Al estar viendo unos libros llamados Investory Buildings Mexico, sobre el crecimiento de las bienes y raíces en México, encontré al lado un libro de un personaje muy importante dentro de la filosofía medieval, quien ha quedado grabado en los archivos de la filosofía mundial por sus grandes obras; su nombre es San Agustín de Hipona (354-430 ce).

Para entender las enseñanzas de San Agustín, el lector tiene que ubicarse cronológicamente en los tiempos de este gran filósofo y santo, una combinación muy difícil de conseguir.

sanagustin

San Agustín nació en el año 354 en la ciudad de Tagaste, en el África romana, cuando el imperio todavía vivía pero ya estaba mortalmente herido, debido a las miles de insurgencias que plagaban al “Imperio de la luz”, padre de casi todo el mundo conocido.

Agustín nació en una familia privilegiada y de nobleza menor, donde los placeres de la vida fluían como el gua en un río y los lujos eran tan abundantes como las estrellas que miran al mundo desde el firmamento.

Agustín, desde pequeño, vivió en un mundo controversial, donde la palabra de Cristo se enfrentaba día con día con un paganismo que moría en el mundo con rapidez, desde aquella revelación del emperador Constantino en el campo de batalla, un acto que hizo al imperio Romano cristiano.

Su crecimiento y educación fueron tan controversiales debido a que su padre Patricio era un ardiente pagano y su madre Mónica una devota incansable de la fe de Cristo, a tal grado que después fue canonizada y hoy en día la conocemos como Santa Mónica, misma que tiene una ciudad en california llamada en su honor.

Los primeros 30 años de la vida del entonces Agustín estuvieron llenos de placer, vicios y profundo estudio de la ley romana, lo que hoy conocemos como Derecho Romano.

Agustín era famoso por su cultivada y profunda retórica en el cenado local, así como  por su profundo conocimiento de la ley del gran imperio.

A su vez, estos talentos no eran lo único que hacía de Agustín un hombre célebre, sino que también era su gran apariencia física lo que lo llevaba al estrellato.

Sin embargo, un buen día, a sus 33 años de edad, se levantó después de un sueño con el corazón cultivado de la luz de Dios y con un entendimiento especial de los evangelios, los que se dedicó a predicar durante toda su vida, con lo que muchos decían ser la sabiduría del Espíritu Santo quien iluminó a los apóstoles en sus momentos más obscuros.

En sus obras como La ciudad de Dios, Las confesiones  y El libre albedrío, San Agustín se  esmera en probar a la humanidad que Dios no es el padre de todos los males, como muchos afirmaban, sino que el libre albedrío de los hombres mal utilizado era aquel que llevaba a la humanidad al reino de las sombras y al campo de la miseria, donde la fe no existe de la misma manera en que Dios en el infierno no existe, escrito bellamente por Dante Alighieri tiempo después.

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