lo que le pertenecía, y vadeado el río Eufrates, se encaminase hacia el monte de Galaad, tuvo noticia Labán al tercer día de que Jacob iba huyendo. Tomando al punto consigo a sus hermanos, le fue persiguiendo por espacio de siete días, hasta que le alcanzó en el monte de Galaad. Pero vio entre sueños a Dios, que le decía: Guárdate de hablar a Jacob cosa que le ofenda. Jacob había ya armado en el monte su tienda de campaña; y Labán que con sus hermanos le había ya alcanzado, fijó la suya en el mismo monte de Galaad. Y dijo a Jacob : ¿Por qué te has portado de esa manera, arrebatándome mis hijas sin darme parte, como si fuesen prisioneras de guerra? ¿Por qué has querido huir sin saberlo yo y sin avisarme, para que yo te acompañase con regocijos y cantares, y con panderas y vihuelas? No me has permitido el dar siquiera un beso de despedida a mis hijos e hijas. Has obrado neciamente. Bien es verdad que ahora está en mi mano darte el castigo merecido; pero el Dios de vuestro padre me dijo ayer: Guárdate de hablar a Jacob cosa que le ofenda. Está bien que deseases ir a los tuyos, y te tirase la bienquerencia de la casa de tu padre; mas ¿a qué propósito robarme mis dioses? Respondió Jacob : El haberme marchado sin darte parte, ha sido porque temí que me quitases por fuerza tus hijas. En cuanto al robo de que me reconvienes, cualquiera en cuyo poder hallares tus dioses, sea muerto a presencia de nuestros hermanos. Haz tus pesquisas; y todo lo que hallares de tus cosas en mi poder, llévatelo. Cuando esto decía, ignoraba que Raquel hubiese robado los ídolos. Habiendo entrado, pues, Labán en las tiendas de Jacob y de Lía, y de las dos esclavas, no encontró nada. Mas como pasase a la tienda de Raquel, ella a toda prisa escondió los ídolos bajo los aparejos del camello, y se sentó encima; y a Labán, que registró toda la estancia sin hallar nada, le dijo: No lleve a mal mi señor que no pueda levantarme a su presencia, porque me ha sobrecogido ahora la incomodidad que suelen padecer las mujeres. Así quedó burlada la solicitud del pesquisador. Entonces Jacob montando en cólera, dijo con acrimonia: ¿Por qué culpa mía, o por qué pecado mío te has enardecido tanto en perseguirme, hasta escudriñar todo mi equipaje? ¿Y qué es lo que has hallado de todos los haberes de tu casa?; ponlo aquí a la vista de mis hermanos y de los tuyos, y sean ellos jueces entre nosotros dos. ¿Para esto he vivido veinte años contigo? Tus ovejas y tus cabras en verdad que no fueron estériles; no me he comido los carneros de tu grey, ni jamás te mostré lo que las fieras habían arrebatado; yo resarcía todo el daño y todo lo que faltaba por algún hurto, tú me lo exigías con rigor. Día y noche andaba quemado del calor, y del hielo, y el sueño huía de mis ojos. De esta suerte por espacio de veinte años te he servido en tu casa, catorce por tus hijas, y seis por tus rebaños: después de esto tú por diez veces me mudaste mi paga. Y si el Dios de mi padre Abrahán, si aquel Señor a quien teme y adora Isaac no me hubiese asistido, tú quizá ahora me hubieras despachado desnudo. Dios ha mirado mi tribulación, y el trabajo de mis manos, y por eso ayer te reprendió. Le respondió Labán: Mis hijas e hijos, los rebaños tuyos, y todo cuanto miras en tu poder, son cosa mía: ¿Qué puedo hacer yo contra mis hijas y nietos? Ea, pues; hagamos una alianza que sirva de testimonio de la armonía entre los dos. Tomó entonces Jacob una piedra, y la erigió en testimonio, y dijo a sus hermanos: Traed piedras; y habiéndolas recogido, formaron un majano, y comieron encima de él; al cual llamó Labán Majano del Testigo, y Jacob Majano del Testimonio, cada uno según la propiedad de su lengua. Y dijo Labán: Este majano será desde hoy testigo entre mí y entre ti; y en atención a esto se le dio nombre de Galaad, esto es, Majano del Testigo. El Señor vele y sea juez entre nosotros, cuando nos hubiéremos separado. Si tú maltratares mis hijas, y tomares otras mujeres además de ellas, ningún testigo hay de nuestra conferencia si no es Dios, que presente nos mira. Y dijo de nuevo a Jacob : Mira: este majano, y la piedra que he levantado entre los dos, servirán de testigos; este majano, digo, y la piedra darán testimonio, si o yo pasare de él para ir contra ti, o tú le pasares maquinando mal contra mí, el Dios de Abrahán, y el Dios de Nacor, el Dios de sus padres sea nuestro juez. Juró, pues, Jacob por el Dios temido y reverenciado de su padre Isaac; e inmoladas víctimas en el monte, convidó a comer a sus hermanos o parientes, los cuales, después de haber comido se quedaron allí aquella noche . Pero Labán levantándose antes de amanecer, besó a sus hijos y a sus hijas, y echóles la bendición, y se volvió a su país. Jacob entonces prosiguió el viaje comenzado, y le salieron al encuentro ángeles de Dios, vistos los cuales, dijo: He aquí los campamentos de Dios; y llamó a aquel lugar Mahanaim, esto es, Campamentos. De aquí también despachó mensajeros delante de sí a su hermano Esaú a tierra de Seir, en la Idumea, dándoles esta orden: Hablaréis de esta manera a mi señor Esaú: Jacob tu hermano te envía a decir lo siguiente: Me fui peregrinando a casa de Labán, y en ella he estado hasta el día presente. Tengo bueyes, y asnos, y ovejas, y esclavos, y esclavas; y ahora envío estos mensajeros a mi señor, con deseo de hallar gracia en su presencia. Los enviados volvieron a Jacob , diciendo: Fuimos a tu hermano Esaú; y él mismo viene presuroso a tu encuentro con cuatrocientos hombres. Concibió Jacob grandísimo miedo; y lleno de terror, dividió la gente que tenía consigo, junto con los ganados de ovejas, y de bueyes, y de camellos, en dos bandas, diciendo: Si Esaú acometiere una banda y la destrozare, la otra banda que resta se salvará. Dijo después Jacob : ¡Oh Dios de mi padre Abrahán, y Dios de mi padre Isaac!, ¡tú, Señor, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra, y al lugar de tu nacimiento , que yo te colmaré de beneficios! Yo soy indigno de todas tus misericordias, y de la fidelidad con que has cumplido a tu siervo las promesas que le hiciste; sólo con mi simple cayado pasé este río Jordán, y ahora vuelvo con dos cuadrillas de gentes y ganados. Líbrame, te ruego, porque le temo mucho; no sea que arremetiendo, acabe con madres e hijos. Tú has prometido hacerme mil bienes, y dilatar mi descendencia como las arenas del mar, que por la muchedumbre no pueden contarse. Habiendo, pues, dormido allí aquella noche, separó de todo lo que tenía, lo que había destinado para regalar a su hermano Esaú, es a saber, doscientas cabras, veinte machos de cabrío, doscientas ovejas, y veinte carneros, treinta camellas paridas con sus crías, cuarenta vacas, veinte toros, y veinte asnas, con diez de sus pollinos; y envío por medio de sus criados cada manada de éstas de por sí, y dijo a los mozos: Id delante de mí, dejando algún trecho entre manada y manada. Y dio esta orden al primero: Si encontrares a mi hermano Esaú, y te preguntare: ¿De quién eres? o ¿a dónde vas? o ¿de quién es eso que conduces? has de responder: Es un regalo de tu siervo Jacob , que le envía a mi señor Esaú, y él mismo en persona viene detrás de nosotros. Las mismas órdenes dio al segundo, y al tercero, y a todos los demás que iban detrás de aquellas manadas, diciendo: En los mismos términos habéis de hablar a Esaú, cuando le encontréis. Y no dejéis de añadir: Tu siervo Jacob en persona, viene siguiendo detrás de nosotros; porque dijo: Le aplacaré con los regalos que preceden, y después me presentaré a él, quizá se me mostrará propicio. Remitió, pues, los dones por delante, y él pasó aquella noche en el campamento. Y levantándose muy temprano, tomó sus dos mujeres, y las dos criadas con los once hijos, y pasó el vado de Jaboc. Y después de haber hecho pasar todo lo que le pertenecía, se quedó solo, y he aquí que se le apareció un personaje, que comenzó a luchar con él hasta la mañana. Este varón respetable, viendo que no podía sobrepujar a Jacob , le tocó el tendón del muslo, que al instante se secó. Y le dijo: Déjame ir, que ya raya el alba. Jacob respondió: No te dejaré ir, si antes no me das la bendición. ¿Cómo te llamas?, le preguntó el ángel. El respondió: Jacob . No ha de ser ya tu nombre Jacob , dijo entonces el ángel, sino Israel, porque si con el mismo Dios te has mostrado fuerte, ¿cuánto más prevalecerás contra todos los hombres? Le preguntó Jacob : Dime, ahora, ¿cuál es tu nombre? Respondió: ¿Por qué quieres saber mi nombre? Y allí mismo le dio su bendición. Por donde Jacob llamó aquel lugar Fanuel, diciendo: Yo he visto a Dios cara a cara, y mi vida ha quedado a salvo. Al punto que partió de Fanuel, le salió el sol; mas él iba cojeando de un pie. Por este motivo los hijos de Israel, hasta el día de hoy, no comen del nervio de los animales, correspondiente al que se secó en el muslo de Jacob ; en memoria de que habiendo tocado el ángel dicho nervio, quedó éste sin movimiento. Y alzando después Jacob los ojos, vio venir a Esaú, y con él los cuatrocientos hombres; y dividió los hijos de Lía, y los de Raquel, y de las dos siervas, y puso delante a las dos esclavas y a sus hijos, a Lía y a los suyos en medio; pero a Raquel y a José los postreros. El mismo, adelantándose, se postró siete veces en tierra, haciendo reverencia, mientras se acercaba su hermano. Entonces Esaú, corriendo al encuentro de su hermano, le abrazó, y estrechándose con su cuello y besándole, echó a llorar. Levantando en seguida los ojos, vio a las mujeres y a sus niños, y preguntó: ¿Quiénes son éstos?; ¿son por ventura tuyos? Respondió Jacob : Son los niños que ha dado Dios a tu siervo. Y llegando las esclavas con sus hijos, le hicieron profunda reverencia. Se acercó también Lía con sus niños; y habiendo practicado lo mismo; por último José y Raquel hicieron su acatamiento. Preguntó asimismo Esaú: ¿Qué significan aquellas cuadrillas que he encontrado? Respondió Jacob : El deseo de hallar gracia en presencia de mi señor. A lo que dijo él: Tengo yo muchísimos bienes; retén para ti, hermano mío, los tuyos. Replicó Jacob : No hagas tal, te suplico; antes bien, si es que yo he hallado gracia en tus ojos, recibe de mis manos ese pequeño regalo; ya que viendo tu semblante, me ha parecido ver el semblante de Dios: hazme este favor, y acepta esta bendición que te he ofrecido, y que yo he recibido de Dios, que da todas las cosas. Le aceptó Esaú a duras penas, importunado del hermano, y le dijo: Vamos juntos, y te acompañaré en el viaje. Respondió Jacob : Bien ves, señor mío, que tengo conmigo niños tiernos, y ovejas, y vacas preñadas; que si las fatigares sacándolas de su paso, morirán todas en un día. Vaya mi señor delante de su siervo: yo seguiré poquito a poco sus pisadas, según viere que pueden aguantar mis niños, hasta tanto que llegue a verme con mi señor en Seir. Replicó Esaú: Te ruego que por lo menos quede alguna de la gente que viene conmigo, para acompañarte en el camino. No es me-nester, dijo Jacob : lo que únicamente necesito, señor mío, es que me conserves en tu gracia. Se volvió, pues, Esaú aquel mismo día a Seir, por el camino que había traído. Jacob entretanto llegó a Socot; y habiendo edificado allí una casa y plantado todas las tiendas de campaña, llamó aquel lugar Socot, esto es, Pabellones. Y al cabo de algún tiempo de su retorno de Mesopotamia de Siria, pasó a Salem, ciudad de los siquemitas, en la tierra de Canaán, y habitó cerca de la población. Y compró la parte del campo en que había fijado sus tiendas de campaña, a los hijos de Hemor, padre de Siquem, por cien corderos. Y erigido allí un altar, invocó delante de él al fortísimo Dios de Israel. Salió un día Dina, hija de Lía, a ver las mujeres de aquel país. A la cual como viese Siquem, hijo de Hemor heveo, príncipe de aquella tierra, enase moró de ella, y la robó, y desfloró violentamente a la virgen. Quedó su corazón ciego y extremadamente apasionado por esta joven, y viéndola triste procuró ganarla con caricias. Y acudiendo a Hemor su padre: Cásame, dijo, con esta jovencita. Jacob tuvo noticia de esta violencia, mientras sus hijos estaban ausentes y ocupados en apacentar los ganados, y no dijo nada hasta que volvieron. Mas al ir Hemor, padre de Siquem, a hablar a Jacob , he aquí que sus hijos venían del campo; y oído lo que había pasado, se irritaron sobremanera por la acción tan fea, y el enorme desafuero cometido contra la casa de Israel, violando a una hija de Jacob . Pero Hemor les habló en estos términos: Siquem, mi hijo, está extremadamente enamorado de vuestra hija; dádsela, pues, por esposa, y enlacémonos recíprocamente con matrimonios: dadnos vuestras hijas, y recibid las nuestras, y habitad de asiento con nosotros: la tierra está a vuestra disposición, cultivadla, comerciad, y entrad en posesión de ella. Sobre todo, el mismo Siquem dijo al padre y hermanos de Dina: Consiga yo esta gracia de vosotros, y daros he cuanto dispusiereis. Aumentad la dote, y pedid donativos, que yo daré de buena gana lo que pidiereis: sólo con que me deis a esta jovencita por esposa. Respondieron los hijos de Jacob a Siquem y a su padre con dolo, encolerizados por el estupro de la hermana: No podemos hacer lo que pretendéis, ni dar nuestra hermana a un hombre incircunci-so, por ser cosa ilícita y abominable entre noso-tros. Mas con esta condición podremos trabar parentesco, si quisiereis haceros semejantes a nosotros, circuncidando entre vosotros a todos los varones. Entonces daremos y recibiremos recíprocamente vuestras hijas y las nuestras; y habitaremos en vuestra compañía, y vendremos a ser un solo pueblo. Pero si no queréis circuncidaros, tomaremos a nuestra hija, y nos retiraremos. Pareció bien a Hemor, y a su hijo Siquem esta oferta, y no tardó el joven un momento en ejecutar lo que se le pedía, porque amaba en gran manera a la muchacha. Y era Siquem el más distinguido o principal de toda la familia de su padre. Habiendo ido pues, Hemor y Siquem a la puerta o asamblea pública de la ciudad, dijeron al pueblo: Estos hombres son una gente muy buena, y quieren habitar con nosotros. Comercien, pues, en la tierra, y cultívenla, ya que siendo tan espaciosa y extendida, necesita de brazos que la trabajen; tomaremos sus hijas por mujeres, y les daremos las nuestras. Un solo obstáculo hay que vencer para el logro de un bien tan grande; y es el circuncidar a nuestros varones, imitando el rito de esta gente. Entonces su hacienda, y sus ganados, y todos los bienes que poseen serán nuestros; con que nosotros condescendamos únicamente en esto, viviremos juntos, y formaremos un solo pueblo. Asintieron todos esta propuesta, y circuncidaron a todos los varones. Y he aquí que al tercer día, cuando el dolor de las heridas es más acerbo, dos hijos de Jacob , Simeón y Leví, hermanos de Dina, con espada en mano, entraron audazmente y a su salvo en la ciudad, y pasaron a cuchillo a todos los varones, mataron igualmente a Hemor y a Siquem, y se llevaron a Dina, su hermana, de la casa de Siquem. Después que éstos hubieron salido, los otros hijos de Jacob se arrojaron sobre los muertos y saquearon la ciudad en venganza del estupro. Robaron las ovejas, y las vacadas, y asnos de los habitantes, y todo lo que había en casas y campos. Se llevaron también cautivos a niños y mujeres. Ejecutadas osadamente todas estas cosas, dijo Jacob a Simeón y a Leví: Me habéis puesto en un conflicto, y hecho odioso a los cananeos y ferezeos, moradores de esta tierra. Nosotros somos pocos: ellos, reunidos, cargarán sobre mí, y seré exterminado con toda mi familia. Respondieron los hijos: Pues qué, ¿debieron ellos abusar de nuestra hermana como de una prostituta? Entretanto dijo Dios a Jacob : Levántate y sube a Betel, y haz asiento allí, y erige un altar al Dios que te apareció cuando ibas huyendo de tu hermano Esaú. Jacob inmediatamente, convocada toda su familia, dio esta orden: Arrojad los dioses extraños que hay en medio de vosotros, y purificaos, y mudaos los vestidos. Venid y subamos a Betel, para erigir allí un altar a Dios; el cual me oyó benigno el día de mi tribulación, y me asistió en el viaje. Le dieron, pues, todos los dioses ajenos que tenían, y los zarcillos que éstos llevaban pendientes de las orejas; y Jacob los soterró al pie de un terebinto o encina, que está a la otra parte de la ciudad de Siquem. Así que partieron, el terror de Dios se apoderó de todas las ciudades circunvecinas, de suerte que no se atrevieron a perseguirlos en su retirada. Llegó, pues, Jacob con toda su gente a Luza, ahora por sobrenombre Betel, en la tierra de Canaán. Y allí edificó el altar, llamando a este sitio Betel o Casa de Dios, atento a que allí se le apareció Dios cuando iba huyendo de su hermano. En este mismo tiempo murió Débora, ama de leche de Rebeca; y fue sepultada al pie de Betel, debajo de una encina: que por eso se llamó aquel lugar, Encina del Llanto. Y se apareció Dios otra vez a Jacob después de su vuelta de Mesopotamia de Siria, y le bendijo, diciendo: Tú no te has de llamar ya Jacob , sino que en adelante tu nombre será Israel; Le puso, pues, el nombre de Israel; y le añadió: Yo soy el Dios todopoderoso. Crece y multiplícate: naciones y muchedumbre de pueblos nacerán de ti, y reyes saldrán de tu sangre. La tierra que di a Abrahán y a Isaac, a ti te la daré, y después a tu posteridad. Y diciendo esto desapareció. Pero Jacob erigió una piedra en monumento o testimonio en el lugar en que Dios le había hablado, ofreciendo sobre ella libaciones y derramando óleo; dando a este lugar el nombre de Betel. Partiendo de aquí, llegó por la primavera a un sitio que está en el camino de Efrata: en donde sobreviniendo a Raquel los dolores del parto, y haciéndose éste difícil, empezó a peligrar. Y le dijo la partera: No temas, porque aún tendrás este hijo. Pero exhalando el alma a la fuerza del dolor, y estando ya a punto de morir, puso a su hijo el nombre de Benoni que quiere decir, Hijo de mi dolor; mas el padre le llamó Benjamín, esto es, Hijo de la diestra. Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino que va a Efrata, la misma que después fue llamada Bethlehem o Belén. Y Jacob erigió un monumento sobre su sepultura: Este es el monumento o columna de Raquel, hasta el día de hoy. Salido de allí, fijó su tienda de campaña más allá de la Torre del ganado. Mientras habitaba en aquella región, Rubén fue y durmió con Bala, mujer secundaria de su padre, el cual lo llegó a saber. Eran entonces doce los hijos de Jacob , a saber: Hijos de Lía: Rubén, el primogénito, y Simeón, y Leví, y Judá e Isacar y Zabulón. Hijos de Raquel: José y Benjamín. Hijos de Bala, esclava de Raquel: Dan y Neftalí. Hijos de Zelfa, esclava de Lía: Gad y Aser. Estos son los hijos de Jacob , que le nacieron en Mesopotamia de Siria. Fue después Jacob a ver a su padre Isaac en la ciudad de Arbee, llamada después Hebrón en la llanura de Mambre, donde habían vivido como peregrinos Abrahán e Isaac. Y cumplió Isaac ciento ochenta años de vida. Y consumido de la edad vino a morir; y fue reunido a su pueblo siendo ya viejo y lleno de días; y le sepultaron sus hijos Esaú y Jacob . Esta es la descendencia de Esaú, por otro nombre Edom. Casó Esaú con mujeres cananeas, y fueron: Ada, hija de Helón, heteo; y Oolibama, hija de Ana, hija de Sebeón el heveo. Casó también con Basemat, hija de Ismael, hermana de Nabaiot. Ada parió a Elifaz; Basemat fue madre de Rahuel. Oolibama lo fue de Jehús, y de Ihelón, y de Coré: éstos son los hijos que le nacieron a Esaú en la tierra de Canaán. Tomó después Esaú sus mujeres, hijos e hijas, y todas las personas de su familia, la hacienda y ganados, y todo cuanto poseía en la tierra de Canaán, y se fue a otra región, retirándose de su hermano Jacob . Porque los dos eran riquísimos, y no podían morar juntos, ni sustentarlos la tierra en la que estaban como peregrinos, a causa de la multitud de sus ganados. Esaú, pues, por otro nombre Edom, asentó su morada en el monte Seir. Y los descendientes de Esaú, padre de los idumeos, en el monte Seir, son estos, y tales son los nombres de sus hijos: Elifaz, hijo de Ada, mujer de Esaú; Rahuel, hijo de Basemat, mujer también suya. Hijos de Elifaz fueron: Temán, Omar, Sefo, Gatam, y Cenez. Asimismo Tamna era también mujer secundaria de Elifaz, hijo de Esaú: y ésta le parió a Amalec: éstos son los descendientes de Ada mujer de Esaú. Hijos de Rahuel: Naat y Zara; Samna y Meza: éstos son los hijos o nietos de Basemat, mujer de Esaú. Asimismo los hijos de Oolibama, mujer de Esaú, hija de Ana, y ésta de Sebeón, fueron Jehús, Ihelón y Coré. Los príncipes o caudillos descendientes de Esaú fueron los siguientes: Por parte de Elifaz primogénito de Esaú, el príncipe Temán, el príncipe Omar, el príncipe Sefo, el príncipe Cenez, el príncipe Coré, el príncipe Gatam, el príncipe Amalec; éstos son hijos de Elifaz en Idumea, y vienen de Ada. Por parte de Rahuel, hijo de Esaú: el príncipe Nahat, el príncipe Zara, el príncipe Samna, el príncipe Meza: tales son los príncipes de la línea de Rahuel en la Idumea; éstos vienen de Basemat mujer de Esaú. Pero los hijos de Oolibama, mujer de Esaú, son los siguientes: el príncipe Jehús, el príncipe Ihelón, el príncipe Coré; estos príncipes vienen de Oolibama, hija de Ana, y mujer de Esaú. Y éstos son los descendientes de Esaú, llamado también Edom, y los que entre ellos han sido príncipes o caudillos. Los hijos de Seir el horreo, naturales de aquella tierra, son Lotán, y Sobal, y Sebeón y Ana, y Disón, y Eser, y Disán: éstos son los príncipes horreos, hijos de Seir, en la tierra llamada después de Edom. De Lotán fueron hijos Hori y Humán; de este mismo Lotán era hermana Tamna. Los hijos de Sobal fueron Alván y Manahat, y Ebal, y Sefo y Onam. Los de Sebeón: Aia y Ana. Este Ana es el que descubrió las aguas calientes en el desierto, mientras andaba apacentando los asnos de Sebeón, su padre. Hijo suyo fue Disón, y Oolibama su hija. Los hijos de Disón fueron Hamdán, y Esebán, Jetrán y Caram. Los de Heser fueron Balaán, y Zaván y Acán. Disán tuvo por hijos a Hus y Aram. Estos son los príncipes de los horreos: príncipe Lotán, príncipe Sobal, príncipe Sebeón, príncipe Ana, príncipe Disón, príncipe Eser, príncipe Disán: éstos son los príncipes de los horreos, que tuvieron el mando de la tierra de Seir. Mas los reyes que reinaron en Idumea, antes que los hijos de Israel tuviesen rey, fueron los siguientes: Bela, hijo de Beor, y el nombre de su ciudad Denaba. Después que murió Bela, reinó en su lugar Jobab, hijo de Zara natural de Bosra. Muerto Jobab, entró a reinar en su lugar Husam del país de los temanitas. Después de muerto éste, reinó en su lugar Adad, hijo de Badad, el cual derrotó a los madianitas en el país de Moab, y su ciudad se llamó Avit. Muerto que fue Adad, reinó en lugar de él Semla, natural de Masreca. Muerto asimismo éste, le sucedió Saúl, natural de Rohobot, cerca del río Eufrates. Como también éste hubiese muerto, le sucedió en el reino Balanán, hijo de Acobor. En fin, muerto éste, reinó en su lugar Adar, cuya ciudad se llamaba Fau, y su mujer Meetabel, hija de Matred, hija de Mezaab. Los nombres de los príncipes descendientes de Esaú, según sus linajes, lugares en que fijaron su domicilio, y pueblos a que dieron nombre, son estos: príncipe de Tamna, príncipe de Alva, príncipe de Jetet, príncipe de Oolibama, príncipe de Ela, príncipe de Finón, príncipe de Cenez, príncipe de Temán, príncipe de Mabsar, príncipe de Magdiel, príncipe de Hiram; éstos son los príncipes de Edom o Idumea, moradores cada cual en la tierra de su mando: Edom es el mismo Esaú, padre de los idumeos. Pero Jacob habitó en el país de Canaán, donde su padre había vivido como extranjero. Y he aquí lo que pasó en su familia: José todavía muchacho, siendo de dieciséis años, apacentaba el ganado con sus hermanos; y estaba con los hijos de Bala y de Zelfa, mujeres de su padre; y acusó a sus hermanos ante el padre de un delito enorme. Amaba Israel a José más que a todos sus hijos, por haberle engendrado en la vejez, y le hizo una túnica bordada de varios colores. Al ver, pues, sus hermanos que el padre le amaba más que a todos sus hijos, le odiaban, y no podían hablarle sin agrura. Tras esto sucedió que habiendo tenido un sueño, se lo contó a sus hermanos; lo que fue incentivo de mayor odio, porque les dijo: Oíd lo que he soñado. Parecíame que estábamos atando gavillas en el campo, y como que mi gavilla se alzaba, y se tenía derecha, y que vuestras gavillas, puestas alrededor adoraban la mía. Respondieron sus hermanos: Pues qué, ¿has de ser tú nuestro rey?, ¿o hemos de estar sujetos nosotros a tu dominio? Así, pues, la materia de estos sueños y coloquios, fue fomento de la envidia y del odio. Vio también otro sueño, que refirió a sus hermanos, diciendo: He visto entre sueños, cómo el sol y la luna, y once estrellas me adoraban. Y habiéndolo contado a su padre y a sus hermanos, su padre le respondió, diciendo: ¿Qué quiere decir ese sueño que has visto?; ¿por ventura yo y tu madre y tus hermanos postrados por tierra te habremos de adorar? De aquí que sus hermanos le miraban con envidia; mas el padre consideraba en silencio estas cosas. Y como sus hermanos estuviesen en el territorio de Siquem apacentando los rebaños de su padre, le dijo Israel: Tus hermanos guardan las ovejas en los pastos de Siquem; ven, que quiero enviarte a ellos. Y respondiendo él: Pronto estoy. Jacob le añadió: Anda, ve y averigua si tus hermanos lo pasan bien, y si están en buen estado los ganados, y tráeme razón de lo que pasa. Despachado, pues, del valle de Hebrón, llegó a Siquem. Y habiéndole encontrado errante por los campos un hombre, le preguntó qué buscaba. A lo que respondió José: Ando en busca de mis hermanos, muéstrame dónde pastan los ganados. Le dijo aquél hombre: Se apartaron de este lugar, y les oí decir: Pasemos a Dotaín. Con esto se marchó José en busca de sus hermanos, y los halló en Dotaín. Los cuales luego que le vieron a lo lejos, antes que se acercase a ellos, trataron de matarle. Y se decían unos a otros: Aquí viene el soñador. Ea, pues, matémosle, y echémosle en una cisterna vieja; diremos que una bestia feroz lo devoró; y entonces se verá qué le aprovechan sus sueños. Oyendo esto Rubén, se esforzaba en librarle de sus manos, y decía: No le quitéis la vida, ni derraméis su sangre, sino echadle en aquella cisterna seca que está en el desierto, y no manchéis vuestras manos; lo que decía con el fin de librarle de ellos y restituirle a su padre. Apenas, pues, hubo llegado José a sus hermanos, le desnudaron de la túnica talar y de varios colores. Y le metieron en una cisterna vieja que no tenía agua. Y sentados a comer, vieron venir de Galaad una caravana de ismaelitas, con sus camellos cargados de aromas y bálsamos, y mirra destilada, que iban con dirección a Egipto. Entonces dijo Judá a sus hermanos: ¿Qué ganaremos con quitar la vida a nuestro hermano, y ocultar su muerte? Mejor es venderle a los ismaelitas, y no manchar nuestras manos; porque al fin, hermano nuestro es, y de nuestra misma carne. Asintieron los hermanos a sus razones. Y mientras pasaban unos negociantes madianitas, sacándole de la cisterna, le vendieron a aquellos ismaelitas, por veinte siclos de plata; quienes le condujeron a Egipto. Vuelto Rubén a la cisterna, no halló al muchacho; y rasgándose los vestidos, fue luego a sus hermanos, diciendo: El chico no aparece, ¿y a dónde iré yo ahora? Tomaron después ellos la túnica de José y la tiñeron en la sangre de un cabrito que habían matado; enviándola a su padre, y haciéndole decir por los portadores: Esta túnica hemos hallado; mira si es o no la túnica de tu hijo. El padre, habiéndola reconocido, dijo: La túnica de mi hijo es, una bestia feroz se le ha comido; una fiera ha devorado a José. Y rasgándose los vestidos, se vistió de cilicio, llorando por mucho tiempo a su hijo. Y juntándose todos los demás hijos para aliviar el dolor del padre, no quiso admitir consuelo ninguno, sino que decía: Descenderé deshecho en lágrimas a encontrar y unirme con mi hijo en el sepulcro. Y perseveró en el llanto. Entretanto los madianitas vendieron a José en Egipto a Putifar, eunuco o valido del faraón, y capitán de sus guardias. Por este mismo tiempo Judá, separándose de sus hermanos, se hospedó en casa de un vecino de Odollam, llamado Hiram. Y vio allí a la hija de un cananeo llamado Sué, y se casó con ella. La cual concibió y parió un hijo a quien su padre llamó Her. Segunda vez concibió, y al hijo que tuvo le llamó ella Onán. Parió después al tercero, al cual ella llamó Sela; y después de nacido éste, no parió más. Judá a su tiempo casó a su primogénito Her con una mujer llamada Tamar. Pero Her, primogénito de Judá, fue un malvado a los ojos del Señor, que por eso le quitó la vida. Dijo entonces Judá a Onán, hijo suyo: Cásate con tu cuñada, a fin de dar sucesión a tu hermano. Pero Onán, sabiendo que la sucesión no había de ser suya, aunque se acostaba con ella, impedía el que concibiese, para que no nacieran hijos con el nombre del hermano. Por lo cual el Señor lo hirió de muerte, en castigo de acción tan detestable. Visto esto, dijo Judá a su nuera Tamar: Mantente viuda en casa de tu padre, hasta que haya crecido mi hijo Sela; y era que temía no muriera también éste, como sus hermanos. Se fue ella, y vivió en la casa de su padre. Pasados ya muchos días, murió la hija de Sué, mujer de Judá; el cual después de los funerales, concluido el duelo, iba un día con Hiras el odollamita, mayoral del ganado, al esquileo de sus ovejas a Tamnas. Y avisaron a Tamar que su suegro iba a Tamnas, al esquileo de las ovejas. La cual, depuesto el traje de viuda, tomó un manto o mantilla grande, y mudando de traje, se sentó en la encrucijada del camino que va a Tamnas; porque veía que Sela había ya crecido, y no se lo habían dado por marido. Judá, luego que la vio, sospechó que era una mujer pública; porque se había cubierto el rostro para no ser reconocida. Y acercándose a ella, dijo: Déjame que cohabite contigo, no sabiendo que fuese su nuera. La cual le respondió: ¿Qué me darás por hacer tu gusto? Te enviaré, dijo Judá, un cabrito de mi ganado. A lo que contestó Tamar: Permitiré lo que tú quieres, con tal que me des una prenda, hasta enviar lo que prometes. A lo cual dijo Judá: ¿Qué prenda quieres? Ese anillo o sello tuyo, respondió, y el brazalete, y el bastón que tienes en la mano. Quedó, pues, entonces mismo, embarazada la mujer, y levantándose se retiró, y dejado el traje que había tomado, se vistió otra vez de viuda. Judá después envió el cabrito por mano de su pastor, el odollamita, para recobrar las prendas que había dado a la mujer; el cual, como no la hallase, preguntó a las gentes vecinas: ¿Dónde está la mujer que solía ponerse en la encrucijada? Le respondieron todos: Aquí no ha habido ramera alguna. Volvió, pues, a Judá, y le dijo: No la he hallado, y aun toda la gente de aquel lugar me ha asegurado que jamás habían visto allí mujer pública. Dijo Judá: Quédese en hora buena con lo que tiene, a lo menos no podrá acusarnos de mentira; yo he remitido el cabrito que prometí, y tú no la has hallado. Pero he aquí que al cabo de tres meses avisaron a Judá, diciendo: Tu nuera Tamar ha pecado, pues se va observando que está embarazada; y dijo Judá: Sacadle fuera, para que sea públicamente quemada. La cual, mientras era conducida al suplicio, envió un recado a su suegro, diciendo: Del varón de quien son estas prendas, he yo concebido; mira bien cuyo es ese anillo, y ese brazalete, y ese bastón. Judá, reconocidas las prendas, dijo: Menos culpa tiene ella que yo, puesto que yo no la entregué por esposa a Sela, hijo mío. Pero nunca más tuvo Judá trato carnal con ella. Sobreviniendo después el parto, se vio que llevaba gemelos en el vientre; y en el acto mismo de salir a luz los niños, uno de ellos sacó la mano, en la cual la partera ató un hilo encarnado diciendo: Este saldrá el primero. Mas como él retirase la mano, salió el otro; y dijo entonces la mujer: ¿Cómo es que se ha roto por tu causa la piel o membrana? Y por este motivo llamó su nombre Fares. Después salió su hermano, en cuya mano estaba el hilo encarnado, al cual llamo Zara. José, pues, como queda dicho, fue conducido a Egipto, y le compró Putifar, egipcio, eunuco del faraón y general de sus tropas, de mano de los ismaelitas que le habían llevado. Y el Señor le asistió; y era hombre a quien todo cuanto hacía le salía felizmente; y habitaba en la casa de su amo, el cual conocía muy bien que el Señor estaba con José, y que le favorecía y bendecía en todas sus acciones. Así José halló gracia en los ojos de su amo, al cual servía con esmero; y puesto por él al frente de todo, gobernaba la casa confiada a su cuidado, y todos los bienes que se le habían entregado. Y el Señor derramó la bendición sobre la casa del egipcio por amor de José, y multiplicó toda su hacienda tanto en la ciudad como en la campiña; de suerte que el amo no tenía otro cuidado que el de ponerse a la mesa para comer. A más de esto José era de rostro hermoso, y de gallarda presencia; por lo que al cabo de muchos días puso su señora los ojos en él, y le dijo: Duerme conmigo. El cual, no queriendo de ninguna manera consentir en tal maldad, le contestó: Tú ves que mi señor, habiéndome confiado todas las cosas, no sabe lo que tiene en su casa, No hay cosa chica ni grande que no esté a mi disposición, o que no me haya entregado, a excepción de ti que eres su mujer; pues, ¿cómo puedo yo cometer esa maldad y pecar contra mi Dios? Todos los días continuaba la mujer molestando del mismo modo al joven, rehusando siempre éste el adulterio. Pero aconteció que un día, entrando José en casa, se puso a despachar cierto negocio a solas; y ella, habiéndole asido de la orla de su capa, le dijo también: Duerme conmigo. Entonces José, dejándole la capa en las manos, huyó y se salió fuera de casa. Viéndose la mujer con la capa en las manos, y que había sido despreciada, llamó a sus domésticos, y les dijo: Ved lo que ha hecho mi marido: nos ha metido en casa este mozo hebreo, para insultarnos; ha entrado donde yo estaba para deshonrarme; mas habiendo yo levantado el grito, y oído él mismo voces, ha dejado la capa de que yo le así, y escapado fuera. En prueba, pues, de su fidelidad, cuando el marido volvió a casa, le mostró la capa con que se había quedado, y le dijo: Ese siervo hebreo que tú trajiste, entró en donde yo estaba con el fin de forzarme; mas como me oyó gritar, soltó la capa que yo tenía asida, y huyó afuera. El amo, oídas tales cosas, y demasiado crédulo a las palabras de su mujer, se enojó sobremanera, y mandó meter a José en la cárcel, en que se guardaban los reos de delitos contra el rey, y allí estaba encerrado. Pero el Señor asistió a José, y compadecido de él, le hizo grato a los ojos del alcaide de la cárcel. El cual entregó a su cuidado todos los presos que estaban allí encerrados; y no se hacía cosa que no fuese por su orden. Ni el alcaide tenía cuenta de nada, fiándose de José en todo; porque el Señor le asistía y dirigía todas sus acciones. Sucedió después que dos eunucos, el copero mayor y el principal panadero del rey de Egipto, ofendieron a su señor. Y encolerizado contra ellos el faraón (pues el uno era jefe de los coperos, y el otro de los panaderos), los mandó meter en la cárcel del comandante general de las tropas, en la cual estaba también preso José. Pero el alcaide de la cárcel los entregó a José, el cual asimismo los servía. Había ya pasado algún tiempo que estaban presos, cuando tuvieron ambos en una misma noche un sueño adaptado al estado o suerte de cada uno. Entrando por la mañana José a visitarlos, y viéndolos caritristes, les preguntó: ¿Por qué causa está hoy vuestro semblante más triste que otros días? Respondieron ellos: Hemos tenido un sueño y no hay quien nos lo interprete. Y les dijo José: Pues qué, ¿no es cosa propia de Dios la interpretación? Referidme lo que habéis visto. El copero mayor contó primero su sueño de esta manera: Veía delante de mí una vid, que tenía tres sarmientos, crecer insensiblemente hasta echar botones, y después de salir las flores, madurar las uvas, y la copa del faraón en mi mano. Cogí entonces las uvas y las exprimí en la copa que tenía en la mano y serví con ella al faraón. Respondió José: Esta es la interpretación del sueño: Los tres sarmientos significaban tres días que aún faltan, después de los cuales el faraón se acordará de tu ministerio, y te restablecerá en tu primer puesto, y le servirás la copa conforme a tu oficio, como solías hacerlo antes. Sólo te pido que te acuerdes de mí en el tiempo de tu prosperidad, y me tengas compasión, sugiriendo al faraón que me saque de esta cárcel; porque furtivamente fui arrebatado de la tierra de los hebreos, y aquí, siendo inocente, fui metido en esta cárcel. Viendo el jefe de los panaderos que había descifrado el sueño sabiamente, dijo: Yo también he tenido un sueño en que me parecía llevar sobre mi cabeza tres canastillos de harina; y en este canastillo de encima había toda clase de viandas hechas por arte de pastelería, y las aves comían de él. Respondió José: Esta es la interpretación del sueño: Los tres canastillos son tres días que aún te restan, al cabo de los cuales el faraón te cortará la cabeza, y te colgará en una cruz, y las aves despedazarán tus carnes. En efecto, tres días después se celebraba el cumpleaños del faraón; el cual, haciendo un gran convite a sus cortesanos, se acordó en la mesa del copero mayor, y del maestresala o jefe de los panaderos. Y al primero le restituyó a su oficio de servirle la copa, y al otro le colgó en un patíbulo; de manera que se acreditó ser verdadera la exposición del intérprete. Con todo el copero mayor, vuelto a su prosperidad, echó en olvido a su intérprete. Dos años después tuvo el faraón un sueño: Le parecía estar en la ribera del río Nilo, del cual subían siete vacas gallardas y por extremo gordas, y se ponían a pacer en aquellos lugares lagunosos. Salían también del río otras siete, feas y consumidas de flaqueza, que pacían en la orilla misma del río en donde estaba la hierba, y se tragaron a aquellas siete cuya hermosura y lozanía de cuerpos era maravillosa. Despierto el faraón, volvió a dormirse y tuvo otro sueño: Siete espigas brotaban de una misma caña, llenas y hermosas. Otras tantas nacían también de otra, menudas y quemadas del viento abrasador, las cuales devoraban la lozanía de las primeras. Despertando el faraón después de haber descansado, siendo ya de día, despavorido, mandó llamar a todos los adivinos de Egipto, y a los sabios todos; y estando juntos, les contó el sueño, y no había quien le interpretase. Entonces, por fin, acordándose de José el copero mayor, dijo al rey: Confieso mi pecado: Enojado el rey contra sus siervos, mandó echarnos a mí y al panadero mayor en la cárcel del comandante de las tropas, donde en una misma noche tuvimos cada uno de nosotros un sueño, presagio de lo que nos había de suceder. Hallábase allí un joven hebreo, criado del mismo comandante de las tropas, y habiéndole contado los sueños, oímos de él todo lo que después confirmó el suceso; porque yo fui restituido a mi empleo, y el otro colgado en una cruz. Al punto por orden del rey, sacando a José de la cárcel, le cortaron el pelo, y habiéndole mudado el vestido, se lo presentaron. Le dijo Faraón: He tenido unos sueños, y no hay quien acierte a explicarlos: he oído de ti que tienes gran luz para interpretarlos. Contestó José: No seré yo, sino Dios, quien responderá favorablemente al faraón. Refirió, pues, el faraón, lo que había visto: Parecíame, dijo, que estaba sobre la ribera del río, y que subían de la orilla de él siete vacas hermosísimas y en extremo gordas, las cuales en los pastos de la laguna despuntaban la hierba verde; cuando he aquí que salían tras ellas otras siete tan feas y en tanto grado macilentas, que nunca las vi tales en tierra de Egipto, las cuales, después de haber devorado y consumido a las primeras, ningún indicio dieron de la hartura, sino que al contrario se paraban yertas con la misma flaqueza de antes. Desperté después, pero vencido otra vez del sueño, vi en sueños también cómo brotaban de una sola caña siete espigas llenas y hermosísimas; al mismo tiempo nacían de otra caña otras siete delgadas y requemadas del viento abrasador, las cuales se tragaron a las primeras con toda su lozanía. He referido a los adivinos el sueño, y no hay quien me lo declare. Respondió José: Los dos sueños del rey significan una misma cosa: lo que Dios ha de hacer lo ha mostrado al faraón. Las siete vacas hermosas, y las siete espigas llenas, siete años son de abundancia; y contienen una misma significación del sueño. También las siete vacas flacas y extenuadas que salieron en pos de aquéllas, y las siete espigas delgadas quemadas del viento abrasador, son siete años de hambre que han de venir. Los que se cumplirán con este orden. Vendrán primero siete años de gran fertilidad en toda la tierra de Egipto, a los cuales sucederán otros siete años de tanta esterilidad, que hará olvidar toda la anterior abundancia; por cuanto el hambre ha de asolar toda la tierra, y la extrema carestía absorberá la extraordinaria abundancia. En orden al segundo sueño que has tenido de la misma significación, denota la certidumbre de que la palabra de Dios tendrá efecto, y se cumplirá cuanto antes. Ahora, pues, elija el rey un varón sabio y activo, y dele autoridad en toda la tierra de Egipto; el cual establezca intendentes en todas las provincias, y haga recoger en los graneros la quinta parte de los frutos durante los siete años de fertilidad, que ya van a comenzar; y enciérrese todo el grano a disposición del faraón, y guárdese en las ciudades, y esté preparado para el hambre venidera de siete años que ha de afligir a Egipto, y con eso no se asolará el país por la carestía. Pareció bien el consejo al faraón, y a todos sus ministros, y les dijo: ¿Por ventura podremos hallar un varón como éste, tan lleno del espíritu de Dios? Dijo, pues, a José: Ya que Dios te ha manifestado todas las cosas que acabas de decir, ¿podré yo acaso encontrar otro más sabio o igual a ti? Tú tendrás el gobierno de mi casa, y al imperio de tu voz, obedecerá el pueblo todo; no tendré yo sobre ti más precedencia que la del solio real. Añadió el faraón a José: Mira que te hago virrey de toda la tierra de Egipto. Y luego se quitó el anillo del dedo y se lo puso a José, y le vistió de una ropa talar de lino finísimo, y le puso alrededor del cuello un collar de oro. Y lo hizo subir en su segunda carroza, gritando un heraldo o rey de armas, que todos hincasen delante de él la rodilla, y supiesen que estaba constituido gobernador de toda la tierra de Egipto. Dijo aún más el rey a José: Yo soy faraón; sin tu orden ninguno ha de mover pie ni mano en toda la tierra de Egipto. Le mudó también el nombre, llamándole en lengua egipcía Salvador del mundo. Y le dio por mujer a Asenet, hija de Putifare, sacerdote de Heliópoli. Después de esto salió José a visitar la tierra de Egipto, (treinta años tenía cuando fue presentado a Faraón), y dio la vuelta por todas las provincias de Egipto. Vino, pues, la fertilidad de los siete años; y reducidas las mieses a gavillas, fueron recogidas en los graneros de Egipto. Y en cada ciudad fue depositada la gran abundancia de grano de sus contornos; y fue tanta la cosecha que hubo de trigo, que igualaba a las arenas del mar y excedía a toda medida. Antes que viniese la carestía, le nacieron a José dos hijos, que le parió Asenet hija de Putifare, sacerdote de Heliópoli. Y al primogénito puso por nombre Manasés, diciendo: Dios me ha hecho olvidar de todos mis trabajos, y de la casa de mi padre. Al segundo puso por nombre Efraín, diciendo: Dios me ha prosperado en la tierra donde entré pobre y esclavo. Pasados en fin los siete años que hubo de abundancia en Egipto, comenzaron a venir los siete años de carestía que había profetizado José, y el hambre afligió a todo el mundo; mas en toda la tierra de Egipto había pan. Pero cuando los egipcios sintieron el hambre, clamó el pueblo al faraón pidiendo víveres. Al cual él respondió: Acudid a José, y haced cuanto él os dijere. Creciendo, pues, el hambre cada día en toda la tierra, abrió José todos los graneros y empezó a vender los granos a los egipcios; porque también a ellos les había ya alcanzado el hambre. Y venían a Egipto todas las provincias vecinas, para comprar víveres y aliviar la pena de la carestía. Y oyendo Jacob que se vendían víveres en Egipto, dijo a sus hijos: ¿Por qué os estáis sin hacer ninguna diligencia? He oído que se vende trigo en Egipto; bajad allá, y compradnos lo necesario, para que podamos vivir, y no muramos de hambre. Bajando, pues, diez hermanos de José a comprar granos en Egipto, retenido en casa Benjamín por Jacob , que dijo a sus hermanos: No sea que le suceda en el camino algún desastre. Entraron en la tierra de Egipto con otras gentes que iban también a comprar; porque se sentía el hambre en la tierra de Canaán. Y en la tierra de Egipto mandaba José, y a su arbitrio se vendían los granos a los pueblos. Pues como sus hermanos le hubiesen adorado, y José, los conoció a ellos, hablándoles con alguna aspereza como a extraños, les preguntó: ¿De dónde venís vosotros? De la tierra de Canaán, respondieron, a comprar lo necesario para el sustento. Y aunque conoció José a sus hermanos, no fue conocido de ellos. Entonces, acordándose de los sueños que había tenido en otro tiempo, les dijo: Vosotros sois espías que habéis venido a reconocer los parajes menos fortificados de la tierra. Señor, no es así, respondieron ellos; sino que tus siervos han venido a comprar qué comer. Todos somos hijos de un mismo padre: venimos en paz, ni tus siervos maquinan mal alguno. José les respondió: No, antes muy al contrario, vosotros habéis venido a observar los lugares indefensos de este país. Mas ellos dijeron: Somos nosotros siervos tuyos, doce hermanos, hijos de un mismo padre, en la tierra de Canaán; el más chico queda con nuestro padre, el otro ya no existe. Ahora me confirmo, dijo José, en lo que tengo dicho: Espías sois. Desde luego voy a probar si decís la verdad: por vida del faraón que no saldréis de aquí hasta tanto que comparezca ese vuestro hermano más chico. Enviad uno de vosotros que le traiga; y vosotros, entre tanto, quedaréis presos, mientras se averigua si son falsas o verdaderas las cosas que habéis dicho; cuando no, por vida del faraón que espías sois. En consecuencia los metió en la cárcel por tres días. Pero al tercero, sacándolos de ella, dijo: Haced lo que os he dicho, y quedaréis con vida; porque yo temo a Dios. Si sois gente de paz, quede atado en la cárcel un hermano vuestro; y vosotros id a llevar a vuestras casas los granos que habéis comprado, y traedme a vuestro hermano menor, para que yo pueda certificarme de vuestros dichos y vosotros no seáis condenados a muerte. Lo hicieron como él decía, y conversaban entre sí, diciendo: Justamente padecemos lo que padecemos, por haber pecado contra nuestro hermano, y porque al ver las angustias de su alma, cuando nos rogaba que tuviésemos compasión de él, nosotros no le escuchamos; por esto nos ha sobrevenido esta tribulación. Uno de ellos, Rubén, dijo: ¿Por ventura no os dije yo entonces: No cometáis ese crimen contra el muchacho, y no hicisteis caso? Mirad cómo Dios nos demanda su sangre. No sabían ellos que José los entendía, pues les hablaba por intérprete. Y se retiró por un poco de tiempo, y lloró; y habiendo vuelto, les habló otra vez. E hizo prender a Simeón, y atarle en presencia de ellos; y mandó a los ministros que les llenasen de trigo los costales, y el dinero de cada uno lo metiesen dentro de los sacos, dándoles además víveres para el camino; los cuales así lo hicieron. Con esto, cargando ellos el grano en sus jumentos, marcharon. En la posada, abriendo uno de ellos el costal para dar un pienso al jumento, visto el dinero en la boca del saco, dijo a sus hermanos: Me han vuelto el dinero; vedle aquí en el saco. Ellos, atónitos y sobresaltados, se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto que ha hecho Dios con nosotros? Llegaron, en fin, a su padre Jacob , en el país de Canaán, y le contaron todo lo acontecido, diciendo: El señor de aquella tierra nos habló con aspereza, y pensó que íbamos a espiar el país. Nosotros le respondimos: Somos gente de paz, no maquinamos asechanza alguna. Doce hermanos fuimos hijos de un mismo padre: uno ya no existe y el más pequeño está con nuestro padre en tierra de Canaán. Nos dijo él: De este modo averiguaré si sois gente de paz: dejad en mi poder un hermano vuestro, y tomad los víveres que necesitéis para vuestras familias, e idos, y traedme vuestro hermano el más pequeño, a fin de que yo conozca que no sois espías, y vosotros podáis recobrar a éste que queda preso, y en adelante tengáis facultad de venir a comprar aquí lo que quisiereis. Dicho esto, al vaciar los granos, todos hallaron atado el dinero en la boca de los costales; y todos a una quedaron asombrados. Les dijo entonces su padre Jacob : Vosotros me habéis dejado sin hijos. José ya no existe; Simeón está en cadenas; y queréis aun quitarme a Benjamín; todos estos desastres han recaído sobre mí. Le respondió Rubén: Quita la vida a mis dos hijos si yo no te le devolviere; entrégamele a mí, que yo te le restituiré. Pero Jacob replicó: No irá mi hijo con vosotros; su hermano murió, y ha quedado sólo éste; si le acaeciere algún desastre en el país a donde vais, precipitaréis con la pesadumbre mis canas en el sepulcro. Entretanto el hambre afligía cruelmente la tierra toda. Y consumidos los víveres traídos de Egipto, Jacob dijo a sus hijos: Volved a comprar algunos víveres. Respondió Judá: Aquel señor que manda allí, nos intimó con protesta de juramento diciendo: No veréis mi cara si no traéis con vosotros a vuestro hermano menor. En este supuesto, si quieres enviarle con nosotros, marcharemos juntos y te traeremos lo necesario; pero si no te determinas a enviarle, no iremos; porque el señor aquel, como tantas veces hemos dicho, nos declaró con palabras formales que no esperásemos ver su cara sin llevar nuestro hermano más mozo. Les dijo Israel: Para desdicha mía le hicisteis saber que todavía teníais otro hermano. Mas ellos respondieron: Nos examinó aquel señor punto por punto acerca de nuestra familia, si el padre vivía, si teníamos otro hermano; y nosotros le respondimos consiguientemente según el interrogatorio que nos hizo. ¿De dónde podíamos saber que nos hubiese de decir: Traedme con vosotros a vuestro hermano? Judá dijo también a su padre. Envía conmigo el chico, para que podamos ponernos luego en camino, y conservar la vida y no perezcamos nosotros y nuestros niños. Yo respondo del muchacho; pídeme a mí cuenta de él; si no te lo volviere a traer y pusiere en tus manos, consiento en que jamás me perdones ese pecado. Si no fuera por esta demora, estaríamos ya otra vez de vuelta. Al fin Israel su padre les dijo: Si así es preciso, haced lo que quisiereis. Tomad en vuestras vasijas de los frutos más exquisitos de esta tierra, para ofrecer presentes a aquel señor: un poco de resina o bálsamo, y de miel, y de estoraque, y de lágrimas de mirra y de terebinto y almendras. Llevad también doblada cantidad de dinero, y volved aquel otro que hallasteis en los sacos; no sea que haya sucedido eso por equivocación. En fin, llevaos a vuestro hermano, e id a aquel señor. Ojalá el Dios mío todopoderoso os le depare propicio, y deje volver con vosotros a vuestro hermano que tiene allí preso, y a este mi Benjamín. Y entretanto yo quedaré como huérfano sin hijos. Tomaron, pues, éstos los regalos y doble dinero, y a Benjamín, y bajaron a Egipto, y se presentaron a José. El cual luego que los vio, y a Benjamín con ellos, dio esta orden a su mayordomo: Mete esos hombres en mi casa, y degüella víctimas, y dispón un convite, porque a mediodía han de comer conmigo. El mayordomo ejecutó lo que se le había mandado, y los hizo entrar en casa. Ellos con eso atemorizados, se decían uno al otro: Por el dinero que nos hallamos la otra vez en nuestros costales, nos meten aquí, con el fin de hacer caer más sobre nosotros la calumnia, y sujetarnos a la esclavitud, y apoderarse de nuestros jumentos. Por lo cual, en la misma puerta, llegándose al mayordomo de la casa, le dijeron: Te suplicamos, señor, que nos escuches. Ya otra vez hemos venido a comprar granos, y después de comprados, así que llegamos al mesón, abrimos nuestros costales y encontramos el dinero en la boca de los sacos, el cual devolvemos ahora del mismo peso o valor. Además de éste traemos otro para comprar lo que necesitamos; no hemos podido saber quién le metió en nuestras bolsas. A lo que respondió el mayordomo: Estad tranquilos; no tenéis que temer; vuestro Dios, y el Dios de vuestro padre, os ha puesto esos tesoros en vuestros sacos; pues el dinero que me disteis, lo tengo ya abonado, y me doy por satisfecho. Dicho esto, les presentó libre a Simeón. Y después de introducidos en casa, les trajo agua con que lavaron sus pies, y dispuso que se diese pienso a los jumentos. Ellos, por su parte, disponían los presentes para cuando entrase José al mediodía; porque habían oído que tenían que comer allí. Entró, pues, José en su casa, y le ofrecieron los presentes, teniéndolos en sus manos, y le adoraron postrados en tierra. Pero él, resaludándolos con afabilidad, les preguntó: ¿Goza de salud vuestro anciano padre, de quien me hablasteis? ¿Vive todavía? A lo que respondieron: Salud goza vuestro siervo, nuestro padre; aún vive. Y otra vez inclinados le adoraron. En esto, alzando José los ojos, vio a Benjamín, su hermano uterino, y dijo: ¿Es ése vuestro hermano el pequeño, de quien me hablasteis? E inmediatamente añadió: Dios te dé su gracia, hijo mío y te bendiga. Y se retiró a toda prisa, porque se le conmovieron las entrañas a causa de su hermano, y se le saltaban las lágrimas; y entrando en su gabinete, prorrumpió en llanto. Y saliendo fuera otra vez, después de haberse lavado la cara, se reprimió y dijo a sus criados: Traednos de comer. Puestas, pues, separadamente las mesas, una para José, otra para sus hermanos, y la tercera para los egipcios también convidados, (pues no es lícito a los egipcios comer con los hebreos, y tienen por profano semejante banquete) se sentaron en presencia de José, primero el primogénito según su mayoría, y últimamente el más pequeño según su edad. Y estaban en extremo maravillados, al ver que de las porciones que habían recibido de él, cupo la mayor a Benjamín, por manera que era cinco veces mayor que la de los oros. Y bebieron, y se alegraron en su compañía. Y dio José esta orden a su mayordomo, diciéndole: Llénales de trigo los costales, hasta que no quepa más, y pon el dinero de cada uno en la boca del saco. Pon además mi copa o vaso de plata en la boca del costal del más mozo, junto con el dinero que ha dado por el trigo. Y se ejecutó así: Al romper el día fueron despachados con sus jumentos. Ya habían salido de la ciudad y caminando algún trecho, cuando José llamando al mayordomo: Marcha, le dijo, ve corriendo en seguimiento de ellos; y alcanzados que sean, diles: ¿Cómo habéis vuelto mal por bien? La copa que habéis hurtado, es la misma en que mi amo bebe, y de que suele servirse para adivinar, y para saber ahora lo que sois. Os habéis portado pésimamente. El mayordomo ejecutó puntualmente la orden. Y habiéndolos alcanzado, se lo repitió palabra por palabra. Mas ellos respondieron: ¿Por qué habla así mi señor, como si sus siervos hubiesen cometido una maldad tan grande? El dinero que hallamos en la boca de nuestros sacos, te lo volvimos a traer desde la tierra de Canaán; ¿cómo cabe, pues, que nosotros hayamos robado oro ni plata de casa de tu amo? Cualquiera de tus siervos, en cuyo poder fuere hallado lo que buscas, muera, y nosotros quedaremos por esclavos del señor nuestro. Bien está, respondió el mayordomo: Ejecútese vuestra sentencia; pero no: cualquiera en cuyo poder se hallare, será mi esclavo, y los demás quedaréis libres. Con lo que echando a toda prisa los costales en tierra, abrió cada uno el suyo. Y el mayordomo, habiéndoles registrado, empezando por el de mayor, hasta llegar al del más mozo, halló la copa en el costal de Benjamín. Pero, ellos, rasgando sus vestidos y cargados otra vez los jumentos volvieron a la ciudad. Judá el primero, seguido de los hermanos, entró en casa de José (que no se había movido de ella), y todos a una se postraron en tierra. Les dijo José: ¿Por qué os habéis atrevido a hacer tal cosa? ¿No sabéis que no hay hombre semejante a mí en la ciencia de adivinar? Al cual contestó Judá: ¿Qué responderemos a mi señor?; ¿o qué hablaremos, ni de qué modo podremos justificarnos? Dios ha manifestado la ocasión de castigar la iniquidad de tus siervos; esclavos somos todos ya de mi señor, tanto nosotros como aquel en cuyo poder se ha encontrado la copa. Respondió José: Líbreme Dios de hacer tal cosa; el que robó mi copa, ése sea mi esclavo; mas vosotros id libres a vuestro padre. Entonces Judá, acercándose más a José, dijo alentadamente: Permite, ¡oh señor mío!, que tu siervo hable una palabra en tus oídos, y no te enojes contra tu esclavo, porque tú eres después del faraón. Tú, señor mío, la primera vez preguntaste a tus siervos: ¿Tenéis padre u otro hermano? Y nosotros, mi señor, te respondimos: Tenemos un padre anciano y un hermano más pequeño, que le nació en su vejez, cuyo hermano uterino es muerto; y éste sólo queda de su madre, por lo que le ama su padre tiernamente. Y dijiste a tus siervos: Traédmele acá que quiero verle. Mas respondimos a mi señor: No puede el chico dejar a su padre; porque si le deja, le costará al padre la vida. Pues si no viniere vuestro hermano menor con vosotros, nos dijiste tú a tus siervos, no tenéis que volver a mi presencia. Con esto, habiendo llegado a casa de nuestro padre y siervo tuyo, le contamos todas las cosas que habló mi señor. Y como nuestro padre, pasado algún tiempo nos dijese: Volved a Egipto y compradnos un poco de trigo, le respondimos: No podemos ir allá solos: si nuestro hermano menor viene con nosotros, iremos juntos; de lo contrario, sin él, no tenemos valor para presentarnos ante aquel señor. A lo que respondió: Vosotros sabéis que he tenido dos hijos de mi esposa Raquel: Uno salió de casa y dijisteis: Una fiera se lo ha devorado; y hasta ahora no apareció. Si os lleváis también a éste, y le sucede algún azar en el camino, seréis causa de que mis canas desciendan con dolor a la sepultura. Si yo voy, a casa de tu siervo, nuestro padre, y no llevo a este muchacho (de cuya vida está pendiente la del padre), luego que vea que no vuelve con nosotros, morirá; y tus siervos abrumarán su vejez con tan grande dolor, que le conducirá al sepulcro. Sea yo personalmente tu esclavo, yo que le he recibido a mi cargo y salí por fiador, habiendo dicho: Si no te le restituyere, seré para siempre reo de pecado contra mi padre. Por tanto yo quedaré por esclavo tuyo y serviré a mi señor en lugar del muchacho, a fin de que pueda éste volverse con sus hermanos. Porque yo no puedo volver a mi padre sin el muchacho, por no presenciar la extrema aflicción que ha de acabar con él. Ya no podía José contenerse más en presencia como estaba de mucha gente; por lo que mandó que todos se retirasen, para que ningún extraño asistiese al mutuo reconocimiento. Y luego prorrumpió en llantos a voz en grito, que oyeron los egipcios y toda la familia del faraón. En seguida dijo a sus hermanos: Yo soy José. ¿Y vive todavía mi padre? No podrían sus hermanos responderle, a causa de su gran terror y espanto. Mas él, con semblante apacible: Llegaos a mí, les dijo; y habiéndose ellos acercado, añadió: Yo soy José vuestro hermano, a quien vendisteis para ser traído a Egipto. No temáis, ni os desconsoléis por haberme vendido para estas regiones; porque por vuestro bien dispuso Dios que viniese yo antes que vosotros a Egipto. Porque dos años ha que comenzó la carestía en el país, y aún restan cinco en que no habrá siembra, ni siega. Así que el Señor me ha enviado delante a fin de que vosotros os conservéis sobre la tierra, y tengáis alimento para sostener la vida. No he sido enviado acá por designio vuestro, sino por voluntad de Dios; el cual ha hecho que yo sea como padre del faraón, y dueño de su casa toda, y príncipe en toda la tierra de Egipto. Apresuraos, y volved luego a mi padre, y decidle: Esto te envía a decir tu hijo José: Dios me ha hecho como señor en toda la tierra de Egipto; ven a mí, no te detengas, y habitarás en la tierra de Gesén; y estarás cerca de mí, tú y tus hijos, y los hijos de tus hijos, tus ovejas y ganados mayores, y todo cuanto posees. Y allí te alimentaré (pues faltan todavía cinco años de hambre), para que no perezcáis tú, y tu familia, y todo lo que posees. Reparad que vuestros ojos, y los ojos de mi querido hermano Benjamín, están viendo que soy yo quien os hablo en persona. Referid a mi padre toda la gloria mía, y todas cuantas cosas habéis visto en Egipto; apresuraos, y conducídmele aquí. Y arrojándose sobre el cuello de su hermano Benjamín, abrazados con él echó a llorar, llorando éste igualmente sobre su cuello. Besó también José a todos sus hermanos, llorando sobre cada uno de ellos; después de cuyas demostraciones cobraron aliento para conversar con él. Al punto corrió la voz y se divulgó generalmente esta noticia en el palacio del rey: Han venido los hermanos de José; y se holgó de ellos el faraón y toda su corte. Y así dijo a José que diese a sus hermanos esta orden expresa: Cargad los jumentos y marchad a tierra de Canaán; y sacad de allí a vuestro padre, y la parentela, y venid a mí, que os daré todos los bienes de Egipto, para que os alimentéis de lo mejor y más precioso de la tierra. Ordénales asimismo que lleven carros de la tierra de Egipto, para el transporte de sus niños y mujeres, y diles: Tomad a vuestro padre y apresuraos a venir cuanto antes, sin dejar nada de vuestros ajuares; porque todas las riquezas de Egipto serán vuestras. E hicieron los hijos de Israel así como se les mandó. Y les dio José, según la orden del faraón, carros y víveres para el camino. Mandó también presentar a cada uno dos vestidos; pero a Benjamín le dio cinco muy preciosos, con trescientas monedas de plata. Remitió para su padre igual cantidad de dinero y de vestidos, a más de diez asnos cargados de toda especie de preciosidades de Egipto, y otras tantas borricas que llevasen trigo y panes para el camino. Con esto despidió a sus hermanos; y cuando partían, les dijo: No tengáis disputas entre vosotros en el camino. Ellos, subiendo de Egipto, vinieron a la tierra de Canaán a Jacob , su padre. Y le dieron la nueva, diciendo: Vive tu hijo José; y él es el señor que manda en toda la tierra de Egipto. Oído esto, Jacob , como quien despierta de un profundo letargo, no acababa de creerles. Ellos, para convencerle, le relataban todo lo sucedido. Mas cuando hubo visto los carros y todo el aparato de las cosas remitidas, vivió su espíritu, y dijo: Bástame a mí que viva todavía José, el hijo mío. Iré, y le veré antes que me muera. Puesto Israel en camino con todos sus haberes, vino al Pozo del Juramento; donde después de inmoladas víctimas al Dios de su padre Isaac, oyó en una visión de noche a Dios, que le llamaba, y decía: ¡Jacob , Jacob ! Al cual respondió: Aquí me tienes. Le dijo Dios: Yo soy el fortísimo Dios de tu padre; no tienes que temer. Desciende a Egipto, que allí te haré cabeza de una nación grande. Yo iré allá contigo, y seré tu guía cuando vuelvas. Y José cerrará tus ojos, así que mue-ras. Partió, pues, Jacob del Pozo del Juramento, y sus hijos le llevaron junto con los niños y mujeres, en los carros remitidos por el faraón para conducir al anciano, y todo cuanto tenía en la tierra de Canaán. Y llegó a Egipto con toda su descendencia, sus hijos y nietos, e hijas, y toda la familia entera. He aquí los nombres de los hijos de Israel, al entrar él con toda su familia en Egipto. El primogénito Rubén. Hijos de Rubén: Enoc, y Fallú, y Hesrón y Carmí. Hijos de Simeón: Jamuel y Jamín, y Ahod, y Jaquin, y Sohar y Saúl, hijo de la cananea. Hijos de Leví: Gerson y Caat y Merari. Hijos de Judá: Her, y Onán, y Sela, y Fares y Zara; si bien Her y Onán habían muerto en la tierra de Canaán. A Fares le nacieron Hesrón y Hamul. Hijos de Isacar: Tola, y Fua, y Job y Semrón. Hijos de Zabulón: Sared, y Elón y Jahelel. Estos son los hijos de Lía, que los parió en Mesopotamia de Siria, como también a Dina, hija suya. Todos sus hijos e hijas eran treinta y tres personas. Hijos de Gad: Sefión, y Haggi, y Suni, y Esebón, y Heri, y Arodi y Areli. Hijos de Haser: Jamne, y Jesua, y Jesui y Beria con su hermana Sara. Hijos de Beria: Heber y Melquiel. Estos son los hijos de Zelfa, la criada que dio Labán a su hija Lía; y en los cuales dio Jacob dieciséis personas. Hijos de Raquel, esposa de Jacob : José y Benjamín. A José le nacieron en tierra de Egipto: Manasés y Efraín, que se los parió Asenet, hija de Putifare, sacerdote de Heliópoli. Hijos de Benjamín: Bela, y Becol, y Asbel, y Gera, y Naamán, y Equi, y Ros, y Mofín, y Ofim y Ared. Estos son los hijos que parió Raquel a Jacob : entre todos, catorce personas. Hijos de Dan: Husín. Hijos de Neftalí: Jasiel y Guni, y Jeser y Sallem. Estos son los hijos de Bala, la cual Labán había dado a Raquel, su hija, que eran también hijos de Jacob : todos siete personas. Todas las almas que entraron en Egipto con Jacob , descendientes del mismo, sin contar las mujeres de sus hijos, fueron sesenta y seis. Los hijos de José que le nacieron en Egipto, eran dos. Con que todas las personas de la casa de Jacob , entradas en Egipto, vinieron a ser setenta. Jacob , pues, envió a Judá delante de sí para avisar a José, a fin de que saliese a su encuentro en la tierra de Gesén; a donde después que Jacob llegó, subió José en su carroza, y fue a encontrar a su padre en este mismo lugar. Viéndole, se arrojó sobre su cuello, y deshaciéndose en lágrimas, le abrazó. Y dijo el padre a José: Ya moriré contento, porque he visto tu rostro y te dejo vivo. Dijo luego José a sus hermanos y a toda la familia de su padre: Voy a dar parte a Egipto, y le diré: Mis hermanos y la familia de mi padre, que moraban en la tierra de Canaán, han venido a mí. Ellos son pastores de ovejas, y se ocupan en criar ganados; han conducido consigo sus rebaños y ganados mayores, y todas las cosas que pudieron adquirir. Ahora bien, cuando él los llamare y dijere: ¿Cuál es vuestro oficio? Habéis de responder: Nosotros, tus siervos, somos pastores desde nuestra niñez hasta el presente, así como lo fueron nuestros padres. Esto le diréis a fin de poder quedaros en esta tierra de Gesén; porque los egipcios miran con cierta abominación a todos los pastores de ovejas. Fue pues José, a dar parte al faraón, diciéndole: Mi padre y hermanos con sus ovejas y ganados mayores y cuanto poseen, han venido del país de Canaán, y están detenidos en la tierra de Gesén. Al mismo tiempo presentó al rey cinco de sus hermanos, los últimos, a los cuales preguntó el faraón: ¿Qué oficio tenéis? Y respondieron: Tus siervos somos pastores de ovejas, así nosotros como nuestros padres. Hemos venido para vivir algún tiempo en tu tierra; porque en el país de Canaán no hay hierba para los ganados de tus siervos; y va creciendo el hambre; y te pedimos que nos permitas a tus siervos estar en la tierra de Gesén. El rey dijo a José: Tu padre y tus hermanos han venido a ti. La tierra de Egipto a tu vista y disposición la tienes; dales para habitar el mejor sitio, y sea enhorabuena la tierra de Gesén. Y si conoces que hay entre ellos sujetos capaces, ponlos por mayorales de mis ganados. Después de esto, introdujo José a su padre y le presentó al rey, Jacob le saludó deseándole toda suerte de felicidades; y siendo preguntado por él: ¿Cuántos son los días de tu vida? Respondió: Los días de mi peregrinación son ciento treinta años pocos y trabajosos, y no han llegado a los días de la peregrinación de mis padres. Con esto, después de haber deseado al rey toda suerte de felicidades, se retiró. José según lo acordado con el faraón, dio a su padre y hermanos la posesión de Ramesés, país el más fértil de Egipto. Y los alimentaba a ellos y a toda la familia de su padre, dando a cada uno lo necesario para vivir. Porque faltaba el pan en todo el mundo, y el hambre tenía oprimida toda la tierra, en especial la de Egipto y la de Canaán, de cuyos países, habiendo recogido José todo el dinero por la venta de trigo, lo puso en el erario del rey. Y como hubiese ya llegado a faltar el dinero a los compradores, acudió todo Egipto a José, diciendo: Danos pan; ¿por qué nos has de dejar perecer delante de ti, por falta de dinero? José les respondió: Si no tenéis más dinero, traed vuestros ganados, y por ellos os daré víveres. Y habiéndolos traído, les dio alimento en pago de los caballos, y de las ovejas, y de los bueyes y de los asnos; y los sustentó aquel año en cambio de los ganados. Volvieron asimismo al año segundo, o siguiente, y le dijeron: No te ocultaremos, señor nuestro, que no nos queda ni ganado, ni dinero; y bien ves que a excepción de nuestros cuerpos, y de la tierra, nada más tenemos. ¿Por qué, pues, nos dejarás morir delante de tus ojos? Tanto nosotros, como nuestras tierras, seremos tuyos; cómpranos para servicio del rey, y danos con qué sembrar, no sea que pereciendo los labradores, quede la tierra despoblada. Compró, pues, José todas las tierras de Egipto, vendiendo cada uno sus posesiones a causa del rigor del hambre; y las adquirió para el faraón, con todos sus pueblos, desde un cabo de Egipto hasta el otro, excepto las tierras de los sacerdotes que el rey les había dado; a los cuales también se les distribuía cierta cantidad de alimentos de los graneros públicos; y por consiguiente, no se vieron forzados a vender sus heredades. Después de esto, dijo José a los pueblos: Ya veis que el faraón queda dueño de vosotros y de vuestras tierras. Tomad semillas y sembrad los campos, para que podáis tener frutos. Daréis al rey la quinta parte; las otras cuatro os las dejo para simiente y mantenimiento de las familias y de vuestros hijos. La vida nos has dado, respondieron ellos; con que nos mire favorablemente el señor nuestro, alegres serviremos al rey. Desde aquel tiempo hasta el día de hoy, se paga el quinto a los reyes en toda la tierra de Egipto, lo que ha venido a ser como ley; salvo las tierras de los sacerdotes, las cuales quedaron exentas de esta contribución. Fijó, pues, Israel su morada en Egipto, es a saber, en la tierra de Gesén, cuya posesión se le dio, donde se aumentó y multiplicó sobremanera. Y vivió en ella 17 años; con lo que todos los días de su vida fueron cientocuarenta y siete años. Pero como viese que se acercaba el día de su muerte, llamó a su hijo José y le dijo: Si es que me amas de veras, pon tu mano debajo de mi muslo, y me harás la merced de prometerme con toda verdad, que no me darás sepultura en Egipto, sino que iré a descansar con mis padres; y sacándome de esta tierra, me pondrás en el sepulcro de mis antepasados. Le respondió José: Yo cumpliré lo que has mandado. Y Jacob : Júramelo pues. Y mientras José juraba, Israel adoró a Dios vuelto hacia la cabecera de la cama. Después de estos sucesos, fue José avisado de que su padre estaba enfermo; y tomando consigo a sus dos hijos Manasés y Efraín, se puso luego en camino. Le dijeron al anciano: Mira que tu hijo José viene a verte. Y Jacob tomando aliento, se incorporó en la cama, y dijo a José luego que hubo entrado: El Dios todopoderoso se me apareció en Luza, ciudad de la tierra de Canaán, y bendiciéndome, me dijo: Yo te aumentaré y multiplicaré, y te haré padre de muchísimos pueblos; y te daré esta tierra a ti y a tu descendencia después de ti, en perpetuo dominio. Por tanto, los dos hijos que te han nacido en la tierra de Egipto, antes que vo viniese acá, quiero que sean míos. Efraín y Manasés serán reputados tan míos como Rubén y Simeón. Los demás que después de éstos tuvieres delante, serán tuyos; y las tierras que poseerán, llevarán el nombre de sus hermanos. Porque al venir yo de Mesopotamia, se me murió Raquel en la tierra de Canaán en el mismo camino, y era tiempo de primavera; e iba yo a entrar en Efrata, y así la enterré cerca del camino de Efrata, que por otro nombre se llama Bethlehem o Belén. Y viendo Jacob a los hijos de José, le dijo: ¿Quiénes son ésos? Son mis hijos, respondió José, que Dios me ha dado en este país. Acércamelos, dijo Jacob , que quiero bendecirlos. Porque los ojos de Israel se habían oscurecido a causa de su extremada vejez, y no podía ver con claridad. Habiéndoselos, pues, acercado, los besó y abrazó, y dijo a su hijo: He logrado el gozo de verte; y además de eso me ha hecho Dios la merced de dejarme ver sucesión tuya. José, habiéndolos sacado del regazo de su padre,se inclinó profundamente hasta el suelo. Puso después a Efraín a su derecha, esto es, a la izquierda de Israel; y a Manasés a su siniestra, que corresponde a la derecha del padre, y de esta suerte los arrimó ambos a Jacob . El cual extendiendo la mano derecha, la puso sobre la cabeza del hermano menor Efraín, y la izquierda sobre la cabeza de Manasés, que era el mayor de edad, cruzando las manos de intento. Y bendijo Jacob a los hijos de José, diciendo: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abrahán e Isaac, el Dios que me sustenta desde mi juventud hasta el día de hoy, el ángel que me ha librado de todos los males, bendiga estos niños; y sea sobre ellos invocado mi nombre, como también los nombres de mis padres Abrahán e Isaac, y multiplíquense más y más sobre la tierra. Pero, reparando José que su padre había puesto la mano derecha sobre la cabeza de Efraín, le sintió mucho, y tomando la mano de su padre, intentó alzarla de sobre la cabeza de Efraín, y trasladarla sobre la cabeza de Manasés, diciendo a su padre: No están así bien las manos, padre; porque este otro es el primogénito: pon tu derecha sobre su cabeza. Mas él, rehusándolo, dijo: Lo sé, hijo mío, lo sé. Este será ciertamente padre de pueblos, y multiplicarse ha; mas su hermano menor será mayor que él, y su linaje se ha de dilatar en naciones. Jacob , pues, los bendijo entonces, diciendo a Efraín: Tú serás modelo de bendición en Israel, y se dirá: Dios te bendiga como a Efraín y como a Manasés. Y antepuso Efraín a Manasés. Dijo, en fin, a su hijo José: Bien ves que me voy a morir; Dios estará con vosotros, y os restituirá a la tierra de vuestros padres. Yo te doy de mejora sobre tus hermanos aquella porción que conquisté del amorreo con mi espada y mi arco. Llamó luego Jacob a sus hijos, y les dijo: Juntaos todos aquí, a fin de que os anuncie las cosas que han de sucederos en los días venideros. Reuníos y oíd, hijos de Jacob ; escuchad a Israel, vuestro padre: Rubén, primogénito mío, tú, la fortaleza mía, y el principio de mi dolor, debías ser el más favorecido en los dones y el más grande en autoridad, pero te derramaste como agua; porque subiste al lecho de tu padre y profanaste su tálamo. Simeón y Leví, hermanos en el crimen, instrumentos belicosos de iniquidad. No permita Dios que tenga yo parte en sus designios, ni empañe mi gloria uniéndome con ellos; porque en los homicidios demostraron su furor, y en la destrucción de una ciudad su venganza. Maldito su furor, porque es pertinaz; y su saña, porque es inflexible; yo los dividiré en Jacob , y los esparciré por las tribus de Israel. ¡Oh Judá! A ti te alabarán tus hermanos; tu mano pondrá bajo el yugo a tus enemigos; adorarte han los hijos de tu padre. Tú, Judá, eres un joven y robusto león; tras la presa corriste, hijo mío; después para descansar, te has echado cual león y a manera de leona. ¿Quién osará despertarle? EL CETRO NO SERA QUITADO DE JUDA, ni de su posteridad el caudillo, hasta que venga el que ha de ser enviado, y éste será la esperanza de las naciones. El Mesías o Enviado ligará a la viña su pollino, y a la cepa, ¡oh, hijo mío!, su asna. Lavará en vino su vestido, y en sangre de las uvas su manto. Sus ojos son más hermosos que el vino, y sus dientes más blancos que la leche. Zabulón habitará en la ribera del mar; y donde aportan las naves extendiéndose hasta Sidón. Isacar será para el trabajo, como asno robusto; se mantendrá en sus términos. Consideró que el reposo o sosiego era una cosa buena: y que su terreno es excelente; y ha arrimado su hombro al trabajo, y sujetándose a pagar tributos. Dan será juez de su pueblo, a la manera de cualquier otra tribu de Israel. Venga a ser Dan como una culebra en el camino, como un ceraste o áspid en la senda, que muerde la uña o pie del caballo, para que caiga de espaldas el jinete. Yo, Señor, aguardaré TU SALUD. Gad, armado de todo punto, irá peleando a la vanguardia de Israel; y él mismo se dispondrá para volver hacia atrás. El pan de Aser es mantecoso o excelente, y servirá de regalo a los reyes. Neftalí sera como un ciervo que se ve suelto, y la gracia se derramará sobre sus labios. Hijo que va en auge José; hijo que siempre va en auge, y de hermoso aspecto; las doncellas corrieron sobre los muros para mirarle. Pero antes le causaron amarguras y le armaron pendencias, y le miraron con mortal envidia sus hermanos armados de flechas. Apoyó su arco o su confianza en el fuerte Dios, y fueron desatadas las cadenas de sus brazos y manos por la mano del todopoderoso Dios de Jacob de donde salió para pastor y piedra fundamental de Israel. ¡Oh hijo mío! El Dios de tu padre será tu auxiliador, y el Omnipotente te llenará de bendiciones de lo alto del cielo, de bendiciones de los manantiales de aguas abundantes de acá abajo, de bendiciones de leche y de fecundidad. Las bendiciones que te da tu padre Jacob sobrepujan las bendiciones de sus progenitores, hasta que venga el DESEADO de los collados eternos. Recaigan estas bendiciones sobre la cabeza de José, sobre la cabeza del Nazareno o escogido entre sus hermanos. Benjamín, lobo rapaz, por la mañana devorará la presa, y por la tarde repartirá los despojos. Todos éstos son los caudillos de las doce tribus de Israel. Estas cosas les anunció su padre, bendiciendo a cada uno con su bendición peculiar. Finalmente les dio este mandamiento: Yo voy a reunirme con los antepasados míos; enterradme con mis padres en la cueva doble, que está situada en el campo de Efrón heteo, enfrente de Mambre, en la tierra de Canaán; la cual compró Abrahán con el campo de Efrón heteo, para tener allí su sepultura. Allí le sepultaron a él y a su esposa Sara; allí fue sepultado Isaac con Rebeca, su esposa; allí también yace enterrada Lía. -- Concluidos estos encargos e instrucciones a sus hijos, recogió sus pies sobre la cama, y expiró; y fue a reunirse con su pueblo. Lo cual, mirando José, se arrojó sobre el rostro de su padre, bañándole en lágrimas y besándole. Y mandó después a los médicos que tenía a su servicio, embalsamar el cuerpo; los cuales en ejecución de lo mandado, gastaron cuarenta días, que tal era la costumbre en embalsamar los cadáveres; y le lloró Egipto setenta días. Terminado el tiempo de luto, habló José así a la familia principal del faraón: Si he hallado gracia delante de vosotros, insinuad al faraón, que mi padre al morir me juramentó diciendo: Yo me muero en la sepultura que abrí para mí en la tierra de Canaán, allí enterrarás mi cuerpo. Iré, pues, a sepultar a mi padre, y volveré luego. A lo que dijo el faraón: Anda enhorabuena y sepulta a tu padre como se lo prometiste con juramento. El cual emprendió su viaje, acompañado de todos los ancianos o primeros señores del palacio del faraón, y todos los principales de la tierra de Egipto, y de su propia familia y de sus hermanos, menos los niños y los ganados mayores y menores, que dejaron en la tierra de Gesén. Fueron asimismo en la comitiva carros y gente de a caballo; y se juntó un gran acompañamiento. De esta suerte llegaron a la Era de Atad, situada en la otra parte del Jordán, donde emplearon siete días en celebrar las exequias con gran y acerbo llanto. Lo que habiendo visto los habitantes de la tierra de Canaán, dijeron: Gran duelo es éste para los egipcios; y a consecuencia de esto se llamó aquel sitio, Llanto de Egipto. Hicieron, pues, los hijos de Jacob , lo que éste les dejó encomendado; y transportándolo a la tierra de Canaán, lo sepultaron en la cueva doble que había comprado Abrahán junto con el campo de Efrón el heteo, enfrente de Mambre, para sepultura suya. Se volvió después José a Egipto, con sus hermanos y todo el acompañamiento, luego que hubo sepultado a su padre. Y como después de su muerte anduviesen temerosos los hermanos y diciéndose unos a otros: ¿Quién sabe si se acordará José de la injuria que padeció, y nos retornará todo el mal que le hicimos? Le enviaron a decir: Tu padre antes de morir nos encargó, que te dijésemos estas palabras en su nombre: Te ruego que te olvides de la maldad de tus hermanos, y del pecado, y de la malicia que contra ti usaron. Nosotros también te suplicamos que perdones esta maldad a los siervos del Dios de tu padre. Oyendo José estas razones, prorrumpió en llanto. Y vinieron a él sus hermanos, y adorándole postrados en tierra, le dijeron: Esclavos tuyos somos; aquí nos tienes. A los cuales él respondió: No tenéis que temer; ¿podemos acaso nosotros resistir a la voluntad de Dios? Vosotros pensasteis hacerme un mal; pero Dios lo convirtió en bien para ensalzarme, como al presente lo estáis viendo; y para salvar a muchos pueblos. No temáis, pues; yo os mantendré a vosotros y a vuestros hijos. Y los consoló y habló con expresiones blandas y amorosas. Y habitó José en Egipto, con toda la familia de su padre; y vivió ciento diez años, y vio a los hijos de Efraín hasta la tercera generación. Tuvo también y acarició sobre sus rodillas a los hijos de Maquir, hijo de Manasés, Pasadas todas estas cosas, habló José a sus hermanos en estos términos: Después de mi muerte os visitará Dios, y os sacará de esta tierra para la tierra que tiene prometida con juramento a Abrahán, a Isaac y a Jacob . Y habiéndolos juramentado y dicho: Cuando Dios os visitará, transportad de este lugar mis huesos con vosotros. Vino a morir, cumplidos ciento diez años de su vida. Y embalsamado, fue depositado en Egipto dentro de una caja. Estos son los nombres de los hijos de Israel, que con Jacob entraron a Egipto, cada uno con su familia. Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón y Benjamín. Dan y Neftalí, Gad y Aser. Eran, pues, todas las almas de los descendientes de Jacob , incluso él mismo, setenta. José estaba en Egipto. Muerto éste y todos sus hermanos, y toda aquella primera generación, los hijos de Israel se aumentaron y multiplicaron como la hierba: y engrosados en gran manera, llenaron el país. Entretanto se alzó en Egipto un nuevo rey, el cual nada sabía de José, y dijo a su pueblo: Bien veis que el pueblo de los hijos de Israel es muy numeroso y más fuerte ya que nosotros. Vamos, pues, a oprimirle con arte, no sea caso que prosiga multiplicándose más y más; y que sobreviniendo alguna guerra contra nosotros, se agregue a nuestros enemigos, y después de habernos vencido y robado, se vaya de este país. Estableció, pues, sobrestantes de obras, para que los vejasen con cargas insoportables; y edificaron al faraón las fuertes ciudades de las tiendas, Fitom y Ramesés. Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían. Aborrecían los egipcios a los hijos de Israel, y además de oprimirlos, los insultaban, y les hacían pasar una vida muy amarga con las duras fatigas de hacer barro o argamasa y ladrillo, y con toda suerte de servidumbre con que los oprimían en las labores del campo. Además de esto, el rey de Egipto impuso a las parteras de los hebreos, de las cuales una se llamaba Séfora y la otra Fúa, este precepto: Cuando asistiereis a las hebreas en sus partos, al momento que salga la criatura, si fuere varón matadle, si hembra, dejadla vivir. Pero las parteras temieron a Dios, y no ejecutaron la orden del rey de Egipto, sino que conservaban la vida a los niños. Por lo que llamándolas el rey a su presencia, les dijo: ¿Qué fin ha sido el vuestro en querer conservar a los varones? Las cuales respondieron: Las mujeres hebreas no son como las egipcias; porque aquéllas saben el arte de partear, y antes que lleguemos para asistirlas han parido ya. Favoreció, pues, Dios a las parteras en recompensa de su piedad; y el pueblo fue creciendo y corroborándose extraordinariamente. Y por cuanto las parteras temieron más a Dios que al rey, afirmó sus casas, dándoles hijos y bienes. Por último, el faraón dio a todo su pueblo esta orden: Todo varón que naciere entre los hebreos, echadle al río: toda hembra reservadla. Después de esto, es de saber que un varón de la familia de Leví fue y se casó con una mujer de su linaje; la cual concibió y parió un hijo, y viéndole muy lindo, le tuvo escondido por espacio de tres meses. Mas no pudiendo ya encubrirle, tomó una cestilla de juncos y la calafateó con betún y pez, y colocó dentro al infantillo, y le expuso en un carrizal de la orilla del río, quedándose a lo lejos una hermana suya, para ver el paradero. Cuando he aquí que bajaba la hija del faraón a lavarse en el río, y sus damas se paseaban por la orilla del agua. Así que vio la cestilla en el carrizal, envió por ella a una de sus criadas; y habiéndosela traído, destapándola, y viendo dentro a un niño que daba tiernos vagidos, se compadeció de él, y dijo: De los niños de los hebreos es éste. Y acercándose entonces la hermana del niño: ¿Quieres, le dijo, que yo vaya y te llame una mujer hebrea que pueda criar ese niño? Anda, respondió ella. Fue corriendo la muchacha, y llamó a su madre. A la cual dijo la hija del faraón: Toma este niño y críamelo, que yo te pagaré. Tomó la mujer el niño y lo crió. Y cuando fue ya crecido, le entregó a la hija del faraón, que le adoptó por hijo, y le puso por nombre Moisés, como quien dice: Del agua le saqué. Un día, cuando Moisés era ya grande, salió a ver a sus hermanos; y observó la aflicción en que estaban, y a un egipcio que maltrataba a uno de los hebreos sus hermanos. Y habiendo mirado hacia todas partes y no divisando a nadie, mató al egipcio, y le escondió en la arena. Saliendo al día siguiente, vio a dos hebreos que reñían; y dijo al que hacía la injuria: ¿Por qué maltratas a tu prójimo? El hombre respondió: ¿Quién te ha constituido príncipe y juez sobre nosotros?, ¿quieres tú tal vez matarme como mataste ayer al egipcio? Temió Moisés, y dijo: ¿Cómo se habrá sabido esto? Lo supo también el faraón, y trataba de hacer morir a Moisés; el cual huyendo de su vista, se fue a morar en tierra de Madián, y se puso a descansar junto a un pozo. A la sazón tenía el sacerdote de Madián siete hijas, las cuales vinieron a sacar agua; y llenadas las canales, querían dar de beber a los rebaños de su padre. Sobrevinieron unos pastores, y las echaron. Pero saliendo Moisés en defensa de las doncellas, abrevó sus ovejas. Así que volvieron a Ragüel, su padre les preguntó: ¿Por qué habéis venido hoy más presto de lo acostumbrado? Un hombre egipcio, respondieron ellas, nos ha defendido de la vejación de los pastores, y a más de eso, nos ha ayudado a sacar agua, y dado de beber a las ovejas. ¿En dónde está?, dijo el padre. ¿Por qué habéis dejado ir a ese hombre? Llamadle, a fin de que coma algo. Como resultado de eso, Moisés juró que se quedaría con él. Y recibió por mujer a su hija Séfora, la cual le parió un hijo a quien llamó Gersán, diciendo: He sido peregrino en tierra extraña. Parió después otro, a quien llamó Eliézer, diciendo: El Dios de mi padre, protector mío, me libró de las manos del faraón. De allí a mucho tiempo murió el rey de Egipto; y los hijos de Israel, gimiendo bajo el peso de las faenas, levantaron el grito al cielo; y el clamor en que les hacía prorrumpir el excesivo trabajo, subió hasta Dios. El cual oyó sus gemidos, y tuvo presente el pacto contraído con Abrahán, Isaac y Jacob ; y volvió los ojos hacia los hijos de Israel, y los reconoció por hijos suyos. Empleándose Moisés en apacentar las ovejas de su suegro Jetro, sacerdote de Madián; y guiando una vez la grey al desierto, vino hasta el monte de Dios, Horeb, donde se le apareció el Señor en una llama de fuego que salía de en medio de una zarza; y veía que la zarza estaba ardiendo, y no se consumía. Por lo que dijo Moisés: Iré a ver esta gran maravilla, cómo es que no se consume la zarza. Pero viendo el Señor que se acercaba ya para ver lo que era, le llamó desde entre la zarza, y dijo: Moisés, Moisés. Aquí me tienes, respondió él. No te acerques acá, prosiguió el Señor: quítate el calzado de los pies, porque la tierra que pisas es santa. Yo soy, le añadió: Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob . Se cubrió Moisés el rostro, porque no se atrevía a mirar hacia Dios. Le dijo el Señor: He visto la tribulación de mi pueblo en Egipto, y oído sus clamores, a causa de la dureza de los sobrestantes de las obras. Y conociendo cuánto padece, he bajado a librarle de las manos de los egipcios, y hacerle pasar por aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al país del cananeo, y del heteo, y del amorreo, y del ferezeo, y del heveo y del jebuseo. En suma, el clamor de los hijos de Israel ha llegado a mis oídos; y he visto su aflicción, y cómo son oprimidos de los egipcios. Pero ven tú; que te quiero enviar al faraón, para que saques de Egipto al pueblo mío, los hijos de Israel. ¿Quién soy yo, respondió Moisés a Dios, para ir al faraón, y sacar de Egipto a los hijos de Israel? Le dijo Dios: Yo estaré contigo; y la señal que tendrás de haberte yo enviado, será esta: Cuando hayas sacado a mi pueblo de Egipto, ofrecerás un sacrificio a Dios sobre este monte. Dijo Moisés a Dios: Y bien, yo iré a los hijos de Israel, y les diré: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Pero si me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les diré? Respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. He aquí, añadió, lo que dirás a los hijos de Israel: EL QUE ES me ha enviado a vosotros. Dijo de nuevo Dios a Moisés: Esto dirás a los hijos de Israel: El Señor Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob , me ha enviado a vosotros. Este nombre tengo yo eternamente, y con éste se hará memoria de mí en toda la serie de las generaciones. Ve, y junta los ancianos de Israel, y les dirás. El Señor Dios de vuestros padres se me apareció; el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob , diciendo: Yo he venido a visitaros de propósito, y he visto todas las cosas que os han acontecido en Egipto; y tengo decretado el sacaros de la opresión que en él padecéis, y trasladaros al país del cananeo, y del heteo, y del amorreo, y del ferezeo, y del heveo, y del jebuseo, a una tierra que mana leche y miel. Y escucharán tu voz, y entrarás tú con los ancianos de Israel al rey de Egipto, y le dirás: El Señor Dios de los hebreos nos ha llamado. Hemos de ir camino de tres días al desierto para ofrecer sacrificios al Señor Dios nuestro. Yo ya sé que el rey de Egipto no querrá dejaros ir, sino forzado por una mano poderosa. Por eso extenderé yo mi brazo, y heriré a los pueblos de Egipto con toda suerte de prodigios que haré en medio de ellos; después de lo cual os dejará partir. Haré también que ese pueblo mío halle gracia en los ojos de los egipcios, para que al partir no salgáis vacíos; sino que cada mujer ha de pedir a la vecina y a su casera alhajas de plata y oro, y vestidos preciosos; vestiréis con ellos a vuestros hijos e hijas, y despojaréis a Egipto. Replicó Moisés, y dijo: No me creerán ni oirán mi voz, sino que dirán: No hay tal: no se te ha aparecido el Señor. ¿Qué es eso, le preguntó Dios, que tienes en tu mano? Una vara, respondió él. Dijo el Señor: Arrójala en tierra. La arrojó, y se convirtió en una serpiente, de manera que Moisés echó a huir. Dijo entonces el Señor: Alarga tu mano, y cógela por la cola. La alargó y la cogió, y luego la serpiente volvió a ser vara. Esto es, añadió el Señor, para que crean que se te ha aparecido el Señor Dios de sus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob . Le dijo todavía el Señor: Mete tu mano en tu seno. Y habiéndola metido, la sacó cubierta de lepra, blanca como la nieve. Vuélvete a meter, dijo, la mano en el seno. La volvió a meter, y la sacó otra vez, y era semejante a la demás carne del cuerpo. Si no te creyeren, dijo, ni diesen oídos a la voz del primer prodigio, se rendirán a la del segundo. Que si ni aun a estos dos prodigios dieren crédito ni escucharen tu voz, toma agua del río, y derrámala en tierra, y cuanta sacares del río se convertirá en sangre. Dijo entonces Moisés: Señor, te suplico tengas presente que yo nunca he tenido facilidad en hablar; y aun después que hablas con tu siervo, me siento más embarazado y torpe de lengua. Le dijo a esto el Señor: ¿Quién hizo la boca del hombre? ¿O quién formó al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No he sido yo? Anda, pues, que yo estaré en tu boca, y te enseñaré lo que has de hablar. Todavía él replicó: Te suplico, Señor, que envíes al que has de enviar. Enojado el Señor contra Moisés, dijo: Aarón tu hermano, hijo de Leví como tú, sé que habla bien; pues mira, éste mismo va a venir a tu encuentro, y al verte se llenará de gozo. Tú le hablarás y le irás poniendo mis palabras en su boca. Yo estaré en tu boca y en la suya, y os mostraré lo que debéis hacer. El hablará en tu lugar al pueblo, y será tu lengua. Y tú le dirigirás en todo lo perteneciente a Dios. Toma también en tu mano esta vara, con la cual has de hacer prodigios. Partió, pues, Moisés, y volvió a su suegro Jetro, y le dijo: Quisiera ir a visitar otra vez a mis hermanos en Egipto, para ver si viven todavía. A lo cual respondió Jetro: Ve enhorabuena. Había dicho el Señor a Moisés, estando éste en Madián: Anda y vuelve a Egipto; porque han muerto ya todos los que atentaban contra tu vida. Tomó, pues, Moisés a su esposa y a sus hijos, y los hizo montar en un jumento, y se volvió a Egipto, llevando en la mano la vara de Dios. Le dijo asimismo el Señor cuando volvía a Egipto: Mira que hagas delante del faraón todos los portentos para los cuales te he dado poder. Yo endureceré su corazón, y no dejará partir a mi pueblo. Y tú le dirás: Esto dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito. Ya te tengo dicho: Deja ir a mi hijo, para que me rinda el culto que me es debido, y tú no has querido dejarle partir; he aquí, pues, que yo voy a quitar la vida a tu hijo primogénito. Estando Moisés en el camino, se le presentó el Señor en una posada, en ademán de quererle quitar la vida. Cogió al momento Séfora un pedernal muy afilado y circuncidó a su hijo, y tocando con la sangre los pies de Moisés, le dijo: Tú eres para mí un esposo de sangre. Y el ángel le dejó estar luego que hubo dicho ella con motivo de la circuncisión que hizo: Eres para mí esposo de sangre. Entretanto dijo el Señor a Aarón: Ve al desierto a encontrar a Moisés; y fue a su encuentro hasta Horeb, el monte de Dios, y le besó. Y contó Moisés a Aarón todo lo que le había dicho el Señor al enviarle, y los prodigios que le había mandado hacer. Con esto fueron juntos a Egipto, y congregaron a todos los ancianos de los hijos de Israel. Y Aarón refirió todas las palabras que había dicho el Señor a Moisés; y éste hizo los milagros delante del pueblo. Y creyó el pueblo. Y entendieron que el Señor venía a visitar a los hijos de Israel por haber vuelto los ojos a su tribulación; y postrados en tierra, le adoraron. Después de esto entraron Moisés y Aarón al faraón, y le dijeron; Esto dice el Señor Dios de Israel: Dejad ir a mi pueblo a fin de que me ofrezca un sacrificio solemne en el desierto. A lo que respondió él: ¿Quién es ese Señor para que yo haya de escuchar su voz y dejar salir a Israel? No conozco a tal Señor, ni dejaré ir a Israel. Replicaron ellos: El Dios de los hebreos nos ha llamado para que vayamos camino de tres días al desierto, y ofrezcamos sacrificio al Señor Dios nuestro, a fin de que no venga sobre nosotros la peste o la guerra. Les dijo el rey de Egipto: ¿Cómo es que vosotros, Moisés y Aarón, distraéis al pueblo de sus tareas? Marchad a vuestros quehaceres. Y dijo luego el faraón: Este pueblo se ha aumentado mucho en el país; ved cómo se ha multiplicado el gentío; ¿cuánto más si le dejáis respirar de sus fatigas? Dio orden pues, en aquel mismo día a los sobrestantes de las obras y a los inspectores del pueblo, diciendo: De ninguna manera habéis ya de dar al pueblo, como antes, paja para que haga los ladrillos: que vayan ellos mismos a recogerla; y sin embargo, les exigiréis la misma cantidad de ladrillos que hasta ahora, sin disminuirles nada; pues están holgando, y por eso vocean, diciéndose unos a otros: Vamos a ofrecer sacrificio a nuestro Dios. Sean agobiados con faenas y cumplan con ellas, para que no den oídos a embustes. Saliendo, pues, con este mandato los sobrestantes de las obras y los inspectores, dijeron al pueblo: Esto dice el faraón: No quiero daros la paja. Id y recogedla donde pudiereis hallarla; ni por eso se disminuirá nada de vuestra tarea. Se esparció, pues, el pueblo por toda la tierra de Egipto para recoger paja. Al mismo tiempo los sobrestantes los apremiaban, diciendo: Cumplid vuestra tarea diaria, como solíais hacer antes, cuando se os daba la paja. Y fueron azotados los maestros de obras de los hijos de Israel por los inspectores del faraón, que les decían: ¿Por qué ni ayer ni hoy nos dais cumplida la cantidad de ladrillos, como antes? Entonces los maestros de obras de los hijos de Israel fueron a clamar al faraón, diciendo: ¿Por qué razón maltratas así a tus siervos? No se nos dan pajas y se nos exige la misma cantidad de ladrillos; mira que tus siervos somos azotados, y se trata injustamente a tu pueblo. Estáis holgando, les respondió el faraón, y esto es lo que os hace decir: Vamos a ofrecer sacrificio al Señor. Andad en hora mala, y trabajad; que no se os ha de dar la paja, y habéis de completar el número acostumbrado de ladrillos. Así es que los maestros de obras de los hijos de Israel se veían en gran angustia, a causa de que no querían disminuirles en nada el número de ladrillos que diariamente tenían que dar. Y al salir de la presencia del faraón, fueron a encontrar a Moisés y Aarón, los cuales estaban aguardando allí cerca, y les dijeron: Atienda el Señor a esto que nos pasa, y juzgue; pues vosotros nos habéis hecho abominables a los ojos del faraón y de sus servidores, y habéis puesto en su mano el cuchillo para que nos degüelle. Se volvió Moisés al Señor, y dijo: ¡Ah Señor! ¿Por qué has afligido a este tu pueblo? ¿A qué me has enviado a mí? Pues desde que yo he venido a tratar con el faraón en tu nombre, ha afligido más a tu pueblo, y tú no lo has libertado. Ahora verás, respondió el Señor a Moisés, lo que voy a hacer con el faraón. Porque obligado del poder de mi brazo dejará salir a los israelitas, y la robusta mano mía hará que él mismo los eche de su tierra. Y prosiguió el Señor diciendo a Moisés: Yo soy el Señor, que me aparecí a Abrahán, a Isaac y Jacob , como Dios todopoderoso, aunque no les revelé mi nombre ADONAI. Hice sí pacto con ellos de darles la tierra de Canaán, tierra de su peregrinación, donde estuvieron como extranjeros. Yo he oído los gemidos de los hijos de Israel por la opresión que sufren de parte de los egipcios; y he tenido presente el pacto mío con ellos. Por tanto, diles de mi parte a los hijos de Israel: Yo soy el Señor, que os sacaré del yugo de los egipcios, que os libraré de la esclavitud, y os rescataré, descargando mi brazo levantado terribles golpes contra ellos. Yo os adoptaré por pueblo mío y seré vuestro Dios, y conoceréis que Yo soy el Señor Dios vuestro que os habré sacado del yugo de los egipcios, e introducido en la tierra que tengo jurado dar a Abrahán, a Isaac y a Jacob ; porque a vosotros os daré la posesión de ella. Yo que soy el Señor. Refirió, pues, Moisés, todas estas cosas a los hijos de Israel; los cuales no le dieron crédito, angustiados como estaban en extremo, y agobiados con el exceso de las faenas. Y habló el Señor a Moisés diciendo: Entrad luego al faraón, rey de Egipto, y dile que deje salir de su tierra a los hijos de Israel. Respondió Moisés al Señor: Ves que los hijos de Israel no me escuchan; pues ¿cómo me ha de escuchar el faraón, sobre todo siendo yo tartamudo? Mas el Señor habló a Moisés y a Aarón, y les dio orden de ir a buscar a los hijos de Israel, y al faraón, rey de Egipto, a fin de sacar de la tierra de Egipto a los hijos de Israel. Estos son los príncipes de las tribus según sus familias. Hijos de Rubén, primogénito de Israel: Enoc y Fallú, Hesrón y Carmí. Estas son las familias de Rubén. Hijos de Simeón: Jamuel y Jamín, y Ahod y Jaquín, y Soar y Saúl, hijo de una cananea. Estos son los linajes de Simeón. Y estos son los nombres de los hijos de Leví, según sus familias: Gersón, y Caat y Merari. Y los años de la vida de Leví fueron ciento treinta y siete. Hijos de Gersón: Lobni y Semeí con sus descendientes. Hijos de Caat: Amram, e Isaar, y Hebrón y Oziel. Y los años de la vida de Caat fueron ciento treinta y tres. Hijos de Merari: Mooli y Musi. Estos son los descendientes de Leví según sus familias. Amram casó con Jocabed, su prima hermana paterna, la cual le parió a Aarón y a Moisés. Y los años de la vida de Amram fueron ciento treinta y siete. Los hijos de Isaar: Core, y Nefeg y Zecri. Los de Oziel: Misael, y Elisafán y Setri. Aarón tomó por mujer a Isabel, hija de Aminadad, hermana de Nahasón, la cual le parió a Nadab, y Abiu y Eleazar e Itamar. Los hijos de Core: Aser, y Elcana y Abiasaf. Estas son las familias de los coritas. Pero Eleazar, hijo de Aarón, tomó por mujer a una de las hijas de Futiel, la cual le parió a Finees. Estos son los príncipes de las familias levíticas, según sus prosapias. Este es aquel Aarón, y éste aquel Moisés, a quienes mandó el Señor que sacaran de la tierra de Egipto a los hijos de Israel, distribuidos en bandas o cuadrillas. Estos son los que hablaron al faraón, rey de Egipto, para hacer salir de Egipto a los hijos de Israel. Moisés y Aarón fueron los que le hablaron. En el día en que habló el Señor a Moisés en la tierra de Egipto, les dijo el Señor estas palabras: Yo soy el Señor: da a conocer al faraón, rey de Egipto, todas las cosas que yo te digo. A lo cual respondió Moisés: Ves que yo soy tartamudo, ¿cómo me ha de escuchar el faraón? Y dijo el Señor a Moisés: Mira, yo te he constituido Dios del faraón; y Aarón tu hermano será profeta o intérprete tuyo. Tú le dirás a Aarón todas las cosas que yo te mando, y él hablará al faraón para que deje ir de su tierra a los hijos de Israel. Mas yo endureceré su corazón, y multiplicaré mis prodigios y portentos en la tierra de Egipto; y con todo no ha de escucharos. Pero yo extenderé mi mano sobre Egipto, y sacaré al ejército y pueblo mío, los hijos de Israel, de la tierra de Egipto, a fuerza de grandes castigos. Y entenderán los egipcios que Yo soy el Señor, cuando extendiere mi mano sobre Egipto y sacare a los hijos de Israel de en medio de ellos. Hicieron, pues, Moisés y Aarón según lo que el Señor les había mandado. Lo ejecutaron del mismo modo. Moisés tenía ochenta años, y Aarón ochenta y tres cuando hablaron al faraón. Previno también el Señor a Moisés y Aarón: Cuando el faraón os dijere: Hacednos ver por algún milagro que Dios os envía, dirás tú a Aarón: Toma tu vara, y échala delante del faraón, y convertirse ha en culebra. Habiéndose, pues, presentado Moisés y Aarón al faraón, hicieron lo que Dios les había ordenado, y Aarón echó la vara en presencia del faraón y de sus servidores o cortesanos, la cual se convirtió en culebra. Llamó entonces el faraón a los sabios y a los hechiceros y ellos también con encantamientos egipcíacos y ciertos secretos de su arte, hicieron lo mismo en la apariencia. Y arrojaron cada uno de ellos sus varas, las cuales se transformaron en serpientes; pero la vara de Aarón devoró las varas de ellos. Y el corazón del faraón se endureció, y no escuchó a Moisés y a Aarón, como lo había el Señor ordenado o predicho. Obstinado está el corazón del faraón, dijo el Señor a Moisés, y no quiere dejar ir al pueblo. Ve a encontrarle por la mañana, pues irá al río; y estarás aguardándole en la orilla, teniendo en tu mano la vara que se convirtió en serpiente. Y le dirás: El Señor Dios de los hebreos me ha enviado a decirte: Deja que vaya mi pueblo a ofrecerme sacrificios en el desierto. Tú hasta ahora no has querido obedecer. Dice, pues, el Señor: En esto conocerás que yo soy el Señor: Voy a herir al agua del río con la vara que tengo en mi mano, y se convertirá en sangre. Con lo que morirán los peces del río, se corromperán las aguas, y los egipcios, que ahora beben el agua del río, se verán angustiados. Dijo asimismo el Señor a Moisés: Dile a Aarón: Toma tu vara y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto, y sobre sus ríos, y acequias, y lagunas y todos los estanques de agua, para que se conviertan en sangre, y sangre haya en toda la tierra de Egipto, hasta en las vasijas, tanto de madera como de piedra. Lo hicieron, pues Moisés y Aarón, conforme al precepto del Señor; y levantando Aarón la vara, hirió el agua del río en presencia del faraón y de sus criados, la cual se convirtió en sangre. Los peces que había en el río murieron, y el río se corrompió, de suerte que no podían los egipcios beber agua, y hubo sangre en toda la tierra de Egipto. También los hechiceros de los egipcios hicieron otro tanto con sus encantamientos; y se endureció el corazón del faraón, y no escuchó a Moisés y Aarón, conforme el Señor lo había dispuesto o predicho. Antes les volvió las espaldas y se metió en su casa, y tampoco hizo caso esta vez. Entretanto todos los egipcios cavaban alrededor del río, a fin de hallar agua para beber; porque no podían beber de la del río. Siete días enteros se pasaron después que el Señor hirió el río. Dijo todavía el Señor a Moisés: Preséntate al faraón y le dirás: Esto dice el Señor: Deja ir a mi pueblo para que me ofrezca sacrificios. Que si no quieres dejarle ir, mira que voy a castigar todas tus provincias con ranas. Y criará el río tanta rana, que subirán y se meterán por tu casa, y entrarán en el aposento donde duermes y en tu misma cama, como también en las casas de tus servidores, y en las de todo tu pueblo, y hasta en tus hornos y en los repuestos de tus viandas. Y serás atormentado de las ranas tú, y tu pueblo y todos tus servidores. Dijo, pues, el Señor a Moisés: Dile a Aarón: Extiende tu mano sobre los ríos y sobre los arroyos y las lagunas, y haz salir ranas sobre la tierra de Egipto. Extendió Aarón su mano sobre las aguas de Egipto, y salieron fuera las ranas, y cubrieron el territorio de Egipto. Hicieron también los magos una cosa semejante con sus encantamientos, e hicieron salir ranas sobre la tierra de Egipto. Pero el faraón llamó a Moisés y a Aarón y les dijo: Rogad al Señor que aparte las ranas de mí y del pueblo mío, que yo dejaré ir a vuestro pueblo, para que ofrezca sacrificios al Señor. Dijo entonces Moisés al faraón: Determina tú el tiempo en que yo he de interceder por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que las ranas sean echadas lejos de ti y de tu palacio, y de tus criados y de tu pueblo, y queden solamente en el río. Respondió el faraón: Mañana. Bien está, dijo Moisés, lo haré según pides, para que sepas que nadie hay como el Señor Dios nuestro. Y se retirarán las ranas de ti, y de tu palacio, y de tus siervos y de tu pueblo, y solamente quedarán en el río. Dicho esto se despidieron del faraón Moisés y Aarón; y Moisés clamó al Señor por el cumplimiento de la promesa que él había hecho al faraón tocante a las ranas. Y cumplió el Señor la palabra de Moisés, y así murieron todas las ranas de las casas, y de las granjas y de los campos, y las juntaron en inmensos montones: con lo que quedó la tierra llena de hediondez o mal olor. Mas el faraón, viéndose libre del mal, endureció su corazón, y no dio oídos a Moisés y Aarón, como el Señor lo había dispuesto o predicho. Dijo, pues, el Señor a Moisés: Di a Aarón que extienda su vara y hiera el polvo de la tierra, para que nazcan mosquitos en todo el territorio de Egipto. Lo hicieron así, y extendió Aarón la vara que tenía en la mano, e hirió el polvo de la tierra, y hombres y bestias quedaron infestados de mosquitos, y todo el polvo de la tierra se convirtió en mosquitos por todo el país de Egipto. Procuraron también los encantadores con sus hechizos producir mosquitos, y no pudieron. Entretanto los mosquitos infestaban así a los hombres como a las bestias. Y dijeron los hechiceros al faraón: Es el dedo de Dios el que aquí obra. Pero se endureció el corazón del faraón y no escuchó a Moisés ni a Aarón, como el Señor había dispuesto o predicho. Dijo todavía el Señor a Moisés: Levántate de madrugada y preséntate al faraón, porque ha de salir a las aguas o al río, y le dirás: Esto dice el Señor: Deja ir a mi pueblo para que me ofrezca sacrificios. Porque si no lo dejas ir, mira que yo enviaré contra ti, contra tus siervos y contra tu pueblo y contra tus casas, todo género de moscas; y las habitaciones de los egipcios, y todos los parajes donde moraren, se llenarán de moscas de diferentes especies. Y en el mismo día haré que la tierra de Gesén, donde habita mi pueblo, sea maravillosa, no habiendo en ella ninguna de esas moscas; a fin de que entiendas que yo el Señor habito en medio de aquellas tierras. Yo haré distinción entre mi pueblo y el tuyo: mañana se verá este prodigio. Y así lo hizo el Señor. Enjambres de moscas molestísimas y dañinas vinieron a las casas del faraón y de sus criados, y a toda la tierra de Egipto, y quedó el país infestado de tales moscas. Llamó entonces el faraón a Moisés y Aarón, y les dijo: Id, y sacrificad a vuestro Dios, sin salir de esta tierra. No puede ser eso, respondió Moisés, por cuanto hemos de sacrificar al Señor Dios nuestro, animales, que entre los egipcios es un sacrilegio el matarlos. Pues si delante de sus ojos matáramos aquellos animales que ellos adoran, nos apedrearían como sacrílegos. Andaremos camino de tres días al desierto, y allí ofreceremos sacrificios al Señor Dios nuestro, como nos lo tiene ordenado. A lo que dijo el faraón: Yo os dejaré ir a ofrecer sacrificios en el desierto al Señor Dios vuestro, con tal que no vayáis más lejos; rogad por mí. Y dijo Moisés: Saliendo de tu presencia oraré al Señor, y mañana las moscas se alejarán del faraón, de sus siervos y de su pueblo; pero no quieras engañame ya más, impidiendo que el pueblo vaya a ofrecer sacrificios al Señor. Despedido Moisés del faraón, oró al Señor, el cual cumplió la promesa de Moisés, y arrojó las moscas lejos del faraón, de sus siervos y de su pueblo, sin que quedase una siquiera. Mas se endureció también el corazón del faraón, de suerte que tampoco esta vez dejó salir al pueblo. Y dijo el Señor a Moisés: Anda ve al faraón, y dile: Esto dice el Señor Dios de los hebreos: Deja salir a mi pueblo para que me ofrezca sacrificios. Porque si le resistes aún y le detienes, mira que mi mano descargará sobre tus campos; y enviaré sobre caballos, y asnos, y camellos, y bueyes y ovejas, una cruel peste. Y hará el Señor esta distinción milagrosa entre los bienes de Israel y los bienes de los egipcios, que no perecerá nada de lo que pertenece a los hijos de Israel. Y el Señor fijó el plazo, diciendo: Mañana ejecutará el Señor en la tierra este prodigio. Así lo hizo el Señor al día siguiente, y murieron todos los animales de los egipcios; pero de los animales de los israelitas, ni uno siquiera pereció. Y envió el faraón a verlo; y se halló que nada había muerto de lo que poseía Israel. Mas el corazón del faraón se endureció, y no soltó al pueblo. Dijo entonces el Señor a Moisés y a Aarón: Coged puñados de cenizas de un fogón, y espárzala Moisés hacia el cielo en presencia del faraón, y extiéndase este polvo por todo Egipto; de que resultarán úlceras y tumores apostemados en hombres y animales por todo el país de Egipto. Cogieron, pues, ceniza de un fogón y se presentaron al faraón, y Moisés la esparció hacia el cielo; y luego sobrevinieron úlceras de tumores apostemados en hombres y animales. Ni los hechiceros podían comparecer delante de Moisés, a causa de las úlceras que padecían, igual que todos los demás egipcios. Y endureció o abandonó el Señor el corazón del faraón, que tampoco dio oídos a Moisés y Aarón, según lo había dicho el Señor a Moisés. No obstante, dijo el Señor a Moisés: Levántate de mañana y preséntate al faraón y le dirás: Esto dice el Señor Dios de los hebreos: Dejad que vaya mi pueblo a ofrecerme sacrificios. Porque esta vez he de enviar todas mis plagas sobre tu corazón, y sobre tus siervos y sobre tu pueblo; para que sepas que no hay semejante a mí en toda la tierra. Pues esta vez, extendiendo mi mano te castigaré a ti y a tu pueblo con mortal pestilencia, y serás exterminado de la tierra. Que a este fin te he conservado o sufrido para mostrar en ti mi poderío, por donde mi nombre sea celebrado en todo el mundo. ¿Y aún retienes tú a mi pueblo, y no quieres dejarle ir? Pues mira, mañana a esta misma hora, haré llover un horrible pedrisco, tal cual nunca se ha visto en Egipto desde que comenzó a ser habitado, hasta el presente. Por eso desde ahora envía y recoge tus bestias, y todo cuanto tienes en el campo; porque hombres y bestias, y todo lo que se hallare al descubierto y no se hubiere retirado de los campos, cayendo sobre ellos el pedrisco, todo perecerá. Aquel que entre los siervos del faraón temió la palabra del Señor, hizo retirar a casa sus criados y bestias. El que no hizo caso de lo que dijo el Señor, dejó a sus criados y bestias en el campo. Dijo, pues, el Señor a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que caiga un pedrisco en toda la tierra de Egipto sobre hombres y sobre bestias, y sobre toda hierba del campo en Egipto. Extendió luego Moisés la vara hacia el cielo, y el Señor despidió truenos, y granizo, y centellas que discurrían sobre la tierra. E hizo llover el Señor piedra sobre el país de Egipto. Y la piedra y el fuego caían mezclados entre sí: y fue la piedra de tal tamaño, cual no se vio jamás antes en toda la tierra de Egipto, desde el establecimiento de aquella nación. Piedra que hirió en Egipto todas cuantas cosas se hallaron en la campiña desde el hombre hasta la bestia; y arrasó el pedrisco toda la hierba del campo, y destrozó todos los árboles del país. Sólo en la tierra de Gesén, donde moraban los hijos de Israel, no cayó piedra. Envió, en fin, el faraón a llamar a Moisés y Aarón, y les dijo: También esta vez he pecado: el Señor es justo; yo y mi pueblo unos impíos. Rogad al Señor que cesen esos terribles truenos y pedrisco, para que yo os deje ir, y de ninguna manera os detengáis aquí más tiempo. Respondió Moisés: Saliendo de la ciudad, alzaré mis manos al Señor, y cesarán los truenos, y no caerá más piedra; para que sepas que la tierra es del Señor. Pero yo conozco que ni tú, ni tus siervos teméis al Señor Dios. Es de notar que el lino y la cebada se perdieron; por cuanto la cebada estaba espigada y el lino granaba ya. Pero el trigo y la espelta no padecieron, por ser tardíos. Despedido Moisés del faraón, así que salió de la ciudad alzó las manos hacia el Señor, y cesaron los truenos y el pedrisco; ni cayó más gota de agua sobre la tierra. Pero viendo el faraón que había cesado la lluvia, la piedra y los truenos, agravó su pecado: Se obstinó su corazón y el de sus siervos o ministros, se endureció más y más, y no dio libertad a los hijos de Israel, como lo había mandado el Señor por medio de Moisés. Y dijo el Señor a Moisés: Ve al palacio del faraón, porque yo tengo abandonado a la dureza su corazón y el de sus servidores o ministros, para continuar haciendo en él estos prodigios de mi poder, y a fin de que tú cuentes a tus hijos y nietos cuántas veces he destrozado a los egipcios, obrando prodigios contra ellos, por donde conozcáis que yo soy el Señor. Entraron, pues, Moisés y Aarón en el palacio del faraón, y le dijeron: Esto dice el Señor Dios de los hebreos: ¿Hasta cuándo rehusarás sujetarte a mí? Deja salir a mi pueblo a ofrecerme sacrificios. Que si prosigues resistiendo y no quieres soltarle, mira que mañana yo inundaré tus comarcas de langostas, que cubran la superficie de la tierra, de suerte que nada de ella se vea, y devoren cuanto no hubiere destrozado el pedrisco; porque roerán todos los árboles y plantas que brotan en los campos. Y se llenarán de ellas tus casas y las de tus servidores, y las de todos los egipcios, en tanta muchedumbre cuanta no han visto ni tus padres, ni tus abuelos desde que vinieron al mundo hasta el día presente. Con esto volvió las espaldas, y dejó al faraón. Le dijeron, pues, al faraón sus criados o ministros: ¿Hasta cuándo hemos de padecer, oh señor, esta ruina? Deja ir a esos hombres a ofrecer sacrificios al Señor Dios suyo. ¿No ves cómo está perdido todo Egipto? Volvieron, pues, a llamar a Moisés y Aarón ante el faraón, el cual les dijo: Id, sacrificad al Señor vuestro Dios. ¿Mas cuáles son los que han de ir? Hemos de ir, respondió Moisés, con nuestros niños y ancianos, con los hijos e hijas, con nuestras ovejas y ganados mayores; por cuanto es una fiesta solemne del Señor Dios nuestro. Replicó el faraón: Así Dios os ayude, ¿cómo yo he de permitiros ir con vuestros niños? ¿Quién puede dudar que procedéis con refinada malicia? No ha de ser así: mas id solamente los hombres y sacrificad al Señor; pues es lo que vosotros mismos habéis pedido. Y al punto fueron echados de la presencia del faraón. En seguida dijo el Señor a Moisés: Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto, hacia la langosta, a fin de que venga y devore toda la hierba que hubiere quedado después del pedrisco. Extendió, pues, Moisés la vara sobre la tierra de Egipto; y envió el Señor un viento abrasador todo aquel día y aquella noche, el cual venida la mañana, trajo las langostas. Se derramaron éstas sobre toda la tierra de Egipto, y posaron en todos los términos de los egipcios en tan espantosa muchedumbre, que nunca había habido tantas hasta aquel tiempo, ni las ha de haber en lo sucesivo. Y cubrieron toda la faz de la tierra, talándolo todo. De manera que fue devorada la hierba del campo, y todos los frutos de los árboles, que había perdonado la piedra; y no quedó absolutamente cosa verde, ni en los árboles, ni en las hierbas de la tierra en todo Egipto. Por lo cual el faraón a toda prisa llamó a Moisés y Aarón, y les dijo: Pecado he contra el Señor Dios vuestro, y contra vosotros. Ahora, pues, perdonadme mi pecado también por esta vez, y rogad al Señor vuestro Dios que aparte de mí esta muerte. Salido Moisés de la presencia del faraón, oró al Señor. El cual hizo soplar del poniente un viento muy recio, que, arrebatando las langostas, las arrojó en el mar Rojo; sin que quedase ni una sola en todos los confines de Egipto. Y el Señor endureció el corazón del faraón, que no dejó todavía partir a los hijos de Israel. Dijo entonces el Señor a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, y haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tan densas, que puedan palparse. Extendió Moisés la mano hacia el cielo, y al instante tinieblas horrorosas cubrieron toda la tierra de Egipto por espacio de tres días. Una persona no veía a otra, ni se movió del sitio en que estaba; pero dondequiera que habitaban los hijos de Israel, allí había luz. Por lo que el faraón llamó a Moisés y Aarón, y les dijo: Id, sacrificad al Señor; queden solamente vuestras ovejas y ganados mayores; vayan vuestros niños con vosotros. Respondió Moisés: También nos has de dar hostias y holocaustos que ofrecer al Señor Dios nuestro. Los ganados todos han de venir con nosotros: no ha de quedar de ellos ni una pezuña; como que son necesarios para el culto del Señor Dios nuestro, sobre todo no sabiendo qué es lo que debe inmolársele, hasta que lleguemos al sitio mismo que nos ha señalado. Con eso endureció el Señor el corazón del faraón, y no quiso tampoco soltarlos. Y dijo el faraón a Moisés: Quítateme de delante, y guárdate de comparecer otra vez en mi presencia: el primer día que te me presentes, morirás. Respondió Moisés: Así se hará como tú has dicho; no volveré yo a ver tu cara. Había antes el Señor dicho a Moisés: Todavía heriré al faraón y a Egipto, con una plaga, y después os despedirá y os obligará a que salgáis. Dirás, pues, a todo el pueblo que cada uno pida a su amigo, y cada mujer a su vecina, alhajas de plata y oro. Y el Señor hará que su pueblo encuentre buena disposición en los egipcios. Y también la persona de Moisés gozaba de grandísimo concepto en todo el país de Egipto, así entre los criados o grandes del faraón, como en todo el pueblo. Moisés le dijo también al faraón: Esto dice el Señor: A la medianoche saldré a recorrer Egipto; y morirán todos los primogénitos en la tierra de los egipcios, desde el primogénito de la esclava que hace rodar la muela en el molino, y todos los primogénitos de las bestias. Y se oirá un clamor grande en todo Egipto, cual nunca hubo, ni habrá jamás. Pero entre todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, no chistará siquiera un perro; para que conozcáis cuán milagrosa distinción hace el Señor entre egipcios e israelitas. Y todos esos servidores tuyos vendrán a mí, y postrados en mi presencia me suplicarán, diciendo: Sal tú, y todo tu pueblo que está a tus órdenes. Y después de esto saldremos. E irritado Moisés en extremo, se apartó del faraón. Entonces dijo el Señor a Moisés: Ni aún ahora ha de escucharos el faraón, a fin de que se multipliquen los prodigios en la tierra de Egipto. Todos estos portentos, que quedan escritos en este libro, obraron Moisés y Aarón delante del faraón. Mas el Señor endureció el corazón del faraón, quien no dejó salir de su tierra a los hijos de Israel. Dijo también el señor a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto: Este mes ha de ser para vosotros el principio de los meses. Será el primero entre los meses del año. Hablad a toda la congregación de los hijos de Israel, y decidles: El día diez de este mes tome cada cual un cordero por cada familia y por cada casa. Que si en alguna no fuese tanto el número de individuos, que baste para comer el cordero, tomará de su vecino inmediato a su casa aquel número de personas que necesite para comerle. El cordero ha de ser sin defecto, macho, y primal o del año; podréis, guardando el mismo rito, tomar o sustituir por él un cabrito. Lo reservaréis hasta el día catorce de este mes; en el cual, por la tarde, le inmolará toda la multitud de los hijos de Israel. Y tomarán de su sangre, y rociarán con ella los dos postes y el dintel de las casas en que le comerán. Las carnes las comerán aquella noche asadas al fuego, y panes ázimos o sin levadura, con lechugas silvestres. Nada de él comeréis crudo, ni cocido en agua, sino solamente asado al fuego; comeréis también la cabeza con sus pies e intestinos. No quedará nada de él para la mañana siguiente; si sobrare alguna cosa, la quemaréis de esta manera: Tendréis ceñidos vuestros lomos, y puesto el calzado en los pies, y un báculo en la mano; y comeréis aprisa, por ser la Fase, (eso es, el Paso) del Señor. Porque yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré de muerte a todo primogénito en dicha tierra, sin perdonar a hombre, ni bestia; y de los dioses todos de Egipto tomaré yo venganza, Yo el Señor. La sangre os servirá como señal en las casas donde estuviereis, pues yo veré la sangre y pasaré de largo, sin que os toque la plaga exterminadora, cuando yo heriré con ella la tierra de Egipto. Tendréis a este día por memorable; y le celebraréis como fiesta solemne al Señor con perpetuo culto, de generación en generación. Por siete días comeréis pan sin levadura; desde el primer día no habrá levadura en vuestras casas; todo el que comiere pan con levadura, desde el primer día hasta el séptimo, aquella alma será cortada o separada de Israel. El primer día será santo y solemne, y el día séptimo será venerado con igual solemnidad; ninguna obra servil haréis en ellos, excepto las que pertenecen a la comida. Guardaréis, pues, la fiesta de los ázimos; porque aquel mismo día sacaré de la tierra de Egipto a vuestro ejército o pueblo: día que habréis de celebrar de generación en generación con un culto perpetuo. El día catorce del primer mes, desde la tarde, comeréis los ázimos, hasta el día veintiuno del mismo mes por la tarde. Durante siete días no se hallará levadura en vuestras casas. Quien comiere pan con levadura, ora sea extranjero, ora sea natural del país, será borrada su alma del censo de Israel. Nada habéis de comer con levadura; usaréis de pan ázimo en todas vuestras casas. En seguida convocó Moisés a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Id a buscar la res para cada una de vuestras familias, e inmolad la Pascua ; y mojad un manojito de hisopo en la sangre vertida en el umbral de la puerta, y rociad con ella el dintel y ambos postes; ninguno de vosotros salga fuera de la puerta de su casa hasta la mañana. Porque ha de pasar el Señor hiriendo de muerte a los egipcios, y al ver la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará de largo la puerte de aquella casa; y no permitirá al ángel exterminador entrar en vuestras casas, ni haceros daño. Observa, oh Israel, este mandato, que ha de ser como una ley inviolable para ti, y para tus hijos perpetuamente. Así, pues, luego que entrareis en la tierra que os ha de dar el Señor, como lo tiene prometido, observaréis estas mismas ceremonias; y cuando vuestros hijos os preguntaren: ¿Qué significa este rito?, les responderéis: Esta es la víctima del Paso del Señor, cuando pasó de largo las casas de los hijos de Israel en Egipto, hiriendo de muerte a los egipcios, y dejando salvas nuestras casas. Al oír esto, se postraron todos y adoraron al Señor. Y habiendo salido los hijos de Israel, hicieron como el Señor había mandado a Moisés y Aarón. Mas he aquí que a la medianoche el Señor hirió de muerte a todos los primogénitos en la tierra de Egipto, desde el primogénito del faraón que le sucedía en el trono, hasta el primogénito de la esclava que estaba en cadena, y a todo primer nacido de las bestias. Con lo que se levantó el faraón de noche, y todos sus servidores, y Egipto todo; y fueron grandes los alaridos en Egipto, porque no había casa en donde no hubiera algún muerto. Y llamando el faraón en aquella misma noche a Moisés y a Aarón, les dijo: Marchad y retiraos prontamente de mi pueblo, así vosotros como los hijos de Israel. Id y ofreced sacrificios al Señor como decís. Llevaos vuestras ovejas y ganados mayores, conforme lo habéis pedido; y al partiros rogad por mí. Al mismo tiempo los egipcios estrechaban al pueblo para que saliese prontamente del país, diciendo: Si no marcháis pereceremos todos. El pueblo, pues, tomó la harina amasada, antes que se le pusiese levadura, y envuelta en los mantos o capas se la echó a cuestas. Asimismo, los hijos de Israel, haciendo lo que Moisés había ordenado, pidieron a los egipcios alhajas de oro y plata, y muchísima ropa. Y el Señor dio al pueblo gracia en los ojos de los egipcios, para que les prestasen lo que pedían; y de esta manera despojaron a los egipcios. Partieron, en fin, los hijos de Israel de Ramesés a Socot, en número de unos seiscientos mil hombres a pie, sin contar los niños. También salió agregada a ellos una turba inmensa de gente de toda clase, ovejas y ganados mayores, y todo género de animales en grandísimo número. Y cocieron la harina que acababan de transportar amasada de Egipto, e hicieron panes ázimos, cocidos al rescoldo, porque no habían podido echarles levadura, por la prisa que les metían los egipcios para que saliesen, no permitiéndoles ninguna dilación: ni habían podido pensar en disponer comida alguna para el viaje. El tiempo que moraron en Egipto y antes de Canaán los hijos de Israel, fue de cuatrocientos treinta años; cumplidos los cuales, salió en un mismo día de la tierra de Egipto todo el ejército del Señor. Digna es de ser consagrada al Señor esta noche en que sacó a los hijos de Israel de la tierra de Egipto; y deben celebrarla todos los hijos de Israel en adelante perpetuamente. Sobre lo cual dijo el Señor a Moisés y a Aarón: Este ha de ser el rito de la Pascua o cordero pascual. Ningún extranjero comerá de ella. Pero todo esclavo comprado será circuncidado, y entonces comerá. El advenedizo y jornalero no comerán de ella. El cordero se comerá dentro de la casa, no sacaréis afuera nada de su carne, ni le quebraréis ningún hueso. Todo el pueblo de los hijos de Israel celebrará la Pascua . Que si alguno de los extranjeros quisiese convertirse a vuestra religión y celebrar la Pascua del Señor, serán primero circuncidados todos los varones de su casa; y entonces la podrá celebrar legítimamente, y será como natural del país; pero quien no fuere circuncidado, no comerá de la Pascua . Una misma ley o rito guardará el nacional y el extranjero que mora entre vosotros. Así lo hicieron todos los hijos de Israel, como el Señor tenía mandado a Moisés y Aarón. Y en el mismo día sacó el Señor de la tierra de Egipto a los hijos de Israel, repartidos en diversos escuadrones o bandas. Habló después el Señor a Moisés, diciendo: Conságrame todo primogénito que abre el vientre de su madre, entre los hijos de Israel, tanto de hombre como de animales; porque míos son todos. Acordaos, dijo Moisés al pueblo, acordaos de este día en que habéis salido de Egipto y de la casa de vuestra esclavitud: cómo el Señor os ha sacado con mano fuerte de este lugar; por cuya razón no comeréis en semejante día pan con levadura. Salís hoy en el mes de las nuevas mieses o de la primavera. Cuando el Señor, pues, te hubiere introducido, oh Israel, en la tierra del cananeo, y del heteo, y del amorreo, y del heveo y del jebuseo, que prometió con juramento a tus padres que te daría a ti, tierra que mana leche y miel, tú celebrarás este rito sagrado en dicho mes. Por espacio de siete días comerás ázimos, y el día séptimo será también día solemne del Señor. Comerás ázimos, digo, por siete días; y no parecerá en tu casa, ni en todos tus términos, cosa alguna con levadura. Y en aquel día contarás el suceso a tu hijo, diciendo: Esto y esto hizo por mí el Señor, cuando salí de Egipto. Y será como una señal en tu mano, y como un recuerdo delante de tus ojos, a fin de que la ley del Señor esté siempre en tu boca; por cuanto con brazo fuerte te sacó de Egipto el Señor. Observarás este rito todos los años al tiempo señalado. Y cuando el Señor te haya introducido en la tierra del cananeo, como lo tiene jurado a ti y a tus padres, y te haya dado la posesión de ella, separarás para el Señor todos los primogénitos, y todos los primerizos de tus ganados; todo lo que tuvieres de sexo masculino, lo consagrarás al Señor. Al primer nacido o primerizo de asno le cambiarás por una oveja; si no le rescatares, le matarás. Pero a todos tus hijos primogénitos les rescatarás con dinero. Y cuando tu hijo te preguntare el día de mañana: ¿Qué significa esto?, le responderás: El Señor nos sacó con brazo fuerte de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. Porque como el faraón se hubiese obstinado en no querer dejarnos salir, mató el Señor a todos los primogénitos en tierra de Egipto, tanto de hombres como de bestias; por esta razón sacrifico yo al Señor todo primerizo que es del sexo masculino, y rescato todos los primogénitos de mis hijos. Lo que has de tener como una señal impresa en tu mano, y como un recuerdo pendiente ante tus ojos, que te advierte habernos el Señor sacado de Egipto con brazo fuerte. Habiendo, pues, el faraón, despedido al pueblo de Israel , no guió Dios a éste por el camino del país de los filisteos, aunque era el más corto; considerando que tal vez se arrepentiría al ver que le movían guerras, y se volvería a Egipto. Sino que los condujo rodeando por el camino del desierto, que está cerca del mar Rojo; y los hijos de Israel salieron de la tierra de Egipto armados. Moisés llevó también consigo los huesos de José; el cual lo había hecho prometer con juramento a los hijos de Israel, al decirles: Dios os visitará: llevaos de aquí mis huesos con vosotros. Ellos, habiendo partido de Socot, acamparon en Etam, que está en la extremidad del desierto. E iba el Señor delante para mostrarles el camino: de día en una columna de nube, y por la noche en una columna de fuego, sirviéndoles de guía en el viaje día y noche. Nunca faltó la columna de nube durante el día, ni la columna de fuego por la noche delante del pueblo. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Da orden a los hijos de Israel que vuelvan a su camino, y acampen frente a Fihahirot, que está entre Mágdalo y el mar, delante de Beelsefón; a la vista de este lugar sentaréis el campamento junto al mar. Porque el faraón va a decir de los hijos de Israel: Están estrechados del terreno, y cerrados de los montes del desierto. Y yo endureceré su corazón y os perseguirá; con lo que seré glorificado en el faraón y en todo su ejército, y conocerán los egipcios que Yo soy el Señor. Ellos lo hicieron así. Entretanto avisaron al rey de los egipcios que el pueblo iba huyendo; y se trocó el corazón del faraón y de sus servidores en orden al pueblo, y dijeron: ¿En qué pensábamos al soltar a Israel para que dejase de servirnos? Hizo, pues, uncir los caballos a su carroza, y tomó consigo a todo su pueblo. Y llevó seiscientos carros de guerra escogidos, y todos cuantos había en Egipto, y los capitanes de todo el ejército. Y el Señor abandonó el corazón del rey de Egipto a la obstinación, el cual fue al alcance de los hijos de Israel; pero éstos habían salido amparados de una mano todopoderosa. Siguiendo, pues, las huellas los egipcios, los hallaron acampados junto al mar. Toda la caballería y carros del faraón y el ejército entero estaban ya en Fihahirot, enfrente de Beelsefón. Y así que el faraón se hubo acercado, alzando los hijos de Israel sus ojos, vieron en pos de sí a los egipcios; con lo que se amedrentaron sobremanera. Y clamaron al Señor, y dijeron a Moisés: ¿Acaso faltaban sepulturas en Egipto, para que nos hayas traído a que muriésemos en el desierto? ¿Qué designio ha sido el tuyo en sacarnos de Egipto? ¿No te decíamos aún estando en Egipto: Déjanos que sirvamos a los egipcios? Porque mucho mejor nos era servirlos a ellos, que morir en el desierto. Moisés respondió al pueblo: No temáis, estad firmes, y veréis los prodigios que ha de obrar hoy el Señor; pues esos egipcios que ahora estáis viendo, ya nunca más los volveréis a ver. El Señor peleará por vosotros, y vosotros os estaréis quedos. Y dijo el Señor a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú levanta tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, para que los hijos de Israel caminen por el medio de él a pie enjuto. Yo entretanto endureceré el corazón de los egipcios para que vayan en persecución vuestra; y seré glorificado en el exterminio del faraón y de todo su ejército, y de sus carros y caballería. Entonces conocerán los egipcios que Yo soy el Señor, cuando haya hecho servir para mi gloria al faraón, y a sus carros y a su caballería. En esto, alzándose el ángel de Dios que iba delante del ejército de los israelitas, se colocó detrás de ellos; y con él la columna de nube, la cual, dejaba la delantera, se situó a la espalda, entre el campo de los egipcios y el de Israel; y la nube era tenebrosa por la parte que miraba a aquéllos, al paso que para Israel hacía clara la noche, de tal manera que no pudieron acercarse los unos a los otros durante todo el tiempo de la noche. Extendiendo, pues, Moisés la mano sobre el mar, le abrió el Señor por en medio, y soplando toda la noche un viento recio y abrasador, le dejó en seco, y las aguas quedaron divididas. Con lo que los hijos de Israel entraron por medio del mar en seco, teniendo las aguas como por muro a derecha e izquierda. Los egipcios, persiguiéndolos el alcance, entraron en medio del mar tras ellos, con toda la caballería del faraón, sus carros y gente de a caballo. Estaba ya para romper el alba; y he aquí que el Señor, echando una mirada desde la columna de fuego y de nube sobre los escuadrones de los egipcios, hizo perecer su ejército, y trastornó las ruedas de los carros, los cuales caían precipitados al profundo del mar. Por lo que dijeron los egipcios: Huyamos de Israel, pues el Señor pelea por él contra nosotros. Entonces dijo el Señor a Moisés: Extiende tu mano sobre el mar, para que se reúnan las aguas sobre los egipcios, sobre sus carros y caballos. Luego que Moisés extendió la mano sobre el mar, se volvió éste a su sitio al rayar el alba; y huyendo los egipcios, las aguas los sobrecogieron, y el Señor los envolvió en medio de las olas. Así las aguas, vueltas a su curso, sumergieron los carros y la caballería de todo el ejército del faraón, que había entrado en el mar en seguimiento de Israel; ni uno siquiera se salvó. Mas los hijos de Israel marcharon por medio del mar enjuto, teniendo las aguas por muro a derecha e izquierda. De esta suerte libró el Señor a Israel en aquel día de mano de los egipcios. Y vieron en la orilla del mar los cadáveres de los egipcios, y cómo el Señor había descargado contra ellos su poderosa mano. Con esto temió el pueblo al Señor, y creyó al Señor y a su siervo Moisés. Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este himno al Señor, diciendo: Cantemos alabanzas al Señor, porque ha hecho brillar su gloria y grandeza, y ha precipitado en el mar al caballo y al caballero. El Señor es la fortaleza mía, y el objeto de mis alabanzas, porque El ha sido mi Salvador . Este es mi Dios, y yo publicaré su gloria: el Dios de mis padres, a quien he de ensalzar. El Señor se ha aparecido como un valiente campeón: es su nombre el Omnipotente. A los carros del faraón y a su ejército los ha precipitado al mar; sus mejores capitanes han sido sumergidos en el mar Rojo. Sepultados quedan en los abismos, se hundieron como una piedra hasta lo más profundo. Tu diestra, ¡oh Señor!, ha demostrado su soberana fortaleza: Tu diestra, ¡oh Señor!, es la que ha herido al enemigo de tu pueblo. Y con la grandeza de tu gloria y poderío has derribado a tus adversarios. Enviaste los instrumentos de tu cólera, la cual los ha devorado como el fuego a una paja. Al soplo de tu furor se amontonaron las aguas; se paró la ola que iba corriendo; se cuajaron en medio del mar los abismos de las aguas. Iré tras ellos, había dicho el enemigo, y los alcanzaré; partiré los despojos, y se hartará mi alma; desenvainaré mi espada, y los matará mi mano. Sopló tu espíritu, ¡oh Señor!, y el mar los anegó; se hundieron como plomo en aguas impetuosas. ¿Quién hay entre los fuertes a ti semejante, oh Señor? ¿Quién hay semejante a ti, tan grande en santidad, terrible y digno de alabanza, y obrador de prodigios? Extendiste tú la mano, y la tierra los tragó. Por tu misericordia te has hecho el caudillo del pueblo que redimiste, y le has conducido a fuerza de tu poder a tu santa morada. Se levantaron los pueblos, y montaron en cólera; quedando penetrados de gran ira y dolor los habitantes de la Palestina. Se conturbaron los príncipes de Edom; los valientes de Moab se estremecieron, y se quedaron yertos los moradores todos de Canaán. Caiga sobre ellos el terror y espanto, a vista del gran poder de tu brazo, queden inmóviles como una piedra, en tanto que pasa, ¡oh Señor!, tu pueblo, hasta que pase este pueblo tuyo que tú has adquirido. A estos hijos tuyos tú los introducirás y establecerás, ¡oh Señor!, sobre el monte de tu herencia, sobre esa firmísima morada tuya, que tú le has fabricado: en Sión, ¡oh Señor!, santuario tuyo, que han fundado tus manos. El Señor reinará eternamente, y más allá de todos los siglos. Porque el faraón entró a caballo en el mar, con sus carros y caballería, y el Señor replegó sobre ellos las aguas del mar; mas los hijos de Israel pasaron por medio de él a pie enjuto. Entonces María, la profetisa, hermana de Aarón, tomó en su mano un pandero; y salieron en pos de ella todas las mujeres con panderos y danzas, cuyos coros guiaba, entonando la primera. Cantemos himnos al Señor, porque ha dado una gloriosa señal de su grandeza; ha precipitado en el mar al caballo y al caballero. En fin, Moisés sacó a los israelitas del mar Rojo, y fueron a salir al desierto del Sur, y anduvieron tres días por la soledad sin hallar agua. Llegaron después a Mara, y no podían beber las aguas de Mara por ser amargas. Por eso puso nombre apropiado al sitio, llamándole Mara esto es, amargura. Aquí murmuró el pueblo contra Moisés, diciendo: ¿Qué beberemos? Mas él clamó al Señor, el cual le mostró un madero, y habiéndole echado en las aguas, se endulzaron. Allí dio el Señor al pueblo algunos preceptos y leyes; y allí le probó, y dijo: Si escuchares la voz del Señor Dios tuyo, e hicieres lo que es recto, delante de él, y obedecieres sus mandamientos, y observares todos sus preceptos, no descargaré sobre ti plaga ninguna, de las que he descargado sobre Egipto; porque Yo soy el Señor que te doy la salud. De allí pasaron los hijos de Israel a Elim; donde había doce manantiales de aguas y setenta palmeras, y acamparon allí junto a las aguas. Partió de Elim toda la multitud de los hijos de Israel, y vino a parar en el desierto de Sin, que está entre Elim y el monte de Sinaí , el día quince del segundo mes, después de la salida del país de Egipto. Y murmuró en aquel desierto contra Moisés y Aarón el pueblo de los hijos de Israel. A los cuales dijeron los hijos de Israel: ¡Ojalá hubiésemos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando estábamos sentados junto a las calderas llenas de carne, y comíamos pan cuanto queríamos! ¿Por qué nos habéis traído a este desierto, para matar de hambre a toda la gente? Pero el Señor le dijo a Moisés: Voy a hacer que os llueva pan del cielo; salga el pueblo, y recoja lo que basta para cada día, pues quiero probarle, a ver si se ajusta o no a mi ley. Mas el día sexto prevengan lo que han de reservar, y así cojan doble de lo que solían coger cada día. Entonces Moisés, y Aarón dijeron a todos los hijos de Israel: Esta tarde conoceréis que el Señor es quien os ha sacado de la tierra de Egipto; y mañana veréis brillar el poder del Señor, pues ha oído que os quejáis de él. Por lo que hace a nosotros, ¿qué somos para que andéis murmurando contra nosotros? Y añadió Moisés: Esta tarde misma os dará el Señor a comer carnes y a la mañana pan, hasta que no queráis más, por cuanto ha oído vuestras quejas con que habéis murmurado contra él. Porque, ¿quiénes somos nosotros? Contra el Señor son, y no contra nosotros vuestras murmuraciones. Dijo también Moisés a Aarón: Di a todo el pueblo de los hijos de Israel: Venid, presentaos al Señor, porque ha oído vuestras murmuraciones. Aún estaba hablando Aarón a toda la muchedumbre de los hijos de Israel, cuando volviendo ellos los ojos hacia el desierto, he aquí que la majestad del Señor se apareció en medio de la nube, desde donde habló el Señor a Moisés, diciendo: He oído las murmuraciones de los hijos de Israel. Diles: Esta tarde comeréis carnes, y a la mañana es saciaréis de pan; con lo que sabréis que Yo soy el Señor Dios vuestro. Llegada, pues, la tarde, vinieron tantas codornices, que cubrieron todo el campamento; y por la mañana se halló esparcido también un rocío alrededor de él, el cual, habiendo cubierto la superficie de la tierra, quedó en el desierto sobre el suelo una cosa menuda, semejante a la escarcha que cae sobre la tierra. Lo que visto por los hijos de Israel se dijeron unos a otros: ¿Manhú?, que significa: ¿Qué es esto? Porque no sabían qué cosa fuese. A los cuales dijo Moisés: Este es el pan que el Señor os ha dado para comer. Ved lo que el mismo Señor ha ordenado: Recoja de ello cada uno cuanto basta para su sustento; así pues, cogeréis un gomor por persona, según el número de almas que habitan en cada tienda. Así lo hicieron los hijos de Israel, y recogieron quién más, quién menos. Lo midieron después por el gomor; ni quien más había cogido, por eso tuvo más, ni quien menos recogió, tuvo menos, sino que cada cual reunió tasadamente aquella porción que podía comer. Les advirtió además Moisés: Ninguno reserve de ello para mañana. Algunos no le obedecieron, sino que lo reservaron para el día siguiente, y empezó a hervir en gusanos, y se pudrió; por lo cual se enojó Moisés contra ellos. Recogía, pues, cada uno de madrugada cuanto le podía bastar para su mantenimiento; y calentando el sol, se derretía el maná del campo. Pero el sexto recogió uno el doble, a saber dos medidas de gomor por cabeza; de lo cual vinieron a dar cuenta a Moisés todos los príncipes del pueblo. Y él les dijo: Esto es lo que tiene ordenado el Señor. Mañana es el día de sábado, cuyo descanso está consagrado al Señor. Haced, pues, hoy todo lo que tengáis que hacer, y coged lo que haya de cocerse, y todo lo que sobrare guardadlo para mañana. Lo hicieron como Moisés lo había mandado, y el maná no se pudrió, ni se halló en él gusano alguno. Dijo entonces Moisés: Este lo comeréis hoy; porque siendo sábado del Señor, hoy no le habrá en el campo. Recogedle durante los seis días; pues el día séptimo es el sábado del Señor, y por eso no se hallará. Llegó el día séptimo; y habiendo salido algunos del pueblo a recogerle, no hallaron nada. Por lo cual dijo el Señor a Moisés: ¿Hasta cuándo habéis de ser rebeldes a mis mandamientos y a mi ley? Reflexionad que el Señor os ha encargado la observancia del sábado, y por eso el día sexto os da doblado alimento; estese cada cual en su tienda; ninguno salga fuera el día séptimo. Y observó el pueblo el descanso el día séptimo. Y la familia de Israel llamó aquel manjar Man; el cual era blanco, del tamaño de la simiente del cilantro, y su sabor, como torta de flor de harina, amasada con miel. Dijo también Moisés: Esto es lo que ha mandado el Señor: Llena de maná un gomor, y guárdese para las generaciones venideras, a fin de que vean el pan con que yo os sustenté en el desierto después de que os saqué de la tierra de Egipto. Dijo, pues, Moisés a Aarón: Toma un vaso, y echa en él todo el maná que pueda caber en tu gomor, y colócale delante del Señor, para que se conserve en vuestra posteridad, como Dios me tiene mandado. Aarón lo puso después en el Tabernáculo, para que se conservare. Y los hijos de Israel comieron maná por espacio de cuarenta años, hasta que llegaron a tierra poblada en que debían habitar: con este manjar fueron alimentados hasta que tocaron los confines de la tierra de Canaán. Una medida de gomor es la décima parte de un efi. Habiendo, pues, partido toda la multitud de los hijos de Israel del desierto de Sin, haciendo sus detenciones en los lugares señalados por el Señor, acamparon en Rafidim, donde no tuvo el pueblo agua que beber; el cual, levantando el grito contra Moisés, dijo: Danos agua para beber. Moisés le respondió: ¿Por qué os amotináis contra mí? ¿Cómo es que tentáis al Señor? Allí, pues, el pueblo, hallándose acosado de la sed y sin tener agua, murmuró contra Moisés, diciendo: ¿Por qué nos ha hecho salir de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, y a nuestros hijos y ganados? Clamó entonces Moisés al Señor, y le dijo: ¿Qué haré yo con este pueblo? Falta ya poco para que me apedree. Dijo el Señor a Moisés: Adelántate al pueblo, llevando contigo alguno de los ancianos de Israel, y toma en tu mano la vara con que heriste el río, y vete hasta la peña de Horeb, que yo estaré allí delante de ti; y herirás la peña, y brotará de ella agua para que beba el pueblo. Lo hizo así Moisés en presencia de los ancianos de Israel. Y puso a este lugar el nombre de Tentación, por el alboroto de los hijos de Israel, y porque tentaron al Señor, diciendo: ¿Está, o no está con nosotros el Señor? Sobrevinieron después los amalecitas y presentaron batalla a Israel en Rafidim. Y dijo Moisés a Josué: Escoge hombres de valor, y ve a pelear contra los amalecitas; mañana yo estaré en la cima del monte, teniendo la vara de Dios en mi mano. Hizo Josué lo que Moisés había dicho, y trabó combate con Amalec. Entretanto Moisés y Aarón y Hur subieron a la cima del monte. Y cuando Moisés alzaba las manos, vencía Israel, mas si las bajaba un poco, Amalec tenía la ventaja. Ya los brazos de Moisés estaban cansados; por lo que tomando una piedra, se la pusieron debajo, y se sentó en ella, y Aarón de una parte y Hur de la otra lo sostenían en brazos, los cuales de esta manera permanecieron en alto hasta que se puso el sol. Y Josué derrotó a Amalec, y pasó a cuchillo su gente. Entonces el Señor dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y adviérteselo a Josué, a saber: Que yo he de borrar de debajo del cielo la memoria de Amalec. Edificó allí Moisés un altar al Señor al que puso por nombre: EL SEÑOR ES MI EXALTACION, diciendo: Ciertamente que la mano del Señor se extenderá desde su solio contra Amalec, y guerra le hará el Señor en todas las generaciones. Pues como hubiese oído Jetro, sacerdote de Madián, suegro de Moisés, todo lo que Dios había hecho a favor de Moisés y de Israel su pueblo, y cómo el Señor había sacado a Israel de Egipto, tomó a Séfora, mujer de Moisés, el cual se la había remitido, y a sus dos hijos, llamado el uno Gersam, por haber dicho el padre: He estado peregrino en tierra extraña; y el otro, Eliézer, porque dijo: El Dios de mi padre fue mi protector, y me libró de la espada del faraón. Jetro, pues, suegro de Moisés, vino a encontrarle con sus hijos y la mujer de éste, en el desierto en donde estaba acampado el pueblo, cerca del monte de Dios. Y envió aviso a Moisés, diciendo: Yo Jetro, suegro tuyo, vengo a encontrarte con tu mujer y tus dos hijos. Moisés, habiendo salido a recibir a su suegro, le hizo profunda reverencia, y le besó, y se saludaron recíprocamente con palabras afectuosas. Y así que hubieron entrado en el pabellón, contó Moisés a su suegro todos los prodigios que había hecho el Señor contra el faraón y los egipcios en favor de Israel, y todos los trabajos sufridos en el viaje, y cómo el Señor los había librado. Se alegró Jetro al oír todos los beneficios que el Señor había hecho a Israel, y de que le hubiese sacado del poder de los egipcios, y dijo: Bendito sea el Señor, que os ha librado de las manos de los egipcios y de las manos del faraón, y ha sacado a su pueblo del poder de Egipto. Ahora conozco bien que el Señor es grande sobre todos los dioses, como se ha visto con los egipcios, y así que se han levantado tan orgullosamente contra su pueblo. Ofreció, pues, Jetro, suegro de Moisés, holocausto y hostias a Dios; y fueron Aarón y todos los ancianos de Israel a comer con él en la presencia de Dios. Al día siguiente Moisés se sentó a despachar las causas del pueblo, el cual estaba alrededor de él desde la mañana hasta la noche. Lo que observado por su suegro es a saber, que acudía a todas las cosas del pueblo, dijo: ¿Qué viene a ser eso que practicas con el pueblo? ¿Por qué eres tú solo en dar audiencia, y está todo el pueblo esperando desde la mañana hasta la noche? Le respondió Moisés: Viene a mí el pueblo, a fin de oír la determinación de Dios. Y cuando se suscita entre ellos alguna diferencia, acuden a mí para que decida entre las partes, y les haga conocer los preceptos de Dios y sus leyes. No haces bien en eso, replicó Jetro. Con trabajo tan ímprobo te consumes, no solamente tú sino también este pueblo que te rodea. Es empeño superior a tus fuerzas; no podrás sobrellevarle tú solo. Escucha, pues, mis palabras y consejos, y Dios será contigo. Sé tú medianero del pueblo en las cosas pertenecientes a Dios, presentándole las súplicas que se le hacen, y enseñando al pueblo las ceremonias y los ritos del culto divino, y el camino que debe seguir, y las obras que debe practicar. Para lo demás escoge de todo el pueblo sujetos de firmeza y temerosos de Dios, amantes de la verdad y enemigos de la avaricia, y de ellos establece tribunos, centuriones, y cabos de cincuenta personas y de diez: los cuales sean jueces del pueblo continuamente. Y si ocurre alguna cosa grave, remítanla a ti, sentenciando ellos las de menos importancia; y así será para ti más llevadera la carga, partiéndola con otros. Si esto hiciereis, cumplirás las órdenes de Dios, y podrás cuidar que se ejecuten tus preceptos; y toda esta gente se volverá en paz a su morada. Oídas estas razones, Moisés hizo todo lo que su suegro le había sugerido. Y habiendo escogido de todo Israel hombres de pulso y firmeza, los constituyó jefes del pueblo, tribunos y centuriones, y capitanes de cincuenta hombres, y de diez o decuriones. Los cuales administraban justicia al pueblo en todo tiempo, y las causas más graves las remitían a Moisés, juzgando ellos solamente las más fáciles. Después de esto se despidió de su suegro; el cual se volvió a su país. Al tercer mes de la salida de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí . Porque habiendo partido de Rafidim, y llegando hasta el desierto de Sinaí , acamparon en este lugar; y allí fijó Israel sus tiendas enfrente del monte. De aquí subió Moisés hacia Dios, el cual le llamó desde la cima del monte, y dijo: Esto dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel. Vosotros mismos habéis visto lo que he hecho con los egipcios; de qué manera os he traído cual águila sobre mis alas, y os he tomado por mi cuenta. Ahora bien, si escuchareis mi voz y observareis mi pacto seréis para mí, entre todos los pueblos la porción escogida, ya que mía es toda la tierra. Y seréis vosotros para mí un reino sacerdotal, y nación santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel. Bajó, pues, Moisés, y convocados los ancianos del pueblo, les expuso todo lo que el Señor le había mandado decirles. Y respondió a su vez todo el pueblo: Haremos todo cuanto ha dicho el Señor. Y habiendo Moisés llevado al Señor la respuesta del pueblo, el Señor le dijo: Ahora mismo vendré yo a ti en una densa y oscura nube, a fin de que el pueblo me oiga hablar contigo, y te dé crédito perpetuamente. Y Moisés refirió las palabras del pueblo al Señor; quien le dijo: Vuelve al pueblo, y haz que todos se purifiquen entre hoy y mañana, y laven sus vestidos, y estén preparados para el día tercero; porque en el día tercero descenderá el Señor a vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí . Pero tú has de señalar límites al pueblo en el circuito, y decirles: Guardaos de subir al monte, ni os acerquéis alrededor de él. Todo el que se llegare al monte, morirá sin remisión. No le ha de tocar mano de hombre alguno, sino que ha de morir apedreado o asaetado; ya fuere bestia, ya hombre, perderá la vida. Mas cuando comenzare a sonar la bocina, salgan entonces hacia el monte. Bajó, pues, Moisés del monte, y llegando al pueblo le purificó; y después que lavaron sus vestidos, les dijo: Estad apercibidos para el día tercero, y no os lleguéis a vuestras mujeres. Ya que era venido el día tercero y rayaba el alba, de repente principiaron a oírse truenos, y a relucir los relámpagos, y se cubrió el monte de una densísima nube, y el sonido de la bocina resonaba con grandísimo estruendo; con lo que se atemorizó el pueblo, que estaba dentro de los campamentos. De donde sacado por Moisés para salir a recibir a Dios, se pararon todos a las faldas del monte. Todo el monte Sinaí estaba humeando, por haber descendido a él el Señor entre llamas; subía el humo de él como de un horno, y todo el monte causaba espanto. Al mismo tiempo el sonido de la bocina cada vez se sentía más recio, y se extendía a mayor distancia. Moisés hablaba, y Dios le respondía. Descendió el Señor sobre el monte Sinaí , en la cima misma del monte, y llamó a Moisés a aquella cumbre. A donde habiendo subido, le dijo: Baja y dile al pueblo que no se arriesgue a traspasar los límites para ver al Señor, por cuyo motivo vengan a perecer muchísimos de ellos. Los sacerdotes asimismo que se acercan al Señor, purifíquense; no sea que los castigue de muerte. Dijo entonces Moisés al Señor: No se atreverá el pueblo a subir al monte Sinaí , puesto que tú me has dicho y mandado expresamente: Señala límites alrededor del monte, y santifícale. Mas el Señor le dijo: Anda, baja, después subirás tú y Aarón contigo; pero los sacerdotes y el pueblo no traspasen los límites, ni suban hacia donde está el Señor, no sea que les quite la vida. Bajó Moisés al pueblo y le refirió todas estas cosas. En seguida pronunció el Señor todas estas palabras: Yo soy el Señor Dios tuyo, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí. No harás para ti imagen de escultura, ni figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni de las que hay en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás ni rendirás culto. Yo soy el Señor Dios tuyo, el fuerte, el celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, de aquellos, digo, que me aborrecen; y que uso de misericordia hasta millares de generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios: porque no dejará el Señor sin castigo al que tomare en vano el nombre del Señor Dios suyo. Acuérdate de santificar el día de sábado. Los seis días trabajarás, y harás todas tus labores. Mas el día séptimo es sábado, o fiesta del Señor Dios tuyo. Ningún trabajo harás en él, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu criado, ni tu criada, ni tus bestias de carga, ni el extranjero que habita dentro de tus puertas o poblaciones. Por cuanto el Señor en seis días hizo el cielo y la tierra, y el mar, y todas las cosas que hay en ellos, y descansó en el día séptimo; por esto bendijo el Señor el día del sábado, y le santificó. Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años sobre la tierra que te ha de dar el Señor Dios tuyo. No matarás. No fornicarás. No hurtarás. No levantarás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo; ni desearás su mujer, ni esclavo, ni esclava, ni buey, ni asno, ni cosa alguna de las que le pertenecen. Entretanto todo el pueblo oía las voces o truenos, y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y veía el monte humeando; de lo cual aterrados y despavoridos, se mantuvieron a lo lejos, diciendo a Moisés: Háblanos tú, y oiremos; no nos hable el Señor, no sea que muramos. Respondió Moisés al pueblo: No temáis; pues el Señor ha venido a fin de probaros, y para que su temor se imprima en vosotros y no pequéis. Así el pueblo se mantuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad de la niebla en donde estaba Dios. Dijo además el Señor a Moisés: Esto dirás a los hijos de Israel: Ya habéis visto cómo yo os he hablado desde el cielo. No os haréis dioses de plata, ni de oro. A mí me haréis un altar de tierra, y sobre él ofreceréis vuestros holocaustos y hostias pacíficas, vuestras ovejas y vacas, en todo lugar consagrado a la memoria de mi nombre; allí iré Yo, y te daré mi bendición. Y si me hicieres altar de piedra, no le has de hacer de piedras labradas; porque si alzares pico sobre él, quedará profanado el altar. No subirás por gradas a mi altar, porque no se descubra tu desnudez, o indecencia. Estas son las leyes judiciales que les has de proponer: Si comprares un esclavo hebreo, seis años te servirá; al séptimo saldrá libre, sin pagar nada. Cual era el vestido con que entró, tal ha de ser aquél con que saldrá. Si tenía mujer, la mujer también saldrá con él. Mas si su señor le hubiere dado mujer no hebrea, y le hubiere parido hijos e hijas, la mujer y sus hijos serán de su señor; y él saldrá con su vestido. Que si el esclavo dijere: Yo amo a mi señor y a mi mujer e hijos, no quiero recobrar mi libertad, el dueño le presentará ante los dioses, esto es, a los jueces, y arrimándole a los postes de la puerta de su casa, le perforará la oreja con una lezna, y quedará esclavo suyo para siempre. Si alguno vendiere su hija para esclava, no saldrá como suelen salir las otras esclavas. Si desagradare a los ojos de su dueño, a quien fue entregada, la despedirá; mas no tendrá facultad de venderla a otra gente o familia, si él la despreció. Pero si la desposare con su hijo, le dará el trato propio de las hijas. Mas si casa su hijo con otra, dará marido a la muchacha y vestidos, y no la defraudará del precio debido a su perdida virginidad. Si no hiciera estas tres cosas, saldrá libre, sin pagar nada. Quien hiriere a un hombre, matándole voluntariamente, muera sin remisión. Que si no lo hizo adrede, sino que Dios dispuso que casualmente cayese en sus manos, yo te señalaré un lugar en que podrá refugiarse. Al que de caso pensado y a traición matare a su prójimo, le arrancarás hasta de mi altar, para que muera. Quien hiriere a su padre o madre, muera sin remedio. El que hubiere robado un hombre y le vendiere, convencido del delito, muera irremisiblemente. El que maldijere a su padre o madre, sea sin remisión castigado de muerte. Si riñeren entre sí dos hombres, y el uno hiriere a su prójimo con piedra o con el puño, y éste no muriere, pero tuviere que guardar cama; si después se levantare y anduviere por fuera apoyado sobre su bastón, quedará el percusor exento de la pena de muerte; pero con la obligación de resarcirle sus jornales perdidos y los gastos de la curación. Quien hiriere a palos a su esclavo o esclava, si murieren entre sus manos, será reo de crimen. Mas si sobrevivieren uno o dos días, no estará sujeto a pena, porque es de su propiedad. Si armando pendencia algunos hombres, uno de ellos hiriere a una mujer preñada, y ésta abortase, pero no muriese, resarcirá el daño, según lo que pidiere el marido de la mujer y juzgaren los árbitros. Pero si siguiese la muerte de ella, pagará vida por vida, y en general se pagará ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe. Si alguno hiriere en el ojo a su esclavo o esclava y los dejare tuertos, les dará libertad por causa del ojo que les sacó. Del mismo modo si hiciere saltar un diente al esclavo o esclava, los dejará ir libres. Si un buey acorneare a un hombre o a una mujer y resultare la muerte de éstos, será el buey muerto a pedradas, y no se comerán sus carnes; mas el dueño del buey quedará absuelto. Pero si el buey acorneaba de tiempo atrás, y requerido por ello su dueño, no le tuvo encerrado, y matare a hombre o a mujer; no sólo el buey será apedreado, sino también muerto su dueño. Si los jueces le imponen solamente una multa, dará en rescate de su vida cuanto le fuere mandado. Si acornease a un muchacho o muchacha, estará sujeto a la misma sentencia. Si acometiere a un esclavo o esclava, dará treinta siclos de plata al amo de ellos, y el buey morirá apedreado. Si alguno destapa un pozo o le abre de nuevo, y no lo cubre, y viniere a caer en él un buey o un asno, pagará el dueño del pozo el precio de las bestias, mas el animal muerto será suyo. Si el buey de alguno hiriere al buey de otro y éste muriere, venderán el buey vivo y partirán su precio, y la carne del muerto la repartirán entre sí. Pero si el dueño sabía ya que de tiempo atrás el buey acometía y no le encerró, restituirá buey por buey, y será suyo todo entero el buey muerto. Si alguno robare un buey u oveja y los matare o vendiere, restituirá cinco bueyes por un buey, y cuatro ovejas por una oveja. Si un ladrón fuese hallado forzando de noche o socavando una casa, y siendo herido muriere, el matador no será reo de muerte. Pero si lo hiciere después de salido el sol, cometió un homicidio, y así también debe él morir. El ladrón que no tuviere con qué restituir, él mismo ha de ser vendido. Si lo que hurtó se hallare vivo en su poder, sea buey, sea asno, o sea oveja, deber restituir el doble. Si alguno causare daño en un campo o viña, y dejare a su ganado pastar la heredad ajena, restituirá de lo mejor que tuviere en su campo o viña, a proporción del daño. Si tomando cuerpo el fuego, prendiere en las espinas o matorrales, y abrasare los montones de los frutos o las mieses que están por segar en los campos, pagará el daño aquél que encendió el fuego. Si alguno depositare dinero o alhaja en casa de su amigo y se lo robaren al depositario, si se halla el ladrón, restituirá éste el doble. Si el ladrón no aparece, el dueño de la casa será presentado ante los jueces, y jurará no haber tocado el depósito de su prójimo, ni tenido parte en el hurto, ya sea del buey, ya del asno, ya de oveja, o bien de ropa o cualquiera otra cosa que puede ocasionarle daño; la causa de ambos se ventilará ante los jueces, y si ellos le condenaren, restituirá el doble a su prójimo. Si alguno diere a guardar a su prójimo un asno, buey, oveja, o cualquier animal, y éste muriere, o fuere estropeado, o cogido por los enemigos, sin que nadie le haya visto, se interpondrá juramento de que no tocó la hacienda de su prójimo; y el dueño se dará por satisfecho con el juramento, y el otro no será obligado a resarcir. Pero si la bestia ha sido robada por descuido, pagará el daño, si destrozada por alguna fiera, tráigasela muerta al dueño, y no tendrá que pagar nada. El que pidiere prestadas cosas de este género a su prójimo y alguna se estropeare o muriere, no estando presente el dueño, será obligado a la restitución. Pero si el dueño se hallare presente, no deberá restituir; sobre todo si fuere alquilada, pues paga el alquiler por el uso de ella. Si alguno sedujere a una doncella todavía no desposada y durmiere con ella, la dotará y tomará por mujer. Si el padre de la doncella no quiere dársela, dará la cantidad de dinero correspondiente a la dote que suelen recibir las esposas. No sufrirás que los hechiceros queden con vida. El que pecare con una bestia, sea castigado de muerte. Quien ofreciere sacrificios a otros dioses, si no es sólo al Señor, será muerto. No contristarás ni oprimirás al extranjero, ya que también vosotros fuisteis extranjeros en tierra de Egipto. No haréis daño a la viuda ni al huérfano. Si le hiciereis, clamarán a mí, y yo escucharé sus clamores, y se encenderá mi enojo, y os haré perecer a cuchillo, y vuestras mujeres quedarán viudas, y huérfanos vuestros hijos. Si prestares dinero al necesitado de mi pueblo, que mora contigo, no le has de apremiar como un inspector, ni oprimirle con usuras. Si recibieres de tu prójimo su vestido o manta en prenda, se la volverás antes de ponerse el sol, supuesto que no tiene otro con qué cubrirse y abrigar sus carnes, ni con que dormir o arroparse de noche. Si clamare a mí, le oiré porque yo soy misericordioso. No hablarás mal de los jueces ni maldecirás al príncipe de tu pueblo. No serás perezoso en pagar tus diezmos y tus primicias: me darás el primogénito de tus hijos. También has de hacer lo mismo con el de tus bueyes y ovejas; siete días estará con su madre, y el día octavo me lo ofrecerás. Seréis vosotros unos hombres consagrados a mi servicio; no comeréis la carne que antes haya sido gustada de las bestias, sino que la echaréis a los perros. No des oídos a calumniadores, ni te prestarás a decir falso testimonio en favor del impío. No sigas la muchedumbre para obrar mal, ni en el juicio te acomodes al parecer del mayor número, de modo que te desvíes de la verdad. Ni aun del pobre has de tener compasión, tratándose de la justicia. Si encuentras el buey o asno perdido de tu enemigo, se lo conducirás. Si vieres caído con la carga el asno de aquel que te quiere mal, no te pases de largo, sino ayúdale a levantarle. No tuerzas la justicia, condenando al pobre. Huye de la mentira. No harás morir al inocente y al justo, porque yo aborrezco al impío. No recibas regalos, porque deslumbran aun a los prudentes y pervierten las sentencias de los justos. No molestarás al forastero, ya que sabéis lo que es ser forastero; pues vosotros mismos habéis estado en la tierra de Egipto como forasteros. Seis años sembrarás tu tierra, y cogerás tus frutos. Mas el año séptimo la dejarás holgar, para que tengan que comer los pobres de tu pueblo, y lo que sobrare sirva de pasto a las bestias del campo; lo mismo harás con tu viña y tu olivar. Seis días trabajarás; el séptimo descansarás, para que repose tu buey y tu asno, y se recree el hijo de tu esclava y el extranjero. Observad todas las cosas que os he dicho. No juréis por el nombre de dioses extranjeros, ni aun siquiera los mentéis. Tres veces cada año, ¡oh Israel!, me celebrarás fiesta solemne. Observarás la solemnidad de los ázimos. Por siete días, como te tengo mandado, comerás pan sin levadura en el mes de los nuevos frutos, que es cuando saliste de Egipto; no te presentarás delante de mí con las manos vacías. La otra solemnidad será en la siega de los frutos primerizos de tus labores, de todo aquello que hubieses sembrado en el campo. La tercera solemnidad en la recolección de todos los frutos del campo, al fin del año. Tres veces al año se presentarán todos tus varones delante del Señor Dios tuyo. No me ofrecerás con levadura la sangre de mi víctima, ni se reservará la grosura de mi víctima solemne hasta el día siguiente. Ofrecerás en la casa del Señor Dios tuyo las primicias de los frutos de tu tierra. No cocerás el cabrito o cordero en la leche de su madre. Mira que yo enviaré al ángel mío que te guíe y guarde en el viaje, hasta introducirte en el país que te he preparado. Reverénciale y escucha su voz: por ningún caso le menosprecies; porque si haces algún mal, no te lo pagará; y en él se halla el nombre mío. Que si tú escuchares su voz, y ejecutares toda las cosas que ordeno, seré enemigo de tus enemigos, y perseguiré a los que te persigan. Y mi ángel irá delante de ti y te introducirá en el país del amorreo, y del heteo, y del ferezeo, y del cananeo, y del heveo, y del jebuseo, a los cuales yo exterminaré. No adorarás ni darás culto a sus dioses; no imitarás sus obras, antes bien los destruirás y harás pedazos sus estatuas. Al Señor Dios tuyo servirás para que yo eche la bendición sobre tus panes y tus aguas, y destierre de ti las enfermedades. No habrá en tu país mujer que aborte o sea estéril; y prolongaré los días de tu vida. Yo enviaré el terror de mi nombre por precursor tuyo delante de ti; y exterminaré todos los pueblos del país en que tú entrarás, y haré que a tu presencia vuelvan la espalda todos tus enemigos, arrojando delante tábanos, que ahuyenten al heveo, y al cananeo, y al heteo, antes de que tú entres en su país. No te los quitaré de delante en un solo año; porque no quede la tierra desierta, y no se multipliquen las fieras en daño tuyo. Los iré quitando de tu presencia poco a poco, mientras que tú vas creciendo y señoreando la tierra. Fijaré tus confines desde el mar Rojo hasta el mar de la Palestina, y desde el desierto de la Arabia hasta el río Eufrates. Pondré en tus manos a los moradores del país, y los arrojaré de tu presencia. No trabarás con ellos alianza, ni con sus dioses. No habiten en tu tierra, no sea que te hagan pecar contra mí, incitándote a que sirvas a sus dioses o ídolos; lo que sería ciertamente tu ruina. Dijo después Dios a Moisés: Sube al Señor tú y Aarón, Nadab y Abiú, y los setenta ancianos de Israel, y le adoraréis desde lejos. Y sólo Moisés subirá hasta el Señor, y los demás no se acercarán; ni subirá con él el pueblo. Vino, pues, Moisés, y refirió al pueblo todas las cosas del Señor y todas las leyes. Y todo el pueblo a una voz respondió: Todas las palabras que ha hablado el Señor las ejecutaremos. Escribió, pues, Moisés todo cuanto dijo el Señor; y levantándose de mañana, edificó un altar de tierra al pie del monte, y puso doce piedras o aras, según el número de las doce tribus de Israel. Y eligió algunos jóvenes de los hijos de Israel, que ofrecieron holocaustos e inmolaron víctimas pacíficas de becerros al Señor. Tomó entonces Moisés la mitad de la sangre y la echó en tazas, y derramó sobre el altar la otra mitad. Y tomando el libro en que estaba escrita la alianza, lo leyó delante del pueblo; el cual dijo: Haremos todas las cosas que ha ordenado el Señor, y seremos obedientes. Tomando entonces Moisés la sangre, roció con ella al pueblo, diciendo: Esta es la sangre de la alianza, que el Señor ha contraído con vosotros, mediante todo lo tratado. Luego subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y los setenta ancianos de Israel: y vieron al Dios de Israel; y la peana de sus pies parecía una obra hecha de zafiros y como el cielo cuando está sereno. Ni por eso la mano de Dios hirió a estos hijos de Israel, que habían avanzado mucho hacia el monte; sino que después de haber visto a Dios, comieron ellos y bebieron lo mismo que antes. Mas dijo Dios a Moisés: Sube a lo alto del monte en donde estoy y detente allí, y te daré unas tablas de piedra con la ley y los mandamientos que tengo escritos en ellas, a fin de que los enseñes al pueblo. Partieron, pues, Moisés y Josué, su ministro; y Moisés, al subir al monte de Dios, dijo a los ancianos: Aguardad aquí hasta que volvamos a vosotros. Ahí quedan con vosotros Aarón y Hur; si hubiera alguna disputa, recurriréis a ellos. Subió, pues, Moisés al monte, al cual cubrió luego una nube. Y la gloria del Señor se manifestó en la cima de Sinaí , cubriéndola con la nube por seis días; y al séptimo le llamó Dios de en medio de la nube oscura. La gloria del Señor aparecía como un fuego ardiente, que abrasaba la cumbre del monte, a los ojos de los hijos de Israel. Y habiendo entrado Moisés en medio de aquella niebla, subió a la cima del monte, en donde estuvo cuarenta días y cuarenta noches. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel que separen para mí primicias u ofrendas, las que recibiréis de todos los que las ofrecieren de buena voluntad. Las especies que debéis recibir son estas: oro, plata y cobre; ropas de color de jacinto, de púrpura y de grana dos veces teñida, y lino fino, pelos de cabras, y pieles de carneros teñidas de encarnado, y pieles moradas, y maderas de setim o incorruptibles; aceite para mantener las lámparas, aromas para componer el óleo santo destinado a ungir, y perfumes de buen olor; piedras de ónix o cornerinas, y demás pedrería para adornar el efod, y el pectoral. Y me fabricarán un Santuario, y habitaré en medio de ellos. Le fabricaréis conforme en todo al diseño del Tabernáculo que te mostraré ahora mismo, y de todos los vasos para su culto. Haréis de esta manera: Formad un arca de madera de setim, que tenga de longitud dos codos y medio, codo y medio de anchura, y de altura otro codo y medio. Y la cubrirás por dentro y por fuera con planchas de oro purísimo, y encima labrarás una cornisa de oro alrededor; y cuatro anillos de oro, que pondrás en los cuatro ángulos del arca , dos en un lado y dos en otro. Harás también unas varas de madera de setim, y las cubrirás igualmente con láminas de oro, y las meterás por los anillos de oro que están en los lados del arca , y servirán para llevarla; las cuales estarán siempre metidas en los anillos, y jamás se sacarán de ellos. Y pondrás en el arca las tablas de la ley, que yo te daré. Harás también el propiciatorio de oro purísimo; dos codos y medio tendrá su longitud, y la latitud codo y medio. Harás asimismo dos querubines de oro macizo labrados a martillo, y los pondrás en las dos extremidades del oráculo o propiciatorio. Un querubín estará en un lado, y otro en el otro; y han de cubrir ambos lados del propiciatorio, extendiendo las alas sobre el propiciatorio, mirándose uno a otro con las caras vueltas hacia el propiciatorio, con el cual se ha de cubrir el arca , dentro de la que pondrás las tablas de la ley, que te daré. Desde allí te daré yo mis órdenes; desde encima del propiciatorio, y desde en medio de los dos querubines puestos sobre el Arca del Testamento, te diré todas cuantas cosas hubiere de ordenar por tu medio a los hijos de Israel. Harás también una mesa de madera de setim, la cual tenga dos codos de longitud, uno de latitud y codo y medio de altura; y la cubrirás con láminas de oro purísimo, la ceñirás con una cornisa de oro, y sobre la cornisa labrarás una corona o guirnalda entretallada, de cuatro dedos de alto, y encima de ésta otra coronita de oro. Formarás asimismo cuatro anillos de oro, y los pondrás en las cuatro esquinas de la misma mesa, uno para cada pie de ella. Los anillos de oro estarán debajo de la cornisa para meter las varas por ellos, a fin de que pueda transportarse la mesa. Harás también de madera de setim estas varas, cubriéndolas con planchas de oro y servirán para conducir la mesa. También formarás de oro purísimo tazas y fuentes, incensarios y copas, en que se han de ofrecer las libaciones. Y sobre la mesa tendrás siempre puestos ante mi presencia los panes de la proposición. Labrarás, igualmente de oro purísimo y a martillo, un candelero con su tronco, y brazos, y vasitos, y bolitas, y lirios que broten del mismo. Seis brazos saldrán de los lados, tres de un lado y tres de otro. En cada vaso tres vasitos en figura de una nuez abierta, su bolita y su lirio; de la misma manera tres vasitos en forma de nuez en cada otro brazo, con su bolita y su lirio: tal será la estructura de los seis brazos que han de salir del tronco. En el mismo tronco del candelero habrá cuatro vasitos en forma de nuez, y en cada uno su bolita y su lirio. De las bolitas en tres lugares del tronco saldrán dos brazos, que vendrán a ser en todo seis brazos procedentes del mismo tronco. Tanto las bolitas como los brazos procederán del mismo tronco, y todo ello será de oro purísimo, trabajado a martillo. Harás también siete lamparillas, y las pondrás sobre el candelero para que alumbren de frente. Las despabiladeras y las cazoletas donde se apagan las pavesas, serán igualmente de oro el más puro. Todo el peso del candelero, con todos sus utensilios, tendrá un talento de oro purísimo. Mira bien, y hazlo fabricar conforme al diseño que se te ha propuesto en el monte. El Tabernáculo has de hacerlo así: Harás diez cortinas de torzal de lino fino, de color de jacinto o azul celeste, de púrpura y de grana dos veces teñida, con variedad de bordados. Cada cortina tendrá veintiocho codos de largo, y cuatro de ancho. Todas las cortinas serán de una misma medida. Cinco cortinas se unirán entre sí, y las otras cinco se unirán del mismo modo. Pondrás presilla de color de jacinto en los lados y cabos de las cortinas, para que puedan unirse las unas con las otras. Cada cortina tendrá por ambas partes cincuenta presillas, dispuestas de tal modo que la una corresponda a la otra, y se puedan ajustar entre sí. Harás asimismo cincuenta anillos o corchetes de oro, con los que se han de trabar los velos de las cortinas, de manera que se forme una sola tienda o tabernáculo. También harás once cubiertas de pelos de cabra para el techo del Tabernáculo. Cada una de estas cubiertas tendrá treinta codos de largo y cuatro de ancho; todas serán de una misma medida. Cinco de ellas las juntarás aparte, y las otras seis las trabarás entre sí, de modo que la sexta se doble por delante del techo. Harás también en la orilla de cada cubierta cincuenta presillas, para que se pueda unir con la otra, y cincuenta presillas en la orilla de ésta para unirla a la contigua. Harás asimismo cincuenta hebillas de bronce, mediante las cuales se traben las presillas, para que de todos los paños se forme un solo toldo. Mas como de las cubiertas que sirven para toldo sobra una, con la mitad de ésta cubrirás la parte posterior del Tabernáculo. Y como tienen las cubiertas dos codos de largo más que las cortinas, un codo colgará de una parte y otro de otra, cubriendo los dos lados del Tabernáculo. Harás también al Tabernáculo otra cubierta de pieles de carneros, teñidas de rojo, y sobre ésta otra cubierta de pieles moradas. Plantarás asimismo tablones de madera de setim, que sostengan el Tabernáculo; cada uno de los cuales tendrá de longitud diez codos y de anchura codo y medio. En los lados de cada tablón se harán dos muescas para encajar un tablón con otro, y de este modo se dispondrán todos los tablones. Veinte de éstos se pondrán en el lado meridional que mira al Austro, para los cuales fundirás cuarenta basas de plata; de suerte que dos basas sustenten los dos ángulos de cada tablón. En la misma forma se pondrán veinte tablones al otro lado del Tabernáculo que mira al Norte, los cuales tendrán cuarenta basas de plata: dos basas debajo de cada tablón. En la parte occidental del Tabernáculo plantarás seis tablones, además de otros dos que se han de fijar a la espalda del Tabernáculo en las esquinas, y estarán trabados de abajo arriba, y asegurados todos con un mismo encaje. Semejante trabazón se observará en los dos tablones que se han de colocar en las esquinas. Así serán en todo ocho tablones los que habrá en el fondo, con diez y seis basas de plata, dando a cada tablón dos basas. También harás cinco travesaños de madera de setim en un lado del Tabernáculo, que afiancen los tablones, y otros cinco al otro lado, y al Occidente otros tantos; los cuales atravesarán los tablones de un extremo al otro. Cubrirás asimismo con planchas de oro los tablones, y fundirás para ellos argollas de oro, por las cuales pasando los travesaños, afirmen la tablazón; estos travesaños los cubrirás también con lámina de oro. Así erigirás el Tabernáculo, conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte. Además de esto, harás un velo de color de jacinto, y de púrpura y de grana dos veces teñida, y de torzal de lino fino con labores de tapicería y tejido con hermosa variedad, el cual colgarás ante cuatro columnas de madera de setim, que estarán también cubiertas de oro, y tendrán capiteles de oro con pedestales de plata. Y el velo quedará pendiente por medio de sortijas, y estará delante del Arca del Testimonio, y servirá para separar el Santuario del lugar Santísimo. Pondrás también el propiciatorio sobre el Arca del Testimonio en el lugar Santísimo. Fuera del velo pondrás la mesa de los panes, y enfrente de la mesa el candelero en el lado meridional del Tabernáculo, porque la mesa, estará en la parte septentrional. Finalmente, para la entrada del Tabernáculo harás una cortina de color de jacinto, y de púrpura, y de grana dos veces teñida, de torzal de lino fino con labores de tapicería. Y colocarás esta cortina ante las cinco columnas de madera de setim, cubiertas con láminas de oro, cuyos capiteles serán de oro y las bases de bronce. Harás también un altar de maderas de setim, que tendrá cinco codos de largo y otros tantos de ancho, esto es, cuadrado, y tres codos de altura. De sus cuatro esquinas saldrán cuatro puntas; y le cubrirás con láminas de bronce. Para el servicio del altar fabricarás unas calderas, para recoger las cenizas, y tenazas, y tridentes y braseros. Todos estos instrumentos los harás de cobre. Además un enrejado de bronce en forma de red, en cuyos cuatro ángulos habrá cuatro anillos de bronce, que pondrás debajo del plano o fogón del altar; y el enrejado llegará hasta el medio del altar. Harás también dos varas de madera de setim, cubiertas con láminas de bronce, y las meterás por los anillos, y estarán a los dos lados del altar para transportarle. No le harás macizo, sino hueco y cóncavo por dentro, como se te ha mostrado en el monte. Formarás asimismo el atrio del Tabernáculo, en cuya parte meridional habrá cortinas de torzal de lino fino. Cien codos tendrá de largo y un lado, y veinte columnas con otras tantas basas de bronce, cuyos capiteles con sus molduras serán de plata. Igualmente en el lado septentrional habrá también a lo largo cortinas de cien codos, veinte columnas, y otras tantas basas de bronce, y sus capiteles de plata con sus molduras. Además en lo ancho del atrio que mira al Poniente, habrá cortinas por espacio de cincuenta codos, en diez columnas con otras tantas basas. Del mismo modo en lo ancho del atrio que cae al Oriente, se contarán cincuenta codos; donde se pondrán cortinas de quince codos por un lado, y tres columnas con otras tantas basas; y en el otro lado también cortinas de quince codos, y tres columnas con otras tantas basas. Pero a la entrada del atrio se pondrá una cortina de veinte codos de color de jacinto y de púrpura, y de grana dos veces teñida, hecha de torzal de lino fino y con artificio de bordador; abrazará cuatro columnas con otras tantas basas. Todas las columnas que cercan el atrio, estarán revestidas de láminas de plata, con capiteles de plata y basas de bronce. En longitud ocupará el atrio cien codos, en anchura cincuenta, y su altura será de cinco codos. Sus cortinas se harán de torzal de lino fino, y tendrán basas de bronce. De bronce harás todos los utensilios del Tabernáculo, para cualquier uso y ministerio, y las estacas o clavos, tanto del mismo Tabernáculo como del atrio. Da orden a los hijos de Israel que te traigan aceite de olivas el más puro, y exprimido en mortero; para que arda siempre el candelero en el Tabernáculo del Testimonio, afuera del velo que está pendiente delante del Arca del Testimonio. Aarón y sus hijos cuidarán de aderezar las lámparas del candelero, para que arda en presencia del Señor hasta la mañana. Será éste un culto perpetuo que rendirán los hijos de Israel de padres a hijos sucesivamente. Además une contigo a tu hermano Aarón con sus hijos, separándolos de los otros hijos de Israel, para que me sirvan de sacerdotes: Aarón, Nadab, y Abiú, Eleazar e Itamar. Y harás a tu hermano Aarón unas vestiduras sagradas, para gloria y esplendor del culto divino. De lo cual tratarás con todos aquellos hombres entendidos, a los cuales he llenado yo del espíritu de inteligencia, para que hagan las vestiduras de Aarón, con las cuales consagrado ejerza mi sacerdocio. Las vestiduras que han de hacer son estas: El pectoral y el efod o espaldar, la túnica exterior, y la otra interior de lino ajustada, la tiara y el cinturón. Estas serán las vestiduras sagradas que harán a tu hermano Aarón y a sus hijos, para que ejerzan delante de mí las funciones del sacerdocio. Para lo que emplearán oro, y jacinto, y púrpura, y grana dos veces teñida, y lino fino. El efod le harán de oro, y de jacinto, y de púrpura, y de grana dos veces teñida, y de lino fino retorcido, obra tejida de varios colores. Tendrá el efod por arriba dos aberturas sobre los hombros, que abriéndose para ponerle se reunirán después. Toda la obra será tejida, con una variedad agradable de oro, de jacinto, de púrpura y grana, dos veces teñida, y de lino fino retorcido. Tomarás también dos piedras de ónix, y grabarás en ellas los nombres de los hijos de Israel: seis nombres en una piedra, y los seis restantes en la otra, por el orden de su nacimiento . Por arte de escultor y grabadura de lapidario, esculpirás en ellas los nombres de los hijos de Israel, engastándolas y guarneciéndolas de oro. Y las pondrás en uno y otro lado del efod, para memoria de los hijos de Israel. Y llevará Aarón sus nombres delante del Señor sobre los dos hombros, para recuerdo. Harás asimismo unos broches de oro, y dos cadenillas de oro purísimo, trabadas entre sí, las que introducirás en los broches. Harás también el pectoral del juicio, tejido de varios colores, conforme al tejido del efod, de hilos de oro, de jacinto o azul celeste, de púrpura, y de grana dos veces teñida, y de torzal de lino fino. Será cuadrado y doble; tendrá de medida un palmo, tanto a largo como a lo ancho. Colocarás en él cuatro órdenes de piedras preciosas. En el primer orden estarán la piedra sárdica, el topacio y la esmeralda, en el segundo el rubí, el zafiro y el jaspe, en el tercero el ópalo, la ágata y la amatista, en el cuarto el crisolito, el ónix y el berilo. Estarán engastados en oro por su orden, y contendrán los nombres de los hijos de Israel: Sus doce nombres estarán grabados en ellas, según las doce tribus: en cada piedra un nombre. En este pectoral pondrás dos cadenitas de oro muy puro, trabadas entre sí, y dos sortijas o anillos de oro, que pondrás en las dos puntas superiores del pectoral; y juntarás las cadenas de oro con las sortijas que están en dichas puntas, y unirás las extremidades de las mismas cadenas con dos broches en los dos lados del efod, que miran al pectoral. Harás también dos sortijas de oro, que pondrás en las puntas del pectoral, a las orillas, frente del efod, por la parte de adentro. Igualmente otras dos sortijas de oro, que se han de colocar en ambos lados del efod, por la parte de abajo, donde corresponden los anillos inferiores del pectoral, para que éste se pueda trabar con el efod, de modo que se aprieten las sortijas del pectoral con las del efod, pasando por ellas un cordón de jacinto; así la unión quede hecha con arte y no se pueda desprender el pectoral del efod. Y así Aarón siempre que entre en el Santuario llevará sobre su pecho, en el pectoral del juicio, los nombres de los doce hijos de Israel, para memoria eterna en el acatamiento del Señor. En el mismo pectoral del juicio pondrás estas dos palabras: doctrina y verdad, las cuales Aarón llevará sobre su pecho cuando se presentare delante del Señor, y sobre su pecho llevará siempre el pectoral del juicio de los hijos de Israel en la presencia del Señor. Harás también la túnica del efod toda de color de jacinto; en medio de la cual por arriba habrá un cabezón o abertura y una orla tejida alrededor, como se suele hacer en las extremidades de los vestidos, para que no se rompa fácilmente. Pero abajo, a los pies de la misma túnica, harás alrededor como unas granadas de jacinto y de púrpura, y de grana dos veces teñida, entremezcladas unas campanillas; de suerte que a una campanilla de oro se siga una granada, y a otra campanilla de oro otra granada. Con esta túnica se ha de revestir Aarón en las funciones de su ministerio, a fin de que se sienta el sonido cuando entra o sale del Santuario, a vista del Señor, y no pierda la vida. Harás también una lámina de oro finísimo, en la cual mandarás grabar a buril: la santidad al Señor. Y la ligarás con un cordón de color de jacinto; de modo que esté fija sobre la tiara, y pendiente sobre la frente de Aarón. Y Aarón cargará sobre sí los pecados cometidos por los hijos de Israel en todas las oblaciones y dones que habrán ofrecido y consagrado. Tendrá siempre esta lámina en su frente, para que el Señor le sea propicio. Le harás, en fin, la túnica estrecha de lino fino, y la tiara de lo mismo, y el cinturón bordado de varios colores. En cuanto a los hijos de Aarón les dispondrás túnicas de lino, y cinturones, mitras para majestad y adorno. Con todos estos ornamentos revestirás a tu hermano Aarón, y a sus hijos con él. Y consagrarás las manos de todos ellos y los santificarás, para que me sirvan en las funciones del sacerdocio. Harás también calzoncillos de lino para que cubran la desnudez de su carne desde los lomos hasta las rodillas; de los que usarán Aarón y sus hijos al entrar en el Tabernáculo del Testimonio, o al acercarse al altar para servir en el santuario, a fin de que no mueran como reos de transgresión. Estatuto perpetuo será éste para Aarón y su posteridad. Mas para consagrarlos sacerdotes míos, has de hacer también esto: Toma de la vacada un becerro y dos carneros sin tacha, y panes ázimos, y una torta sin levadura, amasada con aceite, como también buñuelos ázimos, untados con aceite; todo lo harás de la flor de la harina de trigo. Y puesto en un canastillo, lo ofrecerás; y después el becerro y los dos carneros. Y harás que se acerquen Aarón y sus hijos a la entrada del Tabernáculo del Testimonio. Y después de haber lavado al padre y a sus hijos con agua, revestirás a Aarón de sus ornamentos, esto es, de la túnica de lino y de la otra, y del efod, y del pectoral, que ajustarás con el cinturón. Y le pondrás la tiara en la cabeza, y la lámina santa sobre la tiara; y derramarás sobre su cabeza el óleo de la consagración, y con este rito será consagrado. También harás que se acerquen a ti sus hijos, y los revestirás con las túnicas de lino, y les ceñirás con el cinturón, lo mismo a Aarón que a sus hijos, y les pondrás las mitras; con lo que serán sacerdotes míos para culto perpetuo. Después que hubieres consagrado sus manos, traerás el becerro delante del Tabernáculo del Testimonio, y Aarón y sus hijos le pondrán las manos sobre la cabeza, y le degollarás en presencia del Señor, junto a la puerta del Tabernáculo del Testimonio. Y tomando de la sangre del becerro, la pondrás con tu dedo mojado en ella sobre las puntas de las esquinas del altar, y derramarás al pie de su basa el resto de la sangre. Sacarás también todo el sebo que cubre los intestinos, y la red o telilla del hígado, y los dos riñones y la enjundia de encima; y lo ofrecerás quemándolo sobre el altar. Pero las carnes del becerro, y la piel, y el estiércol, eso lo quemarás fuera del campamento; por cuanto es sacrificio por el pecado. Tomarás después uno de los carneros, sobre cuya cabeza pondrán Aarón y sus hijos las manos. Y después de haberle degollado, tomarás su sangre y la derramarás alrededor del altar. Luego dividirás el mismo carnero en trozos; y lavados sus intestinos y patas, los pondrás sobre las carnes partidas y sobre la cabeza. Y de esta suerte ofrecerás el carnero, quemándole todo entero sobre el altar; oblación que se hace al Señor, y hostia, cuyo olor le es sumamente agradable. Asimismo tomarás el otro carnero, sobre cuya cabeza Aarón y sus hijos pondrán las manos, y habiéndole degollado tomarás de su sangre, y teñirás con ella la extremidad de la oreja derecha de Aarón y de sus hijos, y los pulgares de su mano y pie derecho, derramando la demás sangre alrededor sobre el altar. Y tomando de la sangre vertida sobre el altar y del óleo de la consagración, rociarás a Aarón y sus vestiduras, y a los hijos también y a las vestiduras suyas. Y consagrados así ellos y sus ornamentos, tomarás del carnero la grasa, la cola, y el sebo que cubre las entrañas, y la telilla del hígado, y los dos riñones y la enjundia de encima, y la espaldilla derecha, porque es carnero de consagración de Aarón y sus hijos; además una torta de pan, un hojaldre amasado con aceite, y una lasaña del canastillo de los ázimos presentado al Señor; y pondrás todas esas cosas sobre las manos de Aarón y de sus hijos, y las santificarás, elevándolas en la presencia del Señor. Después recibirás de sus manos todo lo dicho, y lo quemarás sobre el altar en holocausto, para olor suavísimo en la presencia del Señor, por ser oblación suya. Tomarás asimismo el pecho del carnero inmolado para la consagración de Aarón, y le santificarás, elevándole ante el Señor; y será porción tuya. Igualmente santificarás el pecho consagrados, y la espaldilla que separaste del carnero inmolado para la consagración de Aarón y de sus hijos, y serán la porción de Aarón y de sus hijos por derecho perpetuo en las oblaciones de los hijos de Israel, porque son como las primicias y lo primero de las víctimas pacíficas que ofrecen ellos al Señor. Las vestiduras santas de que ha de usar Aarón, las tendrán sus hijos después de su muerte, para que revestidos con ellas sean ungidos y consagradas sus manos. Por siete días las llevará el que de sus hijos fuere constituido sumo sacerdote en lugar suyo, y entrare en el Tabernáculo del Testimonio para hacer las funciones en el santuario. Tomarás también el carnero ofrecido en la consagración del sumo sacerdote, y cocerás su carne en el lugar santo; la cual comerán Aarón y sus hijos. También los panes puestos en el canasto los comerán a la entrada del Tabernáculo del Testimonio, para que sea sacrificio que haga a Dios propicio y favorable, y queden santificadas las manos de los que lo ofrecen. Ningún extraño comerá de estas cosas, porque son santas. Que si algo sobrare de las carnes consagradas o de los panes hasta la mañana, lo quemarás; no se comerá, por ser cosa santificada. Cuidarás de hacer todo esto que te he mandado en orden a Aarón y a sus hijos. Por siete días consagrarás sus manos. Y en cada uno de estos días ofrecerás un becerro por el pecado, para que sea perdonado. Y después de inmolada la hostia por la expiación del pecado, purificarás el altar, y le ungirás para santificarle de nuevo. Por espacio de siete días harás la purificación del altar y le santificarás, y quedará santísimo. Cualquiera que le tocare, se santificará. Esto es lo que has de ofrecer sobre el altar: Dos corderos primales cada día, perpetuamente. un cordero por la mañana y otro por la tarde. Con un cordero ofrecerás un décimo de la flor de harina de trigo, amasada con aceite de oliva, majada en mortero, cuyo aceite tenga de medida la cuarta parte del hin; y vino en la misma cantidad para las libaciones. A la tarde ofrecerás el otro cordero, conforme al rito de la ofrenda matutina, y en la forma dicha, en sacrificio de suavísimo olor; sacrificio que se ha de ofrecer al Señor perpetuamente en vuestras generaciones, a la entrada del Tabernáculo del Testimonio, delante del Señor, donde yo estableceré mi comunicación contigo. Y allí daré mis órdenes a los hijos de Israel; y el altar será santificado con la presencia de mi gloria. Santificaré igualmente el Tabernáculo del Testimonio junto con el altar, y a Aarón con sus hijos, para que ejerzan las funciones de sacerdotes míos. Y habitaré en medio de los hijos de Israel, y seré su Dios. Y sabrán que Yo soy el Señor Dios suyo, que los saqué de la tierra de Egipto, para morar entre ellos, Yo que soy el Señor su Dios. Harás asimismo un altar de madera de setim para quemar los perfumes o timiamas, que tenga un codo de largo y otro de ancho, es decir, cuadrado, con dos codos de altura, de cuyos cuatro ángulos saldrán unas puntas o remates. Y le cubrirás del oro más puro, tanto su enrejado, como los cuatro lados y las puntas. Y formarás alrededor de él una orladura o cornisa de oro, y debajo de la orladura, dos anillos de oro a cada lado, para introducir en ellos unas varas con que ha de ser transportado el altar. Estas mismas varas las has de hacer también de madera de setim, y las cubrirás de oro. El altar le colocarás enfrente del velo, que pende delante del Arca del Testimonio, y del propiciatorio con que se cubre el Arca del Testimonio, donde yo te hablaré. Y Aarón quemará sobre él, cada mañana, incienso de suave fragancia. Lo quemará al tiempo de aderezar las lámparas; y al atizarlas al anochecer, quemará también el perfume delante del Señor; lo cual se observará entre vosotros perpetuamente, de generación en generación. Nunca ofrecerás sobre este altar perfumes de otra composición, ni oblación alguna, ni víctima, ni libaciones. Una vez en el año hará Aarón la expiación del altar, rociando sus cuatro puntos con la sangre de la víctima, ofrecida por el pecado, y con ella aplacará a Dios por vuestras generaciones. Será esta cosa santísima en el acatamiento del Señor. Habló nuevamente el Señor a Moisés, diciendo: Cuando formares el encabezamiento de los hijos de Israel, cada uno dará alguna cosa al Señor en precio de su rescate, y empadronados que estén, no habrá entre ellos ningún desastre. Y lo que dará cada uno de los que fueren alistados, es medio siclo, según el peso del templo. Un siclo tiene veinte óbolos. La mitad de un siclo, es lo que se ha de ofrecer al Señor. El que sea comprendido en el censo, por tener más de veinte años, pagará ese rescate. El rico no dará más de medio siclo, y el pobre no dará menos. Recogido el dinero ofrecido por los hijos de Israel, le depositarás para el servicio del Tabernáculo del Testimonio, a fin de que sea como una memoria de ellos en la presencia del Señor, y sirva de expiación para sus almas. Habló asimismo el Señor a Moisés, diciéndole: Harás también una concha o pila de bronce, elevada sobre una basa, para que sirva para el lavatorio, y la colocarás entre el Tabernáculo del Testimonio y el altar de los holocaustos. Y echada agua, se lavarán Aarón y sus hijos las manos y pies, cuando hubieren de entrar en el Tabernáculo del Testimonio, y llegarse al altar para ofrecer en él los perfumes al Señor, no sea que de otro modo sean castigados de muerte. Estatuto perpetuo será éste para Aarón y para todos los de su descendencia, que deben sucederle. Habló todavía el Señor a Moisés, diciendo: Tomarás drogas aromáticas, es a saber: el peso de quinientos siclos de mirra de la primera y más excelente; y la mitad, esto es, doscientos cincuenta siclos de cinamomo; doscientos cincuenta igualmente de caña aromática. De casia o canela quinientos siclos, al peso del santuario, y de aceite de oliva la medida de un hin; con lo que formarás el óleo santo de la unción, ungüento compuesto según el arte de perfumería. Y ungirás con él el Tabernáculo del Testimonio, y el Arca del Testamento, y la mesa con sus vasos, y el candelero y sus utensilios, el altar de los perfumes, el de los holocaustos, y todos los muebles que pertenecen a su servicio. Así santificarás todas estas cosas, y ellas quedarán santísimas o muy sagradas: el que las tocare se santificará. Ungirás a Aarón y a sus hijos, y los santificarás para que ejerzan las funciones de mi sacerdocio. Dirás también a los hijos de Israel: Este óleo de la unción será consagrado a mí entre vosotros y entre vuestros descendientes. Nadie se ungirá con él, ni haréis otro de semejante composición; porque queda santificado, y por santo le habéis de tener. Cualquier hombre que compusiere otro tal, y diere de él a persona extraña, será exterminado de su pueblo. Dijo más el Señor a Moisés: Toma estos aromas, es a saber: estacte, y onique, y gálbano odorífero, e incienso el más puro y transparente, de todo esto en igual porción; y formarás un perfume compuesto por arte de perfumería, muy bien mezclado, puro y dignísimo de ser ofrecido. Y después de haberle reducido todo a menudísimo polvo, le pondrás delante del Tabernáculo del Testimonio, en cuyo lugar yo te apareceré. Santísimo será para vosotros este perfume. Tal confección no la haréis para vuestros usos, por ser cosa consagrada al Señor. Cualquiera que hiciere otra igual para recrearse con su fragancia, perecerá de en medio de sus gentes. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: He aquí que tengo escogido nominadamente a Beseleel, hijo de Uri, nieto de Hur, de la tribu de Judá, y le he llenado del espíritu de Dios, de saber, y de inteligencia, y de ciencia, en toda suerte de labores, para inventar cuanto se pueda hacer artificiosamente de oro, y de plata, y de cobre, de mármol, y de piedras preciosas, y de diversas maderas. Y le he dado por compañero a Ooliab, hijo de Aquisamec, de la tribu de Dan; y he infundido en el corazón de todos los demás artistas hábiles cierta maestría, para que ejecuten todo lo que acabo de ordenarte, el Tabernáculo de la alianza, el arca del Testamento, y el propiciatorio que está sobre ella, y todo lo perteneciente al Tabernáculo, la mesa y sus vasos, el candelero de oro purísimo, con todo lo perteneciente a él, y el altar de los perfumes, y el de los holocaustos, y todos sus utensilios, la concha con su basa, las vestiduras sagradas que han de servir para el sumo sacerdote Aarón y para sus hijos, cuando ejerzan sus funciones sagradas; el óleo de la unción, y los perfumes aromáticos para el santuario: todo cuanto yo te he mandado, ellos lo ejecutarán. Asimismo habló el Señor a Moisés: Amonesta, y di a los hijos de Israel: Mirad que guardeis mi sábado; porque él es un monumento establecido entre mí, y vosotros y vuestros descendientes, a fin de que reconozcáis que yo soy el Señor que os santifico. Guardad mi sábado; porque es sacrosanto para vosotros; el que le violare será castigado de muerte; el que trabajare en ese día, perecerá de en medio de su pueblo. Durante los seis días trabajaréis; mas el día séptimo es el sábado, descanso consagrado al Señor. Cualquiera que en tal día trabajare, será castigado de muerte. Observen los hijos de Israel el sábado, y celébrenle para siempre de generación en generación. Pacto es éste sempiterno entre mí y los hijos de Israel, y monumento perpetuo; porque en los seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, y en el séptimo cesó la obra. Concluidos estos razonamientos en el monte Sinaí , dio el Señor a Moisés las dos tablas de piedra, que contenían la ley, escritas por el dedo de Dios. Mas viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar del monte, levantándose contra Aarón, dijo: Ea, haznos dioses que nos guíen, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, de ese hombre que nos sacó de la tierra de Egipto. Les respondió Aarón: Tomad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres y de vuestros hijos e hijas, y traédmelos. E hizo el pueblo lo que había ordenado, trayendo los pendientes a Aarón. El cual, habiéndolos recibido, los hizo fundir y vaciar en un molde, y formó de ellos un becerro de oro. Dijeron entonces los israelitas: Estos son tus dioses, ¡oh Israel!, que te han sacado de la tierra de Egipto. Lo que visto por Aarón, edificó un altar delante del becerro, y mandó publicar a voz de pregonero, diciendo: Mañana es la gran fiesta del Señor. Y levantándose de mañana, sacrificaron holocaustos y hostias pacíficas; y el pueblo todo se sentó a comer y beber, y se levantaron después a divertirse en honor del becerro. Y el Señor habló a Moisés, diciendo: Anda, baja; pecado ha tu pueblo, que sacaste de la tierra de Egipto. Pronto se han desviado del camino que les enseñaste; se han formado un becerro de fundición y adorándole; y sacrificándole víctimas, han dicho: Estos son tus dioses, ¡oh Israel!, que te han sacado de la tierra de Egipto. Y añadió el Señor a Moisés: Veo que ese pueblo es de dura cerviz. Déjame desahogar mi indignación contra ellos, y acabarlos; que yo te haré a ti caudillo de una nación grande. Moisés rogaba al Señor Dios suyo, diciendo: ¿Por qué, oh Señor, se enardece así tu furor contra el pueblo tuyo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con fortaleza grande y mano poderosa? ¡Ah! que no digan, te ruego, jamás los egipcios: Los saco maliciosamente fuera de Egipto para matarlos en los montes y exterminarlos de la tierra. Apláquese tu ira, y perdona la maldad de tu pueblo. Acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Israel, tus siervos, a los cuales por ti mismo juraste, diciendo: Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y toda esta tierra de que os tengo hablado, se la daré a vuestra posteridad, y la poseeréis para siempre. Con esto se aplacó el Señor, y dejó de ejecutar contra su pueblo el castigo que había dicho. Entonces Moisés bajó del monte, trayendo en su mano las dos tablas de la ley, escritas por ambas partes, y labradas por Dios; así como era también de la mano de Dios la letra grabada en ellas, Mas oyendo Josué el tumulto del pueblo que voceaba, dijo a Moisés: Alaridos de guerra se oyen en los campamentos. Respondió él: No es gritería de gentes que se exhorten al combate, ni vocería de los que fuerzan a otros a la fuga; lo que oigo yo es alabanza de gentes que cantan. Y habiéndose acercado ya al campamento vio el becerro y las danzas; e irritado sobremanera, arrojó de la mano las tablas, y las hizo pedazos a la falda del monte; y arrebatando el becerro que habían hecho, le arrojó al fuego, y le redujo después a polvos, los cuales esparció sobre las aguas, y se los dio a beber a los hijos de Israel. Dijo después a Aarón: ¿Qué es lo que te ha hecho este pueblo, para que acarrearas sobre él tan enorme pecado? No se enoje mi Señor, respondió Aarón, tú conoces bien a este pueblo, y sabes cuán inclinado es al mal. Me dijeron: Haznos dioses que nos guíen; pues aquel Moisés, que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué es lo que le ha sucedido. Les respondí yo: ¿Quién de vosotros tiene oro? Le trajeron, y me lo dieron; lo eché en el fuego, y salió de él ese becerro. Viendo, pues, Moisés que el pueblo estaba despojado, (desde que Aarón le había puesto tal con la asquerosa abominación del ídolo, y dejádole desnudo o desarmado en medio de los enemigos), poniéndose a la puerta del campamento, dijo: El que sea del Señor, júntese conmigo. Se le reunieron luego todos los hijos de Leví, a los cuales dijo: Esto dice el Señor Dios de Israel: Ponga cada cual la espada a su lado; pasad y traspasad por medio del campamento desde una a otra puerta, y cada uno mate aunque sea al hermano, y al amigo, y al vecino. Ejecutaron los levitas la orden de Moisés; y perecieron en aquel día como unos veintitrés mil hombres. Y Moisés les dijo: Hoy habéis consagrado vuestas manos al Señor, matando cada uno con santo celo, aun al propio hijo y al hermano; por lo que seréis benditos. Al día siguiente dijo Moisés al pueblo: Habéis cometido un pecado enorme; subiré al Señor, a ver si puedo inclinarle de algún modo a que se apiade de vosotros. Y habiendo vuelto al Señor, dijo: Dígnate escucharme, oh Señor: Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo; se ha fabricado dioses de oro, Señor, oh perdónales esta culpa, o si no lo haces, bórrame del libro tuyo en que me tienes escrito. Le respondió el Señor: Al que pecare contra mí, a ése borraré yo de mi libro. Mas tú ve, y conduce a ese pueblo donde te tengo dicho. Mi ángel irá delante de ti. Si bien yo en el día de la venganza castigaré todavía este pecado que han cometido. En efecto, el Señor castigó al pueblo por el crimen del becerro que Aarón les hizo. Habló después el Señor a Moisés, diciendo: Anda, parte de este lugar tú y el pueblo tuyo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra que tengo prometida con juramento a Abrahán, a Isaac y a Jacob , diciendo: A tu descendencia se la daré. Y enviaré por precursor tuyo a un ángel, y echaré del país al cananeo, y al amorreo, y al heteo y al ferezeo, y al heveo y al jebuseo; a fin de que entres en la tierra que mana leche y miel. Porque yo no subiré a aquel país contigo; no sea que me viese obligado a destruirte en el camino, siendo como eres un pueblo de dura cerviz. Oyendo el pueblo estas tremendas palabras, prorrumpió en llanto; y ninguno se vistió con su acostumbrado adorno. Pues dijo el Señor a Moisés: Di a los hijos de Israel: Eres pueblo de dura cerviz; si yo llego una vez a aparecer en medio de ti, te exterminaré. Ahora bien, quítate tus atavíos para ver qué tengo de hacer contigo. Se despojaron, pues, los hijos de Israel de sus galas, al pie del monte Horeb. Y Moisés, también recogiendo el Tabernáculo, le puso o extendió lejos, fuera del campamento; y le llamó Tabernáculo de la Alianza. Por lo cual todos los del pueblo que tenían alguna cosa que consultar, salían fuera del campamento al Tabernáculo de la Alianza. Y cuando Moisés salía para ir al Tabernáculo, se levantaban todas las gentes, y quedaba cada cual en pie a la puerta de su pabellón, siguiendo con sus ojos tras de Moisés, hasta que entraba en el Tabernáculo Entrado ya en el Tabernáculo de la Alianza, descendía la columna de nube, y quedaba fija en la puerta, y hablaba Dios con Moisés, viendo todos cómo la columna de nube quedaba fija en la puerta del Tabernáculo. Y así estaban ellos mismos también a las puertas de sus pabellones, adorando allí al Señor. El Señor hablaba a Moisés cara a cara, como un hombre suele hablar a un amigo. Y cuando él volvía al campamento, el joven Josué, ministro o servidor suyo, hijo de Nun, no se apartaba del Tabernáculo. Dijo Moisés al Señor: Tú me mandas que salga conduciendo a este pueblo; y no me haces saber quién es aquel a quien has de enviar conmigo, y eso habiéndome dicho: Te conozco o amo particularmente, y has hallado gracia en mis ojos. Si es así que yo he hallado gracia en tu presencia, muéstrame tu rostro, para que yo te conozca, y halle gracia ante tus ojos; vuélvelos sobre esta nación, la cual es el pueblo tuyo. Respondió el Señor: Yo mismo iré en persona delante de ti y te procuraré el descanso. Replicó Moisés: Si tú mismo no vas delante, no nos hagas salir de este sitio. ¿Pues en qué podremos conocer yo y tu pueblo haber hallado gracia en tu acatamiento, si no vienes con nosotros, para que seamos respetados de todos los pueblos que habitan en la tierra? Respondió el Señor a Moisés: También haré lo que me acabas de pedir; porque has hallado gracia en mis ojos, y te téngo conocido o te amo muy particularmente. Le dijo Moisés: Muéstrame tu gloria. Respondió el Señor: Yo te mostraré a ti todo el bien, y pronunciaré el nombre inefable del Señor delante de ti. Yo usaré de misericordia con quien quisiera, y haré gracia a quien me plazca. En cuanto a ver mi rostro, prosiguió el Señor, no lo puedes conseguir; porque no me verá hombre ninguno, sin morir. Mas yo tengo aquí, añadió, un paraje especial mío. Tú, pues, te estarás sobre aquella peña; y al tiempo de pasar mi gloria, te pondré en el resquicio de la peña, y te cubriré con mi mano derecha, hasta que yo haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; pero mi rostro no podrás verle. Dijo después el Señor: Labra dos tablas de piedra, semejantes a las primeras, y escribiré en ellas las palabras que contenían las tablas que hiciste pedazos. Prepárate para mañana a subir luego al monte Sinaí , y estarás conmigo sobre la cima del monte. Ninguno suba contigo, ni aparezca nadie en todo el monte: ni aun los bueyes y ovejas pazcan enfrente de él. Cortó, pues, dos tablas de piedra, como las anteriores; y madrugando, subió con ellas antes del día al monte Sinaí , como le había ordenado el Señor. Y descendido que hubo el Señor en medio de una nube, se estuvo Moisés con él, pronunciando en alta voz el nombre del Señor. El cual, pasando por delante de él, dijo: Soberano Dominador, Señor Dios, misericordioso y clemente, sufrido y piadosísimo, y verídico, que conservas la misericordia para millares, que borras la iniquidad y los delitos, y los pecados; en cuya presencia ninguno de suyo es inocente, y que castigas la maldad de los padres en los hijos y nietos hasta la tercera y cuarta generación. Al instante Moisés se postró de cara sobre el suelo, y adorando a Dios, dijo: Señor, si he hallado gracia en tus ojos, te suplico que vengas con nosotros (siendo como es este pueblo de dura cerviz), y perdones nuestras maldades y pecados, y tomes posesión de nosotros. Respondió el Señor: Yo estableceré alianza con este pueblo en presencia de todos; haré prodigios nunca vistos sobre la tierra, ni en nación alguna; para que vea ese pueblo que tú conduces la obra terrible que yo, el Señor, he de hacer. Tú observa todas las cosas que yo te encomiendo en este día; y yo mismo arrojaré de delante de ti al amorreo, y al cananeo, y al heteo, al ferezeo también, y al heveo y al jebuseo. Guárdate de contraer jamás amistad con los habitantes de aquella tierra, lo que ocasionaría tu ruina. Antes bien, destruye sus altares, rompe sus estatuas, y arrasa los bosquetes consagrados a sus ídolos. No quieras adorar a ningún dios extranjero. El Señor tiene por nombre Celoso. Dios quiere ser amado él solo. No hagas liga con los habitantes de aquellos países; no sea que después de haberse corrompido con sus dioses, y adorado sus estatuas o simulacros, alguno te convide a comer de las cosas sacrificadas. Ni desposarás a tus hijos con las hijas de ellos; no suceda que después de haber idolatrado ellas, induzcan también a tus hijos a corromperse con la idolatría. No te formes dioses de fundición. Guardarás la fiesta de los ázimos. Por siete días comerás pan ázimo, como te tengo mandado, en el tiempo del mes de los nuevos frutos; porque en el mes de la primavera fue cuando saliste de Egipto. Todos los primeros nacidos, que fueren del sexo masculino, serán míos; de todos los animales, tanto de vacas como de ovejas, el primerizo será mío. El primerizo del asno le rescatarás con una oveja; en caso de que no dieres el rescate, será muerto. Los primogénitos de tus hijos los redimirás; no comparecerás en mi presencia con las manos vacías. Seis días trabajarás: el día séptimo no ararás, ni segarás. Celebrarás la fiesta de Pentecostés con las primicias de tus mieses de trigo; y otra fiesta, cuando al fin del año se recogen todos los frutos. En tres tiempos del año se presentarán todos tus varones delante del Omnipotente Señor Dios de Israel. Porque cuando yo hubiere arrojado de tu presencia aquellas naciones, y ensanchado tus términos, nadie pensará en invadir tu país, en el tiempo que tú subirás a presentarte al Señor Dios tuyo tres veces al año. No ofrecerás con levadura la sangre de mi víctima; ni de la víctima solemne de la Pascua quedará nada para la mañana siguiente. Ofrecerás las primicias de los frutos de tu tierra en la casa del Señor tu Dios. No cocerás el cabrito en la leche de su madre. Añadió el Señor a Moisés: Pon por escrito estas cosas, mediante las cuales he contraído alianza contigo, y con los hijos de Israel. Se mantuvo, pues, allí con el Señor por espacio de cuarenta días y cuarenta noches: todo ese tiempo estuvo sin comer ni beber cosa alguna: y escribió el Señor en las tablas de los diez mandamientos de la alianza. Y al bajar Moisés del monte Sinaí , traía consigo las dos tablas de la ley, mas no sabía que a causa de la conversación con el Señor, despedía su rostro rayos de luz. Aarón, pues, y los hijos de Israel, viendo resplandeciente la cara de Moisés, temieron acercársele. Pero llamados por éste, volvieron así Aarón, como los prínciples de la sinagoga. Y después que les habló, se llegaron también a él todos los hijos de Israel, a los cuales expuso todas las órdenes que había recibido del Señor en el monte Sinaí . Y acabado el razonamiento, puso un velo sobre su rostro. El cual se lo quitaba cuando entraba a tratar con el Señor, hasta que, saliendo, comunicaba a los hijos de Israel todo lo que se le había ordenado. Cuando salía Moisés del Tabernáculo, los israelitas veían su cara despidiendo rayos de luz; mas él la cubría de nuevo, siempre que les hablaba. Congregada, pues, toda la muchedumbre de los hijos de Israel, les dijo: Estas son las cosas que el Señor ha mandado que se hagan: Seis días trabajaréis, el séptimo día será para vosotros santo, por ser el sábado y descanso del Señor. El que trabajare en él, será castigado de muerte. No encenderéis fuego en ninguna morada vuestra en día de sábado. Dijo asimismo Moisés a toda la congregación de los hijos de Israel: Este es el precepto que ha dado el Señor. De vuestras cosas, dice, poned aparte las primicias que cada uno espontáneamente y de buen corazón quiere ofrecer al Señor: oro, plata y cobre, jacinto y púrpura, y grana dos veces teñida, y lino fino, pelo de cabra, pieles de carneros teñidos de rojo y moradas, maderas de setim, y aceite para mantener las lámparas, y aromas para confeccionar el ungüento, y los perfumes de suavísimo olor, las piedras oniquinas, y demás pedrería para ornato del efod o superhumeral y del pectoral. El que sea entre vosotros artífice hábil venga a hacer las cosas que el Señor ha mandado; es a saber: el Tabernáculo y su techo, y la cubierta, las argollas, los tablones con los travesaños, las estacas y las basas; el arca y sus varas, el propiciatorio y el velo que se ha de extender delante, la mesa con sus varas y vasos y panes de la proposición; el candelero que ha de sostener las lámparas, sus instrumentos, y candilejas, y el aceite para cebo de las luces; el altar del incienso y sus varas, el óleo de la unción sagrada, el perfume compuesto de aromas, el velo para la entrada del Tabernáculo; el altar de los holocaustos y su rejilla de bronce, con las varas para transportarle, y lo demás de su servicio, la concha para el lavatorio con su basa, las cortinas del atrio con las columnas y basas, el velo o cortinón para la puerta del atrio, las estacas del Tabernáculo y del atrio con sus cuerdas; los ornamentos que sirven para el ministerio del Santuario, las vestiduras del pontífice Aarón y de sus hijos para las funciones de mi sacerdocio. Luego, pues, que se separaron de la presencia de Moisés los hijos de Israel, ofrecieron todos al Señor con ánimo prontísimo y devoto lo mejor de las cosas que tenía, para la fábrica del Tabernáculo del Testimonio, y para cuanto era necesario al culto Divino, y para las vestiduras sagradas. Hombres y mujeres presentaron sus ajorcas y zarcillos, sortijas y brazaletes; toda alhaja de oro fue puesta aparte para ser ofrecida al Señor. Los que tenían jacinto, púrpura y grana dos veces teñida, lino fino y pelo de cabras, pieles de carneros teñidas de rojo, o también moradas, metales de plata y de cobre, los ofrecieron al Señor, con maderas de setim, para emplearlo en varios usos. Además de esto, mujeres industriosas que habían hilado, dieron sus hilados de color de jacinto, de púrpura, de escarlata, de lino fino, de pelo de cabras, aprontándolo todo de su propia voluntad. Los príncipes o principales señores ofrecieron por su parte las piedras oniquinas y demás pedrería para el efod y el pectoral, y especies aromáticas, y aceite para mantener las lámparas, y para confeccionar el ungüento u óleo de unción, y componer el perfume de olor suavísimo. Todos, así hombres como mujeres, ofrecieron con devoto corazón sus donativos para la ejecución de las obras, que Dios había mandado por medio de Moisés. Todos los hijos de Israel consagraron al Señor voluntariamente sus dones. Dijo también Moisés a los hijos de Israel: Sabed que el Señor ha nombrado en particular a Beseleel hijo de Uri, nieto de Hur, de la tribu de Judá. Y le ha llenado del espíritu de Dios, de saber, y de inteligencia, y de ciencia, y de toda maestría, para inventar y ejecutar toda suerte de labores en oro, y en plata, y en bronce, y en entalle de piedras, y en obras de carpintería; y ha infundido en su corazón todo cuanto se puede imaginar de artificioso. Y le ha dado por compañero a Ooliab, hijo de Aquisamec, de la tribu de Dan; llenando a ambos de sabiduría para ejecutar las artes de carpintero, de tapicero y de bordador; y tejer toda suerte de telas de color de jacinto, y de púrpura, y de grana dos veces teñida, y de lino fino, y para inventar de nuevo las cosas que hicieren al caso. Beseleel, pues, Ooliab y todos los maestros, a quienes dio el Señor sabiduría e inteligencia para saber fabricar con arte las cosas necesarias al uso del santuario, pusieron manos a la obra, para ejecutar cuanto el Señor había mandado. Y así Moisés, habiéndolos llamado, e igualmente a todos los otros artífices peritos a los cuales el Señor había dado inteligencia y que se habían ofrecido de suyo a trabajar en la obra, les entregó todas las ofrendas de los hijos de Israel. Mientras estaban ellos empleados en sus labores, el pueblo todos los días por la mañana proseguía ofreciendo dones. Por lo cual los artífices se vieron precisados a venir a Moisés y decirle: El pueblo da mucho más de lo necesario. Con eso mandó publicar Moisés a voz de pregonero: Ni hombre ni mujer ofrezca ya más para la fábrica del santuario. Y así cesaron de ofrecer dones, visto que los ofrecidos bastaban, y aun sobraban. Todos los hombres, pues, de talento y habilidad para las obras del Tabernáculo hicieron diez cortinas de lino fino retorcido, de color de jacinto, de púrpura, de grana dos veces teñida, con varias labores y bordaduras. Cada cortina tenía de largo veintiocho codos y cuatro de ancho; todas las cortinas eran de una medida. Y unió Beseleel cinco de estas cortinas la una con la otra, y del mismo modo las otras cinco. Para lo que hizo cincuenta presillas o cordones de color de jacinto en la orilla de una cortina por ambos lados, y lo mismo en la orilla de la otra cortina, de manera que confrontasen las presillas una con otra, y recíprocamente se enlazasen. A este fin fundió también cincuenta sortijas de oro, en las que trabasen las presillas de las cortinas, las cuales formarán así un solo Tabernáculo o pabellón. Hizo asimismo once cubiertas de pelos de cabra para cubrir el techo del Tabernáculo. Cada cubierta tenía treinta codos de largo y cuatro de ancho; todas las cubiertas eran de una misma medida. Cinco de las cuales unió en una pieza, y las otras seis en otra. E hizo cincuenta presillas en la orilla de una cubierta, y otras cincuenta en la orilla de la otra, para unirlas entre sí. Hizo además cincuenta hebillas de bronce con que se trabasen; de suerte que de todas las cubiertas se hiciese una sola. Otra cubierta del Tabernáculo la hizo de pieles de carneros teñidas de rojo, y otra sobrecubierta de pieles de color de jacinto o moradas. Hizo también de madera de setim los tablones para el Tabernáculo, que debían colocarse de pie, unidos entre sí. Cada uno tenía diez codos de largo y codo y medio de ancho. Dos encajes había en cada tablón para trabarse uno con otro. Todos los tablones del Tabernáculo estaban dispuestos de la misma suerte. De los cuales veinte estaban a la parte meridional, hacia el Austro, sobre cuarenta basas de plata. Poníanse dos basas debajo de cada tablón a sus dos esquinas, donde terminan los encajes en los ángulos de los lados. En la misma forma por la parte del Tabernáculo que mira al Aquilón, plantó veinte tablones, sobre cuarenta basas de plata, dos por cada tablón. Pero al occidente, esto es, a la parte del Tabernáculo que mira hacia el mar, fijó seis tablones, con otros dos a las dos esquinas, detrás del Tabernáculo; los cuales de abajo arriba estaban unidos, y venían a formar como una pared firme. Lo mismo hizo en las esquinas de los dos lados. De modo que en todo eran ocho los tablones, asentados sobre dieciséis basas de plata, es a saber, a dos basas por tablón. Hizo asimismo cinco travesaños de madera de setim, a fin de asegurar y mantener unidos los tablones en un lado del Tabernáculo, y otros cinco para asegurar y mantener unidos los del otro lado; y fuera de éstos, otros cinco travesaños a la parte occidental del Tabernáculo hacia el mar. Hizo también otro travesaño, que por medio de los tablones cogía de una esquina a otra. Estas mismas paredes de tablones las cubrió de planchas de oro, haciendo de fundición sus basas de plata. Hizo también de oro las argollas por donde habían de pasar los travesaños; los que asimismo cubrió con chapas de oro. También hizo el velo de color de jacinto y de púrpura, y de grana, de un lino fino retorcido, tejido todo con variedad de colores y diversos recamos, y cuatro columnas de madera de setim; las cuales y sus capiteles cubrió de oro, habiendo fundido de plata sus basas. Hizo además para la entrada del Tabernáculo un velo de color de jacinto, de púrpura, de grana, y tejido de lino fino retorcido, obra de bordador; y para sostenerle, cinco columnas con sus capiteles, que cubrió de oro, vaciando de bronce sus basas. Fabricó también Beseleel de madera de setim el arca , la cual tenía dos codos y medio de largo, codo y medio de ancho y codo y medio también de alto; y la cubrió por dentro y por fuera de oro purísimo. Le formó alrededor una cornisa de oro, y en sus cuatro esquinas puso cuatro anillos de oro fundido. Hizo asimismo una varas de madera de setim, que cubrió de oro, y las metió por los anillos, puestos en los costados del arca , para transportarla. E hizo igualmente el propiciatorio, esto es, el oráculo, formado de oro purísimo, de dos codos y medio de largo y codo y medio de ancho. Labró también de oro a martillo dos querubines, los cuales puso a los dos lados del propiciatorio: Un querubín a la extremidad de un lado, y el otro querubín a la extremidad del otro lado; ambos querubines en las extremidades más altas del propiciatorio, con las alas extendidas, y cubriendo con ellas el propiciatorio, mirándose uno a otro, y también al propiciatorio. Además de esto hizo la mesa de maderas de setim de dos codos de largo, uno de ancho y codo y medio de alto; y la cubrió toda de oro purísimo, y le hizo alrededor una cornisa de oro, y sobre la cornisa una guirnalda de oro entretallada, de cuatro dedos, y sobre ésta otra pequeña guirnalda de oro. Fundió también cuatro anillos de oro, que puso en las cuatro esquinas a los cuatro pies de la mesa, debajo de la cornisa, y metió por ellos las varas para poder llevarla. Estas varas las hizo también de madera de setim, y las cubrió de oro. Además para diversos usos de la mesa hizo de oro acendrado tazas, pilas, copas, navetas y los vasos para ofrecer las libaciones. Hizo también el candelero de oro purísimo, trabajado a martillo; de cuyo tronco salían los brazos, con los vasitos, globitos y lirios. Seis brazos salían en todo, tres por un lado y tres por otro. Había en un brazo tres vasitos en forma de nuez, con sus correspondientes globitos y lirios; y otros tres vasitos en forma de nuez, igualmente con su globitos y lirios en cada otro brazo. La labor era igual en los seis brazos que salían del tronco del candelero. En el mismo astil del candelero había cuatro vasitos a manera de nuez, cada uno con su globito y su lirio. Había también un globito debajo de cada dos brazos, de los seis que salían del mismo tronco, tres globitos en tres lugares. En suma, tanto los globitos como los ramos salían del candelero mismo; todo ello labrado a martillo, y de oro purísimo. Finalmente hizo siete lamparillas con sus despabiladeras, y las cazoletas donde se apagasen los pabilos, todo también de oro fínisimo. Un talento de oro pesaba el candelero con todos sus instrumentos. Hizo además de madera de setim el altar de los perfumes, que tenía un codo en cuadro y dos de alto; de cuyas esquinas salían cuatro puntas o remates. Y le cubrió de oro purísimo, como igualmente a su rejilla, y los costados y las puntas. Y lo ciñó de una cornisa de oro, poniendo debajo de la cornisa, en cada lado, dos anillos de oro para meter por ellos las varas con que se pudiese transportar. Hizo estas varas de madera de setim, y las cubrió con planchas de oro. En fin, dispuso la confección del óleo para las unciones de consagración, y el incienso de exquisitos aromas, según arte de perfume-ría. Fabricó asimismo Beseleel de madera de setim el altar de los holocaustos, el cual tenía cinco codos en cuadro y tres de alto, de cuyas cuatro esquinas salían cuatro puntas y le cubrió con láminas de bronce. Y para el servicio de este altar hizo diversos instrumentos de cobre, calderas, tenazas, tridentes, garfios y braseros; una rejilla de bronce, a modo de red, y debajo de ella en el centro del altar una hornilla; fundiendo cuatro anillos en las cuatro esquinas de la rejilla para meter las varas con que se ha de llevar; las cuales hizo de madera de setim, cubriéndolas con láminas de bronce; y las metió por los anillos que sobresalían en los lados del altar. Formado éste de tablas, no era macizo, sino cóncavo y vacío por dentro. Fabricó también la concha de bronce con su basa, y la hizo de los espejos de acero, que ofrecieron las piadosas mujeres que hacían la vela en la puerta del Tabernáculo. Formó después el atrio, en cuyo lado meridional había cortinas tiradas por espacio de cien codos, tejidas de torzal de hilo fino, colgadas en veinte columnas de bronce con sus basas, siendo de plata los capiteles de las columnas y todas las molduras. Del mismo modo en la parte septentrional, las cortinas, las columnas, las basas y los capiteles de las columnas eran de igual medida, labor y metal. Pero en la parte occidental las cortinas solamente cogían cincuenta codos, afianzadas en diez columnas que tenían sus basas de bronce; y los capiteles de las columnas con todas las molduras eran de plata. Por la parte que mira al oriente puso cortinas por espacio de cincuenta codos, con las cuales se ocupaban quince codos, por un lado, en tres columnas con sus basas, y otros quince codos por el otro lado, con otras tantas columnas y basas; porque en medio de los dos lados hizo la entrada para el Tabernáculo. Todas las cortinas del atrio estaban tejidas de lino fino retorcido. Las basas de las columnas eran de bronce; sus capiteles con todas las molduras de plata; y aun las mismas columnas del atrio las cubrió también de plata. Y para la entrada de éste hizo un velo o cortinón bordado de color de jacinto, de púrpura, de escarlata y de torzal de lino fino; que tenía veinte codos de largo y cinco de alto, conforme a la medida de todas las demás cortinas del atrio. Pero las columnas de dicha entrada eran cuatro, con sus basas de bronce y sus capiteles de molduras de plata. Las estacas o clavazón del Tabernáculo, y del atrio que lo cercaba, las hizo también de bronce. Estas son las cosas de que se componía el Tabernáculo del Testimonio, que fueron inventariadas de orden de Moisés, y consignadas a los levitas por mano del sacerdote Itamar, hijo de Aarón. Las cuales trabajó Beseleel, hijo de Uri, nieto de Hur, de la tribu de Judá, mandándoselo el Señor por Moisés; y teniendo por compañero a Ooliab, hijo de Aquisamec, de la tribu de Dan, que fue asimismo excelente escultor y bordador, y recamador en jacinto, en púrpura, escarlata y lino fino. Todo el oro empleado en la fábrica del santuario, y ofrecido entre los dones, ascendió a veintinueve talentos y setecientos treinta siclos, según el peso del santuario. Los que lo ofrecieron fueron los de veinte años arriba, esto es, seiscientos tres mil quinientos cincuenta hombres de armas tomar. Además de esto se contaron cien talentos de plata, de que se fundieron las basas de las columnas del santuario, y de la entrada, donde está pendiente el velo. Cien basas se hicieron de los cien talentos, a talento por basa. De mil setecientos cinco siclos de plata hizo los capiteles de las columnas, y cubrió éstas de plata. También fueron ofrecidos dos mil setenta talentos de cobre, y además cuatrocientos siclos; de que se fundieron las basas de las columnas que están a la entrada del Tabernáculo del Testimonio, y el altar de bronce con su rejilla, y todos los instrumentos concernientes al servicio de éste, y las basas de las columnas que hay en el atrio, tanto en su ámbito como en la entrada, y todas las estacas del Tabernáculo y del atrio alrededor. Hizo todavía (Beseleel) de jacinto, de púrpura, de escarlata y de lino fino las vestiduras con que se había de vestir Aarón al tiempo de ejercer sus funciones en el Santuario, según mandó el Señor a Moisés. Hizo, pues, el efod de oro, de jacinto, de púrpura, y de grana dos veces teñida, y de lino retorcido, siendo el todo un tejido de varios colores y cortó hojas de oro muy delgadas, que redujo a hilos de oro, de modo que pudiesen entrar en el tejido de los otros hilos de los varios colores ya dichos. Hizo en él dos aberturas, que se cerraban sobre los dos hombros, y un cinturón de los mismos colores, como tenía el Señor mandado a Moisés. Dispuso también dos piedras oniquinas, afianzadas y engastadas de oro, y grabados en ellas, según arte de lapidario, los nombres de los hijos de Israel. Y las colocó en los dos lados del efod para memoria de los hijos de Israel, según había el Señor ordenado a Moisés. Igualmente hizo el pectoral, tejido como el efod, con una mezcla de hilos de oro, de jacinto, de púrpura, y de grana dos veces teñida. Y de lino fino retorcido; cuya forma era cuadrangular, el paño era doblado y de la medida de un palmo. Y puso en él cuatro hileras de piedras preciosas: en la primera estaba el sardio o granate, el topacio y la esmeralda; en la segunda el rubí, el zafiro y el jaspe; en la tercera el ópalo, la ágata y la amatista; en la cuarta el crisolito, el ónix o cornerina y el berilo: ceñidas estas piedras y engastadas en oro cada una en su sitio. Estas doce piedras tenían esculpidos los nombres de las doce tribus de Israel: un nombre en cada piedra. En el pectoral pusieron también dos cadenillas de oro finísimo, enlazadas entre sí, y dos broches y otras tantas sortijas de oro; las sortijas se pusieron a los dos lados del pectoral, de las cuales colgaban las dos cadenitas de oro, prendidas en los broches que sobresalían en las puntas de efod. Ambas así por delante como por detrás se ajustaban de tal suerte que el efod y el pectoral quedaban mutuamente enlazados, apretados con el cinturón, y estrechamente atados con las sortijas, por medio de un cordón de jacinto, para que no se soltasen, ni se desprendiesen uno de otro, como se lo mandó el Señor a Moisés. La túnica del efod la hicieron asimismo toda en jacinto, con un cabezón o abertura arriba en el medio, y una orla tejida alrededor del cabezón; en lo bajo, hacia los pies, unas granadas hecha de color de jacinto, de púrpura, de escarlata, y de lino fino retorcido, y campanillas de oro purísimo, las que pusieron entre las granadas por todo el ruedo de la túnica, y entremezcladas una campanilla de oro y una granada: de este adorno iba revestido el sumo sacerdote en las funciones de su ministerio, según lo había mandado el Señor a Moisés. Hicieron asimismo otras túnicas de lino fino, tejidas, para Aarón y sus hijos, y mitras también de lino fino con sus coronitas, y calzoncillos de lo mismo; además el ceñidor de lino fino retorcido, de jacinto, de púrpura, de grana dos veces teñida, con varios recamos, según tenía el Señor ordenado a Moisés. Hicieron finalmente la lámina de sagrada veneración, de oro acendradísimo, y grabaron en ella con buril de lapidario: LA SANTIDAD AL SEÑOR. Y les ajustaron a la tiara con una cinta de jacinto, según había ordenado el Señor a Moisés. De esta manera quedó concluida toda la fábrica del Tabernáculo y del techo o tienda del Testimonio; e hicieron los hijos de Israel todas las cosas que el Señor había ordenado a Moisés; y presentaron a Moisés todos los materiales para el Tabernáculo y su techo, y todos los utensilios, anillos, tablas, varas, columnas y basas, la cubierta de pieles de carnero teñidas de rojo, y otra sobrecubierta de pieles de jacinto o moradas, el velo, el arca con sus varas, el propiciatorio, la mesa con sus vasos, y panes de la proposición, el candelero, las lámparas y todo lo de su uso, con el aceite, el altar de oro, el óleo de las consagraciones y el incienso de los perfumes, el velo de la entrada del Tabernáculo, el altar de bronce con su rejilla y varas, y todos sus instrumentos, la concha con su basa, las cortinas del atrio y las columnas con sus basas; el velo o cortinón de la entrada del atrio, sus cuerdas y estacas. Nada faltó de las cosas que se mandaron hacer para el servicio del Tabernáculo y del pabellón o Santuario de la alianza. También las vestiduras de que usan los sacerdotes en el santuario, es a saber, Aarón y sus hijos, fueron presentadas por los hijos de Israel, según que Dios lo tenía ordenado. Las cuales cosas luego que Moisés las vio todas enteramente acabadas, los llenó de bendiciones. Entonces habló el Señor a Moisés, diciendo: En el primer mes, el día primero erigirás el pabellón o el Tabernáculo del Testimonio, y pondrás en él el arca , y extenderás el velo delante de ella; y entrada dentro de la mesa, pondrás encima, por su orden, las cosas que se habían dispuesto. Colocarás después el candelero con sus lámparas, y el altar de oro, en que ha de quemarse el incienso delante del arca del Testamento. A la entrada del Tabernáculo pondrás un velo, y adelante de éste colocarás el altar de los holocaustos; la concha del lavatorio, la cual llenarás de agua, estará entre el altar y el Tabernáculo. Y pondrás cortinas alrededor del atrio y su entrada. Y tomando el óleo de santificación ungirás el Tabenáculo y las cosas de su uso, para que sean santificadas; El altar de los holocaustos y todos sus instrumentos; la concha con su basa: todo lo has de consagrar con el óleo destinado a la santificación o consagración, a fin de que todas sean cosas santísimas. Harás venir después a Aarón y a sus hijos a las puertas del Tabernáculo del Testimonio; y después que estén lavados con el agua, los revestirás de los ornamentos sagrados para que sean mis ministros; y será su unción para sacerdocio sempiterno. -- -- E hizo Moisés todo cuanto el Señor le había mandado. Y así el primer mes del año segundo, en el día primero, fue erigido el Tabernáculo. El cual alzó Moisés, poniendo los tablones y las basas y travesaños, y asentando las columnas, y extendiendo la cubierta sobre el Tabernáculo, sobrepuestas las otras cubiertas, como el Señor tenía ordenado. Puso también el Testimonio o las tablas de la Ley en el arca , cubriéndola con el propiciatorio, y metiendo por debajo las varas. Y colocada el arca dentro del Tabernáculo, colgó delante de ella el velo, en cumplimiento del precepto del Señor. Fuera del velo puso la mesa en el Tabernáculo del Testimonio, a la parte septentrional, puestos por orden delante del Señor los panes de la proposición, como tenía el Señor ordenado a Moisés. Asimismo puso el candelero en el Tabernáculo del Testimonio, enfrente de la mesa, a la parte meridional, colocadas por su orden las lámparas, conforme al mandato del Señor. El altar de oro le puso también dentro del Tabernáculo del Testimonio, delante del velo; y quemó sobre él el incienso de aromas, según tenía el Señor mandado a Moisés. Puso igualmente el velo a la entrada del Tabernáculo del Testimonio; en cuyo atrio sentó el altar del holocausto, donde ofreció holocausto y sacrificios, según la disposición del Señor. Colocó también la concha del lavatorio entre el Tabernáculo del Testimonio y el altar del holocausto, y la llenó de agua. Y Moisés y Aarón y los hijos de éste, lavaron sus manos y pies, al entrar en el Tabernáculo de la Alianza y llegarse al altar, conforme lo había mandado el Señor a Moisés. Finalmente, alrededor del Tabernáculo y del altar erigió el atrio, a cuya entrada puso un velo cortinón. Concluidas todas estas cosas, una nube cubrió el Tabernáculo del Testimonio, y quedó todo lleno de la gloria del Señor. Ni podía Moisés entrar en el Tabernáculo de la Alianza, cubriendo como cubría la nube todas las cosas, y brillando por todas partes la majestad del Señor: todo lo cubría la nube. Y siempre y cuando la nube se retiraba del Tabernáculo, marchaban los hijos de Israel por escuadrones o bandas. Si la nube se quedaba encima parada, hacían alto en aquel mismo sitio. Porque la nube del Señor entre día cubría el Tabernáculo, y por la noche aparecía allí una llama, a vista de todo el pueblo de Israel en todas sus estancias. Y llamó el Señor a Moisés, y le habló desde el Tabernáculo del Testimonio, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de vosotros quiera presentar al Señor una ofrenda de los ganados, esto es, una víctima de bueyes o de ovejas, si su oblación fuere holocausto, y de la vacada, ha de ofrecer macho sin tacha en la puerta del Tabernáculo del Testimonio, a fin de hacerse propicio al Señor; y pondrá la mano sobre la cabeza de la hostia, y así será aceptada por Dios y servirá a su expiación. Y ha de inmolar el becerro en la presencia del Señor; y los sacerdotes, hijos de Aarón, ofrecerán su sangre, derramándola alrededor del altar que está ante la puerta del Tabernáculo; y quitada la piel a la víctima, cortarán en trozos los miembros; y pondrán fuego a la leña, dispuesta de antemano debajo del altar; y colocarán encima por orden los miembros hechos pedazos, es a saber, la cabeza, y todo lo que está pegado al hígado, y los intestinos y patas, lavados antes con agua; y el sacerdote lo quemará todo sobre el altar en holocausto de olor suavísimo al Señor. Pero si la ofrenda es holocausto de ganado menor, esto es, de ovejas o cabras, ha de ofrecer macho sin tacha; y le degollará delante del Señor, al lado del altar que mira el septentrión; y su sangre la derramarán los hijos de Aarón sobre todo el circuito del altar; y partirán los miembros, la cabeza y todo lo que está pegado al hígado, y lo colocarán sobre la leña, a la cual se pondrá fuego; lavando antes en agua los intestinos y las patas. Y el sacerdote hará quemar toda la ofrenda sobre el altar en holocausto de olor suavísimo al Señor. Pero si la ofrenda del holocausto hecha al Señor fuere de aves, será de tórtolas o de pichones, la ofrecerá el sacerdote sobre el altar y retorcido el pescuezo y abierta en él una herida, hará correr la sangre sobre el borde del altar; el buche y las plumas lo arrojará junto al altar, al lado oriental, donde se echan las cenizas; le quebrantará los alones, más no la cortará, ni la partirá con hierro; y puesto fuego debajo de la leña, la quemará sobre el altar. Holocausto es éste y oblación de olor suavísimo al Señor. Cuando alguna persona ofreciere al Señor una oblación de harina en sacrificio de acción de gracias será su ofrenda flor de harina, sobre la cual derramará aceite y pondrá incienso, y la presentará a los sacerdotes, hijos de Aarón; uno de los cuales tomará un puñado entero de flor de harina, con el aceite y todo el incienso, y lo quemará sobre el altar, como para recuerdo y olor suavísimo al Señor. Lo restante del sacrificio será de Aarón y sus hijos, y se mirará como cosa sagrada y santa, por cuanto proviene de las oblaciones del Señor. Mas si se ofreciere ofrenda de flor de harina cocida en horno, han de ser panes sin levadura amasados con aceite, y lasañas también sin levadura untadas con aceite. Si tu ofrenda fuere de cosa frita en sartén, será de flor de harina amasada con aceite, sin levadura. Y la desmenuzarás, y echarás aceite sobre ella. Y si la ofrenda se hiciere de cosa cocida en parrilla o cazuela, será igualmente la flor de harina amasada con aceite; y ofreciéndola al Señor, la pondrás en manos del sacerdote; quien después de hecha la oferta al Señor, tomará parte de ella para memoria delante de Dios, y la quemará sobre el altar en olor suavísimo al Señor. El resto será de Aarón y de sus hijos; siendo como es cosa santa y sagrada, por tomarse de las oblaciones del Señor. Toda ofrenda que se ofrece al Señor ha de ser sin levadura; y no se ha de quemar sobre el altar en sacrificio al Señor cosa con levadura, ni con miel. De estas cosas solamente podéis ofrecer primicias y presentes; mas no se podrán ofrecer sobre el altar en olor de suavidad. Todo lo que ofreciereis en sacrificio, lo has de sazonar con sal, y no faltará del sacrificio la sal de la alianza con Dios. En todas tus ofrendas ofrecerás sal. Pero cuando ofrecieres al Señor la oblación de las primicias de tus mieses, de las espigas, todavía verdes, las has de tostar al fuego, y desmenuzar como se hace con el grano, y ofrecerás así tus primicias al Señor, derramando encima aceite y poniendo incienso, por ser oblación del Señor. De la cual el sacerdote quemará en memoria del don, parte del grano desmenuzado y del aceite y todo el incienso. Y si la oblación fuere una hostia pacífica y quisiere ofrecerla de ganado vacuno, presentará delante del Señor un macho o hembra, que no tenga defecto, y pondrá la mano sobre la cabeza de su víctima, la cual será degollada en la entrada del Tabernáculo del Testimonio; y los sacerdotes, hijos de Aarón, derramarán la sangre alrededor del altar; y sacarán de la hostia pacífica para oblación del Señor el sebo que cubre las entrañas y toda la grasa interior, los dos riñones con el sebo que cubre los ijares, y con los riñones la telilla del hígado; y encendiendo la leña, quemarán todo esto como holocausto sobre el altar, para oblación de olor suavísimo al Señor. Pero si su oblación y hostia pacífica fuere de ovejas, ora ofrezca macho, ora hembra, han de ser sin tacha. Si ofreciere un cordero en la presencia del Señor, pondrá su mano sobre la cabeza de su víctima, la cual será degollada a la entrada del Tabernáculo del Testimonio; y los hijos de Aarón derramarán su sangre en torno del altar; y de esta hostia pacífica ofrecerán en sacrificio al Señor la grasa y la cola entera. con los riñones, y el sebo que cubre el vientre y todas las entrañas, y ambos riñones con el sebo pegado a los ijares, y con los riñones la telilla del hígado, y el sacerdote ofrecerá todo esto sobre el altar para cebo del fuego, y oblación del Señor. Si su ofrenda fuere una cabra que ofreciere al Señor, le pondrá la mano sobre la cabeza, y la inmolará en la entrada del Tabernáculo del Testimonio; y los hijos de Aarón verterán su sangre alrededor del altar; y tomarán de ella para cebo del fuego del Señor la gordura que cubre el vientre, y la que cubre todas las entrañas; los dos riñones con la telilla que los cubre junto a los ijares, y con los riñones la enjundia del hígado; todo lo cual ofrecerá el sacerdote sobre el altar para nutrimento del fuego y olor suavísimo. Toda grosura pertenecerá al Señor, por ley perpetua en todas vuestras generaciones y en todas vuestras moradas; no comeréis jamás ni sangre ni grasa. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Esto les dirás a los hijos de Israel: Cuando una persona pecare por ignorancia, haciendo alguna cosa de todas aquellas que mandó el Señor que no se hiciesen; si el que peca es el sumo sacerdote, que está ungido, haciendo delinquir al pueblo, ofrecerá al Señor por su pecado un becerro sin tacha. Y lo traerá a la puerta del Tabernáculo del Testimonio, a la presencia del Señor, le pondrá la mano sobre la cabeza y le sacrificará al Señor. Tomará también parte de su sangre, que meterá en el Tabernáculo del Testimonio; y habiendo mojado el dedo en la sangre, hará con ella siete aspersiones en presencia del Señor, hacia el velo del santuario. y teñirá con la misma las puntas del altar de los pefumes gratísimos al Señor, colocado en el Tabernáculo del Testimonio; pero toda la sangre restante la verterá en la basa del altar de los holocaustos, a la entrada del Tabernáculo. Después quitará el sebo del becerro sacrificado por el pecado, tanto el que cubre las entrañas como los demás intestinos, los dos riñones y la telilla que está sobre ellos, junto con los ijares, y con los riñones la enjundia del hígado, de la manera que se quita del becerro ofrecido como hostia pacífica; y lo quemará todo sobre el altar de los holocaustos. Mas la piel y todas las carnes, con la cabeza y las patas, e intestinos y el excremento, y lo restante del cuerpo, lo llevará fuera del campamento a un lugar limpio, donde se suelen echar las cenizas de las víctimas; y pondrá fuego a todas estas cosas, colocadas sobre un montón de leña, y serán consumidas en el cenicero. Pero si todo el pueblo de Israel pecare por ignorancia, e hiciere por inadvertencia alguna cosa prohibida por el Señor, y después conociere su pecado, ofrecerá por el pecado un becerro, que conducirá a la entrada del Tabernáculo. Los ancianos del pueblo pondrán las manos sobre la cabeza del becerro en la presencia del Señor, ante la cual será degollado. Y el sacerdote, que está ungido, meterá parte de la sangre en el Tabernáculo del Testimonio, haciendo con el dedo mojado en dicha sangre siete aspersiones hacia el velo, y con la misma sangre rociará las puntas del altar, que está ante el Señor en el Tabernáculo del Testimonio; la sangre restante la derramará al pie del altar de los holocaustos, colocado ante la puerta del Tabernáculo del Testimonio. Y le quitará todo el sebo, el cual quemará sobre el altar; haciendo en todo con este becerro lo mismo que hizo antes con el otro; y orando por ellos el sacerdote, Dios los perdonará. Al dicho becerro le sacará fuera del campamento y le quemará también como al primero, por ser sacrificio por el pecado de todo el pueblo. Si pecare un príncipe o cabeza de tribu o pueblo, y por ignorancia hiciere alguna de las muchas cosas que prohíbe la ley del Señor, y después reconociere su pecado, ofrecerá en sacrificio al Señor un macho cabrío sin tacha. y pondrá sobre la cabeza de él su mano, y después de degollado en el lugar en que suele inmolarse el holocausto delante del Señor, porque es sacrificio por el pecado, mojará el sacerdote el dedo en la sangre de esta víctima por el pecado, tiñendo con ella las puntas del altar del holocausto, y derramando el resto al pie de dicho altar. Pero el sebo lo quemará encima, como se hace en las hostias pacíficas; entonces el sacerdote hará oración por él y por su pecado, y se le perdonará. Si algún particular del común del pueblo pecare por ignorancia, cometiendo alguna cosa de las vedadas por la ley del Señor, y habiendo caído en culpa reconociere su pecado, ha de ofrecer una cabra sin tacha, y pondrá la mano sobre la cabeza de la víctima que se ofrece por el pecado, y la degollará en el lugar de los holocaustos; y el sacerdote mojará su dedo en la sangre, y tocando con ella las puntas del altar de los holocaustos, derramará la restante junto a su basa. Y quitándole todo el sebo, como se suele quitar de las víctimas pacíficas, le quemará sobre el altar en olor de suavidad al Señor; y hará oración por el que ha cometido la falta, y será perdonado. Pero si ofreciere por el pecado una víctima de ganado lanar, esto es, una oveja sin tacha, pondrá la mano sobre la cabeza de ésta, y la degollará en el lugar donde se suelen degollar las víctimas de los holocaustos. Y el sacerdote mojará en la sangre el dedo, y tocando con ella las puntas del altar de los holocaustos, la demás la derramará al pie del altar. Y quitando también toda la grasa, así como se quita del carnero sacrificado por hostia pacífica, la quemará sobre el altar como un incienso ofrecido al Señor; y orará por el que ofrece y por su pecado, y le será perdonado. Si una persona pecare, porque habiendo oído las palabras de uno que juró hacer algo, y pudiendo ser testigo de la cosa, o porque la vio, o porque la supo de cierto, con todo no quiso testificar, pagará la pena de su culpa. Aquel que tocare cosa inmunda, ya sea cuerpo muerto por bestia, ya muerto de muerte natural, o bien cualquier reptil, y se trascordare de su inmundicia, no deja por eso de ser culpable, y ha cometido una falta o contraído mancha. Del mismo modo si tocare cosa de inmundicia de algún hombre, en toda suerte de impurezas o mancha legal con que suele mancharse, y no parando la atención, después lo advirtiere, incurrirá en la pena del delito. La persona que jurare y pronunciare con sus labios que ha de hacer algún mal o algún bien, confirmando esto con juramento y con sus palabras, y trascordada de ello, después reconociere su culpa, haga penitencia por el pecado, y ofrezca de los rebaños una cordera o una cabra, y el sacerdote hará oración por dicha persona y por su pecado. Pero si no pudiere ofrecer una res, ofrezca al Señor dos tórtolas o dos pichones, uno por el pecado y otro en holocausto, y los entregará al sacerdote; el cual, ofreciendo el uno por el pecado, le retorcerá la cabeza hacia las alitas, de manera que quede pegada al cuello y no enteramente separada. Y rociará con su sangre la pared del altar, y destilará al pie de él toda la restante, porque es sacrificio por el pecado. Y quemará el otro en holocausto, como se acostumbra hacer; y el sacerdote orará por este hombre y por su pecado, y se le perdonará. Mas si no tuviere posibilidad para ofrecer dos tórtolas o dos pichones, ofrecerá por su pecado la décima parte de un efi de flor de harina, en que no ha de mezclar aceite, ni poner encima incienso alguno, pues es ofrenda por el pecado. Y la entregará al sacerdote; el cual, tomando de ella un puñado entero, la quemará sobre el altar en memoria del que la ofrece, rogando por él, y purificándole; pero la porción restante la retendrá el sacerdote para sí, como don que le pertenece. Habló asimismo el Señor a Moisés diciendo: Si alguno peca por error, faltando a las ceremonias en las cosas consagradas al Señor, ofrecerá por su pecado un carnero sin tacha de los rebaños, que puede comprarse por dos siclos, según el peso del santuario; y resarcirá el daño que ocasionó, y añadirá además una quinta parte, entregándola al sacerdote; el cual hará oración por él, ofreciendo el carnero, y quedará perdonado. Si un hombre peca por ignorancia, haciendo alguna cosa de las prohibidas por la Ley de Dios; y siendo culpable reconoce su culpa, ofrecerá un carnero sin tacha de los rebaños al sacerdote, a medida y proporción del pecado; el sacerdote rogará por él, pues lo hizo sin advertencia y quedará perdonado, porque por yerro delinquió contra el Señor. Habló el Señor a Moisés, diciendo: La persona que pecare, porque, menospreciado el Señor, negó a su prójimo el depósito confiado a su fidelidad, o le quitó alguna cosa con violencia, o le defraudó con engaño, o porque habiendo hallado alguna cosa perdida, la niega añadiendo un falso juramento, o hace cualquier otra cosa de las muchas de esta naturaleza en que suelen pecar los hombres, convencida del delito, restituirá por entero, al dueño a quien causó el daño, todo lo que quiso defraudar, y además de eso la quinta parte. Y ofrecerá por su pecado un carnero sin tacha de los rebaños, y lo dará al sacerdote, a proporción y medida del delito; el cual hará oración por él en presencia del Señor, y le será perdonado cualquier pecado que haya cometido. Habló también el Señor a Moisés, diciendo: Da esta orden a Aarón y a sus hijos: La ley del holocausto ha de ser ésta: Será quemado en el altar durante toda la noche hasta la mañana; el fuego ha de ser el mismo del altar. El sacerdote se revestirá de la túnica, y se pondrá los calzoncillos de lino, y recogerá las cenizas a que el fuego voraz lo habrá reducido, y poniéndolas junto al altar, se desnudará de las primeras vestiduras, y vestido con las otras ordinarias, llevará las cenizas fuera del campamento, y en un lugar muy limpio hará que los carbones o huesos se consuman hasta reducirse a pavesas. El fuego ha de arder siempre en el altar y el sacerdote cuidará de cebarle echando leña cada día por la mañana; y puesto encima el holocasto, quemará sobre él la grasa de las hostias pacíficas. Este es el fuego perpetuo, que nunca debe faltar en el altar. La ley del sacrificio y de las libaciones que han de ofrecer los hijos de Aarón en presencia del Señor y en el altar, es esta: Tomará el sacerdote un puñado de flor de harina mezclada con aceite y todo el incienso que se haya puesto encima, y lo quemará en el altar en memoria y olor suavísimo al Señor. La parte restante de la flor de harina la comerán sin levadura Aarón y sus hijos, y la comerán en el lugar santo del atrio del Tabernáculo. La razón porque no tendrá levadura, es porque una parte de ella se ofrece como holocausto al Señor. Así sera ésta una cosa sacrosanta, como el sacrificio por el pecado y por el delito o falta. Solamente los varones del linaje de Aarón la comerán. Será esta ley perpetua en los sacrificios del Señor, que pasará entre vosotros de generación en generación. Todo el que tocare estas cosas será santificado. Habló aún el Señor a Moisés, diciendo: Esta es la ofrenda que Aarón y sus hijos deben ofrecer a Dios en el día de su consagración: ofrecerán en sacrificio perpetuo la décima parte de un efi de flor de harina, la mitad por la mañana y la otra mitad por la tarde; que, amasada con aceite, se freirá en una sartén; y el sacerdote que sucediere legítimamente a su padre, la ha de ofrecer caliente para olor suavísimo al Señor. Y toda entera será quemada en el altar; porque todo sacrificio de los sacerdotes debe ser consumido con el fuego, y no comerá nadie de él. Habló aún el Señor a Moisés, diciendo: Di a Aarón y a sus hijos: Esta es la ley de la víctima ofrecida por el pecado: Será sacrificada en el acatamiento del Señor, en el lugar donde se ofrece el holocausto, siendo, como es, cosa sacrosanta. El sacerdote que la ofrece, la comerá en el lugar santo, en el atrio del Tabernáculo. Todo lo que tocare sus carnes, será santificado. Si cayere gota de su sangre sobre algún vestido, éste se lavará en lugar santo. La vasija de barro en que fue cocida, será quebrada; pero si el vaso fuere de cobre, se fregará y lavará con agua. Todos los varones del linaje sacerdotal comerán de la carne de esta hostia, por ser cosa sacrosanta. Mas en cuanto a la hostia sacrificada por el pecado, cuya sangre se introduce en el Tabernáculo del Testimonio para impetrar la expiación o perdón en el santuario, no se comerá, sino que será quemada al fuego. Esta es también la ley de la hostia ofrecida por delito. Esta hostia es santísima; por eso donde se inmola el holocausto, se degollará también la víctima por delito; su sangre será derramada en torno del altar. De ella ofrecerán la cola y el sebo que cubre las entrañas, los dos riñones y la grasa que está junto a los ijares, y con los riñones la telilla del hígado. Y el sacerdote quemará todo esto sobre el altar: holocausto es del Señor que se le ofrece por el delito. Todos los varones del linaje sacerdotal comerán de estas carnes en el lugar santo, como son cosa sacrosanta. De la manera que se ofrece la hostia por el pecado, así se ha de ofrecer por el delito; una misma será la ley de ambas hostias; las dos pertenecerán al sacerdote que las ofreciere. Así como también le pertenecerá la piel de la víctima que ofrece por holocausto. Y toda ofrenda de flor de harina que se cuece en horno, o se tuesta en parrillas, o se fríe en sartén, será del sacerdote que la ofrece: ora sea amasada con aceite, ora sea enjuta, será distribuida entre los hijos todos de Aarón que estén de semana, en igual porción a cada uno. La ley de la hostia pacífica que se ofrece al Señor, es esta: Si la ofrenda fuere en acción de gracias, ofrecerán panes sin levadura, amasados con aceite, y lasañas o tortas también sin levadura, untadas con aceite, y hojuelas fritas de flor de harina, sobadas también con aceite. Además, con la víctima de acción de gracias, ofrecida en sacrificio pacífico, presentarán panes con levadura; uno de éstos se ofrecerá por primicias al Señor, y será del sacerdote que derramare la sangre de la víctima, cuyas carnes serán comidas en el mismo día, sin dejar nada para el siguiente. Si uno por voto o espontáneamente ofreciere alguna víctima, será igualmente comida el mismo día, bien que si quedara algo para el día siguiente, se puede comer; mas lo que sobrare al tercer día, será consumido en el fuego. Si alguno comiere carne de víctima pacífica en el día tercero, su oblación no valdrá nada, ni será de provecho al oferente; antes bien, cualquier persona que se contaminare con manjar semejante, será reo de prevaricación. Carne sacrificada que hubiere tocado cosa inmunda, no se ha de comer, sino quemar al fuego; quien estuviere limpio podrá comer de la carne de la víctima pacífica. Persona manchada que comiere de la carne de hostia pacífica, ofrecida al Señor, será exterminada de en medio de su pueblo. Y la que habiendo tocado alguna cosa inmunda de hombre, o de jumento, o de cualquier otra cosa que pueda ensuciar o causar inmundicia legal, no deja de comer de las dichas carnes, será exterminada de la congregación de su pueblo. Habló asimismo el Señor a Moisés, diciendo: Dirás a los hijos de Israel: No comeréis grosura de oveja, ni de buey, ni de cabra. Ni tampoco la grasa de carne mortecina, o que ha sido presa de alguna bestia; bien que podéis guardarla para otros usos. Si alguno comiere de la grasa que debe ser quemada en ofrenda del Señor, será exterminado de su pueblo. Tampoco probaréis sangre de ningún animal, tanto de aves como de reses. Toda persona que comiere sangre, será exterminada de su pueblo. Habló también el Señor a Moisés, diciendo: Diles a los hijos de Israel: Quien ofrece al Señor víctima pacífica, ofrecerá la oblación, esto es, las libaciones. Tendrá en las manos la grosura de la víctima y el pecho; y después de haber consagrado ambas cosas con ofrecerlas al Señor, las entregará al sacerdote, el cual quemará la grasa sobre el altar; pero el pecho será de Aarón y de sus hijos. Igualmente la espaldilla derecha de las víctimas pacíficas, pertenecerá como primicia al sacerdote. El que entre los hijos de Aarón ofreciere la sangre y la grasa, ese mismo recibirá también como porción suya la espaldilla derecha. Pues de la carne de las hostias pacíficas de los hijos de Israel he reservado el pecho que se eleva u ofrece delante de mí, y la espaldilla que se ha separado; y lo he dado al sacerdote Aarón y a sus hijos por ley perpetua de todo el pueblo de Israel. Este es el derecho de la unción o Sacerdocio de Aarón y de sus hijos en las ceremonias del Señor, desde el día que los consagró Moisés para ejercer las funciones del sacerdocio; y esto es lo que mandó Dios que les diesen los hijos de Israel, por culto o estatuto perpetuo en sus generaciones. Esta es la ley del holocausto, y la del sacrificio por pecado, y por delito, y por las consagraciones, y la de las víctimas pacíficas: ley que Dios comunicó a Moisés en el monte Sinaí , cuando mandó a los hijos de Israel en aquel desierto que ofreciesen al Señor sus ofrendas. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Toma a Aarón y a sus hijos, y sus vestiduras, y el óleo de la unción, un becerro por el pecado, dos carneros y el canastillo con los ázimos. Y congregarás a todo el pueblo ante la puerta del Tabernáculo. Hizo Moisés lo que Dios mandó y congregada toda la muchedumbre ante la puerta del Tabernáculo, dijo: Esto es lo que ha mandado hacer el Señor. Al mismo tiempo presentó a Aarón y a sus hijos. Y después de haberlos lavado, revistió al sumo sacerdote con la túnica estrecha de lino, y le ciñó con el cinturón; le vistió después encima la túnica de jacinto, y sobre éste el efod; al cual sujetando con el cinturón, le unió con el pectoral, sobre el que estaban escritas estas palabras: Doctrina y Verdad. Le cubrió también la cabeza con la tiara, y sobre ésta en la frente colocó la lámina de oro, consagrada y santificada, como el Señor le tenía ordenado. Tomó después el óleo de la unción, con que ungió el Tabernáculo y todos sus utensilios, y hechas siete aspersiones sobre el altar para santificarle, le ungió con todos sus vasos, y santificó asimismo con el óleo la concha y su basa. Y derramándole sobre la cabeza de Aarón, le ungió y consagró. Igualmente a los hijos de Aarón, después de haberlos presentado, los revistió también de túnicas de lino, y ciñó con cinturón, y les puso en la cabeza las mitras, según lo que el Señor tenía ordenado. Ofreció asimismo el becerro por el pecado; y después que Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del becerro, lo degolló, y tomando la sangre, mojado en ella el dedo, tocó las cuatro puntas del altar alrededor, purificado el cual y santificado, derramó al pie del mismo la sangre restante. Mas el sebo que cubría las entrañas y la telilla del hígado, y los dos riñones con sus telas, lo quemó sobre el altar: quemando fuera del campamento el becerro, con su piel y carnes, y el estiércol, conforme al mandato del Señor. Ofreció también un carnero en holocausto, sobre cuya cabeza pusieron Aarón y sus hijos las manos, y él le sacrificó y derramó su sangre alrededor del altar. Partió asimismo en trozos el carnero, y quemó en el fuego la cabeza, los miembros y la grasa, lavando primero los intestinos y las patas; de suerte que quemó todo el carnero a un tiempo sobre el altar, porque era holocausto de olor suavísimo para el Señor, como éste se lo había mandado. Ofreció también el segundo carnero para la consagración de los sacerdotes, y pusieron sus manos sobre la cabeza de Aarón y sus hijos. Y Moisés, habiéndole inmolado, tomando de su sangre, tocó la ternilla de la oreja derecha de Aarón, y el pulgar de su mano derecha y del mismo modo el del pie. Presentó igualmente los hijos de Aarón, y habiendo tocado con la sangre del carnero sacrificado la ternilla de la oreja derecha de cada uno y los pulgares de la mano derecha y pie derecho, derramó la demás sangre sobre el altar alrededor. Separó después el sebo, la cola y toda la grasa que cubre los intestinos, y la telilla del hígado, y los dos riñones con su sebo y la espalda derecha; y tomando del canastillo de los ázimos, presentado ante el Señor, un pan sin levadura, y una torta heñida con aceite y una lasaña, le puso sobre la grasa y la espalda derecha; entregándolo todo junto a Aarón, y a sus hijos, que lo elevaron delante del Señor; y recibiéndolo otra vez de sus manos Moisés, lo quemó sobre el altar del holocausto por ser ofrenda de consagración, sacrificio de olor suavísimo al Señor. Después elevando delante del Señor el pecho del carnero de la consagración, le reservó como porción suya, conforme se lo había mandado el Señor. Al fin cogiendo el ungüento u óleo de la consagración, y la sangre puesta sobre el altar, roció a Aarón y sus vestiduras, e igualmente a sus hijos y las de éstos. Y habiéndolos santificado, revestidos como estaban, les dio esta orden, diciendo: Coced las carnes de las víctimas a la puerta del Tabernáculo, y comedlas allí; como también los panes de la consagración que están en el canastillo, según me lo ordenó el Señor, diciendo: Aarón y sus hijos los comerán. Mas lo que restare de la carne y de los panes, será consumido en el fuego. Asimismo por siete días no saldréis de la puerta del Tabernáculo, hasta el día en que se cumpla el tiempo de vuestra consagración, la cual dura siete días; así como se ha hecho ahora para complemento de las ceremonias del sacrificio. Día y noche moraréis en el Tabernáculo, haciendo la guardia en servicio del Señor, para que no muráis; porque así se me ha ordenado. E hicieron Aarón y sus hijos todo cuando dijo el Señor por medio de Moisés. Llegado el día octavo, llamó Moisés a Aarón y sus hijos, y a los ancianos de Israel, y dijo a Aarón: Toma de la vacada un becerro para sacrificio por el pecado, y un carnero para el holocausto, ambos sin defecto alguno, y ofrécelo delante del Señor. Dirás también a los hijos de Israel: Tomad un macho cabrío por el pecado, y un becerro y un cordero, primales y sin tacha, para holocausto; un buey y un carnero para hostias pacíficas e inmoladlos delante del Señor, ofreciendo en el sacrificio de cada uno flor de harina amasada con aceite; porque hoy se os ha de aparecer el Señor. Trajeron, pues, todas las reses que había mandado Moisés, a la puerta del Tabernáculo, donde estando presente todo el pueblo, dijo Moisés: Esto es lo que ha ordenado el Señor; ejecutadlo, y se os manifestará su gloria. Dijo también a Aarón: Llégate al altar y haz sacrificio por tu pecado; ofrece el holocausto, y ruega por ti y por el pueblo; y sacrificada la hostia por el pueblo, haz oración por él, conforme al precepto del Señor. Luego al punto Aarón, llegándose al altar, degolló el becerro por su pecado, cuya sangre le presentaron sus hijos; en la que, mojando él el dedo, tiñó las puntas del altar, a cuyo pie derramó la restante. Y echó en el fuego sobre el altar la grasa, y los riñones, y la telilla del hígado, que se ofrecen por el pecado, conforme había el Señor ordenado a Moisés; pero la carne y la piel las quemó al fuego fuera del campamento. Inmoló igualmente la víctima del holocausto; de la cual sus hijos le presentaron la sangre, que derramó alrededor del altar. Le presentaron también la misma víctima partida en trozos, con la cabeza y los demás miembros; todo lo cual quemó en el fuego sobre el altar, lavados antes en agua los intestinos y las patas. Además degolló y ofreció por el pecado del pueblo el macho cabrío; y purificado el altar, hizo el holocausto, añadiendo al sacrificio las libaciones que se ofrecen, y quemándolas sobre el altar, sin omitir las ceremonias del holocausto matutino. Degolló asimismo el buey y el carnero como hostias pacíficas del pueblo, y le presentaron sus hijos la sangre, la cual derramó sobre el altar alrededor. Mas el sebo del buey, y la cola del carnero, y los riñones con su grasa, y la telilla del hígado lo pusieron sobre los pechos de las víctimas: y quemados sobre el altar los sebos, separó Aarón los pechos y espaldillas derechas, elevándolo delante del Señor, como había mandado a Moisés, y extendiendo las manos hacia el pueblo, le bendijo. Concluidos de esta manera los sacrificios por el pecado, y los holocaustos, y las víctimas pacíficas bajó del altar. Y habiendo entrado Moisés a Aarón en el Tabernáculo del Testimonio, al tiempo de salir bendijeron al pueblo. Y la gloria del Señor se dejó ver de toda la muchedumbre: pues un fuego enviado por el Señor devoró el holocausto y los sebos que había sobre el altar. Lo cual visto por las gentes del pueblo, postrándose sobre sus rostros, alabaron al Señor. Pero Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomando los incensarios, pusieron en ellos fuego e incienso encima, ofreciendo ante el Señor fuego extraño, lo cual les estaba vedado. Por lo que un fuego venido del Señor les quitó la vida, y murieron en presencia del Señor. Dijo entonces Moisés a Aarón: Esto es lo que tiene dicho el Señor: Yo haré conocer mi santidad en los que se llegan a mí, y a vista de todo el pueblo seré glorificado. Lo que oyendo Aarón, no habló palabra. Moisés llamando a Misael y Elisafán, hijos de Oziel, tío paterno de Aarón, les dijo: Id y sacad a vuestros hermanos de delante del santuario, y llevadlos fuera de los campamentos. Ellos fueron al instante, y cogiéndolos vestidos como estaban con las túnicas de lino, los sacaron fuera, conforme les era mandado. Moisés entonces dijo a Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar: No descubráis vuestras cabezas, ni rasguéis vuestras vestiduras en señal de duelo; no sea que muráis vosotros, y el castigo se extienda a todo el pueblo. Vuestros hermanos y toda la casa de Israel hagan duelo por el incendio que ha suscitado el Señor; mas vosotros no habéis de salir de la puerta del Tabernáculo, si no queréis perecer; por cuanto está sobre vosotros el óleo de la unción santa. Los cuales lo hicieron todo conforme al precepto de Moisés. Además de esto, dijo el Señor a Aarón: Ni tú ni tus hijos bebáis vino, ni bebida que pueda embriagar, cuando entréis en el Tabernáculo del Testimonio, so pena de muerte; así por ser esto un precepto perpetuo para vuestra posteridad, como para que tengáis conocimiento para discernir entre lo santo y lo profano, entre lo impuro y lo puro, y enseñéis a los hijos de Israel todas mis leyes, las cuales yo no les he intimado por medio de Moisés. Dijo entonces Moisés a Aarón y a Eleazar e Itamar, que eran los hijos que habían quedado a éste: Tomad lo que resta de la ofrenda del sacrificio del Señor y comedlo sin levadura junto al altar, por ser cosa santísima. Lo habéis de comer en lugar santo, como dado a ti y a tus hijos de las ofrendas del Señor, según se me ha ordenado. De la misma suerte tú y tus hijos, y tus hijas contigo, comeréis en un lugar perfectamente limpio el pecho que fue ofrecido y la espalda que fue separada; pues para ti y para tus hijos son reservadas estas porciones de las víctimas pacíficas de los hijos de Israel, por cuanto al tiempo de quemar los sebos en el altar elevaron la espalda y el pecho ante el Señor, y te tocan a ti y a tus hijos, por ley perpetua, conforme a la disposición del Señor. Entretanto Moisés, inquiriendo acerca del macho cabrío ofrecido por el pecado del pueblo, le halló enteramente quemado. Por lo que irritado contra los dos hijos de Aarón, Eleazar e Itamar, que quedaron vivos, dijo: ¿Por qué no habéis comido en el lugar santo la víctima por el pecado, víctima cuya carne es sacrosanta, y que se os ha dado a vosotros, a fin de que cargándoos sobre vosotros la iniquidad del pueblo, roguéis por él en el acatamiento del Señor, sobre todo no habiendo sido introducida su sangre en el Santuario, y debiendo vosotros comer la víctima en él, como me ha sido mandado? Respondió Aarón: En este día se ha ofrecido ante el Señor la víctima por el pecado y también el holocausto; mas a mí me ha sucedido lo que ves. ¿Cómo, pues, me era posible comerla, y agradar al Señor en tales ceremonias, teniendo yo el corazón cubierto de luto? Lo que oído por Moisés, se dio por satisfecho. Habló el Señor a Moisés y a Aarón, diciendo: Decid a los hijos de Israel: De todos los animales de la tierra de estos son los que podéis lícitamente comer. Todo cuadrúpedo que tiene hendida la pezuña en dos partes y rumia, podéis comerle; mas todo aquel que aunque rumia y tiene pezuña, no le tiene partida, como el camello y otros semejantes, no lo comáis, antes le tendréis por inmundo. Así el querogrilo o puerco espín, el cual rumia y no tiene la uña partida, es inmundo; también la liebre, que si bien rumia, no divide la uña; y el cerdo, que, teniendo hendida la uña, no rumia. De las carnes de éstos no comáis, ni toquéis sus cuerpos muertos, porque son inmundos para vosotros. Los animales que se crían en agua y que pueden comer, son estos: Todo aquél que tiene aletas y escamas, tanto en el mar como en los ríos y estanques, podéis comerle; al contrario, todos aquéllos que se mueven y viven en agua, que no tengan aletas y escamas, serán para vosotros abominables y detestables: no comeréis sus carnes, y huiréis de sus cuerpos muertos. Todos los animales acuáticos que no tienen aletas y escamas, serán inmundos. Entre las aves, éstas son las que no debéis comer y debéis evitar: el águila, el grifo o quebrantahuesos y el águila marina, y el milano, y el buitre con sus especies, y el cuervo, y toda casta a él semejante, y el avestruz, y la lechuza, y la gaviota, y el gavilán con toda su raza. el búho, el somormujo, y el ibis, el cisne, y el pelícano, y el calamón, el herodión o la garza, la cigüeña con sus especies, la abubilla también y el murciélago. Todo volátil que anda sobre cuatro patas, será para vosotros abominable; mas el que andando en cuatro patas, tiene más largas las piernas de atrás, con las que salta sobre la tierra. podéis comerle; como es el brugo y los de su casta, y el attaco, y el ofiamaco, y la langosta, cada cual en su especie. Pero todos los volátiles que tienen cuatro patas iguales, serán para vosotros execrables; y cualquiera que tocare su carne mortecina, contraerá mancha y estará inmundo hasta la tarde; y si por necesidad carga con alguno de estos animales muertos, lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta ponerse el sol. Todo animal que bien que tenga uña, no la tiene dividida, ni rumia, será impuro o sucio; y el que le tocare muerto, quedará contaminado. Entre los demás animales que andan en cuatro patas, los que tienen unas como manos sobre las cuales andan, serán inmundos; el que tocare sus carnes mortecinas, quedará inmundo hasta la tarde. Y el que llevare semejantes carnes, lavará sus vestidos, y será inmundo hasta la tarde; porque todos estos animales son inmundos para vosotros. Asimismo de los animales que se mueven sobre la tierra, se contarán también los siguientes entre los inmundos: la comadreja, y el ratón, y el cocodrilo terrestre, cada cual en su especie, el musgaño, y el camaleón, y el lagarto o salamanquesa, y la lagartija y el topo; todos éstos son inmundos. El que tocare sus carnes muertas, quedará inmunda hasta la tarde; y la cosa sobre que cayere algo de sus carnes muertas, quedará inmundo, ora sea utensilio de madera, o un vestido, o bien sean pieles, o sacos de Cilicia; y cualesquiera instrumentos de algún uso, se lavarán con agua y quedarán inmundos hasta la tarde, y de esta suerte quedarán después purificados. Pero la vasija de barro, dentro de la cual cayere alguna de estas cosas, quedará inmunda, y por tanto debe ser quebrada. Todo manjar que comáis, si sucede que se vierte sobre él agua de esas vasijas inmundas, quedará impuro; y todo licor de beber salido de tales vasijas, quedará inmundo. Y cualquier cosa sobre que cayere algo de tales carnes muertas, quedará inmunda; ora sean hornillos, ora hornos, serán inmundos y se destruirán. Pero las fuentes, las cisternas y todos los depósitos de aguas, no quedarán inmundos. Quien tocare cuerpo muerto en dichas aguas, quedará inmundo. Si cayere sobre grano de sembrar, no le hará inmundo; mas si alguno hubiere mojado en agua la simiente y después la tocare carne mortecina, al punto quedará inmunda. Si muriere por sí mismo un animal que no es lícito comer, quien tocare su cuerpo quedará inmundo hasta la tarde. Y el que comiere de él o le llevare, lavará sus vestidos y quedará inmundo hasta la tarde. Todo lo que anda arrastrando por la tierra, será abominable y no se tomará para comida. Todo cuadrúpedo que anda sobre el pecho, y todo el que tiene muchas patas o va arrastrando por el suelo, no lo comeréis, porque es abominable. No queráis manchar vuestras almas, ni toquéis tales cosas, por no ensuciaros. Puesto que yo soy el Señor Dios vuestro; sed santos vosotros, pues que yo soy santo. No contaminéis vuestras almas con tocar ningún reptil de los que se mueven sobre la tierra. Porque yo soy el Señor, que os ha sacado de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Santos seréis, pues, porque yo soy santo. Esta es la ley tocante a las bestias, y a las aves, y a todos los animales vivientes, que nadan en el agua, o andan arrastrando sobre la tierra; a fin de que sepáis discernir entre lo inmundo y lo limpio, y lo que podéis comer y lo que debéis desechar. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Dirige tu palabra a los hijos de Israel, y les dirás: Si la mujer conociendo al hombre queda preñada y pariere varón, quedará inmunda por siete días, separada como en los días de la regla menstrual. Al día octavo será circuncidado el niño; mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa, ni entrará en el santuario, hasta que se cumplan los días de su purificación. Mas si pariere hembra, estará inmunda dos semanas, según el rito acerca del flujo menstrual, y por sesenta y seis días quedará purificándose de su sangre. Cumplidos en fin los días de su purificación por hijo o por hija, traerá a la entrada del Tabernáculo del Testimonio un cordero primal para holocausto y un pichón o una tórtola por el pecado, y los entregará al sacerdote; el cual ofrecerá al Señor y rogará por ella, y con esto quedará purificada del flujo de su sangre. Esta es la ley de la mujer que pare varón o hembra. Pero si sus facultades no alcanzan para poder ofrecer un cordero, tomará dos tórtolas o dos pichones, el uno para holocausto y el otro para sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará oración por ella, y así será purificada. Y habló el Señor a Moisés y Aarón, diciendo: El hombre en cuya piel o carne apareciere color extraño, o postilla, o especie de mancha reluciente, que sea indicio del mal de lepra, será conducido al sacerdote Aarón o a cualquiera de sus hijos: el cual si viere lepra en la piel, con el vello mudado en color blanco, y la parte misma que parece leprosa más hundida que la piel y carne restante, declarará que es llaga de lepra, y el que la tiene será separado de la compañía de otros; al arbitrio del sacerdote. Mas si apareciere sobre la piel una blancura reluciente, sin estar más hundida que ella, y el vello mantuviere su primer color, el sacerdote le recluirá por siete días, y al séptimo le registrará; y en caso que la lepra no hubiere cundido, ni penetrado más en la piel, le dejará encerrado todavía otros siete días, y al séptimo le reconocerá; si la lepra ya no blanquea, ni ha cundido en la piel, le dará por limpio, porque es sarna y no lepra, y el hombre lavará sus vestidos y quedará limpio. Pero si después de haber sido reconocido por el sacerdote y declarado limpio, de nuevo fuere creciendo la lepra, será presentado al mismo y declarado inmundo. Hombre que tenga llaga de lepra, será llevado al sacerdote, que le registrará, y si aparece en el cutis el color blanco, y mudado el color natural del pelo, y se descubre asimismo la carne viva, se reputará por lepra muy envejecida y arraigada en la piel. Y así el sacerdote le dará por inmundo y no le recluirá; porque patente es ya su inmundicia. Mas si la lepra brotare, extendiéndose por la piel hasta cubrirla toda de pies a cabeza, en cuanto se descubre a la vista, el sacerdote le reconocerá y decidirá ser una lepra inocentísima, por haberse convertido toda ella en una blancura, y por lo mismo aquel hombre se reputará limpio. Al contrario, si se deja ver en él la carne viva, entonces será declarado inmundo por el sacerdote y contado entre los inmundos; porque la carne viva, si está salpicada de lepra, es inmunda. Mas si la piel se pone otra vez blanca y la blancura cubre todo el hombre, le reconocerá el sacerdote y declarará ser limpio. Pero aquel en cuya piel o carne comenzó a formarse una ulcera y fue curada, y en el mismo sitio aparece una postilla blanca o algo roja, será conducido al sacerdote; quien si observare que aquella parte está más hundida que la demás carne y que los pelos se han vuelto blancos, le declarará inmundo; porque mal de lepra es el que ha sobrevivido en la úlcera. Pero si el pelo es del color primero y la postilla algo oscura, y no está más hundida que la carne inmediata, le recluirá por siete días, en los cuales, si el mal cundiere, le declarará leproso; mas si no creciere, es ciatriz de la úlcera, y el hombre será declarado limpio. Carne y piel quemada con fuego y curada, en que se formare una cicatriz blanquecina o rojiza, la observará el sacerdote; si ve que se volvió blanca y está más hundida que la piel restante, dará por inmundo al sujeto; porque llaga de lepra ha sobrevenido en la cicatriz. Pero si el color de los pelos no está mudado, ni la parte llagada más hundida que la restante carne, y aquello que parecía lepra tirare a oscuro, le recluirá por siete días, y al séptimo le reconocerá; si la lepra hubiere cundido en la piel, le dará por inmundo. Pero si aquella peca blanquecina no se ha extendido más, es efecto de la quemadura, y así el sujeto será declarado por limpio, por ser una cicatriz de la quemadura. El hombre o la mujer en cuya cabeza, o barba brotare la lepra, los verá el sacerdote; y caso que aquella parte estuviere más hundida que la demás carne y el pelo amarillo y más delgado que antes, los dará por inmundos, por cuanto es lepra de la cabeza y de la barba. Que si viere el lugar de la mancha igual a la carne inmediata y el cabello negro, recluirá la persona por siete días, y al séptimo la visitará: si la mancha no ha cundido y el cabello está de su color , y el lugar tachado igual a la carne restante, será aquella persona raída a navaja, excepto el lugar de la mancha, y encerrada por otros siete días. Si al día séptimo se viere que la mancha no se ha extendido, ni está más hundida que la otra carne, el sacerdote dará por limpio al sujeto, y éste, lavados sus vestidos, quedará desde luego limpio. Mas si después de haber sido declarado limpio, se dilatare la mancha en la piel, ya no tiene que averiguar si el cabello se ha vuelto amarillo, pues evidentemente la tal persona es inmunda. Al contrario, si la mancha se ha detenido y los cabellos permanecen negros, entienda que está sana la persona y declárela sin recelo por limpia. El hombre o la mujer en cuyo cutis aparecieren manchas blancas, los mirará con atención el sacerdote; si hallare que un color blanquecino que tira a oscuro reluce en la piel, sepa que no es lepra, sino ciertas manchas de color blanquecino y que la persona está limpia. El hombre a quien se le caen los cabellos de la cabeza, calvo es, pero limpio; y si se le cayeren los pelos de encima la frente, es calvo por delante, pero limpio, Mas si en la calva o media calva le salen pecas blancas o rojas, y el sacerdote las viere, sin dudar le dará por infecto de lepra, nacida en la calva. Esto supuesto, cualquiera que fuere contaminado de lepra y separado a juicio del sacerdote, tendrá los vestidos descosidos por varias partes, la cabeza rapada y descubierta, tapando su boca con la ropa, y avisará, gritando, estar contaminado e inmundo. Todo el tiempo que estuviere leproso e inmundo, habitará solo, fuera de poblado. Un vestido de lana o de lino, a que se pegare la lepra en la urdimbre o en la trama, o también una piel o cualquier otro ajuar hecho de pieles, si está infecto de manchas blancas o rojas, se reputará por lepra y se hará ver al sacerdote; el cual después de haberla examinado, dejará encerrada la ropa por siete días, y al séptimo registrándola de nuevo si hallare que ha cundido, es una lepra tenaz; dará por sucio el vestido y toda otra cosa en que se hallare la inmundicia, y por lo mismo se quemará en las llamas. Que si viere que no ha cundido, mandará lavar la cosa en que está la lepra y la volverá a encerrar por otros siete días. Y viendo que no ha recobrado su primer aspecto, aunque no haya cundido la lepra, la declarará inmunda y la echará al fuego; porque está la lepra extendida en la superficie del vestido o internada en todo él. Pero si el lugar de la lepra, después de lavado el vestido, está más oscuro, cortará aquel pedazo y le separará de la pieza entera. Que si después se descubriere en las partes que antes estaban limpias, una lepra volátil y vaga, debe todo quemarse al fuego. Si se atajare, lavará en agua segunda vez las partes limpias del vestido y quedarán purificadas. Esta es la ley de la lepra en vestido de lana y de lino, en la urdimbre o en la trama, y de todo ajuar hecho de piel, y el modo con que se debe purificar o tener por apestado. Habló el Señor a Moisés, diciendo: Este es el rito para la purificación del leproso: Será llevado al sacerdote, el cual saliendo fuera del campamento, luego que hallare que la lepra está curada, mandará al que debe purificarse que ofrezca por sí dos pájaros vivos, de los que se permite comer, y un palo de cedro y grana o lana de este color con hisopo; y a uno de los pájaros le mandará degollar en una vasija de barro sobre agua viva. Y al otro que ha dejado vivo, le mojará con el palo de cedro, la grana y el hisopo en la sangre del pájaro degollado; y con ella rociará siete veces al que debe ser purificado, para que lo sea legítimamente; y soltará al pájaro vivo, para que vuele al campo. El hombre después de haber lavado sus vestidos, raerá todos los pelos de su cuerpo y se lavará en agua; y purificado de esta manera entrará en el campamento; pero deberá permanecer siete días fuera de su tienda, y al día séptimo se rapará los cabellos de la cabeza, y la barba, y las cejas, y todo el vello del cuerpo; y lavados de nuevo los vestidos y el cuerpo, al octavo día tomará dos corderos sin mácula, y una oveja primal también sin defecto, y tres décimas de un efi de harina amasada con aceite para el sacrificio, y además un sextario de aceite. Y luego que el sacerdote que purifica al hombre, le hubiere presentado con todas estas cosas al Señor en la puerta del Tabernáculo del Testimonio, tomará uno de los corderos, y le ofrecerá por el delito con el sextario de aceite; y ofrecido todo ante el Señor, degollará el cordero donde se suele degollar la víctima por el pecado y el holocausto, esto es, en el lugar santo. Porque así como la víctima por el pecado, así también la víctima por el delito pertenece al sacerdote, siendo como es sacrosanta. Después el sacerdote tomando de la sangre de la víctima inmolada por el delito, la pondrá sobre la ternilla de la oreja derecha del que se purifica y sobre los pulgares de la mano y pie derechos, y del sextario de aceite derramará en su mano izquierda, y mojará en ella el dedo de su mano derecha, y hará siete aspersiones ante el Señor. Lo que quedare de aceite en la mano izquierda, lo echará sobre la ternilla de la oreja derecha del que se purifica y sobre los pulgares de la mano y pie derechos, encima de la sangre derramada por el delito, y sobre la cabeza del hombre; y rogará por él al Señor, y ofrecerá el sacrificio por el pecado en seguida degollará el holocausto, y le pondrá en el altar con sus libaciones, y el hombre quedará purificado según ley. En caso de ser pobre y no poder hallar las cosas dichas, tomará un cordero para ofrecerle por el delito, a fin de que ruegue por él el sacerdote, y una décima de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio, y un sextario de aceite, y dos tórtolas o dos pichones, uno por el pecado y otro para holocausto; y ofrecerá estas cosas el día octavo de su purificación al sacerdote en la puerta del Tabernáculo del Testimonio ante el Señor; y el sacerdote recibiendo el cordero por el delito y el sextario de aceite, los elevará a un mismo tiempo. Y degollado el cordero, teñirá con su sangre la ternilla de la oreja derecha del que se purifica y los pulgares de la mano y pie derechos. Y echará parte del aceite en su mano izquierda; en el que mojará el dedo de la mano derecha, y hará siete aspersiones ante el Señor, y tocará también la ternilla de la oreja derecha del que se purifica y los pulgares de la mano y pie derechos en el mismo lugar, bañado con la sangre derramada por el delito. El resto del aceite que tiene en la mano izquierda, lo echará sobre la cabeza del que se purifica, con el fin de aplacar por él al Señor. Igualmente ofrecerá las dos tórtolas, o los dos pichones, el uno por el delito y el otro en holocausto con sus libaciones. Tal es el sacrificio del leproso que no puede procurarse todas las cosas ordenadas para su purificación. Habló todavía el Señor a Moisés y Aarón, diciendo: Cuando hubiereis entrado en la tierra de Canaán, cuya posesión os daré yo, si la plaga de la lepra hubiese infestado una casa, irá el dueño de ella a dar parte al sacerdote, y dirá: Paréceme que hay en mi casa una como plaga de lepra. Y el sacerdote antes de entrar en ella para reconocer si está contagiada, mandará sacar fuera de la casa todas las cosas; a fin de que no quede inmundo todo lo de dentro de la casa. Después entrará para examinar la lepra; y si viere en las paredes unos hoyitos y lugares afeados con manchas como de color amarillo o rojo, y más hundidos que los demás de la superficie, saldrá de la puerta de la casa, y la dejará inmediatamente cerrada por siete días, y volviendo el día séptimo la reconocerá; si hallare que ha cundido la lepra, mandará arrancar las piedras en que hay lepra, y arrojarlas fuera de la ciudad en un lugar inmundo, y la misma casa raerla toda por dentro, y esparcir las raeduras fuera de la ciudad en un lugar inmundo, y reponer otras piedras en lugar de las que se hayan quitado, y revocar de nuevo las paredes de la casa. Pero si después de quitadas las piedras, y raído el polvo, y revocada nuevamente la casa, entrando el sacerdote viere que ha vuelto la lepra y que las paredes están salpicadas de manchas, la lepra es tenaz y la casa inmunda; la derribarán luego, y arrojarán en un lugar inmundo fuera de la ciudad sus piedras, y maderas y todo el escombro. Quien entrare en la casa mientras está cerrada, quedará inmundo hasta la tarde; y el que durmiere o comiere en ella, lavará sus vestidos. Pero si entrando el sacerdote viere que no ha cundido la lepra en la casa después que fue de nuevo revocada, la purificará dándola por sana; y para su purificación tomará dos pájaros, un palo de cedro, grana e hisipo; y degollado un pájaro en una vasija de barro sobre agua viva, cogerá el palo de cedro con el hisopo y la grana, y el pájaro vivo, y mojará todo esto en la sangre del pájaro degollado y en el agua viva, y rociará siete veces la casa, purificándola, tanto con la sangre del pájaro, como con el agua viva, y el pájaro vivo, y el palo de cedro, el hisopo y la grana; y después de soltado el pájaro, para que libre vuele por la campaña, hará oración por la casa, y quedará purificada según rito. Esta es la ley acerca de toda especie de lepra y de llaga que degenera en lepra; sobre la lepra de los vestidos y de las casas, de las cicatrices y de las postillas que salen fuera, de las manchas relucientes y de las varias mutaciones de colores sobre el cuerpo, para que se acierte a discernir cuándo una cosa está limpia o inmunda. Habló el Señor a Moisés y Aarón, diciendo: Dirigid la palabra a los hijos de Israel y decidles: El hombre que padece gonorrea será inmundo. Y entonces se juzgará que está sujeto a este achaque, cuando a cada instante el humor sucio se apegare a su carne y se condensare. Cualquiera cama en que durmiere y el sitio en que se sentare, quedará inmundo. Quienquiera que tocare su lecho lavará sus vestidos; y ése mismo, después de lavado con agua, quedará inmundo hasta la tarde. Quien se sentare donde él estuvo sentado lavará también sus vestidos, y después de lavado con agua, quedará inmundo hasta la tarde. Quien tocare su carne, lavará sus vestidos, lavado él también con agua, quedará inmundo hasta la tarde, si el tal hombre escupiere sobre otro que está limpio, éste lavará sus vestidos, y después de haberse lavado con agua, estará inmundo hasta la tarde; La silla de la bestia sobre que aquél se sentare, quedará inmunda. En suma, todo lo que hubiere estado debajo de quien padece dicho mal, quedará inmundo hasta la tarde. Quien algo de esto llevare, lavará sus vestidos; y él mismo, después de lavado en agua, quedará inmundo hasta la tarde. Todo aquél a quien tocare el tal, sin que se haya antes lavado las manos, lavará sus vestidos; y él después de lavado con agua, quedará inmundo hasta la tarde. La vasija de barro que tocare, se romperá; y si la vasija es de madera, se lavará con agua. Si viniere a sanar el que padece semejante enfermedad, contará siete días después de su curación, y lavados sus vestidos y todo el cuerpo en agua viva, quedará limpio. Pero al día octavo tomará dos tórtolas o dos pichones, y se presentará al Señor en la puerta del Tabernáculo del Testimonio, y los entregará al sacerdote: el cual sacrificará el uno por el pecado, y el otro en holocausto; y rogará por él ante el Señor, para que sea purificado de su gonorrea. El hombre que ha conocido a la mujer, lavará con agua todo su cuerpo, y quedará inmundo hasta la tarde. Con agua lavará el vestido y la piel, que tuviere puestos, y piel y vestido serán inmundos hasta la tarde. La mujer con quien se habrá unido, se lavará en agua, y quedará inmundo hasta la tarde. La mujer que padece la incomodidad ordinaria del mes, estará separada por siete días. Cualquiera que la tocare, quedará inmundo hasta la tarde. Aquello sobre que durmiere o se sentare en los días de su separación, quedará inmundo. Quien tocare su lecho, lavará sus vestidos; y él mismo, después de lavarse en agua, quedará inmundo hasta la tarde. Quien tocare cualquier mueble sobre que se haya ella sentado, lavará sus vestidos, y él mismo, después de lavado con agua, quedará manchado hasta la tarde. Si el marido inadvertidamente se junta con ella en el tiempo de la sangre menstrual, quedará inmundo siete días, y cada cama en que durmiere quedará inmunda. La mujer que padece flujo de sangre muchos días, fuera del curso ordinario, o aquella que después de pasado el período mensual prosigue con el flujo, mientras le dura esta enfermedad quedará inmunda, como si estuviere en el tiempo de su menstruo. Toda cama en que durmiere y todo mueble sobre el cual se sentare, quedará inmundo. Cualquiera que tocare estas cosas, lavará sus vestidos; y él mismo, después de haberse lavado en agua, quedará inmundo hasta la tarde. Si la sangre para y cesa de fluir, contará siete días después de su purificación; y el octavo día ofrecerá por sí al sacerdote dos tórtolas o dos pichones a la entrada del Tabernáculo del Testimonio; de los cuales el sacerdote sacrificará uno por el pecado y otro en holocausto, y hará oración por ella delante del Señor para purificarla de su inmundicia. Enseñaréis, pues, a los hijos de Israel a que se guarden de la inmundicia, a fin de que no mueran a causa de su impureza, si profanaran mi Tabernáculo, colocado en medio de ellos. Esta es la ley del que padece gonorrea y del que se mancha uniéndose con mujer, y de la mujer que se separa en sus períodos menstruales, o que padece flujo continuado de sangre, y del hombre que durmiere con ella. El Señor habló a Moisés después de la muerte de los dos hijos de Aarón, cuando por ofrecer fuego extraño fueron muertos, y le dio esta orden, diciendo: Di a tu hermano Aarón que no en todo tiempo entre en el santuario que está del velo adentro, ante el propiciatorio que cubre el arca , so pena de muerte (porque yo he de aparecer en una nube sobre el oráculo); sino en el día de la Expiación, en que antes habrá hecho estas cosas: ofrecerá un becerro por el pecado, y un carnero en holocausto. Se vestirá la túnica de lino; se pondrá los calzoncillos de lino, con que cubrirá sus vergüenzas, se ceñirá con su ceñidor de lino y pondrá sobre su cabeza la tiara de lino: pues éstas son las vestiduras santas con las cuales, después de lavado, se ha de vestir. Y recibirá de todo el pueblo de los hijos de Israel dos machos cabríos por el pecado y un carnero para holocausto. Y habiendo ofrecido el becerro y hecha oración por sí y por su casa, presentará los dos machos cabríos al Señor a la puerta del Tabernáculo del Testimonio. y echando suertes sobre los dos, para ver cuál ha de ser inmolado al Señor, y cuál el macho cabrío emisario o que se ha de enviar al desierto, aquél que por suerte tocare al Señor, le ofrecerá por el pecado; mas al que tocare ser macho cabrío emisario, le presentará vivo ante el Señor para hacer las preces sobre él y echarle al desierto. Celebrado así este rito ofrecerá el becerro, y hecha oración por sí y por su casa, le sacrificará. Después tomará el incensario o badil que habrá llenado de las brasas del altar de los holocaustos, y cogiendo con la mano perfume confeccionado para incensar, entrará del velo adentro en el lugar santísimo; para que, puestos los perfumes sobre el fuego en el altar de oro, la humareda y vapor de ellos cubra el oráculo que está sobre el arca del Testamento y con eso no muera. Tomará asimismo parte de la sangre del becerro, y hará siete aspersiones con el dedo enfrente del propiciatorio hacia el oriente. Degollado después el macho cabrío por el pecado del pueblo, entrará su sangre del velo adentro, conforme a lo dispuesto acerca de la sangre del becerro, a fin de hacer las aspersiones enfrente del oráculo, y purificar el santuario de las inmundicias de los hijos de Israel, y de sus prevaricaciones y de todos los pecados. El mismo rito observará con respecto al Tabernáculo del Testimonio, que se ha fijado entre ellos en medio de las inmundicias que se cometen en sus tiendas. No haya persona ninguna en el Tabernáculo, cuando entre el sumo sacerdote dentro del lugar santísimo para rogar por sí y por su casa, y por todo el pueblo de Israel, hasta que salga. Y el sumo sacerdote cuando haya llegado al altar de los perfumes, colocado ante el Señor, hará oración por sí, y cogiendo de la sangre del becerro y del macho cabrío, la derramará sobre las puntas del altar alrededor, y haciendo siete aspersiones con el dedo, le purificará y limpiará de las inmundicias de los hijos de Israel. Y purificado que haya el santuario o sagrario, y el Tabernáculo y el altar, entonces ha de ofrecer el macho cabrío vivo; y puestas las dos manos sobre la cabeza de éste, confesará todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todos los delitos y pecados de los mismos: los cuales descargados con imprecaciones y plegarias sobre la cabeza del animal, le echará al desierto por medio de un hombre destinado a este fin. Y luego que el macho cabrío haya transportado todas las maldades de ellos a tierra solitaria, y quedado suelto en el desierto, volverá Aarón al Tabernáculo del Testimonio; y desnudándose de las vestiduras que tenía puestas antes al entrar en el santuario, y dejándolas allí, lavará su cuerpo en el lugar santo, y se revestirá de sus ornamentos sacerdotales. Y después que, salido fuera, hubiere ofrecido el holocausto suyo y del pueblo, hará oración igualmente por sí que por el pueblo, y quemará sobre el altar la grasa ofrecida por los pecados. El conductor del macho cabrío emisario lavará sus vestidos y cuerpo en agua y así entrará en el campamento. Y al becerro y macho cabrío, que fueron inmolados por el pecado, y cuya sangre fue introducida en el santuario para cumplir la ceremonia de la expiación, los sacarán fuera del campamento, y quemarán en el fuego tanto sus pieles, como las carnes y el excremento; y el que los quemare lavará sus vestidos y cuerpo con agua, y así entrará en el campamento. Y esto será para vosotros un estatuto perpetuo: En el mes séptimo, a los diez días del mes, mortificaréis vuestras almas, y no trabajaréis, ni los naturales, ni los extranjeros que están domiciliados entre vosotros. En este día se hará la expiación vuestra y la purificación de todos vuestros pecados; y así quedaréis limpios delante del Señor; por cuanto es el sábado de los sábados, y habéis de hacer penitencia con tal culto religioso y perpetuo. Esta expiación la hará el sumo sacerdote, que recibió la unción santa, y cuyas manos fueron consagradas para ejercer el sacerdocio en lugar de su padre; y se vestirá la túnica de lino y las vestiduras sagradas, y purificará el santuario, y el Tabernáculo del Testimonio, y el altar, y también a los sacerdotes y a todo el pueblo. Y será ley eterna para vosotros el orar por los hijos de Israel y por todos sus pecados una vez al año. Lo hizo, pues, Moisés como el Señor lo había mandado. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a Aarón y a sus hijos, y a todos los hijos de Israel, diciéndoles: Este es mandato expreso del Señor, que dice: Cualquier hombre de la casa de Israel que matare buey, u oveja, o cabra en el campamento, o fuera de él, en lugar de ofrecerlos a la puerta del Tabernáculo en sacrificio al Señor, será reo de muerte; y así será exterminado de la sociedad de su pueblo, como si hubiese cometido un homicidio. Por tanto los hijos de Israel deben presentar al sacerdote las víctimas, en vez de matarlas como antes en el campo; para que sean consagradas al Señor ante la puerta del Tabernáculo del Testimonio, y sacrificadas por los sacerdotes al Señor como víctimas pacíficas. El sacerdote, pues, derramará la sangre sobre el altar del Señor a la puerta del Tabernáculo del Testimonio, y quemará la grasa en olor de suavidad al Señor; y nunca más ya inmolen sus víctimas a los demonios, a cuyo culto se han prostituido. Ley sempiterna será ésta para ellos y sus descendientes. Dirás también a los mismos: Cualquiera de la casa de Israel y de los advenedizos que moran entre vosotros que ofreciere holocausto o víctima, y no la trajere a la entrada del Tabernáculo del Testimonio, para que sea ofrecida al Señor, será exterminado de la sociedad de su pueblo. Si algún hombre de la casa de Israel y de los forasteros habitantes entre ellos, comiere sangre, yo fijaré sobre él mi rostro airado, y le exterminaré de la sociedad de su pueblo. Por cuanto la vida del animal está o se sustenta con la sangre, y os la he dado yo para que con ella satisfagáis sobre el altar por vuestras almas, y la sangre sirva de expiación o rescate por el alma. Por eso tengo dicho a los hijos de Israel: Ninguno de vosotros comerá sangre, ni tampoco los forasteros que moran entre vosotros. Cualquiera de los hijos de Israel y de los forasteros que moran entre vosotros, si caza, o prende fiera o ave, que sea lícito comer, derrame su sangre y cúbrala con tierra. Porque la vida de todo animal está en la sangre; por cuya razón he dicho a los hijos de Israel: No comeréis sangre de ningún animal; puesto que la vida de la carne está en la sangre; y todo aquél que la comiere, será castigado de muerte. Cualquier persona de los naturales o extranjeros que comiere carne de algún animal que se ha muerto por sí mismo, o ha sido destrozado por alguna bestia, lavará sus vestidos y su cuerpo con agua, y quedará inmundo hasta la tarde, y de este modo se limpiará. Mas si no lavare su vestido y cuerpo, llevará la pena de su iniquidad. El Señor habló a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles de mi parte: Yo soy el Señor Dios vuestro: No seguiréis las usanzas de la tierra de Egipto, donde habéis vivido; ni tomaréis los estilos del país de Canaán, donde yo he de introduciros, ni obraréis conforme a sus leyes. Ejecutaréis mis determinaciones, y observaréis mis preceptos, y por ellos os guiaréis. Yo el Señor Dios vuestro. Guardad mis leyes y mandamientos; porque el hombre que los practique, hallará vida en ello. Yo el Señor. Nadie se juntará carnalmente con su consanguínea, ni tendrá que ver con ella. Yo el Señor. ¡Oh mujer!, no te unirás en matrimonio con tu padre; ni tú, ¡oh varón!, con tu madre; es madre tuya: no descubrirás nada en ella contra el pudor. No tendrás que ver con la mujer de tu padre, porque carne de tu padre ha sido ella. Ni tendrás que ver con hermana tuya de padre o de madre, ora sea nacida en casa o fuera de ella. No tendrás que ver con hija de tu hijo, ni con nieta por parte de hija, por ser sangre tuya. Tampoco tendrás que ver con hija de la mujer de tu padre, a la cual parió ella para tu padre, y es media hermana tuya. No tendrás que ver con la hermana de tu padre, porque es carne de tu mismo padre. No tendrás que ver con la hermana de tu madre, porque es carne de tu madre. No afrentes a tu tío paterno, desposándote con su mujer, la cual es tu parienta por afinidad. No tendrás que ver con tu nuera, porque ella es mujer de tu hijo, y no le hagas tal afrenta. No tendrás que ver con la mujer de tu hermano, porque es carne de tu hermano. No contraerás matrimonio con madre y con hija suya, ni con hija del hijo o de la hija de tu mujer, haciéndoles tal afrenta; porque son carne de ella, y tal unión es un incesto. No tomarás por esposa secundaria la hermana de tu esposa, ni tendrás que ver con ella viviendo todavía ésta. No te llegues a la mujer mientras padece el menstruo, ni tengas que ver con ella. No pecarás con la mujer de tu prójimo, ni te contaminarás con semejante unión. No darás hijo tuyo para consagrarle al ídolo Moloc, ni profanarás el nombre de tu Dios. Yo el Señor. No cometas pecado de sodomía, porque es una abominación. No pecarás con bestia, ni te manches con ella. Tampoco la mujer se mezclará con bestia, por ser horrible maldad. Huid de todas las impurezas, con las que se han ensuciado todas las naciones, que yo desterraré de vuestra vista; las cuales tienen contaminada la tierra, cuyas abominaciones residenciaré yo, para que ella arroje de sí con horror a sus moradores. Guardad mis leyes y determinaciones, y no cometáis ninguna de tales abominaciones, tanto los que sois naturales, como los forasteros que habitan entre vosotros; porque todas estas cosas execrables las han hecho aquellos que han habitado dicha tierra antes de vosotros, y la tienen infestada. Mirad, pues, no sea que también os arroje de sí con horror, como arrojó a la gente que os ha precedido, si hacéis semejantes cosas. Cualquier persona que incurriere en alguna de estas abominaciones será exterminada de su pueblo. Observad mis mandamientos. No hagáis lo que han hecho los que os precedieron en este país, ni os contaminéis con tales acciones. Yo el Señor Dios vuestro. Habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y les dirás: Sed santos, porque yo, el Señor Dios vuestro, soy santo. Cada cual reverencie a su padre y a su madre. Guardad mis sábados o días festivos. Yo el Señor Dios vuestro. No queráis volveros a los ídolos, ni os forméis dioses de fundición. Yo el Señor Dios vuestro. Si sacrificareis al Señor una hostia pacífica, para tenerle propicio, la comeréis en el día en que sea sacrificada y en el siguiente; mas todo lo que sobrare para el día tercero, lo quemaréis al fuego. Quien después de dos días comiere de ella, será profano y reo de impiedad, y pagará su merecido por haber profanado lo santo del Señor o lo a él consagrado, y será exterminado de su pueblo. Cuando segares las mieses de tu campo, no cortarás el fruto de la tierra hasta el suelo, ni respigarás lo que queda. Ni tampoco en tu viña rebuscarás los racimos y granos de uvas caídos, sino que dejarás a los pobres y forasteros que lo recojan. Yo el Señor Dios vuestro. No hurtaréis, no mentiréis, y ninguno engañará a su prójimo. No jurarás en falso por mi nombre, ni profanarás el nombre de tu Dios. Yo el Señor. No harás agravio a tu prójimo, ni le oprimirás con violencia. No retendrás el jornal de tu jornalero hasta la mañana. No hables mal de un sordo, ni pongas tropiezo ante los pies del ciego; mas temerás al Señor Dios tuyo; porque yo soy el Señor. No harás injusticia, ni darás sentencia injusta. No tengas miramiento con perjuicio de la justicia a la persona del pobre, ni respetes la cara o ceño del poderoso. Juzga a tu prójimo según justicia. No serás calumniador ni chismoso en el pueblo. No conspires contra la vida de tu prójimo. Yo el Señor. No aborrezcas en tu corazón a tu hermano, sino corrígele y explícatele abiertamente, para no caer en pecado por su causa. No procures la venganza, ni conserves la memoria a la injuria de tus conciudadanos. Amarás a tu amigo o prójimo como a ti mismo. Yo el Señor. Observad mis leyes. No harás que tu bestia doméstica se mezcle con animal de otra especie. No sembrarás tu heredad con variedad de semillas. No vestirás ropa tejida de dos cosas diversas. Si un hombre tuviere cópula con mujer que sea esclava, ya casadera, pero todavía no rescatada, ni en libertad, serán ambos azotados, mas no muertos, pues ella no era libre; pero él ofrecerá por su delito un carnero a la entrada del Tabernáculo del Testimonio; y el sacerdote hará oración por él y por su pecado delante del Señor, que le será propicio, y su pecado le será perdonado. Cuando hubiereis entrado en la tierra de promisión, y plantado en ella árboles frutales, desecharéis los frutos primerizos; y así los primeros frutos que produzcan, los tendréis por inmundos y no los comeréis. Mas en llegando al cuarto año, todo el fruto de dichos árboles será consagrado a la gloria del Señor. Finalmente, al quinto año comeréis sus frutos, recogiendo cuantos produzcan. Yo soy el Señor Dios vuestro. No comeréis nada con sangre. No usaréis de agüeros, ni haréis caso de sueños. No os cortaréis vuestros cabellos en forma de corona. Ni os raeréis la barba de un modo supersticioso. No sajaréis vuestra carne por la muerte de nadie, ni haréis figuras algunas o marcas sobre vosotros. Yo el Señor. No prostituyas a tu hija; para que no se contamine la tierra y se llene de maldad. Guardad mis sábados y reverenciad con temor mi santuario. Yo el Señor. No os desviéis de vuestro Dios en busca de magos, ni consultéis a adivinos, porque seréis por ellos corrompidos. Yo el Señor Dios vuestro. Ante la cabeza llena de canas, ponte en pie y honra la persona del anciano, y teme al Señor Dios tuyo. Yo el Señor. Si algún forastero viniere a vuestra tierra y morare de asiento entre vosotros, no le zaheriréis; sino que vivirá entre vosotros como natural del país, y le amaréis como a vosotros mismos; porque también vosotros fuisteis forasteros en la tierra de Egipto. Yo el Señor Dios vuestro. No cometáis injusticia en el juicio, en la regla o vara de medir, en el peso, en la medida. La balanza sea justa y cabales las pesas: justo el modio y el sextario, sin que le falte nada. Yo el Señor Dios vuestro que os he sacado de la tierra de Egipto. Guardad todos mis preceptos y todas mis órdenes, y ponedlas por obra. Yo el Señor. Habló el Señor a Moisés, diciendo: Esto dirás a los hijos de Israel: Cualquiera de los hijos de Israel y de los extranjeros que habitan entre ellos, que diere alguno de sus hijos al ídolo Moloc, morirá sin remisión: el pueblo del país le apedreará. Y yo mostraré mi saña contra él y le arrancaré de en medio de su pueblo, por haber dado hijos suyos a Moloc, y profanado mi santuario, y menospreciado mi santo nombre. Pero si el pueblo no haciendo aprecio y como teniendo en poco mi mandato, dejare sin castigo al hombre que dio alguno de sus hijos a Moloc, y no quisiere matarle, yo mostraré mi saña contra el hombre contra su parentela, y le arrancaré de en medio de su pueblo a él y a todos los que consintieron que idolatrase con Moloc. La persona que se desviare de mí para ir a consultar a los magos y adivinos, y se abandonare a ellos, yo mostraré mi saña contra ella y la exterminaré de en medio de su pueblo. Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor Dios vuestro. Guardad mis preceptos, y ponedlos en práctica. Yo el Señor que os santifico. El que maldijere a su padre o a su madre, castigado sea de muerte: maldijo al padre o a la madre, páguelo con su sangre. Si alguno pecare con la mujer de otro, o cometiere adulterio con la que está casada con su prójimo, mueran sin remisión, así el adúltero como la adúltera. El que pecare con su madrastra, deshonrando así a su propio padre, muera con ella: caiga la sangre de ambos sobre ellos. Si alguno pecare con su nuera, mueran los dos, porque han cometido un gran crimen: caiga su sangre sobre ellos. El que pecare con varón como si éste fuera una hembra, los dos cometieron abominación; mueran sin remisión: caiga su sangre sobre ellos. El que teniendo por mujer a la hija, se casa después con la madre de ella, comete un crimen enorme; sea quemado vivo con ellas, y no quede entre vosotros rastro de tanta infamia. El que pecare con alguna bestia, muera sin remisión; matad también la bestia. La mujer que pecare con cualquier bestia, sea muerta con la bestia: caiga su sangre sobre ellos. Si alguno tuviere trato ilícito con su hermana, hija de su padre o de su madre, deshonrándose mutuamente, ambos cometieron un crimen execrable; serán muertos en presencia de su pueblo, por haberse conocido entre sí deshonestamente, y pagarán la pena de su iniquidad. Si alguno se juntare con mujer durante el flujo menstrual, y descubriere en ella lo que el pudor debió haber ocultado, y ella misma mostrare su inmundicia, ambos serán exterminados de su pueblo. No tendrás que ver con tu tía materna o paterna; quien tal hace, su propia carne afrenta; pagarán ambos la pena de su delito. El que pecare con la mujer de su tío paterno o materno, sin tener respeto al parentesco, ambos llevarán su merecido: morirán sin hijos. El que casa con la mujer de su hermano, hace una cosa ilícita, mancha el honor de su hermano: quedarán sin hijos. Guardad mis leyes y decretos, y ejecutadlos; para que la tierra en que vais a entrar y habitar, no os arroje también a vosotros con horror fuera de su seno. No queráis seguir las costumbres de las naciones que yo he de arrojar de delante de vosotros; pues por haber ellas hecho todas estas cosas, yo las abomino. Mas a vosotros digo: Entrad en posesión de su tierra, la cual yo os daré por herencia, tierra que mana leche y miel. Yo el Señor Dios vuestro, que os he separado de todos los demás pueblos. Separad, pues, también vosotros el animal puro del impuro, y el ave limpia de la inmunda; no contaminéis vuestras almas por causa de los animales y de las aves y demás vivientes que se mueven sobre la tierra, y que yo os he señalado como inmundos. Seréis santos para mí; porque santo soy yo el Señor, y yo os he separado de los demás pueblos, para que fueseis míos. El hombre o la mujer que tenga espíritu pitónico o de adivinación, sean castigados de muerte: los matarán a pedradas; caiga su sangre sobre ellos. Dijo también el Señor a Moisés: Habla a los sacerdotes hijos de Aarón, y diles: Nada haga el sacerdote en los funerales de sus conciudadanos que le constituya inmundo según la ley, a no ser cercanos parientes y deudos, como lo es el padre y la madre, y el hijo y la hija, y también el hermano, y la hermana virgen, que no está todavía casada. Por lo demás, ni aun en las exequias de un príncipe de su pueblo se mezclará, ni hará nada que pueda hacerle inmundo según la ley. No se raerán los sacerdotes la cabeza ni la barba, ni harán incisiones en sus carnes. Se conservarán en santidad para con su Dios, y no profanarán su nombre; pues ofrecen el incienso del Señor y los panes de su Dios, y por tanto, deben ser santos. No contraerán matrimonio con mala mujer, ni con vil ramera, ni con la repudiada de su marido, estando como están consagrados a su Dios, y ofreciendo los panes de la proposición. Sean, pues, santos, porque santo soy yo el Señor, que los santifico. Si la hija de un sacerdote fuere cogida en pecado, deshonrando así el nombre de su padre, será quemada viva. El sumo sacerdote, esto es, el sacerdote máximo entre sus hermanos, sobre cuya cabeza se derramó el óleo de la unción, y cuyas manos fueron consagradas para ejercer el sacerdocio, y que fue revestido de los sagrados ornamentos, no descubrirá su cabeza, no rasgará sus vestiduras, no entrará en ninguna casa donde haya un cadáver; ni aun en la muerte de su padre ni de su madre hará nada que pueda dejarle inmundo según la ley. Ni saldrá entonces de los lugares santos, por no contaminar el santuario; por cuanto tiene sobre sí el óleo de la unción santa de su Dios. Yo el Señor. Se casará con mujer virgen; mas no con viuda, ni repudiada, ni deshonrada, ni ramera, sino con una doncella de su pueblo. No mezclará la sangre de su linaje con gente plebeya, pues yo soy el Señor que le santifico. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Dile a Aarón: Ninguno en las familias de tu prosapia que tuviere algún defecto en el cuerpo, ofrecerá los panes a su Dios; ni ejercerá su ministerio si fuere ciego, si cojo, si de nariz chica, o enorme, o torcida, si de pie quebrado, o mano manca, si corcovado, si legañoso, si tiene nube en el ojo, si sarna incurable, si algún empeine en el cuerpo, o fuere eunuco. Ninguno del linaje del sacerdote Aarón que tuviese defecto, se llegará a ofrecer víctimas al Señor, ni panes a su Dios. Comerá, no obstante, de los panes que se ofrecen en el santuario, con tal que no entre del velo adentro, ni se acerque al altar; porque tiene defecto y no debe contaminar mi santuario. Yo soy el Señor que los santifico. Habló, pues, Moisés a Aarón y a sus hijos y a todo Israel, todo cuanto se le había mandado decir. Habló nuevamente el Señor a Moisés, diciendo: Prevén a Aarón y a sus hijos que se abstengan de las oblaciones sagradas que me hacen los hijos de Israel; para que no contaminen las cosas santificadas en honor mío, que ofrecen ellos mismos. Yo el Señor. Hazles saber a ellos y a sus sucesores, que cualquiera de su linaje que, siendo inmundo, tocare las cosas consagradas y ofrecidas al Señor por los hijos de Israel, perecerá ante el Señor. Yo soy el Señor. Ninguno de la sangre de Aarón que sea leproso, o adolezca de gonorrea, comerá de las ofrendas consagradas a mí, hasta que sane. El que tocare a un inmundo, que es tal por haber tocado a un muerto, y el que tocare al manchado con polución, -- será inmundo hasta la tarde, y no comerá de las cosas consagradas; pero lavado que haya su carne con agua, y puesto el sol, entonces ya purificado, podrá comer de las ofrendas santificadas; puesto que ellas son para alimento suyo. Carne mortecina, o muerta por otra bestia, no comerán, ni se contaminarán con semejantes viandas. Yo el Señor. Guarden mis preceptos a fin de que no caigan en pecado y no mueran en el santuario, después de haberle profanado. Yo el Señor que los santifico. Ninguno de otra estirpe que la sacerdotal coma de los sacrificios: ni el inquilino del sacerdote, ni su jornalero pueden comer de ellos. Pero el esclavo comprado por el sacerdote y el siervo nacido en su casa, ésos podrán comer. Si la hija del sacerdote se casa con cualquiera del pueblo, no comerá de cosas santificadas, ni de las primicias; mas si quedando viuda, o siendo repudiada y sin hijos, volviere a la casa de su padre, se alimentará de los manjares de su padre, como solía cuando doncella. Ningún extraño tiene facultad de comer de ellos. Quien por ignorancia comiere de cosas santificadas, pagará una quinta parte sobre lo que comió y la dará al sacerdote para el santuario. No profanen, pues, los hombres las cosas santificadas, que ofrecen al Señor los hijos de Israel; si no quieren sufrir la pena de su delito por haber comido de cosas santificadas. Yo el Señor que los santifico. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Hablarás a Aarón y a sus hijos y a todos los hijos de Israel, diciéndoles: Cualquier hombre de la familia de Israel y de los extranjeros que habitan entre vosotros, que presentare su ofrenda, ora cumpliendo votos, ora ofreciéndola espontáneamente, sea cual fuere la víctima que presenta para holocausto del Señor, a fin de que la ofrezcáis vosotros, ha de ser un macho sin tacha, buey, cordero o cabrito. Si tuviere defecto, no le ofreceréis, ni será aceptable. Quien ofreciere víctima pacífica al Señor, o por voto, o voluntariamente, bien sea de bueyes o de ovejas, debe ofrecerla sin tacha para que sea aceptable al Señor: no ha de tener vicio ninguno. Si el animal es ciego, si estropeado, si tuviere matadura, o verrugas, o sarna, o empeines, no le ofrezcáis al Señor, ni hagáis quemar nada de él sobre el altar del Señor. Buey u oveja de oreja o cola cortadas, puedes ofrecerlos al Señor en sacrificio voluntario; mas con ellos no puedes cumplir el voto que hayas hecho. Ningún animal que tenga quebrantado, o majado, o cortado, o quitado lo que está destinado para propagar la especie, le ofreceréis al Señor; y de ningún modo haréis jamás tales cosas en vuestra tierra. De mano de un extranjero o gentil, nunca ofrezcáis panes a vuestro Dios, ni otro algún presente que quiera dar: porque todas sus cosas están contaminadas e impuras: no las recibáis. Habló todavía el Señor a Moisés, diciendo: Ternero, cordero y cabrito, luego que hubieren nacido, estarán por siete días mamando de su madre. Desde el día octavo y en adelante podrán ser ofrecidos al Señor. Sea vaca, sea oveja, con sus crías no serán degolladas en un mismo día. Si degollareis una víctima en acción de gracias al Señor, para tenerle propicio, la comeréis en el mismo día, no quedará nada para la mañana del día siguiente. Yo el Señor. Guardad mis mandamientos y cumplidlos. Yo el Señor. No profanéis mi santo nombre, a fin de que yo sea santificado en medio de los hijos de Israel. Yo el Señor que os santifico. Y que os he sacado de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Yo el Señor. Habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Estas son las fiestas del Señor que habéis de santificar. Seis días trabajaréis; el día séptimo, por ser el descanso del sábado, será santificado: en este día no haréis trabajo ninguno, porque es el sábado del Señor, el cual debe observarse en cualquier parte en que os halléis. Así pues, las fiestas del Señor, que debéis celebrar a sus tiempos, son las siguientes: En el mes primero, el día catorce del mes por la tarde, es la Pascua del Señor; y el día quince de este mes es la solemnidad de los ázimos del Señor. Siete días comeréis panes sin levadura. El primero de éstos será para vosotros solemnísimo y santo: ninguna obra servil haréis en él. sino que en los siete días ofreceréis holocausto al Señor; pero el séptimo día será para vosotros más solemne y santo que los demás; durante el cual no haréis obra ninguna servil. Habló también el Señor a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando hubiereis entrado en la tierra que os daré y segado las mieses, ofreceréis al sacerdote manojos de vuestras espigas, primicias de vuestra siega, el cual al otro día de la fiesta elevará el hacecillo delante del Señor, para que sea aceptable a favor vuestro, y se lo consagrará. Y en este mismo día en que se consagrará el manojo, será sacrificado un cordero primal, sin mácula, en holocausto al Señor. Y con él se presentarán como ofrenda o libación dos décimos de flor de harina, heñida con aceite, para ser quemada en olor suavísimo al Señor; asimismo por libación u ofrenda de vino la cuarta parte de un hin. No comeréis pan, ni polenta, ni puches de las mieses, hasta el día en que ofrezcáis las primicias de ellas a vuestro Dios. Estatuto es éste que deberéis observar eternamente de generación en generación, en todos los lugares en que habitareis. Contaréis, pues, desde el día segundo de la fiesta en que ofrecisteis el manojo de las primicias, siete semanas enteras, hasta el otro día de cumplida la séptima semana, que vienen a ser cincuenta días: y entonces ofreceréis nuevo sacrificio al Señor, en todas partes en que habitareis, dos panes de primicias, hechos de dos décimas de flor de harina con levadura, los que coceréis para primicias al Señor. Con los panes ofreceréis siete corderos sin mácula, primales, y un ternero de la vacada, y dos carneros, en holocausto, con sus libaciones, para olor suavísimo al Señor. Sacrificaréis también un macho cabrío por el pecado, y dos corderos del año por hostias pacíficas. Los cuales elevados por el sacerdote ante el Señor con los panes de las primicias, servirán para uso suyo. Tendréis este día por solemnísimo y santísimo: no haréis en él obra ninguna servil. Ley sempiterna será ésta en todos los lugares en que habitareis, y para toda vuestra posteridad. Cuando segareis las mieses de vuestros campos, no las cortaréis hasta el suelo, ni recogeréis las espigas que quedan, sino que las dejaréis para los pobres y peregrinos. Yo soy el Señor Dios vuestro. Habló entonces el Señor a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel: El día primero del mes séptimo será para vosotros fiesta memorable: le celebraréis con el toque de las trompetas, y llamarse ha santo. No haréis en él ninguna obra servil, y ofreceréis holocausto al Señor. Y habló el Señor a Moisés, y le dijo: El décimo día de este séptimo mes será el día solemnísimo de la Expiación o perdón y se llamará santo; y mortificaréis en él vuestras almas, y ofreceréis holocausto al Señor. En todo este día no haréis ninguna obra servil; porque es día de propiciación, a fin de que os sea propicio el Señor Dios vuestro. Cualquiera que en este día no hiciere penitencia, será exterminado de entre sus gentes, y yo raeré de la lista de su pueblo al que hiciere alguna labor. Por tanto, no trabajéis poco ni mucho en este día. Ley sempiterna será ésta para vosotros y para vuestros descendientes, en cualquier lugar en que moréis. Es fiesta o sábado de descanso, y desde el día nono del mes mortificaréis vuestras almas. Vuestras fiestas las celebraréis desde una tarde hasta la otra. Habló todavía el Señor a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel: El día quince de este mismo mes séptimo empezarán las fiestas de los tabernáculos, que se celebrarán en honor del Señor durante siete días. El primero será solemnísimo y santísimo: en él no haréis ninguna obra servil. Todos los siete días ofreceréis holocausto al Señor. El día octavo también será solemnísimo y santísimo, y ofreceréis al Señor un holocausto por ser día de gran concurso y de colecta o junta solemne: no haréis en él ninguna obra servil. Estas son las fiestas del Señor que tendréis por solemnísimas y santísimas, y en ellas ofreceréis al Señor oblaciones, holocaustos y libaciones u ofrendas de licor, según el rito propio de cada día; además de los sacrificios de los otros sábados del Señor, y de vuestros dones, y de las ofrendas que hiciereis al Señor por voto o espontáneamente. Desde el día quince, pues, del mes séptimo, cuando habréis ya recogido todos los frutos de vuestra tierra, celebraréis una fiesta al Señor por siete días. El día primero y el octavo serán como días de sábado, esto es, de descanso. En el primer día cogeréis ramas con sus frutos de los árboles más bellos, y gajos o ramos de palmas, y de árboles frondosos, y de sauces de los torrentes, y os regocijaréis delante del Señor Dios vuestro; y celebraréis cada año esta solemne fiesta por espacio de siete días; ley que será observada eternamente por toda vuestra descendencia. Celebraréis esta fiesta en el séptimo mes, y habitaréis por siete días en tiendas cubiertas de ramas: todo el que es del linaje de Israel estará en tiendas de campaña, para que aprendan vuestros descendientes cómo hice yo habitar en tiendas de campaña a los hijos de Israel al sacarlos de la tierra de Egipto. Yo el Señor Dios vuestro. Esto dijo Moisés a los hijos de Israel acerca de las fiestas del Señor. Habló también el Señor a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel que te traigan aceite de olivas, el más puro y clarificado, para hacer arder continuamente las lámparas, fuera del velo del arca del Testamento colocada en el Tabernáculo de la alianza. Y las colocará Aarón para que ardan toda la noche desde la tarde hasta la mañana, delante del Señor: ceremonia que se observará con rito perpetuo por toda vuestra posteridad. Estarán siempre colocadas sobre el candelero tersísimo, delante del Señor. Recibirás también harina floreada y harás cocer doce panes hechos de ella, que tendrán cada uno dos décimas de un efi; de los cuales colocarás seis en un lado y seis en otro ante el Señor, sobre la mesa limpísima, y encima de ellos pondrás incienso muy transparente; para que este pan sea un monumento de oblación al Señor. Cada sábado se mudarán estos panes, poniéndose otros ante la presencia del Señor, recibiéndolos de los hijos de Israel por pacto o fuero perpetuo. Y serán de Aarón y de sus hijos por derecho perpetuo, para que los coman en el lugar santo, por ser cosa santísima y ofrecida al Señor. Entretanto sucedió que un hijo de cierta mujer israelita, que le había tenido de un egipcio, saliendo de entre los hijos de Israel, trabó una riña en el campamento con un israelita. Y habiendo blasfemado y maldecido el nombre santo, fue conducido a Moisés. (Llamábase la madre Solomit, hija de Dabri, de la tribu de Dan). Y metiéronle en la cárcel, hasta saber lo que ordenaba el Señor. El cual habló a Moisés, diciendo: Saca este blasfemo fuera del campamento, y todos los que le oyeron pongan sus manos sobre la cabeza de él, y apedréele todo el pueblo. Y dirás a los hijos de Israel: El hombre que maldijere a su Dios, pagará la pena de su pecado: Muera irremisiblemente el que blasfemare el nombre del Señor; acabará con él a pedradas todo el pueblo, ora sea ciudadano o bien extranjero. Quien blasfemare el nombre del Señor, muera sin remedio. Quien hiriere a un hombre y le matare, muera irremisiblemente. Quien hiriere o matare a un animal, restituirá otro equivalente, a saber, animal por animal. Quien ofendiere a cualquiera de sus conciudadanos, se hará con él según hizo. Rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente, ha de pagar: cual fuere el daño causado, tal será forzado a sufrir. Quien hiriere de muerte a un jumento, pagará otro; quien matare a un hombre, será ajusticiado. Sea igual entre vosotros la justicia, ya fuere extranjero, ya ciudadano, el que pecare: porque yo soy el Señor Dios vuestro. Así habló Moisés a los hijos de Israel. Y en seguida sacaron éstos fuera del campamento al blasfemo, y le mataron a pedradas. E hicieron los hijos de Israel como el Señor había mandado a Moisés. Y habló el Señor a Moisés en el monte Sinaí , diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Entrado que hayáis en la tierra que yo os daré, dejadla descansar un año de siete en siete a honra del Señor. Seis años sembrarás tu campo, y seis años podarás tu viña, y cogerás sus frutos. Pero el año séptimo será para la tierra sábado en honor del descanso del Señor; no sembrarás el campo ni podarás la viña. No has de segar aquello que de suyo produjere la tierra, ni has de recoger de los sarmientos las uvas de que ofrecías tus primicias, como quien vendimia, porque es año de huelga para la tierra; sino que las comeréis tú y tu esclavo, tu esclava y tu jornalero, y los extranjeros que moran contigo. Y todo lo que produzca la tierra, servirá también para pasto de tus bestias y ganados. Asimismo contarás siete semanas de años; es decir, siete veces siete años, que juntos hacen cuarenta y nueve años; y al mes séptimo, el día diez del mes, que es el tiempo de la fiesta de la Expiación, harás sonar la bocina por toda vuestra tierra, y santificarás el año quincuagésimo, y anunciarás remisión o rescate general para todos los moradores de tu tierra; pues éste es el año del jubileo. Cada uno recobrará su posesión y cada cual se restituirá a su antigua familia, por ser el año quincuagésimo, año del jubileo. No sembraréis ni segaréis lo que de suyo naciere en el campo, ni recogeréis las primicias de la vendimia, a fin de santificar el jubileo; sino que comeréis lo que primero se os ponga delante. El año del jubileo todos han de recobrar sus posesiones. Cuando vendieres algo a tu conciudadano o lo comprares de él, no apremies a tu hermano, sino que ajustarás la compra según los años que faltan para el jubileo. y conforme a esta cuenta te lo venderá. Cuantos más años faltaren de un jubileo a otro, tanto más crecerá el precio; y cuanto menos tiempo queda, tanto menos valdrá la compra; porque el que vende, vende el tiempo del usufructo. No queráis apremiar a los que son de vuestra misma tribu, mas tema cada uno a su Dios; porque soy yo el Señor Dios vuestro. Ejecutad mis preceptos, guardad y cumplid mis decretos, para que podáis habitar sin temor alguno en el país. Y la tierra os dé sus frutos, de que comáis hasta saciaros, sin recelar violencia de nadie. Y si dijereis: ¿Qué comeremos el año séptimo, si no hemos de sembrar, ni recoger nuestros frutos? Yo derramaré en el año sexto mi bendición sobre vosotros y la tierra producirá tantos frutos como en tres años. Y sembraréis el año octavo y comeréis los frutos añejos hasta el año noveno; hasta que nazcan los nuevos frutos, comeréis los añejos. La tierra asimismo no se venderá para siempre, por cuanto es mía, y vosotros sois advenedizos y colonos míos. Y así todo terreno de vuestra posesión se venderá con la condición de redimible. Si empobreciendo tu hermano vendiere su haciendilla, puede un pariente suyo, si quiere, redimir lo vendido por el otro. Mas en caso de no tener pariente cercano, si él mismo puede hallar el precio con que redimirla, se computarán los frutos caídos desde la venta, y pagará el resto al comprador; y con eso recobrará su posesión. Que si no hallare arbitrio de juntar el precio, retendrá el comprador lo comprado hasta el año del jubileo, en el cual todo lo vendido se ha de restituir a su antiguo dueño y poseedor. El que vendiere una casa dentro de los muros de una ciudad, tendrá durante el año entero libertad de redimirla. Si no la redimiere y hubiere pasado el año, la poseerá el comprador y sus herederos perpetuamente, y no podrá redimirse ni aun en el año del jubileo. Si la casa está en una aldea sin muros, se venderá al tenor de los campos; si no ha sido redimida antes, en el jubileo volverá a su dueño. Las casas que los levitas tienen en las ciudades, siempre se pueden redimir; si no se redimen, en el jubileo volverán a sus dueños, porque las casas que en las ciudades tienen los levitas, se reputan como posesiones entre los hijos de Israel. Pero sus campos, junto a las ciudades, nunca se vendan, por ser herencia sempiterna. Si tu hermano empobreciere y no pudiendo valerse, le recibieres como forastero y peregrino, y viviere contigo, no cobres usuras de él, ni más de lo que prestaste. Teme a tu Dios, a fin de que tu hermano pueda vivir en tu casa. No le darás tu dinero a logro, y de los comestibles no le exigirás aumento sobre aquello que le has dado. Yo el Señor Dios vuestro, que os he sacado de la tierra de Egipto, para daros la tierra de Canaán y ser vuestro Dios. Si tu hermano obligado de la pobreza se vendiere a ti, no le oprimirás con el servicio propio de esclavos, sino que será tratado como jornalero y mozo de labranza; servirá en tu casa hasta el año del jubileo, y después saldrá libre con sus hijos y volverá a su familia y a la herencia de sus padres; porque ellos son siervos míos, y yo los saqué de la tierra de Egipto, y así no han de ser vendidos en calidad de esclavos. No aflijas, pues, a tu hermano, abusando de tu poderío; mas teme a Dios. Vuestros esclavos y esclavas han de ser de las naciones que os rodean, y de los extraños que vienen a morar entre vosotros, y los que de éstos nacieren en vuestra tierra, ésos tendréis por siervos, y por juro de herencia los dejaréis a vuestros descendientes, poseyéndolos por siempre jamás; pero a vuestros hermanos, los hijos de Israel, no los oprimáis abusando del poder. Si un extranjero y peregrino se hiciere poderoso entre vosotros, y tu hermano viniendo a menos se vendiere a él o a cualquiera de su linaje, después de la venta puede ser rescatado. Quienquiera de sus hermanos puede rescatarle; así el tío como el primo, el pariente de consanguinidad como el de afinidad, y aun él mismo se rescatará, si puede, entrando en cuenta solamente los años desde el tiempo de su venta hasta el año del jubileo; y rebajando del dinero en que fue vendido, el salario que corresponde a un jornalero, según el número de años. Si son muchos los años que faltan hasta el jubileo, según ellos habrá de pagar el precio; si pocos, hará la cuenta con el comprador, según el número de los años servidos, como si fuese a jornal, y le pagará el resto de años. El comprador no le ha de tratar con dureza, estándolo tú mirando. Caso que no pudiere ser rescatado por estos medios, saldrá libre con sus hijos el año del jubileo. Porque los hijos de Israel son siervos míos, a los cuales saqué yo de la tierra de Egipto. Yo soy el Señor Dios vuestro: No os fabricaréis ídolos, ni estatuas, ni erigiréis columnas o aras, ni pondréis en vuestra tierra piedra señalada con el fin de adorarla, porque yo soy el Señor Dios vuestro. Guardad mis sábados, y tened profundo respeto a mi santuario. Yo el Señor. Si seguís mis preceptos, y observáis mis mandatos y los cumplís, os enviaré lluvias a sus tiempos, y la tierra producirá sus granos, y estarán los árboles cargados de frutos. Y con tanta abundancia que la trilla de las mieses alcanzará la vendimia y la vendimia la sementera; y comeréis vuestro pan en hartura y habitaréis en vuestra tierra sin temor ninguno. Haré que reine la paz en vuestros confines. Dormiréis y no habrá quien os espante. Ahuyentaré las bestias dañinas y no entrará espada en vuestros términos. Perseguiréis a vuestros enemigos y caerán delante de vosotros. Cinco de los vuestros perseguirán a cien extraños y cien de vosotros a diez mil; vuestros enemigos caerán en vuestra presencia al filo de la espada. Echaré sobre vosotros una mirada benigna, y os haré crecer, y seréis multiplicados, y confirmaré mi alianza con vosotros. Comeréis los frutos añejos de mucho tiempo y al fin arrojaréis los añejos por la abundancia de los nuevos. Fijaré mi Tabernáculo en medio de vosotros y no os desechará mi alma. Andaré entre vosotros y seré vuestro Dios, y vosotros seréis el pueblo mío. Yo el Señor Dios vuestro que os he sacado de la tierra de los egipcios, a fin de que no fueseis sus esclavos; y rompí las cadenas de vuestras cervices; para que alzaseis cabeza. Pero si no me escuchareis, ni cumpliereis todos mis mandamientos; si despreciareis mis leyes y no hiciereis caso de mis juicios, dejando de hacer lo que tengo establecido e invalidando mi pacto; ved aquí la manera con que yo también me portaré con vosotros: Os castigaré prontamente con hambre, y con un ardor que os abrasará los ojos, y consumirá vuestras vidas. En vano haréis vuestra sementera, pues será devorada por vuestros enemigos. Os dirigiré una mirada con rostro airado, y caeréis a los pies de vuestros enemigos, y quedaréis sujetos a los que os aborrecen: os entregaréis a la fuga sin que nadie os persiga. Que si aun con eso no me obedeciereis, os castigaré todavía siete veces más, por causa de vuestros pecados, y quebrantaré el orgullo de vuestra rebeldía, y haré desde lo alto que el cielo sea de hierro para vosotros y de bronce la tierra. Se irá en humo todo vuestro trabajo; la tierra no producirá su esquilmo, y los árboles no darán frutos. Si quisiereis apostárosla conmigo, desobedeciendo mis órdenes, aumentaré siete veces más vuestras plagas por causa de vuestros pecados; y enviaré contra vosotros las fieras del campo, para que os devoren a vosotros y a vuestros ganados, reduciéndoos a un corto número y haciendo desiertos vuestros caminos. Que si ni aun con eso quisiereis enmendaros, sino que prosiguiereis oponiéndoos a mí, yo también proseguiré oponiéndome a vosotros y os castigaré siete veces más por vuestros pecados, y haré descargar sobre vosotros la espada, que os castigará por haber roto mi alianza. Y si os refugiareis a las ciudades muradas, os enviaré peste y seréis entregados en manos de vuestros enemigos, después que yo os hubiere quitado el apoyo del pan que es vuestro sustento; en tal extremo, que diez mujeres cocerán panes en un solo horno y darán a sus hijos el pan por onzas; y comeréis y nunca os saciaréis. Pero si ni aun con todo eso me escuchareis, sino que prosiguiereis pugnando contra mí; yo asimismo procederé contra vosotros con saña de enemigo y os azotaré con siete nuevas plagas por vuestros pecados, de suerte que vengáis a comer las carnes de vuestros hijos y de vuestras hijas. Destruiré vuestras alturas en que adoráis a los ídolos y despedazaré vuestros simulacros. Caeréis entre las ruinas de vuestros ídolos y mi alma os abominará, en tanto grado, que reduciré a soledad vuestras ciudades y asolaré vuestros santuarios, y no aceptaré ya más el olor suavísimo de vuestros sacrificios. Talaré vuestra tierra y quedarán atónitos, viéndola vuestros enemigos, cuando entren a morar en ella. Y a vosotros os dispersaré por entre las naciones, y desenvainaré mi espada en pos de vosotros, y quedará desierto vuestra tierra, y arruinadas vuestras ciudades. Entonces la tierra gozará de sus sábados o días de reposo, mientras durara el tiempo de su soledad; cuando vosotros, estéis en tierra enemiga, ella descansará y hallará su reposo, estando sola o desierta; ya que no reposó en vuestros sábados, cuando habitabais en ella. Y a los que de vosotros quedaren, infundiré espanto en sus corazones en medio de los países enemigos; se estremecerán al ruido de una hoja volante, huyendo de ella como de una espada; caerán sin que nadie los persiga; y se atropellarán unos a otros, como quien huye de la batalla; ninguno de vosotros tendrá valor para resistir al enemigo. Pereceréis entre las naciones, y la tierra enemiga os consumirá. Que si todavía quedaren algunos de éstos, se irán pudriendo por sus iniquidades en el país de sus enemigos; y serán cruelmente afligidos por los pecados de sus padres y por los suyos, hasta que confiesen sus maldades y las de sus mayores, con que prevaricaron y se rebelaron contra mí. Por donde yo también iré contra ellos y los arrojaré a país enemigo, hasta tanto que su corazón incircunciso se confunda y avergüence; entonces será cuando pedirán perdón de sus impiedades. Y yo me acordaré de la alianza que hice con Jacob , y con Isaac, y con Abrahán. Me acordaré también de la tierra, la cual, despoblada de ellos, gozará de sus días de sábado, reducida a un yermo por causa de ellos. Mas entretanto me pedirán perdón por sus pecados, por haber rechazado mis ordenanzas y despreciado mis leyes. Y yo a pesar de eso, aun estando ellos en tierra enemiga, no los abandoné totalmente, ni los desamé tanto que los dejase perecer enteramente, y anulase el pacto hecho con ellos. Porque al fin yo soy el Señor Dios suyo. Y tendré presente la antigua alianza que hice con ellos, cuando a vista de las naciones los saqué de la tierra de Egipto, para ser yo su Dios. Yo soy el Señor. Estos son los decretos, y preceptos, y leyes que Dios estableció entre sí y los hijos de Israel en el monte Sinaí por medio de Moisés. Habló todavía el Señor a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: El hombre que hiciere un voto y prometiere a Dios consagrarle su vida, pagará para desobligarse un cierto precio, según la tasa siguiente: Si fuere varón de veinte años hasta sesenta, dará cincuenta siclos de plata del peso del santuario. Si es mujer, treinta. Mas desde cinco años hasta veinte el varón dará veinte siclos, la hembra diez. Por el niño de un mes hasta cinco años se darán cinco siclos, por la niña tres. El hombre de sesenta años arriba dará quince siclos, la mujer diez. Si es pobre, que no pueda pagar la tasa, se presentará al sacerdote y dará lo que éste juzgare y viere que puede pagar. Si alguno ofrece por voto un animal, que se puede sacrificar al Señor, será sagrado; y no se podrá trocar ni mejor por malo, ni peor por bueno; que si le trocare, tanto el trocado como el de trueque quedarán consagrados al Señor. Quien ofreciere por voto un animal inmundo, que no se puede inmolar al Señor, le traerá al sacerdote, el cual, examinando si es bueno o malo, tasará el precio. Y si el oferente quisiere dar ese precio para recobrarle, debe añadir un quinto sobre la valuación. Cuando un hombre ofrece un voto y consagra su casa al Señor, la reconocerá el sacerdote para ver si es buena o mala, y se venderá según el precio que éste tasare. Pero si el que hizo el voto quisiere redimirla, dará una quinta parte sobre el precio de su tasación y se quedará con ella. Que si hiciere voto y consagrare al Señor un campo de su herencia, se tasará el precio a proporción del grano que se necesita para sembrarle. Si son necesarios treinta modios de cebada, véndase por cincuenta siclos de plata. Si el voto de dar el campo lo hace desde el principio del año del jubileo, será apreciado en todo su valor. Mas si lo hace después de algún tiempo, calculará el sacerdote la suma, a proporción del número de años que faltan hasta el jubileo; y según eso será la rebaja del precio. Si quien hizo el voto quiere redimir el campo, añadirá un quinto al precio tasado y lo poseerá de nuevo. Pero si no quiere redimirle y se vende a otro cualquiera, aquél que lo prometió con voto no podrá ya más redimirle. Por cuanto venido que sea el día del jubileo, quedará consagrado al Señor, y la posesión consagrada pertenece al derecho de los sacerdotes. Si el campo consagrado al Señor es comprado y no habido por herencia de sus mayores, el sacerdote calculará el precio conforme al número de años restantes hasta el jubileo, y el que hizo el voto dará este precio al Señor; mas en el jubileo será restituido al primer dueño que lo vendió y lo tenía por juro de herencia. Todas las estimas se harán según el peso del siclo del santuario. El siclo tiene veinte óbolos. Nadie podrá consagrar ni ofrecer en voto los primogénitos, pues pertenecen al Señor. Sean de la vacada o sean de los rebaños, del Señor son. Si el animal es inmundo, el que le ofreció le rescatará según valuación que tú hagas, añadiendo un quinto al precio. Si no quiere rescatarle, se venderá a otro en lo que tú le hubieres valuado. Todo lo consagrado al Señor, sea hombre, sea animal o sea campo, no se venderá, ni podrá ser redimido. Todo lo que una vez fuere así consagrado al Señor, será para él, siendo como es cosa santísima. Y todo lo que de esta manera es ofrecido y consagrado por un hombre, no será rescatado, sino que debe ser muerto sin falta. Todos los diezmos de la tierra, ya sean de granos, ya de frutos de árboles, del Señor son, y a él están consagrados. Que si uno quiere redimir sus diezmos, dará encima el quinto. De todos los bueyes, ovejas y cabras, que cuenta el pastor con el cayado, la décima cabeza que salga, será para el Señor. No se escogerá ni buena ni mala, ni se cambiará con otra; si se cambiare, quedará consagrada al Señor, sin poder redimirse, tanto lo cambiado como lo que se haya dado en cambio. Estos son los preceptos dados por el Señor a Moisés para los hijos de Israel, en el monte Sinaí . Al segundo año de la salida de los hijos de Israel de Egipto, el primer día del mes segundo habló el Señor a Moisés en el desierto del monte Sinaí en el Tabernáculo de la alianza, y le dijo: Formad el censo de cuantos varones haya en todo el pueblo de los hijos de Israel, según los linajes y familias, con los nombres de cada uno. Tú y Aarón contaréis todos los hombres fuertes de Israel de veinte años arriba por sus compañías. Para lo que os acompañarán los príncipes de las tribus y familias según sus linajes. Cuyos nombres son estos: De la tribu de Rubén, Elisur hijo de Sedeur. De la de Simeón, Salamiel, hijo de Surisaddai. De la de Judá, Nahasón, hijo de Aminadab. De la de Isacar, Natanael, hijo de Suar. De la de Zabulón, Eliab, hijo de Helón. De los hijos de José por la tribu de Efraín, Elisama, hijo de Ammiud; por la de Manasés, Gamaliel, hijo de Fadasur. De la tribu de Benjamín, Abidán, hijo de Gedeón. De la de Dan, Ahiezer, hijo de Ammisaddai. De la de Aser, Fegiel, hijo de Ocrán. De la de Gad, Eliasaf, hijo de Duel. De la de Neftalí, Abira, hijo de Enán. Estos son los príncipes nobilísimos del pueblo y los jefes del ejército de Israel dividido por sus tribus y linajes. Y tomaron Moisés y Aarón a estos varones que habían sido designados por sus nombres, y congregaron toda la multitud el primer día del mes segundo, haciendo su alistamiento por linajes, por casas, por familias y cabezas, tomando el nombre de cada persona de veinte años arriba, como el Señor había mandado a Moisés. Se hizo, pues, el censo en el desierto de Sinaí . De la tribu de Rubén, primogénito de Israel, en sus linajes, y familias y casas, con el nombre de cada individuo, todos los varones de veinte años arriba, aptos para la guerra, fueron cuarenta y seis mil quinientos. De los descendientes de Simeón por sus linajes, y familias, y casas de sus parentelas, con el nombre propio de cada persona, se contaron los varones todos de veinte años arriba, aptos para la guerra, y se hallaron cincuenta y nueve mil trescientos. De los descendientes de Gad, por sus linajes, y familias, y casas de sus parentelas, con el nombre propio de cada uno, se contaron de veinte años arriba todos los que eran aptos para la guerra, y fueron cuarenta y cinco mil seiscientos cincuenta. De los descendientes de Judá por sus linajes, familias, y casas de sus parentelas, se contaron por sus nombres todos los varones de veinte años arriba, que podían tomar las armas, y se hallaron setenta cuatro mil seiscientos. De los descendientes de Isacar por sus linajes, familias y casas de sus parentelas desde veinte años arriba, tomados los nombres de cada uno, se contaron aptos para la guerra en todos, cincuenta y cuatro mil cuatrocientos. De los descendientes de Zabulón por sus linajes, y familias, y casas de sus parentelas, se contaron por sus nombres, de veinte años arriba, todos los que podían ir a la guerra, y se hallaron cincuenta y siete mil cuatrocientos. De los descendientes de José, por la línea de Efraín, según sus linajes, familias y casas de sus parentelas, se contaron por sus nombres, de veinte años arriba, aptos para la guerra, cuarenta mil quinientos. Por la línea de Manasés, según sus linajes, familias y casas de sus parentelas, se contaron por sus propios nombres, de veinte años arriba, aptos para la guerra treinta y dos mil doscientos. De los descendientes de Benjamín, en sus linajes y familias, y casas de sus parentelas, fueron contados por sus propios nombres todos los de veinte años arriba, aptos para la guerra, y se hallaron treinta y cinco mil cuatrocientos. De los descendientes de Dan por sus linajes, familias y casas de sus parentelas, tomando el nombre de cada uno, se halló ser el número de todos los que podían tomar las armas, de veinte años arriba, setenta y dos mil setecientos. De los descendientes de Aser, por sus linajes, familias y casas de sus parentelas, se contaron por los nombres de cada uno, de veinte años arriba, aptos para las armas, cuarenta y un mil quinientos. De los descendientes de Neftalí por sus linajes, familias y casas de sus parentelas, se contaron por sus nombres, de veinte años arriba, todos de armas tomar, cincuenta y tres mil cuatrocientos. Este es el empadronamiento de los hijos del Israel que hicieron Moisés, Aarón y los doce príncipes de Israel, notando a cada uno por su casa y familia. Así pues, todo el número de los hijos de Israel, alistados por sus casas y familias, de veinte años arriba, que podían salir a campaña, ascendió a seiscientos tres mil, quinientos cincuenta hombres. Pero los levitas, según las familias de su tribu, no entraron en el censo con ellos. Porque el Señor habló a Moisés, diciendo: No cuentes a la tribu de Leví, ni mezcles la suma de los levitas con la de los hijos de Israel; sino que los destinarás al cuidado del Tabernáculo del Testimonio, de todas sus alhajas y de todo cuanto pertenece a las ceremonias. Ellos llevarán el Tabernáculo y todos sus utensilios y se emplearán en su servicio y tendrán su campamento alrededor de él. Cuando hayáis de marchar, los levitas desarmarán el Tabernáculo; cuando hayáis de acampar, lo armarán. Cualquier extraño que se arrimare, será castigado de muerte. Los hijos de Israel asentarán su campamento y estarán cada uno bajo su división o estandarte, según los varios escuadrones de que se compone su ejército. Mas los levitas fijarán sus tiendas alrededor del Tabernáculo y velarán en la guardia del Tabernáculo del Testimonio a fin de que no descargue yo mi indignación sobre la muchedumbre de los hijos de Israel. Hicieron, pues, los hijos de Israel todo lo que el Señor había mandado a Moisés. habló el Señor a Moisés y Aarón, diciendo: Los hijos de Israel acamparán alrededor del Tabernáculo de la alianza cada cual en su compañía, bajo las banderas y estandartes propios de su casa y linaje. La tribu de Judá fijará sus pabellones hacia el Oriente, dividida en las compañías de sus escuadrones, y el príncipe de ella será Nahasón, hijo de Aminadab. Todos los combatientes de este linaje, suman setenta y cuatro mil seiscientos. Junto a ellos acamparán los de la tribu de Isacar, cuyo príncipe será Natanael, hijo de Suar. Sus combatientes son en número de cincuenta y cuatro mil cuatrocientos. De la tribu de Zabulón el príncipe será Eliab, hijo de Helón. Todo el cuerpo de combatientes de su tribu es de cincuenta y siete mil cuatrocientos. El número de todos los que componen el campamento de Judá es de ciento ochenta y seis mil cuatrocientos. Estos repartidos en sus escuadrones marcharán los primeros. En el campamento de los hijos de Rubén al mediodía, el príncipe será Elisur, hijo de Sedeur. Todo el cuerpo de sus combatientes que han sido contados, es de cuarenta y seis mil quinientos. Junto a él acamparán los de la tribu de Simeón, cuyo príncipe es Salamiel, hijo de Surisaddai. Todo el tercio de sus combatientes, que han sido contados, es de cincuenta y nueve mil trescientos. De la tribu de Gad será príncipe Eliasaf, hijo de Duel; y todo el tercio de sus combatientes que se han contado, es de cuarenta y cinco mil seiscientos cincuenta. Todos los que han sido alistados en el campamento de Rubén ascienden a ciento cincuenta y un mil cuatrocientos cincuenta: los cuales repartidos en sus escuadrones marcharán en el segundo lugar. En seguida de éstos llevarán el Tabernáculo del Testimonio los levitas, después de desarmado, y marcharán según la distribución de sus oficios y divisiones. Con el mismo orden que se erigirá, se desarmará el Tabernáculo. Cada uno caminará en el puesto y por el orden que le corresponde. Al poniente acamparán los hijos de Efraín, cuyo príncipe será Elisama, hijo de Ammiud. Toda la división de sus combatientes, después de numerados, es de cuarenta mil quinientos. Junto a ellos se acampará la tribu de los hijos de Manasés, cuyo príncipe será Gamaliel, hijo de Fadasur. Y todo el cuerpo de sus combatientes que fueron numerados, es de treinta y dos mil doscientos. De la tribu de los hijos de Benjamín el príncipe será Adibán, hijo de Gedeón; y todo el tercio de sus combatientes, hecha de ellos la enumeración, es de treinta y cinco mil cuatrocientos. Todos los que se contaron en el campamento de Efraín, son ciento y ocho mil cien hombres, repartidos en sus escuadrones. Estos marcharán los terceros. A la parte del norte pondrán sus tiendas los hijos de Dan, cuyo príncipe será Ahiezer hijo de Ammisaddai. Todo el cuerpo de sus combatientes, hecha la enumeración, es de sesenta y dos mil setecientos. A su lado acamparán los de la tribu de Aser, cuyo príncipe será Fegiel, hijo de Ocrán. Todo el cuerpo de sus combatientes, después de enumerados, es de cuarenta y un mil quinientos. De la tribu de los hijos de Neftalí el príncipe será Ahira, hijo de Enán. Toda la división de sus combatientes, fue de cincuenta y tres mil cuatrocientos. Los numerados en el campamento de Dan han sido en todos ciento y cincuenta y siete mil seiscientos; y éstos marcharán los postreros. Así el número del ejército de los hijos de Israel, dividido en las familias de sus linajes y en escuadrones, vino a ser de seiscientos tres mil quinientos cincuenta. Bien que los levitas no entraron en esta numeración de los hijos de Israel; porque así lo había mandado el Señor a Moisés. Y los hijos de Israel ejecutaron todo conforme al mandato del Señor. Acamparon por sus escuadrones y marcharon repartidos según las familias y casas de sus padres. Estos son los descendientes de Aarón y de Moisés en el tiempo que habló el Señor a Moisés en el monte Sinaí . Los nombres de los hijos de Aarón son estos: Nadab su primogénito, después de Abiú, y Eleazar e Itamar. Tales son los nombres de los hijos de Aarón, sacerdotes que fueron ungidos y cuyas manos fueron llenadas o consagradas, para que ejerciesen las funciones del sacerdocio. Pero murieron Nadab y Abiú sin hijos, al ofrecer fuego profano en presencia del Señor en el desierto de Sinaí ; y Eleazar e Itamar ejercieron el oficio de sacerdotes en vida de su padre Aarón. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Haz acercar la tribu de Leví y preséntala al sumo sacerdote Aarón, para que los de esta tribu sean sus ministros y hagan la guardia en el Tabernáculo, y ejerzan todo lo perteneciente al culto que me debe tributar el pueblo, ante el Tabernáculo del Testimonio, y guarden las alhajas del Tabernáculo, dedicándose a su servicio. Donarás, pues, los levitas, a Aarón y a sus hijos, como un presente que les hacen los hijos de Israel. Pero a Aarón y a sus hijos los constituirás para ejercer las funciones sagradas del sacerdocio. Cualquier otro que se introduzca en este ministerio sagrado, será castigado de muerte. Y habló el Señor a Moisés diciendo: Yo he tomado a los levitas de mano de los hijos de Israel en lugar de todos los primogénitos que nacen entre los hijos de Israel, y así los levitas serán míos, ya que míos son todos los primogénitos. Desde que herí a los primogénitos en la tierra de Egipto, consagré para mí todo lo primero que nace en Israel, así de hombres como de animales: son míos. Yo el Señor. Habló, pues, el Señor a Moisés en el desierto de Sinaí , diciendo: Cuenta los hijos de Leví por las casas y familias de sus padres, todos los varones de un mes arriba. Los contó Moisés como lo había mandado el Señor. Y estos son los nombres de los hijos de Leví: Gersón, y Caat, y Merari. Hijos de Gersón: Lebni y Semei. Hijos de Caat: Amram, Jesaar, Hebrón y Oziel. Hijos de Merari: Moholi y Musi. De Gersón se propagaron dos familias, la de Lebni y la de Semei: cuyos individuos del sexo masculino, contados los de un mes arriba, fueron siete mil quinientos. Estos acamparán detrás del Tabernáculo al poniente, a las órdenes del príncipe Eliasaf, hijo de Lael. Y velarán en la guardia del Tabernáculo de la alianza, teniendo a su cuidado el mismo Tabernáculo y sus cubiertas, el velo que se pone delante de la puerta del Tabernáculo de la alianza y las cortinas del atrio: asimismo el velo que se cuelga en la entrada del atrio del Tabernáculo y todo lo que sirve al ministerio del altar, las cuerdas del Tabernáculo y todos sus utensilios. La descendencia de Caat abraza las familias de los amramitas, jesaaritas, hebronitas y ozielitas. Estas son las familias de los caatitas contadas por sus nombres. Todos los del sexo masculino de un mes arriba,, que son ocho mil seiscientos, harán la guardia del santuario, acampando a la parte del mediodía. Su príncipe será Elisafán, hijo de Oziel; y cuidarán del arca , de la mesa, del candelero, de los altares y vasos del santuario, que sirven para el ministerio, y del velo interior y de todo su aparato correspondiente. Si bien Eleazar, hijo de Aarón sumo sacerdote y primer príncipe de los levitas, tendrá la superintendencia de los que velan en la custodia del santuario. Finalmente, de Merari serán las familias de moholitas y musitas, en las que contados por sus nombres todos los del sexo masculino de un mes arriba, fueron seis mil doscientos: Su príncipe será Suriel, hijo de Abihaiel. Estos acamparán a la parte septentrional; y estarán a su cuidado los tablones del Tabernáculo y los travesaños, y las columnas con sus basas, y todo lo perteneciente a estas cosas; e igualmente las columnas que cercan el atrio, sus basas y las estacas con sus cuerdas. Delante del Tabernáculo de la alianza, esto es, al oriente, fijarán sus tiendas Moisés y Aarón con sus hijos, velando en la custodia del santuario en medio de los hijos de Israel. Cualquier extraño que se arrimare, será muerto. Todos los levitas que contaron Moisés y Aarón por mandato del Señor, familia por familia, en el sexo masculino, de un mes arriba, fueron veintidós mil. Y dijo el Señor a Moisés: Cuenta los primogénitos de los hijos de Israel en el sexo masculino, de un mes arriba, y sacarás la suma de ellos. Y apartarás para mí a los levitas, en lugar de todos los primogénitos de los hijos de Israel. Yo soy el Señor; y los ganados de los levitas en vez de todos los primerizos de los ganados de los hijos de Israel. Contó Moisés, como había mandado el Señor, los primogénitos de los hijos de Israel; y notados los varones por sus nombres, de un mes arriba, fueron veintidós mil doscientos setenta y tres. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Toma los levitas en lugar de los primogénitos de los hijos de Israel, y los ganados de los levitas en vez de los primerizos de los ganados de aquéllos, y los levitas serán míos. Yo soy el Señor. Mas por rescate de los doscientos setenta y tres primogénitos de los hijos de Israel, que exceden al número de los levitas, recibirás cinco siclos por cabeza, según el peso del santuario. El siclo tiene veinte óbolos. Y darás este dinero a Aarón y a sus hijos por rescate de los primogénitos que hay de más. Tomó, pues, Moisés el dinero de los que habían resultado de más, y por los cuales se pagaba el rescate a los levitas, siendo la suma que recibió por estos primogénitos de los hijos de Israel, mil trescientos sesenta y cinco siclos al peso del santuario; los que entregó a Aarón y a sus hijos, según el mandato que le había dado el Señor. Habló el Señor a Moisés y a Aarón, diciendo: Forma una lista de los hijos de Caat, entresacados de los levitas, por sus casas y familias, de treinta años arriba hasta los cincuenta, de todos los que son admitidos para hacer la guardia y servir en el Tabernáculo de la alianza. Este es el oficio de los hijos de Caat: cuando se hubiere de mover el campamento, entrarán Aarón y sus hijos en el Tabernáculo de la alianza y en el lugar santísimo, y quitarán el velo pendiente ante la puerta, y envolverán en él el arca del Testamento, y pondrán además una sobrecubierta de pieles moradas, extendiendo encima de todo un paño de color de jacinto; y acomodarán las varas. Envolverán asimismo la mesa de los panes de la proposición en un paño de color de jacinto, metiendo con ella los incensarios y las navetas, las copas y las tazas, para derramar las libaciones; los panes siempre estarán sobre la mesa. Y extenderán por encima un paño de grana, sobre el cual pondrán asimismo una cubierta de pieles moradas, y acomodarán las varas. Tomarán también un paño de color de jacinto con que cubrirán el candelero, las lamparillas, y sus atizadores, y despabiladeras, y todas las vasijas del aceite, y cuanto sirve para aderezar las lámparas; y pondrán encima de todo una cubierta de pieles moradas, y acomodarán las varas. Y de la misma suerte envolverán el altar de oro o de los perfumes, en un paño de color de jacinto, y extenderán encima una cubierta de pieles moradas y acomodarán las varas. Todos los vasos consagrados al ministerio del santuario los envolverán en un paño de color de jacinto, y extenderán encima una cubierta de pieles moradas, y acomodarán las varas. El altar también de los holocaustos, limpiado de la ceniza, le envolverán en una cubierta de púrpura, y con él pondrán todos los instrumentos que usan en su servicio, como los braseros, las horquillas y los tridentes, los garfios y bandejas. Todas las cosas que son para el servicio del altar las cubrirán con la sobrecubierta de pieles moradas, y acomodarán las varas. Y después que Aarón y sus hijos, al moverse el campamento, hubieran envuelto el santuario y todos sus utensilios, entonces entrarán los hijos de Caat a cargar los fardos, y nunca tocarán los vasos del santuario; de lo contrario morirán. Esta es la incumbencia de los hijos de Caat en el Tabernáculo de la alianza. El jefe de ellos será Eleazar, hijo del sumo sacerdote Aarón; a cuyo cuidado pertenece el aceite para aderezar las lámparas, y la confección del incienso, y el sacrificio perpetuo, y el óleo de la unción, y todo lo perteneciente al culto del Tabernáculo, y todos los utensilios del santuario. Habló, pues, el Señor a Moisés y a Aarón, y les dijo: No expongáis el linaje de Caat a que sea exterminado de entre los levitas; antes bien para que ellos no perezcan, habéis de precaver que no toquen las cosas santísimas; a cuyo fin Aarón y sus hijos entrarán en el santuario, y dispondrán lo que deba hacer cada uno de los hijos de Caat, y señalarán la carga que ha de llevar. Los demás por ningún caso sean curiosos en mirar las cosas que hay en el Santuario, antes que estén envueltas; de lo contrario, morirán. Habló después el Señor a Moisés, diciendo: Cuenta también el número de los hijos de Gersón por sus casas, y familias y linajes, de treinta años arriba hasta los cincuenta. Cuenta todos aquellos que entran al servicio del Tabernáculo de la alianza. El oficio de las familias de los gersonitas es este: Llevar las cortinas del Tabernáculo y la cobertura del mismo, la segunda cubierta y la sobrecubierta de pieles moradas y el velo que cuelga en la entrada del Tabernáculo de la alianza, las cortinas del atrio y el velo o antipara de la entrada, que está antes del Tabernáculo. Todo lo perteneciente al altar, las cuerdas y los vasos del ministerio lo han de llevar los hijos de Gersón, según las órdenes que recibirán de Aarón y sus hijos, y así sabrá cada cual qué carga le corresponde. Tal es la incumbencia de la familia de los gersonitas en el Tabernáculo de la alianza, y estarán sujetos a Itamar, hijo del sumo sacerdote Aarón. Del mismo modo contarás los hijos de Merari por las familias y casas de sus padres, de treinta años hasta los cincuenta todos los que entran en el ejercicio de su ministerio y al servicio del Tabernáculo del Testimonio. Su incumbencia es esta: Llevarán las tablas y travesaños del Tabernáculo, las columnas con sus basas, las columnas también que cercan el atrio con sus pedestales, y estacas y cuerdas. Todos los instrumentos y muebles los recibirán por cuenta, y así los llevarán. Este es el oficio de la familia de los meraritas y su ministerio en el Tabernáculo de la alianza; y estarán bajo el mando de Itamar, hijo del sumo sacerdote Aarón. Moisés, pues, y Aarón y los príncipes de la comunidad formaron la lista de los hijos de Caat, por las familias y casas de sus padres, de treinta años arriba hasta cincuenta, todos los que entran al servicio en el Tabernáculo de la alianza; y se hallaron ser dos mil setecientos cincuenta. Este es el número de los descendientes de Caat, que sirven en el Tabernáculo de la alianza, los cuales fueron contados por Moisés y Aarón conforme al mandato del Señor comunicado a Moisés. Fueron asimismo contados los hijos de Gersón por las familias y casas de sus padres, de treinta años arriba hasta los cincuenta, todos los empleados en el ministerio del Tabernáculo de la alianza; y se hallaron ser dos mil seiscientos treinta. Esta es la suma de los gersonitas que fueron contados por Moisés y Aarón, según la orden del Señor. Igualmente se tomó la suma de los hijos de Merari, por las familias y casas de sus padres, de treinta años arriba hasta los cincuenta, todos los que entran a servir sus oficios en el Tabernáculo de la alianza; y se hallaron ser tres mil doscientos. Este es el número de los hijos de Merari, contados por Moisés y Aarón, según lo mandó el Señor por medio de Moisés. Todos los que se contaron de los levitas y que hicieron alistar por sus nombres Moisés y Aarón, y los príncipes de Israel, según las parentelas y casas de sus padres, de treinta años arriba hasta los cincuenta, destinados a servir en el Tabernáculo y a llevar las cargas, fueron en todos ocho mil quinientos ochenta. Por mandato del Señor los contó Moisés, señalando a cada cual su oficio y carga, como el Señor se lo había ordenado. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Da orden a los hijos de Israel, que echen fuera del campamento a todo leproso y al que adolece de gonorrea, y al manchado por causa de algún muerto. Así a hombres como a mujeres echadlos fuera del campamento, para que no le contaminen, pues habito yo en medio de vosotros. Lo hicieron así los hijos de Israel, y los echaron fuera del campamento, según lo había ordenado el Señor a Moisés. Además habló el Señor a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel: cuando un hombre o mujer cometieren alguno de los pecados en que suelen caer los mortales, y por descuido transpasaren el mandato del Señor, y delinquieren, confesarán su culpa, y restituirán al sujeto contra quien pecaron el justo precio del daño que le habrán hecho con una quinta parte más. Que si no hay persona a quien pueda hacerse esta restitución, se la darán al Señor, y será del sacerdote; excepto el carnero que se ofrece por el perdón para que sirva de sacrificio propiciatorio. Asimismo todas las primicias que ofrecen los hijos de Israel, pertenecen al sacerdote; y todo cuanto ofrece cada uno al santuario, y entrega en mano del sacerdote, será de éste. Habló también el Señor a Moisés, diciendo: Habla con los hijos de Israel y diles: Si una mujer casada se extraviare, y despreciando al marido, durmiere con otro hombre, y el marido no pudiere averiguarlo, sino que el adulterio está oculto, no hay ningún testigo, y no ha sido sorprendida, si se apodera del marido el espíritu de celos contra la mujer, la cual, o se ha deshonrado, o es tachada por falsa sospecha, la llevará delante del sacerdote, y ofrecerá por ella en oblación la décima parte de un saco de harina de cebada, sin verter aceite encima, ni poner incienso; porque es éste un sacrificio por celos y ofrenda para descubrir un adulterio. El sacerdote, pues, la presentará y pondrá en pie ante el Señor, y tomará del agua santa o del santuario en un vaso de barro, y echará en ella un poquito de polvo del pavimento del Tabernáculo. Y estando en pie la mujer delante del Señor, le descubrirá la cabeza y le pondrá en las manos el sacrificio de recordación o averiguación del pecado, y la ofrenda de celos; y él tendrá las aguas amarguísimas o funestas, sobre las cuales ha pronunciado con execración las maldiciones, y la conjurará y dirá: Si no ha dormido contigo hombre ajeno y si no te has deshonrado con hacer traición al marido, no te harán daño estas aguas amarguísimas sobre las cuales he amontonado maldiciones. Pero si te has enajenado de tu marido, y te has deshonrado, y dormiste con otro hombre, incurrirás en estas maldiciones. Te ponga Dios por objeto de execración y escarmiento de todos en su pueblo; haga que se pudran tus muslos y que tu vientre, hinchándose, reviente; entren las aguas de maldición en tus entrañas, y entumeciéndose tu regazo, púdranse tus muslos. A lo que responderá la mujer: Amén. Amén. Y el sacerdote escribirá en una cédula estas maldiciones y las borrará en seguida con las aguas amarguísimas sobre las cuales descargó las maldiciones, y se las dará a beber a la mujer; y cuando ella haya acabado de beberlas, tomará el sacerdote de manos de la mujer el sacrificio por los celos y le elevará en la presencia del Señor; y le pondrá sobre el altar; pero antes cogerá un puñado de la harina que se ha ofrecido en sacrificio y la quemará sobre el altar, y entonces dará a beber las aguas amarguísimas a la mujer. Bebidas las cuales, si ella ha pecado y con desprecio de su marido se ha hecho rea de adulterio, la penetrarán las aguas de maldición, e hinchado el vientre se le pudrirán los muslos, y aquella mujer vendrá a ser la execración y el escarmiento de todo el pueblo. Pero si no ha pecado, no sentirá daño ninguno y tendrá muchos hijos. Esta es la ley del sacrificio por los celos. Si la mujer hiciere traición a su marido, y se hubiere amancillado, y el marido estimulado del espíritu de los celos, la trajere a la presencia del Señor, y el sacerdote hiciere con ella todo lo que se ha escrito, el marido será exento de culpa y ella pagará la pena de su pecado. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando un hombre o una mujer hicieren voto de sacrificarse y quisieren consagrarse al Señor, se abstendrán de vino y de todo lo que puede embriagar; no beberán vinagra hecho de vino o de otra bebida cualquiera que pueda embriagar, ni tampoco zumo alguno exprimido de uvas; no comerán uvas frescas ni pasas. Todo el tiempo que estarán consagrados por voto al Señor, no comerán fruto alguno de la viña, desde la uva pasa hasta el granillo. Todo el tiempo de su consagración o nazareato, no pasará navaja por su cabeza, hasta que se cumplan los días por los que se consagraron al Señor. Será santo o se conocerá que es nazareo, dejando crecer la cabellera de su cabeza. Todo el tiempo de su consagración no entrará donde haya un muerto; no asistirá a funerales, aunque sean de padre, o de madre o de hermano, o hermana, a fin de no contraer mancha; por cuanto tiene sobre su cabeza la señal de hombre consagrado a Dios. Todos los días de su separación será santo o consagrado al Señor. Que si alguno muriere repentinamente delante de él, su cabeza consagrada quedará inmunda; la cual raerá luego aquel mismo día en que comienza a purificarse, y otra vez en el séptimo. Mas al octavo día ofrecerá dos tórtolas o dos pichones al sacerdote a la entrada del Tabernáculo de la alianza; Y el sacerdote sacrificará a uno por el pecado, y el otro en holocausto, y hará oración por él; porque pecó y se manchó a causa del muerto; y santificará de nuevo su cabeza en aquel día, y consagrará los días de su separación al Señor ofreciendo un cordero primal por el pecado; pero de manera que los días precedentes de su nazareato no valgan, por cuanto su santificación fue contaminada. Esta es la ley de la consagración de los nazareos. Cumplidos que sean los días por los que se obligó con el voto, será conducido a la entrada del Tabernáculo de la alianza; y presentará al Señor la oblación, esto es, un cordero inmaculado primal para holocausto, y una cordera inmaculada primal por el pecado, y un carnero inmaculado para hostia pacífica. Además, un canastillo de panes ázimos amasados con aceite y lasaña también sin levadura, untadas de aceite con sus libaciones correspondientes. Lo que ofrecerá el sacerdote en el acatamiento del Señor, y hará el sacrificio así por el pecado como en holocausto. Inmolará asimismo el carnero como hostia pacífica del Señor, ofreciendo además el canastillo de los ázimos y las libaciones debidas según rito. Entonces ante la puerta del Tabernáculo de la alianza se le raerá al nazareo la cabellera consagrada a Dios; y el sacerdote cogerá los cabellos y los echará en el fuego que está debajo de la hostia pacífica. Tomará también la espaldilla cocida del carnero y del canastillo una torta sin levadura y una lasaña ázima, y lo pondrá todo en manos del nazareo, después que se le hubiere raído la cabeza. Y recibiendo nuevamente estas mismas cosas de mano de nazareo, las elevará en presencia del Señor; y estando santificadas, pertenecerán al sacerdote, así como el pecho que se mandó separar y la pierna. Hecho esto, puede ya el nazareo, beber vino. Esta es la ley del nazareo, cuando hiciere su ofrenda al Señor en el tiempo de su consagración, dejando aparte las cosas que tenga él posibilidad de hacer; según lo que prometió con voto en su corazón, así lo hará para cumplimiento de su santificación. habló también el Señor a Moisés, diciendo: Di a Aarón y a sus hijos: De esta suerte daréis la bendición a los hijos de Israel, diciéndoles: El Señor te bendiga y te guarde. El Señor te muestre apacible su rostro y haya misericordia de ti. Vuelva el Señor su rostro hacia ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo les echaré mi bendición. Después que Moisés concluyó el Tabernáculo, y le erigió, y le ungió y santificó con todas sus alhajas, con el altar y todos sus vasos, Los príncipes de Israel y los jefes de las familias en cada tribu, que eran los superiores de los que habían sido alista-dos, presentaron por ofrenda al Señor seis carros cubiertos y doce bueyes; entre cada dos capitanes ofrecieron un carro, y cada uno de ellos un buey, y los presentaron ante el Tabernáculo. Sobre lo cual dijo el Señor a Moisés: Recíbelos para que sirvan al uso del Tabernáculo y entrégalos a los levitas, según la calidad de su ministerio. Con esto Moisés, recibidos los carros y bueyes, se los entregó a los levitas. Dos carros y cuatro bueyes los dio a los hijos de Gersón, conforme a lo que necesitaban. Los otros cuatro carros y ocho bue-yes se los dio a los hijos de Merari en aten-ción a los oficios y cargos suyos, bajo el mando de Itamar, hijo del sumo sacerdote Aarón. A los hijos de Caat no les dio carros, ni bueyes; porque ellos sirven en lo más santo del santuario, y llevan las cargas sobre sus propios hombros. Además de esto, los caudillos o jefes presentaron sus ofrendas delante del altar para la dedicación del mismo altar, en el día que fue ungido. Y dijo el Señor a Moisés: Cada caudillo ofrezca en su día los dones para la dedicación del altar. El primer día hizo su ofrenda Nahasón hijo de Aminadab, de la tribu de Judá; y fue su presente una fuente de plata, que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, según el peso del santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro que pesaba diez siclos llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para sacrificio pacífico dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Nahasón, hijo de Aminadab. El segundo día ofreció Natanael, hijo de Suar, caudillo de la tribu de Isacar, una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, según el peso del santuario: ambas llenas de flor de harina, amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal, para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para sacrificios pacíficos dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Natanael, hijo de Suar. El tercer día Eliab, hijo de Helón, caudillo de los hijos de Zabulón, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, al peso del santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal, para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para sacrificios pacíficos, dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Eliab, hijo de Helón. El día cuarto Elisur, hijo de Sedeur, caudillo o jefe de los hijos de Rubén, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, al peso del santuario, ambas llenas de flor de harina, amasada con aceite, para el sacrificio; una naveta de oro que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Elisur, hijo de Sedeur. El día quinto Salamiel, hijo de Surisaddai, caudillo o príncipe de los hijos de Simeón, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, al peso del santuario; ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Salamiel, hijo de Surisaddai. El día sexto Eliasaf, hijo de Duel, caudillo de los hijos de Gad, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, según el peso del santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para las hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Eliasaf, hijo de Duel. El día séptimo el príncipe o caudillo de los hijos de Efraín, Elisama, hijo de Ammiud, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, al peso del santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro, que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Elisama, hijo de Ammiud. El día octavo el príncipe de los hijos de Manasés, Gamaliel, hijo de Fadasur, ofreció una fuente de plata del peso de ciento treinta siclos, una taza de plata que pesaba setenta siclos, al peso del santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio, una naveta de oro del peso de diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Gamaliel, hijo de Fadasur. El día nono Abidán, hijo de Gedeón, príncipe de los hijos de Benjamín, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, y una taza de plata de setenta siclos, al peso del santuario; ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio, y una naveta de oro, que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Abidán, hijo de Gedeón. El día décimo Ahiezer, hijo de Ammisaddai, príncipe de los hijos de Dan, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, al peso del Santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro, que pesaba diez siclos, llena de incienso: un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Ahiezer, hijo de Ammisaddai. El undécimo día Fegiel, hijo de Ocrán, príncipe de los hijos de Aser, ofreció una fuente de plata de ciento treinta siclos de peso, una taza de plata de setenta siclos, al peso del santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro, que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas, dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Fegiel, hijo de Ocrán. El día duodécimo Ahira, hijo de Enán, príncipe de los hijos de Neftalí, ofreció una fuente de plata que pesaba ciento treinta siclos, una taza de plata de setenta siclos, al peso del santuario: ambas llenas de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio; una naveta de oro, que pesaba diez siclos, llena de incienso; un buey de la vacada, un carnero, y un cordero primal para holocausto, y un macho cabrío por el pecado; y para hostias pacíficas dos bueyes, cinco carneros, cinco machos cabríos, y cinco corderos primales. Esta fue la ofrenda de Ahira, hijo de Enán. Las cosas, pues, ofrecidas por los príncipes o caudillos de Israel en la dedicación del altar, cuando fue consagrado, fueron éstas: doce fuentes de plata, doce tazas de plata, doce navetas de oro, pesando cada fuente ciento treinta siclos de plata y setenta siclos cada taza, y así pesaban juntos todos los vasos de plata dos mil cuatrocientos siclos al peso del santuario; las doce navetas de oro llenas de incienso, pesando cada una diez siclos de oro, y juntas ciento veinte siclos al peso del santuario; doce bueyes de la vacada para holocausto, carneros doce, corderos primales doce, con sus libaciones, y doce machos cabríos por el pecado; para hostias pacíficas veinticuatro bueyes, sesenta carneros, sesenta machos cabríos y sesenta corderos primales. Estas fueron las ofrendas en la dedicación del altar, cuando fue ungido. Y cuando entraba Moisés en el Tabernáculo de la alianza para consultar el oráculo, oía la voz del Señor que hablaba con él desde el propiciatorio, que estaba sobre el arca del Testamento entre los dos querubines, desde donde hablaba a Moisés. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla con Aarón y dile: Puestas en el candelero las siete lamparillas, lo colocaréis en la parte meridional. Dispón, pues, que las luces miren al norte hacia el frente de la mesa de los panes de la proposición; deben siempre alumbrar hacia la parte que mira al candelero. Así lo hizo Aarón, y colocó las lamparillas en el candelero, como el Señor había ordenado a Moisés. La hechura del candelero era en esta forma: tanto el pie de en medio, como todos los brazos, los cuales salían de ambos lados, eran de oro labrado a martillo; y Moisés le había hecho fabricar, arreglándose en todo al diseño que el Señor le había mostrado. El mismo Señor habló también a Moisés, diciendo: Separa los levitas de en medio de los hijos de Israel y purifícalos, con estas ceremonias: Sean rociados con el agua de la expiación, y córtense todos los pelos de su cuerpo; y habiendo lavado sus vestidos y limpiádose, tomarán un buey de la vacada, y para libación u oblación suya, flor de harina amasada con aceite. Tú también tomarás otro buey de la vacada, para ofrecer por el pecado; y presentarás los levitas ante el Tabernáculo de la alianza, congregada toda la multitud de los hijos de Israel. Y estando los levitas ante el Señor, los hijos de Israel pondrán sus manos sobre ellos; Y Aarón ofrecerá los levitas como un don que los hijos de Israel hacen al Señor, para que le sirvan en las funciones de su ministerio. Los levitas por su parte pondrán sus manos sobre la cabeza de los bueyes; de los cuales uno lo sacrificarás por el pecado y otro en holocausto del Señor, a fin de impetrar el perdón a favor de ellos. Así presentarás los levitas ante Aarón y sus hijos: y después de ofrecidos al Señor, los consagrarás, y separarás de entre los hijos de Israel, para que sean míos; y después de esto entrarán en el Tabernáculo de la alianza para que me sirvan. De esta manera los purificarás y consagrarás para oblación del Señor, ya que me han sido dados como don por los hijos de Israel, y yo los he recibido en cambio de los primogénitos o primeros que salen del seno materno de Israel. Porque míos son todos los primogénitos de los hijos de Israel, tanto de hombres como de bestias. Desde aquel día que herí a todos los primogénitos en la tierra de Egipto, los consagraré para mí, y escogí los levitas en lugar de todos los primogénitos de los hijos de Israel; y entresacados de en medio del pueblo se los he dado a Aarón y a sus hijos para que me sirvan en el Tabernáculo de la alianza, en lugar de los hijos de Israel, y hagan oración por ellos, a fin de que no haya plaga en el pueblo, si osaren acercarse al santuario. Hicieron, pues, Moisés y Aarón y todo el pueblo de los hijos de Israel, en orden a los levitas, lo que el Señor había mandado a Moisés, y fueron purificados y lavados sus vestidos. Y Aarón los presentó en ofrenda en el acatamiento del Señor, y oró por ellos, para que, purificados, acudiesen a sus oficios en el Tabernáculo de la alianza delante de Aarón y de sus hijos. Como el Señor lo mandó a Moisés, así se hizo con los levitas. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Esta es la ley de los levitas: De veinticinco años arriba entrarán a servir en el Tabernáculo de la alianza; y cumpliendo los cincuenta años de edad, dejarán de servir, y ayudarán solamente a sus hermanos en el Tabernáculo de la alianza, para custodiar las cosas que les fueron encomendadas, mas no harán los mismos trabajos de antes. Esto dispondrás respecto de los levitas en sus ministerios. El segundo año después que salieron de la tierra de Egipto, en el primer mes, había hablado el Señor a Moisés en el desierto de Sinaí , diciendo: Celebren los hijos de Israel la Pascua a su tiempo, que es el día catorce de este mes a la tarde, observando todas las ceremonias y ritos de ella. Mandó, pues, Moisés a los hijos de Israel que celebrasen la Pascua ; los cuales la celebraron a su tiempo, el día catorce del mes a la tarde, en el desierto del monte Sinaí . Y lo hicieron los hijos de Israel, observando todas las cosas que Dios había ordenado a Moisés. Mas he aquí que unos que estaban inmundos por razón de un cadáver, y que por tanto no podían celebrar la Pascua en aquel día, llegándose a Moisés y Aarón, les dijeron: Estamos inmundos por razón de un cadáver. ¿Por qué hemos de quedar privados por esto de presentar a su tiempo la ofrenda al Señor, como los demás hijos de Israel? Les respondió Moisés: Aguardad que consulte al Señor para saber qué es lo que dispone acerca de vosotros. Y el Señor habló a Moisés diciendo: Dirás a los hijos de Israel: El hombre de vuestra nación que se hallare inmundo por ocasión de algún cadáver, o lejos en algún viaje, celebre la Pascua del Señor, sacrificando el cordero, en el mes segundo, a catorce del mes, por la tarde; le comerá con panes ázimos y lechugas silvestres; no dejará nada de él para otro día, ni le quebrará hueso alguno; observará todas las ceremonias de la Pascua . Mas si alguno estando limpio y no habiendo estado de viaje, sin embargo dejó de celebrar la Pascua , será exterminado de la compañía de su pueblo, por no haber ofrecido a su tiempo el sacrificio pascual al Señor. Este pagará la pena de su pecado. Asimismo si entre vosotros hubiere algún extranjero o advenedizo, celebrará al Señor la Pascua según sus ceremonias y ritos; una misma será entre vosotros la ley para el extranjero que para el nacional. Es de recordar, que el día en que se erigió el Tabernáculo le cubrió una nube. Mas desde la noche hasta la mañana apareció sobre el pabellón como una llama de fuego. Y esto siguió siempre así. En el día le cubría una nube y por la noche una como llama de fuego. Y cuando se comenzaba a mover la nube que cubría el Tabernáculo, entonces los hijos de Israel se ponían en marcha; y donde paraba la nube, allí acampaban. A la orden del Señor marchaban, y a la orden del mismo plantaban el Tabernáculo. Todo el tiempo que la nube estaba parada sobre el Tabernáculo, se mantenía en el mismo sitio. Y si sucedía que se detuviese por mucho tiempo fija sobre él, los hijos de Israel estaban en centinela esperando las órdenes del Señor; y no se movían en todos aquellos días que posaba la nube sobre el Tabernáculo. A la orden del Señor armaban las tiendas y a su orden las desarmaban. Si la nube había estado parada desde la tarde hasta la mañana y luego al amanecer iba dejando el Tabernáculo, marchaban; y si después de un día y una noche se retiraba, desarmaban luego las tiendas. Pero si por dos días, o un mes, o más largo tiempo estaba sobre el Tabernáculo, permanecían los hijos de Israel en el mismo lugar y no viajaban; mas luego que se apartaba, movían el campo. A la señal del Señor fijaban las tiendas y a la señal del mismo partían; y estaban en observación, aguardando la señal del Señor, como lo tenía él mandado por medio de Moisés. Y habló el Señor a Moisés diciendo: Hazte dos trompetas de plata batida a martillo con las que puedas avisar al pueblo cuando se ha de levantar el campamento. Y cuando hicieres sonar las trompetas se congregará cerca de ti toda la gente a la puerta del Tabernáculo de la alianza. Si tocares una sola vez, acudirán a ti los príncipes y las cabezas del pueblo de Israel. Pero si el sonido fuese más prolijo y quebrado, los que están a la parte oriental moverán los primeros el campo. Al segundo toque semejante y sonido recio de la trompeta, recogerán las tiendas los que habitan al mediodía, y lo mismo harán los demás sonando reciamente las trompetas para la marcha. Cuando se haya de congregar el pueblo, el sonido de las trompetas será sencillo y sin redoble. Tocarán las trompetas los sacerdotes hijos de Aarón, y éste será un estatuto perpetuo en vuestras generaciones. Si saliereis de vuestra tierra a pelear contra los enemigos que os muevan guerra, tocaréis con redoble las trompetas; y el Señor Dios vuestro se acordará de vosotros para libraros de las manos de vuestros enemigos. Cuando hubiereis de celebrar un banquete, y días de fiesta, y las calendas o primer día del mes, tocaréis las trompetas al ofrecer los holocaustos y víctimas pacíficas, para que vuestro Dios se acuerde de vosotros. Yo el Señor Dios vuestro. El año segundo, en el segundo mes, a los veinte del mes, se alzó la nube de sobre el Tabernáculo de la alianza; y los hijos de Israel, divididos en sus escuadrones, partieron del desierto de Sinaí , y la nube vino a posar en el desierto de Farán. Los hijos de Judá, divididos según sus escuadrones, se pusieron en marcha los primeros, conforme a la orden del Señor, comunicada por Moisés; era el príncipe o caudillo de ellos Nahasón, hijo de Aminadab. En la tribu de los hijos de Isacar fue el príncipe Natanael, hijo de Suar. En la tribu de Zabulón, fue el príncipe Eliab, hijo de Helón. Y desarmado el Tabernáculo, cargaron con él los hijos de Gersón y de Merari; y siguieron la marcha. Partieron después por su orden los hijos de Rubén, divididos en sus compañías, cuyo príncipe era Elisur, hijo de Sedeur. En la tribu de los hijos de Simeón el príncipe era Salamiel, hijo de Surisaddai. En la tribu de Gad era el príncipe Eliasaf, hijo de Duel. Tras éstos caminaron los caatitas, llevando en hombros las cosas santas; y el Tabernáculo era llevado hasta el sitio donde se debía erigir. Movieron asimismo su campamento los hijos de Efraín divididos en sus compañías, y de cuyo cuerpo era príncipe Elisama, hijo de Ammiud. En la tribu de los hijos de Manasés, el príncipe era Gamaliel, hijo de Fadasur. Y en la tribu de Benjamín era caudillo Abidán, hijo de Gedeón. Los últimos que partieron del campamento fueron los hijos de Dan, divididos por sus escuadrones, en cuyo cuerpo el príncipe era Ahiezer, hijo de Ammisaddai. En la tribu de los hijos de Aser era príncipe Fegiel, hijo de Ocrán. Y en la tribu de los hijos de Neftalí era príncipe Ahira, hijo de Enán. Este es el orden de los campamentos y la manera con que debían marchar los hijos de Israel por sus escuadrones, cuando levantaban el campo. Dijo entonces Moisés a Hobab, hijo de Raguel madianita, su pariente: Nosotros partimos para el país cuyo dominio nos ha de dar el Señor; ven con nosotros para que te hagamos bien, estableciéndote ventajosamente; pues el Señor ha prometido bienes a Israel. Hobab le respondió: No iré contigo, sino que me volveré a mi tierra donde nací. Pero Moisés: No quieras, dijo, abandonarnos, ya que tú eres práctico de los sitios en que debemos acampar por el desierto, y nos servirás de guía. Y si vinieres con nosotros, te daremos lo mejor de las riquezas que nos ha de dar el Señor. Partieron, pues, del monte del Señor, caminando tres días, y el arca de la alianza del Señor los precedía, señalándoles aquellos tres días el lugar del campamento. La nube del Señor iba también sobre ellos de día, durante el viaje. Y al tiempo de alzar el arca , decía Moisés: Levántate, Señor, y sean disipados tus enemigos, y huyan de tu presencia los que te aborrecen. Mas al asentarla, decía: Vuélvete, oh Señor, hacia la multitud del ejército de Israel. Entretanto se suscitó murmullo en el pueblo, como quejándose contra el Señor por el cansancio. Lo que habiendo oído el Señor se enojó; y encendido contra ellos fuego del Señor, devoró a los que estaban en la extremidad del campamento. Habiendo entonces clamado el pueblo a Moisés, éste oró al Señor, y quedó el fuego extinguido o absorbido por la tierra. Por lo que llamó el nombre de aquel lugar incendio: por haberse encendido contra ellos el fuego del Señor. Porque sucedió que la gente allegadiza que había venido con ellos de Egipto, tuvo un ardiente deseo de comer carne, y poniéndose a llorar, uniéndosele también los hijos de Israel, dijeron: ¡Oh! ¡Quién nos diera carnes para comer! Acordándonos estamos de aquellos pescados que de balde comíamos en Egipto; se nos vienen a la memoria los cohombros, y los melones, y los puerros, y las cebollas y los ajos. Seca está ya nuestra alma; nada ven nuestros ojos, sino maná. Era el maná semejante a la grana del cilantro, del color del bedelio o rubicundo, y el pueblo iba alrededor del campamento, y recogiéndole le reducía a harina en molino, y le machacaba en un mortero, cociéndole en ollas, y haciendo de él unas tortitas de un sabor como de pan amasado con aceite. Y cuando por la noche caía el rocío en el campo, caía también al mismo tiempo el maná. Oyó, pues, Moisés que el pueblo estaba llorando, cada cual con su familia a la puerta de su pabellón. Y se encendió en gran manera la indignación del Señor; y aun al mismo Moisés le pareció la cosa intolerable. Por lo que dijo al Señor: ¿Por qué has afligido a tu siervo? ¿Cómo es que no hallo yo gracia delante de tus ojos? ¿Y por qué motivo me has echado a cuestas el peso de todo este pueblo; ¿Por ventura he concebido yo toda esta turba, o engendrádola, para que tú me digas: Llévalos a tu seno, como suele una ama traer al niño que cría, y condúcelos a la tierra prometida, con juramento a sus padres? ¿De dónde tengo yo de sacar carnes para dar de comer a tanta gente? Pues lloran y murmuran contra mí, diciendo: Danos carnes para comer. No puedo yo solo soportar a todo este pueblo; porque me pesa demasiado. Que si no lo llevas a mal, te suplico que me quites la vida, y halle yo gracia en tus ojos para no sufrir tantos males. Dijo el Señor a Moisés: Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, los que tú conoces que son autorizados y maestros del pueblo, y los conducirás a la puerta del Tabernáculo de la alianza, y harás que estén allí contigo; y descenderé yo, y te hablaré, y yo tomaré de tu espíritu, y lo comunicaré a ellos para que sostengan contigo la carga del pueblo, y no te sea demasiado grave llevándola solo. Dirás también al pueblo: Purificaos; mañana comeréis carnes, ya que os he oído decir: ¿Quién nos dará carnes para comer?, mejor nos iba en Egipto. Sí, el Señor os dará carnes para que comáis no un día, ni dos, ni cinco, ni diez, ni veinte; sino por todo un mes entero, hasta que os salgan por las narices y os cause náusea; puesto que habéis desechado al Señor que habita en medio de vosotros, y llorado en su presencia, diciendo: ¿A qué propósito salimos de Egipto? Pero Moisés respondió: Hay en este pueblo seiscientos mil hombres de a pie; y tú dices: Yo les daré de comer carnes, un mes entero. ¿Por ventura se ha de matar tan gran muchedumbre de ovejas y de bueyes que les basten para comer?; ¿o se habrán de juntar a una todos los peces del mar, a trueque de hartarlos? Le replicó el Señor: Pues que, ¿acaso flaquea la mano del Señor? Bien presto verás si tiene efecto mi palabra. Vino, pues, Moisés, y reunidos los setenta varones de los ancianos de Israel a los cuales colocó junto al Tabernáculo, refirió al pueblo las palabras del Señor. Y descendió el Señor en la nube, y habló a Moisés, y tomando del espíritu que en él había, se lo infundió a los setenta varones. Y luego que posó en ellos el espíritu, comenzaron a profetizar, y continuaron siempre así en adelante. Dos de los ancianos se habían quedado en el campamento, de los cuales uno se llamaba Eldad y otro Medad, y también posó sobre ellos el espíritu; porque también estaban en la lista, aunque no habían ido al Tabernáculo. Y como profetizasen en el campamento, vino corriendo un muchacho a dar aviso a Moisés, diciendo: Eldad y Me-dad están profetizando en el campamento. Al punto Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés, escogido entre muchos, dijo: Señor mío Moisés, no les permitas tal cosa. Pero él le respondió: ¿A qué fin tienes celos por amor de mí? ¡Ah! ¡Quién me diera que todo el pueblo profetizase y que el Señor concediese a todos su espíritu! Y se volvió Moisés al campamento, con todos los ancianos de Israel. Después de esto un viento excitado por el Señor, arrebatando del otro lado del mar codornices, las transportó y arrojó sobre el campamento, alrededor de él, por espacio de una jornada de camino, y volaban en el aire a dos codos de altura sobre la tierra. Con lo que acudiendo el pueblo todo aquel día, y aquella noche y al día siguiente, juntó, el que menos, diez coros de codornices; y las pusieron a secar alrededor de los campamentos. Todavía tenían las carnes entre los dientes y no se había aún acabado semejante vianda, cuando de repente irritado el furor del Señor contra el pueblo, le castigó con una plaga sobremanera grande. Por cuyo motivo fue nombrado aquel lugar sepulcros de concupiscencia; porque allí quedó sepultada la gente que tuvo aquel antojo. Partidos, en fin, de los sepulcros de concupiscencia, vinieron a Haserot, donde acamparon. Y hablaron María y Aarón contra Moisés a causa de su mujer la etiopisa, y dijeron: Pues que, ¿por ventura el Señor ha hablado solamente por boca de Moisés?; ¿acaso no nos ha hablado igualmente a nosotros? Lo que oyendo el Señor, (pues era Moisés el hombre más manso de cuantos moraban sobre la tierra), al momento le dijo a él, y a Aarón y a María: Venid los tres solos al Tabernáculo de la alianza. Venidos que fueron, descendió el Señor en la columna de nube, y poniéndose a la entrada del Tabernáculo, llamó a Aarón y a María. A los cuales, así que se presentaron, les dijo: Escuchad mis palabras: Si hubiese entre vosotros algún profeta del Señor, yo me apareceré a él en visión, o le hablaré entre sueños. Pero no así a mi siervo Moisés, que es el más fiel o confidente en toda mi casa; porque yo a él le hablo boca a boca, y él ve claramente al Señor, y no por enigmas o figuras. ¿Pues cómo os habéis atrevido a hablar mal de mi siervo Moisés? Y airado contra ellos, se retiró. Se apartó también la nube que estaba sobre el Tabernáculo; y he aquí que María de repente se vio cubierta de lepra blanca como la nieve. Y como Aarón la mirase y viese toda cubierta de lepra, dijo a Moisés: Te suplico, señor mío, que no nos imputes este pecado que neciamente hemos cometido; y que no quede ésta como muerta y como un aborto que es arrojado del vientre de su madre. Mira cómo la lepra ha consumido ya la mitad de su carne. Clamó entonces Moisés al Señor, diciendo: ¡Oh Dios!, vuélvele, te ruego, la salud. Respondió el Señor: ¿Si su padre le hubiere escupido en la cara, acaso no debiera siete días por lo menos estar sonrojada? Que esté separada siete días fuera del campamento y después se la hará volver. Fue, pues, María echada fuera del campamento por siete días; y el pueblo no se movió de aquel lugar, hasta que ella volvió. Habiendo el pueblo partido de Haserot, fijó sus tiendas en el desierto de Farán, donde habló el Señor a Moisés, diciendo: Envía sujetos principales, uno de cada tribu, a registrar la tierra de Canaán, la cual tengo de dar a los hijos de Israel. Hizo Moisés lo que mandaba el Señor, enviando desde el desierto de Farán algunos varones principales cuyos nombres son estos: De la tribu de Rubén, Sammua, hijo de Zecur. De la tribu de Simeón, Safat, hijo de Huri. De la tribu de Judá, Caleb, hijo de Jefone. De la tribu de Isacar, Igal, hijo de José. De la tribu de Efraín, Oseas, hijo de Nun. De la tribu de Benjamín, Falti, hijo de Rafu. De la tribu de Zabulón, Geddiel, hijo de Sodi. De la tribu de José, por la estirpe de Manasés, Gaddi, hijo de Susi. De la tribu de Dan, Ammiel, hijo de Gemalli. De la tribu de Aser, Stur, hijo de Micael. De la tribu de Neftalí, Nahabí, hijo de Vapsi. De la tribu de Gad, Güel, hijo de Maqui. Estos son los nombres de los sujetos que envió Moisés a reconocer la tierra; y a Oseas, hijo de Nun, le dio el nombre de Josué. Los envió, pues, Moisés a reconocer la tierra de Canaán, y les dijo: Subid por la parte del mediodía, y llegando a los montes, reconoced la tierra qué tal es; y el pueblo que habita en ella, si es fuerte o flaco, si pocos en número o muchos, si la tierra en sí misma es buena o mala: qué tales las ciudades, si están muradas o sin muros; si el terreno es estéril, si de bosques o sin árboles. Tened buen ánimo y traednos de los frutos de la tierra. Era entonces el tiempo en que ya se pueden comer las uvas tempranas. Habiendo, pues, partido, exploraron la tierra desde el desierto de Tsin hasta Rohob a la entrada de Emat. Y subiendo hacia el mediodía vinieron a Hebrón, donde estaban Acimán, y Sisai, y Tolmai, hijos de Enac. Pues Hebrón fue fundada siete años antes que Tanaís, ciudad de Egipto. Y prosiguiendo el viaje hasta el torrente del racimo, cortaron un sarmiento con su racimo, el cual trajeron entre dos en un varal. Llevaron también granadas e higos de aquel sitio, el cual fue llamado Nehelescol, esto es, Torrente o valle del racimo; porque de allí llevaron el racimo los hijos de Israel. Habiendo vuelto los exploradores de la tierra al cabo de cuarenta días, después de haber recorrido todo el país, se presentaron a Moisés y Aarón, y a todo el pueblo de los hijos de Israel en el desierto de Farán, junto a Cades. Y hablando con ellos y con el pueblo todo, mostraron los frutos de la tierra, y dieron cuenta de su viaje, diciendo: Llegamos a la tierra a que nos enviaste; la cual realmente mana leche y miel, como se puede ver por estos frutos. Pero tiene unos habitantes muy valerosos y ciudades grandes y fortificadas. Allí hemos visto la raza de Enac. Amalec habita en la parte del mediodía. El heteo, y el jebuseo y el amorreo en las sierras; y el cananeo mora en las costas del mar y en las riberas del Jordán. Entretanto Caleb, para acallar el murmullo que se levantaba en el pueblo contra Moisés, dijo: Ea, vamos allá y tomemos posesión de la tierra; que sin duda la podremos conquistar. Los otros, que lo habían acompañado, decían: De ningún modo podemos contrastar a este pueblo, siendo como es más fuerte que nosotros. Y desacreditaron entre los hijos de Israel la tierra que habían visto, diciendo: La tierra que hemos recorrido se traga a sus habitantes; el pueblo que hemos visto es de una estatura agigantada. Allí vimos unos hombres descomunales, hijos de Enac, de raza gigantesca, en cuya comparación nosotros parecíamos langostas. Oído esto, todo el pueblo alzó el grito y estuvo llorando aquella noche: y todos los hijos de Israel murmuraron contra Moisés y Aarón, diciendo: Ojalá hubiéramos muerto en Egipto; y haga el cielo que perezcamos en esta vasta soledad, y no nos introduzca Dios en esa tierra, donde muramos al filo de la espada, y sean llevados cautivos nuestras mujeres y niños. ¿Pues no será mejor volvernos a Egipto? Y así se dijeron unos a otros: Nombrémonos un caudillo y volvámonos a Egipto. Lo que oyendo Moisés y Aarón, se postraron pecho por tierra delante de todo el concurso de los hijos de Israel. Pero Josué, hijo de Nun y Caleb, hijo de Jefone, que habían también explorado la tierra, rasgaron sus vestidos, y dijeron al pueblo de los hijos de Israel: La tierra que recorrimos es en extremo buena. Si el Señor nos fuere propicio, nos introducirá en ella y nos hará dueños de un país que mana leche y miel. No queráis ser rebeldes contra el Señor, ni temáis al pueblo de esa tierra, porque nos los comeremos a todos tan fácilmente como pan. Se hallan destituidos de toda defensa; el Señor está con nosotros; no los temáis. Mas como gritase todo el pueblo y los quisiese matar a pedradas, se manifestó la gloria del Señor a todos los hijos de Israel sobre el Tabernáculo de la alianza. Y dijo el Señor a Moisés: ¿Hasta cuándo ha de blasfemar de mí ese pueblo? ¿Hasta cuándo no han de creerme, después de tantos milagros como he hecho a su vista? Los heriré, pues, con peste, y acabaré con ellos; y a ti te haré príncipe de una nación grande y más poderosa que no ésta. Replicó Moisés al Señor: Pero los egipcios de cuyo poder sacaste a este pueblo, y también los moradores de este país, que han oído que tú, ¡oh Señor!, estás en medio de este pueblo y te dejas ver cara a cara, y que tu nube los ampara, y que tú vas delante de ellos de día en la columna de nube y de noche en la de fuego, sabrán, Señor, que has hecho morir tanta gente como si fuera un hombre solo, y dirán: No ha tenido poder para introducirlos en la tierra que les prometió con juramento; y por eso los ha muerto en el desierto. Sea, pues, engrandecida la fortaleza del Señor, como lo juraste, diciendo: El Señor es paciente y de mucha misericordia, que quita el pecado y las maldades, que a ninguno deja de castigar por inocente, pues nadie lo es por sí, que castiga el pecado de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación. Perdona, te ruego, el pecado de este pueblo, según la grandeza de tu misericordia, así como les has sido propicio desde que salieron de Egipto hasta este sitio. Respondió el Señor: Queda perdonado, conforme lo has pedido. Juro por mi vida, que toda la redondez de la tierra se llenará de la gloria del Señor. Sin embargo, todos los hombres que han visto la majestad mía, y los prodigios que tengo hechos en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya por diez veces, y no han obedecido a mi voz, no verán la tierra que prometí con juramento a sus padres: Ni uno siquiera de los que han blasfemado de mí la llegará a ver. Pero a mi siervo Caleb, que lleno de otro espíritu me ha seguido, le introduciré yo en esa tierra que recorrió, y su descendencia la poseerá. Y por cuanto el amalecita y el cananeo están en los valles vecinos, levantad mañana el campo y volveos al desierto por el camino del mar Rojo. Y habló el Señor a Moisés y a Aarón, diciendo: ¿Hasta cuándo esta perversísima gente ha de murmurar contra mí? He oído las quejas de los hijos de Israel. Diles, pues: Juro por mi vida, dice el Señor, que he de hacer con vosotros puntualmente lo que he oído que hablabais. En este desierto quedarán tendidos vuestros cadáveres. Cuantos fuisteis alistados de veinte años arriba y habéis murmurado contra mí. no entraréis en esa tierra, la cual juré que os había de dar por morada: fuera de Caleb, hijo de Jefone, y de Josué, hijo de Nun. Pero yo haré entrar en ella a vuestros pequeñuelos, de quienes dijisteis que vendrían a ser la presa de los enemigos para que vean la tierra que vosotros desestimasteis. Vuestros cadáveres yacerán en el desierto. Andarán vuestros hijos vagando por el desierto por espacio de cuarenta años, pagando la pena de vuestra apostasía hasta que sean consumidos en el mismo desierto los cadáveres de sus padres; a proporción del número de los cuarenta días gastados en reconocer la tierra, contando año por día. Y así por espacio de cuarenta años pagaréis la pena de vuestras maldades y experimentaréis mi venganza. Porque del modo que lo tengo dicho, así trataré a toda esta generación perversísima, que se ha levantado contra mí: En este desierto se irá consumiendo, y en él morirá. Y en efecto todos aquellos hombres que Moisés envió a reconocer la tierra prometida y a la vuelta hicieron murmurar al pueblo contra él, publicando falsamente que la tierra era mala, fueron heridos de muerte a la presencia del Señor. Solamente Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Jefone, quedaron con vida, de todos los que fueron a explorar la tierra. Y habiendo referido Moisés una por una todas estas palabras del Señor a los hijos de Israel, el pueblo prorrumpió en un amargo llanto. Y luego al día siguiente, levantándose al amanecer, subieron a la cima del monte, y dijeron: Estamos prontos a ir al lugar de que habló el Señor; por cuanto conocemos haber pecado. Y Moisés les dijo: ¿A qué fin queréis traspasar vosotros el mandato del Señor, cosa que nunca os saldrá bien? No penséis, pues, en ir; porque el Señor no está con vosotros: sino es que queráis ser derrotados por vuestros enemigos. El amalecita y el cananeo están en frente de vosotros, al filo de cuya espada pereceréis, por no haber querido rendiros al Señor; ni el Señor estará con vosotros. Con todo eso, ellos ciegos y obstinados subieron a la cima del monte; mas el arca del Testamento del Señor y Moisés no se movieron de los campamentos. Pero el amalecita y el cananeo que habitaban en la montaña, les salieron al encuentro; y batiéndolos y destrozándolos, los fueron persiguiendo hasta Horma. Habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla con los hijos de Israel, y diles: Cuando hubiereis entrado en la tierra de vuestra morada que os daré yo, y ofreciereis al Señor holocausto o víctima pacífica, cumpliendo votos, o por oblación voluntaria, o ya quemando en vuestras solemnidades bueyes u ovejas en olor de suavidad al Señor, cualquiera que sacrificaré víctima, ofrecerá con el sacrificio la décima parte de un efi de flor de harina, heñida con la cuarta parte de un hin de aceite; y dará la misma medida de vino para hacer las libaciones del holocausto o de la víctima. Por cada cordero y carnero se ofrecerán dos décimas de flor de harina, que esté amasada con la tercera parte de un hin de aceite; y de vino para la libación ofrecerá la tercera parte de la misma medida, en olor suavísimo al Señor. Que si el holocausto o la hostia es de bueyes en cumplimiento de voto o por víctima pacífica, darás por cada buey tres décimas de flor de harina amasada con la mitad de la medida de un hin de aceite; e igual porción de vino para las libaciones en ofrenda de olor suavísimo al Señor. Esto harás en el sacrificio de cada buey, carnero, cordero o cabrito. Tanto los naturales como los forasteros han de ofrecer con este mismo rito los sacrificios. Una misma será la ley y el estatuto, tanto para vosotros como para los extranjeros o prosélitos vuestros. habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla con los hijos de Israel y diles: Así que lleguéis a la tierra que os daré, y comáis del pan de aquel país, separaréis para el Señor las primicias de vuestros alimentos. Así como separáis las primicias de las eras, también de la pasta de harina que gastareis, habéis de dar las primicias al Señor. Cuando por ignorancia dejareis de hacer alguna cosa de las que ha hablado el Señor a Moisés, y que por su medio os ha mandado a vosotros y a vuestros descendientes desde el día en que comenzó a dar leyes, si toda la muchedumbre del pueblo se olvidare de ponerla en ejecución, ofrecerá un becerro de la vacada en holocausto de olor suavísimo al Señor, con su ofrenda y libaciones, como lo pide el ceremonial, y un macho cabrío por el pecado; y el sacerdote hará oración por toda la multitud de los hijos de Israel; y se les perdonará, porque no pecaron con advertencia; sin dejar por eso de ofrecer al Señor el holocausto y el sacrificio por sí y por su pecado y error, y así se le perdonará a todo el pueblo de Israel, y a los extranjeros agregados a ellos, por ser culpa que procede de ignorancia común a todo el pueblo. Pero si una persona particular pecare por ignorancia, ofrecerá una cabra primal por su pecado; y el sacerdote rogará por tal persona, en atención a que pecó delante del Señor por ignorancia; y le alcanzará el perdón, y quedará perdonada. Una será la ley de los que pecaren por ignorancia, bien sean nacionales o bien forasteros. Mas la persona que osare cometer algún pecado a sabiendas, ora sea ciudadano, ora extranjero, perecerá de en medio de su pueblo porque fue rebelde al Señor; por cuanto despreció la palabra del Señor y quebrantó su mandamiento: por lo mismo será exterminado y llevará la pena de su iniquidad. Aconteció, estando los hijos de Israel en el desierto, que hallaron a un hombre que estaba cogiendo leña en día sábado, y le presentaron a Moisés y Aarón, y a toda la comunidad. Los cuales le encerraron en la cárcel, no sabiendo qué debían hacer de él. Y dijo el Señor a Moisés: Muera sin remisión ese hombre, mátele todo el pueblo a pedradas fuera del campamento. Y habiéndole sacado fuera, le apedrearon, y quedó muerto, como el Señor lo había mandado. Dijo asimismo el Señor a Moisés: Habla con los hijos de Israel, y les dirás que se hagan unas franjas en los remates de sus mantos, poniendo en ellos cintas o listones de color de jacinto; para que viéndolas se acuerden de todos los mandamientos del Señor y no vayan en pos de sus pensamientos, ni pongan sus ojos en objetos que corrompan su corazón; mas antes bien acordándose de los preceptos del Señor, los cumplan y se conserven santos y puros para su Dios. Yo el Señor Dios vuestro, que os saqué de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios. Pero he aquí que Coré, hijo de Isaar, hijo de Caat, hijo de Leví; y Datán y Abirón, hijos de Eliab; y también Hon, hijo de Felet, de la tribu de Rubén, se amotinaron contra Moisés con otros doscientos cincuenta hombres de los hijos de Israel, varones de los más ilustres de la comunidad, y que en tiempo de concilio o asamblea, eran convocados nominadamente. Y presentándose delante de Moisés y Aarón, dijeron: Básteos ya lo hecho hasta aquí; puesto que todo este pueblo es de santos, y en medio de ellos está el Señor, ¿por qué causa os ensalzáis tanto sobre el pueblo del Señor? Lo que oyendo Moisés, se postró rostro por tierra; y luego hablando a Coré y a toda la multitud: Mañana, dijo, declarará el Señor quiénes son los suyos, y se apropiará los que son santos; y aquellos que escogiere, ésos se acercarán a él o serán sus ministros. Haced, pues, esto: Tome cada cual su incensario, tú Coré, y todo tu séquito; y mañana, echado el fuego, poned sobre él incienso, delante del Señor; y al que escogiere ése será santo: ¡Oh hijos de Leví!, mucho os engreís. Y añadió hablando con Coré: Escuchad, hijos de Leví: ¿Os parece acaso poco que el Dios de Israel os haya separado de todo el pueblo, y allegado a sí, para que le sirvieseis en el culto del Tabernáculo y estuvieseis ante el concurso del pueblo, ejerciendo por él el ministerio? ¿Para eso te ha puesto a ti y a todos tus hermanos, los hijos de Leví, cerca de sí, para que os arroguéis también el sumo sacerdocio, y toda tu gavilla se subleve contra el Señor? Porque ¿qué es Aarón, para que murmuréis contra él? En seguida Moisés envió a llamar a Datán y a Abirón, hijos de Eliab. Los cuales respondieron: Nosotros no vamos. Pues que, ¿te parece aún poco el habernos sacado de una tierra que manaba leche y miel, para hacernos morir en el desierto, sino que además de eso nos has de estar tiranizando? Por cierto que nos has introducido en terreno donde corren arroyos de leche y miel, y que nos has dado posesiones de campos y viñedos; o ¿por ventura quieres sacarnos también los ojos? Nosotros no vamos. Entonces Moisés sumamente irritado dijo al Señor: No atiendas a sus sacrificios: Tú sabes que ni siquiera un asnillo he tomado jamás de ellos, ni a ninguno he hecho daño. Dijo después a Coré: Tú y toda tu cuadrilla presentaos mañana aparte delante del Señor, y Aarón se presentará separadamente. Tomad cada cual vuestros incensarios, y echad en ellos incienso, ofreciendo al Señor doscientos cincuenta incensarios; y tenga Aarón también el suyo. Como lo hubiesen hecho así, estando presentes Moisés y Aarón, y habiendo agavillado contra ellos toda la gente a la puerta del Tabernáculo, se manifestó a todos la gloria del Señor. El cual hablando con Moisés y Aarón, dijo: Apartaos de en medio de esa gavilla, y en un momento los consumiré. Aquí Moisés y Aarón se postraron sobre su rostro, y dijeron: ¡Oh fortísimo Dios de los espíritus de todos los hombres! ¿es posible que por el pecado de uno se ha de ensañar tu ira contra todos? Entonces dijo el Señor a Moisés: Manda a todo el pueblo que se retire de las tiendas de Coré, y de Datán y de Abirón. Y se levantó Moisés, y se fue hacia Datán y Abirón; y siguiéndole los ancianos de Israel, dijo a la gente: Retiraos de las tiendas de esos hombres impíos, y no toquéis cosa suya, porque no seáis envueltos en sus pecados. Retirados que fueron de los alrededores de las tiendas de los dichos, saliendo Datán y Abirón, se pusieron a la entrada de sus pabellones con las mujeres e hijos y toda su gente. Dijo entonces Moisés: En esto conoceréis que el Señor me ha enviado a ejecutar todas las cosas que veis, y que no las he forjado yo en mi cabeza. Si éstos que me acusan murieren de la muerte ordinaria de los hombres, y fueren heridos del azote que suele también herir a los demás, no me ha enviado el Señor; pero si el Señor hiciere una cosa nunca vista, de manera que la tierra abriendo su boca se los trague a ellos y a todas sus cosas, y bajen vivos al infierno, sabréis entonces que han blasfemado contra el Señor. No bien hubo acabado de hablar, cuando la tierra se hundió debajo de los pies de aquéllos, y abriendo su boca se los tragó con sus tiendas y todos sus haberes; y cubiertos de tierra bajaron vivos al infierno, y perecieron de en medio del pueblo. Al punto todo Israel, que estaba al contorno, a los alaridos de los que perecían echó a huir diciendo: No sea que nos trague también a nosotros la tierra. Además de ésto, un fuego enviado del Señor abrasó a los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso. Y el Señor habló a Moisés, diciendo: Da orden a Eleazar, sacerdote hijo de Aarón, que tome los incensarios que han quedado esparcidos en medio del incendio, y desparrame a una y otra parte el fuego que hay en ellos; por cuanto han quedado ya consagrados con la muerte de los pecadores; y que los reduzca a planchas, las cuales clave en el altar, por haberse ofrecido en ellos incienso al Señor, y quedar a él consagrados; a fin de que los hijos de Israel las miren como una señal y recuerdo. Tomó, pues, el sacerdote Eleazar los incensarios de bronce en que hicieron su ofrenda a aquellos que fueron devorados por el incendio, y los redujo a planchas, que clavó en el altar; a fin de que sirviesen en adelante a los hijos de Israel de escarmiento, para que ningún extraño, y que no sea del linaje de Aarón, se acerque a ofrecer incienso al Señor; para que no le acontezca lo que le aconteció a Coré y a todo su séquito, según la palabra del Señor a Moisés. Pero al día siguiente toda la multitud de los hijos de Israel murmuraba contra Moisés y Aarón, diciendo: Vosotros habéis dado la muerte al pueblo del Señor. Y como tomase cuerpo la rebelión y creciese el tumulto. Moisés y Aarón se refugiaron en el Tabernáculo de la alianza. Entrados dentro, la nube les cubrió, y apareció la gloria del Señor. Y dijo el Señor a Moisés: Retiraos de en medio de esta turba; que ahora mismo voy a acabar con ellos. Y estando postrados en tierra los dos, dijo Moisés a Aarón: Toma el incensario, y cogiendo fuego del altar, pon encima del incienso y corre a toda prisa hacia el pueblo para rogar por él: porque ya el Señor ha soltado el dique a su ira, y la mortandad se encruelece. Haciéndolo así Aarón, y corriendo al medio de la multitud, a la cual devoraba ya el incendio, ofreció el incienso; y puesto entre los muertos y los vivos, intercedió por el pueblo, y cesó la mortandad. Los muertos fueron catorce mil setecientos hombres, sin contar los que perecieron en la rebelión de Coré. Y Aarón después que cesó el estrago se volvió a Moisés a la puerta del Tabernáculo de la alianza. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla con los hijos de Israel, y haz que te entreguen una vara por cada tribu; doce varas por todos los doce príncipes de las tribus, y escribirás el nombre de cada príncipe sobre su vara. El nombre de Aarón estará en la vara de la tribu de Leví; y cada una de las otras familias o tribus tendrá su vara peculiar. Y las pondrás en el Tabernáculo de la alianza delante del arca del Testimonio, en donde te hablaré. La vara del que yo eligiere entre ellos, florecerá; y así haré cesar las quejas de los hijos de Israel con que murmuran contra vosotros. Habló, pues, Moisés con los hijos de Israel; y le dieron todos los príncipes las varas, una por cada tribu, y fueron doce las varas, sin la de Aarón. Las cuales colocó Moisés ante el Señor en el Tabernáculo del Testimonio, y volviendo al día siguiente, halló que había florecido la vara de Aarón puesta por la tribu de Leví; de suerte que, arrojando pimpollos, brotaron flores, de las que, abiertas las hojas, se formaron almendras. Sacó, pues, Moisés todas las varas de la presencia del Señor, y las enseñó a todos los hijos de Israel, y cada uno las vio y recibió la suya. Dijo entonces el Señor a Moisés: Vuelve la vara de Aarón al Tabernáculo del Testimonio, para que allí se conserve por señal de la rebeldía de los hijos de Israel, y cesen sus querellas contra mí, para que no mueran. Lo hizo Moisés como el Señor lo había mandado. Mas los hijos de Israel dijeron a Moisés: He aquí que nos vamos consumiendo y pereciendo todos; cualquiera que se acerca al Tabernáculo del Señor, es herido de muerte. ¿Hemos de ser todos aniquilados hasta no quedar ninguno con vida? Y dijo el Señor a Aarón: Tú y tus hijos y la casa de tu padre contigo, seréis responsables de la iniquidad que se cometa en el santuario; y tú y tus hijos ejerceréis vuestro ministerio en el Tabernáculo del Testimonio. Además de esto, has de unir contigo a tus hermanos de la tribu de Leví y a la familia de tu padre, para que te asistan y sirvan; mas tú y tus hijos ejerceréis vuestro ministerio en el Tabernáculo del Testimonio. Los levitas, pues, estarán atentos a tus órdenes y a todo cuanto haya que hacer con respecto al santuario; con tal que no se arrimen a los vasos del santuario y al altar, a fin de que ni mueran ellos, ni vosotros perezcáis con ellos. Estén, sí, contigo, y velen en la guardia del Tabernáculo y en todas las cosas de su servicio. No se mezclará con vosotros persona ninguna de otra estirpe. Velad en la custodia del santuario y en el ministerio del altar; para que no se encienda mi enojo contra los hijos de Israel. Yo os he dado vuestros hermanos los levitas, entresacados de los hijos de Israel, y os los he entregado a vosotros como un don hecho al Señor, para que sirvan en el ministerio del Tabernáculo. Ahora bien, tú y tus hijos conservad vuestro sacerdocio; y todas las cosas que pertenecen al servicio del altar y están del velo adentro, han de ser administradas por los sacerdotes. Si algún extraño se introdujere, será muerto. Dijo el Señor asimismo a Aarón: Mira que te tengo dada la custodia de mis primicias. Todas las cosas que son ofrecidas por los hijos de Israel, las he traspasado a ti y a tus hijos por razón del ministerio sacerdotal, en decreto perpetuo. Estas, pues, son las cosas que recibirás de las quye son consagradas y ofrecidas al Señor: Toda ofrenda y sacfrificio y todo cuanto se me ofrece por pecado y por delito, como que es cosa destinada al santuario, será tuyo y de tus hijos. En lugar santo lo comerás: solamente los varones comerán de ello, porque es cosa reservada para ti. En cuanto a las primicias que ofrecieren los hijos de Israel, te las tengo dadas a ti y a tus hijos e hijas por derecho perpetuo; el que se halla limpio en tu casa comerá de ellas. El aceite, vino y trigo más exquisitos, todo lo que se ofrece en primicias al Señor, a ti te lo he dado. Todos los primeros frutos que cría la tierra y se presentan al Señor, serán para tu uso; el que se halla limpio en tu casa, los comerá. Todo lo que dieren por voto los hijos de Israel será tuyo. Todos los primogénitos de cualquier especie que se ofrecen al Señor, sean de hombres o sean de animales, pertenecerán a ti; con esta sola diferencia, que por el primogénito de hombre recibirás el rescate, y harás que sea redimido todo animal inmundo. El rescate del niño se hará después de cumplido un mes, en cinco siclos de plata, según el peso del santuario. El siclo tiene veinte óbolos. Mas no harás redimir los primerizos de vaca ni de oveja ni de cabra, porque son cosas consagradas al Señor. Solamente derramarás su sangre sobre el altar, y quemarás las grasas en olor suavísimo al Señor. Las carnes quedarán para uso tuyo, y serán tuyas, así como lo son el pecho consagrado y la espaldilla derecha. Todas las primicias del santuario, que ofrecen los hijos de Israel al Señor, te las he dado a ti, yu a tus hijos e hijas, por derecho perpetuo. Pacto es éste de sal o inalterable y eterno delante del Señor para ti y para tus hijos. Por lo que dijo el Señor Aarón: Vosotros no tendréis posesión ninguna en la tierra de vuestros hermanos, ni entraréis a la parte con ellos: Yo soy tu porción y tu herencia en medio de los hijos de Israel. Porque en orden a los hijos de Leví, les tengo ya dados todos los diezmos de Israel en lugar de posesiones, por el ministerio con que me sirven en el Tabernáculo de la alianza; a fin de que los hijos de Israel no se acerquen más al Tabernáculo, y no cometan una falta que les acarree la muerte; sino que solos los hijos de Leví me han de servir en el Tabernáculo, y llevar los pecados del pueblo. Ley sempiterna será ésta para vosotros y vuestros descendientes. Los levitas ninguna otra cosa poseerán. contentándose con la ofrenda de los diezmos que tengo separados para sus usos y necesidades. Sobre lo cual habló el Señor a Moisés, diciendo: Da esta orden, y comunica lo siguiente a los levitas: Después de recibidos de los hijos de Israel los diezmos que os he dado, habéis de ofrecer de ellos las primicias al Señor, esto es, la décima parte del diezmo, a fin de que se os cuente como ofrenda de las primicias, tanto de las eras como de los lagares; y de todas cuantas cosas recibís, habéis de ofrecer primicias al Señor, y dárselas al sacerdote Aarón. Todo lo que ofreciereis de los diezmos, y separareis para dones del Señor, ha de ser lo mejor y más escogido. Y les dirás: Si ofreciereis todo lo más estimable y lo mejor de los diezmos, se os recibirá en cuenta, como si dieseis las primicias de las eras y de los lagares; y comeréis de estos diezmos tanto vosotros como vuestras familias en todos los lugares en que habitareis, por ser una recompensa del servicio que hacéis en el Tabernáculo del Testimonio. Mas no pequéis en esto, reservando para vosotros lo más exquisito y selecto, para que no amancilléis las ofrendas de los hijos de Israel, y no seáis castigados de muerte. Y habló el Señor a Moisés y a Aarón, diciendo: Estas son las ceremonias de una víctima que ha ordenado el Señor. Manda a los hijos de Israel que traigan una vaca roja de edad perfecta, que ni tenga tacha ni haya estado bajo el yugo, y la entregaréis al sacerdote Eleazar; el cual sacándola fuera del campamento, la degollará en presencia de todos, y mojado el dedo en la sangre de esta vaca, hará siete aspersiones hacia las puertas del Tabernáculo; y a vista de todos la quemará, entregando a las llamas, tanto la piel y las carnes, como la sangre y el estiércol. También echará en las llamas en que arde la vaca, palo de cedro, hisopo y grana dos veces teñida. Después de lo cual lavados los vestidos y su cuerpo, entrará en el campamento, y quedará inmundo hasta la tarde. Igualmente el que la hubiere quemado lavará también sus vestidos y cuerpo y quedará inmundo hasta la tarde. Y un hombre limpio recogerá las cenizas de la vaca, y las echará fuera del campamento en lugar limpísimo, a fin de que guardándolas con cuidado la multitud de los hijos de Israel, les sirvan para el agua de aspersión; puesto que la vaca fue quemada por el pecado. Y el que llevó las cenizas de la vaca, después de lavar sus vestidos, quedará inmundo hasta la tarde. Será éste un rito santo y perpetuo entre los hijos de Israel, y los extranjeros o prosélitos que moran entre ellos. El que tocare cadáver de hombres, y por esta causa estuviere inmundo siete días, será rociado con esta agua el tercer día y el séptimo, con lo cual quedará limpio. Si al tercer día no es rociado, no se podrá purificar al séptimo. Todo el que hubiere tocado cadáver humano, y no fuere rociado con esta mistura de agua y ceniza, profanará el Tabernáculo del Señor, y perecerá de en medio de Israel; puesto que no ha sido rociado con el agua de expiación, estará inmundo y su inmundicia permanecerá sobre él. La ley para el hombre, que muere en su tienda o morada, es esta: Todos los que entran en su tienda, y todos los muebles que allí hay, serán inmundos siete días. Vasija que no tuviere cobertera o tapón atado a la boca, quedará inmunda. Si alguno en el campo tocare cadáver de hombre muerto por violencia o naturalmente; o tocare hueso de él, o su sepulcro, estará inmundo siete días. Y tomarán parte de las cenizas de la vaca quemada por el pecado, y las mezclarán con agua viva en un vaso; en que mojando un hombre limpio el hisopo, rociará con él toda la estancia y todo el ajuar, y a las personas amancilladas por semejante contacto; y de ese modo el hombre limpio purificará al inmundo el tercero y séptimo día; y purificado así en el día séptimo, se lavará todo, y también sus vestidos, y quedará inmundo hasta la tarde. Quien no fuere purificado con esta ceremonia, será su alma separada de la sociedad de la iglesia, por haber profanado el santuario del Señor, y no haber sido purificado con el agua lustral. Este precepto tendrá fuerza de ley perpetua. El mismo que hace la aspersión con las aguas, lavará sus vestidos. Cualquiera que tocare las aguas de purificación estará inmundo hasta la tarde. Todo lo que un inmundo tocare, quedará inmundo; y la persona que tocare algo de esto, estará inmunda hasta la tarde. Llegaron, pues, los hijos de Israel y todo aquel gentío al desierto de Tsin, al mes primero del año cuarenta de la salida de Egipto, e hizo el pueblo su mansión en Cades. Allí murió María, y fue sepultada en el mismo lugar. Y faltando agua al pueblo, se mancomunaron contra Moisés y Aarón, y amotinados dijeron: ¡Ojalá hubiésemos perecido allá entre nuestros hermanos delante del Señor! ¿Por qué habéis conducido al pueblo escogido del Señor al desierto, para que muramos nosotros y también nuestros ganados? ¿Por qué nos hicisteis salir de Egipto, y nos habéis traído a este miserable terreno, que no se puede sembrar, que ni da higos, ni vides, ni granadas, y ni aun agua tiene para beber? Con esto Moisés y Aarón, separándose de la gente, y entrando en el Tabernáculo de la alianza, se postraron contra el suelo y clamaron al Señor, y dijeron: ¡Oh Señor, nuestro Dios! escucha los clamores de este pueblo, y ábreles tu tesoro, una fuente de agua viva, a fin de que, apagada su sed, cesen de murmurar. En esto apareció la gloria del Señor sobre ellos. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Toma la vara, y congregad al pueblo, tú y tu hermano Aarón, y hablaréis a la peña en presencia de toda la gente, y la peña brotará aguas. Y sacado que hubieres agua de la peña, beberá todo el pueblo con sus ganados. Tomó, pues, Moisés su vara, que se guardaba en la presencia del Señor, según él se lo mandó, y congregada la multitud delante de la peña les dijo: Oíd, rebeldes y descreídos: ¿Por ventura podremos nosotros sacaros agua de esta peña? Y habiendo alzado Moisés la mano, y herido dos veces con la vara aquella peña, salieron aguas copiosísimas; de manera que pudo beber el pueblo y los ganados. Dijo entonces el Señor a Moisés y Aarón: Ya que no me habéis creído en orden a hacer conocer mi gloria a los hijos de Israel, no introduciréis vosotros este pueblo en la tierra que yo le daré. Esta es el agua de contradicción, donde los hijos de Israel protestaron contra el Señor, el cual manifestó en ellos su gloria. Entretanto Moisés envió desde Cades embajadores al rey de Idumea, que le dijesen: Esta petición te hace tu hermano Israel: Sabes bien todos los trabajos que hemos padecido; cómo nuestros padres bajaron a Egipto, y allí hemos habitado mucho tiempo, y los egipcios nos maltrataron a nosotros, y a nuestros padres; y cómo clamamos al Señor, y nos oyó, y envió su ángel, el cual nos sacó de Egipto. Ahora hallándonos ya en la ciudad de Cades, situada en tus últimos confines, te suplicamos nos permitas atravesar por tu tierra. No iremos por los campos, ni por las viñas, o beberemos agua de tus pozos, sino que marcharemos por el camino real, sin declinar a la derecha ni a la izquierda, hasta que estemos fuera de tus dominios. A lo que respondió el idumeo: No pasarás por mi tierra; que si lo haces, saldré armado a tu encuentro. Replicaron los hijos de Israel: Seguiremos siempre la carretera, y en caso de beber de tus aguas nosotros y nuestros ganados, pagaremos lo justo: no habrá dificultad alguna en el precio; sólo con que nos dejéis pasar a pie. Mas él respondió: No pasaréis. Y luego les salió al encuentro con infinita gente y de mano armada. Y no quiso otorgar lo que le rogaban, que les concediese paso por sus confines. Por cuya causa tiró Israel hacia otra parte. Movido, pues, de Cades el campo, llegaron al monte Hor, que está en los límites de la Idumea; donde habló el Señor a Moisés, diciendo: Vaya Aarón a incorporarse con su pueblo porque no ha de entrar en la tierra que tengo dada a los hijos de Israel; por haber sido incrédulo a mis palabras allá en las aguas de contradicción. Toma contigo a Aarón y a su hijo con él, y los conducirás al monte Hor. Y después de desnudar al padre de sus vestiduras, se las revestirás a su hijo Eleazar. Aarón morirá allí, y será reunido con sus padres. Moisés hizo lo que le mandó el Señor, y subieron al monte Hor a vista de todo el pueblo. Donde despojando a Aarón de sus vestiduras, revistió con ellas a Eleazar, su hijo. Muerto aquél sobre la cima del monte, descendió Moisés con Eleazar. Y toda la multitud, así que oyó que Aarón había muerto, hizo duelo por él treinta días en todas sus familias. Y como hubiese oído Arad, rey de los cananeos, que habitaba al mediodía, que Israel había venido por el mismo camino de los exploradores, peleó contra él; y saliendo vencedor se llevó los despojos. En vista de esto, Israel, obligándose al Señor con voto, dijo: Si entregares a ese pueblo en mi mano, arrasaré sus ciudades. Otorgó el Señor la súplica a Israel, y le entregó el cananeo; a quien él pasó a cuchillo, asolando sus ciudades; por lo que llamó el nombre de aquel lugar Horma, esto es, Anatema o desolación total. Partieron después del monte Hor, camino del mar Rojo, a fin de ir rodeando la Idumea. Y empezó el pueblo a enfadarse del viaje y del trabajo; y hablando contra Dios y Moisés, dijo: ¿Por qué nos sacaste de Egipto para que muriésemos en el desierto? Falta el pan, no hay agua; nos provoca ya a náusea este manjar sin sustancia. Por lo cual el Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, por cuyas mordeduras y muerte de muchísimos, fue el pueblo a Moisés, y dijeron todos: Pecado hemos, pues hemos hablado contra el Señor y contra ti: suplícale que aleje de nosotros las serpientes. Hizo Moisés oración por el pueblo, y el Señor le dijo: Haz una serpiente de bronce, y ponla en alto para señal; quienquiera que siendo mordido la mirare, vivirá. Hizo, pues, Moisés, una serpiente de bronce, y la puso por señal, a la cual mirando los mordidos, sanaban. Partidos de aquí los hijos de Israel, acamparon en Obot; de donde habiendo salido, plantaron sus tiendas en Jeabarim, en el desierto que mira a Moab, hacia la parte oriental. Partiendo de allí, vinieron al torrente de Zared; Después dejando éste, acamparon enfrente del de Arnón, que está en el desierto y a la frontera del amorreo; por cuanto el torrente Arnón es el término de Moab, que divide a los moabitas de los amorreos. De donde se dice en el libro de las guerras del Señor: Lo que hice en el mar Rojo, eso mismo haré en los torrentes de Arnón. Los escollos de los torrentes se bajaron para que pasasen los israelitas, y reposasen en Ar, y acampasen en los confines de Moab. Desde aquel sitio pasaron a Beer, donde apareció el pozo cerca del cual dijo el Señor a Moisés: Junta el pueblo, que yo le daré agua. Entonces entonó Israel este cántico: Brote agua el pozo, cantaron a una, el pozo que los príncipes abrieron, y formaron con sus báculos los caudillos de Israel dirigidos por el legislador Moisés. De este desierto pasaron a Mattana. De Mattana fueron a Nahaliel. De Nahaliel a Bamot. De Bamot fueron a donde hay un valle en el territorio de Moab, hacia la cumbre del Fasga, que mira al desierto. Desde allí envió Israel embajadores a Sehón, rey de los amorreos, diciendo: Ruégote que me dejes pasar por tu tierra; no torceremos hacia los campos y viñas, ni beberemos agua de los pozos; marcharemos por el camino real, hasta que hayamos pasado tus términos. No quiso Sehón permitir que Israel atravesase por su país; antes bien, juntando sus tropas le salió al encuentro en el desierto, y vino hasta Jasa, y le dio batalla. Mas fue pasado a cuchillo por los hijos de Israel, y ocupada su tierra desde Arnón hasta Jecob, y hasta los confines de los hijos de Ammón; porque las fronteras de los ammonitas estaban defendidas con fuertes guarniciones. Se le apoderó, pues, Israel, de todas las ciudades, y ocupó las fortalezas de los amorreos, es a saber, Hesebón y sus aldehuelas. La ciudad de Hesebón había venido a ser de Sehón, rey de los amorreos, quien hizo guerra contra el rey de Moab, y se apoderó de toda la tierra que había sido de su dominio hasta Arnón. De donde quedó el proverbio: Venid a Hesebón: fortifíquese y restáurese la ciudad para el rey Sehón; Salió fuego de Hesebón y llamas del castillo de Sehón y abrasaron a Ar de los moabitas y a los moradores de las alturas de Arnón. ¡Ay de ti, Moab! ¡Pereciste, oh pueblo de Camos! Camos, vuestro Dios ha entregado sus hijos a la fuga, y sus hijas al cautiverio de Sehón, rey de los amorreos. Queda roto el yugo que los oprimía desde Hesebón hasta Dibón: sin aliento llegaron a Nofe, y no pararon hasta Medaba. Los israelitas, pues, ocuparon el país del amorreo. Moisés entretanto envió exploradores a Jazer; cuyos lugares tomaron y se hicieron dueños de los habitantes. Dando después la vuelta, subieron por el camino de Basán, y les salió al encuentro Og, rey de Basán, con toda su gente para atacarlos en Edrai. Pero dijo el Señor a Moisés: No le temas, porque en tus manos le tengo entregado a él y a todo su pueblo y tierra, y harás con él lo mismo que hiciste con Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesebón. Mataron, pues, también a este rey con sus hijos y a toda su gente sin dejar hombre a vida, y se apoderaron de su tierra. Pasando adelante, acamparon en las llanuras de Moab cerca del Jordán, donde al otro lado oestá Jericó . Mas viendo Balac, hijo de Sefor, de qué manera había tratado Israel a los amorreos, y cómo los moabitas le habían cobrado gran miedo, y que no podrían sostener sus ataques, dijo a los ancianos de Madián: Este pueblo va a destruir a todos los habitantes de nuestro país, del mismo modo que el buey suele comerse las hierbas hasta la raíz. Balac era en este tiempo rey de Moab. Despachó, pues, mensajeros a Balaam , hijo de Baer, adivino que habitaba en la ribera del río de la tierra de los amonitas, para que lo llamasen y dijesen: Mira que ha salido de Egipto un pueblo que ha cubierto la superficie de la tierra, y está contra mí acampado. Ven, pues, a maldecir a dicho pueblo porque es más fuerte que yo: por ver si así hallo medio de rechazarlo y arrojarlo de mi país; porque yo sé que será bendito aquel a quien tú bendijeres, y maldito aquel sobre quien descargare tus maldiciones. Con esto partieron los senadores de Moab y los ancianos de Madián, llevando en sus manos la paga de la adivinación. Llegado que hubieron a Balaam , y así que expusieron todo lo que Balac les había mandado decir, les respondió: Quedaos aquí esta noche; y yo responderé lo que me dijere el Señor. Se hospedaron, pues, en casa de Balaam ; y vino Dios y le dijo: ¿Qué quieren esos hombres que tienes en tu casa? Respondió: Balac, hijo de Sefor, rey de los moabitas, me ha enviado a decir: Sábete que un pueblo salido de Egipto ha cubierto la superficie de la tierra: ven y maldícelo, por ver si puedo, peleando, ahuyentarlo. Dijo Dios entonces a Balaam : No vayas con ellos, ni maldigas a ese pueblo, siendo, como es, bendito por mí. Levantándose, pues, de mañana, dijo a los príncipes sus huéspedes: Volveos a vuestra tierra, porque me ha prohibido el Señor ir con vosotros. Vueltos los príncipes, dijeron a Balac: No ha querido Balaam venir con nosotros. Entonces Balac envió de nuevo mensajeros en mayor número, y más principales que los que antes había enviado. Los que llegados a Balaam , dijeron: Esto dice Balac, hijo de Sefor: No difieras más el venir a mí. Estoy pronto a honrarte y darte cuanto quisieres; ven y maldice a este pueblo. Respondió Balaam : Aunque Balac me diese toda su casa llena de plata y oro, no podré alterar la orden del Señor mi Dios, para decir ni más ni menos de lo que él me haya dicho. Os ruego que os quedéis también aquí esta noche y podré saber qué me responderá de nuevo el Señor. Vino, pues, Dios a Balaam aquella noche, y le dijo: Si esos hombres han venido a llamarte, levántate y vete con ellos; pero cuidado en no hacer más que lo que yo te mandare. Se levantó Balaam de mañana, y aparejada su borrica, marchó con ellos. Se enojó después Dios. Y así el ángel del Señor se atravesó en el camino delante de Balaam , el cual iba montado en la burra, y llevaba consigo dos mozos. La burra viendo al ángel parado en el camino con la espada desenvainada, se desvió a un lado, y se iba por el campo. Y como Balaam le diese de palos, y quisiese encarrilarla por la senda, se paró el ángel en un lugar muy estrecho entre dos cercas con que estaban rodeadas unas viñas. Al cual viendo la burra, se arrimó a la pared, y estropeó el piel del que iba montado. Pero éste proseguía en darle de palos. Sin embargo, el ángel pasando a un sitio todavía más estrecho, donde no podía desviarse ni a la derecha ni a la izquierda, se le paró delante. Y como viese la burra al ángel parado delante de ella, se echó en el suelo debajo del que la montaba; el cual enfurecido la apaleaba más fuerte, con la vara, en los costados. Entonces dispuso el Señor que la burra hablase y dijese a Balaam : ¿Qué te he hecho yo? ¿Por qué me pegas ya por tercera vez? Respondió Balaam : Porque lo tienes merecido, y has hecho burla de mí. ¡Ojalá tuviera yo una espada para envasarte! Dijo la burra: ¿Pues no soy yo tu pollina, sobre la cual has solido ir siempre montado hasta el día de hoy? Di si jamás te he hecho una tal cosa. Jamás, le respondió él. Al momento abrió el Señor los ojos de Balaam , y vio delante de sí al ángel parado en el camino con la espada desnuda, y postrándose en tierra le adoró. Y el ángel le dijo: ¿Por qué das de palos por tercera vez a tu borrica? Yo he venido para oponerme a ti; porque tu idea es perversa y contraria a mí. Que si la burra no se hubiese desviado del camino, cediéndome el lugar cuando me oponía a su paso, a ti te hubiera ya muerto, y ella viviera. Dijo Balaam : He pecado, no conociendo que tú estabas contra mí; todavía si no gustas de que vaya, me volveré. Respondió el ángel: Vete con ellos; mas guárdate de hablar otra cosa que lo que yo te ordenare. Se fue, pues, con aquellos señores. Llegado el aviso a Balac, salió a recibirle en un pueblo de los moabitas situado en los últimos términos de Arnón. Allí dijo a Balaam : Envié mensajeros a llamarte: ¿Cómo no viniste al instante? ¿Será porque no puedo yo honrar y recompensar tu venida? Al cual respondió él: Aquí me tienes. Mas, ¿podré yo hablar otra cosa, sino lo que Dios pusiere en mi boca? Caminaron, pues, juntos, y vinieron a una ciudad puesta en los últimos confines de su reino. Aquí Balac habiendo hecho matar bueyes y ovejas, envió presentes a Balaam y a los príncipes que le acompañaban. Venida la mañana lo llevó a las alturas de Baal, y le hizo ver desde allí la extremidad del pueblo o campamento de Israel. Entonces dijo Balaam a Balac: Levántame aquí siete altares o aras, y prepara otros tantos becerros, e igual número de carneros. Después de haberlo hecho conforme había pedido Balaam , pusieron un becerro y un carnero sobre cada altar. Dijo entonces Balaam a Balac: Aguárdate un poco junto a tu holocausto, mientras yo voy a ver si quizá el Señor viene a mi encuentro, en cuyo caso te diré todo lo que me mandare. Partido a toda prisa, le salió Dios al encuentro, y hablando con él Balaam : Siete altares, dijo, he erigido, y he puesto encima de cada uno un becerro y un carnero. Mas el Señor le sugirió lo que había de responder a Balac. Habiendo vuelto, halló a Balac que estaba aguardando junto a su holocausto, con todos los príncipes de los moabitas. Y usando de su estilo profético, dijo: De Aram, de los montes del Oriente me ha traído Balac rey de los moabitas: Ven, dijo, y maldice a Jacob ; Date prisa y echa imprecaciones contra Israel. ¿Cómo he de maldecir yo a quien Dios no maldijo? ¿Cómo quieres que yo deteste a quien no detesta el Señor? De lo alto de los riscos me pondré a mirarle, y desde las colinas le contemplaré. Pueblo que habitará separado, y no se contará en el número de las demás naciones. ¿Quién podrá contar los granitos de polvo o la descendencia de Jacob , ni averiguar el número de los hijos de Israel? Ojalá pueda yo lograr el morir como los justos, y que sea mi fin semejante al suyo. Al oír esto Balac dijo a Balaam : ¿Qué es lo que haces? Te he llamado para que maldijeras a mis enemigos, y tú al contrario les echas bendiciones. Pero él respondió: Pues que, ¿puedo hablar yo otra cosa sino lo que me ha ordenado el Señor? Dijo, pues, Balac: Ven conmigo a otro lugar de donde veas una parte de Israel, y no puedas ver todo el campamento; desde allí le maldecirás. Y habiéndole conducido a un sitio elevado sobre la cumbre del monte Fasga, erigió Balaam siete altares, y habiendo puesto sobre cada uno un becerro y un carnero, dijo a Balac: Estáte aquí junto a tu holocausto, mientras yo voy allá al encuentro del Señor. Y habiendo salido el Señor al encuentro de Balaam , y sugerídole lo que había de responder, le dijo: Vuelve a Balac, y le dirás todo eso. Vuelto que hubo, le halló junto a su holocausto con los príncipes de los moabitas. Le preguntó Balac: ¿Qué es lo que ha dicho el Señor? A lo que tomando él su tono profético, dijo: Prepárate, ¡oh! Balac, y escucha: Atiende, hijo de Sefor; no es Dios como el hombre para que mienta, ni como hijo de hombre para estar sujeto a mudanza. ¿Cuándo él, pues, ha dicho una cosa, no lo hará? ¿Habiendo hablado, no cumplirá su palabra? He sido traído acá para bendecir; yo no puedo menos de bendecir a ese pueblo. No hay ídolo en la estirpe de Jacob , ni se ve simulacro en Israel. El Señor su Dios está con él, y en él resuena ya el sonido de las trompetas en señal de la victoria de su rey. Lo sacó Dios de Egipto; y es semejante a la del rinoceronte su fortaleza. No hay en Jacob agüeros, ni hay adivinos en Israel. A su tiempo se dirá a Jacob y a Israel lo que habrá hecho Dios en medio de ellos. He aquí un pueblo que asaltará como leona, y como león se erguirá: no se acostará hasta que trague la presa y beba la sangre de los que habrá degollado. Dijo entonces Balac a Balaam : Ya que no le maldices, tampoco le bendigas. Pues que, respondió Balaam , ¿no te dije que yo habría de hacer todo cuanto el Señor me mandase? Le dijo entonces Balac: Ven y te llevaré a otro sitio; por si place a Dios que desde allí los maldigas. Y habiéndole llevado sobre la cima del monte Foyor, que mira al desierto, le dijo Balaam : Levántame aquí siete altares, y prepara otros tantos becerros y el mismo número de carneros. Hizo Balac lo que Balaam había dicho, y puso un becerro y un carnero sobre cada ara. Pero viendo Balaam que era del agrado de Dios que bendijera a Israel, no fue más como antes había ido en busca del agüero, sino que volviéndose hacia el desierto, y alzando los ojos, miró a Israel, acampado en las tiendas, y distribuido por tribus; y arrebatado del espíritu de Dios, comenzó a profetizar, y dijo: Palabra profética de Balaam , hijo de Beor; palabra de aquel hombre que tenía cerrados los ojos; palabra de aquel que ha oído la voz de Dios; del que ha contemplado la visión del todopoderoso; del que ha caído, y con eso ha abierto los ojos: ¡Oh cuán bellos son tus Tabernáculos, Jacob , y tus pabellones, oh Israel! Son como valles de árboles frondosos, como huertas de regadío junto a los ríos, como tiendas que el Señor mismo ha fijado, como cedros plantados cerca de las aguas. Fluirá perennemente el agua de su arcaduz, y su descendencia crecerá como las copiosas aguas de los ríos. Su rey será desechado por causa de Agag, y le será quitado el reino. Sacó Dios de Egipto al pueblo suyo, y su fortaleza es como la del rinoceronte. Devorará Israel los pueblos que sean sus enemigos, les desmenuzará los huesos, y los atravesará con saetas. Se echará a formir como león, y como leona a quien ninguno osará despertar. Quien a ti te bendijere, ¡oh Israel!, también él será bendito; aquel que te maldijere, por maldito será tenido. Entonces Balac, airado contra Balaam , dando una palmada, dijo: Yo te llamé para maldecir a mis enemigos; y tú al contrario los has ya bendecido por tres veces. Vuélvete, pues, a tu lugar. Yo ciertamente tenía determinado el premiarte magníficamente; pero el Señor te ha privado del premio dispuesto. Respondió Balaam a Balac: ¿Pues no dije yo a tus mensajeros que me enviaste: Aunque Balac me diese su casa llena de oro y plata no podré traspasar el mandato del Señor Dios mío, para proferir por capricho mío cosa alguna, sea de bien o de mal; sino que diré lo que el Señor dijere? No obstante, al volverme a mi pueblo, daré un consejo sobre lo que por último ha de hacer tu pueblo a éste de Israel. Y prosiguió de nuevo sus profecías, diciendo: Palabra de Balaam , hijo de Beor; palabra de aquel hombre que tenía tapada la vista; palabra del que ha oído lo que ha dicho Dios, del que sabe la doctrina del Altísimo, y está viendo visiones del omnipotente, del que cayendo abrió los ojos: Yo le veré, mas no ahora; le contemplaré, mas no de cerca. De Jacob NACERA UNA ESTRELLA; y brotará de Israel una vara o cetro que herirá a los caudillos de Moab, y destruirá todos los hijos de Set. La Idumea será posesión suya; la herencia de Seir pasará a sus enemigos; peleará Israel con valor. De Jacob saldrá el que ha de dominar y arruinar las reliquias de la ciudad. Y echando una mirada hacia el país de Amalec, profetizando, dijo: Amalec ha sido la primera de las naciones que han atacado a Israel; mas su fin será el exterminio. Dirigió asimismo su vista hacia el cineo, y profetizando, dijo: Fuerte sin duda es tu morada; mas aunque pongas tu habitación sobre una roca, y seas de lo más escogido del linaje de Cin, ¿por cuánto tiempo podrás permanecer en ese estado? Porque has de ser presa del asirio. Y aun siguió profetizando en estos términos. ¡Ay! ¿Quién vivirá cuando Dios hará todas estas cosas? Vendrá una gente en galeras desde Quittim, vencerá a los asirios, destruirá a los hebreos, y al fin también ella misma perecerá. Con esto se levantó Balaam , y regresó a su pueblo. Balac asimismo se volvió por el camino por donde había venido. En este tiempo estaba Israel acampado en Setim, y el pueblo prevaricó con las hijas de Moab, las cuales les convidaron a sus sacrificios. Comieron de ellos, y adoraron también sus dioses. E Israel se consagró a Beelfegor. Por lo que enojado el Señor, dijo a Moisés: Toma contigo todos los caudillos del pueblo, y haz colgar a los culpables en patíbulos a la luz del sol, para que mi cólera se retire de Israel. En consecuencia dijo Moisés a los jueces de Israel: Mate cada cual a sus allegados que se han consagrado a Beelfegor. Cuando he aquí que uno de los hijos de Israel entró, a vista de sus hermanos, en casa de una ramera madianita, estándole mirando Moisés y todos los hijos de Israel, los cuales lloraban a las puertas del Tabernáculo. Lo que viendo Finees, hijo de Eleazar, hijo del sumo sacerdote Aarón, se levantó de en medio del gentío; y cogiendo un puñal entró en pos del israelita en el dormitorio, y los traspasó a los dos, al hombre y a la mujer, en las mismas partes vergonzosas. Con lo que Dios detuvo el azote de los hijos de Israel, y quedaron muertos veinticuatro mil hombres. Dijo entonces el Señor a Moisés: Finees, hijo de Eleazar, hijo del sumo sacerdote Aarón, ha apartado mi cólera de sobre los hijos de Israel; porque fue arrebatado de celo mío contra ellos, para que yo mismo no aniquilase a los hijos de Israel en el furor de mi celo. Por tanto, dile de mi parte que yo le doy ya la paz de mi alianza, y que mi sacerdocio le será dado a él y a su descendencia por un pacto eterno; porque celó la gloria de su Dios, y ha expiado el crimen de los hijos de Israel. El nombre del israelita que fue muerto con la madianita, era Zambri, hijo de Salú, caudillo de la familia y tribu de Simeón. Y la mujer madianita que fue muerta en su compañía, se llamaba Cozbi, hija de Sur, príncipe nobilísimo de los madianitas. Habló después el Señor a Moisés, diciendo: Conozcan los madianitas que sois sus enemigos, y pasadlos a cuchillo; ya que también ellos se han portado como enemigos contra vosotros, y os embaucaron con ardides por medio del ídolo Fogor y de Cozbi, hija del príncipe de Madián, su hermana o paisana, la cual perdió la vida en el día de la mortandad, por el sacrilegio de adorar a Fogor. Derramada ya la sangre de los culpados, dijo el Señor a Moisés y a Eleazar, hijo de Aarón, sumo sacerdote: Sacad toda la suma de los hijos de Israel de veinte años arriba, por sus casas y familias, contando todos los que pueden ir a la guerra. Según esto, Moisés y el sumo sacerdote Eleazar recontaron en las campiñas de Moab, a las riberas del Jordán, enfrente de Jericó , los de veinte años arriba, como el Señor lo había mandado, cuyo número es el siguiente: Rubén, primogénito de Israel: de él fue hijo Henoc, de quien viene la familia de los henoquitas; y Fallú, de quien la familia de los falluitas; y Hesrón, de quien la familia de los hesronitas; y Carmi, de quien la familia de los carmitas. Estas son las familias de la estirpe de Rubén, cuyo número se halló ser cuarenta y tres mil setecientos treinta hombres. Hijos de Fallú, Eliab. Hijos de éste, Namuel, Datán y Abirón. Estos Datán y Abirón son los caudillos del pueblo que se levantaron contra Moisés y Aarón en la rebelión de Coré, cuando se rebelaron contra el Señor, y abriendo la tierra su boca los tragó con Coré, muriendo muchísimos, al tiempo mismo que abrasó el fuego a los doscientos cincuenta hombres. Y sucedió entonces el gran prodigio, que pereciendo Coré, no perecieron sus hijos. Hijos de Simeón por sus parentelas: Namuel, del cual viene la familia de los namuelitas, Jamín, de éste la familia de los jaminitas; Jaquín, de éste la familia de los jaquinitas; Zaré, de éste la familia de los zareítas. Saúl de éste la familia de los saulitas. Estas son las familias de la estirpe de Simeón, que al todo componían veintidós mil doscientos hombres. Hijos de Gad por sus parentelas: Sefón, del cual la familia de los sefonitas: Aggi, de éste la familia de los aggitas; Suni, de éste la familia de los sunitas; Ozni, de éste la familia de los oznitas; Her, de éste la familia de los heritas; Arod, de éste la familia de los aroditas; Ariel, de éste la familia de los arielitas. Estas son las familias de Gad, cuya suma total fue cuarenta mil quinientos. Hijos de Judá, Her y Onán, que murieron ambos en tierra de Canaán. Y así los hijos de Judá por sus parentelas fueron: Sela, del cual viene la familia de los selaítas; Farés, del cual la familia de los faresitas; Zaré, del cual la familia de los zareítas. Hijos de Farés fueron Hosrón, del cual la familia de los hesronitas; y Hamul, del cual la familia de los hamulitas. Estas son las familias de Judá, que componían en todo setenta y seis mil quinientos hombres. Hijos de Isacar por sus parentelas: Tola, del cual la familia de los tolaítas; Fuá, de quien la familia de los fuaítas; Jasub, de quien la familia de los jasubitas; Semrán, de quien la familia de los semranitas. Estas son las familias de Isacar, cuyo número total fueron sesenta y cuatro mil trescientos hombres. Hijos de Zabulón por sus paren-telas: Sared, del cual la familia de los sareditas; Elón, del cual la familia de los eloni-tas; Jalel, del cual la familia de los jalelitas. Estas son las familias de Zabulón, de que se hallaron sesenta mil quinientos hombres. Hijos de José por sus parentelas: Manasés y Efraín. De Manasés nació Maquir, de quien es la familia de los maquiritas. Maquir engendró a Galaad, del cual la familia de los galaaditas. Los hijos de Galaad fueron Jecer, de quien es la familia de los jeceritas; y Helec, del cual la familia de los helecitas; y Asriel, del cual la familia de los asrielitas; y Sequem, del cual la familia de los sequemitas; y Semida, de quien la familia de los semidaítas; y Hefer, de quien la familia de los heferitas. Hefer fue padre de Salfaad, el cual no tuvo hijos, sino solamente hijas, cuyos nombres son estos: Maala, y Noa, y Hegla, y Melca, y Tersa. Estas son las familias de Manasés, que dieron el número de cincuenta y dos mil setecientos hombres. Los hijos de Efraín por sus parentelas fueron los siguientes: Sutala, del cual la familia de los sutalaítas; Bequer, del cual la familia de los bequeritas; Teen, del cual la familia de los teenitas. Hijo de Sutala fue Herán, del cual la familia de los heranitas. Estas son las familias de los hijos de Efraín; cuyo número subía a treinta y dos mil quinientos hombres. Y estos son los hijos de José por sus familias. Hijos de Benjamín por sus parentelas: Bela, del cual la familia de los belaítas; Asbel, del cual la familia de los asbelitas; Airam, del cual la familia de los airamitas; Sufam, del cual la familia de los sufamitas; Hufam, del cual la familia de los hufamitas. Hijos de Bela: Hered y Noeman. De Hered, la familia de los hereditas; de Noeman, la familia de los noemanitas. Estos son los hijos de Benjamín por sus familias cuyo número fue cuarenta y cinco mil seiscientos hombres. Hijos de Dan por sus parentelas: Suham, de quien es la familia de los suhamitas. Esta es la descendencia de Dan por sus familias. Todos fueron suhamitas, cuyo número resultó ser sesenta y cuatro mil cuatrocientos hombres. Hijos de Aser por sus parentelas: Jemna, del cual es la familia de los jemnaítas; Jesuí de quien la familia de los jesuitas; Brié, de quien la familia de los brieítas. Hijos de Brié: Heber, de quien la familia de los heberitas; y Melquiel, de quien la familia de los melquielitas. El nombre de la hija de Aser fue Sara. Estas son las familias de los hijos de Aser, y su número cincuenta y tres mil cuatrocientos hombres. Hijos de Neftalí por sus parentelas: Jesiel, del cual la familia de los jesielitas; Guni, del cual la familia de los gunitas; Jeser, del cual la familia de los jeseritas; Sellem, de quien la familia de los sellemitras. Estas son las parentelas de los hijos de Neftalí, por sus familias, cuyo número subía a cuarenta y cinco mil cuatrocientos hombres. Y esta es la suma de los hijos de Israel que fueron contados, seiscientos un mil setecientos treinta. Habló después el Señor a Moisés, diciendo: Entre éstos se repartirá la tierra para que la posean, a proporción de su número, y la distinción de sus nombres y familias. A los que son el mayor número darás mayor porción, y menor a los de menor número; a cada cual se le dará posesión según acaban ahora de ser contados. Pero de manera que la tierra se reparta por suerte entre las tribus y familias; y todo lo que tocare por suerte, será lo que pertenezca al mayor o menor número de hombres. He aquí también el número de los hijos de Leví por sus familias: Gersón, del cual la familia de los gersonitas; Caat, del cual la familia de los caatitas; Merari, del cual la familia de los meraritas. Las familias de Leví son las siguientes: La familia de Lobni, la familia de Hebroni o Hebrón, la familia de Moholi, la familia de Musi, la familia de Coré. Mas Caat engendró a Amram, el cual tuvo por mujer a Jocabed, hija o nieta de Leví, que le nació en Egipto. Jocabed tuvo de su marido Amram los dos hijos Aarón y Moisés, y María hermana de éstos. De Aarón nacieron Nadab y Abiú, y Eleazar e Itamar; de los cuales Nadab y Abiú fueron muertos por haber ofrecido incienso ante el Señor, con fuego extraño. Todos los que fueron contados de la familia de Leví se halló que eran veintitrés mil varones de un mes arriba; porque no fueron puestos en el censo de los hijos de Israel, ni se les dio posesión alguna como a los demás. Este es el número de los hijos de Israel que fueron alistados por Moisés y Eleazar, sumo sacerdote, en las llanuras de Moab a la orilla del Jordán, enfrente de Jericó ; entre los cuales no se halló ninguno de los que antes fueron contados por Moisés y Aarón en el desierto de Sinaí . Por cuanto el Señor tenía predicho que todos habrían de morir en el desierto. Y así es que ninguno de ellos quedó sino Caleb, hijo de Jefone, y Josué, hijo de Nun. En este tiempo acudieron las hijas de Salfaad, hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, que fue hijo de José; cuyos nombres son Maala, y Noa, y Hegla, y Melca, y Tersa; las cuales presentándose a Moisés, y al sumo sacerdote Eleazar, y a todos los caudillos del pueblo en la puerta del Tabernáculo de la alianza dijeron: Nuestro padre murió en el desierto; no tuvo parte en la rebelión suscitada contra el Señor por Coré, sino que vino a morir, como todos, por su pecado: mas no dejó hijos varones. ¿Por qué razón se ha de borrar de su familia el nombre suyo por no haber tenido un hijo? Dadnos a nosotros la herencia entre los parientes de nuestro padre. Y acudió Moisés a consultar sobre esto al Señor. El cual les respondió: La demanda de las hijas de Salfaad es justa: dales posesión entre los parientes de su padre, y sucédanle en la herencia. Y dirás a los hijos de Israel lo siguiente: Cuando un hombre muriere sin hijo, pasará la herencia a su hija. Si nos tuviese hija, tendrá por herederos a sus hermanos. Que si tampoco tuviere hermanos, daréis la herencia a los hermanos de su padre. Mas si ni aun tíos paternos tuviere, heredarán los deudos más cercanos; y quedará esto establecido por ley perpetua para los hijos de Israel, como el Señor lo tiene mandado a Moisés. Dijo también el Señor a Moisés: Sube a ese monte Abarim, y contempla desde allí la tierra que yo he de dar a los hijos de Israel, y después de haberla visto pasarás tú a reunirte con tu pueblo, del mismo modo que pasó tu hermano Aarón. Porque me ofendisteis ambos en el desierto de Tsin al tiempo de la contradicción del pueblo, y no quisisteis glorificarme delante de Israel, con motivo de las aguas: éstas son las aguas de la contradicción ocurrida en Cades del desierto de Tsin. Le respondió Moisés: Destine el Señor, Dios de los espíritus de todos los mortales, un varón que gobierne esta multitud; que pueda ir delante de ellos y guiarlos, y que los saque e introduzca: a fin de que el pueblo del Señor no quede como ovejas sin pastor. A esto le dijo el Señor: Toma a Josué, hijo de Nun, varón de espíritu, y pon tu mano sobre él, o imponle las manos. Y se presentará delante del sumo sacerdote Eleazar y de todo el pueblo, y le darás tus órdenes públicamente y una parte de tu autoridad, a fin de que le obedezca toda la congregación de los hijos de Israel. A petición suya consultará el sumo sacerdote Eleazar al Señor sobre los negocios que ocurrieren. Según lo que dijere Eleazar, así obrará Josué, como igualmente todos los hijos de Israel y la demás gente. Lo hizo Moisés como el Señor lo había mandado. Y tomando a Josué, le presentó al sumo sacerdote Eleazar y a todo el concurso del pueblo. Y puestas las manos sobre su cabeza, repitió todas las cosas que había mandado el Señor. Dijo también el Señor a Moisés: Da estos preceptos a los hijos de Israel, y les dirás: Cuidad de presentarme a sus tiempos mis oblaciones, y los panes, y todo lo que se quema delante de mí, cuyo olor me es muy agradable. Estos son los sacrificios que debéis ofrecer: Dos corderos primales sin mancilla todos los días en holocausto perpetuo; el uno le ofreceréis por la mañana y el otro por la tarde, con la décima parte de un efi de flor de harina amasada con la cuarta parte de un hin de aceite purísimo. Este es el holocausto perpetuo que ofrecisteis en el monte Sinaí de la víctima abrasada en olor suavísimo al Señor. Y por cada cordero ofreceréis la cuarta parte de un hin de vino, derramándolo en el santuario del Señor. De la misma manera ofreceréis a la tarde otro cordero con todas las ceremonias del sacrificio de la mañana y sus libaciones, en oblación de olor suavísimo al Señor. Mas el día de sábado ofreceréis otros dos corderos primales, sin mácula, y dos décimas de un efi de flor de harina amasada con aceite para el sacrificio, y también las libaciones, que según el rito se derraman cada sábado en holocausto perpetuo. Además de esto, en las calendas ofreceréis en holocausto al Señor dos becerros de la vacada, un carnero, siete corderos primales sin mácula, y tres décimas de flor de harina amasada con aceite en el sacrificio de cada becerro, y dos décimas de flor de harina amasada con aceite por cada carnero, y la décima parte de una décima de flor de harina amasada con aceite, en el sacrificio por cada cordero. Es éste un holocausto de suavísima fragancia y de ofrenda quemada en honor del Señor. Las libaciones u ofrendas de vino que se han de derramar por cada cordero. Tal será el holocausto de todos los meses que se suceden en el curso del año. Asimismo se ofrecerá al Señor por los pecados un macho cabrío con sus libaciones, además del holocausto. El día catorce del primer mes será la Pascua del Señor, y el quince fiesta solemne; por siete días comerán panes sin levadura. El primero de dichos días será particularmente venerable y santo; ninguna obra servil haréis en él. Y ofreceréis al Señor en sacrificio de holocausto dos becerros de la vacada, un carnero, siete corderos primales sin mácula; y en cada sacrificio la ofrenda de flor de harina amasada con aceite será de tres décimas por cada becerro, dos décimas por el carnero, y la décima de una décima por cada cordero, esto es, por cada uno de los siete. Además un macho cabrío por el pecado, para que os sirva de expiación por los pecados; sin contar el holocausto de la mañana, que siempre debéis ofrecer. Así lo haréis en cada uno de los siete días para mantener el fuego del altar, y en olor suavísimo al Señor, que se elevará del holocausto y de las libaciones que acompañarán a cada víctima. El día séptimo será también para vosotros solemnísimo y santo; ninguna obra servil haréis en él. Igualmente el día de los primeros frutos, cuando cumplidas siete semanas ofreceréis al Señor los nuevos frutos de la tierra, será venerable y santo; ninguna obra servil haréis en él. Y ofreceréis por holocausto en olor suavísimo al Señor dos becerros de la vacada, un carnero y siete corderos primales sin mácula; y en sus sacrificios tres décimaas de flor de harina amasada con aceite por cada ternero, dos por los carneros, y la décima parte de una décima por cada uno de los siete corderos. Asimismo el macho cabrío. que se degüella o inmola por la expiación del pecado, además del holocausto perpetuo y sus libaciones. Todas las víctimas que ofreceréis con sus libaciones serán sin defecto alguno. Asimismo el día primero del séptimo mes será para vosotros venerable y santo; ninguna obra servil haréis en él, porque es el día del retumbante sonido de las trompetas. Y ofreceréis en holocausto de olor suavísimo al Señor un becerro de la vacada, un carnero y siete corderos primales sin tacha. Y para oblación de estos sacrificios tres décimas de flor de harina amasada con aceite por cada becerro, dos décimas por el carnero, una décima por cada uno de los siete corderos, y el macho cabrío por el pecado que se ofrece por la expiación de los pecados del pueblo; además del holocausto del mes con sus oblaciones, y el holocausto perpetuo con las libaciones acostumbradas; lo que ofreceréis siempre con las mismas ceremonias, como un olor suavísimo quemado delante del Señor. El día décimo de este mes séptimo será también para vosotros santo y venerable, y mortificaréis vuestras almas con el ayuno y no haréis en él ninguna obra servil. Y ofreceréis al Señor en holocausto de olor suavísimo un becerro de la vacada, un carnero, siete corderos primales sin tacha; y al sacrificarlos, la oblación de tres décimas de flor de harina amasada con aceite por cada becerro, dos décimas por el carnero; una décima parte de décima por cada uno de los siete corderos, y un macho cabrío por el pecado, sin contar lo demás que suele ofrecerse por la expiación del delito, ni el holocausto perpetuo con sus ofrendas y libaciones. Asimismo el día quince del mes séptimo, que será para vosotros santo y venerable, no haréis en él ninguna obra servil, sino que celebraréis fiesta solemne al Señor continuada por siete días; y ofreceréis al Señor en holocausto de olor suavísimo trece becerros de la vacada, dos carneros, catorce corderos primales sin tacha; y en sus sacrificios la oblación acostumbrada de tres décimas de flor de harina amasada con aceite por cada uno de los trece becerros, dos décimas por cada uno de los dos carneros, y una décima de décima por cada uno de los catorce corderos, y un macho cabrío por el pecado, sin contar el holocausto perpetuo con su ofrenda y libación. El segundo día ofreceréis doce becerros de la vacada, dos carneros y catorce corderos primales sin tacha, y observaréis las mismas ceremonias en orden a las ofrendas y libaciones por cada uno de los becerros, carneros y corderos; ofreciendo también un macho cabrío por el pecado, además del holocausto perpetuo con su ofrenda de harina y libación. El día tercero ofreceréis once becerros, dos carneros, catorce corderos primales sin tacha, con las ofrendas de harina y libaciones correspondientes según el rito a cada becerro, carnero y cordero; y un macho cabrío por el pecado, además del holocausto perpetuo con ofrenda de harina y libación. El día cuarto ofreceréis diez becerros, dos carneros, catorce corderos primales sin defecto; haciendo según el rito prescrito las oblaciones de harina y libaciones en cada becerro, carnero y cordero; y ofreciendo un macho cabrío por el pecado, además del holocausto perpetuo diario con su ofrenda de harina y libación. El quinto día ofreceréis nueve becerros, dos carneros, catorce corderos primales sin tacha; observando el rito de las ofrendas de harina y libaciones en cada uno de los becerros, carneros y corderos; y añadiendo el macho cabrío por el pecado, además del holocausto perpetuo con su ofrenda de harina y libación. El sexto día ofreceréis ocho becerros, dos carneros y catorce corderos primales sin tacha, ofreciendo según rito las oblaciones de harina y libaciones respecto a cada uno de los becerros, carneros y corderos; y un macho cabrío por el pecado, además del holocausto perpetuo con su ofrenda de harina y libación. El día séptimo ofreceréis siete becerros, dos carneros y catorce corderos primales sin tacha, añadiendo según rito las oblaciones de harina y las libaciones por cada becerro, carnero y cordero; y un macho cabrío por el pecado, además del holocausto perpetuo con su ofrenda de harina y libación. El día octavo, el cual es solemnísimo, no haréis ninguna obra servil; y ofreceréis en holocausto de olor suavísimo al Señor un becerro, un carnero y siete corderos primales sin tacha; añadiendo, según está prescrito, las ofrendas de harina y libaciones por cada becerro, carnero y cordero; además un macho cabrío por el pecado, fuera del holocausto perpetuo con su ofrenda y libación. Esto es lo que habéis de ofrecer al Señor en vuestras solemnidades; además de los holocaustos, sacrificios, libaciones y víctimas pacíficas que ofreceréis a Dios para cumplir vuestros votos, o bien espontáneamente. Refirió, pues, Moisés a los hijos de Israel todo lo que el Señor le había mandado; y dijo además a los príncipes de las tribus de los hijos de Israel: Este es el mandamiento expreso del Señor: Si algún hombre hiciere voto al Señor, o se obligare con juramento, no quebrantará su palabra; sino que cumplirá todo lo prometido. Si una mujer que todavía está en casa de su padre, siendo de menor edad, hace algún voto y se obliga con juramento, si su padre sabe el voto que hizo y el juramento con que obligó su conciencia, y calla, queda obligada al voto; y cuanto prometió y juró, tanto pondrá por obra. Pero si el padre luego que le entendió, contradijo serán inválidos así los votos como los juramentos; y no quedará obligada a la promesa; porque se opuso su padre. Si teniendo ya marido, hace algún voto cuando está aún en la casa de sus padres, y saliendo una vez de su boca la palabra ligare su conciencia con juramento, en el día en que lo hubiere oído el marido sin contradecir, quedará obligada al voto y cumplirá todo lo prometido. Pero si luego que lo entendió se opuso, e invalidó las promesas y las palabras con que ligó ella su conciencia, el Señor se lo perdonará. La viuda y la repudiada cumplirán todos cuantos votos hicieren. La mujer casada que está en casa de su marido, y se obligare con voto y juramento, si el marido lo sabe, y calla y no se opone a la promesa, cumplirá todo aquello que ha prometido. Pero si desde luego se opone, no le obligará la promesa; porque el marido lo contradijo, y el Señor la dará por absuelta. Si hiciere voto y se obligare con juramento a mortificar su alma con el ayuno o con la abstinencia de otras cosas, quedará al arbitrio del marido el que lo haga o no lo haga. Mas si informado de ello el marido, callare y difiriere su dictamen para otro día, cumplirá la mujer todo lo que votó y prometió, ya que el marido así que lo supo, calló. Pero si se opone después de pasado el día de haberlo sabido, cargará con la culpa de ella. Estas son las leyes que dio Dios a Moisés para entre el marido y la mujer, y entre el padre y la hija que todavía es de menor edad, o que aún permanece en la casa paterna. Habló después el Señor a Moisés, diciendo: Toma primero venganza de lo que han hecho a los hijos de Israel los madianitas, y después de eso irás a juntarte con tu pueblo. Al punto Moisés: Armese, dijo, alguna gente de entre vosotros para salir a dar batalla, y ejecutar la venganza, que el Señor quiere tomar de los madianitas. Escójanse mil hombres de cada tribu de Israel para salir a campaña. Y fueron elegidos mil de cada tribu, esto es, doce mil prontos para combatir; los que envió Moisés con Finees, hijo del sacerdote Eleazar; entregándole al mismo tiempo los instrumentos sagrados y las trompetas para dar la señal de combate. Trabada la batalla contra los madianitas, como los hubiesen vencido, mataron a todos los varones. y a sus reyes Evi, y Recem, y Sur, y Hur y Rebe, cinco príncipes de la nación; pasando también a cuchillo a Balaam , hijo de Beor. Y se apoderaron de sus mujeres y niños, y de todos los ganados, y de todos los muebles; saquearon cuanto pudieron. Ciudades, aldeas y castillos, todo lo devoró el fuego. Y tomando los despojos y todas las cosas que pillaron, tanto de hombres como de bestias, lo condujeron a Moisés y al sumo sacerdote Eleazar y a toda la multitud de los hijos de Israel: llevando los demás utensilios al campamento en las llanuras de Moab, a la orilla del Jordán, enfrente de Jericó . A la vuelta, Moisés y Eleazar, sumo sacerdote, y todos los príncipes de la comunidad salieron a recibirlos fuera del campamento. Y enojado Moisés contra los jefes del ejército y los tribunos y centuriones que venían de la guerra, dijo: ¿Cómo es que habéis dejado con vida a las mujeres? ¿No son ésas las mismas que por sugestión de Balaam sedujeron a los hijos de Israel, y os hicieron prevaricar contra el Señor con el pecaminoso culto de Fogor, por cuya causa fue también castigado el pueblo? Matad, pues, a todos cuantos varones hubiere, aun a los niños, y degollad a las mujeres que han conocido varón; reservaos solamente a las niñas y a todas las doncellas; y permaneced por siete días fuera del campamento. Quien hubiere muerto a hombre, o tocado cadáver, se purificará el día tercero y el séptimo. Y así se purificará todo el botín, ropas, vasos y cualquier utensilio hecho de pieles, o de pelos de cabra, o de madera. El sumo sacerdote Eleazar habló también así a los guerreros del ejército que habían combatido: Esta es la orden que ha dado el Señor a Moisés: El oro, y la plata, y el cobre, y el hierro, y el plomo, y el estaño, y todo lo que puede pasar por el fuego, con fuego será purificado; mas lo que no puede aguantar el fuego, se santificará con el agua de expiación. Lavaréis vuestros vestidos el día séptimo, y después de purificados entraréis en el campamento. Dijo también el Señor a Moisés: Haced el inventario de lo que se ha apresado, desde el hombre hasta la bestia, tú y Eleazar, sumo sacerdote, y los príncipes del pueblo; y dividirás por partes iguales el botín entre los que pelaron y fueron a la guerra, y entre toda la otra gente. Y de la parte de los que combatieron, y se hallaron en la guerra, separarás para el Señor de cada quinientas cabezas una, tanto de las personas como de bueyes, asnos y ovejas; y las darás a Eleazar, sumo sacerdote, porque son las primicias del Señor. De la otra mitad perteneciente a los hijos de Israel, de cada cincuenta personas, o bueyes, o asnos, u ovejas, o de cualquier especie de animales, tomarás una cabeza, la cual darás a los levitas que están encargados de la guardia de servicio del Tabernáculo del Señor. Lo hicieron, pues, Moisés y Eleazar, como el Señor lo había mandado. Y se halló que el botín cogido por el ejército era de seiscientas setenta y cinco mil ovejas; setenta y dos mil bueyes; asnos setenta y un mil; y de treinta y dos mil personas vírgenes del sexo femenino. De todo lo cual fue dada la mitad a los que se hallaron en el combate, es a saber, trescientas treinta y siete mil quinientas ovejas; de las que se sacaron para el Señor seiscientas setenta y cinco. De los treinta y seis mil bueyes, setenta y dos. De los treinta mil quinientos asnos, sesenta y uno. De las dieciséis mil personas, tocaron al Señor treinta y dos almas. Este número de primicias del Señor entregó Moisés al sumo sacerdote Eleazar, como se le había mandado, sacándole de la mitad separada para los hijos de Israel que se hallaron en la batalla. Y de la otra mitad que había tocado a los restantes del pueblo, es decir, de las trescientas treinta y siete mil quinientas ovejas, y de los treinta y seis mil bueyes, y de los treinta mil quinientos asnos, y de las dieciséis mil personas, tomó Moisés una cabeza por cada cincuenta, y se las dio por orden del Señor a los levitas que hacían la guardia en el Tabernáculo. Entonces llegándose a Moisés los jefes del ejército y los tribunos y centuriones, dijeron: Nosotros tus servidores, hemos revistado el número de combatientes que hemos tenido bajo nuestro mando, y no ha faltado ni siquiera uno. Por esta causa ofrecemos cada cual en donativo al Señor, todo el oro que hemos podido encontrar en el botín, cadenas y manillas, anillos y brazaletes, y collares, para que ruegues por nosotros al Señor. Recibieron, pues, Moisés y Eleazar, sumo sacerdote, todo el oro en diversas joyas, que ofrecieron los tribunos y centuriones, el cual pesó dieciséis mil setecientos cincuenta siclos. (Porque aquello que cada cual había cogido en el botín, era suyo propio). Recibido el donativo, lo metieron dentro del Tabernáculo del Testimonio, para monumento de los hijos de Israel en la presencia del Señor. Tenían los hijos de Rubén y de Gad muchos ganados y un inmenso caudal en bestias. Y habiendo visto que las tierras de Jazer y de Galaad eran propias para apacentar ganados, vinieron a Moisés, y al sumo sacerdote Eleazar, y a los príncipes del pueblo, y dijeron: Atarot, y Dibón, y Jazer, y Nemra, Hesebón y Eleale, y Sabán, y Nebo, y Beón, tierras que el Señor ha sujetado a la dominación de los hijos de Israel, son un país feracísimo para pasto de ganados; y nosotros tus siervos los tenemos en muchísimo número. Por tanto te suplicamos que, si hemos hallado gracia en tus ojos, nos le des a nosotros tus siervos en posesión, y no nos hagas pasar el Jordán. Les respondió Moisés: Pues que, ¿han de ir vuestros hermanos a la guerra, y vosotros habéis de quedaron aquí sentados? ¿Cómo es que desalentáis a los hijos de Israel, para que no osen pasar a la tierra que les ha de dar el Señor? ¿No es esto mismo lo que hicieron vuestros padres cuando los envié desde Cadesbarne a reconocer la tierra? Después de haber llegado hasta el valle del racimo y recorrido todo el país, introdujeron el terror en el corazón de los hijos de Israel, para que no entraran en la tierra que les había señalado el Señor; el cual irritado, juró diciendo: No verán estos hombres, que salieron de Egipto de edad de veinte años arriba, la tierra que tengo prometida con juramento a Abrahán, a Isaac y a Jacob ; ya que no han querido seguirme, si no es Caleb, hijo de Jefone el cenezeo, y Josué, hijo de Nun: los cuales han cumplido mi voluntad. Y así es, que enojado el Señor contra Israel, lo ha traído girando por el desierto cuarenta años, hasta que se acabase toda aquella generación que pecó en la presencia del Señor. Y de aquí, añadió Moisés, que habéis sucedido vosotros a vuestros padres, como hijos y retoños de hombres pecadores, a fin de atizar aún el furor del Señor contra Israel. Pues si no queréis seguirle abandonará al pueblo en el desierto, y vosotros vendréis a ser la causa del exterminio de todos. A esto acercándose ellos más a Moisés le dijeron: Fabricaremos apriscos para las ovejas, y establos para los animales, y ciudades fuertes para guardar nuestros niños: y después, nosotros mismos, armados y prontos a combatir, marcharemos a la guerra al frente de los hijos de Israel hasta introducirlos en sus destinos. Entretanto quedarán nuestros niños y todas nuestras haciendas en ciudades muradas por temor de las acechanzas de las gentes del país. No volveremos a nuestras casas hasta que los hijos de Israel posean su herencia. No pretenderemos cosa alguna de allende del Jordán, pues tenemos ya nuestra posesión en su ribera oriental. Les respondió Moisés: Si estáis en hacer lo que prometéis, estad dispuestos para ir a la guerra delante del arca del Señor; y todo varón de armas tomar, pase armado el Jordán, hasta que el Señor destruya a sus enemigos, y se le sujete todo el país: entonces seréis inculpables para con el Señor y delante de Israel; y obtendréis las regiones que deseáis con el beneplácito del Señor. Si no hacéis lo que decís, es indudable que pecaréis contra Dios; y tened entendido, que vuestro pecado recaerá sobre vosotros. Edificad, pues, fortalezas para vuestros niños, y apriscos, y majadas para las ovejas y bestias, y cumplid lo prometido. Y dijeron los hijos de Gad y Rubén a Moisés: Siervos tuyos somos, haremos lo que el Señor nuestro nos manda. Dejaremos en las ciudades de Galaad nuestros niños y mujeres, y los ganados mayores y menores, mientras nosotros tus siervos iremos todos bien dispuestos a la guerra, como tú, Señor, lo ordenas. En su consecuencia Moisés dio sus órdenes al sumo sacerdote Eleazar, y a Josué, hijo de Nun, y a las cabezas de las familias en cada tribu de Israel, y les dijo: Si los hijos de Gad y los de Rubén pasaren todos el Jordán, y armados fueren con vosotros a combatir delante del Señor, dadles, después de conquistado el país, la tierra de Galaad en posesión. Mas si no quisieran pasar armados con vosotros a la tierra de Canaán, oblígueseles a que fijen su habitación entre vosotros. Y respondieron los hijos de Gad y de Rubén: Como ha ordenado el Señor a sus siervos, así lo haremos. Guiados por el Señor, pasaremos armados a la tierra de Canaán, y confesamos públicamente haber ya recibido nuestra posesión en este lado del Jordán. Con esto Moisés dio a los hijos de Gad, y a los de Rubén, y a la media tribu de Manasés, hijo de José, el reino de Sehón, rey amorreo, y el reino de Og, rey de Basán, y el territorio de ellos con sus ciudades al contorno. Por tanto, los hijos de Gad reedificaron a Dibón, y Atarot, y Aroer, y a Etrot, y Sofán, y Jazer, y Jegbaa, y Betnemra, y Betarán, haciendo de ellas ciudades fuertes y apriscos para sus ganados. Y los hijos de Rubén reedificaron a Hesebón, a Eleale y Cariataim, y a Nabo, y Baalmeón, y Sabama, mudándoles los nombres y poniéndoselos nuevos a las ciudades que habían reedificado. Los hijos de Maquir, hijo de Manasés, marcharon contra el país de Galaad, y lo asolaron matando a los amorreos sus habitantes. Así Moisés dio una parte de la tierra de Galaad al linaje de Maquir, hijo de Manasés, el cual habitó en ella. Y Jair, otro hijo o descendiente de Manasés, fue y ocupó muchas aldeas que llamó Havot-Jair, esto es, Villas de Jair. Del mismo modo Nobe pasó también, y ocupó a Canat con sus aldehuelas, y de su nombhre la llamó Nobe. Estas son las mansiones de los hijos de Israel después que salieron de Egipto divididos por escuadrones, bajo la conducta de Moisés y Aarón; las que describió Moisés, según los lugares de los campamentos que iban mudando por orden del Señor. Partidos, pues, de Ramesés los hijos de Israel el mes primero a quince del mismo, al otro día de la Pascua , por un efecto de la mano poderosa del Señor, viéndolo todos los egipcios, y mientras que sepultaban a todos los primogénitos, muertos por el Señor, el cual ejerció también la venganza en sus dioses, fueron a acampar a Socot. Y de Socot vinieron a Etam, que está en los últimos términos del desierto. Saliendo de aquí vinieron frente a Fi-hahirot que mira a Beelsefón, y acamparon delante de Mágdalo. Marchando de Fihahirot pasaron por medio del mar al desierto, y andando tres días por el desierto de Etam, acamparon en Mara. Partiendo después de Mara, llegaron a Elim, donde había doce fuentes de agua y setenta palmeras, y sentaron allí sus campamentos. De aquí, levantando el campo fijaron sus tiendas en la playa del mar Rojo, y marchando del mar Rojo, acamparon en el desierto de Tsin; de donde partiendo, vinieron a Dafca. Y alzando el campo de Dafca, le pusieron en Alús. Saliendo de Alús, fijaron los pabellones en Rafidim, donde faltó al pueblo agua para beber. Dejando a Rafidim, acamparon en el desierto de Sinaí . Al cabo salidos del desierto de Sinaí , vinieron a hacer alto en los Sepulcros del antojo o concupiscencia. Y de los sepulcros de la concupiscencia, fueron a Haserot. De Haserot pasaron a Retma. Y marchando de Retma, sentaron los campamentos en Remmomfares. Desde donde pasaron a Lebna. De Lebna acamparon en Resa. Marchando de Resa, vinieron a Celata. De allí trasladaron los campamentos al monte Sefer. Del monte Sefer vinieron a parar en Arada. Moviendo de aquí pararon en Macelot. Partidos de Macelot, acamparon en Taat. De Taat mudaron el campo a Tare, De donde fueron a parar a Metca. De Metca pasaron a Hesmona. Partidos de Hesmona, se acamparon en Moserot. De Moserot trasladaron los campamentos a Benejaacán. De Benejaacán marcharon al monte de Gadgad, de donde partiendo fueron a Jetebata. De Jetebata pasaron a Hebrona. Dejada Hebrona, se acamparon en Asiongaber. Marchando de aquí, fueron a parar en el desierto de Tsin, donde está Cades. Y habiendo salido de Cades, acamparon en la falda del monte Hor, en los últimos confines del país de Edom. Allí subió el sumo sacerdote Aarón al monte Hor por mandato del Señor; y allí murió a los cuarenta años de la salida de los hijos de Israel de Egipto, el mes quinto, el primer día del mes, siendo de edad de ciento veintitrés años. Aquí fue cuando Arad, rey de los cananeos, que habitaba hacia el mediodía, supo que venían los hijos de Israel para entrar en la tierra de Canaán. Yéndose éstos del monte Hor, fijaron su campamento en Salmona. Salidos de aquí, vinieron a Funón. Partiendo de Funón, acamparon en Obot. De Obot pasaron a Ijeabarim, que está en los confines de los moabitas. Moviendo el campo de Ijeabarim, lo asentaron en Dibongad. De donde le trasladaron a Helmondeblataín. Y habiendo salido de Helmondeblataín, vinieron a los montes de Abarim, enfrente de Nabo. Dejando los montes de Abarim, pasaron a las campiñas de Moab, a orilla del Jordán, enfrente de Jericó . Y allí fijaron sus tiendas desde Betsimot hasta Abelsatam, en los campos más llanos de los moabitas. Aquí fue donde el Señor dijo a Moisés: Habla a los hijos de Israel, y diles: Pasado que hubiereis el Jordán, y entrados en la tierra de Canaán, exterminad a todos los moradores de ella, quebrad las aras, desmenuzad las estatuas, y asolad todos los adoratorios de las alturas, purificando así la tierra para habitar en ella; pues yo os la he dado en posesión; y os la repartiréis por suerte, dando al mayor número mayor parte de ella, y menor a los que sean en número más pequeño. A cada cual se dará la heredad en el sitio que le cayere por suerte. La partición se hará por tribus y por familias. Que si no quisiereis matar a los moradores del país, los que quedaren serán para vosotros como punzones en los ojos y rejones en los costados, y combatirán contra vosotros en la tierra de vuestra morada; y yo haré contra vosotros todo lo que tenía resuelto hacer contra ellos. Habló aún el Señor a Moisés, diciendo: Prevén a los hijos de Israel y dales esta orden: Cuando hubierais entrado en la tierra de Canaán y poseyereis en ella lo que la suerte os habrá señalado, serán sus términos los siguientes: La parte meridional comenzará desde el desierto de Tsin confinante con Idumea, y tendrá por término al oriente el mar Salado, y al mediodía serán sus límites lo largo del circuito que hace la cuesta del Escorpión, y pasarán por Senna y llegarán por esta misma parte del mediodía hasta Cadesbarne, de allí a la aldea llamada Adar, extendiéndose hasta Asemona; y desde Asemona irán dando vuelta hasta el torrente de Egipto, y terminarán en la ribera del mar grande o Mediterráneo. La parte occidental empezará desde el mar grande y acabará en él. Por el norte, los confines empezarán de dicho mar tirando hasta el monte altísimo, desde donde irán a Emat hasta tocar los términos de Sedada. prosiguiendo hasta Zeprona y la aldea de Enán. Estos serán los límites por la parte del norte. Los confines de la parte de oriente comenzarán desde la aldea de Enán hasta Sefama, y desde Sefama bajarán a Rebla, enfrente de la fuente de Dafnim; de donde siguiendo hacia el oriente, llegarán hasta el mar de Ceneret o Genezaret; y extendiéndose hasta el Jordán, tendrán por último límite el mar Salado. He aquí los límites y extensión de la tierra que poseeréis. Y dio Moisés esta orden a los hijos de Israel, diciéndoles: Esta será la tierra que se os distribuirá por suerte, y la que ha mandado el Señor a las nueve tribus y media. Puesto que la tribu de los hijos de Rubén con sus familias, y la tribu de los hijos de Gad según el número de las suyas, y la media tribu de Manasés, esto es, dos tribus y media, han recibido su parte del Jordán acá, enfrente de Jericó hacia el oriente. Y dijo el Señor a Moisés: Estos son los nombres de los varones que os repartirán la tierra: el sumo sacerdote Eleazar; y Josué, hijo de Nun; y un príncipe de cada tribu, cuyos nombres son estos: de la tribu de Judá, Caleb, hijo de Jefone; de la tribu de Simeón, Samuel, hijo de Ammiud; de la tribu de Benjamínb, Elidad, hijo de Caselón; de la tribu de los hijos de Dan, Bocci, hijo de Jogli; por los hijos de José de la tribu de Manasés, Hanniel, hijo de Efod; de la tribu de Efraín, Camuel, hijo de Seftán; de la tribu de Zabulón, Elisafán, hijo de Farnac; de la tribu de Isacar, el príncipe Faltiel, hijo de Ozán; de la tribu de Aser, Ahiud, hijo de Salomi; de la tribu de Neftalí, Fadael, hijo de Ammiud. Estos son los que mandó el Señor que repartieran a los hijos de Israel la tierra de Canaán. Dijo todavía el Señor a Moisés en los campos de Moab a orilla del Jordán, enfrente de Jericó : Manda a los hijos de Israel que de sus posesiones den a los levitas, ciudades en que habitar, y sus campos inmediatos en la circunferencia, para que moren ellos en las poblaciones, y los campos extramuros sirvan para los ganados y bestias. Estos campos extramuros de las ciudades cogerán a la redonda el espacio de mil pasos; al oriente dos mil codos y al mediodía igualmente otros dos mil; la misma medida tendrán hacia el mar, que mira al occidente, y la parte septentrional terminará en igual espacio; de suerte que las ciudades estén en medio ylos campos o ejidos por fuera, alrededor. De estas mismas ciudades que daréis a los levitas, seis serán destinadas para el asilo de los fugitivos, a fin de que se refugie en ellas quien derramare sangre humana; y sin contar éstas, habrá otras cuarenta y dos ciudades, siendo en todas cuarenta y ocho con sus contornos. Ahora, de estas ciudades que de las posesiones de los hijos de Israel se han de dar a los levitas, se tomarán más de los que más tienen, y menos a los que menos. Cada cual de las tribus, a proporción de su herencia, dará ciudades a los levitas. Dijo aún el Señor a Moisés: Habla con los hijos de Israel, y diles: Cuando hubiereis pasado el Jordán y estuviereis en la tierra de Canaán, señalad las ciudades que deben ser asilo de los fugitivos que involuntariamente hayan derramado sangre humana; en las que estando el refugiado, no podrá el pariente del muerto matarle, hasta que se presente delante del pueblo, y sea juzgada su causa. De estas ciudades destinadas para asilos de los fugitivos, habrá tres del Jordán acá y tres en la tierra de Canaán, tanto para los hijos de Israel como para los advenedizos y peregrinos, a fin de que se acoja a ellas el que involuntariamente derramare sangre humana. Si alguno hiriere con hierro, y muriere el herido, será reo de homicidio, y por tanto será muerto. Si tirare una piedra, y el herido muere del golpe, incurrirá en la misma pena. Si uno es herido con palo y muere, será vengada su muerte con la sangre del matador. El pariente del muerto matará al homicida; luego que le encuentre le quitará la vida. Si alguno por odio da empellones a otro, o le arrojara encima alguna cosa con mala intención; o si siendo enemigo le hiere a puñadas, y este otro viene a morir, el matador será reo de homicidio. El pariente del muerto, luego que le hallare, podrá matarle. Mas si por accidente y no por rencor, ni anteriores enemistades, cometiere algo de lo dicho, y fuere probado esto en presencia del pueblo, ventilada la causa del homicidio entre el matador y el pariente del difunto, el inocente será libertado de la mano del vengador, y por sentencia se le volverá a la ciudad en que se refugió, y allí morará hasta la muerte del sumo sacerdote, que fue ungido con el óleo santo. Si el matador, estando fuera de los límites de las ciudades destinadas para los desterrados, fuere hallado y muerto por el que debe vengar la sangre del difunto, éste que le matare, no quedará responsable; por cuanto debía el refugiado residir en la ciudad hasta la muerte del sumo sacerdote; bien que, después de muerto éste, pueda el homicida retornar a su patria. Estas leyes serán perpetuamente observadas en todas vuestras poblaciones. El homicida será sentenciado por dicho de testigos: nadie será condenado por el testimonio de uno solo. No recibiréis dinero como en rescate del que ha derramado sangre; sino que el matador morirá luego. Los desterrados y retraídos por ningún motivo podrán volver a sus ciudades, antes de la muerte del sumo sacerdote; no sea que profanéis la tierra de vuestra morada, la cual con la sangre de los inocentes se amancilla, ni puede purificarse sino por la sangre de aquel que derramó la de otro. Y de esta manera será purificada vuestra tierra, en la cual tengo yo mi morada; pues yo soy el Señor que habito entre los hijos de Israel. Y llegáronse los príncipes o cabezas de las familias de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, de la estirpe de los hijos de José, y representaron a Moisés ante los príncipes de Israel, y dijeron: El Señor Dios te tiene mandado a ti, que eres señor nuestro, repartir la tierra de Canaán por suerte a los hijos de Israel, y dar a las hijas de Salfaad, hermano nuestro, la posesión debida a su padre; las cuales, si casaren con hombres de otra tribu, llevarán consigo su herencia, que traspasada así a otra tribu, se disminuirá nuestra posesión. Y así sucederá que venido el año del jubileo, esto es, el año quincuagésimo de remisión, venga a confundirse la distribución de las suertes, y la posesión de los unos pase a los otros. Respondió Moisés a los hijos de Israel, y por mandato del Señor les dijo: Ha dicho bien la tribu de los hijos de José. Y así esta es la ley promulgada por el Señor sobre las hijas de Salfaad: Cásense con quien quisieren, con tal que sea con hombres de su tribu, a fin de que no vengan a confundirse las posesiones de los hijos de Israel, pasando de tribu en tribu. Así que todos los hombres en este caso tomarán mujeres de su tribu y linaje, y todas las mujeres herederas tomarán maridos de su misma tribu; para que la herencia se mantenga en las familias, y no se mezclen entre sí las tribus, sino que queden, ni más ni menos, como fueron separadas por el Señor. Lo hicieron, pues, las hijas de Salfaad como se había ordenado; y casaron Maala, y Tersa, y Hegla, y Melca, y Noa con los hijos de su tío paterno, de la familia de Manasés, hijo de José; y la posesión que se les había adjudicado, se conservó en la tribu y familia de su padre. Tales son las leyes y las ordenanzas que dio el Señor por medio de Moisés a los hijos de Israel en las campiñas de Moab, en la orilla del Jordán, enfrente de Jericó . Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel antes de pasar el Jordán, en la campiña desierta, frente al mar Rojo entre Farán y Tofel y Labán y Haserot, donde hay minas de oro en abundancia, a once jornadas de Horeb, por el camino del monte Seir hasta Cadesbarne. En el año cuadragésimo de la salida de Egipto, en el mes undécimo, el primer día del mes, anunció Moisés a los hijos de Israel todo lo que le mandó el Señor que les dijera. Después que derrotó a Sehón, rey de los amorreos, que tenía su corte en Hesebón, y a Og, rey de Basán, que moró en Astarot y en Edrai, a la otra parte del Jordán, en el país de Moab, Moisés comenzó a explicarles la ley del Señor, y a decirles: Dios nuestro Señor nos habló en Horeb, diciendo: Bastante tiempo habéis permanecido junto a este monte; dad la vuelta y marchad a las montañas de los amorreos y demás lugares vecinos, extendiéndoos por los llanos, y por los montes y valles que yacen al mediodía, y a la costa del mar Mediterráneo , por la tierra más septentrional de los cananeos y del Líbano, hasta el gran río Eufrates. Mirad, dijo, que os la tengo dada: entrad y tomad posesión de la tierra, acerca de la cual juró el Señor a vuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob , que se le daría a ellos, y después de ellos a su descendencia. En aquel mismo tiempo os dije: No puedo yo solo gobernaros: porque el Señor Dios vuestro os ha multiplicado, y en el día de hoy sois en grandísimo número como las estrellas del cielo. (El Señor, Dios de vuestros padres, añada aún a este número muchos millares, y os llene de bendiciones como lo tiene dicho). Yo no puedo solo llevar el peso de vuestros negocios y pleitos. Escoged de entre vosotros varones y sabios experimentados, de una conducta bien acreditada en vuestras tribus, para que os los ponga por caudillos y jueces. Entonces me respondisteis: Acertada cosa es la que quieres hacer. Y así tomé de vuestras tribus varones inteligentes y esclarecidos, y los constituí por príncipes vuestros, por tribunos y centuriones, y cabos de cincuenta y de diez hombres, que os instruyesen en cada cosa. Y les mandé diciendo: Oídlos y haced justicia: ora sean ciudadanos, ora extranjeros. Ninguna distinción haréis de personas: del mismo modo oiréis al pequeño que al grande: ni guardaréis miramiento a nadie, pues que vosotros sois jueces en lugar de Dios. Mas si alguna cosa difícil os ocurriere, dadme parte a mí, y yo determinaré. En suma os ordené todo cuanto debíais hacer. Al fin, habiendo partido de Horeb, pasamos por aquel grande y espantoso desierto que visteis camino de la montaña del amorreo, como Dios nuestro Señor nos había mandado; y estando ya en Cadesbarne, os dije: Habéis llegado a la montaña del amorreo, de la cual nos ha de dar nuestro Señor la posesión. Mira, ¡oh Israel! la tierra que te da tu Señor Dios: sube y ocúpala como Dios nuestro Señor lo prometió a tus padres; no tienes que temer ni alarmarte por nada. Y acudisteis a mí todos, y dijisteis: Enviemos personas que reconozcan la tierra, y nos informen por qué camino debemos subir, y a cuáles ciudades encaminarnos. Habiéndome parecido bien el pensamiento, despaché doce hombres de entre vosotros, uno de cada tribu. Los cuales puestos en camino, habiendo atravesado las montañas llegaron hasta el valle del Racimo; y reconocida la tierra, cogiendo de sus frutos para muestra de fertilidad, nos los trajeron y dijeron: Buena es la tierra que el Señor Dios nuestro nos ha de dar. Mas vosotros no quisisteis subir; antes bien, incrédulos a la palabra de Dios nuestro Señor, murmurasteis en vuestras tiendas y dijisteis: El Señor nos aborrece, y por eso nos sacó de la tierra de Egipto, para entregarnos en manos del amorreo y acabar con nosotros. ¿A dónde iremos? Los mensajeros nos han aterrado, diciendo: Es mucho el gentío que hay en el país y de más alta estatura que nosotros, las ciudades son grandes, y fortificadas con muros que llegan hasta el cielo, y allí hemos visto a los hijos de los enaceos o gigantes. Entonces os dije yo: No temáis, ni tengáis miedo de ellos. El Señor Dios, el cual es vuestro conductor, él mismo peleará por vosotros, como lo hizo en Egipto a vista de todos. Y en el desierto (tú mismo, ¡oh Israel! lo has visto), el Señor tu Dios te ha traído en brazos por todo el camino que habéis andado hasta llegar a este lugar, a la manera que suele un hombre traer a su hijo chiquito. Pero ni aún así creísteis al Señor vuestro Dios, el cual ha ido él mismo delante de vosotros todo el viaje, y ha demarcado los sitios en que debíais plantar las tiendas, enseñándoos el camino de noche con la columna de fuego, y de día con la de nube. Y cuando el Señor oyó el rumor de vuestras quejas, indignado, juró y dijo: Ninguno de los hombres de esta pésima generación verá la excelente tierra que tengo prometida con juramento a sus padres; Excepto Caleb, hijo de Jefone; ése la verá; y a ése le daré la tierra que pisó, y a sus hijos; porque ha seguido al Señor. Ni es de maravillar ésta su indignación contra el pueblo; visto que aun contra mí, enojado el Señor por causa vuestra, dijo: Ni tampoco tú entrarás en esa tierra. Mas Josué, hijo de Nun, ministro tuyo, ése entrará por ti: y así exhórtale y aliéntale, pues él es el que ha de repartir por suertes la tierra de Israel. Vuestros pequeñuelos, de quienes dijisteis que serían llevados cautivos, vuestros niños que hoy no saben discernir el bien del mal, esos son los que entrarán; y a ellos daré yo la tierra, y la poseerán. Mas vosotros volveos atrás, y marchad al desierto por el camino que va al mar Rojo. Entonces me respondisteis: Hemos pecado contra el Señor; subiremos a esa tierra, y pelearemos conforme ha ordenado el Señor Dios nuestro. Y como armados os encaminaseis hacia el monte, me dijo el Señor: Adviérteles que no vayan, ni peleen; porque yo no estoy con ellos: no sea que queden postrados a los pies de sus enemigos. Os lo dije, y no hicisteis caso; sino que oponiéndoos al mandamiento del Señor, e hinchados de soberbia subisteis al monte. Entonces habiendo salido a vuestro encuentro el amorreo, que habitaba en las montañas, os persiguió, como suelen perseguir las abejas al que las inquieta; y os fue acuchillando desde Seir hasta Horma. Y por más que llorasteis a la vuelta en presencia del Señor, no quiso escucharos ni condescender con vuestros ruegos. Por eso estuvisteis de asiento por mucho tiempo en Cadesbarne. Partidos de aquí, fuimos al desierto que guía al mar Rojo, como el Señor me había dicho; y anduvimos largo tiempo rodeando las montañas de Seir. Y me dijo el Señor: Bastante habéis ido rodeando por estos montes: id ahora hacia el Septentrión: Y tú da esta orden al pueblo, diciéndole: Vosotros pasaréis por los confines de vuestros hermanos, los hijos de Esaú, que habitan en Seir, y os temerán. Mas guardaos bien de moverles guerra, porque no os daré de su tierra ni siquiera la huella de un pie, por cuanto di a Esaú en posesión las montañas de Seir. Compraréis de ellos a dinero contante las vituallas que hubiereis de comer; y también el agua que sacareis de sus pozos para beber. El Señor Dios tuyo ha echado su bendición en todo cuanto has puesto tus manos: ha dirigido tu viaje de manera que has andado cuarenta años por este vasto desierto, acompañándote el Señor Dios tuyo, y nada te ha faltado. Pasado que hubimos los confines de nuestros hermanos, los hijos de Esaú, que habitaban en Seir, por el camino llano desde Elat, y desde Asiongaber, llegamos al camino que conduce al desierto de Moab. Aquí me dijo el Señor: No obres hostilmente contra los moabitas, ni trabes batalla con ellos: que no te daré ni un palmo de su tierra, puesto que la posesión de Ar se la he dado a los hijos de Lot. Los emimeos o terribles fueron sus primeros pobladores, pueblo numeroso y valiente, y de talla tan alta, que eran tenidos como gigantes de la raza de Enacim; y en realidad eran semejantes a los enaceos. Finalmente los moabitas los llaman emineos. En Seir asimismo habitaron antes los horreos; y arrojados éstos y destruidos, entraron en su lugar los hijos de Esaú, como lo hizo Israel en la tierra cuya posesión le dio el Señor. Poniéndonos, pues, en camino para pasar el torrente Zareb, arribamos a él. El tiempo que gastamos desde Cadesbarne hasta el paso del torrente Zareb, fue de treinta y ocho años; a fin de que toda aquella generación de hombres aptos para la guerra, alistados al salir de Egipto, feneciese en los campamentos como lo tenía jurado el Señor; cuya mano descargó contra ellos, haciendo que muriesen en los campamentos. Muertos finalmente todos aquellos guerreros, me habló el Señor diciendo: Tú vas a pasar hoy por las fronteras de Moab, y de una ciudad que tiene por nombre Ar; mas en llegando a las cercanías de los hijos de Amón, guárdate de moverles guerra, ni pelear contra ellos: que nada te daré de la tierra de los hijos de Amón, por cuanto la di en posesión a los hijos de Lot. Tierra que fue considerada como país de gigantes; pues en ella moraron antiguamente unos gigantes que los amonitas llaman zomzommim, pueblo grande y numeroso y de altura descomunal, a semejanza de los enaceos. El Señor los exterminó por mano de los amonitas, e hizo que éstos poblasen la tierra en su lugar; como lo había hecho con los hijos de Esaú que habitan en Seir, destruyendo a los horreos y entregándoles su tierra, la cual poseen hasta el día de hoy. Del mismo modo a los heveos, que habitaban en Haserim hasta Gaza, los destruyeron los capadocios, que salidos de Capadocia acabaron con ellos, y habitaron en su lugar. Ea, pues, preveníos, os dijo entonces el Señor, y pasad el torrente de Arnón: Sábete, ¡oh Israel!, que yo he puesto en tu mano a Sehón, rey de Hesebón, el amorreo; empieza desde luego a ocupar su tierra y hacerle la guerra. Hoy comenzaré yo a infundir tu terror y espanto sobre los pueblos que habitan debajo de cualquier parte del cielo: de suerte que al oír tu nombre tiemblen, y como las mujeres que están de parto, se estremezcan, y queden penetrados de dolor. Envié, pues, mensajeros desde el desierto de Cademot a Sehón, rey de Hesebón, con proposiciones pacíficas, diciendo; Pasaremos por tu tierra yendo por el camino real, sin torcer ni a la derecha ni a la izquierda. Véndenos por su valor los víveres para nuestro sustento, y danos por nuestro dinero el agua que bebamos. Permítenos solamente el paso, como lo hicieron los hijos de Esaú que habitan en Seir, y los moabitas que moran en Ar; hasta que arribemos al Jordán, y entremos en la tierra que nos ha de dar el Señor, Dios nuestro. Mas no quiso Sehón, rey de Hesebón, concedernos el paso, por haber el Señor tu Dios permitido que tuviese endurecido su ánimo y obstinado su corazón, a fin de entregarle en tus manos, como ahora ves. Entonces me dijo el Señor: He aquí que he comenzado a entregarte a Sehón y su tierra: empieza tú a poseerla. Salió, pues, Sehón con toda su gente, a presentarnos batalla en Jasa. Y el Señor Dios nuestro nos lo entregó; y lo matamos a él, a sus hijos y toda su gente. Al mismo tiempo tomamos todas las ciudades, quitando la vida a sus habitantes, hombres, mujeres y niños, sin perdonar cosa alguna, salvo las bestias, que fueron parte del botín, como los despojos de las ciudades que ocupamos, desde Aroer, ciudad situada en un valle sobre la ribera del torrente Arnón, hasta Galaad. No hubo aldea ni ciudad que escapara de ser presa nuestra: todas nos las entregó el Señor Dios nuestro, menos la tierra de los hijos de Amón, a que no tocamos, y todo el país de la orilla del torrente Jeboc, y las ciudades de las montañas, y todos los demás lugares que nos vedó el Señor Dios nuestro. Tomando, pues, otro camino, nos dirigimos hacia Basán, donde nos salió al encuentro Og, rey de Basán, con toda su gente para darnos la batalla en Edrai. Y me dijo el Señor: No le temas, porque así él como todo su pueblo y país están entregados en tus manos; y harás con éste lo mismo que hiciste con Sehón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesebón. Así, pues, entregó también Dios nuestro Señor en nuestras manos a Og, rey de Basán, y a todo su pueblo; y a todos los pasamos a cuchillo, sin dejar uno, devastando a un mismo tiempo todas sus ciudades: no hubo población que se nos escapara: nos apoderamos de sesenta ciudades, y de toda la comarca de Argob, del reino de Og en Basán. Las ciudades todas estaban guarnecidas de muros altísimos, y con puertas, y trancas o rastrillos; sin contar los innumerables pueblos que no tenían murallas. Y exterminamos aquella gente como habíamos hecho con Sehón, rey de Hesebón, acabando con todas las ciudades, con hombres, mujeres y niños; y cogimos los ganados y los despojos de las ciudades. Con lo que nos hicimos entonces dueños de la tierra ocupada por los dos reyes amorreos que habitaban de este lado del Jordán, desde el torrente de Arnón hasta el monte Hermón, que los sidonios llaman Sarión, y los amorreos Sanir; y tomamos todas las ciudades de la llanura, y la tierra toda de Galaad y de Basán hasta Selca y Edrai, ciudades del reino de Og en Basán. Es de saber que Og, rey de Basán, era el único que había quedado en esta tierra de la casta de los gigantes. Se muestra su cama de hierro en Rabbat, ciudad de los hijos de Amón, la cual tiene nueve codos de largo y cuatro de ancho, según la medida del codo ordinario de un hombre. Tomamos, pues, entonces posesión de la tierra desde Aroer, situada sobre la ribera del torrente Arnón, hasta la mitad de la montaña de Galaad; y di sus ciudades a las tribus de Rubén y de Gad. La otra mitad del país de Galaad y todo el de Basán, del reino de Og, con toda la comarca de Argob, lo entregué a la media tribu de Manasés. Todo este país de Basán es llamado tierra de los gigantes. Jair, hijo o descendiente de Manasés, entró en posesión de todo el territorio de Argob hasta los términos de Gesuri y de Macati. Y puso su nombre a Basán, llamándole Havot Jair, es decir, Aldeas de Jair, hasta el día de hoy. Di también a la familia de Maquir parte de Galaad. Y a las tribus de Rubén y de Gad les di del país de Galaad hasta el torrente Arnón, con la mitad del torrente y sus tierras hasta el arroyo Jeboc, que parte términos con los hijos de Amón; y la llanura del desierto y ribera del Jordán, y los confines de Cerenet o Genezaret hasta el mar del desierto, llamado mar Salado o Muerto, hasta la raíz del monte Fasga hacia el Oriente. Entonces os di esta orden, diciendo a los de estas tres tribus: El Señor Dios vuestro os da esta tierra por heredad; todos los hombres robustos habéis de ir armados a la ligera a la frente de vuestros hermanos los hijos de Israel, dejando las mujeres, y los niños, y las bestias: que ya sé que tenéis muchos ganados; y deberán quedar en las ciudades que os he dado, hasta tanto que conceda el Señor a vuestros hermanos descanso, como os le ha concedido a vosotros; y posean ellos también la tierra que les ha de dar a la otra parte del Jordán; entonces se volverá cada uno de vosotros a la posesión propia que os he dado. A Josué también lo previne en aquel tiempo diciendo: Bien han visto tus ojos lo que ha hecho el Señor Dios vuestro con estos dos reyes; pues así lo hará con todos los reinos a que has de pasar. No los temas: porque el Señor Dios vuestro peleará por vosotros. Al mismo tiempo supliqué al Señor, diciendo: Señor Dios, tú has empezado a mostrar a tu siervo tu grandeza y el poder excelso de tu brazo; como que no hay otro Dios en el cielo ni en la tierra que pueda hacer lo que tú haces, ni compararse contigo en fortaleza. Permíteme, pues, pasar adelante a ver esa bellísima tierra de la otra parte del Jordán, y aquel incomparable monte de Sión, y el Líbano. Mas el Señor enojado contra mí por causa de vosotros, no quiso oírme; antes me dijo: Basta ya de eso, no me hables más de tal cosa. Sube a la cumbre del Fasga, y tiende la vista a la redonda, al poniente y al norte, al mediodía y al oriente, y mira de lejos la tierra prometida: porque no has de pasar ese Jordán. Da tus órdenes a Josué, y fortalécele y aliéntale, pues él es quien ha de conducir a ese pueblo y distribuirle la tierra que tú verás. Con eso nos quedamos en este valle, enfrente del templo del ídolo Fogor. Ahora bien, ¡oh Israel!, escucha los ritos y las leyes que yo te enseño, para que con su observancia tengas vida, y entres en posesión de la tierra que el Señor Dios de vuestros padres os ha de dar. No añadáis a las palabras que yo os hablo, ni quitéis nada de ellas: guardad los mandamientos del Señor Dios vuestro, que os intimo. Bien han visto vuestros ojos lo que hizo el Señor contra el ídolo Beelfegor, cómo exterminó de en medio de vosotros a todos sus adoradores. Mas vosotros que os mantenéis fieles al Señor Dios vuestro, vivís todos hasta el día presente. Bien sabéis que os he enseñado los preceptos y las leyes judiciales que me ordenó el Señor mi Dios: así, pues, los practicaréis en la tierra que habéis de poseer, y los observaréis y pondréis en ejecución. Pues tal debe ser vuestra sabiduría y cordura delante de las gentes, que oyendo referir todos aquellos preceptos, digan: Ved aquí un pueblo sabio y entendido, una gente esclarecida. Ni hay otra nación por grande que sea que tenga tan cercanos a sí los dioses, como está cerca de vosotros el Dios nuestro, y presente a todas nuestras súplicas y oraciones. Porque, ¿qué otra nación hay tan ilustre, que tenga las ceremonias y preceptos judiciales, y toda una ley como la que he de exponer hoy ante vuestros ojos? Consérvate, pues, a ti mismo, ¡oh Israel!, y guarda tu alma con mucha vigilancia. No te olvides de las grandes cosas que han visto tus ojos, ni se borren de tu corazón en todos los días de tu vida. Las has de contar a tus hijos y nietos, comenzando de aquel día que te presentaste delante del Señor Dios tuyo en Horeb, cuando el Señor me habló diciendo: Junta el pueblo delante de mí, para que oigan mis palabras, y aprendan a temerme todo el tiempo que vivan en la tierra, y así lo enseñen a sus hijos. Entonces os acercasteis a la falda del monte, el cual arrojaba llamas que subían hasta el cielo, y estaba cercado de una oscura y tenebrosa nube. Y el Señor os habló de en medio del fuego. Oísteis la voz de sus palabras, mas no visteis figura alguna. El os mostró su pacto, y os mandó que le guardarais, y los diez Mandamientos que escribió en dos tablas de piedra. Y al mismo tiempo me mandó a mí que os enseñase las ceremonias y las leyes que debíais observar en la tierra que poseeréis. Guardad, pues, con todo cuidado vuestras almas. No visteis ninguna imagen el día que os habló el Señor desde en medio del fuego en Horeb; para que no fuera que engañados os formaseis alguna estatua esculpida, o imagen de hombre o de mujer; o la figura de alguno de los animales que andan sobre la tierra, o de aves que vuelan debajo del cielo, y de reptiles que arrastran por el suelo, o de peces que habitan en las aguas debajo de la tierra. Ni suceda tampoco que alzando los ojos al cielo, mirando el sol y la luna, y todos los astros del cielo cayendo en error, adores ¡oh Israel!, y reverencies las criaturas que el Señor Dios tuyo creó para el servicio de todas las gentes que viven debajo del cielo. Pues a vosotros el Señor os escogió, y os sacó de Egipto, como de una fragua en que se derrite el hierro, para tener un pueblo que sea su posesión hereditaria, conforme lo sois vosotros al presente. Mas el Señor se irritó contra mí a causa de la falta que me hicieron cometer vuestras murmuraciones, y juró que no pasaría yo el Jordán, ni entraría en esa fertilísima tierra que os ha de dar. Ved, pues, que voy a morir en este lugar en que estoy; yo no pasaré el Jordán: vosotros sí lo pasaréis, y poseeréis aquella excelente tierra. Guárdate, ¡oh Israel!, de olvidarte jamás del pacto que hizo contigo el Señor Dios tuyo; ni te formes imagen esculpida de las cosas que ha prohibido hacer el Señor; pues el Señor Dios tuyo es un fuego devorador, un Dios celoso. Si después de haber tenido hijos y nietos y morado de asiento en aquella tierra, engañados os fabricareis algún ídolo, cometiendo esta maldad a los ojos del Señor Dios vuestro, para provocarle a saña; invoco desde hoy por testigos al cielo y a la tierra, que bien presto seréis exterminados de este país que habéis de poseer al otro lado del Jordán: no habitaréis en él largo tiempo; sino que os destruirá el Señor. y esparcirá por todas las naciones, y quedaréis reducidos a pocos entre las gentes a donde el Señor os ha de llevar. Y allí serviréis a dioses fabricados por mano de hombres, al leño y a la piedra, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen. Cuando sin embargo buscares allí al Señor Dios tuyo, ¡oh Israel!, lo hallarás, con tal que le busques con todo corazón, y con alma plenamente contrita. Y después que te hayan alcanzado todas las cosas o males predichos en los últimos tiempos, te convertirás al Señor Dios tuyo, y oirás su voz. Porque el Señor Dios tuyo es un Dios lleno de misericordia; no te abandonará, ni te aniquilará totalmente, ni se olvidará del pacto que confirmó a tus padres con juramento. Infórmate de lo que ha pasado de un polo del cielo al otro, desde los tiempos más remotos que te han precedido, desde que Dios creó al hombre sobre la tierra, y veas si alguna vez ha sucedido una cosa como ésta; o si jamás se ha dicho que un pueblo oyese la voz de Dios que le hablaba de en medio del fuego, como tú la oíste, sin haber perdido la vida; si vino Dios de propósito para entresacar para sí un pueblo de en medio de las naciones, con pruebas, señales y portentos peleando con mano fuerte, y brazo extendido, y con visiones espantosas, como son todas las cosas que hizo por vosotros el Señor Dios vuestro en Egipto a vista de tus ojos; para que supieras que el Señor es el verdadero Dios, y que no hay otro Dios sino él. El te hizo oír su voz desde el alto cielo para enseñarte, y en la tierra te mostró su terrible fuego, y oíste sus palabras que salían de en medio del fuego. Por cuanto amó a tus padres, y eligió para sí su descendencia después de ellos. Y te sacó de Egipto, yendo delante de ti con su gran poder para exterminar a tu entrada naciones populosísimas y más valientes que tú, y para introducirte y darte la posesión de su tierra, como lo estás viendo al presente. Reconoce, pues, en este día, y quede grabado en tu corazón, que el Señor es el único Dios desde lo más alto del cielo hasta lo más profundo de la tierra, y que no hay otro sino él. Guarda sus preceptos y mandamientos que yo te comunico, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y permanezcas mucho tiempo sobre la tierra que te ha de dar el Señor Dios tuyo. Entonces designó y destinó Moisés tres ciudades a esta parte del Jordán, hacia el oriente, a donde se refugiase aquel que sin querer matase a su prójimo, no siendo su enemigo uno o dos días antes, o de tiempo atrás, y pudiese retirarse seguro a una de dichas ciudades. Estas fueron Bosor, en la tribu de Rubén, situada en el desierto en una llanura, y Ramot en Galaad, perteneciente a la tribu de Gad, y Golán en Basán, la cual está en la tribu de Manasés. Esta, que sigue, es la ley que propuso Moisés a los hijos de Israel; y éstos los preceptos y ceremonias y leyes judiciales que comunicó a los hijos de Israel después que salieron de Egipto, en esta parte del Jordán en el valle fronterizo al templo del ídolo Fogor en la tierra de Sehón, rey amorreo, que habitó en Hesebón, a quien destruyó Moisés. Pues los hijos de Israel que salieron de Egipto, poseyeron su tierra y la de Og, rey de Basán, dos reyes amorreos que reinaban en esta parte del Jordán hacia el oriente: desde Aroer situada en la orilla del torrente Arnón, hasta el monte Sión, llamado también Hermón; es decir, toda la llanura de esta parte del Jordán al oriente hasta el mar del desierto o mar muerto y las faldas del monte Fasga. Moisés, pues, habiendo convocado a todo Israel, le dijo: Oye, ¡oh Israel!, las ceremonias y leyes que yo propongo a vuestros oídos en el día de hoy; aprendedlas y ponedlas en ejecución. Dios nuestro Señor hizo alianza con nosotros en Horeb: alianza que no la hizo solamente con nuestros padres, sino con nosotros también que al presente somos y vivimos. Cara a cara nos habló en el monte, desde en medio del fuego. Yo fui en aquel tiempo intérprete y medianero entre el Señor y vosotros para anunciaros sus palabras; porque temisteis aquel gran fuego y no subisteis al monte. Y dijo: Yo soy el Señor Dios tuyo que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí. No te esculpirás estatua ni figura ninguna de las cosas que hay arriba en el cielo, o acá abajo en la tierra, o se mantienen en las aguas más abajo de la tierra. No las adorarás, ni les darás culto: porque yo soy el Señor Dios tuyo, Dios celoso que castigo en los hijos la maldad de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y que uso de misericordia por millares de generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás en vano el nombre del Señor Dios tuyo; porque no quedará sin castigo el que por una cosa vana, tomare su nombre en falso. Cuida de santificar el día de sábado, como te tiene mandado tu Señor Dios. Seis días trabajarás y harás todos tus quehaceres; el día séptimo es día de sábado, esto es, del descanso del Señor Dios tuyo; no harás en él ningún género de trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni la hija, ni el esclavo, ni la esclava, ni el buey, ni el asno, ni alguno de tus jumentos, ni el extranjero que se alberga dentro de tus puertas: para que, como tú, descansen también tu siervo y tu sierva. Acuérdate que tú también fuiste siervo en Egipto, y que de allí te sacó el Señor Dios tuyo con mano poderosa y brazo levantado. Por eso te ha mandado que guardases el día de sábado. Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor Dios tuyo te tiene mandado, para que vivas largo tiempo y seas feliz en la tierra que te ha de dar el Señor Dios tuyo. No matarás. No fornicarás. No hurtarás. No dirás contra tu prójimo falso testimonio. No desearás la mujer de tu prójimo. No codiciarás la casa, ni la heredad, ni el esclavo, ni la esclava, ni el buey, ni el asno, ni cosa alguna de las que son suyas. Estas palabras y no más son las que habló en alta voz el Señor a toda vuestra multitud en el monte, desde en medio del fuego y de la tenebrosa nube; y las escribió en las dos tablas de piedra, las cuales me entregó. Mas vosotros, después que oísteis aquella voz de en medio de las tinieblas y visteis arder el monte, acudisteis a mí todos los jefes de las tribus y los ancianos, y dijisteis: Ya ves que Dios nuestro Señor nos ha mostrado su majestad y grandeza. Oído hemos su voz de en medio del fuego, y hemos experimentado hoy que Dios ha hablado al hombre, sin que el hombre haya perdido la vida. Ahora pues: ¿por qué nos hemos de exponer a morir, y a que nos devore este terrible fuego? Puesto que si proseguimos más oyendo la voz de Dios nuestro Señor, nos costará la vida. ¿Qué es el hombre, sea el que fuere, para poder escuchar la voz de Dios viviente hablando de en medio del fuego, como la hemos oído nosotros, y poder conservar la vida? Mejor es que tú te acerques, y oigas todas las cosas que te dijere el Señor Dios nuestro. Tú nos las dirás después a nosotros; y nosotros habiéndolas oído, las cumpliremos. Lo cual cuando oyó el Señor me dijo: He oído las palabras que ha dicho ese pueblo; en todo han hablado bien: Ojalá que siempre tengan tal espíritu y corazón, que me teman y guarden todos mis mandamientos en todo tiempo, para que sean felices ellos y sus hijos eternamente. Anda y diles: Retiraos a vuestras tiendas. Tú, entretanto, quédate aquí conmigo, y yo te declararé todos mis mandamientos, y las ceremonias y leyes que les has de enseñar, para que las pongan por obra en la tierra cuya posesión les daré. Guardad, pues, y cumplid las cosas que os tiene ordenadas el Señor Dios: no torceréis a la diestra, ni a la siniestra, sino que andaréis por el camino que Dios vuestro Señor os ha mandado, para que viváis y seáis dichosos, y se prolonguen vuestros días en la tierra que vais a poseer. Estos son los preceptos, y ceremonias, y ordenamientos que me mandó el Señor Dios vuestro enseñaros, para que los observéis en la tierra que vais a poseer, a fin de que temas, ¡oh Israel!, al Señor Dios tuyo, y guardes todos los días de tu vida todos sus mandamientos y preceptos, que yo te ordeno a ti, y a tus hijos y nietos, para que tus días sean prolongados. Escucha, ¡oh Israel!, y pon cuidado en hacer lo que el Señor te ha mandado, y te irá bien, y serás multiplicado más y más, según la promesa que te ha hecho el Señor Dios de tus padres de darte una tierra que mana leche y miel. Escucha, ¡oh Israel! El Señor Dios nuestro es el solo y único Dios y Señor. Amarás, pues, al Señor Dios tuyo, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estos mandamientos, que yo te doy en este día, estarán estampados en tu corazón, y los enseñarás a tus hijos, y en ellos meditarás sentado en tu casa, y andando de viaje, y al acostarte, y al levantarte; y los has de traer para memoria ligados en tu mano y pendientes en la frente ante tus ojos, y escribirlos has en el dintel y puertas de tu casa. Y cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que prometió con juramento a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob , y te diere ciudades grandes y suntuosas, que tú no edificaste, casas llenas de toda suerte de bienes que tú no acumulaste, pozos que tú no cavaste, viñedos y olivares que no plantaste; y comieres y te saciares: cuida con gran diligencia de que no te olvides del Señor que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. Al Señor Dios tuyo temerás, y a él solo servirás; y cuando hayas de jurar, lo has de hacer por su nombre solamente. No habéis de iros en pos de dioses extranjeros de ninguna nación de las que os rodean. Porque Dios es celoso; el Señor tu Dios está en medio de ti; no sea que se irrite el furor del Señor Dios tuyo contra ti, y te extermine de sobre la faz de la tierra. No tentarás al Señor Dios tuyo, como le tentaste en el desierto en el lugar de la Tentación. Observa los preceptos del Señor Dios tuyo, y los estatutos y ceremonias que te ha mandado, y haz lo que es agradable y bueno a los ojos del Señor, para que seas feliz, y entres en posesión de la fertilísima tierra que el Señor prometió con juramento a tus padres, asegurándoles que destruirá delante de ti a todos tus enemigos. Y cuando el día de mañana te preguntare tu hijo, diciendo: ¿Qué significan estos estatutos con ceremonias, y leyes que Dios nuestro Señor nos ha mandado, le responderás: Nosotros éramos esclavos de Faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de allí con mano poderosa, haciendo a nuestra vista maravillas y prodigios grandes y terribles contra el faraón y contra toda su corte, y nos sacó de allí para introducirnos y darnos la posesión de la tierra, que prometió con juramento a nuestros padres. Por lo cual nos mandó el Señor practicar todas estas leyes, y temer al Señor Dios nuestro, para que seamos felices todos los días de nuestra vida, como lo somos hoy. Y el Señor Dios nuestro tendrá misericordia de nosotros, y nos llenará de bienes si guardáremos y cumpliéremos delante de él todos sus preceptos, como nos ha mandado. Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que vas a poseer, y destruyere a tu vista muchas naciones, al heteo, y al gergezeo, y al amorreo, y al cananeo, y al ferezeo, y al heveo, y al jebuseo, siete naciones mucho más numerosas y robustas que tú, y te las entregare el Señor Dios tuyo, has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima: ni emparentarás con las tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos, porque seducirán a tus hijos para que me abandonen y adoren a dioses extranjeros: con lo que se irritará el furor del Señor, y bien presto acabará contigo. Por el contrario, esto es lo que debéis hacer con ellos: derribad sus altares y haced pedazos las estatuas, talad sus bosques profanos, y quemad los ídolos. Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor Dios tuyo. Tu Señor Dios te ha escogido para que seas pueblo peculiar suyo, entre los pueblos todos que hay sobre la tierra. No porque excedieses en número a las demás naciones se unió el Señor a vosotros, y os escogió; puesto que al contrario sois en menor número que todos los otros pueblos: sino porque el Señor os amó, y ha cumplido el juramento que hizo a vuestros padres. Por eso con mano fuerte os sacó y redimió de la casa de la esclavitud, del poder de Faraón, rey de Egipto. Por donde conocerás que el Señor Dios tuyo, él mismo es el Dios fuerte y fiel que guarda el pacto y conserva su misericordia por mil generaciones para con aquellos que lo aman y observan sus mandamientos; y da luego el pago a los que le aborrecen, perdiéndolos sin más dilación, y dándoles al punto su merecido. Guarda, pues, los preceptos y las ceremonias y leyes que yo te mando hoy observar. Si después de oídas estas leyes las guardares y cumplieres, también el Señor Dios tuyo te guardará el pacto y la misericordia que juró a tus padres; y te amará, y multiplicará, y bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu labranza, tus granos y el aceite y las vacadas, y los rebaños de tus ovejas en la tierra que juró a tus padres que te daría. Bendito serás entre todos los pueblos: no se verá entre vosotros estéril en ningún sexo, así en los hombres como en los ganados. Desterrará de ti el Señor toda dolencia; y aquellas enfermedades o plagas pésimas de Egipto, que tú sabes, no te las enviará a ti sino a todos tus enemigos. Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos, ni sirvas a sus dioses; para que no sean ellos causa de tu ruina. Tal vez dirás en tu corazón: Estas naciones son más numerosas que yo, ¿cómo he de poder destruirlas? Mas no las temas; acuérdate de lo que hizo el Señor Dios tuyo con Faraón y con todos los egipcios; de aquellas terribles plagas que vieron tus ojos, y de los prodigios y portentos, y de la mano fuerte, y del brazo extendido con que te libertó el Señor Dios tuyo. Lo mismo hará con todos los pueblos a quienes temes. Además de esto el Señor Dios tuyo enviará tábanos contra ellos hasta consumir y perder a todos los que de ti escaparen y hubieren podido esconderse. No tienes que temerlos; porque tu Señor Dios está en medio de ti, Dios grande y terrible. El mismo irá consumiendo a tu vista estas naciones poco a poco y por partes. No podrás acabar con ellas de un golpe; a fin de que no se multipliquen contra ti las bestias fieras del país. El Señor Dios tuyo pondrá a estos pueblos en tu poder, y los irá destruyendo hasta que del todo desaparezcan. A sus reyes los entregará en tus manos, y borrarás sus nombres de debajo del cielo: nadie te podrá resistir hasta que los aniquiles. Quemarás en el fuego sus ídolos; no codiciarás la plata y el oro de que fueron fraguados, ni tomarás poco ni mucho de estas cosas, no sea que te sirvan de ocasión de ruina, siendo como son abominables al Señor Dios tuyo. Ni meterás cosa alguna de ídolo en tu casa, porque no vengas a ser anatema, como él lo es. La detestarás como inmundicia y la abominarás como suciedad y horruras; por cuanto es un anatema. Haz todo lo posible por cumplir exactamente los mandamientos que hoy te ordeno, para que podáis vivir y multiplicaros, y entrar en posesión de la tierra que prometió el Señor con juramento a vuestros padres. Y acuérdate de todos los caminos por donde te ha conducido el Señor Dios tuyo en el desierto por espacio de cuarenta años, con el fin de atribularte y probarte, para que se descubriesen las intenciones de tu ánimo, si estabas o no en guardar sus mandamientos. Te afligió con hambre y te dio el maná, manjar que no conocías tú, ni tus padres, para mostrarte que el hombre no vive de solo pan, sino de cualquier cosa que Dios dispusiere. Hace ya cuarenta años que vas de viaje, y con todo, ni el vestido con que te cubres se ha gastado por viejo, ni tu pie se ha lastimado, ni roto tu calzado; para que recapacites en tu corazón, que del mismo modo que un padre corrige e instruye a su hijo, así te ha corregido e instruido a ti el Señor Dios tuyo, con el fin de que guardes sus mandamientos, y andes por sus caminos, y lo temas. Porque el Señor tu Dios va a introducirte en esa tierra buena, tierra llena de arroyos, y de estanques, y de fuentes; en cuyos campos y montes brotan manantiales perennes de aguas; tierra de trigo y cebada, y de viñas; en la que nacen higueras, y granados y olivos: tierra de aceite y de miel; donde sin escasez ninguna comerás el pan y gozarás en abundancia de todos los bienes; en cuyas piedras o peñas hallarás el hierro; y mucho cobre y metal en sus montes: a fin de que cuando hubieres comido y te hubieres saciado, bendigas al Señor Dios tuyo por la bonísima tierra que te dio. Está alerta, y guárdate de no olvidarte jamás del Señor Dios tuyo, ni de dejar de observar sus mandamientos y leyes, y ceremonias que hoy te prescribo: no sea que después de haber comido, y haberte saciado, y de haber fabricado bellas casas, y morado en ellas, y adquirido vacadas y rebaños de ovejas, y gran caudal de plata y de oro, y de todas las cosas, se engría tu corazón, y eches en olvido a tu Señor Dios que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud, y que ha sido tu conductor por el vasto y espantoso desierto, donde había serpientes que abrasaban con su aliento, y escorpiones y dípsades, sin que tuvieses una gota de agua: la cual te la hizo salir a chorros de una piedra durísima: y te alimentó en el desierto con el maná manjar desconocido de tus padres: y después de haberte afligido y probado, al fin se compadeció de ti; pero no antes, para que no dijeras en tu corazón: Mi fuerza y la robustez de mi brazo me granjearon todas estas cosas; sino para que te acuerdes del Señor Dios tuyo por haberte él mismo dado fuerzas, a fin de cumplir así su pacto que juró con tus padres, como se ve en el presente día. Mas si olvidado de tu Dios y Señor, te fueres en pos de dioses ajenos, y les rindieres culto y adoración, mira que desde ahora te protesto que perecerás sin remedio. Como las naciones que deshizo el Señor a tu entrada, del mismo modo pereceréis vosotros si fuereis desobedientes a la voz del Señor Dios vuestro. Escucha, Israel: Tú estás hoy día a punto de pasar el Jordán para conquistar naciones grandísimas y más fuertes que tú, ciudades magníficas, y cuyos muros llegan hasta el cielo, un pueblo de grande y alta estatura, los hijos de los enaceos, que tú mismo has visto y cuya fama has oído, y a quienes nadie puede contrarrestar. Pues has de saber hoy que irá delante de ti el mismo Dios tuyo, fuego devorador y consumidor, que los ha de desmenuzar y consumir, y disipar delante de tus ojos rápidamente, como te lo ha prometido. No digas en tu corazón cuando el Señor Dios tuyo los haya deshecho en tu presencia: Por razón de la justicia que ha visto en mí, me ha introducido el Señor en la posesión de esta tierra; siendo cierto que por sus impiedades son asoladas estas naciones. Porque no por tus virtudes, ni por la rectitud de corazón entrarás a poseer sus tierras; sino porque aquéllas obraron impíamente, por eso al entrar tú han sido destruidas; y a fin de cumplir Dios su palabra, que confirmó con juramento a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob . Ten, pues, entendido que no por tus virtudes te ha dado el Señor Dios tuyo en posesión esta excelente tierra, pues eres un pueblo de durísima cerviz. Acuérdate y no te olvides que provocaste a ira al Señor Dios tuyo en el desierto. Desde el día que saliste de Egipto hasta este lugar, siempre has sido rebelde al Señor. Pues ya en Horeb lo provocaste, y airado te quiso destruir, cuando yo subí al monte para recibir las tablas de piedra, las tablas de la Alianza que hizo el Señor con vosotros, y me mantuve en el monte cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber. Entonces me dio el Señor dos tablas de piedra escritas con el dedo de Dios, y que contenían todas las palabras que os habló en el monte, desde el medio del fuego, estando junto todo el pueblo. Pasados, como digo, los cuarenta días y cuarenta noches, me dio el Señor las dos tablas de piedra, las tablas de la alianza, y díjome: Vete, y desciende de aquí luego; pues ese tu pueblo, que sacaste de Egipto, ha abandonado bien presto el camino que le enseñaste, y se ha fundido un ídolo. Díjome también el Señor: Veo que ese pueblo es de dura cerviz: déjame que lo reduzca a polvo, y borre su nombre de debajo del cielo, y te haga caudillo de otra nación que sea más grande y poderosa que no ésta. Bajando, pues, del monte, el cual estaba ardiendo, y teniendo en las manos las dos tablas de la Alianza, visto que habíais pecado contra el Señor Dios vuestro, y que os habíais hecho un becerro fundido, y abandonado tan presto el camino que él os había enseñado, arrojé las tablas de mis manos, y las hice pedazos a vuestra vista. Me postré después en el acatamiento del Señor como antes, por espacio de cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber, por causa de todos aquellos pecados que cometisteis contra el Señor, y con que le provocasteis a ira; porque temí la indignación y saña que había concebido contra vosotros, y que lo estimulaban a exterminaros. Y el Señor me oyó aún por esta vez. Irritado asimismo en gran manera contra Aarón, quiso aniquilarle, e intercedí por él del mismo modo. Y arrebatando vuestro pecado, es a saber, el becerro que habíais hecho, lo eché al fuego, y desmenuzándolo y reduciéndolo todo a polvo, lo arrojé al arroyo que desciende del monte. También en el lugar que por eso se llamó del Incendio, en el otro de la Tentación, y en el llamado Sepulcros de la Concupiscencia o antojo, provocasteis al Señor; y cuando os encaminó desde Cadesbarne, diciendo: Subid a tomar posesión de la tierra que os he dado, también despreciasteis el mandato del Señor Dios vuestro, y no le creísteis, y ni quisisteis escuchar su voz; sino que siempre habéis sido rebeldes desde el día que comencé a tratar con vosotros. Estuve, pues, postrado delante del Señor cuarenta días y cuarenta noches, en que rendidamente le suplicaba que no acabase con vosotros, como lo tenía conminado. Y orando, dije: ¡Ah! Señor Dios, no destruyas a tu pueblo y a la herencia tuya, que rescataste con tu poderío; a los que sacaste de Egipto con mano esforzada. Acuérdate de tus siervos Abrahán, Isaac y Jacob : no mires la dureza de este pueblo, ni su impiedad y pecado; no sea que digan los moradores de la tierra de donde nos has sacado: No podía el Señor introducirlos en la tierra que les prometió, y los aborrecía; por eso los sacó para matarlos en el desierto. Ellos son tu pueblo y la herencia tuya que sacaste de Egipto con tu gran poder y a fuerza de tu brazo. En aquel tiempo me dijo el Señor: Lábrate dos tablas de piedra semejantes a las primeras, y sube a mí al monte; y harás un Arca de madera. Y yo escribiré en las tablas las palabras que hubo en las que antes quebrantaste, y las pondrás en el Arca . Hice, pues, un Arca de madera de setim o incorruptible; y labradas dos tablas de piedra como las primeras, subí al monte con ellas en las manos. Y escribió el Señor en estas tablas como había hecho sobre las primeras, los diez Mandamientos, que os comunicó en el monte desde en medio del fuego, cuando fue congregado el pueblo; y me las dio. Y a la vuelta bajando del monte, puse las tablas en el Arca que había hecho, donde están todavía, como me mandó el Señor. Después los hijos de Israel alzaron el campo de Berot, distrito de los hijos de Jacam, caminando a Mosera al pie del monte Hor, donde Aarón murió y fue sepultado: al cual sucedió en las funciones del Sacerdocio su hijo Eleazar. Desde allí pasaron a Gadgad, de donde habiendo partido acamparon en Jetebata, tierra de aguas y arroyos. Por aquel tiempo separó el Señor la tribu de Leví para que llevara el Arca del Testamento del Señor, y le sirviese ante sus ojos en el ministerio, y para que diese al pueblo la bendición en su nombre, como lo hace hasta el presente. Por lo cual Leví no tuvo porción, ni entró a la parte en la posesión con sus hermanos; por cuanto el mismo Señor es su herencia, según se lo prometió el Señor Dios tuyo. Yo, pues, estuve en el monte, como la vez primera, cuarenta días y cuarenta noches, y también esta vez el Señor oyó mi súplica, y no pasó a exterminarte. Antes me dijo: Anda, ve y capitanea el pueblo para que entre en posesión de la tierra que juré yo a sus padres que les daría. Ahora bien, Israel, ¿qué pide de ti el Señor Dios tuyo, sino que temas a tu Señor Dios, y sigas sus caminos, y le ames, y que sirvas al Señor Dios tuyo con todo tu corazón y con toda tu alma; y guardes sus mandamientos y ceremonias, que hoy te prescribo, para que seas feliz? Mira cómo siendo del Señor Dios tuyo el cielo y el cielo de los cielos, la tierra y todo cuanto hay en ella; esto no obstante, el Señor Dios se unió estrechísimamente con entrañable amor con tus padres, y después de ellos escogió a su linaje, esto es, a vosotros de entre todas las naciones, como se ve hoy por experiencia. Circuncidad, pues, las pasiones de vuestro corazón, y no seáis más de dura cerviz, porque el Señor Dios vuestro es el Dios de los dioses y el Señor de los señores; Dios grande y poderoso y terrible, que no es aceptador de personas, ni se gana con dones; hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al extranjero, y le da sustento y vestido. Y así vosotros amad también a los extranjeros, pues lo fuisteis igualmente en la tierra de Egipto. Temerás, ¡oh Israel!, al Señor Dios tuyo, y a él solo servirás; con él te unirás, y únicamente en su nombre harás tus juramentos. Porque él es tu gloria y el Dios tuyo: el que ha hecho por ti las cosas grandiosas y terribles que han visto tus ojos. En número de setenta almas bajaron tus padres a Egipto; y estás viendo que el Señor Dios tuyo te ha multiplicado como las estrellas del cielo. Ama, pues, a tu Señor Dios, y observa en todo tiempo sus preceptos y ceremonias, sus leyes y mandamientos. Considerad hoy las cosas que ignoran vuestros hijos; los cuales no vieron los castigos del Señor Dios vuestro, ni su grandeza, ni el poder de su robusta mano, ni la fuerza de su brazo, ni las maravillas y prodigios que hizo en medio de Egipto contra el rey Faraón y todo su reino, y todo el ejército de los egipcios y sus caballos y carros: cómo los anegaron las olas del mar Rojo cuando iban en vuestro alcance, dejándolos el Señor destruidos y aniquilados hasta el día de hoy. Acordaos asimismo de cuanto ha hecho por vosotros en el desierto, hasta que habéis llegado a este lugar; y lo sucedido con Datán y Abirón, hijos de Eliab, hijo que fue de Rubén; a los cuales la tierra, abriendo su boca, se los tragó con sus familias y tiendas y todo cuanto poseían en medio de Israel. Vuestros ojos han visto todas estas grandes maravillas que hizo el Señor, a fin de que guardéis todos sus mandamientos, que yo os comunico en el día de hoy, y podáis poneros en posesión de la tierra donde vais a entrar, y viváis en ella largo tiempo: tierra que mana leche y miel, y que el Señor prometió con juramento a vuestros padres y a su descendencia. Porque la tierra que vais a poseer, no es como la tierra de Egipto de donde salisteis, en la cual después de haber sembrado, se conducen a fuerza de trabajo aguas de regadío como en las huertas: sino que es tierra de montes y de vegas, que aguarda las lluvias del cielo; la cual Dios vuestro Señor siempre visita con oportunos temporales, teniendo puestos sus ojos en ella desde el principio del año hasta su fin. Si obedeciereis, pues, a los mandatos que yo os comunico hoy, amando a Dios vuestro Señor, y sirviéndole con todo vuestro corazón y toda vuestra alma, dará él a vuestra tierra la lluvia temprana y la tardía para que cojáis granos, y vino, y aceite, y dará heno en los prados para pasto de los ganados, a fin de que vosotros tengáis qué comer y quedéis saciados. Guardaos que no se deje seducir vuestro corazón y os apartéis del Señor, y sirváis a dioses extraños, y los adoréis; no sea que irritado el Señor, cierre el cielo, y no caigan lluvias, ni la tierra produzca su fruto, y seáis luego exterminados del fertilísimo país que os ha de dar el Señor. Grabad estas palabras mías en vuestros corazones y en vuestras almas; y traedlas atadas para memoria en vuestras manos y pendientes sobre la frente entre vuestros ojos. Enseñad a vuestros hijos a meditarlas; ora estés, ¡oh Israel!, sentado en casa, o andando de camino, y al acostarte y al levantarte. Las escribirás sobre los postes y las puertas de tu casa; a fin de que se multipliquen tus días y los de tus hijos en la tierra que el Señor juró a tus padres que les daría para mientras que el mundo fuere mundo. Porque si guardareis los mandamientos que os comunico, y los cumpliereis amando al Señor Dios vuestro, y siguiendo todos sus caminos, estrechándoos con él, el Señor destruirá todas esas naciones delante de vosotros, y las sojuzgaréis, aunque sean mayores y más fuertes que vosotros. Todo lugar en que pusiereis el pie, será vuestro. Se extenderán vuestros términos desde el desierto y desde el Líbano, desde el gran río Eufrates hasta el mar Occidental o Mediterráneo. Nadie podrá resistiros. El Señor Dios vuestro esparcirá el terror y espanto de vuestro nombre por cualquier país donde entrareis, según os ha prometido. Ya veis que yo os pongo delante la bendición y la maldición: la bendición si obedeciereis a los mandamientos de Dios vuestro Señor que os prescribo hoy; la maldición si desobedeciereis dichos mandamientos del Señor Dios vuestro, desviándoos del camino que yo ahora os muestro, y siguiendo a dioses ajenos que no tenéis conocidos. Así cuando el Señor Dios tuyo te hubiere introducido en la tierra que vas a habitar, publicarás la bendición sobre el monte Garizim, y la maldición sobre el monte Hebal, montes que están a la otra parte del Jordán, siguiendo el camino que tira hacia poniente en tierra del cananeo, que habita en las campiñas enfrente de Gálgala; la cual está junto a una vega que se dilata y extiende por largo trecho. Porque vosotros pasaréis el Jordán para ocupar la tierra de que Dios vuestro Señor os ha de dar el dominio y la posesión. Por tanto mirad que cumpláis con las ceremonias y leyes que yo voy a proponer ahora delante de vosotros. Estos son los preceptos y ordenanzas que debéis observar en la tierra que os ha de dar el Señor Dios de vuestros padres, para que la poseáis todos los días de vuestra vida. Asolad todos los lugares en donde las gentes que habéis de conquistar, adoraron a sus dioses sobre los altos montes y collados, y a la sombra de todo árbol frondoso. Destruid sus altares, y quebrad sus estatuas; entregad al fuego sus bosques profanos, desmenuzadlos y borrad sus nombres de aquellos lugares. No lo habéis de hacer así con el Señor Dios vuestro; sino que iréis al lugar que Dios vuestro Señor escogiere de todas vuestras tribus, para colocar allí su Nombre o Tabernáculo, y poner en él su morada; y en aquel lugar ofreceréis vuestros holocaustos y víctimas, los diezmos y las primicias de las obras de vuestras manos, y los votos y donativos, y los primerizos de las vacas y ovejas. Allí comeréis de ellos en el atrio a vista de Dios vuestro Señor, y os regocijaréis junto con vuestras familias, disfrutando de todos los productos del trabajo de vuestras manos, sobre los cuales el Señor Dios vuestro haya echado su bendición. No haréis allí lo que aquí hacemos hoy nosotros, cada cual lo que bien le parece. Porque todavía no habéis llegado al lugar del reposo, ni a la posesión que os ha de dar el Señor Dios vuestro. Pasaréis el Jordán, y habitaréis en la tierra que os ha de dar el Señor Dios vuestro, donde libres de todos los enemigos del contorno tengáis descanso, y habitéis sin temor alguno. En el lugar que Dios vuestro Señor eligiere para que allí esté su Nombre o Tabernáculo; allá habéis de llevar todas las cosas que os prescribo, los holocaustos, y los sacrificios, y los diezmos, y las primicias del trabajo de vuestras manos, y todo lo precioso de los dones que prometisteis con voto al Señor. Allí celebraréis vuestros banquetes delante del Señor Dios vuestro, vosotros y vuestros hijos e hijas, vuestros criados y criadas; y también los levitas que moran en vuestras ciudades, ya que no tienen otra parte ni posesión entre vosotros, sino las ofrendas. Guárdate de ofrecer tus holocaustos en todo lugar que se te antoje; sino en aquel que Dios habrá escogido en una de las tribus, allí ofrecerás los sacrificios, y harás todo lo que te ordeno. Que si quieres comer, y te gusta la comida de carne, mata y come de la bendición que el Señor Dios tuyo te habrá dado en tus ciudades: ora sea cosa inmunda, esto es, defectuosa; ora limpia, esto es, entera y sin defecto, como las que pueden ser ofrecidas a Dios. De todas puedes comer, ni más ni menos que de la gacela y del ciervo, salvo la sangre, la cual derramarás como agua sobre la tierra. No podrás comer en tus pueblos el diezmo de los granos, del vino y aceite, ni los primerizos de las vacas y ovejas, ni tampoco todas aquellas cosas que por voto y espontáneamente quisieres ofrecer, ni las primicias de tus productos: sino que las has de comer delante del Señor Dios tuyo, en el lugar por él escogido, tú y tus hijos e hijas, y tus siervos y siervas, y los levitas que moran en tus ciudades; y tomarás así alimento con alegría delante del Señor tu Dios, usando de todo aquel bien que está en tu mano. Mira que no desampares al levita mientras vivas sobre la tierra. Cuando el Señor Dios tuyo hubiere dilatado tus términos, como te tiene prometido, y quisieres comer las carnes que apetece tu alma; si el lugar que tu Señor Dios escogiere para poner allí su nombre o Tabernáculo está muy distante, matarás reses de las vacadas y rebaños que tuvieres, como te lo he prevenido, y las comerás en tus pueblos a tu placer. Como comes la gacela y el ciervo, así podrás comer de ellas; el limpio y el no limpio igualmente pueden comerlas. Guárdate solamente de comer sangre; porque la sangre en los animales hace las veces de alma; y por esto no debes comer con la carne lo que es la vida o alma de ella: sino que la verterás como agua sobre la tierra; para que te vaya bien a ti, y a tus hijos después de ti, con hacer lo que es grato a los ojos del Señor. Mas las cosas que hubieres consagrado y ofrecido por voto al Señor, las tomarás contigo, y vendrás al lugar que habrá escogido el Señor; y presentarás tus ofrendas de la carne y de la sangre sobre el altar del Señor Dios tuyo; la sangre de las víctimas la derramarás en torno del altar; pero sus carnes te las comerás. Observa y escucha bien todo lo que yo te mando, para que tú y tus hijos después de ti seáis para siempre dichosos, ejecutando lo que es bueno y agradable a los ojos del Señor tu Dios. Cuando el Señor Dios tuyo hubiere exterminado delante de tus ojos las naciones que vas a conquistar, y las sojuzgares, y ocupares su tierra, mira que no las imites, después que a tu entrada fueren destruidas, ni andes averiguando sus ceremonias, diciendo: A manera del culto que dieron estas naciones a sus dioses, así lo daré yo. No has de dar tú un culto semejante al Señor Dios tuyo; porque ellas han hecho para honrar a sus dioses todas las abominaciones que detesta el Señor, ofreciéndoles los hijos e hijas, y quemándolos en el fuego. Lo que yo te prescribo, eso sólo es lo que has de hacer en honor del Señor, sin añadir ni quitar nada. Si en medio de tu pueblo se presentare un profeta, o quien diga haber tenido alguna visión en sueños, y pronosticase alguna señal o prodigio, y sucediendo lo que predijo, te dijere: Vamos y sigamos a los dioses ajenos que no conoces, y sirvámosles: no escucharás las palabras de aquel profeta o forjador de sueños; porque el Señor Dios vuestro os prueba para que se haga patente si le amáis o no con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. Seguid al Señor Dios vuestro, y temedle, y guardad sus mandamientos, y oíd su voz: a él habéis de servir, y con él debéis estrecharos. Pero aquel profeta o fingidor de sueños será castigado de muerte; porque trató de apartaros del Señor Dios vuestro que os sacó de la tierra de Egipto, y redimió del estado de servidumbre, para desviaros del camino que tu Señor Dios te ha enseñado; y así arrancarás el mal de en medio de ti. Si un hermano tuyo, un hijo de tu madre, si tu hijo o tu hija, o tu mujer que es la prenda de tu corazón, o el amigo a quien más amas como a tu misma alma, quisiere persuadirte, y te dijere en secreto: Vamos y sirvamos a los dioses ajenos no conocidos de ti ni de tus padres, dioses de las naciones que te rodean, vecinas o lejanas, de un cabo del mundo al otro, no condesciendas con él, ni lo oigas, ni la compasión te mueva a tenerle lástima y a encubrirlo; sino que al punto lo matarás. Tú serás el primero en alzar la mano contra él, y después hará lo mismo todo el pueblo. Muera cubierto de piedras; por cuanto intentó apartarte del culto del Señor Dios tuyo, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud; para que así oyéndolo todo Israel tema, y jamás ningún otro ose hacer cosa semejante. Si en alguna de las ciudades que tu Señor Dios te dará para habitar, oyeres a algunos que dicen: De tu seno han salido unos hijos de Belial, y han pervertido a los vecinos de su ciudad, diciendo: Vamos y sirvamos a dioses ajenos, que vosotros no conocéis: infórmate con cuidado: y averiguada bien la verdad del hecho, si hallares ser cierto lo que dice, y que efectivamente se ha cometido una tal abominación, inmediatamente pasarás a cuchillo a los moradores de aquella ciudad, y la arrasarás con todas las cosas que en ella haya, matando hasta las bestias. Y todas las alhajas y muebles que hubiere los juntarás en medio de sus plazas y los entregarás a las llamas a una con la misma ciudad, de manera que todo se consuma en honor del Señor Dios tuyo; y quede la ciudad como un sepulcro y monumento sempiterno. No será jamás reedificada; ni reservarás en tu poder cosa chica ni grande de este anatema; a fin de que deponga el Señor su enojo, y se compadezca de ti, y te multiplique, como tiene jurado a tus padres que lo hará, siempre que oyeres la voz del Señor Dios tuyo, guardando todos sus mandamientos, que yo te repito el día de hoy, para que hagas lo que es agradable a los ojos de tu Señor Dios. Portaos como hijos del Señor Dios vuestro: no hagáis en vuestra carne sajaduras, ni os cortéis el cabello por razón de un muerto. Porque tú eres, ¡oh Israel!, un pueblo consagrado al Señor Dios tuyo, y él te ha escogido para que seas su pueblo peculiar entre las naciones todas que hay sobre la tierra. No comáis manjares que son inmundos. Estos son los animales que debéis comer: el buey y la oveja, y la cabra, el ciervo y el corzo, el búfalo, el capriciervo, el pigargo, el orige, el camello pardal. Todo animal que tiene la uña hendida en dos partes y rumia, le podéis comer. Mas no debéis comer de los que rumian y no tienen la uña hendida, como el camello, la liebre, el querogrilo: a éstos los tendréis por inmundos, porque aunque rumian, no tienen hendida la uña. Asimismo tendréis por inmundo el cerdo; porque si bien tiene la uña hendida, no rumia. No comeréis de la carne de estos animales, ni tocaréis sus cuerpos muertos. De todos los animales que moran en las aguas comeréis aquellos que tienen aletas y escamas: los que están sin aletas y escamas no los comáis, porque son inmundos. Comed de todas las aves limpias. No comáis de las inmundas: es a saber, el águila y el grifo; el esmerejón, el ixión y el buitre, y el milano con su casta, y toda raza de cuervos, y el avestruz y la lechuza, y el laro, y el alcotán, con su casta, el herodión, el cisne, y el ibis, y el somormujo, el calamón y el búho, la cigüeña, y la garza con sus especies, como también la abubilla y el murciélago. Todo lo que va arrastrando y tiene alas será inmundo y no se comerá. Comed todo aquello que es limpio. Pero de carne mortecina no comáis nada: la darás al extranjero que se halla dentro de tus muros para que la coma, o se la venderás: por cuanto tú eres un pueblo consagrado al Señor Dios tuyo. No cocerás el cabrito en la leche de su madre. Cada año separarás el diezmo de todos los frutos que nacen en tus tierras. Y comerás en la presencia del Señor Dios tuyo en el lugar que escogiere para que sea invocado en él su nombre, el diezmo de tu trigo, y vino, y aceite, y los primerizos de tus vacas y ovejas; a fin de que aprendas a temer a tu Señor Dios en todo tiempo. Mas cuando tuvieres que andar un largo camino, por estar lejos del lugar que tu Señor Dios hubiere escogido, y hubiese echado sobre ti o tu casa su bendición, de tal suerte que no pudieses llevar allá todas estas cosas, las venderás, y reducidas a dinero, las llevarás contigo, e irás al lugar que tu Señor Dios haya escogido; donde comprarás con aquel mismo dinero todo lo que te gustare, sea de vaca, o sea de ovejas, así como también vino y sidra, y cuanto apetece tu alma; y lo comerás delante del Señor Dios tuyo, y celebrarás un convite con tu familia, y al levita que habita dentro de tus muros, mira no le abandones, porque no tiene otra parte en tu posesión. De tres en tres años separarás otro diezmo de todas las cosas que te han nacido en aquel tiempo, y lo depositarás en tu casa. Y vendrá el levita, que no tiene otra parte ni otra herencia entre vosotros, y el extranjero, y el huérfano, y la viuda que habitan contigo dentro de unos mismos muros, y comerán hasta saciarse; para que tu Señor Dios te bendiga en todas las obras de tus manos. Al séptimo año perdonarás las deudas, el perdón se hará de esta manera: Aquel a quien su amigo o prójimo y hermano suyo debe algo, no podrá demandárselo, porque es éste el año de la remisión del Señor. Del forastero y advenedizo podrás exigir la deuda; pero no tienes facultad de obligar al vecino y hermano tuyo a la paga. Y absolutamente no debe haber entre vosotros ningún menesteroso ni mendigo: para que tu Señor Dios te bendiga en la tierra cuya posesión te ha de dar. Como escuches la voz del Señor Dios tuyo, y observes todas las cosas que te he mandado, y las que yo te digo ahora, él te bendecirá como lo tiene prometido. Prestarás a mucha gente, y tú no necesitarás empréstito de nadie; serás señor de muchísimas naciones, y nadie tendrá sobre ti dominio. Si viniere a quedar pobre alguno de tus hermanos, que moran dentro de tus ciudades, en la tierra que tu Señor Dios te ha de dar, no endurezcas tu corazón, ni cierres para con él tu mano, sino ábrela, y préstale lo que vieres que él necesita. Cuidado que no te sorprenda el desapiadado pensamiento de decir en tu corazón: Se acerca el año séptimo de la remisión, y apartes con eso los ojos de tu pobre hermano, rehusando darle prestado lo que pide: no sea que clame contra ti al Señor, y se te impute a pecado. Sino que le darás lo que pide: ni usarás de superchería, ni malicia alguna al aliviar sus necesidades: para que te bendiga el Señor Dios tuyo en todo tiempo, y en todas las cosas en que pusieres la mano. No faltarán pobres en la tierra de tu morada: por tanto te mando que alargues la mano a tu hermano menesteroso y pobre, que mora contigo en tu tierra. Cuando alguno de tus hermanos hebreo o hebrea fuere vendido, sólo te servirá seis años, y al séptimo lo dejarás ir libre; y al que dieres libertad, no lo dejarás ir vacío; sino que le darás para pasar el camino algo de tus rebaños, de tu panera y de tu bodega, de los bienes con que el Señor Dios tuyo te ha bendecido. Acuérdate que tú también fuiste esclavo en la tierra de Egipto, y que el Señor Dios tuyo te puso en libertad; y por eso te doy yo ahora este mandamiento. Mas si tu siervo dijere: No quiero irme; por cuanto te ama a ti y a tu casa, y reconoce que le va bien contigo; tomarás una lezna, y le horadarás la oreja en la puerta de tu casa, y te servirá para siempre. Lo mismo harás con tu sierva. No apartes de ellos tus ojos después de haberlos puesto en libertad; pues te han servido seis años, como hubiere hecho un jornalero que gana su salario: atiéndelos, pues, para que tu Señor Dios te bendiga en todas las cosas que hagas. Consagrarás al Señor Dios tuyo todos los primerizos machos que nacieren de tus vacas y ovejas. No pondrás al trabajo al primerizo de la vaca, ni esquilarás los primerizos de las ovejas. Todos los años los comerás en la presencia del Señor Dios tuyo en compañía de tu familia, en el lugar que habrá escogido el Señor. Pero si el primerizo tuviere alguna tacha o defecto legal, si fuere cojo o ciego, o disforme en alguna parte del cuerpo o estropeado, no será sacrificado al señor Dios tuyo; sino que le comerás dentro de tu ciudad; tanto el hombre limpio como el inmundo podrán comer igualmente de él, ni más ni menos que de una gacela o de un ciervo. Sólo te guardarás de comer su sangre; la cual has de derramar en el suelo como agua. Ten cuidado con el mes de los nuevos frutos, que es al principio de la primavera, para celebrar en él la Pascua del Señor Dios tuyo: por cuanto en este mes te sacó de Egipto tu Señor Dios durante la noche. Y sacrificarás en la Pascua ovejas y bueyes al Señor Dios tuyo en el lugar que hubiere escogido el mismo Señor para establecer allí el culto de su Nombre. No comerás durante esta fiesta pan con levadura: durante siete días comerás pan ázimo, pan de aflicción; porque con azoramiento saliste de Egipto: a fin de que te acuerdes del día de tu salida de Egipto todo el tiempo de tu vida. No aparecerá levadura en todos los términos de tu país durante los siete días, ni quedará nada de la carne de la víctima inmolada en la parte del primer día, hasta otro día por la mañana. No podrás sacrificar el cordero pascual en cualquiera de tus ciudades que te dará el Señor Dios tuyo; sino solamente en el lugar que tu Señor Dios escogiere para establecer allí el culto de su Nombre: e inmolarás la Pascua por la tarde al ponerse el sol, y en el tiempo en que saliste de Egipto. Así que aderezarás, y comerás el cordero pascual en el lugar que tu Señor Dios eligiere; y a la mañana, levantándote, podrás volver a tu casa. Seis días comerás panes sin levadura, y el día séptimo por ser la solemne reunión en honor del Señor Dios tuyo, no trabajarás. Contarás siete semanas, comenzando desde el día en que metieres la hoz en las mieses; y celebrarás la fiesta de las siete semanas o de Pentecostés al Señor Dios tuyo, con la oblación voluntaria del fruto de tus manos, que ofrecerás conforme a la bendición recibida de Dios tu Señor: y en su presencia celebrarás banquetes, tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, y el levita que reside en tu ciudad, el extranjero y el huérfano, y la viuda que mora entre vosotros: todo en el lugar que tu Señor Dios señale para establecer allí su culto o Tabernáculo: y acordándote que fuiste esclavo en Egipto, observarás y harás lo que queda ordenado. Celebrarás también la solemnidad de los Tabernáculos por siete días, después de recogido los frutos de la era y del lagar; y en esta festividad celebrarás banquetes tú, tu hijo e hija, tu esclavo y esclava, como también el levita y el extranjero, el huérfano y la viuda que viven dentro de tus ciudades. Siete días celebrarás fiesta al Señor Dios tuyo en el lugar que hubiere escogido; y con eso tu Señor Dios echará la bendición sobre todas tus cosechas y sobre todas las obras de tus manos, y estarás alegre. Tres veces al año se presentarán todos sus varones ante el Señor Dios tuyo, en el lugar que señalare: en la fiesta de los ázimos, en la fiesta de las Semanas o Pentecostés, y en la fiesta de los Tabernáculos. Nadie comparecerá con las manos vacías delante del Señor; sino que cada uno ofrecerá a proporción de lo que tuviere, a medida de la bendición que tu Señor Dios le habrá dado. Constituirás jueces y magistrados en todas la ciudades, que el Señor Dios tuyo te diere, en cada una de tus tribus: para que juzguen al pueblo con juicio recto; sin inclinarse más a una parte que a otra. No serás aceptador de personas, ni de dádivas, porque las dádivas ciegan los ojos de los sabios, y pervierten los dictámenes de los justos. Administrarás la justicia con rectitud, para que vivas y poseas la tierra que te dará el Señor Dios tuyo. No plantarás bosquetes, ni árbol ninguno cerca del altar del Señor Dios tuyo. No te fabricarás ni erigirás estatua; porque tu Señor Dios tuyo aborrece todas estas cosas. No sacrificarás a tu Señor Dios oveja o buey que tenga tacha o algún vicio: por ser esto abominable delante del Señor Dios tuyo. En el caso que se hallaren en tu país dentro de alguna de tus ciudades que Dios tu Señor te dará, hombre o mujer que cometan la maldad en presencia del Señor Dios tuyo, de quebrantar su pacto, yéndose a servir y adorar a dioses ajenos, al sol, y a la luna, y a todas las estrellas del cielo, contraviniendo al mandato mío, y eso te fuere denunciado; si después de haber tenido el aviso hicieres diligentes pesquisas y hallares ser cierto que tal abominación se ha convertido en Israel: sacarás al hombre y a la mujer que cometieren tan enorme pecado, a la puerta de tu ciudad, y serán muertos a pedradas. Por disposición de dos o tres testigos perderá la vida el que es digno de muerte. Ninguno será condenado a muerte por el dicho de un sólo testigo contra él. La mano de los testigos será la primera en tirar piedras para matarlo, y después todo el pueblo acabará de apedrearle: a fin de expeler al malo de en medio de ti. Si estando pendiente ante ti una causa, hallares ser difícil y dudoso el discernimiento entre sangre y sangre, entre pleito y pleito, entre lepra y lepra, y vieres que son varios los pareceres de los jueces que tienes en tu ciudad, marcha y acude al lugar que habrá escogido el Señor Dios tuyo, donde recurrirás a los sacerdotes del linaje levítico, y al que como sumo sacerdote fuere en aquel tiempo juez supremo del pueblo; y los consultarás, y te manifestarán cómo has de juzgar según tu verdad. Y harás todo lo que te dijeren los que presiden en el lugar escogido por el Señor, y lo que te enseñaren, conforme a su ley, y seguirás la declaración de ellos, sin desviarte a la diestra ni a la siniestra. Mas quien se ensoberbeciere, y no quisiere obedecer la determinación del sacerdote que por aquel tiempo es ministro del Señor Dios tuyo, ni al decreto del juez, ese tal será muerto; con lo que arrancarás el mal de en medio de Israel: Y todo el pueblo al oírlo temerá, para que en adelante ninguno se hinche de soberbia. Cuando hubieras entrado en la tierra que te dará el Señor Dios tuyo, y poseídola y habitado en ella, y dijeres: Yo quiero poner sobre mí un rey, como lo tienen todas las naciones de alrededor: pondrás en aquel que tu Señor Dios señalare de entre tus hermanos. No podrás alzar por rey a hombre de otra nación y que no sea hermano tuyo. Una vez que fuere establecido, no ha de reunir muchos caballos, ni engreído con su numerosa caballería, hará volver al pueblo a Egipto, mayormente teniéndoos mandado el Señor no volver jamás por aquel camino. No tendrá número excesivo de mujeres, que con halagos se enseñoreen de su corazón, ni tesoros inmensos de oro y plata. Luego que se hubiere sentado en su real solio, escribirá para su uso en un volumen este deuteronomio o recopilación de la ley, copiándole del ejemplar original que le darán los sacerdotes de la tribu de Leví; y le tendrá consigo, leyendo en él todos los días de su vida, para que aprenda el temor del Señor su Dios y a guardar sus mandamientos y ceremonias prescritas en la ley. Y para que su corazón no se ensorbezca sobre sus hermanos, ni decline a la diestra, ni a la siniestra de la Ley del Señor; a fin de que reine largo tiempo así él como sus hijos sobre Israel. Los sacerdotes y levitas, y cuantos son de esa tribu, no tendrán parte ni herencia entre los demás hijos de Israel; porque se han de sustentar de los sacrificios del Señor y de sus ofrendas; y así ninguna otra cosa recibirán de lo que poseen sus hermanos; por cuanto el Señor mismo es su herencia, como se lo tiene dicho. He aquí lo que los sacerdotes tendrán derecho de tomar del pueblo y de los que ofrecen víctimas; ya sacrifique buey, ya oveja, darán al sacerdote la espalda y el vientre; También le darán las primicias del grano, del vino y del aceite, y parte de las lanas en el esquileo de sus ovejas. Porque el Señor Dios tuyo lo escogió a él de todas tus tribus, para que asista y sirva al culto divino perpetuamente, así él como sus hijos. Si saliere un levita de tus ciudades esparcidas por todo Israel, donde mora, y sin estar de turno, quisiere venir por devoción al lugar escogido por el Señor, ejercerá su ministerio en nombre del Señor Dios tuyo, como todos los levitas sus hermanos, que en aquella sazón estarán de servicio en la presencia del Señor; recibirá la misma porción de alimento que los otros, además de lo que le es debido en su patria por razón de su patrimonio. Cuando hubieres entrado en la tierra que tu Señor Dios te dará, guárdate de querer imitar las abominaciones de aquellas gentes. No se vea en tu país quien purifique a tu hijo o hija, pasándolos por el fuego; ni quien consulte adivinos, y que haga caso de sueños y de agüeros; no haya hechicero, ni encantador, ni quien pida consejo a los que tienen espíritu pitónico y a los astrólogos, ni a quien intente averiguar por medio de los difuntos la verdad. Porque todas estas cosas las abomina el Señor; y por haber cometido semejantes maldades aquellos pueblos, acabará con ellos a tu entrada. Tú has de ser perfecto y sin mácula para con el Señor Dios tuyo. Esas gentes, cuya tierra tú has de poseer, dan crédito a los agoreros y adivinos; pero tú has sido educado diversamente por el Señor Dios tuyo. Tu Señor Dios te suscitará un PROFETA de tu nación y de entre tus hermanos como yo. A él oirás, conforme se lo pediste al Señor Dios tuyo en Horeb, cuando se juntó con todo el pueblo diciendo: No oiga yo otra vez la voz del Señor Dios mío, ni vea más este fuego espantoso, porque no muera. A lo que me contestó el Señor: En todo lo que ha dicho ha hablado bien ese pueblo. Yo le suscitaré un profeta de en medio de sus hermanos semejante a ti, y pondré mis palabras en su boca y les hablará todo lo que yo le mandare. Mas el que no quisiere escuchar las palabras que hablará en mi nombre, experimentará mi venganza. Pero si un profeta, corrompido por la soberbia, emprendiere a hablar en mi nombre lo que yo no le mande decir, o hablare en nombre de dioses ajenos, será castigado de muerte. Y si tú allá en tu interior replicares: ¿cómo puedo yo discernir cuál es la palabra que no ha hablado Dios de la que realmente me ha dicho? Tendrás esto por señal: si lo que aquel profeta hubiera vaticinado en el nombre del Señor, no se verificare, esto no lo habló el Señor, sino que se lo forjó el profeta por la soberbia de su espíritu, y por lo mismo no le temas, ni respetes. Cuando el Señor Dios tuyo hubiere destruido las naciones, cuya tierra te ha de dar, y tú la poseyeres, y habitares en sus ciudades y casas, separarás tres ciudades en medio del país, cuya posesión te dará el Señor tu Dios. allanando con cuidado el camino, y dividiendo en tres partes iguales toda la extensión de tu tierra, a fin de que así tenga lugar cercano a donde poder refugiarse quien anda huyendo por razón de homicidio involuntario. Esta será la ley o calidad del homicida fugitivo, cuya vida debe salvarse: el que hiriere a su prójimo sin advertirlo, y de quien no consta que tuviese el día antes o el otro más allá ningún rencor contra él; sino que de buena fe salió, por ejemplo, con él al bosque a cortar leña, y al tiempo de cortarla se le fue el hacha de la mano, y saltando el hierro del mango hirió y mató a su amigo: este se refugiará en una de las sobredichas ciudades y salvará la vida: no sea que arrebatado de dolor algún pariente de aquel cuya sangre fue derramada, le persiga y prenda si el camino es muy largo, y le quite la vida; no siendo reo de muerte, puesto que no se prueba que hubiese antes tenido odio alguno contra el muerto. Por eso te mando yo que repartas las tres ciudades a iguales distancias entre sí. Pero en ensanchando el Señor Dios tuyo tus términos, como lo tiene jurado a tus padres, y en dándote toda la tierra que les prometió (con la condición de que guardes sus mandamientos y hagas lo que hoy te mando, esto es, que ames a tu Señor Dios y sigas sus caminos en todo tiempo), añadirás otras tres ciudades a las sobredichas, duplicando así el número de ciudades de refugio: a fin de que no se derrame sangre inocente en medio de la tierra cuya posesión te dará el Señor Dios tuyo; ni tú seas reo de este derramamiento. Mas si alguno, por el odio que tiene a su prójimo, armare asechanzas a su vida, y arremetiendo contra él le hiere y matare, huyéndose después a una de las ciudades sobredichas: los ancianos de la ciudad de él enviarán a sacarle del lugar de asilo; y prendiéndole le entregarán en mano del pariente del muerto, y se le quitará la vida. No tendrás lástima de él; y con eso quitarás de en medio de Israel el crimen cometido por la efusión de sangre inocente; a fin de que te vaya prósperamente. No te apropiarás, ni traspasarás los lindes de tu prójimo, que fijaron los mayores en tu heredad que te dará el Señor Dios en la tierra de que has de tomar posesión. No bastará para condenar a nadie un solo testigo, cualquiera que sea el pecado y el crimen; sino que todo se decidirá por disposición de dos o tres testigos. Si un testigo falso depone contra un hombre, acusándole de prevaricación, comparecerán los dos cuya causa se trata ante el Señor en presencia de los sacerdotes y jueces que fueran en aquellos días. Y si después de una exacta pesquisa, hallaren que el testigo falso ha dicho mentira contra su hermano, le impondrán la pena que él intentó hacer caer sobre su hermano, y así arrancarás el mal de en medio del pueblo; para que oyéndolo los demás entren en temor, y de ningún modo osen hacer tales cosas. No te compadecerás de él: sino que le harás pagar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Cuando salieres a la guerra contra tus enemigos, y vieres su caballería y carros, y hallares que su ejército es más numeroso que el tuyo, no los temas; pues el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, está contigo. Al acercarse ya la hora del combate, se pondrá el sacerdote o pontífice a la cabeza del ejército, y hablará al pueblo de esta manera: Escucha, ¡oh Israel!, vosotros entrais hoy en batalla contra vuestros enemigos; no desmaye vuestro corazón, no os intimidéis, no volváis pies atrás, no los temáis: porque el Señor Dios vuestro está en medio de vosotros, y peleará por vosotros contra los enemigos, para libraros del peligro. Los capitanes asimismo al frente de sus respectivos escuadrones gritarán, de modo que todos los oigan: ¿Hay alguno que ha edificado casa nueva y no la haya estrenado todavía? Váyase y vuélvase a su casa; no sea que muera en batalla y otro la estrene. ¿Hay alguno que haya plantado una viña y todavía no ha podido disfrutar de ella? Váyase y vuélvase a su casa; no sea que muera en la guerra y la disfrute otro. ¿Hay alguno que tenga mujer apalabrada y aún no la ha tomado? Váyase y vuélvase a su casa, no sea que muera en el combate y la tome otro. Dicho esto añadirán aún, y dirán al pueblo: ¿Qué hombre hay aquí medroso y de corazón apocado? Váyase y vuélvase a su casa, porque no comunique a sus hermanos el miedo de que él está poseído. En callando los capitanes del ejército, concluida su amonestación, cada cual ordenará sus escuadrones para la batalla. En el caso de acercarte a sitiar una ciudad, ante todas cosas le ofrecerás la paz. Si la aceptare y te abriere las puertas, todo el pueblo que hubiere en ella está a salvo, y te quedará sujeto, y será tributario tuyo. Mas si no quisiere rendirse y empieza contra ti las hostilidades, la batirás; y cuando el Señor Dios tuyo la hubiere entregado en tus manos, pasarás a cuchillo a todos los varones de armas tomar que hay en ella. Mas no harás daño a las mujeres, ni a los niños, bestias y demás cosas que hubiere en la ciudad. Repartirás entre la tropa todo el botín, y comerás de los despojos de tus enemigos, que tu Señor Dios te habrá dado. Así harás todas las ciudades, que están muy distantes de ti, y no son de aquellas de que has de tomar posesión. Porque en las ciudades que se te darán en la tierra prometida, no dejarás alma viviente; sino que a todos sin distinción, los pasarás a cuchillo: es a saber al heteo, y al amorreo, y al cananeo, y al ferezeo, y al heveo, y al jebuseo, como el Señor tu Dios te tiene mandado; para que no os enseñen a cometer todas las abominaciones que han usado ellos con sus dioses, y ofendáis a Dios vuestro Señor. Cuando sitiares una ciudad por mucho tiempo, y la cercares con trincheras para tomarla, no has de cortar los árboles frutales, ni talar a golpes de hacha las arboledas del contorno; pues leños son y no hombres que puedan aumentar contra ti el número de combatientes. Si hay árboles que no dan fruta, sino que son silvestres y propios para otros usos, córtalos y forma de ellos máquinas, hasta tomar la ciudad que se resiste contra ti. Cuando en la tierra, que tu Señor Dios te ha de dar, se hallare el cadáver de un hombre asesinado, sin que se sepa quién lo mató, saldrán los ancianos y jueces, y medirán las distancias de todas las ciudades cercanas desde el lugar del cadáver. Y los ancianos de aquella ciudad que se hubiere averiguado estar más cercana que las otras, tomarán de la vacada una ternera que no haya traído yugo, ni arado la tierra; y la conducirán a un valle erial y peñascoso, que nunca haya sido labrado ni sembrado, y le cortarán allí el pescuezo. Entonces se acercarán los sacerdotes hijos de Leví, elegidos por el Señor tu Dios para que sean ministros suyos, y te den la bendición en su nombre, y por sentencia de ellos se decida todo negocio, y lo que es limpio o inmundo. Y los ancianos de dicha ciudad irán donde está el cuerpo muerto, y lavarán sus manos sobre la ternera que fue degollada en el valle, y dirán: Nuestras manos no han derramado esta sangre: ni de nuestros ojos lo han visto; sé propicio, ¡oh Señor!, a tu pueblo de Israel, a quien rescataste, y no le imputes la sangre inocente, derramada en medio de él. Con lo que no recaerá sobre ellos el reato del homicidio. Y tú no quedarás responsable de esta efusión de sangre inocente, habiendo hecho lo mandado por el Señor. Si saliendo a pelear contra tus enemigos, el Señor Dios tuyo los entregare en tus manos, y los cautivares, y vieres entre los cautivos una mujer hermosa, y enamorado de ella deseares tenerla por mujer, la introducirás en tu casa; y se raerá el cabello, y cortará las uñas; y dejará el vestido con que fue hecha prisionera, y quedándose de asiento en tu casa, llorará un mes a su padre y a su madre; después de esto te juntarás con ella y tú serás su marido, y ella será mujer tuya. Si andando el tiempo te desagradare, la despacharás libre; no podrás venderla por dinero ni oprimirla con tiranía ya que la desfloraste. Si un hombre tuviere dos mujeres, una amada y otra desamada, y le parieren hijos, y el hijo de la desamada fuere primogénito, al tratar de repartir su hacienda entre los hijos, no podrá hacer mayorazgo al hijo de la querida, prefiriéndole al hijo de la malquista, o menos amada; sino ha de reconocer por primogénito al hijo de la malquista, y le hará de todos sus haberes porción doble: porque siendo el primero de sus hijos, a él le toca el mayorazgo. Si un hombre tuviere un hijo rebelde y desvergonzado, que no atiende lo que manda el padre y la madre, y castigado se resiste con desprecio a obedecer, préndanlo y llévenlo ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta donde está el juzgado, y les dirán: Este hijo nuestro es desobediente y rebelde: hace burla de nuestras reprensiones: pasa la vida en merendonas y en disoluciones y convites. Entonces, dada la sentencia, morirá apedreado por el pueblo de la ciudad: para que arranquéis el escándalo de en medio de vosotros, y todo Israel oyéndole tiemble. Cuando un hombre cometiere delito de muerte, y sentenciado a morir fuere colgado en un patíbulo, no permanecerá colgado su cadáver en el madero; sino que dentro del mismo día será sepultado: porque es maldito de Dios el que está colgado del madero; y tú por ningún acontecimiento has de manchar tu tierra, cuya posesión el Señor tu Dios te hubiere dado. Cuando veas que un buey o una oveja de tu prójimo andan perdidos, no te pasarás de largo, sino que los conducirás a tu hermano. Si dicho tu hermano no es vecino tuyo, ni le conoces, los recogerás en tu casa, y detendrás contigo mientras tu hermano los busca y los recobra. Lo mismo harás con un asno, y con la ropa, y cualquiera otra cosa que hubiere perdido tu hermano: si la hallares, no la dejes abandonada por ser cosa ajena. Si vieres un asno o un buey de tu prójimo caídos en el camino, no pasarás sin hacer caso; sino que le ayudarás a levantarlos. La mujer no se vista de hombre, ni el hombre se vista de mujer; por ser abominable delante de Dios quien tal hace. Si yendo por un camino encontrares algún nido de pájaros en un árbol o en el suelo, y a la madre cobijando los pollitos o los huevos, no la cogerás con los hijos, sino que la dejarás que se vaya, contentándote con llevar los hijos; para que te vaya bien a ti y vivas largo tiempo. Cuando edificares casa nueva, harás alrededor del terrado un pretil, para que no se derrame sangre en tu casa, y no seas culpable de la caída o precipicio de otro. No sembrarás en tu viña diversas simientes; porque así la simiente que sembraste, como los frutos que nacen de la viña, no quede todo inmundo con la mezcla. No ararás con yunta de buey y asno. No te vestirás ropa entretejida de lana y lino. Pondrás a los cuatro cabos del manto o capa, con que te cubres, unos cordoncillos o flecos en las franjas. Si un hombre se casare con una mujer, y después disgustado de ella buscare pretextos para repudiarla, infamándola, y diciendo: Yo tomé a ésta por mujer, y juntándome con ella, no la he hallado virgen: el padre y la madre de ella la tomarán, y presentarán las señales de la virginidad de su hija en el tribunal de los ancianos a la puerta de la ciudad; y dirá el padre: Yo entregué a este hombre mi hija por mujer; y porque la tiene ojeriza, le imputa un delito muy feo, diciendo: No he hallado virgen a tu hija. Pues ved aquí las señales de la virginidad de mi hija; y desplegarán la ropa delante de los ancianos de la ciudad. Y prenderán éstos al marido, si es culpable, y le azotarán; multándole además en cien siclos de plata, que dará al padre de la muchacha, por haber infamado gravísimamente a una virgen de Israel: y la retendrá por mujer; ni podrá repudiarla en todos los días de su vida. Mas si es verdad lo que le imputa, y la muchacha no fue hallada virgen, la echarán fuera de la casa de su padre, y morirá apedreada por los vecinos de aquella ciudad, por haber hecho tan detestable cosa en Israel, pecando o prostituyéndose en casa de su mismo padre; y con esto quitarás el escándalo de en medio de tu pueblo. Si un hombre pecare con la mujer de otro, ambos a dos morirán, adúltero y adúltera, y quitarás el escándalo de Israel. Si un hombre se desposó con una doncella virgen, y otro solicitándola dentro de la ciudad durmiere con ella, sacarás a los dos a la puerta de la ciudad, y morirán apedreados: la doncella porque no gritó, estando como estaba en la ciudad; y el hombre porque deshonró a la mujer de su prójimo; con lo que quitarás el escándalo de en medio de ti. Pero si el hombre halla en el campo a la doncella desposada, y la fuerza, él solo ha de morir; la doncella ninguna pena sufrirá, ni es culpada de muerte; porque así como un salteador se arroja sobre su hermano y le quita la vida, de la misma manera fue asaltada la doncella: estaba sola en el campo: dio voces, y no apareció ninguno que la auxiliase. Si un hombre hallare a una doncella virgen que no está desposada, y forzándola la desflora, y se pone la cosa en tela de juicio, dará el agresor al padre de la doncella cincuenta siclos de plata, y la tomará por mujer, porque la desfloró: ni podrá repudiarla en todos los días de su vida. Ningún hombre tomará por mujer a la de su padre, ni le hará este desacato. El eunuco, cuyas partes han sido majadas, cercenadas o cortadas, no entrará en la iglesia o pueblo del Señor. Tampoco el bastardo, esto es, el nacido de mujer prostituta, podrá entrar en la iglesia del Señor, hasta la décima generación. Los amonitas y los moabitas no entrarán jamás en la iglesia del Señor, ni aun después de la décima generación: porque no quisieron socorreros en el viaje, negándoos el pan y el agua cuando salisteis de Egipto, y porque sobornaron contra ti a Balaam , hijo de Beor, de la Mesopotamia de Siria, para que te maldijese. Aunque no quiso el Señor Dios tuyo oír a Balaam ; antes porque te amaba convirtió su maldición en bendición tuya. Con estos pueblos no harás paz; ni les procurarás bienes jamás en todos los días de tu vida. No tendrás en abominación al idumeo, pues que es hermano tuyo; ni al egipcio, pues fuiste peregrino en su tierra. Los descendientes de éstos entrarán a la tercera generación en la iglesia o pueblo del Señor. Cuando salieres a campaña contra tus enemigos, te guardarás de toda acción mala. Si hubiere alguno entre vosotros que se haya hecho inmundo a causa de algún sueño nocturno, saldrá fuera del campamento, y no volverá hasta que por la tarde se haya lavado con agua y puesto el sol regresará. Señalarás un lugar fuera del campamento, a donde vayas a hacer tus necesidades naturales, llevando un palo puntiagudo en el cinto con el cual harás un hoyo, cubriendo después con la tierra sacada el excremento. Porque el Señor Dios tuyo anda en medio del campamento, para librarte, y entregar en tus manos a los enemigos; y así tus campamentos deben estar limpios, y no se debe ver en ellos cosa sucia, porque el Señor no te abandone. No entregarás a su dueño el esclavo que a ti se acogiere. Habitará contigo en el lugar que gustare y vivirá tranquilo en una de tus ciudades, sin que lo inquietes. No haya entre las hijas de Israel ninguna ramera; ni hombre fornicador entre los hijos de Israel. No ofrecerás en la casa de tu Señor Dios para cumplir cualquier voto que hayas hecho la paga de la prostitución, ni el precio del perro, por ser el uno y el otro abominable en la presencia del Señor Dios tuyo. No prestarás a usura a tu hermano ni dinero, ni granos, ni otra cualquiera cosa; sino solamente a los extranjeros. Mas a tu hermano le has de prestar sin usura lo que necesita; para que te bendiga el Señor Dios tuyo en todo cuanto pusieres mano en la tierra que vas a poseer. Cuando hicieres algún voto al Señor Dios tuyo, no retardarás el cumplirlo; porque tu Señor Dios te lo demandará: y si lo retardares, te será imputado a pecado. Si no llegares a prometer o hacer el voto, no habrá en ti culpa. Pero lo que una vez salió de tus labios, lo has de cumplir y ejecutar como lo prometiste al Señor Dios tuyo; puesto que de tu propia voluntad lo has hecho, y con tu misma boca lo has pronunciado. Si entrares en la viña de tu prójimo, come cuantas uvas quisieres, mas no te lleves ninguna. Si entras en el sembrado de tu amigo o prójimo, podrás cortar espigas y desgranarlas con la mano; mas no echar en ellas la hoz. Si un hombre toma una mujer, y después de haber cohabitado con ella, viniere a ser mal vista de él por algún vicio notable, hará una escritura de repudio, y la pondrá en mano de la mujer, y la despedirá de su casa. Si después de haber salido toma otro marido, y éste también concibiere aversión a ella, y la diere escritura de repudio, y la despidiere de su casa, o bien si él viene a morir; no podrá el primer marido volverla a tomar por mujer; pues quedó amancillada y hecha abominable delante del Señor; no sufras que con un tal pecado sea contaminada la tierra, cuya posesión te ha de dar el Señor Dios tuyo. Cuando un hombre acaba de casarse no ha de ir a la guerra, ni se le impondrá cargo público; sino que se le permitirá emplearse enteramente en atender a su casa, y pasar un año en paz y alegría con su esposa. No tomarás en prenda muela de molino, sea la de arriba o la de abajo; porque el que eso te ofrece, te empeña lo necesario para su propia vida. Si fuere cogido un hombre que sonsacando a su hermano de entre los hijos de Israel, le haya vendido como esclavo y recibido el precio, será castigado de muerte, y con eso desterrarás la maldad de en medio de tu pueblo. Guárdate bien de incurrir o de merecer la plaga o azote de la lepra; a cuyo fin has de hacer todo lo que te enseñaren los sacerdotes del linaje de Leví, conforme a lo que les tengo mandado, y ejecútalo puntualmente. Acordaos de lo que hizo el Señor Dios vuestro con María, en el viaje, después que salisteis de Egipto. Cuando vayas a cobrar de tu prójimo alguna deuda, no entres en su casa para tomarle prenda; sino que te quedarás afuera, y él te sacará lo que tuviere. Mas si es pobre, no pernoctará la prenda en tu casa; sino que se la restituirás antes que se ponga el sol, para que durmiendo en su ropa, te bendiga, y tengas mérito delante del Señor Dios tuyo. No negarás el jornal a tu hermano menesteroso y pobre, o al forastero que mora contigo en la tierra y dentro de tus ciudades; sino que le pagarás en el mismo día antes de ponerse el sol el salario de su trabajo, porque es un pobre y con eso sustenta su vida: no sea que clame contra ti al Señor, y se te impute a pecado. No se hará morir a los padres por los hijos, ni a los hijos por sus padres, sino que cada uno morirá por su pecado. No harás injusticia al extranjero ni al huérfano, ni tomarás a la viuda su ropa en prendas. Acuérdate que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor Dios tuyo te libertó de allí. Por cuya razón te mando que hagas esto: cuando segares las mieses en tu campo, y por descuido dejares una gavilla, no vuelvas atrás a cogerla, sino que la dejarás para que se la lleve el forastero, el huérfano y la viuda; para que el Señor tu Dios te bendiga en todas las obras de tus manos. Cuando cojas las aceitunas, no vuelvas a recoger las que quedaren en los árboles; sino que las has de dejar para el forastero, el huérfano y la viuda. Cuando veindimiares tu viña, no has de rebuscar los racimos que quedan; sino que cederán en utilidad del forastero, del huérfano y de la viuda. Acuérdate que tú también fuiste esclavo en tierra de Egipto, y por lo mismo te mando yo que hagas esto. Si hubiere pleito entre algunos, y recurrieren a los jueces, adjudicarán éstos la palma de la justicia al que conocieren claramente que la merece; y al que vieren que es impío o injusto, le condenarán por la impiedad o injusticia. Que si juzgaren ser el delincuente merecedor de azotes, lo mandarán tender en el suelo, y lo harán azotar en su presencia. A medida del delito será también el número de azotes; con tal que no pasen de cuarenta; a fin de que tu hermano no salga a tu vista ignominiosamente llagado. No pondrás bozal al buey que trilla tus mieses en la era. Si vivieren juntos dos hermanos, y uno de ellos muriere sin hijos, la mujer del difunto no se casará con ningún otro que con el hermano de su marido, el cual la tomará por mujer, y dará sucesión a su hermano; y al primogénito que de ella tuviere, le pondrá el nombre del otro hermano, o será reputado por hijo de él, a fin de que no se borre su nombre en Israel. Mas si no quisiere recibir por mujer a la de su hermano, que por ley debe ser suya, irá dicha mujer a la puerta de la ciudad, donde está el juzgado, y querellándose a los ancianos, dirá: El hermano de mi marido no quiere resucitar el nombre de su hermano en Israel, ni tomarme por mujer. Al punto lo harán citar y lo examinarán. Si respondiere: No quiero tomarla por mujer, entonces se llegará a él la mujer en presencia de los ancianos, y le quitará del pie el calzado, y le escupirá en el rostro, diciendo: Así se ha de tratar a un hombre que no hace revivir el nombre de su hermano. Y su casa será llamada en Israel casa del descalzado. Si riñeren entre sí dos hombres, y el uno empezare a luchar con el otro, y queriendo la mujer del uno librar a su marido de las manos del más fuerte, metiere la mano y le agarrare por sus vergüenzas, harás cortar la mano de la mujer, sin moverte a compasión alguna por ella. No tendrás en tu bolsa diferentes pesas, unas mayores y otras menores o defectuosas; ni habrá en tu casa pesas mayor y menor. Tu peso será justo y fiel, y la pesa cabal y entera; para que vivas largo tiempo en la tierra, que el Señor Dios tuyo te dará; pues tu Señor Dios abomina de aquel que hace tales cosas; y aborrece toda injusticia. Acuérdate de lo que hizo contigo Amalec en el viaje, cuando saliste de Egipto; cómo te asaltó, acuchillando a los últimos de tu ejército, que cansados se quedaban atrás, estando tú muerto de hambre y de trabajos, y no tuvo temor de Dios. Luego, pues, que el Señor Dios tuyo te diere reposo, y te sujetare todas las naciones del contorno en la tierra que te ha prometido raerás el nombre de Amalec de debajo del cielo. Mira que no lo olvides. Cuando hubieres entrado en la tierra cuya posesión te dará el Señor Dios tuyo, y la hayas obtenido, y habitares ya en ella, separarás las primicias de todas tus cosechas, y las meterás en una banasta, e irás al lugar que el Señor Dios tuyo hubiere escogido para establecer allí su culto, y te presentarás al sacerdote que fuere por entonces, y le dirás: Yo confieso en este día delante del Señor Dios tuyo que he entrado en la tierra que juró a nuestros padres que nos daría. Entonces el sacerdote recibiendo la banasta de tu mano, la pondrá delante del altar del Señor Dios tuyo, y tú dirás en presencia del Señor tu Dios: Labán el sirio procuraba destruir a mi padre Jacob ; el cual descendió después a Egipto, y estuvo allí como extranjero con poquísimas personas; mas luego creció hasta formar una nación grande y robusta, y de infinita gente. Pero los egipcios nos oprimieron y persiguieron, imponiéndonos cargas pesadísimas; por lo que clamamos al Señor Dios de nuestros padres; el cual nos oyó, y volvió los ojos para mirar nuestro abatimiento, y nuestros trabajos y angustias; y nos sacó de Egipto con mano fuerte, y brazo poderoso, con gran terror, y con señales y portentos, y nos introdujo en este país, entregándonos esta fertilísima tierra que mana leche y miel. Y por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos de la tierra que me dio el Señor. Dicho esto, las dejarás en la presencia del Señor Dios tuyo; y después de haber adorado a tu Señor Dios, celebrarás un banquete comiendo de todos los bienes que te hubiere dado el Señor Dios tuyo a ti y a tu familia, tú, y el levita, y el forastero que está contigo. Cuando hubieres completado o acabado de dar el diezmo de todos tus frutos, darás, cada tres años, el diezmo peculiar al levita y al forastero, y al huérfano y a la viuda, para que coman y se sacien dentro de tus ciudades. Y dirás en presencia del Señor Dios tuyo: Yo he tomado de mi casa lo que fue consagrado al Señor, y dádolo al levita y al forastero, y al huérfano y a la viuda, como me tienes mandado: no he traspasado tus mandamientos, ni olvidádome de tus preceptos. Nada he comido de estas cosas en mis lutos, ni las separé en ocasión de alguna inmundicia, ni he empleado nada de ellas en funerales. He obedecido a la voz del Señor Dios mío, y lo he ejecutado todo como me mandaste. Vuelve los ojos desde tu santuario, y desde la excelsa morada de los cielos, y echa la bendición sobre tu pueblo de Israel, y sobre la tierra que nos has dado, conforme juraste a nuestros padres, tierra que mana leche y miel. Hoy te ha mandado el Señor tu Dios que observes estos mandamientos y leyes: y que los guardes y cumplas con todo tu corazón y toda tu alma. Tú, renovando la alianza, has elegido hoy al Señor para que sea tu Dios, y tú sigas sus caminos, y practiques sus ceremonias, y preceptos y leyes, y obedezcas a su imperio. Y asimismo el Señor te ha escogido hoy nuevamente para que seas un pueblo peculiar suyo, como te lo tiene dicho, y guardes todos sus mandamientos; y él, para loor y nombradía, y gloria suya, te haga la nación más ilustre de cuantas naciones ha creado, y seas el pueblo santo del Señor Dios tuyo, conforme lo tiene prometido. Y Moisés con los ancianos de Israel, ordenó al pueblo, diciendo: Guarda todos los mandamientos que te comunico hoy. Y pasado que hubieres el Jordán, y entrado en la tierra que te dará tu Señor Dios, erigirás unas grandes piedras que alisarás o encostrarás con cal, a fin de poder escribir en ellas todas las palabras de esta ley, pasado que hayas el Jordán para entrar en la tierra que te dará el Señor Dios tuyo, tierra que mana leche y miel, conforme lo tiene jurado a tus padres. Cuando, pues, hubiereis pasado el Jordán, erigid las piedras que hoy os mando, en el monte Hebal, alisándolas con una capa de cal. Y levantarás también allí un altar al Señor tu Dios, de piedras que no haya tocado el hierro, de piedras toscas y sin labrar, y ofrecerás encima de ellas holocausto al Señor Dios tuyo. Y sacrificarás hostias pacíficas, de que comerás allí, celebrando un banquete en presencia del Señor tu Dios. Y escribirás en dichas piedras todas las palabras de esta ley, con distinción y claridad. Dijeron además Moisés y los sacerdotes del linaje de Leví a todo Israel: Atiende y escucha, oh Israel: Hoy has sido constituido pueblo del Señor Dios tuyo: escucharás, pues, su voz, y ejecutarás sus mandamientos y leyes que yo te prescribo. En aquel día Moisés dio esta orden al pueblo diciendo: Pasado que hayáis el Jordán, se pondrán Simeón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín, sobre el monte Garizim, para bendecir al pueblo; y en frente de ellos, en el monte Hebal, estarán para pronunciar las maldiciones Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí. Y entonarán los levitas, y dirán en alta voz a todos los varones de Israel: Maldito sea el hombre que hace imagen o ídolo de talla, o de fundición, obra de mano de artífices, abominada del Señor, y la coloca en lugar oculto. Y todo el pueblo responderá diciendo: Amén. Maldito sea el que no honra a su padre y a su madre. Y responderá todo el pueblo: Amén. Maldito el que traspasa los linderos de la heredad de su prójimo. Y responderá todo el pueblo: Amén. Maldito el que hace errar al ciego en el camino. Y responderá todo el pueblo: Amén. Maldito el que tuerce la justicia o el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda. Y responderá todo el pueblo: Amén. Maldito el que duerme con la mujer de su padre, y deshonra así su tálamo. Y responderá todo el pueblo: Amén. Maldito el que peca con cualquier bestia que sea. Y responderá todo el pueblo: Amén. Maldito el que duerme con su hermana, hija de su padre, o de su madre. Y dirá todo el pueblo: Amén. Maldito el que duerme con su suegra. Y dirá el pueblo: Amén. Maldito el que matare o dañare gravemente a traición a su prójimo. Y dirá todo el pueblo: Amén. -- Maldito el que no persevera en la fiel observación de todas las palabras de esta ley, ni las pone por obra. Y dirá todo el pueblo: Amén. Pero si oyeres la voz del Señor tu Dios, practicando y guardando todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, el Señor Dios tuyo te ensalzará sobre todas las naciones que pueblan la tierra. Y vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas bendiciones con tal que obedezcas sus preceptos. Bendito serás en la ciudad, y bendito en el campo. Bendito el fruto de tu vientre y benditos los frutos de tu tierra, y benditas las crías de tus jumentos, las majadas de tus vacas, y los apriscos de tus ovejas. Benditos tus graneros, y benditos los repuestos de tus frutos. Bendito serás en todas tus acciones desde el principio hasta el fin. El Señor pondrá derribados a tus pies los enemigos que se levantaren contra ti: por un camino vendrán a acometerte, y por siete huirán de tu vista. Echará el Señor su bendición sobre tus graneros, y sobre todo aquello en que pongas tu mano; te bendecirá en la tierra que de él habrás recibido. El Señor te constituirá por pueblo santo suyo, conforme te lo ha jurado; con tal que observes los mandamientos de tu Señor Dios, y sigas sus caminos. Y verán todos los pueblos de la tierra que eres llamado con verdad Pueblo de Dios; y te respetarán. El Señor te colmará de todos los bienes, multiplicando el fruto de tu vientre, el fruto de tus ganados y el fruto de tu tierra, la cual prometió el Señor con juramento a tus padres que te la daría. Abrirá el Señor su tesoro riquísimo, a saber, el cielo para dar las lluvias a tu tierra en sus tiempos, y echará la bendición sobre todas las obras de tus manos. De suerte que tú prestarás a muchas gentes, y de nadie tomarás prestado. El Señor te pondrá siempre a la cabeza de los pueblos, y no detrás de ellos, y estarás siempre encima, y no debajo; con tal que obedez-cas los mandamientos del Señor Dios tuyo, que te prescribo yo en este día, y los guardes y cumplas, sin desviarte de ellos ni a la diestra ni a la siniestra, y no sigas ni adores dioses ajenos. Pero si no quisieres escuchar la voz de tu Señor Dios, observando y practicando todos sus mandamientos y las ceremonias que hoy te prescribo, vendrán sobre ti, y te alcanzarán todas estas maldiciones. Maldito serás en la ciudad, y maldito en el campo. Maldito tu granero, y malditos tus repuestos de frutos. Maldito el fruto de tu vientre, y los frutos de tu tierra, tus vacadas, y los rebaños de tus ovejas. Maldito serás en todas tus acciones desde el principio hasta el fin de ellas. Enviará el Señor sobre ti hambre y necesidad, y echará la maldición sobre cuanto obrares y pusieres tus manos; hasta desmenuzarte y acabar contigo en poco tiempo, por causa de tus perversísimas acciones, por las cuales le habrás abandonado. Hará el Señor que se te pegue la peste, hasta que acabe contigo, en la tierra en cuya posesión entrarás. El Señor te castigará con la carestía, con la calentura y el frío, con el ardor y la sequedad, con la corrupción del aire y la langosta, y te perseguirá hasta que perezcas. Se volverá de bronce el cielo que te cubre, y de hierro la tierra que pisas. El Señor dará a tu tierra polvo en vez de lluvia, y descenderá del cielo ceniza sobre ti, hasta que quedes reducido a la nada. El Señor te hará caer postrado a los pies de tus enemigos. Por un camino irás a pelear contra ellos, y no hallarás bastantes sendas por donde huir; y serás dispersado por todos los reinos de la tierra. Tus cadáveres servirán de pasto a todas las aves del cielo y bestias de la tierra sin que nadie cuide de ahuyentarlas. Te herirá el Señor con las úlceras y plagas de Egipto, y también con sarna y comezón; de tal manera que no tengas cura. Te castigará el Señor con la locura o delirio, con la ceguedad y confusión; de suerte que andarás a tientas en medio del día como suele andar un ciego rodeado de tinieblas; y así no acertarás en ninguna cosa que emprendas. Y en todo tiempo tendrás que sufrir calumnias, y serás oprimido por la fuerza sin tener quien te libre. Tomarás mujer, y otro la gozará. Edificarás casa, y no la podrás habitar. Plantarás viña, y no la vendimiarás. Será degollado tu buey delante de ti, y no comerás de él. A tus ojos será robado tu asno, y no te lo restituirán; tus ovejas serán dadas a tus enemigos, sin que haya quien te valga. Tus hijos y tus hijas serán entregados a pueblo extraño, viéndolo tus ojos y consumiéndose con la continua vista de su miseria, sin haber fuerza en tu mano para librarlos. Los frutos de tu tierra y de todas tus fatigas se los comerá un pueblo desconocido para ti; y estarás sufriendo continuamente calumnias y abrumado todos los días y quedarás despavorido por el terror de las cosas que verán tus ojos. Te herirá el Señor con úlceras malignísimas en las rodillas y en las pantorrillas, y de un mal incurable desde la planta del pie hasta la coronilla. El Señor te transportará con tu rey, que habrás establecido sobre ti, a una nación que ni conoces tú, ni tus padres, en donde servirás a dioses extraños, al leño y a la piedra. Y andarás perdido, siendo el juguete y la fábula de todos los pueblos a donde te llevará el Señor. Echarás mucha simiente en la tierra y cogerás poco; porque las langostas lo devorarán todo. Plantarás una viña, y la cavarás; mas no beberás vino, ni cogerás nada de ella; porque los gusanos la roerán. Tendrás olivares en todos tus términos, y no te darán ni aun aceite con que ungirte, porque se caerán las aceitunas y se pudrirán. Tendrás hijos e hijas, y no gozarás el placer de poseerlos, porque serán llevados cautivos. La langosta consumirá todos tus árboles y los frutos de tu tierra. El extranjero que vive contigo en la tierra te sobrepujará y se alzará sobre ti; y tú caerás y estarás debajo de él. El te prestará y tú no podrás prestarle: él estará siempre a la cabeza, y tú ocuparás el ínfimo lugar. Todas estas maldiciones caerán sobre ti, y te oprimirán hasta que del todo perezcas: porque no escuchaste la voz del Señor tu Dios, ni observaste sus mandamientos y las ceremonias que te ha ordenado. Y así en ti como en tu descendencia estarán viéndose siempre señales y prodigios de la cólera de Dios, por no haber servido al Señor Dios tuyo con gozo y alegría de corazón, habiéndote colmado de toda suerte de bienes. Serás hecho esclavo de un enemigo que conducirá el Señor contra ti, le servirás con hambre y sed, y desnudez, y todo género de miserias; y pondrá un yugo de hierro sobre tu cerviz, hasta que te aniquile. Desde un país remoto, del cabo del mundo hará venir el Señor contra ti, con la rapidez que vuela el águila, y se echa impetuosamente sobre la presa una nación cuya lengua no podrás entender: gente sumamente fiera y procaz, que no tendrá respeto al anciano, ni compasión del niño; y que devorará las crías de tus ganados, y los frutos de tus cosechas, de suerte que perezcas; pues no te dejará trigo, ni vino, ni aceite, ni manadas de vacas, ni rebaños de ovejas; hasta que te destruya. y aniquile enteramente en todas tus ciudades, y queden arruinados en toda tu tierra esos altos y fuertes muros en que ponías tu confianza. Quedarás sitiado dentro de las ciudades en todo el país que te dará el Señor Dios tuyo; y llegarás al extremo de comer el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas que te hubiere dado el Señor Dios, por la estrechura y desolación a que te reducirá tu enemigo. El hombre más delicado y más regalón de tu pueblo, mirará mal a su hermano, y a su esposa misma que duerme en su seno, para no darles de la carne de sus hijos, que comerá por no hallar otra cosa durante el sitio, y en la necesidad extrema con que te aniquilarán tus enemigos dentro de todas tus ciudades. La mujer tierna y delicada, que no sabía dar un paso, ni asentar la planta del pie sobre la tierra por su demasiada delicadeza y sensibilidad, no querrá dar a su mismo amado esposo parte de las carnes del hijo y de la hija, ni de las secundinas, o masa inmunda que sale de su vientre, ni del niño que ha nacido en aquel mismo punto: porque se comerá todo esto a escondidas, por falta de toda otra cosa con que resistir a una hambre tan cruel, durante el cerco y devastación con que te apurará tu enemigo dentro de tus ciudades. Si no guardares y cumplieres todas las palabras de esta ley, que van escritas en este volumen, y si no temieres aquel nombre glorioso y terrible, quiero decir, al Señor Dios tuyo, el Señor acrecentará tus plagas y las de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, enfermedades malignas e incurables; y arrojará sobre ti todas las plagas de Egipto, que tanto te horrorizaron, las cuales se apegaron a ti estrechamente. Además de esto enviará el Señor sobre ti todas las dolencias y llagas, que no están escritas en el libro de esta ley, hasta aniquilarte. Y quedaréis en corto número los que antes igualabais en multitud a las estrellas del cielo; porque no has obedecido, ¡oh Israel!, a la voz del Señor Dios tuyo. Y así como en otros tiempos se complació el Señor en haceros bien y multiplicaros, así se gozará en abatiros y arrastraros; para que seáis exterminados de la tierra en cuya posesión vais a entrar. El Señor te desparramará, ¡oh Israel!, por todos los pueblos desde un cabo del mundo al otro; y allí servirás a dioses ajenos que ni tú, ni tus padres conocisteis, a dioses de palo y de piedra. Aun allí entre aquellas gentes no lograrás descanso, ni podrás asentar el pie, porque el Señor te dará allí un corazón espantadizo, y ojos desfallecidos, y una alma consumida de tristeza. Y estará tu vida como pendiente delante de ti. Temerás de noche y de día, y no confiarás de tu vida. Por la mañana dirás: ¿Quién me diera llegar a la tarde? Y por la tarde: ¿Quién me diera llegar a la mañana? Tan aterrado y despavorido estará vuestro corazón, y tan horribles serán las cosas que sucederán a vuestros ojos. El Señor te volverá a llevar en navíos a Egipto, después que te dijo que no volvieras más a ver aquel camino. Allí seréis vendidos a vuestros enemigos por esclavos, y por esclavas vuestras mujeres, y aun no habrá quien quiera compraros. Estas son las palabras de la alianza que mandó el Señor a Moisés ratificar con los hijos de Israel en tierra de Moab, renovando la que hizo con ellos en Horeb. Convocó entonces Moisés a todo Israel, y les dijo: Vosotros habéis visto todas las cosas que hizo el Señor en vuestra presencia en la tierra de Egipto contra Faraón, y todos sus ministros, y todo su reino. Visteis con vuestros ojos las grandes plagas con que los probó, aquellos prodigios y maravillas estupendas. Y el Señor por su justo juicio no os ha dado hasta el presente un corazón que sienta, ni ojos que miren, ni oídos que quieran escuchar. El Señor os ha conducido hasta aquí por el desierto, durante cuarenta años; sin que se hayan gastado vuestros vestidos; ni se ha roto de puro viejo el calzado de vuestros pies. No habéis comido pan, ni bebido vino o sidra, a fin de que por el maná conocierais que yo soy el Señor Dios vuestro. Y llegasteis a este sitio, donde nos salieron al encuentro Sehón, rey de Hesebón, y Og, rey de Basán, para pelear contra nosotros; y los hemos derrotado, y apoderándonos de su tierra, y la hemos dado en posesión a Rubén, y a Gad, y a la media tribu de Manasés. Ahora, pues, guardad las palabras o condiciones de esta alianza y cumplidlas, a fin de que os salga bien cuanto emprendáis. Vosotros estáis hoy todos juntos en la presencia del Señor Dios vuestro, vuestros príncipes y tribus, los ancianos y los doctores: todo el pueblo de Israel. Vuestros hijos y mujeres, y los extranjeros que moran entre vosotros en el campamento, sin excluir de este número los leñadores y aguadores, todos estáis aquí; a fin de que, ¡oh Israel!, renueves la alianza del Señor Dios tuyo, alianza jurada que hoy ratifica el Señor Dios tuyo contigo, para elevarte a ser pueblo suyo, y para ser él tu Dios, como te lo tiene dicho, y como lo juró a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob . Ni yo concierto esta alianza, y confirmo estos juramentos con solos vosotros, sino con todos, con los presentes y con los venideros. Pues bien sabéis de qué manera hemos vivido en la tierra de Egipto, y cómo hemos atravesado por medio de las naciones, donde al pasar habéis visto las abominaciones y suciedades, esto es, sus ídolos, o el leño y la piedra, la plata y el oro que adoraban. No sea que por desgracia se halle entre vosotros hombre o mujer, familia o tribu, cuyo corazón esté hoy desviado del Señor Dios nuestro, y resuelto a servir a los dioses de aquellas gentes, y que brote entre vosotros raíz que produzca hiel y amargura; y que cuando el tal oyere las palabras de este juramento, se lisonjee a sí mismo, diciendo: Yo tendré paz aunque me abandone al desorden de mi corazón: con lo que embriagado con este error arrastre tras sí a los inocentes. Mas el Señor no le perdonará, antes se encenderá entonces más su furor y celo contra el tal hombre, y caerán sobre él de asiento todas las maldiciones que están escritas en este libro: y borrará el Señor su nombre de debajo del cielo, y lo exterminará para siempre de todas las tribus de Israel: cumpliéndose las maldiciones que se contienen en este libro de la ley y de la alianza. Y preguntarán la generación venidera y los hijos que nacerán en adelante, y los extranjeros que vinieren de lejos al ver las plagas de aquella tierra y las enfermedades con que la afligiere el Señor, (el cual la abrasará con azufre y salitre ardiente, de suerte que ya no se siembre más, ni brote hierba, ni verde alguno; representando el asolamiento de Sodoma y de Gomorra, de Adama y de Seboim, que arrasó el Señor, encendido el furor de su ira). Preguntarán, digo, todas las gentes: ¿Por qué causa trató así el Señor a esta tierra? ¿Qué saña e inmenso furor es éste? Y responderán: Porque quebrantaron el pacto del Señor, que concertó con sus padres cuando los sacó de la tierra de Egipto, y sirvieron y adoraron a dioses ajenos, a dioses que no conocían, y a quienes no pertenecían. Por esto se encendió el furor del Señor contra esta tierra, descargando sobre ella todas las maldiciones que están escritas en este libro. Y con ira y furor y con indignación grandísima, arrojó de este país a sus habitantes, desterrándolos a regiones extrañas, como se ve hoy por experiencia. Arcanos del Señor Dios nuestro, manifestados a nosotros y a nuestros hijos hasta el fin de los siglos, para que temerosos y obedientes observemos todas las disposiciones de esta ley. Según esto, cuando se cumpliere lo que te anuncio acerca de la bendición o maldición, que acabo de proponer ante tus ojos; y movido a penitencia tu corazón en medio de todas las naciones, entre las cuales te habrá esparcido el Señor tu Dios, te volvieres a él, con tus hijos, y obedecieres a sus mandamientos, de todo tu corazón y con toda tu alma, como te lo prescribo en este día, el Señor Dios tuyo te hará volver de tu cautiverio, y tendrá misericordia de ti, y otra vez te congregará, sacándote de todos los pueblos por donde antes te desparramó. Aunque hayas sido dispersado hasta las extremidades del mundo, de allí te sacará el Señor Dios tuyo, y te tomará, e introducirá en la tierra que poseyeron tus padres, y tú la volverás a ocupar, y bendiciéndote, te multiplicará mucho más que a tus padres. Entonces el Señor Dios tuyo circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor Dios tuyo de todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que así consigas la vida. Y todas estas maldiciones las convertirá contra tus enemigos y contra los que te aborrecen y persiguen. Tú te convertirás y escucharás la voz del Señor Dios tuyo, y cumplirás todos los mandamientos que hoy te prescribo yo. Y el Señor Dios tuyo manifestará su bendición en todas las obras de tus manos, en los hijos que saldrán de tu seno y en la cría de tus ganados, en la fecundidad de tu tierra y en la abundancia de todas las cosas. Porque volverá el Señor a complacerse en colmarte de bienes, como se complació en orden a tus padres; con tal que oigas la voz de tu Señor Dios, y guardes sus preceptos y ceremonias prescritas en esta ley; y te conviertas al Señor Dios tuyo de todo tu corazón y con toda tu alma. Este mandamiento que yo te prescribo hoy no está sobre ti, ni puesto lejos de ti, ni situado en el cielo, de suerte que puedas decir: ¿Quién de nosotros podrá subir al cielo para que nos traiga ese mandamiento y le oigamos y pongamos por obra? Ni está situado a la otra parte del mar, para que te excuses y digas: ¿Quién de nosotros podrá atravesar los mares, y traérnosle de allá para que podamos oír y hacer lo que se nos manda? Sino que el dicho mandamiento está muy cerca de ti: en tu boca está y en tu corazón, y en tu mano para que lo cumplas. Considera que hoy he puesto a tu vista la vida y el bien de una parte, y de otra la muerte y el mal. Con el fin de que ames al Señor tu Dios, y sigas sus caminos, y guardes sus mandamientos, y ceremonias y ordenanzas, para que vivas y el Señor te multiplique y bendiga en la tierra, en cuya posesión entrarás. Mas si tu corazón se apartare del Señor, y no quisieres obedecer y seducido del error adorares dioses ajenos, y les sirvieres, desde hoy te profetizo que vas a perecer, y que morarás poco tiempo en la tierra en cuya posesión, pasado el Jordán, entrarás. Yo invoco hoy por testigos al cielo y a la tierra, de que te he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge desde ahora la vida, para que vivas tú, y tu posteridad, y ames al Señor Dios tuyo, y obedezcas a su voz y te unas íntimamente a él (siendo él mismo, como es, vida tuya, y el que ha de darte larga vida), a fin de que habites en la tierra que juró el Señor a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob , que les había de dar. Fue, pues, Moisés, y habló todas estas cosas a todo Israel, y les dijo después: Yo me hallo hoy día en la edad de ciento veinte años: no puedo ya continuar en ser vuestro caudillo, mayormente habiéndome dicho el señor: Tú no has de pasar ese río Jordán. Mas el Señor Dios tuyo, ¡oh Israel!, irá delante de ti: él deshará a tu vista todas esas naciones, y las conquistarás; y este Josué pasará delante de ti, como lo tiene dicho el Señor; y hará Dios con ellas lo mismo que hizo con Sehón y con Og, reyes de los amorreos, y con sus reinos, y las exterminará. Así pues, cuando también os hubiere entregado estas naciones, haréis con ellas otro tanto, según os tengo mandado. Portaos varonilmente, y con firmeza; no temáis, ni os amedrentéis a su vista: porque el Señor Dios tuyo él mismo es, ¡oh Israel!, tu caudillo, y no te dejará ni te desamparará. Después de esto llamó Moisés a Josué, y le dijo delante de todo Israel: Ten buen ánimo, y cobra aliento; porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor prometió con juramento a sus padres, y tú se la repartirás por suertes. Y el Señor que es vuestro caudillo, él mismo será contigo: no te dejará ni te desamparará: no temas, ni te amedrentes. Escribió, pues, Moisés esta ley, y se la entregó a los sacerdotes, hijos de Leví, que llevaban el Arca del Testimonio del Señor, y a todos los ancianos de Israel. Y les mandó, diciendo: Al cabo de siete años, en el año de la remisión, en la fiesta de los Tabernáculos, cuando se juntan todos los israelitas para presentarse ante el Señor tu Dios, en el lugar escogido por el Señor, leerás las palabras de esta ley en presencia de todo Israel, que las oirá atentamente; haciendo tú congregar a todo el pueblo, así hombres como mujeres y niños y los extranjeros que moran en tus ciudades: para que escuchándolas aprendan, y teman al Señor Dios vuestro, y guarden y cumplan todas las palabras de esta ley; y a fin también de que sus hijos, que ahora están ignorantes de ella, puedan aprenderla, y reverencien al Señor Dios suyo todos los días que vivan en la tierra de que vais a tomar posesión, pasado el Jordán. Dijo entonces el Señor a Moisés: Mira, ha llegado ya el día de tu muerte: llama a Josué, y presentaos los dos en el Tabernáculo del Testimonio, para que le dé mis órdenes. Fueron, pues, Moisés y Josué, y se presentaron en el Tabernáculo del Testimonio, donde se apareció el Señor en la columna de nube, la cual se fijó en la entrada del Tabernáculo. Y dijo el Señor a Moisés: He aquí que tú vas a descansar con tus padres; y ese pueblo se rebelará y prostituirá a dioses ajenos en la tierra en que va a entrar para morar en ella: allí me abandonará, y quebrantará el pacto que tengo con él concertado; con lo cual se encenderá mi furor contra él en aquel día; y lo abandonaré y esconderé de él mi rostro, y será consumido; todos los males y aflicciones caerán sobre él en tanto grado, que dirá en aquel día: Verdaderamente que por no estar Dios conmigo, me han acontecido estos males. Pero yo entonces esconderé de él y le ocultaré mi rostro, a causa de todas las maldades que habrá hecho, por haber seguido a dioses ajenos. Por tanto escribíos ahora este cántico, y enseñádselo a los hijos de Israel, para que le tomen de memoria y le canten; y este cántico me sirva de testimonio entre los hijos de Israel. Porque yo los introduciré en una tierra que mana leche y miel, la que prometí con juramento a sus padres. Mas ellos cuando habrán comido, y se hayan hartado y engrosado, se pasarán a los dioses ajenos y los servirán, y blasfemarán de mí, y quebrantarán mi pacto. Y cuando habrán sobrevenido a Israel muchos males y desastres, entonces este cántico dará contra él testimonio; cántico que estará en la boca de sus hijos, de suerte que jamás será olvidado. Porque bien sé yo sus pensamientos, y hoy sé lo que ha de hacer, antes que le introduzca en la tierra que le tengo prometida. Escribió, pues, Moisés el cántico siguiente, y lo enseñó a los hijos de Israel. Al mismo tiempo dio el Señor sus órdenes a Josué, hijo de Nun, y le dijo: Ten buen ánimo, y cobra aliento, porque tú has de introducir a los hijos de Israel en la tierra que les prometí, y yo seré contigo. Cuando Moisés hubo acabado de escribir las palabras de esta ley en un volumen, mandó a los levitas, portadores del Arca del Testamento del Señor diciendo: Tomad este libro, y ponedlo al lado del Arca del Testamento del Señor Dios vuestro, para que allí quede por testimonio contra ti, ¡oh Israel! Porque yo conozco tu obstinación y tu indómita cerviz. Aun viviendo yo y conversando con vosotros, siempre os habéis portado con rebeldía contra el Señor: ¿cuánto más en habiendo yo muerto? Juntadme a todos los ancianos de vuestras tribus y a los doctores; y oirán las palabras que les voy a hablar, e invocaré contra ellos al cielo y a la tierra. Que bien sé yo que después de mi muerte os portaréis perversamente, y os desviaréis presto del camino que os he enseñado; y que os sobrevendrán desdichas en los últimos tiempos, cuando habréis pecado delante del Señor, irritándolo con las obras de vuestras manos. Pronunció, pues, Moisés, escuchando toda la sinagoga junta de Israel, las palabras de este cántico, hasta acabarle. Oíd, cielos, lo que voy a proferir: escuche la tierra las palabras de mi boca. Desfilen y empápense como lluvia los documentos míos: desciendan como el rocío mis palabras, como sobre la hierba la menuda lluvia, como llovizna sobre las dehesas. Porque yo invocaré el nombre del Señor: ensalzad vosotros la grandeza de nuestro Dios. Perfectas son todas las obras de Dios y rectos todos sus caminos. Dios es fiel y sin sombra de iniquidad, íntegro y justo. Sus hijos, indignos ya de este nombre, pecaron contra él con sus inmundos ídolos: generación depravada y perversa. ¿Así correspondes al Señor, pueblo necio e insensato? ¿Por ventura no es él tu padre, que te rescató, que te hizo y te crió? Acuérdate de los tiempos antiguos, recorre de una en una las generaciones: pregúntalo a tu padre, y él te informará; a tus antepasados y te lo dirán. Cuando el Altísimo dividía las naciones; cuando separaba los hijos de Adán, fijó ya entonces los límites de los pueblos de Canaán, según el número de los hijos de Israel. Porque el Señor escogió a éstos como porción suya: tomó a Jacob por herencia propia. La halló después en una tierra desierta, en un lugar de horror, en una vasta soledad: le condujo por diferentes rodeos durante cuarenta años, y le adoctrinó, y le guardó como la niña de sus ojos. Como el águila incita a volar a sus polluelos extendiendo las alas y revoloteando sobre ellos: así el Señor extendió sus alas sobre su pueblo, y le tomó y transportó sobre sus hombros. El Señor fue su único caudillo; y no había con él dios ajeno. Le hizo dueño de una tierra superior y excelente, para que comiera de los frutos de los campos, para que chupara la miel que se hace en las cavidades de las peñas, y gustara el rico aceite de los olivos que se crían entre las más duras rocas. La manteca de vacas y la leche de ovejas, gordos corderos y carneros del país de Basán, machos cabríos, la flor del trigo; y para que bebiera la sangre de las uvas en purísimo vino. Se engrosó ese pueblo tan amado de Dios, y viéndose opulento se rebeló contra él. Ya engrosado, engordado y abundante de todo, abandonó a Dios su hacedor, y se alejó de Dios, salvador suyo. Provocaron al Señor con adorar dioses ajenos, e incitaron su cólera con sus abominaciones o idolatrías. Porque en lugar de ofrecer sus sacrificios a Dios, los ofrecieron a los demonios: a dioses no conocidos, a dioses nuevos y recién venidos que jamás habían adorado sus padres. ¡Pueblo insensato! Has abandonado al Dios que te engendró, y te olvidaste del Señor Creador tuyo. Lo vio el Señor, y se encendió en cólera, por ser sus mismos hijos e hijas los que así le provocaban. Y dijo: Yo esconderé de ellos mi rostro, y estaré mirando su fin desgraciado: porque raza perversa es, son unos hijos infieles. Ellos han querido como picarme de celos, con adorar lo que no era dios, y me han irritado con sus vanidades: yo también los provocaré a celos, con amar a aquellos que no eran pueblo mío, y los irritaré sustituyendo en su lugar una gente necia y despreciable. Mi furor se ha encendido como un fuego grande que los abrasará hasta el abismo del infierno: arrasará la tierra y todas sus plantas, y arderán hasta los cimientos de los montes. Amontonaré males y males sobre ellos, hasta apurar todas las flechas de mi aljaba. Serán consumidos de hambre y devorados por las aves carniceras con mordiscos cruelísimos: armaré contra ellos los dientes de las fieras, y la venenosa rabia de las que van arrastrando y serpeando sobre la tierra. Por fuera los desolará la espada y dentro de sus casas el pavor y espanto: el joven y la doncella, el niño que aún mama y el anciano, todos serán exterminados. Y diré entonces: ¿Dónde están esos rebeldes? Yo borraré de entre los hombres su memoria. Pero lo difiero, porque veo tanta arrogancia en sus enemigos: no sea que éstos se engrían y digan: Nuestra mano robusta, y no el Señor, es la que ha hecho todo esto contra Israel. Gente es ésta sin consejo, ni prudencia. ¡Ojalá que tuviesen sabiduría e inteligencia, y previesen sus postrimerías! ¿Cómo podría jamás suceder lo que ahora, que un solo enemigo persiguiera a mil hebreos, y que dos hiciesen huir a diez mil? ¿No es esto porque su Dios los ha vendido, y los ha entregado el Señor?. Porque no es nuestro Dios como los dioses de ellos: júzguenlo los mismos enemigos. La viña del Señor es ya como viña de Sodoma y de los extramuros de Gomorra: sus uvas son uvas de hiel; y llenos están de amargura sus racimos. Hiel de dragones es su vino, y veneno de áspides para el cual no hay remedio. ¿Y acaso no tengo yo reservado todo esto, dice el Señor, acá en mis adentros, y sellado en mis tesoros para el debido castigo? Sí: mía es la venganza, y yo les daré el pago a su tiempo, para derrocar su pie: cerca está ya el día de su perdición, y ese plazo viene volando. El Señor juzgará a su pueblo, y será misericordioso con sus siervos, cuando verá debilitada su fortaleza, y que aún los encastillados desmayaron, y que fueron consumidos los que quedaron. Y dirá entonces: ¿Dónde están sus dioses, en los cuales tenían puesta la confianza, a quienes invocaban al comer la grasa de las víctimas ofrecidas, y al beber el vino de sus profanas libaciones? Levántense ahora, y vengan a socorreros y a ampararos en la necesidad. Ved cómo yo soy el solo y único Dios, y cómo no hay otro fuera de mí. Yo mato, y doy la vida: yo hiero, y yo curo: y no hay quien pueda librar a nadie de mi poder. Alzaré mi mano al cielo, y diré: Vivo yo para siempre, que si aguzare mi espada y la hiciere como el rayo, y empuñare mi mano la justicia, tomaré venganza de mis enemigos, y daré el pago a los que me aborrecen. Embriagaré de sangre suya mis saetas, de la sangre de los muertos y de los prisioneros, que a manera de esclavos van con la cabeza rapada; en sus carnes cebarse ha mi espada. Ensalzad, ¡oh naciones!, a su pueblo, porque el Señor vengará la sangre de sus siervos, y tomará venganza de sus enemigos, y derramará su misericordia sobre la tierra del pueblo suyo. Pronunció, pues, Moisés, con Josué, hijo de Nun, todas las palabras de este cántico en presencia del pueblo. Y después que concluyó su razonamiento a todo Israel, les dijo: Grabad en vuestro corazón todas las cosas que yo os he dicho en este día; para que recomendéis a vuestros hijos que guarden, ejecuten y cumplan todo cuanto está escrito en esta ley. Porque no en vano se os han dado estos preceptos; sino a fin de que cada uno halle la vida en ellos, y ejecutándolos permanezcáis largo tiempo en la tierra en cuya posesión vais a entrar, pasado el Jordán. En este mismo día habló el Señor a Moisés, diciendo: Sube a esa montaña de Abarim, esto es, de los pasajes, al monte o colina de Nebo, que está en el país de Moab, enfrente de Jericó ; y contemplarás la tierra de Canaán, cuya posesión yo entregaré a los hijos de Israel. Y después morirás en el monte, al cual habrás subido, y serás incorporado con tu pueblo: al modo que Aarón tu hermano murió en el monte Hor, y fue reunido con sus gentes: por cuanto prevaricasteis contra mí en medio de los hijos de Israel, allá en las aguas de Contradicción, en Cades del desierto de Tsin; por no haberme honrado como debíais, entre los hijos de Israel. Verás delante de ti la tierra que yo daré a los hijos de Israel, pero no entrarás en ella. Esta es la bendición que Moisés, varón de Dios, dio antes de su muerte a los hijos de Is-rael. Dijo así: De Sinaí vino el Señor, y de Seir nos esclareció; resplandeció desde el monte Farán, y con él millares de santos. En su mano derecha traía la ley que nos dio desde en medio del fuego. El Señor amó a los pueblos: bajo su mano protectora están todos los santos, y aquellos que se sientan a sus pies, recibirán sus instrucciones y doctrinas. Moisés nos dio la ley, la cual será la herencia de la numerosa posteridad de Jacob . Ella será el rey que mandará en su recto o amado pueblo; estando los príncipes del pueblo unidos con las tribus de Israel. Viva Rubén y no muera, mas sea pequeño en número. He aquí la bendición de Judá: Escucha, ¡oh Señor!, la voz de Judá, y dale entre su pueblo la parte que le has destinado: sus manos pelearán por Israel y serás su protector contra los enemigos. Dijo después a Leví: Tu perfección, Señor, y tu doctrina fue concedida a tu varón santo, a quien probaste en la tentación y juzgaste en las aguas de la Contradicción. Aquellos que dijeron a su padre y a su madre: No os conozco; y a sus hermanos: No sé quién sois; y ni a sus propios hijos perdonaron, éstos cumplieron tus mandamientos y guardaron inviolable tu pacto. Estos enseñarán tus derechos a Jacob y tu ley a Israel; y cuando estés irritado, te ofrecerán incienso y holocaustos sobre tu altar. Bendice, oh Señor, su fortaleza y acepta las obras de sus manos. Hiere las espaldas de sus enemigos; y no levanten cabeza los que lo aborrecen. Y de Benjamín dijo: Benjamín el muy amado del Señor, estará cerca de él con confianza; allí morará siempre como en cámara nupcial y reposará en sus brazos. Dijo también a José: Sea la tierra de José bendita del Señor, colmada de frutos y bendiciones del cielo, del rocío y de los manantiales que brotan de debajo de la tierra; de los frutos que son producciones del sol y de la luna; de los que crecen en la cumbre de los montes antiguos y sobre los antiquísimos collados; de todos los frutos de la tierra y de toda la riqueza de ella. La bendición de aquel que se apareció en la zarza, venga sobre la cabeza de José, sobre la coronilla de la cabeza del nazareo o consagrado al Señor entre sus hermanos. Es cual la del toro primerizo su gallardía; como las del rinoceronte son sus astas; con ellas volteará las gentes hasta los fines de la tierra: tal será la gloria de la numerosa tribu de Efraín: y tal la de los millares de hijos de la de Manasés. A Zabulón le dijo: Regocíjate, ¡oh Zabulón!, en tu tráfico por el mar; como tú, Isacar, en la quietud de tu casa. Tus hijos exhortarán los pueblos a ir al monte santo del Señor, donde le inmolarán víctimas de justicia. Chuparán como leche las riquezas de la mar y los tesoros que esconden sus arenas. Dijo también a Gad: Bendito sea Gad en su expansión o ancho territorio: se echó a descansar como un león, arrebató de una vez brazo y cabeza. Y reconoció su prerrogativa en que Moisés el doctor de Israel debía ser depositado en su porción o herencia. El fue con los príncipes del pueblo a la conquista de Canaán, y cumplió los mandatos del Señor y su obligación con Israel. Asimismo dijo a Dan: Dan como un joven león correrá en busca de presa desde Basán y se extenderá mucho. Y a Neftalí le dijo: Neftalí gozará de todo en abundancia: será colmado de las bendiciones del Señor; poseerá el mar de Genezaret, y el país hacia el mediodía. Dijo también a Aser: Bendito sea en su prole. Será agradable a sus hermanos: y bañará en aceite sus pies. De hierro y cobre será su calzado. Como en los días de tu juventud, así serás fuerte en los de tu vejez. No hay otro Dios como el Dios del rectísimo o muy amado Israel. El que está sentado sobre los cielos es tu protector. Su gran poder es el que hace correr las nubes de una parte a otra. Arriba en lo más alto de los cielos está su morada y llegan acá abajo sus brazos o poder eterno. Arrojará de tu presencia al enemigo, y le dirá: Quédate reducido a polvo. Con esto Israel estará en su país seguro y separado. Tiende, ¡oh Jacob !, la vista por tu tierra abundante de trigo y de vino: el rocío caerá con tanta abundancia, que se oscurecerá el cielo. Bienaventurado eres, ¡oh Israel! ¿Quién hay semejante a ti, ¡oh pueblo afortunado!, que hallas tu salud en el Señor? El es el escudo que te cubre y defiende, y la espada que te llena de gloria. Tus enemigos rehusarán reconocerte; pero tú los sojuzgarás y pondrás el pie sobre su cuello. Subió, pues, Moisés de la llanura de Moab al monte Nebo, sobre la cumbre de Fasga enfrente de Jericó y le mostró el Señor toda la tierra de Galaad hasta Dan, y toda la de Neftalí, y la comarca de Efraín y de Manasés, y todo el país de Judá hasta el mar occidental o Mediterráneo, y la parte meridional, y la espaciosa vega de Jericó , ciudad de las palmas, hasta Segor. Y el Señor le dijo: He aquí la tierra de la cual juré a Abrahán, a Isaac y a Jacob diciendo: A tu descendencia se la daré. Tú la has visto con tus ojos; mas no entrarás en ella. Y murió allí Moisés, siervo del Señor, en tierra de Moab, habiéndolo dispuesto así el Señor; quien le hizo sepultar en un valle del distrito de Moab, enfrente de Fogor: y ningún hombre hasta hoy ha sabido su sepulcro. Era Moisés de ciento veinte años cuando murió: no se ofuscó su vista, ni los dientes se le movieron. Y le lloraron los hijos de Israel por espacio de treinta días en las llanuras de Moab: después de los cuales concluyeron el luto los que lo lloraban. Y Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría: porque Moisés le había impuesto las manos. Y los hijos de Israel le prestaron obediencia, y ejecutaron lo que mandó el Señor a Moisés. Ni después se vio jamás en Israel un profeta como Moisés, con quien conversase el Señor cara a cara; ni que hiciese todos aquellos milagros y portentos que obró cuando lo envió el Señor a tierra de Egipto contra Faraón y todos sus siervos, y su reino todo; ni que tuviese aquel universal poderío, y obrase las grandes maravillas que hizo Moisés a vista de todo Israel. Y sucedió que después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, habló el Señor a Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés, y le dijo: Mi siervo Moisés ha muerto: anda y pasa ese Jordán tú y todo el pueblo contigo, para entrar en la tierra que yo daré a los hijos de Israel. Todo el lugar de ella que pisare la planta de vuestro pie, os lo entregaré, como lo dije a Moisés. Vuestros términos serán desde el desierto y desde el Líbano hasta el gran río Eufrates: toda la tierra de los heteos hasta el mar grande que cae al poniente será vuestra. Ninguno de esos pueblos podrá resistiros en todo el tiempo de tu vida: como estuve con Moisés, así estaré contigo: no te dejaré ni te desampararé. Esfuérzate y ten buen ánimo; porque tú has de repartir por suerte a este pueblo la tierra que juré a sus padres que les daría. Anímate, pues, y ármate de gran fortaleza para guardar y cumplir toda la ley que te prescribió mi siervo Moisés; no te desvíes de ella ni a la diestra ni a la siniestra; así obrarás prudentemente. Tu boca hable de continuo del libro de esta ley, y medita de día y de noche lo que en él se contiene, a fin de guardar y cumplir todas las cosas en él escritas; con lo cual irás por el recto camino, y procederás sabiamente. Mira que yo soy el que te lo mando; buen ánimo y sé constante. No temas ni desmayes; porque contigo está el Señor Dios tuyo a cualquier parte que vayas. Poco después mandó Josué a los príncipes del pueblo, diciendo: Recorred el campamento y comunicad esta orden al pueblo y decidle: Haced provisión de víveres, porque después de tres días de levantado el campo, habéis de pasar el Jordán y entrar en posesión de la tierra que os ha de dar el Señor Dios vuestro. Dijo asimismo a los hijos de las tribus de Rubén y de Gad, y a los de la media tribu de Manasés: Acordaos del mandato que os dio Moisés, siervo del Señor, cuando os dijo: Dios nuestro Señor os ha concedido reposo, y os ha dado toda esta tierra. Vuestras mujeres e hijos y vuestros ganados se quedarán en este territorio que os entregó Moisés del Jordán acá; pero todos los más esforzados y aguerridos pasad armados a la frente de vuestros hermanos, y pelead a favor de ellos, hasta tanto que el Señor dé reposo a vuestros hermanos, como os lo ha dado a vosotros y posean también ellos la tierra que el Señor Dios vuestro les ha de dar: y entonces os volveréis al territorio cuya posesión se os ha dado y habitaréis en el lugar que os señaló Moisés, siervo del Señor, a esta parte del Jordán, hacia el oriente. Ellos respondieron a Josué y dijeron: Haremos todo cuanto nos has mandado, e iremos a doquiera que nos enviares; así como hemos obedecido a Moisés en todo, del mismo modo te obedeceremos también a ti; solamente deseamos que el Señor tu Dios sea contigo, como fue con Moisés. El que contradijere tus palabras y no quisiere obedecer tus órdenes, muera. Tú por tu parte anímate y obra varonilmente, que nosotros te seguiremos por todo. Entretanto Josué, hijo de Nun, había enviado secretamente desde Setim dos hombres por exploradores, diciéndoles: Id y reconoced bien el terreno, y la ciudad de Jericó . Los cuales, partiendo del campamento, llegaron a Jericó y entraron en casa de una mujer pública, llamada Rahab, y se hospedaron en ella. Y se dio aviso al rey de Jericó , y fuele dicho: Mira que unos hombres israelitas han entrado aquí de noche para reconocer el terreno. Con esta noticia el rey de Jericó mandó decir a Rahab: Saca fuera esos hombres que han venido a ti, y están metidos en tu casa; porque son espías que han venido a reconocer todo el país. Pero la mujer, habiéndolos escondido, respondió: Es verdad que vinieron a mi casa; mas yo no sabía de dónde eran, y se salieron, siendo ya de noche, cuando se iban a cerrar las puertas, sin que yo sepa a dónde marcharon; corred aprisa en su seguimiento, que los alcanzaréis. Empero la mujer había hecho subir a los huéspedes al terrado de su casa, y los cubrió con haces de lino que allí había. Los hombres enviados fueron tras ellos por el camino que lleva al vado del Jordán, y luego que salieron, al punto se cerraron las puertas de la ciudad. Aún no dormían los que estaban escondidos, cuando he aquí que la mujer sube a ellos y les dice: Yo sé que el Señor vuestro Dios os ha entregado el dominio de esta tierra; porque el terror de vuestro nombre se ha apoderado de nosotros, y todos los habitantes del país están amilanados. Hemos oído que el Señor secó las aguas del mar Rojo para daros paso, cuando salisteis de Egipto; y la manera con que tratastéis a los dos reyes de los amorreos, que habitaban al otro lado del Jordán, Sehón y Og, a los cuales habéis muerto. Estas nuevas nos han consternado; ha desmayado nuestro corazón y así que habéis llegado, hemos quedado sin aliento a vuestra entrada: porque el Señor Dios vuestro es el mismo Dios que reina arriba en los cielos y acá bajo en la tierra. Esto por supuesto, juradme ahora por el Señor que así como yo he usado de misericordia con vosotros, así también la usaréis vosotros con la casa de mi padre, y me daréis una contraseña de seguridad, con que salvéis a mi padre y madre, a mis hermanos y hermanas, y todos sus bienes, y los libréis de la muerte. Ellos le respondieron: A costa de nuestra vida salvaremos la vuestra, con tal que tú no nos hagas alguna traición; y cuando el Señor nos habrá entregado esta tierra, usaremos contigo de misericordia y cumpliremos fielmente nuestra promesa. Con esto los descolgó con una cuerda desde la ventana, pues estaba su casa pegada al muro. Pero antes les dijo: Marchaos hacia el monte; no sea que a la vuelta den con vosotros; y estad allí escondidos por tres días, hasta que hayan vuelto vuestros perseguidores, y entonces tomaréis vuestro camino. Le dijeron ellos: Nosotros cumpliremos fielmente el juramento que nos has exigido, si cuando entráremos en la tierra estuviere por contraseña esta cinta de color de grana, atada a la ventana por donde nos has descolgado, y hubieres tenido cuidado de reunir en tu casa a tu padre y madre y hermanos, y toda tu parentela. Mas si alguno se saliere o estuviere fuera de la puerta de tu casa, a él, y no a nosotros deberá imputarse su muerte; pero respecto de todos los que contigo estuvieren dentro de tu casa, recaerá su sangre sobre nuestras cabezas, si alguno los tocare. Pero si tú nos hicieres traición, y das a conocer este convenio, quedaremos desobligados del juramento que has exigido de nosotros. A lo que respondió ella: Como lo habéis dicho, así se hará. Y luego que los despidió y se fueron, colgó la cinta color de grana en la ventana. Ellos caminaron hasta llegar al monte, donde se detuvieron tres días, hasta que hubieron vuelto los que habían ido en su seguimiento; los cuales después de haberlos buscado por todo el camino, no los hallaron. Luego que éstos entraron en la ciudad, descendieron del monte los exploradores y se volvieron; y repasando el Jordán, llegaron a Josué, hijo de Nun, y le contaron todo cuanto les había sucedido, y le dijeron: El Señor ha puesto en nuestras manos toda esta tierra, y todos sus moradores están amilanados con el terror de nuestro nombre. Josué, pues, levantándose antes del día, movió el campo y saliendo de Setim llegaron al Jordán él y todos los hijos de Israel, y se detuvieron allí tres días. Pasados los cuales dieron los heraldos una vuelta por medio del campamento, y comenzaron a publicar en alta voz: Luego que viereis moverse el Arca del Testamento del Señor Dios vuestro, y que marchan los sacerdotes del linaje de Leví, que la llevan, levantad también vosotros el campo, y marchad en pos de ellos. Mas haya entre vosotros y el Arca el espacio de dos mil codos, a fin de que la podáis ver de lejos y saber el camino por donde habéis de pasar, pues no habéis andado antes por él: pero mirad que no os acerquéis al Arca . Y dijo Josué al pueblo: Santificaos; porque mañana ha de obrar el Señor maravillas entre vosotros. Y a los sacerdotes les dijo: Tomad el Arca del Testamento, e id delante del pueblo. Los cuales haciendo lo que se les mandaba, la tomaron, y se pusieron en marcha delante de ellos. Entonces el Señor dijo a Josué: Hoy comenzaré a ensalzarte a vista de todo Israel, para que vean que así como fui con Moisés, así también soy contigo. Tú, pues, manda a los sacerdotes que llevan el Arca del Testamento, y diles: Luego que hubieres puesto el pie en una parte de las aguas del Jordán, parad allí. Y a los hijos de Israel les dijo Josué: Llegaos acá, y oíd las palabras del Señor Dios vuestro. Y añadió: En esto conoceréis que el Señor Dios vivo está en medio de vosotros, y que exterminará a vuestra vista al cananeo, y al heteo, y al heveo, y al ferezeo, al gergeseo también, al jebuseo y al amorreo. Mirad: el Arca del Testamento del Señor de toda la tierra irá delante de vosotros por medio del Jordán para abriros el paso. Tened prevenidos doce varones de las tribus de Israel, uno de cada tribu; y luego que los sacerdotes que llevan el Arca del Señor Dios de toda la tierra, hubieren puesto las plantas de sus pies en las aguas del Jordán, las aguas de la parte de abajo proseguirán corriendo; mas las que vienen de arriba, se pararán amontonándose. Salió, pues, el pueblo de sus tiendas, para pasar el Jordán: y los sacerdotes que llevaban el Arca del Testamento marchaban delante de él. Y luego que éstos entraron en el Jordán, y comenzaron sus pies a mojarse en parte del agua (es de advertir que siendo el tiempo de la siega, el Jordán había salido de madre), las aguas que venían de arriba se pararon en un mismo lugar, y elevándose a manera de un monte, se descubrían a lo lejos desde la ciudad llamada Adom hasta el lugar de Sartán: mas las que iban corriendo hacia abajo fueron a desembocar en el mar del desierto (que ahora se llama Muerto) hasta desaparecer enteramente. Mientras tanto el pueblo iba marchando hacia Jericó , y los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza del Señor, estaban a pie quieto y a la orden del Señor, sobre el suelo enjuto, en medio del Jordán, y todo el pueblo iba pasando por el álveo del río, que había quedado en seco. Luego que acabaron de pasar, dijo el Señor a Josué: Escoge doce varones, uno de cada tribu; y mándales que tomen del medio del Jordán, donde estuvieron parados los sacerdotes, doce piedras solidísimas que colocaréis en el lugar del campamento, en que plantaréis esta noche las tiendas. Llamó, pues, Josué a los doce varones que había elegido de entre los hijos de Israel, uno de cada tribu, y les dijo: Id delante del Arca del Señor Dios vuestro al medio del Jordán; y traed de allí una piedra cada uno sobre vuestros hombros, conforme al número de las tribus de los hijos de Israel, para que sirvan de monumento entre vosotros; y cuando el día de mañana os preguntaren vuestros hijos, diciendo: ¿Qué significan esas piedras? les habéis de responder: Desaparecieron las aguas del Jordán a vista del Arca del Testamento del Señor, cuando iba ella pasándolo; por esto se pusieron esas piedras para eterno monumento de los hijos de Israel. Hicieron, pues, los hijos de Israel lo que les ordenó Josué, trayendo del medio de la madre del Jordán doce piedras, como el Señor le había mandado a Josué, conforme al número de las tribus de los hijos de Israel, hasta el sitio en que acamparon, y las colocaron allí. Levantó también Josué otras doce piedras en medio de la madre del Jordán, donde estuvieron parados los sacerdotes que llevaban el Arca del Testamento, y allí permanecen hasta el día de hoy. Entre tanto los sacerdotes, que llevaban el Arca , estaban pasados en medio del Jordán, mientras que se ejecutaban todas las cosas que el Señor había mandado a Josué que comunicara al pueblo, y que le había dicho Moisés. Y el pueblo se dio prisa a pasar el río. Pasado que hubieron todos, pasó también el Arca del Señor, y los sacerdotes marchaban con ella delante del pueblo. Así mismo los hijos de Rubén y de Gad, y la media tribu de Manasés iban armados a la frente de los hijos de Israel, como les había mandado Moisés. Y estos combatientes, en número de cuarenta mil, iban delante, ordenados en filas y columnas, por las llanuras y campos de la ciudad de Jericó . En aquel día engrandeció el Señor a Josué delante de todo Israel, para que lo temiesen o respetasen, como habían temido a Moisés mientras vivió. Y les habiá dicho el Señor: Manda a los sacerdotes que llevan el Arca del Testamento, que salgan del Jordán. Josué se lo mandó, diciendo: Salid del Jordán. Y luego que salieron llevando el Arca del Testamento, y comenzaron a pisar la ribera, volvieron las aguas a su madre, y corrieron como solían antes. Salió el pueblo del Jordán el día diez del mes primero, y sentó el campamento en Gálgala, que cae al Oriente de la ciudad de Jericó . Colocó asimismo Josué en Gálgala las doce piedras que habían tomado del fondo del Jordán. Y dijo a los hijos de Israel: Cuando preguntaren el día de mañana vuestros hijos a sus padres y les dijeren: ¿Qué significan esas piedras? Los instruiréis y diréis que a pie enjuto pasó Israel ese Jordán, secando el Señor Dios vuestro sus aguas a vuestra vista, hasta que hubisteis pasado; a la manera que primero lo había hecho en el mar Rojo, al cual secó hasta que nosotros pasamos; para que reconozcan todos los pueblos de la tierra la mano todopoderosa del Señor, y vosotros asimismo temáis en todo tiempo al Señor Dios vuestro. Luego que todos los reyes de los amorreos que habitaban a la otra parte del Jordán hacia el Poniente, y todos los reyes de los cananeos que poseían los países vecinos al mar grande o Mediterráneo, oyeron que el Señor había secado las aguas del Jordán, al presentarse los hijos de Israel, hasta que hubieron pasado, desmayó su corazón, y no quedó aliento en ellos, temiendo la entrada de los hijos de Israel. En este tiempo, pues, dijo el Señor a Josué: Hazte unos cuchillos de pedernal y restablece otra vez la circuncisión entre los hijos de Israel. Hizo Josué lo que el Señor le había mandado, y circuncidó a los hijos de Israel en el collado llamado por eso de la Circuncisión. He aquí, pues, la causa de la segunda circuncisión: todos los varones del pueblo salidos de Egipto, los hombres todos de guerra, murieron en el desierto, durante aquel larguísimo viaje de tantos rodeos. Y todos ellos estaban circuncidados. Mas no lo estaban los que habían nacido en el desierto; los cuales anduvieron cuarenta años por aquella vastísima soledad, disponiéndolo así Dios hasta que hubieron muerto todos los que no habían obedecido a la voz del Señor, a quienes juró de antemano que no les dejaría ver la tierra que mana leche y miel. Los hijos de éstos sucedieron en el lugar y derechos de sus padres, y fueron circuncidados por Josué; pues estaban incircuncisos, así como habían nacido, no habiéndolos circuncidado ninguno durante el camino. Después que todos fueron circuncidados, se mantuvieron acampados en el mismo sitio, hasta quedar curados. Dijo entonces el Señor a Josué: Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto, y se llamó el nombre de aquel sitio Gálgala, hasta el presente día. Se detuvieron, pues, los lujos de Israel en Gálgala: y celebraron la Pascua el día catorce del mes, a la tarde, en la llanura de Jericó ; y al otro día comieron panes ázimos hechos de trigo del país y harina del mismo año. Y luego que ya comieron de los frutos de la tierra, faltó el maná; ni usaron más los hijos de Israel de tal manjar, sino que se alimentaron de los frutos que había producido aquel año la tierra de Canaán. Mientras Josué se hallaba en los alrededores de la ciudad de Jericó , alzó los ojos, y viendo delante de sí un varón que estaba en pie con la espada desenvainada, se encaminó a él y le dijo: ¿Eres tú de los nuestros, o de los enemigos? El cual respondió: No soy lo que piensas: sino que soy el príncipe o caudillo del ejército del Señor, que acabo de llegar. Se postró Josué en tierra, sobre su rostro y adorando a Dios, dijo: ¿Qué es lo que ordena mi Señor a su siervo? Quítate, le dijo, el calzado de tus pies; pues el lugar que pisas es santo. Y lo hizo Josué como se lo había mandado. Entre tanto Jericó estaba cerrada y bien pertrechada por temor de los hijos de Israel, y nadie osaba salir ni entrar. Mas el Señor dijo a Josué: Mira: yo he puesto en tu mano a Jericó y a su rey y a todos sus valientes. Dad la vuelta a la ciudad una vez al día todos los hombres de armas. Y haréis esto por espacio de seis días. Y al séptimo, tomen los sacerdotes siete trompetas de las que sirven para el jubileo, y vayan delante del Arca del Testamento, y en esa forma daréis siete vueltas a la ciudad, tocando los sacerdotes sus trompetas. Y cuando se oiga su sonido más continuado, y después más cortado e hiriere vuestros oídos, todo el pueblo gritará a una con grandísima algazara, y caerán hasta los cimientos los muros de la ciudad por todas partes, y cada uno entrará por la que tuviere delante. Con esto Josué, hijo de Nun, convocó a los sacerdotes y les dijo: Tomad el Arca del Testamento, y otros siete sacerdotes tomen siete trompetas de las del jubileo, y vayan delante del Arca del Señor. Dijo asimismo al pueblo: Id y dad vuelta a la ciudad armados, yendo delante del Arca del Señor. Luego que Josué acabó de dar sus órdenes, comenzaron los sacerdotes a tocar las siete trompetas delante del Arca del Testamento del Señor, y todo el ejército armado marchaba en la vanguardia: el resto de la gente seguía detrás del Arca , y las trompetas resonaban por todas partes. Mas Josué había mandado al pueblo, diciendo: No gritaréis, ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta tanto que llegue el día en que os diga: Gritad y dad voces. De esta manera el Arca del Señor rodeó la ciudad una vez el primer día, y volviéndose al campamento se mantuvo allí. Al día siguiente levantándose Josué muy temprano, tomaron los sacerdotes el Arca del Señor, y siete de ellos siete trompetas, de que se sirven en el jubileo, e iban delante del Arca del Señor andando y tocando las trompetas, precedidos de la gente armanda; mas el resto del pueblo seguía detrás del Arca , y resonaban las trompetas. De esta suerte rodearon la ciudad una vez el segundo día, y se retiraron a los campamentos. Así lo hicieron seis días. Pero al día séptimo, levantándose muy de mañana, dieron siete vueltas a la ciudad, según estaba ordenado. Y cuando los sacerdotes a la séptima vuelta tocaron las trompetas, dijo Josué a todo Israel: Alzad el grito: porque el Señor os ha entregado la ciudad, y sea esta ciudad y todo lo que hay en ella, anatema sacrificado al Señor. Sólo Rahab, la ramera, quede viva con todos los que estén en su casa por cuanto ocultó los exploradores que enviamos. Ahora vosotros, guardaos de tocar cosa chica ni grande, contraviniendo las órdenes dadas; para no haceros reos de prevaricación, y no envolver a todo el campamento de Israel en la culpa, y llenarle de turbación. Mas todo lo que se hallare de oro y plata y de utensilios de cobre y hierro, sea consagrado a Dios, y guardado en sus tesoros. Levantando, pues, el grito todo el pueblo, y resonando las trompetas, luego que la voz y el estruendo de ellas penetró los oídos del gentío, de repente cayeron las murallas y subió cada cual por la parte que tenía delante de sí; y se apoderaron de la ciudad, y pasaron a cuchillo a todos cuantos había en ella, hombres y mujeres, niños y viejos: matando hasta lo bueyes y las ovejas, y los asnos. Y dijo Josué a los dos hombres que fueron enviados por exploradores: Entrad en la casa de aquella mujer pública, y sacadla con todas las cosas que son suyas, como se lo prometistéis con juramento. Y habiendo ellos entrado sacaron fuera a Rahab, y a sus padres, hermanos, y a todos sus muebles y alhajas, y a toda la parentela, y los aposentaron fuera del campamento de Israel. Después abrasaron la ciudad y cuanto en ella había, menos el oro y la plata, y los muebles de cobre y de hierro, que fueron consagrados para el erario del Señor. Mas Josué salvó la vida de Rahab la ramera, y a toda la familia de su padre, y a todos los suyos, y permanecieron en medio de Israel, como se ve en el día de hoy; por haber ella escondido a los exploradores enviados a reconocer a Jericó . En aquel tiempo fulminó Josué esta imprecación, diciendo: Maldito sea del Señor quien levantare y reedificare la ciudad de Jericó : muera su primogénito cuando eche sus cimientos, y perezca el postrero de sus hijos así que asiente las puertas. El Señor, pues, estuvo con Josué y su nombradía se divulgó por toda la tierra. Pero los hijos de Israel quebrantaron el mandamiento, y se apropiaron algo del anatema. Porque Acán, hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zaré, de la tribu de Judá, tomó alguna cosa de lo destinado al anatema; por lo cual se enojó el Señor contra los hijos de Israel. Despachó Josué desde Jericó algunos hombres hacia Hai, que está junto a Betaven, al oriente de la villa de Betel, diciéndoles: Andad y reconoced la tierra. Los cuales en cumplimiento de la orden, reconocieron a Hai; y a la vuelta le dijeron: No es menester que se mueva todo el ejército, basta que dos o tres mil hombres marchen y arrasen la ciudad; ¿para qué se ha de fatigar inútilmente todo el pueblo contra poquísimos enemigos? Marcharon, pues, tres mil combatientes: los que volviendo al punto las espaldas, fueron batidos por los de la ciudad de Hai, quedando muertos treinta y seis hombres y siendo perseguidos de los contrarios desde la puerta de Hai hasta Sabarín, y acuchillados al huir cuesta abajo; con lo que se intimidó el corazón del pueblo y se disolvía como agua. Entonces Josué rasgó sus vestidos, y estuvo postrado pecho por tierra delante del Arca del Señor hasta la tarde, así él como todos los ancianos de Israel y cubrieron de cenizas sus cabezas. Y exclamó Josué: ¡Ah Señor Dios! ¿Por qué has querido hacer pasar a este pueblo el río Jordán para entregarnos en manos del amorreo y exterminarnos? ¡Ojalá nos hubiésemos quedado como estábamos al otro lado del Jordán! Señor Dios mío, ¿qué diré viendo a Israel volver las espaldas delante de sus enemigos? Lo dirán los cananeos y todos los moradores de esta tierra, y coligados entre sí nos cercarán y borrarán nuestro nombre de la tierra; y entonces ¿qué será de la gloria de tu excelso Nombre? Y dijo el Señor a Josué: Levántate, ¿por qué yaces postrado en tierra? Israel ha pecado y violado mi pacto: han tomado de lo destinado al anatema; han robado y faltado a la fidelidad, y lo han escondido entre su equipaje. Ya no podrá Israel hacer frente a sus enemigos, sino que huirá de ellos; por haberse contaminado reservándose algo del anatema: no estaré más con vosotros hasta que exterminéis al que es reo de esta maldad. Levántate, pues, santifica al pueblo, y diles: Santificaos para mañana. Porque esto dice el Señor Dios de Israel: ¡Oh, Israel!, el anatema o hurto sacrílego, está en medio de ti; no podrás contrarrestar a tus enemigos, hasta que sea exterminado de en medio de ti el que se ha contaminado con este sacrilegio. Y así mañana os presentaréis delante del Señor cada uno en vuestras tribus: y la tribu que saliere por suerte, se presentará por sus parentelas y la parentela por casas, y cada casa por sus individuos, todo por suerte. Y quien quiera que fuere hallado culpado de esta maldad será quemado en el fuego con todos sus haberes: por cuanto ha violado el pacto del Señor, y cometido un crimen detestable en Israel. Levantándose, pues, Josué muy de mañana, hizo que se presentara Israel por sus tribus y cayó la suerte sobre la tribu de Judá. Sorteadas las familias o parentelas de ésta, salió la familia de Zaré: sorteada ésta por casas, salió la casa de Zabdi; y sorteados los individuos varones de esta casa, uno por uno, se descubrió ser Acán, hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zaré, de la tribu de Judá. Dijo, pues, Josué a Acán: Hijo mío, da gloria al Señor Dios de Israel, y confiesa y declárame qué haz hecho: no me lo encubras. Respondió Acán a Josué y le dijo: Verdaderamente yo he pecado contra el Señor Dios de Israel; y he aquí lo que he hecho: Vi entre los despojos una capa de grana muy buena, y doscientos siclos de plata, y una barra de oro de cincuenta siclos; y llevado de codicia, lo tomé y escondí debajo de tierra en medio de mi tienda, y enterré el dinero en un hoyo. Con esto Josué envió ministros, los cuales corriendo a la tienda de Acán, lo hallaron todo escondido en aquel mismo sitio, junto con el dinero. Y sacando fuera de la tienda todas estas cosas, las presentaron a Josué y a todos los hijos de Israel, y las arrojaron delante del Señor. Tomando, pues, Josué y los hijos de Israel a Acán, hijo de Zaré, y con él el dinero y el manto y la barra de oro, con sus hijos también, y sus hijas, bueyes y asnos, y ovejas, y la misma tienda, y todo cuanto tenía, lo llevaron al valle llamado por eso de Acor, donde dijo Josué: Ya que tú nos haz llenado de turbación, te extermíne el Señor en este día y le apedreó todo Israel, y fue consumido de las llamas su cuerpo y todo cuanto poseía. Y arrojaron sobre él un gran montón de piedras, que permanecen hasta el día de hoy. Con eso la ira del Señor se apartó de ellos: y hasta hoy día se llama aquel lugar Valle de Acor. Dijo después el Señor a Josué: No temas ni te acobardes: toma contigo toda la gente de guerra, y puesto en marcha sube a la ciudad de Hai; sábete que tengo entregado en tus manos su rey y el pueblo, y la ciudad y su territorio. Y tratarás a la ciudad de Hai y a su rey como trataste a Jericó y al rey de ella: bien que os repartiréis entre vosotros el botín y todos los animales. Para el intento pondrás una emboscada detrás de la ciudad. Partió, pues, Josué y con él todo el ejército de los combatientes, y se dirigieron contra Hai; y destacó de noche treinta mil soldados escogidos de los más valientes; y les dio orden, diciendo: Poned una emboscada a espaldas de la ciudad; vosotros no os alejéis mucho de ella, y mantenéos todos sobre las armas; que yo y la demás gente que tengo conmigo nos acercaremos por la parte opuesta de la ciudad, y en saliendo ellos contra nosotros, echaremos a huir, como antes hicimos, volviendo las espaldas; hasta que persiguiéndonos se alejen mucho de la ciudad, creyendo, como creerán que huimos al modo que la vez primera. Entonces mientras nosotros vamos huyendo y ellos siguiéndonos al alcance, saldréis de la emboscada y saquearéis la ciudad, la cual el Señor Dios vuestro pondrá en vuestras manos. Y apoderados de ella, le pegaréis fuego, ejecutándolo todo puntualmente como lo he mandado. Así los despachó; y marcharon al sitio de la emboscada, y se apostaron entre Betel y Hai, a la parte occidental de la ciudad de Hai. Josué pasó aquella noche en medio del ejército; y levantándose al romper el día, pasó revista a su gente, y se puso en marcha con los ancianos del pueblo al frente del ejército, sostenido del grueso de sus valientes tropas. Llegados que fueron, y subiendo por frente a la ciudad, hicieron alto a la parte del norte, mediante un valle entre ellos y la ciudad. Había Josué escogido cinco mil hombres, y puéstolos en emboscada entre Betel y Hai, al poniente de esta ciudad. Todo el resto del ejército marchaba formado en batalla con dirección al norte, de tal manera que sus últimas filas tocaban al lado occidental de la ciudad. Habiendo, pues, marchado Josué al fin de aquella noche, se apostó en medio del valle. Lo cual como viese el rey de Hai, salió de mañana a toda prisa de la ciudad con todo su ejército, y encaminó sus tropas hacia el desierto, sin saber que dejaba una emboscada a las espaldas. Josué y todo Israel fueron cediendo el terreno, fingiendo miedo, y echando a huir por el camino del desierto. Con lo cual los de Hai alzando a una el grito, y animándose mutuamente, los fueron persiguiendo. Y cuando estuvieron lejos de la ciudad, sin que hubiese quedado ni siquiera un hombre en Hai y en Betel que no fuera al alcance de los israelitas (dejando abiertas las puertas por donde salieron de tropel), dijo el Señor a Josué: Levanta el broquel que tienes en tu mano contra la ciudad de Hai, porque voy a entregártela. Alzado que hubo el broquel contra la ciudad, de repente salieron al ver esta señal los que estaban ocultos en la emboscada y encaminándose hacia la ciudad, la tomaron y pegaron fuego a varios edificios. Entonces los de Hai que iban persiguiendo a Josué, volviendo la cabeza y viendo el humo de la ciudad que subía hasta el cielo, no tuvieron arbitrio para escapar por ningún lado; sobre todo cuando los que aparentaron huir y encaminarse hacia el desierto, atacaron con el mayor denuedo a los que los iban persiguiendo. Viendo, pues, Josué y todo Israel, con esta seña, que la ciudad había sido tomada, y cómo iba subiendo el humo de ella, volviendo atrás, hicieron cara a los de Hai, y los pasaron a cuchillo. Porque al mismo tiempo, los que habían tomado e incendiado la ciudad, saliendo también de ella para unirse con los suyos, comenzaron a acuchillar a los enemigos, los cuales cogidos en medio, fueron de tal suerte destrozados por ambas partes, que de tanta muchedumbre ninguno pudo salvarse. También prendieron vivo al mismo rey de la ciudad de Hai, y le presentaron a Josué. Muertos así todos los que fueron persiguiendo a Israel camino del desierto, y pasados a cuchillo en el mismo sitio, volvieron los hijos de Israel, y asolaron la ciudad. Los que perecieron en esta jornada entre hombres y mujeres, fueron doce mil, vecinos todos de la ciudad de Hai. Josué sin embargo no bajó la mano con que había levantado en alto el broquel, hasta que fueron pasados a cuchillo todos los moradores de Hai. Mas las bestias y demás botín de la ciudad se lo repartieron entre sí los hijos de Israel, como el Señor había ordenado a Josué; el cual puso fuego al resto de la ciudad, y la redujo para siempre a un montón de escombros. Colgó también de un patíbulo a su rey hasta la tarde al ponerse el sol, en que por mandato de Josué descolgaron el cadáver de la cruz, y lo arrojaron en la misma entrada de la ciudad, levantando sobre él un gran montón de piedras, que permanecen hasta el día de hoy. Entonces edificó Josué un altar al Señor Dios de Israel en el monte Hebal, según lo había mandado Moisés, siervo del Señor, a los hijos de Israel, y está escrito en el libro de la ley de Moisés: el altar se hizo de piedras sin labrar, a que no había tocado hierro alguno; y ofreció sobre él holocaustos al Señor, y sacrificó víctimas pacíficas. Asimismo escribió sobre piedras el Deuteronomio o recopilación de la ley de Moisés, que Moisés había explicado delante de los hijos de Israel. Y todo el pueblo, tanto los extranjeros como los naturales, y los ancianos, y los caudillos y jueces, estaban en pie al uno y al otro lado del Arca , en frente de los sacerdotes que llevaban en hombros el Arca del Testamento del Señor. La mitad de ellos junto al monte Garizim, y la otra mitad junto al monte Hebal, como lo había ordenado Moisés, siervo del Señor. Y ante todas cosas Josué bendijo al pueblo de Israel. Después de esto, leyó todas las palabras de bendición y de maldición, y todas las cosas escritas en el libro de la ley. Ninguna cosa omitió de las que Moisés había mandado; sino que una por una las repitió todas delante de toda la muchedumbre de Israel, de las mujeres y de los niños, y de los extranjeros que moraban entre ellos. Divulgados estos sucesos, todos los reyes de la otra parte del Jordán adonde había pasado Israel, que vivían en las montañas, y en los llanos y en la costa del mar grande o Mediterráneo, como también los que habitaban junto al Líbano, el heteo, y el amorreo, el cananeo, y el ferezeo, y el heveo, y el jesubeo, se reunieron todos de común acuerdo y consejo para pelear contra Josué y contra Israel. Pero los habitantes de Gabaón, oyendo todo lo que Josué había hecho en Jericó y en Hai, discurrieron un ardid se proveyeron de vituallas, cargaron sobre sus jumentos unos costales viejos, y pellejos de vino rotos y recosidos; se pusieron un calzado muy usado y lleno de remiendos en prueba de que era viejo, y se vistieron de ropas también muy usadas: llevando asimismo unos panes consigo, como para el camino, duros y hechos pedazos. De este modo vinieron a presentarse a Josué, que a la sazón se hallaba en el campamento de Gálgala, y le dijeron a él y a todo Israel juntamente: Venimos de luengas tierras con el deseo de hacer paz con vosotros. A lo que los de Israel respondieron y dijeron: Cuidado que no seáis tal vez moradores de la tierra que nos pertenece como herencia nuestra, y nos esté prohibido hacer alianza con vosotros. Mas ellos respondieron a Josué: Siervos tuyos somos. Les preguntó Josué: ¿Quiénes sois vosotros? y ¿de dónde habéis venido? Respondieron: De un país remotísimo han venido tus siervos en nombre del Señor Dios tuyo; por cuanto hemos oído la fama de su poder, todo lo que hizo en Egipto, y con los dos reyes de los amorreos, que reinaron a la otra parte del Jordán, Sehón, rey de Hesebón, y Og, rey de Basán, que estaba en Astarot. Por lo cual nos dijeron nuestros ancianos y todos los moradores de nuestra tierra: Tomad provisiones para un larguísimo viaje, e id a encontrarlos y decidles: Siervos vuestros somos: haced alianza con nosotros. Observad los panes que tomamos calientes de nuestras casas para venir hacia vosotros, cómo se han secado ya y desmenuzado de puro añejos. Estos pellejos que llevamos de vino eran nuevos, y ahora están ya rotos y descosidos: la ropa que vestimos, y el calzado que traemos en los pies se han gastado, y casi se han consumido a causa de lo prolijo de tan largo viaje. Tomaron, pues, de sus vituallas y no consultaron el oráculo del Señor. Y Josué, tratándolos como amigos, hizo con ellos alianza, y les prometió que no les quitaría la vida, y lo mismo les juraron los príncipes del pueblo. Mas tres días después de hecha la alianza, supieron que habitaban en la vecindad, y que iban a entrar en sus tierras. Con efecto movieron el campo los hijos de Israel, y al tercer día llegaron a sus ciudades cuyos nombres son estos: Gabaón, Cafira, Berot y Cariatiarim. Y no les hicieron ningún daño, por cuanto se lo habían jurado los príncipes del pueblo en el nombre del Señor Dios de Israel. Por lo que todo el pueblo, viéndose privado del pillaje, murmuró contra los príncipes. Los cuales respondieron: Se lo hemos jurado en el nombre del Señor Dios de Israel, y por tanto no podemos hacerles ningún daño. Pero haremos esto con ellos: queden en horabuena salvos y con vida, para que no venga sobre nosotros la ira del Señor, si perjuráremos; pero vivan con la condición de haber de cortar leña, y acarrear el agua para el servicio de todo el pueblo. Mientras los caudillos decían esto, Josué convocó a los gabaonitas, y les dijo: ¿Por qué nos habéis querido engañar con fraude, diciendo: Nosotros somos de muy lejos; siendo así que habitáis en medio de nosotros? Por esta causa estaréis sujetos a la maldición, y no faltará de vuestro linaje quien corte la leña y acarree agua a la casa de mi Dios. Respondieron ellos: Llegó a noticia de nosotros tus siervos que el Señor Dios tuyo tenía prometido a Moisés su siervo, que os había de entregar toda la tierra, y que destruiría todos los habitantes; entramos, pues, en gran temor, y mirando por nuestras vidas tomamos este partido, compelidos del terror que nos inspirábais. Mas ahora en tu mano estamos: haz de nosotros lo que te parezca bueno y justo. En consecuencia Josué cumplió lo que les había prometido, y los libró de las manos de los hijos de Israel, para que no los matasen; y determinó en aquel mismo día que fuesen empleados en el servicio de todo el pueblo y del altar del Señor, cortando leña, y conduciendo agua al lugar que el Señor escogiere, como lo hacen hasta el presente. Mas como Adonisedec, rey de Jerusalén , hubiese oído que Josué había conquistado a Hai, y arrasádola (pues lo que había hecho con Jericó y su rey, lo mismo hizo con Hai y el rey de esta ciudad), y que los gabaonitas se habían pasado al partido de Israel y se habían aliado con ellos, entró en grandísimo temor: por cuanto la ciudad de Gabaón era una ciudad grande, y una de las ciudades reales, y mayor que la de Hai, y muy valientes todos sus guerreros. Por lo cual Adonisedec, rey de Jerusalén , envió embajadores a Oham, rey de Hebrón, y a Faram, rey de Jerimot, y también a Jafia, rey de Laquis, y a Dabir, rey de Eglón, diciendo: Venid a mí y traedme socorro para conquistar a Gabaón, por haberse pasado a Josué y a los hijos de Israel. Se juntaron, pues, y marcharon estos cinco reyes de los amorreos, el rey de Jerusalén , el rey de Hebrón, el rey de Jerimot, el rey de Laquis, el rey de Eglón junto con sus respectivos ejércitos, y acampando cerca de Gabaón, la sitiaron. Mas los vecinos de la sitiada ciudad de Gabaón despacharon mensajeros a Josué, que a la sazón se hallaba acampando en Gálgala, para decirle: No rehuses socorrer a tus siervos. Acude presto a librarnos con tu auxilio; porque se han unido contra nosotros todos los reyes de los amorreos, que habitan en las montañas. Al punto Josué subió de Gálgala, y con él los guerreros más valientes de todo su ejército. Y dijo el Señor a Josué: No los temas; pues yo los tengo entregados en tus manos, ninguno de ellos podrá resistirte. Josué, pues, caminando desde Gálgala toda la noche, se echó sobre ellos de repente. Y el Señor los desbarató a la vista de Israel, que hizo en ellos gran estrago en Gabaón, y los fue persiguiendo camino de la cuesta de Bet-Horón, y acuchillándolos hasta Azeca y Maceda. Y mientras iban huyendo de los hijos de Israel, estando en la bajada de Bet-Horón, el Señor llovió del cielo grandes piedras sobre ellos hasta Azeca: y fueron muchos más los que murieron de las piedras del granizo, que los que pasaron a cuchillo los hijos de Israel. Entonces habló Josué al Señor en aquel día en que entregó al amorreo a merced de los hijos de Israel, y dijo en presencia de ellos: Sol no te muevas de encima de Gabaón; ni tú, Luna de encima del valle de Ayalón. Y se pararon el Sol y la Luna hasta que el pueblo del Señor se hubo vengado de sus enemigos. ¿Y no es esto mismo lo que está escrito en el libro de los justos? Se paró, pues, el Sol en medio del cielo, y detuvo su carrera sin ponerse por espacio de un día. No hubo antes ni después día tan largo, obedeciendo el Señor, por decirlo así, a la voz de un hombre, y peleando por Israel. Volvia Josué con todo Israel al campamento de Gálgala. Habían escapado los cinco reyes y se escondían en una cueva de la ciudad de Maceda. Y dieron aviso a Josué de haber hallado los cinco reyes metidos en una cueva de la ciudad de Maceda. Y mandó a los soldados que le acompañaban, diciéndoles: Haced rodar unas grandes piedras a la boca de la cueva, y dejad hombres cuidadosos para guardar a los que estarán encerrados: vosotros entre tanto no paréis de perseguir a los enemigos, hiriendo siempre la retaguardia de los fugitivos, ni dejéis entrar a guarecerse en sus ciudades a los que el Señor Dios ha entregado en vuestras manos. Habiendo, pues, hecho gran mortandad en los enemigos, hasta el punto de no dejar casi uno con vida, los que pudieron escapar de las manos de los israelitas se metieron en las ciudades fuertes. Y se volvió todo el ejército a Josué junto a Maceda, donde estaba entonces el campo, salvo y sin haber perdido un solo hombre; y ni siquiera uno de los enemigos se atrevió a chistar contra los hijos de Israel. Entonces mandó Josué diciendo: Abrid la boca de la cueva y traedme acá a los cinco reyes que están allí encerrados. Hicieron los ministros lo que se les había mandado, y sacaron de la cueva a los cinco reyes, al rey de Jerusalén , al rey de Hebrón, al rey de Jerimot, al rey de Laquis y al rey de Eglón. Luego que le fueron presentados, llamó a toda la gente de Israel, y dijo a los príncipes o jefes del ejército que tenía consigo: Id y poned el pie sobre los cuellos de esos reyes. Y habiendo ellos ido y puesto los pies sobre los cuellos de los reyes sojuzgado, les dijo Josué: No temáis ni os acobardéis; esforzaos y mantened vuestro brío, que así tratará el Señor a todos vuestros enemigos contra quienes peleáis. Después de esto Josué los hizo herir y quitar la vida; y los mandó colgar en cinco maderos, en los cuales estuvieron hasta la tarde. Al ponerse el sol mandó a los que le acompañaban que los quitaran de los patíbulos, y descolgados los echaron en la cueva donde se habían escondido, y pusieron sobre su boca grandes piedras, que permanecen hasta el presente. En este mismo día se apoderó Josué de Maceda, y la pasó a cuchillo, matando a su rey y a todos sus habitantes, sin dejar siquiera uno: haciendo con el rey de Maceda lo mismo que había hecho con el rey de Jericó . Desde Maceda marchó con todo Israel a Lebna, y comenzó a batirla. Y el Señor la entregó con su rey en poder de Israel; y pasaron a cuchillo a todos sus moradores, sin dejar alma viviente. Con el rey de Lebna hicieron lo mismo que habían hecho con el rey de Jericó . De Lebna pasó a Laquis con todo Israel, y cercándola con todo el ejército, la combatió; y el Señor entregó a Laquis en manos de Israel, que la tomó al segundo día, y la pasó a cuchillo con toda la gente que había dentro, así como lo había hecho en Lebna. En este tiempo Horam, rey de Gazer, vino a socorrer a Laquis, mas Josué lo destrozó con todas sus tropas, sin dejar hombre con vida. De Laquis pasó contra Hebrón, y la cercó, y la conquistó el mismo día, y pasó a cuchillo toda la gente que había en ella, ni más ni menos que lo había hecho en Laquis. Marchó asimismo con todo Israel desde Eglón a Hebrón, y combatió contra ella; la tomo y la pasó a cuchillo con su rey; y lo mismo hizo en todos los lugares de aquella comarca, y con todos sus moradores, sin perdonar a nadie: como había hecho en Eglón, así hizo en Hebrón, acabando a filo de espada con cuanto había. Desde aquí dio la vuelta a Dabir, la tomó y desoló, e hizo pasar también a cuchillo a su rey y a todos los lugares circunvecinos: no dejó dentro alma viviente; lo que había hecho a Hebrón y Lebna y a sus reyes, eso mismo hizo a Dabir y a su rey. De esta suerte arrasó Josué todo el país montuoso, el meridional, y el llano, y también a Asedot o los lugares más bajos con sus reyes: no dejó allí cosa con vida, sino que mató a todo viviente (como se lo tenía mandado el Señor Dios de Israel), desde Cadesbarne hasta Gaza. Tomó, y sin dejar la espada de la mano asoló todo el país de Gosén hasta Gabaón, y todos sus reyes y territorios; porque el Señor Dios de Israel peleó por él. Y volvió con todo Israel a Gálgala, donde estaba el campamento. Al oír esto Jobín, rey de Asor, envió mensajeros a Jobab, rey de Madón, y al rey de Semerón, y al rey de Acsaf; y a los reyes del norte, que habitaban en las montañas y en las llanuras al mediodía de Cenerot; asimismo a los de las campiñas y de las regiones de Dor en la costa del mar, y a los cananeos del oriente y del occidente, y a los amorreos, y heteos, y ferezeos, y jebuseos de las montañas, e igualmente a los heveos que habitaban en las faldas del monte Hermón en el territorio de Masfa. Se pusieron todos en marcha con sus tropas, habiéndose juntado un gentío innumerable como la arena de las orillas del mar, y una multitud inmensa de caballos y carros. Todos estos reyes se reunieron cerca de las aguas de Merom para pelear contra Israel. Dijo entonces el Señor a Josué: No los temas; porque mañana a esta misma hora yo te entregaré todos ésos para que sean pasados a cuchillo a vista de Israel: harás desjarretar sus caballos y quemar sus carros. Vino, pues, Josué de repente con todo su ejército contra ellos hasta las aguas de Merom, y los acometió. Y el Señor los entregó en manos de los israelitas, que los acuchillaron y fueron persiguiendo hasta la gran Sidón, y las aguas de Maserefot, y la campiña de Masfe, que yace a su oriente. De tal suerte los destrozó, que no dejó alma viviente de ellos; y ejecutó lo que le había mandado el Señor, de desjarretar los caballos y quemar los carros. Dio luego la vuelta, y tomó a Asor, y degolló a su rey. Pues Asor de tiempo antiguo tenía el principado entre todos estos reinos. Y pasó a cuchillo toda la gente que allí moraba, sin dejar persona viviente, sino que todo lo devastó enteramente, y a la ciudad misma la redujo a cenizas. Y se apoderó de todas las ciudades cercanas y de sus reyes; y las pasó a cuchillo y arrasó, como se lo había mandado el siervo de Dios, Moisés. Quemó Israel todas las ciudades, menos las situadas en los collados y alturas: de éstas solamente Asor, ciudad muy fuerte, fue abrasada del todo. Y los hijos de Israel repartieron entre sí todos los despojos y los ganados de estas ciudades, después de haber quitado la vida a todos los habitantes. Según el Señor lo tenía mandado a su siervo Moisés, así también Moisés se lo mandó a Josué, y éste lo cumplió todo: no omitió ni un ápice de todos los mandamientos que había dado el Señor a Moisés. Conquistó, pues, Josué todo el país montuoso meridional, y la tierra de Gosén, y la llanura, y la parte occidental, y el monte de Israel, y sus campiñas; y parte de la cordillera que se levanta hacia Seir hasta Baalgad, sobre la llanura del Líbano, a la falda del monte Hermón; habiendo cogido, herido y quitado la vida a todos sus reyes. Duró mucho tiempo la guerra de Josué contra los reyes; pues no hubo ciudad que de suyo se rindiese a los hijos de Israel, fuera de los heveos que habitaban en Gabaón: todas las conquistó a la fuerza. Porque había decretado Dios el dejar que el corazón de los ciudadanos se endureciese, y que peleasen contra Israel, y así fuesen destruidos, y no mereciesen clemencia alguna, sino que perecieran, como el Señor tenía mandado a Moisés. Por aquel tiempo acometió Josué, y mató a los enaceos o gigantes de las montañas, y los desarraigó de Hebrón, y Dabir, y Anab, y de todos los montes de Judá y de Israel, asolando sus ciudades. Ni uno siquiera dejó de la raza de los enaceos en la tierra de los hijos de Israel; sino los que quedaron en las ciudades de Gaza, y de Get y de Azoto. Conquistó, pues, Josué toda la tierra, como el Señor lo dijo a Moisés, y entregósela en posesión a los hijos de Israel, repartiéndola por sus tribus. Y cesó la guerra del país. Estos son los reyes a los cuales derrotaron los hijos de Israel, y cuya tierra poseyeron a la otra parte del Jordán, hacia el oriente, desde el torrente de Arnón hasta el monte Hermón, toda la región occidental que mira al desierto. Sehón, rey de los amorreos, que habitó en Hesebón, reinó desde Aroer, ciudad situada sobre la ribera del torrente Arnón, y desde el medio del valle y mitad de Galaad hasta el torrente Jacob , que parte términos con el país de los hijos de Amón; y desde el desierto hasta el mar de Ceneret o Genezaret, hacia el oriente, y hasta el mar del desierto, que es el mar Salado o Muerto, a la parte oriental, por el camino que va a Betsimot, y por la parte austral hasta Asedot, o los lugares bajos en las vertientes del Fasga. El reino de Og, rey de Basán, residuo de los rafeos o gigantes, que habitaba en Astarot y en Edrai, se extendía desde el monte Hermón y Saleca, y el distrito de Basán, hasta los términos de Gesuri y de Macati, y de la mitad de Galaat, y hasta confinar con Sehón, rey de Hesebón. Moisés, siervo del Señor, y los hijos de Israel, derrotaron a los dos; y Moisés entregó el dominio de sus tierras a las tribus de Rubén y de Gad y a la media tribu de Manasés. Mas estos son los reyes del país, a quienes derrotó Josué, con los hijos de Israel, de esta otra parte del Jordán al poniente, desde Baalgad en la campiña del Líbano hasta la montaña, de la cual remata una parte en Seir: país que Josué repartió a las tribus de Israel por herencia, a cada una su porción, tanto en los montes como en los valles y campiñas. Porque los heteos, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos habitaban en Asedot, y en el desierto, y hacia el mediodía. Un rey de Jericó , un rey de Hai, la cual está a un lado de Betel. Un rey de Jerusalén ; un rey de Hebrón. Un rey de Jerimot; un rey de Laquis. Un rey de Eglón; un rey de Gazer. Un rey de Dabir; un rey de Gader. Un rey de Herma; un rey de Hered. Un rey de Lebna; un rey de Odullam. Un rey de Maceda; un rey de Betel. Un rey de Tafúa; un rey de Ofer. Un rey de Afec; un rey de Sarón. Un rey de Madón; un rey de Asor. Un rey de Semerón; un rey de Acsaf. Un rey de Tenac; un rey de Maggedo. Un rey de Cades; un rey de Jacanán del Carmelo. Un rey de Dor y de la provincia de Dor; un rey de las gentes de Galgal. Un rey de Tersa; en todos treinta y un reyes. Era Josué anciano y de edad avanzada, cuando el Señor le dijo: Tú estás viejo, y tienes ya muchos años; y queda por conquistar y dividir en suertes una tierra dilatadísima. Es a saber, toda la Galilea, el territorio de los filisteos y toda Gesuri, desde el río turbio, que baña el Egipto, hasta los términos de Accarón hacia el norte; la tierra de Canaán dividida entre cinco reyezuelos de los filisteos, a saber, el de Gaza, el de Azoto, el de Ascalón, el de Get y el de Accarón. (Al mediodía de los cuales están los heveos), todo el país propiamente dicho de Canaán o la Fenicia, y Maara de los sidonios hasta Afeca, y los términos de los amorreos, y sus confines; al oriente asimismo el territorio del Líbano, desde Baalgad al pie del monte Hermón hasta entrar en Emat; como el país de todos los que habitan en las montañas desde el Líbano hasta las aguas de Maserefot, con los sidonios todos. Yo soy el que los he de exterminar delante de los hijos de Israel. Entre, pues, todo este país a ser parte de la herencia de Israel, como te lo tengo mandado. Y reparte ahora la tierra que deben poseer las nueve tribus y la media tribu de Manasés. Ya que la otra mitad, y las tribus de Rubén y Gad han ocupado la tierra que les entregó Moisés, siervo del Señor, a la otra parte del río Jordán, hacia el oriente. Desde Aroer, situada sobre la ribera del torrente Arnón, y en medio del valle; y la campiña toda de Medaba hasta Dibón; y todas las ciudades de Sehón, rey de los amorreos, que reinó en Hesebón, hasta los términos de los hijos de Amón; además Galaad, y las comarcas de Gesuri, y de Macati, y todo el monte Hermón y todo el territorio de Basán hasta Seleca; todo el reino de Og en el país de Basán, el cual reinó en Astarot y en Edrai, y descendía de los rafeos o gigantes que quedaron. Porque Moisés derrotó esos pueblos, y los destruyó. Verdad es que los hijos de Israel no quisieron exterminar a los de Gesuri y Macati; y así han proseguido habitando en medio de Israel hasta el día presente. A la tribu de Leví no le dio Moisés posesión alguna: pues los sacrificios y las víctimas del Señor Dios de Israel son su propia herencia, como el mismo Señor se lo había dicho. Moisés, pues, dio su porción correspondiente a la tribu de los hijos de Rubén, según sus familias. Y le fue señalado el territorio desde Aroer (situada sobre la tierra del torrente de Harnón, y en medio del valle en que está el mismo torrente), toda la llanura que llega hasta Medaba; y Hesebón con todas sus aldeas esparcidas por la campiña; e igualmente Dibón, y Bamot-Baal, y la ciudad de Baalmaón, y Jassa, y Cedimot, y Mefaat, y Cariataim, y Sabama y Saratasar en el monte del valle; Betfogor y Asedot, Fasga y Betiesimot, y todas las ciudades de la campiña, y los dominios todos de Sehón rey de los amorreos, que reinó en Hesebón, a quien destrozó Moisés, como también a los príncipes de Madián, Hebí, y Resem, y Sur, y Hur, y Rebe, capitanes del ejército de Sehón, y moradores de aquella tierra. (Los hijos de Israel pasaron también a cuchillo como a todos los demás, al adivino Balaam , hijo de Beor). En fin, el río Jordán vino a ser el término de los hijos de Rubén; esta es la tierra y las ciudades, y aldeas que se distribuyeron a los rubenitas, según sus familias. Asimismo a la tribu de Judá y a sus hijos divididos en sus familias, dio Moisés la tierra que debían poseer; cuya partición es esta: El distrito de Jaser y todas las ciudades de Galaad, y la mitad del país de los hijos de Amón hasta Aroer, ciudad fronteriza de Rabba; y desde Hesebón hasta Ramot, Masfe y Betonim: y desde Manaim hasta los confines de Dabir. En el valle de Betarán, y Betnemra, y Socot, y Safón, resto del reino de Sehón, rey de Hesebón: el Jordán es también el límite de esta partición, hasta el cabo del mar de Ceneret o Genezaret, que está a la otra parte del Jordán, hacia el oriente. Esta es la tierra de los hijos de Gad, sus ciudades y aldeas, repartido todo entre sus familias. Dio también Moisés a la media tribu de Manasés y a sus hijos la tierra que debía poseer, repartida entre sus familias. La cual principiando en Manaim abraza todo Bazán, y todos los dominios de Og, rey de Basán, y todas las aldeas de Jair que pertenecen a Basán en número de sesenta poblaciones. Y la mitad de Galaad, y Astarot, y Edrai, ciudades del reino de Og en Basán: todo esto fue dado a los hijos de Maquir, hijo de Manasés, esto es, a la mitad de los hijos de Maquir, según sus familias. Estas son las posesiones que repartió Moisés en las campiñas de Moab a la otra parte del Jordán, en frente de Jericó , hacia el oriente. Mas a la tribu de Leví no le dio porción ninguna de tierra; porque el Señor Dios de Israel, él mismo es su herencia, como se lo tiene dicho. Esto es lo que poseyeron los hijos de Israel en la tierra de Canaán, según la repartición que hicieron el sumo sacerdote Eleazar, y Josué, hijo de Nun, y los príncipes de las familias en cada una de las tribus de Israel: distribuyéndolo todo por suerte entre las nueve tribus y media, como el Señor lo había ordenado a Moisés. Pues que a las otras dos tribus y media les tenía dado ya Moisés su porción a la otra parte del Jordán: sin contar con los levitas, quienes no recibieron porción alguna de tierra entre sus hermanos, sino que entraron en su lugar los hijos de José, Manasés y Efraín, divididos en dos tribus: ni tuvieron los levitas en la tierra otra porción de ciudades para habitar, y sus ejidos o campos vecinos, para mantener sus bestias y ganados. Como el Señor lo había mandado a Moisés, así lo ejecutaron los hijos de Israel, y se repartieron la tierra de Canaán. Con esta ocasión se presentaron a Josué en Gálgala, los hijos de Judá, y Caleb, hijo de Jefone cenezeo, le habló de esta manera: Tú sabes lo que acerca de mí y de ti dijo el Señor en Cadesbarne a Moisés, varón de Dios. Cuarenta años tenía yo cuando me envió Moisés, siervo del Señor, desde Cadesbarne a reconocer la tierra, y le referí lo que me parecía verdad. Pero mis hermanos, los que fueron conmigo, desanimaron al pueblo. Eso no obstante, yo seguí el partido del Señor mi Dios; por lo que Moisés juró en aquel día diciendo: La tierra que pisaron tus pies, será posesión tuya y de tus hijos perpetuamente, por cuanto has seguido al Señor Dios mío. Así el Señor me ha conservado la vida, como lo prometió, hasta el día presente. Cuarenta y cinco años ha que dio el Señor esta orden a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto: hoy tengo ochenta y cinco años, con tan robusta salud como la que tenía en aquel tiempo en que fui enviado al reconocimiento: el vigor de entonces dura en mí hasta hoy, tanto para hacer la guerra como para caminar. Dame, pues, esa montaña, o territorio montuoso, que oyéndolo tú mismo, me prometió el Señor donde hay aún enaceos o gigantes y ciudades grandes y fuertes, por ver si el Señor me ayuda, como espero, y puedo dar cabo de ellos, como me lo tiene prometido. Le bendijo entonces Josué, y le entregó la posesión de Hebrón. Y desde aquel tiempo Hebrón fue de Caleb, hijo de Jefone cenezeo, hasta el día de hoy, por haber seguido al Señor Dios de Israel. Hebrón se llamaba antiguamente Cariat-Arbe; allí está enterrado Arbe, el hombre mayor entre los enaceos o gigantes. Y cesaron por entonces las guerras en la tierra de Canaán. Ahora, pues, la porción que tocó por suerte a los hijos de Judá, según sus familias, fue esta: desde donde termina la Idumea, el desierto de Tsin, hacia el mediodía, y hasta la extremidad del lado meridional. Su principio es desde la punta del mar Salado, y desde la lengua de éste que mira al mediodía, y se extiende hacia la subida del Escorpión, y pasa hasta el Sina o Tsin: de allí sube a Cadesbarne, y llega a Esrón, avanzándose hacia Addar, y dando vuelta a Carcaa; y de allí pasando hacia Asemona, llega hasta el torrente de Egipto, y termina en el mar grande. Estos son los límites del territorio de Judá por el lado del mediodía. Por la parte oriental el principio será al mar Salado o Muerto hasta la extremidad del Jordán; por la del norte desde la lengua que forma el mismo mar hasta las corrientes de dicho río, y tocan sus confines en Bet-Hagla, y pasando por el norte a Bet-Aaraba, suben hasta la piedra de Boén, hijo de Rubén. Y siguen caminando hasta los confines de Débera en el valle de Acor, mirando hacia el norte contra Gálgala, la cual está enfrente de la subida de Adommim por la parte austral del torrente, y pasan dichos límites de Judá las aguas llamadas Fuente del Sol, y vienen a salir a la Fuente de Rogel. De aquí suben por el valle del hijo de Ennom, arrimándose al lado meridional de los jebuseos, donde está la ciudad de Jerusalén , subiendo de allí hasta la cumbre del monte Moria, que está enfrente de Geennom, al occidente, en la extremidad del valle de Rafaim o de los gigantes, hacia el norte, bajando de la cima del monte hasta la fuente de Neftoa, y llegan hasta las aldeas del monte Efrón; y descienden hacia Baala, que es Cariatiarim, esto es, ciudad de los bosques; y desde Baala van rodeando hacia el occidente hasta el monte Seir, y por el norte se arriman al lado del monte Jarim hacia Queslón, de donde descienden a Betsamés, y pasan hasta Tamna; llegan hasta el lado septentrional de Accarón, se inclinan hacia Secrona, y pasan el monte Baala, y arribando a Jebnel, quedan cerrados por el occidente en el mar Mediterráneo. Estos son por todos lados los términos de los hijos de Juelá, según sus familias. Mas a Caleb, hijo de Jefone, dio Josué en posesión particular en medio de los hijos de Judá, como le había mandado el Señor, la ciudad de Cariat-Arbe, padre de Enac, la misma que Hebrón. Y Caleb exterminó de ella a tres hijos de Enac, Sesai, Ahimán y Tolmai, que habían quedado de la raza de Enac. Y avanzando desde allí, llegó a los habitantes de Dabir, que antes de llamaba Cariat-Sefer, esto es, ciudad de las letras. Aquí dijo Caleb: A quien asaltare a Cariat-Sefer, y se apoderare de ella, yo le daré por mujer a mi hija Axa. Y la tomó Otoniel, hijo de Cenez, hermano menor de Caleb; y le dio éste por mujer a su hija Axa. A la cual caminando juntos, aconsejó el marido que pidiera a su padre una heredad. Axa pues, yendo sentada en su asno, dio un suspiro, y Caleb le dijo: ¿Qué tienes? A lo que respondió ella: Dame tu bendición, y concédeme una gracia. Me has dado una tierra de secano hacia el mediodía; agrégame otra de regadío. Y Caleb le dio otra heredad, colina y vega, todo regadío. Esta es la posesión de la tribu de Judá, según sus familias. Las ciudades de los hijos de Judá en las extremidades meridionales por las fronteras de Idumea, eran: Cabseel, y Eder, y Jagur, y Cina, y Dimona, y Adada, y Cades, y Asor, y Jetnam, Zif, y Telem, y Balot, Asor la nueva, y Cariot, Hesrón, la misma que Asor, Amán, Sama y Molada, Asergadda, y Hasemón, y Betfelet, y Hasersual, y Bersabee, y Baziotia, y Baala, y Jim, y Esem, y Eltolad, y Cesil, y Harma, y Siceleg, y Medemena, y Sensenna, Lebaot, y Selim, y Aen, y Remón; entre todas veintinueve ciudades y sus aldeas. En las llanuras Estaol, y Sarea, y Asena, y Zanoe, y Engannim, y Tafúa, y Enaim, y Jerimot, y Adullam, Soco, y Azeca, y Saraim, y Aditaim, y Gedera, y Gederotaim; catorce ciudades y sus aldeas. Sanan, y Hadasa, y Magdalgad, Felean, y Masefa, y Jectel, Laquís, y Bascat, y Eglón, Quebbón, y Lehemán, y Cetlis, y Giderot, y Betdagón, y Naama, y Maceda: diez y seis ciudades y sus aldeas. Labana, y Eter, y Asán. Jefta, y Esna, y Nesib, y Ceila, y Aczib, y Maresa: nueve ciudades y sus aldeas. Accarón con sus aldeas y lugarcillos. Desde Accarón hasta el mar todo el país que mira hacia Azoto con sus dependencias. Azoto con sus villas y cortijos. Gaza con sus villas y alquerías hasta el torrente de Egipto, y el mar grande o Mediterráneo es su término. Y en los montes: Samir, y Jeter, y Socot, y Danna, y Cariatsedna, que es Dabir, Anab e Istemo, y Anim, Gosén, y Olón, y Gilo: once ciudades y sus aldeas. Arah, y Ruma, y Esaán, y Janum, y Bettafúa, y Afeca. Atmata, y Cariat-Arbe, que es Hebrón, y Sior: nueve ciudades y sus aldeas. Maón, y Carmel, y Zif, y Jota, Jezrael, y Jucadam, y Zanoe, Accain, Gabaa, Tamna: diez ciudades y sus aldeas. Halul, y Bessur, y Gedor, Maret, y Betanot, y Eltecón: seis ciudades y sus aldeas. Cariatbaal, la misma que Cariatiarim, o ciudad de las selvas, y Arebba: dos ciudades y sus aldeas. En el desierto, Beteraba, Meddín y Sacaca, y Nebsán, y ciudad de Sal, y Engaddi: seis ciudades y sus aldeas. Pero a los jebuseos que habitaban en Jerusalén , no pudieron exterminarlos los hijos de Judá; y así el jebuseo prosiguió habitando en Jerusalén , con los hijos de Judá, hasta el presente. A los hijos de José tocó por suerte el territorio desde el Jordán enfrente de Jericó y desde sus aguas, hacia el oriente, hasta el desierto que sube de Jericó al monte de Betel; y su línea tira de Betel a Luza, y atraviesa la comarca de Arci hacia Atarot, y baja por el occidente tocando los términos de Jefleti hasta entrar en la comarca de Bet-Horón de abajo, y de Gazer, y sus límites terminan en el mar grande o Mediterráneo. Estas son en general las regiones que poseyeron los hijos de José, Manasés y Efraín. El distrito de los hijos de Efraín repartido entre sus familias y la posesión de éstos, vino a ser hacia el oriente desde Atarot-Addar hasta Bet-Horón de arriba; y sus confines se extienden hasta el mar. La línea por Macmetat mira al norte y da la vuelta por el oriente hacia Tanaaselo, y pasa desde el oriente hasta Janoé. Desde Janoé baja hasta Atarot y Naarata, y toca en Jericó , y termina en el Jordán. De Tafúa pasa la línea enfrente del mar Mediterráneo al valle del Cañaveral, y remata en el mar Salado. Esta es la posesión de la tribu de los hijos de Efraín, distribuida en sus familias. También fueron separadas ciudades con sus aldeas o dependencias para los hijos de Efraín, dentro de la posesión de los hijos de Manasés. Mas los hijos de Efraín no exterminaron al cananeo que habitaba en Gazer, en medio de Efraín, y siguió viviendo entre ellos, siéndoles tributario hasta el día de hoy. Esta es la porción que tocó por suerte a la tribu de Manasés (primogénito que fue de José) o a Maquir primogénito de Manasés y padre de Galaad, que fue hombre belicoso, y poseyó el país de Galaad y de Basán, y también a los demás hijos de Manasés, a proporción de sus familias, a los hijos de Abiezer, y a los hijos de Helec, y a los hijos de Esriel, y a los hijos de Sequem, y a los hijos de Hefer, y a los de Semida: éstos son los seis hijos o nietos varones de Manasés, hijo de José, cabezas de familias. Mas como Salfaad, hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, no tenía hijos, sino solamente hijas, cuyos nombres son: Maala, y Noa, y Hegla, y Melca y Tersa, vinieron éstas a presentarse a Eleazar, sumo sacerdote, a Josué, hijo de Nun, y a los príncipes, diciendo: El Señor ordenó por medio de Moisés que se nos diese posesión en medio de nuestros hermanos. Les dio, pues, Josué tierras en herencia conforme a la orden del Señor, en medio de los hermanos de su padre. Así tocaron a Manasés diez porciones en la tierra de Canaán, sin contar la tierra de Galaad y de Basán, tras el Jordán. Porque las cinco hijas de Manasés poseyeron su herencia en medio de los hijos de esa tribu. Y la tierra de Galaad cupo en suerte a los otros hijos de Manasés. Y fueron los términos de Manasés desde Aser y Macmetat, que mira a Siquem, extendiéndose a mano derecha al lado de los que habitan en Fuente de Tafúa. Porque la tierra de Tafúa había caído en suerte a Manasés; mas la ciudad de Tafúa, que está en los confines de Manasés, fue dada a los hijos de Efraín. Dichos confines van descendiendo por el valle del Cañaveral hacia el mediodía del torrente de las ciudades de Efraín, que están en medio de las de Manasés: de suerte que la frontera de Manasés pasa al norte del torrente y va a terminar en el mar. Así que la posesión de Efraín está al mediodía y al norte la de Manasés, terminando ambas en el mar; y se encuentran con la tribu de Aser por el norte, y con la tribu de Isacar por el oriente. Con efecto, Manasés tuvo por herencia, en los confines de Isacar y se Aser a Betsán con sus aldeas, a Jeblaam con las suyas, a los habitantes de Dor con sus villas, y a los de Endor con sus aldeas; asimismo a los habitantes de Tenac, con sus aldeas, y a los de Mageddo con las suyas, y la tercera parte de la ciudad de Nofet. Mas no pudieron los hijos de Manasés destruir enteramente los moradores de estas ciudades; sino que los cananeos comenzaron a repoblar su tierra junto con ellos. Bien que después que los hijos de Israel cobraron fuerzas, subyugaron a los cananeos, y se los hicieron tributarios; mas no los mata-ron. Y los hijos de José se dirigieron a Josué, y le dijeron, hablando Manasés: ¿Por qué me has dado una sola suerte y una sola parte de posesión, siendo así que soy un pueblo tan numeroso a quien el Señor ha colmado de bendiciones? Josué les respondió: Si eres un pueblo numeroso sube a los bosques, y extiéndete, haciendo desmonte en el país de los ferezeos y de los rafaimitas, ya que la posesión del monte de Efraín es para ti estrecha. Le replicaron los hijos de José. No podremos ganar el país de las montañas; porque los cananeos que habitan en la llanura donde está Betsán y sus aldeas, y Jezrael que ocupa el medio del valle, usan de carros armados de hoces o hierros afilados. Dijo entonces Josué a la casa de José, Efraín y Manasés: Pueblo crecido eres y de gran valentía: no tendrás una herencia sola; sino que subirás a las montañas y desmontarás, y limpiarás trechos de tierra para tu habitación; y podrás alargarte más y más exterminando a los cananeos, que dices tienen carros armados de hoces o hierros afilados, y que son muy fuertes. Y se congregaron en Silo todos los hijos de Israel, y fijaron allí el Tabernáculo del Testimonio: y tenían sojuzgada la tierra. Mas quedaban siete tribus de los hijos de Israel, las cuales no habían recibido todavía sus posesiones. Les dijo, pues, Josué: ¿Hasta cuándo os consumiréis en la ociosidad, y os estaréis sin entrar a poseer la tierra que os ha dado el Señor Dios de vuestros padres? Elegid tres personas de cada tribu para que yo las envíe y vayan a dar una vuelta por el país, y hagan de él una demarcación conforme al número de cada gente, y me traigan el plan o estado que hayan formado. Dividid entre vosotros todo el país en siete partes: Judá se quedará dentro de sus límites en la región del mediodía, y la casa de José al norte. La tierra intermedia demarcadla en siete partes, y vendréis a mí en este lugar, para que os las sortee aquí en presencia del Señor Dios vuestro. Porque los levitas no tienen parte alguna entre vosotros, sino que su heredad es el sacerdocio del Señor; y Gad, y Rubén, y la media tribu de Manasés ya recibieron sus posesiones al otro lado del Jordán, hacia el oriente; las cuales les dio Moisés, siervo del Señor. Como, pues, estuviesen ya a punto de marchar los sujetos elegidos para demarcar la tierra, les dio Josué esta orden, diciéndoles: Rodead la tierra, y demarcadla, y volved a mí para que yo aquí en Silo, delante del Señor, eche las suertes. Con esto partieron, y habiéndola reconocido la dividieron en siete partes, que las describieron en un libro o cuaderno, y se volvieron a Josué en el campamento de Silo. El cual echó las suertes delante del Señor allí en Silo, y dividió la tierra en siete partes entre los hijos de Israel. Y salió la primera suerte a los hijos de Benjamín, distribuidos por familias, para que poseyeran su porción de terreno entre los hijos de Judá y los hijos de José. Así que sus términos fueron por la parte del norte desde el Jordán, tirando al lado septentrional de Jericó , y subiendo desde allí por el occidente a las montañas llegan hasta el desierto de Betavén; y pasando por el lado meridional cerca de Luza, por otro nombre Betel, de allí bajan a la ciudad de Atarot-Addar, cerca del monte que cae al mediodía de Bet-Horón de abajo; aquí tuercen los términos o frontera, y dan vuelta hacia el mar por el mediodía del monte que mira a Bet-Horón de la parte del mediodía, y vienen a parar en Cariat-Baal, llamada también Cariatiarim, ciudad de los hijos de Judá. Este es el lado del territorio hacia el mar por el poniente. Por el mediodía comienzan los términos desde Cariatiarim, hacia el mar, y llegan hasta la fuente de las aguas de Neftoa; después se dejan caer hasta el cabo del monte, que mira al valle de los hijos de Ennom, y yace al norte en la extremidad del valle de Rafaim, o de los gigantes: de aquí bajan a Geennom (esto es, al valle de Ennom), tocando en el lado austral del jebuseo, y llegan hasta la fuente de Rogel, avanzando hacia el norte, y saliendo a Ensemes, esto es, la fuente del Sol. Corren después hasta los cerros que están enfrente de la subida de Adommim, de donde descienden a Abenboén, esto es, a la piedra de Boén, hijo de Rubén: y pasan por la parte del norte a la campiña y descienden a una llanura. Hacia el norte se extienden más allá de Bet-Hagla: y rematan en la punta septentrional del mar Salado o Muerto en la embocadura del Jordán que mira al mediodía; el cual es su límite por el oriente. Esta es la posesión de los hijos de Benjamín según sus familias, demarcados sus lindes por todo su alrededor. Y sus ciudades fueron Jericó y Bet-Hagla, y el valle de Casis, Bet-Araba, y Samaraim, y Betel, y Avim, y Afara, y Ofera, la ciudad de Emona, y Ofni, y Gabee: doce ciudades con sus aldeas. Gaboón, y Rama, y Berot, y Mesfe, y Cafara, y Amosa, y Recem, Jarafet, y Tarela, y Sela, Elef, y Jebús, que es Jerusalén , Gabaat, y Cariat: catorce ciudades con su aldeas. Esta es la posesión de los hijos de Benjamín, según sus familias. La segunda suerte tocó a los hijos de Simeón, según sus familias; y su herencia vino a caer en medio de la posesión de los hijos de Judá: a saber, en Bersabee, llamada también Sabee, y Molada, y Haser-Sual, Bala, y Asem, y Eltolad, Betul, y Harma, y Siceleg, y Betmarcabot, y Hasersusa, y Betlebaot, y Sarohen: trece ciudades con sus aldeas. Ain, y Remmón, y Atar, y Asán: cuatro ciudades con sus aldeas; todos los lugarcillos alrededor de estas ciudades hasta Baalat, y Beer-Ramat a la parte del mediodía. Esta es la herencia de los hijos de Simeón, a proporción de sus familias, en la posesión y territorio de los hijos de Judá; porque era este territorio demasiado grande; y por eso los hijos de Simeón recibieron su posesión en medio de la de aquéllos. La tercera suerte tocó a los hijos de Zabulón por sus familias: los límites de su posesión se extienden por el occidente hasta Sarid. Suben del mar Mediterráneo y de Merala, y llegan a Debbaseet, hasta el torrente que está enfrente de Jeconam; vuelven de Sared por el oriente hasta los confines de Ceselet-Tabor, salen a Daberet, y suben hacia Jafie, de donde corren hasta la región oriental de Getefer y Tacasín, y prosiguen con dirección a Remmón, Amtar y Noa. Después dan la vuelta por el norte de Hanatón, y terminan en el valle de Jeftael, e incluyen también a Catet, y Naalol, y Semerón, y Jedala, y Betlehem: doce ciudades con sus aldeas. Esta es la herencia de la tribu de los hijos de Zabulón, distribuida entre sus familias, con las ciudades y aldeas. La cuarta suerte salió a Isacar para sus familias, y comprende a Jezrael, y Casalot y Sunem, y Hafaraim, y Seón, y Anaharat, y Rabbot, y Cesión, y Abes, y Ramet, y Engannim, y Enadda, y Betfeses. Y sus términos se extienden hasta el Tabor, y Sehesima, y Betsamés, y acaban en el Jordán: diez y seis ciudades con sus aldeas. Esta es la posesión de los hijos de Isacar, y las ciudades y aldeas para sus familias. La quinta suerte salió a la tribu de los hijos de Aser, según sus familias; y fueron sus términos Halcat, y Cali, Betén, y Axaf, y Elmelec, y Amaad, y Mesal: y llegan hasta el Carmelo del mar, y a Sihor, y a Labanat; desde donde vuelven por el oriente hacia Betdagón; y pasan por Zabulón y el valle de Jeftael al Norte, hasta Betemec y Nehiel; y se extienden por la izquierda hacia Cabul, y Abrán, y Rohob, y Hamón, y Canna, hasta Sidón la grande; y dan vuelta hacia Horma, hasta la ciudad fortísima de Tiro, y hasta Hosa; y acaban en el mar junto al territorio de Acziba, e incluyen a Amma, y Afec, y Rohob: veintidos ciudades con sus aldeas. Esta es la posesión de los hijos de Aser, y las ciudades y sus aldeas según sus familias. La sexta suerte tocó a los hijos de Neftalí, divididos en sus familias. Y comienzan sus términos desde Helef y Elón en Saananim y Adami, por otro nombre Neceb, y desde Jebnael hasta Lecum, y acaban en el Jordán; y vuelven los lindes por la parte del occidente hacia Azanottabor, y de allí salen a Hucurca, y pasan a Zabulón por el lado de mediodía y a Aser por el poniente, y hacia Judá por el lado del Jordán al oriente. Sus ciudades muy fuertes, son Asedim, y Ser, y Emat, y Reccat, y Ceneret, y Edema, y Arama, y Asor, y Cedes, Edrai, Enasor, y Jerón, y Magdalel, Horem, y Betanat, y Betsamés: diecinueve ciudades con sus al-deas. Esta es la posesión de la tribu de Neftalí, sus ciudades y aldeas para sus familias. A la tribu de Dan salió la séptima suerte para sus familias. Y los lindes de su posesión fueron Sara y Estaol, e Hirsemes, esto es, Ciudad del Sol, Selebín, y Ayalón y Jetela, Elón, y Temna, y Acrón, Eltece, Gebbetón, y Balaat, y Jud, y Bane, y Barac, y Getremón, y Mejarcón y Arecón con la frontera que mira a Joppe; y aquí rematan sus términos. Pero los hijos de Dan avanzaron, y batieron a Lesem, y la tomaron; la pasaron después a cuchillo, y la ocuparon, y habitaron en ella, llamándola Lesem-Dan, del nombre de Dan su padre. Esta es la posesión de la tribu de los hijos de Dan y las ciudades y las aldeas para sus familias. Luego que Josué, hijo de Nun, hubo acabado de repartir la tierra por suerte a cada una de las tribus, le dieron los hijos de Israel a él su porción en medio de ellos. Conforme al precepto del Señor: a saber la ciudad de Tamnat Saraa en el monte de Efraín, que había pedido; la cual ciudad reedificó, y habitó en ella. Estas son las posesiones que Eleazar sumo sacerdote, y Josué, hijo de Nun, y los príncipes de las familias de las tribus de los hijos de Israel distribuyeron por suerte en Silo, delante del Señor, a la puerta del Tabernáculo del Testimonio; y así repartieron la tierra de Canaán. Habló el Señor a Josué y le dijo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Separad las ciudades para los que hayan de refugiarse, de que os hablé por medio de Moisés, para que sirvan de asilo a todo el que matare a un hombre sin querer; y pueda así evadir la cólera del que es pariente cercano del muerto, y quiere vengar su sangre. Luego que se refugiare a una de estas ciudades, se presentará en las puertas o juzgados de la ciudad, y expondrá a los ancianos de ella todo lo que pueda comprobar su inocencia; y después de esto le darán acogida y lugar donde habite. Y si el que quiere vengar la muerte viniere persiguiéndolo, no lo entregarán en sus manos: por cuanto no mató su prójimo a sabiendas, ni se prueba que hubiese sido dos o tres días atrás su enemigo. Así estará retirado en aquella ciudad hasta que comparezca en juicio para dar razón de su hecho, y después hasta que muera el sumo sacerdote que a la sazón fuere. Entonces podrá volver el homicida, y entrar en su patria y casa de donde había huido. Señalaron, pues, a Cedes en la Galilea sobre el monte de Neftalí, y a Siquem en el monte de Efraín, y en el monte de Judá a Cariat-Arbe, por otro nombre Hebrón. Y de la otra parte del Jordán hacia el oriente de Jericó , destinaron a Bosor, situada en la llanura del desierto de la tribu de Rubén, y a Ramot en Galaad, de la tribu de Gad, y a Gaulón en Basán, de la tribu de Manasés. Estas ciudades fueron señaladas para todos los hijos de Israel y para los forasteros que habitaban entre ellos, a fin de que se retirase a ellas el que sin querer hubiese muerto a un hombre, y así no muriese a manos del pariente ansioso de vengar la sangre derramada, antes de presentarse aquél delante del juzgado del pueblo para defender su causa. Recurrieron los príncipes de las familias de Leví a Eleazar, sumo sacerdote, y a Josué, hijo de Nun, y a los caudillos de las familias de cada tribu de los hijos de Israel; y les hablaron en Silo en la tierra de Canaán, y dijeron: El Señor mandó por medio de Moisés que se nos diesen ciudades para habitar, y sus alrededores para alimentar nuestras bestias. Les dieron, pues, los hijos de Israel de sus posesiones, conforme al mandamiento del Señor, ciudades y sus alrededores. Y salieron por suerte a la familia de Caat para los hijos del sacerdote Aarón, trece ciudades en las tribus de Judá, de Simeón y de Benjamín; y a los demás hijos de Caat, que restaban, esto es, a los levitas, tocaron diez ciudades de las tribus de Efraín, de Dan y de la media tribu de Manasés. A los hijos de Gersón les salió la suerte de recibir trece ciudades de las tribus de Isacar, de Aser, y de Neftalí, y de la otra media tribu de Manasés en Basán. Y a los hijos de Merari para sus familias doce ciudades de las tribus de Rubén, de Gad y de Zabulón. Dieron, pues, los hijos de Israel a los levitas estas ciudades con sus alrededores, como lo mandó el Señor por medio de Moisés, distribuyéndolas a cada uno por suerte. Estos son los nombres de las ciudades de las tribus de Judá y de Simeón que dio Josué a los hijos de Aarón de las familias de Caat, descendientes del tronco de Leví, que lograron la primera suerte: Cariat-Arbe, ciudad del padre de Enac, llamada Hebrón, en el monte de Judá, y sus ejidos al contorno. Sus heredades y aldeas las tenía dadas en posesión a Caleb, hijo de Jefone. Dio, pues, Josué a los hijos de Aarón, sumo sacerdote, la ciudad de refugio Hebrón y sus alrededores, y Lobna con los suyos, y Jeter, y Estemo, y Holón, y Dabir, y Ain, y Jeta, y Betsamés con sus contornos: nueve ciudades en las dos tribus, como queda dicho. Y de la tribu de los hijos de Benjamín, a Gabaón y Gabae, y Anatot, y Almón con sus contornos: cuatro ciudades. Todas las ciudades juntas de los hijos del sumo sacerdote Aarón vinieron a ser trece con sus alrededores. A los demás hijos de Caat, de la estirpe de Leví, repartidos en sus familias se les dieron: de la tribu de Efraín la ciudad de refugio Siquem con todos su alrededores, en el monte de Efraín, y Gazer, y Gibsaín, y Bet-Horom con sus alrededores: cuatro ciudades. Y de la tribu de Dan, a Elteco, y Gabaón, y Ajalón y Getremmón con sus alrededores: cuatro ciudades. Y de la media tribu de Manasés a Tanac y Getremmón con sus contornos: dos ciudades. En todo se dieron diez ciudades y sus alrededores a los levitas, hijos de Caat, que eran de inferior grado al sacerdotal. También a los hijos de Gersón de la estirpe de Leví dio de la media tribu de Manasés dos ciudades con sus alrededores, a saber, Gaulón en Basán, y Bosra, que eran ciudades de refugio. Y de la tribu de Isacar, a Cesión y Daberet, y Jaramot, y Engannín con sus alrededores: cuatro ciudades. De la tribu de Aser, a Masal, y Abdón, y Helcat, y Rohob con sus alrededores: cuatro ciudades. De la tribu de Neftalí las ciudades de refugio, Cedes en Galilea, y Hamot-Dor, y Cartán con sus alrededores: tres ciudades. Todas las ciudades dadas a las familias de Gersón fueron trece con sus contornos. Asimismo a los hijos de Merari, levitas de inferior grado, se les dieron según sus familias, Jecnán, y Carta, y Damna, Naalol: cuatro ciudades de la tribu de Zabulón con sus alrededores. De la tribu de Rubén, a la otra parte del Jordán enfrente de Jericó , a Bosor en el desierto llamado Misor, y a Jaser, y Jetsón y Mefaat: cuatro ciudades de refugio con sus alrededores. De la tribu de Gad, las ciudades de asilo Ramot en Galaad, y Manaín, y Hesebón, y Jaser, cuatro ciudades con sus alrededores. Todas las ciudades de los hijos de Merari para sus familias y casas fueron doce. Así las ciudades de los levitas en medio de la posesión de los hijos de Israel fueron en todas cuarenta y ocho, con sus alrededores, distribuidas a proporción de las familias. De este modo dio el Señor Dios de Israel toda la tierra que había prometido con juramento a sus padres que se la daría; y en efecto los israelitas la poseyeron y habitaron. Y les dio paz con todas las naciones del contorno, y ninguno de los enemigos osó resistirles, sino que todos se sujetaron a su dominio. Ni una sola palabra de todo lo que prometió darles quedó sin efecto; sino que todo se verificó puntualmente. Por este tiempo convocó Josué a los rubenitas y gaditas, y a la media tribu de Manasés, y les dijo: Habéis cumplido todo lo que os mandó Moisés, siervo del Señor; y a mí también me habéis obedecido en todo; ni en tan largo tiempo hasta el día de hoy habéis desamparado a vuestros hermanos, observando el mandamiento del Señor Dios vuestro. Ahora, pues, que ya el Señor Dios vuestro ha dado sosiego y paz a vuestros hermanos como lo prometió, volveos e id a vuestras casas, y a la tierra de vuestra posesión, que os entregó Moisés, siervo del Señor, a la otra parte del Jordán. Solamente os encargo que guardéis atentamente y pongáis por obra el mandamiento de la ley que os comunicó Moisés, siervo del Señor, que es de amar al Señor Dios vuestro, y seguir todos sus caminos, observar todos sus mandamientos y estar con él unidos, y servirle con todo el corazón, y con toda vuestra alma. Con esto les dio Josué su bendición, y los despachó, y se volvieron a sus casas. Moisés había dado a la media tribu de Manasés su posesión en Basán; por eso a la otra mitad restante le dio Josué la herencia entre los demás hermanos suyos en este lado del Jordán, al poniente. En fin, al remitirlos a sus casas, después de bendecirlos, les dijo: Vosotros volvéis a vuestras casas con mucho caudal y riquezas, cargados de plata y oro, de cobre y de hierro, y de toda suerte de vestidos: repartid con vuestros hermanos el botín de los enemigos. Con esto los hijos de Rubén, y los hijos de Gad, y la media tribu de Manasés se separaron de los hijos de Israel que estaban en Silo, en el país de Canaán, y se pusieron en camino para volver a Galaad, país que poseían, y que les había señalado Moisés, conforme al mandamiento del Señor. Llegados que fueron a las cercanías del Jordán en tierra de Canaán, edificaron a la orilla de dicho río un altar de grandísima magnitud. Lo que oído por los hijos de Israel, y recibidas noticias ciertas de que los hijos de Rubén y de Gad, y la media tribu de Manasés habían edificado un altar en la tierra de Canaán en las cercanías del Jordán, enfrente de los demás hijos de Israel, se congregaron todos en Silo para ir a hacerles la guerra. Entretanto enviaron hacia ellos a tierra de Galaad a Finees, hijo de Eleazar, sumo sacerdote, y con él a diez de los principales jefes, uno de cada tribu; los cuales fueron a los hijos de Rubén, y de Gad, y a los de la media tribu de Manasés en la tierra de Galaad, y les dijeron: Esto nos manda deciros todo el pueblo del Señor: ¿Qué prevaricación es la vuestra? ¿Cómo habéis abandonado al Señor Dios de Israel, erigiendo un altar sacrílego y apostatando de su culto? ¿Os parece aún poco el haber pecado con adorar a Beelfegor, y el que permanezca hasta hoy día entre nosotros la mancha de este delito, después de haber costado la vida a tantos de nuestro pueblo? Hoy habéis vosotros abandonado al Señor, y mañana se ensañará su ira contra todo Israel. Que si creéis que es inmunda la tierra de vuestra posesión, mudaos a la nuestra en que está el Tabernáculo del Señor y venid a morad entre nosotros; mas no desertéis del Señor y de nuestra comunión , alzando un altar contra el altar del Señor Dios vuestro. ¿No es así que por haber Acán, hijo de Zaré, traspasado el mandato del Señor, descargó su ira sobre todo el pueblo de Israel? Y él era un solo hombre, y ojalá hubiese perecido él solo por su atentado. Respondieron los hijos de Rubén, y de Gad, y los de la media tribu de Manasés a los principales de Israel enviados a ellos: El muy fuerte Señor Dios, Dios el Señor fortísimo sabe muy bien nuestra intención; y también Israel podrá conocerla: si es que con ánimo de apostatar hemos levantado este altar, no nos ampare el Señor, antes nos castigue al momento; y si lo hemos hecho con el designio de ofrecer sobre él holocaustos, sacrificios y víctimas pacíficas, el mismo Señor nos lo demande y lo juzgue. Muy al contrario: el pensamiento y designio que hemos tenido ha sido porque podrá suceder que algún día digan vuestros hijos a los nuestros: ¿Qué tenéis vosotros que hacer con el Señor Dios de Israel? El Señor puso por lindes entre nosotros y vosotros, oh hijos de Rubén y de Gad, el río Jordán: y por tanto vosotros no tenéis parte en el Señor. Y con esta ocasión podrían vuestros hijos retraer a los nuestros del temor del Señor. Así que habiendo meditado sobre eso, dijimos: Levantemos un altar, no para ofrecer holocaustos ni víctimas; sino para testimonio entre nosotros y vosotros, entre nuestra posteridad y la vuestra, de que también somos nosotros siervos del Señor, y tenemos derecho a ofrecer holocaustos, víctimas, y hostias pacíficas; a fin de que por ningún caso digan mañana vuestros hijos a los nuestros: No tenéis vosotros parte en el Señor. Que si se les antojare decirlo, podrán responderles: Mirad aquí el altar del Señor que levantaron nuestros padres, no para holocaustos, ni sacrificios, sino para testimonio entre vosotros y nosotros. Guárdenos el cielo de tal maldad que nos apartemos del Señor, y dejemos de seguir sus pasos, erigiendo un altar para ofrecer holocaustos, sacrificios y víctimas, fuera del altar del Señor Dios nuestro que está erigido delante de su Tabernáculo. Oídas estas razones, el sacerdote Finees y los principales del pueblo que los israelitas habían enviado con él, se apaciguaron y admitieron con suma satisfacción la respuesta de los hijos de Rubén y de Gad, y de la media tribu de Manasés. Y les dijo el sacerdote Finees, hijo de Eleazar: Ahora conocemos que el Señor está con nosotros, y no nos abandonará; puesto que estáis tan ajenos de semejante prevaricación, y que habéis librado a los hijos de Israel del temor de la justa venganza del Señor. Después, dejando Finees a los hijos de Rubén y de Gad, se volvió con los principales del pueblo desde la tierra de Galaad, que confina con Canaán, a los hijos de Israel, y les dio cuenta de todo. Y habiéndolo oído, quedaron satisfechos: y alabaron a Dios los hijos de Israel, y ya no hablaron más de salir contra ellos a hacerles guerra y asolar la tierra de su posesión. Y los hijos de Rubén y de Gad pusieron por título al altar que habían edificado: Testimonio nuestro de que el Señor mismo es el Dios nuestro y suyo. Pasado ya mucho tiempo, después que había el Señor dado paz a Israel, sojuzgadas todas las naciones circunvecinas; siendo ya Josué anciano y de edad muy avanzada, convocó a todo Israel con los ancianos, príncipes, capitanes y magistrados, y les dijo: Yo estoy viejo y muy entrado en días; y vosotros veis todo lo que ha hecho Dios vuestro Señor con todas las naciones del contorno, y como él mismo ha peleado por vosotros. Considerad que os ha repartido por suerte toda la tierra desde la parte oriental del Jordán hasta el mar grande o Mediterráneo, y que todavía quedan en ella muchas naciones. El Señor Dios vuestro las exterminará, y disipará en vuestra presencia, y poseeréis el país, según que os lo tiene prometido; sólo con que vosotros os esforcéis y andéis solícitos en guardar todas las cosas escritas en el libro de la ley de Moisés, sin desviaros de ellas, ni a la diestra ni a la siniestra, no sea que tratando con esas gentes que han de quedar entre vosotros, vengáis a jurar por el nombre de sus dioses, les sirváis y deis culto. Sino antes bien perseverad adheridos al Señor Dios vuestro, como lo habéis estado hasta este día. Entonces sí que exterminará el Señor Dios a vuestra vista naciones grandes y robustísimas; y nadie podrá resistiros. Uno solo de vosotros hará huir a mil de los enemigos: porque Dios vuestro Señor peleará él mismo por vosotros, como lo tiene prometido. Una sola cosa habéis de procurar con todo esfuerzo, que es amar al Señor Dios vuestro. Mas si queréis adherir a los errores de estas gentes que habitan entre vosotros y celebrar con ellas matrimonios, y contraer amistades, tened entendido desde ahora para entonces que el Señor Dios vuestro no las exterminará de vuestra presencia; sino que serán para vosotros como una trampa, como un lazo, y una piedra de tropiezo junto a vosotros, y como una espina en vuestros ojos, hasta que os disipe y arranque de esta excelente tierra que os ha dado. Ved aquí que estoy yo para concluir la carrera de todos los mortales, y vosotros quedaréis bien convencidos que de todas las promesas que os hizo Dios, ni una sola ha quedado sin efecto. Pues así como de hecho ha cumplido lo que prometió, y todo os ha sucedido prósperamente, así también descargará sobre vosotros todos los males con que os ha amenazado, hasta arrancaros y exterminaros de esta fertilísima tierra que os ha dado, por haber faltado al pacto del Señor Dios vuestro, que estableció con vosotros y servido a dioses ajenos, y adorádolos: el furor del Señor se levantará pronta y velozmente contra vosotros, y seréis arrojados de esta tierra excelente que os ha dado. Finalmente congregó Josué por última vez todas las tribus de Israel en Siquem; y llamó a los ancianos y príncipes, y jueces, y magistrados, y se presentaron delante del Señor. Y habló así al pueblo: Esto dice el Señor Dios de Israel: Vuestros padres: Taré, padre de Abrahán y de Nacor, habitaron al principio a la otra parte del río, y sirvieron a dioses ajenos. Mas yo saqué a vuestro padre Abrahán de los confines de la Mesopotamia, lo conduje a la tierra de Canaán; y multipliqué su linaje, y le di a Isaac: y a éste le di también a Jacob y Esaú; de los cuales a Esaú le entregué la montaña de Seir en posesión: mas Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Allí envié a Moisés y Aarón; y castigué a Egipto con muchas señales y portentos; y os saqué de él a vosotros y a vuestros padres, y vinisteis al mar Rojo, y los egipcios persiguieron a vuestros padres con gran aparato de carros de guerra y caballos hasta el mar Rojo. Entonces clamaron los hijos de Israel al Señor; el cual puso tinieblas muy densas entre vosotros y los egipcios, e hizo volver sobre éstos el mar, y los anegó en él. Vuestros ojos vieron todas las cosas que hice en Egipto, dice el Señor; y habitasteis mucho tiempo en el desierto. Al fin os introduje en la tierra del amorreo, que habitaba a la otra parte del Jordán, y cuando combatían contra vosotros los entregué en vuestras manos, y os apoderasteis de su tierra, y los pasasteis a cuchillo. Se levantó Balac, hijo de Sefor, rey de Moab, y movió guerra contra Israel. Y envió a llamar a Balaam , hijo de Beor, para que os maldijese. Mas yo no quise escucharlo; antes al contrario por boca de él os bendije, y os libré de su mano. Pasasteis después el Jordán y vinisteis a Jericó , donde se armaron contra vosotros los vecinos de aquella ciudad, los amorreos, los ferezeos, los cananeos, los heteos, los gergeseos, los heveos y jebuseos, y los entregué en vuestras manos. Yo envié adelante de vosotros enjambres de avispones, con que lancé de sus tierras a los dos reyes amorreos, y no por medio de vuestra espada y arco; y os di tierras que vosotros no habíais labrado, y ciudades que no habíais edificado, para que habitaseis en ellas, y os di viñas y olivares que no habíais plantado. Ahora, pues, yo os digo: Temed al Señor y servidle con un corazón bien perfecto y sincero, y quitad de en medio de vosotros los dioses a quienes sirvieron vuestros padres en Mesopotamia y en Egipto y servid a solo el Señor. Pero si os parece malo el servir al Señor, libres sois: escoged hoy, según lo que más os agrade, a quien debéis antes servir, si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres en Mesopotamia, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor. Respondió el pueblo y dijo: Lejos de nosotros el abandonar al Señor y servir a dioses ajenos. El Señor Dios nuestro es quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud, y obró a nuestros ojos milagros grandiosos, y nos guardó en todo el camino por donde anduvimos, y en todos los pueblos por donde pasamos; y echó a todas las naciones a los amorreos habitantes del país en que nosotros hemos entrado. Así que serviremos al Señor; pues él es nuestro Dios. Dijo Josué al pueblo: No podréis servir al Señor: porque es un Dios santo, un Dios fuerte y celoso, que no sufrirá vuestras maldades y pecados. Pues en el caso de que abandonéis al Señor, y sirváis a dioses ajenos, se volverá contra vosotros, y os afligirá y os arruinará, por más beneficios que os haya hecho. Replicó el pueblo a Josué: No, no será así como tú dices, sino que serviremos al Señor. Y Josué al pueblo: Testigos sois vosotros mismos de que habéis escogido al Señor para servirle. A lo que respondieron: Testigos somos. Ahora bien, añadió, arrojad de en medio de vosotros los dioses ajenos; y rendid vuestros corazones al Señor Dios de Israel. Respondió el pueblo a Josué: Al Señor Dios nuestro serviremos, y seremos obedientes a sus mandatos. Con esto Josué ratificó en aquel día la alianza; y propuso al pueblo en Siquem los preceptos y las leyes. Escribió también todas las palabras dichas en el Libro de la Ley del Señor, y cogió una piedra muy grande, y la colocó debajo de una encina, que estaba junto al Tabernáculo del Señor; y dijo a todo el pueblo: Ved aquí esta piedra, que os dará testimonio de que oyó todas las palabras que os habló el Señor: no sea que después queráis negarlo, y mentir al Señor Dios vuestro. Despidió en seguida al pueblo para que cada uno se fuera a su tierra. Concluidas estas cosas, murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, siendo de ciento diez años, y lo sepultaron en los términos de su posesión en Tamnat-Sare, ciudad situada en la montaña de Efraín, al norte del monte Gaas. Israel sirvió al Señor todos los días de la vida de Josué y de los ancianos que vivieron largo tiempo después de Josué, y tenían presentes todas las maravillas que el Señor había obrado a favor de Israel. Asimismo los huesos de José, que los hijos de Israel habían traído de Egipto, los sepultaron en Siquem en una parte de la heredad que compró Jacob a los hijos de Hemor, padre de Siquem, por cien corderos, y tocó en posesión a los hijos de José. Murió también Eleazar, hijo de Aarón, y lo sepultaron en Gabaat, posesión dada a su hijo Finees, en el monte de Efraín. Muerto Josué, los hijos de Israel consultaron al Señor, diciendo: ¿Quién marchará delante de nosotros contra el cananeo, y será nuestro caudillo para continuar la guerra? Y respondió el Señor: La tribu de Judá marchará delante de vosotros: Yo le he entregado en sus manos aquel país. Dijo entonces Judá a la tribu de Simeón su hermano: Ven conmigo a la tierra que me ha cabido en suerte, y pelea contra el cananeo, que yo iré también después contigo a la conquista de la tuya: y Simeón le acompañó. Se puso, pues, Judá en marcha; y el Señor entregó en sus manos al cananeo y al ferezeo, y mataron de ellos en Bezec diez mil hombres. Entretanto huyó Adonibezec; mas yéndole al alcance le prendieron, y le cortaron las extremidades de las manos y de los pies. Entonces dijo Adonibezec: Sesenta reyes, a quienes fueron cortadas las extremidades de las manos y de los pies recogían debajo de mi mesa las sobras de la comida: como yo hice, así me ha pagado Dios. Y le llevaron a Jerusalén , donde murió. Pues los hijos de Judá habiendo atacado a Jerusalén , la tomaron, e hicieron en ella gran mortandad; y entregaron toda la ciudad a las llamas. Saliendo de aquí fueron a pelear contra el cananeo, que habitaba en las montañas, hacia el mediodía, y en los llanos. Prosiguiendo Judá la marcha contra el cananeo que moraba en Hebrón, llamada antiguamente Cariat-Arbe, derrotó a Sesai, y Ahimán, y Tolmai. Habiendo asimismo partido de allí, se encaminó contra los habitantes de Dabir, cuyo nombre antiguo era Cariat-Sefer, esto es, ciudad de las Letras. Aquí dijo Caleb: Al que asaltare a Cariat-Sefer, y la destruyere, le daré por mujer a mi hija Axa. Y habiéndola conquistado Otoniel, hijo de Cenez, hermano menor de Caleb, le dio a su hija Axa por mujer: a la cual, estando de camino, sugirió su esposo que pidiese a su padre una heredad. Y como ella, yendo sentada sobre un asno, comenzase a suspirar, le dijo Caleb: ¿Qué tienes? A lo que respondió ella: Dame tu bendición, concediéndome una gracia: Ya que me has dado terreno árido, dámele también de regadío. Con eso Caleb le dio una heredad de tierra de ragadío alta y baja. Los hijos de Jetro, Cineo, deudo o suegro de Moisés, transmigraron de las ciudades de las Palmas con los hijos de Judá, al desierto de la pertenencia a esta tribu, hacia el mediodía de la ciudad de Arad, y habitaron en su compa-ñía. Prosiguió adelante Judá con su hermano Simeón, y juntas las dos tribus derrotaron al cananeo, que habitaba en Sefaat, y lo pasaron a cuchillo. Y se puso por nombre a esta ciudad Horma, que quiere decir Anatema. Además Judá se apoderó de Gaza con todos sus términos, y de Ascalón y Accarón con los suyos. Y el Señor estuvo a favor de Judá, quien se hizo dueño de las montañas; pero no pudo exterminar a los moradores del valle, porque tenían muchos carros falcados. Y dieron, como lo había dispuesto Moisés, la ciudad de Hebrón a Caleb, el cual extirpó de ella a los tres hijos de Enac. Mas los hijos de Benjamín no destruyeron a los jebuseos que moraban en Jerusalén ; y así quedaron habitando en dicha ciudad con los hijos de Benjamín hasta el día de hoy. La casa de José marchó también contra Betel, y estuvo el Señor con ellos. Pues cuando estaban sitiando esta ciudad, que antes se llamaba Luza, vieron salir de ella un hombre, y le dijeron: Muéstranos por dónde se podrá entrar en la ciudad, y usaremos contigo de misericordia. El se la mostró, y pasaron la ciudad a cuchillo: pero libraron a aquel hombre y a toda su familia; el cual, puesto en libertad, se retiró a la tierra de Hettin, donde fundó una ciudad y la llamó Luza, nombre que hasta ahora conserva. Asimismo Manasés no destruyó a Betsán ni a Tanac con sus aldeas, ni a los moradores de Dor, y Jeblaam, y Mageddo con sus aldeas: por lo cual los cananeos comenzaron a vivir junto con ellos. Pero después que Israel cobró fuerzas, los hizo tributarios, si bien no quiso exterminarlos. Tampoco Efraín exterminó al cananeo que ocupaba Gazer, sino que habitó con él. Zabulón no destruyó a los habitantes de Cetrón y Naalol, sino que permaneció el cananeo en medio de su país, pagándole tributo. Ni tampoco Aser extirpó a los moradores de Accó y de Sidón, y de Ahalab, y de Acazib, y de Helba, y de Afec, y de Rohob; antes bien moró en medio de los cananeos que habitaban aquella tierra, y no los exterminó. Del mismo modo Neftalí no quiso acabar con los habitantes de Betsamés y Betanat, sino que vivió entre los cananeos naturales de la tierra, haciendo tributarios a los beasamitas y betanitas. Mas el amorreo estrechó en la montaña a los hijos de Dan, y no les permitió extenderse bajando a los llanos; antes bien habitó en el monte Hares, que quiere decir monte de Tiestos, y en Ayalón y en Salebim. Pero la casa de José prevaleció contra él, y le hizo su tributario. Y los lindes del amorreo fueron la subida del Escorpión, Petra y los lugares más altos. Después de esto subió el ángel del Señor desde Gálgala al lugar que se llamó de los Lloradores, y en nombre de Dios, dijo: Yo soy el que os saqué de Egipto y os he introducido en la tierra que prometí con juramento a vuestros padres: y os aseguré que nunca jamás invalidaría mi pacto con vosotros; con sola la condición de que no hicierais alianza con los naturales de esta tierra, sino que derribarais sus altares. Mas vosotros no habéis querido escuchar mi voz. ¿Por qué habéis hecho esto? Por lo mismo, yo tampoco he querido exterminarlos de vuestra presencia, a fin de que tengáis enemigos, y sus dioses sean para vuestra ruina. Al decir el ángel del Señor estas palabras a todos los hijos de Israel, alzaron éstos el grito, y se pusieron a llorar; de donde aquel lugar se llamó lugar de los Lloradores, o de las lágrimas; y ofrecieron allí sacrificios al Señor. Despedido que fue el pueblo o ejército por Josué, y vueltos los hijos de Israel a disfrutar cada cual la posesión que le había tocado en suerte, sirvieron al Señor todos los días de la vida de Josué y de los ancianos que vivieron después de él por largo tiempo, y habían visto todas las obras maravillosas que había hecho el Señor por Israel. Pero muerto Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, de ciento diez años, y sepultado en el término de su posesión en Tamnatsare en la montaña de Efraín, al norte del monte Gaas, y toda la dicha generación pasando de este mundo a unirse con sus padres, sucedieron otros que no conocían al Señor, ni habían visto los prodigios que había hecho a favor de Israel. Entonces los hijos de Israel pecaron a vista del Señor, y sirvieron a los ídolos; y apostataron del Señor Dios de sus padres que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras los dioses ajenos, dioses de los pueblos circunvecinos, y los adoraron; y provocaron el enojo del Señor, abandonándole a él por servir a Baal y a Astarot. De lo cual irritado el Señor contra los israelitas, los entregó en manos de los saqueadores, que los cautivaron y vendieron a los enemigos cercanos; ni pudieron ya contrarrestar a sus adversarios; antes bien doquiera que quisiesen volverse, la mano del Señor descargaba sobre ellos, como se lo tenía dicho y jurado: con lo que se vieron en extremo afligidos. Suscitó el Señor jueces que los librasen de las manos de sus opresores; pero ni aún a los jueces quisieron escuchar, prostituyéndose de nuevo a dioses ajenos, y adorándolos. Dejaron presto el camino por donde anduvieron sus padres, y por más que oyeron de su boca los mandamientos del Señor, hicieron todo lo contrario. Cuando el Señor les suscitaba jueces, mientras éstos vivían se apiadaba de ellos, y oía los gemidos de los atribulados, los libraba de la crueldad de sus verdugos; mas luego que moría el juez, reincidían, y hacían cosas mucho peores que las que habían hecho sus padres, siguiendo a los dioses ajenos, sirviéndolos y adorándolos. No dejaron sus devaneos, ni el obstinado tenor de vida a que se habían acostumbrado. Así el furor del Señor se inflamó contra Israel, y dijo: Por cuanto esta gente ha invalidado el pacto que yo había hecho con sus padres, y se ha desdeñado de escuchar mi voz, yo no exterminaré las naciones que dejó Josué cuando murió; porque quiero experimentar si viviendo los hijos de Israel entre ellas, siguen o no el camino del Señor, y andan por él, así como le siguieron y anduvieron por él sus padres. Por esto dejó el Señor todas estas naciones, y no quiso acabarlas luego, ni las entregó en manos de Josué. Estas son las naciones que dejó subsistir el Señor, y con el fin de instruir por medio de ellas a Israel, y a todos los que no tenían experiencia de las guerras de los cananeos; para que andando el tiempo aprendieran sus hijos a pelear contra sus enemigos, y se acostumbrasen a semejantes combates. Cinco sátrapas o príncipes de los filisteos, y todos los cananeos, y sidonios, y heveos habitantes del monte Líbano desde la cordillera de Baal-Hermón hasta la entrada de Emat. Y los dejo para probar también con ellos a Israel si obedecería o no los mandamientos del Señor que había comunicado a sus padres por medio de Moisés. Así pues, los hijos de Israel habitaron en medio del cananeo, y del heteo, y del amorreo, y del ferezeo, y del heveo, y del gebuseo: y se casaron con sus hijas y dieron las suyas a los hijos de ellos, y sirvieron a sus dioses. Con lo que pecaron los hijos de Israel en la presencia del Señor, y se olvidaron de su Dios, por servir a Baal y a Astarot. Y airado el Señor contra los hijos de Israel, los entregó en manos de Cusán Rasataim, rey de Mesopotamia; y les tuvieron sujetos ocho años. Y después clamaron los israelitas al Señor, el cual les suscitó un salvador que los libertó, a saber, Otoniel, hijo de Cenez, hermano menor de Caleb. El espíritu del Señor estuvo en él, y juzgó o gobernó a Israel: y saliendo a campaña, puso el Señor en sus manos a Cusán Rasataim, rey de Siria, o Mesopotamia, y lo sojuzgó. De resultas quedó en paz el país por cuarenta años, y murió Otoniel, hijo de Cenez. Pero los hijos de Israel volvieron de nuevo a pecar a vista del Señor; el cual fortaleció contra ellos a Eglón, rey de Moab; por haber Israel pecado en la presencia del Señor. Y unió los hijos de Amón y de Amalec a Eglón, quien se puso en marcha con ellos, y derrotó a Israel y se apoderó de la ciudad de las Palmas. Y los hijos de Israel estuvieron sujetos a Eglón, rey de Moab, diez y ocho años. Clamaron después al Señor quien les suscitó un salvador llamado Aod, hijo de Gera, hijo de la tribu de Benjamín; el cual era ambidextro. Sucedió que enviaron los hijos de Israel los presentes o tributos a Eglón, rey de Moab, por mano de Aod. Aod se proveyó de una daga de dos cortes, con su guarnición, larga como la palma de la mano, y se la ciñó debajo del sayo en el muslo derecho. Presentó, pues, regalos a Eglón, rey de Moab, el cual era en extremo grueso. Luego que le hubo presentado los regalos, se marchó Aod con los compañeros con quienes había venido. Pero volviéndose desde Gálgala, donde los estaban ídolos, dijo al rey: Tengo que decirte, oh rey, en secreto una palabra. Mando el rey que no prosiguiese y habiendo salido todos los que estaban con él, se acercó Aod al rey, que estaba solo, sentado en su habitación de verano, y dle dijo: Tengo que decirte una palabra de parte de Dios. Al punto se levantó el rey de su silla, y Aod tirando con su mano izquierda de la daga que llevaba al lado derecho se la envasó en el vientre, con tanta fuerza que la guarnición o empuñadura entró tras la hoja en la herida, y se quedó cubierta y encajada en la mucha grosura: ni sacó del vientre la daga sino que como se la metió, así la dejó en él; y al instante los excrementos salieron por sus conductos naturales. Después de lo cual Aod, habiendo cerrado muy bien las puertas del cuarto, y asegurándolas con llave, se salió por una puerta excusada. Y entrando los criados del rey, y viendo cerradas las puertas del aposento, dijeron: Tal vez está satisfaciendo alguna necesidad corporal en la habitación de verano. Y después de haber aguardado mucho tiempo, hasta que preocupados de tanto esperar, y viendo que ninguno les abría, echaron mano de la llave, abrieron el cuarto y hallaron el cadáver de su señor tendido en el suelo. Pero mientras ellos andaban alborotados, Aod se escapó, y pasando por el lugar de los ídolos, desde donde había vuelto atrás, llegó a Seirat. Tocó luego la trompeta o alarma, en el monte de Efraín; y los hijos de Israel descendieron con él, llevándole a su frente. Aod les dijo: Seguidme: porque el Señor ha entregado en nuestras manos a los moabitas nuestros enemigos. Le siguieron, pues, y se apoderaron de los vados del Jordán, que son paso para Moab: y no dejaron pasar a ningún moabita, sino que mataron en aquella sazón cerca de diez mil de ellos, todos hombres robustos y esforzados, de suerte que ninguno de ellos pudo escapar. Quedó, pues, Moab humillado en aquel día, bajo la mano de Israel, y el país estuvo en paz ochenta años. Después de Aod floreció Samgar, hijo de Anat, que mató a seiscientos filisteos con una reja de arado; y éste fue también defensor y libertador de Israel. Pero los hijos de Israel volvieron a pecar delante del Señor, después de la muerte de Aod; y los entregó el Señor en manos de Jabín, rey de Canaán, que reinó en Asor, y tuvo por general de su ejército a un llamado Sísara, el cual habitaba en Haroset de las Naciones. Clamaron, pues, los hijos de Israel al Señor; porque teniendo Jabín novecientos carros falcados, los había oprimido en extremo por espacio de veinte años. Vivía en aquel tiempo Débora, profetisa, mujer de Lapidot, la cual regía al pueblo; y tenía su asiento debajo de una palma, que se llamó por eso de su mismo nombre, entre Rama y Betel, en el monte de Efraín: y los hijos de Israel acudían a Débora en todos sus litigios. Ella, pues, envió a llamar a Barac, hijo de Abinoem, natural de Cedes de Neftalí, y le dijo: El Señor Dios de Israel te da esta orden: Anda y conduce el ejército al monte Tabor, llevando contigo diez mil combatientes de la tribu de Neftalí y de la de Zabulón: que yo llevaré a un sitio del torrente Cisón a Sísara, general del ejército de Jabín, con todos sus carros y su gente, y los entregaré en tus manos. Y le dijo Barac: Si vienes conmigo, iré; mas si no quieres venir conmigo, tampoco iré yo. A lo que respondió Débora: Bien está, iré contigo; mas por esta vez no se atribuirá a ti la victoria: pues Sísara será entregado por medio de una mujer. Partió, pues, luego Débora, y se fue a Cedes con Barac. El cual, convocados los de Zabulón y Neftalí, marchó con diez mil combatientes, teniendo a Débora en su compañía. Es de advertir que Haber, cineo, se había separado mucho tiempo antes de los otros cineos sus hermanos, hijos de Hobab, parientes de Moisés, y había establecido su morada extendiéndose hasta el valle llamado Sennim, no lejos de Cedes. En esto tuvo Sísara aviso de que Barac, hijo de Abinoem, había subido al monte Tabor; Por lo que juntó los novecientos carros falcados, e hizo mover todo su ejército desde Haroset de las Naciones hasta el torrente Cisón. Entonces dijo Débora a Barac: ¡Ea, vamos! porque este es el día en que el Señor ha puesto en tus manos a Sísara: mira que el mismo Señor es tu caudillo. Bajó al punto Barac del monte Tabor y con él los diez mil soldados. Y el Señor aterró a Sísara, y a todos sus carros de guerra, y su gente, la cual fue pasada a cuchillo al presentarse Barac: en tanto grado, que Sísara, saltando de su carro, echó a huir a pie. Y Barac fue persiguiendo a los carros fugitivos, y al ejército hasta la ciudad de Haroset de las Naciones; y toda la muchedumbre de los enemigos pereció, sin quedar ni uno. Entretanto Sísara, huyendo vino a parar en la tienda de Jahel, mujer de Haber, cineo: por cuanto había paz entre Jabín, rey de Asor y la casa de Haber, cineo. Y habiendo salido Jahel a recibir a Sísara, le dijo: Entrad, señor mío, en mi casa y no temáis. Entró pues, en la tienda, y después que ella lo cubrió con un manto, le dijo Sísara: Dame por tu vida un poco de agua, que me muero de sed. Abrió ella un odre de leche, y le dio de beber, y volvió a cubrirlo con la ropa. Y le dijo Sísara: Ponte a la puerta del pabellón, y si viene alguno preguntándote, y diciendo: ¿Hay aquí alguno?, responde que no hay nadie. Jahel, pues, mujer de Haber, tomó un clavo o estaca de la tienda, y asimismo un martillo; y entrando sin ser vista ni sentida, aplicó el clavo sobre una de las sienes de Sísara, y dando un golpe con el martillo le traspasó el cerebro hasta la tierra: y Sísara desfalleció y murió, juntando el sueño con la muerte. Cuando he aquí que Barac venía en seguimiento de Sísara, y Jahel, saliéndole al encuentro le dijo: Ven, y te mostraré al hombre que buscas. Entrado que hubo en su estancia, vio a Sísara que yacía muerto, y el clavo atravesado por sus sienes. Así humilló Dios en aquel día a Jabín, rey de Canaán, ante los hijos de Israel. Los cuales cobraron cada día más bríos contra Jabín y Canaán, a quien oprimieron con mano poderosa, hasta que le destruyeron enteramente. En aquel día Débora y Barac, hijo de Abinoem, cantaron este himno diciendo: ¡Oh varones de Israel!, vosotros que voluntariamente habéis expuesto vuestras vidas, bendecid al Señor. ¡Escuchad, reyes!, ¡estadme atentos, oh príncipes! Yo soy, yo soy la que celebraré al Señor, y entonaré himnos al Señor Dios de Israel. ¡Oh Señor!, cuando saliste de Seir, y pasaste por las regiones de Edón, se estremeció la tierra, y los cielos y las nubes se disolvieron en aguas. Los montes se liquidaron a la vista del Señor, como el monte Sinaí , delante del Señor Dios de Israel. En los días de Samgar, hijo de Anat, en los días de Jahel estaban desiertos los caminos; y los que tenían que viajar, andaban por veredas tortuosas o extraviadas. Se habían acabado en Israel los valientes, habían desaparecido, hasta que Débora levantó la cabeza y se dejó ver como una madre para Israel. Nuevo y maravilloso modo de guerrear escogió el Señor, y él mismo, por medio de una mujer, destruyó las fuerzas de los enemigos: no se veía lanza ni escudo entre cuarenta mil soldados de Israel. Mi corazón os ama, ¡oh príncipes de Israel!; vosotros que con buena voluntad os expusisteis al peligro, bendecid al Señor. Los que cabalgáis en lucidas caballerías, los que estáis sentados en los tribunales, los que andáis ya libremente por los caminos públicos, hablad vosotros, y bendecid al Señor. Donde se estrellaron los carros de guerra, donde las huestes enemigas se anegaron, allí sean publicadas las venganzas del Señor, y su clemencia para con los valientes de Israel. El pueblo se congregó entonces libremente en las puertas de las ciudades, y recobró su superioridad. ¡Ea, vamos, Débora!, vamos, ea, prepárate para entonar un cántico al Señor! Animo, ¡oh Barac!, ¡vamos, toma, hijo de Abinoem, los prisioneros que has hecho! Se han salvado las reliquias del pueblo de Dios; el Señor ha combatido al frente de los valientes. Se sirvió de uno de la tribu de Efraín para derrotar a los cananeos en la persona de los amalecitas: después se sirvió de una de la tribu de Benjamín contra tus pueblos, ¡oh Amalec! De Maquir, primogénito de Manasés, descendieron los príncipes, y de Zabulón los que han capitaneado hoy el ejército para combatir. También los caudillos de Isacar han ido con Débora y seguido las pisadas de Barac; el cual se ha arrojado a los peligros, dejándose caer sobre el enemigo como quien se despeña a una sima. Mas dividido entonces Rubén en partidos contra sí mismos, se suscitaron discordias entre sus valientes. ¿Por qué te estás ahí quieto, ¡oh Rubén!, entre los dos términos de Israel y de sus enemigos oyendo los balidos de tus rebaños? Pero dividido Rubén en partidos contra sí mismos, sus valientes sólo se ocuparon en disputar entre sí. Los de Galaad estaban en reposo a la otra parte del Jordán; y Dan atendía a sus navíos y comercio: lo mismo que Aser que habitaba en la costa del mar, y se mantenía en sus puertos. Empero Zabulón y Neftalí fueron a exponer sus vidas en el país de Merome. Vinieron los reyes enemigos y pelearon contra ellos: los reyes de Canaán pelearon contra Israel en Tanac, junto a las aguas del Mageddo; mas no pudieron llevar presa ninguna. Desde el cielo se hizo guerra contra ellos: las estrellas permaneciendo en su orden y curso, pelearon contra Sísara. El torrente de Cisón arrastró sus cadáveres, el torrente de Cadumín, el torrente de Cisón. ¡Huella, oh alma mía, a los orgullosos campeones! Se les saltaron a sus caballos las uñas de los pies con la impetuosidad de la huida, cayendo por los precipicios los más valientes de los enemigos. Maldecid a la tierra de Meroz, dijo el ángel del Señor: maldecid a sus habitantes, pues no quisieron venir al socorro del pueblo del Señor, a ayudar a sus más esforzados guerreros. ¡Bendita entre todas las mujeres Jahel, esposa de Haber, cineo, bendita sea en su pabellón! Le pidió Sísara agua, y le dio leche, y en taza de príncipes le ofreció la nata. Con la izquierda cogió un clavo, y con la diestra un martillo de obreros, y mirando donde heriría a Sísara en la cabeza, le dio el golpe y le taladró con gran fuerza las sienes. Cayó Sísara entre los pies de Jahel, perdió las fuerzas, y expiró después de haberse revolcado por el suelo delante de Jahel, quedando tendido en tierra, exánime y miserable. Mientras esto pasaba estaba mirando la madre de Sísara desde la ventana y daba voces, diciendo desde su cuarto: ¿Cómo tarda tanto en volver su carro? ¿Cómo son tan pesados los pies de sus cuatro caballos? La más discreta entre las mujeres de Sísara, respondió así a la suegra: Quizá está ahora repartiendo los despojos, y se está escogiendo para él la más hermosa de las cautivas; se separan de entre todo el botín ropas de diversos colores para Sísara, y variedad de joyas para adorno de los cuellos. Perezcan, Señor, como Sísara todos tus enemigos: y brillen como el sol en su oriente los que te aman. Estuvo después todo el país en paz cuarenta años. Pero, muerto Barac, pecaron nuevamente los hijos de Israel en la presencia del Señor, el cual los entregó en manos de los madianitas por siete años: quienes los oprimieron en tanto grado, que se vieron obligados a abrir grutas y cuevas en los montes para guarecerse, y a fabricar lugares muy fuertes para defenderse. Pues cuando los israelitas habían hecho la sementera se presentaban los madianitas, los amalecitas y los otros pueblos orientales, y plantando en medio de ellos sus tiendas, o cabañas, estando aún en hierba los sembrados, lo talaban todo desde el Jordán hasta las puertas de Gaza: y no dejaban a los israelitas nada de lo que es necesario para la vida; ni ovejas, ni bueyes, ni asnos. Porque venían ellos con todos sus ganados y tiendas, y a manera de langostas cubría todos los campos una multitud innumerable de hombres y de camellos, desollándolo todo por donde pasaban. Con lo que los israelitas fueron en extremo humillados bajo la dominación de los madianitas. Al fin clamaron al Señor pidiendo auxilio contra ellos. Y el Señor les envió un profeta, el cual les habló de esta manera: Esto dice el Señor Dios de Israel: Yo soy el que os hice salir de Egipto, y os saqué de la casa de la esclavitud, y os libré de las manos de los egipcios, y de todos los enemigos que os maltrataban, y a vuestra entrada los eché de su tierra, y os la entregué a vosotros. Y dije: Yo soy el Señor Dios vuestro; no temáis a los dioses de los amorreos, en cuya tierra habitáis; pero vosotros no habéis querido escuchar mi voz. Después de estas reconvenciones vino el ángel del Señor, y se sentó debajo de una encina que había en Efra, y era pertenencia de Joás, cabeza de la familia de Ezri. Y como Gedeón, su hijo, estuviese sacudiendo y limpiando el grano en un lagar para esconderlo de los madianitas, se le apareció el ángel del Señor, y le dijo: El Señor es contigo, oh tú el más valeroso de los hombres. A lo que respondió Gedeón: Te suplico, Señor mío, me digas: Si el Señor está con nosotros, ¿cómo es que nos han sobrevenido todos estos males? ¿Dónde están aquellas maravillas suyas que nos han contado nuestros padres, refiriéndonos cómo el Señor los sacó de Egipto? Lo cierto es que ahora el Señor nos ha desamparado y entregado en manos de Madián. Entonces el ángel que representaba al Señor echó una mirada sobre él, y le dijo: Anda, ve con ese tu valor y libertarás a Israel del poder de Madián: sábete que soy yo el que te envío. Respondió Gedeón y dijo: ¡Ah, Señor mío!, te ruego que me digas ¿cómo he de poder yo libertar a Israel? Tú ves que mi familia es la ínfima en la tribu de Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre. Le dijo el ángel del Señor: Yo seré contigo, y derrotarás a Madián, como si fuera un solo hombre. Replicó él: Si es que yo he hallado gracia delante de ti, dame una señal de que eres tú quien me hablas, ni te retires de este sitio, hasta que yo vuelva a ti y te traiga un presente como para un sacrificio, y te lo ofrezca. Respondió el ángel: Aguardaré hasta que vuelvas. Con esto Gedeón fue a su casa, y cosió un cabrito, y panes ázimos, que hizo de una medida de harina; y poniendo la carne en un canasto; y echando en una olla el caldo de la carne, lo llevo todo debajo de la encina, y se lo presentó. Le dijo el ángel del Señor: Toma la carne y los panes ázimos, y ponlo sobre aquella peña, y derrama encima el caldo. Y habiéndolo echo así, extendió el ángel del Señor la punta del báculo que tenía en la mano, y tocó la carne y los panes ázimos; y salió fuego de la piedra, y consumió la carne y los panes ázimos, y el ángel del Señor desapareció de sus ojos. Viendo Gedeón que era un ángel del Señor, dijo: ¡Ay de mí, Señor Dios mío, que he visto al ángel del Señor cara a cara! Le respondió el Señor: La paz sea contigo: no temas, que no morirás. Edificó, pues, allí Gedeón un altar al Señor, y le llamó Paz del Señor: nombre que dura hasta hoy día. Y estando él todavía en Efra, que pertenece a la familia de Ezri, le díjo el Señor aquella noche: Toma un toro de tu padre y otro de siete años; y destruye el altar de Baal, que es de tu padre: y corta el bosquete que está junto al altar: y erigirás un altar al Señor Dios tuyo encima de esa peña sobre que pusistes antes el sacrificio; y tomando el segundo toro le ofrecerás en holocausto sobre el montón de leña que habrás cortado en el bosquete. Gedeón, pues, habiendo tomado consigo diez de sus criados, hizo lo que el Señor le había mandado: si bien teniendo a la familia de su padre y a los vecinos de aquella ciudad, no lo quiso hacer de día, sino que todo lo ejecutó de noche. A la mañana, levantándose, los vecinos del pueblo, vieron destruido el altar de Baal, y cortado el bosquete, y colocado el segundo toro sobre un altar recientemente erigido. Y se dijeron unos a otros: ¿Quién ha hecho esto? Y haciendo pesquisa del autor de ello, se les dijo: Gedeón, hijo de Joás, ha hecho todas estas cosas. Por lo que dijeron a Joás: Sácanos aquí tu hijo para que muera, pues ha destruido el altar de Baal, y cortado el bosquete. Les respondió Joás: pues qué ¿sois vosotros los vengadores de Baal para combatir por él? Haga Baal que quien es su adversario, muera antes que amanezca el día de mañana: si Baal es Dios, vénguese él mismo del que ha derribado su altar. Desde aquel día Gedeón fue llamado Jerobaal, por haber dicho Joás: Vénguese Baal del que le derribó su altar. Entretanto todos los de Madián y de Amalec, y los pueblos orientales se juntaron a una, y pasando el Jordán, acamparon en el valle de Jezrael para robar y talar. Mas el espíritu del Señor se apoderó de Gedeón, el cual tocando la trompeta convocó a la familia de Abiezer para que le siguiese. Envió asimismo mensajeros a toda la tribu de Manasés, que también le siguió; e igualmente a las otras de Aser, y de Zabulón, y de Neftalí, que asimismo salieron a juntarse con él. Gedeón dijo entonces al Señor: Si has de salvar a Israel por mi mano, como lo has dicho, he aquí que yo extenderé este vellocino de lana en la era: si el rocío solamente cayere en el vellocino, quedando todo el terreno enjuto, reconoceré en esto que por mi mano has de libertar a Israel, según tiene dicho. Se hizo así, y levantándose antes del amanecer, exprimió el vellocino, y llenó una taza de rocío que salió de él. Dijo de nuevo a Dios: No se irrite contra mí tu furor, si aún hago una prueba más buscando otra señal por medio del vellocino. Suplícote ahora lo contrario, que sólo el vellocino esté seco, y se vea mojada del rocío toda la tierra; y Dios lo hizo aquella noche como se lo había pedido; y sólo el vellocino quedó enjuto, y todo el terreno se halló cubierto de rocío. Por lo tanto Jerobaal, o sea Gedeón, levantándose antes del día, vino con toda su gente a la fuente llamada de Harad, estando el campamento de los madianitas en el valle al norte de un cerro muy alto. Dijo entonces el Señor a Gedeón: Mucha gente tienes contigo: no será Madián entregado en manos de ella, porque no se gloríe contra mí Israel, y diga: Mi valor me ha libertado. Habla al pueblo, y haz pregonar de manera que lo oigan todos: El que sea medroso o cobarde, que se vuelva. Y se volvieron del monte de Galaad y se retiraron veintidós mil hombres de la tropa, quedándose solamente diez mil. Y el Señor dijo a Gedeón: Aún hay mucha gente; guíalos al agua que allí los experimentaré; y el que yo te dijere que vaya contigo, vaya; y a quien yo prohibiere ir vuélvase. Pues como las tropas bajasen al agua, dijo el Señor a Gedeón: Los que bebieron el agua llevada a su boca con la mano, como la cogen los perros con la lengua, los separarás a un lado; mas los que hubieren puesto las rodillas en tierra para beber con más comodidad, quedarán en otra parte. Fueron, pues, los que bebieron el agua, llevándola a su boca con la mano, trescientos hombres: todo el resto de la tropa había doblado sus rodillas para beber más cómodamente. En seguida dijo el Señor a Gedeón: Con estos trescientos hombres que han tomado con la mano el agua para llevarla a su lengua, los libertaré, y haré caer a Madián en vuestro poder. Retírese a su estancia toda la demás tropa. Y tomando víveres a proporción del número de la gente, y las trompetas, mandó volver todo el resto de la tropa a sus tiendas, y él con sólo los trescientos hombres se dispuso para el combate. El campamento de Madián estaba abajo en el valle. Aquella misma noche le dijo el Señor: Levántate y desciende al campamento de los enemigos; porque los he entregado en tus manos; pero si temes ir solo, baje contigo Fara, tu criado. Y cuando oyeres lo que hablan los madianitas, quedarás más animoso, y asaltarás con más confianza su campamento. Partió, pues, Gedeón, con su criado Fara, hacia aquel paraje del campamento donde estaban los centinelas del ejército enemigo. Es de advertir que los madianitas y amalecitas, y todos los pueblos orientales yacían tendidos en el valle, como una muchedumbre de langostas; y sus camellos eran sin número, como las arenas de la orilla del mar. Así que se acercó Gedeón, oyó que uno contaba a su camarada cierto sueño, y refería en esta forma lo que había visto: Acabo de tener un sueño, en que veía venir rodando un pan de cebada cocido en el rescoldo, y bajar hacia el campamento de Madián, y que chocando contra un pabellón le trastornó con el golpe, y le echó por tierra. Respondió aquel a quien se lo contaba: Lo que esto significa es la espada de Gedeón, hi-jo de Joás, israelita; porque Dios ha entregado en sus manos a Madián y a todo su campa-mento. Gedeón, oído el sueño y su interpretación, adoró al Señor; y vuelto al campo de Israel, dijo a los suyos: ¡Ea, vamos! al instante; porque el Señor ha entregado en nuestras manos el campamento de Madián. Dividió luego los trescientos hombres en tres cuerpos, y puso en manos de cada uno una trompeta y una vasija de barro vacía, y dentro de ésta una tea encendida, y les dijo: Lo que me viereis hacer, hacedlo vosotros: yo entraré por un lado de los reales; imitad lo que yo hiciere. Cuando sonare la trompeta que tengo en mi mano, sonad también vosotros las vuestras alrededor del campamento, y gritad todos a una: ¡Al Señor y a Gedeón, victoria! Entrando, pues, Gedeón por un lado del campo, seguido de sus trescientos hombres, al comenzar la vela de la medianoche, y despertados los centinelas, comenzaron Gedeón y los suyos a tocar las trompetas, y a quebrar unas vasijas con otras; y haciendo resonar el ruido alrededor del campamento, por tres puntos diferentes, rotas las vasijas, tomaron las luces en la mano izquierda, y prosiguiendo en tocar las trompetas que tenían en la derecha gritaron todos: ¡La espada del Señor y de Gedeón! manteniéndose cada uno quieto en su puesto alrededor de los reales enemigos. Con esto todas las tropas de Madián se alborotaron, y dando gritos y aullidos echaron a huir. Y sin embargo los trescientos hombres seguían tocando sin cesar las trompetas. Y el Señor hizo que los enemigos tirasen de sus espadas unos contra otros sin conocerse; de suerte que se degollaban entre sí, huyendo los que escaparon hasta Betsetta, y hasta los confines de Abelmeula en Tebbat. Al mismo tiempo los israelitas de las tribus de Neftalí, y de Aser, y todos los de la de Manasés, al saber la victoria, gritando todos a una, fueron persiguiendo a los madianitas. Y Gedeón despachó mensajeros a toda la montaña de Efraín, para que dijesen a sus moradores: Bajad al encuentro de los madianitas, y ocupad el vado de las aguas hasta Betbera y lo largo del Jordán. Así pues, todo Efraín tocó alarma, y se adelantó a tomar los vados de las aguas y la orilla del Jordán hasta Betbera. Y habiendo hecho prisioneros dos príncipes de los madianitas, Oreb y Zeb, mataron a Oreb en la peña de Oreb, y a Zeb en el lugar de Zeb. Y persiguieron a los madianitas; y llevaron las cabezas de Oreb y de Zeb a Gedeón, al otro lado del río Jordán. Entonces le dijeron los efraimitas: ¿Qué es esto que has hecho con nosotros de no llamarnos cuando saliste a combatir a Madián? Y se querellaron agriamente, faltando poco para llegar a atropellarle. Les respondió Gedeón: Pues, ¿qué hazaña podía yo hacer que igualara a la que vosotros habéis hecho? ¿Por ventura no vale más un racimo de Efraín que todas las vendimias de Abiezer? El Señor puso en vuestras manos los príncipes de Madián, Oreb y Zeb: ¿qué cosa pude yo hacer igual a la que vosotros habéis hecho? Con esta respuesta calmó la cólera en que ardían contra él. Cuando Gedeón, después de la derrota de Madián, llegó al Jordán, lo vadeó con los trescientos hombres que tenía consigo; los cuales por el cansancio no podían perseguir a los fugitivos. Por lo que dijo a los vecinos de Soccot: Dadme, os ruego, pan para la tropa que viene conmigo, pues está muy desfallecida, a fin de que podamos perseguir a Zebee y a Salmana, reyes de Madián. Respondieron los príncipes de Soccot: Pues qué, ¿tienes en tu poder maniatados a Zebee y a Salmana, para pedirnos que demos pan a este su ejército? Les replicó él:Cuando el Señor habrá entregado en mis manos a Zebee y a Salmana, yo destrozaré vuestros cuerpos con las espinas y abrojos del desierto. Moviendo de allí vino a Fanuel, y propuso lo mismo a los habitantes de aquel lugar, que también le respondieron como los de Soccot. Y les dijo asimismo: Cuando vuelva felizmente vencedor, destruiré esa torre. Entretanto Zebee y Salmana estaban descansando con todo su ejército; porque de todas las tropas de los pueblos orientales habían quedado quince mil hombres, habiendo sido muertos ciento veinte mil soldados, que manejaban la espada. Gedeón, pues, tomando el camino hacia los árabes scenitas, o que habitaban en tiendas de campaña, a la parte oriental de Nobe y Jegbaa, derrotó el campamento de los enemigos; los cuales estaban descuidados, imaginando que ya no tenían que temer nada. Zebee y Salmana echaron a huir; mas persiguiéndolos Gedeón, los prendió después de haber desbaratado todo su ejército. Y volviendo de la batalla al otro día antes de salir el sol, cogió a un mozo de los habitantes de Soccot, y le preguntó por los nombres de los principales y ancianos o senadores de Soccot, y señaló setenta y siete sujetos. Con esto, entró en Soccot, y les dijo: Aquí tenéis a Zebee y a Salmana, sobre los cuales me zaheristeis diciendo: ¿Acaso tienes ya en tu poder maniatados a Zebee y a Salmana para que nos pidas que demos de comer a tus soldados desfallecidos de hambre y cansancio? Cogió, pues, a los ancianos de la ciudad y destrozó y desmenuzó sus cuerpos con espinas y abrojos del desierto. Arrasó también la torre de Fanuel, pasando a cuchillo a los moradores de la ciudad. Dijo después a Zebee y Salmana: ¿Qué traza tenían aquellos hombres que matasteis en el Tabor? Le respondieron: Eran parecidos a ti, y uno de ellos así como hijo de rey. Les replicó Gedeón: Hermanos míos eran, hijos de mi madre. Vive Dios que si les hubieseis conservado la vida, yo tampoco os la quitaría a vosotros. Dijo entonces a Jeter su primogénito: Anda, ve y mátalos. Mas Jeter no sacó la daga porque tenía miedo, siendo como era muchacho. Y Zebee y Salmana dijeron: Ven tú y danos el golpe: pues a proporción de la edad es la fuerza del hombre. Acercóse Gedeón y mató a Zebee y a Salmana: y tomó después todos los adornos y lunitas de oro, con que suelen engalanarse los cuellos de los camellos de los reyes. Después de esto, todos los israelitas dijeron a Gedeón: Sé tú nuestro príncipe, y después de ti, tu hijo y tu nieto, ya que nos has librado del poder de Madián. A los cuales él respondió: No seré yo príncipe vuestro, ni tampoco lo será mi hijo; sino que el Señor será quien domine y reine sobre vosotros. Y les añadió: Una sola cosa os pido: dadme los zarcillos o pendientes que habéis hallado en el botín. Porque los israelitas acostumbraban traer zarcillos de oro. Le respondieron: Los daremos con grandísimo gusto. Y extendiendo en tierra una capa, echaron en ella los zarcillos cogidos en el botín. Y estos zarcillos que pidió Gedeón, pesaron mil seiscientos siclos de oro, sin contar los dijes y joyeles y vestidos de púrpura que solían usar los reyes de Madián, y además de los collares o sartales de oro de los camellos. De todo esto hizo Gedeón un efod que puso en su patria la ciudad de Efra. Pero todo Israel idolatró por causa de este efod, después de la muerte de dicho caudillo; y el tal efod vino a ser la ruina de Gedeón y de toda su casa. Quedaron, pues, los madianitas humillados delante de los hijos de Israel, y no pudieron después levantar cabeza; sino que todo el país estuvo en paz durante los cuarenta años que gobernó Gedeón. Partió después Jerobaal o Gedeón, hijo de Joás, y habitó en su casa; y tuvo setenta hijos propios; porque tenía muchas mujeres. Y una de sus mujeres secundarias, que estaba en Siquem, le parió un hijo que se llamó Abimelec. Al fin murió Gedeón, hijo de Joás, en próspera vejez, y fue colocado en el sepulcro de Joás, su padre, en Efra, ciudad de la familia de Ezri. Mas después que murió Gedeón, apostataron otra vez los hijos de Israel, y se prostituyeron a los ídolos, y pactaron alianza con Baal, para que fuese su Dios; no acordándose del Señor Dios suyo que los libertó de las manos de todos sus enemigos, que tenían alrededor; ni usaron de piedad con la casa de Jerobaal, esto es de Gedeón, por todos los beneficios que había hecho a Israel. Por este tiempo Abimelec, hijo de Jerobaal, se fue a Siquem a los hermanos de su madre, y trató con ellos y con toda la parentela de la casa del padre de su madre, diciendo: Proponed a todos los ciudadanos de Siquem: ¿Qué es lo que os parece mejor: que os dominen setenta hombres hijos todos de Jerobaal, o que uno solo sea el Señor? Y considerad al mismo tiempo que yo soy carne y sangre vuestra. Propusieron, pues, los hermanos de su madre todas estas razones a todos los ciudadanos de Siquem, e inclinaron su corazón a favor de Abimelec, diciendo: El es nuestro hermano. Y le dieron setenta siclos de plata del templo de Baalberit. Con los cuales tomó a su sueldo gente necesitada y vagamunda, que lo siguió. Y pasando a la casa de su padre, en Efra, degolló a todos sus setenta hermanos, hijos de Jerobaal, sobre una misma piedra: escapando solamente Joatam, el hijo más pequeño de Jerobaal, que se quedó escondido. Y se congregaron todos los vecinos de Siquem, y los de la ciudad de Mello; y fueron y alzaron por rey a Abimelec, junto a la encina que estaba en Siquem. Lo cual entendido por Joatam, subió al monte de Garizim, y puesto sobre la cumbre, clamó a voz en grito, y dijo: Ciudadanos de Siquem, oídme; así os oiga Dios; se juntaron los árboles para ungir un rey sobre ellos, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. El cual respondió: ¿Cómo puedo yo desamparar mi pingüe licor de que se sirven los dioses y los hombres, por ir a ser superior entre los árboles? Dijeron, pues, los árboles a la higuera: Ven y reina sobre nosotros. La cual les respondió: ¿Debo yo abandonar la dulzura y suavidad de mi fruto, por ir a ser superior entre los otros árboles? Se dirigieron después los árboles a la vid, diciendo: ven y reina sobre nosotros. La cual les respondió: Pues qué, ¿puedo yo abandonar mi vino, que alegra a Dios en los sacrificios, y a los hombres en los convites, a trueque de ser reina de los árboles? Finalmente los árboles todos dijeron a la zarza: Ven y reina sobre nosotros. La cual respondió: Si es que con verdad y buena fe me constituís por reina vuestra, venid y reposad a mi sombra: y si no, salga fuego de la zarza y ábrase los cedros del Líbano. Ahora, pues, considerad si habéis hecho una acción justa e inocente, en constituir por rey vuestro a Abimelec; si os habéis portado bien con Jerobaal y su casa, correspondiendo a los beneficios de aquel que combatió por vosotros, y expuso su vida a los peligros por libertaros del poder de los madianitas, vosotros que ahora os habéis alzado contra la casa de mi padre, y degollado a sus hijos, setenta personas sobre una misma piedra, y constituido por rey sobre los habitantes de Siquem a Abimelec, hijo de una esclava suya, porque es vuestro hermano; si os habéis, pues, portado con justicia y sin pecado con Jerobaal y su casa, regocijaos hoy con Abimelec, y regocíjese Abimelec con vosotros. Mas si habéis obrado perversamente, salga fuego de Abimelec, y devore a los vecinos de Siquem y la ciudad de Mello; salga igualmente fuego de los vecinos de Siquem y de la ciudad de Mello; que devore a Abimelec. Dicho esto, huyó, y se fue a Bera, donde habitó por temor de su hermano Abimelec. Reinó, pues, Abimelec sobre Israel tres años. Pero envió el Señor un espíritu pésimo entre Abimelec y los habitantes de Siquem: los cuales comenzaron a detestarle, echando la culpa de la muerte atroz de los setenta hijos de Jerobaal y de la efusión de su sangre a dicho Abimelec su hermano y demás principales de Siquem que le habían ayudado. Y así armaron asechanzas contra él en lo alto de los montes, y mientras aguardaban que viniera, o pasara, cometían atracos, saqueando a los pasajeros, de lo cual fue avisado Abimelec. Entretanto llegó Gaal, hijo de Obed, con sus hermanos y entró en Siquem; con cuya venida cobrando ánimo los vecinos de Siquem, salieron por los campos, talaron las viñas de Abimelec y de los suyos, y pisaron las uvas; y formando danzas de cantores entraron en el templo de su dios; y mientras comían y bebían maldecían a Abimelec; gritando Gaal, hijo de Obed: ¿Quién es Abimelec y qué ciudad es Siquem para que nos sujetemos a él? ¿Por ventura no es éste el hijo de Jerobaal? ¿El que ha destinado a un Zebul, criado suyo para mandar a los descendientes de Emor, padre de Siquem? Pues, ¿Por qué nosotros hemos de estarle sujetos? ¡Ojalá me diese alguno el mando de este pueblo, para quitar de en medio a Abimelec! Entretanto se avisó a Abimelec, para que juntase un ejército numeroso y viniese. Porque Zebul, gobernador de la ciudad, oídas las palabras de Gaal, hijo de Obed, montó en gran cólera, y envió secretamente mensajeros a Abimelec diciendo: Mira que Gaal, hijo de Obed, ha venido a Siquem, con todos los de su parentela, y anda levantando la ciudad contra ti. Sal, pues, de noche con la tropa que tienes contigo, y estate escondido en los campos; y muy de mañana, cuando esté para salir el sol, déjate caer sobre la ciudad; y cuando Gaal salga contra ti con su gente, haz contra él lo que pudieres. Abimelec, pues, marchó de noche con todo su ejército, y puso emboscadas en cuatro partes junto a Siquem. Saliendo Gaal, hijo de Obed, se puso a la entrada de la puerta de la ciudad. Entonces salió Abimelec de la emboscada con todo su ejército. En viendo Gaal aquella gente, dijo a Zebul: ¿No ves qué gentío desciende de los montes? Zebul le respondió: Las sombras de los montes se te presentan como cabezas de hombres, y en esto está tu engaño. Replicó Gaal: Mira cómo se descuelga la gente del cerro intermedio: y un escuadrón tira por el camino que va hacia la encina. Le dijo Zebul: ¿Dónde está ahora aquel tu orgullo con que decías: ¿Quién es Abimelec para que hayamos de estarle sujetos? ¿No es ésa la gente que despreciabas? Sal y pelea contra él. Salió, pues, Gaal delante de todo el pueblo de Siquem y vino a las manos con Abimelec, el cual lo hizo huir; y persiguiéndolo lo obligó a meterse en la ciudad, y perecieron muchísimos de los suyos hasta la puerta de Siquem. Abimelec se detuvo en Ruma; pero Zebul, juntando los de su partido, echó de la ciudad a Gaal y a sus compañeros, no permitiendo que permanecieran dentro. Sin embargo, al día siguiente el pueblo de Siquem del partido de Gaal salió a campaña; de lo cual avisado Abimelec, movió su ejército, y lo dividió en tres escuadrones, armando emboscadas en el campo. Y viendo que el pueblo salía de la ciudad, se levantó y se echó sobre ellos con su escuadrón, cercando y batiendo la ciudad. Entretanto los otros dos escuadrones iban persiguiendo a los contrarios desparramados por el campo. Estuvo, pues, Abimelec batiendo todo aquel día la ciudad, hasta que la tomó; y pasando a cuchillo a todos sus habitantes, la arrasó y aun la sembró de sal. Como hubiesen oído esto los que moraban en la torre de Siquem, se retiraron al templo de su dios Berit, en donde habían hecho alianza con Abimelec, y de lo cual le venía al lugar aquel nombre de Berit: lugar que estaba muy fortificado. Abimelec por su parte oyendo que los refugiados en la torre de Siquem estaban allí todos hacinados, subió al monte de Selmón con toda su gente, y tomando una segur cortó la rama de un árbol, y echándosela al hombro, dijo a sus compañeros: Haced presto lo que me veis hacer. Ellos luego cortando a porfía ramas de árboles seguían a su caudillo; y cercando con ellas las fortalezas, le pusieron fuego; por manera que con el humo y las llamas perecieron mil personas entre hombres y mujeres de los que se habían acogido en la torre de Siquem. Partido de aquí Abimelec, fue a la ciudad de Tebes; la que bloqueó y sitió con su ejército. Había en medio de la ciudad una torre muy alta, donde se había refugiado toda la gente así hombres como mujeres, y todos los principales de la ciudad: y habiendo cerrado y asegurado bien la puerta, se colocaron sobre el techo de la torre para defenderse. Y llegando Abimelec al pie de la torre, la combatía valerosamente, y acercándose a la puerta procuraba incendiarla; cuando he aquí que una mujer, arrojando desde arriba un pedazo de una piedra de molino dio con ella en la cabeza de Abimelec, y le rompió el cerebro. Entonces Abimelec, llamando a toda prisa a su escudero, le dijo: Saca tu espada, y mátame; porque no se diga que fui muerto por una mujer. El escudero, ejecutando el mandato, lo acabó de matar. Y muerto que fue, todos los israelitas que le seguían se volvieron a sus casas. Así dio Dios a Abimelec el pago del mal que había hecho contra su padre, matando a sus setenta hermanos. Y así también pagaron los siquemitas la pena de cuanto habían hecho, y les alcanzó la maldición de Joatam, hijo de Jerobaal. Después de Abimelec fue caudillo de Israel Tola, hijo de Fúa, y tío de Abimelec, de la tribu de Isacar, que habitó en Samir de la montaña de Efraín, y gobernó a Israel veintitrés y murió, y fue sepultado en Samir. A éste sucedió Jair, galaadita, que fue juez de Israel veintidós años; y tenía treinta hijos que cabalgaban en treinta pollinos, y eran señores de treinta poblaciones en el país de Galaad; las cuales de su nombre se llamaron Havot-Jair, esto es, Villas de Jair, hasta el día presente. Murió Jair, y fue sepultado en un lugar llamado Camón. Pero los hijos de Israel, añadiendo nuevos pecados a los antiguos, cometieron la maldad delante del Señor, adorando a los ídolos, a Baal y a Astarot, y a los dioses de Siria y de Sidón, y de Moab, y de los hijos de Amón, y de los filis-teos; y abandonaron al Señor, y dejaron de adorarlo. Airado el Señor contra ellos, los entregó en manos de los filisteos y de los hijos de Amón. Con lo cual fueron afligidos y oprimidos cruelmente, por espacio de dieciocho años, todos los habitantes de la otra parte del Jordán en el país de los amorreos que pertenece a Galaad. Tanto que los hijos de Amón, atravesando el Jordán, devastaban las tribus de Judá, y de Benjamín, y de Efraín; y así lo vio Israel en una extrema aflicción. Clamaron, pues, los israelitas al Señor, diciendo: Pecado hemos contra ti; porque dejamos al Señor Dios nuestro, y hemos servido a los ídolos. Mas el Señor les dijo: Pues qué, ¿No fuisteis oprimidos por los egipcios y los amorreos, y por los hijos de Amón y los filisteos, y también por los sidonios, amalecitas y cananeos, y clamasteis a mí, y os libré de sus manos? Y con todo eso, ahora me habéis abandonado, y dado culto a dioses extraños: por tanto no os libraré ya más en adelante. Id, y clamad a los dioses que os habéis escogido: que os libren ellos en el tiempo de la tribulación. Dijeron entonces al Señor los hijos de Israel: Hemos pecado: haz tú de nosotros lo que te agradare: líbranos solamente ahora de nuestros opresores. Dicho esto, arrojaron fuera de sus confines todos los ídolos de los dioses ajenos, y sirvieron al Señor Dios; el cual se compadeció de sus miserias. Entretanto los hijos de Amón con gran algazara fijaron los reales en Galaad; y juntándose contra ellos los hijos de Israel acamparon en Masfa. Entonces los príncipes de Galaad convinieron entre sí, diciendo unos a otros: El primero de nosotros que comenzare a pelear contra los hijos de Amón, será caudillo del pueblo de Galaad. Había en aquel tiempo un hombre de Galaad llamado Jefté, varón muy esforzado y guerrero, que tuvo por padre a Galaad y por madre a una meretriz. Este Galaad tuvo también de su esposa legítima hijos; los cuales así que fueron grandes echaron a Jefté de casa, diciendo: No puedes ser tú heredero en casa de nuestro padre, porque has nacido de otra madre. Jefté, pues, huyendo y guardándose de ellos, se fue a vivir en la tierra de Tob, donde se le allegaron hombres menesterosos y aventureros, que le seguían como a un príncipe. Por aquellos días los hijos de Amón hacían guerra contra Israel; y como lo estrechasen fuertemente, resolvieron los ancianos o senadores de Galaad ir a traer de la tierra de Tob a Jefté en su auxilio. Y le dijeron: Ven y serás nuestro príncipe, y pelearás contra los hijos de Amón. Les respondió Jefté: ¿Pues no sois vosotros los que me aborrecisteis, y echasteis de la casa de mi padre? Ahora venís a mí compelidos de la necesidad. A esto dijeron los príncipes de Galaad a Jefté: Por eso mismo venimos ahora a buscarte, para que vengas con nosotros y pelees contra los hijos de Amón, y seas el caudillo de todos los habitantes del país de Galaad. Les replicó Jefté: Si verdaderamente habéis venido a buscarme para pelear por vosotros contra los hijos de Amón, ¿cuando el Señor los haya entregado en mis manos, he de ser yo vuestro príncipe? Le respondieron: El Señor que oye estas cosas, sea él mismo mediador y testigo de que cumpliremos nuestras promesas. Con esto Jefté se puso en camino con los principales o senadores de Galaad, y todo el pueblo lo eligió por príncipe suyo, y Jefté confirmó todos sus tratados delante del Señor en Masfa. Envió luego Jefté embajadores al rey de los hijos de Amón, que le dijesen en su nombre: ¿Qué tenéis tú conmigo, que has venido contra mí para talar mi país? Les respondió el rey de los amonitas: Es porque Israel al venir de Egipto se apoderó de mi país desde los términos de Arnón, hasta Jaboc y el Jordán: ahora pues, restitúyemele pacíficamente. Volvió Jefté a enviar los mismos embajadores, mandándoles que dijesen al rey de Amón. Esto dice Jefté: Nunca Israel se apoderó del país de Moab, ni del país de los hijos de Amón; sino que cuando salió de Egipto, anduvo por el desierto, costeando el mar Rojo hasta que llegó a Cades; desde donde despachó embajadores al rey de Idumea, diciendo: Permíteme atravesar por tu tierra; el cual no quiso condescender con sus ruegos. Envió asimismo embajadores al rey de Moab, que también se desdeñó de dar el paso. Se quedó, pues, Israel en Cades; y fue rodeando por un lado la Idumea y la tierra de Moab y viniendo a la parte oriental de la tierra de Moab, acampó de esta otra parte de Arnón, ni quiso entrar en los términos de Moab, pues Arnón es el confín de la tierra de Moab. Envió después Israel embajadores a Sehón, rey de los amorreos que habitaba en Hesebón, y le dijeron: Permíteme pasar por tu tierra hasta el río. Pero despreciando también éste la petición de Israel, no lo dejó pasar por su distrito, sino que juntando infinita gente, salió contra él en Jasa, y se le opuso fuertemente. Mas el Señor lo entregó con todo su ejército en manos de Israel; el cual lo derrotó, y se apoderó de todo el país de los amorreos moradores de aquella tierra, y de toda su comarca desde Arnón hasta Jacob , y desde el desierto hasta el Jordán. De esta manera el Señor Dios de Israel deshizo a los amorreos, combatiendo contra ellos su pueblo de Israel: ¿y tú ahora quieres ser dueño de su tierra? Pues qué, ¿no crees tú que se te deben a ti de derecho los países que posee tu dios o ídolo Camos? Es, pues, muy justo que ceda en posesión nuestra lo que Dios nuestro Señor se ha adquirido con la victoria; a no ser que tú seas de mejor condición que Balac, hijo de Sefor, rey de Moab: o puedas hacer constar que movió semejante querella contra Israel, y le hizo guerra; mientras poseyó éste a Hesebón y sus aldeas, o Aroer y sus lugarcillos, y a todas las ciudades vecinas al Jordán, por espacio de trescientos años. ¿Cómo en tanto tiempo nada habéis intentado sobre la restitución? Y así yo no falto contra ti, sino que tú eres el que me haces agravio, declarándome una guerra injusta. El Señor árbitro de lo tratado en este día, sea juez entre Israel y los hijos de Amón. Mas el rey de los amonitas no quiso dar oídos a las razones de Jefté propuestas por medio de sus embajadores. Así pues, el espíritu del Señor se derramó sobre Jefté, quien recorriendo el país de Galaad y de Manasés, y pasando por Masfa de Galaad, y avanzando de allí hacia los amonitas, hizo un voto al Señor diciendo: Si entregares en mis manos a los hijos de Amón, el primero, sea el que fuere, que saliere de los umbrales de mi casa y se encontrare conmigo cuando yo vuelva victorioso de los amonitas, lo ofreceré al Señor en holocausto. Marchó después Jefté contra los hijos de Amón para presentarles la batalla, y el Señor se los entregó en sus manos. Y destruyó veinte ciudades, desde Aroer hasta entrar en Menit y hasta Abel, circuida de viñas, causando grandísimo estrago; con lo que los hijos de Amón fueron humillados por los hijos de Israel. Pero al volver Jefté a su casa en Masfa, su hija única, pues no tenía otros hijos, salió a recibirle con panderos y danzas. A cuya vista rasgó sus vestidos, y dijo: ¡Ay de mi, hija mía!, tú me has engañado, y tú misma has sido engañada: porque yo he hecho un voto al Señor, y no podré dejar de cumplirle. Al cual respondió ella: Padre mío, si has dado al Señor tu palabra, haz de mí lo que prometiste, ya que te ha concedido la gracia de vengarte de tus enemigos y vencerlos. Dijo después a su padre: Otórgame esto solo, que te suplico; y es, que me dejes ir dos meses por los montes a llorar mi virginidad con mis compañeras. Le respondió Jefté: Vete enhorabuena. Y la dejó ir por dos meses. Habiéndose, pues, ido con sus compañeras y amigas, lloraba en los montes su virginidad. Acabados los dos meses volvióse a su padre, que cumplió en su hija lo que había votado; la cual era y se quedó virgen. De allí vino la costumbre en Israel, que después se ha conservado siempre, de juntarse las hijas de Israel una vez al año, a llorar a la hija de Jefté, galaadita, por espacio de cuatro días. Y sucedió que se amotinaron los de Efraín; los cuales pasando hacia el norte, fueron a decir a Jefté: ¿Cómo yendo tú a pelear contra los amonitas, no quisiste convocarnos para que fuéramos contigo? Por este desaire vamos a quemar tu casa. Les respondió él: Mi pueblo y yo teníamos una gran contienda con los hijos de Amón: os llamé para que me dieseis socorro, y no quisisteis hacerlo. Viendo eso me expuse al peligro, y salí con poquísima gente contra los hijos de Amón, y el Señor los entregó en mis manos; ¿por dónde, pues, he merecido yo que os levantéis contra mí para hacerme la guerra? Por lo cual Jefté reunió a sí a todos los varones de Galaad, y peleó o se defendió contra Efraín. Y derrotaron los galaaditas a los de Efraín, que decían: Galaad es un fugitivo de Efraín, que no puede escapar, pues habita en medio de Efraín y de Manasés. Ocuparon también los galaaditas los vados del Jordán, por donde habían de pasar a la vuelta los de Efraín. Y cuando llegaba allí alguno de los fugitivos de Efraín y les decía: Os ruego que me dejéis pasar, le preguntaban los galaaditas: ¿No eres tú efrateo? Y respondiendo él: No lo soy, le replicaban: Pues di: schibbolet, que significa espiga. Mas él pronunciaba sibbolet; porque no podía expresar el nombre de la espi-ga con las mismas letras. Y al punto asiendo de él, lo degollaban en el mismo paso del Jor-dán. De suerte que perecieron en la guerra de aquel tiempo cuarenta y dos mil hombres de Efraín. Murió Jefté, galaadita, después de haber juzgado o gobernado a Israel seis años, y fue sepultado en su ciudad de Galaad. Después de esto fue juez de Israel Abesán, natural de Betlehem; el cual tuvo treinta hijos, y otras tantas hijas, las que casó enviándolas fuera de su casa o familia, y trajo a ella igual número de mujeres que tomó para sus hijos. Este juzgó a Israel siete años; y murió y fue sepultado en Betlehem. Le sucedió Ahialón, zabulonita, que gobernó a Israel diez años; y murió y fue sepultado en Zabulón. Después de éste fue juez de Israel Abdón, hijo de Illel de Faratón, que tuvo cuarenta hijos, y de estos treinta nietos que montaban sobre setenta pollinos, y juzgó a Israel ocho años. Y murió, y fue sepultado en Faratón en la tierra de Efraín, en el monte Amalec. Mas los hijos de Israel cometieron nuevamente la maldad ante los ojos del Señor; el cual los entregó en manos de los filisteos por cuarenta años. En esta sazón había un hombre natural de Saraa y de la tribu de Dan, llamado Manué, cuya mujer era estéril. A la cual se apareció el ángel del Señor, y le dijo: Tú eres estéril y sin hijos; pero concebirás, y parirás un hijo. Mira, pues, que no bebas vino, ni sidra, ni comas cosa alguna inmunda; porque has de concebir y parir un hijo, a cuya cabeza no tocará navaja; pues ha de ser nazareo, o consagrado a Dios, desde su infancia, y desde el vientre de su madre; y él ha de comenzar a libertar a Israel del poder de los filisteos. Ella fue a contárselo a su marido, diciendo: Un varón de Dios ha venido a mí, el cual tenía rostro de ángel, sumamente respetable, a quien preguntando yo quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, no ha querido decírmelo; solamente me ha respondido: Sábete que concebirás y parirás un hijo: mira que no bebas vino, ni sidra, ni comas cosa alguna inmunda: por cuanto el niño ha de ser nazareo o consagrado a Dios desde su infancia, desde el vientre de su madre hasta el día de su muerte. Oró, pues, Manué al Señor, y dijo: Te ruego, Señor, que aquel varón de Dios que enviaste, vuelva otra vez y nos enseñe qué debemos hacer con el niño que nacerá. Y otorgó el Señor la súplica de Manué, y se apareció por segunda vez el ángel del Señor a su esposa, estando sentada en el campo. Pero no estaba con ella su marido Manué. Y al ver ella el ángel, corrió apresurada a avisar a su marido, y le dijo: Mira que se me ha aparecido aquel personaje que había visto antes. Se levantó Manué, y siguió a su mujer; y llegándose a dicho personaje, le dijo: ¿Eres tú el que hablaste a mi mujer? Respondió él: Yo soy. Le dijo Manué: Cuando se verifique tu promesa, ¿qué quieres que haga el niño? ¿o de qué deberá abstenerse? Respondió el ángel del Señor a Manué: Absténgase de todo cuanto dije a tu mujer; esto es, no coma nada de lo que nace de la vid: no beba vino, ni sidra, ni coma cosa inmunda: en suma, que cumpla y guarde lo que le tengo mandado. Dijo entonces Manué al ángel del Señor: Te ruego condesciendas con mis súplicas, y que te aderecemos un cabrito. Le respondió el ángel: Por más que me instes, no probaré tu comida; pero si quieres hacer un holocausto, ofréceselo al Señor. Y es que no sabía Manué que fuese un ángel del Señor. Y así le dijo: ¿Cuál es tu nombre, para que, cumplida que sea tu promesa, te demos las gracias? Al cual respondió él: ¿Por qué me preguntas mi nombre, siendo como es admirable o misterioso? Tomó, pues, Manué un cabrito y las libaciones correspondientes, y lo puso sobre una piedra, ofreciéndoselo al Señor, que obra maravillas. Entretanto él y su mujer estaban a la mira; y al subir la llama del altar hacia el cielo, se subió también con ella el ángel del Señor. Lo cual visto por Manué y su mujer, se postraron en tierra sobre su rostro; y no vieron más al ángel del Señor: con lo que al instante conoció Manué ser aquel un ángel del Señor, y dijo a su mujer: Moriremos luego, pues que hemos visto a Dios. Le espondió la mujer: Si el Señor quisiera matarnos, no habría recibido de nuestras manos el holocausto y las libaciones, ni mostrádonos todas estas cosas, ni predíchonos lo venidero. Parió, pues, ella un hijo, y le puso por nombre Sansón, y el niño creció, y el Señor le bendijo. Y el espíritu del Señor empezó a manifestarse en él, cuando estaba en los campamentos de Dan entre Saraa y Estaol. Con el tiempo Sansón bajó a Tamnata; y viendo allí una mujer de las hijas de los filisteos, se volvió y habló a su padre y a su madre, diciendo: He visto en Tamnata una mujer entre las hijas de los filisteos, la que os ruego que me la toméis por esposa. Le dijeron su padre y su madre: Pues qué, ¿no hay mujeres entre las hijas de tus hermanos, y en todo nuestro pueblo, que quieres tomar esposa de la nación filistea, gente incircuncisa? Dijo Sansón a su padre: Pide ésta para esposa mía: pues me ha caído en gracia. Mas sus padres no sabían ser cosa dispuesta por el Señor, y que Sansón buscaba ocasión de dar contra los filisteos; por cuanto en aquel tiempo los filisteos dominaban sobre Israel. Bajó, pues, Sansón con su padre y madre a Tamnata; y al llegar a las viñas de la ciudad, se dejó ver un león cachorro, feroz y rugiendo, el cual arremetió contra él. Mas el espíritu del Señor entró en Sansón, y despedazó éste al león haciéndole trizas, como si hubiese sido un cabrito; y eso que no tenía arma alguna en la mano; mas no quiso manifestar nada de esto al padre, ni a la madre. Bajó, pues, con ellos a Tamnata, y habló con la mujer que le había caído en gracia. Pasado algún tiempo volviendo para casarse con ella, se apartó del camino para ver el cuerpo muerto del león, y he aquí que encontró en su boca un enjambre de abejas, y un panal de miel; el que habiendo cogido con las manos, se lo iba comiendo por el camino; y volviendo a unirse con su padre y su madre les dio parte de él, y comieron ellos también; mas no quiso descubrirles que había tomado la miel de la boca del león. En fin, fue su padre a la casa de la mujer, y dispuso un convite para su hijo Sansón: que tal era la costumbre de los jóvenes novios. Habiéndole visitado los vecinos del lugar, le dieron treinta compañeros para que le obsequiasen. A los cuales dijo Sansón: Voy a proponeros un enigma, que si me lo descifráis dentro de estos siete días del convite, os daré treinta vestidos y otras tantas túnicas; pero si no pudiéreis aceptar, me daréis vosotros a mí los treinta vestidos y las treinta túnicas. Le respondieron ellos: Propón el enigma, para que nos enteremos. Les dijo, pues: Del devorador salió manjar; y del fuerte salió dulzura. En tres días no pudieron desatar el enigma. Mas cuando instaba ya el día séptimo, dijeron a la mujer de Sansón: Acaricia a tu esposo y persuádele que te descubra la significación del enigma; que si no lo haces, te quemaremos a ti y la casa de tu padre. ¿Por ventura nos habéis convidado a las bodas para despojarnos? Ella, pues, no cesaba de llorar delante de Sansón, y se le quejaba diciendo: Tú me has aborrecido, no me amas; y por eso no quieres declararme el enigma que propusiste a los jóvenes de mi pueblo. A lo que respondió: No quise decírselo a mi padre, ni a mi madre, ¿y quieres que te lo diga a ti? Ella, no obstante, proseguía llorando delante de su esposo los siete días del convite; y al fin el séptimo día, importunándole más y más, le declaró Sansón el enigma; y ella inmediatamente lo descubrió a sus paisanos. Estos, pues, el mismo día séptimo, antes de ponerse el sol, le dijeron: ¿Qué cosa más dulce que la miel; ni quién más fuerte que el león? Les respondió Sansón: Si no hubieseis arado con mi novilla, no descifrariais mi enigma. Se apoderó de él después el espíritu del Señor, y fuese a Astalón, donde mató treinta hombres; y quitándoles los vestidos, se los dio a los que descifraron el enigma. Y enojado sobremanera, se volvió a la casa de su padre. Entretanto su mujer, creyéndose abandonada, tomó por marido a uno de los amigos y compañeros de Sansón en las bodas. Pasado algún tiempo, acercándose ya la siega del trigo, fue Sansón con deseo de visitar a su mujer, y le llevó un cabrito de leche. Pero al querer entrar en su aposento, como acostumbraba, el padre de ella se lo impidió, diciendo: Yo creí que la habías aborrecido, y por eso la di a un amigo tuyo; pero tiene una hermana más joven y más hermosa: tómala por mujer en lugar de la otra. Le respondió Sansón: De hoy en adelante no tendrán motivo de quejarse de mí los filisteos, si les pago todo el daño que me han hecho. Se marchó, pues, y cogió trescientas zorras y las ató apareadas cola con cola, ligando teas en medio; las cuales encendidas, soltó las zorras a fin de que corriesen por todas partes. Se metieron luego por entre las mieses de los filisteos; e incendiadas éstas, se quemaron, así las mieses ya hacinadas como las que estaban por segar; extendiéndose tanto la llama, que abrasó hasta las viñas y los olivares. Y dijeron los filisteos: ¿Quién ha hecho esto? Se les respondió: Sansón, yerno del tamnateo, es el que lo ha hecho, porque su suegro le quitó su mujer y se la dio a otro. Oído esto, vinieron los filisteos y quemaron a la mujer y a su padre. Les dijo Sansón: Aunque habéis ejecutado esto, no obstante he de tomar yo otra venganza de vosotros, después de la cual me daré por satisfecho. Hizo, pues, gran destrozo en ellos; de manera que atónitos se quedaban sentados puesta una pierna sobre otra sin saber qué hacer. Después de lo cual, retirándose Sansón, habitó en la cueva de la peña de Etam. Entretanto los filisteos entrando por la tierra de Judá, acamparon en un lugar, que después se llamó Lequí, esto es, Quijada, donde fue derrotado su ejército. Y los de la tribu de Judá les preguntaron: ¿Por qué motivo venís contra nosotros? Respondieron ellos: Venimos para llevarnos atado a Sansón, y retornarle el mal que nos ha hecho. Bajaron, pues, tres mil hombres de Judá a la cueva de la peña de Etam: y dijeron a Sansón: ¿No sabes que estamos sujetos a los filisteos? ¿Cómo has osado cometer tal desafuero para nuestra ruina? A los cuales respondió: Como ellos hicieron conmigo, así he hecho yo con elLos. Pues sábete, le dicen, que venimos a prenderte y antregarte atado en manos de los filisteos. Les dijo Sansón: Juradme y prometedme que no me mataréis; No te mataremos, respondieron: solamente te entregaremos atado. Lo ataron, pues, con dos cuerdas nuevas, y le sacaron de la peña de Etam. Llegado que hubo al lugar de la Quijada, saliéndole a recibir los filisteos con grande algazara, se apoderó de él el espíritu del Señor; y como se consume el lino al sentir el fuego, así en un momento rompió y deshizo Sansón las ligaduras con que estaba atado. Y hallando a mano en el suelo una quijada o mandíbula de asno, la agarró, y mató con ella mil hombres. Con este motivo dijo: Con una quijada de asno los enemigos destrocé: con la mandíbula de un asno a mil hombres maté. Y acabando de cantar estas palabras, arrojó de su mano la quijada y llamó aquel sitio Ramat-Lequí, que quiere decir: Elevación de la quijada. Y acosado en extremo de la sed, clamó al Señor, y dijo: Tú eres quien ha salvado y concedido por medio de tu siervo tan gran victoria; pero he aquí que me muero de sed, y así vendré a caer en manos de los incircuncisos. El Señor entonces abrió una fuente por entre una muela de la quijada del asno, y brotaron aguas de ella, de las que habiendo bebido, regocijó su espíritu, y recobró las fuerzas. Por eso es llamado aquel lugar hasta hoy, Fuente del que invocó a Dios en Lequí. Y Sansón, elegido juez, gobernó a Israel veinte años en tiempo de las guerras de los filisteos. Fue después Sansón a Gaza donde vio una mujer pública, y entró en su casa. Lo que sabiendo los filisteos, y propalándose entre ellos que Sansón había entrado en la ciudad, cercaron la casa, y pusieron centinelas a la puerta de la ciudad, y estuvieron en acecho toda la noche, con el fin de matarle por la mañana al tiempo de salir. Sansón durmió hasta la medianoche; y entonces levantándose fue y arrancó las dos hojas de la puerta de la ciudad con sus pilares y cerrojos o barras, y echándoselas a cuestas, se las llevó a la cima del monte que mira hacia Hebrón. Después de esto se enamoró de una mujer que habitaba en el valle Sorec, llamada Dalila. Vinieron luego a ella los príncipes de los filisteos, y le dijeron: Engáñale con caricias, y averigua de él de dónde le viene tan gran fuerza, y cómo le podremos sojuzgar para castigarle después de atado: que si lo consiguieres, te daremos cada uno mil cien siclos de plata. En vista de esto, Dalila habló así a Sansón: Dime, por tu vida: ¿En qué consiste tu grandísima fuerza, y cuál es la cosa con que atado no podrías escaparte? Le respondió Sansón: Si me atasen con siete cuerdas de nervios recientes y todavía húmedos, quedaré sin fuerzas como los demás hombres. La llevaron, pues, los príncipes de los filisteos siete cordeles, como había dicho, con los cuales ella lo ató; quedándose aquéllos en acecho, escondidos en la casa, aguardando en una pieza retirada el fin de este suceso. Luego Dalila le gritó: ¡Sansón, los filisteos se echan sobre ti! Mas él rompió las ataduras, como cualquiera rompería un hilo torcido de borra de estopa, así que le hiciera sentir el fuego. Con esto no se supo en qué consistía su fuerza. Entonces le dijo Dalila: Tú te has burlado de mí, y me has mentido: por lo menos ahora descúbreme con qué debieras ser atado. Le respondió: Si me ataren con cuerdas nuevas, que nunca hayan servido, quedaré débil y semejante a los demás hombres. Lo ató por consiguiente Dalila con ellas; y preparadas en el aposento las asechanzas, gritó: ¡Sansón, los filisteos se echan sobre ti! Mas él rompió las ligaduras como hilachas de tela. Le dijo Dalila otra vez: ¿Hasta cuándo me has de engañar y mentir? Declárame ya con qué has de ser atado. Le respondió Sansón: Si entretejes mis siete trenzas de cabellos con los lizos de la tela, y revueltas a un clavo, hincas éste en tierra, quedaré sin fuerzas. Lo cual después que ejecutó Dalila, le gritó: ¡Sansón, los filisteos se echan sobre ti! Mas él despertando del sueño, arrancó el clavo junto con las trenzas de cabellos y los lizos de la tela. Le dijo entonces Dalila: ¿Cómo puedes decir que me amas, cuando tu corazón no está unido conmigo? Por tres veces me has mentido, no queriendo decirme en qué consiste tu grandísima fuerza. Como, pues, le importunase, y estuviese continuamente alrededor de él por muchos días sin dejarle respirar un punto, desmayó el ánimo de Sansón, y cayó en un mortal abatimiento. Entonces descubriéndole la verdad, la dijo: Nunca jamás ha pasado navaja por mi cabeza; porque soy nazareo, esto es, consagrado a Dios desde el vientre de mi madre; si fuese rapada mi cabeza, se retiraría de mí la fortaleza mía, y perderé las fuerzas, y seré como los demás hombres. Viendo Dalila que le había manifestado todo su corazón, envió a decir a los príncipes de los filisteos: Venid aún por esta vez, porque ya me ha descubierto su corazón. Los cuales fueron llevando consigo el dinero que prometieron. Y ella habiéndole hecho dormir sobre sus rodillas, y reclinar la cabeza en su regazo, llamó a un barbero que le cortó a Sansón las siete trenzas de su cabello. Y después comenzó Dalila a empujarle y echarle de sí; pues al punto le desamparó la fuerza. Y le dijo en seguida: ¡Sansón, los filisteos se echan sobre ti! El cual despertando del sueño, dijo en su interior: Saldré como hice antes, y me desembarazaré de ellos; no conociendo o advirtiendo que el Señor se había retirado de él. Así pues, habiéndolo prendido los filisteos le sacaron luego los ojos, y amarrado con cadenas lo condujeron a Gaza, donde encerrado en una cárcel, le hicieron que moliese, moviendo las ruedas de un molino. Ya habían comenzado a crecerle los cabellos, cuando los príncipes de los filisteos se juntaron todos para ofrecer sacrificios solemnes a su dios Dagón, y celebrar banquetes, diciendo: Nuestro dios nos ha puesto en las manos a Sansón, nuestro enemigo. Lo que viendo el pueblo alababa también a su dios y repetía lo mismo: Nuestro dios nos ha puesto en las manos a nuestro enemigo, que ha asolado nuestra tierra y matado muchísimos de sus habitantes. Y dándose mutuamente alegres parabienes, después de bien comidos y bebidos dieron orden de que fuese conducido allí Sansón, para divertirse burlándose de él. El cual sacado de la cárcel, fue para ellos objeto de diversión: y lo hicieron quedar en pie entre dos columnas. Entonces dijo al muchacho que lo guiaba. Déjame tocar las columnas que sostienen todo este edificio, para recostarme sobre ellas, a fin de descansar un poquito. Es de advertir que el edificio estaba lleno de hombres y mujeres; y se hallaban allí todos los príncipes de los filisteos, y cerca de tres mil personas, entre hombres y mujeres, mirando desde las azoteas y techos del edificio las burlas que se hacían a Sansón. Pero él invocando al Señor dijo: ¡Oh Señor Dios! acuérdate de mí: y restitúyeme ahora, ¡oh Dios mío!, mi anterior fuerza para vengarme de mis enemigos, y hacerles pagar de una sola vez el haberme privado de mis dos ojos. Y agarrando las dos columnas en que estribaba el edificio, una con la derecha y otra con la izquierda, dijo: ¡Muera aquí Sansón con los filisteos! Y, sacudidas fuertemente las columnas, cayó el edificio sobre todos los príncipes y la demás gente que allí había. De esta manera Sansón mató muchos más en su muerte que antes había matado en vida. Después acudiendo sus hermanos con toda la parentela, tomaron su cuerpo, y lo colocaron entre Saraa y Estaol, en el sepulcro de su padre Manué. Fue juez de Israel veinte años. Hubo en aquel tiempo un hombre de la montaña de Efraín, llamado Micás; el cual dijo a su madre: Los mil cien siclos de plata que habías apartado para ti, y acerca de los cuales jurabas, estando yo presente, que te los había hurtado, sábete que yo los tengo, y que están en mi poder. Le respondió ella: Colme el Señor a mi hijo de bendiciones. Volvió, pues, Micás a su madre los siclos de plata. Y ella le dijo: Consagré y ofrecí con voto al Señor esta plata, para que recibiéndola mi hijo de mi mano, haga una imagen de talla y de fundición; y por lo mismo ahora te la entrego. Luego que Micás restituyó a su madre la plata, separó ella doscientas monedas de plata, y se las dio a un platero que hiciera de ellas una imagen de talla y fundición, que se colocó en la casa de Micás. El cual asimismo dedicó en ella una capillita a Dios, e hizo efod y terafim, esto es, un vestido o aparato sacerdotal e ídolos; y consagró las manos de uno de sus hijos, el cual quedó hecho sacerdote suyo. En aquellos días no había rey o magistrado supremo en Israel; sino que cada cual practicaba lo que le parecía mejor. Hubo también en este tiempo otro joven, natural de Betlehem de Judá, de esta misma estirpe de Judá por parte de madre: el cual era de la tribu de Leví, y tenía allí su habitación. Pero dejando la ciudad de Betlehem, quiso mudarse a otra parte, a donde hallase mejor su conveniencia. Y como siguiendo su camino hubiese llegado a la montaña de Efraín, y desviádose un poco hacia la casa de Micás, le preguntó éste de dónde venía. A lo que respondió: Yo soy un levita de Betlehem de Judá, y voy a establecerme en donde pudiere y viere que me tiene más cuenta. Le dijo Micás: Quédate en mi casa, y me servirás de padre y sacerdote, y te daré todos los años diez siclos de plata, dos vestidos y el sustento necesario. Condescendió y se quedó en casa de Micás, quien lo trató como a uno de sus hijos. Y Micás le consagró las manos; y tuvo en su casa a este joven en calidad de sacerdote, diciendo: Ahora estoy cierto que Dios me hará bien, pues tengo conmigo un sacerdote del linaje de Leví. En aquellos días no había rey o supremo magistrado en Israel; y la tribu de Dan andaba buscando más tierra donde habitar; porque hasta entonces no había podido ponerse en posesión de toda la que le había tocado por suerte como a las demás tribus. Con esta mira los hijos de Dan despacharon desde Saraa y Estaol cinco varones muy esforzados de su linaje y familia, para que reconociesen y registrasen bien el país de su suerte; y dijéronles: Id y reconoced la tierra. Los cuales puestos en camino, en llegando a la montaña de Efraín, entraron en casa de Micás, y descansaron allí. Y conociendo por el habla o acento al joven levita, en la casa en que estaban hospedados, le preguntaron: ¿Quién te ha traído acá? ¿Qué es lo que aquí haces? ¿Cómo es que has venido a esta tierra? El cual les respondió: Esto y esto hizo conmigo Micás; y me tiene asalariado para que sea su sacerdote. Le rogaron entonces que consultara al Señor para que pudieran saber si su viaje sería feliz, y llegaría a efectuarse su empresa. Les respondió: Id en paz; que Dios mira con buenos ojos vuestro designio, y el camino que lleváis. Partiendo de allí los cinco exploradores, llegaron a la ciudad de Lais; y vieron que aquel pueblo habitaba en ella sin sombra de recelo, como acostumbraban a vivir los sidonios, tranquilo y sosegado, sin que nadie le molestara, rico en extremo, y distante de Sidón, y apartado de todos los demás hombres. Con lo que habiendo vuelto a sus hermanos de Saraa y Estaol, y preguntados sobre el resultado de su comisión respondieron: Vamos y marchemos contra ellos: porque hemos visto que es un país muy opulento y fértil: no os descuidéis ni perdáis tiempo: vamos a ocuparlo; que no nos costará trabajo alguno. Entraremos en un pueblo que vive en una total confianza, en un país espaciosísimo y el Señor nos entregará un territorio donde ninguna cosa falta de cuantas produce la tierra. Partieron, pues, de la tribu de Dan, esto es, de Saraa y Estaol, seiscientos hombres armados y a punto de pelear; y caminando hicieron alto en Cariatim de la tribu de Judá: el lugar desde aquel tiempo fue llamado Campamentos de Dan, y está a las espaldas de Cariatiarim. Desde allí pasaron a la montaña de Efraín: y llegados a la casa de Micás, aquellos cinco hombres enviados antes a examinar el territorio de Lais, dijeron a los demás compañeros suyos: Ya sabéis que en esta casa hay efod y terafim y un simulacro de talla y de fundición: ved sobre esto lo que queréis hacer. Y apartándose un poco, entraron en la habitación del joven levita, que vivía en la casa de Micás, y le saludarón con palabras amistosas. Entretanto los seiscientos hombres, armados como estaban, se pusieron ante la puerta. Pero los que habían entrado en la vivienda del joven se empeñaron en llevarse la estatua de talla, el efod y los terafim, y la imagen hecha de fundición, mientras el sacerdote estaba en la puerta con algunos que le entretenían, y los seiscientos varones esforzados aguardaban no lejos de allí. En fin, los que habían entrado se llevaron la estatua de talla, el efod, los ídolos y la imagen de fundición, a los cuales les dijo el sacerdote: ¿Qué es lo que hacéis? Le respondieron: ¡Calla! y pon el dedo en tu boca; y ven con nosotros, que te tendremos por padre y sacerdote. ¿Qué es mejor para ti, ser sacerdote en casa de un particular, o en toda una tribu o familia de Israel? Oído lo cual, cedió a estas razones, y tomando el efod, y los ídolos, y la estatua de talla, fuese con ellos. Iban ya caminando, llevando delante de sí los niños, y los ganados, y todo el bagaje más precioso, y se hallaban ya lejos de la casa de Micás, cuando los hombres que moraban en casa de éste, alborotándose fueron tras ellos, y comenzaron a dar gritos a sus espaldas. Mas algunos de ellos volviéndose a mirar lo que era, dijeron a Micás: ¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué me gritas? ¿Es bueno, respondió él, que me habéis robado los dioses que yo hice para mí, y al sacerdote y todo cuanto tengo, y decís: ¿Qué es lo que tienes? Le replicaron los hijos de Dan: Guárdate de hablarnos más palabras sobre esto; no sea que se echen sobre ti los hombres llenos de indignación, y vengas a perecer con toda tu casa. Dicho esto, prosiguieron su camino; y Micás viendo que podían más que él, se volvió a su casa. Mas los seiscientos hombres se llevaron al sacerdote, y todo lo que arriba dijimos; y llegando a Lais, hallaron aquel pueblo tranquilo y descuidado: y lo pasaron a cuchillo, e incendiaron la ciudad, sin que nadie acudiese a socorrerla, por estar lejos de Sidón, y no tener trato ni comercio con ninguna gente. Estaba situada esta ciudad en la comarca de Rohob, y reedificándola, habitaron en ella; llamándola ciudad de Dan, del nombre de su padre, que fue hijo de Israel, en lugar de que antes se llamaba Lais. Y en ella colocaron la imagen, y establecieron a Jonatam, hijo de Gersam, hijo de Moisés y a sus descendientes por sacerdotes en toda la tribu de Dan hasta el día de su cautiverio. Y permaneció entre ellos el ídolo de Micás todo el tiempo que estuvo en Silo la casa o Tabernáculo de Dios. No había en aquel tiempo rey o jefe supremo en Israel. Hubo un cierto levita que habitaba al lado de la montaña de Efraín, el cual se había casado con una mujer de Betlehem de Judá. Esta mujer lo dejó, y se volvió a Betlehem a la casa de su padre, con quien estuvo cuatro meses. Su marido, queriendo reconciliarse con ella, fue a buscarla y acariciarla, para traérsela otra vez consigo; y se llevó por compañía un criado con dos asnos. La mujer le recibió bien, y lo condujo a casa de su padre. Luego que su suegro tuvo noticia y llegó a divisarle, fue a su encuentro lleno de gozo, y lo abrazó. El yerno permaneció en casa del suegro tres días, comiendo y bebiendo con él familiarmente. Mas al cuarto día, levantándose antes de amanecer, quiso partir; pero lo detuvo el suegro y le dijo: Toma primero un bocado de pan para adquirir fuerzas, y después partirás. Con eso se sentaron juntos, y comieron y bebieron. Dijo entonces el suegro a su yerno: Te ruego que te quedes hoy todavía aquí, y pasemos el día juntos alegremente. Pero él levantándose se puso en acción de querer marcharse. Con todo, el suegro a fuerza de instancias lo detuvo, y lo hizo quedar consigo. Venida la mañana disponía el levita su viaje; mas el suegro le dijo otra vez: Te ruego que tomes un bocado para que cobres fuerzas, y en entrando más el día podrás emprender tu viaje. Comieron, pues, juntos, y levantándose el joven para marcharse con su mujer y el criado, el suegro le habló nuevamente diciendo: Mira que el sol está ya muy inclinado al ocaso, y que se acerca la noche; quédate también hoy conmigo, y pasa el día alegremente, que mañana partirás para volver a tu casa. No quiso el yerno condescender a sus ruegos, sino que al punto se puso en camino, y llegó hasta enfrente de Jebús, que por otro nombre se llama Jerusalén , llevando consigo los dos asnos cargados y a su mujer. Ya estaba cerca de Jebús, y se acababa el día: por lo que le dijo su criado: Ven por tu vida, torzamos el camino hacia la ciudad de los jebuseos, y paremos en ella. e respondió el amo: No entraré yo en población de gente extraña, que no es de los hijos de Israel, sino que iré hasta Gabaa, y llegando allá posaremos en ella, o a lo menos en la ciudad de Rama. Pasaron, pues, de largo la ciudad de Jebús, continuando su viaje, y el sol se les puso cerca de Gabaa, la cual está en la tribu de Benjamín; Y se acogieron a ella para quedarse allí. Luego que entraron se dirigieron a la plaza de la ciudad, donde se sentaron; y no hubo uno siquiera que quisiera hospedarlos en su casa. Cuando he aquí que al anochecer apareció un hombre anciano que volvía del campo y de su labranza, el cual era también de la montaña de Efraín, y habitaba como forastero en Gabaa; pues los hombres de aquel territorio eran hijos de Jemini o benjamitas. Y levantando el anciano sus ojos vio a aquel hombre sentado en la plaza de la ciudad con su pequeño bagaje, y le preguntó: ¿De dónde vienes, y a dónde te diriges? El cual le respondió: Venimos de Betlehem de Judá, y vamos a nuestra casa, que está al lado de la montaña de Efraín, de donde habíamos ido a Betlehem. Y ahora pasamos a la casa de Dios, y nadie nos quiere dar hospedaje. Aunque tenemos paja y heno para las bestias, pan y vino para el gasto mío, y de mi mujer, tu sierva, y del criado que viene con nosotros, nada nos falta sino posada. El anciano le respondió: La paz sea contigo; yo te daré todo lo necesario: te ruego únicamente que no te detengas más en la plaza. Con esto le llevó a su casa, y dio de comer a las caballerías, y después que se lavaron los pies, los convidó a su mesa. Estando cenando, y mientras con los manjares y bebida regocija sus cuerpos fatigados del viaje, vinieron unos vecinos de aquella ciudad, hijos de Belial (esto es, sin freno, ni temor de Dios) y cercando la casa del anciano, comenzaron a dar golpes en la puerta, gritando al dueño de la casa, y diciéndole: Sácanos fuera ese hombre que entró en tu casa, que queremos abusar de él. Y salió a ellos el anciano, y les dijo: No queráis, hermanos, no queráis cometer semejante maldad: ya que se ha hospedado este hombre en mi casa, desistid de semejante locura. Y, como fuera de sí, añadió: Yo tengo una hija doncella; y este hombre tiene su mujer: os las sacaré fuera para que abuséis de ellas, y saciéis vuestra pasión: solamente os ruego que no cometáis con un hombre ese crimen nefando y contra la naturaleza. No querían ceder a sus razones: lo que visto por el levita, les sacó a su mujer y la abandonó a sus ultrajes; y habiendo abusado de ella toda la noche, la dejaron libre al venir la mañana. Entonces la mujer vino al rayar el día a la puerta de la casa, donde estaba su señor, y allí se cayó muerta. Así que fue ya de día se levantó su marido y abrió la puerta con ánimo de buscar a su mujer, y proseguir su viaje: y he aquí que su mujer yacía postrada delante de la puerta con las manos extendidas sobre el umbral. Creyéndola él dormida, le decía: Levántate y vámonos. Mas como no respondiese, y viendo después que estaba muerta, la tomó y la puso sobre su asno, y regresó a su casa. Apenas hubo entrado, cogió una cuchilla, y dividiendo el cadáver de su mujer con sus huesos en doce partes y trozos, los envió a todas las tribus de Israel. A tal espectáculo todos a una clamaban: No se ha visto cosa semejante en Israel desde el día en que salieron de Egipto nuestros padres hasta ahora: decid vuestro parecer, y decretad de común acuerdo lo que se ha de hacer en este caso. En consecuencia salieron todos los hijos de Israel, mancomunados como si fuesen un solo hombre, desde Dan hasta Bersabee, y aun desde la tierra de Galaad, y se reunieron en la presencia del Señor en Masfa. Todos los caudillos de los pueblos, y las tribus todas de Israel concurrieron a la reunión del pueblo de Dios, en número de cuatrocientos mil guerreros de a pie. (No se ocultó a los hijos de Benjamín que los hijos de Israel habían subido a Masfa). Preguntado, pues, al levita, marido de la mujer muerta, en qué forma se había cometido tan atroz atentado, respondió: Llegué a Gabaa de Benjamín con mi mujer, y allí me aposenté: cuando he aquí que unos hombres de aquella ciudad cercaron de noche la casa donde posaba, y quisieron matarme; y abusaron de mi mujer con tan furiosa e increíble lujuria, que por último vino a morir. Tomándola luego yo, dividí en trozos el cadáver, y los envié a todos los términos de vuestro territorio; porque nunca jamás se cometió en Israel una maldad tan grande, ni exceso tan abominable. Presentes estáis todos aquí, ¡oh hijos de Israel!; resolved, pues, qué debéis hacer. A lo que todo el pueblo que allí estaba, le respondió a una voz, como si hablase por boca de un solo hombre. No volveremos a nuestras tiendas, ni nadie se retirará a su casa, hasta que de común acuerdo hagamos esto en contra de Gabaa: Escojánse de todas las tribus de Israel diez hombres por cada ciento, y ciento por cada mil, y mil por cada diez mil, para que conduzcan víveres al ejército, y podamos nosotros pelear contra Gabaa de Benjamín, y darle el pago que merece su maldad. De este modo se juntó todo Israel, como si fuera un solo hombre, contra esta ciudad; con el mismo designio y la misma resolución. En seguida enviaron mensajeros a toda la tribu de Benjamín, que les dijesen: ¿Cómo se ha cometido entre vosotros una maldad tan detestable? Entregad los hombres de Gabaa que perpetraron tan gran crimen, para que mueran y se quite de en medio de Israel ese escándalo. Mas los benjamitas no quisieron dar oídos a la proposición de sus hermanos los hijos de Israel; sino que de todas las ciudades pertenecientes a su tribu acudieron a Gabaa para socorrerlos, y pelear contra todo el pueblo de Israel. Y se alistaron veinticinco mil benjamitas, toda gente de guerra, sin contar los moradores de Gabaa, que eran setecientos hombres muy esforzados, y que peleaban igualmente con la izquierda que con la derecha, y tan diestros en tirar la honda, que podían herir un cabello con una piedra sin errar jamás el tiro. Por la parte de Israel, excluidos los hijos de Benjamín, se hallaron cuatrocientos mil hombres que sabían manejar las armas, y que estaban preparados para la guerra. Los cuales saliendo a campaña, vinieron a la casa de Dios, esto es a Silo, donde consultaron al Señor, y dijeron: ¿Quién será en nuestro ejército el caudillo para pelear contra los hijos de Benjamín? Les espondió el Señor: Sea la tribu de Judá vuestro caudillo. Con esto los hijos de Israel sin perder tiempo, marchando de mañana, plantaron sus reales junto a Gabaa; y avanzando en orden de batalla contra Benjamín, empezaron a batir la ciudad. Mas los hijos de Benjamín, haciendo una salida de Gabaa, mataron aquel día veintidós mil hombres de los hijos de Israel. Confiados éstos en su valor y muchedumbre, volvieron luego a presentar batalla en el mismo lugar en que habían antes peleado. Pero acudieron primero humildes al Señor, y lloraron delante de él hasta la noche, y le consultaron, diciendo: ¿Debemos salir otra vez a pelear contra los hijos de Benjamín, nuestros hermanos, o no? Les respondió el Señor: Marchad contra ellos y dad la batalla. Partiendo, pues, los hijos de Israel el día siguiente a pelear contra los hijos de Benjamín, salieron éstos de las puertas de Gabaa y acometiéndoles hicieron en los hijos de Israel una mortandad tan grande, que dejaron tendidos por tierra dieciocho mil combatientes. Por cuyo desastre todos los hijos de Israel vinieron a la casa de Dios, y se pusieron a llorar en presencia del Señor, y ayunaron aquel día hasta la tarde, y le ofrecieron holocaustos y víctimas pacíficas, y le consultaron sobre su estado. En este tiempo residía allí el Arca de la Alianza de Dios; y Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, presidía en el santuario. Consultaron, pues, al Señor, y le dijeron: ¿Debemos todavía proseguir la guerra contra los hijos de Benjamín, nuestros hermanos, o cesar de ella? Les respondió el Señor: Salid, que mañana los entregaré en vuestras manos. Con esto los hijos de Israel pusieron emboscadas alrededor de la ciudad de Gabaa. Y por tercera vez marcharon con su ejército en batalla contra Benjamín, como la primera y la segunda. Pero los hijos de Benjamín salieron de rebato y osadamente de la plaza, y fueron persiguiendo por largo trecho a los contrarios, que de propósito huían: de manera que los iban hiriendo y acuchillando como el primero y segundo día, y dejaron tendidos en el suelo unos treinta hombres de los que iban huyendo por dos veredas, de las cuales una conducía a Betel y la otra a Gabaa; y creyeron derrotarlos ni más ni menos que antes. Mas los hijos de Israel fingiendo de industria la huida, pusieron la mirada en apartarlos de la ciudad, y como en retirada atraerlos a las dos veredas sobredichas. Entonces saliendo todos los hijos de Israel de sus puestos, se ordenaron en batalla en un sitio llamado Baaltamar. Al mismo tiempo los que estaban emboscados alrededor de la ciudad comenzaron también a dejarse ver poco a poco, avanzando por la parte occidental de la ciudad. Entretanto otros diez mil hombres destacados del grueso del ejército de Israel, volviendo de frente, provocaban a los habitantes de la ciudad a que saliesen al combate. Con esto se empeñó la acción contra los hijos de Benjamín; los cuales no advirtieron que por todos lados los estaba aguardando la muerte. En efecto, el Señor los castigó a la vista de los hijos de Israel, que mataron de ellos en aquel día veintincinco mil cien hombres, toda gente guerrera y valiente. Pues los hijos de Benjamín, viéndose que iban de vencida, habían echado a huir: lo que advertido por los hijos de Israel, les abrieron paso para que huyesen y viniesen a caer en la emboscada que tenían preparada de antemano junto a la ciudad. Saliendo entonces de repente los hijos de Israel de donde estaban escondidos, acuchillaron a los benjamitas que tenían delante de ellos; y entraron en la ciudad y la pasaron a cuchillo. Es de advertir que los hijos de Israel se habían convenido antes, en que luego que los de la emboscada se apoderasen de la ciudad, encendiesen un gran fuego, para que con la humareda que subiría a lo alto diesen a entender que eran ya dueños de la plaza. Lo cual observado por los hijos de Israel en el mismo ardor del combate (cuando los hijos de Benjamín, creyendo que huían, los aguijaban con más empeño por haberles muerto ya treinta hombres), y viendo subir de la ciudad una columna de humo; y asimismo mirando Benjamín hacia atrás, y reconociendo la ciudad perdida, y que las llamas subían a lo alto; al punto los que habían fingido huir, vuelta la cara, los rebatían con el mayor esfuerzo. Visto esto los hijos de Benjamín echaron a huir, tomando el camino del desierto, persiguiéndolos aún hasta allí los enemigos. Demás de esto, los que habían incendiado la ciudad los acometieron por frente. Así sucedió que por ambos lados eran acuchillados por los enemigos y morían sin remedio. Los que cayeron muertos y quedaron tendidos por el suelo al oriente de la ciudad de Gabaa en aquel mismo lugar, fueron dieciocho mil hombres, guerreros todos muy valientes. Los otros que habían quedado de Benjamín al ver esto, huyeron hacia el desierto, tirando a refugiarse en la peña llamada Remmón. Pero como estaban desordenados y huían dispersos, en la misma fuga fueron muertos cinco mil hombres. A los que tiraron adelante los fueron también persiguiendo, y mataron aún otros dos mil. Por donde los que perecieron de Benjamín en diversos sitios vinieron a ser en todos veinticinco mil combatientes, gente toda muy guerrera. Con lo que sólo quedaron de toda la gente de Benjamín seiscientos varones que pudieron escapar y guarecerse en el desierto, y estuvieron de asiento en la peña de Remmón cuatro meses. Pero los hijos de Israel, vueltos del combate, pasaron a cuchillo a todo el resto de la ciudad, desde los hombres hasta las bestias. Y todas las demás ciudades y lugarcillos de Benjamín fueron consumidos por las voraces llamas. Habían hecho los hijos de Israel un juramento en Masfa, diciendo: Ninguno de nosotros dará sus hijas por mujeres a los hijos de Benjamín. Después, pesarosos, vinieron todos a la casa de Dios en Silo, y permaneciendo delante de ella al anochecer, levantaron el grito, y con grandes alaridos, comenzaron a llorar, diciendo: ¿Por qué, ¡oh Señor Dios de Israel!, ha sucedido esta calamidad en tu pueblo, que se haya acabado hoy una de nuestras tribus? Y levantándose al día siguiente al rayar el alba, erigieron un altar en que ofrecieron holocaustos y víctimas pacíficas, y dijeron: ¿Quién es en todas las tribus de Israel el que no se unió al ejército del Señor? Porque estando en Masfa se habían obligado con un solemne juramento a matar a los que faltasen. Mas ahora arrepentidos los israelitas de lo hecho contra Benjamín, su hermano, comenzaban a decir: Se acabó una tribu de Israel. ¿De dónde tomarán mujeres los pocos que han quedado de ella, habiendo jurado todos nosotros a una no darles nuestras hijas? Dijeron pues: ¿Quién hay de las tribus todas de Israel que no haya comparecido ante el Señor en Masfa? Y se halló que los moradores de Jabes-Galaad no habían estado en aquel ejército. Y que ni aun mientras los israelitas estaban en Silo, no apareció allí ninguno de ellos. Con esto destacaron diez mil hombres muy valientes, dándoles esta orden: Id, y pasad a cuchillo a los moradores de Jabes-Galaad, sin perdonar a sus mujeres y niños. Y habéis de ejecutarlo de modo que, matando a todos los varones y a las mujeres casadas, dejéis con vida a las doncellas. Se hallaron en Jabes-Galaad cuatrocientas doncellas por casar, y las condujeron al campamento de Silo en tierra de Canaán. Luego despacharon mensajeros a los hijos de Benjamín que se mantenían en la peña Remmón, con la comisión de concederles la paz. Vinieron, pues, entonces los hijos de Benjamín, y se les dieron por mujeres las doncellas de Jabes-Galaad, mas no hallaron otras que poderles dar a este modo. Todo Israel tuvo gran pesar, y se arrepintió en extremo de la destrucción de una de las tribus de Israel. Y dijeron los ancianos: ¿Qué haremos con los demás que han quedado sin mujeres? Todas las mujeres de Benjamín han perecido; y debemos precaver con gran solicitud y el mayor empeño que no se acabe una tribu en Israel. No obstante, no podemos darles nuestras hijas, ligados como estamos con el juramento, y con la maldición que nos echamos, diciendo: Maldito sea el que diere alguna hija suya en matrimonio a los hijos de Benjamín. Tomaron, pues, este partido, y dijeron: He aquí que viene la solemnidad del Señor que se celebra todos los años en Silo, en la llanura situada al norte de la ciudad de Betel, y al oriente del camino que desde Betel va a Siquem, y al mediodía de la ciudad de Lebona. Y dieron orden a los hijos de Benjamín, diciéndoles: Id, y escondeos en las viñas. Y cuando viereis venir a las doncellas de Silo, según costumbre, a formar sus danzas en esta llanura, salid de repente de las viñas, y coged cada cual una para mujer, y marchaos a la tierra de Benjamín. Y cuando vengan sus padres y hermanos, y comenzaren a querellarse contra vosotros y acusaros de esta violencia, nosotros les diremos: Tened lástima de ellos: pues no las han tomado como los vencedores toman las cautivas por derecho de guerra, sino como esposos que después de haberlas pretendido con ruegos no se las disteis; y así la culpa de la violencia es vuestra. Lo hicieron así los hijos de Benjamín como se les había mandado; y cogieron de las doncellas que danzaban cada cual una para esposa suya, y se fueron a su tierra, y reedificaron las ciudades y las poblaron. Asimismo los hijos de Israel regresaron a sus moradas, tribu por tribu y familia por familia. En aquellos días no había rey o magistrado supremo en Israel: sino que cada cual hacía lo que le parecía mejor. En el tiempo que Israel era gobernado por jueces, sucedió bajo el gobierno de uno de éstos que hubo una gran hambre en aquella tierra. Por lo que un hombre, natural de Betlehem de Judá, se fue a morar en el país extranjero de la tierra de Moab con su mujer y dos hijos. Llamábase Elimelec, y su mujer Noemí; y los dos hijos uno Mahalón y el otro Quelión, efrateos de Betlehem de Judá. Y habiendo entrado en el país de Moab, habitaban allí. Sucedió, pues, que murió Elimelec, marido de Noemí, quedando ésta sola con sus dos hijos; quienes se casaron con mujeres moabitas, de las cuales llamábase la una Orfa y la otra Rut. Vivieron allí diez años. Y al cabo murieron ambos, a saber, Mahalón y Quelión; con lo que Noemí quedó privada de los hijos del marido. Resolvió, pues, volverse del país de Moab su patria, con sus dos nueras; por haber oído que el Señor había vuelto los ojos hacia su pueblo, y dándole alimentos. Luego que salió del lugar de su peregrinación con ambas nueras, puesta ya en camino para volver a la tierra de Judá, les dijo: Volveos a casa de vuestras madres. El Señor use de misericordia con vosotras, como la habéis usado vosotras con los difuntos y conmigo. Concédaos el hallar descanso en las casas de los maridos que la buena suerte os depare. Las besó en seguida; y ellas a voz en grito empezaron a llorar, y decir: Contigo iremos a tu pueblo. A las cuales replicó Noemí: Volveos, hijas mías; ¿para qué venir conmigo? ¿Tengo yo por ventura más hijos en mi seno, para que de mí podáis esperar otros maridos? Idos, hijas mías, volveos, porque yo estoy ya consumida por la vejez e incapaz de nuevo matrimonio ; y aún dado caso que pudiera esta noche concebir y parir hijos, si quisieseis esperarlos a que creciesen, y llegasen a los años de la pubertad, seríais antes viejas que esposas. Os suplico, hijas mías, que no prosigáis: mirad que vuestra aflicción no hace más que acrecentar la mía; porque la mano del Señor está levantada contra mí. Entonces a voz en grito echaron de nuevo a llorar. Orfa besó a su suegra, y se volvió; mas Rut se quedó con ella. Y le dijo Noemí: Ya ves que tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses: anda, vete con ella. Respondió Rut: No me instes más sobre que te deje y me vaya; porque doquiera que tú fueres, he de ir yo, y donde tú morares, he de morar yo igualmente. Tu pueblo es mi pueblo, y tu Dios es mi Dios. En la tierra en que murieres tú, allí moriré yo; y donde fueres sepultada, allí lo seré yo igualmente. No me haga Dios bien, si otra cosa que la muerte me separe de ti. Viendo, pues, Noemí que Rut con ánimo resuelto estaba determinada a seguirla, no quiso contradecirla más, ni persuadirla que se volviese a los suyos. Así caminaron juntas, y llegaron a Betlehem. Apenas entraron en la ciudad, voló la noticia; y las mujeres decían: Esta es aquella Noemí. A las cuales dijo: No me llaméis Noemí: (esto es, graciosa); sino llamadme Mara (que significa amarga), porque el Todopoderoso me ha llenado de grande amargura. Salí de aquí colmada; y el Señor me ha hecho volver vacía; ¿por qué, pues, me llamáis Noemí, habiéndome humillado el Señor, y afligídome el Todopoderoso? Volvió, pues, Noemí con Rut, moabita, su nuera, de la tierra de su peregrinación; y regresó a Betlehem cuando comenzaban a segarse las cebadas. Tenía Elimelec, marido de Noemí, un pariente consanguíneo, hombre poderoso y de gran caudal, llamado Booz. Y Rut, la moabita, dijo a su suegra: Si me das tu licencia iré al campo, y recogeré las espigas que se escapen de las manos de los segadores, donde quiera que hallare buena acogida en algún padre de familias que se muestre compasivo para conmigo. Le respondió Noemí: Anda, hija mía. Fue, pues, y empezó a recoger espigas detrás de los segadores. Por fortuna el dueño de aquel campo era el mencionado Booz, de la parentela de Elimelec. Y he aquí que el mismo Booz llegó de Betlehem; y saludó a los segadores, diciendo: El Señor sea con vosotros. Los cuales le respondieron: Bendígate el Señor. Preguntó Booz al joven mayoral de los segadores: ¿De quién es esta muchacha? Le respondió: Esta es la moabita que vino con Noemí del país de Moab; y ha pedido permiso para ir tras de los segadores cogiendo las espigas que quedan; y desde la mañana hasta ahora se está en el campo, sin haberse retirado ni por un momento a su casa. Dijo entonces Booz a Rut: Oye, hija, no vayas a otra heredad a espigar, ni te apartes de este sitio, sino júntate con mis muchachas, y síguelas donde estuviere la siega: porque he dado orden a mis criados para que nadie se meta contigo; antes bien si tuvieres sed, vete al hato, y bebe agua de la misma que beben también mis criados. Ella entonces, inclinando su rostro hasta tierra, le hizo una profunda reverencia, y dijo: ¿De dónde a mí tanta dicha, que haya encontrado gracia en tus ojos, y te dignes tratarme con tanta bondad, siendo yo una mujer extranjera? A la cual respondió Booz: Me han contado lo que has hecho con tu suegra después de la muerte de tu marido; y cómo has abandonado a tus padres y el país nativo, por venir a un pueblo que te era antes desconocido. El Señor te premie por tu acción, y recibas un cumplido galardón del Señor Dios de Israel, a quien has recurrido, y debajo de cuyas alas te has amparado. Le respondió Rut: He hallado gracia en tus ojos, ¡oh señor mío!, pues que así has consolado y hablado al corazón de esta esclava tuya, que ni merece contarse como una de tus criadas. Y le dijo Booz: A la hora de comer, vente aquí, y come el pan, y moja tu bocado en el vinagre con mis gentes: Se sentó, pues, a un lado de los segadores, y Booz le dio una porción de polenta de la que comió hasta saciarse, y guardó las sobras. Se levantó luego de allí para espigar como antes. Y Booz dio esta orden a sus criados, diciendo: Aunque quisiera ella segar con vosotros para sí, no se lo estorbéis; antes de propósito dejad caer de vuestros manojos algunas espigas, para que estando en el suelo las pueda coger sin rubor; y mientras las recoge nadie la reprenda. Estuvo, pues, espigando en el campo hasta la tarde; y vareando y sacudiendo las espigas recogidas, se halló con cerca de un efí de cebada, esto es tres modios. Y cargando con ellos, se volvió a la ciudad, y se los mostró a su suegra; tras esto sacó y le dio de las sobras de la comida, de que ella se había saciado. Le preguntó su suegra: ¿Dónde has espigado hoy, y dónde has empleado tu trabajo? Bendito sea el que se ha apidado de ti. Le declaró Rut en qué campo había espigado, y dijo que el amo de él se llamaba Booz. A la cual contestó Noemí: Bendito sea el Señor; pues la misma buena voluntad que tuvo a los vivos, la conserva todavía a los difuntos. Y añadió: ese hombre es pariente nuestro. Le dijo Rut: Pues también me ha mandado que me incorpore con sus segadores hasta tanto que se acabe la siega de todas las mieses. Le respondió la suegra: Más vale, hija mía, que vayas a espigar entre sus criadas, no sea que en el rastrojo de otro, se te opusiese alguno a que espigases. Se juntó, pues, con las criadas de Booz, y espigó entre ellas todo el tiempo restante, hasta que las cebadas y los trigos se recogieron en las trojes. Y después que volvió a su suegra, la dijo ésta: Hija mía, yo voy a procurarte descanso, y a disponer que lo pases bien. Este Booz, con cuyas criadas andas junta en el campo, es nuestro pariente, y esta noche avienta la cebada en su era. Lávate, pues, y úngete con los perfumes, y ponte los mejores vestidos, y encamínate a la era: procura que no te vea hasta que hayas acabado de comer y beber. Entonces cuando se fuere a dormir, nota bien el sitio donde duerme, e irás y alzarás la capa por la parte con que se cubre los pies, y te echarás allí, y te pondrás a dormir. El mismo te dirá, como pariente más cercano, lo que debes hacer. Le respondió Rut: Yo haré cuanto tú me mandares. Se fue, pues, a la era, e hizo todo lo que la suegra le había ordenado. Y cuando Booz hubo comido y bebido y alegrándose, e ido a dormir junto a un montón de gavillas, se llegó Rut calladamente, y alzando la capa por los pies, se echo allí. Cuando he aquí que a medianoche despertó el hombre despavorido y turbado al ver una mujer echada a sus pies; y lé dijo: ¿Quién eres? Y ella respondió: Soy Rut, esclava tuya: extiende tu manto sobre tu sierva; por cuanto eres el pariente más cercano de mi marido. A lo que dijo Booz: Bendita seas del Señor, hija mía, que has sobrepujado tu primera bondad y cordura, con la que manifiestas ahora, pues siendo joven como eres, no has ido a buscar jóvenes, ni pobres ni ricos, sino a los que la ley dispone. Por tanto no temas, que yo haré contigo cuanto me has dicho; puesto que todas las gentes de mi ciudad saben que tú eres mujer de virtud. No niego yo ser pariente; pero hay otro más cercano que yo. Descansa esta noche que venida la mañana, si él quiere quedarse contigo por el derecho de proximidad, sea en horabuena: mas si no quiere, vive el Señor que yo sin falta te tomaré: y así, duerme hasta mañana. Durmió, pues, a sus pies hasta el fin de la noche. Y levantándose antes que los hombres pudiesen conocerse unos a otros, le dijo Booz: Procura que nadie sepa que has venido acá. Y añadió: Extiende el manto con que te cubres, y tenle asido con ambas manos. Extenle dio ella, y teniéndole, le midió seis modios de cebada, se los cargó a cuestas. Así cargada entró en la ciudad. Y fue a su suegra, la cual le preguntó: ¿Qué has hecho, hija mía, sobre lo que te encargué? Le conto Rut todo lo que había hecho Booz por ella. Y añadió: He aquí seis modios de cebada que me ha dado diciéndome: No quiero que vuelvas a tu suegra con las manos vacías. Dijo entonces Noemí: Espera, hija mía, hasta que veamos en qué para la cosa. Porque Booz es hombre honrado, que no parará hasta que cumpla lo que te ha prometido. Fue, pues, Booz a las puertas o juzgado de la ciudad, y se sento allí y viendo pasar a aquel pariente de quien se habló arriba, le llamó por su nombre, y le dijo: Llégate por un momento y siéntate aquí. Llegó él, y se sentó. Entonces Booz, convocando a diez varones de los ancianos de la ciudad, les dijo: Sentaos aquí. Luego que se sentaron, habló así al pariente: Noemí, que ha vuelto del país de Moab está para vender una parte de la heredad de nuestro hermano Elimelec: lo cual he querido que tú sepas, y decírtelo en presencia de todos los circunstantes y de los ancianos de mi pueblo. Si tú quieres poseerla por el derecho de parentesco, cómprala y poséela. Y si no gustas de eso, decláralo para que yo sepa lo que debo hacer; puesto que no hay otro pariente sino tú, que eres el primero, y yo que soy el segundo. A lo que respondió él: Pues yo compraré la heredad. Le replicó Booz: Luego que compres esa posesión, debes también casarte con Rut, la moabita, que fue consorte del difunto, para hacer revivir el nombre de tu pariente en su herencia. El respondió: Renuncio el derecho de parentesco: porque no es razón que yo arruine la posteridad de mi familia; usa tú del derecho mío, el que protesto renunciar espontáneamente. Era costumbre antigua en Israel entre los parientes, que cuando uno cedía su derecho al otro para que la cesión fuese válida, se quitaba aquél su calzado y se lo daba a su pariente. Esta era la fórmula y testimonio de cesión en Israel. Por lo cual dijo Booz a su pariente: Quítate el calzado; y él al punto se lo quitó del pie. Entonces Booz dijo a los ancianos y a todo el pueblo: Vosotros sois testigos en este día de que yo entro en posesión de todas las cosas que poseía Elimelec, y Quelión, y Mahalón, por entrega que me hace Noemí; y recibo en matrimonio a Rut, la moabita, mujer que fue de Mahalón para resucitar el nombre del difunto en su herencia, a fin de que no se borre su nombre de entre su familia, de sus hermanos y de su pueblo. Vosotros, repito, sois testigos de este acto. Entonces todo el pueblo que estaba en la puerta, respondió con los ancianos: Nosotros somos testigos. El Señor haga que esa mujer que entra en tu casa, sea como Raquel y Lía, las cuales fundaron la casa de Israel; para que sea como aquéllas dechado de virtud en Efrata, y tenga un nombre célebre en Betlehem; y sea tu casa como la casa de Fares (hijo de Tamar y de Judá), por la posteridad que el Señor te diere de esta joven. Tomó, pues, Booz a Rut, y se desposó con ella; y en su matrimonio el Señor le hizo la gracia de que Rut concibiera y pariese un hijo. Con este motivo, las mujeres dijeron a Noemí: Bendito sea el Señor que no ha permitido que faltase heredero en tu familia, y ha querido conservar el nombre de ella en Israel; para que tengas tú también quien consuele tu alma, y sea el sostén de tu vejez. Pues que te ha nacido un niño de tu nuera, la cual te ama, y es para ti mucho mejor que si tuviéses siete hijos. Noemí, recibido el niño recién nacido, le puso en su regazo haciendo con él oficio de ama y de niñera. Y las mujeres vecinas suyas, congratulándose con ella, decían: Ha nacido un hijo a Noemí; y le pusieron por nombre Obed. Este fue padre de Isaí, que lo fue de David. He aquí las generaciones o la posteridad de Fares. Fares fue padre de Esrón, Esrón de Aram, Aram de Aminadab, Aminadab de Nahasón, Nahasón de Salmón; Salmón fue padre de Booz, Booz lo fue de Obed, Obed de Isaí; Isaí fue padre de David. Hubo un hombre en la ciudad de Ramataimsofim, en las montañas de Efraín, cuyo nombre era Elcana, hijo de Jeroham, hijo de Eliú, hijo de Tohú, hijo de Suf, de la tribu de Leví, y domiciliado en la de Efraín. Y tenía dos mujeres, una llamada Ana, y la otra Fenenna. Fennena tenía hijos, mas Ana carecía de ellos. Subía este hombre desde su ciudad a Silo en los días señalados a adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos. Allí residían entonces los dos hijos de Helí: Ofni y Finees, sacerdotes del Señor. Venido uno de dichos días solemnes, ofreció Elcana su sacrificio, y distribuyó después lo que le correspondía de la víctima entre su mujer Fenenna y todos sus hijos e hijas, dándoles la porción de ella. Pero a Ana, que no tenía hijos, le dio una sola porción, entristecido porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril. Además Fenenna, su rival, la mortificaba también y angustiaba en gran manera, en tanto grado, que la echaba en rostro el que el Señor la había hecho estéril. Y así lo hacía todos los años cuando, llegado el tiempo, subían al templo del Señor; y de este modo la zahería. Con esto Ana se ponía a llorar, y no probaba la comida. Le dijo, pues, Elcana, su marido: Ana, ¿por qué lloras? ¿cómo es que no comes?, ¿y por qué se aflige así tu corazón? ¿acaso no soy yo para ti mejor que diez hijos que tuvieses? Y después de haber comido y bebido en Silo, se levantó Ana, y estando el sumo sacerdote Helí sentado en su silla, o audiencia, delante de la puerta del templo o Tabernáculo del Señor, vino Ana con un corazón lleno de amargura, y oró al Señor derramando copiosas lágrimas, e hizo voto diciendo: Señor Dios de los ejércitos, si te dignares volver los ojos para mirar la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no olvidándote de tu esclava, dieres a tu sierva un hijo varón, lo consagraré al Señor por todos los días de su vida, y no pasará jamás navaja por su cabeza. Como repitiese muchas veces sus ruegos delante del Señor, Helí estuvo observando el movimiento de sus labios; porque Ana hablaba solo en su corazón, de manera que únicamente movía los labios; pero no se le oía ni siquiera una palabra. Y así Helí la tuvo por ebria, y le dijo: ¿Hasta cuando durará tu embriaguez? Vete a digerir un poco el vino de que estás llena. Le respondió Ana: No es, mi señor, lo que decís; la verdad es que yo soy una mujer afligidísima; y no es que haya bebido vino, ni cosa que pueda embriagar, sino que estaba derramando mi corazón en la presencia del Señor. No tengas a tu sierva por alguna de las hijas licenciosas de Belial; porque sola la vehemencia de mi dolor y aflicción es la que me ha hecho hablar así hasta ahora. Entonces Helí le dijo: Vete en paz, y el Dios de Israel te conceda la petición que le has hecho. Le respondió Ana: ¡Ojalá tu sierva halle gracia en tus ojos! Se fue la mujer a su posada, y tomó alimento, y desde entonces ya no se vio melancólico su semblante. Por la mañana se levantaron todos, adoraron al Señor, y poniéndose en camino, regresaron a su casa en Rámata. Elcana se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella y de su oración. Luego concibió Ana, y a su tiempo parió un hijo, a quien puso por nombre Samuel, por haberlo pedido fervorosamente al Señor. Subió, pues, Elcana, su marido, con toda su familia a ofrecer al Señor una hostia solemne, y a cumplir su voto. Pero Ana no fué, habiendo dicho a su marido: No iré hasta que el niño esté destetado, y le lleve yo para presentarlo al Señor, y se quede allí para siempre. Le dijo Elcana su marido: Haz lo que mejor te parezca, y quédate hasta destetarle; yo suplico al Señor que se digne perfeccionar su obra. Se quedó, pues, Ana en su casa, y dio de mamar al hijo, hasta que lo destetó; y destetado, le llevó consigo, con tres becerros y tres medios de harina y un cántaro de vino, a la casa del Señor en Silo. El niño era todavía pequeñito. Y sacrificaron un becerro; y presentaron el niño a Helí, diciendo Ana: Oyeme, Señor mío, por vida tuya: Yo soy, mi señor, aquella mujer que estuve orando al Señor delante de ti. Por este niño oré, y el Señor me otorgó la súplica que le hice. Por tanto, se lo tengo ofrecido, a fin de que le sirva mientras viva. Con esto, adoraron allí al Señor; y Ana, estando orando, prorrumpió en este cántico: Saltó de gozo en el Señor, mi corazón, y mi Dios me ha ensalzado; ya puedo responder a boca llena a mis enemigos, pues toda la causa de mi alegría es, ¡oh Señor!,la salud que he recibido de ti. Nadie es santo, como lo es el Señor; no hay otro Dios fuera de ti; ninguno es fuerte como nuestro Dios. Cesad, pues, de hablar con soberbia y jactancia; no uséis ya de aquel vuestro antiguo lenguaje, porque Dios, que todo lo sabe, él solo es el Señor, y él lleva a efecto sus altísimos designios. Se quebró el arco, o la fortaleza, de los fuertes, y los flacos han sido revestidos de vigor. Los que estaban antes colmados de bienes, se han alquilado por un pedazo de pan, y los que se hallaban acosados del hambre han sido plenamente saciados. La que era estéril ha venido a ser madre de muchos hijos; y la que estaba rodeada de ellos, perdió todos sus bríos. Porque el Señor es el que da la muerte y da la vida; el que conduce al sepulcro y libra de él. El Señor el que empobrece y enriquece; el que abate y ensalza. Levanta del polvo al mendigo, y del estiércol ensalza al pobre, para que se siente entre los príncipes, y ocupe un trono de gloria. Porque del Señor son los polos o cimientos de la tierra, y él asentó sobre ellos el mundo. El dirigirá todos los pasos de sus santos; mas los impíos serán por él reducidos a silencio en medio de tinieblas; porque no estará firme el hombre por su propia fuerza. Temblarán delante del Señor sus adversarios; tronará desde el cielo y lanzará rayos sobre ellos. El Señor juzgará a toda la tierra, y dará el imperio de ella a su rey, y ensalzará la gloria y el poder de su Cristo . Después de esto se volvió Elcana a su casa en Rámata; y el niño servía en el Tabernáculo, en la presencia del Señor, bajo la dirección del sumo sacerdote Helí. Mas los hijos de Helí eran hijos de Belial, que no conocían o respetaban al Señor, ni la obligación de los sacerdotes para con el pueblo, sino que cuando alguno, fuese el que fuese, había inmolado una víctima, venía el criado del sacerdote, mientras se cocían las carnes, y trayendo en su mano un garfio u horquilla de tres dientes, la metía en el perol, o en el caldero, o en la olla, o en la cazuela, y todo lo que prendía con él, lo tomaba para sí el sacerdote. Esto hacían con todos los de Israel que venían a Silo. Y aun antes que quemasen la grosura de la víctima, venía el criado del sacerdote, y decía al que inmolaba: Dame de la carne paraguisársela yo al sacerdote, según su gusto; pues no he de tomar de ti la carne cocida, sino cruda. Le decía el que inmolaba: Quémese ahora primero la grosura, según el rito, y llévate después todo lo que quisiereis. Mas él respondía diciendo: No, ahora me la darás; de lo contrario, te la quitaré yo por fuerza. Era, pues, el pecado de estos hijos de Helí enorme a los ojos del Señor; por cuanto retraían a la gente de sacrificar al Señor. Entretanto el niño Samuel, revestido de un efod o sobrepelliz de lino, ejercía su ministerio en la presencia del Señor. Y le hacía su madre una túnica pequeña; y se la llevaba los días solemnes, cuando subía con su marido a ofrecer el anual sacrificio solemne. Y bendijo Helí a Elcana y a su mujer, diciéndole a él: El Señor te conceda sucesión de esta mujer en pago de la prenda que has consagrado y depositado en manos del Señor. Después de lo cual se volvieron a su casa. En efecto, el Señor visitó a Ana, la cual concibió y parió tres hijos y dos hijas. Entretanto el niño Samuel iba haciéndose grande en la presencia del Señor. Helí era muy viejo; y llegó a saber el modo de portarse sus hijos con todo el pueblo; y que dormían con la mujeres que venían a velar y a orar en la puerta del Tabernáculo. Y les dijo únicamente: ¿Por qué hacéis todas estas cosas que me dicen de vosotros? ¿esos crímenes detestables de que habla todo el pueblo? No más, hijos míos; que es muy desagradable lo que ha llegado a mis oídos de que hacéis prevaricar al pueblo del Señor. Si un hombre peca contra otro hombre, se puede alcanzar de Dios el perdón; mas si aquel hombre que será el mediador peca contra el Señor, ¿quién rogará por él? No escucharon los hijos de Helí la voz de su padre; porque el Señor había resuelto quitarles la vida. Entretanto el niño Samuel iba adelantando y creciendo, y era grato no menos al Señor que a los hombres. Vino a la sazón un varón de Dios a Helí, y le dijo: Esto dice el Señor: ¿No es así que yo me manifesté visiblemente a la familia de Aarón, tu padre, cuando estaba en Egipto en la casa y bajo el yugo del faraón; y que lo escogí entre todas las tribus de Israel por sacerdote mío para que subiese a ofrecer sobre mi altar, y me quemase perfume y anduviese vestido del efod en mi presencia; y di a la casa de tu padre una parte en todos los sacrificios de los hijos de Israel? Pues, ¿cómo habéis hollado o envilecido mis víctimas y mis dones, que yo mandé ofrecer en el templo, y has tenido tú más respeto a tus hijos que a mí, comiendo con ellos lo principal o mejor de todos los sacrificios de mi pueblo de Israel? Por tanto, el Señor Dios de Israel dice: Yo había declarado y prometido que tu familia y la familia de tu padre serviría el ministerio del sumo sacerdocio delante de mí perpetuamente. Mas ahora dice el Señor: Lejos de mí tal cosa, porque yo honraré a todo el que me glorificare; pero los que me menospreciaren, serán deshonrados. He aquí que llega el tiempo en que cortaré tu brazo o tu poder, y el brazo de la casa de tu padre; de suerte que no haya anciano en vuestra familia. Y cuando todo Israel esté en medio de la prosperidad, verás a tu rival en el templo; mientras en tu casa no habrá jamás anciano. Con todo no apartaré absolutamente a tus descendientes de mi altar; pero será para que, viéndolo llores continuamente de envidia y se consuma de dolor tu alma; y una gran parte de tu casa morirá al llegar a la edad varonil. Y te servirá de señal esto que acontecerá a tus dos hijos Ofni y Finees, a saber, que en un día morirán ambos. Y yo me proveeré de un sacerdote fiel, que obre según mi corazón y mi alma; y le fundaré una casa sólida y duradera, y caminará siempre delante de mí ungido. Entonces sucederá que todo aquel que hubiese quedado de tu casa y familia, vendrá para que se interceda por él con el sumo sacerdote, a fin de que se le dé una pequeña moneda de plata y una torta de pan; y dirá: Te suplico que me admitas a algún ministerio sacerdotal; para poder comer un bocado de pan. Entretanto el joven Samuel proseguía sirviendo al Señor bajo la dirección de Helí; y la palabra del Señor o revelación era rara, y por consiguiente, de mucha estima; no era común en aquellos días la profecía. Sucedió, pues, un día, que estando Helí, cuyos ojos habían perdido ya la facultad de ver, acostado en su aposento, y Samuel durmiendo junto a él en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios, he aquí que el Señor, antes que fuese apagada la lámpara de Dios o candelero de oro, llamó a Samuel; y respondiendo éste: Aquí estoy, corrió al punto a Helí, y le dijo: Heme aquí, pues me has llamado. Helí le dijo: No te he llamado, vuélvete a dormir. Se fue Samuel y se acostó de nuevo. Volvió el Señor por segunda vez a llamar a Samuel; y levantándose éste fue a Helí, y le dijo: Heme aquí, ya que me has llamado. Helí le respondió: Hijo mío, yo no te he llamado; vuélvete a dormir. Y es que Samuel no conocía todavía la voz del Señor, pues hasta entonces no le había sido revelada la palabra del Señor. Repitió el Señor y llamó por tercera vez a Samuel; el cual levantándose volvió a Helí, diciendo: Heme aquí, pues me has llamado. Con esto reconoció Helí que era el Señor quien llamaba al joven; y dijo a Samuel: Vete a dormir; y si te llamare otra vez, responderás: Hablad, oh Señor, que vuestro siervo os escucha. Volvió, pues, Samuel a su aposento, y se puso otra vez a dormir. Vino entonces el Señor, y llegándose a Samuel, le llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! A lo que respondió Samuel: Hablad Señor que vuestro siervo os escucha. Y dijo el Señor a Samuel: Mira, yo voy a hacer una cosa en Israel, que a todo aquel que la oyere, le retiñirán de terror ambos oídos, En aquel día yo verificaré cuanto tengo dicho contra Helí y su casa; daré principio a ello, y lo concluiré. Porque ya le predije que habría de castigar perpetuamente su casa por causa de su iniquidad, puesto que sabiendo lo indignamente que se portan sus hijos, no los ha corregido como debía. Por lo cual he jurado a la casa de Helí que su iniquidad no se expiará jamás ni con víctimas, ni con ofrendas. Durmió después Samuel hasta la mañana, y a su tiempo abrió las puertas de la Casa del Señor; pero temía descubrir a Helí la visión. Lo llamó, pues, Helí, y le dijo: ¡Samuel, hijo mío! El cual respondió: Aquí estoy. Y le preguntó Helí: ¿Qué es lo que te ha dicho el Señor? Te ruego no encubras nada; el Señor te castigue severamente si me ocultares alguna cosa de cuanto se te ha dicho. Le manifestó, pues, Samuel, una por una todas las palabras, sin ocultarle nada; y Helí respondió: El es el Señor, haga lo que sea agradable a sus ojos. Samuel iba creciendo, y el Señor estaba con él, y de todas sus predicciones ni una siquiera dejó de verificarse. Con lo que conoció todo Israel, desde Dan hasta Bersabee, que Samuel era un verdadero profeta del Señor. Y el Señor prosiguió apareciéndosele en Silo, porque en Silo fue en donde se manifestó a Samuel la primera vez, conforme a la palabra del Señor. Y se cumplió cuanto dijo Samuel a todo el pueblo de Israel. Sucedió por aquellos días que los filisteos se juntaron para hacer la guerra a los israelitas. Israel se puso también en campaña para combatir a los filisteos, y acampó junto a la piedra llamada después Piedra del Socorro. Los filisteos por su parte avanzaron hasta Afec, y presentaron a Israel la batalla. Comenzada ésta, Israel volvió las espaldas a los filisteos; quienes mataron en aquel choque, y dejaron tendidos por los campos, como cuatro mil hombres. Vuelto el grueso del ejército al campamento, dijeron los ancianos de Israel: ¿Cómo es que el Señor nos ha derrotado hoy delante de los filisteos? Traigamos aquí de Silo el arca de la alianza del Señor, y venga en medio de nosotros, para que nos salve de la mano de nuestros enemigos. Envió, pues, el pueblo a Silo, y trajeron de allí el arca de la alianza del Señor de los ejércitos, que está sentado sobre los querubines; y los dos hijos de Helí, Ofni y Finees, acompañaban el arca de la alianza de Dios. Luego que el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, dio voces todo Israel con grande algazara, que resonaron por todo el país. Y oyéndolas los filisteos, dijeron: ¿Qué gritería es esta que se oye en el campamento de los hebreos? Y supieron que era por haber llegado al campamento el arca del Señor. Con esto se atemorizaron los filisteos y dijeron: El Dios de ellos ha venido a sus campamentos. Y añadían gimiendo: ¡Ay de nosotros! No estaban, no, ayer ni antes de ayer con tanta alegría. ¡Tristes de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de ese Dios excelso? Ese es aquel Dios que castigó a Egipto con toda suerte de plagas, y que condujo a Israel por el desierto. Pero, ¡ánimo, filisteos!, tened valor, no seáis esclavos de los hebreos como ellos lo han sido de vosotros tantos años. Esforzaos y pelead con denuedo. Dieron, pues, los filisteos la batalla, y quedó derrotado Israel; y todos los que pudieron huyeron a sus casas. El destrozo de los israelitas fue tan grande, que quedaron muertos treinta mil infantes. Fue tomada el arca de Dios y muertos los dos hijos de Helí, Ofni y Finees. Aquel mismo día, un soldado de la tribu de Benjamín, escapado de la batalla, vino corriendo a Silo, rasgado el vestido y cubierta de polvo la cabeza en señal de dolor. Al tiempo que llegó, estaba Helí sentado en su silla de audiencia, a la entrada del templo, mirando hacia el camino, porque su corazón se hallaba en un continuo sobresalto por el arca del Señor. Habiendo entrado, pues, aquel soldado, publicó luego la noticia por la ciudad, y toda la gente prorrumpió en grandes alaridos. Helí, oído el clamor general, dijo: ¿Qué ruido tumultuoso es ese? Llegó entonces aquel hombre a toda prisa a Helí, y le dio la noticia. Helí tenía a la sazón noventa y ocho años, y sus ojos habían cegado, de suerte que no podía ver. Dijo, pues, el soldado a Helí: Yo soy el que acabo de venir de la batalla, y yo el que hoy escapé del combate. Le dijo Helí: ¿Qué ha sucedido, hijo mío? A lo que respondió el hombre que había traído la nueva, diciendo: Huyó Israel delante de los filisteos, y ha sido grande el destrozo del ejército; y además han quedado muertos tus dos hijos Ofni y Finees, y el arca de Dios ha sido robada. Apenas el hombre hubo nombrado el arca de Dios, cayó Helí de espaldas de la silla junto a la puerta, y quebrándose la cerviz, murió, siendo como era ya hombre anciano. Fue Helí juez de Israel cuarenta años. Estaba preñada una nuera suya, mujer de Finees, y cercana al parto; la cual al oír la noticia del cautiverio del arca de Dios, y de la muerte de su suegro y de su marido, sorprendida repentinamente de los dolores se inclinó y parió. Cuando estaba ya expirando, le dijeron las que la asistían: Buen ánimo, que has parido un hijo. Mas ella, penetrada de dolor, no les contestó, ni se dio por entendida. Llamó sí al niño, Icabod, diciendo: Se acabó la gloria de Israel (a causa de haber sido robada el arca de Dios y muerto su suegro y su marido). Y dijo: Se acabó la gloria de Israel; porque el arca de Dios había sido robada. Tomaron, pues, los filisteos el arca de Dios y la transportaron de la Piedra del Socorro a la ciudad de Azoto. Llevada que fue allá, la metieron en el templo de Dagón, colocándola junto al ídolo Dagón. Mas al otro día, habiéndose levantado muy temprano los azocios, hallaron que Dagón yacía boca abajo en el suelo delante del arca del Señor; y alzaron a Dagón y le repusieron en su lugar. Al día siguiente, levantándose también de madrugada, encontraron a Dagón tendido en tierra sobre su pecho delante del arca del Señor; mas la cabeza de Dagón y las dos manos cortadas del tronco estaban sobre el umbral de la puerta; de suerte que sólo el tronco de Dagón había quedado allí donde cayó. Por esta razón, aún en el día de hoy, los sacerdotes de Dagón, y todos los que entran en su templo, no ponen el pie sobre el umbral del templo de Dagón en Azoto. Tras esto, la mano del Señor descargó terriblemente sobre los azocios y los asoló; e hirió a los de Azoto y su comarca en la parte más secreta de las nalgas. Al mismo tiempo las aldeas y campos de aquel país comenzaron a bullir, y apareció una gran multitud de ratones; con lo que toda la ciudad quedó consternada por la gran mortandad que causaban. Viendo, pues, la plaga los vecinos de Azoto, dijeron: No quede más entre nosotros el arca del Dios de Israel; porque es muy pesada su mano sobre nosotros y sobre nuestro dios Dagón. Y habiendo enviado a buscar todos los sátrapas o príncipes de los filisteos les dijeron: ¿Qué haremos del arca del Dios de Israel? A lo que respondieron los geteos: Llévese por los contornos el arca del Dios de Israel. Llevaron, pues, el arca del Dios de Israel de un lugar a otro. Y conforme la iban así conduciendo de ciudad en ciudad, el Señor descargaba su mano sobre ellas, causando una mortandad grandísima; y hería a los moradores de cada pueblo, desde el menor hasta el mayor, de modo que sus hemorroides hinchadas y caídas se corrompían. Por lo que los geteos discurriendo entre sí, se hicieron unos asientos de pieles. Y enviaron el arca de Dios a Accarón. Mas llegada que fue allí, exclamaron los accaronitas, diciendo: Nos han traído el arca del Dios de Israel para que nos mate a nosotros y a nuestro pueblo. Por lo cual hicieron que se juntasen todos los sátrapas de los filisteos, los cuales dijeron: Devolved el arca del Dios de Israel, y restitúyase a su lugar; a fin de que no acabe con nosotros y con nuestro pueblo. Porque se difundía por todas las ciudades el terror de la muerte; y la mano de Dios descargaba terriblemente sobre ellas; pues aun los que no morían estaban llagados en las partes más secretas de las nalgas; y los alaridos de cada ciudad subían hasta el cielo. Estuvo, pues, el arca del Señor en el país de los filisteos por espacio de siete meses. Y convocando los filisteos a los sacerdotes y adivinos, les dijeron: ¿Qué haremos del arca del Señor? Instruidnos en qué forma debamos remitirla a su lugar. A lo que les respondieron: Si remitís el arca del Dios de Israel, no habéis de remitirla vacía; sino pagadle con algún presente lo que debéis por el pecado, y entonces sanaréis; y conoceréis por qué la mano de Dios no cesa de castigaros. Dijeron ellos: ¿Qué es lo que debemos pagarle en expiación por el pecado? A lo que les contestaron: Haréis de oro cinco figuras de hemorroides, y otras tantas figuras de ratones, también de oro, conforme al número de las provincias de los filisteos; pues todos vosotros y vuestros sátrapas, habéis padecido una misma plaga. Por tanto haréis unas figuras de hemorroides y otras de los ratones que han talado la tierra, y daréis gloria al Dios de Israel; a ver si con esto levanta su mano de vosotros y de vuestros dioses y de vuestro país. ¿Por qué endurecéis vuestros corazones, como endurecieron el suyo Egipto y el faraón? ¿No es así que después de haber sido castigado con varias plagas, entonces soltó a los israelitas, para que se fuesen? Ahora, pues, manos a la obra, haced un carro nuevo y uncid al carro dos vacas recién paridas, que no hayan traído yugo; y encerrad en la boyera sus ternerillos. Tomaréis después el arca del Señor y la pondréis en el carro, colocando a su lado en un cofrecito las figuras de oro que le consagrasteis por el pecado; y dejadla ir. Y estaréis en observación; y si viereis que toma el camino que va a su país, hacia Betsamés, sabed que el Dios de Israel es quien nos ha causado tan grande mal; pero si no, no ha sido él; y sabremos que no es su mano la que nos ha azotado, sino que ha sido un efecto casual. Lo hicieron, pues, así, puntualmente, y tomando dos vacas que daban de mamar a sus becerrillos, las uncieron al carro, y encerraron los ternerillos en el establo. Y pusieron sobre el carro el arca de Dios, y el cofrecito que contenía los ratones de oro y las figuras de las hemorroides. Mas las vacas habiendo comenzado a marchar se dirigieron, vía recta, por el camino que va a Betsamés; y seguían como de acuerdo el mismo camino, tirando adelante y mugiendo sin desviarse a la diestra ni a la siniestra. Los sátrapas de los filisteos fueron siguiendo detrás en observación hasta llegar al territorio de Betsamés. Estaban los betsamitas segando el trigo en un valle, y alzando los ojos vieron el arca , cuya vista los llenó de gozo. El carro llegó al campo del betsamita Josué, y se paró en él. Había allí una gran piedra, y haciendo pedazos la madera del carro, pusieron encima las vacas y las ofrecieron en holocausto al Señor. Mas los levitas bajaron el arca de Dios, y el cofrecito que estaba a su lado, donde venían vasos de oro, y la colocaron sobre aquella gran piedra. Entonces los betsamitas ofrecieron holocaustos delante del arca , e inmolaron en aquel día víctimas al Señor; lo cual vieron los cinco sátrapas de los filisteos, y el mismo día se volvieron a Accarón. Y éstas son las ciudades que ofrecieron las hemorroides hechas de oro, que los filisteos tributaron al Señor para expiar el pecado: Azoto, Gaza, Ascalón, Get, Accarón, una cada ciudad. Y los ratones de oro que ofrecieron, fueron tantos cuantas eran las poblaciones de los filisteos en las cinco provincias, comenzando desde las ciudades muradas, hasta las aldeas que no tienen muros; todo el país hasta la piedra grande llamada después Abel, sobre la cual habían colocado el arca del Señor, piedra que hasta hoy día está en la heredad de Josué betsamita. Mas el Señor castigó a los moradores de Betsamés, y ciudades vecinas, porque se pusieron a mirar con curiosidad el interior del arca del Señor contra lo mandado; y mató setenta hombres de los ancianos del pueblo, y cincuenta mil del vulgo. Y prorrumpieron todos en llanto, al ver que el Señor había herido al pueblo con tan gran mortandad. Por lo que dijeron los ciudadanos de Betsamés: ¿Quién podrá estar en la presencia de este Señor, de este Dios tan santo? ¿y a qué lugar podrá trasladarse? Enviaron, pues, mensajeros, a los habitantes de Cariatiarim, diciendo: Los filisteos han restituido el arca del Señor: Bajad, y lleváosla otra vez. Vinieron, pues, los de Cariatiarim y transportaron el arca del Señor, y la colocaron en casa de Abinadab que habitaba en Gabaa, consagrando a su hijo Eleazar para que cuidase el arca del Señor. Y sucedió que desde el día en que el arca del Señor llegó a Cariatiarim, pasó mucho tiempo (pues ya era el año vigésimo), y toda la casa de Israel gozó de paz, siguiendo al Señor. Porque Samuel habló a toda la casa de Israel, diciéndole: Si de todo corazón os convertís al Señor, arrojad de en medio de vosotros los dioses ajenos, los Baales y los Astarot; y preparad vuestros corazones para el Señor, y servidle a él solo, y os libertará del poder de los filisteos. Entonces los hijos de Israel arrojaron de sí los Baales y los Astarot, y sirvieron sólo al Señor. Dijo también Samuel: Convocad en Masfa a todo Israel, para que yo haga oración por vosotros al Señor. Se congregaron, pues, en Masfa, y sacaron agua y la derramaron en presencia del Señor, ayunando aquel día, y diciendo: Hemos pecado contra el Señor. Y Samuel ejerció allí en Masfa las funciones de juez de Israel. Mas oyendo los filisteos que los israelitas se habían congregado en Masfa, salieron sus sátrapas o príncipes contra Israel; lo cual sabiendo los hijos de Israel, temieron el encuentro de los filisteos, y dijeron a Samuel: No ceses de clamar por nosotros al Señor Dios nuestro, para que nos salve de las manos de los filisteos. Tomó Samuel un cordero de leche, y lo ofreció entero en holocausto al Señor; y clamó Samuel al Señor por Israel, y oyó el Señor sus ruegos. En efecto, mientras Samuel ofrecía el holocausto, comenzaron los filisteos el combate contra Israel; mas el Señor tronó en aquel día con espantoso estruendo contra los filisteos, y los aterró de tal suerte, que fueron derrotados por Israel. Y los israelitas, habiendo salido de Masfa, persiguieron a los filisteos, y los fueron acuchillando hasta un lugar que cae debajo de Betcar. Tomó, pues, Samuel una piedra, y la puso entre Masfa y Sen, y llamó aquel lugar Piedra del Socorro, diciendo: Hasta este lugar nos ha socorrido el Señor. Quedaron entonces humillados los filisteos, y ya no se atrevieron a venir más a las tierras de Israel. Así, pues, la mano del Señor se hizo sentir sobre los filisteos mientras vivió Samuel. Y fueron restituidas a Israel las ciudades que los filisteos le tenían usurpadas, desde Accarón hasta Get con sus términos; y libró Samuel a los israelitas de manos de los filisteos, y hubo paz entre Israel y el amorreo. Continuó, pues, Samuel siendo juez de Israel durante su vida; e iba todos los años a Betel, y de allí a Gálgata, y después a Masfa, juzgando o administrando justicia a Israel en estos lugares. Volvía después a Rámata, por tener allí su casa, donde juzgaba también a Israel; y donde asimismo edificó un altar al Señor. Mas como Samuel fuese ya viejo, sustituyó a sus hijos por jueces de Israel, a modo de tenientes suyos. Se llamaba su hijo primogénito Joel, y el segundo Abía; los cuales daban audiencia en Bersabee. Mas no siguieron las pisadas de su padre Samuel, sino que se dejaron arrastrar de la avaricia, recibiendo regalos y torciendo la justicia. Por lo que juntándose todos los ancianos de Israel, vinieron a Samuel que estaba en Rámata, y le dijeron: Ya ves que tú has envejecido, y que tus hijos no siguen tus pasos; constitúyenos un rey que nos gobierne, como lo tienen todas las naciones. Este lenguaje desagradó a Samuel, al oír que le decían: Constitúyenos un rey que nos gobierne. Con todo hizo oración y consultó al Señor; y el Señor le dijo: Escucha la voz de ese pueblo, y condesciende a todo lo que te pide, porque no te ha desechado a ti, sino a mí, para que no reine sobre ellos. Hacen lo que han hecho siempre desde el día en que los saqué de Egipto hasta hoy; como me abandonaron a mí por servir a dioses ajenos, así hacen contigo. Ahora, pues, otórgales su petición; pero primero hazles presente y anúnciales el poder del rey que reinará sobre ellos. Refirió, pues, Samuel al pueblo que le había pedido rey todas las palabras del Señor, y dijo: Esta será la potestad del rey que os mandará: Tomará vuestros hijos y los destinará para guiar sus carros, y para ser sus guardias de a caballo, y para que corran delante de sus tiros de cuatro caballos. De ellos sacará sus tribunos y centuriones, los cultivadores de sus tierras, los segadores de sus mieses, y los artífices de sus armas y de sus carros. Hará asimismo que vuestras hijas sean sus perfumeras, sus cocineras y sus panaderas. Y, lo que es más, os quitará también lo mejor de vuestros campos, viñas y olivares, y lo dará a sus criados. Además diezmará vuestras mieses, y los productos de las viñas para darlos a sus eunucos o ministros, y a otros de sus criados. Tomará también vuestros siervos y siervas y vuestros robustos jóvenes, y vuestros asnos, y los hará trabajar para él. Diezmará asimismo vuestros ganados, y todos vosotros vendréis a ser esclavos suyos. Por lo que alzaréis el grito en aquel día a causa del rey que os elegisteis, y entonces el Señor no querrá oír vuestros clamores, porque vosotros mismos pedisteis tener un rey. Pero el pueblo no quiso dar oídos a las razones de Samuel, sino que dijeron todos: No, no; habrá un rey sobre nosotros, y nosotros hemos de ser como todas las naciones; nuestro rey nos administrará la justicia, y saldrá a nuestro frente y combatirá por nosotros en todas las guerras. Oyó Samuel todas las palabras del pueblo y las hizo presentes al Señor. Pero el Señor dijo a Samuel: Haz lo que te piden, y nómbrales un rey. Dijo, pues, Samuel a los ancianos de Israel: Váyase cada cual a su ciudad. Vivía en esta sazón un hombre de la tribu de Benjamín, llamado Cis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorat, hijo de Afía, hijo de Jémini, varón fuerte y valeroso. Tenía éste un hijo llamado Saúl, joven gallardo y de tan bella presencia que no le había más bien dispuesto entre todos los israelitas; sobrepujando lo que va de los hombros arriba a todos ellos. Se habían perdido unas burras de Cis, padre de Saúl, por lo que dijo Cis a Saúl, su hijo: Toma contigo a un criado, y anda a ver si encuentras las burras. Ellos habiendo atravesado la montaña de Efraín, y el territorio de Salisa, sin haberlas hallado, pasaron asimismo a tierra de Salim, y no aparecían; y también a tierra de Jémini, y en ninguna parte dieron con ellas. Venidos finalmente al territorio de Suf, dijo Saúl al criado que le acompañaba: Ven y volvámonos; no sea que mi padre, dejando ya el cuidado de las burras, esté en pena por nosotros. Le respondió el criado: Mira que en esta ciudad había un varón de Dios, varón insigne; todo cuanto anuncia se verifica sin falta; vamos, pues, allá, por si nos da luz acerca del objeto de nuestro viaje. Dijo entonces Saúl a su criado: Bien está, iremos; pero, ¿qué presente llevaremos al varón de Dios? No hay ya pan en nuestras alforjas, ni tenemos dinero ni cosa alguna que darle. Replicó de nuevo el criado a Saúl, y dijo: He aquí la cuarta parte de un siclo de plata, con que me encuentro por casualidad; se la daremos al varón de Dios cuando vayamos a saber de él lo que debemos hacer. (Antiguamente en Israel todos los que iban a consultar a Dios, solían hablar así: Venid, y vamos al vidente. Pues el que se llama profeta, se llamaba entonces vidente.) Respondió Saúl a su criado: Dices muy bien, vamos allá. Y fueron a la ciudad donde vivía el varón de Dios. Al subir la cuesta que conduce a ella, encontraron unas doncellas que salían por agua y les preguntaron: ¿Está aquí el vidente? Respondieron diciendo: Aquí está, no lo tienes muy lejos de ti; date prisa, porque ha venido hoy a la ciudad, por ser día en que el pueblo ofrecerá sacrificio en el lugar excelso. Entrando en la ciudad, luego lo hallaréis, pues no habrá subido todavía al lugar excelso a comer. Porque el pueblo no comerá hasta que él llegue, por cuanto él es quien bendice el sacrificio, y después se ponen a comer los convidados. Así, pues, subid presto, que ahora lo hallaréis. Con esto subieron a la ciudad; y andando por ella, vieron a Samuel que venía hacia ellos para subir al lugar excelso. Es de saber que un día antes de la llegada de Saúl, el Señor le había revelado a Samuel secretamente, diciéndole: Mañana a esta misma hora te enseñaré un hombre de la tierra de Benjamín, y lo ungirás por caudillo de mi pueblo de Israel, y él salvará a mi pueblo de las manos de los filisteos; porque yo he vuelto mis ojos hacia el pueblo mío, por cuanto sus clamores han llegado hasta mí. Y así fue, que luego que Samuel vio a Saúl, le dijo el Señor: Ese es el hombre de quien te hablé; ése reinará sobre mi pueblo. Se acercó, pues, Saúl a Samuel estando en medio de la puerta y le dijo: Te suplico me informes donde está la casa del vidente. Y Samuel le respondió, diciendo: Yo soy el profeta. Sube delante de mí al lugar excelso; porque hoy comerás conmigo, y mañana te despacharé, después de haberte manifestado todo lo que tienes en tu corazón. Y acerca de las burras que perdiste tres días hace, no estés con cuidado, porque ya aparecieron. Mas, ¿y de quién será todo lo mejor de Israel? ¿por ventura no será para ti y para toda la casa de tu padre? A lo que, replicando Saúl, dijo: ¿Pues no soy yo hijo de Jémini, de la tribu más pequeña de Israel? ¿Y no es mi familia la última entre todas las de la tribu de Benjamín? ¿Por qué me hablas de esa manera? Samuel, tomando consigo a Saúl y al criado, los introdujo en la sala del convite, y los colocó a la cabecera de la mesa, distinguiéndolos sobre todos los convidados, que eran como unas treinta personas. Y dijo Samuel al cocinero: Saca la porción que te di, mandándote que la guardases aparte. Sacó entonces el cocinero una espaldilla, y la puso delante de Saúl y dijo Samuel: Mira, eso quedó reservado, tómalo y come, puesto que a propósito lo he hecho reservar para ti, cuando he convidado al pueblo. Y comió Saúl con Samuel aquel día. Y habiendo bajado del lugar excelso a la ciudad. Samuel conversó con Saúl en el terrado. Allí se echó Saúl y durmió. Por la mañana, levantándose al rayar el día, Samuel llamó a Saúl que estaba en el terrado, diciendo: Ven, y te despacharé. Fue Saúl, y marcharon los dos a saber, él y Samuel. Y cuando descendían a la parte más baja de la ciudad, dijo Samuel a Saúl: Di al criado que pase y vaya delante de nosotros; mas tú párate un poco que quiero comunicarte lo que ha dicho y dispuesto sobre ti el Señor. Entonces sacó Samuel una redomita de óleo o bálsamo, y la derramó sobre la cabeza de Saúl, y lo besó, diciendo: He aquí que el Señor te ha ungido para príncipe sobre su herencia y tú librarás a su pueblo de las manos de sus enemigos que la rodean. Esta señal tendrás de que Dios te ha ungido para príncipe: Cuando hoy te hayas separado de mí encontrarás dos hombres junto al sepulcro de Raquel, en la frontera de Benjamín, hacia la parte meridional, que te dirán: Se han hallado ya las burras que fuiste a buscar; y no pensando ya tu padre en ellas, está inquieto por causa de vosotros, y dice: ¿Qué le habrá sucedido a mi hijo?; y luego que partas de allí, y pases más adelante, llegando a la encina del Tabor, encontrarás tres hombres, que irán a adorar a Dios en Betel, uno que llevará tres cabritos, otro tres hogazas de pan, y el tercero una bota de vino; y habiéndote saludado te darán dos panes, que tú recibirás de su mano. Después que llegues al collado de Dios, donde está el presidio de los filisteos, y entres en la ciudad, encontrarás una compañía o coro de profetas, que bajan del lugar excelso, precedidos de salterio, tambor, y flauta, y cítara y ellos profetizando. Y te arrebatará el espíritu del Señor, y profetizarás con ellos, y quedarás mudado en otro hombre. Cuando vieres, pues, cumplidas todas estas señales, haz osadamente cuanto te ocurra deber hacer, porque contigo está el Señor. Después descenderás antes que yo a Gálgala (donde iré yo a encontrarte), para ofrecer holocaustos y sacrificar víctimas pacíficas al Señor. Me aguardarás siete días, hasta tanto que yo llegue, y te declararé lo que debes hacer. Así que Saúl volvió las espaldas, y se separó de Samuel, le mudó Dios el corazón en otro, y le sucedieron aquel día todas estas señales. En efecto, llegados al collado arriba dicho, he aquí que se encuentra con un coro de profetas; y arrebatado del espíritu del Señor se puso a profetizar o cantar en medio de ellos. Y viendo los que le habían conocido poco antes, como estaba con los profetas y profetizando, se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto que ha sucedido al hijo de Cis? Pues, ¿también Saúl es uno de los profetas? Sobre lo cual respondieron algunos: Y ¿quién es el padre de estos otros profetas? Por donde pasó a proverbio: Pues, ¿también Saúl es uno de los profetas? Y cesó Saúl de profetizar, y se fue al lugar alto, a Gabaa, su patria. Y un tío suyo le dijo a él y a su criado: ¿A dónde habéis ido? Le respondieron: A buscar las burras; y no habiéndolas encontrado; nos dirigimos a Samuel. Le dijo su tío: Cuéntame lo que te ha dicho Samuel. Le respondió Saúl: Nos hizo saber que habían aparecido las burras. Mas no le descubrió nada de lo que Samuel le había dicho acerca del reino. Después de esto convocó Samuel al pueblo delante del Señor, en Masfa. Y dijo a los hijos de Israel: Esto dice el Señor Dios de Israel: Yo saqué a Israel de Egipto, y os libré de las manos de todos los reyes que os oprimían. Mas vosotros en el día habéis desechado a vuestro Dios, solo el cual os ha salvado de todos los males y tribulaciones, y habéis dicho: No más así, establécenos un rey que nos gobierne. Ahora, pues, presentaos delante del Señor por orden de vuestras tribus y familias. Y sorteó Samuel todas las tribus de Israel, y cayó la suerte sobre la tribu de Benjamín. Sorteó después las familias de la tribu de Benjamín, y tocó la suerte a la familia de Metri, y finalmente a Saúl, hijo de Cis. Lo buscaron luego, mas no pudieron encontrarlo. Con esto consultaron al Señor para saber si comparecería allí Saúl. A lo que respondió el Señor: A estas horas está escondido en su casa. Fueron, pues, corriendo, y lo trajeron de allí; y así que estuvo en medio del pueblo, se vio que era más alto que todos los demás todo lo que va de hombros arriba. Dijo entonces Samuel a todo el pueblo: Ya véis a quien ha elegido el Señor, y que no hay en todo el pueblo uno semejante a él. Y gritó todo el pueblo, diciendo: ¡Viva el rey! En seguida expuso Samuel al pueblo la ley de la monarquía, y la escribió en un libro, que depositó en el Tabernáculo delante del Señor; después de lo cual despidió Samuel a todo el pueblo, cada cual a su casa. También Saúl se fue a su casa, en Gabaa; siguiéndole parte del ejército, aquellos cuyos corazones había movido el Señor. Al contrario los hijos de Belial, o los desobedientes al Señor, dijeron: ¿Por ventura podrá éste salvarnos? Y le despreciaron, y no le ofrecieron los donativos acostumbrados; mas él disimuló, haciendo como que no lo entendía. Pasado casi un mes, Naas, amonita, se puso en movimiento y comenzó a batir a Jabes de Galaad. Y todos los habitantes de Jabes dijeron a Naas: Haz alianza con nosotros, y seremos siervos o tributarios tuyos. Les respondió Naas, amonita: Haré alianza con vosotros sacándoos a todos el ojo derecho, y poniéndoos por oprobio de todo Israel. Le dijeron los ancianos de Jabes: Concédenos siete días, a fin de enviar mensajeros por todos los términos de Israel, y si no hubiere quien nos defienda nos rendiremos a ti. Llegaron, pues, los mensajeros a Gabaa, patria de Saúl, y refirieron lo dicho, escuchándolo el pueblo; todo el cual a voz en grito echó a llorar. Venía a la sazón Saúl del campo en pos de sus bueyes, y preguntó: ¿Qué llanto es ése del pueblo? Y le contaron lo que habían enviado a decir los habitantes de Jabes. Al oírlo quedó arrebatado del espíritu del Señor. E irritado sobremanera, tomó los dos bueyes, y los hizo trozos; los que envió por todos los confines de Israel por medio de unos mensajeros que dijesen: Así serán tratados los bueyes de todo aquel que no saliere a campaña, y no siguiere a Saúl y a Samuel. Con esto se apoderó del pueblo el temor del Señor, y salieron todos a una, como si fueran un hombre solo. Pasó Saúl revista de ellos en Bezec, y se hallaron trescientos mil hombres de los hijos de Israel, y treinta mil de sola la tribu de Judá. Y respondieron a los mensajeros que habían venido de Jabes: Diréis a los habitantes de Jabes de Galaad: Mañana, calentando el sol, seréis socorridos. Partieron, pues, los mensajeros, y llevaron esta nueva a los habitantes de Jabes que la recibieron con gran alegría. Los cuales dijeron a los enemigos: Mañana saldremos a vosotros, y nos trataréis como os plazca. Venido, pues, el día siguiente, dividió Saúl el ejército en tres cuerpos, y al rayar el alba entró por medio de los campamentos de los amonitas, y los estuvo acuchillando hasta que el sol comenzó a calentar; desparramándose de tal suerte los que escaparon, que no quedaron dos de ellos juntos. Entonces dijo el pueblo a Samuel: ¿Quiénes son los que decían: Saúl será acaso nuestro rey? Entréganos esos hombres y los mataremos. Mas Saúl les dijo: Ninguno morirá en este día, ya que hoy el Señor ha salvado a Israel. Después dijo Samuel al pueblo: Venid y vamos a Gálgala, y confirmemos allí a Saúl en el reino. Se encaminó pues, todo el pueblo a Gálgala, y allí reconocieron nuevamente por rey a Saúl en presencia del Señor; e inmolaron al Señor víctimas pacíficas, regocijándose mucho en aquel sitio, así Saúl como todos los hijos de Israel. Entonces dijo Samuel a todo el pueblo de Israel: Ya veis que he condescendido con vosotros en todo lo que me habéis propuesto, y que os he dado un rey; y este rey se halla al frente de vosotros. Yo ya soy viejo y lleno de canas, y mis hijos con vosotros están. Entre vosotros he vivido desde mi juventud hasta hoy; aquí me tenéis presente. Declarad contra mí delante del Señor y de su ungido, si acaso yo he usurpado el buey o el asno u otra cosa de ninguna persona; si he calumniado a nadie, si le he oprimido; si he aceptado cohecho, ni regalo alguno de quienquiera que sea, que hoy os satisfaré, y lo restituiré. A lo que dijeron: No nos has calumniado ni oprimido, ni has tomado de nadie cosa chica ni grande. Les repuso Samuel: Testigo es el Señor contra vosotros, y testigo su ungido en este día de que no habéis hallado nada que decir contra mi conducta. Respondieron: Testigo. Y dijo Samuel al pueblo: Sí, testigo me es aquel Señor que crió a Moisés y Aarón, y sacó a nuestros padres de la tierra de Egipto. Ahora bien, compareced vosotros para que yo delante del Señor os haga cargo en juicio de todas las misericordias que os hizo a vosotros y a vuestros padres. Acordaos de cómo Jacob entró en Egipto, y de qué manera clamaron vuestros padres al Señor; el cual envió a Moisés y Aarón y sacó a vuestros padres de Egipto, y los estableció en este país. Mas ellos se olvidaron del Señor Dios suyo; por lo que los entregó en poder de Sísara, capitán general del ejército de Hasor y en poder de los filisteos, y en poder también del rey de Moab, que les hicieron guerra. Pero después clamaron al Señor, diciendo: Hemos pecado, pues abandonamos al Señor y hemos servido a Baal y a Astarot; ahora, pues, líbranos de las manos de nuestros enemigos, y te serviremos. Con efecto, el Señor os envió a Jerobaal, y a Badán, y a Jefté y a Samuel, y os libró del poder de vuestros enemigos que os rodeaban, y vivisteis en seguridad. Pero viendo que Naas, rey de los amonitas, marchaba contra vosotros, me dijisteis: No será como hasta aquí, sino que nos mandará un rey, siendo así que era entonces el mismo Señor Dios vuestro el que reinaba en medio de vosotros. Ahora bien, aquí tenéis a vuestro rey, ya que vosotros escogisteis y pedisteis tenerlo; ya veis cómo el Señor os ha dado un rey. Con todo si temiereis al Señor, y le sirviereis, y escuchareis su voz, y no fuereis rebeldes a sus palabras, entonces, así vosotros como el rey que os gobierna, seréis dichosos siguiendo al Señor Dios vuestro. Mas si no escuchareis la voz del Señor, y fuereis rebeldes a sus mandatos, descargará sobre vosotros la mano del Señor, como hizo sobre vuestros padres. Pero aguardad ahora un poco, y veréis este prodigio que el Señor va a hacer delante de vuestros ojos. ¿No estamos ahora en la siega de los trigos? Pues yo voy a invocar al Señor, y enviará repentinamente truenos y lluvias; a fin de que entendáis y veáis cuán grande es delante del Señor el mal que habéis hecho pidiendo un rey. Clamó, pues, Samuel al Señor, y el Señor envió truenos y lluvias en aquel mismo día; con lo que todo el pueblo temió en gran manera al Señor y a Samuel, y dijeron todos juntos a Samuel: Ruega por tus siervos al Señor Dios tuyo, para que no muramos; porque a todos los demás pecados nuestros hemos añadido aún la maldad de pedir un rey para que nos gobernase. Dijo entonces Samuel al pueblo: No temáis; vosotros es verdad habéis cometido todos esos pecados; sin embargo no os apartéis del camino del Señor, sino servidle de todo vuestro corazón, ni queráis descarriaros en pos de cosas vanas, que no os aprovecharán de nada, ni os librarán; puesto que no son más que vanidad y mentira. Porque el Señor, por amor de su nombre grande y santo, no desamparará a su pueblo; habiendo jurado tomaros por propio pueblo suyo. Por lo demás lejos de mí cometer tal pecado contra el Señor, que yo cese nunca de rogar por vosotros; yo os enseñaré siempre el recto y buen camino. Así, pues, temed al Señor y servidle de veras y de todo vuestro corazón, ya que habéis visto las maravillas que ha obrado entre vosotros. Mas si os obstinareis en la malicia pereceréis vosotros y vuestro rey. Era Saúl cuando comenzó a reinar inocente como un niño de un año, y reinó así dos años sobre Israel. Y escogió tres mil hombres de Israel; de los cuales dos mil estaban con Saúl frente a Macmas, y en el monte de Betel; y otros mil con Jonatás enfrente de Gabaa de Benjamín; y despidió todo el resto del pueblo, cada uno a su casa. Y Jonatás pasó a cuchillo la guarnición de los filisteos, puesta en Gabaa; lo que supieron luego los filisteos. Y Saúl mandó a publicarlo a son de trompeta por todo el país, diciendo: Sepan esto los hebreos. Y corrió por todo Israel la noticia de que Saúl había destrozado la guarnición de los filisteos; con lo que cobró Israel aliento contra ellos; y acudió con algazara a Saúl en Gálgala. También los filisteos se congregaron para pelear contra Israel, con treinta mil carros de guerra, seis mil caballos y gente de a pie, en tanto número como las arenas de las orillas del mar; y avanzando, acamparon en Macmas, al oriente de Betaven o Betel. Viéndose los israelitas estrechados o en apuro (estando ya desalentado todo el pueblo), se ocultaron en cuevas y subterráneos, y entre peñascos, y en las grutas y cisternas. Parte de los hebreos pasaron el Jordán, retirándose a la tierra de Gad y de Galaad. En suma, estando todavía Saúl en Gálgala, cayó todo el pueblo que le seguía en un terror grande. Estuvo Saúl esperando siete días según el plazo señalado por Samuel; mas Samuel no compareció en Gálgala; y poco a poco se le iba marchando toda la gente. Dijo, pues, Saúl: Traedme el holocausto y las hostias pacíficas. Y él mismo ofreció el holocausto. Acabado que hubo de ofrecer el holocausto, he aquí que llegaba Samuel; y Saúl le salió al encuentro para saludarle. Y le dijo Samuel: ¿Qué has hecho? Respondió Saúl: Como vi que me iba abandonando la gente, y que tú no venías en el plazo señalado, y los filisteos por una parte se habían juntado en Macmas, dije para mí: Ahora los filisteos bajarán contra mí en Gálgala, y yo aún no he aplacado al Señor. Forzado, pues, de la necesidad, he ofrecido el holocausto. Dijo Samuel a Saúl: Has obrado neciamente, no cumpliendo los mandatos que te dio el Señor Dios tuyo. Que si no hubieras hecho eso, desde ahora el Señor hubiera asegurado para siempre tu reino sobre Israel. Mas ya tu reino no durará por mucho tiempo. El Señor se ha buscado un varón, según su corazón, al cual ha llamado a ser caudillo de su pueblo, por cuanto tú no guardaste lo mandado por el Señor. Con esto se retiró Samuel, y subió de Gálgala a Gabaa de Benjamín. Lo restante de la gente avanzó siguiendo a Saúl contra unos enemigos que asaltaban en el cerro de Benjamín a los que iban de Gálgala a Gabaa. Saúl, hecha la revista de la gente que tenía, se halló con unos seiscientos hombres. Estaban, pues, Saúl y Jonatás, su hijo, y su tropa en Gabaa de Benjamín; los filisteos habían puesto su campo en Macmas. Y saliendo tres bandas de filisteos al pillaje, una tomó el camino de Efra hacia la tierra de Saúl; otro marchó por el camino que va a Bet Horón, y la tercera se dirigió hacia el camino del collado que domina el valle del Seboim, enfrente del desierto. En toda la tierra de Israel no se hallaba un herrero; porque los filisteos habían tomado esta precaución, para que los hebreos no forjasen espadas ni lanzas. De manera que todo Israel tenía que acudir a los filisteos para aguzar la reja, el azadón, el hacha y el pico. Por esto estaban embotados los filos de las rejas, y azadones, y horquilla, y hachas; y hasta para componer una aguijada había que recurrir a ellos. Y así fue que venido el día de la batalla, no se halló entre toda la gente que tenían consigo Saúl y Jonatás quien tuviese en su mano espada o lanza, a excepción de Saúl y de su hijo Jonatás. Y salió un cuerpo de los filisteos, y avanzó hasta más allá de Macmas. Sucedió un día que Jonatás, hijo de Saúl, dijo al joven escudero: Ven, y lleguemos hasta donde están apostados los filisteos, que es más allá de aquel lugar. Pero no dio parte de esto a su padre. Y estaba Saúl acampado en la extremidad del territorio de Gabaa, debajo de un granado que había en Magrón. Y tenía consigo un tercio de gente como de unos seiscientos hombres. Aquías, hijo de Aquitob, hermano de Icabod, hijo de Finees, y nieto de Helí, sumo sacerdote del Señor en Silo, estaba revestido del efod. Asimismo el pueblo no sabía a dónde había ido Jonatás. Entre los repechos por donde intentaba Jonatás atravesar hasta el apostadero de los filisteos, descollaban por ambos lados altos peñascos y dos picos cortados por uno y otro lado a manera de dientes, de los cuales uno se llamaba Bosés y el otro Sene. El uno se levantaba enfrente a Macmas por la parte del norte, y el otro al mediodía hacia Gabaa. Dijo, pues, Jonatás al joven escudero: Ven, y pasemos al apostadero de estos incircuncisos; quizá el Señor combatirá por nosotros, y venceremos; porque le es igualmente fácil a Dios el dar la victoria con mucha que con poca gente. Le respondió su escudero: Haz cuanto te pareciere; ve adonde gustares, que yo te seguiré a todas partes. Añadió Jonatás: Mira, nosotros nos vamos acercando a esos hombres; si luego que nos hayan descubierto nos dijeren: Esperad allí hasta que vayamos a vosotros, quedémonos quietos, y no avancemos hacia ellos. Pero si dijeren: Llegaos acá, avancemos, porque los ha puesto el Señor en nuestras manos. Esto nos servirá de señal. Luego, pues, que los dos fueron descubiertos por la guardia de los filisteos, dijeron éstos: He allí los hebreos que van saliendo de las cavernas, donde se habían escondido. Y algunos soldados de la guardia avanzada, se dirigieron a Jonatás y a su escudero, les dijeron: Acercaos a nosotros, que tenemos que deciros una cosa. Con esto dijo Jonatás a su escudero: Subamos, sígueme, porque el Señor los ha entregado en manos de Israel. Subió, pues, Jonatás, trepando con manos y pies, y en pos de él su escudero; y arremetiendo a los enemigos, unos caían a los pies de Jonatás, y a otros mataba su escudero que le iba siguiendo. Y éste fue el primer destrozo en que Jonatás y su escudero mataron como unos veinte hombres, en el espacio de tierra que suele arar un yunta de bueyes en medio día. Se esparció luego un terror por todos los campamentos de los filisteos y demás tropa que estaba en la campaña; pues aún toda la tropa de aquellas bandas, que habían salido al pillaje, se llenó de pavor, y se conmovió el país; y el suceso fue como un milagro de Dios. Entretanto las avanzadas de Saúl, apostadas en Gabaa de Benjamín, repararon y vieron una multitud de gente tendida en el suelo, y otros que huían y escapaban por todos lados. Dijo estonces Saúl a los que con él estaban: Inquirid y averiguad quién se ha salido de nuestro campamento. Habiéndolo averiguado, hallaron que faltaban Jonatás y su escudero. Dijo Saúl a Aquías: Acércate al arca de Dios. (Porque aquel día el arca de Dios se hallaba allí con los hijos de Israel). Mientras Saúl estaba hablando con el sacerdote, se oyó un ruido confuso como de un gran alboroto, que viniendo de los campamentos de los filisteos, iba creciendo poco a poco y se percibía cada vez más. Entonces dijo Saúl al sacerdote: Baja tus manos, deja de consultar. Al punto Saúl y toda su gente alzaron el grito, y fueron hasta el lugar del alboroto, y hallaron que los filisteos habían tirado de las espadas unos contra otros; siendo grandísima la mortandad. Además, los hebreos que en los días anteriores se habían pasado a los filisteos, y estaban con éstos en el campamento, se volvieron a incorporar con los israelitas que estaban con Saúl y Jonatás. Asimismo todos los israelitas escondidos en la montaña de Efraín, habiendo sabido que los filisteos huían, se juntaron con los suyos para pelear; por los que se hallaba ya Saúl con cerca de unos diez mil hombres. Aquel día salvó el Señor a Israel; y el combate prosiguió hasta Betaven. Se reunieron entonces los israelitas; y Saúl juramentó al pueblo, diciendo: Maldito sea el hombre que probare bocado antes de la noche, hasta que yo me haya vengado de mis enemigos. Y toda la gente se abstuvo de comer. Llegó, pues, toda aquella turba de gentes a un bosque, donde se hallaba miel en la superficie del campo. Entrado que hubo el pueblo en el bosque, vio destilar la miel; mas nadie osó tomarla y acercársela a la boca; porque temían todos violar el juramento del rey. Pero Jonatás, que no había oído la protesta que su padre había hecho al pueblo con juramento, alargó la punta del bastón que tenía en la mano, y la mojó en un panal de miel, y la aplicó a su boca; con lo que recobró el vigor de sus ojos. Entonces le advirtió uno del pueblo, diciéndole: Tu padre ha obligado al pueblo con juramento, diciendo: Maldito sea el hombre que probare hoy bocado. (Estaban ya todos desfallecidos). A lo que respondió Jonatás: Mi padre lo ha echado a perder todo con ese juramento. Vosotros mismos habéis visto cómo mis ojos han recobrado un nuevo vigor por haber gustado un poquito de esa miel. ¿Pues cuánto más se habría repuesto la gente, si hubiese comido de lo que encontró en el despojo de sus enemigos? ¿Por ventura no se hubiera hecho mayor estrago en los filisteos? Sin embargo, fueron acuchillando a los filisteos en este día desde Macmas hasta Ayalón. Mas el pueblo quedó sumamente fatigado; y entregándose al saqueo, cogió carneros, y bueyes, y becerros, y los degollaron en tierra, y comió el pueblo la carne con sangre. De lo que avisaron a Saúl, diciéndole que el pueblo había pecado contra el Señor, comiendo carne con sangre. Y Saúl dijo: Habéis prevaricado, traed presto rodando aquí una gran piedra. Y añadió Saúl: Esparcíos entre la gente, y decidles que traiga acá cada uno su buey, su carnero y demás animales; degolladlos sobre esa piedra, y después comed; así no pecaréis contra el Señor, comiendo la carne con sangre. Trajo luego todo el pueblo cada uno por su mano hasta que fue de noche, la res que había de matar. Saúl edificó en aquel sitio un altar al Señor, siendo éste el primero que erigió. Dijo después Saúl: Echémonos esta noche sobre los filisteos, y acabemos con ellos antes que amanezca, sin dejar hombre con vida. Respondió el pueblo: Haz todo lo que bien te parezca. Mas el sacerdote dijo: Acerquémonos antes aquí a consultar a Dios. Y consultó Saúl al Señor, diciendo: ¿Perseguiré a los filisteos? ¿Los entregarás en las manos de Israel? Y no le dio el Señor respuesta aquel día. Por lo que dijo Saúl: Haced venir aquí todos los principales del pueblo, y averiguad y ved por culpa de quién sucede hoy esto. Vive el Señor, que es el Salvador de Israel, que si la causa de esto es mi hijo Jonatás, morirá sin remisión. A lo cual ninguno del pueblo lo contradijo. Y dijo a todo Israel: Separaos vosotros a un lado, y yo con mi hijo Jonatás estaremos al otro. Y contestó el pueblo a Saúl: Haz lo que bien te pareciere. Dijo entonces Saúl al Señor Dios de Israel: Oh Señor Dios de Israel, danos a entender, ¿por qué causa no has hoy respondido a tu siervo? Si la culpa está en mí o en Jonatás, mi hijo, decláralo; pero si tu pueblo es el culpado, manifiesta tu santidad. Y cayó la suerte sobre Jonatás y Saúl, quedando libre el pueblo. Dijo entonces Saúl: Echad suertes entre mí y Jonatás, mi hijo. Y salió Jonatás. Dijo, pues, Saúl a Jonatás: Declárame qué es lo que has hecho. Jonatás lo confesó todo, diciendo: Gusté ansiosamente con la punta del bastón que traía en la mano, un poquito de miel, y he aquí que voy a morir por eso. Aquí me tienes, yo moriré. Le dijo Saúl: Tráteme Dios con todo el rigor de su justicia, si tú, oh Jonatás, no mueres sin remedio. El pueblo dijo a Saúl: ¿Conque morirá Jonatás, que acaba de salvar de un modo maravilloso a Israel? Ni hablarse debe de tal cosa. Vive el Señor que no caerá en tierra ni un solo cabello de su cabeza; porque él ha obrado este día con beneplácito y asistencia de Dios. En efecto, el pueblo libertó a Jonatás de la muerte. Y se retiró Saúl, dejando de perseguir a los filisteos, los cuales se volvieron a sus tierras. Saúl luego que vio afirmado su trono en Israel, peleaba contra todos los enemigos de la comarca, contra Moab, y contra los hijos de Amón, y de Edom, y los reyes de Soba, y los filisteos; y adondequiera que llevaba sus armas, volvía vencedor. En fin, reunido su ejército, deshizo a los amalecitas; y libertó a Israel de las manos de los que le asolaban. Los hijos de Saúl fueron Jonatás, y Jesuí, y Melquisua; y de dos hijas que tuvo, la primogénita se llamaba Merob y la menor Micol. La mujer de Saúl se llamaba Aquínoam, hija de Aquímaas. El capitán general de sus ejércitos se llamaba Abner, hijo de Ner, primo hermano de Saúl, porque Cis, padre de Saúl, y Ner, padre de Abner, eran hijos de Abiel. Por lo demás, en todo el tiempo de Saúl hubo guerra muy viva contra los filisteos. Por esta razón, luego que Saúl tenía noticia de algún varón esforzado y hábil para la guerra, lo tomaba consigo. Después de esto dijo Samuel a Saúl: El Señor me envió a ungirte rey sobre su pueblo de Israel. Escucha, pues, ahora, lo que te manda el Señor. Esto dice el Señor de los ejércitos: Tengo bien presente todo cuanto Amalec hizo contra Israel; y cómo se le opuso en el camino cuando salía de Egipto. Ve, pues, ahora y destroza a Amalec, y arrasa cuanto tiene; no le perdones, ni codicies nada de sus bienes, sino mátalo todo, hombres y mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos. Conforme a esto Saúl convocó al pueblo, y pasándole revista, como cuenta el pastor sus corderos, se halló con doscientos mil hombres de a pie de todas las tribus de Israel, y diez mil de la de Judá. Llegado Saúl con ellos cerca de la ciudad de Amalec, puso emboscadas en el torrente. Y dijo a los cineos: Marchad, retiraos, y separaos de los amalecitas, no sea que os destruya con ellos; por cuanto vosotros ejercisteis la misericordia con los hijos de Israel, cuando venían de Egipto. Se retiraron, pues, los cineos de entre los amalecitas. Y Saúl fue destrozando a los amalecitas desde Hevila hasta el sur en la frontera de Egipto. Tomó vivo a Agag, rey de Amalec; y pasó a cuchillo a todo el pueblo. Pero Saúl y el ejército perdonaron a Agag, y reservaron los mejores rebaños de ovejas y de vacas, y los carneros, y las mejores ropas, y en general todo lo bueno, y no lo quisieron destruir. Todo lo vil y despreciable, eso fue lo que destruyeron. Entonces habló el Señor a Samuel, y le dijo: Pésame de haber hecho rey a Saúl, porque me ha abandonado y no ha ejecutado mis órdenes. De lo que contristado Samuel, estuvo toda la noche clamando al Señor. Y habiéndose levantado antes del día para marchar por la mañana en busca de Saúl, tuvo aviso de que éste había ido al Carmelo, y erigido allí un arco triunfal, y que de vuelta había bajado a Gálgala. Llegó en fin Samuel a Saúl, cuando estaba éste ofreciendo al Señor un holocausto de las primicias del botín que había traído de los amalecitas. Así que llegó, le dijo Saúl: Bendito seas tú del Señor; yo he cumplido con su orden. Le replicó Samuel: Pues ¿qué balido es éste de rebaños, que resuena en mis oídos, y el mugido de bueyes que oigo? Respondió Saúl: Los han traído del país de Amalec; pues el pueblo ha conservado las mejores ovejas y vacas para inmolarlas al Señor Dios tuyo; mas el resto lo matamos. Samuel entonces dijo a Saúl: Permíteme hablar, y te declararé lo que me ha dicho el Señor en la noche. Habla, respondió Saúl. Dijo, pues, Samuel: ¿No es verdad que siendo tú tan pequeño a tus ojos, fuiste hecho cabeza de las tribus de Israel, y que ungió el Señor para rey sobre Israel? El Señor te envió a esta empresa, diciendo: Anda, y pasa a cuchillo a los perversos amalecitas, y pelea con ellos hasta su total exterminio. Pues ¿por qué no has obedecido la voz del Señor, y te has enamorado del botín, pecando a los ojos del Señor? Respondió Saúl a Samuel: Antes bien he obedecido la voz del Señor, siguiendo el camino que me ordenó; y he traído a Agag, rey de Amalec, y pasado a cuchillo a los amalecitas. Verdad es que el pueblo ha separado del despojo ovejas y vacas, como primicia de lo que se debía destruir para inmolarlas al Señor su Dios en Gálgala. Dijo entonces Samuel: ¿Por ventura el Señor no estima más que los holocaustos y las víctimas, el que se le obedezca a su voz? La obediencia vale más que los sacrificios, y el ser dócil importa más que el ofrecer la grasa de los carneros. Porque el desobedecer al Señor, es como un pecado de magia, y como crimen de idolatría el no querer sujetársele. Por tanto, ya que tú has desechado la palabra del Señor, el Señor te ha desechado a ti, y no quiere ya que seas rey. Dijo Saúl a Samuel: He pecado por haber quebrantado el mandato del Señor, y despreciado tus dictámenes, temiendo al pueblo, y condescendiendo con él. Mas ahora te ruego que sobrelleves mi pecado, y me obtengas el perdón, y vuélvete conmigo a fin de que contigo adore yo al Señor. Le respondió Samuel: No volveré contigo; porque has desechado la palabra del Señor, y el Señor te ha desechado a ti, para que no seas rey de Israel. Y volviendo Samuel la espalda para marcharse, le asió Saúl de la extremidad de la capa, la cual se rasgó. Le dijo entonces Samuel: Así el Señor ha rasgado hoy y arrancado de ti el reino de Israel, y se lo ha dado a otro mejor que tú. Y aquel Señor a quien se debe el triunfo de Israel, no te perdonará; ni se arrepentirá de esto; porque no es él un hombre para que tenga que arrepentirse. A lo que dijo Saúl: Yo he pecado; mas te ruego que me honres ahora delante de los ancianos de mi pueblo, y en presencia de Israel, y te vuelvas conmigo, a fin de que a tu lado adore al Señor Dios tuyo. Se volvió, pues, Samuel, y siguió a Saúl, y adoró Saúl al Señor. Dijo entonces Samuel: Traedme aquí a Agag, rey de Amalec. Y le fue presentado Agag, que estaba gordísimo y temblando. Y dijo Agag: ¿Conque así me separará de todo la amarga muerte? Y Samuel respondió: Así como tu espada ha dejado sin hijos a tantas madres, así tu madre será otra de las mujeres que quedarán sin hijos. Y le hizo pedazos delante del Señor, en Gálgala. Y se retiró Samuel a Rámata, y Saúl a su casa en Gabaa; y no volvió jamás Samuel a visitar a Saúl en toda su vida. Sin embargo, lloraba por Saúl, porque el Señor se había arrepentido de haberle constituido rey de Israel. Entonces dijo el Señor a Samuel: ¿Hasta cuándo has tú de llorar a Saúl, habiéndole yo desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno o botijo de óleo, y ven; que quiero enviarte a Isaí, natural de Betlehem; porque de entre sus hijos me he provisto de un rey. A lo que respondió Samuel: ¿Cómo tengo que ir? Lo sabrá luego Saúl, y me quitará la vida. Dijo el Señor: Tomarás contigo un becerro de la vacada, y dirás que has ido allí a ofrecer sacrificios al Señor. Y convidarás a Isaí a comer de la víctima, y yo te revelaré lo que debes hacer, y ungirás al que yo te señale. Lo hizo, pues, Samuel como el Señor le había mandado. Fue a Betlehem, y lo extrañaron los ancianos de la ciudad; y saliéndole a recibir, le dijeron: ¿Es de paz tu venida? De paz, respondió Samuel. Vengo a ofrecer sacrificio al Señor; purificaos, y venid conmigo al sacrificio. Purificó, pues, a Isaí y a sus hijos, y los convidó al sacrificio. Así que hubieron entrado después en la sala del convite, viendo Samuel a Eliab, dijo en su interior: ¿Si será éste el que el Señor ha escogido para ungido suyo? Respondió el Señor a Samuel: No mires a su buena presencia, ni a su grande estatura; porque no es ése el que he escogido; y yo no juzgo por lo que aparece a la vista del hombre; pues el hombre no ve más que lo exterior; mas el Señor ve en el fondo del corazón. Llamó después Isaí a Abinadab, y lo presentó a Samuel, el cual dijo: No es éste el escogido del Señor. Le trajo también a Samma, del cual dijo Samuel: Tampoco es éste el escogido del Señor. Así le fue presentando Isaí sus siete hijos; y le dijo Samuel: A ninguno de éstos ha elegido el Señor. Y añadió Samuel a Isaí: ¿No tienes ya más hijos? A lo que contestó: Aún tengo otro pequeño, que está apacentando ovejas. Dijo Samuel a Isaí: Envía por él, y tráelo aquí, que no nos pondremos a la mesa, hasta que él venga. Envió por él Isaí, y se lo presentó. Era David un joven rubio de gallarda presencia y hermoso rostro. Dijo entonces el Señor: Ea, úngele, porque ése es. Tomó, pues, Samuel el cuerno del óleo que había traído, y lo ungio en presencia de sus hermanos, y desde aquel día en adelante el espíritu del Señor quedó infundido en David; y Samuel se volvió a Rámata. Al contrario, el espíritu del Señor se retiró de Saúl; y atormentábale un espíritu maligno por permisión del Señor. Por lo que dijeron a Saúl sus cortesanos: Ya ves cómo te atormenta un espíritu malísimo. Si tú, Señor nuestro, lo mandas, tus siervos que tienes aquí delante, buscarán un hombre hábil en tocar el arpa, para que cuando el Señor permita que te agite el mal espíritu, la toque y sientas algún alivio. Respondió Saúl a sus criados: Enhorabuena, buscadme alguno que sea hábil en tañer y cantar, y traédmele. A lo que contestando uno de los criados, dijo: Hace poco vi a un hijo de Isaí, natural de Betlehem, muy diestro en tañer el arpa, mozo muy valiente y hábil para la guerra, prudente en el hablar, y de gallarda presencia, y muy favorecido del Señor. Con esto Saúl hizo decir a Isaí: Envíame a tu hijo David, que está con tus ganados. En vista de lo cual tomó Isaí un asno, que cargó de panes, de un cántaro de vino, y de un cabrito recental, y se lo envió a Saúl por mano de su hijo David. Y fue David y se presentó a Saúl; el cual le cobró mucho cariño, y lo hizo su escudero. Y envió Saúl a decir a Isaí: Quédese David cerca de mí; porque ha hallado gracia en mis ojos. Con esto siempre que asaltaba el mal espíritu a Saúl, cogía David el arpa y la tañía; con lo que Saúl se recreaba y sentía mucho alivio, pues se retiraba de él el espíritu malo. Sucedió después de algún tiempo que los filisteos juntando sus escuadrones para pelear, se reunieron en Socó de Judá, y acamparon entre Socó y Azeca, en los confines de Dommin. También se reunieron Saúl y los hijos de Israel, y viniendo al valle del Terebinto, ordenaron allí sus escuadrones para pelear contra los filisteos. Estaban éstos acampados a un lado del monte, y los israelitas en el lado opuesto, mediando el valle entre ellos. Y salió de los campamentos de los filisteos un hombre bastardo, llamado Goliat, natural de Get, cuya estatura era de seis codos y un palmo. Traía en su cabeza un morrión de bronce, e iba vestido de una coraza escamada, del mismo metal, que pesaba cinco mil siclos. Botas de bronce cubrían sus piernas, y defendía sus hombros un escudo de dicho metal. El astil de su lanza era grueso como el rodillo de un telar, y el hierro o punta de la misma pesaba seiscientos siclos; e iba delante de él su escudero. Este hombre vino a presentarse delante de los escuadrones de Israel, dando voces y diciéndoles: ¿Por qué habéis venido para dar batalla? ¿No soy yo un filisteo, y vosotros siervos de Saúl? Escoged entre vosotros alguno que salga a combatir cuerpo a cuerpo. Si tuviere valor para pelear conmigo y me matare, seremos esclavos vuestros; mas si yo prevaleciere y le matare a él, vosotros seréis los esclavos, y nos serviréis. Y decía después jactándose: Yo he desafiado hoy a los batallones de Israel, diciéndoles: Dadme acá un campeón, y mida sus fuerzas conmigo cuerpo a cuerpo. Saúl y todos los israelitas, oyendo tal desafío del filisteo, quedaron asombrados y llenos de miedo. David, según queda dicho, era hijo de un varón efrateo, de la ciudad de Betlehem en Judá, llamado Isaí, el cual tenía ocho hijos, y era hombre anciano, y de los más avanzados en edad en el tiempo de Saúl. Sus tres hijos mayores siguieron a Saúl en la guerra; de los cuales el primogénito se llamaba Eliab, el segundo Abinadab, y el tercero Samma. David era el menor de todos. Habiendo, pues, los tres mayores seguido a Saúl, David se había ido de la corte de Saúl, y vuelto a apacentar la grey de su padre en Betlehem. Entretanto se presentaba el filisteo mañana y tarde, y continuó haciéndolo por espacio de cuarenta días. En este intermedio dijo Isaí a su hijo David: Toma para tus hermanos un efi de harina de cebada y estos diez panes, y corre al campamento a llevárselos. Y estos diez quesos los llevarás al tribuno o coronel; y verás si tus hermanos están buenos, informándote en qué compañía están. Mas ellos como los demás hijos de Israel estaban con Saúl, para pelear contra los filisteos, en el valle del Teberinto. Madrugó, pues, David, y encargando a uno el cuidado del ganado, se puso con su carga en camino, como se lo había mandado Isaí. Y llegó al lugar de Magala, junto al ejército, al tiempo que éste, habiendo salido a dar la batalla, levantaba el grito en señal de combate. Porque ya Israel había formado en batalla sus escuadrones, e igualmente los filisteos estaban dispuestos para la acción. A vista de esto David, dejando cuanto había traído al cuidado de quien se los guardase entre los bagajes, fue corriendo al lugar de la batalla, y se informaba de la salud y bienestar de sus hermanos. Aún no había acabado de hablar, cuando compareció aquel hombre llamado Goliat, filisteo, natural de Get, que salía del campamento de los filisteos, repitiendo los mismos insultos que siempre, los cuales oyó David. Todos los israelitas, así que vieron aquel hombre, huyeron de su presencia temblando de miedo. Y decía uno de los soldados de Israel: ¿No habéis visto ese hombre que se presenta al combate? Pues a insultar a Israel viene. Al que le matare le dará el rey grandes riquezas y a su hija por esposa, y eximirá de tributos en Israel la casa de su padre. Preguntó David a los que tenía cerca de sí: ¿Qué es lo que darán al que matare a ese filisteo, y quitare el oprobio de Israel? Porque a la verdad, ¿quién es ese filisteo incircunciso para que insulte así impunemente a los escuadrones del Dios vivo? Le refería la gente las mismas palabras, diciendo: Esto se dará al que lo matare. Y habiéndolo oído hablar así con la gente Eliab, su hermano mayor se indignó contra él, y le dijo: ¿Por qué has venido aquí, dejando abandonadas en el desierto aquellas poquitas ovejas que tenemos? Bien conocida tengo yo tu altanería y la malicia de tu corazón. A ver la batalla es a lo que has venido. Respondió David: ¿Qué mal he hecho yo? ¿He hecho más que hablar? Se desvió luego de él, y se fue a otro paraje, y entabló la misma conversación, repitiéndole la gente la misma respuesta de antes. Oídas de varios las palabras que habló David, fueron referidas delante de Saúl; a cuya presencia conducido, le habló David de esta manera: Nadie desmaye a causa de los insultos de ese filisteo; yo siervo tuyo, iré y pelearé contra él. Mas Saúl dijo a David: No tienes tú fuerza para resistir a ese filisteo, ni para pelear contra él; pues tú eres muchacho todavía, y él es un varón aguerrido desde su mocedad. Replicó David a Saúl: Apacentaba tu siervo el rebaño de su padre, y venía un león o un oso, y apresaba un carnero de en medio de la manada; y corría yo tras ellos y los mataba, y les quitaba la presa de entre los dientes, y al volverse ellos contra mí, los agarraba yo de las quijadas, y los ahogaba y mataba. Así es como yo, siervo tuyo, maté tanto al león como al oso; y lo propio haré con ese filisteo incircunciso. Iré, pues, contra él ahora mismo, y quitaré el oprobio de nuestro pueblo; porque, ¿quién es ese filisteo incircunciso, que ha tenido la osadía de maldecir al ejército del Dios vi-vo? Y añadió David: El Señor que me libró de las garras del león y del oso, él mismo me librará también de las manos de ese filisteo. Dijo Saúl a David: Anda, pues, y el Señor sea contigo. Y le vistió Saúl con sus ropas o con armadura de su palacio, y le puso en la cabeza un casco de acero, y lo armó de coraza. Ciñéndose luego David la espada de Saúl sobre su vestido de guerra, comenzó a probar si podía andar así armado; porque no estaba hecho a ello. Y dijo a Saúl: Yo no puedo caminar con esta armadura, pues no estoy acostumbrado a ella. Por lo tanto se desarmó; y cogiendo el cayado que llevaba siempre en la mano, escogió del torrente cinco guijarros bien lisos; se los metió en el zurrón de pastor que traía consigo, tomó la honda en su mano, y se fue en busca del filisteo. Venía éste caminando con paso grave y acercándose hacia David, llevando delante su escudero. Mas así que el filisteo vio a David, le menospreció, por ser éste un joven rubio y de linda presencia, y le dijo: ¿Soy yo acaso algún perro para que vengas contra mí con un palo? Por lo que maldijo el filisteo a David, jurando por sus dioses. Y añadió: Ven acá y echaré tus carnes a las aves del cielo y las bestias de la tierra. Mas David respondió al filisteo: Tú vienes contra mí con espada, lanza y escudo; pero yo salgo contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos, del Dios de las legiones de Israel, a las cuales tú has insultado este día. Y el Señor te entregará en mis manos, y yo te mataré y cortaré tu cabeza; y daré hoy los cadáveres del campo de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, para que sepa todo el mundo que hay Dios en Israel; y conozca todo este concurso de gente, que el Señor salva sin espada ni lanza; porque él es el árbitro de la guerra, y él os entregará en nuestras manos. Como se moviese, pues, el filisteo, y viniese acercándose a David, se apresuró éste y corrió al combate contra el filisteo; y metiendo su mano en el zurrón, sacó una piedra que disparó con la honda, e hirió al filisteo en la frente, en la cual le quedó clavada; y cayó el filisteo en tierra sobre su rostro. Así venció David al filisteo con una honda y una piedra, y herido que lo hubo, lo mató. Y no teniendo David a mano, ninguna espada, fue corriendo y se echó encima del filisteo, le quitó la espada, la desenvainó, y acabándole de matar, le cortó la cabeza. Viendo, pues, los filisteos muerto al más valiente de los suyos, echaron a huir. Pero los hijos de Israel y de Judá los acometieron con gran gritería, y fueron acuchillándolos hasta llegar al valle y hasta las puertas de Accarón; y cayeron heridos muchos filisteos por el camino de Saraím y hasta Get y Accarón. Vueltos los hijos de Israel de perseguir a los filisteos, saquearon su campamento. Y tomando David la cabeza del filisteo, la llevó a Jerusalén ; pero sus armas las colocó en su casa. Es de advertir que al ver Saúl que David se dirigía contra el filisteo, preguntó a Abner, general de las tropas: Abner, ¿de qué familia es ese joven? Y Abner respondió: Juro por tu vida, oh rey, que no lo sé. Le dijo el rey: Infórmate de quien es hijo. Y cuando David volvió, después de haber muerto al filisteo, le tomó Abner y le presentó a Saúl, llevando David la cabeza del filisteo en la mano. Y le dijo Saúl: Oh joven, ¿de qué familia eres? Y respondió David: Soy el hijo de vuestro siervo Isaí, natural de Betlehem. Al punto que David acabó de hablar con Saúl, el alma de Jonatás se unió estrechamente con el alma de David; y le amó Jonatás como a su propia vida. Desde aquel día quiso Saúl tenerlo siempre consigo y no le permitió volverse a casa de su padre. Y contrajeron entonces David y Jonatás una gran amistad; pues amaba éste a David como a sí mismo. De aquí que se quitó Jonatás la túnica que vestía, y se la dio a David con otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y aun el cinturón. Salía David a todas las expediciones a que le enviaba Saúl, y se conducía con mucha prudencia. Le dio después Saúl mando sobre alguna gente de guerra, y se ganó la afición de todo el pueblo, y particularmente de los criados de Saúl. Asimismo cuando volvió David, después de haber muerto al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel a recibir al rey Saúl, cantando y danzando, y mostrando su regocijo con panderos y sonajas. Las mujeres en sus danzas cantaban y repetían este estribillo: Saúl ha muerto a mil; y David ha muerto a diez mil. Semejante expresión irritó a Saúl en gran manera, y le dejó sumamente disgustado; y dijo: A David le han dado diez mil, y a mí me han dado mil, ¿qué le falta ya sino ser rey? Por este motivo, desde entonces en adelante ya no miraba con buenos ojos a David. Otro día sucedió que el espíritu malo, permitiéndolo Dios, volvió a apoderarse de Saúl, que andaba por su palacio hablando como un frenético. David tañía el arpa delante de él, como los demás días. Y teniendo Saúl a mano una lanza, la arrojó contra David, pensando poderle clavar en la pared; mas David huyó el cuerpo por dos veces, y evitó el golpe. Comenzó, pues, Saúl a temer a David, viendo que el Señor estaba con éste, y que a él le había dejado. Por lo cual le alejó de él y le hizo tribuno de mil hombres; con los cuales hacía David sus expediciones a vista del pueblo. Se manejaba David en todo con mucha cordura, y el Señor le asistía. Pues como observase Saúl su extremada prudencia, comenzó a recelar de él. Al contrario todo Israel y Judá amaban a David, como a quien iba al frente de ellos en las expediciones que se hacían. Por lo que dijo Saúl a David: He aquí a Merob, mi hija mayor, voy a dártela por esposa. Tú sobre todo sé valiente, y pelea al servicio del Señor. Al mismo tiempo decía Saúl para consigo: No sea yo el que lo mate; sino sean los filisteos los que lo hagan. David respondió a Saúl: ¿Quién soy yo, o cuál ha sido mi vida, ni de qué consideración goza en Israel la familia de mi padre para llegar a ser yo yerno del rey? Mas sucedió después, que llegado el tiempo en que Merob, hija de Saúl, debía desposarse con David, fue dada por mujer a Hadriel molatita. Pero Micol, la otra hija de Saúl, se había enamorado de David; de lo que se alegró Saúl luego que se lo dijeron. Porque dijo Saúl interiormente: Se la daré, para que sea ella la causa de su ruina, y muera a manos de los filisteos. Y así dijo Saúl a David: Por dos títulos o servicios vas a ser luego mi yerno. Y dio esta orden a sus cortesanos: Hablad a David, como que sale de vosotros, diciéndole: Ya ves que estás en gracia del rey, y que todos sus criados te aman; procura, pues, ahora llegar a ser yerno del rey. Hicieron los cortesanos que llegase esto a oídos de David; el cual respondió: ¿Por ventura os parece fácil el ser yerno del rey, mayormente siendo yo pobre y de humilde condición? Le dieron parte a Saúl sus cortesanos y le contaron lo que David había respondido. Dijo entonces Saúl: Hablad así a David: El rey no necesita de dote para su hija; únicamente exige de ti la cabeza de cien incircuncisos filisteos, para vengarse así de sus enemigos. Pero el designio de Saúl era hacer caer a David en manos de los filisteos. Luego, pues, que los criados de Saúl refirieron a David lo que les había dicho Saúl, aceptó gustoso David el partido que le proponían para llegar a ser yerno del rey; y de allí a pocos días marchó con la gente que comandaba, y mató a doscientos filisteos; entregando al rey este número de incircuncisos, a fin de llegar a ser yerno suyo. Con esto le dio Saúl a su hija Micol por esposa, y conoció claramente que el Señor estaba con David. Y Micol, hija de Saúl, amaba mucho a David. Comenzó, pues, Saúl a recelar más y más de David, de manera que su aversión hacia él fue en aumento. En esta sazón salieron a campaña caudillos de los filisteos, y desde el punto que se dejaron ver, se manejaba David con más arte y prudencia que todos los demás oficiales de Saúl; por donde se hizo más y más célebre su nombre. Saúl habló a Jonatás su hijo, y a todos sus criados o cortesanos, a fin de que matasen a David. Mas Jonatás, hijo de Saúl, amaba cordialmente a David; y así le avisó, diciendo: Saúl, mi padre, busca cómo matarte; te ruego, pues, que mires por ti y te vayas mañana a un lugar oculto, en el cual te estés escondido, en el campo, donde quieras; mientras yo procuraré estar con mi padre, y le hablaré de ti, y te haré saber cuanto hubiere observado. Habló, pues, Jonatás a Saúl, su padre, a favor de David, y le dijo: No hagas daño, oh rey, a David, siervo tuyo; puesto que nada malo ha obrado contra ti, antes bien te ha hecho servicios importantísimos. El puso su vida en el mayor riesgo, y mató al filisteo; con el cual dio el Señor una gran victoria a todo Israel. Tú lo viste y te llenaste de gozo. Pues, ¿por qué quieres ahora pecar, derramando sangre inocente, matando a David que no es culpable de nada? Oyendo esto Saúl, y aplacado con las razones de Jonatás, hizo este juramento: Vive el Señor que no se le quitará la vida. Llamó luego Jonatás a David; y le contó todas estas cosas, y lo presentó nuevamente a Saúl, y se quedó David en la corte de Saúl, como antes. Se suscitó de nuevo la guerra; y saliendo David a campaña peleó contra los filisteos, y destrozando gran número de ellos, ahuyentó los demás. Mas el espíritu malo, permitiéndolo el Señor, asaltó otra vez a Saúl. Estaba éste sentado en su palacio, y tenía una lanza en la mano; y mientras David tañía el arpa delante de él, tiró Saúl a traspasarle con la lanza y clavarle en la pared. Mas David declinó el golpe; y la lanza, sin haberle herido, fue a dar en la pared; y escapó David al instante, y se libertó aquella noche. Saúl envió en seguida a sus guardias a la casa de David para que lo asegurasen y lo matasen al otro día por la mañana. Pero se lo avisó a David su esposa Micol, diciendo: Si esta noche no te pones a salvo, mañana morirás. Y lo descolgó Micol por una ventana; y de esta suerte escapó David, y huyendo se puso a salvo. En seguida tomó Micol una estatua o bulto, y la puso sobre la cama de David, y le envolvió la cabeza con una piel peluda de cabra, y cubrió la estatua con la ropa de la cama. Envió, pues, Saúl guardias a prender a David; y se le respondió que estaba enfermo. Despachó segunda vez otras gentes con orden de ver a David, diciéndoles: Traédmelo acá en su cama, para que sea muerto. Llegados que fueron allí los enviados de Saúl, hallaron que en la cama sólo había una estatua o bulto, que tenía envuelta la cabeza con una piel de cabra. Por lo que dijo Saúl a Micol: ¿Cómo me has burlado de esta manera, y dejado escapar a mi enemigo? Y respondió Micol a Saúl: Porque él me dijo: Déjame ir, si no te mataré. Así huyó David, y puso a salvo su vida, y fue a encontrar a Samuel en Rámata, y le contó todo cuanto Saúl había hecho con él; y después se fueron ambos a Nayot, donde moraron algún tiempo. Se dio aviso a Saúl, diciéndole: Mira que David está en Nayot de Rámata. Envió, pues, Saúl soldados para prender a David; los cuales habiendo visto un coro de profetas que profetizaban o cantaban alabanzas a Dios, y a Samuel que presidía entre ellos, fueron también arrebatados del espíritu del Señor, y comenzaron a alabar a Dios, como los otros. Habiéndose referido esto a Saúl, envió otros soldados; los cuales asimismo se pusieron a alabar a Dios. Despachó otros por tercera vez, que igualmente se pusieron a cantar las alabanzas de Dios. Entonces Saúl, lleno de cólera, marchó él mismo a Rámata, y habiendo llegado hasta la gran cisterna de Socó, preguntó, diciendo: ¿Dónde se hallan Samuel y David? Y le respondieron: Están allá en Nayot junto a Rámata. Con esto se encaminó a dicho lugar, y se apoderó también de Saúl el espíritu del Señor, e iba cantando por el camino las alabanzas de Dios hasta llegar a Nayot de Rámata. Y despojado de sus vestiduras reales, se puso a cantar con los demás delante de Samuel, y todo lo restante del día y de aquella noche estuvo postrado por tierra, desnudo de toda insignia. De donde aquel proverbio: Pues, ¿también Saúl entre los profetas? Entretanto huyó David de Nayot, que está cerca de Rámata, y viniendo a verse con Jonatás, prorrumpió en estas palabras: ¿Qué he hecho yo? ¿En qué he pecado, y cuál es mi delito contra tu padre, que anda así buscándome para matarme? Le respondió Jonatás: No temas, no morirás; porque no hará mi padre cosa chica ni grande, sin comunicármela primero. Cómo, ¿esta sola resolución me habría acaso ocultado mi padre? No, de ninguna manera. E hizo sobre ello nuevo juramento a David, asegurándole su amistad. Mas David replicó: Tu padre sabe muy bien que yo he hallado gracia en tus ojos, y habrá dicho: No conviene que sepa esto Jonatás, a fin de que no reciba pesar. Porque yo te juro por el Señor y por tu vida que está tan resuelto tu padre a matarme, que sólo hay un punto, por decirlo así, desde mí a la muerte. Respondió Jonatás a David: Haré por ti todo cuanto me insinuares. Le dijo David: Mira, mañana son las calendas, en que yo, según costumbre, suelo sentarme a la mesa con el rey; ahora, pues, permíteme que vaya a esconderme en el campo hasta la tarde del día tercero. Si tu padre preguntare por mí, le responderás: David me pidió licencia para ir prontamente a Betlehem, su patria; por cuanto todos los de su tribu o familia celebran allí un sacrificio solemne. Si dijere: Bien está; no tendré que temer; pero si se enojare, ten por cierto que su mala voluntad hacia mí ha llegado al colmo. Haz, pues, esta merced a tu siervo, ya que quisiste que yo, a pesar de ser tu criado, hiciese contigo y te jurase la más estrecha alianza. Y si adviertes en mí alguna culpa o delito, dame tú mismo la muerte, y no me hagas comparecer delante de tu padre. A lo que respondió Jonatás: Libre estás de que te suceda esto; porque no es posible que yo conozca de cierto que el odio de mi padre contra ti ha llegado a lo sumo, sin que yo te lo avise. Replicó David a Jonatás: Y si tu padre por desgracia te diere una respuesta áspera al hablarle de mí, ¿por quién lo sabré? Le respondió Jonatás: Ven y salgamos al campo. Habiendo salido ambos al campo, le dijo Jonatás a David: Señor Dios de Israel si yo mañana u otro día averiguare el designio de mi padre, y resultare algo de bueno a favor de David, y no enviare luego a decírselo, y hacérselo saber, no hagáis, oh Señor, bien a Jonatás, sino mucho mal. Pero si continuare la mala voluntad de mi padre contra ti, te lo avisaré también, y te daré licencia a fin de que te vayas en paz, y el Señor sea contigo, como estuvo con mi padre. Y tú, si yo viviere, me tratarás con toda la bondad posible; mas si yo muriere, tendrás siempre compasión y tratarás con bondad a mi familia, cuando el Señor desarraigare uno por uno de la faz de la tierra a todos los enemigos de David. De otra manera, arrebate también el Señor a Jonatás de su casa, y tome Dios venganza de los enemigos de David. De esta suerte hizo Jonatás alianza con la casa de David; y el Señor tomó en efecto venganza de los enemigos de David. Jonatás repitió a David sus juramentos por lo mucho que le quería; pues lo amaba como a su misma alma. Le dijo más: Mañana son las calendas, y serás echado de menos; porque se verá tu asiento vacío aun al día siguiente. Por tanto marcharás luego de aquí, y te dirigirás el primer día después de la fiesta al sitio en que debes esconderte, y te sentarás junto a la peña llamada Ezel. Cerca de ella dispararé yo tres saetas, como que me ejercito en tirar al blanco. Enviaré también un muchacho tras ellas, diciéndole: Anda y tráeme las saetas. Si yo dijere al muchacho: Mira que las saetas están más acá de ti, cógelas; tú entonces ven a mí, pues es señal de que estás seguro, y vive el Señor que no hay que temer. Mas si dijere yo al criado: Mira, las saetas están más allá de ti, vete en paz, pues el Señor quiere que te retires. En cuanto a lo que tú y yo hemos tratado, sea el Señor para siempre testigo entre los dos. Con esto David fue a esconderse en el campo; y llegaron las calendas, y se sentó el rey a comer. Y estando el rey sentado en su silla, que estaba junto a la pared, según costumbre, se levantó Jonatás, y se sentó Abned a un lado de Saúl y se echó de ver vacío el puesto de David. No dijo Saúl nada aquel día; porque pensó que tal vez le había sucedido a David el no hallarse limpio ni purificado. Venido el segundo día de la fiesta, se vio también desocupado el asiento de David. Entonces dijo Saúl a su hijo Jonatás: ¿Por qué no ha venido a comer ni ayer ni hoy el hijo de Isaí? Y respondió Jonatás: Me rogó con mucha instancia que le dejara ir a Betlehem. Diciéndome: Dame licencia; por cuanto se celebra un sacrificio solemne en nuestra ciudad, y me ha convidado, con muchas instancias, uno de mis hermanos; si he hallado, pues, gracia en tus ojos, permíteme dar una vuelta por allí, y ver a mis hermanos. Por ese motivo no ha venido a la mesa del rey. Saúl, indignado contra Jonatás, le dijo: ¡Hijo de prostituta, hijo desamorado y perverso!, ¿piensas que yo ignoro el amor que tienes al hijo de Isaí, para confusión tuya e ignominia de tu envilecida madre? Sábete que mientras viva el hijo de Isaí sobre la tierra, ni tú estarás seguro, ni lo estará tu derecho al reino. Así, pues, envía ahora mismo por él, y tráemelo acá; porque morirá. Mas Jonatás respondió a su padre Saúl diciendo: Pero ¿por qué morirá?; ¿qué es lo que ha hecho? Y al oír Saúl esto, agarró la lanza para atravesarle. Entonces conoció Jonatás que su padre tenía resuelto matar a David. Y se levantó Jonatás de la mesa lleno de indignación y de furor, y no comió bocado aquel día segundo de las calendas, apesadumbrado por causa de David, y por la afrenta recibida de su padre. Y al rayar el día siguiente fue Jonatás al campo, conforme a lo acordado con David, llevándose consigo un muchacho; al cual dijo: Anda y tráeme las saetas que iré tirando. Estando corriendo el muchacho, disparó otra saeta más lejos. Llegado el muchacho al lugar de la primera saeta que había tirado Jonatás, dio éste voces y le gritó: Mira, allá más adelante de ti está la saeta. Le gritó otra vez Jonatás al muchacho, diciéndole: Date prisa, no te detengas. En fin, el muchacho recogió las saetas y se las trajo a su amo, sin entender el motivo de lo que se hacía, porque solamente Jonatás y David lo sabían. Dio después Jonatás sus armas al muchacho, diciéndole: Anda y llévalas a la ciudad. Y así que éste hubo marchado, salió David del sitio en que estaba, que miraba al mediodía, e hizo por tres veces una profunda reverencia a Jonatás, postrándose hasta el suelo; y besándose el uno al otro; lloraron juntos; pero David mucho más. En conclusión Jonatás le dijo a David: Vete en paz; todo aquello que los dos hemos jurado en el nombre del Señor, diciendo: El Señor sea testigo entre mí y entre ti, entre mi descendencia y la tuya para siempre... Y se levantó David y se fue; mas Jonatás volvió a la ciudad. Partió después David a Nobe a encontrar al sumo sacerdote Aquimelec. El cual quedó sorprendido de ver llegar a David, y le dijo: ¿Cómo es que vienes solo, sin que nadie te acompañe? Le respondió David: El rey me ha encargado una comisión, diciendo: Nadie sepa el negocio a que te envío, ni las órdenes que te he dado. Por cuyo motivo aun a mis gentes les he mandado que me esperen en tal y tal lugar. Ahora, pues, si tienes a mano aunque no sea más que cinco panes, dámelos, o cualquier cosa que hallares pues tenemos gran necesidad. A lo que respondió el sacerdote, diciéndole: No tengo a mano panes de legos o comunes, sino solamente el pan santo. Con todo, te lo daré, si es que tus criados están limpios, sobre todo en cuanto a mujeres. Respondió David al sumo sacerdote, diciéndole: Por lo que toca a mujeres, nos hemos contenido desde ayer, y antes de ayer, después que partimos; y los cuerpos de mi gente se han conservado puros. A la verdad el camino profano es, pero aún se purificará mi gente lavando sus cuerpos y vestidos. Le dio, pues, el sumo sacerdote el pan santificado, por no haber allí otro pan que los de la proposición, que se habían quitado de la presencia del Señor para poner otros calientes. Se hallaba aquel día allí dentro del Tabernáculo del Señor uno de los criados de Saúl, llamado Doeg, idumeo, el más poderoso de los pastores de Saúl. Dijo todavía David a Aquimelec: ¿Tienes aquí a mano alguna lanza o espada? pues no he traído conmigo mi espada ni mis armas; porque urgía la orden del rey. Le dijo el sumo sacerdote: Aquí tienes la espada del filisteo Goliat a quien tú mataste en el valle del Terebinto; envuelta está en su paño detrás del efod; si quieres llevarla, tómala, pues aquí no hay sino ésta. Le dijo David: No hay otra comparable a ella; dámela. Con esto se puso David en camino, huyendo por temor de Saúl, y se fue a Aquis, rey de Get. Mas los cortesanos de Aquis, luego que vieron a David, dijeron al rey: ¿No es éste aquel David, respetado como rey en su país? ¿No es éste aquel en cuya alabanza cantaban en medio de sus danzas: Mató Saúl a mil y David mató a diez mil? Paró David la consideración en esto que decían de él, y concibió grandísimo temor de Aquis, rey de Get. Y así comenzó a demudar su semblante delante de ellos, y se dejaba caer entre los brazos de la gente, dando de cabezadas contra las puertas, y haciendo correr la saliva por su barba. Dijo, pues, Aquis a sus criados: ¿Habéis visto un tal mentecato? ¿Por qué me lo habéis traído aquí? ¿Nos faltan acaso dementes, que habéis traído también a éste para que hiciese locuras en mi presencia? ¿Un hombre semejante hallará entrada en mi casa? Con esto salió de allí David, y se refugió en la cueva de Odollam; lo que habiendo sabido sus hermanos y toda la familia de su padre, bajaron allí a encontrarlo. Se acercaron también todos aquellos que se hallaban angustiados y oprimidos de deudas, y en amargura de corazón; de los cuales se hizo caudillo, y juntó como unos cuatrocientos hombres bajo su mando. Partió de aquí David para Masfa, que es del país de Moab, y dijo al rey de Moab: Te ruego permitas que mi padre y mi madre se queden con vosotros, hasta tanto que yo sepa lo que Dios dispone de mí. Y los dejó encomendados al rey de Moab; con quien estuvieron todo el tiempo que David permaneció en aquella fortaleza de Masfa. Pero el profeta Gad dijo a David: No te estés más en esa fortaleza; marcha y vete a tierra de Judá. Partió, pues, David, y vino al bosque de Haret. Y supo Saúl que David y la gente que tenía, se habían dejado ver. Estando, pues, Saúl en Gabaa, y hallándose un día en un bosque cerca de Ramá, teniendo en su mano la lanza, y rodeado de todos sus criados, dijo a los que se hallaban con él: Oídme ahora, hijos de Benjamín, vosotros que sois de mi tribu: ¿El hijo de Isaí os dará acaso a todos vosotros campos y viñas, y os hará a todos tribunos y centuriones, para que os hayáis todos conjurado contra mí, sin haber una persona que me informe de lo que hace David; sobre todo después que aun el hijo mío se ha coligado con el hijo de Isaí? No hay uno siquiera de vosotros que se duela de mi suerte, ni que me dé un consejo; viendo que mi hijo ha sublevado contra mí a un criado mío, que no cesa hasta hoy día de armarme asechanzas. Doeg, idumeo, que se hallaba presente, y era el más acreditado entre los criados de Saúl, respondiendo dijo: Yo vi al hijo de Isaí en Nobe, en casa del sumo sacerdote Aquimelec, hijo de Aquitob. El cual consultó al Señor por él; y le dio víveres, y lo que es más, la espada de Goliat el filisteo. Envió luego el rey a llamar al sumo sacerdote Aquimelec, hijo de Aquitob, y a todos los sacerdotes de la casa de su padre, que se hallaban en Nobe; los cuales vinieron todos a presentarse al rey. Dijo entonces Saúl a Aquimelec: Oye, hijo de Aquitob. El cual respondió: ¿Qué es lo que mandas, señor? Le dijo Saúl: ¿Por qué os habéis conjurado contra mí, tú y el hijo de Isaí, y le diste los panes y la espada, y consultaste por él a Dios, para que siguiera sublevándose contra mí, y poniéndome asechanzas hasta el día de hoy? A lo que respondió Aquimelec: ¿Y quién hay entre todos tus criados tan leal como David, yerno del rey, pronto a tus órdenes y respetado en toda tu casa? ¿Es por ventura hoy la primera vez que yo he consultado por él a Dios? Lejos de mí otra idea; no sospeche el rey tal cosa ni de mí, su siervo, ni de toda la casa de mi padre; porque tu siervo no sabe nada de ese negocio de conjuración. Dijo el rey: Morirás sin falta, Aquimelec, tú y toda la casa de tu padre. Y en seguida dijo el rey a los de su guardia, que le rodeaban: Embestid y matad a los sacerdotes del Señor; porque están coligados con David y sabiendo que iba huido, no me lo denunciaron. Pero los criados del rey no quisieron poner sus manos en los sacerdotes del Señor. Entonces dijo el rey a Doeg: Embiste tú, y arrójate sobre los sacerdotes. Y embistiendo Doeg, idumeo, se arrojó sobre los sacerdotes, matando en aquel día ochenta y cinco varones que vestían el efod de lino. Después de esto pasó a cuchillo a Nobe, ciudad de los sacerdotes, matando a hombres y mujeres, muchachos y niños de pecho, hasta los bueyes, los asnos y las ovejas. Con todo pudo escapar un hijo de Aquimelec, hijo de Aquitob, que se llamaba Abiatar, y se fue huyendo a David. Y le contó cómo Saúl había hecho matar a los sacerdotes del Señor. Le respondió David a Abiatar: Bien conocí yo aquel día que estando allí Doeg, idumeo, se lo contaría a Saúl; yo soy el culpado en la muerte de toda la casa de tu padre. Quédate conmigo, no temas, si alguno atentare contra mi vida, atentará también contra la tuya, y estando en mi compañía, salvándome yo, serás tú igualmente salvo. Después de esto avisaron a David, diciendo: Mira que los filisteos están sitiando a Ceila, y saquean las eras o mieses del país. Consultó, pues, David al Señor, diciendo: ¿Iré, y podré yo vencer a los filisteos? Le respondió el Señor: Anda, que derrotarás a los filisteos, y librarás a Ceila. Pero las gentes que tenía David consigo, le dijeron: Ya ves que nosotros aun aquí en medio de la Judea no estamos sin miedo; ¿cuánto más si fuéremos a Ceila contra los batallones de los filisteos? Consultó nuevamente David al Señor. El cual le respondió, diciendo: Marcha y ve a Ceila que yo entregaré en tus manos a los filisteos. Partió, pues, David con sus gentes a Ceila; peleó contra los filisteos, y haciendo en ellos gran destrozo, se llevó sus ganados, y salvó a los habitantes de Ceila. Es de saber que cuando Abiatar, hijo de Aquimelec, se refugió a David en Ceila, se llevó consigo el efod del sumo sacerdote. Luego que tuvo Saúl aviso de la llegada de David a Ceila, dijo: Dios me lo ha puesto en las manos, cogido está, habiéndose metido en una ciudad que tiene puertas y cerraduras. Con eso Saúl mandó a toda su tropa que saliese disimuladamente a campaña contra Ceila para cercar a David y a su gente. Y advertido David de que Saúl trazaba secretamente su ruina, dijo al sacerdote Abiatar: Ponte el efod para consultar al Señor. Y en seguida dijo David: Señor Dios de Israel, tu siervo ha oído decir que Saúl se prepara para venir a Ceila, y destruirla por mi causa. ¿Me entregarán los ciudadanos de Ceila en manos de Súl? ¿Vendrá en efecto Saúl, como ha oído decir tu siervo? Señor Dios de Israel, manifiéstaselo a este siervo tuyo. Y respondió el Señor: Sí, vendrá. Dijo todavía David: ¿Los de Ceila me entregarán a mí y a toda mi gente en manos de Saúl? Y respondió el Señor: Os entregarán. Por lo que dispuso David marcharse de allí con toda su gente, que eran como unos seiscientos hombres; y saliendo de Ceila, andaban de una a otra parte sin asiento fijo. Tuvo Saúl aviso de que había huido David de Ceila, se había puesto a salvo; por lo cual aparentó no querer moverse. Entretanto estaba David en el desierto en lugares muy fuertes, y se fijó en el monte del desierto de Zif, monte muy espeso. Saúl entretanto no cesaba de buscarlo; mas el Señor siempre lo libertó de sus manos. Y supo David que Saúl había salido para quitarle la vida; por lo que se mantuvo en el desierto de Zif, escondido en el bosque. En ese tiempo Jonatás, hijo de Saúl, se puso en camino, y fue allí a encontrarle; y le confortó recordándole las promesas de Dios, y diciéndole: No temas; porque Saúl mi padre por más que haga no podrá cogerte. Tú serás rey de Israel y yo seré el segundo en tu reino, y aun mi mismo padre está persuadido de esto. Renovaron entonces los dos su alianza en presencia del Señor; y David se quedó en el bosque, pero Jonatás volvió a su casa. Mas los zifeos fueron a encontrar a Saúl en Gabaa, y le dijeron: ¿No sabes que David está escondido entre nosotros en los parajes más fuertes del bosque, hacia el cerro de Haquila, que cae a mano derecha del desierto. Ahora, pues, si deseas dar con él, no tienes más que venir, que corre de nuestra cuenta el entregarlo en tus manos. A lo que respondió Saúl: Bendito seáis vosotros del Señor, pues os habéis condolido de mi suerte. Id, pues, y practicad todas las diligencias posibles, informándoos mañosamente hasta aseguraros bien del sitio donde tiene su asiento ordinario, o quien lo haya visto allí; porque él recela de mí, y sabe que ando armándole asechanzas. Registrad y ved todos los escondrijos donde se oculta, y volved a mí, bien averiguada la cosa, para ir con vosotros a golpe seguro. Pues aunque se meta en las entrañas de la tierra, yo iré allí con todos los batallones de Judá, y lo sacaré. Con esto se despidieron, y volvieron a Zif delante de Saúl. Estaban entonces David y su gente en el desierto de Maón, y se quedó allí. Enterado de ello Saúl, fue en persecución de David en el desierto de Maón. Iba Saúl por un lado del monte, y David con los suyos por el otro, y ya no tenía esperanza de poder escapar de las manos de Saúl; pues éste con su gente tenía encerrado a David y a los suyos, como en un círculo, para cogerlos en medio. Cuando he aquí que llegó un mensajero a Saúl diciendo: Ven a toda prisa, que los filisteos han hecho una irrupción en el país. Con esta nueva, desistiendo Saúl de perseguir a David, se volvió y marchó contra los filisteos. Por donde llamaron a aquel sitio la Peña de Separación. No obstante, se retiró David de allí, y fue a vivir en los lugares más fuertes de Engaddi. Y como Saúl volviese de haber perseguido a los filisteos, le avisaron, diciendo: Mira que David está en el desierto de Engaddi. Tomando, pues, Saúl tres mil hombres escogidos en todo Israel, salió en busca de David y de su gente; yendo hasta por las rocas más escarpadas, accesibles sólo a las cabras monteses. Y llegó a unas majadas de ovejas, que encontró en el camino. Había allí una cueva, donde entró Saúl a desocupar el vientre; y David estaba con los suyos escondido en lo más profundo de ella. Le dijeron, pues, a David, sus criados: He aquí el día feliz del cual te dijo el Señor: Yo pondré en tus manos a tu enemigo, para que hagas de él lo que gustares. Entonces David se levantó, y cortó sin ser sentido la orla del manto de Saúl. E inmediatamente le remordió a David su conciencia de haber cortado la orla del manto de Saúl, y dijo a sus compañeros: No permita el Señor que jamás haga yo tal cosa contra mi señor, contra el ungido del Señor, de extender mi mano contra él, siendo como es el ungido del Señor. Y contuvo David con sus palabras a los suyos, no permitiéndoles que se echasen sobre Saúl. Saliendo, pues, éste de la cueva proseguía el camino comenzado; cuando se fue también David en pos de Saúl, y salido ya fuera, dio voces a espaldas de Saúl, diciendo: Mi rey y señor. Volvió Saúl la cabeza, y postrándose David hasta el suelo, le hizo una profunda reverencia. Y dijo a Saúl: ¿Por qué das oídos a las palabras de aquellos que te dicen: David anda maquinando tu ruina? Hoy ves con tus mismos ojos que el Señor te ha puesto en mis manos en la cueva; me asaltó o me propusieron el pensamiento de matarte; pero me he abstenido de hacerlo, porque dije entre mí: No levantaré yo mi mano contra mi señor; por cuanto es el ungido del Señor. Observa, pues, ¡oh padre mío!, y reconoce si es la orla de tu clámide o manto la que tengo en mi mano, y cómo al cortar la extremidad de tu vestido no he querido extender mi mano contra ti. Considera ahora tú mismo, y persuádete de que no soy culpable en nada, ni de injusticia, ni de pecado contra ti; tú, por el contrario, andas poniendo asechanzas a mi vida para quitármela. Juzgue el Señor entre mí y entre ti, y hágame él justicia respecto de ti; pero yo jamás pondré la mano sobre ti. De impíos es hacer acciones impías, según dice el antiguo proverbio; y así Dios me libre de extender mi mano contra ti. Pero ¿a quién persigues, oh rey de Israel? ¿Quién es al que tú persigues? Persigues a un perro muerto, a una pulga. Sea juez el Señor, y sentencie entre mí y entre ti; examine y juzgue mi causa, y me libre de tus manos. Luego que David acabó de hablar tales palabras a Saúl, dijo éste: ¿No es esta voz la tuya, hijo mío David? Y al mismo tiempo lanzó Saúl un grito, y comenzó a llorar. Y dijo a David: Más justo eres tú que yo; porque tú no me has hecho sino bienes, y yo te he pagado con males. Tú has mostrado hoy el bien que me has hecho; puesto que me ha entregado el Señor en tus manos, y no me has quitado la vida. Porque, ¿quién es el que hallando a su enemigo desprevenido, le deja ir sin hacerle daño? El Señor te dé la recompensa por lo que hoy has hecho conmigo. Y ahora, sabiendo de cierto, como sé, que tú reinarás y poseer el reino de Israel, júrame por el Señor que no extinguirás mi descendencia después de mi muerte, ni borrarás mi nombre de la casa de mi padre. Y se lo juró David. Con lo cual se retiró Saúl a su casa; pero David y los suyos subieron a lugares más seguros. Habiendo muerto Samuel, se congregó todo Israel a celebrar con lágrimas sus exequias, y lo sepultaron en el sepulcro de su casa en Rámata. David entonces pasó al desierto de Farán. A la sazón vivía un hombre en el desierto de Maón, que tenía su hacienda en el Carmelo, el cual era sumamente rico, y tenía tres mil ovejas y mil cabras. Cabalmente hacía entonces esquilar sus rebaños en el Carmelo. Se llamaba este hombre Nabal, y su esposa Abigaíl, mujer de gran prudencia y hermosura; al contrario su marido era duro, y muy perverso y malicioso, el cual descendía del linaje de Caleb. Pues como David oyese en el desierto que Nabal estaba esquilando sus ovejas, envió diez jóvenes, diciéndoles: Subid al Carmelo, e id a casa de Nabal; saludadle de mi parte cortésmente, y decidle: La paz o felicidad sea con mis hermanos y contigo, y paz a tu casa, y paz a todas cuantas cosas tienes. He sabido que tus pastores que moraban con nosotros en el desierto hacen el esquileo; jamás les hemos molestado, ni nunca les ha faltado ninguna res del rebaño durante el tiempo que han andado con nosotros por el Carmelo. Infórmate de tus criados, y te lo dirán. Por tanto hallen ahora gracia en tus ojos estos siervos tuyos, ya que venimos en tan alegre día; y danos a tus siervos y a David, tu hijo, lo que cómodamente pudieres. Llegados, pues, los mozos de David, dijeron a Nabal todas estas cosas de parte de David, y aguardaron en silencio la respuesta. Pero Nabal les respondió: ¿Quién es David? ¿Y quién es el hijo de Isaí para que yo le ofrezca presentes? Cada día se ven más esclavos que andan fugitivos de sus amos. ¿Cómo tomaré yo mis panes y mi agua y la carne de las reses que he hecho matar para mis esquiladores, y daré todo a unos hombres que no sé de dónde son? Con esto volvieron los mozos de David a tomar su camino, y habiendo llegado, le contaron todo lo que Nabal les había respondido. Entonces David les dijo a sus gentes: Tome cada cual su espada. Tomaron todos sus espadas, y David también la suya y siguieron a David como unos cuatrocientos hombres, quedándose doscientos con el bagaje. Entretanto uno de los criados de Nabal avisó a su mujer Abigaíl, diciendo: Mira que David acaba de enviar del desierto unos mensajeros para saludar a nuestro amo y él los ha desechado con desprecio. Estos hombres han sido muy buenos para nosotros; no nos han inquietado, y jamás nos ha faltado nada, mientras hemos estado juntos en el desierto. Antes bien nos servían como de muro tanto de día como de noche, todo el tiempo que anduvimos entre ellos apacentando los rebaños. Por tanto considera y reflexiona lo que debes hacer; porque está para caer sobre tu marido y sobre tu casa una gran desgracia; ese amo nuestro es un hijo de Belial, tan violento que nadie se atreve a hablarle. Cogió, pues, Abigaíl, a toda prisa, doscientos panes, y dos pellejos de vino, y cinco carneros cocidos, y cinco medidas de grano tostado, y cien ataditos de pasas, y doscientos panes de higos secos, y lo cargó todo sobre sus asnos. Y dijo a sus criados: Id delante de mí, que yo iré siguiendo detrás de vosotros; mas no dijo nada a Nabal, su marido. Habiendo, pues, montado en un asno, y bajando a la falda del monte, encontró a David y a su gente que venían hacia ella; la cual fue luego a su encuentro. Había dicho David por el camino: A la verdad que ha sido bien en vano guardar todo lo que éste tenía en el desierto, sin que se le haya perdido nada de cuanto poseía, pues me ha vuelto mal por bien. Trate el Señor con toda su severidad a los enemigos de David, como juro yo que no dejaré de aquí a mañana cosa con vida de todo lo perteneciente a Nabal, ni un perro siquiera. Abigaíl, así que vio a David, bajó al instante del asno, y le hizo una profunda reverencia, postrándose en tierra sobre su rostro. Y se echó a sus pies, y le dijo: Recaiga sobre mí, señor mío el castigo de la iniquidad de mi marido; te ruego solamente que permitas a su esclava el que te hable y te dignes escuchar lo que va a decirte tu sierva. No hagas, te ruego, mi señor y mi rey, ningún caso de la injusticia de Nabal; porque es un insensato, y su mismo nombre denota su necedad. Mas yo, sierva tuya, no vi a los criados que tú, señor mío enviaste. Ahora pues, mi señor, vive Dios, y vive tu alma, que el Señor es quien te ha estorbado, haciéndome salir a mí, el derramar sangre, y te ha detenido la mano. Que sean desde luego tan débiles como Nabal tus enemigos, y cuantos maquinan contra mi señor. Mas ahora recibe, señor mío, este presente que te ofrece tu esclava, y repártelo, ¡oh mi señor!, entre la gente que traes contigo. Perdóname, mi señor, a tu sierva ese pecado de Nabal; porque seguramente edificará el Señor para ti una casa estable, por cuanto tú, dueño mío, peleas por el Señor; no se halle, pues, culpa ninguna en ti, en todos los días de tu vida. Y si alguna vez se levantare algún hombre que te persiga y quisiere atentar contra tu vida, será guardada como en un ramillete de vivientes en el seno del Señor Dios tuyo; y al contrario el alma de tus enemigos será agitada y expelida de la vida como la piedra tirada con la honda. Pues cuando el Señor te hubiere dado, ¡oh dueño mío! todos los bienes que ha predicho en orden a ti, y te haya constituido caudillo sobre Israel, no tendrás tú, señor mío, este pesar y remordimiento de corazón de haber derramado sangre inocente, y vengándote por ti mismo; y cuando Dios te haya colmado de bienes, te acordarás, ¡oh mi señor!, de tu esclava. Respondió David a Abigaíl: Bendito sea el Señor Dios de Israel por haberte hoy enviado a mi encuentro, y bendito sea el consejo que me has dado. Bendita seas tú que me has estorbado hoy en ir a derramar sangre, y a tomarme la venganza por mi mano. Que si no, juro, por el Señor Dios de Israel, el cual me ha prohibido hacerte daño, que a no venir tú tan presto a encontrarme, no hubiera quedado en casa de Nabal, de hoy a mañana, cosa con vida, ni siquiera un perro. En fin, recibió David de su mano todo lo que había traído, y le dijo: Vuélvete en paz a tu casa; ya ves que he hecho lo que me has pedido, y que lo he hecho por consideración a ti. Con esto volvió Abigaíl a Nabal, y lo halló celebrando en su casa un convite como banquete de rey; y el corazón de Nabal rebosaba de alegría, pues estaba atestado de vino; y así no le habló palabra chica ni grande hasta la mañana. Pero al amanecer, cuando ya Nabal había digerido el vino, le contó su mujer lo que había pasado, y al oírlo se le heló el corazón y se quedó inmóvil como una piedra. Al cabo de diez días el Señor hirió de muerte a Nabal, el cual en seguida murió. Y habiendo sabido David la muerte de Nabal, dijo: Bendito sea el Señor que me ha vengado de la afrenta que me hizo Nabal y que preservó a su siervo del mal que iba a hacer, y que ha hecho recaer la iniquidad de Nabal sobre su propia cabeza. Envió después David a tratar con Abigaíl sobre casarse con ella. En consecuencia los mensajeros de David fueron a verse con Abigaíl en el Carmelo, y la dijeron: David nos envía a ti para tomarte por esposa suya. Y levantándose ella, se inclinó hasta la tierra, y dijo como si hablase con David: Tu sierva se tendría por dichosa de ser empleada en lavar los pies de los criados de mi señor. En seguida Abigaíl se dispuso luego, y montó en su asno, acompañándola cinco doncellas criadas suyas, y siguió a los enviados de David, con el cual se desposó. Además de ella, tomó David a Aquinoam, natural de Jezrael, y ambas fueron esposas suyas. Pero ya antes Saúl había dado su hija Micol, mujer de David, a Falti, hijo de Lais, que era de Gallim. Y otra vez vinieron los zifeos a Gabaa, y dijeron a Saúl: Mira que David está escondido en el cerro de Haquila, enfrente del desierto. Con esto Saúl se puso en camino, y acompañado de tres mil hombres escogidos de todo Israel, bajó al desierto de Zif para ir en busca de David. Acampó Saúl en Gabaa o cerro de Haquila, frente por frente del desierto, sobre el camino; y estaba David en dicho desierto. Mas oyendo que Saúl había venido allí en su seguimiento, envió espías, y supo con toda certeza que realmente había venido. Y partiendo en secreto, fue al lugar donde estaba Saúl y observando el sitio en que dormían Saúl y Abner, hijo de Ner, general de sus tropas, y que Saúl dormía en su tienda, y alrededor de él toda la demás gente, dijo David al heteo Aquimelec, y a Abisai, hijo de Sarvia, hermano de Joab: ¿Quién quiere venir conmigo al campamento de Saúl? Respondió Abisai: Yo iré contigo. Fueron, pues, David y Abisai de noche al campamento, y hallaron a Saúl echado y durmiendo en su tienda, y la lanza hincada en tierra a su cabecera; y Abner con la tropa, que dormían alrededor de Saúl. Dijo entonces Abisai a David: Dios ha puesto hoy en tus manos a tu enemigo; ahora, pues, voy a clavarlo en tierra de una sola lanzada, y no será menester repetir golpe. Mas David dijo a Abisai: De ningún modo lo mates; porque, ¿quién podrá alzar, sin pecado, su mano contra el ungido del Señor? Y añadió: Vive Dios que a no ser que el Señor lo mate, o llegue el día de su muerte natural, o perezca en alguna batalla, no morirá; líbreme Dios de levantar mi mano contra el ungido del Señor. Ahora, pues, toma la lanza que tiene a su cabecera, y el jarro del agua, y vámonos. Se llevó, pues, David la lanza y el jarro del agua que tenía Saúl junto a su cabeza y se fueron, sin que hubiese persona que los viese, ni sintiese, o que despertase; sino que todos dormían poseídos de un sueño profundo que el Señor les había enviado. David, pues, cuando hubo pasado a la parte opuesta, se paró a lo lejos en lo alto del cerro, habiendo entre él y el campamento enemigo un gran trecho; y llamó desde allí en alta voz a la gente de Saúl y a Abner hijo de Ner, diciéndole: Qué, ¿no respondes, oh Abner? Y respondiendo éste, dijo: ¿Quién eres tú, que tanto gritas e incomodas al rey? Le replicó David: ¿No eres tú un hombre de valor? ¿Y hay otro ninguno en Israel que te iguale? Pues, ¿cómo no has guardado al rey, tu señor, puesto que ha entrado uno de la plebe con intento de matar a tu señor el rey? No es esto cumplir bien tu obligación. Vive Dios, que sois reos de muerte, vosotros que no habéis guardado a vuestro dueño, el ungido del Señor; y si no, ved ahora donde está la lanza del rey, y el jarro del agua que tenía a su cabecera. Reconoció Saúl la voz de David, y le dijo: ¿No es esta tu voz, hijo mío David? Y David respondió: Mi voz es, señor y rey mío, añadiendo, ¿por qué persigue mi señor a este siervo? ¿Qué le he hecho yo, o qué delito he cometido? Oye, pues, ahora, te ruego, mi rey y señor, las palabras de tu siervo: Si es el Señor el que te incita contra mí, acepte el olor de este sacrificio; mas si son los hombres, malditos sean en la presencia del Señor, ellos, que me han hoy desterrado, para que no habite en la heredad del Señor; como quien dice: Anda y sirve a dioses ajenos. Ahora, pues, no sea derramada en tierra mi sangre en presencia del Señor. ¿Y era necesario que el rey de Israel saliese a campaña para preseguir a una pulga, así como se va tras de una perdiz en los montes? Y dijo Saúl: He pecado, vuelve, hijo mío David, que no te haré mal ninguno de este día en adelante; visto que has mirado hoy con tanto aprecio mi vida, que bien se ve cuán neciamente he procedido, y que he sido mal informado en muchísimas cosas. A lo que respondiendo David, dijo: Aquí está la lanza del rey; pase acá uno de los criados, y llévela. Por lo demás el Señor remunerará a cada cual conforme a su justicia y fidelidad. El te había entregado hoy en mi poder, y no he querido levantar mi mano contra el ungido del Señor. Pues así como tu vida ha sido hoy tan estimada en mis ojos, así lo sea también la mía en los ojos del Señor, y me libre él de cualquier tribulación. Por último dijo Saúl a David: Bendito seas, hijo mío David; sin duda ejecutarás tus grandes empresas, y será grande tu poder. Después David se fue por su camino, y Saúl volvió a su casa. Mas David dijo en su corazón: Al fin algún día vendré a caer en manos de Saúl. ¿No me vale más huir y ponerme a salvo en tierra de los filisteos, para que Saúl pierda las esperanzas y cese de andarme buscando por todo el país de Israel? Huiré, pues, de sus dominios. Y así David partió con sus seiscientos hombres, y se fue a Aquis, rey de Get, hijo de Maoc. Y habitó David en Get con Aquis, él y los suyos, cada cual con su famila, y David con sus dos esposas Aquinoam jezraelita, y Abigaíl, viuda de Nabal del Carmelo. Dieron noticia a Saúl de que David había huido a Get; con lo que no cuidó más de buscarle. David dijo a Aquis: Si he hallado gracia ante tus ojos, déseme habitación en una de las ciudades de este país para morar allí, pues ¿a qué fin residirá tu siervo en la corte del rey? Con esto, le dio Aquis en aquel día la ciudad de Siceleg; y por esta casa vino a ser Siceleg de los reyes de Judá, los cuales la poseen hasta el presente. El tiempo en que vivió David en tierra de los filisteos, fue de cuatro meses; durante los cuales salía David con su gente a hacer correrías sobre Gesuri y Gerzi y sobre los amalecitas; porque antiguamente estaban aquellas aldeas por estos pueblos desde el camino del sur hasta la tierra de Egipto. Y asolaba David todo el país, sin dejar con vida hombre ni mujer; y llevándose ovejas y bueyes, y asnos, y camellos, y ropas, daba la vuelta y se presentaba a Aquis. Y le decía Aquis: ¿Hacia qué lado te has dejado caer hoy? David le respondía: Hacia la parte meridional de Judá; o bien hacia el mediodía de Jerameel; o hacia el mediodía de Ceni. No dejaba David hombre ni mujer con vida; ni conducía prisionero ninguno a Get. No sea caso, decía, que hablen contra nosotros. Esta era la conducta de David, y éste era su proceder todo el tiempo que habitó en el país de los filisteos. Por donde Aquis vino a fiarse de David, diciendo entre sí: Muchos son los daños que ha hecho contra su pueblo de Israel; y por lo mismo se quedará ya para siempre adicto a mi servicio. Acaeció aquellos días que los filisteos reunieron fuerzas para prepararse a la guerra contra Israel; y dijo Aquis a David: Ten entendido que saldrás conmigo a campaña, tú y los tuyos. Respondió David: Ahora verás lo que hará tu siervo. Y yo, le dijo Aquis, te confiaré para siempre mi guarda personal. Había ya muerto Samuel, y llorádole todo Israel amargamente, habiéndole sepultado en Rámata, su patria. Saúl, por consejo suyo, había limpiado el reino de magos y adivinos. Reunidos, pues,los filisteos, fueron y plantaron sus campamentos en Sunam. Asimismo Saúl, juntando todas las tropas de Israel, fue a Gelboé. Y visto el gran ejército de los filisteos, temió y desmayó su corazón sobremanera. Consultó, pues, al Señor; mas no le respondió, ni por sueños, ni por los sacerdotes, ni por los profetas. Dijo entonces Saúl a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de Pitón, e iré a encontrarla, y a consultar al espíritu por medio de ella. Le respondieron sus criados: En Endor hay una mujer que tiene espíritu pitónico. Se disfrazó luego, y mudado el traje se puso en camino, acompañado de dos hombres. Fue de noche a casa de la mujer, y le dijo: Adivíname por el espíritu de Pitón, y hazme aparecer quien yo te dijere. Le respondió la mujer: Sabes bien cuanto ha hecho Saúl por extirpar de todo el país los magos y adivinos, ¿por qué, pues, vienes a armarme un lazo para hacerme perder la vida? Mas Saúl le juró por el Señor diciendo: Vive Dios que no te vendrá por esto mal ninguno. Le dijo entonces la mujer: ¿Quién es el que debo hacerte aparecer? Le respondió: Haz que se me aparezca Samuel. Mas luego que la mujer vio a Samuel, exclamó a grandes gritos diciendo a Saúl: ¿Por qué me has engañado? Tú eres Saúl. Y le dijo el rey: No temas: ¿Qué es lo que has visto? He visto, respondió la mujer, como un dios que salía de dentro de la tierra. Le replicó Saúl: ¿Qué figura tiene? La de un varón anciano, dijo ella, cubierto con un manto. Reconoció, pues, Saúl que era Samuel, y le hizo una profunda reverencia, postrándose en tierra sobre su rostro. Pero Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué has turbado mi reposo, haciéndome levantar? Respondió Saúl: Me veo en un estrechísimo apuro; los filisteos me han movido guerra, y Dios se ha retirado de mí, y no ha querido responderme, ni por medio de los profetas, ni por sueños; por esta razón te he llamado, a fin de que me declares lo que debo hacer. Le respondió Samuel: ¿A qué viene consultar conmigo, cuando el Señor te ha desamparado, y se ha pasado a tu rival? Porque el Señor te tratará como te predije yo de su parte. Arrancará de tus manos el reino, y lo dará a tu prójimo, a David, tu yerno, Por cuanto no obedeciste la voz del Señor, ni quisiste hacer lo que la indignación de su ira exigía contra los amalecitas; por esto el Señor ha hecho contigo lo que estás padeciendo hoy día. Y además el Señor te entregará a ti y a Israel en manos de los filisteos. Mañana tú y tus hijos estaréis conmigo; y también el campamento de Israel lo abandonará el Señor en poder de los filisteos. Cayó Saúl al instante tendido en tierra, despavorido al oír la palabras de Samuel, y estaba además falto de fuerzas, a causa de no haber comido en todo el día. Mas aquella mujer entró donde estaba Saúl, que se hallaba sumamente conturbado, diciéndole: Bien ves que tu esclava te ha obedecido, y que he expuesto mi vida, y dado crédito a lo que me has dicho; ahora, pues, escucha tú también la voz de tu sierva, y permite que te ponga delante un bocado de pan, para que comiendo recobres las fuerzas y puedas hacer tu viaje. Pero Saúl lo rehusó y le dijo: No comeré. Con todo, sus criados y la mujer le instaron a ello, y al cabo, rendido a sus ruegos, se levantó del suelo, y se sentó sobre una cama o tarima. Tenía la mujer en casa un ternero cebado, y fue corriendo y lo mató; y tomando harina, la amasó, y coció unos panes sin levadura; y lo presentó todo delante de Saúl y sus criados. Así que hubieron comido, partieron, y anduvieron toda aquella noche. Entretanto se reunieron en Afec todas las tropas de los filisteos; e Israel por su parte acampó junto a la fuente que había en Jezrael. Los sátrapas de los filisteos marchaban al frente de sus tropas, divididas en compañías de a ciento, y regimientos de a mil hombres; mas David y su gente iban en la retaguardia con Aquis. Y dijeron los príncipes de los filisteos a Aquis: ¿Qué hacen aquí esos hebreos? Les respondió Aquis: Pues, ¿no conocéis a David que sirvió a Saúl, rey de Israel, y está en mi compañía días hace, o ya años, sin que haya yo tenido queja de él desde el día que se pasó a mí hasta el presente? Mas los príncipes de los filisteos se irritaron contra él, y le dijeron: Retírese ese hombre, y quédese allá en el lugar que le señalaste, y no venga con nosotros a la guerra, no sea que comenzando el combate se revuelva contra nosotros; porque, ¿de qué otro modo podrá aplacar a su Señor, sino a costa de nuestras cabezas? ¿No es éste aquel David de quien cantaban a coros en las danzas: Saúl mató a mil, y David mató a diez mil? Llamó, pues, Aquis a David, y le dijo: Vive el Señor que tú eres justo y bueno en mis ojos; y que es tal la conducta que has observado en el ejército, que no he hallado en ti falta ninguna, desde el día en que te pasaste a mí hasta el presente; pero no eres del gusto de los sátrapas. Vuélvete, pues, y vete en paz, por no incomodar con tu vista a los sátrapas filisteos. Dijo David a Aquis: Pues, ¿qué he hecho yo, y qué has visto en mí, siervo tuyo, desde el día en que me presenté a ti hasta hoy, para que no pueda yo ir a pelear contra los enemigos del rey mi señor? Respondió Aquis, y le dijo: En cuanto a mí, bien sé que me eres fiel, y te tengo por un ángel de Dios; pero los príncipes de los filisteos han dicho resueltamente: No irá con nosotros al combate. Por tanto, disponte para mañana por la mañana con todos los siervos de tu señor, que contigo vinieron; y levantándoos antes de amanecer, al romper el alba poneos en camino. Se levantó, pues, David con su gente siendo aún de noche, para partir por la mañana, y volverse al país de los filisteos. Mas los filisteos subieron a Jezrael. David y los suyos llegaron a los tres días a Siceleg, cuando ya los amalecitas habían hecho una incursión por la parte del mediodía hasta Siceleg, tomando esta ciudad, y le habían prendido fuego, llevándose cautivas las mujeres, sin dejar persona chica ni grande. No mataron a nadie, sino que se los llevaron a todos consigo, y se marcharon. Pues como David y su gente llegasen a la ciudad, y la encontrasen abrasada, y que sus mujeres, sus hijos e hijas habían sido llevadas cautivas, levantaron el grito David y la tropa que le acompañaba, desechos en lágrimas hasta más no poder. También las dos esposas de David, Aquinoam la jezraelita, y Abigaíl, la viuda de Nabal del Carmelo habían sido hechas cautivas. Y se halló David en extremo angustiado, porque el pueblo trataba de apedrearlo, estando todos poseídos de la mayor amargura por la pérdida de sus hijos e hijas. Pero David puso su confianza, y se confortó en el Señor Dios suyo. Y dijo a Abiatar sumo sacerdote, hijo de Abimelec: Tráeme el efod. Y Abiatar trajo a David el efod. Y, revestido de él Abiatar, consultó David al Señor, diciendo: ¿Perseguiré a estos salteadores, y los alcanzaré, o no? Respondió el Señor: Persíguelos; porque sin duda los alcanzarás, y les quitarás el botín. Partió, pues, David con los seiscientos hombres que le seguían, y anduvieron hasta el torrente Besor, donde algunos de puro cansados se detuvieron. Mas David siguió adelante con cuatrocientos hombres, quedándose atrás doscientos que por el cansancio no pudieron pasar el torrente Besor. Y hallaron en el campo un hombre egipcio, al cual llevaron a David; y le dieron pan para que comiese y agua para que aliviase su sed, y además un pedazo de pan de higos secos, y dos cuelgas de pasas. Comido que hubo, le volvió el alma al cuerpo, y recobró el aliento; pues no había probado pan ni bebido agua en tres días y tres noches. Le dijo entonces David: ¿De quién eres tú?, ¿de dónde vienes, y a dónde vas? El cual respondió: Yo soy un esclavo egipcio, que sirvo a un amalecita. Mi amo me ha dejado abandonado, porque caí enfermo antes de ayer. Pues nosotros hicimos una incursión hacia la parte meridional de Cereti y hacia Judá, y al mediodía de Caleb, y hemos quemado Siceleg. Le dijo David: ¿Y podrás tú guiarme a donde está esa gente? Respondió el egipcio: Júrame por el nombre de Dios que no me matarás, ni me entregarás en manos de mi amo, y yo te llevaré a donde está aquella tropa. Se lo juró David. Guiado, pues, por el egipcio, he aquí que hallan a los amalecitas tendidos en tierra por todo el campo, comiendo y bebiendo, y como celebrando un día de fiesta por todo el botín y despojos que habían tomado en el país de los filisteos y en el de Judá. Cargó David sobre ellos, y los siguió acuchillando desde aquella tarde hasta la tarde del día siguiente; y no escapó nadie, excepto cuatrocientos jóvenes que montando en sus camellos echaron a huir. De esta manera recobró David todo cuanto le habían pillado los amalecitas, y libertó a sus dos esposas. Ninguna cosa se perdió; desde el más chico hasta el más grande, tanto hijos como hijas, los despojos, y en fin cuanto habían quitado, otro tanto recuperó David. Y además se llevó todos los rebaños y ganados mayores, e hizo que fuesen delante de él; por el que decían sus gentes: Esta es la presa que ha hecho David. Llegado David a donde estaban los doscientos hombres, que de puro cansados se habían quedado y no habían podido seguirle, y a los cuales dejó mandado que descansaran en la orilla del torrente Besor, salieron éstos a recibirle a él y la tropa que le acompañaba. Luego que David estuvo cerca de ellos, los saludó con agrado. Mas todos los malignos y perversos de entre los hombres que habían ido con David, comenzaron a decir: Ya que no vinieron con nosotros, no les daremos cosa alguna de la presa que hemos recobrado; conténtese cada uno con que se le devuelva su mujer e hijos; y recibido esto, váyase. David dijo: No habéis de disponer así, hermanos míos, de las cosas que nos ha dado el Señor, ya que él nos ha protegido y entregado en nuestras manos a los salteadores que se arrojaron contra nosotros, y nos saquearon. Nadie habrá que apruebe vuestra proposición; porque igual parte deberá caber al que se halló en el combate y al que se quedó guardando el bagaje; y así la partición deberá ser igual. Y desde aquel día en adelante fue este un punto ya decidido y establecido y una ley en Israel hasta el presente. Llegó, en fin, David a Siceleg, y envió dones de la presa a los ancianos de Judá, parientes suyos, diciendo: Recibid esta expresión de lo que hemos tomado a los enemigos del Señor. Y envió también a los que vivían en Betel y en Ramot hacia el mediodía, a los de Jeter, Aroer, y Sefamot, y Estamo, a los de Racual, y de las ciudades de Jerameel, y de las de Ceni, y a los de Arama, y del lago de Asán, y a los de Atac, de Hebrón, y finalmente a los demás que habitaban en aquellos lugares en los cuales David y su gente habían estado algún tiempo alojados. Entretanto se dio la batalla entre los filisteos e israelitas; y volvieron éstos las espaldas a los filisteos, y quedaron muchos de Israel muertos en el monte Gelboé. Y los filisteos se arrojaron sobre Saúl y sus hijos, y mataron a Jonatás, y Abinadab, y Melquisua, hijos de Saúl; y toda la fuerza del combate vino a descargar sobre Saúl, a quien alcanzaron los flecheros e hirieron gravemente. Dijo entonces Saúl a su escudero: Desenvaina tu espada, y quítame la vida; para que no lleguen estos incircuncisos y me maten, mofándose de mí. Mas su escudero no quiso hacerlo, sobrecogido de un sumo terror. Con esto Saúl desenvainó su espada, y se arrojó sobre ella. Al ver el escudero muerto a Saúl, se echó el mismo también sobre su espada, y murió junto con él. Así murió Saúl aquel día y con él tres de sus hijos, su escudero, y cuantos se hallaban cerca de él. Y viendo los israelitas que vivían en la otra parte del valle y pasado el Jordán, que habían huido los soldados de Israel, y muerto Saúl y sus hijos, abandonaron sus ciudades y escaparon; y vinieron los filisteos y se alojaron en ellas. Amanecido el día siguiente fueron los filisteos a despojar los muertos, entre los cuales hallaron a Saúl y a sus tres hijos tendidos sobre el monte Gelboé. Le cortaron a Saúl la cabeza, y lo despojaron de sus armas; y enviaron la noticia por todo el país de los filisteos, para que se publicara la victoria en el templo de los ídolos, y en los pueblos. Colocaron las armas de Saúl en el templo de Astarot, y colgaron su cuerpo en el muro de Betsán. Pero los moradores de Jabes Galaad, oído lo que los filisteos habían hecho con Saúl, salieron todos los más esforzados, anduvieron toda la noche, y quitaron el cadáver de Saúl y los cadáveres de sus hijos del muro de Betsán; y volviéndose a Jabes Galaad, allí los quemaron. Y recogidos sus huesos, los sepultaron en el bosque de Jabes, ayunando siete días. Muerto Saúl, hacía ya dos días que David se hallaba en Siceleg, de vuelta de la derrota de los amalecitas, cuando al tercer día compareció un hombre que venía del campamento de Saúl, rasgados sus vestidos y cubierta de polvo su cabeza; y acercándose a David, se postró sobre su rostro, haciéndole una profunda reverencia. Le preguntó David: ¿De dónde vienes? He podido escapar, de los campamentos de Israel. Le dijo David: ¿Pues qué ha sucedido?, decláramelo. Se trabó la batalla, respondió él, ha echado a huir la tropa, han quedado tendidos muchos en el campo, y hasta Saúl y su hijo Jonatás han perecido. Dijo David al joven que le daba esta nueva: ¿Cómo sabes tú que han muerto Saúl y Jonatás, su hijo? Le respondió aquel mozo: Llegué yo casualmente al monte Gelboé, al tiempo que Saúl se había arrojado sobre la punta de su lanza; y cuando ya los carros de guerra y la caballería del enemigo se le acercaban, volviéndose entonces a mirar atrás, y viéndome, me llamó. Y habiéndole respondido yo: Estoy a tu mandar; me preguntó: ¿Quién eres tú? Le dije: Soy un amalecita. Ponte sobre mí, dijo él, y mátame porque estoy ya en la agonía, y no acaba de salir mi alma. Por lo que poniéndome sobre él lo acabé de matar; bien cierto de que no podría sobrevivir después de tal desastre. Tome la diadema de su cabeza y el brazalete de su brazo, y te lo traigo a ti, que eres mi señor. Al punto David asió sus vestidos, y los rasgó, haciendo lo mismo cuantos le acompañaban. Y plañeron y lloraron, y ayunaron hasta la tarde por amor de Saúl y de Jonatás, su hijo, y del pueblo del Señor, y de la casa de Israel, porque habían sido pasados a cuchillo. Dijo después David al joven que había traído la noticia: ¿De dónde eres tú? Soy hijo, respondió de un hombre extranjero, amalecita. Le replicó David: Pues, ¿cómo has osado levantar tu mano para matar a un ungido del Señor? Y llamando a uno de sus soldados, le dijo: Arrójate sobre ese hombre, y mátalo. En efecto, se echó sobre él, y lo hirió, y lo mató; diciendo David al mismo tiempo: A nadie sino a ti mismo se impute tu muerte, porque tu propia boca ha dado testimonio contra ti, con haber dicho: Yo maté al ungido del Señor. Entonces fue cuando David compuso el siguiente cántico fúnebre sobre la muerte de Saúl y de su hijo Jonatás: Cántico llamado del Arco, que mandó a que se enseñase a los hijos de Judá, como está escrito en el Libro de los Justos. Dijo, pues, así: Considera, oh Israel, quiénes son los que fueron heridos y perdieron la vida sobre tus colinas. La flor de Israel ha perecido sobre tus montañas. ¡Cómo han sido muertos esos campeones! ¡Ah! No sea contada en Get esta nueva; no sea contada en las plazas de Ascalón; para que no hagan fiestas por ellas las hijas de los filisteos, para que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos. Montes de Gelboé, ni el rocío ni la lluvia caigan ya jamás sobre vosotros; ni campos haya de donde sacar la ofrenda de las primicias; puesto que allí es donde fue arrojado por el suelo el escudo de los fuertes, el escudo de Saúl, como si no hubiese sido ungido rey con el óleo santo. Nunca disparó flecha Jonatás que no se tiñera en sangre de los heridos; que no clavara en las entrañas de los valientes. Jamás dio golpe en vano la espada de Saúl. Saúl y Jonatás, amables y gloriosos durante su vida, más ligeros que las águilas, más fuertes que los leones, han sido inseparables hasta la muerte. Llorad, pues, oh hijas de Israel, llorad sobre Saúl, que os adornaba con delicados ropajes de grana; y os daba joyeles de oro para engalanaros. Mas, ¿cómo es, que así hayan los valientes perecido en el combate? ¿Cómo es, ¡oh montes de Gelboé!, que Jonatás ha sido muerto en vuestras alturas? ¡Oh, hermano mío Jonatás!, gallardo sobremanera, y digno de ser amado más que la más amable doncella, yo lloro por ti. Del modo que una madre ama a un hijo único que tiene, así te amaba yo. ¡Cómo han caído esos valientes, y se han perdido las armas con que peleaban! Después de todo esto, consultó David al Señor, diciendo: ¿Iré a alguna de las ciudades de Judá? Le respondió el Señor: Ve. Preguntó más David: ¿A cuál? Dijo el Señor: A Hebrón. En consecuencia David se puso en camino con sus dos esposas Aquinoam de Jezrael y Abigaíl, viuda de Nabal del Carmelo. Asimismo se llevó allá toda la gente que tenía consigo, cada uno con su familia, y se establecieron en los lugares cercanos a Hebrón; a donde acudieron los varones o ancianos de Judá, y allí lo ungieron por rey de la casa de Judá. Supo entonces David que los de Jabes de Galaad habían dado sepultura a Saúl; y les envió comisionados para que les dijesen de su parte: Benditos seáis del Señor, pues habéis hecho tal obra de misericordia con Saúl, vuestro señor, y le habéis dado sepultura. El Señor desde ahora se os mostrará sin duda alguna misericordioso y fiel; mas yo también me mostraré agradecido por esa acción que habéis hecho. Buen ánimo, y cobrad aliento; porque aunque ha muerto Saúl, vuestro señor, la casa de Judá me ha ungido a mí por su rey. Entretanto Abner, hijo de Ner, capitán general del ejército de Saúl, tomó a Isboset, hijo de Saúl, y lo paseó por todo el campamento; y lo hizo declarar rey de Galaad, de Gesuri, de Jezrael, de Efraín, de Benjamín y de todo Israel. Cuarenta años tenía Isboset, hijo de Saúl, cuando comenzó a reinar, y dos años reinó tranquilamente sobre Israel. No había más que la tribu de Judá que siguiese a David. El tiempo que habitó David en Hebrón, reinando sobre la casa de Judá, fue de siete años y seis meses. Entonces Abner, hijo de Ner, levantó el campo, y con el ejército de Isboset, hijo de Saúl, se fue a Gabaón. Pero Joab, hijo de Sarvia, por su parte, y los soldados de David salieron a su alcance, y los encontraron cerca del estanque de Gabaón; donde acamparon los unos frente a los otros, dejando en medio el estanque. Dijo entonces Abner a Joab: Salgan al campo algunos jóvenes, y escaramucen delante de nosotros. Respondió Joab: Salgan enhorabuena. Salieron, pues, y se presentaron doce jóvenes de la tribu de Benjamín, por parte de Isboset, hijo de Saúl, y doce de los jóvenes de David. Y asiendo cada uno por los cabellos la cabeza de su contrario, se atravesaron mutuamente el costado con las dagas, y murieron todos a un mismo tiempo; de donde fue llamado aquel sitio Campo de los valientes de Gabaón. Y se trabó aquel día una batalla muy reñida; mas las tropas de David hicieron volver la espalda a Abner y a los soldados de Israel. Estaban allí a la sazón tres hijos de Sarvia: Joab, Abisai y Asael. Era Asael extremadamente ligero de pies, como un corzo de los que andan por las selvas. Iba, pues, Asael al alcance de Abner, sin desviarse a la derecha ni a la izquierda, corriendo trás él incesantemente. Y volvió Abner la vista atrás, y dijo: ¿No eres tú Asael? Asael soy, respondió él. Pues tuerce, le dijo Abner, a la derecha o a la izquierda, y acomete a cualquiera de esos jóvenes, y apodérate de sus despojos. Mas Asael no quiso dejar de perseguirlo. Segunda vez replicó Abner a Asael: Retírate, deja de seguirme, no me pongas en términos en que me vea forzado a coserte en tierra con la lanza, y después no tenga valor para mirar la cara de tu hermano Joab. Mas él no hizo caso, ni quiso desviarse. Entonces Abner lo hirió con la parte inferior de la lanza en una ingle, y lo atravesó de parte a parte, dejándole muerto en el mismo sitio; y todos cuanto pasaban por el lugar en que Asael cayó muerto, se detenían. Mas Joab y Abisai continuaron hasta ponerse el sol en el alcance de Abner que iba huyendo, y llegaron hasta el collado del Acueducto, que está enfrente del valle, camino del desierto de Gabaón. Se reunieron entonces los hijos de Benjamín alrededor de Abner, y formando en columna, se apostaron en la cima de un cerro; desde donde Abner gritó a Joab, diciendo; ¿No se saciará de sangre tu espada, sino hasta el total exterminio? ¿No sabes que es cosa peligrosa reducir a la desesperación al enemigo? ¿No será ya tiempo de decir al pueblo que deje de perseguir a sus hermanos? Vive el Señor, respondió Joab, que si hubieses hablado antes, desde la mañana habría cesado la tropa de seguir el alcance a sus hermanos. Al punto Joab mandó sonar la bocina, y se detuvo e hizo alto todo el ejército, dejando de perseguir a Israel, y de pelear contra él. Y Abner con los suyos caminó toda aquella noche por la campiña, y pasaron el Jordán, y atravesado todo el país de Bet-Horón, volvieron a su campamento en Manahim. Joab por su parte, cesando de perseguir a Abner, volvió atrás, juntó toda su gente, y faltaron de los soldados de David diecinueve hombres, sin contar a Asael. Pero las gentes de David mataron a trescientos sesenta de los benjamitas y demás gente de Abner. A Asael lo llevaron consigo, y lo enterraron en Betlehem, en el sepulcro de su padre. Joab y su gente caminaron toda la noche, y al amanecer llegaron a Hebrón. Duró, pues, largo tiempo la lucha entre la casa de Saúl y la casa de David. Pero David iba siempre adelantado, y haciéndose más fuerte, mientras que la casa de Saúl iba decayendo cada día. Tuvo David varios hijos en Hebrón: el primero fue Amnón, que le dio Aquinoam de Jezrael; el segundo Queleab, nacido de Abigaíl, viuda de Nabal del Carmelo; el tercero fue Absalón, hijo de Maaca, la hija de Tolmai, rey de Gesur: El cuarto Adonías, hijo de Hagit, y el quinto Safatía, hijo de Abital. El sexto, finalmente, Jetraam, hijo de Egla, mujer también de David. Estos hijos le nacieron a David en Hebrón. Continuando, pues, la guerra entre la casa de Saúl y la de David, gobernaba Abner, hijo de Ner, la casa de Saúl. Había tenido Saúl una mujer secundaria llamada Resfa, hija de Aya; sobre la cual dijo Isboset a Abner: ¿Cómo te has acercado a la mujer secundaria, viuda de mi padre? Mas él, sumamente indignado por esas palabras de Isboset, respondió: ¿Acaso valgo yo tan poco como un vil perro contra la tribu de Judá; yo que he sostenido la casa de Saúl, tu padre, y a sus hermanos y allegados, y no he querido entregarte en manos de David? Y en pago de esto, ¿vas buscando ahora cómo hacerme cargos por razón de una mujer? Que Dios trate con todo su rigor a Abner, si no procurare a favor de David lo que tiene el Señor prometido con juramento, Esto es, el trasladar el reino de la casa de Saúl a la suya, y alzar el trono de David sobre Israel y sobre Judá, desde Dan hasta Bersabee. No se atrevió Isboset a replicarle, porque le temía. Pero Abner envió mensajeros que de su parte dijesen a David: ¿A quién pertenece todo este país sino a ti?, y además le añadiesen: Haz conmigo las amistades, que yo te ofrezco todas mis fuerzas, y reducir a tu obediencia todo Israel. Le respondió David: Bien está, yo haré contigo las amistades; pero una cosa exijo de ti, y te prevengo; y es, que no verás mi cara sin que primero me hayas traído a Micol, hija de Saúl; bajo esta condición podrás venir, y verme. En seguida envió David embajadores a Isboset, hijo de Saúl, diciendo: Restitúyeme mi mujer Micol, la cual se me dio por esposa, por haber muerto yo cien filisteos. Inmediatamente envió Isboset a buscarla, quitándosela a su segundo marido Falti o Faltiel, hijo de Lais; el cual la fue siguiendo y llorando hasta Bahurim, donde le dijo Abner: Anda y vuélvete. Y se volvió. Comenzó después Abner a tratar con los ancianos de Israel, y les dijo: Hace ya tiempo que vosotros deseabais tener a David por rey. Reconocedle, pues, ahora por tal, ya que el Señor ha hablado y ha dicho de David: Por mano de mi siervo David salvaré a mi pueblo de Israel del poder de los filisteos y de todos sus enemigos. Del mismo modo habló Abner a los de Benjamín. Y se fue a Hebrón para comunicar a David lo acordado con los de Israel y con todos los de Benjamín. Llegó, pues, allí acompañado de veinte personas. Y David dio un banquete a Abner y a los que le acompañaban. Dijo después Abner a David: Voy a marchar para reunir a ti, mi rey y señor, todo Israel, y concertar contigo, a fin de que seas reconocido y reines sobre todos como deseas. Luego que David hubo despedido a Abner y se había marchado éste contento, llegó Joab con las tropas de David; las cuales habiendo muerto a una partida de ladrones, venían con un botín grandísimo. No estaba ya Abner en Hebrón con David; pues cuando llegó Joab con toda la tropa, ya David había despedido a Abner, y se había ido éste contento. Mas no faltó quien diese la nueva a Joab, diciéndole: Vino Abner, hijo de Ner, a hablar al rey, y éste ha salido a despedirle, y Abner se ha vuelto contento. Oído que hubo esto Joab, entró al rey diciendo: Señor, ¿qué es lo que has hecho? Sé que Abner acaba de venir a ti: ¿por qué lo has dejado ir, y que se marche libremente? ¿No conoces quién es Abner, hijo de Ner, y que no ha venido a ti sino para engañarte, y espiar el estado de tus cosas, y enterarse de todo cuanto estás haciendo? Y luego que Joab salió de donde David, despachó correos tras de Abner, y lo hizo volver, sin saber nada David, desde la cisterna de Sira. Vuelto Abner a Hebrón, lo llamó Joab aparte, llevándolo al medio de la puerta, o juzgado de la ciudad, con pretexto de hablarle, urdida ya la traición; y allí le hirió en una ingle, y lo mató para vengar la sangre de Asael, su hermano. Al oír David lo que había sucedido, dijo: Sea Dios mi testigo para siempre de que yo y todo mi reino somos inocentes de la muerte de Abner, hijo de Ner. Caiga su sangre sobre la cabeza de Joab y sobre toda la casa de su padre; no falte jamás de la casa de Joab un flujo vergonzoso que los vuelva estériles, como ni tampoco leprosos, y hombres que lleven rueca en vez de espada, y haya siempre quienes mueran a cuchillo, y gentes que vayan mendigando el pan. Joab, pues, y Abisai, su hermano, mataron a Abner por haberles éste muerto a su hermano Asael en la batalla de Gabaón. David dijo a Joab y a todo el pueblo que estaba con él: Rasgad vuestros vestidos, y vestíos de sacos, y haced duelo en los funerales de Abner. El mismo rey David iba siguiendo el féretro. Sepultado que fue Abner en Hebrón, levantó el grito el rey David, y lloró sobre el sepulcro de Abner, acompañándole asimismo en el llanto todo el pueblo. Y el rey plañendo y deshaciéndose en lágrimas por Abner, dijo: No has muerto, oh Abner, como mueren los cobardes. Jamás tus manos se vieron atadas, ni cargados de grillos tus pies, sino que tú caíste, como suelen los buenos a manos de los malvados. Y todo el pueblo, repitiendo lo mismo, siguió llorando por él. Se levantó, pues, David y toda la gente para ir a comer, siendo aún día claro, juró David diciendo: No me haga Dios bien, y hágame si mucho mal, si antes de ponerse el sol probare yo pan, ni cosa ninguna. Lo que oyó todo el pueblo, quedando muy prendado de lo que había hecho el rey a vista de toda la muchedumbre. Con lo cual conoció todo Israel aquel día que el rey no había tenido parte alguna en el asesinato de Abner, hijo de Ner. Dijo también el rey a sus criados: ¿Acaso ignoráis que hoy ha perdido Israel un príncipe, y un príncipe grande? Yo me hallo todavía sin fuerzas, aunque ungido rey, y esos hijos de Sarvia son demasiado violentos para mí. Dé el Señor la pena al malhechor, conforme a su maldad. Cuando Isboset, hijo de Saúl, oyó que Abner había perecido en Hebrón, desmayó su corazón y todo Israel quedó consternado. Tenía este hijo de Saúl dos caudillos de tropas ligeras o guerrillas, de los cuales uno se llamaba Baana, y el otro Recab, hijos de Remmón de Berot de la tribu de Benjamín; pues Berot era contada entre las ciudades de Benjamín; aunque los berotitas se habían refugiado en Getaín, y morado allí como forasteros hasta entonces. Quedábale a Jonatás, hijo de Saúl, un hijo tullido de los pies, porque siendo de cinco años, cuando llegó de Jezrael la funesta noticia de Saúl y de Jonatás, lo tomó su ama de leche en brazos y echó a huir, y con la precipitación de la fuga cayó, y el niño quedó cojo. Se llamaba Mifiboset. Marcharon, pues, los hijos de Remmón berotita, Recab y Baana, y entraron en la mayor fuerza del sol en casa de Isboset, el cual estaba sobre su cama durmiendo la siesta. La portera de la casa, limpiando trigo, se había quedado dormida. Con esto Recab y Baana, su hermano, entraron sin ser vistos en la casa, tomando en la mano unas espigas de trigo e hirieron a Isboset en la ingle, y se escaparon. Pues al entrar ellos dormía Isboset sobre su lecho en la cámara, donde lo mataron, y cortándole la cabeza, anduvieron toda la noche por camino desierto, y la presentaron a David en Hebrón diciéndole: He aquí la cabeza de Isboset, hijo de Saúl, tu enemigo, que atentaba a tu vida. Dios ha vengado hoy al rey, mi señor, de Saúl y de su linaje. Pero David respondió a Recab y a Baana, su hermano, hijos de Remmón berotita, diciéndoles: Vive el Señor que ha librado mi alma de todos los apuros, que si al que me trajo la nueva diciéndome: Saúl es muerto, y pensaba darme una buena noticia, lo hice prender y matar en Siceleg, cuando parecía que se le debían dar albricias por la noticia, ¿cuánto más, oh hombres malvados, que habéis asesinado a un inocente dentro de su misma casa, sobre su cama, he de vengar yo ahora su sangre en vosotros que la habéis derramado con vuestras manos, y extirparos de la tierra? Dio, pues, David la orden a su gente, y los mataron; y cortándoles las manos y los pies, los colgaron junto al estanque de Hebrón; pero la cabeza de Isboset la pusieron en el sepulcro de Abner en Hebrón. Después de esto se presentaron todas las tribus de Israel a David en Hebrón, diciendo: Aquí nos tienes; hueso tuyo y carne tuya somos. A más de que tiempo atrás, cuando Saúl era nuestro rey, tú eras el que capitaneaba a Israel; y a ti te ha dicho el Señor: Tú apacentarás a mi pueblo de Israel y tú serás su caudillo. Vinieron también los ancianos de Israel a tratar con el rey en Hebrón, y capituló allí con ellos el rey David delante del Señor; después de lo cual lo ungieron por rey de todo Israel. Treinta años tenía David cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta. En Hebrón reinó sobre Judá siete años y seis meses, y en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre todo Israel y Judá. Porque a pocos días el rey con toda la gente que tenía consigo se dirigió a Jerusalén contra los jebuseos, moradores de aquel territorio, y le dijeron a David los sitiados: No entrarás acá dentro de esta plaza si no echas primero de ella a los ciegos y cojos, los cuales están diciendo: No entrará David acá. Sin embargo, David se apoderó del alcázar de Sión, que se llama hoy Ciudad de David. Para lo cual había ofrecido aquel día del asalto un premio al que batiese a los jebuseos, y ganando lo alto de los muros, arrojase de allí a los ciegos y a los cojos enemigos enconados de David; de donde se dice por refrán: Ni ciego ni cojo entrarán en el templo. Habitó, pues, David en el alcázar, y lo llamó Ciudad de David; e hizo construir varios edificios alrededor, e interiormente, comenzando desde Mello. De esta suerte se iba fortificando y engrandeciendo más y más, y el Señor Dios de los ejércitos estaba con él. Además Hiram, rey de Tiro, envió embajadores a David y le remitió maderas de cedro, y carpinteros y canteros para levantar edificios; y fabricaron la casa de David. Y David en todo esto reconoció que el Señor le había confirmado en el reino sobre Israel, y elevado para siempre al gobierno de su pueblo de Israel. Tomó también David en Jerusalén , después que vino de Hebrón, otras mujeres de segundo y de primer orden, de quienes tuvo otros hijos e hijas. He aquí los nombres de los hijos que tuvo en Jerusalén : Samua, Sabab, Natán y Salomón , Jebahar, Elisua, Nefeg, Jafia, Elisama, Elioda y Elifalet. Luego que oyeron los filisteos que David había sido ungido rey sobre Israel, se pusieron todos en movimiento para ir contra David: lo que sabiendo éste, se atrincheró en una posición muy fuerte. Entretanto los filisteos habiendo avanzado se extendieron por el valle de Rafaím. Y David consultó al Señor, diciendo: ¿Será bien que yo acometa a los filisteos? ¿Los entregarás en mis manos? Ve, respondió el Señor, que en tus manos los pondré infaliblemente. Bajó, pues, David a Baal Farasim, y allí los derrotó. Por lo que dijo: El Señor ha dispersado delante de mí a mis enemigos, como agua que se derrama. Por eso se llamó aquel sitio Baal Farasim. Y los filisteos dejaron allí sus ídolos, los cuales recogieron David y su gente. Todavía los filisteos volvieron a salir a campaña, y se dispersaron por el valle de Rafaím. Consultó David al Señor, diciendo: ¿Acometeré a los filisteos, y los entregarás tú en mis manos? Le respondió el Señor: No los acometas de frente, sino da la vuelta por sus espaldas, y embístelos por enfrente de los perales. Y cuando sintieres el ruido de uno que anda por entre las copas de los perales, entonces darás el combate; porque entonces saldrá el Señor a tu frente para atacar el campamento de los filisteos. Lo hizo así David, como el Señor se lo había mandado, y fue batiendo a los filisteos desde Gabaa hasta la entrada de Gezer. Reunió después David nuevamente todos los soldados más escogidos de Israel en número de treinta mil; y se puso en marcha con toda la gente principal de la tribu de Judá que con él estaba, para traerse de Cariatiarim el arca de Dios, en presencia de la cual es invocado el nombre del Señor de los ejércitos, que está sentado encima de ella sobre los querubines. Y pusieron el arca de Dios en un carro nuevo sacándola de casa de Abinadab, que habitaba en Gabaa; siendo Oza y Ahío, hijos de Abinadab, los que iban guiando el carro nuevo. Luego que sacaron el arca de Dios de la casa de Abinadab, en cuya custodia estaba en Gabaa, Ahío iba delante del arca . David y todo Israel festejaban al Señor con toda suerte de instrumentos de madera, con cítaras, y liras, y tambores, y sistros, y címbalos. Mas así que llegaron a la era de Nacón, extendió Oza la mano hacia el arca de Dios, y la sostuvo, porque los bueyes coceaban y la habían hecho inclinar. Y el Señor indignado en gran manera contra Oza, lo castigó por su temeridad, y quedó allí muerto junto al arca de Dios. Se entristeció David por haber castigado Dios a Oza; y llamó aquel lugar Castigo de Oza, nombre que conserva hasta hoy. Por lo que David concibió en aquel día un gran temor al Señor, y dijo: ¿Cómo ha de ir a mi casa el arca del Señor? Y así no quiso que se llevase el arca del Señor a su casa en la Ciudad de David, sino que la trasladó a casa del levita Obededom, geteo. Estuvo, pues, el arca en casa de Obededom de Get tres meses y bendijo el Señor a Obededom y toda su casa. Dieron luego aviso al rey David de que el Señor había echado la bendición sobre Obededom y sobre todas sus cosas, por causa del arca de Dios. Fue, pues, David, y trasladó el arca de Dios de la casa de Obededom a la Ciudad de David con gran regocijo; e iban junto a David siete coros de músicos y un becerro para el sacrificio. Y cada seis pasos que andaban los que llevaban el arca del Señor, inmolaba un buey y un carnero. Y ceñido David de un efod de lino, danzaba con todas sus fuerzas delante del arca del Señor; y de este modo acompañado de toda la casa de Israel, conducía el arca del Testamento del Señor con júbilo y al son de las trompetas o clarines. Mas al entrar el arca del Señor en la Ciudad de David, Micol, hija de Saúl, mirando desde una ventana, vio al rey David bailando y saltando delante del Señor; y lo despreció en su corazón. Introdujeron, pues, los levitas el arca del Señor, y la colocaron en su sitio, en medio del Tabernáculo que le había mandado levantar David, el cual ofreció holocaustos y víctimas pacíficas en acción de gracias delante del Señor. Así que acabó de ofrecer los holocaustos y las víctimas pacíficas bendijo al pueblo, en el nombre del Señor Dios de los ejércitos. Y distribuyó a toda la muchedumbre de israelitas que le habían acompañado, tanto a hombres como a mujeres, a cada persona una torta de pan, un pedazo de carne de buey asada, y flor de harina frita en aceite. Con esto se retiró toda la gente, cada cual a su casa. David también entró en la suya para bendecirla; y Micol, hija de Saúl, saliendo a recibirle, le dijo: ¡Qué bella figura ha hecho hoy el rey de Israel, despojándose de sus insignias delante de las criadas de sus siervos, y desnudándose ni más ni menos de lo que haría si fuese un bufón! Pero David respondió a Micol: Delante del Señor, que me eligió en lugar de tu padre y de toda su descendencia, y que me mandó ser el caudillo del pueblo del Señor en Israel, bailaré yo, y me abatiré todavía más de lo que he hecho, y seré despreciable a los ojos míos; y a los de las criadas, de que has hablado, y pareceré más glorioso. Por lo que Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos todo el tiempo que vivió. Estando ya el rey David de asiento en su casa, y habiéndole concedido el Señor paz por todas partes con todos sus enemigos, dijo al profeta Natán: ¿No reparas que yo habito en una casa de cedro, mientras el arca de Dios está debajo de pieles? No te detengas, respondió el profeta Natán al rey: Haz lo que te dicta tu corazón, pues el Señor está contigo. Mas aquella misma noche he aquí que el Señor habló a Natán, diciéndole: Anda y dile a mi siervo David: Esto dice el Señor: ¿Conque tú piensas edificarme casa para mi habitación? Pues yo no he habitado en ninguna casa, desde el día que saqué a los hijos de Israel de la tierra de Egipto hasta el presente, sino que he habitado en pabellones y tiendas. ¿Por ventura en todos los lugares por donde pasé con todos los hijos de Israel, he hablado nunca a alguna de las tribus, a quien hubiese yo encargado el gobierno de mi pueblo Israel, ni le he dicho jamás: Por qué no me edificáis una casa de cedro? Ahora bien, tú dirás a mi siervo David: Esto dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de las dehesas donde apacentabas el ganado, a fin de que fueses el caudillo de mi pueblo de Israel. Por todas partes donde has andado he estado contigo; he exterminado delante de ti a todos tus enemigos, y hecho tu nombre tan célebre como el de los grandes de la tierra. También colocaré en un lugar estable a mi pueblo de Israel, lo estableceré en él, y en él habitará, sin ser inquietado más; ni los hijos de iniquidad volverán a humillarle como lo hacían antes, desde el tiempo en que constituí jueces sobre mi pueblo de Israel; y yo te daré la paz con todos tus enemigos. Además el Señor es el que te promete desde ahora que él mismo dará un firme estar a tu casa. Y cuando hayas terminado tus días e ido a descansar con tus padres, yo levantaré después de ti a un hijo tuyo, que nacerá de ti, y consolidaré su reino. Este edificará un templo en que será adorado mi Nombre, y yo afirmaré su regio trono para siempre. Yo seré su padre, y él será mi hijo; que si en algo obrare mal, yo lo corregiré paternalmente con vara de hombres, y con castigos de hijos de hombres. Mas no apartaré de él mi misericordia, como la aparté de Saúl, a quien arrojé de mi presencia. Antes tu casa será estable y verás permanecer eternamente tu reino, y tu trono será firme para siempre. Conforme a todas estas palabras de Dios, y conforme a toda esta revelación, así habló Natán a David. Entonces David fue a presentarse delante del Señor en el Tabernáculo, y permaneciendo allí en oración, dijo: ¿Quién soy yo, Señor Dios mío, y cuál es mi casa para haberme elevado hasta este punto? Y pareciéndote aún, ¡oh Señor Dios!, que esto era poco a tus ojos, has querido asegurar a tu siervo la permanencia de su casa para los siglos venideros; que tal es la ley o el deseo de los hijos de Adán, ¡oh Señor Dios! ¿Qué más podrá decir ahora David hablando contigo, puesto que tú, Señor Dios mío, conoces bien a tu siervo y su gratitud? Por amor de tu palabra y según tu corazón has hecho estas grandes maravillas, y aun las has manifestado a tu siervo. En lo cual, ¡oh Señor Dios mío! has ostentado tu grandeza; que nadie hay semejante a ti, ni hay Dios fuera de ti, según todas las cosas que hemos oído con nuestros mismos oídos. Y ¿qué nación hay sobre la tierra comparable a tu pueblo de Israel, al cual tú has ido a rescatar para hacer de él un pueblo tuyo, en el cual has engrandecido tu nombre con las maravillas obradas en favor suyo, y en cuya presencia has hecho tan espantosos prodigios para sacarle de la esclavitud de Egipto, y castigar a aquella tierra, su gente y su dios o rey? Pues tú escogiste a Israel para que fuese para siempre tu pueblo; y tú, ¡ah Señor Dios!, quisiste hacerte su Dios. Ahora, pues, ¡oh Señor Dios!, mantén siempre viva la promesa que has hecho a tu siervo para él y para su casa, y hazlo como has dicho; para que tu nombre sea eternamente engrandecido, y se diga: El Señor de los ejércitos es el Dios de Israel. Sí, la casa de tu siervo David será estable delante del Señor; porque tú, ¡oh Señor de los ejércitos, Dios de Israel!, revelaste y dijiste a tu siervo: Yo te fundaré una casa estable; de aquí es que tu siervo se ha animado para dirigirte esta plegaria. Ahora, pues, Señor y Dios mío, tú eres Dios, y se cumplirán tus palabras. Ya que has prometido a tu siervo tales bienes, empieza desde luego y echa la bendición sobre la casa de tu siervo, para que siempre subsista en tu acatamiento; puesto que tú, ¡oh Señor Dios!, has hablado y dicho que la casa de tu siervo será bendita con tu bendición eternamente. Después de esto derrotó David a los filisteos, y los humilló, y les arrancó de la mano el freno del tributo. También destrozó a los moabitas; y a los prisioneros, haciéndolos tender en el suelo, los midió a cordel; dos fueron las cuerdas con que los midió, y sorteó una para dar muerte, y otra para salvarles la vida. Con esto quedaron los moabitas sujetos a David y tributarios suyos. Destrozó igualmente David a Adarecer, hijo de Rohob, rey de Soba, cuando salió a campaña para extender sus dominios hasta el río Eufrates; e hizo mil setecientos prisioneros de a caballo, y veinte mil de a pie, desjarretando asimismo todos los caballos de los carros de guerra, sin dejar más que los necesarios para cien de éstos. Acudieron los siros de Damasco a socorrer a Adarecer, rey de Soba, y David pasó a cuchillo a veintidós mil de ellos. Con lo que puso David guarniciones en la Siria de Damasco, la cual le quedó sujeta y tributaria; y le guardó el Señor en todas las expediciones que hizo. Y se llevó las armas de oro que tenían los cortesanos de Adarecer, y las trajo a Jerusalén . Asimismo sacó de Bete y de Berot, ciudades de Adarecer, inmensa cantidad de cobre. Entonces oyendo Tou, rey de Emat, que David había destrozado todas las fuerzas de Adarecer, envió a Joram, su hijo, a saludar a David, a fin de congratularse con él, y darle gracias por haber vencido y deshecho a Adarecer; pues Tou era enemigo de Adarecer. Joram trajo consigo alhajas de oro, de plata y de cobre; las que David consagró también al Señor, además de la plata y oro que le había ya consagrado, de todas las naciones que había sojuzgado, de la Siria, de Moab, de los amonitas, de los filisteos, de los amalecitas y de los despojos de Adarecer, hijo de Rohob, rey de Soba. Adquirió también David gran nombradía cuando en el valle de las Salinas, al volver de la conquista de Siria, mató a dieciocho mil hombres. Puso gobernadores y guarniciones en la Idumea, quedándole toda ella sujeta, y le guardó el Señor en todas las expediciones que hizo. Reinó, pues, David sobre todo Israel, y daba audiencia, y administraba justicia a todo su pueblo. Joab, hijo de Sarvia, era el general de sus tropas; Josafat, hijo de Ahilud, era su secretario o cronista; Sadoc, hijo de Aquitob, y Aquimelec, hijo de Abiatar, eran los sumos sacerdotes, y Saraías le servía de escribano. Banaías, hijo de Joíada, era capitán de los cereteos y feleteos. Pero los hijos de David eran los primeros después del rey. Dijo también David: ¿Si habrá quedado alguno de la casa de Saúl, a quien pueda yo hacer bien por amor de Jonatás? Había a la sazón un criado de Saúl, llamado Siba. Lo hizo venir el rey, y le dijo: ¿Eres tú Siba? Sí, señor, respondió él, Siba soy, para lo que queráis mandarme. Le preguntó el rey: ¿Vive por ventura alguno de la casa de Saúl, para que pueda yo hacerle grandes mercedes? Le respondió Siba: Sí, señor; vive todavía un hijo de Jonatás, estropeado de los pies. ¿Dónde está?, replicó David. Está, dijo Siba, en Lodabar, en casa de Maquir, hijo de Ammiel. Envió, pues, David por él, y lo hizo venir de Lodabar, de la casa de Maquir, hijo de Ammiel. Llegado que fue Mifiboset, hijo de Jonatás, hijo de Saúl, a la presencia de David, se postró sobre su rostro, haciéndole una profunda reverencia. Le dijo entonces David: ¡Mifiboset! Aquí tienes, señor, respondió él, a tu siervo. Y David: No tienes que temer, le dijo, pues yo pienso colmarte de mercedes por amor de Jonatás, tu padre, y restituirte todas las heredades de tu abuelo Saúl; y tú comerás siempre a mi mesa. Mifiboset, haciéndole profunda reverencia, dijo: ¿Quién soy yo, siervo tuyo, para que te hayas dignado poner los ojos en un perro muerto cual soy yo? Llamó, pues, el rey a Siba, criado de Saúl, y le dijo: He dado al hijo de tu amo todo cuanto poseía Saúl y todos los bienes de su casa. Por tanto cuida tú con tus hijos y criados de labrarle las tierras, y de proveer a Micá, el hijo de tu amo Mifiboset, lo necesario para sus alimentos. En cuanto a Mifiboset, hijo de tu difunto señor, comerá siempre a mi mesa. Es de saber que Siba tenía quince hijos y veinte siervos. Y dijo Siba al rey: Como tú se lo has mandado, así lo hará, mi señor y rey, este tu siervo. En cuanto a Mifiboset, repitió David, comerá a mi mesa como uno de los hijos del rey. Tenía Mifiboset un hijo pequeño llamado Micá, y toda la familia de Siba estaba al servicio de Mifiboset. Mas éste vivía en Jerusalén , porque todos los días comía a la mesa del rey. Era Mifiboset cojo de ambos pies. Aconteció después de esto que murió el rey de los hijos de Amón, y lo sucedió en el trono su hijo Hanón. Dijo entonces David: Quiero demostrar mi afecto y compasión a Hanón, hijo de Naas, según hizo su padre conmigo. Le envió, pues, embajadores para consolarlo de la muerte de su padre. Mas luego que llegaron éstos al país de los hijos de Amón, dijeron los magnates de los amonitas a Hanón, su señor: ¿Crees tú que David te ha enviado éstos para consolarte, y honrar así la memoria de tu padre; y no más bien que te ha enviado sus criados para espiar y reconocer el estado de la ciudad, y destruirla algún día? Con esto Hanón hizo prender a los criados de David, y raerles la mitad de la barba, y cortarles los vestidos hasta cerca de la cintura, y los despachó. Lo que sabido por David, envió luego a encontrarlos, porque se hallaban sumamente avergonzados, y a decirles: Deteneos en Jericó , hasta que os crezca la barba, y entonces volveréis. Mas los amonitas reflexionando en la injuria hecha a David, tomaron a su sueldo veinte mil infantes de la Siria de Rohob y de la Siria de Soba, mil hombres del rey de Maaca y doce mil de Istob. De lo que informado David despachó contra ellos a Joab con todas las tropas. Salieron, pues, los amonitas, y se formaron en batalla frente a la entrada de la puerta de la ciudad; pero los siros de Soba y de Rohob, de Istob y de Maaca estaban aparte en el campo. Viendo, pues, Joab que iban a acometerle de frente y por retaguardia, escogió entre todos los soldados de Israel a los más valientes, y se puso en orden de batalla contra los siros. Y el resto del ejército se lo entregó a su hermano Abisai, el cual marchó de frente contra los hijos de Amón. Y le dijo Joab: Si los siros prevalecieren contra mí, tú vendrás a socorrerme; y si los amonitas prevalecieren contra ti, iré yo a auxiliarte. Pórtate como hombre de valor, y peleemos por nuestro pueblo y por la ciudad de nuestro Dios; por lo demás el Señor dispondrá lo que sea de su mayor agrado. Con esto Joab atacó con sus tropas a los siros; los cuales huyeron al instante volviéndole las espaldas. Y cuando los hijos de Amón vieron que los siros habían huido, echaron también ellos a huir de delante de Abisai, retirándose a la plaza. Y Joab dejó el país de los hijos de Amón, y volvió a Jerusalén . Entretanto los siros viéndose derrotados por Israel, volvieron a rehacerse. Adarecer hizo venir a los siros que habitaban a la otra parte del río, y juntó de ellos un ejército al mando de Sobac, general de las armas de Adarecer. Avisado de esto David, reunió todas las tropas de Israel; pasó el Jordán, y fue a Helam; y los siros presentando la batalla a David pelearon contra él. Pero Israel los puso en fuga, y destrozó David setecientos carros de los siros y cuarenta mil caballos; e hirió al capitán general Sobac, que murió al instante. Pues como todos aquellos reyes que seguían el partido de Adarecer se viesen vencidos por Israel, se llenaron de pavor, y volvieron las espaldas a presencia de Israel cincuenta y ocho mil hombres. Al fin hicieron paces con los israelitas, y se les sujetaron; y no se atrevieron más los siros a prestar socorro a los amonitas. Y acaeció a la vuelta de un año, al tiempo que suelen los reyes salir a campaña, que David envió a Joab y con él a sus oficiales, y a todo el ejército de Israel, a talar el país de los amonitas, y sitiaron a Rabba, su capital. David se quedó en Jerusalén . Entretanto sucedió que un día levantándose David de su cama después de la siesta, se puso a pasear por el terrado de su palacio, y vio en otra casa de enfrente una mujer que se estaba lavando en su baño; y era de extremada hermosura. Envió, pues, el rey a saber quién era aquella mujer, y le dijeron que era Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías, heteo. David la hizo venir a su palacio, habiendo enviado primero a algunos que le hablasen de su parte; y entrada que fue a su presencia, durmió con ella; la cual se purificó luego de su inmundicia; y volvió preñada a su casa. De lo que dio aviso a David, diciendo: He concebido. En seguida despachó David un correo a Joab, diciéndole: Envíame a Urías, heteo. Se lo envió Joab; y llegado Urías, le preguntó David en qué estado estaban Joab y sus tropas, y cómo iban las cosas de la guerra. Dijo después David a Urías: Vete a tu casa; lava tus pies, y descansa. Salido que fue Urías de palacio, le envió el rey en seguida comida de su real mesa. Mas Urías durmió delante de la puerta de palacio con otros criados u oficiales de su señor, y no fue a su casa. Se lo contaron luego a David, diciéndole: Urías no ha ido a su casa. Por lo que dijo David a Urías: ¿No has llegado de un viaje? Pues, ¿cómo no has bajado a descansar en tu casa? Respondió Urías a David: El arca de Dios, e Israel y Judá están en tiendas de campaña, y mi señor Joab y los siervos de mi señor duermen en el duro suelo; ¿e iría yo a mi casa a comer y beber, y dormir con mi mujer? Por la vida y por la salud de mi rey juro que no haré tal cosa. Le dijo entonces David: Quédate también hoy aquí, que mañana te despacharé. Se quedó, pues, Urías en Jerusalén aquel día y el siguiente. Lo convidó David a comer y beber en su mesa, y procuró embriagarlo; mas él saliendo al anochecer, se fue a dormir en su tarima del cuerpo de guardia con los oficiales de su señor, y no bajó a su casa. Llegada que fue la mañana, escribió David una carta a Joab, y se la remitió por mano de Urías. Decía en ella: Pon a Urías al frente en donde esté lo más recio del combate; y desamparadle para que sea herido y muera. Estando, pues Joab en el sitio de la ciudad, puso a Urías frente al puesto donde sabía que estaban los más valientes de los enemigos. Los cuales habiendo hecho una salida de la ciudad, cargaron sobre Joab, y murieron algunos del ejército de David, y entre éstos también Urías, heteo. Inmediatamente Joab despachó aviso a David de todo lo ocurrido en el choque, dando esta orden al correo: Luego que hubieres acabado de referir al rey cuanto ha pasado en el ejército, si ves que él se irrita, y dice: ¿Por qué os fuisteis a pelear tan cerca del muro? ¿No sabíais que de lo alto de él se arrojan con furia muchos dardos? ¿Quién mató a Abimelec, hijo de Jerobaal? ¿No fue una mujer la que en Tebes desde la muralla arrojó sobre él un pedazo de una piedra de molino, y la mató? ¿Cómo, pues os arrimasteis al muro? Tú entonces dirás: También quedó muerto tu siervo Urías, heteo. Partió, pues, el correo; y llegando refirió a David todo lo que Joab le había mandado, y habló de esta manera: Los sitiados han tenido una pequeña ventaja sobre nosotros; hicieron una salida contra nuestro campamento, mas echándonos sobre ellos, los rechazaron hasta las puertas de la ciudad. Pero los ballesteros desde lo alto del muro arrojaron sus tiros sobre tus siervos, de que murieron algunos de tus soldados, y entre ellos también Urías heteo, tu siervo. Respondió David al mensajero: Le dirás a Joab: No desmayes por ese fracaso; porque los acaecimientos de la guerra son varios, y una vez éste, otra vez aquél, perecen algunos al filo de la espada. Reanima a tus guerreros contra la ciudad, y esfuérzalos hasta destruirla. Supo la mujer de Urías que había muerto su marido, y le hizo el duelo. Acabados los siete días del luto, David la hizo venir a palacio, y la tomó por esposa; y ella le dio después un hijo. Mas esto que hizo David fue sumamente desagradable a los ojos del Señor. El Señor, pues, envió Natán a David, al cual dijo Natán luego de llegado: Había dos hombres en una ciudad de tu reino, el uno rico y el otro pobre. Tenía el rico ovejas y bueyes en grandísimo número. El pobre no tenía nada más que una ovejita que había comprado y criado, y que había crecido en su casa entre sus hijos, comiendo de su pan y bebiendo en su vaso, y durmiendo en su seno, y la quería como si fuese una hija suya. Mas habiendo llegado un huésped a casa del rico, no quiso éste tocar a sus ovejas, ni a sus bueyes para dar el convite al forastero que le había llegado; sino que quitó la ovejita al pobre, y la aderezó para dar de comer al huésped que tenía en casa. Oído esto, David, altamente indignado contra aquel hombre, dijo a Natán: Vive Dios que hombre que tal hizo es reo de muerte. Pagará cuatro veces la oveja, por haber hecho ese atentado, y no haber tenido consideración al pobre. Dijo entonces Natán a David: Ese hombre eres tú. Esto es lo que dice el Señor Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel, y te libré de la mano de Saúl. Te di la casa de tu señor, y puse a tu arbitrio sus mujeres; te hice dueño también de la casa de Israel y de Judá; y si esto es poco, te añadiré aun cosas mucho mayores. ¿Cómo, pues, has vilipendiado mi palabra, haciendo el mal delante de mis ojos? A Urías, heteo, le hiciste perder la vida, y has tomado su mujer para mujer tuya, matándole a él con la espada de los hijos de Amón. Por lo cual no se apartará jamás de tu casa la espada de la muerte, porque me has despreciado y has quitado la mujer a Urías, heteo, para que fuese mujer tuya. He aquí, pues, lo que dice el Señor: Yo haré salir de tu propia casa los desastres contra ti, y te quitaré tus mujeres delante de tus ojos, se las daré a otro, el cual dormirá con ellas a la luz de este sol. Porque tú has cometido el pecado ocultamente; pero yo haré esto que digo a vista de todo Israel y a la luz misma del sol. Dijo David a Natán: Pequé contra el Señor. Le respondió Natán: También el Señor, que ve tu dolor, te ha perdonado el pecado. No morirás. Pero como tú has sido causa de que los enemigos del Señor hayan blasfemado contra él, el hijo que te ha nacido del adulterio, morirá irremisiblemente. Dicho esto, se retiró Natán a su casa. En efecto, el Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y fue desahuciado. No obstante, David rogó al Señor por el niño, y ayunó con rigor extremado; y retirándose aparte se estuvo postrado en tierra. Fueron a él los más ancianos o principiantes de sus domésticos, para obligarle a fuerza de ruegos a que se levantase del suelo; mas él no quiso hacerlo, ni tomar con ellos alimento. Murió el día séptimo el infante, y los criados de David temían darle la noticia de la muerte, porque decían: Si cuando aún el niño vivía, le hablábamos y no quería escucharnos, ¿cuánto más se afligirá ahora, si le decimos que el niño ha muerto? David observando que sus criados andaban en murmullos, conoció ser muerto el niño; y así les dijo: ¿Es que ha muerto ya el niño? Y respondieron: Ha muerto. Entonces David se levantó del suelo; se lavó y se ungió; y mudando de ropa, entró en la casa del Señor, y lo adoró. Pasando después a su palacio, pidió que le pusiesen la mesa, y comió. Y le dijeron sus criados: ¿De qué provendrá esto? Tú ayunabas y llorabas por el niño cuando aún vivía, y ahora que ha muerto, te has levantado y has comido. Les respondió David: He ayunado y llorado por el niño mientras vivía, porque decía yo: ¿Quién sabe si el Señor me lo dejará, y quedará con vida el niño? Mas ahora que ya ha muerto, ¿a qué fin he de ayunar? Por ventura ¿podré restituirle a la vida? Antes bien iré yo a él; pero él no volverá a mí. Consoló después David a Betsabé, su esposa; y estuvo, y durmió con ella; la cual le dio un hijo, a quien David puso por nombre Salomón , y a quien amó el Señor. Y por medio del profeta Natán le puso también el nombre de Amado del Señor, en atención al amor que el Señor le tenía. Entretanto prosiguió Joab el asedio de Rabbat de los amonitas; y estando para dar el asalto a esta ciudad regia, remitió correos a David, diciendo: He combatido a Rabbat, y está para ser tomada la ciudad de las aguas. Junta, pues, ahora el resto del ejército, y ven a batir la ciudad y tomarla; a fin de que, conquistándola yo, no se me atribuya a mí el honor de la victoria. Juntó, pues, David todas las tropas, y marchó contra Rabbat, y la tomó por asalto. Y quitó de la cabeza de su rey la corona, que pesaba un talento de oro, y tenía piedras preciosísimas; la cual fue puesta sobre la cabeza o trono de David. Además de esto, llevó de la ciudad muchísimos despojos. A los habitantes los sacó fuera, y mandó que unos fuesen aserrados, haciendo pasar sobre otros narrias o carros con ruedas de hierro, y despedazarlos con cuchillos y arrojarlos en los hornos de ladrillos. Así trató a todas las ciudades de los amonitas. En seguida volvió David con todo su ejército a Jerusalén . Sucedió después que Amnón, hijo de David, se enamoró de una hermana de Absalón, también hijo de David, llamada Tamar, la cual era en extremo hermosa; y creció tanto en él la pasión, que el amor suyo vino a enfermar; pues como Tamar era virgen, le parecía muy dificultoso poder hacer con ella cosa alguna deshonesta. Tenía Amnón un amigo que se llamaba Jonadab, hijo de Semmaa, hermano de David, sumamente astuto. Le dijo, pues, éste a Amnón: ¿En qué consiste, príncipe mío, que cada día te vas poniendo más flaco? ¿Por qué no te descubres conmigo? Le respondió Amnón: Estoy enamorado de Tamar, hermana de Absalón, mi hermano. Replicó Jonadab: Quédate en cama, como que estás malo, y cuando venga tu padre a visitarte, dile: Te suplico que venga mi hermana Tamar a darme la comida, y me componga ella misma algún plato con que me alimente. Se puso, pues, Amnón en cama, y empezó a fingirse enfermo; y habiendo venido el rey a visitarlo, le dijo Amnón: Te ruego que venga a verme mi hermana Tamar, y que a presencia mía me haga un par de hojuelas, que coma yo de su mano. Con esto David envió un recado a casa de Tamar, y la hizo decir: Anda, ve a casa de tu hermano Amnón, y hazle alguna cosa de comer. Pasó Tamar a casa de su hermano Amnón, que estaba en cama; y tomando harina, la amasó, y batiéndola hizo a vista de él unos pastelillos; y después de cocidos, los puso en un plato, y se los presentó. Mas Amnón no quiso comer; dijo: Salgan todos fuera de aquí. Salido que hubieron todos, dijo Amnón a Tamar: Entra la comida en mi aposento, para que la reciba yo de tu mano. Cogió, pues, Tamar los pastelillos que había aderezado, y se los entró a su hermano Amnón en su aposento. Y así que le presentó el plato, asió de ella, diciéndole: Ven, hermana mía, duerme conmigo. La cual le respondió: No quieras hacerme violencia, hermano mío, no, pues no es esto permitido en Israel; no hagas tal villanía, porque yo no podré sufrir mi oprobio, y tú serás tenido por un insensato en Israel. Mejor será que hables al rey para casarme contigo, que no rehusará entregarme a ti. Mas Amnón no quiso aquietarse con estos ruegos, sino que prevaleciendo en fuerzas, la violentó y durmió con ella. Y en seguida le tomó tan extraordinaria aversión, que era más intenso el odio que concibió contra ella, que el amor con que antes la amaba; y así le dijo Amnón: Levántate y vete de aquí. Le replicó Tamar: El ultraje que ahora me haces echándome de esa manera, es mayor que el que me has hecho antes. Pero Amnón no quiso escucharla; antes llamando a uno de sus criados le dijo: Hazla salir de aquí, y cierra tras ella la puerta. Estaba Tamar vestida de una ropa talar de varios colores, traje que acostumbraban a usar las doncellas hijas del rey. El criado, pues, de Amnón la hizo salir fuera del aposento, y cerró tras ella la puerta. Entonces Tamar esparciendo ceniza sobre su cabeza, y rasgando su ropa talar, se fue dando gritos y cubriéndose con ambas manos la cabeza. Le dijo Absalón, su hermano: ¿Es acaso que tu hermano ha abusado de ti? Mas por ahora, hermana mía calla; que al fin es hermano tuyo; no te desesperes por esa desgracia. Con eso Tamar se quedó en casa de su hermano Absalón, consumiéndose de tristeza y de dolor. Habiendo David oído este suceso, se afligió sobremanera; mas no quiso contristar el ánimo de su hijo Amnón; porque lo amaba muy particularmente por ser su primogénito. Absalón no habló de esto con Amnón ni en bien ni en mal; a pesar de que le tomó gran odio, por haber violado a su hermana Tamar. Al cabo de dos años acaeció que Absalón hacía el esquileo de sus ovejas en Baalasor, que está cerca de la ciudad de Efraín o Efrem, y convidó Absalón a todos los hijos del rey. A este fin fue a ver al rey y le dijo: Te hago presente que esquilan las ovejas de tu siervo; venga, pues, te suplico, el rey con sus criados a la casa de su siervo. Respondió el rey a Absalón: No quieras pretender que vayamos todos, pues te sería muy costoso. Y como le hiciese nuevas instancias, David rehusó siempre ir, y le echó su bendición. Mas Absalón replicó: Ya que tú no quieres venir, venga, te suplico, con nosotros a lo menos mi hermano Amnón. Le dijo el rey: No hay necesidad de que vaya contigo. Al fin le importunó tanto Absalón, que dejó ir con él a Amnón con todos sus hermanos. El convite que Absalón tenía dispuesto era como un banquete de un rey. Y había ordenado y dicho a sus criados: Estad alerta; y cuando Amnón estuviere tomando vino, y os diere la señal, heridlo entonces y matadlo; no tenéis que temer; que yo soy el que os mando. Coraje, y portaos como valientes. Hicieron, pues, los criados de Absalón lo que éste les había mandado contra Amnón. Con lo que levantándose de la mesa montaron cada uno en su mula, y echaron a huir. Estando todavía en el camino, llegó a oídos de David el rumor de que Absalón había asesinado a todos los hijos del rey, sin quedar ni siquiera uno solo. Se levantó al instante el rey, y rasgó sus vestidos, se postró sobre la tierra; y se rasgaron asimismo los vestidos de los criados que le asistían. Entonces Jonadab, hijo de Semmaa, hermano de David, dijo al rey: No se imagine el rey mi señor que hayan sido asesinados todos los hijos del rey; sólo Amnón es el que ha perecido; porque Absalón tenía jurado perderle desde el día que violó a Tamar, hermana suya. No piense, pues, ni dé crédito el rey mi señor a esa voz que corre de que todos los hijos del rey han sido asesinados; porque sólo Amnón es el que ha muerto. Entretanto escapó Absalón. Un criado que estaba de atalaya, tendiendo la vista, vio venir mucha gente por un camino extraviado al lado del monte. Dijo entonces Jonadab al rey: Mira allí muchos hijos del rey; conforme a lo que ha dicho tu siervo, así ha sucedido. Apenas acabó de hablar, cuando se dejaron ver también los hijos del rey; y luego que llegaron, alzaron el grito y echaron a llorar. Se deshacían asimismo el rey y todos sus criados. Absalón huyó y fue a refugiarse en casa de Tolomai, hijo de Ammiud, rey de Gesur. Y David lloraba continuamente a su hijo. Permaneció Absalón tres años en Gesur, después que huyó y se retiró allí. Al cabo el rey David dejó de perseguir a Absalón por habérsele templado la pena de muerte de Amnón. Advirtiendo, pues, Joab, hijo de Sarvia, que el corazón del rey se inclinaba ya a Absalón, envió a Tecua, e hizo venir de allí una mujer, sagaz, a la cual dijo: Finge que estás de duelo, y ponte un vestido de luto, y no te unjas, a fin de que parezcas ser una mujer que hace muchísimo tiempo está de duelo por un difunto. Y te presentarás ante el rey y le dirás esto y esto. Y la instruyó Joab en todo lo que había de decir. Así, pues, presentándose la mujer de Tecua al rey, se postró en tierra delante de él, y haciéndole profunda reverencia le dijo: ¡Oh rey, sálvame! Le dijo el rey: ¿Qué es lo que tienes? ¡Ay de mí!, respondió ella, soy una mujer viuda; pues se me ha muerto mi marido. Tenía tu sierva dos hijos, que riñeron entre sí en el campo, donde no había nadie que pudiese separarlos, y el uno hirió al otro, y lo mató. Y he aquí que ahora toda la parentela conjurándose contra tu sierva, dice: Entréganos el que mató a su hermano, para hacerle morir en venganza de la sangre de su hermano y a quien quitó la vida; y acabemos con ese heredero. De esta suerte pretenden extinguir la sola centella que me había quedado, para que no reste de mi marido nombre ni reliquia sobre la tierra. Respondió el rey a la mujer: Vete a tu casa, que yo daré providencia en favor tuyo. Replicó la mujer tecuita al rey: Recaiga sobre mí la culpa, oh rey y señor mío, y sobre la casa de mi padre; y queden sin ella el rey y su trono. Dijo el rey: Si alguno se metiere contigo, hazlo venir delante de mí, que no se atreverá a incomodarte más. Añadió ella: Por el Señor Dios suyo, pido al rey que reprima con su autoridad la multitud de parientes que quieren vengar con la muerte de mi hijo la sangre del difunto, y haga que no le maten de manera alguna. Le dijo el rey: Vive Dios que no caerá ni un cabello de tu hijo. Dijo entonces la mujer: Permita mi rey y señor que esta sierva le hable una palabra. Habla, respondió el rey. Dijo, pues la mujer: ¿Cómo señor, has pensado tú hacer lo mismo en daño del pueblo de Dios? y ¿por qué ha resuelto el rey hacer ese mal, en lugar de hacer volver a su hijo del destierro? Todos nos vamos muriendo, y deslizando como el agua derramada por la tierra, la cual nunca vuelve atrás; ni Dios quiere que perezca ningún hombre, antes bien está propenso siempre a revocar la sentencia, a fin de que no perezca enteramente el que está abatido. Por esto, pues, he venido yo ahora a proponer a mi rey y señor esta súplica en presencia del pueblo. Porque dijo tu sierva: Hablaré al rey, a ver si de algún modo puedo obtener la gracia que le pediré. En efecto, el rey me la ha otorgado, librando a su sierva de las manos que todos aquellos que intentaban exterminarnos a mí y a mi hijo de la heredad o pueblo de Dios. Con que bien podrá suplicar tu esclava que la palabra del rey mi señor a favor de mi hijo, se cumpla a favor de Absalón, como un sacrificio acepto a Dios; porque mi señor rey es como un ángel de Dios, que no se mueve ni por bendiciones o aplausos , ni por maldiciones. De aquí es que el Señor Dios tuyo está contigo. A lo que respondió el rey a la mujer: No me ocultes nada de lo que voy a preguntarte. Y ella: Hablad mi rey y señor. ¿No es verdad, prosiguió el rey, que todo lo que me has dicho es cosa dispuesta por Joab? Respondió la mujer, y dijo: Por vida tuya (que Dios conserve), oh mi rey y señor, que has dado directamente en el blanco; pues realmente tu siervo Joab es el mismo que me lo ha mandado, y el que ha puesto en boca de tu sierva todas las palabras que te ha dicho. La parábola de que me he valido, quien la ha dispuesto ha sido tu siervo Joab. Mas tú, oh rey mi señor, eres sabio como lo es un ángel de Dios, para entender todas las cosas del mundo. Dijo entonces el rey a Joab: Concedo la gracia que pides; anda pues, y haz volver a mi hijo Absalón. Aquí Joab, postrándose en tierra sobre su rostro, hizo una profunda reverencia al rey, le dio las gracias, y añadió: Oh rey y señor mío, hoy ha reconocido tu siervo que ha hallado gracia en tus ojos; pues que has otorgado la súplica que te he hecho. En seguida se levantó Joab, y pasó a Gesur, de donde se trajo a Absalón a Jerusalén . Pero el rey había dicho: Vuelva a su casa; mas no comparezca en mi presencia. Volvió, pues, Absalón a su casa; mas no vio la cara al rey. No había en todo Israel hombre tan hermoso, ni de tan gallarda presencia como Absalón; desde la coronilla de la cabeza, no había en él el menor defecto. Cuando se cortaba el cabello (que lo ejecutaba una vez al año, pues le incomodaba la cabellera), pesaban los cabellos de su cabeza o se apreciaban en doscientos siclos del peso común. Tuvo Absalón tres hijos y una hija llamada Tamar, de extremada hermosura. Hacía dos años que estaba Absalón en Jerusalén , y no había visto la cara del rey. Mandó, pues, llamar a Joab para enviarle al rey, y no quiso venir. Despachándole segundo recado, y no queriendo venir tampoco, dijo a sus criados: Ya sabéis el campo de Joab, que linda con el mío, donde la cebada está para segarse; id y pegadle fuego. Al punto los criados de Absalón prendieron fuego a las mieses. Y viniendo los criados de Joab, rasgados sus vestidos, le dijeron: Los criados de Absalón han puesto fuego a una parte de tu campo. Fue pues, Joab a casa de Absalón. Y le dijo: ¿Por qué razón tus criados han puesto fuego a mis mieses? Le respondió Absalón: Es que yo envié a llamarte, rogándote que vinieras, para que dijeses de mi parte al rey: ¿A qué fin he vuelto de Gesur? Para esto me era mejor estarme allí. Alcánzame, pues, la gracia de que pueda ver la cara del rey; y que si aún recuerda mi delito, quíteme la vida. Entonces Joab presentándose al rey le dio cuenta de todo esto; después de lo cual fue llamado Absalón, que entró donde el rey estaba, y arrojándose a sus pies lo adoró, y el rey besó a Absalón. Después de esto Absalón se equipó de carrozas, tomó gentes de a caballo, y cincuenta guardias que fuesen corriendo delante de él. Y levantándose de madrugada, se ponía a la entrada de la puerta; y a todos los que tenían negocios de tratar, y venían a pedir justicia al rey, los llamaba Absalón, y les decía: ¿De dónde eres tú? Le respondía el hombre: Yo, siervo tuyo, soy de tal tribu de Israel. Y Absalón le hablaba así: Tus pretensiones me parecen razonables y justas; la lástima es que no hay persona puesta por el rey para oírte. Y añadía Absalón: ¡Oh, quién me constituyese juez o gobernador de esta tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen negocios, y yo les hiciese justicia! Además, cuando alguno se acercaba para hacerle reverencia, le alargaba la mano, y dándole un abrazo lo besaba. Esto hacía con todos los de Israel que venían a que el rey los oyese y juzgase; con lo cual robaba al rey los corazones de los israelitas. Pero cumplido el año cuadragésimo, dijo Absalón al rey David: Permíteme que vaya a cumplir en Hebrón unos votos que tengo hechos al Señor. Pues cuando tu siervo estaba en Gesur, en la Siria, hizo muy de veras este voto al Dios: Si el Señor me restituyere a Jerusalén , le ofreceré un sacrificio. Le respondió el rey David: Anda enhorabuena. Con esto se puso en camino; y marchó a Hebrón. Y despachó Absalón emisarios por todas las tribus de Israel, diciendo: Luego que oigáis el sonido de la trompeta, decid: Absalón ha sido alzado rey en Hebrón. Fueron también con Absalón doscientos hombres de Jerusalén , que había convidado; los cuales le siguieron con sencillez de corazón, sin saber nada de sus designios. Hizo venir asimismo a Aquitofel, gilonita, consejero de David, de su ciudad de Gilo. Al tiempo, pues, que estaba inmolando las víctimas, se formaba una regia conjuración; e iba creciendo el número de la gente que corría en tropel al partido de Absalón. Le llegó, pues, a David un mensajero, diciendo: Todo Israel se va con plena voluntad en pos de Absalón. Entonces David dijo a sus criados, que tenía consigo en Jerusalén : Daos prisa, huyamos; de lo contrario vamos a caer en manos de Absalón; apresurémonos a salir; no sea que nos sorprenda, y se arroje sobre nosotros, y pase a cuchillo la ciudad. Le respondieron al rey sus criados: Todo cuanto nos ordenare el rey nuestro señor lo ejecutaremos gustosos tus siervos. Salió, pues, el rey con toda su familia a pie; y dejó a diez de sus mujeres secundarias para custodia del palacio. Salido que hubo a pie con todos los israelitas que le acompañaban, se paró al estar ya lejos de su casa; y todos sus criados iban a su lado. E iban delante del rey las legiones de Cereti y de Feleti, y todos los geteos, guerreros valientes, que en número de seiscientos hombres de a pie le habían seguido desde Get. Dijo entonces el rey a Etai, geteo: ¿Para qué vienes con nosotros? Vuélvete y quédate con el nuevo rey; pues tú eres un extranjero que estás fuera de tu patria. Ayer llegaste a Jerusalén ; ¿Y hoy has de verte obligado a salir con nosotros? Yo por mí iré a donde hubiere de ir; pero tú vuélvete y llévate a tus hermanos los seiscientos geteos. El Señor es fiel y misericordioso, recompensará el celo y la lealtad con que me has servido. Pero Etai le respondió: Vive Dios, y vive el rey mi señor, que doquiera que tú, ¡Oh rey mi señor mío!, estuvieres, o para morir o para vivir, allí estará tu siervo. Con esto dijo David a Etai: Ven, pues, y pasa el torrente Cedrón. Y pasó Etai, geteo, con todos los que le acompañaban y la demás gente. Lloraban con grandes sollozos; y fue pasando toda la muchedumbre. Pasó también el rey el torrente Cedrón, y se encaminó toda la gente por el camino que va al desierto. Vino asimismo el sumo sacerdote Sadoc, acompañado de todos los levitas, que llevaban el arca del Testamento de Dios, y la colocaron allí. Abiatar se mantuvo junto a ella, hasta que aca-bó de pasar todo el pueblo que salía de la ciudad. Dijo entonces el rey a Sadoc: Vuelve a llevar a la ciudad el arca de Dios, que si yo hallare gracia en los ojos del Señor, él me volverá aquí, y me dejará ver otra vez su arca y su Tabernáculo. Que si me dijere: No eres acepto a mis ojos, a su disposición estoy, haga de mí lo que fuere de su mayor agrado. Y añadió el rey al sumo sacerdote Sadoc: Oh vidente, vuélvete en paz a la ciudad con tu hijo Aquímaas y con Jonatás, hijo de Abiatar; estén con vosotros esos dos hijos vuestros. Yo voy a ocultarme en los campos del desierto, hasta tanto que me enviéis otras noticias del estado de las cosas. Sadoc, pues, y Abiatar, volvieron el arca de Dios a Jerusalén , donde se quedaron. Entretanto subía David la cuesta de las Olivas, y la subía llorando, caminando a pie descalzo y tapada la cabeza; e igualmente subía llorando con la cabeza tapada todo el pueblo que le acompañaba. Y recibió aviso David de que Aquitofel entraba también en la conjuración de Absalón. Oh Señor, exclamó entonces, desconcierta, te ruego, los consejos de Aquitofel. Estando ya para llegar David a la cumbre del monte desde donde había de adorar al Señor, he aquí que se le presentó Cusai, araquita, con el vestido rasgado y la cabeza cubierta de polvo. Le dijo David: Si quieres venir conmigo, me servirás de carga; pero si volvieres a la ciudad y dijeres a Absalón: Siervo tuyo soy, oh rey; como serví a tu padre, así te serviré a ti; entonces podrás desconcertar los consejos de Aquitofel. Allí tienes contigo a Sadoc y Abiatar, sumos sacerdotes; todo cuanto oyeres decir en la casa del rey, se lo comunicarás a ellos. En su compañía están dos hijos suyos, Aquímaas, hijo de Sadoc, y Jonatás, hijo de Abiatar, y por ellos me enviaréis a decir todo lo que supiereis. Cusai, pues amigo de David, se volvió a Jerusalén ; adonde llegó al mismo tiempo que entraba también Absalón. Apenas hubo David bajado un poco de la cima del monte, se dejó ver Siba, criado de Mifiboset, que venía a su encuentro con dos asnos cargados de doscientos panes, y cien hilos de pasas, y cien panes de higos secos, y un pellejo de vino. Le dijo el rey: ¿Para qué todo esto? Los asnos, respondió Siba, son para que monte la familia del rey; los panes y la fruta para que coman tus criados; y el vino para que pueda beber por el desierto el que desfalleciere. Preguntó más el rey: ¿Dónde está el hijo de tu señor? Y Siba respondió: Se ha quedado en Jerusalén , diciendo: Hoy me restituirá la casa de Israel el reino de mi padre. Dijo el rey de Siba: Sean tuyas todas las cosas que poseía Mifiboset. A lo que contestó Siba: Lo que yo pido, ¡oh mi rey y señor!, es el hallar gracia en tus ojos. Llegó, pues, el rey David hasta Bahurim; y he aquí que salía de esta ciudad un hombre de la parentela de Saúl, llamado Semei, hijo de Gera; el cual lo seguía de cerca, echándole maldiciones. Y arrojaba píedras contra David y todos sus criados, mientras todo el pueblo y todos los guerreros iban en filas al lado derecho y al lado derecho del rey. Estas eran las palabras que decia Semei, maldiciendo al rey: ¡Anda, anda, hombre sanguinario, hombre de Belial! Ahora te ha dado el Señor el pago de toda la sangre derramada en casa de Saúl; por cuanto tú le usurpaste el reino, el Señor se lo ha traspasado a manos de tu hijo Absalón; mira cómo te ves oprimido de males, por haber sido tú un hombre sanguinario. Entonces Abisai, hijo de Sarvia, dijo al rey: Y ¿por qué ese perro muerto ha de estar maldiciendo al rey mi señor? Iré y le cortaré la cabeza. Mas el rey le replicó: ¿Qué tengo yo con vosotros, oh hijos de Sarvia? Dejadlo maldecir; pues el Señor ha dispuesto que maldiga a David. ¿Y quién osará preguntarle por qué lo ha dispuesto así? Dijo el rey a Abisai y a todos sus criados: Vosotros estáis viendo que un hijo mío, nacido de mis entrañas, busca cómo quitarme la vida; ¿pues qué importa que me trate así ahora un hijo de Jemini? Dejadle que me maldiga, conforme a la permisión del Señor. Quizá el Señor se apiadará de mí, y me devolverá bienes por las maldiciones que este día he recibido. Así, pues, David proseguía su camino acompañado de sus gentes; pero Semei iba al lado por la loma del monte, maldiciendo, y arrojando piedras contra David, y esparciendo polvo. En fin, el rey y su gente llegaron fatigados a Bahurim, donde descansaron. Entretanto Absalón con los de su partido entró en Jerusalén , acompañado también de Aquitofel. Cusai, araquita, amigo de David, fue a presentarse a Absalón, diciéndole: Dios te guarde, oh rey; oh rey, Dios te guarde. Le respondió Absalón: ¿Y ésta es la gratitud tuya para con tu amigo? ¿Cómo no has ido a acompañar a tu amigo? De ningún modo, respondió Cusai, porque yo he de ser de aquel a quien ha elegido el Señor, y todo este pueblo, y todo Israel y con él estaré. Además, ¿a quién debo servir yo?, ¿no es al hijo del rey? Como he obedecido a tu padre, de la misma manera te obedeceré también a ti. Dijo entonces Absalón a Aquitofel: Tratad entre los dos qué es lo que debemos hacer. Y dijo Aquitofel a Absalón: Abusa de las mujeres de tu padre, las cuales dejó para guardar su palacio; a fin de que sabiendo todo Israel que has hecho esta afrenta a tu padre, se comprometan más en su partido. Levantaron, pues, un pabellón para Absalón en el terrado del palacio; y a vista de todo Israel fue a estar con las mujeres secundarias de su padre. Los consejos que daba Aquitofel eran mirados entonces como oráculos del mismo Dios; tan estimados eran los consejos de Aquitofel, así cuando estaba al lado de David, como cuando estaba con Absalón. Dijo, pues, Aquitofel a Absalón: Escogeré doce mil hombres, y partiré esta noche a perseguir a David; y echándome sobre él (mientras estén todos cansados y desmayados), le derrotaré; y luego que huyere toda la gente que tiene consigo, quedará el rey desamparado y acabaré con él. Con lo cual conduciré otra vez a toda aquella gente, como se hace volver a un hombre solo; por cuanto tú no buscas sino una sola persona; y muerta ésta, todo el pueblo quedará en paz. Pareció bien a Absalón y a todos los ancianos de Israel este pensamiento de Aquitofel. No obstante dijo Absalón: Llamad a Cusai y Araqui, y oigamos también su dictamen. Venido que fue Cusai a la presencia de Absalón, le dijo éste: Tal es el parecer que ha dado Aquitofel; ¿debemos seguirlo o no? ¿Qué consejo das tú? Respondió Cusai a Absalón: Por esta vez no me parece bueno el consejo de Aquitofel. Y añadió Cusai: No ignoras que tu padre y la gente que te sigue son varones muy esforzados, y en la actualidad de ánimo exasperado, como una osa embravecida en un bosque cuando le han robado sus cachorillos. Sobre todo, tu padre es un hombre aguerrido, y así no se detendrá con su gente. A esta hora estará tal vez escondido en las cavernas, u otro lugar que habrá escogido, y si al primer choque cayere alguno de los nuestros, se publicará luego por todas partes que el ejército que sigue a Absalón ha sido derrotado. Y al oír esto, los más valientes de tu ejército, cuyo corazón es como de leones, desmayarán de temor; pues sabe todo el pueblo de Israel que tu padre es un varón esforzado, y que es gente valerosa la que lo sigue. Por donde me parece será mejor consejo este: Reúnanse contigo todo el pueblo de Israel, desde Dan hasta Bersabee, imnumerable que es como las arenas del mar; y tú te pondrás en medio de todos. Y nos echaremos sobre David en cualquier lugar en que se hallare; y siendo nosotros tantos, lo cubriremos como el rocío que suele cubrir la tierra, no dejando con vida ni uno siquiera de los que lo siguen. Y si se metiere dentro de alguna ciudad, ceñirá todo Israel con maromas aquella ciudad, y lo arrastraremos hasta el torrente; de suerte que no quede de ella ni una piedrecita. Dijo entonces Absalón, con todos los ancianos de Israel: Mejor es el consejo de Cusai, araquita que el de Aquitofel. Así por disposición del Señor fue disipado el consejo de Aquitofel; que era para ellos el más acertado; porque el Señor quería descargar todo el mal sobre Absalón. En seguida dijo Cusai a los sumos sacerdotes Sadoc y Abiatar: Esto y esto ha aconsejado Aquitofel a Absalón y a los ancianos de Israel; y yo le he aconsejado esto otro. Ahora, pues, enviad cuanto antes a decir a David: No pares esta noche en las campiñas del desierto; antes bien pasa sin dilación a la otra parte del Jordán. No suceda que sea arrollado el rey con toda su gente. Entretanto Jonatás y Aquímaas estaban a la mira junto a la fuente de Rogel. Fue allí una criada, y les dio el aviso, y marcharon a llevar al rey la noticia; pues ellos no podían entrar en la ciudad, para no ser vistos. Con todo, los vio un muchacho, y los delató a Absalón; mas ellos a toda prisa se metieron en la casa de cierto vecino de Bahurim, la cual tenía un pozo en su patio y se escondieron en él. La mujer de la casa tomó una cubierta y la extendió sobre la boca del pozo, como para secar la cebada mondada; y así quedó oculta la cosa. Y habiendo llegado los criados de Absalón a la casa, preguntaron a la mujer: ¿Dónde están Aquímaas y Jonatás? Les respondió: Pasaron de corrida, sin hacer más que beber un poco de agua. Con eso los que buscaban, no encontrándolos, se volvieron a Jerusalén . Así que se fueron, subieron los otros del pozo, y prosiguiendo su camino dieron aviso al rey David diciendo: Levantad el campo, y pasad prontamente el río, pues esto ha aconsejado Aquitofel contra vosotros. Marchó, pues, David con toda su gente, y pasó el Jordán antes del amanecer, sin que quedase a la otra parte ni siquiera uno. Mientras tanto Aquitofel, viendo que no se había seguido su consejo aparejó su asno, montó, y se fue a su casa de Gilo, su patria; y dispuestos los negocios de su familia, se ahorcó; y fue sepultado en el sepulcro de su padre. David llegó a los campamentos; y Absalón pasó después el Jordán, seguido de todo Israel. Dio Absalón el mando del ejército a Amasa, en lugar de Joab, que seguía el partido de David. Era Amasa hijo de un varón natural de Jezrael, llamado Jetra, el cual había casado con Abigaíl, hija de Naas, padre de David, y hermano de Sarvia, madre de Joab. Acampó Israel con Absalón en tierra de Galaad. Luego que David volvió a los campamentos, Sobi, hijo de Naas, de Rabat, ciudad de amonitas, y Maquir, hijo de Ammiel, de la ciudad de Lodabar, y Berzellai de Rogelim en Galaad, le ofrecieron camas, y alfombras, y vasijas de barro, y trigo, y cebada, y harina, y polenta, y habas, y lentejas, y garbanzos tostados, y miel, y manteca de vacas, ovejas y terneros gordos; y lo dieron todo a David y a la gente que lo acompañaba, para que comiesen, persuadidos de que estarían todos acosados del hambre y la sed, hallándose en un desierto. David, pues, habiendo pasado revista a su gente, eligió tribunos y centuriones que la mandasen. Y dio a Joab el mando de un tercio del ejército; el del segundo tercio a Abisai, hijo de Sarvia y hermano de Joab; y el del otro tercio a Etai, natural de Get. Dijo después el rey a sus tropas: Yo quiero salir también con vosotros al combate. Le respondieron: No debes venir de ningún modo, pues aun cuando los enemigos nos hagan huir, no habrán logrado gran cosa; ni aunque muera la mitad de nosostros, no quedarán muy satisfechos; porque tú sólo vales por diez mil. Así mejor es que te quedes en la ciudad para poder socorrernos. Les dijo el rey: Haré lo que bien os pareciere. Y se puso en la puerta de la ciudad, mientras iba desfilando el ejército en cuerpos de a cien y de a mil hombres. Entonces dio a Joab, a Abisai y a Etai esta orden: Conservadme a mi hijo Absalón. Y oyó todo el ejército que el rey recomendaba a todos los caudillos que conservasen a Absalón. Salió, en fin, el ejército a pelear contra Israel, y se dio la batalla en el bosque de Efraín; donde fue derrotado el ejército de Israel por las tropas de David. La mortandad fue grande; quedaron allí tendidos veinte mil hombres; y los restantes se dispersaron por todo aquel país; y fueron muchos más los que perecieron huyendo por el bosque que los que murieron a filo de espada en aquel día. Y sucedió que huyendo Absalón montando en un mulo, se encontró con la gente de David, y como se metiese el mulo debajo de una frondosa y grande encina, se le enredó a Absalón la cabeza en dicho árbol, y pasando adelante el mulo en que iba montado, quedó colgado en el aire entre el cielo y la tierra. Lo vio uno, y avisó a Joab, diciendo: He visto a Absalón colgado de una encina. Respondió Joab al hombre que le daba la noticia: Si lo viste, ¿por qué no lo has cosido con la tierra a puñaladas, y yo te habría dado diez ciclos de plata, y te habría honrado con un cinturón? Pero él replicó a Joab: Aunque pusieras en mi mano mil monedas de plata, no extendería yo mi mano contra el hijo del rey; pues que, oyéndolo nosotros, te mandó el rey a ti, y a Abisai, y a Etai diciendo: Conservadme a mi hijo Absalón. Y aun cuando me hubiera arrojado a hacer una acción tan temeraria, no se hubiera podido ocultar esto al rey; ¿Y me habrías tú entonces defendido? Dijo Joab: No será lo que dices; yo mismo lo he de atravesar a tu vista. Cogió, pues, tres dardos o rejones en su mano, y los clavó en el corazón de Absalón; y como todavía palpitase colgado de la encina, acudieron corriendo diez jóvenes escuderos de Joab, y lo acabaron de matar a cuchilladas. Al punto Joab hizo tocar la trompeta, y contuvo al ejército para que no persiguiese a Israel que iba huyendo; queriendo perdonar a la muchedumbre. A Absalón lo descolgaron, y lo echaron en una gran hoya, en el bosque, formando sobre él un elevadísimo montón de piedras. Mientras tanto todo Israel huyó, cada uno a su casa. Absalón, cuando aún vivía, se había erigido un monumento que se conserva en el Valle del Rey, porque decía: Ya que no tengo hijos, esto servirá para memoria de mi nombre. Dio, pues, su nombre a este monumento, el cual se llama aún hasta hoy día: La mano de Absalón. Dijo en seguida Aquímaas, hijo de Sadoc: Iré a dar la nueva al rey de que el Señor lo ha vengado y le ha hecho justicia contra sus enemigos. Le respondió Joab: No serás tú el mensajero en esta ocasión, sino en otra; hoy no quiero que vayas tú a llevar las noticias; pues ha muerto el hijo del rey. Y así dijo Joab a Cusi: Ve tú y refiere al rey lo que has visto. Cusi hizo una profunda reverencia a Joab, y echó a correr. Instó Aquímaas, hijo de Sadoc, nuevamente a Joab diciendo: ¿Qué inconveniente hay en que yo vaya corriendo tras de Cusi? Le respondió Joab: ¿Para qué quieres ir a correr, hijo mío? Serás el portador de una mala noticia. ¿Qué importa, replicó, que yo corra? Anda, pues, dijo Joab. Con esto Aquímaas, corriendo por un atajo se adelantó a Cusi. Estaba a la sazón David sentado entre las dos puertas de la ciudad. Y el centinela apostado encima de la puerta sobre la muralla, tendiendo la vista, vio un hombre solo que venía corriendo; y dio voces y se lo avisó al rey; el cual dijo: Si viene solo, trae buenas nuevas. Y mientras él apretaba el paso, y se acercaba más, vio el centinela otro hombre que venía corriendo, y gritando desde lo alto, dijo: Me parece divisar otro hombre que viene corriendo solo. Dijo el rey: También ése trae buenas nuevas. Añadió el atalaya: El modo de correr del primero me hace pensar que es Aquímaas, hijo de Sadoc. Ese es un buen sujeto, dijo el rey; sin duda que trae buenas noticias. En esto Aquímaas gritando de lejos, dijo al rey: Señor, Dios te guarde. Y postrándose en tierra delante del rey, y haciéndole profundo acatamiento, dijo: Bendito sea el Señor Dios tuyo que ha entregado en tus manos a los que se habían sublevado contra el rey, mi señor. Y dijo el rey: ¿Está vivo y sano mi hijo Absalón? Le respondió Aquímaas: Cuando Joab, tu siervo, me envió a ti, oh rey, vi que se había levantado un gran tumulto; no sé otra cosa. Le dijo el rey: Pasa y ponte aquí. Y apenas se apartó y se puso en su sitio, compareció Cusi, y al llegar dijo: ¡Albricias, rey señor mío!, porque el Señor ha sentenciado hoy a tu favor contra el poder de todos los que se rebelaron contra ti. Mas el rey preguntó a Cusi: ¿Está vivo y sano mi hijo Absalón? Le respondió Cusi: Tengan la suerte de ese joven los enemigos del rey, mi señor, y cuántos se levantaren contra él para dañarle. Entonces el rey, lleno de tristeza, subió a la torre o cuarto que estaba sobre la puerta, y se echó a llorar, diciendo mientras subía: ¡Hijo mío Absalón! ¡Absalón, hijo mío! ¡Quién me diera, Absalón hijo mío, que yo muriera por ti! ¡Oh hijo mío Absalón! Y avisaron a Joab que el rey estaba llorando y que hacía duelo por su hijo; con lo que la victoria en aquel día se convirtió en luto para todo el ejército; pues la gente oyó decir aquel día: El rey está traspasado de dolor por causa de su hijo. Y así las tropas se abstuvieron de hacer su entrada en la ciudad, como suele abstenerse un ejército derrotado que viene huyendo de una batalla. El rey cubrió su cabeza, y exclamaba en alta voz: ¡Hijo mío Absalón! ¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío! Mas Joab entrando en la casa donde el rey estaba, le dijo: Tú has cubierto hoy de confusión los rostros de todos tus siervos, que han salvado tu vida y la vida de tus hijos e hijas, y la vida de tus esposas o reinas, y la de tus demás mujeres secundarias. Amas a los que te aborrecen, y aborreces a los que te aman, y hoy has mostrado que nada se te da de tus capitanes, ni de tus soldados; y verdaderamente acabo de conocer ahora que si Absalón viviese y todos nosotros hubiésemos perecido, entonces estarías contento. Ahora, pues, ven y sal afuera, habla a tus soldados y manifiéstales que estás satisfecho de ellos; porque yo te juro por el Señor, que si tú no sales, ni un hombre solo ha de quedar contigo esta noche; y te hallarás en un peligro, el mayor de cuantos has tenido desde tu juventud hasta hoy. Con esto salió el rey y se sentó a la puerta de la ciudad; y sabiendo el pueblo que el rey estaba allí, vino toda la gente a presentarse delante de él. Entretanto los de Israel huyeron a sus tiendas. Además todo el pueblo esparcido por todas las tribus de Israel, a competencia decía: El rey nos libró del poder de nuestros enemigos, él nos salvó de las manos de los filisteos; y ahora ha tenido que huir de esta tierra por causa de Absalón. Y pues que Absalón, a quien ungimos por nuestro rey, ha muerto en la batalla, ¿qué es lo que esperáis? ¿Por qué no hacéis volver al rey? Advertido el rey David de esta buena disposición de todo Israel a su favor, envió a decir a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: Hablad a los ancianos de Judá y decidles: ¿Cómo sois los últimos en procurar que el rey vuelva a su casa? Vosotros sois hermanos míos, sois carne y sangre mía; ¿por qué, pues, sois los postreros en hacer volver al rey? Decid también de mi parte a Amasa: Por ventura ¿no eres tú carne y sangre mía? No me haga el Señor ningún bien, y sí mucho mal, si no te hiciere general perpetuo de mis tropas, en vez de Joab. De esta suerte ganó el corazón de todos los varones de Judá, como si fuesen un solo hombre, y unánimemente enviaron a decir al rey: Vuelve con todos los tuyos. Volvió, pues, el rey, y vino hasta el Jordán; y todo Judá fue hasta Gálgala para recibir al rey, y hacer que pasase el Jordán. También Semei, hijo de Gera de la tribu de Benjamín, natural de Bahurim, acudió a toda prisa, y vino con los de la tribu de Judá a encontrar al rey David, con mil hombres de Benjamín, e iba con ellos Siba, criado de la casa de Saúl, con sus quince hijos y veinte siervos. Y rompiendo por el Jordán para ponerse delante del rey, atravesaron el vado, a fin de hacer pasar la familia del rey, y ponerse a sus órdenes. Luego que el rey hubo pasado el Jordán, Semei, hijo de Gera, postrándose a sus pies, le dijo: No quieras castigar, señor, mi maldad, ni te acuerdes de las injurias recibidas de tu siervo el día que saliste, oh rey y señor mío, de Jerusalén , y no las conserves, oh rey, en tu corazón; porque reconozco yo, tu siervo, el crimen que cometí, y por eso he venido hoy el primero de toda la casa de José a recibir al rey mi señor. A lo que respondiendo Abisai, hijo de Sarvia, dijo: ¿Cómo? ¿Y por estas palabras se ha de escapar de la muerte Semei, habiendo maldecido al ungido del Señor? Mas David dijo: ¿Qué tengo yo que hacer con vosotros, oh hijos de Sarvia? ¿Por qué hacéis hoy conmigo el oficio de diablos o tentadores? ¿Es hoy día de hacer morir a un hijo de Israel? ¿Puedo acaso olvidar que en este día he sido hecho nuevamente rey de Israel? Y así dijo a Semei: No morirás. Y se lo juró. También Mifiboset, hijo de Saúl, descendió al encuentro del rey, y en señal de dolor no se había lavado los pies, ni hecho la barba, ni mudado sus vestidos desde el día que salió el rey de Jerusalén , hasta que regresó felizmente. Se presentó, pues, al rey en Jerusalén , y le dijo el rey: ¿Por qué no fuiste conmigo, Mifiboset? El cual respondió: ¡Ah! mi criado, oh rey y señor mío, se burló de mí, pues estando como estoy impedido de las piernas, le había dicho que me aparejase un asno para montar y seguirte; y sobre no hacerlo, fue a calumniarme a mí, siervo tuvo, delante de ti, que eres mi rey y señor; mas tú, oh señor y rey mío, tú eres como un ángel de Dios; haz lo que fuere de tu agrado. Porque la casa de mi padre no ha recibido del rey mi señor, sino la muerte; y con todo me colocaste a mí, siervo tuyo, entre los que comen en tu mesa; ¿de qué, pues, puedo yo quejarme justamente?, o ¿cómo podré todavía reclamar nada del rey? Mas el rey le dijo: ¿Para qué te cansas en hablar más? Ya te tengo dicho que tú y Siba os repartáis las posesiones. Sobre lo cual respondió Mifiboset al rey: Tómelo todo si quiere, puesto que el rey, mi señor, ha vuelto felizmente a su casa. Asimismo Berzellai de Galaad, saliendo de Rogelim, acompañó al rey en el paso del Jordán, dispuesto a seguirlo aun a la otra parte del río. Era este Berzellai, galaadita, muy anciano, es a saber de ochenta años; y el mismo que proveyó de víveres al rey mientras moraba en los campamentos o en Mahanaim, porque era hombre riquísimo. Le dijo, pues, el rey: Vente conmigo para que descanses y vivas felizmente en mi compañía en Jerusalén . A lo que respondió Berzellai al rey: ¿Y estoy yo en edad ahora de ir con el rey a Jerusalén ? Ochenta años tengo en el día; ¿acaso tienen vigor mis sentidos para discernir entre lo dulce y lo amargo? ¿O puede deleitar a tu siervo la comida y bebida? ¿O está ya para oír la voz de los cantores y cantoras? ¿A qué fin tu siervo ha de servir de carga al rey, mi señor? Te acompañará tu siervo un poco más allá del Jordán. Por lo demás, no necesito de esa recompensa o mudanza de vida; y te suplico que dejes volver a este tu siervo a morir en su patria, y a que sea sepultado junto a su padre y a su madre. Aquí tienes a mi hijo Camaán, tu siervo; éste puede ir contigo, mi rey y señor; y haz con él lo que bien te parezca. Le respondió el rey: Venga, pues, conmigo Camaán; yo haré por él todo lo que quisieres; y cuanto tú me pidieres te será concedido. Finalmente, habiendo pasado el rey el Jordán con toda la gente, besó a Berzellai, lo llenó de bendiciones; y volvió Berzellai a su casa. El rey marchó a Gálgala, llevando a Camaán en su compañía. Cuando pasó el rey el Jordán le acompañaba toda la tribu de Judá, y solamente se había hallado allí la mitad del pueblo de Israel. y así todos los de Israel acudiendo juntos al rey, le dijeron: ¿Por qué razón nuestros hermanos los de Judá se han apoderado de ti, haciendo pasar el Jordán a nuestro rey, y a su familia y a toda su comitiva? Es, respondieron todos los de Judá a los de Israel, porque el rey nos pertenece más de cerca que a vosotros. Pero, ¿y por qué os habéis de enojar por eso? ¿Por ventura hemos comido a expensas del rey, o recibido de él algunos regalos? Replicaron los de Israel a los de Judá, diciendo: Diez veces valemos más que vosotros para con el rey; y David, como rey, más nos pertenece a nosotros, que a vosotros. ¿Por qué nos habéis hecho este agravio, y no se nos avisó a nosotros primero, para que fuésemos y trajésemos nuestro rey? Pero los de Judá respondieron con mucha aspereza y tesón a los de Israel. Aconteció que se hallaba allí un hombre malvado, un hijo de Belial llamado Seba, hijo de Bocri, de la tribu de Benjamín; el cual tocó la trompeta, diciendo: Nada tenemos que hacer con David, ni que esperar cosa alguna del hijo de Isaí; vuélvete, Israel, a tu casa. Y se separó todo Israel de David, siguiendo a Seba, hijo de Bocri. Mas los de la tribu de Judá fueron acompañando a su rey desde el Jordán hasta Jerusalén ; y así que hubo llegado el rey a su casa de Jerusalén tomó las diez mujeres secundarias que había dejado para guardar el palacio, y las puso en clausura, dándoles alimentos, pero no se llegó más a ellas, sino que estuvieron encerra-das hasta el día que murieron, viviendo como viudas. Dijo después el rey a Amasa: Convócame a todos los soldados de Judá para dentro de tres días y te presentarás tú con ellos. Fue, pues, Amasa a convocar a la gente de Judá, y se detuvo más del plazo que el rey le había señalado. Por lo que dijo David a Abisai: Ahora nos ha de dar más que hacer Seba, hijo de Bocri, que Absalón, y corre tras él, no sea que se apodere de algunas de las ciudades fuertes, y se nos escape de las manos. Salieron, pues, con él las tropas de Joab, y los cereteos y los feleteos; y todos los valientes partieron de Jerusalén en persecución de Seba, hijo de Bocri. Y estando ya junto a la gran peña de Gabaón, salió Amasa a encontrarlos. Estaba Joab vestido de una túnica estrecha, ajustada a la medida de su talle, llevando sobre ella ceñida su daga pendiente con su vaina hasta la ingle, fabricada con tal arte, que a un ligero movimiento podía salirse fuera, y darse el golpe. Dijo, pues, Joab a Amasa: Dios te guarde, hermano mío; y con la mano derecha asió la barbilla de Amasa en ademán de besarle. Y no habiendo hecho Amasa ningún reparo en la daga o cuchillo que tenía Joab, lo hirió éste en el costado, y derramó por tierra sus entrañas, y sin repetir el golpe, lo dejó allí muerto. Luego Joab y Abisai su hermano, continuaron en seguimiento de Seba, hijo de Bocri. Algunos soldados de las tropas de Joab, parándose junto al cadáver de Amasa, dijeron: Mirad el que quiso ser compañero o general de David en lugar de Joab. Entretanto Amasa, revolcado en su sangre, yacía tendido en medio del camino. Advirtió uno que toda la gente se paraba a verle; y apartó el cadáver de Amasa del camino a un campo, y lo cubrió con una ropa, para que los que pasasen no se detuviesen por su causa. Retirado ya del camino, pasaba adelante toda la tropa que iba con Joab, para seguir a Seba, hijo de Bocri. Entretanto éste había atravesado por todas las tribus de Israel hasta Abela y Betmaaca; y había reunido a su lado lo más escogido del ejército de Israel. Llegaron, pues, y pusieron sitio a Abela y Betmaaca, cercando la ciudad con trincheras, y quedó la plaza sitiada, y toda la gente de Joab se esforzaba para batir el muro. Entonces una mujer muy sabia de aquella ciudad dio voces, diciendo: Oíd, escuchad, decid a Joab que se acerque, para que pueda yo hablarle. Se acercó Joab, y la mujer le dijo: ¿Eres tú Joab? Yo soy, le respondió. Oye, le dijo ella, las palabras de tu sierva. Ya te escucho, contestó Joab. Antiguamente, prosiguió la mujer se decía por proverbio: Los que buscan consejo, búsquenle en Abela, y de este modo lograban su designio. ¿No soy yo la que doy respuestas verdaderas y justas a Israel? ¿Y tú quieres arruinar una ciudad y asolar una metrópoli en Israel? ¿Por qué destruyes la herencia del Señor? Respondiendo Joab, dijo: No, lejos de mí tal cosa; no vengo yo para arruinar ni asolar. No es esa mi intención, sino que busco a un hombre del monte de Efraín, llamado Seba, hijo de Bocri, que se ha rebelado contra el rey David; entregadnos ese hombre solo, y nos retiraremos al instante de la ciudad. Dijo entonces la mujer a Joab: Pues ahora mismo te echarán su cabeza por el muro. En efecto, se presentó la mujer donde estaba todo el pueblo; y les habló con tanta cordura, que cortando ellos la cabeza a Seba, hijo de Bocri, se la arrojaron a Joab; el cual tocó la retirada, y regresaron las tropas cada cual a su casa. Joab volvió a Jerusalén , cerca del rey. De este modo quedó Joab con el mando en jefe de todo el ejército de Israel; siendo Banaías, hijo de Joíada, capitán de los cereteos y feleteos; y Aduram superintendente de las rentas; Josafat, hijo de Ahilud, secretario o cronista; Siva escribano; y Sadoc y Abiatar sumos sacerdotes, e Ira de Jair era sacerdote de David. Hubo también hambre en tiempo de David por tres años continuos; sobre lo cual consultó David el oráculo del Señor. Y le respondió el Señor: Esto sucede por causa de Saúl y de su casa sanguinaria; porque mató él a los gabaonitas. Llamando, pues, el rey a los gabaonitas, habló con ellos. Es de saber que los gabaonitas no eran de los hijos de Israel, sino un resto de los amorreos; y los israelitas les habían jurado que no les quitarían la vida; mas Saúl quiso acabar con ellos llevado de celo por el bien de los hijos de Israel y de Judá. Dijo, pues, David a los gabaonitas. ¿Qué queréis que yo haga por vosotros? ¿Y qué satisfacción puede dárseos, a fin de que roguéis por la herencia del Señor? Le respondieron los gabaonitas: No es nuestra querella sobre plata ni oro, sino contra Saúl y su casa; ni pretendemos que muera ningún hombre de Israel. A los cuales replicó el rey: Pues, ¿qué queréis que haga por vosotros? Respondieron ellos: Al hombre que nos oprimió y asoló tan inicuamente, debemos aniquilarlo de tal suerte, que ni uno siquiera quede de su linaje en todos los términos de Israel. Dénsenos al menos siete de sus hijos, para que los crucifiquemos a honra del Señor, en Gabaa, patria de Saúl, que fue en otro tiempo el escogido del Señor. Dijo el rey: Yo os los daré. Bien que perdonó el rey a Mifiboset, hijo de Jonatás y nieto de Saúl, en atención a la sagrada alianza que se habían jurado mutuamente David y Jonatás hijo de Saúl. Cogió, pues, el rey dos hijos de Resfa, hija de Aya, que los había tenido de Saúl, llamados Armoni y Mifiboset, y cinco hijos de Micol, hija de Saúl, habidos de Hadriel, hijo de Berzellai, natural de Molati; y los entregó en manos de los gabaonitas, que los crucificaron en un monte delante del Señor; así perecieron juntos estos siete varones, muertos en los primeros días de la siega, cuando comenzaban a segar las cebadas. Pero Resfa, hija de Aya, tomando un saco de cilicio, los extendió a sus pies sobre una piedra, y se estuvo allí desde el principio de la siega hasta que cayó sobre los cadáveres lluvia del cielo, impidiendo que los devorasen de día las aves del cielo, y de noche las fieras. Refirieron a David lo que había hecho Resfa, hija de Aya, mujer secundaria de Saúl. Entonces David fue y tomó los huesos de Saúl y de Jonatás, su hijo, recibiéndolos de los ciudadanos de Jabes de Galaad, que los habían hurtado de la plaza de Betsán, donde los colgaron los filisteos cuando mataron a Saúl en Gelboé, y transportó de allí los huesos de Saúl y de su hijo Jonatás, y recogiendo los huesos de los crucificados, los hizo sepultar con los de Saúl y de Jonatás, su hijo, en la tierra de Benjamín, a un lado del sepulcro de Cis, su padre. Ejecutado así todo lo ordenado por el rey, se mostró después Dios propicio con la tierra. Entretanto los filisteos renovaron la guerra contra Israel; y salió David con sus tropas a pelear contra ellos. Y sucedió que hallándose David cansado, Jesbibenob, del linaje de Arafa, que llevaba una lanza, cuyo hierro pesaba trescientas onzas, y ceñía una espada flamante, intentó herir a David. Pero lo defendió Abisai, hijo de Sarvia, el cual hirió y mató al filisteo. Con este motivo los soldados de David juraron diciendo: No saldrás ya más con nosotros a la guerra, a fin de que no se apague la antorcha de Israel. Otra guerra hubo también en Gob contra los filisteos, en la cual Sobocai, natural de Husati, mató a Saf, del linaje de Arafa, de la raza de los gigantes. Hubo después en Gob una tercera guerra contra los filisteos, en la cual Adeodato, hijo de Saltus, que tejía telas de colores en Betlehem, mató a Goliat de Get, que llevaba una lanza, cuyo astil era como un rodillo de telar. La cuarta guerra fue en Get, donde se presentó un hombre de estatura descomunal, que tenía seis dedos en cada mano y en cada pie, esto es, veinticuatro dedos, y era de la raza gigantesca de Arafa. Vino a insultar a Israel; pero lo mató Jonatán, hijo de Samaa, hermano de David. Eran estos cuatro hombres naturales de Get, del linaje del gigante Arafa, y fueron muertos por David y su gente. Cantó David asimismo al Señor las palabras de este cántico el día en que le hubo librado el Señor de las manos de todos sus enemigos y de la persecución de Saúl. Y dijo: El Señor es el baluarte mío y mi fortaleza, y él es mi salvador . Dios es mi defensa, en él esperaré; es mi escudo y el apoyo de mi salvación; él es el que me ensalza sobre mis enemigos, y él es mi amparo. Sí, Salvador mío, tú me librarás de toda violencia o iniquidad. Invocaré al Señor, a quien se debe toda alabanza, y seré salvo de mis enemigos. Porque yo me vi rodeado de mortales congojas; y acometido de una furiosa multitud de gente inicua, que me llenó de espanto. Con las fajas mortuorias estuve ya atado, y me hallé cogido en los lazos de la muerte. En mi tribulación invocaré al Señor y aclamaré a mi Dios; y él desde su templo oirá mi voz, y llegarán a sus oídos mis clamores. Se conmovió y se estremeció la tierra; se agitaron los cimientos de los montes, y se hicieron pedazos, porque el Señor se mostró con ellos enojado. El humo de sus narices, o su enojo, se levantó en alto; y despedía de su boca fuego devorador, que convirtió en brasas los carbones. Abajó o hizo inclinar los cielos, y descendió, teniendo una densa niebla debajo de sus pies. Subió después sobre los querubines, y voló; voló sobre las alas de los vientos. Puso las tinieblas alrededor de sí para ocultarse; zarandeó las aguas de las nubes del cielo. Los rayos refulgentes de su presencia encendieron cual fuego ascuas ardientes. Tronará el Señor desde lo alto del cielo; el Altísimo hará resonar su voz. Arrojó centellas contra mis enemigos, y los disipó; rayos, y los destruyó. Quedaron entonces patentes los abismos del mar, y descubiertos los cimientos de la tierra a las amenazas del Señor, y al resuello impetuoso de su furor. Extendió su mano desde el cielo, y me cogió; y de entre olas inmensas me sacó a salvo. Me libró de mi poderosísimo enemigo, y de los que me aborrecían; los cuales eran más fuertes que yo. Y me anticipó su socorro el día de la tribulación; y ha sido siempre el Señor mi firme apoyo. Me sacó fuera a un sitio espacioso, y me puso en plena libertad, porque fui grato a sus ojos. El Señor me recompensará según mi justicia; y me tratará según la pureza de mis manos. Pues yo seguí atentamente las sendas del Señor; y no me separé de mi Dios con hechos impíos; como que siempre tengo delante de mis ojos todas sus leyes, y no soy rebelde a sus preceptos. Con seguir a Dios seré un varón perfecto, y me guardaré de ir en pos de mi iniquidad. El Señor me dará la recompensa conforme a mi justicia, y según la pureza de mis manos delante de sus ojos. Con los santos, tú, oh Dios, te mostrarás santo; y perfecto con los perfectos; serás fuerte con los fuertes; y al perverso le tratarás como a tal. Tú salvarás al pueblo humilde; y con una mirada abatirás a los erguidos. Tú eres, Señor, mi antorcha; y tú alumbrarás, oh Señor, mis tinieblas. Contigo correré armado a destrozar al enemigo; yendo con mi Dios no habrá muro que yo no salte. La senda de Dios es inmaculada; y como acrisolada al fuego la palabra del Señor; escudo es de todos los que en él esperan. ¿Quién es Dios fuera del Señor? ¿Y quién es fuerte sino nuestro Dios? Dios es el que me revistió de fortaleza, y allanó perfectamente mi camino. Hizo mis pies tan ligeros como los de los ciervos; y al fin me colocó en el lugar elevado en que me hallo. El es el que adiestra mis manos para la batalla, y hace mis brazos firmes como un arco de bronce. Tú me has cubierto, Señor, con el escudo de tu protección, y tu benignidad me ha engrandecido. Tú ensanchaste el camino debajo de mis pies, y no desfallecerán jamás mis plantas. Perseguiré a mis enemigos, y los exterminaré; no volveré atrás hasta acabar con ellos. Los consumiré y haré añicos, de suerte que no puedan ya reponerse. Caerán todos bajo mis pies. Porque me ceñiste, Señor, de fortaleza para la batalla, y derribaste a mis plantas a cuantos se alzaron contra mí. Hiciste que volvieran las espaldas mis enemigos y aborrecedores; yo daré cabo de ellos. Por más que griten nadie acudirá a su socorro; clamarán al Señor, mas no los escuchará. Los disiparé como polvo de la tierra; los aplastaré y desmenuzaré como lodo de las calles. Tú me libertarás, Señor, de las contradicciones de mi pueblo; me conservarás para que sea yo la cabeza de las naciones; un pueblo a quien no conozco me servirá. Los hijos extraños me harán resistencia; mas oyéndome, me obedecerán. Estos hijos extraños se desmayarán así que yo les mire, y se encogerán de miedo en sus escondrijos. Vive para siempre el Señor, y bendito sea mi Dios. Sea engrandecido el Dios fuerte que me ha salvado. Tú, oh Dios, que me has vengado, y has derribado naciones a mis pies, tú eres el que me has sacado de las manos de mis enemigos, y me has ensalzado sobre los que me resistían; y tú el que me librarás del hombre inicuo. Por todo lo cual cantaré, oh Señor, tus alabanzas en medio de las naciones, y entonaré cánticos en honor de tu santo nombre. A ti, que has salvado milagrosamente al rey que has escogido, y usas de tantas misericordias con David tu cristo , o ungido, y las usarás con su descendencia para siempre. Estas son las últimas palabras proféticas de David. Dijo David, hijo de Isaí: Dijo el varón a quien fue dada palabra o promesa del cristo o ungido del Dios de Jacob ; dijo el egregio cantor de Israel: El espíritu del Señor habló por mí, su palabra ha estado sobre mi lengua. Es el Dios de Israel que me ha hablado; el fuerte de Israel es quien habla; el dominador de los hombres, el justo dominador de los que temen a Dios. Ellos erán como la luz de la aurora que brilla por la mañana cuando sale el sol sin nube alguna; y como hierba que brota de la tierra después de la lluvia. No mereció ciertamente mi casa a los ojos de Dios, que el Señor hiciese conmigo una alianza eterna, una alianza firme y del todo inmutable. Porque él me ha salvado de todos los peligros; ha cumplido todos mis deseos, no dejándome nada que apetecer. Mas los transgresores de la ley serán desarraigados todos como espinas a las cuales nadie toca con la mano, sino que se arma o cubre de hierro o toma un asta de lanza, y mete fuego en ellas para abrasarlas y reducirlas a la nada. Estos son los nombres de los valientes del reinado de David: Jesbaam, el que está sentado en cátedra, sapientísimo príncipe entre los tres más distinguidos; aunque parece débil y delicado como el tierno gusanillo que roe el madero, él fue el que mató en un solo choque a ochocientos hombres. Después de éste fue Eleazar, ahohita, hijo de su tío paterno, uno de los tres valientes que estaban con David, cuando le insultaban los filisteos, reunidos allí en Jesdomín para dar la batalla; y huyendo los israelitas, Eleazar se mantuvo firme, y estuvo hiriendo a los filisteos hasta que, cansado su brazo, se quedó yerto con la espada en la mano. El Señor concedió aquel día una gran victoria. Y la tropa que había huido, volvió para recoger los despojos de los muertos. El tercero fue Semma, hijo de Age de Arari. Se juntaron un día los filisteos en un apostadero donde había un campo sembrado de lentejas; y habiendo huido el ejército por miedo a los filisteos, él se plantó en medio del campo y lo defendió, derrotando a los filisteos; y lo hizo Dios conseguir una gran victoria. Ya tiempo antes estos tres que eran los principales entre los treinta habían salido a reunirse con David al tiempo de la siega en la cueva de Odollam; estando los filisteos acampados en el valle de los Gigantes. David estaba en un puesto fuerte, y por entonces los filisteos tenían guarnición en Betlehem. Dijo, pues, David con mucho anhelo: ¡Ah! ¡si alguno me diera a beber agua de aquella cisterna que hay en Betlehem junto a la puerta! Al punto estos tres valientes atravesaron el campamento de los filisteos, fueron a sacar agua de la cisterna que hay en Betlehem junto a la puerta, y se la trajeron a David; pero David no quiso beberla, sino que hizo libación de ella, o la derramó, en obsequio del Señor, diciendo: Dios me libre de tal cosa. ¿Y yo bebería la sangre de estos hombres que han ido a exponer su vida? No quiso, pues, beberla. Tal acción hicieron esos tres valientes. Asimismo Abisai, hermano de Joab e hijo de Sarvia, era el principal entre los tres valientes del segundo ternario. Este es el que enristró su lanza contra trescientos y los mató; él era famoso entre los tres, y entre los tres el de mayor reputación y el principal de ellos; mas no igualó a los tres primeros. El segundo fue Banaías, hijo de Joíada, varón fortísimo, de grandes hazañas, natural de Cabseel; éste destrozó a los dos terribles leones de Moab; y en tiempo de una nevada bajó a una cisterna, y allí mató a un fuerte león. Este mismo quitó la vida a un egipcio, varón de prodigiosa estatura, que tenía una lanza en la mano. Yendo, pues, contra él, con un palo, le arrancó a viva fuerza la lanza de la mano, y lo mató con ella. Esto hizo Banaías, hijo de Joíada, famoso entre los tres campeones, que eran los más ilustres de los treinta. Sin embargo, no igualaba a los tres primeros; y David le hizo su consejero y secretario. Entre los treinta se contaban Asael, hermano de Joab, Eleanán de Betlehem, hijo de un tío paterno de Asael; Semma de Harodi; Elica de Harodi; Helés de Falti; Hira de Tecua, hijo de Acces; Abiecer de Anatot; Mobonnai de Husati; Selmón de Ahot; Maharai de Netofat; Heled, hijo de Baana, que también era de Netofat; Itai, hijo de Ribai, de Gabaat de los hijos de Benjamín; Banaía de Faratón; Heddai del Torrente de Gaas; Abialbón de Arbat; Azmavet de Beromi; Eliaba de Salaboni; Jonatán de los hijos de Jasén; Semma de Orori; Ayam de Aror, hijo de Sarar; Elifelet, hijo de Aasbai, hijo de Macati; Eliam de Gelón, hijo de Aquitofel; Hesrai del Carmelo; Farai de Arbi; Igaal de Soba, hijo de Natán; Boni de Gadi; Selec de Ammoni; Naharai de Berot, escudero de Joab, hijo de Sarvia; Ira de Jetrit; Gareb, también jetrita; Urías, heteo. En todos treinta y siete. Se encendió de nuevo el furor del Señor contra Israel; y así permitió para su daño que David mandase hacer el censo de toda la gente de Israel y de Judá. Dijo, pues, este rey a Joab, general de sus ejércitos: Recorre todas las tribus de Israel desde Dan hasta Bersabee, y forma un censo del pueblo, a fin de que sepa yo el número de la gente. Respondió Joab al rey: Así multiplique el Señor Dios tuyo a tu pueblo sobre lo que ahora es, de suerte que venga a ser cien veces más numeroso, y lo vea el rey mi señor; pero, ¿y qué es lo que pretende mi señor el rey con hacer eso? Sin embargo, la voluntad del rey pudo más que las representaciones de Joab y de los capitanes del ejército; y así salió Joab con los capitanes de la presencia del rey para hacer el empadronamiento del pueblo de Israel. Y habiendo pasado el Jordán, llegaron a Aroer, al lado derecho de la ciudad, que está en el valle de Gad; y pasando por Jacer, entraron en Galaad y en la tierra baja de Hodsi, y llegaron hasta los bosques de Dan; y dando la vuelta por los contornos de Sidón, pasaron junto a los muros de Tiro, y atravesando toda la tierra de los heveos y cananeos llegaron hasta Bersabee, al mediodía de Judá. Así recorridas todas las provincias, regresaron a Jerusalén después de nueve meses y veinte días. Y presentó Joab al rey la suma del encabezamiento del pueblo y se hallaron de Israel ochocientos mil hombres fuertes y aptos para la guerra; de Judá se contaron quinientos mil combatientes. Pero a David le remordió su conciencia después que se formó el censo del pueblo, y dijo al Señor: Pecado he gravísimamente en este negocio; mas te ruego, Señor, que perdones este pecado de tu siervo, porque reconozco que he obrado muy neciamente. Por la mañana, así que David se hubo levantado, habló el Señor a Gad, profeta y vidente de David, diciendo: Anda y dile a David: He aquí lo que dice el Señor: Tres cosas se te dan a escoger en castigo; elige de ellas la que quisieres que yo te envíe. Presentándose, pues, Gad a David, se lo contó diciendo: O por siete años será tu país afligido del hambre; o por tres meses andarás huyendo de tus enemigos que te irán persiguiendo; o a lo menos por tres días habrá peste en tu reino. Delibera, pues, ahora, y mira qué respuesta he de dar al que me ha enviado. Respondió David a Gad: En un estrechísimo apuro me veo; pero más quiero yo caer en las manos del Señor (cuya misericordia es tan grande) que no en manos de hombres. Envió, pues, el Señor la peste a Israel desde aquella mañana hasta el tiempo señalado, y murieron del pueblo, desde Dan hasta Bersabee, setenta mil hombres. Y habiendo extendido el ángel del Señor su mano sobre Jerusalén para desolarla, el Señor se apiadó de su angustia, y dijo al ángel del Señor junto a la era de Areúna, jebuseo. Y dijo David al Señor, así que vio que el ángel castigaba al pueblo: Yo soy el que he pecado; yo el que tengo la culpa. ¿Qué han hecho éstos, que son unas ovejas? ¡Oh Señor!, te ruego que descargues tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre. Y aquel mismo día vino Gad a David y le dijo: Sube a la era de Areúna jebuseo, y levanta en ella un altar al Señor. Fue, pues, David allá, en cumplimiento del mandato que le dio Gad en nombre del Señor. Areúna alzando los ojos advirtió que el rey y sus criados se encaminaban hacia él; y saliendo al encuentro, hizo al rey profunda reverencia pegado el rostro en tierra, y dijo: ¿Qué motivo hay para que el rey mi señor venga a casa de su siervo? Al cual respondió David: Para comprarte esa era, y edificar en ella un altar al Señor; a fin de que cese la mortandad que se extiende por el pueblo. Mas Areúna replicó a David: Tómela el rey, mi señor, y conságrela como bien le parezca; ahí tienes los bueyes para el holocausto, y el carro y los yugos de los bueyes para que sirvan de leña. Todas estas cosas dio el rey Areúna al rey David, y añadió: El Señor Dios tuyo acepte tu sacrificio. Respondió el rey y le dijo: No ha de ser como tú quieres, sino que te pagaré lo que vale; que no quiero ofrecer yo al Señor mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Y así compró David la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata; y edificó allí David un altar al Señor, ofreciendo en él holocaustos y hostias pacíficas; con lo que se mostró el Señor propicio a la tierra, y cesó la mortandad en Israel. El rey David era ya viejo y de edad muy avanzada; y por más que le cubrían con ropa, no podía entrar en calor. Por lo que le dijeron sus criados: Buscaremos para el rey, nuestro señor, una virgen jovencita, que, siendo su esposa, viva con el rey y le abrigue y duerma a su lado para que le comunique algún calor. Buscaron, pues, por todas las tierras de Israel una jovencita hermosa, y hallaron a Abisag de Sunam, y se la trajeron al rey. Era esta doncella de extremada hermosura y dormía con el rey, y le servía; pero el rey la dejó virgen. Entretanto engreído Adonías hijo de Haggit, dijo: Yo reinaré. Con esta mira se hizo carrozas y tomó guardas de a caballo, y cincuenta hombres que lo escoltasen. Ni por eso su padre lo reprendió nunca, ni le dijo: ¿Por qué haces eso? Era Adonías de hermosísima presencia, y el segundo hijo después de Absalón. Y estaba de inteligencia con Joab, hijo de Sarvia, y con Abiatar, sumo sacerdote, los cuales favorecían su partido. Mas el otro sumo sacerdote Sadoc, y Banaías, hijo de Joíada, el profeta Natán, y Semei, y Rei, y la principal fuerza del ejército de David, no estaban por Adonías. Adonías, pues, habiendo hecho degollar corderos y becerros, y todo género de reses gordas, junto a la Peña de Zohelet, que está cerca de la Fuente de Rogel, convidó a todos sus hermanos, hijos del rey, y a todos los varones de Judá, criados del rey. Mas no convidó al profeta Natán, ni a Banaías, ni a los militares más valientes ni a Salomón , su hermano. Por lo que dijo Natán a Betsabé, madre de Salomón : ¿No has oído que Adonías, hijo de Haggit, se ha hecho rey, sin que David nuestro señor lo sepa? Ahora, pues, ven y toma mi consejo, y salva tu vida y la de tu hijo Salomón . Anda, ve y preséntate al rey David, y dile: ¿No es verdad, oh rey y señor mío, que tú me juraste a mí, esclava tuya, diciendo: Tu hijo Salomón reinará después de mí; y él se sentará en mi trono? Pues, ¿cómo es que reina Adonías? Y antes que tú acabes de hablar al rey, llegaré yo después de ti, y apoyaré tus razones. Entró, pues, Betsabé al cuarto del rey, el cual era ya muy viejo; y Abisag, sunamita, le asistía. Betsabé se inclinó, haciéndole una profunda reverencia. Y el rey le dijo: ¿Qué es lo que quieres? Respondió ella, diciendo: Tú juraste, mi señor, a tu esclava por el Señor Dios tuyo, que Salomón , mi hijo, reinaría después de ti, y se sentaría en tu trono. Y he aquí que a estas horas está ya reinando Adonías, sin saberlo tú, ¡oh rey y señor mío! Ha hecho degollar bueyes, y toda suerte de víctimas o reses cebadas, y muchísimos carneros, y ha convidado a todos los hijos del rey, y también al sumo sacerdote Abiatar, y a Joab, general del ejército: pero no ha convidado a tu siervo Salomón . Sin embargo, oh rey y señor mío, todo Israel tiene vueltos sus ojos hacia ti, esperando que declares quién debe sentarse después de ti en tu solio, oh rey y señor mío. Pues sucederá que luego que el rey, mi señor, hubiere ido a descansar con sus padres, yo y Salomón , mi hijo, seremos tratados como criminales. Estaba todavía hablando Betsabé con el rey, cuando he aquí que llega el profeta Natán. Y entraron recado al rey, diciendo: Aquí está el profeta Natán. El cual se presentó al rey, y postrándose hasta el suelo, le hizo profunda reverencia, y le dijo: ¡Oh rey y señor mío!, ¿has dicho tú acaso: Reine después de mí Adonías y sea él el que ocupe mi trono? Porque hoy ha salido, y ha hecho degollar bueyes y reses gordas, muchísimos carneros, y ha convidado a todos los hijos del rey y a los caudillos del ejército, y también a Abiatar, sumo sacerdote; los cuales han comido y bebido a su lado, diciendo: ¡Viva el rey Adonías! Mas a mí, tu siervo, ni al sumo sacerdote Sadoc, ni a Banaías, hijo de Joíada, como ni a tu siervo Salomón , no nos ha convidado. ¿Es posible que mi señor el rey haya dado realmente tal orden? ¿Y que no me haya comunicado a mí, siervo tuyo, quién debe sentarse en el trono del rey mi señor después de él? Mas el rey David respondió, y dijo: Llamadme a Betsabé. Así que hubo ésta entrado y estuvo delante del rey, juró el rey, y dijo: Vive Dios, que ha librado mi alma de todo peligro, que así como te juré por el Señor Dios de Israel, diciendo: Tu hijo Salomón reinará después de mí, y él se sentará sobre mi trono en mi lugar, así lo ejecutaré hoy. Y Betsabé, inclinando el rostro hasta la tierra, hizo reverencia al rey, y dijo: ¡Viva para siempre David, mi señor! Dijo después el rey David: Llamadme al sumo sacerdote Sadoc, y al profeta Natán, y a Banaías, hijo de Joíada. Y así que estuvieron éstos en su presencia les dijo: Juntad mis criados o guardias; haced monta a mi hijo Salomón en mi mula, y conducidlo a Gihón, y allí lo ungirán por rey de Israel el sumo sacerdote Sadoc y el profeta Natán; y tocaréis la trompeta, y diréis: ¡Viva el rey Salomón ! Volveréis después acompañándole, y vendrá él a sentarse sobre mi trono, y reinará en mi lugar; y a él entregaré el gobierno de Israel y de Judá. Banaías, hijo de Joíada, respondió al rey, diciendo: Amén, así lo confirme el Señor y Dios del rey mi amo. Como el Señor ha protegido al rey mi amo, así guarde a Salomón , y ensalce su trono, aun más que el trono de mi amo el rey David. Con esto salieron el sumo sacerdote Sadoc, y el profeta Natán, y Banaías, hijo de Joíada, con las guardias de cereteos y feleteos, y haciendo montar a Salomón en la mula del rey David, lo condujeron a Gihón. El sumo sacerdote Sadoc tomó del Tabernáculo la vasija del óleo sagrado, y ungió a Salomón , y tocaron las trompetas, y gritó todo el pueblo: ¡Viva el rey Salomón ! Todo el mundo se fue tras él; y una tropa de gente tocaba flautas y se alegraba con gran júbilo, resonando la tierra con sus aclamaciones. Las oyeron Adonías y sus convidados, cuando ya estaba el banquete acabado. Pero Joab, así que oyó el sonido de la trompeta, dijo: ¿Qué es esta algazara y alboroto de la ciudad? Aún estaba hablando, cuando llegó Jonatás, hijo de Abiatar el sumo sacerdote; y le dijo Adonías: Entra, que tú eres un hombre valeroso y portador de buenas nuevas. No por cierto, respondió Jonatás a Adonías; porque David, el rey nuestro Señor, ha declarado por rey a Salomón . Y ha enviado con él al sumo sacerdote Sadoc, y al profeta Natán y a Banaías, hijo de Joíada, con los cereteos y feleteos; y lo han hecho montar en la mula del rey; y Sadoc, sumo sacerdote, y el profeta Natán lo han ungido por rey en Gihón, y han regresado de allí en medio de aclamaciones de júbilo, que resuenan por toda la ciudad. Estas son las voces de alborozo que habéis oído. En suma, Salomón está ya sentado en el trono real; y los criados del rey han entrado ya para felicitar a David, nuestro rey y señor, diciendo: Haga Dios el nombre de Salomón más glorioso todavía que tu mismo nombre, y engrandezca su trono aun más que el tuyo. Y el rey desde su cama ha adorado al Señor, y ha dicho: Bendito sea el Señor Dios de Israel que me ha concedido el ver hoy con mis ojos al hijo mío sentado en mi solio. Con esto quedaron atónitos todos los convidados de Adonías; y levantándose se fueron cada uno por su lado. Mas Adonías, temiendo a Salomón , se marchó y fue a refugiarse a un lado del altar. De lo cual avisaron a Salomón , diciendo: Sábete que Adonías temiendo al rey Salomón se marchó y fue a refugiarse a un lado del altar, y dice: Júreme hoy el rey Salomón que no hará morir al filo de la espada a su siervo. A lo que respondió Salomón : Si fuere hombre de bien, no caerá en tierra ni uno siquiera de sus cabellos; pero si se portare malamente, morirá. Envió, pues, Salomón quien lo sacase del altar; y presentándose Adonías, hizo al rey Salomón profunda reverencia, y Salomón le dijo: Vete a tu casa. Estando ya David cercano al día de su muerte, dio estas instrucciones a su hijo Salomón , diciendo: Yo voy al lugar a donde van a parar todos los mortales. Ten tú buen ánimo y pecho varonil; y observa los mandamientos del Señor Dios tuyo, siguiendo sus caminos, guardando sus ceremonias, sus preceptos, sus leyes y sus estatutos, como está escrito en la ley de Moisés, para que aciertes en todo cuanto hagas y en cuanto pongas la mira. De esta manera el Señor confirmará las palabras que me dio, diciendo: Si tus hijos procedieren bien, y anduvieren en mi presencia, siguiendo la verdad con todo su corazón y con toda su alma, ocupará siempre alguno de tu linaje el trono de Israel. Tú sabes ya cómo se ha portado conmigo Joab, hijo de Sarvia, y lo que hizo con los dos caudillos del ejército de Israel, Abner, hijo de Ner, y Amasa, hijo de Jeter, a los cuales asesinó, derramando su sangre en tiempo de paz, como se hace en la guerra, y ensangrentando el cinturón con que estaba ceñido, y el calzado que cubría sus pies. Tú, pues, obrarás conforme a tu sabiduría; y no aguardarás a que su vejez lo conduzca tranquilamente al sepulcro. Al contrario a los hijos de Berzellai, galaadita, les mostrarás tu reconocimiento, y les harás comer a tu mesa, pues salieron a recibirme y socorrerme cuando iba yo huyendo de Absalón, tu hermano. Así te queda también Semei, hijo de Gera, hijo de Jemini, natural de Bahurim, el cual vomitó contra mí horrendas maldiciones cuando yo me retiraba a los campamentos. Mas porque salió a recibirme al repasar yo el Jordán, le juré por el Señor, diciendo: No te quitaré la vida. Pero tú no permitas que quede impune su delito; sabio eres para conocer cómo lo has de tratar, y harás que acabe su vejez con muerte violenta. Fue, pues, David a descansar con sus padres, y lo sepultaron en la ciudad de David. El tiempo que reinó David sobre Israel fue de cuarenta años. En Hebrón reinó siete años, y treinta y tres en Jerusalén . Y sucedió Salomón en el trono a su padre David; y quedó su reino firmísimamente establecido. Mas Adonías, hijo de Haggit, fue a encontrar a Betsabé, madre de Salomón , la cual le dijo: ¿Es de paz tu venida? De paz, respondió él; y añadió: Tengo que hablar contigo. Habla, respondió ella. Y Adonías: Ya sabes, dijo, que la corona me tocaba a mí, y que todo Israel me había preferido para que fuese su rey; pero el reino ha sido transferido y puesto en poder de mi hermano; porque lo tenía destinado el Señor para él. Ahora, pues, una sola cosa te pido, no me hagas el desaire de negármela. Explícate, dijo ella. Adonías entonces dijo: Te suplico que digas al rey Salomón (ya que no puede negarte cosa alguna) que me dé por esposa a la sunamita Abisag. Bien está, contestó Betsabé; yo hablaré por ti al rey. Pasó, pues, Betsabé a ver al rey Salomón para hablarle a favor de Adonías, y se levantó el rey a recibirla, y la saludó con profunda reverencia; se sentó después en su trono; y pusieron un trono o asiento real para la madre del rey, la cual se sentó a su derecha. Y le dijo: Una gracia bien pequeña vengo a pedirte; no me hagas el desaire de negármela. Le respondió el rey: Pide, madre mía, que no es razón que yo te disguste. Dijo entonces ella: Pues dese Abisag de Sunam por esposa a Adonías, tu hermano. Respondió el rey Salomón , y dijo a su madre: ¿Por qué me pides la sunamita Abisag para Adonías? Pide también para él mi reino; pues él es mi hermano mayor, y tiene de su parte al sumo sacerdote Abiatar, y a Joab hijo de Sarvia. Por lo cual juró el rey Salomón por el Señor, diciendo: Tráteme Dios con todo el rigor de su justicia, si no es verdad que en daño de su propia vida ha entablado Adonías esta pretensión. Ahora, pues, vive Dios, que me ha establecido y colocado sobre el solio de mi padre David, y que me ha fundado casa como lo tenía prometido, que hoy ha de morir Adonías. En seguida dio sus órdenes a Banaías, hijo de Joíada, el cual le quitó la vida. Así murió Adonías. Dijo asimismo el rey a Abiatar, sumo sacerdote: Retírate a la posesión que tienes en Anatot. Tú, a la verdad, mereces la muerte, pero yo no te quito hoy la vida, por cuanto llevaste el arca del Señor Dios delante de mi padre David, y acompañaste a mi padre en todos los trabajos que padeció. Con esto Salomón desterró a Abiatar, para que no ejerciese más las funciones de sumo sacerdote del Señor; con lo cual se cumplió la palabra pronunciada por el Señor en Silo contra la casa de Helí. Llegó esto a oídos de Joab, quien había seguido el partido de Adonías, y no el de Salomón . Se refugió, pues, Joab al Tabernáculo del Señor, y se asió de la punta del altar. Le dieron cuenta al rey Salomón de que Joab se había refugiado al Tabernáculo del Señor, y de que estaba al lado del altar; y envió Salomón a Banaías, hijo de Joíada, diciendo: Anda, ve, y mátale. Fue, pues, Banaías al Tabernáculo del Señor, y dijo a Joab: El rey te manda que salgas fuera. No saldré, respondió Joab; sino que moriré aquí. Dio Banaías parte al rey, diciendo: Esto me ha dicho Joab, y esto me ha respondido. Y el rey le contestó: Hazlo como él ha dicho; mátale y dale sepultura; y con eso me lavarás a mí y a la casa de mi padre de la sangre inocente que derramó Joab. Y el Señor hará recaer su sangre sobre su cabeza, puesto que él asesinó a dos varones justos, y mejores que él, atravesando con su espada, sin que mi padre David lo supiese, a Abner, hijo de Ner, general del ejército de Israel, y a Amasa, hijo de Jeter, general del ejército de Judá. Recaiga, pues, la sangre de éstos sobre la cabeza de Joab, y sobre la cabeza de sus descendientes para siempre. Mas a David y a su descendencia, a su casa y a su trono, dé el Señor paz sempiterna. Subió, pues, Banaías, hijo de Joíada; y acometiéndole, le quitó la vida, y fue sepultado en una casa suya en el desierto. Después de esto el rey dio a Banaías, hijo de Joíada, el mando del ejército en lugar del difunto; y nombró o confirmó sumo sacerdote a Sadoc, en vez de Abiatar. Envió también el rey a llamar a Semei, y le dijo: Hazte una casa en Jerusalén y habita en ella, de donde nunca saldrás para ir a esta o a la otra parte; porque ten entendido que en cualquier día que salieres o pasares del torrente de Cedrón perderás la vida; y tu sangre recaerá sobre tu cabeza. Respondió Semei al rey: Está muy bien; como lo manda el rey, mi señor, así lo hará tu siervo. Habitó, pues, Semei largo tiempo en Jerusalén . Mas al cabo de tres años acaeció que unos esclavos de Semei se le huyeron a la jurisdicción de Aquis, hijo de Maaca, rey de Get; y fue Semei avisado de que sus esclavos se hallaban en Get. Con lo que Semei fue y aparejó su asno y marchó a verse con Aquis en Get para recobrar sus esclavos, de donde en efecto se los trajo consigo. Dieron luego parte a Salomón de que Semei había ido de Jerusalén a Get, y vuelto. Y enviando el rey a llamarle, le dijo: ¿No te juré yo por el Señor, y te previne que cualquier día que salieses para ir acá o allá, se te quitaría la vida? Y tú me respondiste: Justa es la orden que acabo de oír. ¿Cómo es, pues, que has traspasado el juramento del Señor, y el precepto que yo te puse? Y añadió el rey a Semei: Tú bien sabes y tu misma conciencia es testigo de todo el mal que hiciste a mi padre David. El Señor ha hecho caer sobre tu cabeza el castigo de tu maldad. Mas el rey Salomón será bendito, y el trono de David será estable para siempre delante del Señor. En seguida dio el rey sus órdenes a Banaías, hijo de Joíada, el cual saliendo afuera lo hirió, y le dejó muerto. Salomón , pues, afianzado que hubo su trono, emparentó con el faraón, rey de Egipto, desposándose con su hija; la que condujo a la ciudad de David, mientras que acababa de edificar su casa y el templo del Señor, y los muros alrededor de Jesusalén. Mientras tanto el pueblo ofrecía sacrificios en los lugares altos; porque no estaba todavía edificado el templo del Señor. Y Salomón amó al Señor, y siguió los preceptos de David su padre; solamente que ofrecía sacrificios y quemaba incienso en los lugares altos. Partió, pues, para Gabaón, a fin de ofrecer allí sacrificios; por cuanto era éste el más grande entre los lugares excelsos; mil víctimas ofreció Salomón en holocausto sobre aquel altar en Gabaón. Y se apareció el Señor por la noche en sueños a Salomón , diciendo: Pide lo que quieres que yo te otorgue. Respondió Salomón : Tú usaste de gran misericordia con tu siervo David, mi padre; así como él anduvo en tu presencia con verdad, y justicia, y rectitud de corazón para contigo; tú le conservaste tu gran misericordia, y le diste un hijo que se sentase sobre su trono, según que hoy se verifica. Ahora, pues, Señor Dios, tú me has hecho reinar a mí, siervo tuyo, en lugar de mi padre David; mas yo soy aún como un niño pequeño que no sabe la manera de conducirse. Por otra parte se halla tu siervo en medio del pueblo que tú escogiste, pueblo infinito que no puede contarse ni reducirse a número por su muchedumbre. Da, pues, a tu siervo un corazón dócil para que sepa hacer justicia, y discernir entre lo bueno y lo malo; porque si no, ¿quién será capaz de gobernar este pueblo, este pueblo tuyo tan numeroso? Agradó esta oración al Señor, por haber pedido Salomón semejante gracia. Y le dijo el Señor: Por cuanto has hecho esta petición, y no has pedido para ti larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino que has pedido sabiduría para discernir lo justo, sábete que yo he otorgado tu súplica, y te he dado un corazón sabio y de tanta inteligencia que no lo ha habido semejante antes de ti, ni le habrá después. Pero aun esto que no has pedido, te lo daré, es a saber, riquezas y gloria; de manera que no haya habido en todos los tiempos pasados ningún rey que te iguale. Y si tú siguieres mis caminos, y observares mis preceptos y mis leyes, conforme lo hizo tu padre, te concederé larga vida. Luego que despertó Salomón , conoció la cualidad o verdad de aquel sueño; y llegado a Jerusalén , se presentó ante el arca del Testamento del Señor, y ofreció holocaustos y víctimas pacíficas, y dio un gran banquete a todos sus cortesanos. En aquella sazón acudieron al rey dos mujeres públicas, y presentándose a su tribunal, dijo una de ellas: Dígnate escucharme, ¡oh señor mío! Yo y esta mujer vivíamos en una misma casa, y yo parí en el mismo aposento en que ella estaba. Tres días después de mi parto, parió también ella; nos hallábamos las dos juntas, y no había en la casa nadie sino nosotras dos. Mas el hijo de esta mujer murió una noche; porque estando ella durmiendo lo sofocó. Y levantándose en silencio a una hora intempestiva de la noche, cogió a mi niño del lado de esta sierva tuya, que estaba dormida, y se lo puso en su seno, y a su hijo muerto lo puso en el mío. Cuando me incorporé por la mañana para dar de mamar a mi hijo, lo hallé muerto; pero mirándole con mayor atención así que fue día claro, reconocí no ser el mío que yo había parido. A esto respondió la otra mujer: Es falso, tu hijo es el que murió, y el que vive es el mío. La otra por el contrario decía: Mientes, pues mi hijo es el vivo, y el tuyo es el muerto. Y de esta manera altercaban en presencia del rey. Dijo entonces el rey: La una dice: Mi hijo es el vivo, el muerto es el tuyo. La otra responde: No, que tu hijo es el muerto, y el vivo es el mío. Ahora bien, dijo el rey, traedme una espada. Y así que se la hubieron traído: Partid, dijo, por medio al niño vivo, y dad la mitad a una, y la otra mitad a la otra. Mas entonces la mujer que era madre del hijo vivo, clamó al rey (porque se le conmovieron sus entrañas por amor a su hijo): Dale, te ruego, oh señor, a ella vivo el niño, y no lo mates. Al contrario decía la otra: Ni sea mío ni tuyo, sino divídase. Entonces el rey pronunció esta sentencia: Dad a la primera el niño vivo, y ya no hay que matarlo, pues ella es su madre. Se divulgó por todo Israel la sentencia dada por el rey, y se llenaron todos de un respetuoso temor hacia él, viendo que le asistía la sabiduría de Dios para administrar justicia. Reinaba, pues, Salomón sobre todo Israel. Y éstos eran sus principales ministros: Azarías, hijo del sumo sacerdote Sadoc; Elihoref y Ahías, hijos de Sisa, secretarios; Josafat, hijo de Ahilud, canciller; Banaías, hijo de Joíada, general de los ejércitos; Sadoc y Abiatar, sumos sacerdotes; Azarías, hijo de Natán, superintendente de los que asistían al rey; Zabud, hijo de Natán, sacerdote, privado o confidente del rey; y Ahisar, mayordomo mayor; y Adoniram, hijo de Ada, superintendente de las rentas. Tenía también Salomón doce intendentes repartidos en todo Israel, los cuales proveían de víveres al rey y a su palacio. Cada uno de éstos suministraba durante un mes al año todo lo necesario. Y he aquí sus nombres: Benur, intendente en toda la montaña de Efraín; Bendecar, en Maccés, y en Salebim, y en Betsamés, y en Elón, y en Betanán; Benesed, en Arubot; y a éste le pertenecía también Socó y todo el territorio de Efer; Benabinadab, que tenía toda la provincia de Nefatdor, estuvo casado con Tafet, hija de Salomón ; Bana, hijo de Ahilud, tenía la intendencia de Tanac, y de Mageddo, y de todo el país de Betsán, que está cerca de Sartana, debajo de Jezrael, desde Betsán hasta Abelmehula en frente de Jecmaam; Bengaber en Ramot de Galaad, tenía las villas de Avot-Jair, hijo de Manasés en Galaad, y gobernaba todo el país de Argod, que está en Basán, a sesenta poblaciones grandes y muradas, cuyas puertas se cerraban con barras de bronce; Ahinadab, hijo de Addo, presidía en Manaím; Aquímaas en Neftalí, quien estuvo asimismo casado con Basemat, hija de Salomón ; Baana, hijo de Husi, en Aser y en Balot; Josafat, hijo de Farué, en Isacar; Semei, hijo de Ela, en Benjamín; Gaber, hijo de Huri, en la tierra de Galaad, en la tierra que fue de Sehón, rey de los amorreos, y de Og, rey de Basán; y cuidaba de todo lo de aquel país. Judá e Israel formaban un pueblo innumerable como las arenas del mar; y comían y bebían con alegría. Extendíase el dominio de Salomón sobre todos los reinos del país de los filisteos, desde el río Eufrates hasta las fronteras de Egipto, los cuales le traían presentes, y le estuvieron sujetos todo el tiempo que vivió. Las provisiones para la mesa de Salomón o gasto de su palacio, eran cada día treinta coros de flor de harina y sesenta de harina común; diez bueyes cebados y veinte de pasto, y cien carneros, sin contar la caza de ciervos, corzos, y búfalos, y aves cebadas, o volatería. Porque era el señor de todo el país de la otra parte del río, desde Tafsa hasta Gaza, y de todos los reyes de aquellas regiones; y estaba en paz con todos los confinantes de las fronteras. Así es que Judá e Israel vivían sin zozobra alguna, cada cual a la sombra de su parra, o de su higuera, desde Dan hasta Bersabee, todo el tiempo que reinó Salomón . Además de esto tenía Salomón en sus caballerizas cuarenta mil caballos para carros de guerra, y doce mil de montar; a los cuales mantenían los sobredichos doce proveedores del rey, los mismos que con gran esmero proveían a su debido tiempo la mesa del rey Salomón de todo lo necesario. Y asimismo conducían al lugar donde se hallaba el rey, cebada y paja para los caballos y bestias de carga, según la orden que se les tenía dada. Dio además Dios a Salomón una sabiduría y prudencia incomparable y una magnanimidad inmensa, como la arena que está en las playas del mar. Aventajaba la sabiduría de Salomón a la sabiduría de todos los orientales y de los egipcios. Era más sabio que todos los hombres: más sabio que Etán el ezraita, y que Emán, y Cálcol, y Dorda, hijos de Mohol; y era muy celebrado en todas las naciones cercanas. Pronunció también tres mil parábolas; y sus cánticos fueron mil cinco. Trató asimismo de todas las plantas, desde el cedro que crece en el Líbano hasta el hisopo que brota de las paredes; y discurrió acerca de todos los animales y de las aves, de los reptiles y de los peces . Por lo que venían de todos los países a escuchar la sabiduría de Salomón , y enviados de todos los reyes de la tierra, entre los cuales se había esparcido la fama de su sabiduría. Además de eso, Hiram, rey de Tiro, envió sus embajadores a Salomón , habiendo sabido que le habían ungido rey en el lugar de su padre; porque Hiram había sido siempre amigo de David. Salomón despachó también una embajada a Hiram, diciéndole: Bien sabes el deseo que tuvo mi padre David, y que no pudo edificar el templo al Nombre del Señor su Dios a causa de las guerras que tenía con sus vecinos, hasta que el Señor se los puso bajo las plantas de sus pies. Mas ahora el Señor mi Dios, me ha dado reposo por todas partes, y no tengo enemigo ni obstáculo alguno. Por eso pienso edificar un templo al Nombre del Señor Dios mío, como lo dejó el Señor ordenado a mi padre David, diciendo: Tu hijo a quien pondré en tu lugar sobre tu solio, ése ha de edificar el templo al Nombre mío. Da, pues, orden a tus gentes que me corten cedros del Líbano, y mis gentes se juntarán con las tuyas, y por el salario de éstas te daré yo todo lo que pidieres; porque bien sabes que en mi pueblo no hay quien sepa labrar la madera como los sidonios. Así que oyó Hiram la embajada de Salomón , se alegró sobremanera, y exclamó: Bendito sea hoy el Señor Dios que dio a David un hijo sapientísimo para gobernar un pueblo tan numeroso. Inmediatamente Hiram envió a decir a Salomón : He oído todo lo que me pides; cumpliré todos tus deseos en orden a las maderas de cedro y abeto. Mis siervos las transportarán desde el Líbano al mar, y haré acomodarlas en almadías o balsas, dirigiéndolas al lugar que me señalares, y las haré arrimar allí, y tú las mandarás recoger. Entretanto me suministrarás lo que necesite para el arreglo de mi casa. Daba, pues, Hiram a Salomón maderas de cedro y abeto, cuantas éste quería; y Salomón por su parte daba a Hiram para sustento de su palacio veinte mil coros de trigo y veinte mil de aceite purísimo. Todo esto daba anualmente Salomón a Hiram. Dio también el Señor a Salomón la sabiduría, como se lo había prometido, y tenían paz entre sí Hiram y Salomón , e hicieron alianza recíproca. Tras esto escogió Salomón obreros de todo Israel, y fueron los pedidos treinta mil hombres; los cuales envíaba al Líbano por su turno, diez mil cada mes; de modo que estaban dos meses en sus casas. Adoniram era el que cuidaba del cumplimiento de esta disposición. Tuvo también Salomón setenta mil hombres para la conducción de los materiales, y ochenta mil canteros en el monte, sin contar los sobrestantes de cada una de las obras, en número de tres mil trescientos, los cuales dirigían la gente y los obreros. Mandó también el rey que sacasen piedras grandes, piedras de gran precio para los fundamentos del templo, y las cuadrasen. Lo cual ejecutaron los canteros de Salomón con los de Hiram; particularmente los giblios, que fueron los que pulieron las maderas y las piedras para la construcción del templo. Se comenzó a edificar la casa del Señor en el año cuatrocientos ochenta después de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, el año cuarto del reinado de Salomón sobre Israel, en el mes de Cío, esto es, el mes segundo. Y la casa que el rey Salomón edificaba al Señor tenía setenta codos de largo, veinte de ancho y treinta de alto. Delante del templo había un pórtico de veinte codos de largo, según la medida de lo ancho del templo, y tenía diez codos de ancho delante de la fachada del templo. En el templo hizo ventanas transversales o claraboyas; y junto al muro que cercaba el templo construyó estancias entre las paredes del edificio, alrededor del templo y del oráculo; e hizo lados o parapetos en todo el contorno. El piso bajo o suelo tenía cinco codos de ancho, el de en medio seis codos, el tercero siete; y en todo el edificio por fuera asentó las vigas de tal modo que no estuviesen metidas en las paredes del templo. La construcción de la casa del Señor se hizo de piedras labradas de antemano; sin que, durante la obra de la casa del Señor, se oyese en ella ruido de martillo, ni de hacha, o azuela, ni de ninguna otra herramienta. La puerta del piso de en medio estaba al lado derecho del edificio, y por un caracol se subía a la estancia de en medio, y de ésta al tercer alto. Así edificó la casa y la perfeccionó, y la cubrió con artesanados de cedro. Y edificó habitaciones con tablas alrededor de todo el edificio, de cinco codos de altura, y cubrió la casa con maderas de cedro. Después de lo cual habló el Señor a Salomón , diciendo: En esta casa que tú has edificado (si tú siguieres mis preceptos, y practicares mis determinaciones, y guardares todos mis mandamientos, sin desviarte de ellos), verificaré en ti la promesa que hice a David, tu padre; y habitaré en medio de los hijos de Israel, y no desampararé nunca al pueblo mío de Israel. Edificó, pues, Salomón el templo, y lo concluyó. Las paredes del templo las revistió por dentro de tablas de cedro desde el suelo hasta el remate de las paredes y hasta el techo; cubriéndolo por dentro con madera de cedro; cubrió asimismo el pavimento del templo con tablas de abeto. En la parte posterior del templo formó con tablas de cedro un edificio o división de veinte codos desde el pavimento hasta lo más alto; y lo destinó para lugar inferior del oráculo. El templo desde la puerta del oráculo hasta abajo tenía cuarenta codos. Y todo el edificio por dentro estaba revestido de cedro, con sus emsambladuras y junturas hechas con mucho primor, y artificiosamente esculpidas; todo estaba cubierto de tablas de cedro, de tal forma que no se podía ver ni una sola piedra de la pared. El oráculo lo había edificado en el fondo del templo, en la parte más inferior para colocar allí el arca del Testamento del Señor. Tenía este oráculo veinte codos de largo, veinte codos de ancho, y veinte codos de alto, y lo cubrió y revistió de oro purísimo. Cubrió también de oro el altar o mesa de cedro. Aun la parte del templo que estaba delante del oráculo la cubrió con oro acendrado, clavando las planchas de oro con clavos de lo mismo. No había parte alguna dentro del templo que no estuviese cubierta de oro; y de oro cubrió también todo el altar de los perfumes, que está delante de la puerta del oráculo. Dentro del oráculo puso dos querubines hechos de madera de olivo, de diez codos de alto. Cinco codos tenía cada una de las dos alas del querubín; y así había diez codos desde la punta de un ala hasta la punta de la otra. Igualmente el segundo querubín era de diez codos con la misma dimensión, pues los dos querubines eran de una misma hechura. Esto es, un querubín tenía de altura diez codos y otros tantos el otro. Estos querubines los colocó en medio del templo interior u oráculo, y tenían extendidas sus alas, y el ala de un querubín tocaba a la pared, y el ala del segundo tocaba a la otra pared; y las otras dos alas se tocaban entre sí en el punto de en medio del templo u oráculo. Cubrió también de oro los querubines. E hizo adornar todas las paredes del templo alrededor con varias molduras y relieves, figurando en ellas querubines y palmas, y diversas figuras, que parecían saltar y salirse de la pared. El mismo pavimento del templo, tanto en la parte interior u oráculo, como la exterior, lo cubrió de oro. Y a la entrada del oráculo hizo dos puertecitas de madera de olivo, y sus postes o columnas eran de cinco caras. En estas dos puertas de madera de olivo entalló figuras de querubines, y de palmas, y bajorrelieves de mucho realce, y los cubrió de oro; cubriendo también de oro tanto los querubines como las palmas y todas las demás molduras. E hizo a la entrada del templo postes de madera de olivo cuadrangulares, y dos puertas de madera de abeto, una a un lado y la otra a otro; y ambas puertas eran de dos hojas, que se abrían sin desunirse. En ellas esculpió querubines y palmas y varias molduras de mucho relieve, cubriendo o adornando cada cosa con láminas de oro, trabajado todo a escuadra y regla. Y edificó el atrio interior con tres órdenes de piedras labradas y un orden de maderas de cedro. Se echaron los cimientos de la casa del Señor el año cuarto, en el mes de Cío; y el año undécimo, es el mes de Bul, esto es el mes octavo, se concluyó la casa del Señor con todas sus partes y con todos sus utensilios. Y la edificó Salomón en siete años. Construyó después Salomón , y acabó enteramente en trece años, su propia casa. Construyó asimismo la casa o palacio del bosque del Líbano que tenía cien codos de largo y cincuenta de ancho, y treinta de alto; y había cuatro galerías entre columnas de cedro; pues de los maderos de cedro había formado columnas. Y revistió de tablas de cedro toda la bóveda, la cual estribaba sobre cuarenta y cinco columnas o pilares. Cada hilera tenía quince columnas, asentadas una enfrente de otra, y paralelas, con igual espacio entre columna y columna; sobre las columnas había travesaños cuadrangulares, todos iguales. Hizo también un pórtico de columnas que tenía cincuenta codos de largo y treinta de ancho. Además un segundo pórtico delante del pórtico grande, con columnas y arquitrabes sobre columnas. De la misma forma hizo el pórtico del trono, donde estaba el tribunal del rey, y lo cubrió de madera de cedro desde el pavimento hasta la techumbre. Y el estrado o solio, donde se sentaba para hacer justicia, estaba en medio de este pórtico, y era de igual labor. Construyó asimismo Salomón para la hija del faraón (que había tomado por esposa) una casa o habitación de la misma arquitectura de la casa del pórtico. Todos estos edificios desde los cimientos hasta lo más alto de las paredes, y por fuera hasta el atrio principal, eran de piedra de gran valor, aserradas por todas partes con la misma regla y medida. Los cimientos eran también de piedras de mucho precio; piedras grandes de diez o de ocho codos; y de allí arriba, piedras igualmente apreciables, cortadas a una misma medida, y revestidas también de cedro. El atrio grande tenía a la redonda tres órdenes de piedra de sillería y uno de vigas de cedro labrado; y lo mismo tenía el atrio interior del templo, del Señor y su pórtico. Además de esto el rey Salomón hizo venir de Tiro a Hiram, hijo de una mujer viuda de la tribu de Neftalí y de padre tirio; artífice dotado de gran saber, inteligencia y maestría para ejecutar toda clase de obras de bronce. El cual habiéndose presentado al rey Salomón , le hizo todas sus obras. Primero fundió dos columnas de bronce, cada una de dieciocho codos de alto; daba vuelta a cada columna un cordón o moldura de doce codos. Fundió asimismo dos capiteles de bronce, para ponerlos sobre los remates de las columnas: un capitel tenía cinco codos de alto y otros tantos el otro; y estaban rodeados como de una red de cadenas entrelazadas entre sí con maravilloso artificio. Los dos capiteles de las columnas eran de fundición, en cada uno de los cuales había siete hileras de mallas o trenzas. Y para complemento de las columnas hizo dos órdenes de mallas o redes, que rodeaban y cubrían los capiteles asentados sobre pezones de granadas; lo mismo hizo con el segundo capitel que con el primero. Los capiteles puestos sobre los remates de las columnas en el pórtico, estaban labrados en forma de azucena, y eran de cuatro codos. Y además sobresalían otros dos capiteles encima de las columnas entre las mallas, proporcionados a la medida de cada columna; y así en el segundo capitel, como en el primero, se veían doscientas granadas colocadas alrededor con simetría. Y asentó las dos columnas en el pórtico del templo; y alzado que hubo la de la derecha, la llamó Jaquín; levantada igualmente la segunda, le puso por nombre Booz. Sobre las cabezas de las columnas puso remates, que tenían la figura de azucena; y con esto quedó concluida la obra de las columnas. Hizo también de fundición una gran concha, toda redonda, de diez codos de diámetro, de un borde al otro; tenía cinco codos de profundidad, y un cordón o moldura de unos treinta codos ceñía toda su circunferencia. Más abajo del borde corría una obra de talla por cada diez codos, la cual rodeaba la concha; los dos órdenes de estas molduras acanaladas eran también de fundición. El mar, o concha, estaba sobre doce bueyes; de los cuales tres miraban al septentrión, tres al occidente, tres al mediodía, y tres al oriente, y la concha se apoyaba sobre ellos, quedando las partes posteriores del cuerpo de los bueyes enteramente ocultas hacia la parte de adentro. Tenía este baño un palmo de grueso; su borde era semejante al borde de una copa y a la hoja de una azucena abierta; cabían en él dos mil batos. Fundió también diez basas de bronce; cada una tenía cuatro codos de largo, cuatro de ancho y tres de alto. Todas las labores de las basas eran obra entretallada con molduras entre las junturas; y entre guirnaldas y festones se veían leones y bueyes, y querubines, y asimismo sobre las junturas; debajo de los leones y bueyes colgaban unas como guirnaldas de bronce. Cada basa se sostenía sobre cuatro ruedas con ejes de bronce, y a las cuatro esquinas debajo del baño había como cuatro espaldillas o zocalillos de fundición, una enfrente de otra. En el remate de la basa había por dentro una concavidad donde encajaba la pila del baño; y lo que se descubría por fuera en espacio de un codo, era perfectamente redondo, y la boca entera tenía codo y medio; en las esquinas sostenidas de los zócalos había varias esculturas, y los intermedios de los zócalos eran cuadrados, no redondos. Las cuatro ruedas puestas en los cuatro ángulos de la basa, estaban debajo de la basa, correspondiéndose una a otra; cada rueda tenía codo y medio de alto. Las ruedas eran como las que suelen hacerse para un carro; con sus ejes y rayos, y llanta, y cubos, todo de fundición; porque aun aquellos cuatro hombrillos o zocalillos a las cuatro esquinas de cada basa estaban fundidos con la misma basa en un molde, y unidos con ella. En lo alto de la basa había un cerco redondo de medio codo, hecho de tal manera que pudiese sostener encima la concha; y tenía sus molduras y varias labores de relieve, todo de una pieza; y en los costados, que también eran de bronce, y en las esquinas esculpió querubines, y leones, y palmas, con tal arte, que no parecían esculpidos, sino sobrepuestos alrededor, y tan al vivo como un hombre que está en pie. A este tenor fabricó las diez basas, fundidas de un mismo modo, y de una misma medida y entalladura. Fundió también diez conchas o baños de bronce; en cada concha cabían cuarenta batos, y eran de cuatro codos, y colocó una concha sobre cada una de las diez basas. Y colocó diez basas, cinco a la mano derecha del templo, y cinco a la izquierda; y la gran concha o mar a la derecha del templo entre oriente y mediodía. Hizo también Hiram calderos, y cuencos y calderillas, y concluyó todo cuanto le ordenó hacer el rey Salomón para el templo del Señor; es a saber, las dos columnas, y los dos cordones de los capiteles de las columnas, y las dos mallas que cubrían los dos cordones que estaban sobre las cabezas de las columnas; cuatrocientas granadas en las dos mallas; dos órdenes de granadas en cada malla que cubría los cordones de los capiteles, asentados sobre las cabezas de las columnas; las diez basas y las diez conchas sobre las basas; -- y los calderos, cuencos y calderillos. Todos los vasos que hizo Hiram al rey Salomón para el servicio de la casa del Señor eran de bronce fino. Los hizo fundir el rey en las llanuras del Jordán en una tierra gredosa, entre Socot y Sartán. Y puso Salomón todos estos vasos en el templo; y por su excesivo número no se tuvo cuenta con el peso del metal. Mandó hacer también Salomón todo aquello que debía servir para la casa del Señor: el altar de oro y la mesa de oro, sobre la cual se habían de poner los panes de la proposición; y los candeleros de oro, cinco a la derecha y cinco a la izquierda delante del oráculo, todos de oro acendrado, con unas como flores de lis, encima de los candeleros las lámparas o mecheros, y despabiladeras de lo mismo. y tenajuelas, y arrejaques, y tazas, y morterillos e incensarios de finísimo oro. Los quicios de las puertas de la casa interior del lugar santísimo y de las puertas del templo eran asimismo de oro. Así completó Salomón toda la obra que tenía trazada para la casa del Señor, y metió en ella el oro, la plata y todos los vasos que su padre David había consagrado a Dios, y lo mandó guardar todo en los tesoros de la casa del Señor. Entonces se congregaron en Jerusalén todos los ancianos de Israel con los príncipes de las tribus y las cabezas de las familias de los hijos de Israel, al llamamiento del rey Salomón , para trasladar el arca del Testamento del Señor desde la ciudad de David, esto es, desde Sión. Se juntó, pues, todo Israel ante el rey Salomón el día solemne del mes de Etanim, que es el mes séptimo. Y acudieron todos los ancianos de Israel; y los sacerdotes tomaron el arca del Señor, y el Tabernáculo de la alianza en que estaba y todos los vasos del santuario que había en el Tabernáculo, y los llevaban los sacerdotes y levitas. Mas el rey Salomón y toda la multitud de Israel reunida a él, iban delante del arca , e inmolaban ovejas y bueyes sin tasa ni número. Por fin, los sacerdotes colocaron el arca del Señor en el lugar destinado del oráculo del Templo, en el lugar santísimo, debajo de las alas de los querubines. Pues estos querubines tenían extendidas sus alas sobre el sitio del arca , y cubrían por arriba el arca y sus varas; y las varas que antes salían algún tanto afuera dejándose ver sus cabos fuera del santuario delante del oráculo, ya no se descubrían más por fuera; y de esta manera han quedado allí hasta el día de hoy. Dentro del arca no había otra cosa sino las dos tablas de piedra que había puesto en ella Moisés en Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los hijos de Israel, luego que salieron de la tierra de Egipto. Y sucedió que al salir los sacerdotes del santuario, una niebla llenó la casa del Señor; de manera que los sacerdotes no podían estar allí para ejercer su ministerio por causa de la niebla; porque la gloria del Señor tenía ocupada de lleno la casa del Señor. Entonces dijo Salomón : El Señor tiene dicho que había de morar en una niebla. No he descansado, oh Dios, hasta ver concluida una casa para tu habitación, para trono tuyo firmísimo para siempre. Y volviéndose el rey hacia toda la congregación de Israel, le deseó y pidió para ella toda suerte de felicidades; pues todo Israel se hallaba allí reunido. Y añadió Salomón : Bendito sea el Señor Dios de Israel, el cual por su propia boca predijo a David, mi padre, lo que con su poder ha ejecutado, diciendo: Desde el día que saqué de Egipto a mi pueblo de Israel, yo no me escogí ninguna ciudad entre todas las tribus de Israel para edificar en ella casa donde se invocase mi Nombre; escogí, sí, a David para que fuese el jefe de mi pueblo de Israel. Quiso, pues, David, mi padre, edificar una casa al Nombre del Señor Dios de Israel. Pero el Señor dijo a mi padre David: Bien has hecho en haber ideado en tu corazón construir casa a mi Nombre, formando en tu mente tal designio. Con todo, no me edificarás tú la casa, sino un hijo tuyo que descenderá de ti; ése ha de edificar la casa a mi Nombre. El Señor puso en ejecución la palabra que pronunció; y yo ocupé el lugar de mi padre, y me senté sobre el trono de Israel como el Señor lo había dicho, y he edificado la casa al Nombre del Señor Dios de Israel. Y en ella he escogido el lugar para el arca , dentro de la cual está la ley, que es la alianza del Señor, hecha con nuestros padres, cuando salieron de la tierra de Egipto. Se puso después Salomón de rodillas ante el Altar del Señor, a vista de la asamblea de Israel, y levantando las manos hacia el cielo, dijo: ¡Oh Señor Dios de Israel!, no hay Dios semejante a ti, ni arriba en el cielo, ni acá abajo en la tierra; tú guardas el pacto y usas misericordia con tus siervos, que andan en tu presencia con todo su corazón. Tú has cumplido a tu siervo David, mi padre, la palabra que le diste; la pronunció tu boca, y la ejecutaron tus manos, como lo acredita este día. Ahora, pues, Señor Dios de Israel, confirma a tu siervo David, mi padre, lo que le prometiste, diciendo: No faltará jamás de tu linaje quien se siente ante mí sobre el trono de Israel, con tal que tus hijos vigilen sobre sus pasos, y anden delante de mí como tú has andado en mi presencia. Sí, oh Señor Dios de Israel, confírmense hoy tus promesas hechas a tu siervo David, mi padre. Mas en efecto: ¿es creíble que verdaderamente Dios ha de habitar sobre la tierra? Porque si ni los cielos, oh Señor, ni los altísimos cielos pueden abarcarte, ¿cuánto menos esta casa que yo he construido? Como quiera, oh Señor Dios mío, atiende a la oración de tu siervo, y a sus súplicas; escucha los himnos y las plegarias que tu siervo pronuncia hoy en tu presencia; estén tus ojos abiertos de día y de noche sobre esta casa, sobre la casa de la cual dijiste: Mi Nombre será en ella invocado; de modo que oigas la oración que tu siervo te hace en este sitio, y escuches las súplicas de tu siervo y de Israel, pueblo tuyo, sobre cuanto te pidan en este lugar. Sí, tú los oirás, oh Señor, desde el lugar de tu mansión en el cielo, y oyéndolos te mostrarás con ellos propicio. Si un hombre pecare contra su prójimo, y tuviera que hacer algún juramento con que quede obligado, y viniere a tu casa o templo, ante tu altar para prestar o confirmar el juramento, tú estarás escuchándole desde el cielo; y harás justicia a tus siervos, condenando al impío, y haciendo caer sobre su cabeza el castigo de su mal proceder; y absolviendo al justo, y recompensándole según su justicia. Si tu pueblo de Israel huyere a la presencia de sus enemigos (porque vendrá día en que pecará contra ti), y haciendo penitencia, y dando gloria a tu Nombre, vinieren sus hijos a orar y a implorar tu misericordia en esta tu casa, óyelos tú desde el cielo, perdona el pecado de tu pueblo de Israel, y restitúyelos a la tierra que diste a sus padres. Si el cielo se cerrare, y no lloviere por causa de sus pecados, y orando en este lugar hicieren penitencia, dando gloria a tu Santo Nombre, y en su aflicción se convierten de sus culpas, atiéndeles, Señor, desde el cielo y perdona los pecados de tus siervos y de Israel, pueblo tuyo; y enséñales el buen camino por donde deben andar, y envía lluvias a esta tu tierra, cuya posesión diste a tu pueblo. Si viniere hambre al país o peste, o infección de aire, o tizón, o langosta o pulgón; si los enemigos le devastaren sitiando sus ciudades; en toda plaga, en toda suerte de calamidad que viniere, siempre que cualquier particular de tu pueblo de Israel recurriere a ti con votos y plegarias, y reconociendo la llaga que ha hecho el pecado en su corazón, levantare a ti sus manos en esta casa, tú le escucharás benigno desde el cielo, desde aquel lugar de tu morada, y te le mostrarás propicio; y darás a cada uno según sus obras, conforme vieres su corazón (porque sólo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres), a fin de que te teman mientras viven sobre la tierra que diste a nuestros padres. Asimismo cuando el extranjero, que no pertenece a tu pueblo de Israel, viniere de lejanas tierras por amor de tu Nombre (puesto que se esparcirá por todas partes la fama de tu gran Nombre y de tu poderosa mano, y de tu fuerte brazo), cuando viniere, digo, y orare en este lugar, tú le oirás desde el cielo, desde aquel firmamento en que tienes tu habitación, y otorgarás todo cuanto te suplicare el extranjero; para que así todos los pueblos del mundo aprendan a temer tu Nombre, como tu pueblo de Israel; y sepan por experiencia que tu Nombre es invocado en esta casa que yo he edificado. Si tu pueblo saliere a campaña contra sus enemigos, doquiera que tú lo enviares, hará oración a ti mirando hacia la ciudad de Jerusalén que tú elegiste, y hacia la casa que yo he construido a tu Nombre, y tú oirás desde el cielo sus oraciones y súplicas, y les harás justicia. Que si pecaren contra ti, (pues no hay hombre que no peque) y airado los abandonares en poder de sus enemigos, y fueren llevados cautivos a tierra enemiga, lejos o cerca de aquí, y ellos en el lugar de su cautiverio se arrepintieren de corazón, y convertidos te pidieren perdón en medio de su esclavitud, diciendo: Hemos pecado, hemos procedido inicuamente, hemos hecho acciones impías; y se volvieren a ti de todo su corazón, y con toda su alma, en la tierra enemiga, a donde fueren conducidos esclavos, e hicieren oración a ti, mirando hacia su tierra, que diste a sus padres, y hacia la ciudad que tú elegiste, y hacia el templo que he edificado a tu Nombre, tú, Señor, oirás desde el cielo, desde esa firmísima morada en que tienes puesto tu solio, sus oraciones y sus plegarias, y saldrás a su defensa; y propicio a tu pueblo que pecó contra ti, perdonarás todas las iniquidades con que contra ti hubieren cometido; e infundirás misericordia en aquellos que los tuvieren cautivos, para que los traten con compasión. Porque ellos son el pueblo tuyo y la heredad tuya, y los sacaste de la tierra de Egipto de en medio del horno o crisol del hierro. Estén, pues, atentos tus ojos a las súplicas de tu siervo y de Israel, tu pueblo, y óyelos en cualquier ocasión que te invocaren; ya que tú, ¡oh Señor Dios!, los escogiste de todos los pueblos de la tierra para posesión tuya, como lo declaraste por boca de tu siervo Moisés, cuando sacaste de Egipto a nuestros padres. Luego que Salomón hubo acabado de proferir toda esta oración y plegaria al Señor, se levantó de ante el Altar del Señor, porque había hincado ambas rodillas en tierra, teniendo levantadas las manos hacia el cielo; y puesto en pie, bendijo a toda la congregación de Israel, diciendo en alta voz: Bendito sea el Señor que ha dado reposo a su pueblo de Israel, conforme a todas las promesas que hizo; no ha faltado ni una sola palabra en orden a todos los bienes que él prometió por boca de Moisés, siervo suyo. El Señor Dios nuestro sea con nosotros, como estuvo con nuestros padres, y no nos desampare ni nos deseche; antes bien incline hacia sí nuestros corazones, para que andemos por todos sus caminos guardando sus mandamientos y ceremonias, y todos los preceptos judiciales que prescribió a nuestros padres. Y estas mis palabras, con que acabo de orar al Señor, estén presentes día y noche ante el Señor Dios nuestro, para que en todo tiempo ampare a su siervo y a su pueblo de Israel; a fin de que todas las naciones de la tierra reconozcan que el Señor es el verdadero Dios, y que fuera de él no hay otro. Sea también nuestro corazón recto para con Dios nuestro Señor; de suerte que obedezcamos sus preceptos, y observemos sus mandamientos, como hacemos hoy. Después de esto el rey, y con él todo Israel, sacrificaban víctimas delante del Señor. Y las víctimas que Salomón degolló y sacrificó al Señor como hostias pacíficas, fueron veintidós mil bueyes, y ciento veinte mil ovejas; y de esta manera dedicaron el templo del Señor el rey y los hijos de Israel. En este mismo día hizo el rey consagrar aquella parte del atrio que estaba delante de la casa del Señor, ofreciendo allí holocaustos y víctimas, y la grasa de las hostias pacíficas; atento que el altar de bronce erigido al Señor no era tan grande que pudiesen caber en él los holocaustos y los sacrificios, y las grasas de las hostias pacíficas. Celebró, pues, entonces Salomón una fiesta solemnísima, y con él todo Israel, congregado en grandísimo número desde la entrada de Emat hasta el río de Egipto, en la presencia del Señor Dios nuestro, por espacio de siete días, y después otros siete, esto es, catorce días. Y el día octavo de esta última fiesta despidió las gentes; las cuales llenando de bendiciones al rey, se volvieron a sus casas, alegres y con el corazón lleno de gozo por todos los beneficios que había hecho el Señor a David, su siervo, y a Israel, su pueblo. Habiendo acabado Salomón de construir la casa o templo del Señor, y el palacio real, y todas las obras que había ideado y querido hacer, se le apareció el Señor por segunda vez en sueños, como se le había aparecido en Gabaón, y le dijo: He oído tu oración y la súplica que me has hecho; he santificado esta casa que me has edificado, a fin de que permanezca en ella mi Nombre para siempre; y en todo tiempo mis ojos y mi corazón estarán fijos sobre este lugar. Por lo que a ti toca, si tú anduvieres en mi presencia, como anduvo tu padre, con un corazón recto y sencillo, e hicieres todo lo que te tengo mandado, y guardares mis leyes y mandamientos, yo aseguraré para siempre el trono de tu reino sobre Israel, como se lo prometí a tu padre David, diciendo: Será siempre de tu linaje el que ocupe el trono de Israel. Mas si vosotros y vuestros hijos obstinadamente os apartáis de mí, dejando de seguirme, y no guardando mis mandamientos y ceremonias que os he prescrito, antes bien os fuereis en pos de los dioses extranjeros, dándoles culto y adoración, yo arrancaré a Israel de la tierra que le di, y arrojaré lejos de mí ese templo que he consagrado a mi Nombre; e Israel vendrá a ser el escarnio y la fábula de todas las gentes. Y esta casa, hecha cenizas, se mirará como un ejemplo de mi justicia; cualquiera que pasare por delante de ella, quedará pasmado, y prorrumpirá en exclamaciones, y dirá: ¿Por qué ha tratado así el Señor a este país y a esta casa? Y le responderán: Porque abandonaron al Señor Dios suyo, que sacó a sus padres de la tierra de Egipto, y se fueron tras los dioses ajenos, y los adoraron y dieron culto; por eso el Señor ha descargado sobre ellos todos estos males. Pasados, pues, los veinte años que Salomón empleó en edificar las dos casas, esto es, el templo del Señor y la casa del rey (suministrándole Hiram, rey de Tiro, las maderas de cedro y abeto, y el oro, todo cuanto había necesitado), entonces Salomón dio a Hiram veinte poblaciones en tierra de Galilea. E Hiram salió de Tiro para ver las poblaciones que Salomón le había dado y no le agradaron. Y así dijo: ¿Conque éstas son, hermano mío, las ciudades que me has dado? Y las llamó tierras de Cabul, nombre que conservan hasta el día de hoy. También había enviado Hiram al rey Salomón ciento veinte talentos de oro; tan grandes fueron las expensas del rey Salomón en la construcción de la casa del Señor, y de los edificios de Mello, y en los muros de Jerusalén , de Heser, de Mageddo y de Gazer. Es de saber que el faraón, rey de Egipto, había ido a sitiar a Gazer, y después de haberla tomado, e incendiado, y pasado a cuchillo a los cananeos, sus moradores, se la dio en dote a su hija, mujer de Salomón . Salomón , pues, reedificó a Gazer, y a Bet-Horón la de abajo, y a Balaat, y a Palmira en el desierto; y todos los lugares que le pertenecían, y estaban sin muros, los fortificó, como también las ciudades en que tenía sus carros de guerra, y las ciudades en que estaba la tropa de a caballo; en suma acabó cuanto quiso construir en Jerusalén , y en el Líbano, y en todas las tierras de sus dominios. A toda la gente que había quedado de los amorreos, y heteos, y ferezeos, y heveos, y jebuseos, los cuales no eran del número de los hijos de Israel, a los hijos, digo, de estos pueblos, que se mantenían en el país por no haberlos podido exterminar los hijos de Israel, los hizo Salomón tributarios, como lo son hasta hoy. Mas de los hijos de Israel dispuso Salomón que ninguno estuviese sujeto a servidumbre, sino que éstos eran destinados a las armas, y eran ministros suyos, y príncipes, y capitanes, y comandantes de los carros de guerra y de la caballería. Había puesto también Salomón por inspectores de todas las obras quinientos cincuenta jefes, que tenían a sus órdenes la gente, y dirigían las tareas que les habían señalado. La hija del faraón pasó de la ciudad de David al palacio que le había construido Salomón ; el cual edificó entonces a Mello. Ofrecía asimismo Salomón tres veces al año holocaustos y víctimas pacíficas sobre el altar que había erigido al Señor; ante el cual hacía quemar los perfumes, después que quedó el templo todo acabado. Hizo también equipar Salomón una flota en Asiongaber, que cae junto a Ailat, sobre la costa del mar Rojo, en la Idumea; y envió Hiram en esta flota algunas de sus gentes, hombres inteligentes de la náutica, y prácticos de la mar, con las gentes de Salomón . Y habiendo navegado a Ofir, tomaron de allí cuatrocientos veinte talentos de oro, y se los trajeron al rey Salomón . También la reina de Saba, oída la fama de Salomón , vino en el nombre del Señor a hacer prueba de él con varias cuestiones oscuras. Y entretanto en Jerusalén con gran pompa de acompañamiento y de riquezas, con camellos cargados de aromas y de oro sin cuento, y de piedras preciosas, fue a ver al rey Salomón , y le propuso todas las cuestiones que traía meditadas en su corazón. Y satisfizo Salomón a todas sus preguntas; no hubo cosa que fuese oscura para el rey, y a la cual no le respondiese. Viendo, pues, la reina de Saba toda la sabiduría de Salomón y la casa o templo que había edificado, y la manera con que era servida su mesa, y las habitaciones de sus criados, y las varias clases de los ministros, y sus vestidos, y los coperos, y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó atónita. Y dijo al rey: Verdadera es la fama de lo que oí en mi tierra sobre tus cosas, y sobre tu sabiduría; y no he dado crédito a los que me la contaban, hasta tanto que yo misma he venido y lo he visto por mis ojos, y he experimentado que no me habían dicho la mitad de lo que es en realidad. Tu sabiduría y tus hechos son mucho más grandes de lo que me habían contado. ¡Dichosos los que están contigo!; ¡dichosos tus criados, los cuales gozan siempre de tu presencia, y escuchan tu sabiduría! Bendito sea el Señor Dios tuyo, que te ha amado y puesto sobre el trono de Israel, por el amor que siempre ha tenido a este pueblo, y te ha constituido rey para que ejerzas la equidad y la justicia. Dio después ella al rey ciento veinte talentos de oro, y grandísima cantidad de aromas y piedras preciosas; nunca jamás en adelante se trajo a Jerusalén tanta cantidad de aromas, como la que regaló la reina de Saba al rey Salomón . (Es de saber, que también la flota de Hiram, que conducía oro de Ofir, trajo asimismo de allí muchísima madera de tino y piedras preciosas; y el rey hizo de este tino los balaústres del templo del Señor y del palacio real, las cítaras y las liras para los cantores; nunca se volvió a traer ni se ha visto jamás semejante madera de tino hasta el día de hoy). El rey Salomón por su parte dio a la reina de Saba todo cuanto ella quiso y le pidió; sin contar los presentes que de su grado le hizo con regia magnificencia. Ella se volvió y partió para su tierra con sus criados. Era la cantidad de oro que cada año percibía Salomón de seiscientos sesenta y seis talentos de oro, sin contar lo que le traían los recaudadores de los tributos, y los negociantes, y todos los tenderos o especieros y todos los reyes de Arabia, y los gobernadores de los países de sus dominios. Hizo también el rey Salomón doscientos escudos o adargas de oro finísimo, empleando seiscientos siclos de oro en las planchas de cada uno de estos escudos. Además trescientas rodelas o escudos menores de oro de ley. Cubrían cada rodela trescientas minas de oro; y las colocó el rey en la casa del bosque del Líbano. Hizo asimismo el rey Salomón un trono grande de marfil, y lo guarneció de oro purísimo muy amarillo. Tenía el trono seis gradas, y lo alto del trono por el respaldo era redondo, y por uno y otro lado salían dos brazos o apoyos que sostenían el asiento, y junto a cada uno de estos brazos había dos leones. Sobre las seis gradas estaban de uno y otro lado doce leoncillos; en ningún otro reino del mundo se construyó jamás obra semejante. Fuera de esto, todos los vasos en que bebía el rey Salomón eran también de oro; e igualmente toda la vajilla de la casa o palacio del bosque del Líbano era de oro finísimo; no se usaba la plata para dichos vasos, ni casi se hacía aprecio de ella en tiempo del rey Salomón . Pues la flota del rey se hacía a la vela, e iba con la flota de Hiram una vez cada tres años a Tarsis a traer de allí oro y plata, y colmillos de elefantes, y monas, y pavos reales. Así el rey Salomón sobrepujó a todos los reyes de la tierra en riquezas y sabiduría; y todo el mundo deseaba ver el rostro de Salomón , para oír la sabiduría que había infundido Dios en su corazón; y todos le enviaban presentes cada año, vasos de plata y de oro, ropas, armas o arneses de guerra, y también aromas, caballos y mulos; y juntó Salomón muchos carros de guerra, y tropa de caballería; y tuvo a su disposición mil cuatrocientos carros, y doce mil hombres de caballería, que distribuyó por las ciudades fortificadas y en Jerusalén cerca de él. E hizo que fuese tan abundante en Jerusalén la plata como las piedras, y tan común el cedro como los cabrahigos que nacen en las campiñas. De Egipto y de Coa se hacía saca de caballos para Salomón ; pues los comisarios del rey los compraban en Coa, y los conducían al precio concertado. Un tiro de cuatro caballos sacado de Egipto costaba seiscientos siclos de plata, y cada caballo ciento cincuenta; y a este tenor le vendían los caballos todos los reyes de los heteos y de la Siria. Pero el rey Salomón amó apasionadamente muchas mujeres extranjeras; y especialmente a la hija del faraón, a las mujeres moabitas y amonitas, idumeas, sidonias y heteas, naciones de las cuales mandó el Señor a los hijos de Israel: No tomaréis de ellas mujeres para vosotros, ni ellos se casarán con las vuestras; porque infaliblemente pervertirán vuestros corazones, para que sigáis a sus dioses. A tales mujeres, pues, se unió Salomón con un amor ardentísimo; tanto, que tuvo setecientas mujeres en calidad de reinas, y trescientas mujeres secundarias; y las mujeres pervirtieron su corazón. Y siendo ya viejo, vino a depravarse su corazón por causa de las mujeres hasta hacerle seguir los dioses ajenos; de suerte que su corazón ya no era puro y sincero para con el Señor Dios suyo, como lo fue el corazón de David, su padre. Antes bien daba culto Salomón a Astarté, diosa de los sidonios, a Moloc, ídolo de los amonitas. Con lo que desagradó Salomón al Señor, y no perseveró en servirle, como le sirvió David, su padre. Entonces fue cuando erigió Salomón un templo a Samos, ídolo de Moab, sobre el monte que está enfrente de Jerusalén , y a Moloc, ídolo de los hijos de Amón. Y a este tenor complació a todas sus mujeres extranjeras; las cuales quemaban inciensos y ofrecían sacrificios a sus dioses. Por lo que se irritó el Señor contra Salomón , porque había enajenado su corazón del Señor Dios de Israel que por dos veces se le había aparecido, y amonestado particularmente sobre no seguir a dioses ajenos; mas él no guardó el mandato del Señor. Dijo, pues, el Señor a Salomón : Porque te has portado así, y no has guardado mi pacto y los preceptos que te di, rasgaré y dividiré tu reino, y se lo daré a un siervo tuyo. Mas no lo ejecutaré en tus días por amor de David, tu padre; lo desmembraré cuando se halle en poder de tu hijo; aunque no se lo quitaré todo entero, sino que dejaré a tu hijo una tribu, por amor de David, mi siervo, y de Jerusalén , mi ciudad escogida. Suscitó, pues, el Señor por enemigo de Salomón a Adad, idumeo, de sangre real, que habitaba en Edom. Porque sucedió que habiendo estado David en la Idumea, e ido allí Joab, general del ejército, a dar sepultura a los que habían sido muertos, y pasar a cuchillo a todos los idumeos del sexo masculino (pues seis meses se detuvo allí Joab con todo Israel, hasta acabar con todos los varones de la Idumea), este Adad escapó, acompañado de algunos idumeos, criados de su padre, y fue a refugiarse en Egipto. Era entonces Adad todavía niño de pocos años. Y habiendo salido de Madián pasaron a Farán, y tomando consigo gentes de Farán, entraron en Egipto, y se presentaron al faraón, rey de Egipto, quien dio a Adad casa, le señaló alimentos, y le adjudicó tierras. Y Adad cayó tanto en gracia al faraón que lo casó con una hermana carnal de la reina Tafnes, su esposa. De esta hermana de Tafnes tuvo un hijo llamado Genubat, al cual crió Tafnes en el palacio del faraón; de suerte que Genubat vivía en el palacio del faraón con los hijos del rey. Y cuando supo Adad que David había ido a descansar en el sepulcro con sus padres, y que había también muerto Joab, general de sus tropas, dijo al faraón: Déjame volver a mi patria. Le dijo el faraón: Pues, ¿qué te falta en mi casa, para que quieras irte a tu país? A lo que contestó Adad: Nada; sin embargo te ruego que me des licencia para ir allá. También le suscitó Dios a Salomón otro enemigo que fue Razón, hijo de Elíada, el cual había huido de Adarecer, rey de Soba, su señor. Y juntó gente contra él, y se hizo capitán de ladrones o de guerrillas; a los cuales hacía David cruda guerra. Se retiraron después a Damasco y habitaron allí e hicieron rey de Damasco a Razón. Y fue Razón enemigo de Israel todo el reinado de Salomón ; y éste fue otro azote con el de Adad, por el odio contra Israel, después que reinó en la Siria. Asimismo Jeroboam, hijo de Nabat, efrateo, de Sareda, criado de Salomón , cuya madre era una mujer viuda llamada Sarva, se sublevó contra el rey. La causa de esta rebelión fue porque Salomón edificó a Mello, y terraplenó la hondonada o valle de la ciudad de David, su padre. Era Jeroboam hombre valiente y poderoso; y Salomón viéndolo mozo de buena índole y activo, le había dado la superintendencia de los tributos de toda la casa de José. Sucedió, pues, en aquel tiempo, que saliendo Jeroboam de Jerusalén , se encontró con él en el camino Ahías, silonita, profeta, que llevaba una capa nueva; y estaban los dos solos en el campo. Cogiendo, pues, Ahías la capa nueva, que traía puesta, la rasgó en doce partes, y dijo a Jeroboam: Toma para ti diez pedazos; porque esto dice el Señor Dios de Israel: He aquí que yo voy a dividir el reino que tiene Salomón , y te daré a ti diez tribus; si bien le dejaré a él para su hijo una tribu por amor de mi siervo David, y de Jerusalén , ciudad que yo tengo escogida entre todas las tribus de Israel. Porque me ha abandonado a mí, y ha adorado a Artasté, diosa de los sidonios, y a Camos, dios de Moab, y a Moloc, dios de los hijos de Amón; y no ha seguido mis caminos practicando la justicia en mi presencia, y mis mandamientos, y mis leyes, como su padre David. No por eso quitaré de sus manos parte alguna del reino; sino que le dejaré gobernar todo el tiempo de su vida por amor a David, mi siervo, a quien elegí; el cual observó mis mandamientos y preceptos. Quitaré, sí, el reino de las manos de su hijo, y te daré a ti diez tribus. Y a su hijo le dejaré una tribu, a fin de que le quede para siempre a mi siervo David un descendiente que, como una lámpara, brille en mi presencia en Jerusalén , ciudad que yo escogí para que en ella sea venerado mi Nombre. Pero a ti yo te levantaré, y reinarás a medida de tus deseos, y serás rey de Israel. Ahora bien, si tú obedecieres todo cuanto yo te mandare, y siguieres mis caminos, e hicieres lo que es recto a mis ojos, guardando mis mandamientos y mis preceptos, como lo hizo David, mi siervo, yo seré contigo, y te fundaré una casa estable, como la edifiqué a David, y te haré señor de Israel. Y con esto humillaré el linaje de David, aunque no para siempre. De aquí fue que Salomón intentó hacer matar a Jeroboam; mas éste se escapó y fue a refugiarse en Egipto cerca de Sesac, rey de Egipto, y allí estuvo hasta la muerte de Salomón . En orden a las demás cosas de Salomón , y todos sus hechos y sabiduría, todo está escrito en el Libro de los Anales del Reinado de Salomón . El tiempo que reinó Salomón en Jerusalén sobre todo Israel fue de cuarenta años. Y pasó Salomón a descansar con sus padres; y lo sepultaron en la ciudad de David su padre, sucediéndole en el reino su hijo Roboam. Fue, pues, Roboam a Siquem, por haberse congregado allí todo el pueblo de Israel, para proclamarlo rey. Entretanto Jeroboam, hijo de Nabat, estando aún en Egipto, fugitivo de la presencia del rey Salomón , oída su muerte, volvió de Egipto, pues enviaron a llamarlo. Con lo cual se presentó Jeroboam con toda la multitud de Israel, y hablaron a Roboam en estos términos: Tu padre nos impuso un yugo muy pesado; y así ahora tú suaviza algún tanto la extrema dureza del gobierno de tu padre, y el pesadísimo yugo que nos puso encima, y te rendiremos vasallaje. Les respondió Roboam: Retiraos por ahora, y volved a mí dentro de tres días. Retirado el pueblo, el rey Roboam llamó a consejo a los ancianos que tenía cerca de sí Salomón , su padre, cuando vivía, y les dijo: ¿Qué me aconsejáis vosotros que yo responda a este pueblo? Le dijeron ellos: Si tú, en el día, condesciendes con este pueblo, y te acomodas a él, y otorgas su petición, y le hablas con dulzura, serán para siempre vasallos tuyos. Mas Roboam desatendió el consejo de los ancianos, y consultó a los jóvenes que se habían criado con él y le hacían la corte, y les dijo: ¿Qué me aconsejáis vosotros que responda a este pueblo, que me ha dicho: Aligéranos un poco el yugo que tu padre nos impuso? Le respondieron los jóvenes que se habían criado con él: A esta gente que te ha dicho: Tu padre puso un yugo pesado sobre nosotros, alívianoslo tú, le has de responder así: Es más grueso mi dedo meñique que lo que era mi padre por el medio de su cuerpo. Ahora bien, si mi padre os impuso un yugo pesado, yo aumentaré aun el peso de vuestro yugo; mi padre os azotó con correas, mas yo he de azotaros con escorpiones. Compareció, pues, Jeroboam con todo el pueblo delante de Roboam al tercer día, en conformidad con lo que el rey había mandado, diciendo: Volved a mí dentro de tres días. Y el rey respondió al pueblo con dureza, desechando el consejo que le habían dado los ancianos; y les habló según el consejo de los jóvenes, diciendo: Mi padre os impuso un yugo pesado; pues yo añadiré aun más peso a vuestro yugo; mi padre os azotó con correas, mas yo os azotaré con escorpiones. Y no quiso el rey condescender con el pueblo; por cuanto el Señor lo había dejado de su mano, en cumplimiento de su palabra que por boca de Ahías, silonita, dirigió a Jeroboam, hijo de Nabat. Viendo, pues, el pueblo que el rey no había querido atenderlo, le replicó diciendo: ¿Qué tenemos nosotros que ver con la familia de David? ¿Ni qué herencia o provecho esperamos del hijo de Isaí? Vete a tus estancias, oh Israel; y tú, oh hijo de David, gobierna ahora tu casa. Con eso Israel se retiró a sus estancias. Mas todos los hijos de Israel, que habitaban en las ciudades de Judá, reconocieron por rey a Roboam. Despachó luego Roboam a Aduram, superintendente de los tributos; pero todo el pueblo de Israel lo mató a pedradas. Entonces Roboam a toda prisa tomó su coche, y huyó a Jerusalén . Y se separó Israel de la casa de David, como lo está aún en el día de hoy. Y sucedió que luego que supo todo Israel que Jeroboam había vuelto, congregados en cortes le enviaron a llamar, y lo aclamaron rey sobre todo Israel, sin que nadie siguiera el partido de la casa de David, fuera de la sola tribu de Judá. Llegado, pues, Roboam a Jerusalén , juntó toda la casa de Judá, y la tribu de Benjamín, escogiendo ciento ochenta mil hombres aguerridos para que peleasen contra la casa de Israel, y redujesen el reino a la obediencia de Roboam, hijo de Salomón . Pero el Señor dirigió su palabra a Semeías, varón de Dios, diciendo: Habla a Roboam, hijo de Salomón , rey de Judá, y a toda la casa de Judá y de Benjamín, y a los demás del pueblo y diles: Esto dice el Señor: No salgáis a campaña, ni peleéis contra vuestros hermanos, los hijos de Israel; vuélvase cada cual a su casa; porque yo soy el que he dispuesto lo sucedido. Obedecieron ellos las palabras del Señor, y se volvieron según el Señor lo había mandado. Jeroboam, reedificó a Siquem en los montes de Efraín, y fijó allí su residencia; desde la cual fue después y edificó a Fanuel. Al mismo tiempo discurría Jeroboam en su interior, y decía: Presto volverá este reino a ser la casa de David; porque si este pueblo ha de subir a Jerusalén a ofrecer sacrificios en el templo del Señor, se convertirá el corazón de este pueblo hacia Roboam, rey de Judá, que fue su señor, y me quitarán a mí la vida, y se reconciliarán con él. Y después de discurrirlo mucho, mandó hacer dos becerros de oro y dijo al pueblo: No subáis ya más a Jerusalén . He aquí, oh Israel, tus dioses, los que te sacaron de la tierra de Egipto. Y colocó el uno en Betel y el otro en Dan. Fue este suceso ocasión del pecado; pues todo el pueblo iba hasta Dan a adorar el becerro. Hizo también adoratorios en lugares elevados, y puso por sacerdotes a gentes del vulgo, y que no eran del linaje de Leví; y estableció un día de fiesta solemne en el mes octavo, a los quince del mes, a semejanza de la solemnidad que se celebraba en Judá; subiendo él mismo al altar que había erigido en Betel, ofreció por su mano sacrificios a los becerros de oro que había fabricado; y estableció en Betel sacerdotes en los adoratorios de los lugares elevados que había erigido. El día quince del mes octavo, día en que él por su capricho hizo solemne para los hijos de Israel, fue cuando subió al altar, que había erigido en Betel, y quemó el incienso, arrogándose el sacerdocio. Mas he aquí que mientras Jeroboam estaba en el altar y echaba el incienso, llegó de Judá a Betel por orden del Señor un varón de Dios, y exclamó contra el altar, diciendo de parte del Señor: Altar, altar, oye lo que dice el Señor: Tiempo vendrá en que ha de nacer en la familia de David un hijo que se llamará Josías; el cual hará degollar sobre ti los sacerdotes de los lugares altos, que ahora queman sobre ti inciensos, y él quemará sobre ti huesos de hombres. Y al mismo tiempo, en prueba de la verdad de su predicción, añadió: Esta será la señal que os hará conocer que Dios es quien os habla: He aquí que va a partirse el altar, y se derramará la ceniza que hay en él. Así que oyó el rey las palabras que el varón de Dios pronunció en alta voz contra el altar de Betel, extendió su mano desde el altar, diciendo: Prended a ése. Mas al punto se le secó la mano que había extendido contra el profeta, y no pudo retirarla hacia sí. Al mismo tiempo se hizo pedazos el altar, y se derramó la ceniza que había en él, conforme a la señal que había predicho el varón de Dios en nombre del Señor. Dijo entonces el rey al varón de Dios: Ruega al Señor Dios tuyo, y ora por mí, para que me sea restituida mi mano. Hizo el varón de Dios oración al Señor, y el rey recobró su mano, y quedó como antes estaba. Por lo que dijo el rey al varón de Dios: Ven conmigo a casa a comer, y te llenaré de regalos. Mas el varón de Dios respondió al rey: Aunque me dieras la mitad de tu casa no iría yo contigo, ni comería pan, ni bebería agua en este lugar; porque así me lo tiene mandado expresamente el Señor con este precepto: No comerás allí pan, ni beberás agua, ni te volverás por el mismo camino que fuiste. Y en efecto, se fue por otro camino, y no volvió por el mismo que había tomado viniendo a Betel. Moraba a la sazón en Betel cierto profeta anciano; a quien fueron sus hijos y le contaron todo lo que aquel día había hecho en Betel el varón de Dios, refiriendo a su padre las palabras que había hablado al rey. Les dijo su padre: ¿Qué camino tomó? Le mostraron sus hijos el camino por donde se había vuelto el varón de Dios que había venido de Judá. Y dijo a sus hijos: Aparejadme el asno. Y habiéndole ellos aparejado, montó en él, y fue en busca del siervo de Dios; y lo halló sentado a la sombra de un terebinto, y le dijo: ¿Eres tú el varón de Dios, que vino de Judá? Yo soy, le respondió. Pues ven conmigo, dijo, a casa a tomar un bocado. Mas él le respondió: Yo no puedo volver atrás, ni ir contigo, ni comeré pan, ni beberé agua en este lugar; por cuanto el Señor me habló de su propia boca, diciendo: No comas allí pan, ni bebas agua, ni vuelvas por el camino por donde fueres. Le dijo el otro: Yo también soy profeta como tú; y un ángel me ha venido a decir en nombre del Señor: Hazle volver contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua. Lo engañó, y lo hizo volver consigo. Comió, pues, el pan en su casa, y bebió el agua. Y cuando estaban sentados a la mesa, el Señor habló al profeta que había hecho volver atrás al otro; y exclamó dicho profeta y dijo al varón de Dios, venido de Judá: Esto dice el Señor: Porque has sido desobediente a la orden expresa del Señor, y no has guardado el mandamiento que te dio el Señor Dios tuyo, sino que has vuelto atrás, y comido el pan, y bebido el agua en este lugar, en el que Dios te mandó no comer pan ni beber agua, no será llevado tu cadáver al sepulcro de tus padres. Después que el varón de Dios, a quien hizo volver atrás, hubo comido y bebido, el profeta anciano le aparejó el asno. Y luego que partió, lo encontró un león por el camino y lo mató, y quedó su cadáver tendido en medio del camino. Estaba el asno parado junto a él, y el león se estaba también cerca del cadáver. En esto sucedió que unos pasajeros vieron el cadáver tendido en el camino, y al león parado junto al cadáver; y fueron y divulgaron esto en la ciudad donde habitaba aquel anciano profeta. Oyéndolo, pues, el profeta que lo había hecho volver atrás, dijo: El varón de Dios es, que fue desobediente a la orden del Señor; y el Señor lo entregó a un león que lo ha despedazado y muerto, según se lo había ya anunciado el Señor. En seguida dijo a sus hijos: Aparejadme el asno. Se lo aparejaron; y marchando, halló el cadáver tendido en el camino, y al asno y al león parados junto al cadáver; sin que el león se lo hubiese comido, ni hecho daño al asno. Tomó, pues, el profeta el cadáver del varón de Dios, y lo cargó sobre el asno, y volviéndose se lo llevó consigo a su ciudad para hacerle el duelo; y puso el cadáver en su sepulcro, y lo lloraron, y lo endecharon, diciendo: ¡Ay!, ¡ay!, ¡hermano mío! Y después de concluidas las exequias, dijo a sus hijos: Cuando yo muera, enterradme en el sepulcro en que yace el varón de Dios; poned mis huesos junto a los suyos; porque infaliblemente se verificará lo que anunció de parte del Señor contra el altar que está en Betel, y contra todos los adoratorios de las alturas que hay en las ciudades de Samaria. Después de todos estos sucesos, no se convirtió Jeroboam de su vida perversa; antes al contrario, creó sacerdotes de los lugares altos, hombres del común del pueblo; todo el que quería se consagraba, y quedaba hecho sacerdote de los lugares altos. Este fue el pecado de la casa de Jeroboam, y por eso fue destruida y arrancada de la superficie de la tierra. Por aquel tiempo enfermó Abía, hijo de Jeroboam. Y dijo Jeroboam a su mujer: Anda y disfrázate, para que no seas conocida por mujer de Jeroboam; y ve a Silo, donde está el profeta Ahías, el que me predijo había de reinar yo sobre este pueblo. Toma también contigo diez panes, una torta y una orza de miel; y ve a visitarle, que él te dirá lo que ha de acontecer a este niño. Hizo la mujer de Jeroboam lo que éste le había dicho; y partiendo para Silo, llegó a casa de Ahías; el cual ya no veía, porque se le había ofuscado la vista a causa de su mucha edad. Pero el Señor dijo a Ahías: Mira que aquí entra la mujer de Jeroboam a consultarte sobre su hijo que está enfermo. Esto es lo que has de responder. Pues como ella entrase disimulando ser quien era, oyó Ahías el ruido de sus pisadas al entrar por la puerta, y dijo: Entra, esposa de Jeroboam. ¿Para qué finges ser otra? Ello es que yo tengo comisión de darte una mala nueva. Ve, y di a Jeroboam: Esto dice el Señor Dios de Israel: Yo te ensalcé de en medio del pueblo, y te hice caudillo de mi pueblo de Israel. Yo dividí el reino de la casa de David, y te lo di a ti; mas tú no has sido como mi siervo David, que guardó mis mandamientos, y me siguió con todo su corazón, haciendo lo que era agradable a mis ojos, sino que has obrado peor que todos cuantos te han precedido, y te forjaste dioses ajenos y de fundición para provocarme a ira, y a mí me has desechado y vuelto las espaldas. Por tanto yo voy a llover desastres sobre la casa de Jeroboam, y destruiré de la casa de Jeroboam hasta los perros, y así lo precioso como lo vil y desechado en Israel, y barreré los rezagos de la familia de Jeroboam, como suele barrerse la basura, hasta que no quede rastro. Los de la casa de Jeroboam que murieren en poblado, serán comidos de los perros, y los que murieren en el campo, serán devorados por las aves del cielo; porque el Señor es el que lo ha dicho. Anda tú, pues, ahora, y vete a tu casa; y en el punto mismo que pongas tus pies en la ciudad, morirá el hijo, y lo llorará todo Israel, y le dará sepultura; siendo éste el único de la familia de Jeroboam que recibirá sepultura; por cuanto es el único de dicha familia a quien el Señor Dios de Israel ha mirado con agrado. Entretanto el Señor ha escogido ya un rey para Israel, que exterminará la casa de Jeroboam en nuestros días y en este tiempo en que vivimos. Y el Señor Dios batirá a Israel, al modo que una caña suele ser batida de las aguas; arrancará a Israel de esta buena tierra que dio a sus padres, y lo arrojará cautivo más allá del río Eufrates, en castigo de haber consagrado bosques a los ídolos para irritar al Señor. Y abandonará el Señor a Israel por los pecados de Jeroboam, el cual no solamente pecó él, sino que hizo pecar a Israel. Marchó, pues, la mujer de Jeroboam; y siguiendo su camino llegó a Tersa, y al tiempo de poner el pie sobre el umbral de su casa murió el hijo. Y lo sepultaron, y lo lloró todo Israel, conforme lo había predicho el Señor por boca de su siervo el profeta Ahías. En cuanto a los demás hechos de Jeroboam, las guerras que tuvo y su modo de reinar, todo se halla escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel. Reinó Jeroboam veintidós años; bajó al sepulcro como sus padres; y lo sucedió en el trono su hijo Nadab. Al mismo tiempo Roboam, hijo de Salomón , reinó en Judá. Cuarenta y un años tenía Roboam cuando empezó a reinar; y reinó diecisiete años en Jerusalén , ciudad escogida por el Señor entre todas las tribus de Israel, para establecer en ella su culto. Su madre era amonita, y llamábase Naama. Y la tribu de Judá ofendió al Señor irritándole con pecados mucho mayores que los que cometieron sus padres en medio de sus maldades. Porque erigió altares y simulacros, y bosques sobre todos los collados altos y debajo de todo árbol frondoso. Y aun hubo también en el país hombres afeminados, que renovaron todas las abominaciones de aquellos pueblos que el Señor había destruido al presentarse los hijos de Israel. Mas el año quinto del reinado de Roboam, vino Sesac, rey de Egipto, a Jerusalén , y se apoderó de los tesoros del templo del Señor, y de los tesoros del rey, y robó todas las alhajas, hasta los escudos de oro que había hecho Salomón ; en lugar de los cuales puso Roboam escudos de cobre, entregándolos al cuidado de los capitanes de guardias y de los que hacían centinela a la puerta del palacio del rey. Y cuando entraba el rey en el templo del Señor, llevaban estos escudos los que tenían el cargo de ir delante, y después los volvían a la armería de las guardias. Las demás cosas de Roboam, y todo cuanto hizo, está escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá. Y hubo siempre guerra entre Roboam y Jeroboam. Durmió Roboam con sus padres, y fue sepultado con ellos en la ciudad de David. Su madre se llamó Naama, la cual era de nación amonita. Lo sucedió en el reino su hijo Abiam. En el año décimo octavo del reinado de Jeroboam, hijo de Nabat, en Israel, comenzó a reinar Abiam en Judá. Tres años reinó éste en Jerusalén . Se llamaba su madre Maaca, hija de Abesalom o Absalón. Imitó Abiam todos los pecados cometidos por su padre antes de él; y no fue su corazón sincero para con el Señor Dios suyo, como lo había sido el corazón de su abuelo David. Mas por amor de David le concedió el Señor su Dios una antorcha en Jerusalén , dándole por sucesor un hijo suyo, para conservar la gloria de Jerusalén . Por cuanto David había procedido rectamente a los ojos del Señor, y en nada se desvió notablemente de cuanto le tenía mandado todo el tiempo de su vida, salvo el suceso de Urías, heteo. Sin embargo, durante la vida de Roboam continuó la guerra entre éste y Jeroboam. Los demás sucesos de Abiam y todos sus hechos, ¿no es así que están escritos en los Anales de los Reyes de Judá? Hubo también una terrible batalla entre Abiam y Jeroboam. Y fue Abiam a dormir con sus padres, y lo sepultaron en la ciudad de David, sucediéndole en el trono su hijo Asa. El año vigésimo, pues, de Jeroboam, rey de Israel, entró a reinar Asa, rey de Judá, y reinó cuarenta y un años en Jerusalén . Llamábase su madre Maaca, hija de Abesalom. E hizo Asa lo que era justo delante del Señor, como su padre David; y extirpó del país a los afeminados y lo limpió de todas las inmundicias de los ídolos fabricados por sus padres. Y además echó de su lado a su madre Maaca, para que no presidiese en las ceremonias de Príapo, en el bosque que le había consagrado; y arruinó su caverna, e hizo pedazos el obscenísimo simulacro, y lo quemó en el torrente de Cedrón. No quitó, los lugares altos. Por lo demás el corazón de Asa fue sincero para con Dios todo el tiempo que vivió. Trasladó asimismo al templo del Señor la plata, y el oro y las alhajas que su padre había consagrado y ofrecido con voto. Continuó la guerra entre Asa y Baasa, rey de Israel, mientras que vivieron ambos. Y avanzó Baasa, rey de Israel, por las tierras de Judá, y edificó a Rama, a fin de impedir con esta fortaleza que pudiese salir y entrar ninguno del partido de Asa, rey de Judá. Entonces Asa, cogiendo toda la plata y el oro que había quedado en los tesoros del templo del Señor, y en los del palacio real, lo entregó todo a sus criados, y lo envió a Benadad, hijo de Tabremón y nieto de Hezión, rey de Siria, que habitaba en Damasco, con orden de decirle: Ya sabes que hay alianza entre los dos, como la hubo entre mi padre y el tuyo; por tanto, te remito esos presentes de plata y oro, y te pido que vengas y rompas la alianza que tienes con Baasa, rey de Israel, para que éste se retire de mis dominios. Condescendiendo Benadad con el rey Asa, despachó los capitanes de su ejército contra las ciudades de Israel, y se apoderaron de Ahión, y de Dan, y de Abel-casa de Maaca, y de todo el país de Cennerot, es a saber, de toda la tierra de Neftalí. Lo cual sabido por Baasa, suspendió las obras de Rama, y se volvió a Tersa. Entretanto el rey Asa publicó un bando por toda la tierra de Judá, que decía: Nadie queda exento de acudir a Rama. Con esto recogieron la piedra y madera empleada por Baasa en la construcción de Rama, y con ellas edificó el rey Asa a Gabaa de Benjamín y a Masfa. El resto de las acciones de Asa, y todas sus proezas, y cuanto hizo, y las ciudades que fundó, ¿no es así que está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? Asa, pues, siendo viejo adoleció de los pies, y pasó a descansar con sus padres, y fue sepultado con ellos en la ciudad de su padre David, sucediéndole en el reino su hijo Josafat. Al segundo año de Asa, rey de Judá, empezó a reinar en Israel Nadab, hijo de Jeroboam, y tuvo dos años la corona. Y se portó mal en la presencia del Señor, siguiendo las pisadas de su padre y los pecados con que éste hizo pecar a Israel. Mas Baasa, hijo de Ahías, de la tribu de Isacar, le armó asechanzas, y lo mató en Gebbetón, ciudad de los filisteos, al tiempo que Nadab y todo Israel estaban sitiando esta ciudad. Lo mató, pues, Baasa, el año tercero de Asa, rey de Judá, y reinó en su lugar. Así que fue rey, exterminó toda la familia de Jeroboam; no dejó con vida ni una sola persona de su linaje; sino que lo extirpó enteramente, según lo había predicho el Señor por boca de su siervo Ahías, silonita, en pena de los pecados cometidos por Jeroboam, y de los que había hecho cometer a Israel, y por el delito o idolatría con que había irritado al Señor Dios de Israel. Las demás cosas de Nadab y todas sus acciones, ¿no es así que están escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Hubo guerra entre Asa, rey de Judá, y Baasa, rey de Israel, mientras vivieron. El año tercero de Asa, rey de Judá, comenzó a reinar en todo Israel Baasa, hijo de Ahías, y reinó en Tersa veinticuatro años. Procedió Baasa mal delante del Señor, siguiendo las pisadas de Jeroboam y los pecados con que éste había hecho pecar a Israel. Después de esto habló el Señor a Jehú, hijo de Hanani, contra Baasa, diciendo: Dirás a Baasa: Puesto que yo te levanté del polvo haciéndote caudillo de mi pueblo de Israel, y tú has seguido el camino de Jeroboam, induciendo al pecado a mi pueblo de Israel, provocándome a ira con sus excesos, he aquí que yo arrancaré de la faz de la tierra tu descendencia y la de tu familia; y haré de tu casa lo que he hecho de la de Jeroboam, hijo de Nabat. El que del linaje de Baasa muriere en la ciudad, será comido de los perros, y el que muriere en el campo, será pasto de las aves del cielo. Las demás cosas de Baasa, y todo cuanto hizo, y sus combates, ¿no está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Pasó, pues, Baasa a descansar con sus padres, y fue sepultado en Tersa, y lo sucedió en el trono su hijo Ela. Mas como el profeta Jehú, hijo de Hanani, había pronunciado la sentencia del Señor contra Baasa y contra su casa, en castigo de todos los pecados que había hecho en presencia del Señor, irritándolo con las obras de sus manos, por cuyo motivo merecería ser tratado como la casa de Jeroboam, por esta razón le quitó él la vida, es a saber, al profeta Jehú, hijo de Hanani. A los veintiséis años del reinado de Asa, rey de Judá, reinó Ela, hijo de Baasa, sobre Israel, en Tersa, por espacio de dos años. Porque se rebeló contra él su siervo Zambri, comandante de la mitad de la caballería. Estaba, pues, Ela en Tersa bebiendo y banqueteando, y se hallaba ya beodo en casa de Arsa, gobernador de Tersa, cuando arrojándose Zambri de golpe sobre él con gran furia, lo hirió y lo mató en el año veintisiete de Asa, rey de Judá, y entró a reinar en su lugar. Luego que llegó a ser rey, y se hubo sentado en el trono, exterminó toda la casa de Baasa, y todos sus deudos y amigos, no dejando vivo ni siquiera un perro. De esta suerte acabó Zambri con toda la casa de Baasa, conforme a la sentencia del Señor, dada a conocer a Baasa por boca del profeta Jehú, en castigo de todos los pecados de Baasa y de los de Ela, su hijo; quienes pecaron e hicieron pecar a Israel, provocando la ira del Señor Dios de Israel con sus vanidades o vanos dioses. Las demás cosas de Ela y todas sus acciones, ¿no están escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? El año veintisiete de Asa, rey de Judá, reinó Zambri por siete días en Tersa, estando el ejército de Israel sitiando a Gebbetón, ciudad de los filisteos. Pero habiéndose sabido que Zambri se había rebelado y muerto al rey, todo Israel alzó por rey suyo a Amri, que a la sazón se hallaba en el campamento mandando el ejército de Israel. Marchó, pues, Amri y con él todo Israel de Gebbetón, y pusieron sitio a Tersa. Y viendo Zambri que la ciudad iba a ser tomada, entró en el palacio, y se abrasó junto con la casa real, y murió en sus pecados, esto es, por los que había cometido, viviendo mal en la presencia del Señor, y siguiendo las pisadas de Jeroboam, y el pecado de idolatría con que hizo pecar a Israel. Las demás acciones de Zambri, y su conjuración y tiranía, ¿no está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Entonces se dividió el pueblo de Israel en dos facciones: la mitad del pueblo seguía a Tebni, hijo de Ginet, con ánimo de alzarle rey; y la otra mitad a Amri. Mas la gente que estaba a favor de Amri pudo más que el partido de Tebni, hijo de Ginet; y murió Tebni, y reinó Amri. El año treinta y uno de Asa, rey de Judá, reinó Amri solo y pacíficamente sobre Israel por espacio de doce años, seis de ellos en Tersa. Y compró el monte de Samaria a Semer por dos talentos de plata; y a la ciudad que en él fundó, dio el nombre de Samaria, del nombre de Semer, dueño del monte. E hizo Amri el mal delante del Señor, y sobrepujó en la maldad a todos cuantos le habían precedido; y en todo imitó el proceder de Jeroboam, hijo de Nabat, y sus pecados, con que hizo pecar a Israel, provocando la ira del Señor Dios de Israel con sus vanidades o idolatrías. El resto de las acciones de Amri y las guerras que tuvo ¿no está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Y pasó Amri a descansar con sus padres, y fue sepultado en Samaria, sucediéndole en el reino su hijo Acab. El año treinta y ocho del reinado de Asa, rey de Judá, comenzó a reinar en Israel Acab, hijo de Amri. Reinó este Acab, hijo de Amri, sobre Israel, en Samaria, veintidós años. E hizo Acab, hijo de Amri, más males en la presencia del Señor que todos sus predecesores. Pues no se contentó con imitar los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, sino que además tomó por mujer a Jezabel, hija de Etbaal, rey de los sidonios, por donde vino a servir a Baal y adorarlo. Y erigió un altar a Baal en el templo que le había edificado en Samaria, y le plantó y consagró un bosque. Y prosiguió Acab en su mal obrar, irritando al Señor Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel, sus predecesores. En su tiempo Hiel, natural de Betel reedificó Jericó ; cuando echó los cimientos, perdió a Abiram su primogénito; y cuando colocó las puertas, murió Segub, el último de sus hijos; conforme a lo que había predicho el Señor por boca de Josué, hijo de Nun. Mas Elías de Tesbe, habitante de Galaad, dijo a Acab: Vive el Señor Dios de Israel, de quien yo soy siervo, que no ha de caer rocío ni lluvia en estos años, sino hasta que yo lo dijere. Y le habló el Señor, diciéndole: Sal de aquí, y encamínate hacia el oriente, y escóndete en el arroyo de Carit, que está enfrente del Jordán. Allí beberás del arroyo; y ya he mandado yo a los cuervos que te lleven allí de comer. Se fue, pues, y ejecutó las órdenes del Señor; y se retiró junto al arroyo de Carit, que corre enfrente del Jordán; a donde los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana, y asimismo pan y carne por la tarde; y bebía del arroyo. Mas pasados algunos días, se secó el arroyo; porque faltaron las lluvias sobre la tierra. Por tanto, le habló el Señor y le dijo: Anda y vete a Sarepta, ciudad de los sidonios, y fija en ella tu morada; porque yo tengo allí dispuesto que una mujer viuda te sustente. Partió, pues, y se fue a Sarepta, y al llegar a la puerta de la ciudad, se encontró con una mujer viuda que andaba recogiendo leña; y llamándola le dijo: Dame en un vaso un poco de agua para beber. Yendo ella a traérsela, gritó tras de la mujer, diciéndole: Tráeme también, te ruego, un bocado de pan en tu mano. Vive el Señor Dios tuyo, respondió ella, que pan yo no lo tengo; no tengo más que un puñado de harina en la orza, y un poco de aceite en la alcuza; he aquí que estoy cogiendo dos palitos de leña para ir a cocerla para mí y para mi hijo, y comérnosla; y después de consumidos estos residuos morirnos de hambre. Le dijo Elías: No temas; anda, ve y haz lo que has dicho; mas primero haz para mí de ese poquito de harina un panecillo, cocido debajo del rescoldo, y tráemelo, que después lo harás para ti y para tu hijo. Porque esto dice el Señor Dios de Israel: No vendrá a menos la harina de la orza, ni menguará el aceite de la alcuza, hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra. Se fue, pues, la mujer e hizo lo que Elías le había dicho; y comió Elías, ella y toda su casa. Desde aquel día no faltó nunca harina en la orza, ni se disminuyó el aceite de la alcuza; según lo que había prometido el Señor por boca de Elías. Sucedió después que enfermó el hijo de aquella mujer dueña de la casa, y la enfermedad era mortal, de suerte que quedó sin respiración alguna. Por lo cual dijo a Elías: ¿Qué te he hecho yo, oh varón de Dios? ¿Has entrado en mi casa para renovar la memoria de mis pecados, y en castigo de ellos hacer morir a mi hijo. Le respondió Elías: Dame tu hijo. Y tomándole de su regazo, lo llevó al aposento de arriba, donde estaba hospedado, y lo puso sobre su cama. Y clamó al Señor diciendo: ¡Oh Señor Dios mío!, ¿aun a esta viuda, que me sustenta del modo que puede, la has afligido, quitando la vida a su hijo? Después de esto se tendió, y se encogió sobre el niño por tres veces, y clamó al Señor diciendo: ¡Señor Dios mío! Te ruego que vuelvas el alma de este niño a sus entrañas. Oyó el Señor la súplica de Elías, y volvió el alma del niño a entrar en él y resucitó. Entonces Elías tomó el niño y lo bajó de su aposento al cuarto bajo de la casa, y se lo entregó a su madre diciéndole: Aquí tienes vivo a tu hijo. Y dijo la mujer a Elías: Ahora acabo de reconocer en esto que tú eres un varón de Dios, y que verdaderamente la palabra de Dios está en tu boca. Mucho tiempo después habló el Señor a Elías en el tercer año del hambre, diciendo: Anda y preséntate a Acab; porque quiero enviar lluvias a la tierra. Partió, pues, Elías a presentarse a Acab. Entretanto el hambre era extrema en Samaria. Y Acab llamó a Abdías, mayordomo de su palacio. (Era Abdías muy temeroso de Dios; pues cuando Jezabel hacía matar a los profetas del Señor, recogió él cien profetas, y los escondió en cuevas, cincuenta en una cueva y cincuenta en otra; y los proveyó de pan y agua). Dijo, pues, Acab a Abdías: Da una vuelta por el país hacia todas las fuentes y por todos los valles, para ver si podemos hallar hierba, y conservar la vida a los caballos y mulos, a fin de que no mueran todas las bestias. Y se repartieron entre sí las provincias para recorrerlas. Acab iba por un camino y Abdías separadamente por otro. Estando Abdías de camino, le salió al encuentro Elías; ante el cual, luego que lo conoció, se postró sobre su rostro, diciendo: Mi señor, ¿eres tú Elías? Y respondió éste: Yo soy. Anda y di a tu amo: Aquí está Elías. Replicó Abdías: ¿En qué he pecado yo, que me entregas a mí, siervo tuyo, en manos de Acab, para que me haga morir? Vive el Señor Dios tuyo, que no hay gente ni reino a donde no haya enviado mi amo a buscarte; y habiendo respondido todos: No está aquí; él, visto que no aparecías, ha conjurado uno por uno a los reinos y naciones para que te prendan. Ahora bien, tú me dices a mí: Anda, y di a tu amo: Aquí está Elías. Y sucederá que apenas me habré apartado de ti, el espíritu del Señor te transportará a donde yo no sepa; y después que habré dado la noticia a Acab, no hallándote él, me quitará a mí la vida. Y en verdad que tu siervo teme al Señor desde su infancia. ¿Por ventura, señor mío, no ha llegado a tu noticia lo que hice yo cuando Jezabel mataba a los profetas del Señor; cómo escondí a cien de estos profetas, cincuenta en una cueva y cincuenta en otra, proveyéndoles de pan y de agua? ¿Y después de eso me encargas ahora que vaya a decir a mi amo: Aquí está Elías, para que me haga matar? Respondió Elías: Vive el Señor de los ejércitos, a quien yo sirvo, que hoy mismo me he de presentar a Acab. Partió, pues, Abdías a encontrar a Acab; y le dio el recado. Salió Acab al encuentro de Elías, y así que lo vio le dijo: ¿Eres acaso tú el que traes alborotado a Israel? A lo que respondió Elías: No he alborotado yo a Israel; sino tú y la casa de tu padre, que habéis despreciado los mandamientos del Señor, y seguido a los Baales o falsos dioses. No obstante, manda ahora mismo juntar delante de mí a todo Israel en el monte Carmelo, y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y a los cuatrocientos profetas de los bosquetes, a quienes sustenta Jezabel. Envió, pues, Acab a llamar a todos los hijos de Israel, y congregó a todos los profetas de Baal en el monte Carmelo. Entonces Elías acercándose a todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuándo habéis de ser como los que cojean hacia dos lados? Si el Señor es Dios, seguidle; y si lo es Baal, seguid a Baal. Mas el pueblo no le respondió palabra. De nuevo dijo Elías al pueblo: He quedado yo solo de los profetas del Señor; cuando los profetas de Baal son en número de cuatrocientas cincuenta personas. Con todo, dénsenos dos bueyes; de los cuales escojan ellos uno, y haciéndolo pedazos, póngalo sobre la leña, sin aplicarle fuego; que yo sacrificaré el otro buey, lo pondré sobre la leña, y tampoco le aplicaré fuego. Invocad vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de mi Señor; y aquel dios que mostrare oír, enviando el fuego, ése sea tenido por el verdadero Dios. Respondió todo el pueblo diciendo a una voz: Excelente proposición. Dijo, pues, Elías a los profetas de Baal: Escoged para vosotros el buey, y comenzad los primeros, ya que sois en mayor número, e invocad los nombres de vuestros dioses, sin poner fuego a la leña. Ellos tomando el buey que les fue dado, lo inmolaron, y no cesaban de invocar el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: Baal, escúchanos. Pero no se oía voz, ni había quien respondiese; y saltando sobre el ara que habían hecho, pasaban de una parte a otra. Siendo ya el mediodía, burlábase Elías de ellos, diciendo: Gritad más recio; porque ese dios quizá está en conversación con alguno, o en alguna posada, o de viaje; tal vez está durmiendo, y así es menester despertarlo. Gritaban, pues, ellos a grandes voces; y se sajaban, según su rito, con cuchillo y lancetas, hasta llenarse de sangre. Mas pasado ya el mediodía, y mientras proseguían en sus invocaciones, llegó el tiempo en que suele ofrecerse el sacrificio, sin que se oyese ninguna voz, ni hubiese quien respondiera, ni atendiera a los que oraban. Dijo entonces Elías a todo el pueblo: Acercaos a mí; y acercándose a él el pueblo, reparó el altar del Señor que había sido arruinado. Tomó doce piedras, según el número de las tribus de los hijos de Jacob , a quien habló el Señor, diciendo: Israel será tu nombre. Y con dichas piedras edificó el ara o altar en el nombre del Señor; e hizo alrededor del altar una zanja, como dos pequeños surcos, y acomodó la leña; y dividiendo el buey en trozos, los puso sobre la leña, y dijo: Llenad cuatro cántaros de agua, y vertedla sobre el holocausto y sobre la leña. Y dijo después: Hacedlo segunda vez. Y habiéndolo hecho por segunda vez, añadió: Repetidlo aun por tercera. E hicieron lo mismo por tercera vez; de suerte que corría el agua alrededor del altar, y quedó la zanja llena de agua. Siendo ya el tiempo de ofrecer el holocausto, se acercó el profeta Elías, y dijo: Oh Señor Dios de Abrahán, y de Isaac, y de Israel, muestra hoy que tú eres el Dios de Israel, y que yo soy tu siervo, y que por tu mandato he hecho todas estas cosas. Oyeme, oh Señor, escúchame, a fin de que sepa este pueblo que tú eres el Señor Dios, y que tú has convertido de nuevo sus corazones. De repente bajó fuego del cielo, y devoró el holocausto, y la leña, y las piedras, y aun el polvo, consumiendo el agua que había en la zanja. Visto lo cual por todo el pueblo, se postraron todos sobre sus rostros, diciendo: El Señor es el Dios, el Señor es el Dios verdadero. Entonces les dijo Elías: Prended a los profetas de Baal, y que no se escape ninguno de ellos. Presos que fueron, los mandó llevar Elías al arroyo de Cisón; y allí les hizo quitar la vida. Dijo entonces Elías a Acab: Anda, come y bebe; porque ya oigo el ruido de una gran lluvia que viene. Fue Acab a comer y beber; mas Elías se subió a la cima del Carmelo, donde arrodillado en tierra, y puesto su rostro entre las rodillas, dijo a su criado: Anda, ve y observa hacia el mar. Habiendo ido el criado y mirado, volvió diciendo: No hay nada. Le replicó Elías: Vuelve hasta siete veces. Y a la séptima vez he aquí que subía del mar una nubecilla pequeña como la huella de un hombre. Y dijo Elías: Anda, y di a Acab: Engancha el tiro a tu carruaje, y marcha luego, para que no te ataje la lluvia. Y mientras se hacía esto, e iba de una parte a otra, se oscureció el cielo en un momento, y vinieron nubes y viento, y empezó a caer una gran lluvia. Así, pues, montando Acab en su coche, se fue a Jezrael. Al punto la mano o virtud del Señor se hizo sentir sobre Elías, el cual recogiendo las faldas del vestido en su cintura, iba corriendo delante de Acab hasta que llegó a Jezrael. Contó Acab a Jezabel cuanto había hecho Elías, y cómo había pasado a cuchillo todos los profetas de Baal, sin dejar uno. Y envió Jezabel a decir a Elías: Trátenme los dioses con todo su rigor, si mañana a estas horas no te hiciere pagar con tu vida la que quitaste a cada uno de aquellos profetas. Oído esto, se atemorizó Elías, y se fue huyendo por donde le llevaba su imaginación. Al llegar a Bersabee de Judá, dejó allí su criado. Y prosiguió su camino una jornada por el desierto; y habiendo llegado allá y sentándose debajo de un enebro pidió para su alma la separación del cuerpo, diciendo: Bástame ya, Señor, de vivir; llévate mi alma; pues no soy yo de mejor condición que mis padres. Y tendiéndose en el suelo, se quedó dormido a la sombra del enebro, cuando he aquí que el ángel del Señor le tocó y dijo: Levántate, y come. Miró atrás, y vio a su cabecera un pan cocido al rescoldo y un vaso de agua; comió, pues, y bebió, y se volvió a dormir. Mas el ángel del Señor volvió segunda vez a tocarle, y le dijo: Levántate, y come; porque te queda por andar un largo camino. Levantándose Elías, comió y bebió: y confortado con aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar a Horeb, monte de Dios. Llegado allá hizo asiento en una cueva, y dirigiéndole el Señor la palabra, le dijo: ¿Qué haces ahí, Elías? A lo que respondió él: Me abraso de celo por ti, ¡oh Señor Dios de los ejércitos!, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, han destruido tus altares, han pasado a cuchillo tus profetas; he quedado yo solo, y me buscan para quitarme la vida. Le dijo el Señor: Sal fuera, y ponte sobre el monte en presencia del Señor, y he aquí que pasará el Señor, y delante de él correrá un viento fuerte e impetuoso, capaz de trastornar los montes y quebrantar las peñas; no está el Señor en el viento. Después del viento vendrá un temblor de tierra; tampoco está el Señor en el terremoto. Tras el terremoto un fuego; no está el Señor en el fuego. Y tras el fuego el soplo de un aura apacible y suave. Habiendo oído esto Elías, cubrió su rostro con el manto, y saliendo fuera, se paró a la puerta de la cueva, y de repente oye una voz que le dice: ¿Qué haces aquí, Elías? Abrasarme de celo, respondió él, por el Señor Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y pasado a cuchillo a tus profetas; he quedado solamente yo, y me buscan para quitarme la vida. Le dijo el Señor: Anda, y vuélvete por el mismo camino del desierto hacia Damasco; llegado allá, ungirás a Hazael por rey de Siria; y a Jehú, hijo de Namsi, lo ungirás rey de Israel; y ungirás también a Eliseo, hijo de Safat, natural de Abelmeula, por profeta sucesor tuyo. Y sucederá que el que escapare de la espada de Hazael, será muerto por Jehú; y el que se librare de la espada de Jehú, lo hará morir Eliseo. Mas yo me reservaré en Israel siete mil varones que nunca doblaron su rodilla ante Baal, ninguno de los cuales ha besado su propia mano, y extendídola después en señal de adorarle. Partido que hubo de allí Elías, halló a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas de bueyes, y él era uno de los que araban con una de las doce yuntas; y Elías, así que llegó a él, le echó su manto encima. Eliseo dejando al instante los bueyes fue corriendo en pos de Elías, a quien dijo: Permíteme que vaya a dar el ósculo de despedida a mi padre y a mi madre, y luego te seguiré. Le respondió: Anda, y vuelve, que lo que a mí me tocaba hacer contigo yo ya lo he hecho. Apenas se hubo separado de él, y despedido de sus padres, tomó el par de bueyes, y los degolló, y con la madera del arado coció sus carnes, y se las dio a la gente para que comiese; después de lo cual se puso en camino, y fue siguiendo a Elías, y le servía. Después Benadad, rey de Siria, reunido todo su ejército, toda su caballería y carros armados, y teniendo consigo treinta y dos reyes, o pequeños príncipes, salió a campaña contra Samaria, y le puso sitio. Y envió mensajeros a la ciudad, que dijesen a Acab, rey de Israel: Esto dice Benadad: Tu plata y tu oro es mío, y tus mujeres y tus gallardos hijos míos son. A lo que contestó el rey de Israel: Tuyo soy, mi rey y Señor, como tú dices, y tuyas son todas mis cosas. Volviendo de nuevo los mensajeros dijeron: Esto dice Benadad, que nos vuelve a enviar a ti: Me has de dar tu plata y tu oro, y tus mujeres, y tus hijos. Mañana, pues, a esta misma hora enviaré a ti mis siervos, los cuales registrarán tu palacio y las casas de sus criados o cortesanos, y tomarán con sus propias manos cuanto les agradare, y se lo llevarán. Entonces el rey de Israel convocó a todos los ancianos de su pueblo, y dijo: Advertid y notad cómo nos está armando asechanzas; puesto que nos envió a pedirme mis mujeres y mis hijos, y el oro y la plata, y no le he dicho que no. Le respondieron todos los ancianos y el pueblo todo: No le des oídos, ni condesciendas con él. Y así contestó a los enviados de Benadad: Decid a mi señor el rey: Todo cuanto me pediste al principio a mí, siervo tuyo, lo haré; mas esto que ahora pides no puedo hacerlo. Volviéndose los mensajeros, llevaron a Benadad esta respuesta; el cual los despachó nuevamente, diciendo por medio de ellos a Acab: Háganme los dioses no bien, sino mucho mal, si todo el polvo o tierra de Samaria ha de ser bastante para que repartido entre mis soldados le quepa a cada uno un puñado. Mas el rey de Israel les respondió: Decidle a vuestro amo que no cante la victoria antes de la batalla. Cuando recibió Benadad esta respuesta estaba bebiendo con los reyes en sus pabellones, y dijo a sus tropas: Cercad la ciudad. Y la cercaron. Cuando he aquí que un profeta presentándose a Acab, rey de Israel, le dijo: Esto dice el Señor: ¿Has visto bien toda esta multitud innumerable? Pues mira, hoy la pondré yo en tus manos, para que sepas que yo soy el Señor. Respondió Acab: ¿Por medio de quién? Y le dijo el profeta: Por medio, dice el Señor, de los mozos de a pie de los príncipes de las provincias. ¿Y quién, replicó Acab, comenzará la batalla? Tú, respondió el profeta. Contó, pues, Acab los mozos de a pie de los príncipes y halló ser doscientos treinta y dos; pasó después revista del pueblo, y halló aptos para pelear siete mil entre todos los hijos de Israel. Y a eso del mediodía hicieron una salida. Mas Benadad estaba bebiendo en su tienda, ya embriagado, y con él los treinta y dos reyes o señores que habían venido a su socorro. Salieron, pues los mozos de los príncipes de las provincias al frente de la tropa. Envió Benadad batidores, los cuales volvieron diciendo: Son unos hombres que han salido de Samaria. Y dijo Banadad: Ora vengan para tratar de paz y ganar treguas, ora para pelear, cogedlos vivos. Avanzaron, pues, los criados de los príncipes de las provincias, seguidos del resto del ejército; y cada uno de ellos mató al que se le puso delante; con lo que huyeron los siros, y fue Israel persiguiéndolos. Huyó también Benadad, rey de Siria, a uña de caballo, con los de su caballería. Y saliendo asimismo el rey de Israel, derrotó caballos y carros, haciendo un gran estrago en los siros. Entonces acercándose un profeta al rey de Israel, le dijo: Anda y esfuérzate, y reflexiona y mira lo que has de hacer; porque el año que viene volverá contra ti el rey de Siria. En efecto, los criados o cortesanos del rey de Siria le dijeron: Los dioses de los montes son sus dioses; por eso nos han vencido; así es mejor que peleemos contra ellos en los llanos, y los venceremos. Tú, toma estas disposiciones: separa de tu ejército a todos esos reyes, y pon en su lugar los primeros y más valientes capitanes. Reemplaza el número de los soldados que han muerto, y la caballería, y los carros de guerra como tuviste antes, y pelearemos contra ellos en campo llano, y verás cómo los venceremos. Abrazó Benadad su dictamen, y lo hizo así. Pasado, pues, un año hizo Benadad revista de los siros, y salió a campaña y fue a Afec para pelear contra Israel. Se pasó también revista de los hijos de Israel, los cuales prevenidos de víveres marcharon al encuentro de sus enemigos, y acamparon enfrente de ellos, a manera de dos pequeños hatos de cabras; al paso que los siros inundaron todo el país. Entonces un varón de Dios vino a encontrar al rey de Israel, y le dijo: Esto dice el Señor: Por cuanto han dicho los siros: El Señor es Dios de los montes y no es Dios de los valles, por lo mismo yo entregaré en tu mano toda esa gran muchedumbre; con lo que acabaréis de conocer que yo soy el Señor. Entretanto los dos ejércitos por espacio de siete días estuvieron formados en batalla uno enfrente de otro, y al séptimo día se dio la acción: en la cual los hijos de Israel mataron de los siros en un día cien mil hombres de infantería. Los que pudieron salvarse, huyeron a la ciudad de Afec, y cayó el muro sobre veintisiete mil hombres que habían quedado. Huyendo también Benadad, entró en la ciudad; y se escondió en lo más retirado de su palacio. Y le dijeron sus criados: Nosotros hemos oído decir que los reyes de la casa de Israel son clementes y piadosos; vistámonos, pues, de sacos con sogas al cuello, y presentémonos así al rey de Israel; que tal vez nos salvará las vidas. Se vistieron, pues, los sacos, ciñéndoselos en la cintura, y se pusieron las sogas al cuello, y se presentaron al rey de Israel diciéndole: Benadad, tu siervo, dice: Sálvame, te ruego, la vida. A lo que respondió el rey: Si vive todavía, él es mi hermano. Lo cual tuvieron ellos por feliz presagio; y al instante le tomaron la palabra de la boca, y dijeron: Sí, Benadad, tu hermano, aún vive. Y él les dijo: Id y traédmelo acá. Se le presentó luego Benadad, y Acab le hizo subir en su carroza. Le dijo Benadad: Las ciudades que mi padre quitó al tuyo, yo las restituiré; y tú te harás plazas y calles en Damasco mi capital, como las hizo mi padre en Samaria, y hecho este convenio contigo, me marcharé. Hizo, pues, Acab alianza con él, y lo dejó ir libre. Entonces uno de los hijos o discípulos de los profetas dijo de parte del Señor a un compañero suyo: Hiéreme. Mas el otro no quiso herirle. Y él le dijo: Por cuanto no has querido obedecer la voz del Señor, lo mismo será apartarte de mí que te matará un león. En efecto, a pocos pasos distante de él, lo encontró un león y lo mató. Habiendo después hallado a otro hombre, le dijo: Hiéreme: y éste le hirió e hizo una llaga. Se fue así el profeta, y salió al encuentro del rey en el camino, habiendo desfigurado su fisonomía, llenándose de polvo la cara y los ojos. Y así que hubo pasado el rey dio voces tras él, diciendo: Había avanzado tu siervo para batir más de cerca al enemigo; y como hubiese huido un hombre de los prisioneros, otro me lo trajo, y me dijo: Guarda a ese hombre; que si lo dejas escapar, tu vida responderá por la suya, o me pagarás un talento de plata. Mas como yo agitado o turbado me volviese a un lado y a otro, el hombre desapareció de repente. Le respondió el rey de Israel: Tú mismo te has pronunciado la sentencia. Entonces él se limpió de repente el polvo de la cara, y conoció el rey de Israel ser uno de los profetas. El cual dijo al rey: Esto dice el Señor: Por cuanto has dejado escapar de tus manos un hombre digno de muerte, tu vida pagará por la suya, y tu pueblo por el pueblo suyo. Mas el rey de Israel se volvió a su casa, no haciendo caso de lo que le decía el profeta, y entró lleno de furor en Samaria. Después de estas cosas sucedió en aquel tiempo que Nabot, jezraelita, tenía en Jezrael una viña cerca del palacio de Acab, rey de Samaria. Habló, pues, Acab a Nabot, diciendo: Dame tu viña para hacerme una huerta, estando como está vecina y contigua a mi palacio, y en cambio de ella te daré otra viña mejor, o si te tiene más cuenta, su justo precio en dinero. Le respondió Nabot: Dios me libre de darte yo la heredad de mis padres. Se fue Acab a su casa indignado y bramando de cólera por la respuesta que le había dado Nabot, jezraelita diciendo: No te doy yo la heredad de mis padres. Y echándose sobre su cama, volvió su rostro hacia la pared, y no quiso comer nada. Entró a verle Jezabel, su mujer, y le dijo: ¿Qué es esto? ¿Qué motivo tienes para estar triste? ¿Y por qué no quieres comer? Le respondió: He hablado a Nabot, jezraelita, y le he dicho: Dame tu viña a dinero contante, o si quieres, yo te daré en cambio de ella otra viña mejor. A lo que me ha contestado: No te doy yo mi viña. Entonces le dijo Jezabel, su mujer: ¡Vaya que es grande tu autoridad, y sí que gobiernas bien el reino de Israel! Levántate y toma alimento, y sosiega tu ánimo que yo te daré la viña de Nabot, jezraelita. A este fin escribió ella una carta en nombre de Acab, sellándola con el sello real; y la envió a los ancianos y a los principales de aquella ciudad, vecinos de Nabot. La sustancia de la carta era esta: Promulgad un ayuno, y haced sentar a Nabot entre los principales del pueblo, y sobornad a dos hombres, hijos de Belial, que digan contra él este falso testimonio: Ha blasfemado contra Dios y contra el rey. Después sacadle fuera, y apedreadle hasta que muera. Los ancianos y principales de la ciudad, conciudadanos de Nabot y que vivían con él, lo hicieron puntualmente conforme había mandado Jezabel, y según el contenido de la carta que les había enviado. Promulgaron el ayuno, y a Nabot lo hicieron sentar entre los primeros del pueblo. Y habiendo introducido a dos hombres, hijos del diablo, los hicieron sentar enfrente de Nabot, los cuales, al fin como hombres diabólicos, atestiguaron contra él en presencia del pueblo, diciendo: Nabot ha blasfemado contra Dios y contra el rey. En vista de este testimonio lo sacaron fuera de la ciudad, y lo mataron a pedradas. Enviaron luego a decir a Jezabel: Nabot ha sido apedreado y muerto. Luego que supo Jezabel que Nabot había sido apedreado y muerto, dijo a Acab: Anda y toma posesión de la viña de Nabot, jezraelita, que no quiso complacerte, y dártela por dinero contante; puesto que ya no vive Nabot, sino que ha muerto. Así que oyó Acab la muerte de Nabot, se puso en camino, y bajaba a la viña de Nabot, jezraelita, para tomar posesión de ella. Mas el Señor habló a Elías, tesbita, diciendo: Marcha y sal al encuentro de Acab, rey de Israel, que está en Samaria; sábete que va a la viña de Nabot para tomar posesión de ella. Pero tú le has de hablar en estos términos: Esto dice el Señor: Cometiste un homicidio, y tras de esto vas a usurpar la viña del muerto. A lo que añadirás después: He aquí lo que dice el Señor: En este lugar en que los perros lamieron la sangre de Nabot, en el mismo lamerán también tu sangre. Le dijo Acab: ¿Por ventura me tienes por enemigo tuyo, para que así vaticines contra mí? Sí te tengo por tal, respondió Elías; porque te has prostituido a hacer la maldad delante del Señor. He aquí que yo lloveré sobre ti desastres, y extirparé tu posteridad, y no dejaré de la casa de Acab alma viviente, matando hasta los perros y a todos los tuyos en Israel desde el mayor hasta el menor. Yo asolaré tu casa como la de Jeroboam, hijo de Nabat, y como la de Baasa, hijo de Ahías; porque tú no has hecho sino provocar mi ira, y has hecho pecar a Israel. E igualmente ha hablado el Señor contra Jezabel, diciendo: Los perros se comerán a Jezabel en el campo de Jezrael. Si muriere Acab en la ciudad, se lo comerán los perros; si muriere en el campo, lo devorarán las aves del cielo. Lo cierto es que no hubo jamás otro tal como Acab; el cual se prostituyó o se vendió para obrar lo malo delante del Señor; porque lo instigó su mujer Jezabel, y se hizo abominable en tanto grado, que se iba tras los ídolos fabricados por los amorreos, a los cuales había el Señor destruido al llegar los hijos de Israel. Mas así que Acab oyó estas palabras, rasgó sus vestidos, cubrió su carne con un cilicio, ayunó, y durmió envuelto en el saco de penitencia, y andaba cabizbajo o humillado. Por lo que habló el Señor a Elías, tesbita, diciendo: ¿No has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí? Pues ya que por mi respeto se ha humillado, no enviaré aquellos castigos durante su vida; pero sí los enviaré sobre su casa en los días de su hijo. Tres años se pasaron sin guerra entre la Siria e Israel; pero al tercer año fue Josafat, rey de Judá, a visitar al rey de Israel. (Había dicho el rey de Israel a sus criados o cortesanos: ¿No sabéis que Ramot de Galaad es plaza nuestra, y con todo no cuidamos de recobrarla del poder del rey de Siria?) Y dijo a Josafat: ¿Vendrás conmigo a la guerra contra Ramot de Galaad? Respondió Josafat al rey de Israel: Somos los dos una misma cosa, y una misma cosa son tu pueblo y el mío, y tuya es mi caballería. Y añadió Josafat al rey de Israel: Consulta, te ruego, al Señor este día, para que sepamos su voluntad. Juntó, pues, el rey de Israel a sus profetas en número de cerca de cuatrocientos, y les dijo: ¿Debo emprender la guerra contra Ramot de Galaad, o estarme quieto? Empréndela, respondieron ellos; que el Señor entregará la plaza en poder del rey. Mas Josafat dijo: ¿No hay aquí algún profeta del Señor, a fin de consultar por medio de él? Le respondió el rey de Israel: Uno ha quedado, por cuyo medio podemos consultar al Señor; mas yo lo aborrezco, porque nunca me profetiza cosa buena, sino mala: ése es Miqueas, hijo de Jemla. Replicó Josafat: Oh rey, no hables de esa manera. Llamó, pues, el rey de Israel a un eunuco o camarero y le dijo: Anda, ve, y trae luego a Miqueas, hijo de Jemla. Estaban el rey de Israel y Josafat, rey de Judá, sentados cada uno en su trono, vestidos de traje real en la era o plaza contigua a la puerta de Samaria; y todos los profetas falsos profetizando delante de los dos. Y Sedecías, hijo de Canaana, se había hecho fabricar unos cuernos de hierro, y dijo: Esto dice el Señor: Con estos aventarás la Siria, hasta que no dejes rastro de ella. A este tenor los demás profetas profetizaban, diciendo: Sal a campaña contra Ramot de Galaad, ve en hora buena; que el Señor la entregará en manos del rey. Al mismo tiempo el mensajero que había ido a llamar a Miqueas, lo previno, diciendo: Mira que todos los profetas están acordes en anunciar prósperos sucesos al rey; sea, pues, tu lenguaje semejante al suyo, y anuncia buenas nuevas. Le respondió Miqueas: Vive el Señor, que no hablaré otra cosa que lo que el Señor me dijere. Llegó, pues, delante del rey, el cual le preguntó: Miqueas, ¿debemos ir a hacer la guerra contra Ramot de Galaad, o estarnos quietos? Le respondió Miqueas: Anda, y ve en hora buena; que el Señor la entregará en manos del rey. Le replicó el rey: Te conjuro una y mil veces en el nombre del Señor, que no me digas sino la verdad. Entonces dijo él: Yo vi a todo Israel dispersado por los montes, a semejanza de ovejas sin pastor; y dijo el Señor: Estos no tienen caudillo; vuélvase cada uno en paz a su casa. Al oír esto el rey de Israel dijo a Josafat: ¿Por ventura no te lo dije, que éste jamás me profetiza cosa buena, sino siempre mala? Pero Miqueas, ratificándose, añadió: Por tanto, oye la palabra del Señor: He visto al Señor sentado sobre su solio, y a toda la milicia celestial que estaba a su alrededor a la derecha y a la izquierda. Y dijo el Señor: ¿Quién engañará a Acab, rey de Israel, para que vaya y perezca en Ramot de Galaad? Sobre lo cual uno dijo una cosa, y otro otra. Mas salió del abismo el espíritu maligno, y se presentó al Señor, diciendo: Yo lo engañaré si me lo permites. Le preguntó el Señor: ¿De qué manera? Y él respondió: Saldré y seré un espíritu mentiroso en la boca de todos sus profetas. Y dijo el Señor: Lo engañarás, y lograrás tu intento; vete, y haz lo que dices. Mira, pues, concluyó Miqueas; mira que el Señor ha puesto o dejado entrar el espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas que están aquí; mientras que el mismo Señor tiene decretados contra ti desastres. Se acercó entonces Sedecías, hijo de Canaana, y dio un bofetón a Miqueas, diciendo: ¿Con que a mí me ha desamparado el espíritu del Señor y te ha hablado a ti? Respondió Miqueas: Tú lo verás aquel día, cuando vayas huyendo de escondrijo en escondrijo para ocultarte y salvarte. Pero el rey de Israel dijo: Prended a Miqueas, y esté bajo la custodia de Amón, gobernador de la ciudad, y de Joás, hijo de Amelec; a quienes diréis: Esto manda el rey: Meted a ese hombre en la cárcel, y alimentadle con pan de dolor y agua de aflicción, hasta que yo vuelva victorioso. A lo que dijo Miqueas: Si tú vuelves victorioso, el Señor no habló por mi boca. Y añadió: Pueblos todos estad alerta, y sedme testigos. Salió, pues, el rey de Israel a campaña con Josafat, rey de Judá, contra Ramot de Galaad. Y dijo el rey de Israel a Josafat: Toma tus armas y entra en batalla, vestido de tus ropas. Mas el rey de Israel mudó de traje, y entró disfrazado en la pelea. Había mandado el rey de Siria a los treinta y dos comandantes de sus carros de guerra, diciendo: No pelearéis contra ninguno pequeño ni grande, sino contra solo el rey de Israel. Como fuesen, pues, los capitanes de los carros a Josafat, se figuraron que era el rey de Israel, y arrojándose encima, peleaban contra él. Josafat entonces dio voces al Señor; por donde conocieron los capitanes de los carros que no era el rey de Israel, y lo dejaron. Mas un soldado flechó su arco, y disparando al aire, casualmente hirió al rey de Israel entre el pulmón y el estómago. Por lo que dijo el rey a su cochero: Da la vuelta y sácame del combate, porque estoy gravemente herido. Se dio, pues, la batalla aquel día; y el rey de Israel, aunque herido, estaba en su carroza, vuelto de cara a los siros. Pero murió por la tarde, habiendo corrido la sangre de la herida hasta el fondo de la carroza. Y antes de ponerse el sol, un rey de armas tocó la trompeta por todo el ejército avisando que cada uno se volviese a su ciudad y a su país. Muerto, pues, el rey, fue conducido a Samaria, donde lo sepultaron. Y lavaron su carroza y las riendas de los caballos en el estanque de Samaria; y los perros lamieron su sangre, conforme a la palabra que había el Señor pronunciado. Las demás acciones de Acab, y todo cuanto hizo, y la casa de marfil que edificó, y todas las ciudades que fundó, todas estas cosas, ¿no están escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Pasó finalmente Acab a descansar con sus padres, y lo sucedió en el reino su hijo Ocozías. Josafat, hijo de Asa, había comenzado a reinar sobre Judá el año cuarto de Acab, rey de Israel. Treinta y cinco años tenía cuando comenzó a reinar, y reinó veinticinco en Jerusalén . Llamábase su madre Azuba, hija de Salai. Josafat siguió en todo los pasos de su padre Asa, sin desviarse jamás; haciendo lo que era recto delante del Señor. Mas no quitó los lugares altos, pues todavía el pueblo sacrificaba y ofrecía incienso a Dios en las alturas. Y el rey Josafat mantuvo la paz con el rey de Israel. Las demás cosas de Josafat, y sus hechos y batallas, ¿no está todo esto escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? Además exterminó del país las reliquias de los afeminados, que habían quedado del tiempo de su padre Asa. No había por entonces rey establecido en Idumea. El rey Josafat había formado una flota para hacerla navegar a Ofir, y traer de allí oro; pero no pudo efectuarse, porque naufragaron las naves en Asiongaber. Entonces Ocozías, hijo de Acab, dijo a Josafat: Vaya mi gente a navegar con la tuya; pero Josafat no quiso convenir en ello. Al fin pasó a descansar Josafat con sus padres, y fue sepultado con ellos en la ciudad de su padre David; y lo sucedió en el reino su hijo Joram. Ocozías, hijo de Acab, había comenzado a reinar sobre Israel en Samaria el año décimo séptimo de Josafat, rey de Judá; y reinó sobre Israel dos años. E hizo lo malo delante del Señor, y siguió el camino de su padre y de su madre, y las huellas de Jeroboam, hijo de Nabat, el cual indujo a pecar a Israel. Sirvió también a Baal, y lo adoró, e irritó al Señor Dios de Israel, haciendo todo lo malo que había hecho su padre. Después de la muerte de Acab se rebelaron los moabitas contra Israel. Sucedió también que Ocozías cayó desde la ventana de un aposento alto del palacio que tenía en Samaria, y enfermó de la caída. Y despachó unos mensajeros, diciéndoles: Id a consultar a Beelzebub, dios de Accarón, si podré convalecer de esta enfermedad. Al mismo tiempo el ángel del Señor habló a Elías, tesbita, diciendo: Marcha y sal al encuentro de los mensajeros del rey de Samaria, y diles: Pues, ¿no hay Dios en Israel que vais a consultar al Beelzebub, dios de Accarón? Por tanto, esto dice el Señor: De la cama en que te has acostado no te levantarás, sino que morirás infaliblemente. Dicho esto, se marchó Elías. Y se volvieron los mensajeros a Ocozías. El cual les dijo: ¿Por qué os habéis vuelto? A lo que respondieron: Hemos encontrado un hombre, y nos ha dicho: Id y volved al rey que os ha enviado, y decidle: Esto dice el Señor: 28. y le habló con amor, y le puso un trono o asiento superior al de los demás reyes subyugados que tenía consigo en Babilonia, Les preguntó el rey: ¿Qué figura y traje tiene ese hombre que os ha salido al encuentro, y dicho estas palabras? Respondieron ellos: Es un hombre cubierto de pelo, y que va ceñido con un cinto de cuero. Dijo el rey: Ese es Elías, tesbita. Y destacó un capitán de cincuenta soldados, con los cincuenta que le estaban subordinados; el cual salió en busca de él; y hallándolo sentado en la cima del monte, le dijo: Varón de Dios, el rey ha mandado que bajes de ahí. Elías en respuesta dijo al capitán de los cincuenta: Si yo soy varón de Dios, baje fuego del cielo que te devore a ti y a tus cincuenta. Descendió, pues, fuego del cielo, y lo devoró a él y a los cincuenta soldados que consigo tenía. Destacó nuevamente Ocozías contra él a otro capitán de cincuenta hombres con los cincuenta; el cual le dijo: Varón de Dios, el rey lo manda, baja presto. Respondió Elías: Si yo soy varón de Dios, caiga fuego del cielo, y devórete a ti y a tus cincuenta. Bajó, pues, fuego del cielo, y lo devoró a él y a sus cincuenta. Tercera vez destacó Ocozías otro capitán de cincuenta hombres con sus cincuenta; el cual luego que llegó, se hincó de rodillas en frente de Elías, y le suplicó diciendo: Varón de Dios, sálvame la vida, y salva también la de tus siervos que me acompañan. Ya sé que ha bajado fuego del cielo, y devorado a los dos primeros capitanes de cincuenta hombres y a los cincuenta que cada uno mandaba. Mas ahora yo te suplico que te apiades de mí. Entonces el ángel del Señor habló a Elías, diciendo: Desciende y vete con él, no temas. Se levantó pues; y marchó con él a encontrar al rey, al cual dijo: Esto dice el Señor: Por cuanto enviaste mensajeros a consultar a Beelzebub, dios de Accarón, como si no hubiera Dios en Israel, a quien pudieras consultar, por esto, de la cama en que te acostaste no te levantarás; sino que morirás indefectiblemente. Murió, pues, según la palabra del Señor, pronunciada por Elías; y como no tenía hijo ninguno, lo sucedió en el trono su hermano Joram, en el año segundo del otro Joram hijo de Josafat, rey de Judá. En orden a lo demás que hizo Ocozías, ¿no está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Y sucedió que cuando el Señor quiso arrebatar al cielo a Elías en un torbellino de fuego, venían Elías y Eliseo caminando de Gálgala. Y dijo Elías a Eliseo: Quédate aquí, porque el Señor me envía a Betel. Al cual respondió Eliseo: Te juro por el Señor y por tu vida, que no te dejaré. Llegados que fueron a Betel, fueron los hijos o discípulos de los profetas que estaban allí a encontrar a Eliseo y le dijeron: ¿No sabes tú cómo hoy se llevará el Señor a tu amo? Sí que lo sé, respondió él; callad. Dijo nuevamente Elías a Eliseo: Quédate aquí, porque el Señor me envía hasta Jericó . Te juro por el Señor y por tu vida, le respondió, que no te dejaré. Así que llegaron a Jericó , se acercaron a Eliseo los hijos de los profetas que moraban allí y le dijeron: ¿No sabes tú que hoy el Señor se llevará a tu amo? Sí, lo sé, respondió él; pero callad. Le dijo otra vez Elías: Quédate aquí, porque el Señor me envía hasta el Jordán. Le replicó Eliseo: Te juro por el Señor y por tu vida que no me apartaré de ti. Marcharon, pues, ambos; y los fueron siguiendo cincuenta de los hijos de los profetas, los cuales se detuvieron a lo lejos en frente de ellos, mientras que los dos se pararon en la orilla del Jordán. Entonces Elías se quitó el manto, y lo dobló, e hirió con él las aguas, las cuales se dividieron a uno y otro lado y pasaron los dos a pie enjuto. Así que hubieron pasado, dijo Elías a Eliseo: Pide lo que quieras que yo haga por ti, antes que sea de ti separado. Y Eliseo dijo: Pido que sea duplicado en mí tu espíritu. Contestó Elías: Cosa difícil es la que has pedido. No obstante, si tú me vieres al tiempo que sea arrebatado de tu lado, tendrás lo que has pedido; mas si no me vieres, no lo tendrás. Así proseguían su camino andando y hablando entre sí, cuando he aquí que un carro de fuego, con caballos también de fuego separó de repente al uno del otro, y Elías subió al cielo en un torbellino. Estaba Eliseo mirándolo, y gritaba: Padre mío, Padre mío, carro armado de Israel, y conductor suyo. Y ya no lo volvió a ver más. Entonces asió sus vestidos, y los rasgó en dos partes en señal de dolor. Recogió después el manto, que se le había caído a Elías, y volviéndose se paró en la ribera del Jordán; y con el manto que se le cayera a Elías hirió las aguas, las cuales no se dividieron. Por lo que dijo: ¿Dónde está ahora el Dios de Elías? Hirió nuevamente las aguas, y se dividieron a un lado y a otro; con lo que pasó Eliseo. Así que vieron esto los hijos de los profetas, que habían venido de Jericó , y estaban en la orilla opuesta, dijeron: El espíritu de Elías ha reposado sobre Eliseo, y saliéndole al encuentro, le hicieron profunda reverencia postrados en tierra, y le dijeron: Aquí hay entre tus siervos cincuenta hombres robustos que pueden ir en busca de tu amo, no sea que el espíritu del Señor lo haya arrebatado y arrojado sobre algún monte o en algún valle. Respondió Eliseo: No tenéis que enviarlos. Tanto le importunaron que al cabo condescendió, y les dijo: Pues bien, enviadlos. Enviaron, pues cincuenta hombres, que habiéndole buscado tres días, no lo hallaron. Por lo que se volvieron a Eliseo, que moraba en Jericó , el cual les dijo: ¿No os respondí yo: No tenéis que enviarlos? Por este tiempo dijeron también a Eliseo los vecinos de la ciudad: Bien ves que la situación de esta ciudad es bellísima, como tú mismo, señor, lo estás conociendo; pero las aguas son muy malas y la tierra estéril. A lo que les contestó: Traedme una vasija nueva, y echad sal en ella. Habiéndosela traído, se fue al manantial de las aguas, echó en él la sal, y dijo: Esto dice el Señor: Yo he hecho saludables estas aguas, y nunca más serán causa de muerte ni de esterilidad. Desde entonces quedaron saludables las aguas hasta el día de hoy, conforme a la palabra pronunciada por Eliseo. De aquí pasó a Betel, y cuando iba subiendo por el camino, salieron de la ciudad unos muchachos, y le motejaban, diciendo: Sube, oh calvo: calvo, sube. Eliseo, volviéndose hacia ellos, los miró, y maldijo en nombre del Señor; y saliendo dos osos del bosque, despedazaron a cuarenta y dos de aquellos muchachos. Partió en seguida Eliseo al monte Carmelo, desde donde se volvió a Samaria. Joram, hijo de Acab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaria el año decimoctavo de Josafat, rey de Judá; y reinó doce años. E hizo el mal delante del Señor; mas no como su padre y madre; pues quitó las estatuas de Baal, que había hecho su padre. No obstante imitó los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel; y no se apartó de ellos. Es de saber que Mesa, rey de Moab, criaba muchos ganados, y pagaba al rey de Israel cien mil corderos y cien mil carneros con sus vellones. Pero muerto Acab, rompió la alianza que tenía con el rey de Israel. Por esta causa el rey Joram salió entonces de Samaria, y pasó revista de todo Israel. Y envió a decir a Josafat, rey de Judá: El rey de Moab se me ha rebelado; ven conmigo a hacerle guerra. Respondió Josafat: Iré; lo que es mío, es tuyo; mi pueblo es pueblo tuyo, y mis caballos tuyos son. Y añadió: ¿Qué camino tomaremos? A lo que le respondió Joram: El camino del desierto de Idumea. Marcharon, pues, el rey de Israel, el rey de Judá y el rey de Idumea, y anduvieron rodeando siete días de camino, y se hallaron sin agua para el ejército y para las bestias que llevaban detrás. Dijo entonces el rey de Israel: ¡Ay, ay, ay de nosotros! El Señor nos ha juntado aquí tres reyes para entregarnos en poder de Moab. Pero dijo Josafat: ¿No hay aquí algún profeta del Señor, para implorar por medio de él el socorro del Señor? A esto respondió uno de los criados del rey de Israel: Aquí está Eliseo, hijo de Safat, que daba aguamanos, o servía, a Elías. Dijo Josafat: El Señor habla por su boca. Fueron, pues, a encontrarlo el rey de Israel, y Josafat, rey de Judá, y el rey de Idumea. Mas Eliseo dijo al rey de Israel: ¿Qué tienes tú que ver conmigo? Anda, ve a los profetas de tu padre y de tu madre. Le dijo el rey de Israel: ¿Por qué habrá juntado el Señor estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab? Vive el Señor de los ejércitos, en cuya presencia estoy, respondió Eliseo, que si no respetara a Josafat, rey de Judá, no te hubiera atendido, ni aun siquiera mirándote la cara. Mas ahora traedme acá uno que taña el arpa. Y mientras éste cantaba al son del arpa, la virtud del Señor se hizo sentir sobre Eliseo, el cual dijo: Esto dice el Señor: Cavad en la madre de este torrente, haciendo fosas y más fosas; pues el Señor dice así: No veréis viento, ni lluvia, y la madre de este torrente se henchirá de aguas, y beberéis vosotros, y vuestras tropas, y vuestras bestias. Y esto aun es lo de menos en los ojos del Señor; porque además entregará también a Moab en vuestras manos. Y destruiréis todas las plazas fuertes, y todas las ciudades principales, y cortaréis todos los árboles frutales, y cegaréis todos los manantiales de aguas, y sembraréis de piedras todos los campos más fértiles. En efecto, llegada la mañana, al tiempo que suele ofrecerse el sacrificio, ya las aguas venían corriendo por el camino de Edom; y se inundó de agua todo aquel terreno. Al mismo tiempo los moabitas todos a una, oyendo que aquellos reyes habían salido a campaña contra ellos, convocaron a todos los hombres aptos para la guerra, y vinieron a esperarlos en las fronteras. Y habiéndose levantado al apuntar el día, luego que los rayos del sol brillaron sobre las aguas, les parecieron éstas rojas como sangre. Por lo cual dijeron: Sangre de batalla es; los reyes han peleado contra sí, y se han acuchillado unos a otros; corre ahora, oh Moab, a recoger la presa. En efecto, corrieron al campamento de Israel; mas los israelitas, puestos sobre las armas, dieron contra los moabitas, y los pusieron en fuga. Con esto fueron tras ellos los vencedores, y destrozaron a Moab; destruyeron sus ciudades; llenaron de piedras, que cada uno echaba, los campos más fértiles; cegaron todos los manantiales de las aguas, y cortaron todos los árboles frutales; de suerte que solamente quedaron los muros de ladrillos o el castillo; mas la ciudad fue cercada por los honderos, y en gran parte derribada. Habiendo visto, pues, el rey de Moab que los enemigos prevalecían, tomó consigo setecientos hombres valerosos con espada en mano, para forzar el campo del rey de Idumea, y escaparse: pero no pudo lograr su intento. Y arrebatando a su hijo primogénito, que debía sucederle en el reino, lo ofreció en holocausto sobre la muralla; cosa que causó gran horror a los israelitas, y así al punto se retiraron de allí volviendo a sus casas. Vino a clamar a Eliseo la mujer de uno de los profetas, diciendo: Mi marido, siervo tuyo, ha muerto; y bien sabes que tu siervo era temeroso de Dios. Pero ahora viene su acreedor para llevarse mis dos hijos y hacerlos esclavos suyos. Le dijo Eliseo: ¿Qué quieres que yo haga por ti? Dime: ¿qué tienes en tu casa? Ella respondió: No tiene tu esclava otra cosa en su casa sino un poco de aceite para ungirse. A la cual dijo: Anda y pide prestadas a todos tus vecinos vasijas vacías en abundancia. Entra después en tu casa, y cierra la puerta, estando dentro tú y tus hijos, y echa de aquel aceite en todas estas vasijas, y cuando estuvieren llenas las pondrás aparte. Se fue pues, la mujer, y se encerró en casa con sus hijos; le presentaban éstos las vasijas y ella las llenaba. Llenas ya las vasijas, dijo a uno de los hijos: Tráeme todavía otra vasija. Y respondió él: No tengo más. Entonces cesó de multiplicarse el aceite. Fue luego ella, y se lo contó todo al varón de Dios, el cual dijo: Anda, vende el aceite y paga a tu acreedor; y de lo restante sustentaos tú y tus hijos. Pasaba un día Eliseo por la ciudad de Sunam, y había en ella una señora de gran consideración, que lo detuvo a comer; y como pasase por allí frecuentemente, se detenía a comer en dicha casa. Y dijo la señora a su marido: Advierto que este hombre que pasa con frecuencia por nuestra casa, es un varón santo de Dios. Dispongamos, pues, para él un cuartito, y pongamos en él una cama, y una mesa, y una silla, y un candelero, para que cuando viniere a nuestra casa se recoja en él. En efecto, habiendo llegado cierto día, se aposentó en este cuartito, y allí reposó. Y dijo a su criado Giezi: Llama a esa sunamita. La llamó Giezi, y ella se presentó a Eliseo, el cual dijo a su criado: Dile de mi parte: Veo que nos has asistido en todo con mucho esmero. ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Tienes algún negocio sobre el cual pueda yo hablar al rey o al general del ejército? Respondió él: Yo vivo felizmente en medio de mis gentes. ¿Qué quiere, pues, replicó Eliseo, que haga yo por ella? Respondió Giezi: No hay que preguntárselo, supuesto que no tiene hijos, y que su marido es ya viejo. En consecuencia mandó que la llamase otra vez, y venido que hubo y parándose ante la puerta por respeto al profeta, le dijo Eliseo: El año que viene, en este tiempo y en esta misma hora, dándote Dios vida, llevarás un hijo en tus entrañas. A lo que respondió ella: No quieras, señor mío, no quieras por tu vida, oh varón de Dios, engañar a tu sierva. Mas en efecto, la mujer concibió y parió un hijo al tiempo y a la hora misma señalada por Eliseo. El niño fue creciendo; y habiendo salido un día para ir a encontrar a su padre, que estaba con los segadores, dijo a su padre: La cabeza me duele, me duele la cabeza. Dijo el padre a un criado: Tómalo y llévalo a su madre. Habiéndolo éste cogido y llevado a su madre, lo tuvo ella sobre sus rodillas hasta el mediodía, en que murió. Subió luego arriba, y lo puso sobre la cama del varón de Dios, y cerró la puerta; y habiendo salido, llamó a su marido, a quien dijo: Despacha conmigo, te ruego, alguno de los criados y una burra, para ir yo corriendo al varón de Dios y volver luego. Le dijo él: ¿Por qué quieres ir a visitarlo? Hoy no es día de calendas, ni de sábado. Mas ella respondió: Déjame ir. Hizo, pues, aparejar la burra, y dijo al criado: Arrea, y date prisa, no me hagas detener en el camino; y haz esto que te mando. Partió, pues, y fue a encontrar al varón de Dios en el monte Carmelo; quien al verla venir hacia él, dijo a Giezi, su criado: Mira, aquella es la sunamita. Sal a su encuentro, y dile: ¿Lo pasais bien tú, tu marido y tu hijo? Bien, respondió ella. Mas así que llegó al monte y a la presencia del varón de Dios, se echó a sus pies y acercándose Giezi para apartarla, le dijo el varón de Dios: Déjala, porque su alma está llena de amargura, y el Señor me la ha ocultado, y no me ha revelado nada de eso. Dijo entonces ella: ¿Por ventura, oh señor mío, te pedí yo un hijo? ¿No te dije que no me engañaras? Y él dijo a Giezi: Pon haldas en cinta, y toma en tu mano mi báculo y marcha: si te encontrares con alguno, no te pares a saludarlo; si alguno te saludare, no te detengas a responderle; y pondrás mi báculo sobre el rostro del niño. Sin embargo, la madre del niño dijo a Eliseo: Te juro por el Señor y por tu vida que no me iré sin ti. Con esto se puso Eliseo en camino, y la fue siguiendo. Entretanto Giezi había ido delante de ellos, y puesto el báculo sobre la cara del niño, el cual ni hablaba ni sentía. Y así volvió en busca de Eliseo, y le dio parte, diciendo: El niño no ha resucitado. Entró, pues, Eliseo en la casa, y halló al niño muerto, y tendido sobre su cama. Entrado que hubo, se encerró dentro con el niño, e hizo oración al Señor. Subió después sobre la cama, y se echó sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre los ojos, y sus manos sobre las manos; y encorvado así sobre el niño, la carne del niño entró en calor. Tras esto, levantándose dio dos vueltas por la habitación, y subió otra vez y se recostó sobre el niño. Entonces el niño bostezó siete veces, y abrió los ojos. Y llamó a Giezi y le dijo: Avisa a esa sunamita. Vino ella y se presentó a Eliseo, el cual le dijo: Toma a tu hijo. Se acercó ella, y se arrojó a sus pies, y lo veneró postrándose hasta el suelo; y tomando a su hijo, salió. Y Eliseo se volvió a Gálgala. Había por aquel tiempo hambre en el país; y los hijos de los profetas habitaban en su compañía. Por lo que dijo a uno de los sirvientes. Pon una olla grande, y cuece un potaje para los hijos de los profetas. En esto, uno de ellos salió al campo a coger hierbas silvestres, y halló una como parra o vid silvestre, de que cogió unas tueras, cuantas pudo llevar en la falda de su vestido y así que volvió las hizo rajas, y las echó en la olla del potaje, sin saber qué cosa era. Se las sirvieron, pues, a los compañeros para que comiesen; mas luego que probaron aquel potaje, gritaron diciendo: La muerte está en esta olla, oh varón de Dios, y no pudieron atravesar bocado. Mas él: Traedme, dijo, harina; y así que se la trajeron, la echó en la olla, y dijo: Ve repartiendo potaje a la gente para que coma; y no hubo más rastro de amargura en la olla. Vino a la sazón un hombre de Baalsalisa, que traía para el varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada, y espigas de trigo nuevo en su alforja. Y dijo Eliseo a su criado: Dáselo a la gente para que coma. A lo que respondió el criado: ¿Qué es todo eso para ponerlo delante de cien personas? Replicó Eliseo nuevamente: Dáselo a la gente para que coma; porque esto dice el Señor: Comerán, y sobrará. Finalmente, lo puso delante de la gente y comieron todos, y sobró, según la palabra del Señor. Naamán, general de los ejércitos del rey de Siria, era un hombre de gran consideración y estima para con su amo; pues por su medio había el Señor salvado la Siria; y era un varón forzado y rico, pero leproso. Habían salido de Siria guerrillas, y cautivado en tierra de Israel a una doncellita, que entró después a servir a la mujer de Naamán, la cual dijo a su señora: ¡Ah si mi amo fuera a verse con el profeta que está en Samaria! Sin duda se curaría de la lepra. Oído que hubo esto Naamán, entró a ver a su señor, y le dio parte, diciendo: Esto ha dicho una doncella de tierra de Israel. El rey de Siria le respondió: Anda en hora buena; que yo escribiré al rey de Israel. Partió, pues, llevando consigo diez talentos de plata, con seis mil monedas de oro y diez mudas de vestidos; y entregó la carta al rey de Israel, escrita en estos términos: Por esta carta que recibirás sabrás que te he enviado a Naamán, mi criado, para que lo cures de su lepra. Leído que hubo la carta el rey de Israel, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo por ventura Dios, que pueda quitar y dar la vida, para que éste me envíe a decir que yo cure a un hombre de la lepra? Reparad, y veréis cómo anda buscando pretextos contra mí. Lo que habiendo llegado a noticia de Eliseo, varón de Dios, esto es, que había el rey de Israel rasgado sus vestidos, envió a decirle: ¿Por qué has rasgado tus vestidos? Que venga ese hombre a mí, y sabrá que hay profeta en Israel. Llegó, pues, Naamán con sus caballos y carrozas, y se paró a la puerta de la casa de Eliseo. Y le envió a decir Eliseo por tercera persona: Anda, y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne recobrará la sanidad, y quedarás limpio. Indignado Naamán, se retiraba diciendo: Yo pensaba que él habría salido luego a recibirme, y que, puesto en pie, invocaría el nombre del Señor Dios suyo, y tocaría con su mano el lugar de la lepra, y me curaría. Pues, ¿no son mejores el Abana y el Farfar, ríos de Damasco, que todas las aguas de Israel, para lavarme en ellos y limpiarme? Como volviese, pues, las espaldas, y se retirase enojado, se llegaron a él sus criados, y le dijeron: Padre, aun cuando el profeta te hubiese ordenado una cosa dificultosa, claro está que deberías hacerla; ¿pues cuánto más ahora que te ha dicho: Lávate, y quedarás limpio? Fue, pues, y se lavó siete veces en el Jordán conforme a la orden del varón de Dios, y se volvió su carne como la carne de un niño tierno, y quedó limpio. Volviendo en seguida con toda su comitiva al varón de Dios, se presentó delante de él, diciendo: Verdaderamente conozco que no hay otro Dios en el universo, sino sólo el de Israel. Te ruego, pues, que admitas este presente de tu siervo. Mas él respondió: Vive el Señor Dios, ante cuya presencia estoy, que no lo recibiré. Y por más instancias que le hizo, de ningún modo quiso condescender. Al fin dijo Naamán: Sea como tú quieres; pero te suplico que me permitas a mí, siervo tuyo, el llevarme la porción de tierra que cargan dos mulos; porque ya no sacrificará tu siervo de aquí adelante holocaustos ni víctimas a dioses ajenos, sino sólo al Señor. Mas una cosa hay solamente por la que has de rogar al Señor a favor de tu siervo, y es que cuando entrare mi amo en el templo de Remmón para adorarlo, apoyándose sobre mi mano, si yo me inclino en el templo de Remmón, para adorarlo, para sostenerlo al tiempo de hacer él su adoración en el mismo lugar, el Señor me perdone a mí, siervo tuyo, este ademán. Le respondió Eliseo: Vete en paz. Partió, pues, Naamán; y era entonces la mejor estación del año. Giezi, sirviente del varón de Dios, dijo: Mi amo ha andado muy comedido con este Naamán de Siria, no queriendo aceptar nada de lo que le ha traído. Vive Dios que he de ir corriendo a alcanzarlo y sacar de él alguna cosa. Echó, pues, a correr en seguimiento de Naamán; el cual viéndolo venir corriendo hacia sí, saltó luego del coche a su encuentro, y dijo: ¿Va todo bien? Bien, contestó Giezi. Pero mi amo me envía a decirte: Acaban de llegar dos jóvenes de la montaña de Efraín, de los hijos de los profetas; dame para ellos un talento de plata y dos mudas de vestidos. Dijo Naamán: Mejor es que tomes dos talentos; y lo obligó a tomarlos; y poniendo y atando en dos talegos los dos talentos de plata y las dos mudas de vestidos, hizo que dos de sus siervos cargaran con ellos, y que los llevasen yendo delante de Giezi. Llegado que hubo, ya al anochecer, los tomó de sus dos manos, y los guardó en su casa, y despachó los hombres, los cuales se marcharon. Entró después, y se puso delante de su amo Eliseo, el cual le preguntó: ¿De dónde vienes, Giezi? Y él respondió: No ha ido tu siervo a ninguna parte. Mas Eliseo replicó: Pues, ¿no estaba yo presente en espíritu cuando aquel hombre saltó de su coche para ir a tu encuentro? Ahora bien, tú has recibido dinero, y has recibido ropas para comprar olivares, y viñas, y ovejas, y bueyes, y esclavos y esclavas. Pero también la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. En efecto, salió Giezi de su presencia cubierto de lepra blanca como nieve. Dijeron los hijos o discípulos de los profetas a Eliseo: Bien ves que el lugar donde habitamos en tu compañía es para nosotros angosto. Vamos hasta el Jordán, y tome cada cual de nosotros maderas del bosque para edificarnos allí un lugar en que habitar. Respondió Eliseo: Id en hora buena. Ven, pues, le dijo uno de ellos, tú también con tus siervos. Y contestó él: Iré. Se fue, pues, con ellos, y habiendo llegado al Jordán, se pusieron a cortar maderas. Y acaeció que mientras uno derribaba un árbol, se le cayó en el agua el hierro del hacha, y exclamó diciendo a Eliseo: ¡Ay!, ¡ay de mí, señor mío!; ¡ay!, ¡que esta hacha la había tomado prestada! Y dijo el varón de Dios: ¿Dónde ha caído? Y le señaló el lugar. Cortó, pues, Eliseo un palo, y lo arrojó allí; y salió nadando el hierro. Y le dijo: Cógelo; y alargó la mano y lo cogió. Hacía el rey de Siria la guerra a Israel; y tenido consejo con sus criados o palaciegos, dijo: Pongamos emboscadas en tal y tal lugar. Mas el varón de Dios envió a decir al rey de Israel: Guárdate de pasar por tal lugar, porque los sirios están allí emboscados. Por lo cual el rey de Israel destacó gente a aquel puesto, indicado por el varón de Dios, y lo ocupó de antemano y se resguardó allí repetidas veces. Turbó este suceso el ánimo del rey de Siria; y habiendo convocado a sus criados u oficiales, dijo: ¿Por qué no me descubrís quién es el que me hace traición para con el rey de Israel? A lo que uno de sus criados u oficiales, respondió: No es nada de eso, oh rey y señor mío, sino que el profeta Eliseo, que está en Israel, manifiesta al rey de Israel todo cuanto secreto hablas en lo más retirado de tu gabinete. Dijo él entonces: Id y averiguad dónde se halla, para enviar yo a prenderlo. Le dieron luego aviso, diciendo que estaba en Dotán. Con esta noticia destacó allá caballos y carros de guerra, y las mejores tropas de su ejército; los cuales llegando de noche, cercaron la ciudad. Y al apuntar el día, habiéndose levantado el criado del varón de Dios, y salido fuera, vio el ejército alrededor de la ciudad con los caballos y carros y fue a dar aviso a su amo, diciendo: ¡Ay!, ¡ay, señor mío!; ¡ay!, ¿qué es lo que haremos? Mas él respondió: No tienes que temer, porque tenemos mucha más gente nosotros que ellos. Y Eliseo, después de haber hecho oración, dijo: Señor ábrele los ojos a éste para que vea; y abrió el Señor los ojos del criado y miró y vio el monte lleno de caballos y de carros de fuego, que rodeaban a Eliseo. En esto se acercaban hacia él los enemigos; y Eliseo hizo oración al Señor, diciendo: Ciega, te suplico, a esta gente. Y el Señor los cegó o deslumbró, para que no viesen, conforme lo había pedido Eliseo. Entonces Eliseo, llegándose a ellos, les dijo: No es este el camino, ni esta la ciudad; seguidme a mí, que yo os enseñaré el hombre que buscáis. Dicho esto los condujo a Sama-ria; y entrado que hubieron en Samaria, dijo Eliseo: Señor, abre los ojos a éstos para que vean. Y les abrió el Señor los ojos, y reconocieron que estaban en medio de Samaria. Así que los vio el rey de Israel, dijo a Eliseo: ¿Padre mío, los haré morir? Mas él respondió: No, de ningún modo les quitarás la vida; pues no los has hecho prisioneros con tu espada, ni con tu arco, para poder privarlos de la vida; antes bien, preséntales pan y agua, para que coman y beban, y se vuelvan a su señor. Les pusieron, pues, comida en abundancia, y comieron y bebieron, y les dio el rey libertad, y volvieron a su señor. Desde entonces no volvieron más las guerrillas o partidas ligeras de Siria a hacer correrías en la ciudad de Israel. Algún tiempo después de estos sucesos, Benadad, rey de Siria, juntó todas sus tropas, y fue a sitiar a Samaria. Y padeció Samaria una gran hambre; y duró tanto el sitio, que llegó a venderse la cabeza de un asno en ochenta monedas de plata, y un cuartillo de cebollas silvestres, en cinco monedas de plata. Y pasando el rey de Israel por la muralla, clamó a él una mujer, diciendo: Sálvame, socórreme, oh rey mi señor. El cual respondió: No te salva el Señor; ¿cómo puedo yo salvarte? ¿Tengo acaso trigo en las trojes, ni vino en las bodegas?, añadió el rey. Ella respondió: Esta mujer me dijo: Da tu hijo para que le comamos hoy; que mañana comeremos el mío. Cocimos, pues, mi hijo, y nos lo comimos. Al día siguiente, le dije yo: Da tu hijo para que nos lo comamos; mas ella lo ha escondido. Oído esto, rasgó el rey sus vestidos, y prosiguió andando por la muralla; y vio todo el pueblo el cilicio o saco que llevaba vestido a raíz de sus carnes. Dijo entonces el rey: Tráteme Dios con todo el rigor de su justicia, si la cabeza de Eliseo, hijo de Safat, quedare hoy sobre sus hombros. Estaba a la sazón Eliseo sentado en su casa, y estaban con él los ancianos o senadores. Despachó, pues, el rey un hombre para que fuera a cortarle la cabeza; y antes que llegase este enviado, dijo Eliseo a los ancianos: ¿No sabéis que ese hijo del homicida Acab ha enviado a cortarme la cabeza? Tened, pues, cuidado cuando llegare el enviado o ejecutor de tener cerrada la puerta y de no dejarlo entrar; porque ya estoy oyendo las pisadas de su señor que viene tras de él. Aún estaba hablando con ellos cuando compareció el enviado que venía a él; y dijo: Tú ves cuántos males nos envía Dios: ¿qué tengo ya que esperar del Señor? Respondió a eso Eliseo: Oíd la palabra del Señor. He aquí lo que el Señor dice: Mañana a estas horas el modio de flor de harina se venderá por un siclo, y un siclo costarán dos modios de cebada en la puerta de Samaria. Uno de los capitanes, que servía de bracero al rey, respondió al varón de Dios, y dijo: Aunque el Señor hiciese compuertas en el cielo, y lloviese trigo, ¿podrá algún día suceder lo que tú dices? Le contestó Eliseo: Lo verás con tus ojos; mas no comerás de ello. Había cuatro hombres leprosos cerca de la entrada de la puerta de la ciudad, los cuales se dijeron unos a otros: ¿Para qué queremos estar aquí hasta morir? Si tratamos de entrar en la ciudad, moriremos de hambre; si nos quedamos aquí, moriremos también; vamos, pues, y pasémonos al campamento de los siros; si tuvieren compasión de nosotros, viviremos; que si nos quieren matar, de cualquier modo también habríamos de morirnos acá. Con esto al anochecer se pusieron en camino para pasar al campamento de los siros; y llegados que fueron a la entrada del campo de los siros, no hallaron allí a nadie. Porque el Señor había hecho resonar en los campamentos de los siros estruendo de carros falcados y de caballos, y de un numerosísimo ejército; con lo que se dijeron unos a otros: Sin duda el rey de Israel ha asalariado contra nosotros a los reyes de los heteos y de los egipcios, y se han echado sobre nosotros. Por esto escaparon de noche, abandonando sus tiendas, y caballos y asnos en el campamento; pensando solamente en salvar sus vidas con la fuga. Luego, pues, que aquellos leprosos hubieron llegado a la entrada del campamento, entraron en una tienda, y comieron y bebieron, y sacaron de ella plata y oro, y vestidos, y fueron a esconderlo. Volvieron después, y entraron en otra tienda, y escondieron también lo que de allí pillaron. Pero se dijeron unos a otros: No obramos bien, pues este día es día de albricias; si nosotros callamos, y no damos aviso hasta la mañana, se nos hará de esto un crimen. Ea, pues, vamos, y llevemos la nueva al palacio del rey. Venidos a la puerta de la ciudad, dieron la noticia diciendo: Hemos ido al campamento de los siros, y no hemos hallado allí a nadie, sino sólo los caballos y los asnos atados, y las tiendas que están todavía en pie. Fueron, pues, los guardias de la puerta, y avisaron la novedad a los de dentro del palacio del rey; el cual se levantó, siendo aún de noche, y dijo a sus criados: Yo os diré lo que han hecho con nosotros los siros; saben que nos morimos de hambre, y por eso se han salido del campamento, y están escondidos por los campos, diciendo: Cuando salgan de la ciudad, los cogeremos vivos, y entonces podremos entrar en ella. Mas uno de sus criados le respondió: Tomemos los cinco caballos que han quedado en la ciudad (ya que sólo éstos restan de todos los que había en Israel, por haber sido consumidos los otros), y enviemos a hacer con ellos la descubierta. Trajeron, pues, dos caballos, y envió el rey dos hombres al campamento de los siros, diciendo: Id y observad lo que hay. Los cuales marcharon, y fueron siguiendo a los siros hasta el Jordán, y vieron cómo todo el camino estaba lleno de vestidos y de muebles, que los siros habían arrojado con la precipitación de la huida; y volviéndose los enviados dieron parte al rey. Entonces el pueblo salió, y saqueó los campamentos de los siros; y de resultas un modio de flor de harina valió un siclo y un siclo dos modios de cebada, conforme a la palabra del Señor. Había puesto el rey a la puerta de la ciudad aquel capitán que le servía de bracero, al cual atropelló el gentío a la entrada de la puerta, y murió conforme a lo que había predicho el varón de Dios, cuando fue el rey a buscarlo. Con esto se cumplió la palabra del varón de Dios que había predicho al rey: Mañana a estas horas dos modios de cebada se venderán por un siclo, y por un siclo un modio de flor de harina en la puerta de Samaria; en la cual ocasión replicó aquel capitán al varón de Dios, diciendo: Aunque Dios abra las compuertas del cielo para llover trigo, ¿podrá verificarse algún día lo que tú dices? Y le respondió Eliseo: Lo verás con tus ojos; mas no comerás de ello. Así le aconteció, como estaba predicho, pues lo atropelló el pueblo a la puerta, y quedó muerto. Habló Eliseo a la mujer sunamita, cuyo hijo había resucitado, y le dijo: Márchate con tu familia, y vete fuera de tu país a habitar donde te parezca mejor; porque Dios ha llamado el hambre, y ella se apoderará de la tierra de Israel por siete años. Hizo, pues, la mujer lo que le dijo el varón de Dios, y salió con su familia fuera de su país, y permaneció largo tiempo en tierra de filisteos. Terminados los siete años, regresó la mujer del país de los filisteos, y acudió al rey para que se le restituyesen su casa y sus heredades. Estaba entonces el rey hablando con Giezi, criado del varón de Dios, y le decía: Cuéntame todas las maravillas que ha hecho Eliseo; y mientras él estaba contando al rey cómo había resucitado a un muerto, compareció la mujer, a cuyo hijo había resucitado, reclamando ante el rey su casa y sus heredades. Y dijo Giezi: Esta es, oh rey mi señor, aquella mujer, y éste su hijo, a quien resucitó Eliseo. Y preguntó el rey a la mujer, la cual se lo contó. Inmediatamente el rey envió con ella un eunuco o ministro, a quien dijo: Haz que se le restituya todo lo que le pertenece, y todos los réditos de sus heredades, desde el día que salió de su tierra hasta el presente. Vino asimismo Eliseo a Damasco, a tiempo que Benadad, rey de Siria, estaba enfermo; y se lo avisaron a éste, diciendo: El varón de Dios ha llegado aquí. Y dijo el rey a Hazael: Toma contigo unos regalos, y sal a encontrar al varón de Dios, y consulta por su medio al Señor, preguntando: ¿Si podré escapar de esta mi enfermedad? Fue, pues, Hazael a encontrarlo, llevando consigo presentes de todas las cosas más preciosas de Damasco en cuarenta camellos cargados, y al llegar a su presencia, dijo: Tu hijo Benadad, rey de Siria, me ha enviado a ti para saber si podrá él sanar de su enfermedad. Le respondió Eliseo: Ve, y dile: Tu enfermedad no es mortal. Pero el Señor me ha hecho conocer que él ha de morir sin remedio. Y estuvo el varón de Dios un rato parado con él, y se conturbó hasta demudar el semblante, y echó a llorar. Le dijo entonces Hazael: ¿Por qué llora mi señor? Porque sé, respondió, los males que has de hacer a los hijos de Israel. Tú entregarás a las llamas sus ciudades fuertes, y pasarás a cuchillo sus jóvenes, y estrellarás contra el suelo sus niños, y abrirás el vientre a las mujeres preñadas. Replicó Hazael: Pues, ¿soy yo, siervo tuyo, otra cosa más que un perro muerto, para que pueda ejecutar cosas tan grandes y terribles? A lo que respondió Eliseo: El Señor me ha manifestado que tú serás rey de Siria. Habiéndose separado Hazael de Eliseo, volvió a su amo, el cual le preguntó: ¿Qué te ha dicho Eliseo? Respondió él: Me dijo que recobrarías la salud. Llegado el día siguiente tomó Hazael un paño acolchado, lo empapó en agua, y lo extendió sobre el rostro del rey, el cual murió; y reinó Hazael en su lugar. Al quinto año de Joram, hijo de Acab, rey de Israel, y de Josafat, rey de Judá, entró a reinar Joram, hijo de Josafat rey de Judá. Treinta y dos años tenía cuando empezó a reinar, y ocho años reinó en Jerusalén . Y siguió los pasos de los reyes de Israel, como los había seguido la casa de Acab; porque una hija de Acab era su mujer, y obró el mal en presencia del Señor. Mas el Señor no quiso exterminar a Judá por amor a su siervo David, según la promesa que había hecho a él y a sus hijos de conservar perpetuamente una lámpara ardiente. En ese tiempo se rebeló la Idumea contra Judá, y eligió un rey propio. Por lo que Joram marchó contra Seira con todos sus carros de guerra, y asaltó de noche y desbarató a los idumeos que lo habían cercado, y a los comandantes de los carros de guerra; mas el pueblo huyó a sus estancias. Sin embargo, la Idumea sacudió el yugo de Judá hasta hoy día. En aquel mismo tiempo, se rebeló también Lobna. Las otras cosas de Joram y todo cuanto hizo, ¿no es así que se halla escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? En fin, Joram durmió con sus padres, y fue con ellos sepultado en la ciudad de David; y le sucedió en el reino de su hijo Ocozías. El año duodécimo de Joram, hijo de Acab, rey de Israel, entró a reinar Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá. Hallábase Ocozías en la edad de veintidós años cuando comenzó a reinar, y reinó un año en Jerusalén ; se llamaba su madre Atalía, hija de Acab, que lo era de Amri, rey de Israel. Y siguió los mismos pasos de la casa de Acab, y obró el mal en presencia del Señor, a imitación de la casa de Acab, como quien era yerno de éste. Se asoció con Joram, hijo de Acab, para hacer la guerra contra Hazael, rey de Siria, en Ramot de Galaad; e hirieron los siros a Joram, el cual se volvió a Jezrael a curarse las heridas que le habían hecho los siros en el sitio de Ramot cuando peleaba contra Hazael, rey de Siria. Y Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá, pasó a Jezrael a visitar a Joram, hijo de Acab, porque estaba allí enfermo. Por este tiempo el profeta Eliseo llamó a uno de los hijos de los profetas, y le dijo: Recoge tus faldas y cíñete, y toma esta vasija de óleo en tu mano, y ve a Ramot de Galaad. Llegado allá irás a verte con Jehú, hijo de Josafat, hijo de Namsi, y luego que entres le llamarás aparte de sus hermanos, y lo meterás en un aposento retirado. Y recogiendo la vasija de óleo, la derramarás sobre tu cabeza, diciendo: Esto dice el Señor: Yo te he ungido rey sobre Israel. Dicho esto abrirás la puerta, y huirás sin detenerte allí. Marchó, pues, este joven, ministro del profeta, a Ramot de Galaad, y entrando en el lugar de la ciudad donde estaban sentados los príncipes del ejército dijo: Una palabra tengo que decirte, oh príncipe. Preguntó Jehú: ¿A quién de todos nosotros? Y le respondió él: A ti, oh príncipe. Al punto se levantó, y entró en un aposento, y el otro derramó el óleo sobre su cabeza, diciendo: Esto dice el Señor Dios de Israel: Yo te he ungido rey del pueblo mío de Israel. Y exterminarás la casa de Acab, tu señor, y yo tomaré venganza de la sangre de mis siervos, los profetas, y de la sangre de todos los siervos del Señor, derramada por Jezabel. Y extirparé toda la familia de Acab, y mataré de la casa de Acab hasta los perros; desde lo más estimado hasta lo más vil y desechado en Israel. Y trataré la casa de Acab como a la casa de Jeroboam, hijo de Nabat, y como la casa de Baasa, hijo de Ahías. Y a Jezabel la comerán los perros en Jezrael, sin que haya quien la entierre. Dicho esto, abrió la puerta y echó a correr. Mas Jehú salió a donde estaban los oficiales de su señor; los cuales le preguntaron: ¿Todo va bien? ¿A qué ha venido a ti ese mentecato? Les respondió Jehú: Vosotros conocéis a ese hombre, y lo que puede haber dicho. No es la verdad, replicaron ellos, pero sea lo que fuere, cuéntanoslo. Jehú les dijo: Tal cosa es lo que me ha dicho; y ha añadido: Esto es lo que dice el Señor: Yo te he ungido por rey de Israel. Se levantaron entonces a toda prisa, y tomando cada uno su propio manto, le pusieron debajo de los pies de Jehú en forma de tribunal; y a son de trompetas lo proclamaron, diciendo: Jehú es nuestro rey. Por tanto se conjuró Jehú, hijo de Josafat, hijo de Namsi, contra Joram; después que éste con todo Israel tenía sitiada la plaza de Ramot de Galaad contra Hazael, rey de Siria, y se había retirado de Jezrael para curarse de las heridas que los siros le habían hecho en el combate contra Hazael, el rey de Siria. Dijo entonces Jehú: Si os parece, nadie salga ni huya de la ciudad, para que no vaya a dar la noticia en Jezrael. Partió luego él, y tomó el camino de Jezrael, donde estaba enfermo Joram; a quien Ocozías, rey de Judá, había ido a visitar. En efecto, el atalaya que estaba sobre la torre de Jezrael, vio la comitiva de Jehú, que venía caminando, y dijo: Allá veo un pelotón de gente. Y dijo Joram: Toma un carro, y despacha alguno que les salga al encuentro; y el que vaya pregunte: ¿Va todo bien? Con esto el que montó en el carro fue corriendo al encuentro de Jehú, y le dijo: Esto dice el rey: ¿Está todo en paz? Respondió Jehú: ¿Qué te importa a ti de la paz, o de la guerra, ponte atrás y sígueme. Al instante el atalaya dio aviso, diciendo: Llegó a ellos el correo y no vuelve. Por lo que despachó Joram un segundo carro de caballos, y así que llegó el correo a Jehú, dijo: Esto dice el rey: ¿Tenemos paz? Mas Jehú respondió: ¿Qué te importa a ti si hay paz? Ponte atrás y sígueme. Luego avisó el atalaya diciendo: Ha llegado hasta ellos, y no vuelve; y el modo de andar del que viene se parece al de Jehú, hijo de Namsi, pues camina con atropellamiento y precipitación. Entonces dijo Joram: Pon el coche. Le pusieron el coche, y salió Joram, rey de Israel, en compañía de Ocozías, rey de Judá, cada cual en su coche y fueron al encuentro de Jehú, y lo hallaron en el campo de Nabot, jezraelita. Apenas vio Joram a Jehú, dijo: ¿Tenemos paz, Jehú? ¿Qué paz puede haber, le respondió, mientras permanecen aún en su vigor las fornicaciones o idolatrías de tu madre Jezabel, y sus muchas hechicerías? Al punto Joram volvió las riendas y echó a huir diciendo Ocozías: Traición, Ocozías. Pero Jehú flechó su arco, y atravesó a Joram por las espaldas, de suerte que la saeta le pasó de parte a parte el corazón y de repente cayó muerto en su coche. Y Jehú le dijo al capitán Badacer: cógelo, y arrójalo en el campo de Nabot, jesraelita; porque me acuerdo cuando tú y yo sentados en el carro de guerra íbamos siguiendo a Acab, padre de éste, el Señor pronunció esta terrible sentencia contra él diciendo: Yo juro, dice el Señor, que en este campo tomaré venganza en ti de la sangre de Nabot y de la sangre de sus hijos, que te vi ayer derramar. Cógelo, pues, y arrójalo en el campo, conforme a la palabra del Señor. Al ver esto Ocozías, rey de Judá, echó a huir por el camino de la casa del huerto. Y corrió Jehú tras él, diciendo: Matad también a éste dentro de su coche. Y lo hicieron en la cuesta de Gaver, junto a Jeblaam, y siguió huyendo hasta Mageddo, donde murió. Y lo pusieron sus criados dentro de su coche; y lo llevaron a Jerusalén . Y lo sepultaron en la ciudad de David en el sepulcro de sus padres. Ocozías había comenzado a reinar sobre Judá el año undécimo de Joram, hijo de Acab. Entró, pues, Jehú en Jezrael. Jezabel, informada de su llegada se pintó los ojos con alcohol, y se adornó la cabeza y se puso en una ventana a mirar cómo entraba Jehú por la puerta de la ciudad, y dijo: ¿Es posible que pueda tener paz o prosperidad éste, que como Zambri ha muerto a su señor? Alzó Jehú la cabeza hacia la ventana y preguntó: ¿Quién es ésa? Y dos o tres eunucos, hicieron a Jehú una profunda reverencia. A los cuales dijo él: Arrojadla de ahí abajo. La arrojaron, y quedó la pared salpicada con su sangre; y la hollaron con sus pies los caballos. Y después que Jehú entró en el palacio para comer y beber, dijo a sus gentes: Id a ver a aquella maldita, y dadle sepultura que al fin es hija de un rey. Y habiendo ido para darle sepultura, no hallaron sino la calavera y los pies, y las extremidades de las manos. Volviendo a Jehú con la noticia, dijo éste: Eso es aquello mismo que pronunció el Señor por medio de su siervo Elías, tesbita, cuando dijo: En el campo de Jezrael comerán los perros las carnes de Jezabel; y estarán las carnes o huesos de Jezabel en el campo de Jezrael, como está el estiércol sobre la faz de la tierra; de suerte que los pasajeros dirán: ¡Y ésta es aquella Jezabel! Quedaban de Acab setenta hijos en Samaria. En consecuencia escribió Jehú una carta y la envió a Samaria a los magnates de la ciudad, y a los ancianos, y a los preceptores de los hijos de Acab. Decía en ella: Luego que recibáis esta carta los que tenéis a vuestra disposición los hijos de vuestro señor, y los carros de guerra, y los caballos y las ciudades, fuertes, y las armas, elegid el mejor y que más os agradare entre los hijos de vuestro señor, y colocadlo sobre el trono de su padre, y combatid por la casa de vuestro señor. Se intimidaron ellos sobremanera, y dijeron: No han podido dos reyes hacerle frente, ¿cómo podremos resistirle nosotros? Enviaron, pues, los mayordomos de palacio y magistrados de la ciudad, y los ancianos y los preceptores a decir a Jehú: Vasallos tuyos somos, haremos cuanto mandares; no pensamos elegir rey sobre nosotros; haz todo lo que bien te pareciere. Mas él les volvió a escribir una segunda carta, en la cual les decía: Si sois de los míos, y me prestáis obediencia, tomad las cabezas de los hijos de vuestro señor, y venid a veros conmigo mañana a estas horas en Jezrael. Eran los hijos del rey en número de setenta: los cuales se criaban en las casas de los magnates de aquella ciudad. Luego que recibieron esta carta, cogieron a los setenta hijos del rey y los mataron; y metieron sus cabezas en unas cestas, y se las remitieron a Jezrael. Llegó, pues, un mensajero, y dio a Jehú el aviso diciendo: Han traído las cabezas de los hijos del rey. A lo que respondió Jehú: Ponedlas en dos montones a la entrada de la puerta hasta la mañana. Y luego que amaneció, salió él, y puesto de pie dijo a todo el pueblo: Vosotros que sois justos, decidme: Si yo he conspirado contra mi señor, y le he quitado la vida, ¿quien ha degollado a todos éstos? Por tanto considerad ahora cómo no ha caído en tierra una sola palabra de las que habló el Señor contra la casa de Acab, y cómo ha ejecutado el Señor lo que predijo por medio de Elías, su siervo. Hizo, pues, matar Jehú a cuantos habían quedado en la familia de Acab en Jezrael, y a todos sus magnates, y familiares, y sacerdotes, sin dejar ninguno con vida. De aquí partió para Samaria, y al llegar a la Casa-esquileo, que está junto al camino, se encontró con los hijos de los hermanos de Ocozías, rey de Judá, y les preguntó: ¿Quiénes sois vosotros? Los cuales respondieron: Somos hermanos de Ocozías, y venimos a saludar a los hijos del rey y a los de la reina. Dijo Jehú: Prendedlos vivos. Presos que fueron vivos, los degollaron junto a una cisterna vecina a la Casa-esquileo, en orden de cuarenta y dos hombres, sin perdonar a ninguno. Pasando adelante halló a Jonadab, hijo de Recab, que le salía al encuentro, y Jehú lo saludó, y dijo: ¿Es tu corazón recto y propenso hacia mí, como lo es mi corazón hacia el tuyo? Sí, por cierto, respondió Jonadab. Si lo es, replicó Jehú, dame tu mano. Y él le dio la mano. Y lo hizo Jehú subir en su coche, diciéndole: Ven conmigo, y verás mi celo por el Señor. Y así que lo tuvo en el coche, lo llevó a Samaria, donde acabó de matar a cuantos habían quedado allí de la casa de Acab, sin dejar uno siquiera; conforme a la palabra del Señor pronunciada por Elías. Juntó también Jehú a todo el pueblo, y le dijo: Acab tributó algún culto a Baal; pero yo se lo tributaré mayor. Ahora, pues, convocadme a todos los profetas de Baal, y a sus adoradores todos, y a todos sus sacerdotes; ninguno deje de venir, porque voy a hacer un sacrificio grandioso a Baal; todo aquel que faltare, morirá. Mas Jehú trazaba todo esto astutamente para acabar con todos los adoradores de Baal. Y así es que dijo: Promulgad una fiesta solemne a Baal. Y echó un bando, y lo hizo publicar en todos los términos de Israel. Con esto acudieron todos los ministros de Baal; no quedó ni uno siquiera que no asistiese. Y entraron en el templo de Baal, y se llenó la casa de Baal de punta a cabo. Dijo también a los que tenían el cargo de las vestiduras: Sacad vestiduras para todos los ministros de Baal. Y le sacaron las vestiduras. Después de esto entrando Jehú con Jonadab, hijo de Recab, en el templo de Baal, dijo a los adoradores de Baal: Registrad bien, y mirad que no haya con vosotros ninguno de los siervos del Señor, sino los siervos de Baal. Entraron, pues, para ofrecer las víctimas y holocaustos. Mas Jehú tenía dispuestos afuera ochenta hombres, a quienes había dicho: Cualquiera que dejare escapar alguno de estos hombres que yo entrego en vuestras manos, pagará con su vida la vida del que escapare. Concluido que fue el holocausto, dijo Jehú a sus soldados y capitanes: Entrad y matadlos; que ninguno escape. Y los soldados y capitanes los pasaron a cuchillo, arrojando fuera los cadáveres. De aquí marcharon a la ciudad del templo de Baal, y sacaron fuera del templo la estatua de Baal, y la quemaron y redujeron a cenizas. Destruyeron asimismo el templo de Baal, e hicieron en su lugar letrinas que permanecen hasta hoy día. Así Jehú exterminó del país de Israel a Baal. Mas con todo eso no se apartó de los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, e hizo pecar a Israel, ni abandonó los becerros de oro que quedaban en Betel y en Dan. Por lo demás el Señor dijo a Jehú: Por cuanto has ejecutado con celo lo que era justo y agradable a mis ojos, y cumplido todo lo que tenía resuelto en mi corazón contra la casa de Acab, tus hijos hasta la cuarta generación ocuparán el trono de Israel. Jehú no tuvo cuidado en caminar con todo su corazón por la ley del Señor Dios de Israel; puesto que no se apartó de los pecados de Jeroboam, el cual había hecho pecar a Israel. En aquellos días comenzó el Señor a indignarse con Israel; y así Hazael lo derrotó, y devastó en todos sus confines, desde el Jordán hacia el oriente arruinando toda la tierra de Galaad, de Gad y de Rubén, y de Manasés; desde Aroer, situada junto al torrente de Arnón, hasta Galaad y Basán. Las otras cosas de Jehú, y todo cuanto hizo, y sus proezas de valor, ¿acaso ya no están escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Al fin durmió Jehú con sus padres, y fue sepultado en Samaria, y su hijo Joacaz le sucedió en el reino. El tiempo que reinó Jehú sobre Israel en Samaria fue de veintiocho años. Por otra parte Atalía, madre de Ocozías, viendo muerto a su hijo, se alzó con el mando, y mató toda la prosapia real. Bien que Josabá, hija del rey Joram, hermana de Ocozías, sacando a Joás, hijo de Ocozías, de en medio de los demás hijos del rey, al tiempo que los iban matando, lo robó, sacándole del dormitorio con su ama de leche, y lo escondió de la furia de Atalía para que no fuese muerto. Y estuvo por espacio de seis años oculto con su ama de leche en la casa del Señor; mientras tanto reinó Atalía en el país de Judá. Pero a los siete años Joíada, convocando a los centuriones y soldados, los introdujo consigo en el templo del Señor, e hizo liga con ellos; y juramentándolos en la casa del Señor, les mostró el hijo del rey, y les dio orden diciendo: He aquí lo que debéis hacer: La tercera parte de vosotros que entra de semana, esté atenta en centinela hacia la habitación del rey; otra tercera parte guarde la puerta del sur, y la última tercera parte cuide de la puerta que cae detrás de la habitación de los escuderos o guardias, y haréis la guardia a la casa de Mesa. Finalmente, de todos los que saliereis de semana, dos terceras partes estaréis de guardia en la casa del Señor, cerca del rey, y lo rodearéis teniendo las armas en vuestras manos; que si alguno intenta entrar en el recinto del templo para insultarle, sea muerto; y estaréis al lado del rey, ora entre, ora salga. Ejecutaron puntualmente todo lo que les había ordenado el sumo sacerdote Joíada, y tomando cada uno de sus gentes, así los que entraban de semana como los que salían, se presentaron al sumo sacerdote Joíada, el cual les dio las armas y lanzas o escudos del rey David, que se guardaban en la casa del Señor. Y se apostaron todos con las armas en la mano desde la derecha del templo o atrio, hasta la izquierda del altar y del templo, alrededor del rey. Entonces Joíada sacó fuera al hijo del rey, y le puso la diadema sobre la cabeza y el libro de la ley; lo hicieron rey, y lo ungieron; y dando palmadas le proclamaron, diciendo: Viva el rey. En esto oyó Atalía las voces del pueblo que corría, y acudiendo al tropel de gente que estaba en el templo del Señor, vio al rey colocado sobre el trono, según se acostumbraba, y a los cantores y trompetas junto a él, y a toda la gente del país llena de regocijo, tocando los clarines; por lo que rasgó sus vestidos y gritó: Traición, traición. Mas Joíada dio orden a los centuriones que mandaban la tropa, diciéndoles: Sacadla fuera del recinto del templo; y cualquiera que la siga, sea pasado a cuchillo. Pues había dicho el sumo sacerdote: No sea muerta en el templo del Señor. Con esto se apoderaron de ella, y la llevaron a empellones por la calle de la entrada de los caballos, junto al palacio, y allí fue muerta. Después asentó Joíada el pacto del Señor con el rey y con el pueblo, de que sería pueblo del Señor; y asimismo un tratado entre el rey y el pueblo. E inmediatamente entró todo el pueblo de la tierra en el templo de Baal, y derribaron sus aras, e hicieron añicos sus imágenes, y delante del mismo altar mataron a Matán, sacerdote de Baal. Y el sumo sacerdote puso guardias en la casa del Señor. Y capitaneando a los centuriones y a las legiones de cereteos y feleteos, y a todo el pueblo de la tierra, condujeron al rey desde el templo del Señor, y por el camino de la puerta de los escuderos lo llevaron a palacio, donde se sentó sobre el trono de los reyes de Judá. Y todo el pueblo de la tierra se regocijó, y quedó en reposo la ciudad después que Atalía pereció a filo de espada en la casa del rey. Siete años tenía Joás cuando entró a reinar. El año séptimo del reinado de Jehú en Israel entró a reinar Joás, y reinó cuarenta años en Jerusalén . Se llamaba su madre Sebia, y era de Bersabee. Procedió Joás rectamente delante del Señor todo el tiempo que tuvo por director al sumo sacerdote Joíada. Verdad es que no quitó el sacrificar a Dios en los lugares altos; porque todavía el pueblo sacrificaba y ofrecía incienso en las alturas. Y Joás había dicho a los sacerdotes: Todo el dinero de cosas consagradas que fuere presentado en el templo del Señor por los forasteros que pasaren, y el que se ofrece por rescate de la persona, y el que voluntariamente y al arbitrio de su corazón trae cada cual al templo del Señor, lo han de recibir los sacerdotes según su turno para reparar las quiebras de la casa del Señor, según vieren que necesite repararse alguna cosa. Sin embargo, los sacerdotes no habían cuidado hasta el año veintitrés del reinado de Joás de hacer los reparos del templo. Entonces llamó el rey Joás al sumo sacerdote Joíada y a los sacerdotes, y les dijo: ¿Por qué no habéis hecho los reparos en la construcción del templo? No tenéis, pues, que recibir de aquí en adelante el dinero en vuestros turnos o semanas, sino dejadlo para reparar el templo. Y así se prohibió a los sacerdotes continuar recibiendo del pueblo el dinero, y cuidar de la construcción y reparos de la casa. Entonces el sumo sacerdote Joíada mandó hacer una arca , y abrir encima de ella un agujero; y la colocó cerca del altar, a mano derecha de los que entraban en la Casa del Señor. Y los sacerdotes que estaban de guardia en las puertas echaban en ella todo el dinero que se ofrecía al templo del Señor. Y cuando veían que había mucho dinero en el arca , venía un secretario del rey, y con el sumo sacerdote sacaban y contaban el dinero, que se hallaba en la casa del Señor, y lo entregaban con su cuenta y razón en mano de los sobrestantes de los obreros de la casa del Señor; quienes pagaban con él a los carpinteros y albañiles que trabajaban en la casa del Señor, y hacían los reparos, y a los que labraban las piedras; y asimismo compraban con él la madera y piedra que se labraba; a fin de que fuese perfectamente restaurada la casa del Señor en todas partes que necesitaban de algún gasto para repararla. Pero de este dinero, que se ofrecía al templo del Señor, no se hacían los cántaros o vasijas, ni los tridentes o arrejaques, ni los incensarios, ni las trompetas, ni vaso alguno de oro y plata; porque todo era empleado en los que trabajaban en restaurar el templo del Señor; y no se tomaban cuentas a aquellos hombres que recibían el dinero para distribuirlo a los obreros, sino que lo manejaban sobre su buena fe. Es de advertir que no se metía en el templo del Señor el dinero ofrecido por los delitos, o por los pecados, pues éste era propio de los sacerdotes. En aquel tiempo Hazael, rey de Siria, salió a campaña, y poniendo sitio a Get, la tomó, y enderezó su mira contra Jerusalén . Por cuya razón Joás, rey de Judá, tomó todas las ofrendas sagradas que habían ofrecido Josafat, y Joram, y Ocozías, reyes de Judá sus mayores, y las que él mismo había ofrecido, y toda la plata que se pudo hallar en los tesoros del templo del Señor, y en el palacio real, y lo envió al rey de Siria Hazael, que con eso se retiró de Jerusalén . Las demás cosas de Joás y todos sus hechos, ¿no es así que están escritos en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? Por último se sublevaron unos criados u oficiales de Joás, y formando entre sí una conjuración, le mataron en la casa o palacio de Mello, a la bajada de Sella. Los criados que le quitaron la vida fueron Josacar, hijo de Semaat, y Jozabad, hijo de Somer y muerto que fue, lo sepultaron con sus padres en la ciudad de David, sucediéndole en el reino su hijo Amasías. El año veintitrés del reinado de Joás, hijo de Ocozías, rey de Judá, reinó Joacaz, hijo de Jehú, sobre Israel en Samaria por espacio de diecisiete años. E hizo el mal en la presencia del Señor, y siguió los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat (el cual hizo pecar a Israel), y no se arrepintió de ellos. Con lo que se encendió el furor del Señor contra Israel, y lo entregó por mucho tiempo en poder de Hazael, rey de Siria y en poder de Benadad, hijo de Hazael. Mas Joacaz hizo sus plegarias ante la presencia del Señor, y lo oyó el Señor, vista la angustia de Israel, destrozado por el rey de Siria; y envió el Señor a Israel un salvador que lo libró del poder del rey de Siria; de suerte que los hijos de Israel pudieron vivir en sus habitaciones con tranquilidad, como en los tiempos anteriores. Mas no por eso se desviaron de los pecados con que la casa de Jeroboam hizo pecar a Israel, sino que los imitaron, tanto que aun el bosque de Samaria quedó en pie. A Joacaz no le había quedado de la gente de guerra más que cincuenta soldados de a caballo, y diez carros de guerra, y diez mil hombres de a pie; porque el rey de Siria los había pasado a cuchillo y deshecho como al polvo de la era en que se trilla. Las otras cosas de Joacaz, y todos sus hechos, y su valor, ¿no está escrito todo esto en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? En fin Joacaz durmió con el sueño de la muerte con sus padres, y lo sepultaron en Samaria, sucediéndole en el trono su hijo Joás. El año treinta y siete del reinado de Joás rey de Judá, comenzó a reinar, asociado a su padre Joás, hijo de Joacaz, sobre Israel en Samaria, y reinó por espacio de dieciséis años. E hizo el mal en la presencia del Señor, y no se apartó de ninguno de los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, (que hizo pecar a Israel), sino que los imitó. Las demás cosas de Joás y todos sus hechos, y su valor, y cómo hizo guerra contra Amasías, rey de Judá, ¿no está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Joás fue a descansar en el sepulcro con sus padres; y Jeroboam ocupó su trono, después que fue Joás sepultado en Samaria con los demás reyes de Israel. Y sucedió antes que estando Eliseo enfermo de la enfermedad de que murió, pasó a visitarle Joás, rey de Israel; y llorando delante de él, decía: Padre mío, padre mío, carro armado de Israel y conductor suyo. Y le dijo Eliseo: Trae acá un arco y unas flechas; y habiéndole traído un arco y flechas, dijo al rey de Israel: Pon tu mano sobre el arco. Cuando tuvo puesta la mano, puso Eliseo sus manos sobre las del rey. Y dijo: Abre la ventana que cae al oriente. Luego que la abrió, dijo Eliseo: Dispara una saeta. La disparó. Y dijo Eliseo: Saeta es ésta de salvación por el Señor, y saeta de salvación contra la Siria, porque tú derrotarás la Siria en Afec hasta consumirla. Dijo más: Toma saetas; y habiéndolas tomado, le dijo de nuevo: Hiere la tierra con un dardo. Y habiéndola herido tres veces, cesó de tirar. Y se irritó contra él el varón de Dios, y dijo: Si hubieses tirado cinco o seis, o siete veces, hubieras herido a la Siria hasta exterminarla; mas ahora la vencerás por tres veces. Murió al fin Eliseo, y lo sepultaron. Aquel mismo año entraron por el país los guerrilleros o tropas ligeras de Moab. Y unos hombres que iban a enterrar a un muerto, viendo a los guerrilleros, echaron el cadáver en el sepulcro de Eliseo y al punto que tocó los huesos de Eliseo, el muerto resucitó y se puso en pie. Hazael, pues, rey de Siria, tuvo acosado a Israel en todo el reinado de Joacaz. Mas al cabo el Señor se compadeció de ellos, y volvió hacia ellos sus ojos, a causa del pacto que tenía hecho con Abrahán e Isaac, y Jacob ; y no quiso enteramente perderlos, ni abandonarlos del todo hasta el tiempo presente. Finalmente, murió Hazael, rey de Siria, y lo sucedió Benadad, su hijo. Entonces Joás, hijo de Joacaz, recobró del poder de Benadad, hijo de Hazael, las ciudades o plazas que había éste tomado a su padre Joacaz por derecho de guerra. Tres veces lo derrotó Joás, y restituyó a Israel aquellas ciudades. En el segundo año de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel, entró a reinar Amasías, hijo del otro Joás, rey de Judá. Veinticinco años tenía cuando comenzó a reinar; y reinó veintinueve años en Jerusalén . Se llamaba su madre Joadán, natural de Jerusalén . E hizo lo que era justo en la presencia del Señor; mas no como David, su padre. En todo imitó el proceder de su padre Joás; aunque tampoco quitó los lugares altos, pues todavía sacrificaba el pueblo, y quemaba incienso en las alturas. Luego que entró en posesión del reino, hizo quitar la vida a sus criados, que habían muerto al rey, su padre; aunque no mató a los hijos de los que lo habían muerto, conforme a lo que se halla escrito en el libro de la ley de Moisés, según el precepto del Señor, que dice: No morirán los padres por los hijos, ni los hijos por los padres, sino que cada uno morirá por su pecado personal. Este mismo derrotó diez mil idumeos en el valle de las Salinas, y tomó a viva fuerza a Petra, a la cual llamó Jectehel, nombre que conserva hasta hoy día. Entonces envió Amasías embajadores a Joás, hijo de Joacaz, hijo de Jehú, rey de Israel, diciendo: Ven, y veámonos las caras. Y Joás, rey de Israel, envió a Amasías, rey de Judá, esta respuesta: El cardo del Líbano envió a decir al cedro que está en el Líbano: Da tu hija por mujer a mi hijo. Mas las bestias salvajes que habitan en el Líbano pasaron y pisotearon al cardo orgulloso. Como tú has vencido y derrotado a los idumeos, por esto se ha engreído tu corazón. Conténtate con esa gloria, y estáte quedo en tu casa: ¿a qué fin quieres acarrearte males para perderte tú y Judá contigo? Pero Amasías no quiso aquietarse. Por lo cual Joás, rey de Israel salió a campaña, y encontrándose él y Amasías, rey de Judá, junto a Betsamés, ciudad de Judá, fue el ejército de Judá derrotado por el de Israel; y cada cual huyó a su casa. Y Joás, rey de Israel, hizo prisionero en la batalla de Betsamés a Amasías, rey de Judá, hijo de Joás, hijo de Ocozías, y lo llevó a Jerusalén ; y abrió una brecha de cuatrocientos codos en la muralla de Jerusalén , desde la puerta de Efraín hasta la puerta de la esquina. Y tomó todo el oro y plata, y todas las alhajas que se hallaron en el templo del Señor, y en los tesoros del rey, y los rehenes; y volvió a Samaria. Las demás acciones de Joás y el valor con que peleó contra Amasías, rey de Judá, ¿todo eso no está escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Finalmente, Joás pasó a descansar con sus padres, y fue sepultado en Samaria con los reyes de Israel, sucediéndole en el reino su hijo Jeroboam Segundo. Mas Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, vivió quince años después de la muerte de Joás, hijo de Joacaz, rey de Israel. Lo restante de las acciones de Amasías, ¿no está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? Contra éste se suscitó una conjuración en Jerusalén , por causa de la cual huyó a Laquís; pero destacaron gentes a Laquís, y allí lo mataron. Lo transportaron después de allí en un carro tirado de caballos, y fue sepultado en Jerusalén con sus padres en la ciudad de David. Luego todo el pueblo de Judá cogió a Azarías, que era de dieciséis años, y lo proclamó rey en lugar de Amasías, su padre. Este reedificó a Elat, y la restituyó a Judá, después que el rey pasó a descansar con sus padres. El año decimoquinto del reinado de Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, entró a reinar en Samaria Jeroboam, hijo de Joás, rey de Israel, y reinó cuarenta y un años. Y obró el mal delante del Señor, en nada se apartó de todos los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel. Restableció en el primitivo estado los límites del reino de Israel, reconquistando desde la entrada de Emat hasta el mar del desierto, conforme a la palabra del Señor Dios de Israel, pronunciada por su siervo el profeta Jonás hijo de Amati natural de Get, ciudad situada en Ofer. Porque vio el Señor la amarguísima aflicción de Israel, y que habían perecido a filo de espada hasta los que estaban en la cárcel, y los más desvalidos, y que no había quien socorriese a Israel. No había decretado el Señor borrar el nombre de Israel de debajo del cielo; y así los libertó por mano de Jeroboam, hijo de Joás. Las demás cosas de Jeroboam, y todo cuanto hizo, y el valor con que combatió, y cómo restituyó a Israel las ciudades de Damasco y Emat, que habían sido de Judá, ¿no está todo eso escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? En fin, Jeroboam fue a reposar con sus padres, los reyes de Israel, y lo sucedió en el reino su hijo Zacarías. El año veintisiete del reinado de Jeroboam, rey de Israel, entró a reinar Azarías, hijo de Amasías, rey de Judá. Dieciséis años tenía cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén . Se llamaba su madre Jequelía, natural de Jerusalén . E hizo lo que era agradable al Señor, imitando en todo y por todo a su padre Amasías. Verdad es que no demolió los lugares altos, pues todavía el pueblo sacrificaba y quemaba incienso a Dios en las alturas. Mas el Señor castigó al rey; el cual estuvo leproso hasta el día de su muerte, y habitó separado en una casa aislada. Mientras tanto Joatam, hijo del rey, gobernaba el palacio, y administraba justicia al pueblo de aquella tierra. Las demás cosas de Azarías y todos sus hechos, ¿no están escritos en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? Pasó, en fin Azarías a descansar con sus padres, y fue sepultado con sus antepasados en la ciudad de David, sucediéndole en el reino su hijo Joatam. El año treinta y ocho del reinado de Azarías, rey de Judá, reino Zacarías, hijo de Jeroboam, sobre Israel, en Samaria, por espacio de seis meses; e hizo el mal delante del Señor, así como lo habían hecho sus padres. No se desvió de los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat que hizo pecar a Israel. Conjuró contra él Sellum, hijo de Jabés, y acometiéndolo en público, lo mató y reinó en su lugar. Las demás cosas de Zacarías, ¿no están todas escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Esta es la palabra que dio el Señor a Jehú, diciendo: Tus hijos hasta la cuarta generación se sentarán en el trono de Israel; y así se cumplió. Sellum, pues, hijo de Jabés, se apoderó del reino el año trigésimo nono de Azarías, rey de Judá y reinó un solo mes en Samaria. Porque Manahem, hijo de Gadi, marchó desde Tersa, y fue a Samaria, e hiriendo a Sellum, hijo de Jabés lo mató y reinó en su lugar. Las demás acciones de Sellum y la conjuración que tramó engañosamente, ¿no está ya escrito esto en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? Entonces fue cuando Manahem se apoderó de Tapsa y mató a todos sus moradores y devastó su territorio desde Tersa, porque no quisieron abrirle las puertas, y mató a todas las mujeres preñadas, a las cuales hizo rasgar el vientre. El año trigésimo nono del reinado de Azarías, rey de Judá comenzó a reinar pacíficamente en Samaria sobre Israel, Manahem, hijo de Gadi, y reinó diez años; e hizo lo que era malo delante del Señor. No se apartó de los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel todo el tiempo de su reinado. Ful, rey de los asirios, vino entonces a esta tierra; y dio Manahem a Ful mil talentos de plata para que lo ayudase, y lo asegurase en el trono. E hizo pagar Manahem este dinero a todos los poderosos y ricos de Israel, a razón de cincuenta siclos de plata por cabeza, para darlo al rey de los asirios. Con eso el rey de los asirios se retiró y no se detuvo en el país. Las demás cosas de Manahem y todas sus acciones, ¿no están ellas escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? En fin, Manahem fue a descansar con sus padres; y su hijo Faceía entró a reinar en su lugar. El año quincuagésimo del reinado de Azarías, rey de Judá, comenzó a reinar Faceía, hijo de Manahem, sobre Israel, en Samaria, y reinó dos años. E hizo lo que era malo a los ojos del Señor; no se apartó de los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel. Conjuró contra él Facee, hijo de Romelías, general suyo el cual le acometió con cincuenta hombres naturales de Galaad, en Samaria, en la torre de la casa real, cerca de Argob y de Arie; y le quitó la vida, y reinó en su lugar. Las demás cosas de Faceía y todas sus acciones, ¿no están ya escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? El año quincuagésimo segundo del reinado de Azarías, rey de Judá, ocupó el trono Facee, hijo de Romelías, el cual reinó sobre Israel en Samaria por espacio de veinte años; e hizo lo malo en la presencia del Señor; no se apartó de los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel. En el reinado de Facee, rey de Israel vino Teglatfalasar, rey de Asur, y se apoderó de Ayrón, y de Abel-Casa de Maaca, y de Janoé, y de Cedes, y de Asor, y de Galaad, y de Galilea y de todo el país de Neftalí; y trasportó sus habitantes a la Asiria. Mas Osee, hijo de Ela, formó una conjuración contra Facee, hijo de Romelías, y le armó asechanzas, lo hirió y lo mató, y reinó en su lugar, en el año vigésimo de Joatam, hijo de Ozías. Las demás cosas de Facee y todo cuanto hizo, ¿no está todo escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Israel? El año segundo de Facee, hijo de Romelías, rey de Israel, ocupó el trono Joatam, hijo de Ozías, rey de Judá. Veinticinco años tenía cuando comenzó a reinar; y reinó dieciséis años en Jerusalén . Se llamaba su madre Jerusa, hija de Sadoc. Hizo lo que era agradable a los ojos del Señor; y se condujo en todo conforme se había conducido su padre Ozías. Verdad es que no arruinó los lugares altos; todavía siguió el pueblo sacrificando y ofreciendo incienso a Dios en las alturas. Edificó la puerta más alta de la casa del Señor. Las demás cosas de Joatam y todos sus hechos, ¿no están ya escritos en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? En aquellos días comenzó el Señor a enviar contra Judá a Rasín, rey de la Siria, y a Facee, hijo de Romelías. Pasó Joatam a descansar con sus padres, y fue sepultado con ellos en la ciudad de David, su padre, sucediéndole en el reino su hijo Acaz. El año decimoséptimo de Facee, hijo de Romelías, subió al trono Acaz, hijo de Joatam, rey de Judá. Veinte años tenía Acaz cuando comenzó a reinar, y dieciséis años reinó en Jerusalén . No hizo lo que era agradable a los ojos del Señor Dios suyo, como David su padre; sino que siguió las huellas de los reyes de Israel; y además de eso consagró su propio hijo, haciéndole pasar por el fuego, según la idolatría de las naciones que disipó el Señor delante de los hijos de Israel. Asimismo sacrificaba víctimas y quemaba incienso en las alturas, y en los collados, y debajo de cualquier árbol frondoso. Entonces Rasín, rey de Siria, y Facee, hijo de Romelías, rey de Israel, subieron a sitiar a Jerusalén ; y después de haber tenido cercado a Acaz, no pudieron vencerlo. Por aquel tiempo Rasín, rey de Siria, volvió a incorporar a Aila con la Siria; y arrojó de Aila a los judíos; y vinieron los idumeos a ocuparla y han habitado en ella hasta el día de hoy. Entonces Acaz despachó embajadores a Teglatfalasar, rey de los asirios, para que le dijesen: Siervo tuyo soy, y tu hijo; ven y sálvame de las manos del rey de Siria y de las manos del rey de Israel, que se han coligado contra mí. Y habiendo recogido cuanta plata y oro pudo hallarse en la casa del Señor y en los tesoros del rey, se lo remitió como un presente al rey de los asirios; El cual condescendió con sus deseos. Marchó, pues, el rey de los asirios contra Damasco, y la destruyó. Transportó sus moradores a Cirene, y a Rasín le quitó la vida. Entonces el rey Acaz fue a Damasco a recibir a Teglatfalasar, rey de los asirios; y viendo el altar de Damasco, envió el rey Acaz al sumo sacerdote Urías un modelo de él, que representaba exactamente todas sus labores. Y el sumo sacerdote Urías erigió un altar conforme en un todo a las órdenes que le había comunicado el rey Acaz desde Damasco. El sumo sacerdote Urías hizo esto, mientras el rey Acaz volvía de Damasco. Y el rey, llegado que hubo de Damasco, vio aquel altar, y lo veneró, y subió a ofrecer en él holocausto, y su sacrificio. E hizo las libaciones y derramó la sangre de las víctimas pacíficas sacrificadas sobre el altar. Trasladó el altar de bronce, que estaba en la presencia del Señor, desde la fachada del templo, y de su sitio y lugar propio en el templo del Señor, y lo colocó a un lado de aquel altar, al septentrión. Además dio el rey Acaz al sumo sacerdote Urías esta orden: Ofrecerás sobre este altar grande el holocausto de la mañana y el sacrificio de la tarde, y el holocausto del rey con su sacrificio, y el holocausto de todo el pueblo de la tierra con sus sacrificios y libaciones; y has de derramar sobre este altar toda la sangre de los holocaustos, y toda la sangre de las víctimas. En cuanto al altar de bronce estará pronto a disposición mía. Hizo, pues, el sumo sacerdote Urías todo cuanto el rey Acaz le había mandado. Quitó también el rey Acaz las bases entalladas, y las conchas puestas encima de ellas, y la gran concha o mar la quitó igualmente de encima de los bueyes de bronce que la sostenían, y la dejó sobre el pavimento enlosado. Asimismo quitó el Musac del sábado, construido en el templo; y por causa del rey de los asirios hizo en la parte interior del templo del Señor el pasadizo para ir a él desde su palacio que antes estaba en la parte de afuera. Las otras cosas que hizo Acaz, ¿no están ellas escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? En fin, Acaz pasó a descansar con sus padres, y fue sepultado con ellos en la ciudad de David, sucediéndole en el reino su hijo Ezequías . El año duodécimo del reinado de Acaz, rey de Judá, comenzó a reinar pacíficamente sobre Israel en Samaria Osee, hijo de Ela, y reinó nueve años. E hizo el mal delante del Señor; aunque no tanto como los reyes de Israel sus predecesores. Contra éste vino Salmanasar, rey de los asirios, y Osee le pagaba tributo. Mas como descubriese el rey de los asirios que Osee había enviado embajadores a Sua, rey de Egipto, con intención de rebelarse contra el rey de los asirios y no pagarle el acostumbrado anual tributo, habiéndole cogido prisionero, lo encerró en una cárcel. Porque Salmanasar comenzó haciendo correrías por todo el país, y al fin acercándose a Samaria la tuvo sitiada tres años; hasta que el año noveno del reinado de Osee fue tomada Samaria por el rey de los asirios, y trasladados a Asiria los israelitas, los cuales colocó en Hala y en Habor, ciudades de la Media junto al río Gozán. La causa fue que los hijos de Israel habían pecado, adorando dioses ajenos, contra el Señor Dios suyo que los había sacado de la tierra de Egipto del poder del faraón, rey de Egipto; y siguiendo los ritos o prácticas de las naciones que el Señor había destruido delante de los hijos de Israel, y los ritos o costumbres de los reyes de Israel que habían hecho lo mismo. Habían, pues, los hijos de Israel ofendido al Señor Dios suyo con su mal proceder; y habían erigido altares en los lugares altos en todas sus ciudades, desde las torres de guardas hasta las plazas fuertes o grandes ciudades. Y habían plantado bosques o arboledas, y levantado estatuas en todo collado alto, y debajo de todo árbol frondoso, quemando allí incienso sobre los altares, a imitación de las naciones que había dispersado el Señor así que entraron en aquella tierra; y habían cometido acciones muy criminales provocando la ira del Señor. Adoraron las inmundicias o ídolos contra el precepto con que se lo había prohibido el Señor. Sobre lo cual no cesó el Señor de amonestarlos, así en Israel como en Judá, por medio de todos los profetas y videntes diciendo: Convertíos de vuestras pésimas costumbres, observad mis preceptos y ceremonias, conforme a todas las leyes que promulgué a vuestros padres, y como os lo he enviado a decir por medio de mis siervos, los profetas. Mas ellos no dieron oídos; antes endurecieron su cerviz, o se obstinaron, imitando la dureza de sus padres, los cuales no quisieron obedecer al Señor Dios suyo. Y desecharon sus leyes y el pacto que había concertado con sus padres, despreciando las amonestaciones con que los reconvino; y siguiendo las vanidades o ídolos se infatuaron, e imitaron a las naciones circunvecinas, sobre las cuales les había prevenido el Señor que no hicieran lo que ellas hacían. Y abandonaron todos los preceptos del Señor Dios suyo, y se formaron dos becerros de fundición, y bosques y adoraron a toda la mili-cia o constelaciones del cielo; y dieron culto a Baal; y consagraron a sus hijos e hijas por medio del fuego; y se ocuparon en adivinaciones y agüeros; en suma, se abandonaron a toda maldad delante del Señor, provocando su ira. Por tanto el Señor se indignó altamente contra Israel, y lo arrojó de delante de sí, y no quedó sino la sola tribu de Judá. Mas ni aun la misma tribu de Judá observó los mandamientos del Señor Dios suyo; antes bien imitó los extravíos o errores en que había incurrido Israel. Y así el Señor desechó a todo el linaje de Israel, y lo castigó y lo entregó en manos de sus opresores, hasta que lo arrojó enteramente de su presencia. Enojado ya desde aquel tiempo en que Israel, separándose de la casa de David, eligió por rey suyo a Jeroboam, hijo de Nabat; pues Jeroboam apartó del Señor a Israel, y le hizo cometer el pecado grande de idolatría. Imitaron los hijos de Israel todas las maldades de Jeroboam, y jamás se apartaron de ellas. Hasta tanto que el Señor arrojó de su presencia a Israel, como lo tenía predicho por medio de todos los profetas, sus siervos. Y fue Israel transportado de su tierra a la Asiria, en donde se halla hasta hoy día. Y en lugar de los hijos de Israel hizo venir el rey de los asirios gentes de Babilonia, y de Cuta, y de Ava, de Emat, y de Sefarvaím, y las puso en las ciudades de Samaria; y estas gentes poseyeron la Samaria, y habitaron en sus ciudades. Mas cuando comenzaron a morar en ellas, no temían al Señor ni le adoraban; por lo que el Señor envió contra dichas gentes leones que las iban despedazando. Dieron aviso de esto al rey de los asirios y le dijeron: Las gentes que tú has transportado para poblar las ciudades de Samaria, ignoran el culto del Dios de aquel país, y el Señor ha enviado contra ellas leones que las van despedazando, por cuanto no saben ellas el culto del Dios de aquella tierra. En consecuencia el rey de los asirios dio orden diciendo: Llevad allá uno de los sacerdotes que se han traído de allí cautivos, y vaya a habitar con ellas, y enséñeles el culto del Dios de aquel país. Habiendo, pues, ido uno de los sacerdotes que habían sido traídos cautivos de Samaria, habitó en Betel, y les enseñaba la manera de honrar al Señor. Con todo eso, cada uno de dichos pueblos se fabricó su dios, que colocaron en los adoratorios de las alturas, que habían erigido los de Samaria; cada nación puso el dios suyo en las poblaciones donde habitaba. Porque los babilonios pusieron a su dios Socotbenot, y los cuteos a Nergel, y los de Emat a Asima. Los heveos pusieron a Nebahaz y a Tartac. Mas los que eran de Sefarvaím quemaban sus hijos en honor de Adramelec y de Anamelec, dioses de Sefarvaím; y no obstante todos estos pueblos adoraban al Señor. Crearon del bajo pueblo sacerdotes para los lugares altos, y los colocaban en los adoratorios de las alturas. Y adorando al Señor, servían también a sus dioses, según el rito de las naciones de donde habían sido transportados a Samaria. Hasta el día presente perseveran en la costumbre antigua; no temen al Señor, ni observan sus ceremonias, ni los ritos, leyes, ni mandamientos comunicados por el Señor a los hijos de Jacob , a quien puso el sobrenombre de Israel, con quienes había firmado el pacto, y a quienes había dado este precepto, diciendo: No temáis, ni reverenciéis a dioses ajenos; no los adoréis ni les déis culto ninguno, ni les ofrezcáis sacrificios, sino al Señor Dios vuestro que os sacó de la tierra de Egipto con gran fortaleza y con el poder de su brazo; a ése habéis de temer, a ése adorar, y a ése ofrecer sacrificios. Observad asimismo y cumplid constantemente las ceremonias y los ritos, y leyes, y mandamientos que os dio por escrito, y no temáis a los dioses extranjeros. Y no echéis en olvido el pacto que hizo con vosotros, ni tributéis culto a dioses aje-nos; sino temed al Señor Dios vuestro, y él os librará de las manos de todos vuestros enemigos. Mas ellos no hicieron caso de eso, sino que procedieron según su antigua costumbre. Recibieron, pues, dichas gentes el culto del Señor; pero continuaron como antes en servir a sus ídolos; y lo que hicieron sus padres, eso mismo hacen hasta hoy día sus hijos y nietos. El año tercero del reinado de Osee, hijo de Ela, rey de Israel, comenzó a reinar Ezequías , hijo de Acaz, rey de Judá. Veinticinco años tenía cuando subió al trono, y reinó veintinueve años en Jerusalén . Se llamaba su madre Abi, hija de Zacarías. Hizo Ezequías lo que era bueno y agradable a los ojos del Señor, imitando en todo a su padre David. Destruyó los lugares altos, quebró las estatuas, taló los bosques de los ídolos, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés; porque hasta aquel tiempo le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nohestán. Puso su esperanza en el Señor Dios de Israel; y así no tuvo semejante en todos los reyes de Judá, sus sucesores, como ni tampoco en los que le precedieron. Se mantuvo unido al Señor, y no se apartó de sus sendas; sino que observó los mandamientos que el Señor dio a Moisés. Por eso también el Señor estaba con él, y portábase Ezequías sabiamente en cuanto emprendía. Asimismo sacudió el yugo del rey de los asirios, y no quiso ser tributario suyo. Arruinó a los filisteos hasta Gaza, y taló todo su país desde las torres o atalayas de los guardas, hasta las ciudades fuertes. El año cuarto del reinado de Ezequías , que era el séptimo del reinado de Osee, hijo de Ela, rey de Israel, vino Salmanasar, rey de los asirios, contra Samaria, y la sitió. Y se apoderó de ella, pues Samaria fue tomada después de un sitio de tres años, el año sexto del reinado del rey Ezequías , esto es, el noveno del de Osee, rey de Israel. Y el rey de los asirios transportó a los israelitas a la Asiria, y los colocó en Hala y en Habor, ciudades de la Media, junto al río Gozán; porque no quisieron obedecer a la voz del Señor Dios suyo, sino que violaron el pacto, y no escucharon ni practicaron nada de cuanto les tenía mandado Moisés, siervo del Señor. El año décimocuarto del reinado del rey Ezequías , subió Sennaquerib, rey de los asirios, a la conquista de todas las ciudades fuertes de Judá, y se apoderó de ellas. Entonces Ezequías , rey de Judá, envió a decir por medio de embajadores al rey de los asirios, que se hallaba en Laquís: He faltado a lo que debía; pero retírate de mis tierras, que yo sufriré todo lo que me impusieres. En vista de esto el rey de los asirios echó de contribuciones a Ezequías , rey de Judá, trescientos talentos de plata, y treinta talentos de oro. Le dio, pues, Ezequías toda la plata que se hallaba en la casa del Señor, y en los tesoros reales; y entonces fue cuando Ezequías mandó arrancar de las puertas del templo del Señor las planchas de oro con que él mismo las había guarnecido y las dio al rey de los asirios. Mas el rey de los asirios, faltando a lo prometido, envió desde Laquís a Jerusalén contra el rey Ezequías a Tartán, y a Rabsaris, y a Rabsaces con mucha tropa; los cuales, poniéndose en camino vinieron a Jerusalén , e hicieron alto cerca del acueducto del estanque superior, situado sobre el camino del campo del Batanero, y llamaron al rey. Pero salieron a verse con ellos Eliacim, hijo de Helcías, mayordomo mayor, Sobna, secretario o doctor de la ley, y Joahe, hijo de Asaf, canciller. A los cuales dijo Rabsaces: Decid a Ezequías : Esto dice el gran rey, el rey de los asirios: ¿qué confianza es ésa en que estáis? ¿Has acaso formado el designio de prepararte para el combate? ¿En qué apoyas tu esperanza para que así te atrevas a oponerte a mí? ¿Por ventura esperas en Egipto que es un bastón de caña quebrada, sobre el cual si un hombre se apoyare, rompiéndose se le hincará en la mano y se la horadará? Tal es el faraón, rey de Egipto, para todos los que confían en él. Que si me decís: Nosotros la esperanza la tenemos en el Señor Dios nuestro: ¿no es ése el mismo Dios cuyos lugares altos y altares ha destruido Ezequías , dando a Judá y Jerusalén esta orden: Desde hoy habéis de adorar a Dios en Jerusalén , y sólo delante de este altar? Ahora, pues, venid adonde está el rey de los asirios, mi señor, y yo os daré dos mil caballos y ved si tan siquiera podéis hallar quien los monte. Mas ¿cómo podréis resistir ni a uno de los más pequeños sátrapas o capitanes que sirven a mi señor? ¿Confías acaso en Egipto por sus carros armados y su caballería? Pues, ¿no es por orden del Señor que yo he venido a ese país para arruinarlo? Marcha contra ese país, me dijo el Señor, y arrásalo. Entonces Eliacim, hijo de Helcías, y Sobna, y Joahe dijeron a Rabsaces: Te rogamos que nos hables a nosotros, tus siervos, en siríaco, pues entendemos esa lengua, y no en lengua hebrea, la cual entiende el pueblo que está sobre la muralla. Le respondió Rabsaces, diciendo: Pues, ¿acaso mi señor me ha enviado para deciros estas cosas a tu señor y a ti, y no más bien a decirlas a esas gentes que están sobre el muro, expuestas a tener que comer con vosotros sus excrementos, y a beber sus propios orines? En seguida puesto en pie gritó en alta voz, diciendo en hebreo: Oíd las palabras del gran rey, del rey de los asirios: Esto dice el rey: Cuidado no os engañe Ezequías ; pues él no ha de poder libraros de mis manos. Ni os inspire confianza en el Señor, diciéndoos: Sin falta nos librará el Señor y no caerá esta ciudad en poder del rey de los asirios. No queráis dar oídos a Ezequías ; porque he aquí lo que os dice el rey de los asirios: Capitulad conmigo lo que os tiene cuenta, y salid a rendiros a mí; y con esto comerá cada cual el fruto de su viña y de su higuera, y beberéis del agua de vuestras cisternas; hasta tanto que yo vaya y os traslade a un país semejante al vuestro, a una tierra fructífera y abundante de vino, tierra de pan llevar, y de viñas y de olivares, tierra de aceite y de miel. Con eso viviréis en paz y no moriréis. No queráis escuchar a Ezequías , que os engaña diciendo: El Señor nos librará. ¿Por ventura los dioses de las gentes han libertado su tierra del poder del rey de los asirios? ¿Dónde está el dios de Emat, y de Arfad? ¿Dónde el dios de Sefarvaím, de Ana y de Ava? ¿Libraron acaso a Samaria de caer en mi poder? ¿Cuáles son entre todos los dioses de la tierra los que han salvado su región de caer en mis manos, para que el Señor pueda librar a Jerusalén de caer en las mismas? A todo esto calló el pueblo, y no le respondió palabra; pues habían tenido orden del rey de no dar ninguna respuesta. Después de esto Eliacim, hijo de Helcías, mayordomo mayor de palacio, y Sobna, secretario, y Joahe, hijo de Asaf, canciller, volvieron a Ezequías , rasgados sus vestidos, y le refirieron las palabras de Rabsaces. Así que lo oyó el rey Ezequías , rasgó sus vestiduras, y se cubrió de un saco, y se fue a la casa del Señor. Y envió a Eliacim, su mayordomo mayor, y a Sobna, su secretario, y a los más ancianos de los sacerdotes cubiertos de sacos, a hablar a Isaías profeta, hijo de Amós, los cuales le dijeron: Esto dice Ezequías : Día es éste de tribulación, y de amenazas y de blasfemias; llegaron los hijos hasta el punto de nacer; pero la que está de parto no tiene fuerzas para darlos a luz. Mas el Señor Dios tuyo habrá sin duda oído todas las palabras de Rabsaces, enviado de su amo, el rey de los asirios, a ultrajar al Dios vivo, y a llenarlo de denuestos con las palabras que acaba de escuchar el Señor tu Dios; haz, pues oración por estos pocos israelitas que han quedado. Fueron, pues, con este mensaje los ministros del rey Ezequías a Isaías. Y les dijo Isaías: Esto diréis a vuestro amo: Así habla el Señor: No tienes que intimidarte por las palabras que has oído, con las cuales han blasfemado contra mí los criados del rey de los asirios. Yo voy a enviarle cierto espíritu, y oirá una nueva, y se volverá a su país, donde le haré parecer al filo de la espada. Entretanto Rabsaces, habiendo sabido que el rey de los asirios se había ido de Laquís, volvió, y lo halló batiendo a Lobna. Mas Sennaquerib, habiendo oído que Taraca, rey de Etiopía, había salido a campaña contra él al tiempo de marchar contra este rey envió embajadores a Ezequías , diciéndole: Esto diréis a Ezequías , rey de Judá: No te dejes engañar del Señor Dios tuyo, en quien pones tu confianza; y no digas: Jerusalén no será entregada en poder del rey de los asirios. Ya que tú mismo has oído lo que han hecho los reyes de los asirios en todos los demás países, y cómo los han asolado. ¿Serás por ventura tú solo el que podrás librarte? ¿Acaso los dioses de las naciones libraron a algunas de aquellas que fueron exterminadas por mis padres, es a saber, a Gozán, y Harán, y Resef, y a los hijos de Edén que estaban en Telasar? ¿Dónde está el rey de Emat, y el rey de Arfad, y el rey de la ciudad de Sefarvaím, y de Ana y de Ava? Luego que Ezequías recibió la carta de mano de los embajadores, y la hubo leído, se fue al templo del Señor, y la extendió delante del Señor, y oró en su acatamiento, diciendo: Señor Dios de Israel, que estás sentado sobre los querubines, tú eres el solo Dios de todos los reyes de la tierra; tú creaste el cielo y la tierra. Inclina tus oídos, y escucha: abre, ¡oh Señor!, tus ojos, y mira; oye todas las palabras blasfemas de Sennaquerib, el cual ha enviado a blasfemar entre nosotros del Dios vivo. Cierto es Señor, que los reyes de los asirios han desolado las gentes y todas sus tierras, y han arrojado al fuego a sus dioses, y los han destruido, porque no eran dioses, sino obras de la mano del hombre, hechas de madera y de piedra. Ahora, pues, ¡oh Señor Dios nuestro!, sálvanos de la mano de éste; para que sepan todos los reinos de la tierra que tú eres el Señor, el solo Dios. Entonces Isaías, hijo de Amós, envió a decir a Ezequías : Esto dice el Señor Dios de Israel: He oído la plegaria que me has hecho acerca de Sennaquerib, rey de los asirios. He aquí la sentencia que contra él ha pronunciado el Señor: La virgen hija de Sión te ha menospreciado y escarnecido; detrás de ti ha meneado su cabeza la hija de Jerusalén . ¿A quién piensas que has insultado tú, y de quién has blasfemado? ¿Contra quién has levantado la voz y alzado en alto tus ojos insolentes? Contra el Santo de Israel. Por la boca de tus siervos has denostado al Señor, y has dicho: Con la muchedumbre de mis carros armados he subido sobre los montes encumbrados, a la cima del Líbano, y he cortado sus altos cedros y sus mejores abetos o hayas; he penetrado hasta sus últimos extremos; y las frondosas selvas de su Carmelo yo las he cortado. Yo he bebido las aguas ajenas, y con mi tránsito he agotado todas las aguas encerradas. Pues, ¿no has oído decir tú lo que yo hice desde el principio ? Desde antes de los siglos primeros tengo yo ideado esto para castigo suyo, y ahora lo ejecuto; las ciudades fuertes por sus valerosos combatientes, quedarán reducidas a unas colinas desiertas. Y los que las habitaban, quedando faltos de fuerza en sus brazos, temblaron y se amilanaron; y vinieron a quedar como el heno del campo y como la hierba verde de los tejados, que se seca antes de llegar a sazón. Yo desde el principio preví también tu habitación, tus salidas y tus entradas y tu marcha, y el furor con que te alzarías contra mí. Tú has enloquecido contra mí, ha llegado hasta mis oídos el ruido de tu soberbia. Yo te pondré pues, un anillo en tus narices y una mordaza en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste. A ti, oh Ezequías , te doy esta señal: Come este año lo que hallares, y el año siguiente lo que por sí mismo naciere; pero al tercer año sembrad y segad; plantad viñas y comed sus frutos. Y todo lo que restare de la casa de Judá, echará otra vez hondas raíces, y afuera producirá frutos; porque de Jerusalén saldrán unos restos de pueblo, y de ese monte Sión saldrá la gente que se ha de salvar. Esto es lo que hará por su pueblo el celo del Señor de los ejércitos. Por lo cual he aquí lo que acerca del rey de los asirios dice el Señor: No pondrá el pie en esta ciudad, ni disparará contra ella saeta alguna, ni el soldado cubierto con su broquel la asaltará ni la cercará con trincheras. Por el camino que ha venido se volverá, y no entrará en la ciudad, dice el Señor. Pues yo ampararé a esta ciudad, y la salvaré por amor de mí y por amor de David, siervo mío. En efecto, aquella noche vino el ángel del Señor, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil hombres. Y levantándose muy de mañana el rey de los asirios Sennaquerib, vio todos aquellos cuerpos muertos, y levantó el campo, y se marchó; y volvió a Nínive, donde fijó su asiento, y mientras que estaba adorando en el templo a su Dios Nesroc, lo mataron a puñaladas sus hijos Adramelec y Sarasar, y huyeron a tierra de los armenios, reinando en su lugar su hijo Asaraddón. Por aquel tiempo enfermó de muerte Ezequías , y vino a visitarle Isaías profeta, hijo de Amós y le dijo: Esto dice el Señor Dios: Dispón tus cosas; porque vas a morir, va a tener fin tu vida. Entonces Ezequías volvió su rostro hacia la pared, e hizo oración al Señor diciendo: ¡Ah Señor!, acuérdate, te suplico, que yo he andado delante de ti con sinceridad y rectitud de corazón, haciendo lo que es agradable a tus ojos. Y derramó Ezequías abundancia de lágrimas. Mas antes que Isaías hubiese pasado la mitad del atrio le habló el Señor, diciendo: Vuelve, y di a Ezequías , caudillo de mi pueblo: Esto dice el Señor Dios de tu padre David: Oído he tu oración, y visto tus lágrimas; yo te doy la salud; de aquí a tres días subirás al templo del Señor. Y alargaré quince años tu vida; además de eso te libraré del poder del rey de los asirios a ti y a esta ciudad; a la cual protegeré por amor mío, y por amor de David mi siervo. Y dijo Isaías: Traedme una masa de higos. Traída que fue, y aplicada sobre la úlcera del rey, quedó éste curado. Había dicho antes Ezequías a Isaías: ¿Cuál será la señal de que el Señor me dará la salud, y de que dentro de tres días he de subir al templo del Señor? Le respondió Isaías: He aquí la señal que dará el Señor de que cumplirá la palabra que ha pronunciado: ¿Quieres que la sombra en ese reloj solar se adelante diez líneas, o que retroceda otros tantos grados? A lo cual respondió Ezequías : Fácil es que la sombra se adelante diez líneas; no deseo yo que suceda esto, sino que vuelva atrás diez grados. Entonces el profeta Isaías invocó al Señor, e hizo retroceder la sombra de línea en línea por los diez grados que había ya andado en el reloj de Acaz. En aquel tiempo Berodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y presentes a Ezequías , por haber escuchado que había estado enfermo. Tuvo gran contento Ezequías con la venida de los embajadores, y les mostró la casa o fábrica de los perfumes, y el oro, y la plata, y las varias confecciones aromáticas, y los ungüentos o aceites de olor, y la pieza de sus alhajas y armas, y todo cuanto tenía en sus tesoros. No hubo cosa en su palacio, ni de cuanto poseía, que Ezequías no les mostrase. Mas el profeta Isaías vino a ver al rey Ezequías , y le preguntó: ¿Qué han dicho esos hombres? ¿Y de dónde han venido a verte? Al cual contestó Ezequías : Han venido a mí de lejanas tierras, de Babilonia. Le dijo Isaías: ¿Qué han visto en tu casa? Respondió Ezequías : Han visto todo cuanto hay en palacio; nada hay en mis tesoros que no les haya yo mostrado. Dijo entonces Isaías a Ezequías : Escucha la palabra del Señor: He aquí que vendrá tiempo en que todas esas cosas que hay en tu casa y cuantas han atesorado tus padres hasta el día presente, serán transportadas a Babilonia; no quedará cosa alguna, dice el Señor. Y aun tus mismos hijos que saldrán de ti engendrados, serán llevados cautivos, y vendrán a ser eunucos o cortesanos en el palacio del rey de Babilonia. Respondió Ezequías a Isaías: Justa es la sentencia del Señor pronunciada por tu boca; reine a lo menos durante mi vida la paz y la verdad. En orden a los demás hechos de Ezequías , y su gran fortaleza, y como fabricó el estanque, y el acueducto con que introdujo las aguas en la ciudad, ¿no está todo esto escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? En fin, Ezequías fue a reposar con sus padres, sucediéndole en el reino su hijo Manasés. De doce años era Manasés cuando comenzó a reinar, y cincuenta y cinco años reinó en Jerusalén ; se llamaba su madre Hafsiba. E hizo el mal en la presencia del Señor, venerando los ídolos de las naciones que el Señor exterminó en presencia de los hijos de Israel. Y volvió a reedificar los lugares altos, derribados por su padre Ezequías , y erigió altares a Baal, y plantó bosques en honor suyo, como había hecho Acab, rey de Israel, y adoró todos los astros del cielo, y les rindió culto. Y erigió altares profanos en la casa del Señor, de la cual el Señor había dicho: Estableceré mi Nombre en Jerusalén ; y en los dos atrios del templo del Señor edificó altares a todos los astros del cielo. E hizo pasar por el fuego a su propio hijo; y se dio a adivinaciones, y a observar los agüeros, y estableció pitones o nigrománticos, multiplicó los adivinos, haciendo el mal delante del Señor, e irritándolo. Además el ídolo del bosque que había plantado, lo colocó en el templo del Señor; templo del cual el Señor dijo a David y a Salomón , su hijo: En este templo y en Jerusalén , ciudad que tengo escogida entre todas las tribus de Israel, estableceré mi Nombre para siempre; y no permitiré que en adelante haya de mover Israel su pie de la tierra que di a sus padres; con tal que guarde todos mis mandamientos, y la ley toda que le comunicó mi siervo Moisés. El no quiso obedecer, sino que se dejó engañar de Manasés para obrar el mal, o idolatrar aun más que las naciones exterminadas por el Señor a la vista de los hijos de Israel. Y así habló el Señor por boca de sus siervos los profetas, diciendo: Por cuanto Manasés, rey de Judá, ha cometido estas horrendas abominaciones, que sobrepujan a todas cuantas hicieron antes de él los amorreos, y ha hecho también pecar a Judá con sus inmundicias o idolatrías; Por tanto, esto dice el Señor Dios de Israel: Sabed que yo lloveré sobre Jerusalén y Judá tales calamidades, que a cualquiera que las oyere contar le retiñirán de terror ambas orejas; y mediré a Jerusalén con la misma cuerda que he medido a Samaria, y con la misma plomada que a la casa de Acab; y raeré a Jerusalén como suelen raerse, o borrarse, las tablillas de escribir, pasando y repasando el mango del punzón repetidas veces por encima de ellas, a fin de que nada quede. Abandonaré los restos de mi heredad, entregándolos en manos de sus enemigos, y serán saqueados y hechos presa de todos sus adversarios por haber obrado el mal en mi presencia, y haberse obstinado en irritarme desde el día en que salieron sus padres del Egipto hasta el día de hoy. Además de esto Manasés derramó arroyos de sangre inocente hasta inundar a Jerusalén ; sin contar los otros pecados con que indujo a pecar a Judá para que hiciera lo malo delante del Señor. Las demás acciones de Manasés, y todo cuanto hizo, y el pecado que cometió, ¿todo esto no está escrito ya en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? Al fin pasó Manasés a descansar con sus padres, y fue sepultado en el jardín de la casa llamado Jardín de Oza; y le sucedió en el reino su hijo Amón. Veintidós años tenía Amón cuando comenzó a reinar, y reinó dos años en Jerusalén . Se llamó su madre Mesalemec, hija de Harús de Jeteba. E hizo lo malo en presencia del Señor, como lo había hecho Manasés su padre, y siguió en todo y por todo el proceder de su padre, y sirvió a los ídolos inmundos como los había servido su padre, y los adoró. Y abandonó al Señor Dios de sus padres, y no anduvo por las sendas del Señor. Unos criados suyos le armaron asechanzas, y lo asesinaron en su casa. Mas el pueblo del país mató a todos los que se habían conjurado contra el rey Amón, y proclamaron por rey en su lugar a Josías, hijo suyo. Las demás acciones de Amón, ¿no están ya escritas en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? Y fue sepultado en su sepulcro en el huerto de Oza, y lo sucedió en el trono su hijo Josías. De edad de ocho años era Josías cuando entró a reinar, y reinó treinta y un años en Jerusalén . Se llamó su madre Idida, hija de Hadaia, de Besecat. E hizo lo que era agradable a los ojos del Señor, y siguió la senda de David, su padre, sin desviarse a la derecha ni a la izquierda. Y en su año decimoctavo envió el rey Josías a Safán, hijo de Asia, hijo de Mesulam, escribano o secretario del templo del Señor, dándole esta orden: Ve a Helcías, sumo sacerdote, y dile que mande recoger el dinero que ha entrado en el templo del Señor, que han recibido del pueblo los porteros del templo, y se dé a los obreros por mano de los sobrestantes de la casa del Señor; a fin de que vayan pagando a los que trabajan en el templo del Señor para repararlo, es a saber, a los carpinteros y albañiles, y a los que recomponen lo que se halla ya gastado o destrozado; y para que se compren maderas y piedras de cantería, a fin de reparar el templo del Señor. Pero no se les pida cuenta del dinero que reciban, sino que lo tengan a su disposición y sobre su conciencia. Con esta ocasión dijo el sumo sacerdote Helcías a Safán, secretario: He hallado en el templo del Señor el libro de la ley. Y entregó Helcías aquel volumen a Safán; el cual lo leyó. Volvió el secretario Safán al rey y le dio cuenta de lo que había hecho en cumplimiento de las órdenes recibidas, diciéndole: Tus siervos han recogido todo el dinero que se hallaba en la casa del Señor, y lo han entregado a los sobrestantes de la construcción del templo del Señor para que lo distribuyan entre los obreros. El secretario Safán dijo además al rey: El sumo sacerdote Helcías me ha dado este libro. Y leyó Safán en presencia del rey; quien al oír las palabras del libro de la ley del Señor, rasgó sus vestiduras; y dio esta orden al sumo sacerdote Helcías, y a Ahicam, hijo de Safán, y a Acobor, hijo de Micá, y a Safán, secretario, y a Asaías, ministro del rey: Id y consultad al Señor acerca de mí y acerca del pueblo y de todo Judá sobre las palabras de este libro que se ha hallado, porque grande es la cólera del Señor que se ha encendido contra nosotros, visto que nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, ni pusieron en ejecución lo que nos estaba prescrito. Fueron, pues, el sumo sacerdote Helcías, y Ahicam, y Acobor, y Safán, Asaías a casa de Holda profetisa, mujer de Sellum, hijo de Tecua, y nieto de Araas jefe del guardarropa, la cual habitaba en Jerusalén en la parte llamada Segunda, y hablaron con ella. Y Holda les respondió: Esto es lo que dice el Señor Dios de Israel: Decid al varón que os ha enviado a mí: Esto dice el Señor: He aquí que yo descargaré sobre este lugar y sobre sus habitantes las calamidades que el rey de Judá ha leído en este libro de la ley; porque me han abandonado a mí, y ofrecido sacrificios a los dioses ajenos, provocando mi ira en todas sus obras; y se encenderá mi furor contra este lugar, y no se apagará. Y al rey de Judá que os ha enviado a consultar al Señor, diréis así: Esto dice el Señor Dios de Israel: Por cuanto has escuchado las palabras de este libro, y se ha atemorizado tu corazón, y te has humillado delante del Señor, oídas las amenazas contra este lugar y sus moradores, es a saber, que vendrían a ser objeto de pasmo y execración; y rasgaste tus vestidos, y lloraste en mi presencia; yo también te he escuchado, dice el Señor. Por eso yo te reuniré con tus padres, y haré que vayas a descansar en paz en tu sepulcro, a fin de que no vean tus ojos todos los males que yo voy a llover sobre este lugar. Volvieron, pues, a referir al rey lo que había dicho la profetisa. El cual dio luego orden, y se congregaron en su presencia todos los ancianos de Judá y de Jerusalén . Y subió el rey al templo del Señor, acompañado de todos los varones de Judá y de los moradores de Jerusalén , de los sacerdotes y profetas, y de todo el pueblo, pequeños y grandes, y leyó delante de ellos todas las palabras del Libro de la Alianza hallado en la casa del Señor. Y puesto el rey en pie sobre su tribuna o trono, hizo pacto o alianza delante del Señor, de que todos seguirían al Señor y guardarían sus preceptos y amonestaciones y ceremonias con todo el corazón y con toda el alma, y restablecerían en su observancia las palabras de esta alianza escritas en aquel libro; y ratificó el pueblo ese pacto o promesa. Al mismo tiempo mandó el rey al sumo sacerdote Helcías y a los sacerdotes de segundo orden, y a los porteros, que arrojasen del templo del Señor todos los vasos o alhajas consagradas a Baal, y al ídolo del bosque, y a todos los astros del cielo, y los quemó fuera de Jerusalén en el valle de Cedrón, e hizo llevar las cenizas a Betel. Y exterminó los agoreros, instituidos por los reyes de Judá en las ciudades de Judá y alrededores de Jerusalén para sacrificar en los lugares altos; y a aquellos que quemaban incienso a Baal y al Sol, a la Luna y a los doce signos del Zodíaco, y a todos los astros del cielo. Hizo también sacar el ídolo del bosque de la casa del Señor, y llevarlo fuera de Jerusalén , al valle de Cedrón, donde lo quemó, y redujo a cenizas, que hizo esparcir sobre los sepulcros del pueblo. Asimismo destruyó las casillas o pabellones de los afeminados, que se habían formado en la casa del Señor; para quienes las mujeres tejían unos como pabellones al servicio del ídolo del bosque. Recogió también a todos los sacerdotes de las ciudades de Judá y profanó los lugares altos, donde sacrificaban los sacerdotes, desde Gabaa hasta Bersabee, y derribó los altares de las puertas de Jerusalén , situados a la entrada de la casa o puerta de Josué, príncipe de la ciudad, que habitaba a mano izquierda de la puerta de la ciudad. Y de allí en adelante los sacerdotes que habían sacrificado en las alturas subieron al altar del Señor en Jerusalén ; sólo se le permitía comer los panes ázimos en compañía de sus hermanos. Profanó asimismo el lugar de Tofet, situado en el valle del hijo de Ennón; a fin de que nadie consagrara su hijo o su hija a Moloc, haciéndolos pasar por el fuego. Quitó también los caballos que los reyes de Judá tenían consagrados al Sol a la entrada del templo del Señor, junto a la vivienda del eunuco Natanmelec, la cual estaba en Farurim; y los carros del Sol los entregó a las llamas. Destruyó igualmente el rey los altares colocados sobre el terrado del cuarto o habitación de Acaz, erigidos por los reyes de Judá; como también los altares puestos por Manasés en los dos atrios del templo del Señor; y desde aquí fue corriendo a esparcir la ceniza de ellos en el torrente de Cedrón. Además profanó el rey los lugares altos junto a Jerusalén , que estaban a la derecha del monte Olivete, llamado del Escándalo, erigidos por Salomón , rey de Israel, al ídolo de los sidonios Astarot, y a Camos, escándalo de Moab, y a Melcom, oprobio de los hijos de Amón; y destruyó las estatuas, y taló los bosques sacrílegos, y llenó aquellos lugares de huesos de muertos. Además el altar que había en Betel y el lugar alto, formado por Jeroboam, hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel, uno y otro los destruyó, y abrasó, y redujo a cenizas; y quemó también el bosque. Y volviendo los ojos Josías, vio los sepulcros que había en el monte, y envió a sacar los huesos de los sepulcros, y los quemó sobre el altar, con lo que lo profanó, según la palabra del Señor, pronunciada por el varón de Dios que había predicho estas cosas. Añadió: ¿De quién es aquel túmulo o monumento que veo? Le respondieron los vecinos de aquella ciudad: Es el sepulcro del varón de Dios que vino de Judá y profetizó estas cosas que acabas de ejecutar sobre el altar de Betel. Y dijo el rey: Dejadle, ninguno mueva sus huesos; y así quedaron intactos sus huesos con los del profeta, venido de Samaria. Finalmente, quitó Josías todos los adoratorios de las alturas que había en las ciudades de Samaria, construidos por los reyes de Israel para irritar al Señor, y ejecutó con ellos lo mismo que había hecho en Betel. Y degolló a todos los sacerdotes de las alturas, que estaban allí encargados de los altares; y quemó sobre estos altares huesos humanos, y volvió a Jerusalén . Por último, dio esta orden a todo el pueblo: Celebrad la Pascua al Señor Dios vuestro, conforme se halla escrito en este Libro de la Alianza. Jamás se celebró Pascua igual desde el tiempo de los jueces que gobernaron a Israel, ni en todo el tiempo de los reyes de Israel, y de los reyes de Judá, como fue esta Pascua que se celebró en honor del Señor en Jerusalén , el año decimoctavo del rey Josías. Extirpó igualmente Josías a los pitones o magos y a los adivinos, y las figuras de ídolos, y las inmundicias y abominaciones que habían quedado en el país de Judá y de Jerusalén a fin de restablecer en su vigor las palabras de la ley escritas en aquel libro hallado por Helcías, sumo sacerdote, en el templo del Señor. No hubo entre sus predecesores ningún rey que del modo que éste se convirtiese al Señor con todo el corazón, y con toda su alma, y con todas sus fuerzas, siguiendo en todo la ley de Moisés; ni después de él nació otro que le fuese semejante. Sin embargo, no depuso el Señor su terrible enojo y gran indignación contra Judá por los ultrajes con que le había provocado Manasés. Y así dijo el Señor: Yo arrojaré de mi presencia también a Judá, como arrojé a Israel; y desecharé a Jerusalén , esa ciudad que yo había escogido, y el templo del cual dije: Aquí es donde mi Nombre será invocado. En cuanto a las demás acciones de Josías y todas las cosas que hizo, ¿no está todo esto escrito en el Libro de los Anales de los Reyes de Judá? En su reinado, el faraón Necao, rey de Egipto, se puso en marcha hacia el río Eufrates para batir al rey de los asirios, y salió contra él el rey Josías, que al primer encuentro quedó muerto en Mageddo. Y sus criados lo llevaron muerto desde Mageddo, y lo transportaron a Jerusalén , y lo sepultaron en su sepulcro. Entonces el pueblo de la tierra tomó a Joacaz, hijo de Josías, al cual ungieron y proclamaron rey en lugar de su padre. Veintitrés años tenía Joacaz cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén ; su madre se llamaba Amital, hija de Jeremías, de Lobna. E hizo Joacaz el mal en presencia del Señor, imitando todo el proceder de sus padres. Y el rey faraón Necao lo puso en cadenas en Rebla, situada en tierra de Emat, privándole del reino de Jerusalén ; y echó al país una contribución de cien talentos de plata y un talento de oro. Después de esto el faraón Necao estableció rey a Eliacim, hijo de Josías, en lugar de Josías, su padre, mudándole el nombre en el de Joakim. Pero a Joacaz se lo llevó consigo, y lo condujo a Egipto, donde murió. Joakim dio la plata y el oro al faraón, habiendo impuesto a todo el país un tributo personal para sacar la suma ordenada por el faraón, exigiendo de cada uno de sus vasallos así la plata como el oro, a proporción de su posibilidad, para dárselo al faraón Necao. Veinticinco años tenía Joakim cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén ; se llamaba su madre Zebida, y era hija de Fadaía, natural de Ruma. E hizo el mal delante del Señor, a imitación de todo lo que habían hecho sus padres o abuelos. En tiempo de éste vino Nabucodonosor, rey de Babilonia; y Joakim estuvo sujeto a él por tres años, después de los cuales se le rebeló. Entonces el Señor envió contra él cuadrillas de tropa ligera de caldeos, cuadrillas de siros, y cuadrillas de moabitas, y cuadrillas de amonitas; a los cuales envió contra Judá, a fin de destruirlo, conforme lo había predicho el Señor por boca de sus siervos los profetas. Esto sucedió en cumplimiento de la palabra que el Señor había pronunciado de que arrojaría de su presencia a Judá, a causa de todos los pecados cometidos por Manasés, y de la sangre inocente que derramó, inundando a Jerusalén con la sangre de personas inocentes; por esta razón no quiso el Señor aplacarse. Las otras cosas de Joakim y todos sus hechos, ¿no está todo escrito en el Libro de los Reyes de Judá? En fin, Joakim pasó a descansar con sus padres. Y lo sucedió en el reino Joaquín, su hijo. Y de allí en adelante no intentó el rey de Egipto salir de su tierra, por cuanto el rey de Babilonia se había alzado con todo lo que había sido del rey de Egipto, desde el río de Egipto hasta el río Eufrates. Dieciocho años tenía Joaquín cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén ; se llamaba su madre Nohesta, hija de Elnatán, de Jerusalén . E hizo Joaquín lo malo delante del Señor, siguiendo en todo el proceder de su padre. Por aquel tiempo vinieron contra Jerusalén los capitanes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y cercaron la ciudad con trincheras. Vino también Nabucodonosor, rey de Babilonia, al sitio de la ciudad con sus oficiales para batirla. Entonces Joaquín, rey de Judá, salió a verse con el rey de Babilonia en compañía de su madre, y criados, y de sus príncipes, y de sus eunucos o validos; y lo recibió el rey de Babilonia el año octavo de su reinado. Y tomó Nabucodonosor todos los tesoros del templo del Señor, y los tesoros de la casa real, e hizo pedazos todos los vasos de oro, que había hecho Salomón , rey de Israel para el templo del Señor, como el Señor lo tenía predicho. Y se llevó cautiva toda la corte de Jerusalén , todos sus príncipes y toda la fuerza del ejército, en número de diez mil, y a todos los artífices y maquinistas, sin dejar más que la gente pobre. Transportó asimismo a Babilonia a Joaquín, y a su madre, y a sus mujeres, y a los eunucos o validos; y llevó igualmente cautivos de Jerusalén a Babilonia a los jueces del país. Además a todos los varones robustos, en número de siete mil, y mil artífices e ingenieros; en suma, todos los hombres valerosos y aguerridos; y los condujo el rey de Babilonia cautivos a dicha ciudad. Y en lugar de Joaquín puso a Matanías su tío paterno, a quien impuso el nombre de Sedecías. Veintiún años tenía Sedecías cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén ; se llamaba su madre Amital, hija de Jeremías, de Lobna. E hizo el mal en la presencia del Señor ni más ni menos que Joakim. Porque la ira del Señor iba creciendo contra Jerusalén y contra Judá, hasta tanto que los arrojara de su presencia. Y se rebeló Sedecías contra el rey de Babilonia. Pero el noveno año del reinado de Sedecías, el mes décimo, a los diez días del mes, vino el mismo Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército sobre Jerusalén , y le puso sitio, y levantó trincheras alrededor de ella. Con lo que la ciudad quedó cerrada y circunvalada hasta el año undécimo del reinado de Sedecías, y día nueve del mes cuarto; y fue creciendo el hambre en la ciudad, de modo que faltó el pan o alimento a la gente del pueblo. Al cabo quedó abierta una brecha en la ciudad; y toda la gente de guerra huyó de noche por el camino de la puerta, que está entre los dos muros, junto al jardín del rey, mientras los caldeos estrechaban el cerco de la ciudad. Huyó, pues, Sedecías por el camino que va a las llanuras del desierto. Mas el ejército de los caldeos fue persiguiéndolo, y lo alcanzó en la llanura de Jericó , y todos los soldados que lo acompañaban fueron dispersados, y lo abandonaron. Hecho prisionero el rey, lo condujeron a Reblata al rey de Babilonia; el cual pronunció sentencia contra él. E hizo matar a los hijos de Sedecías a la presencia de éste, y después sacarle los ojos, y atado con cadenas lo llevó consigo a Babilonia. El mes quinto, a los siete del mes, corriendo el año diez y nueve del rey de Babilonia, Nabuzardán, vasallo de este rey y general de su ejército, entró en Jerusalén . Y puso fuego al templo del Señor, y al palacio del rey, y a las casas de Jerusalén , y entregó a las llamas todos los edificios. Y todo el ejército de los caldeos que seguía a su general, arrasó por todos lados los muros de Jerusalén . Al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, y a los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia, y a la gente más pobre, los transportó Nabuzardán, general del ejército, a otra parte; dejando solamente a gentes pobres del país para cultivar las viñas y los campos. Mas los caldeos haciendo trozos las columnas de bronce que había en el templo del Señor, las basas y el mar de bronce colocado en la casa del Señor, trasladaron todo este metal a Babilonia. Asimismo se llevaron las ollas de cobre, y las jarras, y los tridentes, y las copas, y los morterillos, y todas las vasijas de cobre que se usaban en el ministerio. Se llevó también el general del ejército los incensarios y las ampollas, tanto los vasos de oro como los de plata, con las dos columnas, el mar o la concha y las bases que había hecho Salomón para el templo del Señor; el peso del bronce de todos los vasos era inmenso. Cada una de las columnas tenía dieciocho codos de altura y un capitel de bronce encima, de tres codos de alto; y en torno del capitel de la columna una como red, con granadas, todo de bronce: el adorno de las demás columnas era el mismo. Además, se llevó el general del ejército a Saraías, primer sacerdote, y a Sofonías, segundo sacerdote y a tres porteros. Y también a un eunuco de la ciudad, bajo cuya inspección estaba la gente de guerra, y cinco señores del servicio doméstico del rey, hallados en la ciudad; y a Sofer, inspector del ejército, que amaestraba a los soldados bisoños del país, y a sesenta varones del pueblo que se hallaron en la ciudad. Todos los cuales condujo consigo Nabuzardán, general del ejército, a Reblata, a presencia del rey de Babilonia; el cual en la misma Reblata, territorio de Emat, les hizo quitar la vida. Y la tribu de Judá fue transportada fuera de su tierra. Para gobernar la gente que había quedado en el país de Judá por disposición de Nabucodonosor, rey de Babilonia, nombró a Godolías, hijo de Ahicam, hijo de Safán. Lo que sabido por todos los oficiales del ejército y la gente que estaba con ellos, esto es, que el rey de Babilonia había dado el gobierno a Godolías, acudieron luego a éste en Masfa, Ismael, hijo de Natanías, y Johanán, hijo de Caree, y Saraías, hijo de Tanehumet, netofatita, y Jezonías, hijo de Maacati, así ellos como sus compañeros. Y Godolías les aseguró con juramento a ellos y a sus compañeros, diciendo: No temáis a estar sujetos a los caldeos; quedaos en el país, y obedeced al rey de Babilonia, y lo pasaréis bien. Pero al séptimo mes sobrevino Ismael, hijo de Natanías y nieto de Elisama, de la estirpe real, acompañado de diez hombres; los cuales hirieron a Godolías, que murió de las heridas, con los judíos y caldeos que estaban con él en Masfa. De resultas de esto, todo el pueblo, pequeños y grandes, y los oficiales del ejército huyeron a Egipto por temor de los caldeos. A los treinta y siete años de la salida de Joaquín, rey de Judá, al día veintisiete del mes duodécimo, sucedió que Evilmerodac, rey de Babilonia, el mismo año en que comenzó a reinar, levantó a Joaquín del estado de abatimiento en que yacía, y lo sacó de la cárcel; y le habló con amor, y le puso un trono o asiento superior al de los demás reyes subyugados que tenía consigo en Babilonia, y le hizo mudar los vestidos que había usado en su prisión, y comía siempre a su mesa todo el tiempo que vivió. Le señaló asimismo alimentos de ahí en adelante; los cuales le daba el rey diariamente todos los días de su vida. Adán, Set, Enós, Cainán, Malaleel, Jared, Enoc, Matusalé, Lamec, Noé , Sem, Cam y Jafet. Hijos de Jafet: Gomer, y Magog, y Madai, y Javán, Tubal, Mosoc, Tiras. Hijos de Gomer: Ascenez, y Rifat, y Togorma. Hijos de Javán: Elisa, y Tarsis, Cetim y Dodanim. Hijos de Cam: Cus, y Mesraim, y Fut, y Canaán. Hijos de Cus: Sabá y Hévila, Sabata, y Regma, y Sabataca. Hijos de Regma: Sabá y Dadán. Cus engendró también a Nemrod; el cual empezó a ser poderoso en la tierra. Mesraim engendró a Ludim, y a Anamim, y a Laabim, y a Neftuim, y también a Fetrusim y Casuim, de los cuales salieron los filisteos y caftoreos. Canaán tuvo por su primogénito a Sidón, y después engendró al heteo, y al jebuseo, y al amorreo, y al gergeseo, y al heveo, y al araceo, y al sineo; como también al aradio, y al samareo, y al hamateo. Hijos de Sem: Elam, y Asur, y Arfaxad, y Lud, y Aram, y Hus, y Hul, y Geter, y Mosoc. Arfaxad engendró a Salé, el cual engendró después a Heber. A Heber le nacieron dos hijos, el nombre del uno es Faleg, porque en su tiempo fue dividida la tierra, y el nombre de su hermano era Jectán. Jectán engendró a Elmodad, y a Salep, y a Asarmot, y a Jare; como también a Adoram, y a Huzal, y a Decla. Y asimismo a Hebal, y Abimael, y a Sabá, y a Ofir, y Hévila, y a Jobab; todos éstos fueron hijos de Jectán. Descendientes de Sem: Arfaxad, Salé, Heber, Faleg, Ragau, Serug, Nacor, Taré, Abram, el mismo que Abrahán. Hijos de Abrahán: Isaac e Ismael; y éstos son sus descendientes: El primogénito de Ismael fue Nabajot, después Cedar, y Adbeel, y Mabsam, y Masma, y Duma, Masa, Hadad, y Tema, Jetur, Nafis, y Cedma. Estos son los hijos de Ismael. Los hijos de Cetura, mujer de segundo orden de Abrahán, fueron: Zamrán, Jecsán, Madán, Madián, Jesboc y Sué. Hijos de Jecsán: Sabá y Dadán. Los de Dadán: Asurim, y Latusim y Laomim. Los hijos de Madián fueron Efa, Efer, Enoc, Abida, y Eldaa; todos éstos descendían de Cetura. Abrahán engendró asimismo a Isaac, de quien fueron hijos Esaú e Israel. Hijos de Esaú: Elifaz, Rahuel, Jehús, Ihelom y Coré. Hijos de Elifaz: Temán, Omar, Sefí, Gatán, Cenez; de Tamma tuvo a Amalec. Hijos de Rahuel: Nahat, Zara, Samma, Meza. Hijos de Seir: Lotán, Sobal, Sebeón, Ana, Disón, Eser, Disán. Hijos de Lotán: Hori, Homam; hermana de Lotán fue Tamna. Hijos de Sobal: Alián y Manahat, y Ebal, Sefí y Onam. Hijos de Sebeón: Aja y Ana. Hijo de Ana: Disón. Hijos de Disón: Hamram, y Esebán, y Jetrán, y Carán. Hijos de Eser: Balaán, y Zaván, y Jacán. Hijos de Disán: Hus y Arán. Estos que siguen son los reyes que reinaron en el país de Edom o Idumea, antes que los hijos de Israel tuviesen rey: Balé, hijo de Beor; y el nombre de su ciudad o corte fue Denaba. Muerto Balé, lo sucedió en el reino Jobab, hijo de Zaré, natural de Bosra. Después de la muerte de Jobab entró a reinar en su lugar Husam del país de Temán. Muerto que fue Husam, lo sucedió en el reino Adad, hijo de Badad, el que deshizo los madianitas en la tierra de Moab; su ciudad fue Avit. Muerto Adad, reinó en su lugar Semla, de Masreca. Murió asimismo Semla, y lo sucedió Saúl, de Rohobot, ciudad situada junto al río Eufrates. Muerto también Saúl, reinó en su lugar Balanán, hijo de Acobor. Vino también a morir éste, y tuvo por sucesor en el trono a Adad, cuya ciudad fue Fau, y su mujer se llamó Meetabel, hija de Matred, que lo era de Mezaad. Luego que murió Adad, comenzaron a regir la Idumea gobernadores o jueces en lugar de reyes; el gobernador Tamna, el gobernador Alva y el gobernador Jetet, el gobernador Oolibama, el gobernador Ela, el gobernador Finón, el gobernador Cenez, el gobernador Temán, el gobernador Mabsar, el gobernador Magdiel, el gobernador Hiram. Estos fueron los gobernadores de Idumea. Los hijos de Israel, fueron: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón, Dan, José, Benjamín, Neftalí, Gad y Aser. Hijos de Judá: Her, Onan y Sela. Estos tres le nacieron de la cananea, hija de Sué. Mas Her, primogénito de Judá, fue hombre malo delante del Señor, y le quitó el Señor la vida. Judá tuvo de Tamar, su nuera, a Farés, y a Zara; así, pues, todos los hijos de Judá fueron cinco. Hijos de Farés: Hesrón y Hamul. Hijos de Zara: Zamri, y Etán, y Emán, Calcal también y Dara, en todos cinco. Hijo de Carmí: Acar, el que turbó a Israel por haber pecado en el hurto de las cosas consagradas a Dios. Hijo de Etam: Azarías. Los hijos que le nacieron a Hesrón fueron Jerameel, y Ram, y Calubi. Ram engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Nahasón, príncipe de los hijos de Judá. Nahasón engendró a Salma, de quien procedió Booz. Booz engendró a Obed, el cual engendró a Isaí. E Isaí tuvo por primogénito a Eliab; su hijo segundo fue Abinadad, el tercero Simmaa, el cuarto Natanael, el quinto Raddai, el sexto Asom, el séptimo David. Hermanas de éstos fueron Sarvia y Abigaíl. Hijos de Sarvia, tres: Abisaí, Joab y Asael. Abigaíl fue madre de Amasa, cuyo padre fue Jeter, ismaelita. Caleb, hijo de Hesrón, casó con Azuba, de la cual tuvo a Jeriot; y fueron hijos de ella Jaser, y Sobab, y Ardón. Muerta que fue Azuba, casó Caleb con Efrata, la cual tuvo a Hur. Hur fue padre de Uri, y Uri lo fue de Bezeleel. Después Hesrón casó, a la edad de sesenta años, con la hija de Maquir, padre de Galaad, la cual tuvo a Segub. Este Segub engendró a Jair, el cual fue señor de veintitrés ciudades en tierra de Galaad; pero Jesur y Aram, tomaron las ciudades o villas de Jair y de Canat con sus sesenta aldeas, que todas eran del hijo de Maquir, padre de Galaad. Siendo ya muerto Hesrón, Caleb, su hijo, casó con Efrata. Hesrón tuvo también por mujer a Abia, la cual tuvo a Asur, fundador de Tecua. Al primogénito de Hesrón, Jerameel, le nacieron estos hijos: Ram, primogénito, y Buna, y Aram, y Asom, y Aquía. Otra mujer tuvo también Jerameel, llamada Otara, que fue madre de Onam. Los hijos de Ram, primogénito de Jerameel, fueron Moos, Jamín y Acar. De Onam fueron hijos Semei y Jada. Hijos de Semei: Nadab y Abisur. Se llamó Abihaíl la mujer de Abisur la cual tuvo a Ahobbán y Molid. Los hijos de Nadab fueron Saled y Apfaim. Saled murió sin hijos. Apfaim tuvo por hijo a Jesí, el cual engendró a Sesán, y Sesán a Oholai. Los hijos de Jada, hermano de Semei, fueron Jeter y Jonatán; mas Jeter murió sin hijos. Jonatán engendró a Falet y a Ziza. Estos fueron los descendientes de Jerameel. Sesán no tuvo hijos, sino hijas, y tomó un esclavo egipcio, llamado Jeraa, a quien dio una hija por mujer, la cual tuvo a Etei. Etei engendró a Natán, y Natán a Zabad. Zabad engendró a Oflal, y Oflal a Obed. Obed engendró a Jehú, y Jehú a Azarías. Azarías engendró a Helles, y Helles a Elasa. Elasa engendró a Sisamoi, y Sisamoi a Sellum. Sellum engendró a Icamías, e Icamías a Elisama. Hijos de Caleb, hermano de Jerameel: Mesa, su primogénito, y padre de Zif; y los descendientes de Maresa, padre de Hebrón. Hijos de Hebrón: Coré y Tafua, y Recem, y Samma. Samma engendró a Raham, padre de Jercaam, y Recem a Sammai. Hijo de Sammai, Maón; y Maón padre de Betsur. Efa, mujer secundaria de Caleb, tuvo a Harán, y a Mosa, y a Gezez. Harán engendró a Gezez. Hijos de Jahaddai: Regom, y Joatán; y Jesán, y Falet, y Efa, y Saaf. Maaca, mujer de segundo orden de Caleb, tuvo a Saber y Tarana. Saaf, príncipe de Madmena, engendró a Sué, que fue príncipe de Macbeda y príncipe de Gabaa. Hija de Caleb fue asimismo Acsa. Hijos de Caleb, hijo de Hur, primogénito de Efrata, fueron también éstos: Sobal, príncipe o fundador de Cariatiarim: Salma, príncipe de Betlehem: Harif, príncipe de Betgader. Y Sobal, príncipe de Cariatiarim, el cual poseía la mitad del lugar del Descanso, tuvo también hijos, y de su familia en Cariatiarim descienden los jetreos, y afuteos, y semateos, y masereos, de los cuales salieron aun los saraítas y estaolitas. Hijos de Salma, o Salmón: Betlehem y Netofatí, cabezas de la casa de Joab; y la mitad del territorio llamado del Descanso fue de los descendientes de Sarai. Hay también familias de doctores de la ley, que habitan en Jabes, y viven en tiendas, cantando y tañendo. Estos son los cineos, que descienden de Camat, padre de la casa o linaje de Recab. Estos son los hijos que tuvo David nacidos en Hebrón: Amnón el primogénito, de Aquinoam la jezraelita; el segundo Daniel, de Abigaíl del Carmelo; el tercero, Absalón, hijo de Maaca, que era hija de Tolmai, rey de Jesur; el cuarto Adonías, hijo de Aggit; el quinto Safatía, hijo de Abital; el sexto Jetraham, de su mujer Egla. Estos seis le nacieron en Hebrón, donde reinó siete años y seis meses. Reinó después treinta y tres años en Jerusalén . Los hijos que le nacieron en Jerusalén son Simmaa y Sobab, y Natán, y Salomón , todos cuatro de Betsabé, hija de Ammiel. Además Jebaar, y Elisama, y Elifalet, y Noge, y Nefeg, y Jafía. Otro Elisama, y Eliada, y Elifelet, en todos nueve. Estos son todos los hijos de David sin contar los hijos de las mujeres de segundo orden; y tuvieron una hermana llamada Tamar. Hijo de Salomón fue Roboam, cuyo hijo Abía engendró a Asa. De éste nació también Josafat, padre de Joram; Joram engendró a Ocozías, de quien nació Joás. Amasías, hijo de éste, engendró a Azarías. De Azarías fue hijo Joatam, padre de Acaz, que lo fue de Ezequías , del cual nació Manasés. Manasés fue padre de Amón, que lo fue de Josías. Los hijos de Josías fueron Joanán el primogénito, el segundo Joakim, el tercero Sedecías, el cuarto Sellum. De Joakim nacieron Jeconías, y Sedecías. Hijos de Jeconías fueron Asir, Salatiel, Melquiram, Fadaya, Senneser, y Jecemías, Sama y Nadabías. De Fadaya nacieron Zorobabel, y Semei; Zorobabel fue padre de Mosolam, de Hananías, y de Salomit, hermana de éstos, y de otros cinco, es a saber: Hasabán, y Ohol, y Baraquías, y Hasadías, y Josabesed. Hijo de Hananías fue Faltías, padre de Jeseías, de quien fue hijo Rafaías; de este Rafaías fue hijo Arnán, de quien nació Obdía, cuyo hijo fue Sequenías. Hijo de Sequenías fue Semeya, del cual nacieron Hatus y Jegaal, Baría, Naaría y Safar, que son seis, contando el padre. De Naaría fueron hijos los tres, Elioenai, y Ezequías , y Ezricam. De Elioenai fueron hijos los siete, Obvia, Eliasub, y Feleya, y Accub, y Johanán, y Dalaya, y Anani. Hijos o descendientes de Judá: Farés su hijo, Hesrón, y Carmi, y Hur y Sobal. Raías, hijo de Sobal, engendró a Jaat, del cual nacieron Aumai y Laad. De éstos descienden los sarateos. Esta también es la estirpe de Etam: Jezrael y Jesema, y Jedebós, que tuvieron una hermana llamada Asalelfuni. Fanuel fue padre de los habitantes de Gedor, y Ezer fue padre de los de Hosa. Estos fueron los descendientes de Hur, primogénito de Efrata padre de la ciudad de Betlehem, llamada antes Efrata. Asur, padre o fundador de Tecua, tuvo dos mujeres Halaa y Naara. Naara tuvo a Oozán, a Hefer, a Temaní, y a Ahastarí; todos éstos hijos de Naara. Hijos de Halaa: Seret, Isaar y Etnán. Cos fue padre de Anob, y Soboba, y de la familia de Aharehel, hijo de Arum. Pero Jabes fue el más ilustre entre sus hermanos, al cual le puso su madre el nombre de Jabes, que significa dolor, diciendo: Le he tenido con dolor. Este Jabes invocó al Dios de Israel, diciendo: ¡Oh, si me llenases de bendiciones! ¡Si dilatases mis tierras, y tu mano me protegiese, y me librases de todo mal! Y le otorgó Dios lo que pidió. Caleb, hermano de Sua, engendró a Mahir, el cual fue padre de Estón. Estón engendró a Betrafa, y a Fese, y a Tehinna, padre o fundador de la ciudad de Naás; éstos son los pobladores de Reca. Hijos de Cenez: Otoniel y Saraya. Hijos de Otoniel: Hatat y Maonati. Maonati engendró a Ofra; y Saraya engendró a Joab, príncipe del valle de los Artífices; porque allí habitaban los artesanos. Hijos de Caleb, hijo de Jefone, fueron Hir, y Ela, y Naam. Hijo de Ela: Cenez. Asimismo hijos de Jaleel: Zif y Zifa, Tiria y Asrael. Hijos de Ezra, Jeter, y Mered, y Efer, y Jalón; engendró también a María, y a Sammai, y a Jesba, padre de los habitantes de Estamo. Mujer suya fue también Judaya, que tuvo a Jared, padre o fundador de la ciudad de Gedor, y a Heber, padre de la de Soco, y a Icutiel, padre de la de Zanoe. Estos son los hijos de Betía, hija del faraón, con la cual casó Mered. Hijos de su mujer Odaya, hermana de Naam, padre o fundador de Ceila, fueron Garmi y Estamo, que fue de Macati. Hijos de Simón, Amnón, y Rinna, hijo de Hanán, y Tilón. Hijos de Jesi: Zoet y Bensoet. Hijos de Sela, tercer hijo de Judá: Her, padre de Leca, y Laada, padre de Maresa, y las familias de los que labran lino fino en la casa del Juramento. Y Joakim, cuyo nombre significa aquel que hizo parar el Sol, y los habitantes de Cozeba, esto es, los hombres de la Mentira, y Joás y Saraf, esto es, el Desesperado y el Abrasador, que fueron príncipes en Moab y volvieron después a Lahem o Betlehem. Estas son memorias antiguas. Estos son los que hacían vasijas de tierra, los alfareros que habitaban en los plantíos y en los cercados, en las casas pertenecientes al rey ocupados en sus obras, y allí se establecie-ron. Los hijos de Simeón fueron Namuel y Jamín, Jarib, Zara y Saúl. De éste fue hijo Sellum, que engendró a Mapsam, del cual nació Masma. Hijo de Masma fue Hamuel; hijo de éste, Zacur; e hijo de Zacur, Semei. Semei tuvo dieciséis hijos y seis hijas; mas sus hermanos no tuvieron muchos hijos, y toda su posteridad no pudo igualar el número de los descendientes de Judá. Su habitación fue en Bersabee, y en Molada y en Hasarsual, y en Bala, y en Asom, y en Tolad, y en Batuel y en Horma, y en Siceleg, y en Betmarcabot, y en Hasarsusim, y en Betberai y en Saarim. Estas fueron sus ciudades hasta el reinado de David. También fueron pueblos suyos Etam, y Aén, Remmón, y Toquén, y Asán, cinco ciudades. Además todas las aldeas del contorno de estas ciudades hasta Baal, o Baalat; ésta es su habitación y la distribución de sus mansiones. Mosobab igualmente y Jemlec, y Josa, hijo de Amasías. Y Joel, y Jehú, hijo de Josabías, hijo de Saraya, que lo fue de Asiel; y Elioenai, y Jacoba, e Isuaya, y Asaya, y Adiel, e Ismiel, y Banaya, además Ziza, hijo de Sefei, hijo de Allón, que lo fue de Idaya, hijo de Semri, hijo de Samaya. Estos son los jefes famosos de las parentelas o linajes de la tribu de Simeón, cuyas familias se multiplicaron sobremanera. En consecuencia partieron a fin de ocupar a Gador hasta la parte oriental del valle, en busca de pastos para su ganado, y encontraron dehesas abundantes y de muy buena calidad, un terreno espaciosísimo, tranquilo y fértil, donde antes habían habitado los del linaje de Cam. Estos, pues, que hemos señalado arriba por sus nombres, sobrevivieron en tiempo de Ezequías rey de Judá, y arrasaron las cabañas de aquéllos, y a los moradores que hallaron allí los aniquilaron, según aparece hasta el día de hoy; y entraron a habitar en su lugar, por haber hallado allí abundantísimos pastos. Asimismo quinientos hombres de los hijos de Simeón pasaron también al monte Seir, llevando por caudillos a Faltías y Naarías, y a Rafaías, y a Oziel, hijos de Jesí; y acabaron con las reliquias de los amalecitas que habían podido salvarse, y habitaron allí en lugar de ellos hasta hoy día. He aquí los hijos de Rubén, primogénito de Israel. (En efecto, fue éste su primogénito; mas por haber violado el tálamo de su padre, los derechos de primogenitura se dieron a los hijos de José, hijo también de Israel, y aquél no fue considerado como primogénito). De Judá, el cual era el más poderoso entre todos sus hermanos, descendieron los príncipes; pero los derechos de la primogenitura fueron adjudicados a José. Los hijos, pues, de Rubén, primogénito de Israel, fueron Enoc y Fallú, Esrón y Carmí. Hijo de Joel fue Samía; hijo de Samía, Gog; hijo de Gog, Semei. Hijo de Semei, Mica; de Mica fue hijo Reja; de Reja, Baal. De éste fue hijo Beera, uno de los príncipes de la tribu de Rubén, y a quien llevó cautivo Telgatfalnasar, rey de los asirios. Sus hermanos y toda su parentela, cuando fueron contadas sus familias, tenían por príncipes a Jehiel y a Zacarías. En cuanto a Bala, hijo de Azaz, hijo de Samma, hijo de Joel, éste habitó en Aroer, extendiéndose hasta Nebo y Beelmeón. Habitó también hacia el lado oriental hasta la entrada del desierto y el río Eufrates; por cuanto poseían gran número de ganados en la tierra de Galaad. Y en tiempo de Saúl pelearon contra los agarenos, los pasaron a cuchillo, y ocuparon las tiendas en que éstos habitaban por todo el país que cae al oriente de Galaad. Pero los hijos de Gad habitaron enfrente de ellos en la tierra de Basán hasta Selca; cuyo jefe era Joel, y Safán el segundo. Janai y Safat estaban mandando en Basán. Siete fueron los hermanos de éstos, repartidos en sus familias y linajes, Micael y Mosollam, y Sebé, y Jorai, y Jacán, y Zié, y Heber. Estos son los hijos de Abihaíl, hijo de Huri, hijo de Jara, hijo de Galaad, hijo de Micael, hijo de Jesesi, hijo de Jeddo, hijo de Buz. Asimismo sus hermanos, hijos de Abdiel, hijo de Guní, cabezas de sus familias y parentelas; los cuales habitaron en Galaad y en Basán, y en sus aldeas, y en todos los campos de Sarón de extremo a extremo. Todos éstos y sus descendientes se hallan en el censo hecho en tiempo de Joatam, rey de Judá, y en el del tiempo de Jeroboam, rey de Israel. Los hijos de Rubén, y de Gad, y de la media tribu de Manasés, hombres aguerridos, armados de escudos y espadas, que manejaban el arco, y estaban experimentados en el arte de la guerra, eran cuarenta y cuatro mil setecientos sesenta cuando salían a campaña. Tuvieron guerra con los agarenos, a los cuales los itureos, los de Natis y de Nodab, vinieron a socorrer. Con todo eso fueron entregados en su poder los agarenos y todos los demás confederados suyos; porque en el trance de la batalla invocaron a Dios, que los oyó por haber confiado en él. Y se apoderaron de todo cuanto poseían, cincuenta mil camellos, de doscientas cincuenta mil ovejas, de dos mil asnos, con cien mil prisioneros. De los heridos murieron muchos, porque de su cuenta había tomado Dios aquella batalla. Los vencedores habitaron en el país de los vencidos hasta la salida a Babilonia. Asimismo los hijos de la media tribu de Manasés ocuparon el terreno que hay desde los confines de Basán hasta Baal Hermón, Sanir, y el monte Hermón, pues eran en gran número. Los príncipes o cabezas de sus familias fueron: Efer, y Jesí, y Eliel, y Ezriel, y Jeremías, y Odoías, y Jediel, varones esforzados y poderosos, y caudillos muy celebrados en sus familias. Mas abandonaron al Dios de sus padres, e idolatraron yendo en pos de los dioses de aquellas naciones a las cuales el mismo Dios había destruido después que llegaron. Por tanto, el Dios de Israel movió el ánimo de Ful, rey de los asirios, y después el de Telgatfalnasar, rey de Asur; y transportó las tribus de Rubén y de Gad y la media tribu de Manasés, y las condujo a Lahela, y a Habor, y a Ara, y a las riberas del río Gozam, donde permanecen hasta hoy día. Hijos de Leví: Gersón, Caat y Merari. Hijos de Caat: Amram, Isaar, Hebrón y Oziel. Hijos de Amram: Aarón, Moisés y María. Hijos de Aarón: Nadab, y Abiú, Eleazar e Itamar. Eleazar engendró a Finees, y Finees a Abisué. Abisué engendró a Bocci, y Bocci a Ozi. Ozi engendró a Zaraya, y Zaraya a Merayot. Merayot engendró a Amarías, y Amarías a Aquitob. Aquitob engendró a Sadoc, y Sadoc a Aquimaas. Aquimaas engendró a Azarías, y Azarías a Johanán. Johanán engendró a Azarías; éste es aquel que ejerció las funciones del sacerdocio en el templo edificado por Salomón en Jerusalén . Azarías engendró a Amarías, y Amarías a Aquitob. Aquitob engendró a Sadoc, Sadoc a Sellum. Sellum engendró a Helcías, y Helcías a Azarías. Azarías engendró a Saraías, y Saraías a Josedec. Josedec dejó su patria cuando el Señor trasladó al pueblo de Judá y de Jerusalén por medio de Nabucodonosor. Los hijos, pues, de Leví fueron: Gersón, Caat y Merari. Los nombres de los hijos de Gersón fueron: Lobni y Semei. Los hijos de Caat fueron: Amram e Isaar, Hebrón y Oziel. Hijos de Merari: Moholi y Musi. Y éstos son los descendientes de Leví según sus familias. De Gersón fue hijo Lobni; Jahat lo fue de éste; de Jahat lo fue Zamma. De Zamma fue hijo Joá; de Joá lo fue Addo; de Addo, Zara; y de Zara, Jetrai. Hijos de Caat: Aminadab, hijo suyo. Coré lo fue de Aminadab; Asir de Coré. De Asir fue hijo Elcana; de Elcana, Abiasaf; de Abiasaf lo fue Asir. De Asir, Tahat; de Tahat fue hijo Uriel; de éste, Ozías; de Ozías lo fue Saúl. Hijos de Elcana: Amasai y Aquimot, y Elcana. De Elcana fue hijo Sofai; de éste Nahat. Y de Nahat, Eliab; de éste, Jeroham; y de Jeroham, Elcana. Hijos de Samuel: Vasení, su primogénito, y Abía. Hijos de Merari: Moholi, de quien fue hijo Lobni; de éste, Semei; de Semei, Oza. De Oza lo fue Sammaa; de Sammaa, Haggía, y de Haggía, Asaya. Estos son los que constituyó David prefectos de los cantores del templo del Señor, después que se hizo la colocación del arca en Jerusalén . Y ejercitaban su ministerio, cantando delante del Tabernáculo del Testimonio, hasta que Salomón hubo construido el templo del Señor en Jerusalén ; y servían su ministerio según el turno de sus familias. He aquí los nombres de los que servían con sus hijos: De los hijos de Caat, Hemam era cantor, hijo de Joel, hijo de Samuel, hijo de Elcana, hijo de Jeroham, hijo de Eliel, hijo de Tohú, hijo de Suf, hijo de Elcana, hijo de Mahat, hijo de Amasai, hijo de Elcana, hijo de Johel, hijo de Azarías, hijo de Sofonías, hijo de Tahat, hijo de Asir, hijo de Abiasaf, hijo de Coré, hijo de Isaar, hijo de Caat, hijo de Leví, hijo de Israel. Además Asaf, hermano o pariente de Emán, que estaba a su derecha. Era Asaf hijo de Baraquías, hijo de Samaa, hijo de Micael, hijo de Basaya, hijo de Melquía, hijo de Atanai, hijo de Zara, hijo de Adaya, hijo de Etán, hijo de Zamma, hijo de Semei, hijo de Jet, hijo de Gersón, hijo de Leví. Y sus hermanos, hijos de Merari, estaban a la izquierda, Etán, hijo de Cusi, hijo de Abdi, hijo de Maloc, hijo de Hasabías, hijo de Amasías, hijo de Helcías, hijo de Amasai, hijo de Boni, hijo de Somer, hijo de Moholi, hijo de Musi, hijo de Merari, hijo de Leví. Los demás levitas, hermanos de éstos fueron destinados a todo el restante servicio del Tabernáculo de la casa del Señor. Aarón y sus hijos ponían a quemar las víctimas sobre el altar de los holocaustos, y el incienso sobre el altar de los perfumes; empleándose en todo lo concerniente al lugar santísimo, y en hacer oración por Israel, conforme a todo lo mandado por Moisés, siervo de Dios. Los descendientes de Aarón son: Eleazar, su hijo; Finees, hijo de Eleazar; Abisué, hijo de Finees; Bocci, de Abisué; Ozi, hijo de Bocci; Zaraya, de Ozi. Merayot, hijo Zaraya; Amaría, de Merayot; Aquitob, de Amaría; Sadoc, de Aquitob; Aquimaas de Sadoc. Y he aquí los parajes en donde habitaron estos hijos de Aarón, es decir, los lugares y términos que les tocaron por suerte, principiando por las familias de Caat. Se les señaló, pues, a éstos, a Hebrón en tierra de Judá, y sus ejidos al contorno. Mas los campos de la ciudad y las aldeas fueron de Caleb, hijo de Jefone. Dieron, pues, a los hijos de Aarón estas ciudades: Hebrón (ciudad de refugio) y Lobna, y sus ejidos: Y asimismo Jeter y Estemo con sus ejidos, y también Helón y Davir con los suyos: E igualmente Asán, y Betsemes, y sus ejidos. De la tribu de Benjamín les dieron Gabee y sus ejidos, y Almat con sus ejidos, y Anatot con sus ejidos; en todo trece ciudades, repartidas entre sus familias. A los restantes descendientes de Caat y a sus familias les dieron diez ciudades de la media tribu de Manasés. Asimismo a los hijos de Gersón, divididos en su familias, les dieron trece ciudades de las tribus de Isacar, y de Aser, y de Neftalí, y de la media tribu de Manasés, que estaba en el territorio de Basán. Igualmente a los hijos de Merari, divididos en sus familias, les dieron por suerte doce ciudades de la tribu de Rubén, y de la tribu de Gad, y de la tribu de Zabulón. Dieron también los hijos de Israel a los levitas varias ciudades con sus ejidos: Les dieron por suerte estas ciudades de la tribu de los hijos de Judá, de la tribu de los hijos de Simeón, y de la tribu de los hijos de Benjamín; ciudades que llamaron de sus propios nombres. Igualmente los descendientes de los hijos de Caat fueron dueños de varias ciudades de la tribu de Efraín; y así les dieron Siquem (ciudad de refugio) con sus ejidos en el monte Efraín, y Baser, con sus ejidos. También Jecmaán con sus ejidos, y asimismo Bet-Horón, y Helón con sus ejidos, y Getremmón del mismo modo. Así como en la media tribu de Manasés fue señalada Aner con sus ejidos, y Baalam con los suyos, a los restantes del linaje de los hijos de Caat. A los hijos del linaje de Gersón les tocó en la media tribu de Manasés: Gaulón en Basán con sus ejidos, y Astarot con los suyos. En la tribu de Isacar: Cedes con sus ejidos, y Daberet con los suyos. Asimismo Ramot con sus ejidos, y Anem con los suyos. En la tribu de Aser: Masal con sus ejidos, y Abdón con los suyos; como también Hucac con sus ejidos, y Rohob con los suyos. En la tribu de Neftalí: Cedes en la Galilea con sus ejidos, y Hamón con los suyos, y Cariataim con los suyos. A los demás del linaje de Merari les dieron en la tribu de Zabulón Remmono con su ejido, y Tabor con los suyos. Y de la otra parte del Jordán, enfrente de Jericó al oriente del Jordán, en la tribu de Rubén, Bosor en el desierto con sus ejidos, y Jasa con los suyos. Asimismo Cademot y sus ejidos, y Mefaat con los suyos. Además de esto en la tribu de Gad Ramot en Galaad con sus ejidos, y Manaim con los suyos. Y también Hesebón con sus ejidos, y Jezer con los suyos. Hijos de Isacar, cuatro: Tola y Fua, Jasub y Simerón. Hijos de Tola: Ozi, y Rafaya y Jeriel, y Jemai, y Jebsem, y Samuel, cabezas de varias parentelas y familias. De la estirpe de Tola se contaron en tiempo de David veintidós mil seiscientos varones muy valerosos. Hijo de Ozi: Izrahía; del cual nacieron Micael, y Obadía, y Joel, y Jesía, todos cinco príncipes o cabezas de varias familias. Y con ellos había en sus ramas y familias treinta y seis mil hombres muy esforzados y adiestrados en el manejo de las armas; que tuvieron muchas mujeres e hijos; y de sus hermanos esparcidos por toda la tribu de Isacar se contaron hasta ochenta y siete mil valerosísimos combatientes. Hijos de Benjamín, tres: Bela, Becor y Jadiel. Hijos de Bela: Esbón, y Ozi, y Oziel, y Jerimot, y Urai, todos cinco cabezas de familia de valerosos combatientes, el número de los cuales fue de veintidós mil treinta y cuatro. Hijos de Becor: Zamira, y Joás, y Eliezer, y Elioenai, y Amri, y Jerimot, y Abía, y Anatot, y Almat, todos hijos de Becor. Y el número de éstos, según sus familias de donde procedieron varias parentelas, fue de veinte mil doscientos combatientes valerosos. Hijo de Jadihel fue Balán; hijos de Balán: Jehús y Benjamín, y Aod, y Canana, y Zetán, y Tarsis, y Ahisahar. Todos éstos fueron descendientes de Hadihel, cabezas de sus familias, en que se contaron diecisiete mil doscientos varones, valerosos, combatientes. También lo fueron Sefam y Hafam, hijos de Hir, y Hasim hijo de Aher. Los hijos de Neftalí fueron Jasiel, y Guní, y Jeser, y Sellum; éstos son los hijos o nietos de Bala. Fue hijo o descendiente de Manasés, Eriel; y una sira, mujer suya de segundo orden le dio a Maquir, padre de Galaad. Maquir dio mujeres a sus hijos Hapfim y Safán; y tuvo una hermana llamada Maaca; su nieto se llamó Salfaad, que solamente tuvo hijas. Otra Maaca, segunda mujer de Maquir, tuvo un hijo que llamó Farés, quien tuvo un hermano llamado Sarés; cuyos hijos fueron Ulam y Recén. Hijo de Ulam fue Badán; éstos son los descendientes de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés. Su hermana Regina tuvo a Isod, que significa el varón hermoso, y a Abiezer, y a Mohola. Hijos de Semida eran Ahín, y Sequem, y Leci, y Aniam. Hijos de Efraín, Sutala, Bared su hijo, Tahat su hijo, Eleada su hijo, Tahat, su hijo, Zabad su hijo, y Sutala hijo de éste, cuyos hijos fueron Ezer y Elad, pero los habitantes del país de Get los mataron, porque habían bajado a invadir sus posesiones. Por esto Efraín, su padre, los lloró por mucho tiempo, y vinieron sus hermanos a consolarle. Después estuvo con su mujer, la cual concibió y tuvo un hijo a quien puso el nombre de Bería, por haber nacido en medio de las aflicciones de su casa. Hija suya fue Sara que reedificó a Bet-Horón la de abajo y la de arriba, y a Ozensara. También fueron sus hijos Rafa, y Resef y Tale, de quien nació Taán; el cual engendró a Laadán, cuyo hijo fue Ammiud, que fue padre de Elizama, de quien nació Nun, que tuvo por hijo a Josué. La posesión y habitación de ellos fue Betel con sus aldeas, y Norán hacia el oriente, y al occidente Gazer con sus aldeas, y asimismo Siquem con las suyas, hasta la ciudad de Aza con las suyas. Y junto a la tribu de los hijos de Manasés tuvieron a Betsán con sus aldeas, a Tanac con las suyas, a Mageddo con las suyas, a Dor con las suyas. En estos lugares habitaron los hijos de José, hijo de Israel. Hijos de Aser: Jemna, y Jesua, y Jesui, y Baría, y Sara, hermana de éstos. Hijos de Baría: Heber y Melquiel; éste es el padre de Barsahit. Heber engendró a Jeflat, y a Somer, y a Hotam, y a Suaa, hermana de éstos. Los hijos de Jeflat: Fosec y Camaal, y Asot; éstos son los hijos de Jeflat. Hijos de Somer: Ahí, y Roaga, y Haba, y Aram. Y los hijos de Helem, su hermano: Sufa, y Jemna, y Selles, y Amal. Hijos de Sufa: Sué, Harnafer, y Sual, y Beri, y Jamra, y Bosor, y Hod, y Samma, y Salusa, y Jetrán, y Bera. Hijos de Jeter o Jetrán: Jefone, y Fasfa, y Ara. Hijos de Olla: Aree, y Haniel, y Resia. Todos éstos son descendientes de Aser, cabezas o troncos de familias, y principales jefes, los más escogidos y esforzados; el número de los que estaban en edad de tomar las armas era de veintiséis mil. El primogénito de Benjamín fue Bale, Asbel el segundo, y el tercero Ahara; el cuarto Nohaa, y Rafa el quinto. Los hijos de Bale fueron Addar y Gera, y Abiud, con Abisué y Naamán, y Ahoé; y además otro Gera, y Sefufán, y Huram. Estos son los hijos de Ahod, cabezas de las familias de los habitantes de Gabaa, que fueron trasladados a Manahat, es a saber, Naamán, y Aquía, y Gera, el mismo que los trasladó; y de quien nacieron Oza y Ahiud. Y Saharaim, después que repudió a sus mujeres Husim y Bara, tuvo hijos en el país de Moab. Y de su mujer Hodes tuvo a Jobab, y a Sebia, y a Mosa, y Molcom; y asimismo a Jehús, y a Sequía, y a Marma. Estos son sus hijos, cabezas de sus familias. Mehusim engendró a Abitob y a Elfaal. Hijos de Elfaal: Heber, y Misaam, y Samad; éste edificó Ono, y Lod y sus aldeas o dependencias. Baría y Sama fueron cabezas de las familias habitantes en Ajalón; éstos arrojaron a los moradores de Get. Ahio, y Sesac, y Jerimot, y Zabadía, y Arod, y Heder, y también Micael, y Jesfa, y Joha, descendientes de Baría. Y Zabadía, y Mosollam, y Hezeci y Heber, y Jesamari, y Jezlia, y Jobab, hijos de Elfaal. Y Jacim, y Zecri, y Zabdi, y Elioenai, y Seletai, y Eliel, y Adaya, y Baraya, y Samarat, hijos de Semei. Y Jesfam, y Heber, y Eliel, y Abdón, y Zecri, y Hanán, y Hananía, y Elam, y Anatotía, y Jefdaya y Fanuel, hijos de Sesac; y Samsari, y Sohoría, y Otolía, y Jersía, y Elía, y Zecri, hijos de Jeroham. Estos son los patriarcas y príncipes o troncos de las familias que habitaron en Jerusalén : En Gabaón habitaron Abigabaón (cuya mujer se llamó Maaca), y su hijo primogénito Abdón, y Sur, y Cis, y Baal, y Nadab; como también Gedor, y Ahío, y Zaquer, y Macellot. Macellot engendró a Samaa; y éstos habitaron con sus hermanos en Jerusalén , frente a los otros hermanos suyos. Ner engendró a Cis, y Cis a Saúl, y Saúl engendró a Jonatás, y a Melquisua, y a Abinadab, y a Esbaal. Hijo de Jonatás fue Meribbaal, de quien lo fue Mica. Hijos de Mica fueron Fitón, y Melec, y Taraa, y Ahaz. Ahaz engendró a Joada, y Joada a Alamat, y a Azmot y a Zamri; y Zamri engendró a Mosa. Mosa engendró a Banaa, cuyo hijo fue Rafa, del cual nació Elasa, que engendró a Asel. Asel tuvo seis hijos, cuyos nombres son: Ezricam, Bocru, Ismahel, Saría, Obdía y Hanán; todos éstos hijos de Asel. Los hijos de Esec, su hermano fueron: Ulam el primogénito, Jehús el segundo, Elifale el tercero. Los hijos de Ulam fueron varones robustísimos y de gran valor, hábiles arqueros, padres de muchos hijos y nietos, hasta llegar a ciento cincuenta. Todos éstos fueron descendientes de Benjamín. Se hizo, pues, el censo de todo Israel; cuya suma se halla escrita en el Libro de los Reyes de Israel y de Judá. Y fueron los israelitas transportados a Babilonia por sus pecados. Los que después habitaron los primeros en sus posesiones y ciudades fueron de cuatro clases; israelitas, sacerdotes, levitas, y los natineos. Se establecieron en Jerusalén varios de los hijos de Judá y de los de Benjamín, como también de los hijos de Efraín y de Manasés. De la tribu de Judá Otei, hijo de Ammiud, hijo de Armi, hijo de Omrai, hijo de Bonni, uno de los descendientes de Farés, hijo de Judá. Y de la línea de Siloni: Asaya el primogénito y sus hijos. De los descendientes de Zara: Jehuel y sus hermanos o parientes, seiscientos noventa. De la tribu de Benjamín: Salo, hijo de Mosollam, hijo de Obvía, hijo de Asana; y Jobanía, hijo de Joroham, y Ela, hijo de Ozi, hijo de Mocori; y Mosollam, hijo de Safatías, hijo de Rahuel, hijo de Jebanías: Con sus hermanos o parientes, que divididos en sus familias eran novecientos cincuenta y seis. Todos éstos fueron cabezas o troncos de varias familias de su linaje. De los sacerdotes fueron Jedaya, Joyarib y Joaquín. Asimismo Azarías, hijo de Helcías, hijo de Mosollam, hijo de Sadoc, hijo de Marayot, hijo de Aquitob, sumo sacerdote de la casa de Dios. Además Adaías, hijo de Jeroham, hijo de Fasur, hijo de Melquías, y Mahasai, hijo de Adiel, hijo de Jezra, hijo de Mosollam, hijo de Mosollamit, hijo de Emmer; con los parientes de estos príncipes de sus familias, en número de mil setecientos sesenta, hombres robustos y vigorosos para soportar las fatigas del ministerio de la casa de Dios. De los levitas fueron Semeya, hijo de Hasub, hijo de Ezricam, hijo de Hasebía, uno de los hijos de Merari; y Bacbacar carpintero, y Galal, y Matanías, hijo de Mica, hijo de Zecri, hijo de Asaf; y Obdías, hijo de Semeya, hijo de Galal, hijo de Iditún; y Baraquías, hijo de Asa, hijo de Elcana, que habitó en las aldeas de Netofati. Los jefes de los porteros eran Sellum, y Accub, y Telmón, y Ahiman; su hermano Sellum era el principal. Hasta este tiempo, parte de los levitas hacían por su turno la guardia en la puerta del templo, llamada del Rey, al oriente. Sellum, hijo de Coré, hijo de Abiasaf, hijo del viejo Coré, asistía allí con sus hermanos y la familia de su padre; esto es, los coritas, que tienen la superintendencia de las obras concernientes al ministerio, y guardan los patios del Tabernáculo, y cuyas familias hacen por turno la guardia en la entrada del campamento o morada del Señor. Finees, hijo de Eleazar, era su jefe en el servicio del Señor. Zacarías, hijo de Mosollamia, era el portero del Tabernáculo del Testimonio. Todos estos elegidos para ostiarios o guardas de las puertas, eran doscientos doce, y estaban empadronados en el censo de sus propias villas; a los cuales David y el profeta Samuel por su fidelidad establecieron, tanto a ellos como a sus hijos para guardar por sus turnos las puertas del templo del Señor y las del Tabernáculo. Estaban los jefes de los ostiarios colocados según la dirección de los cuatro vientos, esto es, al oriente y al poniente, al norte y al mediodía. Pero sus hermanos, los otros porteros vivían en las aldeas, y venían los sábados por su turno de semana en semana. A dichos cuatro levitas estaban subordinados todos los ostiarios, y cuidaban de las viviendas y de los tesoros o alhajas del templo del Señor. Por eso tenían cada uno su habitación alrededor del templo del Señor, y abrían a su tiempo las puertas por la mañana. Del linaje de éstos eran los que guardaban las cosas destinadas al servicio del templo; porque todas ellas se metían y sacaban por cuenta. De éstos mismos, que tenían a su cargo los utensilios del santuario, algunos cuidaban de la flor de harina, y del vino, y del aceite, y del incienso, y de los aromas. Pero eran los hijos de los sacerdotes los que hacían la confección de los perfumes con las especies aromáticas. El levita Matatías, primogénito de Sellum, corita, cuidaba de las cosas que se freían en sartén. De los hijos de Caat, hermanos de éstos, había algunos que estaban encargados de los panes de la proposición, para renovarlos cada sábado. Estos eran los principales o los jefes de los cantores entre las familias de los levitas, los cuales moraban en las habitaciones unidas al templo, a fin de poder aplicarse incesantemente día y noche a su ministerio. Los jefes de los levitas, príncipes en sus familias, estaban siempre en Jerusalén . En Gabaón se estableció Jehiel restaurador de Gabaón; se llamaba su mujer Maaca. Su hijo primogénito fue Abdón, y fueron también hijos suyos Sur, y Cis, y Baal, y Ner, y Nadab; asimismo Gedor, y Ahío y Zacarías y Macellot. Macellot engendró a Samaán; éstos y sus hermanos habitaron en Jerusalén , enfrente de otros hermanos suyos. Ner después engendró a Cis, Cis a Saúl, y Saúl a Jonatás, y a Melquisua, y a Abinadab, y a Esbaal. Hijo de Jonatás fue Meribbaal; de Meribbaal lo fue Mica. Hijos de Mica fueron Fiton, y Melec, y Taraa, y Ahaz. Ahaz engendró a Jara, Jara engendró a Alamat, y a Azmot, y a Zamri, Zamri engendró a Mosa. Mosa engendró a Banaa, cuyo hijo Rafaya engendró a Elasa, del cual nació Asel. Asel tuvo seis hijos, cuyos nombres fueron: Ezricam, Bocru, Ismael, Saría, Odbía, Hanán; éstos son los hijos de Asel. Peleando los filisteos contra Israel fueron los israelitas puestos en fuga por los palestinos, y cayeron muchos heridos de muerte en el monte Gelboé. Y avanzando los filisteos en persecución de Saúl y de sus hijos, mataron a Jonatás, y a Abinadab, y a Melquisua, hijos de Saúl. Y arreciada la batalla alrededor de Saúl, dieron con él los arqueros, y lo hirieron con sus flechas. Por lo que dijo Saúl a su escudero: Desenvaina tu espada, y mátame, para que no vengan estos incircuncisos y hagan escarnio de mí. Mas el escudero, sobrecogido de temor y respeto, no quiso hacerlo. Entonces Saúl arrancó su espada, y se arrojó sobre ella. Lo que visto por su escudero, y cómo Saúl era muerto, se arrojó también él sobre su espada, y murió. Feneció, pues, Saúl, con sus tres hijos; y toda su familia tuvo la misma suerte. En vista de lo cual los israelitas que habitaban en las campiñas, echaron a huir; y muertos ya Saúl y sus hijos, abandonaron sus ciudades y se dieron a la fuga y entonces vinieron los filisteos y habitaron allí. Al día siguiente los filisteos despojando a los muertos, hallaron a Saúl y a sus hijos tendidos en el monte Gelboé. Y habiéndolo despojado, y cortado la cabeza, y quitándole las armas, lo llevaron a su tierra para conducirlo por todas partes, y exponerlo en los templos de sus ídolos a la vista del pueblo. Sus armas las consagraron al templo de su dios, y su cabeza la clavaron en el templo de Dagón. Cuando oyeron los vecinos de Jabes de Galaad todo lo que los filisteos habían ejecutado con el cuerpo de Saúl, los más esforzados de ellos marcharon a una, y cogieron los cadáveres de Saúl y de sus hijos, y los trajeron a Jabes, y sepultaron sus huesos debajo de una encina que había en Jabes; y ayunaron siete días. Murió, pues, Saúl en pena de sus maldades, por haber desobedecido el mandamiento que le había dado el Señor, y no haberlo guarda-do; y además por haber consultado con la pito-nisa, y no haber puesto su esperanza en el Señor, el cual por lo mismo le quitó la vida, y trasladó su reino a David, hijo de Isaí. Se congregó al fin todo Israel alrededor de David en Hebrón, diciéndole: Somos tu carne y hueso. Aun antes de ahora, cuando Saúl reinaba todavía, tú eras el que sacaba a Israel a campaña y lo volvía a conducir a casa; porque a ti te dijo el Señor Dios tuyo: Tú serás el pastor de mi pueblo de Israel, y tú serás su príncipe. Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel al rey de Hebrón, e hizo David alianza con ellos, en presencia del Señor; y lo ungieron por rey de Israel, conforme a la palabra del Señor promulgada por ministerio de Samuel. Y marchó David con todo Israel a Jerusalén ; ésta es Jebús, donde tenían su asiento los jebuseos, moradores del país. Y los que de éstos habitaban en Jebús, dijeron a David: No entrarás aquí. Pero David conquistó la fortaleza de Sión, la cual fue después llamada Ciudad de David. Había dicho antes: El que fuere el primero en vencer a los jebuseos, será hecho príncipe y general del ejército. Acometió, pues, el primero Joab, hijo de Sarvia, y quedó constituido príncipe. Y habitó David en el alcázar; que por esto fue llamado Ciudad de David; y edificó alrededor de la ciudad, desde el valle de Mello hasta el otro extremo; y Joab reparó el resto de la ciudad. David iba haciendo progresos y cobrando vigor, y estaba con él el Señor de los ejércitos. Estos son los principales entre los valientes de David, que le ayudaron para que fuese reconocido rey de todo Israel, según la palabra del Señor anunciada a Israel. Y ésta es la lista de los campeones de David: Jesbaán, hijo de Hacamoni, caudillo de treinta, que vibró su lanza contra trescientos, a quienes hirió en un solo combate. Después de éste, Eleazar (hijo de su tío paterno) ahohita, el cual era uno de los tres principales campeones. Este, con Semma, acompañó a David en Fesdomin, cuando los filisteos se juntaron en aquel sitio para dar batalla, y los campos de aquel país estaban llenos de cebada, y el pueblo había huido a vista de los filisteos. Mas estos Eleazar y Semma se mantuvieron a pie firme en medio del campo, y lo defendieron, habiendo desbaratado a los filisteos; con lo que el Señor hizo un gran beneficio a su pueblo. Estos tres, de los treinta caudillos son los que bajaron a la peña en que se hallaba David junto a la cueva de Odollam, cuando los filisteos habían acampado en el valle de Rafaín. Estaba, pues David en su puesto fortificado, y los filisteos tenían una guarnición en Betlehem. Le vino entonces a David un deseo, y dijo: ¡Oh, quién me diera agua de la cisterna que está junto a la puerta de Betlehem! Al punto, estos tres capitanes pasaron por medio de los campamentos de los filisteos, y sacando agua de la cisterna que está contigua a la puerta de Betlehem, la llevaron a David para que la bebiese, el cual no quiso, sino que la ofreció como libación al Señor, diciendo: Lejos de mí hacer tal cosa en presencia de mi Dios, que yo beba la sangre de estos hombres que con riesgo de sus vidas me han traído esta agua. Por cuya causa no quiso beberla. Esto hicieron aquellos tres esforzadísimos varones. Asimismo Abisai, hermano de Joab, era el principal de otros tres. También éste blandió su lanza contra trescientos, a los cuales mató; y él era el más famoso entre los tres, y entre los tres, el segundo ternario el más esclarecido y principal de ellos; pero nunca igualó a los tres primeros. Banaías, hijo de Joíada, varón fortísimo, que había hecho muchas hazañas era natural de Cabseel; él mató a los dos arieles o grandes leones de Moab; y es el mismo que se metió dentro de una cisterna, y mató en medio de ella a un león, en ocasión de una nevada. Mató también él mismo a un egipcio, cuya estatura era de cinco codos, y que tenía una lanza semejante al rodillo de un telar. Arremetió, pues, contra él con un palo, y le arrebató la lanza que tenía en la mano, y con esta misma lanza lo mató. Estas cosas hizo Banaías, hijo de Joíada, que era el de mayor fama entre los tres valien-tes; principal entre los treinta; mas no igualaba a los tres primeros o del primer ternario; y David lo escogió por su íntimo consejero. En el ejército los más valientes eran Asahel, hermano de Joab, y Elcanán, que era de Betlehem, hijo de Dodo su tío paterno. Sammot de Arori, Hellés de Falón, Ira de Tecua, hijo de Accés, Abiezer de Anatot, Sobbocai, de Husat, Ilai de Aho, Marahai de Netofat, Heled de Netofat, hijo de Baana. Etai, hijo de Ribai, de Gabaat, de los hijos o tribu de Benjamín, Banaya de Faratón. Hurai, del torrente Gaas, Abiel de Arbat, Azmot de Bauram, Eliaba de Salabón. Los hijos de Asén, gezonita, Jonatán, hijo de Sage de Arari, Ahiam, hijo de Sacar de Arari, Elifal, hijo de Ur, Hefer de Mecerat, Ahía de Felón, Hesro del Carmelo, Naarai, hijo de Asbai, Joel, hermano de Natán, Mibahar, hijo de Agarai. Selec, amonita, Naarai de Berot, escudero de Joab, hijo de Sarvia, Ira jetreo, Gareb jetreo, Urías heteo, Zabad, hijo de Oholí, Adina, hijo de Siza, de la tribu de Rubén, príncipe de los rubenitas, y con él otros treinta. Hanán, hijo de Maaca, y Josafat matanita, Ozías astarotita, Samma, y Jehiel, hijos de Otam, de Aror, Jediel, hijo de Samri, y Joa su hermano, de Tosa, Eliel de Mahumi, y Jeribai, y Josaya hijos de Elnaem; y Jetma de Moab, Eliel, y Obed, y Jaisiel de Masobia. Estos son los que vinieron a juntarse con David en Siceleg, cuando aún andaba huyendo de Saúl, hijo de Cis; los cuales eran fortísimos y excelentes guerreros, hábiles tiradores de arco, y que se servían igualmente de ambas manos para arrojar piedras con la honda, y asestar las flechas; parientes de Saúl, y de la tribu de Benjamín. El principal era Ahiecer, y después Joás, hijos los dos de Sammaa de Gabaat, y Jaziel, y Fallet, hijos de Azmot, y Baraca, y Jehú, de Anatot. Asimismo Samaías, de Gabaón el más valiente de los treinta y cabeza de los treinta; Jeremías y Jeheziel, y Johanán; y Jezabad de Gaderot. Eluzai, y Jerimut, y Baalía, y Samaría, y Safatía de Haruf. Elcana, y Jesía, y Azareel, y Joezer, y Jesbaam de Carebim. Joela, y Zabadía, hijos de Jeroham de Gedor. Además de éstos se pasaron a David, mientras estaba escondido en el desierto, hombres muy valientes y bravos campeones de la tribu de Gad, armados de escudo y lanza; sus caras como caras de leones, y ligeros como cabras monteses. Ezer era el principal, Obdías el segundo, Eliab el tercero, Masmana el cuarto, Jeremías el quinto, Eti el sexto, Eliel el séptimo, Joanán el octavo, Elzebad el noveno, Jeremías el décimo, Macbanai, el undécimo. Estos eran de la tribu de Gad, y caudillos del ejército, y el que menos mandaba cien soldados, y mil el que más. Estos son los que pasaron el Jordán el mes primero, cuando suele salir de madre, inundando las riberas; y pusieron en fuga a todos los que moraban en los valles, así al oriente como al poniente. Vinieron también varios de la tribu de Benjamín y de Judá a la fortaleza en que se hallaba David. Y les salió David al encuentro, y dijo: Si habéis venido a mí de paz, con ánimo de socorrerme, mi corazón se unirá con el vuestro; mas si me armáis asechanzas favoreciendo a mis contrarios, puesto que yo tengo mis manos limpias de todo pecado, el Dios de nuestros padres sea testigo y juez. Entonces Amasai, caudillo de los treinta, movido de Espíritu superior o divino, dijo: Tuyos somos, oh David, y contigo estamos, oh hijo de Isaí; paz, paz a ti; y paz a tus defensores; ya que a ti te defiende tu Dios. Los recibió, pues, David y los hizo oficiales principales de su ejército. También de la tribu de Manasés se pasaron a David cuando iba éste con los filisteos al combate contra Saúl (si bien no peleó con ellos, porque los príncipes de los filisteos, tenido consejo le hicieron volver diciendo: A costa de nuestra vida se reconciliará con Saúl, su señor). Así, pues, cuando regresó a Siceleg se pasaron a él de los de Manasés, Ednas y Jozabad, y Jedihel, y Micael, y Ednas, y Jozabad, y Eliú, y Salati, comandantes de mil hombres de Manasés. Estos ayudaron a David contra las guerrillas; pues eran todos hombres muy valerosos, y les dio mando en el ejército. Y a éste tenor cada día acudían gentes a David para prestarle auxilio, hasta juntarse en gran número, como un ejército de Dios. Este es igualmente el número de los principales del ejército que vinieron a encontrar a David, cuando estaba en Hebrón, para trasladar a él el reino de Saúl, según la palabra del Señor. De los hijos de Judá, armados de escudo y lanza, y prontos para la batalla, seis mil ochocientos. De los hijos de Simeón, varones fortísimos para la guerra, siete mil cien. De los hijos de Leví cuatro mil seiscientos. Asimismo Joíada, caudillo de los del linaje de Aarón, tenía consigo tres mil setecientos. Vino también Sadoc, joven de excelente índole, con veintidós cabezas de familia, descendientes de la casa de su padre. De los hijos de la tribu de Benjamín, parientes de Saúl, vinieron tres mil, porque una gran parte de ellos estaba todavía por la casa de Saúl. Pero de los hijos de Efraín eran veinte mil ochocientos, varones esforzadísimos y de gran reputación en sus parentelas; y de la media tribu de Manasés eran dieciocho mil, todos alistados por sus nombres, los que vinieron a establecer por rey a David. De los hijos de Isacar vinieron también doscientos de los principales, hombres instruidos, que sabían discernir cada uno de los tiempos, a fin de prescribir lo que debía practicar Israel; y todo el resto de la tribu seguía su consejo. Igualmente de Zabulón vinieron en su ayuda con un corazón sincero cincuenta mil, prontos a salir a campaña, y bien provistos de todas armas. Y de Neftalí mil de los principales, con treinta y siete mil hombres armados de escudo y lanza. Asimismo de Dan veintiocho mil seiscientos preparados para dar batalla. Y de Aser, a punto de guerra y prontos para acometer, cuarenta mil. Finalmente, de las tribus de Rubén, y de Gad, y de la media tribu de Manasés, a la otra parte del Jordán, ciento veinte mil bien armados. Todos estos varones guerreros prontos a pelear, se reunieron en Hebrón con un corazón sano y sincero, para establecer a David por rey de todo Israel; del mismo modo todos los demás israelitas estaban de común acuerdo sobre hacer rey a David. Se mantuvieron allí con David por espacio de tres días, comiendo y bebiendo; porque sus hermanos les habían preparado los víveres necesarios. Además los pueblos vecinos, hasta los de Isacar, y Zabulón, y Neftalí, les traían en asnos, y camellos, y mulos, y bueyes, panes o víveres para su sustento; harina, panes de higos, pasas, vino, aceite, vacas y carneros en abundancia, porque reinaba el gozo en Israel. Tuvo después David consejo con los tribunos y centuriones, y con todos los principa-les, y dijo a toda la asamblea de Israel: Si os parece bien, y el asunto que voy a proponer es inspirado del Señor Dios nuestro, enviemos a llamar a todos los demás hermanos nuestros, esparcidos por todas las regiones de Israel, y a los sacerdotes y levitas que viven en los ejidos o contornos de las ciudades, para que se reúnan con nosotros, y traslademos a nuestra morada el arca de nuestro Dios; ya que no lo hemos procurado hacer en tiempo de Saúl. A lo que respondió toda la asamblea que así se ejecutase, porque a todo el pueblo había parecido bien la propuesta. Con eso David convocó a todo Israel desde el río Sihor de Egipto hasta la entrada de Emat, para trasladar el arca de Dios desde Cariatiarim a Jerusalén . Y subió David acompañado de todo Israel al collado de Cariatiarim, situado en la tribu de Judá, para trasladar de allí el arca del Señor Dios que está sentado sobre los querubines en donde se invoca su santo Nombre. Y se llevaron de la casa de Abinadab, en un carro nuevo, el arca de Dios; y Oza y su hermano guiaban el carro. Entretanto David y todo Israel expresaban su júbilo delante del arca de Dios, cantando con todo esfuerzo, y tañendo cítaras, y salterios, y panderos, y címbalos o platillos, y trom-petas. Mas llegados a la era de Cidón o Nacón, extendió Oza su mano para sostener el arca ; porque un buey retozando la había hecho ladear un poco. Se irritó por esto el Señor contra Oza, y lo hirió mortalmente por haber tocado, no siendo sacardote, el arca , y cayó allí muerto delante del Señor. Y se entristeció David por haber separado el Señor a Oza, y llamó aquel lugar Separación de Oza, nombre que conserva hasta hoy día. Y tuvo entonces como miedo a Dios, y dijo: ¿Cómo puedo yo meter en mi casa el arca de Dios? Y por esta razón no la condujo a su casa, es a saber, a la ciudad de David; sino que la hizo llevar a casa de Obededom de Get. Estuvo, pues, el arca de Dios tres meses en casa de Obededom; y el Señor bendijo dicha casa y todas sus cosas. Asimismo, Hiram, rey de Tiro, envió embajadores a David; y además maderas de cedro, arquitectos y carpinteros para que le construyesen un palacio. Y reconoció David que el Señor le había confirmado rey de Israel, y que su reino había sido ensalzado para bien de Israel, pueblo suyo. Tomó también David por esposas otras mujeres en Jerusalén , de que tuvo hijos e hijas. Estos son los nombres de los hijos que le nacieron en Jerusalén , Samua, y Sobab, y Natán, y Salomón , y Jebahar, y Elisua, y Elifalet, y Noga, y Nafeg y Jafia, y Elisama, y Baaliada, y Elifalet. Mas así que oyeron los filisteos que David había sido ungido rey de todo Israel, salieron todos en su busca, lo que sabido por David, fue a su encuentro. Los filisteos siguiendo su marcha, extendieron sus tropas por el valle de Rafaín. Entonces consultó David al Señor, diciendo: ¿Acometeré yo a los filisteos, y los entregarás tú, oh Señor, en mis manos? Le respondió el Señor: Acomete, que yo los pondré en tus manos. Y habiendo avanzado ellos hasta Baalfarasim, allí los derrotó David, y dijo: Ha disipado Dios por mi mano a los enemigos, como se disipan o se derraman las aguas; y por esto se llamó aquel lugar Baalfarasim. Y los filisteos dejaron allí sus dioses, los cuales David mandó entregar a las llamas. Otra vez hicieron los filisteos una irrupción, y se dispersaron por el valle. Y David consultó de nuevo a Dios; y Dios le dijo: No vayas tras de ellos; retírate, e irás a acometerlos por enfrente de los perales; y cuando oyeres el ruido de uno que anda por la copa de los perales, entonces darás la batalla. Porque Dios va marchando delante de ti para desbaratar el campo de los filisteos. Hizo, pues, David lo que Dios le había mandado, y fue derrotando las tropas de los filisteos desde Gabaón hasta Gazera. Con lo que se divulgó la fama de David por todas las regiones, y el Señor le hizo formidable a todas las gentes. Construyó también casa para sí o su familia en la ciudad de David, y edificó para el arca de Dios un lugar propio, y le formó un tabernáculo. Entonces dijo David: No es lícito que el arca de Dios sea llevada por otros que por los de la tribu de Leví, escogidos por el Señor para llevarla, y para ser sus ministros perpetuamente. En consecuencia, congregó a todo Israel en Jerusalén , para trasladar el arca de Dios al lugar propio que le tenía preparado. Y convocó también a los hijos de Aarón y a los levitas. De los hijos de Caat el principal era Uriel, que tenía consigo ciento veinte hermanos. De los hijos de Merari era el principal Asaya, y tenía consigo doscientos veinte hermanos. De los hijos de Gersom era cabeza Joel, y tenía consigo ciento treinta hermanos. De los hijos de Elisafán era Semeías el principal, y doscientos sus hermanos. De los hijos de Hebrón el principal era Eliel, y ochenta los hermanos que tenía consigo. De los hijos de Oziel era Aminadab el principal, y tenía consigo ciento doce hermanos. Y llamó David en particular a los sacerdotes Sadoc, y Abiatar, y a los levitas Uriel, Asaya, Joel, Semeía, Eliel y Aminadab, y les dijo: Vosotros que sois los principales de las familias levíticas, purificaos junto con vuestros hermanos los demás levitas, y transportad el arca del Señor Dios de Israel al lugar que le está preparado. No sea que como antes nos castigó el Señor, porque vosotros no estabais presentes; acontezca ahora lo mismo, si hacemos alguna cosa que no nos es permitida. Se purificaron, pues, los sacerdotes y levitas para transportar el arca del Señor Dios de Israel. Y de este modo los hijos de Leví llevaron sobre sus hombros con las varas el arca de Dios, según lo había ordenado Moisés conforme al mandamiento del Señor. Mandó también David a los jefes de los levitas que señalasen de entre sus hermanos cantores y tocadores de instrumentos músicos, es a saber, de salterios, de liras y de címbalos; a fin de que resonasen hasta el cielo los sonidos de júbilo. Señalaron, pues, de los levitas a Hemam, hijo de Joel, y de los hermanos de éste a Asaf, hijo de Baraquís, y de los hijos de Merari, hermanos suyos, a Etán, hijo de Casaya, con sus hermanos. En el segundo orden o coro a Zacarías, a Ben, a Jaziel, a Semiramot, y Jahiel, y Ani; a Eliab, y Bananías, y Maasías, y Matatías, y Elifalú, y Masenías, y Obededom, y Jehiel que eran porteros. Los cantores Hemam, Asaf y Etán tocaban los címbalos de bronce; Zacarías, y Oziel, y Semiramot, y Jahiel, y Ani, y Eliab, y Maasías, y Banaías cantaban al son de salterios himnos misteriosos. Matatías, Elifalú, y Macenías, y Obededom, y Jehiel, y Ozaziú cantaban cánticos triunfales con cítaras de ocho cuerdas; Conenías, jefe de los levitas, era el maes-tro que dirigía el canto, por ser muy inteligente. Baraquías y Elcana hacían de porteros o ujieres del arca . Y Sebenías, y Josafat, y Natanael, y Amasaí, y Zacarías, y Banaías, y Eliezer, sacerdotes, tocaban las trompetas o clarines delante del arca de Dios; Obededom y Jehías eran asimismo porteros del arca . De este modo David y todos los ancianos de Israel, y los tribunos fueron a trasladar el arca del Testamento del Señor de la casa de Obededom a Jerusalén con fiestas y regocijos. Y por haber Dios asistido o mostrádose propicio con los levitas que llevaban el arca del Testamento del Señor, fueron inmolados siete toros y siete carneros. Iba David vestido de una ropa talar de biso, como también todos los levitas que llevaban el arca , y los cantores, y Conenías, su director; mas David estaba también revestido de un efod de lino. Y todo Israel acompañaba el arca de Testamento del Señor con voces de júbilo, y al son de clarines, y trompetas, y timbales, y salterios, y cítaras. Así que el arca del Testamento del Señor llegó a la ciudad de David, Micol, hija de Saúl, asomándose a mirar desde una ventana, vio al rey David que saltaba y bailaba delante del arca , y le despreció en su corazón. Condujeron, pues, el arca de Dios, y la colocaron en medio del Tabernáculo que le había erigido David, y ofrecieron holocaustos y víctimas pacíficas a la presencia de Dios. Y luego que David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y las hostias pacíficas, bendijo al pueblo en el nombre del Señor; y distribuyó a todos uno por uno, a hombres y mujeres, una torta de pan y una ración de carne de vaca asada, y flor de harina frita en aceite. Y señaló entre los levitas los que habían de ejercer el ministerio delante del arca del Señor, y hacer conmemoración de sus obras o maravillas, y glorificar y alabar al Señor Dios de Israel. Nombró a Asaf su principal o jefe, y por segundo a Zacarías; seguían después Jahiel, y Seminarot, Jehiel, y Matatías, y Eliab, y Banaías, y Obededom; a Jehiel para los instrumentos de salterios y liras o arpas; y a Asaf para tocar címbalos. Pero Banaías y Jaziel, sacerdotes, tenían la incumbencia de tocar en todos los tiempos señalados delante del arca del Testamento del Señor. En aquel día eligió David a Asaf por primer cantor, para que cantara las alabanzas al Señor, con sus hermanos, diciendo: Alabad al Señor, e invocad su nombre; publicad sus obras entre la gente. Cantadle himnos al son de los instrumentos, y anunciad todas sus maravillas. Alabad su santo Nombre; alégrese el corazón de los que buscan al Señor. Id en busca del Señor, y de la fortaleza que de él viene; buscad en todo tiempo estar en su presencia. Traed a la memoria las maravillas que hizo, los prodigios que obró, y las leyes salidas de su boca. Hijos somos de Israel, su siervo; hijos de Jacob su escogido. El es el Señor nuestro Dios, él es quien juzga y gobierna todo el universo. Acordaos eternamente de su pacto, de su promesa anunciada a todas las generaciones venideras; promesa o pacto que él estipuló con Abrahán; del juramento que hizo a Isaac, y que confirmó a Jacob como un estatuto inviolable, y a Israel como un pacto sempiterno, diciendo: Yo te daré la tierra de Canaán, la cual será vuestra herencia. Y decía esto, siendo los israelitas pocos en número, pobres y extranjeros en ella. Y mientras andaban peregrinando de una nación a otra, y de un reino a otro reino, no permitió que nadie les ofendiese; antes por amor de ellos castigó a los reyes. Guardaos bien, dijo, de tocar a mis ungidos; ni de hacer daño a mis profetas. Cantad, pues, criaturas todas de la tierra, himnos, al Señor, anunciad todos los días la salvación que él nos envía. Publicad su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre todos los pueblos. Porque grande es el Señor, y digno de ser infinitamente alabado, es sobre todos los dioses formidable; pues todos los dioses de la gente son unos simulacros vanos; mas el Señor es el que ha creado los cielos. Rodeado está por todas partes de gloria y de grandeza. La fortaleza y el gozo están donde él se muestre. Tributad, oh pueblos, con todas vuestras familias, tributad al Señor la gloria y el poder. Tributad al Señor la gloria debida a su santo Nombre; presentadle sacrificios, y venid a su presencia, y adorad al Señor en su magnífico santuario. Conmuévase delante de él toda la tierra; puesto que él es el que fundó el universo sobre firmes cimientos. Alégrense los cielos, y salte de gozo la tierra; y publíquese entre las naciones: El Señor Dios es el rey. Resuene el mar, y cuanto contiene en sí; alborócense los campos, y cuanto hay en ellos. Entonces será cuando los árboles del desierto entonarán las alabanzas al Señor; porque ha venido a juzgar la tierra. Glorificad al Señor por su bondad inmensa; porque es eterna su misericordia, y decid: Sálvanos, oh Dios, Salvador nuestro; reúnenos, sacándonos de entre las gentes, para que demos gloria a tu santo Nombre, y nos regocijemos cantando tus alabanzas. Bendito sea el Señor Dios de Israel para siempre eternamente; y diga todo el pueblo: Amén; y tribute loores al Señor. Dejó, pues, David allí delante del arca del Testamento del Señor a Asaf con sus hermanos, para que de continuo ejerciesen su ministerio delante del arca todos los días, y por sus turnos. También dejó a Obededom con sus hermanos, que eran sesenta y ocho; y puso de porteros a Obededom, hijo de Iditún y a Hosa. Al mismo tiempo destinó al sumo sacerdote Sadoc, y a los sacerdotes, sus hermanos, al servicio del Tabernáculo del Señor, que se conservaba en el lugar alto en Gabaón. Para que ofreciesen continuamente holocaustos al Señor mañana y tarde, sobre el altar de los holocaustos, conforme a todo lo dispuesto en la ley del Señor prescrita a Israel. Después de Sadoc seguían Hemán e Iditún, y los demás escogidos y señalados cada cual por su nombre para alabar al Señor diciendo: Que es eterna su misericordia. El mismo Hemán e Iditún sonaban las trompetas, y tocaban los címbalos, o platillos, y todos los instrumentos músicos, cantando himnos al Señor. A los hijos de Iditún los destinó para guardar las puertas. Después volvió todo el pueblo cada cual a su casa, y David a la suya para bendecirla. Morando ya David en su palacio, dijo al profeta Natán: He aquí que yo habito en una casa de cedro; mientras el arca del Testamento del Señor está debajo de una cubierta de pieles. Respondió Natán a David: Haz todo cuanto te inspira tu corazón; porque Dios está contigo. Mas aquella misma noche habló Dios a Natán, diciendo: Ve y di a mi siervo David: Esto dice el Señor: No me edificarás tú la casa o el templo para mi habitación. En verdad que yo no he tenido casa fija desde el tiempo en que saqué a Israel de Egipto hasta el día de hoy, sino que he andado siempre mudando el lugar de mi residencia, y alojándome debajo de una tienda como todo Israel, ¿por ventura, hablé yo jamás una palabra a ninguno de los jueces de Israel, a quienes encargué el gobierno de mi pueblo, diciéndoles: ¿Por qué no me habéis edificado una casa de cedro? Dirás, pues, ahora tú a mi siervo David: Mira lo que dice el Señor de los ejércitos: Yo te escogí, cuando tú apacentabas los rebaños, para que fueses caudillo del pueblo mío de Israel, y contigo he andado en todas tus marchas y en tu presencia he derrotado a todos tus enemigos, y te he dado fama cual puede tenerla uno de los magnates que son famosos sobre la tierra. He dado también habitación fija a mi pueblo de Israel, en la cual se arraigará y permanecerá, y de donde no será jamás removido, como me obedezca; ni los hijos de la iniquidad lo oprimirán como antes, desde aquel tiempo que di jueces a mi pueblo de Israel, y humillé a todos tus enemigos. Te hago, pues, saber, que el Señor te ha de fundar a ti una casa estable. Y cumplidos que sean tus días, así que hayas ido a reunirte con tus padres, yo alzaré después de ti a uno de tu linaje, a uno de tus hijos, y le daré un reino estable. Ese me edificará la casa y yo aseguraré su trono para siempre. Yo le seré padre, y él me será hijo; y no apartaré de él mi misericordia, como la aparté de Saúl tu antecesor. Y le daré el gobierno de mi casa y de mi reino para siempre; y su trono será firme eternamente. Natán expuso a David todas estas palabras y toda esta visión. Y habiendo entrado dentro del rey David, puesto en presencia del Señor, dijo: ¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y qué es mi casa para que hayas hecho por mí tales cosas? Y aun esto ha parecido poco a tus ojos, que todavía has hablado sobre la casa de tu siervo, aun para los tiempos venideros, y me has hecho esclarecido sobre todos los hombres, oh Señor Dios mío. ¿Qué más le queda desear a David, habiendo tú ensalzado tanto a tu siervo, y dándole tales muestras de aprobación? Oh Señor, por amor de tu siervo has obrado según tu beneplácito, con toda esta magnificencia, y has querido manifestarle todas sus grandezas. Señor, no hay semejante a ti; ni hay otro Dios sino tú entre todos los que han llegado a nuestra noticia. Porque, ¿hay otro pueblo como el tuyo de Israel, esta nación única sobre la tierra, a la cual vino Dios para libertarla y hacerla su pueblo, arrojando con su poder y a fuerza de prodigios espantosos las naciones todas delante de este pueblo, librado por él de la esclavitud de Egipto? Y estableciste por pueblo tuyo para siempre a tu pueblo de Israel; y tú Señor, has venido a ser su Dios. Ahora, pues, oh Señor, confirmada para siempre la promesa que has hecho a tu siervo, y en orden a su casa, haz lo que tienes dicho, y llévese a efecto en Israel; a fin de que sea eternamente ensalzado tu Nombre, y se diga siempre: El Señor de los ejércitos es el Dios de Israel, y la casa de su siervo David permanece estable delante de él. Puesto que tú, Señor Dios mío, revelaste al oído de tu siervo que quieres fundarle una casa, y por eso tu siervo se atreve a presentar delante de ti esta súplica. Ahora, pues, oh Señor, tú eres Dios infalible, y tú has prometido a tu siervo tan grandes favores, y has comenzado a bendecir la casa de tu siervo, a fin de que ella subsista siempre delante de ti; porque bendiciéndola tú, oh Señor, será perpetuamente bendita. Pasadas estas cosas, David derrotó a los filisteos, y los humilló, y recobró del poder de ellos a Get y sus aldeas. Derrotó también a los moabitas, y quedaron sujetos a David, al cual pagaban tributo. Por este mismo tiempo venció también David a Adarecer, rey de Soba, en el país de Hemat, cuando éste salió a campaña para extender su imperio hasta el río Eufrates. En consecuencia David le cogió mil carros de guerra de a cuatro caballos, y siete mil soldados de caballería, y veinte mil de infantería, y desjarretó todos los caballos de los carros, a excepción de cien tiros de cuatro caballos, que reservó para sí. Y habiendo sobrevenido los siros de Damasco para socorrer a Adarecer, rey de Soba, les mató David veintidós mil hombres. Y puso guarnición en Damasco para que también la Siria le estuviese sujeta y le pagase tributo. En todas sus empresas le asistió el Señor con su auxilio. Fuera de esto cogió David las aljabas de oro que habían sido de los siervos u oficiales de Adarecer, y las trajo a Jerusalén ; y también grandísima cantidad de bronce de Tebat y de Cun, ciudades de Adarecer, de cuyo metal hizo Salomón el mar o gran concha de bronce, y las columnas y demás utensilios de bronce. Habiendo, pues oído Tou, rey de Hemat, cómo David había deshecho todo el ejército de Adarecer, rey de Soba, envió a Adoram, su hijo, al rey David para pedirle la paz, y congratularse con él por haber vencido y subyugado a Adarecer; porque era Tou enemigo de Adarecer. Consagró también el rey David al Señor todos los vasos de oro, y de plata, y de bronce, con la plata y el oro que había recogido de todas las gentes, así de Idumea, y de Moab, y de los amonitas, como de los filisteos y de los amalecitas. Por otra parte Abisaí, hijo de Sarvia, derrotó en el valle de las Salinas a dieciocho mil idumeos. Y puso guarnición en la Idumea, a fin de que estuviese sujeta a David; y salvó el Señor a David en todas las expediciones que emprendió. Reinó, pues, David sobre todo Israel; y juzgaba con rectitud, y administraba justicia a todo su pueblo. Joab, hijo de Sarvia, era el general de los ejércitos; y Josafat, hijo de Ahilud, era canciller; Sadoc, hijo de Aquitob, y Aquimelec, hijo de Abiatar, eran sumos sacerdotes, y Susa, secretario. Banaías, hijo de Joíada, era comandante de las legiones de los cereteos y feleteos. Pero los hijos de David eran los principales en el servicio del rey. Sucedió que murió Naas, rey de los amonitas, en cuyo lugar reinó su hijo. Y dijo David: Mostraré mi compasión o sentimiento a Hanón, hijo de Naas, pues recibí favores de su padre. En consecuencia envió David embajadores para consolarle en la muerte de su padre. Luego que éstos llegaron al país de los amonitas con el fin de consolar a Hanón, dijeron a Hanón los príncipes de los amonitas: Tú quizás piensas que David por honrar la memoria de tu padre ha enviado a consolarte; y no echas de ver que estos criados suyos han venido a explorar, y examinar y escudriñar el estado de tu país. Oído esto, hizo Hanón raer la cabeza y la barba de los enviados de David, y que les cortasen las túnicas desde medio cuerpo abajo, y así los despachó. Los cuales habiéndose retirado y dado parte a David del suceso, envió éste quién le saliese al encuentro (atenta la gran afrenta que había recibido), y les ordenó que se detuviesen en Jericó , y no volviesen hasta que les hubiese crecido la barba. Pero considerando los amonitas, así Hanón como todo el pueblo, la injuria que habían hecho a David, enviaron mil talentos de plata para tomar a sueldo tropas de las que iban en carros de guerra, y gente de a caballo de la Mesopotamia, y de la Siria de Maaca, y de Soba. En efecto, condujeron a su sueldo treinta y dos mil hombres en carros armados, y al rey de Maaca con su gente. Y reunidos que fueron éstos, se acamparon frente de Medaba. Al mismo tiempo los amonitas congregados de sus ciudades salieron a campaña. Sabido todo esto por David, despachó a Joab con todas sus mejores tropas; y haciendo movimiento los amonitas se formaron en batalla junto a la puerta de la ciudad, mientras que los reyes venidos a su socorro hicieron alto separadamente en la campiña. Joab, pues, conociendo que querían atacarlo de frente y por la espalda, escogió los más valientes de todo Israel, y se dirigió contra los siros. Y dio el mando de las demás tropas a su hermano Abisaí, las cuales marcharon contra los amonitas, y dijo: Si los siros prevalecieren contra mí, tú vendrás a socorrerme; pero si los amonitas te llevaren a ti de vencida, yo acudiré a tu socorro. Ten buen ánimo, y peleemos valerosamente por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y el Señor haga lo que más sea de su agrado. Marchó, pues, Joab y la gente que con él estaba al combate contra los siros, y los puso en huida. Viendo los amonitas que los siros habían huido, huyeron ellos también de Abisaí, hermano de Joab, y se metieron en la ciudad. Y volvió también Joab a Jerusalén . Mas viéndose los siros vencidos por Israel, despacharon mensajeros e hicieron venir a los siros que habitaban a la otra parte del río Eufrates; y Sofac, general de las tropas de Adarecer, era su comandante. Luego que David lo supo, juntó a todo Israel, y pasó el Jordán, y los cargó de frente con su ejército formado en batalla, sosteniendo ellos por su parte este choque con valor. En fin, volvieron los siros las espaldas a Israel, y mató David a siete mil hombres de los que iban montados en carros, y cuarenta mil de a pie, y a Sofac, general de este ejército. Entonces los vasallos de Adarecer, viéndose vencidos por Israel, se pasaron a David, y se sujetaron a su imperio. Con esto la Siria nunca más quiso dar socorro a los amonitas. Al cabo de un año, en la estación en que suelen los reyes salir a campaña, juntó Joab el ejército y la flor de las tropas, y taló el país de los amonitas, y avanzando puso sitio a Rabba. David se quedó en Jerusalén , cuando batió Joab a Rabba, y la destruyó. Mas David tomó la corona de Melcom de encima de su cabeza, y halló en ella el peso de un talento de oro y piedras preciosísimas, de que se hizo para sí una diadema, cogiendo además muchísimos despojos de la ciudad. A cuyos habitantes los hizo salir fuera, e hizo pasar por encima de ellos trillos y rastras, y carros armados de cortantes cuchillos, de manera que quedaban hechos piezas y añicos; otro tanto hizo David con todas las ciudades de los amonitas; y, concluido esto, volvió con todo su ejército a Jerusalén . Comenzó después la guerra contra los filisteos en Gazer; durante la cual Sobocai de Husati mató a Safai del linaje gigantesco de Rafaim; con lo que los dejó abatidos. Otra guerra hubo también contra los filisteos, en la cual Areodato, hijo de Salto, natural de Betlehem, mató a un hermano de Goliat de Get, que traía una lanza, cuyo astil era como un rodillo de tejedores. Hubo además otra guerra en Get, donde se halló un hombre de grandísima estatura, con seis dedos en pies y manos, esto es, veinticuatro dedos en todo; el cual descendía también de la raza gigantesca de Rafa. Insultaba éste a Israel; pero lo mató Jonatán, hijo de Samaa, hermano de David. Estos son los hijos de Rafa, o gigantes de Get, que murieron a manos de David y de sus tropas. Pero se levantó Satanás contra Israel, e instigó a David a que hiciese el censo de Israel. Por lo que dijo David a Joab y a los príncipes del pueblo: Id y contad a Israel desde Bersabee hasta Dan, y traedme la suma; que quiero saberla. A lo que respondió Joab: Aumente el Señor su pueblo cien veces más de lo que es. Pero, ¿no es así, oh mi rey y señor, que todos son siervos tuyos? ¿A qué fin pretende mi señor hacer una cosa, que será perniciosa y acarreará el castigo a Israel? Sin embargo, prevaleció el parecer o antojo del rey; y Joab hubo de salir, y anduvo girando por todo Israel, y volvió después a Jerusalén , y entregó a David la lista de los lugares que había recorrido; y se halló ser toda la suma de Israel un millón cien mil hombres de armas tomar, y de la tribu de Judá cuatrocientos setenta mil; si bien Joab no hizo el censo de las tribus de Leví y de Benjamín; por cuanto ejecutaba de mala gana la orden del rey. En efecto, desagradó a Dios lo mandado, y por ello castigó a Israel. Y dijo David a Dios: He pecado gravísimamente en hacer esto; perdona, oh Señor, la iniquidad de tu siervo, porque he procedido neciamente. Habló después el Señor a Gad, profeta de David, diciendo: Anda, ve a David, y dile: Esto dice el Señor: Tres cosas te doy a escoger; escoge una, la que quisieres recibir de mí. Viniendo, pues, Gad a David, le dijo: Esto dice el Señor: Escoge lo que quieras, o hambre por tres años; o andar huyendo de tus enemigos por tres meses, sin poder librarte de su espada; o que por tres días descargue sus golpes la espada del Señor, cundiendo la peste por el país, y haciendo estragos el ángel del Señor en todos los términos de Israel. Ahora bien, mira tú qué es lo que he de responder al que me ha enviado. Respondió David a Gad: Por todas partes me hallo lleno de angustias; pero al fin, más cuenta me tiene el caer en manos del Señor, conociendo su gran misericordia, que no en manos de los hombres. Envió, pues, el Señor la peste a Israel; y murieron de Israel setenta mil hombres. Asimismo envió su ángel a Jerusalén para que la castigase; pero cuando se hallaba en la mayor desolación, echó el Señor sobre ella una mirada, y tuvo compasión de tanto estrago, y comunicó al ángel exterminador esta orden: Basta, retira ya tu mano. Estaba a la sazón el ángel del Señor sobre la era de Ornán, jebuseo. Y alzando David los ojos vio al ángel del Señor, que estaba en el aire, con una espada desenvainada en su mano, vuelta contra Jerusalén ; y a su vista, tanto él como los ancianos, vestidos de cilicios, se postraron rostro por tierra. Y dijo David a Dios: ¿Por ventura no soy yo quien mandó hacer el censo del pueblo? Yo soy el que he pecado; yo el que he cometido la maldad. Esta grey, ¿qué culpa tiene? Señor Dios mío, descarga, te suplico, tu mano contra mí y contra la casa de mi padre; mas no sea castigado tu pueblo. Y al punto el ángel del Señor mandó a Gad que dijese a David, que subiese a erigir un altar al Señor Dios en la era de Ornán, jebuseo. Subió, pues, David, según el mandato que le había dado Gad en nombre del Señor. Entretanto Ornán y cuatro hijos suyos, que con él estaban, habiendo alzado los ojos y visto al ángel, fueron a esconderse; estaban a la sazón trillando el trigo en la era. Pues como David viniese hacia Ornán, lo alcanzó a ver éste desde la era, y le salió al encuentro, e inclinándose hasta el suelo, le hizo una profunda reverencia. Le dijo David: Dame el sitio de tu era, recibiendo su valor en dinero contante, para edificar en ella un altar al Señor, a fin de que cese el azote del pueblo. Respondió Ornán a David: Tómela, y haga de ella el rey, mi señor, lo que bien le pareciere. Y aun doy los bueyes para el holocausto, y los trillos para hacer el fuego, y el trigo para el sacrificio. Todo lo daré con gusto. Le replicó el rey David: No ha de ser así, sino que te pagaré en dinero todo su valor; porque no debo yo quitártelo a ti, y ofrecer así al Señor holocaustos que no me cuesten nada. Dio, pues, David a Ornán, en pago del sitio, seiscientos siclos de oro. Con eso edificó allí un altar al Señor, y ofreció holocaustos y víctimas pacíficas, invocando al Señor; el cual le oyó, enviando fuego del cielo sobre el altar de holocausto. Y dando el Señor orden al ángel, envainó éste su espada. Inmediatamente David viendo que el Señor había oído su oración en la era de Ornán, jebuseo, ofreció allí sacrificios. Verdad es que a la sazón el Tabernáculo del Señor, construido por Moisés en el desierto, y el altar de los holocaustos estaban en la altura de Gabaón. Mas David no tuvo aliento para ir entonces a aquel altar a orar allí a Dios, porque había quedado muy aterrado de espanto, al ver la espada del ángel del Señor. En seguida dijo David: Aquí está la casa de Dios, y éste es el altar de los holocaustos de Israel. Y mandó juntar todos los extranjeros de la tierra de Israel, y entresacó de ellos canteros para cortar y pulir las piedras para la construcción de la casa de Dios. Preparó también muchísimo hierro para la clavazón de las puertas, y para la trabazón de las junturas; y cantidad inmensa de bronce. Era igualmente inestimable el acopio de maderas de cedro, que los sidonios y tirios habían traído a David. Porque dijo David: Mi hijo Salomón es todavía un joven tierno y delicado; y la casa que quiero que se edifique al Señor debe ser tal, que sea celebrada en todas las naciones; iré, pues, yo preparando lo necesario. Por esta razón hizo antes de su muerte, con anticipación, todos los gastos. Y llamó a su hijo Salomón , y le mandó que edificase la casa o templo al Señor Dios de Israel. Añadió David a Salomón : Hijo mío, mi voluntad fue el edificar casa al Nombre de mi Señor Dios; pero el Señor me habló, y dijo: Tú has derramado mucha sangre, y hecho muchas guerras; y así no puedes edificar la casa a mi Nombre, habiendo derramado tanta sangre delante de mí. Tú tendrás un hijo, el cual será hombre de paz; pues yo haré que no sea perturbado de ninguno de sus enemigos en todos los alrededores; por cuya causa será llamado el Pacífico o Salomón ; y paz y sosiego daré yo a Israel todo el tiempo de su vida. El edificará la casa a mi Nombre, y él me será hijo, y yo le seré padre; y estableceré el solio de su reino sobre Israel para siempre. Ahora, pues, hijo mío, el Señor sea contigo, y seas feliz, y edifica la casa o templo al Señor Dios tuyo, como lo tiene predicho de ti. Concédate asimismo el Señor sabiduría y prudencia para poder gobernar a Israel, y guardar la ley del Señor Dios tuyo. Porque entonces podrás ser feliz, si observares los mandamientos y las leyes dadas por el Señor a Moisés para que las enseñara a Israel. Esfuérzate y pórtate varonilmente; no temas, ni te acobardes. Ya ves que yo en mi pobreza he preparado para los gastos de la casa del Señor cien mil talentos de oro y un millón de talentos de plata; el bronce y el hierro es en tanta cantidad, que es incalculable; tengo prevenida mucha madera y piedra para todas las obras necesarias. Tienes también muchísimos obreros, canteros, y albañiles, y carpinteros, y artífices de toda especie, muy hábiles en todo género de labores, en oro, plata, bronce o hierro, cuya suma es incalculable. Anímate, pues, y manos a la obra, y el Señor será contigo. Al mismo tiempo mandó David a los príncipes de Israel que ayudasen a su hijo Salomón . Ya veis, les dijo, que el Señor Dios vuestro está con vosotros, y que os ha dado paz por todos lados, y entregado en vuestras manos todos vuestros enemigos, y que el país está sujeto al Señor y a su pueblo. Disponed, pues, vuestros corazones, preparad vuestras almas, y buscad al Señor Dios vuestro. Manos a la obra, y edificad el santuario al Señor Dios, para que el arca de la Alianza del Señor y los vasos a él consagrados sean trasladados a la casa que va a edificar al Nombre del Señor. Siendo ya David anciano y lleno de días, constituyó a Salomón , su hijo, por rey de Israel. Y convocó a todos los príncipes de Israel, y a los sacerdotes y levitas. Y contados los levitas de treinta años arriba, se hallaron treinta y ocho mil hombres. De éstos fueron escogidos y distribuidos en el servicio de la casa del Señor veinticuatro mil; para prefectos y jueces seis mil. Cuatro mil porteros, y otros tantos para salmistas, que cantaban las alabanzas del Señor al son de los instrumentos, que a este fin había mandado a hacer. Y los repartió David en sus turnos, según las familias de los hijos de Leví, que son Gersón, Caat y Merari. Los hijos de Gersón fueron Leedán y Semei. Hijos de Leedán, tres: el primogénito Jahiel, y Zetán, y Joel. Hijos de Semei, tres: Salomit, y Hosiel y Arán. Estos eran los príncipes de las familias de Leedán. Hijos de otro Semei: Lehet, y Ziza, y Jaús, y Baría: estos cuatro son los hijos de Semei. Entre ellos Lehet era el primogénito, Ziza el segundo; Jaús y Baría no tuvieron muchos hijos; y por eso fueron contados como una sola familia y casa. Hijos de Caat, cuatro: Amram e Isaar, Hebrón y Oziel. Los hijos de Amram: Aarón y Moisés. Mas Aarón fue destinado para el ministerio del lugar santísimo, así él como sus hijos perpetuamente, para quemar el incienso al Señor, según rito, y bendecir su Nombre para siempre. Los hijos de Moisés, varón de Dios, fueron alistados en la tribu de Leví. Hijos de Moisés: Gersom y Eliezer. Hijos de Gersom: Subuel, primogénito. De Eliezer fue hijo Rohobías, cabeza de familia; y no tuvo Eliezer otros hijos. Pero los hijos de Rohobías fueron muchísimos. Hijos de Isaar: Salomit, primogénito. Hijos de Hebrón: Jeriau, primogénito, Amarías el segundo, Jahaziel el tercero, y el cuarto Jecmaam. Hijos de Oziel: Mica el primero, Jesía el segundo. Hijos de Merari: Moholi y Musi. Hijos de Moholi: Eleazar y Cis. Murió Eleazar y no tuvo hijos sino hijas; por lo que se casaron con ellas los hijos de Cis, sus primos hermanos. Hijos de Musi, tres: Moholi, Eder y Jerimot. Estos son los hijos de Leví, cabezas de sus linajes y familias, contados uno por uno; los cuales ejercían por turno las funciones de su ministerio en la casa del Señor, desde veinte años arriba. Porque David dijo: El Señor Dios de Israel ha dado descanso a su pueblo, y morada estable en Jerusalén para siempre. Y así no tendrán ya los levitas el trabajo de llevar el Tabernáculo, y todos los utensilios de su ministerio. Asimismo según las últimas disposiciones de David, el número de los hijos de Leví debe contarse de veinte años arriba; y estarán sujetos a los hijos de Aarón o sacerdotes, en lo concerniente al culto de la casa del Señor, así en los atrios como en las viviendas, y en el lugar de la purificación, y en el santuario, y en todas las funciones del ministerio del templo del Señor. Los sacerdotes cuidarán de los panes de la proposición, de la ofrenda de flor de harina, de las tortas sin levadura, y de lo que se fríe, y de lo que se tuesta para ser ofrecido al Señor, y de todos los pesos y medidas. Y los levitas han de asistir por la mañana a cantar las alabanzas del Señor, e igualmente por la tarde; tanto en la oblación de los holocaustos del Señor, como en los días de sábado, y en las calendas, y en las demás festividades, según el número prescrito, observando constantemente delante del Señor las ceremonias particulares a cada cosa. Y seguirán guardando las reglas del Tabernáculo del Testamento y los ritos del santuario, y las órdenes de los hijos de Aarón sus hermanos, para ejercer sus funciones en la casa del Señor. En cuanto a los hijos de Aarón, fueron divididos en estas clases. Los hijos que tuvo Aarón fueron: Nadab, y Abiú, y Eleazar, e Itamar. Mas Nadab y Abiú, murieron antes que su padre, sin dejar hijos; y ejercieron las funciones del sacerdocio Eleazar e Itamar. Y David los dividió, esto es, distribuyó la familia de Sadoc, hijo o descendiente de Eleazar, y la de Ahimelec de la rama de Itamar, fijando los turnos de su ministerio. Pero se halló que era en mucho mayor número las cabezas de familias descendientes de Eleazar, que las de Itamar. Por eso a los descendientes de Eleazar los dividió en dieciséis familias con una cabeza para cada familia, y a los de Itamar en ocho familias. La repartición de los oficios, entre ambas familias la hizo por suertes; porque así los descendientes de Eleazar como los de Itamar, eran príncipes del santuario y príncipes de Dios. Semeías, hijo de Natanael, de la tribu de Leví, secretario o canciller, formó la lista de ellos en presencia del rey, y de los magnates, y de Sadoc sumo sacerdote, y de Ahimelec hijo de Abiatar, como también de las cabezas de las familias sacerdotales y levíticas; tomando alternativamente de la casa de Eleazar, que era sobre las otras, y de la casa de Itamar, que tenía también otras bajo de sí. El primer turno tocó a Joyarib, el segundo a Jedei, el tercero a Harim, el cuarto a Seorim, el quinto a Melquía, el sexto a Maimán, el séptimo a Accos, el octavo a Abía, el noveno a Jesua, el décimo a Sequenías, el undécimo a Eliasib, el duodécimo a Jacim, el decimotercero a Hopfa, el decimocuarto a Isbaab, el decimoquinto a Belga, el decimosexto a Emmer, el decimoséptimo a Hezir, el decimoctavo a Afsés, el decimonoveno a Feteya, el vigésimo a Hezequiel, el vigesimoprimero a Jaquín, el vigesimosegundo a Gamul, el vigesimotercero a Dalayau, el vigesimocuarto a Maaziau. He aquí su distribución, según sus ministerios, a fin de que entren en la casa del Señor, según su turno, conforme las órdenes de Aarón, su padre, según había prescrito el Señor Dios de Israel. Los otros hijos de Leví eran Subael de los hijos de Amram, y Jehedeya de los hijos de Subael. De los hijos de Rohobías era cabeza Jesías. De Isaari era hijo Salemot, y de éste Jaat. De Jaat fue hijo primogénito Jeriau, el segundo Amarías, el tercero Jahaziel, el cuarto Jecmaán. Hijo de Oziel, Mica; hijo de Mica, Samir. Hermano de Mica, Jesía; Zacarías, hijo de Jesía. Hijos de Merari: Moholi y Musi; hijo de Oziau, Benno. Hijo también de Merari fue Oziau, que tuvo a Soam, y Zacur, y Hebri. Hijo de Moholi: Eleazar, el cual no tuvo hijos. Hijo de Cis: Jerameel. Hijos de Musi: Moholi, Eder y Jerimot. Estos son hijos de Leví, según las ramificaciones de sus familias. Y éstos también echaron suertes a imitación de sus hermanos los hijos de Aarón, en presencia del rey David, y de Sadoc, y de Ahimelec, y de los príncipes o cabezas de las familias sacerdotales y levíticas; desde el mayor hasta el menor, todos igualmente fueron distribuidos por suerte, en veinticuatro clases de levitas. Asimismo David y las cabezas o príncipes, de la multitud entresacaron a los hijos de Asaf, y de Hemán, y de Iditún para el ministerio de cantar las alabanzas de Dios al son de las cítaras y salterios, y címbalos, sirviendo en número conveniente en el oficio a que se les había destinado. De los hijos de Asaf fueron Zaccur, y José, y Natanías, y Asarela, bajo la dirección de su padre Asaf, el cual cantaba cerca del rey. Hijos de Iditún, seis: Iditún, Godolías, Sorí, Jeseías, y Hasabías, y Matatías, bajo la dirección de su padre Iditún, el cual cantaba al son de la cítara o arpa, puesto al frente de los que celebraban y alababan al Señor. Asimismo Hemán, cuyos hijos eran Bocciau, Mataniau, Oziel, Subuel, y Jerimot, Hananías, Hanani, Eliata, Gedelti y Romemtiezer, y Jesbacasa, Melloti, Otir, Mahaziot; todos hijos de Hemán, que era profeta del rey en los cánticos de Dios para ensalzar su poder; y le dio Dios a Hemán catorce hijos y tres hijas. Todos los referidos estaban distribuidos bajo la dirección de sus padres, esto es, de Asaf, y de Iditún, y de Hemán, para cantar en el templo del Señor con címbalos, y salterios, y cítaras, en servicio de la casa del Señor cerca del rey. El número de éstos, junto con sus hermanos, maestros todos que enseñaban a cantar los cánticos del Señor, fue de doscientos ochenta y ocho, doce de cada familia. Todos igualmente echaron suertes, clase por clase, entrando tanto los mayores como los menores, tanto los maestros como los discípu-los. La primera suerte salió a José, el cual era de la casa de Asaf. La segunda a Godolías, a él y a sus hijos y hermanos, en número de doce. La tercera salió a Zacur, a sus hijos y hermanos, en número de doce. La cuarta a Isari, con sus hijos y hermanos, doce. La quinta a Natanías, con sus hijos y hermanos, doce. La sexta a Bocciau, con sus hijos y hermanos, doce. La séptima a Israela, con sus hijos y hermanos, doce. La octava a Jesaía, con sus hijos y hermanos, doce. La novena a Matanías, con sus hijos y hermanos, doce. La décima a Semeías, con sus hijos y hermanos, doce. La undécima a Azareel, con sus hijos y hermanos, doce. La duodécima a Hasabías, con sus hijos y hermanos, doce. La decimatercera a Subael, con sus hijos y hermanos, doce. La decimacuarta a Matatías, con sus hijos y hermanos, doce. La decimaquinta a Jerimot, con sus hijos y hermanos, doce. La decimasexta a Hananías, con sus hijos y hermanos, doce. La decimaséptima a Jesbacasa, con sus hijos y hermanos, doce. La decimoctava a Hanani, con sus hijos y hermanos, doce. La decimanovena a Melloti, con sus hijos y hermanos, doce. La vigésima a Eliata, con sus hijos y hermanos, doce. La vigesimaprimera a Otir, con sus hijos y hermanos, doce. La vigesimasegunda a Geddelti, con sus hijos y hermanos, doce. La vigesimatercera a Mahaziot, con sus hijos y hermanos, doce. La vigesimacuarta a Romemtiezer, con sus hijos y hermanos, doce. Estas fueron las clases o divisiones de los ostiarios o porteros. De la casa de Coré: Meselemías, descendiente de Coré, de la familia de los hijos de Asaf. Hijos de Meselemías: Zacarías primogénito, Jadihel el segundo, Zabadías el tercero, Jatanael el cuarto, Elam el quinto, Johanán el sexto, Elioenai el séptimo. Hijos de Obededom: Semeías primogénito, Jozabad el segundo, el tercero Joaha, el cuarto Sacar, Natanael el quinto, Ammiel el sexto, Isacar el séptimo, Follati, el octavo; porque bendijo el Señor a Obededom. Y Semei, o Semeías, su hijo, tuvo hijos que fueron cabezas de otras tantas familias de ostiarios; porque eran varones de gran fuerza. Hijos de Semeías: Otni, y Rafael, y Obed, y Elzabad, y sus hermanos, hombres robustísimos; como también Eliú y Samaquías. Todos éstos eran de la familia de Obededom; así ellos como sus hijos y hermanos, o parientes, varones de la mayor robustez para su ministerio; en todos, sesenta y dos de la casa de Obededom. Los hijos de Meselemías, con sus hermanos, muy robustos, eran dieciocho. De Hosa, esto es, del linaje de Merari, Semri fue cabeza de una clase (porque su padre no tenía primogénito, y por eso le había puesto a él por principal). Helcías el segundo, Tabelías el tercero, Zacarías el cuarto. Todos estos hijos de Hosa, junto con sus hermanos, eran trece. Entre éstos fue distribuido el oficio de portero, de tal suerte, que los capitanes de las guardias, como también sus hermanos, servían siempre en la casa del Señor. Se echaron, pues, las suertes por familias, con igualdad, sin distinción de pequeños ni grandes, para cada una de las puertas. Según esto la portería oriental tocó a Selemías o Meselemías; y a Zacarías, su hijo, varón muy prudente e instruido, la del lado septentrional. A Obededom y sus hijos tocó por suerte la del mediodía, en cuya parte de la casa o templo estaba el consejo de los Ancianos o sala del Sanedrín. A Sefim y a Hosa la de occidente, junto a la puerta que conduce al camino de la subida del palacio al templo, guardia y contraguardia. La puerta del oriente la guardaban seis levitas; la del norte cuatro, que se mudaban cada día; y la del mediodía cuatro, igualmente todos los días; y allí donde estaba el consejo, de dos en dos. Al occidente, en las viviendas o celdas de los porteros, cuatro en el camino a palacio, y dos en los aposentos. Así fue distribuida la guardia de las puertas entre los hijos de Coré y de Merari. Por otra parte Aquías tenía la superintendencia de los tesoros de la casa de Dios y de los vasos sagrados. Hijos de Ledán, hijo de Gersonni o Gersom, hijo de Leví. De Ledán, descienden estas cabezas de familias: Ledán, Gersoni y Jehieli. Y los hijos de Jehieli: Zatán y Joel, su hermano, guardas de los tesoros de la casa del Señor, con los de la familia de Amram, de Isaar, de Hebrón y de Ozihel. Pero Subael, descendiente de Gersom, hijo de Moisés, era tesorero mayor. Asimismo su hermano Eliezer, de quien fue hijo Rahabías, y de éste Isaías, de Isaías, Joram, del cual lo fue Zocri, y de éste Selemit. Selemit, pues, con sus hermanos, tenían la custodia de los tesoros del santuario, que habían consagrado a Dios el rey David y los príncipes de las familias, y los tribunos, y centuriones, y demás capitanes del ejército, esto es, de las cosas tomadas en la guerra, y de los despojos de las batallas, que habían consagrado para la conservación del templo del Señor y de sus utensilios. Todas estas cosas las habían consagrado al Señor Samuel profeta, Saúl hijo de Cis, y Abner hijo de Ner, y Joab hijo de Sarvia. Todos los que consagraban dones, los ponían en manos de Selemit y de sus hermanos. Los descendientes de Isaar tenían por cabeza a Conenías con sus hijos; y cuidaban de las cosas de afuera concernientes a Israel, de instruir, y juzgar al pueblo. Hasabías, de la familia de los hebronitas, y sus hermanos, en número de mil setecientos, hombres muy valerosos, gobernaban la parte de Israel que está al otro lado del Jordán hacia el poniente, en todos los negocios concernientes al servicio del Señor y del rey. Jerías fue cabeza de los hebronitas, divididos en sus familias y casas. El año cuarenta del reinado de David fueron numerados en Jazer de Galaad; de estos varones fortísimos, y de sus hermanos en el mayor vigor de la edad, se hallaron dos mil setecientas cabezas de familia. Y el rey David les dio el mando sobre los rubenitas, y gaditas, y la media tribu de Manasés, en todo lo tocante al servicio de Dios y del rey. Los hijos de Israel, que bajo sus jefes de familias, tribunos, y centuriones, y prefectos servían al rey, repartidos en escuadrones, cambiándose todos los meses del año, eran en número de veinticuatro mil hombres mandados por sus respectivos capitanes. El primer cuerpo de veinticuatro mil para el primer mes, tenía por capitán a Jesboam, hijo de Zabdiel, del linaje de Farés, y el primer jefe de todos los comandantes del ejército durante el primer mes. Al cuerpo del segundo mes lo mandaba Dudía de Ahohí, y tenía a sus órdenes otro llamado Macellot, que mandaba una parte de los veinticuatro mil hombres. El comandante del tercer cuerpo en el mes tercero era Banaías sacerdote, hijo de Joíada, con veinticuatro mil hombres a su mando. Este es aquel Banaías, el más valiente entre los treinta, y caudillo de treinta; capitaneaba sus tropas, como su segundo, Amizabad, hijo suyo. El cuarto capitán para el cuarto mes era Azahel, hermano de Joab, y después de él Zabadías, su hijo; su cuerpo era de veinticuatro mil hombres. El quinto capitán en el mes quinto era Samaot de Jezer, y en su división contaba veinticuatro mil hombres. El sexto para el sexto mes era Hira, hijo de Accés de Tecua; su división era de veinticuatro mil. El séptimo para el séptimo mes era Hellés de Falloni, de la tribu de Efraín, el cual tenía a su mando veinticuatro mil. El octavo, para el octavo mes era Sobocai de Husati del linaje de Zarahi, y su cuerpo era de veinticuatro mil hombres. El noveno para el noveno mes, Abiezer de Anatot, de los hijos de Jemini o Benjamín; su división era de veinticuatro mil. El décimo para el décimo mes, Marai de Netofat, del linaje de Zarai; y su división era de veinticuatro mil. El undécimo para el undécimo mes, Banaías de Faratón, de la tribu de Efraín; y su división era de veinticuatro mil. El duodécimo para el duodécimo mes, Holdai de Netofat del linaje de Otoniel; su cuerpo también de veinticuatro mil hombres. Asimismo las tribus de Israel tenían sus jefes. De la de Rubén era caudillo Eliezer, hijo de Zecri. De la de Simeón, Safatías, hijo de Maaca. De la de Leví, Hasabías, hijo de Camuel; pero Sadoc era jefe de los descendientes de Aarón. De la tribu de Judá era caudillo Eliú, hermano de David. De la de Isacar, Amri, hijo de Micael. De la de Zabulón, Jesmaías, hijo de Abdía. De la de Neftalí, Jerimot, hijo de Ozriel. De la de Efraín, Osee, hijo de Ozaziu. De la media tribu de Manasés, Joel, hijo de Fadaya. De la otra media tribu de Manasés en Galaad, Jaddo, hijo de Zacarías. De la tribu de Benjamín, Jasiel, hijo de Abner. De la de Dan, Ezrihel, hijo de Jeroham; éstos eran los príncipes de los hijos de Israel. Verdad es que David no quiso contar los de veinte años abajo, por cuanto el Señor había dicho que multiplicaría a Israel, como las estrellas del cielo. Joab, hijo de Sarvia, había comenzado el encabezamiento, pero no lo finalizó; porque esta empresa había acarreado la ira de Dios sobre Israel, y por lo mismo el número de los que fueron contados no fue escrito en las fastos del rey David. El superintendente de los tesoros del rey fue Azmot, hijo de Adiel. Pero de aquellos tesoros o almacenes que había en las ciudades, y en las aldeas, y en los castillos, era superintendente Jonatán, hijo de Ozías. De la labranza y de los labradores que cultivaban la tierra estaba encargado Ezri, hijo de Quelub. De los que cultivaban las viñas, Semeías romatita; y de las bodegas, Zabdías afonita. Balanán, gederita, cuidaba de los olivares e higuerales que había en las campiñas; y Joás de los almacenes de aceite. De los ganados mayores que pastaban en Sarón, cuidaba Setrai de Sarón. De las vacas que pastaban en los valles, Safat, hijo de Adlí. De los camellos, Ubil, ismaelita; de los jumentos Jadaías de Meronat. De las ovejas Jaziz, agareno. Todos éstos eran administradores de la hacienda del rey David. Jonatán, tío paterno de David, varón instruido y prudente, era su consejero. El y Jahiel, hijo de Acamoni, estaban de compañeros con los hijos del rey. Asimismo era consejero del rey Aquitofel, y Cusai, araquita, amigo del rey. Después de Aquitofel lo fueron Joíada, hijo de Banaías, y Abiatar. El generalísimo del ejército del rey era Joab. Finalmente el rey David convocó en Jerusalén todos los príncipes de Israel, los jefes de las tribus, y los comandantes de los cuerpos de ejército que servían al rey, como también a los tribunos y centuriones, y a los administradores de la hacienda y posesiones del rey, y a sus hijos, con los eunucos o cortesanos, y a los más poderosos y a los más valientes del ejército. Y levantándose el rey, puesto en pie, dijo: Escuchadme, oh hermanos míos, y pueblo mío: Yo tuve intención de construir un templo en que fuese colocada el arca del Testamento del Señor, que es como la tarima de los pies de nuestro Dios, y tengo preparados todos los materiales que he podido para la construcción. Pero Dios me dijo: No edificarás tú la casa a mi Nombre; por ser un varón guerrero, y haber derramado sangre. Verdad es que el Señor Dios de Israel me escogió a mí de entre toda la familia de mi padre, para que fuese rey de Israel perpetuamente; porque de Judá ha escogido los príncipes o soberanos; de las familias de Judá la familia de mi padre; y entre los hijos de mi padre, quiso elegirme a mí por rey de todo Israel. Asimismo entre mis hijos (puesto que me ha dado el Señor muchos) ha elegido a mi hijo Salomón para que ocupase el trono del reino del Señor sobre Israel; y me ha dicho a mí: Tu hijo Salomón ha de edificar mi casa y mis atrios, porque yo me lo he escogido por hijo mío, y yo he de serle padre; y afirmaré su reino eternamente, si perseverare en cumplir mis mandamientos y leyes, como lo hace al presente. Ahora, pues, en presencia de toda la congregación de Israel, delante de nuestro Dios que escucha, os digo: Guardad y estudiad todos los mandamientos del Señor Dios nuestro, a fin de que poseáis esta buena tierra, y la dejéis a vuestros hijos en herencia perpetua. Y tú, Salomón , hijo mío, conoce al Dios de tu padre, y sírvele con un corazón perfecto, y de buena voluntad; porque el Señor escudriña todos los corazones, penetra todos los pensamientos del entendimiento. Si lo buscares, lo hallarás; pero si lo abandonares, te desechará para siempre. Ahora bien, por cuanto el Señor te ha escogido para que edifiques la casa de su santuario, esfuérzate, y llévala a cabo. Y dio David a su hijo Salomón el diseño del pórtico, y del templo, y de las recámaras, y de los cenáculos, y de los aposentos interiores, y del lugar del propiciatorio, y aun de todos los atrios que había ideado, y de las habitaciones alrededor para los tesoros de la casa del Señor, y para los depósitos de las cosas consagradas al templo, y las divisiones de los sacerdotes y levitas para todas las funciones de la casa del Señor, y para todos los vasos que debían servir en el templo del Señor. Le dio el oro, según el peso que había de tener cada uno de los vasos del ministerio; asimismo la plata, pesada según la diversidad de los vasos y de las hechuras. Además para los candeleros de oro y sus mecheros dio el oro correspondiente a la medida de cada candelero y de los mecheros; e igualmente el peso necesario de plata para los candeleros de plata y sus mecheros, a proporción de su tamaño. Le dio también oro para las mesas de los panes de proposición, según la diversidad de las mesas; y asimismo plata para otras mesas o aparadores de plata. Del mismo modo para los arrejaques o tridentes, y las palanganas, y los incensarios de oro purísimo, y para los leoncillos o navetas de oro, según sus tamaños, destinó el peso del oro para uno y otro leoncillo o naveta. Y de la misma manera para los leoncillos o navetas de plata destinó y separó una cantidad proporcionada de plata. Para el altar en que se ofrece el incienso dio del oro más fino; y para hacer del mismo los cuatro querubines que formasen la figura de una carroza, los cuales, extendiendo sus alas, cubriesen con ellas el arca del Testamento del Señor. Todas estas cosas, dijo, se me han enviado delineadas por la mano del Señor; para que yo comprendiese todas las obras del diseño. Y añadió David a su hijo Salomón : Pórtate con valor y esfuerzo, y manos a la obra; no temas ni te acobardes; porque el Señor Dios mío estará contigo, y no te desamparará, ni abandonará hasta que concluyas todas las obras necesarias para el servicio de la casa del Señor. Aquí tienes los sacerdotes y levitas distribuidos en sus clases, y dispuestos y prontos a todo lo que conviene al ministerio de la casa del Señor; y así los príncipes o jefes como el pueblo sabrán ejecutar todas tus órdenes. Habló después así el rey David a toda la asamblea: Dios ha escogido entre todos los demás a mi hijo Salomón , que es aún jovencito y tierno; y la empresa es grande; porque no se trata de disponer habitación para un hombre, sino para Dios. Yo por mi parte he preparado con todas mis fuerzas todos los materiales para la casa de mi Dios. Oro para los utensilios de oro, y plata para los de plata, bronce para los de bronce, hierro para los de hierro, madera para los de madera, y piedras de ónique, y semejantes al alcohol, y otras de varios colores, y toda suerte de piedras preciosas, y mármol de Paros en grandísima cantidad. Y además de estas cosas que tengo destinadas para la casa de mi Dios, doy de mi peculio oro y plata para el templo de mi Dios, además de aquello que he puesto aparte para el santuario, tres mil talentos de oro de Ofir, y siete mil talentos de plata finísima para dorar o cubrir de oro las paredes del Templo. De suerte que donde quiera que sea necesario, los artífices puedan hacer de oro lo que se haya de hacer de oro, y de plata lo que se haya de hacer de plata. Mas si alguno quiere hacer espontáneamente oferta, preséntela hoy por su mano, y ofrezca al Señor lo que gustare. Los príncipes, pues, de las familias, y los magnates de las tribus de Israel con los tribunos y centuriones, y administradores de la hacienda del rey, prometieron y dieron para las obras de la casa de Dios cinco mil talentos de oro, y diez mil sueldos o monedas de oro, y diez mil talentos de plata, y dieciocho mil de cobre, con cien mil talentos de hierro. Y todos cuantos tenían piedras preciosas las entregaron, para ponerlas en los tesoros de la casa del Señor, a Jahiel, gersonita, tesorero. Y el pueblo mostró su alegría al prometer estas ofrendas voluntarias; porque las hacía al Señor de todo su corazón; por lo cual el mismo rey David se llenó de gozo. Y bendijo al Señor en presencia de toda la muchedumbre, y dijo: Bendito eres, Señor Dios de Israel nuestro padre, por los siglos de los siglos. Tuya es, Señor, la magnificencia, el poder, la gloria, y la victoria; y a ti se debe la alabanza, porque todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra tuyas son; tuyo, oh Señor, es el reino, y tú eres sobre todos los reyes. Tuyas son las riquezas, y tuya es la gloria; tú eres el Señor de todo; en tu mano está la fuerza y el poder; en tu mano la grandeza y el imperio de todas las cosas. Ahora, pues, oh Dios nuestro, nosotros te glorificamos, y alabamos tu esclarecido Nombre. ¿Quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que nos atrevamos a ofrecerte todas estas cosas? Tuyas son todas las cosas; y lo que hemos recibido de tu mano, eso te hemos dado. Porque nosotros somos peregrinos y advenedizos delante de ti, como todos nuestros padres. Nuestros días pasan como sombra sobre la tierra; sin que haya consistencia alguna. ¡Oh Señor Dios nuestro!, toda esta abundancia de cosas preparada por nosotros para erigir una casa o templo a tu santo Nombre, de tu mano ha venido, y tuyas son todas las cosas. Bien sé, Dios mío, que tú sondeas los corazones y que amas la sencillez; y por eso con sencillez de corazón he ofrecido gozoso todas estas cosas, y he visto cómo tu pueblo, que está aquí congregado te ha ofrecido sus dones con gran alegría. ¡Oh Señor Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel nuestros padres!, conserva eternamente este afecto de su corazón, y dure para siempre esta devoción a tu culto. Da también a mi hijo Salomón un corazón perfecto, para que guarde tus mandamientos, y tus leyes, y tus ceremonias, y lo ponga todo por obra, y edifique la casa, cuyos materiales tengo yo prevenidos. Después dijo David a toda la asamblea: Bendecid al Señor Dios nuestro. Y toda la asamblea bendijo al Señor Dios de sus padres; y postrándose adoraron a Dios, y rindieron en seguida su homenaje al rey. Y sacrificaron víctimas al Señor; y al día siguiente ofrecieron en holocausto mil toros, mil carneros, mil corderos, con sus libaciones, según el rito; lo que sirvió abundantísimamente para todo Israel. Con lo cual comieron y bebieron aquel día en presencia del Señor con gran alegría. Ungieron después por segunda vez a Salomón , hijo de David. Y lo ungieron por rey por orden del Señor; y a Sadoc por sumo sacerdote. Y Salomón se sentó como rey sobre el trono del Señor en lugar de su padre David, y fue del agrado de todos; y todo Israel le prestó obediencia. Al mismo tiempo todos los príncipes y magnates, y todos los hijos del rey David le juraron fidelidad, y se sometieron al rey Salomón . Y el Señor ensalzó a Salomón sobre todo Israel; y lo colmó de tanta gloria en el reino, cual no la tuvo antes de él ningún rey de Israel. Reinó, pues, David, hijo de Isaí, sobre todo Israel. El tiempo que reinó sobre Israel fue de cuarenta años; en Hebrón reinó siete años, y treinta y tres en Jerusalén . Murió al fin en dichosa vejez, lleno de días, de riquezas y de gloria; y le sucedió en el trono su hijo Salomón . Todos los hechos de David, así los primeros como los últimos, están escritos en el Libro de Samuel profeta, y en el Libro de Natán profeta, y en el de Gad profeta, con la historia de todo su reinado, y de las empresas de valor y acontecimientos que ocurrieron en su tiempo, tanto en Israel como en los demás reinos de las tierras vecinas. Quedó, pues, Salomón , hijo de David, asegurado en su reino, y el Señor Dios suyo estaba con él, y lo engrandeció en sumo grado. Entonces Salomón convocó a todo Israel, a los tribunos, y centuriones, y comandantes, y jueces de todo Israel, y a las cabezas de las familias, y marchó con toda esta multitud al alto de Gabaón, donde estaba el Tabernáculo del Testamento de Dios, que Moisés, siervo de Dios, construyó en el desierto. En cuanto al arca de Dios, David la había llevado de Cariatiarim al lugar que le había preparado, y donde le había erigido un Tabernáculo, esto es, a Jerusalén . Mas el altar de bronce, hecho por Beseleel, hijo de Uri, hijo de Hur, estaba allá en Gabaón delante del Tabernáculo del Señor; y Salomón , con todo aquel congreso, fue allí a presentarse ante dicho altar. Subió, pues, Salomón al altar de bronce, delante del Tabernáculo de la Alianza del Señor, y ofreció en él mil víctimas. Y he aquí que aquella misma noche se le apareció Dios, diciendo: Pídeme lo que quieras que te conceda. Respondió Salomón a Dios: Tú usaste de gran misericordia para con David, mi padre, y a mí me has constituido rey en su lugar. Ahora, pues, oh Señor Dios, cúmplase la promesa que hiciste a David, mi padre; y pues tú me has hecho rey de este pueblo tuyo tan crecido, tan innumerable como las partículas del polvo de la tierra, dame sabiduría e inteligencia para poder gobernar bien a este pueblo tuyo; porque, ¿quién podrá gobernar dignamente a este tu pueblo, siendo como es tan grande? Dijo entonces Dios a Salomón : Ya que esto es lo que ha agradado más a tu corazón, y no has pedido riquezas, ni hacienda, ni gloria, ni la muerte de aquellos que te odian, ni tampoco una larga vida; sino que has pedido sabiduría y ciencia para poder gobernar a mi pueblo, del cual yo te he hecho rey; te son otorgadas sabiduría y ciencia; y además te daré riquezas, y hacienda, y gloria en tanto grado, que ninguno de los reyes ni antes ni después de ti te igualará. Volvió después Salomón a Jerusalén desde el lugar alto de Gabaón de ante el Tabernáculo del Testamento; y reinó sobre Israel. Y juntó carros de guerra, y gente de a caballo, y vino a tener hasta mil cuatrocientos carros armados, y doce mil soldados de a caballo, y los alojó en las ciudades destinadas para los carros de guerra, y en Jerusalén cerca de su persona. E hizo el rey que la plata y el oro en Jerusalén fuese tan común como las piedras, y los cedros como las higueras silvestres que con tanta abundancia crecen en los campos. Le llevaban caballos de Egipto y de Coa los comisarios regios, que iban a comprarlos por su justo precio: Un tiro de cuatro caballos en seiscientos siclos de plata, y un caballo en ciento cincuenta; y del mismo modo se hacían semejantes compras en todos los reinos de los heteos y de los reyes de Siria. Resolvió, pues, Salomón edificar el templo al Nombre del Señor, y un palacio para sí. A este fin destinó setenta mil peones para traer a hombros las cargas, y ochenta mil para cortar y labrar las piedras en el monte, y les puso tres mil seiscientos sobrestantes o encargados. Y envió a decir a Hiram, rey de Tiro: Así como lo hiciste con David, mi padre, remitiéndole maderas de cedro para la construcción de la casa, donde él habitó, hazlo conmigo, para que yo pueda edificar una casa al Nombre del Señor Dios mío, y consagrársela para ofrecer incienso en su presencia, y esparcir el humo de los aromas, y tenerle presentados perpetuamente los panes, ofrecerle los holocaustos por la mañana y por la tarde, y en los sábados, y en los novilunios, y en las solemnidades del Señor Dios nuestro para siempre, como está mandado a Israel. Porque la casa que yo deseo edificar ha de ser grande, pues grande es nuestro Dios sobre todos los dioses. Mas ¿quién será capaz de edificarle una casa que sea digna de él? Si el cielo, si los cielos de los cielos no pueden abarcarle, ¿quién soy yo para poder construirle una casa? Mas no la hago para otra cosa, sino para ofrecer en ella incienso en su honor. Envíame, pues, un hombre inteligente, diestro en trabajar el oro, y la plata, y el bronce, y el hierro y la púrpura, y la escarlata, y el jacinto, y que sepa esculpir molduras, para que trabaje con estos artífices míos que he tomado de la Judea y de Jerusalén , escogidos por mi padre David. Envíame asimismo maderas de cedro, y de enebro, y de pino, del Líbano; porque sé que tus siervos son prácticos en el corte de las maderas del Líbano, y mis siervos trabajarán con los tuyos, para proveerme de maderas en abundancia. Pues la casa que yo deseo edificar ha de ser muy grande y suntuosa. En orden a los obreros siervos tuyos, que han de trabajar en la madera, yo aprontaré para su sustento veinte mil coros o cargas de trigo, y otras tantas de cebada, y veinte mil cántaros de vino, y asimismo veinte mil medidas o satos de aceite. Hiram, rey de Tiro, en la carta con que contestó a Salomón , decía: Por lo mucho que ama el Señor a su pueblo, por eso te ha puesto a ti para que reines sobre él. Y añadía: Bendito sea el Señor Dios de Israel, que hizo el cielo y la tierra, el cual ha dado al rey David un hijo sabio, entendido, juicioso y prudente, a fin de que edificara un templo al Señor, y un palacio para sí. Te envío, pues, un hombre inteligente y peritísimo, que es Hiram, a quien honro como a mi padre, hijo de una mujer de la tribu de Dan, de padre natural de Tiro, el cual sabe trabajar en oro, y en plata, en bronce, y en hierro, y en mármol, y en maderas, y asimismo en púrpura, y en jacinto, y en lino fino, y en escarlata, y que sabe igualmente hacer toda obra de entalladura, e inventar ingeniosamente cuanto es menester en todas labores, y estará en compañía de tus artífices, y con aquellos de mi señor David, tu padre. En vista de esto, remite, señor mío, para tus siervos el trigo, la cebada, el aceite y el vino que has prometido; que nosotros haremos cortar maderas del Líbano, cuantas necesitares, y las llevaremos juntas en balsas por mar hasta Joppe, y tú cuidarás de transportarlas a Jerusalén . Con esto Salomón hizo tomar nota de todos los varones extranjeros, que había en tierra de Israel, después del encabezamiento que había mandado hacer su padre David, y se hallaron ciento cincuenta y tres mil seiscientos; de los cuales destinó setenta mil para traer las cargas a hombros, y ochenta mil para cortar y labrar las piedras en los montes, y tres mil seiscientos para capataces de los trabajos de esta gente. Dio, pues, Salomón principio a la construcción del templo del Señor en Jerusalén en el monte Moria, señalado expresamente ya a David, su padre, en el lugar que tenía David preparado en la era de Ornán, jebuseo; y empezó el edificio el mes segundo del año cuarto de su reinado. Y éstas son las medidas de los cimientos echados por Salomón para el edificio de la casa de Dios: la longitud era de sesenta codos de la antigua medida; la latitud de veinte codos. En cuanto al pórtico, que estaba enfrente, tenía de longitud veinte codos, conforme a la medida de la anchura del templo; mas la altura era de ciento veinte codos; y Salomón lo hizo cubrir todo por dentro de oro finísimo. La parte mayor del templo, llamada el Santo, la cubrió con tablas de madera de abeto, clavando por todas partes planchas de oro acendrado, e hizo esculpir en ella, en el artesonado, palmas y unas como cadenillas enlazadas unas con otras. El pavimento del templo lo enlosó de mármoles preciosísimos, con gran primor. El oro, con cuyas láminas cubrió el templo y sus vigas, y los pilares, y paredes, y las puertas, era sumamente fino. En las paredes hizo entallar querubines. Edificó asimismo la casa o el lugar santísimo; cuya longitud era de veinte codos, como la anchura del templo, y su anchura igualmente de veinte codos, y la cubrió con planchas de oro, que pesaban cerca de seiscientos talentos. Aun los clavos los hizo hacer de oro, cada uno de los cuales pesaba cincuenta siclos; e igualmente cubrió de oro los artesonados del techo. Hizo asimismo en la casa del lugar santísimo dos estatuas de querubines, las que cubrió de oro. Las alas de los querubines se extendían veinte codos; de manera que un ala tenía cinco codos y tocaba la pared del templo, y la otra también de cinco codos, tocaba el ala del otro querubín. Del mismo modo el ala del otro querubín tenía cinco codos y tocaba la pared; y la otra ala suya de cinco codos, tocaba el ala del primer querubín: De manera que las alas de ambos querubines estaban extendidas cogiendo el espacio de veinte codos. Estaban ellos de pie derecho, y sus rostros mirando con dirección hacia la parte exterior del templo. Hizo también un velo de jacinto, de púrpura, de escarlata y de lino finísimo, e hizo bordar en él querubines. Además, delante de las puertas del templo erigió dos columnas, que tenían treinta y cinco codos de altura entre las dos, y cuyos capiteles eran de cinco codos. También hizo unas cadenillas, como las del santuario, que colocó sobre los capiteles de las columnas, con cien granadas mezcladas con las cadenillas. Estas columnas las colocó en el atrio del templo una a la derecha y otra a la izquierda; a la de la derecha la llamó Jaquín, y a la de la izquierda Booz. Hizo asimismo un altar de bronce de veinte codos de largo, veinte codos de ancho y diez de alto. Y una gran concha o pila de bronce fundido, que tenía diez codos de diámetro, redonda perfectamente: cinco codos tenía de profundidad, y un cordoncillo de treinta codos abrazaba toda su circunferencia. Debajo de la concha había figuras de bueyes, y por diez codos en lo exterior algunas esculturas, que divididas en dos órdenes, daban vuelta por lo más ancho del mar; estaban los bueyes fundidos junto con la concha. Y el mismo mar o concha, estaba asentado sobre doce bueyes; de los cuales tres miraban al norte, otros tres al occidente, tres otros al mediodía, y los restantes tres al oriente sosteniendo el mar, el cual cargaba sobre ellos; las espaldas de los bueyes estaban hacia dentro, debajo del mar. El grueso de éste era de la medida de un palmo; y su borde era como el labio de un cáliz o de un lirio abierto; y cabían en él tres mil cántaros. Hizo también diez conchas, de las cuales puso cinco a la mano derecha, y las otras cinco a la siniestra, para lavar en ellas todo lo que debía ofrecerse en holocausto; los sacerdotes se lavaban en la concha grande o mar. Hizo asimismo diez candeleros de oro, según la forma prescrita; y los colocó en el templo, cinco a la derecha y cinco a la izquierda. Además diez mesas, y las puso en el templo, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, e hizo igualmente cien tazas de oro. Construyó también el atrio de los sacerdotes y el gran pórtico, y en el pórtico las puertas, las cuales cubrió de bronce. El mar lo colocó al lado derecho, al mediodía, mirando hacia el oriente. Hizo asimismo Hiram calderas, y tridentes y jarras; y concluyó todas las obras que el rey mandó hacer en el templo de Dios, es a saber, las dos columnas con sus frisos y capiteles y unas como mallas, con tal arte, que abrazaban los capiteles de sobre los frisos. Igualmente cuatrocientas granadas y dos mallas, en tal disposición, que se juntaban dos órdenes de granada a cada una de las mallas que abrazaban los capiteles y frisos de las columnas. Hizo también las bases y conchas, las cuales asentó sobre las bases. El mar y los doce bueyes de debajo del mar; las calderas, o tridentes o garfios, y las jarras. Todos los utensilios hizo de bronce finísimo a Salomón , Hiram, su padre, para la casa del Señor. Los mandó fundir el rey en la ribera del Jordán en una tierra gredosa, entre Socot y Saredata. La multitud de vasos era innumerable, de suerte que no se sabía la cantidad de bronce empleada. E hizo Salomón todos estos vasos de la casa de Dios, y el altar de oro, y las mesas, sobre las cuales se ponían los panes de la proposición. Asimismo los candeleros con sus mecheros de oro purísimo, para que luciesen ante el oráculo, según el rito; y ciertos florones, y las lamarcallas, y despabiladores de oro; todo se hizo de oro el más puro. Así como también eran de oro purísimo los braserillos de los perfumes, y los incensarios, y las navetas, y los morterillos. Las puertas del templo interior, esto es, el lugar santísimo, las hizo cincelar, y las puertas del templo estaban cubiertas de oro por fuera. De esta suerte quedaron acabadas todas las obras que hizo Salomón en la casa del Señor. Salomón , pues, hizo traer y guardar en los tesoros de la casa de Dios todo lo que su padre David había ofrecido: la plata y el oro y todos los vasos. Después de esto convocó a los ancianos de Israel, y a todos los príncipes de las tribus, y cabezas de familia de los hijos de Israel, en Jerusalén , para trasladar el arca del Testamento del Señor desde la ciudad de David, por otro nombre Sión. Vinieron, pues, al rey, todos los varones de Israel el día solemne del mes séptimo. Y estando juntos todos los ancianos de Israel, llevaron el arca los levitas, y la introdujeron en el templo con todo el aparato del Tabernáculo. Los vasos del santuario que había en el Tabernáculo los llevaron los sacerdotes con los levitas. Entretanto el rey Salomón y toda la congregación de Israel, y todos los que se habían reunido delante del arca , sacrificaban carneros y bueyes sin número; tan grande era la multitud de las víctimas. En fin, los sacerdotes metieron el arca del Testamento del Señor en su lugar, esto es, en el oráculo del templo, en el lugar santísimo bajo las alas de los querubines. De tal suerte, que los querubines tenían extendidas sus alas sobre el lugar en que descansaba el arca , y cubrían la misma arca y sus varas; aunque como las varas, con que se llevaba el arca , eran algo más largas, se descubrían sus remates delante del oráculo; aunque el que estuviese un poco afuera, ya no podía verlas. Así quedó el arca allí, hasta el día de hoy. No había otra cosa en el arca sino las dos tablas puestas por Moisés en Horeb, cuando el Señor dio la ley a los hijos de Israel, después que salieron de Egipto. Salidos del santuario los sacerdotes (pues todos los sacerdotes que pudieron hallarse allí, se santificaron; no estando entonces hecho o puesto en práctica el repartimiento entre ellos de los turnos y orden de sus funciones), tanto los levitas como los cantores, esto es, los que estaban a las órdenes de Asaf, y los que estaban a las de Emán, y los que estaban a las de Iditún, sus hijos y hermanos, vestidos de lino finísimo, tañían címbalos, y salterios y cítaras, puestos en pie a la parte oriental del altar, y con ellos ciento veinte sacerdotes que tocaban sus trompetas o clarines. Así, pues, formando todos un concierto con el canto y el sonido de las trompetas, y címbalos, y órganos, y toda especie de instrumentos músicos, y alzando en alto la voz, se percibía el sonido a lo lejos. Y sucedió que cuando hubieron comenzado a cantar y decir: Alabad al Señor, porque es bueno; porque es eterna su misericordia; la casa de Dios se llenó de una nube, de suerte que los sacerdotes no podían estar allí, ni ejercer sus funciones, a causa de la densa niebla. Porque la gloria del Señor había llenado la casa de Dios. Entonces Salomón dijo: El Señor ha prometido que pondría su mansión en la niebla u oscuridad; y yo he erigido una casa a su Nombre, para que habite en ella perpetuamente. Luego volviéndose el rey hacia toda la multitud de Israel (pues toda la gente estaba en pie, atenta) la bendijo, y habló así: Bendito sea el Señor Dios de Israel, que ha llevado a efecto la promesa que hizo a David, mi padre, cuando le dijo: Desde el día en que saqué a mi pueblo de la tierra de Egipto, no me escogí de todas las tribus de Israel ninguna ciudad, donde se edificara una casa a mi Nombre; ni elegí tampoco ningún otro hombre, para que gobernase establemente a mi pueblo de Israel; sino que escogí a Jerusalén para que se invoque en ella mi Nombre, y elegí a David para constituirle rey de mi pueblo de Israel. Y como mi padre David desease edificar una casa al Nombre del Señor Dios de Israel, le dijo el Señor: En haber tú tenido esa voluntad de edificar casa en mi Nombre, ciertamente has hecho bien; ha sido bueno tu deseo. Mas no serás tú el que construirás esa casa; sino que ha de ser tu hijo nacido de ti, quien ha de edificar la casa en mi Nombre. El Señor, pues, ha cumplido la palabra que había dado, y yo he venido a suceder a mi padre David, y me he sentado en el trono de Israel, como lo dijo el Señor; y edificado la casa al Nombre del Señor Dios de Israel, y colocado en ella el arca , dentro de la cual está el pacto que hizo el Señor con los hijos de Israel. Dicho esto, se puso en pie Salomón delante del altar del Señor, a vista de todo el concurso de Israel, y extendió sus manos. (Es de advertir que Salomón había hecho un estrado de bronce, de cinco codos de largo, cinco de ancho y tres de alto, la cual había hecho colocar en medio del atrio grande del templo, y estaba en pie sobre ella). Y arrodillándose después en presencia de todo el concurso de Israel, y alzando las manos al cielo, habló de esta manera: Señor Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti, ni en el cielo ni en la tierra; a ti que guardas el pacto y usas de misericordia con tus siervos, con los que siguen de todo su corazón tus caminos. Tú que has cumplido todas las promesas que habías hecho a tu siervo David, mi padre; pues lo que de palabra le ofreciste, lo has puesto por obra, como se demuestra hoy día. Cumple también ahora, oh Señor Dios de Israel, todo aquello que anunciaste a mi padre David, tu siervo, diciendo: No faltará de tu linaje quien se siente en mi presencia sobre el trono de Irael; con tal que tus hijos velen sobre sus acciones, caminando según mi ley, como tú has andado delante de mí. Ahora bien, oh Señor Dios de Israel, sea confirmada tu palabra, dada por ti a David, siervo tuyo. Pero, ¿y es realmente creíble que Dios habite con los hombres sobre la tierra? Si los cielos de los cielos no pueden abarcarte, ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado? Verdad es que ella solamente se ha hecho para que tú, Señor Dios mío, atiendas a la oración y súplicas de tu siervo, y escuches los ruegos que expone tu siervo ante tu presencia; para que tengas abiertos los ojos de día y de noche sobre esta casa, sobre este lugar en que has prometido que sería invocado tu Nombre, y otorgarías la petición hecha aquí por tu siervo, y despacharías las súplicas de tu siervo y de Israel, pueblo tuyo. A todo aquel que orare en este lugar, escúchale desde tu morada, esto es, desde los cielos, y muéstratele propicio. Si alguno pecare contra su prójimo, y viniere dispuesto a jurar contra él, y se obligare con maldición delante del altar de esta casa, tú lo escucharás desde el cielo, y harás justicia a tus siervos haciendo caer sobre la cabeza del inicuo su misma iniquidad, y ven-gando al justo y remunerándole según su justi-cia. Si tu pueblo de Israel fuere vencido por sus enemigos (porque pecará algún día contra ti), y convertido hiciere penitencia invocando tu Nombre y pidiendo perdón en este lugar, tú lo escucharás desde el cielo y perdonarás el pecado de tu pueblo de Israel; y lo volverás a la tierra que le diste a él y a sus padres. Si cerrado el cielo, faltare la lluvia por causa de los pecados del pueblo, y te suplicaren en este lugar, y dando glorias a tu Nombre se convirtieren de sus pecados cuando los hayas afligido, escúchalos, oh Señor, desde el cielo, y perdona los pecados de tus siervos y de Israel, pueblo tuyo, y enséñales el buen camino que han de seguir, y envía la lluvia a la tierra cuya posesión diste a tu pueblo. Si sobreviniere hambre en el país, o peste, o tizón, o pulgón, o langosta, u oruga; si los enemigos, después de haber talado los campos, tuvieren sitiada la ciudad; o en cualquier otro azote o enfermedad que los apure, cualquiera de tu pueblo de Israel que, considerando sus plagas y enfermedades te rogare, y alzare a ti sus manos en esta casa, tú lo oirás desde el cielo, desde esa tu excelsa morada, y le serás propicio, remunerando a cada uno según sus procederes, y conforme a lo que descubras en su corazón (pues sólo tú conoces los corazones de los hombres), a fin de que te teman, y sigan tus caminos todo el tiempo que vivieren sobre la tierra, dada por ti a nuestros padres. Aun al extranjero que no es de tu pueblo de Israel, si viniere de lejanas tierras, atraído de tu Nombre grande, y de tu poderosa mano y de tu brazo fuerte, y te adorase en este lugar, tú lo oirás desde el cielo, firmísima morada tuya, y otorgarás todas las cosas que te pidiere aquel forastero; a fin de que tu Nombre sea conocido de todos los pueblos de la tierra, y te teman éstos, como hace tu pueblo de Israel, y conozcan que tu Nombre es invocado en esta casa que yo he edificado. Si saliendo tu pueblo a campaña contra sus enemigos, y andando por el camino por donde tú le hayas enviado, te adorare vuelto hacia este sitio, en que se halla esta ciudad por ti elegida, y la casa que he edificado a tu Nombre, tú oirás desde el cielo sus plegarias y ruegos, y lo vengarás de sus enemigos. Que si los hijos de tu pueblo pecaren contra ti (pues no hay hombre que no peque), y enojado tú contra ellos los entregares en manos de los enemigos, los cuales los llevaren cautivos lejos o cerca; y en el país a donde fueren llevados cautivos, se convirtieren de corazón e hicieren penitencia, y en la tierra de su cautiverio te pidieren perdón, diciendo: Pecamos: procedido hemos inicuamente; injustamente hemos obrado; y convertidos a ti de todo su corazón y con toda su alma, en el país de su cautividad a que fueron llevados te adoraren vueltos hacia el camino de su tierra, que diste a sus padres, y a la ciudad que tú escogiste, y a la casa que he construido a tu Nombre: tú oirás desde el cielo, desde esa firmísima morada, sus súplicas, y harás su causa, y perdonarás a tu pueblo aunque pecador. Puesto que tú eres mi Dios, te suplico que tengas abiertos tus ojos, y atentos tus oídos a las oraciones que se harán en este lugar. Ahora, pues, levántate, oh Señor mi Dios, y ven al lugar fijo de tu morada: Tú y el arca por medio de la cual ostentas tu poderío. Experimenten tu socorro y protección, oh Señor Dios, tus sacerdotes, y gocen los santos con alegría tus beneficios. ¡Oh Señor Dios! no apartes tu rostro de este ungido tuyo; acuérdate de las misericordias o piedad de David, siervo tuyo. Luego que Salomón acabó de hacer sus fervorosas plegarias, bajó del cielo fuego que devoró los holocaustos y las víctimas; y la majestad del Señor llenó toda la casa. Ni podían los sacerdotes entrar dentro del templo del Señor por cuanto la majestad del Señor había llenado su templo. Asimismo todos los hijos de Israel estaban viendo bajar el fuego y la gloria del Señor sobre la casa, y postrándose rostro por tierra sobre el pavimento enlosado, adoraron y bendijeron al Señor, repitiendo: Porque es bueno y porque es eterna su misericordia. Entretanto el rey y todo el pueblo inmolaron víctimas delante del Señor. El rey Salomón ofreció en sacrificio veintidós mil bueyes, y ciento veinte mil carneros; de esta manera celebró el rey con todo el pueblo la dedicación de la casa de Dios. Al mismo tiempo atendían los sacerdotes a sus ministerios, y los levitas, al son de sus instrumentos, cantaban los salmos que había compuesto el rey David para alabar al Señor, repitiendo: Porque es eterna su misericordia. Cantaban éstos los himnos de David al son de sus instrumentos; y los sacerdotes enfrente de ellos, sonaban las trompetas, y todo Israel estaba en pie. Santificó también Salomón el medio del atrio de los sacerdotes, frente del templo del Señor; porque había ofrecido allí holocaustos, y la grasa de las víctimas pacíficas; por cuanto el altar de bronce que había hecho, no podía ser suficiente para tantos holocaustos, y sacrificios y grasa de las víctimas pacíficas. Concluida esta fiesta, celebró Salomón entonces por otros siete días la fiesta solemne de los Tabernáculos, y con él todo Israel, congregado en grandísimo número, desde la entrada de Emat hasta el arroyo de Egipto. El día octavo hizo la fiesta de la asamblea o reunión solemne, por haber hecho durante siete días la dedicación del altar, y celebrado por otros siete días la solemnidad de los Tabernáculos. En fin, el día ventitrés del mes séptimo envió a sus casas todas las gentes, alegres y llenas de júbilo por los beneficios que el Señor había hecho a David y Salomón y a su pueblo de Israel. Así acabó Salomón el templo del Señor, y el palacio real, y cuantas cosas se había propuesto en su corazón hacer en la casa del Señor y en su propia casa; y fue feliz. Se le apareció después el Señor de noche por segunda vez, y le dijo: He oído tu oración, y me he escogido este lugar, para casa de sacrificio y oración. Si cerrare yo el cielo y no lloviere, si mandare y diere orden a la langosta que devorare la tierra, si enviare la peste a mi pueblo; y mi pueblo, sobre el cual ha sido invocado mi Nombre, convertido me pidiere perdón, y procurare aplacarme, haciendo penitencia de su mala vida; yo también desde el cielo lo escucharé y perdonaré sus pecados, y libraré de los males su país. Y mis ojos estarán abiertos, y atentos mis oídos a la oración del que me invocare en este lugar. Porque este lugar lo he escogido yo y santificado, para que mi Nombre sea invocado en él para siempre, y están fijos sobre él mis ojos y mi corazón en todo tiempo. Tú también, si anduvieres en mi presencia, como anduvo David, tu padre, y practicares en todo y por todo lo que yo te he ordenado, y observares mis mandamientos y leyes, yo afirmaré el trono de tu reino, como se lo prometí a David tu padre, diciendo: No faltará jamás quien de tu linaje tenga el reino de Israel. Mas si me volvieseis las espaldas y abandonareis mis mandamientos y mis preceptos que os he intimado, y fuereis a servir a dioses ajenos, y los adorareis, os arrancaré de esa tierra mía que os di; y ese templo, que he consagrado a mi Nombre, lo arrojaré de mi presencia, y haré que sirva de fábula y de escarmiento a todas las gentes. Y será esta casa el escarnio de todos los caminantes; los cuales dirán asombrados: ¿Por qué motivo ha tratado así el Señor a este país y a esta casa? Y les responderán: Porque abandonaron al Señor Dios de sus padres, que los sacó de la tierra de Egipto, y han abrazado dioses ajenos, y los han adorado y rendido culto; por eso han caído sobre ellos todas estas calamidades. Pasados ya veinte años después que Salomón edificó la casa del Señor, y la suya propia, restauró las ciudades que Hiram le había dado o vuelto, e hizo que las habitasen los hijos de Israel. Marchó también a Emat de Suba, y se apoderó de ella; y reedificó a Palmira en el desierto, y en el país de Emat otras ciudades muy fuertes. Restauró asimismo a Bet-Horón la de arriba y a Bet-Horón de abajo, ciudades muradas y con puertas, barras y cerraduras; como también a Balaat y a todas las ciudades fortísimas que tenía Salomón , y todas las ciudades de los carros de guerra y las de la caballería. Ejecutó Salomón todo cuanto quiso e ideó, así en Jerusalén , como en el Líbano, y en todo el país de su dominio. A toda la gente que había quedado de los heteos, y amorreos, y ferezeos, y heveos, y jebuseos, los cuales no eran del linaje de Israel; esto es, a los hijos y descendientes de aquellos a quienes los israelitas habían salvado la vida, Salomón los hizo tributarios o siervos, hasta el día de hoy. Mas no echó mano de los hijos de Israel para trabajar en las obras del rey; porque éstos servían en la milicia, y de ellos eran los primeros oficiales, y los comandantes de los carros armados, y de la caballería. Todos los jefes del ejército del rey Salomón eran doscientos cincuenta; los cuales adiestraban al pueblo. A la hija del faraón la mudó de la ciudad de David a la casa que edificó para ella. Porque dijo el rey: No habitará mi mujer en la casa de David, rey de Israel; pues quedó esta casa santificada, por haberse hospedado en ella el arca del Señor. Entonces Salomón ofreció al Señor holocaustos sobre el altar del Señor, que había erigido delante del pórtico; con el fin de que se sacrificase en él, según el mandamiento de Moisés, todos los días, en los sábados, y en las tres festividades del año, esto es, en la solemnidad de los Azimos, y en la solemnidad de las Semanas o de Pentecostés, y en la solemnidad de los Tabernáculos. Distribuyó también, según las disposiciones de su padre David, las funciones de los sacerdotes en sus ministerios; y estableció el orden que debían guardar los levitas respecto al canto y al cumplimiento de sus oficios delante de los sacerdotes, según el rito de cada día; y el repartimiento de los porteros en cada una de las puertas; porque así lo había ordenado David, varón de Dios. Y tanto los sacerdotes como los levitas observaron puntualmente todas cuantas órdenes les dio el rey sobre esto, y sobre la custodia de los tesoros. Salomón tuvo prevenidos todos los gastos, desde el día en que echó los cimientos de la casa del Señor, hasta el día en que la acabó. Entonces fue Salomón a Asiongaber y a Ailat, a la ribera del mar Rojo, que pertenece a Idumea; a donde el rey Hiram le remitió por medio de sus siervos, naves y marineros prácticos del mar, que fueron con la gente de Salomón a Ofir, y trajeron de allí cuatrocientos cincuenta talentos de oro al rey Salomón . Habiendo oído la reina de Saba la fama de Salomón , vino a Jerusalén a fin de hacer prueba de él por medio de preguntas difíciles y enigmáticas, trayendo consigo grandes riquezas, y camellos cargados de aromas, y muchísimo oro y piedras preciosas. Y llegada que fue a la presencia de Salomón , le propuso todas cuantas dificultades tenía en su corazón. Mas Salomón le descifró todas las cosas que le propuso; ni hubo punto que no se lo declarase. Habiendo, pues, ella visto la sabiduría de Salomón , y la casa que había construido; y la manera con que era servida su mesa, y las habitaciones de sus cortesanos, y las diferentes clases de los que le servían y la magnificencia de sus vestidos, y los coperos con sus ricos trajes, y las víctimas que se inmolaban en el templo del Señor, quedó atónita y como fuera de sí; y dijo al rey: Verdadera es la fama que yo había oído en mi tierra de tus virtudes y de tu sabiduría. Yo no acababa de creer a los que lo contaban, hasta tanto que yo misma he venido, y visto con mis propios ojos y palpado con mis manos, que apenas se me había dicho la mitad de tu sabiduría; tus virtudes exceden a lo que de ti publica la fama. Dichosas tus gentes, y felices tus criados, que están siempre alrededor de ti, y escuchan tu sabiduría. Bendito sea el Señor Dios tuyo, que te ha colocado sobre su trono para reinar en el lugar del Señor tu Dios. Como Dios ama a Israel, y quiere conservarle para siempre; por eso te ha constituido rey suyo, para que lo gobiernes y administres justicia. Después regaló al rey ciento veinte talentos de oro, y una cantidad increíble de aromas y de preciosísimas piedras. No se vieron jamás aromas tales, como éstos que dio la reina de Saba al rey Salomón . Los vasallos de Hiram, con los de Salomón , trajeron también de Ofir oro y maderas de tino y piedras de gran valor. De cuya madera de tino mandó el rey hacer la gradería del templo del Señor y del palacio real, como también las cítaras y los salterios para los cantores. No se vio nunca en el país de Judá madera como ésta. El rey Salomón por su parte dio a la reina de Saba todo cuanto quiso y pidió, y muchas más preciosidades que las que ella le había presentado; la cual se volvió, y regresó a su reino con sus criados. Y pesaba el oro que traían a Salomón de año en año, seiscientos sesenta y seis talentos, sin contar la suma con que solían contribuir los diputados de diferentes naciones, y los comerciantes, y todos los reyes de Arabia, y los sátrapas de las provincias, los cuales llevaban oro y plata a Salomón . Hizo, pues, el rey Salomón doscientas picas de oro, cada una de las cuales llevaba de peso seiscientos siclos de oro; y asimismo trescientas rodelas o adargas de oro, cubierta cada una de trescientos siclos de oro; lo que puso el rey en la armería, que estaba situada en el palacio llamado del Bosque. Hizo también el rey un gran trono de marfil, y lo revistió de finísimo oro. Asimismo seis gradas por las que se subía al trono, y una tarima de oro, y dos brazos, uno por cada parte, y dos leones arrimados a los brazos, además de otros doce leoncillos puestos sobre las seis gradas del uno y otro lado. En ningún otro reino hubo un trono semejante. Asimismo toda la vajilla de la mesa del rey era de oro, y era también de oro finísimo la vajilla de la casa o palacio del Bosque del Líbano; porque la plata en aquel tiempo era reputada por nada. Pues la flota del rey iba de tres en tres años a Tarsis con los siervos de Hiram, y traía de allí oro, y plata, y marfil, y monas, y pavos. Salomón , pues, sobrepujó a todos los reyes de la tierra en riquezas y en gloria; de suerte que todos los reyes de la tierra deseaban ver la cara de Salomón para oír la sabiduría que Dios había infundido en su corazón, y le llevaban presentes todos los años, vasos de oro y de plata, ropas preciosas, y armas, y aromas, y caballos, y mulos. Y tuvo Salomón en sus caballerizas cuarenta mil caballos y doce mil carros, y doce mil hombres de caballería, y los tenía en las ciudades destinadas a su alojamiento, y en Jerusalén donde él residía. Y extendió su poderío sobre todos los reyes, desde el río Eufrates hasta la tierra de los filisteos y los confines de Egipto, e hizo abundar tanto la plata en Jerusalén como las piedras, y los cedros como las higueras silvestres que crecen en los cam-pos. Y le traían caballos de Egipto y de todas las provincias. Las demás acciones de Salomón , así las primeras como las postreras, están escritas en los libros de Natán profeta, y en los de Ahías silonita, y también en la visión de Addo, que profetizó contra Jeroboam, hijo de Nabat. Reinó Salomón en Jerusalén sobre todo Israel cuarenta años. Y fue a descansar con sus padres, y lo sepultaron en la ciudad de David; sucediéndole en el reino su hijo Roboam. En consecuencia Roboam partió a Siquem; porque había concurrido allí todo Israel para reconocerle por rey. Lo que oído por Jeroboam, hijo de Nabat, que se hallaba en Egipto (a donde se había refugiado huyendo de Salomón ), al punto dio la vuelta. Y lo enviaron a llamar; y uniéndose con todo Israel, fueron y hablaron a Roboam en estos términos: Tu padre nos oprimió con un yugo durísimo; sea tu gobierno más suave que el de tu padre, el cual impuso una pesada esclavitud; alívianos un poco la carga, si quieres que te sirvamos. Respondió Roboam: Volved a mí de aquí a tres días. Retirado el pueblo, tuvo consejo con los ancianos que habían estado alrededor de su padre Salomón mientras vivía, y les dijo: ¿Qué me aconsejáis que responda al pueblo? Los ancianos le contestaron: Si acaricias a este pueblo, y lo aplacas con palabras dulces, ellos serán tus vasallos perpetuamente. Mas Roboam no hizo caso del consejo de los ancianos; y comenzó a tratar la cosa con los jóvenes que se habían criado con él, y le hacían la corte; y les dijo: ¿Qué os parece? ¿Y qué debo yo responder a este pueblo, que me ha venido a decir: Aligéranos el yugo que nos impuso tu padre? Pero ellos, como mozos, y criados con él entre delicias, le respondieron, diciendo: A este pueblo que te ha dicho: Tu padre agravó nuestro yugo, aligeránosle tú; le has de hablar así y darle esta respuesta: Mi dedo meñique es mucho más grueso que los lomos de mi padre. Mi padre cargó sobre vosotros un yugo pesado; pues yo os añadiré mayor peso; mi padre os azotó con varas, y yo os azotaré con escorpiones. Volvió, pues, Jeroboam con todo el pueblo al tercer día a Roboam, como éste se lo había mandado. Y el rey, desechado el consejo de los ancianos, les respondió con dureza; y les dijo, conforme al parecer de los jóvenes: Mi padre cargó sobre vosotros un yugo pesado, y yo lo agravaré más; mi padre os azotó con varas, mas yo he de azotaros con escorpiones. Y no quiso condescender con los ruegos del pueblo; por ser voluntad de Dios que se cumpliese su palabra, anunciada por boca de Ahías silonita a Jeroboam, hijo de Nabat. Entonces todo el pueblo, al oír la respuesta tan dura del rey, le habló así: Nosotros nada tenemos que ver con la casa de David; ni nada que esperar del hijo de Isaí. Retírate, oh Israel, a tus habitaciones; y tú Roboam, hijo de David, rige tu casa. Y se retiró Israel a sus habitaciones. Y Roboam quedó reinando sobre los hijos de Israel que moraban en las ciudades de la tribu de Judá. Envió después el rey Roboam a Aduram, superintendente de los tributos. Mas los hijos de Israel lo apedrearon y fue muerto. En vista de lo cual el rey Roboam montó apresuradamente en su carroza, y huyó a Jerusalén . Desde entonces se separó Israel de la casa de David como lo está en el día de hoy. Vuelto Roboam a Jerusalén , convocó de toda la tribu de Judá y de la de Benjamín ciento ochenta mil combatientes escogidos, para pelear contra Israel, y reducirlo a su dominio. Pero el Señor habló a Semeías, varón de Dios, diciéndole: Dile a Roboam, hijo de Salomón , rey de Judá, y a todo Israel, que se halla en Judá y en Benjamín: Esto dice el Señor: No marcharéis ni pelearás contra vuestros hermanos. Vuelva cada uno a su casa; pues se ha hecho esta división por voluntad mía. Así que oyeron ellos la palabra del Señor, se retiraron y no pasaron adelante contra Jeroboam. Y Roboam habitó en Jerusalén , y edificó ciudades para servir de fortalezas en el país de Judá; y fortificó a Betlehem, y a Etam, y a Tecué, y a Betsur, y Socó, y Odollam, como también a Get, y Maresa a Zif, y Aduram, y Laquis, y Azeca, e igualmente a Saraa, y Ajalón, y Hebrón, que estaban parte en el país de Judá, y parte en el de Benjamín, todas ciudades muy fuertes. Y habiéndolas cercado de muros, puso en ellas gobernadores y almacenes de víveres, esto es, de aceite y vino. Hizo además de esto en cada una de las ciudades una armería de escudos y de picas, y las fortificó con sumo esmero; y reinó sobre las tribus de Judá y de Benjamín. Por otra parte los sacerdotes y levitas que había por todo Israel, se vinieron a Roboam de todos los lugares de su residencia, abandonando sus ejidos y todos sus bienes, y pasándose a la parte de Judá y Jerusalén , por haberlos echado Jeroboam y sus sucesores, para que no ejerciesen las funciones del sacerdocio del Señor. E instituyó Jeroboam sacerdotes de los lugares altos, y de los demonios y de los becerros que había hecho. Pero de todas las tribus de Israel vinieron a Jerusalén a ofrecer sus sacrificios delante del Señor Dios de sus padres, cuantos habían resuelto en su corazón seguir al Señor Dios de Israel. Con lo que fortificaron el reino de Judá, y afianzaron el trono de Roboam, hijo de Salomón , por tres años; porque solamente por tres años siguieron los caminos de David y de Salomón . Roboam se casó con Mahalat, hija de Jerimot, hijo de David, y también con Abihail, hija de Eliab, hijo de Isaí: de la cual tuvo a Jehús, y a Somorias, y a Zoom. Después de ésta se casó con Maaca, hija de Absalón, la cual tuvo a Abía, a Etai, a Ziza, y a Salomit. Amó Roboam a Maaca, hija o nieta de Absalón, más que a todas sus mujeres principales, y de segundo orden; siendo así que tuvo dieciocho esposas, y sesenta mujeres secundarias y de ellas veintiocho hijos y sesenta hi-jas. Pero le dio a Abía, hijo de Maaca, la preferencia poniéndolo por cabeza de todos sus hermanos; por cuanto tenía el designio de darle el reino; pues era el más sabio y el más valeroso de todos sus hijos; a cuyo fin esparció a éstos por los términos de Judá y de Benjamín, en todas las ciudades fortificadas; donde les dio alimen-to en abundancia, y les procuró muchas muje-res. Fortalecido Roboam, y asegurado en el reino, abandonó la ley del Señor, e hizo lo mismo todo Israel a su ejemplo. Por tanto, el año quinto del reinado de Roboam (por haber pecado los israelitas contra el Señor), vino Sesac, rey de Egipto, contra Jerusalén , con mil doscientos carros armados, y sesenta mil hombres de a caballo; siendo además innumerable la gente que lo seguía desde Egipto, es a saber, los de Libia y los suquienos, y los etíopes. Y se apoderó de las ciudades más fuertes de Judá, y se adelantó hasta Jerusalén . Entonces Semeías, profeta, se presentó ante Roboam, y los príncipes de Judá, que se habían congregado en Jerusalén huyendo de Sesac, y les dijo: Esto dice el Señor: Vosotros me abandonasteis; pues yo también os abandono a vosotros en poder de Sesac. A lo que respondieron consternados, así el rey como los príncipes de Israel: Justo es el Señor. Pero viendo el Señor que se habían humillado, habló a Semeías, diciendo: Ya que se han humillado, no los acabaré, antes bien les daré un poquito de socorro, y no se derramará mi furor sobre Jerusalén por mano de Sesac. Sin embargo, quedarán sujetos a él, para que conozcan la diferencia que va entre servirme a mí y servir a los reyes de la tierra. Así, pues, Sesac, rey de Egipto, se retiró de Jerusalén , llevándose consigo los tesoros del templo del Señor y del palacio real, y los escudos de oro hechos por Salomón . En lugar de los cuales mandó el rey hacer otros de bronce, entregándolos a los capitanes de los guardias que guardaban el atrio o las puertas de palacio; y cuando el rey había de ir al templo del Señor, venían los guardias, y tomaban los escudos, y los volvían después a poner en la armería. Mas, en fin, por haberse humillado, calmó la ira del Señor contra ellos, y no fueron enteramente destruidos; a causa de que aún se hallaron buenas obras en Judá. Con esto se alentó Roboam, y continuó reinando en Jerusalén . Cuarenta y un años tenía cuando comenzó a reinar, y reinó diecisiete años en Jerusalén , ciudad escogida por el Señor entre todas las tribus de Israel, para establecer en ella el culto de su Nombre. Se llamaba su madre Naama, y era amonita. Roboam obró el mal; y no dirigió su corazón en busca del Señor. Sus acciones primeras y postreras están escritas en los Libros de Semeías profeta, y del profeta Addo, que las refieren exactamente. Roboam y Jeroboam tuvieron entre sí perpetua guerra. Al fin pasó Roboam a descansar con sus padres, y lo enterraron en la ciudad de David; sucediéndole en el reino su hijo Abía. El año decimoctavo del reinado de Jeroboam, entró a reinar en Judá Abía. Tres años reinó en Jerusalén . Su madre se llamó Micaya, hija de Uriel de Gabaa. Y había guerra entre Abía y Jeroboam. Saliendo, pues, Abía a campaña con cuatrocientos mil hombres, gente muy valerosa y escogida, se le opuso Jeroboam, presentando ochocientos mil hombres escogidos también, y de gran valor para pelear. Abía hizo alto sobre el monte Semerón, situado en la tribu de Efraín, y dijo: Escucha tú, oh Jeroboam, con todo Israel: ¿Ignoráis acaso que el Señor Dios de Israel dio para siempre el reino de Israel a David y a sus hijos con pacto perpetuo?, ¿y que Jeroboam, hijo de Nabat, siervo de Salomón , hijo de David, se levantó y se rebeló contra su señor?, ¿y que se coligaron con él unos hombres vanísimos, e hijos de Belial, y prevalecieron contra Roboam, hijo de Salomón ; por cuanto era Roboam inexperto, y de corazón medroso, y no pudo resistirles? Ahora bien, vosotros decís que tenéis fuerza para resistir al reino del Señor, que posee él o gobierna por medio de los hijos de David; y tenéis una gran muchedumbre, y los becerros de oro que os ha hecho Jeroboam para que sean dioses vuestros; y habéis echado los sacerdotes del Señor, hijos de Aarón, y los levitas, y os habéis instituido otros sacerdotes a la manera de los demás pueblos de la tierra; cualquiera que se presente y consagre su mano inmolando un novillo y siete carneros, queda hecho sacerdote de aquellos que no son dioses. Pero el Señor nuestro es el Dios verdadero, a quien nosotros no hemos abandonado; y los sacerdotes del linaje de Aarón son los que sirven al Señor, como también los levitas en sus ministerios; y los que ofrecen holocaustos al Señor cada día, mañana y tarde, y perfumes preparados según lo prescrito en la ley, y ponen los panes encima de la mesa limpísima; y está en nuestro poder el candelero de oro con sus mecheros, que se encienden siempre a la tarde; en suma, nosotros observamos los mandamientos del Señor Dios nuestro; a quien vosotros habéis abandonado. Por tanto el caudillo de nuestro ejército es Dios, y sus sacerdotes los que tocan los clarines y dan la señal contra vosotros. Oh hijos de Israel, no queráis pelear contra el Señor Dios de vuestros padres, porque no os tiene cuenta. Mientras él hablaba así, Jeroboam le armaba asechanchas por la espalda. Y manteniéndose al frente de los enemigos, iba cercan-do con sus tropas a Judá, sin que éste lo advir-tiese. Mas volviendo Judá los ojos vio que le acometían de frente y por las espaldas, y clamó al Señor, y los sacerdotes empezaron a tocar las trompetas. Alzaron el grito todos los soldados de Judá; y he aquí que al estruendo de sus voces aterró Dios a Jeroboam y a todo Israel, que tenía cercados a Abía y a Judá. Y los hijos de Israel volvieron las espaldas a Judá, en cuyas manos los abandonó Dios. Con esto Abía y su gente hicieron en ellos gran destrozo, tanto que cayeron heridos quinientos mil valientes por parte de Israel. Así quedaron entonces abatidos los hijos de Israel, y los de Judá cobraron grandísimos bríos, por haber puesto su esperanza en el Señor Dios de sus padres. Abía fue persiguiendo a Jeroboam en su fuga, y le tomó varias ciudades, a Betel con sus aldeas, a Jesana con las suyas, y a Efrón también con las suyas. Ni pudo Jeroboam alzar ya cabeza mientras vivió Abía; y lo hirió el Señor, y murió. Después que se aseguró Abía en el trono, tomó catorce mujeres, y de ellas tuvo veintidós hijos y dieciséis hijas. Las demás acciones de Abía, su proceder y sus obras están escritas exactísimamente en el Libro del profeta Addo. Pasó, en fin, Abía a descansar con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de David; sucediéndole en el reino su hijo Asá, en cuyo tiempo estuvo el país en paz por diez años. Hizo Asá lo que era bueno y agradable a los ojos de su Dios, y derribó los altares del culto extranjero, y los adoratorios profanos de los lugares altos, y quebró las estatuas, y taló los bosques sacrílegos, y ordenó a Judá que siguiese al Señor Dios de sus padres, y practicase la ley y todos los mandamientos, y quitó de todas las ciudades de Judá los altares y los adoratorios; y reinó la paz. Restauró también las ciudades fuertes de Judá; porque vivía con sosiego, y no se movió guerra ninguna en su tiempo, concediéndole el Señor la paz. Entonces dijo a Judá: Reparemos estas ciudades y cerquémoslas de muros, y fortifiquémoslas con torres, y puertas, y cerraduras, ahora que por todas partes respiramos libres de guerras, por haber buscado al Señor Dios de nuestros padres, y habernos dado él paz por todo el contorno. Pusieron, pues, manos a la obra, sin que hubiese ningún estorbo que impidiese la restauración. Tenía Asá en su ejército trescientos mil hombres de Judá, armados de escudos y picas, y de Benjamín doscientos ochenta mil de rodela y aljaba, todos ellos gente valerosísima. Contra éstos salió a campaña Zara, rey de Etiopía, con su ejército de un millón de hombres y trescientos carros de guerra, y avanzó hasta Maresa. Asá, marchó contra él, y le presentó la batalla en el valle de Sefata, que está junto a Maresa; e invocó al Señor Dios, diciendo: Señor, para ti lo mismo es dar socorro por medio de pocos, que de muchos; ayúdanos, oh Señor Dios nuestro, pues confiados en ti y en tu Nombre hemos venido contra esta muchedumbre. Señor, tú eres nuestro Dios, no prevalezca el hombre contra ti. En efecto, el Señor aterró a los etíopes a la vista de Asá y de Judá; y echaron a huir. Los persiguió Asá con su gente hasta Gerara, y fueron los etíopes destrozados hasta no quedar hombre con vida; exterminados por el Señor que los hería y por su ejército que peleaba. Cogieron, pues, un gran botín, y destruyeron todas las ciudades al contorno de Gerara; porque se había apoderado de todos un gran terror, y las ciudades fueron saqueadas, y se sacaron de ellas muchos despojos. Asimismo destruyeron las majadas de las ovejas, y se llevaron infinita multitud de ganado menor y de camellos; y regresaron a Jerusalén . Entonces Azarías, hijo de Oded, movido del espíritu de Dios, fue a encontrar a Asá, y le dijo: Escuchadme tú, oh Asá, y pueblos todos de Judá y de Benjamín: El Señor ha estado con vosotros en la batalla, porque vosotros habéis permanecido adictos a él. Si vosotros lo buscareis, lo hallaréis; mas si lo abandonareis, os abandonará. Mucho tiempo pasará Israel sin el verdadero Dios, sin sacerdote, sin doctor y sin ley. Y cuando en medio de su angustia se conviertan al Señor Dios de Israel y lo buscaren, lo hallarán. Durante aquel tiempo no habrá seguridad para ir y venir, sino que por todos lados asaltarán terrores a todos los habitantes de la tierra; porque una nación se levantará contra otra, y una ciudad contra otra ciudad, pues el Señor los conturbará con toda suerte de aflicciones. Vosotros entretanto armaos de valor, y no desmayen vuestros brazos; puesto que habéis de recibir la recompensa de vuestras fatigas. Oyendo Asá las palabras y profecía de Azarías, hijo de Oded profeta, cobró aliento, y quitó los ídolos de todo el país de Judá y de Benjamín, y de las ciudades que habían conquistado en la montaña de Efraín; y dedicó o restableció el altar del Señor, que estaba colocado ante el pórtico del templo del Señor. Y convocó a todo Judá y Benjamín, y con ellos a los forasteros de Efraín, y de Manasés, y de Simeón, pues se iban acogiendo a él muchos de Israel, viendo cuánto le favorecía el Señor su Dios. Y venidos a Jerusalén el mes tercero del año decimoquinto del reinado de Asá, inmolaron al Señor en aquel día setecientos bueyes y siete mil carneros, de los despojos y botín que habían traído. Entró después, según costumbre, a ratificar el pacto o promesa de que seguirían al Señor Dios de sus padres con todo el corazón y con toda su alma. Que si alguno, dijo, no siguiere al Señor Dios de Israel, muera sin excepción, sea pequeño o grande, varón o mujer. Y juraron al Señor en alta voz y con júbilo, y al son de trompetas y clarines, todos los que estaban en Judá, echándose insultos; pues hicieron este juramento de todo su corazón, y buscaron al Señor con plena voluntad, y así es que lo hallaron; y les dio el Señor paz con todos sus vecinos. Depuso también el rey a su madre Maaca de la augusta autoridad que gozaba, porque había colocado en un bosque el ídolo de Príapo; el cual rompió Asá, haciéndole mil pedazos, y lo quemó en el torrente de Cedrón. No obstante, quedaron lugares altos en Israel si bien el corazón de Asá fue perfecto todo el tiempo de su vida. Entregó también al templo del Señor las cosas que su padre y él tenían ofrecidas con voto, el oro y la plata, y diferentes especies de vasos o utensilios. Finalmente, no hubo guerra hasta el año treinta y cinco del reinado de Asá. Pero el año treinta y seis del reinado de Asá, entró Baasa, rey de Israel, en el país de Judá, y empezó a fortificar a Rama, para que ninguno del reino de Asá pudiese entrar y salir libremente. Entonces sacó Asá la plata y el oro de los tesoros del templo del Señor y de los tesoros del rey; y se lo envió a Benadad, rey de Siria, que tenía su corte en Damasco, diciéndole: Hay alianza entre yo y tú; al modo que la hubo entre mi padre y el tuyo; por tanto te remito ese oro y plata, para que, rompiendo el tratado que tienes hecho con Baasa, rey de Israel, le obligues a retirarse de mi país. En vista de esta demostración, despachó Benadad los generales de sus ejércitos contra las ciudades de Israel; los cuales batieron las ciudades de Ahión, de Dan, de Abelmain, y todas las ciudades muradas de Neftalí. Lo que sabido por Baasa, cesó de fortificar a Rama, y dejó la obra sin acabar. Entretanto el rey Asá tomó consigo toda la gente de Judá, y trajeron de Rama todas las piedras y maderas acopiadas por Baasa para la construcción, y con ellas fortificó a Gabaa y a Masfa. En aquel tiempo se presentó el profeta Hanani a Asá, rey de Judá, y le dijo: Por cuanto has puesto la confianza en el rey de Siria, y no en el Señor tu Dios, por eso el ejército del rey de Siria se ha escapado de tus manos. Pues, ¿no eran en mucho mayor número los etíopes y los de la Libia, con sus carros de guerra y caballería y tropas innumerables, y no obstante los entregó el Señor en tus manos, por haber puesto en él tu confianza? Ello es así que los ojos del Señor están contemplando a los que creen en él con perfecto corazón. Luego tú has procedido neciamente; y por eso desde aquí adelante se levantarán guerras contra ti. Airado Asá contra el profeta, lo mandó poner en un cepo, indignado sobremanera de esto que le había dicho; y en aquel tiempo quitó la vida a muchísimos del pueblo. Mas los hechos de Asá, desde el principio hasta el fin, se hallan escritos en el libro de los Anales de los Reyes de Judá y de Israel. Cayó finalmente enfermo Asá el año treinta y nueve de su reinado, de un dolor de pies agudísimo; y ni aun en su dolencia recurrió al Señor, sino que confió más en el saber de los médicos. Fue, pues a descansar con sus padres; habiendo muerto el año cuarenta y uno de su reinado. Y lo sepultaron en el sepulcro que había mandado abrir para sí en la ciudad de David; y lo pusieron sobre su lecho cubierto de aromas, y de ungüentos exquisitos, preparados con arte por los perfumeros, y los quemaron sobre él con pompa extraordinaria. Lo sucedió en el reino Josafat, su hijo, el cual prevaleció siempre contra Israel. Y estableció compañías de soldados en todas las ciudades de Judá, cercadas de murallas; y puso guarniciones en tierra de Judá y en las ciudades de Efraín conquistadas por su padre Asá. Y el Señor estuvo con Josafat, porque siguió los pasos primeros de David, su padre; y no puso su confianza en los ídolos, sino en el Dios de su padre, siguiendo el camino de sus mandamientos, y apartándose de los pecados de Israel. Con esto le aseguró el Señor en la posesión del reino, y todo Judá ofrecía presentes a Josafat; de suerte que vino a tener inmensas riquezas y mucha gloria. Y encendido su corazón en celo por la observancia de las leyes del Señor, quitó del país de Judá también los adoratorios de los lugares excelsos y los bosques profanos. Asimismo el año tercero de su reinado dio comisión entre los magnates de su corte a Benaíl, y a Obdías, y a Zacarías, y a Natanael, y a Miqueas para que enseñasen en las ciudades de Judá; enviando con ellos a los levitas Semeías, y Natanías, y Zabadías, y Asael, y Semiramot, y Jonatán, y Adonías, y Tobías y Tobadonías, levitas todos, acompañados de los sacerdotes Elisama y Joram; los cuales adoctrinaban al pueblo en Judá, llevando consigo el libro de la ley del Señor; y recorrían todas las ciudades de Judá, instruyendo al pueblo. Con esto el terror del nombre del Señor se derramó por todos los reinos circunvencinos de Judá, y no se atrevían a mover guerra contra Josafat. Y aun los mismos filisteos ofrecían presentes a Josafat, y le pagaban un tributo en dinero; los árabes también le traían ganados, siete mil setecientos carneros, y otros tantos machos cabríos. Fue, pues, Josafat haciéndose poderoso, y creciendo en grandeza hasta lo sumo; y edificó en Judá alcázares a manera de torres, y ciudades muradas, e hizo muchas obras en las ciudades de Judá. Tenía también en Jerusalén varones aguerridos y esforzados; de los cuales ésta es la enumeración, según sus casas y familias: En Judá los jefes del ejército eran el general Ednas, que tenía a sus órdenes trescientos mil hombres de gran valor; y a éste se seguía Johanán, jefe que mandaba doscientos ochenta mil hombres. Después venía Amasías, hijo de Zecri, consagrado al Señor, que tenía bajo su mando doscientos mil valientes. Inmediato a éste venía el valiente campeón Elíada, que tenía a sus órdenes doscientos mil armados de arco y escudo. Tras éste venía Jozabad, y a sus órdenes ciento ochenta mil soldados de tropa ligera. Todos éstos estaban prontos a las órdenes del rey; sin contar aquellos que había puesto de guarnición en las ciudades muradas por todo el país de Judá. Fue, pues, Josafat muy rico, y adquirió mucha gloria; y emparentó con Acab. Al cabo de algunos años pasó a visitar a éste en Samaria, por cuya llegada hizo matar Acab muchísimos carneros y bueyes para él y para la gente que con él había venido, y lo persuadió de ir con él contra Ramot de Galaad. Dijo, pues, Acab, rey de Israel, a Josafat, rey de Judá: Ven conmigo a Ramot de Galaad. Le respondió Josafat: Tú y yo somos una misma cosa, y una misma cosa tu pueblo y el mío, y así iremos contigo a la guerra. Añadió Josafat al rey de Israel: Te ruego que consultes en este lance qué es lo que dice el Señor. Juntó, pues, el rey de Israel cuatrocientos profetas, y les dijo: ¿Debemos ir a atacar a Ramot de Galaad, o estarnos quedos? Respondieron ellos: Marcha; que Dios entregará esa ciudad en poder del rey. Replicó Josafat: ¿No hay aquí algún profeta del Señor, para que también le consultemos? Dijo el rey de Israel a Josafat: Aquí hay un hombre por quien podemos inquirir la voluntad del Señor; mas yo lo aborrezco, porque nunca me profetiza cosa buena, sino siempre desdichas; éste tal es Miqueas, hijo de Jemla. Y respondió Josafat: No hables, oh rey, de esa manera. Llamó, pues, el rey de Israel a uno de los eunucos o camareros, y le dijo: Llama luego a Miqueas, hijo de Jemla. Entretanto el rey de Israel, y Josafat, rey de Judá, vestidos de traje real, estaban ambos sentados en tronos; el sitio donde estaban era una plaza, junto a la puerta de Samaria; y todos aquellos profetas iban vaticinando en su presencia. Sedecías, hijo de Canaana, se hizo unos cuernos de hierro, y dijo: Esto dice el Señor: Con éstas voltearás tú a la Siria, hasta hacerla añicos. Y todos aquellos profetas vaticinaban del mismo modo, diciendo: Sal contra Ramot de Galaad, y tendrás próspero suceso; el Señor la entregará en poder del rey. Por lo que el mensajero que había ido a llamar a Miqueas, previno a éste: Mira que todos los profetas a una voz anuncian al rey felices sucesos; por lo que te ruego que tu lenguaje sea conforme al suyo, y anuncies cosas favorables. Le respondió Miqueas: Vive el Señor, que todo aquello que mi Dios me dijere, eso hablaré. Se presentó, pues, al rey; el cual le dijo: Miqueas, ¿debemos declarar la guerra contra Ramot de Galaad, o estarnos quietos? Le respondió Miqueas: Id; porque todo os saldrá felizmente, y los enemigos serán entregados en vuestras manos. Replicó el rey: En nombre del Señor te conjuro una y otra vez, que no me hables sino la verdad. Entonces dijo Miqueas: He visto a todo Israel disperso por los montes, como ovejas sin pastor; y ha dicho el Señor: Estos no tienen quien los mande; que se vuelva cada uno en paz a su casa. Y dijo el rey de Israel a Josafat: ¿No te dije yo que éste no me anunciaría cosa buena, sino sólo desdichas? Pero Miqueas, replicó: Pues oíd aún la palabra del Señor: He visto yo al Señor sentado en su trono, y a toda la milicia celestial en torno de él a la diestra y a la siniestra. Y ha dicho el Señor: ¿Quién engañará a Acab, rey de Israel, a fin de que salga a campaña y perezca en Ramot de Galaad? Y diciendo quién una cosa y quién otra, sobrevino cierto espíritu, y presentándose ante el Señor, dijo: Yo lo engañaré. Le preguntó el Señor: ¿Cómo lo engañarás tú? Iré, respondió él, y seré un espíritu mentiroso en la boca de todos sus profetas. Y el Señor le contestó: Lo engañarás y te saldrás con ello; anda, y hazlo así. En consecuencia ya ves cómo el Señor ha puesto o permitido el espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas; y el Señor mismo ha pronunciado contra ti desastres. Entonces Sedecías, hijo de Canaana, se acercó y dio a Miqueas un bofetón, diciendo: ¿Por qué camino se ha ido de mí el espíritu del Señor para ir a hablarte a ti? Respondió Miqueas: Tú mismo lo verás en aquel día, en que irás huyendo de aposento en aposento para esconderte. Pero el rey de Israel dio una orden diciendo: Prended a Miqueas, y llevadlo a Amón, gobernador de la ciudad, y a Joás, hijo de Amelec, y les diréis: Esto manda el rey: Metedlo en la cárcel, y dadle un pedazo de pan y un poquito de agua, hasta mi feliz regreso. A lo que dijo Miqueas: Si regresases tú felizmente, no será verdad que el Señor haya hablado por mi boca. Y añadió: Oídlo, pueblos todos. Sin embargo, el rey de Israel y Josafat, rey de Judá, marcharon contra Ramot de Galaad. Mas el rey de Israel dijo a Josafat: Yo mudaré de traje, y entraré de este modo en batalla; tú lleva tus vestidos. En efecto, el rey de Israel entró disfrazado en el combate. Había dado el rey de Siria esta orden a los capitanes de su caballería: No peleéis contra nadie, pequeño ni grande, sino tan solamente contra el rey de Israel. Y así luego que los comandantes de la caballería vieron a Josafat, dijeron: El rey de Israel es ése; y rodeándolo cargaron sobre él. Pero él invocó a gritos al Señor, el cual lo socorrió, y los desvió de él. Porque habiendo visto los capitanes de la caballería que no era el rey de Israel, lo dejaron. Entretanto sucedió que uno de la tropa, tirando sin objeto particular una saeta, hirió al rey de Israel entre el cuello y la espalda; por lo que dijo el rey a su cochero: Vuelve atrás, y sácame del combate, porque estoy herido. Con esto se acabó en aquel día la guerra. El rey de Israel se mantuvo en su coche hasta la tarde, enfrente a los siros, y murió al ponerse el sol. Pero Josafat, rey de Judá, regresó a su palacio en Jerusalén , sano y salvo; a cuyo encuentro vino Jehú, profeta, hijo de Hanani, y le dijo: Tú das socorro a un impío, y te estrechas en amistad con gente que aborrece al Señor; por tanto merecías experimentar la ira del Señor. Mas se han hallado en ti buenas obras; pues arrancaste los bosques idolátricos de la tierra de Judá; y has convertido tu corazón en busca del Señor Dios de tus padres. Habitó, pues, Josafat en Jerusalén , y salió de nuevo a visitar a su pueblo desde Bersabee hasta la montaña de Efraín, y redujo sus vasallos al Señor Dios de sus padres. Puso además jueces en todas las ciudades fuertes de Judá y en todas partes. Y dando sus órdenes a los jueces: Mirad, les dijo, mirad lo que hacéis, porque ejercéis las veces, no de un hombre, sino del Señor, y cualquier sentencia que diereis recaerá sobre vosotros. Esté con vosotros el temor del Señor, y haced todas las cosas con exactitud; pues en Dios nuestro Señor no cabe injusticia, ni soborno, ni codicia de dones. Josafat estableció también en Jerusalén levitas, y sacerdotes, y príncipes o cabezas de las familias de Israel, para que hiciesen justicia a sus moradores y juzgasen las causas del Señor; y les dio sus órdenes, y dijo: Debéis portaros con fidelidad y con sincero corazón en el temor del Señor. En cualquier pleito entre familia y familia de vuestros hermanos que habitan en sus ciudades, que viniere a vuestro tribunal, siempre que se trate de la ley, de los mandamientos, de las ceremonias o de los preceptos los instruiréis, para que no pequen contra el Señor; a fin de que no descargue su ira sobre vosotros y sobre vuestros hermanos; obrando así no pecaréis. A este fin Amarías, vuestro sumo sacerdote, presidirá en todo aquello que concierne a Dios; y Zabadías, hijo de Ismahel, príncipe de la casa de Judá, presidirá en todos los negocios pertenecientes al servicio del rey; tenéis también entre vosotros los levitas, los cuales os servirán de maestros; cobrad ánimo y cumplid exactamente vuestros deberes, que el Señor os colmará de bienes. Después de esto se coligaron los hijos de Moab y los hijos de Amón, y con ellos algunos amonitas, contra Josafat para hacerle gue-rra. Y llegaron unos mensajeros a avisar a Josafat, diciendo: Viene contra ti una gran muchedumbre de los países de la otra parte del mar muerto , y de la Siria; y ahora están acampados en Asasontamar, por otro nombre Engaddi. Con esto Josafat, atemorizado, se dedicó todo a suplicar al Señor, y ordenó un ayuno a todo el pueblo de Judá. Y se juntó el pueblo de Judá para implorar el socorro del Señor, y toda la gente venía desde sus ciudades a presentarle sus ruegos. Y puesto Josafat en medio del concurso de Judá y de Jerusalén en el templo del Señor delante del atrio nuevo, dijo: Señor Dios de nuestros padres, tú eres el Dios del cielo y el dueño de todos los reinos de las naciones; en tus manos están la fortaleza y el poder, y nadie puede resistirte. ¿No es así que tú, oh Dios nuestro, acabaste con todos los moradores de esta tierra delante de Israel, tu pueblo, y se la diste para siempre a los descendientes de tu amigo Abrahán? Los cuales la habían habitado, y erigido en ella un santuario a tu Nombre, diciendo: Si descargaren males sobre nosotros, la espada vengadora, o peste, o hambre, nos presentaremos en tu acatamiento dentro de esta casa en que ha sido invocado tu Nombre, y clamaremos a ti en nuestras tribulaciones, y tú nos oirás y nos salvarás. Ahora, pues, los hijos de Amón y los de Moab, y los de la montaña de Seir, por cuyas tierras no permitiste que pasase Israel al salir de Egipto, antes se desvió Israel de ellos, y no los mató: he aquí que proceden al contrario, y hacen todo esfuerzo para arrojarnos del país, cuya posesión nos diste. ¡Oh Dios nuestro! ¿y no castigarás tú esas gentes? En nosotros ciertamente no hay tanta fuerza que podamos resistir a esa multitud que nos acomete. Mas no sabiendo lo que debemos hacer, no nos queda otro recurso que volver a ti nuestros ojos. Estaba a la sazón todo Judá delante del Señor con los niños, mujeres e hijos. Se hallaba allí Jahaziel, hijo de Zacarías, hijo de Banaías, hijo de Jehiel, hijo de Matamías, levita, de la familia de Asaf, y entró en él el espíritu del Señor, en medio de aquel concurso, y dijo: Atención, oh pueblo de Judá, y vosotros habitantes de Jerusalén , y tú, oh rey Josafat: Esto os dice el Señor: No tenéis que temer ni acobardaros a vista de esa muchedumbre, porque el combate no está a cargo vuestro, sino de Dios. Mañana marcharéis contra ellos, pues han de subir por la cuesta llamada Sis, y los encontraréis en la extremidad del torrente que corre hacia el desierto de Jeruel. No tendréis vosotros que pelear; manteneos solamente a pie firme con confianza, y veréis, oh habitantes de Judá y Jerusalén , el socorro del Señor sobre vosotros; no tenéis que temer ni acobardaros; mañana saldréis contra ellos, y el Señor estará con vosotros. Al oír esto Josafat y el pueblo de Judá, y los habitantes todos de Jerusalén , se postraron rostro por tierra ante el Señor. Al mismo tiempo los levitas del linaje de Caat y del linaje de Coré, cantaban alabanzas al Señor Dios de Israel con grandes voces, que llegaban hasta el cielo. Y a la mañana siguiente poniéndose en movimiento, tomaron el camino del desierto de Tecue; y comenzada la marcha, Josafat, puesto en medio de ellos, dijo: Oídme, varones de Judá, y vosotros habitantes todos de Jerusalén : Confiad en el Señor Dios vuestro, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y todo irá felizmente. Hizo después sus advertencias al pueblo, y señaló cantores del Señor, para que distribuidos en coros cantasen sus alabanzas, y precediendo al ejército, dijesen todos a una voz: Glorificad al Señor, porque es eterna su misericordia. Luego que dieron principio al canto, convirtió el Señor contra sí mismos las estratagemas de los enemigos, es decir, de los amonitas, y de los moabitas, y de los pueblos de la montaña de Seir, que habían venido para pelear contra Judá, y quedaron derrotados. Porque los amonitas y moabitas se levantaron contra los moradores de la montaña de Seir, los destrozaron y acabaron con ellos; y ejecutado esto, volviendo luego las armas contra sí mismos, se mataron unos a otros a cuchilladas. Los de Judá, así que llegaron a la altura desde donde se descubre el desierto, vieron a lo lejos todo aquel espacioso campo cubierto de cadáveres, y que ni uno siquiera había escapado a la mortandad. Llegó, pues, Josafat con todo su ejército para coger los despojos de los muertos; y hallaron entre los cadáveres muchas alhajas, y vestidos, y vasos preciosísimos, y lo cogieron todo; siendo tanto el botín, que no sabían cómo llevarlo, ni pudieron en tres días recoger todos los despojos. Finalmente, el cuarto día se reunieron en el valle de Bendición; pues por haber ellos bendecido allí al Señor, dieron a aquel lugar el nombre de valle de Bendición, que conserva hasta hoy día. Desde donde toda la tropa de Judá y los habitantes de Jerusalén regresaron a esta ciudad, precedidos de Josafat, alegres sobremanera por haberles concedido el Señor el triunfar de sus enemigos. Y entraron en Jerusalén y en la casa del Señor al son de los salterios, y de cítaras, y de trompetas. Y se derramó el terror del Señor sobre todos los reinos cercanos, así que oyeron cómo el Señor había peleado contra los enemigos de Israel. Con esto quedó en paz el reino de Josa-fat, y le dio el Señor tranquilidad por todas partes. De esta suerte reinó Josafat sobre Judá: siendo de treinta y cinco años cuando comenzó a reinar; y reinó veinticinco años en Jerusalén ; su madre se llamó Azuba, hija de Selahí. E imitó a su padre Asá, sin degenerar de él en cosa alguna, haciendo lo que era grato a los ojos del Señor. Aunque no quitó los lugares altos, y el pueblo no había aún enderezado bien su corazón al Señor Dios de sus padres. Los demás hechos de Josafat desde el principio al fin están escritos en el Libro de Jehú, hijo de Hanani, que los insertó en el Libro de los Reyes de Israel. Al cabo Josafat, rey de Judá, muerto Acab, contrajo amistad con Ocozías, rey de Israel, cuyas obras fueron sumamente impías. Y se unió con él para construir naves que hiciesen el viaje a Tarsis, y formaron una armada en Asiongaber. Mas Eliezer, hijo de Dodau de Maresa, profetizó a Josafat, diciendo: Por cuanto has hecho liga con Ocozías, el Señor ha destruido tus designios. En efecto, las naves dieron al través, y no pudieron hacer el viaje a Tarsis. Pasó, en fin, Josafat a descansar con sus padres, y fue sepultado con ellos en la ciudad de David; sucediéndole en el reino su hijo Jo-ram; cuyos hermanos, hijos de Josafat, fueron Azarías, y Jahiel, y Zacarías, y Micael y Safatías; todos hijos de Josafat, rey de Judá. Y les dio su padre muchas sumas de oro y de plata, y preciosidades, y ciudades muy bien pertrechadas en Judá; pero el reino se lo entregó a Joram, por ser el primogénito. Tomó, pues, Joram posesión del reino de su padre; y asegurado en su trono, pasó a cuchillo a todos sus hermanos, y a algunos de los principales de Israel. Treinta y dos años tenía Joram cuando comenzó a reinar; y reinó ocho años en Jerusalén . Y siguió los pasos de los reyes de Israel, como lo había hecho la casa de Acab; pues tenía por mujer a una hija de éste, y así hizo lo malo en la presencia del Señor. Mas el Señor no quiso destruir la casa de David, a causa del pacto hecho con él, y por haberle prometido que le dejaría a él y a sus hijos una lámpara en todo tiempo. Por aquellos días se rebeló la Idumea, sacudiendo el yugo de Judá, y se creó rey propio. Y pasando a ella Joram con sus capitanes y con toda la caballería que consigo tenía, salió de noche y derrotó a los idumeos y a todos los capitanes de su caballería, que lo habían cercado. Con todo eso la Idumea se mantuvo rebelde, sustrayéndose del dominio de Judá, como está hoy día. También en este tiempo se separó la ciudad de Lobna, negándole la obediencia; y por haber Joram abandonado así al Señor Dios de sus padres; además de que erigió adoratorios en los lugares altos de las ciudades de Judá, e hizo idolatrar a los habitantes de Jerusalén , y prevaricar a Judá. Entonces le entregaron una carta del profeta Elías, en la cual estaba escrito: Esto dice el Señor Dios de tu padre David: Ya que tú no has seguido las pisadas de Josafat, tu padre, ni las pisadas de Asá, rey de Judá, sino que has andado por el camino de los reyes de Israel, y has hecho idolatrar a Judá, y a los habitantes de Jerusalén , imitando la impiedad de la casa de Acab, además de haber muerto a tus hermanos, estirpe de tu padre, harto mejores que tú; he aquí que te castigará el Señor con un terrible azote a ti y a tu pueblo, y a tus hijos y mujeres, y a todas tus cosas. Tú en particular enfermarás de una dolencia de vientre tan maligna, que irás echando las entrañas poco a poco un día tras otro. Suscitó, pues, el Señor contra Joram el espíritu de los filisteos y de los árabes, confinantes con los etíopes. Y entraron en la tierra de Judá, y la devastaron, y saquearon cuanto había en el palacio del rey, llevándose además sus hijos y mujeres, sin que le quedase otro hijo que Joacaz, el cual era el menor de todos. Y además de esto, lo hirió el Señor con una enfermedad incurable de vientre. De esta suerte, sucediéndose unos a otros los días y estaciones, se pasaron años; hasta que consumido lentamente de la podredumbre, tanto que arrojaba sus mismas entrañas, acabó al tiempo de pensar y de vivir. Muerto que fue de una tan horrible enfermedad, el pueblo no le celebró exequias, quemándole perfumes como a sus antecesores, según costumbre. Treinta y dos años tenía cuando comenzó a reinar, y ocho años reinó en Jerusalén . Su proceder no fue recto. Lo sepultaron en la ciudad de David; mas no en el sepulcro de los reyes. Los habitantes de Jerusalén proclamaron luego por rey, en lugar de Joram, a Ocozías, el menor de sus hijos; porque los mayores en edad habían sido todos muertos por las guerrillas árabes que habían invadido el campamento; reinó, pues, Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá. Cuarenta y dos años contaba Ocozías cuando entró a reinar, y un año reinó en Jerusalén ; se llamaba su madre Atalía, hija de Acab, hijo de Amri. Pero también éste comenzó luego a seguir los pasos de la casa de Acab; porque su madre lo precipitó a la impiedad. Hizo, pues, lo malo en la presencia del Señor como la casa de Acab; de la cual escogió sus consejeros después de la muerte de su padre, para perdición suya. Y se gobernó por sus consejos. Y salió con Joram, hijo de Acab, rey de Israel, a la guerra contra Hazael, rey de Siria, en Ramot de Galaad, donde los siros hirieron a Joram. El cual se retiró a Jezrael para curarse de sus heridas; pues fueron muchas las que recibió en aquella batalla. Por lo que Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá, bajó a visitar a Joram, hijo de Acab, que se hallaba enfermo en Jezrael; porque fue voluntad de Dios irritado contra Ocozías, que éste pasase a visitar a Joram; y que después de llegado, saliese con él contra Jehú, hijo de Namsi, a quien ungió el Señor para exterminar la casa de Acab. Estando, pues, Jehú destruyendo la casa de Acab, se encontró con varios príncipes de Judá, y con los hijos de los hermanos de Ocozías que estaban a su servicio, y les quitó la vida. Y andando en busca del mismo Ocozías, que se había escondido en Samaria, se apoderó de él; y traído a su presencia, le hizo quitar la vida; y le dieron sepultura en Jerusalén , por ser hijo o nieto de Josafat, el cual había seguido al Señor con todo su corazón. Ni quedó ya esperanza alguna de que pudiese reinar nadie de la estirpe de Ocozías; porque Atalía, su madre, viendo muerto a su hijo, se alzó con el reino, y mató toda la estirpe real de la casa de Joram. Pero Josabet, hija del rey, cogió a Joás, hijo de Ocozías, robándolo de entre los demás hijos del rey, cuando los mataban, y lo escondió en compañía de con su nodriza en el templo, en la estancia del dormitorio de los sacerdotes y levitas. Esta Josabet, que lo escondió, y evitó que Atalía lo matase, era hija del rey Joram, mujer del sumo sacerdote Joíada, y hermana de Ocozías. Se conservó, pues, escondido en su compañía, en el templo del Señor, los seis años que duró el reinado de Atalía sobre el país. Pero al séptimo año se animó Joíada; y uniéndose con los centuriones, es a saber, con Azarías, hijo de Jeroboam, e Ismael, hijo de Johanán, y Azarías, hijo de Obed, y Maasías, hijo de Adaías, y Elisafat, hijo de Zecri, hizo liga con ellos. Los que recorriendo el país de Judá, juntaron los levitas de todas sus ciudades, y los príncipes de las familias de Israel, y vinieron a Jerusalén . Y todo este congreso se coligó con el rey del templo del Señor y les dijo Joíada: Ved aquí al hijo del rey, él es el que reinará, como el Señor lo tiene predicho de los hijos de David. Lo que vosotros debéis ejecutar, es: La tercera parte de vosotros, así sacerdotes y levitas como porteros que entráis de semana, estará en las puertas; otra tercera parte en la habitación del rey; y la otra tercera en la puerta llamada del Fundamento; el resto de la gente esté en los patios del templo del Señor. Nadie entre en la casa del Señor sino los sacerdotes y levitas que están de servicio; éstos sólo entren, por estar consagrados, y todo el resto de la gente esté de centinela ante la casa del Señor. Los levitas estarán alrededor del rey, todos armados (a cualquier otro que entre en el templo, quítesele la vida), y acompañen al rey cuando entre y salga. Los levitas, pues, y todo Judá ejecutaron puntualmente las órdenes del sumo sacerdote Joíada. Y tomó cada uno los hombres que tenía a su mando, así los que venían según el turno para hacer la semana, como los que, cumplida su semana, debían salir, porque el sumo sacerdote Joíada no había permitido que se marcharan las compañías de levitas, que al fin de la semana se sucedían unas a otras. Y dio luego el sumo sacerdote Joíada a los centuriones las lanzas, y escudos, consagrados al templo del Señor por el rey David; y apostó toda la gente armada de dagas, desde la parte derecha del templo hasta la izquierda delante del altar y del templo, alrededor del rey. En seguida sacaron al hijo del rey, y le ciñeron la corona, y el testimonio, y le pusieron en la mano el libro de la ley, y lo proclamaron rey. Y el sumo sacerdote Joíada, asistido de sus hijos, lo ungió; y lo aclamaron diciendo: Viva el rey. Mas habiendo oído Atalía el alborozo del pueblo, que iba corriendo y vitoreando al rey, se presentó al pueblo en el templo del Señor; y viendo, así que entró, al rey puesto sobre el estrado o trono, y a los príncipes y tropas que le rodeaban, y al pueblo todo haciendo fiesta, y tocando las trompetas cantando al son de varios instrumentos; y oídas sus aclamaciones, rasgó sus vestiduras, y dijo: Traición, traición. Pero el sumo sacerdote Joíada acercándose a los centuriones y comandantes del ejército, les dijo: Sacadla de dentro del recinto del templo, y allá fuera degolladla; con lo que precavió el sumo sacerdote que fuese muerta dentro de la casa del Señor. Ellos la asieron del cuello; y así que hubo entrado por la puerta de los caballos de la casa real, allí la mataron. Hizo después Joíada pacto entre él y el pueblo todo con el rey, de que serían pueblo del Señor. Por lo que todo el pueblo entró en el templo de Baal, y lo destruyeron, e hicieron pedazos sus altares y simulacros; y a Matán, sacerdote de Baal, lo degollaron ante sus aras o altares. Joíada estableció prefectos de la casa del Señor, los cuales estaban subordinados a los sacerdotes y levitas, que habían sido distribuidos por David para el servicio del templo del Señor, para ofrecer al Señor los holocaustos, según está escrito en la ley de Moisés, con cánticos de alegría, conforme a lo dispuesto por David. Puso asimismo porteros en las puertas del templo del Señor, para que no entrase en él ninguno que por cualquier causa fuese inmundo. Y juntando consigo a los centuriones, y a los soldados más valientes, y a los príncipes del pueblo, y a toda la gente del país, dispusieron que bajase el rey de la casa del Señor, y lo introdujeron por la puerta superior en el palacio del rey, y lo colocaron en el real solio. Con eso, todo el pueblo del país celebró fiestas, y la ciudad quedó sosegada; habiendo perecido Atalía al filo de la espada. De siete años era Joás cuando comenzó a reinar; y cuarenta años reinó en Jerusalén ; se llamaba su madre Sebia, y era natural de Bersabee. E hizo Joás lo que es bueno delante del Señor, mientras vivió el sacerdote Joíada, quien lo casó con dos mujeres, de quienes tuvo hijos e hijas. Después de esto quiso Joás restaurar el templo del Señor; a cuyo fin, convocando los sacerdotes y levitas, les dijo: Salid por las ciudades de Judá, y recoged de todo Israel el dinero para los reparos anuales del templo de vuestro Dios; y hacedlo pronto. Pero los levitas obraron con negligencia. Por lo que llamó el rey al príncipe de los sacerdotes Joíada, y le dijo: ¿Cómo no has tenido cuidado de obligar a los levitas a que recogiesen de Judá y de Jerusalén la contribución impuesta por Moisés, siervo del Señor, a todo el pueblo de Israel para la construcción del Tabernáculo de la Alianza? Porque la impiísima Atalía y sus hijos habían arruinado la casa de Dios; y se sirvieron de todas las cosas consagradas al templo del Señor para adornar el templo de Baal. Mandó, pues, el rey que se hiciese un arca ; la que colocaron junto a la puerta del templo del Señor, por la parte de afuera; y se pregonó en Judá y en Jerusalén que cada cual trajese al Señor la contribución señalada por Moisés, siervo de Dios, a todo Israel en el desierto. Se alegraron de esto todos los príncipes y el pueblo todo; y acudieron a echar en el arca del Señor el dinero, de suerte que la llenaron. Así que llegaba el tiempo de llevar al arca a la presencia del rey por manos de los levitas (cuando veían que había mucha cantidad de dinero), venía el secretario del rey con un comisario elegido por el sumo sacerdote, y sacaban el dinero que había en el arca , la cual volvían a su sitio. Así lo hacían todos los días; y se recogió infinito dinero. El cual entregaron el rey y Joíada a los capataces de las obras del templo del Señor; y éstos pagaban con él a los canteros, y a los varios artífices que trabajaban para reparar la casa del Señor; e igualmente a los que trabajaban en hierro y en bronce, para asegurar lo que amenazaba ruina. Y estos obreros trabajaron con esmero; y repararon las hendiduras de las paredes, restituyendo el templo del Señor a su antiguo estado, y consolidándole perfectamente. Acabadas todas las obras, presentaron al rey y a Joíada el sobrante del dinero, del cual se hicieron los vasos para el servicio del templo y para los holocaustos, como las tazas y demás vasos de oro y de plata. Y mientras vivió Joíada se ofrecían continuamente holocaustos en la casa del Señor. Pero Joíada, envejecido y cargado de días, vino a morir, siendo de edad de ciento treinta años; y fue sepultado en la ciudad de David con los reyes, por el bien que había hecho a Israel y a su casa. Mas después de muerto Joíada entraron los príncipes de Judá a postrarse a los pies del rey; el cual, halagado con sus obsequios y lisonjeras razones, se dejó llevar de ellos. Y así fue que abandonaron el templo del Señor Dios de sus padres y dieron culto a los simulacros y bosques a ellos consagrados; pecado que acarreó la ira sobre Judá y Jerusalén . Entretanto el Señor les enviaba profetas para que se convirtiesen a él; pero por más intimaciones que les hacían, no eran escuchadas. Por último revistió Dios de su espíritu al sumo sacerdote Zacarías, hijo de Joíada; y presentándose delante del pueblo, les habló de esta manera: Esto dice el Señor Dios: ¿Por qué buscáis vuestra ruina traspasando los mandamientos del Señor, y lo habéis abandonado para ser de él abandonados? Mas ellos aunados contra Zacarías, lo apedrearon por orden del rey, en el atrio del templo del Señor. Y no se acordó el rey Joás de los beneficios que le había hecho Joíada, padre de Zacarías, sino que mató a este hijo suyo; el cual dijo al morir: Véalo el Señor y haga justicia. Al cabo de un año salió a campaña contra él el ejército de Siria, entró en el país de Judá y en Jerusalén , y mató a todos los príncipes del pueblo; y remitieron todos los despojos a su rey, a Damasco. A la verdad, aunque los siros habían venido en cortísimo número, el Señor entregó en sus manos una multitud inmensa de hijos de Israel, por haber abandonado al Señor Dios de sus padres. También Joás fue maltratado por ellos de un modo ignominioso; y al partir lo dejaron en grandes dolores; finalmente, sus propios criados se conjuraron contra él para vengar la sangre del hijo de Joíada, sumo sacerdote, y lo asesinaron en su misma cama, y quedó muerto; y lo enterraron en la ciudad de David, mas no en los sepulcros de los reyes. Los que se conjuraron contra él, fueron Zabad, hijo de Semmaat, amonita, y Jozabad, hijo de Semarit, moabita. En orden a sus hijos, y a la suma del dinero que se recogió en su reinado, y al modo con que fue restaurada la casa de Dios, todo esto está escrito en el Libro de los Reyes. Lo sucedió en el reino su hijo Amasías. De veinticinco años era Amasías cuando comenzó a reinar, veintinueve años reinó en Jerusalén . Se llamó su madre Joadán, natural de Jerusalén . Y obró lo que es bueno en la presencia del Señor; mas no con un corazón perfecto. Y luego que vio asegurado su imperio, hizo degollar a los criados que habían asesinado al rey su padre; pero no mató a sus hijos, conformándose con lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, donde el Señor mandó expresamente: No morirán los padres por los hijos, ni los hijos por los padres, sino que cada uno morirá por su pecado personal. Congregó después Amasías a Judá, y según la distribución de familias, puso tribunos y centuriones en todo Judá y Benjamín; e hizo el censo de su población desde veinte años arriba y halló trescientos mil mozos hábiles para la guerra, y el manejo de lanza y escudo. Tomó también a su sueldo cien mil valientes de Israel, por cien talentos de plata. Entonces vino a encontrarle un varón de Dios, y le dijo: Oh rey, no vaya contigo el ejército de Israel, porque el Señor no está con Israel, ni con ninguno de los hijos de Efraín. Que si piensas que en las guerras depende todo de la fuerza del ejército, Dios hará que tú seas vencido de los enemigos, porque en mano de Dios está el dar auxilio o poner en fuga. Respondió Amasías al varón de Dios: ¿Pues y los cien talentos que he dado a los soldados de Israel? Le replicó el varón de Dios: Tiene el Señor de donde poder darte mucho más que eso. Separó, pues, Amasías el ejército que le había venido de Efraín, para que se volviese a su país; y regresaron estas tropas a su tierra muy irritados contra Judá. Amasías lleno de confianza puso en movimiento su gente, y se dirigió al valle de las Salinas, donde derrotó a diez mil de los hijos de Seir o idumeos. Los hijos de Judá hicieron prisioneros a otros diez mil hombres, y los llevaron a la cima de un despeñadero, desde cuya altura los precipitaron, reventando todos ellos. Pero aquel ejército que había despedido Amasías para no llevarlo consigo a la guerra, invadió las ciudades de Judá, desde Samaria hasta Bet-Horón; y habiendo pasado a cuchillo a tres mil personas, recogió mucho botín. Amasías después de la derrota de los idumeos, trayéndose consigo los dioses de los hijos de Seir, los tomó por dioses suyos, y los adoraba y ofrecía incienso. Por lo cual enojado el Señor contra Amasías, le envió un profeta que le dijese: ¿Cómo has adorado tú a unos dioses que no han podido librar a su pueblo de tus manos? Y diciéndole esto el profeta, le respondió Amasías: ¿Eres tú, por ventura, consejero del rey? Calla, si no quieres te mande quitar a vida. Mas el profeta dijo al partir: Sé que Dios ha decretado hacerte morir a ti por esa maldad que has cometido, y porque además no has dado oído a mis consejos. Tomó, pues, Amasías, rey de Judá, una pésima resolución, y envió a decir a Joás, hijo de Joacaz, hijo de Jehú, rey de Israel, como desafiándole: Ven, y nos veremos las caras. Mas éste le volvió a enviar los mensajeros, diciendo: El cardo que se crece en el Líbano, envió a decir al cedro del Líbano: Da tu hija por mujer a mi hijo; y he aquí que las bestias que había en los bosques del Líbano, pasaron y hollaron al cardo. Tú has dicho: Yo he derrotado a los idumeos; y con esto se ha engreído y ensoberbecido tu corazón; estáte quieto en tu casa; ¿a qué propósito provocas contra ti los desastres para perderte tú y Judá contigo? No quiso escuchar Amasías; porque era disposición del Señor que fuese entregado en manos de sus enemigos, a causa de los dioses de Edom que adoraba. Con esto salió a campaña Joás rey de Israel, y se hallaron los dos uno enfrente del otro. Estaba acampado Amasías, rey de Judá, en Betsames de Judá; y se amilanó Judá a la vista de Israel, y huyó a sus estancias. Y Amasías, rey de Judá, hijo de Joás, hijo de Joacaz, fue hecho prisionero en Betsames por Joás, rey de Israel, quien lo llevó a Jerusalén , cuya muralla derribó por espacio de cuatrocientos codos, desde la puerta de Efraín hasta la puerta del Angulo. Y se llevó a Samaria todo el oro y la plata, y cuantos vasos halló en la casa de Dios, y en la habitación de Obededom, y en los tesoros de la casa real, y asimismo los hijos de los que estaban en rehenes. Vivió Amasías, rey de Judá, hijo de Joás, quince años después de la muerte de Joás, rey de Israel, hijo de Joacaz. Las demás acciones de Amasías, desde el principio al fin, están escritas en el Libro de los Reyes de Judá y de Israel. Después que se apartó del Señor, tramaron una conjuración contra él en Jerusalén ; y habiendo huido a Laquis, despacharon gentes para que allí lo asesinasen, como lo hicieron. Y transportando el cadáver en caballos, lo sepultaron con sus padres en la ciudad de David. Después todo el pueblo de Judá proclamó por rey en lugar de Amasías a su hijo Ozías, de edad de dieciséis años. Este reedificó a Ailat, habiéndola restituido al dominio de Judá, después que el rey Amasías fue a descansar con sus padres. Dieciséis años tenía Ozías cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén ; se llamaba su madre Jequelia, natural de Jerusalén . E hizo lo que era recto en los ojos del Señor, imitando en todo a su padre Amasías. Buscó con ansia al Señor mientras vivió Zacarías, varón prudente y profeta del Señor; y el Señor, a quien él buscaba, le encaminó bien en todas las cosas. En fin, salió a campaña y peleó contra los filisteos, y derribó los muros de Get y los de Jabnia, y los de Azoto; edificó asimismo castillos en Azoto y en tierra de los filisteos; y lo ayudó Dios contra los filisteos, y contra los árabes habitantes de Gurbaal, y contra los amonitas. Los amonitas pagaban tributo a Ozías, cuyo nombre se hizo célebre a causa de sus continuas victorias, hasta la entrada de Egipto. Edificó también Ozías torres en Jerusalén sobre la puerta del Angulo, y sobre la puerta del Valle, y otras en el mismo lado del muro, y las fortificó. Levantó también torres y cortijos en el desierto, e hizo muchísimas cisternas, pues tenía muchos ganados, así en las campiñas como en el vasto país del desierto. Tuvo igualmente viñas y viñadores en los montes, y especialmente en el Carmelo; porque era hombre muy dado a la agricultura. El ejército de sus guerreros, que salía a campaña, estaba bajo el mando de Jehiel, secretario, y de Maasías, doctor de la ley, y de Ananías, uno de los generales del rey. El número total de los príncipes o jefes de familia, varones esforzados, ascendía a dos mil seiscientos. Estos tenían a su mando todo el ejército, compuesto de trescientos siete mil quinientos hombres hábiles para la guerra, y que combatían contra los enemigos del rey. A todo este ejército le proveyó Ozías de escudos, y lanzas, y de cascos, y corazas, y de arcos, y de hondas para tirar piedras. Además construyó en Jerusalén máquinas de varias especies, que colocó en las torres y en los ángulos de los muros para disparar saetas y piedras grandes; y se extendió muy lejos la gloria de su nombre, porque el Señor le asistía y daba vigor. Mas al verse tan poderoso se enfrió su corazón para ruina suya, y despreció a su Señor Dios; y habiendo entrado en el templo del Señor, quiso ofrecer allí incienso sobre el altar de los perfumes. Al instante entró en pos de él Azarías, sumo sacerdote, acompañado de ochenta sacerdotes del Señor, hombres de gran firmeza; y se opusieron al rey, y le dijeron: Oh Ozías, no te pertenece a ti el ofrecer incienso al Señor, sino a los sacerdotes, esto es, a los hijos de Aarón que han sido consagrados para este ministerio. Sal del santuario; no quieras despreciar nuestro consejo; porque no será esa acción gloriosa para ti delante del Señor, sino criminal. Pero Ozías, arrebatado de cólera, y teniendo en la mano el incensario para ofrecer el incienso, amenazaba a los sacerdotes; y de repente apareció la lepra en su frente, a vista de los sacerdotes, en la casa del Señor, junto al altar de los perfumes. Y habiéndolo mirado Azarías, sumo sacerdote, y todos los demás sacerdotes, echaron de ver la lepra en su frente, y a toda prisa lo hicieron salir fuera. Y él mismo despavorido, se apresuró a salir, porque había sentido de repente el castigo que le había enviado el Señor. Estuvo, pues, el rey Ozías leproso hasta su muerte, y habitó en una casa separada, cubierto de lepra, por motivo de la cual había sido echado del templo del Señor. Entretanto su hijo Joatam tomó el gobierno de la casa real, y administraba justicia al pueblo. Los demás hechos primeros y postreros de Ozías los escribió el profeta Isaías, hijo de Amós. Al fin fue Ozías a descansar con sus padres, y lo sepultaron en el campo de los reales sepulcros; fuera de ellos, porque era leproso. Lo sucedió en el reino su hijo Joatam. Veinticinco años tenía Joatam cuando comenzó a reinar, y dieciséis años reinó en Jerusalén ; se llamaba su madre Jerusa, hija de Sadoc. Y procedió con rectitud a la presencia del Señor, conforme a todo lo que había hecho su padre Ozías; salvo que no se entremetió en el templo del Señor: pero el pueblo seguía todavía en los desórdenes. Joatam fue el que construyó la puerta altísima del templo del Señor, e hizo muchas obras en los muros de la torre Ofel. También edificó ciudades en las montañas de Judá, y castillos y torres en los bosques. Este hizo guerra al rey de los amonitas, a los cuales sujetó; por lo que le dieron por entonces los amonitas cien talentos de plata, diez mil coros o cargas de trigo, y otros tantos de cebada; esto mismo le dieron los amonitas el segundo y tercer año. Joatam, pues, se hizo poderoso, por haber procedido rectamente en los ojos del Señor Dios suyo. Los demás hechos de Joatam, y todas sus batallas y empresas están escritas en el Libro de los Reyes de Israel y de Judá. De veinticinco años era cuando entró a reinar; y reinó dieciséis años en Jerusalén . Finalmente, Joatam fue a descansar con sus padres, y lo sepultaron en la ciudad de David; sucediéndole en el trono su hijo Acaz. Veinte años tenía Acaz cuando comenzó a reinar; y dieciséis años reinó en Jerusalén . No se portó bien en la presencia del Señor, como su padre David; sino que siguió los senderos de los reyes de Israel; y además fundió estatuas a los Baales o ídolos. Este es aquel que ofreció incienso en el valle de Benennom, e hizo pasar sus hijos por el fuego, según el rito idolátrico de las naciones exterminadas por el Señor al arribo de los hijos de Israel. Asimismo ofrecía sacrificios, y quemaba perfumes en las alturas y en los collados, y debajo de todo árbol frondoso. Por eso el Señor Dios lo entregó en poder del rey de Siria, el cual le derrotó, y cogió un gran botín de su reino, y se lo llevó a Damasco. También fue entregado en manos del rey de Israel, que hizo gran destrozo en su gente. Pues Facee, hijo de Romelía, mató en un solo día ciento veinte mil hombres de Judá, todos ellos bravos soldados; porque habían abandonado al Señor Dios de sus padres. Por el mismo tiempo Zecri, hombre poderoso de Efraín, mató a Maasías, hijo del rey, y a Ezrica, su mayordomo, como también a Elcana, que tenía el segundo lugar después del rey. Y los hijos de Israel hicieron cautivos de sus hermanos doscientos mil, mujeres, niños y niñas y cogieron infinitos despojos, y los llevaron a Samaria. Había allí en aquella sazón un profeta del Señor, llamado Oded, el cual, saliendo al encuentro del ejército que venía a Samaria, les dijo: Habéis visto que el Señor Dios de vuestros padres, irritado contra los hijos de Judá, los ha entregado en vuestras manos; mas vosotros les habéis quitado la vida atrozmente; tanto que vuestra crueldad ha subido hasta el cielo. Además de esto queréis subyugar a los hijos de Judá y de Jerusalén , como a esclavos y esclavas, cosa que de ninguna manera debéis hacer; pues en esto pecáis contra el Señor Dios vuestro. Oíd, pues, ahora mi consejo: Volved a enviar a sus casas esos prisioneros hermanos vuestros, que habéis traído acá; porque el furor grande del Señor está para caer sobre vosotros. Con esto algunos de los príncipes de los hijos de Efraín o de Israel, Azarías, hijo de Joanán, Ezequías , hijo de Sellum, y Amasa, hijo de Adali, se opusieron a pie firme a los que venían de la batalla, y les dijeron: No introduciréis acá esos cautivos, porque pecaríamos contra el Señor. ¿Cómo pretendéis aumentar nuestros pecados y colmar la medida de los antiguos delitos, puesto que es ése un gran pecado, y la terrible ira del Señor va a descargar sobre Israel? Con eso los soldados soltaron los despojos y todo cuanto habían cogido delante de aquellos príncipes y de todo el pueblo; y los varones antes mencionados, tomando a los cautivos y a todos los desnudos, los vistieron de los despojos; y después de haberlos vestido y calzado, y confortado con comida y bebida, y ungido para aliviarlos del cansancio, y cuidádolos con mucho esmero, montaron en asnos a los que no podían andar y eran de cuerpo débil, y los llevaron a Jericó , ciudad de las Palmas, a sus hermanos; y después se volvieron a Samaria. En aquel tiempo envió el rey Acaz a pedir socorro al rey de los asirios. Entretanto entraron los idumeos en el país de Judá, y mataron mucha gente, y cogieron un gran botín. Asimismo los filisteos invadieron las ciudades de la llanura, y la parte meridional de Judá, y se apoderaron de Betsames, y de Ayalón, y de Garedot, como también de Socó, y de Temnán, de Gamzo con sus aldeas, y se establecieron en ellas. Porque el Señor había humillado a Judá por los pecados de Acaz, rey de Judá, a quien dejó sin amparo por su desprecio del Señor. El cual hizo mover contra él a Telgatfalnasar, rey de los asirios, que también lo afligió y taló el país sin hallar resistencia alguna. Acaz, pues, despojando el templo del Señor, y el palacio real, y las casas de los príncipes, ofreció dones al rey de los asirios, y sin embargo de nada le sirvió. Sobre todo esto, en el mismo tiempo de su angustia aumentó las ofensas contra el Señor; de suerte que el mismo rey Acaz inmoló víctimas a los dioses de Damasco que creía sus enemigos, diciendo: Los dioses de los reyes de Siria son los que los protegen; yo los aplacaré, pues, con sacrificios, y se pondrán de mi parte; cuando al contrario ellos fueron la causa de su ruina y de la de todo Israel. Acaz, pues, habiendo quitado todos los vasos de la casa de Dios, y habiéndolos hecho pedazos, cerró las puertas del templo de Dios, y erigió altares en todas las esquinas de Jerusalén . Asimismo los erigió en todas las ciudades de Judá para quemar sobre ellos incienso, provocando la indignación del Señor Dios de sus padres. Las demás cosas suyas y todas sus obras primeras y postreras, están escritas en el Libro de los Reyes de Judá y de Israel. En fin, pasó Acaz a descansar con sus padres, y lo sepultaron en la ciudad de Jerusalén ; pues no quisieron colocarlo en los sepulcros de los reyes de Israel o Judá. Lo sucedió en el reino su hijo Ezequías . Comenzó, pues, a reinar Ezequías a la edad de veinticinco años; y reinó veintinueve en Jerusalén ; su madre se llamó Abía, hija de Zacarías. E hizo lo que era grato a los ojos del Señor, siguiendo en todo el proceder de su padre David. En el primer año y mes de su reinado abrió las puertas del templo del Señor, y las renovó. E hizo volver los sacerdotes y levitas, y juntándolos en la plaza oriental, les dijo: Escuchadme, oh levitas: Purificaos; limpiad la casa del Señor Dios de vuestros padres y quitad del santuario toda inmundicia. Pecaron nuestros padres, y cometieron la maldad en presencia del Señor Dios nuestro, abandonándole; apartaron sus rostros del Tabernáculo del Señor, y le volvieron las espaldas. Cerraron las puertas del atrio, y apagaron las lámparas, dejaron de quemar el incienso y de ofrecer los holocaustos en el santuario al Dios de Israel. Por eso la ira del Señor se ha encendido contra Judá y Jerusalén , y los ha abandonado a la turbación, y a la ruina, y al escarnio, como vosotros mismos lo estáis viendo con vuestros ojos. Ved cómo nuestros padres han perecido al filo de la espada; y nuestros hijos e hijas y nuestras mujeres han sido llevadas cautivas por esa maldad. Ahora, pues, yo deseo que hagamos alianza con el Señor Dios de Israel, a fin de que aparte de nosotros el furor de su ira. Hijos míos, no seáis negligentes; a vosotros os ha escogido el Señor para que asistáis en su presencia, y le sirváis y deis culto, y le ofrezcáis incienso. Al punto se presentaron los levitas del linaje de Caat, Mahat, hijo de Amasai, y Joel, hijo de Azarías; del linaje de Merari, Cis, hijo de Abdí, y Azarías, hijo de Jalaleel; del linaje de Gersom, Joá, hijo de Zemma, y Edén, hijo de Joá; del linaje de Elisafán, Samri y Jahiel; del linaje de Asaf, Zacarías y Matanías. Asimismo del linaje de Hemán, Jahiel y Semei; y del linaje de Iditún, Semeías y Oziel. Los cuales congregaron a sus hermanos, y se purificaron; y entraron conforme a la orden del rey y al mandamiento del Señor en la casa de Dios para purificarla. Igualmente los sacerdotes habiendo entrado en el santuario del templo del Señor para purificarlo, sacaron al atrio de la casa del Señor todas las inmundicias que hallaron dentro, y de allí las cogieron los levitas, y las llevaron fuera al torrente de Cedrón. El día primero del mes, llamado Nisán, principiaron a limpiar; y el día octavo del mismo mes entraron en el pórtico del templo del Señor, y por ocho días estuvieron purificando el templo; y a los dieciséis del dicho mes acabaron la obra comenzada. Presentándose luego al rey Ezequías , le dijeron: Hemos purificado toda la casa del Señor, y el altar de los holocaustos y sus instrumentos, como también la mesa de la proposición con todos sus utensilios, y todas las alhajas del templo, profanadas por el rey Acaz durante su reinado, después que prevaricó; y he aquí que están todas puestas en orden delante del altar del Señor. En consecuencia, el rey Ezequías , levantándose muy de mañana, congregó a todos los príncipes o magnates de la ciudad, y subió al templo del Señor, y ofrecieron todos juntos siete toros, y siete carneros, y siete corderos, y siete machos cabríos por la expiación del pecado, por el reino o delitos del rey, por la profanación del santuario, y por los pecados de todo Judá; y dijo a los sacerdotes, hijos de Aarón, que los ofreciesen sobre el altar del Señor. Sacrificaron, pues, los sacerdotes los toros, y recibieron la sangre, y la derramaron sobre el altar; como también los carneros; y asimismo los corderos, cuya sangre derramaron igualmente sobre el altar. En cuanto a los machos cabríos ofrecidos por el pecado, los hicieron arrimar delante del rey y de todo el pueblo, y pusieron sus manos sobre ellos, y los inmolaron los sacerdotes, y con su sangre rociaron el altar por la expiación de los pecados de todo Israel; porque el rey había mandado que se ofreciese holocausto por todo Israel y por el pecado. Estableció también levitas en el templo del Señor con sus címbalos, y salterios, y cítaras, según la disposición del rey David, y de Gad profeta, y del profeta Natán; porque éste fue un mandamiento del Señor, comunicado por medio de sus profetas. Y estos levitas asistieron con los instrumentos músicos de David, y los sacerdotes con las trompetas. Entonces ordenó Ezequías que se ofreciesen los holocaustos sobre el altar; y mientras que los holocaustos se ofrecían, comenzaron a cantar las alabanzas del Señor, y a tocar las trompetas, y acompañar el canto con los varios instrumentos músicos, dispuestos por David, rey de Israel. Entretanto, mientras todo el pueblo adoraba al Señor, los cantores y los que tenían las trompetas hacían su oficio, hasta que fue consumido el holocausto. Concluida la ofrenda, el rey y todos los que con él estaban, postrándose, adoraron al Señor. En fin, Ezequías y los príncipes mandaron a los levitas que alabasen al Señor con los cánticos de David y del profeta Asaf; y lo hicieron con gran alegría, y dobladas las rodillas en tierra adoraron al Señor. Añadió todavía Ezequías : Vosotros habéis sido consagrados al Señor; venid, pues, y ofreced víctimas y alabanzas en la casa del Señor. Y toda la muchedumbre ofreció víctimas, y alabanzas, y holocaustos con devoto corazón. El número de los holocaustos ofrecidos por el pueblo fue éste: Setenta toros, cien carneros y doscientos corderos. Además consagraron al Señor seiscientos bueyes y tres mil ovejas. Pero los sacerdotes eran pocos, y no bastaban por sí solos para desollar las reses de los holocaustos; por cuyo motivo les ayudaron los levitas, sus hermanos, hasta que se acabó la función, y se hubieron purificado más sacerdotes; porque los levitas se purifican con menos ceremonias que los sacerdotes. Así fueron muchísimos los holocaustos, y la grasa de las víctimas pacíficas, y las libaciones de los holocaustos; y quedó restablecido el culto del templo del Señor. De lo que manifestaron gran gozo Ezequías y todo el pueblo, viendo la restauración del culto del Señor. Porque semejante resolución había sido tomada de improviso. Envió después Ezequías por todo Israel y Judá, y en particular escribió cartas a Efraín y a Manasés, convidándolos a venir al templo del Señor en Jerusalén para celebrar la Pascua del Señor Dios de Israel. Pues habiendo tenido consejo el rey con los príncipes o magnates y con todo el pueblo de Jerusalén , determinaron celebrar la Pascua en el mes segundo. Visto que no habían podido celebrarla a su tiempo, por cuanto no estaban purificados bastantes sacerdotes, y el pueblo no se había podido reunir todavía en Jerusalén . Fue esta resolución muy del agrado del rey y de toda la muchedumbre. Por lo que determinaron enviar mensajeros por todo Israel desde Bersabee hasta Dan, convidando a los pueblos a venir a celebrar la Pascua al Señor Dios de Israel en Jerusalén ; pues muchos no la habían celebrado hacía tiempo, a pesar de lo ordenado por la ley. En efecto, salieron correos por orden del rey y de sus magnates, con cartas circulares para todo Israel y Judá; en las cuales, conforme a lo mandado por el rey, se decía: Hijos de Israel, convertíos al Señor, Dios de Abrahán, y de Isaac, y de Israel, y él acogerá las reliquias que han escapado del poder del rey de los asirios. No queráis imitar a vuestros padres y hermanos, que se alejaron del Señor Dios de sus padres, y el Señor los abandonó a la perdición, como vosotros mismos estáis viendo. No endurezcáis vuestros corazones, como vuestros padres; rendíos al Señor, y venid a su santuario, que santificó para siempre; servid al Señor Dios de vuestros padres, y se apartará de vosotros su furor e indignación. Porque si vosotros os convertís al Señor, vuestros hermanos e hijos hallarán compasión en sus amos, que los llevaron cautivos, y volverán a esta tierra; puesto que piadoso y clemente es el Señor vuestro Dios, y no ha de torcer su rostro, si os volviereis a él. Iban, pues, corriendo los correos de ciudad en ciudad por el país de Efraín y de Manasés hasta el de Zabulón; mas estos pueblos se reían y mofaban de ellos. Sin embargo, algunos varones de Aser, de Manasés y de Zabulón, abrazando el consejo, vinieron a Jerusalén . Al contrario, en Judá obró la mano del Señor, dándoles a todos un mismo corazón para obedecer la palabra del Señor, conforme a la orden del rey y de los príncipes. Con esto se congregaron en Jerusalén muchos pueblos para celebrar la fiesta de los Azimos o la Pascua , el mes segundo. E inmediatamente destruyeron los altares que había en Jerusalén ; y todos los parajes donde se ofrecía incienso a los ídolos, los arruinaron, y lo arrojaron todo en el torrente de Cedrón. Y sacrificaron el cordero pascual el día catorce del mes segundo. También los sacerdotes y levitas, que por fin se habían ya purificado, ofrecieron holocaustos en el templo del Señor; y ejercieron sus funciones conforme a lo expuesto en la ley de Moisés, varón de Dios. Recibían los sacerdotes de mano de los levitas la sangre que se debía derramar; porque como muchísima gente no estaba todavía purificada, por eso los levitas degollaron el cordero pascual por aquellos padres de familia que no habían acudido a tiempo para purificarse delante del Señor. Y aun gran parte del pueblo de Efraín, y de Manasés, y de Isacar, y de Zabulón, que no estaba purificada, comieron el cordero, no según la Escritura. Mas Ezequías hizo oración por ellos, diciendo: El Señor, que es infinitamente bueno, se apiadará de todos aquellos que de todo corazón buscan al Señor Dios de sus padres; y no les imputará la falta de no estar bien purificados. En efecto, lo oyó benigno el Señor, y perdonó al pueblo. De esta manera los hijos de Israel, que se hallaron en Jerusalén , celebraron con gran alegría la solemnidad de los Azimos por espacio de siete días, cantando cada día alabanzas al Señor, y asimismo los levitas y sacerdotes con los instrumentos músicos correspondientes a su oficio. Ezequías por su parte dio las gracias a todos los levitas, los cuales tenían mucho conocimiento en las cosas del Señor, y los alentó; y los siete días que duró la solemnidad comieron de las víctimas pacíficas que ofrecían, alabando al Señor Dios de sus padres. Y todo aquel concurso acordó hacer fiesta aún otros siete días, como lo ejecutaron con sumo gozo. Porque Ezequías , rey de Judá, había dado para aquel gentío mil toros y siete mil ovejas; para el cual los príncipes o magnates habían añadido mil toros y diez mil ovejas; por lo que se purificó un gran número de sacerdotes. Así pues, rebosaba de alegría toda la gente de Judá, junto con los sacerdotes y levitas, no menos que todo el concurso que había acudido de Israel, como también los extranjeros, tanto los del país de Israel, como los que habitaban en tierra de Judá. En suma, fue grande esta solemnidad que se celebró en Jerusalén , y cual no se había visto semejante en aquella ciudad desde el tiempo de Salomón , hijo de David, rey de Israel. Finalmente, los sacerdotes y levitas, puestos en pie, bendijeron al pueblo; y fue oída su voz por el Señor; y su oración penetró hasta la morada santa del cielo. Concluidas todas las ceremonias de la fiesta, salieron todos los israelitas que moraban en las ciudades de Judá, e hicieron pedazos los ídolos, y cortaron los bosques a ellos dedicados, y derribaron los adoratorios de los lugares altos, y destruyeron los altares; no sólo en todo el país de Judá y de Benjamín, sino también de Efraín y Manasés; ni pararon hasta no dejar rastro de ellos; y después de esto se volvieron todos los hijos de Israel a sus posesiones y ciudades. Y Ezequías restableció las clases de los sacerdotes y levitas según sus turnos, poniendo a cada uno, así de los sacerdotes como de los levitas, en su propio oficio, para que ofreciesen los holocaustos y las víctimas pacíficas, a fin de que sirviesen y glorificasen a Dios, y cantasen en las puertas del campamento o atrios de la casa del Señor. Corría de cuenta del rey suministrar el holocausto perpetuo, que siempre se ofrece por mañana y tarde; como también los que se ofrecen los sábados, y calendas, y demás fiestas solemnes, como está escrito en la ley de Moisés. Mandó asimismo al pueblo establecido en Jerusalén que diese a los sacerdotes y levitas sus porciones a fin de que pudiesen ocuparse en las cosas de la ley del Señor. Promulgado el edicto al pueblo, al instante los hijos de Israel ofrecieron gran cantidad de primicia de trigo, de vino y de aceite, y también de miel; y ofrecieron el diezmo de cuanto produce la tierra. Del mismo modo los hijos de Israel y de Judá, que habitaban en las ciudades de Judá, ofrecieron el diezmo de los bueyes y de las ovejas, y el diezmo de las cosas consagradas, que tenían ofrecidas con voto al Señor Dios suyo; y trayendo todas estas cosas formaron de ellas grandes acopios. El mes tercero comenzaron a formar estos acopios y acabaron el séptimo. Y entrando allí Ezequías y sus cortesanos, al ver los montones, bendijeron al Señor, y elogiaron al pueblo de Israel. Y preguntó Ezequías a los sacerdotes y levitas, por qué estaban allí por tierra aquellos montones. Le respondió Azarías, del linaje de Sadoc, primer sacerdote, diciendo: Desde que comenzaron a ofrecerse las primicias en la casa del Señor, hemos comido de ellas hasta saciarnos; pero es muchísimo lo que ha sobrado, porque el Señor ha echado la bendición sobre su pueblo; y esta abundancia que ves es de lo que sobró. Mandó, pues, Ezequías que dispusiesen almacenes en la casa del Señor; lo cual ejecutado, metieron en ellos fielmente, tanto las primicias como los diezmos, y las ofrendas por voto. Se encargó la superintendencia o custodia de todo esto a Conenías, levita, y en segundo lugar a Semei, su hermano. Y después de éste a Jahiel, y a Azarías, y a Nahat, y a Asael, y a Jerimot, y a Jozabad, y a Eliel, y a Jesmaquías y a Mahat, y a Banaías, que fueron los administradores bajo las órdenes de Conenías, y de Semei, su hermano, por mandato del rey Ezequías , y de Azarías, sumo sacerdote de la casa de Dios, a quienes se daba cuenta de todo. Por otra parte, Coré, hijo de Jemna, levita y ostiario de la puerta oriental, estaba encargado de los dones que se ofrecían voluntariamente al Señor, y de las primicias para uso del lugar santísimo. Estaban bajo sus órdenes Edén, y Benjamín, y Jesué, y Semeías, y Amarías, y Sequenías en las ciudades sacerdotales para distribuir fielmente las porciones a sus hermanos, así pequeños como grandes; y (además de los varones de tres años arriba) a todos aquellos que tenían entrada en el templo del Señor; y en fin, para proveer diariamente de todo lo conducente a los diferentes ministerios y oficios según sus clases. Igualmente a los sacerdotes y levitas de veinte años arriba, según sus familias, clases y número, y a toda la multitud, así de sus mujeres como de sus hijos de ambos sexos, se suministraban fielmente alimentos de las cosas que habían sido ofrecidas. Asimismo, de los hijos de Aarón había algunos que estaban distribuidos por la campiña y calles de cada ciudad para repartir las raciones a todos los hijos varones de la estirpe sacerdotal y levítica. Hizo, pues, Ezequías todas estas cosas que hemos dicho en todo el reino de Judá; y obró lo que era bueno, recto y justo delante del Señor Dios suyo, en todo aquello que exigía el ministerio de la casa del Señor, según la ley y las ceremonias, deseoso de complacer a su Dios con todo su corazón; lo hizo así, y todo le salió prósperamente. Después de estas cosas, y de tanta fidelidad de Ezequías , sobrevino Sennaquerib, rey de los asirios; y entrándose por las tierras de Judá, puso sitio a las ciudades fuertes para apoderarse de ellas. Lo cual visto por Ezequías , es a saber, que Sennaquerib se acercaba, y que todo el ímpetu de la guerra se dirigía contra Jerusalén , celebrado consejo con sus magnates, y con los hombres más valerosos, y conviniendo todos en el dictamen de cegar los manantiales de las fuentes, que había fuera de la ciudad, reunió gran número de personas, y cegaron todas las fuentes y el arroyo Cedrón que corría por medio del territorio, diciendo: Con eso, si vienen los reyes de los asirios, no hallarán abundancia de agua. Al mismo tiempo reparó con gran diligencia todas las partes del muro que estaban ya arruinadas, y construyó torres encima y otro muro exterior; y restauró la fortaleza de Mello en la ciudad de David o monte Sión, e hizo provisión de todo género de armas y escudos. Nombró también generales de las tropas, y los convocó a todos en la plaza de la puerta de la ciudad; y les habló al alma, diciendo: Portaos con valor, y cobrad bríos. No temáis, ni tengáis miedo del rey de los asirios, ni de todo el gentío que viene con él; porque muchos más están por nuestra parte que por la suya. Pues él tiene consigo un brazo de carne; pero con nosotros está el Señor Dios nuestro, el cual es nuestro defensor, y pelea por nosotros. Al oír el pueblo estas palabras de Ezequías , rey de Judá, cobró gran aliento. Pasadas estas cosas, Sennaquerib, rey de los asirios (estando con todo su ejército sitiando a Laquís) envió sus mensajeros a Jerusalén a decir a Ezequías , rey de Judá, y a todo el pueblo que se hallaba en la ciudad: Esto dice Sennaquerib, rey de los asirios: ¿En quién ponéis vuestra confianza para manteneros así cercados en Jerusalén ? ¿Acaso os tiene engañados Ezequías para dejaros morir de hambre y de sed, con aseguraros que el Señor, vuestro Dios, os librará de las manos del rey de los asirios? Pues, ¿no es ese Ezequías el que destruyó sus adoratorios en las alturas y sus altares; y habló a los habitantes de Judá y de Jerusalén , diciendo: Delante de un solo altar habéis de adorar, y en él solo quemar el incienso? ¿Ignoráis por ventura lo que yo y mis padres hemos hecho con todos los pueblos de la tierra? Acaso los dioses de las naciones y de todos los países han tenido poder para librar de mis manos a sus regiones? ¿Cuál es el dios entre todos los dioses de las naciones, exterminadas por mis padres, que haya podido salvar a su pueblo de mis manos, para que creáis que pueda también libraros vuestro Dios? No os dejéis, pues, engañar de Ezequías , ni seducir con vanas persuasiones, y no le deis crédito; porque si ninguno de los dioses de las naciones, ni de los otros reinos, pudo librar a su pueblo de mis manos, ni de las manos de mis padres, es consiguiente que tampoco vuestro Dios podrá libertaros de caer en las mías. Otras muchas cosas hablaron también los mensajeros de Sennaquerib contra el Señor Dios y contra Ezequías , su siervo. Escribió igualmente unas cartas llenas de blasfemias contra el Señor Dios de Israel, diciendo contra él: Así como los dioses de las demás naciones no pudieron librar a sus pueblos de caer en mis manos, tampoco podrá el Dios de Ezequías salvar a su pueblo del poder mío. Sobre todo a grandes voces gritaba en lengua hebrea contra el pueblo que estaba sobre los muros de Jerusalén , a fin de aterrarle y apoderarse de la ciudad. Y hablaba del Dios de Jerusalén como de los dioses de las otras naciones de la tierra, que son obra de las manos del hombre. Pero el rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amós, hicieron oración contra este blasfemador, y alzaron sus clamores hasta el cielo. Y envió el Señor un ángel, que mató a todos los hombres fuertes y belicosos, y al general del ejército de Sennaquerib, rey de los asirios; el cual se volvió a su tierra cubierto de ignominia. Y habiendo entrado en el templo de su dios, lo atravesaron con la espada sus propios hijos. De esta suerte salvó el Señor a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén , de las manos de Sennaquerib, rey de los asirios, y de las manos de los demás enemigos, y les dio paz por todas partes. Y muchos ofrecían también víctimas para los sacrificios del Señor en Jerusalén , y presentes a Ezequías , rey de Judá; el que de allí en adelante gozó de gran consideración entre las naciones todas. Por aquel tiempo cayó Ezequías enfermo de muerte, e hizo oración al Señor; el cual le oyó, y le dio una señal de ello. Pero Ezequías no correspondió a los beneficios recibidos, porque su corazón se envaneció, por lo cual la ira del Señor se encendió contra él, y contra Judá, y contra Jerusalén . Mas después se humilló arrepentido de haberse ensoberbecido en su corazón, tanto él como los habitantes de Jerusalén ; por cuya razón no descargó sobre ellos la ira del Señor, mientras vivió Ezequías . Como quiera, Ezequías fue muy rico y esclarecido, y juntó grandes tesoros de plata y oro, y piedras preciosas, y aromas, y todo género de armas y de alhajas de gran valor. Formó asimismo almacenes de granos, de vino, y de aceite, y establos para toda especie de asnos, y apriscos para ganados; y edificó para sí ciudades o poblaciones; porque tenía innumerables rebaños de ovejas y ganados mayores; por haberle dado el Señor bienes inmensos. Este es Ezequías , que tapó el manantial o fuente alta de las aguas de Gihón, y las encaminó por un conducto subterráneo hacia el poniente de la ciudad de David. En todas sus empresas salió felizmente, a medida de su deseo. Verdad es que por haberle sido enviados por embajadores magnates de Babilonia, para que se informaran del prodigio, que por ocasión suya había acaecido en la tierra, el Señor le dejó de su mano; a fin de probarle y hacer patente todo cuanto tenía en su corazón. Por lo que toca a las otras acciones de Ezequías y sus obras de misericordia, se hallan escritas en la Visión del profeta Isaías, hijo de Amós, y en el Libro de los Reyes de Judá y de Israel. Al fin Ezequías fue a descansar con sus padres, y lo sepultaron en un lugar elevado sobre los sepulcros de los hijos de David, sus predecesores; y celebró sus exequias todo el reino de Judá, con todos los moradores de Jerusalén ; y lo sucedió en el reino su hijo Manasés. Doce años tenía Manasés cuando entró a reinar, y reinó cincuenta y cinco en Jerusalén . Pero obró el mal en la presencia del Señor, imitando las abominaciones de las gentes, exterminadas por el Señor al arribo de los hijos de Israel; y restableció otra vez los adoratorios en los lugares altos, demolidos por su padre Ezequías ; y erigió altares a los Baales o ídolos, y plantó arboledas en honor suyo, y adoró a toda la milicia del cielo, y le rindió culto. Construyó también altares en la casa del Señor, de la cual tenía el Señor dicho: En Jerusalén se invocará mi Nombre eternamente. Y estos altares los erigió a todo el ejército del cielo en los dos atrios del templo del Señor. E hizo pasar por el fuego a sus hijos en el valle de Benennom. Observaba los sueños, consultaba agüeros, se valía de artes mágicas, y tenía consigo hechiceros y encantadores, y cometió muchos pecados delante del Señor, provocando su ira. Colocó asimismo un ídolo de fundición en la casa del Señor de la cual habló Dios a David y a Salomón su hijo diciendo: En esta casa y en Jerusalén , elegida por mí de entre todas las tribus de Israel, estableceré mi Nombre eternamente. Y haré que Israel no mueva el pie de la tierra que yo di a sus padres; con tal, que procure cumplir lo que le tengo mandado, toda la ley, y ceremonias y ordenanzas publicadas o promulgadas por medio de Moisés. Manasés, pues, sedujo a Judá y a los habitantes de Jerusalén , para que hicieran mayores males, que todas las gentes que había el Señor exterminado de la presencia de los hijos de Israel. Y lo amonestó el Señor así a él como a su pueblo; mas no quisieron escucharlo; por eso hizo que viniesen sobre ellos los generales del ejército del rey de los asirios, los cuales hicieron prisionero a Manasés, y atado con cadenas y grillos lo llevaron a Babilonia. Donde viéndose en la opresión, oró al Señor su Dios, y concibió un vivísimo arrepentimiento delante del Dios de sus padres, y le rogó y suplicó intensamente, y el Señor oyó su oración, y lo restituyó a Jerusalén en su reino; y acabó de conocer Manasés que el Señor es el solo Dios. Después de esto edificó el muro exterior de la ciudad de David al occidente de Gihón en el valle, desde la entrada de la puerta del Pescado alrededor hasta Ofel, y lo alzó muy alto; y puso comandantes del ejército en todas las ciudades fuertes de Judá. Y quitó del templo del Señor los dioses extranjeros y el simulacro, como también los altares que había erigido en el monte Sión de la casa del Señor, y en Jerusalén , y lo hizo arrojar todo fuera de la ciudad. Y restableció el altar del Señor, e inmoló sobre él víctimas, y hostias pacíficas y de acción de gracias; y mandó a Judá que sierviese al Señor Dios de Israel. Sin embargo, el pueblo ofrecía aún sacrificios al Señor su Dios en los lugares altos. Los demás hechos de Manasés, y la súplica que hizo a su Dios, como también las palabras de los profetas, que le hablaban en nombre del Señor Dios de Israel, se contienen en los Libros de los Reyes de Israel. Asimismo su oración, y cómo fue oído, y todos sus pecados, y apostasía, los lugares altos que fundó, los bosques o arboledas profanas que plantó, y las estatuas que levantó antes de hacer penitencia, se describen en los Libros de Hozai. Pasó, en fin, Manasés a descansar con sus padres, y fue sepultado en su casa; sucediéndole en el reino su hijo Amón. Veintidós años tenía Amón cuando comenzó a reinar, y dos años reinó en Jerusalén . E hizo lo malo en la presencia del Señor, como lo había hecho Manasés, su padre; y sacrificó, y dio culto a todos los ídolos que había hecho Manasés. Y no se humilló en la presencia del Señor, como lo hizo Manasés, su padre; antes bien cometió delitos mucho mayores. Pero conjurados contra él sus criados, le quitaron la vida en su casa. Entonces todo el resto del pueblo, ajusticiados aquellos que habían muerto a Amón, proclamó por rey en su lugar a Josías, su hijo. Ocho años tenía Josías cuando entró a reinar; y reinó treinta y un años en Jerusalén . E hizo lo que era recto a los ojos del Señor, y siguió los pasos de su padre David, sin torcer ni a la derecha ni a la izquierda. Al octavo año de su reinado, siendo todavía jovencito, comenzó a buscar al Dios de su padre David; y al año duodécimo de reinar, limpió el país de Judá y a Jerusalén de los lugares altos y bosques profanos, y de los ídolos y simulacros. E hizo destruir en presencia suya los altares de Baal, y hacer pedazos los ídolos colocados encima; quitó también sus bosques, y desmenuzó las estatuas, cuyos pedazos esparció sobre los sepulcros de los que solían ofrecerle sacrificios. Además los huesos de los sacerdotes de los ídolos los quemó sobre los altares de los mismos ídolos; y purificó a Judá y a Jerusalén . Igualmente destruyó todas estas cosas abominables en las ciudades de las tribus de Manasés, y Efraín, y Simeón hasta Neftalí. Destruidos los altares y los bosques, y hechos pedazos los ídolos, y demolidos todos los templos por todo el país de Israel, regresó a Jerusalén . Con lo que el año dieciocho de su reinado, purificado ya el país y el templo del Señor, envió a Safán, hijo de Eselías, y a Maasías, príncipe o magnate de la ciudad, y al canciller Johá hijo de Joacaz, para que cuidasen de la restauración del templo del Señor Dios suyo. Los cuales vinieron a Helcías, sumo sacerdote, y recibiendo de él el dinero depositado en la casa del Señor, y que los levitas y porteros habían recogido de las tribus de Manasés y Efraín, y de todo el resto de Israel, como también de todo Judá, y de Benjamín, y de los moradores de Jerusalén ; lo entregaron en manos de los capataces de los que trabajaban en la casa del Señor para la restauración del templo y reparación de todas sus quiebras. Estos lo dieron a los artífices, y albañiles para comprar piedras de cantería y madera para los amarres de la obra y para el tablaje de los edificios destruidos por los reyes de Judá. Ejecutaban éstos todo fielmente. Los capataces de los obreros eran Jahat y Abdías de los descendientes de Merari, Zacarías y Mosollam de la estirpe de Caat, los cuales daban prisa a la obra; todos levitas diestros en tañer instrumentos. Sobre los que acarreaban lo necesario para diferentes usos, vigilaban los escribas y los porteros mayores de entre los levitas. Al tiempo de sacar el dinero depositado en el templo del Señor, encontró el sumo sacerdote Helcías el Libro de la ley del Señor escrita por mano de Moisés; y dijo a Safán, secretario: He hallado en la casa del Señor el Libro de la ley; y se lo entregó. Llevó éste el libro al rey, y dándole cuenta, dijo: Todo lo que has encargado al cuidado de tus siervos, se va concluyendo. La plata encontrada en la casa del Señor se ha fundido, y se ha entregado a los capataces de los artífices y obreros de diferentes labores. Además de esto me ha entregado Helcías, sumo sacerdote, este libro. Y habiéndolo él leído en presencia del rey, y oído éste las palabras de la ley, rasgó sus vestiduras; y dio orden a Helcías, y a Ahicam, hijo de Safán, y a Abdón, hijo de Mica, y a Safán, secretario, y a Asaas, criado o ministro del rey diciendo: Id, y orad o consultad al Señor por mí y por las reliquias de Israel y de Judá, acerca de todas las palabras de este libro que se ha encontrado; porque grande es el furor o azote del Señor que está para descargar sobre nosotros; por cuanto no han guardado nuestros padres las palabras del Señor, ni cumplido todo cuanto está escrito en este libro. Fue, pues, Helcías, junto con los enviados del rey, a encontrar a Olda, profetisa, mujer de Sellum, hijo de Tecuat, hijo de Hasra, guardarropa; la cual moraba en Jerusalén , en la segunda ciudad, y le refirieron las palabras que arriba mencionamos. Ella le respondió: Esto dice el Señor Dios de Israel: Decid a la persona que os ha enviado a mí: Así ha hablado el Señor: He aquí que yo enviaré sobre este lugar y sobre sus moradores las calamidades y todas las maldiciones escritas en ese libro que se ha leído delante del rey de Judá; por cuanto me han abandonado a mí, y han ofrecido sacrificios a los dioses extranjeros, provocando mi ira con todas las obras de sus manos; por cuyo motivo lloverá mi furor sobre este lugar, y no cesará. Al rey de Judá que os ha enviado para que yo ruegue al Señor, le diréis: Esto dice el Señor Dios de Israel: Ya que por haber oído las palabras del libro, se ha enternecido tu corazón, y te has humillado en el acatamiento de Dios, con motivo de lo que en él hay escrito contra este lugar, y contra los habitantes de Jerusalén ; y temblando de mi majestad, has rasgado tus vestiduras, y llorado en mi presencia; yo también te he oído, dice el Señor. Porque bien pronto te reuniré con tus padres, y serás colocado en paz en tu sepulcro; y no verán tus ojos todos los males que yo descargaré sobre este lugar y sobre sus habitantes. Se volvieron, pues, y dieron cuenta al rey de todo cuanto ella había dicho. Entonces el rey, convocando a todos los ancianos o senadores de Judá, y de Jerusalén , subió al templo del Señor, acompañado de todos los varones de Judá, y de los moradores de Jerusalén , de los sacerdotes y levitas, y de todo el pueblo, grandes y pequeños. Y estando todos con atención en el templo del Señor, leyó el rey el libro palabra por palabra. Y puesto en pie en su estrado o solio, hizo pacto o prometió delante del Señor de caminar en pos de él, y de observar sus preceptos, y leyes y ceremonias, con todo su corazón, y con toda su alma, y de hacer todas las cosas escritas en el libro que acababa de leer; e hizo jurar lo mismo a todos los que se hallaban en Jerusalén y en Benjamín; y los habitantes de Jerusalén confirmaron el pacto del Señor Dios de sus padres. Extirpó, pues, Josías todas las abominaciones de todo el país de los hijos de Israel; e hizo que cuantos quedaron habitando en Israel sirviesen al Señor Dios suyo. Mientras él vivió no abandonaron al Señor Dios de sus padres. Celebró asimismo Josías en Jerusalén la Pascua del Señor, la cual fue inmolada en el día catorce del mes primero. Para lo cual hizo que los sacerdotes ejerciesen sus funciones, y los exhortó al cumplimiento de su ministerio en la casa del Señor. Dijo también a los levitas, por cuyas instrucciones se sacrificaba todo Israel para el culto del Señor: Colocad otra vez el arca en el Santuario del templo, edificado por Salomón , hijo de David, rey de Israel, porque ya no la tendréis que llevar más de una a otra parte. Ahora, pues, servid al Señor Dios vuestro y a su pueblo de Israel; y estad apercibidos casa por casa, y familia por familia, según la distribución hecha de cada uno de vosotros, así como lo ordenó David, rey de Israel, y dejó por escrito su hijo Salomón . Y ejerced vuestras funciones en el santuario, observando la distribución de familias y de las clases levíticas: y después de haberos santificado, inmolad el cordero pascual, y disponed también a vuestros hermanos purificándolos, para que le puedan inmolar, conforme mandó el Señor por boca de Moisés. Además de esto Josías dio a todo el pueblo que se halló allí en la solemnidad de la Pascua , corderos y cabritos de los rebaños, y otras reses, hasta treinta mil, y asimismo tres mil bueyes; todo esto lo dio el rey de su hacienda. También sus oficiales o magnates presentaron lo que espontáneamente habían ofrecido, tanto al pueblo como a los sacerdotes y levitas. Además Helcías sumo sacerdote, y Zacarías, y Jahiel, principales de la casa del Señor, dieron a los sacerdotes para celebrar la Pascua entre unas y otras dos mil seiscientas reses menores, y trescientos bueyes. Igualmente Conenías, y Semeías, y Natanael con sus hermanos, y Hasabías, y Jehiel, y Jozabad, príncipes de los levitas, dieron a los otros levitas para la celebración de la Pascua cinco mil reses menores y quinientos bueyes. Preparado todo lo necesario para la función, los sacerdotes estuvieron prontos a su oficio, e igualmente los levitas divididos en sus compañías, conforme al mandato del rey. Se inmoló, pues, la Pascua ; y los sacerdotes derramaban con sus manos la sangre, y los levitas desollaban las víctimas. Las separaron luego para repartirlas casa por casa y familia por familia, a fin de que fuesen ofrecidas al Señor, del modo que está escrito en el Libro de Moisés; e hicieron lo mismo con los bueyes. Y asaron los corderos pascuales al fuego, conforme está escrito en la ley. En cuanto a las víctimas pacíficas, las cocieron en calderos, marmitas y ollas; e inmediatamente las distribuían a toda la plebe. Y para sí y para los sacerdotes las hicieron cocer después; porque los sacerdotes estuvieron ocupados hasta la noche en la ofrenda de los holocaustos y de la grasa; por cuyo motivo los levitas no las prepararon para sí y para los sacerdotes hijos de Aarón, hasta después de todos. Entretanto los cantores, hijos de Asaf, estaban en su coro, conforme a lo dispuesto por David, y por Asaf, y Hemán, e Iditún, profetas del rey; y los porteros estaban de guardia en cada una de las puertas sin apartarse ni por un instante de su ministerio; por eso sus hermanos los levitas les aparejaron también la comida. De esta suerte se cumplió, según rito, con todo el culto del Señor en aquel día, celebrando la Pascua , y ofreciendo los holocaustos sobre el altar del Señor, conforme a la orden del rey Josías. Así, pues, los hijos de Israel que se hallaron allí, celebraron entonces la Pascua y la fiesta de los Azimos por siete días. No hubo Pascua semejante a ésta en Israel desde el tiempo del profeta Samuel; ni hubo ninguno de todos los reyes de Israel que como Josías celebrase una Pascua con los sacerdotes y levitas y con todo Judá y cuantos se hallaron allí de Israel, y con los habitantes de Jerusalén . Se celebró esta Pascua el año decimoctavo del reinado de Josías. Después de haber Josías restaurado el templo, Necao, rey de Egipto, salió a campaña para sitiar a Carcamis, contigua al Eufrates; y Josías marchó contra él. Pero Necao envió a decirle por sus embajadores: ¿Qué motivo hay de disensión entre nosotros dos, oh rey de Judá? Yo no vengo ahora a pelear contra ti, sino contra otra casa, contra la cual Dios me ha mandado salir a toda prisa; deja, pues, de oponerte a Dios, el cual está conmigo; no sea que el Señor te quite la vida. No quiso Josías retirarse, sino que se preparó para darle batalla, sin querer escuchar las palabras de Necao, que eran de Dios; y avanzó para venir a las manos en el campo de Mageddo. Allí fue herido por los arqueros, y dijo a sus criados: Sacadme fuera del combate, pues estoy gravemente herido. Ellos lo pasaron de su coche a otro, que le seguía según estilo de los reyes, y lo llevaron a Jerusalén , donde murió; y fue sepultado en el panteón de sus padres. Lo lloraron Judá y Jerusalén ; sobre todo Jeremías, cuyas lamentaciones sobre Josías repiten todos los cantores y cantoras hasta hoy día, tanto que ha venido a ser este uso como una ley en Israel. Se hallan escritas estas cosas entre las Lamentaciones. Las demás acciones de Josías, y sus buenas obras, según lo que está prescrito en la ley del Señor, sus hechos, digo, desde el principio al fin, está todo escrito en el Libro de los Reyes de Judá y de Israel. Entonces el pueblo de la tierra tomó a Joacaz, cuarto hijo de Josías, y lo alzó por rey de Jerusalén , en lugar de su padre. De veintitrés años era Joacaz cuando comenzó a reinar, y tres meses reinó en Jerusalén . Porque el rey de Egipto, viniendo a Jerusalén lo depuso, y multó al país en cien talentos de plata y un talento de oro; y en lugar de él estableció por rey sobre Judá y Jerusalén a su hermano Eliakim primogénito de Josías, cambiándole el nombre en el de Joakim; y se llevó consigo a Joacaz, y lo condujo a Egipto. Veinticinco años tenía Joakim cuando entró a reinar, y once años reinó en Jerusalén ; e hizo el mal en la presencia del Señor su Dios. Contra éste vino Nabucodonosor, rey de los caldeos, y lo llevó atado con cadenas a Babilonia, adonde transportó también los vasos del Señor, y los colocó en su templo. Las otras acciones de Joakim, y las abominaciones que cometió, y las maldades que se hallaron en él, se contienen en el Libro de los Reyes de Judá y de Israel. Lo sucedió en el reino su hijo Joaquín. De ocho años era Joaquín cuando entró a reinar, y tres meses y diez días reinó en Jerusalén ; e hizo el mal en la presencia del Señor. Corriendo el año, envió el rey Nabucodonosor sus gentes a prenderlo y lo llevaron a Babilonia, transportando al mismo tiempo los vasos más preciosos del templo del Señor. E hizo rey de Judá y de Jerusalén a Sedecías, su tío paterno. Veintiún años tenía Sedecías cuando empezó a reinar, y once años reinó en Jerusalén . E hizo el mal delante de los ojos del Señor su Dios, ni respetó a Jeremías profeta, que le hablaba de parte del Señor. Se rebeló, además contra el rey Nabucodonosor, que le había hecho prestar juramento de fidelidad en el nombre de Dios; y endureció su cerviz y su corazón, para no convertirse al Señor Dios de Israel. Igualmente todos los príncipes de los sacerdotes y el pueblo prevaricaron también impíamente, imitando todas las abominaciones de los gentiles, y profanaron el templo del Señor, que él se había consagrado para sí en Jerusalén . Entretanto el Señor Dios de sus padres, les hacía hablar por medio de sus enviados los profetas, amonestándolos sin cesar de día y de noche; pues quería perdonar a su pueblo y a la mansión suya. Mas ellos se mofaban de los enviados de Dios, no hacían caso alguno de sus palabras, e insultaban a los profetas, hasta que descargó el furor del Señor sobre su pueblo, y no hubo ya remedio. Porque trajo contra ellos al rey de los caldeos, que pasó a cuchillo a sus jóvenes en la casa de su santuario. No tuvo compasión del mancebo, ni de la virgen, ni del anciano, ni aun del inválido; a todos los entregó Dios en sus manos. Y transportó a Babilonia todos los vasos de la casa del Señor tanto los grandes como los pequeños, y los tesoros del templo, y del rey, y de los magnates. Los enemigos pegaron fuego a la casa de Dios, y demolieron los muros de Jerusalén ; quemaron todas las torres y destruyeron todo cuanto había precioso. Si alguno pudo escapar del cuchillo, llevado a Babilonia, fue esclavo del rey y de sus hijos, hasta que tuvo el imperio Ciro, el rey de los persas, y llegó el cumplimiento de la palabra del Señor, pronunciada por Jeremías, y la tierra hubo celebrado sus sábados; pues todo el tiempo de su desolación estuvo en sábado o descanso continuo, hasta que se cumplieron los setenta años. Mas el año primero de Ciro, rey de los persas, en cumplimiento de la palabra del Señor pronunciada por boca de Jeremías, movió el Señor el corazón de Ciro, rey de los persas; el cual mandó publicar en todo su reino por escrito, este decreto: Esto dice Ciro, rey de Persia: El Señor Dios del cielo me ha dado todos los reinos de la tierra, y él mismo me ha mandado edificarle una casa en Jerusalén , ciudad de Judea; ¿quién hay entre vosotros que pertenezca a su pueblo? El Señor Dios suyo sea con él, y póngase en camino para su tierra. El año primero del imperio de Ciro, rey de los persas, para que se cumpliese la palabra del Señor, pronunciada por Jeremías, movió el Señor el ánimo de Ciro, rey de los persas, el cual hizo publicar por todo su reino, aun por escrito, el siguiente decreto: Esto dice Ciro, rey de los persas: El Señor Dios del cielo es el que me ha dado todos los reinos de las tierras, y él me ha mandado edificarle una casa o templo en Jerusalén , ciudad de Judea. ¿Quién de entre vosotros pertenece a su pueblo? Su Dios sea con él. Vaya a Jerusalén , ciudad de la Judea, y edifique la casa del Señor Dios de Israel. El Dios verdadero es aquel que está en Jerusalén . Y todos los demás que se quedaren, dondequiera que habiten, ayúdenle desde el lugar de su residencia con plata y oro, y otras cosas, y con ganados, además de lo que voluntariamente ofrezcan al templo de Dios, que está en Jerusalén . Con esto se pusieron en camino los príncipes de las familias de Judá y de Benjamín, y los sacerdotes y levitas, y todos aquellos cuyo corazón movió Dios para ir a reedificar el templo del Señor, que está Jerusalén . Y todos aquellos que vivían en la comarca les ayudaron, poniendo en sus manos vasos de plata y oro, hacienda, ganados y alhajas, además de otras ofrendas voluntarias que habían hecho. El mismo rey Ciro hizo sacar vasos del templo del Señor, que Nabuconodosor había traído de Jerusalén , y colocado en el templo de su dios. Los hizo sacar Ciro, rey de los persas, por mano de Mitrídates, hijo de Gazabar, tesorero, que se los entregó por cuenta a Sasabasar o Zorobabel, el príncipe de Judá. He aquí el número de ellos: Treinta copas de oro, mil copas de plata, veintinueve cuchillos, treinta tazas de oro, cuatrocientas diez tazas de plata de segunda magnitud; y mil otros vasos. La suma de todos los vasos de oro y de plata ascendía a cinco mil cuatrocientos; todos éstos los llevó Sasabasar al tiempo que volvían a Jerusalén los que habían sido transportados cautivos a Babilonia. Estos son los hijos de la provincia de Judea, que del cautiverio de Babilonia, a que habían sido conducidos por Nabucodonosor, rey de Babilonia, se pusieron en camino, y regresaron a Jerusalén y Judá, cada cual a su pueblo. Los cuales vinieron con Zorobabel, y con Josué, Nehemías, Saraías, Rahelahías, Mardocai, Belsán, Mesfar, Beguai, Rehum y Baana. He aquí la suma de los barones del pueblo de Israel: Hijos de Farós, dos mil ciento setenta y dos. Hijos de Sefatía, trescientos setenta y dos. Hijos de Area, setecientos setenta y cinco. Hijos de Fahat Moab, de la estirpe de Josué, de Joab, dos mil ochocientos doce. Hijos de Elam, mil doscientos cincuenta y cuatro. Hijos de Zetúa, novecientos cuarenta y cinco. Hijos de Zacai, setecientos setenta. Hijos de Bení, seiscientos cuarenta y dos. Hijos de Bebai, seiscientos veintitrés. Hijos de Azgad, mil doscientos veintidós. Hijos de Adonicam, seiscientos sesenta y seis. Hijos de Beguai, dos mil cincuenta y seis. Hijos de Adin, cuatrocientos cincuenta y cuatro. Hijos de Ater, que descendían de Ezequías , noventa y ocho. Hijos de Besai, trescientos veintitrés. Hijos de Jora, ciento doce. Hijos de Asum, doscientos veintitrés. Hijos de Gebbar, noventa y cinco. Hijos u oriundos de Betlehem, ciento veintitrés. Varones de Netufa, cincuenta y seis. Varones de Ananot, ciento veintiocho. Hijos de Azmavet, cuarenta y dos. Hijos de Cariatiarim, de Céfira y de Berot, setecientos cuarenta y tres. Hijos de Rama y de Gabaa, seiscientos veintiuno. Varones de Macmas, ciento veintidós. Varones de Betel y de Hai, doscientos veintitrés. Hijos de Nebo, cincuenta y dos. Hijos de Megbis, ciento cincuenta y seis. Hijos del otro Elam, mil doscientos cincuenta y cuatro. Hijos de Harim, trescientos veinte. Hijos de Lot, de Hadid y de Ono, setecientos veinticinco. Hijos de Jericó , trescientos cuarenta y cinco. Hijos de Senaa, tres mil seiscientos treinta. Sacerdotes que volvieron a Jerusalén : Los hijos de Jadaya de la familia de Josué, novecientos setenta y tres. Hijos de Emmer, mil cincuenta y dos. Hijos de Fesur, mil doscientos cuarenta y siete. Hijos de Harim, mil diecisiete. Levitas: Los hijos de Josué y de Cedmihel, de los descendientes de Odovías, setenta y cuatro. Cantores: Los hijos de Asaf, ciento veintiocho. Hijos de los porteros: Los hijos de Sellum, los hijos de Ater, los hijos de Telmón, los hijos de Accub, los hijos de Hatita, los hijos de Sobai; todos ciento treinta y nueve. Natineos: Los hijos de Siha, los hijos de Hasufa, los hijos de Tabbaot, los hijos de Cerós, los hijos de Siaa, los hijos de Fadón, los hijos de Lebana, los hijos de Hagaba, los hijos de Accub, los hijos de Hagab, los hijos de Semlai, los hijos de Hanán, los hijos de Gaddel, los hijos de Gaer, los hijos de Raaía, los hijos de Rasín, los hijos de Necoda, los hijos de Gazam, los hijos de Aza, los hijos de Fasea, los hijos de Besee, los hijos de Asena, los hijos de Munim, los hijos de Nefusim, los hijos de Bacbuc, los hijos de Hacufa, los hijos de Harur. los hijos de Beslut, los hijos de Mahida, los hijos de Harsa, los hijos de Bercós, los hijos de Sísara, los hijos de Tema, los hijos de Nasía, los hijos de Hatifa. Hijos de los siervos de Salomón : Los hijos de Sotai, los hijos de Soferet, los hijos de Faruda, los hijos de Jala, los hijos de Dercón, los hijos de Geddel, los hijos de Safatías, los hijos de Hatil, los hijos de Foqueret que eran oriundos de Asebaim, los hijos de Ami. Todos los natineos y los hijos de los siervos de Salomón , trescientos noventa y dos. Y éstos son los que partieron de los distritos de Telmala, Telarsa, Querub, y Adón, y Emer; y no pudieron señalar la familia y estirpe de sus padres en prueba de ser oriundos de Israel. Los hijos de Dalaía, los hijos de Tobía, los hijos de Necoda, seiscientos cincuenta y dos. Y el de los hijos de los sacerdotes: Los hijos de Hobía, los hijos de Accós, los hijos de Berzellai, el cual se casó con una de las hijas de Berzellai de Galaad, y tomó su nombre; estos hombres buscaron la escritura de su genealogía, y no hallaron, por lo que fueron excluidos del sacerdocio. Y les dijo Atersata que no comiesen de las ofrendas santificadas, hasta tanto que se presentase un sumo sacerdote docto y perfecto. Toda esa muchedumbre, unida como si fuese un hombre solo, era de cuarenta y dos mil trescientos sesenta, sin contar sus esclavos y esclavas, que eran siete mil trescientos treinta y siete; y entre ellos doscientos cantores y cantoras. Tenían setecientos treinta y seis caballos, y doscientos cuarenta y cinco mulos, cuatrocientos treinta y cinco camellos, seis mil setecientos veinte asnos. Y algunos príncipes, o primeras cabezas de familia, al llegar al lugar del templo del Señor en Jerusalén , hicieron espontáneamente ofrendas para reedificar la casa de Dios en su mismo sitio. Dieron, según las facultades de cada uno, para los gastos de la construcción sesenta y un mil sueldos o monedas de oro, cinco mil marcos de plata, y cien vestiduras sacerdotales. Finalmente, los sacerdotes y levitas, y los del pueblo, y los cantores, y los porteros, y los natineos se establecieron en sus ciudades; y de cuantos israelitas volvieron, se fue cada cual a su pueblo. Llegado ya el mes séptimo, los hijos de Israel que estaban en sus ciudades, se reunieron todos, como si fuesen un solo hombre, en Jerusalén . Donde el sumo sacerdote Josué, hijo de Josedec, con sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Salatiel con sus hermanos emprendieron edificar el altar del Dios de Israel para ofrecer en él los holocaustos, según está escrito en la ley de Moisés, varón de Dios. Colocaron, pues, el altar de Dios sobre sus basas, a pesar del temor en que les ponían los pueblos idólatras de las religiones circunvecinas, y sobre este altar ofrecieron al Señor el holocausto de la mañana y el de la tarde. Celebraron asimismo la solemnidad de los Tabernáculos, conforme está prescrito, y ofrecieron el holocausto diario, según está mandado hacer todos los días; y además el holocausto perpetuo, tanto en las calendas como en todas las solemnidades consagradas al Señor, y siempre que se ofrecía espontáneamente ofrenda al Señor. Desde el primer día del mes séptimo, empezaron a ofrecer holocaustos al Señor, aunque todavía no se habían echado los cimientos del templo de Dios. Pero distribuyeron dinero a los canteros y albañiles; y asimismo dieron de comer y beber, y aceite a los sidonios y tirios, para que transportasen madera de cedro desde el Líbano al mar de Joppe, según lo había ordenado Ciro, rey de Persia. Al segundo año de su arribo al lugar del templo de Dios en Jerusalén , el mes segundo, pusieron mano a la obra Zorobabel, hijo de Salatiel, y Josué, hijo de Josedec, con los otros hermanos suyos sacerdotes y levitas, y todos los que habían venido del cautiverio a Jerusalén ; y destinaron a los levitas de veinte años arriba para dar prisa a la obra del Señor. Josué, pues, y sus hijos, y hermanos, y Cedmihel con sus hijos, y todos los hijos de Judá, unidos como si fuesen un solo hombre, estaban dando prisa a los que trabajaban en la construcción del templo de Dios; y lo mismo hacían los hijos de éstos, y sus hermanos los levitas. Echados que fueron los cimientos del templo de Señor por los albañiles, se presentaron los sacerdotes revestidos de sus ornamentos, con las trompetas, y los levitas hijos de Asaf, con los címbalos, para cantar las alabanzas de Dios con salmos de David, rey de Israel; y cantaban a coro himnos y alabanzas al Señor, repitiendo: Que es bueno, y que es eterna su misericordia para con Israel. Al mismo tiempo todo el pueblo prorrumpía a grandes voces en alabanzas al Señor, por ver echados los fundamentos del templo del Señor. Muchísimos de los sacerdotes y levitas, y de los príncipes de familias y de ancianos, que habían visto el primer templo, viendo echar a sus ojos los fundamentos de este segundo, lloraban con grandes gemidos; al paso que muchos alzaban la voz gritando de alegría. Y no se podían distinguir los gritos de alegría de los clamores de aquellos que lloraban; porque todo el pueblo gritaba confusamente a grandes voces, cuyo eco se oía de muy lejos. Entretanto entendieron los enemigos de Judá y de Benjamín que éstos que habían vuelto del cautiverio edificaban el templo del Señor Dios de Israel; y vinieron a encontrar a Zorobabel y a los príncipes de las familias, diciendo: Permitidnos cooperar con vosotros a la construcción; puesto que seguimos del mismo modo que vosotros a vuestro Dios, y le ofrecemos sacrificios desde el tiempo que Asor Haddán, rey de Asiria, nos envió acá. Mas Zorobabel y Josué con los demás príncipes de las familias de Israel les respondieron: No podemos unirnos con vosotros para edificar la casa de nuestro Dios, sino que nosotros solos la edificaremos al Señor Dios nuestro, como nos lo tiene mandado Ciro, rey de los persas. De aquí resultó que la gente de aquella tierra inquietaba a los obreros del pueblo de Judá, y le estorbaba la construcción. Además sobornaron contra ellos consejeros del rey, que les fustraron su designio durante la vida de Ciro, rey de los persas, y hasta el reinado de Darío, rey de Persia. Luego que entró a reinar Asuero, escribieron una acusación contra los moradores de Judá y de Jerusalén . Y en el reinado de Artajerjes, Beselam Mitrídates, y Tabeel y los demás de su partido enviaron al rey de los persas Artajerjes una carta llena de acusaciones, escrita en lengua siríaca y con caracteres siríacos. Reum Beelteem y Samsai, secretario, escribieron sobre las cosas de Jerusalén una carta al rey Artajerjes, del tenor siguiente: Reum Beelteem y Samsai, secretario, y los demás consejeros suyos, los dineos y afarsataqueos, los terfaleos, afarseos, ercueos, babilonios, susanequeos, diveos y los elamitas, y los otros de las demás naciones que transportó el gran y glorioso Asenafar, y condujo a habitar pacíficamente en las ciudades de Samaria y en las otras regiones de las otras partes del río, (tal es la copia de la carta que le enviaron), al rey Artajerjes, tus siervos, los habitantes de la otra parte del río, salud. Sepas, oh rey, que los judíos que partieron de ahí para acá, han llegado a Jerusalén , ciudad rebelde y malvada, la cual están reedificando, y levantando sus murallas y reparando las paredes. Advierte, pues, oh rey, que si esta ciudad se reedifica y se reparan sus muros, no pagarán ya más tributo, ni alcabalas, ni rentas anuales, y el daño llegará hasta los reyes. Nosotros, pues, teniendo presente la sal o el pan que hemos comido en palacio, y porque creemos ser una maldad el estarnos contemplando los perjuicios del rey, por eso enviamos a dar parte al rey: A fin de que tú, señor, hagas registrar los libros de las historias de tus predecesores, en cuyos anales hallarás escrito y verás que la ciudad es una ciudad rebelde y enemiga de los reyes y de las otras provincias, y cómo ya de tiempos antiguos se fraguan en ella las rebeliones, por lo cual dicha ciudad fue ya arruinada. Nosotros aseguramos al rey que si esta ciudad se reedifica y vuelven a levantarse los muros, no tendrás dominio alguno a la otra parte del río. Respondió el rey a Reum Beelteem, y a Samsai, secretario, y a los otros habitantes de Samaria que eran del consejo de ellos, y a los demás de la otra parte del río, diciéndoles, después de saludarlos: La acusación que me habéis enviado, se ha leído palabra por palabra en mi presencia. He dado luego mis órdenes para que se registrasen los anales, y se ha hallado que esa ciudad ya de tiempos antiguos se rebela contra los reyes, y levanta sediciones y guerras. Porque hubo en Jerusalén reyes poderosísimos, que han dominado todo el país de la otra parte del río Eufrates, los cuales exigían tributos y alcabalas, y otros derechos. Ahora, pues, oíd nuestra decisión: Prohibid a esa gente la reedificación de dicha ciudad, hasta tanto que yo quizá mande otra cosa. Mirad que no seáis negligentes en ejecutar esto; no sea que poco a poco vaya cundiendo el mal en perjuicio de los reyes. Con esto fue leído el tratado del edicto del rey Artajerjes en presencia de Reum Beelteem, y de Samsai, secretario, y de los de su consejo; y a toda prisa pasaron a Jerusalén , y a mano armada hicieron desistir a los judíos. Se interrumpió entonces la construcción de la casa del Señor en Jerusalén , y no volvió a emprenderse hasta el año segundo del reino de Darío, rey de los persas. En este tiempo profetizaron el profeta Ageo y Zacarías, hijo de Addo, predicando a los judíos que habitaban en la Judea y en Jerusalén en nombre del Dios de Israel. Entonces Zorobabel, hijo de Salatiel, y Josué, hijo de Josedec, se pusieron de nuevo a continuar la construcción del templo de Dios en Jerusalén , y estaban con ellos los profetas de Dios que los ayudaban. En aquel mismo tiempo vinieron a encontrarlos Tatanai, gobernador de la otra parte del río, y Starbuzanai, con sus consejeros, y les dijeron: ¿Quién os ha aconsejado que edificaseis este templo y restauraseis sus muros? A lo que respondimos, nombrando los autores de esta reedificación. Mas el ojo de su Dios, o su providencia, miró favorablemente a los ancianos de los judíos, y así no pudieron impedirles la construcción. Convinieron al fin en que se diese parte a Darío, y que satisficiesen entonces a aquella reconvención. Copia de la carta que escribió al rey Darío Tatanai, gobernador del país de la otra parte del río, con Starbuzanai, y sus consejeros, los arfasaqueos, que moraban a la otra banda del río. La carta que le enviaron decía así: Al rey Darío, salud y toda suerte de prosperidad. Sepas, oh rey, que nosotros hemos ido a la provincia de la Judea a la casa del Dios grande, que se construye de piedras no labradas, fijando vigas en las paredes; y la obra se hace con toda diligencia, y va creciendo entre sus manos. Hemos, pues, preguntado a aquellos ancianos, y les hemos dicho: ¿Quién os ha dado facultad para edificar esta casa y restaurar estos muros? Asimismo hemos querido saber sus nombres para dar parte a ti, y así te ponemos por escrito los nombres de los varones que son los principales entre ellos. La respuesta que nos han dado ha sido ésta: Nosotros somos siervos del Dios del cielo y de la tierra; y reedificamos un templo que ya muchos años antes había sido construido, el cual levantó un gran rey de Israel. Pero habiendo nuestros padres provocado la ira del Dios del cielo, los entregó él en manos de Nabucodonosor el caldeo, rey de Babilonia, el cual destruyó también esta casa, y trasladó su pueblo a Babilonia. Mas el año primero de Ciro, rey de Babilonia, el rey Ciro dio un decreto para que esta casa de Dios fuera reedificada. Pues aun los vasos de oro y de plata del templo de Dios, que Nabucodonosor había quitado del templo de Jerusalén , y transportado al templo de Babilonia, los sacó el rey Ciro del templo de Babilonia, y fueron entregados a uno llamado Sasabasar o Zorobabel, a quien ade-más constituyó príncipe o gobernador de los judíos; y le dijo: Toma estos vasos, y ve a reponerlos en el templo de Jerusalén , haciendo que la casa de Dios sea reedificada en su antiguo sitio. Entonces, Sasabasar, viniendo acá, echó los cimientos del templo de Jerusalén , y desde aquel tiempo ahora se va edificando, y todavía no está concluido. Ahora, pues, si parece bien al rey haga buscar el archivo real, que está en Babilonia, si es verdad que el rey Ciro mandó reedificar la casa de Dios en Jerusalén , y háganos saber sobre esto su real voluntad. Entonces el rey Darío despachó sus órdenes y registrándose los libros que se guardaban en los archivos de Babilonia; y se halló en el de Ecbatana, fortaleza situada en la provincia de Media, un volumen donde estaba escrita la siguiente memoria: Año primero el rey Ciro. El rey Ciro ha ordenado que se reedifique la casa de Dios en su sitio de Jerusalén , a fin de que se ofrezcan allí sacrificios; y que se echen los cimientos correspondientes a una elevación de sesenta codos, y otros tantos de anchura o extensión, con tres órdenes de piedras sin labrar, y otros órdenes de maderos nuevos; y que los gastos se suministren de la casa del rey. Que además de esto se restituyan y repongan en el templo de Jerusalén , en el lugar en que estaba antes el templo de Dios, los vasos quitados por Nabucodonosor del templo de Jerusalén , y trasladados a Babilonia. Ahora, pues, tú, Tatanai, gobernador de la otra parte del río, y tú, Starbunazai, con vuestros consejeros, los afarsaqueos, que habitáis en el otro lado del río, retiraos lejos de ellos, y dejad construir el templo al caudillo de los judíos y a sus ancianos, y que reedifiquen aquella casa de Dios en su lugar. Sobre lo cual tengo también mandado cómo debe procederse para con aquellos ancianos de los judíos, a fin de que sea edificada la casa de Dios; y es que del erario del rey, esto, es, de los tributos que paga el territorio del otro lado del río, se les suministren con puntualidad los caudales a dichos varones, para que no se retarde la obra; y que si fuere necesario, se les den cada día becerros y corderos, y cabritos para los holocaustos al Dios del cielo, y trigo, vino, sal y aceite, según el rito de los sacerdotes que están en Jerusalén , de modo que no haya motivo de queja, y de esta manera ofrezcan oblaciones al Dios del cielo, y rueguen por la vida del rey y de sus hijos. Yo, pues, he decretado que cualquiera que contravenga esta orden, se tome un madero de su casa y se plante en tierra, y sea en él clavado tal hombre, y confiscada la casa. Disipe Dios, que estableció allí su santo Nombre, todos los nombres y pueblos que extendiesen la mano para oponerse, o destruir aquella casa de Dios, que está en Jerusalén . Yo Darío he firmado este decreto, que quiero se cumpla puntualmente. Tatanai, pues, gobernador de la otra parte del río, y Starbunazai con sus consejeros, ejecutaron exactamente la orden del rey Darío. Los ancianos de los judíos por su parte llevaban adelante la construcción, saliéndoles todo con felicidad, según la profecía de Aggeo profeta, y de Zacarías, hijo de Addo; y con esto erigieron y construyeron el edificio por mandato del Dios de Israel, y de orden de Ciro, y de Darío, y de Artajerjes, reyes de Persia. Y concluyeron la obra de esta casa de Dios el día tres del mes de Adar, el sexto año del reinado del rey Darío. Entonces los hijos de Israel, y los sacerdotes y levitas, y cuantos habían vuelto del cautiverio, celebraron con gozo la dedicación o consagración de la casa de Dios; para cuya dedicación ofrecieron cien becerros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos, y doce machos cabríos por el pecado de Israel, según el número de sus tribus. Y los sacerdotes fueron distribuidos por sus órdenes, y los levitas por sus turnos para servir al culto de Dios en Jerusalén , como están escrito en la ley de Moisés. Celebraron asimismo los hijos de Israel, venidos del cautiverio, la Pascua el día catorce del mes primero. Porque los sacerdotes y levitas se habían purificado desde el primero hasta el último, estando todos limpios, a fin de inmolar la Pascua por todos los israelitas venidos del cautiverio y por sus hermanos los sacerdotes, y por ellos mismos. Y la comieron los hijos de Israel vueltos de la salida, con todos aquellos que, separándose de la inmundicia o idolatría de las gentes del país, se habían agregado a ellos para seguir al Señor Dios de Israel. Y celebraron con alegría la solemnidad de los Azimos durante siete días; por haberlos el Señor consolado, y por haber trocado a favor de ellos el corazón del rey de Asiria para que los ayudase, y diese la mano en la construcción de la casa del Señor Dios de Israel. Después de estos sucesos, reinando Artajerjes, rey de Persia, Esdras, hijo de Saraías, hijo de Azarías, hijo de Helcías, hijo de Sellum, hijo de Sadoc, hijo de Aquitob, hijo de Amarías, hijo de Azarías, hijo de Mayarot, hijo de Zaharías, hijo de Ozi, hijo de Bocci, hijo de Abisué, hijo de Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, que fue el primer sacerdote, este Esdras, digo, vino de Babilonia, el cual era un escriba o doctor muy diestro en la ley de Moisés, dada por el Señor Dios de Israel; y le otorgó el rey todas sus peticiones, pues le protegía la mano del Señor Dios suyo. Y con él vinieron varios hijos de Israel, y de los hijos de los sacerdotes, y de los hijos de los levitas, y cantores y porteros, y natineos, el año séptimo del reinado de Artajerjes; y llegaron a Jerusalén el mes quinto del mismo año séptimo de aquel rey. Porque el día primero de aquel mes emprendió su viaje desde Babilonia, y el primer día del mes quinto, asistido de la benéfica mano de su Dios, arribó a Jerusalén ; por cuanto había Esdras dirigido su corazón a la investigación de la ley del Señor, y a cumplir y a enseñar en Israel sus preceptos y documentos. Esta es la copia de la carta en forma de decreto, que dio el rey Artajerjes a Esdras, sacerdote, escriba o maestro muy instruido en las palabras y mandamientos del Señor, y en las ceremonias prescritas por él a Israel: Artajerjes, rey de los reyes, a Esdras sacerdote, escriba sapientísimo de la ley del Dios del cielo, salud. Ha sido decretado por mí que cualquiera del pueblo de Israel, y de sus sacerdotes y levitas, residentes en mi reino, que quisiere ir a Jerusalén , vaya contigo; puesto que tú eres enviado por parte del rey y de sus siete consejeros o ministros a visitar la Judea y Jerusalén , para arreglarlo todo conforme a la ley de tu Dios, en la cual estás tan versado; y a llevar la plata y el oro, que así el rey como sus consejeros han ofrecido espontáneamente al Dios de Israel, cuyo tabernáculo está en Jerusalén , Además toda la plata y oro que recogieres en la provincia de Babilonia de ofertas voluntarias del pueblo, y lo que espontáneamente ofrecieren los sacerdotes para la casa de su Dios que está en Jerusalén , tómalo libremente, y cuida de comprar con este dinero becerros, carneros, y hostias u ofrendas con sus libaciones, y ofrece estas cosas sobre el altar del templo de vuestro Dios que está en Jerusalén . Y si a ti y tus hermanos les pareciere bien hacer alguna otra cosa del remanente de la plata y del oro, ejecutadlo conforme a la voluntad de Dios. Asimismo los vasos que se te dan para servicio de la casa de tu Dios, los presentarás delante de Dios en Jerusalén . En orden a lo demás que fuere menester para la casa de tu Dios, todo cuanto necesites gastar se te dará del tesoro y del fisco real, y por mí. Yo el rey de Artajerjes mando y ordeno a todos los tesoreros del erario público, existentes en la otra parte del río, que cuanto os pidiere Esdras sacerdote, escriba de la ley del Dios del cielo, se lo deis sin dilación, hasta la cantidad de cien talentos de plata, y de cien coros de trigo, y de cien batos de vino, y otros tantos de aceite; mas la sal sin medida. Todo lo perteneciente al culto del Dios del cielo se ha de suministrar puntualmente a la casa del Dios del cielo, no sea que se irrite contra el reino del rey y de sus hijos. También os notificamos que no tenéis potestad de imponer alcabala, ni tributo, ni otras cargas a ninguno de los sacerdotes, y levitas, y cantores, y porteros, y natineos, y sirvientes de la casa de este Dios. Finalmente, tú, Esdras, según la sabiduría de tu Dios, en la cual estás versado, establece jueces y presidentes para que administren justicia a todo el pueblo que está al otro lado del río, esto es, a todos aquellos que reconocen la ley de tu Dios; y enseñadla libremente también a los que la ignoran. Y cualquiera que no cumpliese exactamente la ley de tu Dios, y la ley del decreto del rey, será condenado a muerte, o a destierro, o a una multa pecuniaria, o al menos a cárcel. Bendito sea el Señor Dios de nuestros padres, el cual puso este pensamiento en el corazón del rey para gloria de la casa del Señor que está en Jerusalén ; y me dio prendas de su misericordia para delante del rey, y de sus consejeros, y de todos los grandes cortesanos del rey. Y confortado yo por la mano del Señor mi Dios, que me asistía, junté a los principales de Israel para que se viniesen conmigo. Estos son, pues, los príncipes de las familias y la genealogía de los que vinieron conmigo de Babilonia en el reinado del rey Artajerjes: De los hijos de Finees, Gersom. De los hijos de Itamar, Daniel. De los hijos de David, Hatús. De los hijos de Sequenías, hijos de Farós,Zacarías y con él se contaron ciento cincuenta hombres. De los hijos de Fahat Moab, Elioenai, hijo de Zarehé, y con él doscientos hombres. De los hijos de Sequenías, el hijo de Ezequiel , y con él trescientos hombres. De los hijos de Adán, Abed, hijo de Jonatán, y con él cincuenta hombres. De los hijos de Alam, Isaías, hijo de Atalía, y con él setenta hombres. De los hijos de Safatías, Zebedía, hijo de Micael, y con él ochenta hombres. De los hijos de Joab, Obedía, hijo de Jahiel, y con él doscientos dieciocho hombres. De los hijos de Selomit, el hijo de Josfías, y con él ciento sesenta hombres. De los hijos de Bebai, Zacarías hijo de Bebai, y con él veintiocho hombres. De los hijos de Azgad, Johanán, hijo de Eccetán, y con él ciento diez hombres. De los hijos de Adonicam, que fueron los últimos, son estos los nombres: Elifelet y Jehiel, y Samaías, y con ellos sesenta hombres. De los hijos de Begui, Utai y Zacur, y con ellos setenta hombres. Los congregué, pues, junto al río, que desagua en el Ahava, y nos detuvimos allí tres días; y habiendo buscado entre el pueblo y entre los sacerdotes algunos hijos de Leví, no hallé allí ninguno. Por tanto, despaché a Eliezer, y Ariel, y Semeías, y Elnatán, y Jarib, y el otro Elnatán, y a Natán, y a Zacarías y a Mosollam personas principales, y a Joyarib y Elnatán, hombres sabios; y los envíe a Eddo, judío, que era el que gozaba mayor reputación en el lugar de Casfía, y puse en su boca la palabra que habían de decir a Eddo, y a sus hermanos los natineos en el lugar de Casfía, para que nos trajesen ministros de la casa de nuestro Dios. Y por la bondad de nuestro Dios sobre nosotros, nos trajeron un varón doctísimo de los hijos de Moholi, hijo de Leví, hijo de Israel, y a Sarabías con sus hijos y hermanos, en número de dieciocho. Asimismo a Hasabías, y con él a Isaías de los hijos de Merari, y a sus hermanos e hijos, que eran veinte. De los natineos, destinados por David y los príncipes al servicio de los levitas, doscientos veinte natineos, todos los cuales se distinguían por sus propios nombres. Allí junto al río Ahava ordené un ayuno, a fin de humillarnos en el acatamiento del Señor Dios nuestro, y pedirle feliz viaje para nosotros, y para nuestros hijos, y para todos nuestros haberes. Pues tuve vergüenza de pedir al rey escolta de soldados de a caballo, que nos defendiera de los enemigos en el viaje; porque habíamos dicho al rey: La mano de nuestro Dios asiste a todos aquellos que le buscan con sinceridad; y su imperio, y su poder, y su indignación se hacen sentir de todos los que le abandonan. A este fin, pues, ayunamos, e hicimos oración a nuestro Dios, y todo nos sucedió prósperamente. Y escogí doce de los principales sacedotes, a Sarabías y a Hasabías, con otros diez de sus hermanos; y les entregué por peso el oro y la plata, y los vasos consagrados a la casa de nuestro Dios, ofrecidos por el rey, y sus consejeros, y magnates, y por todos los israelitas que se habían hallado allí. Y puse en sus manos seiscientos cincuenta talentos de plata, y cien vasos de plata, con cien talentos de oro; y además veinte tazones de oro, de mil dracmas de peso, y dos vasos de bronce acicalado, y muy fino, tan vistosos como los de oro. Y les dije: Vosotros sois santos o consagrados al Señor, y santos son los vasos, y la plata y el oro ofrecido espontáneamente al Señor Dios de nuestros padres. Custodiad con vigilancia todo esto, hasta que lo entreguéis por su peso en el tesoro de la casa del Señor en Jerusalén ante los príncipes de los sacerdotes y levitas y jefes de las familias de Israel. Recibieron, pues, los sacerdotes y levitas por peso la plata y el oro, y los vasos, para llevarlo a Jerusalén a la casa de nuestro Dios. Partimos, en fin, de la ribera del río Ahava el día doce del mes primero, camino de Jerusalén ; y la mano de nuestro Dios nos protegió y nos libró de caer en las manos de los enemigos y salteadores, durante el viaje. Por último, llegamos a Jerusalén donde descansamos tres días. Al cuarto día se hizo la entrega por peso del oro y de la plata y de los vasos en la casa de nuestro Dios, por mano de Meremot, hijo de Urías, sacerdote, estando presente Eleazar, hijo de Finees, en compañía de los levitas Jozabed, hijo de Josué y Noadaya, hijo de Bennoi. Todo fue contado y pesado; y de todo se hizo entonces inventario. Asimismo, los hijos de la salida, venidos del cautiverio, ofrecieron holocaustos al Dios de Israel: doce becerros por todo el pueblo israelítico, noventa y seis carneros, setenta y siete corderos, doce machos cabríos por el pecado; todo en holocausto al Señor. En fin, presentaron los edictos del rey a los sátrapas de su corte y a los gobernadores de la otra parte del río, los cuales favorecieron al pueblo y a la casa de Dios. Cumplidas estas cosas, acudieron a mí los príncipes de las familias, diciendo: Ni el pueblo de Israel, ni los sacerdotes y levitas se han mantenido segregados de los pueblos de estos países y de sus abominaciones, es a saber, de los cananeos, heteos y ferezeos, de los jebuseos y amonitas, y moabitas, y egipcios, y amorreos; porque han tomado de sus hijas esposas para sí y para sus hijos, y han mezclado el linaje santo con las naciones del país; habiendo sido los príncipes y magistrados los primeros cómplices en esta transgresión. Al oír estas palabras, penetrado de dolor rasgué mi manto y la túnica, y mesé los cabellos de mi cabeza y de mi barba, y me senté lleno de tristeza. Entonces acudieron a mí todos los temerosos de las palabras del Dios de Israel, en vista de la prevaricación de aquellos que habían venido del cautiverio antes de nosotros, y yo permanecí sentado y poseído de angustias hasta el sacrificio de la tarde. Y al tiempo del dicho sacrificio vespertino salí de la consternación en que había estado; y rasgados el manto y la túnica, me arrodillé, y alcé mis manos al Señor Dios mío, diciendo: Oh Dios mío, estoy lleno de confusión y me avergüenzo de levantar hacia ti mi rostro, porque nuestras maldades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han subido hasta el cielo desde los días de nuestros padres; y además nosotros mismos hemos pecado gravemente hasta este día, y por nuestras iniquidades hemos sido abandonados nosotros, y nuestros reyes y nuestros sacerdotes en manos de los reyes de la tierra, y al cuchillo, y la esclavitud, y al saqueo, y a los oprobios, como se ve aún este día. Si bien ahora por un poco, y como por un momento, han sido admitidos nuestros ruegos por el Señor Dios nuestro, a fin de que fuesen puestos en libertad los restos de nuestro pueblo, y se nos diese estabilidad o morada segura en su lugar santo, y alumbrase el Señor Dios nuestros ojos, y nos concediese respirar algún tanto en nuestra esclavitud, porque esclavos éramos; mas en medio de nuestra esclavitud no nos ha desamparado nuestro Dios; antes bien ha inclinado a misericordia, para con nosotros, al rey de Persia, a fin de que éste nos diese la vida concediéndonos la libertad, y ensalzase la casa de nuestro Dios, y reparase sus ruinas, y nos diese acogida segura en Judá y en Jerusalén . Y ahora, oh Dios nuestro, ¿qué diremos después de tales cosas? Nosotros que hemos despreciado de nuevo tus mandamientos, ordenados por medio de tus siervos los profetas, diciéndonos: La tierra en cuya posesión vais a entrar, es una tierra inmunda (como son inmundos los otros pueblos y demás países), por causa de los ídolos, que la han inundado de un cabo a otro; por tanto no daréis vuestras hijas a sus hijos, ni tomaréis sus hijas por esposas de vuestros hijos, ni procuraréis jamás la amistad ni su prosperidad, si queréis haceros poderosos, y comer de los bienes de esta tierra, y dejarla a vuestros hijos en perpetua herencia. Y después de todos los desastres que han caído sobre nosotros por nuestras pésimas obras, y por nuestros gran pecado, tú, oh Dios nuestro, nos has librado de la pena de nuestra iniquidad, y nos has salvado, como se ve hoy día; con la condición de que no volvamos atrás, ni violemos tus mandamientos, ni emparentemos con los pueblos reos de semejantes abominaciones. ¿Por ventura estás irritado contra nosotros hasta querer nuestro total exterminio, de suerte que no dejes salvos ni aun los restos de nuestro pueblo? Justo eres tú, oh Señor Dios de Israel; nosotros hemos quedado para que seamos salvados por ti, como se ve este día. Aquí estamos delante de ti con nuestro delito, para que lo perdones; porque no se puede sostener o excusar en tu presencia tal atentado. Mientras así oraba Esdras, pidiendo misericordia y llorando, postrado ante el templo de Dios, se reunió alrededor de él un concurso grandísimo de hombres y mujeres y niños de Israel, y prorrumpió el pueblo en un deshecho llanto. Y tomando la palabra Sequenías, hijo de Jehiel, del linaje de Elam, dijo a Esdras: Nosotros hemos prevaricado contra nuestro Dios, y tomado por esposas mujeres extranjeras de los pueblos de esta tierra; mas ahora ya que Israel se arrepiente de ello, hagamos pacto con el Señor Dios nuestro de despedir todas estas mujeres y los hijos nacidos de ellas, conforme a la voluntad del Señor y de los que respetan el mandamiento del Señor Dios nuestro; ejecútese lo que la ley ordena. Levántate, pues; a ti toca dar disposiciones; nosotros te apoyaremos; esfuérzate y manos a la obra. Entonces Esdras se levantó, y juramentó a los príncipes de los sacerdotes y de los levitas, y a todo Israel que lo ejecutarían del modo dicho; y así lo juraron. Partió, pues, Esdras de delante del templo de Dios, y se fue al aposento de Johanán, hijo de Eliasib, sumo sacerdote; y entrado allí no comió ni bebió, porque no cesaba de llorar la prevaricación de los que habían venido del cautiverio. Y se publicó un bando en Judá y en Jerusalén para que todos los que habían vuelto de la cautividad se juntasen en Jerusalén ; y que a todo el que no compareciese dentro de tres días, según el acuerdo de los príncipes y ancianos, se le confiscaría toda su hacienda, y él mismo sería echado de la congregación de los que volvieron del cautiverio. Según esto se juntaron a los tres días todos los hombres de Judá y de Benjamín en Jerusalén , el día veinte del mes noveno; y compareció todo el pueblo en la plaza del templo de Dios, temblando a causa de sus pecados y de las lluvias. Entonces Esdras, sacerdote, puesto en pie les dijo: Vosotros habéis prevaricado y tomado mujeres extranjeras, añadiendo este pecado a los delitos de Israel. Ahora bien, dad gloria al Señor Dios de vuestros padres, pidiéndole perdón, y haced su voluntad, y separaos de los pueblos del país y de las mujeres extranjeras. A lo que respondió todo aquel gentío, diciendo en alta voz: Hágase como tú has dicho; mas como la gente es mucha y el tiempo está lluvioso, no podemos estar al descubierto, y no es este negocio de un día ni de dos (por ser tan grande y de tantos el pecado que hemos cometido), señálense entre todo el pueblo algunos principales; y cuantos se hubiesen casado de nuestras ciudades con mujeres extranjeras, comparezcan en tiempos determinados con los ancianos de cada ciudad y sus jueces, hasta que se aplaque el enojo de nuestro Dios, irritado contra nosotros por este pecado. Fueron, pues, diputados para esto, Jonatán, hijo de Azahel, y Jaasía, hijo de Tecue, y los levitas Mosollam y Sebetai por adjuntos; y así lo cumplieron los que volvieron del cautiverio. Con esto el sacerdote Esdras y los jefes de familias pasaron a las casas de sus padres; y anotando a todos por sus nombres, se sentaron en su tribunal el día primero del mes décimo para inquirir sobre esta cosa. Y no se acabó de formar el catálogo de todos los que se habían casado con mujeres extranjeras hasta el primer día del mes primero. Y de los hijos de los sacerdotes casados con mujeres extranjeras se hallaron los siguientes: De los hijos de Josué: los hijos de Josedec, y sus hermanos Maasía, y Eliezer, y Jarib, y Godolía, los cuales prometieron, extendiendo su mano, despedir a sus mujeres, y ofrecer por su delito un carnero de los rebaños. De los hijos de Emer: Hanani, y Zebedía. De los hijos de Harim: Maasía y Elía, y Semeía, y Jehiel, y Ozías. Y de los hijos de Fesur: Elioenai, Maasía, Ismael, Natanael, Jozabed y Elasa. De los hijos de los levitas: Jozabed, y Semei, y Celaya, llamado también Calita, Fataya, Judá y Eliezer. De los cantores: Eliasib; y de los porteros: Sellum, y Telem, y Uri. Y de las otras tribus de Israel: De los hijos de Farós: Remeía, y Jezía, y Melquía, y Miamín, y Eliezer, y Melquía y Banea. De los hijos de Elam: Matanía, Zacarías, y Jehiel, y Abdi, y Jerimot, y Elía. De los hijos de Zetúa: Elioenai, Eliasib, Matanía, y Jerimut, y Zabad, y Aziza. De los hijos de Bebai: Johanán, Hananía, Zabbai, Atalai. Y de los hijos de Bani: Mosollam, y Melluc, y Adaya, Jasub, y Saal, y Ramot. De los hijos de Fahat Moab: Edna, y Calal, Banaías, y Maasías, Matanías, Beseleel, Bennui, y Manasés. De los hijos de Herem: Eliezer, Josué, Melquías, Semeías, Simeón, Benjamín, Maloc, Samarías. De los hijos de Hasom: Matanai, Matata, Zabad, Elifelet, Jermai, Manasés, Semei. De los hijos de Bani: Maaddi, Amram y Vel, Baneas, y Badaías, Quelíau, Vanía, Marimut, y Eliasib, Matanías, Matanai, y Jasi, y Bani, y Bennui, y Semei, y Salmías, y Natán, y Adaías, y Mecnedebai, Sisai, Sarai, Ezrel, Selemiau, Semería, Sellum, Amaría, José. De los hijos de Nebo: Jehiel, Matatías, Zabad, Zabina, Jeddu, y Joel, y Banaía. Todos éstos se casaron con mujeres extranjeras, y algunas de ellas habían tenido hijos. Palabras o sucesos de Nehemías, hijo de Helcías. El año vigésimo, el mes de Casleu, me hallaba yo con el rey en el alcázar de Susa. Y llegó Hanani, uno de mis hermanos, con otros varones de Judá; y les pregunté por los judíos que habían quedado, y vivían después del cautiverio, y acerca de la ciudad de Jerusalén . A lo que me respondieron: Los que quedaron del cautiverio, y fueron dejados allí en la provincia, viven en gran aflicción y oprobio; y los muros de Jerusalén están aún por tierra, y sus puertas consumidas por las llamas. Al oír yo semejantes palabras, me senté, y comencé a lamentarme, y lloré durante muchos días, ayunaba y hacía oración en presencia del Dios del cielo, y decía: Te suplico, Señor Dios del cielo, el fuerte, grande y terrible, que guardas el pacto y la misericordia con aquellos que te aman y observan tus mandamientos. Escúchenme tus oídos, y ábranse hacia mí tus ojos, y oye la oración que yo, siervo tuyo, estoy haciendo en tu presencia de noche y de día por los hijos de Israel, tus siervos, confesando los pecados de los hijos de Israel, con que te han ofendido; yo y la casa de mi padre hemos pecado. La vanidad de los ídolos nos sedujo, y no hemos obsersvado tus mandamientos, y ceremonias, y preceptos, que diste a Moisés, tu siervo. Acuérdate de la palabra que diste a Moisés, siervo tuyo, diciendo: Cuando seias infieles, yo os dispersaré entre las gentes; mas si os convertís a mí, y observáis mis preceptos, y los practicáis; aunque hubiereis sido transportados al cabo del mundo, de allí os reuniré y os volveré a traer al lugar que escogí para que sea en él invocado mi Nombre. Ellos, Señor, son tus siervos y pueblo tuyo, a quien redimiste con tu gran poder y robusto brazo. Te ruego, Señor, que prestes atención a la oración de tu siervo y a las súplicas de tus siervos; los cuales están resueltos a temer y venerar tu Nombre; y dirige hoy a tu siervo, y haz que halle misericordia en los ojos de este varón insigne. Era yo el copero del rey. Sucedió, pues, el mes de Nisán, el año vigésimo del reinado de Artajerjes, que traído el vino delante del rey, tomé yo la copa, y se la serví; mas estaba yo triste en su presencia. Y me dijo el rey: ¿Por qué está melancólico tu semblante, no estando como no estás enfermo? No es esto sin motivo; tú maquinas alguna cosa mala en tu corazón. Se apoderó entonces de mí un temor gran-de, y respondí al rey: Oh rey, sea tu vida eterna, ¿cómo no ha de estar melancólico mi semblante cuando la ciudad, lugar de los sepulcros de mis padres, está desierta, y consumidas sus puertas por las llamas? Y me dijo el rey: ¿Qué es lo que pretendes? Y yo, encomendándome al Dios del cielo, respondí al rey: Si el rey lo tiene a bien, y si tu siervo ha hallado la gracia en tus ojos, envíame a Judea, a la ciudad en donde está el sepulcro de mi padre, y yo la reedificaré. A lo que me dijeron el rey y la reina, la cual estaba sentada a su lado: ¿En cuánto tiempo harás tu viaje y podrás volver? Le dije el tiempo; y mostró el rey alegrarse, y me dio licencia. Mas yo dije al rey: Si es del agrado del rey, déme cartas para los gtobernadores del país del otro lado del río, para que me concedan paso hasta llegar a Judea; y también otra carta para Asaf, guarda de los reales bosques, a fin de que me suministre maderas para construir las puertas de la torre del templo, y los muros de la ciudad, y la casa en que habré de habitar. Me lo otorgó el rey, porque estaba a mi favor la benéfica mano de Dios. Con eso llegué a los gobernadores del territorio de la otra parte del río, y les di las cartas del rey. Había el rey enviado conmigo oficiales de guerra y gente de a caballo. Luego que lo supieron Sanaballat horonita, y Tobías amonita, criado del rey, tuvieron grandísimo pesar de que hubiese llegado un hombre que procurase la prosperidad de los hijos de Israel. Llegué, en fin, a Jerusalén , donde descansé tres días; y me levanté de noche con algunos pocos hombvres, sin declarar a nadie lo que Dios me había inspirado hacer en Jerusalén ; no llevaba conmigo otra caballería, fuera de la que yo montaba. Salí, pues, de noche por la puerta del valle de Cedrón, y por delante de la fuente del Dragón, y hacia la puerta del Estercolero, y contemplaba la muralla de Jerusalén arruinada, y sus puertas consumidas de las llamas. De allí pasé a la puerta de la fuente de Siloé y al acueducto del rey; y ya no había camino por donde pudiese pasar la caballería en que iba. Y siendo todavía de noche, subí por el torrente, y registraba el muro, y dando la vuelta llegué otra vez a la puerta del valle, y me volví a mi casa. Entretanto los magistrados no sabían adónde había ido yo, ni lo que yo hacía; y hasta entonces nada había yo declarado a los judíos, ni a los sacerdotes, ni a los magnates, ni a los magistrados, ni a los demás destinados para cuidar de las obras. Les dije, pues: Bien veis el lastimoso estado en que nos hallamos; Jerusalén está desierta, y sus puertas hechas cenizas; venid y reedificaremos los muros de Jerusalén , y no vivamos más en estado de tanta ignominia. Al mismo tiempo les hice ver cómo estaba a favor mío la benéfica mano de mi Dios, y les referí las palabras que el rey me había dicho, y concluí: Ea, vamos y emprendamos la obra. Con esto ellos cobraron vigor para ponerla en ejecución. Enterados Sanaballat horonita, y Tobías amonita, criado del rey, y Gosem el árabe, nos silbaron y escarnecieron, diciendo: ¿Qué es esto que hacéis? ¿Os queréis acaso rebelar contra el rey? Pero yo les respondí y dije: El Dios del cielo es quien nos ayuda; nosotros somos sus siervos, e iremos adelante, y proseguiremos la obra; pues vosotros no tenéis parte, ni derecho, ni se os nombra para nada en Jerusalén . Entonces Eliasib, sumo sacerdote, y los sacerdotes sus hermanos pusieron manos a la obra, y reedificaron la puerta del Ganado; consagrándola con especiales bendiciones, y asentaron sus puertas, y la consagraron hasta la torre de cien codos, y hasta la torre de Hananeel. A continuación de Eliasib, a un lado constrruyeron los ciudadanos de Jericó , y al otro construyó Zacur, hijo de Amri. Pero la puerta del Pescado la construyeron los hijos de Asnaa, y ellos la cubrieron, y asentaron sus puertas, y cerrojos, y barras. A continuación de ellos construyó Marimut, hijo de Urías, hijo de Accús. Cerca de éste construyó Mosollam, hijo de Baraquías, hijo de Mesezebel; y al lado de éstos, Sadoc, hijo de Baana. A continuación de éstos construyeron los de Tecua; pero los magnates de entre ellos no arrimaron sus hombros para traba-jar en la obra de su Señor. La puerta Vieja la reedificaron Joíada, hijo de Fasea, y Mosollam, hijo de Besodía; ellos la cubrieron, y asentaron las puertas, y cerrojos y barras. Junto a éstos edificaron Meltías gabaonita, y Jadón meronatita, varones de Gabaón y de Masfa, por el gobernador del país que estaba a la otra parte del río. Cerca de éste construyó Eziel, hijo de Araías platero, y al lado de él construyó Ananías, hijo de un perfumero; y dejaron intacta la parte de Jerusalén que va hasta el muro de la plaza mayor. Junto a este muro construyó Rafaía, hijo de Hur, príncipe o prefecto de un cuartel de Jerusalén . Al lado de éste construyó Jedaía, hijo de Haromaf, enfrente de su casa; y junto a éste edificó Hattús, hijo de Hasebonías. Melquías, hijo de Herem, y Hasub, hijo de Fahat Moab, construyeron la mitad del muro de un cuartel y la torre de los Hornos. Junto a éstos construyó Sellum, hijo de Alohés, príncipe o prefecto de la mitad de un cuartel de Jerusalén , él y sus hijas. La puerta del Valle la edificó Hanún con los habitantes de Zanoé; los mismos la concluyeron, y asentaron las puertas y cerrojos, y barras, y edificaron mil codos de la muralla hasta la puerta del Estercolero. La puerta del Estercolero la edificó Melquías, hijo de Recab, prefecto del cuartel o barrio de Betacaram; éste la concluyó, y asentó sus puertas, y cerraduras y barras. La puerta de la Fuente la construyó Sellum, hijo de Coloza, prefecto del cuartel de Masfa; él la concluyó y puso sus arquitrabes, y asentó las puertas y cerrojos, y barras, y reedificó la muralla desde la piscina de Siloé hasta el huerto del rey, y hasta la gradería por la cual se4 baja de la ciudad de David. A continuación de éste construyó Nehemías, hijo de Azboc, prefecto de la mitad del cuartel de Betsur hasta enfrente del sepulcro de David, y hasta la piscina magnífica construida, hasta la casa de los Valientes de David. Después de éste construyeron los levitas, Rehum, hijo de Benni; inmediato a él Hasebías, prefecto de la mitad el cuartel de Ceila, construyó el muro sito frente su cuartel. En seguida construyeron sus hermanos los levitas, Bavai, hijo de Enadad, prefecto de la otra mitad del cuartel de Ceila. Contiguo a éste construyó Azer, hijo de Josué, prefecto del cuartel de Masfa, la segunda parte del muro enfrente de la subida del ángulo fortificado. Cerca de éste en el monte de Sión edificó Baruc, hijo de Zacai, otra porción igual de muro desde dicho ángulo hasta la puerta de la casa de Eliasib, sumo sacerdote. A continuación Merimut, hijo de Urías, hijo de Haccús, edificó la porción siguiente desde la puerta de la casa de Eliasib, cuanto se extendía dicha casa. Después de éste construyeron los sacerdotes habitantes de las campiñas del Jordán. A su lado edificaron Benjamín y Hasub enfrente de su casa; y junto a éstos Azarías, hijo de Maasías, hijo de Ananías, delante de su casa. En seguida Bennui, hijo de Henadad, construyó otra porción igual desde la casa de Azarías hasta la vuelta, y hasta la esquina. Falel, hijo de Ozi, edificó enfrente de la vuelta, y de la torre, que se eleva por encima de la casa del rey, esto es, edificó a lo largo del patio de la cárcel; después de este Fadaías, hijo de Farós. Los natineos vivían en Jerusalén en el cuartel de Ofel, hasta el frente de la puerta de las Aguas al oriente, y hasta la torre que sale afuera. En seguida edificaron los de Tecua otra porción igual enfrente, desde la torre grande que sale hasta la cerca del templo. Más arriba, desde la puerta de los Caballos, construyeron los sacerdotes, cada cual enfrente de su casa. Después de éstos edificó Sadoc, hijo de Emmer, enfrente de su casa. Inmediato a él edificó Semaía, hijo de Sequenías, guarda de la puerta oriental del templo. A continuación Hananía hijo de Selemías, y Hanun, sexto hijo de Selef, edificaron otra igual porción; después de éstos edificó Mosollam, hijo de Baraquía, enfrente de su tesorería. Tras éste Melquías, hijo de un platero, construyó hasta la casa o cuartel de los natineos y de los mercaderes comerciantes, enfrente de la puerta de los jueces, y hasta la sala de la esquina, y a lo largo de la sala de la esquina, en la puerta del Ganado, edificaron los plateros y comerciantes. Entretanto, habiendo oído Sanaballat que reedificábamos las murallas, montó en gran cólera; y enfurecido en extremo, hizo mofa de los judíos, y dijo en presencia de sus hermanos y de un gran concurso de samaritanos: ¿Qué pretenden hacer esos miserables judíos? ¿Por ventura se lo permitirán estas naciones vecinas?¿Piensan poder ofrecer sacrificios, concluyendo toda la obra en un día? ¿Podrán acaso restaurar las piedras de los montones reducidos a cenizas?. A lo que añadió Tobías amonita, que estaba a su lado: Dejadlos que construyan, que si va una zorra saltará de un lado a otro de los muros y los derribará. Oh Dios nuestro, oye cómo se mofan de nosotros; haz recaer sobre su cabeza estos escarnios, y que ellos sean el blanco de los desprecios allí donde sean llevados cautivos. No encubras, no disimules su maldad, ni sea borrado su pecdado delante de tu vis-ta, ya que han escarnecido a los que reedifican tu ciudad santa. Nosotros, pues, reedificamos las murallas, restaurándolas enteramente hasta la mitad de su altura antigua; y el pueblo cobró bríos para seguir el trabajo. Mas así que supieron Sanaballat, y Tobías, y los árabes, y los amonitas, y los de Azoto, que estaban reparadas las brechas de los muros de Jerusalén , y que comenzaban a cerrarse los portillos, se irritaron sobremanera, y todos de mancomún se coligaron para venir a pelear con Jerusalén , y armarnos asechanzas. Nosotros nos encomendamos a nuestro Dios, y pusimos contra ellos centinelas día y noche en las murallas. Y algunos de la tribu de Judá dijeron: Los más robustos que acarrean los materiales están ya sin aliento, y queda aún muchísima tierra que sacar, de suerte que no nos es posible acabar de reedificar el muro. Y han dicho nuestros enemigos: No han de saber nada hasta que rompamos por medio de ellos, los matemos, y hagamos cesar la obra. Y viniendo los judíos que habitaban cerca de ellos, y diciendo esto mismo por diez y más veces, recibiendo el propio aviso de todas partes de donde acudían a nosotros, puse luego en orden al pueblo, apostado detrás del muro alrededor con sus espadas, y lanzas, y ballestas. Y pasada revista de todo, fui y dije a los magnates, y magistrados, y al resto del pueblo: No tenéis que temer delante de ellos; acordáos del Señor grande y terrible; y pelead por vuestros hermanos, y por vuestros hijos e hijas, y por vuestras mujeres y por vuestras casas. Mas habiendo entendido nuestros enemigos que se nos había dado aviso, disipó Dios como el humo los designios que habían formado. Con lo que nos volvimos todos a los muros, cada cual a su tarea. Y desde aquel día la mitad de la gente moza trabaja en la obra y la otra mitad sobre las armas, con lanzas y escudos, y ballestas, y corazas, y detrás de ellos los capitanes en toda la familia de Judá. Los que trabajaban en el muro, los que llevaban cargas, y los que las cargaban, trabajaban con una mano, y en otra tenían la espada; porque cada uno de los trabajadores llevaba ceñida al lado la espada; y así trabajaban; y el que tocaba al arma con la trompeta estaba siempre a mi lado. Y dije a los magnates, y a los magistrados, y al resto del pueblo: La construcción es grande y de mucha extensión, y nosotros estamos separados en el muro lejos el uno del otro. Dondequiera que oyereis el sonido de la trompeta, corred allí todos hacia nosotros, que nuestro Dios peleará a favor nuestro. Entretanto vamos continuando la obra, y la mitad de nosotros tenga empuñadas las lanzas desde que apunte la aurora hasta que salgan las estrellas. En esta misma ocasión dije también al pueblo: Cada uno con su criado quédese a dormir dentro de Jerusalén , y nos relevaremos unos a otros para trabajar día y noche. Yo, pues, ni mis hermanos, ni mis criados, ni las guardias que me seguían, nos desnudábamos; ninguno se quitaba los vestidos sino para alguna purificación o lavatorio. Sucedió entonces que se levantó un gran clamor del pueblo y de sus mujeres contra sus hermanos los judíos. Algunos decían: Nuestros hijos y nuestras hijas son en número muy excesivo; vendámoslos; y compremos con su precio trigo para poder comer y vivir. Otros decían: Empeñemos nuestros campos y viñas, y nuestrras casas, y tomemos trigo para matar el hambre. Otros, en fin, decían: Tomemos dinero prestado para pagar los tribuos reales, y empeñemos nuestras heredades y viñas. Ahora, bien, nuestra carne no es mas ni menos como la carne de estos ricos que son nuestros hermanos, y nuestros hijos valen tanto como los suyos, y, con todo, nosotros les vendemos por esclavos nustros hijos e hijas; y no tendremos con qué rescatar nuestras hijas de la esclavitud, y nuestros campos y viñas están en manos de otros. Al oír yo estos clamores, y tales expresiones, me irrité sobremanera; y después de una larga reflexión, reprendí ásperamente a los magnates y a los magistrados, diciéndoles: ¿Así que vosotros cobráis usura de vuestros hermanos? Y convoqué contra ellos una gran asamblea, y les dije: Nosotros, como sabéis, hemos rescatado según nuestra posibilidad a nuestros hermanos, los judíos, vendidos a otras naciones; ¿y vosotros habéis de vender de nuevo a nuestros hermanos, para que nosotros los rescatemos otra vez? Callaron a esto, y no supieron qué responder. Y les dije: No es bien hecho lo que hacéis. ¿Cómo no vivís en el santo temor de nuestro Dios, para que no vengamos a ser el escarnio de las gentes enemigas nuestras? Yo, y mis hermanos, y mis criados hemos prestado muchísimo dinero y trigo; convengámonos todos en no volvérselo a pedir, condonémosles la deuda. Restituidles el día de hoy sus campos, y sus viñas, y sus olivares, y sus casas; y aun también el uno por ciento mensual del dinero, del vino, del trigo, del aceite que soléis exigirles, condonádselo, o pagadlo vosotros por ellos. A lo que respondieron: Se lo volveremos, y nada les exigiremos; y lo haremos así, como tú dices. Llamé entonces a los sacerdotes, y les tomé juramento de lo que harían conforme lo que yo había dicho. Además de esto sacudí mi vestido de encima de mi seno, y dije: Así sacuda Dios de sus casas y de sus haciendas a todos los que no cumplieren esta palabra; así sean sacudidos, y queden sin nada. Y respondió todo el concurso: Amén. Y alabaron a Dios. En suma, todo el pueblo se conformó con lo dicho. Por lo que hace a mí, desde el día aquel en que me mandó el rey que fuese gobernador de la tierra de Judá, desde el año veinte hasta el treinta y dos del rey Artajerjes, por espacio de doce años, ni yo, ni mis hermanos hemos recibido los alimentos o salarios debidos a los gobernadores; siendo así que los primeros gobernadores antecesores míos cargaron al pueblo, y recibieron de ellos en pan, vino y dinero cuarenta siclos cada día; y que también sus ministros oprimían al pueblo. Mas yo, temiendo a Dios no me porté así; antes bien trabajé en la constrrucción del muro, y no compré ni una heredad, y acudían todos mis criados a la obra. Añádase a esto que ciento cincuenta personas de entre los judíos y magistrados, y los que venían a nosotros de los países circunvecinos, comían a mi mesa; a cuyo fin se mataban cada día en mi casa un buey y seis carneros escogidos, sin contar las aves, y cada diez días se servían diferentes vinos, y distribuían otras muchas cosas; y añádase a esto que no cobré los estipendios de mi gobierno, por estar el pueblo reducido a la mayor miseria. Acuérdate de mí, oh Dios mío, para hacerme bien, a medida de los beneficios que yo he hecho a este pueblo. Mas habiendo oído Sanaballat, y Tobías, y Gosem árabe y los demás enemigos nuestros, que yo había reedificado ya la muralla, y que no quedaba en ella ningún portillo (aunque no se había puesto todavía las hojas de las puertas), Sanaballat y Gosem me enviaron a decir: Ven, y haremos alianza entre nosotros en alguna de las aldeas del campo de Ono. Pero ellos urdían una trampa contra mí. Les envié, pues, a decir por mis mensajeros: Traigo entre manos una obra de importancia, y no puedo ir allá, no sea que se atrase, si yo me separo para ir a vosotros. Por cuatro veces enviaron a decirme lo mismo, y siempre les respondí como la vez primera. Finalmente, Sanaballat me despachó por la quinta vez con la misma comisión un criado suyo, el cual traía en su mano una carta escrita en los siguientes términos: Se ha divulgado entre las gentes, y Gosem lo dice públicamente, que tú y los judíos intentáis rebelaros, y que a este fin reedificas las murallas, y pretendes alzarte rey sobre ellos; por cuyo motivo tienes destinados profetas que ensalcen tu nombre en Jerusalén , y digan: El es el rey de Judea. Estas cosas llegarán a oídos del rey; por lo mismo ven pronto, para que consultemos juntos sobre el asunto. Pero yo les contesté: No hay nada de eso que tú dices; sino que son cosas que tú te forjas de tu propia cabeza. La verdad es que todos ellos tiraban a meternos miedo, imaginándose que alzaríamos la mano de la obra, y la abandonaríamos. Pero yo por lo mismo cobré más aliento. Fui después ocultamente a casa de Semeías, sacerdote, hijo de Dalaías, hijo de Metabeel; el cual me dijo: Vámonos los dos a conferencias en la casa de Dios en medio del templo, y cerremos sus puertas; porque han de venir a matarte, y por la noche vendrán a quitarte la vida. Mas yo respondí: ¿Y un hombre en el puesto en que yo me hallo, ha de huir? ¿Y qué hombre como yo puede entrar en el templo para salvar su vida? No quiero ir. Por aquí comprendí que él no era enviado o inspirado de Dios, sino que había hablado conmigo haciendo el profeta; y que Tobías y Sanaballat lo habían sobornado; porque realmente había recibido dinero para amedrentarme y hacerme pecar; con lo cual tuviesen esta maldad que echarme en cara. Acuérdate de mí, Señor, considerando semejantes trampas de Tobías y de Sanaballat, y asimismo de Noadías profeta, y de los demás profetas que procuraban atemorizarme. Al fin se acabaron las murallas el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y dos días. Así que supieron esto todos nuestros enemigos, se llenaron de temor todas las naciones vecinas, y cayeron de ánimo y conocieron ser Dios el autor de esta obra. Sin embargo, aun por aquellos días iban y venían muchas cartas de varios magnates judíos a Tobías, y, de Tobías a ellos; porque en Judea había muchos que le habían jurado amistad; pues era yerno de Sequenías, hijo de Area, y Johanán, su hijo estaba casado con una hija de Mosollam, hijo de Baraquías. Y lo que más es, le alababan en presencia mía, y le participaban cuanto yo decía, y Tobías escribía después cartas para intimidarme. Después que se acabaron las murallas, y asenté las puertas, y pasado la lista de los porteros, cantores y levitas, di mis órdenes sobre Jerusalén a mi hermano Hanani, y a Hananía príncipe de la casa del Señor (como quiera era temido por hombre sincero y más temeroso de Dios que los otros), y les dije: No se han de abrir las puertas de Jerusalén hasta que el sol caliente. Y estando aún ellos presentes, se cerraron y atrancaron las puertas, y puse de guardia ciudadanos de Jerusalén que se relevaban por su turno, cada cual enfrente de su casa. Era la ciudad muy ancha y capaz, y la gente que la habitaba poca; no estando reedificadas las casas. Pero Dios inspiró en mi corazón que convocase a los magnates y a los magistrrados, y al pueblo para hacer una revista o censo, y hallé un libro del empadronamiento de aquellos que habían vuelto los primeros de Babilonia, en el cual se encontró escrito lo siguiente: Estos son los naturales de la provincia de Judea, que han vuelto del cautiverio, adonde habían sido llevados por Nabucodonosor, rey de Babilonia, y han regresado a Jerusalén y a la Judea, cada uno a su ciudad. Los cuales han venido con Zorobabel, con Josué, Nehemías, Azarías, Raamías, Nahamani, Mardoqueo, Belsam, Mesfarat, Begoai, Nahum, Baana. He aquí el número de los varones del pueblo de Israel: Hijos de Farós, dos mil ciento setenta y dos. Hijos de Safatía, trescientos setenta y dos. Hijos de Area, seiscientos cincuenta y dos. Hijos de Fahat Moab de los descendientes de Josué y de Joab, dos mil ochocientos dieciocho. Hijos de Helam, mil doscientos cincuenta y cuatro. Hijos de Zetúa, ochocientos cuarenta y cinco. Hijos de Zacai, setecientos sesenta. Hijos de Bannui, seiscientos cuarenta y ocho. Hijos de Bebai, seiscientos veintiocho. Hijos de Azgad, dos mil trescientos veintidós. Hijos de Adonicam, seiscientos sesenta y siete. Hijos de Beguai, dos mil sesenta y siete. Hijos de Adín, seiscientos cincuenta y cinco. Hijos de Ater, hijo de Hecezías, noventa y ocho. Hijos de Asem, trescientos veintiocho. Hijos de Besai, trescientos veinticuatro. Hijos de Haref, ciento doce. Hijos de Gabaón, noventa y cinco. Hijos de Betlehem y de Netufa, ciento ochenta y ocho. Varones de Anatot, ciento veintiocho. Varones de Betazmot, cuarenta y dos. Varones de Cariatiarim, de Céfira y de Berot, setecientos cuarenta y tres. Varones de Rama y de Geba, seiscientos veintiuno. Varones de Macmas, ciento veintidós. Varones de Betel y de Hai, ciento veintitrés. Varones de la otra Nebo, cincuenta y dos. Varones de la otra Elam, mil doscientos cincuenta y cuatro. Hijos de Harem, trescientos veinte. Hijos de Jericó , trescientos cuarenta y cinco. Hijos de Lod, de Hadid y de Ono, setecientos veintiuno. Hijos de Senaa, tres mil novecientos treinta. Sacerdotes: Hijos de Idaía en la familia de Josué, novecientos setenta y tres. Hijos de Emmer, mil cuarenta y dos. Hijos de Fasur, mil doscientos cuarenta y siete. Hijos de Arem, mil diecisiete levitas: Los hijos de Josué y de Cedmihel, hijos o descendientes de Oduías, setenta y cuatro. Cantores: Los hijos de Asaf, ciento cuarenta y ocho. Porteros: Los hijos de Sellum, los hijos de Ater, los hijos de Telmón, los hijos de Acub, los hijos de Hatita, los hijos de Sobai, ciento treinta y ocho. Natineos: Los hijos de Soha, los hijos de Habusafa, los hijos de Tebbaot, Los hijos de Cerós, los hijos de Siaa, los hijos de Fadón, los hijos de Lebana, los hijos de Hagaba, los hijos de Selmai, Los hijos de Hanán, los hijos de Geddel, los hijos de Gaher, los hijos de Raaía, los hijos de Rasín, los hijos de Necoda, los hijos de Gezem, los hijos de Aza, los hijos de Fasea, los hijos de Besai, los hijos de Munim, los hijos de Nefusim, los hijos de Bacbuc, los hijos de Hacufa, los hijos de Harhur, los hijos de Beslot, los hijos de Mahida, los hijos de Harsa, los hijos de Bercós, los hijos de Sísara, los hijos de Tema, los hijos de Nasía, los hijos de Hatifa, los hijos de los siervos de Salomón , los hijos de Sotai, los hijos de Soferet, los hijos de Farida, los hijos de Jahala, los hijos de Darcón, los hijos de Jeddel, los hijos de Safatía, los hijos de Hatil, los hijos de Foqueret, nacido de Sabaim, hijo de Amón. Todos los natineos con los hijos de los siervos de Salomón eran trescientos noventa y dos. Y he aquí los que vinieron de Telmela, Telarsa, Querub, Addón y Emmer ciudades de Caldea, y no pudieron hacer constar la familia de sus padres, ni su linaje, ni si eran del pueblo de Israel. A saber los hijos de Dalaía, los hijos de Tobía, los hijos de Necoda, seiscientos cuarenta y dos. Asimismo entre los sacerdotes, los hijos de Había, los hijos de Acós, los hijos de Berzellai, el que casó con una de las hijas de Berzellai el galaadita, y tomó su apellido. Estos buscaron su genealogía en el censo, y no la hallaron, por lo que fueron excluidos del sacerdocio. Y les dijo Atersata, esto es, Nehemías, que no comiesen de las carnes santificadas, hasta tanto que hubiese un sumo sacerdote docto y perfecto, que decidiese el punto. Toda esta gente, reunida como si fuera un solo hombre, ascendía a cuarenta y dos mil trescientos sesenta, sin contar sus siervos y siervas que eran siete mil trescientos treinta y siete; y había entre ellos doscientos cuarenta y cinco. Sus caballos eran setecientos treinta y seis; los mulos doscientos cuarenta y cinco. Sus camellos cuatrocientos treinta y cinco; los asnos seis mil setecientos veinte. Hasta aquí se ha referido lo que se hallaba escrito en el Libro del Censo; de aquí en adelante sigue la historia de Nehemías. Contribuyeron, pues, a la construcción algunos de los jefes de las familias. Atersata puso en el tesoro mil dracmas o monedas de oro, cincuenta tazas y quinientas treinta túnicas sacerdotales. Y varios jefes de familias dieron para el tesoro de la obra veinte mil dracmas de oro y dos mil doscientas minas de plata. Lo que dio el resto del pueblo fueron veinte mil dracmas de oro, y dos mil minas de plata, y sesenta y siete túnicas sacerdotales. Después los sacerdotes y los levitas, los porteros y cantores, y todo el pueblo, y los natineos y todo Israel habitaron cada uno en su ciudad. Era ya llegado el mes séptimo, y los hijos de Israel que estaban cada uno en su ciudad, congregándose todos unánimes, y de común acuerdo, en la plaza que cae enfrente de la puerta de las Aguas, y pidieron a Esdras, escriba o doctor, que trajese el libro de la ley de Moisés, que había dado el Señor a Israel. Presentó, pues, Esdras, sacerdote, la ley a la multitud de hombres y mujeres y de cuantos eran capaces por su edad de entenderla, el primer día del mes séptimo. Y leyó aquel libro, con voz clara, en la plaza situada delante de la puerta de las Aguas, desde la mañana hasta el medio día, en presencia de los hombres y de las mujeres y de los sabios; y todo el pueblo tenía sus oídos atentos a la lectura del libro. El escriba Esdras se puso en pie en una tribuna de madera que había mandado hacer para este fin de hablar al pueblo; y a su lado estaban Matatías, y Semeía, y Anía, y Uría, y Helcía, y Maasía a la derecha; y a la izquierda Fadaía, Misael, Melquías, y Hasum y Hasbadana, Zacarías y Mosollam. Abrió, pues, Esdras el libro a vista de todo el pueblo, como que se hallaba en un lugar más elevado que todos; y así lo abrió, se puso en pie toda la gente. Entonces Esdras bendijo al Señor, Dios grande, con una oración que hizo; y todo el pueblo, alzando las manos, respondió: ¡Amén!, ¡amén! Y se arrodillaron todos, y postrados rostro por tierra, adoraron a Dios. Los levitas Josué, Bani, y Serebías, Accub, Septai, Odía, Maasía, Celita, Azarías, Jozabed, Hanán y Falía cuidaban de hacer guardar silencio al pueblo para que oyese la ley; y estaba la gente en pie, cada uno en su lugar. Y leyeron el libro de la ley de Dios clara y distinguidamente, de modo que se entendiese; y en efecto, entendieron cuanto se iba leyendo. Y Nehemías (que es el mismo Atersata o copero del rey), y Esdras sacerdote y escriba, y los levitas, queinterpretaban la ley a todo el pueblo, dijeron: Este día está consagrado al Señor Dios nuestro; no gimáis, ni lloréis. Porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley. Y les dijo Nehemías: Id, y comed carnes gordas y buenas, y bebed del vino dulce y exquisito, y enviad porciones a aquellos que nada tienen dispuesto; pues éste es el día santo del Señor; y no estéis tristes porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza. Asimismo los levitas exhortaban a todo el pueblo al silencio, diciendo: Callad pues el día este es santo, y no debéis estar tristes. Con eso se retiró toda la gente a comer y beber, y a repartir porciones y celebrar una gran fiesta, por haber entendido las palabras que se lers habían explicado. Al segundo día se juntaron los príncipes de las familias de todo el pueblo, los sacerdotes y levitas, delante de Esdras escriba, para que les interpretase las palabras de la ley. Y hallaron escrito en el libro de la ley que el Señor había mandado por medio de Moisés que los hijos de Israel habitasen en tiendas en el día solemne del mes séptimo; y que se predicase, y pregonase por todas sus ciudades, y en Jerusalén este bando: Salid al monte, y traed ramos de olivo, y ramos de los árboles más hermoso, ramos de mirto y ramos de palmas, y ramos de árboles frondosos para formar tabernáculos o cabañas, conforme está escrito. Salió, pues, el pueblo y los trajo; y cada uno se hizo su tabernáculo o cabaña sobre el terrado de su casa, y en sus patios, y en los atrios de la casa de Dios, y en la plaza de la puerta de las Aguas, y en la plaza de la puerta de Efraín. De esta suerte toda la multitud de los que habían vuelto de la cautividad hicieron sus tabernáculos, y habitaron en ellos; que nunca lo habían practicado los hijos de Israel como ahora con tanto gozo, desde el tiempo de Josué, hijo de Nun. Su regocijo fue sin igual. Y Esdras leyó todos los días en el libro de la ley de Dios, desde el día primero al último; y celebraron la fiesta por siete días, y en el octavo la colecta, según el rito. Mas el día veinticuatro de dicho mes, se juntaron los hijos de Israel, observando el ayuno, y vestidos de sacos, y cubiertos de polvo y ceniza. Y el linaje de los hijos de Israel se había ya separado de todos los extranjeros; y presentándose delante del Señor confesaban sus pecados y las maldades de sus padres. Y se pusieron de pie, y se hizo la lectura en libro de la ley del Señor Dios suyo cuatro voces al día, y otras tantas alababan y adoraban al Señor su Dios. A este fin, subieron a la tribuna de los levitas Josué, y Bani, y Cedmihel, Sabanía, Bonni, Serebías, Bani y Canani, y clamaron en voz alta al Señor su Dios. Y los levitas Josué y Cedmihel, Bonni, Hasebnía, Serebías, Odaía, Sebnía, Fatahía, dijeron: Levantaos, bendecid al Señor Dios vuestro que existe siempre y por toda la eternidad. Sea, oh Señor, bendito tu excelso y glorioso Nombre, con toda suerte de bendiciones y alabanzas. Tú mismo, oh Señor, tú solo hiciste el cielo, y el cielo de los cielos donde habitas, y toda su milicia celestial, la tierra, y cuanto ella contiene, y los mares y todo lo que hay en ellos; y tú das vida o conservas todas estas cosas, y a ti te adora el ejército o milicia celestial. Tú fuiste, oh Señor Dios, el que elegiste a Abram y le sacaste de Ur de los caldeos, y le pusiste el nombre de Abrahán, y hallaste fiel su corazón en tu presencia y pactaste con él que le darías la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, y del ferezeo, y del jebuseo, y del gergeseo, entregándosela a sus descendientes; y cumpliste tu palabra, pues eres justo. Y miraste la aflicción de nuestros padres en Egipto, y escuchaste sus clamores junto al mar Rojo, y obraste milagros y portentos contra el faraón, y contra todos sus criados, y contra todo el pueblo de aquella tierra, porque sabías que ellos nos habían tratado con soberbia, e insolencia y te ganaste el nombre de Dios grande, que conservas hoy. Y dividiste el mar ante nuestros padres, que pasaron por medio de él, seco el suelo; y arrojaste al profundo a sus perseguidores, como piedra que cae en un abismo de aguas. Fuiste en el día su conductor desde una columna de nube, y por la noche desde una columna de fuego, para mostrarles la senda por donde habían de caminar. Tú asimismo descendiste al monte Sinaí , y hablaste con ellos desde el cielo; y les diste preceptos de justicia y la ley de la verdad, y ceremonias, y mandamientos buenos. Y les enseñaste a consagrar a ti el sábado; y les promulgaste tus instruccio-nes, y ceremonias, y la ley por ministerio de Moisés, tu siervo. También le diste pan del cielo, estando hambrientos; y cuando tuvieron sed hiciste brotar agua de una peña; y les dijiste que entrasen a poseer la tierra, que alzada tu mano o con juramento habías prometido darles. Pero así ellos como nuestros padres obraron con soberbia y altanería, y endurecieron sus cervices, y no obedecieron tus mandamientos. No quisieron escucharte ni acordarse de las maravillas que a favor de ellos hiciste; antes endurecieron sus cervices, y como rebeldes quisieron elegirse un caudillo para volverse a su esclavitud de Egipto. Pero tú, oh Dios propicio, clemente y misericordioso, de larga, y de mucha benignidad, no los abandonaste, ni aun cuando se forjaron un becerro de fundición, dijeron: Este, oh Israel, es tu Dios, el que te ha sacado de Egipto, y cometieron horribles blasfemias. Tú, no obstante, por tu misericordia no los abandonaste en el desierto; no se apartó de ellos en el día la columna de nube que les mostraba el camino, ni de noche la columna de fuego para enseñarles la senda que habían de seguir. Les diste tu espíritu bueno que los instruye por medio de Moisés, y no quitaste tu maná de la boca, y cuando sedientos, les diste agua. Por cuarenta años los alimentaste en el desierto, y nada les falto; sus vestidos no se gastaron, ni se lastimaron sus pies. Y los hiciste dueños de reinos y pueblos, y se los repartiste por suertes; y así poseyeron el país de Sehón, el país del rey de Hesebón, y el país de Og, rey de Basaán. Y multiplicaste sus hijos como las estrellas del cielo, y los trajiste a la tierra, de la cual habías dicho a sus padres que entrarían a poseerla. En efecto, vinieron los hijos y la poseyeron; y tú abatiste delante de ellos a los cananeos que la habitaban, y los entregaste en su poder con sus reyes y pueblos del país, para que hiciesen de ellos lo que quisiesen. Se apoderaron, pues, de las ciudades fuertes, y de una tierra fértil, y ocuparon casas llenas de toda suerte de bienes; hallaron cisternas ya construidas por otros, viñas, y olivares, y muchos árboles frutales; y comieron y se saciaron, y se engrosaron, y nadaron en delicias, merced a tu gran bondad. Ellos provocaron tu ira, apartándose de ti, y echando tu ley al trenzado, y mataron a tus profetas que los conjuraban para que se convirtiesen a ti, y cayeron en grandes abominaciones. Por lo cual los entregaste en poder de sus enemigos que los oprimieron. Mas en su tribulación, clamaron a ti, y tú desde el cielo los escuchaste, y por tu mucha misericordia les diste salvadores, que los libertasen del poder de sus enemigos. Así que estuvieron en reposo, volvieron a cometer la maldad en tu presencia; y tú los abandonaste en manos de sus enemigos, que los esclavizaron. De nuevo se convirtieron y clamaron a ti, y tú desde el cielo los escuchaste, y por tu gran misericordia los libertaste repetidas veces. Y los exhortaste vivamente a volver a tu ley; pero ellos procedieron con altivez, y no obedecieron tus mandamientos, y pecaron contra tus leyes, en cuya observancia halla el hombre la vida, y rezongones sacudieron la carga del hombro, y endurecieron su cerviz, y no hicieron caso. Sin embargo, tú los aguantaste por muchos años, y los amonestaste por medio de tu espíritu, hablándoles por boca de los profetas; pero no quisieron escuchar; y los entregaste en poder de los pueblos de las naciones. Si bien por tu grandísima e infinita misericordia no acabaste con ellos, ni los abandonaste, porque tú eres un Dios de benignidad y de clemencia. Ahora pues, oh Dios nuestro, Dios grande, fuerte y terrible, que guardas el pacto y la misericordia, no apartes los ojos, compadécete de todos los trabajos que han llovido sobre nosotros, sobre nuestros reyes, y nuestros príncipes, y nuestros sacerdotes, y nuestros profetas, y nuestros padres, y sobre tu pueblo todo, desde el tiempo del rey de Asiria, que nos llevó cautivos, hasta el día de hoy. Justo eres tú en todos estos males que han llovido sobre nosotros; porque tú has cumplido fielmente las promesas; mas nosotros hemos procedido inicuamente. Nuestros reyes, nuestros magnates, nuestros sacerdotes, y nuestros padres no han aguardado tu ley, no han atendido a tus mandamientos, ni a las amonestaciones con que los reconvenías. Al contrario, mientras reinaban y gozaban de los muchos beneficios que les hacías, y de esta espaciosa y feraz tierra que habías entregado a su disposición, ni te sirvieron, ni se apartaron de sus pésimas inclinaciones. Y he aquí que nosotros mismos somos hoy esclavos; y en esta tierra que diste a nuestros padres para que comiesen el pan y los frutos de ella, en ella misma nos hallamos siervos del rey de Babilonia. Se multiplican sus frutos en pro de los reyes, a los cuales nos sujetaste por nuestros pecados; ellos son los dueños de nuestros cuerpos y de nuestras bestias, según su antojo; con lo que vivimos en gran tribulación. Consideradas, pues, todas estas cosas, nosotros mismos prometemos alianza o fidelidad; y la ponemos por escrito y la firman nuestros príncipes de las familias, nuestros levitas y nuestros sacerdotes. Los que firmaron, fueron: Nehemías Atersata o copero, hijo de Haquelai, o Helcías, y Sedecías. Saraías, Azarías, Jeremías, Fesur, Amarías, Melquías, Hattús, Sebenías, Melluc, Harem, Merimut, Abdías, Daniel, Gentón, Baruc, Mosollam, Abía, Miamín, Maazía, Belgai, Semeía; todos ellos sacerdotes. Los levitas fueron: Josué, hijo de Azanía, Bennui de los descendientes de Henadad, Cedmihel, y sus hermanos Sebenía, Odaía, Celita, Falaía, Hanán, Mica, Rohob, Hasebía, Zacur, Serebías, Sabanía, Odaía, Bani, Baninu. Cabezas o principales del pueblo: Farós, Fahatmoab, Elam, Zetu, Bani, Bonni, Azgad, Bebai, Adonía, Begoai, Adín, Ater, Hezecía, Azur, Odaía, Hasum, Besai, Haref, Anatot, Nebai, Megfías,s Mosollam, Hazir, Mesizabel, Sadoc, Jeddúa, Feltía, Hanán, Anaía, Osee, Hananía, Hasub, Alohés, Falea, Sobec, Rehum, Hasebna, Maasía, Ecaía, Hanán, Anán, Melluc, Harán, Baana. En cuanto a los demás del pueblo, sacerdotes, levitas, porteros y cantores, natineos y todos cuantos se habían separado de las otras naciones, y abrazado la ley de Dios, y asimismo, sus mujeres y sus hijos e hijas. Todos los que eran capaces de discernir y entender, lo prometieron por medio de sus hermanos; viniendo los prinicipales o magnates entre ellos a prometer y jurar que procederían según la ley de Dios, promulgada por medio de Moisés, siervo de Dios y que guardarían y cumplirían todos los mandamientos del Señor Dios nuestro, y sus preceptos y ceremonias; y que no daríamos nuestras hijas a varones de otra nación, ni tomaríamos sus hijas para nuestros hijos. Asimismo que cuando los gentiles traen mercaderías y comestibles en día de sábado, no se las compraremos en sábado, ni en ningún otro día de fiesta; que dejaremos descansar la tierra el año séptimo, y no exigiremos en él deuda ninguna. Y que nos impondremos la ley de contribuir todos los años con la tercera parte de un siclo para los gastos de la casa de nuestro Dios, a saber: para los panes de la proposición, y para el sacrificio perpetuo, y para el holocausto que siempre se ofrece en todos los sábados, en las calendas, y en las fiestas solemnes; para los sacrificios pacíficos y los que se ofrecen por el pecado, a fin de que Dios sea propicio a Israel, y para todo el servicio de la casa de nuestro Dios. Echamos también suertes entre los sacerdotes y levitas, y el pueblo, sobre la leña que se debía ofrecer, y conducir a costa de las familias de nuestros padres a la casa de nuestro Dios a sus tiempos, de un año para otro, para quemar sobre el altar del Señor Dios nuestro, según está escrito en la ley de Moisés. Asimismo prometimos traer cada año a la casa del Señor las primicias de nuestra tierra, y las primicias de todos los frutos de cualquier árbol; como también los primerizos de nuestros hijos y de nuestros ganados, conforme está escrito en la ley, y los primerizos de nuestros bueyes, y de nuestras ovejas, para ofrecer todas estas cosas en la casa de nuestro Dios a los sacerdotes que están ejerciendo sus funciones en el templo de Dios nuestro. Y que traeríamos a los sacerdotes para el tesoro de la casa de nuestro Dios las primicias de nuestros alimentos, y de nuestros licores, y de las frutas de todo árbol, y de la vendimia, y del aceite; y el diezmo de nuestras tierras a los levitas. Los mismos levitas recibirán en todas las ciudades el diezmo de nuestras labores. También los sacerdotes hijos de Aarón entrarán con los levitas a la parte de los diezmos de los levitas, pues éstos ofrecerán el diezmo de su diezmo en el templo de nuestro Dios, para ser depositado en las cámaras o almacenes del templo; puesto que así los hijos de Israel como los levitas han de llevar las primicias del trigo, del vino y del aceite al depósito; donde han de estar los vasos sagrados, y los sacerdotes, y cantores, y porteros, y ministros por su turno; y no descuidaremos nosotros el templo de nuestro Dios. Los príncipes o magnates del pueblo fijaron su habitación en Jerusalén ; mas el resto de la gente se sacó por suerte la décima parte para que se estableciese en Jerusalén , ciudad santa, y las otras nueve en las demás ciudades. Y el pueblo llenó de bendiciones a todos aquellos que se habían ofrecido espontáneamente a morar en Jerusalén . Estos son, pues, los principales de Judea reducida a provincia, que se establecieron en Jerusalén y en las ciudades de Judá. Cada uno habitó en su posesión y en su ciudad así el pueblo de Israel como los sacerdotes y levitas, y natineos, y los hijos de los siervos de Salomón . En Jerusalén se establecieron parte de los hijos de Judá, y parte de los hijos de Benjamín. De los hijos de Judá: Ataías, hijo de Aziam, hijo de Zacarías, hijo de Amarías, hijo de Safatías, hijo de Malaleel. De los hijos de Farés: Maasía, hijo de Baruc, hijo de Coloza, hijo de Hazia, hijo de Adaía, hijo de Joyarib, hijo de Zacarías, hijo de un silonita. Todo esto hijos de Farés que se establecieron en Jerusalén , fueron cuatrocientos sesenta y ocho varones esforzados. Los hijos de Benjamín fueron éstos: Sellum, hijo de Mosollam, hijo de Joed, hijo de Fadaía, hijo de Colaía, hijo de Masía, hijo de Eteel, hijo de Isaía; y después de él Gebbai, Sellai, en todos novecientos veintiocho. Y Joel, hijo de Zecri, era su prefecto, y Judas, hijo de Senua, ocupaba el segundo puesto en la ciudad. De los sacerdotes fueron Idaía hijo de Joarib, Jaquín, Saría, hijo de Helcías, hijo de Mosollam, hijo de Sadoc, hijo de Merayot, hijo de Aquitob, príncipe de la casa de Dios, con sus hermanos empleados en los ministerios del templo, en todos ochocientos veintidós. Asimismo Odaía, hijo de Jeroham, hijo de Felelia, hijo de Amsi, hijo de Zacarías, hijo de Fesur, hijo de Melquías. con sus hermanos príncipes de familias, doscientos cuarenta y dos. Y Amasai, hijo de Azreel, hijo de Ahazi, hijo de Mosollamot, hijo de Emmer, con sus hermanos, que eran muy poderosos, ciento veintiocho; y su caudillo Zabdiel, hijo de uno de los magnates. De los levitas: Semeía, hijo de Hasub, hijo de Azaricam, hijo de Hasabia, hijo de Boni. Y Sabatai y Josabed, principales entre los levitas, y tenían la superintendencia de todas las obras exteriores de la casa de Dios. Y Matanía, hijo de Mica, hijo de Zebedei, hijo de Asaf, primer cantor en los salmos e himnos en tiempo de la oración u oficio divino, y Becbecía, el segundo entre sus hermanos, y Abda, hijo de Samúa, hijo de Galal, hijo de Iditún; todos los levitas en la ciudad santa eran en número de doscientos ochenta y cuatro. Los porteros Accub, Telmón, y sus hermanos, que guardaban las puertas, eran ciento setenta y dos. El resto de los sacerdotes y levitas de Israel estaban esparcidos por todas las ciudades de Judá, cada cual en su posesión. Y los natineos habitaban en Ofel; y Siaha y Gasfa eran cabezas de los natineos. Y el inspector o jefe de los levitas en Jerusalén era Azzi, hijo de Bani, hijo de Hasabía, hijo de Matanías, hijo de Mica. Los cantores que servían en la casa de Dios, eran de la estirpe de Asaf; porque había acerca de ellos un reglamento del rey David, y estaba fijado día por día el orden que debía observarse entre los cantores. Y Fatatía, hijo de Mesezebel, del linaje de Zara, hijo de Judá, tenía del rey Artajerjes la autoridad para arreglar todos los negocios del pueblo, y para todos los lugares donde se hallaban establecidos. De los hijos de Judá parte se establecieron en Cariatarbe y sus aldeas, y en Dibón y sus aldeas, y en Cabseel y su comarca; y en Jesué, y en Molada, y en Betfalet, y en Hasersual, y en Bersabee y sus aldeas, y en Siceleg, y en Mocona y sus aldeas, y en Remmón, y en Saraa, y en Jerimut, en Zanoa, Odollam y sus aldeas; en Laquís y su territorio; y en Azea y sus aldeas. Y se establecieron en Bersabee hasta el valle de Ennom. Mas los hijos de Benjamín se establecieron desde Geba, hasta Mecmas, y Hai, y Betel, y sus aldeas; Anatot, Nob, Ananía, Asor, Rama, Getaim, Hadid, Seboim, y Naballat, Lod, y Ono, valle de los artífices. Tenían también los levitas sus posesiones en Judá y en Benjamín. Estos son los sacerdotes y los levitas que vinieron con Zorobabel, hijo de Salatiel, con Josué: Saraía, Jeremías, Esdras, Amaría, Melluc, Hattús, Sebenías, Reum, Merimut, Addo, Gentón, Abía, Miamín, Madía, Belga, Semeía, Joyarib, Idaía, Sellum, Amoc, Helcías Idaía. Estos son los príncipes de los sacerdotes o familias sacerdotales, que vinieron con sus hermanos en los días o sacerdocio de Josué. Los levitas fueron Jesua, Bennui, Cedmihel, Sarebía, Judá, Matanías, que con sus hermanos cantaban y dirigían los himnos; y Becbecía, y Hanni, con sus hermanos, cada cual en su ministerio, Josué, sumo sacerdote, engendró a Joacim, Joacim engendró a Eliasib, y Eliasib engendró a Joíada. Joíada engendró a Jonatá, Jonatán engendró a Jeddoa o Jaddo. Y en el templo de Joacim los sacerdotes cabezas de las familias sacerdotales eran: De la de Saraías, Maraía; de la de Jeremías, Hananía; de la de Esdras, Mosollam; de la de Amarías, Johanán; de la Milico o Melluc, Jonatán; de la Sebenías, José; de la de Haram, Edna; de la de Marayot, Helci; de la de Adaía, Zacarías; de la de Gentón, Mosollam; de la de Abía, Zecri; de la de Miamín y de Moadías, Felti; de la de Belga, Sammúa; de la de Semaía, Jonatán; de la de Joyarib, Matanai; de la de Jodaía, Azzi; de la de Sellai, o Sellum, Celai; de la de Amoc, Heber; de la de Helcías, Hasebía; de la de Idaía, Natanael. En cuanto a los levitas, que vivieron en los tiempos de Eliasib, y de Joíada, y de Johanán, y de Jeddoa, fueron escritas las cabezas de aquellas familias levíticas como las de los sacerdotes en el reinado de Darío, rey de Persia. Los hijos de Leví príncipes o cabezas de las familias, se hallaban también escritos en el Libro de los Anales hasta el tiempo de Jonatán, hijo de Eliasib. Los príncipes, pues, de los levitas eran Hasebía, Serebía y Josué, hijo de Cedmihel, con sus hermanos empleados en cantar himnos y salmos por sus turnos, conforme a la disposición de David, varón de Dios, observando igualmente el orden establecido. Matanía y Becbecía, Obedía, Mosollam, Telmón, Accub, eran guardas de las puertas y de los vestíbulos de delante de ellas. Vivían éstos en tiempo de Joacim, hijo de Josué, hijo de Josedec; y, en tiempo de Nehemías gobernador, y de Esdras sacerdote y escriba. Para la dedicación de los muros de Jerusalén se buscaron por todos los lugares los levitas para hacerlos venir a Jerusalén a celebrar la dedicación y fiestas en acción de gracias con cánticos y címbalos, salterios y cítaras. Se juntaron, pues, los cantores de la campiña de Jerusalén y de las aldeas de Netufati, y de la casa de Galgal, y de los territorios de Geba, y Asmavet; pues los cantores se habían hecho granjas en la comarca de Jerusalén . Se purificaron, pues, los sacerdotes y levitas, y purificaron después al pueblo, y las puertas y los muros. Yo hice subir a los magnates de Judá sobre la muralla y formé también dos grandes coros de gente que cantaba. Y se encaminaron a la derecha sobre el muro hacia la puerta llamada del Estercolero. Y detrás iban Osaías y la mitad de los magnates de Judá, Y Azarías, Esdras, y Mosollam, Judas, y Benjamín, y Semeía, y Jeremías. De los sacerdotes iban con sus trompetas Zacarías, hijo de Jonatán, hijo de Semeías, hijo de Matanías, hijo de Micaías, hijo de Zecur, hijo de Asaf, y sus hermanos Semeía, Azareel, Melalai, Galalai, Maai, Natanael, y Judas y Hanani, con los instrumentos músicos de David, varón de Dios; y Esdras escriba, delante de ellos, hasta la puerta de la Fuente. Enfrente de éstos subieron los otros, por las gradas de la ciudad de David o monte Sión, donde se alza el muro sobre la casa de David, hasta la puerta de las Aguas, al oriente. Y de esta suerte el segundo coro de los que cantaban a Dios acciones de gracias marchaba por la parte opuesta y yo detrás de él con la otra mitad del pueblo, por encima de la muralla y de la torre de los Hornos hasta la parte más ancha del muro, pasando por sobre la puerta de Efraín, y sobre la puerta antigua, y sobre la puerta del Pescado, y sobre la torre de Hananeel, y la torre de Emat, hasta la puerta del Ganado; y vinieron a parar sobre la puerta de la Cárcel. Y se juntaron los dos coros de cantores en la casa de Dios, estando yo y la mitad de los magistrados conmigo, y los sacerdotes Eliaquim, Maasía, Miamín, Miquea, Elioenai, Zacaría, Hananía con sus trompetas o clarines, y Maasía, y Semeía, y Eleazar, y Azzi, y Johanán, y Melquía, y Elam, y Ezer. E hicieron resonar su voz los cantores, y Jezraía, su prefecto o maestro que dirigía el canto. Y se inmolaron aquel día grandes víctimas, y hubo gran regocijo, por el consuelo de que los colmaba Dios; se alegraron igualmente sus mujeres e hijos, y el alborozo de Jerusalén se oyó de lejos. Se escogieron también aquel mismo día de entre los sacerdotes y levitas algunos para cuidar las salas del tesoro, a fin de que por sus manos los magnates de la ciudad presentasen en honorífico tributo de acción de gracias las ofertas de los licores y de las primicias, y de los diezmos; porque el pueblo de Judá quedó sumamente satisfecho de los sacerdotes y levitas que asistieron a las funciones; y éstos por su parte cumplieron exactamente con el culto de su Dios y con las ceremonias de la expiación; como también los cantores y porteros, conforme a lo prescrito por David y por su hijo Salomón . Porque desde el principio , en tiempo de David y de Asaf, había establecido jefes de los cantores que entonaban himnos y alabanzas a Dios. Y así en tiempo de Zorobabel y en el de Nehemías todo Israel daba diariamente sus raciones a los cantores y porteros, y presentaba la oblación santa de los diezmos a los levitas, y éstos la presentaban también a los hijos de Aarón. Por aquel tiempo se hacía en presencia del pueblo la lectura del libro de la ley de Moisés; y se halló escrito en él que ningún amonita, ni moabita debe jamás entrar en la congregación del pueblo de Dios, por cuanto no socorrieron a los hijos de Israel con pan y agua; antes bien sobornaron con dinero contra ellos a Balaam para que los maldijera; aunque nuestro Dios convirtió la maldición en bendición. Así que hubieron oído la ley, separaron del pueblo de Israel a todo extranjero. Estaba esto al cuidado del sacerdote Eliasib, el cual tenía la superintendencia del tesoro de la casa de nuestro Dios; y había emparentado con Tobías, amonita; y construyó para sí una gran habitación, allí donde antes se guardaban las ofrendas, y el incienso, y los vasos, y los diezmos del trigo, del vino y del aceite, que eran las porciones de los levitas, y de los cantores y porteros, y las primicias sacerdotales. Durante este tiempo yo no estaba ya en Jerusalén ; porque el año treinta y dos de Artajerjes, rey de Babilonia, volví al rey desde Jerusalén ; y al fin del año pedí licencia al rey. Vine, pues, a Jerusalén , y entendí lo mal que había obrado Eliasib por amor de Tobías, haciéndole una habitación en los atrios del templo de Dios. Lo cual me disgustó sobremanera; y arrojé los muebles de la casa de Tobías fuera de aquella estancia, y mandé purificar las piezas o salas, y volví a llevar allí los vasos de la casa de Dios, las ofrendas y el incienso. Supe también que no se habían dado a los levitas sus porciones, y que por eso los levitas, así los cantores como los demás que servían en el templo, se habían retirado cada cual a su país. De lo cual me querellé contra los magistrados, diciendo: ¿Por qué hemos abandonado el templo de Dios? Convoqué después a los levitas, e hice que cada cual volviese a su destino. Y todo Judá traía el diezmo del trigo, del vino y del aceite, a las trojes; cuya superintendencia dimos a Selemías sacerdote, y a Sadoc escriba, y a Fadaías, del número de los levitas; y por su ayudante a Hanán, hijo de Zacur, hijo de Matanías; por cuanto se tenían experimentados por fieles, y por lo mismo se confió a éstos repartir las porciones entre sus hermanos. Acuérdate por esto de mí, oh Dios mío, y no borres de tu memoria el bien que yo hice en la casa de mi Dios, y por su culto. En aquellos días observé en Judá algunos que pisaban uva en los lagares el día sábado, y que en este día traían también haces de leña, y cargaban sobre asnos vino, uvas, higos y toda suerte de cosas, y lo entraban en Jerusalén . Y les mandé expresamente que vendiesen solamente en los días en que era lícito vender. Habitaban asumismo en la ciudad gentes de Tiro, que introducían pescado y todo género de mercancías, y las vendían en sábado a los hijos de Judá en Jerusalén . Por lo que reprendí a los magnates de Judá, y les dije: ¿Cómo hacéis una maldad como ésta, profanando el día de sábado? ¿No hicieron esto mismo nuestros padres, y nuestro Dios descargó sobre nosotros y sobre esta ciudad todas estas calamidades? ¿Y ahora vosotros provocáis más la ira contra Israel, violando el sábado? Sucedió, pues, que al comenzar el sábado, cuando al anochecer quedaron como en reposo las puertas de Jerusalén , di la orden, y quedaron éstas cerradas y mandé que no se abriesen hasta después del sábado, y puse de guardia en ellas algunos de mis criados, a fin de que nadie entrase cargas en día de sábado. Y los negociantes y vendedores de toda especie, se quedaron fuera de Jerusalén por una y dos veces. Pero yo les amenacé, y dije: ¿Por qué os quedáis así delante de las murallas? Si otra vez lo hiciereis, enviaré gente a prenderos. Con esto desde entonces no volvieron más en sábado. Dije también a los levitas que se purificasen, y viniesen a guardar las puertas y santificasen o celasen el día del sábado. También por esto acuérdate de mó, oh Dios mío, y perdóname según tu gran misericordia. Vi asimismo en aquellos días a algunos judíos casados con mujeres de Azoto, de Amón, y de Moab; y así sus hijos hablaban medio azoto, y no sabían hablar judío, sino que hablaban un lenguaje mixto de ambos pueblos. Por tanto los reprendí, y los maldije. E hice azotar algunos de ellos, y mesarles los cabellos, y que jurasen por Dios que no darían sus hijas a los hijos de los tales, ni tomarían de las hijas de ellos para sus hijos ni para sí mismos. Y dije: ¿No pecó en esto mismo Salomón , rey de Israel? Y ciertamente que entre las muchas naciones no había rey semejante a él; y era el querido de su Dios, y Dios le constituyó rey sobre todo Israel; pues aun a éste le arrastraron al pecado las mujeres extranjeras. ¿Conque, nosotros también desobedientes cometeremos esa gran maldad de prevaricar contra nuestro Dios, tomando mujeres extranjeras? Uno de los hijos de Joíada, hijo de Eliasib, sumo sacerdote, era yerno de Sanaballat horonita, por cuyo motivo lo aparté lejos de mí. Acuérdate, Señor Dios mío, de castigar los que profanan el sacerdocio, violando el derecho sacerdotal y levítico. Los purifiqué, pues, o separé de todas las mujeres extranjeras, y restablecí las clases de los sacerdotes y levitas, cada cual en su ministerio; y para que cuidasen de la ofrenda de la leña y de las primicias en los tiempos señalados. Acuérdate de mí, oh Dios mío, para mi consuelo. Amén. En tiempo del rey Asuero, que reinó desde la India hasta la Etiopía, sobre ciento veintisiete provincias, al sentarse en el trono de su reino, fue Susán la ciudad escogida para capital de su imperio. Al tercer año, pues, de su reinado, dio un espléndido convite, que honró con su presencia, a todos sus oficiales, a los más valientes de los persas, y a los más señalados entre los medos, y a los gobernadores de las provincias. (Todo para ostentar las riquezas y magnificencias de su reino, y la grandeza y pompa de su poderío). Convite cuya celebración duró mucho tiempo, a saber, ciento ochenta días. Estando ya para acabarse, convidó a todo el pueblo que se hallaba en Susán, grandes y pequeños, y mandó se les dispusiese un banquete de siete días, en el cercado del jardín, y del bosque, que había sido plantado de mano de los reyes, y con regia magnificencia. Se habían tendido por todas partes toldos de color azul celeste y blanco, y de jacinto o cárdeno, sostenido de cordones de finísimo lino, y de púrpura, que pasaban por sortijas de marfil, y se ataban a una columna de mármol. Estaban también dispuestos canapés o tarimas de oro y plata, sobre el pavimento enlosado de piedra, de color de esmeralda o de pórfido, y de mármol de Paros, formando varias figuras a lo mosaico, con admirable variedad. Bebían los convidados en vasos de oro, y los manjares se servían en vajilla siempre diferente; se presentaba asimismo el vino en abundancia, y de exquisita calidad, como correspondía a la magnificencia del rey. Ninguno forzaba a beber al que no quería, sino que cada cual tomaba cuanto gustaba, conforme lo había mandado el rey; el cual a este fin dio la presidencia de cada mesa a uno de sus magnates. Al mismo tiempo la reina Vasti dio un convite a las mujeres, en el palacio donde solía residir el rey Asuero. Y el día séptimo, estando el rey más alegre de lo acostumbrado, y por el demasiado beber recalentado del vino, mandó a Maumam, y Bazata, y Harbona, y Bagata, y Abgata, y Zetar, y Carcas, siete eunucos que estaban de servicio alrededor de él, que condujesen a su presencia a la reina Vasti con la corona puesta en la cabeza, para hacer ver su hermosura a todo el pueblo y señores; pues era de extremada belleza. La cual lo rehusó, y por más que los eunucos le hicieron presente la orden del rey, no quiso comparecer. Por lo que indignado el rey, y ardiendo todo en saña, consultó a los sabios, que según el estilo de los reyes tenía siempre a su lado, y por cuyo consejo lo hacía todo, pues estaban instruidos de las leyes y costumbres de sus mayores. (Entre ellos eran los principales y más allegados Cársena, y Setar, y Admata, y Tarsia, y Marés y Marsana, y Mamucán, siete magnates de los persas y medos, que tenían entrada libre al rey, y ocupaban los primeros asientos después de él). Les preguntó, pues, el rey, qué pena merecía la reina Vasti por no haber querido obedecer la orden que le había enviado el rey por medio de los eunucos. A lo que respondió Mamucán en presencia del rey y de los grandes: La reina Vasti no sólo ha ofendido al rey, sino también a todos los pueblos y señores de todas las provincias del rey Asuero. Porque la repulsa de la reina llegará a noticias de todas las mujeres; por tanto harán éstas poco caso de sus maridos, diciendo: El rey Asuero mandó venir a su presencia a la reina Vasti, y ella no quiso. Con cuyo ejemplo todas las mujeres de los magnates persas y medos harán poco caso de los mandatos de sus maridos; y así la indignación del rey es muy justa. Si te parece bien promúlguese por ti un edicto, y escríbase al tenor de las leyes de los persas y medos que no es lícito traspasar o revocar, para que la reina Vasti no vuelva a aparecer jamás en la presencia del rey, y se dé su corona a otra más digna que ella. Y que se haga saber esto por todas las provincias de su vastísimo imperio, a fin de que todas las mujeres, así de los grandes como de los pequeños, tributen el debido honor a sus maridos. Pareció bien al rey y a los grandes el consejo de Mamucán, y conformándose el rey con este dictamen. despachó cartas a todas las provincias de su imperio, en diversas lenguas y caracteres, para que cada nación las pudiera entender y leer diciendo en ellas que los maridos debían tener todo el poder y autoridad en sus respectivas casas; y que esto se publicase por todos los pueblos. Pasadas así estas cosas, luego de calmada la cólera del rey Asuero, se acordó éste de Vasti, y de lo que había hecho, y de su castigo. Por lo cual los criados y ministros del rey dijeron: Búsquense para el rey jovencitas, que sean vírgenes y hermosas; enviando por todas las provincias personas que escojan doncellas vírgenes y de buen parecer, y las traigan a la ciudad de Susán, al palacio de las mujeres, entregándolas al cuidado del eunuco Egeo, superintendente y guarda de las mujeres del rey, y déseles allí cuanto sea necesario para su ornato mujeril y lo demás que hubiere menester, y la que entre todas sea más del agrado del rey, ésa será la reina en lugar de Vasto. Pareció bien al rey la proposición, y mandó que se ejecutase así como se lo habían sugerido. Moraba en la ciudad de Susán cierto varón judío llamado Mardoqueo, hijo de Jair, hijo de Semei, hijo de Cis, del linaje de Jémini, el cual había sido llevado de Jerusalén , cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, llevó cautivo a Jeconías, rey de Judá. Había Mardoqueo criado a Edisa, hija de un hermano suyo, llamada por otro nombre Ester, huérfana de padre y madre, en extremo hermosa y de lindo parecer, a la cual, así que se le murieron los padres, adoptó por hija suya. Divulgada la orden del rey, como fuesen conducidas según la real disposición muchas hermosas vírgenes a Susán, y entregadas al eunuco Egeo, le fue también entregada entre las demás doncellas Ester, para ser guardada con las otras. Esta se llevó las atenciones de Egeo, y cayó en gracia a sus ojos; y así mandó a otro eunuco que le aprontase luego los adornos mujeriles, y le diese lo que le correspondía, con siete muchachas de las más bien parecidas en la casa real para servirla, y que cuidase del adorno y buen trato, así de ella como de sus criadas. Ester no le descubrió su nación, ni patria; pues Mardoqueo le había prevenido que por ningún caso hablase de eso. Paseaba éste todos los días por delante del patio de la casa en la que se custodiaban las vírgenes escogidas, cuidadoso de la salud de Ester, y deseoso de saber lo que le sucedería. Al llegar el tiempo en que cada una de las doncellas, por su orden, debía ser presentada al rey, después de haber practicado todo lo que se requería para su adorno mujeril, corría ya el mes duodécimo; porque durante seis meses se ungían con óleo de mirra, y por espacio de otros seis usaban de ciertos afeites y perfumes. Y cuando habían de ser presentadas al rey, se les daba todo cuanto pedían para su adorno; y engalanadas como mejor les parecía, pasaban del convictorio de las mujeres a la cámara del rey. Y la que había entrado por la tarde salía por la mañana; y de allí era conducida a otro departamento, de que cuidada el eunuco Susagazi, que tenía el gobierno de las mujeres secundarias del rey; y no podía ya ella volver más al rey, si el rey no lo deseaba, y no la mandaba venir expresamente. Pasado, pues, un cierto tiempo, se acercaba ya el día en que debía ser presentada al rey Ester, hija de Abihail, hermano de Mardoqueo, quien se la había prohijado. No pidió Ester adornos mujeriles, sino que el eunuco Egeo, a cuyo cuidado estaban las doncellas, le dio para adornarse lo que él quiso. Porque era de extremada hermosura e increíble belleza, y así parecía graciosa y amable a los ojos de todos. Fue, pues, conducida a la cámara del rey Asuero, el mes décimo, llamado Tebet, el séptimo año de su reinado. Y el rey quedó prendado de ella más que de todas las otras mujeres, y le cayó Ester en gracia, y obtuvo su favor sobre las demás; y la puso en la cabeza la corona real, declarándola reina en lugar de Vasti. Mandó en seguida disponer un esplendidísimo convite para todos los grandes y cortesanos suyos con motivo del matrimonio y bodas con Ester; y concedió alivio de algunos tributos a todas las provincias; y distribuyó dones con una magnificencia digna de tal príncipe. Mientras por segunda vez se buscaron y reunieron vírgenes para el rey, estaba Mardoqueo continuamente a la puerta del rey. Ester, siguiendo la prevención de Mardoqueo, no había descubierto todavía ni su patria, ni su nación. Porque ella hacía puntualmente cuanto le prescribía Mardoqueo; y se portaba en todo como había acostumbrado siendo niña, cuando su tío la educaba. En aquel tiempo, pues, en que Mardoqueo estaba en la puerta del rey, Bagatán y Tarés, dos eunucos del rey que tenían a su cuidado la custodia de la puerta, y mandaban en la primera entrada del palacio, descontentos con el rey, pensaron en levantarse contra él, y matarlo. Lo que oído por Mardoqueo, lo comunicó inmediatamente a la reina Ester, la cual dio parte al rey en nombre de Mardoqueo, por quien había sido informada de la conjuración. Se hizo la pesquisa, y se averiguó que era cierta la cosa; con lo que ambos fueron colgados en un patíbulo. Este suceso fue registrado en las historias, y escrito en los anales, a presencia del rey. Después de esto el rey Asuero ensalzó a Amán hijo de Amadati, que era del linaje de Agag, y le dio asiento superior al de todos los grandes señores, que tenía cerca de él. Todos los criados del rey que frecuentaban las puertas de palacio, doblaban la rodilla, y adoraban a Amán; pues así lo había mandado el soberano. Sólo Mardoqueo no doblaba la rodilla, ni le adoraba. Le dijeron, pues, los criados del rey, que mandaban en las puertas del palacio: ¿Cómo es que no observas la orden del rey, distsinguiéndote entre todos los demás? Y como se lo repitiesen varias veces, y él no quisiese hacer caso, dieron aviso a Amán, deseando probar si persistiría siempre en su resolución; porque les había dicho que él era judío. Amán, recibido el aviso, y certificado por la experiencia de que Mardoqueo ni le doblaba la rodilla, ni lo adoraba, montó en gran cólera. Pero considero en nada vengarse de sólo Mardoqueo, pues había oído ser judío de nacimiento , y quiso más bien exterminar toda la nación de judíos que vivían en el reino de Asuero. Así, en el mes primero, llamado Nisán, el año duodécimo del reinado de Asuero, se echaron delante de Amán en una urna las suertes, llamadas en hebreo Fur para saber el día y mes en que debería ser entregada a la muerte la nación de los judíos, y salió del mes duodécimo llamado Adar. Entonces Amán fue y dijo al rey Asuero: Hay un pueblo esparcido por todas las provincias de tu reino, gentes separadas unas de otras, que observan leyes y ceremonias desconocidas, y lo que es más, desprecian las órdenes del rey; y tú sabes muy bien no ser conveniente a tu reino tolerar su insolencia. Si te parece bien, decreta que perezcan; que yo entraré, en dinero contante, diez mil talentos en las arcas de tu tesorería. Entonces el rey se quitó del dedo el anillo, de que se servía para sellar, y se lo entregó a Amán, hijo de Amadati, del linaje de Agag, enemigo de los judíos, y le dijo: Ese dinero que prometes sea para ti. Por lo que toca a ese pueblo, haz lo que te parezca. Fueron, pues, llamados los secretarios del rey el primer mes, llamado Nisán, el día trece del mismo mes; y escribieron en nombre del rey Asuero, según la orden de Amán, a todos los sátrapas del rey, y a los jueces de las provincias y de las diversas naciones según la variedad de las lenguas, para que cada nación pudiese leer el edicto y entenderlo; y las cartas, selladas, con el anillo del rey, fueron despachadas por sus correos reales a todas las provincias, para que matasen y exterminasen a todos los judíos, mozos y viejos, niños y mujeres, en un mismo día, esto es, el trece del mes duodécimo, llamado Adar, y saqueasen sus bienes. Y esto es lo que contenían las cartas, para que los sujetos de todas las provincias quedasen informados y estuviesen apercibidos para el día dicho. Los correos expedidos fueron a toda prisa a cumplir la orden del rey; y se fijó luego en Susán el educto, a tiempo que el rey y Amán celebraban un banquete, y mientras todos los judíos que había en la ciudad se deshacían en lágrimas. Habiendo sabido esto Mardoqueo, rasgó sus vestidos, y se vistió de un saco o cilicio, esparciendo ceniza sobre su cabeza; y en medio de la plaza de la ciudad clamaba en alta voz, manifestando la amargura de su corazón; y con estos alaridos iba hasta las puertas de palacio. Porque no era lícito que uno vestido de cilicio entrase dentro del palacio real. Asimismo en todas las provincias, ciudades y pueblos, a donde había llegado el cruel edicto del rey, era grande la consternación de los judíos; ayunaban, prorrumpían en alaridos y lamentos, usando muchos de cilicio y ceniza en lugar de cama. Y las camaristas de Ester y los eunu-cos, entraron a darle parte. La cual, al oírlo quedó consternada. Y envió un vestido a Mardoqueo, para que quitándose el saco, se lo vistiese; pero Mardoqueo no quiso recibirlo. Entonces ella llamó a Atac, eunuco que el rey le había dado para servirle, y lo mandó ir a Mardoqueo a fin de informarse de él por qué hacía tales cosas. Salió, pues, Atac, y fue a encontrar a Mardoqueo, que estaba en la plaza de la ciudad, delante de la puerta de palacio; el cual lo informó de todo lo ocurrido, y cómo Amán había prometido meter una gran suma de dinero en el tesoro del rey por la mortandad de los judíos. Le dio también copia del edicto fijado en Susán, a fin de que lo mostrase a la reina, y la exhortase a presentarse al rey, para interceder por su pueblo. Vuelto Atac, refirió a Ester todo lo que Mardoqueo le había dicho. Y le mandó ella que llevase la siguiente respuesta a Mardoqueo: Todos los criados del rey y todas las provincias sujetas a su imperio saben que cualquier hombre o mujer, que, sin ser llamados, entraren en el cuarto interior del rey, al punto sin remisión alguna deben ser muertos; a no ser que el rey extienda hacia ellos su cetro de oro en señal de clemencia, salvándoles así la vida. Esto supuesto, ¿cómo podré yo entrar al rey, habiéndose ya pasado treinta días que no he sido llamada a su presencia? Lo que oyendo Mardoqueo, envió todavía a decir esto a Ester: No pienses que por estar en el palacio del rey podrás tú sola salvar la vida entre todos los judíos; porque si ahora callares, los judíos se salvarán por algún otro medio; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si por eso has llegado a ser reina, para que pusieses servirnos en este trance? Ester entonces envió esta respuesta a Mardoqueo: Anda enhorabuena y junta todos los judíos que hallares en Susán, y haced oración por mí; no comáis ni bebáis en tres días y en tres noches, que yo con mis criados ayunaré igualmente; y en seguida me presentaré al rey, contraviniendo la ley, pues entraré sin ser llamada, y exponiéndome al peligro y a la muerte. Con esto Mardoqueo se retiró, e hizo todo lo que Ester le había ordenado. Al tercer día se vistió Ester las vestiduras reales, y presentándose en la habitación interior del rey, se paró en la antecámara de la sala en que estaba el rey sentado en su trono, colocado en el fondo de la sala, frente a la puerta. Y habiendo visto a la reina Ester parada, la miró con agrado, y alargó hacia ella el cetro de oro, que tenía en la mano. Se acercó Ester, y besó la punta del cetro real. Le dijo entonces el rey: ¿Qué es lo que quieres, reina Ester? ¿Qué petición es la tuya? Aun cuando me pidieres la mitad del reino se te dará. A lo que respondió ella: Si place al rey, suplico que venga hoy a mi habitación al convite que tengo preparado, y lleve consigo a Amán. Al instante dijo el rey: Llamad luego a Amán, para que cumpla lo que dispone Ester. Fueron, pues, el rey y Amán al convite que les había dispuesto la reina. Y el rey, después que bebió vino con abundancia, dijo a Ester: ¿Qué cosa quieres que te mande dar? ¿Cuál es tu pretensión? Aunque pidieres la mitad del reino te la otorgaré. Respondió Ester: Mi petición y mis ruegos son éstos: Si yo he hallado gracia delante del rey, y si el rey tiene a bien concederme lo que pretendo y el condescender a mi súplica, venga el rey, y con él Amán, a otro convite que les he dispuesto, y mañana expondré al rey mis deseos. Con esto salió aquel día Amán muy contento y alegre. Mas como viese a Mardoqueo sentado ante las puertas de palacio, y que no sólo no se había levantado para hacerle acatamiento, sino que ni siquiera se había movido del asiento en que estaba, se irritó sobremanera. Pero disimulando la ira, vuelto a su casa, convocó a sus amigos y a Zarés, su esposa. Les hizo presente cuán grande eran sus riquezas, la multitud de sus hijos y el alto grado de gloria a que el rey le había elevado sobre los demás grandes y cortesanos suyos. Y añadió después: Aun la reina Ester a ningún otro ha llamado al convite que da al rey sino a mí; y también mañana he de comer en su casa con el rey. Mas aunque gozo de todas estas satisfacciones, nada me parece que tengo mientras viere al judío Mardoqueo sentado a la puerta de palacio. Y le respondieron Zarés, su esposa, y los amigos: Manda preparar una gran viga de cincuenta codos de alto, y di mañana al rey que sea en ella colgado Mardoqueo, y con eso irás contento con el rey al convite. Le agradó el consejo, y mandó preparar un gran madero. Pasó el rey aquella noche sin dormir; por lo que mandó que le trajesen las historias y los anales del tiempo pasado. Leyéndoselos, llegaron al lugar donde se hallaba escrito cómo Mardoqueo había descubierto la conjuración de los eunucos Bagatán y Tarés, que querían degollar al rey Asuero. Oído lo cual, dijo el rey: ¿Qué premio u honor ha recibido Mardoqueo por tanta lealtad? Le respondieron sus criados y cortesanos: No ha recibido recompensa alguna. Inmediatamente dijo el rey: ¿Quién está en la antecámara? Había entrado Amán en la antecámara más inmediata al cuarto del rey, para sugerirle que mandase colgar a Mardoqueo en el patíbulo ya preparado. Respondieron los criados: Amán es el que está en la antecámara. Que entre dijo el rey. Entrando que hubo, le dijo: ¿Qué debe hacerse con un hombre a quien el rey desea honrar? Y Amán, pensando dentro de sí y creyendo que el rey a ningún otro quería honrar sino a él, respondió: La persona a quien el rey desea honrar, debe ser vestida con vestiduras reales, y salir montada en un caballo de los que el rey monta, y llevar sobre su cabeza la real corona. Y el primero de los príncipes y grandes de la corte lleve asido del diestro el caballo, y marchando por la plaza de la ciudad publique en alta voz y diga: Así se honra al que el rey quiere honrar. Le replicó el rey: Date prisa; y tomando el manto real y el caballo, todo eso que has dicho ejecútalo con el judío Mardoqueo, el que está a la puerta del palacio. Guárdate de omitir nada de cuanto has di-cho. Tomó, pues, Amán el manto real y el caballo y habiéndoselo vestido a Mardoqueo en la plaza de la ciudad, y héchole montar en el caballo, iba caminando delante de él, y gritaba: De tal honor es digno aquel a quien el rey quiere honrar. Después volvió Mardoqueo a la puerta del palacio a su destino; y Amán se retiró a toda prisa a su casa, sollozando, y cubierta la cabeza; y contó a Zarés, su esposa, y a los amigos todo cuanto le había sucedido. A lo que los sabios, que tenía por consejeros, y su esposa le contestaron: Si Mardoqueo, delante de quien has comenzado a caer, es del linaje de los judíos, no podrás contrarrestarle, sino que acabarás de caer precipitadamente en su presencia. Todavía estaban ellos hablando, cuando llegaron los eunucos del rey, y lo obligaron a ir inmediatamente al convite que tenía la reina dispuesto. Entró, pues, el rey, acompañado de Amán, al convite de la reina. A la cual dijo también el rey en este segundo día, después de recalentado con el vino: ¿Qué petición es la tuya, Ester, y qué quieres que se te conceda? Aunque pidieres la mitad de mi reino, la alcanzarás. Ester le respondió: Si yo he hallado gracia en tus ojos, oh rey mío, y si es de tu agrado, sálvame la vida, por la cual te ruego, y la de mi pueblo, por quien imploró tu clemencia. Porque así yo como mi nación estamos condenados a la ruina, al degüello, al exterminio. Ojalá que al menos fuésemos vendidos por esclavos y esclavas; el mal sería tolerable, y me contentaría con gemir en silencio; mas ahora tenemos por enemigo un hombre, cuya crueldad redunda contra el rey. A lo que respondiendo el rey Asuero, dijo: ¿Quién es ese, y qué poder es el suyo, para que tenga la osadía de hacer tales cosas? Dijo entonces Ester: Nuestro perseguidor y enemigo es ese perversísimo Amán. Al oír esto Amán, se quedó yerto de repente, no pudiendo sufrir las terribles miradas del rey y la reina. Al mismo tiempo el rey, lleno de cólera, se levantó del lugar del convite, y pasó a un jardín inmediato plantado de árboles. Se levantó igualmente Amán para rogar a la reina Ester que le salvase la vida; pues conoció que el rey había resuelto su castigo. Vuelto Asuero del jardín, plantado de árboles, y entrando en el lugar del convite, halló a Amán postrado o caído sobre el lecho o tarima en que Ester estaba recostada, y dijo: ¿Aun a la reina quieres violentar delante de mí, en mi propia casa? No bien había el rey pronunciado estas palabras, cuando al instante le cubrieron a Amán la cara. Entonces Harbona, uno de los eunucos que servían al rey, dijo: Sábete, oh rey, que en casa de Amán hay un patíbulo de cincuenta codos de alto, que él había mandado preparar para Mardoqueo, el que descubrió la conspiración contra el rey. Le respondió el rey: Colgadle luego en él. Fue, pues, Amán colgado en el patíbulo que tenía preparado para Mardoqueo, y con eso se apaciguó la ira del rey. Aquel mismo día el rey Asuero dio a la reina Ester la casa y los bienes de Amán, el enemigo de los judíos, y Mardoqueo fue presentado al rey; por cuanto Ester le declaró que era su tío paterno. Y tomó el rey el anillo o sello que había mandado recoger de Amán, y se lo entregó a Mardoqueo, al cual hizo Ester mayordomo de su casa o palacio. Mas no contenta con eso, se echó a los pies del rey, y con lágrimas en los ojos le habló y suplicó que mandase no tuviesen efecto los maliciosos designios de Amán, hijo de Agag, y las inicuas tramas que había urdido contra los judíos. Entonces Asuero, según la costumbre, alargó con la mano el cetro de oro, hacia ella; lo cual era la señal de favor y clemencia; y levantándose Ester se puso en pie delante del rey, y dijo: Si es del agrado del rey, y si he hallagrado gracia en sus ojos, y mi súplica no le parece injusta, ruego encarecidamente que con nuevas cartas del rey sean invalidadas las precedentes cartas de Amán, perseguidor y enemigo de los judíos, con las cuales había mandado acabar con ellos en todas las provincias del reino. Porque, ¿cómo podré yo soportar el degüello y la mortandad de todo mi pueblo? El rey Asuero respondió a la reina Ester y al judío Mardoqueo en estos términos: Yo he dado a Ester la casa de Amán y a éste le he mandado crucificar por la osadía de querer perder a los judíos. Escribid, pues, a los judíos en nombre del rey, como mejor os pareciere, sellando las cartas con mi anillo. Porque era uso y costumbre que a cartas recibidas en nombre del rey, y selladas con su anillo, nadie osaba oponerse. Con esto, llamados los secretarios y escribientes del rey, corriendo el mes tercero, llamado Sibán, el día veintitrés, fueron escritas las cartas del modo que quiso Mardoqueo, a los judíos, y a los príncipes, y a los gobernadores, y jueces que mandaban en las ciento veintisiete provincias, desde la India hasta la Etiopía; provincia por provincia, pueblo por pueblo, según sus lenguas y alfabetos, como también a los judíos, para que todo el mundo pudiese leerlas y entenderlas. Estas mismas cartas, escritas en nombre del rey, fueron selladas con su anillo y remitidas por correos; los cuales recorriendo con rapidez todas las provincias, cambiasen por medio de las nuevas órdenes el efecto de las cartas primeras. Les mandó también el rey que en cada ciudad fuesen a estar con los judíos, y les ordenasen unirse todos para defender sus vidas, y matar y acabar con todos sus enemigos, sin perdonar a las mujeres, ni a los hijos, ni a las casas, saqueando sus bienes. Y se señaló en todas las provincias un mismo día para la venganza; es a saber, el día trece del duodécimo mes llamado Adar. La sustancia de las cartas era notificar a todas las tierras y pueblos sujetos al imperio del rey Asuero, que los judíos estaban dispuestos y autorizados a vengarse de sus enemigos. Partieron, pues, los correos en postas con las nuevas cartas; y el edicto del rey se fijó en Susán. Entretanto Mardoqueo saliendo del palacio y de la audiencia del rey, iba rozagante, vestido a la manera del rey, esto es, de color de jacinto y de azul celeste, llevando en la cabeza una corona de oro, y cubierto de un manto de seda y de púrpu-ra. Y toda la ciudad hizo fiestas y regocijos. A los judíos les pareció que les nacía una nueva luz, por el gozo, la honra y la holganza que les venía. Asimismo en todos los pueblos, en las ciudades y provincias, doquiera que llegaban las órdenes del rey, se recibían con extraordinaria alegría, y había banquetes, y convites, y fiestas; en tanto grado, que muchos de otras naciones y sectas abrazaban la religión y ceremonias de los judíos. Tan grande era el terror que había infundido a todos el nombre judaico. En efecto, a los trece días del mes duodécimo, que como hemos dicho arriba, se llamaba Adar, cuando estaba dispuesta la mortandad de todos los judíos, y sus enemigos ardían en sed de su sangre, trocada la suerte, comenzaron los judíos a prevalecer, y a tomar venganza de sus contrarios. Se juntaron, pues, en todas las ciudades, villas y lugares para acometer a sus enemigos y perseguidores; y nadie osó resistirles; porque estaban todos los pueblos poseídos del miedo de su poder y valimiento. Pues aun los magistrados de las provincias, los gobernadores e intendentes, y todos los constituidos en dignidad, que en cada lugar presidían las obras, daban la mano a los judíos por temor de Mardoqueo, que sabían ser el valido de la corte, y gozar de extraordinaria privanza; por lo que la fama de su nombre iba creciendo cada día, y andaba volando de boca en boca por todas partes. Con esto los judíos hicieron un gran estrago y mortandad en sus enemigos; ejecutando aquello mismo que tenían éstos tramado contra el pueblo judaico. Tanto, que en Susán mismo mataron a quinientos hombres, sin contar diez hijos de Amán, descendientes de Agag, el enemigo de los judíos, cuyos nombres son éstos: Farsandata, Delfón, y Esfata, Forata, Adalía, Aridata, Permesta, Arisai, Aridai, y Jezata. Después de haberles quitado la vida, no quisieron saquear ni tocar nada de sus bienes. Inmediatamente dieron cuenta al rey del número de los que habían sido muertos en Susán. El cual dijo a la reina: En la ciudad de Susán los judíos han muerto a quinientos hombres, además de los diez hijos de Amán; ¿cuán grande, pues, juzgas que será la mortandad que habrán hecho en todas las provincias? ¿Qué más pides, o qué otra cosa quieres que yo mande? Si es del agrado del rey, respondió ella, dése facultad a los judíos para que hagan también mañana lo que han hecho hoy en Susán; y que los cadáveres de los diez hijos de Amán sean colgados en patíbulos. Y mandó el rey que así se hiciese; e inmediatamente se fijó en Susán el edicto, y fueron colgados los diez hijos de Amán. Reunidos los judíos el día catorce del mes de Adar, mataron en Susán hasta trescientos hombres; mas tampoco saquearon sus bienes. Asimismo en todas las provincias sujetas al dominio del rey, los judíos pelearon por defender sus vidas, matando a sus enemigos y perseguidores, en tanto número que llegó a setenta y cinco mil el de los muertos, sin que nadie tocase cosa alguna de sus bienes. El día trece del mes de Adar fue el primero de la mortandad en todas partes, y el día catorce cesó el estrago; este día determinaron que fuese día de fiesta solemne, y se celebrase de allí en adelante perpetuamente con banquetes, regocijos y convites. Los que ejecutaron la mortandad en la ciudad de Susán emplearon en ella los días trece y catorce de dicho mes, y cesaron de matar el quince; y por eso establecieron que este día se solemnizase con banquetes y regocijos. Mas los judíos que moraban en villas sin muros y en aldeas, señalaron el día catorce del mes de Adar para los convites y alegrías; de modo que hacen en él gran fiesta, y se regalan recíprocamente platos de viandas y manjares. Cuidó, pues, Mardoqueo de escribir todas esas cosas en una carta o libro, que envió a los judíos que habitaban en todas las provincias del rey, así vecinas como remotas, para que observasen como días festivos el catorce y el quince del mes de Adar, y los celebrasen siempre cada año con solemne honor; por cuanto en tales días los judíos tomaron venganza de sus enemigos, y el llanto y tristeza se les convirtieron en júbilo y alegría; y así estos días eran días de banquetes y regocijos, en que debían enviarse mutuamente parte de los manjares, y regalar algo a los pobres. Establecieron, pues, los judíos una fiesta solemne, conforme a lo que habían comenzado a practicar en este tiempo, y les había prescrito Mardoqueo en su carta; en memoria de que Amán, hijo de Amadati, del linaje de Agag, enemigo y perseguidor de los judíos, maquinó contra ellos el atentado de matarlos y exterminarlos; echó para eso el Fur, que es lo mismo que suerte en nuestra lengua. Mas después Ester se presentó al rey, suplicando que desbaratase los designios de Amán, mediante una carta y orden del rey, y que el mal que había tramado contra los judíos recayese sobre su cabeza. Y al fin así a Amán como a sus hijos los pusieron en una cruz. Desde entonces se llaman estos días Furim, este es, de las Suertes; por cuanto el Fur, esto es, la suerte, fue echada en la urna. Todos estos sucesos se contienen en el volumen de aquel escrito, es a saber, de este libro. Y en memoria de lo que padecieron, y de la feliz mudanza que sobrevino se obligaron los judíos por sí y por sus descendientes, y por todos los que quisieren agregarse a su religión, a no permitir que ninguno pase estos dos días sin solemnizarlos, según aparece de este escrito, y lo pide el tiempo señalado de año en año. Estos son días que jamás serán puestos en olvido, y que se celebrarán de generación en generación en todas las provincias de la tierra; y no hay ciudad alguna en que los días de Furim, esto es, de las Suertes, no sean guardados por los judíos y por la descendencia de los que se obligaron a estas ceremonias. Y la reina Ester, hija de Abihail, y Mardoqueo, judío, escribieron todavía una segunda carta, a fin de que con el mayor esmero quedase establecido este día solemne para lo sucesivo; y la enviaron a todos los judíos que moraban en las ciento veintisiete provincias del rey Asuero, para que viviesen en dichosa paz, y fuesen fieles en la promesa, observando los días de las Suertes, y celebrándolos a su tiempo con demostraciones de gozo. Se obligaron, pues, los judíos, conforme a lo prescrito por Mardoqueo y Ester, a observar ellos y sus descendientes los ayunos y clamores a Dios y demás ceremonias de los días de las Suertes, y todo cuanto contiene la historia en este Libro, que se titula Ester. El rey Asuero había hecho tributaria toda la tierra con todas las islas del mar; y en los libros o anales de los medos y persas se halla escrito cuál fue su poder y dominio; y cuán alto grado de grandeza, sublimó a Mardoqueo, y cómo este Mardoqueo, judío de nación, vino a ser la segunda persona después del rey Asuero; y cómo fue eminente entre los judíos, y universalmente querido de todos sus hermanos, como quien procuraba el bien de su pueblo y se interesaba en todo lo perteneciente a la prosperidad de su nación.4. Entonces Mardoqueo dijo: Esto es obra de Dios.5. Me acuerdo de un sueño que tuve, el cual significaba estas mismas cosas, y ninguna de ellas ha quedado sin cumplirse.6. Vi una pequeña fuente que creció hasta hacerse un río; después se convirtió en una luz y en un sol; y salió de madre por la abundancia de sus aguas. Esta fuente es Ester, a quien el rey tomó por mujer, y escogió por reina.7. Los dos dragones que vi, somos yo y Amán.8. Las gentes que se coligaron, son aquellos que intentaron borrar el nombre judaico.9. Mi gente es Israel, la cual clamó al Señor, y el Señor salvó a su pueblo; librándonos de todos los males, y obrando grandes milagros y portentos entre los gentiles.10. Y mandó que se pusiesen dos suertes, una para el pueblo de Dios, y otra para las demás naciones;11. y ambas suertes salieron fuera delante del Señor para todas las gentes, en el día señalado ya desde aquel tiempo.12. Y se acordó el Señor de su pueblo, y tuvo compasión de su herencia.13. Por lo que los días catorce y quince del mes de Adar deben solemnizarse con toda la devoción y júbilo por todo el pueblo congregado en cuerpo, mientras haya descendencia del pueblo de Israel.1. El año cuarto del reinado de Tolomeo y de Cleopatra, Dositeo, que se decía sacerdote u de la estirpe de Leví, y Tolomeo, su hijo, trajeron esta carta del Furim, la que aseguraron haber sido traducida en Jerusalén por Lisímaco, hijo de Tolomeo.2. El año segundo del reinado del muy grande Artajerjes, el primer día del mes de Nisán tuvo un sueño Mardoqueo hijo de Jair, hijo de Semei, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín.3. Era Mardoqueo de nación judío, habitaba en la ciudad de Susán, y llegó a ser un hombre poderoso y de los primeros de la corte del rey,4. y era del número de los cautivos que Nabucodonosor, rey de Babilonia, trasladó de Jerusalén con Jeconías o Joaquín, rey de Judá.5. Su sueño fue éste: Le pareció que sentía voces, y alborotos, y truenos y terremotos, y turbación sobre la tierra;6. y aparecieron dos dragones descomunales en acto de entrar en batalla uno contra otro;7. a cuyos grandes silbidos todas las naciones se alborotaron para pelear contra la nación de los justos.8. Día fue aquél de tinieblas y de peligros, de tribulación y de angustias, y de gran espanto para la tierra.9. La nación de los justos, temerosa de los desastres que la amenazaban se conturbó extraordinariamente considerándose destinada a la muerte.10. Clamaron a Dios; y a sus gritos una fuente pequeña creció hasta hacerse un grandísimo río, que por las muchas aguas, salió de madre.11. Apareció una luz y un sol; y los humildes fueron ensalzados, y devoraron a los grandes o soberbios.12. Así que Mardoqueo tuvo esta visión, levantándose de la cama, se puso a pensar qué es lo que Dios querría hacer; y tenía fijo el sueño en su mente, deseoso de saber su significación.1. Estaba entonces Mardoqueo en el palacio del rey con Bagatán y Tarés, eunucos del rey, a cargo de los cuales estaban las puertas de palacio;2. y como escuchase las tramas de éstos, y hubiese averiguado bien sus designios, comprendió que atentaban contra la vida del rey Artajerjes, y se lo avisó al rey.3. El cual, hecho el proceso a ambos, confesando ellos el delito, los mandó ajusticiar.4. Hizo el rey escfribir en los anales este suceso; e igualmente lo puso por escrito Mardoqueo, para conservar su memoria.5. Y le mandó el rey que morase en el palacio; después de haberle gratificado por dicho descubrimiento.6. Pero Amán, hijo de Amadati bugeo, gozaba de gran fervor con el rey, y quiso perder a Mardoqueo y a su pueblo, a causa de los dos eunucos del rey ajusticiados; y les saquearon sus bienes y haciendas.1. El tenor de la carta de Amán contra los judíos era éste: El muy grande rey Artajerjes que reina desde la India hasta la Etiopía, a los principales y gobernadores de las ciento veintisiete provincias que están sujetas a su imperio, salud.2. Siendo yo emperador de muchísimas naciones, y habiendo sometido a mi dominio toda la tierra, no he querido abusar de ningún modo de la grandeza de mi poderío, sino antes bien gobernar a mis vasallos con clemencia y mansedumbre, para que pasando la vida con sosiego, sin temor alguno gozasen la paz deseada de todos los morta-les.3. E informándome de mis consejeros del modo que esto podría conseguirse, uno de ellos llamado Amán, que aventajaba a los demás en sabiduría y fidelidad, y tenía el segundo puesto en el reino,4. me significó estar esparcido por toda la tierra un pueblo que se gobernaba con leyes nuevas y portándose contra la costumbre de todas las gentes, menospreciaba las órdenes de los reyes, y con sus disensiones turbaba la concordia de todas las naciones.5. Lo cual entendido por nosotros, viendo que una sola nación se opone a todo el género humano, usa de leyes perversas, y desobedece nuestros decretos, perturba la paz y concordia de las provincias que nos están sujetas;6. hemos decretado que todos cuantos fueren designados por Amán (el cual tiene la superintendencia de todas las provincias y es el segundo después de nosotros, y a quien honramos como a padre) sean exterminados por sus enemigos, con las mujeres e hijos, el día catorce del mes duodécimo llamado Adar, del presente año, sin que nadie los perdone.7. A fin de que estos hombres malvados, bajando al sepulcro en un mismo día, restituyan a nuestro imperio la paz que le habían quitado.8. Hizo, pues, Mardoqueo oración al Señor, y representándole todas las maravillas que había obrado,9. dijo: Señor, oh Señor rey omnipotente, de tu potestad dependen todas las cosas, y no hay quien resista a tu majestad.10. Tú hiciste el cielo y la tierra, y todo cuanto el ámbito de los cielos abraza.11. Tú eres el Señor de todas las cosas, y no hay quien resista a tu Majestad.12. Tú lo sabes todo, y por consiguiente sabes que no por soberbia, ni por desdén, ni por ambición de gloria he hecho esto de no adorar al soberanísimo Amán13. (porque para salvar a Israel estaría pronto a besar de buena gana aun las huellas de sus pies);14. pero yo he temido trasladar a un hombre el honor debido a mi Dios, y adorar a ningún otro que al Dios mío.15. Por tanto ahora, oh Señor, Rey de reyes, oh Dios de Abrahán apiádate de tu pueblo; pues nuestros enemigos quieren perdernos y acabar con tu heredad.16. No menosprecies tu posesión, este pueblo rescatado por ti de Egipto.17. Escucha mis súplicas, y muéstrate propicio a una nación que has escogido por herencia tuya, y convierte nuestro llanto en gozo, para que viviendo alabemos, oh Señor, tu santo Nombre; y no cierres las bocas de los únicos que cantan tus alabanzas.18. Al mismo tiempo todo Israel orando unánimemente clamó al Señor, viéndose amenazados todos de una muerte irremediable.1. Asimismo la reina Ester, aterrada del peligro inminente, recurrió al Señor,2. y depuestas sus vestiduras reales, tomó un traje propio del tiempo de llanto y de luto; y en vez de varios perfumes, cubrió su cabeza de ceniza y de basura, y mortificó su cuerpo con ayunos, y esparcía los cabellos, que se arrancaba, por todos aquellos sitios en que antes acostumbraba divertirse.3. Y hacía oración al Señor Dios de Israel, diciendo: Oh Señor mío, tú eres el único rey nuestro, socórreme en el desamparo en que me hallo, pues no tengo otro protector fuera de ti.4. Mi peligro es inminente.5. Yo oí cantar a mi padre cómo tú, oh Señor, escogiste a Israel de entre todas las naciones, y a nuestros padres de entre todos sus antepasados para poseerlos eternamente como herencia tuya, y te portaste con ellos como habías prometido.6. Nosotros pecamos en tu presencia, y por eso nos has entregado en manos de nuestros enemigos;7. porque hemos adorado sus dioses. Justo eres, oh Señor.8. Mas ahora no se contentan de tenernos oprimidos con durísima esclavitud, sino que, atribuyendo al poder de los ídolos la fortaleza de sus brazos,9. presumen desbaratar tus promesas, y destruir tu heredad, y tapar la boca de los que te alaban, y extinguir la gloria de tu templo y de tu altar,10. a fin de que abran los gentiles sus bocas y desaten sus lenguas en alabanzas de poder de los ídolos y celebren perpetuamente la gloria de un rey de carne y sangre.11. No entregues, oh Señor, tu cetro a los que nada son, para que no se rían de nuestra ruina, antes bien vuelve contra ellos sus tramas, y derriba al soberbio Amán, que ha empezado a ensañarse contra nosotros.12. Acuérdate, Señor, de nosotros, y muéstranos tu rostro en el tiempo de nuestra tribulación, y dame a mí firme esperanza, oh Señor, Rey de los dioses, y de todas las potestades.13. Pon en mi boca palabras discretas así que me presente al león Asuero, y muda su corazón a que aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca éste con todos sus cómplices.14. Y líbranos con tu mano poderosa; y asísteme a mí, oh Señor, tú eres mi único auxilio, tú que conoces todas las cosas,15. Y sabes que aborrezco la gloria de los inicuos, y detesto el lecho de los incircuncisos, y de cualquier extranjero.16. Tú conoces mi necesidad, y que abomino el soberbio distintivo de mi gloria que llevo sobre mi cabeza en los días de gala y lucimiento, y que antes bien me da asco, cual paño de una menstruosa, y que nunca me lo pongo en los días de mi retiro y vida privada.17. Sabes que nunca he comido en la mesa de Amán, y no me han deleitado los convites del rey, ni he bebido vino de libaciones;18. y que desde el día en que fui trasladada acá hasta el presente, jamás ha tenido esta tu sierva contento sino en ti, oh Señor Dios de Abrahán.19. Oh Dios poderoso sobre todos, escucha las voces de aquellos que no tienen otra esperanza sino en ti, y sálvanos de las manos de los malvados, y líbrame a mí de mis temores.1. Y le envió a decir Mardoqueo a Ester que se presentase al rey, e intercediese por su pueblo y por su patria:2. Acuérdate, le dijo, del tiempo en que te hallabas en estado humilde, y cómo fuiste criada entre mis brazos; porque Amán, es segundo después del rey, ha hablado contra nosotros para que se nos quite la vida.3. Por tanto invoca tú al Señor, y habla por nosotros al rey, y líbranos de la muerte.4. Al tercer día dejó ester los vestidos que llevaba, y se adornó de todas sus galas,5. y brillando con el esplendor de los aderezos de reina, después de haber invocado a Dios, que es la guía y el salvador de todos, tomó consigo dos de sus camaristas,6. sobre una de las cuales se iba apoyando, como que no podía por la suma delicadeza y debilidad sostener su cuerpo.7. La otra camarista iba detrás de su señora, llevándole la falda que arrastraba por el suelo.8. Entretanto, ella con el color de la rosa de su semblante, y con la gracia y brillo de sus ojos, encubría la tristeza de su corazón comprimido de un excesivo temor.9. Pasadas, pues, de una en una todas las puertas, llegó a ponerse enfrente del rey, que estaba sentado en su real solio, vestido con el regio manto, resplandeciendo con el oro y pedrería; su aspecto causaba terror.10. Y habiendo él alzado la vista, y manifestando en sus ojos encendidos el furor de su pecho, la reina se desmayó, y demudando el color en palidez, reclinó su vacilante cabeza sobre la camarista.11. Entonces Dios trocó el corazón del rey, inclinándole a la dulzura; y apresurado y temeroso salió del trono, y cogiendo a Ester entre sus brazos hasta que volvió en sí, la acariciaba con estas palabras:12. ¿Qué tienes Ester? Yo soy tu hermano, no temas.13. No morirás, porque esta ley no fue puesta para ti, sino para todos los demás.14. Arrímate, pues, y toca el cetro.15. Como ella no hablase, tomó él el cetro de oro, y lo puso sobre el cuello de Ester, y la besó, diciendo: ¿Por qué no me hablas?16. La cual respondió: Te he visto, Señor, como a un ángel de Dios, y con el temor de tu majestad se ha conturbado mi corazón.17. Porque tú, oh Señor, eres en extremo admirable, y está tu rostro lleno de gracias.18. Diciendo esto, se desmayó de nuevo, y quedó casi sin sentido.19. Con lo que el rey se acongojaba, y todos sus ministros consolaban a Ester.1. El gran Artajerjes, rey desde la India hasta la Etiopía, a los gobernadores y príncipes de las ciento veintisiete provincias que obedecen a nuestro imperio, salud.2. Muchos han abusado de la bondad de los príncipes, y de los honores que se les han conferido, para ensoberbecerse;3. y no se contentan con oprimir a los vasallos de los reyes; sino que no siendo capaces de mantener con moderación la gloria recibida, maquinan traiciones contra los mismos que se la dieron.4. No les basta el ser ingratos a los beneficios y el violar en sí mismos los derechos de la humanidad; sino que presumen también poder sustraerse al juicio de Dios que todo lo ve.5. Y ha llegado a tal punto su desvarío, que con los ardides de sus mentiras han intentado arruinar a los que cumplen exactamente los cargos que les han sido confiados, y que se portan en todo de tal manera, que se hacen dignos de común aplauso;6. engañando con astutas mañas los oídos sencillos de los príncipes, que juzgan de los otros por su buen natural.7. Lo cual se comprueba, ya con las historias antiguas, ya también con lo que sucede cada día, donde se ve que por las malas sugestiones se pervierten las buenas inclinaciones de los reyes.8. Por tanto, es necesario proveer la paz de todas las provincias.9. Mas no penséis que si variamos nuestras órdenes, proviene esto de ligereza de ánimo, sino que la mira del bien de la república nos obliga a arreglar nuestras determinaciones conforme a la condición y necesidad de los tiempos.10. Y para que conozcáis mejor lo que decimos, sabed que Amán, hijo de Amadati, macedonio de corazón y de origen, y que nada tiene de común con la sangre de los peces , el cual con su crueldad mancillaba nuestra clemencia, extranjero como era, fue acogido por nosotros,11. y le dimos tantas muestras de benevolencia, que era llamado por nuestro padre, y venerado de todos como el segundo después del rey.12. Mas llegó a tan alto grado la hinchazón de su arrogancia, que maquinó privarnos del reino y de la vida.13. Puesto que con nuevos y nunca oídos artificios, tramó la muerte de Mardoqueo, a cuya lealtad y buenos servicios debemos la vida, y de Ester, esposa nuestra y compañera en nuestro reino, y de toda su nación;14. teniendo la mira de armar asechanzas contra nuestra vida, y trasladar a los macedonios el reino de los persas.15. Nosotros hemos hallado exentos de culpa a los judíos, a quienes había destinado a la muerte el peor de los hombres, y que antes bien se gobiernan con leyes justas,16. y que son hijos del Dios altísimo, máximo y siempre viviente, por cuyo beneficio fue dado el reino a nuestros padres y a nosotros y conservado hasta el día de hoy.17. Por tanto, sabed que son nulas las cartas expedidas por él en nuestro nombre.18. Por cuya maldad, así, el, que la fraguó, como toda su parentela, están colgados en patíbulos ante las puertas de esta ciudad de Susán, no siendo nosotros, sino Dios, el que le ha dado su merecido.19. Y este edicto, que ahora enviamos, publíquese en todas las ciudades, para que sea permitido a los judíos vivir según sus leyes.20. A los cuales debéis vosotros dar auxilio, a fin de que el día trece del duodécimo mes, llamado Adar, puedan acabar con la vida de aquellos que estaban o estén prevenidos para darles a ellos la muerte;21. pues este día de aflicción y de llanto, Dios Todopoderoso ha hecho que se les convirtiese en día de gozo.22. Por lo que también vosotros contaréis este día entre los demás días festivos; y lo celebraréis con toda suerte de regocijos para que la posteridad sepa23. que todos los que son súbditos fieles de los persas reciben la recompensa digna de su lealtad, al paso que los conspiradores contra su reino perecen en pena de su traición.24. Cualquier provincia o ciudad, que no quisiese tener parte en esta solemnidad, perezca a fuego y a sangre, y sea de tal manera arrasada, que quede para siempre intransitable, no sólo a los hombres, sino aun a las bestias, para escarmiento de los despreciadores y desobedientes a las órdenes reales. Había en el país de Hus un varón célebre llamado Job, hombre sencillo y recto y temeroso de Dios, que se apartaba del mal. Tenía siete hijos y tres hijas; y poseía siete mil ovejas, y tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas asnas, y muchísimos criados; por lo cual era este varón grande entre los orientales. Sus hijos solían reunirse y celebrar convites en sus casas, cada cual en su día; y enviaban a llamar a sus tres hermanas, para que comiesen y bebiesen con ellos. Concluido el turno de los días del convite, enviaba Job a llamarlos, y los santificaba, y levantándose de madrugada ofrecía holocaustos a Dios por cada uno de ellos. Porque decía: No sea que mis hijos hayan pecado y desechado a Dios en sus corazones. Esto hacía Job en todos aquellos días. Pero cierto día, concurriendo los hijos de Dios, esto es, los ángeles, a presentarse delante del Señor, compareció también entre ellos Satanás. Al cual dijo el Señor: ¿De dónde vendrás tú? El respondió: Vengo de dar la vuelta por la tierra, y de recorrerla toda. Le replicó el Señor: ¿Has puesto tu atención en mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón sencillo, y recto, y temeroso de Dios, y ajeno de todo mal obrar? Mas Satanás le respondió: ¿Acaso Job teme o sirve a Dios de balde? ¿No lo tienes tú a cubierto de todo mal por todas partes, así a él como a su casa y a toda su hacienda? ¿No has echado la bendición sobre todas las obras de sus manos, con lo que se han multiplicado sus bienes en la tierra? Mas extiende un poquito tu mano, y toca sus bienes, y verás cómo te desprecia en tu cara. Dijo, pues, el Señor a Satanás: Ahora bien, todo cuanto posee lo dejo a tu disposición; sólo que no extiendas tu mano contra él. Con esto se salió Satanás de la presencia del Señor a ejecutar sus designios. En efecto, mientras los hijos e hijas de Job se hallaban un día todos juntos comiendo y bebiendo vino en casa del hermano primogénito, llegó a Job un mensajero que le dijo: Estaban los bueyes arando y las asnas paciendo cerca de ellos, cuando he aquí que han hecho una excursión los sabeos y lo han robado todo, y han pasado a cuchillo a los mozos, y he escapado sólo yo para que pueda darte la noticia. Estando aún éste hablando, llegó otro hombre, y dijo: Fuego de Dios ha caído del cielo, y ha reducido a cenizas las ovejas y los pastores, y he escapado sólo yo para que pueda traerte la noticia. Todavía estaba éste con la palabra en la boca, y entró otro diciendo: Los caldeos, divididos en tres cuadrillas, se han arrojado sobre los camellos, y se los han llevado, después de haber pasado a cuchillo a los mozos, y he escapado sólo yo para darte aviso. No había éste acabado de hablar, cuando llegó otro que dijo: Estando comiendo tus hijos e hijas y bebiendo vino en la casa de su hermano mayor, ha venido de repente un huracán de la parte del desierto, que ha conmovido las cuatro esquinas de la casa, la cual ha caído, cogiendo debajo a tus hijos, que han quedado muertos, y me he salvado sólo yo para poder avisártelo. Entonces Job se levantó y rasgó sus vestidos, y habiéndose hecho cortar a raíz el pelo de la cabeza se postró en tierra y adoró al Señor, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a ella. El Señor me lo dio todo; el Señor me lo ha quitado; se ha hecho lo que es de su agrado; bendito sea el nombre del Señor. En medio de todas esas cosas no pecó Job en cuanto dijo, ni habló una palabra inconsiderada contra Dios. Y sucedió que otro día comparecieron los hijos de Dios a la presencia del Señor, y asimismo Satanás se halló entre ellos, y se puso en su presencia. Y le dijo el Señor a Satanás: ¿De dónde vendrás tú? El cual le respondió: He dado la vuelta por la tierra, y la he recorrido toda. Le replicó el Señor: ¿Pues no has observado a mi siervo Job cómo no tiene semejante en la tierra, varón sencillo, y recto, y temeroso de Dios, y muy ajeno de todo mal obrar, y que aún conserva la inocencia? Y eso que tú me has incitado contra él, para que yo le atribulase sin merecerlo. A esto respondió Satanás, diciendo: El hombre dará siempre la piel de otro por conservar la suya propia, y abandonará de buena gana cuanto posee por salvar su vida; y si no, extiende tu mano y toca sus huesos y carne, y verás cómo entonces te menosprecia cara a cara. Dijo, pues, el Señor a Satanás: Ahora bien, anda, en tu mano está; pero consérvale la vida. Con eso partiendo Satanás de la presencia del Señor, hirió a Job con una úlcera horrible desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza; y de suerte que sentado en un estercolero, se raía la podredumbre con un casco de teja. Y le dijo su mujer: ¿Todavía permaneces tú en tu estúpida simplicidad? Sí, bendice a Dios, y muérete. Le respondió Job: Has hablado como una de las mujeres sin seso. Si recibimos los bienes de la mano de Dios, ¿por qué no recibiremos también los males? En medio de todas estas cosas no pecó Job en cuanto dijo. Entretanto tres príncipes amigos de Job, habiendo oído todas las desgracias que le habían sobrevenido, partieron cada cual de su casa y estados: Elifaz de Temán, Baldad de Suhá, Sofar de Naamat; porque habían concertado entre sí venir juntos a visitarle y consolarle. Y cuando desde lejos alzaron los ojos para mirarle, le desconocieron; y así exclamando, prorrumpieron en lágrimas, y rasgando sus vestidos, esparcieron polvo por el aire sobre sus cabezas, y estuvieron con él sentados en el suelo siete días y siete noches, sin hablarle palabra, al ver que su dolor era tan vehemente. Después de esto abrió Job su boca, y echó la maldición al día de su nacimiento , hablando de esta manera: Perezca, mal haya, el día en que nací y la noche en que se dijo por mí: Concebido queda un varón. Conviértase aquel día en tinieblas; no haga Dios cuenta de él desde lo alto; ni sea con luz alumbrado; oscurézcanle las tinieblas, y la negra sombra de la muerte; cúbrale densa niebla y sea envuelto en amargura; corra en aquella noche un tenebroso torbellino; no se mencione ella entre los días del año, ni se cuente entre los meses; sea la tal noche solitaria o estéril, y no se considere digna de cantares o regocijos; maldíganla los que aborrecen el día en que nacieron, que están prontos a provocar a Leviatán; oscurezcan sus tinieblas las estrellas de esta noche; espere la luz, y nunca jamás la vea, ni el albor de la naciente aurora, ya que no cerró el claustro del vientre que me llevaba, y no apartó de mis ojos la vista de estos males. ¿Por qué no morí yo en las entrañas de mi madre; o salido a luz no perecí luego? ¿Para qué al nacer me acogieron en el regazo? ¿Para qué me arrimaron al pecho a fin de que mamase? Pues yo ahora estaría durmiendo en el silencio de la muerte; y en este mi sueño lograría reposo, al lado de con los reyes y potentados de la tierra, que fabrican para sí edificios en lugares solitarios; o con los príncipes que amontonan oro y llenan de plata sus casas; o bien como un aborto, que luego lo esconden y apartan de la vista, yo no subsistiera, o como los que después de concebidos no llegaron a ver la luz. Allá en el sepulcro cesa por fin el gran ruido que mueven los impíos; allí es donde vienen a descansar los de las fuerzas cansadas, y allí están sin sufrir ya molestia alguna, ni oír la voz del cruel capataz, aquellos que en otro tiempo estaban juntos con grillete. Allí están el pequeño y el grande; allí el esclavo libre ya de su amo. ¿Por qué razón fue concedida la luz a un desdichado, y la vida a los que la pasan como yo, en amargura de ánimo? Los cuales están esperando la muerte, la que no acaba de llegar, como esperan los que cavan en busca de un tesoro; y se sienten transportados de gozo al hallar el sepulcro. ¿Por qué se concedió la vida a un hombre como yo, que no ve el camino por donde anda; habiéndole Dios cercado todo de tinieblas? Suspiro antes de tomar alimento, y suenan mis rugidos como las aguas que rompen los diques e inundan. Por cuanto me ha sucedido lo que yo me temía, se han verificado mis recelos. ¿Acaso no disimulé, no callé, no aguanté con paciencia? Y sin embargo, la indignación de Dios ha descargado sobre mí. Entonces Elifaz de Temán, rompiendo el silencio, dijo: Si empezamos a razonar contigo, quizá no te gustará lo que diremos; pero, ¿quién podrá contener las palabras que ahora vienen a la boca? Tú eras antes el que amaestraba a muchos; tú dabas vigor a los agobiados. Tus palabras eran el sostén de los vacilantes, y tú fortalecías las trémulas rodillas de los débiles. Mas ahora que el azote ha descargado sobre ti, estás abatido; te ha tocado el Señor, y te has conturbado todo. ¿Dónde está tu temor de Dios? ¿Dónde tu fortaleza, tu paciencia y la perfección de tu conducta antigua? Considera, te ruego, si pereció jamás ningún inocente, o cuándo los buenos han sido exterminados. Al contrario, lo que yo he visto es que los que han cultivado el vicio, han sembrado males, y males han cogido; y han perecido a un soplo de Dios; y han quedado consumidos al aliento de la indignación divina. Así pereció el león que rugía y la leona que bramaba; y fueron desmenuzados los dientes de los leoncillos. Pereció de hambre el tigre por falta de presa, y los leoncillos se fueron cada uno por su lado. Se me dijo en cierta ocasión una palabra recóndita, y mi oído, así como a hurtadillas, percibió algo de aquel blando zumbido. En el horror de una visión nocturna, cuando suele el sueño rendir los hombres, quedé sobrecogido de pavor, y todo temblando, y se estremecieron todos mis huesos; y pasando por delante de mí un espíritu, se me erizaron los cabellos. Se me apareció uno cuyo semblante no pude conocer, un espectro delante de mis ojos, y percibí una voz delicada como de un airecillo suave, que me decía: ¿Acaso un hombre creado por Dios será tenido por justo, o podrá creerse más puro que su Hacedor? Mira que no han sido firmes sus mismos ministros, y que halló culpa hasta en sus ángeles. ¡Cuánto más serán consumidos y como roídos de la polilla, aquellos que habitan casas de barro, cimentadas sobre el polvo! De la noche a la mañana quedarán aniquilados; y por cuanto ninguno considera estas verdades, perecerán para siempre. Los restos que quedaren, serán arrancados; morirán en medio de su locura. Llama, pues, algún defensor tuyo, si es que hay quien te responda, y vuelve tu vista a alguno de los santos. Verdaderamente que al necio le mata la cólera, y al apocado le quita la vida la envidia. Yo vi al necio bien arraigado; pero al instante maldije su aparente lozanía. Estarán sus hijos muy lejos de la salud, o felicidad, y serán hollados en las puertas, sin que haya quien los defienda ni ampare. Sus mieses las devorará un hambriento; y gente armada echará mano de él, y se le llevará cautivo, y hombres sedientos se sorberán sus riquezas. Ninguna cosa sucede en el mundo sin motivo, que no brotan del suelo los trabajos. Porque el hombre nace para trabajar y padecer, como el ave para volar. Por tanto, yo rogaré al Señor, y enderezaré a Dios mi oración; el cual hace cosas grandes e inescrutables y maravillas sin cuento; que derrama la lluvia sobre la faz de la tierra, y todo lo riega con sus aguas; que ensalza a los humildes, y alienta con prosperidades a los tribulados; que disipa las maquinaciones de los malignos, para que sus manos no puedan completar lo que comenzaron; que prende a los astutos con las mismas redes de ellos, y desvanece los designios de los malvados, de suerte que en pleno día se encontrarán en tinieblas, y a mediodía andarán a tientas como si fuese de noche. Entretanto el Señor salvará al desvalido de la espada de sus lenguas, y al pobre de las manos del hombre violento. No, no quedará frustrada la esperanza del mendigo, y los inicuos no osarán despegar sus labios. Dichoso el hombre a quien el mismo Dios corrige; no desprecies, pues, la corrección del Señor. Porque él mismo hace la llaga y la sana; hiere, y cura con sus manos. A las seis tribulaciones te libertará, y a la séptima ya no tocará el mal. El te salvará de la muerte en tiempo de hambre, y en la guerra del golpe de la espada. Estarás a cubierto del azote de lenguas malignas, y no temerás la calamidad cuando viniere. En medio de la desolación y la carestía general tú te reirás; no temerás las bestias salvajes; antes bien estarán en alianza contigo hasta las piedras de los campos, y las bestias fieras del país serán para ti mansas, y verás reinar la paz y abundancia en tu morada; y no cometerás falta en el gobierno de tu dichosa casa. Verás también multiplicarse tu linaje, y crecer tu descendencia como la hierba del prado. En fin, lleno de años entrarás en el sepulcro; al modo que el montón de trigo se recoge en las trojes a su debido tiempo. Mira que lo que acabamos de exponerte es así como lo decimos; reflexiónalo, pues, y medítalo para contigo mismo. Pero Job respondió y dijo: ¡Quisiera Dios que mis pecados por los que he merecido la ira, se pesaran en unas balanzas, con la calamidad que padezco! Se vería que mis males pesan tanto y más que la arena de mar, de aquí es que mis pecados están llenos de dolor. Porque parece que todas las saetas del Señor están clavadas en mí; el veneno de ellas va corroyendo mi espíritu, y terrores del Señor, o terribles espectros, combaten contra mí. ¿Por ventura rebuzna el asno montés teniendo hierba? ¿O brama el buey teniendo delante un pesebre bien provisto? ¿O podrá comerse un manjar insípido, no sazonado con sal? ¿O habrá quien coma con gusto aquello que probado causa la muerte? Las cosas que antes hubiera yo rehusado tocar, ahora en la estrechez en que me hallo son mi alimento. ¡Quién me diera que fuese otorgada mi petición, y me concediese Dios lo que tanto deseo! ¡Y que el que ha comenzado a herirme, acabe conmigo, deje caer su mano, y corte mi vida! Y mi consuelo sería que sin perdonarme, fuese afligiéndome con dolores, y que yo me opusiese a los decretos del Santo por esencia. Porque, ¿cuáles son mis fuerzas para poder sobrellevar tantos males? ¿O cuándo tendrá fin mi padecer, para prometerme perseverar en la paciencia? Que no es mi firmeza como la de las peñas, ni es de bronce mi carne. Mirad cómo yo por mí no puedo valerme, y cómo hasta los más allegados míos me han abandonado. Quien no tiene compasión de su amigo, abandona el santo temor de Dios. Mis hermanos han pasado de largo por delante de mí, como pasa un rápido torrente por las cañadas. Pero a veces los que temen la escarcha son abrumados de la nieve. Como los torrentes, al mismo tiempo que se desparramen se perderán; y como la nieve calentando el sol, se derretirán. Tortuosas son las sendas por donde caminan; quedarán reducidos a la nada, y perecerán. Contemplad las veredas de Tema, los caminos de Saba, y esperad un poquito. Se han confundido a vista de mi firme esperanza; se han llegado junto a mí, y quedan cubiertos de rubor. En efecto, acabáis ahora de llegar, y luego que veis mis males tembláis de miedo. ¿Acaso yo os he dicho: Traedme y dadme algo de vuestros bienes? ¿O bien, libradme del poder del enemigo, y sacadme de las manos de los poderosos? Enseñadme, que yo callaré; y si en algo he sido ignorante o he pecado, instruidme. ¿Por qué razón, pues, habéis contradicho a las palabras de verdad que he hablado, siendo así que ninguno de vosotros puede acusarme de pecado? Vuestros estudiados razonamientos sólo tiran a zaherirme, y no hacéis más que hablar al aire. Os arrojáis sobre un huérfano, y os esforzáis en acabar de perder a vuestro amigo. Como quiera, concluid el discurso comenzado, y prestadme después atención, y ved si digo mentira. Respondedme, os ruego, sin porfía, y pronunciad la sentencia conforme a justicia; que no habéis de hallar falsedad en mi lengua, ni de mi boca oiréis necedad alguna. La vida del hombre sobre la tierra es una perpetua guerra; y sus días son como los de un infeliz jornalero. Como el siervo fatigado suspira por la sombra, y al modo que el jornalero aguarda con ansia el fin de su trabajo, así he pasado yo meses sin sosiego, y estoy contando las noches trabajosas. Si estoy acostado, digo: ¿Cuándo será de día, y me levantaré?; y luego de levantado, deseo que llegue la tarde; y quedo en un mar de dolores hasta comenzar otra noche. Mi carne está cubierta de podredumbre y de costras de inmundo polvo; toda mi piel está seca y arrugada. Mis días han corrido más velozmente de lo que el tejedor corta la urdimbre acabada la tela y han desaparecido sin esperanza de retorno. Acuérdate, oh Dios mío, que mi vida es un soplo, y que no volverán a ver mis ojos la felicidad perdida, ni me verá más humana vista porque tú has echado sobre mí una terrible mirada y ya no puedo subsistir más. Como se disipa y desvanece una nube, así el que desciende al sepulcro no subirá, ni volverá otra vez a su casa, ni lo conocerá más el lugar donde habitaba. Por tanto daré libertad a mi lengua para lamentarse; hablaré de las angustias de mi espíritu; discurriré acerca de las amarguras de mi alma, y diré al Señor: ¿Soy acaso un mar embravecido o alguna ballena o monstruo, para que me tengas encerrado como en una cárcel? Si yo digo: Puesto en mi lecho hallaré consuelo, y experimentaré alivio en mi cama, hablando y discurriendo conmigo mismo, tú me aterrarás con sueños espantosos, y me harás estremecer con horribles visiones. Por esta causa mi alma quisiera más un patíbulo, y cualquier muerte para mis huesos. Perdí las esperanzas de poder vivir más; ten lástima de mí, Señor, ya que mis días son nada. ¿Qué es el hombre para que tú hagas de él tanto caso, o para que se ocupe de él tu corazón? Le visitas al rayar el alba, y de repente lo atribulas. ¿Hasta cuándo me has de negar tu compasión, sin permitirme respirar o tragar siquiera mi saliva? Pequé, Señor; mas ¿qué haré yo para aplacarte, oh observador de los hombres? ¿Por qué me has puesto por blanco de tus enojos, tanto que ya me he hecho intolerable a mí mismo? ¿Por qué no perdonas todavía mi pecado, y por qué no borras mi iniquidad? Mira que ya voy a dormir en el polvo del sepulcro, y cuando mañana me busques, ya no existiré en el mundo. Tomando entonces la palabra Baldad de Suhá, dijo: ¿Hasta cuándo has de hablar de ese modo, y han de ser como un torbellino las palabras de tu boca? ¿Por ventura tuerce Dios el juicio? ¿O el Omnipotente trastorna la justicia? Aunque tus hijos hayan pecado contra él, y los haya abandonado al poder de su iniquidad, y castigado severamente; esto no obstante, si tú recurres solícito a Dios, y humilde ruegas al Todopoderoso; si procedes con inocencia y rectitud, al punto volverá a ti los ojos para socorrerte, y restituirá la paz y felicidad a la morada de tu inocencia; en tanto grado que tus principios habrán sido pequeños en comparación del último estado de grandeza a que te ensalzará. Pregunta si no a las generaciones pasadas, y escudriña atentamente las memorias de nuestros padres; (porque nosotros nacimos ayer, y somos unos ignorantes, pasándose nuestros días sobre la tierra como una sombra), y ellos te instruirán; hablarán contigo, y de dentro de su corazón sacarán sentencias. ¿Por ventura puede el junco conservarse verde sin humedad? ¿O crecer sin agua un carrizo? Estando todavía en flor, y sin que mano ninguna lo toque, se seca primero que todas las hierbas. Tal es la suerte de todos los que se olvidan de Dios; y así pasará en humo la esperanza del hipócrita. A él mismo no le contentará ya su impiedad; y toda su confianza en las criaturas se desvanecerá como telaraña. Querrá apoyarse sobre su casa, y se hundirá; pondrá puntales, mas no se mantendrá. Pero el justo es una planta que se muestra fresca y lozana antes de venir el sol, y naciendo arroja su retoño. Sus raíces se multiplican, y se abren camino aun por entre los pedregales, y ella vive en medio de peñascos. Si alguno la arrancare de su sitio, ella renunciará a él, y dirá: Nada tengo que hacer contigo. Pues la naturaleza de esta planta es de tan feliz condición, que brotarán nuevamente otros renuevos de la misma tierra. Dios no abandona al hombre de bien, ni alarga su mano a los malvados. Algún día tu boca rebosará de risa, y tus labios de júbilo. Entonces los que te aborrecen, serán cubiertos de confusión; y no quedará en pie la casa de los impíos. Replicando a esto Job, dijo: Yo sé verdaderamente que así es, y que no hay hombre justo si se compara con Dios. Si Dios quisiere entrar en juicio con él, no podrá responderle de mil cargos, que le hará, a uno solo. El es el sabio de corazón y el fuerte y poderoso. ¿Quién jamás le resistió que quedase en paz? El traslada los montes de una a otra parte, y sin que lo perciban, son abatidos y allanados por su furor. El conmueve la tierra de su sitio, y hace bambolear sus columnas. El manda al sol, y no nace si así lo manda; y encierra, si quiere, las estrellas como bajo sello. El sólo extendió los cielos, y camina sobre las ondas del mar. El hizo el Arturo, y el Orión y las Híadas, y las partes escondidas hacia el mediodía. El hace cosas grandes e incomprensibles y maravillosas; que no tienen guarismo. Si viene a mí, yo no lo veo; si se retira, tampoco le conozco. Si él súbitamente pregunta, ¿quién podrá responderle, o quién podrá decirle: Por qué haces eso? El es el Dios verdadero, a cuyo enojo nadie puede resistir, y ante cuyo acatamiento se postran los ángeles que mueven los cielos y la tierra. ¿Quién soy yo, pues, para poder contestarle, y hablar con él boca a boca? Aun cuando tuviere yo alguna cosa que alegar de mi parte, no la alegaré, sino que imploraré la clemencia de mi juez. Y aun cuando prestare oídos a mis súplicas, no acabaré de creer que haya hecho méritos de mis voces. Porque él puede oprimirme con un torbellino de males, y multiplicar mis llagas aun sin manifestar el motivo. El no concede reposo ninguno a mi espíritu y me llena de amarguras. Si se trata de poder es poderosísimo; si de la equidad en juzgar, nadie osa dar testimonio en favor mío. Si yo quisiere justificarme, me condenará mi propia boca; si yo me quisiere manifestar inocente, él me convencerá de reo. Aun cuando yo fuese inocente, eso mismo lo ignorará mi alma, y me será siempre fastidiosa mi vida. Una sola cosa he afirmado, y es que el Señor consume con trabajos así al inocente como al impío. Ya que me azota, quíteme de una vez la vida, y no dirán que se ríe de las penas de los inocentes. La tierra comúnmente es entregada en manos del impío, el cual con las riquezas venda los ojos de los jueces que la gobiernan. Y si no es el Señor quien lo dispone, decidme, ¿quién es? Mis días han corrido más velozmente que una posta; huyeron sin dejarme ver cosa buena. Pasaron como naves cargadas de frutas; como el águila volando que se deja caer sobre la presa. Que si yo digo: No hablaré más así, se altera mi semblante, y el dolor me despedaza. De todas mis obras tenía yo recelo, sabiendo que tú no perdonas al delincuente. Y si aun viviendo así, soy tratado como un impío, ¿para qué habré trabajado en balde toda mi vida? Por más que me lave con aguas de nieve, y reluzcan mis manos de puro limpias, sin embargo me harás perecer, y me tendrás como sumergido en inmundicias, y hasta mis vestidos harán asco de mí. Porque no habré de dar mis descargos a otro hombre como yo, ni a quien puede igualmente ser citado conmigo a juicio. Tampoco hay quien tenga autoridad sobre ambos, ni interponerse como mediador entre nosotros dos. Aparte de sobre mí la vara de su justicia; y yo me asombre con el terror que me causa; entonces hablaré sin que me amedrente su vista, pues estando con tanto temor, no puedo responder en mi defensa. Tedio me causa ya el vivir. Soltaré mi lengua, aunque sea contra mí; hablaré en medio de la amargura de mi alma. Le diré a mi Dios: No quieras condenarme de este modo; manifiéstame por qué me juzgas de esta manera. ¿Podrá, acaso, jamás ser de tu agrado que me entregues a la calumnia, y oprimirme, siendo yo la obra de tus manos, y cooperar a los designios de los impíos? ¿Por ventura son tus ojos, ojos de carne? ¿O miras tú las cosas sólo por afuera como las mira el hombre? ¿Son acaso tus días como los días del hombre, o tus años semejantes a los años humanos, para que hayas de ir inquiriendo mis maldades, y averiguando mis pecados, sabiendo, como sabes, que no he cometido maldad alguna, y que no hay nadie que pueda librarme de tus manos? Tus manos, Señor, me formaron; ellas coordinaron todas las partes de mi cuerpo, ¿y tan de repente quieres despeñarme? Acuérdate, te ruego, que me formaste como de una masa de barro, y que me has de reducir a polvo. ¿No es así que tú me formaste como de la leche cuajada y exprimida se forma el queso? Me vestiste de piel y carne, y con huesos y nervios me organizaste. Me diste vida, y usaste conmigo de misericordia; y tu protección ha conservado mi espíritu. Aunque encubras estas cosas en tu corazón, yo sé bien que todas las tienes presentes. Si pequé, y entonces me perdonaste, ¿por qué ahora no permites que yo me vea limpio de mi iniquidad? Que si yo fuere un impío, ¡ay desdichado de mí!; y si justo, no levantaré cabeza, estando como estoy agobiado de aflicciones y de miserias. Y me aprisionarás por la soberbia como la leona; y volverás a atormentarme de un modo portentoso. Reproducirás tus testigos contra mí, y redoblarás contra mí tu enojo, y me hallaré combatido por un ejército de penas. ¿Por qué me sacaste del vientre de mi madre? Ojalá hubiera yo perecido antes que ojo mortal me viera. Me habrían trasladado del seno materno al sepulcro, como si no hubiese existido. ¿Por ventura no se acabará en breve el corto número de mis días? Déjame, pues, lamentarme de mi dolor por un momento; antes que yo me vaya allá de donde no volveré, a aquella tierra tenebrosa, y cubierta de las negras sombras de la muerte; tierra o región de miseria y de tinieblas, en donde tiene su asiento la sombra de la muerte, y donde todo está sin orden, y en un caos u horror sempiterno. Aquí Sofar de Naamat, tomando la palabra dijo: Pues qué, ¿el que mucho habla, no escuchará también? ¿O bastará al hombre ser gran hablador para justificarse? ¿Por ti solo habrán de callar los demás hombres? ¿Y después de haberte mofado de los otros no habrá nadie que te confunda? Lo cierto es que tú has dicho a Dios: Mi doctrina, o la vida que llevo, es pura, y yo estoy limpio en tu presencia. Mas ojalá Dios se dignase responderte y abrir sus labios para hablar contigo, y te hiciese ver los secretos de su sabiduría y la multiplicidad de sus leyes; con lo que conocerías que te castiga menos de lo que tu maldad merece. ¿Acaso puedes tú comprender los caminos de Dios, o entender al Todopoderoso hasta lo sumo de su perfección? Es más alto que los cielos: ¿qué harás pues? Es más profundo que los infiernos: ¿cómo has de poder conocerlo? Su dimensión es más larga que la tierra, y más ancha que el mar. Si trastornare todas las cosas, o las amontonare en un lugar, ¿quién podrá oponérsele? El conoce la vanidad o iniquidad de los hombres; y viendo sus maldades, ¿ha de pasarlas por alto sin castigarlas? El hombre necio se engríe con altanería, y se cree nacido para no tener freno, como el pollino del asno montés. Yo veo que tú has endurecido tu corazón, y levantas, osado, hacia el Señor tus manos. Si arrojares de ti la iniquidad que hay en tus obras, y no consintieres que more en tu casa la injusticia, entonces sí que podrás, limpio de toda mácula, alzar tu rostro a Dios, y con su auxilio permanecer firme y sin temor alguno; y aun te olvidarás de tus trabajos, o sólo te acordarás de ellos como de un torrente de aguas que ya pasó. Y en la tarde amanecerá para ti una luz como de medio día; y cuando te creerás consumido, renacerás brillante como la estrella de la mañana. La esperanza que se te propondrá de la vida eterna, te llenará de confianza; y dormirás en plena seguridad estando rodeado como de un profundo foso. Reposarás, y no habrá quien te amedrente; y muchísimos poderosos acudirán a ti con súplicas. Mas los ojos de los impíos se secarán de envidia; y no habrá guarida para ellos; y sus mismas esperanzas causarán abominación y tormento a su alma. Replicando Job a esto, dijo: ¿Conque vosotros solos sois hombres entendidos, y con vosotros morirá la sabiduría? Pues también tengo yo seso como vosotros, y no os concedo ventaja sobre mí; porque eso que sabéis ¿quién hay que lo ignore? Quien sufre como yo ser escarnecido de su propio amigo, invoque a Dios que le oirá; ya que se hace mofa de la sencillez del justo. Es éste una antorcha de ninguna estima, según el concepto de los ricos, bien que prevenida para brillar en el tiempo señalado por Dios. Las casas de los ladrones abundan de bienes, y ellos osadamente provocan a Dios, siendo así que él es quien les ha puesto en las manos todo lo que tienen. Pregunta si no a las bestias, y te lo enseñarán; y a las aves del cielo y te lo declararán. Habla con la tierra, y te responderá; y te lo referirán los peces del mar. ¿Quién no sabe que la mano del Señor hizo todas estas cosas? En su mano tiene Dios el alma de todo viviente, y el espíritu de toda carne humana. ¿No es el oído el que discierne las palabras; y el paladar del que come, los sabores? En los ancianos se halla la sabiduría, y en los muchos años la prudencia. En el Señor Dios residen la sabiduría, y la fortaleza; suyo es el buen consejo, y suya la inteligencia. Lo que él destruyere, nadie podrá reedificarlo. Si tuviere encerrado a un hombre, nadie podrá abrirle. Si detuviere las aguas, todo se secará; y si las soltare, sumergirán la tierra. En él están esencialmente la fortaleza y la sabiduría; él conoce igualmente al engañador y al engañado. Conduce los hombres de consejo a un resultado necio, y vuelve tontos sus jueces. Despoja de la faja a los reyes, y les ciñe los lomos con una soga. A los sacerdotes los priva de toda su gloria, y a los grandes los derriba por el suelo. Trueca las palabras en la boca de los hombres veraces, y quita el saber a los ancianos. Hace caer a los príncipes en desprecio y vuelve a ensalzar a los abatidos. El descubre lo que está en lo más profundo de las tinieblas, y saca a la luz la sombra misma de la muerte. Multiplica las naciones, y las destruye; y destruidas, las vuelve a su primer estado. Cambia el corazón de los soberanos de los pueblos de la tierra, y los ciega para que descaminados anden divagando. Irán a tientas como si fuera de noche y no de día y les hará perder el tino como a los borrachos. Todas estas cosas las han visto mis ojos y escuchado mis oídos y una por una las tengo comprendidas; y así lo que vosotros alcanzáis con vuestra ciencia, también lo alcanzo yo; no soy inferior a vosotros. Con todo eso hablaré al Todopoderoso, y deseo razonar con Dios; haciendo antes ver que vosotros sois unos zurcidores de mentiras y secuaces de perversos dogmas. Y ojalá callarais, para que fueseis tenidos por sabios. Oíd, pues, mi refutación, y estad atentos al juicio que pronunciarán mis labios. ¿Acaso tiene Dios necesidad de vuestras mentiras, para que defendáis su conducta con palabras engañosas? ¿Por ventura queréis prestar favor a Dios, y os esforzáis por su respeto a patrocinar su causa? ¿Agradará eso a Dios, a quien nada se le puede ocultar? ¿O será engañado, como lo sería un hombre, con vuestras supercherías y lisonjas? El mismo os condenará, porque solapadamente os ponéis de su parte. Lo mismo será moverse él en defensa mía, que os llenará de espanto, y el terror suyo o de su nombre caerá sobre vosotros. Vuestra memoria será esparcida y disipada como ceniza, y vuestras altivas cabezas reducidas a lodo. Callad por un poco, a fin de que hable yo todo lo que la razón me sugiere. ¿A qué propósito ha de lacerar mis carnes con mis dientes, y de traer mi alma en las manos? No; aun dado que el Señor me quitare la vida, en él esperaré; en todo caso yo expondré ante su acatamiento mi conducta. Y él será mi salvador ; y en verdad que no se presentará delante de sus ojos hipócrita ninguno. Oíd mis razones, y aplicad vuestra atención a los enigmas que voy a deciros. Si yo fuere juzgado, sé que seré declarado inocente. ¿Quién es el que quiere entrar conmigo en juicio? Que venga. ¿Por qué me he de consumir callando? Dos cosas solamente te pido, Dios mío, que hagas conmigo; y entonces no me esconderé de tu presencia. Retira tu mano de mí, cesando de afligirme, y no me asombres con el terror tuyo. Llámame a juicio, que yo te responderé; o si no, permite que yo hable, y respóndeme tú. Muéstrame, Señor, cuántas maldades y pecados tengo; cuáles son mis crímenes y delitos. ¿Por qué me ocultas tu rostro, y me consideras enemigo tuyo? Contra una hoja, que se lleva el viento, haces alarde de tu poderío, y persigues una paja seca; puesto que decretas contra mí tan amargas penas, y quieres consumirme por los pecados de mi mocedad. Has metido mis pies como en un cepo; has observado todas mis acciones y notado mis pisadas o procederes; siendo así que he de quedar reducido a pobre, y ser como una ropa roída por la polilla. El hombre nacido de mujer vive corto tiempo, y está atestado de miserias. El sale como una flor, y luego es cortado y se marchita; huye y desaparece como sombra, y jamás permanece en un mismo estado. ¿Y tú te dignas abrir tus ojos sobre un ser semejante, y citarlo a juicio? ¿Quién podrá volver puro al que de impura simiente fue concebido? ¿Quién sino tú solo? Breves son los días del hombre; tú tienes contado el número de sus meses; señalaste los términos de su vida, más allá de los cuales no podrá pasar. Retírate, pues, un poquito de él, para que repose mientras llega su día deseado, como el día de descanso al jornalero. El árbol tiene esperanza de reverdecer aunque sea cortado; y en efecto, brota y echa sus retoños. Aun cuando sus raíces estuvieren envejecidas en la tierra y su tronco amortecido en el polvo o sequedad, al olor del agua retoñará, y echará frondosas ramas como la primera vez que fue plantado. Pero el hombre una vez muerto, y descarnado, y consumido, dime, ¿qué se hizo de él? A la manera que si se retirasen o enjugasen las aguas del mar, y se agotasen los ríos quedarían en seco; así el hombre, cuando durmiese el sueño de la muerte, no resucitará. Hasta tanto que el cielo sea consumido y renovado, no despertará, ni volverá en sí de su sueño. ¡Oh quién me diera que me guarecieses y escondieses en el sepulcro hasta que pase tu furor, y me señalases el plazo en que te has de acordar de mí! Mas, ¿acaso ha de volver a vivir un hombre ya muerto? Sí, y por eso en la guerra continua en que me hallo, estoy esperando siempre aquel día feliz en que vendrá mi mudanza o gloriosa renovación. Entonces me llamarás, y yo te responderé; alargarás la diestra a la obra de tus manos. Es verdad que tú tienes contados todos mis pasos; mas perdóname, Señor, mis pecados. Tú tienes sellados y guardados como en una arquilla mis delitos; pero has curado ya mi iniquidad. Los montes van cayendo a pedazos y deshaciéndose, y cambian de sitio los peñascos. Las aguas cavan las peñas, y la tierra batida con las inundaciones poco a poco se va consumiendo; del mismo modo vas tú acabando con el hombre. Le diste vigor por un poco de tiempo, para que pasase para siempre a la eternidad; demudarás su semblante antes de morir, y le harás salir de este mundo. Que sus hijos sean esclarecidos, o viles, él no lo sabrá; pero mientras viviere, su cuerpo sufrirá dolores, y su alma deplorará su triste estado. Entonces Elifaz de Temán, tomando la palabra dijo: ¿Es posible que un hombre sabio respondiese como tú, echando palabras al aire, y encendiendo el fuego de la ira en su pecho? Tú, con tus palabras, arguyes al Señor, que no es ningún igual tuyo, y hablas de un modo que no puede serte provechoso. Cuanto es de tu parte has desterrado el temor de Dios; y las oraciones que deben hacérsele. Porque la iniquidad tuya ha dirigido tu lengua, y vas imitando el habla de los blasfemos. De suerte que serán tus propias palabras, y no yo, las que te condenarán; y por aquello mismo que han proferido tus labios, serás condenado. ¿Naciste tú por ventura el primer hombre del mundo, y fuiste formado antes que los montes? ¿Has entrado acaso en el consejo de Dios, o será inferior a la tuya su infinita sabiduría? ¿Qué es lo que sabes tú que nosotros ignoremos? ¿Qué alcanzas que no sepamos? También hay entre nosotros hombres de mucha edad y ancianos respetables, mucho más avanzados en días que tus padres. ¿Acaso sería difícil a Dios consolarte? Pero lo estorban tus perversas palabras. ¿Por qué se engríe tu corazón, y como hombre que atónito medita grandes cosas tienes fijos los ojos? ¿Por qué tu ánimo está hinchado contra Dios, hasta proferir tu boca tales expresiones? ¿Qué es el miserable hombre para que pueda ser inmaculado; y cómo, siendo nacido de mujer, ha de aparecer justo? Mira cómo ni aun entre sus mismos santos ninguno es acá inmutable, y ni los cielos están limpios a sus ojos. ¿Cuánto más un hombre inútil y abominable, que se bebe como agua la maldad? Oyeme, pues, yo te convenceré; te contaré aquello que he visto. Los sabios publican lo que saben y no ocultan lo que han aprendido de sus padres o mayores. A los cuales solos fue dada esta tierra, y nunca los extranjeros hallaron paso por medio de ellos. Al impío toda su vida le acompaña y engríe la soberbia, aunque sea tan incierto el número de años que durará su tiranía. Siempre suena en sus oídos un estruendo que le aterra; y en el seno de la paz él sospecha siempre traiciones. Cuando está entre las tinieblas de la noche, no cree que pueda volver a ver la luz, imaginándose rodeado de espadas. Si se mueve para buscar alimento, cree que el negro día de la muerte está en el bocado que tiene en su mano. El temor de la tribulación le llena de terror, y desastres imaginarios le rodean y desasosiegan, como a un rey que se dispone a dar una batalla. Y es que alzó su mano contra Dios, y se creyó bastante fuerte contra el Todopoderoso. Corrió contra él erguido el cuello y armado de inflexible soberbia. Tiene llena de gordura su cara, y rebosa la grasa en sus costados. Vino a morar en ciudades asoladas y casas desiertas, que estaban reducidas a montones de piedras. No se enriquecerá, y aun los bienes que tenga no durarán; ni echará raíces en la tierra. Estará siempre en tinieblas; sus descendientes serán consumidos por el fuego; y perecerá con el aliento solo de la boca del Todopoderoso. Engañado de un vano error, no creerá que pueda ser redimido por ningún rescate. Antes que llegue el término de sus días morirá, y se secarán sus manos. Le sucederá lo que a la vid, cuyos racimos se pierden estando en cierne; y como al olivo, cuya flor cae en tierra. Porque la familia del hipócrita será estéril y el fuego devorará la morada de aquellos que se dejan ganar por regalos. Concibió penas y parió maldades, y su corazón está urdiendo fraudes. Y respondiendo Job, dijo: Muchas veces he oído esas mismas cosas; consoladores bien pesados sois todos vosotros. ¿Cuándo tendrán fin esas palabras? ¿Hay cosa más fácil que hablar como hablas? Bien pudiera yo hablar como vosotros. Mas en verdad que si vuestra alma se hallara en el estado de la mía, yo sé que os consolaría, y que compasivo inclinaría hacia vosotros mi cabeza, os alentaría con mis palabras, y os expresarían mis labios mi compasión. Mas ahora, ¿qué haré? Por más que hable no se mitigará mi dolor; y si guardo silencio, no por eso me dejará. Al presente me ha oprimido el dolor, y están aniquilados todos mis miembros. Las arrugas de mi piel dan testimonio contra mí y lo que es más cruel, cierto hombre se vuelve contra mí, contradiciéndome cara a cara con falsos y calumniosos discursos. Reúne todo su furor contra mí, y amenazándome rechina sus dientes; hecho enemigo mío, me mira con ojos terribles. Todos mis amigos han abierto contra mí su boca y zahiriéndome con oprobios me han abofeteado; se han saciado con el placer de ver mis penas. Dios me ha puesto encerrado, a disposición del inicuo, y me ha entregado en manos de los impíos. Yo, aquel tan opulento y dichoso algún día, de repente he sido reducido a la nada; me asió de la cerviz el Señor, quebrantándome, y me puso como por blanco de sus tiros. Me dejó hecho un erizo con sus dardos, cubrió de heridas mis costados sin piedad alguna, hasta esparcir por el suelo mis entrañas. Me ha despedazado con heridas sobre heridas; cual gigante se ha arrojado sobre mí. Yo llevo cosido o pegado a mi piel el cilicio, y he cubierto de ceniza mi cabeza. De tanto llorar está entumecido mi rostro, y se han cubierto de tinieblas las pupilas de mis ojos. Todas estas cosas he sufrido, sin que la iniquidad haya manchado mis obras, antes bien ofreciendo puras a Dios mis súplicas. ¡Oh tierra!, no cubras mi sangre, ni sofoques en tu seno mis clamores. Mira que el testigo de mi inocencia está en el cielo, y allí arriba reside el que me conoce a fondo. Mis amigos son unos habladores y calumniadores; a Dios es a quien recurren deshechos en lágrimas mis ojos. ¡Y ojalá que se tratase la causa del hombre con Dios, tan públicamente como se trata la de un hijo del hombre con su competidor! Pues se van pasando a toda prisa mis cortos años, y yo sigo una senda por la cual no volveré ya más. Mi espíritu se va extenuando; se acortan mis días, y sólo me resta el sepulcro. Yo no he delinquido, y con todo mis ojos no ven sino amarguras. Líbrame, oh Señor, y ponme a tu lado, y pelee contra mí la mano de quien quiera. Tú has alejado la sabiduría del corazón de éstos; por tanto no serán ensalzados. El uno promete ya los despojos de la victoria a sus compañeros; mas los ojos de sus hijos se consumirán. El me ha hecho la fábula del vulgo, y soy a sus ojos un escarmiento. Por el gran pesar he perdido la luz de mis ojos, y los miembros de mi cuerpo han quedado casi aniquilados. Se pasmarán los justos de esto que me pasa, y el inocente se irritará contra el hipócrita. Como quiera, el justo proseguirá su camino, y el que obra bien se fortalecerá más en el bien obrar. Por tanto, arrepentíos todos vosotros, y venid y veréis que no hallaré entre vosotros ninguno verdaderamente sabio. Mas, ¡ay!, se fueron mis días felices; se disiparon como humo todos mis designios, dejando en tormento mi corazón. Ellos han convertido para mí la noche en día; y después de las tinieblas espero ya de nuevo con ansia que venga la luz. Aun cuando yo sufra con paciencia, el sepulcro será luego mi casa, y tengo ya preparado mi lecho en las tinieblas. He dicho a la podredumbre: Tú eres mi padre; y a los gusanos: Vosotros sois mi madre y mi hermana. Según esto, ¿qué esperanza es la que me queda? ¿Y quién es el que toma en consideración mi paciencia? Todas mis cosas tendrán fin, y descenderán a lo más hondo del sepulcro; ¿crees tú que al menos allí tendré yo reposo? Entonces Baldad de Suhá, tomó la palabra y dijo: ¿Cuándo acabaréis, oh Job, de hablar vaciedades? Haceos cargo de lo que os decimos antes que respondáis, y después hablemos. Pero, ¿por qué nos tienes por bestias, y somos como basura a vuestros ojos? Oh tú que te quitas la vida por tu furor, ¿piensas que por ti quedará abandonada la tierra, y serán los peñascos trasladados de su sitio? ¿No es cierto que la luz o prosperidad del impío se ha de apagar? ¿Y que no dará resplandor la llama de su fuego? En su casa la luz se convertirá en tinieblas, y se apagará la lámpara que está colgada sobre él. Sus largos y briosos pasos quedarán cortados, y su mismo consejo le llevará al precipicio. Porque ha metido sus pies en la red, y anda enredado entre sus mallas. Su pie quedará cogido en el lazo, y el cazador arderá de sed por atraparle. Escondido está en el suelo el lazo, y armadas en las sendas las redes. De todas partes le aterrarán espantos y temores, y le embarazarán sus pies. Aunque robusto, caerá en debilidad por causa del hambre, y la falta de alimento descubrirá sus costillas. Acerbísima muerte devorará la belleza de sus carnes y consumirá la fuerza de sus brazos. Arrancado será de su habitación el objeto de sus esperanzas, y la muerte como soberana le pondrá el pie sobre la cerviz. Sus compañeros vendrán a morar en su habitación luego que muera, y será perfumada la casa con azufre. Por abajo se sacarán sus raíces, y por arriba serán cortadas sus ramas. Será borrada de la tierra su memoria, y no se hará honrosa mención de su nombre en las plazas. De la luz será arrojado a las tinieblas, y desterrado fuera del mundo. No quedará de él hijo ni nieto en su pueblo, ni rastro ninguno de sus reliquias en todo el país en que habitaba. En este su día terrible quedarán atónitos los que vendrán después, y horrorizados sus compañeros. Tal será la ruina de la casa del impío, y éste es el paradero de aquel que no conoce ni teme a Dios. Replicando Job a esto, dijo: ¿Hasta cuándo habéis de afligir mi alma, y molerme con esos discursos? Ya por la décima o milésima vez os empeñáis en confundirme, y no os avergonzáis de oprimirme. Demos enhorabuena que yo haya errado en mis respuestas; el yerro mío contra mí será. Pero vosotros os erguís contra mí, y me echáis en cara las humillaciones que padezco. Al menos entended de una vez, que Dios no me atribula, ni descarga sobre mí sus azotes, según la tela de juicio. Mas ¡ay! Si en la violencia de los dolores que padezco, clamo altamente, nadie me escucha; voceo y no hay quien me haga justicia. El Señor ha cerrado por todas partes la senda de dolor por la cual ando; y no hallo por dónde salir, pues ha cubierto de tinieblas el camino que llevo. Me despojó de mi gloria, y me quitó la corona de la cabeza. Me arruinó del todo, y así perezco, y como a un árbol arrancado de raíz, me ha privado de toda mi esperanza. Su furor está encendido contra mí, y me trata como a enemigo. Vinieron de tropel sus tropas de gastadores, y se abrieron un camino para pasar por encima de mí y hollarme, y sitiaron con cerco mi morada. A mis hermanos los alejó de mí; y los conocidos míos se retiraron de mí como si fuesen extraños. Los parientes me han abandonado, y los que me conocían se han olvidado de mí. Los que moraban en mi casa, y mis propias criadas me han tratado como a extraño, y he parecido a sus ojos como un hombre nunca visto. He llamado a mi siervo, y no me ha respondido por más plegarias que le hacía con mi propia boca. Mi mujer ha tenido asco de mi hálito, y he tenido que presentar súplicas a los hijos de mis entrañas. Aun los tontos me despreciaban, y a espaldas mías murmuraban de mí. Los que en otro tiempo eran mis consejeros, me abominaban; y el amigo a quien más amaba, ése me ha vuelto las espaldas. Mis huesos, consumidas ya las carnes, están pegados a mi piel, y sólo me han quedado los labios en torno de mis dientes. Compadeceos de mí, al menos vosotros que sois mis amigos, compadeceos de mí; ya que la mano del Señor me ha herido. ¿Por qué me perseguís vosotros como si estuvieseis en lugar de Dios, y os cebáis en mis carnes? ¡Oh! ¿Quién me diera que las palabras que voy a proferir se quedasen escritas? ¿Quién me diera que se imprimiesen en libro o tablilla, con punzón de hierro, y se esculpiesen en planchas de plomo, o con el cincel se grabasen en pedernal? Porque yo sé que vive mi redentor, y que yo he de resucitar del polvo de la tierra en el último día, y de nuevo he de ser revestido de esta piel mía, y en esta mi carne veré a mi Dios; a quien he de ver yo mismo en persona y no por medio de otro, y a quien contemplarán los mismos ojos míos. Esta es la esperanza que en mi pecho tengo depositada. Pues, ¿por qué decís ahora vosotros: Persigámosle, y agarrémonos de algún dicho principal suyo para acusarle y calumniarle? Huid del filo de la espada de Dios; porque hay una espada vengadora de las injusticias y calumnias; y tened entendido que hay un juicio. Tomó la palabra Sofar de Naamat, y dijo: Por eso me vienen unos tras otros varios pensamientos, y mi ánimo es arrebatado a diversas reflexiones. Escucharé por tanto la doctrina con que me arguyes; mas el espíritu que tengo de inteligencia, responderá por mí. Una cosa sé, y es que, desde el principio , desde que el hombre fue puesto sobre la tierra, la gloria de los impíos dura poco, y el gozo de los hipócritas no más que un momento. Aunque se remonte hasta el cielo su altivez, y su cabeza toque con las nubes, al fin será arrojado fuera como basura; y los que le habían visto, dirán: ¿Qué se hizo de él? Cual sueño que volando se desvanece, no aparecerá; pasará como una visión nocturna. Los ojos que lo vieron, no le verán más; ni el lugar donde moró lo reconocerá. Sus hijos andarán consumidos de miseria, y sus mismas manos o acciones inicuas le pagarán con el dolor merecido. Sus huesos estarán impregnados de los vicios de su mocedad; los cuales yacerán con él en el polvo del sepulcro. Pues cuando la maldad se haya hecho ya sabrosa a su paladar, la meterá debajo de su lengua, se saboreará en ella, y no la tragará, sino que la detendrá en su paladar. Mas este pan de iniquidad se convertirá dentro de su vientre en hiel venenosa de áspides. Vomitará las riquezas que hubo devorado, y se las arrancará Dios de su vientre. Chupará la cabeza o ponzoña de los áspides; y le quitará la vida una lengua de víbora. No verá, no, las corrientes de delicias, los ríos y torrentes de miel y de manteca. Pagará la pena de todo el mal que hizo, mas no por eso será consumido; a proporción de la cantidad de sus delitos serán sus tormentos. Por cuanto oprimió y desnudó a los pobres, y usurpó cosas que no había edificado. Su apetito fue insaciable; y cuando llegare a tener cuanto codiciaba, no podrá gozar de ello. Nada dejó de su comida para los pobres, y por lo mismo nada de sus bienes será permanente. Luego que se hubiere hartado, sentirá congojas, se abrasará, y se verá acometido de toda suerte de dolores. Acabe de llenar su vientre de viandas, que Dios descargará su furioso y terrible enojo, y lloverá sobre él sus venganzas. Huirá por un lado de las armas de hierro, y caerá por otro en las saetas del arco de bronce. La espada empuñada y desenvainada por Dios será vibrada contra él para que sienta las amarguras de la muerte; horribles espectros irán y vendrán contra él continuamente. Todo es tinieblas allá donde él se esconde; un fuego que no alumbra le abrasará; si quedare todavía en su casa, vivirá lleno de miserias. Los cielos descubrirán sus injusticias, y la tierra se levantará contra él. Quedarán abandonados los renuevos o retoños de su familia; serán arrancados de cuajo en el día de la ira de Dios. Tal es la suerte que al impío tiene Dios destinada, y tal la recompensa que recibirá por sus obras. Replicando a esto Job, dijo: Escuchad por vida vuestra mis palabras, y arrepentíos de vuestro error. Sufrid que yo también hable, y después, si os pareciere, burlaos de mis razones. ¿Por ventura mi causa o disputa es con algún hombre, para que no tenga yo razón de entristecerme? Miradme atentamente, y os pasmaréis, y pondréis el dedo sobre vuestra boca. Que aun yo mismo, cuando lo reflexiono, me asombro, y me tiemblan las carnes. ¿Cómo es que viven los impíos, y son ensalzados, y colmados de bienes? Ellos contemplan alrededor suyo su numerosa descendencia; se ven rodeados de una multitud de parientes y de nietos. Sus casas están seguras y en paz, y no descarga sobre ellos el azote de Dios. No son estériles sus vacas, ni abortan; paren, y no abortan sus crías. Sus chiquillos salen de sus casas como a manadas, y brincan alegres y juguetean. Tocan el pandero y la vihuela, y bailan al son de los instrumentos músicos. Pasan en delicia los días de su vida, y en un momento bajan al sepulcro. Estos son los que dijeron a Dios: Apártate de nosotros; que no queremos saber nada de tus mandamientos. ¿Quién es ese Omnipotente para que nos empleemos en su servicio? ¿Y qué provecho hemos de sacar de implorar su auxilio? Pero en medio de eso, los impíos no tienen la prosperidad en su mano; por tanto lejos de mí su modo de pensar. ¡Oh, cuán a menudo se apaga de un golpe la antorcha o prosperidad de los impíos, y viene sobre ellos un diluvio de males y Dios en el furor de su ira les reparte buena porción de dolores! Serán entonces como pajas expuestas al soplo del viento, y como pavesas que esparce un torbellino. Hará Dios padecer también a los hijos las penas del padre; y cuando Dios le diere su merecido entonces él caerá en la cuenta. Verá el impío con sus propios ojos su total ruina, y beberá el furor del Todopoderoso. Porque de otro modo, ¿qué ciudado le daría la suerte de su casa después de muerto, aun cuando fuese cortado por medio el número de sus meses o años? ¿Habrá quizás alguno que presuma enseñar a Dios, que es el que juzga y gobierna a los sabios y potentados? Uno muere robusto y sano, rico y feliz, teniendo sus entrañas cubiertas de grasa, y llenos sus huesos del jugo de los tuétanos. Otro, muere con el alma llena de amarguras y falto de toda suerte de bienes. Y sin embargo, ambos dormirán juntos en el polvo del sepulcro, y quedarán cubiertos de gusanos. Sin duda yo estoy penetrando vuestros pensamientos y los juicios temerarios que hacéis contra mí. Porque vosotros decís en vuestro interior: ¿Qué se hizo de la casa y familia de este Job que era antes un príncipe? ¿Y dónde están los pabellones de los impíos? Preguntad a cualquier viajero y hallaréis que piensa lo mismo que yo; y es que el impío está reservado para el día de la venganza, y será conducido al día de la ira del Señor. ¿Quién hasta entonces osará darle en cara con su mala conducta? ¿Y quién le dará el pago del mal que hizo? Mas al cabo será llevado al sepulcro, y quedará yerto e inmóvil entre montones de cadáveres. Se gozarán en poseerle las arenas del Cocito; y arrastrará tras de sí a todos los hombres, y tendrá delante otros infinitos que le precedieron. ¿Cómo, pues, me consoláis tan en vano, cuando está demostrado que vuestras razones son contrarias a la verdad? Aquí tomando la palabra Elifaz de Temán, dijo: Pues qué, ¿puede acaso el hombre compararse con Dios, aun cuando fuese una ciencia consumada? ¿Qué utilidad trae a Dios que tú seas justo? ¿O qué le das a él si tu proceder es sin tacha? ¿Será por algún temor que tenga él de ti el castigarte y el venir contigo a juicio? ¿Y no lo hace más bien por causa de tu grandísima malicia y de tus infinitas iniquidades? Pues tú sin razón quitaste o retuviste la prenda a tus hermanos, y a los desabrigados despojaste de sus únicos vestidos. Al sediento no le diste agua, y negaste pan al hambriento. Con la fuerza de tu brazo te pusiste en posesión de la tierra del vecino, y por ser más poderoso te alzaste con ella. A las viudas las despachabas con las manos vacías, y quebrantabas los brazos a los huérfanos. Por esto te hallas cercado de lazos; y conturbado de repentinos terrores. ¿Y pensabas tú que jamás caerías en las tinieblas de la calamidad, ni serías oprimido del torrente impetuoso de recias avenidas? ¿No es así que pensando tú que es Dios más alto que el cielo, y que sobrepuja la mayor elevación de las estrellas, dices para contigo: Qué puede saber Dios desde tan lejos? El juzga de nosotros como a oscuras; está escondido allá entre las nubes; y no hace alto en nuestras cosas, y anda paseándose de uno a otro polo del cielo. ¿Quieres tú acaso seguir aquel antiguo camino que siguieron los impíos? Los cuales fueron arrebatados por la muerte antes de tiempo, y a quienes una avenida impetuosa o diluvio asoló hasta los cimien-tos; que decían a Dios: Apártate de nosotros, y juzgaban del Todopoderoso como si nada pudiese; siendo así que él les había llenado sus casas de bienes. Lejos de mí el modo de pensar de estos blasfemos. Los justos los verán perecer, y se alegrarán de su ruina, y el inocente se burlará de ellos. ¿Por ventura no fue derribado por tierra su erguimiento, y no devoró el fuego de Dios todos sus restos? Sométete, pues, a Dios, y tendrás paz, y así recogerás los mejores frutos. Recibe de su boca la ley, y graba en tu corazón sus palabras. Si te convirtieres al Todopoderoso serás restablecido, y alejarás de tu morada la culpa. En vez de tierra te dará pedernal y arroyos que llevarán oro en lugar de piedras. El Todopoderoso te protegerá contra tus enemigos, y la plata entrará en tu casa a montones. Entonces, en brazos del Todopoderoso, abundarás en delicias, y lleno de confianza alzarás a Dios tu rostro. Le rogarás, y te oirá y cumplirás tus votos. Proyectarás una cosa, y la efectuarás, y en tus empresas te alumbrará siempre la luz divina. Porque quien se humilla será glorificado; y el que confuso no levanta sus ojos ése se salvará. Se salvará el inocente, y se salvará por la pureza de sus manos. Replicando a esto Job, dijo: Todavía mi lenguaje está lleno de amargura; y aún la mano o violencia de mi dolor sobrepuja mis gemidos. ¡Oh, quién me diera saber cómo encontrar a Dios, y poder llegar hasta su trono! Expondría ante él mi causa, y llenaría mi boca de amorosas reconvenciones, a fin de oír lo que me respondería, y entender sus razones. No quisiera que contendiese conmigo con todo el poder y rigor de su justicia, ni que me abrumase con la mole de su grandeza. Proponga y emplee contra mí su equidad, que entonces yo ganaré mi causa. Si voy hacia el oriente, no se deja ver; si hacia el poniente, tampoco lo hallaré; si me muevo al norte, nada adelanto. ¿Qué haré? No podré dar con él; si al mediodía, ni aún allí lo veré. El tiene conocidos mis pasos, y me ha acrisolado con trabajos, como se hace con el oro que pasa por el fuego. Mis pies han seguido sus huellas; he andado por sus caminos, sin desviarme nunca de ellos. He observado siempre los preceptos que han salido de sus labios, depositando en mi corazón las palabras de su boca. Mas él es el sólo que subsiste por sí; y nadie puede trastornar sus designios, y como Señor universal, cuanto le pareció, eso hizo. Cuando haya hecho de mí aquello que haya querido, aún tiene a mano otras muchas cosas semejantes. Y por esto no me estremezco en su presencia; y cuando pienso en él, me siento agitado de temor. Dios ha ablandado mi corazón, y lo ha hecho dócil; y el Todopoderoso me ha conturbado, pues no por las tinieblas o calamidades que tengo sobre mí, me doy por perdido; ni la densa niebla de males me ha tapado el rostro. Al Todopoderoso están presentes los tiempos, mas los hombres, aun los que le conocen y sirven, ignoran cuáles son sus días. Unos traspasaron los lindes, robaron ganados y los llevaron a apacentar. Se apoderaron del asno que tenían los huérfanos y a las viudas les sacaron en prenda el buey. Cortaron el camino a los pobres, y oprimieron de mancomún a los mansos y humildes del país. Otros, como asnos salvajes en el desierto, salen a su tarea de robar; vigilantes en busca de la presa, aprontan así de comer a sus hijos. Siegan el campo ajeno, y vendimian la viña del que han oprimido con violencia. Dejan desnudos a los hombres, quitando los vestidos aun a aquellos que no tienen otros con qué defenderse del frío; los cuales quedan bañados con la lluvia de los montes, y no teniendo con qué cubrirse se abrigan y guarecen en los huecos de las peñas. A viva fuerza saquearon a los huérfanos, y despojaron a la gente pobre. Arrebataron las espigas recogidas una por una a los desnudos que andan sin vestido y están hambrientos. Se pusieron a holgar entre los montones de los frutos de los infelices, que después de haber pisado las uvas en los lagares han de sufrir la sed. En las ciudades hicieron gemir a los vecinos, y la sangre de los inocentes que han sido muertos está clamando; y Dios no deja tales cosas sin castigo. Ellos fueron rebeldes a la luz de la razón; no conocieron los caminos de Dios, ni volvieron a entrar por sus senderos. Se levanta el homicida al rayar el alba; mata al menesteroso y al pobre; y por la noche se ocupa en robar. El ojo del adúltero está aguardando la oscuridad de la noche, diciendo: Nadie me verá; y se cubre para que no sea conocido su rostro. Fuerza en la noche las casas, según lo acordado por ambos entre día, y huyen de la luz. Si los sorprende la aurora, la miran como sombra de muerte; y así andan de noche tan agitados como de día. Es el impío más móvil e inconstante que la superficie del agua; maldita sea su heredad en la tierra; jamás ande él el camino de sus viñas, ni disfrute de ellas. Desde aguas de nieve pasará a calores excesivos ya que el pecado será su compañero hasta el infierno. Se olvidará de él la misericordia divina; serán los gusanos sus delicias; no quedará memoria de él, sino que será hecho astillas, como árbol infructuoso. Porque ha alimentado a la mujer estéril o mala, la cual no da hijos; y no socorrió a la viuda. Ha derrocado a los fuertes con su poder o prepotencia; mas aunque él ha quedado en pie, no dará por segura su vida. Dale Dios lugar de penitencia, y él abusa de esto para ser más soberbio; pero el Señor tiene fijos los ojos en sus descarriados pasos. Se ven los impíos elevados por un poco de tiempo; mas no subsistirán sino que serán abatidos y arrebatados como todos los otros; serán cortados como las cabezas de las espigas. Y si esto no es así como lo digo, ¿quién de vosotros podrá convencerme de haber mentido, o acusar ante Dios de falsas mis palabras? Entonces Baldad de Suhá habló a Job en estos términos: Poderoso y terrible es aquel que mantiene la concordia y armonía en sus altos cielos. ¿Por ventura puede contarse el número de su celestial milicia? Y ¿quién es el que no participa de su luz? ¿Cómo se puede justificar el hombre comparado con Dios, o aparecer limpio el nacido de mujer? Ni aun la misma luna tiene resplandor en su presencia, y las estrellas no están limpias a sus ojos; ¿cuánto menos el hombre que es todo podredumbre; el hijo del hombre que no es más que un gusano? A esto replicó Job, diciendo: ¿A quién quieres tú auxiliar? ¿Acaso a un débil? O ¿tal vez quieres sostener el brazo de quien no tiene bastante fuerza? ¿A quién das consejo tú? ¿Acaso al que no tiene sabiduría? ¿Quieres tú ostentar una grandísima prudencia? ¿A quién has querido tú enseñar? ¿No ha sido aquel que creó los espíritus? Mira cómo los gigantes gimen en los abismos debajo de las aguas, con los otros que están encerrados con ellos. El infierno está patente a sus ojos, y está encubierto a su vista el abismo de la perdición. El es quien extendió sobre vacío el septentrión y tiene suspendida la tierra en el aire. El es quien contiene las aguas en las nubes, para que no se precipiten de golpe hacia abajo; el que impide la vista de su trono y le cubre con las nieblas que forma; el que puso términos o lindes a las aguas del mar para mientras duren en el mundo la luz y las tinieblas. Las columnas del cielo se estremecen y tiemblan a una mirada suya. A la fuerza de su poder fueron reunidos en un instante los mares, y su sabiduría dominó al orgulloso mar. Su espíritu hermoseó los cielos; y con la virtud de su mano fue sacada a la luz la tortuosa culebra. Todo lo dicho hasta aquí es una pequeña parte de sus grandes obras; mas si esto que hemos oído es solamente una pequeñísima muestra de las infinitas cosas que pueden decirse de él, ¿quién podrá sostenerse firme al trueno de su grandeza? Prosiguió todavía Job su parábola, y dijo: Vive Dios, el cual parece que ha abandonado mi causa, y el Todopoderoso que ha sumergido mi alma en la aflicción, que mientras haya aliento en mí, y me conserve Dios la respiración, no han de pronunciar mis labios cosa injusta, ni saldrá de mi boca mentira. Lejos de mí teneros por justos; hasta que fallezca no desistiré de defender mi inocencia. No abandonaré la justificación que he comenzado a hacer de mi conducta; puesto que nada me remuerde mi conciencia en todo el discurso de mi vida. Sea tenido por un impío mi enemigo, y por un injusto mi adversario. Porque, ¿qué esperanza queda al hipócrita después de sus avarientas rapiñas, si Dios no salva su alma? ¿Es acaso que Dios ha de escuchar sus clamores, cuando le sobrevenga la tribulación? ¿O podrá hallar consuelo en el Todopoderoso, e invocar a Dios en todo tiempo? No, por cierto. Yo con el favor de Dios os enseñaré las disposiciones del Omnipotente; no os ocultaré nada. Bien veo que todos vosotros las sabéis; mas, ¿por qué gastáis el tiempo inútilmente en vanos discursos? Oíd cuál será la suerte que Dios destina al impío, y la herencia que los hombres violentos recibirán del Todopoderoso. Si se multiplicaren los hijos, caerán al filo de la espada, y sus nietos nunca se verán hartos de pan. Los que quedaren de su linaje serán sepultados luego de muertos, y no harán duelo las viudas. Aunque haya amontonado plata como la tierra, y preparado vestidos tan fácilmente como se hace el barro, él en efecto los tendrá de prevención, mas el que se vestirá de ellos será el justo, y el inocente disfrutará y distribuirá la plata. Edificó su casa como hace la polilla, y como la cabaña que suele formar él guarda. Muriendo el rico nada llevará consigo; abrirá los ojos de su alma, y se hallará sin nada. Le sorprenderá alguna avenida de miserias; quedará oprimido por la tempestad nocturna. Un viento abrasador lo arrebatará y arrancará de cuajo; y a manera de huracán lo llevará lejos de su sitio. Y Dios descargará su ira sobre él, y no le perdonará; tentará mil remedios para escaparse de sus manos. Quien se pusiera a mirar el sitio en que el impío estaba, dará palmadas sobre su suerte, y le silbará. La plata tiene sus veneros o vetas en las minas, y el oro tiene lugar donde se forma. El hierro se saca de la tierra, y la piedra mineral derretida con el fuego se convierte en cobre. El llega a determinar lo que han de durar las tinieblas, e indaga el fin de todas las cosas, y también la piedra metida en la oscuridad y sombras de su muerte. Un torrente separa de los viajeros estas piedras, y no se acerca a ellas el pie del pobre, estando como están en lugares inaccesibles. Una tierra en cuyo suelo nacía el pan, está desolada por el fuego. Hay un lugar en que casi todas las piedras son zafiros, y sus terrones están llenos de oro. Su senda no la conoció ave ninguna, ni vista de buitre llegó a discernirla. No la pisaron hijos de negociantes, ni pasó por ella leona. El extendió su mano contra la peña viva, y trastornó de raíz los montes. Socavando peñascos ha sacado ríos, y sus ojos descubrieron todo lo precioso que había. Hubo también quien registró los fondos de los ríos y sacó a luz lo precioso que estaba allí escondido. Mas ¿en dónde se halla la sabiduría? ¿Y cuál es el lugar en que reside la inteligencia? El hombre no conoce su valor, ni ella se halla en la tierra de los que viven en delicias. El abismo de la tierra dice: No está dentro de mí; y el mar afirma: Ni conmigo. No se compra con oro finísimo, ni se cambia a peso de plata. No pueden compararse con ella los coloridos más ricos de la India, ni el ágata más preciosa, ni el zafiro. No se le igualará ni el oro, ni el cristal de roca; ni será cambiada por vasos de oro puro. Las cosas más excelsas y apreciadas no son dignas de mentarse en su cotejo; pero la sabiduría trae su origen de partes muy recónditas. No tendrán comparación con ella el tan estimado topacio de Etiopía, ni los más brillantes coloridos. ¿Pues de dónde viene la sabiduría?, y ¿cuál es la morada de la inteligencia? Escondida está a la vista de todos los vivientes de la tierra, y también se oculta a las aves del cielo. La perdición y la muerte dijeron: A nuestros oídos llegó la fama de ella. El camino para hallarla, Dios le sabe, y él es quien tiene conocida su morada. Porque su vista alcanza a los extremos del mundo, y están patentes a sus ojos cuantas cosas hay debajo del cielo. El es quién arregló el peso o fuerza de los vientos, y pesó las aguas distribuyéndolas con medida. Cuando prescribía leyes a las lluvias, y señalaba camino a las fulminantes tempestades, entonces la contempló Dios, y la manifestó, y la estableció, y descubrió sus arcanos. Y dijo al hombre: Mira, la verdadera sabiduría consiste en temer al Señor y honrarle, y la inteligencia en apartarse de lo malo. Añadió también Job, continuando su parábola, y dijo: ¡Quién me diera volver a ser como en los tiempos pasados, como en aquellos días venturosos en que Dios me tenía bajo su custodia y amparo! Entonces su antorcha resplandecía sobre mi cabeza, y guiado por esta luz caminaba yo seguro entre las tinieblas; como fui en los días de mi mocedad, cuando Dios moraba secretamente en mi casa; cuando el Todopoderoso estaba conmigo, y alrededor de mí toda mi familia; cuando lavaba, por decirlo así, mis pies con la nata de la leche, y hasta las peñas me brotaban arroyos de aceite; cuando salía a las puertas de la ciudad, y allí en la plaza me disponían un asiento distinguido. Y viéndome los jóvenes se retiraban, y los ancianos se lavantaban y mantenían en pie. Los magnates no hablaban más y cerraban sus labios con el dedo. Quedaban sin hablar los capitanes, y con la lengua pegada al paladar. Bienaventurado me llamaba todo el que oía mis palabras; y decía bien de mí cualquiera que me miraba; pues yo había librado al pobre que gritaba por socorro; y al huérfano que no tenía defensor. Me llenaba de bendiciones el que hubiera perecido sin mi auxilio; y yo confortaba el corazón de la viuda desolada. Porque siempre me revestí de justicia y mi equidad me ha servido como de regio manto y diadema. Era yo ojos para el ciego y pies para el cojo. Era el padre de los pobres; y me informaba con la mayor diligencia de los pleitos de los desválidos, de que no estaba enterado. Quebrantaba las quijadas a los malvados, y les sacaba la presa de entre sus dientes. Con este tenor de vida decía yo: Moriré en paz en mi nido; y como la palma multiplicaré mis días. Está mi raíz extendida junto a la corriente de las aguas, y el rocío descansará sobre mis ramos. Se irá siempre renovando mi gloria, y mi arco, o el poder mío, será de cada día más fuerte en mis manos. Los que me escuchaban estaban aguardando mi parecer, y atendían silenciosos mi consejo. Ni una palabra se atrevían a añadir a las mías; y como rocío, así caían sobre ellos mis discursos. Me aguardaban como a la lluvia los campos, y abrían su boca como hace la tierra seca a las aguas tardías o del otoño. Si alguna vez me les mostraba risueño, de gozosos apenas lo creían; pero no quedaba sin fruto la alegría de mi semblante. Si quería ir a sus reuniones, me sentaba en el primer lugar; y estando sentado como un rey rodeado de sus guardias, no por eso dejaba de ser el consolador de los afligidos. Mas ahora hacen burla de mí unos mozalbetes, a cuyos padres me hubiera desdeñado de ponerlos con los mastines de mis rebaños; cuya fuerza y trabajo de sus manos estimaba yo en nada, y eran considerados por indignos aun de la misma vida; muertos de necesidad y de hambre, que andaban buscando por el desierto, algo que poder roer; traspillados de pura calamidad y miseria; y comían hierbas y cortezas de árboles y se sustentaban con raíces de enebro. Semejantes cosas iban buscando por los valles, y hallando alguna corrían a cogerla con algazara. Habitaban en los barrancos de los torrentes, y en las cavernas de la tierra, y entre las breñas. En tales cosas hallaban su alegría, y tenían por delicia el vivir al abrigo de las zarzas. Hijos de gente insensata y grosera, y que no se atreven a aparecer en el mundo. Pues yo he venido a ser ahora el asunto de sus cantares, y el objeto de sus escarnios. Abominan de mí; al verme se apartan lejos, y no reparan en escupirme en la cara. Porque abrió Dios su aljaba, y me hirió, y puso el freno en mi boca. En la flor de mi prosperidad se levantó luego contra mí un tropel de calamidades, que me derribaron por tierra, y echándoseme encima, como una inundación me han oprimido. Me han cortado todos los caminos, y armándome asechanzas han prevalecido contra mí; sin que haya habido quien me ayudase. Como sitiadores furiosos, roto el muro, y forzada la puerta; así se han arrojado sobre mí, y cebado en mis miserias. He quedado reducido a la nada; tú, oh Dios mío, has arrebatado como viento o torbellino, todo lo que yo más amaba, y mi prosperidad ha pasado como una nube. Y ahora está mi alma derritiéndose de congoja dentro de sí misma, viendo que los desastres se han apoderado de mí. Durante la noche taladran mis huesos los dolores, y los gusanos que me roen, no duermen ni descansan. Es tanta la muchedumbre de éstos, que van consumiendo hasta mi vestido; y me ciñen y rodean, como al cuello el cabezón de la túnica. Soy tratado como lodo, y asemejado al polvo y a la ceniza. Clamo a ti, oh Dios mío, y tú no me oyes; estoy en tu presencia, y ni siquiera me miras. Te portas conmigo como si fueras cruel; y me tratas con mano tan pesada como si fueses mi enemigo. Me ensalzaste, y como que me pusiste sobre el aire para estrellarme más reciamente. Bien sé que me has de entregar en poder de la muerte, la cual es el paradero de todos los vivientes. Verdad es que tú no extiendes tu mano para consumirlos enteramente; pues cuando estuvieren derribados, tú mismo los salvarás. Yo en otro tiempo lloraba con el que se hallaba atribulado, y mi alma se compadecía del pobre. Esperaba por eso bienes, y me han sobrevenido males; aguardaba luz, y he quedado cubierto de tinieblas. Se están abrasando mis entrañas sin dejarme reposo alguno; me han sorprendido los días de angustia. Ando melancólico, pero sin enfurecerme; me levanto a veces, y doy gritos en medio de la gente. Soy como hermano de los dragones, y compañero de los avestruces. Mi piel se ha vuelto negra, y mis huesos se han secado, a causa del ardor excesivo que padezco. Mi cítara se ha convertido en llanto, y en voces lúgubres mis instrumentos músicos. Desde joven hice pacto con mis ojos de no mirar, ni siquiera pensar con mal fin en una virgen. Porque de otra suerte, ¿qué comunicación tendría conmigo desde arriba Dios, ni qué parte me daría el Todopoderoso de su celestial herencia? Pues qué, ¿acaso no está establecida la perdición para los malvados, y el desheredamiento para los que cometen el pecado? ¿No es así que está el Señor observando mis caminos, y contando todos mis pasos? Si creéis que he seguido el camino de la vanidad, y que han corrido mis pies a urdir fraudes contra el prójimo, péseme Dios en su justa balanza; y él dará a conocer mi sencillez. Si desvié mis pasos del camino recto, y si mi corazón se fue tras de mis ojos, y se apegó alguna mancha a mis manos, siembre yo, y cómase otro el fruto y sea desarraigado mi linaje. Si mi corazón se dejó seducir del amor de mujer, y si anduve acechando a la puerta de mi amigo, sea mi mujer manceba de otro, y sirva a otros de prostituta. Porque es el adulterio un crimen enorme, y una iniquidad e injusticia horrenda. Es un fuego que consume hasta el exterminio, y que desarraiga todos los retoños. Si me desdeñé de entrar en juicio con mi siervo y con mi sierva, cuanto tenían que pedirme alguna cosa en justicia, ¿qué será de mí cuando Dios haya de venir a juzgar? ¿Y qué podré responderle cuando me pregunte? ¿Acaso el que me creó a mí en las entrañas de mi madre, no es el mismo Dios que le ha creado a él? ¿No fue él el que nos formó a ambos en el seno materno? Si negué a los hombres lo que pedían; si burlé jamás la esperanza de la viuda; si comí solo mi bocado, y no comió también de él el huérfano (pues desde la infancia creció conmigo la misericordia, habiendo salido conmigo del vientre de mi madre); si no hice caso del que iba a perecer de frío por no tener ropa, ni del pobre que estaba desnudo; si no me llenaron de bendiciones los miembros de su cuerpo, al verse abrigados con la lana de mis ovejas; si alcé mi mano contra el huérfano, aun viéndome superior en el tribunal, despréndase mi hombro de su coyuntura, y quiébrese mi brazo con todos sus huesos. Porque yo siempre temí a Dios, considerando su enojo como olas hinchadas contra mí, y nunca puede soportar el peso de su majestad. Si yo creí que consistiese en el oro mi poder, y si dije al oro más acendrado: En ti pongo mi confianza; si puse mi consuelo en mis grandes riquezas, y en los muchos bienes que adquirieron mis manos; si mirando al sol cuando brillante nacía, o la luna en su mayor claridad, se regocijó interiormente mi corazón, y apliqué mi mano a la boca, lo cual es un delito grandísimo, y un renegar del altísimo Dios; si me holgué de la ruina del que me aborrecía, y celebré con aplauso el mal que le vino, castígueme Dios. Mas no fue así; porque no permití que mi lengua pecase, demandando con maldiciones su muerte. ¿Y las gentes de mi casa, no llegaron a prorrumpir: Quién nos diera que pudiésemos saciarnos de sus carnes? Jamás el peregrino se quedó al descubierto; siempre estuvo mi puerta abierta al pasajero. Si, como suelen hacer los hombres, encubrí mi pecado, y oculté en mi pecho mi maldad; si me intimidó el mucho gentío, o me atemorizó el desprecio de los parientes, y no más bien callé y sufrí, y me estuve quieto en mi casa, sea yo castigado de Dios. ¡Oh, quién me diera uno que desapasionadamente me oyese y que el Todopoderoso otorgase mi petición, y escribiese el proceso el mismo que juzga, para que yo pudiese llevarla sobre mis hombros, y ceñírmela como una diadema! A cada paso mío le iría recitando y se le presentaría a Dios como a mi príncipe. Finalmente, si la tierra que poseo clama contra mí, y los surcos se lamentan con ella; si he comido sus frutos sin pagar el precio, y he apremiado las personas de los cultivadores, me nazcan abrojos en vez de trigo, y espinas en lugar de cebada. En fin, aquellos tres hombres cesaron de responder a Job, viéndolo tan resuelto a tenerse por justo. Entonces Eliú, hijo de Baraquel, buzita, del linaje de Ram, montó en cólera, y se llenó de indignación, se irritó contra Job, porque afirmaba que él era justo aun a los ojos de Dios. Se indignó también contra sus tres amigos, porque no habían discurrido refutación razonable, contentándose solamente de haber condenado a Job. Eliú, pues, estuvo aguardando a que Job acabase de hablar, atento que eran de más edad los que habían hablado antes. Pero viendo que los tres no podían replicar a Job, se indignó sobremanera. Y así, tomando la palabra Eliú, hijo de Baraquel, buzita, dijo: Yo soy el más mozo; todos vosotros sois de mayor edad que yo; por este motivo he bajado mi cabeza, sin atreverme a proponer mi dictamen. Porque yo esperaba que la edad más madura hubiera hablado sólidamente, y que los muchos años enseñarían sabiduría. Mas según veo, hay en todos los hombres un alma, y la inspiración del Todopoderoso es la que da la inteligencia. No es lo mismo ser viejo que sabio, ni el tener mucha edad hace tener buen juicio. Por tanto yo voy a hablar; escuchadme, que también os mostraré lo que yo alcanzo. Puesto que he dado lugar a vuestros discursos y he escuchado atento vuestras razones, mientras ha durado la disputa; y en tanto que creí que podríais decir algo, estaba atento. Mas a lo que veo, no hay entre vosotros quien pueda convencer a Job, ni responder a sus razones. Y no tenéis que replicarme, diciendo: Nosotros hemos hallado la razón de sabiduría para convencerle; y es que Dios es quien lo ha desechado, no algún hombre. Ninguna palabra me ha dicho él a mí; pero yo no pienso responderle al tenor de vuestros discursos. He aquí tres hombres que se han acobardado, y no saben ya qué replicar, y han quedado como mudos. Supuesto, pues, que yo he estado esperando a que hablasen, y no lo han hecho, y que se han parado y no añaden nada más, entraré yo también a hablar por mi parte y mostraré mi saber; pues estoy lleno de palabras, y no caben ya en mi pecho; al modo que el vino, cuando no tiene por dónde respirar, rompe aún las vasijas nuevas, así sucede en mi seno. Hablaré, pues, a fin de respirar algún tanto; abriré mis labios, y responderé. No haré axcepción de persona, ni igualaré un hombre a Dios: porque no sé yo cuánto tiempo existiré aún, ni si dentro de poco me llevará mi Creador. Oye, pues, oh Job, mis palabras, y está atento a todas mis palabras. He aquí que abro mi boca; formará la lengua palabras en mi garganta. Mis discursos saldrán de un corazón sencillo, y mis labios proferirán sentimientos de verdad. El espíritu de Dios me creó, y el soplo del Omnipotente me dio la vida. Respóndeme, pues, si puedes; y opón tus razones a las mías. Bien sabes que Dios me creó a mí así como a ti, y que fui yo formado del mismo barro que tú; y así que no verás en mí cosa maravillosa que te espante; ni te será molesta mi elocuen-cia. Ahora bien, tú has dicho oyéndolo yo, y yo mismo percibí estas palabras tuyas: Yo soy limpio, y sin culpa; inocente, y no hay en mí iniquidad. Pero porque ha hallado pretexto contra mí, por eso me ha mirado como a enemigo suyo. Ha puesto mis pies en un cepo, y estuvo observando todos mis pasos. En esto, oh Job, no te has mostrado justo; yo te responderé que Dios es mayor que el hombre. ¿Y quieres tú entrar en contienda con él, porque no ha respondido a todas tus palabras? Dios habla una vez, y no vuelve a repetir una misma cosa. Entre sueños, con visiones nocturnas, cuando los hombres rendidos del sueño están descansando en sus camas, entonces les abre Dios los oídos, y los instruye y corrige, para retraer a cada uno del mal que hace, y librarle de la soberbia, salvando su alma de la corrupción y su vida del filo de la espada. Asimismo le corrige con dolores en el lecho, y hace que se le sequen todos sus huesos. En tal estado le causa horror el mismo pan o alimento, y el manjar antes sabroso a su apetito. Se va consumiendo su carne; y los huesos, antes bien cubiertos, aparecen desnudos. Está él para expirar, y desahuciada su vida. Si entonces algún ángel escogido entre millares instruye a este hombre, y le hace conocer sus obligaciones, Dios se apiadará de él y dirá: Líbralo, para que no descienda a la corrupción del sepulcro; he hallado motivo para perdonarle. Su carne ha sido consumida con las penas; que vuelva como estaba en los días de su mocedad. Implorará el hombre la misericordia de Dios; el cual se aplacará, y le mirará con su rostro alegre, y le restituirá su justicia. El, vuelto a los demás hombres, dirá: Pequé, y verdaderamente fui prevaricador, y no fui castigado según merecía. Con eso salvó su alma de caer en la muerte, y vivirá, y gozará de la luz. Así es que Dios obra todas estas cosas tres y más veces con cada uno, para retirar sus almas de la corrupción del pecado, y alumbrarlas con la luz de los vivientes. Atiende, oh Job, y escúchame, y calla mientras yo hablo; que si tienes algo que replicar, propónmelo, dilo libremente; pues yo deseo que aparezcas justo. Mas si nada tienes que responder, escúchame, guarda silencio, y aprenderás de mí la sabiduría. Continuando Eliú su discurso, añadió lo siguiente: Oíd, oh sabios, mis palabras; y vosotros, prudentes, prestadme atención; puesto que el oído atento juzga de los razonamientos, como el paladar discierne por el gusto los manjares. Examinemos bien entre nosotros el punto, y veamos de común acuerdo lo que sea más verdadero y acertado. Es así que Job ha dicho: Yo soy justo, y Dios ha abandonado mi causa, pues hay error en el juicio que de mí se ha hecho; violenta es la saeta que tengo atravesada, sin que haya en mí pecado alguno. Así ha hablado. ¿Qué hombre hay, pues, semejante a Job que insulta, como quien bebe un vaso de agua; que se asocia con los que obran la iniquidad, y sigue las sendas de los impíos? Pues ha dicho: No será el hombre grato a Dios, por más que corra por los caminos del Señor. Por tanto vosotros que sois varones cuerdos estadme atentos: Lejos de Dios toda impiedad, y del Todopoderoso toda injusticia. Porque él ha de dar a las obras del hombre su pago merecido; y los ha de remunerar según la conducta de cada uno; siendo como es verdad que Dios no condena sin razón, ni el Omnipotente trastorna jamás la justicia. ¿Ha cedido él a algún otro sus veces sobre la tierra? ¿O a quién ha encargado gobernar el mundo que fabricó? Si con su corazón airado se pusiese él a mirarle, se atraería otra vez a sí el espíritu y el aliento que le dio. Toda carne perecería de un golpe, y el hombre se tornaría en polvo. Ahora bien, si tú tienes entendimiento, atiende a lo que se dice, y escucha mis palabras. ¿Por ventura puede ser capaz de curación el que no ama la justicia? Pues cómo tú condenas tanto a aquel Señor que es el justo por esencia? A aquel que condena y castiga como prevaricadores a los mismos reyes, y como impíos a los grandes; que no repara en que sean príncipes ni hace caso de que sean tiranos o poderosos, cuando pleitean contra el pobre; porque todos igualmente son hechura de sus manos. Morirán de repente, y los pueblos a medianoche se alborotarán y andarán de una parte a otra, y acabarán sin el menor esfuerzo con los tiranos. Porque los ojos de Dios observan los caminos de los hombres, y tiene él contados todos sus pasos. No hay tinieblas, no hay sombras de muerte, que basten para ocultar a los que obran la iniquidad. Pues no está en poder del hombre dejar de comparecer a juicio ante Dios. El cual quitará de en medio a una multitud innumerable, y sustituirá otros en su lugar; porque conoce bien sus fechorías; y por tanto prepara la noche en que serán aniquilados. Los castigó como a impíos, a la vista de todo el mundo. Porque, como de propósito, se alejaron de él; y no quisieron saber nada de todas sus disposiciones; de suerte que hicieron subir hasta él los clamores de los miserables y el grito de los pobres. Porque al que él concede la paz, o le perdona, ¿quién lo condenará? Y ¿quién amparará al que él abandona, ya sea nación, o bien un particular? El es el que permite que entre a reinar un hipócrita o tirano, por causa de los pecados del pueblo. Ahora, pues, ya que he hablado de Dios y en su defensa, no estorbaré que hables tú también lo que quieras. Si he errado, enséñame el error; si me pruebas que he hablado la iniquidad, no diré nada más. ¿Acaso te ha de pedir Dios a ti cuenta de mi discurso, que tanto te desagrada e inquieta? El hecho es que tú comenzaste a discurrir, y no yo; mas si sabes tú alguna cosa mejor, habla. Pero yo quisiera escuchar a hombres de entendimiento, y hablar con gente sabia. Porque Job ha hablado neciamente, y sus palabras no suenan buena doctrina. Por lo mismo, oh Padre mío, sea Job atribulado hasta el fin; no dejes en paz a ese mal hombre. Porque él añade a sus demás pecados la blasfemia; nosotros entretanto le estrecharemos, y entonces apele en sus discursos al juicio de Dios. Prosiguiendo Eliú su razonamiento, dijo: ¿Te parece a ti puesto en razón el pensamiento aquel que proferiste, diciendo: Más justo soy yo que Dios? Porque tú dijiste a Dios: No te agrada aquello que es recto o bueno; ¿o qué se te da de que yo peque? Por tanto voy a responder a tus razones, y a tus amigos contigo. Levanta esos ojos al cielo, y mira y contempla la región etérea, cuánto más elevada está que tú. Si pecares, ¿qué daño le harás? Y si multiplicares tus delitos, ¿qué habrás hecho contra él? Si obrares bien, ¿qué es lo que le das, o qué recibe él de tu mano? A un hombre semejante a ti es a quien dañará tu impiedad, y al hijo del hombre le será provechosa tu justicia. Clamaron los oprimidos por causa de la muchedumbre de los calumniadores, y se lamentaron por la violenta dominación de los tiranos. Mas ninguno de ellos dijo: ¿Dónde está el Dios que me creó, el cual inspira cánticos de alegría en medio de la noche de la tribulación; que nos ilustra más que a los animales de la tierra, y nos da mayor inteligencia que a las aves del cielo? Allí será el gritar por causa de la soberbia o prepotencia de los malos; mas él no los escuchará. Con todo, no en vano lo oirá Dios, y el Omnipotente considerará las causas de cada uno. Aun cuando hayas dicho: No atiende Dios, examínate a ti mismo en presencia suya, y espera en su misericordia. Porque no es ahora en esta vida cuando descarga su furor, ni castiga con rigor los delitos. Luego en vano ha abierto Job su boca, y ha amontonado palabras propias de un ignorante. Continuó Eliú hablando, y dijo: Aguántame todavía un poco, y me explicaré contigo; porque tengo aún que hablar en defensa de Dios. Sacaré mi conclusión de sus principios, probando que mi Creador es justo, supuesto que mis palabras son ajenas de toda falsedad, y que te haré ver que mi doctrina es sólida. Dios no desecha a los poderosos, siendo también él mismo, como es, poderoso; mas no salva a los impíos, y hace siempre justicia a los pobres. No apartará nunca su vista del justo; él es quien coloca sobre firme trono a los reyes, y por él son ensalzados. Que si se vieren encadenados y aprisionados con cordeles de pobreza, les reconvendrá con sus obras y maldades, pues ejecutaron violencias. Así mismo les abrirá los oídos, para corregirlos con fruto, y los amonestará para que se arrepientan de su iniquidad. Si obedecieren y fueren dóciles, acabarán sus días felizmente, y sus años con gloria; mas si no escuchasen, serán pasados a cuchillo, y perecerán en su necedad. Los hipócritas y de corazón doble provocan la ira de Dios, y no reclamarán a él sinceramente cuando se vean aprisionados. Morirán de muerte violenta, y acabarán su vida entre hombres afeminados y sodomíticos. Al contrario al pobre le libertará Dios de su angustia, y en la tribulación le hablará al oído. Así que, oh Job, te salvará del abismo estrecho e insondable de miserias; y volverás a sentarte en tu opípara mesa. Tu causa está juzgada ya como causa de un impío; has de recibir la ejecución de la sentencia. No te dejes vencer más de la cólera, para oprimir a nadie, ni en adelante te doblen los muchos dones. Depón tu orgullo sin que sea necesaria la tribulación, y reprime a todos los que se hacen fuertes por la prepotencia. No alargues la noche; a fin de que los pueblos puedan acudir a ti para sus negocios. Guárdate de declinar hacia la iniquidad; pues has comenzado a seguir esa mala vida después de la miseria en que te ves. Mira que Dios es soberano en su fortaleza, y ninguno de los legisladores es semejante a él. ¿Quién podrá rastrear sus caminos? O ¿quién puede decirle: Has hecho una injusticia? Reflexiona que tú no llegas a comprender la obra suya que fue celebrada en sus cánticos por los varones más insignes. Todos los hombres lo ven en sus criaturas, cada cual le contempla como desde lejos. ¡Oh, y cuán grande es Dios, y cuánto sobrepuja a nuestra ciencia! Incontable es el número de sus años. El atrae las gotitas de agua, derramando después las lluvias, a manera de torrentes, que se desgajan de las nubes, de que está cubierta toda la región de arriba. Cuando él quiere extiende las nubes a manera de pabellón, y relampaguea con sus rayos desde lo alto, oscureciendo todo de mar a mar. Como que por estos medios castiga y ejerce sus juicios sobre los pueblos, y provee de alimento al gran número de los mortales. El esconde la luz como en sus manos, y después manda que salga de nuevo. A quien él ama, le declara cómo esta luz es posesión suya, y que puede subir a ella y poseerla. Por esto se estremeció mi corazón, y como que saltó de su lugar. Escuchad atentamente su voz terrible cuando truena, y el sonido espantoso que sale de su boca. El está observando todo cuanto hay debajo del cielo, y su luz penetra y resplandece por todos los términos de la tierra. Detrás del relámpago seguirá un estruendo como de un rugido espantoso, y tronará con la voz de su majestad, y oída que sea no podrá comprenderse lo que es. Retumbará maravillosamente el sonido de la voz de Dios; de Dios que hace cosas grandes e inescrutables. El manda a la nieve que descienda sobre la tierra, y hace caer las lluvias abundantes del invierno, y los aguaceros del verano; él pone como un sello en las manos de todos los hombres, a fin de que reconozcan todos que sus obras penden de lo alto. La fiera se mete en su cueva, y estará queda en su guarida. Levántese la tempestad de los recónditos lugares, y el frío viene del septentrión. Al soplo de Dios se forma el hielo, y se derraman nuevamente las aguas por todas partes. Apetecen los trigos el agua de las nubes; y las nubes al darla esparcen sus brillos o relámpagos. Van las nubes girando por todas partes, doquiera que las guía la voluntad del que las gobierna, prontas a ejecutar sus órdenes en toda la tierra; ya en una tribu extranjera, ya en tierra suya, ya sea en cualquier lugar que su misericordia disponga que se hallen. Escucha, oh Job, estas cosas; párate a reflexionar las maravillas de Dios. ¿Sabes tú por ventura cuándo ha mandado Dios a las lluvias que hiciesen aparecer la luz en sus nubes? ¿Has tú averiguado los varios caminos de esas nubes, y aquella grande y perfecta ciencia del que las gobierna? ¿No es así que se ponen calientes tus vestidos cuando sopla el mediodía sobre la tierra? ¿Acaso tú fabricaste junto con él los cielos, que son tan sólidos y estables como si fueran vaciados de bronce? Si es así, enséñanos qué es lo que le hemos de responder a quien nos pregunte, ya que nosotros estamos envueltos en tinieblas. ¿Quién podrá darle razón de lo que yo digo? Por más que el hombre razone, quedará como abismado. Ahora no ven los hombres la luz porque el aire se condensa repentinamente en nubes; mas un viento que atraviese, las ahuyentará y disipará. Del septentrión viene el oro. Démosle, pues, a Dios respetuosa alabanza. Nosotros no somos dignos de alcanzarle. El es grande en su poder y en sus juicios, y en su justicia, y verdaderamente inefable. Por tanto los hombres le temerán y respetarán, y ninguno de los que se precian de sabios se atreverá a contemplarle con curiosidad. Entonces el Señor desde un torbellino habló a Job, diciendo: ¿Quién es ése que envuelve u oscurece preciosas sentencias con palabras de ignorante? Ciñe, pues, ahora tus lomos, prepárate como varón que entra a pelear; yo te interrogaré, y tú respóndeme. Dime, ¿dónde estabas cuando yo echaba los cimientos de la tierra? Dímelo, ya que tanto sabes. ¿Sabes tú quién tiró sus medidas? ¿O quién extendió sobre ella la primera cuerda? ¿Qué apoyo, di, tienen sus basas? ¿O quién asentó su piedra angular cuando me alababan los nacientes astros, y prorrumpían en voces de júbilo todos los ángeles o hijos de Dios? ¿Quién puso diques al mar, cuando se derramaba por fuera como quien sale del seno de su madre; cuando lo cubría yo de nubes como de un vestido y le envolvía entre tinieblas como a un niño entre los pañales? Lo encerré dentro de los límites fijados por mí, y le puse cerrojos y compuertas, y dije: Hasta aquí llegarás, y no pasarás más adelante; y aquí quebrantarás tus hinchadas olas. ¿Acaso después que estás en el mundo diste leyes a la luz de la mañana, y señalaste a la aurora el punto por donde debe salir? ¿Has cogido con tus manos toda la tierra, y sacudídola, a fin de limpiar y expeler de ella a los impíos? Volverá a ser lodo o polvo el sello, y durará como un vestido que está consumiéndose. Se le quitará a los impíos su esplendor, y será aniquilado su poder excelso. ¿Has entrado tú en las honduras del mar, y te has paseado por lo más profundo del abismo? ¿Se te han abierto acaso las puertas de la muerte, y has visto aquellas entradas tenebrosas? ¿Has averiguado la anchura de la tierra? Dime, si todo lo sabes, ¿en qué parte reside la luz; y cuál es el lugar o depósito de las tinieblas, a fin de que puedas tú conducir a ambas cosas a sus propios lugares, como quien está enterado del camino que lleva a sus habitaciones? ¿Sabías tú entonces que hubieses de nacer, y estabas instruido del número de tus días? ¿Por ventura has entrado en los depósitos de la nieve, y has visto los otros donde está amontonado el granizo, los cuales tengo yo prevenidos para usar de ellos contra el enemigo en el día del combate y del conflicto? Explícame; ¿Por qué camino se propaga la luz, y cómo se reparte el calor sobre la tierra? ¿Quién señaló la carrera a un aguacero impetuosísimo, y el camino al sonoro trueno, para llover sobre una tierra desierta, donde no hay hombre ninguno, donde no habita ningún mortal, fecundándola, aunque inhabitable y desolada, para que produzca la verde hierba? ¿Quién es el padre de la lluvia? ¿O quién engendró las gotas del rocío? ¿De qué seno salió el hielo? ¿Y quién produce la helada o escarcha que cae del aire? Las aguas se endurecen como piedras, y la superficie del mar se congela. ¿Podrás tú por ventura atar o detener las brillantes estrellas de las Pléyades? ¿O desconcertar el giro del Orión? ¿Eres tú acaso el que hace aparecer a su tiempo el lucero de la mañana, o resplandecer el de la tarde sobre los habitantes de la tierra? ¿Entiendes tú el orden o movimientos de los cielos, y podrás dar la razón de su influjo sobre la tierra? ¿Alzarás por ventura tu voz a las nubes, para mandarles que se deshagan en lluvias abundantes? ¿Despacharás rayos, y éstos marcharán, y te dirán a la vuelta: Aquí estamos a tu mandar? ¿Quién puso en el corazón del hombre la sabiduría? ¿O quién dio al gallo el instinto? ¿Quién podrá explicar la disposición de los cielos, o hacer cesar sus armoniosos movimientos? ¿Dónde estabas cuando se formó en masa el polvo de la tierra, y se endurecieron sus terrones? ¿Andarás tú por ventura a coger caza para la leona, y saciarás el hambre de sus cachorros, cuando están echados en sus cuevas, y acechando desde sus cavernas? ¿Quién prepara al cuervo su alimento, cuando sus pollitos levantan sus graznidos hacia Dios, yendo de un lado a otro del nido, por no tener nada que comer? ¿Por ventura, oh Job, tienes noticias del tiempo en que las cabras monteses dan a luz entre las breñas, o has observado las ciervas al tiempo de su parto? ¿Tienes contados los meses de su preñez, y sabes el tiempo de su parto? Se encorvan para dar a luz su cría, y paren dando grandes bramidos. Se separan muy pronto de ellas sus hijos, y van a pacer; salen, y no vuelven a verlas más. ¿Quién dejó en libertad al asno montés, y quién soltó sus ataduras? Yo le di casa en el desierto y albergue en una tierra estéril. El desprecia el gentío de las ciudades; no oye los gritos de un amo duro. Tiende su vida alrededor por los montes, donde pace, y anda buscando todo lo verde. Dime: ¿querrá servirte a ti el rinoceronte, o permanecerá en su pesebre? ¿Podrás tú uncirlo con la coyunda para que are? ¿O romperá en pos de ti los terrones de tus campos? ¿Te fiarás por ventura de su gran fuerza, para dejar a su cuidado la labranza de sus tierras? ¿Crees tú que él te ha de volver lo que has sembrado, y que te llenará de trigo la era? La pluma del avestruz es semejante a la pluma de la cigüeña y del gavilán. ¿Cuándo, pues, esta ave abandona sus huevos en tierra, por ventura serás tú quién los calentará o empollará debajo del polvo? No precave ella que ningún pie los pise, ni que los huellen las bestias del campo. Es insensible y dura para con sus hijos como si fuesen ajenos, inutiliza su trabajo, sin verse forzada a ello por temor alguno; sino porque le negó el Señor para eso el instinto, y no le dio el discernimiento. Sin embargo, cuando llega la ocasión de verse perseguida, ayuda con las alas sus pies, y deja burlados al caballo y al caballero. Dime: ¿Sabrías tú dar al caballo la valentía que tiene, o llenar de relinchos su erguido cuello? Lo harás tú brincar y volar como langosta? Causa terror el fogoso bufido de sus narices. Escarba la tierra con su pezuña; se encabrita con brío; corre con ardor al encuentro de los enemigos armados; no conoce el miedo, ni se rinde a la espada; oye sobre sí el ruido de la aljaba, el vibrar de la lanza, y el manejo del escudo, y lejos de asustarse, espumando y tascando el freno, parece que quiere sorberse la tierra, ni aguarda el sonido de la trompeta. Oyendo el clarín, como que dice con sus relinchos: Ea, vamos allá. Huele de lejos la batalla, y percibe la exhortación de los capitanes, y la gritería del ejército. ¿Es acaso efecto de tu sabiduría el modo con que renueva cada año sus plumas el gavilán, extendiendo sus alas hacia el mediodía? ¿Es por tu orden que se remonta el águila y coloca su nido en lugares elevados? Ella mora entre breñas, y tiene su habitación en peñascos escarpados y riscos inaccesibles. Desde allí está acechando la presa, pues sus ojos atisban desde muy lejos. Sus aguiluchos chupan la sangre, y doquiera que hay carne muerta, al punto está encima. Añadió después el Señor, y dijo a Job: ¿Cómo el que se pone a altercar con Dios tan fácilmente lo deja, y enmudece? A la verdad que quien arguye a Dios debe hallarse en estado de responderle. Job entonces respondiendo al Señor, dijo: Yo que he hablado tan inconsideradamente, ¿qué es lo que puedo ahora responder? Nada. Cerraré mi boca con mi mano. Una cosa he dicho, que ojalá nunca la hubiese dicho; y aun otra todavía, a las cuales no añadiré más palabra. Y habló el Señor desde el torbellino a Job, diciendo: Ciñe otra vez tus vestidos en tus lomos como hombre valiente; yo voy a preguntarte; tú, respóndeme. ¿Pretendes tú acaso invalidar mi juicio; y condenarme a mí por justificarte a ti mismo? Si tienes, pues, un brazo fuerte como el de Dios, y si el tono de tu voz es semejante a su trueno, revístete de resplandor, y súbete a lo alto, y haz alarde de tu gloria, y adórnate de magníficos vestidos. Disipa con su furor a los soberbios, y con una sola mirada abate a todos los altaneros. Clava tus ojos en todos los soberbios u orgullosos, y confúndelos; y aniquila a los impíos doquiera que estén. Sepúltalos a todos juntos debajo del polvo, y abisma sus cabezas en la fosa. Entonces confesaré que tu diestra podrá salvarte. Mira a Behemont, o al elefante, a quien creé junto a ti; él se alimenta de heno como el buey. Su fortaleza está en sus lomos, y su vigor en el ombligo de su vientre, endurece y levanta su cola como cedro; los nervios de muslos están interiormente entrelazados uno con otro. Son sus huesos como pilares de bronce; como planchas o barras de hierro sus ternillas. El es el principal de los animales entre las obras de Dios; aquel que le creó hará uso de la espada de él. Los montes producen hierba para su pasto; y allí junto a él retozarán todas las bestias del campo. El duerme a la sombra en la espesura de los cañaverales y en lugares húmedos. Los árboles sombríos cubren su morada, rodeándole los sauces de los arroyos. Mira cómo él se sorbe un río, sin que le parezca haber bebido mucho; aun presume poder agotar el Jordán entero; parece que se lo quiere tragar con los ojos, y lo absorbe con sus narices. ¿Podrás tú tampoco pescar y sacar fuera con anzuelo a leviatán o cocodrilo, y atar con una cuerda su lengua? ¿Podrás acaso echar una argolla en sus narices, o taladrar con un garfio sus quijadas? ¿Acaso te hará muchas súplicas, o te dirá palabras tiernas? ¿O hará quizá pacto contigo, y le recibirás por tu perpetuo esclavo? ¿Por ventura juguetearás con él como un pajarillo, o le atarás con un hilo para diversión de tus siervas? ¿Le partirán en trozos en un convite tus amigos, o se le repartirán entre sí los negociantes? ¿Harás caber acaso su cuerpo en las redes de los pescadores, o meterás su cabeza en el garlito o nasa de los peces ? Pon tu mano sobre él, tócalo solamente, y te quedará memoria eterna de tal pelea, y no volverás a hablar más de ella. Quien espera prenderle se hallará burlado, y a la vista de todos será por él precipitado al mar. No lo despertaré como cruel; pues, ¿quién puede resistir a mi semblante? ¿Quién me ha dado algo primero, para que yo deba restituírselo? Mío es todo cuanto hay debajo del cielo. No tendré miramiento con él, ni a la eficacia de sus palabras dispuestas a propósito para mover a compasión. ¿Quién de los mortales le quitará a leviatán la piel que lo cubre? ¿O quién entrará en medio de su espantosa boca? ¿Quién abrirá sus puertas de esta boca o sus agallas? Espanta ver solamente el cerco de sus dientes. Su cuerpo es impenetrable como los escudos fundidos de bronce, y está apiñado de escamas entre sí apretadas; la una está trabada con la otra, sin que quede ningún resquicio por donde pueda penetrar ni el aire. Está la una tan pegada a la otra, y tan asidas entre sí, que de ningún modo se separarán. Cuando estornuda, parece que arroja chispas de fuego, y sus ojos centellean como los arreboles de la aurora. De su boca salen llamas como de tizones encendidos. Sus narices arrojan humo como la olla hirviente entre llamas. Su aliento enciende los carbones, y su boca despide llamaradas. En su cerviz reside la fortaleza; y va delante de él la miseria. Los miembros de su cuerpo están perfectamente unidos entre sí; caerán rayos sobre él, mas no por eso se moverá de su sitio. Tiene el corazón duro, como piedra, y apretado como yunque de herrero golpeado de martillo. Cuando él se levanta sobre las olas tienen miedo los ángeles mismos, y amedrentados procuran purificarse y aplacar al cielo. Si alguno quiere embestirlo, no sirven contra él ni espada, ni lanza, ni coraza; pues el hierro es para él como paja, y el bronce como leño podrido. No lo hará huir el más diestro arquero; para él las piedras de la honda son hojarasca. Mirará el martillo como una arista; y se reirá de la lanza enristrada. Debajo de él quedarán ofuscados los rayos del sol, y, andará por encima del oro, como sobre lodo. Con sus bufidos hará hervir el mar profundo como una olla, y hará que se parezca al caldero de ungüentos, cuando hierven a borbollones. Deja en pos de sí un sendero reluciente, y hace que el mar se agite, y tome el color canoso de la vejez. En fin, no hay poder sobre la tierra que pueda comparársele, pues fue creado para no tener temor de nadie. Mira debajo de sí cuánto hay de grande, como quien es el rey de todos los más soberbios animales. Entonces Job, respondiendo al Señor, dijo: Yo sé que todo lo puedes, y que no se te oculta ningún pensamiento. ¿Quién es aquél, has dicho tú, que envuelve sentencias juiciosas con palabras de ignorante? Por tanto confieso, Señor, que he hablado indiscretamente, y de cosas que sobrepujan infinitamente mi saber. Mas dígnate escuchar, y yo hablaré con más juicio; te preguntaré, y tú tendrás la bondad de responderme. Ya, Señor, te conocía de oídas; pero ahora parece que te veo con mis propios ojos. Por eso yo me acuso a mí mismo, y hago penitencia envuelto en polvo de ceniza. Después que el Señor hubo acabado de hablar de aquel modo a Job, dijo a Elifaz temanita: Estoy altamente indignado contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado con rectitud y justicia en mi presencia, como mi siervo Job. Tomad, pues, siete toros y siete carneros, id a mi siervo Job, y ofrecedlos en holocausto por vosotros. Y Job, siervo mío, hará oración por vosotros, y yo aceptaré su intercesión, para que no se os impute vuestra culpa; ya que no habéis hablado de mí rectamente, como mi siervo Job. En consecuencia se fueron Elifaz temanita, y Baldad, suhita, y Sofar naamatita, y ejecutaron cuanto les había mandado el Señor, y el Señor se aplacó en gracia de Job. Asimismo se movió el Señor a compasión de Job mientras hacía oración por sus amigos, y le volvió el Señor doblados bienes de los que antes poseía. Vinieron luego a verlo todos sus hermanos y todas sus hermanas, y cuantos antes lo habían conocido y tratado; y comieron con él en su casa, y le dieron muestras de su tierna compasión, consolándolo de todas las tribulaciones que el Señor le había enviado; y le dio cada uno de ellos, a modo de presente, una oveja y un zarcillo de oro. Y el Señor echó su bendición sobre Job en su último estado, mucho más aún que en el primero. Y llegó a tener catorce mil ovejas, y seis mil camellos, y mil yuntas de bueyes, y mil asnas. Tuvo también siete hijos y tres hijas. De las cuales a la primera puso por nombre Día, a la segunda Casia, y a la tercera Cornustibia. No hubo en toda la tierra mujeres tan hermosas como las hijas de Job; y las hizo su padre entrar a la parte de la herencia como a sus hermanos. Después de estas cosas vivió Job ciento cuarenta años, en que vio a sus hijos y nietos hasta la cuarta generación; y murió ya muy viejo y lleno de días. Dichoso aquel varón que no se deja llevar de los consejos de los malos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se asienta en la cátedra pestilente de los libertinos; sino que tiene puesta toda su voluntad en la ley del Señor, y está meditando en ella día y noche. El será como el árbol plantado junto a las corrientes de las aguas, el cual dará su fruto en el debido tiempo, y cuya hoja no caerá nunca; y cuanto él hiciere tendrá próspero efecto. No así los impíos, no así; sino que serán como el tamo o polvo que el viento arroja de la superficie de la tierra. Por tanto no prevalecerán los impíos en el juicio; ni los pecadores estarán en la asamblea de los justos. Porque conoce el Señor y premia el proceder de los justos; mas la senda de los impíos terminará en la perdición. ¿Por qué causa se han embravecido tanto las naciones, y los pueblos maquinan vanos proyectos? Se han coligado los reyes de la tierra; y se han confederado los príncipes contra el Señor, y contra su Cristo o Mesías. Rompamos, dijeron, sus ataduras, y sacudamos lejos de nosotros su yugo. Mas aquel que reside en los cielos se burlará de ellos; se mofará de ellos el Señor. Entonces les hablará él en su indignación y los llenará de terror con su saña. Mas yo he sido por él constituido rey sobre Sión, su santo monte, para predicar su ley. A mí me dijo el Señor: Tú eres mi hijo; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra. Los regirás con cetro de hierro; y si te resisten, los desmenuzarás como un vaso de barro. Ahora pues, ¡oh reyes!, entendedlo: Sed instruidos vosotros los que juzgáis o gobernáis la tierra. Servid al Señor con temor, y regocijaos en él, poseídos siempre de un temblor santo. Abrazad la buena doctrina; no sea que al fin se irrite el Señor, y perezcáis descarriados de la senda de la justicia. Porque cuando de aquí a poco se inflamare su ira, bienaventurados todos aquellos que ponen en él su confianza. ¡Ah, Señor! ¿Cómo es que se han aumentado tanto mis perseguidores? Son muchísimos los que se han rebelado contra mí. Muchos dicen de mí: Ya no tiene que esperar de su Dios salvación o amparo. Pero tú, ¡oh Señor!, tú eres mi protector, mi gloria, y el que me haces levantar cabeza. A voces clamé al Señor, y él me oyó benigno desde su santo monte. Yo me dormí, y me entregué a un profundo sueño; y me levanté, porque el Señor me tomó bajo su amparo. No temeré, pues, a ese innumerable gentío que me tiene cercado; levántate, ¡oh Señor!, sálvame tú, Dios mío. Pues tú has castigado a todos los que sin razón me hacen guerra; les has quebrado los dientes a los pecadores. Del Señor nos viene la salvación; y tú, oh Dios mío, bendecirás a tu pueblo. Así que lo invoqué, me oyó Dios, que es mi justicia; tú, ¡oh Dios mío!, en mi angustia me ensanchaste el corazón. Apiádate aún de mí, y presta oídos a mi oración. ¡Oh, hijos de los hombres!, ¿hasta cuándo seréis de estúpido corazón?; ¿por qué amáis la vanidad y vais en pos de la mentira? Sabed, pues, que es el Señor quien ha hecho admirable su Santo: el Señor me oirá siempre que clamare a él. Enojaos, y no queráis pecar más; compungíos en el retiro de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en el Señor. Dicen muchos: ¿Quién nos hará ver los bienes que se nos prometen? Impresa está, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro: tú has infundido la alegría en mi corazón. Ellos están bien abastecidos y alegres con la abundancia de su trigo, vino y aceite. Mas yo, Dios mío, dormiré en paz, y descansaré en tus promesas: Porque tú, ¡Oh Señor!, sólo tú has asegurado mi esperanza. Presta oídos, Señor, a mis palabras; escucha mis clamores. Atiende a la voz de mis súplicas; ¡oh mi rey y Dios mío! Porque a ti enderezaré mi oración; de mañana, ¡oh Señor!, oirás mi voz. Al amanecer me pondré en tu presencia, y te contemplaré. Porque no eres tú un Dios que ame la iniquidad. Ni morará junto a ti el maligno, ni los injustos podrán permanecer delante de tus ojos. Tú aborreces a todos los que obran la iniquidad; tú perderás a todos aquellos que hablan mentira. Al hombre sanguinario y fraudulento, el Señor lo abominará. Pero yo confiado en tu gran misericordia, entraré en tu casa; y poseído de tu santo temor, doblaré mis rodillas ante tu santo templo. Guíame, ¡oh Señor!, por la senda de tu injusticia; haz que sea recto ante tus ojos mi camino, por causa de mis enemigos. Pues en su boca no se halla palabra de verdad; su corazón está lleno de vanidad y perfidia. Su garganta es un sepulcro abierto; con sus lenguas urden continuamente engaños. Júzgalos, ¡oh Dios mío. Frústrense sus designios, arrójalos fuera, lejos de tu presencia, como lo merecen sus muchas impiedades; puesto que, ¡oh Señor!, te han irritado. Al contrario, alégranse todos aquellos que ponen en ti su esperanza: Se regocijarán eternamente, y tú morarás en ellos. Y en ti se glorificarán todos los que aman tu santo Nombre, porque tú colmarás de bendiciones al justo. Señor, con tu benevolencia, como con un escudo, nos has cubierto por todos lados. Señor, no me reprendas en medio de tu saña, ni me castigues en la fuerza de tu enojo. Ten, Señor, misericordia de mí, que estoy sin fuerzas; sáname, oh Señor, porque hasta mis huesos se han estremecido. Y está mi alma sumamente perturbada: pero tú, Señor, ¿hasta cuándo? Vuélvete a mí, Señor, y libra mi alma; sálvame por tu misericordia. Porque muriendo ya no hay quien se acuerde de ti; y en el infierno, ¿quién te tributará alabanzas? Me he consumido a fuerza de tanto gemir; todas las noches baño mi lecho con mis lágrimas; inundo con ellas el lugar de mi descanso. Por causa de la indignación se han oscurecido mis ojos; he envejecido y quedado endeble en medio de todos mis enemigos. Apartaos lejos de mí todos los que obráis la iniquidad; porque ha oído el Señor benignamente la voz de mi llanto. Ha otorgado el Señor mi súplica; ha aceptado mi oración. Avergüéncense, y queden llenos de la mayor turbación todos mis enemigos; retírense, y váyanse al momento cubiertos de ignominia. Señor, Dios mío, en ti he puesto mi esperanza; sálvame de todos mis perseguidores, y líbrame. No sea que alguno, como león, arrebate tal vez mi alma, sin que haya nadie que me libre y ponga a salvo. ¡Ah Señor Dios mío! si yo tal hice, si hay iniquidad en mis acciones, si he vuelto mal por mal a los que me lo han hecho, caiga yo justamente en las garras de mis enemigos, sin recurso. Persígame el enemigo, y apodérese de mí, y estrélleme contra el suelo, y reduzca a polvo mi gloria. Levántate, ¡oh Señor! en el momento de tu enojo, y ostenta tu grandeza en medio de mis enemigos. Sí, Señor Dios mío, levántate según la ley por ti establecida; y el concurso de las naciones se reunirá alrededor de ti. Por amor de esta congregación vuelve a subir a lo alto. El Señor es quien juzga a los pueblos. Júzgame, pues, oh Señor, según mi justicia, y según la inocencia que hay en mí. Acábese ya la malicia de los pecadores; y tú, ¡oh Dios!, que penetras los corazones, y los afectos más íntimos, encaminarás al justo. Mi socorro lo espero del Señor; el cual saca a salvo a los rectos de corazón. Dios, justo juez, fuerte y misericordioso, ¿se enoja acaso todos los días? Si vosotros no os convirtiereis vibrará su espada; tenso tiene su arco apuntado; y en él ha puesto dardos mortales, y tiene dispuestas sus abrasadoras saetas. He aquí que el impío ha parido la injusticia; concibió el dolor, y parió el pecado. El abrió y ahondó una fosa; mas ha caído en esa misma fosa que él hizo. El dolor que quiso ocasionarme, recaerá contra él; y su iniquidad descargará sobre su cabeza. Glorificaré yo al Señor por su justicia y cantaré himnos de alabanza al excelso Nombre del Señor altísimo. Oh Señor, soberano dueño nuestro, ¡cuán admirable es tu santo Nombre en toda la tierra! Porque tu majestad se ve ensalzada sobre los cielos. De la boca de los niños y de los que están aún pendientes del pecho de sus madres, hiciste tú salir perfecta alabanza, por razón de tus enemigos, para destruir al enemigo y al vengativo. Yo contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú creaste, y exclamo: ¿Qué es el hombre, para que tú te acuerdes de él? ¿O que es el hijo del hombre, para que vengas a visitarlo? Lo hiciste un poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y de honor, y le has dado el mando sobre las obras de tus manos. Todas ellas las pusiste a sus pies; todas las ovejas y bueyes, y aun las bestias del campo; las aves del cielo, y los peces del mar que hienden sus ondas. ¡Oh Señor, soberano dueño nuestro, ¡y cuán admirable es tu Nombre en toda la redondez de la tierra! A ti, ¡oh Señor!, tributaré gracias con todo mi corazón; contaré todas tus maravillas. Me alegraré en ti y saltaré de gozo; cantaré himnos a tu Nombre, ¡oh Dios altísimo! Porque tú pusiste en fuga a mis enemigos; y quedarán debilitados, y perecerán delante de ti. Pues tú me has hecho justicia, y has tomado la defensa de mi causa; te has sentado sobre el trono, tú que juzgas según justicia. Has reprendido a las naciones, y pereció el impío; has borrado sus nombres para siempre por los siglos de los siglos. Quedan embotadas para siempre las espadas del enemigo, y has asolado sus ciudades. Se desvaneció como el sonido su memoria. Mas el Señor subsiste eternamente. El preparó su trono para ejercer el juicio; y él mismo es quien juzgará con rectitud la tierra; juzgará los pueblos con justicia. El Señor se ha hecho el amparo del pobre; socorriéndole oportunamente en la tribulación. Confíen, pues, en ti, ¡oh Dios mío!, los que conocen y adoran tu Nombre; porque jamás has desamparado, Señor, a los que a ti recurren. Cantad himnos al Señor que tiene su morada en el monte santo de Sión; anunciad entre las naciones sus proezas. Porque vengando la sangre de sus siervos, ha hecho ver que se acuerda de ellos; no ha echado en olvido el clamor de los pobres. Apiádate, Señor, de mí; mira el abatimiento a que me han reducido mis enemigos. Tú que me sacas de las puertas de la muerte, para que publique todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sión. Manifestaré mi júbilo por haberme tú salvado; las gentes que me perseguían han quedado sumidas en la perdición que habían preparado contra mí. En el lazo mismo, que me tenían ocultamente armado, ha quedado preso su pie. Así se reconocerá que el Señor hace justicia; al ver que el pecador ha quedado preso en las obras o lazos de sus propias manos. Serán arrojados al infierno los pecadores, y todas esas gentes que viven olvidadas de Dios. Que no estará para siempre olvidado el pobre; ni quedará para siempre frustrada la paciencia de los infelices. Levántate, ¡oh Señor!, haz que no prevalezca el hombre malvado; sean juzgadas las gentes ante tu presencia. Establece, Señor, sobre ellas un legislador; para que conozcan que son hombres débiles y miserables. ¿Y por qué, ¡oh Señor!, te has retirado a lo lejos, y me has desamparado en el tiempo más crítico, en la tribulación? Mientras que el impío se llena de soberbia, se requema el pobre; mas en fin, los impíos son cogidos en los mismos designios o tramas que han urdido. Por cuanto el pecador se jacta en los perversos deseos de su alma; y el inicuo se ve celebrado. Por lo mismo, orgulloso el pecador ha exasperado al Señor, y no le buscará según el exceso de su arrogancia. Delante de él no hay Dios; y así sus procederes son siempre viciosos. Tus juicios, Señor, los ha apartado lejos de su vista, sólo piensa en dominar a todos sus enemigos. Pues él ha dicho en su corazón: Nunca jamás seré yo derrocado; viviré siempre libre de todo infortunio. Está su boca llena de maldición y de amargura, y de dolor; debajo de su lengua opresión y dolor para el prójimo. Se pone al acecho con los ricos en sitios escondidos, para matar al inocente; tiene siempre su vista fija contra el pobre; está acechando desde la emboscada, como un león desde su cueva. Acecha para echar sus garras sobre el pobre, para agarrar al pobre, atrayéndole dolosamente hacia sí. Lo hará caer en su lazo; se agachará en tierra, y se echará encima de los pobres, luego que los haya apresado. Porque él dijo en su corazón: Dios ya de nada se acuerda; ha vuelto su rostro para no ver jamás nada. Levántate, pues, ¡oh Señor Dios!, alza tu poderosa mano; no te olvides de los pobres o desvalidos. ¿Por qué razón el impío ha irritado así a Dios? Es porque ha dicho en su corazón: Dios de nada se cuida. Pero tú, Señor, lo estás viendo; tú consideras el afán y el dolor del oprimido; para entregar a los malvados al castigo de tus manos. A cargo tuyo está la tutela del pobre; tú eres el amparo del huérfano. Quebranta el brazo del pecador y del maligno; y entonces se buscará el fruto de su pecado, y no se hallará nada. Reinará el Señor eternamente y por los siglos de los siglos; vosotros, ¡oh naciones impías!, seréis extirpadas de su tierra. Atendiste, ¡oh Señor!, al deseo de los pobres; prestaste benignos oídos a la rectitud de su corazón, para hacer justicia al huérfano y al oprimido; a fin de que cese ya el hombre de gloriarse de su poder sobre la tierra. En el Señor tengo puesta mi confianza: ¿Cómo, pues, decís a mi alma: Retírate prontamente al monte, como un ave que huye? Mira que los pecadores han apuntado el arco, y tienen preparadas saetas dentro de sus aljabas, para asaetar a escondidas a los que son de corazón recto. Porque aquello que tú hiciste de bueno, lo han reducido a nada; mas el justo, ¿qué es lo que ha hecho de malo? Pero el Señor está en su santo templo, el Señor tiene su trono en el cielo. Sus ojos están mirando al pobre; sus párpados están examinando a los hijos de los hombres. El Señor vigila al justo y al impío; y así el que ama la maldad, odia su propia alma. Lloverá lazos o desastres sobre los pecadores; el fuego, y azufre, y el viento tempestuoso son el cáliz, o bebida, que les tocará. Porque el Señor es justo y ama la justicia, está siempre su rostro mirando la rectitud. Sálvame, Señor; porque ya no se halla un hombre de bien sobre la tierra; porque las verdades no se aprecian ya entre los hijos de los hombres. Cada uno de ellos no habla sino con mentira a su prójimo; habla con labios engañosos y con un corazón doble. Acabe el Señor con todo labio tramposo y con la lengua jactanciosa. Ellos han dicho: Nosotros con nuestra lengua, o artificiosas palabras, haremos cosas grandes; somos dueños de nuestros labios; ¿quién nos manda a nosotros? Pero el Señor mirando a la miseria de los desvalidos, y al gemido de los pobres, dice: Ahora me levantaré yo para defenderlos. Los pondré a salvo; yo les inspiraré confianza. Palabras puras y sinceras son las palabras del Señor; son plata ensayada al fuego, acendrada en el crisol, y siete o mil veces refinada. ¡Oh Señor!, tú nos salvarás, y nos defenderás siempre de esta raza de gentes. Los impíos andan alrededor de nosotros: Tú, según tu grandeza o altísima sabiduría, has multiplicado los hijos de los hombres. ¿Hasta cuándo, oh Señor, me has de tener en profundo olvido? ¿Hasta cuándo apartarás de mí tu rostro? ¿Cuánto tiempo andaré yo cavilando conmigo mismo, penando mi corazón todo el día? ¿Hasta cuándo me tiranizará mi enemigo? Vuelve, ¡oh Señor Dios mío!, vuelve tu vista hacia mí, y escúchame benigno. Alumbra mis ojos a fin de que no duerma yo jamás el sueño de la muerte; no sea que alguna vez diga mi enemigo: He prevalecido contra él. Los que me atribulan saltarán de gozo si me ven vacilar. Pero yo tengo puesta mi confianza en tu misericordia. Mi corazón saltará de júbilo por la salvación que me vendrá de ti; cantaré al Señor bienhechor, y haré resonar con himnos de alabanza el nombre del Señor altísimo. Dijo en su corazón el insensato: No hay Dios. Los hombres se han corrompido, y se han hecho abominables por seguir sus pasiones; no hay quien obre bien, no hay uno siquiera. El Señor echó desde el cielo una mirada sobre los hijos de los hombres, para ver si había uno que tuviese juicio, o que buscase a Dios. Todos se han extraviado, todos a una se hicieron inútiles; no hay quien obre bien, no hay siquiera uno. Su garganta es un sepulcro destapado; con sus lenguas están forjando fraudes; debajo de sus labios hay veneno de áspides. Llena está su boca de maldición y de amargura; sus pies son ligeros para ir a derramar sangre. Todos sus procederes se dirigen a afligir y oprimir al prójimo; nunca conocieron el sendero de la paz; no hay temor de Dios ante sus ojos. ¿Por ventura no entrarán en conocimiento todos esos que hacen profesión de la iniquidad; esos que devoran a mi pueblo como un bocado de pan? No han invocado al Señor; y allí tiemblan de miedo donde no hay motivo de temer. Porque está el Señor en medio del linaje de los justos; vosotros, ¡oh impíos!, ridiculizáis la determinación del desvalido, cuando pone en el Señor su esperanza. ¡Oh, quién enviará de Sión la salud o el salvador de Israel! Cuando el Señor pusiere fin a la cautividad de su pueblo, saltará de gozo Jacob , y se regocijará Israel. ¡Ah, Señor!, ¿quién morará en tu celestial tabernáculo?; ¿o quién descansará en tu santo monte? Aquel que vive sin mancilla, y obra rectamente. Aquel que habla la verdad que tiene en su corazón y no ha forjado ningún dolo con su lengua; ni ha hecho mal a sus prójimos ni ha consentido que fuesen infamados. El que en su estimación tiene al malvado por nada, mas honra a aquellos que temen al Señor; que si hace juramento a su prójimo, no le engaña. Que no da su dinero a usura, ni se deja cohechar contra el inocente. Quien así se porta, no será conmovido por toda la eternidad. Sálvame, oh Señor, pues tengo puesta en ti toda mi esperanza. Yo dije al Señor: Tú eres mi Dios, que no tienes necesidad de mis bienes. Cumplido ha maravillosamente todos mis deseos, en los santos que moran en su tierra. Multiplicaron los impíos sus miserias, o sus miserables deidades; en pos de las cuales corrían aceleradamente. No seré yo el que convoque sus sanguinarios sacrificios, ni siquiera tomaré en boca sus nombres. El Señor es la parte que me ha tocado en herencia, y la porción destinada para mí. Tú eres, oh Señor, el que me restituirá y conservará mi heredad. En delicioso sitio me cupo la suerte; hermosa es, a la verdad, la herencia que me ha tocado. Alabaré, pues, al Señor, que me ha dado este entendimiento; a lo cual, aun durante la noche, mi corazón me excitaba. Yo contemplaba siempre al Señor delante de mí, como quien está a mi diestra para sostenerme. Por eso se regocijó mi corazón, y prorrumpió en cánticos alegres mi lengua; y además también mi carne descansará con la esperanza. Porque yo sé que no has de abandonar tú, oh Señor, mi alma en el sepulcro; ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción. Me hiciste conocer las sendas de la vida; me colmarás de gozo con la vista de tu divino rostro; en tu diestra se hallan delicias eternas. Atiende, ¡oh Señor!, a mi justicia, acoge mis plegarias. Presta oídos a mi oración, que no la pronuncio con labios hipócritas o fraudulentos. Salga de tu benigno rostro mi sentencia; miren tus ojos la justicia de mi causa. Pusiste a prueba mi corazón, y le has visitado durante la noche; me has acrisolado al fuego, y en mí no se ha hallado iniquidad. Lejos de hablar mi boca según el proceder de los hombres mundanos; por respeto a las palabras de tus labios he seguido las sendas escabrosas de la virtud. Asegura constantemente mis pasos por tus senderos, a fin de que mis pies no resbalen. Yo he clamado a ti, Dios mío, porque siempre me has oído benignamente; inclina, pues, hacia mí tus oídos, y escucha mis palabras. Haz brillar de un modo maravilloso tu misericordia, ¡oh salvador de los que en ti esperan! De los que resisten el poder de tu diestra, guárdame Señor, como a las niñas de los ojos. Ampárame bajo la sombra de tus alas, contra los impíos que me persiguen. Han cercado mis enemigos mi alma. Han cerrado sus entrañas a toda compasión; hablan con altanería. Después de haberme arrojado fuera, ahora me tienen cercado por todas partes; tienen puestas sus miras para dar conmigo en tierra. Están acechándome como el león preparado a arrojarse sobre la presa, o como el leoncillo, que en lugares escondidos está en espera. Levántate, ¡oh Señor!, prevén su golpe, y arrójalos por el suelo; libra mi alma de las garras del impío; quítales su espada a los enemigos de tu diestra. Sepáralos, Señor, de los buenos, aun mientras viven, de aquellos que son en corto número sobre la tierra, en la que han saciado su apetito de tus exquisitos bienes. Se llenan de hijos según su deseo; y dejan después a sus nietos el resto de sus caudales. Pero yo compareceré en tu presencia con la justicia de mis obras; y quedaré plenamente saciado, cuando se me manifieste tu gloria. Salmo de David, siervo del Señor, a cuya gloria dirigió las palabras de este cántico, el día en que le libró el Señor de las manos de todos sus enemigos, como también del poder de Saúl, con cuyo motivo dijo: A ti he de amarte, ¡oh Señor!, que eres toda mi fortaleza. El Señor es mi firme apoyo, mi asilo, y mi libertador. Mi Dios es mi socorro y en él esperaré. El es mi protector y mi poderosa salvación, y el amparo mío. Invocaré, pues, al Señor con alabanzas, y me veré libre de mis enemigos. Me cercaron dolores de muerte; y torrentes de iniquidad me llenaron de terror. Me rodearon dolores de infierno; estuve a punto de caer en lazos de muerte. Mas en medio de esta mi tribulación invoqué al Señor, y a mi Dios clamé, el cual desde su santo templo escuchó benigno mis voces; y el clamor que hice yo ante su acatamiento penetró sus oídos. Se conmovió y tembló luego la tierra, los cimientos de los montes se estremecieron y se conmovieron, viéndole tan airado. Se levantó una gran humareda en fuerza de su ira, un fuego devorador salía de su rostro; por él fueron encendidas brasas. Inclinó los cielos, y descendió, llevando una oscura niebla bajo sus pies. Montó sobre querubines; y tomó el vuelo; voló llevado en alas de los vientos. Puso entre tinieblas su asiento; sirviéndole de pabellón, que le cubría por todas partes, un agua tenebrosa suspensa en las nubes del aire. Al resplandor de su presencia se resolvieron las nubes en lluvia de piedras y de centellas ardientes. Y tronó el Señor desde lo alto del cielo; y el Altísimo dio una voz como suya, y cayeron al instante piedras y ascuas de fuego. Disparó sus saetas, y los disipó; arrojó gran multitud de rayos, y los aterró. Se hicieron visibles los ocultos manantiales de las aguas y quedaron descubiertos los cimientos de la tierra, al estruendo tuyo, ¡oh Señor!, al resoplido del aliento de tu ira. Entonces me alargó el Señor desde lo alto su mano, y me asió, y me sacó de la inundación de tantas aguas. Me libró de mis poderosísimos enemigos; y de cuantos me aborrecían; porque se habían hecho más fuertes que yo. Se echaron de repente sobre mí en el día de mi angustia; pero el Señor se hizo mi protector. Me sacó a la anchura, me salvó por un efecto de su buena voluntad para conmigo. El Señor me recompensará según mi justicia, y me premiará conforme a la pureza de mis manos o acciones. Porque yo he seguido atentamente las sendas del Señor, y nunca he procedido impíamente contra mi Dios. Porque tengo ante mis ojos todos sus juicios, y no he desechado jamás sus justísimos preceptos. Y me mantendré puro delante de él; y me cuidaré de mi mala inclinación. Y el Señor me galardonará conforme a mi justicia, y según la pureza de mis manos que está presente a sus ojos. Porque tú, Señor, con el santo te ostentarás santo, e inocente con el inocente. Con el selecto serás selecto o sincero, y con el perverso serás como él merece. Porque tú salvarás al pueblo humilde, y humillarás los ojos altaneros. Y pues tú, ¡oh Señor!, das la luz a mi antorcha, esclarece, Dios mío, mis tinieblas. Que con tu ayuda seré libertado de la tentación; y al lado de mi Dios traspasaré o asaltaré toda muralla. Irreprensible y puro es el proceder de mi Dios, acendradas al fuego sus palabras o promesas; él es el protector de cuantos ponen en él su esperanza. Porque ¿qué otro Dios hay sino el Señor? ¿O qué Dios hay fuera de nuestro Dios? El es el Dios que me ha revestido de fortaleza, y ha hecho que mi conducta fuese sin mancilla; que ha dado a mis pies la ligereza de los ciervos, y me ha colocado sobre las alturas. Que adiestra mis manos para la pelea. Tú eres, ¡oh Dios mío!, el que fortaleciste mis brazos como arcos de bronce, y me has salvado con tu protección, y me has amparado con tu diestra. Tu disciplina o avisos me han corregido en todo tiempo; y esa misma disciplina tuya será mi enseñanza. Me fuiste abriendo paso por doquiera que iba, y no flaquearon mis pies. Perseguiré a mis enemigos y los alcanzaré, y no volveré atrás hasta cuando queden eternamente deshechos. Los destrozaré, no podrán resistir; caerán debajo de mis pies. Porque tú me revestiste de valor para el combate, y derribaste a mis pies a los que contra mí se alzaban. Hiciste volver las espaldas a mis enemigos delante de mí, y desbarataste a los que me odian. Clamaron; mas no había quien los salvase; clamaron al Señor, y no los escuchó. Los desmenuzaré como polvo que el viento esparce, y los barreré como lodo de las plazas. Tú, Dios mío, me librarás de las contradicciones del pueblo; tú me constituirás caudillo de las naciones. Un pueblo a quien yo no conocía, se sometió a mi dominio; apenas hubo oído mi voz, me rindió la obediencia. Los hijos míos se han vuelto como hijos bastardos, me faltaron a la fidelidad; han caído en la vejez y caducado los hijos bastardos, y van tropezando fuera de sus sendas. Viva el Señor, y bendito sea mil veces mi Dios; y sea glorificado el Dios de mi salud. Tú, oh Dios mío, que sales a vengarme, y sujetas a mi dominio las naciones; tú que me libraste de la saña de mis enemigos, me ensalzarás sobre los que se levantan contra mí; me libertarás del hombre inicuo. Por tanto, yo te alabaré, oh Señor, entre las naciones, y cantaré himnos a la gloria de tu Nombre; a aquel que ha salvado maravillosamente a su rey, y usa de misericordia, o colma de beneficios a su ungido David, y la usará también con su descendencia hasta el fin de los siglos. Los cielos publican la gloria de Dios y el firmamento anuncia la grandeza de las obras de sus manos. Cada día transmite con abundancia al siguiente día estas voces o anuncios, y una noche las comunica a la otra noche. No hay lenguaje, ni idioma, en los cuales no sean escuchadas sus voces. Su sonido se ha propagado por toda la tierra, y hasta el cabo del mundo se han oído sus palabras. Puso Dios especialmente en el Sol su Tabernáculo; y a manera de un esposo que sale de su tálamo, salta como gigante a correr su carrera. Sale de una extremidad del cielo, y corre hasta la otra; no hay quién pueda esconderse de su calor. La ley del Señor es inmaculada, y ella convierte a sí las almas; el testimonio del Señor es fiel, y da sabiduría a los pequeños. Los mandamientos del Señor son rectos, y alegran los corazones; el luminoso precepto del Señor es el que alumbra los ojos. El puro y santo temor del Señor permanece por todos los siglos; los juicios del Señor son verdad; en sí mismos están justificados. Son más codiciables que la abundancia de oro y de piedras preciosas; más dulces que la miel y el panal. Por eso tu siervo los guarda; y en guardarlos queda abundantemente galardonado. ¿Quién es el que conoce todos sus yerros? Purifícame de los míos ocultos, y perdona a tu siervo los ajenos. Si no dominaren sobre mí, entonces estaría limpio de toda mancha y purificado de delito muy grande. Con lo que te serán gratas las palabras o cánticos de mi boca, como también la meditación de mi corazón que haré yo siempre en tu acatamiento. ¡Oh Señor, amparo mío y redentor mío! Que te oiga, ¡oh rey!, el Señor el día de la tribulación; que te defienda el Nombre del Dios de Jacob . Que te envíe socorro desde el santuario, y sea tu firme apoyo desde Sión. Tenga presente todos tus sacrificios, y le sea gratísimo tu holocausto. Que te conceda lo que desea tu corazón, y cumpla todos sus designios. Nosotros nos alegraremos por tu salud y nos gloriaremos en el Nombre de nuestro Dios. Otorgue el Señor todas tus peticiones. Ahora veo que el Señor ha puesto a salvo a su ungido. El le oirá desde el cielo, que es su santuario, en su poderosa diestra está la salvación. Unos confían en sus carros armados, otros en sus caballos; mas nosotros invocaremos el Nombre del Señor nuestro Dios. Ellos se hallaron envueltos en los lazos y cayeron; pero nosotros realzamos, y estamos llenos de vigor. ¡Oh Señor!, salva al rey, y óyenos el día en que te invocaremos. Oh, Señor, en tu gran poder hallará el rey su alegría, y saltará de extremado gozo por la salvación que le has enviado. Tú le has cumplido el deseo de su corazón, y no has frustrado los ruegos que formaron sus labios. Antes te has anticipado a él con bendiciones amorosas; le pusiste sobre la cabeza una corona de piedras preciosas. Te pidió vida, y tú le has concedido alargar sus días por los siglos de los siglos. Grande es su gloria por la salvación que le has dado. Aún le revistarás de una gloria y esplendor mucho más grande. Porque tú harás que él sea bendición eterna; lo colmarás de gozo con sólo mostrarle tu rostro. Por cuanto el rey tiene puesta su confianza en el Señor; por lo mismo descansará inmóvil en la misericordia del Altísimo. Alcance tu poderosa mano a todos tus enemigos; descargue tu diestra sobre todos los que te aborrecen. Mostrándoles tu rostro, harás de ellos como un horno encendido. Airado el Señor los pondrá en consternación, y el fuego los devorará. Extirparás su descendencia de la faz de la tierra, y quitarás su raza de entre los hijos de los hombres. Porque urdieron contra ti maldades; forjaron designios que no pudieron ejecutar. Tú los pondrás en fuga, y tendrás aparejadas contra ellos, las flechas de tu arco. Ensálzate, Señor, con tu poder infinito; que nosotros celebraremos con cánticos e himnos tus maravillas. ¡Oh Dios!, ¡oh Dios mío, vuelve a mí tus ojos! ¿Por qué me has desamparado? Los gritos de los pecados míos alejan de mí la salud. Clamaré, oh Dios mío, durante el día, y no me oirás; clamaré de noche, y no por mi culpa. Tú habitas en la santa morada, tú, ¡oh gloria de Israel! En ti esperaron nuestros padres; esperaron en ti, y tú los libraste. A ti clamaron, y fueron puestos a salvo. Confiaron en ti, y no tuvieron por qué avergonzarse. Bien que yo soy un gusano, y no un hombre; el oprobio de los hombres, y el desecho de la gente. Todos los que me miran, hacen mofa de mí con palabras y con meneos de cabeza, diciendo: En el Señor esperaba que le liberte; sálvele, ya que tanto le ama. Sin embargo, tú eres quien me sacó del seno materno; y mi esperanza desde que yo estaba colgado de los pechos de mi madre. Desde las entrañas de mi madre fui arrojado en tus brazos; desde el seno materno te tengo por mi Dios. No te apartes de mí; porque se acerca la tribulación, y no hay nadie que me socorra. Cercado me han novillos en gran número; recios y bravos toros me han sitiado. Abrieron su boca contra mí, como león rapante y rugiente. Me he disuelto como agua, y todos mis huesos se han dispersado. Mi corazón está como una cera, derritiéndose dentro de mis entrañas. Todo mi verdor se ha secado, como un vaso de barro cocido; mi lengua se ha pegado al paladar; y me vas conduciendo al polvo del sepulcro. Porque me veo cercado de una multitud de rabiosos perros: me tiene sitiado una turba de malignos. Han taladrado mis manos y mis pies. Han contado mis huesos uno por uno. Se pusieron a mirarme despacio, y a observarme. Repartieron entre sí mis vestidos y sortearon mi túnica. Mas tú, oh Señor, no me dilates tu socorro; atiende luego a mi defensa. Libra mi vida, oh Dios, de la espada; y de las garras de los canes de mi alma. Sálvame de la boca del león; salva de las astas de los toros mi pobre alma. Anunciaré tu santo Nombre a mis hermanos; publicaré tus alabanzas en medio de tu pueblo. Oh, vosotros que teméis al Señor, alabadle; glorificadle vosotros, descendientes todos de Jacob . Témale todo el linaje de Israel, porque no despreció ni desatendió la súplica del pobre, ni apartó de mí su rostro; antes así que clamé a él, luego me oyó. A ti se dirigirán mis alabanzas; en presencia de los que le temen cumpliré yo mis votos. Los pobres comerán y quedarán saciados; y los que buscan al Señor le cantarán alabanzas; sus corazones vivirán por los siglos de los siglos. Se acordará de los beneficios recibidos, y se convertirá al Señor toda la extensión de la tierra; y se postrarán ante su acatamiento las familias todas de las gentes. Porque del Señor es el reino; y él tendrá el imperio de las naciones. Comieron, y le adoraron todos los ricos de la tierra; ante su acatamiento se postrarán todos los mortales. Y mi alma vivirá para él, y a él servirá mi descendencia. Será contada como la del Señor la generación venidera; y los cielos anunciarán la justicia de él al pueblo que nacerá, formado por el Señor. El Señor es mi pastor, nada me faltará. El me ha colocado en lugar de verdes pastos; me ha conducido a unas aguas que restauran y recrean. Convirtió a mi alma. Me ha conducido por los senderos de la justicia, para gloria de su Nombre. De esta suerte, aunque caminase yo por la sombra de la muerte, no temeré ningún desastre; porque tú estás conmigo. Tu vara y tu báculo han sido mi consuelo. Aparejaste delante de mí una mesa abundante, a la vista de mis perseguidores. Bañaste de óleo o perfumaste mi cabeza. ¡Y cuán excelente es el cáliz mío que santamente embriaga! Y me seguirá tu misericordia todos los días de mi vida; a fin de que yo more en la casa del Señor por largo tiempo. Del Señor es la tierra y cuanto ella contiene; el mundo y todos sus habitantes. Porque él la estableció superior a los mares, y la colocó más alta que los ríos. ¿Quién subirá al monte del Señor? ¿O quién podrá estar en su santuario? El que tiene puras las manos y limpio el corazón; el que no ha recibido en vano su alma, ni hecho juramentos engañosos a su prójimo. Este es el que obtendrá la bendición del Señor y la misericordia de Dios, su salvador . Este es el linaje de los que la buscan, de los que anhelan por ver el rostro del Dios de Jacob . Levantad, ¡oh, príncipes!, vuestras puertas, y elevaos vosotras, ¡oh puertas de la eternidad!, y entrará el rey de la gloria. ¿Quién es ese rey de la gloria? Es el Señor fuerte y poderoso; el Señor poderoso en las batallas. Levantad, ¡oh príncipes!, vuestras puertas, y elevaos vosotras, ¡oh puertas de la eternidad! y entrará el rey de la gloria. ¿Quién es ese rey de la gloria? El Señor de los ejércitos, ése es el rey de la gloria. A ti, ¡oh Señor!, he levantado mi espíritu. En ti, ¡oh Dios mío, tengo puesta mi confianza: no quedaré avergonzado. Ni se burlarán de mí mis enemigos; porque ninguno que espere en ti quedará confundido. Sean cubiertos de confusión todos aquellos que vana e injustamente obran la iniquidad. Muéstrame, ¡oh Señor!, tus caminos, y enséñame tus senderos. Encamíname según tu verdad, e instrúyeme; pues tú eres el Dios salvador mío, y te estoy esperando todo el día. Acuérdate Señor, de tu piedad y de tu misericordia usadas en los siglos pasados. Echa en olvido los delitos o flaquezas de mi mocedad, y mis necedades. Acuérdate de mí, según tu misericordia; acuérdate de mí, ¡oh Señor!, por tu bondad. El Señor es bondadoso y justo; por lo mismo dirigirá a los pecadores por el camino que deben seguir. Dirigirá a los humildes por la vía de justicia; enseñará sus caminos a los apacibles. Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad para los que buscan su santa alianza y sus mandamientos. Por la gloria de tu santo Nombre, ¡oh Señor!, perdonarás mi pecado, que ciertamente es muy grave. ¿Quién es el hombre que teme al Señor? Dios le ha prescrito la regla que debe seguir en la carrera que escogió. Reposará su alma entre bienes, y sus hijos poseerán la tierra. El Señor es firme apoyo de los que le temen, y a ellos revela sus secretos o misterios. Mis ojos están siempre fijos en el Señor; pues él sacará mis pies del lazo. Vuelve, Señor, hacia mí tu vista, y ten de mí compasión; porque me veo solo y pobre. Las tribulaciones de mi corazón se han multiplicado: líbrame de mis congojas. Mira mi humillación y mi trabajo, y perdona todos mis pecados. Repara en mis enemigos cómo se han multiplicado, y cuán injusto es el odio con que me aborrecen. Guarda mi alma, y líbrame; nunca quede yo sonrojado, habiendo puesto en ti mi esperanza. Los inocentes y justos se han unido conmigo, porque yo esperé en ti. ¡Oh Dios mío!, libra a Israel de todas sus tribulaciones. ¡Oh Señor!, sé tú mi juez, puesto que yo he procedido según mi inocencia; y esperando en el Señor no vacilaré. Pruébame, Señor, y sondéame; acrisola el fuego mis afectos y todo mi corazón. Porque tengo misericordia delante de mis ojos, y hallo en tu verdad todas mis complacencias. Nunca he ido a sentarme en las reuniones de gente vana, ni conversé jamás con los que obran la iniquidad. Aborrezco la sociedad de los malignos, y evitaré siempre la comunicación con los impíos. Lavaré mis manos en compañía de los inocentes; y rodearé, Señor, tu altar, para oír las voces, de alabanza y referir todas tus maravillas. Señor, yo he amado el decoro de tu casa, y el lugar donde reside tu gloria. No pierdas, Dios mío, con los impíos mi alma, ni la vida mía con los hombres sanguinarios; en cuyas manos no se ve más que iniquidad, y cuya diestra está toda llena de sobornos. Mas yo he procedido según mi inocencia. Sálvame, Señor, y apiádate de mí. Mis pies se han dirigido siempre por el camino de la rectitud. ¡Oh Señor!, yo cantaré tus alabanzas en las reuniones de tu pueblo. El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién he de temer yo? El Señor es el defensor de mi vida: ¿quién me hará temblar? Mientras están para echarse sobre mí los malhechores, a fin de devorar mis carnes, esos enemigos míos que me atribulan, esos mismos han flaqueado, y han caído. Aunque acampen ejércitos contra mí, no temblará mi corazón. Aunque me embistan en batalla, entonces mantendré firme mi esperanza. Una sola cosa he pedido al Señor, ésta solicitaré; y es que yo pueda vivir en la casa del Señor todos los días de mi vida; para contemplar las delicias del Señor, frecuentando su templo. El es quien me tuvo escondido en su Tabernáculo; en los días aciagos me puso a cubierto en lo más recóndito de su pabellón. Me ensalzó sobre una roca; y ahora me ha hecho prevalecer contra mis enemigos. Por tanto estaré alrededor de su Tabernáculo, inmolando sacrificios de júbilo o acción de gracias; cantando y entonando himnos al Señor. Escucha, ¡oh Señor!, mis voces, con que te he invocado; ten misericordia de mí y óyeme. Contigo ha hablado mi corazón; en busca de ti han andado mis ojos. ¡Oh, Señor! tu cara es la que yo busco. No apartes de mí tu rostro; no te retires enojado de tu siervo. Sé tú en mi ayuda; no me desampares, ni me desprecies, ¡oh Dios, salvador mío! Porque mi padre y mi madre me desampararon; pero el Señor me ha tomado por su cuenta. Arregla, Señor, mis pasos en tu camino, y dirígeme por la recta senda, a causa de mis enemigos. No me abandones a los deseos de mis perseguidores; porque han conspirado contra mí testigos inicuos; mas la iniquidad ha mentido o dañado a sí misma. Yo espero que veré algún día los bienes del Señor en la tierra de los vivientes. Aguarda al Señor, y pórtate varonilmente; cobre aliento tu corazón, y espera con paciencia el Señor. A ti, oh Señor, clamaré, no te hagas sordo a mis ruegos, Dios mío; no sea que no haciendo tú caso de mí, llegue yo a contarme con los que bajan al sepulcro. Escucha, oh Señor, la voz de mi humilde súplica cuando estoy orando a ti; cuando extiendo en alto mis manos hacia tu santo templo. No me arrebates de esta vida con los pecadores, ni me pierdas como a los que obran la iniquidad; los cuales hablan de paz con su prójimo, mientras están maquinando la maldad en sus corazones. Dales a éstos el pago conforme a sus fechorías; y según la malignidad de sus maquinaciones. Retribúyeles según las obras de sus manos, dales a ellos su merecido. Por cuanto no han considerado las obras del Señor, ni lo que ha ejecutado su poderosa mano; tú, Dios mío, los destruirás, y no los restablecerás nunca. Bendito sea el Señor, pues ha oído la voz de mi humilde ruego. El Señor es el que me auxilia y protege; en él esperó mi corazón, y fui socorrido. Y resucitó mi carne; y así le alabaré con todo mi afecto. El Señor es la fortaleza de su pueblo; él es el que en tantos lances ha salvado a su ungido. Salva, ¡oh Señor!, a tu pueblo, y llena de bendiciones tu heredad; rígelos tú, ensálzalos por toda la eternidad. Presentad al Señor, ¡oh hijos de Dios!, presentad al Señor corderos para el sacrificio. Tributad al Señor la gloria y el honor; dad al Señor la gloria debida a su Nombre; adorad al Señor en el atrio de su santuario. Voz del Señor sobre las aguas; tronó el Dios de la majestad; el Señor sobre muchas aguas. Voz del Señor con poder, voz del Señor con magnificencia. Voz del Señor que quebranta los cedros; el Señor quebranta los cedros del Líbano; y los hará pedazos como a un ternerillo del Líbano, y el Amado será como el hijo del unicornio. Voz del Señor que dispara centellas de fuego; voz del Señor que hace estremecer el desierto; el Señor hará temblar el desierto de Cades. Voz del Señor que llena de estremecimiento a las ciervas; y descubre las espesuras; y todos anuncian en el templo la gloria de su Nombre. El Señor hace del diluvio su habitación, y el Señor estará sentado como rey por toda la eternidad. El Señor dará fortaleza a su pueblo. El Señor colmará a su pueblo de bendiciones de paz. Te glorificaré, ¡oh Señor!, por haberte declarado protector mío, no dejando que mis enemigos se gozaran a costa de mí. ¡Oh Señor Dios mío!, yo clamé a ti, y me diste la salud. Tú sacaste, Señor, mi alma del infierno o sepulcro. Tú me salvaste, para que no cayera con los que descienden al profundo. ¡Oh vosotros santos del Señor!, cantadle himnos, y celebrad su memoria sacrosanta. Porque de su indignación procede el castigo; y de su buena voluntad pende la vida. Hasta la tarde durará el llanto, y al salir la aurora será la alegría. En medio de mi prosperidad había yo dicho. No experimentaré nunca jamás mudanza alguna. ¡Oh Señor!, tu buena voluntad es la que ha dado consistencia a mi floreciente estado. Apartaste de mí tu rostro, y al instante fui trastornado. A ti, ¡oh Señor!, clamaré, y a ti, Dios mío, dirigiré mis plegarias. ¿Qué utilidad te acarreará mi muerte, y al descender yo a la corrupción del sepulcro? ¿Acaso el polvo cantará tus alabanzas, o anunciará tus verdades? Me oyó el Señor, y se apiadó de mí. Se declaró el Señor protector mío. Trocaste, ¡oh Dios!, mi llanto en regocijo, rasgaste mi cilicio, y me revestiste de gozo, a fin de que sea mi gloria el cantar tus alabanzas, y nunca tenga yo penas. ¡Oh Señor Dios mío!, yo te alabaré eternamente. Oh Señor, en ti tengo puesta mi esperanza; no quede yo para siempre confundido; sálvame, pues eres justo. Dígnate escucharme, acude prontamente a librarme. Sé para mí un Dios tutelar, y un alcázar de refugio para ponerme a salvo. Porque tú eres mi fortaleza y mi asilo; y por honra de tu Nombre me guiarás y sustentarás. Tú me sacarás del lazo que me tienen ocultamente armado, pues tú eres mi protector. En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, ¡oh Señor Dios de la verdad! Tú aborreces a los que se pagan de supersticiones inútiles. Mas yo tengo puesta en el Señor mi esperanza. En tu misericordia me regocijaré, y saltaré de gozo. Porque te dignaste volver los ojos a mi abatimiento, y sacaste de apuro mi alma. No me dejaste encerrado en manos del enemigo, sino que abriste ancho camino a mis pies. Apiádate de mí, ¡oh Señor! porque me veo atribulado. Mi vista, mi espíritu, mis entrañas se han conturbado por el pesar o indignación. Pues de puro dolor se va consumiendo mi vida y mis años con tanto gemir. Se ha debilitado mi vigor a causa de la miseria, y todos mis huesos se hallan dislocados. He venido a ser el oprobio de todos mis enemigos, y principalmente de mis vecinos; y objeto de horror para mis conocidos. Los que me veían, huían lejos de mí. Fui borrado de su corazón, y puesto en olvido como un muerto; fui considerado como un mueble inútil. Porque yo oía los denuestos de muchos que estaban alrededor mío; los cuales al conjurarse contra mí, trazaron entre ellos quitarme la vida. Pero yo, Señor, puse en ti mi esperanza. Y tú eres, dije yo, mi Dios; en tus manos está mi suerte. Líbrame del poder de mis enemigos, y de aquellos que me persiguen. Derrama sobre tu siervo la luz de tu rostro; sálvame por tu misericordia. ¡Oh Señor!, no quede yo confundido ya que te he invocado. Queden, sí, avergonzados los impíos, y sean derribados al profundo. Enmudezcan los labios fraudulentos, que hablan inicuamente contra el justo con soberbia y menosprecio. ¡Oh, cuán grande es, Señor, la dulzura que tienes reservada para los que te temen! Tú la has comunicado abundantemente, a vista de los hijos de los hombres, a aquellos que tienen puesta en ti su esperanza. Tú los esconderás donde está escondido tu rostro, preservándolos de los alborotos de los hombres. Los pondrás en tu Tabernáculo, a cubierto de las lenguas maldicientes. Bendito sea el Señor que ha ostentado maravillosamente su misericordia conmigo en la ciudad fortificada. Yo, es verdad, que dije en un arrebato de mi genio: Arrojado me hallo de tu vista. Por eso mismo te dignaste oír mi oración, mientras a ti clamaba. Amad al Señor, santos suyos todos; porque el Señor inquirirá la verdad, y dará el pago bien cumplido a los que obran con soberbia. Portaos varonilmente todos vosotros los que tenéis puesta en el Señor vuestra esperanza, y tened buen ánimo. Felices aquellos a quienes se han perdonado sus iniquidades, y se han borrado sus pecados. Dichoso el hombre a quien el Señor no arguye de pecado; y cuya alma se halla exenta de dolo. Por haber yo callado, se consumieron mis huesos, dando alaridos todo el día. Porque de día y de noche me hiciste sentir tu pesada mano. Revolcábame en mi miseria, mientras tenía clavada la espina. Te manifesté mi delito, y dejé de ocultar mi injusticia. Confesaré, dije yo, contra mí mismo al Señor la injusticia mía, y tú perdonaste la malicia de mi pecado. En vista de esto, orará a ti todo hombre santo en el tiempo oportuno. Y ciertamente que en la inundación de copiosas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi asilo en la tribulación que me tiene cercado: Tú, oh alegría mía, líbrame de los que me tienen rodeado. Yo te daré, dijiste, inteligencia, y te enseñaré el camino que debes seguir; tendré fijos sobre ti mis ojos. Guardaos de ser semejantes al caballo y al mulo, los cuales no tienen entendimiento. Sujeta, ¡oh Señor!, con cabestro y freno las quijadas de los que se retiran de ti. Muchos dolores le esperan al pecador; mas al que tiene puesta en el Señor su esperanza, la misericordia le servirá de muralla. Alegraos, ¡oh justos!, y regocijaos en el Señor, y gloriaos en él vosotros todos los de recto corazón. Regocijaos, ¡oh justos!, en el Señor; a los rectos de corazón es a quienes les está bien alabarle. Alabad al Señor con la cítara, cantadle himnos tañendo el salterio. Entonad un cántico nuevo, cantadle a coro suaves himnos. Porque la palabra del Señor es recta, y su fidelidad brilla en todas sus obras. Ama la misericordia y la justicia; toda la tierra está llena de la misericordia del Señor. Por la palabra del Señor se fundaron los cielos, y por el espíritu de su boca se formó todo su concierto y belleza. El tiene recogidas las aguas del mar, como en un odre, y puestos en depósito los abismos. Tema al Señor la tierra toda; tiemblen en su presencia cuantos la tierra habitan. Porque él habló, y todo quedó hecho; lo mandó y todo fue creado. El Señor desbarata los proyectos de las naciones; deshace los designios de los pueblos, e inutiliza los planes de los príncipes. Mas los designios del Señor permanecen eternamente; las disposiciones de su voluntad subsisten por todas las generaciones. Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo a quien escogió por herencia propia suya. Observó desde el cielo el Señor; vio a todos los hijos de los hombres. Desde su firmísimo trono echó una mirada sobre todos los habitantes de la tierra. El es el que formó el corazón de cada uno; el que conoce todo lo que hacen. No por su gran poderío se salva el rey; ni se salvará el gigante por su valentía. El caballo no es seguro para salvarse en él; no por su mucho brío pondrá a salvo al jinete. He aquí los ojos del Señor puestos en los que le temen, y en los que confían en su misericordia; para librar sus almas de la muerte, y sustentarlos en tiempo de hambre. Así nuestra alma espera con paciencia al Señor; porque él es nuestro amparo y protector. En él hallará nuestro corazón su alegría, y en su santo Nombre tenemos puesta la esperanza. Venga, ¡oh Señor!, tu misericordia sobre nosotros, conforme esperamos en ti. Alabaré al Señor en todo tiempo, no cesarán mis labios de pronunciar sus alabanzas. En el Señor se gloriará mi alma. Oiganlo los humildes, y se consuelen. Engrandeced conmigo al Señor, y todos a una ensalcemos su Nombre. Acudí solícitamente al Señor, y me oyó, y me sacó de todas mis tribulaciones. Acercaos vosotros a él, y os iluminará, y no quedaréis sonrojados. Clamó este pobre, y el Señor le oyó, y lo libró de todas sus angustias. El ángel del Señor asistirá alrededor de los que le temen, y los librará del mal. Gustad y ved cuán suave es el Señor; bienaventurado el hombre que en él confía. Temed al Señor todos vosotros sus santos; porque nada falta a los que temen. Los ricos padecieron necesidad y hambre; pero a los que buscan al Señor no les faltará bien alguno. Venid, hijos, escuchadme, que yo os enseñaré el temor del Señor. ¿Quién es el hombre que apetece vivir, y que desea ver días dichosos? Pues para esto guarda pura tu lengua de todo mal, y no profieran tus labios ningún embuste. Huye del mal, y obra el bien; busca la paz, y empéñate en alcanzarla. El Señor tiene fijos sus ojos sobre los justos, y atentos sus oídos a las plegarias que le hacen. Y el rostro del Señor está observando a los que obran mal, para extirpar de la tierra la memoria de ellos. Clamaron los justos, y los oyó el Señor, y los libró de todas sus aflicciones. El Señor está al lado de los que tienen el corazón atribulado; y él salvará a los humildes de espíritu. Muchas son las tribulaciones de los justos; pero de todas los librará el Señor. De todos los huesos de ellos tiene el Señor sumo cuidado; ni uno solo será quebrantado. Funestísima es la muerte de los pecadores; y los que aborrecen al justo quedarán destruidos. El Señor redimirá las almas de sus siervos, y no perecerán los que en él esperan. Juzga, ¡oh Señor!, a los que me dañan; bate a los que pelean contra mí. Armate y alza el escudo, y sal a defenderme. Desenvaina la espada, y cierra con los que me persiguen; dile a mi alma: Yo soy tu salvador . Queden cubiertos de confusión y vergüenza los que atentan contra mi vida. Sean puestos en fuga y en desorden los que maquinan contra mí. Vengan a ser como el polvo que arrebata el viento; y estréchelos el ángel del Señor. Sea su camino tenebroso y resbaladizo, y el ángel del Señor vaya persiguiéndolos; ya que sin causa me armaron ocultamente el lazo de muerte, y ultrajaron injustamente mi alma. Caiga mi enemigo en un lazo impensado, y caiga en la trampa que él puso en celada, y quede cogido en su mismo lazo. Entretanto mi alma se regocijará en el Señor, y se deleitará en su salvador . De todas las coyunturas de mis huesos saldrán voces que digan: ¡Oh Señor!, ¿quién hay semejante a ti, que libras al desvalido de las manos de los que pueden más que él, al necesitado y al pobre de los que lo despojan? Levantándose testigos falsos, me interrogaban de cosas que yo ignoraba. Me devolvían males por bienes, procurando quitarme la vida. Pero yo mientras ellos me afligían, me cubría de cilicio, humillaba mi alma con el ayuno, no cesando de orar en mi corazón. Con el amor que a un íntimo amigo, y como a un hermano mío, así los trataba; como quien está de luto y en tristeza, así me humillaba. Mas ellos hacían fiesta, y se aunaron contra mí, descargaron sobre mí azotes a porfía, sin saber yo la causa. Quedaron disipados, mas no arrepentidos; me tentaron, me insultaron con escarnio; rechinaron contra mí sus dientes. ¡Oh Señor!, ¿cuándo volverás tus ojos? Libra mi alma de la malignidad de estos hombres, libra de estos leones al alma mía. Yo te glorificaré, en medio de tu pueblo cantaré tus alabanzas. No tengan el placer de triunfar sobre mí mis inicuos contrarios, los que sin causa me aborrecen, y con sus ojos muestran complacencia. Pues conmigo ciertamente hablaban palabras de paz; mas en medio de su indignación, fija en tierra su vista, trazaban engaños. Y abrían contra mí tanta boca, diciendo: ¡Ea, ea!, nuestros ojos lo han visto. ¡Oh, Señor!, tú lo has visto, no guardes más tiempo silencio. Señor, no te alejes de mí. Levántate, y entiende en mi juicio, ocúpate en mi causa, ¡oh mi Dios y Señor mío! Júzgame según tu justicia, ¡oh Señor, mi Dios!, y no triunfen ellos sobre mí. No digan en sus corazones: Albricias, hemos logrado nuestro deseo. Ni digan tampoco: Le hemos devorado. Queden, Señor, todos ellos llenos de confusión y vergüenza, los que se congratulan por mis males. Cubiertos sean de ignominia y sonrojados los que se jactan contra mí. Triunfen y se regocijen los que están a favor de mi justa causa, y digan siempre los que desean la paz de su siervo: Glorificado sea el Señor. Y publicará mi lengua tu justicia, y celebrará todo el día tus alabanzas. Resolvió el impío en su corazón el hacer el mal; no hay temor de Dios ante sus ojos. Porque ha obrado dolosamente en la divina presencia; por lo cual se ha hecho más odiosa su maldad. Las palabras de su boca son injusticia y embustes; no ha querido instruirse para obrar bien. Estando en su lecho discurre cómo obrar la iniquidad; anda en todo género de malos pasos; no tiene horror a la maldad. ¡Oh Señor!, llega hasta el cielo tu misericordia, y hasta las nubes tu verdad. Como altísimos montes es grande tu justicia, abismo profundísimo tus juicios. A hombres y bestias conservas, ¡oh Señor! ¡Oh, cuánto has multiplicado, oh Dios, tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres esperarán bajo las sombras de tus alas. Quedarán embriagados con la abundancia de tu casa, y les harás beber en el torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida; y en tu luz veremos la luz. Despliega tu misericordia sobre los que te conocen, y tu justicia a favor de aquellos que tienen un corazón recto. No dé yo pasos de soberbia; ni me hagan titubear las acciones del pecador. Allí es donde han caído por tierra los que cometen la maldad; han sido arrojados afuera, y no han podido levantarse más. No envidies la prosperidad de los malignos, ni tengas celos de los que obran la iniquidad; porque como heno se han de secar muy pronto, y como la tierna hierbecilla luego se marchitarán. Pon tu esperanza en el Señor, y haz obras buenas, y habitarás en la tierra, y gozarás de sus riquezas. Cifra tus delicias en el Señor, y te otorgará cuanto desea tu corazón. Expón al Señor tu situación, y confía en él; y él obrará. Y hará brillar tu justicia como la luz y el derecho de tu causa como el sol de medio día. Sé, pues, obediente al Señor, y preséntale tus súplicas. No tengas envidia del que hace fortuna en su carrera, del hombre que comete injusticias. Reprime la ira, y depón el furor, no quieras ser émulo en hacer mal. Pues los que obran mal, serán exterminados; mas los que esperan en el Señor, ésos heredarán la tierra. Ten un poco de paciencia, y verás que ya no existe el pecador; y buscarás el lugar en que estaba, y no le hallarás. Pero los mansos heredarán la tierra, y gozarán de muchísima paz o prosperidad. Acechará el pecador al justo, y rechinará contra él sus dientes. Pero el Señor se reirá de él como quien está previendo que le llegará su día. Desenvainaron la espada los pecadores; entesaron su arco para derribar al pobre y al desvalido, para asesinar a los hombres de bien. Pero su misma espada traspasará sus propios corazones, y será su arco hecho pedazos. Más sirve al justo una medianía, que las muchas riquezas al pecador. Porque los brazos de los pecadores serán quebrantados; al paso que el Señor sostiene a los justos. Contados tiene el Señor los días de los que viven sin mancilla; y la herencia de éstos será eterna. No serán confundidos en el tiempo calamitoso; en los días de hambre serán saciados. Porque perecerán los pecadores; y los enemigos del Señor no bien serán ensalzados a puestos honoríficos, cuando sean abatidos y se desvanezcan como el humo. Tomará prestado el pecador, y no pagará; pero el justo es compasivo, y dará al necesitado. Por tanto aquellos que bendicen al Señor heredarán la tierra; mas los que blasfeman, perecerán. El Señor dirigirá los pasos del hombre justo, y aprobará sus caminos. Si cayere, no se lastimará; pues el Señor pone su mano por debajo. Joven fui, y ya soy viejo; mas nunca he visto desamparado al justo, ni a sus hijos mendigando el pan. Pasa el día ejercitando la misericordia, y dando prestado; y bendita será su descendencia. Huye, pues, del mal, y haz bien; y vivirás por los siglos de los siglos. Porque el Señor ama lo justo, y no desampara a sus santos; eternamente serán protegidos. Los injustos serán castigados; y perecerá la raza de los impíos. Pero los justos heredarán la tierra, y la habitarán perpetuamente. La boca del justo derramará sabiduría, y su lengua hablará juiciosamente. La ley de su Dios la tiene en medio del corazón, y andará con firmes pasos. Anda el pecador acechando al justo, y busca cómo podrá quitarle la vida. Mas el Señor no le abandonará en sus manos, ni le condenará cuando sea juzgado. Espera en el Señor, y observa su ley; y te ensalzará para que entres a heredar la tierra; cuando hayan perecido los pecadores, lo verás. Vi yo al impío sumamente ensalzado, y empinado como los cedros del Líbano. Pasé de allí a poco, y he aquí que no existía ya; le busqué, mas ni rastro alguno de él pude hallar. Conserva, pues, tú la inocencia, y atiende a la justicia; porque el hombre pacífico deja de sí memoria, mas los injustos perecerán todos; cuanto quede de los impíos será destruido. La salvación de los justos viene del Señor; y él es su protector en el tiempo de la tribulación. El Señor los ayudará, y los librará, y los sacará de las manos de los pecadores, y los salvará, porque pusieron en él su confianza. Oh Señor, no me reprendas en medio de tu saña; ni en medio de tu cólera me castigues. Porque se me han clavado tus saetas y has cargado sobre mí tu mano. No hay parte sana en todo mi cuerpo, a causa de tu indignación; se me estremecen los huesos cuando considero mis pecados. Porque mis maldades sobrepujan por encima de mi cabeza; y como una carga pesada me tienen agobiado. Se enconaron y corrompieron mis llagas, a causa de mi necedad. Estoy hecho una miseria y encorvado hasta el suelo; ando todo el día cubierto de tristeza. Porque mis entrañas están llenas de ardor, y no hay en mi cuerpo parte sana. Afligido estoy y abatido en extremo; la fuerza de los gemidos de mi corazón me hace prorrumpir en alaridos. Oh Señor, bien ves todos mis deseos, y no se te ocultan mis gemidos. Mi corazón está conturbado; he perdido mis fuerzas; y hasta la misma luz de mis ojos me ha faltado ya. Mis amigos y mis deudos se arrimaron y se apostaron contra mí; y mis allegados se pararon a lo lejos. Entretanto aquellos que procuraban mi muerte, hacían todos sus esfuerzos; y los que anhelaban dañarme, hablaban mil sandeces; y estaban todo el día maquinando engaños. Pero yo, como si fuera sordo no los escuchaba, y estaba como mudo, sin abrir la boca. Y me hice como quien nada oye, y no tiene palabras con que replicar. Porque en ti tengo puesta, Señor, mi esperanza; tú me oirás, ¡oh Señor Dios mío! Pues yo dije: No triunfen sobre mí mis enemigos; los cuales, cuando ven vacilantes mis pies, se vanaglorian contra mí. Verdad es que yo estoy resignado al castigo; y siempre tengo presente mi dolor. Yo mismo confesaré mi iniquidad, y andaré siempre pensativo por causa de mi pecado. Entretanto mis enemigos viven, y se han hecho más fuertes que yo; y se han multiplicado los que me aborrecen injustamente. Los que vuelven mal por bien murmuraban de mí, porque seguía la virtud. ¡Ah! No me desampares, Señor Dios mío; no te apartes de mí. Acude pronto a socorrerme, ¡oh Señor Dios, salvador mío! Dije yo en mi corazón: Velaré mi conducta para no pecar con mi lengua. Ponía un candado en mi boca, cuando el pecador se presentaba contra mí. Enmudecí y me humillé, y me abstuve de responder aun cosas buenas; con lo cual se aumentó mi dolor. Sentí que se inflamaba mi corazón; y en mi meditación se encendían llamas de fuego. Solté mi lengua, diciendo: ¡Ah Señor!, hazme conocer mi fin, y cuál es el número de mis días, para que yo sepa lo que me resta de vida. Cierto que has señalado a mis días término corto; y que toda mi subsistencia es como nada ante tus ojos. Verdaderamente que es la suma vanidad todo hombre viviente. En verdad que como una sombra pasa el hombre; y por eso se afana y agita en vano. Atesora, y no sabe para quién allega todo aquello. Ahora bien, ¿cuál es mi esperanza? ¿Por ventura no eres tú, oh Señor, en quien está todo mi bien? Líbrame de todas las iniquidades; tú me hiciste objeto de los ultrajes del insensato. Enmudecí, y no abrí mi boca, porque todo lo hacías tú. Señor, levanta de mí tu azote. A los recios golpes de tu mano, yo desfallecí cuando me corregías; por el pecado castigaste tú al hombre; e hiciste que su vida se consumiese como araña. Ciertamente que en vano se conturba y agita el hombre. Oye, Señor, mi oración, y mi súplica; atiende a mis lágrimas; no guardes silencio; puesto que yo soy delante de ti un advenedizo y peregrino como todos mis padres. Afloja un poco conmigo, y déjame respirar, antes que yo parta y deje de existir. Con ansia suma estuve aguardando al Señor, y por fin inclinó a mí sus oídos, y escuchó benignamente mis súplicas. Y me sacó del lago de la miseria y del inmundo cieno. Y asentó mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un cántico en loor de nuestro Dios. Verán estos muchos, y temerán al Señor, y pondrán en él su esperanza. Bienaventurado el hombre cuya esperanza toda es el nombre del Señor, y que no volvió sus ojos hacia la vanidad y a las necedades engañosas. Muchas son las maravillas que has obrado, ¡oh Señor Dios mío!, y no hay quien pueda asemejarse a ti en tus designios. Me puse yo a referirlos y anunciarlos; exceden todo guarismo. Tú no has querido sacrificios ni oblaciones; pero me has dado oídos perfectos. Tampoco pediste holocausto ni víctima por el pecado. Yo entonces dije: Aquí estoy; yo vengo, (conforme está escrito de mí al frente del libro de la ley) para cumplir tu voluntad. Eso he deseado siempre, oh Dios mío; y tengo tu ley en medio de mi corazón. He anunciado tu justicia ante tu pueblo; no tendré jamás cerrados mis labios: Señor, tú lo sabes. No he tenido escondida tu justicia en mi corazón; publiqué tu verdad y la salvación que de ti viene. No oculté tu misericordia y tu verdad a la numerosa congregación. Pero tú, Señor, no alejes de mí tu piedad; tu misericordia y tu fidelidad me han amparado en todo trance. Porque me hallo cercado de males sin número; me sorprendieron mis pecados, y no pude distinguirlos bien; se multiplicaron más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón ha desmayado. ¡Oh! Dígnate, Señor, librarme; vuelve hacia mí tus ojos para socorrerme. Queden de una vez confundidos y avergonzados cuantos buscan cómo quitarme la vida; que se vuelvan atrás llenos de confusión los que mi mal desean. Sufran luego la ignominia que merecen aquellos que me dicen: ¡Ea, ea! Que se regocijen en ti y salten de gozo todos los que te siguen; y aquellos que aman a tu salvador , digan siempre: Glorificado sea el Señor. Yo por mí soy un mendigo y desvalido; pero el Señor tiene cuidado de mí. Tú eres, ¡oh Señor!, mi libertador y protector. No tardes, Dios mío. Bienaventurado aquel que piensa en el necesitado y en el pobre; el Señor le librará en el día aciago. Guárdelo el Señor, y confórtelo y hágalo feliz en la tierra, y no lo entregue a discreción de sus enemigos. Consuélelo el Señor cuando se halle postrado en el lecho de su dolor; tú mismo, Señor, lo sostenías en su cama en su enfermedad. En cuanto a mí dije: Señor, ten lástima de mí; sana mi alma, porque pequé contra ti. Prorrumpían mis enemigos en imprecaciones contra mí: ¿Cuándo morirá éste, decían, y se acabará su memoria? Que si alguno entraba a visitarme, hablaba con mentira, tramando en su corazón iniquidades. Salíase afuera y se confabulaba con los otros. Susurraban contra mí todos mis enemigos; todos conspiraban para acarrearme males. Sentencia inicua pronunciaron contra mí. Mas, ¿por ventura el que duerme no volverá a levantarse? Lo que más es, un hombre con quien vivía yo en dulce paz, de quien yo me fiaba, y que comía de mi pan, ha urdido una gran traición contra mí. Pero tú, Señor, ten piedad de mí y levántame, que yo les daré a ellos su merecido. En esto habré conocido que tú me amas; pues no tendrá mi enemigo que holgarse a costa mía. Porque tú me has tomado bajo tu protección a causa de mi inocencia, y me has puesto en lugar seguro ante tu acatamiento por toda la eternidad. Bendito sea el Señor Dios de Israel por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Amén! Como busca el sediente ciervo por las fuentes de aguas, así, ¡oh Dios!, clama por ti el alma mía. Sedienta está mi alma del Dios fuerte y vivo. ¡Cuándo será que yo llegue, y me presente ante Dios! Mis lágrimas me han servido de pan día y noche, desde que me están diciendo continuame