Explica el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), en el prólogo a su ensayo Hacia la paz perpetua (1725), que la inspiración para escribir ese título le llegó gracias al oscuro sentido del humor de un peculiar hostelero.

Cuenta que el curioso personaje adornaba uno de los muros de su local con un dibujo de su autoría, en el que se apreciaba la imagen de un cementerio. Debajo del boceto y como agudo comentario a la representación, el tabernero había escrito: “Esta es la auténtica paz perpetua”.

El filósofo de Königsberg, paradigma de la puntualidad entre los de por sí puntuales alemanes, se sirve de la jocosa inscripción para desarrollar sus reflexiones y propuestas, acerca de cómo lograr un acuerdo de paz estable y duradero entre las naciones (concretamente, entre las que constituían la cada vez más fragmentada Europa Occidental).

Para entender que Kant no era un pesimista sin remedio, que concibió sus sueños e ideales de paz bajo el influjo de la cebada, debemos señalar que el filósofo no inscribe la noción de paz en el terreno ético, sino en el jurídico.

La supresión de las hostilidades entre los distintos estados independientes, así como al interior de los mismos, no se logrará en el idílico día en que todos los hombres se vuelvan buenos (o en el que desaparezcan los abogados, como se imaginan en Los Simpson). La paz se derivará de un contrato jurídico, suscrito por todas las naciones, en el que la guerra sea declarada un medio ilegítimo para resolver los conflictos.

Ahora bien, para llegar al establecimiento de dicho contrato, es necesario que se den varias condiciones. La primera y fundamental es que todos los estados que se adhieran al mismo, deberán hacerlo de manera voluntaria y con el consentimiento de sus representantes ciudadanos. En otros términos, dichos estados deben estar constituidos a la manera de una república democrática, en el que los individuos tengan plena participación en la vida política.

En segundo lugar, el acuerdo de paz debe tener la obligatoriedad legal de una constitución, en la que se establezcan cláusulas y condiciones para identificar y resolver los problemas por vías jurídicas, sin llegar a la necesidad de la contienda armada. También ha de establecerse que si se da una situación extrema, donde la única salida pareciera ser la guerra, ésta no podría declararse hasta tener el consentimiento de la mayoría de los ciudadanos.

Al parecer, Kant pensaba que dicha condición sería tan difícil de cumplir, que postergaría indefinidamente el inicio del combate. Seguramente habría cambiado de idea, si hubiera visto el entusiasmo democrático del pueblo norteamericano en momentos de crisis. El acierto que sí debemos reconocer a Kant, es su intento por recuperar el ideal democrático propuesto por filósofos griegos como Platón o Aristóteles. Para ellos, la democracia y la participación política no consistían en emitir un voto, sino en cultivar, desde temprana edad, el ejercicio del pensamiento crítico; esto, a fin de analizar cuidadosamente los asuntos del estado y emitir propuestas bien argumentadas para resolverlos.

Es necesario, por tanto, educar para la democracia; lo cual sería equivalente, citando a William Soto, a educar para la paz.

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