El día de ayer, al solicitar una tarjeta de crédito por internet, sentí lo cómodo que puede ser el vivir en los tiempos de nuestro siglo, donde una persona puede hacer trámites de este tipo desde la comodidad de su hogar, oficina o autobús.

En tiempos anteriores, mi visión ante nuestro mundo moderno era completamente positiva y me sentía muy afortunado de vivir en estos tiempos donde tanto se inventa y donde el nombre verdadero del destino es la libertad.

Todo cambió, de una manera muy extraña, una tarde-noche de verano, llegando a mi casa de un largo día de trabajo con ganas de leer algo profundo, pues llevaba ya un par de semanas decepcionado de cierta manera; de pronto comencé a ver demasiada superficialidad a mis alrededores y por un momento sentí, a mis 23 años, que el mundo iba rumbo a la perdición.

Me es difícil explicar la naturaleza exacta de aquella epifanía; lo que sí puedo decirles es que sentí algo parecido a sacar la cabeza del agua después de estar aguantando el aire por mucho tiempo.

Ese día, al llegar a mi casa con las inquietudes que ya he mencionado, fui a la biblioteca y tomé un volumen de los Diálogos de Platón y comencé a leer la Apología de Sócrates; inmediatamente me maravillé con el modo y las ideas detrás del lenguaje tan elevado de Sócrates, quien defendía de manera tan fina la naturaleza y la causa de sus acciones.

Aquel juicio, según Platón, tuvo lugar en Atenas en el año 400 A.C., cuando un viejo maestro ambulante llamado Sócrates se encuentra preso en medio de una gran multitud de ojos inquisidores, muchos pertenecientes a la élite de la clase política griega, quienes se encariñaban cada vez más con los placeres de la buena vida, fundada en una corrupción escondida.

Estos hombres, especialmente Meleto, Anito y Licon, acusaban a Sócrates de averiguar con suma intensidad aquello que acontece por debajo de la tierra y por sobre el sol, para hacer las cosas funcionar a su manera y a sus métodos.

A su vez, le acusaban de corromper a la juventud con sus palabras, métodos y discursos, al tiempo que trataba de desmentir a los dioses todo-poderosos, para imponer su verdad de las cosas sobre los métodos sociales establecidos.

De ser encontrado culpable, Sócrates habría de ser condenado a muerte mediante el autoconsumo de una gran porción de un veneno potente, que se encargaría de apagar sus órganos.

Sócrates, sin temer ni un segundo ni pedir clemencia, defendió sus virtudes con una clase que solo se obtiene cuando el pensamiento ha rebasado las estrellas y traído pruebas de otros mundos al mundo de los hombres.

Al final del día, como tiende a pasar en el mundo, venció la corrupción y los intereses de los poderosos, enseñando al mundo que el sistema no se puede romper.

Al leer ese relato, por alguna razón, sentí y figuré como si ese juicio hubiese sido uno entre la modernidad que mis ojos ven y los valores de la antigüedad, que mi espíritu preserva y no olvida.

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