Mi hermosa amiga

Hace poco, en una tienda de mármol para pisos donde la mayoría de las personas que conozco compran su material, me encontré con una vieja amiga mía a quien no veía desde los años de la universidad y con quien solía divertirme mucho, quien además es una mujer que sigue igual de hermosa que cuando tenía 20 años, una extraña belleza que sólo la edad bien manejada puede traer.

Mi amiga se puso muy contenta al verme y me invitó a tomar un café a una cafetería que decía ella frecuentar mucho, una cafetería que extrañamente se encuentra en la esquina de mi casa, algo impresionante, debido a que probablemente ella había ido ahí unas miles de veces y jamás la había visto, siendo esto algo de esas cosas extrañas que se encuentran entre las páginas de la vida que nos parecen invisibles.

Al ir con mi hermosa amiga a tomar un café y al escuchar su voz mientras charlábamos, una voz que aún mantiene sus vaivenes y entonación tan característicos, que hacían de su hablar una melodía que se quedaba impresa en la mente de cualquier persona que le escuchara, algo que me hizo transportarme a casi 20 años atrás en nuestros años de absoluta juventud, cuando el mundo era demasiado pequeño.

reencuentro

Sus ojos aún mantienen el mismo brillo de antes, un brillo característico de aquellas personas de personalidad y carácter espontaneo, quienes no pueden esconder lo que guardan detrás de su rostro y en el abismo de su corazón; sin embargo, cuando llegan a esconder lo que sea con éxito, es porque es algo que verdaderamente les ha llegado al alma, algo que por lo general no son cosas buenas, por no decir bastante graves.

Su parpadear, con sus largas, gruesas y naturales pestañas eran como el brillar de las estrellas una noche clara de invierno, cuando el frio se lleva todo color del viento y cuando el firmamento expone al mundo la naturaleza de su pensar, capaz de arrullar a un dragón en el corazón de una montaña o de dormir a un pájaro en una dimensión de mil sueños, donde el pensar de la tierra fabrica sus emociones.

Su rostro sigue teniendo esa combinación perfecta entre luz y obscuridad, donde el atardecer no existe y donde solo los polos opuestos recitan sus palabras en idiomas muy distintos, que al entrelazarse se hacen uno mismo y levantan al océano de su dormir para jugar trucos con la luna.

Su mirar sigue siendo tan ligero que es capaz de posar su mirada en el centro del alma, donde enciende un fuego que inicia sensaciones que solo en su presencia es posible percibir y que difiere a la mirada de todas las personas, como la estrella fugaz difiere de todas las estrellas.

En ese momento revieron mis pasiones jóvenes con un tinte de madurez que solo los años bien vividos pueden otorgar.

Fue grandioso ver a mi hermosa amiga.

La carta

El fin de semana pasado, al estar ordenando todos los objetos de la casa en la bodega, rescatamos varias cosas interesantes, cosas de las que nos habíamos ya olvidado pero que algún día nos fueron bastante útiles, tanto a mi esposa como a mí, cosas que nos dio mucho gusto ver de nuevo.

Me parece impresionante el hecho de que redescubramos las cosas que hemos en algún momento adquirido y sabido con absoluta certeza de su existencia y su función sin embargo su uso y sus maravillas son casi siempre devoradas por el tiempo y su despiadado paso.

Sin embargo, hay cosas que el paso del tiempo solo aumenta su valor y su densidad en cuanto importancia y usos, tal y como son muchas de las cosas hechas con nuestras propias manos, cosas que llevan el rostro de nuestra mente y el reflejo de nuestro corazón.

Tal fue el caso de una pequeña nota que encontré, una nota que escribí hace diez años cuando pasaba por momentos inciertos en mi vida.

La nota leía lo siguiente:

“Veo fuera de mi lo que alguna vez me fue importante, pero ahora decae como un árbol de invierno cuyo resplandor la nieve nunca conoció.

Veo ahora las puertas de deseos antiguos abiertas a mi disposición, tras las cuales solo hay sombras y precipicios que alguna vez confundí con suelo fértil y seguro, donde todo fruto crecería derrotando a las leyes de toda estación con el simple fuego de mi alma, cuya voluntad es más fuerte que el hierro y más preciosa que el oro, al menos eso creía en aquellos días.

Ahora sé que la obscuridad es una fábrica de mentiras, ya que en ella hasta la luz más tenue brilla como el sol.

Ahora sé que el azul del cielo jamás podrá ser eterno, ya que el oro necesita ser tierra antes de poder brillar y  las estrellas jamás brillaran  de día.

También sé que hasta el desierto más árido esconde en sus entrañas un pozo, cuyas profundidades no reconocen lo seco que es su superficie, siendo así un lugar que hasta la serpiente más intrépida teme vorazmente.

Sin embargo, aquel pozo escondido aunque no conoce la agonía del calor y de la sequía, tampoco conoce lo que es la luz del sol ni el brillar de la luna, cuya mirada de plata bendice y maldice de acuerdo a su parecer y al merecer del desear de sus súbditos.

Cuando miro atrás veo lo mismo que cuando miro hacia delante, un vacío nublado cuya incertidumbre es más moldeable que el barro cuando fresco.

Lo único que veo es el presente que camina conmigo mejor que mi propia sombra y que sueña conmigo mejor mi sueño más profundo en perfecta cadencia, al volar como la máquina de coser al bordar. “

Ese relato, aunque ahora no lo entiendo, en ese entonces me era más claro que el agua y me fue muy grato ver mi pasado obscuro en un presente lleno de luz.