El término Academia es uno de los más empleados, y también vilipendiados, en la historia de la filosofía, la ciencia y la educación en general. Es normal y aceptable que lo lleven instituciones de respetable trayectoria y prestigio científico; por ejemplo, la Academia Nacional de Medicina. En cambio, el llamar “Academia Nubecita” o “Academia Feliz Amanecer” a una guardería o jardín de niños puede parecer un abuso a los intelectos más puristas.

No es de extrañar, por tanto, que cuando un reality show para pseudo-cantantes, deseosos de ahorrarse unos meses de renta, se atrevió a nombrarse como la célebre escuela platónica, muchas facultades de filosofía y respetables institutos hirvieran de indignación. Pues, ¿acaso el desenfreno, los chismes y el canturreo sin sentido no son lo más alejado que existe del riguroso ejercicio de la filosofía y, por tanto, completamente antiacadémicos?

Quienes hacemos del pensar nuestra profesión, deseamos con toda el alma responder que sí (entre otras cosas, para defender los menguados fondos que año con año le peleamos al erario). Pero a fin de comprender la naturaleza de la Academia platónica, y lo que ésta brindó a la concepción de “lo académico”, es preciso remontarse a la historia y aun a la mitología.

Academo es un héroe de la mitología griega, que ayudó a los dioscuros, Pólux y Cástor, en el rescate de Helena. En recompensa, las deidades respetaron los dominios de Academo cuando emprendieron la conquista del Ática, y el héroe, agradecido a su vez, instauró el culto a sus dioscuros, en las inmediaciones de sus fértiles jardines. Fue en esas tierras, donde se dice que crecían frondosos olivos y plátanos, donde Platón fundó su inmortal escuela.

Si uno recuerda el comienzo del Fedro –y ¿quién no lo recuerda?-, reconocerá en el apacible paraje, fuera de los muros de la ciudad, al que Sócrates se retira a meditar, el entorno idílico del jardín de Academo. Un lugar en donde se puede escuchar el canto de las cigarras y recibir la inspiración de las ninfas. Algo que sin duda es más parecido a una cabaña de retiro o a un resort ecoturístico para los amantes del glamping, que a nuestros institutos de grisáceos muros, en torno a los que la vegetación del semidesierto lucha por sobrevivir.

Ahora bien, es cierto que en la Academia no todo era sentarse a la sombra de los árboles, a componer panegíricos al amor y la belleza. El cultivo del raciocinio y el pensamiento crítico era fundamental. Y para garantizar que a su escuela no fueran a parar los débiles mentales que huían de las ciencias exactas –mal del que tanto adolecen nuestros colegios de humanidades-, el filósofo colocó en el frontispicio de la Academia una inscripción, en la que se prohibía entrar a quien no supiera geometría (¡qué tiempos, en los que una frase bastaba como filtro de admisión!).

Sin embargo, el entusiasmo inducido por las musas, y uno que otro bebedizo que ayude a convocarlas, no parecía estar peleado con la reflexión filosófica. Por lo menos así se aprecia en el Simposio; quizá el más conocido de los diálogos platónicos, porque a más de tratar acerca del amor, nos remite a una celebración, de esas que sólo los griegos sabían organizar, para honrar al ganador de un certamen poético. Debido a ello, se le conoce también como el Banquete y, gracias a los dioses, la costumbre de brindar, brindar, y bridar por el saber, es algo que nuestros congresos aún conservan.

Siendo así las cosas, tenemos que ni la academia es pura y absoluta formalidad, ni todo centro en el que la gente se reúna para enseñar y aprender, debería llevar el insigne nombre de Academia.

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